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Resumen del libro TTA, 934-959; 1004-1026.

JUICIO DIVINO AL FIN DE LA HISTORIA: EL JUICIO FINAL

Jesucristo enseñó que hay una “resurrección de vida” y una “resurrección de condenación
[krísis]” (Juan 5:29). Amplió lo que estaba escrito en Isaías y Daniel. Los que son
levantados en la “resurrección de juicio” son los malos; experimentarán “condenación”
[krísis]. Los otros serán levantados en la primera resurrección de vida. El día del juicio es
un día de condenación para al malvado, pero para el fiel es un día de vindicación debido a
Cristo, su Señor y Salvador. Pedro firma que Jesucristo “que él es el que Dios ha puesto por
Juez de vivos y muertos” (Hech. 10:42). Los gentiles deben estar listos para dar cuenta “al
que está preparado para juzgar a los vivos y a los muertos” (1 Ped. 4:5).
Partes de la Escritura proporcionan descripciones detalladas de tres fases consecutivas del
juicio final y sus numerosas conexiones en la Escritura. La primera fase es el juicio
investigador anterior al advenimiento; la segunda es posterior al regreso de Cristo en las
nubes de los cielos y puede denominarse el juicio milenario posterior al advenimiento; la
fase ultima y final es el juicio ejecutivo posmilenario.
El juicio investigador es una investigación divina de los registros en la presencia de seres
celestiales (Dan. 7:9, 10). Apocalipsis 14:14. “La hora de su juicio” se refiere al periodo
final antes del regreso de Jesucristo en gloria. La “hora” no es un momento único o una
hora literal de tiempo. “La hora de su juicio” precede a “la hora de segar” (v. 15). “La hora
de segar” es el tiempo cuando se recoge la cosecha en la segunda venida de Cristo. Antes
que se recoja la cosecha debe ocurrir un juicio en el que se decida quiénes de entre los
profesos hijos de Dios pueden ser partícipes de la cosecha y llevados al reino eterno. Daniel
7:21 y 22, como sigue: (a) fase I es la guerra del cuerno pequeño contra los santos del
Altísimo; (b) fase II está separada de la fase I por la palabra “hasta”, indicando que
comienza una nueva situación que está separada temporalmente de la fase previa; la fase II
consta del juicio celestial por parte del Anciano de días “en nombre de” (o “en favor de”,
“para”) los santos del Altísimo; (c) fase III está separada de la fase anterior del juicio divino
y le sigue, como se indica por la expresión “y llegó el tiempo”. Después del juicio divino
por parte del Anciano de días, “llegó el tiempo, y los santos recibieron el reino” (v. 22).
El cumplimiento profético de los acontecimientos históricos, observamos que el juicio
celestial divino llevado a cabo por el Anciano de días ocurre después de 1798, después el
fin de la guerra del cuerno pequeño contra los santos (Dan. 7:21), y antes que los santos del
Altísimo reciban el reino eterno (v. 22) en la segunda venida de Jesucristo. el juicio
celestial investigador de los santos anterior al advenimiento tiene lugar entre 1798 y la
segunda venida.
Una determinación del año exacto para el comienzo de los 2.300 años nos permitiría fijar
en la historia el año de la terminación de ese período de tiempo profético dentro del tiempo
del fin. Ese mismo año sería pues, el año del comienzo de la purificación del Santuario
celestial. Cada aspecto está predicho proféticamente para que suceda de acuerdo con su
propio cronograma. El año 457 a.C. es el comienzo de los 490 años de Daniel 9 y de igual
manera el comienzo de los 2.300 años de Daniel 8, del cual están “cortados” los 490 años.
Basados en Daniel 9:24 y 25, donde se declara que las “setenta semanas” o 490 años
comenzaron en el 457 a.C. y estaban “cortadas” de los 2.300 años, se deduce que los 2.300
años también comienzan en el año 457 a. C. terminan en el “tiempo del fin” en 1844. De
esa forma, la expresión “tarde[s]- mañana[s]”, que en el texto hebreo no tiene plural ni
conjunción, quiere decir que se refiere a años en tiempo histórico. Las 2.300 “tarde[s]-
mañana[s]” son 2.300 años literales. Comienzan en el 457 a.C. y concluyen en 1844. Por
eso 1844 es el año en el que comienza la purificación del santuario celestial.
La primera fase del juicio universal. Comenzó en 1844 y concluirá antes del regreso de
Jesucristo, cuando el tiempo el tiempo de prueba para el mundo llegue a su fin. A si mismo
debemos recalcar que La primera fase del juicio final tiene a Dios el Padre como juez.
Daniel 7:9 identifica al juez como “el Anciano de días”. Para determinar quiénes son
juzgados en el juicio anterior al advenimiento es esencial la tipología de la experiencia del
Día de la Expiación. En aquel tiempo sólo los israelitas comparecían en el juicio, indicando
que sólo el profeso pueblo de Dios toma parte en el juicio. La evidencia de Daniel y de
otras partes señala únicamente en la dirección de que el profeso pueblo de Dios, tanto
creyentes verdaderos como falsos, comparecerán en el juicio en esta primera fase del juicio
investigador anterior al advenimiento.
Además, Daniel 7 revela que el juicio tiene lugar en el cielo. El Santuario celestial es el
centro de las órdenes de Dios para el universo, porque allí está el trono de Dios. El juicio
anterior al advenimiento es a la misma vez investigador y evaluador con respecto a todos
los que hicieron profesión de ser creyentes. Daniel 7 informa cómo los “santos del
Altísimo” –esto es, los santos que pertenecen a Dios– están bajo el ataque del “cuerno
pequeño”, es decir, los agentes de las fuerzas satánicas que están formadas contra el pueblo
de Dios (vs. 21, 25). Los santos de Dios son acusados falsamente, perseguidos y juzgados
injustamente. Dios abre los registros del cielo en el juicio anterior al advenimiento de tal
manera que todas las inteligencias celestiales puedan investigar sus registros. Un aspecto
importante del juicio anterior al advenimiento es que también queda vindicado el carácter
de Dios. Dios ha sido malinterpretado como un ser caprichoso, rencoroso y criticador. El
juicio anterior al advenimiento muestra a Dios el Padre como realmente es. Otro aspecto
importante del juicio anterior al advenimiento tiene que ver con la purificación del
santuario, ya debe ser purificado de los pecados acumulados de los santos durante todos los
tiempos. Según hebreos 9:23,24 la purificación incluye borrar los pecados de los registros
celestiales. A medida que se aproxima el fin del mundo, agentes divinos en el cielo y santos
humanos en la Tierra están trabajando, cada uno en su respectiva esfera y tarea asignada,
hacia la realización del eterno plan de redención para la gloria y el honor de Dios.
El juicio posterior al advenimiento tiene lugar durante el milenio y es la segunda fase más
importante de juicio final universal (Apoc. 20:4; ver Milenio I. C. 2). La segunda fase del
juicio se encarga de la parte que queda de la humanidad, los que no pertenecen a “la casa de
Dios”. En la fase milenaria del juicio final, los jueces son Cristo y los santos. Esto ocurre
cuando reinen con Cristo (Apoc. 20:4, 6). Sin embargo, el juicio milenario va más allá del
hecho de juzgar a seres humanos. Juzga también a “los ángeles” (Jud. 6; 1 Cor. 6:3). Éstos
son los ángeles caídos que fueron arrojados a la Tierra con Satanás (Apoc. 12:9). El juicio
se basa en “la ley” (Rom. 2:12- 16) y en las “obras” (Apoc. 20:13), puesto que todo juicio
se basa en lo que se hizo (Mat. 24:45-51; 25:41-46; Juan 5:28, 29; Rom. 2:1-10; 2 Cor.
5:10; Apoc. 20:12).
El juicio ejecutivo posmilenario es la fase final del juicio final universal. Es el resultado
final del pecado y la separación de Dios. Incluye la erradicación del pecado y los pecadores
del universo de manera que nunca más vuelva a levantarse el pecado. El juicio ejecutivo
tiene lugar después que se terminen los 1.000 años del milenio (Apoc. 20:1-3, 5). Dios el
Padre también será parte de este evento final. A lo largo de todo el Apocalipsis se lo
describe como un juez sentado en el trono (Apoc. 4:2, 8, 9; 5:1, 7, 13; 6:16; 7:10, 15; 19:4).
En la erradicación de Satanás, el originador del pecado, y en la de sus seguidores, tanto el
Padre como el Hijo son los jueces. El propósito de la fase final del juicio es la destrucción
total y final del originador del pecado, Satanás, que carga con la responsabilidad del
pecado. Después de la destrucción final del impío, Dios creará “cielos nuevos y tierra
nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Ped. 3:13; cf. Apoc. 21:1; Isa. 65:17). Éstos serán
la eterna residencia de todos los redimidos.
Apologistas del siglo II –tales como -Justino Mártir, Arístides, Atenágoras, Teófilo de
Antioquía y Taciano– también hablaron de Cristo como el juez de vivos y muertos. Sin
embargo, algunos de éstos concibieron un juicio inmediatamente después de la muerte.
Orígenes (185-254) interpretó el juicio de manera alegórica. Dijo que los santos van al
paraíso inmediatamente después de la muerte, al que llamó “escuela de las almas”, mientras
que los impíos entrar en un fuego inmaterial de juicio alimentado por pecados, que sirven
para purificar pecados.
Cipriano (c. 200/210-258), obispo de Cartago, desarrolló la idea del juicio como un
incentivo para que los cristianos hicieran bien, afluyendo profundamente en el desarrollo de
la doctrina del mérito en el catolicismo posterior.
Lactancio (c. 240/250-c. 320/325), el apologista latino, enseñó que al comienzo del milenio
los justos serían resucitados para entrar en el juicio. Satanás y sus ángeles, junto con los
impíos, se quemarían eternamente, comenzando después del milenio.
Agustín de Hipona (354-430) desarrolló completamente la enseñanza del juicio en su
Ciudad de Dios. Diciendo que Satanás, los ángeles malos y los impíos arderán eternamente
en el infierno, pero con alguna gradación de castigo. Y las oraciones de los fieles ayudaran
a los impíos en el tormento del purgatorio.
Juan Calvino. Las almas de los justos experimentan inmediatamente después de la muerte
una forma inicial de salvación, pero las almas de los malos experimentan tormento y
tortura.
Por su parte la teología liberal cree que no hay solidez para un juicio futuro. El juicio
sucede básicamente aquí y ahora como producto de la misma humanidad.
SEGUNDA VENIDA DE JESÚS.
La venida de Jehová no puede ser separada de la historia. No es una venida más allá del
tiempo, sino una irrupción de Dios en la historia. El Señor Todopoderoso viene para juzgar
a su pueblo y a las naciones. Viene para condenar la infidelidad hacia su ley, que ha sido
tratada con desprecio, y para restablecer justicia.
La idea de remanente sugiere eventos aterradores que destruyen todo y dejan sólo un
residuo. Amós describe al remanente como “dos piernas” y “la punta de una oreja”
rescatados de “la boca del león” (Amós 3:12), un “tizón escapado del fuego” (4:11). El
reino viene de arriba, junto con el que viene en las nubes del cielo.
La “esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador
Jesucristo” (Tito 2:13) no debería ser confundida con la esperanza humana común. La
esperanza, en el sentido común del término, es una aspiración, un deseo por el futuro.
Desea algo que al presente no está a disposición de uno, de posesión incierta. Por otra parte,
la esperanza bíblica tiene un ancla segura (Heb. 6:19). Radica en los hechos poderosos de
Dios en el pasado.
El anuncio del reino de Dios merece un lugar especial, porque la esperanza del reino ocupa
un lugar central en la escatología del AT. Si Jehová es el Único que reina sobre la Tierra y
las naciones (Sal. 29; 47; 74; 89; 93; 96-99), también se espera su reino eterno (Dan. 2:34,
44), el cual será establecido en el gran día de Jehová. Los escritores de los evangelios
ofrecen más de 100 referencias al reino en las enseñanzas de Jesús. En los días de Jesús los
judíos estaban esperando a un Mesías y un reino terrenal. Aún después de la resurrección,
los apóstoles todavía esperaban la restauración del Israel terrenal (Hech. 1:6). A título de
contraste, el énfasis de Mateo sobre el reino de los cielos subraya su naturaleza
transcendental, su origen celestial, antes que terrenal. Juan va más allá aún que Mateo y
Marcos al darnos un relato de las palabras de Jesús ante Pilato: “Mi reino no es de este
mundo” (Juan 18:36). También Jesús indicó que el reino de Dios ya estaba presente en el
medio de los discípulos (Luc. 17:20, 21). Donde está Jesús, allí también está su reino (Mat.
12:28). Los que nacen de nuevo pueden verlo (Juan 3:3). Es un misterio revelado sólo a los
creyentes (Mar. 4:11). No es el reino de gloria, sino el reino de gracia, que ahora se ve sólo
por la fe.
Si la primera venida fue de humillación, la segunda venida, por el contrario, ocurrirá en
gloria. Cristo vendrá en las nubes del cielo con poder y gloria (Mat. 24:30), acompañado
por ángeles (2 Tes. 1:7). Volverá como Rey de reyes y Señor de señores (Apoc. 19:16),
victorioso sobre todos sus enemigos (1 Cor. 15:25).
Las señales proféticas se dieron para fortalecer la fe de los discípulos (Juan 13:19; 14:29),
para mantenerlos despiertos a la importancia de los tiempos. De igual manera, nos
mantienen alerta y nos ayudan a entender que el fin “está más cerca de nosotros que cuando
creímos” (Rom. 13:11).
Creer en la segunda venida de Cristo sin lugar a dudas influye sobre la vida de cada
cristiano en muchas formas. No sólo la forma de vida diaria como creyente también refleja
una creencia, sino también la motivación para testificar y para hacer la preparación
espiritual para ese día, a pesar de la demora aparente. Además, servir al Dios de la
esperanza significa entrar en una forma de pensar llana de gozo, paz y fe en un reino futuro
tal como lo indica las escrituras. De esta manera la biblia señala que la historia del universo
tiene un principio, pero también tendrá un fin, pero no cualquier fin, no será una catástrofe
producida por el egoísmo, sino Dios mismo la terminará. Erradicando para siempre el
pecado desde la raíz es decir eliminando a Satanás y sus ángeles.