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Precariedad urbana y lazos sociales

Una mirada comparativa entre México e Italia

Biblioteca de Alteridades 32

Biblioteca de Alteridades 32 Rector General Salvador Vega y León Secretario General Norberto Manjarrez Álvarez

Rector General Salvador Vega y León

Secretario General Norberto Manjarrez Álvarez

Coordinador General de Difusión Walterio Francisco Beller Taboada

Director de Publicaciones

y Promoción Editorial Bernardo Ruiz López

Subdirectora Editorial Laura González Durán

Subdirector de Distribución

y Promoción Editorial

Marco A. Moctezuma Zamarrón

UNIDAD IZTAPALAPA

Rector J. Octavio Nateras Domínguez

Secretario Miguel Ángel Gómez Fonseca

Secretaria Académica de la División de Ciencias

Sociales y Humanidades Alma Patricia Aduna Mondragón

Jefe del Departamento de Antropología Pablo Castro Domingo

Responsable editorial Norma Jaramillo

Precariedad urbana y lazos sociales

Una mirada comparativa entre México e Italia

Angela Giglia Adelina Miranda

(coordinadoras)

e Italia Angela Giglia Adelina Miranda (coordinadoras) Unidad Iztapalapa Universidad Autónoma Metropolitana Unidad

Unidad Iztapalapa

Giglia Adelina Miranda (coordinadoras) Unidad Iztapalapa Universidad Autónoma Metropolitana Unidad

Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa/División de Ciencias Sociales y Humanidades

Departamento de Antropología

Juan Pablos Editor

México, 2014

Precariedad urbana y lazos sociales : una mirada comparativa entre México e Italia / Angela Giglia y Adelina Miranda, coordinadoras. -- México : Univer- sidad Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa : Juan Pablos Editor, 2014. 1a edición 351 p. : ilustraciones ; 14 x 21 cm. ISBN: 000-000-000-000-0 uam ISBN: 000-000-000-000-0 Juan Pablos Editor

T. 2. Pobreza urbana - Italia HV4051.A5 P74

T. 1. Pobreza urbana - México

Primera edición, 2014 Precariedad urbana y lazos sociales. Una mirada comparativa entre México e Italia

Fotos de portada: Angela Giglia, Trabajadores en la manifestación del primero de mayo 2014, México. Salvatore Battaglia, Vendedores ambulantes en la Galería Humberto, Nápoles.

Diseño de portada:

D.R. © 2014, Universidad Autónoma Metropolitana Prolongación Canal de Miramontes 3855 Ex Hacienda San Juan de Dios Delegación Tlalpan, 14387, México, D.F. Unidad Iztapalapa / División de Ciencias Sociales y Humanidades / Departamento de Antropología Tel. (55) 5804 4763, (55) 5804 4764 y fax (55) 5804 4767 <antro@xanum.uam.mx>

D.R. © 2014, Juan Pablos Editor, S.A. 2a. Cerrada de Belisario Domínguez 19, Col. del Carmen, Del. Coyoacán, México 04100, D.F. <juanpabloseditor@gmail.com>

ISBN: 000-000-00-0000-0 uam ISBN: 000-000-000-000-0 Juan Pablos Editor

Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada

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por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico,

por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo y por escrito de los editores.

Esta investigación, arbitrada por pares académicos, se privilegia con el aval de la institución coeditora.

Impreso en México/Printed in Mexico

Juan Pablos Editor es miembro de la Alianza de Editoriales Mexicanas Independientes (aemi) Distribución: TintaRoja <www.tintaroja.com.mx>

ÍNDICE

Introducción. Una aproximación comparativa sobre la precariedad urbana Angela Giglia y Adelina Miranda

9

Primera parte Estudios de caso en México

Tejiendo relaciones sociales con la deuda Lucía Bazán

23

Identidad femenina y organización comunitaria:

los grupos de ahorro en el poniente del Distrito Federal, México María Ana Portal

51

Los comedores comunitarios: una alternativa en la lucha contra la pobreza en la ciudad de México Cristina Sánchez-Mejorada Fernández

81

Trabajo precario y redes de solidaridad. El caso de los gasolineros en la ciudad de México Angela Giglia

109

Mujeres comerciantes ambulantes entre trabajo doméstico y extradoméstico Rocío Valeriano

137

[7]

Precariedad laboral y construcción de redes sociales en una agrupación de comerciantes ambulantes en la ciudad de México Norma Angélica Jaramillo Puebla

163

Segunda parte Estudios de caso en Italia

Entre trabajo pulverizado y necesidad de ingresos:

la condición de los jóvenes en Nápoles Giustina Orientale Caputo y Enrico Rebeggiani

Las trampas de los trabajos flexibles Mirella Giannini

Las trayectorias intermitentes de los nuevos profesionales Antonietta De Feo y Dario Minervini

Los empresarios chinos en la realidad económica napolitana Adelina Miranda

Solidaridades externas a la fábrica en el posfordismo. Los obreros de la fiat-sata (Melfi, Campania) Fulvia D’Aloisio

El Movimiento de los Desempleados Organizados de Nápoles Stefano Boffo y Enrica Morlicchio

193

217

245

279

307

335

Introducción

Una aproximación comparativa sobre la precariedad urbana

Angela Giglia y Adelina Miranda

Este libro nace de los trabajos presentados en dos mesas sobre Labour Precariousness, Social Ties and Collective Action in the Urban Glo­ bal Economy: A Comparative Perspective on Italy and Mexico. Las dos mesas fueron organizadas por las coordinadoras de este libro para participar en la Conferencia Internacional convocada por las comi­ siones de Antropología Urbana y Antropología de la Empresa de la International Union of Anthropological and Ethnological Sciences (iuaes). 1 El debate que surgió en esa ocasión confirmó el interés por las problemáticas de la precariedad del trabajo examinadas desde una perspectiva comparativa internacional e interdisciplinaria. De allí la decisión de retrabajar los textos para publicarlos y dar a conocer la diversidad y la complejidad de las reflexiones que se llevan a cabo tanto en México como en Italia sobre la precariedad laboral en el contexto urbano y los ámbitos sociales de resistencia y de solidaridad que se producen para contrarrestarla o para permitir la supervivencia

1 La conferencia se tituló “Issues of Legitimacy: Entrepreneurial Culture, Corpo­ rate Responsibility and Urban Development” y tuvo lugar en Nápoles, Italia, del 10 al 14 de septiembre de 2012. La iniciativa de la organización de las dos mesas de trabajo y la sucesiva elaboración de este volumen forman parte del proyecto de investigación Habitar la ciudad informal: condiciones de precariedad y prácticas urbanas en los espacios de la vivienda y el trabajo, y su articulación, coordinado por Angela Giglia en el Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana­Iz­ tapalapa. Las mesas de trabajo y la edición del libro estuvieron a cargo de Angela Gi­ glia por el lado mexicano, y de Adelina Miranda por el lado italiano. La participación de los investigadores italianos en la conferencia antes mencionada fue posible gra­ cias al apoyo del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Nápoles Federico II.

[9]

de los trabajadores sometidos a las lógicas globales de la flexibiliza­ ción y la desvalorización del trabajo. En las dos mesas, sobre México e Italia, se debatieron distintos es­ tudios de casos inspirados en un enfoque comparativo, con el propó­ sito de examinar, en ambos países, la emergencia y la consolidación de ciertas figuras de la economía urbana (situadas entre el ámbito in­ formal y el formal, entre lo privado y lo público) que han adquirido especial visibilidad en los últimos años por efecto de la flexibilización del mercado del trabajo y la precarización de las relaciones laborales. Los textos incluidos en este libro son en su mayoría, como ya se dijo, una reelaboración de las ponencias presentadas en la conferencia de Nápoles, pero también se integraron algunos trabajos que se consi­ deró pertinente sumar al proyecto en un momento posterior. Todos los textos describen y discuten las nuevas formas de preca­ riedad laboral, partiendo de la hipótesis de que ésta no implica ne­ cesariamente una condición de incapacidad para establecer vínculos laborales de diverso tipo, desde los lazos familiares dentro del ambien­ te de trabajo hasta los modos de asociación y organización dedicados explícitamente a la defensa del trabajo y de la dignidad del trabaja­ dor. De hecho, la mayoría de los estudios presentados se enfocan en las redes de relaciones y los procesos de asociación que ayudan a los trabajadores a resistir la precariedad y la inestabilidad laboral, gene­ rando novedosas formas de solidaridad, identidad y organización. Así, en esta obra se encontrará una exploración mediante estudios de caso de una amplia variedad de situaciones laborales precarias y una reflexión desde diferentes ángulos en torno a la emergencia de vínculos sociales y organizacionales que surgen a partir de la precarie­ dad y de la pobreza de recursos. El objetivo común es comprender el significado y las implicaciones de estas formas solidarias en las viven­ cias y en las representaciones de sus protagonistas. El enfoque com­ parativo tiene la ventaja de poner en perspectiva las características que asume la problemática analizada en cada país a la luz de lo que sucede en otros. Cabe señalar que los recientes procesos de flexibilización y preca­ rización del trabajo tienen sus raíces en el siglo pasado. Como sostuvo André Gorz desde los años ochenta, mirando sobre todo a los países

avanzados de Europa, en particular Francia y Alemania, el trabajo asa­ lariado se ha vuelto cada vez menos común en el panorama económi­ co mundial. En Adiós al proletariado, Gorz afirmaba que el trabajo asalariado se hallaba en vías de franca desaparición y que sería susti­ tuido por formas de empleo temporal e inestable. De acuerdo con él, “lo que está en vías de desaparición es el trabajo asalariado a nivel de tiempo completo y garantía de larga duración […] No digo del trabajo en sentido filosófico, en el sentido de transformación del medio am­ biente, de realización de uno mismo, de producción de cosas con la mano y la cabeza. Eso existirá siempre” (Zlotowski y Keane, 1999). Para este autor, el trabajo asalariado dejaba de ser, a finales del siglo pa­ sado, la “base principal para construir la propia vida, una identidad social, un futuro personal” (Zlotowski y Keane, 1999). Asimismo, Gorz dibuja las nuevas condiciones que definen el lugar del trabajo en la sociedad contemporánea, un lugar cada vez más marginal para la definición del lugar social ocupado por el sujeto. En estas nuevas condiciones, los individuos de la sociedad posfordista se encuentran “abandonados a sí mismos y tienen que buscar y desarrollar por sí mis­ mos formas que no se les dan de antemano. El trabajo pagado es, en el mejor de los casos, una dimensión entre otras de esa búsqueda; rara vez la más importante” (Zlotowski y Keane, 1999). Hoy en día, la pérdida de centralidad y la desvalorización del tra­ bajo se manifiestan de manera especial en la tendencia creciente al trabajo sin remuneración, disfrazado como “voluntario” (es el caso de los ancianos que se emplean como empacadores en los supermer­ cados de la ciudad de México) o como aprendizaje para adquirir expe­ riencia, mejorar el currículum y conseguir un empleo mejor (por ejemplo, ciertos profesionales que se desempeñan como consultores para los consejos locales en Italia). Lo mismo ocurre con los despacha­ dores de gasolina mexicanos, quienes prestan sus servicios para con­ seguir las propinas de los clientes, lo cual evidencia los niveles de explotación y de desvalorización del trabajo, propios de la fase ac­ tual de la economía mundial. El análisis de Gorz se refiere a países como Francia, que han co­ nocido un desarrollo completo del modelo del capitalismo fordista y del Estado de bienestar que lo acompañaba, entendido como el con­

junto de prestaciones y derechos sociales garantizados de manera ho­ mogénea para toda la población. No es ésta la situación de Méxi­ co, donde sólo algunas delimitadas franjas de trabajadores han gozado de las garantías previstas por el Estado de bienestar. En lo concer­

niente al caso italiano, cabe mencionar la existencia de amplios secto­ res de trabajadores no incluidos en el welfare, especialmente en el sur

y en el área a la cual pertenecen los casos examinados en este material.

Es oportuno tener en cuenta algunas diferencias importantes entre el entorno mexicano y el italiano. En México, la cercanía con Estados Unidos, las condiciones de pobreza en el campo y la implementación agresiva de las políticas neoliberales desde los años ochenta han intro­ ducido la flexibilización y la inseguridad laboral en muchos ámbitos de la vida urbana desde hace más de dos décadas. Mientras que, en el caso de Italia, la crisis reciente se inscribe en un contexto histórico de mayores garantías para los trabajadores y en un tejido social en el cual la penuria ha vuelto a estar presente desde hace sólo algunos años, a menudo —pero no únicamente— asociada a una pertenencia étnica minoritaria. Estas diferencias hacen que el tema de la precariedad se encuentre en los dos conjuntos de ensayos con un énfasis distinto. En los casos

relativos a Italia, la precariedad y la flexibilidad laboral ocupan un pa­ pel esencial en la reflexión, como fenómenos emergentes que deben comprenderse desde la perspectiva de los trabajadores. Estos últimos son en general trabajadores calificados que, en otras circunstancias y en otra fase del ciclo económico, hubieran podido aspirar a remune­ raciones y a posiciones de clase media, si no es que media alta. Pero en la fase actual luchan por subsistir en un escenario en el que perci­ ben que nunca llegará la estabilidad laboral que caracterizó a la gene­ ración anterior. Estos textos ponen de relieve las múltiples facetas de la precariedad (incertidumbre, inseguridad, irregularidad, fragmenta­ riedad, discontinuidad, flexibilidad), demostrando cómo ésta consti­ tuye una condición estructural de la economía y del horizonte social

y cultural de los sujetos. El carácter multidimensional de este fenó­

meno invita a pensarlo no como algo marginal sino como un proce­ so vinculado a la producción del orden económico y a los procesos de reconocimiento social (Bauman, 2004).

Esto es lo que emerge con claridad en la lectura de los casos mexi­ canos, en los que la precariedad se articula a una condición de escasez y de pobreza creciente que los sujetos parecen asumir como un hecho “natural” del panorama social. En este contexto, el énfasis se dirige predominantemente a desvelar y comprender las estrategias de super­ vivencia que distintos trabajadores ponen en operación para salir ade­ lante en circunstancias caracterizadas por una desprotección y un desamparo más graves. Sin embargo, estos trabajadores están inmer­ sos en redes de apoyo que gozan de una mayor consolidación, a partir de las cuales recaban una parte significativa de su sustento cotidiano. Si para los trabajadores mexicanos el horizonte de supervivencia es el del día con día, para los italianos parece existir aún un horizonte un poco más largo, donde se lucha para llegar al final del mes. En cuan­ to a las redes de supervivencia en los ámbitos laboral y extralaboral, en los casos mexicanos éstas se muestran más consolidadas, mientras que en los italianos se encuentran en vías de formación. El volumen se abre con el trabajo de Lucía Bazán, quien explora las redes de relaciones que se estructuran en torno a la deuda sistemá­ tica de los compradores respecto a las llamadas tienditas de barrio. Bazán evidencia la variedad y complejidad de significados y funcio­ nes asociadas con la deuda para la supervivencia diaria y la amplitud de las redes que se desarrollan a partir de la deuda. El caso estudiado por María Ana Portal se refiere a otra forma de circulación del dinero encaminada esta vez a mejorar las condicio­ nes de vida de mujeres de muy bajos recursos que viven en un pue­ blo conurbado de la ciudad de México en la delegación Cuajimalpa, en el poniente de la metrópoli. Este texto muestra las modalidades de participación en los grupos de ahorro como una manera de estable­ cer y consolidar relaciones sociales, además de convertirse en un espacio social de redefinición del papel de la mujer respecto a la so­ ciedad y a sus comunidades. Cristina Sánchez­Mejorada Fernández aborda una experiencia de solidaridad para la subsistencia promovida por el Gobierno del Distri­ to Federal a través de los denominados comedores comunitarios, como una forma de promover el trabajo de las mujeres y al mismo tiempo resolver las necesidades básicas de la población urbana en condiciones

de pobreza, la cual encuentra en ellos no sólo un lugar donde ir a co­ mer, sino un espacio para relacionarse con otras personas. El texto de Rocío Valeriano analiza la construcción identitaria de las mujeres comerciantes ambulantes en Nezahualcóyotl, uno de los municipios conurbados más grandes e importantes del área metropo­ litana de la ciudad de México. La autora expone cómo el trabajo en la calle es para estas mujeres un modo de salir de la reclusión doméstica

y de ampliar sus relaciones en el ámbito vecinal y laboral. Ser comer­

ciantes significa no sólo tener una forma, aunque precaria, de sobrevi­ vir, sino una manera para tener derecho a estar en el espacio público, lugar desde donde es posible insertarse en diversas redes de relaciones solidarias. El trabajo de Norma Angélica Jaramillo Puebla discute el caso de una agrupación de vendedores ambulantes en el centro histórico de la ciudad de México y su lucha por mantenerse en un espacio suma­ mente competido por variados actores, además de estar sometidos

a intensos procesos de revalorización urbana que los convierten en

una presencia especialmente indeseable. En esta coyuntura desfavora­ ble, la agrupación gremial sirve para reclamar el derecho a la subsis­ tencia mediante un trabajo considerado “tradicional” y el derecho a la ocupación del espacio contra distintos tipos de abusos e interven­ ciones violentas por parte de la autoridad capitalina y de otros vende­ dores. Finalmente, Angela Giglia examina la condición de dominación

y las formas de resistencia en un grupo de trabajadores sin salario en la ciudad de México: los despachadores de gasolina, comúnmente conocidos como gasolineros. Pese a estar sometidos a las reglas de

un empleo formal, la mayoría de ellos no recibe un salario sino sólo las propinas que los clientes les dan por su servicio. La autora explora la conciencia de la dominación en el trabajo y las formas de resisten­ cia vinculadas a redes de complicidad y solidaridad entre los traba­ jadores. Para iniciar los casos italianos —traducidos por Giovanna Gas­ parello—, Giustina Orientale Caputo y Enrico Rebeggiani se abocan

a la búsqueda de las transformaciones estructurales que vuelven insu­

ficientes los modelos de interpretación de los años setenta. El caso

de la ciudad de Nápoles es ejemplar, así como la pregunta que propo­ nen los autores: Nápoles, lejos de dónde. En efecto, resulta claro que esta ciudad es “uno de los más provechosos lugares de estudio para comprender las formas actuales de explotación del neocapitalismo italiano”. Los cambios en el mercado de trabajo introducidos desde la mitad de los años noventa han consolidado el carácter dual de la es­ tructura económica y del mercado de trabajo italiano, golpeando en particular a los jóvenes. La historia del trabajo en Nápoles muestra de qué manera la compleja articulación de las garantías asociadas a la esfera laboral y las concatenaciones entre economía formal e infor­ mal, informal y criminal (Peraldi, 2011), vuelven insuficientes las dico­ tomías entre formal e informal, garantías y falta de ellas, para analizar las realidades socioeconómicas actuales. El texto de Mirella Giannini enfatiza el carácter procesal de la pre­ cariedad, es decir, la precarización, e incorpora las constantes adap­

taciones que los sujetos operan frente a la multiplicación de los espacios de precariedad laboral. Ésta se convierte en producto y productora de formas de identificación y de interiorización del discurso dominante. En las situaciones de precariedad el valor del trabajo, las relaciones laborales, la condición jurídica y la organización del trabajo generan una falta de reconocimiento material y simbólico que pone de relieve no sólo la dimensión relacional entre la esfera económica y las otras esferas de la experiencia, sino las conexiones entre individuo, sociedad

y órdenes institucionales (Castel, 1995). Antonietta De Feo y Dario Minervini analizan dos profesiones cali­ ficadas: los comunicadores de empresa y los desarrolladores del sec­ tor de la energía eólica, confirmando cómo, mediante los procesos de socialización, la intermitencia laboral es incorporada en la expe­ riencia cotidiana, generando una suerte de “complicidad ontológica”

entre las disposiciones subjetivas y el mundo social, entre el habitus

y el campo. De hecho, la precarización produce y reproduce nue­

vas formas de dominación. Los autores invitan a considerar los efec­ tos de ésta en la vida familiar, en la experiencia cotidiana, en la visión de sí mismo, en las formas de sociabilidad, sin olvidar las condiciones estructurales que la originan (Paugam, 2007). La mercantilización de la fuerza de trabajo y la reducción de las garantías generan una cre­

ciente precarización de las formas de trabajo en las cuales los sujetos

institucionales ocupan un lugar central (Orientale Caputo y Rebeggiani). Fulvia D’Aloisio revisa el caso de los obreros del sector automo­ triz de la empresa fiat en la ciudad de Melfi (sur de Italia) y confir­ ma cómo las lógicas neoliberales, lejos de ser la pura emanación de las leyes del mercado, no excluyen la intervención del Estado. En el caso estudiado, el Estado italiano ha llevado a cabo intervenciones im­ portantes, las cuales, aunque realizadas en nombre del interés gene­ ral, han favorecido, en los hechos, los intereses de unos cuantos. Sobre este punto, la transformación del desempleado napolitano resulta emblemática. El Movimiento de Desempleados Organiza­ dos ha sido un fenómeno de vanguardia en términos políticos (Pig­ noni, 2005). Stefano Boffo y Enrica Morlicchio recorren sus avatares

y evoluciones. En el transcurso de los años setenta, el movimiento se

compuso de sujetos que procedían sobre todo del proletariado y sub­ proletariado urbanos. Sus reivindicaciones se centraban en “el traba­ jo para todos”. Durante los años ochenta se asistió a un cambio con la creación de las cooperativas en convenio con el gobierno municipal

y provincial para realizar los llamados trabajos socialmente útiles, pa­

gados con fondos estatales. Estas modificaciones progresivamente vacían de contenido el mensaje originario del movimiento que cues­ tionaba el valor del trabajo pero también el aspecto moral vinculado al reconocimiento social derivado del trabajo (Honneth, 2005). Estos procesos evidencian cómo la salida de las trampas de la precariedad que analizan los autores se combina con políticas y lógicas que van más allá de las realidades locales. Las variaciones de la experiencia vi­ vida se insertan en fenómenos internacionalizados y deslocalizados que crean campos económicos cada vez más policéntricos y basa­ dos en jerarquías y formas inéditas de legitimidad e ilegitimidad (Fal­ quet, Hirata y Lautier, 2006; Roulleau­Berger, 2009). El ejemplo de los chinos en el campo migratorio napolitano sirve para demostrar lo anterior. Adelina Miranda destaca que los chinos circulan en el interior de los circuitos transnacionales y que su “fuer­ za económica” deriva de su capacidad para servirse de la dispersión en el espacio de los connacionales y familiares. Pero, al mismo tiem­ po, los chinos se han acomodado al sistema económico napolitano

colocando los circuitos económicos locales dentro de los circuitos glo­ balizados. En Nápoles se concentran los viejos y los nuevos circuitos económicos, las viejas y las nuevas precariedades que resultan de las paradojas de la economía neoliberal articulada a estratificaciones que se sostienen sobre lógicas y órdenes morales distintos. Como anota Harvey (2001), los fenómenos económicos globales se encuentran anclados en el espacio y en el tiempo, en las transformaciones polí­ tico­económicas locales y en la evolución de los significados cultura­

les. Para sobrevivir, el capitalismo necesita producir espacios desiguales

y estas variaciones atestiguan la existencia de diferentes capitalis­ mos colocados en estrategias y vínculos localizados.

Las distintas escalas del análisis nos remiten a la importancia de las redes, sobre las cuales los autores proponen algunas cuestiones esen­ ciales. Giannini examina cómo las discontinuidades laborales se inte­ gran en las solidaridades de la pareja o en las intergeneracionales. Para los jóvenes objeto del estudio, la formación de una pareja puede ser una estrategia de “integración de la discontinuidad de recursos”.

A la vez, las transformaciones del mercado del trabajo provocan una

reestructuración de la vida cotidiana que lleva a la reestructuración de las relaciones de género: las parejas jóvenes parecen hacer referen­ cia a una mayor cooperación y solidaridad entre los sexos. Estos cam­ bios se insertan en un contexto más amplio. Como en el caso de Melfi que revisa D’Aloisio, los intercambios entre los padres y los hijos, y sobre todo las hijas, completan un cuadro en el cual la solidaridad parece ocupar un papel fundamental. La precariedad parece enton­ ces reforzar los lazos de vecindad y sobre todo los familiares. Como si, frente a una flexibilidad laboral cada vez mayor que se configura como un límite infranqueable, los sujetos encontraran en las redes un horizonte de sostenimiento. Estos análisis tienen el mérito de evidenciar en qué medida la esfera del trabajo y la afectiva y reproductiva están estrechamente in­ terconectadas y cómo sus combinaciones se ubican a lo largo de los intercambios intergeneracionales. La flexibilidad en el trabajo rede­ fine sin duda la vida cotidiana de todos los sujetos involucrados en estas redes. No obstante, ¿la transformación en la esfera de los valores cotidianos es estructural o es una suerte de suspensión de los órde­

nes sociales locales? Por otro lado, seguramente la pertenencia de género, la esfera de lo privado y las interconexiones entre las gene­ raciones se encuentran involucradas en estas metamorfosis de la vida cotidiana asociada a la esfera laboral. Pero ¿cómo estudiar el espectro de los conflictos, de las divergencias y de los desacuerdos que se en­ trevén detrás de estas formas de solidaridad, y qué repercusiones tienen en las formas de individuación? Creemos que los ensayos pre­ sentados en este volumen ofrecen sendas pistas para responder a estas y otras preguntas.

Bibliografía

Bauman, Zygmunt

2004 Wasted Lives. Modernity and its Outcasts, Cambridge, Po­ lity Press.

Castel, Robert

1995 Les métamorphoses de la question sociale: Une chronique du salariat, París, Fayard.

Falquet, Jules, Helena Hirata y Bruno Lautier (eds.)

2006 Travail et mondialisation. Confrontations Nord/Sud, Pa­ rís, L’Harmattan (Cahiers du Genre, núm. 40).

Harvey, David

2001 Spaces of Capital: Towards a Critical Geography, Londres, Routledge.

Honneth, Axel

2005 La lotta per il riconoscimento, Milán, Il Saggiatore.

Paugam, Serge

2007 Le salarié de la précarité. Les nouvelles formes de l’intégra­ tion professionnelle, París, Presses Universitaires de France (puf).

Peraldi, Michel

2011 “Città frontiere euromediterranee e capitalismo mercanti­ le transnazionale”, en Salvatore Palidda, Città mediterra­ nee e deriva liberista, Messina, Mesogea, pp. 27­43.

Pignoni, Maria Teresa

2005 “Du nord au sud de la Méditerranée. Chômeurs organisé à

Naples, chômeurs rebelles à Marseille”, en Catherine Pozzo di Borgo (ed.), Vues de L’Europe d’en bas: chômage et résis­ tances, París, L’Harmattan, pp. 245­256. Roulleau­Berger, Laurence

2009 Migrer au féminin, París, puf.

Zlotowski, Michel y John Keane

1999 “Oficios del saber y del trabajo. Entrevista exclusiva con André Gorz”, trad. de Cristina Sardoy, en Clarín, 21 de fe­ brero.

BLANCA

Primera parte

Estudios de caso en México

Tejiendo relaciones sociales con la deuda

Lucía Bazán*

A manera de introducción: tres épocas, tres circunstancias, un modelo único

A

mediados del siglo xx, en Colima, una pequeña ciudad del occiden­

te

mexicano, un vecino (ahora lo llamaríamos, sin duda, microem­

presario) tenía un pequeño comercio en la esquina de la calle donde yo vivía. El lugar no tenía nombre siquiera, pero todos lo conocíamos como “la tienda de Nacho” (el dueño se llamaba Ignacio, y era tam­ bién quien la atendía). Para mí, en esa época de infancia, era uno de los sitios más significativos: por ahí pasaba obligadamente al ir y venir de la escuela (a la que asistíamos mañana y tarde), para ir a la iglesia los domingos con mis padres, para ir a visitar a la familia, para ir con las amigas, al centro de la ciudad, al médico, etc. Es decir, estaba si­ tuada en un lugar estratégico por el que gran parte de quienes vivía­ mos en el llamado “barrio alto” teníamos que pasar. Pero no sólo el lugar era estratégico, sino también los productos que ahí vendían: ar­ tículos e instrumentos de aseo personal y doméstico, alimentos bá­ sicos, procesados e industrializados, así como procesados entre los vecinos de la localidad: frijoles refritos con elote, “tamales de ceniza” (las corundas locales), tamales de elote, pan blanco (birote), queso fresco (ranchero) y seco (cotija), frutas horneadas o cocidas para acom­ pañar la leche (calabaza, plátano gordo o macho, camote), frutas de estación y verduras de uso casi indispensable en las cocinas locales (jitomates, cebollas, chiles, limones), granos básicos (frijol, arroz,

* Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, sede Distrito Federal.

[23]

maíz), salsas picantes (la salsa del diablo era fundamental), insectici­ das para la variedad de insectos que poblaban las húmedas viviendas (arañas, cucarachas, alacranes, mosquitos, mordullos, abejas, avis­ pas, hormigas, esquilines, moscas, por mencionar algunos), dulces y golosinas, cacahuates, habas y garbanzos tostados, cigarros y cerillos, refrescos, y papelería para la escuela (cuadernos, lápices, canute­ ros, plumillas, tinta, borradores y sacapuntas). Atento siempre a in­ crementar sus ventas y su clientela, el dueño introdujo un periódico local y los que entonces llamábamos “cuentos”, que eran las revistas de caricaturas de Disney y otros muchos títulos comercializados por Editorial Novaro. Los domingos los exponía en la calle para que nin­ gún niño pudiera escaparse de verlos. En una palabra, casi todo lo que se necesitara con premura en un hogar podía buscarse con Nacho, quien —todavía no entiendo en dónde almacenaba su inventario, pues el lugar era realmente una esquinita— abastecía a todos con lo que requerían. Nacho vendía a crédito a los vecinos que habitualmente recu­ rrían a su tienda. Sólo tenía una lista escrita a mano con lápiz, clavada con una tachuela en algún lugar de sus muebles, en la que apuntaba el nombre del cliente y el monto de la deuda. Ignoro si había más requi­ sitos, pero hasta los niños podíamos pedir a crédito (anotado a la cuen­ ta de la madre) algún dulce o algo de poco valor. Nacho tenía una mujer, Margarita, quien además de cuidar a sus hijos (que eran como diez) atendía la casa y en ocasiones apoyaba en la tienda, sobre todo a medida que los hijos crecían y Nacho se em­ pezaba a cansar. Los hijos se fueron incorporando y, después de más de medio siglo, la tienda sigue allí —atendida por uno de ellos, ahora con la ayuda de sus propios hijos—, con las mismas características que la original, completamente arraigada y firme en una ciudad que ha crecido, que tiene supermercados, que ha cambiado ciertos hábi­ tos de consumo, a lo cual se han adaptado los microempresarios de la familia de Nacho, manteniendo al mismo tiempo la tienda como en sus inicios. Por otro lado, en 1991, el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, clausuró intempestivamente la refinería 18 de Mar­ zo, situada en el norponiente del Distrito Federal, aunque ya en ese

tiempo había quedado en medio de la gran ciudad de México, que co­ linda hacia el norte con varios municipios del Estado de México. La

refinería era una permanente fuente de contaminación ambiental y ése fue el argumento para cancelar sus actividades. Su clausura signi­ ficó el desempleo de miles de obreros petroleros —más de cinco mil— (Bazán, 1999) y empleados administrativos, más la desaparición de otros muchos empleos indirectos. También implicó el empobreci­ miento generalizado de las colonias que habían crecido alrededor de

la refinería, donde vivían los obreros y que constituían el lugar privile­

giado para recibir la derrama de los recursos derivados de su trabajo. Pasaron a ser colonias de desempleados que tuvieron que rehacer sus actividades productivas en un momento histórico en el que la econo­ mía mexicana transitaba con paso firme hacia el neoliberalismo y la rectoría del mercado. Sin pretender abundar en el significado de este despido masivo, me parece pertinente precisar que, puesto que los obreros despedidos provenían del sindicato petrolero y constituían uno de los sectores obreros con mejores salarios y prestaciones, les

fue particularmente difícil reubicarse en el sector industrial, pues tan­ to Petróleos Mexicanos como la industria privada consideraban ries­ goso incluirlos en su planta laboral debido a la posibilidad de que exigieran salarios y prestaciones similares a los que recibían en la refinería. Así, tuvieron que buscar alternativas de ingreso trabajando por cuenta propia. Una gran mayoría de ellos eran propietarios de sus casas, las que no sólo intentaron conservar, sino a las que dieron tam­ bién un uso productivo. Una de las alternativas más socorridas para transformar los espacios domésticos en productivos fue la instalación de pequeñas tiendas en los garajes o las habitaciones junto a las ca­ lles, para proveer a los vecinos los insumos necesarios cotidianamen­ te. Una mezcla de tiendas de abarrotes y alimentos básicos procesados

e industrializados, junto con algunos productos lácteos y de embu­

tidos (cuando se podía tener un refrigerador comercial en el local), refrescos, golosinas y frituras, artículos comunes de aseo personal y doméstico, y a veces papelería elemental; lo que, utilizando la expre­ sión inglesa, se llama ahora “tiendas de conveniencia”, aunque esta­ blecidas a escala de barrio popular.

La diferencia más evidente con el establecimiento de la ciudad de Colima es su origen. Mientras que en el primer caso se trataba de un negocio pensado por el microempresario, elegido entre diversas al­ ternativas de acuerdo con sus propias características, habilidades y capacidades, en el segundo, las tiendas eran simplemente uno de los recursos más accesibles para invertir el dinero de la jubilación y na­ vegar por la incertidumbre del desempleo. Sus dueños no eran em­ presarios, sino exobreros del sector mejor pagado del país, varios de ellos muy especializados. Por eso muchas veces sólo montaban las tiendas y dejaban que la mujer o los hijos las atendieran, como tra­ bajo simultáneo con el quehacer doméstico, en una situación en la que ni eran empleados ni propietarios. Las tiendas, por otra parte, no estuvieron pensadas para satisfacer las necesidades de los vecinos en un determinado radio de influencia, sino como una inversión apa­ rentemente fácil y productiva. El resultado fue la proliferación de estos comercios (a veces uno en cada cuadra), sin clientes para todos:

“nos compramos unos a otros, para mantenernos abiertos”, me decía una mujer del vecindario. Más que empresas productivas, se convir­ tieron en reductos de artículos muy básicos (agua, refrescos, golosi­ nas) con cuyas ventas a duras penas se podía subsistir, y ciertamente no estaban planeadas para crecer o fortalecerse. Durante 2005, por encargo del Banco del Ahorro Nacional y Servi­ cios Financieros (Bansefi) y el Proyecto de Asistencia Técnica al Micro­ financiamiento Rural (Patmir), entonces de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) 1 del gobierno de México, realizamos una investigación de corte cualita­ tivo sobre el acceso de hogares de sectores populares a los productos y servicios microfinancieros (formales e informales), incluyendo el uso que en dichos hogares se hacía de dos actos financieros elementales:

el ahorro y el crédito. La investigación se desarrolló en las diversas regiones del país, en ciudades medias y pequeñas, fundamentalmen­ te, aunque también estuvieron representadas las grandes ciudades. Trabajamos un universo de 116 hogares con entrevistas a profundi­ dad (Bazán et al., 2005), de las que obtuvimos información sobre las

1 Actualmente está integrado al Bansefi.

actividades financieras de cada familia y su acceso a servicios micro­ financieros de toda índole. Entre el mosaico de actividades producti­ vas de nuestros informantes, voy a destacar, de nuevo, la existencia de las pequeñas tiendas de barrio destinadas a cubrir las necesidades in­ mediatas de la población vecina. En ese año, inmersos ya en el modelo de economía neoliberal, con un desempleo creciente, proliferaba este tipo de pequeños negocios, sostenido e impulsado por mujeres principalmente. Con estas tien­ ditas (como se les conoce en cualquier parte del país), las mujeres buscaban, en primer lugar, tener acceso rápido a los artículos bási­ cos para satisfacer sus propias necesidades de consumo familiar; es decir, más que un negocio, se concebían como un almacén del que podían echar mano en cualquier momento “sin endeudarse”, según lo afirmaban ellas. Dado que Olivia, en Coyutla, Veracruz, contaba con una tienda de abarrotes, de ahí sacaba buena parte de los insumos para cocinar. Así conseguía varios alimentos más baratos. Compraba agua de garrafón por mayoreo, aunque realmente no la vendía al público. Aprovecha­ ba que le costaba sólo nueve pesos el garrafón y lo empleaba para el consumo familiar. “Por ejemplo, ve el exhibidor de agua. No pagan porque la compro así. Por mayoreo, a nueve pesos para venderlo en 14. Pues, no lo vendo. Lo consumimos en la casa. Así lo tengo más barato”. Podemos decir que la tienda de abarrotes también era un recurso para acceder a alimentos a un precio más bajo. Pero las mujeres ade­ más buscaban tener una cantidad de dinero excedente al que semanal o quincenalmente aportaba el esposo para la manutención familiar. Tampoco en ese sentido las tiendas eran concebidas y manejadas exclusivamente como negocio, sino también como una fuente alter­ nativa de ingresos. En Mérida, Yucatán, visité una colonia en la que carecían de fuen­ tes de empleo, por lo que casi todos iban al centro a trabajar. Una excepción eran las unidades domésticas que habían podido instalar una pequeña tienda de abarrotes en su propia casa. En mi recorrido pude contar 12 pequeñas tiendas de abarrotes, pero podría haber mu­ chas más porque la colonia era grande, aunque no encontré tiendas

grandes de autoservicio. La tienda de abarrotes que atendía Diana en su casa era, a su juicio, un mecanismo para nivelar los ingresos que de manera irregular generaba Jorge, su esposo, mediante su trabajo como pintor de carros:

Pues me ayuda porque hay veces cuando se va mi esposo así […] Por ejemplo esta semana él no cobró bien. No le pagaron bien. Así de­ bieron ir a buscar un trabajo y no lo sacaron. Entonces este […] Ayer igual, ayer fue y no fueron los señores y no le pagaron. Y me dice:

“sabes qué, no tengo mucho, sólo tengo este dinero”. Le digo: “si quie­ re deme la mitad”, pon tú, 50 pesos, 50 pesos ahorita no te da porque hay que buscar a los niños a la primaria y la comida. Entonces le di­ go: “No importa, ahí veo cómo me da”. Pues ya la tiendita ahí te sirve para los frijolitos, la tortilla y el refresco. Entonces eso es algo que te puede ayudar cuando no tiene él, pues ahí lo puedes agarrar cuando ya se te gastó el dinero que él te da.

La tiendita de Diana ya tenía cuatro años. Constituía, sin duda, un intento de estabilizar los ingresos variables de Jorge. Dijo que su tienda producía 200 pesos al mes. El total de esa ganancia se invertía de nuevo en la tienda. Sin embargo, a los 200 pesos mensuales que ésta producía debía sumarse otra cantidad: los 50 pesos que Diana retiraba para completar el gasto diario cada vez que su esposo no con­ seguía suficiente trabajo y no le daba el gasto completo. Diana no su­ po decir con exactitud cuántas veces al mes tenía que completar el gasto y cuánto era exactamente el valor de los productos que retiraba de la tienda. No obstante, reconoció que el mes en el que más reti­ raba era enero, porque era cuando su esposo conseguía menos tra­ bajo. En enero era casi diario y por eso en ese mes la mercancía de su tiendita bajaba mucho. Señaló que en enero tomaba como 250 o 300 pesos y por eso el inventario disminuía. El resto del año la situa­ ción cambiaba. Su esposo casi siempre le daba el dinero completo y ella retiraba menos de 100 pesos al mes. De esta manera, Diana con­ seguía estabilizar los ingresos variables de Jorge, pero reconocía que ése era el motivo por el cual su tienda no lograba crecer.

Por supuesto, no todas las tienditas funcionaban así. Había verda­ deras microempresas consolidadas como negocios familiares y con una clientela constante. En ellas había una clara conciencia de la nece­ sidad de reinvertir y fortalecer el inventario de mercancías. El abasto y la diversidad de productos que ofrecían dependían mucho de la selección de los dueños, pero también del tipo de ciudad, barrio o pueblo en el que se ubicaban, de los medios de comunicación y trans­ porte, de la facilidad de acceso a los centros de abasto regionales o, en el peor de los casos, de las visitas que los proveedores hacían a las poblaciones. Mirna, en Villaflores, Chiapas, mencionó que antes de que su espo­ so decidiera irse a Ciudad Juárez y ella pusiera la tienda, en ocasiones tenían dificultades para abastecerse de los alimentos del día. Informó que no hacían corte de caja y no sabía cuántos eran los ingresos. Calcu­ laba que el ingreso diario aproximado era de 500 pesos, de los cuales tomaba unos 300 para volver a abastecer la tienda. La ganancia dia­ ria aproximada era de 200 pesos, lo que sumaba 2 800 pesos quince­ nales. Si bien no es el objeto de este análisis, tendríamos que señalar que los esfuerzos por establecer tienditas como búsqueda de inversiones productivas no siempre consolida ni fortalece la economía familiar. Los negocios o actividades comerciales, al menos en el espacio de lo que se podría llamar economía popular, muestran mínima capaci­ dad de constituirse en generadores de ganancias e iniciar un ciclo de reproducción ampliada. En la mayoría de los casos estas unidades de negocio no funcionan con una lógica de maximización de ganan­ cias, sino con una racionalidad que apunta a garantizar la sobrevi­ vencia y se traduce fundamentalmente en una mínima separación entre la unidad de consumo y la de producción (subsumiéndose la segunda a las necesidades de la primera). En ellos los productos pue­ den consumirse sin más por los propietarios, lo que no ocurre en los negocios productivos; la diferencia puede parecer sutil, pero sus im­ plicaciones no lo son. En el caso de las tienditas, estas implicaciones emergen con toda claridad. Sin extenderme demasiado, sólo mencio­ naré dos de ellas que, por otra parte, son las de mayor relevancia. Primero, la confluencia de la unidad de consumo y la unidad de ne­

gocio hace que los comercios entren con frecuencia en un ciclo de descapitalización que a la postre resulta difícilmente reversible. El caso de Diana es por demás elocuente al respecto: empezó a consu­ mir la mercancía de la tienda, con lo cual tuvo que endeudarse para poder surtirla de nuevo, pero continuó consumiendo su mercancía, y entró en un círculo vicioso que la dejó cada vez con menos mercan­ cía, menos ventas, menos posibilidades de reponerla, etc. Segundo, los negocios comerciales, particularmente las tienditas (y en especial en los hogares más pobres), tienden a funcionar como un mecanis­ mo de ahorro o equilibrador de los flujos de ingreso y las necesida­ des de consumo. Así, en varios casos reportados se encuentra que la finalidad principal de tener una tiendita no reside en las ganancias (o incluso en los ingresos) que pueda generar; esto se convierte en un aspecto secundario y subsumido al objetivo principal y más valorado:

contar con un stock de productos básicos de la canasta de alimentos al cual poder recurrir en caso de necesidad o en tiempos difíciles; la venta de productos tiene como principal valor permitir la reproduc­ ción de esta reserva. Es evidente que no ocurre lo mismo con los negocios productivos (Bazán et al., 2005). Por ahora dejo esbozado este panorama que, aunque incomple­ to, ofrece una primera mirada al locus en el que quiero destacar un tipo de relaciones sociales particulares, derivadas del manejo del cré­ dito y la deuda entre los propietarios y sus clientes. Voy a centrarme en las tiendas actuales; la información de campo es la derivada de la investigación de 2005, revisada en 2009.

Las relaciones sociales imbricadas en el desarrollo de las tienditas consideradas como microempresas

Como señalé en la introducción, las tienditas de barrio son peque­ ñas empresas que se han establecido a lo largo y ancho del territorio nacional, aparecen hasta en los lugares más recónditos e inhóspitos y cumplen una función social de abastecimiento básico, sobre todo en lugares remotos y poco comunicados. Desde ese punto de vista,

son más que pequeños negocios con perspectiva empresarial y por

eso las relaciones sociales que se establecen entre los propietarios/em­ presarios y sus abastecedores y proveedores por una parte, y sus con­ sumidores y dependientes por otra, son de naturaleza compleja y trascienden de lo puramente económico y financiero. Sin duda, como microempresas tienen un sustento financiero sin el cual no podrían constituirse como negocio ni, sobre todo, man­ tenerse. Para obtener el financiamiento inicial, sus propietarios pueden optar por diversas alternativas. Una de ellas es recurrir a fi­ nanciamientos de instituciones formales (cajas de ahorro, coopera­ tivas o instituciones microfinancieras creadas para apoyar a este tipo de usuarios) o a préstamos informales que también se solicitan a un amplio espectro de acreedores, desde familiares, vecinos, amigos, pa­ trones, hasta usureros “profesionales”. Por ejemplo, en Tlahuitoltepec, Oaxaca, Bertín empezó a usar servicios financieros informales cuando montó su tienda de abarro­ tes en 1976. Pidió préstamos a amigos y a vecinos del pueblo. Tuvo la necesidad de apoyarse en ellos también para comprar su camioneta

e ir a conseguir los productos a Oaxaca. En Tancanhuitz, San Luis Potosí, Liliana abrió su unidad de nego­

cios gracias a los créditos solicitados en la cooperativa Servicios Fi­ nancieros Rurales (Serfir). Durante diez años, de 1977 a 1986, pidió préstamos de dos mil pesos para comprar mercancía para su tienda de abarrotes. Por su parte, en Villaflores, Chiapas, Mirna se casó a los 18 años con Jorge Octavio, en 1994. Se dedicaba al hogar y él, exclusivamen­ te al campo. Sembraba maíz y cultivos asociados en una parcela ejidal de temporal de tres hectáreas. Cuando no era temporal se contrata­ ba como peón de albañil. En 1996, nació su primer hijo y en 2000 su hija. En 2002, al caer los precios del maíz, Jorge Octavio persuadió a Mirna para poner una tienda de abarrotes. Ella no quiso porque le da­ ba pena vender, pues nunca antes lo había hecho. En 2003, Jorge Oc­ tavio decidió emigrar a Ciudad Juárez. En el tiempo que él estuvo fuera del pueblo, Mirna decidió abrir la tienda de abarrotes. Su tía política

la ayudó de manera desinteresada para abastecer la tienda con produc­

tos de la canasta básica como jabón, aceite, cloro, café y azúcar. Ella le

proporcionaba los productos y Mirna los vendía. La tía le llevaba la mercancía desde Tuxtla Gutiérrez y conforme Mirna iba vendien­ do, le iba pagando. “No se le pagaba todo porque como íbamos em­ pezando y todavía está uno dándose a conocer es poco lo que va saliendo […] y ella venía cada sábado [desde Tuxtla Gutiérrez] no era mucho lo que se vendía […] fue poco lo que le alcanzaba yo a abonar porque me traía ella bastantes cosas y ahí iba aumentando la cuenta. Quedaban como cinco mil pesos”. Al regresar Jorge Octavio, la tien­ da ya contaba con una clientela regular. Ellos le reponían a la tía sólo su inversión, sin intereses ni plazos fijos. Cuando Jorge Octavio se fue a Ciudad Juárez, rentó la parcela a su hermano para que la trabaja­ ra. Una vez que éste levantó la cosecha y vendió el producto le pagó a Jorge Octavio los cinco mil pesos de la renta, que utilizó para pagar su deuda con la tía. Mirna estaba inscrita en Serfir de Sagarpa, una cooperativa de aho­ rro y crédito popular operante en Chiapas. Ya había solicitado tres créditos: el primero por 500 pesos, a dos plazos de un mes cada uno; el segundo por 800, a tres plazos de dos meses cada uno, y el último por tres mil pesos, a cuatro plazos de un mes cada uno. La tasa de interés por los tres créditos fue la misma (3.5% mensual). No recorda­ ba las cantidades abonadas en los dos primeros créditos, pero seguía pagando el último (le faltaba un solo pago de “900 y piquito”). El di­ nero obtenido mediante los créditos lo utilizaba para abastecer su tienda. Desde que tuvieron a los niños, Olivia, en Poza Rica, Veracruz, se ha encargado de mantener el hogar con los ingresos generados por la tiendita de abarrotes, que operaba en una parte de la residencia. Ese local lo construyeron en 1990, cuando Martín (su esposo) pidió un crédito al Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Tra­ bajadores (Infonavit). Para surtir y mantener la tienda, han pedido créditos en una caja (Sociedad Cooperativa Las Vegas) y han redu­ cido otros gastos del hogar; Olivia también mencionó que compraba a crédito a los proveedores y participaba en tandas, pues la tienda era su vida, pero las ventas han disminuido mucho. Al bajar sus ingresos, Olivia dejó de usar la caja: su saldo era de 100 pesos ahorrados y no pidió más créditos.

En la actualidad, en México proliferan sociedades e instituciones crediticias. Algunas de ellas, denominadas oficialmente Sociedades Fi­ nancieras de Objeto Limitado (Sofoles), funcionan como sociedades anónimas para otorgar créditos (hipotecarios, al consumo, automotri­

ces, agroindustriales, microcréditos, a pymes, bienes de capital, trans­ porte, etc.) a un determinado sector. Para realizar dicha actividad la Ley de Instituciones de Crédito las faculta para captar recursos pro­ venientes de la colocación de instrumentos de deuda en el mercado financiero; instrumentos inscritos en el Registro Nacional de Valores

e Intermediarios; también pueden obtener financiamiento bancario.

No son bancos y si bien son supervisadas por la Bolsa de Valores y re­ guladas por la Secretaría de Hacienda, en los hechos hay muchas so­ ciedades que no cumplen con los requisitos de ley o, más bien, que no requieren autorización para constituirse, ya que, desde el 19 de ju­ lio de 2006, cualquier persona puede realizar el otorgamiento de cré­ dito, así como la celebración de arrendamiento financiero y factoraje financiero, sin necesidad de requerir autorización de las autorida­

des financieras (cf. Banxico, s.f.). La proliferación de Sofoles y casas de préstamo pone de manifiesto el gran vacío que hay en el sistema fi­ nanciero mexicano, particularmente en el sistema bancario, para aten­ der las necesidades de crédito de los sectores populares, con escasos recursos y ninguna calificación para acceder a créditos bancarios. Las cajas de ahorro y crédito y las cooperativas (constituidas en otra figu­ ra financiera denominada Sofomes —Sociedades Financieras de Objeto Múltiple—), regaladas también por la Ley de Instituciones de Crédito, si bien son más accesibles a los integrantes de este sector popular, establecen muchos requisitos que los socios deben cubrir an­ tes de obtener un préstamo. 2 Como acabamos de ver, entre los sectores populares de México existen otras formas de crédito basadas en las relaciones sociales: el primer recurso para solicitar préstamos (urgentes, para la subsistencia,

o para iniciar un negocio) es acudir a las redes sociales más cercanas:

familia y amigos, vecinos y patrones. Estos préstamos, dependiendo

2 Un estudio más profundo sobre el uso y alcance de estas cooperativas y cajas de ahorro y crédito se puede encontrar en Bazán y Saraví (2012).

de quiénes sean los acreedores y qué relación tengan con los deudo­ res, se hacen con mayor o menor rigor, con fechas precisas de pago o no, con intereses o sin ellos, pagaderos o transformables en dona­ ciones. Se pueden pagar en pequeñas cantidades a manera de abonos regulares o se pueden pagar en su totalidad, o, en el caso de los pa­ trones, con trabajo o con descuentos de la nómina. Entre los secto­ res populares hay una gran circulación de pequeñas cantidades de dinero: algunas veces requieren unos, pero en otras ocasiones son ellos los que prestan, y así todos pueden ser, a la vez, deudores de unas personas y acreedores de otras. Ésta, que quiero llamar “circulación de la deuda”, es la que describo y analizo con más detalle en el fun­ cionamiento de las tienditas de las pequeñas ciudades y los barrios populares. Para ello es necesario precisar qué tipo de relaciones sociales sus­ tenta la circulación de la deuda en las microempresas que nos ocu­ pan: en primer lugar, se trata de relaciones cercanas, cara a cara, en el sentido en que Redfield (1955) caracterizaba las relaciones en las pequeñas comunidades de su “continuum folk­urbano”. Estas relaciones cara a cara implican un conocimiento cercano y cotidiano del quehacer y las capacidades productivas o de ingreso de cada persona involucrada en estas redes sociales sustentadas en el parentesco, la amistad y la vecindad. Todos se conocen, de manera que saben quién tiene empleo, de qué tipo, quién tiene recursos mate­ riales, humanos o sociales, o, como diría Kaztman (1999), cuál es el alcance de su estructura de oportunidades. Estas relaciones sociales cercanas, informadas, suponen además un sustento de confianza entre quienes participan en esa red. En tanto se conocen y se relacionan cara a cara, comparten información común y participan frecuentemente de la misma estructura de opor­ tunidades, las posibilidades y los límites de esas relaciones están dados por la constante interacción entre todos ellos. Los pequeños negocios que nos ocupan son, por otra parte, espa­ cios privilegiados de socialización. Espacios en el sentido local, es de­ cir, lugares donde los vecinos se encuentran y hablan, comparten información personal, familiar y social, pero también —por atender las necesidades primarias de los hogares— ámbitos que concentran y

discriminan conocimientos socioeconómicos de la población que atien­ den. Así, proponemos que estas tienditas vecinales instaladas en las pequeñas ciudades, barrios y pueblos son uno de los lugares medu­ lares para conocer las dinámicas sociales y económicas locales. Por ello también son nodales en la circulación de la deuda.

El crédito entre los sectores populares

Quisiera orientar la atención a la particular manera de organizar las finanzas que se hace patente en los sectores populares donde surgen estos negocios, para lo cual me parece necesario detenerme en los múltiples usos que hacen del crédito, tanto del productivo como del destinado al consumo. El Grupo Consultivo de Asistencia a los Po­ bres (cgap, por sus siglas en inglés) señala que:

Los pobres generalmente buscan satisfacer sus necesidades de servi­ cios financieros en una gama de relaciones financieras, la mayoría in­ formales. Obtienen créditos de prestamistas, aunque generalmente comporten intereses muy altos. Encuentran formas de ahorro en una gran diversidad de relaciones informales, como clubes de ahorro, tan­ das y otras formas de ahorro mutualistas. Pero todas éstas tienden a ser erráticas y, de alguna manera, inseguras. 3

En los sectores populares, y sobre todo entre los pobres, los in­ gresos familiares con mucha frecuencia son exiguos. Algunas veces son insuficientes para cubrir las necesidades más elementales y casi nunca alcanzan para acceder a dignos niveles de bienestar. De modo que en estos hogares se utiliza el crédito y el endeudamiento como una forma cotidiana de allegarse bienes (incluso los insumos básicos pa­ ra la alimentación y la salud) o servicios necesarios. No es éste el lugar para desentrañar las múltiples formas de acceder al crédito, pero pue­ do afirmar que en estos hogares su uso constituye una manera poco ortodoxa, pero eficaz, de ampliar los ingresos en la vida cotidiana, ya

3 <http://www.cgap.org/p/site/c/home/> [20 de octubre de 2012].

sea para la subsistencia familiar o para incrementar el nivel de bien­ estar en el hogar. Alimentos, útiles y requerimientos escolares, ro­ pa, medicamentos, servicios médicos, muebles, electrodomésticos, servicios de infraestructura urbana (agua, electricidad, teléfono), es

decir, todo lo indispensable para el hogar, es adquirido o resuelto con

el recurso del crédito, de modo que si bien los ingresos son insuficien­

tes, se desarrolla una gran habilidad para manejar los recursos mo­

netarios, pero sobre todo los recursos sociales con los que cuenta cada hogar. Ésta es una primera forma y la más común de usar el crédito,

y “permite regular los flujos financieros y disminuye la angustia de no

poder cubrir la subsistencia de la familia día a día” (Delalande y Pa­ quette, 2007:73). En Huejutla, Hidalgo, Leova no ha participado nunca de ningún servicio financiero, sea formal o informal. Sin embargo, ha solicitado préstamos en varias ocasiones a su hermana. Una de las veces que más dinero pidió fue en 2002, cuando requirió 600 pesos para com­ prarle útiles a su hija menor. El dinero fue pagado en cuotas flexibles (más o menos 50 pesos mensuales) y sin intereses. Leova aún debía 150 pesos a su hermana de un préstamo por 300 que le hizo hace tiempo y que también usó para comprarle útiles a Jacqueline. Dijo que juntaba el dinero para el pago sacando algo del gasto de la comi­ da; por ejemplo, se ahorraba un par de pesos en la compra de frijo­

les o tortillas, y así poco a poco lograba reunir algo y se lo pagaba a su hermana. Evelia, en Tehuacán, Puebla, manifestó que lo que le permitía es­ tabilizar los momentos de crisis económica eran los préstamos soli­ citados a su patrón, a las vecinas y a un amigo en quien sentía apoyo,

y que iba pagando al recibir su sueldo. Cuando carecía de dinero para comprar alimentos, pedía prestados 100 o 150 pesos a su patrón o

a las vecinas y se los pagaba a la semana, al cobrar su sueldo.

Si yo tengo necesidad, le digo “deme 300 o deme 200” al patrón; y a veces le pido a una amistad, un conocido y “préstame tanto, ya te lo pago”. No tengo familiares míos, sí tengo familiares por parte de mi esposo pero a ellos no les pido. Al patrón o a mi amiga, a veces les pido poquito, de 200, 300 pesos porque luego para devolverlo […] lo más

que he pedido es hasta 500 pesos, y le pago en dos semanas, lo pago poco a poco de a 100, de a 200 pesos, si lo puedo pagar antes pues lo pago.

En el sector microfinanciero se discute la necesidad de que los cré­ ditos “sean empleados para incrementar activos y no para el consumo

o la adquisición de bienes (así sea la vivienda). Sólo esta actitud micro­ empresarial que implica una cierta planificación a mediano plazo, sos­ tienen, puede impulsar la superación de situaciones de pobreza. La discusión se centra, pues, en el uso de los créditos para estos objeti­ vos” (Bazán y Saraví, 2012:217). En esta perspectiva, el crédito es me­ dular cuando los pequeños emprendedores de este sector se aventuran

a iniciar un negocio. En estos casos, aunque es indispensable el hábil

manejo de los recursos sociales, se requiere con frecuencia un mí­ nimo conocimiento del funcionamiento de las instituciones formales de crédito (desde cooperativas y cajas populares hasta microfinanciado­

ras) y una cierta base económica que avale su acceso a ellas, específi­ camente ahorros o bienes que garanticen el préstamo solicitado. Pero

si para iniciar el negocio se requiere el crédito, también es necesario

mantenerlo abierto para sostener la empresa. Herramientas de traba­ jo, equipamiento, insumos e inventarios adecuados deben al menos conservarse o, mejor aún, incrementarse a fin de que el negocio sea productivo, para lo cual, un buen manejo de la deuda y de los acree­ dores es casi indispensable. De otra forma, el uso del crédito puede volverse caótico y derivar en impulsor de procesos que conducen a la pérdida de recursos y no a su fortalecimiento. Aquí volvemos a las pequeñas tiendas de abarrotes y a uno de los modelos de endeuda­ miento para hacer el negocio productivo. En Coyutla, Veracruz, don Beto era el panadero local, y prestaba dinero con intereses. Para surtir de mercancía, a Flora le era más prác­ tico algunas veces pedir prestado a don Beto que a la caja de ahorros

en la que estaba inscrita, porque don Beto le daba el dinero de inme­ diato y ella se lo devolvía al día siguiente o a los dos días, de manera que no pagaba intereses. “Cuando empecé a tener negocio. Cuando no me alcanzaba el dinero iba yo: ‘oye, don Beto, ¿no me quiere pres­ tar 25 pesos, o 20 pesos? Luego te lo doy, nada más para ir a sacar la

mercancía’. Me daba luego el dinero. Al otro día lo iba ya a dejar su dinero, para no dar intereses”. Anteriormente, Flora tenía una cuenta de ahorros en la Caja Po­ pular San Andrés. La comenzó a usar entre 1970 y 1975, cuando

abrió el puesto de venta de abarrotes. Utilizaba la caja para ahorrar, por un lado, y para sacar préstamos para surtir de mercancía, por el otro. Casi siempre pedía alrededor de 25 pesos, con un plazo de uno

o dos meses, aunque a veces lo pagaba antes. Cerró la cuenta cuan­

do dejó la venta de abarrotes hace unos años. “De ahí sacaba dinero para el negocio, cuando no me alcanzaba el dinero sacaba en la caja. Nada más para ocho días. Luego lo entregaba porque ahí tienes que pagar rédito. Cuando dejé el negocio, tenía ahí ahorrado. Una vez que me decidí a hacer la casa de mampostería, el cajoncito, pues fui

a retirar y retiré todo”. De acuerdo con la clasificación de Rutherford (2002), este tipo de deuda se destina a cubrir las oportunidades de inversión (que junto con las emergencias y las relacionadas con los ciclos de vida serían,

en su opinión, las que generan los gastos familiares extraordinarios). La deuda para invertir en el inicio de un negocio o en su fortaleci­ miento es, bien manejada, una oportunidad para moverse hacia un mayor bienestar económico y mejorar las condiciones de vida de los hogares, lo que se llama “cadenas ascendentes de bienestar” (Bazán et al., 2005). Implica conocimiento del negocio, de las circunstancias en las que se instala, de la capacidad de consumo o uso de los clien­ tes de los bienes o servicios que se ponen en el mercado, así como de las consecuencias del endeudamiento, de los intereses a los que se contrata, de la propia capacidad de saldar a tiempo la deuda y del superávit que, a pesar de los intereses, puede obtenerse del negocio

si éste genera ganancias. Es, pues, un “punto de inflexión” (Bazán et

al., 2005) que puede alentar el bienestar o decrecer los recursos.

La deuda y las relaciones sociales en las pequeñas tiendas de abarrotes

Como se ha señalado reiteradamente en la literatura antropológica sobre los mecanismos de sobrevivencia de los pobres (Adler de Lom­

nitz, 1975; González de la Rocha, 1986; Selby, Murphy y Lorenzen, 1990; Bazán y Estrada, 1997), las relaciones sociales son recursos tan­ to o más importantes que los recursos financieros. En otro nivel de análisis estamos hablando de la clasificación de Kaztman (1999) de los recursos que conforman el portafolio de capital de los hogares po­

bres. De acuerdo con él, los recursos se clasifican en capital físico (fi­ nanciero y bienes inmuebles y muebles destinados al negocio), capital humano (preparación, escolaridad, capacidades y habilidades del indi­ viduo, es decir, fuerza de trabajo y valor agregado a la misma en salud

y educación) y capital social (relaciones de reciprocidad, amistad,

acceso a la información), o, en un nivel de mayor integración, ten­ dríamos que pensar en la multidimensionalidad de la pobreza en la propuesta de Sen (2000). En esta lógica, afirmamos que si bien los recursos financieros (en este caso los préstamos, formales o informales) son necesarios para iniciar el negocio de las pequeñas tiendas de barrio, no pueden con­ siderarse como condiciones únicas para su establecimiento ni, me­ nos aún, para su permanencia y fortalecimiento como negocio. Las relaciones en las que está inmerso el propietario o emprendedor, tanto hacia fuera de su comunidad (con los acreedores y proveedores de mercancía) como con los vecinos, clientes potenciales del nego­ cio, son indispensables para su prosperidad, y las evidencias encon­ tradas en la investigación cualitativa nos conducen a plantear que la circulación de la deuda en estos establecimientos es una condición necesaria para su mantenimiento. Son estos tres tipos de actores (acreedores y proveedores externos, propietarios y clientes) los invo­ lucrados en la dinámica de la circulación de la deuda y los beneficia­ dos por ella: los proveedores llevan hasta el local productos de la sociedad mayor, con frecuencia del exterior de la localidad, y acuer­

dan con el propietario el pago diferido de los mismos; es decir, el pro­ pietario queda en deuda con los proveedores. A su vez, el propietario ofrece esos productos a los clientes­vecinos­amigos cuyas condicio­ nes no les permiten adquirirlos siempre al contado, y entonces los compran a crédito, “fiados”, de manera que los clientes quedan endeu­ dados con el propietario. En la medida en que éstos saldan su deuda,

el propietario puede saldar la suya y renovarla con la adquisición del

stock de mercancías necesario para reponer las ventas. Los clientes,

a su vez, saldada su deuda pueden mantener abierto el crédito para

la siguiente etapa. Los ciclos de la deuda, sobre todo los de clientes con propieta­ rios, son cortos (una semana, dos a lo sumo). Los del propietario con los proveedores son un poco más amplios y dependen tanto del tipo de mercancía en venta (los productos naturales, de consumo inmediato

o para la dieta cotidiana se dejan a la venta por ciclos más cortos, mien­ tras que para los productos industrializados, que pueden permanecer almacenados sin riesgo y no son indispensables para el consumo, pueden negociarse ciclos más amplios), como de la condición del pro­ veedor (si es dueño de los productos que ofrece o es sólo un inter­ mediario que los distribuye). Los testimonios del establecimiento de esta cadena trazan una ru­ ta muy clara de la circulación de bienes y dinero y de la generación y necesidad de relaciones sociales que se requieren para que ocurra esta doble circulación: todos aquellos que sacan fiado de las tiendas lo­ cales de abarrotes señalan dos características para que exista esta relación de endeudamiento y se mantenga como una forma de adqui­ sición de los bienes necesarios para el consumo cotidiano: los consu­ midores deben ser conocidos por el dueño, amigos o vecinos de la localidad, con quienes tiene una relación que sale de los espacios del negocio, y deben, también, pagar periódicamente la deuda adquiri­ da, para que ésta pueda renovarse. Del norte al sur del país, del este al occidente, en ciudades grandes como Monterrey, Nuevo León, o en ciudades pequeñas como Kinchil, Yucatán, en lugares de produc­ ción agrícola o en ciudades comerciales o industriales, el patrón de manejo de estas relaciones es el mismo, narrado por propietarios o por consumidores. Por ejemplo, en Guaymas, Sonora, Rosa, ama de casa de 30 años, nunca dejaba de sacar mandados, pues cuando no tenía dinero pedía fiado en la tienda de abarrotes cercana.

Cuando me quedo sin dinero yo tengo crédito en una tienda, en un abarrotes y le digo a la señora, “sabe qué, esta semana yo necesito que me dé”; “está bien”, me dice, ahí saco el huevo, saco la leche, saco la

tortilla, saco todo lo que yo pueda de comida, si a mi esposo no le han pagado. La señora me da una tarjetita y a ella no le tengo que pagar interés, ya sólo vas el sábado o el domingo y le liquidas. Ahí no hay problemas, cuando Saúl [su esposo] no trae, puedo solventarme de la tienda. Nunca me ha pasado que no pueda sacar más alimen­ tos, siempre se paga para seguir teniendo para sacar alimentos de ese crédito.

Cuando no tienen para sacar mandados les fían en la tienda, siempre les dan crédito “porque ya saben, los conocen”. En cuanto reciben algún dinero compran mandados y pagan lo que deben a la tienda, y siempre hacen eso. Éste también fue el caso de Tomasa —en la misma entidad—, quien decía que se la pasaba “batallando”, puesto que los ingresos eran escasos para una familia de ocho personas, con siete de ellas en condición de total dependencia económica. Había veces en que no tenía para sacar mandados, por lo que pedía fiado y pagaba la siguiente semana. “Por decir, esta semana voy a darles abo­ nos a mis cobradores que tengo porque saco cosas así y tengo que estar abonando, entonces esta semana les doy abono y le pago en la tienda y compro mandados”. En Lázaro Cárdenas, Michoacán, Angélica —quien fue la mayor en su familia—, a los diez años de edad (en 1969), junto con su hermano menor, vendía fierro que sus demás hermanos juntaban en la calle o en las casas del entorno. Otra hermana, la tercera, iba a casa de su madrina a ayudarle en una tienda. La señora le daba un peso y dul­ ces. Los ingresos del fierro y de la hermana eran empleados por su mamá para comprar o pagar alimentos que con frecuencia pedían fiados en la tienda. Ya en su familia propia Angélica comentó que han utilizado los préstamos principalmente a raíz de la crisis econó­ mica del país iniciada en diciembre de 1994 y porque Salvador (su esposo) se había quedado sin trabajo. Solicitaron préstamos a sus fami­ liares, pero no fueron continuos. Desde ese tiempo han solicitado mercancía fiada en la tienda de la esquina cada que los ingresos no les alcanzan para cubrir los gastos. Es decir, que si Salvador estaba mu­ cho tiempo sin empleo, era común que solicitaran fiado. Angélica se­ ñaló que los pagos de pequeños préstamos o productos fiados los

hacían cuando cobraba en el dif (Desarrollo Integral de la Familia) municipal o en el estatal (en ambos da clases de corte y confección), en este último generalmente cada tres meses, o cuando obtenía di­ nero por confeccionar o vender alguna prenda, o porque Salvador y su hijo conseguían trabajo. Si Rosendo, en Mérida, Yucatán, no traía suficiente dinero, les faltaba comida. Sucedía por lo general en marzo, abril y mayo, en el tiempo de secas, cuando los jardines no crecen y hay poca deman­ da de trabajo. La familia se las arreglaba comprando a crédito en la tienda del barrio los productos para preparar la comida. Florencia (su mujer) compraba allí productos a crédito y cocinaba para todos con la ayuda de sus hijas y su nuera. El tendero apuntaba en su libreta la

deuda, que iba de 40 a 150 pesos, y pagaba el sábado siguiente. El due­ ño de la tienda no les cobraba intereses porque era su amigo. Flo­ rencia afirmaba que mucha gente en el barrio compraba la comida en esa tienda. Al mismo tiempo, los dueños del negocio buscan adquirir sus productos con un margen temporal de crédito otorgado por los pro­ veedores, de manera que puedan ponerlos en circulación y recibir el dinero de los consumidores para poder pagar a los proveedores. Sería como una venta a consignación, excepto porque no se puede regresar la mercancía no consumida. En este sentido, encontramos el caso de María, en Huejutla, Hi­ dalgo, que al comprar su mercancía no debía dar un enganche rígido, pues luego de trabajar tanto tiempo con el mismo proveedor, éste

le permitió dar un enganche según sus posibilidades y después, al ob­

tener las ganancias, terminar de pagarle; o el de Cleotilde, en Coyu­

tla, Veracruz, a quien el proveedor de Sabritas le dejaba la mercancía

a crédito (de ocho días) —siempre ha trabajado así—, aunque tam­

bién los abarroteros de la localidad, a quienes compraba mercancía para su venta, le daban crédito, e iba pagándoles como podía: “Los pa­ gos dependen de uno”; o el caso de otra entrevistada, en Poza Rica, Veracruz, que compraba abarrotes y cerveza a crédito para surtir su tienda, y así lo había hecho siempre. Los proveedores, a su vez, al aceptar e incluso promover este tipo de venta a crédito en las pequeñas tiendas, tienen la oportunidad de

ampliar su cartera de clientes con unas ventas “hormiga” pero seguras que los mantienen en el mercado. Ellos también requieren una base de conocimiento de los tenderos a los que les ofrecen el crédito, de su honorabilidad y de su capacidad de pago regular y seguro. En Coyutla, Veracruz, una señora propuso a Flora vender abarro­ tes en un puesto en el centro. Ella le daba mercancías surtidas a cré­ dito. Buscó un lugar donde vender y la señora le mandaba abarrotes variados, jabón, calhidra, etc. Encontró un portal donde colocó un puestecito. Lo que ella iba vendiendo lo iba pagando a los pocos días, o iba abonando poco a poco conforme vendía. Le fue muy bien. Así empezó. Sus hijos entonces estaban chicos —Ángel tenía alrede­ dor de cinco años—. Ella tenía 30 años de edad. Vendía naranjas, jito­ mates, raspas, aguas con hielo, todo en el puesto en el centro. Luego comenzó a ir a Poza Rica a comprar verduras, tomate, frijoles, azú­ car, sal, galletas. Consiguió tiendas que le dejaban la mercancía a cré­ dito. Mientras ella vendía en la plaza del pueblo, su mamá atendía un improvisado local de abarrotes en su casa, donde fiaban. Flora surtía con un poco de mercancía. Así vendían en ambos lugares. Cuando murió su mamá, dejó de vender diario en la plaza, sólo iba los domin­ gos y “rancheaba” con verduras los otros días. Hacía 15 años —cuando se fue su hijo Ángel— que había dejado de vender en la plaza, y diez —cuando se fue su hijo Joaquín— que ya no vendía abarrotes en su casa. Pero en realidad siempre mantuvo abierta la tienda en su casa, aunque sin tantas cosas porque ya se estaban vendiendo por todos lados y “hay mucha competencia”. Ahorita nada más vendía refres­ cos, cerveza, incienso y veladoras. Ya sólo para ella, para pagar el agua, el teléfono, la luz y sus gastos. Así, las tiendas son expresión de relaciones de confianza, de amis­ tad, de conocimiento personal entre los actores. La deuda no empieza y termina en una relación económica, sino que se sustenta y gene­ ra relaciones sociales más amplias, y habría que inscribirla y anali­ zarla como un recurso social, no sólo financiero. Sin pretender desviar la discusión hacia el uso del lenguaje, es revelador que el término para comprar a crédito en estas tienditas sea comprar “fiado”, es decir, un término que semánticamente alude a la confianza. Por otra parte, los clientes que compran fiado procuran pagar a tiempo, porque de otra

manera pierden el crédito en la tienda y los dueños los “desacredi­ tan” en la comunidad, esto es, los hacen perder credibilidad y, sobre todo, la posibilidad de obtener crédito en otras tiendas locales simi­ lares.

Reetiquetando la deuda, tejiendo redes 4

La literatura interesada en las repercusiones sociales derivadas de situaciones de pobreza y escasez de recursos en sociedades vulnera­ bles da cuenta de las diversas maneras en que la deuda actúa sobre las relaciones sociales entre deudores y acreedores y de las depen­ dencias nocivas que generan estas relaciones. En poblaciones de la región Asia­Pacífico (India y Nepal, por men­ cionar las más estudiadas y denunciadas), por ejemplo, 5 se ha analiza­ do con acuciosidad cómo la población endeudada con los contratistas que la reclutan para realizar trabajos estacionales acaba establecien­ do una relación prácticamente de esclavitud, de la que es casi impo­ sible liberarse, pues al final de un periodo de trabajo se adelanta el pago del siguiente, de modo que se trabaja para pagar la deuda con­ traída. Muchas veces esta situación involucra tanto a los trabajadores como a sus familias, quienes “heredan” la deuda del jefe de familia. Ésta sería la expresión más dura y nociva de las relaciones sociales que se contraen con base en la deuda. En muchas otras sociedades (muy marcadamente en América Latina), los préstamos y endeudamientos son una herramienta para establecer relaciones clientelares. Es cierto que éstas implican, por de­ finición, relaciones asimétricas y de poder. Los estudiosos de este tipo de relación difieren en referirla sólo a relaciones políticas o a re­ laciones asimétricas marcadas por otra serie de múltiples elementos, entre los que destaca la dependencia económica (Combes, 2011). En este sentido extenso la considero respecto a las deudas y las relacio­

4 Siguiendo a Mitchell (1980), consideramos la red como los lazos personales que los individuos configuran en torno de ellos. 5 Aunque no sólo en esa región, sino también en África, Latinoamérica e incluso Europa (cf. ilo, 2012; oit, 2012). Véase además Bedoya Garland y Bedoya Silva­ Santisteban (2005) para el caso de Bolivia.

nes que pueden establecerse entre acreedores y deudores. El manejo de la deuda como herramienta para establecer o mantener clientelas políticas internacionales, nacionales o locales va desde las transfe­ rencias, los subsidios o los apoyos condicionados por las instancias gubernamentales a ciertos particulares (Maulhardt, 2012) hasta la más directa utilización de préstamos realizados aparentemente en el ámbito personal, con exigencias de apoyos políticos al acreedor. Sig­ norelli (1983) establece el núcleo del clientelismo en el control de un recurso escaso. Los préstamos y las deudas implican el control nada más y nada menos que de los recursos monetarios, fundamentales para la subsistencia y el bienestar entre estos grupos. Por ello, del en­ deudamiento a las relaciones clientelares hay sólo un paso: el de la manipulación de la deuda con ese objetivo. En un aspecto más am­ plio, sin referencia directa al poder formal, las deudas pueden vincu­ lar a los acreedores y deudores en una relación de caciquismo, muy cercana a las relaciones clientelares. Las deudas, además, generan dependencia hacia los acreedores cuando se apela a la vecindad, la amistad o las relaciones familia­ res para solicitar el préstamo. Esta dependencia tiene dos vertientes:

por una parte, el deudor se siente “obligado” a atender solicitudes de servicios, favores o atenciones que requiere el acreedor mientras no haya saldado la deuda; por otra, la dependencia es también económi­ ca, y el deudor sabe que debe saldar la deuda tanto para mantener abierta la línea de crédito para otras ocasiones como la armonía de la relación. Las deudas de los compradores de las tienditas de barrio comparten esta última característica, que se extiende al resto de los préstamos informales que los pobres reciben y necesitan para salir adelante. Pero las deudas también generan relaciones conflictivas entre deu­ dores y acreedores cuando el deudor es moroso y no cumple con las estipulaciones del contrato de deuda (explícito o implícito), o cuan­ do el acreedor reclama el pago o retiene para sí los bienes depositados en prenda (así se pierden casas, negocios, herramientas, animales, vehículos, joyas, etc.), o aplica intereses o condiciones de pago que no eran explícitas al momento del préstamo, o cualquier otra consecuen­ cia que los contratantes de la deuda no captan en su integridad. Aquí

podríamos incluir las deudas contraídas con instituciones financie­ ras, en donde es más frecuente perder recursos materiales o patri­ moniales ante la imposibilidad de cumplir con las estipulaciones contractuales (intereses, moras, etc.), aunque por el momento sólo lo señalamos, ya que las relaciones institucionales no son objeto de es­ te trabajo. De todas estas situaciones dan cuenta multitud de estudios que analizan la economía popular y las implicaciones que la escasez de recursos financieros trae consigo en las relaciones sociales de este sec­ tor. Sin embargo, he querido destacar la presentación de la deuda como “tejedora” de relaciones sociales, como un elemento fundamen­ tal para crear redes en sociedades locales que implican conocimiento y habilidad para utilizar las relaciones existentes, poniendo en jue­ go la confianza y la solidaridad inherentes a ellas (aunque no estamos hablando de deudas solidarias 6 en el sentido de Muhammad Yunus y su Grameen Bank), derivadas de valores culturales arraigados en estos sectores, pero también para manejar adecuadamente los re­ cursos físicos (ya sea en forma de mercancías o de dinero) de modo que se consiga, por un lado, aliviar las necesidades inmediatas de sub­ sistencia o de bienestar de los compradores y, al mismo tiempo, for­ talecer la permanencia del negocio definiendo ciclos de consumo a crédito y de saldo de deudas generadas por ese consumo. Esta diná­ mica destaca a las deudas locales y cotidianas como reforzadoras de la vida social de las comunidades, con cuyo engranaje se contribuye a la subsistencia y el bienestar de muchos hogares y se favorece el de­ sarrollo económico local al posibilitar el robustecimiento de pequeños negocios y actividades comerciales en diversos niveles de estas socie­ dades.

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BLANCA

Identidad femenina y organización comunitaria:

los grupos de ahorro en el poniente del Distrito Federal, México

María Ana Portal*

Introducción

La construcción de la ciudadanía en la democracia implica, necesaria­ mente, corregir la situación de inequidad y desigualdad que prevalece en nuestra sociedad, ya que ambas limitan la construcción de formas plenas de pertenencia y de compromiso social. De acuerdo con los resultados del Censo de Población y Vivien­ da de 2010 (inegi, 2011), en la ciudad de México residen 8 851 080 habitantes. De éstos, sólo un tercio de aquellos de entre 18 y 29 años estudia. La población económicamente activa (pea) representa 57% de su población total. De ella, 94% se encuentra empleada, 1 siendo la actividad principal el sector terciario, 2 ya que en éste se ocupa poco más de 80%. Dentro de él destaca el rubro del comercio, en especial el informal, con condiciones de trabajo cada vez más precarias, las

* Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana­Izta­ palapa. Este trabajo forma parte del proyecto Ciudad global, procesos locales: conflictos urbanos y estrategias socioculturales en la construcción del sentido de pertenencia y del territorio en la ciudad de México, financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tec­ nología (Conacyt) con la clave 164563 del Fondo Sectorial de Investigación para la Edu­ cación (sep­Conacyt). 1 De acuerdo con el censo, la población ocupada comprende a las personas de 12 años y más que realizaron alguna actividad económica al menos una hora en la sema­ na de referencia a cambio de un sueldo, salario, jornal u otro tipo de pago en dinero o especie. 2 Como sector terciario se consideran los siguientes sectores: comercio; restau­ rantes y servicios de alojamiento; transportes, comunicaciones, correo y almace­ namiento; servicios profesionales, financieros y corporativos; servicios sociales, servicios diversos; gobierno y organismos internacionales.

[51]

cuales se reflejan en que, de la población ocupada del Distrito Fede­ ral, 10% no percibe ingresos o recibe menos de un salario mínimo, 43% recibe menos de tres salarios mínimos y 29% hasta cinco sala­ rios mínimos. Sólo 18% de la población que trabaja gana más de cinco salarios mínimos necesarios para adquirir lo que debe consumir una familia de cinco personas (en promedio) para atender sus necesidades básicas y las del hogar. De los habitantes del Distrito Federal, 53.6% es derechohabiente de una institución de seguridad social. Asimismo, se observa un incremento en el porcentaje de quienes trabajan por cuenta propia y en el de hogares encabezados por una mujer (31.4%), pues en el año 2000 este último indicador representaba 25.8% (stps, 2007, citado en Sánchez­Mejorada, 2013:573).

La desigualdad en el Distrito Federal es multidimensional. Incluye los ingresos monetarios, la calidad del trabajo y del empleo, la garantía de la seguridad social, el goce de los derechos a la salud, la educación, la vivienda, la recreación, el deporte y la cultura, el acceso a bienes y servicios urbanos, la calidad de vida en el territorio, la propiedad in­ mobiliaria y la disposición de tiempo libre (Sánchez­Mejorada, 2013:

573).

Si bien es cierto que los sectores populares de las ciudades latinoa­ mericanas siempre han padecido condiciones de trabajo y de vida pre­ carias, actualmente estas condiciones se han agravado en la medida en que las desigualdades sociales se han acrecentado y se advierten nuevas y diferentes formas de exclusión social. En este contexto el territorio no sólo es una expresión espacial de este conjunto de des­ ventajas económicas, sociales, culturales y ambientales que deben so­ portar principalmente los sectores de menores recursos sino también un factor que impide el ejercicio pleno de la ciudadanía y debilita la vida pública democrática (Cordera, Ramírez Kuri y Ziccardi, 2008).

Las experiencias autogestivas que tienden a mejorar la economía doméstica y la generación de proyectos de desarrollo dirigidos a sec­ tores de bajos recursos constituyen un eje muy importante, no sólo en el combate a la pobreza y la inequidad, sino en la formación y con­

solidación de ciudadanos, como veremos a lo largo del trabajo. Hasta ahora, las intervenciones han abordado la cuestión —tanto para el caso gubernamental como para el de la iniciativa privada— más desde una perspectiva asistencialista y de subsidios que desde una perspec­ tiva de desarrollo. Un problema estructural es la falta de crédito para el sector de bajos ingresos, lo cual, vinculado a motivaciones políticas, económi­ cas e ideológicas, representa uno de los elementos que frenan la gene­ ración de microempresas y procesos de autoempleo. Generalmente la banca y el sector financiero atienden a quienes se piensan corporati­ vizar y dejan sin servicios al resto de la población. Esto ha llevado a estos sectores a una creciente utilización de financiamientos —suma­ mente caros— mediante sistemas informales como los de prestamis­ tas, agiotistas, tandas y cajas de ahorro, entre otros, que los colocan en situaciones de gran vulnerabilidad, ya que no hay mecanismos de regulación que los protejan. Paradójicamente, el sistema infor­ mal revela un alto cumplimiento del pago de préstamos, pues de lo contrario las transacciones no serían tan frecuentes. El problema, en­ tonces, no está en que, por ser pobres, los individuos no sean sujetos de crédito, sino en la asignación de los préstamos y el diseño de los ins­ trumentos financieros formales (Otero y Rhyne, 1998:8). Dentro de este panorama, las mujeres son uno de los sectores más abandona­ dos, excluidos y con menores posibilidades de acceder a créditos para mejorar sus condiciones de vida. Pero no sólo se trata de un problema económico. Como se men­ cionó, hay un plano político de central relevancia: la construcción de ciudadanía. La ciudadanía se refiere a la pertenencia de individuos y grupos a una comunidad social. Se trata de una condición que remi­ te, por principio, a derechos y obligaciones, a la existencia de reglas compartidas y observadas y a la vigencia de la igualdad de los indi­ viduos ante las leyes y las instituciones. El asunto de fondo de la ciu­ dadanía es la inclusión. Es decir, se relaciona con la capacidad de integrar a los diferentes, de distribuir beneficios, de compartir atribu­ ciones, de atender los asuntos comunitarios y de construir en común; también implica la capacidad de los individuos para tomar parte en las exigencias de la vida pública (Álvarez y Portal, 2011).

Podemos sintetizar el concepto de ciudadanía a partir de dos ver­ tientes: una se refiere a la ciudadanía como pertenencia y supone un sustrato de identidad que se construye en relación con la comuni­ dad (el pueblo, la ciudad o el Estado), mientras que la otra remite a la ciudadanía como generación de derechos, a los que se consideran acreedores y que son reclamados por los miembros de una comunidad:

derecho al territorio, a los recursos naturales, a los bienes públicos, a la participación en los asuntos públicos, a la diversidad, al patrimo­ nio histórico­cultural, entre otros (Álvarez y Portal, 2011). Este trabajo muestra un ejercicio muy interesante con mujeres de sectores pobres de la ciudad de México impulsado por una escuela pri­ vada —la Comunidad Educativa Tomás Moro— ubicada en el ponien­ te de la ciudad, en la delegación Cuajimalpa. 3 A partir de promover la práctica del ahorro —basada en la metodología de John Hatch—, a lo largo de diez años de trabajo se ha logrado constituir no sólo mejo­ ras en la calidad de vida de las participantes, sino espacios formativos que, desde mi punto de vista, tienden a promover prácticas ciudada­ nas y procesos identitarios concretos, a través de los llamados gru­ pos de ahorro. El proyecto inició en 2002 como una labor esencial de una de las áreas del colegio: el Centro de Desarrollo Social Utopía (cdsu).

El contexto social del proyecto

Es importante brindar un breve contexto socioterritorial de dicho pro­ yecto ya que se desarrolla en una zona de la ciudad de México caracte­ rizada por ser una suerte de “mosaico social” con profundos contrastes económicos, pues en ella cohabitan grupos marginales, pueblos ori­

3 La delegación Cuajimalpa está conformada por cuatro pueblos (San Mateo Tlal­ tenango, San Lorenzo Acopilco, San Pedro Cuajimalpa y San Pablo Chimalpa) y 54 colonias, muchas de ellas de invasión o de reacomodo, que conviven con fraccio­ namientos residenciales para personas con alto poder adquisitivo, así como con mo­ dernos edificios donde se establecen grandes corporativos, en especial en el área de Santa Fe y sus alrededores (incluida la carretera a Toluca), un megaproyecto urbano que detonó el desarrollo de la zona a partir de los años noventa.

Figura 1 Ubicación de Cuajimalpa y Huixquilucan

ATIZAPÁN DE ZARAGOZA TLALNE- ISIDRO FABELA PANTLA JILOTZINGO AZCAPOT- GUSTAVO A. MADERO ZALCO NAUCALPAN DE
ATIZAPÁN DE
ZARAGOZA
TLALNE-
ISIDRO FABELA
PANTLA
JILOTZINGO
AZCAPOT- GUSTAVO A.
MADERO
ZALCO
NAUCALPAN DE
JUÁREZ
VENUSTIANO
MIGUEL
HIDALGO CUAUH- TÉMOC
CARRANZA
IZTACALCO
BENITO
HUIXQUILUCAN
JUÁREZ
ÁLVARO
OBREGÓN
CUAJIMALPA
IZTAPALAPA
COYOACÁN
TLÁHUAC
MAGDALENA
CONTRERAS
XOCHIMILCO
TLALPAN
MILPA ALTA

ginarios y colonias populares con sectores de clase media y alta y desarrollos empresariales transnacionales de punta. La delegación Cuajimalpa de Morelos ha tenido un crecimiento y un proceso de urbanización tardíos, si se compara con el resto de la ciudad, lo que se refleja en el vertiginoso crecimiento poblacional de las últimas décadas: en 1980, la delegación tenía 91 200 habitan­ tes; en 1990, 119 669; cinco años después, 136 865; en 2000, 151 222; 4 en 2005, 172 172, 5 y en 2012, 186 391. Sin embargo, el mayor incre­

4 Esto significa que la población creció 3.2 veces entre 1970 y 2000.

5 Documento elaborado por Soledad Cruz con base en el Archivo Histórico del inegi, los conteos de Población y Vivienda 1995 y 2005 y los censos generales de Po­ blación y Vivienda 1980­2000.

mento absoluto de población se dio justamente entre 1970 y 1980, cuando se consolidó el proceso de urbanización, periodo en que los habitantes pasaron de 36 200 a 86 725 (Preciat Lambarri y Contreras Prado, 2000:565). Esta dinámica —que implica 24 por ciento de crecimiento anual— ubica a Cuajimalpa como una de las cuatro delegaciones con mayor crecimiento poblacional del Distrito Federal, y la coloca —junto con Milpa Alta y Tláhuac— dentro de las consideradas delegaciones “jó­

venes”. Es decir que, a diferencia de otras delegaciones del Distrito Federal cuya población tiende a mantenerse estable en su crecimien­ to, provocando el aumento de la edad promedio de su población, 6 Cuajimalpa tiene una población promedio de 24 años de edad. Este elemento es esencial cuando se traduce en necesidades de servicios

y otros aspectos de las políticas públicas porque las autoridades ten­ drán que atender —a mediano y largo plazo— los requerimientos de una población mayoritariamente joven. El crecimiento desmedido responde a dos procesos: por un lado,

al crecimiento natural de la población y, por otro, a la creciente migra­ ción tanto de sectores populares provenientes de otros estados de la república —principalmente del Estado de México, Michoacán, Pue­ bla e Hidalgo— y del propio Distrito Federal, como de sectores altos

y medios que vivían en zonas más céntricas de la ciudad, como Po­

lanco o Lomas de Chapultepec, y que se desplazaron hacia estas áreas ante la oferta de zonas residenciales y servicios de alto nivel. 7 La migración de las clases altas atraídas por el megadesarrollo de Santa Fe la convierte, según el mapa de ingresos del Instituto Nacio­ nal de Estadística y Geografía (inegi), en la única zona donde con­ viven territorialmente las personas con mayor ingreso per cápita y aquellas con los menores ingresos de la ciudad (Moreno Carrasco,

2009).

6 Por ejemplo, en la delegación Benito Juárez, la edad mediana de los residentes es de 33 años.

7 Oferta que no se cumplió ya que la zona tiene graves problemas de agua, vialidades y transporte.

Estos dos grupos se asientan allí porque es un área que todavía cuenta con importantes extensiones de terrenos disponibles para com­ pra, muchos de los cuales provienen de las tierras y bosques pertene­ cientes históricamente a los pueblos que la conforman. Esta dinámica

se puede apreciar en la densidad de población: mientras que la del Dis­ trito Federal es de 2 130 habitantes por km 2 , Cuajimalpa sólo alcanza 497 por km 2 . 8 Lo anterior ha generado una enorme presión sobre los territorios de los pueblos, los cuales han vendido grandes extensiones de sus tierras de labor —sobre todo propiedad privada y ejidal— para dar paso a la construcción de fraccionamientos residenciales cerrados y colonias populares, de modo que han perdido muchos de sus territo­ rios originales. Si para 1950 la pea dedicada a labores agropecuarias

y forestales representaba 46% de los habitantes de la delegación, para

1990 sólo era de 1.3%. Lo anterior se refleja en el uso del suelo: por ejemplo, en 1997, 46% del suelo era para uso habitacional, 15% mixto

y 4% de recreación, lo que dejaba sólo 35% del territorio delegacional

para actividades agropecuarias y zonas de conservación (Preciat Lam­ barri y Contreras Prado, 2000:566). Esta tendencia se ha agudizado en los últimos años. Así, se ha transformado el paisaje urbano de un lugar boscoso, atravesado por ríos y manantiales, cuyos habitantes eran fundamen­ talmente agricultores, a uno con zonas altamente modernas, cruzado por grandes avenidas, con áreas residenciales exclusivas y una pobla­ ción dedicada en su mayoría al sector de servicios.

Asistencialismo y desarrollo social:

el proyecto del centro Tomás Moro

El proyecto en cuestión surge como iniciativa de un grupo de padres de la Comunidad Educativa Tomás Moro. 9

8 Breviario de la Delegación Cuajimalpa de Morelos, 2009. 9 El colegio Tomás Moro nace en 1983, con un plantel ubicado en Cuajimalpa. En 2001 se amplía y funda una segunda escuela en Lomas de Chapultepec.

Este centro [el cdsu], o el grupo de papás que lo impulsan, tiene las ganas de que la comunidad se comprometa un poquito más allá de la educación de sus hijos. Que se comprometa de lo próximo a lo [distante], y como el primer plantel está inserto en la comunidad de Cuajimalpa, pues la idea era comprometerse con el desarrollo de Cua­ jimalpa, principalmente con las comunidades marginadas. Trabajar a favor de acercar las oportunidades a las personas que no las han tenido. 10

La iniciativa se enmarca dentro de la filosofía humanista de la es­ cuela, en la que cada persona conserva una identidad propia y se pri­ vilegia la incorporación de los sujetos a un espacio comunitario bajo el lema “Ser y hacer en común”. A partir de estos conceptos surge la necesidad de constituir comunidad no sólo en el interior del plantel educativo, sino frente a su entorno social, el cual, como ya se dijo, es­ tá lleno de contrastes: grupos de muy bajos ingresos forman parte del contexto social y físico de la comunidad educativa a la que asisten niños y jóvenes de clase alta. Al inicio, el colegio mantuvo un conjunto de proyectos de servi­ cio social para sus estudiantes de preparatoria y secundaria con el fin de generar vínculos responsables y comprometidos con el entorno de la escuela. Sin embargo, éstos eran proyectos de corte asistencialista, 11 que implicaban trabajo voluntario, con alcances limitados tanto para los estudiantes involucrados como para las comunidades que reci­ bían los beneficios, de alguna manera ajenos a o independientes de la estructura formal de la escuela. Se pensó entonces en buscar un tipo de proyecto que con el tiempo fuera parte del currículo del estudian­ tado y constituyera un elemento sustantivo de su formación.

Se decide que el cdsu trabaje desde dos ámbitos: unos proyectos que les llamamos de campo, que se hacen directamente en las comunida­

10 Entrevista a María Aline Eichelman Medellín, coordinadora académica del cdsu del colegio Tomás Moro plantel Maguey, 2012. 11 Como la colecta de ropa para ser vendida a buen precio en las comunidades, acciones en torno a la salud, apoyos eventuales a las escuelas públicas de la zona, re­ gularización de niños, taller del juguete, etcétera.

des y no dependen de la participación directa de los alumnos o de los papás. En muchos casos apoyan pero se trabaja independientemente. Por otro lado, proyectos vinculados al [currículo] de formación de los alumnos. Aunque ya se venían haciendo ciertos proyectos de ser­ vicio social la idea fue darle un giro en donde los alumnos pudieran encontrarse de una manera más formal, más sistemática en este pro­ yecto de desarrollo en la comunidad de Cuajimalpa. Para su operación hay una persona que coordina los proyectos directamente en la comu­ nidad y en cada plantel hay una persona que coordina los proyectos de los alumnos. No es un trabajo que se hace en un día; la idea es ir permeando al [currículo] institucional en la parte no tanto de una ac­ tividad extra como un servicio social —como se venía haciendo—, sino como parte de las materias de formación cívica y ética, esta con­ ciencia ciudadana de conocer el lugar en el que vives; conocer sus riquezas y sus carencias; de poder experimentar que las oportunida­ des no están repartidas de manera equitativa. 12

La perspectiva cambió a partir de los llamados grupos de ahorro e implicó un proceso de construcción más o menos largo y complejo, desde abajo. Una primera transformación relevante en este cambio de mirada tuvo que ver con quién toma la decisión sobre las necesida­ des que se deben atender. Desde el enfoque asistencial la decisión es vertical, es decir, se toma desde el proveedor del servicio, mientras que desde la perspectiva del desarrollo la toma de decisiones emana de las necesidades de la gente que se beneficiará. No obstante, llama la atención, como se apreciará más adelante, que en realidad el modelo adoptado incluye ambas visiones: los gru­ pos de ahorro siguen recibiendo beneficios de corte asistencial, y me­ joran sus condiciones de vida a partir de dicha combinación. Proyectos como “Cepillando una sonrisa”, “Provista”, “Operación abrigo”, o talle­ res de arte para niños, clases de inglés y computación, apoyo psico­ lógico, entre otros, se han convertido en parte de los beneficios que reciben las mujeres que participan en los grupos de ahorro y sus fa­

12 Entrevista a María Aline Eichelman Medellín, coordinadora académica del cdsu del colegio Tomás Moro plantel Maguey, 2012.

milias, lo que genera una interesante mezcla de alternativas y poten­ cia el alcance del proyecto de desarrollo. La entrada a las comunidades seleccionadas permitió identificar necesidades mediante procesos participativos. El trabajo se inició en dos colonias y dos pueblos: Zentlápatl y Loma del Padre o la Papa, y los pueblos de San Pablo Chimalpa y San Pedro Cuajimalpa.

Figura 2 Mapa de las colonias en Cuajimalpa

Zona de influencia de grupos de ahorro

BOSQUES DE LAS LOMAS SAN FERNANDO LOMAS EL OLIVO LA RETAMA Carretera Federal PALO ALTO
BOSQUES DE LAS LOMAS
SAN FERNANDO
LOMAS EL OLIVO
LA RETAMA
Carretera Federal
PALO ALTO
JESÚS DEL MONTE
LA NAVIDAD
VISTA HERMOSA
SAN PEDRO
ZENTLÁPATL
SAN PABLO CHIMALPA
EL MOLINO
SAN JOSÉ DE
LOS CEDROS
EL YAQUI
MEMETLA
LOCAXCO
LAS TINAJAS
EL CONTADERO
SAN MATEO TLALTENANGO
LA CAÑADA
LOMA DEL PADRE
AZOYAPAN
LA VENTA
TIANGUILLO
LAS MAROMAS
SANTA ROSA XOCHIAC
XALPA

El mecanismo para echar a andar el proceso fue identificar a líde­ res en las comunidades y atraerlos al proyecto, así como acudir a las escuelas primarias públicas del área para informar a los padres de familia sobre lo que pretendía hacer el cdsu. También se establecie­ ron reuniones semanales para detectar necesidades y asignar priorida­ des. Al mismo tiempo, las reuniones permitieron rescatar la historia de las localidades. De las personas que se interesaron al principio —unas 30 o 40—, se quedaron alrededor de 15 mujeres, casi todas amas de casa que por el horario matutino eran las que podían participar. A partir de ellas

se invitó a otras e inició el trabajo formando cuatro grupos. Se les in­ vitó semanalmente a que delinearan las necesidades más sentidas y se abrió el espacio para que contaran sus historias. Se trataba de elabo­ rar un diagnóstico de las comunidades con las que se trabajaría, a fin de tener elementos sólidos para proponer proyectos específicos. En un primer momento, emergió la cuestión educativa: la preo­ cupación de cómo educar a sus hijos, cómo responder a las necesi­ dades educativas, cómo saber si la manera de marcar límites era la correcta, etc. Como en el Tomás Moro ya existía una escuela para pa­ dres, se pensó que ese modelo podría transportarse al caso de las colonias populares y los pueblos correspondientes. Surgieron enton­ ces madres de familia voluntarias que trabajaron con las madres de las comunidades, enlazadas a través de las escuelas públicas. El ejer­ cicio se desarrolló a partir de temas específicos como el cuidado de los niños, los problemas con los adolescentes, los cuidados de la sa­ lud, etcétera. Una vez consolidada la prioridad educativa, emergió la cuestión económica. Las condiciones precarias de vida, la falta de empleos, la poca preparación escolar y de habilidades de algunas de las participan­ tes llevaron a plantear la necesidad de generar un proyecto de desa­ rrollo en otro plano. El ahorro se pensó como una alternativa, como un motor para el fortalecimiento de la organización social.

Los grupos de ahorro

La escuela proporcionó el capital semilla y las mujeres empezaron a organizarse. Las reuniones se establecieron en los tiempos y espa­ cios que las participantes proponían, elegían un nombre como grupo y determinaban las reglas de funcionamiento, los montos que podían ahorrar individualmente para establecer los mínimos grupales, cuánto se cobraría de interés y las sanciones correspondientes a quienes no cumplieran lo establecido: cobros sobre deudas morosas, sanciones si llegaban tarde o no asistían, etc., es decir, formularon sus reglas y aprendieron a cumplirlas en un proceso de autorregulación y apren­ dizaje de disciplina.

Al mismo tiempo se capacitaron técnicamente para el manejo fi­ nanciero y de cuentas bancarias a partir de las promotoras del cdsu. 13

Mi papel en cdsu es promotora de campo. También apoyo los pro­

yectos escolares en la tarde: lo que es “Provista” y el servicio social de

los chavos. La promotora de grupo de ahorro primero forma los gru­

pos, los orienta, los asesora, les enseña cómo es el ahorro, lo del reglamento, ver que los grupos —su documentación— vayan al día, asesorando para que tengan buena armonía, que el ahorro vaya al día, dudas en cuestión del ahorro. Voy y las visito en sus reuniones. Antes las visitas eran cada ocho días pero ya hay grupos que no nece­ sitan que se les visite cada ocho días y vamos cada 15 o 20 días. Hay otros que sí requieren las visitas cada ocho días. 14

El primer grupo que surgió fue Unidas por Nosotras Mismas, en la colonia Loma del Padre; sus integrantes eran mujeres muy vulnera­ bles económicamente, amas de casa, cuyos esposos se dedicaban a la construcción. Es necesario señalar que, desde un principio, las mujeres que em­ pezaron a organizarse en los grupos de ahorro solicitaron que no se retiraran los otros proyectos que la escuela ofrecía. Se mantuvieron entonces las clases de cómputo, de inglés, talleres de arte y las diversas acciones para la salud mental y física. Asimismo, en cada ciclo escolar se ofrecen nuevos proyectos y pláticas. Muchas veces ellas mismas proponen y solicitan estos servicios. 15 Ahorrar se convirtió en un pretexto para enseñarles cómo fun­ cionan los grupos a través de los bancos comunales. El proyecto se basó en la metodología microcrediticia en bancos comunales creada

13 Este proceso les permitió dejar de usar los créditos informales de los pres­ tamistas y agiotistas de la comunidad, que les cobraban hasta 15 por ciento semanal. 14 Entrevista a Melba Mariana Martínez Meléndez, promotora del cdsu en ambos planteles, 2012. 15 A estos proyectos se van insertando los estudiantes del colegio a partir de sus intereses y habilidades.

por John Hatch 16 a mediados de los ochenta y aplicada en Bolivia por esos años. El método se enfoca en los segmentos de mayor pobreza y se basa primordialmente en la autogestión de los grupos a los que se otorga el microcrédito: eligen a sus miembros, designan a sus repre­

sentantes, refuerzan sus propias reglas, llevan sus libros y adminis­ tran todas las transacciones de dinero. No se trata sólo de hacer una operación crediticia, sino de agrupar a gente que en su mayoría no ha tenido oportunidad de un crédito, para que, mediante reuniones periódicas, logre procesos de desarrollo y capacitación relevantes.

A partir de esa metodología, los grupos de ahorro observados

adecuan a sus necesidades las propuestas del microcrédito, modifi­ cando, por ejemplo, el periodo de funcionamiento, 17 el monto de los

préstamos, el sentido de los mismos, los intereses que se cobran, etc. Es decir, lo asumen como un proceso flexible y construyen una metodología propia.

El objetivo es que con el ahorro semanal generen sus propios prés­

tamos, con un interés mucho más bajo que el de las formas de finan­ ciamiento formal e informal, pero que amortice la inversión. 18 Con ese dinero pueden solventar gastos imprevistos, hacer o ampliar al­ gún negocio, mejorar las condiciones de sus viviendas, financiar las fiestas religiosas, apoyar a sus maridos ante el eventual desempleo, etcétera.

Primero aprender a ahorrar y para poder hacer algunas cosas que no podíamos. Siempre tuvimos la ilusión de tener un carro. Porque te­ nemos un negocio, yo soy florista y mi esposo también es jardinero y florista y tenemos una pequeña florería aquí en el pueblo. […] Me ha servido, nos ayudamos con lo del ahorro para comprar una camio­

16 John Hatch es fundador de The Foundation for International Community Assistance (finca) International, con sede en Washington D. C., y actual miembro directivo de esta organización presente en 22 países del mundo. finca México ha operado desde 1989 y actualmente atiende a más de 42 mil clientes, 96 por ciento mujeres, a través de más de 2 100 programas de bancos comunales. 17 Que en la propuesta original es de 16 semanas y aquí es de seis meses, o sea, 24 semanas. 18 Cada grupo establece el monto de interés, que oscila entre siete y ocho por ciento mensual.

neta para transportar nuestro material y también para entregas de tra­ bajo que nos pedían. 19

Los grupos de ahorro están formados por un número variable de miembros que va de 12 a 35, con una composición social y genera­ cional heterogénea. Como requisito de entrada se tiene que presen­ tar una identificación oficial, pero, sobre todo, ser recomendado por alguien del grupo. Actualmente el cdsu atiende a nueve grupos ubicados en diferen­ tes colonias y pueblos de Cuajimalpa, con dinámicas e historias muy diversas: Unidas por Nosotras Mismas, en la colonia Loma del Pa­ dre; Fe y Esperanza, en el pueblo de San Pablo Chimalpa; Mujeres Mal­ ta, en la colonia Zentlápatl; Renacimiento, que originalmente era de San Pablo Chimalpa y ahora se han anexado socias de las colonias Palo Alto y Cuajimalpa; Exitosas, en la colonia Zentlápatl; Abundancia, que en su mayoría son de San Pablo Chimalpa, aunque también hay personas de Memetla y Cuajimalpa; Unión y Fuerza, en San Pablo Chi­ malpa; Amistad, que se encuentra en Cuajimalpa en una escuela que atiende a niños con discapacidad, y en él participan las maestras y las mamás de los niños, por lo que lo integran varias colonias de la zona; y finalmente Emprendedoras, en la colonia Zentlápatl. Hoy en día están en formación tres grupos más: Entusiasta, com­ puesto por exmiembros del grupo Unidas por Nosotras Mismas, en Loma Bonita; Mujeres con Valor, formado por exintegrantes de Exi­ tosas y de Mujeres Malta, en la colonia Zentlápatl, y Amistad y Con­ fianza, constituido por exmiembros de Unión y Fuerza, en San Pablo Chimalpa.

¿Cómo funcionan estos grupos de ahorro?

Estructuran su funcionamiento en lapsos de seis meses; al terminar, hacen un corte de caja, reparten las ganancias, guardan un monto

19 Entrevista a Brenda Morales Nava, florista, residente de San Pablo Chimalpa,

2012.

acordado de capital semilla 20 que se reinvierte para el siguiente ciclo y revisan los reglamentos modificando o agregando elementos, se­ gún la experiencia previa. Sin embargo, una vez aprobado el regla­ mento —que se discute en plenaria con todas las participantes—, se deberá cumplir hasta concluir el plazo.

Ahorita se modificó el reglamento porque anteriormente decían que las nuevas que entraban no tenían derecho a la actividad colectiva sino hasta el siguiente periodo, para conocerlas, para ver si son buenas pagadoras, y ahorita ya no, ya se les da desde que son nuevas porque como las que entran son por recomendación de una. Por ejemplo, yo, como entré por mi tía, si yo no pago ella queda por mí porque ella me está recomendando. 21

La organización interna depende únicamente de sus miembros. Las promotoras del colegio —que funcionan como capacitadoras e impul­ soras de los procesos— dejan que las decisiones se tomen siempre por consenso dentro de los grupos.

Nosotras como promotoras no tomábamos el recurso sino que ellas se organizaban y nombraban una tesorera, una coordinadora de gru­ po, una secretaria y vocales, de tal manera que todas hicieran algo. 22

En casi todos los grupos hay dos tipos de miembros: las socias ac­ tivas, que asisten regularmente a las sesiones y ocupan un cargo, y las socias (o socios) trabajadoras(es), que por diversas condiciones, personales o laborales, no pueden asistir a las reuniones y solicitan a alguna socia activa ahorrar por medio de ellas. Es decir, entregan el dinero, solicitan los préstamos y pagan mediante una socia activa, generalmente pariente o amiga de confianza. Los socios trabajadores

20 El monto del capital semilla varía dependiendo de las posibilidades económicas de cada grupo. El periodo puede iniciarse con aportaciones de 200 o 300 pesos por socia, aunque algunos grupos aportan un poco más.

21 Entrevista a Verónica Ayala Romero, ama de casa, nativa de Cuajimalpa, 2012.

22 Entrevista a María Eugenia Muruato García, coordinadora de Desarrollo del cdsu en los dos planteles, 2012.

muchas veces son hombres que ahorran a través de sus esposas, ma­ dres o hijas. Esto le da a la mujer un nuevo rol dentro de la familia, más allá del cuidado de los hijos y del hogar, donde desarrolla un papel activo y, sobre todo, visible, en el mejoramiento de la calidad de vida grupal, lo cual refuerza su autoestima, además de que modifica y forta­ lece las relaciones familiares. Al inicio de cada periodo se nombran distintos cargos y se analiza quiénes serían las personas idóneas para ocuparlos. Hay grupos que tienen hasta 12 cargos. Éstos varían en cada caso y pueden ser: presi­ denta, secretaria, tesorera, fiscal, vocales, encargada del ahorro de los niños, encargada del ahorro de las mujeres, encargada de actividad co­ lectiva, encargada de pasar lista y cobrar las ausencias, entre otros.

Ya llevé el cargo de tesorera, lo llevé por dos periodos y ahora tengo el cargo de saldo en bancos. La tesorera es la que recolecta todo lo que entra de dinero, la que hace los préstamos, lleva ese control, y lo que ingresa en el banco, quién lo deposita, cuánto dinero sale. Tam­ bién sabe a quién se le da actividad colectiva y a quién no, y al final del periodo es la que saca el porcentaje para la repartición de las ga­ nancias, entrega el informe del total que ahorró cada una y el interés que debe tener cada una. Es un informe global de lo que se hace en las reuniones. Hay también la fiscal, que es la que revisa las tarjetas (de cada socia) para ver que vayan bien, que los pagos vayan bien registrados, y que el día que les toca pagar, pues ese día se cumpla. […] Hay una encargada de control de préstamos, allí se maneja lo que es interés de los préstamos, cuándo se van a pagar, cuándo es la fecha de vencimiento de cada préstamo y cómo van a ir pagando por se­ mana. 23

Cada grupo de ahorro divide sus actividades dependiendo de có­ mo quiere realizarlas y a cada actividad corresponde un cargo. El prin­ cipio es que todas las socias participen en algo para la colectividad. La manera de trabajar y de efectuar sus controles también puede variar: algunas llevan cuadernos, otras elaboran grandes “sábanas

23 Entrevista a Verónica Ayala Romero, ama de casa, nativa de Cuajimalpa, 2012.

de papel” donde asientan todas las operaciones, se utilizan tarjetas de control individual, tarjetas para los niños, cajas de cartón para guardar el dinero antes de depositarlo, etc. 24 Lo importante es que todas se­ pan qué se hace con el dinero y puedan consultar sus documentos con total transparencia, lo cual genera confianza porque todas conocen los procedimientos, los montos de inversión, las tasas de interés y las for­ mas de reparto de las ganancias. 25 El pretexto del ahorro les permite redescubrir sus habilidades y adquirir seguridad en sí mismas.

Yo, afortunadamente me gustan mucho las matemáticas, entonces no se me dificultó mucho aprenderlo, por lo mismo de que me gusta mu­ cho hacer cuentas y hacer números. Sí, es como de llevar un control y un orden total porque no se puede ir ni un centavo, nada, nada, y hay que estar al pendiente de todo. Y esto pues es personal. Si a una se le pasa una regla pues allí está la otra para recordarlo. 26

El tamaño de la responsabilidad que asume cada mujer depende del tiempo que ha participado en su grupo, la capacitación recibida por sus compañeras y por las promotoras y su propia voluntad de hacerlo. Es interesante ver que quien recibe un préstamo decide cuánto va a pa­ gar semanalmente y por cuánto tiempo (que no exceda los seis meses de operación del periodo). Las actividades —a diferencia de lo propues­ to por la metodología de microcrédito— no van dirigidas necesaria­ mente al desarrollo de microempresas. Hay préstamos personales y para actividades colectivas, estas últimas propuestas por las socias para realizarlas en común y generar ganancias comerciales. Por ejemplo, cuando los niños van a entrar a clases, se juntan y compran útiles es­ colares al mayoreo, mismos que venden entre ellas o en sus localida­ des a mejor precio que el que ofrecen los comerciantes locales. Con

24 Se utilizan los servicios de un banco comunitario que opera en México llama­ do Fin Común, que no les cobra comisiones y cuyo interés es ligeramente mayor que

el de los bancos convencionales.

25 Las ganancias provienen de los intereses de los préstamos, de las demoras en

los pagos (que generan una penalización), de los intereses obtenidos por depósitos ban­ carios y de los retardos e inasistencias por los que se cobran multas.

26 Entrevista a Sarahí, nativa de San Pablo Chimalpa, 2012.

ello obtienen una ganancia colectiva extra, pero son transacciones temporales, es decir, no conforman un negocio fijo. En algunos grupos, la actividad colectiva ha evolucionado y se ha constituido en una suerte de segundo préstamo individual, que pue­ de ser para la compra de mercancías de temporada pero también para solventar los gastos de las fiestas religiosas. Cabe recordar que en estos pueblos y colonias hay una fuerte tradición religiosa centra­ da en el santo patrón, al cual le dedican buena parte de sus ingresos para hacer la fiesta anual. La participación en dicha fiesta y en el con­ junto de actividades que implica representa uno de los mecanismos centrales de la pertenencia social. De allí la relevancia de consolidar la participación festiva. Este tipo de préstamos se convierte en una fuente alternativa de soporte económico para algo tan importante como la reproducción de las tradiciones. Por ello podemos afirmar que refuerza la identidad grupal.

El préstamo es […] por decir, aquí pagamos un interés por mes, por ejemplo si pides mil pesos pagas un ocho por ciento de interés. Y la actividad colectiva, por ejemplo decimos: “va a salir una actividad colectiva de dos mil, ¿quién la quiere?” Pero pagamos 400, pero esos 400 son como un ahorro extra para uno porque al final se te regresa íntegro, no se reparte porque todas damos los 400. En cambio en el préstamo, los intereses sí se reparten entre todas, por decirte, si hay mil pesos de interés, se reparten entre todas. 27

Al concluir el periodo de ahorro nombran nuevamente los car­ gos, de tal suerte que no pueden ocupar un cargo de manera indefini­ da. Sólo en caso de que se haya realizado un muy buen trabajo el grupo puede decidir que esa persona continúe con el cargo por un perio­ do más, teniendo como máximo dos periodos en un mismo cargo. La mujer que concluye un cargo se compromete a capacitar a la que la suplirá. Así, la rotación de cargos tiene un sentido formativo ya que se socializa el conocimiento, se aprenden habilidades nuevas y se generan procesos de solidaridad.

27 Entrevista a Verónica Ayala Romero, ama de casa, nativa de Cuajimalpa, 2012.

Hay jóvenes, hay mujeres adultas que dicen: “no, no puedo; no quiero participar porque no sé escribir bien, porque de verdad no fui a la es­ cuela o llegué hasta primaria”, y lo que se les dice es que tengan la confianza porque todas van a pasar por allí. Si a lo mejor descubriste que éste no es tu cargo pero eres buena en otro, de alguna manera van descubriendo en qué son hábiles. A la larga a muchas les sirve. 28

El excedente semanal de cada grupo se deposita en el banco des­ pués de efectuar los préstamos y cobrar los intereses correspondien­ tes. Los depósitos se realizan en un banco comunitario que les ofrece un interés mejor y un trato más amable que la banca privada, donde el cobro de tarifas por servicios y los requisitos para el manejo del dine­ ro complican los trámites. Todas las socias abren su cuenta bancaria, de manera que indivi­ dualmente aprenden el manejo financiero y a través de esas cuentas personales se organiza el movimiento del dinero colectivo. La idea de colectividad que se genera favorece procesos de inclusión en di­ ferentes niveles. Por ejemplo, en los grupos de ahorro analizados se suman no sólo los socios trabajadores, sino también los niños —hi­ jos de las mujeres ahorradoras— que, a través de sus madres, apren­ den a ahorrar aun cuando no estén presentes porque tienen que asistir a la escuela. Ellos llevan sus controles del ahorro en tarjetas, igual que sus madres, y además tienen reparto de utilidades al final de cada periodo. Este proceso de inclusión de los infantes me parece muy interesante porque puede producir cambios a largo plazo en las siguientes generaciones. Cada seis meses pueden incorporarse nuevos miembros, lo cual es un proceso delicado y requiere la atención de todo el grupo por­ que tiene que ser gente confiable, honesta y responsable. En general se invita a parientes cercanos, de modo que el parentesco —estructu­ ra sumamente afianzada en los pueblos y barrios urbanos— se cons­ tituye en el elemento central en la conformación de los grupos.

28 Entrevista a María Eugenia Muruato García, coordinadora de Desarrollo del cdsu en los dos planteles, 2012.

Asimismo, los grupos pueden dividirse al final del periodo de fun­ cionamiento ya sea para disolverse (cosa que aún no ha sucedido) o para configurar uno nuevo. Así, el grupo Esperanza, de San Pablo Chi­ malpa, se dividió ya dos veces y surgieron Renacimiento y Empren­ dedoras.

¿Qué han obtenido estas mujeres? Testimonios

Durante las entrevistas encontramos que, paralelamente al proce­ so de ahorro, las mujeres encuentran un espacio propio de conviven­ cia, de solidaridad de género, de pertenencia y de fortalecimiento de su autoestima. Hay que recordar que son mujeres sometidas a la vio­ lencia económica, social y matrimonial. 29 Según datos del inegi (2011), en México dos de cada tres mujeres mayores de 15 años han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, ya sea en la escuela, en el trabajo o en el hogar. En la ciudad de México, los índices están entre los más altos del país: 76.8% de las mujeres mayores de 15 años de­ clara haber sido víctima de violencia alguna vez en su vida, cifra que sube a 78.2% en el caso del Estado de México, el segundo índice más alto de la nación, superado sólo por Jalisco, con 78.5%. No obstante en el Distrito Federal la delegación Azcapotzalco es la que reporta la ma­ yor violencia contra las mujeres, Cuajimalpa de Morelos experimenta la mayor cantidad de denuncias, con 5.56 por cada mil mujeres. Estas mujeres viven en un ámbito social limitado al entorno fami­ liar, con pocas prerrogativas de diversión y de crecimiento personal. Dedicadas a cuidar y servir a sus familias, muchas de ellas tienen un nivel de escolaridad bajo —en particular las mayores de 60 años— y pocas oportunidades de empleo fuera de sus hogares.

29 La violencia de las parejas no sólo es la más extendida, sino la más grave por cuanto se ejerce de manera sistemática y orientada a dañar de diversas maneras la integridad física, sexual, emocional y económica de la mujer. En zonas como Xo­ chimilco, Cuajimalpa, Milpa Alta y Tláhuac, la violencia en la familia se relaciona con el uso de bebidas alcohólicas, problemas económicos y la creencia de que gol­ pear a la mujer “es normal”.

Aquí aprendí a tener muchas amistades —por decir, yo era muy tí­ mida—, a convivir mucho más. Ha habido muchos cursos, de psico­ logía, de computación, de inglés, de vínculos para la niña. Tengo una niña de 18 y otra de seis. A la de 18 la estuvieron orientando para los cursos para la prepa. Esos cursos costaban tres mil pesos y aquí fue gratuito y entró a la escuela que ella quería. Lo de los lentes también nos ha ayudado mucho. 30 […] Es una ayuda para nosotras estar en el grupo. Es un tiempo para nosotras. Nos dedicamos un momento para nosotros. Estamos acostumbradas a estar pensando siempre en el ho­ gar, en la familia, en las cosas de comida y no nos damos tiempo para uno. Aquí sirve tanto para ahorrar como para estar conviviendo con las amistades, para darnos un tiempo para nosotras. 31

En este proceso de darse un espacio propio han surgido actividades como ir en grupo a tomar baños de temazcal o salir juntas a comer a un restaurante con parte de las ganancias obtenidas en un ciclo, prác­ ticas inusuales en este sector de la población local. También encontra­ mos que cumplir retos personales y familiares a partir del ahorro coloca a las mujeres en una posición familiar distinta, ya que juegan un papel activo y fundamental en las mejoras de la casa o de las con­ diciones de vida.

Me han hecho el hábito del ahorro, que yo no tenía. Nunca sabía lo que era ahorrar y desde hace cinco años que empecé a ahorrar pues me ha encantado y hemos podido mejorar la casa. Tengo de casada —gracias a Dios— casi 32 años, nunca hemos tenido un baño por­ que en el terreno donde vivimos es fosa séptica, siempre eran bañi­ tos de letrina y con esto del ahorro pudimos hacer mi marido y yo un

30 Dentro de los proyectos de servicio social en el colegio Tomás Moro, los mu­ chachos de secundaria promueven el proyecto “Provista”, donde son entrenados para hacer exámenes de la vista a niños de escuelas públicas y luego van especialistas en una unidad móvil para atender a los niños que se detectaron con problemas visuales.

Los lentes que les proporcionan tienen un costo muy por debajo del comercial, y tam­ bién las socias de los grupos de ahorro se benefician del programa. 31 Entrevista a Brenda Morales Nava, florista, residente de San Pablo Chimalpa,

2012.

baño ya normal, con regadera que ¡cómo la disfruto! También hemos estado comprando para mis hijos las computadoras, y cosas para la casa, que el refri, la lavadora o para el gasto, cosas para los niños y nos hemos paseado. Para mí el ahorro es algo que descubrí, tarde pero, bueno, nunca es tarde […]. 32

Asimismo, hay un aprendizaje acumulativo basado en combinar

el proceso de ahorro con las ofertas de proyectos que el colegio abre para ellas sistemáticamente. En esta combinación se va ampliando

el panorama afectivo y social en la medida en que conocen a otras mu­

jeres con experiencias similares o distantes, se permiten explorar nue­ vos conocimientos —como aprender computación o inglés— y se dan cuenta de lo que pueden hacer y los retos que pueden alcanzar, ge­ nerando procesos de valoración y de autorreconocimiento en don­ de también aprenden a buscar ayuda para resolver sus problemas. Esto trae transformaciones visibles en las relaciones familiares y en el pa­ pel que desempeñan estas mujeres dentro de ellas, no sólo frente a los esposos sino también frente a los hijos e hijas.

Tuvimos la experiencia de muchas socias que iban a las reuniones a es­ condidas del marido. “¿A dónde vas? […] Voy a un taller de costura”. No les decían. Por miedo, por el clásico muy común que hay aquí —en Chimalpa, en Loma del Padre— del machismo, y llegaban y así muy tímidas, no hablaban. Poco a poco con los cursos y las pláti­ cas fueron saliendo, ya no se esconden, pero antes sí, al principio aho­ rraban a escondidas. 33

Reflexiones finales

En México, el concepto de ciudadanía frecuentemente se confunde

y se restringe a los procesos electorales y al ejercicio de votar. Sin em­

32 Entrevista a Francisca López Soto, fundadora del grupo Renacimiento, quien vive en San Pablo Chimalpa, 2012. 33 Entrevista a Melba Mariana Martínez Meléndez, promotora del cdsu en los dos planteles, 2012.

bargo, para llegar a ese momento y ejercer con plena libertad el dere­ cho al voto, se requiere un proceso de aprendizaje previo que involucra derechos y deberes en diversos planos de la vida social. La construc­ ción de ciudadanía no es sólo el resultado de un reconocimiento legal y de la pertenencia a una comunidad política abstracta, sino un con­ junto de prácticas concretas que fortalecen la pertenencia a una comu­ nidad tangible, mediante compromisos y obligaciones públicas, pero también por medio de derechos, del acceso a una vida digna y la par­ ticipación en los beneficios del desarrollo comunitario. Inicié este trabajo con la premisa de que la ciudadanía no es un punto de partida sino de llegada. Es decir, es un proceso en continua construcción. Asumí también su doble caracterización: como perte­ nencia y como derecho. En ese marco, ¿por qué pensar que el desa­ rrollo de proyectos como el descrito genera procesos de construcción de ciudadanía? Encuentro por lo menos nueve aspectos que dibujan un panorama educativo en el sentido profundo de construcción de ciudadanía, en cuanto pertenencia y en cuanto a lo referido a la gene­ ración de derechos y obligaciones:

1) Toma de decisiones colectiva: los grupos de ahorro se consti­ tuyen sobre la base de la autogestión y de la toma de decisiones colectiva. Las mujeres no pagan por un servicio financiero sino que lo construyen. La toma de decisiones colectiva refuerza el sentido de comunidad, obliga a la participación de todas y produ­ ce un sentimiento de justicia, en el sentido de que las decisiones no son discrecionales ni arbitrarias. Pasan por un proceso de discusión y de ajustes en el cual las necesidades de todas son escuchadas y tenidas en cuenta. 2) Participación horizontal: implica que si bien hay cargos especí­ ficos en cada grupo, eso no se traduce en cotos de poder como en otros ámbitos. Todas ocuparán cada cargo en algún momen­ to, de modo que se distribuye tanto el conocimiento de lo que significa la responsabilidad de cada una de ellas como la capa­ cidad de comprender lo que conlleva tal responsabilidad. Los cargos son vistos, más que como espacios que favorecen los pri­ vilegios, como vocación de servicio. En todas las entrevistas se

subrayó siempre la responsabilidad que implica cada cargo y la necesidad de que se realice correctamente como una obligación frente al grupo. Con ello se genera una sensación de igualdad o de “hermandad” que poco a poco cohesiona a las socias. Esto for­ talece a su vez el sentimiento de inclusión, de pertenencia, as­ pectos importantes de la identidad grupal, que se potencian con la pertenencia socioterritorial más amplia: “soy de Chimalpa”, “soy de Cuajimalpa”, “no nací aquí pero llevo 30 años viviendo aquí, mis hijos nacieron aquí”, etcétera.

3) Vigilancia y transparencia de las acciones: como vimos, la ma­ nera en que se estructuran los grupos favorece que todas estén

al tanto de las transacciones que se llevan a cabo, haciendo trans­

parente el funcionamiento y produciendo un sentimiento de confianza. Las reuniones se efectúan con ese sentido, así que lo

que tiene en su libreta la tesorera lo tienen todas, para realizar un seguimiento puntual de cada parte del proceso. Esto es fun­ damental porque la corrupción y la ilegalidad en México han provocado el quiebre de la confianza como valor social. Pro­ cesos como éste favorecen su reconstitución. 4) Elaboración y cumplimiento de reglamentos: todo esto no se­ ría posible sin un marco reglamentario. Lo interesante aquí es que ellas mismas se autoimponen las reglas que deberán se­ guir. Pero se comprende que todo reglamento es perfectible. Así, cuando tienen que aplicar una regla a alguna de sus compañe­ ras y se dan cuenta de que puede resultar injusta, la discuten y se flexibiliza o se propone modificarla para el siguiente perio­ do. Por ejemplo, en uno de los grupos el reglamento marca que

si se falta más de dos veces sin que se envíen los pagos y multas

con otra socia, la socia faltista no tendrá derecho a participar en las actividades colectivas. Me tocó presenciar un caso en el que la socia explicó que no pudo asistir porque su marido tuvo un accidente, estuvo con él en el hospital por varias semanas

y hasta el sur de la ciudad. La norma no contemplaba el caso y,

aunque se cumplió como estaba establecida, se acordó incluir, para el siguiente periodo, ese tipo de emergencias. La socia en

cuestión acató el mandato porque comprendió la lógica y que habría una solución posterior. 5) Tolerancia e inclusión: aunque los conflictos son inherentes a cualquier relación humana, a mi parecer la manera en que se conforman los grupos —con una gran diversidad de condicio­ nes económicas y generacionales— propicia la tolerancia ante la diferencia. Mujeres de distintas colonias y condiciones sociales, jóvenes y mayores, niños, niñas y hombres logran trabajar jun­ tos ocupando distintos lugares dentro del proceso y con un fin común: mejorar sus condiciones de vida. Después de varios me­ ses de compartir experiencias y conocimientos se generan lazos afectivos importantes que le dan sentido de pertenencia a un grupo específico. 6) Solidaridad: con ello se originan formas de apoyo muy intere­ santes; por ejemplo, en torno al cuidado de los niños que acom­ pañan a algunas madres: entre todas los cuidan y tienen paciencia ante el llanto o las necesidades de los pequeños. También surgen formas de solidaridad económica: se apoyan llevando las cuo­ tas cuando alguna no puede asistir o se prestan dinero para que no les cobren moras. Al igual se encuentra la solidaridad afec­ tiva: se dan consejos ante problemas específicos, unas a otras se enseñan los conocimientos que requiere el manejo financie­ ro, etc. Llamó mi atención que en ningún momento se hicieran comentarios negativos entre las socias ante la inexperiencia de alguna o el desconocimiento de algún proceso. 7) Ampliación del horizonte social y económico: ya mencionaba al inicio del texto que la ciudadanía implica trabajar sobre la des­ igualdad y la inequidad. Ahorrar y mejorar de manera puntual aspectos de sus vidas han favorecido que los grupos analizados aprovechen las diversas ofertas de la Comunidad Educativa To­ más Moro —asistiendo a alguna plática, taller o curso— no sólo individualmente, sino también como colectivos. Así han podi­ do vincularse a otros grupos de mujeres y hombres que están en procesos similares. Muestra de ello es una cooperativa de productores al norte de Puebla, a los que compran productos con los recursos generados en los grupos y los venden en la ciu­

dad. La idea de estos intercambios es impulsar proyectos de eco­ nomía solidaria en las mismas comunidades urbanas, ampliando las posibilidades de autoempleo y la inclusión de los jóvenes. 8) Reconstitución de redes sociales e impacto hacia la comunidad más amplia: en la medida en que se originan formas de construc­ ción de autoestima y descubrimiento de nuevas habilidades, las personas tienden a ocupar un lugar diferente en sus familias, pe­ ro también en sus comunidades. Asimismo, hay una clara in­ fluencia sobre los jóvenes, que obtienen beneficios a través de sus madres, mejoran su calidad educativa y amplían sus posi­ bilidades de una mejor inserción en el mundo laboral. También han surgido formas puntuales de defensa ante la violencia que aparece cada vez con más frecuencia en la zona: observación entre los vecinos, modos de avisarse si alguien está en peligro, acciones conjuntas para exigir a las autoridades mejores servi­ cios de seguridad, por señalar algunas. 9) Sentimiento de pertenencia: finalmente todas estas acciones van generando procesos identitarios que consolidan a los grupos sociales. La ciudadanía como adscripción requiere identidades consolidadas. Se necesita saber “dónde estoy” para delinear “hacia dónde voy”. Sin embargo, el propio proceso transforma las miradas de las mujeres sobre sí mismas. En la medida en que hay procesos de revaloración de su autoestima y mayor seguridad personal, al saberse capaces de proveer económica­ mente, hay un salto cualitativo en la identidad de género que posibilita un cambio de postura de las mujeres frente al entor­ no —familiar y social—, modificando dinámicas de antaño en las que la violencia hacia ellas era una constante histórica. Esto se transmite a las siguientes generaciones, lo que seguramente mejorará la situación familiar de los jóvenes.

Para que la condición de ciudadanía se haga efectiva es indispensa­ ble que la acción social vaya más allá de la gestión inmediata de las de­ mandas y, al mismo tiempo, que esboce o promueva valores y reglas de convivencia, cuestione las relaciones de dominación o de des­ igualdad, promocione valores culturalmente pertinentes de igualdad

y libertad o propicie la identificación de los individuos y los grupos con los valores y las reglas de convivencia instituidas (Mouffe, 1999). Este proceso supone también la adopción de compromisos y res­ ponsabilidades de los individuos y los grupos para con la comunidad inmediata o la sociedad; el mero acceso a beneficios económicos o a bienes y servicios no acredita la condición ciudadana plena; lejos de ello, convierte a los individuos en receptores pasivos o en beneficia­ rios. La condición de plena competencia como miembros de la socie­ dad exige la respuesta social, el compromiso tangible de los individuos, su incidencia en el debate sobre los asuntos de interés común y su participación en la satisfacción de las necesidades colectivas. La cons­ trucción de ciudadanía apela así a una dimensión que involucra a los individuos en el interés general (Álvarez, 2006). Lograr lo anterior en un país como México, donde la legalidad está desdibujada y la gobernabilidad sumamente cuestionada, implica una tarea titánica en muchos frentes, pero sobre todo demanda el fortale­ cimiento tanto de la sociedad civil como de las instituciones y las leyes. Es decir, requiere un trabajo de construcción —o reconstruc­ ción— desde la base social, en lo cotidiano y a partir de prácticas concretas que vayan forjando en los sujetos una conciencia clara de su pertenencia y de su ser ciudadano. Desde esa perspectiva, los gru­ pos de ahorro impulsados por la Comunidad Educativa Tomás Moro pueden verse como claros impulsores de transformaciones sociales trascendentes con las cuales se trastoca no sólo la vida de varias mu­ jeres, sino de sus entornos familiares y sociales más amplios. De eso se trata el cambio social.

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BLANCA

Los comedores comunitarios: una alternativa en la lucha contra la pobreza en la ciudad de México

Cristina Sánchez-Mejorada Fernández*

Introducción

Las repetidas crisis en el marco de la globalización y el modelo neoli­ beral han derivado en la creciente informalización del mercado labo­ ral. A esta situación se suman diversos cambios como la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, el aumento de la inseguridad laboral, la desarticulación de las organizaciones sindicales y, consecuente­ mente, la mayor flexibilización y precarización del mercado de traba­ jo. Estas transformaciones afectan de manera directa las condiciones de vida de los trabajadores y los ubican en una compleja situación de precariedad laboral, disminución de ingresos e incremento de la po­ breza y la exclusión. El desempleo y la precariedad laboral, agravados por la crisis de 2009, elevaron el índice y las condiciones de pobreza de grandes sec­ tores de la población del Distrito Federal. Para abatir este problema, el Gobierno del Distrito Federal, a través de la Secretaría de Desarro­ llo Social, ha instalado más de 300 comedores organizados y operados por los ciudadanos, quienes además de obtener una fuente de ingre­ sos están comprometidos con la comunidad y el bien social. Los co­

* Profesora­investigadora del Departamento de Sociología y la maestría en Pla­ neación y Políticas Metropolitanas, Universidad Autónoma Metropolitana­Azcapot­ zalco. Este trabajo forma parte del proyecto Ciudad global, procesos locales: conflictos urbanos y estrategias socioculturales en la construcción del sentido de pertenencia y del territorio en la ciudad de México, financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tec­ nología (Conacyt) con la clave 164563 del Fondo Sectorial de Investigación para la Educación (sep­Conacyt).

[81]

medores comunitarios se ubican en colonias catalogadas como de me­ dia y alta marginalidad, operan en espacios que la misma comunidad

o

los promoventes proponen, y son administrados por un comité de

al

menos cinco vecinas y vecinos que ejercen la responsabilidad de los

recursos públicos destinados al programa (insumos no perecederos):

cobrar la cuota de recuperación (diez pesos por comida completa), com­ prar los insumos perecederos, preparar la comida, registrar y atender

a los usuarios y realizar todas las actividades inherentes al desempe­

ño del comedor. Cada miembro que administra el comedor cobra 100 pesos (6.06 euros) 1 diarios, por lo que se convierte también en una fuente de ingresos. El objetivo de este trabajo es exponer los beneficios o el impacto que estos comedores comunitarios tienen para abatir o mejorar las con­ diciones de pobreza, el trabajo colectivo y las actividades comunitarias que realizan. Inicialmente me había propuesto analizar los comedo­ res comunitarios que se han construido con recursos del Programa Comunitario de Mejoramiento Barrial, puesto que son las organizacio­ nes comunitarias quienes los proponen y operan, con lo que también se da cuenta de la acción colectiva dirigida a atender la problemática del desempleo y la alimentación; sin embargo, con este esquema sólo operan dos comedores, por lo que, si bien me referiré a ellos, el aná­ lisis es más generalizado.

Breve diagnóstico sobre las condiciones de pobreza en el Distrito Federal

De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2010 (inegi, 2010), el Distrito Federal, también conocido como la ciudad de México, es una de las ciudades más pobladas del mundo: en ella residen 8 851 080 habitantes, lo que representa 7.9% de la población nacional, con una densidad demográfica de 5 920.5 habitantes por km 2 ; por cada 100 mujeres hay 92 hombres, y la edad mediana es de 31 años.

1 De acuerdo con el tipo de cambio del 27 de agosto de 2012, cuando un euro equivalía a 16.51 pesos mexicanos.

En promedio, los hogares del Distrito Federal están integrados por 3.63 personas y, dado que en su estructura demográfica tienen más peso los adultos (71.3% de la población es mayor de edad), los requeri­ mientos de ingreso son más elevados que en localidades donde el tamaño del hogar es mayor y sus habitantes son más jóvenes en pro­ medio; 33% de los hogares se encuentra encabezado por mujeres; la razón de dependencia por edad es de 43.6, es decir que por cada 100 personas en edad productiva hay 44 en edad de dependencia (me­ nos de 15 años y más de 64). En agosto de 2012, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social dio a conocer que 79% (7 003 704) de los habitantes de la ciudad se en­ cuentra en edad de trabajar (mayores de 14 años). De éstos, 71% se considera como población económicamente activa, y 93.6% está la­ borando; 74% son asalariados (2% menos que en 2000), porcentaje que se incrementa en los trabajadores por cuenta propia (18%); 5.2% son empleadores y 2.8% realiza actividades no remuneradas. Hace 12 años, alrededor de 18% trabajaba en la industria manufacturera, aho­ ra sólo lo hace 11%; la población empleada como prestadora de ser­ vicios pasó de 39 a 45% y en la burocracia se ubica 1%; la industria extractiva y eléctrica prácticamente desapareció (junto con la Com­ pañía de Luz y Fuerza del Centro, que operaba en la zona metropoli­ tana de la ciudad), y el resto de los sectores se mantuvo igual. Un dato interesante es que, en 2000, la población masculina ocu­ pada era de 54% y ahora es de 56%, es decir, descendió el número de mujeres que trabajan (stps, 2012). De la población económicamente no activa, 38.7% son estudiantes, 44% se dedican a los quehaceres del hogar, 16.3% son jubilados y pensionados, 1.8% presentan alguna limi­ tación física o mental y 4.2% realizan actividades no económicas. Desde 2007 se presenta una tendencia a la baja en las remunera­ ciones medianas por hora, que actualmente son de 25.50 pesos. Los trabajadores asalariados que tienen acceso a los servicios de salud y seguridad social alcanzan 60% y más de 50% de los asalariados cuen­ tan con un contrato de base, planta o por tiempo indefinido. Al revi­ sar la información de 2008 se pudo constatar una nueva reducción (la pobreza laboral comprende 63.6% de la población), sin embargo,

para 2010 experimentó un incremento de más de cinco puntos por­ centuales (Pacheco, 2011). El Consejo de Evaluación del Desarrollo Social del Distrito Fede­ ral (Evalúa df, 2011) realizó un estudio para conocer la situación de pobreza en la ciudad. El enfoque adoptado considera que la pobreza es un fenómeno multidimensional y, por ello, se eligió el método de medición integrada de la pobreza (mmip), que incluye tres componen­ tes: ingreso, 2 necesidades básicas insatisfechas (nbi) 3 y tiempo (Boltvi­ nik y Damián, 2006). La pobreza de tiempo constituye el indicador más novedoso del mmip, cuya incorporación respondió al reconoci­ miento de que los hogares, para satisfacer sus necesidades, requieren seis fuentes de bienestar: tiempo (Boltvinik y Hernández Laos, 1999), ingreso, acceso a bienes y servicios públicamente proveídos, conoci­ mientos y habilidades, patrimonio básico (vivienda y propiedades) y activos no básicos (bienes muebles), incluyendo la capacidad de en­ deudamiento, que no está operacionalizada en dicho método. Si bien el Distrito Federal es una de las entidades con alto desa­ rrollo económico y tiene el mayor porcentaje de no pobres (35%) en comparación con otras entidades y zonas metropolitanas del país, la mayoría de su población (64%) vive en la pobreza, casi 17% en pobre­ za extrema o indigencia, es decir que cumplen, en promedio, menos de 50% de las normas definidas de ingresos, de tiempo y de nece­ sidades básicas satisfechas (Damián, 2011). Como se puede apreciar en la tabla 1, entre la población no po­ bre se presentan diferencias en su composición por estratos. El ma­

2 Para calcular la línea de pobreza por ingreso se tuvo en cuenta el tamaño del hogar, las economías de escala y los gastos fijos de los hogares, indistintamente de su tamaño. Para determinar la línea de pobreza con economías de escala se considera­

ron: 1) los costos fijos para la satisfacción de necesidades, 2) los costos que varían de acuerdo con el número de personas y 3) los costos que dependen del número de adul­ tos equivalentes en el hogar. Para profundizar en la metodología consúltese Evalúa df (2009). 3 En este componente la autora incluye la carencia de acceso a servicios de salud

y seguridad social; a los bienes durables básicos (lavadora, refrigerador, televisor, automóvil, etc.); a los servicios de teléfono, basura, electricidad, combustible, agua, drenaje y servicios sanitarios; un componente de calidad y espacio de la vivienda, y

el rezago educativo en el hogar.

yor porcentaje de la población no pobre se concentra en el estrato que han llamado vulnerable, esto es, que tiene cubiertas sus necesidades pero en no más de 10% por arriba de las normas y, por tanto, se en­ cuentra en riesgo de pobreza. Esta población representa 15.9% del total de la ciudad. La clase media, es decir, aquella que cubre sus ne­ cesidades en un rango de 10 a 49% por arriba de las normas, concen­ tra casi el mismo porcentaje que el de los no pobres pero vulnerables (14.1%). La clase alta, aquella que tiene cubiertas sus necesidades en más de 50%, constituye un grupo muy reducido (5.5%) (Damián,

2011).

Tabla 1 Incidencia de pobreza por el mmip en el Distrito Federal

 

Estrato del mmip

Porcentaje

 

Indigentes*

16.6

Pobres

No indigentes

48.0

Muy pobres

(16.3)

Pobres moderados

(31.7)

Total

64.6

 

Vulnerables

15.9

No pobres

Clase media

14.1

Clase alta

5.5

Total

35.4

Total

 

100.0

* El estrato de indigentes está compuesto por hogares que cumplen, en promedio, menos de la mitad de las normas definidas de ingresos, de tiempo y de necesidades básicas; los muy pobres son aquellos hogares que cubren entre 50 y 66% de la nor­ ma, y los pobres moderados son los que cubren más de 66% y menos de 100% de las normas. Fuente: elaboración propia con base en inegi (2008) y Evalúa df (2011).

La importancia del tiempo en la satisfacción de necesidades ha sido ampliamente reconocida en los estudios sobre pobreza y bienestar. Por desgracia, en este método sólo se considera el exceso de tiempo

dedicado al trabajo extradoméstico y no el destinado a los traslados de un lugar a otro (vivienda­trabajo, trabajo­vivienda, por decir lo me­ nos), lo que incrementaría de manera considerable la pobreza de tiem­ po en todos los sectores sociales, puesto que la carencia de éste se ha convertido en una característica del estilo de vida en las sociedades urbanas, en especial en ciudades como el Distrito Federal, debido a que las distancias y los congestionamientos afectan profundamente el rendimiento y la calidad de vida de sus habitantes.

La mayoría de las grandes urbes dependen del deseo de pasar de un lugar a otro; sin embargo, trasladarse es un desafío tan severo que las obras públicas se conciben con frecuencia como una metá­ fora de la vialidad y no como una forma real de desplazamiento. En la ciudad de México, las travesías se articulan más como una ruta de evacuación que como un paseo […]. Hace poco, una amiga pasó por mi hija de siete años para llevarla a una fiesta infantil. Me sorprendió que en el asiento trasero llevara una almohada: “es para que duerma un rato: vamos muy lejos”. La única manera de volver tolerable un recorrido agotador consiste en suponer que el auto no es un medio de transporte sino una vivienda. Surcar el df es, en el mejor de los casos, una actividad para niñas dormidas. Por desgracia la mayoría de los viajeros dormitan en la for­ zada convivencia del microbús o en el vagón del metro, y el resto lucha por un trozo de ciudad a bordo de un coche. Dos tribus inmen­ sas se desplazan a diario, los sonámbulos y los insomnes: cinco millo­ nes de pasajeros van aletargados en el metro y cinco millones sufren ataques de nervios en los automóviles (Villoro, 2007:63).

Esto explica que el componente de mayor carencia en la ciudad sea el tiempo. Como señalaba, de acuerdo con el mmip, la pobreza de tiempo depende más de las horas dedicadas al trabajo extradoméstico por los miembros del hogar de 12 años de edad o más, que de las re­ queridas por los hogares para trabajo doméstico, lo cual está en fun­ ción del número de miembros en el hogar, de la presencia de menores de hasta diez años y de la intensidad del trabajo doméstico, que a su vez depende del acceso a servicios de cuidado de menores, de la dis­

ponibilidad de equipo ahorrador de trabajo doméstico y de la nece­ sidad de acarreo de agua, entre otros factores. Según el mmip, 48%

de los hogares son pobres en tiempo, la mayoría de ellos ubicados en el estrato de pobreza moderada (29.5%). Conforme a la interpretación de los investigadores, la mayoría de los pobres de tiempo se concen­ tra en la pobreza moderada, por tanto, la intensidad de la carencia de tiempo resulta ser menor que la del ingreso, aunque en el estrato de indigentes la intensidad es más alta en el primer indicador. Lo ante­ rior muestra una marcada carencia de recursos humanos para solu­ cionar los requerimientos de trabajo doméstico o extradoméstico en los hogares que se encuentran en la indigencia de tiempo (Damián,

2011:16).

El segundo componente con mayor carencia en el Distrito Federal

es el acceso a los servicios de salud y seguridad social, que afecta a 40.5% de su población. Otro de los indicadores de las nbi que también

registra un nivel relativamente alto de carencia es el de los servicios de agua y drenaje, cuya pobreza alcanza a 35.2% de la población. La ciudad no presenta grandes carencias en el resto de los componentes de nbi (bienes durables, basura, energía y teléfono), pero las distancias con el total urbano y el nacional son importantes. Por ejemplo, la caren­ cia de acceso a teléfono (fijo o celular) es de 9%; en cuanto a la de bie­ nes durables en el hogar existe un patrón similar (8.7%); en recolección de basura la carencia es de sólo 5% (cuando llega a casi 20% en el nivel nacional) (Damián, 2011:16).

A mediados de 2011, el Consejo de Evaluación del Desarrollo Social

del Distrito Federal dio a conocer algunos resultados basados en la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares aplicada en 2010 por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi). De esto se desprende que entre 2008 y 2010, la pobreza de nbi se man­ tuvo sin cambios; la pobreza de ingresos, a su vez, aumentó más de dos puntos (de 55.5% de pobres de ingreso en 2008 pasó a 57.4%), y la pobreza de tiempo bajó un poco (es probable que esto se debiera al desempleo). Lo anterior confirma que el aumento de la pobreza de ingresos es la explicación casi única del crecimiento de la pobreza, ya que los datos muestran, tan sólo en esos dos años, una caída del ingreso promedio por hogar de 12.3% nacional y de 8.11% en la ciudad.

Si bien la incidencia de la pobreza en el Distrito Federal se mantuvo prácticamente igual al caer 0.1%, pasando de 66.9 a 66.8%, la inten­ sidad de la misma creció más que en el ámbito nacional. Hubo una reducción en la pobreza moderada pero un incremento en la indi­ gencia y en la pobreza extrema de 4.2 puntos. Aunque no aumentó el número de pobres, sí lo hizo la pobreza, es decir, los pobres se vol­ vieron más pobres. Otro dato a destacar que muestra una profunda desigualdad es que 10% de los hogares con menores ingresos dedi­ caba 49.9% de su gasto a alimentos, bebidas y tabaco, mientras que el decil de más altos ingresos, sólo 22.9% (Evalúa df, 2011). Por último, cabe señalar que con el método descrito los investiga­ dores analizaron la situación de la pobreza dentro del Distrito Fede­

ral. Sus delegaciones fueron agrupadas de acuerdo con la incidencia equivalente de la pobreza (hi), 4 calculada con base en la sobremuestra del XII Censo General de Población y Vivienda, 2000 (véase Boltvinik

y Damián, 2006). Sobre esta base agruparon las delegaciones según

cuatro estratos de pobreza: alta, media, media baja y baja (figura 1). Al analizar los datos del censo de 2010 identificaron que las agrupa­ ciones delegacionales mantienen la misma lógica ya que, por ejem­ plo, el estrato de delegaciones de pobreza baja concentra 23.7% de

la población total, pero sólo 17.3% de los pobres. El estrato de pobre­

za media­baja tiene 18.2% de población, igual porcentaje que el del total de pobres. No obstante las delegaciones agrupadas en el estrato de pobreza media concentran casi idéntica proporción de pobres y de población (25.2 y 25.1%, respectivamente), crece la proporción de po­ bres. En el estrato de delegaciones con pobreza media alta el porcen­ taje del total de pobres es mucho más elevado (39.2%) y mantiene una proporción menor del total de la población (33.1%) (Damián, 2011).

4 hi es la incidencia de la pobreza estandarizada. h es la incidencia y resulta de dividir el número de pobres (q) entre el total de la población (n, es decir, q/n). Para estandarizar la incidencia, ésta se multiplica por la intensidad de la pobreza (i), la cual mide qué tan pobres son los pobres en relación con la norma. Cuando hay total insatisfacción en una variable, la intensidad de la pobreza es igual a la unidad, y cuando se satisface de acuerdo con la norma la intensidad es igual a cero. hi permite ordenar con base en los niveles de pobreza áreas geográficas con distinta magnitud de población.

La política alimentaria del Gobierno del Distrito Federal y los comedores comunitarios

Ante la gravedad de la crisis económica que afecta en su mayoría a los grupos sociales con menores ingresos y capacidad adquisitiva, 5

principalmente en lo que se refiere a la alimentación debido al constan­ te incremento en los precios de la canasta básica y el raquítico aumento

a los salarios mínimos, el Gobierno del Distrito Federal implementó en

enero de 2009 el Programa de Austeridad en Apoyo al Ingreso Fami­ liar, la Inversión y el Empleo, que contempla diez medidas para recau­ dar mayores recursos y con ello ampliar la cobertura de los programas sociales de transferencia (becas, seguro de desempleo, apoyo en ali­ mentos y medicinas, etc.), destacando entre las propuestas la ins­ talación de comedores comunitarios o populares en 300 unidades territoriales 6 (gdf, 2011a). Se parte del reconocimiento de que la alimentación es una necesi­ dad básica y un derecho humano fundamental que, vinculada de for­ ma directa con la subsistencia, ocupa uno de los primeros lugares en la escala de gasto de las familias. La disminución de los ingresos, combinada con el incremento de los costos de los alimentos, plantea

dificultades para que la población con mayores carencias sociales pue­ da acceder a una alimentación completa y nutricionalmente equili­ brada. A partir de las primeras acciones emprendidas en este sentido

y por el éxito obtenido, el gobierno de la ciudad propone a la Asam­

blea Legislativa la elaboración de una ley que garantice este derecho mediante una serie de actividades estratégicas prioritarias para el de­ sarrollo de la seguridad alimentaria y nutricional. Así, en septiembre

5 Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval, 2008), en el Distrito Federal existen 473 367 habitantes en pobreza alimen­ taria, de los cuales 5.4% —110 mil familias— no tiene los recursos necesarios para comprar los bienes de la canasta básica alimentaria mínima. 6 Con la finalidad de elegir a los comités vecinales, el Instituto Electoral del Distrito Federal dividió la ciudad en 1 352 unidades territoriales, las cuales poste­ riormente fueron clasificadas por su grado de marginación, siguiendo una serie de datos sociodemográficos (educación, ingreso, vivienda, patrimonio familiar, servi­ cios, etc.) que aportaba el censo del año 2000, en unidades de bajo, muy bajo, medio, alto y muy alto grado de marginación.

de 2009 se aprueba la Ley de Seguridad Alimentaria y Nutricional para el Distrito Federal, con objeto de:

[…] garantizar el derecho humano a la alimentación y la adecuada nu­ trición de toda la ciudadanía de manera sustentable a través de una política social incluyente y un Sistema para la Seguridad Alimentaria

y Nutricional del Distrito Federal, con la participación de los sectores público, social y privado en la planeación, diseño, toma de decisio­ nes, programación, ejecución de acciones, evaluación y actualiza­

ción, de las políticas y acciones que garanticen seguridad alimentaria

y nutricional de la población (gdf, 2009).

Dentro de este marco argumentativo y jurídico se establecen una serie de acciones y programas, entre los que destacan los comedores públicos, populares y comunitarios.

Comedores públicos. Bajo la responsabilidad operativa del Instituto de Asistencia e Integración Social (Iasis), este programa se desarrolla en espacios públicos u otros propuestos por la comunidad para la instalación de comedores gratuitos para indigentes y personas de mayor vulnerabilidad social: niñas(os), adultas(os) mayores en situa­ ción de abandono, mujeres embarazadas, personas con discapaci­ dad, desempleadas(os) y poblaciones en situación de calle, así como inmigrantes y refugiados. Los comedores públicos son un progra­ ma subsidiado en su totalidad por el gobierno. El Iasis proporciona el personal necesario para la preparación, distribución y administra­ ción de los alimentos en 54 comedores; las vecinas y los vecinos de las comunidades donde se instalan los comedores públicos colabo­ ran de manera voluntaria y solidaria. El servicio se presta de una a cuatro de la tarde, y se atiende a alrededor de 100 personas por día. Para ser beneficiario se necesita solicitar el servicio al Iasis, quien verifica que se reúnan los requisitos y otorga la credencial de bene­ ficiario. De abril de 2009, cuando inició el programa, al 17 de septiembre de 2011 se han proporcionado gratuitamente 4.9 millones de comidas completas. En las instalaciones de los comedores públicos casi mil per­

sonas han sido beneficiadas con actividades complementarias: 16 jor­ nadas de salud, 16 jornadas de salud dental, dos jornadas jurídicas, dos pláticas sobre identidad nacional y tres talleres de lectura. En estos espacios se lleva a cabo un proyecto denominado “Banco de Trueque de Tiempo”, el cual busca incentivar la cohesión social y ge­ nerar alternativas para satisfacer necesidades específicas de forma gratuita mediante el intercambio de bienes y servicios entre los usua­ rios de los comedores públicos, así como aprovechar los conocimien­ tos y habilidades de la comunidad. Se han realizado 658 trueques de tiempo, con un total aproximado de 4 791 beneficiarios (gdf, 2011a).

Comedores comunitarios y populares. Estos comedores funcionan básicamente con el mismo esquema. Operan en espacios que propo­ nen la misma comunidad o los promoventes, son administrados por un comité de al menos cinco vecinas y vecinos que ejercen la responsabilidad de los recursos públicos destinados al programa (in­ sumos no perecederos): cobrar la cuota de recuperación (diez pesos por comida completa), comprar los insumos perecederos, preparar la comida, registrar y atender a los usuarios y realizar todas las acti­ vidades inherentes al desempeño del comedor. La diferencia estriba en que los comedores comunitarios son coordinados por la Secreta­ ría de Desarrollo Social, y los populares son responsabilidad del Siste­ ma para el Desarrollo Integral de la Familia en el Distrito Federal (dif­df); 7 cada una de estas dependencias establece los lineamien­ tos y mecanismos de operación que, aunque son similares, tienen diferencias, por ejemplo, el dif pone énfasis en los grupos más vulne­ rables (preferentemente indigentes, discapacitados, personas aban­ donadas, madres con hijos menores y estudiantes de bajos recursos económicos, en especial los niños inscritos en niveles de educación inicial y preescolar en los centros dif­df), por lo que fija mayores restricciones para su ubicación: sólo aprueba comedores que se lo­

7 Para abatir la crisis alimentaria y los problemas de desnutrición, así como revertir el patrón alimentario que últimamente ha detonado el incremento de la obe­ sidad y el sobrepeso, además de los comedores populares el dif realiza los progra­ mas de desayunos escolares, despensas a personas vulnerables y raciones alimentarias en centros comunitarios.

calicen en unidades territoriales de alta y muy alta marginalidad, que se encuentren en planta baja y en espacios libres de contaminación ambiental, con rampas para discapacitados, entre otras cosas. Cabe destacar que, a diferencia de los comedores comunitarios, que se con­ ciben como empresas familiares, en este caso no se permite que el grupo solidario que atiende el comedor sea familia. A la fecha operan 103 comedores populares (gdf, 2011a). Valdría la pena establecer una comparación entre los distintos modelos y su impacto en las comunidades, no obstante, para efec­ tos de este trabajo, me limitaré a analizar la operación y el impacto de los comedores comunitarios.

Características y operación de los comedores comunitarios 8

Con el fin de apoyar con acciones de política social el ingreso fami­ liar ante la crisis económica se impulsó este programa cuyo objetivo es garantizar el derecho a la alimentación, fortalecer la organización comunitaria y la participación ciudadana, así como propiciar la soli­ daridad y la atención social, generar empleos para las personas de la comunidad, mejorar las condiciones de salud y nutrición de la po­ blación, y ampliar y fortalecer la infraestructura social, preferentemen­ te para quienes habitan en las unidades territoriales más marginadas y en aquellas zonas que tienen condiciones socioterritoriales de po­ breza, desigualdad y conflictividad social, bajo los principios de equi­ dad social y de género. Se trata de una alternativa real para amplios sectores de la pobla­ ción que han resentido el aumento en el precio de la canasta alimen­

8 En este programa se han diseñado mecanismos de evaluación para asegurar que el servicio de cada comedor se brinde con calidad y calidez, para que además de alimentos la gente reciba un trato adecuado. Parte de la evaluación consiste en en­ cuestas entre usuarios y miembros de los comités de administración. En este trabajo se recoge una parte de lo expresado en estas evaluaciones, así como lo señalado en algunas entrevistas periodísticas y en las que realizamos para conocer la opinión de los usuarios sobre el servicio y el impacto en su vida cotidiana.

taria recomendable. Este programa ha proporcionado, desde abril de 2009 hasta septiembre de 2011, más de 13.3 millones de comidas completas. La primera convocatoria apareció en abril de 2009, en respuesta

a la cual se recibieron 243 propuestas. La selección y calificación de

las propuestas, a la fecha, está a cargo de un comité evaluador inte­ grado por cinco funcionarios nombrados por el secretario de Desa­ rrollo Social, quienes las revisan y valoran con base en las condiciones de los espacios, su ubicación geográfica y su experiencia en el mane­ jo de comedores. Se aprobaron 160 comedores comunitarios; ahora ya hay 220 distribuidos en las 16 delegaciones (figura 1). Aunque los comedores se situaron en todas las delegaciones por

considerarse un derecho, el mayor número se encuentra en delegacio­ nes con estratos de pobreza alta y media: 82% se ubicó en unidades te­

rritoriales de muy alta y alta marginación, mientras que 16% se instaló en zonas de media marginación y 2% en zonas de alta conflictividad social en unidades de baja o muy baja marginación. La Secretaría de Desarrollo Social entregó a cada comedor un apo­ yo económico de cinco mil pesos para el mejoramiento del local, además de proporcionarle equipamiento, mobiliario, utensilios y, du­ rante los diez primeros días de funcionamiento, insumos perecederos

y no perecederos para la preparación de 200 comidas diarias, así

como la ropa adecuada para cocinar y atender el comedor. Desde un principio fueron insuficientes los utensilios de cocina, por lo que los administradores tuvieron que aportar ollas, cazuelas, sartenes y demás enseres pero, con el paso del tiempo, éstos han te­ nido que sustituirse, lo cual ha implicado un gasto importante pues con la cuota de recuperación no es suficiente. Algunos de los admi­ nistradores entrevistados comentan que los propios vecinos o algunos voluntarios les regalan cubiertos, saleros, servilleteros, platos, etcétera. Los comedores se pueden instalar en espacios físicos particula­ res, comunitarios, sociales o públicos, y sólo uno por unidad territo­ rial. De acuerdo con las reglas de operación, las condiciones mínimas que deben tener los espacios propuestos para la operación de los co­ medores son: medir 30 m 2 o más, acreditar la propiedad del lugar, y

Figura 1 Ubicación de los comedores comunitarios de acuerdo con la incidencia de pobreza estandarizada por delegación

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Azcapotzalco
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Gustavo A. Madero
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Miguel Hidalgo
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Venustiano Carranza
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Cuauhtémoc
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Iztacalco
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Benito Juárez
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Cuajimalpa
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Obregón
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Tláhuac
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Xochimilco
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Magdalena
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Contreras
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Milpa Alta
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SIMBOLOGÍA

Estrato de pobreza alta: con niveles de hi * superiores a 0.3 hi* superiores a 0.3

Estrato de pobreza media: con niveles de hi superiores a 0.27 e inferiores a 0.30 hi superiores a 0.27 e inferiores a 0.30

Estrato de pobreza media baja: con niveles de hi superiores a 0.23 e inferiores a 0.27 hi superiores a 0.23 e inferiores a 0.27

Estrato de pobreza baja: con niveles de hi inferiores a 0.23 hi inferiores a 0.23

de pobreza baja: con niveles de hi inferiores a 0.23 Comedores Comunitarios * hi es la

Comedores Comunitarios

* hi es la incidencia de la pobreza estandarizada de acuerdo con el método de medición integrada de la pobreza (mmip) que utiliza el Consejo de Evaluación del Desarrollo Social del Distrito Federal. Fuente: elaboración de Dulce Monserrat Espín Carrillo con base en Damián (2011) y Pacheco (2011).

contar con techo de concreto, superficies lisas, uniones anguladas con la pared, paredes y pisos lisos —sin ranuras y lavables, de preferencia de color claro y los pisos con inclinación hacia la coladera para evitar encharcamientos—, así como con ventanas —que deben estar pro­ tegidas con malla para evitar la entrada de fauna o plaga nociva—, iluminación suficiente y adecuada para el servicio, y las medidas ne­ cesarias en materia de protección civil, avaladas por la dependencia responsable (gdf, 2011b). La mayor parte de la ciudad de México (se calcula que 60%) se cons­ truyó a través de un proceso de autoproducción o autoconstrucción de la vivienda. Es decir, los pobladores compraron o invadieron lotes sin servicios y poco a poco los fueron introduciendo, construyeron su vivienda por etapas de acuerdo con sus requerimientos y posibilida­ des, por lo que no se trata de viviendas bien planificadas y construidas. El grueso de las cocinas se instaló en algún patio, garaje o un cuarto pensado para otro efecto. En otras ocasiones, en casas de dos plantas, las familias destinaron la parte baja para el comedor. También se dio el caso de promoventes que tenían algún negocio (papelería, servicio de computadoras o internet, tienda de abarrotes, entre otros) y lo di­ vidieron en dos para prestar el servicio del comedor. Los promoventes de los comedores comunitarios deben ser resi­ dentes de la unidad territorial propuesta para su instalación; ser ma­ yores de 18 años, con disponibilidad de tiempo para organizarlos y operarlos. Asimismo, deben aceptar las obligaciones contenidas en el contrato de comodato que suscriben con la Secretaría de Desa­ rrollo Social para obtener los apoyos y la autorización para operar los comedores, y comprometerse a hacerlo con un criterio eminente­ mente social y sin fines de lucro. Por ello, los promoventes deben presentar un documento de justificación en el que señalen la necesi­ dad de instalar el comedor en el lugar propuesto y la población que potencialmente se beneficiará. Para la operación de los comedores se constituyeron comités de administración, integrados por el o la promovente del comedor, quien funge como responsable, y familiares o personas interesadas de la comunidad. Al inicio los comités eran más plurales, incorporaban a un mayor número de personas de la comunidad, pero por los testimonios

identificamos que esto fue cambiando y se fueron incorporando fa­ miliares por varias razones: la primera es por la confianza y el cono­ cimiento de la gente: “saben guisar bien, son honradas, tienen buen trato con la gente, están dispuestas a participar en todas las activida­ des que implica la prestación del servicio: cobrar, cocinar, limpiar los trastes y el local, servir, ir de compras, etc., e incluso les pueden dar instrucciones o llamar la atención sin que se molesten o haya proble­ mas”; la segunda es que el ingreso es muy bajo (dos mil pesos mensua­ les, poco más de un salario mínimo), por lo tanto, si tres miembros de una familia perciben esta cantidad, más lo que aporten otros miem­ bros, el ingreso familiar se incrementa, de ahí que resulte un buen complemento. Asimismo, los integrantes del comité tienen derecho a su ración de comida y la de sus familiares, además de recibir la hoja de gratuidad de la Secretaría de Salud, que incluye consultas y medi­ cinas gratis. Estos elementos les ayudan para complementar su in­ greso pero también hacen que se esmeren en la elaboración y calidad de la comida. En cada comité de administración participan activa­ mente cinco personas en promedio, con lo que se han generado más de mil empleos, de los cuales 85% son ocupados por mujeres. Un gran porcentaje de las personas que tienen otro empleo han logrado combinar las dos actividades, en especial aquellas que sir­ ven la comida o atienden a los clientes, pues entran a trabajar hacia el mediodía. Por ello, resulta una buena opción para las madres solte­ ras con niños pequeños. De acuerdo con las encuestas a las personas que laboran en los comedores, 37% declaró que de ella o él dependen una o dos personas, y de 31% dependen entre tres y cuatro (gdf, 2011c). Como ya señalaba, varios de los responsables de los comedores com­ parten el espacio de su negocio (tienda de abarrotes, papelería, foto­ copias, etc.) con el comedor y atienden las dos cosas. Desde luego, se trata de empleos precarios y todos los miembros de los comités entrevistados coinciden en ello, por ende, la rotación de personal (no del núcleo familiar propietario del local) es muy alta. La gran mayoría de las personas, en especial los jóvenes, trabajan ahí temporalmente en tanto consiguen un empleo o “algo mejor”, es de­ cir, con un ingreso más elevado y prestaciones. En cambio, se convier­ te en una oportunidad para las personas que por la edad difícilmente

podrían conseguir un empleo y, por ello, según datos de la Secretaría de Desarrollo Social, 64% de las personas que integran los comités son mayores de 40 años. Otro elemento relevante es que 36% de es­ tas personas dice no haber trabajado antes por haberse dedicado de manera exclusiva al hogar, y 14% se encuentra desempleado. Del res­ to, 25% estaba empleado (muchos en trabajos similares o como em­ pleadas domésticas, y otros se encontraban jubilados), 13% trabajaba por su cuenta y 12% se dedicaba al comercio. Respecto a la escolari­ dad, que también es una condición limitante para conseguir empleo, sólo 25% cuenta con estudios superiores a la secundaria (gdf, 2011c). De acuerdo con las reglas de operación del programa, los menús se preparan con los insumos no perecederos (aceite, agua, jarabe, pasta, arroz, frijol, atún, haba, lenteja, palanqueta, tortilla, sal, nopa­ les, consomé, galletas y soya) que cada mes aporta el Gobierno del Distrito Federal y con los productos perecederos (carne, leche, huevo, verdura, fruta, etc.) que se compran con los recursos obtenidos por la cuota de recuperación que paga cada comensal. Si en promedio se ven­ den 150 comidas, el ingreso total es de 1 500 pesos diarios, es decir, 30 mil pesos al mes. Al menos una tercera parte de los ingresos se destina a los salarios de los miembros del comité de administración, que mínimo deben ser de dos mil pesos mensuales para cada uno. Con lo que resta deben cubrirse los pagos de luz, gas, agua y todos los gastos cotidianos que se requieren para el buen funcionamiento del comedor (mantenimiento del inmueble y bienes muebles, compos­ tura y adquisición de enseres y equipo de cocina, fumigación, entre otros), los insumos de limpieza y los alimentos perecederos, y mu­ chas veces también los imperecederos, pues la cantidad que les en­ tregan no es suficiente para cubrir todas las necesidades: “En algunas ocasiones el dinero no es suficiente y los encargados los ponemos de nuestra bolsa”, es frecuente escuchar. Para surtirse o adquirir los productos perecederos existen diversas estrategias, algunos acuden el fin de semana a la Central de Abasto o a los grandes mercados que venden a mayoristas, pues así consiguen mejores precios. Esto lo hacen quienes no viven tan lejos o dispo­ nen de un vehículo para cargar la mercancía. El resto, la mayoría, ha establecido vínculos de compra o convenios con productores, y pe­

queños comerciantes de mercados y recauderías, quienes les llevan la mercancía y se las venden a precio de mayoristas. Algunos han pen­ sado en crear un banco de alimentos, otros compran de manera di­ recta a los productores. 9 En fin, de cierto modo, colateralmente, se está beneficiando a sectores de pequeños productores y comerciantes.

Perfil de los usuarios de los comedores comunitarios

Para realizar la evaluación interna del Programa de Comedores Co­ munitarios, los responsables del mismo aplicaron una encuesta a 148 usuarios, de la que obtuvieron los siguientes resultados: 60% son mu­ jeres, tres cuartas partes son jefes de hogar con tres o más dependien­ tes, tienen arriba de 30 años y cursaron la educación elemental (hasta secundaria); 27% declaró que gana el salario mínimo (1 870 pesos al mes), 37%, que percibe poco menos de dos salarios mínimos, y sólo 36%, que recibe más de dos y hasta ocho salarios mínimos (gdf,

2011c).

El perfil y el comportamiento de los usuarios dependen de la ubi­ cación del comedor y las características de su entorno. Por ejem­ plo, los comedores localizados en el centro o en zonas comerciales tienden a atender a población flotante, o sea, personas que eventual­ mente pasan por la zona, y sólo alrededor de 30% son usuarios perma­ nentes. Si el comedor está cerca de negocios u oficinas, los usuarios suelen ser más constantes, y en las colonias más lejanas se observa a grupos de vecinos o amas de casa que piden su comida para llevar.

9 La coordinación del programa ha puesto en contacto a los administradores res­ ponsables de los comedores con grupos de productores de la ciudad de México, algu­ nos independientes y otros inscritos en algún programa de la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec). Por ejemplo, los productores de brócoli de Tláhuac; de pollo de Milpa Alta o Tlalpan; de verdura de Xochimilco y Tláhuac. En total, algunos de los comedores trabajan con 30 productores que tie­ nen alguna conexión con la Sederec y diez que son independientes. Por otro lado, están intentando que los comedores que cuentan con el espacio o con alguno disponi­ ble en la comunidad establezcan un huerto comunitario, cultiven sus propias verduras y legumbres (entrevista a Juan Gerardo López, coordinador del programa, septiem­ bre de 2011).

De acuerdo con la encuesta, la mayoría de los comensales consumen su comida dentro del comedor (41%), seguidos de los que se llevan la comida (36%), y luego los que consumen en el comedor pero que tam­ bién se llevan algunas raciones a casa (21%). Una tercera parte de los usuarios va con uno o dos acompañantes, el resto va solo, entre és­ tos es frecuente ver a mujeres y adultos mayores. Cabe destacar que la mayoría acude al comedor diario o casi diario (57%), aunque tam­ bién fluctúa dependiendo del comedor y la zona. Varios administra­ dores entrevistados nos comentaron que el menú que se coloca en la puerta tiene mucho que ver con la afluencia, los días que preparan carne o antojitos mexicanos acuden más personas (gdf, 2011c). En torno a la valoración de la comida se preguntó a los usuarios sobre su calidad, sabor y sazón, la variedad del menú y la higiene de los alimentos. El grueso de los usuarios evaluó la comida como “buena”, aunque una cuarta parte la considera “muy buena”. La cali­ ficación respecto a atención y servicio, higiene del comedor, instala­ ciones, higiene del personal e imagen del comedor es aún mejor (gdf, 2011c). Desde mi perspectiva, la comida es abundante, el sabor y la sazón son “buenos”, especialmente si se considera el precio. A pesar de las limitaciones de los locales, ya que se acondicionaron espacios no diseñados o construidos ex profeso, están bastante bien adapta­ dos gracias a los responsables, al comité e incluso a algunos miem­ bros de la comunidad, quienes poco a poco los han ido mejorando. Se nota un esfuerzo “por darles calor de hogar”, como ellos dicen. En términos generales están muy limpios.

A manera de colofón: beneficios a los usuarios

Casi todos los encuestados (92%) mencionaron que ha sido “mucho” el beneficio que han tenido del programa. Según los testimonios ob­ tenidos en las entrevistas (propias o de otras fuentes) y lo observado en los comedores son muchos y diversos los beneficios, no obstan­ te, éstos podrían agruparse en los siguientes rubros.

Ayuda a la economía personal o familiar. De los encuestados, 85% comenta que ha logrado ahorrar, pues una comida con las mismas

características en una fonda cuesta alrededor de 40 pesos, por lo que ahorra 30 pesos diarios. Este argumento vale fundamentalmente para quienes trabajan por la zona, viven lejos y tienen que comer fuera de casa (oficinistas, empleados, trabajadores de la construcción, traba­ jadores ambulantes, empleados de gobierno, por mencionar algunos); de igual manera, para aquellos que tienen ingresos muy bajos o vi­ ven solos, puesto que gastan mucho más tan sólo comprando una lata de atún o sardinas, sin contar el gasto de gas, agua, luz, etc. Al­ gunos testimonios indican que el ahorro les permite adquirir ciertas cosas que de otra forma no hubieran podido comprar, pasear o dar­ se algún otro gusto con la familia: “Vivo con un cuñado y la voy pasan­ do con los trabajitos que me salen. El comedor me permite ir bien comido a trabajar y mandarle aunque sea un poquito a mi familia que se quedó en el pueblo” (hombre, 38 años).

Asegura y mejora la alimentación. Quienes valoran más esto son las personas solas, en especial adultos mayores (hombres), ya que ellos di­ fícilmente se preparan de comer, o no quieren causar molestias a los familiares con los que viven. Obtuvimos el testimonio de dos adul­ tos mayores que viven en cuartos de azotea y no tienen dónde gui­ sar: “Para mí el comedor significa simplemente ‘comer’, ya que no como más que una vez al día” (hombre, 70 años). “Vivo en una azotea en la colonia Santa María, no tengo cocina para mí, el comedor signi­ fica ‘sobrevivir’, porque no alcanza para comer con lo que gano” (hom­ bre, 75 años). Desde luego para los desempleados es una muy buena oportunidad, pues por lo general salen a la calle a buscar trabajo o a vender, hacer algún servicio o conseguir algo de recursos para vivir diariamente:

“Mi hijo y yo estamos desempleados, por lo que para obtener algu­ nos ingresos vendemos joyería y cosas de plata en la calle. Si no fuera por el comedor no hubiéramos comido nada pues no hemos vendi­ do casi nada” (mujer, 55 años). “Vendo gelatinas en el tianguis y hoy fue un mal día porque sólo gané 20 pesos. Alguien me dijo que aquí vendían comida barata y vine. Alguien pensó en los viejos que vivi­ mos solos y de milagro” (mujer, 70 años). “Uno que no tiene empleo formal y que vive de propinas sí se beneficia del comedor, aquí co­

memos todos y hay veces que sólo me sobra para comprar un litro de leche para la merienda y el desayuno, nada más” (hombre, 50 años). El comedor también es de gran ayuda para las madres que traba­ jan y para sus hijos porque, como ellas lo indican, tienen la certeza de que sus hijos comen y lo hacen de manera equilibrada, no corren el riesgo, sobre todo en el caso de los pequeños, de sufrir algún per­ cance al calentarse los alimentos o de irse a la escuela sin comer. No

es muy alto el porcentaje de niños y jóvenes que asisten a comer antes

o después de ir a la escuela, pero para las madres de quienes lo hacen

representa una tranquilidad. En este sentido, se establecen lazos so­ lidarios muy valiosos entre usuarios y administradores, pues estos últimos se ocupan de vigilar a los chicos, que coman y lo hagan bien:

“Para mí el comedor significa la tranquilidad de saber que mis hijos comen y son bien atendidos por mis vecinas. Eso me da mucha con­ fianza” (mujer, 35 años). Varias entrevistadas afirmaron que una de las ventajas del come­ dor es que comen bien y de modo equilibrado: “Los comedores para mí representan un gran respaldo en este momento de mi vida. Estoy embarazada y gracias a esto puedo estar segura de que mi bebé está bien alimentado y nacerá sano”. “Soy una persona de la tercera edad

y mantengo a mi nieto. El único ingreso fijo que tengo es la pensión

que me da el Distrito Federal, por eso el comedor es para mí un gran apoyo y me da tranquilidad” (mujer, 75 años). “Uno que es madre sol­ tera tiene poco respaldo, a veces ni de la familia. El comedor es eso, un respaldo que hace que estemos más tranquilas y nuestros hijos bien alimentados” (mujer, 30 años). “Me da tranquilidad” o “me siento tranquila” fue una frase muy re­ currente en los testimonios y me parece un elemento a considerar en términos del bienestar y la mejora de la calidad de vida.

Ahorra tiempo y trabajo. Éste es un elemento fundamental para las mujeres que trabajan fuera del hogar: “Yo soy maestra y muchas ve­ ces no me da tiempo de hacer la comida el día anterior, tenía que llegar a hacerla y mientras mis hijos hacían la tarea. Ahora paso al comedor, compro la comida y me la llevo a la casa, comemos y en­ tonces ya tengo tiempo para estar con mis hijos y ayudarles a hacer

la tarea y jugar con ellos. Me ahorro mucho tiempo y trabajo” (mu­ jer, 35 años). Como señalaba al inicio de este trabajo, la importancia del tiem­ po en la satisfacción de necesidades ha sido ampliamente reconocida en los estudios de la pobreza y el bienestar, y su carencia se ha con­ vertido en una característica del estilo de vida en ciudades como el Distrito Federal, debido a que las distancias y los congestionamien­ tos afectan, de manera profunda, el rendimiento y la calidad de vida de sus habitantes. Para quienes trabajan, el problema del tiempo radi­ ca en el exceso de actividades que realizan, en un entorno de alta sa­ turación por coincidir con una gran demanda de recursos. Para ellos, la escasez de tiempo es el quid a resolver, pues presentan un gran desgaste por el sobreesfuerzo que requieren para cumplir con sus obligaciones y dejar tiempo para sí mismos y su familia. Este proble­ ma se agudiza en el caso de las madres amas de casa y en especial en aquellas que trabajan, pues además del trabajo extradoméstico son las responsables de atender a los hijos y al marido, de preparar el de­ sayuno, la comida y la cena, y en general de todo el quehacer de la casa. Aunque traten de organizarse de la mejor forma posible e in­ volucrar a otros miembros del hogar, el tiempo no es suficiente, por lo que adquirir la comida hecha y además a muy buen precio es una gran ventaja. La ubicación de los comedores es también fundamental, pues hombres y mujeres pasan por él antes de dirigirse a casa, pero en es­ pecial la opción de poder llevarse los alimentos es de gran relevan­ cia. En los comedores mejor organizados se establecen dos filas: la de quienes se llevan la comida y la de quienes comen ahí. Los comedo­ res cuentan con envases desechables, pero por lo general las personas llevan sus recipientes de plástico, ollas o cazuelas; muchos usuarios de­ jan sus trastes temprano, cuando se van a trabajar, y los recogen a su regreso. El hecho de que sean usuarios frecuentes es esencial, pues junto con los administradores han creado sus propias estrategias y se han tejido lazos de solidaridad.

Fomenta la cohesión y la solidaridad social. En algunos comedores, en especial aquellos donde la mayoría de los usuarios son miembros

de la comunidad, la posibilidad de convivir con los vecinos y pasar un rato agradable es muy relevante, en particular para los adultos ma­ yores y las personas solas, pues tienen con quién conversar: “Tene­ mos el caso de un señor ya mayor que llega desde temprano para no estar solo, dice que el solo hecho de estar acompañado ya es impor­ tante para él”. “Hay una señora como de 75 años que para no estar sola se viene como voluntaria, me ayuda a limpiar el frijol, las lente­ jas o lo que haga falta, no viene diario, pero cada vez que puede lo hace” (responsable del comedor comunitario de Ampliación Águi­ las, mujer, 60 años). “Además de beneficiar nuestros bolsillos, el co­ medor ayuda mucho a la comunidad. Ahora nos conocemos todos y platicamos entre vecinos, ya no hay desconfianza […] los vecinos esta­ mos de acuerdo en cooperar con el comedor, tal vez no preparando la comida, porque los que atienden están bien organizados, pero sí haciendo cosas para la comunidad” (mujer, 45 años). “El comedor nos beneficia en todos los aspectos, hasta en el psicológico. Yo veo que aquí el desempleado, el chiclero, la madre soltera y el anciano se sien­ tan y conviven. Todos tenemos problemas pero juntos nos damos áni­ mos” (hombre, 42 años). Si un comedor está cerca de alguna escuela facilita que los niños, saliendo de clases, pasen a comer. Lo relevante es que se han organi­ zado y van varios niños juntos y comparten entre sí. “Me gusta venir aquí porque nos tratan bien y puedo convivir con los otros niños de la escuela que también comen aquí. Siento que mis papás se preo­ cupan menos”. “Me gusta sobre todo el horario, ya que a los estu­ diantes nos da tiempo de comer antes de ir a la escuela. A veces aquí nos encontramos los compañeros para llegar todos juntos a estudiar” (hombre, 13 años). Para fomentar la convivencia entre los niños y sus padres, el go­ bierno de la ciudad organizó el año pasado un torneo de futbol, parti­ ciparon 26 equipos (uno por comedor) divididos en tres categorías: la junior, que agrupaba niñas y niños de seis a nueve años; la infantil, de nueve a 12, y la juvenil, de 12 a 15. Para los comedores ganadores:

Rinconada del Molino, Lázaro Cárdenas, Tlalpan, San José Ticomán, Escuadrón 201, Prohogar y Campestre Aragón es motivo de mucho orgullo y, desde luego, obtienen el reconocimiento de su comunidad.

Asimismo, eventos como el que desde la base se conforme una red

de

comedores comunitarios, populares y públicos que tengan la fuer­

za

para incidir en las decisiones del gobierno, impulsar actividades

conjuntas y en general fomentar la organización. De tal modo, los co­

medores empiezan a jugar el papel que desempeñaban las tiendas de

barrio: un punto de referencia, un lugar de esparcimiento y contacto entre usuarios y miembros de la comunidad, desde donde pueden salir varias iniciativas para la reconstrucción del tejido social. Como he señalado, para las personas que integran el comité estos ingresos, aunque precarios, resultan un buen complemento al ingre­

so familiar: “En lo personal, el proyecto me ha dado muchas satisfac­

ciones porque soy parte del comedor y puedo tener un ingreso que me sirve para pagar la comida de mis hijos y ayudar a mi marido, pero lo que más me gusta es que me siento útil para la comunidad” (mujer, 39 años). Para los promoventes o responsables del comedor, así como para las personas que integran el comité, el comedor no

resuelve su situación económica, aunque desde luego es una gran ayu­

da para la economía familiar, sin embargo, más que ello, lo que todos

rescatan o valoran es la posibilidad de beneficiar a su comunidad, de ayudar a los que menos tienen: “Un día vino una familia que se veía muy pobre, muy mala situación. Venían los papás y tres niños, eran

cinco pero pidieron tres raciones para repartirlas entre todos, yo me

di cuenta y les serví raciones más abundantes para que les alcanza­

ran. Al salir, el más pequeño comentó ‘está riquísimo, ¿cuándo volve­ mos a venir a comer a este restaurante?’ y el papá le dijo: ‘cuando volvamos a juntar dinero’. Ahí es cuando uno dice: ‘vale la pena la friega’ ” (responsable del comedor comunitario de Ampliación Águi­ las, mujer, 60 años).

A manera de conclusión quisiera mencionar que la política compen­

satoria y los programas como el que describí no han servido para reducir la pobreza, y mucho menos para erradicar sus causas. No obstante, cumplen una función muy importante al tratar de amorti­

guar el impacto del ajuste estructural sobre los sectores más pobres

de la población. Sin lugar a dudas, los responsables y los usuarios se

benefician económicamente con el programa, sin embargo, por lo que pude observar y por los propios testimonios, en realidad es una es­ trategia de sobrevivencia que, además de garantizar alimento, ofrece seguridad, confianza, tranquilidad, ahorra tiempo y brinda bienestar. Frente a un tejido social tan dañado, roto, permeado por la descon­ fianza y la inseguridad, la solidaridad y la confianza empiezan a aflo­ rar, elementos subjetivos pero que con toda certeza abonan a la mejora de la calidad de vida de las personas.

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BLANCA

Trabajo precario y redes de solidaridad. El caso de los gasolineros en la ciudad de México

Angela Giglia*

En este trabajo se presentan algunos hallazgos de investigación rela­

tivos a un tipo específico de trabajadores urbanos en la ciudad de Méxi­ co: los despachadores de gasolina, a los que se denomina comúnmente gasolineros. El objetivo es dar cuenta de sus condiciones laborales a la luz del actual contexto de precariedad y flexibilización del trabajo

y proponer algunos conceptos útiles para pensar estas condiciones.

En particular se analiza de qué manera los despachadores dan sentido

a su situación laboral, en especial en lo que se refiere a su visión so­

bre las relaciones de dominación y las formas de solidaridad y resisten­ cia en el ámbito laboral. El caso de los gasolineros no es aislado, sino que representa un ejemplo de una modalidad de relaciones laborales cada vez más común en la ciudad de México y en otras grandes ciuda­ des globales, principalmente en el sector de los servicios al consu­ midor: los empacadores (las personas que ayudan a llenar las bolsas del supermercado), los acomodadores de coches, los meseros en los pequeños restaurantes e incluso los vendedores de coches y de segu­ ros no reciben un salario sino sólo propinas o un magro porcentaje de las ventas que realizan. Todos estos trabajadores comparten un es­

* Departamento de Antropología, Universidad Autónoma Metropolitana­Iztapa­ lapa. Agradezco a Jorge Robles por las sugerencias y la atenta lectura del trabajo. Este texto forma parte del proyecto de investigación Habitar la ciudad informal: condi­ ciones de precariedad y prácticas urbanas en los espacios de la vivienda y el trabajo, y su articulación, coordinado por la autora en el Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana­Iztapalapa, y del proyecto financiado por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) con la clave 164563 del Fondo Sectorial de Investigación para la Educación (sep­Conacyt).

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tado de indefensión respecto a sus derechos laborales. 1 En las páginas que siguen, a partir de las palabras de los propios trabajadores, se des­ criben las condiciones de subordinación y vulnerabilidad que carac­ terizan el trabajo de los despachadores y se presentan algunas redes de apoyo que surgen entre ellos para aminorar su situación de preca­ riedad y vulnerabilidad. La hipótesis central es que si bien las nuevas circunstancias de precarización laboral de la economía posfordista obstaculizan la organización de los trabajadores, quienes se ven obli­ gados ante todo a conservar su empleo, no son un obstáculo para que surjan redes de apoyo. Éstas se producen como un efecto de las con­ diciones laborales específicas en las cuales se encuentran inmersos los trabajadores, y que son típicas de la economía capitalista actual. El caso presentado en las siguientes páginas permite ver desde una perspectiva distinta el llamado “precariado” privativo de la sociedad neoliberal y que Guy Standing (2013), en un famoso y muy discutido libro, define como la “nueva clase peligrosa” por sus tendencias indivi­ dualistas, antisolidarias y susceptibles de adherirse a movimientos de tipo autoritario y populistas. A diferencia de esta visión sobre el pre­ cariado, las evidencias que se muestran a continuación dibujan una situación en la que ciertas formas de solidaridad y resistencia se ha­ cen posibles y necesarias a partir del trabajo precario.

Características del caso de estudio:

un trabajo subordinado sin salario

Los despachadores de gasolina, tanto hombres como mujeres, traba­ jan encuadrados en una organización jerárquica y en una posición de

1 Cabe destacar que en México es casi imposible la existencia de sindicatos inde­ pendientes que emanen de la libre asociación de los trabajadores. Prevalecen los lla­ mados sindicatos “charros”, dotados de una estructura y de modalidades propicias para la toma de decisiones verticales y autoritarias. Estos sindicatos, surgidos casi to­ dos en la época posrevolucionaria e inspirados directamente en la organización de los trabajadores forjada por el régimen fascista en Italia (Robles, 2007), se encuentran respaldados por la ley vigente, la cual permite un tipo de contratación en defensa de los intereses patronales, como el caso de los llamados “contratos colectivos de pro­ tección patronal” (ccpp), de cuya existencia los trabajadores no están siquiera ente­ rados (Bouzas, 2007).

subordinación no sólo en relación con otros despachadores que ocu­ pan un rango superior, sino sobre todo con los gerentes de las gaso­ lineras y los dueños. Se trata de un trabajo en el que es obligatorio respetar horarios (por lo general tres turnos de ocho horas cada uno, ya que las gasolineras dan servicio las 24 horas), saber manejar las máquinas despachadoras de gasolina (casi siempre basadas en tecno­ logías informáticas), vestir un uniforme y a veces un gorro con el logo de la empresa. Además se tiene que acatar un conjunto de normas precisas en la relación con el cliente y con los demás trabajadores. Este conjunto de reglas y formas de operación es evidente para el clien­ te que llega con su coche a cargar gasolina, tan evidente que tiende a pasarlo por alto. Sin embargo, cada vez que nos acercamos a una plan­ ta de gasolina para abastecer nuestro coche, nos percatamos fácil­ mente de que somos recibidos por un personal que actúa ateniéndose a un guion establecido, mediante una serie de gestos, modales y fra­ ses precisas que el trabajador está obligado a pronunciar, como cuan­ do nos ofrece controlar los niveles de los líquidos en el motor, nos propone comprar algún aditivo, nos pide si queremos que se limpie el parabrisas o si preferimos llenar el tanque hasta el tope o un poco menos, etc. La rigidez de esta organización del trabajo se mezcla con la arbitrariedad y el autoritarismo que caracteriza a menudo el tra­ to de los gerentes y los dueños hacia los despachadores. A esto hay que añadir que los gasolineros no sólo se encargan de despachar la gaso­ lina, sino que son los responsables de cobrar a los clientes, es decir que de ellos depende que ese pago llegue a los dueños, lo cual tiene grandes implicaciones en su trabajo, como veremos más adelante, ya que los pone en contacto de manera permanente con un elevado flu­ jo de dinero en efectivo. Todos estos aspectos se muestran especial­ mente relevantes cuando se tienen en cuenta las peculiaridades de la remuneración que reciben. En efecto, pese a la rigidez de la estructura laboral y a las responsa­ bilidades que deben asumir en su desempeño laboral, por lo general los despachadores no reciben una remuneración estable, si no es que en muy pocas ocasiones y sólo algunos de ellos. Por asombroso que pue­ da parecer, la mayoría no recibe un salario, e incluso algunos tienen que pagar al dueño para tener el permiso de trabajar en la gasolinera.

Su única remuneración es la que les dan los clientes como propina por cargar la gasolina en sus coches, servicio que en ciertos casos pue­

de acompañarse de otros, como limpiar los vidrios, inflar las llantas

o revisar los niveles de líquidos en el vehículo. En vista de la falta de un salario fijo, están obligados a competir entre ellos de manera perma­ nente para acaparar el mayor número de propinas. Esto también es evidente para el automovilista que llega a la gasolinera, ya que los des­ pachadores lo reciben haciendo toda una serie de ademanes osten­ tosos, buscando que se detenga en su lugar, para recibir sus servicios, en vez de los del que está a un lado. Dentro del ciclo de producción de la mercancía­gasolina, los despachadores son el último eslabón, el de la venta al consumidor final del producto, en una cadena que inclu­ ye la extracción de petróleo, la refinación del combustible, la distri­ bución mediante franquicias y la entrega al consumidor­usuario del producto. Sin embargo, pese a trabajar bajo las órdenes del dueño de la planta de gasolina, sus ingresos no vienen de éste, sino de los consu­ midores. Para el dueño de la gasolinera, los despachadores no son dependientes, sino personas a las que les hace el favor de permitirles trabajar en un lugar (la gasolinera) que es de su propiedad, con una mercancía (la gasolina) de la cual es dueño y de cuya venta recaba im­ portantes ganancias. Su posición, independientemente de que reci­ ban o no un salario, es la de encargados de un servicio, que consiste en despachar la gasolina. Una maniobra que en otros países la llevan

a cabo los propios consumidores, quienes se despachan solos. Pero en las condiciones de operación de las gasolineras en Méxi­ co, su trabajo no sólo es necesario sino muy conveniente para los due­ ños de las plantas —de otra forma ya habrían sido eliminados—, porque su mano de obra es gratis y además puede ser usada sin costo en mu­ chas otras labores. En efecto, los despachadores suelen realizar tareas distintas, indispensables para el funcionamiento de la planta, como recibir las autoclaves y descargarlas en las cisternas; hacer cuentas, pagos y depósitos de las ganancias diarias o semanales; darle man­ tenimiento a toda la planta: pintar, barrer, hacer pequeñas repara­ ciones, etc. En algunos casos son utilizados casi como trabajadores “propios” de los gerentes, quienes se sirven de ellos como choferes, la­ vadores de coches, encargados de diversos mandados, vendedores de

aditivos y otros productos. Además, la mayoría de las veces traba­

jan sin tener seguro médico ni prestaciones laborales. En ocasiones, al momento de ser empleados, firman unos papeles como si estuvie­ ran recibiendo un salario pero de hecho no lo reciben. Otras veces tienen derecho a ciertas prestaciones, aunque de manera precaria; pero nadie tiene ninguna garantía de permanecer en su trabajo, ya que pueden ser despedidos en cualquier momento sin previo aviso

y sin ningún tipo de obstáculo para el patrón. Es muy común que, al

momento de ser empleados, sean obligados a firmar unas cuantas ho­ jas en blanco, que servirán al patrón como renuncia en caso de que

quiera deshacerse de ellos. Su perspectiva laboral dentro de la planta es la de un fatigoso ascenso desde las posiciones más humildes hasta lle­ gar a ocupar, en el mejor de los casos, un puesto de responsabilidad, como el de jefe de una isla despachadora, a cambio de un salario que casi siempre sigue siendo muy bajo. Sobra decir que la gasolinera es un lugar fuertemente jerarquizado. No es igual ser un recién llegado, que un despachador con muchos años en el puesto; no es lo mismo ser el responsable de la isla, o incluso de todo un turno, que un simple aprendiz que sólo limpia las llantas de los coches de los clientes, pa­ sándoles encima una sustancia grasosa denominada comúnmente al­ morol (mexicanización del producto estadounidense llamado Armor All); entre las mujeres que trabajan en el medio no es raro el caso de aquellas que empezaron como personal de limpieza en los baños de las gasolineras y poco a poco obtuvieron el permiso de ser despa­ chadoras. Para terminar esta breve descripción de las condiciones laborales de los despachadores de gasolina en la ciudad de México, cabe pre­ guntarse por qué estos trabajadores se esfuerzan por defender su em­ pleo y lo consideran incluso mejor que otros. Para entenderlo debe tenerse en cuenta el panorama general del empleo en México, que se distingue por muy bajas remuneraciones, altas dosis de precariedad, falta de garantías mínimas y ausencia de libertad sindical. Estas cir­ cunstancias resultan de una política económica durable que inten­ ta construir la competitividad del país achicando el costo del trabajo

y flexibilizando las relaciones laborales, en un contexto de escasez de empleos formales que genera a su vez una abundancia de trabajo in­

formal. Baste pensar que el salario mínimo fijado por la ley es de escasos 65 pesos diarios, insuficiente para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo. En esta situación, lo que los gasolineros per­ ciben de propinas por día puede llegar a ser hasta más de cuatro veces el salario mínimo. La falta de garantías laborales es atemperada por la ventaja que representa recibir un dinero regularmente, día con día. Esto les permite llegar a sus casas y tener para los pequeños gastos familiares, como la cena, los desembolsos de los hijos en la escuela, el transporte de otros miembros de la familia, etc. Se trata de una econo­ mía de muy corto plazo o de la subsistencia diaria, donde las posibi­ lidades de ahorro y de planificación de un gasto un poco mayor se encuentran reducidas casi a cero. No obstante, es una condición que consideran mejor que la de muchos trabajadores con un sueldo fijo quincenal, por ejemplo, en un puesto de vigilante, cuyo salario es me­ nor a lo que ellos ganan con las propinas diarias. Su situación cobra sentido si se coloca en el horizonte de la explotación laboral que caracteriza a México y a la economía neoliberal en general. 2 Antes de ilustrar de qué modo los interesados representan su condición de precariedad y de indefensión en el trabajo, en el apartado que sigue me propongo introducir algunos conceptos que considero útiles para tematizar estas nuevas formas de relaciones laborales y entender su significado en el mundo actual.

Algunos conceptos analíticos: dominación, resistencia y trabajo inmaterial

Propongo los conceptos de dominación y de resistencia como tér­ minos pertinentes para profundizar en la comprensión de las condicio­ nes de trabajo de los despachadores, así como de otros trabajadores sin salario. La idea de dominación se refiere a condiciones de trabajo carac­ terizadas por un agravio sistemático a la dignidad personal, situa­

2 Algo semejante sucede con los empacadores voluntarios en los supermerca­ dos, quienes pueden ganar más de 100 o 200 pesos en cuatro horas de trabajo, can­ tidad mayor de la que gana la cajera del supermercado.

ción generada por la falta de derechos que distingue al trabajador frente al patrón, y por la dramática escasez de otras oportunidades la­ borales, como se mostró en el apartado anterior. Este estado de cosas queda ejemplificado con claridad cuando se piensa que, en el caso de los gasolineros y de otros trabajadores semejantes, se trata de una rela­ ción laboral que a menudo no existe formalmente, ya que el trabajo mismo es presentado como un favor que el dueño hace al empleado. Respecto a la definición clásica de los tres tipos de dominación según Max Weber (1944:706), es decir, la dominación legal, la tradi­ cional y la carismática, el caso que nos ocupa no cabe dentro de nin­ guno de ellos, sino que puede definirse como dominación ilegítima, ya que se ejerce al margen y en contra de lo que prescribe la ley acerca de la obligación de pagar por el trabajo. Ante esta situación de ilegalidad y falta de derechos, es apropiado preguntarse no sólo por las condi­ ciones socioeconómicas generales que permiten que los despacha­ dores la acepten, sino por la manera en que la interpretan, le dan sentido y eventualmente se oponen o resisten a ella. Para ahondar en esta dirección, propongo utilizar el concepto de dominación acuñado por James Scott en su libro Los dominados y el arte de la resistencia (2000). 3 Para este autor, la condición de dominación es una suerte de semillero para la elaboración de lo que él llama un discurso oculto en contra de la situación misma, así como para el surgimiento de diver­

3 No es posible examinar aquí la extensa literatura acerca de las relaciones de do­ minación, tanto en el ámbito laboral como en otros ámbitos de las relaciones humanas (por ejemplo las relaciones de género). Baste recordar que el Diccionario de sociolo­ gía de Luciano Gallino define la dominación como “la relación de superioridad o su­ premacía de un sujeto individual o colectivo A, sobre uno o más sujetos individuales o colectivos B, C […], en el cual A, a pesar de posibles apariencias de lo contrario, con­ trola para su provecho la distribución de los recursos materiales y no materiales conjuntamente producidos o adquiridos por el sistema y los derechos inherentes a ellos, así como los procesos políticos correlativos a tales distribuciones, empleando para sus fines, en combinación variable de acuerdo con la situación, diversas formas y dosis de poder, de autoridad, de influencia y de otros medios capaces de condicio­ nar ya sea el comportamiento o la orientación y la conciencia de los dominados, como los mecanismos de la socialización y del control social efectivamente para impedir que B, C u otros se sustraigan a ese arreglo distributivo o lleguen a modifi­ carlo en una medida inaceptable para A, y lograr si es posible que éstos reconozcan como legítimo el arreglo en vigor” (Gallino, 1995:332).

sos actos de resistencia, incluido el propio discurso oculto: 4 “La resis­ tencia surge no sólo de la apropiación material sino de la sistemática humillación personal que caracteriza la explotación” (Scott, 2000:141). 5 De acuerdo con Scott, no se trata de eludir el hecho fundamental de la explotación mediante la extracción de plusvalía del tiempo de tra­ bajo, la cual —cabe resaltarlo— es todavía más grave cuando se trata de trabajo sin salario; sino más bien de evidenciar la denominada “experiencia de la esclavitud” (2000:141) como un elemento impres­ cindible para entender el discurso y las acciones de resistencia de los trabajadores, que se apoyan en las redes de relaciones existentes en el trabajo y en una cultura común, sin las cuales dichas prácticas se­ rían imposibles. Los datos que presentaré más adelante acerca de las condiciones laborales de los gasolineros muestran que la palabra es­ clavitud no es exagerada, ya que se refiere a un estado de extrema vulne­ rabilidad del empleado respecto al patrón de quien depende, y frente al cual no tiene ningún derecho, lo que lo expone a diversos abusos y vejaciones en el lugar de trabajo. 6 De esta experiencia de negación de la dignidad personal y de vulnerabilidad permanente surgen distin­ tas formas de solidaridad, entendidas como gestos de resistencia a la dominación y que pueden concretarse en redes de apoyo semiclan­ destinas. Sin embargo, la solidaridad entre los empleados no es sólo resulta­ do de su colocación desfavorable en la relación de fuerzas con los due­ ños de la planta; las solidaridades y las redes de apoyos también son

4 La manera como este autor concibe la relación de dominación y los conceptos que acuña para dar cuenta de los fenómenos muy variados de resistencia a la misma son pertinentes para el caso estudiado aquí y para entender las condiciones de vida de estos y otros trabajadores precarios en la ciudad de México y en otras partes del mundo. Sin soslayar la importancia de la explotación laboral, este autor concentra su atención en los aspectos específicos del trato al trabajador. Para Scott, el trabajo for­ zoso no resulta “más importante que los castigos físicos, los insultos, el abuso sexual y la forzada autodegradación” (2000:141).

5 Scott considera que “mientras que la expropiación de trabajos y granos a una población subordinada tiene cierta calidad genérica, la forma de la dominación per­ sonal tiende a ser mucho más culturalmente específica y particular” (2000:141).

6 En el caso mexicano, vale la pena distinguir entre los derechos de jure de los trabajadores y los derechos de facto. Formalmente, la actual ley del trabajo protege y atribuye diversos derechos a los empleados, que sin embargo de facto éstos descono­ cen y que no son aplicados sistemáticamente por los patrones (Bensusán, 2007).

posibles por las características específicas del trabajo de los gasoli­ neros, el cual requiere activar competencias y habilidades que van mucho más allá de cargar gasolina, que les exige una atención perma­ nente al conjunto del proceso de trabajo, a las maneras de realizarlo, a la necesidad de coordinarse con otros empleados y de tomar decisiones en cuanto a las formas de hacerlo. Aquí entra en juego otro concep­ to útil para comprender la situación de los gasolineros: la noción de trabajo inmaterial, introducida por Lazzarato y Negri en sus prime­ ros análisis sobre la desaparición del trabajo fordista y el surgimiento de nuevas modalidades de relaciones laborales. Con la idea de traba­ jo inmaterial, estos autores quisieron resaltar la importancia crecien­ te de la subjetividad y de las capacidades intelectuales del trabajador en el proceso de producción. Mientras con el fordismo y el tayloris­ mo la organización del trabajo buscaba sobre todo eliminar la in­ tervención del obrero en el proceso de producción, mediante una minuciosa definición y programación de las operaciones a realizar, en el capitalismo posfordista el obrero —cada vez más precario— debe hacerse responsable del proceso productivo, involucrándose en él, asumiendo responsabilidades y tomando decisiones. Así lo expresan Lazzarato y Negri en un ensayo de 1991, cuando sostienen que:

[…] en la gran empresa reestructurada, el trabajo del operario es un trabajo que implica siempre más, en diversos niveles, capacidad de escoger entre diversas alternativas, responsabilidad de ciertas deci­ siones. […] Como prescribe el nuevo management hoy, “es el alma del operario que debe descender en la oficina”. Es su personalidad, es su subjetividad que debe ser organizada y comandada. Calidad y can­ tidad de trabajo son reorganizadas en torno a su inmaterialidad (Laz­ zarato y Negri, 2001:11­12; las cursivas son mías).

El trabajo de los gasolineros ilustra bien la propuesta de estos au­ tores, en especial cuando pensamos en las responsabilidades que asumen en su trabajo, en relación no sólo con la seguridad y eficien­ cia en el proceso (en particular la organización por turnos), con la operación de máquinas despachadoras que hoy en día son completa­ mente informatizadas, sino con la circulación del dinero y los cálculos

de los ingresos que deben realizar diariamente. Estas tareas intelec­ tuales y de gestión, que efectivamente “involucran el alma del trabaja­ dor en el proceso de trabajo”, como dirían Lazzarato y Negri, sugieren otras preguntas e hipótesis. Siguiendo esta línea de reflexión, propongo como ulterior hipóte­ sis considerar que el carácter inmaterial del trabajo, con lo que esto implica (en términos del involucramiento de la subjetividad y de la inteligencia del trabajador en el proceso de trabajo), favorece el esta­ blecimiento de redes de relaciones dentro del ámbito laboral, que a su vez hacen posibles las prácticas de resistencia. Estas últimas, dadas las circunstancias, no pueden manifestarse como una oposición ex­ plícita y abierta, más bien se muestran mediante un conjunto de ac­ ciones subterráneas que van desde el no trabajo, la elusión de ciertas responsabilidades o tareas, el pequeño sabotaje o el robo a los clien­ tes, hasta la puesta en marcha de redes de solidaridad que aprovechan la condición laboral para garantizar la supervivencia de los trabajado­ res. Antes de pasar a estos temas, se destacará de qué modo los ga­ solineros describen y analizan su situación laboral, para comprender desde qué visión de la realidad elaboran sus tácticas y estrategias de resistencia.

La relación laboral en palabras de sus protagonistas

Las entrevistas en las que se basa este texto han sido realizadas a ma­ nera de grupos focales, en una situación caracterizada por la liber­ tad de expresión y la discusión colectiva sobre experiencias similares compartidas por todos. Las narrativas recogidas son definibles como un discurso oculto que se hace público (Scott, 2000). En este apartado

y en el siguiente se muestra de qué forma se hace presente la concien­

cia de las relaciones de dominación en el discurso de los trabajadores,

y cómo las redes de apoyo y los arreglos informales pueden contribuir

a soportar una situación de precariedad que de otro modo resultaría intolerable. 7

7 Este texto se basa en una primera lectura de un conjunto de entrevistas grupales realizadas entre septiembre de 2011 y mayo de 2013 a alrededor de 30 hombres y

El primer elemento que destacan los despachadores acerca de la precariedad laboral es su carácter relativamente reciente y su vincu­ lación con las nuevas relaciones laborales introducidas por grandes empresas que se rigen por los criterios de la economía global. Los tra­ bajadores con más experiencia en este oficio abren su discurso con una comparación entre las condiciones anteriores a la globalización de la economía (hasta hace 25 años, grosso modo) y las actuales. Al respecto, veamos el testimonio de un hombre que tiene casi 30 años como gasolinero. En su relato, las condiciones de maltrato y la preca­ riedad se vinculan con el advenimiento de los grandes corporativos, quienes han reglamentado el trabajo de manera mucho más estricta y han impuesto criterios de mayor exigencia y eficiencia en los procesos de trabajo. En estas empresas, más allá del discurso que las presenta como “grandes familias”, al estilo Walmart, el trabajador se encuen­ tra totalmente desprotegido frente a sus superiores, en este caso los gerentes de las gasolineras, quienes suelen actuar arbitrariamente en la organización del trabajo. En especial cuando se trata de despachado­ res nuevos, les exigen un sinfín de otras tareas que les restan tiem­ po para despachar gasolina, lo cual es su única fuente de ingreso. El momento en que ocurrió este cambio es muy claro para el entrevis­ tado: 1987, año del arranque de un gran grupo corporativo que reú­ ne a varios centenares de gasolineras en todo el país.

Esta empresa nos comenzó a cobrar el derecho de piso que nosotros teníamos que pagar a la estación; en lugar de que ellos nos pagaran a nosotros, teníamos que pagar una cantidad de 25 pesos. Además co­ menzaron a exigir la venta de productos, comprar overoles, llevar lo que uno necesita para el trabajo, que es una obligación de la empre­ sa proporcionar eso, firmar las hojas en blanco y no tener la seguridad

mujeres que trabajan en distintas gasolineras de la ciudad de México. La relación con ellos ha sido posible gracias a la intermediación de una organización sindical independiente, el Sindicato de Trabajadores de Casas Comerciales, Oficinas y Expen­ dios, Similares y Conexos del Distrito Federal (Stracc), aunque no todos los entrevis­ tados forman parte de ella. Las entrevistas giran en torno a la historia laboral de los despachadores y sus condiciones de trabajo, la manera en que se organizan en los mo­ mentos difíciles y cómo se las arreglan con sus familiares para organizar su vida coti­ diana y sobrellevar los turnos y el ritmo de trabajo.

social, y lo más importante, no teníamos la estabilidad laboral por­ que en un momento dado que a un encargado o un gerente le cayera uno mal lo corrían, por eso hay muchos compañeros que andábamos como chapulines de una gasolinera a otra, porque no teníamos estabi­ lidad laboral (M., hombre, 58 años).

Las nuevas condiciones de trabajo acarrearon una fuerte inesta­ bilidad en la relación laboral, representada de forma eficaz mediante la frase “andábamos como chapulines”, es decir, brincando de una gasolinera a otra, ante la falta de garantías y la imposibilidad de que­ darse en una planta en condiciones mínimamente dignas. En la discu­ sión colectiva, para transmitir con precisión la situación de vejación inaugurada en los años ochenta, varios entrevistados citan el caso de una gerente que se hizo famosa entre los despachadores por obligar­ los a pasear a su perro: “Y si no lo llevaban a pasear entonces te decía:

‘¿sabes qué?, entonces no tienes trabajo’ ”. Otra razón que identifican para explicar el empeoramiento de las condiciones de trabajo es el creciente número de gasolineras, que sobrepasa por mucho el incre­ mento de vehículos en el área metropolitana. Esto se debe a que el gobierno ha sido muy laxo en controlar el otorgamiento de franqui­ cias de Petróleos Mexicanos (Pemex), dejando crecer desmesurada­ mente la cantidad de gasolineras. El aumento de la competencia entre gasolineras y los cambios en las condiciones laborales han creado una suerte de brecha entre los trabajadores adultos —que conocieron circunstancias distintas— y los jóvenes, para quienes la precariedad y el maltrato son parte del panorama existente, frente al cual su actitud es de completo desen­ canto. Los testimonios manifiestan esta diferencia generacional des­ tacando cómo los jóvenes resultan ser más dominables, ya que nunca experimentaron condiciones laborales mejores, como las que prevale­ cían hace 20 años. Pero, al mismo tiempo, su escaso apego al trabajo los hace más volátiles y propensos a comportarse de forma tramposa.

Ahora, tomando esto acerca de las oportunidades de trabajo que nos niegan a la gente mayor como yo, porque los adolescentes son más fá­ ciles de domar a lo que necesita la gasolinera: que vas a lavar el carro del patrón, lo lavan; que vas a ir a Pemex a dejar esos papeles y de tus

propinas tienes que pagar tus pasajes, lo hacen; porque creen que es lo único que hay. Nosotros adultos, cuando empezamos el negocio de las gasolineras, era diferente porque había oportunidad y había mu­ chos carros y menos gasolineras […] por eso los adolescentes son los que llegan y aterrizan en las gasolineras y desgraciadamente no falta la persona que se ha pasado de listo con las cuentas, empieza a fal­ tar dinero y por eso andamos también como chapulines, porque ¿cómo voy a mantener a alguien que no sea de mi familia, si se está llevando otro compañero ese dinero que yo no gano? (M., hombre, 58 años).

Además de pagar para poder trabajar, la subordinación al gerente debe ser completa, con muy poco margen para la negociación y una gran disponibilidad para adecuarse a cambios imprevistos en los hora­ rios y la modalidad de trabajo, condiciones que se respaldan legalmen­ te por la existencia de contratos laborales que defienden al patrón. Si, por un lado, se requiere mucha adaptabilidad, por el otro se tiene que observar el máximo respeto por las jerarquías y las órdenes supe­ riores por absurdas que puedan llegar a ser, porque cualquier “insu­ bordinación” puede implicar el despido inmediato. En este sentido, los entrevistados afirman que en los últimos años las personas que más encuentran empleo en las gasolineras son las más vulnerables debido a razones extralaborales, o las que más fácilmente pueden ser sometidas a las exigencias del trabajo, es decir, las que pueden chan­ tajearse con facilidad: hombres mayores, jóvenes y mujeres. Los jó­ venes porque se considera que están más dispuestos a aceptar las condiciones de trabajo por no conocer mejores o por ver el em­ pleo como una ocupación provisional, en vista de encontrar algún otro; y las mujeres porque se piensa que son más responsables que los hombres, y porque representan un atractivo en la competencia entre gasolineras, por ello se prefieren aquellas que son consideradas “de buen aspecto”, y mejor si son madres solteras jefas de familia, las cua­ les pueden ser sometidas con gran facilidad a presiones y chantajes por parte del gerente o el jefe de turno.

Nosotras como mujeres en el campo laboral somos como un símbolo sexual, acosadas por los compañeros, los encargados, por los due­ ños, aunque difícilmente, y también por los clientes. Tiene razón el

compañero, ¿por qué te contratan como mujer? Hay estaciones que tienen el letrero de “sólo personal femenino”, porque dicen: a ver tus “bubis”, a ver tu trasero, eso es lo que ellos buscan, ése es el perfil, no les interesa otra cosa. Por eso contratan a muchas mujeres, es la ma­ nera de atraer, disfrazar las cosas (E., mujer, 40 años).

Ahorita si uno quiere ingresar a las gasolineras debe tener de 18 a 25 años, tiene que tener buen cuerpo si es mujer; y lo más importante, que sea madre soltera para que el encargado la acose. Desgraciadamen­ te es lo que nosotros no vemos, no sentimos porque las mujeres son acosadas por los encargados, por los jefes de turno y hasta los jefes de isla para que sigan trabajando, porque más o menos reditúa y hay veces que la necesidad hace que la mujer tenga que darle lo que pida al gerente, al encargado o al jefe de piso (M., hombre, 58 años).

En algunos casos, los patrones retienen los papeles originales de los trabajadores como una manera de chantajearlos, ya que si son acu­ sados de mal comportamiento o de falta de dinero corren el riesgo de ser despedidos sin recuperar sus papeles originales para que no pue­ dan buscar otro empleo. A partir de una supuesta falta o de una situa­ ción controversial en el lugar de trabajo, el empleado puede quedar privado de sus documentos originales, y de allí permanecer en una situación de marginalidad todavía más grave que le impida acceder no sólo a otro trabajo, sino a otros servicios que impliquen la compro­ bación de su identidad mediante un documento oficial. Aun si fuera únicamente una amenaza, retener los documentos originales nos hace pensar en una violación extrema de la dignidad del sujeto, un atentado a los fundamentos de su identidad social, la cual, como ha sido demostrado por Bourdieu (1997:74), reposa en gran medida en los actos de institución de los cuales los documentos de identidad son la prueba y el soporte.

Antes pedían sólo la solicitud y ya, y eso estaba leve, y hasta la fecha, en algunas gasolineras particulares, sólo piden la solicitud. Pero en H. y C. ya piden todos los documentos en originales: cartilla, creden­ cial del ife, acta de nacimiento y antecedentes no penales, pero todo en original. Si salen bien de la gasolinera se los dan, pero si hay cual­

quier cosa, como que los gerentes los acusan de robo o hay alguna situación extraña por ahí, no les dan sus papeles y ellos se quedan sin documentos para poder ingresar a cualquier otro trabajo (J., hom­ bre, 26 años).

Entre los malos tratos de los gerentes hacia los trabajadores está imponerles servicios extras o utilizarlos como sirvientes disponibles para cualquier tarea, por ejemplo ir a sacar fotocopias o a comprar alguna cosa, incluso pagada por el mismo empleado. Es lo que le pa­ só a este gasolinero, quien, después de varias ocasiones en las que so­ portó la vejación, optó por vengarse de manera oculta, como él mismo relata:

La gerente siempre me mandaba a comprar su café y no me lo pagaba, decía: “no te lo voy a pagar”, y se reía. Eso me lo aplicó como unas cinco veces, hasta la última que le escupí su café, no me aguanté. Vi cómo se lo tomaba bien rico, y yo: jajaja. Dicen que soy muy renco­ roso y vengativo y siempre busco hacer cosas así, pero esa mujer sí me traía […] Una vez llegué tarde y me dijo: “es una multa de 50 pe­ sos”. ¡Entré a trabajar pidiendo dinero! (J., hombre, 26 años).

El hecho de que estas vejaciones sean destinadas a veces sólo a ciertos trabajadores demuestra cómo el ambiente laboral se caracteri­ za por una condición de zozobra persistente y por amplias dosis de discrecionalidad por parte de los gerentes y de los diversos encar­ gados de las plantas. Incluso el control de los gerentes sobre el proce­ so de trabajo es discrecional. Los movimientos del personal entre turnos y las promociones a lugares de mayor responsabilidad, don­ de se manejan grandes cantidades de dinero, como el puesto de res­ ponsable de una máquina despachadora o de una isla (hilera) de máquinas, son decididos por los gerentes de las gasolineras sin que los criterios que los orientan puedan ser inteligibles para los interesa­ dos directos.

Ahí había unos que, bueno, a lo mejor estoy yo mal en cómo lo veo, pero trabajaban tres turnos. Yo decía: “cómo, eso es inhumano”. Ha­

bía un señor que lo veía cuando salía de trabajar y, cuando llegaba, ahí seguía. Una vez me tocó verlo, yo iba saliendo del turno de la tarde, yo dije: “hola, cómo está, ¿ya llegando?” Él: “sí.” Llego al otro día en la tarde y todavía ahí estaba, le dije: “ahí nos vemos”. Y él: “cuál nos vemos, voy a trabajar contigo en este turno”. Todavía se iba a aven­ tar el turno en el que yo iba a trabajar. Como eran bien barberos con la gerente, ella les pedía que se quedaran y se quedaban. Yo sí me lle­ gué a quedar, pero de mañana y tarde o de noche y mañana, pero más no. Cuando faltaba alguien y no avisaba, pues alguien se tenía que quedar, por lo general tenían la dinámica de que los nuevos siem­ pre se tienen que quedar. La gerente estaba ahí todos los días y los sá­ bados se iba temprano, por eso los sábados era nuestro día favorito para trabajar en la tarde. Luego decía: “descansas tal día”, y uno: “pe­ ro por qué.” Ella: “no tengo por qué darte explicaciones, descansas ese día” (J., hombre, 26 años).

El empleo del tiempo e incluso la presencia en el lugar de trabajo están totalmente sometidos a lo que diga el gerente de la planta, al igual que las jerarquías en el interior. El gerente puede nombrar a alguien como jefe de isla sin consultárselo antes, y mucho menos a los demás. Para la mayoría de los despachadores, estas promociones no representan un motivo de satisfacción sino, al contrario, de preocupa­ ción, por las responsabilidades y, sobre todo, por los riesgos que con­ lleva manejar y entregar el dinero del turno relativo a esa isla. Estos ascensos dependen más de los sentimientos de confianza o simpatía que los superiores tengan hacia algunos despachadores que de una evaluación objetiva de sus méritos o de su desempeño laboral. Es el caso que expone esta mujer:

[El ascenso] no depende tanto de cómo trabajes, sino de que si le caes bien al gerente o no. Si le caes bien o te ve confiable te da la isla. Allí no era de si querías, era de: es tu trabajo, ¿lo aceptas? No tenía­ mos para decidir, sólo nos decían: “mañana te toca la isla”. Uno de­ cía: “pero cómo o por qué.” Decían: “pues, es que no hay gente en quien confiar y tú eres la que lleva un poquito más de tiempo y te vas a quedar”. Yo inicié así, y sí era mucha responsabilidad porque tam­

bién a los compañeros se echaba uno de enemigo. Porque uno les exigía para las ventas, pero también de allá arriba nos exigían como jefes de isla. No era tanto porque fueras bien en tus ventas, el que se dejaba era jefe de isla (E., mujer, 40 años).

Una de las responsabilidades que conlleva ser jefe de isla consiste en coordinar la venta de diversos productos para autos que los des­ pachadores deben vender a la fuerza, ya que los pagan por adelanta­ do y, si no los venden, no pueden regresarlos. Otra responsabilidad es llevar la cuenta del dinero que entra en la isla, empaquetarlo y llevarlo a la administración de la gasolinera o directamente al banco. Des­ de la posición de jefes de isla, en ocasiones pueden ejercer algún ti­ po de presión sobre sus compañeros para que trabajen más o para que les dejen una parte de sus propinas. Según como se interprete, el pues­ to de jefe de isla puede ser una carga inevitable con tal de mantener el empleo, ya que no puede rechazarse la responsabilidad, o ser una oportunidad para ejercer cierto poder sobre los demás y llevar a cabo un manejo del dinero que puede tornarse en beneficio propio; co­ mo expresa el siguiente testimonio:

Lo que sucede es que ahí lo hacen por porcentaje […] ellos ven que despachaste más autos, pues tienes que vender entonces más pro­ ducto. También lo que hacen es, por ejemplo, la mayoría de los com­ pañeros no sé qué ideas tienen que todos quieren ser jefes, entonces, también al momento que uno atiende, ya te echas de enemigo a los otros porque los otros quieren, y cualquier pretexto que uno haga mal lo usan para ir con el gerente y decirlo. Cualquier cosa que ten­ gan que inventar para tratar de quedarse con esos puestos. Aparte tienen la mentalidad que creen que están más arriba cuando están igual o peor (J., hombre, 26 años).

En este ambiente de maltratos, en el que priva la necesidad de aguantarse para mantener el trabajo, no faltan de vez en cuando aque­ llos que se niegan a seguir soportando y optan por irse, si es que las condiciones laborales se alejan demasiado de lo que consideran to­

lerable. Es el caso de L., un hombre de más de 50 años y con 20 años como despachador, quien prefirió dejar el puesto donde llevaba ape­ nas tres días después de un encontronazo con el gerente, porque L. no le pidió permiso para irse una vez que su turno había terminado. Este episodio es el reflejo de una situación más general en la cual se asu­ me que, sin importar los turnos a los que los despachadores están asignados, éstos deben estar a disposición del gerente o del jefe de pi­ so, quienes, sin previo aviso, pueden cambiar sus horarios u obligar­ los a trabajar más o menos tiempo del que tienen designado. En este caso, el gerente exigió a L. que se quedara en el turno siguiente des­ pués de haber terminado el que le correspondía. No sólo fue eso, sino que no toleró que L. le contestara, porque consideró que no se debe contestar a un superior, ni mucho menos pedirle explicaciones. An­ te esto, L. decidió abandonar su puesto porque, además de querer hacerlo trabajar después del horario asignado, le exigían pagar de ma­ nera indebida muchas cosas, inclusive el material de trabajo.

Yo estuve tres días [menciona la ubicación de la gasolinera] porque había muchas presiones. Primero pagamos 50 pesos para la desayu­ nada, otros 50 no sé para qué, creo que eran para el encargado, 30 para no sé qué diarios, y aparte el material que se utilizaba para lim­ pieza había que comprarlo uno. Garantías de trabajo no había una sola, yo duré tres días ahí porque al tercer día según ya me mandaban a despachar pero pagando gastos, pero los gastos ya ascendían a 200 pesos. Y aparte, para pagar el overol eran 280 pesos. Y otra porque me quisieron mandar fuera del horario, me había dicho que me que­ dara por un compañero que no había llegado, por cinco minutos, en esos cinco minutos despaché un carro, llegó el compañero y le dije:

“¿ya avisaste que ya llegaste?, porque yo ya me voy”. Él: “sí, ya te pue­ des ir”. Llego a los vestidores y llega uno de los encargados y me se­ ñala de lejos, a mí se me hizo fuera de lugar, le dije: “¿me hablas a mí?” Él: “sí, vístete”. Yo: “¿qué? Son las cuatro, yo ya salí y me dieron la orden de que me fuera”. Él: “¿quién te la dio?” Yo: “fulano”. Él: “en­ tonces ¿no vas a trabajar?” Yo: “pues fíjate que no”. Él se salió echando rayos y centellas, chocamos a medio patio saliendo, yo no le dije nada […] No hay ninguna garantía. En primer lugar, por mi edad, yo

busco algo donde tenga seguridad, no busco algo tan bueno, pero tam­ poco que me muera de hambre (L., hombre, 50 años).

Como explica en las conclusiones de su relato, se trata de un hom­ bre de 50 años que está dispuesto a trabajar en algo “no tan bueno”, como él mismo admite, “pero tampoco que me muera de hambre”. Si tiene que pagar para trabajar y encima le dan órdenes de manera contradictoria, exigiéndole que se quede más allá del horario pacta­ do, prefiere renunciar, aunque está consciente de que a su edad no puede ser exigente, ya que no le será fácil encontrar otro empleo. Su dignidad es puesta en riesgo cuando se encuentra entre la espada y la pared, entre la necesidad de someterse para salvaguardar su fuen­ te de ingresos y el impulso de rebelarse ante un trato inaceptable, una situación que se hace cada vez más común cuando los derechos labo­ rales no son respetados.

Redes de solidaridad y resistencia

En el ambiente de trabajo de los gasolineros se gestan diversos tipos de redes que establecen la posibilidad de brindarse apoyo mutuo, no sólo para sortear la precariedad y la falta de salario, sino para apro­ vechar las oportunidades específicas que ofrece este medio laboral, al margen de lo que está permitido por los dueños de las empresas y de las plantas despachadoras. Esas redes de apoyo —que involucran a amigos, compañeros de trabajo y familiares— las encontramos des­ de los inicios de la relación laboral, ya que en muchos casos la inser­ ción en el trabajo es el resultado de contactos familiares y también, aunque menos frecuente, de relaciones de amistad. Es muy común que un nuevo trabajador llegue a una gasolinera porque ha sido re­ comendado por un pariente o un amigo que ya está laborando allí. Éste le informa que hay un puesto vacante y lo presenta al gerente o al jefe de turno. En general, los gerentes de las gasolineras valoran positivamente estos lazos a la hora de contratar a un despachador, pues los consideran una suerte de garantía acerca del buen compor­ tamiento y de la honestidad del trabajador en cuestión. Se trata, como

hemos visto, de un trabajo en el cual se necesitan altas dosis de con­ fianza, en especial a causa de la circulación de grandes cantidades de dinero. Que los gasolineros llamen a trabajar a otros miembros de sus familias da como resultado la formación de familias de gasolineros, en las que tres o más personas, de distintas generaciones o de la misma, se desempeñan en el mismo oficio, transmitido de una generación a otra, ya sea en la misma gasolinera o en otras. Esto aumenta el conoci­ miento del oficio y el capital de saberes y relaciones de los despacha­ dores, así como su visión panorámica acerca de los cambios ocurridos en los últimos años. Sin embargo, cuando un trabajador con experiencia quiere cam­ biar de gasolinera, el hecho de que conozca el oficio representa más una desventaja que un requisito positivo. La experiencia adquirida no es considerada por los patrones como algo bueno sino como un sinónimo de competencias que el trabajador puede usar en benefi­ cio propio y para dañar al patrón. Los despachadores con experiencia pueden ser menos controlables, más conscientes de sus derechos y de los gajes del oficio. Es preferible uno que no sepa casi nada y que deba ser instruido por la empresa que uno competente, en la medida en que su experiencia es interpretada por el gerente no sólo como una habilidad para trabajar bien, sino también para aprovecharse de la si­ tuación. Es lo que se define como un trabajador “amañado”. Se gene­ ra entonces la paradoja de tener que ocultar los conocimientos y el tiempo transcurrido en otra planta para entrar a una nueva. En el interior de la gasolinera se tejen otras redes relacionadas con la circulación de dinero en efectivo. El dinero que entra en la planta y que debe ser contado y anotado en cada turno de trabajo 8 favorece diversos mecanismos para generar otros flujos monetarios, esta vez ocultos, que son complementarios o alternos al flujo formal, es decir, al flujo que va de los clientes a los dueños vía los gasolineros. Desde luego, el primero de estos flujos es el de las propinas, que van de los clientes a los gasolineros, quienes de allí tienen que pagar un conjun­ to de cosas según las exigencias de los gerentes o patrones, como los

8 Los pagos con tarjeta cada vez son más numerosos pero no llegan a suplantar los pagos en efectivo.

aditivos de los coches que son obligados a comprar ellos mismos y que deben vender a los clientes para recuperar su dinero. Algunas

veces, estos otros circuitos monetarios sirven para beneficio de los trabajadores y en detrimento de las empresas, y en ocasiones es al re­ vés, como cuando los despachadores de un turno se autoimponen

el desembolso de una suma de dinero para cubrir un faltante del cual

no se ha podido determinar la causa. Puede tratarse de una distrac­

ción de alguien a la hora de cobrar, de un cliente que se fue sin pagar

o de alguien que se puso en la bolsa un dinero de manera indebida, perjudicando a sus compañeros.

Hay diferentes sistemas en las gasolineras, donde hay un jefe de isla, una isla es donde está una bomba y esta persona se hace cargo de tres

o cuatro despachadoras, una persona lleva la cuenta, que es el que

entrega fajillas, que deposita el dinero de la cuenta. Recibe la numera­ ción de la gasolina, recibe los aceites y es el que manda a las perso­

nas de la isla, ése es el jefe de isla. Esa persona, al acabar el turno, por ejemplo, dice: “sabes qué, se vendieron 2 500 litros de gasolina, de esos 2 500 litros son 50 mil pesos, de esos 50 mil pesos sólo tenemos en existencia 49 500, nos faltan 500 pesos, somos entre cuatro, nos to­

ca 125 pesos por persona y hay que pagarlos porque hay que pagar la

gasolina en la oficina”. Ése es un faltante que el mismo compañero

se lo aplica a los mismos compañeros para llevarse más dinero a su casa (M., hombre, 58 años).

Como muestra este testimonio, el dinero que falta en este caso es resultado de un robo perpetrado por el propio jefe de isla, quien puede aprovechar su puesto para, indebidamente, cobrarles una cantidad ex­ tra a sus compañeros, quienes son también sus subordinados. Otro entrevistado añade sobre este punto:

No siempre es de mala fe. Así como hay compañeros que hacen co­

sas raras para timar a los clientes, también hay clientes que se despa­

chan solos la gasolina, que no la pagan, que se roban los aceites, que

te dan billetes falsos, que te dicen: “te di uno de 500 y no me has dado

mi cambio […]”. Ésa es una cuestión psicológica con la que deben vivir

todos los días los despachadores, porque no siempre los faltantes se generan por responsabilidad de ellos, sino que en muchas ocasiones son responsabilidades externas […] que también la mayoría de las oca­ siones los despachadores tienen que cubrir (S., hombre, 45 años).

Otro circuito de dinero que puede ser muy riesgoso es el llamado rolling o rock and roll, que consiste en tomar dinero de la cuenta del turno y rolarlo o más bien transferir esa falta de dinero al turno si­ guiente. Esto debe hacerse con la anuencia de todos los involucrados. Generalmente un gasolinero pide, en beneficio propio, una suma de la cuenta de su turno y se compromete a devolverla algunos turnos después. Ese faltante, mientras no sea repuesto, es transferido de la contabilidad de un turno a la de otro de manera oculta, o sea que es un faltante no declarado como tal hasta que el deudor logra reponer­ lo. El riesgo es que haya un control y el dinero tenga que ser devuelto de inmediato por despachadores distintos de los que empezaron la cadena. Por eso se necesita el consenso de todos para que el rolling sea posible. Puede haber sanciones muy fuertes e incluso el despido. En los lugares donde esto se practica, los trabajadores asumen el ries­ go de forma colectiva, sabiendo que existe la posibilidad de tener que pagar por algo que no se hizo, de lo cual, sin embargo, todos o casi todos están conscientes y comparten la responsabilidad. Es un modo de utilizar el dinero de la gasolinera como una caja chica de la cual tomar una suma en calidad de préstamo para cubrir un gasto perso­ nal, y efectivamente sirve para ayudar a resolver los problemas de al­ gún compañero que necesita con urgencia una suma de dinero, en el entendido de que es una circunstancia que a cualquiera le puede pasar. Éstas son las opiniones que escuchamos por parte de los despa­ chadores en una entrevista colectiva:

M.: El rock and roll es pasar dinero de un turno a otro, nosotros por necesidad, para cubrir alguna necesidad, pedimos dinero prestado al de la tarde y el de la tarde se lo pasa al de la noche y al otro día en la mañana yo pago. P.: Son tres turnos, tú eres el primer turno, necesitas 500 pesos y los tomas, al del segundo turno le dices que te preste 500 de la cuenta,

si él está de acuerdo te los presta y se los pide al tercer turno a su vez,

éste se los vuelve a pedir al primer turno. Así se puede ir varios días. J.: Son formas solidarias, pero con mucho riesgo […].

M.: Es mucho riesgo, esto del rock and roll se inventó por lo mismo de las muchas necesidades que teníamos en las gasolineras, porque anteriormente teníamos la necesidad de pagar la casa, el terreno, y no completábamos para la letra, entonces decíamos “mañana se me vence la letra de mi terreno”, entonces decíamos “préstame”, y así em­ pezó a formarse esta cadenita. P.: Yo tampoco lo conocía [el término], yo sabía que pasaban dinero pero yo tampoco lo he hecho, porque siento que se vuelve algo muy seguido, hay compañeros que les gusta hacer esto pero es un proble­ ma, se mete uno en problemas porque si tú como dueño, gerente o encargado te das cuenta, vas a hacer un corte inmediato y al hacerlo ese dinero falta. Al faltar se lo exigen al jefe de isla, él correría con esa presión de entregar el faltante, aparte de que está en riesgo su empleo, ellos dicen “ahorita tú me entregas y, si no, estás despedido”. L.: A eso yo iba, si el gerente o la dueña se da cuenta, te hace un cor­ te de cuenta inmediato, te dice: “¿no está el dinero? Entonces estás despedido”. ¿Por qué? Porque es un robo a la empresa. Así, sin tener tú la culpa, y aunque tú digas “pero yo no tomé el dinero”, a ellos no les importa porque dicen: “a ti te lo encontré, a mí me vale y tú me lo pagas”, y aparte estás despedido. E.: Yo sí lo he hecho. No me arrepiento. Lo que pasa a veces, tene­ mos la necesidad, le dices al compañero: “préstame”, él te dice “no, pues estoy peor que tú, pues los pasajes”, etc. Una vez, acá mi compa­ ñero [se refiere a alguien de la reunión] fue drástico ese día porque recién acabábamos de cambiar de dueño […] éramos varios los invo­ lucrados, pero no a cualquiera se mete, sólo a personas que tengan en mente que en cualquier momento va a caer la bomba, entonces, en algún momento todos los sabemos […] ya sabía que mi compañero M.

y yo, o sea los que trabajamos juntos y rolábamos el dinero, y justa­

mente a las dos de la tarde, cuando se hace cambio de turno, dicen “no pues, que les vamos a hacer auditoría”. Nada más nos dejaron que despacháramos unos carros y ya. Como él y yo sabíamos que rolába­ mos dinero, nos hacíamos señas y ellos ya sabían. ¿Cómo le hicimos?

Juntamos entre propinas y todo lo que traíamos, juntamos como dos mil pesos en ese momento. Llegaron, nos hicieron la auditoría y ahí está. ¿Qué pasó? Nada. Pero son cuestiones que a veces se van ha­ ciendo riesgosas, pero a veces a uno le ayudan a resolver sus apuros de sus deudas, hay momentos en que uno no tiene dinero para sol­ ventar sus gastos. Y sí pasa, a lo mejor no todos lo hacemos pero sí pasa.

Los despachadores no son los únicos que aprovechan para fines propios la cuenta de la empresa, al contrario, mientras más alto es el lugar en la jerarquía, mayores son las posibilidades de acaparar inde­ bidamente dinero de la cuenta. En ese sentido, lo que sucede en una gasolinera es sólo una pequeña muestra de lo que ha sido la práctica difusa de ordeñar las ganancias del petróleo de Pemex para fines par­ ticulares. Algunos gerentes pueden hacer lo mismo y por cantidades muy superiores, proporcionales a las sumas de dinero que ven pasar entre sus manos. Además, que el gerente tenga un sueldo fijo no sig­ nifica que esté exento de la precariedad laboral. Él también puede per­ der su trabajo y ser despedido sin previo aviso, o ser acusado de un fraude que no ha cometido. De allí que pueda pedir a los gasolineros dinero extra cuando a él le falta, incluso amenazándolos con despedir­ los si no cooperan.

Lo que pasa es que el gerente agarra el dinero y luego no tiene para pagar la luz, el teléfono, la merma de la pipa. Es ahí cuando dice “pues aquí están todos éstos [los gasolineros], pues éstos son los que van a pagar”. Y ya sabemos que le tenemos que entrar […] o cuando no calculan los gerentes los litros que se le meten a la gasolina y queda gasolina en las pipas, eso se llama merma, y esos litros los pagamos nosotros. Éstas son las anomalías que presentan no los dueños, sino los encargados (E., mujer, 27 años). 9

Cuando se generan errores en las cuentas, cosa muy frecuente, quien tiene la responsabilidad de la cuenta de la isla se ve endeudado

9 La merma se refiere a que la pipa de gasolina que se vacía periódicamente en la cisterna tiene que pagarse completa, aunque a veces no todos los litros caben en la cis­ terna y la pipa se regresa a medio llenar.