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EL REVOLUCIONARIO PROFESIONAL

La construcción política del pueblo


EL REVOLUCIONARIO PROFESIONAL
La construcción política del pueblo

Rosario, 2017
Claudio S. ingeRflom
el ReVoluCionaRio PRofeSional
la ConSTRuCCiÓn PolíTiCa del Pueblo
1a ed. - Rosario : Prohistoria ediciones, 2017.
256 p.; 22,5x15,5cm.

iSbn 978-987-3864-70-4

1. Historia. 2. Revolución Rusa. i. Título.


Cdd 947.0841

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TodoS loS deReCHoS ReSeRVadoS
HeCHo el dePÓSiTo Que maRCa la leY 11723

© Claudio S. ingerflom

© de esta edición: este libro se terminó de imprimir en


email: prohistoriaediciones@gmail.com multigraphic Sa, buenos aires, argentina,
Website: www.prohistoria.com.ar en el mes de septiembre de 2017.
impreso en la argentina
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra,
incluido su diseño tipográfico y de portada, en cualquier
formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico,
sin expresa autorización del editor.

iSbn 978-987-3864-70-4
Pour Julia
Nous aimerons toujours
Le temps des cerises
Índice
..................................................................... 11

Introducción

leer hoy al joven Lenin? ......................................................... 13

Capítulo I
................................................ 25

Capítulo II
La autocracia ........................................................................... 39

Capítulo III
..................................................... 47

Capítulo IV
........................................................... 57

Capítulo V
¿Dónde está el pueblo? .......................................................... 69

Capítulo VI
La antropología de la revolución ......................................... 81

Capítulo VII

pero la contiene ...................................................................... 93


Capítulo VIII
El revolucionario profesional populista: un
«ser especial» .......................................................................... 107

Capítulo IX
.............. 121

Capítulo X
.................. 133

Capítulo XI

................................................................................ 143

Capítulo XII

clásico ....................................................................................... 165

Capítulo XIII
De la Teoría a la Realidad ...................................................... 175

Capítulo XIV

......................................... 193

Capítulo XV
¿Qué Hacer para instituir al pueblo en actor político?...... 203

Capítulo XVI
Potencia y aporías del revolucionario profesional ........... 217

Conclusión

descentrada ............................................................................. 233

Apéndice

.......................... 249
Agradecimientos

M
i reconocimiento a los estudiantes de la Maestría de Historia Con-
ceptual, en la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional
de San Martín por sus preguntas y las discusiones durante el semi-
nario de 2016 que contribuyeron a esclarecer momentos importantes de las tesis
aquí expuestas.
El Centro de Investigaciones en Historia Conceptual (CEDINHCO) de
la misma casa de estudios se caracteriza por una labor creativa y entusiasta refle-
jada en sus debates y en su revista en línea, Conceptos Históricos. Sin poder citar a
todos los colegas, permítaseme subrayar el enriquecimiento intelectual que bajo
el signo de la erudición y de la amistad significan los intercambios desde hace
varios años en el Centro y en la Maestría con Agustín Casagrande, Francesco
Callegaro, Sandro Chignola, Giuseppe Duso, Marina Farinetti, Carlos Ruta y
Adrián Velázquez.
A escribir el libro en este año del centenario de la Revolución de octubre
me alentó la cálida presión y los recurrentes consejos de un historiador erudito e
intelectual de referencia en América Latina, fundador y director del prestigioso
e indispensable CEDINCI: Horacio Tarcus, quien además, con gran sentido de
la amistad, encontró tiempo para leer y comentar con gran pertinencia varios
capítulos.
El diálogo fue y es constante con Francesco Callegaro, quien leyó y releyó
partes esenciales del texto; su crítica intransigente e inteligente, su comprensión
profunda de la Historia conceptual y su admirable capacidad para construir
puentes entre la filosofía política, la política y las ciencias humanas y sociales
constituyeron un aporte decisivo para profundizar y exponer con mayor preci-
sión la actualidad del joven Lenin.
Darío Barriera no es solamente el editor generoso del libro. Es un historia-
dor al que admiro y que me honra con su amistad.
Last but not least, mis agradecimientos a Sofía Ivanoff y Constanza Verón
quienes voluntariamente demostraron infinita paciencia, amabilidad y una efica-
cia à la Rajmétov, en el engorroso trabajo de «limpiar» el texto de galicismos,
errores y repeticiones, y de prepararlo para la publicación. Extiendo este agrade-
cimiento a Martín Baña por su eficaz colaboración para encontrar las referencias
en español de los textos rusos.

Sobre la transcripción de los términos rusos


Para mayor confort del lector que no domina el idioma ruso, no utilizo ninguna de los sistemas
internacionales de transliteración ni los signos diacríticos adoptados para los textos académicos.
He transcripto las letras rusas más simplemente, según la fonética española, incluyendo los nom-
bres propios. Las excepciones son escasas y tienen que ver con los sonidos no existentes en nuestra
lengua, para los cuales empleo la transcripción inglesa (zh, sh, shch) o con nombres propios que ya
han adquirido notoriedad (por ejemplo Herzen y no Gertsen).
Introducción

¿Cómo instituir al pueblo en actor político o por


qué leer hoy al joven Lenin?

La Democracia más allá de la democracia1

E
n la década de los 80, años más años menos, un conjunto de factores se
reunió: la crisis del marxismo, las pruebas irrefutables de los crímenes
de masas perpetrados en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
(URSS) y en los otros países gobernados por los partidos comunistas, la banca-
rrota final de esos regímenes con alguna que otra salvedad, el triunfo del neolibe-
ralismo... y Lenin pasó a la historia. Hacia fines del siglo pasado, el socialismo ha-
bía desaparecido de la agenda intelectual y política, mientras que la democracia
podía concebirse únicamente como liberal, antes que le adjuntaran los valores
neoliberales. El desprestigio generalizado del llamado campo socialista alcanzó
al concepto mismo de «revolución». Había excepciones, algunas ingenuas y
otras obedeciendo a diversos cálculos, pero ambas perdidas en un coro entusiasta
que entonaba el fin del totalitarismo y la eternidad del capitalismo.
En medio de ese desamor por toda tendencia a cambios radicales, a fines de
noviembre del 2016, en la ciudad de las mil y una revoluciones, aparece un libro
firmado por un casi desconocido, inmediatamente traducido a varias lenguas eu-
ropeas. El título: Révolution. Su autor lo publica para anunciar que será candida-
to a la elección presidencial y, en efecto, seis meses después Emmanuel Macron
entra triunfante en el Palacio del Eliseo. En el camino quedaron no derrotados
sino destrozados el partido socialista y la derecha heredera del gaullismo que se
habían repartido el poder durante toda la V república. El título del ensayo es
reiteradamente explicitado desde las primeras páginas: una «revolución demo-
crática profunda».2 Semejante retorno a la escena política de un concepto tan
fundamental en la modernidad política ciertamente no encandila al historiador,
14

pero lo invita a situar la actualidad en una perspectiva temporal de larga duración.


No se trata de discutir aquí el contenido de sus proposiciones destinadas a afron-
tar con éxito el siglo XXI en Francia y en Europa. En cambio, y a la vista de los
resultados electorales, me parece útil interrogar ese título en tanto síntoma de
anhelos mayoritariamente compartidos. Que la palabra «revolución», caída en
desgracia luego de mayo del 68 y sólo reivindicada después por pequeños grupos
marginales, haya pasado a ser el nombre de un fantasma que nuevamente recorre
Europa indica cambios en las representaciones colectivas. Estamos acostumbra-
dos a pensar que la revolución política democrática por excelencia fue la de 1789
¿Qué le falta entonces en el sentir popular a esa democracia dos veces centenaria
para que la perspectiva de repetir su momento fundador, aunque esta vez sin
violencia, pero en «profundidad», sea una consigna triunfadora? Es evidente
que no se trata de una revolución social o socialista, sino política. El retorno en
gracia del concepto parece ser uno de los síntomas de la «crisis de representa-
ción» constantemente evocada en los últimos años en la mayoría de los países
europeos, y vivida colectivamente como un déficit de democracia o incluso su
fracaso. El clamor es unánime: los ciudadanos no se sienten representados. Pero
la causa de ese sentir, que es también una realidad, reside menos en el escaso
grado de fidelidad a las promesas anunciadas durante las campañas electorales
por parte de los representantes elegidos que en la estructura misma de la de-
mocracia moderna. Estamos frente a una aporía inherente a la política fundada
sobre el acto de elegir representantes que serán detentores de la soberanía. Los
individuos aislados se constituyen en pueblo en el momento de votar y designar
a sus representantes. Es el único momento en que actúan como un todo. Por
esa razón, sus representantes ya no son los de un estamento como en el Antiguo
Régimen, sino los del pueblo, los de la nación entendida en su acepción jurídica.
O sea, los de una ficción que recobra realidad inmediatamente después de votar
al disgregarse nuevamente y recaer en la forma anterior de individuos dispersos y
despolitizados. Son los súbditos pasivos –pueden protestar, pero no gobernar–,
de representantes sin mandato vinculante, puesto que al ser representantes de la
ficción indefinida llamada pueblo gozan de un mandato libre. El súbdito deberá
obedecer a la ley, no porque esté de acuerdo con su contenido sino porque es su
ley, y es suya porque fue adoptada por los representantes que él eligió. Es el autor
de la ley y no puede rebelarse contra sí mismo; al haber elegido a los gobernan-
tes, los individuos aislados han funcionado por un momento como pueblo o sea
El Revolucionario Profesional 15

como el autor de un orden en el cual el representante, al que se le ha cedido la


soberanía popular, es el actor. Hete aquí el modelo hobbesiano en el cual por su
participación en el acto político que fabrica representación y entrega soberanía,
el individuo deviene súbdito despolitizado. Representar es hacer presente lo que
está ausente. Es este marco político moderno fundado en la pareja representación
- soberanía el que entró en crisis, posiblemente terminal, porque esos conceptos
modernos ya no dan cuenta de la realidad política y social. Los pueblos no se
sienten representados o, lo que es lo mismo, no se sienten actores políticos. Es
difícil no darles razón.
La ausencia señalada no es el monopolio de la democracia moderna. En
otros sistemas, como en el autocrático ruso, o en los comunistas, el pueblo tam-
poco adquirió el estatuto de actor. Bajo la autocracia, que se distingue del feu-
dalismo entre otras cosas por la ausencia total de contrato fundante entre go-
bernantes y sometidos, El pueblo nunca delegó soberanía. ¡Tampoco la poseía!
En el caso de los regímenes comunistas, y allí donde hubo revolución, los que
triunfaron pueden prevalerse de un mandato de representación, pero que no ha
sido nunca revalidado desde ese entonces.

«Construir el pueblo»
Como vemos, para todos aquellos que intentan obrar para que el pueblo se ins-
tituya en actor, el objetivo –a pesar de las diferencias históricas– es constante,
por lo menos desde le siglo XVIII si nos ceñimos a la modernidad europea. Me
encuentro escribiendo estas líneas faltando pocas semanas para que se cumplan
cien años de la revolución de octubre de 1917 dirigida por Lenin. Hoy, para al-
gunos Lenin es un déjà vu; para las generaciones jóvenes un personaje histórico
al que le consagran una páginaen los manuales escolares. El Lenin que predo-
mina en la literatura política y en los libros de historia es el hombre de acción,
lúcido, oportunista, cínico, táctico, etc.
Y bien, no es ese Lenin, el Lenin estratega, el que me interesa.3
El Lenin que hoy es útil leer es otro. Es un Lenin inserto en la historia rusa y al
mismo tiempo afrontando explícitamente el problema de la no existencia política
del pueblo, o sea una ausencia similar, aunque en otras condiciones, a la que acaba
de autorizar –con tanto éxito– el retorno en gracia del concepto «revolución».
Ciertamente Lenin es un hombre de acción, pero realiza un gesto fundamental:
abre en la acción un espacio para pensar la política.
16

El discurso estratégico es omnipresente en sus escritos y por eso mismo


oculta el plano teórico en el cual él piensa la política, dando así lugar al malen-
tendido que caracteriza a la lectura tradicional. Sin embargo, al leerlo desde la
doble perspectiva mencionada, o sea –permítaseme insistir–inserto en la histo-
ria rusa y en tensión con los problemas fundamentales de la modernidad política,
emerge un Lenin que se desplaza desde la estrategia hacia el pensamiento po-
lítico y filosófico-político para interrogar desde la teoría la historia rusa. Este
desplazamiento articula la reflexión de Lenin con la actualidad, porque al abrir
en la acción un espacio para la teoría, Lenin se inscribe en una tradición de pen-
samiento que aborda los grandes problemas de la modernidad sintetizados en
conceptos como Estado, representación, pueblo, poder y otros, que no han nun-
ca recibido respuestas definitivas, pero que pueblan los escritos de Hobbes, Kant,
Fichte, Hegel, Schmitt, Vogelin... La historia frecuenta aquí el presente.
El Lenin que leemos en este libro es un Lenin que se interroga sobre cómo
hacer del pueblo un sujeto-actor de la historia. Afronta dificultades comunes a la
modernidad y preguntas conceptuales cuya actualidad es evidente. Basta como
ejemplo citar lo que decía Iñigo Errejón –uno de los fundadores de Podemos–,
en el congreso «Republicanismo versus Populismo» organizado por la Univer-
sidad Complutense de Madrid en septiembre del 2016: «nosotros asumimos
que el pueblo no existe, pero que no hay política sin pueblo. El pueblo es impres-
cindible pero no existe. No está dado, hay que construirlo».

La modernidad descentrada
Los capítulos que siguen invitan a reflexionar sobre esa ausencia del pueblo a
partir de la obra del populismo ruso y del joven Lenin, o sea el que crea el dispo-
sitivo –el revolucionario profesional y el partido– dirigido contra una domina-
ción ejercida en la periferia del capitalismo central. Se trataba de una dominación
vertical que había logrado mantener a los súbditos aislados y así evitar la consti-
tución de solidaridades horizontales que pudiesen expresarse políticamente. En
consecuencia, los sectores socioeconómicos no se constituyeron en clases socia-
les, o sea en actores políticos colectivos. Es una lectura desde el interior de la
historia de Rusia, pero atenta a la crisis actual de la democracia; crisis ciertamen-
te endémica en nuestro continente, pero bien lejos de limitarse hoy al espacio
extraeuropeo.
El Revolucionario Profesional 17

Tanto el populismo ruso de las décadas 1860-1870 como el joven Lenin se


dieron por misión lograr una democracia que vaya más allá de los marcos histó-
ricos del liberalismo, y que sea factible en la periferia. La referencia histórica para
ambos se sintetizaba en dos fechas: 1789 y 1848. Para los adversarios del despo-
tismo autocrático ruso, la derrota del proletariado parisino –sublevado en junio
de 1848 contra la dominación de la burguesía– había dejado la herencia de 1789
en un callejón sin salida. El estancamiento en Francia era sentido intensamente
en los márgenes de Occidente. El populismo nació en Rusia y en 1848, fruto de
una convicción: no había fuerzas en Francia para radicalizar la democracia po-
lítica dándole un contenido social. En vísperas de la redacción del ¿Qué Hacer?
–obra en la que Lenin elabora el nuevo tipo de revolucionario y de partido–, él
se encuentra mirando a Francia, el país de la revolución en la posición del Marx
de 1843 que situaba Alemania «según la cronología francesa, apenas en el año
1789, y desde luego muy lejos del foco del presente».4 En el calendario ruso, el
«apenas» de Marx debía leerse no como el comienzo del año 1789, sino como
toda una época histórica y antropológica anterior a la toma de la Bastilla. Para los
socialistas rusos, la interrogación era: si el pueblo francés, constituido política-
mente en clases sociales activas y entrenado en revoluciones estanca ¿qué hacer
en Rusia que ni siquiera llegó a su 1789?
Entre el ideal socialista generado en el surco de 1789 y la realidad de la de-
rrota en 1848 se instaló una distancia que obligó a los rusos, populistas como
marxistas, a revisar la relación entre democracia y socialismo en un plano teórico.
¿Qué hacer para que sujetos dispersos se sientan ellos mismos un pueblo y actúen
como tal? A pesar de la importancia que esta pregunta sobre los medios tenía
para los socialistas, Lenin la subordinó a otra interrogación que nació también
de la derrota: ¿cuál es el tipo de democracia capaz de desplegar la potencialidad
revolucionaria de sus actores para no estancarse en la etapa puramente política?
El círculo era aporético, sin solución lógica: sólo en la democracia la mayo-
ría del pueblo se podría educar políticamente, y mediante clases sociales consti-
tuidas imprimirle un rumbo social. Pero, esa misma democracia primaria –o sea
política– sólo se podría conquistar transformando a los sujetos dispersos en un
colectivo actor de la historia, que el joven Lenin llama «pueblo» o «todos los
sectores y todas las clases de la población». La particularidad de su pensamiento
reside en que en lugar de tratar en vano de continuar por ese callejón sin salida
que la aporía constituye, hizo de ella una invitación a pensar. Una salida posible
18

era la temporal: dejar que la espontaneidad histórica haga su trabajo hasta cam-
biar el callejón en calle. Lenin rechaza esta posibilidad por dos razones: duda
que el capitalismo dependiente conduzca a la democracia y está convencido que,
si esa posibilidad a pesar de todo se realizase, se trataría de un camino moral y
culturalmente tan penoso para las masas de trabajadores que éstos no estarían
luego en condiciones de enfrentar al capitalismo. El problema para el Lenin de
1902 es que aspira a otra democracia, pero al mismo tiempo no da por hecho que
el actor «pueblo» exista. Aquí se encuentra la potencialidad de la aporía. ¿Qué
Hacer? significa entonces ¿qué hacer para instituir el pueblo en actor colectivo?
La respuesta de Hobbes –autorizar al soberano y en esa acción convertirse en un
colectivo singular– no podía ser la de Lenin, porque el futuro dirigente bolche-
vique no buscaba un pueblo-ficción que se constituya en y por la decisión de ser
representado, sino el pueblo-real compuesto de clases sociales y actor práctico de
la revolución democrática. No obstante, su interrogación es semejante a la del
autor del Leviatán y a la de Errejón, y su percepción de la ausencia del pueblo en
la decisión es similar a la que engendra en nuestros días la crisis de la represen-
tación.
Ciertamente hay una distinción, ya que el socialismo está ausente en la obra
del Hobbes y omnipresente en los textos del joven Lenin. Sin embargo, el so-
cialismo llega al ¿Qué Hacer? asentado sobre otra búsqueda: la del pueblo-actor
capaz de conquistar la democracia, y una democracia que no se atasque en el libe-
ralismo. Al articular la democracia con el socialismo, Lenin cambia el ideal tanto
de 1789 como el de 1848. Por un lado, ya no se trata ni de la democracia sin ad-
jetivo, ni de la sola democracia política; el objetivo es una democracia avanzada
que pueda transitar hacia el socialismo que no es entonces enviado ad calendas
graecas. Esta articulación implica una prioridad: el combate por la democracia,
la más avanzada posible, y en ese sentido diferente de la que se había obtenido en
Francia. Su lógica coincide con la del Marx ya citado: «en Alemania la emanci-
pación de la Edad Media no es posible sino como emancipación simultánea de
la superación parcial de la Edad Media. Ninguna forma de esclavitud puede ser
abatida en Alemania sin abatir al mismo tiempo toda forma de esclavitud».5
Conviene descartar de entrada una lectura que reduzca la búsqueda de una
revolución democrática radical a una táctica para aprovechar la energía desple-
gada y transformarla rápidamente en socialista. Tampoco se trata de ignorar que
el socialismo era la meta última, pero este objetivo –recurrentemente explicitado
El Revolucionario Profesional 19

en los textos de Lenin–, esconde el problema previo, lo que él llama en el sub-


título del ¿Qué Hacer? «tarea candente»: instituir al pueblo en actor político.
En el plano histórico y filosófico político, el populismo ruso y el joven Le-
nin, aunque con propuestas como veremos parcialmente distintas, inauguraron
una problemática permanente de la modernidad que aún hoy está en debate: la
de una política democrática radical alternativa a la hegemonía liberal de Occi-
dente. Es decir, radical, porque se trataba de ir a los fundamentos mismos de la
democracia: instituir un pueblo que no fuese únicamente el de la ficción de la
representación.
Ahora bien, me parece importante destacar que es precisamente la situación
periférica de Rusia con respecto al capitalismo occidental la que le permite y
al mismo tiempo lo conduce a buscar otra vía –otra con respecto a la esponta-
neidad histórica– hacia la democracia y otra democracia, capaz de desplegar sus
potencialidades para ir más allá de la democracia misma.
Situándome en la perspectiva de lo que podemos llamar una modernidad
descentrada, intento en este libro reconstruir desde los orígenes del populismo
ruso, la génesis, la lógica y las aporías propias de la novedad teórica sintetizada
en el dispositivo elaborado por Lenin para implementarla: el revolucionario pro-
fesional.
El fracaso del socialismo en el poder, lejos de liquidar un pasado hecho de
aspiraciones colectivas, paradójicamente abre por fin la posibilidad de una re-
flexión despojada de lastres sobre el futuro, a condición de interrogar críticamen-
te nuestro presente.

La ingenuidad de la objetividad
La problemática esbozada en las líneas precedentes posee una estructura tri-tem-
poral: la perspectiva futura, el pasado que cargamos a cuesta y la dialéctica de
ambos que permite actuar en el presente.6 Entonces, quizás no sean superfluas
algunas breves consideraciones a propósito de la no exterioridad del historiador
y sobre el ingenuo ideal de la objetividad.
En octubre 2017 se cumple un siglo de la revolución encabezada por Lenin
y también 50 años del asesinato del Che Guevara. El azar de sus combates reúne
en un solo mes del calendario al creador ruso del revolucionario profesional con-
temporáneo –radicalmente diferente de sus predecesores decimonónicos–, y a
su máximo exponente en América Latina. Recuerdo que en 1989, en Francia,
20

durante el bicentenario de su revolución, era recurrente la alusión a la posibili-


dad, gracias a los doscientos años transcurridos de pensar «¡por fin!» la Revolu-
ción francesa con las reglas del oficio académico y de debatir calmamente, lo que,
se agregaba, no había sido el caso en 1889 por la cercanía temporal. La coquete-
ría estaba presente en esos comentarios, pero en alguna medida eran ciertos. Con
respecto al Che, ni la distancia calmó las pasiones, ni los archivos están accesibles
para conocer con suficientes detalles y garantías documentales lo que precedió
al viaje a África, la elección de Bolivia, y los conflictos en la cima del partido
comunista cubano. Sobre 1917 estamos mejor armados; los archivos se abrieron,
algunos de ellos se volvieron a cerrar, y en los cien años transcurridos se acumuló
mucha más información que en el mismo lapso después de la toma de la Bastilla.
No obstante esta relativa ventaja técnica en el plano cognitivo, las dificul-
tades para pensar con serenidad persisten: se trata de la revolución. Sus repercu-
siones marcaron tan profundamente el siglo, sus principales pero incumplidas
promesas pueblan todavía las esperanzas de tantos seres humanos, sus logros
entusiasmaron y encandilaron a tantos, en los paredones y campos de concen-
tración soviéticos y otros murieron o sufrieron tantos millones de personas, los
enemigos de la revolución desencadenaron tanta represión y tantas guerras... Na-
die y tampoco la teoría política, escapa hoy a los efectos de la creación del partido
leninista y de la toma del Palacio de Inverno un 25 de octubre de 1917 –el 7 de
noviembre según el nuevo calendario– en la ciudad de Pedro el Grande.
«El concepto mismo de revolución, escribe Reinhart Koselleck
a propósito de las polémicas en el siglo XIX, obligaba a todos
los que lo utilizaban a definir su pertenencia partidaria. A partir
de 1789 y para siempre, la palabra “revolución” se constituyó en
un concepto de partido [Parteibegriff ]».7
Por sus promesas y por sus efectos, la revolución tiene aún hoy una presencia
que contribuye a que la objetividad sea un imposible. Pero sólo contribuye a esa
imposibilidad. Gadamer, Ricœur y la hermenéutica contemporánea han mostra-
do que cada uno está inserto en una tradición, es «trabajado» por los efectos
de la historia. El investigador es también actor, sujeto de la comprensión y de
la acción, no puede situarse al margen, fuera de su tradición, ni disponer de ella
libremente. De ahí la insistencia de Gadamer:
El Revolucionario Profesional 21

«Sobre el hecho de que no somos enteramente dueños de nues-


tros prejuicios, porque provienen de un fondo y de una tradi-
ción sobre los que no podemos adquirir plena conciencia [...].
La comprensión permanece siempre unida a prejuicios que no
siempre puede advertir».8
El humano, escribe Ricœur, es un «ser-afectado-por-el-pasado», por el «traba-
jo de la historia» que actúa con frecuencia sin que él lo sepa:9 «la acción de este
trabajo de la historia opera en toda comprensión», la del historiador incluida,
cuya «situación hermenéutica», como la de cualquier actor de la historia «se
caracteriza porque uno no se encuentra frente a ella y por lo tanto no puede tener
un saber objetivo de ella».10
En el umbral de un libro sobre una historia que afecta al presente, no me
parece incongruente recordar el exhorto de Gadamer y de Ricœur a evitar la
ingenuidad de creer en la objetividad. La imposibilidad de la objetividad no nos
condena sin embargo a una subjetividad arbitraria, pero nos obliga en cambio, a
tomar consciencia del trabajo de la historia sobre cada uno de nosotros, y a dia-
logar con nuestros propios prejuicios, con nuestra precomprensión. Pero es esto
algo que concierne, estimada lectora y estimado lector, no sólo al autor...

De la historia a la política
Indagar desde dónde, por qué y cómo se forja el revolucionario profesional es
estudiar la figura con la cual Lenin intentó encontrar una salida a una aporía que
redescubrimos todos los días cuando pensamos críticamente el presente. Allí se
anuda nuestra relación con un pasado que está aún lejos de haber pasado. La
interrogación surge del presente, de la sed de democracia, de la crisis de represen-
tación, de las búsquedas de nuevas formas para que el pueblo participe en el go-
bierno, y porque hay lastres que impiden no sólo soñar con un futuro mejor, sino
también, encontrar la forma de involucrar realmente al ciudadano en la política,
mediante otro tipo de representación. Naturalmente, la interrogación reposa a
su vez sobre el pasado, las esperanzas incumplidas y las tragedias colectivas del
siglo XX, inesperadas y por sus escalas inéditas en la historia.
El concepto «revolucionario profesional» junto a otros con los que for-
ma una red conceptual –pueblo, representación, soberanía...–, estudiado en una
perspectiva histórica que no se abstrae del presente, afila el pensamiento crítico
22

porque, entre otras razones, nos permite reflexionar sobre las imposturas en su
nombre, ya sea la que deriva del propio revolucionario profesional o la liberal.
Entre la crítica democrática de la democracia hoy y la crítica democrática de la
autocracia ayer se constituyó como diría Koselleck, un «campo de experiencia»
que incluye ambas críticas sobre un plano continuo. Su historia permite iden-
tificar fácilmente una interrogación de una densidad y de un alcance histórico
excepcional: ¿en qué consiste una revolución auténticamente democrática?
La investigación que este libro presenta obedece ciertamente a las reglas
académicas de la profesión y al mismo tiempo se trata de tomar parte en los de-
bates políticos actuales a partir de la historia.

Notas
1 Tomo prestado el título a G. Duso, Oltre la democrazia, Carocci, Roma, 2004.
2 E. Macron, Révolution, XO Éditions, Paris, 2016, p.9.
3 Explicito igualmente para tratar de evitar los malentendidos, otros factores que no me guían
en esta lectura de Lenin: no pienso que el partido bolchevique sea un modelo que ayude hoy
a destruir el capitalismo o a construir un mundo más justo; no estimo posible justificar la
experiencia de los partidos comunistas en el poder, sopesando «errores» o «desviaciones»
en un platillo y logros en el otro; tampoco considero a la luz de lo que sabemos de la historia
rusa y soviética que se justifique seguir todavía con las viejas e inútiles –porque impiden pensar
el problema desde la raíz– polémicas sobre si en la URSS el rumbo leninista o la revolución,
sobreentendidos como los auténticos pasos para realizar el ideal socialista, fueron traicionados
con el triunfo de Stalin y la derrota de Trotski.
4 K. Marx, «Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción», en K.
Marx, Antología, selección e introducción de H. Tarcus, Siglo XXI, Buenos Aires, 2015, p. 93.
5 K. Marx, «Contribución a la crítica…», cit., p. 106.
6 C. Ingerflom, «¿Cómo pensar los cambios sin las categorias de ruptura y continuidad?», Res
Publica. Revista de Filosofia Política, España, 2006, 16, pp. 129-152.
7 R.Koselleck, «Revolution. Einleitung», en O. Brunner, W. Conze, R. Koselleck (Hrsg.) Ge-
schichtliche Grundbegriffe: Historisches Lexikonzur politisch-sozialen Sprache in Deutschland,
Band 5, p. 656, Stuttgart, Klett-Cotta, [1984], 2004.
8 J. Grondin, Le tournant herméneutique de la phénoménologie, PUF, París, 2003, nota 10, p. 80.
El Revolucionario Profesional 23

9 P. Ricœur, Tiempo y narración, tomo III. El Tiempo narrado, Siglo XXI, México, 1996, p. 391.
Modifiqué la traducción.
10 H. G. Gadamer, Verdad y Método, Sígueme, Salamanca, 1999, tomo I., p. 371-372. El énfasis
me pertenece.
Capítulo I
Rusia: un imperio sin estado
¿Y si el Estado no fuese otra cosa que una manera de
gobernar? ¿Si el Estado no fuese otra cosa que un tipo
de gubernamentalidad? […]el Estado no es sino una
peripecia del gobierno y no es el gobierno que es un ins-
trumento del Estado. O, en todo caso, el Estado es una
peripecia de la gubernamentalidad.
Michel Foucault, Sécurité, territoire, population,
Cours au Collège de France (1977-1978), Gallimard-
Seuil, Paris, p. 253

¿ De dónde viene? ¿por qué surge el revolucionario profesional? La respuesta


a esta pregunta supone esclarecer dos genealogías: la de su adversario y la
suya propia. Asimismo, se trata de comprender cuál es la estructura histórica
que engendra al revolucionario profesional, y contra qué se plantea su accionar,
porque es en función de este adversario que se «forja» –vyravotat, verbo que los
militantes rusos preferían– aquel revolucionario profesional que devendrá luego
en un modelo internacional.

Sin Estado
Historia de una tesis
Comprendo que afirmar que Rusia es un Imperio sin Estado es una tesis que po-
dría desafiar al sentido común o provocar la perplejidad del lector.1 Sin embargo,
la tesis surgió con relación a ciertas dificultades que algunos historiadores venían
encontrando desde las décadas de 1970-1980. Por esos años, el paradigma in-
terpretativo y apriorístico Estado/sociedad que comandaba el análisis del orde-
namiento jurídico-político ruso –tanto monárquico como soviético–, entraba
en contradicción con la erudición histórica acumulada, derivando en una toma
26

de distancia con respecto al uso del concepto «Estado».2 Posteriormente, esta


distancia se transformó en una tesis explícita que algunos investigadores venimos
defendiendo desde hace una treintena de años.3 La fundamentación de esta tesis
descansa sobre el saber erudito de la historia política rusa y sobre las premisas
teóricas a partir de las cuales analizamos los conceptos. De esta manera, conflu-
yeron una línea de la historiografía sobre Rusia, una corriente de la historia del
derecho,4 estudios llevados a cabo desde la Begriffsgeschichte o Historia concep-
tual en el campo de la filosofía política como en el de la historia.5

En clave histórico conceptual


La Begriffsgeschichte ha cambiado desde sus fundamentos el estudio de los con-
ceptos.6 De este cambio retengamos para nuestro propósito dos rasgos. El pri-
mero es la identificación del momento en el que la palabra se transforma en
concepto, aunque ambos sean transmitidos por el mismo significante. En el caso
de la palabra Estado, Reinhart Koselleck, afirma que la estructura histórica y pri-
mordialmente jurídico-política producto de la Revolución Francesa, fue radical-
mente nueva en Occidente. En consecuencia, no podía ser definida en el campo
semántico de la vieja palabra «estado», ya que era exterior al mismo, y cuando se
volcó en la práctica pasó a ser sintetizada por el concepto «Estado», es decir por
el mismo significante, pero con un significado históricamente inédito.7 O sea,
la palabra deviene en concepto porque sintetiza una estructura histórica nueva
que ninguna otra palabra puede designar, lo que indica, para retomar la frase
de Foucault citada en exergo, el índice de un cambio («peripecia») radical que
acaba de darse en el gobierno de los humanos. El segundo rasgo es la exigen-
cia de respetar rigurosamente su historicidad. En la historia tradicional de las
ideas representada por Arthur Lovejoy,8 éstas son pensadas como conteniendo
un núcleo de sentido invariable a través del tiempo –por ejemplo, con respecto
al Estado sería el monopolio de la violencia–, que se va adaptando a su época y
con el correr de los siglos habría un Estado antiguo, otro feudal, moderno, etc. La
Historia conceptual postula, contra ese enfoque, radicalizar la historicidad, ella
considera que la palabra –el significante–, en el caso de los conceptos políticos
fundamentales del área europeo-occidental, cambió sustancialmente de significa-
do entre entre 1750 y 1850 (aproximadamente). El significante, o sea la palabra
«estado», es el mismo antes y después de esa época. Puesto que su contenido se
transformó, esa palabra tiene historia. El concepto, en cambio no tiene historia.
El Revolucionario Profesional 27

Es nuevo. Adquiere su significado en relación con la nueva red conceptual que


acompaña a la novedad histórica: la representación democrática en lugar de la
representación por estamentos del Antiguo Régimen, la soberanía popular en
lugar de la legitimidad divina, el Derecho codificado y unificado en lugar de de-
rechos múltiples y policéntricamente producidos, etc. El desconocimiento de los
significados diferentes que anteriormente poseía la palabra «estado» –status,
dignidad, territorio, etc– condujo a traducciones erróneas;9 Quentin Skinner
ha pasado revista a los diversos sentidos de la palabra en la historia de las lenguas
europeo-occidentales, y sitúa un momento clave, la primera mitad del siglo XVII
en el que el término Estado comienza a designar a un actor distinto y sede de la
soberanía.10 Asimismo, se ha usado mucha tinta describir «la construcción del
Estado» fechando sus inicios en la antigüedad o en el medioevo, pero este abor-
daje ignora –a veces voluntariamente– el contenido de la palabra en su contex-
to,11 ordena y acumula los datos teleológicamente para llegar al Estado europeo
del siglo XIX como si ese hubiese sido a la vez el objetivo de los actores desde
varios siglos antes –se trata del famoso tema de los «orígenes»–, y el único resul-
tado posible de la historia.12 Por lo tanto, se usa «Estado» como una categoría
para estudiar todas las épocas, aún las más lejanas,13 y si le sumamos la escasez o
incluso la ausencia de conciencia crítica sobre la pertenencia del concepto a nues-
tra contemporaneidad, se comprende que se le haya otorgado espontáneamente
un estatuto cuasi meta-histórico de neutralidad y de extraterritorialidad en la
investigación e interpretación del pasado.14
Finalicemos este apartado con dos observaciones. Cuanto más se extiende
hacia el pasado el surgimiento de la forma estatal de gubernamentalidad:
a) más se piensa su historia como una evolución, en cuyo caso se declaran
prescindibles las revoluciones, sobre todo la francesa, ¡cómo si sus resul-
tados fuesen los de una evolución y no lo que ella logró precisamente
contra el Antiguo Régimen! Habría quizás que preguntarle a Luis XVI
si se trató de una evolución o de una guerra a muerte contra el pasado.
b) más se contribuye a presentar la estatalidad no sólo como la más sólida de
las formas inventadas por la humanidad, sino la única posible hoy. Lle-
gado a este punto, los razonamientos trascienden alegremente los límites
académicos.
28

El «Dominio del Amo»


La tesis sobre la forma no estatal de gubernamentalidad en la historia rusa se
inserta en el campo historiográfico y filosófico-político que acabo de resumir. La
palabra rusa que se traduce a otras lenguas como Estado es gosudarstvo, y desde
su origen se empleaba en dos sentidos: la dignidad del gosudar (dominus, dueño,
amo) –término más usado de la titulatura del Gran Príncipe o luego del Zar–,
y las tierras que le pertenecen.15 Gosudarstvo, designa un territorio según el mo-
delo del polaco panstwo que calcaba las palabras latinas dominum et dominatio,
pero significa también el poder del gosudar sobre lo que le pertenecía –tierras y
sus habitantes–, de allí su sentido de «gobierno». El principado de Moscú, por
ejemplo, era una posesión del monarca, por lo que también se llamaba oficial-
mente el «gosudarstvo moscovita».16 En el siglo XVI, cuando el sistema autocrá-
tico se estaba configurando, el zar o gosudar es el propietario último de su gosu-
darstvo, y en el siglo XVII el término era entendido como gosudarskaia votchina
(posesión/dominio del zar).17 Así pues, el zarismo es generalmente caracterizado
como una monarquía patrimonialista.
Ahora bien, cuando gosudarstvo indicaba el territorio bajo la autoridad del
monarca, era el equivalente de la palabra italiana stato, como se la entendía antes
de Maquiavelo y, a veces, bajo su pluma.18 En el siglo XVIII se jura fidelidad al
amo o emperador (gosudar) y a su gosudarstvo, pero no al gosudarstvo en tan-
to que tal.19 Globalmente, el primer sentido de gosudarstvo en el siglo XVIII es
«imperio» o «reino» (tsarstvo), pero el gosudarstvo continúa siendo la propie-
dad del monarca.20 Por eso, cuando en los juramentos aparece la fórmula «inte-
reses del gosudarstvo» éstos refieren a los intereses de la propiedad del monarca.
Asimismo, por Gosudarstvo se entendía igualmente «país» (strana) o «una
parte del país», «une región particular», «una provincia del Imperio ruso»,
por lo que era corriente decir «en el gosudarstvo de Siberia».21 Paralelamente,
en 1797 el emperador Pablo I se preocupa por «la mejora de la lengua rusa» en
una Ordenanza imperial que enumera una serie de palabras que se deben retirar
de circulación y que se deben reemplazar por otras:
«Palabras suprimidas: Se ordena sustituir con:
- Ciudadano - Habitante
- Patria - Gosudarstvo [Señorío, Dominio]
- Sociedad - Esta palabra no debe ser utilizada,
- en absoluto, para nada».22
El Revolucionario Profesional 29

Se puede comprender que la palabra sociedad, haya sido prohibida y que junto a
ciudadanos no figurara después de la Revolución Francesa entre las preferidas de
los monarcas. Reparemos en la palabra Patria que es reemplazada por gosudars-
tvo. La historiografía tradicional, afirma que «Patria» en el discurso del siglo
XVIII significaba «Estado» (gosudarstvo), sin embargo, el emperador opone ex-
plícitamente una a la otra. Es claro entonces que para Pablo «gosudarstvo», fiel
a su semántica –«dominio del gosudar»– permanecía ligado al Amo (gosudar),
y no al bien común. La oposición entre «patria» y «dominio del Amo» era co-
rriente en esa época. En relación a ello, vale desatacar que por ejemplo el escritor
Denís Fonvizin (1745-1792) acababa de escribir: «Allí en donde lo arbitrario
de solo uno constituye la ley superior […] existe el gosudarstvo, pero nunca la
patria; existen sujetos, pero nunca los ciudadanos».23 De la misma manera, la
oposición entre las parejas «sujeto-zar» y «ciudadanos-patria» fue un tema
igualmente evocado por el príncipe Piotr Viazemski, presidente del Comité de
censura de literatura extranjera, en un poema intitulado Indignación: «Veo a los
sujetos del zar / Pero ¿en dónde están entonces los ciudadanos de la patria?».24A
su vez, el zarismo del siglo XIX se caracterizó por lo que podemos llamar una
«voluntad anti-política», que incluía el rechazo a toda posibilidad de repre-
sentación política. Según lo relata O. Von Bismarck, el emperador Alejandro
II, le dijo durante una entrevista que la idea de hacerse aconsejar por sus sujetos
situados más allá de su entorno íntimo:
«en sí, no suscita objeciones, una mayor participación de los
notables respetables en los asuntos oficiales no puede sino ser
ventajosa. La dificultad, o incluso la imposibilidad de poner
en práctica este principio reside en la experiencia histórica que
muestra que en ningún país fue posible impedir el desarrollo
liberal más allá del punto que no tendría que sobrepasar […]
Abdicar el poder absoluto con el cual está investida mi corona
debilitará el aura de autoridad que ejerce la dominación sobre
la nación […] Si yo permitiera a los representantes de la noble-
za participar en el gobierno, reduciría su autoridad sin ninguna
compensación».25
La escuela historiográfica llamada «jurídica» o «estatista» reunió en el siglo
XIX a varios de los historiadores rusos más destacados, quienes defendían la te-
30

sis teleológica –de origen occidental y hegeliana– que afirmaba que la tarea de
Rusia en su historia había sido la construcción del Estado. Sin embargo, uno de
ellos, Borís Chicherin, al hacer en 1878 un balance de sus investigaciones lleva-
das a cabo durante treinta años, sentenció –al contrario de lo que había venido
sosteniendo por largo tiempo– que el fracaso en el intento de instaurar «una
monarquía constitucional» signaba por el momento– la ausencia del Estado,
es decir esa «nueva construcción cuya consumación natural es la libertad po-
lítica».26 La libertad política es para el liberal Chicherin un factor sin el cual la
novedad histórica representada por el Estado, no adviene, pero él no «pierde la
esperanza» pues, tal vez, se verá al emperador «llamar a sus sujetos a participar
en la administración estatal», pero afirma que el único medio para garantizar
esta participación es el instaurar la representación popular, aunque sea limita-
da.27 Para el Chicherin de 1878, lo que le falta a Rusia para ser un Estado no es el
perfeccionamiento de la técnica de gobierno, sino dos rasgos esenciales de la mo-
dernidad política: la representación popular y la libertad política. Existía ya un
foso sociológico en la comprensión de la palabra gosudarstvo, porque cuando las
élites lo usaban desde fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX se referían
al aparato gubernamental y administrativo, o sea a una parte del Estado francés o
inglés que ellas conocían. No obstante, en vastos sectores populares se conserva-
ba en cambio el significado tradicional, por ejemplo, en marzo de 1917 luego del
derrocamiento del zarismo, el Gobierno Provisional ordenó que las fuerzas ar-
madas prestasen juramento de fidelidad al gosudarstvo. En distintos regimientos
los soldados, en su inmensa mayoría campesinos, se negaron argumentando que
si ya no había más un gosudar (el monarca o Amo), tampoco había gosudarstvo
(«Net gosudaria, net i gosudarstva»). Los esfuerzos oficiales, como las explica-
ciones en la prensa incluida la socialista y la bolchevique para convencerlos de
la diferencia semántica fueron vanos; varios oficiales y popes que insistieron en
el juramento fueron pasados por las armas por los propios soldados que exigían
poder jurar fidelidad a la revolución y al gobierno provisorio.28 También, hay que
reconocer que la familia imperial pensaba como los soldados. En el formulario
del censo general de 1897 que el último zar Nikolái II llenó de su propia mano,
podemos leer cómo este concibe su poder, ya que en la casilla «Estamento» es-
cribió «emperador de todas las Rusias», y llenó la casilla «profesión principal»
con la fórmula «Amo (joziain) de la tierra rusa» (y «Ama» en el formulario de
su esposa), pero usó la misma palabra «amo» para indicar su posición en la casa
El Revolucionario Profesional 31

(joziaistvo), y en la familia.29 Podríamos decir que sería difícil ser más arcaico,
pero estas situaciones se repiten, ejemplo de ello sucede cuando la revolución de
1905 lo obligó a considerar la posibilidad de otorgar una Constitución, y uno
de sus hermanos le advirtió que no tenía derecho a hacer semejante concesión,
porque «Rusia pertenece a toda nuestra familia».30
Jurídicamente los siervos pertenecían a un propietario, pero la noción de
pertenencia no se refería exclusivamente a ellos. Lo que prevalecía en estas re-
presentaciones era «la pertenencia de todos los individuos en todos los niveles
al monarca». Eran su propiedad tanto como los objetos inanimados tales como
«la tierra, los caballos o las puertas de una fortaleza»: todo y todos en la misma
medida.31 En otras palabras, la obligación, cuando se dirigían al zar, de identifi-
carse con la palabra esclavo (jolóp), más allá de la situación estrictamente jurídica
de cada sujeto, expresaba la dependencia personal de facto al monarca; ella carac-
terizaba la concepción y la realidad de las relaciones de dominación y sumisión
entre el monarca y sus sujetos.32 La idea de pertenencia tampoco está ausente
en el siglo XVIII, lingüísticamente se expresa ahora por la palabra rab (esclavo
en eslavo eclesiástico).33 La asignación de un valor semántico a la fórmula debe
tener en cuenta la función de estas palabras en el conjunto de las relaciones hu-
manas y su carga psicológica.35 Las dos palabras, jolóp y rab, eran a menudo inter-
cambiables, aunque la segunda también designaba al esclavo de la antigüedad y,
en los textos eclesiásticos de la antigua Rusia, la posición de cada uno frente a
Dios –rab Bozhi [esclavo de Dios]–. Posteriormente la fórmula se extendió para
referirse a la dependencia individual en la tierra,36 y recién durante el reinado de
Catalina II en la segunda mitad del siglo XVIII, el empleo del término rab y de
la fórmula «tu esclavo» fue suprimido.37 Observemos que esta relación directa
y servil de cada uno con respecto al zar es coherente con la ausencia de institucio-
nes intermedias en Rusia –parlamentos, gremios, asociaciones, etc.–, y con la
concepción del reino como un patrimonio familiar. Los estamentos, esa división
jurídica arcaica que formalizaba la desigualdad recién fueron abolidos en 1917.
Resumamos este viaje a vuelo de pájaro. En el plano institucional, Rusia
era un Imperio autocrático en el que el zar era jurídicamente el Amo (gosudar),
el dueño de Rusia y de sus sujetos. Fue un imperio que ignoró la representación,
incluyendo la estamental hasta 1905, y la despersonalización del poder y la sobe-
ranía popular hasta 1917. El Derecho no fue unificado, existían varios sistemas
paralelos, según las regiones, los estamentos, o las instituciones a las que pertene-
32

cían los sujetos. En el plano de las representaciones colectivas, el concepto mo-


derno Estado que remitía al ordenamiento jurídico político del poder fue fami-
liar a un muy reducido grupo social a partir de fines del siglo XVIII compuesto
principalmente por universitarios, intelectuales y algunos responsables políticos.
Debemos recordar que hasta la revolución de 1905 que obliga al zar a conceder
una constitución, no se dio ningún cambio que afectase los fundamentos de la
realidad jurídico-política, es decir de la autocracia.
La opinión dominante todavía hoy es que el partido bolchevique se alzó
con el poder en 1917 gracias a la desorganización del Estado provocada por la
Primera Guerra Mundial. Lo que sabemos de la historia rusa no atestigua la exis-
tencia de un ordenamiento jurídico político de tipo estatal en 1917, con o sin
guerra. Para decirlo en los términos de Foucault, el Estado no fue la «manera»
de gobernar Rusia. La «peripecia» del gobierno en Rusia, peripecia que duró
hasta el siglo XX, fue la autocracia, el «tipo» autocrático de «gubernamentali-
dad».

Notas
1 La historiografía tradicional sostiene que el Estado fue muy poderoso y el principal actor de
la historia rusa y soviética, frente a una sociedad pasiva. Conocidos historiadores han llegado
incluso a afirmar que Pedro el Grande fue el primer monarca que proclamó la idea del Estado
impersonal en Europa: J. H. Shennan, The Origins of the Modern European State 1450–1725,
London Hutchinson University Library, London, 1974, pp. 64–65; K. Dyson, The State Tra-
dition in Western Europe: A Study of an Idea and Institution, Oxford University Press, New
York, 1980, p. 31.
2 En efecto, no han faltado los llamados a la prudencia en el uso del concepto de «Estado»
para referir al zarismo. Citaré sólo trabajos accesibles a los lectores no familiarizados con la
lengua rusa: J. A. Armstrong, Nations before Nationalism, University of North Carolina Press,
1982, pp. 129-130; los comentarios de P. Catalano, en Popoli e spazio roamno tra diritto e
profezia, Atti del III Seminario Internazionale di storici «Da Roma alla Terza Roma. Docu-
menti e Studi. Studi III (1983)», Edizioni scientifiche italiane, Napoli, 1986, pp. XVIII-XX;
J. P. LeDonne, Ruling Russia. Politics and Administration in the Age of Absolutism 1762-1796,
Princeton University Press, Princeton, 1984, pp. VII, 13-17, 349; J. P. LeDonne, Absolutism
and the Ruling Class: the Formation of the Russian Political Order, 1700 - 1825, Oxford Uni-
versity Press, Nueva York, 1991, pp. 19, 56-7, 60, 92, 112, 311; A. J. Rieber, «Landed Proper-
ty, State Authority, and Civil War», Slavic Review, vol. 47, núm. 1, 1988, p.31; W. Rosenberg,
«Social Mediation and state construction(s) in revolutionary Russia», Social History, vol 19,
núm. 2, 1994; S. Dixon, The Modernisation of Russia, 1676 - 1825, Cambridge University
Press, New York, 1999, p. 256; G. Hosking, Russia and he Russians. A History from Rus to the
El Revolucionario Profesional 33

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din, «What is the State? The Russian Concept of Gosudarstvo in European Context», History
and Theory, vol. 40, núm. 2, 2001, pp.206-240, ahora en Íd, Main Concepts of Russian Politics,
University Press of America, Lanham, 2005, pp.1-40.
3 Sobre la incompatibilidad entre las «Democracias populares» y el Estado: T. Lowit, «Y a-t-il
des Etats en Europe de l’Est?», Revue française de sociologie, XX, 1979, pp. 431-466. R. D.
Markwick, «What kind of state is the Russian State - if there is one?», Journal of communist
studies and transition politics, vol 15, núm. 4, diciembre 1999, pp. 111-130. Intenté mostrar
la no pertinencia del paradigma estatalista para la historia rusa en los siguientes trabajos:
«Oublier l’État pour comprendre la Russie (XVIe-XIXe)?», Revue d’Etudes Slaves, núm. 1,
1994, pp. 125-134, en español: «¿Olvidar el estado para comprender a Rusia? Excursión his-
toriográfica», Prohistoria, núm. 1, 1997; «Sobre el concepto de Estado en la historia de Ru-
sia», Historia Contemporánea, vol. 1, núm. 28, Bilbao, 2004, pp. 53-60; «Novoevropeiskaia
paradigma gosudarstvennosti», Rossiia XXI, vol. 2, Moscú, 2011, pp. 110–127; «Teoreti-
cheskie osnovaniia paradigmy gosudarstvennosti i ee kognitivnye nesootvetstviia» (Los funda-
mentos teóricos del paradiga estatalista y sus incingruencias cognitivas), en G. Szvák –editor–,
The Role of the State in the Historical Development of Rusia, Russica Pannonicana, Budapest,
2011, pp. 215-232; «Istoriograficheskii mif o vernosti «gosudarstvu» pri Piotr Velikom.
Opyt primeneniia Begriffsgeschichte k russkoi istorii» (El mito historiográfico sobre la leal-
tad al “gosudarstvo” bajo Pedro el Grande. Ensayo de aplicación de la Begriffsgeschichte a la
historia rusa), en V. Zhivov, I. Kagarlitski –editores–, Evoliutsiia poniatyi v svete istorii russkoi
kultury (La evolución de los conceptos a la luz de la cultura rusa), IRIa, IaSK., Moscú, 2012,
pp. 252-278; «Loyalty to the State» under Peter the Great? Return to the Sources and the
Historicity of Concepts», en P. R. Bullock, A. Byford, C. Ingerflom et al., Loyalties, Soli-
darities and Identities in Russian Society, History and Culture, School of Slavonic and East
European Studies, University College London, London, 2013, pp. 3-19; «Teoretical premises
and cognitive distortions from the uncritical use of the concept of “State”: the Russian case»,
en J. C. Garavaglia, C. Lamouroux and M. J. Braddick –editores–, Serve the Power(s). Serve
the State: America and Eurasia, Cambridge Scholars Publishing, United Kingdom, Newcastle
upon Tyne, 2016, pp. 222-243. Recientemente se ha mostrado de manera convincente que el
funcionamiento del sistema político soviético difería de un ordenamiento estatal: A. Getty,
Practicing Stalinism Bolshevism, Boyars, and the Persistace of Tradition, Yale University Press,
New Haven and London, 2013. Un llamado a utilizar el término «Estado» para la URSS
del modo más parsimonioso posible: G. Rittersporn, Anguish, Anger and Folkways in Soviet
Russia, University of Pittsburgh Press, Pittsburgh, 2014, p. 7.
4 B. Clavero, «Institución política y derecho: acerca del concepto historiográfico de “Estado
moderno”», Revista de estudios políticos, núm. 19, 1981, p. 43-57; B. Clavero, Tantas personas
como estados. Por una antropología política de la historia europea, Tecnos, Madrid, 1986; B.
Clavero, «De un estado, el de Osuna, y un concepto, el de Estado», Anuario de Historia
del derecho español, tomo LVII, Madrid, 1987, pp. 945-964. A. M. Hespanha, Vísperas del
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Hespanha, Cultura jurídica europea. Síntesis de un milenio, Tecnos, Madrid, 2002; J. Lalinde
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Quaderni Fiorentini per la storia del pensiero giuridico moderno, Giuffrè, Milan, núm. 25, 1996,
p. 127-181; J. F. Schaub, «La notion d`État moderne est-elle utile? Remarques sur les blocages
de la démarche comparatiste en histoire», Cahiers du Monde russe, vol. 46, núm. 1-2, 2005,
p. 51-64. D. Barriera, «Por el camino de la Historia Política: hacia una historia política con-
figuracional», en Secuencia, núm. 53, mayo-agosto de 2002, pp. 163 a 196. D. Barriera, «La
historia del poder político rioplatense durante el “periodo colonial”: interpelaciones desde
el prisma de la historia de la Justicia», en J. Peire, A. Amadori y M. Di Pasquale –editores–,
Perspectivas recientes de la historia político-cultural rioplatense colonial: temas, interpretaciones y
problemas, Thémata - Eduntref y EdUnS, Sevilla, Caseros, Salta, 2017 (en prensa).
5 R. Koselleck, «II. “Staat im Zeitalter” revolutionärer Bewegung», en «Staat und Souverâni-
tät», en O. Brunner, W. Conze, R. Koselleck –editores–, Geschichtliche Grundbegriffe. His-
torisches Lexicon zur politisch-sozialen Sprache in Deutschland, vol. 6, Klett-Cotta, Stuttgart,
1990; S. Chignola, G. Duso, Historia de los conceptos y filosofía política, Prólogo de J. L. Villa-
cañas, Biblioteca Nueva, Madrid, 2009; G. Duso –editor–, Il Potere. Per la storia dela filosofia
politica moderna, Carocci editore, Roma, 1999.
6 Sobre las premisas teóricas de este cambio ver la «Introducción» de R. Koselleck, Diccionario
histórico citado en la nota precedente, traducción y notas de L. Fernández Torres, en Anthro-
pos, núm. 223, Barcelona, 2009, pp. 93-105.
7 R. Koselleck, «III. “Staat im Zeitalter” revolutionärer Bewegung», cit., p. 25.
8 Autor de un libro fundacional: The Great chain of being: A study of the History of an idea,
Harvard University Press, 1935, con varias reimpresiones posteriores.
9 Dos ejemplos. Se ha señalado que es corriente traducir el stato de Maquiavelo por «Estado»
sin tomar en consideración la significación apolítica de dominio/dominación que tenía stato
en la Italia anterior al florentino, M. Senellart, Les arts de gouverner. Du regimen médiéval au
concept du gouvernement, Ed. du Seuil, Paris, 1995, passim. Santo Tomas de Aquino usó status
El Revolucionario Profesional 35

en el sentido de kratos y dominatio. Nicolai Rubinstein, «Notes on the word stato in Florence
before Machiavelli», en J. G. Rowe and W. H. Stockdale –editores–, Florilegium Historiale.
Essays presented to Wallace K. Ferguson, University of Toronto Press, Toronto, 1971. En El Na-
cimiento del Estado, traducción de M. Gainza, Gorla, Buenos Aires, 2003, Skinner reconstruye
los significados anteriores a la revolución francesa.
10 Q. Skinner, «From the state of princes to the person of sate», en Skinner, Visions of Politics,
vol. 2, Renaissance Virtues, Cambridge University Press, Cambridge, 2002, p. 395. En español:
El Nacimiento del Estado, traducción de M. Gainza, Gorla, Buenos Aires, 2003, p. 57. Skinner
es uno de los fundadores de la llamada Escuela de Cambridge o de las «ideas en contexto»,
una corriente historiográfica diferente por sus premisas filosóficas de la Begriffsgeschichte
pero que comparte con ésta la atención a la historicidad.
11 J. M. Monsalvo Anton, La Baja Edad Media en los siglos XIV-XV. Política y Cultura, Síntesis,
Madrid, 2000. El título del capítulo 3 es «idea y representaciones políticas sobre el rey, la
corona y el reino (el caso castellano)». Sin embargo el autor, eminente especialista del Me-
dioevo español, advierte que «ha preferido no entrar en digresiones conceptuales y renuncia
a las «definiciones detalladas y teóricas» de los conceptos que emplea, tales como «política,
cultura, poder, estado, sociedad política, etc.» p.13.
12 Se ha afirmado recientemente que «el uso frecuente de un lenguaje anacrónico para nombrar
los […] elementos del poder del Estado: información, propaganda, burocracia, política econó-
mica…» es un «procedimiento fecundo […] que afirma de entrada la modernidad del Esta-
do» en los siglos XIV y XV, C. O. Carbonell, «Les origines de l’Etat moderne: les traditions
historiographiques françaises (1820 – 1990)», en W. Blockmans y J. P. Genet –editores–,
Visions sur le Développement des Etats modernes, Ecole française de Rome, Rome, vol. 171,
1993, p. 311.
13 Escribir «todas las épocas» no es una exageración. Por ejemplo, el Estado habría sido una
novedad fundamental a fines del III milenio A.C. C; J. D. Forest, Mésopotamie, l’apparition
de l’Etat, VIIe – IIIe millénaire, Jaca Book, Milan, 1996, pp. 241-244. Citado por J. L. Huot,
«Vers l’appartition de l’Etat en Mésopotamie. Bilan des recherches récentes», Annales, His-
toire, Sciences Sociales, 2005/5, quien escribe en la p. 973: «Durante estos cuatro mil años
(desde el fin del siglo VII al fin del III milenio), hemos pasado en este país de un tejido liviano
de comunidades aldeanas a un Estado en el sentido moderno del término. El período que nos
interesa está a caballo entre la prehistoria y la historia».
14 Recientemente, un helenista escribió que «los historiadores definen muy raramente sus con-
ceptos» y señaló que el término «estado» es usado en un sentido extremamente amplio a
propósito de cualquier comunidad política con un alto nivel de organización; M. H. Hansen,
Polis and City-State. An Aancient Concept and its Modern Equivalent, Acts of the Copenha-
gen Polis Centre, vol. 5, Historisk-filosofiske Meddelelser 76, The Royal Danish Academy of
Sciences and Letters, Munksgaard, Copenhagen, 1998, p. 35.
15 Bajo el yugo mongol (siglos XIII-XV) la antigua Rus con capital en Kiev terminó de desmem-
brarse en varios principados. El Khan de la Horda de Oro nombraba a uno de esos príncipes
Gran Príncipe. El príncipe de Moscú conservó ese título aún después de derrotar a los mongo-
les. Iván IV fue el primer monarca que gobernó oficialmente con el título de zar (1547).
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16 Z. András, Fejezetek az orosz szókincs történetébõl (De la historia del léxico ruso), Budapest,
1987; V. Tolstikov, «Predstavleniia o Gosudare i Gosudarstve v Rossii vtoroi poloviny XXVI
– pervoi poloviny XVII veka» (Las representaciones del gosudar y del gosudarstvo en Rusia,
de mediados del siglo XVI a mediados del XVII), Odissei, Nauka, Moscú, 2002. Gosudarst-
vo también podía designar el trono, M. M. Krom, «Rozhdenie “gosudarstva”: iz istorii mos-
kovskogo politicheskogo diskursa XVI v», (El nacimiento del “gosudarstvo”: la historia del
discurso político moscovita del siglo XVI) en N. Koposov –editor– Istoricheskie poniatiia i
politicheskie idei v Rossii XVI – XX veka (Los conceptos históricos y las ideas políticas en la
Rusia de los siglos XVI-XX), Aletheia, San Peterburgo, 2006.
17 A. I. Zaozerski, Tsarskaia vótchina XVII veka (El dominio del zar en el siglo XVII), Moscú,
1937 [1917], p. 43.
18 H. C. Mansfield Jr., «On the impersonality of the modern state: a comment on Machiavelli’s
use of Stato», The American Political Science Review, vol. 77, núm. 4, 1983, p. 849-857.
19 C. Ingerflom, «“Loyalty to the State” under Peter the Great? Return to the Sources and the
Historicity of Concepts», cit., passim.
20 S. Dixon, The Modernisation…, cit., pp. 13-14. La frase del historiador M. Cherniavsky es la-
pidaria: «Pedro gobernaba Rusia como su propiedad privada», Tsar and People. Studies in
Russian Myths, Yale University Press, New Haven, 1961, p. 89.
21 B. B. Kafengauz –editor–, Pisma i bumagi imperatora Petra Velikogo (Cartas y manuscritos de
Pedro el Grande), vol. 9, núm. 1, Moscú, 1887-1952, p. 291.
22 Pável I no debe haber estado satisfecho con la performatividad de su Ordenanza, puesto que la
reiteró en 1800. Russkaia starina (Las antigüedades rusas), núm. 4, 1871, pp. 531-532.
23 Citado en A. A. Alekseev, «Istoriia slova grazhdanin v XVIII v.» (La historia de la palabra
ciudadano en el siglo XVIII), Izvestiia (Novedades) de la Academia de Ciencias de la URSS.
Serie literatura y lengua, vyp. 1, vol. XXXI, 1972, p. 69, nota 16.
24 Literaturnaia mysl. Almanaj (El pensamiento literario. Almanaque), Petrogrado, 1923, p.
231.
25 D. Lieven, Nicholas II. Twilight of the Empire, St. Martin’s Griffin, New York, 1996, p. 142. El
énfasis me pertenece.
26 B. N. Chicherin, Konstitutsionnyi Vopros v Rossii. Rukopis 1878 (La cuestión constitucional en
Rusia. Manuscrito de 1878), San Petersburgo, 1906, p.9.
27 B. N. Chicherin, Konstitutsionnyi Vopros…, cit., pp. 9, 11, 33, 26.
28 A. K. Wildman, The End of the Russian Imperial Army, 2 vols The Old Army and the Soldiers’
Revolt (March-April 1917), Princeton University Press, 1980, 1, pp. 241-2, 244; B. I. Ko-
lonitskii, «“Democracy” in the political consciousness of the february revolution», Slavic
Review, 1998, 57, 1, p. 104.
29 Archivos estatales de la Federación de Rusia (en adelante GARF), fondo 601, inventario 1,
carpeta 2, p. 2.
El Revolucionario Profesional 37

30 M. Cherniavsky, Tsar and People…, cit., p. 90.


31 P. V. Lukin, Narodnye predstavleniia o gosudarstvennoi vlasti v Rossii XVII veka, (Las repre-
sentaciones populares del poder estatal en la Rusia del siglo XVII), Nauka, Moscú, 2000, pp.
19-20, 28.
32 A. Zimin, Jolopy, na Rusi (Los esclavos en Rusia), Moscú, 1973, p. 181, 373-374; E. I. Koly-
cheva, Jolopstvo i krepostnichestva (konets XV-XVI vv.) (La esclavitud y la servidumbre, fin del
sXV-XVI), Moscú, 1971, p. 246; R. Hellie, Slavery, in Russia, 1450-1725, Chicago, Univer-
sity of Chicago Press, 1982, p. XVIII, 20-21, 462, 464; V. Paneiaj, Jolopstvo v pervoi polovi-
ne XVII v. (La esclavitud en la primera mitad del siglo XVII), Leningrado, 1984, p. 239; P.
Brown, The Body and Society: Men, Women, and Sexual Renunciation in Early Christianity,
Columbia University Press, New York, 1988, pp. 61-65.
33 El eslavo eclesiástico era una antigua lengua litúrgica practicada, sólo por escrito, en los medios
eclesiásticos ortodoxos. Asimismo, el ukase de Pedro el Grande del 1 de marzo de 1702, que
forma parte de la tendencia a reemplazar las palabras rusas por las del eslavo eclesiástico y
que acompaña la profundización del carácter sagrado del monarca, fija la fórmula con la que
se debían firmar las peticiones dirigidas a él: nizhaishi (el más humilde) esclavo (rab) de su
Majestad». Cf. V. Zhivov, «Istoriia russkogo prava kak lingvo-semioticheskaia problema»
(La historia del Derecho ruso en tanto que problema lingüístico-semiótico), Semiotics and the
History of Culture, in Honor of Iurii Lotman, Ohio, 1988, p. 53, 59, 107. Sobre la etimología
de rab que remontaría al antiguo alemán roup-roubs (trofeo de guerra) y al alto alemán roub-
vere devenido rauben, ver A. Iakovlev, Jolopstvo Jolopstvo i jolopy v Moskovskom gosudarstve
XVII v. (La esclavitud y los esclavos en el Estado moscovita del siglo XVII), vol.1, Moscú-
Leningrado, 1943, p.294.
35 «El sentido de un elemento no es en realidad accesible sino a través de su funcionamiento en
las relaciones históricas internas de una sociedad, es decir en la medida en que este elemento
es tomado como un término inscrito en la red de un lenguaje» M. de Certeau, L’écriture de
l’histoire, Gallimard, Paris, 2e éd. 1978, p. 297.
36 V. Zhivov, «Istoriia russkogo prava kak lingvo-semioticheskaia problema», cit., p. 45.
37 N. Eidelman, Gran vekov (Entre dos siglos), Mysl, Moscú, 1986, p. 13.

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