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FRANCISCO

PIZARRO
Y SU GRANDIOSA
CONQUISTA DEL
PERÚ
Onofre Peligro Valle
El Héroe popular extremeño

Francisco Pizarro Y

su grandiosa cüwwisía flel Perú


POR

ONOFRE PELIGRO V A L L E

B A D A JO Z
T íp ,, L ít, y Ene. de U ceda Herm anos.
Fran cisco Pizarro, u
1907
I J V D I O E

Págs.

DEDICATORIA-
I Epoca de la grandeza de E sp a ñ a ,........... .. 5
II Convenio entre Fran cisco Pizarro y D irgo
de A lm agro para exp lorar «las costas
del m¿lft del S t ir »# * 8
I Í I Obtiene F , Pizarro el mando del territorio
e x p l o r a d o . ........................................... 1 1
IV b reve descripción y res e Da histórica del
país de los I n c a s ............. .. ♦ .................. 12
V Victoria de Cajam alea........... * ............... 16
V I Reparto del botín ............................... 21
V i l Muerte de Atahualpa y reconocim iento por
los In cas de la soberanía de Españ a », , 25
V T T Fu n dación de colonias p o r F, P i z a r r o . . . 29
I X Expediciones de D iego de Alm agro y P e ­
dro de V a ld iv ia á C h ile .. . * ., .............. , , 35
X D errota de los araucanos. ...............................39
X t Otras expediciones................................................44
X ] t Guerra con los in d io s ................................. ^48
X í l l Consideraciones sobre la guerra civil » , . . 5 3
X I V Invasión del territorio de Quito por Pedro
de A Ivarado.......... 56
X V Principio de la guerra favorable á D iego de
A lm ag ro ........................... .................................. 5 7
f X V I D errota y muerte de Diego de A lm agro ,, , 60
X V IL Muerte de Francisco P iz a rra .» . * ............. * . 63
X V t l f T res virreyes y un maestre de campo , . , ♦ 66
X I X U e g a tla da D. Pedro de la Gasea, nom bra­
do presidente de la A u d ien cia de l^íma y
efectos de su política d« atracció n . * . . . ¿ 9
' ■ Págs.
X X Ultimos sucesos de la guerra civ ilf muerte
de G onzalo Pizarro y pacificación del
P e r ií...................................................................... 72
XXI 78
Al Ayuntamiento y ciudad de Trujillo
vA esa digna Corporación municipal
y á la ciudad que representa, en donde
vio la luz Francisco P isa r t o, conquis~
tador del P erú , protagonista de uno de
los episodios más interesantes de la
gran epopeya nacional , gloria de - su
ciudad natal , de Extrem adura y de E s ­
pañ a , dedico esta biografía de tan es­
forzado héreo y capitán ilustre,
Si obtiene buena acogida en esa ciu­
dad y Ayuntam iento , verá premiada su
obra
E l autor,

U sagre 1 2 de Marzo de 19 0 7,
I

E p o ca de la g r a n d e z a d e E s p a ñ a .

Comenzaba el siglo X V I , que debiera


llamarse siglo español. En las letras, las
artes y las armas, Esp aña figuraba á la
cabeza de las naciones, Lo^ Reyes Católi­
cos, apoyándose en el pueblo, habian en­
frenado á la nobleza turbulenta y robus­
tecido el poder real que asumió en sí ios
maestrazgos de las órdenes militares, tan
poderosas entonces. Habíase realizado
la unidad política y todo el territorio
ibérico, menos Portugal, estaba regido
por un solo cetro, después de unidas las
coronas de Castilla y Aragón, destruido
en Granada el último resto del dominio
agareno y anexionada N avarra. Nuestras
arm as victoriosas habían recorrido parte
de Italia, creando el reino de Ñapóles co­
mo una prolongación de Esp aña. E n la
costa de Africa se poseían plazas y terri-
— 6 —

torios- importantes. Se había finalmente


descubierto el nuevo mundo, merced á la
magnanimidad é inspiración de Isabel I,
que comprendió el genio de Colón y le
auxilió generosamente, facilitándole los
medios indispensables para su grandiosa
^empresa.
L a política de alianzas de estos reyes,
mediante los enlaces matrimoniales de
sus hijos con príncipes-herederos de otra.s
coronas, dió también para el engrandeci­
miento de Esp aña frutos muy copiosos ya
que no todos los que eia de esperar por
impedirlo ia muerte de algunos de aque­
llo s . principes. Consecuencia de uno de
esos enlaces fué el haber ocupado el tro­
no de España Carlos I, hijo de 0 .a Juana
la loca y D. Felipe de Austria. Heredan­
do Juego dicho principe el Imperio de
Alemania, quedó dueño del Estado más
extenso y fuerte de Europa entonces.
Digno representante de un imperio en cu­
yos dominios, no se ponía el sol porque
abrazaba los dos hemisferios, Carlos em­
prendió una política de aventuras que
cuadraba con su grandeza de alma y con
la idea dominante de sus súbditos, para
dar expansión á una raza que no podía
contenerse en los límites de su territorio
y obligado además á seguirla pór la riva­
lidad con Francia, el influjo de la refor­
ma protestante en Flandes y Alemania
y otras causas que no es del momento
determinar.
Aun cuando fuera este el gérmen de la
decadencia de España por el abandono
de las verdaderas fuentes de la riqueza
para buscar el oro que abundaba en los
países descubiertos sin tener en cuenta
que el precioso metal había de entrar en
la nación por un lado y salir por otro
para adquirir los productos de las indus­
trias que aquí no existían y sostener las
guerras, es ■ lo cierto que los españoles,
tocados det mismo espíritu aventurero
que él soberano, emigraban en gran nú­
mero á Améripa, no como hoy, requi­
riendo medios de vida que parece no en­
cuentran en el patrio suelo, sino llevados
de la idea del engrandecimiento de su pa­
tria, del n ob le‘deseo de hacerse memora­
bles y alentados por las ventajas que les
ofrecía el gobierno de la nación, que con­
sistía en el dominio de cuanto descubrie­
sen y ganasen con las armas, menos la
^soberanía de ios territorios ocupados y
la quinta parte del oro, que correspondía
al Erario público.
Y es fenómeno digno de observarse que
entre todos los españoles se distinguieron
en este período de grandeza y .de luchas
heroicas los extremeños, que fueron los
que con admirable constancia y valor in­
domable, descubrieron y conquistaron 1a.
m ayor y mejor parte del nuevo continen­
te. Realizaron tan gloriosos hechos, en­
carnando esa época luminosa de nuestra
historia, Hernán Cortés, Nuñez de Bal-
boa,-Valdivia, Soto, los hermanos Piza­
rro, Alvarado, Orellana, Núñez Cabeza
de Vaca y otros ciento dignos de perpe­
tua recordación,

II

C o n v e n io e n t r e F r a n c i s c o P is a í, 5, o y
D iego d e A lm a g r o ¡p ara e x p ió »
raí* « la s c o s t a s d el m aro d e l Sw 3%

Uno de estos ilustres extremeños, el


segundo si no él primero, fue Francisco
Pizarro, que alcanzó'tanta fama que es co­
nocida y vulgar la siguiente frase: «tiene
más fama que Pizarro en indias».
Nació este héroe en la ciudad de T r u -
jiJlo, provincia de Cáceres, el año 147S-
Los primeros de su vida no ofrecen nada
digno de mencionarse. Hidalgo pobre*
ávido de aventuras como los demás espa­
ñoles y movido por Ja idea de la gloria y
de las riquezas, trasladóse á América á
principios d eleitado siglo X V I , y en 1 5 1 5
formó parte de la expedición de Núñez
de Balboa, que descubrió el océano P a ­
cifico ó niar del Sur. En 1624 residía en
la ciudad de Panam á, en donde se asoció
con otro español, cuyo pueblo natal se
ignora, Diego de Alm agro, para equipar
dos barcos con unos doscientos hombres
arm ados y algunos caballos, para explo­
rar las costas del referido mar y descu­
brir y conquistar tierras bajo las condicio­
nes legales antes expresadas, obteniendo
licencia de Pedro Arias, gobernador de
dicha ciudad.
Partió él primero en un barco con ]a
mitad de las tropas convenidas, recono­
ciendo con varia suerte la costa y al­
gunas islas y recogiendo algún oro. Hizo
por íín un desembarco en la tierra fírme
y, trabando un combate con los natura­
les, fué derrotado y herido, volviendo á
embarcarse y refugiándose en una isla
próxima, donde curó de las heridas.
Salió después en el otro barco con igual
número de soldados, Diego de Alm agro,
“ 10 —

que por acaso vino á dar en el mismo lu ­


gar donde su consocio quedó malpara­
do, pero con más fortuna, venció á los
indígenas, aunque sin ventajas aprecia-
bles. Procuró luego buscar á Pizarro y,
hallándole ya convalesciente, unieron sus
fuerzas y exploraron una dilatada exten­
sión de costas. Hicieron d esem barcos-y
atravesaron grandes regiones, siendo á
veces tratados con humanidad por sus ha­
bitantes, que los proveían de lo necesario'
para Ja vida, y otras sufriendo mil penali­
dades. Negándose los soldados á seguir
tan arriesgada milicia, se embarcaron, re­
gresando Alm agro á Panamá y persistien­
do aún Pizarro, acompañado de muy po­
cos hombres. T r e s años habían transcu­
rrido desde la salida ue la expedición y
á más de los motivos expuestos, estando
para terminar el plazo concedido por Pe­
dro Arias, hubo aquélla de dispersarse
sin resultado alguno inmediato.
ÍÍI

Obtiene F. P iz a rro el mando del t e r r i ­


torio e x p lo ra d o .

Pero Francisco Pizarro, de voluntad


firme y constante como buen extremeño,
ilusionado por las riquezas naturales y la
extensión de los territorios que había e x ­
plorado, entreviendo el premio que á su
vaior y esfuerzo, para honor y aumento
suvo y de la patria, le ofrecía la fortuna,
decidió continuar la gran empresa comen­
zada. Pidió dinero prestado á sus amigos
y vino á España ¿ solicitar del gobierno el
mando de los países por él descubiertos.
Logrando su propósito pasó á Trujillo
con el fin de buscar compañeros fieles
y valerosos que le auxiliasen eficazmente
y los halló en sus propios hermanos; F e r ­
nando, Gonzalo, Juan y Diego y Martín
Alcántara solo de madre, y en otros me­
ramente paisanos; y llenos todos de entu­
siasmo se embarcaron y arribaron feliz­
mente á Panamá, llevando también á un
indio llamado Felipillo, que Pizarro ha­
bía hecho cautivo en la expedición an ­
terior y traído á España para que apren­
diese el castellano y en las sucesivas le
----- 12 —

sirviese de intérprete. Diego Alm agro, que


se había arruinado con los gastos de la
anterior expedición, llevó muy á mal que
Pizarro hubiese obtenido para sí solo el
gobierno de las regiones que entre ambos
habían reconocido; pero la mediación de
los amigos de uno y otro y el caracter
conciliador de Francisco Pizarro, le apla­
caron por el pronto, aunque aquella pre­
terición fué origen de lamentables discor­
dias y de -hechos reprobados que man­
chan y oscurecen la memoria de los que
en ellos intervinieron.

IV

B r e v a slescrjpcüón y r e s e ñ a h istó rica


del p aís de lo s In c a s

Preparó nuestro héroe una expedición


compuesta de unos 200 infantes y 40 ca-*
bailes, que, en Febrero de i 53i, e m ­
barcaron en tres buques, arribando, des­
pués de una breve y feliz navegación, al
país que habían de conquistar.
No pronunciando bien la voz con que
los indígenas la designaban, dieron los
españoles el nombre de Perú á la vasta
región que se extiende á lo largo del P a ­
i3 —

cifico, límite occidental de ella, desde el


Ecuad o r hasta los 22 .0 de latitud Sur y ,
con menor longitud, confína por el Norte,
Este y Sur, con los Estados Unidos de
Colombia y las repúblicas de Venezuela,
Brasil, Bolivia y Chile. Atraviésala de
N, á S. la gran cordillera de los Andes,
de altas montañas y picos elevadísímos
que parece tocan al cielo, siempre c u ­
biertos de blanca túnica de' nieve, cuyo
■deshielo, deslizándose por la vertiente
oriental, acrecido con las lluvias, forma
los grandes ríos tributarios.de! Atlántico,
conocidos con los nombres de Magdalena,
Orinoco y de las Am azonas, el mayor del
mundo, fecundando con su rico caudal
de agua zonas extensas de tierra. Los
que desaguan en el Pacifico, más peque­
ños, por la corta distancia que media de
las montañas al mar, y menos caudalosos,
riegan, no obstante, valles fertiles-y ame­
nísimos. Una primavera perpétua’’ reina
en este país delicioso; disfrútase en él del
mejor clima del globo, p u e sá pesar de es­
tar situado en el Ecuador, donde los rayos
del sol caen perpendicularmente, templa
sus ardores el viento frío de los ventis-
q ueros.
De su riqueza natural, ¿qué se va á
— i4 -

decir que no se sepa? El oro se encontraba


entonces en la superficie . de la tierra ó
le tenían los indios recogido en templos
y palacios en gran abundancia, porque
no le consideraban todavía como la me­
dida de todos los valores, como el ins­
trumento universal'de los cambios. L u e ­
go que los españoles comenzaron á la­
borear las minas, se descubrieron m u­
chas de diferentes metales, algunas tan
ricas como jas de plata del Potosí, que
han llenado el mundo de este metal. En
el reino vegetal no solo hay que contar
las plantas propias de aquel suelo, como
el café, el cacao y las mil especies de ár­
boles, sino la virtud fecundante de tai
tierra para criar toda clase de semillas y
plantas importadas de Europa. Más po­
bre ía fauna, pues apenas existían otros
animales que aves de variados y herm o­
sos plumajes, recibió no obstante en su
fecundo seno los ganados y animales úti­
les de todo género, los cuales se multi­
plicaron extraordinariamente.
T a n maravilloso país, cuyas, principa­
les ciudades eran Quito al Norte y el Cuz­
co al Sur, estaba poblado por hombres
que no carecían de cierta civilización.
Poseían artes rudimentarios, tenían reli—
— 15 —

gion, s:> bien adoraban á Dios en forma de­


ídolos vcon prácticas supersticiosas y es­
taban, en fin, regidos por una forma de-
gobierno regular. El jefe supremo era un-
individuo perteneciente á la dinastía ó fa­
milia de ios Incas, el cual empuñaba e]
cetro por derecho hereditario, trasmitido'
de padres á hijos.
E l que lo había ejercido hasta poco
tiempo antes de la invasión de los españo­
les,, se llamaba Huainacapac y á su muer*
te le sucedió su hijo legítimo Huascar,
que quiso compartir el trono con A ta-
hualpa, hermano suyo por parte de pa­
dre, el cual declaró guerra á Huáscar, le.
venció y encerró en una prisión. Ingrato,,
ambicioso y cruel correspondió á la ge­
nerosidad de Hnascar usurpándole la co ­
rona por la violencia, persiguiendo á la
familia legítima de los Incas y quitando
la vida á muchos de sus individuos.
He ahí el imperio que el héroe extreme­
ño Francisco Pizarro destruyó y los terri­
torios que agregó á España, echando los
cimientos de la dominación española en-;
casi toda la América del Sur y espar­
ciendo allí los gérmenes de la civiliza­
ción.
— i6 -

V *

V icto ria de C ajam alca.

L a marcha de Pizarro al frente de su


■escasa tuerza expedicionaria, desde la
costa al interior del país invadido, fué
lenta, pero triunfal. Entrando en.los pue­
blos que encontraba á su paso, en todos
ellos era bien recibido, recogiendo algún
oro y las provisiones que necesitaba.
Cualesquiera que fueran las intenciones
de los indígenas, se mostraban hospitala­
rios, ó porque tales fueran las instruc­
ciones da Atahuaípa ó porque, á fal­
ta de ellas, no se atrevieran á atacar ais­
ladamente á los españoles. Pizarro, que
era naturalmente afable, los trataba á su
vez con benignidad. Sólo á un cacique
que, aparentando amistad en la primera
entrevista, trató luego de armarle ase­
chanzas, le sometió á un juicio sumario,
le condenó á muerte y le hizo ejecutar,
con cuyo castigo ejemplar, que se divul­
gó entre los ÍndiosT infundióles temor y
respeto.
E l 1 5 -de Noviembre de i 532 llegaron
los expedicionarios á Cajamalca, pobla­
ción mayor que las anteriores. A tah ual-
— i7 —

pa, que tenía ya conocimiento de la veni­


da á sus dominios de los extranjeros^
envió embajadores á Pizarro en aparien­
cia para ofrecerles amistad, pero en reali­
dad para explorar sus propósitos y cono­
cer las fuerzas de que disponía. Verificó
esto desde un lugar no distante de Ja
referida ciudad, en el cual, preparándose
á la batalla, estaba acampado con su ejér­
cito, que aumentaba constantemente con
los indios que de todas partes aeudían.
Francisco Pizarro devolvió la atención
al bárbaro, enviándole al capitan Fern an ­
do de Soto, con veinte caballos, para p e ­
dirle una entrevista.
Por si los indios le hostilizaban, envió'
detrás á su hermano Fernando con otros
veinte ginetes. Soto, dejando su escolta
á la orilla de un río, penetró sólo en el
campo de Atahualpa y llegó á donde se
encontraba sentado en su trono y rodeado
de sus mujeres y de los caciques. Inm e­
diatamente después, acompañado de F e -
lipillo, llegó Fernando Pizarro, que tam ­
bién había dejado á sus soldado con los
de Soto. Atahualpa, que a) llegar éste
no levantó siquiera los ojos deí suelo para
mirarle, dirigióse á Fernando manifestán­
dole que los españoles habían tratado-
— 18 —

mal á los indios, pero que, no obstante,


al día siguiente visitaría a) capitán, que
le parecia hombre de probidad. Negó
Fernando Pizarro que los españoles h u ­
biesen causado daño á nadie, no siendo
á los que se declaraban enemigos, con
los cuales eran inexorables; ensalzó el
valor de los españoles, la velocidad de
los caballos y el poder destructor de las
armas de fuego, todo lo cual oían los
bárbaros con sonrisa de incredulidad. Des­
pués de ser obsequiados con vino en co­
pas de oro, abandonaron ios dos valientes
■españoles los reales enemigos sin recibir
daño alguno,
AI día siguiente, cumplió Atahualpa
su palabra presentándose al caer de Ja
tarde, en Cajamalca, seguido de numero­
sas tropas que se hacían ascender á
5o.ooo hombres. Pizarro, que juzgaba
que el enemigo lo arriesgaría todo á la
muerte de una batalla, empleó con éxito
admirable los mismos ardides prepara­
dos contra él por Atahualpa, que no
trataba de visitar, sino de exterminar á
los nuestros. Exhortó primero á los sol­
dados para que á la vista del premio que
á su valor ofrecía la iortuna, haciendo
suyo cuanto en aquel país la naturaleza,
— ig —

había producido pródigamente, peleasen


con gran esfuerzo, pues les esperaba en
otro caso el deshonor y la muerte, lejos
como estaban de la ilota y sin poseer ciu-'
dades y lugares seguros donde fortificar­
se. Mandóles luego que acometiesen to­
ados á la primera señal que diese para el
ataque simultáneo, que Pedro de Candía
se situase con nueve soldados, armados
de arcabuces, en una fortaleza que domi­
naba la ciudad, donde hizo colocar tam ­
bién algunos cañones; y que el resto de
las tropas permaneciesen ocultas en las
casas.
Iban entrando y haciendo alto en la pla­
za los indios, y deslumbraban la vísta los
reflejos que en las armas y los adornos
de oro y plata producía el sol poniente,
semejando diamantes, rubíes, esmeraldas
y topacios. Un escuadrón quedó fuera de
la ciudad y la rodeó para que los españo­
les no pudiesen escapar por ninguna parte,
Llegó Atahualpa en una litera adornada
con tejidos de oro v plumas y conducida
por cuatro caciques, siguiéndole otros
que también iban en literas. Salióle en­
tonces al paso el padre Valverde, de la
Orden de Santo Domingo, acompañado
de intérprete y llevando en la mano dere­
- 20 — ■

cha un crucifijo y en la izquierda una


biblia, comenzó á anunciar á Dios, crea­
dor de todas las cosas, que1se había re­
velado á los hombres en las palabras con­
tenidas en aquel libro. E l Inca tomó el
libro en sus manos y comenzó á hojear­
le creyendo que Je íba á hablar,.-m as
viéndose defraudado en su esperanza, Je
arrojó con desprecio en medio de los s u ­
yos. Valverde clamó contra la profana­
ción del objeto sagrado, y entonces F r a n ­
cisco Pizarro, con cuatro compañeros se
acercó á Atahualpa cogiéndole de un bra­
zo y dio la señal de acometer. E n el m o­
mento sus compañeros cortaron las m a ­
nos á los que llevaban la litera y A ta ­
hualpa se encontró en el suelo rodeado
de españoles que le hubieran matado si
no le preservara Pizarro. A l estruendo
de los cañones y arcabuces, al sonido de
las trompetas, á los gritos de los solda­
dos y al tropel de los caballos, los indios
llenos de espanto, se arrojaron unos so­
bre otros y fueron á chocar en las pare­
des de la plaza, sufriendo grande estrago.
L o s españoles herían y mataban á diestro
y siniestro y más que batalla era aquello
una carnicería. L o s indios principales que
rodeaban á Atahualpa, también fueron
------- 2 1 -----------

muertos y éste conducido como prisione­


ro al alojamiento de Pizarro. A cercándo­
se la noche, dió éste orden de suspender
la lucha y los españoles se presenta­
ron á su jefe lleVando cautivos una m ul­
titud de indios que, más que hombres, p a ­
recían mansos corderos.

VI

R ep arto del botón.

jCuántas veces vienen los hechos á


desmentirlas más bonitas'teorías! [Cuán­
tos principios se proclaman que no tie­
nen realidad sino en los labios, cuando
se pronuncian, ó en los códigos donde
se consignan. Si abrimos la historia en­
contraremos de esto] ejemplos á millares.
Fraternidad humana, libertad, igualdad;
■he ahí las ideas que constituyen la base
dé la educación política actual, infor­
man las costumbres y el derecho y p a ­
recen tan necesarias para la vida so­
cial como para la material el aire que res­
piramos. Si no el origen, por lo menos
el resurgimiento de esos principios se lo
atribuye á sí mismo Francia, la Francia
revolucionaria, la cual sin embargo pro­
2
— 22 -

dujo un héroe, Napoleón I, que ai frente


de ejércitos invencibles, avasalló pueblos,
esclavizó naciones, convirtiendo á los re­
yes en juguetes de sus caprichos, y c au ­
só multitud de víctimas, arrebatando mi­
llares de vidas. ¿E ra la fraternidad, la li­
bertad y la igualdad lo que movía á este
nuevo gigante? E r a la extensión de la pa­
tria que creía poseer exclusivamente tales
principios? ¿E ra la dominación universal?
Para establecer por todas partes una civi­
lización superior ¿no había más remedio
que emplear la fuerza? Y,donde reina la
paz ¿se observan esos principios? Contes­
te quien pueda estas preguntas y si le es
dado, concille esos principios universal-
mente admitidos con los hechos. Entre
tanto, viniendo á nuestro asunto, convie­
ne dejar sentado que Francisco Pizarro,
como Napoleón y como todos los con­
quistadores pasaron por alto dichos prin­
cipios, aplicando á los vencidos ia dura
ley del vencedor,
E l primer efecto del hecho de Cajam al­
ca, fué el reparto de un cuantioso botín.
Abundaban tanto los metales preciosos
en el Perú, que casi todos los utensilios
y vasijas domésticas, como cántaros, pla­
tos. etc., eran de oro, y las paredes de
— 23 -

los templos estaban cubiertas de láminas


de dicho metal. Se decía que Huáni-
capac, al morir, había dejado varias ca­
sas llena de oro y plata. Se cuenta que
Atahualpa, para recobrar su libertad,
■ofrecía una habitación llena de oro, de
.seis- metros de longitud, cuatro de an­
chura y dos de alto, y doblé de plata. No
se sabe si cumplió su promesa; pero ¿qué
necesidad había de recibir como regalo lo
que pertenecía por pertenecer sus due­
ños? Además d é lo recogido en la ciudad,
.se trajo más oro de otras, y repartido to­
do con liberalidad, hubo para todos. Die­
g o de Alm agro, que reconciliado con P i­
zarro, acudió con tropas para ayudar á la
conquista, recibió también su parte. Se
acuñó una gran cantidad de los ricos me­
tales, y así, unos hombres que poco ha
mendigaban, nadaban en la opulencia.
Como el valor de las m ercan cías—y el
. oro aun acuñado no deja de s e rlo —está
en relación con su abundancia ó escasez,
sucedió que la gran cantidad del precioso
metal amonedado, deprecióle y aum en­
tó el valor de las cosas, que, como suele
decirse, costaban -todas allí un ojo de la
cara. Y debemos observar, apartándonos
un momento del asunto, que en ese fenó­
— 24 —

meno económico, ya tan lejano, debe bus­


carse en parte la carestía de los produc­
tos propiamente coloniales,' como el ca­
cao, el azúcar, el café y el tabaco. Ver­
daderamente es digno de asombro que un
kilo de pan cueste de 2 5 á 40 céntimos y
uno de azúcar 2 pesetas, de chocolate 4,"
de tabaco 5 y de café 6; siendo el pan la
base de la alimentación del hombre y los
demás, sin negar á algunos sus propieda­
des alimenticias y estimulantes, artículos
de lujo. La carestía de ellos no se debe
sólo á su escasez, ni á los transportes, ni
á los derechos de. aduana ni á la ganan­
cia de Jos intermediarios; débese princi­
palmente al excesivo valor inicial de los
productos coloniales á causa del mucho
oro que se puso en circulación, Y lo
grave es que esos artículos que antes so­
lo consumía la gente opulenta, hoy los
consume todo el mundo, y como sus'pre-
cios son altos, contribuyen á aumentar el
desequilibrio económico, siendo en este
aspecto p*ra España mayor el perjuicio
que el beneficio del descubrimiento de
Am érica. L o que no se sabe es por qué
las plantas ultramarinas que se han acli­
matado aquí, como ti tabaco, no se culti­
van, con lo cual se anularían ó disminuí-
— 25 —

rían los efectos expresados. Bien es v e r­


dad que tampoco tiene clara explicación,
-el hecho de que aumentando el consumo
d e los productos peculiares del suelo
americano, ó asiático, el cacao y el café,
sin aumentar la producción de' los mis­
mos, no escaseen más. Algunos la hallan
en el adelanto de la industria y de ía quí­
mica, gracias á las cuales puede tomarse
por el aromático y nervicitante caté una
infusión que no sea de café, sino de bello­
tas, avellanas y achicoria, y en lugar del
agradable y alimenticio chocolate, una
pócima que no contenga ni cacao ni a z ú ­
car, sino productos químicos que les sust
tituyan con detrimento de la salud públi­
ca y provecho del el industrial.

VII

M u erte de A tah u alp a y reco n o cim ien to


por lo s ¡sic a s de la soberanea de
España*

Otra consecuencia inmediata de ]a vic­


toria de’ Cajamalca fué el quedar de he­
cho establecida en el Perú la soberanía
española. Conviniendo, no obstante, á P i­
zarro , dejar á Atahualpa una sombra de
— a6 —

gobierno,..le puso en libertad bajo palabra


de no intentar novedades y sometiéndolo
á.una rigorosa vigilancia. Así estuvieron
las cosas algún tiempo, pero sabedor A ta­
hualpa de que su hermano Huascar ha­
bía entrado en inteligencia con los e s p a - .
ñoleSj ofreciendo ayudarles á cambio de
su excarcelación, le hizo asesinar. Viendo
entonces Francisco Pizarro la audacia y
temple de alma del bárbaro, redobló la
vigilancia y mandó que estuviesen siem­
pre ensillados los caballos y los soldados
sobre las armas. Estas medidas exaspera­
ron á Atahualpa, que fraguó una conspi­
ración para librarse del espionaje y aun
de los españoles, si le fuese posible. Se
conjuraron gran número de indios, entre
ellos algunos caciques, para caer de no­
che sobre Cajamalca, burlar á los centi­
nelas y arrojar sobre los tejados de Jas ca­
sas antorchas encendidas para incendiar­
las, esperando que Jos españoles, que te­
nían en ella una defensa natural, saliesen
huyendo del fuego, en cuyo momento,
acometiéndoles la multitud, Jos aniquila­
rían. La trama estaba bien urdida, mas al
llegar á ejecutarla les faltó el valor á la
vista de Jos centinelas que^estaban alerta,
y todos huyeron- espantados de sí m is-
— 27 —

mos. Abierta información é instruido pro-


ceso ante una Junta nombrada por F r a n ­
cisco Pizarro, Atahualpa negó su partici­
pación en el C G m p lo t , pero resultando
comprometido en él, fué condenado á
muerte y ejecutado.
Elegido rey un miembro de la misma
familia de los Incas, llamado también
Atahualpa, juró antes de tomar posesión
del trono obediencia y fidelidad al empe­
rador Carlos V y asi quedó de derecho el
Perú sometido ¿3 dominio de España. E s ­
te -re y falleció en breve de enfermedad,
pero fué elegido otro, cuyo nombre era
Mangocapac, descendiente de la familia
legítima de los Incas, favoreciendo en es­
ta ocasión Francisco Pizarro á los del
Cuzco y oponiéndose á los de Quito, que
deseaban que el nuevo soberano saliese de
la rama ilegítima cuyo tronco era el difun­
to Atahualpa; pero ¿qué importaba que
fuera rey este ó el otro Inca sí ya no tenían
más que una vana sombra de poder? Y
ese, porque á Pizarro convenía mantener
unidos á los indígenas mediante el rey y
los caciques, para que no se disgregase
tan pronto aquel imperio. ¡L o s caciques!
He ahí una planta que se ha aclimatado
en el viejo mundo. Ni puede asegurarse
— 28 —

siquiera que no existiese antes en España,


a! menos como silvestre y sin cultivo. Lo
probable es que sólo eí nombre debamos
á América, T am bién es cierto que ha si­
do sometida á la ley de la selección y se
ha perfeccionado cada vez más, y se ha.
propagado tanto, que forma una verdade­
ra red por todo el territorio. Hay quien
dice que el poder viene de Dios por quien
ios reyes reinan y gobiernan los gobier­
nos; hay quien dice que el verdadero so ­
berano es eí pueblo que delega el poder
en los mejores, por no poder ejercerlo
por si mismo; pero la realidad da lugar á
una tercera opinión, según la cual, el
verdadero soberano es el cacique. C án o ­
vas decía que «había una constitución in­
terna» en España. Puede también asegu­
rarse que hay un poder interno, el caci­
quismo, del cual son mandatarios los po­
deres exteriores en sus tres órdenes, le­
gislativo, ejecutivo y judicial. Otro hom­
bre público ilustre que vive y está llama­
do á regir los destinos de España, ha h a ­
blado del descuaje del caciquismo. ¿Será
posible eso cuando el caciquismo forma
la entraña misma de la nación? Si alguna
vez se logra, será porque se produzca un
estado de opinión unánime q u e , cual
— 2Q —

fuerza irresistible, arrancará y barrerá,


como el viento Jas hojas, la planta malé­
fica. Y perdone e! lector esta digresión
que apenas guarda relación alguna con el
asunto.

VIII

Fundacüán de co lo n ia s p o r F. P jz a rro .

Desde Cajamalca. donde dejó una pe­


queña guarnición, dirigióse Francisco P i­
zarra al Cuzco, ciudad que dista de la
anterior muchas jornadas. Pasó por J a u ­
ja, situada en un rico y hermoso valle,
y dejó también en ella alguna fuerza pa­
ra que protegiese al tesorero Alfonso A l-
varado, que'permaneció allí y tuvo ..que
sostener frecuentes y reñidos combates
con ios naturales. Envió delante, para que
fuese despejando el camino, á Fernando
de Soto con sesenta caballos que tuvieron
varios encuentros con los indios, vencién­
dolos y haciendo prisioneros y condenan­
do al último suplicio á algunos caciques,
con cuyo escarmiento muchos se iban so­
metiendo al vencedor y otros se pasaban
á sus filas, aumentándose así las tropas.
Salió á su encuentro Mangocapac y juntos
— 3o -

entraron en el Cuzco, donde fué enarbo-


lada la bandera española y éste tomó po­
sesión de su efímero reino como tributa­
rio del Cesar,
Desde este momento la acción que se
desarrolló en et Perú puede dividirse en
tres partes ó considerarse bajo tres a s ­
pectos distintos: acción colonizadora y
organizadora, acción' exploradora y a c ­
ción militar. La primera correspondió á
Francisco Pizarro que, además del man*,
do supremo, la dirección de las operacio­
nes y las relaciones con el gobierno dé
Esp aña, se reservó la fundación de colo*
nias para fomentar la riqueza del país y
la fortificación de ciudades que sirviesen
de baluartes para contener las acometi­
das de los indios y tener á raya su natu­
ral ferocidad.
L a primera colonia que fundó, antes de
la gran victoria de C ajam alca, fué San
Miguel, donde se comenzó á hacer el co­
mercio en pimienta que se produce en
su territorio. Estableció otra en Jauja,
tan opulenta que á ella sin duda se apli­
có el dicho vulgar: «donde se come y se
bebe y no se trabaja,» Del despojo de di­
cha ciudad se recogió una suma de los
metales preciosos tan considerable, que
- 3i —

la quinta parte correspondiente al tesoro


real ascendió á ciento dieciseis mil cua­
trocientos sesenta escudos de oro y á
diecisiete mil quinientas ¡libras de plata.
Fundó otra colonia, á la cual en me­
moria de su patria dió el nombre de 7 ru*
jillo, que se extendió á toda una región.
■El amor patrio que se despierta en el
^hombre, como complemento del amor fi-
üial, tan pronto como empieza á alborear
■la razón, se comparte entre el amor al
pueblo natal, á la región ó patria chica y
á la nación ó patria grande. T o d as estas
manifestaciones de un mismo afecto con­
viven sin excluirse ni superarse entre sí;
pero parece más intenso el amor al pue­
blo donde se ha visto la luz y se ha pa­
sado la edad juvenil y cada sitio y cada
;objeto, amén de las personas á quienes
debemos el ser y nos unen los lazos del
parentesco ó la amistad, dispiertan un re­
cuerdo grato. Muy al contrario de otros
amores que con la ausencia se entibian,
crece Jejos de ia patria, de su cielo, de su
sol, el sentimiento que nos inspira, per­
durando en todo momento y produciendo
cierta amargura y á veces"Ja nostalgia ó
deseo, violento del regreso. Este noble
sentimiento movió al iJustre conquistador
— 32 —

á fundar la colonia expresada en cuyo te­


rritorio se produce mucho trigo y azúcar
de Ja cual se fabrican exquisitos dulces
que forman el principal ramo de su co­
mercio.
Otra fundó en el Cuzco y algunas más .
á larga distancia unas de otras y en pun­
tos adecuados. Por último estableció otra,
la más importante de todas, L im a, capi­
tal del actual Estado, en el delicioso v a ­
lle que baña el Rimac, á medía legua de
la desembocadura de este río en el Occéa-
no Pacífico, sirviéndole de puerto E l C a ­
llao, célebre, entre otros hechos históri­
cos, por Jia b e r sido bombardeado, el 2
de Mayo de 1866 por 3a escuadra españo­
la al mando del Almirante Mendez .Nú-
ftez. Desde luego se hizo el centro de
todo el comercio de importación y expor­
tación de Ja América del Sur esta ciudad,
hermoseada por templos, palacios y otros
edificios, como residencia del presidente
y de las autoridades y organismos supe­
riores de la república.
Estas coloniasaumentaron en población
por el gran número de españoles que
iban afluyendo á ellas y comenzó á. des­
arrollarse la industria y á florecer el co­
mercio. Mas bien pronto ocurrió una cosa
— 33 —

que era inevitable, dada la situación res­


pectiva de ios españoles y los indios.
Aquéllos eran los vencedores, éstos los
vencidos. Suele decirse: «que en toda re­
lación humana hay un tirano y un escla­
vo,» Si esto ocurre entre personas que
disfrutan por la ley de unos mismos be­
neficios y derechos, en un país civilizado
¿qué no ocurriría en aquel país conquis­
tado? Naturalmente, los españoles, como
señores, habían de someter á cierta ser­
vidumbre á los indígenas, empleándolos
en los servicios y oficios que ellos se des­
deñaban de practicar. L o s abusos debie­
ron de ser grandes* triste la condición de
los indios. Algunos hombres prudentes y
justos, entre ellos Bartolomé de las Casas,
levantaron su voz contra ia injusticia.
Apiadados de ios infelices indios, clam a­
ron contra los que, prevalidos de la fuer­
za, los habían sacado, en nombre de la
civilización, de su libertad natural para
sumirlos en la esclavitud. Estas voces no
fueron dadas en el desierto. Se publica­
ron ó renovaron las leyes de Indias que
prohibían que ningún indio pasase con­
tra su voluntad al servicio de un español
-y mandaban que fuesen puestos en liber­
tad, sin permiso de sus señores, los que
- 34 -

■se hallasen en tal situación; pero las colo­


nias se cOnmovieron, amenazando con
■una sublevación. L a apariencia de razón
que tenían era que no podía ser la condi­
ción de los indios, que eran más sem e­
jantes á las bestias que á los hombres,
igual á la de los vencedores, que para ser­
lo habían abandonado su patria y d erra­
mado su sangre. Triunfó no la. fuerza de
la razón, sino la.razón de la fuerza; la re ­
sistencia pasiva produjo su efecto; las
.sabias leyes de Indias quedaron escritas,
pero incumplidas; ante el temor, de las
sediciones, los indios continuaron por en­
tonces y mucho tiempo después en la
.servidumbre.
Muchos españoles, ya enriquecidos,
con el beneplácito de Pizarro, regresaban
á Esp aña en las expediciones en que en­
viaba á ella la quinta parte del oro y pla­
ta perteneciente al Erario público, al­
g u n as de las cuales cayeron en poder de
piratas franceses. Otros permanecieron
-en América, colmados de riquezas; pero
.ninguno llegaba á la opulencia del gran
caudillo extremeño. Poseía grandes pro­
piedades é inmensas riquezas y le fue
concedido en premio de sus servicios,
por el emperador Carlos V , con el título
- 35 —

de marqués, e! señorío de Atabillos, pue­


blo de gran número'de habitantes.

IX

E x p e d icio n e s de Diego de A lm agro y


P ed ro de V ald ivia á Chile.

La acción exploradora comprendió v a ­


rias expediciones. E l afán de descubrir
nuevas tierras en en el Nuevo Conti­
nente, que parecía no tener fin, exci­
taba á los españoles, impresionados ade­
más por narraciones fantásticas, a e x ­
plorar toda Ja costa y penetrar más y
más hacia el interior del país. Uno de
los más encendidos en tal deseo fué Die­
go de Almagro, á quien el gobierno de
España había concedido ya el mando
del territorio descubierto hasta el Perú
que primero había señalado á Francisco
Pizarro. Preparó, pues, una expedición
á Chile, repartiendo á este fin e l o r o ¿
manos llenas, pues era liberal y los teso­
ros de Atahualpa daban de
Con tan poderoso agente
número de soldados veteranos, endureci­
dos en tas fatigas del combate y demás
penalidades que se sufren en campaña y
— 36 —

-halló también muchos indios para el ser­


vicio de bagages. Formaron también par­
te de la expedición algunos nobles perua­
nos y entre ellos Pablo Inca, hermano de
Mangocapac, que fue siempre fiel á los
españoles y mantuvo con Alm agro par­
ticular amistad. Estos debían servir de
mediadores con los naturales del país
para atraerlos á la obediencia de España,
por la'persuasión, sin tener que someter­
los por Ja fuerza de las armas.
Pero esta expedición no pudo ser más
desgraciada. A travesándolos Andes, que
se ramifican en muchas montañas, casi
en totalidad cubiertas de nieve, se desen­
cadenó una tempestad y así, no sólo ¡'ban
pisando nieve, sino recibiéndola del cielo
en gran copia sobre sus cuerpos. L o s ve­
teranos, acostumbrados al extremado frío
de los parajes cubiertos de nieve, eran
menos sensibles á una temperatura’ de no
;se sabe cuántos grados bajo cero—toda-
davía no se conocía el termómetro—; pero
Jos demás, unos quedaban muertos en el
suelo, á otros se Ies caían, sin sentirlo, los
dedos, á otros se les quemaban, los piés y
hubo algunos que, sintiendo que les aban­
donaba el talor vital, se arrimaban á los
troncos de los árboles donde quedaban
- 3? -

hechos momias, y en tal estado se Ies e n ­


contró pasados algunos años, sin descom­
ponerse porque lo impedía la frialdad y
sequedad del aire. L o s pocos supervi­
vientes recorrieron un desierto sin fin en
medio de una espantosa soledad, no h a ­
llando ni hombres ni señal alguna de
cultura humana, regresando por lugares
extraviados] penosa y lentamente al Perú.
Francisco Pizarro que, sin dejar de ser
el verdadero soberano, en ausencia del
rey, del país conquistado, permitía á sus
hermanos cierta libertad en la guerra y
otros asuncos, pero cuidaba con especial
atención la colonización y exploración, en­
vió á Chile otra expedición al mando de Pe-
dro de Valdivia, la cual fué algo más afor­
tunada que la anterior. T rató éste al
principioá los indios (i), con tal benigni-

( i) Como tan frecuentemente, hay que usar la voz


indios, debe darse acerca de ella una breve exp lica­
ción, T a l nombre se aplicó á los habitantes del Nuevo
mundo á causa del error de Colón de creer haber
arribado á las islas de la In dia como si dijéramos
á Filipin as. De ahí el nombre de indios. De h ab er­
se sabido desde luego que las islas y la tierra firme
descubiertas no constituían el A sia, a sus habitantes, en
recuerdo 'd el gran navegante, se les hubiera llam ado
colom bianos y Colom bia al páís. Otro error tkió lugar
— 38 —

dad, díóse tal arte para conseguir por


medios suaves su sumisión á España,
que sin obstáculo, fundó la ciudad de
Santiago, actual capital de la república
chilena y las colonias la Concepción y la
Serena, ésta en memoria de su patria.
Sin embargo, los chilenos, adivinando que
al fin quedarían sujetos á servidumbre,
en ocasión de hallarse ausente Valdivia,
se levantaron en armas y vencieron á los
españoles. Reanimáronse algo éstos al re ­
greso de aquel, pero al fin, hubieron de
sucumbir ante la multitud de los enemi­
gos. Muchos cayeron prisioneros, entre
ellos Valdivia, que tuvo un fin desgracia­
do. Algunos indios querían perdonarle
la vida, pero prevaleció la opinión de
la mayoría que decretó su muerte. En
el género de ella no están contextes los
historiadores, pero la creencia más gene-
ralizada es que lo sometieron á un su

a! nombre de A m érica para designar el pais y de ame*


ricanos á sus habitantes: el haber sido el aventurero
italiano A m erica V espucio, que acom pasó á ' Cristóbal
C olón en mío de sus viajes el prim ero que trazó mapas
del país, con algunas descripciones y narraciones, d i ­
fundiéndolas por Europa, de donde tuvo origen la usur-
ció n del nombre D e A m éríco Am érica.
- 39 -

iplicio cruel, relacionado con el defecto ó


pasión dominante que se le atribuía: el
oro. Conforme á eso, se cree qué le am a­
rraron al tronco de un árbol y le echaron
en la boca oro fundido, quemando así
con el precioso metal el cuerpo, cuya al­
ma se abrasaba en el deseo de acum ular­
lo. L a s diezmadas fuerzas de los españo­
les, acaudilladas por Viliagrán, trataron
de vengar la muerte de su capitán y las
derrotas anteriores, pero nada notable
consiguieron, antes bien, hubieron de
abandonar las colonias y retirarse á S a n ­
tiago con pérdida de algunos hombres y
material de guerra.

D e rrro ta de lo s a r a u c a n o s .

E n este lugar es preciso decir cuanto se


relaciona con la sumisión de Chile, aun
cuando los sucesos ocurrieran algunos
■años después de la muerte de Pizarro,
sin que por eso se falte á la lógica, pues
la acción de éste en el Perú, si no tan
.gloriosa como la de Cortés en Méjico, fué
.más grandiosa, extendiéndose por efecto
— 4o -

inevitable, del primer impulso, á casi to­


do el continente sudamericano.
Don García de Mendoza, ¡oven, vale­
roso y entendido capitán, hijo del Mar­
qués de Cañete, virey del Perú, fué el
que logró reducir á la obediencia de E s ­
paña aquel pais, después de haber derro­
tado en una guerra que duró cuatro añosr
desde 1 556 á i 56o, á los araucanos, su s
últimos defensores, dignos por cierto de
mejor suerte. Consultando la brevedad,,
no descenderemos á detalles en la narra­
ción de esta lucha verdaderamente h e -
róica.
E n cuatro barcos fué transportado dei
Perú á Chile un ejército, compuesto de
mucha infantería, m u c h a caballería y
mucha artillería—entonces no había g u ar­
dia civil.— Desembarcada la tropa, que-
en seguida fué hostilizada por el enemigo,,
se encaminó, trabando en el tránsito pe­
queños combates, al valle de Arauco, si­
guiéndole por la costa la escuadrilla con>
las provisiones y demás material de g u e ­
rra. L o s araucanos eran superiores á los
demás indios no sólo por el valor sino por
el arte militar. Habían nombrado jefe á
Campolicán, nuevo Héctor, principal sos-
én d é la natria amenazada. T e n ían verd a-
- 4i “

dera táctica militar, ó por haberla apren­


dido de'los nuestros ó por reflexión sobre
los hechos mismos de la guerra y sólo
necesitaban, para ser acaso invencibles,
arm as de fuego. No peleaban formando
un montón, sino divididos en escuadrones,
•acometiendo el primero que era reforza­
do por otro de refresco ó replegándose,
según la suerte del combate.
Dos fueron los hechos principales de
■esta guerra. E n el primero, después de
a l g u n a s escaramuzas presentaron los
araucanos la batalla formados en tres es­
cuadrones. Nuestra caballería, que era
Ha que más estrago hacía siempre, fué re­
chazada por el bosque de picas que for­
m aba el primer escuadrón del enemigo y
para descomponerlo se ordenó por el ge­
neral una descarga de artillería, con lo
que se consiguió que aquél se replegase.
Generalizada la batalla, los españoles mos­
tráronse dignos de serlo, y la infantería
haciendo fuego con los arcabuces, la c a­
ballería dando repetidas cargas y Ja a r ­
tillería disparando sin cesar los cañones,
-lograron que Jos indios se fuesen retiran­
do con grandes pérdidas, dejando libre el
c am p o. Trataron luego de asesinar al
caudillo español y , al efecto, un araucano
— 42 —

llamado Metical, pasó al campamento'con?


el pretexto de regalar á D* García un c a­
nastillo de fruta,-llevando oculto un pu ­
ñal para perpetrar su alevoso crimen..
Pero habiéndole delatado otro indio fief
á los españoles, fué detenido. Se Je puso
no obstante en libertad, conformándose
el general con reprenderle su vileza.
Retiráronse Jos araucanos á las monta^
ñas, pero no pudiendo avenirse á la idea de
la servidumbre, volvieron á tomar Jas a r ­
mas en número de unos catorce mil. E s te
último esfuerzo fué también inútil. A u n ­
que pelearon heróicamente, quedaron de­
rrotados y hecho prisionero el principad
sostenedor de 3a guerra, el valiente Cam-
polican, que, mereciendo otra suerte, fuév
sin embargo, condenado á la última pena
y ejecutado, único medio de poderse lle­
gar á la paz. El anciano y prudente Colo-
colo, después de aconsejar y c o n v e n c e r á
sus coterráneos que convenía proponerla
al general español para obtener algunas,
concesiones que limitasen lo menos posible
su primitiva libertad, celebró con éste v a ­
rias conferencias y quedó ajustado el tra­
tado de paz.
Esta guerra dio asunto á uno de los-
mejores poemas épicos que tiene la lite^
- 43 -

natura española. L e compuso D, Alonso


de Erciila y Zúñiga, caballero del orden
de Santiago, que supo ceñir á su frente
los laureles de Marte y de Apolo. E sc ri­
biendo de noche los hechos que de día
presenciaba, ó en los cuales tomaba par­
te activa} los refiere con verdad, así como
las órdenes de los jetes españoles y las
juntas y deliberaciones de los araucanos,
todo en ■el estilo claro y sublime propio
de la epopeya, con la gallardía de nues­
tro hermoso idioma, en sonoros versos
distribuidos en maníficas octavas reales.
E l defecto que suele señalarse á esta obra
es el presentar á los araucanos como más
simpáticos que los españoles, defecto que
algunos atribuyen al resentimiento de E r -
cilla con D. García de Mendoza, que le
condenó á muerte por haber tomado par­
te en una sedición contra él, si bien luego
le perdonó á ruego de sus amigos. Pero
¿qué necesidad hay de buscar explica-?
ción á una cosa que la tiene en los he­
chos mismos? Sólo simpatía pueden insr
pirar unos hombres que con. valor y cons­
tancia defendían sus hogares y sabían
perder la vida por su libertad y su patria.
— 44 —

XI

O tras expediciones.

No exageraremos si consideramos á los


Pizarros y demás capitanes extremeños ó
españoles que subyugaron al Perú, como
una nueva generación de titanes. En apa­
riencia la sed del oro'los movía á explo­
rar todas las regiones de la América del
Sur, En realidad una fuerza para ellos
mismos desconocida. Jos guiaba, rom ­
piendo: obstáculos, para abrir en todas
direcciones senderos que otros habían de
pisar después estableciendo por todas
parces la civilización. No miraban Jos
riesgos, no se cuidaban de las consecuen­
cias que para casi todos ellos fueron
desastrosas, de la acción gigantesca em­
prendida, E se presentimiento mismo los
llevaba quizás á extender su dominio,
hollando con sus plantas de gigantes toda
la tierra americana para echar los gérm e­
nes de la nueva cultura, ¡Oh, raza es­
pañola! Para llamarte raza de titanes,
¿será menester buscar en tu gloriosa
historia otros hechos heroicos además de
éstos?
E l objeto ostensible de las restantes ex-
— 45 —

pediciones íué ora buscar la región dei


árbol de la canela, que resultó ser unos
bosques inútiles, ora el país el Dorado
donde se creía que existían montañas de
oro, ora dar salida y entretener á los sol­
dados que, ociosos, eran una amenaza
del orden público. E n rigor el verdadero
fin era surcar el país en todas direccio­
nes. A lvar Nuñez Cabeza de Vaca explo­
ró la región del Rio de la Plata; Quesada
la que media entre los rios Santa Ana y
Magdalena donde recogió bastante oro y
muchas esmerajdas y fundó á Santa Fe
de Bogatá, actual capital de los Estados
de Colombia, y Francisco Orellana descu­
brió el río dé las Am azonas, hecho inte­
resante que merece especial atención.
Dirigía esta expedición Gonzalo P iza­
rro. Después de haber atravesado los
Andes y vagado por regiones solitarias
sin hallar nada digno de tantas fatigas y
escaseando las provisiones, envió á Ore-
llana con cincuenta soldados para bus­
carlas. E n el invierno de 1640 partieron
éstos á la ventura, y al llegar á un río pe­
queño, se embarcaron en unas canoas' de­
jándolas correr al impulso de la corriente.
Navegaron tan largo espacio que conocie­
ron ser imposible reunirse con sus compa-
- 46 -

ñeros, nt remando contra el curso del río


ni por tierra, entre tanto que Pizarro, can^
sado de esperarlos y acosadas las tropas
por el hambre, ordenó regresar al Perú*
EHos, alejándose más y .más, desembar­
caban de vez en cuando para recoger pro*
visiones que á veces les facilitaban los na­
turales y otras las tomaban por fuerza*
Como el río cada vez se iba ensanchando
más con los arroyos y riachuelos' que en
él desaguaban, pensaron sustituir Jas ca­
noas con barcas v , aJ afecto, salieron á'las
riberas en un paraje donde había un bos­
que, cortaron madera y Jas fabricaron, y
reuniendo algunos víveres continuaron su
navegación río abajo. Muchos meses ha­
bían transcurrido y muchísimas millas ha^
bían navegado estos hombres intrépidos
desde su embarque, pero el río, dilatando
sus márgenes, parecía ocultar su desem­
bocadura y no tener fin. A veces atrave­
sando el río por entre montañas, se iban
elevando tanto sus riberas que semejaban
las costas acantiladas del mar y los expe­
dicionarios tenían que esperar su llegada á
la playa para poder salir á tierra en bus­
ca de"alimento. FA recogerlo Jes costaba
á menudo caro, teniendo que sostener
combates con los indios que peleaban con
—*47 "

valor no sólo los varones sino las .mujeres,


de donde dieron al río el nombre de las-
Amazonas con que se conoce, si bien se
le llama además Orellana, en memoria deL
insigne extremeño que lo exploró. L le ­
garon á un punto en que el lecho del río
se estrecha tanto por la disposición de
las montañas que le circundan, que las.
aguas corren con una violencia extraor­
dinaria y fué un prodigio que las frágiles
barcas se deslizaran por la vertiginosa
corriente de aquel estrecho sin sufrir
grave daño. Extendiéndose de nifevo el
río, se convierte en dilatado m ar, pues
navegando por el medio no se divisan las
riberas de uno y otro lado. Siguen aflur
yendo á él otros ríos y uno que le entra
por su margen izquierda, de negras aguas,,
corre un largo espacio sin mezclarse con
las del Am azonas. AI cabo de dos años,
poco menos, salió el nuevo Ulises y sus
compañeros al océano Atlántico y nave­
gando. á la izquierda con direción Norte,,
arribaron ai-istmo de Panam á, desembar­
cando en Cubagua. Regresó Orellana á
España, obtuvo el mando de la Región
explorada, equipó una expedición con tan
mala fortuna que, navegando por el A t­
lántico, no pudo encontrar la d esem b o ca-
dura del caudalosísimo río, perdiendo los
buques y muriendo de melancolía,
E sta s exploraciones, como se ve, hicie­
ron que toda la América del Sur fuera es­
pañola. Sólo una parte, el Brasil, descu­
bierto por Cabral, fué portuguesa. L a
causa fué la célebre bula de demarcación,
de Alejandro VI, que dividió el mundo
en dos partes iguales por un círculo que
pasaba á cien leguas al Oeste de las islas
Azores: todo lo que se descubriese al
Oeste del círculo pertenecería á Esp aña y
á Portugal lo que se encontrara al Este,
límite que se extendió después por un
tratado á 36o leguas al Oeste de las A z o ­
res.

X II
G uerra con los indios*

L a acción militar comprende dos par­


tes: la guerra con los indios, y la civil.
L a primera, que tuvo por principal tea-
tra el Cuzco y algunas ramificaciones en
■Quito y otros puntos, fué de escasa im­
portancia, pero ni se hizo esperar, ni dejó
de ser favorable á los españoles. L a s c o ­
sas caen del lado á que se inclinan. L a
— 49 ™

monarquía de los Incas quedó en C aja­


malca cuarteada y desplomada. A pu nta­
lada por Pizarro para que no se derrum­
base pronto del todo, cualquier viento un
poco fuerte bastaba para echarla al sue­
lo. Mangocapac residía en el Cuzco don­
de á la vez estaba establecida la colonia
de españoles, la cual regía Juan Pizarro
porque Francisco se había trasladado á
L im a. Hallándose en la misma población
la colonia fundada por los españoles ven ­
cedores y el rey, que sólo podía tener de
tal el nombre, eran inevitables los roza­
mientos y la rivalidad precursora de la
guerra. Y así sucedió. Sin que se deter­
mine bien la causa ocasional, los españo­
les y los indios estaban á punto de venir
á las manos y Juan Pizarro hizo prisione­
ro á Mangocapac.
Al tener noticia de ello Fernando P i­
zarro, marchó al Cuzco para intervenir
en la contienda y habló con Mangocapac,
quien le ofreció descubrirle el secreto de
un tesoro si le ponía en libertad. Fernan­
do concedió á Mango la libertad, pero és­
te, en pago del buen servicio, tomó las
arm as contra los españoles, reuniendo un
ejército tan numeroso de indios que se
asegura ascendía á 200.000 hombres. Puso
— 5o —

.sitio á Ja ciudad del Cuzco donde sólo h a ­


bía unos 200 soldados, algunos de caba­
llería. Se apoderó además de una fortale­
za inmediata, m uy bien construida y casi
inexpugnable. Padecieron Jos españoles
largo tiempo los horrores del sitio. H a­
cían frecuentes salidas para recoger algu­
nas provisiones y atacar á la fortaleza, de
donde eran rechazados á la ciudad. Otras
veces era ésta atacada por los indios que,
con grandes pérdidas, tenían que retroce­
der y encerrarse en la fortaleza. L a aco­
metieron por fin intrépidamente Jos espa­
ñoles y lograron tomarla, si bien á costa
de muchas bajas. L a más sensible fué la
de Juan Pizarro que, peleando heroica­
mente, cayó muerto acribillado de fle­
chas. Dueños de la fortaleza, no por eso
se vieron por entonces libres del sitio.
A l mismo tiempo, otro ejército indí­
gena sitiaba á Lim a, en donde á la sazón
Francisco Pizarro se ocupaba en los me­
nesteres de la colonización, pero aquí los
.sitiadores apenas hicieron otra cosa que
infundir un vano terror en los sitiados,
retirándose al poco tiempo. Francisco en­
vió luego algunas tropas en socorro del
Cuzco, sin resultado, pues perecieron en
una emboscada preparada por Mango.
— 5i —

Este, que no desaprovechaba cuantas


ocasiones se le presentaban de molestar
y hostilizar á los españoles, fué en breve
duramente escarmentado por ellos,-man­
dados por Fernando Pizarro, con el au xi­
lio de Pablo Inca y los suyos, pues entre
los indios reinaba la discordia como entre
los españoles; pero el asedio del Cuzco
continuó hasta que lo hizo levantar, á la
vuelta de su expedición á Chile, Diego
de Almagro, que entró luego en la ciu­
dad, encargándose del mando en virtud
del decreto del Gobierno español de que
ya se ha hecho mérito, Mangocapac per­
dió pronto la vida. Se había fortificado
en lugar escarpado. Cinco españoles del
partido de Alm agro se - dirigieron hacia
allí, buscando un refugio y , noticioso de
ello., Mango mandó que fuesen asesina­
dos. Los españoles, que tuvieron cono­
cimiento de tal orden,, vendieron caras
sus vidas, matando á muchos indios y
uno de aquéllos, llamado Gómez Pérez,
pudo llegar á donde se encontraba Man­
go y le quitó la vida*
Sebastián Belalcazar fué el encargado
de la guerra con los indios de Quito, la
cual terminó brevemente. Dirigíase á la
ciudad citada con alguna caballería y los
— 52 —

indios pusieron una estacada por donde


calculaban había de pasar ésta, con el in­
tento de acometerla en dicho sitio, donde
no podría maniobrar; pero la delación de
un indio fiel á los españoles hizo que Be-
lalcazar variase de itinerario, entrando en
Quito y quedando dueño de ella. Con la
afabilidad de su caracter y la suavidad de
su trato, consiguió luego atraerse á los na*
turales, sujetándolos al dominio de E s p a ­
ña no por la fuerza de las armas, sino por
la persuasión. E l mismo procedimiento
empleó Alonso Alvarado en Jauja y otros
puntos, alcanzando así la sumisión á la
madre patria de los indios en muchas co­
m arcas y pueblos.
Con los hechos referidos, fuera de al­
guna que otra algarada sin importancia,,
la guerra con los indígenas quedó termi­
nada. Los individuos de la familia de los
Incas, que vivían, y Pablo á la cabeza,
reconocieron y acataron de buena fe la
soberanía de Esp aña y recibieron el bau­
tismo, siguendo su ejemplo los karikes.
Algunos nobles españoles se casaron con-
las hijas de Huainacapac y Atahualpa y
uniéndose así, poco á poco, con lazos de
amistad y parentesco, vencedores y ven­
cidos, iban compenetrándose y consoli-
— 53 -

dándose la dominación española en aquel


país*

XIII

Consideraciones sobs'e la g u erra


covSI.

Los sucesos de la conquista del Perú


hasta aquí referidos, habrán producido
en el ánimo del lector una impresión más
bien plácida que desagradable. Siendo ja
guerra necesaria y uno de sus fines legí­
timos la extensión de la civilización y
siendo españoles los que con valor v h e ­
roísmo cumplen en este caso ese fin* to­
do español debe sentir una íntima satis­
facción por las victorias de sus com pa-
triólas. Aunque nos condolamos d e-Ja
desgracia de los indios y de las víctimas
innumerables de una y otra parte y nos
interesemos por los rasgos de valor áe los
unos ó los otros, á todo eso se impone el
am or de la patria y el anhelo de ver p ro ­
gresar á la humanidad. E s o s sucesos,
pues, no salen de la esfera de lo ordina­
rio, en todas las guerras, en las cuales
siempre h ay vencedores y vencidos y
quienes inspiren simpatías ó antipatías.
4
- 54 -

no produciendo otra emoción que la de


Jo dramático é interesante*
Pero Jos hechos que faltan que referir
han de causar en nuestra alma el efec­
to no de lo dramático, sino de lo trágico,
la lástima, la compasión y el terror. A u n ­
que no haya ni pueda haber un aparato
para medirla, la sensibilidad se divide en
grados como la temperatura, y así como
un calor moderado impresiona agradable­
mente nuestros sentidos y de una manera
penosa si es excesivo, así también á un
sentimiento moderado corresponde un
estado de placidez íntima, mientras que
nos aterra y horroriza la intensidad del
sentimiento producido por actos que son
una perturbación del orden moral y no f
pueden conformar con los principios que
constituyen la esencia del alma. Vamos á
ver á españoles derramando la sangre de
españoles en el mismo país que habían
ido á conquistar y civilizar, y eso, quedes
contrario á toda ley moral, no causará en
nuestro ánimo un sentimiento grato, cau­
sará, si no la indignación, un profundo
terror.
¿Y cuáles fueron las causas de la gu e­
rra civil del Perú? ¿Lo fué la fatalidad, el
destino ciego? Entonces culpemos al des-
- 55 —

tino. ¿ L o fueron las riquezas? Entonces,


¿qué disculpa tienen unos hombres qüe
de la noche á la mañana se hicieron opu­
lentos? Hubo oro para todos y todavía no
estaban conformes. L a verdadera causa
¿fué la ambición del poder? E l poder no
admite división, no admite compañía. Y
en el Perú sucedió que dos hombres,
Francisco Pizarro el uno y el otro Diego
de Alm agro, creían tener los mismos tí­
tulos para ejercer el poder supremo y
único.
¿Contribuyó á fomentar la discordia
entre ellos el Gobierno de Esp aña en
aquella época? Primero concedió á F ran ­
cisco Pizarro el mando del territorio des­
cubierto, pero después otorgó ese mismo
territorio á Diego de Almagro p o r lo mu­
cho que había contribuido á descubrí t lo.
Cuando ya se hicieron ostensibles las
desavenencias, el Gobierno nombró á fray
T o m á s de Berlanga, Obispo de Panamá,
juez árbitro para deslindar el territorio
en que cada uno había de ejercer el man­
do. Nada hizo, sin embargo, principal­
mente por haberse de momento reconci­
liado los dos. Quizás si Pizarro no hubie­
ra estado rodeado de sus hermanos y
otros que formaban una camarilla, y A l ­
— 56 —

magro de la suya, se hubieran entendido


mejor y no hubiese al fin estallado la
guerra.

X IV

Invasión del territorio de Quito


por Pedro de Alvarado»

Antes de comenzar á referir ia-cruel


lucha fratricida, h ay que narrar un hecho
que también pertenece á la guerra civil,
pues fué dirigido y ejecutado por españo­
les. TaJ fué la expedición que Pedro de Al-
varado, teniente de Hernán Cortés, con­
dujo desde Jas costas del centro de A m é­
rica con intento de apoderarse de Quito.
Desembarcó en un punto de la provincia
con quinientos infantes, doscientos caba­
llos y gran número de guatemaltecas y
negros. EL paso por los Andes fué lento y
penoso, teniendo que atravesar sin cam i­
nos, lugares solitarios y montañas cubier­
tas de nieve donde por esa causa el*exce­
sivo frío, no obstante hallarse el país si­
tuado en el Ecuador, produjo m uchas
bajas en las tropas; pero con todo eso no
podía hacerles frente Belacazar que dis­
ponía de menores fuerzas; y Francisco
- 57 -

Pizarro envió á Diego de Almagro á Qui­


to para que, sin arriesgarse ai éxito du­
doso de una batalla, procurase amigable­
mente impedir el daño que amenazaba.
Alvarado, sin otra razón que la de ser
más fuerte, intimó á Almagro para que
abandonase inmediatamente el país, pero
empezaron ias conferencias, dióse lugar
á la reflexión y á los temperamentos de
prudencia, resultando de las negociacio­
nes que Alvarado se avino á retirarse
siempre que le entregasen sesenta mil
duros/obligándose él á entregar á A lm a­
gro el ejército y las naves. Se cumplió lo
pactado y éste regresó al Cuzco seguido
del ejército que Alvarado había condu­
cido.

XV

Pi'indpáo de 6a g u e rra fa v o ra b le á
Dsepo de Alm agro.

Sostenía Alm agro que la ciudad" del


C uzco estaba comprendida en los límites
dei territorio de su mando; sostenía lo
contrarío Fernando Pizarro, y esta fué
la ocasión de la desastrosa guerra que
venía preparándose de largo tiempo atrás
- 58 —

y que todos habían procurado evitar por­


que adivinaban que traería la común rui­
na. Fernando Pizarro, de carácter vivo y
vehemente, decidió, sin a n u e n c i a de
Francisco, confiar á la suerte de las ar­
mas una contienda que en realidad no
tenía ya otra solución. Vinieron, pues, á
las manos unos contra otros los españo­
les, desoyendo la voz del patriotismo y de
la propia conveniencia; y en el primer
encuentro, Diego de Alm agro, que tenía
fuerzas superiores, venció á sus contra­
rios haciendo prisioneros á Fernando y
Diego Pizarro y á Alonso de AI varado,
que, en defensa de éstos, acudió con al­
gunas tropas. L a noticia de la guerra ci­
vil cundió pronto en el Perú, y de todas
partes concurrían á Lim a españoles, ofre­
ciéndose á Francisco Pizarro, que gozaba
de más simpatías y tenía más partidarios
que Alm agro; y aun de Méjico le envió
Hernán Cortés algunas fuerzas para que
le auxiliasen en la lucha lamentable.
Al tener conocimiento de la prisión de
sus hermanos y del tesorero Alvarado,
reunió de prisa un pequeño ejército y se
encaminó al Cuzco, para poner en liber­
tad á los presos; pero fué derrotado y se
volvió por los mismos pasos. Espíritu
— 5g —

conciliador, deseando evitar á todo tran­


ce la guerra y atajar en su principio, para
que no tomara mayor incremento, el in­
cendio que había de abrasarlos á todos,
propuso á Alm agro'un arbitraje y acep­
tado por éste, fué nombrado juez árbitro
Francisco de Bobadilla, que decidió la
cuestión á favor del excelso caudillo ex­
tremeño. Hizo todavía más. Viendo que
Almangro rio se sometía de buen grado
al juicio arbitral, le indicó la convenien­
cia de que pasase á Lim a para celebrar
los dos una conferencia y ultimar el asun ­
to. Marchó en efecto, Alm agro á Lim a y
aprochándose de su ausencia, se fugaron
de la prisión Diego Pizarro y Alvarado,
los cuales por sendas extraviadas llega­
ron antes que él á la nueva colonia. R e ­
unidos los dos jefes, arreglaron sus dife­
rencias, cediendo Pizarro hasta el punto
de dejar á Alm agro la ciudad de] Cuzco,
Ínterin el Gobierno de España decidía en
definitiva. Reconciliados de nuevo, regre*
só Almagro á dicha ciudad y puso en li­
bertad á Fernando Pizarro,
— 6o —

XVI

D e rro ta y m u e rte de Diego de


A lm agro*

L a nueva reconciliación de los dos je­


fes españoles, que tenían la misma auto­
ridad en un mismo territorio, no era pren­
da de paz segura y estable; y aunque ni
Francisco .Pizarro", de suyo templado y
sesudo, ni Diego Almagro, hubieran qui­
zás tratado de turbarla, no así Fernando
Pizarro, que no podía olvidar . la afrenta
sufrida con su prisión y sabía además que
se había pensado en matarle por consejo
de Pedro Ordóñez, de la camarilla de A l­
magro y que \e salvó el oponerse á tal
proyecto Diego Ordóñez, qu.e era íntimo
amigo suyo y le estaba muy agradecido
por haberle perdonado la cuantiosa suma
de ochenta mil pesos que le había gana­
do en el juego.
Reunió, pues, un ejército respetable y
se puso en marcha hacia eí Cuzco, a r ­
diendo en deseos de vengar el pasado
agravio. Alm agro se preparó á la defensa
y. se fortificó y dispuso sus tropas en or­
den de batalla en un lugar próximo á la
ciudad. Tenía m ás'fuerzas que Pizarro*
- 6i —

si se contaban los indios capitaneados por


Pablo Inca que, como más amigo de A l ­
magro, se hallaba á su lado; pero de es­
pañoles había próximamente el mismo
número en ambos campos.
Avistados los dos ejércitos y dada la
señal del ataque, olvidando unos y otros
que eran hermanos, hijos de la misma
patria, se acometieron con verdadero fu ­
ror, como acontece en todas las guerras
civiles. Bien pronto se vio que la victoria
favorecía á los pizarrianos. Los contra­
rios comenzaron á perder terreno, aban­
donando las posiciones que tenían y A l ­
magro desalentado por la derrota que
veía inminente v hallándose enfermo,
hizo que le sacasen los indios del campo
de batalla y le llevasen lejos con ánimo
de sustraerse á Ja persecución d élo s v en ­
cedores.
L a lucha continuó algún tiempo, que­
dando al fin Fernando dueño del campo
con leve pérdida de los suyos y grandes
bajas de los enemigos, pues murieron más
de doscientos y otros muchos fueron h e ­
chos prisioneros recogiendo, también un
rico botín de oro, plata y arm as. Alonso
Alvarado, con algunos soldados, siguió
de cerca á Alm agro en su fuga y dándo­
— 62 -

le alcance le prendió, siendo después con­


ducido al Cuzco y puesto en prisión.
Como era de esperar del odio y rencor
de que estaban poseídos unos contra
otros los dos partidos, los vencedores hi­
cieron mal uso de su triunfó. Entraron
en la ciudad y , señoreándose de ella, pa­
saron á cuchillo á casi todos los del bando
contrario. No paró en ésto el encarniza­
miento. Antes de que llegara Francisco
Pizarro que, presumiendo lo que podía
suceder, se puso en marcha precipitada­
mente desde Lim a, fué sometido á juicio
sumario Diego de Alm agro y degollado
en medio de la plaza del Cuzco, el año
¡ 538, á los 63 de su edad. ¡Triste.condi­
ción humanal ¡A cuántos hechos repro­
bados conducen las pasiones y principal­
mente la ambición de las riquezas y del
poder! Por su parte, Fernando Pizarro
quedó también fuera de combate y pagó
bien pronto su culpa. Reclamado por el
Gobierno de España, abandonó para siem­
pre el Perú, regresando á la patria don­
de sufrió una larga prisión.
— 63 —

X V ÍI

Muerte de F ra n cisco Pszarro.

Los principales personajes de esta tra­


gedia, en ia atmósfera de violentas pa­
siones en que respiran, mantiénense, no
obstante, á la altura de su situación y ,
aunque á veces los mueva el sentimiento
ruin de la venganza, que suele tener dis­
culpa, no caen nunca en la bajeza de
aquellos otros sentimientos que, como la
codicia, inspiran repulsión, Pero otros
personajes secundarios traspasaron todos
los límites del pudor y de la dignidad, y
hasta la pluma parece que se resiste á
escribir sus maldades. Y a adivinará el
lector que á tal clase pertenecen los que
no debieron llevar el nombre de españo­
les, los que atentaron á la vida del heroi­
co conquistador del Perú.
Siempre y en todas partes h ay hom­
bres para to d o .: Principalmente después
de las guerras, queda un núcleo de gente
maleante que no se aviene con la pobre­
za, que no tiene ocupación ni bienes, ni
rentas y que, acostumbrada al lujo y á la
abundancia, es materia dispuesta para
trastornarlo todo por la fuerza, porque á
— 64 -

río revuelto ganancia de pescadores.


Suelen buscar un pretexto especioso para
cohoñestar la maldad, y ponen en sus la­
bios palabras mentirosas para ocultar lo
que guardan en su dañado corazón: no
en balde se dice que «la palabra es á v e ­
ces el arte de disfrazar el pensamiento.»
Un grupo de hombres de esta especie
pululaba en la ciudad del Cuzco adonde
había trasladado su residencia Francisco
Pizarro. Un Juan de Rada era su jefe.
Propalaban que querían vengar ja muerte
de Diego de Alm agro. L o que perseguían
en realidad era apoderarse de Jas rique­
zas del caudillo extremeño. Este, que
tuvo conocimiento de lo que se tramaba,
se descuidó aJ principio, no concediendo
importancia á la conjura. Cambiando lue­
go de parecer, dió orden para prender á
los- conjurados y esto precipitó el triste
suceso. Reunidos veinte de ellos, fueron
en busca de Rada y, excitados por el te­
mor del castigo, á la vez que codiciosos
del tesoro que veían en perspectiva, se
dirigen á la morada del desprevenido jefe,
atravesando con las espadas desenvaina*
das las calles del Cuzco por entre sus h a ­
bitantes que, sobrecogidos de terror y. e s ­
panto, unos, y otros simpatizando quizás
— 65 -

con los sediciosos, ni tomaron la defensa


del ilustre capitán, ni hubo quien le avi­
sase del riesgo que corría su vida. Llegan
á la casa, degüellan á los criados y do­
mésticos y , penetrando á lo más interior,
ven á la puerta de la última habitación á
Pizarro, que con la espada desnuda inten­
ta vender cara su vida, pero inútilmente
y, cual Julio César, cae acribillado de he­
ridas al pie de los ingratos que le debían
muchos favores y beneficios, el día 24. de
Junio de 1641 á los 63 de su edad. Víóse
entonces claramente el verdadero móvil
del crimen. Sometieron á tormento á A n ­
tonio Picado para que Ies descubriese el
tesoro de su amo y, como se resistiera á
ello, lo mataron. No dieron, sin em bar­
go, el golpe en vago. Entregados al sa­
queo, recogieron la importante suma
d e ' 175 mil duros. Para que no insultasen
sus enemigos el cadáver del heroico e x ­
tremeño, fué llevado secretamente al tem­
plo y sepultado. No se sabe cuál fué el
fin de estos malvados. L o s autores no
son siempre todo lo puntuales que debie­
ran ser. En este punto callan si el G o­
bierno de España les exigió la debida res-
pon sabildad, como lo hizo con Fernando
Pizarro, en la muerte de Alm agro. A lg u ­
— 66 —

no, más diligente acaso, lo consignará; pe­


ro por hoy hay que resignarse ante las
circunstancias que no permiten una in­
vestigación más detenida*

X V I II

T r e s v irre y e s y un m aestre de campo.

Con la trágica muerte de Fran cisca P i­


zarro termina su biografía, pero no ia
guerra civil, cuyo desarrollo total es par­
te integrante de la acción conquistadora
de nuestro héroe y por eso hay que con­
tinuar la narración de la misma.
A la muerte de Almagro íué nombrado
por sus partidarios para sucederle en el
•mando, su hijo Diego, habido en una in­
dia; por su parte Vaca de Castro, que
compartía con Pizarro el gobierno, mos­
tró una real cédula que le acreditaba co­
mo virrey. y, por si esto fuera poco, el go­
bierno de la metrópoli nombró también
con igual cargo á Núñez V eía.,A más de
éstos, Gonzalo Pizarro, que había vuelto
de su expedición al Dorado y que conta­
ba con la m ayor parte de las tropas y se
le había conferido el título de .maestre de
campo, se abrogó jurisdicción y mando.
— ó7 —

Puede colegirse de aquí que todos m an­


daban y ninguno obedecía, que reinaba la
anarquía en el Perú y no se reconocía
otra autoridad ni otro derecho que el de­
recho y la autoridad del más fuerte. E n ­
tre todos ellos, D. Jerónimo de Loaisa,
obispo de L im a, se esforzaba por interpo­
ner su apostolado evangélico y su misión
de paz, pero sin resultado.
No cediendo Almagro un ápice de lo
que estimaba su derecho, V aca de Cas­
tro resolvió hacerle ía guerra y, reunien­
do ambos las tropas que les fué posible,
se acometieron con furia causándose r e ­
cíprocamente muchas bajas y quedando
la victoria por Castro, que persiguió al
enemigo en la retirada, y , alcanzando á
Alm agro, le hizo prisionero, siendo con­
ducido al Cuzco, donde le degollaron en
medio de la plaza, en el mismo sitio don­
de su padre fué ejecutado, á los 24 años
de su edad.
Nuñez Vela, que llevaba poderes del
Gobierno de España para poner en todo
su vigor las leyes acerca de la libertad
de los indios, las cuales estaban en com ­
pleto desuso, se atrajo muchos descon­
tentos y no consiguió hacerse obedecer
sino en algunos puntos* pues el observar
— 68 —

tales leyes mirábanlo los españoles como


la ruina de sus haciendas. Loaisa le e x ­
hortaba á la benignidad, pero este h o m ­
bre inexorable no cedía. Sus mismos
amigos y aun los oidores de la Audiencia
de Lim a que le habían acompañado en
su viaje* como Zepeda, Alvarez y otros,
le abandonaron* Llegaron las cosas á tal
punto que le prendieron y embarcáronle
para España,
Gonzalo Pizarro, que había comenzado
á murmurar públicamente del em pera­
dor y levantado la bañera de la rebelión,
vióse seguido de casi todas las tropas y
de los principales jefes como el de la es­
cuadra, Hinojosa, Carbajal, Acosta etc* y
apoyado por la mayoría de los españoles.
Bien pronto se hizo dueño de las ciu­
dades de Lim a y del Cuzco. Se apoderó
también de Quito después de vencer á
Belalcazar, que quedó’ en libertad median­
te ciertas condiciones. Sólo Je era contra­
río Centeno, ai que también venció, pero
no pudo prenderlo porque logró internar­
se con algunos compañeros en un bosque
donde estuvo oculto mucho tiempo, ig­
norado de todos, menos de un amigo que
le llevaba diariamente lo necesario para
sustentar ia vida.
— 69 —

Arbitro Pizarro de la situación, se en­


tregó ó permitió que los suyos se entre­
gasen á todo género de desmanes. A p o ­
deráronse del tesoro público, persiguie­
ron á cuantos no se sometían al poder
usurpado, atropellaban, mataban y se
entronizó el terror en todo el Perú. Vaca
de Castro, por salvar su-vida, se embar­
có para España, donde á su llegada, fué
residenciado, pero, probada su inocencia
y su conducta recta en el tiempo que
ejerció el cargo de virrey, salió - absuelto.
Nuñez Vela, puesto en libertad por los
que le conducían, reunió algunas tropas
y se atrevió á presentar batalla á Pizarro,
pero sucedió lo que era inevitable; sin
gran esfuerzo quedó derrotado su ejérci­
to y él, cogido vivo, fué degollado. Este
estado de confusión y desorden duró por
espacio de cuatro años.

X iX
Llegada de D* Pedro de Es Gasea» nom­
brado presidente de la Audiencia
dé Lima y efe cto s de su política
de a tracció n .
A 'u n hombre de claro entendimiento y
firme voluntad, pero de letras, no de ar­
5
— 7° “

mas, tocóle terminar la guerra civil en el


Perú, y pacificar este país. _Tal fué el
presbítero D. Pedro d é la Gasea, enviado
por el gobierno español con el nombre
de presidente de la Audiencia de Lima,
con amplios poderes para que emplease
los medios que tuviera por acertados pa­
ra llevar á cabo la ardua empresa que se
le encomendaba, Los hechos demostra­
ron que no pudo hacerse mejor elec­
ción .
Luego que desembarcó, publicó un in­
dulto general para todos los rebeldes que
quisiesen acogerse á la bandera legítima.
Hizo transmitir á Gonzalo Pizarro una
carta que le dirigía el emperador mismo,
exhortándole á que depusiese las armas
y se daría al olvido lo pasado. Manifestó
además que llevaba instrucciones para
mitigar el rigor de las leyes. Menos P i­
zarro, que siguió obstinado en su rebel­
día y sus más allegados, todos miraban
estos ofrecimientos como la aurora de un
nuevo día de paz y el fln.de una domi­
nación que se había hecho intolerable.
No todos se atrevieron, sin embargo, á
manifestarse públicamente desde luego
partidarios del poder legítimo, esperando
los acontecimientos y ofreciéndose por
— 7i —

■confidencias al presidente. Pero muchos,


desechando todo temor v recordando los
agravios y atropellos de que habían sido
víctimas ellos ó íos suyos, evolucionaron
al campo realista. Fueron los primeros,
los obispos de Lima y de Santafé de Bo­
gotá. con gran número de eclesiásticos*
Siguiéronles Hinojosa con ja escuadra
que mandaba, Belalcazar y otros jefes
con sus tropas. L a deserción más sensi­
ble para Pizarro, fué la de su teniente
Aldana que abrazó la nueva causa con
tanto calor que recorrió el país haciendo
propaganda á favor de ella, mostrando las
cartas de Carlos V , y elogiando las e x c e ­
lentes cualidades de la Gasea y su desig­
nio de perdonar á cuantos lo solicitasen.
En este movimiento de concentración al
rededor de Ja bandera legítima, no hay
que contar á los que habían permanecido
fieles á ella y , como el más significado,
á Centeno, Por procedimientos tan senci­
llos y suaves el perspicaz presidente minó
eL terreno á Gonzalo Pizarro y aunque
en apariencia., fuera de Jas deserciones
apuntadas, todo continuaba como antes y
las ciudades principales estaban sumisas
á éste, se había eclipsado su estrella y
pronto se vería abandonado de todos, ex-
— 72 -

cepto de los más íntimos como Carbajaí


y Acosta.

XX

Ultimos su c e so s de la g u erra cSvSE,


muerte de Gonzalo Pózarro y pacnfica-
cfón del P e r$.

Animado Centeno por Jo favorable de


la situación creada por la llegada de la
Gasea, salió de la gruta en que había es­
tado escondido más de un año y reu­
niendo buen número de soldados, se en­
caminó hacia el Cuzco, mal guarnecida á
la sazón, pues Pizarro había sacado de
allí la m ayor parte de ]a tropa para for­
mar con las de otros lugares un ejército
respetable. Llegó de noche á la ciudad y
matando á los centinelas que estaban al
paso, penetró en ella denonadamente se­
guido de los suyos que se .apoderaron de
Los edificios públicos y del dinero que en­
contraron, el cual fué repartido entre to^
dos los soldados. Pasaron á cuchillo á los
partidarios de Pizarro, fué levantada la
bandera real y toda la ciudad reconoció
y aclamó el poder legítimo.
Entre tanto Gonzalo Pizarro salió de
- Jo —

Lim a con un buen ejército animado del


propósito de arrojar del país ai presiden­
te, empeño vano, pues los abusos de su
poder por un lado y por otro el arte de
■éste, le anajenaron la voluntad d é la gen­
te que entonces como ahora está al sol
que más calienta. Persuadidc >
podia ni acercarse siquiera
que se había establecido en Trujillo, se
dirigió contra Centeno para derrotarlo
antes de que pudiera unirse á aquel.
Mientras nuevos y dolorosos contra­
tiempos sufrió su ya casi perdida causa,
A ldana estaba en ef puerto del Callao es­
perando ocasión propicia de que ios ha­
bitantes de Lim a se . declarasen por el
emperador, á cuyo fin. había sondeado ya
c! ánimo de los principales. L a ocasíon
liego. T an pronto como saiió Pizarro,
Lim a dió el grito á favor del poder le­
gítimo y Aldana entró en la ciudad con
sus tropas asumiendo el mando. Cosa
análoga sucedió en Quito. Gobernába­
la ¡.i nombre de Pizarro Pedro Fuelles
que, por serle fiel, no dió oidos á las
proposiciones que se le hacían para que
se so netiese á la bandera legítima; pero
el pueblo se sublevó al frente de Fern an ­
do de Salazar y le dió muerte aclamando
— 74 —

al Cesar, y Salazar fue nombrado gober­


nador en premio de su conducta.
Por fin logró Gonzalo su intento de
trabar con Centeno la batalla, que tuvo
lugar en los campos de Guarina. Pelea­
ron unos y otros con el furor acostum­
brado en las guerras civiles. De los suyos
murieron más de ciento y de los contra­
rios cerca de cuatrocientos, huyendo los
restantes y quedando por él la victoria.
No pudo hacer prisionero a Centeno que
enfermo y herido logró refugiarse en L i ­
ma, pero recogió un ricc botín de oror
plata y arm as. Esta victoria fué seguida
de actos de barbarie; se ensañaron, sobre
todo el sanguinario Carbajaí, con sus
enemigos. Más de 700 españales murie­
ron al filo de las espadas y más de 3oo á
manos de los verdugos. El cruel Carba-
jal se recreaba en hacerles sufrir toda
clase de martirios antes de exhalar el úl­
timo aliento.
Pero, estaba decretada la ruina de
Gonzalo Pizarro. No tenía escuadra, no
tenía ninguna ciudad ni pueblo donde
apoyarse; puede decirse que no tenía más
que la tierra que pisaban él y los jefes y
soldados que le permanecían fieles* Sin
embargo, siempre valeroso, acampó y se
— 1$ —

fortificó en Saguisagúrana á corta disían-


ciadel Cuzco y bien aprovisionado,aguar­
dó la próxima llegada del ejército del pre­
sidente Gasea. Este que no dejaba de re­
cibir nuevos jetes con sus tropas, reunió
más de dos mil soldados de todas las ar­
mas y realizó despacio su marcha desde
Trujillo á Jauja primero, luego á Arequi­
pa, después, atravesando el río Apu ri-
ma, á Andaguailas y por último acampó
á la vista de Pizarro y puso sus tropas en
orden de batalla.
No era su intento darla, pues espera­
ba todavía que nuevas deserciones de ias
tropas de Pizarro le darían la victoria sin
derramar sangre, como sucedió. Hubo
algunas^escaramuzas; pero fué tal el des­
aliento, que se apoderó de los pizarrianos
que algunos jefes, entre ^ellos el oidor
Zepeda, se pasaron á las filas del presi­
dente y muchos soldados; otros huyeron
en dirección al Kúzko y arrojando las
armas, se escondían en lo más espeso de
los bosques. Viósé, finalmente, un espec­
táculo extraño, capaz de consternar al
más valiente caudillo. Los soldados que
le restaban le rodearon no atreviéndose
ni á pelear ni á huir. Cuéntase que enton­
ces Acosta Je dijo: «¡aneémonos al ene­
migo para perder la Vida gloriosamente»,
á lo que Gonzalo, con semblante sereno,-
contesto: «mejor será' morir como cristia­
nos» y entregó su espada e3 3 de Abril
1548, Puesto bajo la custodia de Centeno,
inmediatamente después fué degollado,
confiscados sus bienes y su casa arrasa­
da hasta los cimientos.
Así acabó la dominación de los Piza-
rros en el Perú que lo descubrieron y
conquistaron para su patria, ofeciéndose
á la posteridad un notable ejemplo de' la
inconstancia.de la fortuna. Bien es v er­
dad que no es mal de pocos y que es un
consuelo, aunque triste, el que la histo­
ria nos presente casos aun más señalados
en que la veleidosa señora que asienta
apenas su pié sobre la voluble rueda,
vuelva la espelda á sus predilectos. P o ­
ce tiempo después—y pudieron verlo los
deudos y amigos de los héroes del Perú
— en 1 556, Carlos, primer rey de este
nombre en España, V emperador de
A lem ania, grande entre los grandes, con­
trariado por sufrir más reveses que victo­
rias ganara, cansado de tantas guerras en
Africa, en Am érica, en Italia, en Francia,
en Holanda, en Alem ania, vencido, nue­
vo caballero andante, en sus ideas de
— 77 —

grandeza, abdicó en su hijo Felipe II las


coronas de Esp aña y los Países bajos, y
en su hermano Fernando la de Alemania
y vuelto de este país á Esp añ a, después
de besar la tierra de donde «desnudo ha­
bía salido y á donde desnudo había de
volver», se retiró al monasterio de Yuste
en ía provincia de Cáceres, la patria de
Francisco Pijzarro y á ios dos años, lue­
go de presenciar-sus propios funerales
olvidado de cuanto miraba como grande­
zas mientras le sonreía la fortuna, se
abrasaba en el amor místico'su alma y
en la contemplación de la morada de v er­
dadera grandeza que veía como anticipa­
ción de la que había de gozar al despren^
derse de su envoltura terrena, lo que ocu­
rrió e n ' 1 558 .
Muerto Gonzalo Pizarro, D. Pedro de
la Gasea dedicó toda su atención á Ja pa­
cificación del Perú y. á establecer, una
buena administración en todos sus órde-
nes. Se repartió un rico botín á Jos sol­
dados. Se distribuyeron tierras, entre los
españoles para que, cultivándolas, se
modificasen las costumbres, y. prospe­
rara la riqueza. Casi toda la gente, esta­
ba diseminada por los campos y fué
recogida á la^ ciudades y pueblos. En vió
_ 78 -

la Gasea magistrados á las provincias pa­


ra asegurarse de que se cumplían las le­
yes relativas á la libertad de los indios*
Cuidó también de la propagación de la
religión católica y de la enseñanza del
idioma castellano entre los indios. E sta­
bleció los tributos y después de arreglar
y ordenarlo todo regresó á España este
varón prudente, en el año de i 55o. T r a ­
jo para emperador en oro y plata
un millón quinientos mil duros, y no ha­
llándole pasó á Alemania en donde á la
sazón se encontraba. E n premio de sus
excelentes servicios fué nombrado obispó
de Palencia y después de Segovia.

XXI

Para los que quieren que h aya una so­


la patria para toda la humanidad, el con­
cepto de patria tai como hoy se entiende
por los más, es un concepto estrecho.
Para los que en nadie quisieran recono­
cer extraordinarias condiciones persona­
les, que pueden prestarse á la domina­
ción v á la tiranía sobre los demás, los
héroes son dignos de oprobio mas bien
que de admiración porque para realizar
sus. grandes empresas han causado m u ­
— 79 —

chos males, sembrando de víctimas su


camino y dejando tras sí un reguero de
sangre. L o s que así piensan transijen á
lo más con los exploradores, que, si en
cierto modo son héroes: por su coustan-
cia y paciencia para adquirir datos y no­
ticias útiles, no incurren en los desmanes
inevitables en éstos; transijen con los sa­
bios que, sin daño para nadie, consa­
gran toda su actividad y su.vida entera al
descubrimiento de verdades, á inventos,
. á reformas, que, propagándose de una
parte á otra, pueden tener aplicación ge-
‘ neral, haciendo progresar y mejorar mo­
ral y materialmente á la sociedad.
Admitamos como un ideal estas her­
mosas aspiraciones. Suspiremos porque
llegue un día de verdadera fraternidad
humana en que haya una patria común
para todos los hombres. Suspiremos por­
que ál héroe con los caracteres que h is­
tóricamente tiene, mezcla de bien y mal,
le sustituya el sabio, y si todavía no es
bastante, llevemos nuestro idealismo h a s ­
ta el punto de prescindir del sabio porque
todos los hombres ó la mayor parte al­
cancen el inapreciable don de la ciencia.
Mientras tanto atengámonos a la reali­
dad presente. Cada nación consagra á
- 8o —

aquellos d e s ú s hijos, héroes ó sabios,


que la enaltecen, enalteciéndose á.la vez
á sí mismos. Reciente está el ejemplo
de los japoneses, en la lucha con Rusia,
Pueblo dehéroespuede serllamado el que
con tan formidable enemigo ganó una y
otra victoria y ciento por tierra y por mar.
E l sitio de Puerto Arturo, donde, los ja ­
poneses morían á miles volando por el aire
entre los escombros que la explosión de
ia dinamita lanzaba al espacio desde la s.
minas construidas por el enemigo debajo
de las fortificaciones y donde barridas
compañías enteras eran reemplazadas por
nuevas compañías que sufrían la misma
suerte, es el mayor ejemplo de heroísmo
y la más tremenda prueba del amor patrio*
Sin contar otros mil héroes anónimos, los
Kuroki, Oku, T o g o , Mamimura y mu­
chos más, honrándose á sí propios, han
honrado á su patria y han tenido que
despertar entre sus conciudadanos el en­
tusiasmo y la más alta estimación*
En tiempos más lejanos Alemania en
la guerra con Francia tuvo un Molke y '
un Bísmark que no por el heroísmo, pero
sí por la ciencia, por la dirección y orga­
nización de la campaña, se hicieron dig­
nos de Ja veneración de su pueblo. Y pa -
ra no citar en pesada numeración los
héroes ó los que por otros conceptos des­
cuellan en todas las naciones, en Inglate­
rra, en Francia, en Italia etc., todas han
tenido y tienen hombres excelsos, J e
inestimables cualidades personales, que
han defendido su patria, que la han sal­
vado, que la han ilustrado y que son co­
mo espejos donde los demás se miran
como los guías que les enseñan el camino
del honor y la gloria,
¿ Y nosotros seríamos una excepción de
ésa ley general á que están sujetos los
demás pueblos? ¿En Esp aña no~hay y ha
habido hombres de estas condiciones per­
sonales? ¿En España no ha habido sa­
bios? E n este punto, sí la cultura gene­
ral no iguala á la de otras naciones, per­
sonalidades eminentes n’i han faltado nun­
ca ni faltan en la actualidad. No necesi­
tamos emitir nuestro juicio acerca de dos
ilustres sabios que tampoco hay que nom­
brar porque son conocidos de todos ó de
los pocos españoles que algo leen. Nos
ahorran ese trabajo tribunales internacio­
nales que han reconocido el mérito indis­
cutible otorgando el premio más grande
que se ha instituido como galardón del
trabajo consciente. ¿ E n España no h ay
— 82 —

rii ha habido exploradores? ¿ E n España


no hay ni ha habido héroes? Sí abrimos
la historia, hallaríamos, sobre todo de los
últimos, llenas sus páginas. ¡Si España
casi puede decirse que vive y se alimen­
ta de sus hechos heroicos que han alcan­
zado toda la tierra! En esas mismas gu e­
rras coloniales, en que perdimos el últi­
mo resto del imperio con tanto heroísmo
ganado porque el destino así lo ha queri­
do ó por cualquiera causa que sea, ¿cuán­
tos actos de heroismo no podrían contar­
se? El heroismo de los españoles es in­
cuestionable, hay que admitirlo como co­
sa inconcusa.
Pero aquí hay que hablar especialmen­
te de dos, el uno explorador, el otro héroe,
conquistador, auxiliado por otros también
héroes. E l primero, que se llamaba Cris­
tóbal Colón, es una gloria nacional. No
nació en España, nació en Italia, en Geno­
va, pero sino hijo natural íué hijo adopti­
vo de España, porque en ella puede decir-
sé que nació á nueva vida, recibió un au­
mento de vida con la protección que nece­
sitaba para la magna empresa de todos
sus desvelos y con ella compartió sus fru­
tos, y mientras haya hombres sobre la tie­
rra los tres nombres España, Colón, Amé-
— 83 -

rica, aparecerán indisolublemente unidos.


E l otro, que se llamó Francisco Pizarro es‘
además' de una gloria nacional, gloria r e ­
gional y gloria del lugar en que nació, el
lugar Trujíllo, la región Extrem adura,
una de las en que antes se dividía España.
Aquél fué explorador, fué la inteligencia;
éste fué el héroe, la fuerza, el brazo. Para
ambos tiene Esp aña los más altos senti­
mientos, el respeto, la admiración, la v e ­
neración; pero para el segundo esos sen­
timientos aumentan y se aquilatan en eí
lugar que le vió nacer y en la región á
que pertenece. Este completa al otro en
la A m é r ic a 'd e l S u r así como en la del
Norte le completa Hernán Cortés. Sin
Colón tai vez no existiría aún para nos­
otros América. Sin esos dos héroes A m é­
rica hubiera tardado mucho tiempo en
caer bajo el dominio de España y en ser
alumbrada con las luces de la civiliza­
ción.
Véase lo que son los héroes; véase si
merecen la' estimación de su pueblo, de
su región; de la nación que engrandecie­
ron y honraron con sus hechos; véase si
son dignos de perdurable fama y perpé-
tua gratitud; véase sí son los modelos
que se han de imitar. Debieran ser los
- 84 -

nuestros más recordados; debieran ser


manifestados en forma que entrase por
los ojos. No lo son. En la capital de la
provincia llevan sus nombres dos calles.
Y esto, que es sólo un medio de recor­
darlos, llena á veces el fin de despertar
en quien los nombra, los nobles senti­
mientos que los héroes inspiran y eJ de­
seo de imitarlos.
¿ Y qué hicieron estos héroes? Mejor ó
peor, narrados sstán sus grandes hechos
y notado su caracter de individuales, per­
sonales, en virtud de concesiones del Go­
bierno que fueron fielmente cumplidas,
¿Su utilidad y finalidad? E n la vida inte­
rior de ia nación sufrieron algún detri­
mento la industria y las demás fuentes
de la riqueza pública. E n la relación ex­
terior fué de lamentar que las energías na­
cionales se concentraran en Am érica cuan­
do hubiera sido preferible encaminarlas á
perseguir á la morisma recien expulsada,
á conquistar y colonizar el Norte de Afri­
ca, desde donde podía haberse penetra­
do más al interior y fundado un gran im­
perio colonia] que, por estar á la puerta
de casa, se conservaría hoy.
Aparte de esto ¿quién puede negar los
incalculables beneficios de la gran con­
— 85 —

quista de Ultramar? ¿Y quién puede des­


conocer que á españoles y entre los espa­
ñoles en primer término á extremeños se
deben esos beneficios? ¿Intereses mate­
riales? Fué mucho el oro que se puso en
circulación en todas partes y muchos los
capitales que se formaron; muchos de los
linajes nobles de E sp añ a—y no h ay más
que recordar sus títulos—tomaron en­
tonces principio y experimentaron au ­
mento en honores y en bienes de- fortuna
y de algunos se sabe por tradición que
tenían por mote el de indianos. Aumentó
eJ comercio de exportación de los pro­
ductos de la industria española á las c o ­
lonias americanas y el de importación de
ios de Jas mismas. Una buena parte de la
población de España encontraba allí em­
pleos pingües ú ocupación lucrativa y eso
ha venido ocurriendo hasta que se ha
perdido el ultimo y rico girón colonial.
¿Intereses morales? ¿Quién negará el
beneficio de haber sacado de las tinieblas
de ia ignorancia á Jos habitantes del Nue­
vo Continente? ¿ Y habrá algún español
que desconozca las ventajas de haberse
extendido por casi todo él la raza e s ­
pañola? .Por los defectos d é la coloni­
zación, por las ideas de la revolución del
- 86 -

siglo pasado, y por haber llegado los pue­


blos americanos á la mayor edad, co­
menzaron á emanciparse de la tutela es­
pañola y han ido constituyéndose en es­
tados soberanos é independientes de la
madre patria; pero allí está la raza espa­
ñola con sus costumbres, con sus vicios
y sus virtudes; allí está, como eí rescoldo
entre la ceniza, oculto en el pecho de c a­
si todos los que habitan en el suelo rega­
do con sangre española y sembrado con
huesos españoles, el amor á España, que
sobre ios odios y resquemores momentá­
neos, se ha manifestado y seguirá mani­
festándose para honrar y servir á la m a­
dre común; y allí está el habla española
que, por ser lo más espiritual, lo más n e­
cesario para la comunicación de las ideas
y el comercio de todas las cosas, es el
vinculo de unión más fuerte v duradero
entre los hombres
¡Loor á los héroes españoles que reali­
zaron tan grandiosa empresa! ¡Loor á
los heroes extremeños, á quienes cupo la
gloria de dirigirla y ser su principal sos­
tén! ¡Loor á Francisco Pizarro, el segun­
do, sino el primero, entre tales héroes!

FIN