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BAJO EL BAJO EL

ESPINO
En la década de 1840, Irlanda fue devastada por una plaga que
destruyó las cosechas de papa. Eily, Michael y Peggy son tres
ESPINO
MARITA CONLON–McKENNA
hermanos que, debido a una tragedia y para no terminar en un I LU S T R A D O P O R RICARDO PELÁEZ
asilo, deciden emprender un viaje hacia una ciudad lejana en
busca de sus tías abuelas, a través de territorios asolados por el

Bajo el espino
hambre y la peste.
Marita Conlon-McKenna es una de las autoras más populares
de Irlanda. Escribe novelas para adolescentes, cuentos para
pequeños lectores e historias para adultos. En la actualidad
vive en Dublín con su esposo y sus cuatro hijos.
Ricardo Peláez nació en la ciudad de México en 1968. Estudió

MARITA CONLON–McKENNA
diseño gráfico en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la
UNAM, y se dedica de lleno a ilustrar libros, revistas, periódicos
y otras publicaciones.

www.fondodeculturaeconomica.com
A LA
ORILLA
DEL
VIENTO
148
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Para los grandes lectores

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Los niños de la hambruna

A LA
O RILLA
DEL V IENTO
Primera edición en inglés, 1990
Primera edición en español, 2001
Sexta reimpresión, 2012

Conlon-McKenna, Marita
Bajo el espino. Los niños de la hambruna / Marita Conlon-
McKenna ; ilus. de Ricardo Peláez; trad. de Juan Elías Tovar Cross.
— México : fce, 2001
118 p. : ilus. ; 19 × 15 cm. — (Colec. A la Orilla del Viento)
Título original Under the Hawthorn Tree. Children of the Famine
ISBN 978-968-16-6229-5

1. Literatura infantil I. Peláez, Ricardo, il. II. Tovar Cross,


Juan Elías, tr. III. Ser. IV. t.

LC PZ7 Dewey 808.068 C239b

Distribución mundial

© 1990, Marita Conlon-McKenna


Publicado por The O’Brien Press Ltd; 20 Victoria Road, Rathgar, Dublín
Título original: Under the Hawthorn Tree. Children of the Famine

D. R. © 1992, Fondo de Cultura Económica


Carretera Picacho-Ajusco 227, 14738, México, D. F.
www.fondodeculturaeconomica.com
Empresa certificada iso 9001:2008

Editor: Daniel Goldin


Diseño: Joaquín Sierra Escalante
Dirección artística: Mauricio Gómez Morin

Comentarios: librosparaninos@fondodeculturaeconomica.com
Tel.: (55)5449-1871. Fax: (55)5449-1873

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere


el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.

ISBN 978-968-16-6229-5
Impreso en México • Printed in Mexico
Los niños de la hambruna

MA RITA CONLON-M cKE NNA

ilustraciones de
R I CA R D O PE LÁ E Z
traducción de
JUA N E L Í A S T OVA R C R OSS
Para mi hija Amanda,
“la pequeña mamá”

Reconocimientos
Un gesto especial de agradecimiento por su apoyo
y aliento a las siguientes personas: mi esposo James,
mi madre y mi padre: Mary y Patrick Conlon, mi tía
Eleanor (Murphy), Brigid Brady, Pat Donlon, Anne
O’Connell y el Tyrone Guthrie Centre,
Annaghmakerrig
Hambre

N EL AIRE se sentía frío y húmedo mientras Eily daba vueltas en la


cama y jalaba la cobija, tratando de taparse mejor. Su hermana me-
nor, Peggy, dormía a su lado, y roncaba de nuevo. Siempre lo hacía
cuando estaba resfriada.
El fuego estaba a punto de apagarse. Las ascuas brillaban tenue-
mente en la penumbra de la cabaña.
Mamá le canturreaba a la bebé en voz baja. Bridget tenía los ojos
cerrados y su cara tierna se veía más pálida que nunca. Estaba en-
vuelta en el chal de mamá, agarrando un mechón del largo cabello
castaño en su puño diminuto.
Bridget estaba enferma, todos lo sabían. Bajo el chal que la en-
volvía, su cuerpo era demasiado delgado, su piel demasiado blanca
y siempre demasiado fría o demasiado caliente al tacto. Mamá la
cargaba todo el día y toda la noche, como si tratara de infundirle al-
go de su fuerza a esa pequeña tan amada.
Eily podía sentir las lágrimas a punto de desbordarse. A veces
pensaba que a lo mejor esto era un sueño y que pronto despertaría,
y entonces podría reírse de ello, pero el dolor de hambre en el estó-
mago y la tristeza en el corazón le bastaban para saber que era algo
real. Cerró los ojos para recordar.
Costaba trabajo creer que apenas hacía poco más de un año, un

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día que estaban en el salón de la vieja escuela, Tim O’Kelly había
entrado corriendo a buscar a su hermano John y les había dicho a to-
dos: “Váyanse corriendo a casa para ayudar a sacar las papas de la
tierra, porque les cayó una peste y se están pudriendo”.
Todos esperaron que el profesor empuñara su vara y le gritara a Tim:
“¡Pero qué tonterías son ésas, habrase visto, interrumpir así la clase!”.
Pero se llevaron una sorpresa cuando cerró su libro y les dijo que se
apuraran: “Cuidado con hacerse tontos” y “Todos a casa a echar una
mano”. Corrieron tan aprisa que el aliento se les cortaba en la gargan-
ta, medio asustados de pensar en lo que encontrarían en casa.
Eily recordaba. Papá estaba sentado sobre la barda de piedra, con
la cabeza metida entre las manos. Mamá estaba arrodillada en el
campo, con las manos y el delantal cubiertos de lodo, sacando papas
de la tierra, y por todos lados el aire cargado con un olor... con ese
olor, putrefacto, horrible, que se metía por la nariz y la boca. El olor
de la enfermedad y la descomposición.
Por todo el valle los hombres maldecían y las mujeres le rezaban
a Dios pidiéndole que los salvara. Campo tras campo de papas se ha-
bían echado a perder en el suelo. La cosecha, su cosecha de comida,
se había perdido. Todos los niños contemplaron esto con ojos grandes
y asustados, porque hasta ellos sabían que ahora vendría el hambre.
Eily se acurrucó contra la espalda de Peggy y en poco tiempo empe-
zó a sentir menos frío. Se adormeció y finalmente se volvió a dormir.

—¡Eily! ¡Eily! ¿Ya te vas a levantar? —murmuró Peggy.


Las niñas empezaron a desperezarse y después de un rato se quita-
ron las cobijas. Eily fue hasta el fuego y puso un terrón de tepe sobre
las brasas. La canasta estaba casi vacía. Era una tarea para Michael.
Las dos niñas salieron. El sol tempranero resplandecía. El pasto
estaba húmedo de rocío. No se quedaron mucho porque les daba frío

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vestidas sólo con sus mudas. De vuelta en la cabaña, mamá seguía
dormida y la pequeña Bridget dormitaba a su lado.
—¿Hay algo de comer?
—Ay, Michael, qué fácil será darte cuenta si te levantas —bromeó
Eily.
—Anda, Eily, mira, ve a ver —suplicó él.
—Primero sal a lavarte toda la mugre que traes en la cara y luego
vemos.
La luz del sol asomaba por la puerta abierta de la cabaña. “La ca-
sa está sucia y llena de polvo”, pensó Eily.
La bebé tosió y despertó. Eily la tomó y fue a sentarse en la silla
junto a la chimenea mientras mamá se afanaba. Habían sobrado tres
papas grisáceas del día anterior. Mamá las rebanó y les sirvió leche
desnatada de la jarra grande. Era bastante poco. Nadie habló. Co-
mieron en silencio, cada quien sumido en sus pensamientos.
Michael empezó a hablar... a pedir... pero cambió de opinión. El
tiempo le había enseñado una lección.
Las primeras veces que había pedido más, su padre o su madre ha-
bían tomado el cucharón de madera y le habían pegado en la palma
de la mano. Tiempo después, su petición se topaba con la tristeza en
los ojos de su padre y el llanto de su madre. Esto era algo que no po-
día soportar, aparte de los pellizcos y apretones de sus dos herma-
nas. Era mejor no decir nada.
Para mediodía la situación había mejorado. El sol traía algo de ca-
lor y soplaba una brisa cálida. Michael subió por la calle a casa de
su amigo Pat; ambos caminarían un kilómetro y medio hasta el pan-
tano para ver si encontraban con qué llenar la canasta.
Bridget respiraba con dificultad, pero dormía. Mamá se sintió ani-
mada, sacó la escasa ropa sucia, la lavó y la tendió a secar. Sacudió
las cobijas y las extendió sobre la barda de piedra.

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El largo cabello castaño de Peggy estaba suelto. Colgaba lacio
y grasoso. Mamá la inclinó para mojarle la cabeza con agua de una
cubeta y le talló el cuero cabelludo. Los gritos de Peggy no eran na-
da comparados con los que vinieron después, cuando mamá sacó el
peine fino y empezó a desenredar cada mechón, apartando uno por
uno para ver si no había piojos o liendres. Eily reía, sabiendo que co-
mo a ella le había tocado hacía apenas dos semanas, este día se es-
caparía.
Un rato después, mamá las mandó a casa de Mary Kate Conway
por un poco de sebo de ganso —si es que acaso tenía— para frotar-
le el pecho a Bridget. Mary Kate tenía un don para curar a la gente,
siempre ayudaba a los enfermos y a la gente que estaba en aprietos.
Su cabaña estaba rodeada por un grueso seto de arbustos para dar
una poca de privacía a las personas que necesitaban visitarla.
La anciana estaba sentada en un banco, afuera de su cabaña, to-
mando el sol.
—Vaya, vaya, miren nada más, si son las niñas más lindas del
mundo —bromeó Mary Kate—. ¿En qué puedo servirlas, encantos?
—Mamá necesita un poco de sebo de ganso para la bebé —le pidió
Eily.
—Esa pobre criatura —murmuró Mary Kate—. Qué época para
venir al mundo.
Se levantó del banco y les hizo una seña para que la siguieran.
Peggy se quedó atrás, agarrada del vestido de Eily. Había escucha-
do historias sobre la vieja mujer y le tenía un poco de miedo.
La cabaña era oscura y tenía un fuerte olor. Mary Kate caminó
con dificultad hasta un viejo tocador de madera. Estaba lleno de
frascos y botellas. Murmuró algo para sus adentros y empezó a des-
tapar diferentes frascos para ver qué tenía cada uno. Al fin, al oler lo
que buscaba, se lo dio a Eily.

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—No se te olvide decirle a tu mamá que me devuelva el frasco
cuando se lo termine.
—¿Hará que Bridget mejore?
Eily se sorprendió del valor de la pregunta de la pequeña Peggy,
que apenas tenía siete años.
Mary Kate frunció el ceño.
—No lo sé, encanto. Hay tanta enfermedad en este momento…
una enfermedad tan rara… hago lo que puedo.
Con esto, Mary Kate se encaminó de nuevo hacia la puerta para
seguir tomando el sol. En cuanto salió, metió la mano en el bolsillo
de su delantal y sacó una manzana. Una manzana vieja y sucia. Le
dio una pulida. Las niñas trataron de no verla, pero con un gesto ce-
remonioso se la dio a Peggy.
Los ojos de Peggy se desorbitaron. Eily parpadeaba, incrédula.
—Muchas gracias… no podemos aceptarla… gracias, pero no se-
ría justo —empezó a decir Eily.
—Verde y dura como las clavijas del infierno —rió Mary Kate,
echando hacia atrás la cabeza para mostrar sus encías desdentadas—.
Claro que sí, yo no me la puedo comer.
Las niñas sonrieron y Peggy se llevó la manzana a casa, soste-
niéndola como si fuera una joya preciosa, para compartirla con todos.
Esa noche cenaron harina de maíz guisada con una poca de grasa
derretida y algunas cebolletas que mamá había encontrado en el cam-
po, para ocultar el sabor. La manzana se partió en cuatro y se sabo-
reó, aunque era imposible negar su dureza crujiente y su sabor ácido.
—Hace dos semanas que su padre se fue a trabajar en los cami-
nos y todavía no tenemos noticias de él —empezó a decir mamá.
Eily sabía que su madre estaba preocupada por la enfermedad de
Bridget y por el saco de harina de maíz en el rincón que se hacía ca-
da día más y más pequeño.

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—No sé qué va a ser de nosotros, ni cómo le vamos a hacer
—prosiguió mamá, meneando la cabeza—. Incluso se rumora que
van a cerrar la casa grande y que el patrón y su familia van a regre-
sar a Inglaterra definitivamente.
Al darse cuenta de que su madre estaba a punto de desesperarse,
Michael empezó a hablar, animado:
—Tengo buenas noticias. Escucha, ma, sólo escucha.
A veces costaba trabajo creer que apenas tuviera nueve años, con
el grueso cabello negro y rizado de su padre y los suaves y bonda-
dosos ojos azules de su madre. Odiaba verla triste.
—Pat y yo fuimos a la ciénaga, nos adentramos un poco más que
de costumbre y encontramos una parte que aún no cortan. El papá de
Pat va a subir con él mañana a cortar el tepe y tenderlo, y dice que si
sigue este viento y todo se seca, nos puede dar un poco para la casa,
si lo ayudamos a juntarlo y a cargarlo. ¿No te parece estupendo?
Mamá sonrió.
—Dan Collins es un buen hombre, de eso no hay duda.
Se acomodó en la silla y se relajó un poco. Eily se arrodilló a su
lado y Peggy se sentó en su regazo.
—Cuéntanos de cuando eras niña, anda, por favor —suplicaron.
—¿No están hartos de mis viejas historias? —refunfuñó.
—Nunca —le aseguró Michael.
—Pues bien —empezó—. Mary Ellen, que era mi madre y su
abuela, por quien le pusimos así a Eily, vivía con sus dos hermanas,
Nano y Lena…
No había nada como una historia antes de dormir. N

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Bajo el espino

N LA BRISA siguió. Era un clima estupendo para secar. Dan Collins


había enviado un mensaje diciendo que esa mañana irían a la ciéna-
ga. Peggy estaba tan emocionada que no dejaba de brincar de un pie
al otro. Desde que habían llegado el hambre y la enfermedad, los ni-
ños pasaban la mayor parte de su tiempo en la cabaña. Mamá los
quería tener cerca. Desde su puerta, los O’Driscoll podían ver los ri-
zos de humo de cada chimenea de las cabañas que formaban el pe-
queño caserío de Duneen. Era un lugar hermoso. Había muchos bue-
nos vecinos, pero hoy en día casi no se visitaban. Cada familia tra-
taba de ocultar su vergüenza de tener tan poco. De todos modos, no
quedaban muchos que tuvieran la energía ni el humor de cantar, bai-
lar y contar historias.
Pero hoy era diferente: Eily, Michael y Peggy irían a la ciénaga.
Agitando la mano se despidieron de mamá, que se veía tensa y páli-
da. La pequeña Bridget seguía enferma. Dormía la mayor parte del
tiempo y sólo lloraba cuando mamá dejaba de cargarla.
Cada uno llevaba una canasta para el tepe. También llevaban un
bote con agua fresca, algunas cáscaras de papa y un mendrugo de pan
seco para matar el hambre.
Pat y su padre los estaban esperando. Dan Collins era un hombre
grande, de cabello rubio y rizado, y sus ojos parecían centellear

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cuando estaba de buen humor. Pasaba la mayor parte del tiempo en
el campo y siempre parecía saber dónde crecían las moras silvestres
y los hongos. Moisés, su viejo burro, estaba parado junto a ellos, con
las cestas de pescador vacías atadas sobre el lomo.
—¿Y estos jóvenes valientes? ¿Ya están listos? Miren que hace un
buen día y ya nos entretuvieron bastante… —bromeó Dan mientras
colocaba las canastas vacías sobre el burro—. Ustedes adelántense y
Moisés y yo los seguiremos a nuestro paso.
El burro ya estaba viejo y no había modo de hacer que se apu-
rara.
Los niños tuvieron mucho tiempo para jugar e inventar persona-
jes mientras reunían el tepe seco en montones ordenados. Peggy se
entretuvo cortando prímulas para mamá.
Al final llegó Dan y empezaron a poner en las canastas lo que po-
dían cargar, que no era mucho. A estas alturas, el viejo Moisés sólo
servía para llevar media carga.
Al poco tiempo se acaloraron y les dio sed. Se sentaron y bebie-
ron el agua fresca a grandes tragos y comieron lo que tenían. Dan
dio un sorbo a su té y comió una torta de papa, y después le fue ayu-
dando a cada uno por turnos con sus canastas, mientras Pat guiaba
a Moisés y equilibraba su carga.
El camino a casa fue largo y agotador. Los campos parecían más
pedregosos y les dolían brazos, hombros y espaldas. Tenían que pa-
rarse a descansar a menudo. Varias veces Peggy se sentó en el sue-
lo, dijo que ya no podía caminar más y empezó a llorar. Dan Collins
bromeaba con ella, diciéndole que si el viejo Moisés podía aun con
su pata mala, seguramente una potranca joven como ella también lo
haría.
Les tomó una eternidad llegar a la cabaña de los Collins. Allí se
despidieron. El último kilómetro les pareció casi eterno. A Michael

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le sangraban las manos al mantener asida la canasta más pesada. Pa-
ra cuando llegaron a casa ya oscurecía.
La canasta grande se quedaba junto al fuego, y lo demás se amon-
tonaba a un lado de la cabaña. Era sólo un montoncito. No podían
sino recordar el montón enorme al que se trepaban, casi tan alto co-
mo la cabaña, que su padre solía traer en tiempos mejores.
Abrieron la puerta. Mamá dormitaba con Bridget en una silla cer-
ca del fuego. Se notaba cansada y podían ver que había estado llo-
rando.
Callados como ratones, recalentaron las sobras de avena y agua.
Estaban agotados y felices de tumbarse en la cama. Con los brazos
y los hombros adoloridos, apenas si tuvieron tiempo de fijarse en los
dolores y crujidos de tripas que siempre les venían antes de dormir.
En algún momento de la noche se percataron de los sollozos de su
madre y de que Bridget tosía y trataba de respirar. Michael se metió
en la cama con las niñas. Se tomaron de las manos y empezaron a
rezar todas las oraciones que se sabían
—Dios, ayúdanos. Por favor ayúdanos, Dios —murmuraban.
Nadie durmió. No fue sino hasta las primeras horas de la madru-
gada que la tos cesó. Entonces hubo un silencio repentino. Mamá
besaba la cara de la bebé y sus pequeños dedos, uno por uno.
—Dios, haz que salga el sol y termine esta noche terrible —su-
plicaron los niños.
De pronto notaron el silencio de su madre. Se levantaron y se en-
caminaron hacia ella. Lágrimas enormes se deslizaban por sus me-
jillas.
—Se fue. Mi adorada pequeña se fue.
Peggy empezó a llorar.
—No quiero que Bridget se vaya —decía entre sollozos—. La
quiero aquí.

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—Está bien, encanto —la consoló mamá—. Era demasiado débil
para quedarse en este mundo tan duro. Mírala. ¿No te parece una ne-
na encantadora ahora que al fin pudo descansar?
La bebé estaba muy quieta, como si estuviera dormida. Mamá les
dijo que la besaran y uno por uno besaron la suave mejilla y la fren-
te de Bridget, su pequeña hermana menor que apenas si conocieron.
Mamá parecía extrañamente tranquila y los mandó de regreso a la
cama.
—Michael, en cuanto amanezca quiero que vayas a casa de Dan
Collins y le pidas que traiga al padre Doyle. Yo me quedaré todavía
un rato cuidando a mi pequeña.
Más tarde Michael salió, con la cara pálida y los ojos enrojecidos.
El frío de la mañana lo hacía temblar mientras se envolvía en su cha-
marra ligera.
Mamá calentó agua y lavó a Bridget cariñosamente con un trapo,
y cepilló y cepilló sus suaves rizos rubios. Eily sacó el viejo cofre de
madera de debajo de la cama de mamá y papá. Lo abrió, obedecien-
do a su madre. No guardaba muchas cosas, así que no le tomó mu-
cho tiempo encontrar el ropón bautismal de encaje que había hecho
su bisabuela. El encaje ya estaba viejo y amarillento. Habían pasado
sólo diez meses desde que Bridget lo había usado, pero su pequeño
cuerpo estaba tan flaco y acabado que todavía le quedaba. Cuando se
lo pusieron, parecía un angelito pálido, aunque Eily no pudo evitar
acordarse de una muñeca francesa de porcelana que había visto una
vez en un aparador del pueblo. Tenía un vestido de encaje blanco con
enaguas almidonadas y largos rizos de cabello natural. Cómo había
deseado tener y abrazar esa muñeca. Ahora sentía el mismo anhelo,
pero mucho peor. Ansiaba abrazar a Bridget y no soltarla nunca.
Michael llegó a casa. Todos bebieron un sorbo de leche, se acica-
laron y ordenaron la cabaña lo mejor que pudieron. Dan Collins iría

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por el cura. El padre Doyle era un buen hombre; él y papá eran muy
amigos y a veces venía a la casa para platicar un poco y procurarse
compañía. Papá solía decir que ser cura era estupendo pero que lle-
vaban una vida muy solitaria.
A media mañana todos se sorprendieron de ver llegar a Dan con su
esposa Kitty. Ella fue corriendo a abrazar a mamá y le dio un beso.
Los ojos de ambas estaban llenos de lágrimas y palabras no dichas.
—Margaret, lo sentimos tanto. Pobrecita Bridget —murmuró
Kitty.
Dan Collins carraspeó y empezó a moverse de un lado a otro, ner-
vioso.
—Hay más noticias malas, Dios nos ampare. El padre Doyle tam-
bién se contagió y no podrá venir para enterrar a la pobre peque-
ñuela. En el pueblo ya han muerto varias personas por la enferme-
dad, entre ellos Seamus Fadden, el carpintero que hace ataúdes, así
que no hay entierros como debe de ser… —se detuvo.
Mamá emitió un gemido agudo.
—¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué vamos a hacer?
El aire se cargó de pesar.
—La enterraremos decentemente en su propio lugar —dijo Dan.
Los tres niños voltearon a ver a mamá, en espera de su respuesta.
Ella asintió con la cabeza, en silencio.
—Bajo el espino del campo de atrás —murmuró—. Los niños
siempre juegan allí y ahora sus flores la resguardarán.
Dan le hizo una seña a Michael y ambos salieron de la cabaña, ha-
cia el campo, llevando una pala.
—No tenemos ataúd —dijo mamá con voz ronca.
Kitty echó una ojeada a la cabaña y le rogó a Eily que la ayuda-
ra. Eily carraspeó.
—¿Qué tal si usamos el viejo baúl de madera de la abuela?

16
Kitty y Eily lo sacaron de debajo de la vieja cama y lo pusieron
sobre la cobija. Mamá se acercó en silencio y asintió con la cabeza.
Kitty fue sacando los tesoros de la familia y poniéndolos a un lado.
Kitty y mamá empezaron a prepararlo todo. Al sentir que no eran
requeridas, Eily y Peggy salieron a cortar campánulas y flores sil-
vestres. Absorbían grandes bocanadas de aire para tratar de aplacar
sus corazones.
Dan volvió del campo y entró en la cabaña. Algunos minutos des-
pués los tres adultos salieron, Kitty sosteniendo a mamá del brazo y
Dan cargando el cofre de madera tallada.
Soplaba una brisa suave y las flores se mecían y se inclinaban en
señal de bienvenida. El cielo estaba muy azul y despejado. Una fa-
milia de herrerillos estaba posada en una rama del árbol, acompa-
ñando el velorio.
Dan y Kitty dirigieron las plegarias y todos recordaron las pala-
bras de Jesús: “Dejad que los niños se acerquen a mí”. También re-
zaron pidiendo que “se volvieran a encontrar en el Paraíso”.
Eily y Michael colocaron cuidadosamente las flores a un lado del
cofre. Peggy se aferró a mamá mientras fuertes sollozos estremecían
su cuerpo. Mamá acarició su pelo. Todos cantaron los himnos favo-
ritos del padre Doyle, y después Kitty los guió de vuelta a la casa.
Había traído un poco de té y preparó una taza para los adultos. Hizo
que mamá se sentara junto al fuego y calentó algunas tortas de papa
que habían sobrado.
Durante los días siguientes mamá se quedó vestida sólo con su ca-
misón y envuelta en el chal, y apenas si se molestó en hacer nada.
Eily y Michael traían el agua, barrían la cabaña y buscaban comida.
Deseaban que papá regresara. Eily tenía miedo. ¿Cuánto tiempo le
iría a durar? N

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Nada que comer

N ALGUNOS días después mamá los llamó a todos. Había encendi-


do la chimenea. Estaba arreglada y tenía el pelo sostenido con dos
peinetas. Había doblado su hermoso chal de encaje hecho a mano y
su vestido de novia tejido color gris perla con cuello de encaje ha-
ciendo juego, y los había puesto sobre la cama. Su propia madre los
había hecho para ese día especial en el mes de junio en que ella se
casó con John O’Driscoll, hacía muchos años.
—Eily, reparte las cáscaras de papa y siéntate.
Todos bebieron y comieron un poco. Mamá tomó el cepillo y em-
pezó a cepillar el largo y oscuro cabello de Peggy.
Después se quitó el camisón y se puso un vestido color crema.
—Eily, Michael y Peggy, tengo que ir al pueblo porque no queda
nada de comer. Bridget se fue. Ya he enterrado a una hija y no deja-
ré que les pase nada a los que me quedan. Debemos conseguir algo
de comida —dijo.
—Pero, mamá —empezó Eily—, no tienes dinero… Oh no, no
vendas tu vestido y tu chal, es lo único que te queda.
—Escucha, encanto, ¿de qué sirven un vestido y un chal escondi-
dos debajo de la cama? Sé que no me darán mucho por ellos, pero
quizá Patsy Murphy me dé lo suficiente para conseguir una bolsa de
harina de maíz y un poco de avena, o cualquier cosa. Cada día que

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BAJO EL BAJO EL
ESPINO
En la década de 1840, Irlanda fue devastada por una plaga que
destruyó las cosechas de papa. Eily, Michael y Peggy son tres
ESPINO
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hermanos que, debido a una tragedia y para no terminar en un I LU S T R A D O P O R RICARDO PELÁEZ
asilo, deciden emprender un viaje hacia una ciudad lejana en
busca de sus tías abuelas, a través de territorios asolados por el

Bajo el espino
hambre y la peste.
Marita Conlon-McKenna es una de las autoras más populares
de Irlanda. Escribe novelas para adolescentes, cuentos para
pequeños lectores e historias para adultos. En la actualidad
vive en Dublín con su esposo y sus cuatro hijos.
Ricardo Peláez nació en la ciudad de México en 1968. Estudió

MARITA CONLON–McKENNA
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UNAM, y se dedica de lleno a ilustrar libros, revistas, periódicos
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