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Homilía del Papa en

Santa Marta
Viernes, 15 de junio de
2018

Acabamos de escuchar en el
Evangelio de hoy (Mt 5,27-
32) estas palabras de Cristo:
“El que mira a una mujer
casada deseándola, ya ha
sido adúltero con ella en su interior” y “el que se divorcie de su
mujer, la induce al adulterio”. Esto nos debería llevar a rezar por las
mujeres descartadas, por las mujeres usadas, por las chicas que
deben vender su dignidad para conseguir un puesto de trabajo.

La mujer es lo que les falta a todos los hombres para llegar a ser
imagen y semejanza de Dios. Jesús pronuncia palabras fuertes,
radicales, que cambian la historia, porque hasta aquel momento la
mujer era de segunda clase, por decirlo con un eufemismo, ¡era
esclava!, no gozaba ni siquiera de plena libertad. Y la doctrina de
Jesús sobre la mujer cambia la historia: una cosa es la mujer antes de
Cristo, y otra la mujer después de Cristo. Jesús dignifica la mujer y la
pone al mismo nivel que el hombre, porque retoma las primeras
palabras del Creador: los dos son imagen y semejanza de Dios, los
dos; no primero el hombre y luego, un poco más abajo la mujer. ¡No,
los dos! El hombre sin la mujer al lado –ya sea como madre, como
hermana, como esposa, como compañera de trabajo, como amiga–,
¡ese hombre solo no es imagen de Dios!

En los programas de televisión, en las revistas y periódicos se


muestra a las mujeres como objeto de deseo, de consumo, como en
un supermercado. La mujer, quizá por vender “cierto tipo de
tomates”, se convierte en un objeto, humillada, sin vestir, tirando por
tierra la enseñanza de Jesús, que la dignificó. Y no hay que ir muy
lejos: sucede aquí donde vivimos: en las oficinas, en las empresas, las
mujeres son objeto de esa filosofía de usar y tirar, como material de
descarte… ¡Parece que no sean ni personas! Eso es un pecado contra
Dios Creador –rechazar a la mujer–, porque sin ella los varones no
podemos ser imagen y semejanza de Dios. Hay un ataque contra la
mujer, un ataque furibundo, aunque no se diga… ¿Cuántas veces las
chicas, para obtener un puesto de trabajo, deben venderse como
objeto de usar y tirar? ¿Cuántas veces? “Sí, padre he oído que en tal
país…”. ¡Aquí en Roma! ¡No vayas tan lejos! ¿Qué veríamos si
diésemos una vuelta de noche por ciertos sitios de la ciudad, donde
tantas mujeres, inmigrantes y no inmigrantes, son explotadas como
en un mercado? A esas mujeres, los hombres no se les acercan para
decirles “¡Buenas noches!”, sino “¿Cuánto cuestas?”. Y a quien se
lava la conciencia llamándolas prostitutas, les digo: “Tú la has hecho
prostituta”, como dice Jesús: “Quien la repudia la expone al
adulterio”, porque si no tratas bien a la mujer, acaba así: explotada,
esclava, tantas veces.

Será bueno, pues, mirar a esas mujeres y pensar que, ante nuestra
libertad, ellas son esclavas de ese pensamiento del descarte. Todo
esto pasa aquí, en Roma, y en cualquier ciudad: las mujeres
anónimas, esas mujeres –podemos decir– “sin mirada”, porque la
vergüenza les tapa la mirada; mujeres que no saben reír y muchas no
conocen la alegría de criar y oírse llamar “mamá”. También en la vida
ordinaria, sin ir a esos sitios, ese pésimo pensamiento de rechazar a
la mujer, la convierte en objeto de segunda clase. Deberíamos
pensarlo mejor. Porque, cayendo en ese pensamiento, despreciamos
la imagen de Dios, que hizo juntos al hombre y a la mujer a su
imagen y semejanza. Que este pasaje del Evangelio nos ayude a
pensar en el mercado de mujeres, mercado, sí, la trata, la explotación
que se ve; y también en el que no se ve, el que se hace y no se ve.
¡Se pisotea a la mujer por ser mujer! Pero Jesús tuvo una madre, y
tuvo tantas amigas que le seguían para ayudarle en su ministerio y
apoyarle. Y encontró a muchas mujeres despreciadas, marginadas,
descartadas, a las que levantó con tanta ternura, devolviéndoles su
dignidad.