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LA CRISIS DE LA CRISTIANDAD OCCIDENTAL EN LOS ALBORES DE LA

MODERNIDAD
OSCAR ORLANDO AREVALO GUERRERO
SEMINARIO MAYOR SAN JOSÉ
Zipaquirá

La cristianización de la sociedad: Una continuada religiosidad: Los europeos de


comienzos de la época moderna son tan religiosos. Todos los acontecimientos fundamentales
de la vida seguían teniendo presente, en lugar muy destacado, la religión. La mayoría de los
actos de la actividad cotidiana de aquellos hombres estaban impliicados de modo bien
estrecho con lo sagrado. El pueblo, en sentido muy amplio del término, persistía en sus
prácticas devocionales. Los fieles buscan una mayor participación en todos los actos piadosos
con el fin de sentir más cercana su relación con la divinidad, todos se colocan bajo la
protección de alguna advocación, que es celebrada de modo muy especial. Este mismo
espíritu, en el que se prima la presencia de lo sacro, lo encontramos en los máximos centros
intelectuales, como lo son las universidades. La misma intervención apasionada de los
claustros universitarios en las polémicas religiosas de la época nos da una clara idea de esta
situación. Semejante implicación con lo sacro la podemos observar en la íntima relación entre
el fenómeno religioso y la distribución espacial del hábitat en la Europa de aquel tiempo,
algo que se percibe de modo constante en el urbanismo de la época, donde el espacio aparece
sacralizado y, por ello, dominado por los edificios eclesiásticos, que sirven de referencia para
marcar los puntos clave y el trazado de los ejes urbanísticos. Anhelos de reforma: A fines
del siglo XV y comienzos del XVI se produce a distintos niveles una mayor intensidad de
los sentimientos religiosos, lo que de inmediato se traduce en que ciertos sectores reclamen
con insistencia un nuevo tipo de práctica religiosa más depurada, tanto a nivel individual
como de la colectividad. Reclamaciones que adquieren mayor fuerza con el fin de resolver
de manera satisfactoria los sucesivos fracasos que desde el concilio de Constanza habían
experimentado los proyectos de reforma interna planteados por los espíritus más inquietos.
Castilla era, sin duda, una de las regiones europeas que, en estos tiempos, ofrecía una mayor
disposición para la búsqueda de esa tan anhelada adecuada vía reformista del cristianismo
occidental que sirviese para lograr una relación con Dios directa. Para algunos, estas medidas
adoptadas en Castilla, unidas a la actuación de la Inquisición, actuaron de prevención y, en
el segundo caso, de auténtico cordón sanitario que previno a los fieles españoles para
mantenerlos fuera de posibles desviaciones de la ortodoxia doctrinal. Por otra parte, un hecho
evidente fue que el desarrollo económico y el crecimiento demográfico, experimentados en
el occidente europeo, tendrían, a su vez, su plasmación en el auge de las manifestaciones
externas del hecho religioso. Lógicamente, este creciente auge afecta al mismo tiempo de
forma diversa al sentimiento religioso. Sería la censura eclesiástica la que causaría mayores
preocupaciones a los autores, ya que a la pronta actuación al respecto de los tribunales
inquisitoriales hay que añadir, de modo más general, la actitud refrendada en el V concilio
de Letrán reclamando el control sobre los propietarios de imprentas; más tarde vendría la
elaboración de los Índices. No cabe duda de que las mentes más inquietas propiciaban una
serie de transformaciones en las que se manifestaban problemas que habían permanecido
semiocultos a lo largo del tiempo. La ignorancia doctrinal manifestada en ocasiones muy
diferentes. De esta ignorancia, en último término, eran responsables las más altas jerarquías
eclesiásticas, encabezadas por la misma Curia romana. Se puedan distinguir tres grandes
niveles culturales diferentes entre la población europea de comienzos de la época moderna:
una élite, un amplio sector de habitantes urbanos y las masas rurales, sumidas en su mayor
parte, en una absoluta ignorancia. En la época inmediatamente anterior a la Reforma, el
occidental medio se hallaba cristianizado sólo superficialmente, de ahí que fuesen abundantes
las manifestaciones de religiosidad que podían ser calificadas de extrañas a una concepción
ortodoxa de los principios básicos de la doctrina. La iglesia católica desde tiempo atrás había
pretendido, en distintas instancias y con variados procedimientos, controlar los problemas
propiciados por semejante situación. El hombre comienza a ser sentido como una criatura a
la que Dios, al crearla, ha dotado al mismo tiempo de libertad e independencia de criterio y
que goza de un amplio campo de actuación en el mundo gracias al ejercicio de su inteligencia
y a su razón.
2. La herencia medieval: La Iglesia institucional: La cristiandad occidental a fines de la
época medieval apareciese muy unida sus tradiciones e, incluso, en muchas zonas, a sus
instituciones ancestrales. Los papas, debido a múltiples factores, además de su poder
espiritual, habían pasado a un poder político de tipo muy singular, ya que poseían la soberanía
en exclusiva, al menos en teoría, sobre un amplio dominio temporal en la península italiana.
Por un lado, los minoritarios partidarios de una Iglesia más desligada de los bienes terrenales,
que defendían la imagen que se tenía de la comunidad cristiana de los primeros siglos, imagen
utópica con evidentes elementos distorsionadores. Además de esto los clérigos combinaban
la defensa de sus intereses y su misión como administradores del Evangelio, con una
concepción estática de la sociedad. Desencuentros y tensiones: En primer lugar, y esto ya
venía de antiguo, por obvias razones económicas, sociales y políticas, al poder civil le
interesaba, tanto como a la Iglesia. Los papas no dudaron en oponerse a esta ofensiva de los
poderes civiles y, por tanto, en poner toda su atención en el desarrollo y organización de la
estructura de la Curia romana, con la finalidad de servirse de ella como instrumento básico
de la autoridad pontificia. La Iglesia aún tenía en sus manos la impartición de la educación
en los niveles inferiores y conservaba bien asegurado de momento el control de la enseñanza
universitaria. Todo ello sin contar con la enorme capacidad ejercida por los eclesiásticos para
influir en las masas populares, sometidas de este modo a la acción de una difusión cultural
que, en general, primaba los valores establecidos por la jerarquía eclesiástica.
3 La lucha contra una mentalidad pagana: Desde que el cristianismo pasó a ser una
religión seguida por la mayoría de la población, su práctica llevó consigo el uso de unas
formas litúrgicas y devocionales, creadas en su propio seno se incorporaron usos y
actuaciones variadas de origen pagano. La existencia de este sedimento cultural anterior al
cristianismo, argumentando que tras el triunfo de la Iglesia con Constantino, los convertidos
no pertenecían mayoritariamente a las clases humildes de la sociedad, que ya lo estaban con
anterioridad, por lo que esos nuevos grupos estarían, según ellos, menos dispuestos a aceptar
prácticas procedentes del paganismo. Lo que parece evidente es que las manifestaciones de
la religiosidad colectiva adoptaron en ocasiones formas que pueden calificarse de morbosas,
particularmente en aquellos sectores de población con un deficiente nivel de instrucción.
Como era lógico, este tipo de religiosidad estaba más extendido en las comarcas rurales,
donde se ponían de manifiesto expresiones muy diversas en las que se mezclaban lo profano
y lo sacro. La iglesia vio la necesidad de asumirlos oficialmente con la intención de
controlarlos y depurarlos.
4 Presupuestos para la ruptura de una Iglesia unificada: Los nuevos Estados en
formación luchaban por incrementar su poder en dos aspectos muy definidos: uno, en el
control directo de la administración interior de sus respectivos territorios. De ahí que los
monarcas de finales del siglo XV no creyesen que estuvieran protagonizando un tipo de
confrontación con Roma que no tuviese numerosos antecedentes en los siglos anteriores. Hay
quien sostiene que la Iglesia hubiera tenido probablemente la oportunidad de adaptarse al
cambio de los tiempos mediante la puesta en práctica de una forma valiente del movimiento
conciliar.
5 La actuación del Pontificado: La Iglesia en general y el Pontificado en particular hubieran
necesitado que la jerarquía fuese ocupada por personas conscientes del papel espiritual que
debían desempeñar en un tiempo de profundos cambios en todos los órdenes de la actividad
humana tanto a nivel individual como en las mentalidades colectivas. El Pontificado,
acompañado por la Curia romana y una parte no despreciable de la jerarquía, no estuvieron
a la altura que requerían momentos tan excepcionales que iban a dar paso a la Modernidad.
Ocupaba el solio pontificio Nicolás V. Tras su muerte ocuparía su puesto el jurista y
diplomático valenciano Calixto III. Su sucesor, Pío II. El último pontífice elegido dentro de
este ambiente del colegio cardenalicio favorable que se emprendiera una necesaria reforma
de las estructuras eclesiásticas fue Paulo II. Tras unos días de terrible confusión, que fueron
testigos de la fuerte presión ejercida desde determinados centros políticos, sobre todo desde
el ducado de Milán y el reino de Nápoles, el 11 de agosto de 1492 el cónclave terminó por
elegir papa al valenciano Rodrigo Borja, quien tomó el nombre de Alejandro VI. La
formación de la Liga Santa entre Julio II, Venecia y Fernando el Católico, y, asimismo, la
convocatoria de un concilio en Roma, que sería el V de Letrán, iniciado en 1512. En esta
ocasión quedaba claro que tanto el conciliábulo como el concilio no eran más que jugadas
políticas en el complicado ajedrez que en las relaciones internacionales habían trazado Luis
XII y Julio II. El pontificado de León X, cerró el concilio de Letrán abierto por su antecesor:
su triste bagaje fue una condena del averroísmo, una reafirmación de la autoridad del papa
frente a las teorías conciliaristas y un decreto reformador que no fue más que un mero
compromiso sin sustancia alguna y de escasísima influencia en la vida de la Iglesia. En el
año 1517 en que se clausuró el concilio fijó Lutero sus 95 tesis, un incidente al que pocos en
Roma parecieron prestar importancia. Roma estaba más preocupada con la creación de una
numerosa promoción de cardenales, mediante lo cual León X trataba, como de costumbre,
de dejar una mayoría de partidarios suyos y de su casa con vistas al futuro cónclave.