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REVISTA DE POESÍA EDICIONES O

BISTRÓ XVII

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Bistró. Revista bimestral de poesía. No. 17, Abr-May 2018. Es un proyecto editado en Mérida, Yucatán,
México. Director: Daniel Medina / Edición: Ediciones O / Consejo editorial: Mary Carrillo, Daniel Sibaja, David
Bonilla / Artes Visuales: Mariana Pacho de la Vega

CONTENIDO

Poesía
DOS POEMAS
Ghazal Ghazi // p.5

Cuento
99 RED BANKOONS
Santana García // p.9
BEBÉ
Ángel Fuentes Balam p // p. 14

Reseña
NUEVA TIERRA, DE JOSÉ ANTONIO ÍÑIGUEZ
Cristian Poot p. // 19

Obra Visual
Liliana Ruiz Gómez p. // 23

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PRESENTACIÓN
Como cada dos meses, queridos esta reseña corresponde a un libro
amigos, les traemos un nuevo publicado por Ediciones O, proyecto
número de Bistró bajo la misma responsable de la revista que tiene
apuesta editorial: la brevedad y la ante sus ojos: Bistró. Así que
unión de la experiencia con las gustosos abrimos las páginas a los
nuevas voces. Estamos muy cerca de reseñistas que se acercan a nuestros
cumplir tres años como proyecto de libros y a nuestros autores.
divulgación literaria; nuevas personas Aprovechamos la ocasión para
se van agregando tanto al equipo de invitar a los lectores a escribir sobre
trabajo como a la excelente familia nuestros libros. Nada nos haría más
de colaboradores que número con felices.
número nos brindan el lujo de su Nos vemos, como cada dos meses,
compañía. entre letras como estas.
En esta ocasión, traemos nuestro
número 17 cuya portada y selección
visual corresponde a la artista
mexicana Liliana Ruiz Gómez con
una serie de collages.
En lo correspondiente a la poesía,
contamos con dos poemas de la iraní
Ghazal Ghazi, autora de un registro
en lengua española que ha ido
desarrollándose a lo largo de su paso
por nuestro continente. Que sirva
esta obra como una renovación de
nuestros votos con lo internacional:
la poesía es, a su manera, la
verdadera patria que ocupamos.
Del verso no vivimos, así que en este
número les traemos dos cuentos
pertenecientes a Santana García y
Ángel Fuentes Balam.
Finalmente, una reseña –siempre con
la intención nuestra de aportar al ojo
crítico– sobre el libro Nueva tierra,
de José Antonio Íñiguez, escrita por
Cristian Poot. Como hemos
realizado ya en números anteriores,

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Poesía

Ghazal Ghazi

nació en Teherán, Irán, en 1990. Recibió su formación


académica en EEUU y empezó a escribir poesía en castellano
durante los años que vivió en Chile. Su trabajo literario ha sido
traducido a turco e inglés, y sus poemas han sido publicados en
revistas como Siirden (Istanbul, Turquía) y la antología Salt
Boundaries (Damasco, Siria, 2017). Ha participado en distintos
festivales de poesía en Latinoamérica, como en Perú, Cuba, y
México. Está terminando La Frontera Desemboca en Ti, su primer
poemario.
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Poesía

Versos entre los Océanos:


Atlántico e Índico

GHAZAL GHAZI

Ella agarró cinco relojes con cadenas de bronce,
colgó las rutas de los caminos estrechos como aretes,
y tejió en su cabello
la carne de los continentes.
Así de oceánica se adorna cada mañana:
como si fuera un verso heredado.

Ella tiene siete nombres


como los mares que soplaban los vientos
para las velas de barcos llenos de grilletes y cadenas
que amaban los cuellos, las muñecas,
los tobillos y las lenguas.

Ella pregunta:
¿Por qué escribir de las plantaciones
cuando podría escribir de un pez latiendo con vida?

¿Has visto mi exhalación,


enterrada al pie de un árbol tan muerto como un idioma?

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Este acento es una lápida.
Trato de olvidar el océano.
Yo siempre quise tomar la forma de un manantial incesante
y hablar con los poetas de esta manera.

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Recuerdos de Tierra Mojada
GHAZAL GHAZI

Como si fueras el telar de las generaciones,
están haciendo un tapiz de ti.

Tus recuerdos de tierra mojada


se convierten en el hilo de viento
que desenreda el significado de los nombres.

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Cuento

99 Red Bankoons
SANTANA GARCÍA

Dos niñas con un globo rojo en un banco, hermanas, juegan
lanzándolo suavemente entre sus manos. Al principio apenas vuela con
poca fuerza de una a otra a la altura de sus cabezas. Su padre, sentado a
poca distancia de ellas hace inicialmente una mueca y amaga con
decirles algo, pero se contiene y sólo sonríe, las deja jugar. El banco es
un viejo cementerio que cuando dejó de tener clientes fue pintado de
colores más opacos y le fueron podadas las flores, se sabe que desde
que la muerte ya no existe, los antiguos cementerios son los mejores
lugares para construir bancos. Y este es uno de los grandes, los pasillos
entre los vestigios de las tumbas están abarrotados de personas
haciendo fila para realizar diversas transacciones de gran relevancia
para las vidas inmortales. Una de las grandes ventajas para los bancos
desde que la muerte desapareció es, por supuesto, que el tiempo ya no
es cosa importante, por lo que la velocidad en la atención no es
prioritaria y han podido ahorrar varios millones en empleados que
agilizarían innecesariamente las transacciones. Así que los movimientos
van con calma. Se observa, eso sí, el agotamiento y hartazgo marcados
en los rostros de los clientes, porque la inmortalidad no quita la
impaciencia. Las niñas no saben de impaciencia, no se paran a
preguntar ¿ahora que ya no existe la muerte nos quedaremos niñas por
siempre o creceremos indefinidamente hasta hacernos gigantes como
un árbol de manzana en Marte?, no, las niñas juegan con su globo rojo
mientras las filas avanzan lentamente hacia las cajas. La menor es la que
se atreve a dar el primer manotazo de mayor fuerza al globo y este
vuela haciendo una espiral descontrolada fuera del alcance de su
hermana, hay suerte, el globo cae a los pies de una mujer de altos

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tacones que ni siquiera se percata de que estuvo a punto de botarle en
la cabeza, la mayor sonríe y va a recogerlo, el padre se alerta un
instante, pero cuando ve que el vuelo de aquel no ha incomodado a
nadie, se limita a seguir mirando a sus hijas. Las niñas siguen jugando y
el globo empieza a rebotar con más libertad entre sus manos, las niñas
van expandiendo poco a poco su territorio de juego, corretean para
alcanzar la roja esfera antes de que toque el piso, a veces no lo logran,
más de una ocasión el globo pasa muy cerca de alguna cabeza o alguna
espalda, pero un aura invisible parece evitar que dé con alguien. El
padre las mira, nervioso, preocupado, piensa que un accidente ocurrirá
pronto, pero no se atreve a decirles nada. Por momentos, cuando la
mayor pasa cerca de él, la toma del hombro con suavidad, no le dice
nada, pero su lenguaje corporal le pide calma. Entonces, por
momentos el juego se modera, se reagrupan cerca del padre, pero no
pasan dos o tres rebotes para que se vuelvan a expandir y corretear.
Cerca de ellas, en una alta tumba que se ha rediseñado para servir de
escritorio, un ejecutivo atiende a un cliente que apertura (sic, pero no
sic) una cuenta de cheques, ahí es donde ocurre lo inevitable; en un mal
pase de la hermana menor, la mayor se ve forzada a recibir el globo
con un puntapié que lo hace volar más alto de la cuenta y este cae justo
en medio del escritorio-tumba, provocando un rayón en la firma que el
cliente hacía sobre un contrato, luego el globo da un par de tumbitos
más sobre la mesa y cae al otro lado, en el territorio del ejecutivo. El
padre abre mucho los ojos al ver esto, los párpados casi se pliegan
sobre sí mismos, la menor de las niñas sólo ríe, brincotea en su sitio y
espera a que le devuelvan el juguete, la mayor tensa el rostro y mira con
preocupación al ejecutivo, este primero mira con severidad al suelo,
donde está el globo, luego mira a las niñas y se suaviza, les sonríe,
recoge la roja esfera y se las lanza de regreso, al cliente parece no
importarle lo sucedido, no intenta corregir su firma, le gusta cómo luce
ahora con esa nueva línea inesperada, trata de reproducirla en el resto

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de los documentos, mañana irá a cambiar la de su identificación, no se
puede esperar que alguien tenga una sola firma para siempre en una
vida eterna. Tras el primer incidente algunas personas en la fila, que
avanza con mucha lentitud, prestan atención en el juego de las niñas,
observan el vuelo de la roja esfera que en su errático flotar parece
tropezar con objetos de aire ocultos e impalpables, ven su caída
imprevisible y disfrutan cuando los dactilares de las niñas lo empujan
de vuelta al aire tibio, sufren cuando lo ven tocar el suelo. Cada vez
más personas se vuelven espectadores de aquel juego infantil, las niñas
empiezan a correr por más partes del banco y a golpear con más
fuerza, los clientes observan con atención aquel juego del que no se
espera nada, sin reglas, sin ganadores ni perdedores, sólo el placer de
ver flotar un globo rojo por el espacio de un banco que alguna vez fue
un cementerio. Entonces el globo inevitablemente comienza a caer con
frecuencia entre las filas y las sillas de la sala de espera, los clientes, con
delicadeza, devuelven este con un empujoncito al aire. Después de un
rato a algunas personas les ha caído el globo más de una vez, y entre
más lo devuelven, más empiezan a sentir el deseo de que les caiga de
nuevo para rebotarlo con sus manos, más ganas sienten de ser parte del
juego de las niñas, de salirse de la fila y formar un triángulo, un
cuadrado, un pentágono con ellas y jugar a rebotar el globo hasta que
cierre el banco, hasta que vuelva a abrir a la mañana siguiente, hasta
que algún día, de nuevo, necesite ser rehabilitado como cementerio.
Algunos hombres de trajes estrechos se soban las manos esperando
que el globo por fortuna de su vuelo incierto se dirija hacia ellos, y
cuando ocurre, lo golpean con tanta energía que pareciera que
quisieran liberar en él alguna fuerza muy profunda que les estorba,
alguna energía astrointestinal alojada tiempo atrás, que ha crecido en su
organismo hasta hacerse intolerable. Y ahí va, el globo rojo flotando
por los aires, acrecentándose el deseo de las personas en las filas entre
las tumbas derrumbadas de poseerlo, de ser quienes jueguen con él.

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Hasta que ocurre. En cierto momento alguien no puede más, y al caer
la esfera en sus manos por un mal desvío de la hermana mayor, lo
sujeta, es un joven de gafas y cabello rapado, mira a los ojos a una
chica que está al otro lado de la fila y le avienta el globo, ambos
comienzan a jugar. Las niñas toman aquello con indiferencia, la menor
saca un nuevo globo de su bolsa y lo infla, en seguida hay dos globos
rojos ahora flotando por el aire del banco. Nadie en el banco parece
molestarse por aquel uso inadecuado del espacio, es como si en verdad
desde hace tiempo hubieran estado esperando por algo como aquello, y
ahora cierto inexplorado placer se les depositara en los ojos y en la
espera de poder ser parte del juego. Pronto otras personas comienzan a
apropiarse de un globo tras otro, por cada uno robado las niñas tienen
otro para inflar, así el campo de juego crece y se ven varios pares de
manos anilladas, empulseradas, enrelojadas (doble sic), desnudas,
empujando globos rojos por todas partes. El padre contempla toda la
escena con displicencia, sin moverse de su asiento. El cielo del banco
es una roja fiesta aerostática. Entonces, lo más increíble comienza a
suceder. Justo en el punto en que la mayoría de los clientes tienen un
globo con el cual jugar, el banco comienza a manifestar el renacimiento
de los colores y el brío de tiempos pasados, cuando era un cementerio.
En el piso marmoleado un verdor de húmedo brote de césped
comienza a tapizarlo todo, la blancura de las tumbas adaptadas como
escritorios y mesas de trabajo comienza a resurgir de la opacidad que
han adquirido en los últimos años, las criptas que fungen como
ventanillas y cajas empiezan a resplandecer con cierto brillo solar,
flores de todos los colores nacen aquí y allá sacudiéndose sus pétalos,
liberando mariposas y abejas mieleras de estos. En los escritorios, un
ejecutivo da vuelta a la hoja de un contrato y empieza a dibujar
puntitos para jugar timbiriche, su clienta, una señora emperifollada,
acepta el juego; van ambos trazando líneas, uno con su pluma negra, la
otra con su pluma azul, cerrando cajas y marcándolas con la letra inicial

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de su nombre, quedan tablas y vuelven a jugar, quedan tablas siempre.
Otros empleados ya han convertido varios oficios en aviones de papel
y estos surcan el aire esquivando la flotilla de globos rojos que no
paran de brincar de unas manos a otras, los clientes y empleados de un
banco nunca habían estado tan felices y satisfechos. Algunas personas
ya están en el suelo, intercambiando prendas de vestir, generando
combinaciones de todo tipo. Ahí, un viejo de barba se ha puesto las
gafas de corazón de una chica y el gorrito pequeño de un niño. Allá,
una joven se ha encimado seis abrigos diferentes y ruge como un oso
polar. Cerca de las hermanas que iniciaron todo, una señora menudita
se calza los enormes zapatos de un hombre alto y trata de caminar
chancleteando, pues estos le bailan en sus diminutos pies. Más allá, un
grupo de anfitrionas del banco se pintarrajean los labios con colores
intensos y se salen de las comisuras, cuando se aburren van y colorean
las paredes. Y al otro lado, otro grupo de personas han sacado todas
sus tarjetas, de débito, de crédito, monederos, y tomando una tijera de
un escritorio han recortado en ellas pequeños círculos de plástico que
ahora apilan y juegan como tazos. Así todos, clientes y empleados,
parecen haber encontrado algo con qué aligerar el tiempo que pasan
ahí. Tan sólo los empleados de ventanillas parecen tristes de no poder
ser parte de lo que ocurre afuera. Pero algunos, los más creativos, se las
ingenian, y alguno entrega a su cliente un billete de mil con un símbolo
de gato dibujado en el reverso y una cruz marcada en la esquina, el
cliente sonríe y le devuelve el billete con un círculo en el centro, siguen
jugando. Una cajera tarda demasiado en entregarle su efectivo a una
clienta, pero cuando le da finalmente veinte billetes de quinientos
transformados en pequeñas grullas de papel, esta sonríe y le devuelve
un barquito, pues no sabe más que eso de origamis, hecho con un
cheque que guardaba para cambiar la quincena siguiente. Así se
extiende la algarabía, y las hermanitas, por supuesto, siguen jugando
alegremente con su globo, ya sin ningún límite para correr de aquí a

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allá por el banco. Entonces, una mujer que no se ha enterado de nada,
deja una caja-cripta después de terminar su transacción, no repara en
ninguna otra cosa más que en las dos hermanitas jugando con su globo
rojo, ahora alrededor de su padre. La mujer da un resoplido y se acerca
a las niñas, les reprende con algunas palabras que no deberían decirse
en un banco que alguna vez fue un cementerio y que ahora es un jardín
de niños viejos, pero las dice y atrapa el globo en sus manos y lo
revienta. Se trata de su madre. Entonces el padre también reacciona y
“niñas, les dije que no anduvieran haciendo eso…”. La familia se va. A
las niñas no les importa mucho todo aquello, en casa inflarán otro
globo. Salen del banco y no se percatan ya de cómo todos los globos
rojos en el aire se van reventando uno a uno. Las flores, las mariposas,
las abejas, el césped, todo, se va desvaneciendo, el banco va retornando
al gris de banco y perdiendo el brillo de cementerio, los clientes van
reordenándose en sus filas y los empleados de vuelta a sus lugares de
trabajo tras recoger el regadero de hojas y plumas del suelo. Después,
todos van poniéndose tristes. Después, todos, otra vez, recobrando la
alegría, porque sienten que algo milagroso ocurre en sus cuerpos. Y
entonces uno a uno van desfalleciendo y cayendo encima de las viejas
tumbas, las filas se van vaciando y los empleados también van
sucumbiendo. El banco ya no puede llamarse así más. Y el cementerio
renace a la alegría de la muerte.

______________________
Santana García es egresado de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Cuenta con el
poemario "Rosas secas", editado por el SEC Veracruz. Ha colaborado en diversas revistas
literarias. Ha obtenido menciones de jurado en certámenes nacionales de cuento. Escribió la
obra de teatro de terror "Misofonía", llevada a escena en 2017. Es co-coordinador en el
proyecto de narrativa chiapaneca "La voz enTinta". Fue antologado por la Universidad
Iberoamericana León en la edición 2017 de la antología internacional de cuentos con enfoque
social "Nadie ve, todos saben". Coordina el círculo literario "Las flores del mal TGZ"

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Cuento

Bebé
ÁNGEL FUENTES BALAM

Trato de no derrumbarme ante sus ojos; intento mantenerme indemne,


aunque los míos se llenen de lágrimas. Asiento con la cabeza a sus
frases, mientras tomo sus hombros. La soporto y ella me soporta,
como dos columnas que cargasen un puente por el cual pasara un gran
ferrocarril. Ella tiembla. Respira con dificultad. Me mira con miedo. La
voz le baila cuando habla.
Recuerdo esa cara: es la misma que aquella en el hospital, cuando Haru
nació. Se lo llevaron hasta el pecho. Ella lo observaba, pletórica de
cariño. Dirigía con debilidad su rostro hacia mí.
—Mira… Mira, Hideo, mira… Es tan pequeñito… Tiene sus deditos
completos, su frente limpia, su nariz… —decía.
Me dio tanta ternura verla así, abrazando a nuestro hijo. Me sentí un
gran hombre, un hombre inmenso capaz de hacer girar la luna.
Haruka siempre había deseado una familia. Vivió en el seno ardiente de
un hogar quebrado, marcado por la violencia y la indiferencia. Cuando
nos comprometimos, me lo confesó con ahínco bajo la sombra de un
cerezo: “Tendremos una gran familia y viviremos en un bol de arroz”.
Le prometí que así sería y puse, delicadamente, una bella sakura en su
cabello. Al hacernos novios le había regalado un ramo de esas flores; le
fascinaban. Algunas sakuras caían alrededor de nosotros y en nuestro
hombro.
—Nunca tendremos miedo.
—Nunca nos encontrará el miedo.
—Nos cuidaremos mucho.
—Viviremos una felicidad tan larga como el Transiberiano.

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Podríamos volar sorteando las montañas de la rutina, los lagos de la
pobreza, las aves del infortunio. Ella era la mujer y yo el hombre. Esa
era la historia de todas las historias.
Así fue durante mucho tiempo. Vivimos sobriamente el matrimonio
nuevo: yo trabajaba en el gran proyecto del tren ligero de Hida y ella se
desempeñaba como maestra de música en la Academia de Takayama.
Pasábamos la mañana fuera de casa y por la tarde regresábamos a
nuestro “bol”. Era una vida sencilla. Hacíamos crucigramas,
cocinábamos juntos, jugábamos ajedrez, veíamos películas… O nos
metíamos en la cama para acompañar la caída del sol con nuestros
cuerpos desnudos. Cada beso propiciaba que el astro se precipitara a
tierra, las caricias dibujaban gruesas nubes que esparcían una cortina
purpúrea para ocluir el anaranjado cada vez más moribundo.
Un día, terminé bastante tarde mi trabajo en las vías. Cuando llegué a
casa, había una nota sobre la mesa. La caligrafía perfecta dictaba que
era de Haruka.
“Algo ha pasado.”
Esos caracteres trazados en la hoja me atemorizaron. Recordé de
inmediato unas palabras de mi padre:
—Malas cosas pasan a la gente buena —decía, sentado en su vieja silla
mecedora. Su sonido y los apoyos en forma de riel, habían influido
enormemente en mi amor por los trenes.
—¿Haruka? —pregunté con extrañeza. Debía estar en la habitación,
dormida.
Crucé la sala. Seguramente había hecho la limpieza al retornar del
centro de la ciudad, pues el recinto se hallaba impecable. Al llegar a la
altura de la cocineta, escuché sollozos. Alarmado, apresuré el paso.
—¿Cielo, estás bien?
Casi corrí hasta el cuarto. Desde la cama se adivinaba un trémulo
cuerpo cubierto por las sábanas. Ágilmente fui hasta él. No lo descubrí
todavía; lo analicé. Lloraba.

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—¿Haruka? —pregunté consternado al tiempo que destapaba la figura.
Ante mis ojos estaba ella, no sollozando sino riendo.
—¿Qué broma pesada es esta? —protesté, dejándome caer en el borde
de la cama.
Ella me abrazó, contenta, y colocó frente a mi cara (muy cerca) un
aparatito blanco y largo que no reconocí, junto con una bola morada.
—Dos rayitas —comentó con la sonrisa de un tren antiguo.
Mi alegría fue enorme. Me aparté —eufórico— para mirarla. Movía la
cabeza al mismo son que la prueba de embarazo. Entre sus dedos,
oscilaba una sakura.
Haru fue el bebé más amado de todo Japón. El más esperado de la
tierra. Otorgó a nuestra existencia un alto propósito y vasta felicidad.
Era muy parecido a ella. Un magnífico eco del amor entre su madre y
yo.
Paseábamos en el campo, empujando su carrito que asustaba a las
libélulas. Íbamos al mercado, cambiando el turno para cargarlo. Lo
alimentábamos y reíamos con su risa sin dientes.
Cuando, por la noche, dormía apaciblemente entre nosotros, yo estaba
seguro de que éramos la perfección, una vía sólida del tren del mundo:
Haruka era la cabeza del riel, Haru el alma y yo la base.
Lo vimos crecer como una ola: así de veloz, así de hermoso.

Aquel día se descarriló un vagón. Lo recuerdo. Fue una rueda vieja que
salió de su eje. Tuvimos que quedarnos tres horas para arreglar el
desperfecto. Ciento ochenta minutos en los que pude haber mirado a
Haru.

Trato de no derrumbarme ante los ojos de Haruka; intento


mantenerme indemne, aunque los míos se llenen de lágrimas. Asiento
con la cabeza a sus frases, mientras tomo sus hombros. La soporto y
ella me soporta, como dos columnas que cargasen un puente por el

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cual pasara un gran ferrocarril. Ella tiembla. Respira con dificultad. Me
mira con miedo. La voz le baila cuando habla.
—No… No… Haru estará cuando lleguemos a casa, ¿sabes? Él no
está ahí. No está. Está bajo la cama, jugando a las escondidas.
Mañana… Mañana iremos camino al centro de Takayama y él irá
recorriendo algunos guijarros para… para aventarlos a los grillos que lo
pillen… que lo… O… o estará en la cocina, merodeando entre mis
piernas o pescando contigo… Te, te va a preguntar cuándo lo llevarás
a ver los trenes más… Tienes que llevarlo, Hideo, tienes que llevarlo…
Haruka se pierde en sollozos. Se quiebra. Un tren pasa a toda la
velocidad.
Es el miedo.
La derrota.
La derrota.
El dolor.
El dolor.
El dolor.
El dolor.
El dolor.
El dolor.
El dolor.
Su furia es tremenda. Lo siento en mis huesos. Lo resisto, lo tengo que
resistir. Abrazo con fuerza a Haruka.

El conductor no se da cuenta. Haruka se descuida un momento con el


viento: hojas de partituras vuelan desde atril que también cae. Era un
examen importante. Las hojas se riegan por la terraza. Haru persigue
una sakura. Sí, una sakura brillante que se sacude en el aire. Sale por la
reja de madera que tal vez yo me olvidé de cerrar con la prisa de la
emergencia. Haruka está de rodillas recolectando las hojas. No mira a
Haru. La pequeña sakura gira y atraviesa la calle. El conductor no se da

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cuenta. Haru no puede asir la sakura, el automóvil lo golpea antes de
tomarla.

Mi padre habla desde lo profundo de la muerte:


—Malas cosas pasan a la gente buena; pero siempre has de vivir como
un ser de paz. Lo fatal no entiende de moralidad, pero tú sí. Sé bueno,
Hideo, camina siempre hacia una dirección y protege a quienes estén
contigo. Ningún túnel es infinito.
Y Haruka desde lo incomprensible de la vida:
—Nuestro bebé estará en la casa… Estará ahí… No está ahí… No
está ahí —grita la madre de Haru, el niño más esperado de la tierra,
apuntando a una pequeña caja blanca que desciende suave, muy
suavemente hacia la oscuridad del suelo, como una lágrima, la nota baja
en un pentagrama o la última flor de un cerezo.

______________________
Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Becario
actual del PECDA Yucatán 2018. Director de “Perros que parecen laberinto”, agrupación
teatral independiente. Docente de Teatro en El Claustro, Campeche. Es autor de los libros:
“Melodía tu engranaje quieto” (Editorial El Drenaje), “Cruoris o la rabia que fuimos” (Libros
en Red) y “Devoré el cráneo de Eros” (Ediciones O). Ha publicado en las antologías:
“Pyramid”, “Small Claim of Bones”, “Cuéntanos tu locura”, “La memoria de los días”,
“Dramaturgia Express I”, “Karst. Escritores de la península de Yucatán” y en diversas revistas
a nivel nacional e internacional. Coordina “Buqueic” (2017), presentación de lectura y acciones
escénicas sobre literatura pornográfica, erótica y violenta, realizada por autores mexicanos.

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Reseña
Un escueto análisis del libro Nueva tierra
de José Antonio Íñiguez
CRISTIAN POOT

El haikú es un pequeño óleo de la naturaleza, un nido en el desierto de
sílabas en tres escalones, señala el poeta peruano Miguel Ángel Zapata.
El haikú, además del oficio inherente al uso de la métrica (5-7-5), es
una experiencia sensitiva y anti-intelectual. Es una sabiduría que pasa
por la fisicidad del poema. En palabras de Takayama: “nos enseña a ver
la inestabilidad de las cosas y de la vida humana”. Los estudiosos del
haikú enumeran una serie de temáticas que éste aborda. Sin embargo,
Basho considera que al haikú hay que buscarlo en las cosas que a uno
le rodean.
En este contexto, el libro “Nueva tierra” de José Antonio Íñiguez
propone una conversación estrecha con la tradición japonesa del haikú.
A lo largo de la manufactura de estos versos, el poeta gana con creces
el título de haijín, como se le nombra al poeta del haikú. Lo anterior
debido a que demuestra un amplio dominio de la métrica necesaria
para la escritura de este género poético pero además porque es capaz
de compenetrarse con los elementos del entorno, dejando a estos
hablar por sí mismos.
En un análisis escueto se puede comentar lo siguiente. El epígrafe del
libro anuncia la temática cíclica, situando al lector en el inicio de la
cuenta. Pero también inicia el diálogo con la tradición japonesa del
haikú, ya que el haikú utilizado por Antonio como epígrafe, pertenece
a Shiki Masaoka (1902), creador del término haikú que se empezó a
utilizar a partir del siglo XIX, cuyo antecedente es el término haikai,
utilizado desde el siglo XVI. Cito el epígrafe: Cada año nuevo/ cielo y
tierra en armonía/ el primer día” (Shiki, n.d., en Íñiguez, 2018). Por
otro lado, este libro se configura en tres apartados: Tiempo de lluvia,
Solares y Nueva tierra.
En el primer apartado, Tiempo de lluvia, el primer haikú empata con lo
anunciado en el epígrafe. El haikú que hace alusión a copos de nieve

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deja asomar el desenfado, propio de la voz poética del autor. El ánimo
del haikú se asemeja a Kobayashi en la medida que parte de lo natural,
pero toma en cuenta que lo natural ha sido modificado por el hombre,
donde la realidad es moderna y existen términos como “glamour” que
forman parte del ideario moderno:
Copos de nieve
en las ramas de un pino.
Eso es glamour.
(Íñiguez, 2018, p. 22)
Otra de las herramientas que utiliza el haijín es la transfiguración, que
también Buson solía utilizar en algunos de sus textos. En el siguiente
haikú de Antonio Íñiguez ocurre lo apenas mencionado:
Bajo la lluvia
dos paraguas abiertos,
como dos lirios.
(Íñiguez, 2018, p. 25)
Al menos dos de los haikús de este apartado comparten elementos del
escenario que el propio Basho utiliza. A continuación uno de los
poemas más conocidos de Basho:
Un viejo estanque:
Salta una rana ¡zas!
Chapalateo.
(Basho, N.D.)
El siguiente poema de Antonio Íñiguez hace referencia directa al haikú
anterior, haciendo una especie de homenaje a Basho. Remarcando el
diálogo de este libro con la tradición japonesa del haikú:
Quieta la rana
al borde del estanque.
¿Espera a Basho?
(Íñiguez, 2018, p. 27)
En el apartado dos, Solares, hay una agudeza del haijín para conectarse
con los elementos del mundo. Una suerte de actitud acorde a la
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expresión del arte zen, una compenetración del hablante lírico con
cuanto lo rodea, dejando que las cosas hablen por sí mismas. Cito los
siguientes poemas:
Silencio en casa.
(El viento en las cortinas
me contradice).
(Íñiguez, 2018, p.38)

No sabe el árbol
si cantar o dar frutos.
Tarde de marzo.
(Íñiguez, 2018, p. 41)
En este segundo apartado, uno de los haikús es dicho desde una voz
acorde al tipo de haikú llamado “existencialista y social” con fuertes
influencias de la II Segunda Guerra Mundial. En el caso de Íñiguez,
esto significa una postura curiosa e inquisitiva por comprender el
entramado de la realidad social, pero ejerciendo a la vez un acto de
amor y compasión por su realidad inmediata:
Si no al sol,
¿a quién le canta el gallo?
Cuéntame, obrero.
(Íñiguez, 2018, p. 48)
En el apartado final, Nueva tierra, aparentemente hay una ruptura con
la voz del haijín de los apartados anteriores, en el sentido de que ahora
aparecen elementos retirados del verdor, de la hojarasca, del estanque y
todos aquellos elementos naturales. O bien, se hace visible la
problemática ambiental de la era moderna. Como ejemplo, los
siguientes poemas:
Deshuesadero:
en una llanta grazna un pájaro
¿de otro mundo?
(Íñiguez, 2018, p. 59)

21
Por pura estética
un hombre corta un árbol
en la avenida.
(Íñiguez, 2018, p. 64)
Sin embargo, elementos de la era moderna como el televisor, o
escenarios como un deshuesadero, que justamente se hacen presentes
en este último apartado, aún continúan con el diálogo propuesto con la
tradición japonesa desde el principio del libro. Prueba de ello, Issaa
Kobayashi, uno de los haijines más sobresalientes precursores de la
tradición japonesa del haikú, presenta poemas que conversan también
con la problemática moderna:
“Se han abierto las flores:
no las merece
el mundo.”
(Issaa Kobayashi, n.d.)

“Brisa de otoño,
según mi brújula
mi choza está detrás del monte”.
Para finalizar y tomando en cuenta lo anteriormente expuesto. El libro
Nueva tierra de José Antonio Íñiguez es una oportunidad para
acercarse a la agudeza del haikú, ya que es un libro que deja hablar a los
elementos del mundo, expresando el punto de intersección de lo
momentáneo con lo constante y eterno.

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Cristian Poot. Poeta. Nació en Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo el 12 de noviembre de
1992. Autor de los poemarios ”Nostalgia de pájaros”, 2015; e “Infancia remota” de próxima
publicación. Compilador de la revista literaria Literachere, 2015. Cuenta con textos publicados
en la antología “Desde los siete azules”, 2016; y Contramarea: breve antología de poesía joven
de Quintana Roo, 2018. En 2015 obtuvo los siguientes logros: mención honorífica del Premio
Nacional de Cuento Breve del Tecnológico Nacional de México; becario del encuentro
peninsular de escritores Festival Cultural Interfaz-ISSSTE, “Los Signos en Rotación” realizado
en Yucatán; y mención honorífica del Premio Estatal de la Juventud de Quintana Roo,
categoría Expresiones Artísticas y Artes Populares.

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OBRA VISUAL

Liliana Ruiz Gómez

Nació en Tepic, Nayarit, México. Egresada de la


Licenciatura en filosofía y ciencias sociales (ITESO). Reside
en Guadalajara, Jalisco desde hace 7 años. Escritora de
cuento fantástico y hacedora de collage por la convicción de
que la realidad tiene un sustento más allá de lo visible y de
lo ordinario. Participó en la exposición colectiva “In cvt we
trvst”, en El museo del juguete antiguo (CDMX) Marzo del
2018.

Redes sociales:
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