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“Saquémonos una selfie”

Lihue Balanzino

“INSTITUTO SUPERIOR DE FORMACION DOCENTE N º 1


ABUELAS DE PLAZA DE MAYO”

Materia: Semiótica 2
Profesora: Hernán Sassi
Alumna: Lihue Balanzino
Curso: 3ero 9na
Año: 2018

La religión del Flash


Es bastante molesto querer empezar a comer y que tu acompañante antes de empezar, a modo de
rezo, fotografíe la comida. ¿De qué estamos hablando? ¿Que estamos viendo? ¿Cuál es el goce de semejante
adoración a la foto de lo que estamos a punto de ingerir? Estamos en el mundo de la masificación de la
imagen. Cualquier imagen. Cualquiera sea que nos haga aparecer en un teléfono ajeno a cualquier hora, solo
para mostrar que estamos ahí.

“El arte de sacarse selfies”, comentan algunos ¿será? La idea es nunca negar el arte de la fotografía, pero si
evaluarla como objeto cultural. Es, quiérase o no, parte de esa nuestra cultura. Que sea o no arte ya es un debate que
me niego a interpretar. Pero si analizar en base a los filósofos marxistas y como bien cultural los efectos que produce en
esta sociedad. Cuando se comenzó a popularizar la costumbre de sacar auto retratos con la cámara, pocos se
imaginaban el impacto que tendría en unos años. Hoy, trasciende todas las barreras: desde presidentes hasta monos son
protagonistas de ellas, ingenieros crean productos para facilitarnos su captura, e incluso el juego Scrabble ya la incorporó
como palabra válida en su diccionario oficial. Todavía, la RAE no la reconoce como tal, todavía. A la vez, la popularidad
de la selfie ha traído críticas que, principalmente, apuntan a un exceso de narcisismo de la generación que popularizó la
práctica. Se han hecho estudios que, por ejemplo, lo relacionan a trastornos mentales, incluso la psicopatía.

Podemos coincidir en la selfie como fenómeno cultural. Fenómeno cultural entre caníbales del
consumo masivo en palabras de Montaigne, ya creo que Voltaire le gustaría llamarnos ignorantes o
papagayos, pero en materia de consumo masivo es con los señores Adorno y Horkheimer con los que me
gustaría dialogar. La necesidad continua de subir fotos en las redes sociales, la desesperación por hacerlo en
cada red social, y de ver quien la mira, quien comenta y que comenta es el desvanecimiento de la
intelectualidad en la sociedad de hoy. Prevalece la mirada del otro, y es esta, justamente, la que importa. No la
propia. No nuestra mirada ni forma de ver las cosas. Con esta masificación de selfies, lo que logramos es
agradar a la visión externa. A un otro que no conocemos ni vamos a conocer. Pero, ¿nos reconforta esta
multitudinaria cantidad de deditos que nos dan los likes? ¿Es ese dedo el que nos señala adonde debemos ir?
Quizás sea eso, que nos muestran más de lo que quisiéramos. O muestran lo que no que queremos sin
saberlo. Muestran el vacío intelectual y la abundancia de las plumas de pato.

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“Saquémonos una selfie”
Lihue Balanzino

Es una paradoja quizás ver como Fogwill en runa uso los dibujos más simples para expresar la
complejidad y riqueza de una cultura. En este caso sucede lo contrario. Todo lo contrario. Se muestra con una
banalidad, la estupidez compleja.

Otro dato significativo es “aquello que miramos” cuando nos sacamos una selfie. El ojo de la cámara.
¿Pero a quien estamos mirando en realidad? Nos mostramos a nosotros. Tal como indican los análisis
realizados son una muestra de ego. Pero este mirar hacia un foco, es también un darle la espalda a algo. A la
realidad. A vivir el hoy. Mismo hasta en un recital, estamos tan desesperados por cristalizar ese recuerdo en
una imagen que olvidamos de vivir ese presente.

El concepto “industria cultural” fue introducido por los teóricos alemanes Theodor Adorno y Max
Horkheimer en el artículo "La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas", escrito por ambos
entre 1944 y 1947, y publicado en el libro Dialéctica de la ilustración. La obra mediocre de la “industria cultural”
ha preferido siempre asemejarse a las otras, se ha contentado con el sustituto de la identidad, se absolutiza la
imitación. El capitalismo la absorbe y la usa. Con la industria cultural las masas tienen lo que quieren y
reclaman la ideología mediante la cual se las esclaviza, tal conformismo se contenta con la eterna repetición de
lo mismo, en este caso, repetición de la foto. Y “esclaviza” y “conformismo” son las palabras clave en esta
oración. Se puede llegar a vivir pendiente del aparato telefónico que tenemos entre mano, de la siguiente
publicación. Siempre intentando estar en todo y en nada al mismo tiempo. Pero vivimos esclavos de esa
espontaneidad del futuro. Sin vivir, obvio, el presente. Tan pendientes del qué dirán, del que postearán. Ese
esclavismo, hace que los seres se pierdan del eje esencial de la vida. Es decir, prestar atención a un aparato
que hace todo por vos, hace que ignores el mundo que te rodea. Tu visión está en otro ojo. Y no el de otro. El
ojo de la tecnología. Y el conformismo, ese de ser parte de un todo, que a su vez es la nada misma. Es un todo
ficticio, que en realidad, no existe. Fue creado para mantener a los patos controlados y dentro de un sistema.

La industria cultural crea la transposición del arte en la esfera del consumo, gracias a la accesibilidad a
los bajos precios de los productos hay una transformación en el carácter de mercancía del arte mismo, el arte
reniega de su propia autonomía, considerándose un bien de consumo. En este caso, sacarse fotos, publicarlas
y masificarlas es gratuito. Y lo seguirá siendo. Lo que están robando es lo más valioso que tenemos: el tiempo.
Nuestro presente. El arte, la cultura, la diversión, se unen bajo el falso denominador de la industria cultural. Si
nos referimos a clases sociales en este caso, podemos decir que nos acaban de unir. Por fin la unión entre
clases ha sucedido y en un click. Desde la clase más baja, con el teléfono de la escala más baja en idioma de
precios, hasta las clases más altas que, como los anteriores seguirán intentando conseguir el modelo mas
nuevo, por que el ser humano es así, siempre quiere más, se unen en mirar lo mismo: el ojo de la cámara. El
valor de uso del arte es un fetiche donde su valoración social es su único valor.

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“Saquémonos una selfie”
Lihue Balanzino

El poder sobre los consumidores está mediatizado por la diversión, la cual es la prolongación del
trabajo en el capitalismo. La fusión entre cultura y entretenimiento se realiza como corrupción de la cultura y
también como espiritualización forzada de la diversión, el divertirse significa estar de acuerdo, significa siempre
que no hay que pensar, que hay que olvidar el dolor. La liberación que promete la diversión es la liberación del
pensamiento en cuanto negación.

La industria cultural sólo reproduce la vida de quienes le son fieles, se observa que la escala de los
niveles de vida corresponde a la conexión interna de las clases y de los individuos con el sistema. Bajo este
sistema vivimos bajo una ilusión de que somos lo que estamos representando. Nos creemos nuestra propia
mentira. Después de todo, no hay nadie que no publique sin la esperanza de buenos deseos, la necesidad de
agradar. Jamás nadie va a subir una foto donde le sobresalga más la papada que la inteligencia.

Benjamin, al igual que Adorno, consideraba incluso la posibilidad de que estas transformaciones
pudieran concluir en la “liquidación de la obra de arte” y su transformación en otra cosa.

Digan Whisky

Ésta visión plantea una imagen de los individuos en la sociedad como entes totalmente pasivos, que
no son capaces de cuestionar lo que se les presenta en los distintos medios de producción de la industria
cultural. Se busca explotar nuestro cerebro de sus ideas sin que podamos evitar su asimilación total, lo cual no
toma en cuenta que los productos de la industria cultural se ven filtrados por el pensamiento de los individuos
de distintas formas También resalta la visión elitista de los autores, pues plantean que las masas son un
ganado totalmente dócil dirigido por los cabecillas capitalistas. El consumidor cultural tiene una atrofia de la
imaginación y de la espontaneidad, se limita la actividad pensante, pues uno se puede perder los hechos que
pasan, está prohibido detenerse. El conformismo de los consumidores adquiere una buena conciencia, que se
conforman con la constante repetición de lo mismo. No dejar pasar un solo día sin que alguna red social vea
que existimos, y nos vea como nosotros queremos que nos vea. La industria cultural es el estilo más inflexible
de todos, es el objeto del liberalismo. Lo que se resiste sólo puede sobrevivir en la medida en que se integra.

Por último tenemos quiero decir que el individuo, la singularidad del sí mismo es un bien monopolista
socialmente condicionado presentado falsamente como natural, este es el carácter ficticio del individuo en la
época burguesa. El proceso de “individuación” se ha llevado a cabo a costa de la “individualidad” en cuyo
nombre se llevado a cabo, bajo la fractura de la sociedad.

Selfie, es individuo. E individuo no incluye a nadie más que uno. A nadie más.

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“Saquémonos una selfie”
Lihue Balanzino

Bibliografía

 Cultura y Sociedad, Canclini Nestor


 Diccionario Filosòfico, Voltaire
 Raza e historia, Levis-strauss
 Mito, Narciso Bello
 La industria cultural, Horkheimer y Adorno
 http://www.rae.es/