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ES POSIBLE CONOCERSE UNO MISMO

El autoconocimiento es la capacidad de conocerse a sí mismo, las cualidades en los diferentes


contextos de la vida, aceptando y cambiando aquellos con los que no te sientes satisfecho.

Las características del autoconocimiento son:

 Las habilidades, capacidades, competencia o aptitudes (¿Qué sabes hacer bien?, ¿qué eres
capaz de hacer?, ¿en qué destacas?…)
 La personalidad (¿Cómo eres?, ¿cómo te comportas?, ¿qué te diferencia de los demás?…)
 Los valores (¿Qué es importantes para ti?, ¿cuáles son las razones últimas de tus
decisiones?…)
 Los intereses profesionales (¿Qué te gusta hacer?, ¿cuáles son tus preferencias?, ¿qué tienes
ganas de hacer en tu tiempo libre?…)
¿Por qué es importante tener autoconocimiento?

Si no logras conocerte a ti mismo, ser consciente de tus fortalezas y debilidades, aprender a


identificar tus estados de ánimo y las consecuencias que estos pueden tener en tus
comportamientos, difícilmente podrás controlar tus reacciones y utilizarlas productivamente.

Además, tampoco podrás comprender bien el comportamiento de las personas que te rodean,
identificar sus sentimientos y emociones, ni podrás actuar con efectividad en todas tus
relaciones interpersonales.

¿Cómo practicar el autoconocimiento?

El auto concepto se forma de la imagen que tienes de ti mismo y de lo que recibes del exterior.
Para iniciar en el autoconocimiento puedes hacer una lista de las siguientes cosas:

 Conocimiento de lo que tú y los demás ven en ti


 Conocimiento de ti mismo que no cuentas a los demás
 Conocimiento que los otros tienen de ti pero no te dicen
 Conocimiento que puedes tener sobre ti, aprendiendo de lo que otros piensan y de lo que no
cuentas.
¿Es posible conocerse a sí mismo? ¿Y cómo puede uno conocerse a sí mismo? ¿Cuáles son los
medios, cuáles los procesos, qué camino seguir?

Sin conocerse a uno mismo, no hay posibilidad real de investigar qué es lo verdadero, lo que
tiene significación, cuáles son los justos valores en la vida. Si uno no se conoce a sí mismo, no
puede ir más allá de las ilusiones proyectadas por la propia mente. El conocimiento propio,
como lo hemos explicado, implica no sólo conocer la acción en la convivencia de un individuo y
otro, sino también la acción en las relaciones con la sociedad; y no puede haber sociedad
completa y armoniosa sin ese conocimiento.
De modo que, en realidad, resulta de mucha importancia y significación que uno se conozca a
sí mismo tan completa y plenamente como sea posible.
¿Y es posible ese conocimiento? ¿Puede uno conocer, no en forma parcial sino
integralmente, el proceso total de uno mismo? Porque, como ya lo dije, sin conocerse a sí
mismo no tiene uno base para pensar. Uno queda atrapado en ilusiones: políticas, religiosas,
sociales y éstas son ilimitadas, interminables. ¿Es posible conocerse a sí mismo? ¿Y cómo
puede uno conocerse a sí mismo? ¿Cuáles son los medios, cuáles los procesos, qué camino
seguir?

Creo que, para encontrar los medios debe uno averiguar primero - ¿no es así? – cuáles son
los impedimentos. Y estudiando lo que consideramos importante en la vida, las cosas que
hemos aceptado – los valores, las normas, las creencias, las innumerables cosas que
mantenemos – examinándolas, tal vez descubriremos cómo funciona nuestro pensamiento y
de ese modo nos conoceremos a nosotros mismos. Es decir, comprendiendo las cosas que
aceptamos, poniéndolas en tela de juicio, ahondando en ellas – por ese proceso,
precisamente, conoceremos las modalidades de nuestro pensamiento, nuestras respuestas
nuestras reacciones; y conociéndolas nos conoceremos a nosotros mismos tal como somos.
Ese, sin duda, es el único medio que tenemos para descubrir nuestra manera de pensar,
nuestras reacciones: estudiando, examinando por completo los valores, las normas y las
creencias que hemos aceptado durante generaciones. Y, viendo lo que hay detrás de esos
valores, podremos saber cómo respondemos, cuáles son nuestras reacciones ante ellos; y así,
tal vez, podremos descubrir las modalidades de nuestro propio pensar.
En otras palabras: el conocerse a sí mismo significa, sin duda, estudiar las respuestas, las
reacciones que uno tiene en relación con algo. Uno no puede conocerse a sí mismo aislándose.
Eso es un hecho evidente. Podéis retiraros a una montaña, a una caverna, o ir en pos de una
ilusión a orillas de un río; pero, si uno se aísla, la vida de relación resulta imposible. Y el
aislamiento es la muerte. Sólo en la convivencia puede uno conocerse a sí mismo tal como es.
Estudiando, pues, las cosas que hemos aceptado, examinándolas plenamente, no
superficialmente, podremos quizá entendernos a nosotros mismos.

Ahora bien, una de las cosas en que a mi parecer uno lo acepta todo ávidamente, lo da todo
por sentado, es la cuestión de las creencias. Yo no ataco las creencias. Lo que tratamos de
hacer en la tarde de hoy es descubrir por qué aceptamos las creencias; y si podemos
comprender los motivos, las causas de esa aceptación, quizá podarnos no sólo entender por
qué hacemos tal cosa, sino asimismo librarnos de ella. Porque uno puede ver cómo las
creencias religiosas, políticas, nacionales y de diversos otros tipos, separan a los hombres,
cómo crean conflicto, confusión, antagonismo, lo cual es un hecho evidente; y, sin embargo,
no estamos dispuestos a renunciar a ellas. Existe el credo hindú, el credo cristiano, el budista,
innumerables creencias sectarias y nacionales, diversas ideologías políticas, todas en lucha
unas con otras y procurando convertirse unas a otras.
Claramente podemos ver que las creencias separan a la gente, crean intolerancia. ¿Pero es
posible vivir sin creencia? Eso puede descubrirse tan sólo si uno logra estudiarse a sí mismo en
relación con una creencia. ¿Es posible vivir en este mundo sin una creencia; no cambiar de
creencias, ni substituir una por otra, sino estar enteramente libre de toda creencia, de suerte
que uno haga frente a la vida de un modo nuevo a cada minuto? La verdad, después de todo,
está en esto: en tener la capacidad de enfrentar todas las cosas de un modo nuevo, de instante
en instante, sin la reacción condicionante del pasado, para que no haya ese efecto acumulativo
que obra como barrera entre uno mismo y aquello que es.
Evidentemente, la mayoría de nosotros acepta o adopta creencias ante todo porque en
nosotros hay temor. Sentimos que, sin una creencia, no sabremos qué hacer. Entonces
utilizamos la creencia como una norma de conducta, como dechado de acuerdo con el cual
encauzamos nuestra vida. Y también creemos que puede haber acción colectiva gracias a la
creencia. Así, pues, en otras palabras, consideramos que para actuar se necesita una creencia.
¿Y es ello así? ¿La acción requiere creencia? Es decir, siendo la creencia una idea, ¿hace falta
ideación para actuar? ¿Qué está primero, la idea o la acción? Primero, sin duda, está la acción,
que es placentera o penosa; y según eso elaboramos diferentes teorías. La acción,
invariablemente, aparece primero. ¿No es así? Y cuando hay temor, cuando existe el deseo de
creer para poder actuar, entonces interviene la ideación.

Ahora bien, si reflexionáis, veréis que el temor es una de las razones para que haya deseo de
aceptar una creencia. Porque, si no tuviéramos creencia alguna, ¿qué nos sucedería? ¿No nos
causaría pavor lo que pudiera ocurrir? Si no tuviéramos ninguna norma de acción basada en
una creencia (ya sea en Dios, en el comunismo, en el socialismo, en el imperialismo), o en tal o
cual fórmula religiosa, o en algún dogma que nos condicione, nos sentiríamos totalmente
perdidos, ¿no es así? Y esa aceptación de una creencia, la ocultación do ese temor, ¿no es
acaso el miedo de no ser realmente nada, el miedo de estar vacío? Después de todo, una taza
sólo es útil cuando está vacía; y una mente repleta de creencias, de dogmas, de afirmaciones y
de citas, es en realidad una mente incapaz de crear, y que lo único que hace es repetir. Y el
huir de ese miedo – de ese miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, de ese miedo de no
llegar, de no triunfar, de no lograr, de no ser algo, de no llegar a ser algo – es sin duda una de
las razones por las cuales aceptamos las creencias tan ávida y codiciosamente. ¿No es así?
¿Y podemos entendernos a nosotros mismos mediante la aceptación de una creencia? Todo
lo contrario. Es obvio que una creencia, política o religiosa, impide la propia comprensión.
Obra a modo de pantalla a través de la cual nos miramos a nosotros mismos. ¿Y podemos
mirarnos a nosotros mismos sin creencia alguna? Si suprimimos esas creencias – las muchas
creencias que uno tiene – ¿queda algo para mirar? Si no tenemos creencias con las cuales la
mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación alguna, es capaz de mirarse a
sí misma tal cual es; y ahí, ciertamente, está el comienzo de la propia comprensión. Si uno
tiene miedo, si, encubierto por una creencia, existe el temor; y si, al comprender las creencias
uno se enfrenta con el miedo sin el tamiz de las creencias, ¿no es entonces posible librarse de
esa reacción del miedo? Es decir, ¿es posible saber que uno tiene miedo y permanecer ahí sin
escapatoria alguna? Estar con lo que es resulta mucho más significativo y tiene más valor, por
cierto, que huir de lo que es mediante una creencia.

Uno empieza, pues, a darse cuenta de que hay diversas maneras de huir de uno mismo, de la
propia vacuidad, de la pobreza del propio ser; escapes tales como el saber, las diversiones, y
las distintas formas de afición y entretenimiento, cultas las finas y estúpidas las otras,
inteligentes o sin valor alguno. Esas cosas nos rodean, somos esas cosas; y si la mente puede
percibir el significado de las cosas a las cuales está sujeta, entonces, quizá, estaremos frente a
frente con lo que somos, sea ello lo que fuere; y yo creo que en el momento en que seamos
capaces de hacer eso, habrá en nosotros una verdadera transformación. Entonces, en efecto,
el problema del temor no se plantea, porque el temor sólo existe en relación con algo. Cuando
estáis vosotros y otra cosa con la cual os halláis en relación, y cuando esa cosa os disgusta y
tratáis de evitarla, entonces surge el miedo. Mas cuando sois esa mismísima cosa entonces
nada hay que eludir. Un hecho infunde temor tan sólo cuando reaccionáis emocionalmente
ante él; pero si os enfrentáis a un hecho tal cual es, no hay temor. Y cuando dejamos de darle
un nombre a lo que llamamos miedo y sin definirlo, solamente lo observamos, entonces, por
cierto, ocurre una revolución; ya no existe esa sensación de eludir o de aceptar.

De suerte que, para entender la creencia, no de un modo superficial, sino profundamente,


hay que descubrir la razón por la cual la mente se apega a varias formas de creencia, por qué
las creencias han adquirido tan grande importancia en nuestra vida: creencias sobre la muerte,
sobre la vida, sobre lo que pasa después de la muerte; creencias que afirman o niegan a Dios,
que afirman o niegan la realidad, y distintas creencias políticas. ¿No indican todas esas
creencias nuestra propia sensación de pobreza íntima? ¿Y no revelan ellas un proceso de
evasión, o no actúan como una defensa? Y al estudiar nuestras creencias, ¿no empezamos a
conocernos tal cuales somos, no sólo en los niveles superficiales de nuestra mente de nuestra
conciencia, sino mucho más hondo? Así, pues, mientras más nos estudiamos en relación con
alguna otra cosa, tal como las creencias, más quieta se torna la mente, sin coacción, sin falsa
disciplina.
Es obvio que cuanto más se conoce la mente a sí misma, más serena está. Cuanto más
conozcáis algo, cuanto más familiarizados estéis con algo, más serena se tornará la mente. Y la
mente ha de estar realmente quieta no aquietada. Hay, sin duda, una enorme diferencia entre
una mente aquietada y una mente quieta. Podéis forzar la mente a aquietarse mediante
diversas circunstancias, disciplinas, tretas, etc. Pero eso no es quietud, eso no es paz; eso es
muerte. Mas una mente que está serena porque comprende las distintas formas del miedo y
se entiende a sí misma – una mente así es creadora, una mente así se renueva sin cesar.
Sólo se estanca aquella mente que está encerrada en sus propios temores y creencias. Pero
una mente que comprende su relación con los valores ambientes – no imponiendo una norma
de valores sino comprendiendo lo que es – esa mente, sin duda, se torna serena; es serena. No
es cuestión de devenir. Sólo entonces, por cierto, la mente puede percibir lo real de instante
en instante. La realidad, a buen seguro, no es algo que se encuentre en último término, un
resultado final de la acción acumulativa. La realidad ha de percibirse tan sólo de instante en
instante; y sólo puede percibirse cuando no obra el efecto acumulativo del pasado sobre el
momento actual, sobre el “ahora”.