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Leoncio Prado: Un héroe del cual solo sabemos su nombre

La guerra con Chile (o también llamada, por lo general, la guerra del pacífico) nos ha dejado mucho
aprendizaje, con el objetivo de que podamos aprender de los errores del pasado y no repetirlos en
el futuro. Esto, a todo nivel, es una manera abrupta en que la vida da lecciones a un país, pues, como
todos sabemos, la mejor forma de aprender es de los errores que uno mismo comete.

Este combate nos ha dejado muchas lecciones, de las cuales, y a título personal de quien escribe, la
valentía y la gallardía de nuestros héroes debe de ser uno de los mejores aprendizajes que debemos
conoce, y, que mejor lección, que la que nos dio Leoncio Prado Gutiérrez.

Leoncio Prado nació en Huamachuco, el 24 de Agosto de 1853, proveniente de una familia muy
ligada a la realidad nacional. Su padre, el General Mariano Ignacio Prado, fue presidente del Perú
en 1865 – 1868 y en 1876 – 1879. Lo mismo con su hermano, Manuel Prado Ugarteche, quien
también fue 2 veces presidente constitucional del Perú.

Prado siempre tuvo la visión de ser militar. Prueba de ello fue que a los 12 años ya era cabo en el
Regimiento de Lanceros de la Unión. Posteriormente, y luego de la firma del tratado Vivanco –
Pareja (por el cual España desocuparía las Islas de Chincha a cambio de tres millones de pesos por
gastos), el cual fue considerado una humillación, participó en la toma de Lima, junto a su padre.

Los primeros actos de gallardía los dio durante el combate del dos de mayo, cuando ya era parte de
la Guardiamarina de la fragata Apurimac. Muchos recuerdan las palabras que le dijo la madrugada
de ese día a su primo Nazario Rubio: “Acompáñame que me voy al Callao, de cualquier modo, mi
puesto no está en la escuela, está en el combate.”. Años más tarde, en 1874, participa en la guerra
por la independencia de Cuba, en la cual fue parte de un plan (ideado por el mismo) para tomar
barcos españoles y volverlos contra la corona. Es así en donde gesta una de las mayores proezas de
la época, la toma del vapor Moctezuma.

Sus últimos de combates fueron durante la guerra con Chile, defendiendo el sagrado territorio, y
que, a la subida de Nicolás de Piérola Villena al poder, fue el comandante de una guerrilla para
actuar de manera independiente, pero conectados al estado. Fue en sus gestas como guerrillero
que fue tomado prisionero por el coronel chileno Orozimbo Barbosa Puga, para luego ser liberado
bajo la promesa de no volver a tomar las armas; sin embargo Prado fue muy directo: “Cuando la
patria se halla subyugada, no hay palabra que valga sobre el deber de libertarla”

Su último hito, luego de su liberación, fue en la batalla de Huamachuco, en donde fue herido por las
esquirlas de una granada incrustadas en su pierna. Al ser imposible el llevarlo con el resto de los
soldados comandados por Andres A. Cáceres, Prado fue resguardado en una cueva cerca de la
laguna Cushuro, en donde estuvo bajo el cuidado del indio Julián Carrión.

La captura de Prado, y su posterior fusilamiento se dio porque Carrión el dio el recado a personas
que no guardaron el secreto, haciendo que este hecho llegue a oídos de los militares chilenos,
quienes lo apresaron. Todo esto, al mando del Teniente Aníbal Fuenzalida.

Fue previo a su ejecución, en donde Prado redacta una de las cartas más sentidas que un hijo le
puede escribir a su padre: “Huamachuco, 15 de julio de 1883. Señor Mariano Ignacio Prado.
Colombia. Queridísimo padre: Estoy herido y prisionero; hoy a las... (¿Qué hora es? preguntó. Las
8.25 contestó Fuenzalida) a las 8:30 debo ser fusilado por el delito de haber defendido a mi patria.
Lo saluda su hijo que no lo olvida Leoncio Prado.” Posteriormente, solicitó una taza de té y, luego
de ello, los soldados se prepararon para su ejecución. Sus últimas palabras fueron: “Adios
Compañeros”, mientras tenía cuatro tiradores frente a él y tres oficiales presentes, quienes fueron
los últimos en ver a Prado con vida.

Leoncio Prado es un ejemplo en lo que respecta a pasión, amor y respeto por el suelo patrio. Un
luchador desde sus inicios, cuya inclinación por la vida militar solo sirvió para potenciar esa pasión
y arraigo que tenía con el Perú. Su memoria, desde hoy y siempre, es recordada por el ejército del
Perú, y por otros países, como Cuba, quienes lo respetan y admiran por los aportes que dio.