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La guerra fría Franklin D.

Roosevelt y la Gran Alianza, 1933-1945 59

ca de apaciguamiento que ingleses y franceses seguían con los agresores, ellos Leahy se oponía a toda medida norteamericana que pudiera mejorar el pres-
mismos estaban aún más decididos a permanecer al margen del conflicto. Con tigio internacional o el poderío militar de la Unión Soviética. Temeroso de
este fin, en 1935 el Congreso aprobó la primera de una serie de leyes de neu- una reacción hostil del Congreso y de los ciudadanos si la solicitud soviética
tralidad. La versión de 1937 impuso un embargo al envío de armas, municiones llegaba a conocimiento de los medios de información, Roosevelt abandonó
y material bélico en el caso de guerras exteriores o guerras civiles, reconocidas momentáneamente el intento de colaborar con los soviéticos.
como tales por el presidente. Además, la ley prohibía conceder empréstitos a Durante 1937, sin embargo, Roosevelt intensificó sus esfuerzos por mos-
los beligerantes y que los norteamericanos viajasen en los barcos de las nacio- trar al pueblo norteamericano la creciente amenaza del Eje. El 5 de octubre,
nes en guerra. casi tres meses después de que Japón empezase una guerra no declarada con-
tra China, el presidente pronunció un discurso en Chicago en el cual dijo que
tal vez sería necesario que las «naciones amantes de la paz pusieran en cua-
EL E S F U E R Z O DE ROOSEVELT POR COLABORAR CON rentena» a los estados agresores. A pesar de la reacción favorable de la prensa
LOS S O V I É T I C O S , 1937-1938 a dicho discurso, la extrema sensibilidad del presidente al sentimiento aisla-
cionista de la nación, así como del departamento de Estado, le impidió iniciar
Roosevelt estaba atado de pies y manos por los sentimientos aislacionistas del una política decidida en relación con las potencias del Eje. El gobierno sovié-
Congreso y la nación, por la actitud antisoviética del departamento de Esta- tico, que había permitido que Pravda publicase en su totalidad el discurso de
do y por los intentos anglofranceses de apaciguar a Hitler y Mussolini; seguía Roosevelt en Chicago, se llevó una decepción al ver que dicho discurso no iba
estando decidido a colaborar con los soviéticos. Con tal propósito, poco des- seguido de medidas efectivas.
pués de su reelección en noviembre de 1936, Roosevelt sustituyó a William Es cierto que Roosevelt presionó en privado al departamento de Estado
Bullitt (cuya presencia ya no era grata en Moscú debido a las discusiones con para que examinase la posibilidad de que los norteamericanos colaborasen con
los soviéticos por el asunto de la deuda) por Joseph E. Davies, rico abogado los ingleses, los franceses e incluso los soviéticos para frenar a Japón. Pero el
sin ninguna experiencia diplomática. Si bien en muchos sentidos Davies era secretario de Estado, Hull, y sus asesores recelaban de las motivaciones sovié-
ingenuo desde el punto de vista diplomático, en particular en su valoración de ticas en Extremo Oriente; creían que Moscú trataba de enredar a Estados
la naturaleza del régimen soviético, creía, al igual que Roosevelt, que las bue- Unidos en una guerra con Japón y, teniendo en cuenta las purgas que llevara
nas relaciones con la Unión Soviética reportarían beneficios para Estados a cabo Stalin, les parecía dudoso que el ejército rojo pudiera ser eficaz en un
Unidos en el futuro. Roosevelt, que compartía esta creencia, no sólo se mos- conflicto con los japoneses. Ante esta oposición, el presidente volvió a echar-
tró receptivo a la valoración optimista que hizo Davies de las condiciones que se atrás. No se opuso al vano intento del departamento de Estado de bloquear
existían en la Unión Soviética, sino que, además, tomó medidas para que la la participación soviética en la Conferencia de las Nueve Potencias que se ce-
política soviética del gobierno tuviera en cuenta dicha valoración. En la pri- lebró en Bruselas para hablar de Extremo Oriente, ni puso objeciones cuan-
mavera de 1937 se suprimió la sección del departamento de Estado encarga- do los representantes de Estados Unidos en la misma rechazaron las pregun-
da de los asuntos de la Europa del Este, que era un semillero de opiniones an- tas de Litvinov sobre la posibilidad de una acción sovieticonorteamericana
tisoviéticas, y su jefe, el rusófobo Robert Kelley, fue trasladado a la embajada contra Japón.
de Estados Unidos en Turquía. Al parecer, las preguntas de los soviéticos no eran ociosas. Contaban con
No obstante, Roosevelt seguía sin poder vencer la oposición del gobierno gran poderío militar en Extremo Oriente y habían demostrado su disposición
estadounidense a la idea de mejorar las relaciones sovieticonorteamericanas. a utilizarlo. El ejército rojo reaccionó enérgicamente cuando el ejército japo-
La fuerza de dicha oposición quedó demostrada cuando en noviembre de nés atacó a las fuerzas soviéticas a orillas del río Amur en 1937. También se
1936 Roosevelt no pudo satisfacer la petición de Stalin de que se autorizase a enfrentarían con energía al ejército japonés en el lago Khasan en 1938 y en
compañías estadounidenses a construir un acorazado para la armada soviéti- Khlakin-Gol en 1939. Estos incidentes no fueron meras escaramuzas entre
ca. El presidente era favorable al proyecto, puesto que le parecía una forma guardias fronterizos, sino batallas a gran escala en las que participaron divi-
poco arriesgada de demostrar la solidaridad de Estados Unidos con el esfuer- siones enteras, tanques, artillería y aviones. En realidad, los soviéticos habían
zo soviético por oponerse a la agresión del Eje. Pero el proyecto murió al ser puesto en evidencia a los japoneses y demostrado lo que se podía hacer para
bloqueado por los elementos antisoviéticos de la marina de Estados Unidos, frenar la agresión... si había voluntad de hacerlo.
capitaneados por el almirante William Leahy, jefe de operaciones navales. Después de un ataque no provocado de la aviación japonesa contra una ca-