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¿Por qué el cerebro necesita

equivocarse lo antes posible?


La mejor forma de aprender es enfrentarse sin miedo al error y que
este no afecte a nuestra autoestima
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1 OCT 2018 - 18:11 CEST

A nadie le gusta equivocarse. Es posible que para evitar el error no arriesguemos


cuando presentamos un informe, aprendemos un idioma o realizamos cualquier tipo de
actividad. De este modo, tenemos la fantasía de que así nuestra querida autoestima está
a salvo. Pero aquí es donde realmente nos equivocamos, como han demostrado los
resultados de un experimento de la Universidad Johns Hopkins.

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 ¿Qué le pasa a tu cerebro cuando te equivocas?
 Desarrolla una mentalidad de principiante, ¡rejuvenecerás!

En el experimento, publicado en la revista de Science Express, se pedía a un grupo de


voluntarios que hicieran diversas tareas moviendo un joystick. Mientas los científicos
medían la respuesta del cerebro ante los errores y aciertos, se encontraron con una
grata sorpresa. Se descubrió que tenemos dos circuitos cuando hacemos cosas nuevas:
uno que incorpora las nuevas habilidades y otro que procesa las equivocaciones. Este
último equivaldría a un coach, que va criticando el aprendizaje, detecta nuestros fallos
entre lo deseado y lo que realmente sucede y los memoriza para utilizarlos en un
futuro. Curiosamente, este último circuito, el de los errores, es el que nos permite
aprender más rápido. Por eso, no es de extrañar que cuando comenzamos algo no se
nos dé muy bien los primeros minutos, como un deporte o hablar en otro idioma o
hacer una presentación. Pensamos que es porque necesitamos calentamiento, pero,
según este descubrimiento, es porque el circuito de las equivocaciones (o
nuestro coachmental) necesita acumular fallos para comenzar a actuar. Por
ello, cuanto antes nos metamos en el error, antes aprendemos a hacer las
cosas, como defiende Scott Young, quien consiguió graduarse en el prestigioso MIT
en la carrera de Ciencias de Programación. Los estudios tenían una duración de cuatro
años, pero él los sacó en uno.

Según Young, leer o asistir a clase no te permite valorar si estás integrando los
nuevos conceptos. Has de ponerte a prueba. En su caso, en el MIT estudió por libre
y se apuntó a los grupos de trabajo para experimentar, equivocarse rápidamente,
analizar el error y aprender del mismo. Con todo ello, ¡en tan solo 12 meses consiguió
aprobar con éxito 33 asignaturas y realizar los proyectos requeridos! No está mal, ¿no?
Por tanto, veamos qué podemos hacer para aplicar estos hallazgos a nuestra realidad,
seguramente más modesta:

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Primero, necesitamos ser sinceros con nosotros mismos con respecto al


aprendizaje. Es decir, ¿realmente sabemos hacer aquello que nos preocupa? Decía
Feynman, el premio Nobel de Física, que tendemos a engañarnos con mucha alegría.
Pensamos que sabemos inglés cuando realmente lo chapurreamos o que podemos
resolver una ecuación o hablar en público cuando realmente nos sentimos perdidos.
Tenemos que aterrizar nuestra fantasía y reconocer nuestras áreas de mejora.

Segundo, hemos de ir rápido al error sin que la autoestima se vea


afectada. Aprender es equivocarse, así de simple, y como ha demostrado la
neurociencia. Por tanto, si te confundes en un examen, en una reunión o donde sea,
sencillamente estás demostrando que eres humano y no Superman o Superwoman. Así
que dejemos un poco tranquila la autoestima y no la vinculemos con acertar en el cien
por cien de los casos porque es imposible. Por ello, si quieres hacer una presentación
que te cuesta, prepárate, pero ponte rápido a experimentar, pide a tu familia que te
escuche, que te diga en qué puedes mejorar y deja que el circuito de tu cerebro que
procesa los errores se vaya poniendo las pilas.
Y tercero, rodeémonos de personas que nos ayuden en el aprendizaje. En el caso
anterior es la familia, pero tenemos un sinfín de posibilidades: compañeros, amigos,
pareja… quien se brinde a darte información valiosa. Por supuesto, existen más
opciones: trabajar con personas que están en tu mismo desafío o estar con expertos o
mentores que saben del tema y aprender de ellos.

En definitiva, la ciencia nos ha dado un buen argumento para aliviarnos cuando


metemos la pata: alimentamos el circuito de los errores que nos permite aprender más
rápido. Por ello, métete cuanto antes a experimentar y a equivocarte porque solo de
este modo podrás incorporar nuevos conocimientos.