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Byung-Chul Han. ¡Qué lejos nos queda la salvación!

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Javier Benítez 26 de agosto de 2018

Lo pulido, pulcro, liso e impecable es la seña de identidad de la época actual. Es en lo que


coinciden las esculturas de Jeff Koons, los iPhone y la depilación brasileña. ¿Por qué lo pulido
nos resulta hoy hermoso? Más allá de su efecto estético, refleja un imperativo social general:
encarna la actual sociedad positiva. Lo pulido e impecable no daña. Tampoco ofrece ninguna
resistencia. Sonsaca los “me gusta”. El objeto pulido anula lo que tiene de algo puesto
enfrente. Toda negatividad resulta eliminada.

El análisis y crítica de la llamada Sociedad Positiva sigue sin verse disminuida un ápice
en el breve opúsculo de Byung-Chul Han titulado La salvación de lo bello. Al poco de
comenzar la lectura puede notarse el claro parentesco con La agonía del Eros (2014).
Cuando acabamos, la idea es clara: Han ya está dándole una segunda vuelta a su filosofía.
Introduce la cuestión de lo pulido y la adicción al selfie. Justo al comienzo, para
enganchar a los lectores más avezados con nuevos materiales. Lo que viene después son
variaciones de temas conocidos. La mención al Eros, por ejemplo, el problema del
narcisismo, la crítica a la pornografía del dataísmo o la importancia que otorga a la demora
y al recuerdo no son nuevos. Son raíces que ya habíamos visto en otras de sus obras pero
ahora remezcladas conveniente y convincentemente. Han ha “pulido” su estilo, que usa
con eficacia quirúrgica.

La adicción al selfie remite al vacio interior del yo. Hoy, el yo es muy pobre en cuanto a
formas de expresión estables con las que pudiera identificarse y que le otorgaran una identidad
firme. Hoy nada tiene consistencia. Esta inconsistencia repercute también en el yo,
desestabilizándolo y volviéndolo inseguro. Precisamente esta inseguridad, este miedo por sí
mismo, conduce a la adicción al selfie.

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Han critica con afiladas maneras la superficialidad de la comunicación basada en las
redes sociales. Pero deja caer grandes y pesados conceptos filosóficos con pasmosa
brevedad. Discusiones que han llevado siglos las despacha en un par de aforismos de
esos que parecen pinchazos. Critica con dureza la levedad de tantas y tantas cosas pero,
sin embargo, su pensamiento no pasa de lo esquemático en todos los pequeños libros. En
este sentido, Han tiene mucho de posmoderno provocador, que con su estilo trata de
socavar lo serio y supuestamente importante de todo aquello serio e importante que la
tradición defendió siempre como importante y serio.

Lo bello es un escondrijo. A la belleza le resulta esencial el ocultamiento. La transparencia se


lleva mal con la belleza. La belleza transparente es un oxímoron. La belleza es necesariamente
una apariencia. De ella es propia una opacidad. Opaco significa “sombreado”. El
desvelamiento la desencanta y la destruye. Así es como lo bello, obedeciendo a su esencia, es
indesvelable.

¿Qué hace Byung-Chul Han en sus libros? Analizar de modo breve y conciso,
comprimido incluso, los fenómenos diversos que pueblan nuestra sociedad contemporánea
mostrando los males que nos aquejan. La salvación de lo bello se ajusta de modo
coherente a la lógica interna de lo que llamo la Saga de la Sociedad Positiva. La
actuación de la trasparencia –la positividad– que habíamos visto en la comunicación
por las redes sociales y las nuevas tecnologías, también en la psicopolítica, continúa en el
arte y en lo estético: lo bello pulido y satinado. La positividad –la trasparencia– también
ataca a la experiencia estética actual. La positividad no deja nada indemne y sin atacar.

Hoy, todas las imágenes son más o menos pornográficas. Son transparentes. No muestran
vacíos en el campo de visión. No tienen ningún escondrijo.

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Hay un meme que recorre las redes
sociales que dice así: “¿Os acordáis
cuando se creía (antes de internet) que la
causa de la estupidez colectiva era la falta
de información?… Pues no era eso”. Este
meme, mal que le pese al Han más fóbico
de las redes sociales, explica mucho de
sus argumentos. Lo negativo (esa
ausencia) era el problema de la
Humanidad. Al eliminar la negatividad (la
ausencia, de nuevo) y convertirlo en
positividad (la trasparencia) los problemas
de la Humanidad ya estarían resueltos.
Pues no, nada más lejos de la realidad. No
sólo no solucionamos el problema de la
negatividad sino que la transparencia (el
rendimiento, el panóptico, lo pulido, el
dataísmo, etc.) ha inoculado una plétora de
nuevos problemas que nos avocan a un
futuro más incierto todavía. Cuando
vivíamos en el tiempo del exceso de
negatividad percibíamos la violencia por
doquier, en casi cualquier fenómeno. Eran
percibidos con inmediatez al llegarnos desde el afuera de nuestra conciencia. Ahora, que
vivimos en un exceso de positividad, no somos capaces de percibir la violencia que nos
atenaza igualmente. Esto ocurre porque la violencia se ha instaurado en la conciencia, la
hemos interiorizado, la hemos convertido en la esencia del sistema. Ahora es inmanente y
pasa desapercibida aunque la tengamos delante, como el puente de las gafas sobre
nuestra nariz.

En los tiempos de la interconexión, de la globalización y de la comunicación, un carácter


firme no es más que un obstáculo y un inconveniente. El orden digital celebra un nuevo ideal.
Se llama el hombre sin carácter.

En el paradigma de la estética de lo pulido nos encontramos: anestesia general (formas y


temas que nos provocan una sensación de perfección y plenitud), la pornografía del dato
(somos ya una compleja transacción de datos manejados mediante algoritmos),
vaciamiento del yo (adicción al selfie), la conexión instantánea, la sobrecarga de
estímulos y la atención sobresaturada (comunicación acelerada que evita la demora y la
latencia), la pérdida de carácter, de la constancia, la firmeza, etc. (el consumo, el sharing,
etc.).

De acuerdo con esto, la tarea del arte consiste en la salvación de lo otro. La salvación de lo
bello es la salvación de lo distinto. […] Siendo lo enteramente distinto, lo bello cancela el
poder del tiempo. Precisamente hoy, la crisis de la belleza consiste en que lo bello se reduce a
su estar presente, a su valor de use o de consumo. El consumo destruye lo otro. Lo bello
artístico es una resistencia contra el consumo.
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Es posible el rescate de esta aséptica estética de la complacencia y del escaparate, de
ese mundo en el que un escondite se convierte en lugar maldito. La primera posibilidad
que apunta Han es poner en valor lo sublime (Adorno mediante), lo que no suscita placer
de manera inmediata sino que, incluso, nos procura sobrecogimiento y dolor. El mundo
actual se muestra profundamente intolerante frente a la negatividad. La otra posibilidad
que apunta Han, que es una prolongación de la primera, es la de introducir elementos
negativos, opacos, en esta orgía pornográfica de la positividad y la transparencia. Lo
inesperado, lo oculto o lo escondido. Lo secreto, lo sugerido o lo encubierto. Las
imperfecciones, las tardanzas y lo metafórico.

Lo bello no es un brillo momentáneo, sino seguir alumbrando en silencio. Su preferencia


consiste en este reservarse. Los estímulos y los logros inmediatos obturan el acceso a lo bello.
Su oculta belleza, su esencia aromática, las cosas solo la desvelan posteriormente y a través de
rodeos. Largo y despacioso es el paso de lo bello. A la belleza no se la encuentra en un
contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento.

Para terminar, hay que plantearse una duda. Realmente es la misma duda que surge al
final de cada uno de estas pequeñas obras. ¿Son las nuevas formas de comunicación
fenómenos de alienación? ¿Todos? ¿No hay nada bueno que merezca la pena salvar del
orden digital? ¿Todo es un panóptico?

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