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INVENTARIO DE LOS CUENTOS

TODOS DE TODOS SANTOS


1975-2007
INVENTARIO
DE LOS CUENTOS TODOS
DE TODOS SANTOS
1975-2007

Alejandra López Tirado


y
José Antonio Sequera Meza

GOBIERNO DEL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR


INSTITUTO SUDCALIFORNIANO DE CULTURA
PROGRAMA DE ESTÍMULO A LA CREACIÓN
Y EL DESARROLLO ARTÍSTICO DE BCS
H XIII AYUNTAMIENTO DE LA PAZ
UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BAJA CALIFORNIA SUR
CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES

LA PAZ, BAJA CALIFORNIA SUR, MÉXICO


2008
D.R. © 2008 ALEJANDRA LÓPEZ TIRADO
D.R. © 2008 JOSÉ A NTONIO SEQUERA M EZA
D.R. © 2008 INSTITUTO SUDCALIFORNIANO DE CULTURA DEL G OBIERNO
DEL E STADO DE B AJA C ALIFORNIA S UR

Primera edición, 2008

En la portada:
Espejos de agua, técnica mixta/óleo/tela, 120 x 90 cm, 2005, de Sergio Sández
Ruiz, mención honorífica de la Tercera Bienal Sudcaliforniana de Artes
Visuales Carlos Olachea Boucsiéguez. Fotografía: Aníbal Angulo. Composición
digital de imagen: Manuel Camacho Ruiz.

Diseño gráfico y editorial: Creativo Arte Gráfico / Jorge Ricardo Fuentes


Maldonado / Luis Chihuahua Luján

ISBN: 978-607-7503-08-8

IMPRESO Y HECHO EN MÉXICO


GOBIERNO DEL ESTADO DE BAJA CALIFORNIA SUR

NARCISO AGÚNDEZ MONTAÑO


Gobernador Constitucional del Estado de Baja California Sur

LUIS ARMANDO D ÍAZ


Secretario General de Gobierno del Estado de Baja California Sur

ELSA DE LA PAZ E SQUIVEL A MADOR


Directora General del Instituto Sudcaliforniano de Cultura

JUAN CUAUHTÉMOC M URILLO H ERNÁNDEZ


Coordinador de Vinculación y Fomento Editorial
del Instituto Sudcaliforniano de Cultura

H. XIII AYUNTAMIENTO DE LA PAZ

ROSA D ELIA C OTA M ONTAÑO


Presidenta Municipal

HOMERO DAVIS CASTRO


Secretario General

LEONARDO V ARELA CABRAL


Director de Cultura y Acción Cívica y Social

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA
DE BAJA CALIFORNIA SUR

RODRIGO GUERRERO R IVAS


Rector

JORGE R ICARDO FUENTES MALDONADO


Director General de Difusión Cultural y Extensión Universitaria

RUBÉN MANUEL R IVERA C ALDERÓN


Jefe del Departamento Editorial

CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES

SERGIO V ELA
Presidente

ÁLVARO H EGEWISH D ÍAZ I NFANTE


Director General de Vinculación Cultural
8
Delimitación de las generalidades de
un repertorio temporal incompleto

La elaboración de la presente antología parecía fácil,


casi representaba una repetición de las mismas cosas; de
hecho, para el ojo poco entrenado sólo podría represen-
tar una recopilación de cuentos ganadores. Pero en su
formación se nos presentaron problemas de orden teó-
rico-metodológico propios de la organización de un
trabajo de este tipo, así como especiales. El primer
punto para iniciar esta presentación es que en efecto
hablamos sobre una compilación especial: no elegimos
los mejores cuentos, ellos ya han sido dictaminados
como tales; para el concurso se ha citado a una convo-
catoria, a la cual se han ceñido los jueces respectivos. Es
decir, los cuentos son los mejores, y han sido los gana-
dores del concurso Premio de Cuento Todos Santos.
Por supuesto, al no elegirlos, como recopiladores de
esos cuentos contamos con una ventaja: la alternativa de
observarlos como expresión de cultura sudcaliforniana,
y avanzar en la conformación de los estudios culturales
de la región: el cuento, con su estructura y representa-
ción breve simboliza, desde nuestro punto de vista,
parteaguas espacio-temporales de la cultura en el estado.

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En este ámbito es en el que nos hemos movilizado;
en la antología que corre del año 1975 a 2006, se han
recopilado los 20 cuentos de la categoría libre; la recién
llamada así y que determina a los autores con una edad
de 25 años o más. Asimismo, seis cuentos de la catego-
ría de jóvenes creadores; ésta presenta dos característi-
cas: la primera es que son jóvenes valores (antes llama-
da jóvenes creadores) de 15 años a 24; la segunda es que
el primer cuento recopilado en esta categoría es del año
1994. Por último, hemos incluido seis menciones hono-
ríficas, la primera de la cuales aparece en el año 2002.
Es decir, un total de treinta y dos cuentos.
De dichos cuentos, debemos especificar que en el
caso particular de Rogelio Félix Félix se ha integrado
otro cuento que no ha sido ganador; dicho cuento se
seleccionó porque, desde nuestro punto de vista, cubre
el ambiente temporal de la época. Este cuento se ha
localizado en revistas y periódicos regionales de la
época alrededor de la cual ganó la edición del cuento
Todos Santos. En este sentido, debemos reconocer que
el cuento “Obregón Perla”, de Fernando Escopinichi,
presenta una contradicción: tenemos noticia de que el
cuento fue publicado en 1976 en una gaceta de literatu-
ra; sin embargo, no sabemos si la convocatoria de ese
momento (1979) especificaba si el cuento debía ser
inédito o no; asimismo, particularmente, es uno de los
mejores cuentos de autor, en el que podemos encontrar
reminiscencias de un realismo mágico muy al estilo de
García Márquez; otro motivo favorable es que en una
entrevista, Rogelio Félix Félix recordó que el año ante-
rior a su premiación, Fernando Escopinichi había obte-
nido el premio.

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El lector notará que los años 1992, 1995, 1996,
1999, 2000 y 2001 son años de ausencia total en los
cuentos. No hay ninguna noticia en los medios locales,
así como tampoco se encuentran los archivos de la
época (aunque para ser claros, no hay ningún archivo
oficial de 1975 al 2004); para nosotros, este vacío es
significativo porque representa el valor que la adminis-
tración de la cultura, la delegacional, la municipal, la
estatal le otorgaron al Premio de Cuentos Todos Santos
como metonimia de su propio estado cultural. Es decir,
que en el orden de la cultura poco avance se tuvo en esos
años, la producción y el estímulo para la creación
artística se mermó desde su cúpula gubernamental.
En 1989 ganó el concurso Juan Antonio Villegas,
escritor que no hemos localizado, así como tampoco su
cuento; sin embargo, la noticia permanece en un perió-
dico local. La importancia que la sociedad sudcalifor-
niana, desde su microcosmo hasta sus instituciones, le
concede a la presencia de sus formas culturales, es de
vital importancia para la conformación de su futuro
como prospectiva de identidad.

Generaciones
Sin pretender ahondar en los problemas teóricos del
término de las generaciones, el Premio de Cuento Todos
Santos es una muestra palpable de la presencia vital de
las fuerzas que las conforman.
Aunque nosotros tomamos la muestra desde la
transformación del territorio en estado: 1975; el certa-
men tenía algunos años llevándose a cabo, pero, sobre
todo, el concurso agrupaba a los escritores de Baja

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California Sur. El encuentro resulta significativamente
propositivo: por ejemplo, el año 1975, y el año de 1986,
se identifican por la irrupción de una generación joven
que muestra su presencia ante los intelectuales más
avezados. Merece una especial atención el punto de
encuentro entre dos o más generaciones. Obviamente,
la presencia de la categoría de jóvenes creadores – o
jóvenes valores – abre la consideración para no enfren-
tar los estilos y el oficio entre los escritores. La presencia
de ambas generaciones es una constancia de conviven-
cia entre diferentes edades culturales; esto es, un escri-
tor novel como Villavicencio que convive con escrito-
res maduros como Rogelio Félix Félix. Lo sumamente
interesante es cómo se establece el diálogo entre los
diferentes actores culturales y sus principales preocupa-
ciones estéticas, ideológicas, económicas, sociales y,
por qué no, generacionales. Esta constancia, creemos,
se trasluce mediante las temáticas o los problemas
planteados por los autores en sus cuentos. No se puede
negar que en la conjunción de las generaciones también
se puede considerar la conformación de un mosaico
cultural propio de Sudcalifornia.
Para nosotros, un cuento particularmente significa-
tivo es el de Jesús Castro Agúndez. Este cuento fue
escrito cuando el autor había alcanzado la edad de 77
años, un año después moriría. Asimismo, Jesús Castro
Agúndez es un intelectual formador de nuevos escrito-
res: su obra magisterial y de servicio lo vuelven un punto
de referencia trascendental para los estudios culturales.
El autor con menor edad que ha conseguido el
Premio Todos Santos es Francisco Pío, a la edad de 16
años, y de la misma manera, en esta confrontación de

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generaciones, el cuento es substancial en la medida de
la confrontación de las temáticas propias para el joven
creador.
Por otro lado, los miembros de la comunidad inte-
lectual también presentan otro rasgo: su formación
escolar va desde el preparatoriano hasta el grado de
doctor. La formación de este tipo muestra los cambios
que en este sentido han tenido los intelectuales.

En la desmemoria
En este ámbito se ha movido la recolección del presente
trabajo: un principio sin archivos y sin nada de respaldos
en la memoria de la cultura, más que las diferentes
“segundonas” noticias acerca del ganador.
Durante la proyección del trabajo hemos hablado de
la importancia que el concurso de cuento de Todos
Santos posee para la comunidad intelectual; pero tam-
bién debemos notar la importancia que tiene para el
pueblo, y en especial, el cómo está organizada su
presentación ante una comunidad: el ganador del Pre-
mio Todos Santos debe leer su cuento. Esta simbiosis,
mediadora, diría Ángel Rama, representa el único medio
de unión entre dos comunidades que parecen opuestas.
Esas atribuciones asociantes también reflejan el
carácter de los pueblos: el cuento se convierte en un
punto de reunión en donde éste se integra al imaginario
colectivo para vivir en la permanencia del relato oral. El
cuento se convierte a la oralidad. Con ello, la historia del
relato se inserta en ese principio mítico, y un punto de
unión entre los habitantes, el mediador (el organizador,
el lector).

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Este sentido primario de unión entre los cuentos y la
comunidad; de reunión de relatos en los que se propone
un nuevo acercamiento con la realidad –intelectual o
social– sólo puede hacerse en las aproximaciones de
una narración breve como lo es el cuento. Esto último
permite una nueva proximidad entre los diferentes
factores, pero convierte al cuento en una emisión mo-
mentánea e inaprensible.

Tiempos y espacios
La reunión entre el intelectual sudcaliforniano y el
Premio Todos Santos nos parece acertada y fructífera:
permanece cerca de lo lejos del otro sistema de reflexión
literario: la poesía. Con ello, ha generado su propio
espacio de meditación histórica.
En ese sentido temporal, la antología abre expecta-
tivas a la creación y a la reflexión, en un proceso cercano
a las identidades y sus proyecciones futuras con base en
las pasadas; temporalidades anuales que redefinen el
mundo cultural de Sudcalifornia, en mucho.
La temporalidad de los cuentos rompe anualmente
el orden de los estilos, de las microvisiones, de las
mismas instituciones porque representan un hito entre
los tiempos que, en el ámbito de la cultura, se reconstru-
yen. Los cuentos señalan –aunque no los conozcamos
completamente, pero sabemos que el certamen se lleva
a cabo, sabemos que ahí está desde hace 30 años– las
nuevas alternativas en el ámbito de la cultura, una
nueva forma de principio mítico creador en el propio
creador de mundos posibles.
Para manejar un número, sólo como un punto de
referencia de los datos que comenzamos a catalogar: en

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la edición de 2006 participaron 45 cuentos en la categoría
libre, y 32 cuentos en la categoría de jóvenes creadores.
Es decir, el Premio es punto de reunión de un alto índice
de los intelectuales creadores de Baja California Sur.

Los vacíos
El lector notará que la antología muestra vacíos. Éstos
producen inconvenientes: una investigación deficiente
en su principio básico de recopilación, pese a nuestro
mejor esfuerzo; una serie de problemas específicos en
términos de cultura: muestra la insuficiencia de las
instituciones para archivar –por no escribir, atesorar–
su memoria social. Pero, asimismo, son muestras signi-
ficativas de la estructura temporal y espacial de la
cultura en Baja California Sur. En primer lugar, señalan
el valor de una de las producciones culturales para las
instituciones, desde sus formas de gobierno hasta el
escritor del cuento. Lo cierto es que no existen archivos
que resguarden las producciones sociales y culturales de
Baja California Sur, lo que nos dice mucho de la parti-
cular manera para comprender, asimilar e interpretar su
propio pasado.1
Significativamente, los cuentos no localizados son
de la época de finales de los ochenta: 89, y casi toda la
década de los noventa: 92, 95, 96, (en 1997 sólo aparece
la categoría de jóvenes) 98, 99, 2000 y 2001. Esta

1 Un minúsculo punto de separación en esto lo representaría el Archivo


Histórico de Baja California Sur, pero el mismo tiene un rango
temporal de antes de 1920; es decir, los archivos que ahí se localizan
datan desde los mil setecientos (si ello es posible) hasta 1920. Aunque
existen algunas noticias diversas, algunos periódicos hasta entrados
los años sesenta.

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década completa, en donde no existen registros, en
donde no hay noticia del ganador del Premio, simboliza
una etapa obscura de la administración y de la produc-
ción de la literatura.
En la antología son treinta años los que están en
juego, treinta años que atraviesan un sinfín de posibili-
dades culturales y sociales: cinco gobernadores, quince
presidentes municipales, pensamos que una cantidad
similar de delegados del pueblo de Todos Santos, y
suponemos una cantidad similar, o más, de responsa-
bles de la Delegación de Cultura Municipal (lo que
también ha sido difícil de clasificar). Ésta es la estruc-
tura que, finalmente, proyecta y saca a la luz la convo-
catoria anualmente (salvo los años en los que no se ha
presentado, de los cuales, irónicamente, tampoco en-
contramos registro).2
El cuento representa ese microcosmos que es una
ventana a las posibilidades de interpretación cultural en
esos treinta años. El movimiento de los estilos, de los
temas, de la selección (por el jurado) de los cuentos
mismos, si bien son generados por una cuestión azarosa,
también posibilitan la interpretación que conllevan los
gustos y la recepción de los modelos culturales.

Los modelos
Dentro de la estructura del libro, la biografía de los
autores se localiza en la parte final del texto. Esto se
debe a que no hemos querido fragmentar la información

2 La ausencia del Premio debiese registrar una protesta de la comunidad


de escritores; sin embargo, no es así.

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que puede ser útil para otros tipos de investigación;3 con
ello, también presentamos información general del de-
sarrollo cultural-intelectual del autor. Sin embargo, en
algunos casos, los autores no quisieron proporcionar
información, y ésta sencillamente no aparece.
Finalmente, debemos agradecer a las personas que
han colaborado en la recopilación y en la cesión de
información para la presente antología; en primer lugar,
a los autores que han dado sus derechos, y que han
accedido a publicar el cuento en la presente (no todos lo
han hecho, y en estos casos nos encontramos bajo el
amparo de la convocatoria y de la dirección de Cultura
del Municipio de La Paz); y las personas que nos han
permitido el acceso a su información, tanto escrita
como memorística: Ernesto Adams, Guadalupe Castro,
Raúl Antonio Cota, Eligio Moisés Coronado, Ramón
Cuellar, Patricia Gorostieta, Rolando Faraón Placier,
Rubén Sandoval y Víctor Ramos Pocoroba. Así como a
los autores que asistieron al seminario: Víctor
Villavicencio Ojeda, Rogelio Félix Félix,4 Nicolás Ca-
rrillo, Leonardo Varela, José Castro González, Carlos
Ramón Castro Beltrán,5 Francisco Javier Pío Mendoza,
Omar Castro, Keith Ross Guillins, Sandino Gámez
Vázquez, Rubén Olachea, Raúl Guillermo Flores Ma-
rrón y Eligio Moisés Coronado.

3 Verbi gratia, la investigación de Gilberto Ibarra se basa, precisamente,


sobre un listado bibliográfico de autores sudcalifornianos.
4 Aunque ya no asistió al Seminario, fue uno de los primeros escritores
en asistir a una entrevista en la Universidad Autónoma de Baja
California Sur.
5 Por motivos de salud no pudo asistir al Seminario, pero asistió a una
entrevista.

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Metodología
La investigación sobre los cuentos del Premio Todos
Santos representó una serie de pasos metodológicos
más por resolver que determinados por alguna teoría; lo
que nos motiva a presentar su estructura con la finalidad
de poner en punto de discusión el abordaje de las
literaturas regionales. Esta estructura metodológica es
la siguiente:
a) Como lo mencionamos en la presentación, los archi-
vos del Premio son inexistentes. Lo que implicó la
reorganización temporal del suceso y sus circunstan-
cias; es decir, se reconstruyó la estructura de organigra-
ma gubernamental, desde el gobernador hasta el res-
ponsable de la convocatoria. Esta ausencia se resolvió
de la siguiente manera:
a.1) Se buscaron los archivos de la dirección de
Cultura Municipal, en donde no existían ni
existen documentos ni organización sistemáti-
ca que permita la recopilación, la clasificación
y ordenación de dichos documentos.
a.2) Se revisó el Archivo Histórico Pablo L. Mar-
tínez, en donde la información de las últimas
dos décadas del siglo XX es prácticamente inexis-
tente, y en las décadas de los sesenta y los
setenta del mismo siglo existe una ausencia de
informes, y los periódicos son incompletos.
a.3) Se solicitó información en el Archivo General
del Estado a través de su mecanismo: elaborar
un oficio en donde se requería la información
específica: los resultados del concurso de cuen-
to de Todos Santos; sin embargo, sólo se tiene
información cultural hasta la década de los

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sesenta, del periodo de Hugo Cervantes del
Río. A través de ese archivo se obtuvo la lista
de nombres de los gobernadores y los presiden-
tes municipales.
a.4) En cuanto al Archivo General Municipal, no se
pudo revisar, ya que no contaba con la habilita-
ción adecuada.
a.5) Un archivo en el que se revisaron periódicos de
la época de los noventa fue el del Instituto
Sudcaliforniano de la Juventud, ex Museo de
las Californias.
a.6) La hemeroteca de la Universidad Autónoma de
Baja California Sur.
a.7) El archivo del periódico el Sudcaliforniano.
a.8) En el archivo del Centro Cultural Siglo XXI, el
profesor Néstor Agúndez proporcionó los da-
tos y los cuentos.
b) En vista de los resultados obtenidos en los archivos,
se decidió buscar a los responsables de Cultura
Municipal. Para saber quiénes eran y cuál había sido
su periodo, se tuvo que recurrir a un censo de la gente
involucrada en el sector cultural.
b.2) Se entrevistó a los siguientes exdirectores: Juan
Ramos, Rocío Maceda y Rolando Faraón Placier
Castro, de los cuales se obtuvo información
sobre pocos autores y dos actas.
b.3) Personas interesadas en la cultura, y que de
alguna manera tienen participación activa, como
el profesor Eligio Moisés Coronado, Ernesto
Adams, Ramón Cuéllar y Víctor Ramos
Pocoroba, nos proporcionaron datos de escri-
tores; en algunos casos fueron afortunados,
pero en otros no.

19
b.4) Otra importante aportación fueron los archi-
vos privados de Guadalupe Castro, Eligio
Moisés Coronado, Raúl Antonio Cota, Ramón
Cuéllar, Patricia Gorostieta y Rubén Sandoval.
b.5) Otra de las fuentes de información fueron los
autores premiados, quienes nos proporciona-
ron nombres de otros probables ganadores.
c) En el orden de la recopilación se tuvieron que
confrontar, algunas veces, las versiones del
cuento; éstas son: la proporcionada por el autor
y/o la o las publicadas en diversos medios. Por
ello, se apunta con la nota a pie de página en
dónde fue publicada.
c.1) Para la edición final del cuento se respetaron,
en la medida de lo posible, los “errores” grama-
ticales; considerando, por supuesto, la libertad
de estilo, tanto del autor, del editor, del cuento.
c.1.) En todos los casos se respetaron estructuras, ya
sea la de las publicaciones que exigen formatos
específicos de diseño o los recursos usados por
los autores para imprimir su estilo, marcar
tiempos o temas, por ello se encontrarán cuen-
tos con sangrías, dobles espacios, faltas de
ortografía, que imprimen la importancia de la
oralidad o la falta de guión de diálogo.
c.2) En algunos casos, el cuento de esta versión ha
sido corregida por los autores.
d) Con casi todos los cuentos, un 90 por ciento de ellos,
se inició el trabajo de seminario. Dicha labor tenía la
siguiente estructura:
d.1) Se decidió leer y analizar, en orden cronológico,
uno o dos cuentos por semana.

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d.2) Se invitaba al autor, quien iniciaba –preferen-
temente– la sesión con la lectura, en voz alta,
de su cuento. En caso de la no asistencia, un
miembro del seminario leía el cuento. En los
autores que han ganado dos emisiones, se con-
sideró sólo uno de sus cuentos.
d.3) El siguiente paso consistía en entrevistar al
autor.
d.4) Finalmente, se abría un espacio para que los
miembros del seminario analizaran el cuento.

El planteamiento metodológico de la investigación


literaria, en su aspecto regional, nos planteó diversos
problemas: el primero fue modificar el acercamiento del
fenómeno literario regional como un producto históri-
co-social, y no sólo como creación aislada e individual.
Por lo que proyectamos el análisis del texto a partir de
otro concepto: el tiempo. La obra de Hans Ulrich
Gumbrecht fue clave para este nuevo desarrollo con-
ceptual, aunque, como se leerá, hemos modificado la
perspectiva (quien desee ahondar en el nuevo camino
que este teórico ha implementado).
Así, más que un análisis tradicional del cuento,
hemos intentado que el lector posea una fotografía (una
imagen) general del ambiente cultural y social que rodeó
al cuento ganador. En este sentido, lo que se narra en el
cuento es otra realidad que se confronta con las realida-
des externas: los jueces, los otros premios culturales, los
ambientes sociales, los climas políticos, las creencias
personales y generales.
El análisis, pues, partió de considerar a la escritura
como fenómeno social; éste, como producto simbólico

21
que nos permitiría ingresar en una dimensión cultural:
saber qué hacer con lo que sabemos del pasado partien-
do del propósito de aprender de la historia. El conoci-
miento del pasado no debe implicar una representación
historiográfica, sino una forma de imaginar cómo fue,
usarlo como materia prima y pensar en todas las formas
posibles de representarlo.
Para la búsqueda de la interpretación del año nos
abocamos a consolidar los semas que agruparan las
unidades de significación, como imagen global y forma
de pensamiento individual y social. La elección de los
semas, si bien puede plantearse como arbitrario, es
producto del trabajo del seminario, y representan ese
trabajo comunitario.
Finalmente, esa imagen sémica se reunió en forma
alfabética (y así se encuentra al final del trabajo), la cual
nos otorga la parte final de la interpretación, en donde
los semas se confrontaron, estudiaron y analizaron para
desarrollar una hipótesis del discurso literario en Baja
California Sur, y los conceptos en los que se ha basado
dicho discurso.

22
1975

A un año del dictamen de la Cámara de Senadores de la


República Mexicana, en el cual se convertía el territorio
en estado al promulgarse la Constitución Política del
Estado de Baja California Sur, el 15 de enero de 1975;
a dos meses de fundarse la Universidad Autónoma de
Baja California Sur; y con el primer gobernante electo,
Ángel Cesar Mendoza Arámburo, el primer lugar del
concurso de cuentos de la región de Todos Santos es “El
pescador de Estrellas”, de Arsenio León Cota.
El mundo construido en este primer cuento es un
mundo inmerso en lo real maravilloso (la lectura de
Gabriel García está presente); es un mundo, como el
estado: tiene un pasado remoto, inmemorial, combina-
do, tal vez, con algunos elementos de raza, aunque, por
las propias características del cuento, sin rasgos. Un
mundo construido por diversos elementos, por diversas
convergencias y por múltiples culturas: un estado de
constante inmigración. El cóndor y el árabe irrumpen en
el espacio del cuento; son elementos extranjeros de la
cultura que están presentes: los dos son carroñeros, uno
de carnes y otro de dineros.

23
El génesis representado en el cuento simboliza el
momento histórico de Baja California Sur; aunque éste
inició como parte de una neomitología propia de lo real-
maravilloso, presenta el mosaico cultural apropiado,
también, en Baja California Sur, tierra de emigrantes: el
inmemorial indio presencia la pigmentación de las ra-
zas: el verde sitúa al indígena americano; el negro, al
africano; el amarillo, al asiático; el rojo a los indios de la
parte septentrional de América; y los blancos, a los
europeos. Todo se funde en ese mítico espacio que
puede ser Baja California Sur.
Por supuesto, esta mixtura también es cultura. El
indio, como espíritu, simboliza la ausencia cultural de
los guaycuras, pericues y cochimies; éste ve a lo lejos la
nueva conformación de ese mundo, que es caótico y
arrevesado; un indio asimilado, además, a la cultura
judeo-cristiana. Un indio Nabor que busca, por su
propia definición, limpiar, purificar. Sin embargo, esa
realidad desacreditada, llena de gusanos, de irracionali-
dad, no se lo permite.
Si para la conformación del Estado se redactó una
constitución política; para su construcción cultural es
necesaria la escritura de un libro. Un nuevo testamento
se propone: redactado por Pedros y Juanes: fundación y
final de la escritura; sin embargo, muestra que este
nuevo mundo no se escribió bien. Son muchos los
personajes que intervienen en la redacción de esa nueva
constitución: la semilla fecunda por otro lado. La libe-
ración sexual de los sesenta encuentra en estos momen-
tos su mayor esplendor: pero Tánatos y Eros encuentran
un origen diferente, una tierra diferente: en ese mundo
caótico los símbolos no son los mismos: la Virgen María
de la Biblia del Nuevo Testamento, se contrapone a una

24
María meretriz; la Virgen María dadora de vida se opone
a una de muerte; una virgen perfecta a una prostituta
que infecta al mundo.
Ése es, pues, un caos incipiente, en el cual la
conformación del pueblo sudcaliforniano se ve simboli-
zada por lo exterior, por la divinidad; esta constitución
está destinada al fracaso. No es una identidad encontra-
da en la muerte, sino en la negación, en el desierto.
Finalmente, Nabor, esa representación metonímica
del pasado idealizado e ideal, espera mejores tiempos
astrológicos. La rapidez con la que los hombres han
creado su caos no le dejan la menor esperanza a ellos, y
los separa, los divide para que a la vez, él espere otro
mundo; otra inminente posibilidad. En el caso de Baja
California Sur, el cambio no ha sido provechoso, ha sido
un caos, un tiempo de muerte, de diversos pensamien-
tos segmentados, de imposición, de corrupción, final-
mente, y de cierta manera, 1975 sería el año eje de la
década en donde se dividirá México entre un sexenio
corrupto y otro aún más podrido. Pero la espera y la
esperanza están en la sabiduría ancestral.

25
26
El pescador de estrellas

Arsenio León Cota


Pseudónimo: Coralillo

El indio Nabor tenía los ojos pegados al infinito, con una


mirada larga, pesada, cargada de presentimientos. Esta-
ba sentado en una roca verde que flotaba en sus propias
quimeras pétreas. El indio estaba allí desde que empezó
el mundo. Lo vio nacer y crecer pudriéndose de humanos
a cada instante y le compadecía con mortal benevolen-
cia. Tenía la figura vieja de cóndor improvisado y a cada
instante se sacudía los recuerdos con enérgicos movi-
mientos de cabeza, como si le molestaran o no le cupie-
ran en su cráneo de paredes redondas. Los recuerdos
caían como vidrios de hule, rebotando en el abismo y
cantando notas de piano desafinado. Eran como un eco
irrepetible que se duplicaba en cada tropiezo, y allá en la
sima amontonaba sus sueños rotos. El indio Nabor se
divertía con sus recuerdos. Entonces el mundo era plano,
como un espejo de ladrillos acostados, que se hizo
redondo a fuerza del peso de los recuerdos era un mundo
enroscado ya. Pero Nabor no se movía de su sitio,
continuaba seco y nítido como una realidad increíble y
desprestigiada, mirando a los gusanos del mundo encor-
vado agitarse por fuera y por dentro. De vez en cuando

27
soplaba un aliento negro para esparcir la muchedumbre
de gusanos opacos que deificaban a un gusano mayor y
se reía de la estupidez acrisolada que los movía a seme-
jante acto. El temor –se decía– y la mansedumbre
irracional, la pereza y la ceguera de oídos los hace
humanos y dificulta la evolución de sus propias natura-
lezas celestiales: son polvo cósmico, células del universo
caído y no lo comprenden. Llegará el día en que tenga que
bajar a ellos, convertirme en otro gusano más y hablar su
absurdo para hacerlos pensar en el infinito –meditaba el
indio–. Una cobija sucia de deshilachadas preocupacio-
nes envolvió al ermitaño de la mirada larga que se quedó
dormido en la noche vieja de los siglos presentidos.
Abajo, entre los gusanos con piel de humanos, cre-
cían, con frondosa fertilidad, una hectárea de caos, otra
de ignominia y muchas más de mentiras y de injusticias.
Los Pedros y los Juanes las llevaban a carretadas por las
calles del pueblo, dejando en cada casa una canasta
repleta del surtido cultivado; en sus prisas, muchas veces
iban regando su producto a lo largo del camino y donde
caían brotaban fieras salvajes y multicolores, enfermeda-
des líquidas y geométricas, pájaros mudos de mal agüero
y perversidades de terciopelo que formaban una selva
impenetrable de calamidades. Todo mundo era feliz con
su fronda. Ríos de sexo inundaban la comunidad, y las
parejas nadaban en ellos sin recato alguno. Se ahogaban
sonrientes en ese vértigo de placeres gratuitos, de úteros
insaciables y de promiscuidad candente. La muerte se
pudría bajo la vida inacabable de las generaciones estan-
cadas, en el semen pegajoso que corría por las veredas.
En cierta ocasión, María, la de tez blanca y pulida
como vaso de cristal, inventó las enfermedades vené-
reas, como una medida para despudrir la muerte. Ella

28
misma se prestó a los experimentos iniciales y solicitó
voluntarios por tan grato acontecimiento y tan inusitado
oportunidad. Era una fila tan larga que le daba vueltas
al mundo. María no se daba abasto y reía con carcajadas
de metal por el éxito de su invento. En las casas de los
infectados se organizaban fiestas de celebración y se
tributaban honores especiales para los afortunados que
se les despedazaba el sexo. Cuando murió el primero se
hizo una festividad universal, todos corrían de alegría
por los caminos del semen y envidiaban a la familia a
quien pertenecía el muerto, y los dueños estaban felices
con su dolor por lo que conservaron durante largo
tiempo a su “muertito” para que no se les acabara el
sufrimiento. Pero de pronto ya no había cadáver, sólo un
puñado de gusanos somnolientos y residuales se pasea-
ban por los patios y los dolientes se indignaron con la
desaparición de su tesoro muerto. Salieron a buscarlo a
las casas vecinas porque pensaron que tal vez se cansó
de estar con ellos y caminó hacia otra parte donde le
rindieran mejores honras. El dolor de perder su dolor les
duplicó su congoja y llegaron hasta un huerto donde
festejaban a otro muerto nuevecito.
—Venimos por nuestro muerto –dijeron.
—Éste se nos murió ayer.
—Este muerto es nuestro. Hicimos muchos sacrifi-
cios para lograrlo y ahora ustedes nos vienen con que se
los robamos. ¡Pregúntenle a la María! Ella nos hizo el
favor de matarlo en su propio lecho.
—Yo soy testigo de ello –dijo el primer árabe del
mundo, el que inventó Arabia–, estaba presente cuando
ocurrió. Pero por un precio módico les puedo conseguir
un cadáver nuevecito, mejor que el que ustedes tenían.

29
Se los puedo dar en facilidades. Tengo de todos los
precios y de todos tamaños. ¿Les parece?
—Muéstrenos algunos –pidieron los del muerto
perdido, una vez resignados.
—Vamos a mi casa –dijo el árabe, saliendo presuro-
so y lleno de una alegría esponjosa y resbaladiza.
Pero se corrió la voz de aquella venta y todo el
mundo quería tener su cadáver. En un santiamén el
árabe se hizo rico por la tempestuosa demanda de
cuerpos rígidos, y la pobre María no hallaba qué hacer
para cumplir con los pedidos que el hábil comerciante
en carroña le hacía. Ambos tuvieron que recurrir al
fraude justo para salir del apuro mercantil en que se
hallaban metidos. Ella se vio obligada a matarlos sanos
y él a doblar el precio normal. Las solicitudes provenían
de todos los rincones de la comarca. Las enfermedades
y la fatiga se le acumularon en el cuerpo a María y se veía
por eso de una obesidad insosteniblemente propia. En
cada una de sus articulaciones le brotaron tuercas y
tornillos enormes. Parecía una máquina sin inventar y a
cada paso se le desarmaban los miembros pues su gran
voluminosidad hacía vibrar el suelo como un elefante
de plomo. Mucha de la gente que le admiraba se condo-
lió de su estado, andaban recogiendo los pedazos para
ponérselos nuevamente; así fue como descubrió la
mecánica elemental. Pero llegó el día en que María
reventó con una explosión oscura y silenciosa. Acababa
de matar su cliente trescientos cuarenta y cinco mil
doscientos tres cuando sobrevino la catástrofe, y la
peste elástica de su muerte se pegó en el aire, saliendo
a chorros por las ventanas y llenando la atmósfera de un
color negro y ácido que galopaba por las calles tridimen-
sionales. Ese fue el muy conocido en la Historia como

30
Día Negro, que duró seiscientas horas pues era tan
denso el aire que detuvo al sol en su camino y no fue sino
hasta que llamaron al indio Nabor a grito abierto, y que
éste pudo despertar, que lograron despejarle el camino
al sol para que continuara fabricando días; el astro
príncipe –era muy joven entonces– molesto por la
demora corrió a toda velocidad para recuperar el tiempo
perdido, y en sólo dos días hizo una semana. Fue la
primera vez que se conoció un cometa.
Cuando se aclararon las tinieblas desteñidas la gente
se puso a reconstruir el cadáver de María –era la primera
mujer que se moría– y como no supieron de su última
víctima comercial, les sobraban brazos y piernas. Como
Dios les dio a entender la completaron, poniéndole dos
manos de más en las orejas y pensando que quizás al
morir le había salido del vientre un adulto recién nacido.
Con figura de robot improvisado inventaron el primer
monumento del mundo a quien le rindieron toda clase
de honores por ser la mujer que despudrió a la muerte y
con ello podían sufrir. Gracias a ella era fácil tener un
muerto propio, de cualquier color y tamaño. Desde ese
entonces ese pueblo se llamó, en su honor, “Pueblo de
María la Grande”.
Pero el indio Nabor no compartía tal júbilo. Una
tarde que estaba pescando estrellas para alimentarse
vio, desde su cima verde, que todas las mujeres de
“María la Grande” se dedicaban al negocio de su inven-
tora. En cada esquina se ofrecían montones de cadáve-
res a la venta. La competencia mercantil se hizo a tal
grado tan aguda que, por cada dos fiambres comprados,
ofrecían de obsequio una doncella viva y sana para que
el nuevo dueño tuviera el honor de contagiarla. Así se
inició el mito de las vírgenes castas. Nabor no aguantó

31
más. Desde lo alto arrojó una manda de gusanos con
defectos humanos, un puñado de estrellas frescas de
varios colores que cayeron como lluvia seca sobre los
sorprendidos necrófilos de “María la Grande”. El im-
pacto fue brutalmente oblicuo y transparente. Todo se
tiñó de colores y se borraron los nombres: sólo había
seres verdes, negros, amarillos, rojos y blancos. Nacie-
ron las razas.
Con sumo cuidado, Nabor seleccionó a las gentes
según su color y las acomodó discriminadamente en
distintos puntos de la tierra jorobada, poniendo entre
ellas murallas de geografía e hidrografía. Por primera
vez en mil eternidades el indio dejó su trono verde y bajó
a cuidar su jauría de razas que se desperdigaban por los
horizontes curvos de un infinito remendado.
Nabor caminaba sin pasos, brincando a rastras volá-
tiles las líneas de sus sueños cúbicos, en una esfera
diagonal a su sangre estéril. Un tiempo raspado por el
uso de sus pensamientos húmedos le agobiaba las espal-
das de telarañas y le marcaba un alto imaginario y dulce.
Así caminó hasta el fin del infinito, donde se enredan las
galaxias y se devuelven para formar el Todo. Buscó un
tiempo nuevo para empezar a gastar en el reconoci-
miento de sus generaciones, con la esperanza de su
sabiduría vieja y carcomida sobre su frente de perspec-
tiva. Sabía de su fracaso futuro antes, mucho antes que
fuera proyectado y, sin embargo, su terquedad indígena
y cósmica le reanudó su fe higiénica y tenaz. Y así,
pescando estrellas, se puso a esperar al mundo.

32
1976

Irrumpe en la escena narrativa de Baja California Sur


una nueva generación, que aún no se identifica como
grupo, pero que encuentra en la palabra escrita un
vehículo adecuado para expresarse; en este caso, Víctor
Villavicencio Ojeda, con 22 años, gana el concurso. La
temática cambia radicalmente. Se impone un nuevo
tema y un diferente estilo, así como una nueva perspec-
tiva de desarrollo intelectual.
La rapidez del estilo de Villavicencio semeja mucho
la estructura de la velocidad de esa nueva época; Méxi-
co pasa una última oleada psicodélica, la música disco
se encuentra presente, el rock se ha consolidado en la
estructura musical, han pasado nueve años desde el
alunizaje de los Estados Unidos, la guerra fría se en-
cuentra congelada. La economía da visos de derroche,
y no se puede pedir más desarrollo. La concreción es una
nueva tendencia que han aprendido en talleres de cuen-
to, con maestros tales como Monterroso. Son los guías
espirituales de esta nueva generación: el mundo de las
letras puede ser menos extenso. La tendencia que inició
Monterroso y que desarrolla Villavicencio, será una

33
apuesta que treinta años después será llamada: la
minificción.
Con este empuje, el joven Villavicencio osa mirar las
estrellas. Su escritura es una constante preocupación,
parte de su juventud en las letras y de su propia búsque-
da estética como miembro de una nueva generación. Es,
por su misma circunstancia, una escritura en la que no
existe una pena o una alegría, ni siquiera un spleen; sólo
una incertidumbre. Por supuesto, el nexo entre esta
nueva generación y las anteriores es que, de cualquier
manera, el hombre es un ser cósmico, y su escriturar es
una manera de dejar constancia de su paso en el ambien-
te cultural. Villavicencio y otros noveles escritores de
Baja California Sur de la época asimilan las nuevas
tendencias de la escritura en México y en el mundo, son
viajeros e importadores del ambiente cultural; y convie-
nen en reunirse, tanto como la generación anterior,
como la nueva.
En ese sentido, Nineth, un nombre, mitad extranje-
ro, mitad asimilado; proveniente de la lengua inglesa, se
integra a la narración de una manera natural. Es el
personaje que pregunta y deja la hipótesis que mueve al
relato. El hombre como ser cósmico sólo proviene del
experimento de un ser superior; ese ser superior corres-
ponde a tres dimensiones: la exterior, la real y la interna:
la del pensamiento. El viajero, pues, asume la postura
final del viaje interno, mental.
Nineth es el femenino, insistiremos, que conmueve.
La mujer, así, representa el nueve: la ordenación de los
tres mundos en los que habitamos: el espiritual, el físico,
y en el que más se mueve el personaje: el intelectual.

34
El viaje

Víctor Villavicencio Ojeda

La noche es enajenante, la calle es parda, yo camino. A


veces, alguien dijo que para escribir hay que tener penas
o alegrías y no tengo ninguna de las dos cosas... Enton-
ces no debo escribir.
Ahora ya no camino, estoy sentado en el carcomido
pretil, con los ojos en blanco y la mente de todos
colores. En un estado casi alucinante, por las calles se
desparrama un fuerte olor a pan recién horneado y se
confunde con el aroma de la noche.
Calle solitaria... El tiempo pasa, dejando como
única huella los recuerdos y las canas... En el cielo las
estrellas,... Veo más estrellas que de costumbre... Un
perro callejero se acerca a olerme y se aleja con paso de
beodo.
Creo que ya es de madrugada, a ratos hace calor y a
ratos hace frío, si mal no recuerdo es primavera. El aire
está húmedo, hace siglos que ya no fumo y hace millares
de años que no veo a un ser humano.
Nineth debe estar loca, cierta vez me dijo que los
humanos y todos los habitantes de la tierra somos parte
de un experimento a nivel cósmico, y ese razonamiento

35
me ha dejado pensando; Nineth siempre dice cosas que
en un principio parecen alocadas pero a fin de cuentas
me dejan pensativo largos periodos.
Niebla espesa que hace un poco difícil la respira-
ción... El mundo vibra... Y yo pienso... Pienso en ese
mundo que tantas veces he observado en mis sueños y
lo vuelvo a soñar despierto.
Sólo el murmullo del día que se acerca turba mis
sentidos, un poco porque casi no le concedo importan-
cia, pienso en Nineth, en sus negros y profundos ojos, en
su cara delgada y pálida, trato de encontrar su espíritu
vagando en esa noche, pero es en vano, su espíritu debe
estar ya muy alto, ella es casi celeste y yo humano que
se arrastra sobre el planeta.
Repito su nombre en silencio... Nineth...
Es absurdo... Completamente absurdo...
Las imágenes que antes estaban distorsionadas
(distorsionadas sic) se han ido aclarando con lentitud, la
niebla ya no es tan espesa y ahora son menos largos los
espacios en blanco, cuento los postes que están ahí
como guarniciones de la noche; uno, dos, tres, cuatro..
el mundo sigue igual...
Me obsesiona la idea del experimento, porque desde
que era chiquillo he sentido como si millares de ojos me
espiaran constantemente, como si alguien (o algo) an-
duviera constantemente junto a mí; a menudo escucho
voces que me aconsejan o reprenden, pero cuando
vuelvo los ojos a la vida y sobre toda la humanidad, deja
de obsesionarme todo eso y pienso que se trata sola-
mente de cuestiones mentales.
Estoy naciendo por segunda vez y tengo hambre y
sed, deseo frenéticamente ver un ser humano... Platicar

36
con alguien pero el único ser vivo que habita esta
madrugada soy yo...
Si pudiera ver esos ojos que siempre me observan, si
pudiera encontrar a ese alguien que demanda mis pasos,
o a ese algo que desdobla mi personalidad, pero estoy
solo y faltan miles de años para que amanezca, ni
siquiera los recuerdos que siempre me acompañan,
están conmigo esta vez... Se han quedado atrás... En
algún recodo del camino...
Cierta mañana de otoño, que caminábamos por el
campo, Nineth me dijo que soñaba con un mundo ideal
y perfecto y me reía de ella, entonces, sus negros y
profundos ojos se hicieron transparentes y pude ver al
fondo de ellos el mundo de que hablaba... Era un
sueño...
El amanecer se sigue retrasando y sigo aquí sentado,
boquiabierto, vi pasar una sombra y le hablé, pero no me
hizo caso... Estoy seguro que era el espíritu de mi
amada... Me voy, los dejo en este nauseabundo plane-
ta... Viajaré junto con ellos al mundo dentro de mis ojos.

37
38
1977

Rogelio Félix Félix es una figura cultural importante


para la Sudcalifornia del momento. Será una década en
donde él cosechará triunfos diversos a nivel estatal y
nacional. Se encuentra, pues, en máximo nivel.
A sesenta y siete años de la Revolución Mexicana,
fuera de los tiempos de la literatura de la Revolución, el
género menos practicado por la temática de la épica
revolucionaria: el cuento, reaparece en Baja California
Sur. El cuento ganador: “El cumpleaños del general”, se
desarrolla con un lenguaje claro y coloquial, la historia
relata la huida de una pareja de la venganza de un
general. El nombre de Villa y la situación de los perso-
najes dejan en claro que la acción se ubica en tiempos de
la Revolución Mexicana. En un ambiente de miedo,
dolor y violencia, los protagonistas muestran una cara
de la guerra que no tiene nada que ver con los ideales de
libertad, igualdad y respeto que se supone promulgaba
la Revolución.
La reaparición de la temática de la Revolución no
queda fuera de los límites temporales del Estado: re-
cientemente constituido, antes había sido territorio

39
nacional, y sus jefes políticos eran los militares; genera-
les nombrados por el Estado Mayor presidencial. De
hecho, Rogelio Félix Félix fue un periodista activista en
pro de la consolidación de los poderes estatales. Y
sufrió muchas de las persecuciones y de las represiones
militares debido a sus escritos políticos en los periódi-
cos de la época.
Amén del conocimiento que Rogelio Félix Félix
muestra de la literatura universal, porque, a la vez que
revive un tema escrito por Boccaccio, y por Guilhelm de
Cabestanh: el corazón comido por el amante; lo adapta
magistralmente a las circunstancias revolucionarias y
de la zona: la cabeza cocida a la manera de birria del
norte y de Sudcalifornia. Con ello simboliza la ausencia
de pensamiento, de fundación, de autoridad, frente al
poderío de los militares, que es como el autor y la tierra
de Sudcalifornia donde vivió hasta 1975. La circunstan-
cia del militarismo se refleja como catastrófica para la
zona.
El cuento dialogiza la acción, y la temática; la
introduce, pues, en los términos de lo regional y de lo
hablado: la chiquis, Pascualín, Panchillo, son persona-
jes de pueblo y que, por tanto, debe minimizarse a su
último grado de expresión en lenguaje usando los dimi-
nutivos. El diálogo también permite que el cuento
rompa su estructura tradicional y nos permita ingresar
en el mundo que representa: los horrores del poder
militar, y diría, de las armas.
Y aunque Ferrara y Villa –sin estudios– provienen
de una clase social baja (no así el general Ángeles)
mantienen el carácter de señores al no ser nombrados
por sus nombres, sino sólo por los apellidos.

40
La muerte del amante se debe a los riesgos propios
del adulterio, pero también a los deseos de poder sobre
lo único que domina a los hombres: la mujer como
fertilidad, como tierra y como posesión.
Finalmente, el cuento es un elogio a la condenación
de caracteres que van de lo internacional, desde
Boccaccio, a lo nacional con la integración del cuento
dentro de la narrativa de la Revolución Mexicana. En lo
regional asume una dura crítica a los militares sudca-
lifornianos.

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42
El cumpleaños del General6

Rogelio Félix Félix

Un viento rencoroso les azotaba el rostro. Seguían su


huir peregrinantes por la sierra, agreste y despiadada
como esos tiempos. Los dos parecían flotar, pues no se
oían sus pisadas, sólo los brevísimos chasquidos de las
hojas secas y las ramas quebradizas. De cuando en
cuando, en la densa oscuridad, ramazos y espinas,
agudos como su angustia, flagelaban los rostros san-
grantes. Masacrados a golpes de rocas, filosas y lacerantes,
no sabían a ciencia cierta cuánto habían huido. Cuantas
horas fugaces habían transcurrido. Tampoco compren-
dían la esencia de su miedo, su temor a ellos o a la noche
asfixiante. A veces sus propios movimientos les aterra-
ban, haciéndolos envueltos en un silencio petrificado.
—¿Fuiste tú?
—No lo sé. También me asusté.
Y más silencio.
Seguían adelante, haciendo pausas para recoger sus
sombras oscilantes y desparramadas, y escuchar la in-
tensidad de su resuello agolpado.

6 El cuento también se publicó con el título: “El convivio”.

43
—¡ALTO AHÍ, QUIÉN VIVE…!
—No se muevan, jijos…Creían que se iban a burlar
de mi general Ferrara ¿verdad?
—A ese méndigo de Ferrara nadie se le escapa,
Isabel. Es el que parte y reparte la muerte en la bola, y
le inventa su muerte a cada quien, temblé de angustia
medrosa. Más te valiera que no siguieras preguntando y
te quedaras callada. Los muy desgraciados decían:
—Se lo merece, ¿qué creía, que mi general se la iba
a perdonar?
—Está loco.
—Y tuvieron que soñar en matarle, Isabel, en partir-
le la madre de algún modo. Yo le dije a tu hermano:
—Cuidado, mucho cuidado Panchillo. La vieja es de
mi general y te puede agarrar en la movida.
—Pero no me hizo caso. También dijeron:
—Hay que esperar que aparezca Villa montado
sobre los rieles con su gente. Luego los zopilotes vola-
rán sobre su cabeza dando la señal, esperando como
siempre el festín.
—Pero no llores, Isabel, que a cada rato te pones
irreconocible, ya pasó. Vete para tu rincón y escudriña
entre las rendijas a ver si no vienen a corretearnos otra
vez, a seguirme la sombra por dondequiera, para toda la
vida. Te veo temblar, Isabel, ¿será que tienes miedo de
soñarlo, de verle venir en un costal de pesadillas negras,
de meterte en las entrañas de su suerte?... Quizá fue
mejor. Ya no estorba a nadie, a mí que lo siento estallar
por todo mi cuerpo, que él nos dará fuerzas para borrar
de la parcela a ese desalmado de Ferrara. Me grita que
inventará otra muerte más callada, me suplica que yo
llegue como sombra del mal para hacerle lo mismo que
él le hizo a su hermano; que soñará con otra noche de

44
luna podrida, para que regresen y se vuelvan a ver los
cuervos, zopilotes y todas las sabandijas del maldito
desierto. Que ahora sí no estará Villa esperándolos
sobre los rieles desmantelados o en las barrancas
emboscados.
Siento, Isabel, que ellos vienen; miro para adelante
y los ojos para atrás, apagándose el contacto como el
agua, como las fogatas que se quedaron muertas allá en
el campamento, que en cenizas se llevó el tiempo. Me
estoy acordando cuando decía mi general Ángeles:
—“Hay que hacerlos idiotas mi general, hay que
emborracharlos como lo hacen los coyotes”.
—Luego estábamos vuelta y vuelta… vuelta y vuel-
ta, inventando muertes a cada rato. También me acuer-
do cómo le encantaba a Villa encerrar a sus prisioneros
en corrales, como reses, día y noche, y no dormía, nomás
trepado como zorra en la cerca gritándoles a cada rato.
—Al buey que se mueva, que baje las manos de la
maceta, lo despido de la parcela.
—Cómo caían al tercer o cuarto día de estar tiesos,
como piedras… Luego llegaba el canijo de Ferrara y
¡TRAS, TRAS, TRAS! En la mera cabezota… Vieras
Isabel, respingaban como pollos descabezados. Aquello
de la bola es pura pachanga, Isabel.
Panchillo y yo éramos de los de adentro, muy
carchanchanes de mi general, nomás le andábamos
pisando la sombra… “Ora muchachitos, entrénense
cazando pichones con las dos manos”, Nos decía pres-
tándonos sus pistolas de cacha plateada y nos escabe-
chábamos federales jugando a la ley fuga… De viejas no
se diga, Isabel, a cada rato les rajábamos la doncellez a
las que encontrábamos. En Chihuahua agarramos a una
vieja con marido; a él ¡Tras!, y a ella le entramos como

45
ochenta haciendo cola toda la noche, algunos hasta dos
veces… Isabel. ¿Sabes?, andábamos siempre cerca de
mi general Ferrara; te vuelvo a repetir pa’ que nunca se
te olvide. Viejas a él también nunca le faltaban, casi a
diario una nueva. Tenía una de planta: “La Chiquis”,
que nunca se le despegaba, aunque se metía con cual-
quiera cuando andaba en campaña mi general.
Por eso le dije muchas veces a Panchillo:
—A ésa no te le acerques aunque te haga jalón. Ya
tiene gallo que la pise.
—Y no me hizo caso, Isabel, se la comió varias
veces, hasta que una noche lo encontró mi general
Ferrara. Salimos huyendo para el monte y luego a la
sierra, pero una madrugada nos agarraron despreveni-
dos. Con el ventarrón que hacía no les oímos venir,
Isabel, mi general nos encerró separados y él también se
encerró a inventar muertes. Después, al tercer día de
estar sin comer me mandó a que me bañara, que me
arreglara, que me iba a invitar a un agasajo. Despidió a
todos los hombres y ordenó que arreglaran la hacienda
para fiesta, con flores y todo; él se bañó y estrenó
uniforme de gala; la chiquis tendió una gran mesa con
bastante vajilla, como para un banquete.
—Me dijo muy alegre:
—Pásale hasta adentro, valedor, quiero una fiesta
porque es mi cumpleaños.
—Y bebió Ferrara de su botella, hasta escurrírsele
por los carrillos bronceados.
—“¿Qué ¿ ¿No te gustan los convivios que yo
organizo?, nadie los hace mejor que Ferrara, nunca,
pero nunca se olvidan”.
—Cómo le brillaban de gusto las negras pupilas, y
me tendía la botella, Isabel.

46
—¿Y mi cuñado qué? –le dije mientras temblaba por
mi atrevimiento.
—Sólo invito a quien se me antoje, ¿o no?...
—Pascualín: la sopa –y él se sentó en un extremo, la
chiquis al centro y yo en el lado opuesto a mi general
Ferrara. Luego pensé en los demás invitados pero nadie
llegó, nadie.
—“Bebe, coyón, hazte hombre, y tu también” –le
dijo a la mujer pintarrajeada.
“Si Adelita se fuera con otro, la seguiría por tierra y
por mar, si por mar, en un buque de guerra, si por tierra
en un tren melitar”, cantaba mi general a cada rato
brillando de contento.
—¿Les gusta la carne de venado, muchachitos?...
Ayer temprano mandé a unos camaradas a la sierra por
uno… ¡Pascualín, el venado… Pero ya! –dijo restallan-
do su fuete sobre la mesa haciendo estremecer la estan-
cia. Y, ¿sabes Isabel?, Pascualín apareció muy ceremo-
nioso con los ricos platillos adornados con mucha
imaginación y más botellas de licor, mientras la estancia
se embriagaba con un aroma de platillos exquisitos.
—“Órale, coman con ganas, que a mí me indigesta
el venado” –volviendo a derramar la botella cantando
con más entusiasmo la Adelita–. ¿Qué les parece el
banquete de mi cumpleaños? ¿Eeeh? Sabroso, ¿no?
Bien decía mi padre: “Comer venado es casi como gozar
una vieja ¿eeeh?” –se desgañitaba de risa, luego dijo:
—“Veo que tienen hambre, coman más, la carne
está deliciosa. ¿Qué tal chiquis? ¿Qué tal la carne de
venado, ¿eeeh? Es sabrosa, pero más en la cama, ¿eeeh?...
JA JA JA JAAA, JAAA. ¿Les gustan los sesos de vena-
do?... ¡Ja, ja, ja, ja”.

47
Y nos sirvieron en bandeja de plata la cabeza de tu
hermano ¿Sabes Isabel, sabes?.... ¿Sabes? Su risa retum-
baba hasta el infierno, explotó en mis entrañas. La mujer
salió despavorida gritando tal si hubiera visto al
mismísimo demonio para luego revolcarse en la tierra y
yo… Isabel… Y yo, yo, yo, Isabel huí hasta acá como
desesperado, sintiendo en mis brazos y en mis piernas,
el deseo de avanzar al revés de mi voluntad, en mis
entrañas agolpándose su sangre y su carne viva que me
gritan: ¡VUELVE ATRÁS COBARDE!... Mira a Villa
en los rieles con charcos de sangre, con gente a caballo
que le siguen como fantasmas…
¡BUSCAN A FERRARA!... Búscale por todos los
rincones de la sierra… Por todos los desiertos… debajo
de las piedras… en los hormigueros negros y en las
madrigueras de los coyotes… en los quejidos sordos de
las barrancas que gritan batallas… Y para que ya ni siga
inventando muertes… ¡ACABA CON ÉL!

48
1978

Gabriel García se convierte en el motor de las ideas de


conformación de la nueva identidad, de los nuevos
tiempos en Sudcalifornia. Tal vez, por ello, los escrito-
res sudcalifornianos han preferido escribir a su manera:
además de que en su propuesta literaria, el tiempo y
espacio en la conformación del estado se los permite: un
estado incipiente en todo, a punto de tomar decisiones
importantes para el desarrollo de sí mismo.
Por ello, la prehistoria es un sentimiento justificado
en el inicio del estado: la Constitución es el primer
momento de escritura, y a partir de ella se tienen que
conformar las leyes, los ritos sociales, los esquemas de
convivencia en la sociedad. El escritor reconoce, tam-
bién, que esa prehistoria debe rescatarse para tener
claro el origen de esa Sudcalifornia: sean como sean
esos orígenes.
Para que sea Historia –así, con h mayúscula–, sólo
falta la constitución del pueblo, éste se ha levantado
poco a poco y parece que es olvidado de la voluntad de
Dios. La historia es el inicio de la escritura; Dios es el

49
inicio de la conciencia por querer alcanzar a escriturar
el viaje del pueblo.
Este Dios que ahora ha tomado forma judeo-cristia-
na, es parte de la misma conciencia del pueblo. Se señala
ese inicio: éxodo provocado por la baja de producción
de las minas, y en efecto, para 1978, cualquier actividad
minera del estado había terminado (sólo quedaba la
explotación de la roca fosfórica), y se inicia el éxodo
masivo hacia algún lugar: sólo quedan los elegidos por
el terruño, por las circunstancias.
Contrario al auge económico que marcaba el petró-
leo, se vive un momento prehistórico de conformación
de una sociedad alejada y sobreviviente de la federa-
ción; una tierra que no tiene un rumbo fijo.
Úrsula, nombre evidente de la narratología de Gabriel
García Márquez, encierra también cómo la constitución
del estado es, inicialmente, parte de la mujer: la fuerza
creadora de la tierra, la base matriarcal –que recuerda el
mito californio de las amazonas.
Natalicia ocasiona la muerte de su esposo y con ello
muere la falta de futuro, nace la esperanza, se inicia una
vida nueva, dejando atrás la decadencia, el pueblo
enfermo de lepra, enfermedad que ocasiona la pérdida
de sensibilidad y el estigma de la persona no deseada. La
salida del pueblo de la nueva pareja marca el momento
de cambio; nuevamente la mujer se presenta como
creadora: a través de la muerte y la traición se inicia una
nueva vida.
Para 1978, el Proyecto Loreto, financiado por el
Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento,
había tomado forma; el destino de los sudcalifornianos
tomaba rumbos diferentes. El gobierno empezó a ver en
la actividad turística un punto importante para el creci-

50
miento del estado. Si bien las promesas de hacer crecer
la actividad agrícola no se habían suspendido, todo
indicaba que la construcción de infraestructuras turísti-
cas en Loreto y San José del Cabo era prioridad. Se
iniciaba una nueva vida para los sudcalifornianos.

51
52
Murmuren víboras, murmuren

Jesús Santiago León Amador

Después de todo, la historia se durmió en la cúspide;


ahí, en el campanario del templo. Las casas quedaron
vacías de ruidos y los callejones olvidados de huellas
humanas. Así quedó San Gabriel: sin aliento y suspen-
dido en un espejismo desolado, macerado por el tiempo
y sacrílegas ánimas escondidas entre los escombros de
las casas desmoronadas. Pueblo cautivado por la voraz
tenacidad de las inclemencias naturales y deslizado en
el recodo del pasado.
Todo empezó cuando los yacimientos de las minas
se agotaron. Se inició el éxodo y muchos se perdieron
por los erosionados caminos terrosos, otros marcharon
satisfechos al mullido lecho de una fosa y sólo algunos
individuos se quedaron atados al negro porvenir del
pueblo: individuos famélicos, de rostros inútiles, como
manados de una esquina de la prehistoria.
Este puñado de mustias sombras; deshabitados del
alma; menguados por los parásitos, el hambre, el mezcal,
arrastraban su existencia por los vericuetos del pueblo,
pendidos al azar.

53
El pueblo se fue desmoronando como enfermo de
lepra. Los días zumbaban dilatados entre los escombros
de las casas. El viento y las noches fangosas murmura-
ban en las copas de los árboles y las estrellas semejaban
chispas apagadas entre la bruma nocturnal.
Esto parecía un experimento divino, hollado por la
maldad de Dios, aburrido de la monotonía omnipotente.
El tiempo corría por el vasto silencio y la apacible
quietud de San Gabriel, despedazada por la bruma y
nublazones sombríos. La gente se ahogaba en la infinita
rutina de la soledad y ahí, en ese mar de cosas muertas,
en ese remedio de la historia, una charla ensartada de
recuerdos rompía la quietud del silencio, símbolo de
este pueblo.
Las voces salían de la mansión de don Íñigo; en cuya
fachada, al frente, se leía con letras góticas: “Compañía
Minera La Nueva España”. En una oquedad de la parte
superior había una estatua de un minero decapitado,
cuajado de nidos abandonados y abajo, a un lado de la
puerta principal, dos leones de tamaño natural, esculpi-
dos en bronce sin cola y sin orejas.
Las voces se desprendían de los ventanales sin
marcos, como del fondo de un pozo:
—Estamos jodidos –dijo don Íñigo con voz chillo-
na–, si no fuera por tu estúpida terquedad de quedarte
en este pueblo, ahorita estuviéramos gozando de la luz
de otros días –y se quedó pensativo enrollando un
cigarrillo de hoja, experimentó una sensación de impo-
tencia e inhaló con fruición el humo.
—Qué más da –contestó sonrojada Úrsula, su espo-
sa, saliendo del balcón suspendido de bugambilias; miró
el quiosco destruido e invadido por arbustos y flores

54
silvestres; luego suspiró y sus tangibles recuerdos la
posaron en tiempos remotos, cuando desde ahí, mira-
ban pasar los carromatos jalados por briosos corceles y
la gente apretujada en los tianguis de los domingos.
—Estamos más que jodidos –repitió Íñigo masti-
cando una bola de tabaco negro–, qué diferencia de
aquellos tiempos llenos de riquezas y comodidades,
masculló, y su rostro arrugado se congestionó en una
furia muda, se sacudió la barba espumosa de canas,
buscó figuras en la pared manchada de salivazos y
contempló las piernas flacas de su esposa y el vientre
descomunal, sonrió maliciosamente y apuntándola con
sus dedos gastados le dijo:
—Pareces araña, tú sí gozas de la luz de otros días.
Úrsula tuvo una indignación sosegada y, mirando
con tristeza a su esposo, que ensimismado contemplaba
los espirales de humo azul del cigarrillo cruzándole la
cara abatida por el alcohol. —Pobre, está loco de
recuerdos –murmuró y se le quebró un quejido en la
garganta–. No tiene caso humillarnos de pasado, no
tiene caso repitió malhumorada, saliendo de la recáma-
ra apestosa a locura y a cigarrillos baratos.
—Mmm…, estamos requetejodidos –rezongó el
hombre desde el fondo del cuarto con la boca llena de
tabaco.
Úrsula salió al patio sombreado por la frondosa
vegetación, caminó meditabunda arrastrando su anato-
mía hasta la fuente encharcada de agua podrida y llena
de sanguijuelas; oyó el crujir que hacían los pies con los
pedazos de maceteros descuartizados por el tiempo;
llegó hasta la fuente, bajó la cabeza y contó las sangui-
juelas… cinco… seis… siete… ocho… nueve… diez.

55
—¡Oh!, son más, son más –gritó cruzando los brazos al
pecho, levantó la cara al cielo azul y con voz extasiada
elevó un rezo lleno de ferviente fe:
“Padre nuestro que estás en los cielos
Santificado sea tu nombre
Vénganos… a… salvar
¡Creo en ti… Señor mío…!”
Como los rezos se le perdieron en la memoria, se
volvió a agachar al agua estancada y se quedó mucho
rato hundida en amarguras y, cuando sintió las arrieras
subiéndole por las piernas, súbitamente enderezóse, se
sacudió y se fue canturreando a recoger una rosa solita-
ria que dibujaba su mancha verde en un montículo de
tierra; acarició la cara con los pétalos y escuchó el crujir
del portón; alzó la cabeza sorprendida —¿Quién será?
–pensó extrañada; rodeó la fuente deshojando la rosa y
miró entusiasmada la figura de su comadre Natalicia en
el umbral del portón oxidado, y tapizado de hiedras
verdeoscuras. Caminó a su encuentro, la abrazó con
frenesí y Natalicia empezó a llorar, como si trajera un
dolor muy grande en el alma —¡Se murió mi esposo, se
murió! –repitió con la voz maniatada de llanto, cayén-
dole las lágrimas por el rostro.
Úrsula sorprendida, sin preguntarle nada, la tomó de
la cintura y la condujo a sentarla al montón de piedras
caídas de la pared de la casa. Ahí lloraron entre las
hermosas canteras de policromáticas chispas, que el sol
se encargaba de sacar como un céfiro murmullo de
luces.
Continuaron las lamentaciones; bajó don Íñigo guia-
do por el llanto, y al rato, se fueron todos a preparar el
velorio. Salieron de la ruinosa mansión; escucharon el
eco del bosque astillado por una parvada de pericos

56
volando en el desfondado cielo del pueblo. Afuera, el
sol correteaba a las sombras como un mitológico sátiro,
y ellos caminaron por callejones empedrados, perdidos
entre las raíces de las enormes higueras, entre las hojas
de vastos encinos y los troncos gigantescos de las
ceibas.
Desde ese momento, la noticia de la muerte se fue
brincando de casa en casa hasta los oídos de los briagos
habitantes.
—“Murió el Flores Negras, murió el Flores Negras”
–y la noticia se detuvo al declinar la tarde, cuando el
vientecillo hizo sonar la campana del templo, sonó dos
veces, como si el tañido anunciara la muerte.
—“Murió el Flores Negras, se le apestó el miedo en
las tripas” –eso decían porque vio al ánima de Cholita,
la tullida que encontraron muerta entre las raíces del
álamo que está junto al arroyo, cambió de mirada, el
cuerpo endeble, desguanzado de temblores lo hacía
caminar aquejumbrado y continuamente le salía una
flema amarilla, fétida, por la nariz y la boca.
La noticia se desparramó y al poco rato, después de
que los zopilotes enturbiaron la paz del pueblo, porque
llegaron en bandadas a invadir las copas de las palmeras,
empezaron a llegar pequeños grupos de gente a velar el
cuerpo de Flores Negras.
En un cuarto descalabrado, lleno de hollín y telara-
ñas, se apretujaba la gente; sentados algunos en decré-
pitos sillones coloniales y otros acomodados en andra-
josos banquillos que en otros tiempos saciaron la moda
elegante llegada de Paris, cautivando con encanto a las
mujeres de modales exquisitos, a los hombres de garbo-
sas pandillas y atiborrando a las casas palaciegas de
cosas inútiles. En ese cuarto atestado de muebles

57
apolillados, de cuadros despintados y santos deformes,
descansaba de la fatigosa faena de la vida, el yerto
cuerpo en una cama de metal amarillo, de perfectos
contornos áureos, con las cabezas enormes y un colchón
mohoso y percudido.
Ahí, con los ojos semicerrados y una reposada
mirada el infinito dormía el sueño eterno el Flores
Negras; el cuerpo cubierto con una camisa harapienta y
un pantalón azul con parches color marrón en las
rodillas, atisbando pedazos de carne molida y
sanguinolienta, los pies con hematomas purulentos
descubiertos al diáfano cuchicheo de la tierra; los bra-
zos atravesados tensamente a la caja torácica y sus
manos, esas manos cubiertas de fatigados movimientos,
estaban empuñadas y en la diestra, una enorme daga de
plata con la cacha grabada de pequeñas calaveras. Le
dejaron la daga no por voluntad, sino que fue imposible
quitársela ya que murió aferrado a esa arma blanca y
solamente cortándole los dedos o todo el muñón, po-
drían contenerle esa tentación de ir armado al más allá.
Así quedó el Flores Negras; con la daga en la mano
derecha y en los labios renegridos una sonrisa sarcásti-
ca, burlándose de los que se quedaban bajo la furia
sórdida del tiempo.
Siguió llegando gente, hasta que todo el raquítico
pueblo se amontonó alrededor de la triste figura del
difunto. La gente empezó a beber mezcal, café y comer
granos de maíz cocido de un menudo apestoso a estiér-
col, y ya sobrepuestos de la risa sarcástica del muerto,
y la tentación de llevar un arma a lo desconocido,
empezó el barullo de la conversación. Las mujeres se
aireaban las desdentadas peinetas de carey en sus cabe-
llos sucios, jugaban con rosarios de pulidas piedras

58
azules, cuchicheaban al (dos palabras borradas) vicia-
dos de pecado e infamia. Los hombres decían chistes
obscenos entre risas apagadas, dejando a veces, un
prolongado silencio para dar paso a los alaridos de dolor
de la viuda y del sobrino Torcuato, únicos dolientes del
muerto. Otras veces salían frases deshonrosas en rep-
tante murmullo y crujidos lúgubres de bisagras enmohe-
cida… ¡Murmuren víboras murmuren…!
Torcuato pegó la cara al rostro de su tío, besó
religiosamente la frente y saboreó el acre e insulso gusto
metálico de la piel. Lanzó lamentaciones acuosas. Su-
plicó el retorno de su tío a dios. Esbozó un gesto
maltrecho, incrédulo y sintió remordimientos… remor-
dimientos…, los de ayer…, sí… –pensó–: ayer cuando
saliste muy de mañana a la parcela y se me agruparon los
deseos… deseos de atrapar movimientos carnosos de
mi tía… y… no quise demorar más las imágenes que
sacaba en el escusado, cuando me metía ahí por horas
con el único fin de dibujar el cuerpo de mi tía y besarlo
hasta que se me hinchaba la boca, hasta que sumergido
en una fiebre de imágenes tormentosas y dulces, naufra-
gaban en una pasmosa masturbación… ¡No…, no!...
No aguanté más los sueños atiborrados de carne, sexo,
de toda ella…, ella que se deja observar por la rendija
del baño…, ella que junta sus templados muslos ador-
nados de transparentes vellitos y se levanta la falda,
porque hace calor, delante de mis ojos empapados de
delirio carnal..., ella..., ella que entró a mi cuarto a
curarme el jiote que tengo pegado al ombligo mientras
tú cenabas: se sentó en al orilla de la cama, jaló el
aguamanil y se puso a removerme la mancha con trapos
de agua hervida y un líquido rojo; después, revisándome
el cuerpo se deslizó por el pecho, llegó al cuello, las

59
axilas, la espalda y arrastró las yemas de los dedos por
mis piernas hurgándome, y se fue hasta arriba otra vez
donde está el hueco umbilical; pero antes se detuvo en
mis partes íntimas y yo traté de evadir esa búsqueda,
tenía miedo, pero la fragilidad de sus manos me rociaron
de un hermoso tintineo de campanitas; derramé como
un río caudaloso en bramidos roncos, y a pesar de eso,
ella siguió desatándome los deseos apolillados en mi
cuerpo con la fragilidad de sus dedos bondadosos e
ingenuos… ¿ingenuos?
Torcuato frunció el entrecejo cuando pensó esta
última palabra y no volvió al camino de los recuerdos,
porque las imágenes le aumentaron los deseos de su tía;
la buscó con la mirada brillosa, perturbada, y allá, junto
a un baúl desastroso le desnudó el cuerpo con sus ojos
alterados. Después se postró en cuclillas, gimió tan
doloroso, tan doloroso, que descorazonó a los presen-
tes; limpió con un pañuelo la comisura de los labios del
muerto invadida por una flema amarilla. Despanzurró
un puñado de moscas con la mano, y sorprendido,
escuchó el crepitar del fuego de las velas; vio las
mallugaduras del cuerpo y un escalofrío le cercenó la
piel e intempestivamente se retiró de aquella cara agrie-
tada, de aquellos ojos anudados por el rencor. Tomó un
vaso de licor, y sin inmutarse del tío chasqueó la lengua,
se chupó los dientes y mancilló con la vista el cuerpo de
su tía Natalicia. Ésta sintió con la mirada de su sobrino
un ardor recorriéndole los contornos de la piel, un leve
matiz de aire caliente le llenó los pulmones, el corazón
le golpeó el pecho y las axilas transpirándole un hedor
a cebolla rancia; luego sintió todos los orificios del
cuerpo ajados de palpitaciones suaves y se acercó
lentamente a Torcuato; gimió un sollozo, levantó la

60
vista a la cara de su sobrino y se quedaron largo rato
viéndose profundamente, ella con pasión y él con los
ojos desabotonados de deseos.
Natalicia sintió sus manos húmedas y agachó la
cabeza adherida al pensamiento, el remordimiento del
pasado inmundo; ese pasado maldito que le machacó
los remordimientos… los remordimientos de ayer…
cuando su esposo todavía vivía y como si estuviera
encadenada a los recuerdos de ayer…, ayer…, pensó
“Ayer…, cuando tu tío salió muy de mañana a recoger
mazorcas a la parcela y nosotros nos quedamos acosta-
dos, Torcuato, esperando que se perdiera en el umbral
de la puerta y llegaste silencioso hasta la casa y empe-
zaste a jalar la cobija acariciándome las piernas. Des-
pués, atrevidamente mordiste mis músculos y recorriste
con tus yemas todo mi cuerpo y tus manos sudadas
jugaron con mis pezones; luego tu lengua impetuosa se
metió en mi boca y no te importó que yo durmiera
porque te metiste bajo la cobija quemándome… que-
mándome…, y oliste el deseo que tenía adentro
bordeándome el cuello con tus besos ardientes y aga-
rraste los suspiros de mi cuerpo como si de antes fueran
tuyos; pero yo no desperté ni cuando abriste mis pier-
nas…, así, infinitas y te pusiste a hurgarme la honesti-
dad con la punta de los dedos y te subiste a jinetearme
chorreándome los poros con tus jadeos, haciéndome
partidaria de tu pecado, porque yo no desperté y te arañé
la espalda zigzagueando las uñas hasta las puntas de tus
nalgas y transido envolviste mi cuerpo en tu templo
ardiente… salvaje diría… y saqueaste todas las sensa-
ciones ocultas, guardadas, raras, y seguiste profanando
esta carne dormida y no desperté ni cuando murmuraste
amores y sentimientos al oído, ni cuando mordiste la

61
comisura de mis labios y los sangraste, ni cuando
lamiste la sal de mis axilas, ni entonces desperté. Fuiste
muy arriesgado porque no sé que extrañas sensaciones
sacaste de tu lengua entre mis piernas…, porque ¡Ay!...
sentí la mañana descuartizada de flores y una lluvia
olorosa a una aleación divina y oí un canto de pájaros de
cristal, rotos, rotos, volando entre mi sueño, como una
esquina lejana…, ¡Oh!... y te seguiste columpiando,
desgarrándome, ávido de clímax… ¡Dios mío!... abrí la
boca porque no podía contener el sueño y la cuenca de
los ojos la sentí en la nuca… ¡Dios mío!... Arqueada
para que te metieras completo en mi sueño y cuando los
dos nos sacudimos, nos ahogábamos… ¡Dios mío!...,
otra sombra nos medía los quejidos; entonces fue cuan-
do despertó y miró a tu tío temblando de rabia, con la
mirada brutal en nuestros cuerpos desnudos y un vérti-
go cruzó por mi cabeza partiéndome el sueño y mareada,
agitando todavía las caderas contemple a tu tío como al
otro lado de un vidrio empañado, con el brazo derecho
alzado y un brillo mortal entre sus dedos; es esa daga que
no quiere soltar y tú, Torcuato, lleno de pavor corriste
desnudo, saltaste por la ventana y yo no corrí porque se
me trabaron los movimientos en el cuerpo. Quise gritar,
pero no pude ¡no pude!..., entonces él se me abalanzó
vomitando una flema amarilla y gritó: … ¡Puta!..., luego
trastabilló, se quedó sin voz y se desplomó entre mis
piernas con un sonido gutural en la boca; lo sentí porque
estaba bien despierta, le juré que estaba dormida y le
pregunté: ¿¡Qué pasa, qué pasa!? Con la voz somnolienta
todavía, pero él no se movió y hasta que los sonidos
guturales se hicieron pequeñitos le tenté y sentí por
dentro de su cuerpo un ruido agónico, le di vueltas
porque cayó de cara y para su mala suerte se me resbaló

62
rebotándole el rostro en la bacinica llena de orines;
después empezó a patalear y se incorporaba desespera-
do queriendo agarrar aire, queriendo matarme, pero se
siguió mallugando la cara, el pecho, la espalda, por eso
tiene las contusiones en el cuerpo; yo lo vi asustada, no
podía ayudarle, porque mis caderas, inquietas, incons-
cientes, se movían rítmicamente como si jugaran, como
queriendo agarrar la punta erecta de tu cuerpo y hacer
otros…, muchos otros…, sueños iguales. Luego con
pavor comprendí que había muerto y tú no volviste
Torcuato, te perdiste en el bosque… tú… tú… tú que
eres el culpable, tú lo mataste porque yo estaba bien
dormida…, tú…
Natalicia perdió el hilo de los recuerdos porque las
mujeres empezaron a entonar las letanías largas y monó-
tonas y se unió al coro luctuoso para ofrecerle un
réquiem al yerto cuerpo que hoy abría un paréntesis
cósmico a la vida.
Ya estaba obscuro, la noche se metió en el pueblo,
las aves nocturnas y los ladridos de los perros mordían
la noche. La luz de un relámpago entró por la ventana e
iluminó el cuerpo de Flores Negras trazándole espeluz-
nantes formas. Un trueno precoz mancilló la castidad de
la primavera —Buen tiempo de aguas, –dijo Enésimo,
prendiendo algunas veladoras y las acomodó de tal
manera, ahuyentó la obscuridad del muerto, mientras7
________, la lluvia repiqueteba sobre las hojas de los
árboles, en los techos de las casas y se metía por las
ventanas. La noche se apestó a madreselva y siguió
trepando los cerros; luego, una atmósfera verde se filtró

7 No se entiende la palabra que continúa.

63
al cuarto cambiado, el olor viejo de los muebles. Las
tazas de café desprendían un humillo aromático y se oía
masticar granos de maíz cocido de un menudo apestoso
a estiércol.
La gente siguió rezando y los salmos y las letanías
monótonas caían ante el lóbrego y amortajado cuerpo.
Una cruz de ónix pendía de la cabecera de la cama hasta
la altura de la cara del muerto. Una imagen de San
Gabriel, santo patrón del pueblo reposaba en los pies
purulentos, escondidos entre los ramos de flores y las
coronas preñadas de chispeantes colores y perfumes.
Úrsula se acercó al cadáver y le puso una cruz de
ceniza en la frente, le pringó con los dedos agua bendita
y Doña Tránsita, con voz fuerte y timbrada, con voz
clara y reposada empezó una letanía haciéndole coro el
resto de la gente.
“Palabra de Dios que quitas los pecados del mundo.
Perdónalo Señor.
Madre del Creador.
Perdónalo Señor.
Madre del Salvador.
Perdónalo Señor.
Perdónalo Señor”
—Perdónalo Señor… Perdónalo Señor… Perdóna-
lo Señor –decía el coro entre voces roncas, alcohólicas,
entre voces infantiles y femeninas.
—¡Amén! –terminaron, se persignaron y después
volvieron a las charlas entre cuchicheos, a sus chistes
obscenos, a los murmullos henchidos de deshonra, de
infamia…¡ Murmuren víboras…, murmuren!
Un perro aulló largamente a la noche y un silencio
atroz, macabro, se deslizó por la ventana. El canto de un
tecolote pasó rozando el techo y el ulular del viento

64
entre las ramas de los árboles callaron el tañido largo…,
largo…, del campanario del templo. El tlic, tlac de las
gotas de la lluvia semejaban el caminar de seres extra-
ños, sobrenaturales. Y, ante ese cuadrado triturado de
ruidos aparentemente dantescos, ante sonidos capri-
chosamente sobrenaturales, producto de mentes ago-
biadas de supersticiones, de hambres; gente sin futuro,
sin presente; deshilachadas esperanzas impuestas a
pócimas, a brebajes míticos, a limpiezas espirituales, a
ver el mañana en güijas mágicas; la gente rezaba, reza-
ban temerosos de Dios… Seguían rezando y la cara
desgastada del muerto, erosionada de irrealidades, tuvo
un agitación imperceptible; detectaba signos vitales en
el cuerpo, leves, pasmosos, porque no estaba muerto,
sino que fue afectado por una catalepsia.
El Flores Negras empezó a escuchar lamentaciones
lejanas parecidas al fragor del viento veraniego en las
campiñas, pero no se daba cuenta todavía de su situa-
ción; pensó que despertaba de un sueño blanco, de esos
sueños volatizados del pensamiento, probó mover los
labios renegridos y quedaron inmutables, independien-
tes de los impulsos motores del cerebro, quiso gritar y
sus cuerdas bucales no respondieron al llamado del
cuerpo, luego se sintió extraño el olor de coronas y la
cera quemada… No, no puede ser… e hizo un esfuerzo
por mover los brazos y éstos quedaron fijos a su anato-
mía rígida. Tuvo una sensación del fastidio, no tenía
miedo porque se fue inmunizando a lo que le rodeaba y
convencido de que soñaba una pesadilla esperó a que
las horas, el tiempo, lo sacara de esa cueva dantesca.
El tiempo exprimió su serenidad y un sacudimento
pavoroso, un presentimiento embarazoso lo llenaron de
desaliento… ¡ Es mi velorio! ¡No…, noo!... ¡ Ayúden-

65
me!... ¡Estoy vivo!... ¡ Noooooooo! Pero solamente
escuchó la caída de la lluvia y la repetición de las Aves
Marías y los Padres nuestros. Sintió miedo e hizo otro
intento por salir de esa pesadilla, no pudo. Después
escuché el llanto de su esposa, un llanto estropeado por
el dolor, y como si abrieran un folio o un álbum de
recuerdos, empezó a recordar, y las imágenes esponjo-
sas fueron saliendo de su ya cansado cerebro. ¡ Sí, Los
vi desnudos! ¡ Tú... Puta…, que te entregaste al delirio
carnal, al pecado! ¡Tú eres la culpable, la única culpable!
¡Perdida!... Pero soy yo ahora quien te pudrirá de remor-
dimientos. Yo que te trancé de canciones y palabras
amorosas y arranqué flores para ti. Yo que siempre
estuve alrededor tuyo y te acaricié los pies desnudos y
ceñí besos en tu cuerpo… Filial... Puta… Yo… Pensó
y un vapor dulce le recorrió las venas marchitas. Trató
de olvidar y una melancolía lo recorrió a sí mismo:
cuando corría bajo la luz de la luna, escondiéndose en
los arbustos para verla pasar mezclada al canto de las
ranas y al canto de los grillos que anunciaban la noche.
Cuando acarició suavemente sus manos y sintió por
primera vez el amor bajo el color ámbar del crepúsculo,
cuando sintió la caricia del primer beso y un suspiro
largo…, largo, entró a formar parte de sus sueños, como
una estrella dormida, como una risa de un niño, como…
–pensó–, y un alud de imágenes dispersas lo confundie-
ron con la realidad, con la pesadilla que vivió en ese
momento y un letárgico cansancio le invadió el cuerpo;
luego escuchó el trueno de un relámpago desnudando la
noche, entre los árboles escuchó el aullido de los perros
nerviosos y el ruido del arroyo crecido, oprimiéndole de
miedo, y quiso gritar, quiso sacudirse esa pesadilla bajo

66
la presión de un8 ________. Esfuerzo mental. ¡No!...
¡No puedo!... ¡No puedo!
La noche acabó por confundirse con la lluvia; un
pájaro nocturno gritó en el antro de sombras negras del
campanario; un subterráneo sonido de tripas del muerto
hizo que la gente renunciara a la plática amena y
rezaran… rezaran. El croar de los sapos y el canto de los
pájaros mañaneros marcaron el inicio del alba que ya
rizaba el vientre fosforescente del horizonte. Una lu-
ciérnaga cruzó el cuarto y se quedó estática ante la luz
de la velas y el silencio quedó suspenso.., el silencio
quedó suspenso…, hasta que un pedo largo…, largo,
brotó del cuerpo del Flores Negras como queriendo
puntos suspensivos en el aire, en el silencio..
ppumm…pum… pum.. ¡ Yaaaa!.., pum ¡ Qué vergüen-
za!... pum, ¡ay!... pum… descansó… pum…, pum…,
con el último punto suspensivo, mientras la gente se
mordía los labios para contener la risa.
Allá, en el fondo de la habitación sombría, Natalicia
y Torcuato se consolaban abrazados y gemían en com-
plicidad con un dolor ficticio en los semblantes amari-
llos y grotescos, se apretaban la manos sudadas y sintie-
ron la cálida sangre circulándoles la cara, la vida de
espasmos y placer, tratando de rescatarse para no caer
en la amarga autoculpa y no sufrir el mañana con el
eterno examen de conciencia. Luego se estremecieron al
contacto de los cuerpos ungidos de sexo, de gemidos, de
futuras noches ahumadas de delirio carnal. Escucharon
el último punto suspensivo que salió por la ventana
apestando la aurora a musgo podrido y nervios, se
irguieron, caminaron hasta el féretro con las mejillas

8 No se entiende la palabra siguiente.

67
terriblemente ardidas, temiendo ver el odio del muerto
encharcado en sus pupilas sin brillo, era un pavor delator
de la conciencia, de ese miedo inconsciente que nos
delata cuando más queremos ocultar nuestros pecados.
Pum… pum… pum! Repitió el cuerpo avisando que
no estaba muerto, pero no entendieron el llamado y
solamente Doña Eduviges, la curandera, levantó su
cuerpo viejo lleno de temblores y dijo entre gritos:
—¡Ave María Purísima! Hasta ahorita se le salió el
alma, pero.. ¡Dios mío!... El gato… ese que brincó por
la ventana se lo comió! ¿Sí…, los gatos se comen las
almas! ¡Son animales malditos!... Por eso no es bueno
tenerlos en casa… ¡No es bueno! –gritó con un gesto
desesperado, temblando de miedo y sus chillidos se
mezclaron con sus rezos.
Terminaron los coros luctuosos, el réquiem, rociaron
con agua bendita y volvió la charla amena, los chistes
obscenos y las miradas burlescas a los cuerpos abrazados
de Natalicia y Torcuato que, sentados junto a un ropero
descomunal, él le metía las manos debajo de la falda y
ella, azorada, con movimientos lentos se las retiraba de
la orilla del sexo y entre llanto y llanto, con palabras
entrecortadas le decía: “Espera”… “Espera”. De pron-
to, unas voces aguardentosas se escucharon: ¡Chinga tu
madre Mapache, aquí ningún hijo de puta me dice el
Patas Blancas! Y sonó el machete entre las piedras
sacando una lluvia de chispas fugaces y la gente se movió
nerviosa hasta que alguien gritó: ¡Es el loco Tomás, está
borracho y pelea con las piedras! La gente rió de buena
gana y Doña Eduviges volvió al tema de los gatos que
devoran las almas… Y la empezaron a escuchar.
—Sí… sí es peligroso tener gatos en las casas,
porque ustedes ya saben que estos animales emparen-

68
tados con el demonio pueden penetrar con la vista la
oscuridad de la noche –dijo a modo de consejo, luego se
rayó el cuerpo con una persignación y se acomodó un
tirante percudido del brasier para continuar la conver-
sación con la voz más fuerte.
—Son estos animales los que distinguen las almas
transformadas en palomitas blancas, así como están
pintadas en los retablos de la capilla, arriba la cabeza de
un santo o a la altura del corazón. –La gente entre
bostezos la escuchan y no se daban cuentan que el sol
asomaba su cabeza desgreñada entre los cerros lavados
y que la lluvia había escampado.
—Por eso es malo que los gatos duerman con los
niños, porque las almas de los pequeños salen de noche,
cuando están ellos dormidos. Salen estas delicadas
almas a contemplar las estrellas de la noche, a recibir la
frescura del viento o a seguir el juego que dejaron
pendiente en el día. –Decía Doña Eduviges con voz
emocionada y convincente, saliendo por encima de su
plática la voz alcohólica del loco–: ¡Chinga tu madre
Mapache, a mí nadie me dice el Patas Blancas! –y el
sonido agudo del machete entre las piedras.
—Y cuando sale el alma del niño transformada en
palomita blanca, el gato la distingue y de un salto la
devora, amaneciendo el niño muerto. A poco no han
sabido ustedes de gentes que se acuestan sanos, alegres
y sin más ni más amanecen muertos. Es por eso, porque
durmieron con algún gato o éste entró por la ventana
abierta esperando el alma y devorarla, morderla hasta
sangrarla, porque las almas también tienen sangre, una
sangre blanca y esponjosa como si fuera de nubes, como
si fuera de vapor… ¡Hay que matar a todos los gatos!
–gritó estirando los brazos, los dejó caer con fuerza

69
sobre las piernas fláccidas y empezó a llorar asustada, la
gente absorta no se daba cuenta de la luz que cuajó de
vida en el velorio del chillar de los niños pálidos de
hambre, no se daba cuenta de los perros husmeando
entre los desperdicios y los niños mayores chapoteando
entre los charcos de agua cristalina meada por la noche.
Después los trinos de las aves mañaneras, el aire húme-
do que movía las hojas de los árboles y el trajinar de la
cocina se confundieron con los martillazos a un ataúd
sin pintar que estaba terminando bajo la sombra de una
enorme higuera.
El Flores Negras sentía correr el estéril tiempo
cansado por el esfuerzo de despertar de esta pesadilla,
se llenó de rabia, una rabia animada y su cerebro empezó
a imaginar a su esposa Natalicia, degollada con la daga
que tenía en su yerta mano. La miraba sangrar, rebanada
completamente del cuello. Veía el chorro de sangre
saliéndole a borbotones y la imaginó caer ahogada,
revolcándose y formando terrenos de sangre que las
gallinas y los perros se comían: la vio en estertores de
muerto, agonizante ante los ojos incrédulos de Torcuato
y ante los ojos atónitos de los presentes que corrían
despavoridos por entre los árboles; luego sintió placer,
un placer infinito llenándole de un sopor agradable y no
sintió cuándo fue metido en la caja de madera, olorosa
a resina, a vegetal, a campo verde, a manto húmedo.
Fue cuando lo levantaron en vilo y lo condujeron al
panteón, padeció un miedo atroz y quiso gritar, pero no
le respondieron las cuerdas bucales. Al rato, sintió que
lo depositaban en la fosa y escuchó los golpes secos de
las palas de tierra que caían sobre la caja: una asfixia y
un terror indescriptible lo invadió y vomitó una flema
amarrilla fétida. Quiso gritar, pero sólo movió la mano

70
que empuñaba la daga y la clavó en la tapa del ataúd.
Oyó un eco lejano, era el llanto de su esposa y movió los
labios enfurecido, dibujando con ellos bajo la tierra una
palabra: ¡P…U…T…A…!
Estaba despertando y entraba a la verdadera pesadi-
lla; ya movía los pies y los brazos en aquel reducido
espacio, arañó la madera hasta sangrarse los dedos,
golpeó la cabeza de la caja y se abrió una herida por
donde le surcaron dos manantiales rojos que fueron a
refugiarse a la nariz y a la boca. Quiso jalar la daga para
matarse, no pudo, y cansado se quedó quieto; escuchó
el corazón rebotándole en el pecho, oyó escarbar a los
perros el “Andariego” y el “ Pinto” que aullaban nervio-
sos, gruñían y con sus patas trataban de desenterrarlo,
porque ellos sí lo oían.
Pasaron las horas. Todo había terminado. El Flores
Negras se quedó sin movimientos porque ahora sí había
despertado de una pesadilla, para entrar a la pesadilla
del mundo eterno de las sombras.
Todo terminó... todo, menos el juego amoroso del
sobrino y de la tía que se fueron agarrados de las manos,
salieron del panteón deseosos de estar juntos, sin sobre-
saltos, sin voces… sin palabras para hacer muchos
sueños solos… muchos…
Se miraron a los ojos hambrientos de sexo y Natalicia
pudo escuchar allá atrás, los cuchicheos de las mujeres
y con una extraña mueca de felicidad en los labios…,
con voz parlante, dijo: ¡MURMUREN VÍBORAS…,
MURMUREN!

71
72
1979

Aunque no es explícita la representación de los genera-


les, éstos se encuentran de tres formas en el cuento de
Fernando Escopinichi: uno, a través de la representa-
ción del poder en el personaje principal, a quien se debe
el nombre del cuento; dos, a través de un juego
metonímico entre el General Álvaro Obregón, y el
nombre del personaje: Obregón Perla; tres, la posible
existencia de un personaje real y liminar, que deambulaba
en la región portando medallas al pecho.
A partir del epígrafe de dos versos de Alfredo Sáenz,
Escopinichi retoma el mundo de lo real-maravilloso de
García Márquez, y lo convierte en una expresión propia-
mente sudcaliforniana. Las metáforas propias del estilo,
en este caso son concretas y seguras, a la vez que
podemos atribuir la aforística manera de concretar expre-
siones a la puntualidad propia del habla del desierto.
La lograda búsqueda en el ámbito de la patria chica,
con sus desgracias, con sus aspavientos, con sus ciclo-
nes, con sus marejadas, e inclusive con sus propios
augurios. La infancia es el domicilio; la patria, el lugar
en donde sucede y se conforma el mundo que vemos

73
alrededor. No existe en el proceso escritural forma de
atrapar esa conformación, esa propia búsqueda, porque,
también, esas palabras logran destruir la esencia de
aquello que, como referente, está lejano de la persona
que lo lee y lo percibe. La escritura de la patria chica, de
la infancia, no asume un futuro promisorio, no lo tiene
porque, a lo mejor, no posee y no encuentra lectores: el
cartero cuenta, narra, habla; los periodistas, se enciman
sobre los datos; el Gran Director, procura los refranes,
la oralidad misma; el profesor se desconcierta, y su
columna en Marginalia no puede aprehender en la
escritura a Obregón Perla.
La muerte y la desaparición de un pueblo ante las
aguas; que confortan dos pueblos. Tal vez, el Liza,9
enfrentando a dos maneras culturales de ser: el centro y
el margen, la periferia; un pueblo del norte que no ve las
desgracias del pueblo del sur.
Hacia 1978, la Escuela Normal Urbana de Baja
California Sur cumplía 36 años de ser fundada. Fue,
hasta 1975, con la fundación de la Universidad, la
máxima casa de estudios del estado. Sus egresados
ocuparon un lugar importante en el desarrollo de la
cultura y de la política en el estado. El personaje
profesor del cuento, de hecho, ejecuta diversas tareas:
profesor, periodista, político. Detrás de este personaje,
Escopinichi –también maestro normalista– plantea que
no se conjuntan los papeles entre el pueblo y el orden de
cultura que se ha generado. El profesor no puede
enseñar, porque su grey desobedece las órdenes; el

9 El huracán Liza fue en el año de 1976. Tenemos noticias de una


publicación anterior de este cuento, sin embargo, no hemos podido
confirmarla.

74
periodista no puede asimilar el papel histórico de
Obregón Perla; el político no entiende cuál es el papel
en medio de esos quehaceres: no existe un rumbo
definido.
Desde nuestro punto de vista, lo anterior es, pre-
cisamente, el sentimiento reflejado en el cuento por
Fernando Escopinichi, por malas decisiones, por desig-
nios de la naturaleza, por el azar, la tierra comandada
por Obregón Perla: California –la utopía, la ínsula–
cualquiera que ésta fuese, siempre está a la deriva; a un
grado de naufragar. Los acontecimientos, pues, siempre
son señalados como designios, y como hechos aislados:
un poder absoluto.
Pero es también un poder (como todo poder) en la
locura. Y es justo aquí donde el cuento retoma e irrumpe
en muchos ámbitos: el periodismo (el otro poder) versus
el poder político; la cultura popular en contra del
autoritarismo. El suicidio colectivo de las doncellas
como forma de protesta ante un triste destino. La
infancia como último reducto de la patria chica, y de la
utopía, en donde todo es posible.

75
76
Obregón Perla

Fernando Escopichini Osuna

Yo remonto el furor de la corriente


para encontrar la infancia de mi río…

“Nos vamos agotando como un trapo consumido por el


aire”, dijo Obregón Perla la sombría tarde que los
voluntarios de Mulegé trajeron a puerto los restos de las
siete muchachas que se asfixiaron sin encontrar refugio
en el fondo del mar. El retorno se cumplía…
Un grupo más de doncellas que retomaba el mar en
su taciturna acechanza. “Ni modo”, dijo Juanito el
Quieto la mañana sin vapores que el cartero le contó los
sucesos con dramática incongruencia: “Ni modo, mu-
rieron”. Pero eso no es todo: vendrán otros tiempos más
difíciles.
El incidente reconstruiría la misma consternación
que la del chubasco de principio de siglo que azotó las
playas y las calles y los barrios y los perros y las personas
en diez noches de vientos desalmados que prometieron
regresar y regresaron para arrasar cientos de gemidos
que aullaban desconsolados.
“Si el pueblo resiste esta desgracia, ni modo, ya nada
podrá sorprenderlo”. Pero volvió a sorprenderse con la
muerte de las doncellas, y volvería a hacerlo quince
años después cuando el pueblo del sur desapareció ante

77
la mirada insensible del pueblo del norte que en medio
de los escombros, cuando las casas se hundían, con
tristeza, musitó:
“Así son las cosas. Entiérrenlos en la fosa común,
Háganlo rápido. Cuando llegue el jefe le echamos la
culpa a los periodistas”.
Pero los periodistas estuvieron ensimismados en los
ruidos que venían del monte despeinando con premura
las laderas de los arroyos. Los sonidos descendían en
montones. Las aguas ocres cercaban de ondulantes
cicatrices la porfiada tierra sembrada de lejanías. Felipe
Malacara acercó sus peludos nervios a la nariz de Obregón
Perla y le dijo en tono de reproche, equidistante:
—Pinche agua.
La gente pensó por última vez que la península se
hundiría para siempre en el médano de la incertidumbre.
Pero la tierra permaneció inconmovible. Obregón Perla
contaría más tarde que las desgracias siempre tienen un
destino común: la desobediencia y la soledad. La indi-
ferencia…
—Pero es mejor que pensar que acá abajo todo es
símbolo y misterio –dijo mientras recorría con velado
estupor el destruido panorama de sus primeros recuerdos.
Las doncellas desaforaron las órdenes del Gran
Director, el señor de los refranes, y suspendieron labo-
res y abandonaron sus celdas escolares y corrieron tras
el crepúsculo y el que no aprende con los años sufre
amargos desengaños y mujer ociosa que no es virtuosa
y el que no oye consejos no llega a viejo y el que por su
gusto es güey hasta la muerte le sabe…
Y ahí estaríamos días después empotrados en el
mirador de nuestro aturdimiento viendo sin ver las siete
cajitas grises enfiladas en el largo salón de música. Y

78
volveríamos a mirar sin ver los candelabros romanos,
desiguales, desconchados, grises, plateados, mugrosos,
que husmeaban la sal evaporada de los cadáveres…
Y escucharíamos en los patios, por las ventanas, en
las bodegas, los callejones, el gimnasio, el murmullo a
pausas, el estupor cómplice de los profes en traje de
velorio. En el viento excitado de la tarde de noviembre
el olor envejecido del deterioro. El profesor Cornelio
César trepado en la tarima de su desconcierto:
—La muerte de las muchachas anuncia mala fortu-
na. Los días que vivieron en el mar, profanadas por los
cangrejos, significa que no querían el retorno. ¿Observó
usted, Juanito el Quieto, los cuerpos embadurnados con
el verdoso tinte de la serenidad? ¿No? Pues es usted un
imbécil: ellas se marcharon sin conocer el amor y eso es
algo desgraciado que acarreará desventuras. Este cielo
entorpecido por su claridad vidriosa será testigo del
tropel de carteristas, prostitutas y vagabundos que
atascarán las playas tiempo después que el más grande
de los miserables: el egoísmo, lo apropie todo. –Juanito
el Quieto evocó en la figura del maestro Cornelio la
tarde en que la fatiga lo obligó a detenerse en camino
para pensar en Mari Tere, la doncella de mirada trans-
parente, que un día le dijo:
—No nos engañemos. No tenemos más patria que la
infancia.
Allá en los muelles, al ras de las aguas, Obregón
Perla desleía sus ojos peregrinos viendo el discurso de
las gaviotas y tirando arponazos sin destino.
—Buena sangre para teñir huevos en el carnaval
–dijo a un marino de barbas aceitunadas que destrozaba
la cabeza de un enorme calamar. Sin respuesta,
recontinuó el trote de sus pensamientos que se esfuma-

79
ron por las palmeras del médano mientras sus ojos grises
chocaban sin entusiasmo con el rojo de las barcazas.
—Los hombres que siguen algún rumbo parecen
seres agotados que se diluyen con la borrasca del invier-
no –habría de escribir Cornelio César en su columna
Marginalia. Luego agregaría con una fingida convic-
ción: “Pero tan pronto se les hurga por dentro descubren
resortes para resistir la fatiga de muchos caminos. El
tránsito de Obregón Perla es el de los que sobrellevan su
desarraigo sin alarmar a la gente. Sus pasos no sucum-
ben al dudoso honor de mamar en las agrias tetas del
conformismo. Va por ahí, con las pupilas rotas, en
sigilo. Disensión y encuentro, desdoblamiento en pro-
tagonistas diversos al extremo de perder la gracia de dar
nombres a los seres. Pero…”
Desandemos la trampa del tiempo. Vayamos a la
busca de esa fábula múltiple de la que todos somos
deudores, en que todos los rostros se mezclan sospecho-
samente…
Mari Tere, la doncella de mirada transparente, vol-
vió a ver a Juanito el Quieto y le insistió la misma nota:
—No te engañes. No tienes más domicilio que tu
infancia. Vámonos a la mierda, ya es tarde. El camino es
largo y la noche llega. Empecemos a caminar. Empece-
mos…

80
1980

A tres años de ganar el concurso de cuento de Todos


Santos, Rogelio Félix es otra vez ganador con el cuento
“La Piedra”, según lo hace constar el periódico “La
Extra”. Dicho cuento no se ha encontrado; sin embargo,
pensamos que “El regalo” es adecuado para cubrir las
expectativas culturales de la década y de su generación;
es un cuento que fue ganador en dos concursos, uno
estatal, en San José del Cabo, y otro nacional, en
Zacatecas. Además nos muestra la maestría de la senci-
llez para el desarrollo del cuento; en la temática se logra
ver el trabajo de este escritor: la circularidad es perfecta.
Independientemente de la moraleja del cuento. Nos
convienen varios detalles. Nos presenta un cuadro
generacional importante desde el punto de vista de la
identidad. Al personaje se le han acabado los valores
–tanto económicos como morales– familiares, pom-
posamente representada, por los Jiménez y Limantour.
Sus únicos regalos provienen, por supuesto, de la Fran-
cia imperial, país de origen del comedor Luis XV, el
apellido y una botella de coñac.

81
El valor generacional del cuento radica en el soste-
nimiento, a costa de lo que sea, del orgullo de la estirpe,
que en este caso es, curiosamente, materna. El movi-
miento del cuento se establece cuando el apellido entra
en el juego de las relaciones sociales, y en el estableci-
miento de las relaciones laborales.
Por supuesto, con el apellido, Félix logra, otra vez,
superponer dos épocas: el porfiriato con su propia
circunstancia, hacia la década de los ochenta. El trabajo
en la zona de Baja California Sur es poco para aquel que
sólo tiene el apellido y suponemos preparación.
Pero, además, también representa la fundamentación
del estado en el sentido de que su sobrevivencia está
fuertemente ligada al orden de la manutención federal,
y de los puestos burocráticos, esto porque la industria
no se desarrolla, y recién se comienza a hablar del
turismo como la alternativa de desarrollo económico.
En esos términos, el personaje no entra en el juego
de las relaciones familiares, que es nepotismo. La vuelta
de la botella es, en esos términos, lo acabado por las
circunstancias, en donde los apellidos se repiten o los
favores se devuelven en un círculo vicioso.
Así mismo, para ese personaje que todo lo ha vendi-
do, desde nuestro punto de vista, pensamos que tam-
bién las tierras, la herencia de la tierra también la ha
vendido; vender y no producir es parte de la moraleja de
este cuento, la cual se dirige a la estructura de gobierno,
a los Limantour, a los burócratas, en fin, a la elite en el
poder que sólo desea consumir lo que otro regala.
Los Limantour son estos tecnócratas que consumen
lo de otros lados, y no alientan la producción en su
estado; amén de aquellos que deshumanizan, al grado
de no reconocer el parentesco, a los hombres. La bote-

82
lla, ese tesoro, es la producción del exterior que, final-
mente, es sólo una botella más.
Los puestos se consolidan, si bien no cada Navidad,
sí cada sexenio de gubernatura o cada trienio de presi-
dencia municipal: estos tiempos se sobrevienen, y están
a punto de cambiar.

83
84
El regalo

Rogelio Félix Félix10

Arturo Jiménez y Limantour colocó su tesoro sobre la


mesa del comedor. La contempló con ternura infinita y
se retiró unos cuantos pasos para observarlo a su entera
satisfacción; ahí permaneció extasiado, llenando sus
ojos con aquella botella que había pertenecido a su
padre, quien la recibió como herencia de su abuelo y
éste de su bisabuelo.
Este tesoro era, aparte del comedor estilo Luis XV
y su aristocrático apellido, lo único que le quedaba. Era,
decía Arturo pleno de orgullo, una botella de legítimo
cognac Napoleón, cosecha 1802, que ostentaba en su
etiqueta litográfica, la firma personal del corzo que se
convirtió en Emperador, quien la entregó a la condesa

10 En este año resulta ganador Rogelio Félix Félix, con el cuento “La
piedra”, según lo hace constar el periódico “La Extra”. Dicho cuento
no se ha encontrado; sin embargo, este cuento pensamos que es
adecuado para cubrir las expectativas culturales de la década y de su
generación; es un cuento que fue ganador en dos concursos, uno
estatal, en San José del Cabo, y otro nacional, en Zacatecas.

85
de Limantour, a su vez tronco materno de su estirpe, y
que aún llevaban como segundo apellido todos sus
descendientes.
Arturo avanzó y la tomó con delicadeza entre sus
manos y, al solo contacto de su vítrea naturaleza, sintió
correr por su piel un calosfrio al pensar que ella había
estado en las manos de Napoleón.
—¡Será un magnífico regalo de Navidad! –dijo en
voz alta.
—¿Para quién? –lo interrumpió secamente su espo-
sa.
—¡Para el ministro! –replicó con una sonrisa sarcás-
tica– aunque el paladar de ese zafio no sepa diferenciar
entre un Napoleón y un mezcal de olla. Pero es nuestra
única esperanza para que, en reciprocidad, nos envíe
una canasta navideña de esas que recibe por cientos de
los políticos acomodaticios que quieren congraciarse
con él por estas fechas, y así tal vez tengamos algo para
la cena... y tal vez ahora se acuerde que somos medio
parientes.
—No sueñes. Lleva casi dos años en el cargo y nunca
se ha acordado de nosotros, es más, ni siquiera se ha
dignado a recibirte cuando le has solicitado audiencia.
—No es él –dijo a manera de disculpa–. Son perso-
najes secundarios quienes no me dejan llegar a su
despacho. Pero ahora será diferente, cuando le narre la
historia de la botella.
—Estás muy equivocado, Arturo. Mejor véndela y
obtendrás una buena suma por ella.
—¿Rebajarme a ofrecerla? ¡Nunca! ¿Qué dirían mis
amistades?
—Si no quieres hacerlo, deja que yo lo haga.
—¡Tampoco!

86
—Entonces obséquiala a mi primo Fernández. Aca-
ba de ser designado director de no sé que, y quizá a
cambio nos pueda ayudar.
Ambos discutieron ampliamente. Prevaleció la opi-
nión de la esposa, pero con la condición de ir a solicitarle
audiencia al ministro. Y así, Arturo llevó su preciado
tesoro al despacho de su primo político Fernández, sin
muestras de mucha simpatía, casi casi de mala gana,
excepto cuando le hizo un pormenorizado relato del
famoso cognac Napoleón, cosecha 1802.
Arturo abandonó el despacho, convencido de que
Fernández le ayudaría a salir de pobre.
Se dirigió a la dependencia en donde su pariente era
ministro. Tampoco lo recibió en esta ocasión, pero le
prometió noticias suyas para antes de Navidad.
—Gracias Fernández –dijo el ministro–. No se
imagina qué gran obsequio me ha hecho. Esta botella
tiene para mi un gran significado y un gran valor. La
firma de Napoleón la convierte en un gran tesoro.
Un día antes del 24 de diciembre, Arturo Jiménez y
Limantour se sentía nervioso. A cada instante se asoma-
ba por la ventana. De pronto, el agudo sonido del timbre
de la puerta le pareció música celestial. Atropellada-
mente franqueó la entrada. Un mensajero le entregó el
regalo navideño que le enviara el señor ministro.
Antes de ver el contenido, Arturo abrió con sumo
interés el sobre adjunto. Encontró un mensaje con el
puño y letra del señor ministro:
Querido Arturo:
Nadie mejor que tu sabrá deleitar su paladar con la
exquisitez de este cognac. Espero que disfrutes de él y
tengas una magnífica cena de navidad. Es cognac

87
Napoleón de la cosecha de 1802 y además...¡Fíjate que
maravilla! Lleva impresa la firma del mismísimo Empe-
rador de Francia. Felicidades.

Tu pariente y amigo, y la firma del señor ministro.

88
1981

Las preguntas sobre la escritura se vuelcan en ese año;


la escritura preocupa. El espacio también se convierte
en una instancia real, dominante. Del paso de los
mundos maravillosos o utópicos, la escritura misma se
vuelca sobre un mundo real: Mulegé.
Raúl Antonio Cota presenta un secreto: la escritura
se convierte en el proceso de iniciados, de mano en
mano, o debemos decir, tal vez, de mente a mente. De
cuaderno en cuaderno, el contagio por ella se va
adueñando de uno.
El logro es mantener una escritura dentro de otra
escritura: el cuento que narra sobre la escritura de una
novela, de la cual como lectores sabemos nada o poco;
pero si abrimos el abanico, es una carta que se desarrolla
en forma de cuento, en donde se habla de una novela: es
pues un inicio tangible de escriturar las formas cultura-
les del pueblo. Uno, finalmente, se convierte en lector
y autor de la novela y del cuento. Como si fuese parte de
ese principio participativo de lectura-escritura.
Se interactúa entusiastamente con ese contagio: la
esperanza está puesta en que el pueblo, fiestero, final-

89
mente obtendrá un contagio. También en ese proceso se
demuestra que la locura abarca todos los ámbitos del
pueblo: nadie escapa de ella.
Lo que llena de significado el cuento es que, final-
mente, el autor no desea que la hermana se contagie; el
lector, ante las mismas preguntas, queda dubitativo
porque la continuidad de la lectura depende, irremedia-
blemente, de la escritura-lectura misma.
La lectura que transforma, modifica la realidad,
somete y tiene la facultad de encarcelar y liberar el
espíritu de la protagonista, viene de fuera: sólo Martina
conoce el contenido de la carta y escribe con la ilusión
de crear un mundo alterno, una historia nueva, pero se
enfrenta a una realidad terrible: no puede terminar su
novela (historia) su escritura sirve sólo para callar, para
no expresar oralmente lo que se ha pensado, la realidad
que ha percibido o concebido es incomunicable, ella
misma no la entiende y el resultado es que la consideran
loca. En los inicios de la década de los ochenta, los
cambios en el estado son radicales, el desarrollo turísti-
co ocasiona que cada vez llegue más gente de fuera,
poco a poco se van asimilando diferentes costumbres, la
sociedad se transforma y el pueblo fiestero ve como se
van transformando las mentes de sus jóvenes. Así como
Martina cambia radicalmente, parece que en el estado
se cortó de tajo con las antiguas tradiciones, como
cambiar la actividad agrícola por la turística, como vivir
en la insularidad y repentinamente ser parte del país,
conocer a todos los habitantes de la ciudad hoy y
encontrarse mañana con más de diez caras desconoci-
das en el malecón.

90
La carta

Raúl Antonio Cota

Querida hermana: a Martina no le inquieta la muerte ni


su inminencia. El brillo inobjetable de sus ojos no se
debe ciertamente a una de las formas de la felicidad, ni
siquiera a una actitud triunfalista. Sin embargo, creo
percibir en ellos algo de eterno y sabio.
Cuando cada mañana Martina amanece entre el olor
del mar y el ruido de los pájaros cerriles, ya no corre,
como apenas hace algunos días, al lugar en donde
guarda sus cuadernos, apilados y polvosos. El último de
ellos descansa encima de los otros, abierto en las pági-
nas recientes.
“Tengo que concluir esta novela” –se decía, mien-
tras la cuidadosa letra se desplazaba vertiendo una
historia lúcida.
El proyecto de una novela, una larga novela, agota-
ba cuaderno tras cuaderno. Parecía aquella una certera
forma de abolir el tiempo y tantas otras cosas que le
pesaban, que le harían difícil soportar la vida, si no fuera
por su escritura puntual.
“Una sola vez en mi vida, que yo me acuerde, he
visto a Martina platicar animadamente, como lo hace

91
ahora –decía Francisco Liz, vecino de ella–, era cuando
todavía no comenzaba su manía de escribir y escribir”.
“¿Por qué ya no escribe Martina?” –nos pregunta-
mos los que la conocemos–. “Ya no la vemos frente a su
mesa durante largo día”.
El veintiséis de enero de 1981 había llegado a
Mulegé una carta signada con un extraño remitente. El
cartero tardó tres días en localizar a Martina Villavicencio,
para dársela el día en que ella se encontraba con la vista
fija en una cachora estatuaria en las palmas del techo.
Abrió la carta con lentitud no exenta de angustia.
Algo capaz de tocar muy hondo a Martina había
traído esa carta. Lo cierto es que transcurrieron algunos
días, mientras ella paseaba por el pueblo con la carta
hecha bola entre los dedos. Así la conservó hasta que de
tanto leerla y arrugarla se le fueron borrando las letras.
Se deshizo de ella y continuó, sin ostensible cambio en
su conducta, visitando amigos.
No supimos los muleginos cuánto tiempo pasó para
que Martina encontrara esa rara afición por la escritura.
Un diligente cuaderno era llenado cada semana, con
una historia que a nadie permitía conocer, pero que ella
tejía con su mejor instrumento: la paciencia, que siem-
pre ejerce un secreto desprecio al tiempo.
Súbitamente dejó Martina de escribir. Dejó abierto
el último cuaderno sobre la pila de los otros. Ella parece
hoy más lúcida que nunca. De su figura emana una
sensación de sombra y fragancia, de claridad placentera.
Tratarla, platicar con ella, es, ahora, como leer un buen
libro.
El día de las fiestas del pueblo, me introduje sigilo-
samente hasta el lugar de los cuadernos. Abrí el primero:

92
“Historias secretas y…” Seguí leyendo “Estoy con el
agua hasta las rodillas, en el mar, el mismo comienzo del
mar que se extiende ante mí hasta la orilla del cielo. Mi
canoa, mi inmensa canoa se mece de un lado a otro. Las
olas lamen sus flancos, las aguas frías, ¡Ah! Zarpemos,
barco mío. Pero estoy detenida. Varias mujeres están
reunidas y desnudas en la playa. Tenemos que tratar con
ellas mi canoa y yo. Todas quieren subirse. Chillan,
gimen, imploran. Pero, ¡Oh, Dios!, de entre las palmeras
salen, vociferando furiosos…” Y en este espacio se
interrumpe la escritura, con graves manchones de tinta.
Sigo leyendo, buscando, cuaderno tras cuaderno, la
conexión con el comienzo de la historia, pero, de aquí
salta a otros acontecimientos que se relacionan con la
canoa, con Martina, con el pueblo. Todo perfectamente
escrito. Espléndido.
Lo que encontré en las últimas hojas del cuaderno
final es lo que me llenó de espanto y me empujó a
escribirte esta carta. La escritura de pronto empieza a
adquirir una duración para sí, una especie de coraje
introspectivo; se genera una especie de campo neutro,
como si de pronto las palabras se rebelaran, vivieran
solas; dueñas de sus alientos, de los míos. Continúo
acompañando con la vista al cortejo de letras incoheren-
tes, locas, arbitrarias. Como si la propia escritura me
quisiera hacer pasar un mal rato. No puedo dejar de
mirar aquella travesura, aquel bailoteo continuo y extra-
vagante. Empecé a sentir vértigo; busqué en mis bolsi-
llos una pluma, fascinado por la indescifrable letra;
quería continuar el juego. No tenía pluma, ni lápiz;
manoteé, como arrancado al mar. Sentí de pronto que la
sangre se me agolpaba en la boca. Instintivamente volví

93
la cabeza y de repente recuperé el equilibrio y una
especie de luz se hizo en mi cerebro. Cerré con brusque-
dad el cuaderno y salí de prisa.
Hermana no arrugues esta carta, ni la conserves en
tu mano largo tiempo. Quémala. No escribas nada como
consecuencia de lo que te narro.
Todavía no me explico si Martina y, todos en el
pueblo, perdimos la razón o la escritura…

94
1982

Justo en medio del inicio de la depresión económica de


1982, el escritor Carlos Román regresa a un tema
fundamental de la narrativa: la literatura comprometi-
da, o literatura del compromiso; finalmente, literatura
social, con una característica de izquierda. Este otoño,
también estará rodeado de otro punto asertivo para la
literatura latinoamericana: Gabriel García Márquez
obtiene el premio Nobel de literatura; con lo que la
narrativa se ve motivada.
Ante el inicio de la avalancha de devaluaciones, la
formación del PSUM, una Unión Soviética presente,
existe, en México, un clamor general: justicia.
La oralidad es sumamente importante en este cuen-
to. No es una oralidad que esté regionalizada, sino que
es nacional, más característica de lo que se llama en
estas tierras el interior del país; sin que se pueda precisar
la región, pero sí el bajo nivel sociocultural.
El marcado cambio hacia el sistema económico
neoliberal, la suspensión de pagos de la deuda externa y
la devaluación dejaron a México en crisis. El golpe
económico fue terrible a escala macro y los efectos

95
causaron que muchas familias se vieran afectadas. En
Baja California Sur muchos comercios quebraron, algu-
nos desconfiados sacaron su dinero del país y la caída
del desarrollo económico se reflejó en la vida de los
trabajadores. La inconformidad no se hizo esperar:
existieron momentos de huelgas y manifestaciones de
trabajadores como acciones para hacer escuchar sus
peticiones. En el ámbito de la administración pública se
continuó fomentando el ingreso de personal en las
diferentes áreas del gobierno; sin embargo, esto no se
reflejó necesariamente en la eficiencia de las mismas.
“Justicia” critica, no sólo el régimen deteriorado y
corrupto que envolvía el país completo, también a la
ignorancia y conformismo de la clase trabajadora, el
abuso y la manipulación de masas de dirigentes sindica-
les, pseudointelectuales y políticos corruptos. Baja
California Sur perdía poco a poco su aislamiento, sus
problemas dejaron ser endémicos.

96
Justicia11

Carlos Ramón Castro Beltrán12

¡Cabrón licenciadito de porra! Nomás nos traiba azora-


dos a todos los güelguistas, que si la Ley Federal del
Trabajo esto, que si el artículo 123 lo otro. Total, que
para nuacerles muy largo el cuento, perdimos la pinche
güelga y claro está que el ganancioso resultó el desgra-
ciado del patrón, porque de pilón ni nos van a pagar
todos los días ques tuvimos sin chambiar, dizque de
brazos caídos y ora vamos a tener que volver al jale más
jodidos que antes. Pero quién nos manda, eso es lo que
se saca uno por andar de creído. Bien nos lo decía mi
compa Saturnino, que los líderes de ahora valen pa pura
madre, a la hora buena se les arruga el cu...ero, son
cabrones que sólo se priocupan por lo suyo y que a los
demás se los cargue la chingada, y el lidercito de
nosotros no fue menos. Por ái supimos quel licenciadito
de las contras le emprometió una casota de parte del

11 Versión publicada en la revista Compás.


12 El periódico “El Eco de California” publica que en 1982, en julio,
Carlos Ramón Castro Beltrán fue ganador del premio de cuento Todos
Santos, con el cuento “Justicia”.

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patrón y a todos nosotros que nos lleve la tiznada. El ya
sizo de casa nueva y nosotros rebien fregados, pero no
liaunque, todo tiene castigo en esta vida. Ya ven, orita
ya nos andan asesorando una bola de estudiantes dizque
de la universidá, quesque estudian derecho, qué bueno
que no los hagan chuecos. A ellos como que les teme la
autoridá, pos pa nada se meten con ellos, y ái andan por
todas las calles de las colonias y del centro echando
gritos por un micrófono, le han tirado muy duro al siñor
gobernador y a sus achichincles del mentado gobierno;
al mentado juez questá mirando el caso nuestro y a las
demás atoridades del pueblo porque nomás se la llevan
chingándonos. No pues, estos chavalos sí que los tienen
bien fijos en su lugar, allí andonde debemos tenerlos
todos los machitos. Yo la verdad ni supe cómo empeza-
mos la güelga, el caso es que tábamos dándole con
munchísimas ganas a la chamba, cuando llega un mon-
tón de señores con el líder y uno por uno encomenzaron
a tirarnos discursos. iUh, la de chingaderas que dijeron
en contra del patrón! Que si es cabrón arrastrado,
abusivo, explotador; hasta prestanombre Ie dijeron.
¿Qué será eso? me pregunté y como no daba con bola,
Ie pregunté a mi compa Saturnino que sí es léido y
escrebido, pues llegó hasta sexto año, y ya mexplicó
ques uno al que le pagan los gringos pa que los represen-
te aquí en México. Y aluego pasó otro y nos dijo a todos
que sistábamos castrados. Y que me quedo de a seis otra
vez y ái voy a preguntarle a mi compadre y que me dice
él que dijo que sistábamos capones. ¡Ah no, le contesto,
yo tengo mis güevos muy bien puestos y a mí nadien
minsulta. Mire compadre, me dijo agarrándome del
brazo y deteniéndome, no lo están insultando ni ofen-
diendo, lo están arengando, quieren que usté y todos los

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compañeritos que aquí trabajamos, vótemos por la
huelga en contra del patrón, pero a mí se me figura que
hay algo sucio en este asunto.
El lidercito ese me parece más falso que un billete de
a treinta pesos, yo creo que lo que quiere es sacarle raja
a esta movida y que el tal patrón nos tenga más
acogotados todavía. N’ombre compadre, le dije, si el
señor Manuelito es muy cabal, no crioque nos vaiga
a’cer una mala jugada, ái questar con él hasta la inominia.
Y así fue como todititos votamos para irnos a la
güelga, tonces los compañeros del líder sacaron de no sé
dónde unas banderotas negras con rojo y nos dijeron
que las colgáramos donde más se vieran y pusiéramos
otras en la entrada y qu’iciéramos guardia todo el día y
en la nochi, y que cuando ganáramos nos tenían que
pagar anque no chambiáramos. A mí me empezó a calar
al tercer día, cuando ya no nos llevaron bastimento de
las dos primeros días y tuvimos que conformarnos con
unos tacos de tripitas quicieron las viejas.
Aluego, al otro día, llegaron una bola de cabrones a
querer desalojarnos, primero nos amenazaron y insulta-
ron y luego nos dimos en la madre con todos ellos, hasta
que los hicimos correr pedrada limpia combinada con
madrazos. Pero mi compa Saturnino seguía insistiendo,
contimás cuando stuvo leyendo el perióxido en donde
nos decían quéramos puros alborotadores, que ni tenía-
mos la razón, quel patrón nos daba toditas las prestacio-
nes (anque yo no sabía que era eso, me callé y ni le
pregunté, que y’astaban en pláticas el líder, el patrón y
su licenciado pa ver cómo se arreglaban, pero quel
asunto iba a pasar hasta con el juez de con... quén sabe
qué más; mi compa dijo entonces parándole a la letura:
ya nos llevó la chi…na Hilaria. Total, que al otro día

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dejamos una guardia en el local y nos fuimos todos los
demás en chinga hasta la oficina esa a ver qué decidió el
juez. Era muy tempranito y después de esperarnos
varias horas, por fin va saliendo el líder y nos dice:
¡perdimos muchachos! Ni modo, yo lice todita la lucha,
pero no se pudo, ái que volver al trabajo. Y más atrasito
del, el patrón y el licenciadito cabrón se estaban risando
de nosotros. iCómo me ardió la sangre, chingado, con
esos catrincitos pinches! Y aquí estábanos, cuando
llegaron los muchachitos esos que dirige un gordo y
questán estudiando pa licenciados y nos dicen que nos
van a ayudar, que les júntemos lana en unos botecitos de
lámina, que no déjemos entrar al local a los gatos del
patrón, que nosotros vamos a ganar.
Y así hemos estado varios días, a veces con puro pan
y café en la panza, y la gente que al principio sí nos daba
limosna en los botes de lámina ora siacen los pendejos
y ya nos estamos cansando.
Y mi compadre Saturnino nos volvió a leyer ayer el
perióxido y dijo que dice que ya nos vanechar a los
guachos porquestamos violando la Ley, y que los estu-
diantes y el gordo que los dirige son puros cabrones
rojillos, e izquierdistas. ¿Qué será todo eso? me puse a
pensar, pero ya me da pena a cada rato preguntarle al
compa y que me crea tan pe...nitente y mejor me quedé
con la cabrona duda y no le pregunté...

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1983

A los 77 años de edad, con la pluma de su oficio, el


profesor Jesús Castro Agúndez gana con el cuento “El
entierro”. Un cuento que sobresale por sí mismo: existe
un estilo propio y la precisión que requiere el género.
A partir de una anécdota sobre un tesoro de piratas,
el escritor logra tres motivos que valen la pena de ser
mencionados: el movimiento de dos arquetipos: el hom-
bre y la mujer; esta última representando la casa, la
espera, la comida; mientras que el hombre es el aventu-
rero, el proveedor, el que tiene que salir. El hombre,
además, guarda la fidelidad con el amigo, el compadre. El
segundo motivo: rescata parte de la tradición oral. El
cuento se desarrolla muy bien en este margen, sin menos-
cabo de la calidad del cuento. El tercer motivo, y como
consecuencia de lo anterior, el escritor se convierte en un
mediador de la cultura popular, y la transfiere a la
escritura: es un redactor de la tradición oral.
Detrás de lo anterior siempre hay una especie de
congratulación del autor por su patria chica; esta forma
de reconversión de la cultura popular no va atestada de
calificativos o de adjetivos, o de frases mal estructuradas.

101
Todo lo contrario, el narrador escoge siempre desde la
mejor perspectiva, el elemento más adecuado:
“aflojeramiento”, “café recién colado”, “tehuas”,
“malilla”, son ejemplos de esta asimilación. Nuestro
entendimiento de ese mundo o del reflejo del mismo no
se contrapone, pues, con la cultura del letrado: bien es
cierto que en la literatura mexicana existe una larga
tradición de muestra de lo regional como forma de vida,
pero Agúndez logra, ser un mediador diferente: sostiene
la cultura popular al mismo nivel que la cultura del
letrado.
Agúndez tampoco cae en la tentación de presentar
la anécdota como parte de la plena decadencia econó-
mica, que ya se hacía sentir en la clase más necesitada:
el ranchero sudcaliforniano. Lo presenta como la opor-
tunidad de ambición y el deseo de aventura del hombre,
en cualquier edad. Es pues, un hombre en su edad
madura, que decide enfrentar los retos de la aventura.
El seudónimo de sudcaliforniano refiere mucho la
particularidad desde la cual Agúndez veía su propio
concepto de la región: por ello, el concepto de
regionalidad es un reflejo fiel de lo que acontece en el
cuento y en el ámbito de la cultura.
Mientras México, víctima de la crisis económica,
parecía darle más importancia a los derechos humanos
y a las guerrillas latinoamericanas que a la recuperación
de las ilusiones y anhelos que habían forjado la identi-
dad del mexicano, el profesor Agúndez aborda un tema
que permite regresar a las raíces más profundas de la
historia cotidiana del pueblo sudcaliforniano.
El cuento desarrolla la perspectiva de una economía
sencilla, que sólo cubre las necesidades básicas, pero en
donde se ambiciona más; sin embargo no es sólo el

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premio económico lo que se ambiciona, sino la satisfac-
ción de poseer parte del pasado, la historia, la tradición
que identifica a un pueblo. Sólo unos cuantos son
merecedores de premios y castigos, sólo aquellos que
conocen los secretos transmitidos oralmente tienen
derecho a correr la aventura y convertirse en uno más de
los protagonistas de la leyenda, en este caso los guardia-
nes del tesoro.

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El entierro

Jesús Castro Agúndez


Sudcaliforniano13

Don Juan se había despertado con un acentuado


aflojeramiento de todos los músculos del cuerpo. La
noche había sido una mala noche, con sueño intranquilo
y lleno de sobresaltos. Muchas veces, había despertado
sudoroso y sediento sintiendo sobre sus sienes una
fuerte presión como cuando lo atacaba la jaqueca que a
veces lo hacía víctima hasta por una semana. Pero no…
no se trataba del tan temido mal, pues apenas puso los
pies sobre la estera colocada al borde mismo de la cama,
la pesantez había desaparecido y en su lugar se hacía
presente un ferviente e incontenible deseo de vivir... Un
fuerte olor a café recién colado le llegó desde la cocina
donde su mujer trajinaba desde las primeras horas del
día. Recordó entonces que su compadre, don Antonio,
le había dicho la tarde anterior: mañana es el día,

13 El periódico “Últimas noticias” publica el cinco de octubre de 1983,


en la página 1 “A” que el cuento ganador del Premio de Cuento Todos
Santos es el escritor Jesús Castro Agúndez, con el cuento “El
entierro”; también menciona que los jurados fueron: Raúl Antonio
Cota, Jorge Luis Salgado y Francisco Lizárraga. El profesor Jesús
Castro Agúndez tenía 77 años; él muere a la edad de 78, el 25 de marzo
de 1984.

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compadre. A las diez de la noche lo espero con las
herramientas necesarias para hacer la excavación. Sólo
quiero que recuerde, que de esto, ni una palabra a nadie.
Rápidamente se puso los pantalones, metió los pies
en las tehuas suaves y se fue a la cocina, donde Rosario,
su mujer, le sirvió una taza de café que él saboreó con
deleite. Escuchó que su esposa le hacía algunos encar-
gos; ahora que salgas, Juan, no se te olvide que ya no
tengo tomate y que también se acabó la cebolla. Los
necesito para la comida. Presurosamente salió a la calle,
más que para ir en busca de lo que se le encargaba, para
hacer tiempo, pues la impaciencia lo consumía mientras
llegaba la hora de reunirse con su compadre.
Cumplidos los encargos, Juan volvió a salir para
buscar entre los amigos con quien platicar y también
para echar una manita de malilla o de panguingue. Por
la tarde, intentó dormir, pero la inquietud que sentía lo
mantuvo despierto.
Con creciente impaciencia esperaba la hora en que
debía reunirse en forma sigilosa con su compadre, y fue
en esta espera cuando hizo el recuerdo de las circuns-
tancias misteriosas en que según la leyenda, habían
ocurrido los acontecimientos que precedieron al entie-
rro, hacía ya muchos años...
…Después de merodear por la costa, un barco pirata
había fondeado en el puerto al amparo de la obscuridad
de la noche. Un grupo de hombres embozados bajaron
tres cajas que contenían un rico tesoro en monedas de
oro y plata. Junto con los piratas, tres prisioneros habían
descendido del barco y cargaba cada uno de ellos una de
las cajas. Ya en la costa, la marcha se inició hacia una
casa abandonada que se encontraba en las cercanías.
Las puertas de la casa fueron abiertas y pudo compro-

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barse que estaba deshabitada. Ya en el interior, los
prisioneros fueron obligados a hacer una amplia fosa en
la que las cajas fueron depositadas y luego, uno a uno,
fueron sacrificados los prisioneros y sus cuerpos, junto
con las cajas, cubiertos por la tierra... Los piratas volvie-
ron a la nave, la que levó anclas y se perdió en la
obscuridad de la noche.
La versión de lo que hacía muchos años había
ocurrido, fué recogida por don Antonio en una plática a
la luz de la luna mientras se platicaba de hechos miste-
riosos en la enramada del rancho El Toro Muerto.
Muchos otros habían intentado sacar el tesoro, pero
por razones misteriosas habían desistido de su propósi-
to, don Antonio y su compadre, intentarían aquella
noche realizar la hazaña que antes nadie había podido
lograr.
Habían dado ya las diez cuando iniciaron la marcha.
Con grandes precauciones para no ser seguidos, llega-
ron a la casa, ahora en ruinas y desmantelada. Un
hachón de pitahaya iluminó la escena en que provistos
de palas los dos hombres iniciaron la excavación. Ya
estaban a punto de ver coronado por el éxito su aventu-
ra, cuando de pronto se dejó sentir un fuerte temblor de
tierra que hizo oscilar primero, las paredes de la casa,
ocurriendo luego el desplome del techo que cubrió por
completo a los compadres que allí quedaron para siem-
pre convirtiéndose en dos guardianes más del tesoro
que aún permanece oculto, en espera de que alguien
intente de nuevo su rescate.

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108
1984

Este es un segundo cuento que refiere un lugar geográ-


fico específico de Baja California Sur: Santa Rosalía. A
nueve años de la conformación del estado, es uno de los
primeros cuentos que relata las formaciones históricas
sociales de una región y de un tiempo en particular. Es
la formación histórico-social-cultural de Baja California
Sur la que se ve reflejada en el cuento.
En el cuento se destacan tres elementos que son
parte de la constitución identitaria de Santa Rosalía: lo
judeo-francés, lo sudcaliforniano y lo chino. Es un
encuentro entre Oriente y Occidente, en donde la
rebelión es más una conjura para enfrentar las diferen-
cias religiosas y sociales. Los chinos que no pueden
comprender su situación frente a las formas y maneras
de los explotadores de la mina; quienes, a su vez, pasan
inadvertidos en el cuento.
Existe una inminente preocupación histórica mar-
cada por los telegramas y los comunicados oficiales
entre los jefes políticos y las partes de la policía. Esta
preocupación histórica es detonante de una mayor: el
cauce de la recuperación de la memoria de un pueblo,

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hasta en sus mínimos detalles. Existente o no, la rebe-
lión del grupo de los asiáticos presenta uno de los
acontecimientos más crueles y despiadados de la histo-
ria del norte del país: la persecución política y racial de
los asiáticos en el norte de la república mexicana. Esta
persecución creó uno de los fenómenos más representa-
tivos en los apellidos de muchos asiáticos: se caste-
llanizaron, por ejemplo: Li o Lee pasó a León o ley.
Pero, además, las condiciones laborales de los traba-
jadores de las minas durante el porfiriato, y por las
cuales los chinos se rebelaron. Lo infrahumano de las
mismas minas se desarrolla y se contrapone a la etique-
tas de los poderosos. Esto último es parte importante
del mismo desarrollo del cuento: los emigrados chinos
provienen de otra persecución, la persecución británica
en su país, y caen en otra circunstancia más desastrosa,
bajo el poder de los franceses: el mundo de los chinos es
un mundo de constantes caídas. Amén que de otra
manera, también recuerda la persecución que los chinos
volvieron a sufrir hacia los años veinte y treinta, ya por
parte del gobierno mexicano.
El cuento tiene un elemento representativo y que
rescata estas vueltas de tuercas: “Hacían el símil de una
pintura del impresionismo francés”, éste es el encuen-
tro, nuevamente, de dos culturas totalmente diferentes
bajo un nuevo paisaje. Las dos conforman parte de la
identidad del pueblo sudcaliforniano, y las dos tuvieron
que aprender a convivir en este mismo paisaje.
La otra parte del relato que conviene rescatar es que
es uno de los primeros cuentos que presenta la ironía
como forma de ver la historia misma. El lloro desconso-
lado de los ochocientos chinos frente a su fatal destino.
La contención de los ochocientos chinos por parte de

110
seis gendarmes y dos policías. En este último punto, el
uso de vocablos como lo son gendarme y policía, señala
a quien correspondía el resguardo del orden en Santa
Rosalía: el grueso correspondía a Francia, y la minoría
a la representación de los poderes de la república
mexicana.

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La rebelión de los chinos14

Nicolás Carrillo

“Santa Rosalía, Distrito Sur de B.C., 4 de noviembre de


1905. C. Jefe Político, complementando mi telegrama
del 2 del actual, en el que tuve el honor de participar de
esa superioridad el escándalo provocado por los chinos
del pueblo de Pekín, comunico a usted que, el día uno,
como a las 12 horas, llegó corriendo a la oficina de
destacamento, el Jefe de Servicios Generales de la
Compañía El Boleo, diciéndome, de parte del Director
de esa empresa, que los chinos del pueblo referido se
habían salido en masa y se encaminaban hacia la Direc-
ción, en actitud hostil. No bien recibía este aviso
cuando empecé a escuchar la gritería de los asiáticos, y
después de dar algunas órdenes para que se unieran los
gendarmes de servicio en la población, me encaminé al
encuentro de los revoltosos, acompañado del gendarme
F. Cota González y del policía Santiago Buluarte…”
—Llegué a Santa Rosalía, como el resto de mi gente,
a fines del año pasado. Fuimos contratados por una

14 El jurado estuvo integrado por Eduardo Langagne, Vicente Quirarte,


Bernardo Ruiz.

113
compañía judío-francesa, en el puerto de Hong Kong.
Huíamos del hambre que levantaba en nuestra tierra la
represión británica. Lin-Chu, en Mandaría nos guiaba:
éramos ochocientos.
Wan Li, ¿Tú eres el primogénito de la familia Wan?
—Sí, Li Wei.
—Pero aquí sólo han encontrado hambres y vejacio-
nes, como todos los que estamos desde antes.
“Los revoltosos venían a paso veloz, recogiendo
piedras y vociferando a gritos en su idioma. Al primer
encuentro que tuvimos con ellos, el policía Buluarte
recibió una pedrada en el bastón, que se le arrancó de la
mano, por lo que desenvainé mi espada y ordené a mis
dos acompañantes que sacaran sus pistolas, pues la
avalancha amenazaba con echársenos encima…”
Entre el olor mortuorio de ese denso humo metálico
que se resistía a abandonar el pueblo de madera e
invadía sus calles por las tardes, fundiendo su cuerpo a
la agresión vespertina y cotidiana: el excremento huma-
no era levantado a esa hora, casa por casa, en pesados
carromatos. Pareciera que el ambiente mismo propicia-
ra una música objetiva, capaz de quebrar las líneas
visibles de los gemidos salinos de miles de trabajadores
mineros: esos gemidos salían por los socavones de las
minas, ascendían desde una profundidad que ignoraba
el nivel del mar en decenas de metros. Y esa música
tangible sólo podía corresponder al sincopado del jazz.
Todo lo que ahí vivía se arrastraba en sus manifes-
taciones entre el llanto y la esperanza, entre el odio y una
alegría estoica.
Cercanos a los tiros de las minas, los extensos
cementerios de El Boleo (10 trabajadores fallecían
diariamente), conciliaban el olor del barro humedecido

114
por la lluvia y el olor del cobre, las emanaciones de las
flores podridas, con el conjunto de sensaciones olfativas
del pueblo.
Siempre que aquellas formaciones subhumanas des-
cendían a través de los tiros, un fracaso irónico se
advertía en los cuerpos breves de los chinos: contribuía
a ello el húmedo polvillo verdinegro que se desprendía
de las grietas vegetales del cobre y se instalaba en los
andrajos, con una puntualidad casi escrupulosa.
La hierática postura del mandarín, en posición de
loto, y el escenario de la ensenada de Santa Rosalía,
hacían el símil de una pintura del impresionismo fran-
cés. Sus movimientos lentos y pausados, la cauta al
dirigirse a los súbditos espirituales:
—Si Buda y nuestros antepasados nos han guiado a
este lugar, debemos sacar provecho de nuestra estancia
aquí. Pensar en nuestras honorables familias que aguar-
dan al otro lado del mundo; tener el valor para enfren-
tarnos al Maligno, en los túneles.
Sus palabras siguieron escuchándose por varias ho-
ras, mientras su mente trabajaba para asimilar el des-
concierto producido al darse cuenta del uso cruel y
nefasto que daban los occidentales a la pólvora. Ese
polvillo mágico que ellos utilizaban en su país en las
fiestas religiosas y tradicionales, les inspiraba a un gran
respeto; el respeto del rito y el que produce la fuerza de
la naturaleza: salitre, azufre y carbón con el calor se
inflama y produce gran cantidad de gases de enorme
fuerza expansiva: es para los chinos la posibilidad del
grito, la euforia. Ella es su grito, el grito que la gente
tranquila y mesurada destina a la comunión del aire y las
esencias de la naturaleza.

115
“Vista nuestra actitud por los asiáticos, mediaron
sus pasos y tiraron las piedras en el momento en que
llegaba el cabo habilitado, Catarino Cota, con 6 gendar-
mes y dos policías. Una vez reunidos y formados conve-
nientemente, logramos detener a los chinos. Por medio
de un intérprete permitió que 12 de ellos pasaran a
entrevistarse con el mandarín e hicimos retroceder a los
demás, como a unos 400 metros, primero, y luego hasta
la entrada de Providencia. De pronto, los ochocientos
chinos se sentaron en el suelo y lloraron descon-
soladamente…”

116
1985

Este año, una nueva generación de escritores sudca-


lifornianos se presenta como opción más de aportación
intelectual y artística. Un nuevo manejo de género se
muestra: el fantástico. Que desde una perspectiva muy
propia incide sobre el pensamiento de la identidad que
hemos marcado: el pueblo pescador y el que encuentra
seguridad en el monte.
El entramado de elementos, que refieren a la situa-
ción espacial, permiten que el cuento de Lucero refleje
la visión de un sujeto que culturalmente está inserto en
la región sudcaliforniana, proyecta y define la identidad
de su habitante, pescador u hombre de monte, conoce-
dor de los secretos de la naturaleza y excluyente de todo
aquello que no conoce y por ende del que posee la
sabiduría incomprensible. El mundo desolado y fantás-
tico, del hombre que tenía sueños premonitorios en-
cuentra eco en la realidad de los pescadores, víctimas de
las decisiones tomadas ya sea en el interior del país o en
el mismo estado, que deseoso de convertirse en destino
turístico había olvidado a los sectores productivos
primarios.

117
A diez años de la conformación del estado, la
referencia a la construcción de una identidad basada en
los pueblos –comunidades pequeñas– es básica, nom-
brar los elementos naturales del monte y el mar y sus
posibles usos es una clara referencia al paisaje
sudcaliforniano. La imagen perdura como imagen de lo
identitario. Hay una clara tendencia a mostrar los signi-
ficados referenciales de la región y a observar lo que
viene de fuera como elemento que irrumpe en las
estructuras establecidas.
Un punto de apoyo en esta nueva perspectiva es el
acercamiento a partir de un personaje marginal; que se
convierte en el individuo representante del pueblo. La
metonimia antropológica representa las posibilidades
de que una sola persona construya el mundo social a
partir del ensueño. Lo individual construye lo social y
no viceversa En este mundo, en esta geografía, lo
marginal es una posibilidad que espejea esa sociedad, se
pierde la cordura en la medida sólo de los otros y no de
uno mismo. A la vez somos capaces de crear un mundo
con el cual alternar.
Mujer y mar, elementos eróticos, aglutinan todos los
sentires y saberes del hombre que reconoce de dónde le
viene la vida.

118
Las pesadillas15

Manuel Lucero

No sé por qué cuento ahora todo esto ni si hacerlo tiene


ya algún sentido. Si el hecho de que yo esté aquí, perdido
en el monte y a punto de morir de hambre y de sed,
mascullando este montón de palabras, que sólo la luna
que me mira desde el cielo parece comprender, vaya a
cambiar en algo el curso de lo que llaman la Historia, o
acaso sirva de ejemplo a los que aún quedan vagando
por los montes.
Por eso me pregunto si contar lo que ocurrió no es
más bien intrascendente, y no sea tan sólo un pretexto,
una especie de absolución para que este pobre Viejo
Bruto muera tranquilamente, purificado y lavado de
tanto miedo y tanta vergüenza. Si esto tiene un valor
sólo los dioses lo saben, porque sólo ellos son testigos
de cuánto he llorado y sufrido, y de las cosas, terribles,
que he tenido que presenciar para pagar con ello un error
cuyas consecuencias no me es posible imaginar.

15 La noticia aparece en el suplemento cultural “ Rodaballo”. Número


4. Enero-Febrero 1986.

119
Sólo los dioses saben si aún habrá alguien de noso-
tros que merezca seguir viviendo en estas tierras; uno de
nuestra raza que sea capaz de vencer a los Monstruos
para continuar con el camino que iniciaron nuestros
antepasados el día en que emprendieron la marcha hacia
el sur. Si no es así, estoy seguro de que el tiempo, sea
lento discurrir de las cosas y de los seres, como la caída
del sol tras los cerros azules y lejanos, la paloma que
pone sus huevos sobre los cactos cantando el cucú
interminable y monótono, la mujer que arroja a los hijos
en medio del dolor y del llanto, ese lento movimiento de
las cosas y de los seres que para mí es el tiempo –digo–
mostrará a los infelices que aún habiten estas costas
todo el horror de una pesadilla que cuánto quisiera que
se hubiera quedado sólo en eso, en una de las pesadillas
que el Joven Pescador nos contó una noche de luna
llena, mientras comíamos carne seca de venado y devo-
rábamos con avidez las pitahayas cortadas por la maña-
na, sentados alrededor de un fuego que era como una
bendición de los dioses, con el hambre y el frío a
nuestros pies.
Nosotros no creímos en lo que el Joven Pescador nos
contó. Nos burlamos de sus palabras. Pensamos que era
un ave de mal agüero y lo apartamos de la Tribu Elegida
como a un apestado. Pero es que el Joven Pescador era
tan diferente de nosotros, tan ensimismado, tan preso
siempre de la melancolía y de la nostalgia por cosas que
no eran importantes para la sobrevivencia, que era más
fácil pensarlo un poseído por los demonios que un
mensajero de los dioses. Por eso para nosotros era tan
difícil creer que lo que nos contó fuera una profecía, y
no tan sólo el sueño vano de un loco.

120
Ahora comprendo que él era así porque amaba el
mar. Lo amaba de una manera que sólo puede ser
entendida desde sus pesadillas, pero también desde
tantos atardeceres rojos y tanta infancia de caracoles y
conchas que recogía con un placer infinito en los días en
que el mar se alejaba de la orilla y los peces le ofrecían
por un momento su secreto territorio blando y húmedo.
Con esos caracoles multicolores y esas conchas de
variadas formas. El Joven Pescador confeccionaba her-
mosos collares y brazaletes que las mujeres portaban
con orgullo y vanidad en los días de fiesta.
Su vida era un ir y venir del mar a los montes y de
nuevo al mar. Siempre así, desde que sus ojos se
abrieron al mundo, a esta naturaleza agreste y seca. Le
gustaba caminar por la arena, sentir bajo sus pies el
cosquilleo de esa alfombra suave, dorada por el sol y la
sal y la espuma de las olas que mueren tiernamente en
la playa sólo para nacer de nuevo, fieles hasta el último
aliento al ritmo que les ha sido impuesto por quién sabe
qué extraños designios, qué misteriosas leyes que al
Joven Pescador le hubiera gustado descubrir.
Desde que nos contó sus pesadillas lo apartamos de
la Tribu Elegida, él se encerró aún más en sí mismo.
Hizo de la soledad una especie de búsqueda constante.
Ahora se quedaba todo el tiempo junto a la bahía, entre
las palmeras y los manglares, alimentándose de peces y
cangrejos y frutillas silvestres. Ya no nos acompañaba
en nuestras excursiones por el monte. Prefería quedarse
junto al mar, acaso como a la espera de algo que él creía
que debía de llegar un día cualquier, algo o alguien que
en sus pesadillas era apenas un asomo, un oscuro
contorno de vagas sombras dibujadas sobre el mar.

121
Paseaba su soledad por los esteros. En vano trataba
de encontrar una respuesta a los sueños que lo atormen-
taban desde que era un niño y andaba desnudo por la
playa. Buscaba con desesperación una señal, el signo
inequívoco de que sus pesadillas eran sólo eso, una
descarnada broma del subconsciente, un peligroso y
absurdo juego de la imaginación que tendía así una
trampa, o bien, que sus sueños tenían algo de macabra-
mente premonitorios que eran una forma de atisbamiento
de una realidad futura y que, por ello, más temprano que
tarde los vería materializarse frente a sus ojos.
Pero no siempre era así. A veces los sueños lo
abandonaban por muchos días. Esos fantasmas huían de
él como las fieras del fuego, y entonces podía pasear
tranquilo por la playa, regocijarse en la contemplación del
vuelo de los pelícanos y las gaviotas. Podía buscar
pececillos de colores y ponerle un nombre a cada uno, o
pasarse las horas viendo salir y ocultarse el sol. Pero luego
volvían las pesadillas, y era otra vez el miedo apoderán-
dose de su cuerpo y su mente; era el horror a lo descono-
cido instalándose en forma de saliva espesa y amarga bajo
su lengua. Se ponía furioso como un animal herido de
muerte y corría durante horas hasta caer exhausto en
algún lugar apartado y solitario. Allí quedaba, agotado y
como fuera de todo, del mundo y del tiempo que lo
contenían, lejos de sí mismo. Así, hasta que el amanecer
lo traía de nuevo al encuentro con la vida.
Al final de una de tantas noches que había pasado
tendido a la orilla del mar, vio aparecer envuelto en los
primeros rayos de un sol tibio y alegre un cuerpo de
mujer de andar cadencioso que, desnudo, se deslizaba
suavemente sobre la arena al compás del rítmico movi-
miento de las olas.

122
Cierto que la desnudez del cuerpo no le era ajena,
pues formaba parte de su entorno, de su manera de vivir
y aceptar la vida. sin embargo, la mera contemplación
de esos senos redondos y vivos , de esas caderas anchas
y ondulantes y de esos músculos bruñidos por el sol y la
brisa, lo transportaron a otro espacio, y sus sentidos
despertaron a una nueva manera de apreciar el cuerpo.
Se sintió atrapado por aquella marea que lo arrastraba
hacia playas desconocidas, y por un momento pensó
que ésa era la manera de escapar de sus pesadillas, del
infierno que lo envolvía desde niño. Por eso se aferró
con todas sus fuerzas a ese cielo sin nubes, a ese amor
que la naturaleza le ofreció de un modo inesperado, y
amó a la Mujer Hermosa con la pureza, la entrega y la
pasión de un animal salvaje y libre.
Pero una noche volvieron los sueños de su infancia.
Escuchó otra vez los lamentos de las mujeres y los
niños. Vio los cadáveres desparramados por todos los
rincones de la enorme ciudad de piedra; con sus canales
rojos de sangre y los templos, barrios y mercados presas
del fuego y del trueno. Observó de nuevo a los Mons-
truos, como dioses, enseñoreados de la ciudad y de su
gente. Respiró en el aire un olor a muerte, a carne
podrida que le enchinaba la piel y le ponía los pelos de
punta. Y luego, unos segundos después, apareció el
mar, nuestro hermoso mar, y sobre él, navegando lenta-
mente, unas extrañas aves de plumaje oscuro y enormes
alas blancas desplegadas al viento. Y de nuevo ese olor,
el mismo que emponzoñaba la atmósfera de la ciudad
ensangrentada. Entonces, el Joven Pescador se desper-
tó bañado de un sudor frío y llorando lágrimas más
amargas que la baba de sábila. La Mujer Hermosa estaba
como siempre había estado desde el día en que se la

123
encontró caminando por la playa, a su lado, parte ya de
sus sueños, de su vida, de su destino trágico.
Comprendieron que había llegado el día en que todo
esto debía cumplirse, el tiempo en que las pesadillas del
Joven Pescador debían de hacerse realidad para no
entorpecer el curso de la Historia. Corrieron entonces
hasta nosotros y me pidieron que abandonáramos la
playa, que nos fuéramos al monte, hacia la sierra de la
laguna grande, para así escapar a la maldición, de los
Monstruos, pero los ignoramos. A punto estábamos de
reírnos a coro, cuando nos vinieron a avisar que los
Monsturos estaban desembarcando en la playa. Corri-
mos hasta allá pero sólo para ser testigos del cumpli-
miento de las pesadillas del Joven Pescador, pues en ese
momento, los Monstruos clavaron su espada y cruz sobre
la arena y en el nombre de quién sabe qué extraños dioses
y monarcas tomaron posesión de lo nuestro y de nosotros
mismos. Todavía él, en un último intento de borrar el
sueño, se abalanzó sobre los Monstruos, pero un trueno
lo dejó paralizado y cayó sobre la arena llorando sangre.
Entonces fui yo el que comprendió que todo había
terminado, que no era una broma, que la locura y los
sueños del Joven Pescador no eran más que un signo de
los nuevos tiempos que se avecinaban y que por tanto,
nuestro ciclo llegaba a su fin, y que jamás podríamos
volver a ser lo que fuimos ni lo que pudimos ser.
Y ahora, con la lucidez que da la cercanía de la
muerte, y con el último aliento que aún guardo en el
pecho, debo terminar de contar esta historia, para que
los hijos de los hijos de nuestros hijos la escriban
después, en los muros de las ciudades cuando ya no
estén los Monstruos.

124
Del Joven Pescador dicen que alcanzó a arrastrarse
hasta las aguas de la bahía, pero nadie lo vio más. Sólo
yo sé que descansa en algún lugar del mar que tanto
amó, esperando el momento de regresar a vengarnos a
todos, a vencer a los Monstruos. De la Mujer Hermosa
sé que pertenece ahora a uno de los Monstruos, a ese
que los otros llaman El Capitán. El Monstruo llega por
las noches junto a ellas y la posee como un demonio, y
ella siente asco por su piel pálida y peluda, y quisiera que
la tierra la tragase, pero luego se dice que eso no es
posible, porque debe esperar al Joven Pescador que
regresará pronto, y también porque desde hace días
siente algo que se le mueve en las entrañas. En cuanto
a mí, se muy bien que moriré aquí, solo en medio de la
soledad del monte, que las auras se comerán mis vísce-
ras y me sacarán los ojos, y que, como castigo de los
dioses, mis huesos andarán rondando la tierra por los
siglos de los siglos.

125
126
1986

Este año es muy importante dentro de la política


sudcalifornia: es fin de sexenio, uno en que el sector
cultural avanzó en dar apoyo a escuelas de danza y
música que ya existían y se inauguró la Unidad cultural
Jesús Castro Agúndez. El apoyo a las publicaciones con
fines pedagógicos continuó, surgieron nuevas publica-
ciones informativas y dejaron de publicarse otras. Los
suplementos culturales y las revistas de difusión cultu-
ral publicaban obras poéticas y de narrativa de un
considerable número de personas de diferentes edades
e intereses, desde jóvenes preparatorianos hasta pilares
de la cultura compartían créditos y lograban que el
desarrollo de la cultura se diera en todos los niveles.
Saturado de elementos simbólicos “Las rayas del
tigre” desde su inicio es muy significativo, intenta
explicar por qué de un cuestionamiento que no queda
claro en el cuento, por qué rayas y jaula se metonimizan
en la sociedad sudcaliforniana. Es una vuelta a la
identidad solitaria y a marcar las diferencias del extraño,
del que no pertenece al clan.

127
En una intertextualidad mítica, el tigre, la noche, el
día y sus rayas dentro de una jaula invitan a la reflexión
sobre el sentir de una nueva generación de intelectuales
que han conseguido mucho, pero saben que falta mucho
por hacer.

128
Las rayas del tigre

Estuardo González Rodríguez


Pseudónimo: Esfinge

Por eso me propuse investigar las rayas del tigre. Por eso
me asomé entre las rayas de fuego que cruzan su
nervioso lomo, su lomo cauto y vigoroso, que brilla
cuando camina sobre sus patas que hacen un rítmico
vaivén de un colchón mullido
Fui hacia los huecos de los cerros donde sé que
habitan los tigres. Al llegar al fondo de una enorme
cueva azul escuché innumerables voces, como de tigres
discutiendo. Me asomé con los nervios clavados en las
puntas de mis dedos gordos de los pies; me quedé
pasmado al ver esa gran variedad de tigres; miles de
tigres habían ahí; tigres de trapo viejo; tigres de madera,
de azúcar, tigres de mazapán, tigres de papel de envol-
ver, tigres negros con manchas blancas o tigres blancos
con rayas de color de rosa, etc...
De pronto, de entre ellos surgió, como nacido en ese
momento desde las capas más finísimas de polvo de la
cueva, un extraordinario tigre de enorme rayas como
machetes de campesino, indiferente al bullicio de los
otros tigres salidos de la cueva y detrás de él, no sin un
miedo fascinante, salí y lo miré entrar a otra cueva.

129
Durante varios días me di a la tarea de de vigilar la
cueva del tigre gigante. Hasta que me enteré que él solo
vivía ahí y me dije: “Tengo que entrar a su casa y esperar
a que se descuide para estudiar el origen de esas rayas de
fuego y de machete” Lo esperaré entre la espesa sombra
de la cueva. “Aquí no me verá; me confundiré en esta
obscuridad con la piel de otras piedras”.
Horas y horas pasaron y el tigre no llegaba. Esperaba
sentir cercana su caliente sangre, vibrando bajo sus
rayas flexibles y su caminar sinuoso, ágil como un pez
entre los furiosos árboles del bosque.
Tal vez el tigre se acercaría a la cueva al amanecer;
cuando la obscuridad de la noche es rayada por la luz del
nuevo día; cuando el día también comienza por ser tigre
y continúa siendo una sola raya amarilla que deslumbra
el camino de los seres humanos, los aturde y confunde.
Pero el tigre no llegaba.
Desesperado, me puse a dibujar en el suelo de la
cueva a otro tigre, ¿al verdadero? Puse especial esmero
en sus garras y colmillos.
Cuidé que el complicado mecanismo de su cuerpo
fuera enorme en fuerza y expresión y que se insinuara
con soltura el suave y agresivo desplazamiento de sus
nervios. Estaba a punto de terminarlo. Sólo le faltaban
las rayas; las misteriosas rayas.
No me atreví a dibujarlas. Lo pensaba y lo pensaba,
y no me decidía a pintárselas, algo me detenía una y otra
vez en el tiempo; le dibujé una poderosa jaula de gruesas
rejas y se perdió entre los árboles.
Únicamente alcancé a ver las manchas que no (...)
pero que la propia jaula le proporcionara.
¿Será que el tigre es prisionero de sus propias rayas?

130
1987

De este año sólo se localizó un fragmento de cuento y


no se sabe quién fue el autor. La breve narración que se
tiene, además de prometer mucho, está saturada de
elementos identitarios de la sociedad sudcaliforniana y
presenta la cara amarga de la enfermedad y la pobreza o
la enfermedad en la pobreza.
Irónicamente, el cuento inicia declarando un senti-
miento de impotencia, frustración y descontento como
elementos básicos de la historia, al menos en el frag-
mento que se rescató.
El hombre y la mujer en sus respectivos roles,
formando una pareja, de la que no podemos saber anda
más allá de su descontento, son, como en otros cuentos,
elementos simbólicos que permiten acercarse al modo
de vida e identidad sudcalifornianos.
El nombre del protagonista parece significar el
contrario de su actitud y circunstancia. La actitud de
la esposa que tararea y lo observa como si le fuera
indiferente la enfermedad y pobreza, permite percibir
un profundo sentimiento de inseguridad. La mujer

131
como apoyo, dadora de vida o madre protectora lo
abandona como lo han abandonado la salud y el
bienestar económico.

132
El radio colorado16
A la memoria de Neto Velásquez

Cándido abrió los ojos con la claridad del amanecer,


sintió la tibieza y el suave ronquido de su esposa, cerró
los ojos paniublar las imágenes que lo asaltaban: veía a
la muerte llegándole a trechos, a pedacitos; pero los
ruidos del nuevo día lo levantaron de la cama y de un
golpe la enfermedad le llenó la boca, empezando a toser
con seca resonancia. Tenía mucho tiempo padeciendo
esta enfermedad que lo descarnaba y le hundía los ojos
con suma rapidez. Caminó cabizbajo, remoto, con la
cara tallada y por el rictus de la amargura; luego agarró
el paño y se limpió con coraje un hilillo de sangre
manado por los labios, un temblor de desasosiego lo
invadió y suspiró lívido. ¡Ay… si tan sólo me muriera!,
dijo, llegando hasta la hornilla, encendió la lumbre y
calentó el café tan pobre como su existencia.
—¡Estoy podrido! –murmuró con voz cansada, pro-
funda, arrastrando las palabras como arrastraba su cuer-
po. Sorbió el café tratando de alejar las imágenes que lo

16 En la versión no aparece el nombre del autor; suponemos que está al


final del cuento.

133
llenaban de tribulaciones y rompió el hilo de sus pensa-
mientos al escuchar a su esposa tarareando en el cuarto.
Un frío perverso le invadió el cuerpo al sentir su mirada
fulgurante, sin piedad, cuando pasó junto a él sin verlo,
como si fuera una sombra más de los escasos objetos de
la choza. Ella, en actitud distraída, calentó el frijol y
unas tortillas duras y salió; mientras él hacía un esfuerzo
por comer sin lograr reprimir una mueca de repugnan-
cia.
—Parece que estoy comiendo mierda –di…17

17 Aquí se corta la narración; el cuento que aparece publicado en el


suplemento cultural Rodaballo, es el del año 3, números 17-18; julio-
agosto de 1988.

134
1988

Irrumpe una nueva generación de escritores formados


en la preparatoria; son jóvenes que asisten con constan-
cia a los talleres de creación literaria de la misma
institución: el CCH Preparatoria José María Morelos y
Pavón. Es una generación ya más preocupada por el
simbolismo de los años ochenta: un simbolismo apega-
do a la sinestesia, a la búsqueda de nuevas estructuras
rítmicas, digamos, musicales. A esta generación perte-
nece el joven de 17 años Esteban Beltrán.
El texto mismo es una lucha constante entre la
fluidez de la lectura y los recortes intencionales de
autor: una generación que encuentra en la alegoría una
nueva forma de escribir. La sangre –lo rojo–, lo azul
profundo, la oscuridad –lo negro–, el moho, la niebla,
rodean el ambiente de un cementerio en donde los
muertos se permiten vivir de otra forma.
La simbolización del cementerio, pues, es el lugar
límite, el lugar en donde todo cabe, menos el gato, y por
supuesto, aquel que tiene las llaves: Pedro. El cual
puede ser el mediador entre el ambiente del cementerio,
y la gente que aún se encuentra viva. Es también quien

135
cuida la paz del cementerio, de aquellos que pueden ver
las cosas que ahí se mueven. El gato se coloca en el
umbral de los seres que pueden ver el inframundo, y por
tanto, pueden convivir con él.
Esta nueva perspectiva, digamos de humor, con
respecto a cómo ver la vida de los muertos. Es un humor
que mucho tiene de rock y que recuerda, en la lejanía, al
disco de Mecano: “Entre el cielo y el suelo”.
Las hormigas también son parte de ese simbolismo;
son egoístas y se apoderan con todo su color de todo lo
que tienen a su alcance; a la vez que son organizadas y
trabajan de manera sistemática: es una organizada
marabunta que de todo se apodera.
Muestra de la juventud comprometida ideológica-
mente, el joven ganador representa una generación
deseosa de señalar los contrastes del sistema desde una
perspectiva fantástica.

136
El negro18

Esteban Beltrán Cota

Iba a recostarse en el linde de dos bardas viejas del


cementerio, pero decidió sentarse en una tumba para
quitarse las espinas y bajar a una gruta, a la que sólo se
puede llegar por una escalera de diez metros, hecha de
palos de mezquite y clavos mohosos.
Al terminar la escalera encendió una veladora de
vaso para iluminar el ataúd de su padre; siguió por la
gruta de piedras oscuras, de arena suelta, donde se
guarda la historia de tantos cuerpos, abandonados en las
retiradas o perdidos entre balas y cañones.
Entró en una de las cuevas con la veladora casi
apagada, y con el puñado de nervios que era el gato en
su mano. Ahí como todas las noches los esperaba el
ataúd azul con la veladora semiderretida en el medio y,
a un lado, una caja de madera podrida casi del mismo
tamaño.

18 Publicado en El día de los jóvenes número 194. Martes 22 de noviembre


de 1988.

137
Luego de saltar sobre el ataúd y olerlo como de
costumbre, el gato cayó al suelo, cansado de comer
cucarachas voladoras, lagartijas y ratas de la calle.
El niño abrazó el ataúd cariñosamente, quedando
con las mejillas cubiertas de moho.
—”Papá, ya llegué, nos tardamos por el Negro,
estaba cazando ratas en la calle. Hoy te voy a invitar a
la tumba de doña Lupita, una vieja que enterraron en la
tarde... Ha de sentirse muy sola, pues todavía no conoce
a nadie, pero nosotros vamos a ser sus amigos, se ve que
es buena, mucha gente lloró en el entierro... Ya no les va
a servir, ¿verdad?, no van a tener a quién regañar, ni de
quién burlarse... Pero no ves cómo es la gente... ¿Crees
que a doña Lupita le guste platicar?... ¿Verdad que sí?
Ha de ser una de esas viejecitas muy platicadoras. Pedro
dice que la gente que es muy platicadora tiene mucha
alma y cuando se mueren siguen platicando, por eso
oímos sus voces; también dice que cuando hay tormen-
ta, salen todas las almas y en la luz de los rayos se van
al cielo; allá hay mucha gente trabajando en los pastos
para que nos los manden a la tierra, luego hacen compe-
tencia de trabajo y al que gana, lo mandan a otro cielo,
donde tienen almas que hacen las cosas por él...
“¿Sabes? Pedro es muy bueno conmigo, pero a veces
se porta como loco... ¿Tú crees? Dice que tengo que ir
a la escuela para tener amigos de mi edad, no sabe que
tú y el Negro son mis amigos.... Hay que comprenderlo..
¿Te acuerdas del otro día que platiqué con don Jacinto,
el de la tienda?... Me dijo que a los mayores hay que
comprenderlos, porque ellos también hacen travesuras
y meten la pata... Pedro mete mucho la pata ¿verdad?...
¿Crees que se sienta culpable?... Sí, debe sentirse mal
por estar cuidando que ningún muerto se salga de la

138
tumba, de tenerlos presos bajo la tierra que el cuerpo se
haga polvo.
“Lo que no sabe es que nosotros salimos de madru-
gada, cuando la niebla se esconde en los primeros rayos
del sol y se confunden los árboles con las almas de los
difuntos... Hay veces que se pone a inventar historias
para contarles a la gente que va a su casa a tomar café
en la nochecita... Pero ¿sabes qué?, a Pedro no le gusta
decir que lo visita la gente... Le da vergüenza que digan
que tiene amigos muertos.
“Hoy en la mañana que me invitó a desayunar, llegó
un señor con una botella de tequila en la mano, Pedro le
pidió que se marchara y el señor no quiso porque cuando
toma los muertos lo persiguen... Lo quieren matar, por
eso se vienen al cementerio. Aquí los muertos se sienten
en su casa y no se enojan con él; Pedro puso su peor cara
y vimos cómo el señor se retiró tirando el tequila a su
paso, gota por gota en el sendero de cruces, hasta que se
perdió en las tumbas de los miserables.
“El invierno está muy adelantado, afuera se siente el
sudor helado correr por el cráneo, acompañado del
dolor de las almas que se congelan y caen sobre nuestros
rostros en forma de niebla... En este tiempo, el frío se
detiene en los huesos, trae a los espíritus malos conge-
lados que se te meten en el cuerpo y ahí se quedan hasta
el verano, entonces sí, de los huesos salen los demonios
y te cubren todita la piel, luego te salen manchas rojas
que son la señal de muerte.
“Lo bueno es que a ti no te afecta, porque el cajón
está bien cerrado y tiene colchón por dentro, además
tienes tu traje negro y tus calcetines de lana... Me
acuerdo cuando fuimos a comprarlos, hacía apenas un

139
mes que había muerto mi mamá, ese día me compraste
un helado y me contaste un cuento.
“¿Dónde está el Negro? Ya es tarde, me preocupa
porque últimamente pelea con los perros que quieren
ganarle las ratas... En la mañana uno le mordió una oreja,
sangró bastante; con decirte que las hormigas le tenían
rodeado todo el cuello, eran de esas hormigas azules que
se toman la sangre como agua. Voy a buscarlo”.
Salió cuando la niebla había cubierto ya los espacios
de la noche; después de caminar un buen rato, se detuvo
en una tumba, se acomodó el cabello que le cubría los
ojos y clavó su visita hacia el portal del cementerio. En
una de las varillas se miraba un pequeño bulto negro;
empezó a caminar en esa dirección sudando la angustia,
se paró unos pasos antes y subió poco a poco su mirada.
Cayó el sudor de la frente, atravesando sus pestañas
hasta confundirse con las lágrimas que recorrían sus
mejillas. El final de la varilla puntiaguda estaba cubierta
de sangre, más abajo, el cuerpo del gato negro se
balanceaba lentamente.
—”¡Negro!, bájate de ahí, hoy vamos a un lugar
diferente, apúrate que ya amanece”. Una sombra se fue
acomodando a su lado, la miró y se marchó con paso
lento, con la luna perdida entre los ojos, con un enigma
más en el cráneo y una sonrisa triste en el rostro; se fue
caminando entre los huizapoles y el quelite hasta dete-
nerse en la capilla del cementerio. Subió al techo, a la
par que contemplaba las cruces del horizonte.
Bostezó muy por encima de los muertos, se rascó la
cabeza apuntando con los pies al cielo y se dejó caer en
un silencio inaudito; fueron unos segundos de angustia,
pero al fin sus huesos reacomodaron las piedras que se
pintaron de sangre.

140
1989

La única noticia que se tiene es que el periódico “El


Sudcaliforniano” publica el 14 de octubre de 1989, en
la sección “A”, página 5, que el ganador del premio de
cuento Todos Santos es Juan Antonio Villegas. No
notifica el nombre del cuento.

141
142
1990

La industria de la minería se estableció, principalmente,


en el sur del estado; precisamente el nombre del protago-
nista del cuento, Antonio, recuerda una de las zonas en
donde la explotación del oro se estableció: San Antonio.
Ya para 1987, la explotación del oro es puramente casera,
y no industrial. El cuento, es pues, una remembranza de
esos tiempos, y de las anécdotas que pudieron estar
alrededor de las minas y de sus trabajadores.
El rescate y conjunción del triángulo amoroso rela-
cionado con el oro es antiquísimo. Lo interesante del
cuento, es que logra conjuntar la venganza del amante
con el derrumbe del tiro de la mina. Además, la partici-
pación de los demás en el pueblo, en la venganza del
amante mismo.
Los del pueblo son cómplices de la acción vengati-
va, su participación es importante para el desenlace.
Ellos son los que envían al amante hacia abajo del tiro.
Por supuesto, en la cofradía, en el rescate de esos
elementos que son identitarios, la comunión del pueblo
se establece en contra de lo extranjero, de lo espurio: en
este caso, y curiosamente, es de origen alemán. El otro

143
punto de reunión, es la búsqueda de justicia, mala o
buena, pero justicia que ellos mismo han sopesado, de
la cual discuten: ponen en la balanza la bondad y la
fidelidad.
La justicia que busca el pueblo es en contra de lo
extranjero, del hijo del alemán. Éste se ha quedado con
la mujer de otro, de un nativo, digamos. En ese sentido,
la mujer es la representación de lo que los extranjeros
han quitado al pueblo. La venganza es una restitución
de los tesoros, del oro, de la mujer, de la tierra, a los que
se consideran dueños legítimos de la misma.

144
La tumba de oro19

Julio César Saucedo

Mientras Antonio, su marido, abría a tajos la mina y


poco a poco dejaba allí la vida que con ella compartía,
Socorro mantenía en secreto aquello que la quemaba y
le causaba desazón en sus actos. Antonio era un hombre
de buen carácter, un poco más alto y fornido que la
mayoría en el pueblo, y al decir de todos, gente que
siempre ayudó a quien lo necesitaba. Socorro era trigue-
ña, con unos ojos color verde, que según sus viejos
enamorados casi le cubrían media cara. Parecía potran-
ca fina y poseía ese ángel que tienen las personas que a
todos nos caen bien.
—¿Por qué estás nerviosa, Coco? Hace muchos días
que te noto inquieta.
—¿Será que ya me descubriste algún enredo? –le
decía, cariñoso y reprochando, el joven minero.
—No... nada. Es que doña Rafaela me dijo que
Pedro, mi primo hermano, está muy enfermo. Pero no
me hagas caso...

19 El cuento fue publicado en el libro …Y otros cuentos, publicado por


la Secretaría de Educación Pública del Estado de BCS, UABCS. En
el año de 1996.

145
Y esa incertidumbre del secreto la empujaba a cosas
raras.
Se ponía a coser y a zurcir como desesperada y
arreglaba con ansia la ropa de Antonio para que cum-
pliera sus turnos de doce horas. Eran horas de doble
angustia, pensando en los peligros de los derrumbes, de
los gases en los viejos elevadores, y ahogando con rezos
ese bullir de su sangre y las visitas furtivas, cuando casi
el pueblo estaba solo o cuando hasta la luna se vestía de
negro.
Era entonces cuando aprovechaba las noches para
abrir la puerta en la esquina fatal del triángulo amoroso
y en los días, pronta a fingir cualquier enfermedad para
no estar con su marido, pretextaba viajes para irse por
ahí a los arroyos y a las barrancas con cuevas para
llenarse de un sentimiento prohibido que culminó un
día con el recado mal escrito en el que le avisaba a Tofo
que lo dejaba, que se iba con “el hombre que le había
robado la voluntad”.
Antonio se tragó su pena. Dedicado a saber las
razones de situación tan extraña en su existencia, medi-
taba horas y horas, colocaba una y otra vez en la balanza
lo fiel y lo bueno que había sido, las ocasiones en que le
gritó y los altibajos de los dos, siempre juntos.
Una tarde de feria en el pueblo, cuando la música
invadía hasta los aceros de los rieles y hasta las chicha-
rras acompasaban las risas de los niños y adultos, pasó
rumbo al tiro nueve, y provisto de todo lo necesario,
pidió permiso para bajar.
Adujo que tenía un encargo especial del gerente,
quien sabiendo de la eficiencia de Antonio lo había
comisionado para quién sabe qué extrañas pruebas que
la compañía necesitaba.

146
Las horas pasaron, la noche llegó y Antonio ni subía
ni daba señal alguna de que alguien trabajaba en los
túneles.
Al llamar la atención sobre el caso, los viejos mine-
ros sabían que de permanecer más tiempo en el tiro
recién abierto, Antonio corría serio peligro de muerte,
pues de la nueva hendidura no se sabía nada, ni de
metal, ni de gases, ni de signo que pudiera indicar
peligro o vida.
Allá arriba, afuera, los habitantes del pueblo se
empezaron a reunir y a preguntarse, a discutir el caso, y
a recordar lo ocurrido con Socorro y Antonio. Discutie-
ron fuerte, arguyeron mil cosas, gritaron, algunos se
devolvieron de medio tiro, pero al final todo mundo
miró a Joaquín, el guardián a esa hora.
Joaquín era un tipo que no difería mucho de todos en
el pueblo, y acaso su mayor valor era el saberse hijo de
un alemán que nunca quiso aprender español y al que,
de no haber habido alemanes laborando para las minas,
lo hubieran dado por mudo.
—Tú tienes la guardia. Por obligación te correspon-
de bajar.
—¿Yooo?
—Sí, tú. Tenemos que saber qué le pasó a Toño.
El polipasto empezó sus ruidos, chirriando al correr-
se las cuerdas de acero, al enfrentarse la potencia y la
resistencia. En el elevador de madera bajó Joaquín,
llevando en la cabeza la luz de magnesio y en la espalda
los siete caballos negros arrastrando la carroza del
miedo.
Allá abajo caminó inseguro, escuchándose a sí mis-
mo, afinando el oído, considerando por primera vez su
historia.

147
De pronto, el tirón en la esquina de un túnel. Un
rostro avejentado frente al suyo y una voz con un odio
infinito:
—¿Te gustó mi mujer, eh?
—Yo... ¿Qué tienes, Toño?
—¡Cobarde! ¡Maldito alemán cobarde! ¡Lo supe
todo el mismo día en que abrí el ropero de esa traidora!
Un acre olor invadió el ambiente y el recién llegado
vió cómo Antonio, inmutable, sacó un cerillo, lo encen-
dió y apenas alcanzó a ver un relámpago, para después,
en una sola fracción de segundos, escuchar como si
palas gigantescas echaran sobre sus cuerpos la tierra y
las piedras de una tumba con paredes de oro que
rompieron el comienzo de una carcajada felizmente
macabra.
Arriba se sintió el temblor al mismo tiempo que una
larga columna de polvo bañaba a las máquinas y al
pueblo congregado alrededor del pozo. Los cables se
pusieron al rojo vivo y hubo un silencio impresionante,
lento como una hoja que cae en el estío.
—Ya vámonos. Aquí nadie se roba a una vieja sin
castigo.

148
1989/1992

Inicia un sexenio en donde esta microregión cultural es


enteramente olvidada; es uno de los períodos más
infértiles en la búsqueda de noticias del cuento de
Todos Santos. De este periodo sólo se tiene la mención
honorífica de 1991 y en 1989 sólo se menciona el
nombre del ganador: sin embargo, motivo curioso, es un
ganador que no se ha encontrado en la región y nadie
parece saber de él. Al ser una convocatoria regional es
de llamar la atención.
Este vacío es altamente significativo porque pode-
mos aducir la poca importancia que se le ha otorgado a
la premiación del cuento por parte de los gobiernos, así
como la poca categoría que, en el orden de la escritura,
establecen para sus premios: son pocas las publicacio-
nes de los mismos; no existe un seguimiento de los
autores, así como tampoco un constante seguimiento
noticiero de lo que acontece en ese orden. Por supuesto,
esto no sólo está fincado en la región, sino en el sexenio
en donde los tecnócratas y la postura neoliberal asumie-
ron la presidencia de la república: la política cultural del
Estado es sólo una oleada de la política cultural. Para el

149
centro, la creación del FONCA fue un instrumento para
el control de los intelectuales y la observancia de lo
publicable.
La nuestra, pues, es una tarea de reconstrucción de
una escritura que, contrariamente a su papel, ha sido
olvidada por la cultura misma: díganse los escritores, los
encargados de la cultura a nivel municipal, regional,
estatal y nacional, los archivos históricos –o no–, los
medios de comunicación escritos: periódicos, revistas;
díganse, pues, las instituciones, los individuos mismos,
últimos y primeros beneficiados.
No es un cuento el que se pierde, es la imagen, y un
instante del mosaico histórico, social, literario, político
de Baja California Sur queda incompleto, esa mudez de
nosotros mismos ante el pasado, no nos descubre y no
supera los problemas ante los que hemos caído: el
silencio absoluto ante quienes fueron jueces, o tuvieron
las diligencias de la cultura, en esos y en otros tiempos,
más que proteger las identidades o los orígenes, sólo se
puede prestar a malos entendidos, a malas interpreta-
ciones, porque lo oculto –en una función pública– no
guarda nada bueno.
Por otro lado, la desmemoria del pueblo, en estos
tiempos donde la memoria es un accesorio, puede
creerse, pero la desmemoria entre los intelectuales nos
es difícil de creer.
El modelo económico neoliberal impuesto por De la
Madrid, motiva a buscar el desarrollo en el sector
turístico. Los intereses estaban enfocados a resolver los
problemas económicos de las familias sudcalifornianas.
El sector servicios se convierte en una de las principales
fuentes de trabajo y todos los esfuerzos se dirigen a
mejorar la infraestructura turística. Paradójicamente

150
también es el sexenio en que se estrena la Unidad
Cultural Jesús Castro Agúndez, integrada por el Teatro
de la Ciudad, Teatro al Aire Libre Rosaura Zapata, El
Archivo Histórico Pablo L. Martínez, la Biblioteca, la
Galería de Arte Carlos Olachea, la Rotonda de los
Hombres Ilustres, el Centro de Radio y Televisión (en
aquel entonces, sólo radio) la Biblioteca Central Filemón
C. Piñeda y la Biblioteca Infantil.

151
152
1991

Después de un largo periodo de ausencia de cuentos y


casi por cerrar la edición aparece el texto con el que
Ernesto Adams ganó mención honorífica. Un cuento en
el que se percibe la necesidad de dirigir la escritura hacia
la reflexión sobre las tradiciones perdidas.
El conocimiento y respeto a los antiguos mitos y
tradiciones son el punto de partida –que el autor
ofrece– para entender los errores en la historia narrada
y en la realidad de una década que iniciaba con cam-
bios drásticos.
El mar adquiere una importancia que no se percibe
en ningún otro de los cuentos ganadores; representa
vida y muerte, sabiduría, hogar y destino. El narrador,
un ser marginal que –como Obregón Perla o el Huaco–
son parte del paisaje y la tradición oral del pueblo
sudaliforniano, le ofrece al lector una perspectiva des-
encantada de la realidad que se vive.
El collar que salva al protagonista, más que amuleto
parece el tótem que contiene no sólo la salvación sino los
secretos míticos de la vida, y afianza al ser humano a los
conocimientos que se han perdido, los del individuo que

153
no necesita escuela, porque ha observado la naturaleza,
la conoce y reconoce sus peligros y beneficios.
La narración parece tener una intención pragmática,
el paisaje tiene un papel importante, no es un simple
telón de fondo, es el reflejo de la falta de ilusión, el tedio
y las pocas expectativas del futuro. El hastío con que el
protagonista ve la vida y su deseo de morir justifican la
necesidad del autor de dignificar y reconocer la impor-
tancia del pasado, las tradiciones y los mitos fundadores
de la identidad regional.

154
El náufrago del mar Bermejo20

Ernesto Adams
Mención honorífica

“Supuse que eran los dioses imagi-


narios de alguna tribu de pescado-
res, desaparecida antes de que na-
cieran los antepasados del hombre
de Neandertal. Presa del temor
respetuoso a la vista de un pasado
tan lejano, permanecí en el vértigo
de los tiempos, arrancando a mí
mismo”.
H.P. Lovecraft

Para los hombres de tierra firme he olvidado mi lengua


materna. Los hombres del mar bajan la mirada y se van.
Nadie escucha, empiezo a hablar de esto, y una extraña
sonrisa se diluye en los rostros y se marchan. Yo mismo
oigo otro idioma que sale por mi boca.
Por una fuerza inexplicable no puedo ir más allá de
la orilla del mar, no puedo alejarme. Habito en las playas
donde se hace la noche y sólo la caridad de algunas
empleadas de restaurantes permite que aún permanezca
entre los vivos.
Mis cabellos han crecido al igual que todos los vellos
de mi cuerpo. Me acompañan unos cuantos perros
olisqueando los agujeros del puerto o hurgando los

20 El cuento se publico el 24 de mayo de 1992 en “El Aleph” No. 3,


suplemento cultural del periódico La Extra.

155
botes de basura. A veces se acercan las gaviotas y los
pelícanos, en vano trato de que se alejen, parece que
quieren decirme algo.
En las noches vuelve la memoria a atormentarme; ya
no soporto más la vida consciente, espero la muerte.
Era el invierno de 1974. El “Santa Gertrudis”,
con su casco negro y su apretada bodega se mecía
suavemente internándose en las aguas tranquilas del
mar Cortés. Siempre buscando la península californiana,
hacia el oeste navegaba nuestro barco de cinco tripulan-
tes. El capitán Santiago Bernabé decía que le bastaba un
maquinista y un radio operador para mover su nave y los
ayudantes sólo servíamos para no sentir tedio del viaje.
Particularmente, sentía simpatía por el viejo maqui-
nista Maico, quien con cuarenta años de travesías
simulaba muy bien los años. Con cara de corsario y una
piel tostada por el agua y el sol constantemente repetía
que “no era un hombre de la superficie”. Después
callaba.
Habíamos pasado ya punta San Juan. El pequeño
carguero enfilaba hacia un estrecho formado entre una
enorme isla y la costa. Hacíamos las faenas de costum-
bre, cuando nos sorprendieron unas voces alteradas que
provenían de la cabina de mando:
—Desviar el rumbo y perder tiempo –gritaba el
capitán–. No, sobre advertencia no hay engaño… Todo
por su camino, aunque resulte pesado –contestaba
Maico y abandonaba la cabina furibundo.
Así, me enteré después, la increíble experiencia
demostraría el grave error del capitán. Maico pasó a un
lado mío ignorándome por completo. Lo seguí al cuarto
de máquinas, pero no se encontraba allí. Más tarde logré
verlo en su camarote.

156
—¿Qué pasa… Maico no alteren...
—Muchacho, ¿para qué trabajar?... ¡No hagas nada!
Es inútil. Lo que no puedo concebir en modo alguno, es
que el capitán no comprenda que estas son las aguas
de… –respondió Maico, sin terminar la frase.
En ese momento extrajo de su saco un libro perfec-
tamente forrado en piel de caguama, lo abrió en las
páginas centrales y me dijo:
—Mira, muchacho, voy a confiarte algo que puede
ser tu salvación. Los demás no lo entenderán –ensegui-
da, se quitó un raro collar del cuello. Tenía un mechón
de cabellos amarrados de un extremo y un ídolo en
concha negra pendía del otro.
Nuevamente el viejo habló:
—Toma, tú sabrás el instante de arrojarlo al mar…
Cuando a un pueblo le han arrancado sus dioses, ese
pueblo desaparece… Sin embargo, se quedan fuerzas
innombrables… Úsalo como te dije, yo no lo necesito…
“Soy de los que ven bajo el agua”…
No bien terminó de hablar y un fuerte alboroto de
cubierta atrajo su atención.
—Ya está aquí… –alcanzó a decir y salió precipita-
damente hacia arriba.
Tomé el libro entre mis manos y leí con premura en
una página un fragmento marcado; “El espíritu princi-
pal que envía a la tierra las enfermedades es llamado
Guamongo. Habita en el fondo de los mares, donde se
hace servir por espíritus inferiores, que diariamente lo
alimentan con exquisitas pitahayas y belicosos peces.
Con los cabellos de sus devotos teje las capas de los
cusiyáes”.
Intento recordar cómo llegué a cubierta. Pero fre-
cuentemente mi memoria es herida por los olores pare-

157
cidos y vuelve el delirio con alucinaciones terribles.
Todo estaba compenetrado de un olor fétido, mis com-
pañeros tenían tapadas la boca y la nariz con pañuelos.
Y es que aquel mar tan azul, aquellas aguas tan claras y
brillantes se encontraban infestadas de peces de distin-
tas clases, peces muertos.
—No se alarmen es la “marea roja”… Lo mismo he
visto que ocurre en otras partes –nos gritó el capitán
Santiago Bernabé.
—Demasiado tarde –dijo Maico, y se arrojó sobre el
capitán. Con gran esfuerzo logramos separarlo, y gritaba
exasperado que no tenía por qué sacrificar a los mucha-
chos… Por su terquedad, ahora ya le pertenecemos.
Regresamos a nuestros puestos con la intención de
cruzar aquel mar sin vida. El agua envenenada parecía
un manto lodoso, y la espesura de un extraño bosque
volvía más lenta la marcha. Hacia el horizonte se
alcanzaba a ver una agua reposada que reflejaba todas
las tonalidades de un cielo rojo jamás visto. Después,
notamos que todo oscurecía. Luego una fuerte sacudida
indicaba que el barco había encallado. Un poderoso
zumbido martirizó nuestros oídos, de repente, los ce-
rros de la costa formaron figuras caprichosas; animales
de otros tiempos luchando, se movían estremeciéndolo
todo. Posteriormente, un intenso fulgor se encendía y
pegaba en el cielo, como una guerra aérea entre la luz y
la sombra.
Volvió la calma, las extrañas visones se desin-
tegraron, instalándose la normalidad, aunque los efec-
tos de un horror profundo se dibujaba en todas las caras.
Tratamos de regresar a nuestras costas y el aturdimiento
lo impedía. Perdí la noción del tiempo y el silencio que
siguió me hizo sospechar que aquello regresaría. Obser-

158
vé que el agua reflejaba la luz y ésta había adquirido un
color negro.
Y regresó. Ahora un violento tirón elevó el barco
sobre el agua. El mar se abrió. Las aguas se apartaron y
en el centro se formó un abismo insondable. Todo en el
barco flotaba y adquiría una velocidad vertiginosa. Nos
agarramos de los cables y de donde podíamos. Fue
inútil, salí despedido del barco, miré hacia abajo y un
terror metafísico me obligó a cerrar los ojos. Un enorme
ser tan lejos de lo humano, con miles de pequeños ojos
luminosos y largos cabellos tenía las extremidades como
sembradas en el fondo marino y las fauces abiertas,
produciendo un sonido metálico y siniestro. El mons-
truo sacudía unas aletas gigantes.
Busqué angustiado el collar y lo arrojé, como quien
jala el cordón de un paracaídas. Ahora acabó de caer…
El vencedor encerró a sus enemigos en las grutas del
océano… Los cusiyáes miran lo que va a pasar... Mi
mente aferrada a un madero tuvo más de un día a la
deriva. En vano trato de explicar, de advertir el peligro
que acecha a otros seres humanos, creo emitir algún
sonido, sin embargo cada vez me convenzo más, sólo
parecen comprenderme las gaviotas y los perros, que
armando un revuelo siempre me acompañan por donde
paso, arrastrando mi costal de mugre.

159
160
199321

Si de los cinco años anteriores se conoce poco, casi


nada; de 1993 conocemos el premio y las cuatro men-
ciones honoríficas otorgadas. Esto nos dice de las
discusiones que el jurado tuvo para otorgar el primer
lugar. Pero éstas giran en torno a una temática similar:
la regionalidad; lo definimos como un concepto, y no
como una corriente o escuela. En este año entra, otra
vez, el tema de la regionalidad en las referencias que nos
otorgan los cuentos.
Los nombres de los lugares se convierten en una
utopía; de hecho, pasan de la advertencia y de la
realidad a lo imaginario: desde la referencia del “cerro
colorado” al inexistente lugar “Malakiel”. En este sen-
tido, el cuento ganador, “El Huaco” de Alejandro
Zúñiga, confronta dos geografías con los mismos valo-
res culturales: San Ignacio y Todos Santos, norte y sur;
la oralidad definitoria de la historia viva, el lugar de los
sobrenombres en las nomenclaturas de los pueblos

21 Ese año todos los cuentos fueron publicados en la revista Panorama,


número 43, revista de la Universidad Autónoma de Baja California
Sur, 1993, pp. 35-53.

161
como otra forma de conocimiento del otro: el humor.
Una oralidad basada en una peculiaridad del pueblo: el
gusto, divertimento de sus habitantes por bautizar con
un mote o con el sobrenombre a los naturales o extran-
jeros. Apodos que, en esta ocasión, son atribuidos al
ingenio del personaje principal. El prototipo del perso-
naje principal a partir del cual se centra el cuento no es
el héroe, que en el cuento tradicional sería el recupera-
ble, sino una figura que podemos definir como fuera del
límite, que sin embargo, representa otra manera de
trabajar la historia, digamos, es una historia metonímica.
En este sentido, la permanencia del pueblo como un
lugar utópico necesitaba la creación de este personaje;
de quien narra se enlaza otra historia. Porque es el
narrador quien tendrá, en verdad, la carga sentimental,
moral, de relatar los cuentos de sus personajes. Ésta es
una ventaja en el tipo de narración que están proponien-
do los ganadores de 1993: una multiplicidad de relatos
a partir de lo que está fuera del límite. Por ello, Varela,
con “El Perro”, trabaja desde el reverso del realismo. El
ambiente invade la mínima partícula de la narración. El
extenuante calor del desierto también sofoca al lector.
La lectura se vuelve el centro de atención en estos
cuentos. Existe una preocupación conciente en cómo
narrar la historia.
La venta de los ranchos se vuelve el centro de lo que
se ha perdido. El suicidio del hombre mayor, no es más
que la incapacidad de enfrentarse al mundo, y ver todo
perdido. Pero este enfrentamiento, es ante la naturale-
za, la cual rodea al hombre mismo, y si en Rulfo y en
Quiroga, la muerte es externa, en Varela, es interna. La
decisión es desde adentro: que mejor homenaje al
paisaje del desierto.

162
La oralidad y la lectura desarrollaron un lugar de
primer orden en este año: Gustavo Danemann presenta
su propia postura ante la realidad de la región; presenta,
pues, su propia regionalidad. La narración, ahora, tiene
sus lentes de científico. El narrador en tercera persona,
un narrador omnisciente, hurga en ese micromundo.
Una escena ubicada de un lugar llamado El Cardoncito.
La oralidad cobra su importancia cuando, los personajes
dialogan. El ingreso a ese orden tiene una ruptura
“fantástica” al final del relato; una ruptura como ese
bache en el camino que puede permitirnos, de vez en
cuando, entrar en ese mundo. La migración de los
jóvenes es el punto de arranque en este cuento.
La linealidad por la que hemos escogido así los
cuentos es que existe un personaje importante en el
desarrollo de los tres cuentos, a veces como ambiente
del cuento, otra como motivo principal: el perro. La
simbiosis ranchero-perro está detallada en estos cuen-
tos, y llevada a límites extraordinarios.
En “El poeta inédito” de Rafael Márquez, los límites
se dan entre el arte y la realidad que crean el contexto
donde el conflicto individual se universaliza, la búsque-
da de la existencia a partir del otro; de la vida a partir de
la muerte y del futuro partiendo de un pasado que
oprime y al mismo tiempo le da sentido a la inevitable
realidad. Bahía Zulema, representación artística y refe-
rente ficticio de La Paz es el paisaje donde las frustra-
ciones y añoranzas son parte de la vida misma. La
reproducción del paisaje y el lenguaje entre poético y
oral legitiman los principios de la cultura paceña, pero
los problemas existenciales son de índole universal,
logrando la universalización.

163
En “Las casas de Malakiel”, de Julieta García, se ve
claramente una búsqueda de lo fantástico, del ingreso a
otro mundo, a otro orden, y al cual, una vez fuera, ya no
se puede regresar. Este mundo fantástico lo han repre-
sentado antes Cortázar, Borges; García recupera esa
posibilidad de ingreso y crea un mundo fantástico en
México. Parte de lo que hemos llamado el concepto de
regionalidad.

164
El Huaco

Alejandro Zúñiga

Los Laureles de la India que en ciertas ocasiones arru-


llaban la pasividad del pueblo, ese día estaban callados.
El sol golpeaba a plomo los techos de palma y evapora-
ba el agua lamosa que corría por las acequias. El mes de
julio hacía añorar las lluvias del verano. Los hombres en
la siembra sentían quemar la piel mientras veían con
tristeza desaparecer las nubes tras el cerro colorado. Las
mujeres se escondían en los corredores de piso de tierra
aplanada y mojada. Por eso las calles estaban desiertas.
Los perros se encontraban tirados bajo la silla del amo
o apretujados en un cacaistle, aventando de vez en
cuando ladridos al horizonte o mordiéndose las matadas
de la soledad; mientras un mosquero devoraba un me-
nudo sin limpiar de la vaca que matara Rodolfo Castillo
por la mañana.
Así como digo que era esta tarde eran todas en el
pueblo, tan monótonas como ordenadas. Desde que
teníamos uso de razón sabíamos que la muerte era
suplida por un nacimiento y sin darnos cuenta repetía-
mos el mismo quehacer todos los días. Podría decirse
que en nosotros no existía el saber del tiempo.

165
En aquella ocasión los sombreros se salvaron de ir a
parar ya deshilachados en los basureros de los traseros
de cada casa. El descenso del sol daba una orden: ¡Dejar
de abanicar la flojera! Y, como si fuera poco, el aviso
cabal del carrito de cranky de don Vidal Ceseña, que a
las seis cruzaba el poblado para darle lavadura a los
cochis, la reforzaba. Todos comentaban: ¡De ir pie
llegará más pronto! Pero la verdad es que se había
originado entre ellos una combinación máquina-hom-
bre difícil de desmembrar en su paso lento por las calles.
El pueblo volvió al silencio. A lo lejos se escuchó
sólo un eco que sobre el calichoso suelo de la calle
percutía en las paredes de adobe. Era el ruido que
producía el bastón niquelado en la mano temblorosa de
Lucio Cota, quien se acercaba a la cita puntual con su
verdad. Rosamelia, la Nena y Josefita lo vieron pasar y
entristecieron su tarde, mientras él iba sorteando mecá-
nicamente las aguas lechosas de los lavaderos. El avan-
zar de su cuerpo era lento y pesado, bueno, de lo poco
que quedaba de su cuerpo: unas piernas en el extremo de
la artritis, un tronco desnutrido y seco que coronaba en
la cabeza con un sombrero texano manchado de sudor
y de tierra con una estrella de metal oxidado –la cual le
daba acaso un poco de dignidad– y sus orejas enormes
que desoían los gritos clandestinos de los chamacos. —
¡Huaco! ¡Huaco! –le gritaban. Pero él caminaba impasi-
ble. Retacando su mente de añoranzas. Enfriándola.
—¡Ariru Carmelo! –saludaba su tata tomando el sol
sobre una piedra que ya había absorbido el sereno.
—¡Ariru! Tío Melchor, dicen que ya se va a acabar
el invierno, ya hace calorcito.
—¡Ya! Yo ya me lavé las manos –contestaba su tata
en el recuerdo.

166
El tropezar bruscamente con la orilla de la banqueta
que esquineaba la plaza lo sacó de su cavilación. Atra-
vesó lentamente por el rugoso piso del parque. Don José
lo observó encorvado tras el mostrador de su tienda,
donde ofertaba semilla a granel, manteca en lata, chori-
zo en tripa, entre otras muchas minucias; y volvió
rápidamente su atención sobre las carteras de los deu-
dores, recriminándose por perder tan valiosos segun-
dos. Lucio se sentó en la banca de siempre. Ésa que lo
esperaba todos los días para acurrucarlo y mimetizarse
con él. Al fin había adquirido su olor y su mugre.
Se quedó ahí, sumido en un mutismo extremo. Ya no
temblaba, los laureles dejaban caer a su alrededor hojas
que ahora producían sonidos, y como siempre, la iglesia
fiel guardaba sus espaldas, sus minutos de paz.
Ahí fue cuando lo observé por primera vez, lo había
visto muchas veces; pero sólo para gritarle ¡Huaco! con
los chamacos, o en tiempos de lluvia preguntarle amis-
tosamente:
—¿Irá a llover, Lucio?
—Desabróchense un botón –contestaba paciente-
mente.
—¿Va a llover? –repetíamos más tarde la pregunta.
—Desabróchense otro botón.
—¿Lloverá? –insistíamos un poco después.
—¡Quítense la camisa, que se van a empapar!
–gritaba, y se venía un aguacero que sólo él sabía
premonizar.
Lo seguí observando, no sabía definir qué hacía ahí;
si pensaba o si respiraba. Más bien parecía una vieja raíz
de datilillo abandonada por su tronco inspirando formas
extrañas en espera de ser arrastrada por las aguas bravas
de un arroyo.

167
La Chona cruzó por la calle lateral. El sol hacía
explotar el brillo de su piel. Usaba una blusa de manta
bordada y desmangada que mostraba generosamente
sus senos duros y prietos. ¡Se veía tan feliz! Su dentadura
le daba un toque de dulzura a su rostro de mirada turbia.
Sin lugar a dudas iba a entrevistarse con el amante de sus
preferencias, un teniente del destacamento que gozaba
todas las tardes de sus encantos en la poza larga. Cuando
estuvo frente a Lucio, sus ojos perdieron dureza, por un
momento se reflejó la ternura que tenía cuando vivía en
la iglesia, antes de que el padre Hilario la corriera por
“buscona” y empezara así su fama de mujer de todos y
de nadie; “la niña del viento” le decía un pariente lejano.
Rápido se olvidó del viejo y se fue moviendo turgen-
temente las caderas asombrosamente redondas y firmes.
Él, ni siquiera la vio.
Lucio se movió. Una sonrisa dejó ver el único diente
de su boca. Con sus grandes anillos de cobre y vidrio
golpeó despacito la cabeza del bastón dando muestras
de algo parecido a la impaciencia. Esta reacción me
indicó que alguien se acercaba. Era Higinio “El cara de
gallo”, quien había suspendido su tarea diaria de vaciar
petróleo de un garrafón a otro para volver al mismo en
espera de un cliente, el cual lo utilizaría para alumbrar
su casa después de las nueve de la noche, ya que a esa
hora apagaban la planta eléctrica.
También se acercaba Miguel, “El boca de cueva”
que había dejado descansar la chicharra del telégrafo
por un rato, “El trompeta”, quien momentos antes
cerrara la reja de la cárcel vieja, la cual había adaptado
tiempo atrás como su casa, con lo que había cortado de
tajo la inspiración que nos daba como escenario real de

168
nuestros juegos. Y venían más: “El chapuseno”, “El
macho prieto”, “El murciélago”, quien en ese entonces
era el delegado del pueblo. Y también otros, todos ellos
con el sobrenombre a cuestas que Lucio les había
colocado acertadamente, situación que le daba la
privacidad para usarlo. Los hombres parecían dátiles
que se desgranaban sobre la plaza. Llegaban de San
Lino, Pueblo Nuevo, El Rincón y La Correa.
—¡Huaco! –le gritaban.
De su boca se desprendió un chorro de voz. Las
palabras salían de su boca como las palomas que aban-
donan una a una el campanario de la iglesia.
—Recuerdo –dijo– cuando maté aquel tecolote,
estaba más o menos como de aquí al calvario y con mi
cuarenta y cinco le apunté y lo desplumé.
—De veras Huaco, ¡joyo apestoso! –le decían, en un
intento por sacarlo de juicio.
Y él contestaba con firmeza, apresurado:
—¡Pena en la vida a aquél que no se le cague la
horqueta! ¡A poco estos desgraciados cagarán por un
jardín!
En ese momento era dueño de la situación. Los
vecinos caían en su juego.
—Una vez desarmé a treinta y dos a punta de puro
machete, por ahí, muy cerca de La Baña.
—¿Y cómo pudiste contar a los hombres en medio
de la trifulca? –le preguntaban tratando de poner en
predicamento su habilidad.
—Pos cuando terminé, conté las armas. ¡No seas
pendejo, Santa María!
—Mi comandante, ¿es cierto que peleaste al lado del
general Olachea?

169
Lucio pareció rejuvenecer al escuchar aquellas pala-
bras. Como que le gustó el rango que le daban y el cariz
que tomaba la plática.
—¡Uuuh! Yo a ése lo conocí muy bien, desde niños.
¡Era muy bragao! Pero yo le ponía unas chingas, ahí en
la punta del callejón. Mira queste desgraciado me salía
más adelante, junto al palmar de San Juan; y con palos
y piedras me pegaba unas corretizas. ¡Ya se le notaba
que iba a ser buen estratega! Un día nos prometimos ser
generales. Peleamos juntos, y cuando nos separamos,
cada cual por su lado hizo su carrera de general.
—Platícanos de tu abuelo –le dijo “El chiruza” con
una sonrisa burlona.
—¡Ah! Mi tata. Mi tata era un indito yaqui o cochimí,
no sé. Era muy moreno y muy chato, tan bueno como el
pan. Tuvo cuarenta hijos y doscientos sesenta nietos,
todos muy hombres, todos revolucionarios.
Lo escuchaban atentos aunque sabían que eso,
como todas las historias de Lucio, eran falsas. Su tata
Melchor había sido un indio. Sí. Bueno, chato y moreno;
pero que sólo había tenido tres hijos y muy pocos nietos;
todos muy singulares, eso sí. Se decía que cuando vivía
el viejo, almacenaba comida y vino, criaba cochis,
gallinas y una que otra vaquilla, para un día inesperado
organizar una gran fiesta, donde sólo se permitía la
entrada a gente chata. Ésta se alargaba por días; se
bailaba, se bebía y comía, y cuando las provisiones
llegaban a su fin, todo terminaba. Hasta la fecha, en el
pueblo, aunque no se sabe a dónde fueron a parar los
parientes de Lucio, a la gente que come todo de una sola
sentada se le coloca el mote de Melchor.
Lucio Cota intentó continuar pero me di cuenta que
sus segundos de felicidad estaban contados. El encanto

170
de su tarde desaparecía en el fondo de sus ojos. Su
rostro, apacible momentos antes, adquiría tonalidades
oscuras. El momento cumbre para todos había llegado
y una voz coronaba mis presentimientos.
—¡Nada de lo que dices es cierto! ¡No te creemos,
comandante Huaco!
Las frases le golpearon de frente y seguramente ni el
invierno memorial de su tata pudo enfriar su mente en
ese momento.
—¡Huaco! ¡Huaco! ¡Huaco! –le gritaban fingiendo
la voz o haciéndola más ladina.
Lucio se levantó del escaño y ahora era totalmente
diferente. Feroz, podría decirse. Moviéndose como
marioneta ridícula empezó a correr tras uno y tras otro.
Blandiendo el bastón asestaba golpes en el vacío. ¡Hua-
co! ¡Huaco! ¡Huaco!, le seguían gritando. Tropezaba,
parecía que iba a caer al tiempo que lanzaba viejas
baterías de focos y piedras que provisoriamente había
guardado en sus bolsas. Jadeante. Bañado en sudor iba
convirtiendo su boca en un afluente agarroso de incohe-
rencias mientras su arsenal se iba agotando y terminaba
por lanzar el bastón niquelado. Al final, agotado y
deshecho se les quedó mirando mientras se alejaban
hacia sus casas, orgullosos por haber evitado una vez
más sus lanzamientos.
Caminó lentamente y recogió el bastón para regresar
a su banca. Metiéndose la mano en la bolsa de la
deshilachada camisa sacó un pedazo de cartón viejo,
arrancado descuidadamente de la tapa de una caja de
huevo. Volvía a soñar. Me acerqué un poco más, salien-
do del escondite donde permanecí todo el tiempo, para
escuchar sus quedas palabras.

171
—¡Pendejos! ¡No saben que soy comandante de las
Fuerzas Armadas! ¡Y esta credencial lo avala!
En ese momento me descubrió. Se acercó a mí y me
dijo:
—¿Qué tienes, muchacho?
—Es el polvo del duraznillo que me cayó en los ojos
–le contesté.

172
El perro

Leonardo Varela
Mención Honorífica

Tomó el pañuelo y se secó con él los ojos. Miró los


cerros, que ahora parecían demasiado distantes, como
si el sol los hubiera desfigurado bañándolos en aquella
luz intensa, irreal. A su izquierda, sobre el lecho del río,
la tierra estaba abierta en grandes grietas desiguales.
Allá se veía la loma. Desde su altura –pensó– alcanzaría
a contemplar el valle entero. Entonces decidiría qué
camino tomar, si es que había alguno.
Las piernas le dolían; especialmente aquella que se
desgarró contra las piedras, al borde del barranco. La
cabeza le zumbaba como un nido vacío. Estaba solo.
Podía sentir el viento y el sol contra su cara. Podía ver
su propia sombra caminando a su lado e imaginarse
sosteniendo hacia el suelo un arma que refulgía bajo el
sol candente.
Se sentía como en un sueño, y sin embargo estaba
más despierto que nunca. Recordaba una casa, y la voz
y la figura de una mujer que pasaba junto a él como un
espectro. Por el rabillo del ojo veía venir corriendo un
enorme perro con las fauces abiertas, sintió el cuerpo
del perro chocar contra su cuerpo; la solidez y el

173
movimiento unidos en aquella salvaje expresión de
fuerza. Recordó que caía sobre el piso duro, escuchando
crujir todos los huesos, como cuando se golpeó entre las
piedras.
En algún momento, recordaba, salió de la casa,
decidido a asesinar al perro. Luego todo se fue convir-
tiendo en este sueño. El sueño se alargaba a través de las
matas, los cerros, las espinas, en torno de esta lenta
persecución inacabable. Duraba mucho. Pero termina-
ría, estaba seguro, en el instante en que tuviera frente a
sí su víctima, cuando alzara el rifle para dispararle.
Mientras tanto, el presente, el pasado remoto y el
inmediato eran un caos de imágenes en su cabeza. Su
cerebro aturdido era incapaz de separarlas. Veía rostros
y cosas sin sentido. Lo atormentaba la ausencia de una
vieja cantimplora. Su padre se la había regalado cuando
él aún era niño. Siempre la llevaba con él cuando iba al
monte; le gustaba cargarla al hombro, sentir el peso del
agua balanceándose a su lado. Lo hacía sentirse vivo. A
veces salía con ella para internarse en la soledad y tirarle
a las torcazas, las liebres o los venados, lo que hubiera.
Le gustaba la cacería. Durante una época no se le oyó
hablar de otra cosa que no fuera andar por el monte,
agazapado. Pero ahora todo era diferente. Su padre
murió hace muchos años. ¿Dónde estaba él mismo en
esos instantes?
La espalda le dolía como si en verdad hubiera caído
sobre el piso duro de la casa hacía unas horas. Los
huesos le dolían. ¿A su padre allá abajo –pensó– tam-
bién le dolerían los huesos?
Lo cierto es que había tomado una decisión y estaba
dispuesto a llevarla hasta sus últimas consecuencias.
Era un viejo cansado e impotente al cual no le quedaba

174
más remedio que seguir sus propios pasos. Con una idea
fija. Por eso salió de la casa, sin detenerse a contestarle
a la mujer que preguntó angustiada a dónde iba… ¿Y
cómo responder a esa pegunta? Él no iba a ningún lado.
Quería matar al perro; una cosa muy simple que no
había por qué complicar pensando. Su ansia buscaba
acción inmediata, no explicaciones. Pero la mujer no
comprendería. No entendería que un hombre como él,
a sus setenta años de edad, sintiera un día el impulso
fatal de arrojarse a su suerte emprendiendo el camino de
la persecución ciega, sin objeto, que sólo culminaría con
la muerte de su animal más querido.
Se lo trajeron cuando no era más que una bola de
carne que no sabía defenderse. Lo alimentó de su mano.
Lo protegía de las coces de las vacas y los caballos
cuando había muchos animales en el rancho. El rancho,
pensó. Todas las cosas se mezclaban.
—Deberíamos vender el rancho –imaginaba el ruido
que hacía la voz de la mujer como si estuviera oyendo…
—Deberíamos vender los animales e irnos a la
ciudad.
Ya no era dueño de esas palabras. No tenía fuerzas
para aplastarlas como si fueran moscas, y así callar a la
mujer que las decía.
—¿Vender los animales? –protestó–. ¿Y el perro?
—¡El perro! Para lo que sirve el mentado perro…
Y sí, el perro servía para algo. Para despertarlo en las
noches, parándose junto a la cama donde dormían él y
su mujer, lamiéndole la cara. Servía para espantarle el
sueño y hacerlo caer en la pesadilla de sus ojos llameantes.
—Total, si no te quieres ir entonces aquí nos queda-
mos. Y nos morimos…

175
Y es que el rancho, como un reflejo suyo, se había
vuelto estéril. Por eso la mujer podía hacer y decir lo que
quisiera, sin que nadie fuera capaz de replicarle que el
rancho era un fracaso. Se iba quedando sin agua. Sola-
mente corría un hilito lodoso que era la burla de Dios
saliendo de aquellos caños enormes que él había insta-
lado en un momento de abundancia. Más de tres cuartas
partes del ganado habían muerto por la sequía, y el que
quedaba vivo arrojaba sangre con el excremento de
tanta hierba espinosa que se había obligado a tragar para
no morirse de hambre.
Al perro lo asesinaría, porque no estaba dispuesto a
verlo sucumbir junto con todo lo que un día fuera suyo.
Un día, qué fácil es decir esas palabras. Ya no era dueño
del rancho, ni de la mujer o la casa. Era dueño del perro
solamente. Por eso lo llamó entonces con un silbido.
Balanceando la cola, el animal penetró en la casa sin
darle tiempo a su amo de esquivar el encuentro; la
solidez y el movimiento unidos en aquella salvaje expre-
sión de furia.
Ya no era dueño de su memoria. Los recuerdos
giraban enloquecidos, perdería hasta el alma, estaba
seguro. La mujer remataría sus tierras cuando él no fuera
ya capaz de alzar un brazo para impedirlo. Se lo llevaría
a la ciudad y ahí estarían más solos que en el monte.
Todo eso era inevitable. Lo único que estaba en sus
manos, en su poder, era la decisión de seguir al perro.
Porque el perro corría adelante. Conocía sus intencio-
nes. Había sabido perderlo y volverse invisible para que
él creyera que todavía lo esperaba, que todavía lo
seguía. Mataría al animal para demostrarle a la mujer,
para demostrarse a sí mismo que todavía era dueño de
algo. De la vida y de la muerte de ese perro.

176
Casi llegaba a la loma. El sol empezaba a apagarse
sobre la línea de los cerros. La tierra estaba oscura.
Sintió polvo en la cara. Se tocó. Estaba cubierta de
polvo. La piel del cuello y de los brazos le ardía.
Caminó pesadamente. El perro andaba cerca, estaba
seguro. Las cosas iban acomodándose en su mente.
Recordó que el valle era sólo una depresión polvosa
surcada por las cicatrices del agua fugaz que bajaba de
los cerros durante la estación de lluvias. Recordó que
desde la cima de la loma aquella se dominaba todo el
valle, por el cual había un sendero capaz de conducirlo
de vuelta a casa.
Tropezó. Cayó de rodillas sobre unas plantas espi-
nosas, pero ya no sentía dolor alguno. No quiso hacer
ruido, y se quedó como estaba. Poniendo atención era
posible escuchar todos los sonidos que había en el
paisaje; las voces de los grillos, el vibrar de sus alas, el
mundo despertando del calor del día, las nubes desli-
zándose imperceptiblemente por encima de su cabeza,
cambiando de forma como lo habían estado haciendo
todas esas horas mientras él caminaba internándose en
su destino.
Alzó el rifle para comprobar que tuviera quitado el
seguro. Podía escuchar las raíces de las plantas crecien-
do y la voz de una mujer que lo llamaba en la lejanía.
Recordó que más allá de los cerros, en alguna región
remota, esa mujer le preguntó a dónde iba y él había sido
incapaz de responderle. Sintió el cañón del rifle apoya-
do contra su cuerpo como si un brazo extraño lo sostu-
viera y disparó.

177
178
Fin de semana

Gustavo Danemann
Mención Honorífica

Ya faltaba poco para llegar. Miguel había salido de La


Paz en la madrugada, y tras ocho horas conduciendo por
la carretera Transpeninsular hacia el norte, y 50 kilóme-
tros de la peor terracería, ya estaba cerca de El Car-
doncito, su casa.
Tenía rato sin pararse por ahí. La última vez, hacía
cuatro años, fue a pasar la Navidad. Recién terminaba su
carrera; traía el título de licenciado muy subido en la
cabeza y después de unas cuantas cervezas terminó
peleándose con el Meño, su hermano menor. El Meño
estaba sentido con él. Pensaba que al irse a estudiar a la
ciudad, su hermano los había traicionado. Don Miguel, su
padre, estaba ya algo viejo, pero lo entendía. Sabía que a
su hijo la pesca nunca lo había entusiasmado mucho. En
cambio, desde chiquito le gustó la escuela y así siguió
adelante, estudiando y alejándose de las redes, pangas y
anzuelos. Y Don Miguel siempre lo había apoyado; una
vez hasta le compró una enciclopedia completa que un
vendedor pasó ofreciendo por ahí. “Está bien que estu-
die, que aproveche él que puede. No como yo que desde
chico tuve que ponerme a trabajar”, solía decir el viejo.

179
Después de aquella Navidad, Miguel consiguió tra-
bajo en una empresa de turismo. Había ahorrado algo de
dinero, se había ido de viaje a los Estados Unidos un par
de veces y estaba bastante contento. Sin embargo lo
entristecía un poco pensar en su gente. Nunca se escri-
bían cartas y teléfono no había, así que solamente
cuando alguien de El Cardoncito o de algún poblado
cercano llegaba a La Paz se enteraba de los chismes y de
que todos seguían bien. Ahora ya tenía ganas de verlos,
conocer a su sobrinito de tres años, comer tortillas de las
de su mamá y olvidarse un poco de las broncas que
estaba teniendo con su novia.
El camino a la altura de la última curva antes de El
Cardoncito estaba en muy mal estado. Miguel tuvo que
arrimarse al cerro y a vuelta de rueda pasar junto a una
tremenda grieta que cortaba el camino en dos. Tras la
curva apareció el caserío: quince casitas de lámina que
habían sido su mundo en la niñez, junto a la playa y
frente a una gran bahía.
El primero que salió a recibirlo fue el Lobo, el perro
de su tío Chelo, que corrió ladrando tras la camioneta y
se abalanzó sobre él apenas abrió la puerta. Su papá
levantó la vista de un motor que estaba arreglando bajo
el tejabán de al lado de la casa. Miguel lo vio sonreír bajo
su cachucha de Evinrude, caminó hacia él y lo abrazó
fuertemente.
—¡Qué onda tú, desaparecido! Ya te creíamos de
gobernador o algo así.
—No papá, nomás mucha chamba, usted sabe cómo
es eso.
—Pos sí, no queda otra, hay que darle duro –asintió
don Miguel, mientras se masajeaba un hombro haciendo

180
un gesto de dolor. Miguel se dio cuenta de este gesto,
pero prefirió no preguntarle nada a su padre.
—¿Y ese motor papá?
—Es del Pancho. Me lo trajo porque le anda fallan-
do el encendido. Es que volví a entrarle a la mecánica,
porque para pescar como antes me anda doliendo la
espalda y batallo mucho con la red.
—Ha de ser el ansia…
—Sí, el ancianidad, cabrón. Ya te va a llegar a ti.
—Ah, qué jefe este. ¿Y mi mamá?
—Está ahí adentro. Andaba un poco mal de la
reuma.
Doña Rosa estaba junto a la mesa, remendando una
camisa de su marido. Al ver entrar a Miguel se incorporó
rápidamente y fue a abrazarlo en seguida.
—¡Mi hijito! ¡Tanto tiempo! –exclamó la señora, que
Miguel encontró más arrugada y canosa de lo que la
recordaba.
—Sí, mamá me da gusto verla. ¿Qué anda haciendo?
—Aquí arreglando ropa. ¿Y tú?
—Me escapé este fin de semana. Es que traía ganas
de verlos.
—¿Y hasta cuándo te quedas?
—Yo creo que nomás hasta el domingo. El lunes
trabajo.
—¿Qué poquito! Nos tienes muy abandonados.
—Sí mamá, pero la chamba no me deja.
—¿Quieres café?
Doña Rosa se acercó a la estufa, tomó la cafetera y
levantando la talega sirvió una taza de café. Siempre
tenía café listo para ofrecer a quien llegara. Miguel le
echó una cucharada de azúcar y salió de la casa con el

181
café en la mano. El jardincito de su mamá estaba bien
cuidado. No había agua, pero ella se las arreglaba para
regarlo con lo que podía, ya fuera el agua de la hieleras
o alguna cubetita de agua sucia que quedaba tras lavar
los platos o la ropa. En el jardín estaba don Miguel.
—¿Y mis hermanos?
—La Yoli está en su casa, con el Neto. Tu sobrino
está hecho un bandido, seguro al rato cae por aquí
—¿Y el Meño?
—Quién sabe dónde ande ese cabrón. Salió muy
desobligado; se la pasa de puro “pedo” o dando vueltas
por ahí. Saca su pescado, eso sí, porque yo hace rato que
no lo mantengo.
—Qué caray. Siempre igual mi carnal.
—El que nos dio la sorpresa fue tu tío Chelo.
—¿Y eso?
—Ahora le hace al Supermán.
“¿Al Supermán?” repitió Miquel para sus adentros.
“Ha de ser otra vacilada de mi papá, como la vez que
pusieron una culebra en la hielera, y a la hora que metí
la mano para sacar una chela casi me infarto del susto”,
y decidió no preguntar nada, para no caer en otra broma.
Para la cena doña Rosa preparó machaca de man-
tarraya. Por la radio, siempre encendida a esa hora, se
oían las conversaciones de los demás pescadores. Así se
enteraban de lo que pasaba alrededor. “Nos pasamos al
canal catorce”, decía uno. “Al catorce”, le contestaban,
y los dos interlocutores, seguidos por quién sabe cuán-
tos radioescuchas, cambiaban del canal de enlace al de
la plática sencilla y algo rutinaria de las noches de la
costa.
—A ver Toño, a ver si me escuchas… –se escuchó
a una voz llamar.

182
—Adelante, cuñao.
—Verás, ya le comenté a Chelo lo de tu camión que
se atascó en el vado. Dice que no hay problema, que
mañana pasa a echarte la mano con eso.
—Pos entonces ya se hizo. Apenas él…
Miguel se preparó otro taco. “Entonces era de Toño
el camión que estaba hundido en el vado. Va a estar
cabrón que lo saquen”, pensó detraídamente.
La sobremesa se extendió un buen rato, café de por
medio. Acostumbrado a desvelarse, Miguel no tenía
mucho sueño. Cuando lo dejaron solo se acostó en un
catre que había en el cuartito a un lado de la cocina, y
se durmió escuchando a los lejos los ladridos de Lobo.
El sábado Miguel se paró ya tarde. Mientras se
tomaba un café preguntó a su mamá por su padre. Don
Miguel se había ido temprano a revisar las redes, y no lo
quiso despertar.
Miguel pasó el resto de la mañana saludando a la
gente de El Cardoncito, la mayoría parientes o medio
parientes de sus padres. El más cercano era el tío Chelo,
hermano de su mamá. Se acordó de la ocurrencia de su
padre, de que su tío le andaba haciendo al Supermán, y
le dio risa. Su tío estaba relingando una red, y Lobo salió
en seguida a recibirlo.
—¿Qué onda, tío? ¿Qué haciendo?
—¿Qué andas haciendo tú? Milagro de verte…
El tío Chelo hablaba poco. Miguel estuvo un rato
ayudándolo con la red, comentaron los resultados del
béisbol y sus planes de trabajo en la empresa de turismo.
Esto le llamó mucho la atención al tío, que juntaba
revistas sobre lugares exóticos pero que nunca se aleja-
ba mucho de El Cardoncito.

183
Al rato vio de lejos a su padre llegando de la pesca,
y fue a ayudarle. Cuando acabaron de limpiar el pesca-
do, almorzaron unas mojarras fritas que doña Rosa
había preparado y platicaron sobre el clima y las dos
tormentas fuertes que habían azotado el lugar el año
anterior. Después el viejo se fue a dormir la siesta y
Miguel se quedó leyendo una novelita vaquera que
encontró sobre la mesa. Hubiera querido que llegara el
Meño, para tener con quien desaburrirse un poco, pero
se tuvo que conformar con la novelita y con ver a su
mamá preparando tortillas. Así eran las tardes en El
Cardoncito, tranquilas, sin sobresaltos, sin nada que
hacer.
—¿Qué onda, “licenciado”! –el grito del Meño lo
arrancó del sopor, salvándolo de quedarse casi dormido
sobre la mesa, donde esperaba su cena.
—¿Qué pasó, Meñito! Raro verte sobrio…
—Sí, es cierto, pero aquí traigo algo para que al rato
no se nos vaya a secar la lengua.
Meño ya había cenado, y sólo tomó un café mientras
los demás comían. Luego de la cena, don Miguel se fue
para su cuarto dejando a Miguel y Meño destapando la
botella.
—No vayan a armar escándalo como la última vez –
sentenció a modo de buenas noches.
—¿Y en qué andas? –le preguntó Miguel a su herma-
no.
—Salgo un poco a pescar, ayudo a enhielar pescado,
y ahí la llevo.
—¿Y qué planes tienes?
—¡Qué voy a saber yo de planes! Acá nadie tiene
planes, y cuando planeamos algo, nos sale mal, no nos
alcanza el billete o nos metemos en broncas con la

184
cooperativa, el ejido o los permisionarios. Ya sabes
cómo está la cosa.
—Y a los viejos ¿cómo los ves?
—Pos los veo viejos. Tú te fuiste hace rato de acá,
te desentendiste. Yo los tengo que ver día a día con sus
achaques. A cada rato mi papá me anda pidiendo que le
revise la red porque la espalda le duele, y después
encima me dice que le estoy chingando pescado, que
cómo que salió tan poco y todo eso. Lo que pasa es que
solo ya no la hace, no tira bien la red o se le va la onda,
no sé. Ya está viejo.
—Ojalá pudiera hacer algo por ayudarlos.
—¡’Uta madre! ¡Y cuándo te vienes a acordar! Si tú
ya estás como los gringos que nomás vienen a turistear
unos días y luego se regresaban a su ciudad. ¿Qué
puedes hacer por nosotros? Tú mejor haz tu vida y no te
preocupes.
—Óyeme, Meño, no empieces a ponerte mamón
conmigo. Cada quien sigue su vida y se las arregla como
puede. Para mí tampoco es fácil salir adelante. Ni modo
que me pase la vida chillando por mis jefes.
—Es lo que digo. Ya no te hagas güey con eso de
cómo ayudarlos. Tú ya perdiste tu chance de estar acá.
Miguel se acostó en el catre que había utilizado la
noche anterior. Se habían acabado la botella, y sentía
agruras. Por primera vez, sin decírselo, le tuvo que dar
la razón a su hermano. Se sentía muy distante, muy lejos
de todo aquello. Le pesaba haber abandonado a su
familia, haberles robado un hijo. Pero, ¿qué le quedaba?
Mejor olvidarse de los cargos de conciencia, que no
dejaban de ser un sentimiento barato que sólo le servía
para ocultar la soledad que a veces lo embargaba. Mejor
hacerle caso al Meño, que esta vez había dado en el

185
clavo, y no seguir engañándose a sí mismo. Sus padres,
su gente, su tío el Supermán, la pesca y el pinche
Cardoncito lo tenían sin cuidado.
Mientras, las agruras le quemaban el pecho y una
soledad aún más profunda se recostaba con él en el catre
del cuartito. Hubiera querido estar ya de regreso en La
Paz.
La sopa de jaiba que se desayunó le recompuso el
estómago. Estuvo bien, ya que quería salir temprano
para que no lo alcanzara la noche en la carretera. Era
mañana de domingo y las pangas no salían. Sintiéndose
algo crudo, y con una mezcla de angustia y decepción,
salió de la casa y se dirigió a lo del tío Chelo. Quería
saludarlo antes de partir. Pero Chelo no estaba; andaría
recorriendo el monte buscando hierbajos, leña o esos
pedernales que luego les vendía a los gringos que
pasaban por ahí. “Ah, qué pinche vida para Supermán,
enterrado en este rincón del desierto, donde no hay
agua, ni árboles, ni nada más que polvo, viento y un sol
de la chingada”, pensaba mientras caminaba de regreso
a su casa. Meño tenía razón, ya había perdido su chance
de estar acá. El Cardoncito era un mundo ajeno, distan-
te, donde ya no había lugar para él. Y en su corazón
tampoco había ya lugar para ese mundo. Al acercarse
vio a su mamá en el jardincito, echándole agua a unas
plantas, tan viejita como nunca esperó verla. Sintió un
nudo en el estómago y no pudo contener las lágrimas por
ese páramo de su niñez, por esos amores perdidos.
Miguel subió su mochila a la camioneta. Doña Rosa
le alcanzó una bolsa con burritos que le había preparado
para comer en el camino, y le dio su bendición. Don
Miguel, su hermana, y dos o tres amigos que andaban
por ahí se despidieron de él. Meño ni apareció.

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—Ahí me saludan al Meño y a mi tío el Supermán –
dijo con tono algo irónico.
—‘Ta bueno, ahí le decimos –sonrió su padre–. Te
cuidas…
Entre toda la gente encendió la camioneta, saludó
con la mano, y arrancó. Antes de tomar la curva de la
entrada de El Cardoncito, miró por el espejo retrovisor
para ver por última vez a su gente. Por la distracción no
recordó que el camino estaba cortado y al doblar, la
rueda izquierda se metió en el hoyo y la camioneta cayó
pesadamente, golpeando el chasis contra el suelo.
—¡Me lleva la chingada! –gritó. Bajó de la camione-
ta, pensando cómo iba a salir de ahí. “Apenas con una
grúa. Ahora sí que me fregué”.
Cuando comenzaba a caminar de regreso para pedir
ayuda, vio venir desde el otro lado del camino al tío
Chelo.
—Ah. Cómo eres güey Miguelón. Ve nomás dónde
te metiste. Diciendo esto, Chelo bajó a la grieta, se
metió bajo la rueda, y con el brazo derecho empujó para
arriba y adelante, hasta que la camioneta quedó otra vez
sobre el camino. Miguel lo miraba atónito, mientras el
tío se sacudía las manos del polvo del camino.
—Bueno, pues, ahí nos vemos, sobrino. Y ponte
abusado que el camino está muy malo.
—Pero…¿qué onda, tío? ¿Cómo le hizo?
—Ohhh, tú todo quieres saber…
Chelo se alejó rumbo a El Cardoncito. Lobo lo
seguía de cerca.

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El Poeta Inédito

Rafael Márquez Meza


Mención Honorífica

La tarde del segundo domingo de enero, cuando sepul-


taban al Poeta Inédito, del que nunca nadie estuvo
seguro si se llamaba Pablo o era solamente una alegoría
de su pretendida humildad, Gerardo Antero, el único
que se suponía suficiente para hablar de su vida, cami-
naba confundido en los sinuosos patios de la embria-
guez, reavivando bajo el empañado cristal de su obsti-
nación el recuerdo de Etelvina Valderrama, parapetado
tras el barniz de una indiferencia translúcida que para su
compañero Isaac, el pintor de paisajes ingenuos, resul-
taba tan risible porque su ojo de lente fotográfico se
acostumbró siempre a captar la realidad y con la madu-
rez de su tiempo se había convertido en un plasmador de
lo puramente visual; en Gerardo Antero miraba esa capa
tenue de indiferencia como una trata de burla, que si
bien la aceptaba como un subterfugio, la desechaba
para pintar su imagen detectora de una nostalgia que le
corría visiblemente de lo profundo hasta la piel.
—Etelvina, si te hubiera querido entonces, qué sería
hoy de los dos –lamentó Gerardo con marcados compa-
ses de resignación, y el Pintor pinceló en el aire frío de

189
la bahía con una canción de amores inconclusos para
desencantar el momento, en muestra de su lealtad de
amigo. Lo hizo tan bien que Gerardo cambió su actitud
por una sonrisa grata que le volvió al sosiego, con la
certidumbre de que la vida sigue pasando aunque él se
envuelve en el azul incierto de los velos de la añoranza.
A esa hora, Bahía Zulema se regocijaba en un
invierno breve, como un espiro de bendición para
afrontar la dura temporada de fuegos caniculares y de
los vapores nocturnos del dragón descomunal que ron-
da de marzo a noviembre desde el embarcadero de los
transbordadores por toda la herradura marina y se
extiende hasta las colinas y barrios circundantes.
—En esta bahía el mar se aquieta para engañarnos
–persuadió Gerardo al pintor para que hablara del
paisaje.
—O al menos nos mantiene la ilusión de tener un
lago –corrigió el pintor, con los ojos extasiados en el
lago de su ensueño, como si contemplara su propia obra
pictórica, reanudando el tema con una breve divagación
que bien podía albergar imágenes más claras:
—El mar y la tierra se disputan las bahías, las islas
y los cabos, pero ninguno de los dos sabe quién es el
invasor.
Gerardo saboreó el último trago de su bebida y
preguntó a Isaac:
—¿Quién te ha platicado todo eso?
Y el pintor echó a reír de buen talante para decir: —
se me acaba de ocurrir.
—¡Caramba!, ¿y por qué no la has pintado? –gritó
Gerardo entusiasmado.

190
—Son locuras mías; las cosas están establecidas por
la naturaleza y por el poder divino, yo no soy nadie para
alterarlas.
Ante la respuesta, Gerardo comprendió que los
paisajes de Isaac no eran tan ingenuos, más bien había
que llamarlos paisajes fieles; había en aquel hombre una
fidelidad impenetrable ante Dios y la naturaleza, produ-
cida por el temor de parecer como un irreverente y
precisamente de ahí partía la ingenuidad que presentaba
a nuestros ojos. En ese instante vino a su mente Pablo,
el Poeta y aunque éste fuera el envés del pintor, los dos
estaban en igualdad de circunstancias, uno por soberbia
y el otro por candidez, porque Pablo consideraba inútil
la publicación de sus textos e Isaac plasmaba en sus
cuadros la exactitud del paisaje.
—Pero tú eres un artista… mereces ser mejor pintor
–exclamó Gerardo, casi desesperado por haber descu-
bierto los verdaderos motivos de que un hombre como
Isaac hubiera escondido sus mejores imágenes, hubiera
suicidado al verdadero pintor y hasta ese momento
confesara la terrible verdad de su cohibición.
Isaac sintió su instinto de pez y se deslizó en las
aguas tibias del mar de su opresión, porque las redes de
pescador furtivo de Gerardo Antero amenazaban con
sacarlo de los ámbitos de su realidad, y no quería otra
realidad que fuera la suya, la aparentemente suya,
porque así había vivido más de medio siglo y era difícil
hilvanar el minuto final de su decisión con el minuto que
inicia el cambio, y para confirmarlo se acordó de una
canción de la Violeta de los Andes, cuando quiso volver
a sus diecisiete años.

191
—Pero ése no es tu caso. Esa canción habla de otra
cosa… Es aplicable, sí, porque tú no tienes más que
sacudirte esa plaga de prejuicios que has venido reco-
giendo desde tu nacimiento.
Hubo un silencio intranquilo que anduvo rondando
con su aleteo conciliatorio por el contorno de la impa-
ciencia de aquel momento en que Gerardo pensaba en
lo que había hablado sin poder desistir, enmendar o
ratificar, por eso asentía callando y el pintor buscaba
una salida fácil pero segura, para conservar el ánimo
cordial que tanto le había costado mantener ante la
redondez del carácter de su amigo, por lo que resolvió
cancelar todo vestigio de ofuscación y sin alterar ningún
músculo de su cuerpo que pudiera delatar su turbación,
entonó una de esas canciones de marinos enamorados
que solía evocar al sentir la proximidad del mar, tal vez
por su origen ribereño. Sabía que el recurso del canto no
era suficiente para evitar la respuesta esperada, pero
confió en la versatilidad o en la locura atribuida a los
poetas, para tranquilizarse, y entonces su expectación
fue mayor, porque hacía mucho que había descubierto
que a los poetas no se les puede engañar.
Gerardo Antero era un modesto empleado de ofici-
na, ocupado en asuntos contables, pero en realidad la
mejor parte de su tiempo la dedicaba a la lectura y a la
creación literaria. Disfrutaba en los dominios ilimitados
de la poesía y ahí aprendió a ver la vida sin artificios
inútiles, liberada del contaminante vaho de las bajas
pasiones humanas; esa vida que tanto quería para él, la
conocía y luchaba por alcanzarla, pero comprendió con
el tiempo que su lugar estaba en este mundo y que por
mucho que quisiera apartarse de él, siempre caería en
sus trampas, como le había sucedido al enamorarse de

192
Etelvina Valderrama sin siquiera darse cuenta. Creía en
una vida pura en un lugar de libertad desmedida, tal vez
un paraíso para él y su Etelvina, lejos del pecado
original. A veces la propia Etelvina lo hacía recapacitar,
apartando con sus manos blancas de filigrana los cabe-
llos de su frente, como queriendo abrir una ventana a la
realidad, para que a través de ella se viera tan humano
y apasionado como el que más, y era que Etelvina no
entendió de imágenes poéticas, aunque Gerardo la haya
considerado siempre tan llena de poesía, “como un
árbol lleno de pájaros que nunca escuchó sus cantos”.
—¡Ay, Etelvina de todos los infiernos! –suspiró
Gerardo, mirando con tristeza la inmovilidad del mar,
enterando a su amigo Isaac de que su plática inconclusa
ya no tenía ocasión de continuar porque a esa hora ya
corría por su memoria la única visión perpetua de su
pasado: el río voluptuoso y a la vez casto de Etelvina
Valderrama.
Isaac compendió entonces que la juerga dominical
se había terminado y con la disculpa acostumbrada que
hace del lunes un día fatal, tomó camino de regreso por
la superficie arenosa bordeada de mangles, para seguir
poco después por el paseo costero abanicado por pal-
meras que peinaban su brillo con el viento murciélago
del oscurecer. Gerardo iba absorto en sus cavilaciones,
sin prestar sentido a nada externo, pues la inundación de
recuerdos cubría ya su voluntad y siguió alucinando el
rostro de flor temprana, los ojos recién desencantados,
el cuello seductor de bailarina, las caderas perfectas, los
pies de alas, el caminar de brisa amanecida y el busto
siempre adolescente de la Etelvina de sus delirios,
aquella a la que encontró tierna y misteriosa como vino,
dejando su fragancia serrina como aureola de todo

193
cuanto hay en bahía Zulema. Gerardo durmió esa noche
sin sobresaltos; ni siquiera un sueño acudió en su busca,
de esos que suelen traerle la certeza de algo ocurrido; tal
vez los efectos del alcohol tendieron una barrera infran-
queable que lo mantuvo sumergido en el oscuro abismo
de la inconsciencia, imposibilitando las señales oníricas
en las que tanto confiaba, sobre todo en asuntos de
muerte, pues él presagió a través de los sueños el
fallecimiento de casi todos sus seres queridos, y Pablo,
el Poeta Inédito vivió tan íntimamente unido a su niñez
y a su juventud, que lo sentía como parte importante de
su propia existencia. No obstante la negación de los
sueños, Gerardo despertó con la pesada bruma gris de
los días de luto doliéndole en el alma. No quiso hacer
comentario alguno al respecto y decidió no asistir a sus
labores, culpando a los estragos de la ebriedad. Aprove-
chando el improvisado asueto, salió intempestivamente
rumbo a Los Crisoles en busca de un poco de la energía
poética que flota en esos viejos pueblos mineros, situa-
dos al sur de bahía Zulema. Gerardo Antero era nativo
de esa región aurífera al igual que Pablo el Poeta, lo cual
contribuía poderosamente a la gran identidad de los dos
hombres, cuya rebeldía los había colocado al margen de
un orden que para ellos no tenía sentido: “la honrosa
minoría”, decía don Pablo, “la pequeña partícula que no
pertenece al montón; la diminuta claridad en medio de
la ceguera multitudinaria”, concluía lastimosamente,
porque en realidad le dolía con amargura la arritmia de
su sentir y su pensar; no por haberse privado de las flacas
galas de la riqueza material, porque sus diamantinos
artificios no pueden deslumbrar al verdadero artista:
“un cerdo vestido de rey huele siempre a podredumbre”,

194
decía; pues su tormento nacía de la poca capacidad
analítica de la gran mayoría atrapada en los moldes
férreos impuestos por el potentado: “danzantes del
ritmo obligado”, sentenciaba, mientras movía sus dedos
en un remedo titiritero.
Cuando el mediodía cedió el paso a la tarde, en
medio de aromas de café tostado y de tierras cianuradas
que las equipatas habían removido, Gerardo Antero
llegó a Los Crisoles, con el deseo inmenso de que los
augurios de esa mañana fueran tan sólo el regusto acre
del día anterior, provocado no tanto por el torrente
etílico que corrió por sus venas ni por las frustraciones
descubiertas en su amigo el pintor, sino por la añoranza
obsesiva de la Etelvina de todas sus desgracias, porque
para él las reminiscencias de aquel amor enfermizo
traían implícito el sabor de la muerte de su amigo Pablo
el Poeta. Se detuvo a meditar bajo las sombras mento-
ladas de los eucaliptos que la tarde estiraba desde la
plaza hasta los gruesos pilares del templo. Ahí esperó la
regresión de imágenes atiborradas en el nudo que le
oprimía la garganta y que amenazaba con romperse en
lágrimas. Se dispuso a destejer la red de su abatimiento
y acabó por asumir la actitud resignada que nunca debió
perder ante tales acontecimientos, pero en él pesaban
todavía las costumbres de su pueblo, por más que
hubiera buscado refugiarse en otras creencias y prácti-
cas; sin embargo, aceptó sin mayores complicaciones
que la muerte de su amigo mitigaba el deseo de libera-
ción de ese constante tormento de saberse en este
mundo y no poderlo soportar. Porque Pablo hacía
acopio de toda su sapiencia y de su gran imaginación y
no lograba conciliarse con su destino:

195
—Era el extremo opuesto de Isaac el pintor
–murmuró Gerardo al recordar el incidente del día
anterior en el cual constató el suicidio del pintor.
Ahora, ante la muerte de Pablo, comprendió la poca
importancia de su inasistencia a los funerales de su
cuerpo, porque en ese momento, sin más testigo que la
propia muerte, efectuaba las exequias de un soñador
solitario que pasó por esta vida cubierto con los densos
ropajes de la duda y que siendo el amante más ferviente
de la transformación, nos heredó solamente la inquie-
tante página en blanco de su antagonismo exacerbado.

196
Las casas de Malakiel

Julieta García González


Mención Honorífica

Éramos jóvenes y alegres cuando fuimos a conocer


Malakiel. Teníamos tiempo y ganas de divertirnos.
Queríamos viajar. Del lugar sólo conocíamos una foto-
grafía que venía en el libro que Jorge había comprado en
Nueva York, “Strange Places Around Mexico”, de Erick
Smithson. En la página cuarenta y tres, Smithson habla-
ba de Malakiel y sus casas “típicas y acogedoras”. En la
cuarenta y cuatro venía la foto de una callecita empe-
drada, algo estrecha y flanqueada por dos hileras de
casas de grandes ventanales protegidos por una hermo-
sa herrería.
Andrea y yo estuvimos de acuerdo en visitar el lugar
desde el primer momento. La cuestión era ver lo del
transporte y la compañía. Lo segundo fue sencillo.
Hablé por teléfono con Jorge e Irene y les platiqué
nuestro plan de ir por unos días –tal vez una semana– a
Malakiel. Andrea me miraba hablar mientras comía
galletas de avena y hojeaba una revista. Pensé en ese
momento que éramos dos parejas ideales para viajar
juntas: compartíamos tantas cosas los cuatro que resul-
taba difícil pensarnos por separado. Es claro que a Irene

197
y Jorge les pareció estupenda la idea. El transporte fue
un poco más de problema. No parecía haber entre
nosotros coche en condiciones ideales como para reco-
rrer diez horas de carretera, así que optamos por viajar
en camión. Tres días después partimos de viaje.
Durante el camino Andrea estuvo muy cariñosa.
Estaba emocionada por el viaje. Así ha sido siempre, le
gusta andar de un lado a otro y se entusiasma con
facilidad. A decir verdad, yo me sentía igual de entusias-
mado. Estaba contento. Estaba enamorado de esa mujer
sentada a mi lado y de alguna manera también de esa
joven pareja sentada frente a mí. De todo eso sólo me
queda Andrea.
Llegamos al anochecer. La estación estaba vacía y
del camión sólo bajamos nosotros cuatro. Un hombre
anciano y frágil nos dijo en dónde se hospedaban los
huéspedes que llegaban al pueblo y nos dió las instruc-
ciones para llegar, quedándose después tan sólo como
lo hallamos al llegar. Cargamos nuestras maletas a lo
largo de la calle principal del pueblo y nos detuvimos
frente a una casita –la más pequeña de la calle– pintada
de verde pálido y con altos ventanales. Nos abrió una
mujer vieja y gorda que olía muy mal, como a queso
rancio. Ella nos cobró toda la semana de estancia –a un
precio ridículo, cabe decir– y nos abrió sendas puertas.
Una para ellos, una para nosotros. Nos miramos en la
penumbra. La mujer no se marchaba.
—¿Y el baño? –preguntó Andrea.
—No hay baño –respondió la vieja–, sólo una letrina
al fondo del pasillo y un cuarto con un tubo de tinaja.
Pero hay que llenarla primero.
Irene soltó una risita nerviosa y apretó la mano de
Jorge. Yo me estaba impacientando porque estaba can-

198
sado. Y a ninguno se nos ocurría cómo pedirle a la mujer
que se retirara.
—Buenas noches –dijo Andrea con firmeza jalando
su maleta hacia el interior del primer cuarto. La vieja se
dio la vuelta murmurando algo entre dientes y desapa-
reció tras una cortina de tela.
Andrea se durmió casi de inmediato. Tendió su
bolsa de dormir sobre la cama, me arrojó un beso y cerró
los ojos. Yo me quedé tendido a su lado observando
manchas en el techo, la mayoría provenientes de mi
imaginación y tratando de reconocer sonidos. No me di
cuenta de que me había dormido, porque seguía viendo
en mis sueños el techo y escuchando los ruidos. Andrea
me despertó en la madrugada, apoyó su barbilla en mi
pecho y me miró hasta que desperté sobresaltado. “No
me gusta aquí”, me dijo muy seria, “hay algo malo”. “Yo
la observé atento, por la ventana entraba una luz muy
tenue y yo pude ver bien su fino rostro. Me sorprendió
que me dijera eso. Primero, porque sólo hacía unas
horas que habíamos llegado y no conocíamos nada del
pueblo; segundo, porque Andrea siempre ha sido una
mujer optimista. La abracé y no le pregunté más. Tenía
sueño y ella comenzó a arrullarme.
A eso de las diez de la mañana abrimos el ojo y
escuchamos las voces de Jorge e Irene en el cuarto de al
lado. Nos vestimos de prisa y salimos. Irene iba salien-
do.
Jorge salió unos segundos después. Nos dio mucho
gusto vernos. Nuestra amiga se veía pálida y nerviosa
pero sonrió como si nada. Noté que Andrea y ella
intercambiaban rápidas miradas de angustia. Me sentí
mal pero el cielo estaba demasiado limpio y el aire era
demasiado fresco como para que en mí creciera algún

199
sentimiento negativo. Jorge encendió un cigarrillo y
salimos los cuatro muy animados.
El pueblo era fantástico. Parecía una ensoñación. Los
colores eran brillantes, las proporciones de las calles y las
casas, de las plantas y de los animales, parecían casi
divinas. Pero no había gente. Nosotros éramos los únicos
que transitábamos por los callejones empedrados gozan-
do del sol y de la frescura del ambiente.
—Tengo hambre –dijo Irene–, es más, me muero del
hambre.
—Yo también –dijo Andrea abrazándose a su ami-
ga–, vamos por algo de comer.
Caminamos buscando una fonda o algo así, pero no
encontramos nada. Todo eran casas y más casas.
—¿Qué aquí nadie se enferma? –preguntó Jorge un
poco enojado–. O por qué no hay farmacias, ni consul-
torios…
—Ni nada –dijo Irene.
—Y yo necesito ir al baño –dijo Andrea dando
pequeños saltos.
El viento comenzó a enfriar y decidimos escoger una
calle y recorrerla de punta a punta. Las calles eran muy
largas. Demasiado largas. Ni Andrea ni Irene hablaban.
Jorge y yo nos pusimos a discutir de algo que nada tenía
que ver con el paisaje o con nuestra estancia en Malakiel.
La calle que escogimos subía por una ladera y
mientras más alto llegábamos, más deterioradas se
veían las casas. La última, situada en la cúspide de la
ladera, era de adobe derruido, sin puertas ni ventanas y
sin techo. Era sólo un recuerdo de lo que alguna vez fue
una casa. Andrea se metió y la escuchamos orinar. Salió
con un suspiro.

200
—Por atrás todas las casas se ven iguales. No hay
mucha pared entre ellas y pareciera como si fuera mera
escenografía –dijo.
Jorge y yo entramos a la casa de inmediato. Las dos
mujeres siguieron nuestros pasos. Andrea se paró en la
mancha húmeda y caliente de su orina y nos señaló hacia
el fondo.
Pudimos ver hileras de casas que sólo parecían tener
la fachada. No había rastro alguno de vida. Se veían
portones arreglados y hasta macetas con plantas bien
cuidadas, pero no se veía nada más que pudiera darnos
un consuelo para esa extraña angustia que todos empe-
zamos a sentir. Tanto Irene como Andrea permanecie-
ron silenciosas, mientras Jorge y yo especulábamos casi
a gritos acerca de todo eso. De esas casas maravillosas
que no tenían fondo. De ese pueblo abandonado y de la
mejor manera para salir de ahí lo antes posible. Pero no
salimos. Nos quedamos mirando el valle desde lo alto
del cerro, subidos en una barda semidestruida; mirando
a ese pueblo fantasma que nos fascinaba y sintiéndonos
cada vez más solos.
Llegamos a la casa de huéspedes al anochecer. El
frío era muy intenso y nos moríamos de hambre. Todos
nos sorprendimos al ver en el piso del pasillo una
canasta con quesos, tortillas y miel, que además tenía un
letrero en una hoja de cartón y escrito con carboncillo
que decía “biene en el presio”. Irene hizo notar que
sospechaba de esas dos faltas de ortografía tan comu-
nes. Andrea coincidió con ella diciendo: “parecen he-
chas a propósito”. Mientras Jorge y yo, como de costum-
bre, hablamos en voz muy alta y nos dispusimos a
quitarnos el hambre.

201
Después de comer nos entró un cansancio insopor-
table a todos y nos fuimos a dormir. Esa noche me sentí
extraño. Hice el amor con Andrea y, a pesar de que lo
disfruté mucho, fue como si no hubiera sido yo. Como
si yo la estuviera viendo desde otro lado del cuarto
inclinarse sobre un pecho como el mío. Tuve que
apretarla muy fuerte para sentirme ahí, agarrarle con
fuerza los muslos calientes y los pezones… Y me
angustia pensar en eso porque creo que ella se sentía
igual y por eso no protestó ante mi brusquedad.
Me dormí abrazándola y de nuevo en mi cuerpo.
Llegó el sueño de igual manera que la noche anterior:
nunca me di cuenta. No soñaba, sino que dormido veía
el cuarto y la cama y la ventana y a mi mujer abrazada
a mí y así fue todo el tiempo hasta que desperté. Andrea
ya estaba despierta y me miraba. La besé largo rato. Me
hizo sentirme aliviado verla ahí tan hermosa. “¿Qué?”
pregunté al verla inquieta. “¿Notaste algo en Irene,
ayer?” preguntó como respuesta. Yo pensé en Irene. Si,
el día anterior estaba muy pálida, miraba en todas
direcciones y no se veía bien. No respondí y nos pusi-
mos de pie rápidamente. Luego nos dirigimos al cuarto
con el hoyo para bañarnos. Llené la tinaja de agua y
Andrea abrió el conducto. Nos mojamos con el agua
helada y nos besamos entre resoplidos y jabón. Estába-
mos olvidando nuestro miedo.
Una hora después –ya vestidos y luego de una amena
plática– aparecieron Jorge e Irene tomados de la mano.
Sonreían, pero yo noté a Irene nerviosa. Estuvimos un
rato platicando en el pasillo hasta que la vieja apareció
con la canasta de comida y se marchó sin decir palabra,
dejándonos nuestra provisión de tortillas, miel y queso

202
de cabra, pero ahora con un poco de frijoles negros.
Comimos sentados en el piso y comentamos animados
casi cualquier cosa. Como si no nos importara el lugar,
ni la ausencia de gente, ni el miedo. Irene comentó –sin
soltar la mano de Jorge– que estábamos rodeados de
desierto. Era verdad. No sólo no había un pueblo cerca,
sino que no crecía nada fuera de ese sitio: alrededor de
él sólo había plantas chaparritas y espinosas y uno que
otro pirul o cactus. Andrea soltó una risita alocada que
se fue con el viento, mientras Jorge e Irene se despedían
poniéndose en pie.
—Vamos a dar una vuelta –dijo Jorge.
—Adiós –musitó Irene con una sonrisa.
Lo que vino después fue la concreción de esa angus-
tia que tan enterrada teníamos. Andrea y yo salimos a
caminar y volvimos a las dos horas. Nos metimos al
cuartucho y nos estuvimos besando largo rato hasta que
Andrea me detuvo en seco y se quedó escuchando la
nada. “Oigo como si llorara Irene”, dijo, y yo la callé con
otro beso, preocupado porque no percibía nada anor-
mal, porque no tenía ninguno de los presentimientos
que yo sabía que se agolpaban en la cabeza de mi mujer
y porque ese lugar me estaba gustando mucho.
Le hice el amor a Andrea suave, muy suave y la dejé
exhausta, más tranquila y dormida. Me fui a caminar.
Recorrí casi todas las calles del pueblo, deteniéndome
aquí o allá. Eran notables sus casas, como acogedoras
aún desde fuera. Como si tuvieran una chimenea encen-
dida y un guajolote ahumado esperando a ser comido.
No sé por qué pensé en eso. Me paré frente a una casa
azul y por un momento creí ver a dos niños corriendo y
a un par de velas brillar en el fondo de un gran cuarto.

203
Alcancé a reconocer olores que me transportaron a mi
infancia. En mi memoria se mezclaban sensaciones que
no entendía, con las ganas de quedarme ahí y la seguridad
de que si lo hacía, Andrea no me volvería a acariciar. El
tiempo dejó de ser como yo lo conocía. Lo único que
existía para mí era esa calle y sus casas: Malakiel. Sentí mi
sangre recorrerme aprisa y percibí mi cuerpo moviéndose
de un lado a otro. No supe qué hice después, ni a dónde
fui. Lo que sí tengo muy claro es que estuve a punto de
no volver a la casa de huéspedes. Lo hice únicamente
arrastrado por la idea de enseñarle ese calidoscopio
extraordinario de cosas incomprensibles a Andrea. Aque-
lla maravilla, que aunque yo supiera que no existía en
realidad, me había dejado más que satisfecho. Así pues,
volví y me encontré a Andrea esperándome preocupada.
“Vámonos”, me dijo, y antes de que yo pudiera responder
nada entró Jorge con expresión de ausencia y nos pregun-
tó por Irene. “No ha vuelto”, musitó como para sus
adentros, y yo alcancé a escuchar que Andrea decía en
voz muy, muy baja: “Y no volverá”.
Jorge y yo nos dispusimos a buscar a Irene en cuanto
amaneció. No podía estar muy lejos. Seguramente había
entrado a alguna de las casas o se había encontrado a
alguien o se había perdido de noche y había preferido
quedarse en un lugar seguro y protegido. Andrea nos
miraba en silencio y luego me arrastró a un lado y me dijo
que no fuera, que por favor no fuera. Hacía un viento
ligero y el aire olía a fresco. Alcancé a ver uno de los
cerros que rodeaban al pueblo brillar por un extraño
reflejo. Sonreí, le di un beso a Andrea y me marché.
Mi amigo parecía estar de buen humor pero como
lejano. No le di importancia. Me encontré una bonita

204
piedra y la recogí. Él me señaló el horizonte mostrándo-
me lo bello del paisaje y yo miré en silencio. De pronto
se detuvo y me dijo: “Debo estar con ella”.
No dijo más. Sólo miró el horizonte y comenzó a
caminar hacia donde no hay camino, con paso firme y
las manos en los bolsillos. Yo lo miré marcharse y le grité
que yo buscaría en la dirección contraria, pero sabía que
hubiera sido igual gritarle al tepetate polvoso que estaba
pisando, y que era inútil buscar a Irene. Me quedé
parado ahí un rato. Después empecé a recoger piedras
chiquitas y a guardarlas en mis bolsillos y después me fui
a parar a uno de los ventanales de una de las casas de
Malakiel para sentir cómo vivía una vida que no era la
mía, mientras yo me iba muriendo. No sé por qué digo
eso, ni por qué lo hice si me sentía así de mal como para
morir y todo. Porque además recuerdo con claridad que
yo sabía que no estaba viendo ni oliendo ni probando
nada. Que todo era el desierto acumulado en un vidrio
abandonado. Y otra vez solo volví por Andrea, que me
esperaba con su maleta y la mía hechas y con dos
cantimploras llenas de agua colgando de sus hombros.
Corrió a abrazarme y empezó a caminar hacia la esta-
ción. Horas después, íbamos dormidos de regreso a la
ciudad.
Ahora no sé bien qué pensar de todo eso. El libro de
Erick Smithson nunca apareció y aunque hubiera apa-
recido, yo sé que nunca habríamos encontrado las
páginas cuarenta y tres y cuarenta y cuatro, ni el nombre
de Malakiel en el índice. Nunca supimos nada más de
Jorge e Irene. Andrea y yo sólo nos atrevimos a pregun-
tarnos mutuamente si creíamos que ellos estaban jun-
tos. Ambos dijimos que sí y nos abrazamos.

205
Hemos vuelto a nuestra vida normal. Han pasado
los años y tenemos nuevas amistades y hemos recorrido
nuevos lugares. Andrea y yo hemos vivido mucho
juntos y presiento que seguiremos así por mucho tiempo
más. La amo y soy feliz a su lado, pero por algún motivo
sé que nada nunca será igual.22

22 Cuento publicado en la revista Panorama, número 43, revista de la


Universidad Autónoma de Baja California Sur, 1993, página 42.

206
1994

Este año resulta ganador Manuel Lucero, en la categoría


libre. Y aparece por primera vez, al menos en esta
recopilación, el cuento ganador de la categoría de Jóve-
nes Valores, después llamada Jóvenes Creadores. Es un
buen inicio para los tiempos que se avecinan: una nueva
crisis monetaria a escala nacional y sus consecuencias
para esta zona.
“Regreso a casa”, de Manuel Lucero, presenta el
regreso del antihéroe –en este caso no podría ser de otra
manera– al lugar de origen, al terruño; a enfrentarse
consigo mismo. Este personaje es un anti-Ulises, que
está determinado, levemente, por la locura. La lucha
interna, pues, del personaje que casi monologa estable-
ce la tensión en el cuento. Dos conflictos se le presentan
al lector: el regreso del personaje a enfrentar su pesa-
dumbre; y, la ruptura de la pareja. El primero es el más
evidente; el segundo subyace y es desde nuestro punto
de vista, el más representativo: la lucha entre la aventu-
ra del hombre y la permanencia de la mujer; y aunque
esta compañera parece Circe, en el sentido de no estar

207
en el lugar de origen, es más bien una mujer que finca en
un nuevo sitio. Fuera ya del lugar del origen, de la tierra,
la mujer plantea una estancia diferente: por supuesto,
esta nueva mujer rompe los paradigmas y ya toma
bebidas alcohólicas, paga la cuenta del bar. En tanto
que el hombre se degrada, se convierte en casi niño. Es
el primer cuento en el cual el título de una canción
extranjera, de los Beatles, se presenta como parte del
escenario.
También en este cuento aparece un personaje mar-
ginal, un niño tullido, que no puede erguirse y que se
arrastra por el lugar de infancia: San Evaristo. Este
personaje termina asesinado.
José Castro ganó el concurso de Jóvenes Valores con
el cuento “Una cama en el alma”. El estilo del realismo
maravilloso de Gabriel García Márquez aparece nueva-
mente en la escritura sudcaliforniana. Por supuesto,
Castro otorga una perspectiva personalísima a este
estilo. Reúne, pues, las imágenes del estilo de Gabriel
García Márquez con peculiar forma de escatología: en
los dos sentidos, como su sentido de ultratumba, y su
referencia a las suciedades. La muerte y el excremento
jamás habían estado tan juntos.
La aportación de Castro es observar el mundo desde
un túnel el narrador siempre observa, narra, describe,
desde el otro lado de un cañón: el eclipse total de sol de
1991 cobra importancia cuando así ve la realidad quien
narra; y se suceden los túneles en el cuento: agujero,
ano, cámara fotográfica. Esta visión de túnel es llevada
a sus últimas consecuencias.
Una señal del desencanto que se aproxima por el fin
del siglo. Un signo de peculiar forma de abordar la

208
muerte y el amor; Eros y Tanatos reunidos por la visión
del joven de ese momento. Un acercamiento a las
formas sexuales y a las sexualidades de su momento: la
locura y el suicidio como forma de acercamiento amo-
roso.

209
210
Regreso a casa

Manuel Lucero

A Luis Alberto Herrera Gil,


por cierta lectura en voz alta.

Supo de repente que debía ir. Lo comprendió así, y poco


le importó ya el final de esa vieja película que había
entrado a ver sólo porque a esa hora y con ese calor muy
poco se podía hacer. Abandonó el cine y se metió en el
bar de la esquina. Comenzó a beber cerveza y a mirar
unos videos musicales. Le sorprendió ver a Paul
McCartney con un largo abrigo negro cantando The fool
on the hill. Pensó en San Evaristo. Quién sabe por qué
recordó los ventarrones helados del invierno y las flores
anaranjadas que crecían en las faldas de los cerros
pelones.
Decidió llamarla porque en momentos así ella era la
única persona que lo entendía. En la contestadora se
escuchó su voz de metal. Dejó recado. Volvió a su mesa
donde la cerveza estaba ya tibia y amarga. La bebió de
un sorbo, y pidió al mesero un tequila reposado.
Debo ir, Clara. No sé por qué, es algo que siento
adentro, y no me digas que estoy loco.
Hablaba con vehemencia. Agitaba los brazos en el
aire de tabaco y alcohol. Se veía como el actor que
siempre quiso ser.

211
No sé si me entiendas, Clara. Es como si llevara un
pecado que fuera necesario exculpar. Créeme que este
dolor es más pesado que la cruz de Cristo.
No exageres, dijo Clara, apurando el ron añejo. Sus
ojos castaños escondían apenas el vago sentimiento de
inquietud que le provocaban las palabras y los gestos de
Ramón.
Ves cómo eres. No me comprendes.
Clara se enterneció. Era como un chiquillo, lo sabía.
Un niño indefenso y solitario que actuaba siempre para
esconderse, para que los otros no adivinaran la fragili-
dad de su alma y se la rompieran en pedazos con una risa
burlona o una mirada insidiosa. Vaya usted a saber si lo
quería o le tenía lástima o nada más lo usaba como un
antídoto contra la soledad. Y ahora lo tenía de nuevo
ahí, desgañitándose y gesticulando, hablándole de quién
sabe qué cosas.
Es que tú no conoces San Evaristo, Clara, ni te has
pasado media vida tratando de borrarlo de tu mente.
Le había escuchado hablar de ese lugar muchas
veces en los dos años que tenía de conocerlo, pero
nunca de la manera como ahora lo hacía, apretando los
dientes, clavando la mirada en algo imaginario que
debía flotar a la mitad del bar, entre el humo del tabaco
y el vapor de los cuerpos sudorosos.
¿Te he contado del viejo, verdad?
Ha pasado mucho tiempo, dijo Clara, el suficiente
como para olvidarlo todo, o al menos para guardarlo
muy adentro, en la pinche cajita fuerte donde debe
meterse esa mierda.
Ramón jaló aire. Lo exasperaba Clara cuando usaba
esas palabras que no eran de ella.

212
¿Y si el viejo ya murió?, soltó ella sin querer, como
si fuera una pregunta nueva. No lo era. Lo había
imaginado muerto muchas veces, de mil formas, pero
siempre aquel cuerpo inerte se levantaba y lo acosaba
otra vez en las noches de insomnio.
Mala hierba nunca muere, murmuró. Y le contó de
nuevo la historia de su pueblo, le dibujó con palabras las
caras de su gente, le describió una vez más la mirada
torva del viejo Chemalía. Y le habló por supuesto de
Chemita, del hombre-niño que nació en el suelo y que se
arrastró toda su vida por la tierra pedregosa de San
Evaristo porque nunca pudo ponerse de pie.
Jamás podré olvidar al Chemita, Clara. ¿Cómo ha-
cerlo? No era tonto ni estaba loco. Lo veía en sus ojos.
Él hablaba con los ojos, ¿sabes? Sus ojos me decían las
cosas que su boca no podía contarme. Esa boca enorme
y babosa que sólo emitía gruñidos y risitas extrañas.
Por favor, no te tortures, dijo Clara. Ramón ni
siquiera la oyó.
Era como un reptil. Se arrastraba los días enteros por
el pueblo, de casa en casa. Le gustaban los perros, que
lo seguían a todas partes, pero en cambio odiaba a los
niños. Si un cabrón chamaco se le arrimaba, se retorcía,
chillaba y le escurría espuma de la boca. Entonces
llegaba el viejo Chemalía y le echaba encima un balde de
agua helada.
Clara miró sus ojos verdes. Vio en ellos el mar
imaginario de San Evaristo, el mar que había soñado
muchas veces pero que no había visto nunca. No era la
primera vez que oía esa historia, pero nunca antes pudo
respirar en el aliento húmedo de Ramón los olores
sagrados y profanos de aquella aldea de pescadores, el de

213
la sal, el de los dátiles maduros, el de los peces muertos,
el de la mierda de los perros que seguían al Chemita
mientras se arrastraba por las calles polvorientas.
Pero lo hubieras visto en el mar, Clara. Era como un
delfín. Toda su torpeza terrestre desaparecía en el agua,
donde se movía a sus anchas. Incluso podría decirse que
era feliz, que nada le importaba, que ni siquiera la
presencia de los niños le molestaba. Yo lo veía siempre
desde lejos. No es que le tuviera miedo, como los otros.
Era más bien un sentimiento confuso, inexplicable.
Cuando pasaba arrastrándose frente a mi casa y yo
estaba ahí, jugando en el porche, se detenía y me miraba
fijamente con aquellos ojos grises. Y te digo que no le
tenía miedo ni asco, no. Pero jamás di un paso hacia él.
Nunca pude saltar el abismo, llegar junto a su cuerpo
deforme y tirarme de rodillas en el suelo y tocarlo y
arrastrarme con él por entre las piedras y los huizapoles.
No lo hice, no. Yo lo deseaba, pero cada vez que sucedía
una fuerza extraña me dejaba parado ahí como un
imbécil.
En momentos así era que Clara sentía que lo suyo
con Ramón estaba bien, que lo demás no importaba
tanto, que escucharlo hablar como ahora lo hacía dejaba
de lado las carencias que una vida familiar hubiera
compensado con creces. Le gustaba entonces Ramón, le
ganaba el deseo de estar con él en la cama, de adorarlo
de pies a cabeza. Y no es que le conmoviera tanto la
historia del Chemita. Después de todo San Evaristo
estaba lejos y ella nunca había estado ahí. Lo del
Chemita era como una cosa de otro mundo, algo que la
tocaba apenas, que la rozaba levemente, como si le
pasaran por el brazo un manojo de ortigas. Sin embargo,
le fascinaba que Ramón hablara del Chemita como

214
ahora lo hacía, desdoblándose, escondiéndose de sí
mismo, asomándose un poco de vez en cuando entre las
rendijas de su historia, navegando sin rumbo en el mar
de recuerdos de su niñez ya lejana.
Me limitaba a sonreírle, dijo Ramón. Ni siquiera era
una sonrisa estúpida y cobarde, que en el fondo me
avergonzaba. Él lo entendía, o no sé, pero algo en sus
ojos me decía que estaba bien, que no había problema.
Y yo se lo agradecía, Clara, porque con ese gesto me
liberaba, me soltaba el pescuezo y me decía “anda vete,
te perdono, eres una mierda pero está bien, apestas pero
está bien”. Así pensaba, y sentía entonces ganas de
patearlo, de arrastrarlo hasta la salina y arrojarlo a uno
de los vasos para que se ahogara y se convirtiera en una
estatua de sal. Él volvía la cabeza hacia la playa y se iba,
arrastrándose, seguido de los perros que movían
servilmente la cola y lo lamían. Yo lo miraba perderse
entre las palmas y corría luego al excusado a llorar hasta
que se me acababan las lágrimas, o hasta que me
hablaba mi madre para decirme que ya estaba listo el
desayuno.
Vámonos, es tarde, suplicó Clara, que no deseaba
escuchar el final de la historia. Ramón llamó al mesero
y le pidió dos tragos más. Clara negó con la cabeza.
Mañana tengo que trabajar, dijo.
El mesero trajo el tequila y Clara le pidió la cuenta.
Vámonos, Ramón, insistió.
Sabía que no se iría, que tendría que darle vuelta a la
historia porque él no era de los que abandonaban el
escenario a la mitad de un acto.
En el fondo no sé qué me duele más, dijo Ramón, si
la muerte del Chemita o la vida del viejo José María. ¡Él
lo mató, Clara, él, su padre, el pinche viejo puto!

215
Si, lo sabía, conocía también esa parte. El niño
Ramón, que tenía la costumbre de salir a orinar en las
madrugadas, vio pasar al viejo que cargaba un bulto,
una estatua de sal. Lo miró irse rumbo a los paredones,
subir con dificultar el cerro y arrojar desde la cima el
pesado costal de huesos y babas.
Y nadie dijo nada, Clara. Todos se tragaron la
historia del hospital y los médicos gringos, esas
pendejadas. Fue como si lo supieran y se lo callaran,
como me lo callé yo, que lo sabía. ¿Qué hace un niño de
ocho años frente a la certidumbre de la muerte? El
silencio era una manera de estar ahí con todos, de
permanecer.
Clara pagó la cuenta. Comenzaba a pesarle el can-
sancio del día, pero también una especie de hartazgo, no
de Ramón y su historia, no. Tal vez una saciedad infinita
de sí misma, de su cobardía, de lo fácil que era oír la
historia, su borrachera y sus pesadillas, quitarle los
zapatos y dejarle un recado para que le llamara y fueran
juntos a comer y a olvidar.
¡Iré y le mataré con mis propias manos!, gritó
Ramón.
Clara lo tomó del brazo y salieron del bar trastabi-
llando. Caminaron una cuadra para tomar un taxi.
Ramón balbuceaba unas frases incoherentes; ella ape-
nas podía con su resignación y su sueño, con su condi-
ción de mujer y de madre, y con la soledad de esa hora.
En la esquina, Ramón se paró de pronto a mirar unas
luces de neón. En el aire se respiraba el olor viejo del
mar; recordó de nuevo los ventarrones helados y las
flores anaranjadas del pueblo de su memoria, y se echó
a caminar calle abajo, hacia la playa. Clara lo vio
marcharse sin decirle nada. Llevaba el andar curioso de

216
un niño. Ella supo entonces que no lo volvería a ver, que
Ramón había tomado el camino de regreso a casa, a los
días del Chemita, las orinadas bajo la luz de la luna en
las madrugadas de San Evaristo.

217
218
Una cama en el alma23

José Castro González


Jóvenes Creadores

Ramón a veces andaba con su pantalón verde remanga-


do hasta las rodillas, cargando una red de nailon y
platicando a todos que en cuanto saliera la luna iba a
sacarla de la pila de su casa. Nunca la pescó.
Fue él quien colgó en los cables telefónicos esos tenis
violeta amarrados con cordones. Le gustaba asomarse
por las rendijas de las paredes de cartón para espiar
muchachas o se metía hasta dentro: saludaba. Pedía
agua e íbase platicando solo. Tenía la rara costumbre de
estar loco. También se volvió loco de amor por Pamela
cuando la encontró camino a la escuela y descubrió sus
senos comenzando a crecer bajo el corpiño.
Aquella tarde, en casa de Pamela todo era como
siempre: hormigas transportando migajas duras desde el
mantel de la cocina hasta su escondite junto a las vigas
que sostenían el techo con agujeros de clavo, que algún
día sirvieron para el eclipse solar proyectado en el suelo.
Damiano, el hermano de Pamela, estaba echado como

23 Cuento publicado en la revista Panorama, número 45, revista de la


Universidad Autónoma de Baja California Sur, julio-septiembre de
1994, página 51.

219
perro en el viejo sillón, mientras en la mesa, junto a la
fila india de hormigas, dormía a pierna suelta su cuader-
no escolar con una mancha de fríjol sobre la hoja donde
estaba una tarea sin terminar.
El papá de Damiano hojeaba sobre su cama una
revista pornográfica; de vez en cuando veía a su esposa
tras la ventana, bajo el tamarindo, arqueada sobre el
lavadero con los senos moviéndose al ritmo del cepillo
enjabonado.
Pamela, a quien Ramón veía por un agujero en la
pared, estaba desnuda buscado entre un cartón de ropa
unos calzones limpios. Desde aquella vez, cuando des-
cubrió sus senos crecidos, comenzó a espiarla todas las
tardes hasta que no terminaba de vestirse y abrochar en
flor los cordones de sus zapatos para irse a la escuela.
Pero esa tarde, cuando apenas se había puesto las
pantaletas, Ramón miró –o tal vez soñó– salir de su
pecho izquierdo una gota azul que flotó por un rato y
luego le dio vueltas a la habitación, volando como las
manchitas verdeazules que flotaron frente a sus ojos
cuando se encandiló con el flash de una cámara fotográ-
fica en su cumpleaños. La gotita siguió temblando a
pesar de que Ramón temía reventase con un clavo del
techo y estallara en un fluido luminoso que lo encandi-
lara para siempre. Ahora ella se peinaba frente al espejo.
Ya tenía puesto el uniforme guinda pero parecía no haber
visto la gota. Y así era: no la había visto. Tal vez ni
siquiera existía. Ramón se asustó mucho cuando la gota
comenzó a volar hacia el agujero donde tenía pegado el
ojo. Quiso moverse, pero antes de poder quitarse la
gotita se metió por el ojo derecho y se echó a dormir
sobre una cama, que según Ramón tenía en el alma.

220
—Aquí la traigo –me dijo al día siguiente, mientras
se desabrochaba la camisa y ponía el índice en el centro
de su pecho marcado en cruces por los bordes de las
costillas. Ese mismo día robó el espejo ovalado que
usaba su hermana Jacinta para rasurase las piernas.
Comenzó a traerlo todo el tiempo en la bolsa de la
camisa. Pasaba horas mirándose en él y dándose besos
en el reflejo.
—Pamela se me metió hasta adentro convertida en
una gota azul –decía–, y tengo que quererla mucho para
que no se me salga por la boca o por las orejas.
Fue un domingo cuando Ramón vio a Pamela besán-
dose con un monaguillo después de misa. Más tarde,
espiándola por uno de los portillos del excusado, la miró
sentada sobre el cajón de madera. Su excremento caía
despacio hasta adentro del pozo. Después que Pamela
limpió su culo con un trozo de periódico y se fue a la
cocina a terminar de lavar los platos, Ramón se metió al
excusado y se sentó sobre la tarima: allí estaba, apuntan-
do al fondo, al pantalón arrollado en las pantorrillas y el
recuerdo fijo en aquella tarde, cuando la gota lo encan-
diló con su luz de cámara fotográfica. Tenía los codos
elevados en las rodillas y comenzaba a salirle por el ano
una pasta amarillenta; al terminar vio que en el bote de
hojalata ya no había papel para limpiarse. No se limpió.
Volvió a sentarse en la tarima pero esta vez con las
piernas colgando hacia dentro, estuvo así mucho rato
pensando en el monaguillo, hasta que las manchas de
sol en el cartón negro se tornaron anaranjadas. Luego,
sin más, se dejó caer por el hueco. No dijo nada, como
tampoco dijo nada cuando su peste a muerto sobrepasó
la del excremento. Lo sacaron enganchado en dos vari-

221
llas metálicas, bordado con gusanos elásticos y corona-
do en el pecho por una gotita azul que se hizo luz y se
perdió entre los agujeros del techo.

222
1995/1996

A mediados de la década, cae otro vacío de archivos y


de memoria. Arribamos a otra ausencia de cuentos; esta
vez, cierto, dos años, pero que representan esa falta de
siempre en los archivos. Aquí, pues, tenemos que abrir
la reflexión sobre los archivos. Que si buscamos la
definición del diccionario: “Conjunto orgánico de do-
cumentos que una persona, sociedad, institución, etc.,
produce en el ejercicio de sus funciones”.24 No hay tal
lugar; no hay tal organismo; no existe tal constitución.
Deseamos que esto no suceda en otras dependencias
de gobierno, o instituciones gubernamentales. Lo seguro
es que en términos de cultura literaria los archivos en Baja
California Sur no constan de cierto: el vacío es vital para
el análisis. Los lugares burocráticos que las personas
ocupan parecen ser fuente inagotable de decisiones per-
sonales, en donde el puesto pareciera un punto desde el
cual decidir lo que está bien o mal, qué es desechable o

24 Real Academia Española (1992). Diccionario de la Lengua Española.


Editorial Espasa-Calpe. España. Vigésimo primera Edición.

223
no en el ámbito socio-cultural. Cada trienio, cada sexenio,
es un borrón y cuenta nueva para la cultura.
En el ámbito personal esto parece, también, cierto:
algunos escritores no “guardan”, no archivan sus pre-
seas; representación de este devenir, el cual más que
post-moderno, simboliza la falta de conciencia sobre su
propio escriturar. Sociedad e individuo nunca han esta-
do tan unidos.
Un punto del que nos conviene escribir en este
espacio es sobre el concepto de regionalidad, y cómo lo
esbozaremos aquí: la región, lo regional, el regionalis-
mo, ya no son términos apropiados para describir el
fenómeno literario en determinado espacio geográfico
(y a partir del movimiento del espacio temporal, vemos
precisamente esto). La regionalidad es un concepto,
pues, que podemos comprender como la construcción
de una mentalidad acerca de ese espacio geográfico-
temporal en el cual diversos actores participan: desde lo
individual hasta lo social, desde lo estatal hasta lo
nacional o transnacional. Por supuesto, es un concepto
en constante evolución y que va acorde con la dinámica
social.

224
1997

Este año sólo se localizó el cuento de Francisco Javier


Pío Mendoza, “Muerte antes del alba”, ganador de la
categoría Jóvenes Creadores. A la edad de los dieciséis
años, el más joven de los ganadores del Premio Todos
Santos, nos presenta una visión apocalíptica de los
jóvenes. La muerte toma presencia, vida, se enfrenta y
burla del personaje. La muerte busca forma: sida, pala-
bra acuñada a principios de los ochenta; cáncer, el mal
del siglo veinte. La muerte todo lo corrompe y lo corroe,
desde el cuerpo hasta el pensamiento.
El alcohol se presenta también como forma desafor-
tunada, ya no es más la musa, sino al contrario, es la
búsqueda del fin: de la muerte misma. Alcohol, sida,
cáncer, suicidio, se suman a los caballos apocalípticos
que destruyen los sueños de los jóvenes: pero también
son una realidad palpable: Baja California Sur, cuenta
desde hace años con los primeros lugares en estos
temas.
Los jóvenes se enfrentan a la noche, nuevamente;
dos temáticas del romanticismo se abren como alterna-
tiva a finales del siglo XX: la exploración de la noche y

225
de la muerte; sin embargo, su enfrentamiento es menos
doloroso, más aceptado: “Morir joven es ser elegido por
los dioses”, dicta el dicho griego.
Es el más desgarrador cuento, si tomamos en cuenta
esa vieja idea de que la juventud es el futuro, que
presenta un sombrío presente: no existe nada frente a
ellos, pero tampoco existe pasado. Esa es la moraleja
juvenil de ese instante: después de las crisis económicas
del 82 y del 94, después de las crisis morales, de la
pérdida de memoria, de la proximidad del fin de siglo,
hemos dejado a los jóvenes sin utopías; con libertad y
voz, pero sin sueños; sin nada. Verdad más cierta no se
ha dicho antes.
La juventud revalora el sentido de la vida; se replantea
cuál espacio le corresponde y cuál no, busca referentes
más sólidos que le permitan interactuar con un mundo
que no entienden ni los adultos. En términos musicales,
el cuento toma un ritmo propio del rock pop en español.
Música y jóvenes están juntos.

226
Muerte antes del alba

Francisco Javier Pío Mendoza


Jóvenes Creadores25

El miedo lo invadía despacio con el sonido del reloj.


Parecía que lo observaba, burlándose de él, como si no
bastara con la angustia que ya sentía. Volteó al techo en
busca de respuesta, y sí, allí estaba, como alma errante
en busca del paraíso, era una simple lámpara fosfores-
cente que mal funcionaba. El aire tenía esencia de
temor, embriagándolo todo. Tenía cita con ese sabedor
de su lógica idiota, pseudodios de la vida y la muerte,
amo de la alquimia de la falsa sanidad.
Cada palabra fue un sorbo del más amargo brebaje,
fue la sentencia de la muerte a quien pronto vería. Tenía
cáncer, o quizá SIDA, o quizá todas las enfermedades
juntas, eso no importa; sólo cargar la ley del mal. Lo
único que sabía era que las parcas danzaban jubilosas a
su alrededor, clamando victoria.
Poco a poco los pilares que sostenían sus sueños de
grandeza y triunfo se derribaron, como árbol milenario
carcomido por las malditas polillas. Y ahí gestado sobre

25 Este año se retoma el concurso “Jóvenes Valores” que había desapa-


recido por dos años y toma el nombre de “Jóvenes Creadores”.

227
sus escombros de ideales, el disparate caótico de pensa-
mientos lo derrotó con desesperanza. En una inmaculada
gota de alcohol, sus alas se tornaron rotas y sus ojos
ciegos a la luz. Fue en ese momento en el que arrojó a
las profundidades del mar de la furia los valores de
amor, bondad y todas esas cosas que ahora, tras el vidrio
de la mala muerte, se veían tan estúpidas. Incontenible
y cancerosamente nacía ese asesino dormido que todos
llevamos dentro.
Caminaba por la banqueta de un parque, a cada paso
todo se borraba, o era que sus lágrimas llenaban sus
ojos, o era que el alcohol lo idiotizaba. Jamás pensó que
lloraría alguna vez, se pensaba un hombre; pero más que
hombre era un muerto viviente. Llegó a la casa donde
estaba la mujer con la que quería vivir el resto de su vida;
qué fácil era ahora lograrlo. La vio, era la misma. Ella
también lo vio detrás de ese desfigurado rostro, que por
el dolor estaba macabramente encerrado, la persona que
creía querer. ¿Porqué no acompañarlo a donde se dirige;
va a estar muy solo allá, más allá? Pero el amor de ella
era de labios, de cuerpo, de vida y jamás de muerte. Y
es más fácil acabar las ataduras con cuchillos de lengua;
que empezar con enmendaduras con palabras de tregua.
Las bocas callaron; aún les quedaban cosas por decir y
por hacer. El adiós llegó como jinete apocalíptico,
esparciendo el mal y habiendo que le siguen tres más, y
el infierno; el infierno ya había comenzado para él. No
se puede aplazar la hora señalada.
Se marchó; y a dónde diablos ir cuando es el final
quien está detrás de tus pasos, oliendo los pedazos de
alma echados a la perdición. Fue en busca de bebida que
le sirviera de manta en la penumbra. Recordó su vida
hacia atrás, recordó su vida hacia delante; y no había

228
nada. Su mente distorsionada y borrascosa le dio el arma
al asesino interno.
Subió al edificio más alto acompañado de su líquido
amigo. Cerca de la orilla sintió miedo de caer. Bebió
tanto alcohol como si del alcohol salieran alas, como si
del alcohol se hicieran redes. Era una noche sorda,
muda, inexistente; se secó el sudor, la noche era fría,
como el frío que siente un espíritu abandonando el
cuerpo. Faltaba mucho para el alba, para que la luz
tocara su cuerpo, faltaba más para que tocara sus ojos.
Cerca de la orilla sintió miedo de no caer, de no dejar
caer, de que el suelo no fuera el final de su caída. Si ayer
era fuerte y nadie lo podía tocar, ahora no podía vencer-
se ni a sí mismo. Hablaba con el viento, el viento agitaba
sus imaginarias alas. Lo invitaba a saltar, a tratar de
volar, a dejar en el suelo olvidado las sombras de aquél
que voló alguna vez.
Un poco de valor o estupidez. Cerró los ojos y dio un
último paso. La caída perdía altura, momento a momen-
to, momento a momento. Caer, volar hacia abajo, hacia
lo profundo. Los cuervos de almas dan círculo cada vez
más bajos hasta que alguien se apiadara de él. Su cuerpo
dejó de caer, ¿su alma? No se podía saber. Algunos
inocentes son condenados, otros se condenan a sí
mismos. Casi no hubo flores en la sepultura, pero de
haberlo no serían nada el adorno que es la muerte para
el regalo que es la vida.

229
230
199826

El cuento “Añoranza”, de Omar Castro, explora el


mundo del campo sudcaliforniano en su más alto extre-
mo. Sin embargo, no es un cuento que refiera al campo
real, al presente, sino que presenta un mundo que se ha
disipado en la memoria del pueblo mismo.
Presenta, de manera alterna, el papel de los ancianos
en el fin de siglo: el rol que los ancianos desempeñan en
el ámbito de cuento, muestra la infertilidad de los
proyectos planeados por las secretarías de agricultura;
la impotencia de los ancianos ante el abandono de sus
hijos, los que representan la nueva fuerza laboral en el
campo.

26 La información que se tiene es la siguiente: según oficio del jurado:


en la categoría de “Nuevos Valores” ganó el cuento “Oniromancias
II”, pseudónimo “sonámbulo” del autor Leobardo González Castro;
en la Categoría Libre, el cuento “Añoranza”, con el pseudónimo
“Cañero”, del autor Jesús Omar Castro Cota. Y por la calidad de los
trabajos, los cuentos: “Dos días en la vida”, con el pseudónimo
“Teresa”, de la autora Fedra Rodarte, y el cuento “Un trolebús
llamado amor”, con el pseudónimo “Guillermo Blanco”, del autor
Raúl Carrillo Arciniega. El jurado estuvo compuesto por: Estela
Davis Garayzar, Laura Varela Cabral y Fernando Vega Villasante.

231
Así mismo, es un cuento que desarrolla el abandono
del campo, de la producción regional y la migración de
la fuerza de trabajo joven a las ciudades; precisamente
cuando suceden en el estado movimientos económicos
importantes: el Estado centra su economía en el turis-
mo. La llamada industria sin chimeneas requiere de la
fuerza de trabajo que va desde la construcción hasta el
mantenimiento de las instalaciones. Pero, también el
rancho, el campo es abandonado porque la industria del
campo no ha crecido en ese aspecto: no existen los
incentivos y la producción se prefiere de otro lado,
amén de la sequía en Baja California Sur.
La oralidad es la estructura fuerte en este cuento, el
oído y la transcripción del autor representa uno de los
trabajos más finos en este sentido.

Un punto central para el análisis del cuento: “Pequeña


crónica de la intolerancia o el trolebús del amor”, de
Raúl Carrillo es, precisamente, la migración de los
jóvenes, que abandonan el terruño, el campo, los pa-
dres; en este caso, el viajero sudcaliforniano atreve una
descripción del mundo capitalino, de la Ciudad de
México, que por antonomasia carga con la reputación de
todo el país y es puerta al desarrollo o estancamiento de
la nación.
La gran ciudad, que todos los días recibe a miles de
personas en busca de lo que en sus lugares de origen no
encuentran, ofrece en todos sus extremos experiencias
de todo tipo, pero la violencia e indiferencia por el otro
como si fuera parte de la cotidianidad capitalina son
tomadas por el escritor con un fino humor negro.
El narrador viajero describe sus peripecias en el DF,
esta vuelta de tuerca ante el centralismo de la cultura

232
(antes los viajeros del DF eran los que describían las
regiones de país) se encuentra repleta de una ironía que
sólo puede ser descrita en términos sudcalifornianos:
agarrar cura del defeño.
En este sentido, el viajero realiza la crónica sobre el
otro, el que es llamado del interior. Cotidianamente, la
alteridad en Baja California Sur se plantea como la
integración a este espacio físico: la gente del interior en
este ámbito, no en su propio espacio. El ver al otro en
su propio ambiente redefine el espacio del narrador: su
curiosidad, su prudencia, desamor por el otro.
Sigue enfrentando también a los que migran por
circunstancias de estudios.

233
234
Añoranza

Omar Castro

El sol empezaba a incendiar las crestas de las montañas


prometiendo regresar con nuevos bríos al amanecer.
Los cerros habían adquirido un tono azul añil mientras
que el cielo se adornaba con una guirnalda de fuego en
el poniente. Una bandada de tapacaminos volaba errática
y velozmente sobre las cabezas de los rancheros que
ingerían el último café del día en aquella atmósfera de
dolorosas reflexiones en torno a la soledad y el sentido
de pertenencia de los hijos. En ese estado de contem-
plación oían sin escuchar el concierto de los cencerros
y el balido esporádico de las cabras, el zumbar de los
autos allá arriba sobre la carretera y el gruñido amistoso
de los perros haciendo cabriolas no lejos de sus amos. El
agua cantarina del ojo de agua era como un vaciar
constante de jarrones despeñándose hasta formar un
arroyuelo. Los ojos de la vieja pareja de rancheros
parecía que enfocaban hacia un mismo objetivo; miran-
do sin observar tenían la vista fija cañada abajo donde
se encontraban los abrevaderos de los animales, y entre
sorbos de café y aspiraciones al humo del tabaco,
agendaban las tareas que iniciarían con el azul fantas-

235
mal de la alborada del día siguiente. Un día como ayer,
como anteayer y como todos los días de esos años que
se quedaron completamente solos.
—Ora sí la chingamos, Custodia.
—¿Por qué, Neme?
—Pues porquiadeser.
—No te entiendo nadita. Ora si andas con tus lunas,
pues menos le gua’tinar.
—Mira, ta’ sencillo. Desde que te entró la paridera,
tuvimos catorce muchachitos y ya ves, ni uno se para
por aquí y eso es lo que traigo aquí adentro, pues. Me la
paso nomás pensando y le doy vueltas y más vueltas
hasta que me duele la memoria y la verdá es que ya no
sé si voy o vengo. ¡Por vida de dios!
—Ay, Neme! Pues ya no pienses. Tú sabes que los
hijos son como los pajaritos; nomás se animan a pararse
en la orillita del nido, y te volveré a ver. Naiden es de
naiden. Los hijos son igualitos; crecen y ya no nos
pertenecen, pues.
—Ora me vas a decir que ya no son mis hijos ¡Bonita
chingadera! Cómo se mi’ hace que tú estás pior de la
sesera.
—No, mi’jo. Lo que te quiero decir es que ellos
tienen que hacer su vida. Ya ves que Custodia se casó
y se jue con su marido pal’norte y los otros pues también
casados y unos trabajando. Eran muchos pa’tan pocas
vacas aquí en el rancho.
—No, pos sí, pero la soledá duele retiharto; parece
que no alcanzas el resuello y como que se te hace
chiquito el estómago y cuando trais hambre te llenas
con cualquier cosa. Y eso no es nada; empieza a hacerse
de nochi y ya parece que’stá maneciendo nomás de pelar

236
y pelar los ojos toditita la noche. Te vas pa’un lado y
pa’otro, bocarriba, bocabajo, ya oyes un perro, una
vaca, un coyote, la campana del macho que no quiere
bajar y ai se va enrollando uno en la cobija hasta que
amanecemos como tamal por el mal dormir.
—Que diré yo que los parí; si ya no me cabe tanto
dolor en el cuerpo y tanta soledá en los ojos quepa’onde
volteo no los hallo. ¿Ves esa nubezota? Quisiera ser
como ella y moverme pa’llá, pa’bajo, pa’la ciudá y
abrazarlos con la lluvia y decirles que cada gotita es una
de mis lágrimas, de esas que tú no ves cuando te
duermes en la madrugada. ¿Crees que no te siento
cuando te estás molonquinando porque no puedes dor-
mir? Si yo ya sé de’so.
—Así ha de ser, vieja. ¿Te acuerdas de las ilusiones
que teníamos para formar una familia grandotota? Y ya
ves, se secaron con tantito que crecieron y agarraron
rumbo. No, si nomás de pensar en dónde estarán y qué
estarán haciendo, se me apachurra toditita el alma.
Cuando paso por el corredor y veo la silla del Barto con
sus aparejos, siento un nudo feo en la garganta; hasta ya
parece que se está torciendo porque le falta el sudor de
la bestia. No, y cuando volteo pa’onde está la cajita de
costura de la Matildita, siento que me aprietan el buche
con las dos manos.
—Y el columpio, mi’jo. El columpio que les pusites
en el guamúchil. Ya ves que la tabla está toda ajada y los
mecates podridos por la lluvia y aí nomás quedó de
puritito recuerdo.
—Todo, vieja, todo. Todo está lleno de recuerdos;
el columpio, la silla, la cajita de costura, la cañada, el
llano, el corredor, la jaba que usaban para encaramarse

237
y alcanzar el queso de los zarzos, todo vieja, todo. ¿Y
ónde carajos pone uno tanto condenado recuerdo? Si así
nomás de pasadita se nos llenan las alforjas.
—No reniegues, que luego te tienes que confesar.
—¡Ah dios! Ni que juera pecado la soledá.
—Hay que arrendarnos pa’la casa, que luego no
vemos y cuantimás nos damos un porrazo.
—Vale más, no vaya a ser que me acuerde de cuando
le poníamos nombre a las estrellas. ¿Te acuerdas? Y al
día siguiente les preguntábamos cómo les habíamos
puesto. ¡Mira! Esa que está allí, era “La antorchita”, y
aquéllas que están así, como hechas bolita, les decíamos
“El arbolito de navidá”.
—¡Ay viejo, cómo no me voy a acordar! Si todos me
revoloteaban alrededor de la falda.
—Vámonos pues, que ya me está calando la rabadi-
lla de tanto estar en cuclillas.
—Si quieres, te repito la friega con yodés, ya ves que
te pusites muy requetebién.
—Pero antes hay que echarle algo a la tripa ¿no?
—Mmm, sabes bien que me das en la pate’palo.
Vamos pues.
Se incorporaron dejando atrás el aroma de los naran-
jos en flor; llegando al corredor descolgaron el quinqué
y lo encendieron. Sus sombras se alargaban sobre las
paredes encaladas de los cuartos mientras se dirigían a
la cocina. Custodia removió el leño que estaba en las
hormillas y colocó algunas varas sobre el tizón, soplan-
do al mismo tiempo sobre la punta enrojecida del
madero, en tanto Neme colgaba de un garabato el
quinqué alimentado con petróleo. Tanteó sobre el zarzo
y encontró un trozo de queso que cortó en rebanadas

238
con el machetito de cintura. El fuego empezó a crepitar
y fue cuando custodia puso a calentar las gorditas.
Neme se alzó de puntas y bajó la ollita de las natas. Ella
desapareció de la cocina para regresar con un mantel
almidonado que extendió sobre la pequeña mesa cua-
drada que estaba a un costado del horcón y la tinaja.
Iniciaron el ritual de la merienda en silencio. Ingerían
con fruición después de una larga jornada de trabajo. Un
compás en aquel mar de tribulaciones soledosas. Pero el
dolor estaba allí, se respiraba; no dejaba de agitar los
cansados corazones de los viejos.
—A ver, vieja, ¿Quién partía por el medio las
gorditas pa’retacarlas de mantequilla, de’sa misma que
tú hacías?
—¡Ay viejo!, pues quién había de ser sino Lenchito,
que hasta se chupaba los dedos. ¿Y tú te acuerdas de
quién se la pasaba pegada a la botella de miel de abeja?
—¡Ah dios!, pos quién más… la Tita. Si no la
seguían las hormigas cuando se iba a dormir era por las
latitas de atún llenas de tractolina que les ponían a las
patas de su cama. ¡Ah qué chamaca tan dulcera! Si
nomás me acuerdo y me empalago. Pero yo te la gua’poner
más facilita. ¿Quién se colgaba de un chicote
pa’esconderse en el pozo y escaparse de los buenos
riatazos que yo le quería dar? ¡Uta qué chamaco tan
güevón!
—Si no se le ha quitado, viejo. El mismísimo Chato.
Ai no dicen que andaba pal’Valle, que ya lo vieron en la
playa y luego que lo devisaron en el mercado de La Pa…
Ése no calienta el nido y es matrero pa’la chamba. Si ya
parece que’l trabajo le quema las manos.

239
—No pos sí. Pero también el hambre quema los
entresijos.
—¡Ay diosito! Que no esté pasando hambres mi’jo.
—El hambre es cabrona y más el que la aguanta, ni
te priocupes.
—Pero si tengo el Jesús en la boca nomás de pensar
en las malpasadas que se ha de estar pegando por flojo.
—¡Oi, oi, oi! Casi podía apostar que’l cencerro ese
que se oye cerca del ojo de agua es el del macho, vieja.
Y yo solo no lo puedo pillar; capaz de que me pegue una
chinga y me mate.
—¿Tú crees que ya no baje al rancho?
—No, si ya le gustó andar en la manda ¡Díscolo no
había de ser! Si mucho se parece al que te platiqué.
—Ya vas a hablar del Bicho. Él es joven y está en la
edá de la vacilada.
—¡Uta que si juera mujer ya hubieras puesto el grito
en el cielo y las cruces en el patio!
—¡Pero si tú eras igualito! Y más vale que ni le
muevas.
—Ora yo. ¡Bonita cosa! Si’stamos hablando de tu
hijo, mujer. Bueno, estábamos hablando del macho… Y
hablando de machos, por cierto que trai a raya a las
muchachas en edá de merecer allá por Los Planes.
Bueno eso dicen… es el decir.
—¡Me vas a matar con tus inventos! ¡Lengua larga
no habías de ser!
—Ya me’stá jalando la cama, vieja.
—Sí, tú muy a gusto y a mí me dejas con una punzada
en el corazón después de darle con lo de los hijos.
—Y a poco crees que soy de fierro. No, vieja, si a mí
también me’stá llevando la chingada con todo ese
maldito silencio. Con esta casa que ya nos quedó grande

240
pa’los dos. Con el lonchi que me trago solo en el monte
y no tengo a naiden a quién convidarle. Con hablar solo
como si estuviera tumbado de la burra o mal de la
chonteca. Con saber que’stán por ai y no los veo…
—Neme, por Dios que nunca te había visto llorar
más que cuando se nos jue tu mamacita que en gloria
esté, y que mis palabras no le hagan ruido!
—Dicen que los ojos tamién sirven pa’llorar, pues.
—Llora, viejo, llora todo lo que quieras. Que yo
te’gua’cer un té de manzanilla pa’que te calmes por
dentro.
—Si, viejita. Gua llorar muncho hasta que me seque
por dentro y no me quede ni una gotita de soledá, que’s
la que me’stá hogando las entrañas.

Neme cruzó los brazos sobre la mesita y escondió el


rostro humedecido por el llanto, robándole a los grillos
el concierto nocturnal de sus rincones.

241
242
Pequeña crónica de la intolerancia
o el trolebús del amor

Raúl Carrillo Arciniega


Mención Honorífica

Pobre tonto, ingenuo, charlatán


que fui paloma por querer ser gavilán.
Rafael Pérez Botija
(Letra popularizada por el Príncipe de la Canción
José José, felizmente recuperado
de su alcoholismo)

Según dijeron era un mensaje de amor y de esperanza.


Era la redención con manos salvajes. Era una corona-
ción de laureles y una liberación suprema. El mensaje
era sencillo: “El fin de los tiempos está próximo: arre-
pentíos”. Captaron nuestra atención anunciando un
blues con Slaider, su esposa, por lo que dijo el improvi-
sado blucero –de los llamados de la raza de bronce, con
greña a lo roquero en capas y copetito básico en la
frente–, lo seguía con una sonrisa idiota y pandero rosa
tratando de llevar el grueso de los bajos reafirmándolos
con un movimiento meloso. A mí que siempre me han
entusiasmado los cantantes y las cosas inusitadas en los
trolebuses, puse atención, imaginar algún solo de B. B.
King era descabellado. Siempre hay que esperar lo peor
para no ser sorprendido. Empezaron con un requinto de
muy mal gusto y me decepcioné, no por lo pobre de su

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ejecución, sino por lo exhibicionista del tipo. La mujer
que lo acompañaba en los intervalos de solo, que fueron
para ser exactos tres, dejaba escapar un “Huu Huu” que
se me antojó como mugido de vaca , y que no sé por qué,
supuse que el tipo que traía a un lado no la satisfacía
como era debido, o que si lo hacía, cada vez que él
tocaba la guitarra le arrancaba un orgasmo con cada
cuerda. Llegué a suponer que era también, y mucho
después lo supe, un grito de guerra azteca con tintes
metafísicos: “Huuu, Huuu, con lo que guste cooperar,
una moneda, una sonrisa”, clamaba la mujer para acom-
pañar la melodía. Al término del blues se dirigieron a su
público pregonando la sentencia. El róquer azteca nos
explicó la misión de su vida: de cómo Dios con su
infinita bondad y gracia lo había rescatado de las fauces
demoníacas de la delincuencia. Habló de su redención
y de la nuestra, que estaba en sus manos, dijo, y que para
seguir con tan loable empresa, requería la ayuda volun-
taria de nosotros, los pecadores que no atendían las
palabras del Señor:
—Acabo de salir del reclusorio Oriente en donde
Dios me ha hablado –dijo con voz quebradiza.
—Mi esposa –el engendro treintañero que le acom-
pañaba–, va a pasar con el pandero a llevarles el mensaje
de amor –al decir esto se les llenó la cara de orgullo.
Pude ver en el pandero el mensaje rotulado con una
horrenda letra y, como es de suponerse, con faltas de
ortografía: “Pas a los honbres de vuena bolunta” (sic).
Aquello se antojó como una vejación, un ultraje al buen
gusto y las finas maneras. Es la ciudad de México, me
dije, un antologador de bestias y especímenes raros se
volvería loco al no poder clasificar a tanto animal.
Recordé la antigua costumbre de los zoológicos huma-

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nos de la Edad Media donde se exhibían seres humanos
deformes que nacían pecadores.
Cuando un amigo íntimo y colega regresó al terruño
me recomendó mucho la experiencia: “No dejes de
montarte en uno de esos trolebuses que no contaminan
y que con tanta exaltación presumen aquellos; es una
experiencia realmente edificante, casi como leer a San
Juan de la Cruz”. Por supuesto, lo tomé en sentido
contrario o a contra flujo, como allá le llaman.
Como fui atacado directamente en mis postulados
estéticos y no estaba dispuesto a soportar espectáculo
tan grotesco, al llegar a una parada resolví descender
lentamente del trolebús para que aquello no pareciera
una descortesía. A mis espaldas pude oír que de entre la
multitud abigarrada se escuchó la voz de un incrédulo
preguntando al delincuente, ahora reformado,
cuestionamiento más agudo: “¿Cuál fue tu crimen?” La
masa siempre incontrolable con los cuestionamientos
mordaces, secundó la curiosidad de todos los presentes,
incluida la mía (debo confesar):
—Sí, sí, que confiese… ¿Cuál fue tu crimen?
—Seguro eres un violador de alguna secta protes-
tante.
—Sí, sí, predicador pervertido, vuelve adonde
estabas.
—Te has de haber casado en un rito satánico.
—Sí, sí, pinche mariguano endemoniado, déjanos
en paz.
Ante la escandalera decidí volverme para no perder
ningún detalle. El blucero lucía un tatoo de la virgen de
Guadalupe en el brazo. Iba ataviado delicadamente con
una camisa recortada a tijerazo limpio que ponía al
descubierto sendas cantidades de grasa desbordada en

245
su región abdominal, además de unos pantalones de
mezclilla strech que lo hacía merecedor de los favores de
cualquier hembra en celo. Semejante personaje quiso
reestructurar su discurso:
—Hermanos, hermanos...
La multitud no atendía. Vi los ojos del delincuente,
ahora reencausado, cómo trataban de encontrarse con
su compañera de viaje; hicieron contacto y yo los seguí
con los míos. Aquel engendro femenino asintió. En un
trabajo de prestidigitación, es decir, casi imperceptible,
la guitarra de cuerdas plateadas con estampita multico-
lor del Cristo coronado con espinas deslumbrantes a
cada movimiento del cantante, cambió de forma y de
función. Aquel nuevo instrumento que recibía el de
pelo largo, empezó a soltar el único emblema de la
redención posible. Las notas estruendosas por un Fa
sostenido desembocaron en los cuerpos del grueso de la
masa. El sujeto disparaba sobre ellos al tiempo que
gritaba histéricamente, como poseído por una fuerza
extraña: “Arrepiéntanse, bola de pendejos”, “pinches
pecadores culeros”. Hubo algunas risas nerviosas, al-
gún suspiro lleno de miedo y después silencio. No hubo
más música. Cesó el discurso, para dejar sólo la gloria
que enaltece a los corazones piadosos que han obrado
conforme a las escrituras. Un reguero de sangre se
escurría como un río. La pareja descendió. Ella con la
guitarra de fuera. Él con el estuche cerrado. Los dos con
dirección al poniente de cara al sol, satisfechos de haber
llevado su mensaje.

246
1999/2000/2001

De nuevo el vacío, tres años muy significativos ya que


es el periodo del cambio. El 7 de febrero de 1999, en
reñidas elecciones, gana la gubernatura Leonel Cota
Montaño. El acontecimiento no tendría mayor relevan-
cia si el nuevo gobernador no hubiera pertenecido a las
filas priístas hasta 1998, año en que pierde las eleccio-
nes internas y se enlista en el PRD. El suceso ocasionó
no sólo la ruptura dentro del partido tricolor, la ciuda-
danía tenía puesta su atención en problemas de magni-
tudes nunca vistas en el estado, se rumoreaba que el
licenciado Antonio Manríquez había sido víctima de un
complot; que dentro del mismo PRI se había negociado
la candidatura y como “cereza del pastel” a mediados de
1999, el ex gobernador Guillermo Mercado es acusado
de peculado y ejercicio abusivo de sus funciones (cargos
que no se pudieron acreditar y de los que fue absuelto).
Además, las noticias nacionales dieron una inesperada
importancia al conflicto entre taxistas del aeropuerto de
Los Cabos, principal destino turístico del estado. Era un
hecho, el sector turístico ya era considerado importante
fuente de desarrollo tanto al interior como al exterior.

247
En medio del caos ideológico, el gobernador Cota
Montaño ofreció impulsar los valores de la democracia;
promover la eficiencia de los recursos humanos, econó-
micos y materiales; impulsar la creación de empleos;
mejorar las condiciones de salud, educación y laborales
de los ciudadanos; acercarse a la ciudadanía y promover
la participación ciudadana. En este último rubro cabe
aclarar que el sector cultural se vio favorecido cuando
el director de Instituto Sudcaliforniano de Cultura fue
elegido por la comunidad cultural, lamentablemente,
poco tiempo después fue destituido a petición de los
mismos que le dieron su voto y confianza.
Es fácil entender que tanto ciudadanos como res-
ponsables de la cultura tuvieran puesto su interés en
resolver problemas que causaban tensión entre los
ciudadanos y afectaban de diversas formas, tanto la
vida cotidiana como la vida cultural.
Fue un periodo muy significativo para el estado:
representó, además del cambio de sistema político, la
responsabilidad de resolver los problemas que se pre-
sentaban en el contexto internacional. Muchos de los
hábitos culturales, económicos y políticos, tanto a nivel
macro como micro, eran los principales retos a vencer
en el momento de transición.
El fenómeno de la globalización económica; los
avances tecnológicos y la revolución en las comunica-
ciones ocasionaron diversos problemas en el proceso de
democratización con claras repercusiones culturales,
sociales, económicas y políticas.

248
2002

La excelente estructura del cuento “El venado”, de


Alejandro Zúñiga, sustenta una de las temáticas de la
identidad nacional: el tema de los indígenas y su perma-
nencia en la cultura mexicana y regional.
La anécdota del cuento termina en la muerte del
protagonista indígena que se muere, además, con todo
su mundo. Desde el narrador en tercera persona, la
temática está terminada: sabemos que el indígena tiene
un destino manifiesto, y que los nuevos elementos que
ingresan son los que imperaran en esta nueva tierra: el
catolicismo y lo español.
Otra característica de esto es que el narrador sabe
sólo algunos cuantos nombres en la lengua nativa del
protagonista, algunos son una mezcla, otros son
castellanizados –no podría ser de otra manera–. En esta
parte de Baja California Sur la herencia indígena es un
cero absoluto.
La fusión final entre el venado y el protagonista
recuerda, guardando las proporciones, la danza del
venado de los indígenas de Sonora: cazador y presa se
funden en uno solo. El fin de una especie; el inicio para

249
la otra. Así mismo, rememora el cuento “La noche boca
arriba” (sin que sea manifiesto directo de esto), de Julio
Cortázar; aunque Zúñiga no maneja planos temporales,
sino espaciales.

El Premio de Jóvenes Creadores fue para el cuento:


“Sonidos”, de Keith Ross Guillins; a los 17 años, este
joven preparatoriano presenta una nueva perspectiva a
las temáticas de los jóvenes: la música, el sexo, los
problemas económicos están presentes, pero con un
sentido diferente.
Los elementos sociales y globales de la ciudad se ven
insertados en la propuesta de Ross; los problemas se ven
englobados en lo que el llamará “urbanismo mágico”;
éste se centra en la casa, pero también en los embarazos
no deseados de dos jóvenes (temática especial en uno
de los estados de la República con uno de los mayores
índices de casos). Inclusive, el cuento tiene una expre-
sión de burla ante las políticas de planificación familiar.
Por supuesto, en esa muestra de urbanismo en el que
todo se centra en el espacio interior, en la casa misma,
en el joven mismo, se presenta la promiscuidad de la
cercanía: en ese espacio interior también se rompen las
obligaciones sociales: existe el sexo consentido por los
padres, con un hijo, sin la necesidad del matrimonio;
pero sí del compromiso de trabajo.
La música y el sexo se conjuntan en esa expresión de
amor joven. Es un ritmo y una cadencia que queda fuera
de la comprensión intelectual del hombre. Esa parte
instintiva nos domina desde la adolescencia misma.

“Alta tensión” trata los espinosos temas de la homose-


xualidad y la prostitución infantil. El protagonista, un

250
exitoso hombre anónimo, pulcro y bien vestido, insatis-
fecho y nervioso tiene una relación sexual, comprada,
con un jovencito. Mientras espera su turno fuma un
cigarro tras otro. La alteración que refleja no es causada
por el deseo sexual ni es el nervio del enamorado que
anhela el encuentro con el ser querido. El hombre
reconoce que su juventud ha quedado atrás y busca la
forma de eliminar su inexplicable insatisfacción, pero se
juzga sabe que está transgrediendo los modelos de
respetabilidad que ha impuesto la sociedad.
En el fondo, el cuento no critica la homosexualidad
o la prostitución sino el mundo de apariencias e insatis-
facción creado por la sociedad de consumo y el interés
del hombre moderno por mostrar un aspecto exterior
que esconde la realidad interior; la corrupción y degra-
dación de principios y valores.
En medio de la globalización económica y comer-
cial, las promesas de progreso de la Escalera Náutica y
las supuestas ventajas de la APEC, se percibe una
sociedad inconforme que, en su ansia de probar más,
consume todo lo que los medios de comunicación
masiva ofrecen como indispensable para el que sí puede.
La homosexualidad no se juzga o censura ni se
presenta como una preferencia, es simplemente una
experiencia nueva para un hombre que tiene todo y aun
así siente que la vida se le va sin haber obtenido una
verdadera satisfacción. El jovencito, también anónimo,
con una mezcla de malicia e inocencia presenta la
decadencia moral y ética en la que crecen los jóvenes de
la postmodernidad, del mundo vacío que se les ha
heredado.

251
252
El venado

Alejandro Zúñiga

Muy cerca del andamio oriente; bajo la sombra morisca


de la torre en construcción, Chipawa empezaría a figurar-
se el destino de los de su raza. Aquella mañana cargada
de lumen la sangre se revolcó en su cara, en las sienes,
golpeó seco en la nuca, le saturó la punta de la lengua y
le entumeció los extremos. El coraje le oprimió las tripas
y el pecho. Las fosas nasales se le ensancharon y una nube
roja cubrió su entendimiento: como serpientes sus dedos
cobraron vida e incontrolables se lanzaron sobre el cuello
arrugado palpitante del misionero español.
A tan sólo unos centímetros, el ímpetu del indio fue
frenado por una fuerza imperceptible, y el efecto se
produjo una vez más. Las ataduras del aliento divino
abrazaron la fiereza de sus manos desmayándolas a los
costados. Una segunda bofetada arrebató con violencia
piadosa la última pertenencia de Chipawa. El orgullo
montés, el sobrante de estirpe de todos los indios
californios salió por sus ojos, atravesó el cardonal y fue
a estrellarse en la falda del cerro. Fuera de cordura el
cielo se vino sobre sus hombros y el ocaso llenó la tierra
y las aguas: las piedras pintadas, las cumbres de las

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Vírgenes, el arroyo de Salsipuedes, las planicies de
Malarrimo, el suelo calichoso de Cadipá, las madrigue-
ras de todas las alimañas conocidas, las tierras de La
Giganta donde habita el borrego, las brechas por donde
las mulas de la cuera transportaron los retablos de San
Javier desde la ensenada de San Dionisio hasta Biggé
Biandó.
Al amparo de las sombras el macho fuerte hincó
débil la rodilla en el suelo, colgó el mentón derrotado
más no besó la mano pálida del religioso. Se fue hacia el
huerto tras la huella de la sandalia de cuero, y el interior
de todos los que presenciaron la escena se llenó de
sosiego. Los gritos del capataz se alzaron por los muros
inconclusos de la misión, el golpe del martillo en la
cantera esparció de nuevo su dulce sonido en la médula
del silencio espeso, y los arcabuces provocaron apenas
una leve nube de polvo.
Chipawa aspiró el aroma extrañamente sedante del
limón y la aceituna, el coro del alabado se quiso meter
por costumbre en su pensar, y él, por primera vez, lo
distrajo encajando con fuerza el azadón de mezquite en
la acequia o aventando su memoria para otro lado, hacia
aquella temporada de abundancia y de pitahayas, hacia
el cuerpo del bravo de la tribu de Canipolé, atravesado
por una de sus lanzas y por las interminables cacerías de
animales hasta la última loma. Recorriendo el pasado y
poniéndole trampas al pensamiento con el ruido del mar
atrapado en su mano cóncava, desvió los apegos recien-
tes hasta que el repiqueteo áspero de la campana le
anunció el rosario.
Los indios se fueron reuniendo en la explanada de la
Misión. Sus ojos puros no buscaron ahora los de
Chipawa. Acomodados a su lado ni siquiera llegaron a

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sospechar la semilla maldita y las ideas que se gestaban
en su interior. Tampoco el viejo shamán, bautizado al
principio de la conquista, supo leer con sus céntuples
artes de ceraunomancia los acontecimientos venideros.
Fue cuando la voz de la chacuaca se metió entre las
piedras y dio paso al susurro monótono de las
invocaciones.
La sangre del venado corre muy fuerte después de tan
larga persecución. Tanto que evapora la saliva lanzán-
dola como vaho pegajoso por el hocico. El ruido que
produce su cuerpo al descender sin control rompe el
silencio de la enorme cañada. Follaje que se estremece,
ramas quebradas, piedras rodando, huesos y carne que
chocan contra la tierra. El cervato cae, se levanta, se
lanza por encima de los peñascos, frena a la orilla de un
barranco y cae de nuevo resbalando, balando hacia el
abismo. Con las pezuñas se aferra al orégano reseco y a
las piedrecillas que vuelan hacia lo profundo. Quizá
sería mejor dejarse caer. El viento recibe su cuerpo y lo
contorsiona hasta estrellarlo en las rocas del fondo. Pero
no, se aferra a la vida, lucha hasta que logra salvarse y se
queda agazapado en una saliente. Escondido entre el
matorral resopla sin fuerzas para continuar.
Metros arriba las armas aguardan en la montura,
serenas, sensibles al toque superior que las hará obede-
cer. Las armas son del diablo, les ha advertido el
misionero. Los cuatro jinetes abren sus caballos en
abanico, sienten la presa, la buscan con paso rápido en
la espesura amarilla. Sus corazones se desbocan sin
freno, una euforia extraordinaria les invade; el calor de
la intensa actividad junto a la cercanía del éxito buscado
por horas, y la sensación de la muerte, engendra en ellos
un efecto sublime. Sus órganos y los sentidos actúan de

255
forma independiente y la razón se ve temporalmente
anulada.
Están muy cerca. El venado percibe el ruido de los
sacos de gamuza arañados por la rama del Uña de Gato
y el de las pezuñas de las bestias que retumban en el
cañón. Hace un esfuerzo, las patas no le responden,
bufa y temblando se pone en pie. Las corvas se le doblan
y sus ojos tiernos se derraman en desesperación y terror.
En ese momento la vista de lince de uno de los de a
caballo se clava en las puntas de su cornamenta. El
cazador tarda en reaccionar, una serie de creencias, que
nada tienen que ver con la compasión y sí con la
superstición, se le atraviesan y lo distraen. Sin embargo,
demuestra su disciplina bizarra y pega un alarido de
combate que detona la atención demoníaca de los
demás.
La oscuridad se extiende por todos los rincones de la
misión, los cuerpos están tendidos bajo las chozas de
palo. La algarabía, las chanzas y las risas de los indígenas
que antes llenaban el monte, hace tiempo se fueron muy
lejos, su espíritu aún tierno e infantil duerme mientras
el alma templada del jesuita reza en silencio. En el
paraje de la fertilidad, Chipawa realiza una danza
asimétrica silenciosa, su escasa carne se le marca en la
atezada envoltura del cuello a las piernas. Los gajos
delgados hinchados se extienden y encogen. Cierra el
círculo lentamente alrededor de Yamayí, luego le mete
los dedos gruesos entre los cabellos, y ella lanza un
gemido cuando le es arrebatado su faldellín de caracoles
tiernos. Coloca la manaza con fuerza desmedida sobre
su pecho y la recarga contra la piedra lisa. Yamakí recibe
una ráfaga de aire caliente en el rostro perlado de sudor
y se estremece. El aborigen dobla su cuerpo bestialmen-

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te sin quitar la mano de esos senos de Meyibo, y llega
con la boca cargada de agua a la cabeza de su propio
deseo. La sangre le hierve y una punzada se le clava en
el bajo vientre. Desparrama la lengua y los labios por la
superficie violácea del miembro, y ésta se confunde
violentamente con el látigo que golpea su espalda. El
californio se duele de la parte salvaje, del instinto antes
que de la carne. La mano del sacerdote se convierte en
salvadora victimaria y correctora siempre del camino
equivocado de sus fieles. De todos aquellos que
viciosamente se han acostumbrado en la práctica de
poseer tantas mujeres como los dedos de sus manos. El
fruto maduro del Garambullo queda a salvo y probable-
mente termine secándose, como se han ido secando las
Biznagas, las tinajas y las estaciones.
El sonido del disparo lanza al venado carrera abajo,
a la búsqueda de la figura del venado negro impresa en
la cueva allá al fondo de la vaguada. Los filos se mojan
de sangre a su paso, la tierra se humedece cuando cae y
su hocico se retaca de una substancia viscosa de sangua-
za, tierra y baba, al tiempo que las voces estridentes,
mortales de la cacería, se tragan sus berridos lastimeros.
Al fin el agua que corre en el cimiento pedregoso
humedece sus patas, sus cuernos están quebrados y la
piel rasgada por todas partes. Un escalofrío le recorre el
cuerpo, el escalofrío de la muerte es un chicotazo que
acaba con la entereza y la vida mucho antes del golpe
final y definitivo. Desde ahí alcanza a distinguir la forma
enorme del venado negro que alguna vez pintaran en el
lienzo de la roca unos indios extremadamente altos para
que cuidara todo cuanto se mueve, todo lo que respira
y vive en este mundo. El venado emprende el trote con
fuerzas renovadas hacia esa sombra protectora. Los

257
cazadores lo tienen a campo abierto, pueden escoger
entre las ancas, el cuello o la cabeza puntiaguda pero no
disparan, lo dejan correr y avanzan sin prisa, bambo-
leándose espectralmente sobre la montura.
Rezos y penitencias y la sangre de Chipawa se
secarán en los surcos profundos del lomo, y se le irán
secando por dentro. El líquido viscoso de Agave, corte-
za de Peyote y cal escurrirá de su boca y le mojará el
pecho. Será entonces cuando en pleno estado de aluci-
nación se verá recostado en la puerta áspera de la misión
y a lo lejos por el lomerío atisbará a los hombres vestidos
de cuero y a los ancianos con telas pesadas y cruces. Las
mujeres les ofrecerán cueros, cordelines de tule y bateas
hechas de palma, y ellos responderán cortando de tajo
las cabezas de todos los cardones de su tierra, y después
las cabezas de las Pitahayas, hasta arrancar finalmente
la testa de cabellos brillantes de Yamayí. Un vendaval
se llevará las partes cercenadas y las ocultará en lo más
lejano del mar, fuera de su alcance.
Cuando Chipawa reaccione, sentirá cumplidos sus
presentimientos, abrirá los ojos entumecidos y la noche
del monte se le aventará encima, los cactus con figura
humana lo desconocerán y la Biznaga le reclamará el
olvido con sus puntas retorcidas. El frío le dolerá en las
coyunturas entelarañadas que la araña viuda ha dejado
de secar y se asustará del cielo tan oscuro y lleno de
lucecitas distantes. Una estera de sonidos le removerá
los dentros: aleteos, cascabeleos, silbidos persistentes,
aullidos y ese zumbido recogido que abraza a todos y lo
invade todo. El guerrero buscará en lo profundo de lo
negro al creador del león y la ballena, del mar y la
montaña “Menichipa, Dios de la noche, te has ido,
cuándo tu lengua dejó de recorrer estos parajes”. El

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miedo se le agolpará en bola en la bola de los miedos y
se tirará al suelo hecho un ovillo, desvalido, sin coraza.
Permanecerá ahí temblando hasta que la plumita vibre
en el fondo de sus ojos extremadamente secos; el rayito
fino, después de atravesar la gota dormida en la hoja de
la cacachila, le habrá tocado con su magia matinal. Su
cuerpo recobrará la fuerza poco a poco y se moverá
pesadamente. El mundo del hombre habrá cambiado
inexorablemente, se sentirá totalmente perdido, in-
adaptado y solo, desposeído de una esperanza de super-
vivencia para su raza milenaria, entonces el odio se
ensanchará y reventará en su alma.
El venado ha llegado al umbrío de la cueva, cae, se
arrastra hasta tocar con el hocico las patas del venado
negro que permanece impasible pegado a la roca, el
miedo ha desaparecido y su respiración se va controlan-
do. La somnolencia se instala en su antes carne excitada
y el corazón retoma su ritmo. Los cazadores están a su
lado. Un reflejo solar se va danzando por el lomo de la
sierra, la espada toledana dibuja una pirueta y se clava
en su cuerpo. Mira con tristeza a los soldados que se
recortan entre la luz y la sombra. Recibe otra puñalada.
Intenta inútilmente rezar el repetitivo “Padre nuestro”
aprendido y Menichipa, su dios grande, se le diluye entre
las manos como polvo de semilla. Sólo alcanza a recor-
dar entre brumas de muerte, imágenes rápidas y lejanas.
“Sus impías manos aferradas al cuello con fuerza des-
quiciada aprietan hasta extraer el último respiro justo
debajo de la sotana”, ahora ha cumplido con su destino,
está pagando su culpa y se desangra.

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Sonidos

Keith Ross Guillins


Jóvenes Creadores

Ya hacía tiempo que sucedía lo mismo, no es que


estuviera cansado, sino enfadado de llegar por la noche
a su casa y pasar casi por inadvertida, era una casa
relativamente pequeña, un baño, tres cuartos lo sufi-
cientemente pegados como para escuchar los mugidos
nocturnos de las camas tan viejas que habitaban entre
ellos. Era una casa dentro de un barrio de los llamados
pobres. Él vivía con sus suegros: Roberto y Santa, unos
señores cerca de los cuarenta años que solían discutir
mientras cenaban; su cuñada y su esposa habitaban el
cuarto de enseguida de donde él vivía, los niños dor-
mían en la sala entre cobijas y algunos pedazos de
colchones. Dentro de la familia existían problemas
económicos bastantes notorios, su suegro trabajaba
para ayudar a mantener a sus nietos que eran alrededor
de seis, seis nietos entre dos hijas, que aún eran muy
jóvenes. Él habitaba su cuarto con su novia, un año
menor que él, a quien conoció en la preparatoria, no sé
muy bien la historia de sus amores, pero supe de una hija
que tuvieron tres meses antes de aquel momento. Aque-
lla noche lo vi indiferente, la rutina parecía estar

261
inalterada… Cenó lo mismo, unos trozos de salchichas
con un poco de pan tostado y un vaso de leche, de esos
vasos de leche que dan la impresión de ser el mismo de
toda la vida, como si uno se sirviera siempre la misma
leche. Eran alrededor de las doce de la noche cuando
entró a su cuarto, se acostó a un lado de su novia,
quedando de frente a la cuna de su hija, tomó una
almohada y la acomodó debajo de su cuello. Se empezó
a sentir algo incómodo, hacía meses que no existía
alguna relación sexual entre su novia y él, con los
cuidados para el parto, el mito de la abstinencia, y ahora
el riesgo de otro hijo, hacían imposible los deseos y
muertes tan débiles que nos ofrece la vida. Creo que ahí
fue cuando la rutina empezaba a perderse, se recostó
boca arriba escuchando cómo lentamente nacían gemi-
dos del siguiente cuarto, gemidos ya conocidos, que
subían de intensidad y que bajaban, que eran tan suaves
y ordenados que se convertían en ritmo, gemidos lentos
con silencios cortos, que aumentaban cada vez más su
continuidad. Eran gemidos muy extraños, que incomo-
daban tanto que lo empezaban a excitar. Volteó a ver a
su novia que lo miraba igual de incómoda o excitada, tal
vez. No se hablaron, no hicieron algún gesto, sabían el
significado de sus ojos, apenas visibles entre las som-
bras. Su novia giro dándole la espalda y trato de dormir
imaginándose cualquier cosa que la alejara de esos
gemidos que ya no eran los mismos, como cuando su
hermana se quejaba de algún dolor. Él se levantó y tomó
su guitarra, una guitarra eléctrica bastante vieja que
compró a un amigo de la secundaria. Conectó el ampli-
ficador, bajó el volumen dejando un sonido suficiente
para cubrir el ritmo tan suave y salvaje proveniente del
cuarto de enseguida, queriendo desviar su atención de

262
aquellas ondas que se pasaba de cuarto a cuarto arras-
trándose hasta unificarse. Pegó un tallón a las cuerdas
sin producir algún sonido clasificado como música. Se
sentó en la cama y empezó a tocar muy lento, mientras
agachaba su cabeza lo más que pudo cerca de la vibra-
ción de las cuerdas. Quería olvidarse por completo de
esos ruidos que llegaban del otro cuarto, no deseaban
excitarse, no necesitaba excitarse, el dinero que ganaba
apenas era suficiente para su hija y su novia, no alcanza
para preservativos y otro lujos.
Era sublime aquella mezcla, gemidos que se perdían
entre las notas de la guitarra. No era música, él jamás
aprendió a tocar guitarra, y a veces trataba de rascar su
viejo utensilio. Era un sonido tan diferente a la música
que lo empezaba a excitar lo suficiente como para
voltear su rostro hacía la cama, sin embargo era mucho
más fuerte la ansiedad por cooperar con el ritmo y la
naturaleza de los tiempos musicales. Sabía que él era
parte fundamental de esas ondas que retumbaban entre
las paredes y sus fuerzas.
Inconscientemente el volumen de sus acordes fue
subiendo, su desesperación aumentaba con los suspiros
tan quemantes y escandalosos del siguiente cuarto.
Esto se estaba convirtiendo como acercarse al mar,
ruidos-ritmos-gemidos que vienen y que van, olas que
se acercan y se alejan, que bajan su intensidad y que la
suben, mientras más te acercas al mar, el sonido aumen-
ta y aumenta hasta estar cubierto completamente de él,
hasta ahogarse en el mismo y saberte salado.
El sonido de la guitarra despertó a sus suegros, que
más enojados que sorprendidos tocaban la puerta de
aquel cuarto en donde los gemidos y las notas de la
guitarra se convertían en un mar de viajes cubiertos de

263
realidades incómodas, la última vez que pasó eso,
pudieron evitar la culminación de ese ritual tan inocente
y creador, que en ocasiones espanta al INEGI y algunas
instituciones encargadas de la planificación familiar.
De repente, el sonido de los nudillos sobre la madera
provocados por el golpeo violento de los suegros tratan-
do de callar aquella guitarra se unió a la pieza rítmica. El
mar se cubrió de olas que golpeaba la playa queriendo
destruir los límites del ritmo.
Guitarrazos cada vez más largos, gemidos asfixiantes
y golpes insistentes, no cesaban. Su novia aún trataba de
dormirse, así, tan incómoda y tan excitada que me daba
vergüenza observarla; su hija en la misma cuna y en la
misma posición desde hace tres días, su novia se levantó
y fue con él, excitada todavía por aquella mezcla que
amenazada con explotar, era uno de esos momentos en
donde el hombre deja de ser racional y se convierte en
animal, en puro instinto. Enseguida la guitarra tocó un
silencio tan agradable y preciso que duplicó los gemidos
y aumentó la intensidad. Los niños dormían. A mí, que
a veces me ganaba el insomnio observaba y escuchaba
todo. De repente era como si la casa navegara en alta
mar, con altibajos terribles, con mareos y vómitos,
vértigo y naturaleza juntos. Todo aumentó… Los sue-
gros tocaban la puerta cada vez más rápido, los alcancé
a ver desde mi cuarto, se miraban desesperados, páli-
dos, había mucho, en aquella casa de comedor tan
pequeño y escondido, empezaron a gritar desesperados:
abran la pinche puerta, les digo que abran la maldita
puerta. Se miraban entre ellos, conoció de sobra el
significado de aquellas vibraciones como para no hacer
algo y se desesperaban y se gritaban entre sí y maldecían
y blasfemaban y se ahogaban en su propia impotencia.

264
Su suegro Roberto tiró patadas a la puerta, se tocaba la
frente, se peinaba hacia atrás la débil cabellera, miraba
al cielo, sus ojos se le ahogaban entre los de su esposa,
pero era inútil; los gemidos entrelazados por los dos
cuartos parecían opacar los gritos y los golpes a la
puerta, aunque éstos comenzaron a unirse al sonido
como fondo, y fue tan lindo. Una explosión que agitaba
por última vez al mar, dándole la impresión de haberse
agotado sus olas y terminar con ondas cada vez más
lentas y saladas, con los sonidos al límite que se callaron
con aullido y temblores. Regresó la calma, sólo el coro
de respiraciones agitadas y los mismos golpes y demás
gritos sobre la puerta que se negaban a tal culminación.
La pareja no abrió la puerta en toda la noche, la culpa
póstuma o el cansancio lo evitaron, la guitarra siguió tan
quieta como estaba en un principio, y la respiración
entraba a una normalidad tan frágil en donde siempre ha
estado. Así es que si me preguntan del porqué del gusto
de ese hijo de ellos que a veces se pasea tan rápido por
los pasillos de esta misma casa respondería que desde
que lo hicieron la música ha andado con él, por eso anda
tan ido que da la impresión de ser un pendejo y si dudan
de ese cariño tan grande que le tiene a su tía y aquella
guitarra que cuelga sobre un mecate en la entrada del
cuarto de sus padres, justo debajo de un barco de
plástico que durante los silencios desaparece, pues
dúdenlo.

265
266
Alta Tensión

José Ramón García Burgoin


Mención Honorífica

El hombre mueve nerviosamente el dedo índice de su


mano derecha. Se observan sus uñas bien cuidadas y de
tamaño preciso. Las cutículas tienen su estado ideal.
Acaso sea necesario que abandone por lo menos un
momento el cigarrillo. Tamborilean por instantes, ahora
sobre sus rodillas, unos dedos amarillentos, nicotínicos,
nervudos.
La corbata y su traje de buen corte son caros.
También esa loción envuelta en olor a tabaco. En un
bolsillo una pluma fuente extranjera. Tan alto su costo
que muy seguramente todos los helvéticos poseen una
caligrafía estupenda. El hombre sí: lo demuestran los
cheques que avalan esta transacción.
Otro cigarrillo. Buen encendedor, azul como su
pluma, grabado con dos iniciales en material dorado.
Aspira. El humo sale deprisa por las cavidades nasales
y se esparce rumbo al techo. Luego traga saliva difícil-
mente. La boca, con cierto rictus de ansiedad, le da un
sabor amargo a la espera. El hombre ha llegado a esa
edad del éxito en la que puede disponerse de ciertos
lujos, algunas cuestiones un poco excéntricas, tal vez.

267
Las necesidades no cuentan ahora, el tiempo debe
llenarse de forma distinta, probar el éxito en pequeños
gustos inconfesables. Esa edad es a veces el comienzo
de la vejez, el recuento del pasado, la aparición de las
pausas que repentinamente ocurren entre el pensar y el
actuar o el actuar y el pensar. El tiempo pasa entonces
un poco más rápido y no hay dinero suficiente para
detenerlo. El cuerpo se ensancha. La vida se acorta.
Pelo entrecano desde los treinta y cinco, ciertas
curvaturas que surgen nada voluptuosas en el abdomen
y además en la espalda, que también conoce de la
gravedad. Todo el cuerpo en últimas fechas pareciera
emprender ese camino al centro de la tierra, resignándose
a la sepultura. Los párpados también le cuelgan y los
vellos de la nariz y de las orejas, antes casi ausentes, hoy
están burdos y ásperos. Ya molesta esa carne acumulán-
dose día a día debajo de la barbilla: aún permite cierta
comodidad al rasurarse, mañana es posible que no sea así.
Se arrellana. El sillón es cómodo, de falsa piel, como
la suya en ese instante, pero más firme. Cómodo, si la
palabra vale para la ocasión. El cuarto es reducido pero
suficiente para lo que se quiere. Hay una mesa de centro
un poco más allá. No alcanza a llegar a la altura de sus
rodillas y tiene un cristal de gran espesor muy limpio. El
hombre acerca el cenicero, pero falta formular la apues-
ta de llenarlo o no. Desde su sillón a la puerta falsa de
cortinas ondulantes habrá dos metros y algo más. A lo
sumo tres. Las paredes laterales, de pintura oscura y
acabados rugosos, casi pueden ser tocadas con los
brazos extendidos, si quisiera hacerlo. No piensa en eso.
Claro que no piensa en eso. No hay ideas en su mente,
sólo tensión. Siente ese aire denso de la espera, que se

268
respira pero que nunca es suficiente, como si estorbara.
¡Cómo se extraña la primera bocanada de las mañanas!
Quienes alguna vez han sentido la asfixia que sorprende
entienden al hombre de la edad firme y las carnes flojas.
La alfombra, de un color oscuro, parece raspar
debajo de la suela. La luz tenue e indirecta recrea un
espacio quieto, lúgubre. Si el hombre apoyara un poco
más los pies creería que es imposible moverse porque se
encuentra suspendido más allá de la nada. Se le ha
desanudado el cordón del zapato izquierdo durante el
camino, seguramente fue en la escalera de caracol, por
eso las advertencias en ese tipo de accesos. No importa
ya. Es uno de esos pequeños detalles que a ciertas
alturas de la vida y en ciertos lugares del éxito no suele
ya importar. No ahora.
En la pared izquierda, arriba, hay un cuadro hecho
con pelo humano. Es el rostro en amarillo naranja de un
viejo asiático desdentado, de gran frente arrugada y ojos
pequeños, inexpresivos, tal vez hoscos. La cabellera
despeinada cae libremente en seis grandes mechones
separados. Detrás del rostro el fondo es absurdamente
negro, completa oscuridad. Si se le pusiera de revés
parecería un incendio sobre campos agrícolas. El cua-
dro posee cierto encanto de la fealdad. La puntilla la da
el clavo achatado que le sostiene. ¿Alguna vez se habrá
caído?
Nueva succión y la nicotina va al cerebro. Llega
rápido, pero el efecto es efímero. La nuca, ¡Dios!, Cómo
pesa la nuca. Los músculos se trenzan, los nervios van
y se juntan, regresan, se anudan en la parte trasera del
cuello. Pretenden partirle verticalmente. La quijada
inferior, ahora sí, quiere triturar la de arriba.

269
En este momento el tiempo no existe. Podrían ser las
diez de la mañana o podría ser Madrid o Guadalajara. O
el hombre podría ser otro. No se tiene conciencia en
esas paredes tan cortas y con ese aire que apretuja el
vacío contra la nariz. Sólo el tabaco puede salvar un
poco. El whisky también, pero está olvidado en el
extremo lejano de la mesita.
Otro cigarrillo. El pulso se acelera cuando se oyen
pasos ligeros, cómodos en el ambiente. Unos pasos
rápidos que ya saben el camino vienen en cuenta regre-
siva hacia el umbral.
Un hormigueo en la entrepierna y otro más en el
estado de ánimo. Los testículos se retraen; el escroto se
enfurece; el glande en expansión. Por fin apaga el
cigarrillo o hace como apagarlo. Las cortinas de la
puerta se agitan para que pase una sombra ligera. Entra.
Menor de edad, piel facial lisa, vestimenta tipo túnica
desde la cabeza a los pies, impecablemente blanca. Un
cordel marca su escasa cintura, le hace ver bien. Sonríe
y enseña un gesto algo infantil, algo malicioso. Suelta el
cordel y deja caer sus ropas hacia atrás, acentuando
cierto rasgo de inocencia al mover sus hombros
minúsculamente redondos. Da un par de pasos acercán-
dose al hombre y su desnudez resalta en el ambiente
oscuro del cuartito. Se pone de rodillas. El viejo del
cuadro parece sonreír.
La voz aguda, un poco púber todavía, dice algo, pero
no es oída. El jovencito tiene que repetir la frase enseñan-
do una sonrisa transparente en su rostro lampiño:

¿Servicio completo, señor?

270
La espalda del hombre va hacia atrás. Acuclillado,
una sonrisa brota en la boca bienhechora del jovencito.
Ahora sí se apaga completamente el cigarrillo. La ten-
sión desaparece. El aire es suave, diáfano. Todo estará
mejor.

271
272
2003

Diez años después de una mención honorífica, Leonardo


Varela se hace merecedor del primer lugar con un
cuento en el que la ironía es elemento lúdico y a la vez
patético. El personaje principal, un individuo insignifi-
cante que ha sido derrotado por la vida, asume la
identidad del ídolo de las multitudes y el pueblo com-
pleto deseoso de tener un héroe acepta su fingimiento.
Entre el ridículo y la fantasía, el protagonista logra tener
una identidad que lo convierte en alguien; al menos en
apariencia, la vida sin sentido de un don nadie se
transforma cualitativamente, pero sólo el tiempo sufi-
ciente para morir siendo alguien.
En un muy buen ejercicio literario, el autor rompe
las reglas del realismo y permite al lector percibir la
necesidad del ser humano de ser reconocido; ser al-
guien y sentirse admirado. Nuevamente el problema
de la identidad, la muerte y el reinicio, el protagonista
para construir su nueva vida saca del cementerio y el
recuerdo de los mexicanos su nueva personalidad.
Fulgencio Cota, apellido muy sudcaliforniano, se ad-
judica el nombre de Pedro Infante, de esa forma se

273
convierte en leyenda, no sólo de su reducida sociedad
sino de todo el país.
El cuento permite hacer una reflexión sobre lo
relativo que resulta la insularidad para el sudcaliforniano
y su integración a los moldes de la cultura que ciñen y
dan cohesión a la sociedad mexicana. Más allá de las
regionalidades están los elementos de la cultura popular
con los que se identifican los mexicanos de todas las
regiones.

En la categoría de Jóvenes Creadores se lleva el Premio


Sandino Gámez. “El alma romántica,” escrito a manera
de diario, relata los impulsos y frustraciones de un
adolescente. El buen uso del lenguaje permite que el
dinamismo se perciba en el interior del joven, en sus
emociones y reflexiones.
El espacio específico donde el joven procesa sus
sentimientos y vive las situaciones normales de su edad,
es la ciudad de La Paz, pero sus reacciones son las de
cualquier joven de cualquier parte del mundo. La adver-
sidad en el desenlace amoroso ocasiona dos diferentes
actitudes, ambas típicas del periodo crítico en el que los
jóvenes son volubles, sin importar el espacio en que se
desenvuelve, ya que responden a una situación emoti-
vo-hormonal.
En la ciudad descrita por un adolescente que se
siente enamorado, desilusionado, perturbado, ofendi-
do, y por último, decidido; el sentimiento regionalista
queda sólo en las características particulares del entor-
no, pero las posibilidades culturales que pueden desa-
rrollarse en La Paz, al igual que las emociones del
adolescente se universalizan.

274
A la inversa de la literatura romántica, el paisaje
urbano no funciona como telón de fondo de los senti-
mientos; son los sentimientos los que reflejan la perso-
nalidad de la ciudad; de la arena al pavimento se
perciben los contrastes de una ciudad que ofrece las
ventajas del progreso y las delicias de la naturaleza.

275
276
Yo soy Pedro Infante

Leonardo Varela Cabral

Aquella mañana Fulgencio Cota abrió los ojos con


desgano, calentó un café y se sentó a mirar el día. Luego
regresó a la recámara, escogió un cambio de ropa y se
bañó parsimoniosamente, demorando el jabón en cada
pedazo de su cuerpo como si deseara comprobar la
consistencia de los músculos, la flexibilidad de las
coyunturas, la rigidez de los huesos adheridos a la carne.
Sorbió un último trago de café y saltó a la calle impul-
sado por un súbito entusiasmo que le pareció tan
incomprensible como placentero. Miró sus viejos zapa-
tos de charol gastado resbalando sobre el pavimento, y
sintió que de alguna forma había encontrado la manera
de reconciliarse con el mundo.
Dobló por la avenida. Entró en la fonda donde solía
desayunar acompañado por un regimiento de cincuen-
tones y sexagenarios. Se sentó a la mesa acostumbrada
y pidió lo de siempre. No probó nada. Estuvo largo rato
mirando los diseños del mantel. No faltó quien se
sentara a su lado e intentara bromear, encontrando a
cambio una sonrisa enigmática. Los amigos se pregun-
taron qué pena recóndita, qué alegría imprudente se

277
habían apoderado de su ánimo. Lo miraron más viejo
que nunca. Lo imaginaron más opaco que siempre,
enfundado en esa ropa gris y deslavada, pertrechado
detrás de esa mirada que negaba toda respuesta.
Hubo un momento en que pareció despertar, clavó
los ojos en la mesa y dijo, con una especie de temblor en
los labios: “Yo soy Pedro Infante”. En un tono hasta
entonces desconocido que paralizó las conversaciones,
amortiguó el rechinar de los platos y detuvo el tránsito
de la única mesera. La propia cocinera, sentada detrás
de una barra de formaica, alargó el cuello para corrobo-
rar al hombre que peroraba con la mirada puesta en
ningún sitio: “Esta mañana, al salir a la calle, lo he
recordado todo. Volvieron a mi mente los últimos
minutos del accidente, cuando salté del avión y caí
envuelto en llamas. Luego corrí y corrí. Me desmayé.
Desperté en un hospital, desfigurado. Ya no sabía quién
era. Las monjas que me atendieron leían un periódico;
estaban desconsoladas, decían que había muerto Pedro
Infante. Yo les creí y aunque no sabía de quién se
trataba, lloré con ellas”.
Los que conocían a Fulgencio Cota pensaron que
tantos años de soledad habían hecho finalmente mella
en su coraza sensible, que el semidesempleo y la falta de
amor lo habían llevado a urdir esa fantasía al mismo
tiempo increíble y peligrosa. No quisieron ni mirar su
rostro, efectivamente surcado por una espantosa cica-
triz, pero tuvieron que hacer grandes esfuerzos para
contener una carcajada. Los que no lo conocían simple-
mente dictaminaron que estaba loco. Doña Lupe, la
cocinera, se acercó discretamente, intentando adueñar-
se de la situación: “¿Qué tal su desayuno?; pero Fulgencio

278
Cota ya se había levantado de la mesa y tras depositar
ruidosamente el dinero sobre la barra, se dirigió con
paso seguro hacia la calle.

En la recepción de aquel diario había un espantoso


sillón verde. Una puerta oscura y un letrero señalaban la
entrada a la oficina del director que no quiso recibirlo.
En cambio, el reportero policiaco se sentó frente a él
con gran diligencia, mientras tomaba apuntes en un
cuaderno de lo que Fulgencio Cota hablaba entre sorbo
y sorbo al vaso de agua que le habían servido. “¿Hace
mucho calor, verdad?” El reportero simplemente asen-
tía, entusiasmado con la idea de poner a ocho columnas
un encabezado que dijera: “Idiota de este pueblo se cree
Pedro Infante”. En cambio, Fulgencio Cota iba adqui-
riendo un aire cada vez más resuelto, pues asimilaba con
mayor certeza la conciencia de su nueva condición y
sopesaba cuidadosamente todas las posibilidades que
se abrían a su memoria. “¿Cómo decir lo que siento?
¿Cómo empezar a dejar que afloren las remembranzas
de una vida de triunfos seguida por estos más de
cuarenta años en el anonimato? Primero que nada, por
justicia, habrá que agradecer a todos los hombres y
mujeres que se dolieron de mi falsa muerte. Me siento
obligado, señor periodista, a dejar constancia de mi
gratitud ante este caudal de lágrimas. Las flores deposi-
tadas en mi supuesta tumba coronan la nobleza del
pueblo. Uno que mantiene vivos a sus ídolos, en su
corazón y en su mente, es un pueblo magnífico al que
sólo se puede retribuir con la existencia de ídolos
inmortales”.

279
La fluidez de su discurso pasmó al periodista. Pero
el momento cumbre fue cuando Fulgencio Cota entonó
los versos de “Amorcito corazón” y desgranó las notas
de aquel famoso silbido que detuvo las prensas y obligó
a los empleados del matutino a congestionar el pasillo
de acceso a los talleres. El aplauso fue unánime, inclu-
yendo al director del periódico, que salió de su privado.
Hubo más de una trabajadora que derramó lágrimas y
aunque algunos hombres las contuvieron, todos coinci-
dieron en reconocer el asombroso parecido, si se igno-
raba la tendenciosa cicatriz y las arrugas producto del
paso de la muerte.

En cuanto se dio a conocer la noticia, su casa se con-


virtió en lugar de encuentros y muy pronto ruta de
peregrinaciones. No se sabe a ciencia cierta quién fue el
primero en romper el cerco de la costumbre, alargando
una mano pudorosa para tocar la puerta y esperar, con
el corazón en la diestra y un papel en la siniestra, que el
ídolo apareciera, intentar balbucir unas palabras de
cortesía y deslizar la petición del autógrafo que él
escribiría con pulcrísima letra manuscrita para ser ate-
sorada por la familia entera hasta el fin de los tiempos.
Luego llegó otro más –quizá aquel que había espiado
desde alguna ventana los atrevimientos del primero–, y
luego otro y otro, hasta que resultó necesario cambiar el
viejo timbre de chicharra para colocar un dispositivo
más silencioso, que permitiera al único habitante de la
casa continuar la siesta y decidir si bajaría a atender a
sus admiradores o continuaría remoloneando entre las
sábanas hasta la media tarde, entre montones de pape-
les rotos como su cédula de jubilado y sus últimas
fotografías de Don Nadie.

280
Cuando decidía abrir la puerta se acicalaba primero,
inclinando levemente la cabeza, embelesado en el enor-
me espejo con el cual sustituyó la polvorienta foto de su
viuda. Para entonces ya se habría alaciado el cabello
utilizando el enésimo frasco de Glostora y un peine de
bolsillo color negro de esos que usan los hombres.
Era el momento de pensar seriamente en el futuro e
imaginar a conciencia las acciones por venir. Como es
de suponerse, la música sería el centro de su resurrec-
ción. Las plazas y los palenques de todo el país convo-
carían en sus gradas a hombres, mujeres y niños deseo-
sos de presenciar el vuelo de este fénix vernáculo,
dotado de una voz madura pero todavía transparente,
aunque ni así equiparable al poderoso torrente del tenor
Jorge Negrete, su eterno rival cinematográfico.
Parado frente a un público incondicional, enfunda-
do en el primer traje de charro que había logrado
comprar con sus ahorros y que pronto cedería su lugar
a un genuino atuendo de príncipe, con aplicaciones
sobredoradas y bordado de hilo de seda, Fulgencio Cota
refulgiría con la edad. Entre los gritos y la histeria
colectiva, a resguardo de las manos furtivas que desea-
rían arrancarle una prenda o acariciar su cuerpo viejo
pero no por ello menos emblemático, reencarnaría en sí
mismo con prodigiosa facilidad, incorporando a su
repertorio, además de las canciones ya tradicionales y
archiconocidas, éxitos contemporáneos que en la voz
del inmortal resonarían con nueva fuerza y adquirirían
su sello característico.
La escena se repetiría. Pródigo sacerdote de sí mis-
mo, oficiaría ante el altar de los aplausos, alargando un
brazo entrochado por el cable negro del micrófono,
como una de esas estatuas heroicas que resguardan la

281
entrada a una ciudad prohibida, invitando al respetable
a que lo acompañara con los coros. Su silueta de viejo
transformada en una figura atemporal bajo los haces de
los reflectores, entre la bruma neblinosa de ese fin del
mundo que es el inicio de cada canción, los primeros
acordes de cada melodía irrepetible, vomitada hasta la
saciedad por los radios y los televisores.

María llegó con la tarde. Hembra bragada, si las hay, se


apersonó en su casa a mitad de una siesta de naufragio.
Apenas abrir la puerta, Fulgencio Cota descubrió a esa
potranca embravecida que arremetió contra su macho,
lo empujó contra la pared y estrujó su cuerpo con
desesperada alegría. “Me tuviste hecha trizas, desgra-
ciado, cabrón de mierda, rancherito monta perros, en-
gendro de mi mal, estampa de mi pena…” Al hablar lo
iba empujando más y más contra la casa, a lo largo de las
paredes, por esa escalera macilenta que tembló bajo la
urgencia del deseo, como si lo quisiera recluir en el
rincón más oculto de su fiebre. Temblorosamente se
fueron arrastrando hacia la recámara, desnudando sobre
la cama, descoyuntando frente al armario quejumbroso
que rechinaba y rechinaba y rechinaba con el impulso de
cada reclamo amoroso, de cada maldición, bajo el
chorreo de lágrimas marchitas y los besos apasionados
que empañaron el espejo.

Atravesado en la cama encontró la muerte Fulgencio


Cota. Ella también perdió la vida en esa gesta memo-
rable que fue la segunda muerte del ídolo. Así los
encontró la policía y los fotografió la prensa para la
inmortalidad, como un último escándalo que marcó

282
sus carreras y quizás incluso una segunda época de
todas nuestras vidas.
El ídolo, en posición decúbito dorsal yaciente, apre-
taba en sus manos un contrato millonario. Ella, en
posición ventral culiparada, atesoraba en su seno al
objeto de sus hambres.

283
284
El alma romántica

Sandino Gámez Vázquez


Jóvenes Creadores

8 de octubre
Ahora que trato de recordar las razones que me hicieron
actuar de la manera en que lo hice, siento como si
hubiera dejado pasar una oportunidad, con melancolía
y un dejo de lástima propia. Todas mis voces internas
me gritan que soy un estúpido, que tanta suerte no es
posible y que tanta estupidez no es posible. Me dicen,
me exigen, que arregle el pasado. Como si fuera posible.
O que haga algo que traiga de nuevo todo de regreso, el
mismo viento en la playa, los columpios, el único beso.
Lo que más me duele es la certeza de que todo está
ido, que lo sucedido no volverá a suceder y que sola-
mente me ha de quedar el recuerdo borroso, y las ganas
de golpearme contra la pared. Curioso sentimiento,
especialmente cuando se está dentro de un carro.
Narrarlo me sería sencillo si recordarlo no doliera
como duele, que no es el dolor de una daga en el
corazón. Es un dolor propio de los pobres de espíritu, de
los que no tienen fe, de los que aguardan lo que venga,
de los que nunca han sufrido un sólo tiempo aciago

285
porque cuando lo llegaron a vivir creyeron que sólo era
época de secas y que algún día habría de terminar, como
todo termina por terminar. Pero no, no es el dolor de una
daga en el corazón.
No empezó todo con ella cerrando el portón de su
casa, con la cabeza agachada, dirigiéndose al carro con
la cabeza agachada. Había empezado muchos años
atrás, de jóvenes; quiero decir, de más jóvenes. Amistad
pura, o simplemente indiferencia de ella hacia mí.
Amistad, es decir, yo enamorado, ella simpática. Paseá-
bamos, nos contábamos confidencias, platicábamos de
frivolidades, nos dábamos abrazos con ternura. Sin
embargo, lo recuerdo bien, llegó un día en que estuve
realmente enamorado, inocentemente enamorado. Que-
ría estar con ella, escucharla reírse con escándalo,
pasarle el brazo por la cintura. Luego llegó el día en que
simplemente me agradaba estar con ella, charlar. Su-
pongo que a ella también, como dos buenos amigos.
Ahora, mientras ella se acercaba a la puerta del carro,
mi memoria no recordaba los días idos; de hecho hacía
mucho tiempo que no recordaba los días anteriores.
Ahora sólo quería abrazarla, porque estaba llorando.
—¿Qué te pasa? –le pregunté. Pero no me respondió
nada, sólo se sorbió los mocos.
Abrí la puerta y subió, la cerré y mientras rodeaba
por atrás iba pensando en su silencio, en las lágrimas, en
los carros que pasaban corriendo por la calle. Al llegar
a mi puerta vi que ella había quitado el seguro, lo cual
me agrada mucho en las mujeres y lo aprecio en los
varones. Me hace suponer deferencia. Así entré al auto,
giré la llave, metí primera, pisé el embrague y poco antes
de empujar el acelerador se me ocurrió preguntarle a
dónde quería ir. Pero no dije nada, sólo me concentré en

286
salir de entre los autos que me aprisionaban junto a la
acera frente a su casa.
Hice que el carro fuera a vuelta de rueda porque no
sabía hacia dónde íbamos. Yo no tenía nada planeado,
era ella quien me había dicho por teléfono “ven”, y fui.
—¿A dónde vamos?
—A donde quieras –me dijo, lo cual dejaba demasia-
das opciones.
—Pero tú ¿a dónde quieres ir?
—Déjame por aquí –alcancé a escuchar casi en un
susurro.
—El malecón ¿qué te parece?, podríamos sentarnos
en la arena un rato y luego caminar.
No dijo nada, ni yo, hasta que apagué el motor,
estacionado en zona prohibida, frente a la bahía. Se me
hacía muy poético violar las leyes bajo el fresco de la
brisa marina.
Caminamos unos pasos sobre la playa, no recuerdo
si ya íbamos platicando ni la razón de que le preguntara.
—¿Hace cuánto nos conocemos? ¿Cinco, seis años?
–sabía perfectamente hacía cuánto–. Recuerdo que
tenías un novio, ¿no? Luego tuviste otros ¿verdad? –
Tenía que usar muletillas verbales porque estaba pisan-
do terreno escabroso, o al menos me parecía que empe-
zaba a pisarlo, sin querer, sin saber en realidad a dónde
me llevaban mis propias palabras.
—Pero –continué– has conocido a muchos sujetos
¿no?
De su boca las palabras salieron como si las hubiera
escupido.
—Soy una puta.
—Supongo más bien que has sido afortunada. –Y
repetí lo que muchas veces antes he dicho, quizá como

287
un simple deseo esnob, como basamento ético, o única-
mente como demostración de mi relativismo–: Cual-
quier hombre que tuviera esa fama sería envidiado en
esta sociedad.
Pero era una frase demasiado ensayada, demasiado
exhalada, puramente retórica, que ocultaba mi reducida
autoestima, que escondía rencores y envidias. Sin em-
bargo siempre funcionaba, o eso creía; es que el silencio
en que ambos nos sumergimos me hacía creerlo.
Nos sentamos en unos columpios clavados en la
arena, junto a un oleaje que perecía con suavidad en la
playa, dejando en el aire sólo un murmullo como prueba
póstuma de su efímera existencia. En esto divagaba mi
mente mientras mi cuerpo se mecía, entonces recordé
que ahí seguía ella, sobre el otro columpio, su cabeza
seguía gacha, ahora comprendía que era por la tristeza.
—¿Estás triste? –Era obvio que lo estaba, era una
pregunta estúpida, de las que es mejor olvidar que se
hicieron, porque se vuelven insoportables cada que uno
se acuerda que las hizo; provocan remordimiento.
Por suerte no contestó nada, continuó su vaivén y su
mirada no se despegó de la arena que levantaban sus
pies a cada pequeño impulso que se daba. Yo me quedé
viendo mi sombra que se balanceaba sobre la arena, más
allá estaban unos pelícanos flotando como corchos
sobre la superficie del agua. La noche estaba silenciosa,
el malecón estaba solo, excepto por uno que otro carro
que pasaba, las palmeras parecían peinadas todas igua-
les por el viento que venía de la bahía y silbaba entre sus
hojas. No pensaba en nada cuando ella se acordó de mi
existencia.
—Si quieres te puedes ir. De aquí queda cerca mi
casa. No tienes que quedarte.

288
Quería decirle algo, pero las ideas se me agolparon
en la cabeza y preferí mantener la boca cerrada. Luego
me di cuenta de que me daba igual quedarme o irme,
pero no quería irme porque era mi amiga, porque estaba
triste, etc.
Así me quedé callado, mirando la negrura del agua
salada frente a nosotros. Debió ser mucho tiempo el que
estuve así, porque escuché nuevamente su voz apagada.
—¿En qué piensas? –me dijo, y me sumió de nuevo
en mis pensamientos, buscando darle una respuesta
sincera. ¿En qué pensaba? Seguramente estaba pensan-
do en algo, en ella, en mí, en la playa, en el pasado, en
alguna cosa, pero ¿en qué? No recordaba.
—No sé –logré decirle después de un rato, viendo
sus ojos vidriosos, su boca entreabierta, sus pies levan-
tando arena. Y otra vez volvimos a caer en el silencio.
Un pelícano cayó como un rayo sobre el agua,
sumergiéndose un instante y saliendo a la superficie el
siguiente con un pez en el pico que aún se retorcía. Lo
tragó y siguió flotando en un agua verdeazulada, ilumi-
nada por el mismo farol que nos iluminaba la espalda, la
arena blanca y las pangas ensalitradas sobre la playa. A
lo lejos, en medio de la negrura que debía ser agua, una
boya encendía su faro verde, lo apagaba, lo volvía a
encender, como si estuviera parpadeando.
Intempestivamente me levanté del columpio, me
agaché y le planté un beso en la boca, muy corto, de
despedida.
—¿Ya te vas?
Cuántas veces he escuchado esa pregunta de los
labios de una mujer. Creo que siempre ha sido de una
mujer; ya sé lo que significa. Es una invitación a que me
quede. No sé por qué siempre aún después de escuchar-

289
la termino yéndome, como si huyera. Pero supongo que
nunca ha sido ésa la razón sino algo más complejo,
como tener la cabeza revuelta de ideas, de proyectos, de
cosas que no se han concluido, del recuerdo del tiempo
perdido. Entonces, en medio de la confusión me queda
únicamente el sentimiento ancestral que me ordena
retirarme, estar solo, para pensar, para aclarar la mente,
las dudas, empezar lo que falta, terminar lo empezado,
y así, hasta encontrarme frente a este volante, lejos de
ella, sólo pensando lo que pudo haber pasado, lo que
pudo haber querido decir con su silencio.
Mientras veo moverse la luz de ese semáforo, una
voz me dice que dé la vuelta y corra a buscarla en la
playa, o en su casa, plantarle otro beso, esperar. Pero la
razón, la experiencia… Exagero: el pasado, el pasado
me recuerda que no tiene sentido volver, que eso que
ahora se me ocurre es simple necedad, una añoranza de
lo que no sucederá. Por eso mis manos se empuñan
hasta el dolor apretando el volante y mi pie aprieta hasta
el fondo el acelerador como si quisiera dejarlo pegado.
Ya no me importa si ese semáforo sigue en rojo.

10 de octubre
Sigo mal en la escuela. El imbécil de Carrasco dijo que
la suya era clase de trigonometría y que el esoterismo
pitagórico le valía lo mismo que un cuerno. Decadente
siglo. Estúpido colegio. Y finalmente vi a Thais, muy
linda ella, con ese leotardo que permite reconocerle
perfectamente sus delicados y redondos senos. Me
saludó como siempre, el abrazo perturbador, el beso
junto a la boca, como dando a entender que falta poco

290
para alcanzar el núcleo de su afrodítico cuerpo. “Thais”,
le pregunté, “¿estás mejor?, ¿por qué no has venido a la
escuela?”, terminé, ocultando lo evidente, que los últi-
mos dos días había carecido de valor para hablarle o
visitarla, que los pasé encerrado, fumando tabaco con
asco, masticando la pena de la infracción de tránsito que
me ha quitado el privilegio de usar el carro de la familia,
intentando resolver con el triángulo de Newton una
función cuadrada que quedó malcuadrada a pesar de
todos mis esfuerzos.
Su respuesta: “¿Qué, me veía mal?” “Triste, parecía
que estabas inmensamente triste. Me lo contagiaste.
Todos estos días he estado pensando en qué sería lo que
tenías, en qué te podría ayudar”. Y me dio la gran
explicación, la que nunca olvidaré y que convertiré en
ejemplo de cómo debo considerar esta noble afición a
desesperar: “Deshidratada. Es que me encontraba
deshidratada. Por la mañana fui a la playa y alguien llevó
mezcal. Ni recuerdo la marca”.
Por un momento me dieron ganas de vomitar ahí
mismo, de correr con la cara crispada hasta la cafetería
de la escuela y jugar con el filo aguzado de los cuchillos
que ahí tienen sobre mi pecho. Pero la forma como
palpitaba uno de sus senos hizo que una pregunta me
saliera sola y le provocara una discreta sonrisa. “¿No te
gustaría ir conmigo hoy? Conozco una cura segura para
la resaca”.
Pero sólo se rió con su paradójica risa de suculenta
anencefálica, de curvilínea descerebrada oligofrénica.
Un día la voy a voltear sobre un mesabanco, así nomás,
sin preguntarle. Sólo para variar.

291
292
2004

Este año lo gana Rubén Olachea con el cuento “La


alberca pública”; Si en años anteriores la venta de
terrenos era evidente, en este cuento plantea ya la
instalación del ámbito comercial “gringo” en la cultura
sudcaliforniana; y más precisamente, en la región de
Todos Santos, que es donde se ambienta la narración.
En este relato, el concepto de la regionalidad toma
otra vertiente, aunque se insiste en algunos tópicos, por
ejemplo, la oralidad sigue siendo respetada, y sirve, en
este cuento para desarrollar un sentido de ironía.
Por supuesto, trastoca el orden de los recuerdos, y
respeta las modificaciones que los pueblos sudcalifor-
nianos están teniendo debido a las influencias extranje-
ras. Sin menoscabo de ello, el cuento no critica, sólo
describe.
En este caso, el personaje marginal es un obeso que
parece ostentar un orgullo gordo (fat pride), ante lo
discriminatorio que le sucede al protagonista en un
pueblo que parece no aceptarlo; mientras que él grita:
estoy aquí. Un orgullo gordo que pelea, se ejercita para
conseguir exquisiteces que producen la industria norte-

293
americana: la salchicha de baja calidad y alto contenido
calórico, la mayonesa, el Milky way; así como la industria
mexicana: el Chamoy, los Tontilocos. Son pues puntos
de encuentro entre una y otra cultura: los gordos de
ambas culturas se presentan en la memoria de nuestro
obeso héroe, quien representa el mundo consumista.
Ese orgullo gordo representa una nueva exploración
de las consecuencias sociales y migratorias del encuen-
tro entre dos sociedades; que inclusive interroga entre
formas de decir, entre una y otra sociedad.
Es un año –ya el lector lo disfrutará– en donde las
diferencias de estilo entre las categorías se diluye.

Rodrigo Salgado gana en la categoría Jóvenes Creadores


con un cuento que acude a uno de los mitos fundacionales
de la cultura judeo-cristiana: el Arca de Noé. El legen-
dario héroe bíblico que hace un pacto con Dios para
perdonar y preservar la raza humana, toma la figura de
un abuelo que logra tener no sólo la ayuda de su nieto
sino su confianza. En pleno siglo XXI, cuando los avan-
ces tecnológicos ocasionan que los mitos bíblicos ten-
gan escasa importancia, la brecha generacional se ha
ensanchado y los abuelos han dejado de ser el guía
espiritual o el hombre sabio, se enarbolan principios que
parecen obsoletos: fe, obediencia y respeto. La necesi-
dad de confiar en algo permite que el joven Salgado
juegue con principios religiosos que aún tienen la capa-
cidad de manipular a las masas.

294
La alberca pública

Rubén Olachea Pérez


Seudónimo: Jamoncillo

Mi mamá me mima pero mi papá me pega. No es cierto,


no diario, aunque sí me va mal cuando los hago enojar
mucho. Me la paso viendo televisión, mi objetivo es
ponerme gordo, gordo obeso y que por razones médicas
me tengan en la casa, sin salir, sin necesidad de ir a la
escuela. Tengo diez años y mis alcances son de adulto,
eso dicen las vecinas a coro. Antes íbamos a misa pero
ahora nos la pasamos cada quien en nuestro cuarto,
nuestra recámara, con aire acondicionado y un minibaño
y un servibar. A la vuelta de la manzana hay una
tiendita, así que cuando me llega el hambre, cosa nada
rara, finjo que tengo capacidades diferentes y me trepo
a una silla de ruedas motorizada que consiguieron unas
primas mías en una segunda. Allá voy encarrerado,
encaramado en esta poltrona a toda velocidad, para
diversión de propios y extraños, niños y grandes, bien y
malintencionados.
—Me da un medio kilo de salchichas Longmont.
—Fíjese que no hay.
—¿Cómo que no hay?
—Nomás de la otra marca.

295
—¡Qué chafa tienda es esta!
—Vete al Costco pues, si tan lurio estás y eres.
Por lo menos, mayonesa Best Foods sí tenían. Algo
obtuve en recompensa a tantísimo esfuerzo de subir por
la pendiente de la calle principal a pleno sol.
En mi casa no me quieren. Todos están confabulán-
dose en mi contra. Por algo sale en Los Simpsons un
capítulo en el que Homero me imita. O sea, se pone en
engorda para que no tenga que salir de su casa y aún así
trabajar y ganar un cheque. Yo inspiré tal episodio.
Hasta aquí vinieron unos gringos a entrevistarme. Ese
día la perrita ladró distinto, porque desde que llegaron
con sus cámaras y aparatos se dio cuenta. Mi perrita y yo
salimos en la foto, ya somos famosos. En la cuadra no
se habló de otra cosa los treinta minutos que duró mi
fama. Y yo que quería ser cantante. ¿Podrá un cantante
famoso ser así gordito llenito como yo? Elvis Presley,
Demis Roussos, Pedro Vargas, Vitorino ¿quién me pone
límites?
En la escuela ahora andan dando lata con eso de un
programa de salud integral. Rentan a un peso unos aros
hula hula para bailar con ellos pero es necesario mover-
se y yo no tengo gracia para eso. No me avergüenza.
Vergüenza es robar y que te descubran y te metan al bote
y te den escarmientos inolvidables y no quieras refor-
marte y en cualquier mecate te ahorcas. Que se rían y a
mí qué. Que con su pan se lo coman. He de confesar que
a veces el corazón me da un vuelco y me duele. Me duele
en el corazón ver fotos de niños africanos que no saben
de salchichas Longmont ni chocolates Snickers, Milky Way
o Tres mosqueteros. Ni Duvalines. Ni paletas de sala-
dito ni tostilocos con chamoy. Ay, se me antoja una
nieve con cajeta, mermelada y crema de cacahuate y un

296
poquito de crema Chantilly encima. Sólo así se me quita
el calor. La calor es muncha, así con ene, que muncha es
más que mucha... “No le aunque”.
Dice el doctor que le pare, que si sigo así me voy a
morir muy pronto. Que tengo depresión severa. Que
necesito ejemplos, que no importa si mis papis se
divorcian o se separan o se dejan de odiar de una buena
vez por todas, pero que me dejen en paz y que le baje a
la tragazón. Que con dinero no se compra la felicidad y
que camine y nade. El mismo doctor me contó un chiste
de playa:
—¿Usted no nada nada?
—Es que no traje traje.
Qué chiste más bobo. Qué doctor tan chichistoso.
Lo peor son las pesadillas. Sueño que ruedo y me
empiezo a llevar al mundo en mis rodadas. Bajo de la
sierra y arraso con todo: la flora y la fauna; la Wendi y
la Karina; el Johnattan y el Christian; toda la escuela,
todo el barrio, todo el pueblo y luego la península, el
mundo completito. Tan joven y sin haber viajado.
Como si de un pedo se tratara o de tronar una pompa con
un alfiler, mi planeta explota y yo despierto empapado
en sudor. Un sudor que me da un hambre atroz.
Me cuentan que el hasta aquí ha llegado. Que una
enfermera viene a ponerme los puntos sobre las íes, un
ultimátum: con electroshocks me van a quitar lo
chiquiado y malcriado. Que aprenda la diferencia entre
hambre y apetito. Entremedio, por si las moscas, estoy
escribiendo secretamente una carta al DIF, que es a
donde uno escribe una carta de queja cuando se es
menor de edad en México. Allí doy cuenta de la tortura
psicológica a la que me he visto expuesto en casa, en la
escuela, en la oficina. Ah, qué buena medicina. Ya en serio,

297
que no es broma ni andan los perros en brama. Me han
sometido a humillaciones constantes. Que si soy un
cochito parado, que si soy un lechoncito, el puerquito
valiente, el de los tres cochinitos, que si soy Porky el de
las caricaturas, alcancía o el marranito de la manteca
Kuino. Cochikuí me apodan y lloro por dentro, toda mi
autoestima se ha ido por un drenaje que ya lo quisiéra-
mos cuando en temporada de lluvias se inunda todo por
aquí.
Señores del DIF, en vano he intentado modificar mis
pésimos y estropeados hábitos alimenticios. El contex-
to no ayuda. La gente me ve y piropea la contundencia
de mis carnes, lo rebosado de mi salud y mis chapetes en
aparente o evidente lozanía. Yo no tengo la culpa de ser
motivo de envidias y conservar esta mi carita de bebé
angelical. Por un lado me odian, por otro me idolatran.
¿No será que me adelanté a mi época y debo dedicarme
a la política lo antes posible? “Aquí nomás mis chicharrones
truenan” no sería un lema demasiado agudo, diría yo.
Pero hagamos un sondeo al respetable y luego
platicamos.
Paso por la alberca y está vuelta un estanque lamoso,
enlamado. Escucho los fantasmas del ayer, retozando
en las aguas. Familias conviviendo. El erotismo de las
miradas y los esplendores de las carnes y sus pieles que
brillan. Miradas que pueblan sueños por venir, pero
sueños bonitos, no pesadillas. Gotitas de agua como
spray, un arcoiris en miniatura. ¿Atomizador? ¿quién
dice atomizador en vez de spray? Mira qué bonitas flotan
las flores.
A cada paso que doy oigo risas y ecos. Infantiles,
juveniles, de adultos y de viejos. Sonrisas y palmadas
que me aplauden, que me inyectan alma, espíritu, entu-

298
siasmo que entra y sale por los ojos. Me dicen que corra,
sí, que me lance al agua, que la alberca está allí hecha por
mis padres y los amigos de mis padres, para el disfrute
de mis amigos y amigas, mi familia y las de mis vecinos.
Lloro pero de alegría y nadie sabe de estas mis lágrimas
porque están confundidas con el agua clorada de la
alberca. Yo gozo. Un colibrí revolotea y las palmas
mecen al atardecer. El agua de la sierra llega al mar.
Mexicanos y americanos vamos por la calle y mi sonrisa
es como me siento por dentro.
Nadar, nadar. Nadar es volver a nacer. Mi mamá me
mima y mi papá me besa. Los abuelos desde el cielo
soplan las nubes y al leve paso de sus sombras, soy feliz
nadando de muertito.

299
300
Lluvia

Rodrigo Salgado
Jóvenes Creadores

El teléfono sonó varias veces antes de que el viejo


pudiera atenderlo. Su nieto había llegado a la ciudad y
le pedía que fuera a recogerlo, se sobresaltó porque no
tenía dónde hospedarlo, los cuartos que anteriormente
habían sido de sus hijos ahora estaban ocupados con
tablas y equipo de carpintería. Preparó el pick up para
recoger a Daniel y pensando en la manera de contarle,
se fue ensayando con su gallo Vicente.
De camino a casa, Daniel escuchó las noticias de la
familia y no tuvo oportunidad de hablar. Cuando pasa-
ron la última curva antes de llegar al pueblo, Daniel se
sorprendió. Lo primero que se veía desde la carretera era
el arca, de nueve veces el tamaño de la casa. El mucha-
cho perdió el habla antes de llegar y lo recuperó media
hora después mientras su abuelo le servía el desayuno.
—Había escuchado que estabas construyendo algo,
pero esto es demasiado, no puede ser. ¡No puede ser!
–repetía y se rascaba la cabeza.
—No digas nada a nadie.
—¿Es tu secreto? –preguntó el nieto mientras espe-
raba el desayuno con la vista fija en el patio.

301
El viejo Santiago le pidió ayuda para subir unos
tablones a la parte más alta del barco. Y dentro, Daniel
encontró un sistema de cables y luces dentro de la nave,
le pareció increíble que su abuelo hubiera realizado
todo sin ayuda de nadie.
—¿Y quién me va ayudar? ¿la Luz del Mundo? ¿el
Ejército de Salvación?
El anciano tenía razón, incluso el nieto sentía ganas
de regresar a su casa y decir a su padre que el abuelo se
había vuelto loco. Prefirió ser dócil con el viejo. Dos
semanas trabajó sin cuestionar o contradecir a Santiago.
El abuelo estaba muy contento porque el arca estaba
casi lista.
—Oye, abuelo, ¿no le vas a poner animales?
—No había pensado en eso –Santiago se golpeó un
dedo con el martillo, tiró el clavo y se llevó la mano a los
labios entrecerrando los ojos– creo que no.
Daniel no volvió a preguntar nada y el viejo no hizo
ningún comentario, pero a los dos les pareció un tanto
extraño que no se supiera nada faltando tan poco para
la lluvia. Agotados, decidieron terminar ese mismo día
y salieron a caminar por la noche para despejarse.
Santiago estaba meditabundo y Daniel no hacía sino
esperar a Vicente que los seguía desde la casa. Llegaron
al expendio de don Rogelio. Estaban los amigos de
Santiago jugando dominó y guardaron silencio al verlos.
Santiago pidió tres sillas y dos ballenas. No se estuvie-
ron mucho rato, porque Vicente empezó a gallinearse.
—¿Cómo la ves con tu abuelo? –le preguntaron a
Daniel– ¿no crees que está loco?
—No –respondió el muchacho– yo creo que hace su
trabajo.

302
—¿Pos quién fue el tarugo que te encargó construir
un arca? –don Juan Manuel mostraba más interés en el
arca que en el juego.
Santiago no respondió, se levantó. Daniel y Vicente
lo siguieron. Aunque su abuelo no le contestó, le hizo
preguntas todo el camino para levantarle el ánimo.
Santiago dejó a Vicente en el porche y se sentó en una
poltrona en el patio con la vista fija en el arca. Daniel se
fue a dormir. En la madrugada, dentro del arca, se
encendió una luz que iluminó el rostro del viejo. Era la
Santa con un nuevo aviso. El anciano se acercó despa-
cio, saludo y pidió permiso para sentarse: en las maña-
nas el dolor de las rodillas era más fuerte.
—He visto que has realizado una gran labor en
compañía de tu nieto, en su Merced les hará Nuestro
Señor. ¿Habéis visto que la fuerza de la obediencia suele
allanar las cosas que parecen imposibles? No te aflijas
mucho, sé que ha obrado tu voluntad de muy buena
gana y que te encuentras preocupado en la ignorancia de
este mandato de Nuestro Señor. Mi querido Santiago,
bien creo he de saber decir lo que te preocupa, los
animales, ¿no es verdad, querido hermano?
—Sí, Santita, esta mañana Daniel me preguntó por
ellos y no supe qué decir.
—Te diré lo que me han mandado decir, antes temo
que no lo entiendas, pero recuerda, Santiago, que no es
menester tuyo comprender las acciones que te enco-
mienda Nuestro Señor. Su Majestad me ha encomenda-
do que te informase que aquí termina tu misión.
— ¿Y los animales? ¿Qué hago con el arca?
—Puesto que determinaste a hacerlo de muy buena
voluntad y era eso lo que aquí se quería, el mensaje que

303
te dejo Santiago es que no te preocupes por lo que
concierne a Dios y sus finalidades. –Santa Teresa besó
en la frente al viejo y desapareció.
Santiago no supo cómo conducirse y despertó a su
nieto para contarle de la visita de Santa Teresita. Daniel
creyó lo que salía de la boca del abuelo. Y no sabiendo
qué hacer con el arca, optaron por tomar café y pensarlo
mejor.
—¿Estaré loco?
—¿Te importaría mucho? –preguntó Daniel a su
abuelo.
—Cuando llueva se van a burlar de mí –continuó
Santiago–, no van a entender.
—No pierdas el tiempo en eso.
— ¿Quieres leche? –el abuelo le acercó una lata de
leche a Daniel para su café.
—Las nubes tampoco ayudan mucho –Daniel hurgó
detrás de las cortinas de la cocina.
El día sería muy diferente a los anteriores, pero
Santiago lo ignoraba. Para él era suficiente con dejar el
arca después de diez meses y medio de arduo trabajo.
Santiago salió con su taza, después salieron Daniel y
Vicente. Estaban sentados en el porche cuando la lluvia
comenzó. El gallo estaba muy alborotado, Santiago le
ordenó que se callara. El escándalo del Vicente desper-
tó a los vecinos. La gente salió de sus casas cuando las
luces de la calle se apagaban. La lluvia se precipitó tan
rápido que Daniel sintió miedo y aunque ya confiaba en
su abuelo, no pudo evitar sentirse preocupado al ver
cómo el nivel del agua le alcanzaba las rodillas. Santiago
le dijo que todavía faltaban los animales.
—Ahí vienen –Daniel señaló a una muchedumbre
que se reunía en el patio de la casa.

304
2005

Este año resultan premiados dos cuentos con caracte-


rísticas temáticas diametralmente opuestas, pero en los
que lo regional está patente y los referentes históricos,
ideológicos y culturales son la base del rescate de la
tradición popular o del pasado. Este año, en dos de los
tres cuentos ganadores, el sarcasmo fundamenta la
crítica propositiva de los autores.
Elizabeth Cerecer ironiza sobre la historia oficial y
el espíritu patriótico que raya en lo fanático; los vicios
políticos y la manipulación de masas a partir de héroes,
cuyas características éticas y morales sirven de apoyo en
la construcción de la identidad colectiva y ayudan a
establecer el orden social.
Los héroes no nacen, se hacen, el temor del hombre
a lo que no entiende o no conoce ha sido fundamental
en su creación. La necesidad de sentirse seguro y prote-
gido ante elementos externos lo ha llevado a buscar
respuestas y protección por diferentes medios. “Gue-
rras de bronce” reconstruye una realidad del pasado que
continúa en el presente: la necesidad de un héroe
protector que condense los ideales más altos. A partir de

305
un fino humor sarcástico se percibe cómo gracias al
fetichismo de la cultura popular, los símbolos patrios se
convierten en la pieza clave que apoya los esquemas e
intereses del grupo en el poder.
Además de la relación sudcaliforniano-extranjero, la
forma en que los héroes pueden usarse al gusto del que
tiene el poder son el motivo de preocupación y el
sarcasmo es el tono en el que en el siglo XXI se prefiere
ver el valor paradigmático de los símbolos patrios.

“El juego aún no termina” es la reseña de un partido de


béisbol, deporte con el que el sudcaliforniano se iden-
tifica plenamente. Continúa la oralidad, el lenguaje,
entendido mejor por los que conocen el deporte, es la
clave del sentimiento de pertenencia.
El ambiente que se refleja en el cuento deja patente
que reconstruir un partido no es sólo recordar el mo-
mento o la emoción, es poner en circulación símbolos
cuyos referentes sitúan al código beisbolero como parte
de los elementos identitarios de una comunidad.
El partido de beisbol no es un simple entretenimien-
to, es, por encima de clases sociales, intelectuales o
económicas, punto de unión e integración de la socie-
dad. El sentido de pertenencia que se origina a partir del
lenguaje, las reglas y actividades de un aficionado
durante el partido origina una relación dialéctica entre
la identidad colectiva y el deporte.

En la categoría Jóvenes Creadores gana Jaime Salinas


Vadillo con el cuento “Don Celestino y sus doscientas
noventa y nueve muertes.” Entre el sarcasmo y lo
fantástico la narración se centra en lo trágico que resulta
vivir en exceso. Don Celestino espera con ansia la

306
muerte y a lo largo de su vida y eterno esperar a la muerte
todo va en declive.
El joven Salinas juega con los conceptos de vida y
muerte, sin embargo, igual que sus antecesores, presen-
ta una visión desencantada de la vida. El encuentro
entre varias generaciones a través de las cuales se va
desgastando la importancia de Celestino, sus muertes y
propiedades, motiva a una reflexión poco optimista
sobre la tradición heredada y las expectativas que se les
ofrece a los jóvenes en estos días. Más que un senti-
miento de pertenencia a una región o sociedad, la
identificación plena se da con una generación condena-
da a la eterna búsqueda de un espacio al cual asirse y
sentirse seguros.

307
308
Guerras de bronce

Elizabeth Cerecer
Pseudónimo: Caracalla

Entre silbatazos, gritos y órdenes contradictorias los


alijadores están izando del barco de La Compañía una
enorme caja de madera reforzada con cinturones y
esquineros de hierro. La robusta pluma de la grúa
tiembla mientras gira con su carga en vilo sobre los
trabajadores del muelle, mineros endomingados y
mirones que han llegado a la novelería. Mayeux ordenó
que la grúa monte la caja sobre una plataforma para ser
llevada por la locomotora hasta Mesa Francia, confía
con voz apenas audible uno de los trabajadores de
confianza de La Compañía, sin voltear y moviendo
apenas los labios, pero asegurándose con una rápida
mirada oblicua que el dirigente sindical lo haya escucha-
do. Me enteré que es una estatua y que van a colocarla
esta misma noche frente al edificio de La Dirección.
Harán mañana una gran fiesta con champaña, con
discursos, con música, con cogotudos invitados de todo
el territorio, que vienen a la develación. La voz del
empleado baja aún más cuando revela el nombre del
personaje inmortalizado en el pesado bronce que se
adivina dentro de aquella enorme caja que desciende ya

309
entre rechinidos de cabrias y cables de acero sobre la
rodante plataforma de hierro y madera que espera sobre
la vía, a un costado del barco: dizque es el mariscal
Bazaine.
La infidencia, convertida en chisme, sale rebotando
desde los astillados pilotes del muelle de madera que
remata la bocana del puerto hacia La Fundición y de ahí
avanza ligero por cada galerón, por cada casa de madera
traslapada del arroyo, hasta el fondo mismo del pueblo,
donde la gente va pasándolo: dicen que es la estatua del
mariscal francés que hizo fuerte al emperador Maxi-
miliano. Que ya invitaron al gobernador del territorio, y
que siendo militar también, no es difícil que haya dado
su consentimiento para el homenaje.
La reunión extraordinaria en La Logia Zoroastro ha
subido de tono. Varios hermanos han hablado ya acerca
de lo ofensivo que resulta el que La Compañía haya
decidido hacer fundir en Europa y luego traer para
erigirla en sitio público, aquella estatua, sin pedir el
consentimiento de la población. No podemos permitir
que quien violara las más elementales reglas de convi-
vencia entre naciones, al desembarcar al frente de sus
tropas y avanzar hacia el corazón del país, sea hoy
glorificado mediante un monumento que es afrenta, que
es oprobio, que es venganza… La prosopopeya del
orador es aplaudida por la fraternidad reunida. En lo
que parece torneo de oratoria, no faltará quien sugiera
una nocturna degollina que empiece con El Director,
siga con los ingenieros y técnicos para concluir con el
dentista y el jefe de los talleres, pero habrá de ser
aplacado con el argumento de que el dentista es esco-
cés, y finlandés el jefe de talleres. Y aunque fuesen
franceses –alega un pacifista– no va a derramarse una

310
gota de sangre en esta lucha que no es violenta; que sólo
quiere evitar que se lastime el orgullo patrio con provo-
caciones sin nombre como ésta, que sobre el alma
nacional se cierne ominosa.
Tras deliberaciones que habrán de durar hasta la
media noche, los hermanos insuflados de fervor nacio-
nalista han decidido que no tiene sentido apelar el
patriotismo del gobernador para que se oponga a los
designios de la omnipotente Compañía, pues ésta siem-
pre le ha llenado los bolsillos para que reprima huelgas
y mantenga el orden entre los mineros. Por ello, aprue-
ban un plan de acción resguardado por el secreto abso-
luto respecto de uno de los dos grandes acuerdos
alcanzados: el primero, boicotear el festejo de los fran-
ceses y las autoridades colaboracionistas, no asistiendo
al acto ni permitiendo que los trabajadores y sus familias
asistan; y el segundo (este sí, secreto): dinamitar la
estatua del mariscal durante el homenaje de develación,
como escarmiento. Los explosivos, los fulminantes y la
cañuela son entregados a los dinamiteros, designados
entre la enardecida masa de voluntarios borrachos de
adrenalina conspirativa que se marchan de inmediato a
barrenar sigilosos la base del monumento, y a colocar en
su interior las cargas destructivas.
Al amanecer, la cañuela se ha quedado tendida
cubierta con tierra, desde la base de la estatua hasta el
entresuelo de un edificio cercano, donde Manosanta el
barretero esperará el momento señalado para encender
la mecha con el cigarro que eternamente cuelga de sus
belfos (“… y cuando caiga el trapo de la estatua,
entonces encientes la mecha, Manosanta”).
El templete de madera frente al edificio de La
Compañía soporta ya el peso de la autoridad: el gober-

311
nador del territorio y Mayeux, el director presiden el
acto, flanqueados por sus edecanes, ayudas de cámaras
y lambiscones. Frente a ellos, sólo el loco del pueblo, los
empleados de confianza y media docena de despistados.
A dónde cabrones se metieron todos los de este rancho,
pregunta intrigado y molesto el gobernador a uno de sus
ayudantes. Ningún no quieren venir. Faltaba más. Llé-
vese varios pelotones y a paso veloz me los arrea pacá,
ondestén y comostén. Órale.
Ya están sentadas en las largas bancas frente al
presidium las fuerzas vivas del pueblo: tras los funcio-
narios de La Compañía, los profesores de la primaria, los
dirigentes sindicales, los médicos, tinterillos, comer-
ciantes y, al fondo, como es debido, los mineros, maqui-
nistas, fundidores, policías, las amas de casa con sus
críos, los yaquis, chinos, vagos y hasta las desveladas
profesionales de la jodienda. La orquesta intenta valses,
polkas, y mazurkas con aire desganado mientras los
acarreados cuchichean por lo bajo mentadas de madre
producto de la frustración y comentarios sarcásticos
acerca de quienes presiden el acto, mientras sudan bajo
el sol inclemente de mayo en aquella meseta pedregosa
y caliente. A cada uno de los líderes sindicales, masones,
librepensadores, comunistas y anarquistas juramenta-
dos más recalcitrantes los flanquea un soldado de mos-
quetón “por si acaso”, según órdenes del jefe militar.
Democráticamente designada por su padre para
develar la estatua, la rubia mademoiselle hija del Direc-
tor jala el cordón de seda y resbala el manto sobre el
bronce: un caballo percherón levantado sobre sus patas
traseras, montado por un militar lampiño, con anteojos
redondos y gorra circular de visera pequeña, uniforme
tachonado de botonaduras, adornado de galones, cuaja-

312
do de condecoraciones y rematado con charreteras. Con
el codo apuntando al cielo, el broncíneo brazo derecho
hace el gesto de desenvainar el curvo sable de caballería
para mandar una punitiva carga contra este público
expectante de acarreados, despistados, obligados, mi-
toteros que ven cómo termina de caer la tela hasta el
suelo pedregoso, y cómo en el pedestal broncíneo
resalta, en relieve, un rectángulo con el nombre del
homenajeado:

General Ignacio Zaragoza


vencedor en Puebla,
el 5 de mayo de 1876

Manosanta ha arrimado su brasa a la mecha y el


chisporroteo humeante ha empezado a correr desde sus
manos hacia el monumento y, subterránea ya, cruza
entre el público que aplaude y lanza vítores emociona-
do, mientras los soldados observan confundidos cómo
sus vigilados, a gatas, arañan el suelo con desespera-
ción, buscando nadie sabe qué cosa bajo tierra.

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El juego aún no termina

Raúl López Cota


Mención Honorífica

Aumentan los murmullos sobre el escenario del juego de


béisbol. Se escuchan, siempre lejanos e ininteligible,
ruido de público, griterías bruscas: ¡Quiero un taco de
almeja, pero ya! Y cerveza que derramar. Mientras el
Pícher permanece inmóvil, pensativo, en lo alto del
montículo, y bajo la llovizna pertinaz que cae despacito
pero muy tupidito. A ratos se calma y vuelve a lloviznar,
sin embargo, sigues allí (en el lugar más solitario del
mundo) defendiendo a tu equipo de sustos inesperados.
Vives en la tormenta, entre zozobras y continuos nau-
fragios. Te duele el hombro, el brazo cansado. Qué no
te duele ya. Te volteas para echar un vistazo a la pizarra
y la situación es la siguiente: cierre de la doceava
entrada, la casa llena, dos auts y el equipo lanzador va
ganando 7 carreras a 6. Piensas, en cuánta fragilidad
descansa hoy ganar el campeonato de la liguilla. Giras
de nuevo para quedarte de cara al jom. Te ajustas la
cachucha, escupes, y luego registras la fortachona es-
tampa del bateador emergente quien ya está calentando
su swing y que puede mandar a reposar la esférica con las
hojas muertas del cosmos (estoy advirtiendo al lector).

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Pero nadie mejor que tú lanzando el “tirabuzón,” “la
indescifrable,” o el cambio de velocidad pa’ sacar de
balance al bateador. Sabes que tienes una cita con el
destino y que una mínima distracción puede resultar
fatal el desenlace (epílogo). En ti recae toda la respon-
sabilidad, los disparos dependen de tu voluntad, de la
fuerza de tu brazo, del dominio que ejerces sobre cada
músculo.
De bote pronto, el manejador de los visitantes
(chaparrito rechoncho) pide tiempo fuera y ahí va,
sacudiendo sus lonjas al trotar hacia el centro del
diamante. Se oye el chiflido clásico: fiu-fiuuuu.
El juego se detiene en un punto muerto.
Todo el equipo está conferenciando en la “lomita de
las angustias”.
Aquí el tiempo no existe. No hay reloj, pero sí hay
prólogo, episodios, y hasta epílogo como en la tragedia
griega. Aquí donde la teatralidad de la pelota es un
complicado ejercicio dramático, es una metáfora que
nosotros inventamos de espaldas al tiempo, una imagen
poética que gira alrededor de ella.
De repente, se hizo la luz mercurial sobre el estadio
y de la tarde ya no había ni rastros.

Entonces la noche se enfrió.


Más que la luna.
Las estrellas eran blancas como huesos.
El estadio era viejo.
Más viejo que los gritos.
Más viejo que los equipos.

¡Pleeeeeey bol! Canturrea el ampayer, y los jugado-


res regresan a sus posiciones. El manejador cuando le

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entrega la pelota de 216 costuras al lanzador le dice:
sólo tienes que sacar un aut. Y se sale del campo con su
paso lastimoso hacia el dogaut. Hay un ruido ensorde-
cedor en las gradas y carta blanca a granel. El pícher
frota la piel de la esférica entre tus manos nerviosas. No
hablas, sólo te vales de sus gestos, de su lenguaje
corporal. Vuelve la mirada al “Señor Jonson” que señala
amenazante hacia la barda donde posiblemente irá la
bola si es que los mitos no le fallan. Raspas con tus
ganchos el terreno del montículo hasta encajar el pie
derecho, luego acomodas tus largos dedos sobre la
costura de la Rábit. Ahora buscas la señal del receptor,
que sentado en cuclillas aprieta sus genitales y los dedos
te sugieren la pichada. Los corredores se mueven de las
bases. Giras el espais derecho sobre la placa al tiempo
que levantas el pie izquierdo más arriba de tu estatura
y echas atrás el brazo para soltar con un movimiento de
muñeca la pelota.
La curva parece dirigirse al bateador y en el último
momento quiebra cruzando el plato —¡Straik! –vocifera
el ampayer y hace un ademán violento con el puño en
alto como Mefistófeles, que también hace lo mismo:
levanta los brazos y le da la espalda al público. Ambos
representan el mal.
El siguiente disparo va a la altura de los codos, la
canica dando una vuelta completa como tapadera.
—¡Tuuuu! –anunció el ampayer el segundo straik. Lo
peligroso es que regalaste tres bolas consecutivas y la
cuenta se puso en tres bolas y dos straiks para el
bateador. El receptor le lleva la pelota al lanzador y te
dice: “Ya lo tienes amarrado. Mantén la pichada fuera
del plato. Vamos a salir de ésta…”
Se oye ruido del público emocionado.

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Un hombre sentado junto a nosotros blande una
pistola cada vez que los locales anotan carrera, y des-
pués la guarda adentro de su bota. Me daban ganas de
reírme.
El clímax del juego se pone tenso porque todos
esperamos su desenlace (epílogo).

Otra vez haces contacto en la lomita. Captas la señal del


manejador como el de un asesino a su cómplice antes de
cometer el crimen. Ahora ves atento al cácher que
golpea con el puño el hueco del mascotín y vas des-
echando sus sugerencias… Por fin le confirmas la se-
ñal… Te balanceas, cierras los ojos y por una fracción de
segundo retornaste a tu infancia, a la calle donde te
quedabas jugando beis y no entrabas a clases. Cuando la
maestra Chuy Roland te decía que nunca ibas a servir
para nada en la vida como tu tío Raúl, que nunca supo
hacer ni la o con un cáñamo. Tenías el sueño de ser
pelotero y tu padre tan comprensivo, te dijo esta frase
que jamás olvidaste: sé tu mismo y no imites a nadie.
Sólo persigue los pasos de tu sueño. Te acordaste de las
distintas posiciones que jugaste en tu paso por el cuadro:
En la primera; comenzaron tus errores y tus pifias.
En la segunda; malabareabas la bola y no podías
doblar.
En la tercera; tus tiros eran alocados.
En las paradas cortas; se te escurrían las rolitas
debajo del guante.
Te volviste pasmado, torpe, lento.
Un lastre para el cuadro,
Una calamidad.

Pero finalmente, la vida te compensó dándote tan


semejante tarea.
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Abres los ojos, muerdes tus dientes. Salpicas con tus
ganchos el lodo del montículo y sueltas un riflazo. Se
oye el sonido seco de un leñazo y nos levantamos de las
gradas boquiabiertas.
Los fílderes partieron a perseguirla… La catarsis
envuelve el ambiente beisbolero. Los locales salen de
dogaut a felicitar a sus compañeros que van anotando
carrera: uno, dos, tres, cuatro, y esto es la gloria total.
El jonrón le puso punto final al campeonato. Los
peloteros festejan el triunfo bañándose de Damiana
entre ellos… y el pícher, allá se queda rascándose la
cabeza ante un cielo color pizarra del que nunca jamás
bajara la esférica.

Al día siguiente, unos niños encontraron la pelota


enterrada a un lado del jom y en terreno de faul.

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Don Celestino Robles
y sus doscientas noventa
y nueve muertes

Jaime Salinas Vadillo


Jóvenes Creadores

Cuando Celestino Robles sorbió lo que sería su última


taza de café, llegó doña Martha Winkler, su vecina, una
dama muy bien conservada para su edad, conocida en el
pueblo como “la güera”, y a discreción, una de las tantas
amantes de don Celestino.
—Apúrese don Celes, ya casi es hora de que se vaya
a morir.
—Sí, sí ya sé, pero me quiero tomar mi tiempo, este
cafecito que me preparó doña Teo no merece ser apura-
do, ni siquiera cuando la flaca está por llegar.
—Ay, don Celes, nomás no se tarde mucho, sus hijos
y nietos lo están esperando afuera.
Cuando de elegancia se trataba, don Celestino era el
maestro de la galantería, y por lo tanto las pícaras ancia-
nas, que muy bien lo conocieron en sus tiempos de don
Juan, suspiraron una vez más ante la hermosa senectud
del emperifollado señor. Su hijo Joaquín le abrió la puerta
de la carcacha disfrazada de limusina, y antes de entrar en
ella escuchó los aplausos de todo el vecindario; vio la
sonrisa de Memito, su nieto, un briboncillo que segura-
mente tomaría su mismo camino, arriesgándolo casi todo

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con tal de no quedarse en la mojigatería de su hijo
Joaquín, padre de éste. Vio a Martín Peralta, su mejor
amigo, compañero de farras e incontables libertinajes
durante sus juventudes. Era una lástima en verdad, que
pasara ocho años tras las rejas por sus ideales comunistas,
en fin, don Celestino siempre le aconsejó que se alejara de
los “revoltosos” durante la universidad.
—Papá, falta media hora para tu deceso, ¿quieres
que hagamos alguna otra cosa para matar tiempo? –
preguntó su otro hijo, Víctor, quien no descansó hasta
que el viejo lo considerara en el testamento.
—No gracias, prefiero estar bien puntual.
Transcurrieron cerca de veinte minutos y Berta,
Joaquín, Víctor, María y el propio Celestino salieron del
coche y se sentaron alrededor de “La fuente de los
angelitos tristes” para disfrutar del ocaso (lindo escena-
rio para lo que parecía ser una inevitable pérdida).
Pues la inevitable pérdida no llegó. Por alguna razón
desconocida la muerte no se presentó para llevarse al
anciano de noventa y ocho años de edad.
—¡Pinche flaca, es la segunda vez que me hace esto!,
otro año que me deja plantado.
Sus hijos, quienes ya andaban como tiburones desde
el año antepasado, quedaron desconcertados y ahoga-
dos en la perplejidad.
En vez de sentirse agradecido y dotado de vida, don
Celestino Robles, se sentía infectado de ella. Maldijo a
la muerte como nunca lo había hecho.
—¡Donde quiera que estés, condenada, no te vas a
salvar de un puntapié cuando te vea!
Su hija María intentó calmarlo diciéndole que proba-
blemente se había retrasado por muchos otros como él,
en la misma situación de espera.

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Pasó nuevamente el año. Esta vez ya nadie se tomó la
molestia de hacer preparativos. A don Celestino no le
importó en lo más mínimo, pues él quería ir al grano. A
diferencia del año pasado, sólo salieron a despedirlo
Teodora y Priscila, debido a que las otras ancianas ya
habían fallecido. Ante los constantes y frenéticos
besuqueos, le llenaron el pellejudo rostro de pintura
carmesí y le prometieron reencontrarse en el más allá
para revivir los viejos tiempos.
El sol se ocultaba nuevamente ante “La fuente de
los angelitos tristes” y los hermanos Robles iniciaban
una cuenta regresiva mental, pero nada pasó.
—¡Noventa y nueve años y la infeliz no aparece!
–exclamó enfurecido.
Una tarde de ocio, meciéndose en la hamaca y
deteniéndose de vez en cuando para dar un sorbo a su
café con un piquetito de brandy, don Celestino Robles
creyó resolver la causa de su mala suerte con la muerte;
pensó que probablemente la muerte castigaba a los
viejos cansados que tuvieron vidas bandidas, dejándo-
los vivir hasta los cien años de edad. Así lo afirmó, pues
suponía que la muerte era tan extraña como justa y
optaba por redondear cantidades. Esa misma tarde los
hermanos discutían y recordaban que hacía tres años el
doctor predijo lo que sería un certero diagnóstico de
mortalidad.
—Si sigue así, se va a acabar lo de la herencia y lo
único que tendremos será este viejo caserón, que termi-
naremos rentándole al gobierno como museo por una
mísera suma de pesos –dijo Víctor.
—Pues sí, pero ¿qué quieres que hagamos, que
matemos al viejo o qué? –inquirió Joaquín con aire
desdeñoso.

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—¿No ven que es lo único que el pobre anhela?
—Ay, Víctor –replicó María, la más pequeña de
todos–, está bien que te guste el dinero, pero borra esa
ocurrencia tan estúpida de tu cabeza.
—No, no, la verdad es que tiene razón –argumentó
Berta–, ya no tiene oficio ni beneficio, se la pasa
quejándose de todo.
—Podemos hacerlo fácil y rápido, sin dolor alguno
–insinuó Víctor con cierta crudeza.
No terminaba de hacer la proposición del envenena-
miento, cuando sintió un bastonazo en la nuca.
—Con que planea deshacerse de mí ¿eh? –añadió
don Celes en tono despreocupado–. Pues lamento
desilusionarlos pero yo no me dejo matar por nadie, más
que por la flaca, y no se preocupen más, pues si mis
cálculos son correctos, éste es mi último año sobre la
tierra.
Y así nuevamente llegó el esperadísimo día, todos en
la placita, rodeando “La fuente de los angelitos tristes”.

Yo estuve cerca de ahí, cayó en domingo, estaba en la


parroquia bebiéndome un gran tarro de cerveza clara y
saboreando los suculentos camarones al aguachile, que
eran la especialidad del lugar. Cuando vi a la multitud
acercarse a la fuente para contemplar el ocaso de una
vida, me paré en la silla para poder ver a don Celestino
Robles morir en paz.
¿Y saben qué pasó?, no pasó nada. Ese año el viejo
Celes siguió con vida, esperó el siguiente con el mismo
resultado, y pasó otro año, pero tampoco ocurrió nada.
Y así transcurrió el tiempo, hasta que pasaron tantos
años que sus hijos ya no vivieron para contarlos, ningu-
no de ellos, sólo el propio Celestino Robles.

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Hacía muchísimo ya, que la empresa que pagaba
pensión a don Celestino había sido vendida a unos
chinos, de esos que convierten lo viejo y barato en
nuevo y caro. Por esa razón el viejo, además de ya haber
vendido hasta el último ladrillo de su destartalada casa,
tuvo una vergonzosa temporada de mendicidad, aun-
que más bien no fue temporada sino época. Se dice que
en una ocasión, un millonario de la industria cinemato-
gráfica, que recorría petulante el pueblo con el propósi-
to de filmar una escena en la que apareciera un recón-
dito lugar del tercer mundo, al toparse con lo que a sus
ojos de ostentoso extranjero fue sin duda alguna, el
vagabundo más decrépito habido y por haber, le ofreció
a éste un contrato en una película de momias vivientes.
A don Celestino Robles ya no le quedaba nada en el
mundo, ¿por qué no vender también algo tan inservible,
tan estorboso como la dignidad?, así pues, aceptó gus-
toso, pero tal vez no fue más que uno de los tantos
delirios pasajeros que asaltan la creatividad de un
cineasta, ya que jamás se volvió a saber nada del asunto
pendiente.
Tras varios años, el viejo empezó a ser exhibido en
una carpa de circo ambulante como “El hombre más
viejo del mundo”. Sí, ahí terminó dando consejos a los
curiosos que lo tenían por sabio de antaño, siendo
maltratado por los niños que le jaloneaban la barba que
hacía sesenta añitos no se afeitaba. No le cobraba nada
al circo, sólo comida. Sin embargo, cada año le pedía un
solo favor al dueño de éste: que lo llevaran a su pueblo
natal, a la placita, que más que placita, ya era un parque
moderno, en el cual está una muy, pero muy antigua
fuente, diez veces restaurada que llaman “La fuente de
los angelitos tristes”. El viejo Celestino Robles siguió

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esperando a que la muerte llegara por él, y lo bueno es
que el circo pasó a manos de los hijos de los cirqueros,
quienes también eran cirqueros, y así sucesivamente.
Es por eso que aún lo sigo viendo llegar con los payasos
a esperar a la muerte, sentado a la orilla de la fuente.
Pobre, me da lástima, ¿sabrá que los inmortales sólo
podemos morir de resignación?

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2006

En este año los jurados debieron deliberar mucho ya


que se otorgaron, además de los dos primeros lugares,
cuatro menciones honoríficas. Los cuentos tratan temas
muy diferentes y en tonos igualmente diversos, del
realismo a lo fantástico y de lo regional a lo globalizado,
la mayoría de las historias narradas presenta un fuerte
desencanto por la vida y la noción de desarrollo que se
tiene en la actualidad. Los niños, su visión del mundo,
los problemas que enfrentan; la naturaleza destructora
del ser humano y la cultura popular son los tópicos que
orientan hacia la defensa o la búsqueda de la identidad
regional.

En “Vacaciones para una gata” se relatan las experien-


cias de una niña y su mascota. La pequeña tiene una
visión muy clara de la vida y las circunstancias que la
rodean, ella, como narradora, dirige al lector por espa-
cios reales en los que desde su visión infantil da a
conocer la naturaleza humana.
El mosaico de sensaciones y el inocente punto de
vista de la protagonista sirven como catalizador del

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insensible mundo adulto en el que los principios que se
predican no tienen relación con sus prácticas. La niña
enfrenta la muerte de su gata, pero es la muerte de lo
humano en el hombre como especie lo que ocasiona
que, el proceso de asimilación ante un hecho natural, se
convierta en la toma de conciencia de la realidad circun-
dante. La experiencia de la niña es un reflejo de la
decepción que sufren los niños al enfrentarse a la
capacidad que tiene el adulto para deshumanizarse.

“El día que el mundo dejó de dormir”, de Raúl Guillermo


Flores, ganador de la categoría Jóvenes Creadores,
permite reflexionar sobre las limitaciones de los adultos
para percibir las abstracciones.
Las estructuras lógicas del niño le permiten incorpo-
ran los problemas a su realidad con menor grado de
conflicto que el adulto. La relación entre el niño y el
adulto a partir de la misma experiencia muestra una
gama de significados, donde la capacidad de abstrac-
ción, experiencia cognitiva e inteligencia del niño, son
los elementos diferenciadores entre la concepción de lo
que es verdad y lo que no lo es.
El cuento pone en relieve que la visión del niño es
diferente, porque para el niño tiempo y espacio no
tienen el mismo significado opresivo que para el adulto;
su mundo real se conforma con alegrías y desazones,
pero no tiene la presión de la sociedad de consumo.
A partir de las premisas del niño, el sueño físico y la
actividad onírica se convierten en complemento indis-
pensable para subsistir en un mundo donde los valores
se han transformado en ganancias. El cuento no presen-
ta rasgo alguno de regionalismo, más parece establecer
los riesgos que se corren cuando el individuo le da más

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importancia al tener que al ser. La sociedad de consumo
produce necesidades que, aun en pueblos tan chicos,
son motivo y causa de los problemas existenciales de los
adultos que han perdido la capacidad de disfrutar de lo
sencillo.

Fedra Rodarte gana mención honorífica con un cuento


que pone en perspectiva un problema nuevo: el mundo
virtual. La integración al hogar de una computadora y
sus ilimitadas posibilidades, es, en la actualidad, un
factor de riesgo para todo aquel que no tenga bien
definida su identidad y no encuentra oportunidades de
realizarse en la vida real.
La posibilidad de introducir a la vida todo aquello
que parece imposible; la facilidad de fingir identidades
o adquirir una más conveniente y el riesgo de simular
realidades inaprensibles es, gracias al mundo cibernético,
un fenómeno con dimensiones ilimitadas tanto para el
beneficio, como para el perjuicio del ser humano.
Nuevamente se presenta un caso de discriminación
por el aspecto físico: Gordo, el protagonista, vive las
consecuencias del rechazo; los efectos negativos del
mundo virtual y la necesidad de una identidad que le
ayude a autovalorarse. En el cuento se manifiesta lo
endeble que es el ser humano ante sus inventos y los
riesgos que se corren cuando el progreso tecnológico,
enfocado a brindar comodidad y bienestar, convierte al
hombre en su esclavo.
El ciberespacio no es sólo la oportunidad de crearse
un alter ego virtual; es también el riesgo de obsesionarse
con las múltiples oportunidades que ofrece la virtuali-
dad y no saber cómo regresar a la realidad.

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“El estero”, otra de las menciones honoríficas de 2006,
es un cuento que sin llegar a ser de terror, provoca
inquietud y temor. No son las catástrofes naturales, las
muertes o los elementos de suspenso lo que ocasionan
el miedo del lector, es la lista de vicios sociales que
flagelan y disminuyen la capacidad del ser humano para
vivir en comunidad. El estero es espacio universal y la
marisma el enmarañado sistema social que proporciona
oportunidad para esconder la realidad que se vive.
En “El estero” no hay preocupación, defensa o
búsqueda de identidad, hay propuestas de castigo, y
denuncia la impunidad con la que el hombre ha apren-
dido a vivir.

El profesor Eligio Moisés Coronado obtiene una men-


ción honorífica con un cuento en el que tema, motivo y
lenguaje provienen de la cultura popular. Rescata sabi-
duría, oralidad y tradición cultural del paceño.
Las propiedades de hierbas y plegarias son elemen-
tos que más allá de proporcionar salud física, otorgan la
oportunidad de acceder a la salud social, la integración
y las buenas relaciones entre miembros de una comuni-
dad. El conocimiento de los mitos fundadores, paganos
o religiosos, son la base de la tradición cultural: el que
los conoce pertenece a la sociedad que los sustenta. En
“Del jardín” no hay búsqueda de la identidad, por el
contrario, hay un afán en mostrar que ya existe y es
necesario conservarla. Además de contribuir al rescate
de tradiciones, fomenta la oralidad como punto de
arranque en la construcción de vínculos de unión y
remembranza del pasado común.
En este cuento, las niñas como parte de la comuni-
dad, son el conducto por el que se llega a la enumeración

330
de elementos que conforman la identidad colectiva. Son
la base de la que parten las historias narradas. Su papel
en el cuento permite ubicar la importancia de los niños
como elemento fundamental que da sentido a la socie-
dad. Es por y para los niños que deben defenderse los
principios y valores culturales que han modelado la
sociedad.

“Una ciudad un sueño,” Mención Honorífica de la


categoría Jóvenes Creadores, es la búsqueda del Yo; de
la identidad propia a partir del otro; del pasado remoto
del que sólo quedan ruinas y de un futuro que le dé
sentido a la vida.
Rubent Benavides atemporaliza el pasado y propo-
ne un futuro con base en los principios perdidos; define
al hombre como ser metafísico y concibe lo sagrado y su
relación con la identidad cultural e individual como un
recurso para buscar lo que no encuentra en su presente.
Nuevamente es un joven el que presenta el desen-
canto por el presente. El intento de acercarse a las raíces
más profundas y su forma de concebir el mundo y la
opción de descubrir el sentido de la existencia en las
ruinas de lo que algún día fue grande, es una muestra de
la desilusión de los jóvenes hacia los modelos cultura-
les, y las opciones de desarrollo que viven en la actua-
lidad. La forma en que el cuento presenta la capacidad
de crear y destruir del hombre y la necesidad de los
jóvenes de encontrar en el pasado un sustento es una
llamada de atención que no debe ignorarse.

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Vacaciones para una gata

Olgafedra Cota Gándara


Pseudónimo: Anita

Muchas veces había pasado las vacaciones en casa de la


Tía Pima, como la llamábamos cariñosamente, o con la
señorita Epigmenia, como la conocía todo el pueblo.
La verdad es que no era mi tía ni nada parecido, pero
a la buena Micaela, que trabajaba en las labores de la
casa desde que mi mamá era una niña, le gustaba
llevarme con frecuencia a su tierra y desde mucho
tiempo atrás me había prestado a la Tía Pima, de tal
modo que la sentía completamente mía.
Su tierra, como ella le decía, quedaba a unas cuantas
horas en ferrocarril, sólo que el viaje se alargaba enor-
memente debido a que el tren iba deteniéndose en cada
estación, que por cierto el garrotero se encargaba de ir
anunciando con toda anticipación:
—Los Reyes, Santa Clara, San Lorenzo iba gritando
mientras recorría todos los vagones; el tren tenía por
destino final la ciudad de Oaxaca, pero cuando gritaba:
—Santa Rita, próxima estación –empezábamos a
recoger todas nuestras cosas y a acercarnos a la puerta
de salida.

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Durante las paradas algunos pasajeros, a través de
las ventanillas o bien bajando del tren compraban tacos,
sopes, enchiladas, tamales y jarros con pulque y no
siempre se subían al momento que el garrotero gritaba:
—Vámonooos –así que éste tenía que jalarlos de la
ropa para ayudarlos a subir y no perdieran el tren. A
veces había quien compraba hasta alguna gallina, a la
cual teníamos que soportar como un pasajero más.
Aquella mañana, muy temprano, estábamos listas
para partir una vez más a su pueblo; yo estaba especial-
mente feliz, pues llevábamos a mi gata al paseo. Todo
transcurrió como de costumbre: un taxi nos llevó a la
estación de Buena Vista donde abordamos nuestro tren,
y después de lo que me pareció una eternidad, por fin
llegamos.
—Rápido niña, coja su bolso, pronto, que el tren
arranca –exclamó Mica.
Quedamos cubiertas de humo y polvo que el ferro-
carril, al partir, nos había arrojado encima; miré a mi
alrededor y vi como siempre, los cerros cubiertos de
magueyes, bellísima planta de donde diariamente se
extraía el. aguamiel y el pulque, bebida muy apreciada
desde los aztecas y la cual ingerían en todas las comidas
desde niños hasta ancianos en gran parte del centro del
país. A lo lejos divisé la torre de la iglesia de San
Antonio, que sobresalía entre los tejados de las casas.
Volviéndome hacia una de las bolsas de ixtle que
Mica cargaba, le dije:
—Dame a mi gata.
—Ni lo sueñe –me contestó–, no quiero que empie-
ce a dar lata, déjela tranquila.
Yo vi cómo mi gata se agitaba y maullaba en forma
lastimera dentro de la bolsa en que viajaba, pero decidí
callarme.
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Y empezó la caminata; Mica adelante, apurándome
siempre y yo, corriendo detrás suyo tratando de alcan-
zarla.
Nunca comprendí cómo podía cargar además tantas
cosas, pues llevábamos aparte de mi gata, bultos con
frijol, arroz y azúcar como regalo para sus tías, así como
calendarios que nos habían regalado en la fábrica de
velas, títeres con la cabeza de barro, dulces, cintas para
el pelo, velas, sal de uvas y aspirinas, todas ellas, cosas
que era posible vender en la tienda.
La tienda no tenía ningún letrero con su nombre,
pero para mí era un sitio fascinante, con aquellas vigas
de madera carcomida sostenidas por anchísimos muros
de adobe, blanqueados con cal y tapizados de calenda-
rios viejos que se seguían acumulando año tras año.
Tenía un largo mostrador pintado de azul que tenía
encima varias de las mercancías que ahí se vendían,
como veladoras, cerillos, jabones, manojos de ocotes,
refrescos, cajas con hilos, cordones de colores para
adornar el cabello, y no sé cuántas cosas más.
En uno de los rincones del cuarto había costales con
maíz seco desgranado y en otros carbón y leña apilada.
Del techo colgaban reatas de diferentes largos y groso-
res, así como unas tiras de papel enmielado en las cuales
se quedaban pegadas a manera de pasitas las golosas
moscas que atraídas par la miel ahí llegaban.
A mí me encantaba ayudar a atender a los clientes,
en especial despachar los granos de maíz porque, como
ahí no había báscula, los tenía que despachar llenando
una cajita de madera llamada cuartillo.
Lo mejor de todo era, sin duda, despacharme los
deliciosos macarrones hechos de leche con canela que
elaboraban en casa de alguna de las familias del lugar y

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que entregaban todos los viernes a la tienda. Esos
dulces eran mi locura y para poderlos comprar, con los
ahorros que llevaba, la tía Pima me permitía ponerlos en
oferta de tres por uno.
A medio día la tienda cerraba su enorme portón de
viejísima y carcomida madera que tenía, en vez de
cerraduras, una tranca.
Yo me sentaba afuera, en un escalón a ver pasar a la
gente y, especialmente, a contemplar la fuente
semicircular de piedra que había al fondo de la callejuela
y a la cual llegaban a beber los burros que, de cuando en
cuando, eran empujados a un lado por algún muchacho
que llegaba a llenar sus baldes para acarrear el agua
hasta no se qué distancia.
Todos estos recuerdos estaban en mi mente, mien-
tras mis pies seguían el último tramo de la calle empe-
drada y ahí estaba por fin el portón esperado, extraña-
mente cerrado a esa hora del día.
—Qué raro –dijo Mica–, jamás está así a esta hora.
Empezamos a golpearlo con una piedra, gritamos,
golpeamos y volvimos a gritar, pero nadie acudió a
nuestro llamado.
Dimos vuelta a la esquina y por un hueco de la barda
vimos el patio que parecía abandonado; la maleza había
sustituido a las plantas que con tanto amor cultivaba la
tía Pima, el borde de aquel pozo maravilloso, en cuyo
fondo brincoteaban las estrellas, estaba con las macetas
totalmente secas y además, hasta donde alcanzábamos
a ver, los cuartos también se veían cerrados.
—No se mueva de aquí, en seguida vuelvo; voy a
preguntar con la vecina a ver si sabe qué pasa –me dijo.
—Voy a sacar a mi gata –pensé, pero como si Mica
me hubiera escuchado, levantó la bolsa de ixtle y dijo:

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—Mejor me la llevo, no sea que se le ocurra sacarla.
Me recargué cansadísima a esperarla y pensé en el
cuarto en que siempre me hospedaban, con su gran
cama con cabecera de latón, en las sábanas y fundas
blanquísimas y la hermosa colcha de ganchillo en cuyos
huequitos me encantaba meter los dedos e imaginar que
era yo quien la estaba tejiendo; recordé a los santos y
vírgenes de caras sonrosadas y ojos de vidrio que se
encontraban encima de los roperos y cómodas que,
según oí una vez, los habían llevado a esconder en
aquella casa durante una persecución religiosa ocurrida
mucho tiempo atrás y que se llamó la Guerra Cristera;
sin embargo, no supe por qué las imágenes se quedaron
en forma permanente.
Los santos que parecían tener sobre mí su fija mirada
me hacían sentir intranquila, especialmente a la hora del
baño, el cual se realizaba en la recámara, en una tina de
lámina que iban llenando poco a poco con cubetas de
agua caliente que acarreaban desde el otro lado del
enorme patio.
Recordé también la cocina, tan limpia y con aquellas
cazuelas colgadas en las paredes y acomodadas de la
más grande (en la cual podría yo caber sentada a pesar
de mis seis años) hasta la más pequeña, que era del
tamaño de mi mano.
Casi pude oler aquella sopa de fideos tan deliciosa,
que la tía Pima preparaba para mí en un pequeño anafre,
donde en maravilloso equilibrio estaban la olla de
frijoles y la cazuela con la sopa aguada, y casi vi cómo
la tía avivaba el fuego con un soplador tejido con hojas
de palma.
Estaba también en la cocina una tosca mesa cubierta
siempre con un bello mantel bordado de flores en punto

337
de cruz y que tenía encima un molcajete con la rica salsa
de tomates con chile, de la cual brotaba el atrayente olor
del cilantro, además de un guajolotito de vidrio conte-
niendo la sal que uno podía espolvorear con los dedos.
De pronto escuché los pasos de Mica que llegando
al lado mío me dijo:
—Según parece, mi tía Aurorita enfermó y mi tía
Pima fue para cuidarla, así que tendremos que caminar
hasta allá.
—Primero quiero a mi gata, en este preciso instante,
¿entiendes? –dije furiosa.
—Lo único que entiendo es que si no camina, se
queda.
—Allá usted si pasa algún roba chicos –me dijo.
—Tú no tienes piedad de una niña como yo, te voy
a acusar con tus tías para que te regañen muy fuerte.
Ella ni siquiera se molestó en contestarme y simple-
mente siguió caminando. Cuando llegamos a casa de su
tía Aurorita empujamos la puerta y cruzamos el patio,
limitado por arcos de ladrillo rojo; al llegar a la cocina la
tía Pima salió a recibirnos y yo la vi exactamente igual
que el año anterior y que el anterior a ése, igual que
todos los años pasados; pequeñita, muy delgada, vesti-
da de negro con su viejo rebozo cubriendo su cabeza y
con aquella boca de labios delgadísimos que me recor-
daban la hendidura de mi alcancía.
—Pasen Mica, que gusto niña, pasen, pasen –nos
dijo afectuosamente.
Desde el fondo de la cocina se escuchó la voz de la
tía Aurorita diciendo:
—¿Quién es Epigmenia? Epigmenia ¿quién llega?
—Es Mica y la niña que vienen de la ciudad.

338
—No dejes entrar desconocidos, Epigmenia, ¿me
escuchas?
—Con una mirada de infinita paciencia la tía Pima
nos dijo:
—Dejen que se calme, ya no entiende nada y lo que
es peor, cree que los franceses nos han invadido de
nuevo y quiere ir a Chapultepec para hablar con el
emperador Maximiliano.
La vieja aquella no lograba distinguirnos con sus
cegatones ojitos y empezó a chillar y rechinar los pocos
dientes que aún le quedaban.
Mica se acercó respetuosamente y la saludó al tiem-
po que besaba la arrugadísima mano que la vieja le
extendió; después nos sentamos cerca del brasero, en
unos pequeños banquitos.
—Como ves, Miquita, he tenido que venirme acá
para no descuidar el negocio que le dejó a Aurorita tu tío
Rafael, que Dios tenga en su Gloria.
—Pero no creas que va nada bien; afortunadamente,
hace como mes y medio se mataron cinco personas en
un choque en la curva a la entrada del pueblo y gracias
a eso pagamos unas deuditas y la hemos ido pasando.
Mica guardó silencio unos segundos, después abrió
lentamente la bolsa de ixtle y por fin dejó salir a mi
sorprendida gata, diciendo al mismo tiempo:
—Por cierto tía, hemos traído a la gata de la niña
para que se quede aquí de vacaciones.
La gata asustada saltó y se metió bajo uno de los
banquitos; al poco rato se estiró, maulló suavemente y
empezó a curiosear.
—¡Mira qué bonito animal, es gris con patitas blan-
cas! parece que tiene guantes –exclamó la tía Pima

339
mientras pasaba su mano sobre el lomo suave y peludo
de mi gata.
—Pues sí tía, pero es retecochina; la última que hizo
fue orinar el colchón de la señora y ya imaginará la que
se armó –le respondió Mica.
¡Vaya si se armó!, pensé para mis adentros y recordé
a Mica correteando a escobazos a la gata y dejando
trozos de popotes por toda la casa mientras gritaba
desaforada:
—Maldito animal, desgració la cama.
Tuvieron que llamar a una mujer llamada doña Inés,
que se encargó de lavar la funda del colchón y toda la
lana del relleno para luego ponerla extendida en el suelo
del patio para que el sol fuera secándola en el transcurso
de los días. Después la apaleó sin piedad durante
muchísimas horas con unas varas de membrillo para
aflojarla, según dijo y por fin retacó de nuevo al colchón
y cerró con hilo y aguja la abertura por donde lo había
hecho vomitar toda su lana.
Mica y las tías tantito hablaban de sus enfermeda-
des, de que si el licenciado las había robado, de con qué
frecuencia debían ir a Tlaxcala, la capital del estado,
para seguir el juicio que tenían pendiente por una tierrita
que los bastardos hijos del tío Rafael querían quitarle a
Aurorita...
Yo me sentí cansada de tanta plática, cargué a mi
gata y salí al patio a respirar un aire más puro que el que
aquellas viejas despedían.
Fui primero a asomarme al pozo y vi aquella rueda
luminosa que allá en el fondo formaba la luz con la
superficie del agua; me encantaba gritarle palabras por
su enorme bocaza de piedra, y oír cómo las repetía el
eco. Luego caminé entre los portales y llegué a uno de

340
los cuartos que me llamó especialmente la atención,
porque por los cristales de la puerta vi en el interior
muchísimas cajas para muerto, incluso algunas recarga-
das en las paredes.
¡Vaya, pensé, así que ése era el negocio que hereda-
ron del tío Rafael! Las había de varios tamaños, casi
toda forradas de tela gris con unos holanes en las orillas
y plisados, adornando el interior de la caja y también la
tapa; sólo las más pequeñas, para niños, eran de color
blanco por fuera y por dentro.
Se me ocurrió que la gata y yo nos metiéramos en
ellas, así que busqué una para mí y otra de las más
pequeñas para la gata, que empezó a ronronear y se
enroscó dispuesta a dormir. Yo acababa de acomodar-
me dentro de la mía cuando la tía Pima apareció:
—¿Que estás hacienda aquí? –con cierta brusque-
dad me dijo.
—Éste no es un lugar para jugar ¿No comprendes
que si se maltratan la gente ya no las compra?
No entendí el por qué de su enfado, ya que ningún
muerto se daría cuenta si estaba o no un poco arrugado
el interior del féretro, pero obedecí enseguida.
Cargué a mi gata y nos fuimos a jugar a corretear a las
gallinas en los corrales.
Era casi de noche cuando me llamaron para meren-
dar. Nos dieron un poco de pan de dulce y café con
leche. Cuando terminé, Mica me llevó a acostar a uno de
los cuartos, me metió en la cama y me dio las buenas
noches apagando la única vela que había y sin darme
tiempo a ningún tipo de protesta.
Estuve largo rato tratando de penetrar la oscuridad,
pero era imposible. Casi empezaba a dormirme cuando
empecé a sentir comezón en mis hombros y en la

341
espalda, al cabo de un rato sentía verdaderos mordiscos.
Busqué con mis dedos y sentí un pequeño globito justo
en mi cuello, lo apresé y lo sentí caminar dentro del
hueco de mi mano. El cuello me ardía, así que lo apreté
con furia y el globito reventó, dejando un líquido
viscoso entre mis dedos. Entonces me di cuenta que
tenía muchos globitos deslizándose por mi cuerpo;
reventé no sé cuántos, estaba desesperada y lloraba en
silencio, añoraba la compañía de mi gata en aquella
larguísima y horripilante noche.
Por fin, los encajes de la cortina empezaron a dejar
entrar la tenue luz del amanecer y fue entonces que
empecé a ver mi cuerpo cubierto de enormes ronchas, y
mis dedos untados con sangre; de pronto descubrí en un
pliegue del colchón una de aquellas asquerosas chin-
ches que me habían torturado durante la peor noche de
mi vida. Poco después salí del cuarto y me lavé en un
balde de agua helada que sirvió para calmar el ardor de
mi piel.
Más tarde llegué a la cocina, donde estaban las dos
viejas exactamente en la misma posición que el día
anterior; me pregunté si ellas habían dormido o habrían
permanecido así toda la noche.
La mañana fue transcurriendo mientras la tía Pima
cocinaba el almuerzo que deberíamos comer antes de
emprender el regreso a la estación para alcanzar el
ferrocarril de las doce. Salí en busca de mi gata; yo sabía
que era perezosa y estaría en algún rincón tomando el
sol; la voz de Mica llamándome a almorzar interrumpió
mi búsqueda.
En la cocina la tía Pima había preparado unos
gusanos de maguey muy doraditos que comimos felices
con tortillas y aguacate. Después nos sirvió unos troci-

342
tos de carne suave y muy bien sazonada; ellas bebieron
su jarro con pulque, pero yo preferí agua de limón.
—Bueno –dijo Mica al poco rato–, nos vamos tía, no
vaya a ser que no alcancemos el tren.
Hubo abrazos y recomendaciones; la tía Pima llora-
ba pues, según dijo, a lo mejor la próxima vez que
volviéramos no nos vería porque ya Dios la habría
llamado a su lado.
—No tiíta, no diga esas cosas, ya verá que estará
aquí contenta y con salud con el favor de Dios.
Cuando íbamos llegando al portón, oímos la voz de
la tía Pima que desde la puerta de la cocina gritaba:
—Mica, Mica, llévate esa matita de hierbabuena que
está a la bajada.
—Gracias tía, que Dios le de más –le contestó.
Mientras Mica buscaba la planta, algo en el suelo
llamó mi atención, lo recogí y al verlo lo arrojé horrori-
zada; era un trozo de piel con pelos grises que reconocí
al instante. Me sentí mareada y la carne suave y sazona-
da empezó a agitarse dentro de mi estómago.
Miré hacia atrás y ahí estaba la tía Pima agitando su
mano para despedirnos y sonriendo con su boca de
alcancía.

343
344
El día que el mundo dejó de dormir

Raúl Guillermo Flores Marrón


Jóvenes Creadores
Pseudónimo: Domingo Sole

El periódico esa mañana llegó más temprano que de


costumbre. Yo y mis hermanos nos preparábamos para
ir a la escuela y listos para desayunar con nuestros pelos
engominados y brillantes como zapatos recién lustra-
dos. Mi padre, el único relojero en el pueblo donde
vivimos, que es muy chico, nos hizo un ademán con su
mano izquierda, pues la derecha la tenía ocupada soste-
niendo el diario. A lo largo de los años, el descubrir e
inventar formas de cómo adivinar lo que mi papá nos
diría se había vuelto un concurso para mí y mis herma-
nos; yo era un experto en la materia, aunque ese día no
pude descifrar nada.
Nos acercamos a la mesa y asestando un golpe a la
esquina del diario.
—He aquí la peor noticia en 100 años –dijo mi papá.
Al decir esto, y aún antes, nos sentíamos con una
curiosidad que salta parada de aquella cocina.
—¿Que noticia puede ser la peor para un niño de 12
años como yo?: ¿Las minas de azúcar ya no producirán
su precioso material pues las hormigas obreras pusieron
en huelga y no se podrán producir dulces en 100 años,

345
se suspende el recreo en todo el mundo por falta de
balones de fútbol, o peor aún el mundo se puso al revés
y todos nos caeremos para arriba?
—Nada de eso –dijo mi padre. Como si nos hubiera
leído los pensamientos. Y a continuación empezó la
lectura de tan prolífico artículo que ocupaba los titula-
res del único periódico de nuestro pueblo, que es muy
chico.
—EI día de ayer, martes del año en curso, sucedió a
lo ancho y largo de nuestro pueblo, que es muy chico,
algo inexplicable. Como todos podemos constatar per-
sonalmente, no hubo alma que durmiera en el pueblo, y
al parecer ni en el pueblo vecino, ni en el vecino de éste,
que son pueblos muy chicos. Recibimos en la redacción
nota urgente en telegrama de ciudad capital, en el cual
explican que allá tampoco se durmió. Pensamos que
este evento puede ser aún mayor, pero todavía no
tenemos pruebas fehacientes del hecho. Por lo pronto
sólo queda lanzar un par de preguntas a nuestros lecto-
res: ¿Qué extraña razón pudo haber causado esta noche
de insomnio?, todos nos preguntamos lo mismo. Al
valorar esta pregunta salen más a relucir, ¿Quién fue el
causante?, ¿Tuvo alguna razón? Sin tener respuestas a
estas incógnitas y para lo demás, todos en el pueblo
estamos desvelados el día de hoy, y aunque a algunos no
nos importe tanto, por los hábitos adquiridos de la edad,
al pueblo se le nota en cámara lenta.
No sabemos cuánto se pueda extender el suceso
pero estaremos al pendiente, procurando publicarlo en
nuestra gaceta vespertina.
Antes del punto final, mi padre ya estaba sumido
dentro de su mano, como quién tiene una pena muy
grande y no puede levantar el peso de su propia alma.

346
Dio una mirada circular a toda la cocina como buscando
respuestas, y la dejó colgada en la ventana que daba al
patio, como observando el lento movimiento de un
estropajo de cortina decorada con frutas y verduras.
Todos nosotros, pasmados sin querer ni siquiera pen-
sar para que no nos escuchara, nos quedamos inmóviles.
—Tendré que poner en oferta todos los despertado-
res –exhaló y dijo mi padre. Mi madre con la misma
pereza y conocimiento del suceso:
—Más tiempo para planchar por las noches –dijo.
Nosotros no entendimos la pena, pues sólo pensába-
mos en los juegos que podríamos entablar por las
noches en la cuadra. Jugaríamos cani-cani toda la noche
hasta aburrimos, mejor aún a las estatuas de marfil1,2 y
3 así...
Ya en la escuela, y sin dejar de imaginar todos los
juegos reservados para la noche, todos hablaban de lo
mismo. Los maestros con sus aires de conocedores
marcaban teorías cósmicas de cómo un cometa que
había pasado por la tierra aquella noche nos había
espantado el sueño a todo mundo. Otra teoría no tan
aceptada entre los mayores, pero sí entre nosotros, era
la de Kika, una niña a la cual apodamos así para no
olvidarlo, pues a Kiko, que era su hermano, le decíamos
así desde que mojaba los pañales.
—En su sabiduría infinita, las hormigas obreras
poseedoras del secreto de hacer dulces, nos regalaron a
todos la noche de ayer una dosis de azúcar, como para
no necesitarla en 100 años. Es por eso que no pudimos
dormir, pues tan contentos como estábamos por tanta
azúcar, nos hubieran dado pesadillas horribles –decía
Kika con un entusiasmo de convencer que no veía
desde el domingo pasado en el sermón de la iglesia.

347
Sin haber pasado lo peor y con muchos balones para
jugar, salimos al recreo los de costumbre. Los dulces no
se habían acabado en la tiendita de mi tía Lolis, y al jugar
una cascarita no sentía que mis pies se despegaran del
suelo como si me fuera a caer hacia arriba. Parecía el
mismo juego de todos los días.
Regresamos a clases, y a casa también, más tarde. Mi
padre no había despegado los pantalones de la silla de la
cocina ni la mirada de la ventana. Mi madre probada su
plancha en un burro acabadito de comprar, pues aún
tenía el plástico montado. Miraba la plancha por todos
lados, hasta dentro de los hoyitos, y hacía como que
planchaba en el flamante burro de planchar.
Por la ventana, después de cinco minutos de la
misma rutina, se asomó un rostro conocido, era el
repartidor de la gaceta. Llegó tocando la puerta tan
despacio como pudo, como esperando que nadie aden-
tro Ie respondiera y con una cara como si hubiera visto
al mismísimo Cucuy en persona. Escurrió el diario por
debajo la puerta con la misma cautela que había tocado
y rápidamente se esfumó de la ventana. Mi padre,
aunque presto a ir por la gaceta, no alcanzó ni a darle las
gracias.
De nuevo la misma mirada indescifrable de la maña-
na. Se quedó pasmado. Mamá dejó de mirar por los
hoyos de su plancha y recostó su mano en el hombro de
mi padre, queriendo leer la gaceta sin interrumpirlo.
—Confirmamos todos los hechos mas allá de lo que
temíamos; ninguna persona pudo conciliar el sueño, ni
en ciudad capital, ni en todo el país. Es un suceso por
demás extraño, tanto, que nos ha quitado el sueño a
todo mundo. Científicos con los grados más altos de
estudios y con doctorados en lugares del mundo tan

348
apartados, que ni su nombre ha podido llegar a salvo,
están estudiando el fenómeno sin poder dar una res-
puesta concreta, verídica o creíble aún. Las hipótesis
van de lo imposible a lo risible.
Sir Luke Wells, científico con renombre en Londres,
propone lo que al momento es la teoría más creíble:
“Como todos sabemos, nuestros sueños están influidos
por el flujo magnético de la tierra, por tanto, una leve
variación en el equilibrio magnético puede trastornar
nuestro sueño de maneras inimaginables. El día de ayer,
como nuestros cálculos ya lo habían predicho, el come-
ta f5-3 navegó por nuestros cielos de manera ininte-
rrumpida, causando variaciones enormes en los polos
magnéticos terrestres, no sólo el sueño se notó trastor-
nado, sino también las mareas y los relojes. Esto suce-
dió en todo el mundo.”
Así es que, según los pronósticos nos espera otra
noche sin dormir, y al parecer a todo el mundo por igual,
cosa que nos parece aún menos creíble.
Se da un llamado a todo el pueblo, que es muy chico,
a reunirse en la plaza, a poder discutir las acciones a
tomar en este caso, ya que nunca se ha presentado nada
así. Se estará llamando a partir de las seis de la tarde,
cualquier nueva noticia se informará en la reunión.
Terminaba el diario.
Yo no dejaba de pensar todo lo que dirían nuestros
profesores: “¿Ves que teníamos razón?, yo no podría
estar equivocado, ya lo sabía desde el principio, a mí
nadie me puede engañar, etc.”
Mis papás estaban tan concentrados como yo, pero
no en el mismo asunto, sino en arreglarse para ir a dicha
reunión. Mi mamá pudo estrenar su burro, tan ansiosa
que estaba, le planchó seis camisas y tres pantalones a

349
mi papá para que él escogiera a discreción. Yo, mien-
tras, pulía mis canicas preferidas con saliva, afilaba la
punta de mis trompos que ya estaban olvidados, y le
sacaba punta a todas mis ideas para divertirme como
loco.
Ya en nuestra placita principal, y con la multitud a
cuestas, todo parecía como un hormiguero repleto en
plena lluvia; todos estaban como locos pensando si esto
no se trataba de la peor epidemia que el mundo hubiese
conocido. De pronto mis papás se perdieron en el
bullicio, así que yo salí de allí y me fui a donde estaba la
diversión. Todos los niños, mis amigos y hermanos,
jugaban fuera de la turba a todos los juegos que un niño
de doce años puede imaginar.
Al empezar el discurso proferido por nuestro honro-
so y regordete alcalde, aquella multitud de frenéticas
hormigas se fundió en un ejército de abejas bien forma-
do y organizado, todos a la espera de las palabras que
habrían de aclarar las dudas y el sueño de todo el mundo.
—Todos con prodigiosa calma hemos esperado este
momento y no les defraudaremos. Hemos recibido la
respuesta a nuestras aquejadas preguntas sobre la razón
de tan extraño acontecimiento; esta respuesta que al
principio les sonará más simple, satisface hasta al más
exigente erudito en la materia, y el mundo parece estar
de acuerdo con ella al unísono. La luz nos llegó de un
científico ilustre que está por cumplir 100 años de edad
y radica en una isla, que es muy chica, y que no aparece
en ningún mapa ni satélite conocido; de su procedencia
sólo sabemos la respuesta al mal dormir, y sólo eso nos
importa.
Él explica que la causa de que todo el mundo dejó de
dormir se debe a..., dijo el alcalde hasta que quedó

350
profundamente dormido en un sueño tan liviano que
parecía volar en su atril.
Inmediatamente después y uno a uno, todos los
adultos presentes en la plaza quedaron roncando como
fichitas de dominó paradas en el lugar desde donde
escuchaban, y el pueblo, que es muy chico, quedó en
silencio como los ojos de los muertos. Sólo se escucha-
ba el chillido del micrófono como cuando se le acerca
mucho a los altavoces.
Todos nosotros, los niños despiertos, no podíamos
creer lo que veíamos y atónitos empezamos a caminar
entre todas esas estatuas de marfil que conocíamos muy
bien, y algunos eran nuestros parientes. Ninguno se
despertaba ni con el más fuerte ruido que hiciéramos.
Entendimos que no se despertarían en un buen tiempo,
al mismo tiempo nuestros ojos, manos y pies se llenaron
de alegría al saber que el sueño de todo niño pequeño se
nos había cumplido: tener un pueblo desierto en el cual
jugar sin regaños.
Al alejarme de aquella plaza con todos los niños a mi
alrededor, recordé lo que había pensado cuando todo
esto empezó. Tenía mi propia idea acerca del maravillo-
so suceso. Creía que todo lo extraño, no era tan extraño
si lo pensábamos como niños. A nosotros no nos impor-
ta si estamos dormidos o despiertos para soñar o crear
teorías de lo más raras, para viajar o jugar con nuestros
pensamientos tal y como si estuviéramos cortando
hojitas de colores y pegando una por aquí y otra por allá.
Hasta parece que no necesitamos dormir para recuperar
nuestras fuerzas. Tal vez fue una lección para los
grandes que con la edad se les olvida soñar, tratan de
controlar todo y hasta a las personas, les preocupan

351
tanto las cosas que tienen que hacer, que la mejor
manera que tienen para aprovechar el tiempo es pensan-
do y organizando qué es lo que deben de realizar al día
siguiente.

352
El Estero

María Yolanda Partida Ruiz


Mención Honorífica

El lanchón de madera, con algunas personas de pie, se


alejaba lentamente; parecían fantasmas a través de la
brisa marina, que invisibles trataban de atraparlos entre
sus enervados brazos. Unos manchones rojizos en el
cielo recordaban al sol desapareciendo detrás del hori-
zonte. Las lámparas se iban encendiendo, tenuemente,
para alumbrar el pequeño pueblo a orillas del profundo
estero.
Miré de reojo mientras acomodaba los vasos sobre la
barra, al presidente municipal y a don Remigio que
jugaban a la baraja, revolviendo una y otra vez el fajo de
cartas que pasaban de mano parsimoniosamente, en
silencio, casi sin pestañar. Se miraban de frente querien-
do adivinarse el pensamiento. En un rincón se encontra-
ban los hermanos Medina, conocidos mafiosos. AI
centro, en una mesa apolillada, estaban unos forasteros
bien vestidos, serios, muy pálidos, parecía que espera-
ban la presencia de alguien. Don Remigio ya había
perdido bastante dinero, estaba sumamente nervioso,
Francisco, el presidente municipal, recogía sonriente
los billetes y monedas regadas sobre la mesa. El viento,

353
que se coló entre las rendijas del techo de palma del
merendero, y el relincho de un caballo me hicieron
estremecer. Por si las dudas, me santigüé: “No vaya a ser
que las brujas anden rondando por aquí”, dije para mis
adentros.
Como ave de mal agüero, Merceditas, la chismosa
del pueblo, entró abruptamente:
—¿Ya se enteró, don Jacinto?, dicen que al marido
de Doloritas lo encontraron allá por el palmar, cerca de
la marisma, muerto a machetazos; estaba hecho peda-
zos el pobre, a su mujer le costó mucho trabajo recono-
cerlo.
—Verá, doña Merceditas, aquí no se ha sabido nada
–contesté amablemente a la interfecta, por no dejar– y
mire que ha cruzado mucha gente.
—Pues Dios nos libre del chamuco, don Jacinto,
terminó diciendo Merceditas.
Sin decir nada más, tomó unos panes de la vitrina
apostada a un lado de la barra. Después de pagar, salió
presurosa cerrando la puerto tras de sí. Me quedé
pensativo, luego fui hacia los clientes para preguntarles
qué más se les ofrecía. Por la ventana abierta llegaba un
aire fresco, acompañado de un cierto olor a pescado,
llevándose el humo de los cigarros que imperaban en el
lugar; un trío cantaba desganadamente, sólo para cum-
plir.
De pronto, la puerta se abrió mostrando una delgada
silueta: era un hombre montado en su caballo negro,
parecía venir desde muy lejos, ya que caballo y jinete
sudaban copiosamente. EI hombre desmontó de un
salto, amarró el caballo a la entrada y caminó hacia mí:
las espuelas doradas rechinaron sobre el piso de concre-
to. Mirando discretamente al recién llegado, un poco

354
nervioso, pregunté: “¿Va usted a tomar algo?” Un mal
presentimiento se apoderó de mí cuando los ojos
inexpresivos del hombre me miraron fijamente, mien-
tras exclamaba: “¡Una cerveza fría, por favor, que me
vengo quemando!”. Tomé un jarro, lo llené de cerveza
y se lo ofrecí, no sin sentir recelo. Sombrero de ala
ancha, traje impecable, todo de negro, “un hombre bien
vestido para andar por estos lugares”, pensé. El extraño
personaje dio un trago a su cerveza y paseó la mirada por
el lugar. Todos estaban sorprendidos por la presencia
del forastero. Se tomó de un sólo sorbo el resto de la
cerveza, y preguntó:
—¿A qué hora sale el lanchón?
—Yo no hay salida, amigo –contesté mientras le
servía más cerveza– va a tener que esperar hasta maña-
na temprano.
—¡Pero cómo, si me urge llegar! –repuso malhumo-
rado.
El hombre de negro se quedó cabizbajo un rato.
Sacó un puro, lo asió de la punta y le prendió fuego; deja
escapar el humo despacio, diciendo fríamente: “A mí
nadie me abandona, ni tampoco puede escapar, al
contrario, tengo muchos seguidores”. No comprendí lo
que quiso decir, pero un escalofrío recorrió mi espalda.
Una maligna sonrisa se dibujo en su moreno rostro: “No
temas, Jacinto, nada malo va a pasarte”. Me quedé
boquiabierto, jamás lo había visto, ¿de dónde me cono-
cía, y cómo es qué se atrevía a recriminarme sobre mi
comportamiento, con qué derecho?
“Te preguntarás por qué sé tu nombre, ¿no es así?”,
recalcó el forastero; “pues bien, yo conozco todo sobre
ustedes”, dijo mientras caminaba hacia una mesa vacía.
“Sé que les gusta apostar”, sentenció, señalando con su

355
dedo a don Remigio y a Francisco; “y ustedes...” agitó
su puntiagudo dedo, hacia donde estaban los hermanos
Medina. Haciendo una pausa, sus ojos fríos, oscuros,
tenebrosos, brillaron a través de la tenue luz de la
lámpara. “Ustedes –repitió– son unos traficantes”. Un
trueno sustituyó el sonido de su voz, las gotas de lluvia
empezaron a caer despacio sobre el techo, yo no atinaba
a moverme.
Lucía y Ofelia, las dos muchachas que acababan de
llegar a trabajar, lo miraron atemorizadas. Percatándose
de su presencia, el forastero pidió en voz alta: “¡Vengan
acá, criaturas de Dios! Por favor, pongan esto alegre,
que ya parece funeral, sí –aseguró– un funeral. No
huelen a muerte, a desgracia, eso es lo que espero para
irme esta misma noche”. Después señaló a los hombres
bien vestidos, que silenciosos aguardaban: “Ustedes
también esperen”. Los músicos atemorizados comenza-
ron a tocar una triste canción. Las descargas de los
relámpagos se escuchaban cada vez más cerca, era
imposible no saltar del susto. Caminé lentamente hacia
la puerta para ver la calle inundada. La lluvia que caía
a cántaros, la clínica se encontraba abierta todavía, del
otro lado del estero no se alcanzaba a ver nada: ¿de
dónde salió esa carreta estacionada a un lado de la calle?
Todos en el pueblo se habían refugiado en sus casas.
—¡Jacinto, más cerveza!
El forastero se puso de pie, tomó su caballo y lo jaló
de las riendas hacia adentro del merendero. Después,
volvió a su lugar. EI tiempo fue pasando, de la lluvia
sólo quedaba el aroma a humedad, cada cual metido en
su plática, nos olvidamos por un momento de aquel
hombre.

356
De la nada, aparecieron en la puerta dos hombres de
aspecto joven. Sin decir nada, se acercaron hasta la
mesa donde estaban sentados los hermanos Medina. Se
pararon frente a ellos y les dispararon a quemarropa.
Nos tomaron por sorpresa a todos. Cuando reacciona-
mos, los pistoleros ya se habían perdido ágilmente en la
oscuridad, después de atropellar una de las lámparas
que se encontraba en el pasto central del merendero, y
de que las llamas se apoderaran del lugar vertiginosa-
mente. Caminé hacia la salida para ponerme a salvo.
Busqué con la mirada a quién auxiliar, pero no se veía
nada, por el humo. Las grandes bocanadas de fuego se
levantaban amenazantes. Fue entonces cuando sucedió
aquello: incrédulo, vi cómo jinete y caballo salieron de
entre las llamas, arrastrando consigo a todos los que
quedaban en el interior. Los arrojó dentro de la carreta
y se los llevó hacia el estero. Una carcajada resonó más
oscura que la noche: era el forastero alejándose veloz-
mente sobre las aguas. Cuando la gente se acercó, las
llamas casi habían devorado todo; yo sólo balbuceaba
con los ojos desorbitados por el miedo: “Satanás se los
llevó al estero, fue Satanás”.
Al revisar las cenizas, no encontraron ningún cuer-
po. Después de esto nadie se atrevió a cruzar el estero;
afirmaban que el mal se había apoderado del pueblo,
que era la antesala del mismísimo infierno.
A pesar de lo ocurrido, sigo viviendo cerca del
estero, solo y cansado, tratando de olvidar; perdido
entre la marisma de la cofradía. Se los cuento para que
tomen sus precauciones. En el ahora, hermoso y tran-
quilo pueblo, vendo “unas que otras cositas” con mi
vieja carreta.

357
Los ojos enrojecidos y una burlona sonrisa enmar-
caban el moreno rostro de Jacinto. Unas espuelas dora-
das colgaban del techo de la carreta, tintineando. “Todo
lo que gusten comprar lo tengo yo… ¡Dicen que estoy
loco, pero yo sé que no!”, exclamó malicioso, mientras
empujaba lentamente la carreta cuesta abajo, desapare-
ciendo tras la oscura y desolada callejuela. EI viento
parecía una tenebrosa carcajada, pero creo que sólo son
figuraciones, nada más figuraciones.

358
Como os imagináis a Caín

Fedra Rodarte Hirales


Mención Honorífica
Pseudónimo: Ariadna

Gordo llegó del refrigerador con un enorme vaso de


leche. Colocó el vaso a su diestra y después de darle un
trago hondo pasó sus dedos grasientos por el botón de
la computadora. La cena de las siete, ni muy ligera ni
muy pesada. Más pesada que la de las seis pero menos
pesada que la de las nueve, con la cual se auguraba una
noche extrema colmada de pesadillas. Este era el único
deporte que practicaba y por la mañana lo hacía levantar
sudoroso, estremecido, libre de pasiones y remordi-
mientos. Tengo complejo de careta de carnaval, pensó al
mirarse fugazmente reflejado en el crista! de la pantalla.
Las imágenes regresaron velozmente, permitiéndole
olvidarse de sí mismo, o al menos de esa parte de sí
mismo que aparecía retratada en el monitor. Había
mejores rostros sobre aquel mosaico. Se acomodó los
gruesos lentes de fondo de botella y fijó la vista en la
multiplicidad de textos ilustrados con dibujos entre
diabólicos e inocentes. ¿Como os imagináis a Caín?, reza-
ba el encabezado escrito en gruesos caracteres futuristas.
La primera respuesta lo hizo sonreír: El amo de las
sombras, el eterno sire de todos los vampiros, ¿cómo se vería?

359
Primero que nada, debería parecer un muchacho joven, pero
musculoso, digo, si no fuera que quedara tan poco de humano en
él. Imagino que despierta y ve las cosas terribles que su progenie,
por su culpa, ha causado. La cara desfigurada por el dolor, su
pelo morocho y lacio por la altura del cuello. Siempre completa-
mente desnudo pero rodeado por un vello de sombras. Una
mirada penetrante y cansada, pero también llena de furia
contenida a lo largo de los siglos por la traición... No lo sé. Creo
que así me gustaría que se viera. De cualquier modo, es obvio que
cualquier mortal o inmortal que lo viera se sentiría completamen-
te amedrentado, y su mirada podría casi transmitir su dolor de
siglos y siglos.

Un timbrazo lo empujó a resurgir del ensimismamiento.


Levantó la bocina del teléfono sin despegar los ojos de
la pantalla. Escuchó pacientemente, aunque no alcanzó
a comprender gran cosa mientras se afanaba en descifrar
nuevos textos e imágenes. Colgó. El vaso de leche
volvió a subir a su boca. Por supuesto que el amo de las
sombras habría de lucir joven, ágil y esbelto. Para algo
era el amo de las sombras. Aunque al icono dibujado a
su izquierda le faltaba cierta malicia en la mirada, un aire
de sabiduría y mimetismo capaz de permitirle trasladar-
se a través de los espacios siderales o cuando menos
electrónicos. Su respuesta sería fulminante:
—X cierto, el hecho de estar en todas partes debería
demostrar que si bien no me parezco a Caín, que no se le ve en
ninguna parte, sí me debo parecer a Dios que es omnipresente.
Así que Gordo se puso en pie y subió la escalera para
el segundo piso. Entró al cuarto de su hermana y volteó
a ver aquel par de rostros. Los ojos tibios del novio de
su hermana le recordaron los de una doncella capturada
en el abrazo de un vampiro. Amordazado y aturdido,

360
descansaba en el suelo, a unos metros de la cama. Su
hermana, del otro lado, también amordazada y con los
ojos irritados, se mantenía recargada en la pared cubier-
ta de carteles. Seguramente era el momento de decir
algo así como: “Si me prometen no hacer ruido, les
quitaré las vendas que tienen en la boca”, pero no hizo
falta porque estaban cansados o tal vez hartos de
permanecer en la misma posición durante tantas horas,
desde las diez de la mañana, cuando los encontró
hacienda cosas indecentes. Estaban cansados y aturdi-
dos por el calor. Solamente aflojó el bozal del novio.
—Ya déjate de juegos, Gordo... Balbuceó el muchacho,
y su hermana, todavía con el lienzo en la boca, hizo un
esfuerzo para asentir.
No se inmutó. Mostrando un envidiable dominio de
sí mismo, se sentó al borde de la cama.
—Quedamos en algo. ¿O le cuento a mi mamá toda la
historia? Sólo faltan veinte minutos...
Así que el novio se deja volver a poner la tela y
acurrucó nuevamente a un lado de la cama. Gordo,
vuelto un gato de presa que juega con ratones, cerró la
puerta tras de sí y bajó a la cocina para cerciorarse que
las llaves del gas estuvieran abiertas. Un ligerísimo vaho
maloliente acarició su cara. ¿No se suponía que aquello
fuera la miasma del infierno? Ni siquiera sentía nauseas
o había percibido que la hermana y el novio estuvieran
mareados. Solamente cansados, fastidiados, hartos de
esperar el momento en que los desataría. De cualquier
forma, en veinte minutos la mamá estaría de regreso y
era imprescindible que para entonces se hubiera concre-
tado la hecatombe. Así que tomó asiento de nuevo
frente a la pantalla, tecleando con rapidez y contem-
plando apenas en forma superficial los nuevos mensajes

361
y dibujos. Sin apagar la máquina, dejando bien orienta-
da una pequeña cámara digital que reproducía la imagen
de la puerta de la cocina y la escalera ascendente hacia
el segundo piso, se puso en pie y amarró fuertemente las
cintas de sus zapatos. Tomó la caja de cerillos. En el
umbral, encendió y arrojó uno de ellos hacia el fondo de
la casa mientras echaba a correr.
La camarita digital estaba destinada a inmortalizar el
cuadro dantesco y sobre todo, a retratar a su hermana y
el novio bajando por la escalera envueltos en llamas,
aullando como perras. Gordo lograría con esto entrar al
cielo de los capaces de cualquier cosa, en el cual por
tantos medios había tratado de figurar desde hacía años,
dejando atrás innumerables humillaciones y chistes a
los cuales lo sometían los compañeros de su escuela.
Desde que era pequeño había aprendido lentamente a
esperar este momento de triunfo, y no iba a permitir que
nada lo detuviera.
La onda expansiva lo derribó sobre el pasto, trope-
zando con algunos adornos del jardín. El calor de la
explosión le derritió los vellos del brazo y una parte de
las cejas, aunque se apretó al suelo lo más fuerte que
pudo. Luego se enderezó y emprendió la carrera sin
mirar hacia atrás, consciente de que los vecinos ya
estaban en la calle y que los bomberos y las ambulancias
aparecerían en cualquier momento. No alcanzó a ver los
cuerpos pero estaba seguro que volaron par el aire. Por
todos lados había fragmentos de cenizas humeantes. No
tenía miedo, sino algún grado de conciencia del peligro
que había corrido y una pequeña dosis de previsión ante
la posibilidad de que la inmensa mayoría de los mortales
sería incapaz de comprender sus motivos o la falta de
ellos. El poder adquirido para la transformación. Los

362
resortes que empujan a los héroes a realizar grandes
actos que sólo adquieren una justa valoración cuando
han transcurrido años, a veces siglos o incluso nunca,
pues el orden real y el mítico raramente coinciden.
Dentro del orden mítico, sobra decirlo, sus acciones
estaban más que justificadas y eran incluso heroicas.
Dentro del orden real, convenía alejarse. Gordo decidió
obedecer esta segunda intención, encaminándose a la
desembocadura de la calle. El día era ancho y ajeno, un
reino luminoso que se expandía en todas direcciones. Al
fondo brillaba la avenida, con sus camiones urbanos y
los letreros que anuncian la inminencia del centro.
Hacia allá se encaminó, todavía un tanto aturdido, con
una sensación en los oídos similar a la que se tiene
cuando el avión desciende desde una gran altura para
aterrizar.
—Señoras y señores, abrochen sus cinturones. Estamos a
punto de aterrizar. Aférrense a algo y no olviden sus pertenencias
personales en el momento de la explosión...
Lo primero que hizo una vez que se alejó fue buscar
un café con conexión a red. Pagó media hora por
adelantado y se metió a uno de los cubículos, donde
hubiera deseado tener una cortinilla a sus espaldas pero
tuvo que conformarse con la esquina menos expuesta
del local. Pulsó los botones y esperó impacientemente
un par de minutos que le parecieron interminables. Al
final apareció la ventana, la rendija, los signos que
habría que confirmar para poder entrar a esa cofradía de
supervivientes a la cual, ahora más que nunca, merecía
integrarse. Las puertas se abrieron y apareció un direc-
torio. Escogió a uno de tantos interlocutores. Inició la
conversación. No pudo sacar nada en claro. Intentó con
otro. Lo mismo. El tercero ni siquiera le quiso contestar.

363
De pronto los latidos de su corazón recobraron el
ritmo. EI zumbido en su cabeza tendía a desaparecer. Al
borde del vértigo, por unos minutos dejó de percibir las
imágenes en el monitor y se concentró en la nada. Algo
que había allí, sobre el cristal pero antes de su reflejo y
después de la pantalla. Una sustancia expansiva, envol-
vente. Un plasma derramado sobre ese instante que
intentaba devorarlo y detener el tiempo en la ausencia
de ruidos, pensamientos, respiraciones. Las imágenes
de la casa, las calles, su hermana y el novio aparecían
como recuerdos lejanos y difusos, sin contorno, como
siluetas recortadas en cartulina que apenas alcanzaban
a proyectar una ligerísima sombra sobre el mundo.
—Dios mío, ¿qué he hecho?, fue lo único que alcanzó a
murmurar. Salió de aquel lugar y se adentró en otra calle
cualquiera.
Los edificios reverberaban la luz ambarina del
atardecer. Después de haber estado tanto tiempo en-
cerrado en su casa, recorriendo el mismo camino de la
máquina al refrigerador y del refrigerador a la máquina,
intercalando breves excursiones al baño o al segundo
piso, el mundo le parecía una colección de objetos
extraños. Allí estaban esos letreros enunciando los
nombres de las calles que había recorrido cientos de
veces desde su infancia, en el pasado remoto de su
adolescencia, hace unos cuantos días que parecían mil
años, eras geológicas enteras. Allí estaban los árboles
que lo habían visto ir y venir en otros tiempos, y ahora
parecían desplazados por una oscura deriva. Allí esta-
ba él, un extranjero de sí mismo, con quien pocas veces
durante los últimos tiempos se había dignado cruzar
una palabra sin recurrir a los intermediarios electróni-
cos, aquel espejo de cristal líquido en el cual su rostro

364
reflejaba el de otras criaturas y su voz interna se
transformaba en un rugido inmaterial.
Se había exiliado voluntariamente a lo largo de todos
estos años detrás del teclado, cuya pulsación le daba
una intensa sensación de poder, seguridad, tranquilidad
y belleza. De pronto el teclado ya no estaba. Alguien del
otro lado se había negado a contestar y lo había dejado
a solas con el mundo. Ese mundo lo llenaba de terror
porque estaba lleno de cosas sólidas, objetos depen-
dientes de las temibles leyes naturales. Apenas esa luz
lograba darles un aspecto levemente volátil, híbrido.
Comprendió que allá afuera, en ese lugar obsceno donde
las cosas y los seres se mueven fuera del alcance de la
mano, las posibilidades son limitadas.
Tocó a la puerta de aquella sacristía a una hora
impropia, cuando el único sacerdote se preparaba para
cenar. Gordo se sintió aliviado al ver la puerta que se
abría frente a él, y le dijo que quería confesarse. A
regañadientes, el sacerdote lo hizo pasar. No le creyó.
No lo tomó en serio. Le dio la absolución y le dijo que
se fuera a su casa.
—Si Caín es tan wonderfuloso de la muerte, debe de estar
muerto de risa por la actuación de su progenie, creyó recordar
haber visto escrito en la pantalla, pero tal vez era sólo
imaginación. Durante los últimos días había pasado
tanto tiempo contemplando ese objeto que no estaba
seguro de la temporalidad de los signos descifrados, su
duración, incluso si eran reales o solamente los dedujo
de una línea de pensamientos enlazada mediante engar-
ces invisibles, situaciones improbables y opiniones que
sería fácil adivinar a partir de una acumulación de
circunstancias cuidadosamente acomodadas por suce-
siones temporales.

365
—Conocéis el juego de “Legacy of Kain” o el juego “Soul
reaver”, la verdad es que yo me imagino a Caín como un hombre
alto con pelo largo y blanco, su piel con una tez entre blanquecina
y grisácea con una cicatriz en la cara, y sin barba. Con respecto
a sus ropajes serían como los de un romano al estilo telas por un
lado y por otro que sólo tapan lo necesario por supuesto gastadas
pero al mismo tiempo bien tratadas.
Esta discusión lo había desvelado por lo menos
durante las últimas dos semanas. Era un problema vital
que podía definir el sentido de su existencia, una discu-
sión en la que no estaba involucrada la mente ni el
pensamiento, sino su personalidad entera, el cuerpo y el
alma. Estaba claro que a los seres mitológicos o por lo
menos míticos, sus actos los definen mejor que sus
palabras. Por lo tanto, en el fondo no era ocioso pero sí
secundario descifrar a este personaje sólo por su aspec-
to. Estaba claro: su aspecto debería derivar de sus actos
y no viceversa. Si él era capaz de ejecutar las acciones
de Caín, lo demás llegaría por añadidura y entonces,
claro que sí, dejaría de llamarse y verse simplemente
Gordo.
—A ver... Analicemos, hay una primera ofrenda a Dios,
Caín le lleva sus mejores frutos cultivados con el sudor de su
frente, pero Abel le entrega su más inocente corderito, y esto le
agrada a Dios y nada le dice a Caín... ¿Por qué?.. Pues porque
Dios había condenado a los hombres a labrar la tierra con
esfuerzo, y como ellos habían sido hechos de ésta, nada que
viniera de ella o del sudor del hombre sería de su agrado... La
pregunta que esto me sugiere es, por qué el jodido Adán no le dijo
esto a su hijo? Caín, frustrado, se fue a hablar con su hermano
y éste le dijo: ofrécele lo que para ti sea más amado y más bello,
así que no le quedó otra. Lo más amado y más bello era su
hermanito... Fue todo una terrible confusión, y así el pobre debe

366
pagar su pecado reflexionándolo de por vida, ya que es tan
orgulloso que Dios le envía tres ángeles para que se arrepienta
y él orgulloso dice que no...
Estaba claro que esa noche no habría cena frente al
monitor ni programas de televisión en la sala. Su vida
había dado un giro de ciento ochenta grados y todavía
no se tomaba el tiempo necesario para mirar hacia el
horizonte. No sabía cuál era la dirección que debía
tomar; él, que tan felizmente inmóvil había sido hasta
ese momento. No había demasiadas opciones ni teclas
que pulsar, ni botones luminosos invitando a “accesar”
a algún extraño paraíso. “Accesar”, esa palabra era
como una tarjeta de membresía que lo elevaba sobre la
generalidad de las personas, lo destacaba como algo
perfecto e indefinido. Indefinible Caín, podía optar por
encarar el mundo, sus caminos, o dar la vuelta y caminar
hacia los restos de lo que algún día fue su casa.

367
368
Del jardín

Eligio Moisés Coronado


Mención Honorífica
Pseudónimo: Narda Xela

La Güera y la Licha se pelearon, y ésta le puso tal friega


a su amiga que, cuando doña Loreto, mamá de la primera,
se enteró de la riña y los resultados desventajosos para su
hija, se dirigió furiosa a la casa de Merceditas, madre de
la Licha, para hacer el reclamo correspondiente.
Ya sabes que muchas veces los adultos toman como
cosa personal los pleitos de los chamacos. Malamente,
digo yo, porque luego los chicos se contentan y ahí
quedan los grandes, peleados.
La Güera y la Licha eran, lo que se dice, amiguísimas:
se buscaban siempre al terminar sus clases en la prima-
ria, y durante los fines de semana correteaban juntas,
chiroteaban, hacían travesuras y tenían pequeños dis-
gustos resultantes de sus juegos. En fin, lo de siempre...
Pero esa vez el pleito fue terrible, se dieron algunos
golpes, se tiraron de las mechas y hasta de la madre se
echaron. Pero como la Licha era más trucha, fue la
ganona.
Por eso doña Loreto se dirigió enojadísima a ver a
Merceditas y a exigirle que corrigiera a su criatura, que
tan mal había tratado a su niña. La reclamante conocía

369
las mañas y rijosidad de su propia hija, pero eso no venía
al caso por el momento.
Cuando doña Mercedes vio llegar a doña Loretito se
le iluminaron los ojos:
—¡Loretito!, ¡qué milagro!, ¿qué anda haciendo por
aquí?
—¡Doña Mercedes!, dijo. No “Merceditas”..., tal era
su enojo.
—¡Qué bueno que vino!, precisamente ando podan-
do las matas, pero a puro valor, porque no sé realmente
cuándo hay que hacerlo... Lo que pasa es que se me está
enmontando el jardín y necesito limpiarlo. ¿Cuándo hay
que hacerlo, según usted?
—Pues cuando llena la luna...
—¡Mire, pues!, ya ni me fijo en el almanaque... ¿Y a
qué debo su visita?
—Pues resulta que la Licha...
—Ni me hable de esa chamaca –con el dorso de la
mano en la frente y el ceño fruncido–, ya no la aguanto,
es una chiva, brinca de aquí para allá, no se está quieta,
cualquier día de éstos me va a dar un disgusto serio.
—A propósito...
—¿Y cómo ha estado? Supe que estuvo malita hace
unos días y me dije: Tengo que ir a saludar a Loretito, tan
buena persona que es, pero usted ya sabe, el tiempo se
va en nada y nunca pude ir a verla...
—Ah, ¿sí?, gracias...
—¿Y qué me decía del diablo de la Licha?
—Pues que...
—¿Y la Güerita?, ay, tan linda niña, yo la quiero
muchísimo, y le digo a la Licha: Licha, pórtate bien,
como la Güera de Loretito; ya que son tan amigas

370
aprende de ella, tan bonita persona, tan educada, en
cambio tú...
—Sí, pues...
—¡Qué bueno que vino, para que se lleve unas
matitas! ¿Ya tiene gardenias?, en esta temporada se me
están dando muy bonitas, ya ve que no se dan todo el
año. Por ahí tengo unas macetas, no la voy a dejar ir sin
que se lleve unas dos. Lo que no tengo son margaritas;
todo mundo tiene, menos yo, y tanto que me gustan; son
sencillitas pero muy lindas...
—Ah, pues yo tengo, si quiere le traigo algunas.
—¡Claro que quiero! Se lo voy a agradecer muchísi-
mo, a ver cuándo ponen en La Paz alguna tienda donde
vendan semillas de flores; tiene una que ir a buscarlas
hasta Las Garzas o Los Bledales, donde las cultivan. Si
no fuera por personas como usted, una nunca podría
conseguir estas cosas. Oiga: ¿ya vio que doña Calixtra
está preparando la sopa fresca para la fiesta del Cuco?
—Sí, ya me fijé: tiene las tiras de pasta sobre los
catres en el rayo del sol; así es como sale buena. Es muy
convidadora; a usted le manda, ¿verdad?
—A todo el barrio, si ya me la estoy saboreando.
—Bueno, Merceditas, ya no sé ni a lo que venía...
¡Ah, sí!, pero ya ni tiene caso. Entonces quedamos en
que le voy a traer margaritas, mañana mismo, pero me
llevo mis gardenias, ya veo que las trasplantó.
—¡Claro que sí!, pero ¿ya se va?, si apenas estamos
agarrando la aviada de la plática...
—Es que tengo muchísimo quehacer, y voy a ver si
la Güera ya se bañó; por ahí se peleó y llegó hecha un
asco...
—Que le vaya bien, y por aquí la espero; me saluda
a don Miguel.

371
—Y usted me saluda a Marquitos, por favor, tan
buena gente...
—Con mucho gusto, que le vaya bien.
—Gracias, hasta luego.
Y como se lo cuento, así quedaron las cosas. Toda-
vía me parece ver a Loretito con su figura regordeta
caminando por la calle polvorienta, de vuelta a su casa,
y la imagen larga de doña Merceditas parada en la
banqueta. A las dos las bendijo Dios con esos maridos
que en buena hora les consiguió San Antonio...

II

—Pues a mi hija ni el mentado San Antonio le ha


servido: lo ha puesto de espaldas, boca abajo, le ha
quitado al niño amenazándolo con no devolvérselo
hasta que le cumpla, y nada...
—¿Y le reza?
—Pero si los rosarios completos...
—No, yo digo que si le reza su oración.
—Ah, ¿tiene oración San Antonio?
—¡Sí, cómo no!, tiene varias oraciones, letanías y
hasta una novena y trece martes, ¿no sabía que es
también el patrón de las mujeres que no pueden encar-
gar y que lo invocan para hallar cosas perdidas? Bueno,
un marido no es algo que se haya perdido, pero casi...
—No, no, al que yo le pido para hallar cosas que se
me pierden es Santo Cubato.
—¿Santo Cubato? Ése sí no me lo sabía, para que
vea...
—Sí, para encontrar algo que se le haya perdido
usted anuda un trapo cualquiera, un pañuelo, un

372
sacudidor, unos calzones..., lo esconde en algún rincón
o abajo de la cama y le dice:

Santo Cubato, Santo Cubato,


si no lo encuentro no te desato.

—¿Y...?
—Es milagrosísimo, al rato aparece la cosa o viene
a devolvérsela el que se la robó.
—No me diga...
—Sí, señora, pero cuando recupera lo que busca,
usted tiene que correr a desatar el trapo, o sea Santo
Cubato, y pedirle perdón por haberlo maltratado, mien-
tras lo acaricia alisando las arrugas porque, si no, ya no
le vuelve a hacer caso.
—¡Pero, mira...!
—Como le digo. ¿Y la oración a San Antonio?
—Dice así:

San Antonio bendito


mándame un noviecito,
convenga o no convenga,
¡pero que venga!

Y si se la reza el 13 de junio, que es su día, en su


capillita de El Zacatal, mejor. Pero al mismo tiempo
aconséjele a la niña que salga, que se arregle, que vaya
a los bailes, está demasiado metida en la casa, ¿así
cómo...?
—Es lo que le digo, pero usted ya la conoce cómo es
de burra...
—A propósito, ¿ya probó las “Orejas de burro”?

373
—¿¡Qué!? ¿se comen?
—¡No!, se soban, para ayudar a conseguir marido...
—Ah, caray, ¿y cómo está eso?
—Pues escoge usted una mata de Orejas de burro –
ya ve que en La Paz hay, por lo menos, una en cada casa–
, le soba de abajo hacia arriba las hojas mientras le pide:

Orejitas, orejitas,
tan preciosas, tan bonitas,
como favor yo les pido
me encuentren un buen marido.

durante nueve días en la mañana, a la salidita del sol, y


no falla.
—¿¡De veras!?
—Como si con la mano...
—Ah, pues voy a hacer que la chamaca haga eso.
—También está mi patrona Santa Elena, ¿eh?, por si
eso tampoco le funciona ¿Y cuántos años tiene ella?
—Treinta y nueve, entrados en cuarenta.
—Pues a lo mejor con las Orejas de burro es sufi-
ciente...
—Dios la oiga...

III

Elenita daba así, a todo el mundo, consejos que ella


misma no tomaba pues le eran innecesarios. Esa maña-
na, por ejemplo, había salido a sus quehaceres con la flor
en el cabello.
¿Recuerdan a Pilar Pellicer en “La Choca”, la pelícu-
la aquella que fue un escándalo en México, a mediados
de los setenta? Pues en las mismas circunstancias: cada

374
vez que hay buena acción matrimonial en la noche, por
la mañana sale Elena con la radiante flor prendida en su
cabeza...
Se pone cualquiera, la primera que se le atraviesa del
jardín, y si es roja, mejor, lo importante es demostrarle
a todos que ella sí sabe para qué sirven los maridos.
—¡Qué poca vergüenza!, ¿y usted cómo sabe el
motivo de la dichosa flor en el pelo?
—Porque ella misma se ha dedicado a contarlo a
quien quiera saberlo.
—¡Santo Dios!, ¿y el esposo, qué dice?
—¿Pues qué va a decir el pobre?
—¿El pobre?
— Bueno, pero eso sí, Elenita tiene un jardín precio-
so; dicen que de ahí saca para hacerle sus tecitos a don
Pepe, y que con eso pues tiene para levantarse con la flor
entre sien y oreja.
—¿Y qué planta es la que usa para sus “tecitos”?
—Oiga, como que ya se está usted interesando en el
asunto...
—No, no, es pura curiosidad; yo no necesito de esas
cosas, con el favor de Dios...
—Son unas matitas que tienen propiedades de ésas,
pues... Una de ellas es la Damiana; parece que algunas
se han agarrado muy bien de la tierra, ya sabe usted que
son del monte y no prenden con facilidad cuando las
trasplantan.
—Ajá...
—Dicen que además le da al viejo un vasito de vino
donde ha macerado el hinojo durante quince días, antes
de acostarse.
—Sí, ya había oído hablar de eso...

375
—Y ella misma me ha comentado que son buenísi-
mos también la Albahaca, el Azafrán y el Cilantro, pero
esas ramas sí no sé cómo se preparan.
—Tienen fama, ¿no?
—Así es... Oiga, ¿ya se enteró de que se pelearon la
Güera y la Licha?
—Algo de eso supe...
—Bueno, pues la dejo, porque me queda mucho
quehacer.
—Ándele, a ver cuándo platicamos...

376
Una ciudad, un sueño

Rubent B. Benavides Sánchez


Mención Honorífica. Jóvenes Creadores

...Y la rojiza luna cubría con su fúnebre cendal la antigua


ciudad fortificada, donde el arte más excelso había sido
eternizado en piedra y oro, donde las quimeras de los
hombres dejaban de ser ilusiones vanas y se volvían una
verdad extravagante. Confinada tras sus altas murallas
era un mundo que consagraba la grandeza de los dioses
y la tierra, los vehementes cánticos del cielo y el aroma
de la vida condenada al fin. Aquí los hombres divagaban
en el pensamiento ilimitado y los árboles y los altos
tronos parecían contarles historias y conocimientos,
contemplaban las épocas incrustadas en el suelo que
pisaban, observaban los fulgores distantes y mil pregun-
tas surgían de sus mentes infinitas.
Pero toda grandeza también está condenada al fin,
como un árbol que ha vivido siglos un día sucumbe en
su muerte silenciosa, como las estrellas que han vivido
eternidades algún día se desvanecerán en su fulgor
distante. Una noche, un imperio como jamás hombre
alguno vio nacer, fue consumido por las sombras, su
belleza convertida en polvo y una grandeza condenada
al olvido. Sus murallas infranqueables habían sido redu-

377
cidas a muros endebles que el viento lentamente desga-
rraba, la sangre de los hombres aterraba las callejuelas
de la cuidad en ruinas, el pensamiento y el arte devora-
dos por el Dios Vulcano.
Un silencio tenebroso reinaba el exterminio de toda
una ciudad divina, una masacre que había borrado del
tiempo las reliquias del pensamiento profundo, su arte
y su conocimiento, donde los demonios de una luna roja
castigaron la existencia de un reino perfecto, quizás
demasiado para los mortales que lo habían forjado.
Y caminando por sus ruinas, como tantas veces lo
había hecho, observaba los cadáveres de las mentes más
ilustres, y su arte extravagante, cuerpos inertes de
hombres y mujeres, de ancianos e infantes, quienes bajo
este reino de sabiduría habían vivido su existencia como
nadie más lo había concebido tras las altas murallas,
muros de piedra que no sólo dividían una ciudad sino
todo un mundo y un pensamiento de la oscuridad y el
caos del mundo de las bestias, y quizá los verdaderos
humanos se ocultaban en esta urbe consagrada al infi-
nito. La rojiza luna cabalgaba hacia su muerte tras los
horizontes, sumergiendo todo en las sombras del olvi-
do, que devorarían las cenizas de la eternidad para
desvanecerlas en los vientos del amanecer. Caminaba
entre sus calles empedradas, ajeno a este reinado, dis-
tante del pensamiento y el conocimiento que aquí
habían surgido, caminaba y simplemente contemplaba
esta cuidad arcana condenada a desaparecer. Intentaba
entender aquello que motivó a los perdidos hombres a
edificar tan grandiosas efigies y monumentos por el
simple deseo de la perfección y el refinamiento, con sus
manos no soportaban el peso de una espada pero, en
cambio, eran capaces de crear la belleza digna de los

378
dioses, sentían el mundo de una forma que los hombres
tras sus murallas no podían comprender, encaminaban
su destino a un poder que no residía en las riquezas ni
la gloria, sino en algo mucho más perpetuo y distante.
Sentía que finalmente comprendería el porqué de mi
llegada, admirando con fervor cada arte que constituía
esta ciudad, buscaba la respuesta de su nocturna des-
trucción, el significado de ser el único testigo de su ruina
y perdición, pero como cada noche de mis pensamien-
tos, aquel espectro estaba ahí, contemplándome con un
silencio demoníaco, llorando lágrimas de sangre, derra-
mando la tristeza de los hombres al morir. La grandeza
de la antigua ciudad se perdía en su silueta espectral,
mientras mi carne temblaba ante su presencia, temerosa
del aura tétrica de aquella sombra, semejante a la más
funesta de las pesadillas, su silencio me enterraba en el
miedo y la angustia. Había huido de él tantas noches
más, deseando no verla jamás, anhelando perder su
recuerdo en las cenizas del pasado, pero el miedo que
hacía surgir en mí era perpetuo e impiadoso, bajo la
rojiza luna no descansaba de ver mi espíritu corroído en
el temor. Pero esta noche no sucedería así.
Si quedaba algo de valor en mí lo usaría para forta-
lecer mi espíritu, la bestia no descansaría de asediarme
y yo debería revelar su misterio si deseaba encontrar
redención a sus torturas mentales.
EI miedo y la muerte conjurados en un solo demo-
nio, en el espectro que como yo era un testigo de una
ciudad en ruinas ¿Qué deseaba? ¿Qué pretendía encon-
trar en un lugar como este...?
—¿Quién eres tú?, esa sombra que emana tanto
sufrimiento y muerte...
Y el silencio de las penumbras quedó perturbado.

379
—¿Quién soy? ¿Pretendes descubrir un enigma dis-
tante sin siquiera responder el que se encuentra frente
a ti? –respondió con una voz melancólica, emanando
tristeza y un sentimiento siniestro.
—Cada noche que intento descubrir la verdad de
esta ciudad apareces de entre las sombras y el olvido y
paralizas mi mente en un temor que no soy capaz de
controlar. ¿Qué deseas de mi? ¿Quién eres tú? Eres lo
que impide que descubra el inmenso enigma de esta
urbe, para descifrarlo primero debo revelar quién eres.
—¿Y qué haces tú aquí? ¿Qué te hace volver noche
tras noche contemplando un mundo destruido tan dis-
tante a ti? ¿Qué te hace creer que comprenderás todo lo
que una existencia de sabiduría logró?... No eres parte
de este mundo y jamás lo serás, un hombre que tras las
murallas ha forjado su destino...
Y aquí su voz fluía como un hombre y no un
demonio, sus palabras no caían en el caos ni la desespe-
ración, parecía pensar cada nota que su boca producía.
Pero no me importaban sus preguntas, tan sólo deseaba
que respondiese las mías, esta ciudad y su misterio eran
suficiente caos para mi mente, la admiraba sin duda,
pero no comprendía qué hacía yo en este lugar, en esta
consagración del pensamiento infinito.
—Dime, ¿quién eres? ¿Qué quieres de mí?..
—¿Qué puede querer alguien como yo de ti?, si ni
siquiera eres capaz de entenderte a ti mismo...
—No lo sé, es por eso que necesito saber tu respues-
ta, esta ciudad es lo más grandioso que he visto y es
necesario que la comprenda, pues noche tras noche no
entiendo lo que intentan decirme sus ruinas, pero tú
pareces ser parte de este lugar, ¿intentas proteger algo?

380
O, ¿acaso lo haces por complacerte a ti mismo atormen-
tándome y alejándome de la verdad?
—Te pierdes en el enigma que crees incomprensible
cuando sin embargo es tan simple y fácil de compren-
der... No he venido a atormentarte ni a detenerte en tu
búsqueda, si tú eres testigo de esta cuidad en ruinas yo
sólo soy testigo de tus actos, nada más me importa...
Y ahí estaba inmóvil como una efigie oscura, ha-
blando con la calma del viento pero aún emanaba esa
siniestra esencia que perturbaba mis sentidos.
Conocí esta ciudad divagando en las penumbras de
la nocturna luna, observé sus ruinas que cautivaron mi
espíritu, su arte y su conocimiento destruidos por la
guerra, todo en ella era grandioso en sus ruinas y lo fue
inmensamente más en su grandeza. Desde aquella no-
che jamás pude alejarme de ella, noche tras noche
regresaba divagando en las penumbras e intentaba com-
prenderla. ¿Qué me cautivaba realmente de ella? Pero
ajeno a este mundo culto no podía vislumbrar lo que
representaba, y en la rojiza luna debería hallar la res-
puesta.
—Levanta aquel acervo de hojas entre tus manos,
quizás antes de ser escritas no fueron nada, pero ahora
se han convertido en arte, en la continuidad de una idea,
un pensamiento.
Exclamó el noctámbulo oscuro como si quisiese
guiarme sobre las huellas que me llevarían a la verdad.
Levanté las hojas, un cúmulo de ellas, y las acomodé
entre mis manos, contemplé palabras sobre ellas, signos
nada más hasta que finalmente pude leerlas, como si la
rojiza luna me permitiese por un instante ser parte de su
fulgor.

381
“Y es que alguna vez pensé que la grandeza del
hombre se hallaba en el saber y la razón, pero al final
descubrí que todo era una mentira, inservibles virtudes
en un mundo de demonios. Perdí lo que daba sentido a
mi existencia y todo mi conocimiento no sirvió de nada
para impedirlo... Si he de vivir entre demonios, enton-
ces me convertiré en uno digno de no ser provocado”.
Aquel escrito no parecía revelarme nada, semejante
a una historia imaginada entre estos cadáveres, pero el
hombre oscuro me motivó a continuar, como diciéndo-
me que aquí se hallaba mi respuesta.
“Dejé atrás la sabiduría de los libros y el conoci-
miento que la vida me otorgaba, de nada servían tales
cosas, nada ni nadie apreciaba dichas virtudes, en esta
tierra lo único importante era la supervivencia, y en la
guerra la única manera de vivir era matar y seguir
viviendo, arrancar vidas que intentaban quitarte la tuya,
como un demonio, hombres matándose a sí mismos en
una masacre inútil...”
—¿Dime qué es lo que debo buscar aquí?, leo estas
palabras y en nada me ayudan –cuestioné las órdenes
del hombre sombrío que emana esa tristeza, cansado de
seguir con todo esto.
—Aún te falta mucho por revelar, mientras no leas
la última palabra, el enigma de esa historia persistirá y
sólo al final del camino encontrarás tu respuesta...
Después, toda pregunta no tendrá sentido.
Y lo vi perderse entre las penumbras de la noche,
difuminándose entre la oscuridad. La ciudad callaba
como nunca antes lo escuché y yo sostenía las palabras
que revelerían al fin la verdad.
“Alguna vez amé la belleza y la grandeza del arte
como la consagración al conocimiento y el refinamiento

382
de la mente humana, pensé que conocer y aprender eran
el sendero a la verdadera gloria de la vida, que una vez
alcanzada me otorgaría paz y me alejaría del miedo que
evoca la ignorancia, temer por desconocer algo que está
más allá de todo lo que es cierto para nosotros. Y esa
noche en que todo lo perdí todo cambió, reemplacé mis
libros por la espada de hierro, me despojé de mi saber
confinándolo al olvido, mientras mi mente se hundía en
el caos y la miseria de los hombres, y llegó el día en que
todo los males que tomé de las mentes corruptas
irrumpieron en mí como una flecha impiadosa y arrasa-
ron con lo poco que subsistía de mi pasado, convirtien-
do en polvo, lo que alguna vez fui.
Como un demonio y no un hombre vivía de la sangre
y la muerte; lo eran todo para mí, ahora el poder y el oro
eran mis senderos de grandeza y gloria, matar a los
hombres y vivir entre sus cadáveres putrefactos era la
victoria que me motivaba a continuar, pero lamentable-
mente me volví aquel demonio que odiaba, aquella
bestia que me arrebató mi pasado y mi existencia, ahora
yo era uno de ellas, ahora era yo la bestia que arrebataba
los sueños a otros inocentes, ahora era yo quien despo-
jaba de su pasado y su existencia a tantos otros... Me
derrumbaba en mi miseria espiritual y mental, ahí fue
cuando descubrí aquella cuidad, un urbe grandiosa de
arte y saber, bajo las estrellas era el centro del mundo,
ahora eran tan sólo ruinas, pero aún quedaba algo de su
belleza.
Caminaba entre sus pasajes y la admiraba con encan-
to, noche tras noche, entristecido por verla destruida
por los demonios de los hombres, toda su gloria, la
verdadera gloria consumida por la ambición de los
estúpidos hombres. Conocí también a un hombre que

383
buscaba entre las ruinas el entendimiento y la verdad,
parecía temerme, se alejaba y no volvía hasta la noche
siguiente.
Sufría ver todo este conocimiento perdido para toda
la eternidad y no poder salvarlo, pero cuando pude
vislumbrar al hombre de aquellas ruinas supe que él era
la salvación que buscaba, portando su espada y su
armadura, observando su rostro y su mirada supe que
sólo él podría darle vida a esta ciudad convertida en
polvo... Le otorgué en sus manos mi historia, su historia,
y al final le dije... Despierta, fuiste un gran hombre en el
pasado, antes de ser un guerrero, vuelve a revivir al
humano que hay en ti y entierra al guerrero... El cono-
cimiento quizás no te salve del dolor, pero te enaltecerá
ante los hombres de la única forma en que será eter-
na”…

384
ADENDA
2007

385
386
Lugares comunes

Juan Pablo Rochín


Seudónimo: Malacara

…la desventaja de vivir solo, mi niño, y sin perro que te


ladre, es precisamente cuando te asalta la tiricia. Quizá
el hombre nunca llegue a acostumbrarse al silencio de la
soledad, ni al incómodo volar de moscas por la casa
vacía, por más dureza espiritual que aparente. Porque
una cosa es dejar la radio o la televisión encendida a
volumen alto para engañar las cosas, y otra es tragarte
tu propio embuste. El trabajo y los cigarrillos en reali-
dad no hacen sino proyectar esa monotonía del ir y
venir: el mar. Al principio fingir puede parecerte estu-
pendo. Luego comprendes que para nada. Eso lo has
leído antes en otras personas, pero reconocer que la
nostalgia te acosa, entonces no te parece tan insensi-
ble… y así.
Pensarías después que salir a caminar en ocasiones
adecuadas sería un remedio casero automedicable bas-
tante eficaz. Hábito que ahora forma parte de una manera
de vida, la cual te permite destensar los hilos secretos del
humor, y para adormecer con algo más que costumbre y
objetos deseables los resabios de la rutina…
—A ver, ver…

387
Tú recorriste algunas tiendas en busca de una antena
de aire para la tele. Viste aquel estéreo Mp3 que tanto
querías para el Sun fire pero imagínate, tú, niño enojón,
con más necesidad de un despertador o una buena
afeitada, de esas efectivas que duran tres días. Involun-
tariamente la quincena se te escapa entre los dedos, y tú
con la letrilla «Insecto urbano,» de SKA-P, sonando a
todo lo que da en tu cabecita. Me lo llevo puesto, joven.
Luego te ves riendo en la playa, entre semana, un
miércoles, para ser exactos, quitado de la pena, bajo 47
grados centígrados que casi te evaporan, el Mp3 a todo,
un paraguas medianamente grande, porque detestas el
sol, en la mano una cerveza Budweiser, acá dos latas
vacías, churidas, al lado de la hielera; Laurita –periodis-
ta– en bikini anaranjado va y viene con el oleaje,
vanidosa, ardiente, cubriéndote de arena negruzca, vi-
driosa, y esculpiendo sobre ti a un fortachón:
—Oh, no te muevas, chamaco feo.
—¡Quema mucho!
—No seas grosero, Fidel.
Se montó brusca sobre ti, sin bridas y sin estribos.
Parece toda una domadora de fieras. Ahora sí la recuer-
das. Así, excitada. En bikini de dos piezas. Solos los dos
en una playa a la que casi nadie accede debido a su
abrupta vereda. La rodeas a placer por la cadera para
evitar que el corcel salvaje la haga caer de golpe y
porrazo. Ella te vio con ojos de niña asustada con los
pechos al aire, el cabello mojado. Su vientre derretía al
verano. A lo lejos, dos yates. Un sujeto al parecer gringo
no busca pescar nada. Indiferente. La arenilla ahora se
ha adueñado de tus pantaloncillos cortos. Te parece que
el destino registró para ustedes ese momento, y ese
mismo día quisieron incendiarlo todo: los peces, las

388
piedritas punzo cortantes, el abrupto atajo, los matorra-
les amorfos debido al horno crematorio del Tercer
Reich de la era moderna: el calentamiento global, le
dices. Un trago amargo se te escurre por los cachetes.
—Dame un beso en voz alta. O cualquier cosita,
«cosita».
—Canta aquella de «Tanto tiempo disfrutamos de
este amor», ¿va? Y te lo doy todo.
—¿Todo, todo?¿Más aún?
Sonrieron o algo así. No hay que dejar la diversión
para después, sino quizá para el apartamento. Ambos se
hallaban sostenidos por el calor de un poema pretexto.
Así se acercaban. A tientas. Magreándose, sin dientes,
sobre cristales de mar. En secreto. Perdían posturas que
recuperaban en seguida, trenzados del instinto, del
deseo, de la imaginación, rodando entre la sombra que
proyecta el paraguas sobre la toalla y la escoria terapéu-
tica que la playa acumula. Nunca un sol de julio resultó
más peligroso, más prohibitivo. Las olas los emboscaron
cuando el sudor de la piel se hizo viscoso. No había
necesidad de comida, de agua para beber, de papas fritas
ni de dibujar angelitos en la escoria. La belleza no
requiere de idiomas ni de gemidos animales pero sí de
estatuas vivientes, bailarinas; reverberación del pudor,
chamaco feo. Eros dándole duro y bonito al asunto
evita los malos entendidos y el contrasentido. Las
gaviotas los ven y se sorprenden del blanco bruñido de
sus alas en el reflejo agitado de las aguas, del azul que
predica el cielo: lo sobrevuelan un rato. Luego se
escandalizan en picada. Un cangrejo ermitaño corretea
al que le ganó un trozo de ceviche y lo asesina. El
horizonte, difuminado por las intensas ondas de luz que
diseccionan a cuchilladas la pintura sobre óleo al natu-

389
ral, nos recuerda la timidez a la aventura ultramarina. El
respeto a la muerte de los periodistas que relatan acerca
de psicosis colectivas. Te dio mucha risa entonces,
Fidel. Vivir así una pequeña muerte… Otra vez. Flui-
dos calientes por las sienes.
Te espero, le dijo. Y luego habló caminando sobre la
escoria:
—No nos detengamos.
—¿Qué haces por allá, gordito?
—Respirar mucho. Me encantas, sabes.

…de pronto un dolor en el costado me hizo quejar con


un quejido esmerado y luego brotaste tú como de la
muerte, tras una ráfaga de atardeceres, en una masa de
piel moldeable que fui esculpiendo a mi entera libertad,
interrumpiendo a pausas la labor artesanal de mis ma-
nos que seguían la figura frente a mí y distinta en todos
sus sentidos, para oír tus latidos como afinando una
guitarra… Me preguntaste entre escalofríos y soplidos
suaves en un ojo, por un gesto muy lejano en la memoria
cuando acerqué mi oído a tu pecho desnudo, con el
firme interés de contar las pulsaciones del cosmos, y
sólo después de tantos libros el tuyo se esfumó al pie de
tu hermoso sexo que lloraba, lloraba a una escultura de
sal que jugó a confeccionar una venganza intelectual,
sin cerciorarse que afuera de la ventana crecían flores
amarillas y jazmines…

…y con lo resultante, cuelas nuevas expectativas en el


rellano de la cama los domingos, Fidel. Vives aquellas
pequeñas transiciones que empiezan preparándote el
desayuno: un par de huevos, ya no tan agrios como al
principio. Dos tortillas que se caen al piso, y aún así te

390
las comes nomás medio limpiándoles la tierrita. Un
olorcillo agradable que pide dos de azúcar y un chorrito
de leche, al que le agregas una cucharadita de chocolate
en polvo para imaginarte que vas al Dinghy Dock y pides
elegantemente café Moka. Enseguida terminas de lim-
piarte los ojos y planchas una camisa sobre la mesa
como sacando viruta –estilo Pepe el Toro–, lápiz en la
oreja, camisa blanca desmangada, silbando Amorcito
corazón, yo tengo tentación de un beso; la luz del
amanecer incomodándote ya tan temprano y después,
sólo después, intentas la consumación de una urna de
caoba a la que has querido pedirle que cuide tus pasos,
mientras el destino te va reduciendo a una mala pasada
y al poco la tristeza se deja venir produciendo una
inmensa fatiga, sólo reservada a un palpitar echo nudo
en las tripas…
Tratas de no soñar esta vez. Acostarte con el firme
interés de no regresar a ese estado primigenio donde
puedes caminar con los ojos cerrados, sin tropezar. Al
cabo la noche siempre ha seguido ahí. Te ves frente a tu
primera puerta. Inmóvil. Húmedo. La rasgas en vano,
con desgano, sin uñas. Nadie contesta. Al parecer no
existe nadie del otro lado. Dudas si estás soñando
despierto… de nuevo. Escuchas:
¡Es un varoncito! ¡Felicidades, señor!

…no te hubieras ido sin antes avisarme que ya no sirvo


para tararear canciones de ánimo. No seas como yo que
aún viviendo no se ha establecido en esta vida con su
propósito de vejez atascado en los riñones, Fidel. Que
se voltea para no escuchar sus propios relatos, sus
suspiros a escondidas de sí mismo. Un antropófago que
juega a comerse el delirio que se acumula bajo las uñas

391
de las manos. Cómo vamos a llegar a este final de
invierno sin tus consejos para sobrellevar la migraña y
sin café Moka a la mano que te amanezca junto a la
cama, calientito, humeante. Quién me va a quitar esta
temblorina en un costado con remedios caseros, como
la sobada con aceite quemado de transmisión tan efec-
tiva que usabas por las noches para relajar el engarrota-
miento de tus nudillos, como si el crearte a ti mismo
fuera la moneda corriente de esa filosofía…
Quién me reprendería si llego a las tres de la mañana
con un sabor a leche agridulce en los labios, manados de
los pechos de mujeres de la cantina Tres Potrillos, y la
crónica de un testarudo borrachín cosquilleándole en
los dedos la escritura y en la ramificación de desvelos en
sus ojos vaguibundos –¡me declaro culpable!–; crónica
de mujeres con óvalos exagerados de pintura en el rostro
que enseñan a bailar sin ningún inconveniente a los que
nacimos con dos piesizquierdos por la miserable canti-
dad de diez pesos, o un polvo de tres minutos. Que no
va más allá de una llamada secuestrada por un impulso
invisible que el aire lleva hasta tu capullo que es la
tierra, como el
bip bip
de un sonido conocido. Así te mato en la memoria
cuando quiero… Esa memoria que florea por las noches
y en silencio…

…te frotas los ojos, desengañándote; insistes en que los


mirones más distraídos tienen la culpa: los paracaidis-
tas: un Felipe Malacara, por ejemplo, profesor retirado
venido a poquitero; Marie Shelly, costurera romántica;
sigues la pista en otros puntos de referencia: plazas
públicas, hospitales, Triple AAA, quienes se atragantan

392
con drogas invisibles, sutiles, postales llamativas que
traspasan las barreras de los cercos militares a través de
la piel. En conspiración. Avanzan con la fuerza de un
relámpago. Truenan en la cabeza de todos nosotros.
Rondan como auras en las escuelas ofreciendo sus
misteriosos viajes en papel celofán. Ni se anuncian.
Huyen. Se pegan con marca de agua. Simulacros pre-
ventivos en las escuelas. Una chamoyada, señor. Enros-
cándose sobre su propia cola. Calcomanías de luchado-
res alucinógenos, dos cincuenta por tres planas, mucha-
cho, aquí les cambiamos las repetidas, tenemos al
fabuloso Místico, «el seminarista de los ojos blancos,»
miren, miren cómo brilla ésta, acá está la del Tony Boy,
«cien por ciento mexican power»; la Mosca Cojonera,
Charlie Manson… Cuánto, cuánto, maitro.
—¡Original el asunto, mi Lady!
El toque de queda, a manera de chicharra, anuncia
la salida oficial de los niños de la escuela primaria Cinco
de Abril. Idiota el asunto. El estúpido toque de queda
los prepara subliminalmente a suspender sus garantías
individuales en lo futuro, te dices. Vasitos de elotes con
chile en polvo, limón, queso raspado y ¡ummm! mayo-
nesa. Chicharrones para la gastritis, mi sargento. Clic.
Picos de gallo. ¡Újule, se me hace agua la boca! Mientras
no se te haga agua el asunto, mano. Cuánto cuesta, señor.
A seis volovanes. Qué bonita niña. Clic. Acá tengo algo
mejor para ti. Nomás ven tantito a la camioneta. Seis
cincuenta con más chile. Van floreciendo las caritas,
corren, gruñen, vuelan avioncitos de papel con un
corazón todo chueco y atravesado por una infantil
flecha. Risa y risa. Clic, clic. Bocinas de padres desespe-
rados berrean llamando al ganado, como si con sus
balidos llamaran al crío. Carmen, el Beto te manda

393
saludes. Dile que se vaya mucho a la verga junto
contigo, que dije yo. Cuidado, morra. No te metas con
mi «viejo». Tú también, pinche pendeja. Qué onda, qué
onda. De limón para el caballerito. Métete el dedo.
Métemelo tú, a ver si puedes. ¡Alto ahí, la policía! Clic.
No me la haga, jefe; de cuánto es esta vez. Las doñas,
cabizbajas: aprende del show, mi’jo, aprende. ¡Ni ma-
dres, puto! Primero aprende a limpiarte los mocos –
clic–, morra. Vas pa’rriba. Apá, ese señor también –
clic– está fumando droga. Es un cigarro. ¿La maestra te
puso esa estrellita en la frente? Sí; pero es droga. ¡Suelta
ahí!, dice. Te vas a morir, jiji. Y su sonrisa te escalda.
¡Órale, jijo de la chingada! Drogas legales. Públicas.
¡Apágala! No. Cállate, chamaca. Pon atención. Clic,
clic. Estos canijos no tienen madre. Se lo van a llevar a
usted también, señor. Apágala. No estés fregando al
señor, vámonos, ya no te voy a comprar nada. Apágala,
repite. ¡Ponle!
(¿Qué haces? ¿Por qué caminas muy estirado?)
(Es la estética de la perversión.)
(¡Panochero! La tuya es perversión amanerada.)
(¡Por hombre! ¿Y tú qué chingados sabes de eso?)
(No; nada más pienso que la política es en realidad
el “patito feo” del gobierno para que los periodistas se
diviertan.)
Clic, clic.
(¿De verdad? Pero si usted no cree en nada, mi
sargento.)
(Mira, por ejemplo, ese güey que parece fumarola.)
(Piruja desesperada, más bien.)
(Oh, no te metas con la bonita profesión de las
damas.)
(Ya salió el peine.)

394
(Cállate el pinche hocico. Eres nomás otro puto
oportunista viviendo tiempo extra. No estarías ahorita
aquí pensando cómo deshacerte de mí y ganar mi
puesto. Lo que sucede es que a ti también te apendeja
el cambio de clima. Se nota. Estás todo meco. ¿En qué
piensas? ¿En lo que has dejado de ganar?)
(No. No es nada, mi sargento. Son los periodistas.
Creen que tienen a Dios agarrado de los huevos. Sonría
pa’ la foto.)
Clic.
(¿Eh?)
Noticias de prensa:
Un éxito simulacros antinarcóticos en escuelas pri-
marias
(¡Qué desmadre!)

…Antes, Laurita, ya había imaginado cómo sería nues-


tro encuentro: un choque casual entre ambos y luego
una mirada de tú eres mi amor ideal flotando en el aire
y un usted disculpe, señorita… Laura, Laura Garza. ¿La
maestra de la escuela? Se ríe. ¿Hace bastante calor aquí,
verdad? Me repugna el calor. A mí también. Me llamo
Fidel García, a sus órdenes, señorita. Llámame de tú, si
quieres. No soy tan mayor. Canijo calor. Nada. No se te
ocurrió nada a causa de un extraño tartamudeo. Dis…
disculpe mi atrevimiento pero, tiene usted una bellísima
cabellera que le llega hasta ay Dios, guau. Oh, perdón…
no… no era mi intención faltarle al respeto. Sonríe
coqueta. ¿Reportero, eh? ¿De qué prensa? ¿El Centena-
rio? Vaya, tengo entendido que es de circulación sema-
nal, ¿no? ¿Gusta una nieve, señorita, digo, Laurita? Yo
invito. Gracias. No, bueno, nos estamos afanando por
hacerlo diario. ¿Alguna vez has considerado trabajar

395
con los grandes? Me refiero a El Nacional o El Excelsior?
Con tal de salir de aquí. Ella ríe de golpe y tose un poco
la nieve de vainilla que se derrite sensualmente en el
brillo de sus labios. A mí también me encantaría, dice,
con un guiño criminal que me atraviesa. Bonito dije, le
digo, señalando al angelito de su celular. «Te llegará una
rosa cada día», me dice –parafraseando un verso de
Alberto Cortés–, y me lo obsequia así, sin más ni más.
Luego se aleja meciendo insinuantemente los pliegues
de su falda, tres dedos arriba de la rodilla, que me
produce un escalofrío. ¡Eso es!, dirías, con el chocolate
pegosteado en la camisa y un nuevo msjn ilumina la
ventana del teléfono. Leo sin abrir demasiado la boca.
Es de Ella.

…te confieso, Fidel, que en mis días a mí también me


molesta la entrada del otoño, la basurita latosa en los
ojos. Pero tienes que reconocer que mi cuerpo es un
camino de hilos blandos, busto de crema, piernas de
mole. Soy muy isleña, como tú. Soy prisionera del
mismo amor, una multitud de mariposas revolotean en
mi jardín favorito: tus ojos. No te mentí, lo juro. Todo
fue bien pensado. Estas lágrimas te lo comunican. Mira:
originalmente había visto las huellas de nuestra carne
caminar hacia el alba. Eran un par de huellas pequeñi-
tas. Fue un sueño doloroso, lo sé. Desperté con la marca
de la irresponsabilidad tatuada en la frente. Quemándo-
me. Sé que así lo habrías querido, que Dios lo hubiera
querido. Pero yo elegí quedarme paralítica de las entra-
ñas, del español insensato. Hubo noches que sentí la
necesidad de vaciar el crisol donde experimentamos a
inventar descendientes –¡estúpida mojigatería religio-
sa!–, por defender la fuente de mi vientre a toda costa.

396
Mira, Fidel, déjame reorganizar esta vida, estas horas
turbias, esta noche, esta mañana, esta duración, este
tsunami cobarde que son mis pupilas. Jamás me habría
atrevido a atentar contra mi corazón, contra ti, ¿com-
prendes? Es decir: estuve pensando en el shock, entre
otras cosas, en mi madre y su escapulario bendecido por
el señor obispo, en las vírgenes de Juárez, en las lenguas
transparentes que se filtran cada madrugada en la ino-
cencia de los niños, imagínate sus caritas de hambre y
desolación en cada esquina, con los ojos estacionados
en los atardeceres del resistol o de algún otro químico
asesino, de seguro se les queman las entrañas, como a
mí, como a ti, reconócelo, cada vez que los ignoras los
ignoramos todos, dime pues, si no es verdad, si son
apariencias. Si te fijas, las drogas ya son parte de la
costumbre de los pueblos. Además, un hijo no deseado
sólo vendría a engordar las filas del «quise amarlo pero
no puedo porque no estaba preparad@», tú sabes, un
puño de pétalos en frasquitos de formol huelen menos.
Sufren menos. Parece difícil creer esas palabras si vie-
nen de una chamaquita descendiente de los descobijados,
de los usureros oficiales del Estado, los banqueros,
quiero decir, de nosotros mismos; de las muchachitas
sin saliva, de las meseras con prisa por surtir la orden al
cliente, al sicario que deambula por las calles quitado de
la pena, de las estatuas que sobreviven en industrias
maquiladoras a disposición y según las políticas obrero-
patronales, inocentes que montan cien brutos al día
nomás por sentirse muy patriotas y llevarse a casa
alguna medallita de oro escondida entre el sostén,
mujeres de porcelana china que esperan a sus príncipes
a las tres de la tarde, andróginos diseñados a la Torsotoner
con sólo veinte minutos al día, Fidel, ¿lo puedes creer?

397
Hazme caso. No debes estar molesto ni mucho menos.
Tus células no se fueron a la alcantarilla sin honores, se
fueron de la mano con los trocitos diminutos de mis
esperanzas, entre burbujas de oxígeno y bendiciones.
No lo hice sola. Sino contigo. Tampoco significa que
renuncié a ti. No fue una preñez conceptual, en eso
estamos de acuerdo, ¿no? No se trataba de renunciar a
ninguna empresa, sino de confiar en la que ya se tiene,
por ejemplo: tú me enseñaste a convencer a los infieles,
a los descreídos, los que trabajan para siempre, los que
hablan con frecuencia de sus acontecimientos sociales,
degradantes, quiero decir, de la realidad salarial y frus-
traciones espirituales. Insultos típicos, tan así que ya
nadie los siente, se han atrofiado los sentidos, siguen
votando por un sueño, duermen temprano, tocan sus
flautas para convocar a las ratas y empiezan a cavar sus
propios despeñaderos contra la libertad de expresión en
lo que llaman México lindo y querido, si muero lejos de
ti, briagos, yo también quiero acostarme con Ninel
Conde y Luis Miguel al mismo tiempo, y con el sobrino
del que luchó por ser presidente y no pudo contra la
venganza fecal, la que desparrama sesos cada día en los
noticieros, en las cárceles del miedo, humillados, tele-
fonean… a machetazos… denuncio… las penas.

…decides, no obstante, reconocer la idolatría por una


dama. Una mujer pequeñita, de juicio justo, confidente
de malos poetas, letrada además, que confesaba de
improviso duras cuestiones sobre todos nosotros. Que
redactaba sin reparo increíbles misterios. Artículos de
verdad, crónicas que relatan sobre funestos aconteci-
mientos sociales, hasta hoy con más pena que gloria.
Casos que siguen y seguirán irresueltos debido al exceso

398
de adjetivos y la falta de sustancia para captar la
atención de aquellos que podrían mantener en calma el
actual sentimiento de sitio de la sociedad mexicana.
A pesar de seguir enamorado, o de empeñarte en
proyectar la personalidad de amor febril, sientes un
ardor en el pecho. Tu Laurita Garza experta en el bip
bip. Algo conocido. La imagen dolida de un funeral que
ya no está ahí. Una estampa familiar que se diluye entre
lágrimas y un abismo profundo acabó por hacer inevita-
ble el hermetismo con los demás. El pasado cercano
cubre con su fino polvo de indiferencia las vitrinas del
amanecer siguiente. Parientes y conocidos en un círculo
que se adormece. Cuchichean incomprensibles comen-
tarios. Ningún amigo entrañable en todo esto –es la
verdad, Fidel–; Eva adolescente en una esquina –la
muchachita del servicio social– , sin idea del por qué
pasan las nubes en el cielo, sin ver que ve. Mary y
Ranfery en otra –secretaria y camarada fotógrafo–. De
pie. Ambos difuminados por la humareda de los cigarros
que tu olfato, atrofiado por tanto alquitrán, ya no
percibe. Uno tras otro. Vacíos. No miran a nadie.
Aguantan la molestia del sopor de las velas y de las
flores que nadie recordó traer porque no creyeron fuera
indispensable, sin más remedio que esperar a que echa-
ran el cerrojo a la puerta final. Tú ya no olías el fuego del
horno de cremación. Pero sí lo sentías en la nuca.
Resoplándote. En la piel chamuscada. En los ojos
cenizos. Ves a lo lejos el vaivén de un columpio solita-
rio. Y luego un espacio entre la puerta y la respiración
entrecortada de una existencia. Una caja de metal
desnudo y un beso que despierta a los durmientes frente
al mismo mar de todos los días. Las horas amarillas y el
ritmo de los autobuses y la magia que escapa en cada

399
bostezo y las miradas de cansancio que ya no importa
que se atrevan a despedirse blandiendo un adiós inter-
minable… Un sobresalto y despiertas con la angustia de
esta historia anudada a tus ojos que nunca más se va a
desvanecer porque no quieres… Porque no la aceptas.

…¡Laurita! Déjame te cuento: mis manos y los lugares


comunes de esta casa te necesitan. ¿Ves? No puedo
restituir los acordes de aquel día. No es tan sencillo
como crees. ¿Afligido? Yo sólo te quiero cumplir mi
promesa, tomarte de la mano, sí, defender tu mundo,
llevar a Fidelito Manuel al preescolar y esperar pacien-
tes el nacimiento de Cyndi, tu viva imagen. Visitar La
Habana como querías, antes de que Castro nos deje a
todos con una tristeza suspendida en verano. ¡Estás
contenta! Claro, iremos a Viena la primavera que entra.
Para entonces, por allá quizá estén solicitando tu pre-
sencia, tus duros comentarios sobre la fragmentación de
la sociedad mexicana, y tú de ja ja, con el rostro lleno de
arrojo, dictando conferencias. Aceptas la paga –libre de
moscas–, y uno de periodista norteado, atormentado
con la indiferencia del mundo ante una de mis fotos
sobre la depredación de las ballenas –¡nuestras balle-
nas!– y el calentamiento global. Laura adoración, cauti-
va en las redes de mi entusiasmo, mujer de un hombre
que se detiene frente a la victoria de un mensaje cifrado
en bip bip. Para eso existo en esta tierra del nunca jamás:
para amarte, mi Lady, galería del pensamiento. Deliran-
te, me detengo, loquito, látex ultrasensible en la mano,
ella comprende lo que quiero; las cosas que se le
ocurren, actos solemnes, abrazos contemplativos, crí-
menes solitarios desde el quicio del ropero, cuello
dislocado, cómo ocurrió, señor, papá se cayó en las

400
escaleras, le dices, en un solo llanto, al oficial; pupilas
dilatadas, frente de plata, perlada de calor y terciopelo,
tres meses sin descanso, por lo menos; en el fondo, el sol
entra a un sueño. En ti, mi Lady. En la reunión donde
me apedreaste con mensajes –gracias x mandarm ala
fregada– la ventana del cel… –adiós– los ojos entre-
abiertos y un trozo de nieve derritiéndose en tus
labios…

Biiiip…
¿Abrirá la ventana?
Bip biiiiip… biiip.
¿La abrirá?

401
402
“Cogito, ergo sum”

Gilberto Figueroa Rodríguez


Jóvenes Creadores
Seudónimo: Mejihel

—“...entonces, queridos amigos, acudo de nuevo a la


definición del buen sentido, tomándose éste, claro,
como el raciocinio. Las almas de la gente razonable no
son directamente proporcionales a sus acciones. Los
intelectuales consumados pueden engendrar mayores
horrores que los más ignorantes y carentes de forma-
ción...”
Los oyentes, serios y pálidos, secos y fríos, guarda-
ban un silencio mortal, como si el más mínimo rastro de
sonido consiguiera disipar como tormenta, la fastuosa
niebla del encanto.
En el centro de la plataforma, empotrado en una
discreta silla de madera, el “Rey Sol”, apodo con el que
se le llamaba en la oscuridad, digería las horas de la
audiencia en una ligera muestra de su calendario.
—“... pero, debo insistir. Aunque la capacidad de
pensar sea innata, es de nosotros la responsabilidad de
usarla, ya sea para bien o para mal. Nosotros tenemos el
control de nuestros actos y sus consecuencias están
sujetas a la verdad. Seamos pues, lo que somos. Dueños
y amos. Exclamen en silencio: pienso, luego existo”.

403
El eco de su voz arañaba las profundidades de la
noche, y un olor de higos y trementina, parecía bullir de
su oscura cabellera.
Yo le contemplaba desde la tercera fila. A un lado
mío, una dama austriaca de rubia melena se abanicaba
con su sombrero. Frente a mí, un hidalgo con peluca
empolvada y medias de seda, esgrimía una cara que, a
falta de otra comparación, aparentaba el caluroso gesto
de los ebrios.
Todos y cada uno lo escuchaban, absortos en la
gravedad sencilla de su voz, flotando en un cerco de luz
que sólo parecía comenzar y terminar donde empezaba
y concluía la negrura inquieta de sus formas.
Fue al quincuagésimo párrafo cuando creí haber
experimentado un gesto que muy pocos hombres po-
seen y que muchos admiten.
El de la admiración.
Y sin embargo, pude notar que una nota amarga,
aunque imperceptible, flotaba en medio de su frente
como una llama o como un tatuaje.
Gozaba de la admiración del público, él debía saberlo.
Pero sus ojos umbríos reflejaban una soledad que no
puede aliviarse sólo con la sonrisa o el aplauso de los
fanáticos.
Fue cuando averigüé que era mi gemelo.
No en el sentido carnal, pero ¿qué es lo carnal sino
envoltura?
La humedad de sus ojos mientras leía, era la misma
de mi boca al profanar el aire con esos susurros
devoradores que nos salen sin querer, y que aspiramos
al instante, temerosos de que alguien los encuentre.
Y sus labios, con el bigote mostrando el resabio
blanco del insomnio, se asemejaban a mis ojos durante las

404
noches de furia, aquellas madrugadas en que temí morir
y me descubrí desnudo en la perpetua claridad del día.
Mi hermano.
Reprimido en una nueva variedad de diligencia, y sin
nada más que hacer, el “Rey Sol” se entregó resignado
a la lascivia de sus admiradores. Los rizos negros fluían
en manojos de tinta desde su coronilla, y las linternas de
sus faros alumbraban las paredes. Los viejos amigos, yo
entre ellos, armábamos un laborioso homenaje que
representara una humillación a los ojos de otros logros
conseguidos.
Aquella tarde, julio de 1637, bajo la tutela del gran
filósofo de la época, René Descartes, nos habíamos
sustraído de la rutina más marchita y de la gloria más
inútil, ajenos a los consejos de nuestros padres y a las
honestas quejas de los buenos amigos.
El palacio Nushansen fulguraba con todo el oro del
espacio y sus lámparas bergantinas clavaban cruces en
el lienzo de las sombras.
Nuestros cuerpos, deponiéndose del molde de las
sillas, luego de una serie de necesarias contorsiones, se
dirigieron al bar para aplacar nuestra sed de helados
conocimientos con el Borgoña y los canapés.
Fuera o no auténtica sabiduría, lo cierto es que aquel
vino me hizo sentir cosas nunca vistas.
Descubrí, por ejemplo, que la luna de verano se
colapsa durante el tañer de un reloj de péndulo. Y que
la rosa de los vientos gira y el polo se vuelve Ecuador
cuando alguien estornuda.
Y pude ver, por fin, sin límites y sin ataduras, el
dorado resplandor del aura de René.
Se encontraba en la terraza, vislumbrando a través
de las nubes, la lejana silueta de los bosques bajos. El

405
fajo de su tela jesuita, vapuleada tan recientemente, se
elevaba al compás del viento, con un acorde que sólo
pueden escuchar los profetas, las mujeres y los ángeles.
Yo no soy ninguno, así que sólo miraba a escondidas.
Me aproximé en silencio, como un cobarde, como un
ladrón.
¿Era mi verdadera intención tomarlo por sorpresa?
Me lo sigo preguntando y la respuesta se me esconde.
Creo, aunque resulte incierto, que sólo lo hice por
cariño a lo desconocido.
Una presentación cordial, por más positiva y amable
que fuera, me hubiera dejado insatisfecho.
Así que opté por espantarlo.
Le palpé suavemente el hombro, aquel único rincón
desnudo de su cabellera.
Un sobresalto me hizo apartarla con rapidez.
Miré mi mano y noté que temblaba.
Una ráfaga voltaica, como chispa de magnesio, me
recorrió el cuerpo con una velocidad de saeta. ¿Qué
había sido aquello?
No tardé en averiguarlo.
El alcohol y el caviar, mística combinación, me
habían abierto los ojos a lo inefable.
Su alma me había reconocido.
Como dos astros coinciden en el eclipse, así habían
reaccionado mi aura y la suya.
Miré al cielo, y sentí que aquella fuerza de reunión,
en algún rincón sosegado de los siglos, más allá del
templo de la galaxia, había sembrado una vida nueva y
un cuerpo nuevo.
¡Qué me perdonen por esta herejía!

406
Descartes me miraba con sus túneles ocultos, y sin
embargo, tan visibles que parecían abarcar la más bella
luz y la plenitud siniestra de las sombras.
No era extravagante, ni alguien que alentara dema-
siado la atención.
Su aspecto desaliñado y su vestimenta triste, incluso
cursi, bien podía resultar repelente.
Pero no me fui.
No entonces, no ahora.
Descartes habló.
—La fiesta está muy ruidosa –mencionó– me pre-
gunto si no molestaremos a nadie en sus cercanías.
—El palacio –respondí– está en la zona más aparta-
da de todo. Los únicos que nos pueden escuchar ahora
son los pájaros y las estrellas.
—Un canto de pájaros nos despierta cuando es
necesario –dictaminó– las estrellas cuando lo desea-
mos. Pero este ruido no beneficia a nadie, aparte de
nosotros. Ni una ni otra es minoría. La molestia es igual.
Dicho esto, apartó suavemente el fleco de su frente
y dirigió una mirada furtiva hacia las puertas entorna-
das.
—Mírelos –dijo– ¡Pobres ingenuos! Mire cómo bai-
lan y cantan. Su felicidad es tal que el futuro no existe.
—Gracias a usted –dije, sin querer parecer demasia-
do adulador– sus palabras los han hecho sonreír.
René, dando un par de pasos en el vacío, me devol-
vió la preocupación.
—Siguen siendo ingenuos.
La rubia del abanico, algo pasada de brandy, besaba
ávidamente a un coronel envuelto en medallas, quien,
olvidado del sable en el corazón del enemigo, ahora
masajeaba con ternura el latido del amor.

407
—El ser humano busca el control –prosiguió Des-
cartes– sin el control nos sentimos desahuciados, con-
denados, sin oportunidad.
Frente a nuestros pies, las ramas de los encinos
crepitaron. Una hoja, ejemplo y guía de las otras, se
desprendió por acto de la brisa y ascendió ligera hacia
nuestro vértice.
René la atrapó en el aire, sin falla. Una gota, como un
diamante fugitivo, reflejaba la luna en sus entrañas.
—Yo he escrito un himno para la razón –continuó–
lo hice porque la añoramos siempre sin alcanzarla. Les
digo que la tienen y lo creen. Me aman y admiran mi
honestidad. Y aunque les corrigiera su error, no lo
creerían; la felicidad siempre es difícil de pasar por alto.
Les he facilitado un sendero que no los llevará sino a la
decepción.
Liberada de su índice, aquella hélice vegetal em-
prendió un nuevo viaje, hacia la atmósfera, hacia la
eternidad.
Hacia el patio de una casa.
Hacia un tazón de sopa.
¿Cuál es la diferencia?
—Mi libro me es, sin embargo, necesario –aceptó el
filósofo– lo redacté con algo de egoísmo propio. Pero he
intentado, y no he podido, escribir acerca de un senti-
miento que domina al hombre sobre muchos y del que
yo mismo me he considerado criminal.
—¿Y cuál es? –inquirí.
René tragó saliva:
—El de la vergüenza.
Como si la interrupción de la noche no hubiera sido
suficiente, Descartes, aquejado por una llaga que yo ya

408
compartía desde antes, pareció haberse quedado con la
extrema necesidad de confesármela.
—Debo decirle –musitó– que una mujer me amó. Y
creo, que yo también la amé. O quizás yo era el único
que la quería, y siendo partidario del egocentrismo, creí
que ella me correspondía. Cuando salí de Francia ella
me atrajo a su mundo, aquél en donde sólo existe paz,
joyas y perfumes. Allí fue donde la conocí. Sea como
fuere, no pasó más allá de un amor fraternal. Pero usted
ya debe haber escuchado algún rumor ¿Conoció alguna
vez a Su Majestad, Cristina de Suecia?
—Una vez, durante una de sus conferencias en la
corte –respondí.
El sabio asintió con seriedad, cruzando las manos
detrás de su espalda.
—Me llamaba Maestro, pero yo, aunque no lo dijera,
no consentía en mirarla como alumna. Me sentía como
Amnón, buscando enfáticamente la complicidad de
Tamar. ¿Quién dice que el pecado abandona a los que
nunca lo cometen? El pecado, aunque sin consumar, me
acechaba constante, y la sola posibilidad de que acep-
tara acogerlo en mi corazón, me llenaba de una culpa
igual a la que hubiera tenido con hacerlo –René hizo una
pausa, mientras avistaba la sombra plateada que pro-
yectaban las enredaderas.
—Eso ya no importa. Su cuerpo permanecerá aleja-
do de mi deseo, pura, intacta, imperturbable. La cripta
ahora es su lecho y los óleos sus últimos aromas. Aún en
su abandono, después de haberme prodigado con lo más
excelso de su reino, me ha salvado de la hoguera. Pero
miro a la pareja que se ama en secreto, refugiados en la
penumbra, y siento envidia.

409
—¡No me diga que no los ha visto! El pudor, aunque
resulte chocante, es la forma más innata de la perver-
sión. Fue el pudor precisamente lo que me evitó el
placer que en este momento gozan, movidos por lo
único que vale la pena para saberse móviles. Por eso me
retracto. ¡Lo que más añoro es la hoguera!
Callamos. Nuestras voces no daban para más.
Hay tan pocas cosas que salen y tantas que entran.
Nos conformamos por observar la intrínseca labor
del jardinero, podando las magnolias.
O el coronel, quien, creyéndose solo, consumaba la
pasión.
Fueron cosas bellas, y nos sentimos felices.
Una campanilla resonó en el interior.
Víctimas del protocolo, despegamos nuestros pies y
comenzamos a reagruparnos para el brindis.
La chica rubia emergió de las sombras, con una rosa
brotando firme desde su corsé.
Mientras caminábamos, todavía tuve tiempo de
robarle un aire a las palabras.
—La frase que dijo al final –murmuré– será repetida
hasta la saciedad en las generaciones que nos sobrevi-
van.
René asintió, sin apartar la vista del camino.
—La dirán tanto que perderá el sentido –continué–
será declarada abominable por los poetas y la adoptarán
como el lema incorrupto de los insensibles.
El sabio acortó el paso y me dirigió una mirada
cautelosa.
—Lo sé –respondió.
—Entonces, ¿no hará nada?
Desde antes que emanara de mi cuerpo, la pregunta
me pareció ofensiva.

410
Es decir, ¿qué hemos hecho todos?
Pero René, para mi alivio, sonrió.
—No debes hacer mucho caso a las frases –explicó–
son mentiras, pero son más bellas que otras. Es en eso,
precisamente, donde radica su verdad.
—La realidad –musité– no es sino un eco del sueño.
Descartes comenzó a reír y mi alma también rió.
—¡Otro condenado!
Nos separamos apenas llegamos a la puerta.
Así era mejor.
No queríamos que una velada perfecta se opacara
con nimias conversaciones.
Mientras se alejaba, tomé una copa de la bandeja del
mesero y aguardé el mencionado brindis.
Pedimos salud por los anfitriones.
Pedimos salud por los cocineros.
Pedimos salud por la castidad.
Pedimos salud por las orgías.
Pedimos salud por el deseo.
Pedimos salud por el llanto.
Por los caídos.
Por los muertos.
Por los vivos.
Por los que han nacido.
Por los que ríen.
Por los que sufren.
Brindamos por mí.
Por ti.
Por Descartes.
Por vivir.
Deglutí el profundo rojo de la uva y su tacto me
volvió a hundir en las visiones.

411
La chica dorada, sonrosada por los besos del militar,
todavía con el seno al aire, se desplomó en mis brazos
y bostezó frente a mi nariz.
Y fue entonces, justo en la misma noche, cuando
aprendí que la vida es bella (la recuerdo así, la recordaré
igual) y que el fulgor de las auroras habita en las bocas
que nos aman sin razón, y de las que, aún teniendo
razón, no nos niegan aquella claridad que, contra el
máximo poder de la memoria, traspasa los siglos, los
milenios y las eras.

412
Recuento:
El discurso de la regionalidad

En la narrativa, las virtudes de la estética del mar y el


desierto no se presentan; se exterioriza, sí, por supuesto,
un elemento simbólico y una realidad, apegada al de-
sierto: la muerte. No es circunstancial que a finales del
siglo XX, la desesperanza dé por buscar el fin de los días
en cualquiera de sus aspectos o ambiente, desde morir
por amor hasta el suicidio (incluyendo los jóvenes),
como una alternativa más.
Es, en principio, una escritura regional fuerte; y
parece tener su propio grado de consolidación; los
primeros cinco años se nota un influencia directa de
escritores latinoamericanos como Monterroso y Gabriel
García Márquez, pero después el grado de profesiona-
lización de la escritura genera estilos propios, que sólo
dejan ver pinceladas de la otra escritura.
En este principio se deja ver una gran preocupación
por el orden que establece la escritura y el significado
que establece para sus propios escritos, para su propio
modo de ver el mundo. Una preocupación por reorgani-
zarlo desde el punto de vista religioso, desde el propio
punto de vista del orden de lo divino: el origen es de

413
suma importancia para reordenar su caos: la escritura
sudcaliforniana desea su propio génesis, y por tanto su
propia identidad. Una escritura que nos deja ver el
desarrollo de su propia conformación. Su propio mundo
o forma de ver el mundo, pero sobre todo, sus propias
características. La tendencia del Premio Todos Santos,
nos atrevemos a decir, es la concreción: la búsqueda de
una extensión mínima en los textos.
Cuando señalamos que los semas nos presentaron
esquemas más o menos coincidentes de lo anterior,
mencionamos que, irremediablemente, plantea visos de
identidad; es clara esta apreciación. Sobre todo a partir
de la conformación del Estado, la constante es el reflejo
que se puede tener sobre la Historia, prehistoria, y el
pasado. Por supuesto, esto envuelve, si interpretamos
en la totalidad, a todos los cuentos que convienen,
claramente, en aportar microhistorias, visiones de ese
mundo, para conformar diferentes puntos de vista sobre
la región, desde ambientes personales hasta mundos
sociales.
Estas señas de identidad se consolidan en la historia,
en la prehistoria, porque son parte de la memoria,
aunque no una memoria archivada, sí una memoria oral,
una memoria contada, una memoria, finalmente, escrita
bajo otro signo y para otro fin.
El pasado se escarba, se confronta, en algunos casos
es presentado como algo real-maravilloso (no podría ser
de otra manera); en otras, se encubre bajo otro momen-
to histórico; en algunas, se enfrenta de manera directa;
o a veces, en forma de mito dentro del cuento –o tal
vez–, como cuento oral dentro del cuento escrito.
El pasado se busca hasta el encuentro con el otro: el
pasado absoluto –parafraseando a Alfonso Reyes– del

414
indígena. Afortunadamente, la muerte es un encuentro
afortunado; pero siempre se busca una explicación al
identitario. Los piratas y sus tesoros son parte de ese
elemento mítico, de un pasado presente.
La oralidad es una vertiente de dos aguas: es por un
lado, lo anterior, base de una memoria oral de un
pueblo; y por otro, la representación de la lengua oral del
pueblo; lo que le otorga identidad al mismo. Son la parte
más representativa de la identidad sudcaliforniana; iden-
tidad que no es propiamente citadina, sino de las comu-
nidades alrededor de las ciudades: los ranchos.
Geográficamente, los lugares prototípicos en los
cuentos son: la zona norte del estado: Mulegé, Santa
Rosalía, El Cardoncito; dos veces se nombra el pueblo
de Todos Santos, y una vez el pueblo de San Evaristo.
La geografía se corresponde a la historia, a esa búsqueda
moral, a esa microhistoria, que es a la vez representa-
ción del mundo cultural sudcaliforniano. Uno esperaría
encontrar una naturaleza desbordante en los cuentos de
Todos Santos, sin embargo, no es así, existe una tenden-
cia a excluir este punto.
Las actividades principales de los personajes del
cuento son los que sobresalen: burócratas, pescadores,
periodistas, profesores, mineros (sin tomar en cuenta
las diferentes épocas), y aunque aparecen rancheros, no
se describe su actividad. Este listado confronta la
realidad del estado, lo espejea. Pero más que ello, sus
actividades también engloban a sus acompañantes: el
más importante de los animales es el perro –un cuento
lleva como nombre el mismo–; no sólo es el punto vital
de la unión, sino la relación de simbiosis entre la
actividad de ranchero y la vida de animal. La muerte del
amo es la muerte del perro, del rancho sudcaliforniano.

415
Otro de los animales importantes es la hormiga, no sólo
por el simbolismo apegado a la misma, sino por la
irremediable relación con las hormigas de Cien años de
Soledad, y la influencia de García Márquez en la escritura
del Premio Todos Santos.
La burocracia es clara en los cuentos; cuenta con un
lugar especial. Ello se debe principalmente a que el
gobierno marca muchas de las actividades en la vida
cotidiana de Baja California Sur, amén de que sus
directrices están enmarcadas por las pautas de los
gobiernos; éstos desde los generales hasta los burócra-
tas de poca monta. Es muy claro, también, que desde el
gobierno se dictan las conformaciones de los héroes o
de su patriotismo, de su patria chica, y con ello se
justifican parámetros de identidad.
Una de la forma que ha dado fisonomía a la entidad
es la migración. Lo extranjero (lo fuereño) se opone a lo
nativo, lo nativo discrimina a lo fuereño; aunque lo
extranjero propiamente se asimila a la vuelta de una
generación; después de todo, se es de una tierra de
inmigrantes: esencialmente, lo chino, lo francés, lo
alemán, lo español. Lo chino, lo alemán, es lo excluido
en su momento de migración, representa parte de ese
choque cultural (aunque es, también, lo que permane-
ce). De manera singular, la representación de la empresa
de la industria es de origen extranjero.
La migración representa el aspecto más visible de la
actividad de relaciones: se migra del campo a la ciudad,
por motivos económicos y generacional; se abandona el
campo y a la paternidad. La migración, aunque hay
regresos, tiende a hacer viajero al sudcaliforniano, que
es otra de las formas de establecer su alteridad.

416
El análisis de la alteridad, existen las bases sólidas
para realizarlo, se lleva al extremo en la escritura sudcali-
forniana: la locura, lo monstruoso, lo marginal, se acer-
ca a límites dignos de reflexión. En un principio pode-
mos sólo decir que es parte de esa exploración identitaria.
Tal vez por la misma densidad del cuento, por el
poco manejo realista de los mismos, los personajes se
encuentran desdibujados: un cuento lo denomina bien:
modelo impresionista; los rasgos de los personajes son
difusos, tienen más bases sobre sus caracteres. Es
también una de las características en donde lo mons-
truoso (la obesidad) resalta, la locura sobresale, y lo
marginal es el principio.
En el principio de la regionalidad es claro que se
debe nombrar: lo que se nombra es lo cercano, lo
conocido, es una fe de bautizo. Queda para una inves-
tigación posterior el poder realizar un trabajo toponímico,
no sólo por la riqueza espacio-temporal (los nombres
cambian en geografías y tiempos), sino por la conocida
virtud de bautizar con sobrenombres (señal de identi-
dad del pueblo de Todos Santos, curiosamente).
Esta regionalidad también son haceres: el sexo, sus
sueños, sus juegos: el béisbol. El ranchero, el minero, el
pescador, el burócrata, señalan sus actividades económi-
cas más importantes. Los quehaceres lúdicos culturales
de los personajes, como el béisbol, representan esa apro-
piación y ese hibridismo entre lo nativo y lo extranjero.
La fisonomía del personaje de los cuentos no se
presenta de manera clara. No son rasgos definidos, sino
impresionistas; es la tendencia de la conformación de la
identidad racial que se reconforma cotidianamente. La
imagen física del sudcaliforniano, su descripción, es tra-
bajada por los autores como una apariencia no detallada.

417
Pero sí sobresale un rasgo de comportamiento: el
humor, la ironía, la burla, la “cura” (para ponerlo de
modo regional). Es, tal vez, este actuar el más represen-
tativo en los cuentos de Todos Santos. Desde la parodia
de Pedro Infante, hasta la escatológica descripción de
un velorio. Como un posible subgénero aparece el
chisme (el mitote) como rasgo de comportamiento entre
vecinas, que conviene en los casos como forma de
comunicación para intercambiar saberes, desde las hier-
bas hasta los acontecimientos públicos.
El mismo ejercicio de la escritura tiene sus tiempos:
desde el uso de la carta, el diario íntimo, hasta el uso de
la computadora; la escritura se va modernizando, se
conforma como parte de un habitus propio del escritor y
de la sociedad sudcaliforniana: ya se considera la posi-
bilidad de una identidad virtual o virtualizada, como
signo irremediable de un mundo globalizado.
Un verdadero cuadro de análisis semántico grei-
masiano puede ser el esquema de oposición entre:
campo vs ciudad; ancianos vs jóvenes. La reunión entre
los ancianos y el campo es un sistema económico que
tiende a desaparecer, o que permanece bajo otro esque-
ma; mientras lo citadino, si bien no es exclusivo de los
jóvenes, sí simboliza ese espacio en donde lo nuevo, lo
juvenil, lo primaveral, sobresale. La muerte del anciano
es la muerte del campo y de todo lo que ello conlleva:
tradiciones, cultura, sociedad, modos de sobreviviencia.
La venta del espacio netamente sudcaliforniano: los
ranchos, también se encuentran inmersos en esta es-
tructura. Un quehacer propiamente joven es la música,
situada siempre cerca del momento de la creación del
cuento; una costumbre relacionada con la ancianidad es
la tradición oral.

418
Las bases de las relaciones hombre-mujer se estable-
cen en una esfera de igual; sin embargo, el matriarcado
sobresale porque la mujer tiene un carácter fuertemente
fundacional; además de decisivo: las doncellas son
capaces del suicidio; es decir, niegan profundamente la
capacidad de reproducción. Es posible un lazo entre el
carácter dominante de la mujer y el presunto mito de la
reina amazona Calafia. Aunque como en todo lugar del
mundo, esta pasión humana también conforma sus
propias relaciones amatorias: el triángulo amoroso no es
la excepción.
Sobre todo en Baja California Sur, existe una parte
fundacional importante para el desarrollo de su identi-
dad: el mito. La existencia, desde su irrastreable nom-
bre, hasta la consolidación de las misiones en California;
siempre trajo consigo la consideración de mito, de la
posibilidad de la utopía. El arca está presente como
metáfora de la tierra, y de la posibilidad de la quimera.
Por este mismo carácter inaugural, un eje construido
que atraviesa muchos de los cuentos es el de la creación,
del génesis, y por tanto, de la divinidad. Una divinidad
que cruza, también, el mosaico que corresponde a la
identidad, desde lo judeo-cristiano, hasta lo oriental
con Buda. Desde la pregunta interior sobre la existencia
de este ser superior, hasta la indagación en lo exterior,
en el espacio exterior, en lo sideral.
Todo nuestro estudio se ha basado sobre un princi-
pio: el tiempo. No hemos ahondado en la presencia del
mismo en los cuentos premiados de Todos Santos; sin
embargo, sí observamos que existe una clara relación
entre los ambientes culturales y los temporales: las dos
circunstancias están muy unidas. Y si bien en poesía el
color de la poesía es de desierto y mar, en el cuento el

419
tiempo parece dar una atmósfera propia de la muerte o
de la inmortalidad, que engloba la oposición de muerte
y vida: todo génesis también destruye.

420
Semas

Amantes (2) Triángulo amoroso (2). Ancianidad. Vejez


Animales: Gata. Gato. Delfín. Hormigas azules. Hor-
migas. Perro (2). Apariencia. Apellidos. Apodos. Arca.
Beisbol. Collar. Escritores: Borges. Cortázar. Corta-
zariano. Fantástico. García Márquez: (2) Real-maravi-
lloso. Monterroso. Burla: ironía. Humor. Campo. Casti-
go. Chinos. Ciudad. Computadora. Concreción. Correo:
carta. Destrucción. Diario íntimo. Discriminación. Di-
vinidad judeo-cristiana. Divinidad: religión (2) fe. Reli-
giosidad: Buda. Espacio exterior. Estrellas. Eternidad
(2). Astrología (2). Sideral. Plegarias Escritura bíblica.
Doncellas. Economía (2) Empresa extranjera. Escritu-
ra (2) Extranjero: alemán, chinos, franceses (2). Fana-
tismo patriótico. Generales (2). Geografía. Gobierno.
Burocracia. Grandeza. Héroes. Hierbas, Historia. Pre-
historia. Historia (2). Hombre-mujer. Identidad virtual.
Identidad. Impresionismo. Indígenas. Indios. Jóvenes
(2) Juegos. La otredad. Locura (3). Lugares utópicos.
Misioneros. Utopía. Mar. Marginales (2) Obesidad.
Matriarcado (2). Minería. Muerte de dos. Muerte (12).
Suicidio (2) jóvenes. Hombre. Mujer. Mulegé. Música

421
(5): Jóvenes. Naturaleza. Niña (3). Nombres: toponimia.
Norte del estado. Oralidad (2). Pasado, Pedro Infante.
Periodistas. Personajes marginales. Pesca. Piratas.
Porfiriato. Profesores. Regionalidad. Regionalismo.
Oralidad. Sexo (2). Sueños (2). Tesoro (2). Tiempo.
Todos Santos (2). Trabajadores. Tradición oral. Veci-
nas. Venta de los ranchos. Viaje, Viajero mental. Migra-
ción jóvenes. Migración (2). Vida (2).

422
Biografías

423
424
Arsenio León Cota

Nació en Mexicali, Baja California, en 1934. Estudió la


secundaria y preparatoria en la ciudad de La Paz, Baja
California Sur. Cultiva el verso desde los 18 años y tiene
en su haber una colección de veinte poemas aproxima-
damente y algunos cuentos. Obtuvo el tercer lugar en
los Juegos Florales de la Fundación de La Paz en 1966.
Primer Lugar y Flor Natural en los Juegos Florales de
Carnaval, en 1967. Intentó introducirse en los “ismos”.27

27 Armando Trasviña Taylor, La Literatura en Baja California Sur, La Paz


B.C.S., 1971.

425
Víctor Villavicencio Ojeda

Nació en 1950, en Santa Rosalía, Baja California Sur.


Estudió contabilidad en La Paz, Baja California Sur. Ha
trabajado en diversos periódicos y revistas en La Paz,
BCS, Tijuana, BC, México, DF. Promotor cultural del
Instituto de la Juventud, en La Paz, BCS. Director de
noticias de Canal 8 y Radio Cultural La Paz, BCS.
Director del periódico El Forjador, La Paz, BCS. Ha
publicado un libro de cuentos, participó en la publica-
ción del “Primer encuentro de Poetas y Narradores de la
Frontera Norte” y algunos relatos publicados en el libro
Lecturas de Baja California Sur. Obtuvo Primer lugar en
narrativa en los II Juegos del Pilar de Todos Santos,
BCS, en 1976. Primer lugar en narrativa en los Juegos
Florales en Mulegé, BCS en 1977. Primer lugar en
narrativa en los Juegos Florales del Desierto del Vizcaí-
no, BCS. Segundo lugar en narrativa en las Olimpiadas
Estatales en Loreto, BCS en 1977.

426
Rogelio Félix Félix

Nació el 1 de mayo de 1939, en La Paz B.C.S. Periodista


y escritor. Actor protagónico de las luchas sociales de
Baja California Sur. Tras escribir en varios diarios,
semanarios y revistas de la época, fundó su propio
semanario: “La Chispa”. Obtuvo el primer lugar en el
certamen periodístico sobre la vida y obra del Lic.
Benito Juárez, en el centenario de su fallecimiento. En
1975 obtuvo el Premio de Cuento “Francisco Cota
Moreno”; en Celaya, Guanajuato, se hizo merecedor al
Premio Nacional de Ensayo y en San José del Cabo, el
primer lugar en los Juegos Florales “Margarito Sandez
Villarino”. En 1976 obtuvo el primer lugar en cuento y
poesía en los Juegos Florales del Pilar, en Todos Santos.
Ganó el Premio Estatal “Manuel Torre Iglesias” y el
primer lugar con “La pata andariega”. En 1986 ganó el
primer lugar con su cuento “El mundo de los animales.”
En Fresnillo, Zacatecas, se hizo acreedor al premio de
la feria. Primer lugar en los Juegos Florales del Desierto,
en Sebastián Vizcaíno. En 1991, fue distinguido como
“Valor Cultural” sudcaliforniano. Falleció en 2005 en la
Ciudad de La Paz, B.C.S.

427
Fernando Escopichini Osuna

Nació en 1938 en la ciudad de México, sus bien logrados


merecimientos le valieron para ser admitido como miem-
bro de número en la Unidad Mexicana de Escritores en
1964. Estudió la carrera de maestro en la Escuela
Normal Urbana. Desde los 15 años se dedicó a escribir
e intentó el cuento, el ensayo y la crítica literaria, en
donde se desenvuelve con aptitudes valiosas. Fue in-
vestigador pujante y escritor tenaz. Sus relatos más
publicados son: “El portafolio”, “Subasta de hombres”,
“Compraventa de ojos” y “Obregón Perla”, este último
extraído –personaje real– de la pintoresca sudcali-
forniana.28

28 Armando Trasviña Taylor, op cit.

428
Raúl Antonio Cota

Nació en 1949 en La Paz, Baja California Sur. Ejerce la


docencia y el periodismo cultural.
Estudió la Licenciatura en Educación Media, con
especialidad en Español, en la Escuela Normal Superior
de B. C. S. Es Maestro en Ciencias de la Educación. En
1978 obtuvo el Premio Estatal de Poesía “Festival de
Otoño”. En 1979 creó la revista de poesía “La Cachora”.
Ha creado e impulsado talleres de análisis de textos y
creación literaria; obtuvo los premios estatales de cuen-
to en 1979, de ensayo literario en 1979; el Premio
Latinoamericano de Poesía Colima en 1984, el Premio
Nacional de Poesía “Tepic de Nervo” en 1986, se hizo
acreedor a la presea “Valor Cultural de B.C.S.” en 1989.
Fue merecedor del “Premio Nacional de Poesía. Ciudad
de La Paz” en 1990, con un libro de poemas para niños.
En 1996 obtuvo el Premio Estatal de Ensayo Pedagó-
gico. Ha publicado cuentos, poemas, reseñas literarias,
ensayos en diversas revistas culturales editadas en el
centro del país, regionales y locales; así como en perió-
dicos de circulación nacional y locales. Tiene veinte
libros individuales publicados: 15 son de poesía, 1 de

429
ensayo, 1 de reseña, 1 de investigación educativa y 2
novelas. Aparece en 12 libros colectivos, dos de los
cuales fueron editados en inglés y español, forma parte
del Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX.
Forma parte del Consejo editorial de la revista Tierra
Adentro. Fue presidente de la Asociación de Escritores
Sudcalifornianos.

430
Carlos Ramón Castro Beltrán

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1937. Estudió


en la Escuela Normal Urbana “Profr. Domingo Carballo
Félix; obtuvo dos posgrados en la Escuela Normal
Superior de México, D.F. Trabajó en la Escuela Normal
Urbana, culminando así una carrera de 42 años de
servicios. Se dedica al periodismo desde 1954, ha cola-
borado hasta el momento en 27 publicaciones, llegando
a obtener la subdirección del periódico decano del
estado “EL ECO DE CALIFORNIA”, semanario lon-
gevo que se publicó hasta 1998, ello fue en el periodo de
1975 a 1989. Actualmente combina sus actividades
periodísticas en Guaycura, Reportaje y Compás, con su
labor como escritor, principalmente de cuentos, en lo
que lleva más de cincuenta años, habiendo obtenido
triunfos en algunos certámenes literarios. Además, cul-
tiva la poesía y el ensayo. En su extensa carrera
magisterial obtuvo las preseas Rosaura Zapata Cano y
Rafael Ramírez por 30 y 40 años ininterrumpidos dentro
de la enseñanza.

431
Jesús Castro Agúndez

Nació en 1906, en el pueblo de El Rosarito, Los Cabos,


Baja California Sur. Estudió la carrera de profesor en la
Escuela Normal de la capital del país. Fue cofundador
de la Casa del Estudiante Sudcaliforniano en México.
Entre muchas otras actividades, fue Cronista del Terri-
torio; participó directamente en la organización de la
primera olimpiada del entonces Territorio de Baja
California. Estableció las Jornadas Deportivas y Cultu-
rales, a semejanza de las olimpiadas territoriales de Baja
California Sur. Promovió la edición de La Historia vista
por los niños y cuatro tomos de Cuentos para niños.
Publicó: Patria chica en 1979. Más allá del Bermejo en
1963. El canto del Caudel en 1974. El estado de Baja
California Sur en 1975 y en 1983. Viajando por el golfo de
California, 1975. Resumen histórico de Baja California Sur,
primera en 1979 y en 1981. Un viaje inolvidable. Ando en
mis meras nadadas en 1983. Autobiografía (edición póstu-
ma). Falleció en la ciudad de La Paz.

432
Manuel Lucero

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1960. Escritor


y periodista. Estudió la licenciatura en Historia en la
Universidad Autónoma de Baja California Sur. Y la
maestría en Historia Regional. Es coautor del libro
Historia y Geografía de Baja California Sur. Premio de
Cuento Todos Santos 1985 y 1994. Premio Estatal de
Periodismo 1993. Fue jefe de redacción de la revista
Panorama. Ha dirigido y colaborado en diversos medios:
revistas, periódicos.

433
Esteban Beltrán Cota

Esteban Beltrán Cota nació en La Paz, Baja California


Sur, en 1969. Estudió la Licenciatura en Lengua y
Literaturas Hispánicas y maestría en Lingüística en la
UNAM. Ha colaborado en las revistas: La Rosa Náuti-
ca, Ángulos, Quórum y en periódicos: El Día, El Sol de
México, El Nacional. PREMIOS: Concurso anual de
cuento en Todos Santos, BCS. Primera publicación:
Oscuridades. Libro que combina poesía y cuento, en una
antología personal del autor. Los temas son variados y
hablan sobre la condición humana y sus conflictos más
oscuros.

434
Julio César Saucedo

Nació en 1943 en Ciudad Ocampo, Tamaulipas. Radicó


en Baja California Sur de 1967 a 1998. Fue profesor de
educación primaria egresado de la Escuela Secundaria
Normal y Preparatoria de Ciudad Victoria, Tamaulipas.
Profesor de Inglés, egresado de la Escuela Normal
Superior de la Ciudad de México. Fungió como titular
de Prensa y Relaciones Públicas del Gobierno de Baja
California Sur, las jefaturas del ramo en la Procuraduría
General de Justicia y hasta su muerte, en el Congreso de
Tamaulipas, además de colaborar para distintos medios
de comunicación como analista político. Practicó el
periodismo desde 1968. Publicó dos libros: Y otros
cuentos y Las crónicas. Su último puesto lo desempeño en
el estado de Tamaulipas como Jefe de la Unidad de
Comunicación Social del H. Congreso del Estado. Fa-
lleció el 10 de agosto de 2007, en Monterrey.

435
Jesús Ernesto Adams Ruiz

Nació en Tijuana, Baja California, en 1954. Realizó sus


estudios de primaria y secundaria en el colegio Anáhuac,
de La Paz B.C.S.; la preparatoria en la misma ciudad. La
Licenciatura en Economía, en la UNAM. Maestría en
Bibliotecología y Ciencias de la Información, en la
Universidad Autónoma de Nuevo León, en Monterrey.
Sus libros publicados son: el poemario Thurnera
Aphrodisiaca; Mitycalofornia, y La reina Calafia o La segun-
da caída de Eva.
Ha colaborado en las revistas: Ahora, La cátedra,
Panorama, El eco estudiantil. Los periódicos El sudcali-
forniano, La extra y otros.
Se ha desempeñado como jefe de departamento de
instituciones gubernamentales; Jefe de apoyo parla-
mentario en el Congreso del Estado; Biblioteca Central
de la UABCS; Biblioteca Filemón C. Piñeda y Bibliote-
ca Leopoldo Ramos.

436
Alejandro Zúñiga

Nació en el pueblo de San Ignacio Kadakaaman, Baja


California Sur, en 1965. Estudió la Licenciatura en
Educación Primaria; la Licenciatura de Historia en la
UABCS y se ha especializado en México y en el extran-
jero en estudios sobre promoción cultural, museología
y gestión del patrimonio. Ha dirigido su actividad pro-
fesional desde los primeros años de la década de los
ochenta al rescate y la difusión de los activos
antropológicos e históricos regionales, y se desempeña
como director del Museo Regional de Antropología e
Historia del estado.

437
Leonardo Varela

Leonardo Varela Cabral nació en 1970, en la Ciudad de


México. Estudió la Licenciatura en Humanidades, con
terminal en Letras en la Universidad Autónoma de Baja
California Sur. Obtuvo el Premio Regional de Poesía
Loreto 300. Premio Nacional de Poesía Enriqueta
Ochoa, en Torreón, en 1997. Entre sus publicaciones
está: Tierra de nadie, Violento el mediodía. Colección el Ala
del Tigre, 1998. Rumor como de brisa, UABCS, 1995. Ha
colaborado en la revista: Fronteras. Se ha desempeñado
como: Jefe del Departamento de Difusión Cultural de la
Universidad Autónoma de Baja California Sur;
Subdirector de Seguimiento y Evaluación Técnico-
pedagógica en la representación de SEP, en Baja
California Sur. Colabora en el diario El Sudcaliforniano
y el Semanario Sur, de La Paz, Baja California Sur.

438
José Castro González

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1975. Estudió


Lengua y Literatura en la UABCS. Ha participado en
talleres de creación literaria y ha trabajado en el perio-
dismo y promoción cultural; en el periódico El Forjador
en 1994. Fundador del Delfín de Siglo en 1996. El
Premio de Cuento UABCS en 1995. Premio de Poesía
Carnaval La Paz 1997. Honorífica en los florales de San
José en 1998.

439
Omar Castro

Omar Castro nació en La Paz, Baja California Sur, en


1955. Es profesor normalista y desde 1974 ejerce la
docencia, actividad que ha combinado con el periodis-
mo, las tareas sindicales y la militancia política. Ha
obtenido premios de cuento en La Paz, Santa Rosalía y
Todos Santos. Ha publicado: Porque nos asiste la razón…;
Este desierto que llamamos mar, con Víctor Meza y
Florentino Ortega. Días de sol; La lucha magisterial en
B.C.S. 1990-1995; Cuando se seca la raíz y otros cuentos: Los
últimos días del general y Pueblo de madera y otros relatos.

440
Raúl Carrillo Arciniega

Nació en México, Distrito Federal, en 1972. Estudió


Lengua y Literatura en la UNAM, Doctorado en la
Universidad de Tennesse, EEUU. Fue profesor de
asignatura en la UABCS. En 1999, fue editor de la
revista Fragata del Instituto Sudcaliforniano de Cultura,
ha publicado en diversas revistas de talla internacional.
Actualmente es profesor asistente en la Universidad de
Charleston, South Carolina, Estados Unidos.

441
Keith Ross Guillins

Nació en San José del Cabo, Baja California Sur, en


1985. Pasante de la Licenciatura en Lengua y Literatu-
ra. Concurso de creación literaria “La juventud y la mar”
por el cuento “Alrededor del mar y otras conciencias”.
CONACULTA. Segundo concurso universitario de
ensayo en 2005. Tercer lugar en el Tercer Concurso
Universitario de Cuento en 2006. Segundo lugar en el
Tercer Concurso Universitario de Poesía. Diversas pu-
blicaciones.

442
José Ramón García Burgoin

Nació en 1972, en San José del Cabo, Baja California


Sur. Licenciatura en Ciencias Políticas y Administra-
ción Pública por la Universidad Autónoma de Baja
California Sur, Universidad Carlos III de Madrid en
1994 y Universidad de La Laguna, en Tenerife, 1995.
Ha publicado el Libro: Versos a Minerva. Plaquetas:
Volver al Mar, Nocturnos. En Prensa: Después del todo la
nada (Novela) y “El Extraño” (Cuento). Publicación de
poemas y cuentos en revistas y periódicos de circula-
ción estatal. Premio Estatal de Poesía Fiestas de Funda-
ción de La Paz. Premio Nacional de Poesía INEGI.
2005, 2003, 2001 Juegos Florales del Ayuntamiento de
Los Cabos.2003 Juegos Florales del Ayuntamiento de
Comondú. 2001 Premio Estatal de Poesía Néstor
Agúndez. 2001 Juegos Florales del Carnaval de La
Paz.2000 Mención Premio Estatal de Poesía Alán
Gorosave.

443
Sandino Gámez Vázquez

Nació en Ciudad Constitución, Baja California Sur en


1978. Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuentista,
ensayista, locutor de radio y editor. Ha recibido los
premios estatales de cuento 2003 de B.C.S. y el Todos
Santos de cuento 2003. Becario del FESCA en 1998 y
2003 en el género de cuento y becario del FONCA en
2005-2006 en el género de novela. Ha publicado en casi
todos los medios impresos que circulan en La Paz y en
el diario ‘Unomásuno’ de México. Tiene un libro de
cuentos publicado titulado La ciudad y los campos, en
espera de dictamen una biografía sobre Manuel Márquez
de León, una novela sobre la vida sudcaliforniana y una
investigación sobre el ensayo como género literario y su
aplicación en el siglo XIX. Trabaja actualmente en la
revista mensual ‘Alternativa’, la gaceta cultural-publi-
citaria ‘Manteletra’ y el suplemento del diario El
Sudcaliforniano, ‘Puerto Libre’.

444
Rubén Olachea Pérez

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1969. Licencia-


do en Comunicación por la UABC. Maestro en comuni-
cación por la UNAM. Doctor en Estudios de Cine y
Televisión por la Universidad de Warwick (Inglaterra)
Maestro de tiempo completo en la carrera de Comuni-
cación en la UABCS. Colaborador sobre cine en medios
tales como El sudcaliforniano, Canal 8, Canal 10 y
Radio UABCS.

445
Elizabeth Cerecer

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1967. Actual-


mente estudia la Licenciatura en Derecho en la UABCS.
En 2004 participó en un taller de géneros literarios con
Rafael Ramírez Heredia. Obtuvo segundo lugar en
cuento y tercer lugar en poesía en el “Concurso de
poesía, cuento y ensayo” de la UABCS, 2006. Ha
publicado en la revista Fatum de la UABCS Algunos de
sus ensayos han sido publicados en Hoja jurídica de la
UABCS.

446
Olgafreda Cota Gándara

Nació en la Ciudad de México, en 1941. Cursó la carrera


de maestra de educación primaria en la Escuela Nacio-
nal para Maestros y la de biólogo en la Escuela Nacional
de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacio-
nal. Durante el tiempo que trabajó como maestra de
educación primaria, lo hizo mayormente con alumnos
de 1er grado. Fue maestra de biología en la Universidad
Femenina de México. Llegó a radicar a Baja California
Sur en 1978. Escribió el libro de poesía infantil Algo
pequeño para pequeños. Ganó el primer lugar del XXX
Concurso de Cuento Todos Santos, 2006.

447
Eligio Moisés Coronado

Nació en Baja California Sur, en 1943. Profesor de


Educación Primaria, y de Educación Media en la espe-
cialidad de Lengua y Literatura. Tiene Licenciatura en
Historia y Maestría en Ciencias de la Educación. Ha
sido profesor de tiempo completo; beneficiario perma-
nente del programa de Estímulos al Desempeño Docen-
te, de la Secretaría de Educación Pública; prologador y
editor de libros; locutor con licencia de Aptitud Catego-
ría A, por la SEP. Es autor y coautor de varias obras de
carácter histórico editadas en México, Estados Unidos
y España. Le han sido publicados artículos, conferen-
cias, discursos y ensayos en periódicos y revistas de
México y los Estados Unidos. Ponente en foros sobre
cultura, educación, historia y literatura. Ha realizado
viajes de estudio al interior de su país, y a Argentina,
Bolivia, Brasil, Cuba, España, Estados Unidos, Hondu-
ras, Paraguay y Perú. Cursó estudios de piloto aviador
privado.

448
Juan Pablo Rochín Sánchez

Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1977. Narrador


y ensayista. Licenciado en Lengua y Literatura por la
UABCS. Candidato a obtener el título de Maestro en
Estudios Sociales y Humanísticos de Frontera (UABCS),
terminal en Literatura y Semiótica. Premio Estatal de
Ensayo, Fiestas de Fundación Ciudad de La Paz, 2006,
con el libro de ensayos literarios “Carencia y búsqueda:
ese enclave apátrida y atemporal”. Premio Regional
zona noroeste en la categoría de Cuento, Fiestas de
Fundación Ciudad de La Paz, 2007. Premio Universita-
rio de Cuento 2003 (UABCS), entre otros reconoci-
mientos. Ha participado en la elaboración de las revis-
tas “Epicentro” y “DIFusión”; colabora en medios
impresos de circulación estatal como Análisis, Alterna-
tiva, Panorama, Cascabel y Fatum y la publicación interna-
cional: Revista Acequias. Ha presentado ponencias y
diversos libros como parte de su formación profesional.
Es Coordinador Voluntario de Salas de Lectura y ha
desempeñado labores como reportero para el Departa-
mento de Difusión Cultural de la UABCS, área de
Comunicación Social.

449
Actualmente imparte clases en la Universidad Mun-
dial, Campus La Paz.

450
Gilberto Figueroa Rodríguez

Nació en Santa Rosalía, Baja California Sur, en 1992.


Actualmente estudia en el CBETIS 230: Desde 1997 ha
obtenido: primer lugar en el concurso interno de poesía
del Colegio Salvatierra. Primer lugar en los concursos
“Echa a volar tu imaginación: una carta a papá” “El
niño y la mar”; el concurso interno de oratoria de la
Escuela Secundaria Técnica no. 1. y el concurso de
ortografía del “Encuentro estatal de evaluación acadé-
mica” Segundo lugar en los concursos de dibujo infantil:
“Las ballenas también son sudcalifornianas” y “Cómo
dibujas los árboles de México”. Primer y tercer lugar
estatal en el concurso “Navidad mexicana”. Además
Mención honorífica en los concursos de dibujo y pintura
infantil “A la víbora de la mar, el ambiente hay que
cuidar” “Un mundo sin pobreza” “Las ballenas también
son sudcalifornianas”

451
452
Bibliografía

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Ediciones Coyoacán, México, 2002.
CHOMSKY, Noam, Sintáctica y semántica en la gramática
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GUMBRECHT, Hans Ulrich, In 1926 Living at the edge of time,
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Periódico “El Sudcaliforniano”
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1988.
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Páginas Web consultadas


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Centro de Información de las Naciones Unidas para México,
Cuba y República Dominicana. Información básica de las
naciones unidas,
<http://www.unam.mx/cinu/info.htm>

455
456
Índice

Delimitación de las generalidades


de un repertorio incompleto ........................ 9
Generaciones.......................................... 11
En la desmemoria ................................. 13
Tiempos y espacios .............................. 14
Los vacíos ............................................... 15
Los modelos ........................................... 16
Metodología ............................................ 18
1975 ................................................................... 23
El pescador de estrellas ........................ 27
1976 ................................................................... 33
El viaje...................................................... 35
1977 ................................................................... 39
El cumpleaños del general ................... 43

457
1978 ................................................................... 49
Murmuren víboras murmuren............ 53
1979 ................................................................... 73
Obregón Perla ........................................ 77
1980 ................................................................... 81
El regalo ................................................... 85
1981 ................................................................... 89
La carta .................................................... 91
1982 ................................................................... 95
Justicia ...................................................... 97
1983 ................................................................... 101
El entierro ............................................... 105
1984 ................................................................... 109
La rebelión de los chinos ................... 113
1985 ................................................................... 117
Las pesadillas .......................................... 119
1986 ................................................................... 127
Las rayas del tigre .................................. 129
1987 ................................................................... 131
El radio colorado ................................... 133
1988 ................................................................... 135
El negro ................................................... 137
458
1989 ................................................................... 141
1990 ................................................................... 143
La tumba de oro ................................... 145
1989/1992 ........................................................ 149
1991 ................................................................... 153
El naúfrago del mar Bermejo ............. 155
1993 ................................................................... 161
El Huaco .................................................. 165
El perro .................................................... 173
Fin de semana........................................ 179
El poeta inédito ..................................... 189
Las casas de Malakiel ............................ 197
1994 ................................................................... 207
Regreso a casa........................................ 211
Una cama en el alma ............................. 219
1995/1996 ........................................................ 223
1997 ................................................................... 225
Muerte antes del alba............................ 227
1998 ................................................................... 231
Añoranza ................................................. 235
Pequeña crónica de la intolerancia
o el trolebús del amor ........................... 243
459
1999-2001 ......................................................... 247
2002 ................................................................... 249
El venado ................................................ 253
Sonidos .................................................... 261
Alta tensión ............................................ 267
2003 ................................................................... 273
Yo soy Pedro Infante ........................... 277
El alma romántica ................................. 285
2004 ................................................................... 293
La alberca pública .................................. 295
Lluvia ........................................................ 301
2005 ................................................................... 305
Guerras de bronce ................................ 309
El juego aún no termina ...................... 315
Don Celestino Robles y sus doscientas
noventa y nueve muertes .................... 321
2006 ................................................................... 327
Vacaciones para una gata .................... 333
El día que el mundo dejó de dormir . 345
El estero ................................................... 353
Como os imagináis a Caín .................. 359

460
Del jardín ................................................. 369
Una ciudad, un sueño .......................... 377

ADENDA 2007
Lugares comunes .................................. 387
“Cogito ergo sum” ..................................... 403

Recuento: el discurso de la regionalidad ... 413


Semas ................................................................ 421
Biografías .......................................................... 423
Bibliografía........................................................ 453

461
Otros títulos publicados
Respiraciones y velocidades
Rodrigo Aké Vélez
Cuando todo esto acabe
Cecilia Rojas García
La ciudad y los campos
Sandino Gámez Vázquez
La isla de la sal
Elino Villanueva
Un pueblo sin circos
Ariel Noriega
La casa de Cortés
Rubén Rivera
Versos a Minerva
José Ramón García Burgóin
Cinco días circulares [la visita]
Estela Davis
La niña. Memorias de una adolescente
Raúl Antonio Cota
Pablo L. Martínez: Sergas Californianas
Aidé Grijalva, Max Carrillo y Leticia Landín
Las dos lunas y otras fábulas
Jorge Manuel Agúndez Espinoza
Los límites de la identidad. Los grupos indígenas
de la Baja California ante el cambio cultural
Rosa Elba Rodríguez Tomp
A sus libertades... Alas [Antología de escritoras
sudcalifornianas]
Estela Davis, Leticia Garriga, Marta Piña
y Ana Roshandler
Naufragaciones
Leonardo Varela
Los cuerpos
Ramón Cuéllar Márquez
Voz de la estirpe
Leonardo Varela
El Homenaje
Miguel Moreno Galván
Lamenavajas
Iván Camarena
El Quemadero
Juan Pablo Rochín Sánchez
Remontando el cañón de la zorra. Ranchos y rancheros
de la Sierra La Laguna
Lorella Castorena Davis y Aurora Breceda Solís
Vacaciones para una gata y otros cuentos
Olgafreda Cota
Los sordos territorios
Miguel Ángel Avilés Castro
Malaleche
Víctor Alí Torres
Juegos Florales Carnaval La Paz 2007
Lars Fleisher Koning, Ana Carlota Sánchez Montes,
Diana Esmeralda Sandoval Barajas, Irving Sarabia
Domínguez, Elisa Itayetzi Aceves Band, Luisa
María Tavares R., Eduardo Emmanuel Puppo,
Jocelyne Lozoya Alarcón y Fedra Isadora Rodarte
Hirales
La máquina de los sueños
Claudia Gámez
Cuentos sudcalifornianos de la Revolución
Carlos Ramón Castro Beltrán
Factor riesgo
Alejandro Moreno
Se terminó la impresión de
Inventario de los cuentos todos de Todos Santos
1975-2007
en el mes de octubre de 2008, la producción fue realizada
por “Fish Diseño”, Castilla No. 158-5, Col. Álamos,
C. P. 03400, Delegación Benito Juárez, México, D. F.,
tel. (55) 55 19 33 15, con un tiraje de 800 ejemplares.