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Como Piedra Rodante.

Lo único que relumbra es su aspecto en el yesquero. Un encendedor Made in Taiwán


de color verde rabiosos le cuelga del cuello a la altura del pecho. Mas útil que un
crucifijo. El yesquero la acompaña a donde quiera que valla, reproduciendo el
balanceo de su cuerpo. Porque algún cuerpo debe haber debajo de los andrajos color
grafito, percudido por miles de roces contra el pavimento, bancos de plazas de concreto,
aceras de cemento, escaleras de granito. Hasta adquirir el color de la ciudad: ese gris
negruzco como de hollín, como de asfalto, como de humo de buseta con problemas de
carburación.
-Dame Cien -me dice. A un a dos metros de distancia puedo percibir su defensolor, se
efluvio inconfundible que hace que todos se aparten al verla. Nadie soporta su hedor,
es su mecanismo de defensa.
-Dame Cien
Parece que alguna vez fue una muchacha bonita, estudiosa, de familia. Hoy
nadie sabe de dónde vino. Pero todos sabemos a dónde va a la velocidad de la luz.
Vive en refugio de cartones -Oh paradoja -frente a la corte suprema de justicia. Pero la
vida ha sido injusta con ella. A su edad ya podría ser médica, abogada, científica o
campeona de fórmula 1. En cambio, su único título es graduada en piedras rodantes,
con los pulmones perforados y el cerebro vuelto añicos. No es un título que se consiga
en cualquier universidad.
-Dame Cien.
Su área de acción es la avenida Baralt arriba, cerca de la esquina de dos pilitas,
lugar de tráfico y consumo, autopista de piedras rodantes. Rueda por la acera entre
señoras que llevan niños de la mano, estudiantes risueños oficinistas apresurados,
desempleados sin prisas. Delgada casi hasta el esqueleto, nadie la ha visto comer, ni
bebes, ni dormir. Su alimento es la piedra, el crack, la escoria de la fabricación de la
cocaína, veneno puro que se vende barato, pero se paga caro: las neuronas son las
únicas células del cuerpo que no se reproducen.
-Dame Cien.
Alguna vez tuvo familia, amigos, compañeros de estudio. Parece que sus
familiares venían a buscarla, se la llevaban, la bañaban, la alimentaban, atendían. Por
un tiempo parecía que se iba a salvar. Pero volvía a su palacio de cartones mojados, la
ropa se le volvía una segunda piel, una costra que tapa sus formas humanas. El
llamado de la piedra es más fuerte que el arrullo familiar. Un poco de humo anaranjado
vale más que una madre.
-Dame Cien.
Ella se la pasa por la candelaria. Sube desde parque Carabobo hasta la
Urdaneta. Recorre presurosa todas las calles, a todos pide. Va registrando su solicitud
como una letanía. Es pequeña pero su cuerpo habla de una vida dedicada al deporte.
Bien formado, musculoso, ágil todavía. Tiene la mirada bondadosa, cara de buena
gente, de muchacha alegre. Ahora brilla en su mirada el ansia. Si consigue rápido la
plata, se calmarán sus ojos, la ensoñación alucinada de la piedra será su consejera por
un breve instante.
-Dame Cien.
Los que pasan indiferentes a su lado no conocen ese tormento. La sed que viene
de muy lejos, como si tuvieras años sin beber. El cuerpo pide sus dosis de veneno para
poder seguir funcionando. Si no lo consigue rápido trata de reproducir los efectos con
su propia química. Esto la apacigua por un instante, pero luego el ansia vuelve con más
fuerza. Empiezan los temblores, las convulsiones, los movimientos espasmódicos,
incontrolables. Ay es cuando el lugar de pedir puede robar. La desesperación los
lleva a esgrimir una navaja, una jeringuilla, un pedazo de botella.
-Dame Cien.
A este lo veo por los palos grandes. Es un muchacho fuerte que camina rápido
y decidido. A veces se para en las esquinas, para pedir a los conductores que tienen los
carros. No hace Malabarismo: Su único arte es pedir con una mirada que intimida, los
ojos exorbitantemente abiertos, respirando a grandes bocanadas, la gente le daba por
miedo a que le rompan el parabrisas.
-Dame Cien.
Debe tener alguien que lo quiera, ahora lo veo con ropa limpia, zapatos
deportivos, me pasa por el salo sin despedirme, siempre caminando presuroso, como si
tuviera cosas importantes que hacer y ojalá sea así. Qué bueno es tener ropa limpia,
algo que hacer, un sentido en la vida y dirección en el ánimo. Qué bueno es mirar el
Ávila, aspirar el aire puro de la mañana y extasiarse con el canto de los pájaros. Poder
disfrutar las cosas bellas que nos rodean.
Dame doscientos.
Otra vez pidiendo. Con voz grave, autoritaria, con vos de hombre que no
admite replicas. Ya no hay zapatos nuevos y ni ropa limpia. De nuevo la figura del
abandono, la urgencia ya tiene la dirección y sentido: Comprar un poco de piedra que te
ponga las células al rojo vivo y te vire la mirada hacia adentro para que puedas ver al
monstro que habita dentro de ti. El líder, El jibaro vendedor de muerte, puede estar en
las escaleras del barrio o en la lujosa entrada del edificio residencial. No importa, las
transacciones se hacen a plena luz del día. Un intercambio de brillos: varias monedas
por un pedazo de papel aluminio. Nada, gran cosa, otra dosis más despachada en la
hipermarket de los suicidas a crédito. A la piedra no le importa que seas pobre o rico,
blanco o negro: te busca para chuparte el alma y escupirla después como un moco
sanguinolento.
-Dame Quinientos
A este lo veo desde la buseta que avanza por la Rómulo Gallegos, antes de
Boleíta, sentado en la entrada de un local comercial abandonado. Es moreno, el pelo
blanco. Se sienta de forma señorial. En el escaso espacio que le deja un escalón. En
la mano el yesquero color rojo fosforescente en la única nota de color de humanidad.
En la boca, sostenido entre los labios, un cigarrillo de aluminio. Gesticula sin prisas,
ensimismado en su dialogo interno. Es sorprendente que haya llegado a la edad en que
el pelo encanece. La muerte les pisa los talones a las piedras rodantes. Habla sin
palabras cosas que deben ser graves, importantes. Tal vez sea un sabio que tenga en su
cabeza la solución a los problemas de la humanidad, tal vez sea un santo, un filósofo de
la transcendencia. Quién sabe. Nunca se sabrá. Hay muchas historias truncadas en el
laberinto de las piedras rodantes, al que es muy fácil entrar, pero muy difícil salir sin la
ayuda de Ariadna.

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