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“Ensayo sobre el entendimiento humano” (1689), de John Locke

INTRODUCCIÓN
1. La investigación acerca del entendimiento es agradable y útil. Puesto que el entendimiento es lo que
sitúa al hombre por encima de los seres sensibles y le concede todas las ventajas y potestad que tiene sobre
ellos, es ciertamente un asunto, por su propia dignidad, que supervalora el trabajo de ser investigado. El
entendimiento, como el ojo, aunque nos permite ver y percibir todas las demás cosas, no se advierte a sí
mismo, y precisa arte y esfuerzo para ponerse a distancia y convertirse en su propio objeto. Pero sean cuales
fueren las dificultades que ofrezca esta situación y sea cual fuese lo que nos sitúa tan en la oscuridad a
nosotros mismos, estoy seguro de que toda luz que podamos derramar sobre nuestras propias mentes, todo
el trato que podamos establecer con nuestro propio entendimiento, no sólo será agradable, sino que nos
traerá grandes ventajas para el gobierno de nuestro pensamiento en la búsqueda de las demás cosas.
2. El designio. Puesto que es mi intención investigar los orígenes, alcance y certidumbre del entendimiento
humano, junto con los fundamentos y grados de creencias, opiniones y sentimientos, no entraré aquí en
consideraciones físicas de la mente, ni me ocuparé de examinar en qué puede consistir su esencia, o por
qué alteraciones de nuestros espíritus o de nuestros cuerpos llegamos a tener sensaciones en nuestros
órganos, o ideas en nuestros entendimientos, ni tampoco si en su formación esas ideas dependen, o no,
algunas o todas, de la materia. Estas especulaciones, por muy curiosas o entretenidas que sean, las dejaré
a un lado como ajenas a los designios que ahora tengo. Bastará para mi actual propósito considerar la
facultad de discernimiento del hombre según se emplea respecto a los objetos de que se ocupa, y creo que
no habré malgastado mi empeño en lo que se me ocurra referente a este propósito, si mediante este sencillo
método histórico logro dar alguna razón de la forma en que nuestro entendimiento alcanza esas nociones
que tenemos de las cosas, y si puedo establecer algunas reglas de certidumbre de nuestro conocimiento o
mostrar los fundamentos de esas persuasiones que se encuentran entre los hombres, tan variadas, distintas
y totalmente contradictorias, pero afirmadas, sin embargo, en algún lugar, con tanta seguridad y confianza,
que quien considere las opiniones de los hombres, observe sus contradicciones y, al mismo tiempo,
considere el cariño y devoción con que son mantenidas y la resolución y vehemencia con que se las
defiende, quizá llegue a sospechar que o bien falta eso que se llama la verdad o que el hombre no pone los
medios suficientes para lograr un conocimiento cierto de ella.
3. El Método. Merece la pena, pues, descubrir los límites entre la opinión y el conocimiento, y examinar,
respecto de las cosas que no tenemos conocimiento cierto, por qué medios debemos regular nuestro
asentimiento y moderar nuestras persuasiones. Para este fin, me ajustaré al siguiente método: Primero,
investigaré el origen de esas ideas, nociones o como quieran llamarse, que un hombre puede advertir y las
cuales es consciente que tiene en su mente, y la manera como el entendimiento llega a hacerse con ellas.
Segundo, intentaré mostrar qué conocimiento tiene por esas ideas el entendimiento, y su certidumbre,
evidencia y alcance. Tercero, haré alguna investigación respecto a la naturaleza y a los fundamentos de fe
u opinión, con lo que quiero referirme a ese asentimiento que otorgamos a cualquier proposición dada en
cuanto verdadera, pero de cuya verdad aún no tenemos conocimiento cierto. Aquí tendremos oportunidad
de examinar las razones y los grados de asentimiento.
LIBRO I DE LAS NOCIONES INNATAS
CAPITULO I. NO HAY PRINCIPIOS INNATOS
1. La forma en que nosotros adquirimos cualquier conocimiento es suficiente para probar que éste no es
innato. Es una opinión establecida entre algunos hombres, que en el entendimiento hay ciertos principios
innatos; algunas nociones primarias, (poinai ennoiai) , caracteres como impresos en la mente del hombre;
que el alma recibe en su primer ser y que trae en el mundo con ella. Para convencer a un lector sin prejuicios
de la falsedad de esta suposición, me bastaría como mostrar (como espero hacer en las partes siguientes
de este Discurso) de que modo los hombres pueden alcanzar, solamente con el uso de sus facultades
naturales, todo el conocimiento que poseen, sin la ayuda de ninguna impresión innata, y pueden llegar a la
certeza, sin tales principios o nociones innatos. Porque yo me figuro que se reconocerá que sería
impertinente suponer que son innatas las ideas de color, tratándose de una criatura a quien Dios dotó de la
vista y del poder de recibir sensaciones, por medio de los ojos, a partir de los objetos externos. Y no menos
absurdo sería atribuir algunas verdades a ciertas impresiones de la naturaleza y a ciertos caracteres innatos,
cuando podemos observar en nosotros mismos facultades adecuadas para alcanzar tan facil y seguramente
un conocimiento de aquellas verdades como si originariamente hubieran sido impresas en nuestra mente.
Sin embargo, como a un hombre no le es permitido seguir impunemente sus pensamientos propios en busca
de la verdad, cuando le conducen, por poco que sea, fuera del camino habitual, expondre las razones que
me hicieron dudar de la verdad de aquella opinión para que sirvan de excusa a mi equivocación, si en ella
he incurrido, cosas que dejo al juicio de quienes, como yo, están dispuestos a abrazar verdad dondequiera
que se halle.
15. Los pasos a través de los que la mente alcanza distintas verdades. Inicialmente, los sentidos dan
entrada a ideas particulares y llenan un receptáculo hasta entonces vacío y la mente, familiarizándose poco
a poco con alguna de esas ideas, las aloja en la memoria y les da nombre. Más adelante, la mente la abstrae
y paulatinamente aprende el uso de los nombres generales. De este modo, llega a surtirse la mente de ideas
y de lenguaje, materiales adecuados para ejercitar su facultad discursiva. Y el uso de la razón aparece a
diario más visible, a medida que esos materiales que la ocupan, aumentan. Pero aunque habitualmente la
adquisición de ideas generales, el empleo de palabras y el uso de la razón tengan un desarrollo simultáneo,
no veo que se pruebe de ningún modo, por eso, que esas ideas son innatas. Admito que el conocimiento de
algunas verdades aparecen en la mente en una edad muy temprana; pero de tal manera que se advierte
que no son innatas porque si observamos veremos que se trata de ideas no innatas sino adquiridas, ya que
se refieren a esas primeras ideas impresas por aquellas cosas externas en las que primero se ocupan los
niños, y que se imprimen en sus sentidos más fuertemente. En las ideas así adquiridas, la mente descubre
que algunas concuerdan y que otras difieren, probablemente tan pronto como tiene uso de memoria, tan
pronto como es capaz de retener y recibir ideas distintas. Pero, sea en ese momento o no, es seguro que
se hace ese descubrimiento mucho antes de alcanzar el uso de la palabra, o de llegar a eso que comúnmente
llamamos uso de razón, porque un niño sabe con certeza, antes de poder hablar, la diferencia entre las ideas
de lo dulce y lo amargo ( es decir, que lo dulce no es amargo ), del mismo modo que más tarde, cuando
llega a hablar, sabe que el ajenjo y los confíes no son la misma cosa.

“Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil” (1689), de John Locke


CAPÍTULO II. DEL ESTADO DE NATURALEZA
4. Para entender rectamente el poder político, y derivarlo de su origen, debemos considerar en qué estado
se hallan naturalmente los hombres todos, que no es otro que el de perfecta libertad para ordenar sus
acciones, y disponer de sus personas y bienes como lo tuvieren a bien, dentro de los límites de la ley natural,
sin pedir permiso o depender de la voluntad de otro hombre alguno.
Estado también de igualdad, en que todo poder y jurisdicción es recíproco, sin que al uno competa más
que al otro, no habiendo nada más evidente que el hecho de que criaturas de la misma especie y rango,
revueltamente nacidas a todas e idénticas ventajas de la Naturaleza, y al liso de las mismas facultades,
deberían asimismo ser iguales cada una entre todas las demás, sin subordinación o sujeción, a menos que
el señor y dueño de ellos todos estableciere, por cualquier manifiesta declaración de su voluntad, al uno
sobre el otro, y le confiriere, por nombramiento claro y evidente, derecho indudable al dominio y soberanía.
14. Levántase a menudo una fuerte objeción, la de si existen, o existieron jamás, tales hombres en tal
estado de naturaleza. A lo cual puede bastar, por ahora, como respuesta que dado que todos los príncipes
y gobernantes de los gobiernos "independientes" en todo el mundo se hallan en estado de naturaleza, es
evidente que el mundo jamás estuvo, como jamás se hallará, sin cantidades de hombres en tal estado. He
hablado de los gobernantes de comunidades "independientes", ora estén, ora no, en entendimiento con
otras; porque no cualquier pacto da fin al estado de naturaleza entre los hombres, sino sólo el del mutuo
convenio para entrar en una comunidad y formar un cuerpo político; (…) afirmo que todos los hombres se
hallan naturalmente en aquel estado y en él permanecen hasta que, por su propio consentimiento, se hacen
miembros de alguna sociedad política.
“Leviatán” (1651), de Thomas Hobbes
PRIMERA PARTE. Del hombre. CAPITULO V: De la razón y de la ciencia
Qué es la razón. Cuando un hombre razona, no hace otra cosa sino concebir una suma total, por adición
de partes; o concebir un residuo, por sustracción de una suma respecto a otra: lo cual (cuando se hace por
medio de palabras) consiste en concebir a base de la conjunción de los nombres de todas las cosas, el
nombre del conjunto: o de los nombres de conjunto, de una parte, el nombre de la otra parte. Y aunque en
algunos casos (como en los números), además de sumar y restar, los hombres practican las operaciones
de multiplicar y dividir, no son sino las mismas, porque la multiplicación no es sino la suma de cosas iguales,
y la división la sustracción de una cosa tantas veces como sea posible. Estas operaciones no ocurren
solamente con los números sino con todas las cosas que pueden sumarse unas a otras o sustraerse unas
de otras. Del mismo modo que los aritméticos enseñan a sumar y a restar en números, los geómetras
enseñan lo mismo con respecto a las líneas, figuras (sólidas y superficiales), ángulos, proporciones, tiempos,
grados de celeridad, fuerza, poder y otros términos semejantes: por su parte, los lógicos enseñan lo mismo
en cuanto a las consecuencias de las palabras: suman dos nombres, uno con otro, para componer una
afirmación; dos afirmaciones, para hacer un silogismo, y varios silogismos, para hacer una demostración; y
de la suma o conclusión de un silogismo, sustraen una proposición para encontrar la otra. Los escritores de
política suman pactos, uno con otro, para establecer deberes humanos; y los juristas leyes y hechos, para
determinar lo que es justo e injusto en las acciones de los individuos. En cualquiera materia en que exista
lugar para la adición y la sustracción existe también lugar para la razón: y dondequiera que aquélla no tenga
lugar, la razón no tiene nada que hacer.
[…] Uso de la razón. El uso y fin de la razón no es el hallazgo de la suma y verdad de una o de pocas
consecuencias, remotas de las primeras definiciones y significaciones establecidas para los nombres, sino
en comenzar en éstas y en avanzar de una consecuencia a otra. No puede existir certidumbre respecto a la
última conclusión sin una certidumbre acerca de todas aquellas afirmaciones y negaciones sobre las cuales
se fundó e infirió la última. Si un jefe de familia, al establecer una cuenta, 'asentara los totales de las facturas
pagadas, en una suma, sin tomar en consideración cómo cada una está sumada por quienes las
comunicaron. ni lo que pagó por ellas, no adelantaría él mismo más que si aceptara la cuenta globalmente,
confiando en la destreza y honradez de los acreedores: así, también, al inferir de todas las demás cosas
establecidas, conclusiones por la confianza que le merecen, los autores, si no las comprueba desde primeros
elementos de cada cómputo (es decir, respecto a los significados de los nombres, establecidos por las
definiciones) pierde su tiempo: y no sabe nada de las cosas, sino simplemente cree en ellas.
[…] Ciencia. De este modo se revela que la razón no es, como el sentido y la memoria, innata en nosotros,
ni adquirida por la experiencia solamente, como la prudencia, sino alcanzada por el esfuerzo : en primer
término, por la adecuada imposición de nombres, y, en segundo lugar, ,aplicando un método correcto y
razonable, al progresar desde los elementos, que son los nombres, a las aserciones hechas mediante la
conexión de uno de ellos con otro; y luego hasta los silogismos, que son las conexiones de una aserción a
otra, hasta que llegamos a un conocimiento de todas las consecuencia de los nombres relativos al tema
considerado; es esto lo que los hombres denominan CIENCIA. Y mientras que la sensación y la memoria no
son sino conocimiento de hecho, que es una cosa pasada e irrevocable, la Ciencia es el conocimiento de
las consecuencias y dependencias de un hecho respecto a otro: a base de esto, partiendo de lo que en la
actualidad podemos hacer, sabemos cómo realizar alguna otra cosa si queremos hacerla ahora, u otra
semejante en otro tiempo. Porque cuando vemos cómo una cosa adviene, por qué causas y de qué manera,
cuando las mismas causas caen bajo nuestro dominio, procuramos que produzcan los mismos efectos.
CAPITULO XI De la diferencia de "maneras"
Qué se entiende aquí por maneras. Bajo la denominación de MANERAS no significo, aquí, la decencia de
conducta: por ejemplo, cómo debe uno saludar a otro, o cómo debe lavarse la boca, o hurgarse los dientes
delante de la gente, y otros consejos de pequeña moral, sino más bien aquellas cualidades del género
humano que permiten vivir en común una vida pacífica y armoniosa. A este fin recordemos que la felicidad
en esta vida no consiste en la serenidad de una mente satisfecha; porque no existe el finis ultimus (propósitos
finales) ni el summum bonum (bien supremo), de que hablan los libros de los viejos filósofos moralistas.
CAPITULO XIII De la "condición natural" del género humano, en lo que concierne a su felicidad y a su miseria
Hombres iguales por naturaleza. La Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del
cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz
de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan
importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no
pueda aspirar como él. (…) Pero esto es lo que mejor prueba que los hombres son en este punto más bien
iguales que desiguales. No hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución igual de una
cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le corresponde.
De la igualdad procede la desconfianza. De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad
de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean
la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que
conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación, y a veces su delectación tan sólo) tratan de
aniquilarse o sojuzgarse uno a otro.
[…] Fuera del estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos. Con todo ello es manifiesto que
durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la
condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la
GUERRA no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo
en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente.
En semejante guerra nada es injusto. En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que
nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde
no hay poder común, la ley no existe; donde no hay ley, no hay justicia. […] Las pasiones que inclinan a los
hombres a la paz son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida
confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de
paz, a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso.
CAPITULO XIV. De la primera y de la segunda "leyes naturales" y de los "contratos"
Qué es derecho natural. El DERECHO DE NATURALEZA, que los escritores llaman comúnmente jus
naturale, es la libertad que cada hombre tiene de usar su propio poder como quiera, para la conservación
de su propia naturaleza, es decir, de su propia vida; y por consiguiente, para hacer todo aquello que su
propio juicio y razón considere como los medios más aptos para lograr ese fin.
[…] Ley de naturaleza (lex naturalis) es un precepto o norma general, establecida por la razón, en virtud
de la cual se prohibe a un hombre hacer lo que puede destruir su vida o privarle de los medios de conservarla;
o bien, omitir aquello mediante lo cual piensa que pueda quedar su vida mejor preservada. Aunque quienes
se ocupan de estas cuestiones acostumbran confundir ius y lex, derecho y ley, precisa distinguir esos
términos, porque el DERECHO consiste en la libertad de hacer o de omitir, mientras que la LEY determina
y obliga a una de esas dos cosas. Así, la ley y el derecho difieren tanto como la obligación y la libertad, que
son incompatibles cuando se refieren a una misma materia.
La ley fundamental de naturaleza. La condición del hombre es una condición de guerra de todos contra
todos, en la cual cada uno está gobernado por su propia razón, no existiendo nada, de lo que pueda hacer
uso, que no le sirva de instrumento para proteger su vida contra sus enemigos. De aquí se sigue que, en
semejante condición, cada hombre tiene derecho a hacer cualquiera cosa, Incluso en el cuerpo de los
demás. Y, por consiguiente, mientras persiste ese derecho natural de cada uno con respecto a todas las
cosas, no puede haber seguridad para nadie (por fuerte o sabio que sea) de existir durante todo el tiempo
que ordinariamente la Naturaleza permite vivir a los hombres. De aquí resulta un precepto o regla general
de la razón, en virtud de la cual, cada hombre debe esforzarse por la paz, mientras tiene la esperanza de
lograrla; y cuando no puede obtenerla, debe buscar y utilizar todas las ayudas y ventajas de la guerra. La
primera fase de esta regla contiene la ley primera y fundamental de naturaleza, a saber: buscar la paz y
seguirla. La segunda, la suma del derecho de naturaleza, es decir: defendernos a nosotros mismos, por
todos los medios posibles.
Segunda ley de naturaleza. De esta ley fundamental de naturaleza, mediante la cual se ordena a los hombres que
tiendan hacia la paz, se deriva esta segunda ley: que uno acceda, si los demás consienten también, y mientras se
considere necesario para la paz y defensa de sí mismo, a renunciar este derecho a todas las cosas y a satisfacerse
con la misma libertad, frente a los demás hombres, que les sea concedida a los demás con respecto a él mismo
“El espíritu de las leyes” (1748), de Montesquieu
PREFACIO
[…] He estudiado primeramente a los hombres, y he creído que, en su gran diversidad de leyes y
costumbres, no se han guiado únicamente por sus antojos.
Sentados los principios, he visto que los casos particulares se acomodaban a ellos naturalmente; que la
historia de cada nación era consecuencia suya, y que cada ley particular se ligaba con otra ley o dependía
de otra más general.
Cuando he tenido que escudriñar la antigüedad, he procurado apoderarme de su espíritu para no mirar,
como semejantes, casos realmente distintos, ni dejar de notar las diferencias de los que parecen semejantes.
No he sacado mis principios de mis preocupaciones, sino de la naturaleza de las cosas.
Respecto de esto hay muchas verdades que no se percibirán sino después de haber visto su
encadenamiento con las demás. Cuanto más se reflexione acerca de los casos particulares, mejor se
comprenderá la certeza de los principios. He omitido muchos detalles porque ¿quién podría decirlo todo sin
causar mortal hastío?

LIBRO I. De las leyes en general.


CAPÍTULO I De las leyes con relación a los diversos seres.
Las leyes, en su significación más lata, son las relaciones necesarias que se derivan de la naturaleza de
las cosas; y, en este sentido, todos los seres tienen sus leyes: las tiene la divinidad; las tiene el mundo
material; las tienen las inteligencias superiores al hombre; las tienen los brutos; las tiene el hombre.

CAPITULO III De las leyes positivas.


No bien se asocian los hombres, pierden el sentimiento de su debilidad, cesa la igualdad que había entre
ellos y empieza el estado de guerra.
Cada sociedad particular adquiere conciencia de su fuerza, y así se produce el estado de guerra de nación
a nación. Los individuos de cada sociedad comienzan también a conocer su fuerza, y tratan de hacer suyas
las ventajas principales de la colectividad, y como consecuencia se origina entre ellos el estado de guerra.
Este doble estado de guerra es causa de que se establezcan leyes entre los hombres. Considerados como
habitantes de tan gran planeta, que exige haya diferentes pueblos, tienen leyes según la relación de estos
pueblos entre sí: éste es el Derecho de gentes. Considerados como viviendo en una sociedad que debe ser
conservada, tienen leyes según la relación existente entre gobernantes y gobernados: éste es el Derecho
político. En fin, hay leyes según la relación que liga a todos los ciudadanos entre sí: éste es el Derecho civil.
[…] Además del Derecho de gentes que interesa a todas las sociedades hay un derecho político propio de
cada una. La sociedad no podría subsistir sin gobierno. «La reunión de todas las fuerzas particulares, dice
con gran acierto Gravina, forma lo que se llama el estado político.»
La fuerza general puede colocarse en manos de uno solo o de muchos. (…) Preferible sería decir que el
gobierno más conforme con la naturaleza es aquel cuya constitución particular se adapta mejor a la del
pueblo respectivo.
[…] La ley, en general, es la razón humana en tanto gobierna a todos los pueblos de la tierra, y las leyes
políticas y civiles de cada nación no deben ser sino los casos particulares a que se aplica la misma razón
humana.
Estas leyes han de ser tan adecuadas al pueblo para quien se dictan que sólo por muy rara casualidad las
de una nación convendrán a otra.
Es necesario que se acomoden a la naturaleza y al principio del gobierno establecido o que se intenta
establecer, sea que le formen, como hacen las leyes políticas, sea que le mantengan, como hacen las leyes
civiles.
“El espíritu de las leyes” (1748), de Montesquieu
LIBRO II. De las leyes que derivan directamente de la naturaleza del gobierno
CAPÍTULO I. De la naturaleza de los tres diversos gobiernos.
Hay tres especies de gobierno: el republicano, el monárquico y el despótico. Para averiguar la naturaleza
de cada uno basta la idea que tienen de ellos los hombres menos instruidos. Supongo tres definiciones, o
mejor dicho, tres hechos, que son a saber: «que el gobierno republicano es aquel en que el pueblo en cuerpo
o sólo parte de él ejerce la potestad soberana; que el monárquico es aquel en que gobierna uno solo, pero
con arreglo a leyes fijas y establecidas; que, a diferencia de éste, el despótico es aquel en que uno solo, sin
ley ni regla, lo dirige todo a voluntad y capricho».
He aquí lo que llamo la naturaleza de cada gobierno. Es preciso ver qué leyes emanan directamente de
ella, y son, por lo tanto, las primeras leyes fundamentales.

CAPÍTULO II Del gobierno republicano y de las leyes propias de la democracia.


La república en donde el pueblo en cuerpo ejerce el poder soberano, es una democracia. Si el poder
soberano está en manos de parte del pueblo, se tiene una aristocracia.
El pueblo, en la democracia, es soberano en ciertos aspectos; en otros, súbdito.
No puede ser monarca sino mediante su voto, que expresa su voluntad. La voluntad del soberano es el
soberano mismo. Son, pues, fundamentales en este gobierno las leyes que establecen el derecho de
sufragio. En efecto, no es menos importante en él determinar cómo, por quién, a quién, sobre qué han de
darse los sufragios, que en una monarquía el saber cuál es el monarca y de qué manera debe gobernar.
Libanizo dice que «en Atenas era castigado con pena de muerte el extranjero que intervenía en la
asamblea del pueblo». Es que tal hombre usurpaba el derecho de soberanía.

LIBRO IV. Que las leyes de la educación deben ser acomodadas a los principios del
gobierno.
CAPITULO I. De las leyes de la educación.
Las leyes de la educación son las primeras que recibimos. Y como nos preparan para ser ciudadanos,
cada familia particular debe gobernarse conforme al plan de la gran familia que las comprende a todas.
Si el pueblo en general tiene un principio, sus partes integrantes, es decir, las familias, han de tenerlo
también. Las leyes de la educación serán, pues, distintas en cada especie de gobierno: en las monarquías
tendrán por objeto el honor; en las repúblicas, la virtud; en el despotismo, el temor.

LIBRO XIX. De las leyes en relación con los principios que forman el espíritu general, las
costumbres y las maneras de una nación.
CAPITULO IV De lo que es el espíritu general.
Muchas cosas gobiernan a los hombres: el clima, la religión, las leyes, las máximas del gobierno, los
ejemplos de las cosas pasadas, las costumbres, las maneras; de todo ello se forma un espíritu general, que
es su resultado.
A medida que en cada pueblo obra una de estas causas con más fuerza, las demás ceden ante ella en la
misma proporción. La naturaleza y el clima reinan casi solos sobre los salvajes; las maneras gobiernan a los
chinos; las leyes tiranizan al Japón; las costumbres daban el tono en Lacedemonia; las máximas del gobierno
y las costumbres antiguas se señoreaban de Roma.
“Discurso sobre el origen de la desigualdad” (1775), Jean Jaques Rousseau
PREFACIO

[…] Fácilmente se concibe que en estos cambios sucesivos de la constitución humana, es donde hay que
buscar al origen primero de las diferencias que distinguen a los hombres, los cuales son, por ley natural, tan
iguales entre sí, como lo eran los animales de cada especie antes que diversas causas físicas hubiesen
introducido en algunas de ellas las variedades que hoy notamos. En efecto, no es concebible que esos
primeros cambios, cualquiera que haya sido la manera como se han operado, hayan alterado de golpe de
igual suerte, todos los individuos de la especie, sino que, habiéndose perfeccionado o degenerado los unos
y adquirido diversas cualidades, buenas o malas, que no eran en lo absoluto inherentes a su naturaleza,
hayan permanecido los otros por largo tiempo en su estado original. Tal fue entre los hombres la primera
fuente de desigualdad, la cual es más fácil de demostrar en general que de determinar con precisión sus
verdaderas causas.
No se imaginen mis lectores que yo me lisonjeo de haber logrado ver lo que me parece tan difícil ver. He
raciocinado, me he atrevido a hacer algunas conjeturas, pero ha sido más con la intención de esclarecer la
cuestión, llevándola a su verdadero terreno, que con la esperanza de solucionarla. Otros podrán fácilmente
ir más lejos en esta vía, pero a nadie le será dado con facilidad llegar a su verdadero fin, pues no es empresa
sencilla la de distinguir lo que hay de original y lo que hay de artificial en la naturaleza actual del hombre, ni
de conocer perfectamente un estado que ya no existe, que tal vez no ha existido, que probablemente no
existirá jamás y del cual es necesario, sin embargo, tener nociones justas para poder juzgar bien de nuestro
estado presente. (…) ¿Qué experiencias serían necesarias para llegar a conocer el hombre primitivo y cuáles
son los medios para llevar a cabo esas experiencias en el seno de la sociedad? […] Estas investigaciones
tan difíciles de ejecutar y en las cuales se ha pensado tan poco hasta ahora son, sin embargo, los únicos
medios que nos quedan para vencer una multitud de dificultades que nos impiden adquirir el conocimiento
de las bases reales sobre las cuales descansa la sociedad humana.
[…] Conociendo tan poco la naturaleza y estando tan en desacuerdo sobre el sentido de la palabra ley,
sería muy difícil convenir en una buena definición de la ley natural.
Así, pues, todas las que se encuentran en los libros, además del defecto de no ser uniformes, tienen el de
ser deducciones de diversos conocimientos que los hombres no poseen naturalmente, y de ventajas cuya
idea no pueden concebir sino después de haber salido del estado natural. Se comienza por buscar las reglas,
las cuales, para que sean de utilidad común, sería preciso que los hombres las acordasen entre sí; y luego
dan el nombre de ley natural a esa colección de reglas, sin otra razón que el bien que se cree resultaría de
su práctica universal. He allí sin duda, una manera muy cómoda de componer definiciones y de explicar la
naturaleza de las cosas por medio de conveniencias casi arbitrarias.
Pero, entre tanto no conozcamos el hombre primitivo, es inútil que queramos determinar la ley que ha
recibido o la que conviene más a su constitución. Todo lo que podemos ver claramente con respecto a esta
ley, es que para que lo sea, es necesario no solamente que la voluntad de quien la cumple sea consultada,
sino que es preciso aún, para que sea natural, que hable directamente por boca de la naturaleza.
Dejando, pues, a un lado todos los libros científicos que sólo nos enseñan a ver los hombres tales como
ellos se han hecho, y meditando sobre las primeras y más simples manifestaciones del alma humana, creo
percibir dos principios anteriores a la razón, de los cuales el uno interesa profundamente a nuestro bienestar
y a nuestra propia conservación, y el otro nos inspira una repugnancia natural a la muerte o al sufrimiento
de todo ser sensible y principalmente de nuestros semejantes. Del concurso y de la combinación que nuestro
espíritu esté en estado de hacer de estos dos principios, sin que sea necesario el contingente del de la
sociabilidad, es de donde me parece que dimanan todas las reglas del derecho natural, reglas que la razón
se ve obligada en seguida a restablecer sobre otras bases, cuando, a causa de sus sucesivos desarrollos
llega hasta el punto de ahogar la naturaleza
“El Contrato Social” (1762), Jean Jaques Rousseau
LIBRO I
Me propongo investigar si dentro del radio del orden civil, y considerando los hombres tal cual ellos son y
las leyes tal cual pueden ser, existe alguna fórmula de administración legítima y permanente. Trataré para
ello de mantener en armonía constante, en este estudio, lo que el derecho permite con lo que el interés
prescribe, a fin de que la justicia y la utilidad no resulten divorciadas.

CAPÍTULO II. De las primeras sociedades


La más antigua de todas las sociedades, y la única natural, es la de la familia; sin embargo, los hijos no
permanecen ligados al padre más que durante el tiempo que tienen necesidad de él para su conservación.
Tan pronto como esta necesidad cesa, los lazos naturales quedan disueltos. Los hijos exentos de la
obediencia que debían al padre y éste relevado de los cuidados que debía a aquéllos, uno y otro entran a
gozar de igual independencia. Si continúan unidos, no es ya forzosa y naturalmente, sino voluntariamente;
y la familia misma no subsiste más que por convención.
Esta libertad común es consecuencia de la naturaleza humana. Su principal ley es velar por su propia
conservación, sus primeros cuidados son los que se debe a su persona. Llegado a la edad de la razón,
siendo el único juez de los medios adecuados para conservarse, conviértese por consecuencia en dueño de
sí mismo.

CAPÍTULO VI Del pacto social


Supongo a los hombres llegados al punto en que los obstáculos que impiden su conservación en el estado
natural superan las fuerzas que cada individuo puede emplear para mantenerse en él. Entonces este estado
primitivo no puede subsistir, y el género humano perecería si no cambiaba su manera de ser.
Ahora bien, como los hombres no pueden engendrar nuevas fuerzas, sino solamente unir y dirigir las que
existen, no tienen otro medio de conservación que el de formar por agregación una suma de fuerzas capaz
de sobrepujar la resistencia, de ponerlas en juego con un solo fin y de hacerlas obrar unidas y de
conformidad.
Esta suma de fuerzas no puede nacer sino del concurso de muchos; pero, constituyendo la fuerza y la
libertad de cada hombre los principales instrumentos para su conservación, ¿cómo podría comprometerlos
sin perjudicarse y sin descuidar las obligaciones que tiene para consigo mismo? Esta dificultad,
concretándola a mi objeto, puede enunciarse en los siguientes términos:
"Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de
cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan
libre como antes." Tal es el problema fundamental cuya solución da el Contrato social.
Las cláusulas de este contrato están de tal suerte determinadas por la naturaleza del acto, que la menor
modificación las haría inútiles y sin efecto; de manera, que, aunque no hayan sido jamás formalmente
enunciadas, son en todas partes las mismas y han sido en todas partes tácitamente reconocidas y admitidas,
hasta tanto que, violado el pacto social, cada cual recobra sus primitivos derechos y recupera su libertad
natural, al perder la convencional por la cual había renunciado a la primera.
[…] Este acto de asociación convierte al instante la persona particular de cada contratante, en un cuerpo
normal y colectivo, compuesto de tantos miembros como votos tiene la asamblea, la cual recibe de este
mismo acto su unidad, su yo común, su vida y su voluntad. La persona pública que se constituye así, por la
unión de todas las demás, tomaba en otro tiempo el nombre de ciudad y hoy el de república o cuerpo político,
el cual es denominado Estado cuando es activo, Potencia en comparación con sus semejantes. En cuanto
a los asociados, éstos toman colectivamente el nombre de pueblo y particularmente el de ciudadanos como
partícipes de la autoridad soberana, y súbditos por estar sometidos a las leyes del Estado.