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El silencio de la poesía

(Carlos Andrés Jaramillo - Colombia)

A Jairo Alarcón Arteaga

No existe ninguna razón por la que un hombre no pueda referirse al silencio, siempre y
cuando hable de él, como hacen los mortales acerca de la muerte o los físicos acerca de los
agujeros negros. Es decir, desde afuera, desde una distancia insalvable. Pues la muerte
señala el límite de la vida. Los agujeros negros, de la luz. El silencio, de las palabras. Más
allá de esos confines es imposible llegar, ya que ellos definen, a su vez, el límite y la
naturaleza de la experiencia humana. No podemos perder el sujeto de la experiencia para
aprender algo. Eso es, por ejemplo, lo que ocurre en la muerte. El que muere no puede
volver a relatarnos lo que vivió. De manera similar, no podemos tener experiencia completa
del silencio porque nosotros nunca dejamos de hablar, tendríamos que dejar de ser humanos
o morir.
El hombre está constituido de lenguaje. Por eso puede pensar: interpretar datos, erigir
sentidos y construir sistemas de significados donde puede habitar con sus semejantes.
En ese sentido, hablar del silencio, no constituye una paradoja, sino que expresa nuestro
único modo de existencia. Hablamos. Estamos constituidos de lenguaje. Incluso si
callamos. Somos un diálogo ininterrumpido a lo largo de nuestra existencia. Tener un
lenguaje es intentar aprehender el mundo. Asignar a cada cosa un lugar en nuestras
coordenadas interpretativas. Tratar, desesperadamente, de orientarnos en una profusión de
estímulos. Porque si para algo existe el hombre es para interpretar. Es un ser que vive hacia
afuera, proyectado hacia un mundo que trata de ordenar.
Por eso, aunque no sepa qué es el silencio, se siente interpelado por él. Y el hombre
responde tratando de darle un significado de la única manera que sabe: hablando.
Para expresar de manera más clara el límite al que se enfrenta el pensamiento, en relación
al silencio, podemos acudir al pensamiento de Eugenio Trias.
En La razón fronteriza, el filósofo español (Guardans 2009: 19-27) divide a la realidad en
dos cercos, en dos espacios. El cerco del aparecer y el cerco hermético. El primero se
refiere al mundo organizado por el lenguaje, por la técnica y por nuestros sistemas de
pensamiento, que hacen una realidad habitable, comprensible a través de significados. Es lo
medible, lo mensurable. El segundo, lo hermético, carece de forma. Empieza donde
terminan las palabras o las explicaciones. Entre ambos cercos hay una intersección. Un
momento en el que los hombres tocados por la nada, por lo desconocido, han tratado de
representarla para darle fundamento a su mundo. Allí surgen las metáforas de Dios. La
invención de los símbolos. Pero esta intersección no es lo hermético, sino un “más allá
humano”, poético, que, al entrar en contacto con los hombres, despierta imágenes en ellos.
Lo otro, lo hermético, se resiste radicalmente a cualquier interpretación. Es como si nos
diera la espalda. Como si permaneciera mudo, cerrado, a nuestros apremios. Es lo que
algunos místicos alcanzan cuando ensayan una “teología negativa”, cuando desnudan a
Dios de sí mismo. Finalmente, el filósofo español, aclara que el instrumento con el que los
hombres construyen el mundo en el cerco del aparecer, es la razón. El de la intersección, es
el símbolo, ya que se refiere a algo que no es expresable de manera directa.
No es necesario ahondar en la propuesta filosófica de Trías, por cuanto ya se ha tomado de
ella, lo necesario: una caracterización de lo desconocido en oposición a lo real, y una
distinción entre aquello que, siendo misterioso, puede ser representado por símbolos y
aquello que permanece mudo ante nosotros.
II
El silencio señala el límite de las palabras en dos sentidos:
El primero, que podemos llamar radical, alude al territorio en el que las palabras no pueden
entrar, en el que el lenguaje es incapaz de abarcar cualquier cosa. Es lo inefable, en un
sentido preciso. Lo mudo, que repele cualquier determinación. Y se aplica al objeto que el
pensamiento trata de pensar. Es aquello que no existe, que no ha sido creado. Lo
inconmensurable: la totalidad o la ausencia de lo ente. Lo impensable. Es lo mudo. El
Silencio. Expresa una imposibilidad del lenguaje.
El segundo, es la experiencia humana que escucha y se extraña de una cesación o
disminución del sonido, sea de la fuente que sea. Señala el momento en el que el lenguaje
externo deja de emitirse, ya sea porque diálogo ha terminado, no hay con quien hablar o
uno de los interlocutores está pensando qué decir. Alude también a aquello que no necesita
nombrarse porque ya lo conocemos: lo tácito. Es el silencio humano, dotado de un
significado, dentro de un sistema comunicativo. Como cuando se dice: hay silencio. O se
expresa por medio de adjetivos: silencioso, callado. Define una ausencia de palabras.
En esta segunda manera de entender el límite del lenguaje, más como ausencia que como
imposibilidad, el hombre se engaña creyendo que es él quien hace al silencio. Como si el
lenguaje estuviera previamente en el mundo. En realidad, al callar, permite que aflore, que
se filtre en los espacios entre palabra y palabra, la materia de la que está hecha la realidad.
Como si un barco se inundara de agua. En el seno del silencio universal, las voces
humanas, el ruido las máquinas y aún de la naturaleza, ocupan un espacio ínfimo. Hugo
Mujica lo dice: el silencio nos antecede. El silencio aparece como el lienzo donde lo
humano puede construir el sentido. Donde inscribe sus significados. El hombre, al callar, da
voz a lo primigenio, a lo que está antes de él y después de su pequeña existencia.
III
La poesía es el lenguaje con el que los hombres tratan de referirse a lo desconocido. Este
lenguaje, sin embargo, ha sufrido un proceso de erosión y menoscabo. Hay una historia de
cómo los medios expresivos se fueron agotando hasta que, delante del misterio, el hombre
moderno prefirió callarse o hablar lo más mínimo.
Y es allí por donde se debe comenzar.
En 1961, El filósofo francés Georg Steiner, escribe un ensayo llamado “El abandono de la
palabra”. En él trata de explicar cómo el desarrollo de la ciencia matemática en el siglo
XVII acaba con la creencia universal de que el lenguaje verbal puede dar cuenta de todas
las facetas de la realidad. A partir de ese momento, el intento de encerrar la totalidad de la
experiencia humana en el discurso racional de las disciplinas humanas, se ve impugnado.
La matemática puede explicar mejor la realidad. Los discursos se ven refutados y, peor,
enfrentados a la intraducibilidad progresiva de las matemáticas, es decir, a la imposibilidad
de llevar a un lenguaje común los descubrimientos que logra la ciencia. Este proceso de
desarrollo de las matemáticas, da como resultado que grandes zonas significativas de la
verdad, la realidad y la acción se separen del predicado verbal para ser expresadas en
formulas y cifras. Este es, si se quiere, la primera restricción a la hegemonía del lenguaje, y
que dará como resultado la limitación de la experiencia verbal al campo de lo subjetivo. El
lenguaje ya no puede referirse al mundo, sino a las emociones.
Al lado de este proceso de encogimiento del campo de acción del lenguaje, avanza desde la
antigüedad, otro proceso paralelo en el campo de la poesía. Steiner lo describe
detalladamente en un ensayo de 1966, llamado “El silencio y el poeta”.
En él explica tres maneras en que las que el silencio ha entrado en el lenguaje poético hasta
acallarlo:
1. El primero, obedece a un rebasamiento. En su relación con el misterio, el poeta
profundiza, fuerza el lenguaje, se exige metáforas cada vez más audaces para
describir lo desconocido a medida que asciende, hasta que es rebasado por la
totalidad y deja de hablar. Es un proceso de abstracción, que culmina en el silencio,
por la presencia plena, inefable, deslumbrante del objeto que busca. Esta
experiencia la encontramos en Dante y en los textos taoístas.
Steiner cree que el silencio se debe aquí, a que son tantas las cosas que podrían
decirse, que el lenguaje no se decide por una y prefiere callar, porque cualquiera de
ellas limitaría la magnificencia de lo que ve. Por mi parte, creo que es un pasmo
externo del pensamiento, que no sabe en qué categorías previas del sentido ubicar
eso nuevo que experimenta. El silencio expresa una expectativa defraudada y la
búsqueda no consiente de una nueva explicación.
2. El segundo, corresponde a una trasformación. La palabra poética admite, no sin
envidia, la superioridad de la música para expresar directa y universalmente lo que
el lenguaje expresa de manera imperfecta. Aspira a transformarse en ella. Así, la
palabra se subyuga a la forma musical o se abandona completamente a ella. La
palabra calla delante del poder comunicativo las notas. Los románticos y los
simbolistas son los que más lejos llevan esta opinión.

3. Finalmente, el tercero proviene de un acto de desconfianza.


La modernidad de la poesía se inaugura con dos actitudes que hacen visible la
importancia del silencio, aunque por razones distintas. Los dos protagonistas son
Hölderlin y Rimbaud. El primero, se sume definitivamente en la locura a los 37
años, pero su silencio se interpreta como la culminación de una obra ya madura, la
conclusión de una exigencia suprema en el arte. En cuanto al segundo, su prematuro
abandono de las letras por una carrera de contrabandista, se ha visto como la
superioridad de la acción sobre la palabra.
Y, si bien, ninguno de ellos tuvo el poder de dejar discípulos en el sentido pleno de
la expresión, dejaron latente el silencio como una actitud frente al mundo.
Si el lenguaje está gastado por el uso. Si no se puede traer una idea a la palabra
común sin disminuir su calidad. Si el lenguaje se ha vuelto inhumano, minado por la
tecnologización y la caída de los valores burgueses. Si ha colaborado con el
exterminio de millones de seres, entonces el poeta puede y debe callar como una
forma de protesta o renuncia más diciente que la continuación de la obra, que ignora
la guerra y que repite las gastadas metáforas del pasado. Por eso, Steiner no ve en el
silencio moderno un origen místico, sino un rechazo, una desconfianza fundada en
el lenguaje, que algunos enmascaran con una aspiración a Dios.
Es acaso a lo mismo a que se refiere Georg Gadamer cuando se pregunta si los
poetas están enmudeciendo. En lugar de aceptarlo, agrega un matiz. No enmudecen,
son discretos. Guardan silencio, hablan en otro lenguaje para atraer hacia sí a quien
tiene el tiempo de escucharlos. El silencio es el último llamado que hacen la poesía
y sus creadores a los hombres. El poeta asume las características del misterio,
esperando sostenerlo, abrirlo, para que otros también se fijen en lo desconocido.
Y es también el desplazamiento de interés que ha sufrido la música por parte del
silencio, como lo explica Pascal Quignard. En un mundo, donde las emisiones
acústicas son constantes, donde los medios mecánicos ayudan a la inflación sonora,
lo extraño resulta ser el silencio. Por eso se ha vuelto atractivo, tal como le ocurría a
la música cuando se interpretaba muy rara vez.
IV
Eugenio Trías dice que un arte verdaderamente moderno (en el sentido de una conciencia
de su historicidad) tiene una aspiración hacia la nada, que desemboca en ella. Esa
aspiración es, en la poesía moderna, el silencio. Aunque ya vimos que son varias la razones
por las que uno u otro poeta se deciden a callar.
Sin embargo, si hacemos abstracción de estas diferencias, el silencio tiene su forma de estar
en cada poema. Es Hugo Mujica, el poeta y filósofo argentino, quien ha llevado más lejos
este análisis.
El silencio y las palabras son los hilos que urden el tejido del texto. Siendo el silencio las
fibras verticales que atraviesan las horizontales de las palabras para formar la trama. El
silencio palpita en el poema como un significado. Está impregnado de intensión. Y es, a su
vez, la pausa que permite a las palabras alcanzar el sentido que quieren expresar. Está al
principio y al final del poema, aguardando o culminando lo que se dice.
Y todavía más: está dentro de él. Ya que su lenguaje no es directo, sino simbólico, siempre
habrá algo que calle en el texto. El silencio es el centro del poema, el agujero negro, de lo
que no se dice de manera explícita por que el objeto no lo permite. Y, en ese sentido, actúa,
en primer lugar, como un motor inmóvil, que llama al poeta a insistir, a tratar de decir en el
siguiente texto lo que no dijo en éste. El poeta escribe precisamente porque no tiene las
palabras. Y, en segundo lugar, el silencio es garantía de que no todo fue dicho, de que la
poesía puede seguir ampliándose, creando. El silencio es el territorio hacia el que se
expande y habla el poeta.
Mujica tiene un interés especial en el final del poema. Para él, el poema tendría por objetivo
no sólo culminar en silencio, sino revelar el silencio desde el que se originó. Un silencio
cargado de presentimiento, de sensación. Una intuición que todavía no tiene representación.
El poema es un texto capaz de crear el silencio. Pero no en el sentido en que el silencio no
existe previamente. Sino a la manera en que lo explica David Le Breton. A veces algo tiene
que callar para que se note el silencio. Ocurre con la música. Ocurre con la muerte. Ocurre
con una hoja o una piedra que se pierden en el agua. El poema calla para revelar que
estamos rodeados del silencio más vasto.
V
Sólo que el poema no calla sólo cuando termina. Él mismo, tiene una manera de silenciarse
y de quitarle las palabras al lector para que su silencio esté a la altura del que acaban de
revelarle:
Cuando el poema revela algo completamente nuevo, inédito, al lector, el pensamiento de
éste sufre un pasmo. Se detiene externamente, aunque a nivel subjetivo esté buscando,
porque no encuentra las palabras para expresarlo, no encuentra los antecedentes donde
ubicarlo. Se produce la mudes característica. Por eso Gadamer recuerda que entre los
griegos el silencio era un A-topos, un ningún lugar. Esto es, llamaban silencio a eso que no
tiene un lugar en nuestras coordenadas interpretativas, a lo que, a su vez, nos obliga a
callar.
VI
En resumen, para hablar del silencio en la poesía, distinguimos entre dos tipos de silencios.
El humano y el hermético. El primero, señala una ausencia (se está a la espera de las
palabras). El segundo, una imposibilidad (el leguaje no dice nada). La poesía pertenece al
primero, al definirla como el leguaje que habla en símbolos a lo desconocido. Después
estudiamos el proceso que ha derivado en la renuncia a la expresión poética, y que tiene
que ver con un desarrollo en la conciencia de los límites del lenguaje. Finalmente,
expusimos la presencia del silencio en la trama misma del texto, deteniéndonos
especialmente en el silencio final del poema y en la condición de éste como instrumento
creador de silencio, al revelar algo con lo que la mente no está familiarizada.

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