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E.W. Böckenförde.

4. La democracia como sistema de la decisión mayoritaria.


El funcionamiento práctico de la democracia, mediante el despliegue del principio
mayoritario, de decisiones resueltas a través de decisiones de mayoría, no debe
entenderse como si este modo de proceder fuera solo último recurso. La decisión
mayoritaria no es para la democracia una mera solución técnica ante la falta de métodos
más eficientes, en el sentido de que a través de formas distintas a las que ofrece el
principio de mayoría, difícilmente podría llegarse a ninguna decisión. Por el contrario, se
sostiene aquí la tesis de que el sistema de decisiones mayoritaria no solo se ajusta
prácticamente a la democracia, sino que además comparte relaciones estructurales con
ella, es decir, es decir, están teóricamente vinculados, sobre todo en lo que respecta a
la fundamentación y a los límites del mismo principio de mayoría, que no pueden sino
entenderse como consecuencia de los principios democráticos.
4.1 Justificación de la decisión mayoritaria.
El que la decisión de la mayoría sea la necesidad interna que requiere la democracia
para su efectivo funcionamiento se deriva de los principios que atraviesan al sistema
democrático en su fundamento, tales como la libertad y la autodeterminación, y en
especial cuando estos se miran desde su desenvolvimiento en el ámbito político, que
desemboca en la necesidad de una rigurosa igualdad democrática. Si la libertad
democrática debe ser también, en el ámbito de la participación política, una práctica
fundamentalmente igualitaria, que sitúe a los ciudadanos en la misma condición de valor
democrático, entonces, para establecer un contenido concreto al ordenamiento vigente
resulta necesario al menos el asentimiento de la mayoría, pues si se exigiera menos
sería en detrimento de la mayoría que opina lo contrario, y si se exigiera más se
perjudicaría a la mayoría que sí opina aquello. Como puede verse los principios de
libertad, autodeterminación e igualdad (de incidencia política), hacen que el único criterio
que soporte la democracia sea el de la mayoría.
El desenvolvimiento del principio de igualdad dentro del plano político, que se traduce en
una rigurosa igualdad democrática, tiene como consecuencia que desde la óptica de la
incidencia política no pueda existir ningún tipo de ponderación cualitativa de las opiniones
políticas para llevar a cabo una decisión, pues ello implicaría que se tome partido por
estándares que arbitrariamente excluyan la preponderancia del principio de igualdad
democrática, pues se inclinarían de antemano por una posición. Desde la perspectiva de
la igualdad democrática, que es una igualdad formal, esquemática y rigurosa, y desde el
plano práctico, netamente jurídico; los votos no pueden ser ponderados en virtud de
razones de contenido ni sopesados bajo ningún juicio que por definición es subjetivo.
Entonces, si lo que necesita la igualdad democrática para consumarse en la participación
es de un criterio estrictamente objetivo, la opinión política, manifestada electoralmente a
través del voto, no puede sino contarse, ser sometida a criterios exclusivamente
cuantitativos para llegar a conformar la voluntad general. La existencia de quórum
calificados o de requisitos que vayan más allá de la norma de mayoría no puede ser
entendido de por sí como un reforzamiento a la democracia, al contrario, es más bien
una limitación a esta, sin perjuicio de que pueda ser fundamentado como garantías al
statu quo que busquen eventualmente proteger a ciertas minorías. Es decir, se limita el
principio democrático para dar protección a otro valor jurídico relevante, y primeramente,
la democracia se defiende allí donde pueda estar en peligro el contenido nuclear que la
mantiene viva, aquellos principios democráticos que la hacen existir. Tiene sentido que
la democracia busque su propia supervivencia. Además, desde luego que los quorum
que impongan una reserva a la democracia pueden establecerse en favor del
fortalecimiento y protección de minorías específicas, sobre todo aquellas que pudieran
carecer en parte de aquella homogeneidad pre-jurídica que Böckenförde identifica como
un presupuesto de la formación democrática del pueblo, y esto último como veremos, no
necesariamente debe entenderse de forma perentoria como limitativo de la democracia,
pues puede tener una justificación racional que se sustente en el fondo mismo de la
democracia, como ya veremos.
Al principio de mayoría para la toma de decisiones democráticas se suele contraponer la
necesidad de consenso que se espera de la democracia, y esto no posee un fundamento
del todo arbitrario, pues desde luego que se espera que mediante la participación
democrática activa de los miembros del Estado se pueda llegar a una voluntad común
que de algún modo pueda abarcar un mayor número de posturas, y es evidente que gran
parte de las instituciones democráticas mismas (como los sistemas electorales o
legislativos), como sus derivados políticos de convivencia (como la libertad de expresión,
y la opinión pública) estén estructurados de modo tal que hagan probable dicho
consenso; sin embargo, la democracia tiene primero que nada la necesidad, respecto de
su propia naturaleza y objetivo, de ser un medio para la toma de decisiones, proceso que
como vimos se consuma bajo la idea del principio de mayoría, no pudiendo ser de otra
manera, y esta necesidad de la democracia es un derecho en principio de todos los
ciudadanos, y en el caso concreto, de aquellos que poseen la mayoría. Este deber de la
democracia no puede en última instancia ser supeditado a la búsqueda de consenso,
que es una aspiración legítima y hasta deseable, pero que en su contenido y extensión
solo podrá depender de la cultura política democrática de cada Estado, pues como
necesidad estructural de la democracia no es la más elemental.
4.2 Los límites de la decisión mayoritaria.
Lo interesante de la naturaleza de la democracia, es que del mismo modo que su sustrato
esencial caracterizado por los principios de libertad e igualdad que lo componen,
establecen la forma concreta en que esta debe desenvolverse: el principio de mayoría,
a su vez, establecen ellos mismos los límites a los que la democracia y sus mecanismos
de toma de decisiones deben someterse. De lo que se sigue que la idea de contraponer
de forma tajante los frenos democráticos a la democracia misma es errónea, pues de la
misma fuente de la cual la democracia recibe sus impulsos, es la de la cual la democracia
se limita a sí misma. Los principios de libertad e igualdad democrática impiden que esta
pueda ser entendida estructuralmente como un mecanismo del absolutismo de la
mayoría o de la dominación de muchos sobre otros pocos.
A. Límites internos de la decisión mayoritaria.
El desenvolvimiento de los principios democráticos implica que la formación de la
voluntad política a través del principio de la mayoría vaya estrechamente ligada con una
idea estructural de funcionamiento continuo de estos mecanismos democráticos, donde
no haya cabida para que la voluntad mayoritaria se atribuya pretensiones de absolutismo,
pues esto implicaría agarrarse de los mismos medios que la democracia garantiza en
virtud de la libertad e igualdad, para una vez alcanzando una posición privilegiada, cerrar
la opción para que cualquiera dispute esa posición; eso es contravenir las “reglas del
juego” que la democracia plantea como una situación continuada de competencia por el
liderazgo político, que no puede cristalizarse en un solo momento. Lo cual se vincula con
la idea de ese núcleo indisponible de los fundamentos democráticos, pues su corrupción
implica un entendimiento meramente instrumental de la democracia, y por lo tanto una
forma de desvirtuarla.
B. Límites internos de la decisión mayoritaria.
Estos son condiciones de eficacia de los límites externos, esto es, consecuencias en la
convivencia política que se siguen de los presupuestos democráticos de funcionamiento.
La democracia no puede en virtud de sus limites teóricos, permitir la existencia legítima
de agentes que se rehúsen abiertamente a la idea de discusión y compromiso y por el
contrario atribuyan valor absoluto a sus convicciones, poniéndolas como las únicas
válidas y esperando el momento oportuno para establecerlas, pues esto implicaría negar
el derecho de sus contendores políticos a la igualdad y libertad democrática. En ese
sentido, el plano democrático de antagonismo político implica una noción de relativismo
pragmático vinculado al modo en que las propias ideas deben proponerse. Para los
agentes que no renuncian a la perspectiva de su ideología como una misión
existencialmente trascendental que está más allá de todo valor político y jurídico ya
existente, no puede sino ver la democracia como un mero acuerdo estratégico, que solo
tiene sentido mientras aun no pueda hacerse a gusto con el poder. Esto hace vacilar la
estabilidad democrática, pues se opone a la lealtad y buena fe que de ella se espera.
Ese es el criterio que el tribunal constitucional alemán adoptó para proscribir al partido
comunista de Alemania el año 1956.
4.3 Cuestiones no susceptibles de votación.
Se sostiene en muchas ocasiones que en las democracias modernas existen
determinados ámbitos y asuntos que producto de su extrema delicadeza (como podría
ser la capacidad nuclear del Estado) no pueden ser sometidos a los mismos principios
democráticos que sí rigen todo el resto de las determinaciones, es decir, estos asuntos
no pueden ser resueltos por decisiones reconducibles al pueblo. Y es así como se les
sustrae de la esfera de lo público. Si se toma en serio aquel argumento habría de
pensarse que el pueblo no solo toma las decisiones, sino que también decide sobre lo
que debe decidir, pero ello es absurdo, porque la practica democrática solo se consuma
como criterio político en cuanto consigue un funcionamiento continuado y siempre
dinámico. Esa exclusión no puede entonces en ningún caso ser entendida como parte
siquiera teórica de la democracia, ni como una protección a la misma, pues en la práctica
solo es una limitación de la democracia que no es realizada, porque no podría ser, por el
pueblo sino por una minoría, más probablemente un grupo selecto de políticos, con el
objetivo de prever ciertos escenarios o mantener cierto statu quo. Esta imposibilidad de
votar promovida que sed opone a la lógica misma de la democracia tampoco es
incompatible con ella en la medida en que haya consenso y no una presión social
mayoritaria explícita contra ella, pues justamente es en cierto sentido un obstáculo
jurídico, pero no material respecto de los escenarios que anticipa. El tranquilo
desenvolvimiento de estos vacíos democráticos puede ser muestra del ejercicio político
de un pueblo que ha perdido la confianza en sí mismo, ya sea por algún antecedente
reciente que funcione como traba, o por una falta de homogeneidad pre jurídica y relativa,
presupuestos fundamentales de la democracia misma.
III. Presupuestos de la democracia como forma de Estado y de gobierno.
Luego de ver la estructura de la naturaleza de la democracia como forma de gobierno,
su funcionamiento desplegado, es hora de ver los supuestos en los que esta forma de
organización descansa, es decir, los elementos que no pueden faltar para que la
democracia efectivamente funcione de modo sano, estos elementos son producto de un
desarrollo histórico de la cultura política en la que reposan. Estos presupuestos no
siempre son considerados, por ser extrajurídicos, sin embargo, poseen gran importancia,
pues forman parte de la magnitud y calidad de la democracia que sobre ellos se levanta.
1. Presupuestos socioculturales.
Estos se refieren tanto al orden material de la estructura social sobre la que se organiza
la democracia, como z los contenidos espirituales del conjunto humano que lo conforma.
1.1 presupuestos sociales
a) Estructura emancipatoria de la sociedad
La democracia no tiene esperanzas de ser comprendida y menos de desplegarse allí
donde la sociedad está construida en base a estructuras jerárquicamente fijas en base a
castas, estirpes o situaciones de dominación feudal. Esos sistemas imponen relaciones
explícitas de opresión social que hacen imposible la democracia, pues esta se sustenta
en libertad democrática e igualdad política que en su composición formal estrictamente
igualitaria no da cabida a divisiones cualitativas abiertas entre los miembros de la
sociedad. Proponer una igualdad del valor político de cada persona en un ambiente en
donde estos son distinguidos en cuanto a la familia o la raza a la que pertenecen, es una
mera ilusión, algo ridícula si se piensa que la mentalidad democrática no está formada.
Es surreal pensar en un siervo votando contrario a su patrón, o un hijo contrario a su
padre, en ese tipo de sociedades.
b) Ausencia de formas teocráticas de religión.
En sociedades rigurosamente teocráticas, por definición, no se ha logrado ejercer una
separación psicológica y social entre un ámbito religioso estrictamente abocado a los
asuntos espirituales, y un ámbito público, político en un sentido moderno; esta falta de
distinción hace imposible un normal desarrollo de la democracia, pues está estará
siempre supeditada a un dictado divino, es decir, a las instituciones y autoridades
religiosas que rijan dicha sociedad, haciendo imposible una deliberación política no
mediada últimamente por un dictado con pretensiones de autoridad religiosa. La voluntad
del individuo como sujeto político en igualdad se vuelve vana e irrelevante en un
ambiente que pone más esperanzas en la revelación y el mandato religioso único.
c) Homogeneidad relativa dentro de la sociedad.
Para el desarrollo de una democracia estable y eficiente debe haber entre los
participantes de este ámbito una relativa homogeneidad caracterizados por acuerdos en
las convicciones fundamentales comunes que hacen posible tener al menos una idea
colectiva respecto a la necesidad y estructura básica de un ordenamiento y vida en
común. Además, esta relativa homogeneidad requiere de condiciones materiales no
caracterizadas por una desigualdad extrema en el ámbito económico, pues esta, cuando
alcanza grados demasiado pronunciado, hace que los miembros de la sociedad se
sientan unos con otros extraños y añejados, como gente radicalmente distinta viviendo
en una misma ordenación. Estas condiciones son necesarias para la mantención de una
paz social y unidad de la comunidad política. Si no se cumplen, se producirá
inevitablemente un desgarramiento social que haga imposible la igualdad política
formalmente postulada, que solo puede, ante la falta de mejor remedio, conducir al
confrontamiento o la escisión.
Esta homogeneidad relativa es referida habitualmente como un estado sicológico en que
los intereses sociales, culturales, políticos, y de todo tipo relevante, aparecen
enmarcados en torno a una conciencia común del nosotros, dirigidos y pensados desde
una voluntad común que se actualiza constantemente. Desde luego, esa unidad puede
estar fundada sobre supuestos materiales como la etnia o la historia común, o en criterios
racionales como principios políticos o ideas nacionales. En sociedades liberales
modernas atravesadas por un capitalismo desarrollado y clases sociales definidas, la
desigualdad económica en una faceta pronunciada al extremo puede acabar los
fundamentos de homogeneidad precedente, escindiendo a los miembros unos con otros
hasta desarrollarlos en identidades socioculturales diferentes que pueden fácilmente
adquirir una dimensión política. En el fondo, el sentido de nosotros puede ser
rápidamente roído e incluso destruido en base a divisiones sociales radicalmente
pronunciadas en base a criterios económicos, desde esa perspectiva no es extraño
constatar que en sociedades capitalistas es sencillo identificar diferencias no solo
políticas sino también culturales en las distintas clases sociales, diferencias más notorias
conforme la desigualdad económica es más amplia, y así las clases pueden poseer un
lenguaje disímil, intereses disímiles y convicciones políticas disímiles, hasta el punto de
confrontarlos abiertamente.