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Clase 2: Del libro a las redes: compatibilidades


históricas entre tecnologías, cuerpos y
subjetividades. Paula Sibilia.
.

Sitio: FLACSO Virtual


Curso: Diploma Superior en Lectura, Escritura y Educación (2011)
Clase 2: Del libro a las redes: compatibilidades históricas entre tecnologías, cuerpos y
Clase:
subjetividades. Paula Sibilia.
Impreso
Bárbara Panico
por:
Fecha: jueves, 21 de junio de 2012, 14:30

Tabla de contenidos
Presentación

Introducción

Leer y escribir: ser en la intimidad

Visibles y on-line: ser conectados

Una pregunta final

Cierre

Bibliografía obligatoria

Bibliografía optativa

Itinerarios de lectura

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Presentación

En esta clase Paula Sibilia, nos propone explorar los cambios que traen aparejados los
usos de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información en la
configuración de subjetividades. Un primer interrogante abre la indagación y nos obliga
a desandar algunos supuestos: ¿estas tecnologías nos moldean o las inventamos como
una necesidad frente a cambios de otra índole (socioculturales, políticos, económicos)?

La indagación seguirá para la autora una vía genealógica al comparar las formas de
construcción de la subjetividad del sujeto “moderno” y del sujeto contemporáneo. Así,
nos invitará a recorrer los cambios en los dispositivos y en los sentidos de las prácticas:
“del libro a las redes”, lectores y escritores se convierten en “seres compatibles con el
universo de su época”. De la comparación surge una imagen fuerte y contrastante más
allá de la práctica común de la lectura y la escritura: un hombre solo y en silencio, frente
a un hombre que necesita volverse constantemente visible. En efecto, mientras que el
sujeto moderno moldea su interioridad en un espacio íntimo, detrás de los muros de su
hogar, la intimidad del hombre del siglo XXI se encuentra filtrada por “cantidad de
miradas y de diálogos” en medio de una conexión permanente que derriba fronteras.

Dos escenas, reconocibles en nuestra historia. Ambas conviviendo y dando formas a


nuestras prácticas de lectura y escritura. La clase, en este sentido, despliega las
modalidades no excluyentes a través de las cuales leemos y escribimos y visibiliza el
papel de las tecnologías en esa configuración mostrando sus relaciones con las
sensibilidades y las disposiciones sociales y culturales de una época.

Nuestro lugar allí y la posibilidad de desnaturalizar sus efectos será una constante del
planteo de la autora, especialmente pensando en nuestro papel activo frente a las nuevas
tecnologías y, en diálogo con la clase de Michèle Petit, nuestra función de mediación
para su apropiación. No parece posible hacerlo sin revisar cuán “compatibles” somos
con las nuevas herramientas, y, en definitiva, cuánto de seducción o de dificultad
conlleva ese vínculo. Algo así como re- ubicarnos en el mapa de mutaciones que acarreó
la crisis del modelo de subjetividad y sociabilidad típicamente moderno y desde el cual
fue pensada la enseñanza escolar de la lectura y la escritura.

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Introducción

Quisiera presentar una reflexión sobre los nuevos dispositivos de comunicación e


información, especialmente aquellos que configuran los fenómenos que se han dado en
llamar “cultura de la movilidad” o “vida en red”, potencializados por el uso cotidiano
cada vez más intenso y diseminado de los dispositivos portátiles de comunicación e
información. El foco de este análisis apunta a las transformaciones ocurridas en nuestra
sociedad -en particular, en la medida en que afectan los modos de ser y de vivir- a partir
de la popularización de esos aparatos que permiten y estimulan la comunicación móvil.

En primer lugar, cabe destacar que es plenamente comprensible la fascinación suscitada


por esos aparatos que, con tanta rapidez, se tornaron fundamentales en la vida de un
creciente número de personas, evidentemente maravilladas por todo lo que esos
pequeños objetos permiten hacer, y por todo lo que tanto ellos como sus sucesores
todavía prometen. Ese deslumbramiento y ese entusiasmo no tienen nada de
sorprendentes. De hecho, se trata de algo realmente fascinante, que muy poco tiempo
atrás habría sido del orden de lo impensable, algo aparentado con la ciencia-ficción y
hasta con la magia. De modo que no sorprende que todo eso esté afectando nuestras
vidas con una velocidad y una intensidad inusitadas, especialmente si consideramos que
ese “admirable mundo nuevo” de la hiperconexión digital no tiene mucho más que una
década de existencia: su perfil se identifica con el siglo XXI.

Sin embargo, lo que quisiera subrayar aquí es que no se trata tan sólo de un fabuloso
conjunto de “nuevas tecnologías” que han surgido de repente para alterar de forma
radical nuestros modos de vida, poniéndonos a tono con la flamante emergencia del
nuevo milenio. No fueron los aparatos los que cambiaron al mundo y, en ese
movimiento, terminaron transformándonos a nosotros también, imprimiendo su marca
sobre los cuerpos y las subjetividades de las nuevas generaciones. Sugiero revertir esa
lógica causal, insinuando que fuimos nosotros quienes los inventamos, y que eso ocurrió
porque algo -o mucho- ya había cambiado en nuestra sociedad, en nuestros valores y en
los modos de ser y vivir.

De manera que voy a concentrarme en esos cambios socioculturales, políticos y


económicos, todos estrechamente relacionados con dichas herramientas técnicas, para
formular una serie de cuestiones y esbozar sus posibles respuestas. ¿Cuál es el sentido de
esas transformaciones históricas? ¿De qué modo se relacionan con las nuevas
tecnologías? ¿En qué medida afectan las configuraciones corporales y los “modos de
ser” de los sujetos contemporáneos? ¿Cuáles son las diferencias entre estos cuerpos y
estas subjetividades que emergen y se fortalecen en el momento presente, y aquellos que
caracterizaban al sujeto moderno de los siglos XIX y XX?

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Leer y escribir: ser en la intimidad

Para intentar explorar esas indagaciones, optaré por el camino genealógico. En primer
lugar, por tanto, cabe postular algunas definiciones. ¿Quién es “el sujeto moderno”? Esa
expresión alude a un tipo histórico: aquel individuo que se configuró en el siglo XVIII
europeo, cuyo protagonismo histórico tuvo su auge a lo largo de los siglos XIX y XX.
Una de las características más importantes de ese “modo de vida” es que la existencia de
ese sujeto moderno transcurría en dos espacios claramente definidos y delimitados: el
ámbito público y la esfera privada. Además, ese último ambiente fue altamente valorado
en ese período histórico: se lo consideraba moralmente superior a su polo opuesto, el
espacio público, del cual lo separaban los sólidos muros del hogar burgués: una barrera
compuesta por ladrillos, puertas, cerrojos y pudores. En ese cuadro, el ámbito público se
consideraba un territorio peligroso, reino de las frías formalidades, la mentira y la
falsedad, todo lo cual terminó motivando su gradual vaciamiento y su creciente
estigmatización.

“Hombre leyendo”
John Singer Sargent, s/f

Al fin y al cabo, era en el silencio y la soledad del hogar burgués, en la amena compañía
de la lectura y la escritura, de los seres y los objetos íntimos -y, sobretodo, en la densa
compañía de uno mismo- donde se desarrollaba algo sumamente apreciado por los
protagonistas de aquella época: el yo. No se trata de cualquier ser, sino precisamente de
aquel tipo de yo hipertrofiado, cultivado, adorado y también monstruoso del individuo
moderno.

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A partir de esa breve síntesis que esboza ese carácter históricamente constituido, quisiera
apuntar que los medios de comunicación contemporáneos, desde internet hasta los
teléfonos celulares -es decir, los canales y dispositivos móviles e interactivos que
estamos enfocando aquí- evidencian una crisis de ese modelo de subjetividad y de
sociabilidad típicamente moderno. Estaría desvaneciéndose y metamorfoseándose, entre
nosotros, ese modo de vida que fue hegemónico en los siglos XIX y XX. Esa
configuración está perdiendo preeminencia, en la medida en que ese tipo de sujeto se
torna cada vez más anticuado en una era como la nuestra, que ve surgir y desarrollarse
nuevos modos de ser y estar en el mundo.

Por tales motivos, propongo que concentremos la atención en esas herramientas con las
cuales tenemos un fluido contacto cotidiano -computadoras, celulares, Internet- para
pensar de qué modo nos hemos vuelto compatibles con ellas. Adecuamos nuestros
cuerpos y nuestros modos de vida a esos artefactos, y ésa es una característica
importante de nuestra condición de sujetos históricos: es algo que nos hace seres
típicamente contemporáneos, hijos y hermanos de nuestra época. De una manera
comparable al modo en que los cuerpos y subjetividades de nuestros padres, abuelos y
bisabuelos, eran compatibles con otras herramientas y con otro universo, con otras
formas de vivir, de ser y estar en el mundo.

En ese sentido, propongo tomar el ejemplo del libro impreso, con el fin último de
contraponer algunas de sus características a este instrumental más contemporáneo, e
intentar comprender los sentidos de esas diferencias. ¿Qué es un libro?. Entre otras
cosas, podría afirmarse que ese tipo de objeto también es una herramienta, y por tanto
tiene su propia fecha de nacimiento y toda una serie de factores y rituales asociados. A
mediados del siglo XV apareció en Europa una nueva tecnología, que hizo posible el
surgimiento de ese artefacto: la imprenta con tipos móviles. A pesar de ese linaje técnico
que remonta a los albores del Renacimiento, hizo falta al menos un requisito importante
para que ese invento tuviera la potencia que de hecho ha tenido: la alfabetización en
masa de las poblaciones nacionales, que recién se promovió tras las revoluciones
burguesas y sus ímpetus tan democráticos como industriales y capitalistas. A partir del
siglo XVIII, pero con su auge en los dos siglos siguientes, se desarrollaron las
enseñanzas escolares y todo el oleaje que acompañó ese inmenso movimiento. Inclusive
surgieron, en aquel entonces, la industria editorial y el mercado del libro, y se consolidó
el gran género literario de la era burguesa e industrial; es decir, de aquellos siglos XIX y
XX que estamos tematizando aquí como el período en el cual reinó el “sujeto moderno”,
una época de la cual nos estamos distanciando cada vez más. Ese género es la novela,
junto con la cual también se desarrolló algo primordial: la lectura en silencio. Ese detalle
es fundamental para el argumento que pretendo desarrollar aquí.

¿Por qué el nacimiento de la lectura en silencio fue tan importante? La respuesta no es


modesta: por todo lo que implicó para convertirnos en lo que somos. Y, tal vez, en lo que
estamos dejando de ser, con la ayuda de los aparatos móviles y los medios de
comunicación interactivos que son objeto de nuestro análisis. Como se sabe, a lo largo
de ese extenso y conturbado período histórico, cierta “ética protestante”
promovió el “espíritu del capitalismo”, sosteniendo e impulsando a la sociedad
industrial con sus modos de vida urbanos, en las ciudades occidentales que en aquellos
tiempos crecían descontroladamente. Junto con los valores y creencias individualistas
que se engendraron en ese magma, también se desarrolló un modo de ser “interiorizado”.
¿En qué consiste esa “interiorización” de la subjetividad? Se trata de algo sumamente
importante para entender quiénes somos hoy en día y qué estamos dejando de ser.

En ese contexto de los siglos XIX y XX, leer y escribir eran actividades consideradas de
gran relevancia. Y, en la mayoría de los casos, esas tareas ocurrían en silencio y en

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soledad, pues su principal objetivo era fomentar un fértil diálogo consigo mismo: un
monólogo interiorizado. De manera que esas herramientas de uso cotidiano -los libros,
las lapiceras y los papeles; en síntesis, todo el ceremonial de la escritura y la lectura-
eran importantísimas en la vida de los sujetos modernos. Reitero aquí algo crucial:
cuando aludo a “modernos” no pienso nosotros -sujetos del siglo XXI, informatizados,
conectados, y compatibles con el universo digital- sino que hago referencia a ese tipo de
hombres y mujeres que se constituyeron al final del siglo XVIII y protagonizaron los
dramas del siglo XIX y buena parte del XX.

Para esos sujetos modernos, leer y escribir era vital, y su labor se ejercía en diversos
géneros: novelas, cuentos, ensayos, cartas, diarios íntimos, inclusive periódicos y otros
medios masivos de comunicación en formato impreso. Esa lectura y esa escritura eran
realizadas con una cotidiana devoción, de algún modo comparable a nuestra dedicación
actual a las herramientas digitales. Pero hay un detalle primordial: la lectura y la
escritura de aquella época requerían el ambiente íntimo y privado del hogar para poder
realizarse en plenitud. Necesitaban la intimidad acogedora de las casas burguesas, un
dispositivo edilicio o una tecnología arquitectónica que también se hizo habitual en esa
época, erigiéndose en el modelo del espacio más adecuado para desarrollar la propia
vida, con sus salas de estar, sus cuartos particulares, sus cocinas, sus baños y sus
bibliotecas.

Ese tipo de espacio privado e íntimo fue generado en aquella época como una demanda
histórica perfectamente compatible con el proyecto de mundo que lo hizo surgir. Y una
de las actividades que tenían lugar en esos ambientes privilegiados eran, justamente, la
lectura y la escritura, que por definición exigían cierta soledad y cierto grado de silencio
para desarrollarse plenamente. Esas prácticas cotidianas eran vitales, no sólo para
comunicarse con los demás, sino sobre todo para edificar la propia subjetividad: para que
cada uno pudiera pensarse a sí mismo en ese ejercicio diario de la introspección, con un
libro o un lápiz en la mano. De ese modo se constituían como sujetos modernos; es decir,
como individuos compatibles con ese mundo tan novedoso que floreció en los siglos
XIX y XX.

Es por ese motivo que hoy consideramos que la práctica de leer a solas y en silencio
inauguró un nuevo tipo de subjetividad “interiorizada”, un modo de ser y de estar en el
mundo que era inédito hasta entonces: una subjetividad volcada hacia “dentro” de sí
mismo, donde se hospedaba y se creaba diariamente la esencia de cada uno. El sociólogo
norteamericano David Riesman acuñó el concepto de “carácter introdirigido” para
aludir a ese tipo de subjetividad, como un modo de ser histórico que se construía en
torno de un eje situado “dentro” de sí mismo, y que por tanto debía dedicarse
cotidianamente a la minuciosa edificación introspectiva de un yo-interior. En su libro La
multitud solitaria, ese autor analiza los cambios impulsados por los avances de la
alfabetización a lo largo de los siglos XIX y XX. Es decir, un cuadro previo a la
aparición de los medios audiovisuales electrónicos como la televisión y, más todavía, de
los canales interactivos de la actualidad como los celulares e Internet. Según palabras del
mismo Riesman, gracias a esos avances de la alfabetización en un mundo moderno que
tenía a la “cultura letrada” como un horizonte de realización, una cantidad creciente de
ciudadanos de los países occidentales obtuvo acceso al “refugio impreso”.

¿Qué significa eso? Se refiere al gesto de cobijarse en un libro, leyendo romances y


cuentos, o bien en el universo privado del papel y la lapicera, escribiendo cartas y diarios
íntimos. La expresión no es exagerada, como muestra el novelista Marcel Proust, por
ejemplo, al describir la ansiosa voracidad con que se entregaba a ese “placer divino” que
era la lectura de ficciones. O la intensa “felicidad clandestina” experimentada por la niña
Clarice Lispector, cuando la escritora brasileña logró tener contacto con un libro por
primera vez en su vida. Los ejemplos son innumerables, y algunos son realmente muy

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bellos y elocuentes: permiten tener una idea de qué implicaba, para esos sujetos, la
aventura de compatibilizarse con ese tipo de herramientas para autoconstruirse.

Además de propiciar una zambullida dentro de las propias profundidades, la lectura y la


escritura permitían embarcar en un viaje rumbo al mundo de la imaginación plasmado en
los libros. Y puede resultar curioso para nosotros, como sujetos del siglo XXI que
somos, pero en aquellos tiempos ya bastante remotos, la literatura podía convertirse en
una especie de “vicio” capaz de empujar a sus víctimas hacia la evasión del mundo real
por los suaves caminos de la ficción. En aquel entonces, no todos los libros gozaban del
prestigio que hoy poseen por el mero hecho de ser materiales de lectura, como ocurre en
nuestro mundo tan dominado por los medios audiovisuales -cada vez más interactivos y
hasta tridimensionales- en cuyo horizonte la “cultura letrada” parece estar amenazada de
un franco declive. En cambio, a lo largo del siglo XIX, en su apogeo, la voraz
degustación de folletines y “romances baratos”, por ejemplo, solía ser un hábito bastante
criticado. Como una especie de mala costumbre o un vicio que, de algún modo, puede
compararse a cierto modo de considerar actualmente al consumo excesivo de
dispositivos como Internet, la televisión y los videojuegos.

Esa actitud censora de los viejos tiempos modernos se justificaba porque se creía que
dichos artefactos propiciaban una fuga con respecto a las tareas importantes del mundo
real, como una especie de “opiáceo” o un narcótico capaz de invadir e infectar las
mentes de quienes deseaban vivir en aquellos maravillosos mundos “de novela”. Sin
embargo, más allá de la calidad de cada obra -y de la moralidad de la época que
reglamentaba su producción y su consumo-, lo cierto es que para las personalidades
introdirigidas de aquellos sujetos de antaño, que se refugiaban tanto en la lectura de
ficción como en la escritura de cartas y diarios íntimos, la lectoescritura constituía una
vía para evadirse de sus vidas cotidianas, que parecían anodinas o deslucidas al ser
comparadas con los fulgurantes universos ficcionales. Esas tecnologías servían como
plataformas de acceso a otros mundos, que permitían desdoblar al yo lector o escritor en
múltiples dimensiones, para vivir grandes aventuras en la imaginación y, por tanto,
dentro de sí mismos. De modo que esa lectura y esa escritura tanto los evadía de sus
vidas como los invadía, enriqueciendo el acervo de sus interioridades y alimentando su
autoconstrucción.

En síntesis: tanto los libros como los cuadernos y los papeles, escritos o para escribir,
constituyeron importantes herramientas al servicio de la edificación de la subjetividad
moderna. Así, en contacto cotidiano e intenso con esos artefactos, lectores y escritores de
todo tipo se convertían en seres compatibles con el universo de su época: se tornaban
sujetos afinados con los ritmos y exigencias de aquellos ya envejecidos tiempos
modernos, individuos compatibles con ese proyecto de mundo que rigió a lo largo de la
era industrial. Por eso, aunque todavía sigamos usando esa palabra para referirnos a algo
reciente o novedoso, conviene volver a aclarar que solamente aquellos individuos de los
siglos XIX y XX eran absolutamente “modernos”, y por el mismo motivo ya lucen un
tanto anticuados para nosotros.

Por eso mismo también sorprende que, aun habiendo sido un instrumento tan eficaz para
la producción de sujetos “útiles” en el contexto de ese tipo de sociedad, la lectura de
ficciones fuera vista como un acto a veces adictivo y hasta vergonzoso, cuyo abuso debía
ser evitado. Y no sólo la lectura, sino también la escritura de romances era considerada,
en ciertos casos, algo condenable: no sólo leer demasiado, sino también escribir mucho
podía ser algo digno de censura. Por tal motivo, en algunos casos había que esconder el
cuadernito de los diarios íntimos, por ejemplo, cuya práctica tenía connotaciones
“masturbatorias”, como decían algunos médicos y moralistas de la época. Algo
especialmente peligroso para las jóvenes damas: eran actividades adictivas y
pecaminosas, por ende, muy sospechosas y potencialmente prohibidas. Por eso era

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necesario disimular, ocultar, esconder ese diálogo interno y cotidiano, evitando


cuidadosamente la vergüenza impensable que podría significar ser descubiertos. En ese
lejano contexto, la intimidad debía ser preservada a cualquier costo; en cierto sentido,
constituía un tesoro más valioso que la propia vida.

De todos modos, ya fuera cayendo en el vicio o no, fuese escribiendo o leyendo, parece
evidente que “estar sólo con un libro”, en la era moderna, era “estar sólo de un modo
novedoso”, como nunca antes había ocurrido en la historia. Algo sólo pensable y posible
gracias a la utilización de esas herramientas típicas de aquella época: libros, cuadernos,
papeles, lápices, plumas y lapiceras. Tal vez porque esa nueva soledad de la era moderna
-algo que habría sido tan raro y hasta indeseable en la Edad Media, por ejemplo- no
consistía exactamente en “estar solo”. Por un lado, durante el acto de la lectura se estaba
en compañía virtual -en un diálogo profundo, aunque silencioso- con el autor del libro;
pero además, sobre todo y quizás principalmente, también se estaba en íntimo contacto
consigo mismo.

En síntesis, saber leer en silencio fue una condición necesaria para que surgiesen las
nuevas prácticas que contribuyeron al desarrollo de una “vida interior”, esa fabulosa
invención moderna, reforzando así otro invento de esa época: la intimidad individual.
Fui así como nació y se fortaleció la creencia en un yo singular, enraizado en una esencia
interiorizada “dentro” de cada individuo. Todos esos factores fueron fundamentales para
la constitución de los sujetos modernos. Por tales motivos, ahora, ese aislamiento que
demandaban la lectura y la escritura constituye una pieza clave para comprender algo
importante: ¿qué cambió en los últimos tiempos?

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Visibles y on-line: ser conectados

A pesar de las evidentes continuidades, muchas cosas se han transformado, algunas de


forma radical, pero hay una que resulta especialmente inquietante: lo que cambió es ese
tipo de individuo. Ese sujeto moderno que leía y escribía solo, concentrado y
ensimismado en un ambiente libre de ruidos y otras intromisiones, buscando y
construyendo en ese acto tanto su yo como “el sentido de la vida”. Porque todas esas
actividades -y ciertos rituales concernientes al modo de efectuarlas, que hoy se
consideran típicos de aquella época- eran esenciales para la formación de esa peculiar
subjetividad: aquel modo de ser y estar en el mundo, esa manera histórica de tratar
consigo mismo y con los otros, que hoy estamos abandonando de la mano de las nuevas
tecnologías y los modos de vida que ellas propician.

En suma: aquel espacio íntimo y denso que constituía la sólida base de la interioridad -de
la “vida interior”, de aquel núcleo oculto y verdadero, que residía “dentro” de cada
sujeto moderno y era el núcleo su yo- fue construido y reforzado gracias al tipo de
lectura y de escritura que floreció en el mundo burgués de los siglos XIX y XX. Y ese
modo de ser “interiorizado” necesitaba, para edificarse, no sólo artefactos como los
libros, las lapiceras, los papeles y las libretas, sino también algo sumamente valioso: la
intimidad. Por eso era vital contar con un espacio privado en el cual confinarse y
recrearse junto a grandes dosis de soledad y silencio. Ese tipo de subjetividad exigía
intimidad y privacidad: para poder crecer y ser, debía fortalecerse entre cuatro paredes y
detrás de las cortinas, a la sombra de las miradas ajenas.

Un ejemplo muy atinado para comprender ese cuadro -y, sobretodo, para indagar cómo
está cambiando hoy en día-, es la ardiente defensa del “cuarto propio” realizada por la
escritora británica Virginia Woolf en la década de 1920. Se trata de una serie de
conferencias luego publicadas bajo la forma de ensayos, en los cuales la novelista
reivindicaba el derecho de las mujeres a esa privacidad individual como un requisito
necesario -y, sin embargo, todavía escamoteado, aun a principios del siglo pasado- para
que ellas también pudieran ser alguien en el mundo moderno. El tono bellamente
anticuado de esa clamor permite pensar, ahora, en las diferencias entre todo eso y lo que
sucede en pleno siglo XXI. Porque ahora son otras las herramientas que utilizamos para
la autoconstrucción, y por ende son otras las reivindicaciones políticas que luchan por el
derecho a ser alguien en el mundo contemporáneo, aunque muchos de esos instrumentos
más actuales todavía involucren el ejercicio de la lectura y la escritura.

La propuesta, entonces, consiste en analizar de ese modo a los aparatos digitales e


interactivos: a esos flamantes medios de comunicación e información móviles y
portátiles con los cuales nos estamos volviendo cada vez más compatibles. ¿Qué implica
esa metamorfosis? ¿Por qué somos cada vez más compatibles con esos aparatos
-teléfonos celulares, ipods y iphones, computadoras e Internet- y cada vez menos con
aquellos otros más anticuados, como los libros impresos, las lapiceras y las cartas, los
cuadernos y los diarios íntimos? ¿En qué medida esas prácticas más contemporáneas nos
distancian del cuadro anterior, es decir, de aquel mundo de los siglos XIX y XX y de los
sujetos modernos que lo protagonizaron? ¿Cuáles son los impactos de esa
transformación en el campo sociocultural, político y económico? Mi intención, al
formular este tipo de preguntas, es intentar comprender por qué y cómo estamos
cambiando, y cuál es el papel de los nuevos artefactos técnicos en esa mutación.

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Algunos estudiosos del tema afirman que, en estas nuevas prácticas, se trata de acumular
“capital social” para destacarse de los demás frecuentadores de una misma red; y, de ese
modo, ganar reputación. Ese capital suele medirse en términos de la cantidad de amigos,
de los contactos o de los seguidores que cada uno es capaz de conquistar en sus
participaciones, como criterios de valor para definir quién es cada cual y para evaluar las
flotantes cotizaciones de cada uno. Sin embargo, con el fin de desestabilizar la lógica
incuestionable y naturalizada de la acumulación de capital, que parece poder aplicarse a
todos los ámbitos de manera indistinta y con idéntica eficacia, quizás cabría preguntar:
¿para qué necesitamos tantos contactos, amigos o seguidores? ¿Qué hacemos con ellos,
en función de qué proyecto nos resultan “dóciles y útiles”? ¿Y, de modo semejante, a qué
se sirve cuando se adhiere a esos mandatos?

Es probable que aún sea demasiado difícil responder esas preguntas, pero vale la pena
dejarlas abiertas, sobre todo en su capacidad de iluminar nuestra condición histórica a la
luz del cuadro decimonónico que acabamos de visitar. En todo caso, gracias a la
proliferación de estos nuevos dispositivos y a la creciente importancia que desempeñan
en la vida de cada vez más gente, pareciera que la antigua intimidad se ha dejado infiltrar
por una enorme cantidad de miradas y diálogos: una multitud de presencias virtuales y
reales que atraviesan las paredes de nuestros blindados ambientes privados y se
despliegan en las pantallas de las computadoras u otros dispositivos de comunicación.

Sin embargo, si hoy estamos en contacto con tanta gente, si nos exhibimos públicamente
y conversamos todo el tiempo con centenares o miles de personas, cabría preguntarse
qué se ha hecho del silencio y de aquella soledad que han sido tan importantes hace no
tanto tiempo atrás. ¿Tal vez ya no son más necesarios? Pero si el silencio y la soledad
han perdido su vieja preeminencia, ¿eso significa que ya no precisamos practicar la
introspección para ser alguien? Y si es así, ¿cuál sería el tipo de sujeto, los modos de ser,
las subjetividades -así como las formas de relacionarse con los demás, es decir, las
sociabilidades- que florecen junto con las nuevas herramientas técnicas? ¿Quiénes y
cómo somos ahora, y por qué? Podríamos deducir, tal vez, que en estas nuevas prácticas
no se trata más de ocultarse y encerrarse en la soledad del cuarto privado para desarrollar
la interioridad en diálogo intimista con las propias profundidades; y, mucho menos,
utilizando como instrumental prioritario a la escritura y la lectura en papel.

Vivimos en una sociedad en la cual -no por casualidad, y cada vez más- es necesario
hacerse visible para ser alguien y, además, hay que estar (bien) conectado. Hay que
conquistar el campo de la visibilidad -de preferencia, mediática- para construir una
subjetividad atractiva: elaborar y saber vender un yo visible. Y también hay que estar
siempre on-line, disponible e incluso reportándose todo el tiempo, siempre todos
“enredados” y en contacto con los demás. De modo exponencial, pareciera que no se
trata tan sólo lo de una opción entre muchas otras, sino que se ha vuelto imprescindible
saber manejar esos recursos mediáticos e interactivos para sobrevivir y para ser alguien
en el medio ambiente del siglo XXI. Así como en aquellos tiempos cada vez más lejanos
de los dos siglos inmediatamente anteriores, otras habilidades eran necesarias y, por
tanto, se estimulaban y desarrollaban otras características tanto individuales como
colectivas.

Herramientas como los celulares e Internet, los aparatos portátiles y los dispositivos de
comunicación móvil, así como los blogs y fotologs, las redes sociales como Twitter y
Facebook, los sitios para intercambiar videos como YouTube, son algunos de los
canales que hoy tenemos a nuestra disposición para consumar esa ambición. Para
responder creativamente (o no) a esas demandas que forman parte de nuestra cultura, y
que por tanto constituyen el “sujeto contemporáneo”. Esos instrumentos nos
“alfabetizan” en esas tareas cada vez más imprescindibles para modelar lo que se es:

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enseñan a producir lo que somos y lo que deberíamos ser, instruyen sobre los diversos
modos de generarse mediáticamente usando recursos audiovisuales e interactivos. Así, lo
que muchas veces hacemos al utilizar esos instrumentos es nada menos que elaborar y
posicionar lo que somos: una tarea que no sólo es placentera sino que también puede ser
extenuante, pero en todo caso es constante y vital para cada sujeto contemporáneo.
Aprendemos cotidianamente, con eses aparatos, a administrar esa insistente obligación
de construirse como un yo visible y de estar conectados para existir; es decir, para estar
en condiciones de ser alguien en la sociedad contemporánea.

No sorprende, por tanto, que toda esa actividad también se pueda convertir en un
“vicio”, retomando la retórica moralizante que censuraba el exceso de lectura y escritura
en el siglo XIX. O, usando un léxico y un prisma más políticos: se trata de algo que
puede constituir, también, una “tiranía” para los sujetos del siglo XXI. Así como el
refugio en la lectura y la escritura íntima lo han sido algún tiempo atrás, envueltos como
estaban en aquello que el sociólogo norteamericano Richard Sennett denominara
“las tiranías de la intimidad”. Ahora, ese intimismo decimonónico fue recubierto
por otras tendencias que también pueden asumir un rostro despótico, y que apelan a la
visibilidad y la conexión constantes.

Es evidente que mucho se ha ganado con los nuevos hábitos y costumbres ligados a las
herramientas digitales. Se han conquistado varias libertades con respecto a aquel sujeto
interiorizado del mundo decimonónico, por ejemplo. De algún modo, ese individuo
también estaba aprisionado en sus propios meandros interiores, y por eso solía hacer del
silencio y la soledad -dos bastiones tan cultivados en los ambientes privados de la era
burguesa e industrial- su propia cárcel íntima y solipsista. Porque así como la escuela, la
fábrica y la prisión, el hogar burgués también era una “institución de confinamiento” de
ésas que articulaban a la sociedad industrial o “disciplinaria”, como la
denominara el filósofo francés Michel Foucault. Instituciones en las cuales los
cuerpos y las almas de los sujetos modernos eran minuciosamente trabajadas y
cinceladas, todos los días y con insidiosa persistencia, para que funcionasen con eficacia
dentro de aquel tipo de proyecto sociopolítico y económico: el capitalismo de los siglos
XIX y XX.

Ahora, en cambio, son otros los cuerpos y las subjetividades que nuestro mundo necesita
para ser productivo y eficaz. La sociedad contemporánea precisa de cuerpos y
subjetividades más compatibles con sus propias premisas y objetivos; un proyecto que, a
pesar de las continuidades, cada vez se distancia más de su predecesor. Eso significa, en
primer lugar, que los sujetos más útiles de la actualidad no deberían volcarse hacia
dentro de sí mismos, sino hacia afuera y, sobre todo, hacia la mirada ajena; por eso no
son más introdirigidos sino alterdirigidos. Por el mismo motivo, los muros de las
escuelas, las casas y las empresas ya no son tan importantes para definir a esas
instituciones y para tornarlas viables. El confinamiento se está volviendo obsoleto
porque se ha convertido en una estrategia cada vez más ineficaz: ya no es necesario
encerrarnos para que trabajemos o para que, de algún modo, hagamos funcionar la
maquinaria del capitalismo globalizado. Ahora hay otro mecanismo de poder mucho más
valioso y eficiente que el confinamiento. ¿Cuál sería ese dispositivo? Quizás se trate de
la conexión. Y tal vez sea por ese motivo, también, que hemos dejado de ser aquellos
sujetos modernos y, hace ya algunas décadas, estamos en plena metamorfosis rumbo a
otras configuraciones corporales y subjetivas.

No somos más aquellos cuerpos enclaustrados en los espacios cerrados de la era


industrial, que recurrían a la escritura y la lectura para autoconstruirse porque
necesitaban esas herramientas para crearse y para ser quienes eran o quienes deseaban
ser. Por eso las usaban activamente, las amaban y también las detestaban, gozaban y
sufrían con y por ellas. Pero ahora somos otros: junto con la obsolescencia de aquellos

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utensilios también nos liberamos, de algún modo, de las presiones que imperaban en
aquellos tiempos. Aunque es muy probable que no se trate, como siempre, de una mera
liberación. No hubo tan solo una evolución tecnológica ni tampoco un simple progreso
en el nivel técnico, cultural, social, político, económico o moral. Junto con todo lo que
este nuevo universo tiene de fascinante y promisorio, también encarnamos nuevas
vulnerabilidades y fragilidades, nuevos riesgos y peligros que se derivan de las
novedades, que son consecuencia de esta mutación tanto en nuestro mundo como en
nuestros modos de ser y vivir.

¿Cuáles serían esas vulnerabilidades y fragilidades, esos riesgos y peligros de nuevo


cuño? Uno de ellos tal vez sea la amenaza -quizás adictiva, a veces incluso tiránica-
involucrada no sólo en la necesidad de estar siempre a la vista, sino también en las
ambiguas ganas de estar todo el tiempo conectados y disponibles. Aprovecharé estas
intuiciones para lanzar aquí algunas cuestiones que pueden provocar el debate y disparar
otras líneas de pensamiento. Esas nuevas presiones que se descargan sobre nosotros y a
las cuales respondemos de forma tan interactiva como hiperactiva, ¿tal vez impliquen un
nuevo pánico a la soledad, encarnado en esa necesidad espasmódica de estar en contacto
permanente unos con otros? ¿O, inclusive, tal vez mascaren una creciente incapacidad de
época: la de estar a solas y en silencio?

No sería necio aventurar que, quizás, todo eso nos esté convirtiendo en una clase de
sujeto más útil, más eficaz y productivo, más funcional, más compatible con este tipo de
sociedad en que vivimos. Parafraseando, de nuevo, a Michel Foucault, podríamos
indagar lo siguiente: ¿cuando estamos fervientemente on-line, por acaso nos estamos
volviendo un tipo de cuerpo más dócil y útil en el contexto de la sociedad
contemporánea? Si es así, ¿en qué medida y por qué? O, como preguntaría otro filósofo
francés, Gilles Deleuze ¿para qué se nos usa cuando embarcamos en esas actividades?
Y, algo que es más importante todavía: ¿cuáles son las herramientas y prácticas que
inventaremos para reinventarnos, ya sea a bordo de este mismo instrumental o de
cualquier otro? Es decir, ¿cómo haremos para cuestionar y reinventar lo que somos y
este mundo en que vivimos?

Para ir concluyendo este periplo, cabe citar un último ejemplo: los flamantes dispositivos
que brindan servicios de geolocalización. De algún modo, estos aparatos constituyen un
avance más rumbo a aquello que el mismo Deleuze denominara “sociedad de control”,
ya que ofrecen recursos seductores y útiles para equipar los modos de vida
contemporáneos. Sin embargo, en contrapartida, también contribuyen a ajustar, cada vez
más, las redes de poder que movilizan al mundo actual; y que de alguna manera también
nos amarran a sus engranajes. Por supuesto, no se trata de un tipo de poder centralizado
y jerárquico que estaría controlándonos a todos como una especie de Big Brother
totalitario y represor, sino de un tipo de control mucho más complejo y sutil. Todo el
tiempo, todos, estamos siendo controlados por todos, sin olvidarse del imprescindible
autocontrol.

Y, además, nos gusta. Esa experiencia suele vivirse como una elección libre y personal,
según la cual nadie considera estar obligado a nada, inclusive pensamos que podemos
desistir en cualquier momento y ejercer la “desconexión” a gusto. Sin embargo, también
sabemos que una actitud de ese tipo resulta cada vez más difícil, y tanto la
intensificación del uso de los dispositivos de comunicación móviles como la expansión
de los sistemas de geolocalización confirman esa tendencia. Por un lado, las
herramientas de ese tipo nos atraen y las adoptamos rápidamente, se van incorporando a
la vida cotidiana y terminamos acostumbrándonos a contar con ellas. Por otro lado, el
componente “tiránico” también se hace presente en esa múltiple interdependencia,
suscitando una incomodidad que puede llegar a despertar cierta impresión de asfixia. O
de excesivo control, justamente, suscitada por el hecho de tener que reportarnos

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constantemente en redes como Twitters y Facebooks, por ejemplo, o la necesidad de


estar siempre disponibles a través del celular, dejando vestigios de por dónde andamos al
usar las tarjetas de crédito y los más diversos medios de comunicación móviles, y
actualizándonos sin pausa sobre todo lo que hacen o no hacen nuestros múltiples
contactos desperdigados por el planeta.

No sorprende que todo eso esté empezando a provocar cierto agotamiento, que también
corre el riesgo de naturalizarse para integrar la textura habitual de nuestras vidas. Ese
deseo de desconexión es cada vez más insistente, aunque mezclado con él y de un modo
aparentemente contradictorio, también crezcan las ganas de conectarse. Y aunque a
veces se la desee intensamente, esa desconexión se ha vuelto cada vez más utópica,
imposible de lograr en medio a un torbellino constante y creciente de estímulos y
presiones. Basta con pensar en el clásico imaginario de la isla desierta, por ejemplo, que
prácticamente no existe más, ni siquiera como un sueño o una fantasía. Porque ya no es
posible huir hacia un lugar que no tenga conexión alguna, e incluso porque
probablemente no nos gustaría si llegáramos a encontrarlo: no es tan descabellado pensar
que quizás no toleraríamos por mucho tiempo esa desconexión que, inundada de un
silencio y una soledad cada vez más inauditos, podría llegar a ser insoportable.

Es en este sentido, por tanto, que las nuevas herramientas técnicas se enquistan en la
vida cotidiana y ayudan a modelar un nuevo mecanismo de poder, mostrando así la faz
menos luminosa de estas maravillosas conquistas del siglo XXI. Además de inocularnos
diariamente sus enormes dosis de regocijos y placeres, además de ser muy útiles y hasta
imprescindibles en la vida de cada sujeto contemporáneo, también nos amarran y nos
presionan. De ese modo, nos constituyen como sujetos típicamente contemporáneos,
estimulando la configuración de cuerpos y subjetividades compatibles con sus formatos,
e inhibiendo desarrollos alternativos al impedir el surgimiento de otros modos de ser y
estar en el mundo.

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Una pregunta final

“La lectura”
Pablo Picasso, 1932

Para concluir, quisiera esbozar una pregunta final. En esta “sociedad del espectáculo” en
que vivimos, altamente mediatizada e hiperconectada, se están modificando las maneras
en que construimos lo que somos -porque cambian las reglas y los sentidos de la
edificación del yo- así como los modos en que nos relacionamos con los demás,
privilegiando la conexión permanente con más y más personas al mismo tiempo, además
de las características visibles de la personalidad -como el aspecto físico y la
performance-, en vez de ciertas cualidades antes consideradas más valiosas, pero que se
pensaban como siendo ocultas, esenciales o “interiores”. La cuestión es la siguiente: en
este contexto en fascinante mutación, ¿cómo podemos aprovechar estas herramientas de
un modo realmente creativo y liberador? ¿Es posible apropiarse de ellas para usarlas de
una manera disruptiva, capaz de desafiar esta lógica que le es propia y en la cual nos
mantiene amarrados? ¿Cómo utilizar eses aparatos de una forma que sea capaz de
cuestionar sus propios mecanismos, su método despótico y sus sentidos utilitarios?
Buscar posibles respuestas para esas preguntas equivaldría a cuestionar nada menos que
lo que somos, en nuestra condición de sujetos históricos, ampliando así tanto el campo
de lo pensable como el de lo posible.

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Cierre

Modificación de las maneras en que construimos lo que somos y, también, de los modos
de relacionarnos con lo demás. Vaya cambio para pensar en los múltiples efectos que
esto conlleva como así también en las reglas de juego e intercambio que lo sostienen. Se
trata de una mutación profunda, de forma y de fondo, estructural. Imposible de ser
negada. Su carácter vertiginoso, multidireccional y poco medible opaca nuestra
capacidad de análisis. Y nuestro carácter de testigos en presente de estos cambios
dificulta nuestra posibilidad de distanciamiento para ello.

Por eso, vale la pena dejar picando la pregunta de la autora sobre el modo creativo y
liberador de aprovechar estas transformaciones. Una alerta que también vale para leer
aquello que se mantiene, aquello que pervive, aquello que se actualiza. Porque, en
definitiva, los cambios tecnológicos no son más que invenciones humanas y, frente a lo
inevitable de su influencia en nuestros modos de ser y de relacionarnos, también juega
nuestra capacidad de reinvención.

Hagamos jugar esto en relación con la escuela, con nuestro papel allí e incluyendo en el
análisis las formas culturales que en ella conviven y nos toca ayudar a procesar.
Ensayemos la posibilidad de mirar la relación entre tecnología, cultura y sujetos como
movimientos que trazan distintas cartografías, no excluyentes, todas válidas y valiosas
para pensarnos en sociedad.

Para eso, como bibliografía obligatoria les proponemos tres artículos. En primer lugar,
Paula Sibilia, avanza en sus reflexiones argumentando sobre la escuela posible y la
escuela deseable para acompañar este los cambios culturales en presente. Desde allí, y
retomando una mirada histórica sobre el papel de la escuela en la conformación de
subjetividades, analiza diversas instantáneas sociales, culturales y escolares de nuestro
tiempo y se pregunta por la función actual de la escuela en tiempos de sociedades
informatizadas, redes sociales y permanente conexión.

Atentos a los efectos de consumo de las nuevas tecnologías en las subjetividades, los
especialistas Adriana Gil Juárez, Montse Vall-Llovera, y Joel Feliu realizan un
recorrido desafiados a pensar en este tiempo no como un problema sino como las nuevas
condiciones del escenario cultural. En este sentido orientan sus reflexiones guiados por
la hipótesis del consumo de TIC más que como un mero impacto nocivo que nos daña o
afecta como un proceso que no tiene solución de continuidad entre lo "on" y lo "off
line". Desde aquí sostienen la necesidad de considerar nuestro lugar no pasivo frente a
las nuevas tecnologías sino como un elemento “domesticado” por nosotros mismos e
integrado en nuestras relaciones con otros.

En tercer lugar, interesado por las nuevas formas de relación que se configuran a través
de las pantallas, Diego Levis analiza las construcciones y las representaciones sociales
que subyacen a estas nuevas formas de hacer lazo entre los sujetos y, también, de
construcción de sí. La soledad y la compañía, la cercanía y la proximidad, lo corpóreo y
la insustancialidad, lo familiar y lo extraño son, así, tensiones que atraviesan los nuevos
vínculos. Aunque, como dirá hacia el final de su texto, ni la afectividad ni la esencia de
lo humano son piezas reemplazables frente a lo nuevo y a la posibilidad de su estudio.

Finalmente, como lectura optativa y en la intención de poner en circulación resultados


de investigaciones recientes, compartimos el texto “Emociones Tecnológicas. Dinámicas

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de Consumo afectivo de las Tecnologías de Relación” en el que un grupo de


investigadores españoles analizan el consumo emocional de los adolescentes en el uso de
tecnología en espacios públicos y privados de ocio. Y, además, desde una perspectiva
complementaria a la clase Leonor Arfuch se pregunta y nos pregunta acerca del
impactante desarrollo que han tenido en nuestra época las narrativas del "yo" (biografías,
autobiografías, entrevistas, diarios íntimos, cuadernos de viaje, reality show, talk show,
entre muchas otras) y acerca de la relación entre esas narrativas y la construcción de la
subjetividad. Estas dos cuestiones se tejen desde la necesidad de construir tanto la propia
historia como la historia de los otros a través de la escritura y desde la necesidad (o
voracidad) por la lectura de textos que narren esas historias de vida y nos permitan
espejarnos en las vidas de los otros. En otras palabras, la escritura y la lectura de estas
narraciones dan lugar a la construcción de la subjetividad, a la búsqueda de sentido de la
propia historia, al proceso de identificación en diálogo con la subjetividad de los otros.

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Bibliografía obligatoria

Gil Juárez, Adriana; Vall-Llovera, Montse y Joel Felir (2010) Consumo de TIC y
Subjetividades Emergentes: ¿Problemas nuevos?. En http://scielo.isciii.es
/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1132-05592010000100004&
lang=pt [fecha de consulta: febrero, 2011].

Levis, Diego (2006) Sobre chat, máscaras y otros asuntos sobre el amor en Internet. En
http://diegolevis.com.ar, http://diegolevis.com.ar/secciones/Articulos
/levis_chat2.pdf [fecha de consulta: febrero, 2011].

Sibilia, Paula (2010) “¿Es posible una escuela post-disciplinaria? ¿Y sería deseable?”.
En Peirone, Fernando. La escuela alterada: Aproximaciones a la escuela del siglo
veintiuno. Córdoba, Salida al Mar, pp.163-193.

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Bibliografía optativa
Arfuch. Leonor (2005) “Historias de vida: subjetividad, memoria, narración”. En
Diploma Superior en Lectura, escritura y educación. FLACSO Virtual,
www.virtual.flacso.org.ar

Torné Novell Montse, Olivé Horts Sara, Gil Juárez Adriana y Josep Seguí Dolz (2008)
Emociones Tecnológicas. Dinámicas de Consumo afectivo de las Tecnologías de
Relación. En http://teknokultura.uprrp.edu,
http://teknokultura.uprrp.edu/pdf/novell.pdf; [fecha de consulta: febrero,
2011].

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Itinerarios de lectura
1) Si desean conocer reflexiones y estudios sobre el impacto de los cambios culturales
en la construcción de subjetividades les recomendamos:

Sibilia, Paula (2005) El hombre postorgánico: Cuerpo, subjetividad y tecnologías


digitales. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

A través de un análisis reflexivo, Paula Sibilia nos invita a recorrer los nuevos
mecanismos del capitalismo postindustrial. En el cruce entre la biología y la
informática, la autora recorre los meandros de la tecnociencia contemporánea poniendo
la lupa en la insistencia por superar las limitaciones naturales. Como telón de fondo a
estas operaciones, la transformación del ciudadano en consumidor y la mutación de los
mecanismos de control. Sobre el planteo central de este libro, la misma autora
caracterizó: “Es una reflexión bastante amplia sobre cómo las nuevas tecnologías, en
especial dos áreas de la tecnociencia, la teleinformática y las nuevas ciencias de la vida
(genética, neurociencia, biología molecular), y sus descubrimientos recientes están
afectando en la última década la forma en que pensamos la vida, la naturaleza y el
cuerpo, y también, nuestra concepción de ser humano.”

Illouz, Eva (2007) Intimidades congeladas. Buenos Aires, Katz Editores.

Habitualmente se ha afirmado que el capitalismo tiene un rostro frío, desprovisto de


emociones, guiado por la racionalidad burocrática, ajeno a los sentimientos; que el
comportamiento económico está en conflicto con las relaciones íntimas y que las
esferas pública y privada se oponen irremediablemente.
Sin embargo, en esta obra tan inteligente como provocadora, Eva Illouz muestra de qué
modo el capitalismo ha alimentado una intensa cultura emocional, favoreciendo el
desarrollo de una nueva cultura de la afectividad. Así, mientras el yo privado se
manifiesta más que nunca en la esfera pública, las relaciones económicas han adquirido
un carácter profundamente emocional y las relaciones íntimas se definen cada más por
modelos económicos y políticos de negociación e intercambio. Eva Illouz explora este
"capitalismo emocional", que se apropia de los afectos al punto de transformar las
emociones en mercancías, en una variedad de lugares sociales, desde la literatura de
autoayuda, las revistas femeninas y los grupos de apoyo, hasta las nuevas formas de
sociabilidad nacidas de Internet.

Sibilia, Paula (2008) La intimidad como espectáculo. Buenos Aires, Fondo de Cultura
Económica.

“¿Cómo se llega a ser lo que se es? Esto se preguntaba Nietzsche en el subtítulo de su


autobiografía escrita en 1888, significativamente titulada Ecce Homo y redactada en los
meses previos al ´colapso de Turín´.
Después de ese episodio, el filósofo quedaría sumergido en una larga década de
sombras y vacío hasta morir “desprovisto de espíritu”, según algunos amigos que lo
visitaron. En los chispazos de ese libro, Nietzsche revisaba su trayectoria con la firme
intención de decir ´quién soy yo´. Para eso, solicitaba a sus lectores que lo escucharan
porque él era alguien, ´pues yo soy tal y tal, ¡sobre todo, no me confundáis con
otros!´.”. Recuperando tal pregunta filosófica, la autora inicia este libro a través del cual
analiza las claves con las que se presenta la exhibición de la intimidad en la escena
contemporánea y los diversos modos que asume el yo de quienes deciden abandonar el
anonimato para lanzarse al dominio del espacio público a través de blogs, fotologs,
webcams y sitios como YouTube y FaceBook. A partir de la hipótesis de que todos
estos fenómenos representan un momento cultural de transición que anuncia una
verdadera mutación en las subjetividades, Paula Sibilia analiza el veloz distanciamiento

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que se ha producido en los últimos años respecto de las formas típicamente modernas
de ser y estar en el mundo, y de aquellos instrumentos que solían usarse para la
construcción de sí mismo, hoy casi totalmente eclipsados.

2) Si desean leer trabajos sobre la cultura digital y sus efectos en la idea de tiempo y
comunicación, les recomendamos:

Fernández Porta, Eloy (2008) Homo Sampler. Tiempo y consumo en la Era Afterpop.
Barcelona, Anagrama.

Catalogado en alguna crítica literaria como “el hijo de Deleuze” este joven autor nos
presenta tres ensayos en los que, a manera de bricoluer, se amalgaman el estilo
universitario con el registro de una revista de tendencias. Su tema central: el tiempo e la
sociedad de consumo. Articulando sus reflexiones alrededor de tres categorías (lo
Ur-pop, el Real Time, y el Trash deluxe) la hipótesis que sobrevuela es la desaparición
de toda frontera entre la “alta cultura” y la “cultura de masas”. En sus propias palabras,
el Homo sampler es un “crítico y un activista que ve que su tiempo es tecnológicamente
producido y reacciona utilizando medios técnicos, a través del arte o de la red 2.0 de
Internet”.

De Ugarte, David (s/f) El poder de las redes. Manual ilustrado para personas,
colectivos y empresas.. Disponible en http://www.deugarte.com
/gomi/el_poder_de_las_redes.pdf [fecha de consulta: febrero 2011].

Interesado en el fenómeno individual y social de las redes, este autor propone un


análisis desplegado en tres temas centrales. En la primera parte presenta una breve
historia de cómo las redes sociales, el mapa de relaciones a través del cual se mueven
las ideas y la información, han cambiado a lo largo del tiempo impulsadas por las
distintas tecnologías de comunicación. La segunda parte se centra en los nuevos
movimientos políticos, desde las Revoluciones de Colores en el Este de Europa hasta
las ciberturbas en distintos lugares del mundo, para finalmente trazar los dos modelos
fundamentales de ciberactivismo que llevan a la difusión masiva de nuevos mensajes
desde la propia red. Y en la tercera parte se presentan algunas conclusiones para
personas, empresas y colectivos de todo tipo sobre cómo comunicar socialmente en un
mundo en red distribuido, un mundo en el que todos somos potencialmente
ciberactivistas. Una propuesta interesante que ya desde su presentación pone en
movimiento los valores asumidos en la era digital (la publicación es de dominio
público) ya que, como sostiene su autor: “Si la estructura de la información –y por tanto
del poder– adoptaba hasta ahora una forma “descentralizada” –con poderes
“jerárquicos” e instituciones y personas con “poder de filtro”–, las tecnologías como
Internet la impulsan a asumir cada vez más una forma “distribuida” en la que cualquiera
puede, potencialmente, encontrar, reconocer y comunicar con cualquiera”.

Igarza, Roberto (2009) Burbujas de ocio. Nuevas formas de consumo cultural.. Buenos
Aires, La Crujía Ediciones.

Nadie mejor que su propio autor para presentar el eje y los contenidos de este libro (En:
http://robertoigarza.wordpress.com/ [fecha de consulta, febrero 2011): “El
libro focaliza en las nuevas formas de consumir cultura a partir de la transformación en
la distribución de los tiempos de ocio, sobre todo, de las personas que habitan en las
grandes ciudades. El ocio se distribuye y consume cada vez más en pequeñas dosis de
fruición. La vida laboral y extralaboral se ha colmado de pequeñas pausas. Las nuevas
generaciones entremezclan las actividades de producción y de entretenimiento de
manera muy diferente de las generaciones anteriores. Su mundo está repleto de

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micropausas que coinciden con el tiempo de ver un video en Internet o consultar un


blog. El ocio se ha vuelto intersticial, se escurre entre bloques económicamente
productivos, entre las tareas para el colegio, en los tiempos de espera, durante los cortos
desplazamientos. Con la aparición de estas burbujas de tiempo, los nuevos medios y los
dispositivos móviles tienden a jugar un rol protagónico en la vida de las personas y en
el consumo cultural. Son los que mejor se adaptan a estas nuevas formas de distribución
de los tiempos de ocio. Más que ninguna otra, la recepción móvil favorece el empleo de
estas burbujas para acceder e, incluso, producir y distribuir contenidos que,
generalmente, son brevedades”.

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