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Origen, evolución y diversidad de las lenguas

Una aproximación biolingüística

José-Luis Mendívil Giró

Peter Lang, Frankfurt am Main, 2009

ISBN: 978-3-631-58866-6
© Peter Lang GmbH
© José-Luis Mendívil Giró

Borrador previo a la publicación en Peter Lang


A Lola y a nuestro hijo Antonio,
la luz de mi vida
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Índice
Agradecimientos ............................................................................................... 9
Introducción .................................................................................................... 11
1. Lenguas y especies: breve historia de un curioso paralelismo ...................... 17
2. ¿Por qué comparar lenguas y especies?
Una aproximación preliminar ...................................................................... 25
3. El lenguaje como instinto y como cultura .................................................... 49
4. Otro curioso paralelismo:
a la sombra de la teoría de la evolución........................................................ 61
5. Por qué cambian las lenguas y cómo lo hacen.............................................. 69
6. Una propuesta sobre los términos de la comparación ................................... 85
7. Niveles y unidades de selección................................................................... 99
8. El papel de la selección natural...................................................................107
9. ¿Rampas o escalones? ................................................................................117
10. Sobre sistemas complejos adaptativos y co-evolución...............................123
11. Alcance y profundidad de la diversidad de las lenguas:
modelos inductivos y modelos deductivos ................................................129
12. Relativismo y universalismo .....................................................................137
13. La Gramática Universal minimalista y la Facultad del Lenguaje ...............143
14. La forma de una teoría paramétrica minimalista........................................153
15. La lógica de la teoría paramétrica y la ontología de los parámetros ...........161
16. La tabla periódica de las lenguas...............................................................171
17. Unidades de selección paramétrica ...........................................................187
18. Los parámetros como los genes de la gramática ........................................199
19. Lo posible y lo probable: teoría gramatical, tipología e historia.................209
20. Conclusiones: las lenguas como cristales, como artefactos
y como documentos..................................................................................225
Referencias bibliográficas ..............................................................................231

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Agradecimientos
El germen de esta obra está en dos generosas invitaciones a exponer mis ideas. La
primera procedía de Barcelona. Joana Rosselló y Txuss Martín me invitaron en
2004 a participar en la conferencia inaugural del activo y vanguardista grup de
biolingüística que anima cada vez con más impulso y éxito la investigación bio-
lingüística en Barcelona, en España y en Europa. De esa invitación nació el texto
“Languages and Species. Limits and Scope of a Venerable Comparison” (publica-
do por Rosselló y Martín en The Biolinguistic Turn. Issues on Language and Bio-
logy, Barcelona, 2006), que ampliado y actualizado inspira la primera parte de
esta obra. La segunda invitación vino desde Madrid. Juan Carlos Moreno Cabrera
me encargó una ponencia para el 8º Congreso de Lingüística General (celebrado
en la Universidad Autónoma de Madrid en junio de 2008) sobre la importancia
teórica de la diversidad lingüística. La segunda parte de este libro se basa en el
trabajo desarrollado para la presentación de dicha ponencia. A Juan Carlos More-
no se debe pues el estímulo para la reflexión sobre la importancia que tiene la di-
versidad estructural de las lenguas para nuestra comprensión de la naturaleza de la
facultad humana del lenguaje.

Que esta obra vea la luz en forma de libro es consecuencia de la confianza y gene-
rosidad de Gerd Wotjak, el editor de la colección en la que aparece, de la media-
ción de Juan Cuartero y del soporte editorial de Ute Winkelkötter (de Peter Lang).

Y por supuesto, los de casa. José Francisco Val Álvaro ha sido, es, mi maestro y
mentor. Gracias a sus opiniones este libro es mejor de lo que era. Además, gracias
a su amistad y a la de los miembros del grupo de investigación sobre sintaxis y
léxico que dirige (SyLex, Universidad de Zaragoza), me he podido beneficiar de
ayuda económica para esta aventura (ayuda que en última instancia procede de la
Diputación General de Aragón). Además, parte de la investigación que subyace a
esta aportación ha sido sufragada por el proyecto Tipología y variación interna de
la correlación entre los sistemas de caso y concordancia en las lenguas del mun-
do (HUM2007-64200), subvencionado por el Gobierno de España.

Y a los de casa de verdad es a los que está dedicado.

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Introducción

One of the great findings of linguistics, vastly


underappreciated by the rest of the intellectual
world (and probably not highlighted enough by
linguists themselves) is that the non-universal,
learned, variable aspects of language don't fit
into any meaningful, purposive narrative about
the surrounding culture. Linguists have docu-
mented vast amounts of variation, and have a
good handle on many of its causes, but the
causes are internal to language (such as phono-
logical assimilation and enhancement, semantic
drift, and syntactic reanalysis) and aren't part of
any symbolic or teleological plan of the culture.
There are Subject-Object-Verb and Subject-
Verb-Object languages, and tone and non-tone
language, and null-subject and non-null-subject
languages, but there are no SOV or SVO cul-
tures, null-subject and non-null-subject cultures,
and so on. The variation is just as autonomous as
the universals.
Steven Pinker

Como señala Steven Pinker en las palabras que encabezan esta introducción, exis-
ten distintos tipos de lenguas desde el punto de vista estructural, pero dichos tipos
no parecen correlacionarse con aspectos culturales o externos a las propias len-
guas, de manera que aunque existen lenguas en las que el verbo antecede al objeto
directo (VO) y lenguas en las que el objeto precede al verbo (OV), no parece que
existan culturas VO frente a culturas OV. Tampoco existen correlaciones intere-
santes entre la visión del mundo y los sistemas de valores de las personas que
hablan lenguas en las que se permiten sílabas acabadas en consonante y los de las
personas que hablan lenguas cuyas sílabas acaban necesariamente en vocal. Pare-
ce pues que la variación formal de las lenguas es relativamente independiente de
otros aspectos culturales e históricos de las diversas comunidades de hablantes.
Pero si, en contra de lo que muchos defendieron en el pasado (y algunos aún
sostienen), la diversidad estructural que presentan las lenguas del mundo no se
sigue de la diversidad cultural de las naciones que pueblan el planeta, cabe pre-
guntarse a qué se debe, esto es, por qué existen lenguas distintas y no una única
lengua y por qué existen los tipos de lenguas que existen (en la medida en que
existen, un asunto que también consideraremos con cierto detalle) y no otros.
Más o menos la misma pregunta es la que está en el origen de la teoría de la
evolución natural. La teoría de la evolución por medio de la selección natural de

11
Charles Darwin fue, de hecho, un intento concreto y especialmente exitoso de
responder a esa pregunta: de dónde proceden las especies, por qué existen las pro-
pias especies y por qué son como son y no de otra manera. La respuesta, es sabi-
do, se basa en la propia noción de evolución: en última instancia existen distintos
tipos de formas de vida porque las especies no son inmutables, porque cambian.
El objetivo de este ensayo es precisamente aplicar ese mismo sencillo razo-
namiento a las lenguas humanas para acabar concluyendo que la diversidad de las
lenguas del mundo no es sino la consecuencia del cambio lingüístico. Aunque no
todos los lingüistas actuales estarían de acuerdo con esa conclusión, lo cierto es
que tal y como se acaba de formular es tan general y deja tantos detalles sin con-
cretar que apenas es interesante. Nuestro objetivo en las páginas siguientes será
pues contar esa historia con los detalles precisos para que sea una hipótesis cientí-
fica interesante. Por ejemplo, dado que decimos que la diversidad de las lenguas
es el resultado del cambio lingüístico, entonces deberíamos explicar por qué cam-
bian las lenguas y describir cómo lo hacen, exactamente igual que la teoría evolu-
tiva de Darwin venía acompañada de un intento de explicar cómo y por qué se
producen los cambios en los organismos.
Consideraremos cómo y por qué cambian las lenguas, cuál es la profundidad
y el margen de dispersión de la diversidad lingüística y, especialmente, qué nos
dice el fenómeno del cambio y el hecho de la diversidad de las lenguas (o lo que
es lo mismo, la diversidad de las lenguas en el tiempo y en el espacio) sobre la
propia facultad humana del lenguaje.
La alusión a la facultad del lenguaje es muy relevante porque la aproxima-
ción que vamos a realizar, aunque atenderá a otras persuasiones teóricas, parte de
un punto de vista biolingüístico.1 Como es sabido, la tradición biolingüística parte
de la concepción del lenguaje humano como un instinto natural, esto es, como un
atributo naturalmente especificado de nuestra especie. Dicha concepción predice
entonces que, puesto que la facultad del lenguaje está naturalmente condicionada,
los cambios en las lenguas serán necesariamente superficiales y que la subsiguien-
te diversidad estructural entre ellas será limitada. Como quiera que ninguna de las
dos predicciones parece correcta desde el punto de vista empírico, puede decirse
que tanto el fenómeno del cambio lingüístico como el hecho de la diversidad de
las lenguas son un problema crucial para dicha aproximación. Por supuesto, ni el
cambio ni la diversidad de las lenguas son un problema para las aproximaciones
que niegan todo tipo de condicionamiento natural para el desarrollo del lenguaje
(esto es, para las aproximaciones no biolingüísticas), pero entonces surgen pro-

1 Por usar un término que, al menos desde la aparición en 2000 del ensayo de Lyle Jenkins del
mismo título, se viene empleando para aludir a la concepción del lenguaje y de la lingüística
también denominada generativista, formalista o chomskiana.

12
blemas de otro orden, precisamente los que están en la base de la aproximación
chomskiana.2
En la presente obra se plantea una síntesis crítica de las diversas respuestas
ofrecidas desde el punto de vista biolingüístico al problema de la diversidad y el
cambio y, como principal novedad, se explora qué implicaciones tienen los mode-
los de explicación del cambio lingüístico y los modelos de explicación de la di-
versidad (la llamada teoría paramétrica) para la formulación de una teoría sobre
la naturaleza de la facultad del lenguaje, el objeto de estudio central de dicha tra-
dición.
Aunque el fenómeno del cambio lingüístico y el de la diversidad estructural
de las lenguas están íntimamente (causalmente) relacionados, son aspectos que se
han abordado históricamente de manera relativamente independiente. En conse-
cuencia, el libro que el lector tiene en las manos consta de dos partes relativamen-
te independientes. Los primeros diez capítulos se centran en el fenómeno del
cambio lingüístico y los segundos diez capítulos se centran en el tratamiento de la
diversidad estructural de las lenguas. O en otras palabras, en la primera parte
abordaremos las causas del cambio lingüístico y en la segunda las consecuencias
del mismo.
En efecto, la primera parte de esta obra está dedicada al fenómeno del cam-
bio lingüístico, pero en lugar de revisar las distintas teorías del cambio lingüístico
formuladas desde la tradición biolingüística (que, aunque relevantes, no han sido
muchas ni demasiado influyentes), vamos a realizar una aproximación al proble-
ma a través de la comparación detallada entre la evolución de las especies natura-
les y las lenguas. Tras una revisión histórica de la venerable analogía, que se re-
monta al propio Darwin, se formulará una propuesta explícita de cuáles son los
términos adecuados de la analogía y consideraremos qué implicaciones tiene la
misma para la teoría del cambio lingüístico, para la explicación de la diversidad
estructural de las lenguas y para la propia teoría del lenguaje.
Puede decirse que la naturaleza cambiante de las lenguas ha sido manifiesta
para los seres humanos desde antiguo. De hecho, las principales tradiciones gra-
maticales que forman la prehistoria de la ciencia del lenguaje tienen origen preci-
samente en una reacción en contra del (supuesto) efecto corruptor del paso del
tiempo en las frases, palabras y sonidos. Así, ni la tradición gramatical india ni la
griega (que están en la base de la lingüística occidental) surgen realmente como
un esfuerzo por entender las reglas y estructuras de las lenguas, sino como un in-
tento de preservarlas del cambio.3 La percepción de la mutación de los organis-
mos y de las especies naturales no fue tan temprana en la historia de la humani-

2 Centralmente el problema de la explicación de cómo se desarrolla en los individuos el cono-


cimiento del lenguaje en asuencia de evidencia suficiente sobre la estructura del mismo.
3 De ahí no se sigue, claro está, que ya en la Antigüedad hubiera una concepción clara de las
pautas de cambio y evolución de las lenguas, algo que tuvo que esperar hasta el siglo XIX, el
siglo de la Historia.

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dad, ni mucho menos. Incluso en tiempos de Darwin, en los que las teorías evolu-
cionistas no eran extrañas, la resistencia a aceptar ese hecho fue feroz (y aún lo
sigue siendo hoy en algunos ámbitos). Pese a todo ello, no deja de ser sorprenden-
te que en la actualidad quienes no son especialistas pero están relativamente bien
informados suelan tener una visión más adecuada y racional del cambio evolutivo
que del cambio lingüístico. Así, salvo casos extremos de interferencia irracional,
la mayoría de las personas medianamente cultivadas tiene una concepción de la
evolución natural mucho más cercana a los modelos propuestos por los especialis-
tas (en los que la evolución es un fenómeno natural no dirigido) que en el caso del
cambio en las lenguas. Las opiniones más extendidas sobre las causas, mecanis-
mos y efectos del cambio lingüístico están impregnadas de prejuicios, tópicos e
incoherencias en mucha mayor medida que las opiniones sobre las causas, los
mecanismos y los efectos de la evolución natural. No se pretende dar a entender
que la percepción social de la teoría evolutiva esté exenta de dichos problemas,
sino que es intrigante que, siendo un asunto menos accesible a la percepción indi-
vidual y la experiencia, suela estar menos expuesto a la irracionalidad que el fe-
nómeno de la evolución de las lenguas.
Uno de los objetivos de este ensayo es precisamente contribuir a contrarres-
tar ese efecto perverso y proporcionar al lector una visión integrada de los dos
tipos de evolución (la natural y la lingüística, la de las especies y la de las len-
guas) que no sólo permita tener una visión más científica y racional de ambos
fenómenos, sino que también muestre que podemos aprender mucho sobre el
cambio en las lenguas si atendemos a la evolución natural y que incluso podemos
comprender mejor la teoría evolutiva si comprendemos mejor el cambio lingüísti-
co.
Para ello ahondaremos en los primeros capítulos en la comparación entre
lenguas y especies y evaluaremos cuáles son los límites y cuál es el alcance real
de esta antigua y fecunda comparación. Examinaremos si se trata simplemente de
una analogía ilustrativa ocurrente (además de recurrente) o si, por el contrario, tal
comparación puede ayudarnos a tener una mejor comprensión de la propia natura-
leza de los procesos evolutivos y de sus consecuencias. La hipótesis que voy a
exponer de que el proceso evolutivo tiene la misma estructura en los dos ámbitos
descansa en una implicación profunda y crucial: la implicación de que los objetos
que evolucionan (lenguas y especies), aunque pertenezcan a medios o dominios
distintos, son objetos de la misma naturaleza, en el sentido de que tanto las len-
guas como las especies son agrupaciones de objetos naturales históricamente
modificados. En este sentido, aunque con la indispensable actualización, la pro-
puesta de correlación que voy a plantear (capítulo 6) no es muy distinta a la que
entrevió a mediados del siglo XIX August Schleicher, uno de los primeros gran-
des lingüistas que escribió sobre el Origen de las Especies de Darwin y el mejor
representante del primer modelo científico de la lingüística histórica. En su céle-

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bre ensayo de 1863 afirmó Schleicher que ‘no habría que cambiar ni una palabra
de Darwin si deseásemos aplicar su razonamiento a las lenguas’4.
Como ha quedado dicho, la segunda parte de esta obra se centra en el fenó-
meno de la diversidad estructural de las lenguas, concebida ésta como el resultado
del cambio lingüístico. A través de un análisis de los diversos modelos de aproxi-
mación a la tensión entre, de una parte, la diversidad tipológica de las lenguas y,
de otra, la unicidad esencial del lenguaje, y a través de una revisión crítica de la
teoría paramétrica formalista, formularé las bases esenciales de lo que debería ser
una teoría paramétrica coherente con el programa minimalista de investigación y
analizaremos cuáles son las consecuencias de dicha teoría para nuestra concepción
de la facultad del lenguaje y del propio modelo biolingüístico de investigación.
Más concretamente la pregunta que pretendo ayudar a responder es la de
qué nos dice el propio hecho de la diversidad de las lenguas sobre la naturaleza de
la facultad del lenguaje. Es evidente que el alcance de la pregunta depende de qué
entendamos por diversidad de las lenguas y de qué entendamos por facultad del
lenguaje. De hecho, que se pueda considerar una pregunta interesante, e incluso
lícita, depende de la asunción de que existe diversidad entre las lenguas y de que
existe la facultad del lenguaje. Aunque pueda resultar sorprendente, no siempre
coexisten esas dos asunciones en todas las aproximaciones teóricas al problema,
luego para algunos puntos de vista la pregunta simplemente no es relevante.
En principio caben tres respuestas posibles:

(1) La diversidad de las lenguas es tan profunda e irrestricta que más que de-
cirnos algo sobre la facultad del lenguaje, en realidad demuestra que no
existe o que es demasiado general para considerarla como tal.
(2) La diversidad de las lenguas es superficial. Todas las lenguas son varia-
ciones del mismo tema y, por tanto, el modo en que se diferencian no nos
dice gran cosa sobre la facultad del lenguaje.
(3) La diversidad de las lenguas es profunda y significativa y por ello es una
fuente de información primordial para determinar la estructura y naturale-
za de la facultad del lenguaje.

A primera vista las dos primeras respuestas parecen caricaturas. Sin embargo, no
lo son en absoluto. De hecho, la mayoría de aproximaciones al problema que se
han hecho en la historia de la lingüística como ciencia se inscriben casi sin remil-
gos en cualquiera de ellas. Si nos ceñimos a la lingüística más reciente (de los

4 “Not a word of Darwin’s need be changed here if we wish to apply this reasoning to lan-
guages” (Schleicher 1863: 64). Aunque el ensayo de Schleicher se titulaba Die Darwinsche
Theorie und die Sprachwissenschaft (‘La teoría de Darwin y la ciencia del lenguaje’) se tra-
dujo en 1869 al inglés, polémicamente y no sin cierto sensacionalismo, como Darwinism
Tested by the Science of Language (‘El darwinismo probado por la ciencia del lenguaje’),
versión por la que citamos.

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últimos cincuenta años) se podría decir que la respuesta de (1) caracteriza a buena
parte del funcionalismo lingüístico y que la respuesta de (2) caracteriza a buena
parte del formalismo o generativismo.
Otro objetivo central de este ensayo será avanzar en una concepción en la
que la relación entre el hecho de la diversidad estructural entre las lenguas y la
facultad del lenguaje es la descrita en la respuesta de (3).
Como punto de partida elemental en esta tarea asumiremos que la pregunta
es lícita (además de interesante desde el punto de vista científico), lo que a su vez
implica la asunción de dos hechos que para buena parte de las corrientes lingüísti-
cas actuales deberían ser incompatibles: (i) que la diversidad entre las lenguas es
un hecho real, profundo y sustantivo y (ii) que los seres humanos, a diferencia de
otros organismos naturales y dispositivos artificiales, estamos dotados de una fa-
cultad específica que nos permite adquirir, conocer y usar la lengua (o lenguas)
del entorno.
A pesar de que ambos hechos están adornados con un aura problemática, en
buena medida son evidentes. La prueba elemental de que la diversidad de las len-
guas es un hecho real y no sólo aparente está en el hecho incontrovertido de que
hablar una lengua no garantiza hablar y entender otras lenguas. La prueba básica
de que los seres humanos estamos dotados de una facultad del lenguaje está en el
hecho de que normalmente cualquier ser humano expuesto a una (o más de una)
lengua natural desarrolla la capacidad de usarla (o usarlas), mientras que eso no
sucede nunca con ningún otro dispositivo, sea natural o artificial. El problema no
es, pues, si existe diversidad lingüística, sino en todo caso cuál es su rango de am-
plitud y dispersión. Del mismo modo, no es controvertido afirmar la existencia de
la facultad del lenguaje, sino en todo caso su estructura, su origen o su especificad
para el lenguaje.
Una conclusión relevante de la presente aproximación será que la resolución
del segundo problema (el de la estructura y naturaleza de la facultad del lenguaje)
depende críticamente de la resolución del primero (el del alcance y dispersión de
la diversidad entre las lenguas), o en otras palabras, que sólo una teoría lingüística
capaz de dar cuenta de la naturaleza de la diversidad estructural entre las lenguas
y de sus mecanismos y pautas de cambio será capaz de contribuir significativa-
mente a la caracterización de la facultad humana del lenguaje, probablemente el
rasgo más específico de nuestra especie.

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1. Lenguas y especies:
breve historia de un curioso paralelismo
Las lenguas son organismos naturales, nunca
han sido dirigidas por la voluntad del ser
humano, surgen y se desarrollan por sí mis-
mas de acuerdo a leyes definidas, se hacen
viejas y mueren.
August Schleicher

Hoy en día está de moda entre los lingüistas echar mano de la teoría de la evolu-
ción para dar un cierto lustre científico a sus teorías del cambio lingüístico, mien-
tras que en tiempos de Darwin era la prestigiosa lingüística histórica del momento
la que fue usada para hacer creíble la teoría de la evolución. Parece, pues, que la
comparación entre lenguas y especies naturales tiene una larga y venerable histo-
ria.
Charles Darwin comenzó empleando la analogía entre lenguas y especies en
defensa propia, al igual que hicieron algunos de sus colegas y amigos, como el
botánico Asa Gray, el geólogo Charles Lyell o el zoólogo Thomas Henry Huxley.
Como ha analizado con fino detalle Stephen Alter (1999), el uso de la ana-
logía en El origen de las especies de 1859 tenía dos objetivos esenciales. El pri-
mero era impresionar al lector informado de los avances de la lingüística histórica
de la época (una disciplina entonces prestigiosa y admirada por sus logros) para
hacerle más digerible la idea de la transmutación de las especies y, en sus propias
palabras, ‘para evitar el ridículo’5. El segundo objetivo para el uso de la analogía
era justificar uno de los puntos débiles de su teoría: la ausencia de fósiles y espe-
cies intermedios en su visión gradual y continua de la evolución.
Así, Alter observa que Darwin (en el borrador no publicado de un libro an-
terior a su célebre Origen de las especies) plantea que aunque pueda parecer ridí-
cula la hipótesis de que la semejanza entre dos organismos tan distintos como una
gacela y un rinoceronte procede de un ancestro común extinto, lo mismo pasaría
con la hipótesis de que la palabra inglesa bishop y la francesa évêque (ambas con
el significado ‘obispo’) tienen el mismo origen, algo que sin embargo podemos
hacer más creíble gracias a nuestro conocimiento de la palabra del griego clásico
episcopus, un vínculo entre ellas.6

5 “to deprecate mere ridicule”, en Darwin’s Natural Selection (1856-1858: 384), apud Alter
1999: 22.
6 Tanto este ejemplo como otros muchos que manejó Darwin procedían de su cuñado Hens-
leigh Wedgwood, un filólogo al que interrogaba al respecto.

17
Un razonamiento parecido hacía Schleicher cuando afirmaba precisamente que la
lingüística histórica podía servir como una “ilustración paradigmática” del origen
de las especies justamente porque disponía de materiales de observación más
completos:

“As it is, we are better off for materials of observation than the other naturalists, and
therefore we have forestalled you in the idea of the non-creation of the species [...]
The kinship of the different languages may consequently serve, so to speak, as a
paradigmatic illustration of the origin of species, for those fields of inquiry which
lack, for the present at least, any similar opportunities of observation” (Schleicher,
1863: 44-45).

Aunque más adelante volveremos con cierto detalle sobre la concepción del len-
guaje de Schleicher, cabe señalar, como no habrá pasado por alto el lector atento,
que este lingüista habla de “los demás naturalistas”, asumiendo entonces que el
lingüista lo es. Pese a todo, añade lo siguiente, con una cautela que luego no se le
ha reconocido:
“Of course no more than the principles of Darwinism could be applied to the lan-
guages. The realm of speech is too widely different from both the animal and vege-
table kingdoms to make the science of language a test of all Darwin’s inductions and
their details” (Schleicher, 1863: 66).

En los años inmediatamente posteriores a la publicación del Origen de las espe-


cies la analogía ya era tan poderosa en la polémica sobre la teoría de Darwin que,
como también relata Alter (1999: 50 y ss.), el célebre zoólogo norteamericano
Louis Agassiz, en su afán de negar la transmutación de las especies, tuvo que ne-
gar, rozando el ridículo, que unas lenguas pudieran proceder de otras y que, por
tanto, las semejanzas entre ellas se pudieran explicar por un origen común, en
contra de lo que había puesto de manifiesto con brillantez la lingüística histórica
fundada por Franz Bopp y Rasmus Rask en los primeros años del siglo XIX. Si-
guiendo un punto de vista que recordaría al de algunos relativistas modernos,
Agassiz abogaba por la naturaleza primordial de cada lengua, por lo que las seme-
janzas entre algunas de ellas ‘surgieron, no por un origen común, sino por la cohe-
rencia de la estructura mental de las naciones implicadas’.7
Lo relevante de la anécdota es que refleja el importante papel que jugó nues-
tra analogía en la intensa controversia surgida en la ciencia occidental en los años
inmediatamente posteriores a la publicación del Origen de las especies. Puede que
la lingüística histórica no tuviera un papel estelar en el surgimiento de la teoría de
la evolución (a diferencia de lo que sostuvo Schleicher), pero fue crucial a la hora

7 “arose not from community of descent but from a congruence of mental structure among the
nations involved” (Agassiz apud Alter 1999: 50).

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de presentarla y argumentarla, algo que, como saben bien los sociólogos de la
ciencia, es casi tan importante como la propia hipótesis.
Asa Gray, amigo y admirador de Darwin, captó muy bien el papel de la ana-
logía en la difusión de la teoría de Darwin, tal y como se refleja en lo que le re-
comendó:

“You may point to analogies of development and diversification of language, of no


value at all as evidence in support of your theory, but good and pertinent as rebutting
objections urged against it” (Carta de Asa Gray a Darwin, 1862, apud Alter 1999:
55).

Es importante observar que Gray, en sintonía con lo que hemos visto que hacía
Schleicher desde el otro lado, mantiene una postura rigurosa y realista al no con-
ceder al hecho lingüístico valor probatorio en sí mismo y que se centra en la fuer-
za ilustrativa de la analogía. Pero, obviamente, si la analogía servía para responder
objeciones tenía que ser algo más que mera ilustración, tenía que ser algo más que
un anzuelo para objetores ingenuos.
Y, en efecto, a partir de la publicación de las Evidencias geológicas de la
antigüedad del hombre, obra publicada en 1863 por Charles Lyell, la analogía va
a cobrar una nueva dimensión en el pensamiento de Darwin.
El penúltimo capítulo de este libro del gran geólogo estaba dedicado a la
comparación entre el origen y desarrollo de las lenguas y las especies, y contenía
una argumentación envenenada para Darwin. En la primera parte de la obra Lyell
parece darle la razón al admitir la semejanza entre los procesos evolutivos de len-
guas y especies y precisamente emplea la analogía para convencer al lector de lo
adecuado de la teoría evolutiva. Usando ideas del lingüista alemán Max Müller
(bien conocido en la Inglaterra de la época), plantea que el equivalente de las mu-
taciones en los organismos sería la proliferación de sinónimos o de variantes foné-
ticas, mientras que el equivalente de la selección natural sería la limitación de la
memoria humana (véase Alter 1999: 58 y ss.). Así, la lucha por la vida de los más
aptos, un factor clave de la teoría de Darwin, se convierte en la selección de las
palabras ligeramente más adecuadas o de los sonidos mínimamente más eufóni-
cos.8
Mas, como todo el mundo sabía, tanto la capacidad de los organismos para
transmitir la herencia como los mecanismos por los que se producen las mutacio-
nes eran un misterio que la teoría de Darwin no podía resolver. Por tanto, Lyell no
sólo estaba diciendo que los principios de Darwin eran aplicables a las lenguas,
sino que también les son aplicables sus limitaciones. Así, Lyell pasa de usar la
analogía para hacer creíble la teoría de la transmutación de Darwin a retorcerla en
una dirección contraria, esto es, para mostrar que un modelo puramente naturalista

8 Por supuesto, como se verá más adelante, esta aproximación no refleja una visión correcta ni
de la evolución natural ni del cambio lingüístico, pero sí un paralelismo interesante.

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no lo puede explicar todo. Se basa para ello en la sofisticación del aparato grama-
tical. Consideremos la siguiente observación de Lyell:

“The savage and the sage, the peasant and the man of letters, the child and the phi-
losopher, have worked together, in the course of many generations, to build up a
fabric which has been truly described as a wonderful instrument of thought [...] [a]
machine, the several parts of which are so well adjusted to each other as to resemble
the product of one period and of a single mind” (Charles Lyell, Geological Evi-
dences of the Antiquity of Man, apud Alter 1999: 61)

La referencia al trabajo de todo tipo de hablantes en el curso de muchas genera-


ciones para construir ‘un maravilloso instrumento del pensamiento cuyas piezas
están tan bien ajustadas entre sí que reflejan ser el producto de una sola mente’
recuerda claramente el viejo argumento del obispo Paley del diseño óptimo, que
revela un diseñador, un argumento recientemente vuelto a la vida por los antievo-
lucionistas norteamericanos bajo el ropaje pseudocientífico de la teoría del diseño
inteligente.
Lyell era un deísta que creía en la evolución, pero no en la versión ciega y
puramente naturalista de Darwin. Así, revirtió la analogía para mostrar que ni si-
quiera la afamada lingüística del momento (que tan bien explicaba la semejanza
entre algunas de las lenguas actuales a partir de ancestros remotos comunes) podía
explicar la estructura y desarrollo de cada una de las lenguas, en lo que ciertamen-
te no le faltaba razón:

“When we have discovered the principal causes of selection, which have guided the
adoption or rejection of rival names for the same things and ideas, rival modes of
pronouncing the same words [...] –we are still very far from comprehending all the
laws which have governed the formation of each language” (Lyell, Antiquity of Man,
apud Alter 1999: 61).

En cierto modo se podría señalar este momento como el de una ocasión perdida
para la lingüística histórica. Al fin y al cabo, Lyell había dado con una interpreta-
ción relativamente adecuada del cambio lingüístico, al menos si la comparamos
con las versiones finalistas que triunfarían luego. Como veremos más adelante,
harían falta otros cien años para que lingüistas actuales como Roger Lass o David
Lightfoot volvieran independientemente a esa visión “ciega” del cambio lingüísti-
co (que aunque triunfaría en biología con relativa facilidad, aún hoy se disputa en
lingüística histórica).
Sin embargo, no todos los lectores cayeron en la trampa de Lyell. Asa Gray,
aun siendo también un deísta, ya había advertido a Darwin del poder argumentati-
vo de la analogía en lo que respecta al diseño, pero a favor del propio Darwin:

“I see also with what great effect you may use it in our occasional discussion about
design; indeed I hardly see how to avoid [a] conclusion adverse to special design”
(Carta de Asa Gray a Darwin, 1862, apud Alter 1999: 56).

20
Darwin entendió perfectamente la profunda implicación de este uso de la analo-
gía. Contrariamente a lo pretendido, Lyell había formulado una teoría del cambio
lingüístico en la que las innovaciones no estaban funcionalmente diseñadas, ya
que el modelo, semejante al del propio Darwin para los organismos, establece que
surgen muchas variaciones y que sólo algunas de ellas son seleccionadas, luego el
propio surgir de las variaciones no es parte de un diseño sobrenatural, de leyes de
evolución prefijadas o de una tendencia al progreso o la adaptación, sino que son,
en ese sentido, accidentales. Tal y como concluye Alter, “the natural development
of language, however, presented a case in which selection acted upon variations
that were themselves apparently as random and nonteleological as Darwin ever
could have desired” (Alter 1999: 68).
Aunque más adelante volveremos sobre la versión más completa de la ana-
logía formulada por Darwin y su fundamento, es importante observar ahora que
en realidad fue August Schleicher quien más lejos llevó la identificación entre
lenguas y organismos naturales. En un conocido pasaje (conocido porque ha sido
citado en numerosas ocasiones de segunda mano, no porque se lea mucho en la
actualidad al viejo Schleicher) éste afirmaba:

“Languages are organisms of nature; they have never been directed by the will of
man; they rose, and developed themselves according to definite laws; the grew old,
and died out. They, too, are subject to that series of phenomena which we embrace
under the name of ‘life’. The science of language is consequently a natural science;
its method is generally altogether the same as that of any other natural science”
(Schleicher, 1863: 20-21).

En la teoría lingüística posterior hay una larga historia de descrédito, e incluso de


ridiculización (véase, por ejemplo, Keller 1990), de esta postura de Scheleicher
que hoy a tantos nos parece tan sugerente y que más adelante vamos a reivindicar,
con la pertinente actualización.
De hecho, en un muy poco citado escrito posterior, de 1865, Schleicher con-
creta lo quería decir al afirmar que las lenguas son organismos naturales. No afir-
maba, como a veces se ha sugerido, que las lenguas humanas fueran animales o
vegetales, sino que el habla humana debe tener unas bases materiales (que atribu-
ye al cerebro y los órganos del habla) y que el hecho de que estas bases materiales
del lenguaje no sean directamente observables no puede usarse para negar su exis-
tencia:

“Since we do not have the material foundations of speech immediately before us, we
can only take into account effects of those foundations and to proceed with language
more or less as the chemist do with the sun: they investigate its light, as they cannot
directly take the source into their investigations” [...] “We therefore consider our-
selves justified in considering languages as something with material existence, even
if we cannot grasp them with the hand or see them with the eye, but only perceive
them through the ear” (Schleicher 1865: 76-77).

21
Esta es una argumentación que a todo lector atento actual le sonará muy familiar,
puesto que emplea no sólo un argumento, sino incluso un ejemplo idéntico al que
es frecuente encontrar actualmente en Chomsky cuando defiende su aproximación
naturalista al estudio del conocimiento del lenguaje.9
Por supuesto que la visión naturalista de Schleicher, a diferencia de la de
Chomsky, es inadecuada en muchos sentidos. Lo que Chomsky ha planteado es
que la facultad del lenguaje, esto es, la capacidad para aprender y usar una lengua
cualquiera, es un atributo natural de los seres humanos (y no de los ratones, por
ejemplo) y que el conocimiento de su lengua que tiene una persona es, por tanto,
un objeto mental (un estado de la mente y del cerebro de una persona) que, des-
cartado el dualismo materia-espíritu, debe abordarse como un objeto natural.
Por su parte, lo que Schleicher planteaba era que la lengua concreta que
habla una persona sería un atributo natural suyo como lo son el color del pelo o la
forma de la nariz, prediciendo inadecuadamente una correlación entre rasgos físi-
cos y lenguas (esto es, un innatismo aún más radical que el chomskiano).
Anticipando en cierto modo las actuales discusiones sobre la adquisición o
aprendizaje de lenguas segundas, observaba también Schleicher que la dificultad
para aprender y hablar correctamente una lengua extranjera se seguiría de ser un
proceso no natural (lo compara con andar a cuatro patas o con andar con las ma-
nos, algo que podemos aprender pero que no nos resulta natural como a los gatos)
y sugiere que el hecho de que un niño de una raza determinada pueda aprender
como un nativo la lengua de otra raza se seguiría de que los “órganos del lengua-
je” se desarrollarían de forma diferente a como lo hubieran hecho.10 No obstante,
de forma interesante, afirma que las diferencias entre las lenguas se deberían ex-
plicar como pequeñas diferencias en el desarrollo de esos “órganos del lenguaje”,
una postura que, con la conveniente actualización, es similar a la defendida por
algunos modelos innatistas actuales y la que vamos a defender con detalle en la
segunda parte de esta obra.
A pesar de los problemas evidentes que suscita, es esa concepción naturalis-
ta de Schleicher lo que hace que su formulación de la analogía sea la más parecida
a la que más adelante vamos a proponer como la más relevante y explicativa.
La formulación explícita de la analogía de Schleicher es la siguiente:

9 “Nos gustaría poder instalar un laboratorio dentro del Sol para poder obtener pruebas más
directas, pero como somos incapaces de hacerlo, debemos probar y confirmar nuestra teoría
en forma indirecta. [...] Carece de sentido pedir otra clase de justificación para atribuir reali-
dad física a las construcciones de la teoría que no sea considerar su adecuación para explicar
la evidencia y su conformidad con el conjunto de la ciencia natural contemporánea” (Choms-
ky 1980: 203)
10 “brain and speech organs develop differently than they otherwise would have” (Schleicher
1865: 77).

22
“The species of a genus are what we call the languages of a family, the races of a
species are with us the dialects of a language; the sub-dialects or patois correspond
with the varieties of the species, and that which is characteristic of a person’s mode
of speaking corresponds with the individual” (Schleicher, 1863: 32, cursiva aña-
dida).

Como se argumentará más adelante con más detalle, lo más original y relevante de
esa comparación es la del nivel del individuo, ya que eso a lo que Schleicher se
refiere como “lo que es característico del modo de hablar de una persona” es lo
más parecido que se podía formular en la época al moderno concepto chomskiano
de lengua interiorizada (lengua-i), que es el concepto en el que vamos a basar
nuestra formulación de la analogía entre lenguas y especies, esto es, entre la evo-
lución de las especies y el cambio lingüístico.
Pero antes de pasar a presentar y discutir las versiones modernas de la com-
paración entre lenguas y especies es oportuno concluir esta breve historia de la
analogía con la culminación de la misma en la obra del propio Darwin. La madu-
rez de la comparación no procede de su obra más célebre, sino de The descent of
man, de 1871. De este libro procede la cita más repetida al respecto:

“The formation of different languages and of distinct species, and the proofs that
both have been developed through a gradual process, are curiously the same [revised
edition (1874): “curiously parallel]”. (Darwin, The Descent of Man and Selection in
Relation to Sex, 1871, apud Alter 1999: 100)

Es importante observar la diferencia entre la edición original y las sucesivas: en la


original afirma que los procesos de formación son “curiosamente los mismos”,
mientras que en las ediciones posteriores dice “curiosamente paralelos”. Quizá
tuvo miedo de haber ido demasiado lejos, pero a la luz de las modernas teorías del
lenguaje y del cambio lingüístico tendremos ocasión de aventurar que quizá el
viejo Darwin tenía en su primera formulación más razón de lo que sospechaba.
La edición mejicana por la que cito traduce como tenemos en el siguiente
fragmento, que se ofrece in extenso porque representa la compilación más rele-
vante de su época de una analogía que, como hemos visto, captó la atención del
más importante autor en teoría de la evolución y del más relevante lingüista de su
tiempo (numeración añadida para facilitar la referencia posterior):

“La formación de las especies diferentes y de las lenguas distintas y las pruebas de
que ambas se han desarrollado siguiendo una marcha gradual son las mismas. [1] En
lenguas distintas encontramos homologías sorprendentes, debidas a la comunidad de
descendencias, y [2] analogías debidas a un semejante procedimiento de formación.
[3] La manera como ciertas letras o sonidos se cambian por otros, recuerda la corre-
latividad del crecimiento. [4] La presencia frecuente de rudimentos, tanto en las len-
guas como en las especies, es más notable todavía. En la ortografía de las palabras
se conservan a menudo letras que representan los rudimentos de antiguos modos de
pronunciación. [5] Las lenguas, como los seres orgánicos, pueden clasificarse por
grupos subordinados, ya naturalmente, según su derivación, ya artificialmente, se-

23
gún otros caracteres. [6] Lenguas y dialectos dominantes se propagan extensamente
y contribuyen a la extinción de otras lenguas. [7] La lengua, como la especie, una
vez extinguida, no reaparece nunca, como observa Lyell. [8] Un mismo lenguaje no
nace nunca en dos puntos a la vez, y [9] lenguas distintas pueden mezclarse y cru-
zarse unidas. [10] Vemos en todas ellas la variabilidad adoptando continuamente
nuevas expresiones; pero como la memora es limitada, nombres adquiridos y aun
lenguas enteras se extinguen poco a poco. Según la excelente observación de Max
Müller, ‘hay una lucha incesante por la vida en cada lengua entre los nombres y las
formas gramaticales. Las formas mejores, más breves y más felices, tienden a supe-
ditar a las demás y deben el triunfo a su valor inherente y propio’. A mi modo de ver
se puede agregar a éstas causas la del amor a la novedad que siente en todas las co-
sas el espíritu humano. Esta perpetuidad y conservación de ciertas palabras y formas
afortunadas en la lucha por la existencia es una selección natural” (Darwin 1871: 41-
43).

Aunque esta culminación de la analogía no es tan coherente como la de Schlei-


cher, lo cierto es que pone de manifiesto claramente que incluso para Darwin ya
se trataba de algo más que de una analogía ilustrativa. Nótese que justo al final del
fragmento citado afirma que esa conservación de ciertas palabras y formas afortu-
nadas en la lucha por la existencia es una selección natural, no como la selección
natural.11
Como sugiere Alter, al declarar Darwin que la evolución de las especies y
las lenguas eran curiosamente paralelas (o la misma), cada lado de la ecuación
servía para explicar el otro, por lo que la analogía daba la impresión de suficiencia
interna: en cualquier dirección que apuntara, la comparación suponía el evolucio-
nismo darwiniano; el fragmento citado sugería que los mecanismos puramente
naturales, sin intervención inteligente externa, eran suficientes para producir tanto
el desarrollo lingüístico como el biológico.
Y esa es la idea crucial con la que afrontaremos a partir de ahora la célebre
analogía.
Pero antes deberíamos preguntarnos por qué Darwin y otros sabios, tanto
desde el punto de vista de la historia natural como de la lingüística histórica, se
vieron seducidos por la comparación y qué fundamento tenía ésta. Lo haremos en
el capítulo siguiente, en el que también volveremos con detalle al fragmento cita-
do de Darwin.

11 Versión original: “The survival or preservation of certain favored words in the struggle for
existence is natural selection” (Darwin, 1871, apud Alter 1999: 103).

24
2. ¿Por qué comparar lenguas y especies?
Una aproximación preliminar
La formación de las especies diferentes y de las
lenguas distintas y las pruebas de que ambas se
han desarrollado siguiendo una marcha gradual
son curiosamente paralelas
Charles Darwin

La intuición elemental que subyace a la comparación de Darwin que acabamos de


ver consiste en que en ambos casos nos hallamos ante fenómenos (lenguas, espe-
cies) que no son estáticos, sino que cambian y que, además, cambian al “reprodu-
cirse”, esto es, al replicarse. Así, los organismos naturales no generan copias exac-
tas de sí mismos cuando se reproducen, sino que producen descendientes con lige-
ras variaciones. Del mismo modo, las lenguas se reproducen cuando pasan de una
generación de hablantes a otra y ese proceso de nuevo es imperfecto: la lengua de
los hijos siempre tiene aspectos ligeramente distintos a la de los padres. Son luego
factores externos los que determinan qué rasgos físicos de los organismos o qué
innovaciones lingüísticas pasan a las generaciones siguientes dando lugar a los
cambios y, si se producen las circunstancias adecuadas, a la especiación (en el
caso de los organismos) o a la escisión de lenguas (en el caso de los idiomas).
Recordemos, aunque sea esquemáticamente, en qué consiste la versión dar-
winista de la evolución. Para ello puede acudirse a un ejemplo clásico en la divul-
gación de la teoría.12 Imaginemos una colonia de polillas de color claro que se
posan en las hojas claras de un abedul. Posadas en esas hojas, las polillas más
visibles para los pájaros que las depredan serán las que accidentalmente sean más
oscuras que sus congéneres. Ya sabemos que no hay dos individuos idénticos,
luego es esperable que haya cierta variación en el tono de las polillas, como hay
cierta variación en el tamaño exacto de las orejas de los seres humanos de una
misma familia o en el tono del pelo castaño de una camada de perros. En tal caso,
las polillas más claras, que normalmente producirán descendientes más claros que
los descendientes de las polillas más oscuras, tendrán ciertas ventajas sobre sus
congéneres más oscuros. En términos más actuales diríamos que las polillas claras
tienen más posibilidades de reproducirse y de transmitir sus genes a las genera-
ciones posteriores. Dada una situación ambiental estable lo normal es que la in-
mensa mayoría de las polillas sean claras y que las más oscuras sean infrecuentes
y poco favorecidas para reproducirse, puesto que serán presa más fácil para los

12 Aunque hay muchas variantes de este ejemplo en los manuales introductorios, en el texto,
deliberadamente simplificado en los detalles, seguimos el caso más conocido de la polilla in-
glesa (Biston betularia) estudiada tempranamente por Kettlewell en abedules de Manchester
(véase Colby 1996-1997).

25
depredadores. Pero el entorno no siempre es estable. Si situamos los árboles del
ejemplo en el Manchester del siglo XIX, no sería extraño que el masivo desarrollo
industrial de Inglaterra tuviera como efecto un oscurecimiento de las hojas de los
abedules como consecuencia de la contaminación ambiental. Producido el oscure-
cimiento de las hojas de los árboles es claro que la ventaja adaptativa de las poli-
llas claras frente a sus hermanas más oscuras se revierte. Serán ahora las relativa-
mente infrecuentes polillas ligeramente más oscuras las que empezarán a ser me-
nos visibles para las aves que las depredan y, en consecuencia, las que tendrán
más oportunidades de llegar a la edad de procrear y transmitir su legado genético
a las generaciones posteriores, incluyendo críticamente el gen o genes responsa-
bles (directa o indirectamente) de la coloración menos clara.13 Con el paso del
tiempo, y manteniendo constantes las circunstancias, la colonia de polillas que se
posa en esos abedules empezará a ver cómo cada vez hay más ejemplares oscuros
y menos de los que tienen una pigmentación más clara. En un momento dado, la
norma habitual será el color más oscuro y lo excepcional el más claro. Si ahora
comparamos esas polillas con un grupo de las polillas originarias que no vivía en
esos árboles, sino en un lugar que no ha cambiado de color, entonces podríamos
decir que tenemos dos variedades de esa especie o, según el grado de divergencia
que se haya producido entre ambos grupos, dos especies distintas de polillas. Ex-
trapolando ese suceso observable a los millones de años que tiene la vida sobre la
tierra llegaríamos de la primera célula que se replicó a la diversidad de la vida
actual.
Lo relevante (y “escandaloso”) de la teoría darwiniana es que ese mecanis-
mo no es inteligente, ni está diseñado por nada ni nadie, ni responde a leyes natu-
rales evolutivas, ni tiene una finalidad. No podemos decir, aunque a veces lo
hagamos informalmente, que las polillas se oscurecen para evitar a los depredado-
res, ni que la naturaleza haya usado ese mecanismo para facilitar la supervivencia
de las polillas, ni nada parecido, puesto que la naturaleza no es sabia, ni inteligen-
te, ni tiene deseos o intenciones. Simplemente, por puro azar, algunas polillas eran
más oscuras que otras y una circunstancia externa contingente (la pigmentación de
las hojas de los abedules) favoreció algunas de esas variaciones accidentales por
mero efecto de la selección natural, la idea clave de Darwin. De no haberse pro-
ducido éstas (esto es, de no haber habido ningún ejemplar sensiblemente más os-
curo para los ojos del depredador), el grupo se habría podido extinguir. No es na-
da extraño, sino extraordinariamente frecuente, que una población sucumba a va-
riaciones ambientales y se extinga.
Consideremos ahora, también muy esquemáticamente, un caso típico de
cambio lingüístico. Imaginemos una población de personas que habla la lengua A.
Un grupo de hablantes de A se traslada a otra zona en un proceso migratorio. Este
grupo de hablantes de A emigrados entra en contacto con hablantes de la lengua

13 En el caso concreto de Biston betularia, un solo gen.

26
B, habitantes originales de la zona de destino. Muchos hablantes de A en esa zona
empezarán a tener cierta competencia en la lengua B, por la necesidad de tener
contactos comerciales o de cualquier tipo con los habitantes originales. Es muy
posible que algunos hablantes de A, que también dominan la lengua B, influen-
ciados por el prestigio de esa lengua, empiecen a importar rasgos de la lengua B a
la lengua A (por ejemplo, ciertas palabras, ciertos giros o ciertos sonidos que no
existían en A). Los descendientes de esos hablantes aprenderán la lengua A con
ciertos rasgos tomados de B. Llamemos A’ a esa variedad de la lengua A. Si el
grupo que emigró continúa por generaciones en el nuevo entorno y deja de tener
contacto con los hablantes de A originarios (los que no emigraron) es muy posible
que la lengua A’ vaya divergiendo de la lengua A, hasta el punto de que A y A’
acaben considerándose como lenguas diferentes, como sucede por ejemplo con el
francés y el español, que fueron la misma lengua hace menos de dos mil años, o
con el español y el ruso, que fueron la misma lengua hace unos siete mil años.
Si consideramos de nuevo el ejemplo de evolución natural descrito podría-
mos decir que se basa en tres factores fundamentales: la herencia, la mutación y
el asilamiento. El fundamento de la analogía con las lenguas se sustenta en que el
cambio lingüístico descrito también se puede explicar precisamente con esos
mismos tres factores fundamentales. Así, la herencia en el mundo natural tiene
como equivalente el hecho de que las lenguas se transmiten de una generación a
otra. La mutación genética tiene como equivalente la variación lingüística. El ais-
lamiento, que suele ser físico entre los organismos, además de físico, puede ser
social o cultural en lo que respecta a las lenguas.
En efecto, en el mundo natural la herencia es la responsable de que los des-
cendientes se parezcan a sus progenitores y hereden incluso sus mutaciones. Las
polillas engendran polillas y no saltamontes, y además, las polillas oscuras nor-
malmente engendran polillas oscuras y las polillas claras normalmente engendran
polillas claras. Del mismo modo, los hijos de las personas que hablan francés sue-
len hablar en francés y no en ruso, y además, los hijos de las personas que hablan
en francés de Québec hablan normalmente ese dialecto y no el de París.
Claro que si la herencia fuera perfecta, no habría evolución, no habría cam-
bio. Pero no lo es. Cada vez que un organismo basado en el ADN se reproduce o
se duplica suceden mutaciones, esto es, pequeños “errores” en la reconstrucción
de la cadena que son responsables, entre otros factores, de que los individuos no
sean idénticos entre sí. Así, entre la progenie de una polilla clara puede haber al-
gunos individuos que sean, por un puro azar genético, un poco más oscuros. Del
mismo modo, entre los hablantes de una misma lengua puede haber individuos
que, por cualquier razón, pronuncien un sonido de una manera ligeramente distin-
ta a como lo hace la mayoría.

27
En lingüística el correlato más claro de la mutación genética es el llamado reaná-
lisis.14 Al igual que una mutación genética, una variación o innovación lingüística
puede desaparecer con el individuo o grupo que la ha producido (que suele ser lo
más frecuente) o, por el contrario, puede extenderse hasta terminar caracterizando
a un grupo mucho mayor. En tal caso, estamos delante de un cambio.
Los cambios más notorios y llamativos, tanto en el ámbito natural como en
el de las lenguas humanas son los que se producen sobre un grupo que contrasta
con el que no cambia o cambia más pausadamente. Esto sucede por efecto del
aislamiento. Tanto en el ejemplo de las polillas inglesas como en el de las lenguas,
un factor crucial de la especiación o escisión es que los grupos separados dejan de
tener contacto entre sí. De este modo, para que se produzca el efecto selectivo de
las aves que depredan polillas claras en abedules oscurecidos se debe dar la cir-
cunstancia de que las polillas del grupo afectado por el cambio de entorno no ten-
gan intercambio genético frecuente con polillas que residen en ambientes primi-
genios. En caso contrario no sería esperable que las polillas oscuras fueran cada
vez más frecuentes, ya que el aporte de “genes claros” haría difícil la proliferación
de los “oscuros”, que se diluirían en la masa mayoritaria de los ejemplares claros.
En el ejemplo de las lenguas sucede lo mismo. Si los hablantes de A’ tienen
frecuentes contactos lingüísticos con los hablantes de A es menos probable que las
innovaciones propias del grupo que habla A’ se extiendan, ya que se dificultaría la
intercomprensión con los hablantes de A. Aunque no es imposible que en esa cir-
cunstancia suceda la escisión, lo normal será que A se mantenga relativamente
unida. Baste como ilustración la comparación entre lo que sucedió con el latín al
fragmentarse el imperio romano, que se desmembró en las lenguas que hoy lla-
mamos romances (español, catalán, gallego, francés, italiano, rumano, etc.), frente
al caso del español hablado en la mayoría de los países de América, que pese a sus
profundas variaciones dialectales, permanece como una lengua relativamente uni-
ficada, precisamente por efecto del mayor contacto (especialmente a través de la
lengua escrita) entre sus hablantes, frente a lo sucedido con los hablantes de las
diversas variedades del latín tardío, aislados en regiones y países distintos en un
mundo convulso y sin comunicaciones fluidas.
No es por casualidad que el criterio para determinar si dos animales forman
parte de la misma especie o de dos variedades de la misma es el de la procreación
fértil. De hecho, la especiación se define como “el establecimiento de nuevas co-
munidades reproductoras”, en palabras del paleontólogo Niles Eldrege (1996:
111). Así, un mastín del Pirineo y un chiguagua son dos animales muy distintos en
apariencia, pero muy semejantes genéticamente, puesto que pueden cruzarse y
tener descendencia que a su vez puede procrear. Un elefante y una jirafa son tam-
bién dos animales muy distintos y además no pueden procrear entre sí, por lo que

14 Aunque técnicamente ese término tiene otros usos, lo emplearemos aquí como un equivalente
de una variación, de una innovación lingüística que pasa a otras generaciones.

28
se consideran de especies distintas. Por su parte, un caballo y un burro son anima-
les relativamente semejantes y hasta pueden cruzarse, pero sus descendientes, los
mulos, no son fértiles, por lo que se consideran dos especies distintas. Vemos que
el criterio para determinar la pertenencia a la especie es arbitrario y hasta un poco
difuso.
Y también con las lenguas pasa algo parecido. El equivalente lingüístico de
la reproducción fértil sería la mutua inteligibilidad. Según este criterio, para de-
terminar si dos variedades lingüísticas son dos lenguas diferentes o dos dialectos
de la misma lengua habría que atender al grado de inteligibilidad mutua. Así, un
hablante de Zaragoza y uno de Jaén hablan la misma lengua (en realidad dos dia-
lectos que consideramos variedades de la misma lengua) porque se entienden mu-
tuamente con relativa facilidad. Claro que éste es un criterio relativamente arbitra-
rio y discutible (como el de las especies), pero mucho más adecuado que el crite-
rio que se suele usar habitualmente, que es un criterio político y no lingüístico.
El criterio político o no lingüístico puede determinar que dos o más varieda-
des muy distintas e ininteligibles entre sí son la misma lengua (como sucede con
las diferentes formas del árabe) y que dos variedades prácticamente idénticas
(como el hindi y el urdú, de la India y Pakistán respectivamente) son dos lenguas
distintas. Está claro que el criterio lingüístico es el más relevante, aunque también
tiene sus zonas difusas. El equivalente del caso del burro y el caballo sería por
ejemplo el caso del portugués y el español (orden irrelevante). Está claro que des-
de el punto de vista político son dos lenguas distintas, pero desde el punto de vista
lingüístico no está tan claro. En ese caso el criterio de la inteligibilidad mutua es
impreciso porque se produce una inteligibilidad asimétrica, en tanto en cuanto que
los hablantes del portugués entienden bastante bien el español hablado, pero los
hablantes del español no entienden igual de bien el portugués (podría decirse que
en todo caso es una comunicación poco “fértil”). La mayoría de hablantes del es-
pañol o del portugués optarán en ese caso por decir que son dos lenguas y no dos
variantes de la misma, pero probablemente lo harán por razones políticas y cultu-
rales.15
Aunque volveremos más adelante con versiones más refinadas de la analo-
gía y de este asunto, lo interesante de todo esto ahora es que pone de manifiesto
que lenguas y especies comparten no sólo el criterio de identificación (dando por
válida de momento la identificación entre reproducción fértil e inteligibilidad mu-
tua), sino incluso los problemas en su aplicación.
Podemos ahora considerar con más base y detalle el fundamento de los di-
versos puntos de analogía señalados en el fragmento de Darwin citado al final del
capítulo anterior.

15 De hecho, los hablantes de lenguas muy distintas las consideran muy parecidas (y así lo
hacen algunos lingüistas de prestigio, como Dixon en su ensayo de 1997).

29
Recordemos que en primer lugar Darwin decía: [1] “en lenguas distintas encon-
tramos homologías sorprendentes, debidas a la comunidad de descendencias”.
Este es el asunto central en la aproximación de Darwin y conviene que lo conside-
remos con cierto detalle. En biología evolutiva una homología es un rasgo com-
partido por dos organismos como resultado de una herencia común. Por ejemplo,
todos los mamíferos tienen columna vertebral porque el animal del que todos los
mamíferos descienden ya tenía una columna vertebral y no porque independien-
temente todas las familias de mamíferos la hayan desarrollado por su cuenta. Ese
último caso sería de una analogía, no una homología.16
Si la lingüística del momento captó la atención de Darwin fue precisamente
porque, aunque con otro nombre, el de la homología es el asunto fundamental de
la lingüística histórica del siglo XIX. Considérense los siguientes términos equi-
valentes tomados de diversas lenguas romances:

Español Catalán Francés Italiano rumano


ocho vuit huit otto opt
leche llet lait latte lapte

Estos términos se denominan términos cognados, lo que significa que la semejan-


za entre las palabras para decir ocho o leche en esas cinco lenguas no se debe a
que esas palabras se hayan tomado prestadas entre esas lenguas ni, por supuesto, a
que se hayan desarrollado independientemente en cada una. La semejanza entre
las palabras para decir leche en todas esas lenguas se explica porque todas esas
palabras derivan de una única palabra, lacte en latín vulgar. No es el caso de, por
ejemplo, la palabra fútbol en español y la palabra football en inglés. Es evidente
que se parecen, pero no porque sean términos cognados, esto es, no porque ambas
deriven de un ancestro común, sino porque el español tomó la palabra inglesa co-
mo un préstamo.
En el ejemplo de la tabla anterior el asunto es relativamente claro porque te-
nemos abundante documentación tanto de la lengua madre como de las lenguas
hijas, pero las cosas son considerablemente más complejas cuando se desconoce
la lengua madre. Uno de los logros fundamentales de la lingüística histórica del
siglo XIX, lo que la hizo una ciencia admirada y conocida fuera del ámbito estric-
tamente académico, fue el establecimiento de que prácticamente todas las lenguas
de Europa y muchas de Asia central procedían de un tronco común, que dio en
llamarse indoeuropeo y que incluso llegó a reconstruirse.

16 El ejemplo típico de analogía es el de las alas en mamíferos e insectos: en esta ocasión tal
semejanza entre un murciélago y una mosca no se debe a una herencia común, sino a un de-
sarrollo independiente en cada rama, un desarrollo analógico (aunque veremos algunas sor-
presas al respecto).

30
El embrión de esta importante escuela lingüística se suele situar de manera algo
convencional en la publicación del informe de Sir William Jones en 1786, del que
se extracta este célebre párrafo:

“La lengua sánscrita, sea cual fuere su antigüedad, posee una estructura admirable.
Es más perfecta que el griego, más rica que el latín y más refinadamente exquisita
que ambas. Con ellas tiene una afinidad tal, tanto en lo que se refiere a las raíces
verbales como por lo que atañe a las formas gramaticales, que no ha podido origi-
narse accidentalmente. Hasta tal punto es fuerte la afinidad, que ningún filólogo po-
dría examinar las tres lenguas sin pensar que procedan de una fuente común que,
acaso, ya no existe. Hay, además, una razón semejante, aunque no tan concluyente,
para suponer que tanto el gótico como el céltico, mezclados con otra lengua muy
distinta, tienen el mismo origen que el sánscrito. También el antiguo persa podría ser
asociado a la misma familia” (Apud Arens, 1976: 221).

Al margen de las apreciaciones inadecuadas sobre perfección y exquisitez, lo re-


levante ahora es la deducción de que la semejanza, al producirse en las raíces ver-
bales y en las formas gramaticales “no ha podido originarse accidentalmente”,
sino que proceden de una “fuente común”.
Buena parte de la lingüística del siglo XIX, empezando por las gramáticas
comparadas de Rasmusk Rask y Jacob Grimm y acabando con la escuela neogra-
mática (a caballo ya del siglo XX y a la que pertenecía el fundador del estructura-
lismo europeo, Ferdinand de Saussure) se dedicó a documentar empíricamente esa
hipótesis y a descubrir los procesos de cambio (especialmente las “leyes fonéti-
cas”) que habían generado cada rama y cada familia de lenguas a partir del tronco
común indoeuropeo.
Nótese que en los pares de ejemplos de cada una de las lenguas anteriores se
observa cierta regularidad que permite identificar la ruta que un conjunto de soni-
dos ha tomado en cada lengua (eso es precisamente una “ley fonética”, una ley
histórica descriptiva). Así observamos que el grupo ct (pronunciado /kt/) latino ha
dado ch en español, it en francés, it o t en catalán, tt en italiano, pt en rumano, etc.
independientemente del significado de las palabras (‘ocho’ o ‘leche’). Si supiéra-
mos que ‘noche’ se dice noche en español, nit en catalán, notte en italiano, etc.,
aunque no hubiéramos documentado la palabra en textos antiguos, podríamos
tener cierta seguridad de que en latín vulgar ‘noche’ se decía nocte. Aunque esto
es una simplificación, la idea de la reconstrucción de proto-lenguas se basa fun-
damentalmente en esa técnica.
La tarea fue pues la de reconstruir los estados de lengua pasados (incluyen-
do el propio proto-indoeuropeo) y, en general, el enramado de un árbol evolutivo
que remontaba a un pueblo común del que descendían, agrupándose en familias
genealógicas, buena parte de las lenguas de Europa y de la India. La estrategia
fundamental para esa tarea fue precisamente la comparación entre lenguas en bus-
ca de esas homologías. La empresa no es tan sencilla como puede parecer a tenor
de los ejemplos mostrados, puesto que las semejanzas no son tan evidentes como

31
en nuestros ejemplos y, además, el fenómeno del préstamo puede hacer que dos
lenguas tengan semejanzas no debidas a un origen común. Para evitar esos pro-
blemas los lingüistas observaron que ciertos ámbitos de las lenguas están menos
sujetos a préstamo que otros, por ejemplo las propias categorías gramaticales
(marcas de caso, de flexión, auxiliares, etc.), los numerales, los términos para de-
signar las relaciones familiares, los sistemas irregulares de flexión, etc. y se cen-
traron en ellos para determinar las relaciones genéticas entre las lenguas.
Fue precisamente August Schleicher quien, en 1861, inspirándose en la cla-
sificación botánica en especies y géneros de Lineo y su tradición, propuso la re-
presentación arbórea de familias (su Stammbaumtheorie), tan similar a las que
todavía emplean los naturalistas y hoy comúnmente usada para representar las
clasificaciones genéticas (o genealógicas) de las lenguas, a veces incluso cuando
no es oportuno, como ha señalado con detalle Dixon (1997).
La ilustración en la página aparte muestra la versión original de Schleicher
para la familia indoeuropea, que (actualizando algo las denominaciones) presenta
dos grandes ramas, la ario-griego-italo-céltica y la germano-eslava. La germano-
eslava se divide en la balto-eslava (que luego se divide a su vez) y la germánica,
mientras que la otra rama se divide en la aria y la griego-italo-céltica. Al final
aparecen varias subfamilias (romance, céltica, germánica, índica, etc.) que inclui-
rían a su vez lenguas más recientes, clasificadas de acuerdo a las innovaciones que
presentan y que no se representan porque el árbol pretende esquematizar las pri-
meras fases de la evolución a partir del proto-indoeuropeo (“indogermánico” en la
terminología de la época). Claro que faltan muchas lenguas y que hay errores y
omisiones que se han ido aclarando en los casi ciento cincuenta años que han
transcurrido, pero lo relevante es que por la ubicación en el árbol se quiere repre-
sentar que, por ejemplo, las lenguas célticas se parecen más a las itálicas que a las
eslavas, porque las dos primeras tendrían un ancestro común y así sucesivamente,
todo ello basado en la reconstrucción y en la comparación de cambios correlati-
vos.

32
33
Para hacernos una idea de cómo se hacía esto consideremos de nuevo una familia
de cognados en las lenguas romances como los de la tabla siguiente:

Español Italiano Francés Portugués Catalán


padre padre père pai pare

Como en el caso anterior, sabemos que las semejanzas entre esas voces se deben a
un origen común (homología). Ello nos permite decir que esas cinco lenguas pro-
ceden de un tronco común, que además conocemos históricamente, el latín, lengua
en la que ‘padre’ se decía pater. El árbol resultante (y simplificado) sería el si-
guiente:

pater

padre padre père pai pare

A continuación tenemos cognados del mismo término en algunas de las llamadas


lenguas germánicas:

Gótico Inglés Holandés Alemán Danés


fadar father vader Vater fader

De nuevo observamos que se parecen mucho entre sí, lo que nos permite asumir
que proceden de un tronco común (el llamado proto-germánico), que se podría
representar, de nuevo simplificadamente, como sigue:

fadar father vader Vater fader

Esta nueva familia de cognados es distinta de la anterior, pero no demasiado dis-


tinta. Por tanto, podemos asumir que son de grupos distintos, pero que el nudo del
que proceden todas las voces romances (llamado proto-romance, por no ser exac-
tamente la misma lengua que el latín clásico) y el nudo del que proceden todas las
voces germánicas (el proto-germánico) son a su vez hijos de un nudo superior, el
proto-indoeuropeo, por simplificar (pues ya sabemos que entre los descendientes
proto-romance y proto-germáncio y el ancestro proto-indoeuropeo hay otras ra-
mas intermedias):

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Proto-indoeuropeo

Proto-romance Proto-germánico

Es bien cierto que el proto-germánico no está documentado (de ahí el interrogante


en el árbol de su grupo), luego la práctica habitual es reconstruir la forma de la
que habrían derivado esos términos. Sin entrar en demasiados detalles, nótese que
la consonante inicial de todas las lenguas germánicas es una fricativa (f, v), mien-
tras que en las romances era una oculsiva (p). Esto nos permite establecer que la
palabra para decir ‘padre’ en protogermánico había sufrido un cambio de una p
por una f, que es precisamente lo que afirma una de las famosas leyes de
Grimm.17
Claro que se podría cuestionar cómo sabemos que fue el proto-germánico el
que pasó de p- a f- y no al revés, esto es, por qué no fue el latín el que habría pa-
sado de una supuesta fricativa inicial del proto-indoeuropeo a una oclusiva y que
el proto-germánico fue el que la conservó.
Hay varias razones, y todas se basan en razonamientos extraordinariamen-
te similares a los que hacía Darwin sobre el mundo natural. La primera tiene que
ver con el hecho de que otras lenguas derivadas del proto-indoeuropeo mantienen
la p- inicial (así en griego se dice patér y en sánscrito pitá), a lo que se debe aña-
dir que se sabe -por otros indicios- que tanto el latín, como el griego y el sánscrito
son más conservadores con respecto al consonantismo proto-indoeuropeo que el
germánico. Por ello la ley de Grimm mencionada fue formulada básicamente co-
mo “una oclusiva en proto-indoeuropeo se conserva en latín y en sánscrito y se
hace fricativa en germánico”.
Otra fuente de evidencia procede del análisis de los cambios de los sonidos
en contexto. Consideremos las siguientes palabras cognadas, tomadas de una len-
gua conservadora, el latín, y de una lengua germánica, el inglés antiguo (ejemplos
de Hock y Joseph 1996):

Latín Antiguo inglés glosa


captus haeft ‘prisionero’
piscis fisc ‘pez’
spuo spiwan ‘vomitar’
sto standan ‘estar de pie’

17 Así llamadas por estar este autor, Jacob (uno de los célebres hermanos Grimm), entre los
primeros lingüistas que advirtieron esa desviación sistemática de la rama germánica (desvia-
ción que está en la base de las reticencias sobre esa familia observadas en el texto citado de
William Jones).

35
Aparentemente los ejemplos del inglés antiguo tienen excepciones a la ley de
Grimm, pues observamos que las oclusivas en negrita (pronúnciese la c como k)
se han mantenido cuando se tenían que haber convertido en fricativas. Sin embar-
go, en los dos primeros ejemplos vemos contradictoriamente que la ley sí se ha
cumplido en parte, de manera que la c inicial de captus (kaptus) se ha convertido
en h (“hache aspirada”) en inglés antiguo (haeft), y lo mismo, también la p de
captus, se ha convertido en f (haeft). Otro tanto sucede en piscis, cuya p inicial se
hace fricativa en fisc, mientras que la segunda oclusiva, correlativa a la c de pis-
cis, se ha mantenido en inglés antiguo (fisc). Por último, en las dos últimas pala-
bras vemos que las oclusivas (p y t) simplemente no cambian. Fue Lottner, en
1862, quien observó que con una leve modificación de la ley de Grimm esos
ejemplos pasaban de ser molestas excepciones a ser ejemplos perfectamente regu-
lares. Observó que las oclusivas sordas sin cambiar de los ejemplos del inglés
antiguo siempre aparecen detrás de una fricativa sorda, bien sea indoeuropea, co-
mo en standan, bien sea germánica como resultado de la propia ley de Grimm,
como en haeft (de pt). Por tanto, bastaba una simple corrección de la Ley de
Grimm especificando que “las oclusivas sordas están exentas del cambio si apare-
cen después de una fricativa sorda, germánica u original”. Lo cual, además de ser
una muestra sencilla del minucioso trabajo de estos investigadores decimonóni-
cos, sirve además de argumento para mantener que fue el protogermánico el que
había cambiado y no al revés.
Por último, aunque no tan concluyente, está el argumento de que el cambio
de p a f (esto es, de oclusiva a fricativa) es mucho más frecuente y regular en to-
das las épocas y familias que el inverso.
Todo este tipo de argumentaciones y datos permitieron pues clasificar las
lenguas por su origen genalógico a imagen y semejanza de lo que se hacía con las
especies naturales y basándose además en argumentos análogos a los empleados
por los naturalistas.

En segundo lugar aducía Darwin [2] “analogías debidas a un semejante procedi-


miento de formación”. En el ámbito natural las analogías son el resultado de una
evolución paralela e independiente, como en el caso mencionado de las alas de los
murciélagos y las aves o los insectos. La presencia de alas en un murciélago y en
un gorrión no nos lleva a un ancestro común a ambos animales que ya tuviera
alas, sino que se desarrollaron independientemente mucho después de separarse
los linajes de esas especies.
Y lo mismo sucede en las lenguas. Aunque a veces estos procesos son intri-
gantes y en ocasiones han llevado a interpretaciones inadecuadas (véase el capítu-
lo 5), no es infrecuente que lenguas que no tienen ninguna relación histórica des-
arrollen evoluciones paralelas o análogas.
Por ejemplo el desarrollo del verbo copulativo en lenguas en las que no lo
había. Partamos del hecho de que hay lenguas en las que hay cópulas indepen-

36
dientes, como el español (Alí es grande) y lenguas en las que no, como el turco
(Ali büyük, lit. ‘Alí grande’).
En el chino mandarín actual, como vemos en los ejemplos siguientes (toma-
dos de Li y Thompson, 1977, como el resto de los de esta discusión), sí hay cópu-
la, que es shì:

Chino mandarín moderno


hua shì hóng nà shì caochang
flor es roja eso es terreno de juego
‘la flor es roja’ ‘ese es el terreno de juego’

Sin embargo el chino arcaico (hablado en el siglo III a.C.) carecía de cópula, co-
mo se muestra en el ejemplo siguiente:18

Chino arcaico
Wáng-Tái wù zhe ye
Wang-Tai notable persona DECLR
‘Wang-Tai es una persona notable’

La cuestión es entonces cómo se desarrolló la cópula en el chino moderno. Nótese


que la palabra shì ya existía en el chino arcaico, pero no era una cópula, sino un
demostrativo, como se observa en el siguiente ejemplo del chino arcaico:

Chino arcaico
zi yù shì rì ku
Confucio en este día gritó
‘Confucio gritó este día’

Lo interesante es que ese demostrativo se empleaba frecuentemente en una cons-


trucción como la siguiente (en la que suo es una partícula que nominaliza la ora-
ción):

Chino arcaico
qian li ér jiàn wáng shì wo sou yù ye
mil millas entonces ver rey, eso yo NOM deseo DECLR
‘(viajar) mil millas para ver al rey, esto es lo que deseo’

18 La forma ye no es una cópula, sino una partícula declarativa que indica que se está haciendo
una afirmación.

37
Y fue precisamente ese tipo de construcción la que llevó al reanálisis del demos-
trativo como un verbo copulativo: se trata de que la secuencia X shì Y, que origi-
nalmente significaba X, esto (es) Y, paso a significar X es Y.19
Pero lo realmente importante es que en un momento dado la gramática del
hablante era distinta de la del oyente: para el hablante shì era un pronombre y para
el oyente era un verbo copulativo, aunque superficialmente suenan igual.
De forma curiosa, un proceso muy semejante ha sucedido en hebreo, una
lengua que no tiene ninguna relación con el chino. Esta lengua no tenía cópula en
el presente, pero hoy tiene la forma hu (que es obligatoria en algunos contextos,
opcional en otros e incluso imposible en algunos, de acuerdo a complejas reglas
que ahora no nos conciernen). En el siguiente ejemplo vemos un uso de esa cópu-
la de presente:

Hebreo moderno
Moshe hu ha-ganav
‘Moshe es el ladrón’

El origen de esa cópula es evidente, ya que aún se sigue usando en su sentido ori-
ginal como pronombre de tercera persona, como se observa en el ejemplo siguien-
te, donde hu no es el verbo copulativo sino el pronombre personal ‘él’:

Hebreo moderno
hu ohev et-Rivka
él ama AC-Rivka
‘él ama a Rivka’

El camino en este caso está bastante claro: una construcción con hu, que original-
mente significaba, por ejemplo, ‘Moshe, él es un estudiante’, se ha reanalizado
como ‘Moshe es estudiante’. La prueba de que ese hu es una auténtica cópula está
en ejemplos como el siguiente, en el que se observa que el verbo va con el sujeto
de primera persona ‘yo’ y no sólo con ‘él’:

Hebreo moderno
ani hu ha-student she-Moshe diber itxa alav
yo ser el-estudiante que-Moshe habló-contigo acerca-de-él
‘yo soy el estudiante del que te habló Moshe’

19 Como observan Li y Thompson, este proceso fue sin duda ayudado por el hecho indepen-
diente de que el demostrativo shì dejó de emplearse en otros contextos que no fueran como el
anterior a partir del siglo VI d.C.

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Lo que nos muestran estos ejemplos (drásticamente simplificados) es que una
fuente habitual de cópulas en las lenguas son los pronombres demostrativos y per-
sonales empleados en contextos en los que hacen de enlace. Puede decirse que lo
mismo sucede en el ejemplo de las alas: esa adaptación (en la medida en que lo
sea, que esa es una cuestión distinta) ha sucedido debido a ciertas circunstancias
externas que han favorecido en una misma dirección mutaciones y desarrollos
muy diferentes, mientras que la semejanza entre las alas de los murciélagos y la
de las aves se debe no a su constitución interna, que es muy distinta, sino a su
semejanza funcional. Lo mismo sucede con el desarrollo de cópulas en chino y en
hebreo: son procesos acontecidos por influencia de factores externos (en este caso
el uso y reanálisis de construcciones con elementos de enlace) y la semejanza se
debe a una misma naturaleza funcional (no volar en este caso, sino unir sujetos y
predicados nominales).
En todo caso, y aunque volveremos sobre este asunto, es importante que no-
temos que, al igual que no se puede decir que haya una inclinación natural a que
las patas o los brazos se conviertan en alas, tampoco se puede decir que haya una
tendencia o inclinación natural a que los pronombres se conviertan en cópulas.
Esto puede suceder o no, en dependencia de factores externos y puramente con-
tingentes. El hecho de que el proceso se haya repetido en líneas independientes
(tanto en el caso de las especies naturales como en el de las lenguas) no autoriza a
investir al proceso de necesidad ni de predeterminación.

En tercer lugar, decía Darwin que [3] “la manera como ciertas letras o sonidos se
cambian por otros, recuerda la correlatividad del crecimiento”. En lo que respecta
al ámbito natural se refería el gran naturalista a la simetría variacional en la ana-
tomía animal, esto es, al hecho de que el crecimiento de cada parte del organismo
se adecua al tamaño que va a tener el animal, de manera que animales de muy
diferente tamaño procedentes de un ancestro común (como una vaca y una ballena
azul, por usar un caso extremo) mantienen sus partes homólogas en proporción.
Aunque no es muy explícito al respecto, parece que Darwin compara esto con los
cambios diferenciales sistemáticos del tipo de los que hemos observado en los
cognados anteriores (las “leyes fonéticas”) y que fueron ampliamente difundidos
en todos los medios culturales de la época. Así, todas las palabras que proceden de
un grupo /kt/ latino (octo, lacte, nocte, pecto) se “cambian” por ch en español
(ocho, leche, noche, pecho), por tt en italiano (otto, latte, notte, petto), por (i)t en
catalán (vuit, llet, nit, pit), etc, mostrando una variación diferencial.

A continuación Darwin observa que [4] “la presencia frecuente de rudimentos,


tanto en las lenguas como en las especies, es más notable todavía”. Se refiere a los
órganos vestigiales que tanta importancia habían tenido en su presentación y ar-
gumentación de la teoría en los Orígenes, como por ejemplo los dientes en los
fetos de las ballenas (que cuando crecen carecen de ellos) o los que tienen los ter-
neros antes de nacer y que nunca rompen la encía. Darwin empleó estos frecuen-

39
tes ejemplos para justificar su explicación histórica del diseño animal y vegetal.
Como esos órganos rudimentarios no han podido ser creados por la selección na-
tural, afirmaba Darwin en los Orígenes que “han sido en parte conservados por la
fuerza de la herencia y se refieren a un estado antiguo de cosas” (1859: 600), y
eso es exactamente lo mismo que puede decirse de los correlatos que Darwin
menciona en las lenguas: “en la ortografía de las palabras se conservan a menudo
letras que representan los rudimentos de antiguos modos de pronunciación”. No
hace falta ir a ninguna lengua exótica: la h de palabras españolas como harina,
hijo, hilo, horno, etc. no es sino un vestigio histórico, conservado por la fuerza de
la herencia, de un antiguo sonido aspirado que había sustituido a una f- inicial
latina.
Además de la ortografía que refleja pronunciaciones pasadas, Darwin men-
ciona (aunque no se refleja en la limitada traducción de la que se ha extraído el
párrafo que estamos comentando) la coexistencia entre los pronombres y las for-
mas flexivas que muestran concordancia con el sujeto. Así, citando su propia len-
gua dice: “The letter m in the word am, means I; so that in the expression I am a
superfluous and useless rudiment has been retained” (Darwin, Descent, apud Alter
1999: 101). Aunque en términos actuales sería discutible esa consideración de la
flexión redundante como un rudimento inútil (puesto que su presencia depende a
veces de otras propiedades formales de la lengua en cuestión) en cierto modo
Darwin tiene razón, en tanto en cuanto la presencia obligatoria del pronombre
sujeto en inglés se debe sobre todo a que el resto de verbos no se conjuga como el
verbo ser (to be). En lenguas como el español, con una rica concordancia de suje-
to en todos los verbos, la secuencia yo soy es claramente redundante, por lo que
los hablantes sólo la usan con fines enfáticos.20 En cualquier caso, la idea está
igualmente clara: la estructura morfológica de las lenguas no siempre refleja pro-
piedades actuales o productivas de las lenguas, sino estados pasados de las mis-
mas. Por ejemplo, en inglés la formación regular del plural nominal consiste en la
adición de una –s, de manera que table es ‘mesa’ y tables es ‘mesas’. Sin embar-
go, en un número determinado de ocasiones el plural es irregular, de manera que
el plural de foot ‘pie’ no es foots, sino feet. En realidad ese plural con inflexión
vocálica es etimológicamente el recuerdo de un antiguo sufijo que, además, afec-
taba a la vocal de la raíz. En épocas anteriores ‘pies’ se decía foti, con –i como
marca de plural. Esa –i del sufijo afectó al timbre de la vocal de la raíz (dando
algo parecido a fiti). Cuando, debido a cambios fonéticos independientes, se pier-
de la vocal final, queda la inflexión vocálica (Umlaut en la jerga de la lingüística
histórica) como la única marca del plural. En ese sentido se puede decir que feet
es un vestigio de un sistema flexivo ancestral.

20 Véase más adelante el capítulo 15 para una discusión del llamado “parámetro del sujeto nu-
lo”.

40
Estas cuatro analogías comentadas hasta el momento no sólo reflejan que Darwin
estaba bien al tanto de los logros y vicisitudes de la lingüística histórica de su
tiempo, sino que le servían, apoyándose en ellas, para reafirmar su concepción
algorítmica y ciega de la evolución. Así, del mismo modo que los lingüistas no
explicaban la forma de las lenguas existentes por razones de diseño divino o fina-
lista, sino por acumulación de sucesos históricos contingentes del pasado, también
de esa manera se podrían explicar las propiedades de los organismos naturales.
Veremos en la segunda parte de esta obra que hay muchas razones para pensar
que, en efecto, los sucesos contingentes del pasado tienen un destacado peso en la
explicación de la diversidad estructural de las lenguas.

En quinto lugar menciona Darwin otro extremo relevante de la analogía, aunque


menos importante desde el punto de vista teórico para su defensa de la teoría evo-
lutiva por selección natural: [5] “las lenguas, como los seres orgánicos, pueden
clasificarse por grupos subordinados, ya naturalmente, según su derivación, ya
artificialmente, según otros caracteres”. Se refiere Darwin a que al igual que las
especies, que se pueden clasificar por su forma y estructura (cuadrúpedos) o por
su origen evolutivo (mamíferos), también las lenguas se pueden clasificar según
esos dos criterios: genealógico y tipológico. Y es importante observar que, como
sucede en el ámbito natural, también en el ámbito lingüístico las clasificaciones
genealógicas y las tipológicas tampoco coinciden necesariamente, aunque suelan
hacerlo a rasgos generales. La clasificación genealógica de las lenguas se sigue de
la investigación de su origen, lo que -con la metodología brevemente esbozada-
permite agruparlas en phyla, familias, etc., como las especies naturales. Así, según
el criterio genético o genealógico las lenguas romances (español, francés, italiano,
catalán, gallego, etc.) forman un grupo distinto de las germánicas (inglés, alemán,
holandés, danés, sueco, etc.) o de las eslavas (ruso, polaco, serbio, búlgaro, etc.),
todas ellas susceptibles de clasificación interna más detallada y todas ellas deriva-
das a su vez de clases superiores de la rama común indoeuropea. Pero también es
no sólo posible, sino importante clasificar las lenguas según sus propiedades for-
males y estructurales, independientemente de su origen histórico. Consideremos,
por ejemplo, el asunto del sujeto pronominal mencionado antes. En principio po-
dría decirse que hay dos tipos de lenguas a ese respecto (por eso a esta modalidad
de clasificación se la suele denominar tipológica): las que obligan a la presencia
de un sujeto pronominal o las que no obligan a ello. Basándonos en esa tipología
elemental (las de verdad son más complejas, como veremos con cierto detalle)
podemos mostrar cómo las dos modalidades de clasificación son relevantes. Ya
sabemos que desde el punto de vista histórico tres lenguas como el inglés, el fran-
cés y el español pertenecen a dos clases distintas (el inglés a la rama germánica y
el francés y el español a la románica). Pero desde el punto de vista tipológico
mencionado el inglés y el francés pertenecen al mismo tipo (de sujeto pronominal
obligatorio) mientras que el español pertenece al otro (de sujeto pronominal op-
cional). De forma sintomática, cuando encontramos un verbo impersonal (sin su-

41
jeto lógico) en inglés y en francés se introduce un sujeto expletivo (un pronombre
que no refiera a nada, puramente formal): se dice It rains o Il pleut (lit. ‘ello llue-
ve’) donde en español basta Llueve.
Las clasificaciones tipológicas de las lenguas se pueden basar en infinidad
de rasgos o propiedades formales o incluso léxicas (podríamos clasificar las len-
guas que tienen una palabra simple para decir marrón y las que no, por ejemplo),
pero no todas tienen la misma relevancia, al igual que sucede con los organismos
naturales (por ejemplo podríamos clasificar los animales según si de adultos pesan
más o menos de dos kilos, pero eso no sirve de gran cosa). Las clasificaciones
más importantes tienen que ver con los rasgos más característicos desde el punto
de vista formal y sintáctico (por ejemplo el orden básico de palabras o el perfil
morfológico -si hay o no flexión y palabras complejas, etc.-) y son muy importan-
tes, como las clasificaciones tipológicas de las formas vivas, para intentar com-
prender el abanico de formas disponibles y las razones de su distribución.21

El sexto paralelismo darwiniano es quizá el más conocido y el más fácilmente


comprensible para el no experto: [6] “lenguas y dialectos dominantes se propagan
extensamente y contribuyen a la extinción de otras lenguas”. Uno de los descu-
brimientos fundamentales de la lingüística histórica y de la sociolingüística mo-
dernas es precisamente que la causa fundamental de desaparición o extinción de
lenguas es la competencia con otras lenguas. Así, el proto-indoeurpeo, al exten-
derse por toda Europa en diversas oleadas y épocas acabó con muchas de las len-
guas antes habladas en ese vasto territorio (el vasco, una lengua aislada, es preci-
samente una de las supervivientes) y desde el siglo XV hasta el momento nuevas
versiones de lenguas indoeuropeas (como el español, el inglés o el portugués)
están contribuyendo a la extinción masiva de lenguas de América, África y Ocea-
nía. Salvo casos muy aislados (aunque ciertamente dramáticos) de muerte o ex-
termino de todos sus hablantes, la razón para que una lengua muera (deje de tener
hablantes nativos) suele ser el abandono (voluntario o forzado) de la misma en
favor de otra lengua que, por diversas razones, adoptan los hablantes en detrimen-
to de la suya. Por supuesto que las lenguas no mueren porque estén mejor o peor
adaptadas, o porque tengan tales o cuales propiedades, sino porque las lenguas
asociadas a comunidades más ricas, más poderosas o de más prestigio, indepen-
dientemente de su estructura u origen, ofrecen a los hablantes ventajas sociales y
comunicativas que sus lenguas minoritarias o minorizadas no pueden ofrecer en
un mundo cada vez más global y permeable a la vez que asimétrico culturalmente.
Este punto de la analogía, precisamente por ser el más popular y evidente, tam-

21 La clasificación tipológica de las lenguas y su relación con la clasificación genética será


objeto de discusión más detallada en la segunda parte de esta obra (especialmente en los capí-
tulos 15 a 20).

42
bién ha sido uno de los más sujetos a interpretaciones erróneas y llenas de prejui-
cios.

El séptimo punto del paralelismo tiene una curiosa relación con el anterior. Ob-
servaba Darwin que [7] “la lengua, como la especie, una vez extinguida, no reapa-
rece nunca”. Esta curiosa analogía tiene una dimensión teórica relevante, porque
de nuevo nos habla de la naturaleza puramente contingente e histórica de lenguas
y especies. Ni las lenguas ni las especies dependen como tales de leyes naturales o
necesarias, sino que son el resultado de una acumulación de hechos fortuitos y, en
buena medida, caóticos, lo que precisamente explica su carácter irrepetible. Ahora
bien, es curioso observar que en los dos ámbitos se puede al menos especular con
una actuación humana artificial que enmiende el fatal desenlace. En la célebre
película de Steven Spielberg Jurassic Park se juega con la idea de revitalizar es-
pecies extintas a partir de ADN conservado en la sangre almacenada por mosqui-
tos de hace millones de años atrapados en ámbar. En la práctica eso es imposible,
aunque sólo sea porque del ADN a la construcción real del organismo hay un tre-
cho que no se puede recorrer en el laboratorio. Y también en el ámbito lingüístico
(más bien en el de la política lingüística) se ha coqueteado con esa idea. Lo apa-
sionante es que también en este ámbito el paso de la teoría a la práctica se ha reve-
lado arduo. En principio debería ser teóricamente posible revitalizar una lengua
muerta (o “dormida” como se dice ahora en términos políticamente correctos) a
partir de su “ADN fósil” (los textos en que han perdurado sus manifestaciones del
pasado), pero nunca se ha podido hacer porque siempre falta información cru-
cial.22 Además, como veremos enseguida, la perpetuación de una lengua exige la
continuidad ininterrumpida de los procesos de adqusición de la misma como len-
gua materna o nativa, una cadena que se rompería irremisiblemente al reactivar
una lengua dormida, con lo que el resultado sería, sin remedio, una lengua distin-
ta, aunque con el mismo nombre (esto es, según el criterio político y no lingüístico
de diferenciación).

En octavo lugar Darwin menciona un paralelismo que apenas se ha repetido des-


pués ([8] “un mismo lenguaje no nace nunca en dos puntos a la vez”) y que en
realidad vuelve a insistir en las importantes implicaciones del punto anterior, esto
es, el carácter contingente y fortuito de los objetos históricos que nos cautivan, las
lenguas y las especies naturales.

22 Se suele mencionar como excepción el hebreo moderno, pero en realidad, aunque fue una
lengua que dejó de usarse para la vida cotidiana, se conservó como lengua del culto religioso
y por tanto no se “resucitó” a partir de “fósiles”, sino que se expandió, considerablemente, a
partir de un uso más restringido (y ello aceptando que el hebreo de hace 3.000 años sea la
misma lengua que el actual).

43
El punto noveno, sin embargo, podría considerarse contradictorio, puesto que si
está planteando una analogía al afirmar que [9] “lenguas distintas pueden mez-
clarse y cruzarse unidas”, ésta no puede ser con la noción de especie, ya que las
especies naturales, por definición, no pueden “mezclarse y cruzarse unidas”. Pro-
bablemente Darwin estaba pensando más en variedades y subespecies (que es con
lo que trabajaba fundamentalmente) que en especies propiamente dichas. Pero
aunque no fuera así, y de forma crucialmente interesante, la analogía no sería vá-
lida, ya que, a pesar de las apariencias y de lo que afirman muchos lingüistas, lo
realmente cierto es que tampoco las lenguas pueden “mezclarse y cruzarse uni-
das”.
Esto merece una breve explicación para evitar malentendidos. Por supues-
to que una lengua determinada puede presentar rasgos de otras lenguas (por ejem-
plo préstamos léxicos como los del árabe que impregnan el español, los del fran-
cés medieval que saturan el inglés o los del chino que literalmente rebosan el ja-
ponés) y, de hecho, la influencia de otras lenguas es una de las causas fundamen-
tales de los cambios lingüísticos. Por ejemplo, se decía tradicionalmente que el
español es como es (frente al catalán y al asturiano, etc.) porque los primeros
hablantes del castellano hablaban antes una lengua distinta de la que hablaban los
primeros hablantes del catalán, etc. (el llamado efecto de sustrato) y puede que
esto sea cierto en buena medida, pero eso no significa que el castellano o cual-
quier otra lengua sea en realidad una mezcla de dos (o más) lenguas. Por supuesto
que en cierto sentido de la palabra mezcla, sí se puede decir que una lengua es una
mezcla de dos o más lenguas, pues todas las lenguas (o la inmensa mayoría al
menos) se han visto afectadas en el transcurso de su historia por otras. Pero lo
relevante al respecto es que lo que no parece poderse afirmar es que una lengua
tenga dos madres, esto es, que proceda de dos lenguas. Esa es precisamente una
de las asunciones del ensayo programático de Dixon, uno de los lingüistas más
prestigiosos en el campo de la lingüística histórica:

“In the normal course of linguistic evolution, each language has a single parent. That
is, when two groups of people –each speaking a distinct language- merge to form
one community, with a single language, this will be a genetic descendant of just one
of the original languages, not of both of them equally” (Dixon 1997: 11).

Así, del mismo modo que no surgen nuevas especies por el cruce de dos especies
distintas (en contra de la creencia polular y de lo que hizo pensar el descubrimien-
to del ornitorrinco), tampoco surgen lenguas nuevas por la mezcla de otras len-
guas.
La explicación de por qué esto es así tiene que ver con la manera en que las
lenguas se transmiten de generación en generación. En el caso normal la transmi-
sión de una lengua a otra generación se produce a través de lo que habitualmente
se denomina el proceso de adquisición nativa del lenguaje. Este proceso está re-
gulado por el desarrollo del organismo y estrechamente constreñido. Los niños

44
empiezan a adquirir el lenguaje tan pronto como su desarrollo se lo permite y es
un proceso que no se produce normalmente después del inicio de la pubertad. Es
muy importante recordar además que los niños que se desarrollan en un ambiente
en el que se hablan varias lenguas no desarrollan lenguas mixtas o mezcladas, sino
que desarrollan una facultad del lenguaje más o menos nativa para cada lengua. El
sistema flexivo de una lengua se suele desarrollar en torno a los cuatro años y a la
edad de siete años suele estar desarrollada la sintaxis básica, el sistema fonológico
y la morfología irregular. Otras mejoras en la sintaxis y el léxico suelen llevar más
tiempo. Por su parte, lo único que los adultos parecen capaces de desarrollar nor-
malmente es nuevo vocabulario. En general, los patrones nativos de pronuncia-
ción, morfología flexiva y sintaxis básica suelen resisitirse a la modificación en la
vida adulta. Como señalan Ringe y Warnow (2008: 260) sintetizando los estudios
al respecto, esa es la explicación de que la incorporación exitosa de estructuras
lingüísticas básicas al dialecto nativo procedentes de otras lenguas o dialectos está
normalmente más allá de la capacidad de los adultos. La otra cara de la moneda de
este hecho es que los adultos son muy proclives a incorporar rasgos de su variante
nativa a las lenguas que aprenden imperfectamente después de la adolescencia.
Si el proceso de adquisición nativa del lenguaje es el proceso normal de
transmisión de una lengua de una generación a otra, éste permite establecer un
criterio de ascendencia lingüística según el cual una lengua X procede de otra Y si
y sólo si X se desarrolló a partir de Y a través de una cadena continua de procesos
de adquisición nativa.23
Dixon incluye en su asunción, que se sigue del criterio de ascendencia men-
cionado, la reserva ‘en el curso normal de la evolución lingüística’, precisamente
porque discute algunos aparentes contraejemplos de lenguas en las que se puede
reconocer una mezcla de dos lenguas. Así el maga de Tanzania parece ser una
lengua con vocabulario de la familia cusita y gramática predominantemente de la
familia bantú (dos familias no relacionadas). Sin embargo, Dixon menciona evi-
dencias de que esa lengua en realidad es un código interno de la lengua mbugu
(una lengua plenamente bantú) que emplean los hablantes para autoafirmar su
identidad frente a otras lenguas vecinas bantúes. Esto es, el maga es un registro
léxico especial creado a propósito por los hablantes del mbugu para distinguirse
de sus vecinos también bantúes.
El otro ejemplo citado por Dixon -y también por Ringe y Warnow (2008)-
es el aleuta de la isla de Copper (en el estrecho de Bering), lengua en la que la
morfología nominal y casi toda la gramática es de origen aleutino, mientras que la
morfología de los verbos es de origen ruso, siendo el léxico de ambas fuentes.
Este caso parece más claramente una lengua mixta, pero de nuevo hay interesan-

23 La formulación es de Ringe y Warnow: “Language X at a given time is descended form lan-


guage Y of an earlier time if and only if X developed into Y by means of an unbroken se-
quence of instaces of NLA [natural language acquisition]” (2008: 259).

45
tes circunstancias que aclaran el panorama. Al parecer, relata Dixon, en las Islas
Aleutinas había en el siglo XIX población aleutina y cazadores de focas y comer-
ciantes de pieles rusos, además de un tercer grupo de “criollos”, formado por los
hijos de los hombres rusos y las mujeres aleutinas. La Compañía Ruso-Americana
(el poder comercial de la zona) reconocía a los criollos ciertos privilegios y éstos,
como todo grupo humano, deseaban una identidad étnica distintiva, lo que los
llevó a “inventar” su propia lengua, algo que según Dixon podría haber empezado
como un juego de cambio de código y que después se institucionalizó.
La asunción de una única madre por lengua de Dixon incluye la reserva ‘en
el curso normal de la evolución lingüística’ porque se refiere a la evolución es-
pontánea y excluye aquellos procesos en los que “people purposely invent a
‘mixed language’, or a special language register, as a way of asserting their politi-
cal identity” (Dixon 1997: 13). Según Dixon es muy probable que todas las ex-
cepciones sean de este tipo, esto es, el resultado de ingeniería lingüística delibera-
da,24 categoría en la que se incluirían también las llamadas lenguas criollas (que
suelen presentar también rasgos mezclados, como veremos con más detalle), en el
sentido de que a menudo son el resultado de la “ingeniería” en la mezcla de per-
sonas (normalmente de esclavos o trabajadores).25
En consecuencia el paralelismo también es claro incluso en la excepción:
precisamente estamos asistiendo en nuestro tiempo a la ruptura de las barreras
entre especies naturales de la mano de la ingeniería genética y otras técnicas, lo
que de nuevo parece darle la razón a Darwin.

Por último llegamos al colofón de la analogía darwiniana, que merece la pena


volver a citar completo:

“[10] Vemos en todas ellas la variabilidad adoptando continuamente nuevas expre-


siones; pero como la memoria es limitada, nombres adquiridos y aun lenguas enteras
se extinguen poco a poco. Según la excelente observación de Max Müller, ‘hay una
lucha incesante por la vida en cada lengua entre los nombres y las formas gramati-
cales. Las formas mejores, más breves y más felices, tienden a supeditar a las demás
y deben el triunfo a su valor inherente y propio’. A mi modo de ver se puede agregar
a éstas causas la del amor a la novedad que siente en todas las cosas el espíritu
humano. Esta perpetuidad y conservación de ciertas palabras y formas afortunadas
en la lucha por la existencia es una selección natural” (Darwin 1871: 41-43).

24 “conscious and deliberate language engineering” (Dixon 1997: 13).


25 Un caso semejante es el del michif, una lengua estudiada por Bakker (1997) en la que los
sintagmas verbales son claramente de origen cree (una lengua algonquina) y los sintagmas
nominales son de origen francés. La hipótesis de Bakker es que dicha lengua es una creación
deliberada de sus hablantes (los métis, un pueblo de Canadá) para reforzar su identidad y ex-
cluir a los ajenos. Véase Ringe y Warnow (2008) para otros ejemplos y una reflexión sobre
su tratamiento cladístico.

46
Aquí observamos al principio una aplicación directa de la teoría de la evolución
por medio de la selección natural (que era lo que realmente interesaba a Darwin
de la evolución de las lenguas), para lo que se vale precisamente de la aplicación
de la teoría de la selección natural de Darwin a la lingüística histórica realizada
por el lingüista alemán (afincado en Oxford) Max Müller. Debe notarse que, como
discutiremos extensamente a lo largo de esta obra (y especialmente en los capítu-
los 4 y 5) esta aplicación es inadecuada, no porque el modelo general no sea váli-
do (ya hemos visto que lo es: variación lingüística y selección entre las variantes),
sino porque no lo es el criterio de selección. Según el párrafo que Darwin cita de
Müller se seleccionan de entre las variantes “las formas mejores, más breves y
más felices” que “tienden a supeditar a las demás y deben el triunfo a su valor
inherente y propio”, algo absolutamente infundado y que nos llevaría a la predic-
ción de que las palabras de los estados de lengua pasados serían peores, más lar-
gas y menos felices, lo cual es, además de sospechoso, empíricamente falso. El
propio genio inglés debió de percatarse de ello pero, inteligentemente, no renuncia
a la explicación, algo que no podía hacer porque Müller era una autoridad conoci-
da en la materia y porque además, al fin y al cabo, eso era lo que decía su propio
modelo aplicado a los organismos naturales (“the survival of the fittest”). Lo que
hace es añadir una coletilla crucial: “a mi modo de ver se puede agregar a estas
causas la del amor a la novedad que siente en todas las cosas el espíritu humano”,
algo que, sin ser la solución, está mucho más en la línea de la explicación correcta
que la alusión a la brevedad o la felicidad de las palabras o construcciones. Como
veremos, esa línea correcta es la que nos dice que la razón por la que una variante
lingüística se propaga frente a sus rivales no tiene que ver directamente con su
valor funcional o cognitivo, sino con el prestigio que algunos hablantes tienen
frente a otros, esto es, con la imitación de los modelos lingüísticos socialmente
prestigiosos. Y el prestigio, dependiendo de la época y el momento, se puede ad-
quirir por usar formas anticuadas, por innovar o simplemente por hablar de mane-
ra diferente (novedosa) a como lo hacen los demás.

Hasta el momento hemos visto que la comparación entre lenguas y especies no


sólo tiene una venerable historia en las dos ciencias implicadas -la biología evolu-
tiva y la lingüística histórica-, sino que también es una comparación basada en
semejanzas reales e interesantes que van más allá de la curiosa coincidencia. Pero
estas semejanzas requieren de una explicación más detallada y exacta. A lo que
nos hemos enfrentado hasta ahora es a una comparación basada en la intuición y,
aunque ilustrativa y cautivadora, bastante poco precisa. Necesitamos pues, para
comprender adecuadamente por qué funciona la comparación y para saber hasta
dónde puede llevarnos, establecer más claramente cuáles son exactamente los
términos de la comparación, esto es, establecer con precisión cuales son los equi-
valentes en el ámbito lingüístico de los conceptos biológicos de gen, ADN, órgano
del cuerpo, organismo, especie, etc., empleados en la explicación de la evolución
natural.

47
Para ello dedicaremos el próximo capítulo a presentar brevemente cuál es la con-
cepción del lenguaje que puede proporcionar los términos de la comparación ade-
cuados y en el capítulo 6 se propondrá una teoría explícita sobre la naturaleza de
los términos de la comparación entre ambos dominios evolutivos.

48
3. El lenguaje como instinto y como cultura
Individual languages are on their own odyssey
through time, and they are liable to change,
sometime, dramatically; some of those changes
reveal something about the nature of the lan-
guage or about language in general
David Lightfoot

Hemos visto en el capítulo anterior que el equivalente lingüístico de la herencia


genética es el hecho de que las lenguas se transmiten de una generación a otra a
través de instancias de procesos de adqusición nativa, esto es, lo que se ha llama-
do la transmisión tradicional de las lenguas.
Esto es evidente porque todo el mundo sabe que los niños no nacen sabien-
do hablar, sino que aprenden a hacerlo en función de la lengua (o lenguas) que se
habla (o hablan) en su entorno. Así, la hija de una pareja alemana hablará alemán,
pero no porque los genes de sus padres determinen que acabará hablando alemán
(como suponía erróneamente Schleicher), sino porque en el período de vida inicial
de esa nueva persona la lengua dominante del entorno es el alemán. Si nada más
nacer esa niña fuera adoptada por una familia de habla japonesa, la niña acabaría
hablando japonés con la fluidez de cualquier hablante nativo de esa lengua, a pe-
sar de sus probables pelo rubio y redondos ojos azules, tan distintos de los de los
japoneses. El entorno social no puede determinar el color del pelo o de los ojos de
la niña (eso dependerá de los genes de sus padres) pero sí la lengua materna.
Este hecho evidente y notable ha llevado a creer que el lenguaje es un fe-
nómeno puramente social o cultural. Pero no parece que esa sea toda la historia, ni
mucho menos.
A partir sobre todo de las ideas y teorías del lingüista norteamericano Noam
Chomsky, se ha puesto de manifiesto durante la segunda mitad del siglo XX que
la lengua que una persona habla no es únicamente un sistema de conocimiento
aprendido del entorno, sino que también está implicada una cierta predisposición
natural, de manera que los padres no sólo transmiten a sus descendientes rasgos
físicos como el color del pelo y de los ojos, sino la capacidad de aprender a hablar
una lengua humana. Esto también es evidente en realidad, puesto que un jilguero
que se críe en el mismo ambiente que un niño no aprenderá alemán o japonés,
sino el lenguaje de los jilgueros. Al margen ahora de si ese “instinto del lenguaje”
(como lo ha denominado afortunadamente el psicolingüista Steven Pinker) es ex-
clusivo de nuestra especie o no, o de si es un sistema específico para el lenguaje o
subyace también a otras capacidades cognitivas, lo cierto es que los humanos es-
tamos dotados de él en exclusiva.
Por supuesto que podemos concebir el lenguaje como un objeto cultural o
como una institución social, y vamos a ver que la lingüística histórica se basa
esencialmente en esa dimensión, pero como decía Chomsky ya en los años cin-

49
cuenta del siglo XX, la razón de su interés por el lenguaje es la de considerarlo,
por usar una expresión tradicional, como un espejo de la mente y, en términos más
modernos, como una ventana de acceso al cerebro.
Esta observación de Chomsky se basa en que su concepción del lenguaje
implica realmente que buena parte de la complejidad y de la estructura de las len-
guas naturales que hablamos los seres humanos no procede realmente de fuera,
del entorno, sino de dentro, del propio organismo. Chomsky se ha distinguido por
fomentar una concepción innatista del lenguaje, y para ello puso sobre la mesa el
argumento de que “la adquisición infantil de una lengua natural sería una hazaña
intelectual extraordinaria para una criatura que no estuviera específicamente dise-
ñada para desempeñar esa tarea” (1975: 12)
Pero es un hecho que cualquier niño adquiere ese conocimiento sobre la ba-
se de unos datos y de unas instrucciones mínimas y confusas, sin un entrenamien-
to específico y muchas veces incluso en condiciones desfavorables. Objetivamen-
te es mucho más difícil aprender a hablar una lengua que a escribir sin faltas de
ortografía (pensemos, por ejemplo en un ordenador). Sin embargo, cualquier ser
humano, independientemente de su entorno social y cultural, de su nivel intelec-
tual, de si ha sido escolarizado o no, etc., habla con la fluidez de un nativo una
lengua a la edad de cuatro o cinco años, mientras que sólo los individuos que reci-
ben una instrucción específica y continuada durante años aprenden a escribir co-
rrectamente (y muchos ni en ese caso). Por ponerlo en términos más simples:
cualquier niño normal de cuatro años es un genio en sintaxis pero bastante torpe
en otras tareas cognitivas y psicomotrices relativamente simples pero que requie-
ren de entrenamiento, como atarse los cordones de los zapatos o pelar una manza-
na.
Cuando a partir de un estímulo caótico e inconsistente (como lo son los da-
tos lingüísticos del entorno a los que está expuesto el niño) todos los individuos
convergen en un sistema de conocimiento relativamente homogéneo y estable
(una lengua), es lícito sospechar que hay un condicionamiento biológico o natural.
Simplificando mucho, a ese condicionamiento biológico (innato entonces)
que determina qué propiedades debe tener una lengua humana posible y que ex-
plica nuestra capacidad para aprenderlas y usarlas, es a lo que suele denominarse
Gramática Universal (GU en lo sucesivo). La GU puede considerarse una propie-
dad de nuestra especie, precisamente la que explica que un niño aprenda a hablar
adecuadamente la lengua del entorno y un jilguero expuesto a estímulos similares
no lo haga. Se puede argumentar que eso sucede porque el niño tiene mayor capa-
cidad de aprender que el jilguero. Pero en realidad eso es lo que se afirma cuando
se dice que el niño dispone de ese sistema de aprendizaje del lenguaje y el jilguero
no. El jilguero dispondrá asimismo de sistemas de aprendizaje de los que carece el
niño.
En la formulación ya clásica de Chomsky (1986), la GU se puede concebir
como el estado inicial de la facultad del lenguaje de una persona. Ese estado ini-
cial, común a todos los humanos y previo a la experiencia, proyecta, a través del

50
estímulo lingüístico externo y de la propia maduración del individuo, un estado
estable, esto es, un sistema de conocimiento que permite a esa persona hablar y
entender una lengua en particular (o más de una). En este sentido, la GU es el ge-
notipo de los diversos sistemas de conocimiento (lenguas) que se desarrollan en la
mente de las personas26.
Y ese es precisamente el objeto de estudio de la lingüística chomskiana: un
sistema de conocimiento, esto es, un estado o propiedad de la mente y del cerebro
de una persona que le permite hablar y entender una lengua. A ese sistema de co-
nocimiento es a lo que se denomina técnicamente la lengua interiorizada de una
persona (lengua-i en lo sucesivo). Puede ser útil imaginar ese sistema de conoci-
miento o lengua-i como una gramática mental. En este sentido, la gramática men-
tal de una persona es un estado fenotípico de la facultad del lenguaje y constituye
el órgano del lenguaje de esa persona.27
Al concepto de lengua-i se le opone en esta tradición chomskiana biolin-
güística (también llamada generativista por razones históricas) la noción de len-
gua exteriorizada o lengua-e. Como tendremos ocasión de ver más adelante, la
lengua-e se ha definido de muchas maneras y, en general, no se considera un con-
cepto científico en este contexto. Lengua-e es un término que Chomsky y sus se-
guidores emplean para referirse al concepto común de lengua como un objeto ex-
terno, esto es, como una institución social o cultural. En esta obra le daremos un
uso técnico diferente.
El objetivo de la lingüística así concebida es entonces construir un modelo
teórico de la gramática mental o lengua-i, de manera que dicho modelo genere
única y exclusivamente las oraciones gramaticales de una lengua determinada (un
número potencialmente infinito que no se puede memorizar). Estos modelos teóri-
cos suelen consistir en sofisticados sistemas de reglas y principios que no sólo
están restringidos por la necesidad de predecir las (potencialmente infinitas) ora-
ciones gramaticales y agramaticales de tal o cual lengua, sino que deben ser lo
suficientemente generales como para formar parte de la GU que restringe el for-
mato de cualquier gramática humana posible.
Veamos un par de ejemplos que clarifiquen esto, aunque volveremos sobre
ello con detalle en capítulos posteriores. Cualquier hablante del español, sepa o no
escribir y sea cual sea su carácter, su religión o su nacionalidad, sabe que partien-
do de la oración He leído un libro sobre anatomía, puede hacer la pregunta ¿So-
bre qué has leído un libro?

26 Esta caracterización de la GU, aunque adecuada en términos generales, es muy vaga y pro-
blemática en un análisis más detallado, razón por la cual volveremos sobre ella con más deta-
lle en el capítulo 13.
27 Por ello algunos autores defienden que este tipo de lingüística es un tipo de fisiología cogni-
tiva: la fisiología de un órgano mental (véase a este respecto la excelente presentación de
Anderson y Lightfoot 2002).

51
Sin embargo, frente a una oración muy similar como El libro sobre anatomía es
gordo, ningún hablante formaría la pregunta ¿Sobre qué es gordo el libro?, a pe-
sar de que la operación realizada es la misma en las dos oraciones (toscamente, el
desplazamiento al principio de la oración del sintagma sobre qué, complemento
de el libro).
Puede parecer una trivialidad insustancial, pero está claro que un modelo
teórico de qué hay en la mente y en el cerebro de una persona que habla español
debe predecir ese comportamiento si quiere ser empírico, y debe explicar además
cómo los hablantes del español han aprendido eso. Nótese que no se trata de as-
pectos de la morfología flexiva que se suelen corregir en la infancia, como cuando
los niños dicen cabo en vez de quepo y los adultos les corrigen hasta que acaban
diciendo quepo, sino de propiedades bastante sofisticadas de la sintaxis que ni los
padres ni los maestros de los niños sabrían siquiera explicitar, mucho menos en-
señar.
Las lenguas humanas están literalmente repletas de restricciones y princi-
pios de ese tipo y los niños los adquieren sin evidencia directa de ellas y sin ins-
trucciones específicas. Nótese que, a diferencia de lo que sucede con el ejemplo
de la morfología regularizadora mencionado, no se da el caso de que los niños
digan cosas como ¿Sobré qué es gordo el libro? y sus padres o tutores les corri-
gen hasta que dejan de decirlo. En otras palabras, no aprenden esas reglas y prin-
cipios por el método de ensayo y error, como otras muchas cosas (entre ellas parte
de la morfología irregular), sino que, aparentemente, llega un momento en el que
simplemente las saben. Sin que nadie se lo haya explicado, llega un momento en
el que cualquier niño de cuatro o cinco años sabe inconscientemente qué es una
oración, un sujeto, un objeto directo y si se puede extraer del sujeto o del objeto
un sintagma interrogativo o no.
En cierto sentido se podría decir que buena parte de lo que implica hablar
una lengua es una actividad más parecida a respirar o hacer la digestión (esto es,
actividades en cierto modo programadas por nuestra naturaleza biológica y de las
que somos inconscientes), que a recitar los afluentes de un río o aprender el cami-
no de vuelta a casa (esto es, actividades que dependen fundamentalmente del
aprendizaje y el entrenamiento).
La restricción que explica el contraste entre los ejemplos mencionados, sin
entrar en detalles, tiene que ver con las posiciones estructurales que ocupan los
argumentos del verbo respecto del propio verbo en una configuración sintáctica
jerárquica que no está en absoluto disponible en los enunciados que el niño oye.
Lo interesante de esa restricción, llamada “restricción sobre los dominios de ex-
tracción” (y que en palabras llanas viene a decir que sólo se puede extraer un
constituyente interrogativo de un argumento del verbo si éste es el objeto directo)
es que no sólo parece aprenderse sin evidencia directa ni instrucciones específicas,
sino que es aparentemente universal. Esto es, que ese contraste que hemos visto

52
entre oraciones del español es el mismo en el resto de los miles de lenguas que se
hablan en el mundo.28
Cuando observamos una propiedad de una lengua que aparentemente no se
puede aprender por pura imitación y que además se presenta en muchas lenguas
diferentes, automáticamente estamos autorizados a estipular que esa propiedad
viene determinada por la GU, esto es, que en realidad no tiene que ser aprendida
porque ya forma parte de nuestra dotación cognitiva inicial, esto es, por decirlo
así, es consecuencia de “cómo estamos hechos”.29
Pero también es muy relevante en este punto considerar otras propiedades
que también forman parte de la lengua-i de cualquier hablante del español pero no
necesariamente de cualquier lengua-i. Consideremos la oración Hombre el pastel
el comido ha. Cualquier hablante nativo del español sabe que esa oración está mal
formada en su lengua, incluso aunque entienda lo que significa (o sea que ‘el
hombre ha comido el pastel’). Está claro que la lengua-i de un hablante del espa-
ñol exige que el artículo vaya delante del nombre (esto es, que hay que decir el
hombre y el pastel y no hombre el ni pastel el), que el objeto directo vaya nor-
malmente detrás del verbo y no delante (ha comido el pastel y no el pastel ha co-
mido) y que el verbo auxiliar vaya delante del verbo léxico y no al revés (esto es,
que hay que decir ha comido y no comido ha). Pero esto no es así en todas las
lenguas, ni mucho menos. Por ejemplo, en vasco, cambiadas las palabras españo-
las por las correspondientes vascas, la oración hombre el pastel el comido ha sería
perfectamente normal (así, dicen Gizonak gozoia jan du, lit. ‘hombre-el pastel-el
comido ha’), mientras que la oración Ak gizon du jan a gozoi (El hombre ha co-
mido el pastel) sonaría aberrante. Y lo mismo en decenas de leguas tan dignas,
útiles y respetables como lo pueda ser el español.
Lo relevante de todo esto es que la propiedad que diferencia ambas oracio-
nes (esto es, el orden básico de palabras) no es ni puede ser una propiedad de la
GU, puesto que ya sabemos que la GU, por definición, incluye sólo las propieda-
des que son comunes a todas las lenguas y que no tienen que aprenderse del en-
torno, dado que forman parte de nuestra dotación cognitiva en tanto en cuanto que
seres humanos.
De manera especialmente interesante para lo que nos interesa en este mo-
mento, podemos concluir que aquellas propiedades que varían de una lengua a
otra son precisamente aquellas propiedades que no dependen de nuestra dotación
biológica ni forman parte de la GU, esto es, son aquellas propiedades que tenemos
que aprender a partir de los datos del entorno. Y son aquellas partes del lenguaje
que tenemos que aprender del entorno las que están sujetas al cambio lingüístico.

28 A esas propiedades se las suele llamar, algo exageradamente, universales.


29 Un asunto diferente, que más adelante consideraremos, es determinar cómo se ha formado
evolutivamente esa GU o si esa restricción afecta sólo al lenguaje o también a otros sistemas
de conocimiento. Este asunto, aunque muy relevante en general, no debe preocuparnos ahora.

53
Así, por muchos cambios históricos que sucedan a una lengua a lo largo del tiem-
po, ésta nunca dejará de ser una lengua humana y siempre estará sujeta a las pro-
piedades de la GU, puesto que ésta es un prerrequisito para que algo sea una len-
gua humana. Por tanto, podemos esperar que ningún cambio lingüístico podrá
hacer que deje de ser aplicable la “condición sobre los dominios de extracción”
que hemos mencionado, si es que se demostrara que es empíricamente correcta.
Por el contrario, las propiedades que están sujetas a variación entre lenguas
(como el caso del orden básico de palabras considerado), son precisamente aque-
llas que dependen de las circunstancias particulares del entorno, esto es, son las
que tienen que ser aprendidas a partir de los datos del entorno lingüístico y, cru-
cialmente, como una consecuencia de ello, las que pueden cambiar con el tiempo.
Por ejemplo, el inglés de hace mil años se parecía más al modelo vasco en lo que
respecta al orden de palabras, mientras que el inglés de hoy (y el de Shakespeare)
se parece más al modelo español. Y lo mismo le ha sucedido al español si lo com-
paramos con el orden de palabras más natural en el latín del que procede.
A aquellas propiedades que dependen del entorno y no de la GU se las suele
llamar propiedades paramétricas, en parte porque, como veremos con detalle,
algunos modelos teóricos las concebían como opciones limitadas que, por así de-
cirlo, la GU deja sin especificar. En términos muy simplificados, es como si la
GU determinara, por ejemplo, que tiene que haber sujetos (S), verbos (V) y obje-
tos directos (O), pero dejara sin especificar el orden relativo entre ellos, por lo que
cada lengua representaría una elección entre un rango determinado de órdenes
posibles. Cada elección (SVO, como el español, SOV, como el vasco, VSO como
el gaélico irlandés, etc.) representaría una opción paramétrica determinada. Lo
que implica lo mismo que decir que un niño que se enfrenta a la tarea de aprender
la lengua del entorno no tiene que aprender qué es un sujeto, un objeto directo o
un verbo (ni qué se puede extraer de cada argumento, afortunadamente, porque en
tal caso no podría hacerlo, o al menos no tan pronto como lo hace), pero sí tendrá
que aprender cuál es el orden básico entre ellos en dicha lengua.
Una consecuencia directa de toda esta concepción es que la noción de
aprendizaje del lenguaje ha cambiado drásticamente. Antes de la influencia deci-
siva de Chomsky y sus seguidores la opinión general era que las lenguas se apren-
dían por imitación de la lengua del entorno. En la actualidad esta opinión ya es
minoritaria. Aunque hay mucho de imitación y de aprendizaje en el desarrollo del
lenguaje, parece claro que parte central de la estructura de las lenguas no se
aprende en realidad y, por tanto, no varía de unas lenguas a otras. Una implicación
crucial de esto es que las lenguas son en realidad mucho más parecidas entre sí de
lo que aparentan y, sobre todo, que el cambio lingüístico sólo puede afectar a
aquellas propiedades que no dependen de la GU.
Sin embargo, hay que reconocer que la intuición no nos lleva por ese cami-
no. Todo el mundo sabe de primera mano que el hablar una lengua no implica en
absoluto hablar o entender las demás. Además, cualquier hisoanohablante que

54
haya estudiado un poco de latín o que haya leído (o intentado leer) el Poema de
mío Cid sabe que las lenguas cambian mucho, a veces en muy poco tiempo.
Pero lo mismo sucede con la vida sobre nuestro planeta. La apariencia es de
una variación exuberante, de una diversidad sin límites y, sin embargo, lo cierto es
que todas las formas de vida en la Tierra (las únicas que conocemos) son extraor-
dinariamente semejantes y se basan en los mismos principios químicos elementa-
les.
Para observar esto más claramente olvidemos de momento la comparación
entre lenguas y especies y consideremos una comparación, también frecuente en
la bibliografía, entre las lenguas y las razas humanas.
Como las diferentes razas humanas, podría decirse que las lenguas respon-
den a un esquema esencialmente idéntico en un análisis profundo, pero resultan
muy diferentes observadas superficialmente. De hecho las razas no son entidades
reales desde el punto de vista científico, esto es, no existen como tales, ya que no
responden a una definición biológica clara y precisa. Todos los seres humanos
formamos un continuo dentro de la misma especie que no está fragmentado en
clases naturalmente definidas. De hecho, a veces hay más diferencias genéticas
entre individuos de diversos pueblos del sur de África (todos de piel negra) que
entre, por ejemplo, un japonés y un sueco, lo cual es razonable porque la inmensa
mayoría de la humanidad que vive fuera de África desciende de sólo algunos de
los grupos que emigraron de ese continente.
Lo que sucede es que algunas diferencias entre humanos, por ser precisa-
mente superficiales, son muy llamativas (color de la piel y del cabello, forma de
los ojos, forma del cráneo, estatura, masa corporal, etc.) y nos dan la impresión de
que estamos fragmentados en clases estancas y con su propia entidad. A nadie se
le ocurriría clasificar los seres humanos por el tamaño del hígado o por el número
de pelos en las cejas, pero serían criterios tan válidos como los tradicionales del
color de la piel o la forma de los ojos. La hipótesis que defiende el modelo biolin-
güístico es que las lenguas, en el fondo, también serían muy semejantes entre sí,
pero como sus parámetros de variación son muy superficiales (como el orden de
palabras, comparable al color del pelo) dan la sensación de ser radicalmente dis-
tintas cuando las comparamos.
En conclusión podemos decir que la comparación entre lenguas y especies
sigue siendo fructífera cuando nos hacemos preguntas muy generales, del tipo de
¿por qué hay diversas especies? La respuesta la dio Darwin: hay diversas especies
porque los organismos no son inmutables, porque cambian. La respuesta a la pre-
gunta análoga (¿por qué hay diversas lenguas?) se reduce a lo mismo: hay diver-
sas lenguas, no porque el talante de los pueblos que las hablan sea distinto, ni por-
que vean el mundo de formas diferentes (que es la respuesta que se ha dado tradi-
cionalmente), sino porque las lenguas cambian. A la pregunta lógicamente si-
guiente (¿por qué cambian los organismos?) la respuesta que ha dado la biología
es que cambian porque no se replican de manera perfecta, y la misma respuesta
nos sirve para la pregunta paralela (¿por qué cambian las lenguas?): porque tene-

55
mos que aprender algunas propiedades a partir de los datos del entorno y ese pro-
ceso tampoco es perfecto.
Veamos un ejemplo sencillo. Empleando un afortunada metáfora de Pinker
(1994) podríamos decir que cada eslabón de la cadena de transmisión del lenguaje
de unas generaciones a otras es un cerebro humano, y ese cerebro, dotado de unos
requerimientos sobre la forma de la lengua que se ha de aprender, impone una
estructura, una organización, a los datos lingüísticos. Debe tenerse en cuenta que
los enunciados lingüísticos llegan al oído en forma de cadenas lineales y continuas
de sonido y que es el cerebro el que analiza o descompone esas cadenas lineales y
continuas de sonidos en estructuras segmentadas (palabras, frases) y jerárquica-
mente estructuradas “devolviendo”, por así decirlo, significados completos aso-
ciados a las cadenas de sonidos.
En el caso normal (probablemente ideal), el análisis que el cerebro del niño
(o en general del oyente) hace del enunciado percibido es el mismo que el que
hacía el adulto (o el hablante), pero la propia naturaleza continua del habla y la
ambigüedad y oscilación de sus manifestaciones en cualquier comunidad lingüís-
tica puede causar pequeños desajustes en el análisis, esto es, pueden ocurrir proce-
sos de reanálisis (esto es, mutaciones). En la mayoría de las ocasiones esos proce-
sos no tendrán ninguna influencia en las gramáticas mentales, pero en las circuns-
tancias adecuadas, esos desajustes pueden dar lugar a cambios lingüísticos de gran
envergadura, tanto en el ámbito léxico, como en el fonológico, el morfológico o el
sintáctico.
En términos muy simples, el reanálisis consiste en conferir a un morfema,
una palabra o un fonema una organización, estatuto o naturaleza distinta de la
original. El ámbito léxico nos da los mejores ejemplos. Para la mayoría de hablan-
tes del español ibérico el aparato que empleamos para sintonizar y escuchar emi-
soras de radio se denomina radio, un nombre de género femenino, de manera que
decimos la radio, una radio, etc. Pero no todo el mundo lo dice así. Para algunos
hablantes, normalmente de cierta edad y poca instrucción, radio es una palabra
masculina.30 Así, si oímos la secuencia continua unarradio, por ejemplo en una
oración como mecompraunarradio (así suena Me he comprado una radio, pues
así es como la gente habla normalmente, sin pausas entre palabras), en principio
caben dos análisis distintos:

a) Interpretar que la partición entre palabras de ese continuo de sonido


va entre una y radio (esto es una/rradio), lo que implica un artículo
femenino (una) y un nombre femenino (radio).

30 En lo que no les falta cierta razón, puesto que en español normalmente la palabras acabadas
en –o son masculinas y las acabadas en –a son femeninas; de hecho, esta terminación es uno
de los campos de batalla sobre el uso sexista del lenguaje.

56
b) Interpretar que la partición entre palabras de ese continuo de sonido
va entre un y arradio (esto es, un/arradio), lo que implica un artícu-
lo masculino (un) y un nombre masculino (arradio).

Las personas que hacen el análisis de (b) normalmente dicen cosas como el arra-
dio o unos arradios en un ejercicio de total coherencia. Históricamente sabemos
que la “opción correcta” es la (a), pero ello no implica que la (b) no sea correcta.
Lo correcto en una lengua no es lo que dicen las academias ni los puristas colum-
nistas de periódicos, sino lo que dicen los hablantes. En la actualidad la opción (a)
es la normativa y la mayoritaria, pero bien pudiera ser que la opción (b) se exten-
diera cada vez más y acabara haciendo olvidar a otras generaciones que en el pa-
sado la gente se reía de los que decían el arradio.
Un ejemplo similar y en el que el reanálisis alternativo se ha acabado impo-
niendo a buena parte de la población es el del hipocorístico de mujer español
Concha, derivado por regresión de un reanálisis (esto es, “falso análisis”) de Con-
chita como si fuera un diminutivo en español. Pero Conchita no es un diminutivo
históricamente, sino un préstamo del italiano Concetta, del latín Concepta, donde
no hay sombra de diminutivo.31 Los cambios lingüísticos tienen típicamente esta
estructura, aunque las circunstancias concretas varían mucho. En función de qué
tipo de reanálisis se produzca nos podemos encontrar con cambios relativamente
insignificantes en la estructura gramatical y fonológica de una lengua, como los
descritos, o ante cambios que modifican radicalmente la fisonomía y la estructura
de las lenguas. Por ejemplo, si una posposición (esto es, una preposición que se
pone al final) se reanaliza como una marca de caso morfológico pasamos de una
lengua sin marcas de caso (como el inglés o el francés) a una lengua con marcas
de caso (como el latín o el vasco). De hecho hemos visto un caso concreto (el de
las cópulas) al ejemplificar el segundo de los puntos de la analogía entre lenguas y
especies de Darwin, y veremos algunos otros con más detalle conforme avance-
mos.
Si volvemos a considerar la evolución natural, observaremos que las muta-
ciones genéticas son azarosas e impredecibles y muchas de ellas (la mayoría) des-
aparecen con el organismo en el que se originaron o con la extinción de sus des-
cendientes, que es lo mismo que sucede con buena parte de las variaciones o in-
novaciones lingüísticas (esto es, desaparecen con sus usuarios primeros o, senci-
llamente, se abandonan u olvidan).

31 Más completo aún es el cambio que relata Pinker (1994) parecido al de la radio (o del arra-
dio) descrito y en el que la forma original ha desaparecido: la palabra inglesa orange (‘naran-
ja’) era en su origen norange (derivado precisamente del español naranja), pero la forma se
reanalizó como orange atribuyéndose la n inicial a la variante prevocálica del indefinido in-
glés a/an: la secuencia original a norange (‘una naranja’) se reanalizó como an orange (del
mismo significado y mismo sonido) y ese error de análisis se terminó extendiendo a toda la
población.

57
Los factores que en biología evolutiva determinan las mutaciones que se han de
perpetuar y extender tienen que ver esencialmente con las ventajas reproductivas
que implican, o con que se asocien a otras mutaciones que tienen tales ventajas
aunque en sí mismas no impliquen ninguna de ellas, esto es, con lo que Darwin
denominó selección natural. Pero las variaciones lingüísticas no se pueden medir
en ese sentido funcional estricto: la relevancia de la estructura social en los proce-
sos de cambio puesta de manifiesto por los estudios sociolingüísticos implica que
los factores que benefician ciertos cambios y detienen otros no tienen que ver ne-
cesariamente con la eficacia en el procesamiento o con la mejor adecuación a los
propósitos comunicativos de un determinado rasgo, sino con el hecho de que los
hablantes tienden a imitar la forma de hablar de ciertos modelos, a rechazar otros,
o a acentuar con su comportamiento lingüístico su comportamiento social.
En consecuencia, en lingüística histórica cambio no debería significar opti-
mización funcional, como tampoco debería hacerlo, de hecho, en la teoría evoluti-
va (aunque, como veremos, ese es un tema muy debatido en el seno de la biología
evolutiva y subyace a la propia noción de evolución). Por supuesto que en el ám-
bito de la lingüística histórica también se han formulado propuestas que conside-
ran los cambios como procesos que de alguna manera mejoran o refinan las len-
guas (ya nos hemos encontrado con la opinión de Max Müller). Esta es, de hecho,
una conclusión prácticamente inevitable de las llamadas aproximaciones funcio-
nalistas al problema del cambio lingüístico y forma parte las intuiciones de senti-
do común que sostenemos antes de reflexionar seriamente sobre el asunto. Pero ya
sabemos que la intuición no siempre es buena compañera cuando hacemos cien-
cia.
Puestos a incorporar nociones e ideas de la biología evolutiva a la teoría del
cambio lingüístico, deberíamos inspirarnos en los modelos correctos de la evolu-
ción.32
Veremos en las páginas siguientes que no tenemos razones para pensar que
haya una dirección predeterminada en el cambio lingüístico, como no la hay en la
evolución natural. Por supuesto, los cambios lingüísticos no son puramente azaro-
sos y caóticos, como no lo es tampoco la evolución natural, ya que ambos tipos de
evolución están constreñidos o canalizados por leyes naturales (de distinto rango
en cada caso, claro está) y por otros factores, incluyendo la propia historia ante-
rior. Pero en realidad no podemos decir que un chimpancé esté más o menos evo-
lucionado, o que sea más o menos perfecto o mejor o peor adaptado que un coco-
drilo, y tampoco podemos decir que tal o cuál lengua sea más eficaz, más refina-
da, más adecuada o más evolucionada que otra. Un cocodrilo está mejor adaptado
para vivir en un río que un chimpancé, a pesar de que su diseño sea en cierto sen-

32 Como señala la teórica del cambio lingüístico April MacMahon, “interpretations of the term
evolution as meaning progressive advancement or goal-directed activity are badly motivated
and should not be borrowed into linguistics” (MacMahon 1994: 340)

58
tido más antiguo o ancestral. Del mismo modo, el inglés es una lengua mucho más
adecuada que el español para hablar con los que hablan inglés, pero poco más
podemos decir a este respecto. Hay lenguas más antiguas que otras, al igual que
hay especies más antiguas que otras, pero esa apreciación puede ser engañosa y, si
las miramos detenidamente, observaremos que todas están hechas de lo mismo:
las especies están sincronizadas con el mundo, y las lenguas con nuestros cere-
bros, con nuestra naturaleza.
Por todo ello puede decirse que las lenguas humanas tienen una doble natu-
raleza. Por una parte, una lengua-i es un objeto natural, ya que es una propiedad
de la mente y del cerebro de una persona cualquiera. Es, por usar un término hoy
más de moda, su órgano mental del lenguaje. Y salvo que sostengamos una visión
dualista del mundo (esto es, salvo que pensemos que existe realmente una dife-
rencia ontológica real entre cuerpo y alma o entre cuerpo y espíritu) tendremos
que estar de acuerdo con la idea que ha defendido Chomsky de que un órgano
mental es un órgano del cuerpo y, por tanto, un objeto natural.
Pero una lengua-i también es un objeto histórico, puesto que su estructura y
organización, sus propiedades, no dependen únicamente de las leyes de la natura-
leza, sino del pasado, de las circunstancias históricas. La lengua-i de una persona
que habla español y de otra que habla árabe son parecidas porque son instancias
distintas del mismo órgano mental, pero son también diferentes porque las cir-
cunstancias históricas en la formación y evolución de cada una han sido diferen-
tes. Exactamente lo mismo pasa con los organismos naturales. Un caballo es un
objeto natural, quién lo duda, pero también es un objeto histórico. Un caballo se
parece mucho a una sardina desde el punto de vista bioquímico, están hechos de
lo mismo y son formas distintas de vida, de la misma vida, pero también son obje-
tos muy distintos porque su historia peculiar ha sido diferente.
En el capítulo siguiente vamos a observar que el paralelismo intrigante entre
lenguas y especies ha ido mucho más allá de lo que imaginaban quienes primero
lo formularon, puesto que también las ciencias que estudian la evolución de las
lenguas y de las especies han llevado caminos paralelos de forma relativamente
independiente.

59
60
4. Otro curioso paralelismo:
a la sombra de la teoría de la evolución
Mechanistic biologists assume an organism-as-
crystal and adaptationists an organism-as-
artifact concept
George C. Williams

Hemos visto que Darwin concluyó que la evolución de las especies y la de las
lenguas humanas eran curiosamente paralelas (o la misma). Poco podía imaginar
que con el paso del tiempo también habría un curioso paralelismo en el desarrollo
de las teorías de la evolución y del cambio lingüístico.
Puede decirse que el fragmento de Darwin que hemos comentado en el capí-
tulo 2 representa el cénit de la analogía y que a partir de ahí decayó, hasta muy
recientemente. Una razón poderosa de ese desafortunado decaimiento fue el cam-
bio en la concepción del lenguaje que llegaría de mano de los neogramáticos a
finales del siglo XIX y sobre todo del estructuralismo europeo, especialmente del
funcionalismo de la Escuela de Praga, ya en el siglo XX. Mientras que los neo-
gramáticos acentuaron la concepción del lenguaje como una institución social, los
funcionalistas de Praga insistieron en que dicha institución está al servicio de la
comunicación y mostraron cierta preferencia por las explicaciones finalistas o
teleológicas del cambio lingüístico.
Casi por definición, desde el punto de vista funcionalista el cambio lingüís-
tico no es ciego y casual, sino dirigido a un fin. Esa característica, que hace que
esas explicaciones de los cambios lingüísticos suenen cautivadoras en apariencia
(lo que quizá explica su persistencia) es, como veremos, su talón de Aquiles,
puesto que a la vez las hace inverificables y, por tanto, insatisfactorias.
No es sencillo establecer que haya una conexión directa, pero lo cierto es
que el desarrollo del teleologismo o dirección a un fin en la explicación del cam-
bio lingüístico por parte de Roman Jakobson y otros autores de la escuela de Pra-
ga coincide en el tiempo y en la orientación con el surgimiento en los años 20 y
30 del siglo XX (y con su consolidación, en el centenario de la publicación del
Origen de las especies en 1959) de la llamada Síntesis Moderna de la biología
evolutiva, que dio lugar a lo que Eldredge (1995) ha denominado ultradarwinis-
mo.
La nueva síntesis de la teoría de la evolución implica, en lo que nos afecta
en relación con la analogía con el cambio lingüístico, una progresiva inclinación a
considerar la selección natural como el único motor de la evolución, lo que se
traduce en un énfasis en la idea de que todo cambio debe ser gradual y adaptati-

61
vo.33 Y es precisamente la insistencia en el carácter adaptativo de los cambios
evolutivos lo que emparienta al neodarwinismo (por usar un término menos mar-
cado) con el funcionalismo en la explicación del cambio lingüístico, puesto que
esta tendencia implica que los cambios lingüísticos tienen una función, una moti-
vación, una dirección a descubrir (esto es, que son una adaptación).
Claro que los partidarios de la nueva síntesis no defienden que las mutacio-
nes genéticas de que se nutre la selección natural estén dirigidas a un fin determi-
nado (sino todo lo contrario, como hemos visto en la presentación informal del
modelo de Darwin), pero su insistencia en la selección natural como el único fac-
tor responsable de la estructura y morfología de las formas vivas lleva inevitable-
mente a la tendencia a pensar que todo cambio y todo rasgo es adaptativo por de-
finición, aunque no se pueda verificar en qué sentido. Del mismo modo, la expli-
cación finalista de los cambios lingüísticos implica automáticamente que los cam-
bios que suceden tienen una finalidad (sea esta mejorar el aprendizaje de la len-
gua, su expresividad, su estabilidad, su economía, su adecuación a las necesidades
comunicativas de los hablantes o cualquier otra en un largo etcétera), y cuando
esta finalidad no se confirma o no se halla, simplemente se asume que aún no se
ha determinado bien cuál era la finalidad, lo que no puede dejar de verse como un
argumento circular.
Trataremos con más detalle este relevante asunto en el capítulo siguiente,
dedicado a las estrategias de explicación de los cambos lingüísticos, pero antes
merece la pena que consideremos, aunque sea de manera muy simplificada, cuál
es el panorama actual a este respecto en la teoría evolutiva.
Desde la compilación de la síntesis moderna, la teoría evolutiva lleva déca-
das inmersa en una controversia entre dos grandes modelos que, en términos lo
más neutros posible (y simplificando mucho), denominaremos neodarwnista y
antineodarwinista. Ambos modelos son bien conocidos fuera del ámbito científi-
co, pues los dos han tenido excelentes divulgadores: Richard Dawkins en el caso
del primero y Stephen Jay Gould en el segundo.
Es importante aclarar a quienes no hayan tenido la suerte de leer a estos au-
tores que ambos modelos son darwinistas (frente al creacionismo acientífico) y
que, por tanto (como sabe todo lingüista), el anti de la expresión antineodarwinis-
ta no tiene alcance sobre darwinista, sino sobre neodarwinista (lo que significa
para el profano que el antineodarwinismo no se opone al darwinismo, sino al neo-
darwinismo). Como ha mostrado magistralmente Javier Sampedro (2002) y de
manera no sólo magistral, sino monumental, el propio Gould (2002), el antineo-
darwinismo no niega el darwinismo, sino sólo las partes de él que algunos neo-
darwinistas se empeñan en no revisar, a veces de manera dogmática.

33 Por supuesto que la nueva síntesis también se caracteriza por la integración con la genética y
la biología molecular, sin duda pasos importantes y necesarios para el desarrollo de la teoría
de la evolución decimonónica y su definitiva fundamentación científica.

62
Esto implica en realidad que los dos modelos no son necesariamente excluyentes,
sino que se pueden complementar. Los detalles de cómo se complementan son en
realidad el verdadero objeto del debate científico, aunque eso no se deja ver siem-
pre en las controversias surgidas en el ámbito de la divulgación científica, que
tienden a presentar los modelos como irreconciliables. Así lo ha visto con perspi-
cacia uno de los implicados, el paleontólogo Niels Eldredge (que habla, por así
decirlo, desde el “bando” antineodarwinista):

“Buena parte del debate entre Dawkins y Gould consiste en intentar demostrar al
otro quién es más brillante e inteligente. A veces pienso que se tergiversan mu-
tuamente de manera casi deliberada. Es una guerra de palabras, una batalla de volun-
tades que pretenden informar al público literario sobre quién tiene una visión de la
naturaleza más correcta” (Eldredge 1996: 116)

Pero aunque es cierto que ambas posturas son darwinistas y que ambos enfoques
asumen lo esencial de la teoría clásica (y se han unido ante los tribunales nortea-
mericanos para combatir el creacionismo), no es menos cierto que los detalles que
las diferencian tienen mucha importancia para dar forma a la teoría evolutiva mo-
derna. Además, de manera muy relevante, vamos a observar que si traemos a co-
lación las diversas maneras de abordar la explicación de los cambios lingüísticos,
esto es, si incluimos en la discusión también la evolución histórica de las lenguas,
el uso de una opción u otra también es muy relevante.
Esas partes de la teoría en litigio se refieren esencialmente a tres asuntos
que, como veremos más adelante, encuentran también su curioso paralelismo en la
lingüística histórica contemporánea: (i) el problema de las unidades de selección,
(ii) el papel de la adaptación y de la selección natural en la evolución y (iii) la
gradualidad de los cambios.
Así, para algunos neodarwinistas la unidad fundamental, casi exclusiva, de
la evolución es el gen (es el gen el que compite por la supervivencia) mientras que
el organismo y la especie apenas son relevantes. Por el contrario, para los anti-
neodarwinistas (naturalistas en la terminología de Eldredge) el gen es, por su-
puesto, una unidad importante, pero la especie, definida precisamente como grupo
reproductivo aislado, es un factor crucial de la evolución. De hecho, insisten en
que la evolución apenas tiene relevancia fuera de los procesos de especiación,
basándose en el hecho de que las especies, una vez aparecidas, apenas cambian
con el tiempo.
En lo que respecta al papel de la selección natural y el carácter adaptativo de
los cambios, que en el ámbito divulgativo suele ser el tema esencial de la contro-
versia (ya que la selección natural es la aportación esencial de Darwin), los neo-
darwinistas asumen que todo rasgo de un organismo es el resultado de un proceso
de adaptación por medio de la selección natural, mientras que los antineodarwinis-
tas ponen el énfasis en que la adaptación no puede explicar toda la morfología
existente, sino que también hay que considerar cauces distintos para la evolución
(determinados, por ejemplo, por leyes físicas más generales o por principios de

63
autoorganización) e insisten en que también es crucial el proceso de exaptación,
esto es, la explicación de ciertos rasgos no como consecuencia de la adaptación,
sino como la reutilización de rasgos surgidos para otro fin o con ninguno en parti-
cular.
Este punto lo ha resumido especialmente bien Niles Eldredge citando a los
grandes representantes de la tradición neodarwinista:
“El adaptacionismo de Maynard Smith, Williams y Dawkins puede resumirse como
sigue: en la naturaleza existe un designio, los organismos parecen estar muy bien
adaptados al entorno en el que se encuentran, y se desenvuelven francamente bien.
La única explicación de este estado de cosas que tiene algún sentido -y que no sea la
de un creador- es el proceso evolutivo, en particular la selección natural, a través de
la cual las variantes más aptas tienden, en promedio, a dejar más copias de sus genes
que otras peor dotadas. Con el paso de las generaciones, dadas las variaciones reque-
ridas, la naturaleza quita y pone cosas” (Eldredge 1996: 115).

Obsérvese que en realidad esto es lo que hemos asumido en el ejemplo esquemá-


tico de las polillas que se oscurecen (y en el del cambio lingüístico); como obser-
va Eldredge a continuación, “estas son las reglas básicas, y todo el mundo las
acepta” (1995: 115), y nosotros también. Lo que añaden los antineodarwinistas a
ese planteamiento, y que en absoluto va en contra de Darwin, es que esa no puede
ser toda la historia y que ese mecanismo, que nadie discute, es insuficiente para
resolver todos los problemas de la teoría (por ejemplo ¿cómo se forma una espe-
cie? ¿De dónde surge la forma de los organismos? ¿Hay límites en el morfoespa-
cio disponible para los organismos vivos?). Muchos antineodarwinistas defienden
que esas preguntas se podrían responder por medio de la apelación a leyes físicas
más fundamentales o a principios formales de autoorganización y por ello, como
hemos visto en el encabezamiento de este capítulo, el insigne adaptacionista
George Williams les atribuye la concepción del organismo “como un cristal” (que
debe su estructura a leyes físicas y no a la historia anterior) mientras que a los
adaptacionistas les atribuye la concepción del organismo “como un artefcto”, esto
es, algo que debe su estructura a las funciones para las que de alguna manera ha
sido diseñado.
En el fondo parece que se trata también de un problema de extrapolación.
Los neodarwinistas se basan en que los resultados obtenidos a partir de la investi-
gación de lo que sucede en periodos observables o en simulaciones informáticas
es extrapolable a lo que realmente sucede en larguísimos periodos de tiempo (de
manera que la observación de pequeños cambios en poblaciones estudiadas se
podría extrapolar a los procesos de especiación realmente ocurridos), mientras que
los antineodarwinistas ponen esto en cuestión, especialmente en el proceso crítico
de especiación.
En lo que respecta a la gradualidad de los cambios, asunto íntimamente re-
lacionado con el anterior, el modelo neodarwinista predice un cambio lento y gra-
dual, mientras que el modelo antineodarwinista sustenta el llamado modelo de

64
equilibrio interrumpido (desarrollado precisamente por Eldredge y Gould 1972)
según el cual los períodos de estasis, sin evolución relevante, serían la tónica ge-
neral, mientras que los procesos de cambio serían breves interrupciones de ese
equilibrio, lo que predice que los cambios evolutivos son repentinos (en tiempo
geológico, claro) y no graduales. Como observa otro antineodarwinista, Brian
Goodwin, cuando observamos el registro fósil “no vemos por ninguna parte que
una especie se transforme en otra. Surge una especie, se mantiene durante un cier-
to número de millones de años y después desaparece. Unas duran hasta quinientos
millones de años, y otras menos de diez. Las especies aparecen repentinamente y
no de modo paulatino” (Goodwin 1996: 93).
Stephen Jay Gould, el máximo divulgador del punto de vista antineodarwi-
nista, ha explicado los términos en discusión en diversas ocasiones (p.e. 1996,
2002) echando mano de la metáfora de la bola de billar frente al poliedro de Gal-
ton (un sobrino de Darwin). Según el punto de vista neodarwinista, esto es, según
el punto de vista según el cual el motor esencial de la evolución es la selección
natural, un organismo se podría representar como una bola de billar en movimien-
to. Cada vez que el taco golpea la bola de billar se produce un movimiento varia-
ble y distinto. Hay variabilidad y se trata de una variabilidad aleatoria, que va en
todas las direcciones. El taco que golpea la bola sería la selección natural, y la
bola va allí donde quiera que la selección la empuje. Esto conforma, en términos
de Gould, una teoría externalista, funcionalista y adaptacionista. Por el contrario,
el punto de vista antineodarwinista plantea la metáfora de manera diferente. El
organismo no sería como una bola de billar, esto es, esférico, sino como un polie-
dro que descansa sobre una de sus caras. Por supuesto que sigue siendo necesario
que el taco de la selección natural golpee el poliedro (si no, no se moverá), pero
una vez que lo golpea las posibilidades de cambio están limitadas: se trata de un
poliedro, que tiene una determinada estructura interna que limita la variación, de
manera que ciertas opciones son más probables que otras y algunas son imposi-
bles, por muy interesantes que pudieran ser desde el punto de vista adaptativo.
Para Gould, de lo que se trata no es de negar la selección natural o su impor-
tancia como mecanismo, sino de estudiar también, y a fondo, cuál es la influencia
de esas restricciones negativas y/o canales positivos sobre las adaptaciones darwi-
nianas.
Lo que a la postre se discute no es, pues, si Darwin tenía razón, que parece
que la tenía, sino si tenía toda la razón, esto es, si la distribución de la morfología
y estructura de las formas de vida existentes es sólo el resultado de la selección
natural o si hay además otros factores que han puesto límites o han encauzado de
alguna manera los trabajos evidentes de la selección natural.34

34 Y no se está hablando de diseño inteligente ni de mentes omnipotentes, sino de leyes físicas,


leyes de forma o principios de autoorganización de la materia compleja. Pese a los maliciosos
comentarios de algunos neodarwinistas, sus “rivales” no son cripto-creacionistas, en el senti-

65
Lo cautivador de todo esto desde el punto de vista lingüístico es que, como vere-
mos con más detalle en los capítulos próximos, esa controversia interna a la teoría
evolutiva también se plantea en el seno de la lingüística histórica y de la lingüísti-
ca tipológica.
Veamos brevemente en qué sentido.
Como hemos visto en el capítulo anterior, la gramática generativa sostiene
que todas las lenguas humanas son instancias peculiares de una única GU, común
a la especie y que, por tanto, determina las propiedades esenciales que toda lengua
ha de tener.
Pero aún asumiendo esto, lo cierto es que los seres humanos no hablamos el
lenguaje: el lenguaje es una capacidad propia de la especie y común a todos los
individuos, pero hablamos lenguas muy distintas, las lenguas del entorno en el que
crecemos. En este sentido, como hemos adelantado, una lengua como el chino o el
español es una compleja mezcla de biología y de historia. Algunas propiedades
formales de esas dos lenguas serán una consecuencia de nuestro propio diseño, de
cómo estamos hechos. Pero si las lenguas consistieran sólo en esas propiedades,
deberían ser todas iguales, algo a primera vista falso.
Se puede decir pues, que cada lengua-i (un estado o propiedad de la men-
te/cerebro de una persona) incluye no sólo una instanciación de los principios de
la GU propios de la especie, sino muchas peculiaridades históricas que las dife-
rencian. Así, cómo pronuncia un señor de Logroño las vocales puede haber sido
influenciado por qué lengua hablaban los pobladores prerromanos de La Rioja
(quizá algún ancestro del vasco), pero eso no tiene ninguna influencia en cómo
pronuncia las vocales una señora de Londres. Aún con todo, la teoría del lenguaje
de Chomsky afirma que en realidad todas las lenguas humanas son muy parecidas
si se las mira con la suficiente abstracción y generalidad, y que las notables dife-
rencias que presentan son más superficiales que otra cosa (recuérdese la segunda
respuesta a la pregunta planteada en la introducción).
Por supuesto que este punto de vista no es universalmente admitido. Pode-
mos comparar las siguientes dos afirmaciones para comprobarlo:

“Sólo existe un sistema computacional [una sintaxis] y un léxico, aparte de su limi-


tada clase de variedad” (Chomsky)35

“Las lenguas pueden variar sin límite” (Joos)36

do de que no incluyen entre esos factores el diseño inteligente. Es significativo en nuestro


contexto que se haya denominado esa tendencia como la de la biología formalista.
35 "There is only a computational system and one lexicon, apart from its limited kind of variety"
Chomsky (1995: 170).
36 “Languages can vary without limit” (Joos, 1957: 96, citado por Borsley, 1991: 1). La cita de
estas palabras del lingüista norteamericano, autor que no suele citarse en la actualidad fuera
de ese célebre pasaje, es todo un clásico en las discusiones actuales sobre los límites de la di-
versidad de las lenguas (véase el capítulo 11 para otro ejemplo reciente).

66
La afirmación de Martin Joos implica, además de una concepción distinta del len-
guaje, un punto de vista también muy diferente. ¿Será cierto, como asume
Chomsky, que un investigador extraterrestre que aterrizara en la tierra llegaría a la
conclusión de que, hecha abstracción de ciertas partes del léxico y de otros aspec-
tos “superficiales”, todos los terrícolas hablamos la misma lengua, o, por el con-
trario, afirmaría con Joos que las lenguas difieren sin límite y que lo único que
podemos hacer es establecer ciertas generalizaciones o determinar ciertas tenden-
cias?
Todo depende del punto de vista. Si el hombrecillo (o mujercilla) verde está
interesado en explicar la facultad del lenguaje y las propiedades universales de las
lenguas, entonces es posible que sea capaz de pasar por encima de las diferencias
y centrarse en lo común. Si el extraterrestre se plantea hacer una descripción deta-
llada y minuciosa de las lenguas, entonces es muy posible que le dé la razón a
Joos.
El punto de vista también estará influenciado por la propia concepción de la
mente humana que se emplee: Chomsky asume que la mente está ricamente es-
tructurada antes de la experiencia, que la mente no es una pizarra en blanco en la
que escribe la experiencia, sino que es un sistema modular, estructurado, que está
diseñado por la evolución para aprender unas cosas y no otras. Uno de esos módu-
los abstractos de la mente sería la GU que impondrá entonces ciertas propiedades
a las lenguas que aprendamos, condenándolas así a parecerse.
Por su parte, Joos se basa en la concepción empirista de que la mente es una
especie de tabula rasa, de que las experiencias externas son las que le confieren
estructura y, por tanto, la mente no impondrá limitaciones específicas a las len-
guas que puede aprender más allá de aspectos comunes a todo lo aprendible, por
lo que las lenguas podrán variar indefinidamente dentro de esos laxos límites.
En el modelo neorracionalista de Chomsky las lenguas sólo pueden cambiar
dentro del límite impuesto por la GU. En el modelo empiricista que subyace a la
opinión expresada de Joos (y que es compartido por muchos lingüistas aún hoy)
las lenguas no tienen límites en su variación más allá de las derivadas externa-
mente del uso que se hace de ellas o de las limitaciones cognitivas generales de la
mente humana.
El lector atento ya habrá captado la relación con la controversia sobre la se-
lección natural en la teoría evolutiva. No se trata de si lo que resulte ser el equiva-
lente en el dominio lingüístico de la selección natural (ya hablaremos de eso más
adelante) será o no el motor esencial del cambio lingüístico, sino de si los cambios
en sí están o no condicionados por la propia estructura formal del objeto que cam-
bia, esto es, se trata de si las lenguas son como bolas de billar o como los polie-
dros de Galton.
Si nos limitamos al hecho evidente de que hay muchas lenguas distintas y de
que éstas cambian drásticamente en el tiempo, es claro que, al menos en aparien-
cia, quien tiene la razón es el que se acoge al punto de vista empirista de las bolas
de billar. En efecto, como discutiremos con más detalle a partir del capítulo 11 (en

67
el que volveremos con más detalle sobre esta controversia), las lenguas humanas
exhiben un tipo de diversidad que parece hacer más plausible una postura como la
de Joos que la contraria. La razón es muy clara: Chomsky propone la existencia
de una GU común a todas las lenguas para explicar nuestra capacidad de apren-
derlas y usarlas, pero entonces ¿cómo se puede hacer que esta asunción sea cohe-
rente con la exuberante diversidad lingüística y con el propio proceso de cambio
lingüístico?
Puesto que el modelo chomskyano predice una diversidad limitada y una re-
sistencia al cambio que no se dan, al menos en apariencia, la única posibilidad de
esta aproximación es demostrar que es cierto que las lenguas son mucho más pa-
recidas entre sí de lo que parece y que los cambios lingüísticos son más superfi-
ciales de lo que aparentan. El punto de vista biolingüístico desarrollado en los
últimos cincuenta años se ha afanado en mostrar que eso parece lo más razonable,
lo que implicaría que las lenguas, al igual que los organismos, son más como los
poliedros de Galton que como las bolas de billar. Este punto de vista formalista
implica que los cambios no sólo están constreñidos por la función (la “selección
natural”), sino también por los principios formales rígidos e inmutables que im-
pondría la GU.37
Por el contrario, desde un punto de vista funcionalista lo relevante es, preci-
samente, la función. No importa en realidad la forma o el medio que la implemen-
te, sino que la función se satisfaga. Ello predice un escenario en el que los cam-
bios lingüísticos están restringidos sólo por las funciones que las lenguas deben
satisfacer, lo que a su vez implicaría que las lenguas pueden divergir libremente,
siempre que se satisfagan las funciones que les dan sentido.
Así, desde el punto de vista externalista, funcionalista y adaptacionista (por
emplear la caracterización de Gould), una lengua es un objeto puramente históri-
co, creado por la evolución en el tiempo a través de sucesivos cambios adaptati-
vos. Desde el punto de vista internista, formalista y no adaptacionista una lengua
(una lengua-i) es, por supuesto, un objeto histórico (afectado por el sustrato vasco,
la conquista normanda, etc.), pero también es un objeto natural con una estructura
“no histórica” que marca límites, caminos abiertos y cerrados, a los cambios. Este
modelo predice que los cambios serán realmente superficiales, de detalle, y por
tanto también predice un ámbito restringido de diversidad entre las lenguas.
Veremos en los capítulos siguientes cómo esta conexión (esta “meta-
analogía” podríamos decir) entre maneras de concebir la evolución de las especies
y la de las lenguas nos permitirá ir más allá del mero valor de ilustración de la
célebre analogía.

37 Por supuesto que la GU, concebida como una propiedad biológica de la especie, puede tener
una historia, pero en “tiempo geológico”. Esto es, la GU ha debido evolucionar en la especie,
como cualquier otro atributo biológico de ella (y también en este ámbito se ha discutido si lo
ha hecho adaptativamente o no), pero es inmutable en la escala de tiempo en el que se trans-
forman las lenguas humanas.

68
5. Por qué cambian las lenguas y cómo lo hacen
Very few linguists would reject the idea that
external functional pressure is a factor in lan-
guage change
Frederick J. Newmeyer

Como acabamos de ver, la llamada teoría de la evolución, como cualquier teoría


científica seria, no es una teoría uniforme y sin desacuerdos entre sus defensores,
lo que mal interpretado suele ser usado como un argumento en su contra por los
fanáticos religiosos que defienden la creación del universo y sus criaturas por par-
te una mente divina, esto es, lo que se ha llamado tradicionalmente creacionismo
(por abogar por una interpretación literal del relato del Génesis) y que, como ya
hemos mencionado, ahora se ha vestido de un ropaje pseudocientífico llamado
teoría del diseño inteligente (entiéndase que se supone inteligente el diseño, no la
teoría).
La teoría sobre el cambio lingüístico, afortunadamente, no tiene oponentes
tan feroces (no hay, que sepamos, demandas en los tribunales para que se explique
en las escuelas norteamericanas el episodio de la torre de Babel para justificar la
“confusión” de las lenguas), pero es mucho más dispersa y especulativa que la
teoría de la evolución. De hecho, no se puede hablar en realidad de una teoría del
cambio lingüístico, sino de una pléyade de ellas.
Pero no tema el lector, no las vamos a revisar todas. Nos contentaremos con
considerar la aportación crítica del germanista y teórico del cambio lingüístico
Roger Lass (1980, 1990 y 1997), puesto que ello nos permitirá revisar su crítica a
las teorías que precisamente más se parecen a las versiones menos adecuadas del
darwinismo y, a la vez, ir perfilando una concepción del cambio lingüístico que
nos servirá de base para la formulación más precisa de los términos correctos de la
analogía entre la evolución de las especies y la de las lenguas. 38
Hemos visto en el texto que encabeza este capítulo que según Newmeyer
(quizá el lingüista que más extensa e inteligentemente ha escrito sobre la contro-
versia lingüística que nos viene ocupando), pocos lingüistas rechazarían la idea de
que la presión funcional externa es un factor relevante en el cambio lingüístico.
Lass y, por su influencia, quien suscribe estas páginas están en esa reducida lista.
Aunque el objetivo de Lass no es establecer una teoría explícita sobre las
correlaciones entre ambos procesos, sino el de plantear una teoría del cambio lin-
güístico exenta de las trampas lógicas de las explicaciones funcionalistas, aboga
por una teoría generalizada de la evolución de la que las especies y las lenguas
sólo serían capítulos particulares, a saber, una teoría generalizada sobre sistemas

38 Este capítulo reproduce parte del apéndice de Mendívil (2003).

69
autorreplicantes imperfectos, elegante definición en la que caben tanto las unas
como las otras.
En pocas palabras se puede decir que Lass reintroduce el modelo schleiche-
riano en el que una lengua es una entidad autónoma que evoluciona independien-
temente de los hablantes y de sus intenciones o tendencias. Argumenta, frente a
teóricos del cambio lingüístico como Anttila (1989) o Keller (1990), que las
aproximaciones a la explicación del cambio lingüístico en términos de “acción”
por parte de los hablantes, de “motivación funcional”, de “racionalidad incons-
ciente” o de “objetivos cognitivos” son teórica y empíricamente inadecuadas. En
su “modesta ontología” del cambio lingüístico, Lass (1997: 370 y ss.) propone un
modelo en el que una lengua, para los propósitos del historiador, es una entidad
autónoma abstracta que sigue sus propias leyes de evolución independientemente
de los hablantes y de las sociedades. De forma explícita afirma no creer que el
cambio lingüístico sea ‘el resultado de la acción humana excepto de una manera
distante, secundaria y poco interesante’39.
Revisemos brevemente las razones principales de esta actitud.
En pocas palabras se podría plantear el problema en los siguientes términos:
¿cómo es posible traducir un cambio de orden de palabras de SOV a SVO, una
mutación consonántica (como la Ley de Grimm) o la pérdida de los casos morfo-
lógicos (nominativo, acusativo, etc.) en términos de creencias, actitudes o inten-
ciones?
Aunque podamos ser imaginativos y eficaces proponiendo vinculaciones (y
muchos autores lo han sido), no deja de ser cierto que cualquiera de esos procesos
de cambio estructural abarca temporalmente mucho más que la vida de cualquier
hablante individual. Incluso los cambios lingüísticos que actualmente se conside-
ran relativamente abruptos según un modelo de “equilibrio interrumpido” (véanse
Dixon 1997 o Lightfoot 1999) suelen implicar a varias generaciones de hablantes
y, con frecuencia, este tipo de cambio estructural tarda varios siglos en completar-
se. Obviamente, estos cambios no pueden explicarse acudiendo a la voluntad, la
intención o la acción de un individuo, ni siquiera aunque nos limitemos a decir
que el individuo es inconsciente y sólo provoca el inicio del cambio, o que fun-
ciona como un detonante del proceso, que luego será guiado por una “mano invi-
sible”. Porque incluso si éste es el caso, la explicación basada en la acción (cons-
ciente o inconsciente) es falsa.
Keller, que defiende una teoría de la “mano invisible” del cambio lingüísti-
co, define los cambios lingüísticos como fenómenos de la tercera clase, esto es,
un tipo de fenómenos que no son naturales y que, dentro de los que son el resulta-
do de las acciones humanas, no son intencionales (como los artefactos), sino que

39 “I don't believe that language change is the result of 'human action' except in a very distant,
secondary and probably uninteresting way” (Lass 1997: 337).

70
son “things which are the result of human actions but not the goal of their inten-
tions” (Keller 1990: 56).
Pero uno no se sentiría tentado de considerar los cambios en los organismos
naturales como “fenómenos de la tercera clase”. El oscurecimiento de las polillas
no es el resultado de las acciones de las polillas (ni, por supuesto, el objetivo de
sus intenciones). La formulación de la analogía que se va a proponer más adelante
pone de manifiesto que la inclusión de un actor (el hablante) en la explicación del
cambio lingüístico no sólo dificulta la explicación de las semejanzas entre los dos
procesos evolutivos que nos interesan, sino que fuerza la analogía en la dirección
más intransigente del ultradarwinismo.
Aunque el argumento de Lass es simple, rotundo y fácil de comprender, ha
sido generalmente rechazado. De hecho, ciertos autores estructuralistas seguidores
de Saussure (que rechazaba las explicaciones funcionales de los cambios) atribu-
yeron su concepción del cambio lingüístico, tan schleicheriana en el fondo, a una
falta de desarrollo de su noción de diacronía, que aún no era “estructural”. Pero
Saussure era muy claro al respecto cuando hablaba precisamente de la inmutabili-
dad del signo lingüístico:

“los sujetos son, en gran medida, inconscientes de las leyes de la lengua; y si no se


dan cuenta de ellas ¿cómo van a poder modificarlas?” (Saussure, 1916/1983: 144).

Es fácil suponer que la razón de tal rechazo estriba en que este punto de vista im-
plica que toda explicación del cambio lingüístico estructural como un proceso
motivado de alguna manera es incorrecta. Ciertamente tendemos a pensar que
para comprender un proceso debemos encontrar las causas que lo motivaron, y
rechazamos toda explicación que no nos dé alguna motivación. Esto es compren-
sible, pero no es un argumento racional.
Como muestra Lass (1997: 341 y ss.), algunos teóricos funcionalistas fun-
damentan la explicación del cambio lingüístico en tendencias dinámicas internas,
esto es, ciertas tendencias universales que actúan sobre sistemas “desequilibrados”
o “no óptimos” proporcionando otros más equilibrados, más cercanos a lo óptimo,
más “naturales”, más simples o menos marcados, por emplear una terminología
más o menos equivalente en diversas aproximaciones teóricas actuales.
De hecho, como ha quedado señalado, esa concepción inherentemente teleo-
lógica del cambio lingüístico es la que oponían los fundadores de la Escuela de
Praga en sus célebres thèses a la concepción “ciega” y azarosa de Saussure:

“Il ne serait pas logique de supposer que les changements linguistiques ne sont que
des atteintes destructives s'opérant au hasard et hétérogènes du point de vue du
système. Les changements linguistiques visent souvent le système, sa stabilisation,
sa reconstruction, etc.” (Cercle Linguistique de Prague, 1929: 7, cursiva añadida).

Pero dentro del hecho evidente de que la estructura lingüística -en diversos nive-
les- condiciona los procesos de cambio, no deberíamos dejar de observar que tales

71
explicaciones podrían considerarse peligrosamente meliorativas, en el sentido de
que el estado resultante del cambio sería en cierto modo “mejor” que el estado
anterior.
Se podría decir que esta actitud contrasta pendularmente con la sensación
popular (y muy arraigada en algunos teóricos románticos del siglo XIX) de que el
cambio es degeneración. Sin embargo, la adopción de una concepción meliorativa
como terapia para rechazar la evidente falta de sustento empírico de la concepción
del cambio como degeneración, es un flaco favor que se le hace a la teoría del
cambio lingüístico.
No es infrecuente en este contexto que se proponga un razonamiento como
el siguiente (como hemos entrevisto en el fragmento de las tesis de Praga citado):
algunos cambios destruyen o desequilibran partes del sistema y otros cambios
reestablecen el equilibrio. Pero entonces hay que explicar qué ha sucedido con esa
presión hacia el equilibrio en el momento de suceder el cambio desequilibrante.
Veamos un ejemplo. Una de las motivaciones más frecuentemente alegada
de estas supuestas tendencias universales sería una suerte de requisito cognitivo
según el cual debe haber una correspondencia óptima entre sonido y significado
(según el principio básico de economía que establece una correspondencia biuní-
voca del tipo de una forma = un significado). Y en efecto, como reconoce Lass,
hay cambios lingüísticos que podrían explicarse como una instancia de esa ten-
dencia. Concretamente discute nuestro autor la “simplificación” del plural en in-
glés moderno y la especialización de las pocas formas con Umlaut (como feet
‘pies’) para el plural y de la forma sin Umlaut como singular (foot ‘pie’).40 Como
observa Lass, el problema surge cuando queremos explicar ese cambio como una
eliminación de una duplicidad nociva o indeseable, ya que, además de que ten-
dríamos que afrontar el hecho de que algún cambio ha llevado a ese “estado mejo-
rable”, podemos encontrar lenguas en las que una complejidad morfológica seme-
jante (o mayor) no sólo se ha mantenido en ese tiempo, sino que ha podido durar
miles de años. Lass observa que, por ejemplo, el islandés (una lengua de la misma
familia que el inglés) tiene hoy a ese respecto la misma estructura que tenía el
inglés antiguo. Si el estado del inglés era inestable, mejorable, etc., debemos ex-
plicar por qué en islandés y en tantas decenas de lenguas una situación similar (o
más compleja) no se ha corregido siguiendo esas mismas tendencias. Como señala
Lass (1997: 344), no se puede decir que el resultado del inglés es “bueno” o “me-
jor” o “deseable” sin dar a entender que el estado del islandés es “malo” o “peor”
o “indeseable”. Pero el islandés no es mejor ni peor que el inglés en tanto en cuan-

40 En el inglés antiguo la forma foot correspondía al nominativo y al acusativo singular y la


forma feet al dativo singular y al nominativo y acusativo plurales (Lass, 1997: 342).

72
to sirve a los islandeses más o menos para lo mismo que el inglés para sus hablan-
tes nativos.41
Si mantenemos la explicación basada en esa tendencia cognitiva (o cual-
quier otra) y no reconocemos las excepciones como contraejemplos, sino simple-
mente decimos que es una tendencia general que aún no se ha instanciado en cier-
tos casos, entonces lo que estamos haciendo es convertir la hipótesis de la tenden-
cia cognitiva universal en una hipótesis infalsable y, por tanto, no científica. En
consecuencia, aunque funcione bien en algunos casos y aunque pueda parecer
teóricamente apetecible, tendremos que rechazarla como una explicación.
Esa es la práctica científica normal (aunque no siempre se sigue en algunas
versiones de la teoría de la evolución). En el ámbito de la explicación del cambio
lingüístico esa práctica tampoco rige por lo general. Lo habitual es todavía (véase,
por ejemplo, Croft 2000) sostener que todo cambio estructural que encaje en una
motivación cognitiva o psicológica (tendencia a la iconicidad, al equilibrio for-
ma/significado, etc.) se explique según esas tendencias y, aún más, se considere
una prueba de la existencia de esas tendencias, mientras que los contraejemplos
no se consideran tales porque, o bien se explican con tendencias opuestas o en
conflicto (un recurso muy socorrido), o bien simplemente se consideran “estados
inestables” a la espera de que se aplique la tendencia “latente”. Pero como observa
Lass (1997: 350), el problema esencial es que la única definición de lo que es
“peor” o “menos óptimo” es aquello que cambia, mientras que la ausencia de
cambio simplemente se ignora.
Junto con todo lo observado, quedaría todavía el problema de explicar cómo
se las arreglan los hablantes para llevar a cabo los cambios. Lass (1997: 359 y ss.)
argumenta convincentemente tanto en contra de la concepción de la actuación del
hablante en términos de “profilaxis” como en términos de “terapia”.
Los mismos problemas deben afrontar las teorías que, en vez de confiar en
tendencias cognitivas como las señaladas, se formulan en términos de la facilidad
o dificultad respecto del aprendizaje. Por ejemplo Bauer (citada por Lightfoot,
1999: 215) argumenta que el latín era una lengua difícil de aprender por su estruc-
tura preferente de núcleo a la derecha (orden de palabras SOV), y que por ello
cambió al núcleo a la izquierda en las lenguas romances (con orden SVO). Por
qué el latín llego a ser (parcialmente) del tipo SOV es algo que según esa autora
“aún queda por explicar”.42
Estas y otras consideraciones permiten a Lass establecer una conclusión re-
levante, a la que hemos llegado antes por otro camino: no importa realmente en
qué estado estructural esté una lengua, porque todo estado en el que esté una len-

41 Que en el mundo actual haya más personas que hablan inglés que personas que hablan islan-
dés es un asunto irrelevante ahora y, desde luego, no depende de la estructura casual del in-
glés.
42 Un reproche semejante se podría hacer a la teoría del cambio sintáctico formulada por los
generativistas Roberts y Roussou (2003), aunque su modelo es más refinado.

73
gua es “adecuado” por definición, o de lo contrario no existiría. En lingüística
histórica se suele conocer esta conclusión como la hipótesis uniformitaria, esto es,
una hipótesis sobre la equifuncionalidad de los estados de lengua.43
Esta hipótesis es plenamente compatible con una concepción del lenguaje
como la inspirada por la obra de Chomsky según la cual, como hemos visto, parte
crucial de lo que determina qué es una lengua humana, esto es, parte de lo que
posibilita que podamos adquirir, conocer y usar una lengua natural es precisamen-
te la facultad del lenguaje, que impone ciertas propiedades, constantes histórica-
mente y universales, a las lenguas naturales (y que hemos abreviado como GU).
La GU, como hemos visto, es una propiedad de nuestra especie y restringe los
límites de “dispersión” del cambio lingüístico y, por tanto, el margen de diversi-
dad estructural de las lenguas. Por tanto, como también observa Lass, “since (...)
all language-states are equifunctional, change cannot ‘improve’ a language state,
or ‘meet needs’ that are not already met (again, except in the trivial case of new
lexis)” (1997: 366).
La conclusión de Lass es plenamente razonable si pensamos de nuevo en la
evolución de las especies. No tiene sentido decir que un cambio evolutivo da lugar
a una nueva especie partiendo de una especie anterior biológicamente implausible,
o poco estable, o poco eficiente, simplemente porque no hay ninguna especie así
(¿cómo habría evolucionado?). La propia lógica de la teoría de la evolución nos
impide asumir que ha habido anteriormente cambios evolutivos que han hecho
que una especie sea menos estable o menos eficiente y que han ocurrido entonces
otras mutaciones para compensar esos errores o tendencias. Ningún estudioso de
la evolución admitiría esto y no lo vamos a hacer nosotros para las lenguas, puesto
que aunque hemos defendido que los cambios lingüísticos no son adaptativos, en
modo alguno se colige de esto que puedan ser destructivos. No se tienen noticias
de lenguas que hayan desaparecido o hayan sido abandonadas por sus hablantes a
causa de que los cambios fonéticos o sintácticos las hayan convertido en inutiliza-
bles o las hayan revertido poco expresivas.
Por supuesto, en contra de lo que ha sugerido Vennemann (1974), tampoco
existen estados de lengua “inconsistentes” o “de transición” entre dos tipos lin-
güísticos. Recuérdese que un tipo lingüístico es una lengua o conjunto de lenguas
que cumple centralmente las propiedades que determinan el tipo en la clasifica-
ción. Así, en una tipología simple del orden de palabras, la lengua que presenta
primero el sujeto, luego el objeto y luego el verbo (como el vasco) pertenece al
tipo SOV, mientras que la que presenta el orden de sujeto, verbo y objeto (como
el español), pertenece al tipo SVO, etc.

43 Véanse Comrie (1992) y (2003) para una propuesta de reconstrucción de estados de lengua
anteriores en los que dicha hipótesis no tendría aplicación estricta. Pero debe notarse que en
la propuesta de Comrie se trataría de la reconstrucción de estados anteriores de la propia fa-
cultad del lenguaje, por lo que es lógico (al margen de la plausibilidad del intento) que no se
siga la hipótesis uniformitaria.

74
Claro que esto es una simplificación. Las tipologías no suelen ser tan simples, ya
que existen a veces propiedades estructurales correlacionadas entre sí (un asunto
central de la tipología lingüística que discutiremos con detalle en los capítulos 15,
16 y 17) y además las lenguas no se ajustan perfectamente a los tipos. Así, por no
salir del orden de palabras, es frecuente que las lenguas que tienen el orden SOV
(más concretamente el objeto antes del verbo, orden relativo OV) presenten las
preposiciones después de su complemento y no antes (razón por la cual se deno-
minan posposiciones,), tal y como sucede en el vasco, donde no se dice contra el
padre, sino aitaren kontra.
La siguiente tabla muestra algunos aspectos estructurales correlacionados
con la oposición entre el orden básico VO / OV, sobre los que volveremos más
adelante:

Lenguas VO Lenguas OV
El verbo precede al objeto El verbo sigue al objeto
El auxiliar precede al verbo principal El auxiliar sigue al verbo principal
EL adjetivo sigue al nombre El adjetivo precede al nombre
El genitivo sigue al nombre El genitivo precede al nombre
La oración de relativo sigue La oración de relativo precede
al antecedente al antecedente
Preposiciones Posposiciones
Ausencia de marca de caso Presencia de marca de caso
El comparativo precede al adjetivo El comparativo sigue al adjetivo

Pero la mayoría de las lenguas no presentan de manera consistente todas las pro-
piedades de cada columna (esto es, de cada tipo). Al respecto, precisamente el
español es muy “consistente”, en el sentido de que cumple todas las propiedades
de la izquierda: el verbo precede al objeto (decimos comió el pastel y no el pastel
comió), el auxiliar precede al verbo principal (decimos ha comido y no comido
ha), el adjetivo sigue al nombre (decimos coche azul y no azul coche; aunque hay
excepciones, claro está, pero son casos especiales), el genitivo sigue al nombre
(decimos el hijo de Luis y no de Luis el hijo), la oración de relativo sigue al ante-
cedente (decimos el hombre que vi y no que vi el hombre), hay preposiciones (de-
cimos contra el padre y no el padre contra), no hay marcas de caso (aunque que-
dan en algunos pronombres) y el comparativo precede al adjetivo (decimos más
alto y no alto más). El japonés es un ejemplo típico de lengua “consistente” al
otro lado, por lo que en esa lengua se escogerían las opciones desechadas en nues-
tros ejemplos anteriores. Pero la inmensa mayoría de las lenguas presentan rasgos
compartidos (como alguien dijo, all typologies leak). Así, por ejemplo, el inglés es
sólidamente del tipo VO, pero a diferencia de lo esperado, sitúa sistemáticamente
los adjetivos delante del nombre (y no sólo esporádicamente, como en el manido
la blanca nieve del español). Una lengua armónica sería una lengua consistente en
las correlaciones, mientras que una lengua inarmónica sería la que presenta rasgos
mezclados.

75
Por supuesto que esto tiene su importancia, ya que las propiedades de cada lista
no se agrupan por casualidad (esto es, no son un capricho del tipólogo, sino que
en muchas ocasiones responden a profundas razones estructurales que el lingüista
debe formular). La explicación de esas correlaciones es, por tanto, un asunto capi-
tal y la influencia que los cambios estructurales en algunas de las propiedades
tienen en otras son dignas de estudio (y, aunque son poco comprendidas aún, es-
tán siendo analizadas desde diversos puntos de vista). Pero ello no autoriza a
afirmar que las lenguas armónicas sean más estables o resistentes al cambio o, lo
que es lo mismo, que las lenguas “inconsistentes” lo sean de verdad. En otras pa-
labras, nada empíricamente falsable nos permite afirmar que en el inglés hay al-
guna presión o propensión a que el adjetivo cambie de posición estructural, ni
nada nos permite aventurar una predicción histórica en ese sentido.
McMahon (1994: 139-160) presenta una discusión detallada de la noción de
tipología consistente como un elemento causal en el cambio sintáctico. Según
observa esta autora, si la tendencia a la consistencia tipológica fuera realmente
una explicación del cambio, se deberían cumplir cuatro predicciones que en reali-
dad no se cumplen: (i) las lenguas consistentes deberían ser estadísticamente pre-
ponderantes, (ii) las lenguas consistentes deberían ser más fáciles de aprender,
(iii) las lenguas consistentes deberían ser más estables y (iv) las lenguas consisten-
tes deberían ser más fáciles de procesar mentalmente.
Ello no significa que no haya ciertas tendencias observables estadísticamen-
te, pero son esas tendencias lo que tenemos que explicar y, por tanto, no son ellas
mismas explicaciones.
En general, lo que nos parece absurdo cuando hablamos de la evolución na-
tural nos parece (engañosamente) más plausible en el cambio lingüístico, proba-
blemente porque tendemos a pensar que en el cambio lingüístico hay un agente,
un actor: el hablante. El hablante de una lengua humana suele ser un ser racional
y con capacidad de tomar decisiones y alterar su entorno. El hablante manipula el
lenguaje, juega con él, lo altera si es necesario para conseguir sus objetivos. Tiene
propensiones e intenciones. Es difícil sustraerse de todo esto a la hora de encon-
trar una motivación a los cambios lingüísticos (casi tan difícil como sustraerse de
la propia tentación de querer encontrar una motivación).
Pero, como hemos visto que sugería Saussure y desarrolla Lass (1997: 361),
toda explicación que se base en la noción de un agente debe asumir, además de la
implausible noción de un estado de lengua “imperfecto” o “disfuncional”, las si-
guientes premisas, todas ellas igualmente implausibles: (i) que los hablantes tie-
nen intuiciones acerca de la eficiencia u optimidad de su lengua para las tareas
comunicativas o cognitivas, (ii) que los hablantes pueden comparar estados de
lengua presentes y otros todavía no desarrollados y optar entre ellos, (iii) que los
hablantes tienen algún tipo de intuición global sobre la estructura de su lengua y
(iv) que basándose en información de ese tipo, pueden cambiar su lengua o iniciar
un cambio que continuarán sus descendientes.

76
De hecho, todos los intentos de explicar el cambio como una tendencia psicológi-
ca, cognitiva o natural se enfrentan a una paradoja: el cambio se inicia en el indi-
viduo (que es el depositario natural de esas “motivaciones”), pero se implementa
en la comunidad.
Esta aparentemente inocente traslación implica un serio problema. Y tam-
bién ha sido Lass quien más claramente lo ha señalado (1997: 362 y ss.). Nótese
que hemos asumido que una lengua dada, por ejemplo el español, sólo tiene exis-
tencia en las mentes de los individuos, esto es, que no tiene una existencia inde-
pendiente. Observa Lass que si la motivación para el cambio fuera realmente psi-
cológica o cognitiva, entonces el cambio debería producirse simultáneamente en
todos los hablantes de una determinada comunidad (“pansocialmente”, viene a
decir), pero sabemos que eso nunca sucede así, sino que los cambios se inician en
unos individuos y luego se extienden al resto. Por otra parte, si aducimos que sólo
algunos miembros de la comunidad experimentan esa “pulsión”, entonces estamos
rebajando seriamente la plausibilidad de una explicación cognitiva o psicológica,
salvo que admitamos, cosa que nos queremos hacer, que la estructura de las len-
guas está mejor adaptada a las mentes de unos individuos que a las de otros, inclu-
so dentro de la misma comunidad de habla.
Si una comunidad lingüística no fuera más que la suma de sus hablantes,
equivalentes e intercambiables entre sí, entonces el cambio no se propagaría por
las comunidades lingüísticas siguiendo patrones sensibles a variables sociales
como el prestigio, la edad o el sexo, pero sabemos que lo hace siempre así.
En otras palabras, tal y como penetrantemente señala Lass (1997: 363), toda
explicación del cambio lingüístico basada en propiedades mentales o tendencias o
deseos del individuo, en realidad neutraliza al propio individuo: se interpreta el
cambio como si ocurriera en un hablante individual con sus habilidades cognitivas
y propensiones, etc., y esta situación individual se proyecta luego a la historia
colectiva de una lengua, que se convierte en la suma de un conjunto de actos indi-
viduales idénticos. Por último, se vuelve a revertir la proyección y la lengua se
convierte en un individuo, lo que nos permite hablar de tal motivación o de tal
tendencia de una lengua.
Por supuesto, es un hecho evidente que los cambios son iniciados por ciertos
individuos y que luego se difunden por el resto de la comunidad, pero entonces no
cabe decir que la motivación del cambio en la lengua está en tal o en cual propen-
sión humana o en tal o en cual tendencia natural, etc. El cambio ya es un hecho
social, no individual. En ese sentido es en el que Lass afirma que, salvo que sea
realmente arbitraria, no tiene ningún sentido que una innovación lingüística esté
sometida en su difusión, como siempre lo está, a factores contingentes como la
edad, el sexo o el prestigio social.44 En términos más precisos: si la motivación

44 Y ahora se entenderá todavía mejor la importancia de la apostilla que puso Darwin al frag-
mento de Max Müller.

77
para aceptar o copiar una innovación lingüística es esencialmente social (la moda,
el prestigio, etc.), es obvio que no es funcional (aun en el caso de que lo fuera en
el inicio), salvo que, como observa sarcásticamente Lass (1997: 364), presionados
por el prestigio social, los hablantes se dieran cuenta de que también ellos están al
fin y al cabo sujetos a esas motivaciones cognitivas o psicológicas iniciales.
Y, de hecho, algo semejante es lo que sugiere, por ejemplo, Coseriu (1973),
quien suscribe una explicación funcional de los cambios. Así, discutiendo el ori-
gen de los futuros analíticos romances (el amar he romance que sustituye al ama-
bo latino clásico -y que luego acabaría siendo sintético de nuevo: amaré-), afirma
que la preferencia por el futuro perifrástico se basaba en las nuevas necesidades
expresivas de los hablantes de las lenguas romances por influencia del cristianis-
mo:

“La circunstancia históricamente determinante fue, sin duda, el cristianismo: un mo-


vimiento espiritual que, entre otras cosas, despertaba y acentuaba el sentido de la
existencia e imprimía a la existencia misma una genuina orientación ética. El futuro
latino-vulgar, en cuanto no significa ‘lo mismo’ que el futuro clásico, refleja, efecti-
vamente, una nueva actividad mental: no es el futuro ‘exterior’ e indiferente, sino el
futuro ‘interior’, encarado con consciente responsabilidad, como intención y obliga-
ción moral”. (Coseriu, 1973: 173).

Hasta ahí nada que objetar desde el punto de vista puramente teórico: no se puede
dudar de que una innovación lingüística (por ejemplo el incremento de frecuencia
de uso de un futuro perifrástico del tipo de he de amar frente al futuro analítico
amabo) puede estar basada en aspectos ideológicos, estéticos, etc. de un hablante
o de un grupo de ellos.45 Pero nótese que eso no explica cómo se produjo realmen-
te el cambio. Después de la fase de innovación (mutación) debe producirse la fase
de difusión (esto es, el nuevo rasgo debe extenderse por toda la población, prácti-
camente panrrománica). Coseriu, aunque previene explícitamente sobre ello en
otras partes de su libro, cae de forma contradictoria en el error de mantener la cau-
sa de la innovación como la causa de la difusión, algo que su modelo necesita si
debe ser realmente funcionalista, pero que no puede salvar el problema señalado:

“La explicación por la necesidad expresiva se refiere, en primer lugar, a la ‘innova-


ción’ o a las innovaciones iniciales: es decir, a los actos creativos de aquellos
hablantes que fueron los primeros en utilizar las formas perifrásticas para expresar
una nueva concepción del futuro. Pero se refiere también al ‘cambio’ como proceso
de difusión y consolidación de estas formas en la comunidad lingüística romana,
pues implica que la innovación se difundió porque correspondía a una necesidad ex-
presiva de muchos hablantes” (Coseriu, 1973: 176).

45 Otra cosa es la validez de la hipótesis concreta, que no nos toca juzgar aquí porque no somos
teólogos.

78
Pero si la difusión de las innovaciones se realiza por cauces sociales basados en
criterios de sexo, edad, prestigio, etc. no relacionados directa ni necesariamente
con la supuesta motivación moral, entonces la necesidad expresiva alegada des-
aparece como explicación motivada del cambio. Salvo, insisto, que admitamos la
sugerencia envenenada de Lass de que los hablantes, presionados por el prestigio
social o la moda, vean al fin que también son sensibles a esas nuevas necesidades
expresivas.
Lo relevante de todo esto es que las causas no son las mismas en la fase de
innovación o variación y en la fase de adopción o difusión, lo que realmente inva-
lida la explicación funcional. Es posible que un cierto número de innovaciones
respondan a nuevas “necesidades expresivas”, pero la adopción responde a causas
diferentes de prestigio e imitación, por lo que la explicación basada en la causa
inicial es inadecuada, un razonamiento que se aplica de la misma manera que en
teoría evolutiva: las mutaciones que dan lugar a la variación (la “innovación”) de
la que se “alimenta” la selección natural son independientes de las posibles fun-
ciones adaptativas que puedan tener dichas mutaciones (porque no queremos decir
que las polillas del célebre ejemplo vieron la utilidad de ser más oscuras).
De hecho, el propio Coseriu es muy consciente de que muchos hablantes
pudieron adoptar el cambio por razones puramente sociales de prestigio, como se
refleja en sus siguientes palabras:

“Y muchos hablantes, sin percatarse de su peculiaridad expresiva, las habrán adop-


tado simplemente ‘para hablar como los otros’, es decir, por una razón cultural ‘ex-
trínseca’” (1973: 177).

Pero esa observación, plenamente oportuna, entra en conflicto con el párrafo antes
citado en el que se vincula la explicación de la difusión a la necesidad expresiva.
La razón de esta incoherencia parece clara: de otra manera la explicación funcio-
nal se debilita seriamente, algo que para muchos es una virtud, pero que para Co-
seriu y otros muchos teóricos funcionalistas es inaceptable.
Hemos visto en el capítulo 3 que el lenguaje es a la vez un instinto natural y
un objeto histórico. Cada lengua es un objeto histórico irrepetible y, a la vez, una
manifestación de una facultad humana.
En consecuencia, podría decirse que parte de lo insatisfactorio de las expli-
caciones funcionalistas de los cambios lingüísticos resulta de la proyección inade-
cuada de la concepción del lenguaje como una capacidad humana sobre la con-
cepción de las lenguas como objetos históricos.
El caso inverso, esto es, la proyección de la dimensión histórica de las len-
guas para explicar la propia facultad del lenguaje (o incluso para negarla) no sólo
también se da, sino que es incluso más frecuente y más antiguo históricamente.
Así, según este punto de vista, el individuo sería un hablante sólo en tanto en
cuanto comparte con otros hablantes un cierto código externo, un cierto lenguaje
público (lo que hemos visto que Chomsky denomina lengua-e para luego descar-

79
tarlo como objeto de estudio de su aproximación). Las propiedades físicas o men-
tales de los individuos son desde ese punto de vista irrelevantes. Es como si al-
guien hubiera inventado una vez el lenguaje y luego simplemente se transmitiera
históricamente como cualquier otro rasgo cultural, sea la agricutura o el uso de
antibióticos.
Como ya había advertido Saussure (aunque en un sentido distinto), quizá no
sólo sea conveniente sino incluso necesario que la explicación del cambio lingüís-
tico requiera de una concepción del lenguaje distinta de la necesaria para la expli-
cación del lenguaje como atributo de nuestra especie.
Esto supone que es posible que la explicación del cambio lingüístico de-
mande una aproximación a las lenguas como objetos históricos (esto es, sistemas
abstractos evolutivos sujetos a los mismos principios que otros sistemas evoluti-
vos, como las especies naturales), mientras que una explicación del lenguaje como
propiedad de nuestra especie requiera de una aproximación al lenguaje como un
objeto natural. No hay contradicción entre esas aproximaciones siempre que no se
pretenda proyectar la una sobre la otra o se confundan.
Parece, pues, razonable argumentar que una teoría del cambio lingüístico se
deba centrar en la dimensión de objeto histórico del lenguaje, esto es, en una con-
cepción de las lenguas como sistemas autorreplicantes imperfectos (o sistemas
complejos adaptativos, por usar una expresión más de moda) sometidas a pautas
evolutivas generales e independientes de otras capacidades cognitivas de los seres
humanos. Pero ello no implica que las lenguas sean únicamente sistemas adaptati-
vos o históricos de ese tipo. La lengua que habla una persona no es sólo un reflejo
de un objeto histórico en su mente. La lengua que habla una persona es un com-
plejo sistema de conocimiento que ciertamente refleja procesos históricos pasa-
dos, pero que constituye una instanciación de su capacidad, biológicamente con-
dicionada, de adquirir, conocer y usar una lengua natural.
El punto de vista de Lass, descrito en lo que el autor denomina “una modes-
ta propuesta ontológica” (1997: 370-384), parte de las teorías de Eigen (1992),
Plotkin (1995) o Dennet (1995) sobre sistemas replicantes imperfectos y muestra
que la lingüística histórica es un capítulo esencial de esa tradición. Así, el plan-
teamiento de este autor nos hace ver que desde un cierto punto de vista, la noción
de Schleicher del lenguaje como un organismo “parasitario” de nuestra especie,
sometido a las mismas leyes evolutivas que las especies naturales es plenamente
aplicable. Igualmente nos reconcilia con la concepción externa y caótica del cam-
bio lingüístico de Saussure que tanto repugnaba a sus propios seguidores. Claro
que eso no significa (en contra de lo que creían Schleicher, Saussure y quizá el
propio Lass) que el lenguaje sea eso, esto es, un objeto exclusivamente histórico.
No hay ninguna contradicción en afirmar que el lenguaje es esencialmente una
propiedad de la especie, esto es, por abreviar, una GU biológicamente condicio-
nada que, junto con otras capacidades, permite que los humanos adquiramos, co-
nozcamos y usemos una lengua natural, una lengua-i, que será un objeto natural
en tanto en cuanto es un objeto mental -y lo mental, como observa Chomsky

80
(2000: 106) es una dimensión más de lo real, como lo químico o lo eléctrico- y
afirmar, por otra parte, que los objetos históricos que son las lenguas en tanto en
cuanto se trasmiten de generación en generación se someten a los mismas propie-
dades que tienen todos los sistemas autorreplicantes imperfectos, como las espe-
cies naturales.
Todos los sistemas adaptativos complejos (en la inclusiva expresión de
Gell-Mann, 1994) evolucionan enmarcados por las leyes naturales y sus derivados
en la escala de complejidad. Uno de esos condicionantes naturales en la diversifi-
cación y evolución de las lenguas es la GU (históricamente invariable) que cada
“eslabón de la cadena” que es una mente humana (por volver a la metáfora de
Pinker) impone a lo que “aprende”. En ocasiones, por razones azarosas, los datos
que una generación emplea para construir su lengua-i son ligeramente distintos de
los que usaron sus antecesores, y la gramática resultante tiene “mutaciones” que,
de nuevo por razones independientes, se extenderán o no a la comunidad entera.
Pero aún hay una convergencia potencialmente interesante entre la concep-
ción que ofrece Lass y el núcleo esencial de la gramática generativa. Y se trata
significativamente de otro de los asuntos que tradicionalmente ha opuesto a los
autores generativistas y a los funcionalistas. Los autores funcionalistas (y los cog-
nitivistas, como un subgrupo de éstos) se caracterizan precisamente porque creen
que las propiedades formales de las lenguas y, por tanto, también los universales
lingüísticos, deben explicarse no en sí mismos, sino en términos motivados exter-
namente, bien sea en términos de capacidades cognitivas más generales que las
lingüísticas, bien en términos de necesidades o funciones comunicativas. Por el
contrario, los autores generativistas (también denominados formalistas por cuanto
se oponen en este extremo a los funcionalistas) consideran que las propiedades
formales de las lenguas no son necesaria ni probablemente explicables en térmi-
nos “motivados” e insisten en un estudio detallado de éstas independientemente
de las necesidades comunicativas o de otras motivaciones externas.46
Aunque Lass no entra directamente en esta confrontación de tipo general, al
plantear su modelo de las lenguas como sistemas evolutivos (sistemas replicantes
imperfectos) incide en un factor común a todos los procesos evolutivos y muy
relevante, como es el efecto de “cuello de botella”. Por ejemplo, todos los mamí-
feros tenemos vértebras, pero eso no es algo esencial de los mamíferos (también
las tienen las aves), sino que es una consecuencia de que todos los mamíferos des-
cienden de un proto-mamífero que ya tenía vértebras. Por tanto es posible que
muchas de las propiedades más comunes que presentan esos sistemas (sean len-
guas o sean especies naturales) puedan ser simplemente accidentes históricos que,

46 Véanse Newmeyer (1998) y Mendívil (2003) para una visión menos simplificada de esta
relevante controversia.

81
aun siendo, por supuesto, útiles, no nos dicen nada de su naturaleza (o de la de sus
posesores en el caso de las lenguas).47
En todo caso, parece poco plausible que todas las propiedades formales uni-
versales de las lenguas se puedan explicar sólo históricamente, por dos razones
fundamentales: (i) porque algunas podrían ser restricciones cognitivas impuestas
por el organismo (de lo contrario, no podríamos explicar cómo podemos aprender
las lenguas) y (ii) porque, como ha mostrado Pinker (1994: 256 yss.), la preten-
sión de que los universales lingüísticos son una herencia histórica de una proto-
lengua, además de no ser una hipótesis verificable, se enfrenta con el problema de
que las propiedades formales esenciales de las lenguas también aparecen cuando
hay un serio quebranto de la transmisión tradicional, esto es, cuando, por ejemplo,
surgen nuevas lenguas criollas a partir de pidgins (lenguas macarrónicas o de con-
tacto) o cuando los niños sordos “naturalizan” lenguajes de signos convenciona-
les. Estos dos casos de “creación” de una lengua natural en el curso de una gene-
ración ponen precisamente de manifiesto que el devenir histórico no es una condi-
ción para que las lenguas humanas presenten al menos parte de su complejidad
estructural en pleno esplendor, algo que no debería extrañarnos si parte crítica de
dicha complejidad procede el organismo y no del entorno.48
De manera que ya no resultará sorprendente, la conclusión que alcanzamos
sobre cómo y por qué cambian las lenguas también es aplicable a la biología evo-
lutiva: pensar que hemos explicado una propiedad de un organismo simplemente
porque hemos encontrado una motivación funcional para el cambio que la produjo
es una vana ilusión que nos puede apartar nocivamente del auténtico conocimien-
to científico. Como observa Gould:

“Este supuesto (el paso fácil de la función actual a la razón del origen) es, a mi en-
tender, la falacia más grave y extendida de mi profesión, porque esta falsa inferencia
sostiene cientos de fábulas convencionales sobre las rutas de la evolución” (Gould,
1991: 138-139)

47 No es casual que Chomsky y otros autores de los llamados formalistas (véase, por ejemplo,
Lightfoot 2000) hayan insistido frecuentemente en que es un error de principio prejuzgar que
las propiedades formales universales de las lenguas deban ser explicadas en términos funcio-
nales o adaptativos o que sean de alguna manera “lógicamente necesarias”. En realidad, Lass
de una parte, y Chomsky de otra, están asumiendo un locus distinto para esas supuestas pro-
piedades no necesariamente funcionales o adaptativas. Para el primero podrían ser puros ac-
cidentes históricos (acarreados en el devenir histórico de las lenguas), mientras que para el
segundo podrían ser, además de eso mismo, puros accidentes evolutivos (asociados a la evo-
lución natural de la facultad del lenguaje).
48 Cosa distinta es la complejidad morfológica, que sí se puede considerar un fenómeno históri-
camente condicionado (véase, por ejemplo, Comrie 1992), algo que como se verá más ade-
lante es crucial para la explicación de la tipología estructural de las lenguas. Para una de las
diversas tendencias en la explicación puramente histórica de los universales formales véanse,
por ejemplo, Bybee (2006) y (2008).

82
En ese sentido se podría afirmar que el viejo Saussure tenía razón, puesto que,
aunque recelaba de las formulaciones algo radicales de Schleicher, percibía cla-
ramente la diferencia entre la visión histórica de las lenguas y su consideración
sincrónica, y desconfiaba de todo intento de mezclarlas inadecuadamente:

“Acabamos de ver que la lengua no está sujeta directamente al espíritu de los


hablantes [...] Aun reconociendo que Schleicher violentaba la realidad al ver en la
lengua una cosa orgánica que lleva en sí misma su ley de evolución, nosotros se-
guimos sin vacilar intentando hacer de ella una cosa orgánica en otro sentido, al su-
poner que el 'genio' de una raza o de su grupo étnico tiende a llevar la lengua sin ce-
sar por ciertos caminos determinados” (Saussure, 1916/1983: 327-328).

Quizá haya sido Lightfoot quien mejor ha encarnado esta sofisticada complemen-
tariedad de los puntos de vista sobre la doble naturaleza de las lenguas que se ha
intentado reflejar hasta el momento. Lo plasma claramente este autor con una
afortunada comparación (1999: 225) que recuerda a la de Gould: el cambio lin-
güístico estructural no es direccional ni motivado, como cuando damos un golpe
fortuito a un bola de billar que golpea a otra y ésta empieza a rodar por una super-
ficie ondulada fuera de nuestro control. La bola puede pararse en cualquier lugar,
pero nunca se parará en la cresta de una ondulación o en una rampa. Por eso las
lenguas no se dispersan ni se destruyen, ni son más fáciles o difíciles de aprender,
más o menos útiles en una época que en otra. Desde este punto de vista sería la
GU que todos empleamos para aprender nuestra lengua la que determina los “pun-
tos posibles de caída”. El detonante del movimiento inicial de la bola no tiene
nada que ver con la facultad del lenguaje, ni con nuestro sistema cognitivo, ni con
nuestros deseos o intenciones. Simplemente algunos sucesos (como el cambio de
moda en usar una construcción y no otra, la presencia masiva de hablantes de
otras lenguas, el bilingüismo, o ciertos condicionantes pragmáticos) alteran los
datos esenciales, las pistas fundamentales que necesitamos para fijar los “paráme-
tros” de nuestra capacidad de adquisición del lenguaje y, de forma catastrófica,
nuestras gramáticas internas cambian. Y las lenguas también.

83
84
6. Una propuesta sobre los términos de la comparación
We may conclude that B-evolution and L-
evolution are homologous on a structural, meth-
odological, causal, and functional basis at the
same time
Ángel López García

Hemos visto hasta el momento que la comparación entre lenguas y especies es


sorprendentemente sólida y que va más allá de la mera ilustración. De hecho,
hemos comprobado que la semejanza entre los dos órdenes se extiende incluso a
las controversias teóricas de las dos disciplinas implicadas en su estudio, un para-
lelismo que ya no puede ser casual.
Pero todavía no hemos explicado por qué funciona la analogía hasta ese ex-
tremo; todavía no hemos establecido de manera rigurosa los auténticos términos
de la comparación.
Lo cierto es que, aunque no se ha insistido mucho en ello en el relato preci-
pitado de la historia de la analogía (capítulo 1), ésta se aplicaba de manera difusa,
en tanto en cuanto a veces se identificaban las lenguas con las especies y eran los
componentes de las lenguas (normalmente las palabras o los sonidos) los indivi-
duos (organismos) que competirían entre sí (y los que serían los sujetos de la se-
lección natural), mientras que en otras ocasiones eran las propias lenguas las que
se identificaban con los organismos y las que competirían entre sí en la lucha por
la supervivencia. La vaguedad (e incluso la inconsistencia) en la determinación de
los términos de la comparación es probablemente otra causa histórica más del
descrédito de la misma y de que acabara relegándose a su uso inicial de elemento
ilustrativo. Y como vamos a ver, sigue siendo un problema de muchas aproxima-
ciones actuales.
Cuando afirmamos que una teoría generalizada de la evolución puede ser
aplicable tanto a lenguas como especies tenemos que especificar claramente cuá-
les son los términos de la comparación o, por emplear una terminología clásica,
debemos establecer entre qué entidades de los dos órdenes se producen las corre-
laciones.
En términos elegantemente convenientes en este contexto, López García
(2005) ha planteado que la comparación entre lenguas y especies falla precisa-
mente cuando se interpreta como una analogía (una semejanza entre distintos) y
no como una homología (una semejanza entre iguales). Lo relevante ahora es que
para mostrar que nuestra venerable analogía es en realidad una homología necesi-
tamos algo más que las frecuentes extrapolaciones más o menos sofisticadas del
modelo biológico a los objetos sociales y culturales, que es lo que suelen ser la
mayoría de propuestas al respecto, tales como las de Greenberg (1992), Steels
(1997), Nettle (1999), Croft (2000) o Mufwene (2002, 2008), por mencionar sólo

85
algunas de entre las más elaboradas, casi todas deudoras de la teoría de los memes
(los correlatos culturales de los genes propuestos por Dawkins).
La propuesta que voy a presentar tiene la peculiaridad de implicar una con-
cepción biolingüística del lenguaje, esto es, una concepción que se toma en serio
la aproximación naturalista al estudio del lenguaje. Mi intención es mostrar que
desde este punto de vista naturalista la correlación tiene realmente la capacidad
explicativa que esperamos de una comparación que sea algo más que una ilustra-
ción y que, por tanto, no necesitamos simplemente un modelo de proyección de la
teoría de la evolución a los objetos culturales, puesto que ni el lenguaje ni las len-
guas lo son en sentido estricto.
Comencemos con una conclusión que se deriva de la discusión anterior so-
bre la naturaleza del cambio lingüístico (capítulo 5) y sobre la naturaleza del len-
guaje humano (capítulo 3): la conclusión de que si el cambio lingüístico no tiene
ninguna motivación cognitiva ni funcional, en realidad no importa en qué estado
estructural esté una lengua, porque todo estado en el que esté una lengua es ade-
cuado por definición, o de lo contrario no existiría. Esta hipótesis, que un teórico
relevante como Hurford (2002) considera un caso de la hipótesis uniformitaria,
podría ser cuestionable si hablásemos de la evolución del lenguaje en la especie
(en el sentido de que es concebible que seres “pre-humanos” emplearan un len-
guaje “pre-humano”, que resultaría insuficiente o incompleto para humanos mo-
dernos), pero no cuando hablamos del cambio lingüístico, de la evolución de las
lenguas en tiempo histórico, puesto que nadie ha encontrado ni descrito nunca una
lengua natural hablada como lengua materna por seres humanos que se pueda de-
finir como primitiva, incompleta o imposible de aprender o usar bien por parte de
sus desafortunados usuarios.49
Conviene que recordemos que esta hipótesis es plenamente compatible con
la concepción del lenguaje según la cual parte crucial de lo que determina qué es
una lengua humana es precisamente la GU, que impone ciertas propiedades, cons-
tantes históricamente y universales, a las lenguas naturales.50
También hemos visto que el objeto de estudio de la gramática generativa no
es la lengua como institución social, sino la representación interna de esa lengua
en la mente de un hablante cualquiera, esto es, la lengua-i, un objeto natural en
tanto en cuanto es un estado o propiedad de la mente (y del cerebro) de una perso-
na.
Pero debemos recordar de nuevo que la lengua-i, además de un objeto natu-
ral, también es un objeto histórico. El órgano del lenguaje de una persona que

49 Más adelante (capítulo 14) consideraremos un caso que parece ir en contra de esa afirmación.
50 Consideraremos de momento irrelevante si dichos principios son específicos del lenguaje, si
son puramente gramaticales o si forman parte de los sistemas de procesamiento y producción
del lenguaje en tiempo real. La GU, en lo que nos interesa, se puede definir como un conjun-
to de requisitos que una mente humana incorpora o desarrolla para adquirir y usar una lengua
natural cualquiera. En el capítulo 13 abordaremos dicha noción con más detalle.

86
habla inglés es distinto al de una persona que habla español: los dos comparten un
código fundamental que llamamos GU, pero se diferencian por sucesos contingen-
tes que sólo podemos explicar históricamente. Migraciones, cambios divergentes,
préstamos y aislamiento produjeron dos objetos naturales distintos (en realidad,
millones de ellos, tantos como hablantes de las dos lenguas). Mas, cabe insistir en
ello, el hecho de que la lengua-i de un londinenese y de un zaragozano sean histó-
ricamente distintas no debe hacernos pensar que se trata de dos objetos puramente
históricos, del mismo modo que un caballo y un búfalo son objetos históricos dis-
tintos, pero no son netamente históricos, sino también naturales.
Por supuesto, una lengua histórica como lo que llamamos inglés o español,
esto es, algo de lo que podemos decir que se habla en Londres y en Atlanta, en
Madrid y en Montevideo, no es un objeto natural en el mismo sentido. También es
un objeto histórico, pero en este caso es también un objeto social, esto es, más o
menos el equivalente de uno de los sentidos de la expresión lengua-e en la termi-
nología chomskiana. Esta noción común de lengua-e será irrelevante en nuestra
formulación de la analogía.
Así pues, recapitulando, tenemos tres nociones esenciales relevantes para la
comparación: la GU, la lengua-i y la lengua-e (con nueva definición). La lengua-i
es el órgano del lenguaje de cada persona, esto es, un objeto mental cuyo fenotipo
depende del genotipo y del desarrollo. En lo que nos interesa, el genotipo de la
lengua-i es la GU, que adquirirá diversas configuraciones según los datos lingüís-
ticos del entorno. La lengua-e entonces consiste simplemente en una agrupación
de lenguas-i que permitan a sus posesores comunicarse fluidamente entre sí. Co-
mo hemos visto, hay otras definiciones posibles de lengua-e, pero la relevante en
este estudio es precisamente esa, la agrupación o población de lenguas-i.
Es especialmente importante excluir de la definición de lengua-e la noción
de “resultado del uso de la lengua-i”, que es comportamiento, interacción. Igual-
mente irrelevante es la noción de lengua-e como “conjunto de enunciados”, que es
un conjunto inabarcable. Esta es una diferencia crucial con las propuestas recien-
tes en la línea de la de Simon Kirby (1999: 38) y otros autores que tienden a iden-
tificar la lengua-i con el genotipo y la lengua-e con el fenotipo.
Lo que deseo plantear entonces es que la correlación explicativa entre la
evolución natural y la lingüística es la que identifica los dos órdenes según la tabla
tentativa que tenemos en la Fig. 1:

Evolución natural Evolución lingüística


Organismo Lengua-i
Especie Lengua-e

Fig. 1. Equivalencia entre las dos dimensiones (primera versión)

Como se ve en la Fig. 1 el equivalente del organismo, del individuo (animal, plan-


ta, etc.) que compone una especie no son, como en las analogías habituales, los

87
componentes de una lengua (como los fonemas, morfemas, palabras o construc-
ciones), sino que es precisamente el órgano del lenguaje de una persona, esto es,
aquello que vimos que Schleicher intuía como “la manera característica de hablar
de una persona”.
Para concretar más y evitar equívocos: si un miembro de la especie de los
gorilas es un gorila cualquiera (Copito de nieve, pongamos por caso), un miembro
de la especie lingüística que llamamos español será la lengua-i de cualquier
hablante del español (por ejemplo, la del autor de estas líneas).
Una especie lingüística (o sea, una lengua-e) estará constituida entonces por
un conjunto de órganos del lenguaje o lenguas-i, esto es, por un conjunto de obje-
tos naturales históricamente modificados (del mismo modo que una especie natu-
ral no es más que un conjunto de objetos naturales históricamente modificados,
los propios organismos naturales).51
También es importante que no caigamos en el error de identificar las len-
guas-i, los órganos del lenguaje, con las personas enteras, esto es, con los hablan-
tes, tal y como veremos que hace Croft (2000) en su propuesta. El individuo que
forma una especie lingüística no es pues el hablante, sino su lengua-i, su órgano
del lenguaje; de hecho, una persona bilingüe tiene en la mente dos lenguas-i que
pertenecen a especies distintas. Así, los individuos que forman las especies lin-
güísticas, como los que forman las especies naturales, no tienen propensiones ni
tendencias adaptativas o evolutivas de ningún tipo.
Puede que un hablante dado (una persona) llegue a estar concernido por el
uso y evolución de su lengua, pero nunca lo estará su lengua-i, o no más que un
gorila cualquiera pueda estarlo respecto del pasado y futuro de la especie a la que
pertenece.
La especie lingüística, como la especie natural, es una población, una agru-
pación de individuos lo suficientemente semejantes como para permitir la repro-
ducción viable (en el caso de las especies) o la mutua inteligibilidad (en el caso de
las lenguas-i).
Así cobra más sentido ese extremo fértil de la analogía que identifica, de
una parte, la capacidad de apareamiento fértil como criterio de delimitación de la
especie y, de otra, la inteligibilidad mutua como criterio de delimitación de una
lengua. Y en ambos casos, como hemos visto, se trata de una frontera difusa y en
cierto modo arbitraria.52 En el caso de las especies la capacidad de reproducción

51 Esta definición de “especie lingüística” no es en realidad original, puesto que es la que ofre-
ce, en otro contexto, Lightfoot cuando afirma que “languages, rather, are conglomerations of
the output of various grammars, all represented in the mind/brain of individual speakers.
They are not coherent entities themselves and, in that case, there is no reason to believe that
languages are entities which ‘descend’ from one another” (Lightfoot 2003: 100), algo que
también se puede decir en realidad de las especies naturales.
52 Pensemos de nuevo en los burros y los caballos o, sin desmerecer a nadie, en el español y el
portugués.

88
fértil depende de una muy acentuada semejanza genética entre dos individuos; en
el caso de las lenguas, la inteligibilidad mutua y fluida depende de una muy acen-
tuada semejanza gramatical entre dos órganos del lenguaje.
Vemos pues que la propuesta formulada recoge los éxitos de la “parte alta”
de la analogía tradicional, esto es, la que identificaba especies con lenguas, pero
teniendo en cuenta que estamos usando una definición puramente extensional de
lengua-e (población de lenguas-i) y no una noción de lengua-e consistente en un
conjunto de enunciados o un objeto externo.53 Pero obsérvese que en la tabla de la
fig. 1 no se respeta la “parte baja” de la analogía darwiniana tradicional. Los com-
ponentes de una lengua (en sentido tosco palabras, morfemas, fonemas, construc-
ciones, etc.) no son pues el equivalente de los individuos que forman una especie
(como hemos visto que asumía Darwin inspirándose en Müller), pues en nuestra
propuesta los individuos que forman la especie son las lenguas-i.
¿De qué son correlato entonces los componentes (palabras, morfemas, etc.)
de una lengua?
En una aproximación inicial se podría decir que los componentes de una
lengua serían el equivalente de los genes. De hecho, algunos autores como
McMahon (1994), Croft (2000) o Mufwene (2002) así lo dan a entender o lo pro-
ponen abiertamente.
Sin embargo, creo que esa correlación es tan errónea como la que en el pa-
sado identificaba las palabras con los individuos. En la presente propuesta sí va-
mos a tratar ciertos componentes de una lengua como el análogo de los genes en
la evolución natural, pero en un sentido muy distinto de la noción de componente
de una lengua.
Para empezar, no me refiero a los componentes de una lengua-e, ya que los
componentes de una lengua-e son las lenguas-i de las personas de una comunidad
lingüística dada.
Tampoco vamos a considerar como los componentes de una lengua-i las pa-
labras, morfemas, fonemas, estructuras o construcciones (que en todo caso serían
los órganos que forman un organismo, como el páncreas, el hígado o el sistema
circulatorio de un gorila). Los componentes de una lengua que vamos a considerar
equivalentes de los genes son aquellos principios que regulan el desarrollo de la
lengua-i y que también diferencian las lenguas entre sí desde el punto de vista
estructural. Claro que esto no es fácil de explicitar, lo que prueba que en muchos
ámbitos la lingüística está muchísimo menos desarrollada que la biología.

53 Esta es la concepción que subyace a otras propuestas modernas, especialmente a las que se
basan en la identificación de las lenguas como sistemas adaptativos complejos (Deacon 1997,
Kirby 1999, Briscoe 2002) y que tienen que añadir al problema de emplear una noción de
lengua tan difusa e inconsistente, el problema adicional de que están planteando como análo-
go de las especies naturales una “especie”, la lengua-e, que no tiene individuos claramente
definidos (véase al respecto el capítulo 10).

89
Para evitar complicaciones innecesarias, en lo sucesivo vamos a asumir la simpli-
ficación de que dos lenguas son distintas si tienen lo que habitualmente se entien-
de por opciones paramétricas distintas, es decir, si tienen distinta caracterización
tipológica desde el punto de vista morfosintáctico y/o fonológico, aunque obvia-
mente el asunto es mucho más complejo.
Podríamos entonces pensar en los genes de una lengua-i como configura-
ciones de rasgos (esencialmente fonológicos y morfosintácticos) que producen
instanciaciones diferentes de la GU. En este sentido, hablando toscamente, pode-
mos decir que, por ejemplo, la expresión de caso morfológico es un componente
de la lengua A (por ejemplo el islandés) y no de la lengua B (por ejemplo el chi-
no), aunque sabemos que eso es muchísimo más complejo. En el sentido que nos
interesa, y también simplificando, un “gen” de una lengua-i dada sería por ejem-
plo la agrupación de los rasgos de concordancia y tiempo a la raíz verbal, lo que
provocará que el verbo en esa lengua será flexivo y acarreará otras diferencias
sintácticas (como la posición del verbo en la oración), mientras que una variación
en ese “gen” (o grupo de “genes”) puede hacer que en otra lengua-i el verbo no se
conjugue (y tenga también una sintaxis diferente como consecuencia). La idea
básica es que el equivalente de los genes en las lenguas humanas son los llamados
parámetros, esto es, las propiedades formales que son responsables de la estructu-
ra concreta de cada lengua desde el punto de vista fonológico, morfológico y sin-
táctico. La caracterización más concreta de la noción de parámetro que puede des-
empeñar el papel del gen en nuestra analogía será objeto de dicusión detallada en
la segunda parte de esta obra.
Una manera más explícita de plantear esta parte crucial de la analogía es la
de utilizar la noción de “pista” (cue) en un modelo de adquisición del lenguaje
como el propuesto por Lightfoot (1999, 2006). Como observa esta autor, la idea
crucial del modelo es que los niños escanean el entorno lingüístico en busca de
pistas abstractas sobre las propiedades que tendrá su lengua-i:

“Children scan their environment for abstract cues. Contingent changes in the distri-
bution of those cues may trigger a grammar which generates significantly different
sentences and structures. Change is not random, but it is unpredictable, a function of
contingent changes in the distribution of cues” (Lightfoot 1999: 259).

En este sentido las “pistas” o “indicios” de los que habla Lightfoot serían una ver-
sión más refinada de los tradicionales parámetros, esto es, serían un conjunto de
propiedades formales que determinan el comportamiento del sistema gramatical.
Como observa el propio Lightfoot, una teoría así no se puede permitir una
proliferación de pistas hasta el punto de que tengamos tantas pistas como diferen-
cias superficiales entre las lenguas. La idea básica es que un número limitado de
pistas, según como se combinen, proporcionará un número amplísimo de gramáti-
cas distintas y compatibles con los principios de la GU, esto es, según la lógica de
la teoría paramétrica clásica.

90
Esta manera de enfocar la correspondencia también pone de manifiesto el parale-
lismo con la mutación genética en la que se basa la evolución: como se refleja en
el texto citado de Lightfoot, un cambio contingente en la distribución o aparición
de las pistas en los datos del entorno (por ejemplo si se pone de moda usar más
frecuentemente ciertas construcciones o pronunciar un sonido de forma diferente)
puede implicar la construcción de una lengua-i distinta. Del mismo modo, una
mutación genética contingente puede implicar el desarrollo de un organismo muy
distinto al original.
Como también observa este autor, el cambio no es estrictamente aleatorio,
aunque sí impredecible en tanto en cuanto es una función de cambios contingentes
en las pistas, esto es, en los genes, exactamente igual que en la evolución natural.
Llamemos convencionalmente a esos aspectos responsables de las diferen-
cias estructurales entre las lenguas (y equiparables a los genes) agrupaciones pa-
ramétricas de rasgos o, para mayor brevedad, parámetros. La idea elemental es la
misma que la de la teoría paramétrica clásica según la cual ciertos principios de la
GU dejan, por así decirlo, cabos sueltos que se deben especificar a partir de los
datos del entorno y que darán lugar a distintos tipos de lenguas. Sin embargo, la
noción de parámetro que realmente es válida como correlato de los genes no es la
de la formulación clásica de la teoría, sino la que desarrollaremos en los capítulos
14, 15 y 16 y que se refiere esencialmente a las propiedades formales de las len-
guas que se correlacionan con otras propiedades formales.
En todo caso, la lógica básica es la misma: el niño que adquiere una lengua
(o mejor dicho, la facultad del lenguaje de dicho niño) escanea el entorno lingüís-
tico en busca de pistas que le permitan construir un sistema de conocimiento que
satisfaga los requisitos impuestos por la GU, de manera que una variación en la
presentación o análisis de las pistas puede dar lugar a un sistema de conocimiento
diferente, esto es, a una diferente solución al problema de satisfacer los requisitos
de la GU.
De hecho, como hemos visto, una mutación genética es el equivalente natu-
ral de un reanálisis estructural, de un cambio de significado o simplemente de la
adopción de un término o de una categoría gramatical. Como en la evolución na-
tural, una mutación genética puede ser irrelevante desde el punto de vista evoluti-
vo o, dependiendo de circunstancias externas, puede ser crucial. Así, un cambio
léxico puede apenas afectar a la fisonomía general de una lengua (por ejemplo que
lívido pase de significar ‘amoratado’ a significar ‘pálido’), mientras que un cam-
bio fonético que elimine marcas de caso u otra flexión puede dar lugar a una
transformación vertiginosa que produzca una nueva lengua-i.
En nuestra analogía, la lengua-i de un niño tendrá algunas mutaciones y normal-
mente será ligeramente distinta de la de sus padres, pero será “de la misma espe-
cie”; mientras que en otros casos obtendremos una lengua-i distinta (aunque, por
supuesto, muy parecida filogenéticamente). Y así sucede en la naturaleza: los ca-
ballos, los burros y los perros proceden de un ancestro común, pero la mayor se-
mejanza entre caballos y burros se debe a que ambos proceden de un ancestro

91
común del que no procede el perro; igualmente, el francés, el español y el alemán
descienden de un ancestro común (y por eso se parecen algo), pero el francés y el
español se parecen más entre sí porque ambas lenguas proceden de un ancestro
común del que no procede el alemán.
Hemos visto que las teorías más relevantes del cambio lingüístico insistían
en la noción de sistemas autorreplicantes imperfectos. En nuestra analogía el ór-
gano del lenguaje de una persona se replica cuando se emplea para producir el
input que forjará otros órganos del lenguaje en el proceso de adquisición nativa
del lenguaje. Así, una variación al pronunciar un diptongo de una manera y no de
otra puede extinguirse con quien la inició o puede propagarse rápidamente por un
grupo, como en el célebre estudio de Labov (1963) de Martha’s Vineyard, y en
condiciones muy darwinianas de insularidad, dará lugar a un dialecto diferente en
unos pocos años. Lo relevante es que, al igual que sucede en evolución natural, la
razón por la que se produce una mutación es independiente de la razón por la que
dicha mutación se propaga.
Pero para que la “homología” sea completa, obviamente, falta algo. No es
un secreto que la vida sobre la tierra se basa en el ADN. ¿Cuál es el equivalente
del ADN en la lingüística histórica?
El biólogo y periodista científico Javier Sampedro ha resumido el papel del
ADN con su inconfundible estilo:

“Todos los seres vivos nos basamos en el ADN [...], todos los seres vivos usamos el
mismo código genético a pesar de que hay miles de millones de códigos genéticos
posibles que harían igualmente bien su trabajo, todos empleamos las mismas com-
plicadísimas cascadas de reacciones químicas para mantener nuestras funciones vi-
tales. Que el lector pueda alimentarse de azúcar se debe exactamente a la misma ra-
zón -la misma en todo su complejísimo detalle- que el hecho de que la más misera-
ble de las bacterias pueda alimentarse del mismo azúcar. Cabe imaginar muchas
otras formas de almacenar información genética, de traducirla en cosas útiles y de
alimentarse de azúcar, pero el caso es que las decenas de miles de millones de espe-
cies que existimos en la Tierra lo hacemos exactamente de la misma forma. Ya sería
casualidad si no tuviéramos todos, las bacterias, los cerezos y los seres humanos, un
origen común” (Sampedro 2002: 23)

No es difícil adivinar que el correlato que deseo proponer es precisamente la


Gramática Universal. Si nos permitimos un divertimento y cambiamos el texto
anterior sustituyendo las referencias al ADN por la GU y la mención de bacterias,
lectores y otros seres vivos por el ruso, el chino y otras lenguas, el texto parecería
extraído del mismísimo Chomsky (en cursiva los fragmentos cambiados):

Todas las lenguas humanas se basan en la GU [...], todas las lenguas humanas usan
el mismo código gramatical a pesar de que hay miles de millones de códigos gra-
maticales posibles que harían igualmente bien su trabajo, todos empleamos los mis-
mos complicadísimos conjuntos de restricciones y principios para mantener nuestras
funciones lingüísticas. Que el lector pueda adquirir su lengua con tan pocos datos
se debe exactamente a la misma razón -la misma en todo su complejísimo detalle-

92
que el hecho de que el más remoto de los chinos pueda aprender la suya con los
mismos pocos datos. Cabe imaginar muchas otras formas de almacenar información
lingüística, de traducirla en cosas útiles y de adquirir una lengua, pero el caso es
que las decenas de cientos de lenguas que existen en la Tierra tienen exactamente la
misma estructura. Ya sería casualidad si no tuvieran todas, el ruso, el chino y el
chucoto, un formato común”.

Así pues, con el equivalente para el ADN ya tenemos la tabla completa de la


“homología”, que es la que tenemos en la fig. 2:

Evolución natural Evolución lingüística


Organismo Lengua-i
Especie Lengua-e
Genes Parámetros
ADN GU

Fig. 2. Equivalencia entre las dos dimensiones (versión definitiva)

Usando el modelo paramétrico tradicional para facilitar la exposición, podemos


decir que si el ADN ofrece unas posibilidades y un estilo de codificación basado
en sus propiedades bioquímicas, que bien podrían haber sido otras (o no, eso ese
es un asunto distinto), del mismo modo, la GU ofrece una gama de posibilidades
que bien podría haber sido distinta (o no, algo que tampoco se va a discutir ahora).
Así pues, en función de cómo se organice el ADN en diversos genes obte-
nemos un organismo u otro y, del mismo modo, en función de cómo se organicen
los parámetros de la GU, obtenemos una lengua-i u otra.
Por su parte, el ADN no expresa en un punto concreto el diseño global de un
organismo (por ejemplo un perro), sino que cada grupo de genes expresa el diseño
específico y relativo de los diversos órganos que acaban formando un perro, de
manera que muchos genes de un perro son idénticos a los de una persona. Del
mismo modo, la GU no codifica una lengua escogiendo una determinada configu-
ración de opciones paramétricas, sino que hay “genes” que determinan con relati-
va independencia cómo será el sistema fonológico de las vocales (español frente a
catalán), si habrá o no marcación en el núcleo (mohaqués frente a japonés), o si
habrá o no movimiento visible del verbo (español frente a inglés), etc.54
El lector atento habrá observado que en la adaptación “lingüística” del ante-
rior fragmento de Sampedro he “traducido” la palabra origen al final de la versión
original por formato. La razón ha sido la de no provocar la lectura según la cual
las propiedades universales del lenguaje se podrían explicar como una homología,

54 Es cierto que las presentaciones habituales de la teoría paramétrica dan a entender que una
lengua es el resultado de un conjunto de opciones paramétricas, pero esa no es más que una
visión simplificada (véase la discusión más detallada en los capítulos 14, 15 y 16).

93
esto es, como el resultado de una herencia común a partir de una protolengua,
según rezaría la hipótesis monogenética de las lenguas, esto es, la hipótesis que
defiende que todas las lenguas actuales (y las que se han extinguido) proceden de
una primera lengua o protolengua.
Y de nuevo cabe mencionar al respecto la argumentación de Pinker (1994)
según la cual la idea de que la existencia de universales lingüísticos sea un prueba
de la hipótesis monogenética es falsa porque la herencia común no puede servir
para explicar los universales lingüísticos, del mismo modo que la herencia común
no puede explicar que todos los organismos vivos, de la bacteria primigenia al
pastor alemán (el perro o la persona), tienen masa. Todos los organismos tienen
masa porque esa es una condición física independiente de la historia, no porque el
primer organismo del que derivan tenía masa, aunque eso sea también cierto. Del
mismo modo, todas las lenguas tienen ciertas propiedades comunes pero éstas no
se explican porque procedan todas de una protolengua común, aunque pudieran
hacerlo.
Así pues, aunque la hipótesis monogenética no podría explicar la existencia
de algunos universales lingüísticos, ello no significa que no pueda ser correcta. Lo
que sucede es que sencillamente no lo sabemos y es poco probable que podamos
saberlo.
En este caso, pues, la analogía falla, pero no por una cuestión teórica, sino
empírica. Sabemos, gracias a la genética moderna, que todas las formas de vida
proceden de una forma ancestral común, pero no tenemos la misma evidencia con
respecto a las lenguas. Por mucho que algunos autores hayan sostenido que exis-
ten indicios de que todas las lenguas existentes están relacionadas filogenética-
mente, lo cierto es que las técnicas disponibles de reconstrucción histórica tienen
una fecha limitada. Toda evidencia utilizable se desvanece en los miles de años
transcurridos desde el surgimiento evolutivo del lenguaje como facultad humana y
los primeros registros escritos. Si hacemos caso de ciertos datos antropológicos y
genéticos, el lenguaje humano moderno podría tener unos 100.000 años de anti-
güedad, mientras que las protolenguas más antiguas reconstruidas no van más allá
de hace unos 9.000 ó 10.000 años (6.000 para el protoindoeuropeo, por ejemplo).
Por tanto, los lingüistas tenemos un vacío de datos de en torno a cien mil años, un
vacío que no se puede rellenar con elucubraciones sobre la remota semejanza en
la forma de decir dedo en miembros reconstruidos de algunas familias lingüísticas
no relacionadas genéticamente, como algunos han pretendido.55 Así, Campbell
concluye que “because of so much change over such a long time, nothing of the
original language(s) survives in modern languages in any form that could be use-
fully compared across-linguistically to give any indication of the lexical or struc-
tural content of the original languages” (Campbell 2008: 79).

55 Véase por ejemplo Ruhlen (2008) para una síntesis de los argumentos en esa dirección.

94
Una vez establecida de manera explícita la forma de la “homología” es posible
argumentar que los resultados de investigaciones lingüísticas coherentes con este
modelo pueden servir como argumentos de cierto peso en la elaboración de una
teoría generalizada de la evolución.
De hecho, una teoría semejante a la ahora propuesta, la de Croft (2000), es-
tablece la analogía de forma bien distinta e incurre en dos errores frecuentes: apli-
ca un modelo inadecuado de la evolución (en esencia el neodarwinista de Daw-
kins) y sostiene una concepción inadecuada del lenguaje (en la que éste es un fe-
nómeno puramente histórico y puramente externo).
Hay, por supuesto, una intuición común a las dos propuestas, un cierto pare-
cido superficial y una misma convicción: que realmente se trata de una “homolo-
gía” y no de una “analogía”. Por ello en la siguiente tabla comparativa se adoptan
los términos neutros de Croft de esa supuesta teoría de la evolución generalizada o
independiente del medio:

Teoría generalizada de Evolución Evolución Evolución Lingüísti-


la evolución natural Lingüística ca
(según Croft) (según nosotros)
Replicador Gen Lingüema Parámetro
Conjunto de replicado- ADN Enunciado Gramática Univer-
res sal
Interactor Organismo Hablante Lengua-i
Población de interacto- Especie - Lengua-e
res

Fig. 3. Comparación de la propuesta de Croft y la presente

Curiosamente, la tabla comparativa que propone Croft entre la evolución lingüís-


tica y la evolución natural (2000: 38) no incluye la noción de especie ni la noción
de lengua. No es de extrañar, puesto que como define la lengua como un conjunto
de enunciados56, ello resultaría incoherente con su propia noción de organismo (el
hablante y no un enunciado) y además porque va a operar con una concepción de
la evolución en la que la especie (y hasta el individuo) es irrelevante.
Como puede verse también en la tabla anterior, Croft plantea como correlato
del gen el lingüema, un término que introduce en analogía con el meme de Daw-
kins. En principio la intuición es semejante a la que ha inspirado la propuesta de la
tabla de la Fig. 2: el lingüema es un componente de la lengua. De hecho, Croft lo
define como sigue:

56 “a Language is the population of utterances in a speech community” (Croft 2000: 26).

95
“[Linguemes] are embodied linguistic structures, anything from a phoneme to a se-
mantic/discourse-functional (information-structural) values” / “a unit of morpheme
to a word to a syntactic construction and also their conventional linguistic structure,
as embodied in particular utterances, that can be inherited in replication” (Croft
2000: 28, 239).

Pero aunque superficialmente las dos propuestas pueden resultar muy similares,
son profundamente distintas. Tal y como resulta definido, el lingüema de Croft no
es en realidad un componente de una lengua, sino que es un componente del
enunciado, algo externo al hablante y a su conocimiento del lenguaje. Y es por
ello por lo que considera el enunciado como el equivalente del ADN. La defini-
ción de enunciado con la que opera es la siguiente:

“An utterance is a particular, actual occurrence of the product of human behavior in


communicative interaction (i.e. a string of sounds), as it is pronounced, grammati-
cally structured, and semantically and pragmatically interpreted in its context” / “an
actually occurring piece of language, completely specified at all levels of structure,
including its full contextual meaning on the particular occasion of use” (Croft 2000:
26, 244).

Con estos elementos, la analogía de Croft funciona de la siguiente manera: el


hablante se comunica con otros hablantes emitiendo enunciados (intercambiando
ADN) y otros hablantes replican esos enunciados con ligeras variaciones, apar-
tándose en ocasiones de las convenciones. Cuando esas variaciones se extienden a
otros hablantes, estamos ante un cambio lingüístico.
Pero la analogía, interesante como metáfora, tiene serios problemas si real-
mente quiere fundamentar o reflejar una teoría generalizada de la evolución. Co-
mo hemos visto, el papel del equivalente del ADN, esto es, del “genoma lingüísti-
co” en la propuesta que hemos formulado tiene una función análoga al auténtico
(esto es, regular el desarrollo y estructura del “organismo”), pero no así en la pro-
puesta de Croft, en la que las secuencias de ADN (los enunciados) se intercam-
bian entre los hablantes (lo que le lleva a identificar ingeniosamente la reproduc-
ción sexual con los intercambios comunicativos), pero no pueden regular o deter-
minar el desarrollo de los individuos, pues éstos son en su propuesta los hablantes
(incluyendo su conocimiento del lenguaje).
El problema esencial de esta propuesta (y de otras menos explícitas que
asumen una noción “externa” del lenguaje como análogo a las especies y los or-
ganismos naturales) es que los enunciados serían la verdadera y única noción de
lenguaje, siendo el hablante un mero receptáculo del mismo.
Tal y como se refleja en el siguiente fragmento, Croft plantea una teoría in-
consistente de la adquisición del lenguaje (como repetición) y del propio conoci-
miento del lenguaje (como una mera capacidad de replicar enunciados en el con-
texto adecuado):

96
“The grammar -the speaker’s knowledge about the language- is acquired through
hearing other utterances embodying these linguistic structures. Knowledge of lan-
guage is essentially the ability to replicate linguemes in the in the appropriate social-
communicative contexts” (Croft 2000: 29).

Pero la capacidad para replicar enunciados en los contextos adecuados no es sino


el resultado de otras capacidades, entre ellas el conocimiento de la estructura y
principios de la lengua-i.
Si consideramos la propuesta de Croft como una metáfora informal, es bas-
tante adecuada, pero se trata precisamente de eso, de una bella metáfora que tiene
el defecto de implicar una concepción del lenguaje en cierto modo superada y de
predecir una teoría del cambio que debe afrontar las mismas dificultades que el
modelo neodarwinista de la evolución.
A diferencia de la de Croft, la propuesta que hemos presentado plantea unos
correlatos lingüisticos con una naturleza y función más parecidos a los originales
y además apoya el modelo antineodarwinista, y lo hace en los tres ámbitos de dis-
puta ya mencionados y que Gould (2002) considera las tres patas del trípode dar-
winiano: (i) los niveles de selección, (ii) el protagonismo de la selección natural y
(iii) la gradualidad.
Los veremos uno a uno en los capítulos siguientes.

97
98
7. Niveles y unidades de selección
La identificación de los replicadores como los
agentes causales de la selección (el fundamento
del enfoque centrado en el gen) se asienta en un
error lógico que puede caracterizarse como una
confusión de la causalidad con la contabilidad
Stephen J. Gould

Ya se ha mencionado que una de las más complejas discusiones en teoría evoluti-


va tiene que ver con cuáles son las unidades de selección. El modelo que he plan-
teado para el lenguaje muestra que en este ámbito tanto el organismo (la lengua-i)
como la especie (la lengua-e) pueden ser objetos de selección o, por emplear la
terminología de Hull (1988), que tanto la lengua-i como la lengua-e son interacto-
res en distintos niveles, mientras que los reproductores, los equivalentes de los
genes, serían los “rasgos paramétricos” responsables de la diversidad estructural
de las lenguas (sobre cuya naturaleza volveremos in extenso más adelante). En
este sentido se puede afirmar que la lingüística histórica, tal y como la estamos
entendiendo, presta más apoyo teórico a la versión antineodarwinista que a la
neodarwinista, que no sólo se ha centrado en el organismo, sino que en la versión
de Dawkins lo ha convertido en un mero vehículo de los genes. Y a eso es a lo
que nos lleva la analogía de Croft a causa de la inadecuación de sus correlaciones.
Como hemos visto, afirma Gould en su obra fundamental (2002: 644) que la
identificación de los replicadores, los genes, como los agentes causales de la se-
lección natural sería un error lógico equivalente a confundir la causalidad con la
contabilidad. Y esta confusión es la que lleva a Croft a la misma incogruencia del
gen egoísta. En su modelo son los lingüemas las entidades que persisten en el
tiempo y terminan desdibujando el organismo en el que se integran. En dicho mo-
delo los lingüemas se copian de una lengua a otra directamente, mientras que en el
aquí propuesto las “agrupaciones de rasgos paramétricos”, aunque son los replica-
dores, no se copian simplemente, sino que implican una reestructuración de toda
la lengua-i, esto es, una variación en el genoma del nuevo organismo, con efectos
en el fenotipo que pueden ir desde lo despreciable hasta el cambio estructural ra-
dical, esto es, exactamente como sucede en el ámbito natural.
Por usar los descriptivos términos arquitectónicos de Gould (2002), los lin-
güemas de Croft serían “ladrillos faraónicos”, mientras que nuestros “rasgos pa-
ramétricos” serían “columnas corintias”; los primeros no dependen de la estructu-
ra del edificio, son siempre los mismos, ni lo condicionan, pero las segundas sí.
Esto también es consecuencia del propio modelo de lenguaje empleado.
Como observa específicamente Croft, su teoría implica una concepción del len-
guaje que lo haría más parecido a las plantas que a los animales, en el sentido, tal
y como se afirma en el siguiente fragmento, de que una lengua sería un conjunto

99
de lingüemas laxamente coordinado y relativamente simple en comparación con
un sistema complejo bien afinado:

“A language is a loosely coordinated set of linguemes that is relatively simple com-


pared with a truly finely balanced and complex system. Likewise, a speaker’s
knowledge about her language is not as finely balanced and complex a mental struc-
ture as some contemporary grammatical theories make it out to be” (Croft 2000:
230-231).

Vemos que se implica pues una noción acumulativa de la lengua-i, una noción en
la que la gramática y la propia lengua serían un conjunto más o menos organizado
de idioms o construcciones básicas que saltan de lengua a lengua. En este sentido,
la noción de lengua de Croft nos recuerda a la noción de organismo de Dawkins
(1976), esto es, una “máquina de supervivencia” al servicio de los genes. Según
esto una lengua no sería más que una máquina de supervivencia para los lingüe-
mas. Pero los lingüemas no pueden ser los elementos expresivos que se manifies-
tan a través de los lerdos robots que serían las lenguas, porque los lingüemas, si
existieran, sólo tendrían sentido como parte de un sistema orgánico, de una len-
gua. Una lengua humana, como “máquina” para la expresión y el pensamiento,
tiene propiedades que no se hallan en ninguno de sus elementos o construcciones,
al igual que los organismos e incluso las especies tienen propiedades emergentes
no regidas por los genes ni reducibles a éstos.
Como decía el propio Hull (un autor, por cierto, profusamente citado por
Croft) una unidad de selección debe interactuar directamente con su entorno como
un todo coherente de tal manera que la replicación es diferencial. Y como señala
atinadamente Gould, los genes no suelen interactuar directamente con el entorno:
son los organismos los que luchan, mueren, compiten y se reproducen y, como
resultado de ello, los genes pasan diferencialmente a las otras generaciones. Una
lengua-i, en tanto en cuanto un atributo individual y específico de una persona es
un objeto de selección, pero no lo son sus características tipológicas aisladas.
Gould lo ha expuesto claramente:

“Si los genes interactúan con el entorno sólo indirectamente a través de la selección
organísmica, y si la selección sobre los organismos se ejerce en gran medida sobre
caracteres emergentes, entonces los genes no pueden ser unidades de selección
cuando ejercen de replicadores fieles y diferenciales en el proceso de selección natu-
ral ordinario” (2002: 650-1).

La teoría jerárquica de la selección defendida por Gould y otros autores para el


mundo natural (que abarca tanto organismos, como demes, especies y clados) es
coherente con las correlaciones que he propuesto en la fig. 2 del capítulo anterior,
ya que puede acomodar mucho mejor las diversas unidades selectivas que este
modelo permite: desde el organismo individual (la lengua-i) hasta la lengua histó-
rica (el ruso), pasando por diversos grupos de lenguas-i (dialectos, estilos o varie-

100
dades), todas ellas susceptibles de ser objeto de selección, tal y como ha mostrado
insistentemente la sociolingüística histórica contemporánea.
Como observa Gould, la selección de especies es probablemente la única
que juega realmente un papel en el nivel macroevolutivo, y eso se sigue claramen-
te en la propuesta formulada: el cambio en el organismo (en la lengua-i) no puede
llevar a la extinción de una lengua sino como mucho a su partición, pero como ha
mostrado Dixon (1997), la causa fundamental de la extinción de lenguas es, salvo
contadas excepciones (como la muerte repentina o el exterminio de todos sus
hablantes), la competencia con otras lenguas. Los cangrejos de río europeos su-
cumbieron (al menos en buena parte de España) por la competencia de los cangre-
jos americanos, mientras que centenares de lenguas americanas sucumbieron (y
están sucumbiendo) por culpa de las lenguas europeas como el inglés, el español y
el portugués.
Además, el modelo de Croft predice una pauta isotrópica de cambio lingüís-
tico que no se produce. Si cada lingüema es independiente y forma parte de un
sistema relativamente poco trabado (si es un “ladrillo faraónico”), entonces no se
explican ciertos cambios en cadena o ciertos procesos de cambio que implican
reajustes notables, como por ejemplo en la adquisición de marcas de caso. Es un
hecho que una lengua puede adquirir un sistema de marcas de caso (por ejemplo
por préstamo de una lengua vecina), pero eso no contradice la analogía que he
establecido entre el ADN y la GU o entre los genes y los parámetros. La prueba es
que, como observa Dixon, cuando se desarrolla una nueva categoría lo hace de
manera tajante: “when a new category develops, it will do so in a decisive man-
ner. There will be no cases at all and then -within perhaps a couple of generations-
a system of half-a-dozen or so cases, rather than one, then two, then three, ...”
(Dixon 1997: 55). Un sistema casual no se desarrolla gradualmente, sino, por de-
cirlo así, de golpe.
Pero como veremos después con más detalle, esto es muy relevante porque
implica no tanto que al genoma de esa lengua se le hayan “añadido” genes, que es
lo que plantea el modelo de Croft desvirtuando la comparación, sino que las “pis-
tas” que han empleado ciertas generaciones de hablantes para desarrollar su len-
gua incluían estímulos que, en el marco de la GU, especifican una lengua-i con
marcas de caso.57 Podemos entonces decir que los “genes” que han construido la
lengua-i de esas nuevas generaciones son algo diferentes a los que construyeron la
lengua-i de los hablantes anteriores, lo que encaja mejor con lo que sucede en la
naturaleza y con el resultado de cambio fenotípico repentino que realmente obser-
vamos.

57 En la segunda parte de esta monografía consideraremos con más precisión la naturaleza de


este tipo de procesos y el papel de la GU en el desarrollo de la facultad del lenguaje de las
personas.

101
Volvamos de nuevo a la tabla comparativa de la tipología del orden de palabras
del capítulo 5. Aunque sabemos que las lenguas no se ajustan de manera exacta a
las propiedades de cada columna, lo cierto es que las lenguas con orden OV tien-
den estadísticamente a tener las propiedades de esa columna (es más probable que
tengan posposiciones, que el auxiliar vaya tras el verbo principal, etc.), mientras
que las lenguas con el orden relativo VO tienden estadísticamente a satisfacer
también las propiedades de la columna correspondiente (es más probable que ten-
gan preposiciones, que el verbo auxiliar preceda al principal, etc.). Por eso preci-
samente se establece así la tipología y no de otra forma. Es un hecho empírico.
Pero aunque la explicación de por qué esto es así es compleja y controvertida (y la
abordaremos con cierto detalle más adelante) el propio hecho es relevante: lo que
nos indica es que una lengua sí es un sistema complejo precisamente estructurado
y no una suma más o menos deslavazada de sus componentes. Que el objeto vaya
delante del verbo no es una propiedad aislada e independiente de las otras (no es
un ladrillo faraónico, sino una columna corintia: en función de cómo sea se condi-
cionará la forma del edificio). Por tanto, está claro que cuando un niño adquiere
una lengua determinada encuentra pistas que lo orientarán en la construcción de
una gramática determinada y no otra. Esto no es determinista (de lo contrario sólo
tendríamos dos tipos de lenguas y no existiría el inglés), pero debe ser explicado.
El modelo paramétrico incorporado a nuestra propuesta no sólo se parece más a
cómo funciona el desarrollo de un organismo a partir de instrucciones genéticas y
epigenéticas, sino que acomoda mejor los hechos empíricos, probablemente por
ello.
Es muy cierto que si miramos algunos procesos de cambio lingüístico desde
un punto de vista superficial, el modelo de Croft parece tener sentido. Me refiero a
que es un hecho que cualquier rasgo de una lengua, sea un fonema, una palabra, el
orden de palabras, incluso una técnica gramatical (como marcar los argumentos
con casos o no, hacer concordar al sujeto con el verbo o no, etc.) se puede difundir
a otra lengua. Pero sería simplista quedarse con eso.58
Veamos un ejemplo. El chino (un conjunto de lenguas en realidad) se carac-
teriza por usar los tonos vocálicos (en términos simples, por diferenciar dos pala-
bras únicamente por el tono más agudo o más grave de una misma vocal). Algu-
nas lenguas de otras familias habladas en zonas limítrofes con dialectos chinos
presentan una evolución interna que conduce al desarrollo en esas lenguas de un
sistema de tonos. Podemos decir que los tonos han pasado del chino a otras len-
guas, pero sólo asumiendo que en realidad estamos usando un atajo descriptivo.
Decir que los tonos han pasado de una lengua a otra es una simplificación, útil

58 Por otra parte, la explicación de cambios por contacto no es siempre tan fácil de demostrar
como parece y con frecuencia para cada explicación de este tipo suele haber otra basada en
cambios endógenos. Véase Filppula (2003) para una revisión general de este problema.

102
cuando estamos describiendo superficialmente un conjunto de cambios o una de-
terminada área lingüística, pero que oculta la propia naturaleza del proceso.
Cuando decimos que un rasgo X se difunde de una lengua A a otra lengua B
lo que está implicado no es que simplemente los hablantes de la lengua B incorpo-
ren rasgos o propiedades de A directamente creando la lengua B’. Lo que suele
suceder realmente es que algunos individuos hablantes de B, que también tienen
competencia en la lengua A, pueden transferir, consciente o inconscientemente
(por presumir o por deseo de imitación) algunos rasgos de A a su uso de B. Por
ejemplo, pronunciando ciertos sonidos de B de forma similar a como se hace en A
o alterando el orden de palabras de B de acuerdo al más frecuente en A. Cuando
hacen esto lo que están haciendo es, por así decirlo, crear un “caldo de cultivo”
para que los futuros aprendices de B, a través del proceso de adquisición nativo
del lenguaje que hemos resumido, sitúen de manera diferente algunas de las pro-
piedades no determinadas por la GU, esto es, acaben construyendo la lengua B’.
Y precisamente por eso B’ no surge poco a poco, conforme le “van llegan-
do” rasgos, sino de manera abrupta. Dixon (1997) ha aplicado a la explicación de
la evolución histórica de las lenguas el modelo de equilibrio interrumpido de El-
dredge y Gould y el resultado es fascinante: resulta que las lenguas cambian muy
lentamente en los períodos de equilibrio. En esas fases, probablemente las más
extensas temporalmente en la historia de la humanidad, las lenguas no solo no se
separan, sino tienden a mantener un equilibrio entre sí y, por efecto de la difusión
de rasgos, incluso a converger en un prototipo común.
El modelo arbóreo que hemos visto que desarrollaron los indoeuropeístas ya
en el siglo XIX (de la mano del propio Schleicher) -y que en parte fue causa del
surgimiento de la analogía que nos cautiva-, sólo se aplica en realidad en los bre-
ves periodos de interrupción del equilibrio. Es sólo en esos momentos cuando es
aplicable este modelo según el cual, como en el árbol de la vida de Darwin, las
lenguas se van dividiendo en diversas ramas, divergen en familias distintas. Lo
relevante es que estos procesos son relativamente rápidos y que, por tanto, como
en el mundo natural, en el que es imposible sorprender a una especie cambiando
para convertirse en otra, dos dialectos de la misma lengua no se convierten en dos
lenguas de manera progresiva y pausada, sino de forma abrupta.
Aunque desde luego no es lo más típico, Dixon documenta un caso en el que
una lengua se convirtió en otra en unos cincuenta años:
“An unusual example of rapid change concerns Muyuw, an Austronesian language
spoken in Woodlark Island, off the coast of New Guinea. Lithgow (1973) reports
that about 13% of the vocabulary was replaced over a period of 50 years or less.
There have also been significant grammatical changes –for instance, the old way of
saying ‘my knee’ was gun-kitut (lit. ‘my-knee’) whereas the new way is kitAtu-gw
(lit. ‘knee-my’). The changes where so great that a man who returned to the island
after an absence of 15 years could not at first be fully understood. Lithgow com-
ments that ‘speakers love to borrow from adjacent languages and dialects, either
from boredom, from social pressure, or from desire to display their knowledge. I

103
have heard village orators sprinkling their speeches with words from Dobu and
Kivila languages in the way some English speakers sprinkle their discourse with
snatches of French and Latin’. In this situation, social attitude engendered an accel-
erated rate of lexical and grammatical change”. (Dixon 1997: 10)

En este caso el factor externo (la “selección natural”) fue esa actitud social algo
inusual, lo que explicaría la rapidez extrema del proceso, pero en la mayoría de las
ocasiones en las que asistimos a la creación de una lengua, aunque el tiempo no
sea tan reducido, la mecánica es la misma.
Aún podría admitirse que el modelo dawkinsiano de Croft, en el que los
“genes” saltan de lengua a lengua como auténticas unidades de selección, es ade-
cuado para describir los procesos de préstamo léxico. Así, es frecuente que una
lengua tome prestada de otra una palabra (así lo dicen los lingüistas, aunque no
está claro por qué, ya que las lenguas no suelen devolver las palabras que toman
prestadas) y eso, en principio, no implica una reorganización de la lengua de des-
tino, sino un cambio superficial. Así, cuando el español adoptó la palabra fútbol
tomándola del inglés football, no se convirtió en un sentido cabal en una lengua
distinta.
Sin embargo, ni siquiera en el caso del préstamo léxico el modelo que des-
dibuja al organismo, la lengua, es del todo adecuado. Cuando el préstamo léxico
es relativamente masivo la lengua cambia considerablemente y, en realidad, se
convierte en otra. Un hablante del español puede leer con cierta facilidad un texto
escrito en español medieval (aunque no le será sencillo sin un poco de entrena-
miento), mientras que un hablante del inglés actual tendrá serias dificultades para
averiguar siquiera el tema de un texto del inglés antiguo. Parte de la culpa la tiene
la afluencia masiva de términos franceses en la lengua inglesa a raíz de la invasión
normanda en el 1066. Por la misma razón, para un hablante del francés (y hasta
del español) es más fácil leer un texto en inglés que uno en alemán, puesto que en
esta otra lengua germánica los préstamos de lenguas romances son mucho más
escasos.
Pero la entrada de léxico del francés medieval en el antiguo inglés no sólo
tuvo el efecto de acrecentar su caudal léxico, sino que impuso variaciones impor-
tantes en la estructura fonológica y hasta morfológica de la lengua inglesa.
Así, por ejemplo, en el inglés del siglo XI no había un fonema /v/ (esto es,
una ‘f’ sonora), aunque existía un alófono de /f/ que se sonorizaba entre vocales:
así el antiguo ofer se pronunciaba over (como se hace hoy, con nueva ortografía).
En inicio de palabra /f/ siempre se tenía que pronunciar sordo, como en la actuali-
dad en five o fire (o sea, como en español). Sin embargo, el francés tenía tanto /f/
como /v/ como fonemas independientes, por lo que /v/ aparecía también en inicio
de palabra. De hecho, muchas de las palabras que se tomaron prestadas del fran-
cés tenían esa sonora labiodental en posición inicial, como se muestra en las si-
guientes palabras inglesas de origen francés: very, vine, vinegar, voice, view, vi-
car, victory, venue, vault, vassal, value, villain, virgin, vowel. Como resultado, el

104
inglés adquirió el fonema /v/, de manera que se hicieron posibles oposiciones fo-
nológicas entre /v/ y /f/ que antes no eran posibles (o sea, que esos sonidos deja-
ron de estar en distribución complementaria). Obsérvese la tabla siguiente, donde
se muestran pares de palabras distintas que se pronuncian exactamente igual salvo
en el rasgo de sonoridad de la labiodental inicial:

Oposición /v/ - /f/ iniciales en inglés actual


few / view
fine / vine
fat / vat
rifle / rival
strife / strive

Otra consecuencia notable del préstamo léxico es que el léxico original puede
quedar muy afectado, de manera que la competencia con el nuevo término puede
hacer que la palabra original cambie de significado o que éste se especialice seve-
ramente. De nuevo el inglés, que sufrió tan abultada entrada de préstamos de una
lengua dominante, de prestigio, ofrece un ejemplo claro, tomado en este caso de
McMahon (1994: 177):

A B C D E
deor ‘animal’ animal deer 'ciervo'
wyrm ‘dragón’ dragon wurm 'gusano'
wamb ‘estómago’ stomach womb 'matriz'
fugol ‘ave’ bird fowl 'gallina'
steorfan ‘morir’ die starve 'morir de
hambre'
spillan ‘destruir’ destroy spill 'derramar'

La columna A muestra el término del inglés antiguo; la columna B su significado


original; la columna C indica la palabra inglesa derivada del término francés in-
troducido en la lengua en competencia con la anterior; la columna D corresponde
a la palabra inglesa actual derivada de la columna A y la columna E señala el sig-
nificado principal resultante de la palabra de D. Así observamos que, por ejemplo,
el término del inglés antiguo fugol significaba ‘ave’ (cfr. alemán Vogel ‘ave’).
Cuando se introdujo el término de origen no germánico bird éste “se quedó” el
significado principal, relegando al descendiente del primero, fowl, a una clase de
aves, las gallinas.
Vemos, pues, que incluso en el caso de los préstamos de palabras, aparen-
temente los más inocentes en lo que respecta a la estructura orgánica de una len-
gua, la lengua reacciona como un todo, no como un conjunto de elementos laxa-
mente unidos por el devenir de la historia. Claro que podríamos contar la historia

105
de la palabra animal, relatar cómo se originó en latín y luego pasó al francés, y
después al inglés y compitió con deor venciéndola, frente a su cognado alemán
Tier ‘animal’ que sigue reinando como término común comparado con el más
modesto deer ‘ciervo’ del inglés actual, pero la historia, aunque interesante en sí
misma, no sería realmente significativa para nuestra comprensión de la evolución
de las lenguas y de la propia facultad del lenguaje.

106
8. El papel de la selección natural
¿Hasta qué punto esta ocupación sesgada y par-
cial del morfoespacio de diseños adaptativos ac-
cesibles refleja la intervención de constricciones
internas (tanto limitaciones negativas como cana-
les positivos) y no sólo el hecho de que un núme-
ro limitado de linajes no constreñidos simple-
mente no ha alcanzado todas las posiciones posi-
bles en el tiempo de que han dispuesto?
Stephen J. Gould

El segundo punto de conflicto señalado tiene que ver con el protagonismo de la


selección natural. Como hemos visto, en el modelo neodarwinista la selección
natural sobre pequeñas variaciones fenotípicas es la única explicación de los cam-
bios evolutivos, mientras que en el modelo antineodarwinista la selección natural
no tiene tal privilegio, sino que la evolución está también constreñida por ciertas
“leyes de forma” (esto es, no históricas).
Uno de los problemas fundamentales de Darwin, como él mismo reconoció,
era que su modelo predecía una transición gradual entre todos los organismos,
algo que ni los organismos existentes ni el registro fósil parecían sustentar. En el
texto que encabeza este capítulo Gould (2002: 1084-5), que dedica una amplia
sección de su obra magna a este asunto, lo plantea de manera clara. La formula-
ción de la pregunta de Gould es, además de elocuente, muy informativa y merece
algún comentario. Como hemos visto en el capítulo 4 la cuestión crucial es no ya
si la selección natural es relevante (ningún científico lo duda), sino si la selección
natural se basta para explicar y predecir el hecho objetivo de que el “morfoespa-
cio” de diseños adaptativos accesibles está ocupado sólo de manera sesgada y
parcial, esto es, que de los muchos tipos posibles de criaturas que podrían existir,
sólo existan algunos tipos. La opción planteada es doble: o bien existen constric-
ciones internas (que pueden ser limitaciones negativas o canales positivos por los
que debe discurrir la evolución), lo que explicaría esa ocupación parcial y sesga-
da, o bien esa distribución se sigue de que los linajes, aunque no están constreñi-
dos, simplemente no han acertado a llenar todo el espacio en el tiempo disponible.
A este respecto es fundamental que recordemos la discusión del capítulo 4 sobre
la dispersión de las lenguas en su devenir histórico y el papel de la GU: ¿están las
lenguas de alguna forma constreñidas en su evolución o la dispersión se debe sólo
a los avatares históricos?
En lo que respecta a la evolución natural Gould se inclina decididamente a
favor de la primera opción (recuérdese el poliedro de Galton) basándose, entre
otros muchos argumentos, en la interpretación de un descubrimiento revelador de
la genética moderna: la homología profunda entre tipos taxonómicos separados
por más de 600 millones de años. Estos tipos todavía comparten muchos canales
ontogénicos basados en niveles de retención genética (por ejemplo de los llama-

107
dos genes hox) que los neodarwinistas considerarían implausibles dada la supuesta
capacidad de la selección natural para modificar cualquier línea independiente en
una dirección propia y única acorde a su larga y contingente historia.
La importancia de los genes de tipo hox para la biología evolutiva queda
clara en la siguiente afirmación de Sampedro:
“Toda la deslumbrante diversidad animal de este planeta, desde los ácaros de la mo-
queta hasta los ministros de cultura pasando por los berberechos y los gusanos que
les parasitan, no son más que ajustes menores de un meticuloso plan de diseño que
la evolución inventó una sola vez, hace unos 600 millones de años” (2002: 98).

Si esto es correcto, lo que se implica entonces es que la labor de la selección natu-


ral ha sido mucho más de detalle, de ajuste fino, podríamos decir, y que las cons-
tricciones sobre la selección natural, en este caso históricas, son enormemente
relevantes.
La homología profunda a la que se refieren Gould y Sampedro se refiere al
hecho sorprendente de que el mismo gen hox regulador sea el responsable tanto de
la construcción de la cabeza de una mosca como de la de un ser humano. Esta
sorpresa es comparable a la que suele causar la hipótesis de Chomsky de que to-
das las lenguas tienen esencialmente la misma estructura y que la exuberante di-
versidad que despliegan es en realidad muy superficial.
Por supuesto que además de las restricciones históricas basadas en homolo-
gía profunda podrían existir restricciones físicas, según el modelo clásico de
D’Arcy Thompson (1917) en el que las fuerzas físicas impondrían una forma
biomecánicamente óptima al material orgánico plástico, modelo que tendría su
versión moderna en la obra de Stuart Kauffman (1993) y su noción de “orden gra-
tuito”, esto es, en términos de Gould, de “buen diseño generado automáticamente
por las leyes de la naturaleza” (2002: 1083), como en los organismos-como-
cristales de Williams.
Chomsky ha sugerido en diversas ocasiones que la propia evolución de la
GU en nuestra especie podría ser el resultado de esa vía (ese es uno de los asuntos
centrales de su reciente “Programa minimalista”) y Uriagereka (1998) ha tratado
ese asunto con más detalle. Pero en lo que respecta al cambio lingüístico, que es
lo que ahora nos interesa, las restricciones formales o históricas que pudieron
condicionar el surgimiento de la facultad del lenguaje en la especie no tienen, en
principio, una relación directa.
Es cierto que la frontera entre la evolución del lenguaje como facultad
humana (un proceso evolutivo en tiempo geológico) y el cambio en las lenguas
(un proceso evolutivo en tiempo histórico) está siendo difuminada en la actualidad
por algunas aproximaciones, como por ejemplo la reciente tradición descrita en
Hurford (2002). Pero es muy importante tener en cuenta que la comparación que
estamos discutiendo se refiere única y exclusivamente al fenómeno conocido co-
mo cambio lingüístico, esto es, el fenómeno en tiempo histórico que hace que del
latín pasemos al francés, del gallego al portugués o del protogermánico al alemán,

108
y no a la propia evolución del Homo sapiens como organismo natural ni a la evo-
lución de la mente humana desde una mente pre-humana. Ese es sin duda un asun-
to apasionante y crucial, pero que no debe confundirse con el que nos ocupa (para
una crítica de la confusión entre la evolución de las lenguas y la del lenguaje véa-
se Mendívil, en prensa). Aclarado esto, es importante observar que el cambio lin-
güístico en sí es un tipo de evolución típicamente constreñido, tanto por aspectos
históricos contingentes como por aspectos puramente formales. De hecho, como
ha observado Lightfoot, la propia GU sería el equivalente de esas “leyes de for-
ma” que determinan la estructura de los organismos en la evolución natural,59 esto
es, que el equivalente en el ámbito del cambio lingüístico de esas constricciones
(limitaciones negativas y canales positivos) que condicionan la evolución natural
sería precisamente la GU, puesto que ésta (aunque haya podido evolucionar por
medio de selección natural) es fija e inmutable en lo que respecta al cambio lin-
güístico en tiempo histórico y tiene precisamente ese papel de limitar negativa-
mente (o quizá incluso canalizar positivamente) ciertos tipos de cambios.60
Nótese que ni en el caso de la evolución natural ni en el del cambio lingüís-
tico la existencia de tales constricciones implica que los cambios sean direcciona-
les, ni que tengan un objetivo o un fin determinado. La evolución es libre y aleato-
ria, dentro de los márgenes posibles en un mundo “físico” determinado y dentro
del sesgo producido por los fenómenos históricos anteriores. Por ello, como discu-
tiremos en el capítulo 19, podría decirse que la GU determina qué lenguas son
posibles y la historia qué lenguas son probables.
Pero en tal caso se podría objetar a la propuesta formulada (fig. 2 del capítu-
lo 6) que hemos identificando la GU con el ADN, no con las “leyes de forma” o
con los principios de autoorganización que afecten a la evolución natural. Pero si
se piensa detenidamente, ese es en realidad el papel de la GU con respecto a las
lenguas-i. Es probable que en biología situar el ADN como la base homológica de
toda forma de vida pueda resultar poco interesante (aunque sea obviamente cier-
to), pero en nuestro contexto esto no es tan irrelevante: se trata precisamente de
eso, de una restricción puramente estructural y no histórica (en la misma escala)
que condiciona decisivamente los organismos diseñados (las lenguas-i) y las for-
mas en las que pueden o no pueden cambiar históricamente, los caminos que pue-
den y los que no pueden tomar en su odisea en el tiempo. Y es en este sentido en
el que decimos que la GU es el equivalente del ADN.
Una mosca que ha perdido el gen hox que “hace” la cabeza se puede “curar”
con un gen humano, y lo que le sale a la mosca no es una cabeza humana, sino

59 “The evolutionist’s analogue to UG is the set of laws which determine the structure of organ-
isms” (Lightfoot 1999: 267)
60 Por supuesto, como discutiremos con más detalle en capítulos posteriores (especialmente en
el capítulo 19), parte de esas limitaciones negativas y canalizaciones positivas pueden proce-
der de otros atributos mentales y físicos de la especie no necesariamente específicamente lin-
güísticos.

109
una cabeza de mosca porque, como dice Sampedro, esos genes “no saben hacer
estructuras útiles, sólo saben ordenarlas espacialmente a lo largo de un eje”. En lo
que respecta a las lenguas, si las comparamos momentáneamente con los animales
bilaterales (esto es, todos menos los de simetría radial como las medusas), po-
dríamos decir que los principios universales de la GU son el equivalente de los
genes reguladores del tipo hox, en el sentido de que imponen a todas las lenguas
una estructura uniforme pero fenotípicamente diversa.
Si asumiéramos que, por ejemplo, el Principio de Proyección Extendida de
Chomsky (toscamente que todas las oraciones deben tener un sujeto) es universal,
no tendríamos que esperar que se satisficiera en todas las lenguas de la misma
manera. El “gen hox” dirá que debe satisfacerse ese principio, como dice que un
animal bilateral debe tener una cabeza al principio del eje anteroposterior y no al
final o en medio. Pero hay otros muchos genes (nuestros “rasgos paramétricos”),
esos sí modificados enormemente por selección natural (esto es, por el cambio
lingüístico) que diferencian la cabeza de una mosca de la cabeza de un ministro de
cultura (o la manera en que se satisface el Principio de Proyección Extendida en
una lengua o en otra).
En este sentido, la GU funcionaría en las lenguas del mismo modo que una
restricción sobre los principios fundamentales de diseño en el ámbito natural, en
este caso como una especie de “homología profunda”, que en la perspectiva histó-
rica tiene el status de un principio formal restrictivo y ahistórico.
El debatido proceso conocido como criollización abrupta (tal y como lo
describe Bickerton 1999) servirá para ilustrar este punto y sortear algunas dificul-
tades. Aunque simplificando mucho, el proceso de criollización equivale a un
proceso de naturalización de un pidgin (esto es, una lengua inconsistente que no
es la lengua materna de nadie), que se convierte en una lengua criolla (esto es,
una lengua de nuevo cuño pero en los demás aspectos perfectamente normal).
Los hablantes de pidgins (que siempre tienen otra lengua materna) los sue-
len hablar despacio y con inseguridad, pero los niños cuyo único (o predominante)
entorno lingüístico en su proceso de maduración es un pidgin, como al parecer
sucedió a muchos de los hijos de los esclavos en las plantaciones del Caribe, no
tendrán el pidgin como lengua materna, ya que un pidgin no es la primera lengua
de nadie. Tal niño desarrolla una lengua criolla (o, según algunos autores, un
“pidgin extendido”) que, por supuesto, a diferencia de lo que sucede con los pid-
gins, ya no hablan de forma lenta e insegura ni sólo para ciertos propósitos fun-
cionales, sino como una lengua natural cualquiera.
Se dice que la formación de un pidgin (también llamados por ello lenguas
macarrónicas) implica una simplificación, tanto de la estructura gramatical como
de la diversidad funcional, y que, al contrario, el desarrollo de una lengua criolla
implica un proceso de incremento de la complejidad (en todos los ámbitos) con
respecto al pidgin del que surge. Parece, pues que en este caso la complejidad (o
parte de ella) procede del organismo y no del entorno. El niño aprende el pidgin,
pero hace mucho más que eso: adquiere una lengua natural con características

110
muy semejantes a las de otras lenguas naturales que literalmente no estaban en el
pidgin del entorno. Los niños que tienen como input principal enunciados de ese
tipo construyen una lengua-i (una lengua criolla) perfectamente normal y compa-
rable a cualquier otra lengua histórica. Lo relevante del asunto es precisamente
que la información clave para construir esa lengua-i es la aportada por los niños,
con el concurso, por supuesto, de los estímulos lingüísticos.61
Si considerásemos de nuevo la discusión sobre el grado de innatismo que
hay en el desarrollo del lenguaje y pidiéramos a los participantes en el debate que
diseñaran un experimento crucial, al margen de cuestiones éticas y económicas,
sin duda la mayoría optaría por aislar a un grupo de recién nacidos y someterlos a
estímulos lingüísticos inventados o diseñados a propósito para verificar si cons-
truían gramáticas mentales acordes a las propiedades de dichos estímulos (en cuyo
caso el experimento daría la razón al bando anti-innatista) o si seguían constru-
yendo gramáticas mentales acordes a los principios del resto de lenguas naturales
(lo que sería un argumento de peso para los innatistas). En realidad estos experi-
mentos (dignos del gabinete del Doctor Mengele) ya se han producido. Cada vez
que un grupo de hijos de esclavos se criaba en una plantación del caribe bajo el
estímulo principal del pidgin ambiental, o cada vez que un grupo de niños sordos
desarrolla una lengua de signos a partir de intentos de enseñarles las lenguas ora-
les por signos manuales, se ha puesto de manifiesto que muchos aspectos críticos
de la estructura de las lenguas son aportados por las mentes y cerebros de los ni-
ños y no inducidos del entorno.
Por supuesto que sin estímulos externos la GU no construye una lengua-i
normal. Pensemos en el célebre caso de Genie, una niña privada de estímulo lin-
güístico normal en la infancia y que desarrolló una lengua deficiente (véase el
detallado informe de Curtiss 1977). Del mismo modo, un organismo genéticamen-
te normal pero sometido a serias restricciones de alimentos u otros estímulos,
también se desarrolla de manera deficiente o incompleta.
Pero, como acabamos de ver, bastan unos estímulos anormalmente deficita-
rios para que la lengua-i resultante sea consistente. Como muestra DeGraff en su
completa síntesis, los adultos producen los pidgins variables e inestables mez-
clando a menudo rasgos de diversas lenguas, “but it is children who -with their
specific cognitive makeup, unimpeded access to UG and its markedness hierar-
chies, and/or cue-seeking dispositions- would force the pidgins’ underlying ten-
dencies (as influenced by the various languages in contact) to crystallize into sta-
ble, fully UG-consistent creoles” (DeGraff 1999: 526-527).
Claro que en este punto llegamos a una diferencia importante en nuestra
analogía. Parece claro que el proceso físico de replicación y mutación de una len-
gua es distinto al de la evolución natural. En el proceso de adquisición del lengua-

61 Véase Mufwene (2001 y 2008) para una visión diferente de este proceso y en general de la
manera de explicar el cambio lingüístico a la luz del cambio evolutivo.

111
je, tanto de una lengua criolla como de cualquier otra (en realidad no hay tanta
diferencia, en el sentido de que en ambos casos el estímulo es pobre en relación
con el sistema que se desarrolla), la mente va construyendo una lengua-i guiada
por información fija de la GU, que determinará su arquitectura esencial, pero tam-
bién por información aportada por las pistas descubiertas en el entorno. De este
modo, los “genes” de la GU funcionarán como genes reguladores del tipo de las
filas hox, que determinan dónde va la cabeza, pero no cómo es concretamente,
mientras que los genes que darán forma específica a esa cabeza (los “parámetros”
en nuestra analogía) serán aportados, por decirlo así, por los dispositivos de bús-
queda de pistas, que quizá también formen parte de la GU, si usamos esa noción
en su antigua versión de “dispositivo de adquisición del lenguaje”.
Esa es precisamente una de las virtudes del modelo de Lightfoot (1999)
frente a otros que distinguen entre la GU y los algoritmos de adquisición de las
lenguas, puesto que propone explícitamente que la GU es todo el algoritmo que
necesitamos, esto es, que incluye las pistas:

“The cue-based approach suggests that there is no relevant learning algorithm be-
yond the information provided specifically by UG” (Lightfoot 1999: 174).

Parece entonces que, a diferencia de la embriología real, los componentes de la


mente que construyen una lengua-i emplean información del entorno (aunque no
deben olvidarse los procesos epigenéticos tan relevantes en el desarrollo de los
organismos naturales). En todo caso, el dispositivo de adquisición del lenguaje
usa esa información en un sentido selectivo y no instructivo, exactamente igual
que hace, por ejemplo, el sistema inmune humano.62
Además, cabe señalar que esta divergencia (esta limitación en nuestra com-
paración) es esperable toda vez que la duplicación de un organismo lingüístico, de
una lengua-i, no es un proceso netamente biológico, sino un proceso doble: una
transmisión auténticamente genética (la que hace que como humanos podamos
adquirir una lengua humana cualquiera, esto es, la transmisión de la propia GU) y
una transmisión cultural (que especifica qué lengua vamos a adquirir concreta-
mente). Como dicen Kirby y Christiansen (2003: 272), mientras que una rana al-
macena su sistema de comunicación en el genoma, los humanos almacenamos
muchos de sus detalles en el entorno (aunque más bien habría que decir en los
cerebros maduros de nuestros congéneres). En este sentido el “genoma” completo
de una lengua-i está distribuido entre las instrucciones específicas y fijas de la GU
(los principios) y las “pistas” de diseño obtenidas selectivamente por ésta en el
entorno (los parámetros). Como cabe esperar desde este planteamiento, los aspec-
tos variables del lenguaje, esto es, los que dan lugar a la tipología estructural de

62 Véase al respecto Jerne (1985), quien en su discurso de aceptación del Nobel de Medicina
por su investigación del sistema inmune humano establece precisamente una comparación
con la gramática generativa.

112
las lenguas, serán aquellos que están sometidos a transmisión cultural, una idea
que desarrollaremos con más detalle en la segunda parte de esta monografía.
Pero aún podríamos encontrar un paralelismo con la biología interesante en
este punto. Pensemos en el llamado efecto Baldwin, un fenómeno que los biólogos
denominan “asimilación genética” y que viene a reconciliar la infundada teoría
lamarquista de herencia de los caracteres adquiridos con el darwinismo moderno
(pues no hay que olvidar que el propio Darwin era lamarquista). El lamarquismo
implicaba que un organismo que adquiría un rasgo (por ejemplo una elongación
del cuello obtenida por el ancestro de una jirafa a fuerza de estirarlo) luego lo po-
dría transmitir, de manera que los descendientes de esa proto-jirafa con el cuello
alargado por el ejercicio tendría descendientes con el cuello más largo. Aunque
sabemos que eso es esencialmente falso, aún forma parte de la manera de entender
la evolución de mucha gente fuera del ámbito científico. La reconciliación de la
que hablamos no implicaría dar la razón a Lamarck, sino explicar en un contexto
puramente neodarwinista (sin herencia de rasgos adquiridos) la “sensación” de
que se heredan rasgos adquiridos. Esta sensación se produce cuando la evolución
hace que ciertos comportamientos que en unos individuos eran adquiridos pasen a
ser innatos en los descendientes (por ejemplo pasar de aprender a tener miedo a
las serpientes a base de la experiencia a tenerles un miedo innato, una ventaja se-
lectiva relevante en muchos contextos). Esto sucede, según planteaba Baldwin,
cuando los individuos que tienen más “plasticidad” para aprender algo en concre-
to tienen más posibilidades de supervivencia que los menos “plásticos”, lo que da
la oportunidad de que en los descendientes surjan mutaciones que impliquen unos
ciertos “conocimientos” sin necesidad de aprenderlos.
Como han argumentado Bickerton y Calvin (2000) o Briscoe (2003), el
efecto Baldwin podría ser especialmente interesante para explicar parte relevante
de la evolución del lenguaje en la especie en tanto en cuando se produce cuando
una habilidad aprendida (o mejor dicho, una capacidad para aprender fácilmente
algo) se hace genética en los descendientes.
En nuestro caso el análogo del efecto Baldwin implica que en el proceso
de construcción de la lengua-i el dispositivo de adquisición del lenguaje incorpora
opciones estructurales captadas por los “detectores de pistas” del entorno en el
comportamiento del productor del input: si este comportamiento varía (por ejem-
plo en la preferencia por una nueva moda de usar más frecuentemente las cons-
trucciones pasivas o de aspirar ciertos sonidos), el nuevo hablante lo incorpora a
su “genoma”, por lo que en nuestro nivel, estamos ante una “asimilación genética”
no lamarquista.
Es importante, no obstante, evitar un defecto frecuente en las versiones lin-
güísticas de la teoría de la evolución que consiste precisamente en afirmar que la
evolución lingüística, a diferencia de la natural, permite la herencia de caracteres
adquiridos, como por ejemplo en la formulación de Mufwene:

113
“I also submit that linguistic species are more like parasitic than like animal species,
and they are more of the Lamarckian than of the Darwinian kind” (Mufwene 2002:
46, nota 3).

Esto es una rémora de la inadecuada identificación entre los genes y los “elemen-
tos de una lengua” o los lingüemas, y debilita seriamente la fuerza teórica de la
analogía, como hemos argumentado más arriba.
De la discusión anterior se sigue, pues, que la evolución histórica de las len-
guas en el contexto de una teoría de la GU como propiedad común a la especie e
invariable en tiempo histórico encaja mejor en el modelo antineodarwinista, que
complementa la acción de la selección natural con esas restricciones negativas y
canales positivos que mencionaba Gould, lo que a su vez, dada la vigencia de la
comparación, apoya a este modelo frente a su rival.
Pero también se sigue de la anterior discusión sobre el papel de la GU en el
proceso de adquisición del lenguaje otra relevante dirección de la analogía entre
lenguas y especies, la que implica (de forma en absoluto novedosa) identificar el
desarrollo ontogenético de un organismo con la adquisición del lenguaje. En am-
bos casos se configura un “organismo” (un ser vivo o una lengua-i) a partir de
unas “instrucciones” determinadas, con unas ciertas tasas de crecimiento y unos
posibles efectos epigenéticos.
No es en absoluto extraño en el mundo natural que organismos que son muy
diferentes de adultos tengan pautas comunes de diseño y una acusada semejanza
embrionaria, y tampoco lo es que las fases de desarrollo del lenguaje en los niños
sean semejantes con relativa independencia de la estructura concreta de la lengua
adquirida.
Ya sabemos que los niños no nacen hablando ni se levantan una mañana con
la gramática de su lengua totalmente formada y con la habilidad necesaria para
usarla. La lengua-i se desarrolla en fases sucesivas que cada vez acercan más a los
niños al lenguaje de los adultos. Pero las diversas fases del desarrollo del lenguaje
son muy similares en los niños de diferentes partes del mundo (incluyendo, hecha
abstracción de las diferencias debidas al medio, a los niños sordos que desarrollan
una lengua de signos). Así, la llamada fase prelingüística se caracteriza por voca-
lizaciones muy semejantes entre los neonatos de todo el mundo. La fase lingüísti-
ca comienza en torno a los seis meses, cuando los niños empiezan a balbucear. El
balbuceo parece incluir sonidos lingüísticos que no pertenecen a la lengua del
entorno. Algunos autores han sugerido que en este periodo los niños aprenden a
distinguir los sonidos que pertenecen a su lengua de los que no. En torno a los
doce meses el balbuceo empieza a verse trufado de las primeras cadenas de soni-
dos usadas repetidamente para reflejar el mismo significado, esto es, las primeras
palabras. Buena parte de los niños que aún no han cumplido los dos años ya cono-
cen un gran número de palabras. Y en torno a los dos años la mayoría de los niños
empieza a formar oraciones de dos palabras. Esta fase se suele denominar telegrá-
fica pues aunque los conjuntos de dos palabras son claramente oraciones, carecen

114
casi totalmente de morfemas flexivos (como marcas de caso, persona, número o
tiempo) y de pronombres o de elementos de relación, como preposiciones (o pos-
posiciones) y conjunciones. Pero el discurso telegráfico formado por oraciones de
dos palabras no se ve continuado por oraciones de tres palabras, y luego de cuatro,
etc. Una vez que los niños (con mucha variación de edad) empiezan a superar el
límite de las dos palabras, sus oraciones, aunque sigan careciendo de la mayoría
de elementos gramaticales, pueden ser de tres, cuatro, cinco o muchas más pala-
bras. A pesar de la ausencia de marcas gramaticales, las oraciones de los niños de
entre dos y tres años no consisten en cadenas lineales de palabras, sino que ya
muestran la estructuración jerárquica típica de la sintaxis adulta y reflejan el orden
de palabras de la lengua del entorno. Así, un niño aprendiendo español podrá de-
cir mamá come pan (‘Mamá se comió el pan’) pues el español es una lengua del
tipo SVO, mientras que un niño japonés dirá algo como Mamá pan come, pues en
esta lengua el orden básico de palabras es SOV. Con el desarrollo de los morfe-
mas gramaticales la sintaxis de los niños se equipara prácticamente a la de los
adultos, aunque todavía les queda mucho camino por recorrer en otros ámbitos
cognitivos y en muchos de los conocimientos necesarios para tener una buena
capacidad de comunicación en los posibles entornos sociales y culturales.
La siguiente tabla, adaptada de Serra et al. (2000: 285), resume las fases
descritas y, lo que es más interesante, se aplica independientemente de la lengua
objeto de adquisición, sea el ruso, el chino o el suahelí:

Edad Características más relevantes


0-12 meses Comprensión de algunas palabras
12-18 meses Palabras aisladas, holofrases, amalgamas
18-24 meses Combinaciones de dos palabras. Habla telegráfica
24-36 meses Desarrollo de los recursos morfológicos y sintácticos
36-48 meses Uso adulto de los mecanismos gramaticales

115
116
9. ¿Rampas o escalones?
Si las especies han descendido de otras especies
por suaves gradaciones, ¿por qué no encontra-
mos en todas partes innumerables formas de
transición? ¿Por qué no está toda la naturaleza
confusa, en lugar de estar las especies bien defi-
nidas según las vemos?
Charles Darwin

El tercer y último punto de discordia en la arena del darwinismo moderno atañe a


la gradualidad y está relacionado directamente con los anteriores. El texto que
introduce este capítulo muestra cómo lo señaló el propio Darwin en primer lugar
en su célebre capítulo sobre “dificultades de la teoría” del Origen de las especies
(Darwin 1859: 236).
Ya hemos visto que Darwin empleó precisamente análogos lingüísticos para
justificar su explicación basada en la imperfección del registro fósil, y basándose
igualmente en la idea común a la época de que el cambio lingüístico es gradual.
Sin embargo, la lingüística histórica moderna, enfrentándose a no pocas re-
sistencia y dificultades, ha mostrado que el cambio lingüístico estructural no es
gradual, por mucho que ciertos cambios fonéticos y semánticos lo puedan ser (o
parecer). Y esto tanto en el nivel microevolutivo (los cambios en las lenguas) co-
mo en el macroevolutivo (la división y expansión de las lenguas).
En lo que respecta al nivel macroevolutivo, esto es, el de las especies lin-
güísticas o lenguas-e, es relevante la obra de Dixon (1997), que parte precisamen-
te de la pregunta que nos interesa:

“How do languages change within themselves – is it a slow and gradual process


(like a slope), or do changes happen relatively suddenly, with periods of quiescence
in between (like a series of steps)?” (Dixon 1997: 2).

La respuesta del propio Dixon es precisamente una aplicación a la lingüística his-


tórica del modelo de equilibrio interrumpido formulado por Eldredge y Gould
(1972) en el ámbito de la teoría evolutiva.
Así, Dixon ha mostrado convincentemente que la aplicación del modelo ar-
bóreo diseñado para la familia indoeuropea a todas las familias lingüísticas cono-
cidas es errónea en tanto en cuanto no puede explicar la situación lingüística en
muchas partes del mundo y hace predicciones incorrectas. La clave está en que el
modelo arbóreo clásico implica una ramificación, una especiación constante y
mantenida. El modelo de equilibrio interrumpido adaptado por Dixon a la evolu-
ción de las lenguas plantea que durante un periodo de equilibrio las lenguas no se
bifurcan ni proliferan, sino que, al contrario, tienden a permanecer estables en sus
dominios durante largos períodos de tiempo y, en todo caso, a converger en un
prototipo común como efecto de la difusión de rasgos:

117
“Over most of human history there has been an equilibrium situation. In a given
geographical area there would have been a number of political groups, of similar
size and organisation, with no one group having undue prestige over the others.
Each would have spoken its own language or dialect. They would have constituted a
long-term linguistic area, with the languages existing in a state of relative equilib-
rium. Nothing is ever static –there would be ebbs and flows, changes and shiftings
around, but in a relatively minor way” (Dixon 1997: 3).

Sin embargo, puede acontecer una interrupción del equilibrio, que puede deberse
a circunstancias tan variadas como migraciones e invasiones, dominio político o
religioso de un grupo, descubrimientos como la agricultura o invenciones como la
escritura o las armas de fuego:
“These punctuations to the state of equilibrium are likely to trigger dramatic changes
within languages and between languages. They give rise to expansion and split of
peoples and of languages. It is during a period of punctuation -which will be brief in
comparison with the eras of equilibrium that precede and follow- that the family tree
model applies” (Dixon 1997: 3-4).

Según este planteamiento, solamente cuando hay una interrupción del equilibrio
es cuando se aplica el modelo arbóreo clásico, que implica períodos mucho más
breves de tiempo y en los que asistimos a la rápida fragmentación de las protolen-
guas y, simultáneamente, a la extinción masiva de otras lenguas. Un patrón que,
como ha puesto de manifiesto Gould (2002) en su amplia revisión de la teoría del
equilibro interumpido, refleja claramente el de la evolución natural.
De hecho, Nichols (1998) ha argumentado que es probable que la facultad
del lenguaje surgiera en un grupo de individuos lo suficientemente grande como
para presentar desde el principio una gran diversidad lingüística, lo que nos pre-
sentaría un escenario similar a lo que los paleontólogos denominan la explosión
cámbrica, un breve período de tiempo de hace unos 530 millones de años en el
que surgieron todos los Baupläne o planes generales del diseño animal que existen
o han existido sobre la tierra. No es disparatado pensar entonces que si hace 530
millones de años surgieron súbitamente los diez o doce planes generales de diseño
en los que encaja cualquier animal, el propio surgimiento evolutivo de la facultad
del lenguaje podría haber presenciado ya el surgimiento de los diversos phyla lin-
güísticos que se resisten hoy a una agrupación genealógica ulterior. En todo caso,
como hemos dicho, en el campo de la lingüística histórica la falta de “fósiles”
(documentos) en el periodo que abarca desde hace unos 100.000 años o más hasta
hace unos 10.000, así como la propia pauta asimétrica de estasis / cambio, parecen
haber obscurecido el panorama definitivamente. Así lo ha formulado Dixon de
manera explícita:

“Approximate dates have been assigned for proto-languages –about 6.000 years be-
fore the present (BP) for proto-Indo-European, about 6.000 years for proto-Uralic,
about 3.000 years for proto-Algonquinan, and so on. No date earlier than around

118
10.000 BP is generally accepted. Yet archaeologists and human biologists believe
that humankind developed language at least 100.000 years ago (many would put it
considerably further in the past). What happened between 100.000 years ago –or
whenever language developed- and the proto-languages of modern families, 6.000 or
10.000 years ago?” (Dixon 1997: 1-2).

Simplemente, no lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que la mayoría de los cambios lingüísticos se comple-
tan en un tiempo relativamente corto (aunque largo para la vida de las personas) y
que cuando una lengua se divide en dos, esto es, cuando dos dialectos mutuamen-
te inteligibles se convierten en dos lenguas mutuamente ininteligibles esto sucede
de manera más bien rápida, en el espacio de unas pocas generaciones y no de ma-
nera pausada durante siglos. Esto significa que realmente no hay largos periodos
intermedios en los que no se puede decir si estamos ante una lengua o ante dos. Y
es por ello precisamente por lo que es útil el criterio que usan los lingüistas para
diferenciar dos lenguas, la mutua inteligibilidad: porque es difícil encontrar casos
de una inteligibilidad mutua del 40 o del 50 por ciento.
Hay que reconocer que la inteligibilidad es un criterio difuso y no siempre
fácil de aplicar, pero en realidad los hablantes lo suelen tener muy claro y los ca-
sos dudosos o los asimétricos (como el mencionado del español y el portugués) no
son los más frecuentes. A veces nos parecen casos dudosos porque se interfieren
criterios políticos. El sueco y el noruego son dos lenguas distintas (que pertenecen
a países distintos) pero se parecen mucho, tanto que con muy poco adiestramiento
la inteligibilidad es perfecta. El análogo en el mundo natural de este caso sería
comparar el sueco y el noruego con un caniche y un dogo. Los dos son perros,
pertenecen a la misma especie y podrían tener descendencia fértil si se cruzasen,
pero tendrán dificultades para aparearse por su enorme diferencia física. Un poco
de ayuda extra (por ejemplo una fecundación artificial, o quizás una banqueta) y
resuelto el problema. Son variedades de la misma especie, como el sueco y el no-
ruego63.
Los casos dudosos son relativamente infrecuentes porque la inteligibilidad
suele ser del tipo todo-nada. Cualquiera que aprende una lengua extranjera obser-
va en sus propias carnes cómo suele pasar del casi nada al casi todo sin apenas
transición en el medio. Y lo mismo pasa con los niños que aprenden su lengua
materna, que pasan de no hablar apenas nada a decirlo casi todo sin recorrer gra-
dualmente el camino.
En lo que respecta al nivel microevolutivo, esto es, al cambio lingüístico
propiamente dicho, Lightfoot (1999) ha mostrado que una aproximación al estu-
dio del cambio lingüístico operando con una concepción de la lengua como una
lengua-i puede mostrar que el cambio en las gramáticas mentales no es continuo o

63 O como el catalán y el valenciano; el problema de los políticos es el de ponerle nombre a las


lenguas, no el de determinar si son de la misma especie o no.

119
gradual, sino abrupto. Por el contrario, si operamos con una noción externa de
lengua, basándonos en el registro escrito de diversas épocas, concluiríamos que
los cambios lingüísticos son graduales.
De hecho, esta consideración del gradualismo nos permitirá reflejar mejor la
ventaja teórica de identificar el organismo con la lengua-i y no, como hace Croft
(2000), con el hablante. La razón, además de las ya discutidas en el capítulo 6, es
que la identificación del organismo con el hablante plantea un problema que suele
pasar desapercibido: no nos permitiría dar cuenta del fenómeno relevante de la
coexistencia de lenguas-i en la mente de un sólo individuo. Pero esa coexistencia
es crucial en muchas ocasiones para explicar los cambios lingüísticos. Se trataría,
por usar la expresión de Lightfoot (1999), de “gramáticas en competición”, esto
es, un análogo directo de la vieja y relevante competición entre individuos darwi-
niana. Que la competencia entre individuos (lenguas-i) se de entre dos personas o
dentro de una es irrelevante. De hecho, lo cierto es que cuando los lingüistas
hablan de “contacto de lenguas” en realidad están asumiendo, incluso aunque no
lo digan explícitamente, que ese contacto no se produce entre dos personas, sino
entre dos lenguas dentro de la cabeza de una persona. No hay otra manera en rea-
lidad de que las lenguas (lenguas-i) entren en contacto.64
Consideremos un ejemplo esquematizado adaptado de Lightfoot (1999).
Imaginemos, como se muestra en el siguiente esquema, que tenemos textos de la
lengua L1 en la que el orden básico de palabras es VO, textos de una época poste-
rior, la lengua L2, en la que se mezclan oraciones con orden VO y OV, y textos
más recientes aún, de la lengua L3, en la que sólo aparecen oraciones con el orden
OV.

época 1: L1 → orden de palabras VO


época 2: L2 → orden de palabras VO, OV
época 3: L3 → orden de palabras OV

Basándonos en esa evidencia podemos decir que de L1 a L3 ha habido un cambio


de orden de palabras y que éste ha sido gradual, a través de L2. Pero no es la única
opción y además es problemática, ya que o bien no podríamos explicar qué tipo de
datos habían producido a partir de la GU la gramática de L2 (con evidencias con-
tradictorias sobre qué orden de palabras elegir), o bien tendríamos que postular
que en la gramática de L2 había algún tipo de regla opcional. Pero, como ha suge-

64 Comrie (2008) ha mostrado recientemente que el fenómeno de ‘sustitución de lenguas’ (lan-


guage shift, esto es, la extensión de una lengua que no va acompañada de la extensión de ge-
nes de sus hablantes) ha sido mucho más frecuente en la historia de la humanidad de lo que
se pensaba y que este fenómeno (el abandono de una lengua por otra) sólo tiene sentido en
realidad cuando una población tiene dominio de las dos lenguas, esto es, en situaciones de bi-
lingüismo. En tales casos la competición entre “organismos” no se produce entre personas si-
no entre lenguas-i dentro de las personas.

120
rido Chomsky (1995), deberíamos eliminar la opcionalidad de los principios gra-
maticales, tanto por razones teóricas como empíricas (entre otras, precisamente
porque plantean serios problemas a una teoría de la adquisición).
La hipótesis de una diglosia interna nos daría una visión más adecuada del
proceso. Como se muestra en el siguiente esquema, los hablantes de L1 tendrían
la gramática G1, que especifica el orden VO, los hablantes de L2 tendrían dos
gramáticas coexistiendo en su mente, la gramática G1 con orden VO y la gramáti-
ca G2 que especifica el orden OV (o más probablemente, algunos hablantes ten-
drían G1, otros G2 y otros las dos) y, por último, los hablantes de L3 sólo tendrían
la gramática G2:

Hablantes de L1 = G1 → orden de palabras VO


= G1 → orden de palabras VO
Hablantes de L2
= G2 → orden de palabras OV
Hablantes de L3 = G2 → orden de palabras OV

En el caso ideal encontramos tres tipos de hablantes, pero sólo dos gramáticas sin
una transición gradual e inconsistente entre ellas. Y eso es precisamente lo que
encontramos en el mundo natural.
Darwin empleó la supuesta perfección del registro lingüístico para justificar
el gradualismo alegando la imperfección del registro fósil. Lo que observamos es
que, en realidad, el registro lingüístico aparenta ser continuo, pero oculta una dis-
continuidad semejante a la que fidedignamente refleja el registro fósil.

121
122
10. Sobre sistemas complejos adaptativos y co-evolución
In some ways it is helpful to imagine language as
an independent life form that colonizes and para-
sitizes human brains, using them to reproduce
Terrence Deacon

La idea neodarwinista de que la metodología de la teoría evolutiva se puede apli-


car dondequiera que un sistema dinámico exhiba variación aleatoria, selección
entre las variantes y herencia diferencial (véase Dennet 1995) es probablemente
correcta y claramente aplicable a las lenguas, pero como hemos visto, ello no im-
plica que haya una única manera de concebir la metodología de la teoría evoluti-
va, ni que haya una única manera de concebir las lenguas como sistemas dinámi-
cos con variación aleatoria y herencia diferencial.
Así, en la relevante tradición inaugurada por Hurford (1989), que en Hur-
ford (2002) denomina este autor modelo de Expresión/Inducción (E/I en lo que
sigue), cuando se concibe una lengua como un sistema dinámico en realidad se
está hablando de la lengua-e (entendida como un fenómeno de la tercera clase),
mientras que la lengua-i es un mero reflejo de ésta en las mentes de los hablantes,
que se limitan a transmitirla con variación. Aunque en cierto modo la analogía
formulada en esta tradición es adecuada, en el sentido de que realmente el cambio
lingüístico se produce en procesos de “aprendizaje iterado”, el problema de esta
aproximación general es que de nuevo se sitúa el objeto de estudio, el lenguaje,
fuera de los hablantes. Se identifica lengua-e con especie, pero no hay equivalente
claro del organismo natural, del individuo que forma la especie (nuestra lengua-i).
Esto nos lleva a una visión paradójica en la que la entidad realmente existente es
la especie, mientras que los individuos que la componen, o bien son enigmáticas
manifestaciones de la misma, o bien se identifican difusamente con los agentes, o
bien con los propios componentes -construcciones- de la lengua, correlatos todos
ellos inadecuados.
En los capítulos anteriores se ha propuesto un modelo alternativo al neo-
darwinista, esto es, un modelo que, por insistir en la descriptiva caracterización de
Gould del neodarwinismo, no sería ni externalista, ni funcionalista ni adaptacio-
nista, sino que sería entonces internista, formalista y no adaptacionista. Llamé-
mosle modelo biolingüístico para simplificar.
Lo importante del modelo biolingüístico de la comparación es que ciertas
propiedades o pautas de organización de nuestro cerebro (incluso aunque fueran
epigenéticas) actúan como el genotipo común de cada una de las lenguas-i, los
fenotipos que hablamos los seres humanos. Para que se dé esta condición debe
operarse con la hipótesis de que aunque el entorno puede modificar un sistema de
conocimiento, éste está “canalizado” (véase Chomsky 2003: 318-319) en el senti-
do de que aún resulta muy informativo sobre su condicionamiento genético o na-
tural.

123
Sin embargo, para el modelo E/I esa “canalización” es prácticamente irrelevante a
la hora de explicar las propiedades formales de las lenguas y sus pautas de cam-
bio, lo que de nuevo nos lleva a una concepción neodarwinista.
Veamos un ejemplo concreto. Una variante relevante del modelo E/I es la
llamada teoría de la co-evolución del lenguaje y del cerebro que tiene origen en la
influyente obra del neurólogo Terrence Deacon (1997), teoría en la que, paradóji-
camente, el lenguaje está de alguna manera fuera de los cerebros. Ya hemos visto
que en la teoría chomskiana lo que nos capacita para aprender una lengua procede
del cerebro, de su estructura, mientras que en el planteamiento de Deacon son las
lenguas las que evolucionan para poder ser aprendidas. Por ello Deacon sostiene,
como se puede apreciar en la frase que encabeza este capítulo, que el lenguaje se
puede concebir como una especie de parásito o quizá un virus que infecta los ce-
rebros de los niños para reproducirse (Deacon 1997: 111).
Sin duda resulta un punto de vista fascinante y recuerda al que hemos alaba-
do en Schleicher, pero como programa de investigación plantea una dificultad
importante en lo que respecta a la naturaleza de su objeto de estudio y, sobre todo,
de perspectiva. Imaginemos un fluido, por ejemplo agua, circulando por un canal
de piedra con formas diversas. Podríamos decir tanto que el agua se adapta a las
formas cambiantes del canal como que el canal determina las formas que adquiere
el agua. Las dos cosas son ciertas, pero no desde el punto de vista causal. El canal
determina las formas del agua, pero el agua no determina las formas del canal.
Consideremos, por ejemplo, el asunto de los llamados universales lingüísti-
cos. Según Deacon, como se refleja en la cita siguiente, los universales lingüísti-
cos no serían una consecuencia de la supuesta GU, sino que emergerían espontá-
nea e independientemente en las lenguas en respuesta a propensiones universales
en los procesos de selección que afectan a la transmisión del lenguaje:

“Grammatical universals exist, but I want to suggest that their existence does not
imply that they are prefigured in the brain like frozen evolutionary accidents [...]
they have emerged spontaneously and independently in each evolving language, in
response to universal biases in the selection processes affecting language transmis-
sion. They are convergent features of language evolution in the same way that the
dorsal fins of sharks, ichthyosaurs, and dolphins are independent convergent adapta-
tions of aquatic species” (Deacon 1997: 115-116)

Realmente sería difícil encontrar un párrafo en el que se vea tan claramente la


aplicación del modelo neodarwinista a la evolución de las lenguas humanas, con
sus virtudes y, como vamos a ver, con sus problemas.
Nótese, en primer lugar, que no resulta fácil distinguir esas ‘predisposicio-
nes universales en los procesos de selección que afectan a la transmisión del len-
guaje’ de la noción de GU chomskiana, entendida esta como el famoso “dispositi-
vo de adquisición del lenguaje”. Así, lo que parece una oposición frontal o irre-
conciliable se traduce en realidad en una cuestión de detalles empíricos sobre la

124
especificidad o no de ciertas restricciones o construcciones cognitivas, algo cru-
cial, por supuesto, pero no insoluble.
El problema más agudo de esta aproximación es que tiende a considerar que
el objeto de estudio real no es la lengua-i (el órgano del lenguaje de una persona),
sino la lengua exteriorizada o extensional (lengua-e), esto es, la lengua como un
sistema complejo abstracto, como un fenómeno de la “tercera clase” o como un
objeto social compartido.
Se implica en esta tradición que lo realmente existente sería la lengua-e (el
ruso, el alemán, etc.), mientras que la lengua-i, esto es, los órganos del lenguaje de
las personas que hablan ruso o alemán, no serían más que manifestaciones o refle-
jos de esas entidades en las mentes individuales.65 El problema está en que en el
fondo es algo así como si defendiéramos que lo realmente existente es la especie
(por ejemplo la de los caballos) y que los caballos son meras manifestaciones de
esa especie.
Creo que es la manera errónea de enfocarlo. Como se ha argumentado, lo
que existen como objetos naturales son los caballos y las lenguas-i de las perso-
nas, mientras que las especies naturales o las lenguas-e (como el ruso o el inglés)
no son sino poblaciones de individuos suficientemente semejantes como para
permitir la procreación fértil en el caso de los organismos y la inteligibilidad mu-
tua en el caso de las lenguas-i u órganos del lenguaje.
El planteamiento de Deacon implica en realidad que las lenguas evolucio-
nan adaptándose a los requisitos de adquisición. Dicho planteamiento no parece
en sí mismo incorrecto ni irracional (esto es, como decir que el agua se adapta al
canal), pero sí deficiente en lo que respecta al punto de vista. Se atribuye la com-
plejidad estructural a un objeto no claramente definido y de un status ontológico
borroso -por no decir incoherente- y se descarta como fuente de tal complejidad
un órgano tan obviamente complejo como el cerebro:

“The extra support for language learning is vested neither in the brain of the child
nor in the brains of parents or teachers, but outside brains, in language itself”. (Dea-
con 1997: 105)

Pero eso es como decir que la estructura depende del agua y no del canal. Sin em-
bargo, parece claro que si una mente o un cerebro impone ciertos requisitos para
la adquisición o el procesamiento de un sistema de conocimiento, en realidad está
imponiendo también (al menos en parte) la estructura que tendrá ese sistema de
conocimiento. Si esos requisitos son específicos para el lenguaje, entonces la
hipótesis no se puede distinguir en realidad de la propuesta chomskiana clásica en
la que la GU representa precisamente a esos requisitos. Si los requisitos son de
tipo general, entonces volvemos a la controversia que siempre ha enfrentado a

65 Pero esa es precisamente la vieja noción saussureana de langue, a la que parece que Deacon
nos quiere retrotraer: “Language is a social phenomenon” (Deacon 1997: 115).

125
funcionalistas y generativistas (esto es, si las lenguas tienen o no las mismas pro-
piedades que otros sistemas de conocimiento, si se adquieren de la misma manera,
etc.).
Pero entonces, para explicar esa estructura lingüística común sin recurrir a
la aportación específica de la mente/cerebro, nos veremos obligados a derivarla de
la evolución convergente, en un claro paralelismo con el planteamiento neodarwi-
nista de la evolución natural:

“Human children appear preadapted to guess the rules of syntax correctly, precisely
because languages evolve so as to embody in their syntax the most frequently
guessed patterns. The brain has co-evolved with respect to language, but languages
have done the most of the adapting”. (Deacon 1997: 122)

No es difícil observar que el planteamiento tiene algo de circular, mas el problema


mayor es que, como fiel deudor del neodarwinismo, confía ciegamente en el poder
de la adaptación. Pero como hemos visto, los últimos descubrimientos de la gené-
tica ponen en realidad en serios aprietos al modelo que atribuye a la adaptación al
medio toda la responsabilidad en la estructura de un organismo.
Veíamos más arriba que Deacon planteaba que los universales serían ‘ras-
gos convergentes de la evolución del lenguaje de la misma manera que las aletas
dorsales de los atunes o los tiburones, ictiosauros y delfines son adaptaciones
convergentes independientes de las especies acuáticas’. Algo parecido plantea
Briscoe, un seguidor de esta tradición, quien insiste en relacionar las confluencias
históricas de las lenguas (como las que hemos comentado del desarrollo de cópu-
las en chino y hebreo en el capítulo 2 precisamente para ilustrar el fenómeno de
evolución analógica) con la evolución independiente de los ojos y las alas en es-
tirpes evolutivas distintas:

“In the framework advocated here, we can recognize that such historical pathways
can be stereotypical responses to similar pressures arising in unrelated languages, in
much the same way that eyes and wings have evolved independently in different
lineages many times, without the need to posit a substantive theory of such changes
or to see them as deterministic” (Briscoe 2002: 13, cursiva añadida).

Resulta fácil compartir que no hay necesidad de proponer una teoría sustantiva de
tales cambios ni de verlos como deterministas, pero en modo alguno se ve claro
por qué esas “presiones similares” deberían ser totalmente externas al organismo,
esto es, por qué esas presiones similares no son parte de los canales positivos de
los que hablaba Gould (y que en nuestro modelo están representados por la GU).
En el caso del desarrollo de cópulas ejemplificado en el capítulo 2 observábamos
que dos construcciones distintas en dos lenguas distintas (con elementos pronomi-
nales haciendo de enlace) se reanalizaron como construcciones con cópula, pero
ello no implica que la propia noción de cópula sea el resultado de la adaptación al
entorno (que presionaría para que surgieran las cópulas), sino que las cópulas po-

126
drían (deberían de hecho) estar previstas de alguna manera en la propia facultad
del lenguaje (son verbos formales, al fin y al cabo). Nótese que decir que el sur-
gimiento de cópulas por medio del reanálisis y evolución histórica es el resultado
de “trayectorias universales” viene a ser lo mismo que decir que la mente y el ce-
rebro humanos están de alguna manera diseñados para operar con cópulas y que
en el contexto adecuado el cerebro de un “aprendiz” podrá reanalizar un pronom-
bre que hace de enlace como si fuera una cópula.
De hecho, y aunque no es un argumento en sí mismo, es muy importante
observar que el planteamiento adaptacionista a ultranza del neodarwinismo, y que
subyace a esta concepción, se ha visto recientemente cuestionado precisamente en
lo que respecta a las analogías evolutivas que esgrimen Deacon y Briscoe, tal y
como hemos visto en el capítulo 8 con cierto detalle a propósito de las homologías
profundas basadas en los genes hox y que han puesto en cuestión la aparente ca-
pacidad de la selección natural de llevar a cada organismo por un camino diferen-
te e independiente.
De manera especialmente relevante en este contexto, ha señalado Sampedro
(2002: 119 y sigs.) que el grupo de Gehring demostró en 1994 que el gen pax-6 es
el mismo gen regulador que controla las decenas o centenares de genes que for-
man los ojos tanto de los artrópodos como de los seres humanos, por lo que de
nuevo es evidente que aunque la evolución y la selección han modificado muchos
de esos genes para producir ojos tan increíblemente distintos como el ojo com-
puesto de los crustáceos y el nuestro, en realidad se trata de una homología pro-
funda, como la que basada en la llamada GU determinaría muchas de las propie-
dades universales (y evoluciones convergentes) que encontramos en las lenguas.
De forma curiosamente no anecdótica, lo mismo puede decirse en términos
generales del resto de apéndices mencionados como argumentos de autoridad
comparativos en las dos citas de Deacon y Briscoe: junto con los ojos (que se lle-
van la palma desde antiguo, desde que el obispo Paley los empleara como argu-
mento a favor de la existencia de un diseñador), las alas, las patas y las aletas se
han empleado tradicionalmente como ejemplos de analogía evolutiva, de evolu-
ción convergente, esto es, como claros exponentes de cómo el medio moldea la
adaptación de los organismos. Pero todos ellos se han demostrado, por así decirlo,
inventados -en su lógica profunda- de una vez en la naturaleza. Leamos de nuevo
a Sampedro:

“Las patas (y otros apéndices) de todos los animales bilaterales se construyen si-
guiendo un complejo sistema de diseño que ya existía en Urbilateria [el primer ani-
mal bilateral postulado], y que todos los animales bilaterales han utilizado sin ex-
cepción, y sin que la selección natural haya conseguido alterarlo en lo fundamental,
durante los 600 millones de años que han transcurrido desde su aparición” (Sampe-
dro 2002, pág. 128).

Puede que los universales lingüísticos sean resultado de pautas adaptativas con-
vergentes pero independientes, esto es, puede que la semejanza estructural entre

127
las lenguas naturales sea la huella de la adaptación independiente de cada una,
pero las lecciones que nos enseña la biología evolutiva moderna no parecen reco-
mendarnos que abandonemos la idea de una GU invariable en tiempo histórico y
que funciona como fuente insoslayable de dichos patrones y de algunos universa-
les estructurales.
Es ciertamente posible que la propuesta que se ha formulado en estas pági-
nas de analogía (¿o habría que decir homología?) entre la evolución de las lenguas
y de las especies no sea más que una metáfora más, esto es, mera analogía alterna-
tiva, más válida para captar la atención del lector que para avanzar en el conoci-
miento científico. Pero llegados a este punto, al menos me gustaría haber conven-
cido al lector de que incluso en ese caso sería una analogía más adecuada que las
habituales. Para ello he intentado mostrar que la confluencia coherente de (i) una
determinada concepción del lenguaje (como un objeto natural), (ii) una determi-
nada concepción del cambio lingüístico (como un proceso no dirigido ni predeci-
ble pero formalmente constreñido) y (iii) una determinada concepción de la teoría
evolutiva (la antineodarwinista) refuerza a sendas concepciones frente a visiones
opuestas (y en esencia erróneas) del lenguaje, del cambio lingüístico y de la evo-
lución. Y eso sí es un argumento que invita a pensar en una teoría generalizada de
la evolución más allá de curiosos paralelismos.
La concepción formalista (o antineodarwinista) del cambio lingüístico que
hemos bosquejado hasta ahora predice que, a pesar de las apariencias, el tránsito
entre una lengua y otra es el resultado de sutiles variaciones en el desarrollo de la
lengua-i a partir de la interacción entre los requisitos formales e invariables pro-
cedentes del organismo (la GU) y las pistas que los datos del entorno proporcio-
nan para dicho desarrollo. Este sería el “genoma distribuido” de toda lengua. Más
concretamente, hemos identificado con los genes lo que hemos denominado de
manera todavía imprecisa “rasgos paramétricos”, esto es, conjuntos de propieda-
des formales de las que depende la estructura concreta de cada tipo lingüístico y,
en última instancia, de cada lengua.
Si las lenguas cambian como las especies (esto es, como los organismos na-
turales), es esperable que la diversidad entre éstas sea el resultado de diferentes
maneras de implementar los principios generales a partir de las “mutaciones”,
ciegas y aleatorias, en la información disponible durante su desarrollo. Esto impli-
ca a su vez que la explicación de los diversos tipos estructurales de lenguas que
existen no tendrá ninguna relación con aspectos ajenos a la propia dinámica de
formación del órgano del lenguaje, lo que implica a su vez que la diversidad entre
las lenguas estará restringida a lo propiamente gramatical. Dedicaremos el resto
de esta obra a esos asuntos cruciales.

128
11. Alcance y profundidad de la diversidad de las lenguas:
modelos inductivos y modelos deductivos
Languages are significantly different but com-
mensurable. They vary widely in their visible
sentences but are very similar in their recipes.
Mark Baker

Hasta el momento, a través del desarrollo de la analogía entre el cambio en las


lenguas y en las especies, hemos considerado cuáles son las causas de los cambios
lingüísticos. Es el momento ahora de explorar cuáles son las consecuencias, esto
es, es el momento de explorar el alcance y profundidad de la diversidad de las
lenguas y de evaluar la relevancia de la misma para nuestro conocimiento de la
propia facultad del lenguaje que canaliza o constriñe el cambio y la diversidad.
Al explorar los límites y alcance de la comparación entre lenguas y especies
hemos concluido que los cambios lingüísticos no están motivados funcionalmente,
lo que no significa que ciertas propiedades estructurales no puedan estar más o
menos favorecidas por aspectos externos a la propia estructura de las lenguas y
relacionadas con su uso, algo que en todo caso no debería tener relevancia en las
escala histórica en la que acontece el cambio lingüístico. Es cierto que la concep-
ción del cambio que inspira la teoría de la evolución predice que la diversidad de
las lenguas podría ser relativamente profunda, aunque también que estará severa-
mente limitada por el condicionamiento natural. Si esto fuera así, la manera en
que difieren las lenguas desde el punto de vista estructural será información
enormemente relevante para la exploración de la naturaleza y estructura del pro-
pio condicionamiento natural.
Es oportuno pues retomar ahora la pregunta formulada en la introducción:
¿qué nos dice la diversidad de las lenguas en el tiempo y en el espacio sobre la
naturaleza de la facultad del lenguaje?
Recordemos las tres posibles respuestas:

(1) La diversidad de las lenguas es tan profunda e irrestricta que más que de-
cirnos algo sobre la facultad del lenguaje, en realidad demuestra que no
existe o que es demasiado general para considerarla como tal.
(2) La diversidad de las lenguas es superficial. Todas las lenguas son varia-
ciones del mismo tema y, por tanto, el modo en que se diferencian no nos
dice gran cosa sobre la facultad del lenguaje.
(3) La diversidad de las lenguas es profunda y significativa y por ello es una
fuente de información primordial para determinar la estructura y naturale-
za de la facultad del lenguaje.

Ya hemos adelantado que nuestro objetivo será profundizar en la línea de la res-


puesta de (3), lo que implica en cierto modo una divergencia respecto de las

129
aproximaciones teóricas imperantes en la lingüística actual, que se mueven en
torno a las respuestas de (1) y de (2).
El punto de partida será la consideración de que tanto la moderna tipología
lingüística (inaugurada por Greenberg y desarrollada esencialmente en el ámbito
funcionalista) como la llamada teoría paramétrica generativista están mal orienta-
das para avanzar significativamente en respuestas del tipo de la de (3).
En efecto, aunque se implique una simplificación exagerada, podría decirse
que muchas de las controversias de la teoría lingüística de los últimos decenios se
siguen del diverso grado de peso que se da a cada uno de esos dos hechos (la di-
versidad de las lenguas y la facultad del lenguaje). Así, las teorías o aproximacio-
nes que profundizan más en la diversidad de las lenguas tienden a menospreciar el
peso de la facultad del lenguaje (FL en lo sucesivo), considerándola secundaria e
inespecífica (según el esquema superior de la fig. 4), mientras que las aproxima-
ciones que se centran más en la FL tienden a menospreciar la profundidad y rele-
vancia de la diversidad de las lenguas, considerándola superficial y aparente (se-
gún el esquema inferior de la fig. 4).

Diversidad FL

Teorías funcionalistas (respuesta 1)

Diversidad FL

Teorías formalistas (respuesta 2)

Fig. 4 El peso de la diversidad de las lenguas y de la Facultad del Lenguaje en la teoría lingüística

Sin entrar en muchos detalles y siguiendo con la simplificación, es posible asociar


la tradición funcionalista a la primera opción y la llamada tradición formalista a la
segunda, según se indica también en la fig. 4.
Nuestro objetivo a partir de ahora no va a ser el de contrastar cómo ha re-
percutido el análisis de la diversidad de las lenguas en la elaboración estas teorías
lingüísticas en el pasado, ni comparar cómo las diversas y enfrentadas tradiciones
de la lingüística moderna afrontan el problema, sino, partiendo de la asunción de
la existencia de la FL y, en términos generales, de la concepción chomskiana de la
mente y del lenguaje, evaluar qué implicaciones debería tener la existencia de la
diversidad de las lenguas para nuestra comprensión de qué es la FL.
En otras palabras, no vamos a comparar o caracterizar rigurosamente las
concepciones que subyacen a los dos esquemas presentados, sino que nos vamos a
centrar específicamente en el segundo. Más concretamente, lo que se va a propo-
ner al lector será el análisis crítico de la llamada teoría paramétrica en el ámbito

130
de la gramática generativa y el esbozo de los fundamentos sobre los que debería
desarrollarse la teoría paramétrica en el futuro para acomodar la respuesta de (3).
El objetivo será pues determinar cómo debería ser una teoría paramétrica basada
en una concepción minimalista del lenguaje (en la línea de Chomsky 1995), esto
es, qué forma debería tener lo que podríamos llamar una teoría paramétrica mi-
nimalista.66
Espero mostrar que tenemos razones de peso para mantener las siguientes
afirmaciones: (i) que la diversidad de las lenguas es un fenómeno profundo y real
(por lo que el esquema inferior es inadecuado); (ii) que existe una FL que deter-
mina la estructura de las lenguas y, por tanto, su margen de diversidad (por lo que
también el esquema superior es inadecuado) y (iii), que la teoría paramétrica mi-
nimalista que se va a esbozar podría hacer compatibles los dos fenómenos impli-
cados, aparentemente contradictorios.
En efecto, la tensión entre la evidente diversidad de las lenguas y su unici-
dad básica como atributo común a la especie ha sido uno de los grandes proble-
mas de la lingüística universal. Mark Baker (2001) ha reflejado vívidamente esa
tensión a través de lo que denomina la paradoja de los Code talkers. Se refiere con
esa expresión al pequeño grupo de indios navajos que el ejército estadounidense
empleó en la batalla del pacífico para codificar sus mensajes. Según relata Baker,
en una fase del enfrentamiento contra los japoneses en 1943 en torno al archipié-
lago de Bismark, el alto mando norteamericano detectó que diversos fracasos mi-
litares estaban relacionados con que los japoneses descifraban los mensajes de sus
tropas, anticipándose a sus movimientos. Lo relevante ahora es que el uso del na-
vajo como código de cifrado para las órdenes resistió todos los intentos de los
criptógrafos japoneses y, según Baker, contribuyó al desenlace final favorable (a
los norteamericanos) en dicho episodio bélico. La paradoja reside en que, por una
parte, el navajo tenía que ser una lengua tan extremadamente distinta del inglés (y
del japonés) como para que los experimentados espías japoneses no pudieran des-
cifrarlo (a diferencia de lo que hicieron con otros códigos artificiales), mientras
que, por otra parte, el navajo tenía que ser extremadamente parecido al inglés,
pues en caso contrario los intérpretes navajos no podrían haber transmitido con
precisión las órdenes proporcionadas en inglés por sus mandos. La respuesta de
(3) en la que nos vamos a centrar se va a basar en tomar en serio los dos lados de
los esquemas anteriores. Aunque por un camino distinto, las conclusiones que
alcancemos serán consistentes con las que propone Baker en su imprescindible
ensayo:

66 Debe quedar claro, en todo caso, que cuando hablamos de una teoría paramétrica minimalista
no queremos decir que la propia teoría paramétrica sea necesariamente minimalista, sino más
exactamente que nos preguntaremos cómo afecta la concepción minimalista del lenguaje a la
teoría paramétrica.

131
“Languages are significantly different but commensurable. They vary widely in their
visible sentences but are very similar in their recipes. Mohawk sentence structures
are unlike those of Japanese, which are in turn unlike English, but the differences are
systematic and predictable” (Baker 2001: 233).

Las dos aproximaciones reflejadas en el sencillo esquema de la figura 4 responden


en buena medida a que el modelo empleado para relacionar la diversidad de las
lenguas con la facultad del lenguaje es distinto. Aun a riesgo de nuevo de incurrir
en simplificación, se podría decir que la aproximación reflejada en la parte supe-
rior del esquema -y que corresponde a las respuestas del tipo de (1)- se basa en
una concepción inductiva de la FL, mientras que la aproximación reflejada en la
parte inferior del esquema -y que corresponde a respuestas del tipo de (2)- res-
ponde a una aproximación deductiva a la diversidad de las lenguas.
Tal y como se refleja esquemáticamente en la fig. 5, según el modelo induc-
tivo la FL se induce a partir de los universales del lenguaje obtenidos por el estu-
dio detallado y comparado de las lenguas, mientras que en el modelo deductivo,
por así decirlo, se parte de la FL y de ahí se siguen o se deducen los tipos lingüís-
ticos, según el esquema inferior:

Diversidad FL

Modelo inductivo de la facultad del lenguaje

Diversidad FL

Modelo deductivo de la diversidad de las lenguas


Fig. 5 Modelos inductivos y deductivos de la facultad del lenguaje

Si nos centramos en el tratamiento que las corrientes actuales de la lingüística dan


a la relación entre la diversidad de las lenguas y la FL, podríamos decir que la
práctica funcionalista se acomoda a la práctica inductiva (esto es, que procede de
las lenguas a los principios generales o universales), mientras que la aproximación
formalista (o biolingüística) se inscribe en el modelo deductivo.67
Como ha observado recientemente Haspelmath (en prensa), la diferencia en-
tre la lingüística funcionalista y la generativista no es tanto el asunto de la auto-

67 Véase Mairal y Gil (2006: 44) para una conclusión similar. Debe notarse que no estamos
asumiendo que la diferencia entre estas dos tradiciones se base en la metodología de la inves-
tigación (inductiva vs. deductiva), puesto que en ambas tradiciones, como en toda práctica
científica, se implican ambas. Si empleamos la oposición en términos de un modelo inductivo
frente a uno deductivo es porque lo que nos interesa precisamente es cómo se aborda en cada
modelo la relación entre la diversidad de las lenguas y los universales lingüísticos.

132
nomía de la sintaxis, sino que los funcionalistas asumen que los universales lin-
güísticos emergen de constricciones externas en el uso de las lenguas, mientras
que los generativistas asumen que son consecuencia de la GU. Esta diferencia,
añade Haspelmath, hace que a diferencia de los generativistas, “functionalists do
not assume that they will find the same syntactic categories and relations in all
languages […], but they expect languages to differ widely and show the most un-
expected idiosyncrasies”. En consecuencia, afirma también Haspelmath (lo que es
especialmente notable procediendo de un destacado funcionalista), los funcional-
istas “tend to agree with Joos's (1957:96) notorious pronouncement that ‘lan-
guages can differ from each other without limit and in unpredictable ways’”
(Haspelmath en prensa: 15). Como hemos visto en el capítulo 4, la afirmación de
Joos de que las lenguas pueden variar sin límites e impredeciblemente contrasta
drásticamente con la concepción que llevaba a Chomsky a afirmar que para todas
las lenguas, dejando aparte sus limitados tipos de variación, sólo existe una sin-
taxis y un léxico.
Las dos posturas son tan extremas y llevan tanto tiempo en liza que es nece-
sario reflexionar, aunque sea someramente, sobre qué está sucediendo.
La primera posibilidad es que alguno de los dos extremos sea un caso de
histórico empecinamiento acientífico, esto es, que un bando tiene razón y el otro
no y la única causa de la persistencia de las dos posturas es ajena a la investiga-
ción racional. Por simplificar podríamos considerar esta opción como la teoría de
“los listos frente a los tontos”. Hay muchas razones para pensar que esta teoría es
descartable, especialmente porque detrás de ambas concepciones hay respetables
grupos de investigación capaces de poner sobre la mesa logros objetivamente eva-
luables.
Además, y eso es especialmente importante, ambas posturas tienen sus raí-
ces en los propios orígenes de la reflexión sobre la naturaleza del lenguaje, de la
mente y del conocimiento. De alguna manera esta oposición entre modelos induc-
tivos y deductivos en la aproximación al problema de la diversidad y la unicidad
del lenguaje humano descansa en una oposición histórica que, en diversos mo-
mentos y frentes intelectuales (que van desde la estructura de la lengua griega
hasta, como hemos visto, la propia teoría evolutiva), viene protagonizando la his-
toria intelectual de nuestra especie.
El cuadro de la figura 6, de nuevo simplificando drásticamente, pretende re-
flejar sumaria y esquemáticamente esta antigua controversia. Por supuesto que la
tabla condensa demasiada información y muchas asunciones que, sin una justifi-
cación detallada, pueden parecer arbitrarias e, incluso, totalmente erróneas. No es
este el momento para entrar en detalle, así que nos conformaremos con una justi-
ficación sumaria de por qué agrupar así las columnas, justificación que, aunque
necesariamente incompleta, servirá también de introducción al resto de esta discu-
sión.

133
Aproximaciones inductivas Aproximaciones deductivas
Anomalistas Analogistas
Gramática normativo-descriptiva Gramática logicista
Empirismo / Anti-innatismo Racionalismo / Innatismo
Externalismo Internalismo
Conexionismo Modularidad
Funcionalismo Formalismo
Neodarwinismo Anti-neodarwinismo
Relativismo Universalismo
Fig. 6 Correlación en la historia intelectual de las dos aproximaciones

Lo que la tabla pretende reflejar sintéticamente es que la concepción de la diversi-


dad de las lenguas condensada en las palabras de Joos o, si se prefiere, en la res-
puesta de (1), tiene sus raíces históricas en cierta parte de la tradición gramatical
(anomalismo, gramática descriptiva) y que también entronca con cierta teoría clá-
sica del conocimiento (empirismo, anti-innatismo), que a su vez está en la base de
ciertas concepciones actuales de la mente (conexionismo), las cuales, a su vez, se
correlacionan con una concepción externalista y funcionalista del lenguaje y con
una preferencia por el modelo neodarwinista de la teoría de la evolución, que en
última instancia implica un cierto sesgo hacia el relativismo.
Por su parte, la concepción chomskiana, o si se prefiere, la respuesta de (2),
tendría sus raíces en la otra vertiente de la tradición gramatical (analogismo, gra-
mática logicista) y entroncaría con cierta teoría del conocimiento (racionalismo,
innatismo), que a su vez se relaciona con teorías alternativas de la mente (modula-
ridad), las cuales se correlacionan con una concepción internista y formalista del
lenguaje, con una visión no neodarwinista de la evolución y con un rechazo gene-
ral del relativismo.
La conexión paralela entre, de una parte, empirismo, anti-innatismo, co-
nexionismo, externalismo y funcionalismo y, de otra, entre racionalismo, innatis-
mo, modularidad, internismo y formalismo, es relativamente clara y ha sido objeto
de cierta consideración en la bibliografía.68 Por su parte, la correlación con las
diversas versiones de la teoría evolutiva ha protagonizado la primera parte de esta
obra, por lo que nos centraremos brevemente en lo que quizá pueda resultar más
sorprendente (y aparentemente fuera de lugar en esas listas), como es la referencia
a la tradición del estudio gramatical anterior al siglo XVIII, especialmente a la
gramática grecolatina. Dicha referencia simplemente quiere poner de manifiesto
que el actual enfrentamiento entre esas dos grandes tendencias se puede hasta
cierto punto concebir como una reaparición, por supuesto en una dimensión cien-

68 Véase Mendívil (2003) para una consideración más reposada de estas correlaciones y para
numerosas referencias bibliográficas.

134
tífica muy diferente, de un enfrentamiento mucho más antiguo que se remontaría a
las tempranas disputas entre anomalistas y analogistas acerca de la naturaleza de
la lengua griega (luego trasplantada también a la latina) en las primeras aproxima-
ciones a la gramática griega y latina, especialmente por parte de los estoicos. Lo
único que se quiere dar a entender es que, de alguna manera, la controversia clási-
ca refleja dos tendencias diferentes en la interpretación de los mismos hechos (es-
to es, la coexistencia en las lenguas de patrones regulares con numerosas excep-
ciones y arbitrariedades). Esa doble aproximación se verá luego continuada en los
dos modelos de gramática que coexisten desde el fin de la Edad Media y el Rena-
cimiento hasta el siglo XVIII, con una tradición fuertemente orientada a los datos
y la descripción basada en la tradición alejandrina (y que no sólo alcanza a la
gramáticas latinas como la de Nebrija, sino especialmente al debut de las gramáti-
cas de las llamadas lenguas vulgares de Europa), frente a una tradición logicista y
universalista que entronca con los modistae medievales y, a través de la Minerva
del Brocense, culmina en la Grammaire générale et raissonée de Port-Royal. No
es difícil relacionar estos dos tipos de aproximación a la gramática y a las lenguas
con la controversia filosófica entre empirismo y racionalismo de los siglos XVII y
XVIII y, más adelante, de manera ya más obvia, con los modelos de aproximación
al lenguaje y las lenguas que han protagonizado buena parte de la lingüística del
siglo XX y de lo que llevamos del XXI.

135
136
12. Relativismo y universalismo
La idea de que el pensamiento es lo mismo que
el lenguaje constituye un buen ejemplo de lo que
podría denominarse una estupidez convencional
(...) una afirmación (...) que todo el mundo se
cree porque recuerda vagamente haberla oído
mencionar y porque presenta implicaciones muy
serias
Stephen Pinker

De alguna manera los miembros de cada lista del esquema de la fig. 6 del capítulo
anterior acaban confabulándose para proporcionar dos concepciones generales del
lenguaje humano y de la propia naturaleza de la mente de nuestra especie, refleja-
das en la oposición entre relativismo y universalismo. Esta oposición se puede
entender, al menos, de dos maneras lingüísticamente significativas: según si la
oposición se refiere a las propias categorías gramaticales o también a las relacio-
nes entre lenguaje y pensamiento. Aunque estas dos modalidades de la oposición
están probablemente vinculadas, me referiré con cierto detalle únicamente a la
primera.69
Según el modelo inductivo (y tal y como se refleja en las palabras de Has-
pelmath mencionadas en el capítulo anterior) no deberíamos esperar que todas las
lenguas presentaran las mismas entidades y categorías gramaticales, mientras que
según el modelo deductivo sí deberíamos esperar una unicidad formal esencial. Si
Haspelmath mencionaba eso al caracterizar el funcionalismo es precisamente por-
que un modelo funcionalista, por definición, considera que las categorías son el
resultado de la función: deben su ser a la función que han de satisfacer. El límite
esencial en su formación y evolución es precisamente la función; satisfecha ésta,
el medio que la implemente es hasta cierto punto contingente. Desde el punto de
vista formalista, y también por definición, las categorías están restringidas espe-
cialmente por el sistema en el que se integran y la función, aunque pudiera contri-
buir a su evolución, tiene serias limitaciones para modificarlas. Lo que se predice
es pues un sistema esencialmente unitario con variación superficial.70
De hecho, desde un punto de vista funcionalista Haspelmath (2007) ha plan-
teado explícitamente que las categorías son específicas de las lenguas.71 Su argu-
mento se basa en el hecho claro de que si comparamos, por ejemplo, la categoría
caso dativo en dos lenguas distintas encontraremos diferencias que deberían obs-
taculizar la identificación de ambos fenómenos como la misma categoría y que si

69 Véase Pinker (1994) y (2002) para una discusión general.


70 Un ejemplo claro de esta actitud es el principio operativo que sugiere Kayne (2005: 16) se-
gún el cual si una lengua tiene la categoría X, entonces X tiene que estar en todas las lenguas,
aunque no se pronuncie.
71 “structural categories are language-particular” (Haspelmath 2007: 3)

137
las identificamos es porque estamos analizando una lengua en términos de otra.72
Su propuesta es entonces que “instead of fitting observed phenomena into the
mould of currently popular categories, the linguist’s job is to describe the phe-
nomenon in as much detail as possible” (Haspelmath 2007: 7). Pero si tomamos
esta afirmación literalmente está claro que no sólo la tipología sería imposible -e
incluso irrelevante de ser posible-, sino que la propia descripción sería inaborda-
ble, ya que no se puede describir una lengua nueva de manera significativa sin
emplear las categorías que hemos derivado del estudio de otras.73
Por supuesto que el planteamiento de Haspelmath es hasta cierto punto evi-
dente y, desde luego, es impecable desde el punto de vista saussureano (según el
cual cada categoría, cada unidad, se define por oposición en el seno de un siste-
ma), pero también es muy importante tener en cuenta que las categorías a las que
se refiere (nombre, dativo, pasiva, etc.) no son ontológicamente reales, sino arte-
factos descriptivos. En ese sentido es claro que dependen de cada lengua, puesto
que cada lengua es un objeto histórico peculiar. Pensemos en un órgano físico
como el estómago. Es evidente que el estómago de un caballo y el de un leopardo
son distintos, pero no por ello deberíamos dejar de llamar estómago a alguno de
ellos, o a los dos. Pero eso es lo que sugiere Haspelmath:

“Language describers have to create language-particular structural categories for


their language, rather than being able to ‘take them off the shelf’” (Haspelmath
2007: 8)

Ignorando ahora la relación filogenética entre ambos órganos, es evidente que


desde cierto punto de vista son el mismo órgano o, si se prefiere, dos variedades
del mismo órgano con sus peculiaridades. Mi opinión es que es más interesante,
desde cualquier punto de vista, explicar las peculiaridades de los órganos (y las de
las categorías gramaticales) a partir de sus semejanzas formales y funcionales que
abordarlos por separado como cosas distintas.74
En este punto puede ser interesante un Gedankenexperiment: ¿cómo habría
sido la historia de la lingüística, la historia de la teoría gramatical, si los gramáti-

72 Típicamente, en la tradición, del griego y el latín, y en la actualidad del inglés y el resto de


lenguas occidentales más estudiadas.
73 Podría decirse que sí se pudo, como sucedió con la gramática del griego proyectada hasta la
actualidad, pero es que fue entonces cuando se inventaron las categorías. Lo sorprendente es
lo bien que han soportado el paso del tiempo, y no sólo en la denominación.
74 Haspelmath concede que usar un nombre distinto para cada caso sería un caos y que, por
tanto, es lícito usar el mismo nombre para dos categorías semejantes de dos lenguas, pero só-
lo por razones “mnemotécnicas”. Cabe preguntarse si es esa realmente la única razón. Algu-
nos de los ejemplos que emplea Haspelmath son engañosos. Así sugiere la categoría “English
ditransitive construction” como algo específico del inglés. No puede ser más cierto, pero
¿qué clase de categoría es esa? Desde luego que no es un primitivo de la teoría gramatical,
sino precisamente un artefacto descriptivo.

138
cos indios, griegos y latinos, en vez de hablar y describir lenguas indoeuropeas
como el sánscrito, el griego o el latín hubieran hablado lenguas tipológicamente
muy diferentes como el chino mandarín, el chichewa o el vasco?
La pregunta es fantasiosa pero crucial, porque nos estaríamos preguntando
hasta qué punto las categorías y principios (y hasta la propia estructura de la cien-
cia que empleamos para estudiar el lenguaje y las lenguas) dependen de las len-
guas estudiadas previamente. Es más, se podría considerar que es una pregunta
sobre la propia existencia de una ciencia unificada de lenguaje humano en analo-
gía con la física o la biología. Salvo aspectos sociológicos relativamente irrelevan-
tes, no se puede hablar de una física rusa o de una biología anglosajona. La cues-
tión es entonces si podemos decir lo mismo de la lingüística.
En principio podría decirse que, en efecto, dado el caso planteado, es muy
probable que la evolución histórica de la lingüística y de la teoría gramatical
hubieran sido diferentes.75 La cuestión es cuán diferentes habrían sido y cómo
habría afectado eso a las teorías actuales que ahora estamos discutiendo. En otras
palabras: ¿tenemos realmente una lingüística general o estamos aplicando inade-
cuadamente un modelo específico de un tipo de lenguas a todas las demás?
Cualquier observador sensible de la historia del diseño puede percibir que
los primeros aparatos de televisión se parecían innecesariamente a los aparatos de
radio que hasta su llegada presidían los salones de las casas, y que los primeros
automóviles se parecían sospechosa (e innecesariamente de nuevo) a los coches
de caballos de carne y hueso. ¿Se ha liberado de esa herencia la lingüística actual
como han hecho las pantallas de plasma y los deportivos alemanes?
No es nuestro objetivo resolver ese enigma, pero es interesante observar que
reaparece aquí una división de opiniones que de nuevo sitúa a los inductivistas en
un lado y a los deductivistas en el otro. Quien esté más inclinado hacia una
aproximación inductiva propondrá una aproximación no sesgada o condicionada
por un modelo que es sólo apropiado para un tipo de lenguas y, en casos extre-
mos, propondrá desprenderse de todo lo anterior y refundar la disciplina poniendo
a todas las lenguas en pie de igualdad. El deductivista objetará que el modelo
construido para un grupo reducido de lenguas (o para una lengua, en el caso ex-
tremo), si está bien planteado, será cuando menos parcialmente correcto y que lo
que hay que hacer es adaptarlo y modificarlo para dar cuenta de lo que vaya apa-
reciendo.76

75 De hecho, en ciertos niveles sigue siendo perfectamente lícito hablar de, por ejemplo, “lin-
güística indoeuropea” o “lingüística algonquina” como tradiciones relativamente indepen-
dientes y con métodos, terminologías y focos de interés diferentes. También se puede ver el
efecto de ese fenómeno en la diferencia entre el estructuralismo europeo (orientado más a las
lenguas indoeuropeas) y el americano (orientado también a las lenguas amerindias).
76 Esa es la lógica que subyace a los planteamientos. En la práctica esta estrategia no es exclu-
siva de la gramática generativa, sino habitual en muchas corrientes funcionalistas, aunque so-
lo sea por razones pragmáticas, lo que no deja de ser significativo.

139
La discusión en este punto puede ser interminable, puesto que el inductivista obje-
tará que el modelo del que se parte ya condiciona toda la teoría y falsea la reali-
dad. Pero entonces se podría decir que este punto de vista está afirmando que es
imposible que partiendo de lenguas muy distintas se llegue independientemente al
mismo modelo teórico, algo que no podemos descartar a priori.
Volvamos de nuevo a la comparación con las ciencias naturales. Aunque es
evidente que la naturaleza es esencialmente la misma en todas partes, no es cierto
que la historia de las ciencias naturales esté exenta del influjo del contexto socio-
lógico (algo que hay que conceder incluso aunque rechacemos la visión posmo-
derna de la ciencia). La ciencia no es un movimiento panhumano y pancrónico,
sino que nació en un momento y en un lugar concreto, en Grecia (véase Wolpert
1992) y, por tanto, es deudora de la cultura y de la concepción del mundo de sus
forjadores. Pero no por ello nos sentimos inclinados a pensar que la electrodiná-
mica cuántica o que la relatividad general son consecuencia de la lengua, la reli-
gión y la organización política y social de la antigua Grecia y que tales teorías
serían totalmente distintas de haber sido aquellas diferentes. Lo cierto es que, a
pesar del pensamiento posmoderno, sólo hay una ciencia.
Claro que se puede objetar que la comparación no es lícita porque la física,
la química y la biología son ciencias naturales y como al fin y al cabo sólo hay
una naturaleza, de haber existido otras tradiciones, sus resultados no podrían
haber sido muy diferentes.77
Pero no está tan claro por qué la comparación no es lícita, y no me estoy re-
firiendo al hecho también controvertido de que el punto de vista biolingüístico
considera el lenguaje como un objeto natural, sino al hecho de que no está tan
claro que la causa de que el arquetipo de la gramática griega y sus categorías haya
triunfado sobre otras tradiciones sea únicamente el oportunismo histórico y la
eclosión económica, cultural y militar de los imperios y países que tenían la cultu-
ra grecolatina como base esencial y han dominado el mundo desde entonces. No
quiero decir que esos factores no hayan sido influyentes ni quiero negar que haya
habido una aplicación indiscriminada e inadecuada de conceptos y categorías di-
señados para unas lenguas a otras, lo que es evidente.78 Lo que quiero decir es que
no deberíamos descartar la posibilidad de que en parte la persistencia de la gramá-
tica grecolatina y la de la india (en la medida en que persisten en la lingüística
actual, tanto en la formalista como en la funcionalista) se deba a que, como suce-
dió en física y, en mayor medida aún en matemáticas, la ciencia griega -de la que
la gramática formaba una parte- puso las bases de la ciencia moderna. Por supues-

77 Lo cierto es que sí hay otras tradiciones, pero salvo honrosas excepciones, no las llamamos
ciencia, sino magia, porque no cumplen la clave esencial de la ciencia, el ser racional y empi-
rícamente falsable.
78 Ya los propios gramáticos latinos forzaron la gramática de su lengua para calcar la de los
griegos, por ejemplo manteniendo el número de clases de palabras aún a costa de que el latín
carecía de artículos (véase Robins 1979).

140
to que, al igual que sucede si comparamos la física o la biología actuales con las
desarrolladas por los griegos, cualquier comparación de la teoría gramatical actual
con la gramática griega pone claramente de manifiesto que el progreso ha sido
cualitativa y cuantitativamente abismal. De hecho, la ciencia natural que hacían
los griegos no sería considerada científica si aplicamos los estándares de la ciencia
actual, lo que no impide reconocer su origen en ella y no en otra. Del mismo mo-
do, no quiero decir que la tradición de la gramática occidental se haya impuesto a
otras tradiciones (en la medida en que han existido como tales79) únicamente por
ser más científica o menos irracional y que la influencia económica y cultural de
Occidente no haya tenido parte en ello. Lo que quiero señalar es que, aunque la
lingüística actual, y no sólo la formalista, se basa en la tradición lingüística occi-
dental (indoeuropea), ha sido capaz, precisamente gracias a la importancia conce-
dida a la diversidad lingüística, de superar el límite del relativismo y empezar a
convertirse en una ciencia como las demás, esto es, universal e independiente,
hasta un cierto punto razonable, de condicionamientos culturales.
En este sentido, pues, podríamos decir que tanto la lingüística comparada
del siglo XIX como la tipología del siglo XX (incluyendo la tipología propiamen-
te dicha y la teoría paramétrica) han sido el factor crucial para hacer de la lingüís-
tica una ciencia universal.
He señalado páginas arriba que buena parte de la discrepancia respecto del
fenómeno de la diversidad de las lenguas se sigue de dos modelos distintos de
aproximación al fenómeno paradójico de la diversidad y la unicidad de las len-
guas. También he sugerido que si los investigadores se han orientado por uno u
otro modelo ha sido porque asumían diferentes concepciones del objeto de estu-
dio. Cabe entonces preguntarse por el origen de esas dos concepciones. Una posi-
bilidad relevante es que se trate en realidad de una aproximación a distintos obje-
tos de estudio más que a distintas concepciones de los mismos. O en otras pala-
bras, que en realidad, pese a la apariencia, cuando se habla de la diversidad lin-
güística no se está hablando siempre de lo mismo.
La hipótesis que voy a desarrollar en lo sucesivo es que si nos centramos en
la estructura básica y nuclear de las lenguas humanas, el punto de vista deductivo
es el correcto, en el sentido de que las pautas de variación entre las lenguas son
limitadas y, hasta cierto punto, predecibles, mientras que si nos centramos en la
manera en que las lenguas reflejan la visión del mundo, la historia y, en general, la
cultura de las comunidades de hablantes, entonces el punto de vista más adecuado
es el contrario. Estas dos perspectivas sobre el objeto de estudio (que en modo
alguno son ajenas a la dicotomía profunda entre estructura y función) son las que
explicarían la adopción de los dos modelos generales sobre el lenguaje y la diver-
sidad de las lenguas que subyacen a las posturas que estamos considerando.

79 Véase Itkonen (1991) para una útil revisión.

141
Mi objetivo a partir de ahora será, partiendo de la asunción de que las lenguas son
como los poliedros de Galton, intentar profundizar en cómo se han intentado des-
cribir las facetas de esos poliedros y en cómo deberíamos abordarlas en el futuro.
En cierta medida lo que voy a defender puede resultar contradictorio, puesto
que pretendo mostrar que, aunque el punto de vista más correcto para abordar la
diversidad estructural de las lenguas es el deductivo (lo que implica buena parte
de las concepciones de la columna derecha de la tabla de la fig. 6 del capítulo an-
terior), la relevancia de la tipología lingüística para la empresa generativista es
crucial, o lo que es lo mismo, no menos relevante que para el punto de vista
opuesto. Lo que se implica entonces es que, aunque no se comparta el punto de
vista inductivista de que sólo la aproximación extensiva nos puede dar una idea de
la universalidad de la gramática (como ha defendido, por ejemplo, Dixon 1997),
lo cierto es que sólo una aproximación inductiva a la diversidad estructural de las
lenguas puede falsar empíricamente una concepción deductiva.

142
13. La Gramática Universal minimalista y la Facultad del
Lenguaje
La GU es la caracterización de esos principios
innatos, biológicamente determinados, que cons-
tituyen un componente de la mente humana, la
facultad lingüística
Noam Chomsky

La afirmación que concluye el anterior capítulo en modo alguno se puede conside-


rar novedosa, aunque sólo sea porque el propio Chomsky ha reconocido que aun-
que teóricamente la GU se podría caracterizar analizando una sola lengua, por
razones prácticas es mejor una aproximación tipológica.80 Dicha afirmación quie-
re ser algo más que una concesión basada en razones prácticas (que -por otra par-
te- no sería cosa baladí, pues de lo que se trata es de hacer ciencia, no de sentar
doctrina filosófica), y pretende ir más allá explorando caminos abiertos en el seno
de la propia gramática generativa. “Más allá” significa reconocer que la diversi-
dad tipológica de las lenguas, aun siendo un epifenómeno si la consideramos des-
de el punto de vista de una GU biológica o naturalmente condicionada, es un fe-
nómeno real si la consideramos desde un punto de vista no precisamente superfi-
cial ni irrelevante, como sería el de la propia existencia de las mentes y los cere-
bros de las personas.
Aunque me cuento entre quienes creen firmemente en la unicidad esencial
del lenguaje humano, esto es, entre quienes creen que las lenguas humanas son
variaciones de un mismo tema, también me cuento entre quienes creen que la di-
versidad de las lenguas es lo más interesante del lenguaje como objeto de estudio
y de la lingüística como ciencia. Una de las razones de ello es que es muy proba-
ble que si sólo existiera una lengua (si es que esto fuera posible) estaríamos con-
denados a no poder caracterizar y explicar la facultad del lenguaje. Esta afirma-
ción puede parecer herética desde el punto de vista biolingüístico, pero no lo es en
absoluto; de hecho, como veremos, es la consecuencia natural de los desarrollos
recientes de la propia teoría gramatical chomskiana en general y de la teoría pa-
ramétrica en particular.
Los seres humanos nos hablamos el lenguaje, hablamos una lengua o no
hablamos nada. Este es un hecho tan evidente que a veces no es percibido como
notable, pero lo es. La diversidad lingüística no sólo es interesante en sí misma,

80 Véase Mendívil (2003) para una discusión de ese argumento. Una muestra notable de esta
actitud son las siguientes palabras de Kayne: “Evaluation of the antisymmetry hypothesis
must ultimately rest on evidence from as many languages as possible, in as many areas of
syntax as possible” (Kayne 2004: 4). La cita es relevante porque la hipótesis de la asimetría
de Kayne precisamente niega que en un nivel profundo exista diversidad tipológica en el or-
den de palabras.

143
sino que también lo es para el objetivo de estudiar la propia FL. Y no porque
abordar la diversidad de las lenguas sea inevitable -ya que no podemos estudiar el
lenguaje sino a través de las lenguas-, sino porque el concretarse en una lengua
concreta es algo esencial y no accidental de la FL. En otras palabras, la FL no
existe si no es como una lengua-i concreta. En cierto modo es lo mismo que suce-
de con la vida. La vida no existe en sí misma, lo que existen son seres vivos. No
se puede analizar la esencia y el mecanismo de la vida sin analizar seres vivos
concretos.
Según lo afirmado, la FL es un atributo de la especie humana en la misma
medida que lo son, por ejemplo, la capacidad de visión o la memoria. Pero hay
una diferencia relevante: la capacidad de visión de una persona, con sus inevita-
bles peculiaridades, es esencialmente la misma en las demás, tanto en las próxi-
mas socialmente como en las más remotas. Pero no es así con el lenguaje. En lo
sucesivo voy a partir de la asunción de que la FL de una persona que habla espa-
ñol es diferente de la de una persona que habla ruso, aunque sean manifestaciones
de la misma facultad.81 Desde este punto de vista, si hay una conclusión del pre-
sente ensayo que merece la pena adelantar es que lo más importante que nos dice
la diversidad de las lenguas sobre la FL es precisamente que el órgano del lengua-
je de las personas, aun siendo un órgano mental como cualquier otro, es peculiar
en un sentido crucial que a veces se ha obscurecido o minusvalorado desde el pun-
to de vista generativista (aunque véase Longobardi 2003): es un órgano mental
que está profundamente influenciado por la cultura y por la historia. Así, aunque
la visión, la memoria o la capacidad de reconocer rostros son órganos mentales
como el lenguaje, todos ellos resultantes de la interacción de la naturaleza con el
entorno, la FL de cada persona depende en su estructura y propiedades, no sólo
del condicionamiento natural, sino de aspectos históricos que no parecen tener
relevancia en otros órganos mentales o físicos. Como ha observado Longobardi
(2003: 102), la memoria o la visión parecen carecer de una historia cultural rele-
vante y, a diferencia del lenguaje, no permiten un estudio comparativo como el
que brindan las lenguas.
Por lo tanto, y aunque se implica una simplificación deliberada, asumiré en
lo sucesivo que para los efectos de nuestra discusión la lengua-i y la FL de una
persona son la misma cosa: un sistema de conocimiento que debe su estructura al
condicionamiento natural y al desarrollo resultante de la interacción con el entor-
no.
Pero entonces debemos evitar una confusión frecuente (tanto en la biblio-
grafía generativista como en la opuesta), como es la de identificar la FL con la
GU.

81 Al igual que el hígado de un caballo y de una persona son distintos, aunque sean manifesta-
ciones del mismo órgano.

144
El propio Chomsky ha contribuido a veces a esa confusión, por ejemplo en un
fragmento como el que encabeza este capítulo, que merece la pena repetir:

“La GU es la caracterización de esos principios innatos, biológicamente determina-


dos, que constituyen un componente de la mente humana, la facultad lingüística”
(Chomsky, 1986: 40)

Sin embargo, nótese que no se identifican. Lo que se afirma es que la GU incluye


los condicionantes naturales (independientes de la experiencia) para el desarrollo
de la FL. En otras ocasiones el autor es más explícito al respecto:

“I will assume here an approach to the study of language that takes the object of in-
quiry to be an internal property of persons, a subcomponent of (mostly) the brain
that is dedicated specifically to language: the human ‘faculty of Language’ to adapt
a traditional term to a new context” (Chomsky 2004a: 104).

El componente de la mente que se emplea para el lenguaje es la FL de una perso-


na, un estado o propiedad de su mente y de su cerebro. Como en un contexto mo-
dular e innatista asumimos que ese componente está natural o biológicamente
constreñido, asumimos que en general se puede hablar de la FL de la especie,
exactamente igual que asumimos que se puede hablar de la vida, ignorando las
muchas diferencias entre las diversas formas de vida existentes.
Desde este punto de vista, la GU no es un componente de la mente de las
personas, sino el nombre arbitrario que le damos a aquellas propiedades que regu-
lan específicamente el desarrollo de la propia FL. Es por ello que en el ámbito
generativista se tiende a concebir la GU como el estado 0 o estado inicial de la
facultad del lenguaje, mientras que el conocimiento de una lengua en particular, la
lengua-i, se considera el estado estable, esto es, más propiamente el órgano del
lenguaje de una persona. No hay objeción a esta segunda afirmación. Pero es muy
importante observar que la primera parte es realmente confusa. También en este
caso el propio Chomsky ha contribuido a esa confusión al presentar frecuente-
mente su concepción a través de esquemas del tipo del siguiente:

L1

Estímulos externos GU L2

L3

Ln

Fig. 7 El proceso de desarrollo del lenguaje mediado por la GU

145
Está claro que lo que el esquema pretende reflejar es la concepción innatista
chomskiana según la cual el organismo impone ciertas propiedades que no se ad-
quieren del entorno a los sistemas de conocimiento que termina produciendo, esto
es, las lenguas-i. Así, en función de los datos o estímulos que recibe el organismo
se producen distintas variantes del mismo sistema. La GU se concibe entonces
como el conjunto de propiedades que debe tener toda lengua natural y que no se
deducen de los estímulos externos, según el célebre argumento de la pobreza del
estímulo. A ese condicionamiento biológico que determina qué propiedades debe
tener una lengua humana posible y que explica nuestra capacidad de aprenderlas
es a lo que suele denominarse GU.82
Pero nótese que en una aproximación como la esquematizada en la fig. 7 de
alguna manera se está asumiendo que la GU existe en la mente o en el cerebro
previamente a la existencia de la lengua en particular. Y ese es un error crucial.
Técnicamente se puede decir que la GU es el estado-0 de la facultad del lenguaje,
pero siempre que seamos conscientes de que esto tiene el mismo sentido que
hablar del estado-0 del páncreas o del sistema circulatorio. No existe un páncreas
humano que no sea el de alguien, ni un sistema circulatorio mamífero que no sea
de algún mamífero en particular. Ni existen páncreas universales que luego se
parametricen para cada especie e individuo, etc. Lo cual, obviamente, no quiere
decir que no haya un serio condicionamiento biológico común para el desarrollo
de cualquier páncreas y de cualquier sistema circulatorio. Debe quedar bien claro
que no pretendo decir que sea un error de Chomsky y de toda la larga tradición
que le sigue, ni mucho menos. Lo que quiero señalar es que en muchas ocasiones
es una interpretación errónea, por demasiado literal, de formulaciones como las
anteriores la está en la base de algunos desarrollos de la teoría paramétrica, lo que
en buena medida explicaría lo que hay en dicha teoría de fracaso o frustración,
que no es poco.
Aunque luego volveremos sobre todo esto con más detalle, deseo insistir
ahora en que la formulación de Chomsky parece exenta de ese error. Nótese que
Chomsky habla del estado-0 de la FL, esto es, de un “no estado”. Lo que esto sig-
nifica realmente (al menos en mi interpretación) es que el organismo, previamente
a la experiencia y el desarrollo, carece literalmente de facultad del lenguaje (lo
que está perfectamente de acuerdo con el hecho de que los recién nacidos no
hablan). Eso no obsta, claro está, para que asumamos que el organismo está de
alguna manera diseñado para que la facultad del lenguaje que desarrolle cumpla
ciertos requisitos formales. Y es a esos requisitos formales a los que denomina-
mos GU.

82 Nótese que Wunderlich también parece confundir entre GU y FL, aunque en este caso se
podría entender que se diferencia entre la FL innata y la desarrollada: “What is meant by
Universal Grammar? In short, UG is assumed to be the innate language faculty of human be-
ings” (Wunderlich 2004: 615).

146
Wunderlich (2004) ha señalado que aún dentro de esta noción general caben dos
interpretaciones de qué es la GU que, no siendo incompatibles necesariamente, sí
que plantean aproximaciones diferentes y, en lo que ahora nos interesa, tienen
implicaciones muy distintas en lo que respecta a la teoría paramétrica.
Según la primera interpretación la GU caracterizaría el conjunto de lenguas
humanas posibles. Según la segunda, la GU sería un algoritmo de adquisición del
lenguaje específicamente humano (que, obviamente, sólo permitiría la adquisición
de las lenguas humanas posibles). En cierto modo la teoría paramétrica clásica (y
muchas de las críticas de la misma) se basan en la primera noción de GU, mien-
tras que la teoría paramétrica que vamos a explorar se basaría en la segunda no-
ción.83
Es importante recordar que entonces la GU tiene una función crucial en la
diversidad lingüística, en el sentido de que todo cambio que pueda producirse en
una lengua ha de ser filtrado luego por el proceso de adquisición (en ese sentido
se puede decir que la adquisición es el cuello de botella de la diversidad de las
lenguas, como se refleja icónicamente en el esquema de la fig. 6).84 Pero lo rele-
vante para lo que nos interesa es que ese filtro deja pasar mucha diversidad y eso
es extraordinariamente significativo.
Eliminando la carga teórica de la expresión gramática universal, lo cierto es
que representa una noción esperable y que no debería ser objeto de discusión. La
caracterización de los principios que la forman y de su especificad para el lengua-
je sí que podría, obviamente, ser causa de discusión, pero no tanto ya teórica (co-
mo suele ser habitual), sino empírica.
Un biólogo como Jonathan Singer lo ha expresado así:

“Althouhg the details of these arguments are complex, the manifiesto of the
Chomskyan revolution is essentially that the human brain -structured by the actions
of the genes via their protein products- somehow encodes for a ‘universal grammar’
that is intrinsic to all human languages, however much specific languages may dif-
fer” (Singer 2001, apud Jenkins 2004: 324).

Como observa Singer, dichos genes aparentemente programarían la construcción


de una red neural en el cerebro en la que cada uno de nosotros incorporaría de
manera expedita los elementos específicos de las lenguas. En realidad, si cambia-
mos el polémico adjetivo innato por tendente o sesgado, entonces toda aproxima-
ción a la biología del lenguaje es innatista por definición. Dejaremos de lado esas
controversias vacuas y asumiremos que la GU es un término que se refiere a los

83 En pocas palabras, un algoritmo de adquisición consiste en un conjunto de instrucciones de


cómo se tiene que procesar un determinado tipo de input: “In this view, UG is one of the star-
ting conditions for the human brain; it leads to a specific processing behaviour of the brain if
it is confronted with linguistic input” (Wunderlich 2004: 616).
84 “Linguistic variation, then, results form the interplay of UG with posible variations in the
input of language lerarners” (Wunderlich 2004: 618).

147
principios y estructuras mentales que condicionan, determinan y hacen posible el
desarrollo del conocimiento del lenguaje.85
En lo sucesivo no nos vamos a ocupar de ese crucial asunto, aunque sí debe
observarse que asumiremos que las propiedades de las lenguas que se expresan en
su gramática (que son las que nos van a interesar exclusivamente) serán conside-
radas, por defecto, como gramaticales, esto es, como parte de la estructura de la
FL (a su vez condicionada por la GU).86
Aclarada la noción de GU (convenientemente vaga en sus contenidos) en
cuyo seno se debe formular la teoría paramétrica, es importante que especifique-
mos también a qué nos referimos con FL.
Es sabido que la investigación minimalista actual favorece una concepción
muy reducida de los principios y componentes específicos del lenguaje humano,
reduciéndolos a lo mínimamente imprescindible y atribuyendo a otros componen-
tes de la mente y del cerebro algunos de los efectos anteriormente relacionados
con principios específicos. Se puede interpretar esta evolución como una conver-
gencia con aproximaciones alternativas a la de la gramática generativa, en la me-
dida en que el adelgazamiento de lo postulado como específicamente lingüístico
confluiría necesariamente con las concepciones no modulares de la mente y del
lenguaje y, en general, con las aproximaciones funcionalistas y cognitivistas. En
parte así es, pero no debería ignorarse que, como han señalado acertadamente
Eguren y Fernandez Soriano (2004), el programa minimalista mantiene intacto el
“núcleo duro” de la gramática chomskiana: el internismo y el naturalismo. Ade-
más, las nociones de simplicidad, elegancia y “perfección” que invoca el modelo
minimalista no tienen que ver, como en las aproximaciones alternativas, con la
relación entre el lenguaje y la comunicación o, en general, su uso, sino con la ma-
nera en que se relacionan entre sí los diversos componentes de la propia FL.
En la influyente formulación de Hauser, Chomsky y Fitch (2002) se estable-
ce una distinción entre la facultad del lenguaje en sentido estricto (FLN en sus
siglas en inglés) y la facultad del lenguaje en sentido amplio (FLB), de acuerdo
con el esquema de la Fig. 7, adaptado del original:

85 También asumiré que, en efecto, Chomsky no tiene por qué tener razón es cuáles y cómo son
esos principios, pero que sí la tuvo al formular contra viento y marea la necesidad de admitir
su existencia frente a una concepción puramente empirista de dicho atributo mental.
86 Buena parte de la literatura funcionalista asume que lo gramatical no es primitivo sino deri-
vado, últimamente del procesamiento. En cierto modo no puede ser de otra manera (como
discutiremos más adelante), pero sigue siendo útil, salvo sólida evidencia empírica en contra-
rio, asumir un nivel mental específico de representación gramatical.

148
Entorno Interior del organismo

Memoria Digestión
Ecológico FLB
C-I

Físico FLN
Recursividad
FLB
Otros
Cultural

FLB
A-P
Social
Respiración Circulación

Fig. 8 La Facultad del Lenguaje según Hauser, Chomsky y Fitch (2002)

En una aclaración posterior Fitch, Hauser y Chomsky (2005: 181) especifican que
con la expresión FLB (el círculo exterior del esquema) se refieren al lenguaje en
un sentido amplio incluyendo todos los variados mecanismos implicados en el
conocimiento y uso del mismo, independientemente de su solapamiento con otros
dominios cognitivos e incluso con otras especies (básicamente se refieren al com-
ponente conceptual-intencional, C-I, al componente sensorimotor o articulatorio-
perceptivo, A-P, y a otros posibles sistemas).87 Dado, argumentan esos autores,
que el lenguaje como un todo es específico de nuestra especie, es plausible que un
subconjunto de FLB sea específico de los humanos y específico del lenguaje. Y a
ese subconjunto es a lo que denominan FLN.88 Es importante notar que observan
que los contenidos de FLN se tienen que determinar empíricamente y, por supues-
to, que podría ser un conjunto vacío. En tal caso, esto es, si se demostrara que
ningún componente de FLN es específicamente humano y específicamente lin-
güístico, entonces habría que concluir que lo único específicamente humano sería
la particular disposición de dichos componentes en nuestra especie.

87 Observan los autores que esta noción de FLB “excludes other organism internal systems that
are necessary but not sufficient for language (e.g., memory, respiration, digestion, circulation,
etc.)” (Hauser, Chomsky y Fitch 2002: 1571).
88 “FLN is composed of those components of the overall faculty of language (FLB) that are
both unique to humans and unique to or clearly specialized for language” (Fitch, Hauser y
Chomsky 2005: 182).

149
En el artículo original estos autores formulan la hipótesis de que la FLN “compri-
ses only the core computacional mechanisims of recursion as they appear in na-
rrow syntax and the mapping to the interfaces” (Hauser, Chomsky y Fitch 2002:
1573). Ello implica entonces que la FLN sería un sistema computacional (básica-
mente una sintaxis recursiva) que, dado que tiene que interactuar con el resto de
componentes de la FLB, incluiría también aquellos aspectos de la fonología, el
léxico y la semántica que cumplan la condición de especificidad que define a
FLN:

“A key component of FLN is a computational system (narrow syntax) that generates


internal representations and maps them into the sensory-motor interface by the pho-
nological system, and into the conceptual-intentional interface by the (formal) se-
mantic system” (Hauser, Chomsky y Fitch 2002: 1571)

Una de las virtudes esenciales de este planteamiento, que es programático y gene-


ral, es que puede reconciliar la hipótesis de que la FLB es una adaptación de la
especie que comparte muchos aspectos con sistemas de conocimiento y de comu-
nicación de otras especies y a la vez mantener que los mecanismos que subyacen a
la FLN son específicamente humanos y específicamente lingüísticos, acomodando
la percepción de una diferencia cualitativa del lenguaje humano.89
En lo sucesivo vamos a asumir globalmente este modelo, pero es importante
no identificar la GU con la FLN, aunque es esperable que la naturaleza y estructu-
ra interna de la FLN esté determinada por la GU, por definición. Sin embargo,
sería precipitado excluir el efecto de la GU en el resto de componentes del lengua-
je, esto es, en los implicados en los sistemas conceptual-intencional y el articula-
torio-perceptivo y, sobre todo, en los interfaces.90
Lo relevante de esta concepción general sobre la FL para nuestra discusión
es que abre la posibilidad a una teoría paramétrica exenta de los problemas, tanto
teóricos como empíricos, que ha demostrado tener la propuesta clásica según la
cual los parámetros han de entenderse como opciones inespecificadas (típicamen-
te binarias) de los principios que conforman la GU.
En la medida en que nuestro objetivo no es averiguar qué es la FLN, pode-
mos y debemos emplear la expresión FL “a secas”, sin prejuzgar que pueda haber
o no una FLN. En este contexto creo que no es especialmente problemático decir
que la FL de cada persona se concreta, a través de la maduración, en al menos una
lengua-i, esto es, en un sistema de conocimiento que permite a una persona hablar
y entender una lengua. Que esa lengua-i es un objeto natural que debe estudiarse
como cualquier otro objeto natural -y las profundas implicaciones de ello- es, en
mi opinión, la mayor y más perdurable aportación de Chomsky y su escuela, y no

89 Lo que por otra parte explica por qué el programa minimalista ha sido objeto de crítica tanto
desde el punto de vista funcionalista como del formalista.
90 Así, por ejemplo, Pinker y Jackendoff (2005) han argumentado en esa línea.

150
tanto las hipótesis sobre la especificidad o no de los principios gramaticales o los
propios modelos formales sucesivamente desarrollados, por mucho que también
es evidente que éstos nos han proporcionado un gran avance en el conocimiento
de la estructura del lenguaje.

151
152
14. La forma de una teoría paramétrica minimalista
It may be that parameters are not really primi-
tives of UG, but rather represent points of under-
specification which must be filled in in order for
the system to become operative
I. Roberts y A. Holmberg

Aunque analizaremos en los capítulos siguientes con más detalle la naturaleza y


los problemas de la teoría paramétrica tal y como se ha desarrollado en el modelo
precisamente denominado de Principios y Parámetros (especialmente a partir de
Chomsky 1981), conviene ahora que consideremos con cierto detalle cómo la
concepción de la GU y de la FL que acabamos de esbozar condiciona la estructura
de la teoría paramétrica.
La teoría paramétrica se formuló como un modelo en el que los patrones de
variación lingüística estructural (los tipos lingüísticos estructurales) dependen de
opciones de realización de los principios fijos de la GU. Es evidente entonces que
si la GU se vacía de principios específicos mas allá de aspectos muy abstractos de
diseño (como la recursividad) la posibilidad de explicar los tipos lingüísticos co-
mo opciones paramétricas se diluye. Es por ello que buena parte de los desarrollos
modernos de la teoría paramétrica han optado por eliminar paulatinamente la no-
ción estándar de parámetro y la han sustituido por hipótesis más modestas en las
que los principios de variación se sustentan en propiedades del léxico (del léxico
funcional en las versiones más ambiciosas, como la del propio Chomsky), con el
uso de microparámetros o incluso, como en la propuesta de Newmeyer (2005),
proponiendo la eliminación total de los parámetros para dar cuenta de la diversi-
dad lingüística en términos de diferencias entre reglas y preferencias de procesa-
miento, en este caso según un modelo funcionalista.
Más adelante discutiremos esas posibles líneas de desarrollo de la teoría pa-
ramétrica, pero es importante observar ahora que la propuesta que vamos a plan-
tear parte de una reflexión paralela a la que ofrecen Roberts y Holmberg y se pue-
de considerar un desarrollo de la misma:
“It may seem strange that evolution endowed the language faculty with 50-100
choice points. However, if we think of parameters along the lines suggested in Rob-
erts and Roussou (2003, Chapter 5) and elsewhere, then it may be that parameters
are not really primitives of UG, but rather represent points of underspecification
which must be filled in in order for the system to become operative. In that case,
nothing is being added by assuming parametric variation; in fact, it may be compati-
ble with assuming the most minimal initial state we can. This idea would provide a
strong conceptual basis for our account of cross-linguistic variation, especially in the
context of a minimalist conception of UG” (Roberts y Holmberg 2005: 542)

Antes nos hemos referido a la GU como el condicionamiento biológico o natural


para el desarrollo de la FL. Es muy recomendable no hablar, como a veces se ha

153
hecho desde el punto de vista generativista, de un condicionamiento genético,
puesto que la relación entre los genes y los órganos mentales es harto compleja y,
desde luego, no soluble desde el punto de vista lingüístico.91 Como ha observado
Lorenzo (2006) no parece recomendable considerar la GU como la expresión de
los genes dando a entender que los genes expresan directamente rasgos o propie-
dades de la FL de los hablantes, aunque sea sólo porque “los genes tan sólo expre-
san proteínas capaces de especializar funcionalmente a las células o de regular la
obtención de tejidos capaces de soportar las diferentes funciones corporales”
(2006: 22). Sin embargo, como observa el mismo autor, ello no implica un aban-
dono de la concepción innatista, sino que “implica tan sólo precisar que cuando
decimos que el niño ‘conoce’ las propiedades esenciales de la gramática de cual-
quier lengua con anterioridad a toda experiencia como hablante lo que queremos
decir es que nace determinado a desarrollar una estructura cerebral altamente sen-
sible a dichas propiedades y programada para desarrollarse en virtud de aconteci-
mientos desencadenados ambientalmente” (Lorenzo 2006: 24).92
Por tanto es plausible considerar, en línea con la definición de GU que
hemos asumido líneas arriba, que la GU más que codificar principios específicos
lo que hace es determinar y constreñir (a través de mecanismos desconocidos, en
lo que sabemos) el desarrollo de la FL.
Según la lógica del programa minimalista, como hemos visto, la FLB puede
interpretarse como un sistema funcional unificado y de algún modo la sintaxis en
el sentido estricto (la FLN) sería la “argamasa” de ese sistema. Si asumimos con
Chomsky que el componente central de la FLN es la recursividad, la infinitud
discreta, podemos asumir también que esa propiedad es común a todas las len-
guas.
Aunque también hay quien objeta eso. Recientemente Daniel Everett (2005,
2007) ha cobrado cierta notoriedad, incluso en los medios de comunicación, con
su propuesta de que la lengua amazónica pirahã precisamente carece de esa pro-
piedad. El argumento de Everett, entre otros, es que en dicha lengua no hay ora-
ciones subordinadas, lo cual él interpreta como una restricción cultural a la gramá-
tica y lo presenta como un argumento empírico a favor del relativismo y en contra
de una FL naturalmente determinada. Pero la ausencia de subordinación formal
puede interpretarse como una ausencia de gramaticalización de la parataxis, algo
relativamente común en las lengas (veáse Givón 1984) y que en modo alguno

91 De hecho, es un error de simplificación confundir lo naturalmente condicionado con lo gené-


ticamente codificado, aunque lo primero suela ser consecuencia de lo segundo cuando
hablamos de seres vivos.
92 Lorenzo termina hablando de “innatismo general y disposicional a propósito de la facultad
del lenguaje” (2006: 99), lo que podría resultar contradictorio, ya que singularizar la FL im-
plica especificidad. Que esa disposición esté o no genéticamente determinada es irrelevante
desde el punto de vista lingüístico.

154
prueba que en las mentes de los hablantes no exista la capacidad computacional
en cuestión.93
Si la sintaxis en sentido estricto (el sistema computacional recursivo) es
universal, el marco que queda para capturar en este modelo la diversidad lingüís-
tica (y lo potencialmente sujeto a cambio) debería estar limitado al resto de com-
ponentes de la FL, esto es, los componentes propios de la FLB (C-I y A-P) y el
resto de la FLN excluida la sintaxis en sentido estricto, esto es, los interfaces con
dichos componentes. Puesto que está más allá de nuestro alcance ofrecer eviden-
cia empírica en una u otra dirección asumiremos como hipótesis nula (que más
adelante justificaremos) que el locus de la diversidad tipológica estructural de las
lenguas se encuentra en los interfaces entre la sintaxis en sentido estricto y el resto
de componentes de la FLB (C-I, A-P y otros posibles, según el esquema de Hau-
ser, Chomsky y Fitch 2002).
En otras palabras, la idea crucial es que lo que captan los parámetros que
enseguida vamos a discutir no son tanto opciones sobre principios de la GU, sino
diferentes posibilidades de ajuste de esos sistemas de interfaz o, si se prefiere en
una formulación más general, diferentes disposiciones entre sí, dentro de los már-
genes del condicionamiento natural impuestos por la GU, de los componentes de
la FL.
En el siguiente esquema se presenta una representación ampliada de la FLN
del esquema de la Fig. 8 en el que se ha añadido estructura a la misma separando
sus componentes según la formulación original y añadiendo la morfología y el
léxico (por razones que más adelante discutiremos). Los interfaces representados
en ese esquema serían, por hipótesis, internos a FLN y, por tanto, específicamente
humanos y específicamente lingüísticos, dado que su misión es conectar el siste-
ma computacional con los componentes C-I y A-P (y otros posibles). La hipótesis
central que deseamos plantear es que durante el desarrollo ontogenético de la FL
la organización de esos interfaces es sensible a los datos lingüísticos del entorno,
esto es, a los datos lingüísticos primarios que (en las propuestas habituales) los
niños emplean para “fijar los parámetros”.

93 Nevins et al. (2007) emplean la mejor descripción que existe de esa lengua (¡la que hizo años
antes el propio Everett!) para argumentar que no es cierto que en esa lengua no haya recursi-
vidad (en particular el caso más notorio, como es la existencia de oraciones incrustadas).
Everett (www.edge.org/3rd_culture/everett07/everett07_index.html) replica que esa descrip-
ción la hizo cuando creía en la GU y que esa teoría le hizo forzar los datos (inconscientemen-
te) para que encajaran en la misma (en un caso ejemplar de la discusión del capítulo 12). Sin
embargo, aduce que después, liberado de esa persuasión formalista, interpreta los datos de
otra manera. Cabe preguntarse, dada su demostrada y confesa capacidad de adecuar los datos
a las teorías en las que cree, cómo sabemos que no es ahora, cuando no cree en la GU, cuan-
do está forzando los datos (inconscientemente) para que encajen en sus convicciones. No deja
de ser curioso que, como relata el mismo Everett, cuando fue a la Amazonia lo hizo como
misionero cristiano (y entonces creía también en Chomsky), mientras que ahora es ateo (y
tampoco cree en la GU).

155
Semántica formal

Morfología Sistema computacional Léxico


Recursividad…

Fonología

Fig.9 La FLN ampliada con sus posibles interfaces con el resto de la FL

Nótese que la variabilidad de esos interfaces está constreñida doblemente: por una
parte por el sistema computacional y, por otra, por los componentes C-I y A-P,
que tendrán a su vez su propio condicionamiento natural (en muchos casos com-
partido con otras especies) y sus propios márgenes de variación (aunque no gra-
maticalmente condicionados).
La misión de los interfaces es hacer legibles a esos sistemas las representa-
ciones generadas por el sistema computacional. Si asumimos que tanto los siste-
mas A-P y C-I como el sistema computacional son esencialmente universales en
su diseño, las opciones de variación específicamente lingüística deben ser necesa-
riamente limitadas y sistemáticas.94 La predicción es que esa variación será del
tipo de la reflejada precisamente por la teoría paramétrica clásica y por la tipolo-
gía greenberiana, esto es, una variación en la que existen fuertes correlaciones
sistemáticas entre las opciones.
Aunque esta última hipótesis, todavía formulada muy vagamente, está nece-
sitada de un sustento empírico que no puedo proporcionar en esta obra, es relevan-
te observar que si las cosas fueran mas o menos así, la afirmación que he hecho
repetidamente de que la diversidad de las lenguas es una fuente de información
privilegiada para conocer la estructura de la FL empezaría a dejar de ser una mera
expresión de buenos deseos y ganaría en plausibilidad, puesto que el descubri-

94 Por supuesto que cabe la posibilidad de que el sistema C-I pueda ser diferente en personas
que hablan lenguas distintas, pero -por hipótesis- no será sensible a aspectos gramaticales, si-
no quizá sólo a aspectos puramente conceptuales y pragmáticos. Debe recordarse que en la
presente aproximación nos estamos refiriendo únicamente a la diversidad lingüística desde el
punto de vista estructural, sin prejuzgar qué influencia puede tener ello en los sistemas del
pensamiento no lingüístico, en el caso de que éstos existan.

156
miento de los patrones sistemáticos de variación entre las lenguas y de la correla-
ción entre ellos (el objetivo común de la tipología clásica y de la teoría paramétri-
ca) nos estaría dando información relevante para descubrir esa estructura fina de
la relación entre los interfaces de la FLN con la FLB y, en general, con otros
componentes de la mente.95
Así pues, una teoría paramétrica minimalista debe satisfacer un doble requi-
sito: debe acomodar la tipología lingüística estructural y debe encajar en una teo-
ría minimalista sobre la GU y la FL como la anteriormente esbozada. Pero enton-
ces, como adelantaba, un corolario importante es que la diversidad lingüística es-
tructural se torna relevante también dentro del programa formalista/deductivo,
puesto que sólo a partir de la comparación sistemática de la estructura formal de
las lenguas se pueden descubrir los principios de diseño estructurales, pero no ya
como una cuestión práctica, sino esencial.
En efecto, desde este punto de vista, la única manera cabal de descubrir la
lógica interna, la estructura de la FL, es la lingüística comparada, tanto sincrónica
como diacrónicamente, dado que una configuración determinada de la FL sólo
representará una posibilidad concreta y contingente de satisfacción de las instruc-
ciones o condiciones de la GU para el lenguaje humano. El gran lingüista forma-
lista (y consumado políglota) Kenneth Hale ya lo había expresado con claridad
(traducido y citado por Lorenzo 2006: 19):

“Cualquier lengua, forzoso es admitirlo, nos habla acerca de esta capacidad, es decir,
de la capacidad que llamamos ‘gramática universal’. Sin embargo, aspectos cru-
ciales de la gramática universal permanecerían ocultos si no fuésemos capaces de
comparar sus diferentes realizaciones. La sintaxis comparada, imposible sin la exis-
tencia de diversidad lingüística, nos ha brindado muchos de nuestros más profundos
hallazgos sobre la estructura del lenguaje y ha sido responsable de los más impor-
tantes avances teóricos en los últimos años” (Hale 1996: 159).

Podría verse en esto una transición de un punto de vista deductivo a un punto de


vista inductivo, en el sentido de que es un repetido argumento inductivista que la
“gramática universal” (ahora no en sentido técnico) sólo se puede descubrir por
inducción a partir de las lenguas particulares.96 Ya había adelantado que la oposi-
ción entre modelos inductivos y deductivos a la relación entre la diversidad de las

95 Otra posibilidad teóricamente posible es que algunas diferencias paramétricas (las más “pro-
fundas” o “macroparámetros”) puedan situarse en los interfaces (esto es, dentro de FLN)
mientras que otras (más “superficiales” o “microparámetros”) puedan situarse ya en FLB. O,
más probablemente, que las diferencias paramétricas específicamente lingüísticas formen
parte de los interfaces de la FLN y las derivadas de aspectos externos (por ejemplo del proce-
samiento) residan en FLB o incluso fuera de ésta, lo que apuntaría a otro posible camino de
integración entre la aproximación paramétrica y la tipología funcionalista.
96 Véase Comrie (1981) para una formulación clásica y Mendívil (2003: cap. 6) para una discu-
sión más detallada y referencias adicionales.

157
lenguas y la FL no debía tomarse en sentido literal, ya que toda investigación
científica implica necesariamente procesos inductivos y deductivos. Pero la con-
cepción general sigue siendo deductiva en el sentido de que se sigue asumiendo
que la diversidad es restricta y predecible. En todo caso se hace evidente que
nuestra capacidad para determinar esa restricción es menor de lo que se pensaba
con el modelo paramétrico clásico y que las posibilidades predictivas han de ser
más modestas necesariamente, aunque no despreciables.
A pesar del carácter algo desdibujado de la GU en este planteamiento, en el
sentido de que no asumimos que la GU sea un conjunto de principios gramaticales
parametrizables, se sigue interpretando la GU como un conjunto de requisitos o de
propiedades formales que condicionan qué tipos de mecanismos de adquisición y
procesamiento puede emplear la mente (y cómo debe usarlos) para desarrollar su
órgano del lenguaje, su lengua-i, esto es, su FL.
No hace falta llegar hasta el programa minimalista para reconocer que los
principios gramaticales que describimos los lingüistas (por ejemplo la teoría del
caso), son realmente principios emergentes y, más probablemente, artefactos des-
criptivos y no primitivos teóricos de la GU (aunque en parte el programa minima-
lista surge para clarificar estos aspectos).
Así, por ejemplo, que todo SN tenga que recibir un caso, si esto fuera así, no
sería un requisito de la GU (como en el modelo clásico), sino que probablemente
sería la expresión de un condicionamiento externo a la propia FLN (procedente de
C-I o de A-P). Pero -y esto es lo realmente importante- que ese componente ex-
terno a la FLN (pero interno a la FLB) imponga ese requisito sí es una consecuen-
cia de la propia estructura de la FL, puesto que ésta estará determinada, en parte al
menos, por la GU. Y esto sería así porque la presión adaptativa que habría mode-
lado la GU no sería tanto la comunicación, ni el pensamiento, ni ninguna de las
funciones para las que se pueda usar el lenguaje, sino la de garantizar que, en pre-
sencia de un estimulo suficiente, se produzca la conexión de los diversos compo-
nentes de la FL, si ésta ha de funcionar. En los detalles inespecificados de la co-
nexión es en los que radicaría la variación tipológica.
Supongamos que un SN tiene que ser interpretable y que esta es una condi-
ción externa al sistema computacional. La FLN proporcionaría los mecanismos
para que esto sea posible y para ello satisface con su propia lógica interna ese re-
quisito, por ejemplo exigiendo que todo SN esté en una determinada configura-
ción estructural con una categoría funcional asociada a un predicado que expresa
un evento. El mecanismo de asignación de caso sería entonces una solución plan-
teada al problema de vincular de manera estable un SN y un evento para que sea
interpretable. Y esa solución es la que puede variar en lenguas-i diferentes. El
objetivo de la teoría paramétrica es capturar esos puntos de variación sistemática
y, junto con la teoría de la gramática, explicar la “ontología de las variables” a que
se refiere Bickel (2005).
Recapitulemos para continuar. Si la FL consiste en la integración funcional
de diversos componentes de la mente (una integración que está biológicamente

158
condicionada, dado que sólo se produce en humanos y lo hace en ausencia de en-
trenamiento específico o incluso con estímulos degenerados97), la diversidad es-
tructural de las lenguas debería hallarse en pequeñas diferencias en el ajuste de
esos componentes (pequeñas diferencias que, claro está, dan lugar a enormes dife-
rencias en las lenguas resultantes). El ajuste o ensamble de esos componentes se
produce durante el proceso de adquisición, luego sería esperable que las diferen-
cias estructurales se reduzcan en última instancia a diferencias en el ajuste entre
componentes más o menos invariables o insensibles al entorno (aquellos que se
siguen quizá de principios abstractos -quien sabe si incluso independientes de la
biología-, como la “recursividad” de la FLN) y componentes quizá más sensibles
a los datos del entorno pero relativamente insensibles a los datos lingüísticos (co-
mo los componentes C-I y A-P).
La tipología tradicional no hace sino reflejar pautas más o menos extendidas
de variación y agrupamientos más o menos sistemáticos de propiedades. El obje-
tivo de una teoría paramétrica minimalista sería el de cartografiar esas pautas
formalmente. Desde este punto de vista, el estudio de la diversidad lingüística
estructural es la ventana de acceso más adecuada para modelar adecuadamente la
propia FL.
El modelo minimalista, aunque no todos sus defensores lo admiten, es in-
compatible con una teoría paramétrica clásica. Sin embargo, el modelo que postu-
la un sistema computacional mínimo y abstracto como nexo de vinculación entre
componentes de la mente relativamente independientes es el óptimo para capturar
las diferencias estructurales entre las lenguas, no ya como la elección de valores
paramétricos ad hoc, sino como el resultado de diversas posibilidades, histórica-
mente condicionadas, de satisfacción de los requisitos exigidos a los sistemas de
interfaz. El uso del lenguaje, las modas estilísticas o las migraciones no pueden
afectar al sistema computacional, si este es ahistórico (véase Hinzen 2006), ni
quizá al diseño esencial de los componentes C-I y A-P, pero sí y crucialmente a
los interfaces lingüísticos entre ellos.
Otra manera alternativa de verlo es considerar que la tarea del niño que ad-
quiere una lengua es, de alguna manera, reproducir los ajustes entre componentes
empleados por sus modelos lingüísticos, basándose en las “pistas” adecuadas para
ello. Este proceso típicamente se produce satisfactoriamente, pero una alteración
de la distribución de los datos, de las construcciones, etc., puede implicar la elabo-
ración de un sistema diferente. El hecho de que esas diferencias sean sistemáticas,
como atestigua la reproducción paralela, por ejemplo, de procesos de gramaticali-
zación en lenguas de familias muy alejadas, es un indicio de que el margen de

97 Un caso extremo es el de las lenguas de signos de los sordos. Kegl (2004) se pregunta cómo
surge una lengua de este tipo en un cerebro diseñado para adquirir una lengua-i y su respuesta
es sugerente: “given sufficient interaction to maintain the process, language takes care of it-
self” (Kegl 2004: 233).

159
variación está constreñido por los requisitos globales del sistema, si este ha de
funcionar.
Newmeyer (2005), como todo autor que se precie en la actualidad, propone
su propia teoría sobre la evolución del lenguaje. Según este autor (2005: 169-170),
la función original de la gramática fue la de vincular la estructura conceptual y el
sonido (nada muy diferente del modelo hasta ahora discutido si identificamos
“gramática” con FLN). Si esto fuera así, aunque la gramática, en su posterior evo-
lución, haya podido estar influenciada por el uso, tendría un diseño esencial orien-
tado a vincular sistemáticamente sonidos y sentidos (proporcionando estructura
formal a ambos, cabría añadir). Por lo tanto, según Newmeyer, ese diseño debería
ser insensible al entorno y al uso del lenguaje y, por tanto, ajeno a la tipología.
Según su modelo, las diferencias tipológicas deberían proceder entonces de las
posibles presiones comunicativas, una vez que la gramática empezó a usarse para
la comunicación. Al margen ahora de los detalles de la propuesta (y especialmente
de sus implicaciones para las relaciones entre tipología lingüística y teoría grama-
tical, sobre las que volveremos con más detalle en el capítulo 19), una posibilidad
interesante sería, entonces, que los límites que la FL impone a la variación grama-
tical serían precisamente aquellos que primero dieron lugar a la propia gramática,
esto es, las condiciones para una vinculación sistemática entre sentido y sonido o,
si se prefiere, entre un sistema conceptual y un sistema sensorimotor.
Una de las razones esenciales de Hauser, Chomsky y Fitch (2002) para pro-
poner el modelo de la fig. 7 es facilitar la aclaración de malentendidos en el actual
dinámico ámbito de la investigación sobre la evolución del lenguaje en nuestra
especie. Su principal estrategia consiste en que la división entre FLN y FLB (pu-
ramente metodológica) facilitará la imprescindible tarea comparativa entre las
facultades cognitivas y sistemas de comunicación de otras especies. En este senti-
do la aclaración sobre la naturaleza y evolución en la especie de la FL será el re-
sultado de la comparación entre especies, pero la investigación sobre la organiza-
ción interna de la FL humana será el resultado de la comparación entre lenguas,
esto es, entre diversas “especies lingüísticas”.

160
15. La lógica de la teoría paramétrica y la ontología de los
parámetros
UG will make available only a finite class of
possible core grammars, in principle. That is, UG
will provide a finite set of parameters, each with
a finite number of values
Noam Chomsky

Las palabras que encabezan este capítulo reflejan cómo Chomsky (1981: 11), en
una fecha tan temprana (en lo que respecta a la teoría paramétrica), planteaba la
lógica de la teoría de los parámetros.
Todavía en 2000 su formulación, aunque más explícita, no es muy diferente
a pesar de los notables cambios acontecidos en la gramática generativa, en buena
medida protagonizados por el propio Chomsky:

"We can think of the initial state of the faculty of language as a fixed network con-
nected to a switch box; the network is constituted of the principles of language,
while the switches are the options to be determined by experience. When the
switches are set one way, we have Swahili; when they are set another way, we have
Japanese. Each possible human language is identified as a particular setting of the
switches—a setting of parameters, in technical terminology." (Chomsky 2000: 8)

En ambos casos, como espero mostrar, se trata de formulaciones metafóricas que


no deberían tomarse demasiado literalmente. Que son metafóricas es lo que expli-
ca precisamente que, a pesar del muy diferente contexto teórico en el que se ins-
criben los dos textos (los albores del -aún ni siquiera así denominado- modelo de
Principios y Parámetros en el primer caso y ya tras unos años de desarrollo del
Programa Minimalista en el segundo), las formulaciones son prácticamente inter-
cambiables. La explicación es que la motivación, la lógica profunda de la pro-
puesta, es la misma, aunque la teoría de la gramática asumida sea en buena medi-
da distinta.
Esa motivación no es otra que la de resolver una paradoja (la de los Code
talkers mencionada). En este sentido la teoría paramétrica es una manera de am-
pliar el espacio de hipótesis para resolver el hecho contradictorio de que las len-
guas tendrían que ser iguales pero son distintas.
Como ha observado Haspelmath, “the principles-and-parameters (...) ap-
proach to cross-linguistic differences is compelling in its simplicity and elegance”
(Haspelmath en prensa: 5). Claro que a continuación va a evaluar sus resultados
muy negativamente (en parte con razón), pero lo que me interesa subrayar es que
la teoría paramétrica, en su formulación general, realmente es una teoría atractiva,
una teoría del tipo de las que suelen hacer decir cosas como “es tan buena idea
que tiene que ser cierta”. Por supuesto que eso no es un argumento en ciencia,
pero sí un estímulo innegable para la investigación. A diferencia de Haspelmath,

161
como ya ha quedado claro en el apartado anterior, voy a defender que la idea sub-
yacente a la propuesta, que su lógica profunda, sigue siendo buena y que tenemos
indicios razonables para pensar que es correcta, por mucho que los detalles de su
implementación y formulación explícita -y empíricamente falsable- quizá aún no
estén disponibles.
El propio Haspelmath especifica la razón que le lleva a considerar la pro-
puesta “atractiva por su simplicidad y elegancia”: porque hace dos cosas a la vez,
en el sentido de que explica cómo los niños pueden adquirir la lengua (en vez de
aprender centenares de reglas se limitan a “pulsar interruptores”) y simultánea-
mente ofrece una manera directa de explicar los universales implicativos, “the
type of universals that comparative linguists have found the most intriguing, and
that are attested the most widely” (Haspelmath en prensa: 5).
En mi opinión, la fuerza de la teoría radica, además de lo señalado por Has-
pelmath, en que unifica en un mismo tratamiento los mismos dos asuntos que
siempre han sido relevantes en la lingüística comparada: la tipología y los univer-
sales. Esto significa que la teoría paramétrica realmente es una tipología deducti-
va, frente a la solución inductiva que se sigue del esquema “tipología + universa-
les”. En otras palabras, en la teoría paramétrica los universales y la tipología no
son dos asuntos distintos que luego se suman para darnos una imagen de los lími-
tes y alcance de la diversidad de las lenguas, sino que se tratan como dos caras de
la misma moneda: a la vez que se formula el principio universal, éste se parame-
triza para proporcionar dos (o más) implementaciones superficiales diferentes que
dan lugar a la tipología. Esta doble función se refleja esquemáticamente en la ver-
sión que proponemos abajo del esquema de la fig. 7 del capítulo 13, en el que se
muestra que la GU está formada por principios parametrizables y que las lenguas
obtenidas son el resultado de las diversas combinaciones:

GU
L 1 (P 1 -o n, P 2 -o ff, ...)

P 1 (o n, o ff)

E stím u lo s e xte rno s P 2 (o n, o ff)


L 2 (P 1 -o n, P 2 -o n, ...)
P 3 (o n, o ff)

P 4 (o n, o ff)
L 3 (P 1 -o ff, P 2 - o n, ...)

Fig. 10 La teoría paramétrica clásica dentro del proceso de desarrollo del lenguaje mediado
por la GU

Por supuesto que este esquema, también muy frecuente en los manuales introduc-
torios, hereda los mismos problemas que hemos comentado respecto del esquema

162
de la fig. 7 del capítulo 13, puesto que la única diferencia es que en este caso se
pretende reflejar no sólo cómo la GU media en el diseño de las lenguas, sino que
ella misma incluye las opciones que darán lugar a la diversidad estructrural.
Pero además tiene sus propios problemas. Tal y como está formulada la
propuesta en el segundo fragmento de Chomsky citado (según el cual una deter-
minada combinación de interruptores “da” el suahelí y otra el japonés, etc.), la
teoría paramétrica sería lo más parecido en la lingüística moderna al famoso “sue-
ño de Gabelentz”, la aspiración ideal de todo tipólogo:

“Aber welcher Gewinn wäre es auch, wenn wir einer Sprache auf den Kopf zusagen
dürften: Du hast das und das Einzelmerkmal, folgich hast du die und die weiteren
Eigenschaften und den und den Gesammtcharakter! – wenn wir, wie es kühen
Botaniker wohl versucht haben, aus dem Lindenblatte den Lindenbaum construiren
könnten”. (Gabelentz 1901, citado por Shibatani y Bynon 1995: 10)

Haspeltmath, que también cita este fragmento de Gabelentz, parece interpretar el


modelo chomskiano literalmente, ya que afirma que “according to the principles-
and-parameters vision, it should be possible at some point to describe the syntax
of a language by simply specifying the settings of all syntactic parameters of Uni-
versal Grammar” (Haspelmath en prensa: 5).98
Pero en modo alguno se pretende que la teoría paramétrica describa la sin-
taxis de una lengua, sino acaso sus principales propiedades tipológicas. El lector
atento habrá observado que en el fragmento de Chomsky que encabeza este capí-
tulo (tomado de las célebres Lectures on Government and Binding) éste habla de
“core grammars”, esto es, de la parte nuclear de la gramática de una lengua, esto
es, de sus principales rasgos tipológicos estructurales, y no de las peculiaridades
de todas sus construcciones.
Pero no es sorprendente que Haspelmath interprete la metáfora de los inter-
ruptores literalmente, ya que en buena medida así lo han hecho muchos de los
autores generativistas que han desarrollado el modelo.
Las críticas de la teoría paramétrica (me refiero esencialmente a las de Has-
pelmath en prensa y Newmeyer 2005) son atinadas en la medida en que dan cuen-
ta del relativo fracaso de la teoría paramétrica, pero no aciertan a concluir que el
problema no es tanto de la teoría en su lógica profunda, sino en la interpretación
simplista (y ciertamente inadecuada) de que la GU especifica principios y que
éstos puedan ser parametrizables.
Así, tanto un autor como el otro (a los que también se pueden unir los reproches
similares de Tamasello 2004) se quejan de que los parámetros cambian de autor
en autor, de que dependen demasiado de la versión de la teoría o de la GU que
cada autor maneja en cada momento, de que después de más de treinta años de

98 Lo que le lleva a comparar irónicamente una gramática de una lengua de 1.300 páginas con
una tabla de una página con todos los on y off.

163
desarrollo no hay consenso sobre el número de parámetros ni sobre las opciones
de selección permitidas y, en fin, de la ausencia de criterios fijos y estables para
explicar diferencias tipológicas en términos de opciones paramétricas. Y en buena
medida tienen razón.
Pero creo que es un error concluir que la teoría paramétrica debería descar-
tarse. Lo que hay que hacer es reformularla de manera que conservemos su indu-
dable atractivo y poder explicativo sin caer en el error de trivializarla.
Un problema que comparten muchos estudios paramétricos y sus críticos es
que en ambos casos se tratan los parámetros como si realmente fueran opciones
predefinidas en los principios de la GU, lo que hemos visto que es insostenible,
incluso desde el punto de vista más favorable a la existencia de una GU. 99
Está claro pues que la formulación de una teoría paramétrica depende cru-
cialmente de la caracterización adecuada de la noción de parámetro, esto es, que
debemos preguntarnos en primer lugar qué es un parámetro.
La noción matemática de parámetro tiene que ver básicamente con la de un
valor que determina el comportamiento de un sistema. Ese es el uso original en la
formulación técnica de Chomsky y el que voy a defender que debe conservarse, al
margen de detalles e incluso al margen de la persuasión lingüística que uno tenga.
Quizá haya sido Baker (2001) quien más atinadamente ha explotado esta
noción genuina de parámetro. En su penetrante e injustamente ignorado ensayo
(quizá por su aparente carácter divulgativo) desarrolla una sugerente y profunda
analogía entre la teoría paramétrica y la química en la que los parámetros son
identificados con los átomos, pero no entendiendo los parámetros como los áto-
mos del lenguaje (como erróneamente sugiere el título de la obra), sino identifi-
cando los parámetros como los átomos de la diversidad lingüística.
Esta definición le permite, mostrando un entusiasmo que contrasta con la
actitud de muchos de sus correligonarios (si se acepta la expresión), interpretar la
teoría paramétrica como el equivalente en la lingüística comparada de la tabla
periódica de los elementos en la química:

“Parameters can play the same foundational role in scientific theories of linguistic
diversity that atoms play in chemistry” (Baker 2001: ix)100

Puede parecer que esa comparación metafórica no es coherente con la que hemos
adelantado en la primera parte de esta obra (véase la fig. 2 del capítulo 6), en la
que se proponía la equivalencia entre los parámetros y los genes, pero nótese que

99 Véase para una temprana conclusión en este sentido Haider (1993), así como los atinados
comentarios de Fasenlow (1993).
100 La intuición que subyace a la analogía de Baker con la química se basa en el tipo de explica-
ciones que la teoría atómica proporciona a preguntas análogas a las que nos hacemos los lin-
güistas: ¿cómo es posible que dos substancias químicas tan distintas puedan ser lo suficien-
temente semejantes como para transformarse la una en la otra?

164
Baker sugiere que los parámetros son los átomos de la diversidad lingüística, no
los átomos de las lenguas. Y si hay algún equivalente a los átomos de la diversi-
dad biológica, esos son sin duda los genes.
Aunque en el capítulo siguiente analizaremos con más detalle la propuesta
que hace Baker sobre cómo sería la supuesta tabla periódica de las lenguas (lo que
Baker más modestamente denomina la jerarquía de parámetros) es importante
que consideremos ahora en qué noción de parámetro se sustenta dicha propuesta y
cómo se relacionaría con el modelo general que hemos descrito en el capítulo an-
terior y con la propuesta de analogía entre lenguas y especies que hemos plantea-
do en el capítulo 6 y desarrollado en los capítulos 7, 8 y 9.
En clara sintonía con el modelo general que hemos planteado, Baker (2001:
161) observa que los parámetros son parte de la estructura del conocimiento que
subyace a nuestras capacidades lingüísticas y que en cierto modo se pueden en-
tender como pasos en una receta para construir una lengua o incluso como blo-
ques de código de nuestra programación interna para el lenguaje (con lo que casi
parece que está hablando de genes). Su hipótesis es que la sistematicidad de la
teoría paramétrica se basa en algo parecido a un diagrama de flujo para un algo-
ritmo de manera que, conforme el proceso de adquisición se va desarrollando,
ciertos caminos van condicionando las opciones ulteriores. Aunque Baker no está
pensando en los genes, es fácil reconocer cómo en esta caracterización, si en vez
de las lenguas estuviéramos hablando de las formas de vida, el equivalente de los
parámetros serían los genes.
Como veremos con más detalle en los capítulos 16 y 17, esta concepción
encaja perfectamente en la propuesta esbozada arriba de que los parámetros se
sitúan en los interfaces del sistema computacional con el resto de componentes de
la FL. Pero la propia noción de parámetro que ahora nos interesa (y la que subya-
ce a la identificación de Baker con los átomos y a la nuestra con los genes) es la
que se deriva de la hipótesis de que las diferencias gramaticales entre las lenguas
son el resultado de la interacción entre un número finito de elementos discretos,
los propios parámetros.101 La alusión a un número finito de elementos discretos es
una parte crucial de una teoría deductiva, ya que en el fondo es la única manera de
explicar que aunque las lenguas son muy distintas, no son inconmensurables y se
pueden traducir entre sí, como las substancias químicas de pueden transmutar en-
tre sí.
Es importante observar que la teoría paramétrica así concebida afecta úni-
camente a factores gramaticales, esto es, que se asume que la estructura de las
lenguas es gramatical y no de otra naturaleza. Pero si la teoría es empíricamente
correcta puede ser relevante también para quien esté persuadido de que la gramá-

101 “The parametric theory of linguistics is built on the hypothesis that all grammatical differ-
ences among languages result from the interplay of a finite number of discrete factors”
(Baker 2001: 158).

165
tica es la expresión de otra cosa. En tal caso lo que se tendrá que hacer es derivar
los parámetros establecidos en términos de categorías y estructuras sintácticas de
esas otras fuentes de estructura lingüística.102
Así pues, desde este punto de vista, un parámetro no es una opción entre las
diversas ya previstas para cada principio (insisto, aunque así se formule literal-
mente en las descripciones informales de la teoría), sino que debe interpretarse,
simplemente, como una diferencia gramatical entre dos lenguas que tiene repercu-
sión sistemática en otras diferencias gramaticales. La tarea relevante, una vez des-
crita la correlación, es encontrar la propiedad de la que dependen las demás, una
tarea muy semejante a la explicación de las dierencias fenotípicas en función de
las diferencias genéticas.
El propio Baker (2001) atribuye al impulso de Greenberg con el estudio de
los universales implicativos el haber mostrado por primera vez que “human lan-
guages have similarities that do not emerge from shared culture and history but
rather from general properties of human cognition and communication” (2001:
31). Desde este punto de vista, la única manera de convertir la noción de paráme-
tro en prescindible es la de demostrar que en realidad no existen correlaciones
entre las propiedades gramaticales, pero entonces también la tipología clásica y la
funcionalista actual estarían en entredicho.
Históricamente la noción de parámetro surge precisamente en este contexto.
Aunque por modestia Baker no llega a compararse con Mendeleyev103, no tiene
reparos en identificar a Chomsky con el propio Demócrito, el legendario autor de
la teoría del átomo. Y lo hace porque la noción de parámetro es, en parte, la res-
puesta de Chomsky (1981) a las siguientes diferencias entre el italiano, el fran-
cés104 y el inglés, ejemplos a los que añadimos el español:

(1) a. Jean arrivera (*Arrivera Jean)


b. John comes (*Comes John)
c. Verrà Gianni (aceptable junto a Gianni verrà)
d. Vendrá Juan (Juan vendrá)
(2) a. Il arrivera (*Arrivera)
b. He comes (*Comes)
c. Verrà
d. Vendrá

102 En mi opinión el peso de la prueba está en quien defiende que la gramática es un reflejo de
otros sistemas o factores externos a la FL. En el capítulo 19 se vuelve sobre este asunto capi-
tal.
103 De hecho se compara sólo con Beguyer de Chancourtois, un precursor de la tabla periódica
del genial ruso.
104 El italiano y el francés eran lenguas estudiadas por aquel entonces muy detalladamente por
Rizzi y Kayne respectivamente y en parte precursoras de la propia evolución de la llamada
Teoría estándar al modelo de Principios y Parámetros.

166
(3) a. *Qui veux-tu que _ épouse Jean?
(sólo aceptable con qui)
b.*Who did you say that _ saw John in the park?
(sólo aceptable sin that)
c. Chi credi che _ verrà?
d. ¿Quién crees que _ vendrá?

En (1) observamos que algunas lenguas permiten invertir el verbo y otras no.
Igualmente en (2) observamos que algunas lenguas permiten la omisión del sujeto
pronominal y otras no y en (3) que algunas permiten extraer el sujeto de la subor-
dinada en una interrogativa mientras que otras para hacerlo requieren ciertos ajus-
tes (sustitución de la conjunción en francés o elisión de la misma en inglés).
Aparentemente las tres propiedades son independientes y no hay razones pa-
ra pensar que pueda haber una correlación entre ellas: serían peculiaridades (rela-
tivamente modestas) de lenguas muy similares. Pero hay un asunto chocante: son
justo las mismas lenguas las que se comportan igual en los tres casos. Así, el fran-
cés y el inglés, aunque pertenecen a una subagrupación indoeuropea distinta, se
comportan igual, mientras que el italiano y el español van por su parte. Si las tres
propiedades fueran independientes, estas agrupaciones sistemáticas serían una
casualidad. Es lícito inquirir si hay algo más. Además, sabemos que el francés
medieval se comportaba de la misma manera que el español y que el italiano. El
hecho de que las tres propiedades hayan cambiado de manera más o menos simul-
tánea en esa lengua también es demasiada casualidad.
Aún así, fue necesario algo más concreto para postular que esas propiedades
gramaticales tienen una vinculación paramétrica. Hace falta un nexo común en las
tres. Incluso el lector no familiarizado con este asunto tan trillado en la bibliogra-
fía generativa puede sospechar ya que se trata del sujeto gramatical. De hecho, las
cuatro lenguas se agrupan también de la misma manera si consideramos los ver-
bos meteorológicos en los que no hay un argumento externo. El inglés y el francés
obligan a introducir un pronombre expletivo de sujeto frente al italiano y el espa-
ñol:

(4) a. Il pleut (*Pleut)


b. It rains (*Rains)
c. Piove
d. Llueve

Tenemos pues una cuarta propiedad que nos vuelve a agrupar las lenguas de la
misma manera. Esta cuarta propiedad parece dividir las lenguas en aquellas en las
que es obligatorio que todo verbo flexionado tenga sujeto, aunque no haga falta
(como en francés e inglés) y aquellas en las que no es obligatorio (como en italia-
no y español).

167
El origen de la teoría paramétrica está en el intento de relacionar las otras tres
propiedades contrastantes que hemos visto con esta cuarta. La relación más clara
es la que hay entre los ejemplos de (4) y los de (1), puesto que, aunque no son
exactamente iguales, parecen responder al mismo principio (obligatoriedad o no
de que el verbo flexionado tenga sujeto). La conexión con los ejemplos de inver-
sión de (2) no es tan directa, pero no por ello menos relevante. Nótese que en
francés y en inglés se pueden dejar los sujetos detrás el verbo, pero entonces se
tiene que introducir un nuevo sujeto (Il est arrivé trois hommes, There appeared a
boat), lo que de nuevo nos remite a la diferencia basada en la obligatoriedad o no
del sujeto. El tercer caso es más alambicado, pero por ello precisamente más inte-
resante. Nótese que las lenguas que requieren un ajuste especial para que el sujeto
de la subordinada se pueda extraer son precisamente el inglés y el francés. Es ló-
gico suponer que ello se debe a que al extraerse el sujeto se deja un verbo flexio-
nado sin sujeto, contraviniendo la obligatoriedad que definiría a ese tipo de len-
guas.105
La propuesta que Chomsky formuló a finales de los 70 fue la de considerar
que en un nivel profundo estos dos grupos de lenguas difieren sólo en una propie-
dad, de la que se seguirían el resto de diferencias gramaticales en las construccio-
nes consideradas. A esa propiedad es a lo que propuso denominar parámetro, en
un sentido pues muy cercano al uso técnico del término. Al conjunto de propieda-
des que dependen de un parámetro es a lo que se denominó un agrupamiento pa-
ramétrico (parametric cluster) y es precisamente esa noción de parámetro o agru-
pamiento paramétrico la que hemos identificado con los genes en nuestra propues-
ta de equivalencia entre la evolución biológica y la lingüística.
Es evidente que el interés de Chomsky en estos agrupamientos no es espe-
cialmente tipológico, sino que se basa en las repercusiones que el planteamiento
puede tener para la teoría de la adquisición, en el sentido de que aunque es difícil
imaginar qué tipo de datos pueden motivar la adquisición de la restricción a la
extracción del sujeto en presencia de that, por lo barroco de la construcción, no es
tan difícil imaginar que la presencia o ausencia del sujeto en construcciones más
básicas (como las de (4) o (2)) pueda ser notoria, contribuyendo a la adquisición
indirecta de la construcción más compleja. Si es cierto que las diferencias estruc-
turales entre las lenguas se agrupan en patrones más o menos estables, los niños
podrían aprender parte de esos patrones de manera indirecta, como una conse-
cuencia de la adquisición de propiedades más accesibles.106

105 De hecho, si lo que se extrae es el objeto del verbo subordinado ni el francés ni el inglés
requieren del ajuste (Cfr.: Who did you say that Chris saw _ in the park? con that no elidido
y Qui veux-tu que Marie épouse _ ? con que). Un asunto distinto, ahora tangencial, es la ex-
plicación de por qué la omisión de that legitima el ejemplo de (3b).
106 Véanse Lightfoot (1991), (1999) y (2006) para una visión del progreso en esa línea de argu-
mentación.

168
La misión de la teoría paramétrica es, entonces, la de intentar explicar diferencias
aparentemente independientes por medio de opciones más simples, una tarea a
todas luces acorde con la práctica científica habitual y que es relativamente inde-
pendiente de las convicciones que uno pueda tener respecto de la GU y la FL (de
hecho, esa práctica es una parte importante de la tipología lingüística en general).
En todo caso, si partimos de la hipótesis de que la FL, globalmente, deter-
mina requisitos insoslayables para una lengua natural, también es de esperar que
limite por su propia arquitectura general las posibles agrupaciones paramétricas,
por lo que la hipótesis de que la teoría paramétrica es un camino de acceso privi-
legiado a dicha arquitectura gana relevancia, como hemos argumentado en el capí-
tulo anterior.
Si volvemos a la noción de GU allí propuesta, podemos asumir que la GU
guía la construcción de una lengua-i y la fuerza a una determinada arquitectura,
que debe satisfacerse. Supongamos que esa arquitectura puede satisfacerse de di-
versas maneras, esto es, que los sistemas de interfaz entre las partes invariables
pueden encontrar diversas soluciones al problema planteado dados los datos dis-
ponibles. Lo que sugiere la lógica profunda de la teoría paramétrica es que las
agrupaciones paramétricas son una prueba de que también hay ciertas restriccio-
nes a cómo se pueden satisfacer esas condiciones, por ejemplo como consecuencia
de que ciertas opciones de cómo se satisface un requisito ya condicionarán cómo
se desarrolla el resto del sistema o ciertas partes del mismo, lo que hará emerger
los tipos, esto es, las agrupaciones paramétricas de alto nivel. Llevar esta lógica al
extremo nos podría hacer suponer entonces que la propia existencia de tipos (o
agrupaciones paramétricas) es en sí una prueba del condicionamiento natural del
proceso. Y de hecho, eso es lo que afirma la llamada aproximación innatista, ni
más ni menos. Nótese que la auténtica alternativa es que el sistema sea libre, esto
es, que sea puramente externo. Pero un sistema libre no predice en realidad las
agrupaciones de rasgos, salvo que las atribuyamos a efectos externos. Esta posibi-
lidad se discutirá en el capítulo 19 con más detalle, pero nótese ya que considerar,
por ejemplo, el procesamiento en tiempo real un factor externo y no natural (aná-
logo a la cultura o la cosmovisión) es bastante llamativo, por no decir sorprenden-
te.

169
170
16. La tabla periódica de las lenguas
The diverse array of languages we observe can
all be characterized as different arrangements of
a smallish number of discrete parameters
Mark Baker

Observa Baker, explotando su analogía entre los átomos y los parámetros (2001:
45), que si la teoría atómica de la química hizo la sorprendente afirmación de que
la enorme diversidad de substancias que tenemos ante nosotros se pueden caracte-
rizar como diferentes disposiciones de un número mucho menor de elementos
discretos, la teoría paramétrica plantea un panorama similar al sugerir, como dice
el texto que introduce este capítulo, que los diversos tipos de lenguas que pode-
mos observar se pueden caracterizar como diferentes disposiciones de un número
mucho menor de parámetros discretos.
A este autor se debe el desarrollo más completo y ambicioso de esta con-
cepción del parámetro (Baker 2001). Se trata de la jerarquía de parámetros, que
aun siendo una teoría tentativa, informal y necesitada de mayor soporte empírico
en algunos de sus extremos, en mi opinión es la vía más promisoria (junto con la
hipótesis de la parametrización léxica que luego revisaremos) para desarrollar lo
que ha de ser una teoría paramétrica minimalista que no se convierta en una vuelta
a la notación de las diferencias tipológicas en términos de reglas específicas para
cada lengua. 107
La jerarquía de parámetros (JP en lo sucesivo), como su denominación indi-
ca, es una aplicación rigurosa de la lógica que subyace a la propia noción de pa-
rámetro que hemos examinado, en el sentido de que es una especie de “parámetro
de parámetros”, o si se prefiere, una propuesta empíricamente basada de cómo se
correlacionan entre sí los parámetros.108
La hipótesis de Baker es que buena parte de las agrupaciones tipológicas
que desde siempre han cautivado a los comparatistas son el resultado no sólo de

107 Newmeyer (2005) es uno de los pocos autores que le dedican la atención que se merece,
aunque para hacer una valoración muy negativa. Sobre el carácter divulgativo del libro de
Baker observa este autor que dicha obra “is possible unique in the annals of science publish-
ing, in that it is a popularization of research results that were never argued for in the scholarly
literature in their full technically elaborated form” (2005: 51 n. 12). Pero aunque no le falta
razón, es exagerado afirmar eso existiendo Baker (1996), una monografía que Newmeyer
también cita en su bibliografía. Además, aunque sea atípico que aparezca antes en un libro
para un público general -y realmente lo es- ello no significa que la propuesta no pueda ser
profunda, como esperamos mostrar que es el caso.
108 El grado de soporte empírico que tiene la JP se considera más adelante. A lo que me refiero
con la expresión “empíricamente basada” es a que la jerarquización de los parámetros no es
teórica, esto es, no se basa en que estos sean cualitativamente distintos entre sí, sino que de-
pende del alcance que tienen en la estructura gramatical de las lenguas.

171
las correlaciones paramétricas de las propiedades de algunas construcciones de las
lenguas, que hemos visto que justifican la noción de parámetro, sino que emergen
como un efecto de la propia interacción entre los diversos parámetros. En otras
palabras, que los parámetros no son una lista inordenada de la que cada lengua
escoge unas determinadas opciones de manera independiente (como vendría a
sugerir el modelo clásico), sino que los propios parámetros están ordenados jerár-
quicamente de manera que en función de que opciones tome una lengua habrá
parámetros que ya no le serán aplicables (o en otras palabras, habrá propiedades
que ya no serán accesibles), mientras que podrá variar (tendrá que variar, de
hecho) con respecto a los parámetros inferiores en la jerarquía, tal y como se
muestra en el esquema de la fig. 11, adaptado de Baker (2001: 183)109.
Lo que nos interesa especialmente de la la JP es que se puede interpretar
como una especie de “diagrama de flujo” de la construcción de la gramática de
una lengua. Nótese que esta concepción encaja adecuadamente en el bosquejo
general de la forma de la teoría paramétrica que hemos hecho según el cual los
parámetros se basan en variaciones en la construcción ontogenética de los siste-
mas de interfaz entre los componentes de la FL. Si la JP acaba teniendo soporte
empírico, podría ser una información de primer orden sobre los procesos de ajuste
o conexión entre los componentes de la FL en el desarrollo del lenguaje.
El punto de partida de una jerarquía de parámetros es, obviamente, una lista
de parámetros, esto es, una lista de opciones estructurales en las lenguas que se
correlacionan con otras construcciones, tal y como hemos visto en el capítulo an-
terior.
El esquema (que representa, cabe recordarse, una propuesta ilustrativa sobre
la estructura de la teoría, más que una propuesta formal ampliamente justificada),
sitúa en la parte superior el parámetro de mayor rango y después va situando los
parámetros según afectan a las opciones escogidas por los anteriores. En cada lí-
nea descendente se indica cuál es el valor del parámetro seleccionado (normal-
mente sí o no, aunque eso depende de la formulación, que es muy informal).
Cuando ya no hay más parámetros (de la lista necesariamente incompleta que ma-
neja Baker, en este caso de 11 parámetros) aparece un símbolo terminal (*) y de-
bajo de éste de lenguas que cumplen esas propiedades o que se caracterizan en el
tipo definido.110

109 Cuando están disponibles empleamos los glotónimos españoles propuestos por Moreno Ca-
brera (1990, 2003).
110 Por no hacer prolija la exposición asumimos en el lector un conocimiento general de los
fundamentos de representación sintáctica en el modelo generativista, como la teoría de la X-
barra, el movimiento de núcleo a núcleo o la hipótesis de las categorías funcionales, aunque
de éstas sólo se mencionará F, equivalente de flexión y que representa (típicamente) los ras-
gos de tiempo y concordancia de sujeto, tanto si los expresa el verbo principal como si los
expresa un auxiliar.

172
polisíntesis

no sí

dirección núcleo – polisíntesis opcional neutralización adjetivo

izda-no V N

izda-sí dcha-sí dcha-no * *


mohaqués valpirí
lado del sujeto * * caso ergativo
chichewa slave
selayarese quechua no sí

inicial final tópico prominente *


groenlandés
sí no chirbal
*
movimiento de V zozil
malgache * *
sí no japonés turco
chacta malabar

altura del sujeto verbos seriales

alto bajo no sí

* sujeto nulo * *
galés inglés edo
zapoteco no sí indonesio jemer

* *
francés español
rumano

Fig. 11 La Jerarquía de Parámetros de Baker (2001: 183)

Veamos brevemente cómo se define cada parámetro y la justificación de su situa-


ción en el árbol (denominaciones, ejemplos y definiciones adaptadas de Baker
2001):

(1) Parámetro polisintético: Los verbos deben incluir una expresión de todos los
participantes principales en el evento descrito por el verbo o no.

173
Con este parámetro Baker caracteriza aquellas lenguas, como el mohaqués, en las
que todos los participantes tienen marcas de concordancia con el verbo (o se in-
corporan en él) de manera que los SSNN plenos se comportan como adjuntos y en
las que, por tanto, el orden de palabras es libre. También incluiría las llamadas
lenguas no configuracionales.111 Las lenguas que tienen la opción “no” en el pa-
rámetro son aquellas en las que algún argumento al menos no tiene por qué estar
morfológicamente expresado en el verbo, como el inglés o el español.
El parámetro de la polisíntesis está por encima del de la posición del núcleo
porque las lenguas con la opción sí del primero no son sensibles a las opciones
inferiores, en este caso porque los argumentos de los verbos están necesariamente
dislocados de la frase que contiene el predicado y el resultado es el orden libre. La
idea general es que una opción del primer parámetro hace irrelevante los de deba-
jo de la jerarquía asociados a la otra opción.112
La regla general es la siguiente:

- El parámetro X tiene rango sobre el parámetro Y si y sólo si Y produce


una diferencia en un tipo de lengua definido por X y no en el otro
(adaptado de Baker 2001: 163)

Cuando dos parámetros no interactúan se ponen juntos y generan cuatro opciones


posibles, como en el caso siguiente.

(2) Parámetro de la direccionalidad del núcleo: El núcleo precede al complemen-


to o el núcleo sigue al complemento.

Este parámetro, como ya hemos visto (capítulo 5), es uno de los más comunes y
estudiados en la bibliografía tipológica contemporánea y pretende reflejar la ten-
dencia interlingüística y transcategorial a que los núcleos antecedan o precedan a
los sintagmas que los complementan (o en términos más informales, si las pala-
bras se añaden a la frases a la izquierda o a la derecha de las mismas).113
En lo que respecta al parámetro de la direccionalidad, las opciones posibles
son dos (núcleo a la izquierda o a la derecha), según el esquema de la fig. 12,

111 Aunque eso no significa que Baker admita la existencia de lenguas estrictamente no configu-
racionales, en el sentido de que postula una condición universal de asimetría entre la relación
del sujeto y el objeto con el verbo: el objeto debe ser el primer argumento que se combina
con el verbo, por lo que el sujeto no se puede combinar con el verbo hasta que no lo haya
hecho el objeto (Baker 2001: 93).
112 En cierto modo que el parámetro del orden sólo sea relevante en lenguas no polisintéticas lo
que está diciendo es que las restricciones de orden sólo son relevantes en la gramática de len-
guas con un determinado tipo de morfología flexiva.
113 Nótese que en este caso el parámetro de la dirección del núcleo está representado junto a otro
(separados por –) por razones que luego discutiremos.

174
adaptado de Baker (2001: 60), en el que se muestran esas correlaciones en lenguas
relativamente homogéneas como el inglés y el japonés:114

Elemento A Elemento B Inglés Japonés


verbo objeto directo A precede a B A sigue a B
verbo SP A precede a B A sigue a B
verbo oración subordinada A precede a B A sigue a B
Pre-/posposición SN A precede a B A sigue a B
nombre SP A precede a B A sigue a B
complementante oración subordinada A precede a B A sigue a B
auxiliar verbo principal A precede a B A sigue a B

Fig. 12 Relaciones de orden en inglés y japonés, según Baker (2001: 60)

Así, de los seis órdenes posibles de elementos principales de la oración (S, V y


O), la opción de núcleo a la izquierda generaría, en principio, los órdenes SVO,
VSO y VOS, mientras que la opción de núcleo a la derecha generaría los órdenes
SOV, OVS y OSV. Dejando de momento aparte aquellas lenguas en las que el
sujeto parece intervenir entre el verbo y el objeto (o entre el objeto y el verbo, esto
es, los tipos VSO y OSV) la formulación de un parámetro sobre la posición del
sujeto (que tiene que ser independiente del anterior porque los sujetos no son nú-
cleos) como el de (3) podría completar la tipología:

(3) Parámetro del orden del sujeto: El sujeto va al principio de la oración o va al


final de la oración

La formulación de este parámetro es deliberadamente vaga (deberíamos más bien


especificar si el sujeto va delante o detrás del SV), ya que, como veremos más
adelante, su papel en la explicación de la tipología gramatical va a ser más bien
modesto. En todo caso, en principio, la elección de este parámetro nos permitiría
agrupar de un lado lenguas SVO y SOV y de otro las lenguas VOS y OVS. El
siguiente cuadro resumiría los cuatro tipos como combinación pura de dos pará-
metros (aunque esto se revisará más adelante):

Núcleo izquierda Núcleo derecha


Sujeto delante SVO SOV
Sujeto detrás VOS OVS

Fig. 13 Combinación del parámetro de la dirección del núcleo y de la posición del sujeto

114 Al margen de las implicaciones tipológicas contenidas en las tipologías holísticas del siglo
XIX y principios del XX, el descubrimiento de Greenberg (1963) de la fuerte tendencia esta-
dística a que el orden de palabras básico de una lengua se pueda deducir del orden relativo
entre el verbo y el objeto (OV/VO) se pude considerar la primera formulación explícita de un
parámetro en sentido estricto.

175
La caracterización paramétrica de las lenguas del tipo VSO y OSV, que en princi-
pio no se seguirían de ninguna opción paramétrica de las mencionadas hasta aho-
ra, es más compleja e interesante. Para ello Baker invocará un parámetro algo di-
ferente a los anteriores:

(4) Parámetro de la altura del sujeto: El sujeto de una oración se adjunta al SV o


se adjunta al SF

Este parámetro, muy informalmente formulado, tendría que ver con una diferencia
en la “altura” en la que se introduce el sujeto en las derivaciones.115 Así, se asume
que el sujeto de una oración se puede adjuntar al SV y, por tanto, por debajo del
SF (el Sintagma Flexión en el que podemos situar los auxiliares) o que el sujeto se
puede adjuntar más “arriba”, en la flexión, según el esquema de la fig. 14 en el
que además se muestra cómo daría cuenta de la diferencia de orden de palabras en
una oración con auxiliar en inglés (típicamente SVO) y en galés (típicamente
VSO).

Inglés SF Galés SF

SN F’ F SV

F SV SN V’

V SN V SN
the man will buy a car naeth y dyn brynu gar
el hombre FUT comprar un coche PAS el hombre comprar coche
‘El hombre comprará un coche’ ‘El hombre compró un coche’

Fig. 14 representación comparada de la posición del sujeto en inglés y en galés

Sin dejar el galés, es importante observar que esta lengua forma parte del tipo bá-
sico VSO, orden de palabras que el esquema de la fig. 14 no predice cuando no
hay verbo auxiliar, como puede verse si intentamos representar la oración galesa
típica Bryn-odd y dyn gar (literalmente ‘compró el hombre un coche’), con el ver-
bo delante del sujeto. Precisamente para dar cuenta de esa construcción va a em-
plear Baker un nuevo parámetro:

115 Normalmente se ha implementado en la bibliografía generativista como el resultado del mo-


vimiento del sujeto fuera del SV.

176
(5) Parámetro del movimiento del verbo: O bien F atrae a V o bien V expresa los
rasgos de F

De nuevo se trata de una propiedad (el movimiento del verbo a la flexión) formu-
lada en la biliografía generativista con mucha discusión empírica y que suele co-
rrelacionarse con la riqueza de la morfología verbal. Este parámetro serviría para
diferenciar las lenguas en las que el verbo parece quedarse en su posición original
en el SV frente a las lenguas en las que el verbo se mueve a una posición superior.
Nótese que en las lenguas en las que el sujeto se genera (según el parámetro ante-
rior) en el SF, este parámetro no tiene efecto apreciable en el orden de palabras,
ya que el sujeto siempre irá delante del verbo, tanto si éste se mueve como si no
(tal es el caso, respectivamente, del francés y del inglés, lenguas ambas de orden
típico SVO, aunque diferentes si consideramos la posición de los adverbios).116
Sin embargo, en lenguas en las que el sujeto se genera dentro del SV y V se mue-
ve a F el efecto esperable es que el verbo flexionado siempre vaya delante del
sujeto, como es el caso de los dos ejemplos del galés vistos. Nótese que lo que
Baker está proponiendo entonces es que el orden VSO típico de las lenguas célti-
cas (y de hasta un 9% de las lenguas del mundo) es el resultado de la combinación
de tres parámetros concretos: (i) el núcleo a la izquierda, (ii) el sujeto en SV y (iii)
V se mueve a F. Por tanto, Baker va a sugerir que dado que la aparición de un
comportamiento VSO como el del galés implica necesariamente esas tres opcio-
nes, mientras que el comportamiento del inglés (o del francés) como lengua SVO
solo implica la selección de uno de ellos (el del núcleo), entonces se puede con-
cluir que la obtención de una lengua VSO es menos probable que la de una lengua
SVO o de una lengua SOV (que implica igualmente sólo la opción del parámetro
del núcleo, la contraria en este caso), lo que efectivamente es el caso, como se
muestra en la siguiente tabla, también tomada de Baker (2001) y basada en datos
de Tomlin (1986):

Orden de palabras básico Porcentaje de lenguas Ejemplos


SVO 42 inglés, edo, indonesio
SOV 45 japonés, turco, quechua
VSO 9 zapoteco, galés, niveano
VOS 3 zozil, malgache
OVS 1 hixcariana
OSV 0 (warao)

Fig. 15 Porcentaje de lenguas en relación con el orden básico de palabras

116 Así, aunque este parámetro no afecta al orden básico de estas lenguas (SVO en ambas), sí se
aprecia en otros ámbitos del orden. Asumiendo una posición fija del adverbio, en inglés te-
nemos I often eat apples y en francés Je mange souvent des pommes. La hipótesis es que en
francés mange ha subido a F (“rodeando” al adverbio), a diferencia del inglés en el que often
precede al verbo in situ.

177
Aunque las implicaciones de esta particular propuesta son controvertidas (y las
consideraremos con más detalle abajo) es importante notar que la JP es la única
teoría paramétrica capaz de hacer alguna predicción de esta naturaleza. Esto es así
porque la JP permite de alguna manera cuantificar la complejidad morfosintáctica
de las lenguas sin necesidad de postular que haya lenguas más o menos desarro-
lladas o evolucionadas, un problema típico de las aproximaciones que se basan en
aspectos como el procesamiento o la iconicidad forma-sentido para dar cuenta de
la diferente distribución cuantitativa de los tipos lingüísticos, un asunto que consi-
deraremos con más detalle en el capítulo 19.
Además, de manera muy relevante, también es importante observar que los
parámetros hasta ahora considerados deberían predecir que si el “galés” (por sim-
plificar) es una variante del “inglés” (esto es, que una lengua VSO es una variante
de SVO con “ascenso del verbo”), entonces también debería existir una variante
equivalente en el modelo simétrico del inglés (SVO), esto es, del japonés (SOV).
Sin embargo, de acuerdo con Baker, no se da el caso. La razón queda clara si lo
representamos esquemáticamente, como en la fig. 16:

SF SF

SN F’ SV F

SV F SN V’

SN V SN V

Fig. 16 La altura del sujeto en lenguas de núcleo a la derecha (efecto del movimiento de V)

A la derecha tenemos una lengua de núcleo a la derecha (SOV) con la opción “ba-
ja” del parámetro de la altura del sujeto y a la izquierda lo mismo con la opción
“alta”. En cualquiera de los dos casos el sujeto va a la izquierda, y aunque el ver-
bo se mueva a F o no, el orden final no cambia, por lo que Baker va a asumir que
los dos últimos parámetros descritos sólo son relevantes para una de las opciones
del parámetro del núcleo, esto es, para aquellas que tienen el núcleo a la izquier-
da.117

117 Claro que es posible que haya algunas diferencias sutiles de orden de palabras si asumimos
que el verbo puede subir o no a F en las lenguas de núcleo a la derecha, pero de acuerdo con
Baker (2001: 137) no se han descrito como correlaciones paramétricas sólidas.

178
Como se decía, este es el núcleo esencial de la JP y lo que en mi opinión le da un
atractivo teórico innegable: según qué opciones escoja una lengua, habrá luego
caminos abiertos y caminos cerrados. Este es un punto de partida promisorio para
que la teoría paramétrica realmente nos diga cosas importantes sobre cómo se
correlacionan las estructuras gramaticales de las lenguas y sobre la propia natura-
leza de la FL.
Baker (2001: 137), explotando su penetrante analogía, dice que el galés se
podría considerar una aleación del inglés, esto es, como el resultado de añadir un
poco de carbono al hierro (para obtener acero, por ejemplo). La ausencia de alea-
ciones semejantes del japonés sería como el resultado de la adición de esa misma
porción de carbono a un metal diferente que no diera como resultado una aleación
utilizable, precisamente a causa de las propiedades inherentes de los átomos
(=parámetros) empleados.
Si volvemos a la tabla de la fig. 11 observaremos que la elección de un úni-
co parámetro de orden, el de la direccionalidad del núcleo (y asumiendo de mo-
mento que el sujeto inicial es obligatorio) nos da dos tipos de lenguas: SVO y
SOV. Esas lenguas se reparten entorno al 87 % de las lenguas del mundo y tienen
más o menos la misma probabilidadad de aparecer, con una ligera ventaja del tipo
SOV. El tercer tipo VSO (una aleación de SVO) acapara en torno al 9 por ciento
y hemos visto que se puede concebir como el resultado de añadir más parámetros
al del núcleo.
Pero la parte inferior de la tabla es más enigmática para cualquier teoría pa-
ramétrica no jerárquica. Nótese que las lenguas con sujeto final son realmente
escasas: en torno al 3 % las lenguas con núcleo a la izquierda (VOS, como el zo-
zil) y tan sólo un 1 % de lenguas con el núcleo a la derecha (OVS, como el hixca-
riana). Siguiendo la lógica de la argumentación anterior podríamos asumir que la
escasez de lenguas con el sujeto a la derecha sería el resultado de que el parámetro
sobre la posición del sujeto sería una opción que las lenguas tienen que tomar en
dependencia de otras opciones previas, esto es, que ese parámetro estaría muy
abajo en la jerarquía (y así lo representa Baker).
Más arriba he sugerido asumir que el sujeto a la izquierda es obligatorio, pe-
ro esto no puede ser correcto puesto que hay lenguas que tienen el sujeto consis-
tentemente a la derecha, como el zozil y el malgache de la tabla (para el orden
VOS) y el hixcariana (para el orden OVS).
La explicación de Baker para la existencia de estas lenguas es proponer la
existencia del parámetro del orden del sujeto, como hemos visto, mientras que la
explicación de su carácter marginal se basa en asumir que ese parámetro depende
de la selección de parámetros superiores. Nótese que si, como hemos dado a en-
tender incorrectamente en la tabla de la fig. 13, los dos parámetros implicados
estuvieran en pie de igualdad, lo esperado sería que hubiera más o menos el mis-

179
mo número de lenguas de los cuatro tipos (un 25% cada uno), lo que es manifies-
tamente falso.118
Como puede apreciarse en la representación de la JP, la solución de Baker
es proponer que el parámetro de la posición del sujeto sólo es relevante para las
lenguas que hayan tomado la opción de núcleo a la izquierda (y la opción negativa
del parámetro de la polisíntesis opcional, que luego consideraremos brevemente).
Así las cosas, si la elección del parámetro del núcleo es la de núcleo a la iz-
quierda, nos quedaríamos con las lenguas SVO y VOS. De entre ellas el paráme-
tro de la posición del sujeto nos permitiría distinguir unas de otras (SVO las len-
guas que tomen el valor del sujeto a la izquierda y VOS las que escojan la opción
del sujeto a la derecha). El problema es que esa propuesta predice que no habrá
lenguas que simultáneamente puedan tomar la opción de núcleo a la derecha y
sujeto a la derecha. En otras palabras, el modelo predice que no existirán lenguas
como el hixcariana.
Lo cual nos deja con una opción sorprendente: o la teoría está mal o el hix-
cariana está mal. Lógicamente, bajo la hipótesis de la uniformidad de las lenguas,
la lengua no puede estar mal. Pero hay otra alternativa antes de descartar la teoría:
que la lengua no esté bien analizada. Es importante observar que la teoría predice
que habrá muchas menos lenguas del tipo VOS que del tipo SVO y SOV, lo que
se cumple. También predice que no habrá lenguas OVS y esto casi se cumple,
puesto que no llegan al 1 por ciento. Pero esto implica una cuestión importante:
asumiendo que hay un 1% de lenguas del tipo OVS ¿cuál es más correcta, la teo-
ría que predice que habrá un 25% o la que predice que habrá un 0%? Está claro
que a pesar de que los números nos indican que la segunda teoría se acerca más a
la realidad, la frontera entre un 0% y un 1% no es puramente cuantitativa. Como
la lingüística es una ciencia empírica, no puede dejar de lado ese 1%. Pero como
los datos no son tan objetivos ni claros como nos gustaría, es lícito preguntarse
hasta qué punto merece la pena conservar la teoría y el conjunto de predicciones
correctas y examinar con más rigor los datos díscolos.119 Esto es, lo que cabe pre-
guntarse es si realmente el hixcariana (y el resto de lenguas caribe que se han des-
crito con ese orden) realmente es una lengua OVS. Así, Baker observa que en
hixcariana el objeto indirecto va típicamente después del sujeto, según el esquema

118 Claro que existe la posibilidad de que la explicación de esta distribución sea puramente ca-
sual (quizá a causa de hechos históricos externos como las migraciones, invasiones, etc.). Pe-
ro lo cierto es que esa explicación es insatisfactoria por diversas razones. Véase el capítulo 19
para una discusión más detallada al respecto.
119 Esa es de hecho la práctica habitual en ciencia (véase Mendívil 2003: cap. 5). En términos
humorísticos podría decirse que un deductivista nunca dejará que un mal dato le arruine una
teoría, lo que el inductivista considerará una frivolidad y un falseamiento de la realidad. Si el
dato es claro quien tiene la razón es, obviamente, el segundo. Sin embargo, entre los físicos
de suele decir que una teoría que predice todos los datos es sospechosa, puesto que algún da-
to estará mal analizado.

180
OD-V-S-OI. Pero eso no es lo que esperaríamos de una lengua de núcleo a la de-
recha, en las que, como en japonés o en vasco, el OI va a la izquierda del verbo.
Basándose en el análisis de Kayne (1994), afirma Baker que el orden OVS de esas
lenguas es el resultado de un movimiento posterior a partir de un esquema básico
SOV.
Sobre el último tipo potencialmente posible, esto es, lenguas con el orden
OSV, el modelo de Baker predice que no existirán como tipos básicos, ya que
para ello haría falta que el parámetro del orden del sujeto también se pudiera apli-
car a lenguas de núcleo a la derecha y que luego se pudiera aplicar el parámetro de
la altura del sujeto o el del movimiento del verbo. De hecho, Comrie todavía en
1981 afirmaba que encontrar ejemplos de esas lenguas quizá “sólo sea cuestión de
tiempo” (1981: 129), aunque posterioremente se ha propuesto que unas pocas len-
guas, como el warao (hablado en Venezuela) tienen ese orden. La conclusión de
Baker es que según su modelo si ese tipo de lenguas existieran tendrían que ser
extremadamente infrecuentes:

“Such languages might not be impossible, but they would be the rarest of the rare,
arising only when every parameter is set in just the right way” (Baker 2001: 139).

En otras palabras, que una lengua del tipo OSV, de existir como tal, no emergería
de la combinación pura de dos parámetros al mismo nivel, sino como el resultado
de algún tipo de movimiento en lenguas de otro tipo.120
Hemos visto que el parámetro del movimiento de V tiene efectos más bien
modestos (en amplitud de lenguas), en el sentido de que al estar muy bajo en la
jerarquía, sus efectos son necesariamente más limitados. Concretamente, como se
ve en la tabla de la fig. 11, sólo se aplica a las lenguas que tienen la opción núcleo
a la izquierda y, entre éstas, sólo a las que tienen el sujeto al principio. La metáfo-
ra que emplea Baker a este respecto es muy ilustrativa: al estar jerárquicamente
ordenados, los parámetros, aunque formalmente equivalentes, tienen distinto efec-
to, exactamente igual que las piedras que están en la parte de arriba de un montón
tienen más posibilidades de causar una avalancha si se mueven que las que están
en la parte de abajo, incluso aunque las piedras sean idénticas. Si miramos hacia
nuestra analogía, nótese que exactamente lo mismo sucede con los genes. Como
hemos visto, los genes también se agrupan jerárquicamente (y actúan “en casca-
da”), de manera que algunos, los reguladores, tienen mayor efecto al expresarse
que otros y precisamente regulan cómo aquellos lo hacen.
Pero en ocasiones un parámetro que está bajo en la jerarquía y tiene un efec-
to limitado puede tener efectos indirectos, por ejemplo inhibiendo otras propieda-

120 El problema es que para resolver ese asunto crucial hacen falta descripciones más extensas y
fiables de lenguas muy poco estudiadas, lo que de nuevo pone de manifiesto la importancia
de la diversidad estructural para la teoría gramatical.

181
des. Tal es el caso, según Baker, de este parámetro del movimiento de V en rela-
ción con el que denomina parámetro del verbo serial:

(6) Parámetro del verbo serial: Sólo puede haber un verbo en el SV o puede
haber más de un verbo en el SV

Según Baker la opción de tener verbos seriales (esto es, varios verbos léxicos que
comparten el mismo sujeto más un auxiliar que lleva los rasgos de flexión) sólo
estará disponible para lenguas en las que no haya atracción del verbo (y en conse-
cuencia lo sitúa en la opción no de parámetro del movimiento del verbo).121 Nóte-
se que esto permite predecir que no habrá lenguas con verbos seriales del tipo
VSO (ya que hemos asumido que este orden se forma por movimiento del verbo
sobre el sujeto “bajo”), lo que según Baker (2001: 143) se cumple de forma estric-
ta.
En un salto cualitativo de la teoría, Baker también estipula que la JP puede
explicar la existencia de lenguas que tradicionalmente se han descrito como
“mezclas” de otros tipos. Se refiere por ejemplo al chichewa (de la familia bantú).
Lo característico de esta lengua es que comparte propiedades de las lenguas poli-
sintéticas y de las que no lo son, poniendo en cuestión la cima de la propuesta de
Baker. En chichewa (siempre según Baker) los sujetos concuerdan siempre con
los verbos y los objetos también pueden hacerlo, aunque no obligatoriamente.
Según la teoría polisintética del propio Baker (1996) ello implica que cuando con-
cuerda el argumento es un adjunto que no ocupa la posición argumental (que en
cierto modo está bloqueada por el afijo concordante en el verbo). Dado que en
esta lengua la concordancia con el objeto es opcional (con efectos semánticos que
ahora no son relevantes) se puede decir que cuando concuerda, el objeto se com-
porta como en mohaqués (de manera que se puede omitir y tiene orden libre),
mientras que cuando no concuerda se comporta como en inglés (de manera que no
se puede omitir y tiene orden rígido).
Este tipo de lenguas (que Baker identifica en su metáfora química con los
compuestos) son relativamente frecuentes y se dan tanto en lenguas del tipo VO
(con núcleo a la izquierda) como en lenguas del tipo OV (con núcleo a la dere-
cha), lo que parece indicar que la posición del parámetro que las posibilita debería
ser alta en el esquema.
El parámetro en cuestión es el que simplificando algo la exposición de Ba-
ker podría denominarse parámetro de la polisíntesis opcional. La idea es que si
una lengua tiene la opción no en el parámetro de la polisíntesis de (1) aún puede

121 La idea básica es que la atracción del verbo se correlaciona con el hecho de que los verbos
expresan los afijos de F, pero aunque pueda haber más de un verbo, no puede haber más de
una flexión: “as a result, serial verb constructions show up only in languages that either have
no tense marking at all or that express tense as an independent word” (Baker 2001: 142).

182
tener un sí en el parámetro de la polisíntesis opcional, según la siguiente formula-
ción:

(7) Parámetro de la polisíntesis opcional El verbo puede concordar con el objeto


o no122

La opción sí daría lenguas como el chichewa o el slave (una lengua análoga al


chichewa pero de orden SOV) y la opción no lenguas como el inglés o el japonés.
Lo relevante de este parámetro en lo que ahora nos interesa es que se aplica
tanto a la opción de núcleo a la derecha como a la izquierda (ya que cuando el
objeto no concuerda su orden es fijado por el parámetro del núcleo). Pero como
además depende del valor no del parámetro superior de polisíntesis, Baker lo sitúa
en paralelo con el parámetro de la dirección del núcleo, como se observa en la
tabla, para lo que emplea, como se ha mencionado, la convención de separar los
parámetros con un guión (–) y ponerlos en el mismo nivel de la jerarquía, lo que
da lugar a cuatro opciones, según las combinaciones binarias de ambos paráme-
tros.
Cualquier lector familiarizado con el español habrá notado que esta lengua
tiene propiedades semejantes a las de las descritas por la opción positiva del pa-
rámetro de polísintesis opcional, algo que también Baker plantea. Siguiendo al
autor asumiremos que la omisión del sujeto (descrita por el célebre parámetro del
sujeto nulo considerado en el capítulo anterior), típica de lenguas como el español,
es un fenómeno de grado distinto al de lenguas como el chichewa, por lo que con-
sideraremos el parámetro del sujeto nulo como uno independiente y relativamente
modesto al estar confinado al final de la tabla. Su formulación ya nos es familiar:

(8) Parámetro del sujeto nulo: En algunas lenguas toda oración flexiva debe tener
un sujeto explícito y en otras no

Nótese que en el esquema de la JP el parámetro del sujeto nulo está confinado a


ser relevante únicamente para lenguas con núcleo a la izquierda, sujeto a la iz-
quierda, movimiento del verbo y sujeto en F, esto es, básicamente lenguas del tipo
de las romances. Pero (al margen ahora de la posible relación de ese parámetro
con el de polisíntesis opcional) es notable observar, algo que no hace Baker explí-
citamente, que, por ejemplo, el parámetro no tendría alcance sobre, por ejemplo,
el inglés o el japonés, lenguas que en realidad sí se comportan como si tuvieran la
opción de no en ese parámetro. La única manera de interpretar eso sin alterar el

122 La formulación es deliberadamente simple y tendría algunos problemas que Baker soluciona
de otra manera (véase Baker 2001: 143-156 para una discusión más detallada). La formula-
ción del texto simplemente quiere decir que en algunas lenguas, además de los sujetos, tam-
bién los objetos pueden concordar, pero que no es obligatorio, como en las lenguas auténti-
camente polisintéticas, que todos los argumentos concuerden siempre con el verbo.

183
esquema es suponer que todas las lenguas que tengan marcada la opción no en el
parámetro de polisíntesis opcional por defecto tendrán la obligatoriedad del sujeto
como una propiedad, estando exentas de ella únicamente las que tengan el pará-
metro del sujeto nulo marcado positivamente, un extremo que no estamos en con-
diciones de confirmar empíricamente.123
Si nos centramos, para terminar, en la parte derecha del árbol, observaremos
que está menos poblada. Baker no da relevancia teórica especial a este hecho, sino
que sugiere que podría ser simplemente consecuencia de un deficiente análisis de
las lenguas polisintéticas, aunque ya hemos visto que la asimetría en lo que res-
pecta a las lenguas de núcleo a la izquierda y a la derecha sí parece motivada.124
Nótese a este respecto, en paralelo a lo que antes se comentaba del sujeto nulo,
que según el esquema de Baker la opción de posición del sujeto no está disponible
para lenguas de núcleo a la derecha, pero está claro que en lenguas como el japo-
nés, muy frecuentes, el sujeto aparece a la izquierda, por lo que de nuevo tendre-
mos que asumir (aunque Baker guarda silencio al respecto) que la posición del
sujeto a la izquierda es así por defecto salvo para lenguas con núcleo a la izquier-
da y opción no del parámetro polisintético opcional que tengan marcada la opción
final en dicho parámetro, algo que tampoco podemos confirmar pero que sí encaja
con la baja frecuencia estadística de este tipo de lenguas (volveremos sobre este
asunto en el capítulo 19).
Como puede verse en la parte derecha, Baker adopta una hipótesis paramé-
trica de la ergatividad situándola como una opción sobre la existencia de caso er-
gativo únicamente disponible para las lenguas de núcleo a la derecha y opción no
en la polisíntesis opcional. Esta predicción es muy potente, aunque es cierto que
responde a una correlación tipológica muy robusta según la cual la existencia de
sistemas de marcas de caso (un prerrequisito para la ergatividad expresada en el
caso, la única que Baker contempla) es lógicamente mucho más frecuente en las
lenguas del tipo SOV que en las lenguas del tipo SVO. De hecho, según Baker la
inmensa mayoría de lenguas con núcleo a la derecha tienen sistemas de marcas de
caso (esta generalización la expresó Greenberg como su universal nº 41). No obs-

123 Newmeyer (2005: 85) objeta que hay más lenguas de sujeto nulo que lenguas de sujeto obli-
gatorio. Se basa en ello para criticar la situación de Baker del parámetro tan abajo, pero es
importante notar que muchas de las lenguas computadas corresponderán a las opciones sí del
parámetro de la polisíntesis opcional (así como todas las polisintéticas) y que lo que define el
parámetro del sujeto nulo es una excepción entre las no polisintéticas y sin tampoco polisín-
tesis parcial.
124 Newmeyer (2005: 85) observa que el hecho de que hay muchísimas más lenguas no polisinté-
ticas que polisintéticas no encaja con la situación tan alta del parámetro, que indicaría una
predicción del 50%, en lo que tiene razón siempre que no entremos en consideraciones sobre
qué propiedades gramaticales de una lengua están en la base de la elección del parámetro, al-
go que haremos en el capítulo 19.

184
tante, según datos que aporta Newmeyer (2005: 86) la existencia de lenguas del
tipo SVO con marcas de caso no es excepcional.125
Otra propiedad típica de las lenguas de núcleo al final (con excepciones no-
tables como el chino mandarín) es la posibilidad de tener tópicos distintos de los
argumentos del verbo en oraciones no marcadas (véase Li y Thompson 1976 para
la formulación de la distinción tipológica entre “lenguas de tópico” y “lenguas de
sujeto”), por lo que Baker sitúa ese parámetro bajo la opción de lenguas acusati-
vas (según Baker esta decisión se basa únicamente en el hecho de que ninguna de
las lenguas de tópico descritas en la literatura es ergativa).
Por último, el parámetro de la neutralización del adjetivo es el único propio
de las lenguas polisintéticas y, según Baker, sería la base de la distinción entre dos
tipos de lenguas polisintéticas, aquellas que tratan los adjetivos (semánticos) co-
mo nombres y aquellas que los tratan como verbos.126
Al margen ahora de los muchísimos detalles relevantes que demandan ex-
plicación, cabe decir que la JP de Baker es la única teoría explícita, dentro del
ámbito formalista, que ha intentado llevar la teoría paramétrica hasta su lógica
más profunda. Pero es cierto que apenas ha tenido repercusión en la investigación
posterior, probablemente (¿irónicamente?) porque apareció en un libro fácil de
leer y ameno y, sobre todo, porque no iba con la corriente general del desarrollo
de la teoría paramétrica en el minimalismo, que es la dirección de la hipótesis de
la parametrización léxica (HPL en lo sucesivo) en detrimento de los parámetros
clásicos sobre principios de la GU.
En seguida vamos a considerar con más detalle (a ello se dedica el capítulo
siguiente) que tanto la JP como alguna variante de la HPL deben ser ingredientes
centrales de una teoría paramétrica minimalista, pero nótese ya que en realidad
Baker no formula sus parámetros como opciones sobre principios universales,
sino más bien, por utilizar su afortunada expresión, como átomos de la diversidad
estructural de las lenguas.
Así, buena parte de las críticas que plantea Newmeyer (2005: 84 y ss.) están
fuera de lugar, ya que se formulan como si Baker estuviera asumiendo que cada
parámetro expresa una propiedad universal. Por ejemplo, Newmeyer critica el
parámetro ergativo de Baker porque no considera la ergatividad basada sólo en la
concordancia (algo que, por cierto, Baker menciona, dejando abierta la posibilidad
de que ambos tipos de ergatividad tengan una relación sistemática). Pero es que

125 Al margen de esos problemas empíricos serios, es importante observar que Baker no conside-
ra la marca de caso como un parámetro, sino que asume que de alguna manera debe haber
una relación entre la posición del núcleo y ese fenómeno, algo en cierto modo resulta predi-
cho por la teoría de la antisimetría de Kayne (1994).
126 Baker (2001: 176) observa que el hecho de que en las lenguas polisintéticas sea más frecuen-
te que no haya adjetivos como categoría independiente tendría que ver con el hecho de que en
esas lenguas son menos necesarios “al no enfatizarse” en ellas la construcción de frases, una
explicación cuando menos oscura.

185
Baker no está proponiendo que exista un parámetro de la ergatividad (al contrario,
dice que es un fenómeno relativamente superficial), sino simplemente estable-
ciendo (con mayor o menor acierto descriptivo, lo que es un asunto relativamente
independiente) una correlación entre opciones estructurales posibles o no posibles
en relación con otras opciones estructurales, esto es, teoría paramétrica pura.
Como antes se apuntaba, la JP de Baker es una teoría empírica, en el sentido
de que no se compromete con explicar las causas de las opciones paramétricas ni
la manera en que se implementan en un modelo teórico (algo que estaría fuera de
lugar en un trabajo como el suyo), sino que se basa en ordenar jerárquicamente las
principales correlaciones tipológicas que nos den una visión global de la diversi-
dad y la unicidad del lenguaje humano para intentar resolver la paradoja de los
Code talkers, algo que en mi opinión consigue suficientemente.

186
17. Unidades de selección paramétrica
Just by learning the inflectional rules operating
in [the] environment, the possibilities offered by
UG are narrowed down so as to give rise to Core
Grammar
Hagit Borer

Hemos visto que en la presentación clásica de la teoría paramétrica (vid. la fig. 10


del capítulo 15) cada lengua (cada tipo estructural de lengua, más apropiadamen-
te) es el resultado de una determinada combinación de parámetros. Pero ahora ya
sabemos que esa es una formulación metafórica, puesto que los parámetros no son
opciones preestablecidas de los principios de la GU, sino que son agrupaciones
sistemáticas de propiedades gramaticales diferenciales. Además, sabemos que
dichos parámetros es muy posible que estén agrupados jerárquicamente.
Lo que nos resta por perfilar, entonces, es qué causa la aparición de los pa-
rámetros y por qué se ordenan jerárquicamente. En otras palabras, todavía tene-
mos que considerar por qué las diferencias gramaticales tienden a correlacionarse
y qué explicaría que cada uno de los parámetros dependa lógicamente de otros.
Newmeyer concluye su revisión crítica de la JP de Baker reprochándole que
“represents an attempt to revive the ‘holistic typologies’ that dominated the field
in the nineteenth and early twentieth centuries” (2005: 86), en lo que en parte no
le falta razón. El reproche se basa en la observación, ampliamente compartida por
muchas tradiciones tipológicas actuales, de que “typological properties tend to
cross-classify with each other, rather than being organized hierarchically” (New-
meyer 2005: 86).
De hecho, es una tendencia compartida por muchas escuelas tipológicas ac-
tuales (aunque no todas) el abandonar el sueño de Gabelentz a favor de una visión
más modesta, pero más realista, según la cual una lengua no pertenece realmente a
un tipo, sino que típicamente presenta rasgos mezclados, con diversa intensidad,
de mas de uno.127
La teoría paramétrica tampoco ha sido ajena a esa tendencia. La hipótesis de
la parametrización léxica (HPL), que se remonta al menos a Borer (1984), viene a
plantear que los valores de los parámetros no se asocian con lenguas o con gramá-
ticas, sino con ítems léxicos particulares. Así, tanto Borer (1984) como Fukui
(1986) comenzaron a plantear dos aspectos que, aunque independientes en princi-
pio, resultaron determinantes en el desarrollo de la teoría paramétrica posterior: (i)
por una parte, desde el punto de vista estrictamente gramatical, observan que bue-
na parte de la diversidad tipológica de las lenguas podía representarse en términos
de diversidad en la morfología flexiva; (ii) por otra parte, esta propuesta se enlaza

127 Véase la introducción de Shibatani y Bynon, eds. (1995) para una revisión de este hecho en la
evolución en la historia de la tipología lingüística.

187
con el problema de la evidencia positiva que el entorno lingüístico del niño debe
proporcionar para explicar la selección de parámetros.
El siguiente fragmento del trabajo seminal de Borer condensa el núcleo de
la HPL, especialmente en relación con el problema de la selección de parámetros:

“The inventory of inflectional rules and of grammatical formatives in any given lan-
guage is idiosyncratic and learned on the basis of input data. If all interlanguage
variation is attributable to that system, the burden of learning is placed exactly on
that component of grammar for which there is strong evidence of learning: the vo-
cabulary and its idiosyncrasic properties. We no longer have to assume that the data
to which the child is exposed bear directly on universal principles, nor do we have to
assume that the child actively selects between competing grammatical systems.
Rather, just by learning the inflectional rules operating in her/his environment, the
possibilities offered by UG are narrowed down so as to give rise to Core Grammar”
(Borer 1984: 29).

Al asociarse la selección paramétrica a las unidades léxicas se permite, como ob-


servan Wexler y Manzini (1987), que una misma lengua tenga diversas “opciones
paramétricas”, esto es, que una misma lengua pueda tener propiedades tipológicas
compartidas, lo cual está de acuerdo con el hecho evidente de que no hay tipos
puros de lenguas.
Claro que en la mayoría de los casos los partidarios de la HPL no se refieren
a léxico sustantivo, sino fundamentalmente a las categorías gramaticales, esto es,
a lo que en la tradición generativista se suelen denominar categorías funcionales.
De hecho, el propio programa minimalista es en parte consecuencia de la HPL en
la medida en la que éste implica mantener un núcleo formal reducido (y universal)
y un desplazamiento de la diversidad fuera del propio sistema computacional:

“It seems that much of the variety of language can be reduced to properties of in-
flectional systems. If this is correct, then language variation is located in a narrow
part of the lexicon” (Chomsky 2004b: 398).128

La hipótesis que subyace a esa afirmación es que las diferencias estructurales en-
tre las lenguas serán consecuencia de diferencias en la correspondencia entre los
rasgos y propiedades de las categorías funcionales de las lenguas y su expresión
morfológica. En el modelo desarrollado extensamente por Borer (2005) las cate-
gorías funcionales como el tiempo y el aspecto (en la oración) o el número y la
definitud (en el sintagma nominal) se conciben como variables a las que se debe
asignar rango en la derivación. El comportamiento sintáctico de una lengua de-

128 Debe observarse que cuando Chomsky estipula que la diferencia entre las lenguas se reduce a
“un pequeño rincón del léxico” está descontando las diferencias fonéticas y la arbitrariedad
saussureana y, además, está asumiendo que la estructura de las lenguas puede ser muy diver-
sa, en tanto en cuanto los sistemas flexivos, según el modelo minimalista en el que se inscribe
esa afirmación, juegan un papel extraordinariamente relevante en la derivación sintáctica.

188
penderá en buena medida de la disponibilidad en dicha lengua de asignadores de
rango a las variables o de determinadas realizaciones fonológicas de combinacio-
nes de núcleos y asignadores de rango. Dicho en términos más simples, que las
diferencias sintácticas dependerán directamente de las propiedades morfológicas y
fonológicas de los formantes gramaticales.129 Lo relevante desde nuestro punto de
vista a este respecto es que las diferencias que presentan las lenguas en sus pro-
piedades morfológicas y fonológicas son especialmente el resultado del cambio
lingüístico, lo que refuerza la idea central de este ensayo de que la diversidad de
las lenguas no es sino el resultado del cambio lingüístico.
Podríamos considerar este planteamiento como una teoría morfoléxica de la
variación estructural. Tal teoría se basa en el descubrimiento de que los patrones
más sistemáticos de variación tienen que ver con la morfología y con los aspectos
sintácticos derivados de la morfología, como el orden de palabras. Por ejemplo, en
el modelo minimalista (Chomsky 1995) el desplazamiento o movimiento sintácti-
co, uno de los fenómenos que parece estar detrás de los principales patrones de
variación paramétrica entre las lenguas, se sigue de las operaciones del sistema
computacional para eliminar morfología no interpretable de las derivaciones, lo
que Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004) caracterizan como una especie de “in-
munización” contra el “virus morfológico”, que entra en las derivaciones a través
del léxico aprendido de las lenguas. La hipótesis central de este modelo es que las
operaciones del sistema computacional, la sintaxis en sentido estricto, son univer-
sales y propias del lenguaje humano y que son insensibles al posible uso que se
haga del lenguaje, pues sólo están condicionadas por los interfaces con los que ese
módulo interactúa (lo que Chomsky denomina crípticamente “imperfecciones”) y
por condiciones abstractas de economía y eficiencia.
Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004: 362) estipulan que el establecimiento
de un parámetro morfo-sintáctico sería el equivalente de la inmunización, esto es,
del proceso por el que el sistema inmune memoriza los antígenos contra los que
ha tenido que actuar ofreciendo al organismo protección de por vida. Nótese que
este sugestivo planteamiento (sistematización de las secuencias anteriores) encaja
perfectamente en nuestro modelo al basar la selección de parámetros en la conse-
cuencia del proceso de adquisición, esto es, de establecimiento de los interfaces en
función de los datos del entorno.130
Si volvemos a la propuesta que hemos sugerido en el capítulo 14 de que el
locus de los parámetros está en los sistemas de interfaz entre el sistema computa-
cional y el resto de FLB, entonces la idea básica será que es precisamente en los

129 En esencia esa es también la teoría paramétrica defendida, especialmente desde el punto de
vista diacrónico, por Roberts y Roussou (1999, 2003).
130 Los autores especulan que desde el punto de vista evolutivo la “infección morfológica” y la
“inmunización” habrían llevado a una estructura más compleja (esto es, habría forzado una
gramática dependiente del entorno), que a su vez da lugar a interpretaciones antes no accesi-
bles.

189
sistemas de interfaz donde se especifican para cada lengua las propiedades morfo-
lógicas de las categorías funcionales. Es por ello por lo que hemos situado en el
esquema de la fig. 9 del capítulo 14 el léxico y la morfología como parte de los
sistemas de interfaz. Esta es una conclusión natural si precisamente los sistemas
de interfaz son los encargados de vincular sistemáticamente el sistema computa-
cional con los llamados sistemas externos (C-I y A-P). El léxico es precisamente
el lugar de vinculación entre el sentido, el sonido y la gramática.
La hipótesis complementaria que voy a sugerir es que la JP es una conse-
cuencia de la estructura morfológica que en cada lengua tienen las categorías fun-
cionales. En cierto modo podría decirse, dejando de momento de lado nuestra
identificación de los parámetros con los genes y empleando la metáfora química
de Baker, que los parámetros que Baker identifica con los átomos más bien serían
el equivalente de los cuatro elementos de los griegos. La intuición era buena y la
lógica la misma que la de la teoría atómica, pero los elementos básicos (agua, aire,
tierra y fuego), demasiado complejos.131
Nótese que, salvo los que se refieren a orden lineal, las mayoría de los pa-
rámetros que emplea Baker en su JP pueden tener una base en la morfología flexi-
va. Además, incluso los parámetros que se refieren al orden también podrían con-
cebirse como consecuencia de la morfología (de forma evidente en el que se refie-
re al movimiento del verbo a la flexión y de manera más indirecta en los que se
refieren al orden del núcleo, según la línea de argumentación de Kayne 1994). La
propia ordenación jerárquica de los parámetros sería entonces una consecuencia
de las diversas “decisiones” morfológicas que van tomando las lenguas, esencial-
mente a causa de su larga historia (con reanálisis, analogías, gramaticalizaciones,
etc.).
Por poner un ejemplo algo simplificado, el parámetro superior de Baker, el
de la polisíntesis, depende crucialmente de la morfología verbal, en el sentido de
que los afijos que contienen rasgos nominales forman parte obligatoria de los pa-
radigmas verbales. Una lengua con esa estructura morfológica, por así decirlo,
está condicionada a tener determinadas propiedades formales y, a la vez, está
exenta de otros tipos de variación (o, si se prefiere, no puede acceder a otras pro-
piedades gramaticales), esto es, está exenta de tener que decidir sobre los paráme-
tros que se ramifican a partir de la opción no del esquema. La hipótesis que ten-
dríamos que probar en el futuro es que eso debería ser así en todos los casos. Se-
gún este planteamiento, la unidad de selección paramétrica no será un principio
abstracto, ni por su puesto una lengua entera o una gramática entera (como en la
tipología holística), sino un reducido grupo de categorías funcionales que se han
de “traducir” en morfemas gramaticales. En cada lengua el “código” de esa tra-
ducción puede ser algo distinto dando lugar, en ocasiones, a una explosión expo-

131 O de otra manera: los parámetros de Baker serían los átomos, pero aún tenemos que descubrir
las partículas subatómicas.

190
nencial de diferencia gramatical, exactamente igual que sucede con las mutacio-
nes genéticas.
Algunos autores, especialmente Newmeyer (2005), han visto en la HPL una
pérdida de la capacidad deductiva del modelo paramétrico clásico en el sentido de
que en vez de expresarse como auténticos parámetros, las correlaciones diferen-
ciales en las lenguas se convierten en diferencias atomísticas. Dando en parte la
razón a esta razonable objeción, algunos de los autores que más han desarrollado
la HPL, como Kayne (2004), han sostenido que la condición teórica de un pará-
metro de que tenga repercusión en otras propiedades en las lenguas debe atenuar-
se:

“I freely use the term ‘parameter’ to characterize all cross-linguistic syntactic differ-
ences, independently of the degree of ‘drama’ or range of effects associated with any
particular parameter” (Kayne 2005: 6).

En cierto modo esta actitud se explica como resultado de la práctica “micropara-


métrica” que caracteriza a este autor, pero no deja de ser cierto que si eliminamos
de la noción de parámetro el que exprese una correlación sistemática de diferen-
cias entonces estamos desvirtuando la propia noción.132
Lo que esto implica, entonces, es que una teoría paramétrica que realmente
quiera serlo tiene que ser compatible tanto con la HPL como con la JP, esto es,
debe integrarlas sistemáticamente. El modelo que estoy sugiriendo es aquel en el
que la selección paramétrica es local (léxica en el sentido amplio de la HPL) pero
en el que la diferenciación provocada por esa selección es sistemática y restringi-
da. La JP entonces no es un primitivo (como viene a sugerir Baker), sino que es el
resultado de procesos de condicionamiento gramatical, más concretamente, mor-
fológico.
De hecho, los puntos de contacto entre la HPL y la JP son más importantes
de lo que puede parecer a simple vista. Por ejemplo, la HPL, al restringirse a ras-
gos de categorías funcionales, forma parte en realidad de una teoría muy restricti-
va, puesto que los posibles focos de variación serán en principio simples y de nú-
mero limitado. El reto que quedará para el futuro será derivar de las propiedades
morfológicas de las categorías funcionales los parámetros descritos en la JP. Si
esto fuera posible, la propia jerarquía sería la expresión más clara de una teoría
tipológica deductiva.
Además, la fusión coherente de la JP y la HPL tendría otro efecto relevante,
como sería el convertir a los modelos macroparamétricos (como el de Baker) y a

132 Ello no implica desestimar la práctica microparamétrica, esto es, la comparación entre dos
lenguas o dialectos muy parecidos, ya que, como observa Kayne (2005: 4), eso representa lo
más parecido a un experimento controlado que se puede hacer en sintaxis comparada, en el
sentido de que se puede estudiar la naturaleza de una diferencia manteniendo constantes el
mayor número de factores posible.

191
los microparamétricos (como el de Kayne) en modelos complementarios y no
incompatibles.
Nótese que cada nudo terminal del esquema de Baker tendrá decenas o cen-
tenares de lenguas debajo. Es poco esperable que no haya más diferencias para-
métricas entre ellas, aunque tampoco está garantizado. La práctica microparamé-
trica puede tener un ámbito de aplicación más natural si se centra en esos grupos
estructuralmente homogéneos. De hecho, esa es la práctica habitual del modelo
microparamétrico. Como observa Kayne (2005), si uno se dedica a comparar la
sintaxis de dos dialectos del norte de Italia es probable que no tenga que tener en
cuenta las lenguas drávidas, cosa menos probable si se dedica a comparar el hindi
con el japonés. Pero también es evidente que los resultados tendrán un alcance
diferente. Desde este punto de vista, podría decirse que si una teoría paramétrica
debe tener el objetivo de contribuir al conocimiento de la FL a través del estudio
de las diferencias entre las lenguas, el modelo macroparamétrico es necesario y
suficiente, mientras que el modelo miscroparamétrico será una ayuda imprescin-
dible, pero estará subordinado al primero y sin él, será estéril.133 En cierto modo
podría decirse que el modelo microparamétrico equivaldría a la fase inductiva de
la investigación, pues no hay que olvidar que la propia noción de parámetro surge
de un estudio microparamétrico, ni hay que descartar que el examen comparado
de las lenguas de cada nudo terminal arroje la formulación de nuevos parámetros
que obliguen incluso a revisar los superiores.134
Una formulación frecuente (aunque demasiado simple) de la HPL es la de
que cada parámetro estará ligado a una categoría funcional. Podría pensarse que
esa concepción va en contra del espíritu de la JP, pero no necesariamente tiene
que ser así, puesto que entonces lo relevante, lo que debe constituir el programa
de investigación a desarrollar, es el mostrar si ciertas diferencias en ciertas catego-
rías funcionales tienen más repercusión que otras, prediciendo así la JP.
Si mantenemos la hipótesis razonable de que el locus de la selección para-
métrica no es el de un principio universal (lo que no dejaba de ser contradictorio),
sino que está, al menos en parte, en la realización morfológica de las categorías
funcionales, entonces está claro que el tipo de clasificación formulado por Baker
en la JP es inadecuado en el sentido de que estaría dando a entender que son las

133 El propio Kayne concibe así la sintaxis comparada: “Comparative syntax has become an
indispensable, if not privileged, part of our attempt to understand the (syntactic component of
the) human faculty” (Kayne 2005: 55).
134 El propio Baker reflexiona sobre esto e insiste en que en su opinión hay que mantener la
distinción entre las propiedades de las lenguas mismas y las propiedades de palabras conteni-
das en las lenguas que tienen repercusiones gramaticales. Pero a la vez plantea la posibilidad
de que algunos parámetros por él propuestos se puedan reducir a aspectos léxicos e incluso
sugiere que eso es más probable conforme más abajo en la jerarquía estén. Por su parte, Uria-
gereka (2007) ha ido más lejos y ha sugerido que muchos de los llamados “microparámetros”
podrían responder a diferentes tipos de adquisición y aprendizaje de la lengua-i.

192
lenguas completas (o las gramáticas completas) las que escogen opciones deter-
minadas.135
Podría decirse que la tipología holística lo que asume es que la unidad de se-
lección paramétrica son las lenguas o las gramáticas completas. Pero es evidente
(por ello precisamente este tipo de tipología se ha hecho minoritario) que las len-
guas son objetos muy complejos (con toda probabilidad incluso más complejos
que un tilo) y por tanto sólo simplificadamente podemos decir de una lengua que
es flexiva, aglutinante, de marcado en el núcleo o de marcado en el dependiente.
De hecho, respecto de la noción de coherencia o consistencia tipológica te-
nemos dos sensaciones enfrentadas que en cierto modo recuerdan a las que están
en la base de la tensión entre la diversidad y la unicidad del lenguaje humano. Así,
mientras que, por una parte, se hace evidente que las lenguas no son homogéneas
en sus rasgos tipológicos, sino que frecuentemente son tipos mixtos (lo que en la
tradición formalista vendría a significar que una misma lengua puede escoger más
de una opción del mismo parámetro), por otro lado también se hace evidente que
existen tendencias y pautas de correlación entre propiedades gramaticales que
desaconsejan el abandono de la tipología.136
El modelo de teoría paramétrica minimalista que estamos sugiriendo estaría
en disposición de conciliar ambas sensaciones (y hasta de predecirlas). Así, a dife-
rencia de lo que asume la tipología holística, en dicho modelo la unidad de selec-
ción no es la lengua como un todo y, sin embargo, no renuncia a capturar las
agrupaciones sistemáticas de propiedades que siguen haciendo válida la noción de
tipo lingüístico (y la de parámetro).
La manera de conciliar ambos aspectos es la de asumir, dentro del contexto
de la HPL centrada en las categorías funcionales, que la unidad de selección tipo-
lógica no son las lenguas en sí, sino fragmentos o subsistemas de la gramática, en
la medida en que éstos puedan depender de las propiedades gramaticales de las
categorías funcionales. En este sentido, según el modelo propuesto no es espera-
ble que las lenguas sean uniformes en sus selecciones paramétricas. El esquema
de la fig. 17 representaría lo esperado en una tipología holística:

135 Esta es precisamente la razón por la que decíamos que la JP es la versión moderna más pare-
cida al sueño de Gabelentz y por lo que, como hemos visto, Newmeyer clasificaba la JP co-
mo un tipo de tipología holística.
136 Nótese que sólo puede existir tipología si admitimos la existencia de tipos; en caso contrario
lo que tendremos será una clasificación de diferencias individuales entre los miembros de una
sola clase. A diferencia de lo que hemos visto sobre la tensión entre diversidad y unicidad del
lenguaje, en este caso los autores más sensibles hacia una u otra visión no se agrupan en tor-
no a la oposición formalismo/funcionalismo

193
L1 L2 L3 L4

Tipo 1 Tipo 2

Fig. 17 Tipología holística

Como se aprecia en dicho esquema las “isoglosas” paramétricas no cortan las len-
guas, sino que las agrupan por su semejanza tipológica. Una teoría paramétrica
clásica predice también ese esquema, en la medida en que todas las lenguas que
tengan las mismas selecciones en los mismos parámetros pertenecerán al mismo
tipo. Por el contrario, en una aproximación comparada no tipológica lo que espe-
raríamos encontrar es que cada lengua presente un determinado número de rasgos
repartidos más o menos aleatoriamente, como en el siguiente esquema, en el que
cada franja vertical de anchura variable representa la misma propiedad distribuida
de manera distinta en cada lengua:

L1 L2 L3 L4

Fig. 18 Variación sin tipología

En el modelo que estamos sugiriendo, en el que la unidad de selección paramétri-


ca son fragmentos de gramática, el panorama que esperaríamos sería el de la figu-
ra 19:

194
T1

T2

T3

L1 L2 L3 L4

Fig. 19 Tipología no holística

Lo que se pretende representar en este esquema es que diversas propiedades se


distribuyen con diferente intensidad por las lenguas, pero no de manera indepen-
diente, como en el esquema de la fig. 18, sino correlacionadas con las otras. A
cada conjunto de propiedades correlacionadas interlingüísticamente las podemos
denominar tipos. Lo que esto implica es precisamente lo que ha concluido la tipo-
logía moderna, que los tipos no coinciden con las lenguas, como en el primer ca-
so, sino con fragmentos o subsistemas completos de las lenguas. Así, en nuestro
ejemplo arbitrario la L1 de la fig. 19 parecerá muy consistente con el T1 (por
ejemplo, polisintético), mientras que la L4 será un mal prototipo de T1, lo que no
significa que no pueda presentar comportamientos propios de ese tipo. Por el con-
trario, L4 encajará mejor como representante del T2.
Como indicaba, el esquema de la fig. 19 no descubre nada nuevo, sino que
es lo que ha mostrado en los últimos cincuenta años largos el desarrollo y crítica
de la tipología holística clásica. Por tanto, creo que este esquema es el que mejor
refleja lo que observamos en las lenguas y eso es precisamente lo que predice el
modelo propuesto al vincular la JP y la HPL. En este sentido la JP sigue siendo
válida en la medida en que refleja las correlaciones que se establecerán entre de-
terminadas propiedades formales en esa dinámica de caminos abiertos y caminos
cerrados que hemos venido sugiriendo. El situar bajo cada símbolo terminal de la
JP de Baker lenguas completas no deja de ser una simplificación, ya que eso sólo
servirá para lenguas que por cualquier causa (normalmente de tipo histórico) son
muy consistentes desde el punto de vista tipológico. Pero las implicaciones y la
lógica profunda de la propuesta permanecen intactas.
Hemos sugerido que la unidad de selección tipológica no es la lengua, sino
un fragmento de ésta, lo que no deja de ser algo bastante vago. Una manera de
precisar esto es acudir a la fuente de diversidad estructural. Hemos asumido que la
fuente de la diversidad estructural está en la variación de la estructura morfológica
de las categorías funcionales. Es posible que esta formulación sea demasiado res-

195
tricta, pero no hace sino reproducir la práctica habitual en el desarrollo de las teo-
rías asociadas a la HPL (p.e. Roberts y Roussou 2003). Si esto fuera así podría ser
esperable que, por ejemplo, distintas categorías funcionales tuvieran un compor-
tamiento tipológico diferente en la misma lengua o en la misma familia de lenguas
(que es precisamente lo que se representa en el útlimo esquema).
Consideremos un ejemplo muy simplificado. Asumamos, siguiendo mode-
los relativamente estándar en sintaxis generativa, que la categoría funcional F es
la responsable de la asignación de caso al sujeto de la oración y de reflejar la con-
cordancia con éste, mientras que la categoría Asp (la categoría aspecto) es la res-
ponsable de asignar caso al objeto y de reflejar la concordancia con éste. Pero esas
propiedades no tienen por qué ser uniformes interlingüísticamente. Siguiendo la
tipología estudiada por Nichols (1986) podemos distinguir entre la marcación en
el núcleo (concordancia) y la marcación en el dependiente (caso). Un tipo lingüís-
tico dado sería aquel en el que todos los verbos marcan su relación con sus argu-
mentos por marcación en el núcleo (como en el chichewa), otro sería el que marca
los argumentos de las dos maneras (como el valprirí, otra lengua polisintética con
un rico sistema de casos), otro tipo sería el que no marca ninguno (como el chino)
y por fin tendríamos el que sólo marca el dependiente (como el japonés). Pero
sabemos que hay lenguas en las que se combinan los sistemas de otras maneras:
por ejemplo en latín se marcaba el sujeto por concordancia y el objeto con caso y
en español se marca el sujeto por concordancia y el objeto (salvo casos excepcio-
nales) sin nada. Una manera de aproximarse al problema sería considerar si ese
comportamiento especial, por ejemplo, del latín (y de tantas lenguas de todas par-
tes del mundo) no se puede deber a las diferentes propiedades morfológicas de las
categorías funcionales responsables de esos sistemas. En este sentido se podría
decir que la categoría F y la categoría Asp en latín pertenecen a distintos tipos, en
el sentido de que F se comporta como un marcador en el núcleo y Asp como un
marcador en el dependiente.
La cuestión relevante, al margen ahora de detalles, es si es plausible estable-
cer algún tipo de predicción sobre las posibles “zonas de partición” de los tipos
lingüísticos dentro de las lenguas o si se trata de fronteras arbitrarias. Es claro que
nos hallamos ante una cuestión empírica, pero tenemos muchas pistas para pensar
que lo primero es correcto, esto es, que hasta cierto punto es posible predecir por
qué “zonas” de las lenguas pasarán las “isoglosas” tipológicas y por cuáles no. Lo
esperable, según el modelo que estamos desarrollando, sería que esas divisiones
fueran gramaticalmente relevantes, en el sentido de que son consecuencia de as-
pectos esencialmente gramaticales (morfosintácticos) y no puramente semánticos,
conceptuales o culturales.137

137 Incluso las propuestas que pretenden tratar la tipología como un reflejo de las preferencias
del procesamiento en tiempo real (véase Hawkins 2004) dependen en última instancia de las
estructuras gramaticales (volvemos sobre este asunto en el capítulo 19).

196
Así, por ejemplo, es esperable que en una lengua los nombres y los verbos se
comporten de manera distinta en lo que respecta a la flexión y así sucede en len-
guas en las que, por ejemplo, los verbos no se conjugan pero los nombres sí tienen
marcas de caso (como en japonés), pero no sería esperable que sólo una parte de
los verbos (por ejemplo los que se refieren al movimiento) se conjugasen o solo
una parte de los nombres (los que designan objetos blandos) tuvieran flexión ca-
sual.138 Del mismo modo, podemos encontrar lenguas en las que el orden de pala-
bras es distinto en las oraciones principales y en las subordinadas (como en ale-
mán), pero no lenguas en las que el orden de palabras básico dependa del tema del
que se habla. También podremos encontrar lenguas en las que los nombres no se
declinan para el caso pero los pronombres sí (como en español o en inglés), pero
no lenguas en las que sólo se declinan la mitad de los nombres y la mitad de los
pronombres (de nuevo, salvo condicionamientos puramente morfológicos, esto es,
gramaticales). Del mismo modo, es cierto que la dirección del núcleo puede no ser
uniforme en todas las lenguas (véase Kroch 2001: 706), pero tampoco encontra-
mos que el núcleo del SV vaya a la derecha en ciertos tipos de verbos y a la iz-
quierda en otros sin correlación con aspectos morfológicos. La variación es, por
supuesto, exuberante e impredecible. Existen lenguas en las que la ergatividad se
circunscribe a oraciones de aspecto perfectivo, como el hindi, o al tiempo pasado,
como el georgiano, en otras depende de propiedades de los argumentos y en otras
del verbo (véase Dixon 1994), pero en todos los casos los criterios se suelen poder
traducir en aspectos o en propiedades gramaticales.139
No quiero decir con todo ello que se pueda predecir qué tipos de variación
vamos a encontrar, ni en qué parte exacta de la gramática se van a producir esci-
siones tipológicas, sino que lo que las lenguas nos muestran es que la variación
suele poder traducirse en propiedades gramaticales de las lenguas (lo que, obvia-
mente, no significa que los aspectos semánticos no tengan relevancia). Como dice
Pinker en el texto que sirve de lema a la introducción de esta obra, lo relevante es
que la variación es hasta cierto punto de la misma naturaleza que el sistema en el
que se produce (la gramática): un sistema que no está en sí mismo al servicio de la
comunicación, sino al servicio de diferentes componentes de la mente que, juntos,
por supuesto, sí nos hacen la vida más fácil, tanto con respecto a los demás como
de puertas adentro.
Una conclusión importante que se seguiría de esta aproximación es que en
cierto modo los parámetros, entendidos como agrupaciones de propiedades gra-
maticales, esto es, como los genes de la gramática, serán el resultado de una histo-
ria gramatical, aunque eso sí, una historia formalmente condicionada, como su-

138 Por supuesto que puede haber muchos condicionantes sobre diversos tipos de flexión nomi-
nal, incluyendo condicionantes semánticos si consideremos los clasificadores, por ejemplo.
139 Véase Kiparsky (2008) para una propuesta en esa línea de la explicación de los patrones de
ergatividad parcial dependientes de las propiedades del argumento del verbo.

197
cede con el movimiento de los poliedros de Galton. El hecho de que la compleji-
dad gramatical sea deudora de la historia no significa, por tanto, que la historia
actúe libremente y sólo condicionada por factores externos, sino en un marco
formalmente restringido: el de los requerimientos de los diversos sistemas de la
FL, regulada a su vez por la GU.

198
18. Los parámetros como los genes de la gramática
Apart from lexicon [the set of possible lan-
guages] is a finite set, surprisingly; in fact, a one-
membered set if parameters are in fact reducible
to lexical properties
Noam Chomsky

La teoría paramétrica debe ser una manera deductiva de hacer tipología. Y ello
debe ser así aun cuando no hagamos una interpretación literal de la noción de pa-
rámetro. Hemos visto que los parámetros se han definido como variables inespeci-
ficadas de los principios de la GU,140 pero también hemos visto que eso es inade-
cuado, salvo como una formulación metafórica general. El rechazo de esta noción
de parámetro no debe llevarnos a descartar la noción de parámetro en sí, sino a
interpretar los parámetros en su sentido más profundo y a la vez más realista, esto
es, como opciones de agrupaciones de rasgos formales (en las interfaces de la FL
según nuestra propuesta) que tienen como efecto patrones sistemáticos y regulares
de variación estructural condicionados únicamente por la historia contingente pero
restringida de cada gramática. Esto es, a interpretar los parámetros como los genes
de la gramática.
Chomsky decía que, de alguna manera, la teoría de los parámetros, en esos
momentos en sus inicios, debería ser una forma de especificar cuánto debe ser
aprendido conforme se desarrolla la gramática en el curso de la adquisición del
lenguaje (1981: 95). Y esa es precisamente la función crucial de una teoría para-
métrica: especificar cómo los datos del entorno condicionan el desarrollo de la
facultad del lenguaje.
He presentado una interpretación de la JP de Baker que, aunque falta de de-
sarrollo, se ajusta a ese requerimiento al describir un “diagrama de flujo” del desa-
rrollo de los tipos lingüísticos fundamentales. Dicha teoría, junto con la HPL que
sitúa las “semillas de los parámetros” en la morfología, permite establecer un pro-
grama de investigación específico sobre la naturaleza de la diversidad estructural
de las lenguas.
Es cierto, como ha señalado Haspelmath (en prensa), que la adopción de la
HPL ha implicado un cierto desinterés de la gramática generativa por la tipología,
dado que el desplazamiento de la diversidad estructural a un “rincón del léxico”
refuerza la sensación de que sólo existe un tipo lingüístico fundamental, algo que,
en efecto, Chomsky ha señalado, como se observa en el texto que encabeza este
capítulo.

140 “Technically speaking, parameters are open choices between values innately predefined by
Universal Grammar, which must be closed by learners on the basis of environmental evi-
dence” (Longobardi 2003: 108).

199
Haspelmath (en prensa), citando un fragmento muy similar de Chomsky, concluye
que el beneficio que la HPL pueda tener para la teoría de la adquisición lo pierde
en su capacidad de dar cuenta de la propia diversidad, lo que implicaría, en los
términos de nuestra discusión del capítulo 11, un nuevo triunfo de la respuesta de
(2):

“According to Chomsky (1991:26), this view opens up the possibility that ‘in an in-
teresting sense, there is only one possible human language’. This conclusion may be
welcome from the point of view of learnability, but it also ultimately means that
generative syntax abandons the claim that it can contribute to understanding
crosslinguistic diversity and regularity”

La observación es hasta cierto punto razonable, ya que en buena medida la elimi-


nación de los parámetros impondría restricciones a la capacidad de la teoría para
la investigación tipológica. Sin embargo, la integración que hemos propuesto para
la teoría paramétrica minimalista de la HPL (una visión microparamétrica) junto
con la JP (una visión macroparamétrica) puede prevenir ese efecto negativo sin
perder la ganancia en explicar mejor la adquisición.141
Lo que, en mi opinión, aporta la hipótesis de la JP de Baker a la HPL es la
posibilidad de abordar sistemática y conjuntamente el fenómeno de la adquisición
y el de la diversificación estructural de las lenguas.
En su interesante discusión sobre la naturaleza de la GU, Wunderlich (2004)
plantea una concepción de la misma análoga a la que hemos defendido en el capí-
tulo 13, esto es, como un conjunto global de requerimientos para el desarrollo de
una FL operativa. La GU no es un estado inicial que luego se va modificando,
sino que “the organization of the brain, including memory, goes hand in hand with
implementing language-specific properties under the control of UG” (Wunderlich
2004: 616).
Sin embargo, la manera en que esas propiedades se van implementando en
el cerebro, “depends on the input to the language learner. Different input may lead
to different implementations, therefore we consider changes in the linguistic input
to be the primary source for typological variation” (Wunderlich 2004: 623)
Desde este punto de vista parece claro que no se puede desligar, al menos
teóricamente, el asunto de la variación del asunto de la adquisición. El modelo
que hemos propuesto incluye la propuesta ampliamente desarrollada en los últi-
mos veinte años de que la variación estructural es atribuible a ciertas partes del
léxico funcional y la hipótesis de que la agrupación sistemática de rasgos y su
organización es jerárquica y que ello es una consecuencia de la arquitectura de los
sistemas de interfaz (aunque esta última hipótesis, lamentablemente, es todavía
demasiado vaga en su formulación).

141 Véase Uriagereka (2007) para un interpretación diferente (aunque no incompatible) de la


integración entre la aproximación microparamétrica y la macroparamétrica.

200
La conexión crucial entre la tipología y la adquisición viene dada por la JP. Es
precisamente el hecho notable de que los parámetros tengan una organización
jerárquica lo que hace posible relacionar la tipología con la adquisición del len-
guaje. Aunque no deje de ser una metáfora, la adquisición habría de entenderse
como una secuencia de opciones condicionadas entre sí y, primariamente, por los
datos del entorno. Por supuesto que las opciones no tienen que ser binarias. Nóte-
se que no se trata ahora ya de una teoría paramétrica puramente abstracta, sino de
una hipótesis empírica sobre cómo ciertas configuraciones de rasgos abren y cie-
rran caminos en el proceso de construcción de la FL de cada persona.
Longobardi (2003: 111) ha observado penetrantemente que la teoría para-
métrica clásica se ha dedicado más que nada a hacer afirmaciones existenciales
(existe tal o cual parámetro) y no afirmaciones universales (los parámetros deben
tener tales o cuales propiedades), lo que sin duda hizo de la teoría paramétrica
hacia finales de los 80 un modelo irrestricto y, hasta cierto punto, no falsable.
El modelo que hemos sugerido implica que una teoría paramétrica debe
formularse en términos de propiedades de lexicalización de rasgos formales, pero
no reducida a una teoría microparamétrica.
En cierto modo podría decirse que estamos proponiendo una teoría paramé-
trica sin parámetros, entendiendo éstos como opciones binarias sobre principios
gramaticales específicos. Una consecuencia importante de esto es que no se podrá
hablar entonces de opciones marcadas frente a no marcadas (algo poco fructífero
en la aplicación de la teoría paramétrica al problema de la adquisición del lengua-
je en el pasado), ya que las opciones no están predefinidas.
Sin embargo, ello no implica que en cierto modo no haya tipos lingüísticos
más marcados que otros. De hecho, esta es una conclusión natural de cualquier
aproximación a la diversidad estructural basada en la morfología, como es el caso
de la presente, ya que la morfología es en buena medida el resultado de la historia
gramatical. Esto implica entonces que la teoría paramétrica, en contra de lo que se
se ha sugerido explícitamente (Newmeyer 2005) o de lo que parece deducirse de
la concepción chomskiana de que sólo hay un tipo posible de lenguas, sí puede
tener un papel relevante a la hora de abordar y explicar aspectos centrales de la
tipología lingüística.
Consideremos, por ejemplo, el controvertido asunto de los parámetros de
orden. Como es sabido, Richard Kayne (1994) ha planteado la hipótesis de que no
existen parámetros sobre la dirección del núcleo (entre otros). La hipótesis de
Kayne es que la sintaxis es asimétrica y que todas las lenguas son en un nivel pro-
fundo del tipo SVO (más específicamente plantea que el orden entre especifica-
dor, núcleo y complemento es siempre el mismo: E-N-C).142 Es evidente que esto

142 La base de esa propuesta es el axioma de correspondencia lineal que dice, informalmente,
que la estructura determina el orden lineal, de manera que si, por ejemplo, A manda-c a B,
entonces A precede a B: “Phrase structure in fact always completely determines linear order

201
entra en conflicto con la tendencia de muchas lenguas a ordenar el núcleo después
del complemento y, por supuesto, con la propuesta de Baker (que no hace sino
seguir una larga tradición) de justificar esa diferencia tipológica en términos de
opciones paramétricas.
Pero nótese que sólo hay contradicción si interpretamos los parámetros co-
mo opciones de principios de la GU, esto es, si caemos en el error de interpretar
una metáfora literalmente.
Aunque la propuesta de Kayne es muy controvertida (y no es ajeno a ello el
que el orden propuesto coincide con el del inglés), no carece de argumentos sóli-
dos, especialmente los derivados de la persistencia de procesos asimétricos en la
sintaxis de las lenguas. 143 No es este el momento de entrar en detalle en un asunto
tan complejo, pero sí puede ser interesante considerar que el modelo de teoría
paramétrica que hemos planteado podría resolver esta aparente contradicción.
Asumamos sin más que la hipótesis de Kayne es correcta. Lo que esto significaría
es que, de no mediar ningún otro factor, todas las lenguas tendrían que ser del tipo
SVO. Pero es muy importante notar que, según la teoría global que hemos esbo-
zado, no estamos asumiendo que la GU especifique esa propiedad, puesto que ya
sabemos que la GU no puede especificar eso (salvo que volvamos a caer en la
simplificación de interpretar una metáfora literalmente). La asimetría básica debe-
ría ser una propiedad derivada del propio sistema computacional, de leyes de
complejidad desconocidas o de algún tipo de condición impuesta a éste por un
sistema externo, como el sistema A-P (que es lo que sugiere Kayne 2004), pero,
cabe insistir, no debe entenderse como un dictado directo de la GU. Por tanto, no
se implica en modo alguno que una lengua que no sea SVO constituya una viola-
ción de la GU, ni que sea un sistema menos natural o menos perfecto que una len-
gua SVO. El requisito universal sería la asimetría (más concretamente el axioma
de correspondencia lineal), pero ésta se puede satisfacer de diversas maneras. Y
en esas diversas maneras la complejidad morfológica de una lengua tiene mucho
que decir.
Si ignoramos el problema de los especificadores (esto es, si en lo que nos in-
teresa ahora, ignoramos el sujeto) entonces tenemos que prácticamente el 50% de
las lenguas del mundo son del tipo VO y el resto del tipo OV. No se puede imagi-
nar un caso que sea mejor candidato para un parámetro de estilo clásico y menos
proclive a un tratamiento universal. Pero volvamos ahora a la JP de Baker. Como
hemos visto en el esquema de la figura 11, según la hipótesis de Baker el paráme-

and consequently (…) if two phrases differ in linear order, they must also differ in hierarchi-
cal structure” (Kayne 1994: 3). Nótese que la relación de mando-c (básicamente la relación
entre un constituyente y los que dependen del mismo nudo que lo domina) es simétrica en el
sentido de que no es direccional.
143 Véase en la misma dirección Cinque (1996), que aborda directamente las implicaciones tipo-
lógicas de la asimetría y Haider (2000) para una propuesta similar pero en dirección contra-
ria: que el orden básico universal no es VO sino OV.

202
tro del orden sólo es relevante para las lenguas no polisintéticas, luego podemos
suponer que las lenguas polisintéticas tendrán como orden básico SVO pero que,
simplemente, ello no es relevante en su gramática porque las posiciones argumen-
tales están saturadas morfológicamente y el orden es relativamente libre.144 Si nos
centramos en el propio parámetro del orden del núcleo veremos que la JP estipula
que en las lenguas no polisintéticas (incluidas las que son sólo parcialmente poli-
sintéticas) tendrá que determinarse un orden básico para los argumentos. La op-
ción esperable sería que éste fuera VO universalmente, pero no es el caso. Podría
parecer entonces que aquí hay una contradicción. Kayne, que es muy consciente
de que hay muchas lenguas OV, estipula que ese orden es el resultado del movi-
miento obligatorio del objeto a un especificador superior a V, desde donde lo
manda-c y, por tanto, lo precede. Es bien sabido desde los estudios pioneros de
Greenberg que las lenguas del tipo OV son las que más frecuentemente presentan
sistemas de marcación de caso y de concordancia de objeto. Por otra parte, tam-
bién es sabido (al menos en el ámbito generativista) que los procesos de movi-
miento están motivados por procesos de cotejo o eliminación de rasgos formales,
entre ellos crucialmente los flexivos. Por tanto, es plausible pensar que el paráme-
tro de Baker lo que describe es precisamente aquellas lenguas en las que su mor-
fología determina un ascenso obligatorio del objeto por encima de V. Nótese (y
eso es lo relevante ahora) que debemos seguir tratando la correlación como para-
métrica, en el sentido central de que los parámetros, como hemos defendido, no
son propiedades de las lenguas (ni opciones sobre principios), sino de las cons-
trucciones gramaticales.
Por decirlo en otros términos: es la historia gramatical de cada lengua, su
historia morfológica (su “genoma” como registro histórico), la que determinará
qué opciones paramétricas selecciona. Puede ser ilustrativo verlo en términos de
diagrama de flujo. Supongamos, partiendo de la cima de la JP (fig. 11), que el
input es SVO. Si vamos hacia la derecha ya no hay caso, pues el orden es irrele-
vante, por condicionamiento puramente morfológico. Si vamos a la izquierda
SVO permanecerá como tal en dos opciones y cambiará a SOV en otras dos. Si ha
ido hacia cualquiera de las dos ramas de la derecha, el orden básico ya no cambia-
rá (tendremos siempre lenguas del tipo SOV, que serán parcialmente polisintéticas
o no, de tópico o de sujeto, ergativas o acusativas). En estos casos hará falta un
condicionamiento morfológico especial que mueva el objeto delante del verbo (lo
que se correlaciona con la típica riqueza morfológica de esas lenguas). Si va por la
segunda rama de la izquierda tendremos una lengua SVO de polisíntesis opcional.
Y si va por la primera rama de la izquierda, entonces pueden pasar dos cosas: si

144 El propio Baker (1996) ha mostrado que en lenguas polisintéticas como el mohaqués existe
una asimetría S/O que evidencia que no son lenguas no configuracionales en un nivel profun-
do.

203
va por la rama de la derecha, entonces el orden cambiará a VOS.145 Si tomamos el
camino de la izquierda pueden pasar dos cosas: si hay atracción del verbo tendre-
mos VSO; en caso contrario, el orden permanecerá como SVO (para ulteriormente
derivar lenguas con o sin verbos seriales). Nótese que la opción VSO de nuevo
conlleva condicionamiento morfológico (en este caso del verbo). Si partimos de
ese nudo tendremos un sujeto bajo o un sujeto alto. Ello implica en realidad que si
vamos a la izquierda seguiremos teniendo VSO (porque nada hace salir al sujeto
del SV), mientras que si vamos a la derecha un movimiento del sujeto repondrá el
orden SVO, con lo que tendríamos la situación aparentemente paradójica de que
lenguas como el francés o el español tienen un orden SVO “menos básico” que
lenguas como el inglés o el edo. Pero no hay paradoja, porque en todos los casos
se trata de orden básico para las lenguas.146
Pero tampoco ha lugar a disputas absurdas de ese tipo. Lo que he intentado
reflejar en la primera parte de esta obra es que la FL de cada persona es un objeto
natural históricamente condicionado, exactamente igual que cualquier animal o
planta es un objeto natural históricamente condicionado. No nos sentimos tenta-
dos de decir que ciertos animales está mejor o peor diseñados que otros, pues los
que no están (suficientemente) bien diseñados simplemente no podrían existir. Del
mismo modo, no deberíamos sentirnos tentados de afirmar que tal o cual lengua o
que tal o cual tipo lingüístico está mejor o peor diseñado y por la misma razón: si
no estuvieran bien diseñados, no existirían (i.e no se podrían adquirir ni usar).
Por tanto, si definimos los tipos como agrupaciones jerárquicas de paráme-
tros, entendiendo los parámetros como agrupaciones de propiedades gramaticales,
entonces sigue siendo lícito hablar de tipos aún asumiendo la hipótesis de asime-
tría de Kayne, ya que no decimos que la elección del parámetro del núcleo sea una
elección arbitraria sobre un principio absoluto, sino, por así decirlo, un conjunto
de opciones que va estableciendo un sistema en construcción condicionado por la
estructura fija de los sistemas que interactúan y por los datos variables del estímu-
lo externo.
Esta concepción de la estructura general de la teoría paramétrica minimalis-
ta es en buena medida compatible con la denominada “teoría de la gramática
adaptativa” formulada por Bouchard (2003). El modelo de Bouchard igualmente
se basa en la idea de que son las propiedades de interfaz las que están detrás de la
variación lingüística, aunque para este autor las propias causas de la variación
paramétrica residen en propiedades “lógicamente anteriores” al lenguaje, esto es,
en los sistemas C-I y A-P:

145 En este caso el condicionamiento morfológico es menos claro. Una manera de justificar el
parámetro del orden del sujeto sería asumir, en la línea del estilo de argumentación de Kayne,
que es el SV completo el que asciende sobre el sujeto.
146 Cualquier pretensión de que el orden SVO del inglés es más básico que el del español tendría
que responder a la objeción de que el inglés medieval tenía el orden SOV.

204
“Saussurean arbitrariness and the head parameter determine core types of variation
because they arise from logically prior properties of the physical and conceptual
make-up of human beings. Adaptive grammar aims at deriving all types of variation
entirely from such deeply motivated properties: ideally, ‘parametric choices’ are all
instances where there is more than one optimal solution to legibility conditions of
the external systems” (Bouchard 2003: 4).

Nótese que, salvo en lo que se refiere a la asunción de que el origen de la diversi-


dad está en los sistemas externos (a FLN), la afirmación final de que las eleccio-
nes paramétricas son el resultado de la existencia de más de una solución óptima
para satisfacer las condiciones de legibilidad de los sistemas externos es plena-
mente coherente con el modelo que venimos desarrollando. En éste las pautas de
variación no son herencia de diferencias en los sistemas externos, pero no porque
neguemos que eso sea una posibilidad teórica, sino a causa de nuestra ignorancia
acerca de la naturaleza y estructura de dichos sistemas. En mi opinión las lenguas
nos brindan un acceso mucho más directo a los sistemas de interfaz que a los sis-
temas externos, al menos en lo que se refiere a la tipología estructural, y por ello
es por lo que hemos asumido, reconociendo que es sólo tentativo, que el locus de
la variación reside en éstos.
Un problema serio de la aproximación de Bouchard es que insiste en remitir
a las propiedades lógicamente anteriores al lenguaje sin especificar claramente a
qué se refiere con lenguaje, ya que esos sistemas externos también forman parte
de la FLB. Bouchard asume que las lenguas son diferentes porque se adaptan de
diferente manera a las condiciones impuestas por los sistemas externos, en lo que
en principio estamos de acuerdo, pero nótese que lo que en realidad está asumien-
do Bouchard es que la diferencia entre las lenguas no procede de que empleen
diversos caminos para solucionar los mismos requisitos, sino que los propios re-
quisitos son distintos, lo que resulta sorprendente fuera de un contexto relativista.
En otras palabras, Bouchard estaría aplicando directamente la analogía con la evo-
lución natural en el sentido de que dos organismos son diferentes porque se han
adaptado a dos entornos diferentes. Pero entonces queda por explicar por qué los
entornos (los componentes externos de la FL) son diferentes. No se puede decir
que sea teóricamente imposible, especialmente si empleamos una noción general
de diversidad lingüística y no nos ceñimos a la estructural, pero no parece la op-
ción más razonable. Es por ello por lo que hemos afirmado (capítulo 13) que la
hipótesis por defecto debería ser la que sitúa el germen de la diversidad en los
sistemas de interfaz que se construyen durante el desarrollo del lenguaje.
En relación precisamente con el asunto del desarrollo ontogenético del len-
guaje, la teoría paramétrica minimalista que estamos esbozando debe afrontar una
nueva dificultad, derivada en este caso de su característica central de descartar la
noción de parámetro como una opción sobre principios de la GU. Esto hace impo-
sible la explicación de la adquisición como una tarea de selección de opciones
paramétricas preestablecidas a partir de los datos primarios del input, que es, co-
mo hemos visto, la visión del proceso que emerge de la teoría paramétrica clásica.

205
Al contrario, al integrar la HPL, la teoría paramétrica minimalista implica que la
selección de parámetros es esencialmente una consecuencia de la adquisición del
léxico, en el sentido crucial de que la emergencia de tipos lingüísticos es conse-
cuencia de las restricciones reflejadas en la jerarquía de parámetros.
En este sentido es interesante observar que la llamada teoría variacionista
de la adquisición desarrollada por Charles Yang (2004) puede ser compatible con
la teoría paramétrica minimalista que hemos formulado, a pesar de que la primera
se basa en la noción clásica de parámetro.
Yang admite que el “triggering model”, esto es, la hipótesis estándar en
gramática generativa según la cual el desarrollo longitudinal de una lengua se basa
en la lógica de “una gramática tras otra” (coherente con el modelo paramétrico
clásico según el cual el niño va situando parámetros y cambiándolos en función de
los datos externos) ha sido “a comprehensive disappointment” (2004: 39). De
hecho, Yang identifica este modelo con lo que el destacado evolucionista Ernest
Mayr consideraba como el “pensamiento tipológico” de la biología predarwinista,
en el sentido de que antes de Darwin la variación entre individuos se consideraba
como una imperfección a partir de un prototipo, algo que Darwin ayudó a superar
al interpretar por primera vez la variación individual como típica, en el sentido de
que los individuos de una especie son inherentemente diferentes y dan lugar a una
composición heterogénea de toda la población. El pensamiento tipológico llevaba
a una concepción transformacional de la evolución, según la cual todos los miem-
bros de una especie debían desarrollar cambios para dar lugar a otra, algo que el
modelo variacionista de Darwin adecuadamente descartó.
Yang se plantea que la cuestión esencial es entonces si la FL durante el pe-
riodo de adquisición se modifica según un modelo variacionista o según un mode-
lo transformacional. Según su planteamiento, la alternativa variacionista de la
adquisición del lenguaje implica que la adquisición del lenguaje se caracteriza no
por el cambio de una gramática por otra, sucesivamente (como estipula el modelo
transformacional), sino por el cambio en la distribución de las gramáticas, esto es,
es una población de variaciones fundamentales en el lenguaje humano:

“Under this variational view, the imperfections in child language are expected and
reflect linguistically principled grammars –just not the one the learner will eventu-
ally acquire” (Yang 2004: 41)

En términos simplificados, lo que plantea Yang es que el aprendiz irá asignando


cierta probabilidad (p) a las gramáticas que mejor se acomoden a los datos, au-
mentando p si la gramática se ajusta bien, penalizando p si se ajusta peor. El resul-
tado es la extinción de todas las gramáticas menos la más probable de todas.
Una característica relevante del modelo de Yang es que necesita, para ser
realmente variacionista, postular que hay momentos de coexistencia de gramáti-
cas, esto es, de coexistencia de valores paramétricos en la sintaxis del niño, pero
eso es inherentemente incoherente en un modelo paramétrico clásico, puesto que

206
se implica la opción simultánea de más de un valor de un parámetro. Sin embargo,
el modelo variacionista se justifica mejor con un modelo paramétrico como el
descrito, en el sentido de que esas fases de aparente coexistencia de opciones pa-
ramétricas distintas se explicarían mejor como configuraciones alternativas de los
interfaces de FL que después se van eliminando en el proceso de maduración.
En la perspectiva de la teoría de Yang los errores sintácticos de los niños
son vistos como restos de gramáticas posibles dejados atrás antes de ser descarta-
das definitivamente. Esta concepción resulta mucho más plausible en el contexto
del modelo que hemos venido desarrollando, en el sentido de que se podría estipu-
lar que conforme se desarrolla la FL se van estableciendo las conexiones entre sus
componentes. Tales conexiones proliferarían en diversas fases, exactamente como
sucede con el desarrollo neurológico normal147 y se verían reforzadas o abando-
nadas conforme madura el organismo y conforme los datos del entorno van favo-
reciendo unos ajustes frente a otros. En este contexto es esperable que los diversos
ajustes puedan coincidir en el tiempo y que todos ellos sean coherentes con los
principios generales de la FL, y también que los que alcancen más rendimiento en
el entorno lingüístico del niño sean los que se vean reforzados y, en última instan-
cia, prevalezcan. De hecho, el modelo variacional de Yang es el primero que rela-
ciona coherentemente una teoría fuertemente innatista del lenguaje con una consi-
deración empírica detallada de aspectos cuantitativos y de frecuencia de datos
relevantes en el input para establecer las propiedades formales de la gramática
adquirida. La correlación que este autor halla entre la frecuencia relativa en el
input de datos relevantes y el tiempo que tarda en desarrollarse esa parte de la
gramática también hace más plausible un modelo sin parámetros clásicos que uno
con ellos. De hecho, a pesar de que Yang mantiene en su modelo la noción clásica
de parámetro, lo cierto es que el mismo es una expresión del pensamiento varia-
cional y no del pensamiento tipológico, y el modelo paramétrico clásico es una
expresión más del pensamiento tipológico, contra el que Yang correctamente ar-
gumenta.

147 El propio Yang (2004: 52) menciona los trabajos en esta dirección de Changeaux y Edelman.

207
208
19. Lo posible y lo probable:
teoría gramatical, tipología e historia
Executing a historical-explanatory research pro-
gram largely implies ‘redoing’ the historical-
comparative paradigm at the unexplored level of
mental grammars and the computational mind
Giuseppe Longobardi

Si la tipología lingüística estructural es el resultado de diferencias en la construc-


ción de los nexos entre los diversos componentes de la FL, unos nexos que tienen
naturaleza gramatical en tanto en cuanto se expresan en la fonología, la morfolo-
gía y la sintaxis de las lenguas, entonces la explicación de la tipología, o al menos
una parte de dicha explicación, será un asunto de la teoría gramatical. Es más, la
propia teoría paramétrica así concebida es en realidad una forma concreta (quizá
la más interesante) de hacer teoría gramatical.
La conclusión parece tan evidente que puede resultar impertinente, pero en
modo alguno lo es.
Hemos visto que Hasplemath (en prensa) concluía que el desarrollo de la
teoría paramétrica hacia el modelo microparamétrico la hacía irrelevante para la
explicación de la tipología. Esto es hasta cierto punto comprensible, dada la per-
suasión funcionalista del autor, más proclive a pensar que la explicación de la
tipología lingüística (y hasta de la propia estructura gramatical) deba basarse en
aspectos externos a la propia gramática.
Tampoco es una conclusión sorprendente desde el punto de vista de lo que
Bickel (2005) denomina “la tipología del siglo XXI”, puesto que en esta concep-
ción es la teoría gramatical la que tiene que determinar la “ontología de las varia-
bles” mientras que es la tipología la que tiene como objetivo explicar la distribu-
ción de los valores de las mismas. Más concretamente, Bickel es partidario de un
programa de investigación complementario en el que los objetivos de la teoría
gramatical son distintos de los de la tipología pero, a diferencia de muchos tipólo-
gos de orientación funcionalista, no considera que el objetivo de la tipología sea
determinar qué es una lengua humana posible. De hecho observa que las teorías
gramaticales pueden ser falsadas por lenguas concretas, pero no por los hallazgos
probabilísticos de la tipología y, de la misma manera, la teoría gramatical no pue-
de estar basada en tipologías probabilísticas148.
Este planteamiento tiene la virtud de que al considerarlas distintas a su vez
las considera complementarias y no incompatibles. El problema es que el inducti-

148 Según Bickel “what is possible for human language is what is describable in a given descrip-
tive framework”, y añade: “the definition of such a framework, and the exploration of what
the framework allows to describe, i.e. predicts to be possible, is the goal of grammatical the-
ory, not of typological theory” (Bickel 2005: 2)

209
vista tiende irremisiblemente a considerar que la tipología es teoría gramatical.
Pero como observa Bickel, si se interpreta la tipología como una vía alternativa a
la teoría gramatical para determinar qué es una lengua humana posible, esto es,
para contribuir a una teoría universal de la gramática, el resultado puede ser que
se prediga que es lingüísticamente imposible algo que es lógicamente imaginable,
como por ejemplo una lengua con distinción de género únicamente en la primera
persona del plural. Bickel se basa en el trabajo seminal de Nichols (1992) para
observar que la tipología se ha emancipado de la gramática y va hacia su propio
objetivo: el desarrollo de teorías que expliquen por qué la diversidad lingüística es
como es, algo que el modelo de Nichols puso de manifiesto al abogar por una “ti-
pología de poblaciones” paralela a la biología de poblaciones. Así, señala Bickel,
en vez de preguntarse qué es posible, el tipólogo debe preguntarse qué hay dónde
y por qué.
Lo interesante es que en el por qué pueden influir tanto factores específica-
mente gramaticales (en nuestro modelo derivados de correlaciones entre propie-
dades formales como consecuencia del propio diseño de la FL) como factores
externos, bien sean derivados del uso del lenguaje en contexto, bien de diversas
influencias de los procesos históricos tales como las migraciones, la difusión zo-
nal de rasgos, la división de lenguas, etc. En el modelo que hemos propuesto la
teoría paramétrica también tiene algo que decir en este por qué, aunque no es la
única información relevante para el tipólogo, ni mucho menos. En este sentido, la
teoría paramétrica será también una parte de la tipología del siglo XXI, tal y como
la anticipa Bickel:

“The goals of 21st century typology are embedded in a much broader anthropologi-
cal perspective: to help understand how the variants of one key social institution are
distributed in the world, and what general principles and what incidental events are
the historical causes for these distributions” (2005: 6).

Sin embargo, también hay voces desde el punto de vista formalista que abogan
por la hipótesis de que la teoría gramatical no tiene relevancia para explicar la
tipología, como es el caso de Newmeyer, que dedica una monografía entera
(Newmeyer 2005) a demostrar que la teoría gramatical (formalista) no puede ex-
plicar la tipología estructural de las lenguas.
En su afortunada expresión, la gramática tiene que explicar lo posible, pero
no lo probable. Lo que esto significa es que la teoría gramatical debe determinar
qué lenguas son posibles e imposibles, pero no explicar por qué ciertas lenguas
son más probables que otras, esto es, por qué ciertas configuraciones de propieda-
des son más frecuentes que otras, por qué existen tipos lingüísticos.
Como hay diversas maneras de entender esta afirmación, es posible decir
que en cierto sentido Newmeyer tiene razón. Pongamos por caso que asumimos
un parámetro clásico del estilo del de la dirección del núcleo y supongamos que
descubrimos que la inmensa mayoría de las lenguas son consistentes en la direc-

210
ción del núcleo en las diversas categorías (bien sea VO, P-SN, Aux-SV, etc., bien
sea OV, SN-P, SV-Aux, etc.) mientras que sólo una minoría son inconsistentes
(VO pero SN-P, etc.). En este sentido una lengua inconsistente es menos probable
que una consistente (como parece ser el caso, de hecho). La explicación de este
hecho podría tomar tres caminos:

(1) Hay una explicación gramatical que predice ese hecho


(2) Hay una explicación funcional que predice ese hecho
(3) Es un suceso contingente desde el punto de vista de la forma y de la función

Es poco probable que, en este caso concreto, la explicación de la línea de (3) sea
satisfactoria, pero no es teóricamente imposible. Por ejemplo pudiera ser el caso
que simplemente las lenguas que llamamos inconsistentes hubieran tenido menos
“suerte” en la evolución histórica de los pueblos. Pero es evidente que sería preci-
pitado confiar en ese tipo de explicación e ignorar las otras. Por supuesto que es
muy probable que algunas agrupaciones tipológicas requieran de una explicación
en esos términos (este es el planteamiento que subyace a la concepción de Bickel).
Hay ocasiones en las que, de hecho, las respuestas del tipo de (3) son más eviden-
tes, como cuando la causa de que un tipo de lengua sea más frecuente en un área
determinada es el resultado de una división de una protolengua en numerosas len-
guas y la extinción a su costa de otras. Para hacernos una idea de la importancia
de (3) en la tipología general imaginemos, por ejemplo, que en lugar de contar
lenguas contamos hablantes y que nos centramos sólo en las lenguas más frecuen-
tes (SVO y SOV). Aunque aceptemos que en el mundo existen más o menos el
mismo número de lenguas del tipo SOV que del tipo VOS (como parece ser el
caso) en seguida descubriríamos que hay muchas más personas en el mundo que
hablan lenguas del tipo SVO que del tipo SOV (ya que las tres lenguas más
habladas en el mundo, el chino mandarín, el inglés y el español tienen básicamen-
te ese orden).149 Está claro que la explicación de por qué hay más seres humanos
que hablan lenguas SVO que lenguas SOV no es ni gramatical ni funcional, sino
totalmente ajena a la estructura de la mente humana, pues dependerá de las migra-
ciones, del éxito de los imperios, del armamento, de los recursos materiales, etc.,
es decir de muchos de esos factores antropológicos que debe incorporar una tipo-
logía global. Es muy plausible que la mayoría de tipologías no propiamente es-
tructurales ameriten explicaciones de este tipo.
Pero Newmeyer no se refiere a esto, es decir, no plantea que la teoría gra-
matical no deba predecir por qué hay más personas que hablan lenguas de un tipo
u otro, sino que se refiere a la explicación de (2), esto es, a que la explicación de

149 Según los datos de Moreno Cabrera (1990) los hablantes del inglés, del chino mandarín y del
español sumarían unos mil quinientos millones de personas, mientras que la lengua SOV más
hablada, el hindi, no llega a trescientos.

211
las agrupaciones tipológicas estructurales y su distribución no es asunto de la teo-
ría gramatical, sino que debe estar basada en el uso del lenguaje y, más concreta-
mente, en el procesamiento.150
Por supuesto que este es un asunto plenamente empírico, en el sentido de
que las propuestas del tipo (1) y (2) no son necesariamente excluyentes. Y no es
este el lugar (ni quien firma esta obra la persona adecuada) para resolver esa con-
troversia.
En mi opinión, no obstante, la argumentación global de Newmeyer es defec-
tuosa, en el sentido de que tiende a confundir la GU, o si se prefiere, la hipótesis
de la GU, con la teoría gramatical. Así, en la misma introducción de su libro dice
que pretende criticar la idea de que “anything internal to Universal Grammar pre-
dicts why some morphosyntactic features are more common crosslinguistically
than other” (2005: ix), para concluir que “Universal Grammar predicts the set of
possible languages, not the set of probable languages” (ibid.).151
Esta afirmación me parece perfectamente razonable y hasta es posible ase-
gurar que así se lo parecería a la mayoría de los lingüistas formalistas, al menos a
los que no interpretan las metáforas literalmente, como por ejemplo, Longobardi
(2003). Ya hemos visto que la idea de una GU consistente en principios gramati-
cales específicos (con o sin parametrización) es insostenible. No sólo porque los
genes especifican proteínas y no propiedades gramaticales, sino porque está claro
que si una lengua expresa una noción morfológicamente y otra lo hace sintáctica-
mente, la GU no tiene nada que decir al respecto.152
Si su afirmación se quedara en esto es evidente que a Newmeyer le hubieran
sobrado quizá hasta 277 de las 278 páginas de su libro (bibliografía incluida). Sin
embargo, su propuesta va más allá. Lo que argumenta detalladamente en realidad
es que tampoco la teoría gramatical tiene nada que decir respecto de la tipología:

“It is not the task of formal grammar to account for the typological variation that we
find across languages” (Newmeyer 2005: 119).

Pero nótese que se trata de dos propuestas distintas y, hasta cierto punto indepen-
dientes.153 Por supuesto que las dos son teóricamente posibles, pero lo que no es
cierto es que los argumentos que demuestran la primera se puedan emplear como

150 Sintomáticamente sólo dedica nueve páginas (119-127) de su libro a demostrar lo segundo y
buena parte de las más de doscientas cincuenta restantes a lo primero.
151 En el inicio del capítulo central de su libro (Parameters, Performance, and the Explanation of
Typological Generalizations) aún es más rotundo: “My goal in this chapter is to launch a
frontal assault not just on the parametric approach to grammar, but also on the very idea that
it is the job of Univeral Grammar per se to account for typological generalizations” (New-
meyer 2005: 73).
152 Véase Wunderlich (2005) para una reflexión sobre aspectos respecto de los que la GU “guar-
da silencio”.
153 De hecho, en este libro hemos argumentado a favor de la primera y en contra de la segunda.

212
argumentos que también prueban la segunda. Sin embargo, esa es la estrategia de
Newmeyer en muchas fases de su extensa e informativa obra.
Es fácil observar esto porque Newmeyer, como acostumbra, es muy claro en
la presentación de las propuestas, tanto las propias como las ajenas. Así, en (4) se
presentan (adaptadas de Newmeyer 2005: 73) las hipótesis que subyacerían a la
aproximación formalista a la teoría lingüística y en (5) la versión que defiende el
autor:

(4) a. Existen principios de la GU (o más recientemente un conjunto de catego-


rías funcionales proporcionadas por la GU) que tienen
b. diferentes opciones paramétricas para diferentes lenguas (lo que da cuenta
de las diferencias particulares de las lenguas)
c. Por lo que (4a) y (4b) dan cuenta de la variación tipológica
d. Queda un residuo de propiedades morfosintácticas marcadas (específicas
de las lenguas)
(5) a. Los principios de la GU no están parametrizados
b. Existen reglas específicas de las lenguas restringidas por los principios de
la GU
c. Los principios extragramaticales dan cuenta de la variación tipológica.

La estrategia de Newmeyer al principio es la misma que hemos seguido en la pre-


sente aportación, rechazando la noción de principios con opciones abiertas prede-
terminadas. Sin embargo, las propias opciones paramétricas sí las recoge Newme-
yer, concretamente en las reglas específicas de las lenguas en (5b).154 Pero si esas
reglas expresan las opciones paramétricas (aunque sea de parámetros que no exis-
ten) habría que pensar, como el propio Newmeyer indica en (5b), que la GU, al
restringir las reglas, está especificando qué tipos de reglas son posibles, lo que
convierte la revisión en algo semejante a un variante notacional.
Donde sí hay una diferencia notable es en la explicación de la variación ti-
pológica, que se seguirá de las opciones paramétricas en el primer caso y de los
principios extragramaticales en el segundo. Lo que tenemos delante es, pues, una
interpretación funcionalista de la teoría paramétrica clásica. Lo que en una teoría
paramétrica pura se intenta basar en restricciones formales (como hemos sugerido
en la teoría paramétrica descrita en la presente obra), en la variante de Newmeyer
se seguiría de principios derivados del uso del lenguaje, ejemplarmente los basa-
dos en el procesamiento.
En otras palabras, que la prueba esencial que ofrece Newmeyer para argu-
mentar su hipótesis de que la teoría gramatical no tiene nada que decir sobre la
tipología es que los factores que determinarían por qué hay ciertas correlaciones

154 “Essentially they [las reglas específicas de las lenguas] are parameter-settings ‘detached’
from the parameters themselves (which are hipothesized not to exist)” (Newmeyer 2005: 74).

213
entre los tipos de reglas que escogen las lenguas no tiene nada que ver con el con-
tenido de las propias reglas, sino que derivan del uso de los sistemas completos.
Como ha quedado dicho, eso es en última instancia un asunto empírico que
no podemos resolver aquí. Lo que sí podemos hacer es intentar mostrar que inclu-
so en el caso de que los factores derivados del procesamiento tuvieran algo que
decir sobre la distribución estadística de las variables entre las lenguas (algo que
no podemos descartar a priori), en modo alguno se sostendría la afirmación de
que la teoría gramatical (o, si se prefiere, la teoría paramétrica que es parte de
aquella) no es parte central de la explicación de la tipología estructural de las len-
guas.
Una nueva analogía con la evolución de las especies nos servirá para aclarar
este punto. Asumamos que la GU es el equivalente de la bioquímica, que la teoría
gramatical es el equivalente de la genética y que los factores externos son el equi-
valente de la selección natural. Es bien cierto que Darwin sabía más bien poco de
bioquímica y de genética (no por desinterés, sino por imposibilidad cronológica),
lo que no le impidió dar una explicación relevante de la diversidad de las especies.
Pero sería sumamente arriesgado decir que ni la bioquímica ni la genética están en
la base de la explicación de cómo es posible que la selección natural funcione y en
la de qué tipos de organismos pueblan la tierra.
Es cierto también que la bioquímica no puede predecir la diversidad de las
especies, ni qué especies existirán o no existirán, ni qué especies serán más fre-
cuentes que otras. Al fin y al cabo desde el punto de vista bioquímico no existen
las especies naturales.
Pero eso no es todo lo que afirma Newmeyer. Como identifica la GU con la
teoría gramatical, lo que estaría afirmando es que tampoco la genética tiene nada
que ver con la explicación de la diversidad de las especies y su distribución, pero
eso sí es inadecuado. Nótese que la analogía aparentemente da la razón a Newme-
yer, ya que como hemos visto, este autor tiende a identificar GU con teoría de la
gramática. Si identificamos entre sí GU con teoría gramatical y a ambas las identi-
ficamos con la bioquímica, entonces Newmeyer tiene razón. El problema central
está, claro, en la genética y en la identificación de la misma con la teoría gramati-
cal, por lo que debemos justificarla.
Quizá otro Gedankenexperiment, algo disparatado, pueda ayudar a entender
a dónde queremos llegar. Imaginemos que situamos en un entorno natural seme-
jante a la sabana africana que vio nacer a nuestra especie una colonia de hormigas
y una colonia de chimpancés y mantenemos la situación varios millones de años:
¿cuál de las dos colonias tendría más posibilidades de producir una repetición del
proceso que dio lugar al Homo sapiens?
Aunque en ambos casos las probabilidades son remotas (evanescentes qui-
zá) parece claro que el segundo grupo estaría en mejor disposición. Pero nótese
que en este caso la selección natural (representada por el entorno) y la bioquímica
son las mismas. Lo único que podría explicar que el grupo de chimpancés fuera a
tener más probabilidad de perder el pelo y medrar la cabeza sería el mero hecho

214
de que éstos últimos ya estarían más cerca del resultado que las hormigas. O en
otras palabras, que el número de mutaciones genéticas que deberían producirse
para derivar un ser humano de una hormiga sería mucho mayor que el necesario
para hacerlo a partir de otro primate.155
En el modelo que hemos propuesto la tipología estructural depende de la na-
turaleza de la configuración gramatical de las lenguas (sus “genes”), luego en
nuestra concepción la explicación última de la tipología estructural de las lenguas
(esto es, de por qué ciertos rasgos tienden a agruparse) no estará en la GU (la bio-
química), que se limita a establecer lo posible y lo imposible (igual que la bio-
química del ADN determina las formas de vida posibles e imposibles), ni en el
uso (la selección natural, que selecciona las variantes más aptas dado un entorno
concreto), sino en la historia gramatical (esto es, en los genes que recogen todas
las variantes seleccionadas en el pasado).
Por supuesto que es muy probable que haya factores extragramaticales que
expliquen la difusión de las variantes, pero que en cualquier caso no serán los fac-
tores extragramaticales los que exclusivamente determinen los cauces de varia-
ción en la estructura gramatical, pues ésta dependerá crucialmente de las agrupa-
ciones puramente gramaticales, esto es, estará constreñida por los sucesos del pa-
sado.
En el modelo que hemos planteado, los parámetros de variación (esto es las
correlaciones tipológicas) tienen que ver con los caminos que se abren o se cierran
al ir fijando ciertas propiedades (y no, crucialmente, con opciones sobre ofertas
previstas de elecciones). En el ejemplo que hemos planteado es muy poco proba-
ble que una estirpe de hormigas siga en, digamos, el próximo millón de años un
camino evolutivo de encefalización que dé lugar a una especie análoga cogniti-
vamente al ser humano. Pero eso es improbable no sólo por factores externos o
ambientales, sino crucialmente porque el ADN que instruye el desarrollo de una
hormiga va tomando decisiones que cada vez hacen menos probables la serie de
cambios que darían lugar a una hormiga con 1.500 centímetros cúbicos de encéfa-
lo. Dicho en términos más crudos: aunque es sumamente improbable que un
chimpancé dé a luz un ser humano, aún es todavía muchísimo más improbable
que de un huevo de hormiga salga un feto humano. La concepción de los paráme-
tros como nichos jerárquicos de propiedades gramaticales vinculadas refleja, sin
asumir diferencias de marcación ni beneficios de procesamiento o funcionales,
cómo ciertas soluciones se van haciendo más o menos probables, o imposibles,
conforme se desarrolla el objeto en cuestión, algo que, como hemos señalado re-
iteradamente, nos puede proporcionar una información crucial sobre la propia
estructura de la FL.

155 Por otra parte, que haya más especies de hormigas que de primates quizá no sea atribuible
únicamente a los trabajos de la selección natural, pero ese es un asunto para los biólogos.

215
Cabe recordar ahora que cuando hemos discutido la JP de Baker hemos visto que
en cierto modo los tipos menos frecuentes se seguían de la necesidad de seleccio-
nar más opciones paramétricas concretas. Y también que hemos asumido que los
parámetros de Baker no son opciones sobre principios de la GU, sino conglome-
rados de propiedades morfológicas correlacionadas como resultado de la historia
gramatical. De manera interesante en este contexto, Harris (2008) ha mostrado,
basándose en ciertas lenguas del Cáucaso, que la explicación de la existencia de
estructuras tipológicas poco frecuentes o raras puede ser simplemente histórica, en
el sentido de que dichas estructuras dependerán de la concurrencia de determina-
dos cambios históricos en la gramática de las lenguas. En general, como observa
la autora, “the more changes are involved, the less likely all will happen to co-
occur” (2008: 76).156
En este contexto la siguiente afirmación de Newmeyer, que resume el nú-
cleo de su tesis, resulta inaceptable, por demasiado simple:

“The degree of grammatical variation is in fact highly constrained, but much more
by performance factors than by UG” (2005: 75)

Eso sería tanto como decir que los únicos límites a las formas de vida existentes
son la bioquímica y la selección natural. Por supuesto que son límites, pero no los
únicos, ni probablemente los más interesantes en ciertos niveles.
En esta discusión de la teoría de Newmeyer estoy asumiendo que podemos
distinguir nítidamente entre la estructura gramatical y los sistemas de procesa-
miento, siguiendo en ello precisamente a Newmeyer, pero no está claro en qué se
basa la distinción que establece entre las generalizaciones gramaticales y las gene-
ralizaciones tipológicas, toda vez que las generalizaciones tipológicas estructura-
les se basan en la comparación de las gramáticas:

“Grammatical generalizations and typological generalizations belong to two differ-


ent domains. Generative grammar provides a theory of mental representations of ab-
stract grammatical structure and the operations that can be performed on that struc-
ture. But typological generalizations are frequency effects and implicational rela-
tionships pertaining surface configurations. That is, they belong to the domain of E-
language, not of I-language” (Newmeyer 2005: 118-119).

De nuevo parece que falta un nivel intermedio de complejidad: la propia facultad


del lenguaje de cada persona.

156 Así, concluye: “It is the fact that so many specific factors or changes must co-occur or occur
sequentially in an appropriate order that explains the infrequency of these constructions, and
no further explanation is nedeed. Many typological unusual constructions can be explained as
uncommon combinations of common changes. In this sense, they are the result of historical
accident” (Harris 2008: 76).

216
El empeño de Newmeyer en negar que la gramática generativa tenga algo que
decir sobre la tipología de las lenguas se explica por su identificación entre la teo-
ría gramatical y la GU. Así, afirma que como las generalizaciones tipológicas no
son aprendidas inductivamente por el niño ni son plausiblemente innatas, debe-
mos concluir que no son parte del conocimiento del lenguaje, por lo que resuelve
que “it is not within the province of generative theory to account for typological
generalizations” (Newmeyer 2005: 118), que viene a ser lo mismo que afirmar
que como el color de la sangre no está codificado genéticamente en los seres
humanos, pues que la genética no tiene nada que decir sobre la evolución y pro-
piedades de nuestro sistema circulatorio.
En mi opinión buena parte de los problemas del planteamiento de Newme-
yer se derivan de intentar hacer compatibles dos teorías gramaticales distintas.
Porque la propuesta de Hawkins (2004) -a la que remite para justificar su plan-
teamiento- es en realidad una teoría gramatical, en este caso funcionalista. La
hipótesis esencial de Hawkins es que la gramática es una convencionalización de
las preferencias de actuación lingüística,157 lo que la convierte en una teoría gra-
matical concreta y no en un supuesto modelo de procesamiento “gramaticalmente
neutral”. Por ello Newmeyer, cuando dice que no es la teoría gramatical la que
tiene que explicar la tipología estructural de las lenguas, sino que eso es un asunto
del estudio del uso del lenguaje, lo que en realidad está haciendo es decir que hace
falta una teoría gramatical funcionalista para eso. Por supuesto que esa es una
opción legítima (y la obra de Hawkins es de gran solidez), pero entonces el nivel
de la discusión es otro, no ya de si la gramática tiene algo que ver, sino qué tipo
de gramática es mejor para esa tarea.158
La pretensión de que sólo los factores de procesamiento (según el modelo
de Hawkins) son responsables de las agrupaciones tipológicas choca directamente
no sólo con la teoría paramétrica clásica (como argumenta detalladamente New-
meyer), sino también con los desarrollos posteriores de la misma.
En el modelo que hemos propuesto los factores de procesamiento, en la me-
dida en que determinen el uso de las construcciones gramaticales en ciertos con-
textos, pueden tener una influencia en la explicación de la distribución de ciertas
configuraciones tipológicas (fundamentalmente en el proceso de cambio históri-
co), pero el planteamiento básico es que la fuente de la variación estructural entre
las lenguas es esencialmente morfoléxica y que no podemos descartar la posibili-

157 Véase Mendívil (2003: cap. 3) para una discusión de esta propuesta y una crítica a la asun-
ción de que los “requisitos de procesamiento” son más reales o empíricos que los “principios
gramaticales”. Nótese que la postura de Hawkins (2004) también es innatista. La diferencia
es que para él lo innato no es lo gramatical, sino los sistemas de procesamiento que luego
procesan la gramática, lo que en el fondo se convierte en una guerra de denominaciones.
158 Al margen de la incongruencia inherente a la pretensión de que la gramática generativa sería
adecuada para describir las lenguas y la gramática funcionalista para compararlas.

217
dad de que algunas agrupaciones tipológicas sean consecuencia de las correlacio-
nes entre esos factores de variación.
De esto se sigue que un factor fundamental en la determinación del tipo lin-
güístico de una lengua dada sea la historia, esto es, los diversos procesos de cam-
bio lingüístico que dan lugar a la variación en la determinación de la estructura de
los sistemas de interfaz (especialmente los relacionados con la morfología y el
léxico si de tipología estructural se trata).
Consideremos un ejemplo concreto de los que discute Newmeyer para acla-
rar este punto. Como el propio autor señala, una correlación interlingüística muy
robusta es que en las lenguas con orden VO es mucho más frecuente que las pala-
bras interrogativas (como quién, qué, cuánto, etc.) se muevan al principio (como
en español), mientras que en las lenguas con orden OV es mucho más frecuente
que las palabras interrogativas se queden en su sitio (como en japonés). Una ex-
plicación gramatical de ese hecho es la de Kayne (1994). Ya sabemos que Kayne
propone que todas las lenguas son originariamente E-N-C, lo que predice un or-
den SVO. Como hemos visto, una manera de justificar la existencia de lenguas
SOV es estipular un movimiento de parte del SF al especificador del complemen-
tante (véase Kayne 1994 para los detalles, ahora irrelevantes). Si el especificador
del complementante está ocupado, entonces se explica por qué en las lenguas del
tipo OV es mucho menos frecuente el movimiento al inicio de esas palabras inter-
rogativas. La objeción que ofrece Newmeyer (2005: 106) a esa explicación no se
basa en rechazar algún supuesto o en denunciar un mal análisis, como sería espe-
rable, sino en negar la hipótesis de partida por el hecho de que la teoría de la asi-
metría de Kayne debería predecir que hay muchas más lenguas del tipo SVO que
del tipo SOV, lo que ciertamente no es el caso.
Pero al margen ahora de si Kayne tiene razón o no (su análisis es sin duda
complejo y controvertido), lo relevante es que Newmeyer rechaza la hipótesis
ignorando la gramática. De alguna manera Newmeyer está dando a entender que
la historia gramatical no cuenta y está ignorando las causas por las que una lengua
puede ser OV. Si, como sugiere Kayne el orden OV es derivado por ciertos mo-
vimientos y si, en efecto, las lenguas OV son típicamente más complejas morfoló-
gicamente, entonces no hay razón para exigir la predicción de que una lengua VO
tiene que ser más probable: lo que se predice, correctamente, es que entre las len-
guas VO, las que tengan, por ejemplo, concordancia de objeto serán minoría, lo
que es el caso. En otras palabras, lo que la hipótesis de la asimetría predice, al
establecer una correlación motivada entre la morfología flexiva y el orden de pa-
labras, es que ciertas propiedades gramaticales en ciertos tipos de lenguas serán
más probables que otras. Pero la explicación es gramatical, aunque pueda concu-
rrir, en un momento u otro del proceso, el efecto del uso del lenguaje o el efecto
del procesamiento.
La apelación al procesamiento y en general a factores externos de uso para
explicar las correlaciones tipológicas tiene un problema esencial, y es que los sis-
temas de procesamiento serán los mismos independientemente de la gramática.

218
Pero si los sistemas de procesamiento son los mismos ejercerán la misma presión
en todos los seres humanos, lo que predice uniformidad. Para escapar de esta con-
clusión los funcionalistas suelen recurrir, al igual que hemos visto que sucede
cuando se trata de explicar los cambios lingüísticos, al modelo de las presiones en
conflicto, de manera que la variación observada se justifica porque algunas len-
guas han cedido más a unas presiones que otras, que a su vez se han visto someti-
das a mayor presión de otro tipo.159 La falsabilidad de estas just-so-stories es muy
discutible y recuerda a muchos pasajes análogos en el discurso neodarwinista, que
por ello Gould y Lewontin (1979) calificaron de panglossiano.
De hecho, el modelo de Newmeyer predice que lo más probable (esto es, lo
más frecuente) es lo que mejor se procesa, pero siempre cabe la duda si no habre-
mos decidido qué es lo que mejor se procesa a partir de lo más probable.
No es mi intención negar que las presiones funcionales puedan tener un
efecto en los sistemas gramaticales, pero el mero hecho de que el efecto sea dife-
rencial es una prueba de que la estructura gramatical ya determina qué presiones
pueden o no pueden afectar a qué partes del sistema, con lo que la exclusión de
los factores puramente gramaticales resulta claramente precipitada.
Por otra parte, no siempre es tan fácil como sus proponentes dan a entender
distinguir los principios del procesamiento de los principios gramaticales. De
hecho, no es costumbre de estos autores (p.e. el mencionado Hawkins 2004 o Gi-
vón 1991) considerar cómo evolucionaron los procesadores en la especie, qué
grado de variación cultural tienen, cómo y con qué tipo de estímulo se desarrollan
en el individuo y de qué manera actúan en otras tareas cognitivas.160 Por ejemplo,
el principio de Hawkins discutido por Newmeyer (2005: 123-124) según el cual
las gramáticas están diseñadas para reducir el tiempo de reconocimiento de los
constituyentes (que le sirve para explicar la relativa frecuencia de la consistencia
en la dirección del núcleo) podría concebirse no como gramatical, sino como una
presión en las gramáticas (aunque habría que demostrar que actúa fuera del proce-
samiento del lenguaje, claro está), pero en todo caso el sistema opera sobre repre-

159 “The idea that cross-linguistic differences are due to different weightings of conflicting
forces has been present in the functionalist literature for a long time” (Haspelmath 2006: 13).
Véase precisamente Newmeyer (1998: 137 y ss.) para un ataque a ese modelo de explicación.
En otra obra posterior afirma: “since for any functional factor there exists another factor
whose operation would lead to the opposite consequence, the claim that some particular func-
tional factor ‘explains’ some particular instance of language change has the danger of being
empty” (Newmeyer 2003: 32-33).
160 Hay muchas preguntas que a menudo no se hacen en este tipo de aproximación: ¿el procesa-
dor es idéntico para todas las lenguas? ¿Se desarrolla en relación con el entorno o de manera
totalmente independiente? ¿El procesador es lingüístico o sirve para tros tipos de estímulos?
¿Emplea en esos casos los mismos principios? ¿Hay una tipología de la percepción de las
formas geométricas o de los paisajes? ¿Cómo se conecta el procesador con las entidades lin-
güísticas? ¿Qué tipo de entidades o constituyentes reconoce el procesador? Etc.

219
sentaciones gramaticales, y éstas son sistemas complejos con muchas más propie-
dades que las potencialmente visibles para los procesadores.161
Según Newmeyer (2005: 119) no tenemos más razones para pensar que la
GU deba explicar por qué hay más lenguas VO que OV que para explicar por qué
algunas lenguas tienen más expresiones honoríficas que otras o más préstamos
léxicos que otras. Es fácil estar de acuerdo en eso (ya que en el momento en que
hay lenguas OV y VO está claro que la GU no dice nada al respecto). Pero en mo-
do alguno se puede aceptar que se traten los tres asuntos del mismo modo. Por
supuesto que desde un punto de vista puramente tipológico los tres factores podrí-
an tener un mismo tratamiento estadístico, y los tres pueden estar expuestos en su
variación a fenómenos externos comunes, tales como la difusión zonal de rasgos,
las migraciones, etc.162
Lo que no parece admisible es que el primer tipo de variación se trate como
las otras dos en todos los sentidos, como si los tres fueran ajenos a la gramática en
la misma medida. En otras palabras, es posible que la GU no tenga nada que decir
sobre la mayor o menor frecuencia de las lenguas VO frente a OV, pero sí en la
determinación de la propia ontología de la variante, a diferencia quizá de los otros
casos.
Siguiendo la estrategia expositiva de Newmeyer podríamos resumir en la
tabla siguiente la perspectiva que creemos más adecuada:

(6) a. La GU determina lo posible


b. Lo probable está determinado por la historia
c. La historia está constreñida por:
- Contingencias históricas, “cuellos de botella”, etc.
- Procesamiento y otros factores funcionales
- La propia GU como conjunto de requisitos de funcionamiento del
sistema que vincula la FLN y la FLB
d. Luego lo probable no es sólo una cuestión de historia y procesamiento.

Nótese que la conclusión que emerge de la presentación de (6) comparte algunas


conclusiones con la de Newmeyer de (5) que hemos criticado. No sólo en lo to-
cante al papel regulador general de la GU de definir el conjunto de gramáticas

161 Algo similar se aplicaría a las jerarquías funcionalmente motivadas, tan del gusto de los auto-
res funcionalistas, tales como la jerarquía relacional de Keenan y Comrie (1977) o la jerar-
quía de animación de Dixon (1994). ¿Cómo es posible decidir que dichas jerarquías son ex-
ternas a la FL? En muchas ocasiones dichas jerarquías no son pruebas de la naturaleza extra-
gramatical de las restricciones gramaticales, sino que son ellas mismas parte de la FL, tal y
como argumenta Kiparsky (2008).
162 Curiosamente sería el propio Newmeyer el que no estaría de acuerdo, ya que él sí propone un
tipo de explicación funcional para el primer caso que no se aplicaría (imaginamos) a los otros
dos.

220
posibles e imposibles, sino también en parte al papel de la teoría gramatical. Así,
tampoco queremos defender que la teoría gramatical deba predecir las variables.
La tarea de la teoría gramatical no puede ser otra que caracterizar la estructura
formal de las lenguas e intentar determinar la naturaleza de dicha estructura según
los requisitos de adecuación descriptiva y explicativa. Este segundo objetivo im-
plica crucialmente la tarea comparativa (tanto en el espacio como en el tiempo), y
ahí es donde empieza la conexión entre la teoría gramatical y la tipología lingüís-
tica. La teoría paramétrica es pues una parte de la teoría gramatical orientada a la
explicación de la tipología, al menos de la tipología que se basa en propiedades
formales o gramaticales de las lenguas.163
Cuando en el capítulo 13 hemos discutido la noción de GU, hemos plantea-
do que si comparamos la GU con el genoma de las lenguas la idea de una GU
previa al desarrollo de una lengua en particular es absurda, ya que no existe un
genoma que no lo sea de alguna especie en particular. Esto es, no existe un “ge-
noma universal” que luego se va modificando para dar un caballo o un diente de
león. Pero eso no significa que los caballos o los dientes de león no estén restrin-
gidos drásticamente por la bioquímica del ADN en el que se expresan los geno-
mas, ni significa que las formas de vida puedan variar libremente. La teoría para-
métrica es la teoría sobre cómo ciertas propiedades de la FL de las personas con-
dicionan a otras, dentro del límite impuesto por la GU. Pero entonces quizá no
deberíamos concebir la GU como el estado inicial de la FL, sino más bien como el
conjunto de principios naturales que, en circunstancias normales, garantizan que -
dado el estímulo suficiente- se desarrolle la FL en la mente y en el cerebro de cada
persona.
El hecho de que los órganos del lenguaje de las personas varíen correlati-
vamente y el que estas correlaciones sean independientes de la cultura, de la histo-
ria de cada pueblo, y en muchos casos hasta de las protolenguas remotas, señala
hacia una fuente puramente formal de, al menos, parte de dichas correlaciones.
En (6b) hemos planteado que lo que determina lo probable es la historia. No
puede ser de otra manera, tanto desde el punto de vista tipológico general como
desde el punto de vista de la tipología gramatical. Pero nótese que, al menos en lo
que respecta a la historia de las construcciones gramaticales, la historia está cons-
treñida por la propia gramática.
Consideremos, por ejemplo, el parámetro polisintético de Baker. Incluso en
el caso de que creyéramos que realmente existe un principio de la GU que especi-
fica dos posibles valores, es evidente que la selección positiva del parámetro exi-
girá que la lengua del entorno disponga de afijos pronominales que se adjunten al
verbo, o al menos de elementos susceptibles de ser reanalizados como tales. Esto
es, para que una lengua sea tipológicamente polisintética antes han debido aconte-

163 Otra manera de expresarlo sería afirmar que la teoría paramétrica tiene como objetivo dotar a
la teoría gramatical de adecuación tipológica (véase Bickel 2005 para esta noción).

221
cer procesos históricos específicos en la morfología de la lengua y si éstos no han
sucedido, la adopción de un determinado tipo es imposible o altamente improba-
ble. La teoría gramatical tiene que describir y predecir las correlaciones relevan-
tes, pero obviamente no tiene que predecir si habrá muchas o pocas lenguas poli-
sintéticas, que será algo que dependerá de factores externos (no ya a la FL, sino a
la propia mente).
Ahora bien, el hecho de que haya lenguas que habiendo evolucionado inde-
pendientemente durante miles de años acaben teniendo una estructura muy similar
es muy significativo (por decirlo así, demuestra que hay muchas menos estructu-
ras posibles que lenguas). Nótese que eso no sucede por ejemplo en el léxico. Lo
esperable de lenguas que han evolucionado independientemente es que tengan
léxicos muy diferentes.164 Si todas las partes de una lengua evolucionaran de la
misma manera, entonces deberíamos esperar que al igual que las palabras adquie-
ren sus significados gradualmente y se van acoplando a la cultura que las usa,
también las estructura gramaticales deberían hacerlo, pero no es así en absoluto.
Si algunos aspectos del léxico y la fraseología se comportan como bolas de billar,
la estructura gramatical se comporta como los poliedros de Galton.
Es en ese sentido en el que decimos que la historia está constreñida por la
GU, no porque lo esté directamente, sino porque las condiciones que impone la
GU para que se construya una FL y las propiedades concretas de los distintos
componentes de la FL restringen drásticamente las direcciones del cambio lingüís-
tico estructural.
Una conclusión similar alcanza Kiparsky (2008), quien plantea que frente al
programa de investigación que busca las causas de las generalizaciones tipológi-
cas en los procesos históricos recurrentes, se debe situar el programa estructuralis-
ta de buscar en la otra dirección: que la manera en que las lenguas cambian de-
pende de las propiedades estructurales.
Enmarcada en ese programa es en el que resulta relevante la propuesta sobre
el papel de la historia en la determinación de lo probable de Longbardi (2003).
Así, según este autor, si la respuesta a la pregunta ¿Qué son las lenguas actuales?
se incardinaría en lo que Chomsky denomina la adecuación descriptiva y la res-
puesta a la pregunta ¿Cuáles son las lenguas biológicamente posibles? se relacio-
naría con lo que Chomsky denomina adecuación explicativa, la pregunta siguiente
¿Por qué tenemos precisamente las lenguas actuales y no otras? dependería de la
adecuación histórica, que para este autor está un peldaño por encima de la ante-
rior (y sólo un peldaño por debajo de la adecuación evolutiva, que sería la necesa-

164 Como señala Baker (2001: 115) es muy poco probable que un diccionario mohaqués-inglés
nos pueda servir también como diccionario del mayalí-inglés, pero una gramática del moha-
qués puede servir como una buena aproximación inicial a la gramática del mayalí, aunque no
del inglés.

222
ria para responder a la pregunta de por qué tenemos las lenguas biológicamente
posibles y no otras).
Que la explicación de por qué (dentro de las posibles) existen las lenguas que
existen y no otras sea histórica no se puede realmente poner en duda. La hipótesis
de que la historia está formalmente restringida (según un modelo antineodarwinis-
ta) es la que convierte a la teoría paramétrica en una fuente insoslayable de ade-
cuación tipológica de la teoría gramatical. En este sentido se podría decir que la
adecuación histórica y la adecuación tipológica son dos caras de la misma mone-
da.
En el modelo que hemos expuesto basado en la JP y en la HPL, el input ge-
neralmente restringe drásticamente las diversas opciones para el desarrollo de la
FL, esto es, acota aún más el espacio de diseño, dando la sensación de que estos
espacios están de alguna manera constreñidos externamente. Pero esta es una falsa
sensación. La hipótesis más razonable es que el desarrollo de la FL en el caso
normal está doblemente constreñido: primero, por la propia GU biológicamente
determinada, lo que incluye no sólo la FLN (en caso de que exista), sino también
la naturaleza de los sistemas cognitivos, perceptivos y motores que interactúan
para formar el sistema de conocimiento que llamamos lengua-i. El aprendiz de
una lengua debe memorizar un lexicón sistemático y emparejar significados y
sonidos de acuerdo con restricciones propias de esos sistemas. De todos esos sis-
temas emergerán las propiedades que llamamos universales absolutos. Pero la
manera concreta en que se agrupan sonidos y sentidos está además constreñida, y
en mucha medida determinada, por la cultura ambiental.
En este caso tiene razón Longobardi al situar la adecuación histórica de la
teoría gramatical en tan alto nivel. Hemos asumido, siguiendo la HPL, que la tipo-
logía estructural se sigue en buena medida de la presencia o ausencia de ciertos
rasgos asociados a determinadas categorías funcionales. En la medida en que esta
caracterización funcione bien empíricamente se debe considerar descriptivamente
adecuada, pero la adecuación explicativa más profunda vendrá de la explicación
histórica en cada caso particular de las causas históricas para la presencia o ausen-
cia de dichas configuraciones de rasgos en las lenguas. Aunque quizá Longobardi
incurra en el error de ignorar la relevancia del proceso de adquisición (en el senti-
do de que la historia de los sistemas lingüísticos está determinada crucialmente
por los procesos restringidos y selectivos de adquisición del lenguaje), es induda-
ble, como sugiere el texto que encabezaba este capítulo, que la explicación de la
tipología no puede desvincularse de la historia de las lenguas.

223
224
20. Conclusiones: las lenguas como cristales, como arte-
factos y como documentos
While synchronic states are (within limits) ‘law-
ful’, history is by and large contingent
Roger Lass

Ha observado Baker (2001) que el hecho de que exista una FL naturalmente con-
dicionada en nuestra especie no es algo misterioso. Tampoco le resulta misterioso
que, a pesar del condicionamiento natural para el lenguaje, el léxico de las lenguas
varíe. Pero sí considera este autor un misterio que, si existe dicho condiciona-
miento, la gramática de las lenguas presente variación. Por emplear su propia ana-
logía: ¿por qué una receta innata para el lenguaje humano debería permitir una
variación tan profunda?
Uno de los objetivos de esta obra ha sido precisamente plantear una aproxi-
mación que convierta ese misterio en un conjunto de problemas (según la célebre
distinción chomskiana). Ciertamente, la existencia de una GU con opciones prefi-
jadas (un planteamiento que mantiene Baker implícitamente) sería un misterio de
difícil solución.
La estrategia para convertir un misterio en un problema no ha sido la de ne-
gar el condicionamiento natural (lo que acarrearía nuevos problemas), ni la de
negar la diversidad, que es manifiesta. Por tanto, nos hemos apartado de las res-
puestas de (1) y de (2) con las que comenzábamos, y nos hemos centrado en la de
(3).
La receta que hemos propuesto para abordar la diversidad y el cambio en la
unicidad ha sido la de adoptar una concepción minimalista de la FL y, sin embar-
go, mantener la noción de macroparámetro aparentemente incompatible con la
misma. Para ello hemos propuesto integrar la JP de Baker en una concepción mor-
foléxica de la diversidad estructural de las lenguas. Una hipótesis central es que la
sintaxis en sentido estricto, esto es, el sistema computacional responsable de la
unicidad y especificidad del lenguaje, es inmune al cambio y, por tanto, a la varia-
ción.165
La variación lingüística, en todo caso, no es un fenómeno superficial, sino
que es el resultado de diferentes maneras, formalmente restingidas e históricamen-
te condicionadas, de enlazar dicha sintaxis con el resto de componentes de la FL.
Se ha sugerido entonces que el locus más probable para dicha variación serán las
interfaces entre la FLN y el resto de FL (esto es, FLB). Haciendo nuestra la HPL
hemos asumido que la variación en el desarrollo ontogenético de dichas interfaces
se manifiesta expresamente en la configuración morfológica de las categorías fun-
cionales con las que el sistema computacional relaciona sistemáticamente sonidos

165 Véase Longobardi (2001) para una concepción inercial (de inerte) de la sintaxis.

225
y sentidos. La regularidad en la variación (la tipología) se ha analizado como el
resultado del efecto del aprendizaje iterado (cambio lingüístico) junto con factores
restrictivos generales, tanto funcionales como, especialmente, específicamente
gramaticales. Entre estos últimos hemos visto que la JP puede ser una caracteriza-
ción tentativa promisoria de cómo esos factores determinan las configuraciones
posibles señalando caminos abiertos y caminos cerrados en una concepción anti-
neodarwinista de la evolución de los sistemas complejos.
Hemos concluido pues que la diversidad lingüística, especialmente la diver-
sidad estructural, es consecuencia del cambio lingüístico. Como rezan las sabias
palabras de Lass que encabezan este capítulo de conclusiones (1980: 119), aunque
los estados sincrónicos de las lenguas está estrechamente regulados, la historia es
en buena medida contingente, lo que nos ha llevado a un rechazo general de la
explicación motivada del cambio lingüístico y, en consecuencia, de la diversidad
de las lenguas.
En la primera parte de esta obra se ha propuesto una versión de la compara-
ción entre lenguas y especies que nos permite concluir que unas y otras son enti-
dades de la misma naturaleza formal (objetos naturales históricamente modifica-
dos). A ese respecto hemos contrastado las dos principales concepciones de la
teoría evolutiva moderna. Veíamos entonces (capítulo 4) que George C. Williams
(1992) ha planteado que la visión antineodarwinista, con su confianza en las leyes
generales de la naturaleza para condicionar y hasta determinar -en parte- la estruc-
tura de los seres vivos, sostendría una concepción del organismo-como-un-cristal,
mientras que la visión neodarwinista, con su confianza en la adapación, sostendría
una concepción del organismo-como-un-artefacto. Pero añade además una tercera
concepción del organismo, la del organismo-como-documento.166 La visión del
organismo como un documento no es incompatible con ninguna de las otras dos y
tiene que ver con la naturaleza histórica de los seres vivos. Así, el propio Williams
recuerda precisamente que con frecuencia muchos rasgos de los seres vivos no
son especialmente funcionales e incluso no son adaptativos. Menciona concreta-
mente el hecho de que todos los vertebrados estén expuestos al ahogamiento por
el hecho de que los sistemas respiratorio y digestivo se cruzan en la garganta (un
rasgo acentuado especialmente en los humanos por la adaptación para el lenguaje
representada por el descenso de la laringe). Dicha propiedad sólo tiene sentido
desde el punto de vista del organismo como un documento, esto es, como un lega-
do histórico recogido por el organismo como herencia de un antepasado en el que
la parte anterior del tracto alimenticio se modificó para formar un sistema respira-
torio antes innecesario. En la explicación de la evolución los tres puntos de vista
son relevantes y, de acuerdo con nuestra hipótesis, los tres deberían ser relevantes
en la expliación de la estructura de las lenguas. De hecho, la perspectiva del orga-

166 “An organism-as-document approach should also be recognized for biologists interested
mainly in unique evolutionary histories” (Williams 1992: 6).

226
nismo como documento, esto es, de las leguas como documentos, es la perspecti-
va relevante desde el punto de vista de la lingüística histórica y de la tipología de
las lenguas, según la visión que hemos desarrollado en esta obra.
Según hemos visto, la concepción chomskiana, especialmente la minimalis-
ta, se decantaría más por una visión de las lenguas análoga a la del cristal y la
aproximación funcionalista por una visión basada en el modelo del artefacto. Pero
no tienen por qué ser visiones incompatibles en la medida en que las lenguas son
objetos muy complejos. Lo que hemos sugerido es que en la explicación del cam-
bio y la tipología estructural de las lenguas el punto de vista interesante es el de
las lenguas como documentos.167
Hemos identificado los genes de las lenguas con los parámetros (entendidos
en el sentido propio de propiedades formales correlacionadas), lo que significa
que la clave para la explicación de la diversidad de las lenguas está precisamente
en la aproximación a éstas como documentos, y no en la aproximación a las mis-
mas como cristales o como artefactos, por mucho que sean también ambas cosas.
Más concretamente hemos sugerido que la diversidad estructural de las lenguas es
precisamente el resultado de los cambios lingüísticos que afectan a la variación en
la configuración de los sistemas de interfaz entre los módulos o sistemas invaria-
bles.
Lo que esto implica es que en realidad la FL de cada persona es distinta
(aunque será muy semejante en personas que hablan la misma lengua). El hecho
de que dicha FL varíe sistemáticamente nos habla de un sistema constreñido, esto
es, nos habla de un número finito de posibles configuraciones entre sus compo-
nentes. Es por ello que hemos propuesto que el estudio de la diversidad estructural
de las lenguas es una vía de acceso privilegiada para desentrañar los componentes,
factores y propiedades que integran esa facultad humana.
El modelo presentado sería compatible con el escenario evolutivo planteado
por Piatelli-Palmarini y Uriagereka (2004), quienes relacionan la propia diversi-
dad lingüística no sólo con el surgimiento evolutivo de la morfología (flexiva),
sino con el propio surgimiento de la sintaxis humana moderna. De ser correcto su
especulativo planeamiento, la diversidad de las lenguas no sólo sería, como hemos

167 Carstairs-McCarthy (2008: 75) ha suegrido que las tres visiones del organismo mencionadas
por Williams corresponden exactamente a la distinción formulada por Chomsky (2004b)
acerca de las condiciones inciales para la adquisición del lenguaje, según la cual éstas son de
tres tipos: (i) las derivadas de leyes generales, (ii) las derivadas de las condiciones de interfaz
y (iii) las inexplicadas. Carstairs-McCarthy se refiere al fenómeno de la evolución del lengua-
je, al que aquí no hemos prestado antención, y sugiere que la concepción del lenguaje como
un documento correspondería a la clase (iii) de Chomsky, esto es, que es posible que ciertas
propiedades de la FL procedan de accidentes históricos (evolutivos) anteriores.

227
concluido, una puerta de acceso privilegiada a la FL humana, sino también la cla-
ve de su propia evolución en la especie.168
Al margen de esa conclusión general, lo que realmente es relevante de esa
propuesta para la que hemos esbozado en estas páginas es la vinculación que estos
autores establecen entre la variación lingüística (más bien habría que decir proto-
lingüística) y el surgimiento de la morfología.169
El argumento completo de Piatelli-Palamarini y Uriagereka se basa de
hecho en dos hipótesis fundamentales: (i) que la morfología se originó a causa de
la variación lingüística y (ii) el surgimiento de la morfología dio lugar a la sintaxis
moderna, esto es, dependiente de la estructura.
Según la hipótesis de (ii) la emergencia de la sintaxis moderna sería una
respuesta al uso de la morfología, esto es, una inmunización frente a la morfología
(“the origin of morphology, which sets the logic of the ‘immune syntax’” p. 367).
Aunque esta es la hipótesis más llamativa y ambiciosa (a la vez que muy es-
peculativa) de Piatelli-Palmarini y Uriagereka, es la de (i), según a cual el origen
de la morfología está basado en la variación proto-lingüística, la que nos interesa
centralmente.
Piatelli-Palmarini y Uriagereka hacen un uso muy específico del término
morfología, en el sentido de que se refieren esencialmente a la flexión y más es-
pecíficamente aún a las marcas de concordancia en el verbo. De acuerdo con un
modelo de sintaxis minimalista, los rasgos nominales del verbo (rasgos phi) se
pueden considerar rasgos redundantes, esto es, no interpretables en la interfaz C-I,
que han sido introducidos como un virus en la derivación que, por tanto, debe
eliminarlos, dando así lugar a diversas operaciones sintácticas que, como hemos
visto, pueden provocar patrones de diversidad estructural. En su interpretación el
origen de esa introducción innecesaria (“vírica” en su analogía) de rasgos no in-
terpretables sería el resultado del procesamiento sintáctico por parte de niños en
contextos bilingües o multilingües de diversas variantes de protolenguaje.170

168 Incluso sugieren que el mero hecho de la existencia de la diversidad de las lenguas indica
que, frente a otras propuestas, la FL y más concretamente la FLN sería el resultado de un
proceso evolutivo reciente en la historia de la humanidad: “The fact that variation exists, in
itself, is a strong argument for the recent evolution of FLN. It would appear that variation in
something which is used (even if partially) for communication purposes should have been
weeded out by evolution, assuming it doesn’t aid communication. However, if FLN has
emerged very recently and core variation is tied up to it, evolution hasn’t had the time to
eliminate it” (Piatelli-Palmarini y Uriagereka 2004: 367).
169 El término protolingüístico del texto no se refiere al uso estándar en lingüística histórica de
protolengua, sino a la noción evolutiva de protolenguaje (véase Bickerton 1990) que designa
la FL anterior a los humanos modernos (según el modelo de Bickerton, un sistema consisten-
te esencialmente en un léxico y una pragmática rudimentaria, pero sin sintaxis).
170 La idea básica es que, por ejemplo, un tópico desplazado se podría reanalizar como un objeto
si el hablante asume otro orden de palabras básico, con lo que el pronombre que lo duplicaba

228
Al margen del destino que puedan tener hipótesis tan poco sujetas a falsación em-
pírica, no deja de ser interesante la posibilidad de que los cauces más notorios de
diversidad estructural en las lenguas humanas, que hemos situado en nuestra pro-
puesta en la morfología (entendida como un conjunto de representaciones léxicas
en las interfaces), pudieran haber estado ahí desde el mismo origen evolutivo de la
FL del ser humano moderno y, además, que hubiera sido la propia diversidad lin-
güística el factor central en su desarrollo evolutivo.
A lo largo de toda esta obra hemos asumido que la sintaxis no es un hecho
cultural anidado en las lenguas, ni es la respuesta a las presiones externas, sino
que es el núcleo esencial del lenguaje, que está naturalmente condicionada y que
es insensible al entorno, al cambio y a la variación. Por el contrario, hemos asu-
mido que es la morfología la responsable de buena parte de la diversidad estructu-
ral de las lenguas. Desde este punto de vista la morfología se podría caracterizar
como el efecto secundario de la relación entre los componentes de la FL.
Al asumir que la sintaxis (como componente central de la FLN) es universal
debemos rechazar la visión de las lenguas como (exclusivamente) sistemas cultu-
rales complejos que se transmiten de generación en generación (véase Kirby 1999,
Kirby et al. 2004).171 Sin embargo, la morfología de las lenguas sí podría contar
como un fenómeno de naturaleza esencialmente histórica, que varía a través del
aprendizaje iterado, aunque siempre a través de las restricciones derivadas de la
propia arquitectura formal de los componentes de la FL y, por tanto, en última
instancia, de la GU.
La siguiente lista recoge las principales consecuencias que se seguirían de
ser la presente aproximación al cambio lingüístico y a la teoría paramétrica co-
rrecta y se ofrece como una propuesta de lo que nos dice la diversidad de las len-
guas en el tiempo y en el espacio sobre la FL:

La GU no es el estado-0 previo a la lengua-i, sino una denominación arbi-


traria para el condicionamiento natural específico en el desarrollo de la FL.
Su función es análoga a la del código químico del ADN que expresa el ge-
noma de las especies naturales.
Los principios que determinan las propiedades estructurales de las lenguas
no están parametrizados. Los parámetros son el equivalente de los genes
en los organismos naturales: bloques de información históricamente modi-
ficada que determina el desarrollo del organismo dentro de los límites de
la bioquímica del ADN. En este sentido la diversidad de las lenguas es un

quedaría sin función y se tendría que procesar como concordancia. De hecho, esa es la hipó-
tesis de Givón (1976) sobre el origen de la concordancia, aunque en términos históricos.
171 De hecho, el propio Kirby asume que algunos componentes básicos de la sintaxis son previos
a la adquisición: “Universals (such as compositionality) are derived in part by prior learning
biases, but are not buit into the learner directly” (Kirby et al. 2004: 599).

229
hecho histórico (cultural, en sentido amplio), pero independiente de otros
factores o fenómenos culturales propios de los seres humanos.
Una lengua-i (la FL de una persona) no es un conjunto de opciones para-
métricas del principios de la GU, esto es, no es el resultado de una combi-
natoria predecible, sino que cada lengua-i es un objeto natural peculiar e
históricamente condicionado, un objeto contingente e irrepetible que, eso
sí, está limitado en su estructura y capacidad de variación por las exigen-
cias de la GU y por su historia anterior.
La diversidad de las lenguas no se justifica por la diversidad de las cultu-
ras, ya que la diversidad es el resultado del cambio y el cambio no es con-
secuencia de aspectos culturales, sino que es, como el cambio en las espe-
cies, ciego y azaroso.
La FL de cada persona depende en su estructura y propiedades de aspectos
históricos (transmisión cultural) que no parecen tener relevancia en otros
órganos mentales o físicos. Esa complejidad adicional que ofrece la FL es
una vía de acceso privilegiada para su comprensión que no está disponible,
al menos en la misma medida, en otros sistemas cognitivos (ni humanos ni
de otras especies).
La teoría paramétrica, como parte de la teoría gramatical y de la tipología
lingüística, es un camino insoslayable para el estudio de la FL, con mucha
ventaja sobre aproximaciones aparentemente más científicas o sólidas co-
mo la psicolingüística o la neurolingüística para las que, al menos de mo-
mento, la diversidad de las lenguas es un fenómeno inabordable (cuando
no indetectable).
Las diferencias estructurales entre las lenguas serían en última instancia el
resultado de diferencias de “ajuste fino” entre los diversos componentes de
la FL durante el proceso de adquisición, por lo que el estudio de la diver-
sidad, en el tiempo y en el espacio, puede ser la vanguardia en el estuduio
de dichos componentes.
La diversidad estructural de las lenguas no es el resultado de la adaptación
de éstas a distintos nichos culturales, ni de presiones funcionales en con-
flicto, sino el resultado de divergencias contingentes pero restringidas por
la estructura de la FL.
Cada lengua es, pues, una perspectiva distinta y valiosa para desentrañar la
naturaleza de la propia FL.

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