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Aspectos psicológicos, biológicos, familiares y sociales que inciden en los

comportamientos violentos

Introducción

Las conductas agresivas se han convertido desde una función puramente adaptativa hacia

formas violentas vinculadas a una falta de control (De Boer, Caramaschi, Natarajan, y

Koolhaas, 2009), que envuelve comportamientos antisociales y oposición a las normas y

valores establecidos culturalmente, produciendo trastornos en el desarrollo y anomalías

psicológicas que pueden ser prevenibles (Krug, Dahlberg, Mercy, Zwi, y Lozano, 2003).

Las conductas violentas son impresionantemente frecuentes en nuestra sociedad y

son consideradas un problema de salud pública (Arias y Ostrosky-Solís, 2008). La agresión

y la violencia han sido estudiados desde muchas disciplinas tales como: la psicología, la

genética, la sociología, la criminología, la neurología y la filosofía, entre otras. Cada una de

estas intenta la elucidación y comprensión de sus causas, con el fin de hacer propuestas

para la intervención o la eliminación de ambas (Duran y Castellanos Gonzales, 2012).

Por lo tanto, el presente análisis abordara los factores que empíricamente se han

demostrado asociados con la ejecución de actos violentos; los factores biológicos,

familiares y sociales.

Aspectos biológicos

Desde el punto de vista biológico, las emociones tienen un sustrato orgánico en el

cerebro, sin embargo, el comportamiento agresivo puede tener su génesis en múltiples

factores, algunos pueden ser heredados y otros aprendidos, de igual forma puede existir una
correlación entre ambos. Existen muchas teorías que buscan explicar los orígenes o la

etiología de la violencia. Los inconvenientes de índole biológica pueden llevar consigo un

embarazo mal cuidado, como el consumo de drogas, un parto con complicación, asociado a

un ulterior abandono por parte de la figura materna, etc. Son factores que han sido

estudiados como posibles causas de los comportamientos violentos (Ostrosky, 2011).

En este sentido, existes dos visiones generales acerca de los comportamientos

violentos, la primera fue la propuesta de Jean Jaques Rosseau, quien argumenta que los

seres humanos son “buenos” por naturaleza y es solo por medio del aprendizaje social que

adquieren este tipo de conducta. Por otro lado, el filósofo Thomas Hobbes expone

aparentemente lo contrario, él propone que todos nacemos con predisposición al

egocentrismo y la agresión, por lo que aprendemos a no ser agresivos, es decir, aprendemos

a inhibir estas tendencias conductuales.

Valzelli (como se citó en Sepúlveda Rojas y Moreno Paris, 2017) explica que la

agresividad se considera un mecanismo de la conducta normal que ocurre para satisfacer

necesidades vitales y para eliminar o prevalecer ante cualquier amenaza contra la integridad

física y psicológica. En este sentido, la agresividad tiene la función de la preservación de la

especie, y solo la actividad depredadora conduciría a la destrucción de un oponente,

llegando a provocar su muerte.

Según Murueta y Orozco Guzmán (2015) el temperamento de las especies, las razas

y los sexos implican programaciones biológicas desarrolladas por la historia filogenética

que favorecen la predisposición a atacar o a huir y combinan con las experiencias

ambientales para fortalecer una u otra tendencia hormonal. En otras palabras, la filogenética
se integra con la interacción social que puede generar una personalidad con tendencia más

agresiva o menos agresiva.

Ostrosky (2011) menciona que las investigaciones con relación a la correlación

entre agresión, violencia y el cerebro están enfocadas en las partes anteriores del cerebro, es

decir, los lóbulos temporales y frontales. En ella se ha encontrado que la corteza prefrontal

juega un importante papel en la regulación de la conductas agresivas y violentas. Estas

zonas están asociadas a la capacidad de abstracción, inteligencia, planeación, inhibición de

conductas inapropiadas y la regulación de las emociones, funciones que resultan

importantes para comprender la conducta animal.

De acuerdo con Ortega-Escobar y Alcázar Coróles (2016) el modelo clásico, que

liga la corteza prefrontal y áreas de transición como la amígdala, es regulada por una

sustancia inhibidora (serotonina) desde estructuras corticales como la corteza prefrontal

orbitofrontal. Y como lo señala Alcázar- Córoles, Verdejo García, Bouso-Sainz y Besus

Saldaña (2010) en un artículo anterior, la agresión impulsiva se relaciona con la falta de

inhibición de la corteza orbitofrontal sobre la amígdala, de forma que una baja en la

actividad serotonérgica se relaciona con agresión impulsiva.

Las investigaciones sugieren que la agresión impulsiva, puede tener bases

biológicas relacionadas a alteraciones de la activación fisiológica, por lo que su desempeño

en las funciones ejecutivas, así como la actividad electrofisiológica es significativamente

distinta con respecto a sujetos violentos no impulsivos (Barratt, Stanford, Kent et al., 1997).

Ramírez (2006) menciona que, aunque existe evidencias empíricas que acentúan los

elementos orgánicos y fisiológicos relacionados con la violencia, las investigaciones en el


área apuntan que inclusive los modelos de comportamiento más simples están bajo un

complicado control neuro-hormonal en interacción mutua. Como consecuencia de lo

anterior, Gómez Acosta (2014) dice que es poco probable que en una persona debido a una

sola sustancia química o una estructura orgánica por si sola sea la responsable del

desencadenamiento de un comportamiento violento, sino que además aún el propio

comportamiento agresivo puede retroalimentar la bioquímica en general.

Aspectos psicológicos

De acuerdo con Gómez Acosta (2014), el modelo cognitivo propone que las

personas que ejercen violencia presentan desfase de desarrollo y se conciben con baja

autoeficacia para ejecutar conductas sociales adaptativas y apunta a que estos individuos

probablemente han catalogado un número importante de comportamientos agresivos e

interpretan las señales ambiguas como hostiles. Debido a lo anterior, descifran las

situaciones a través de la percepción de la autoeficacia para responder de manera agresiva

en determinadas situaciones. Arias y Ostrosky-Solís (2008) mencionan que existe

importante deterioro cognitivo en los procesos psicológicos como: atención, memoria y

funciones ejecutivas. Lo anterior entonces explica la dificultad de los individuos agresivos

para ser consciente y regular su conducta de manera adecuada.

Bandura (2001) propone en su teoría cognitiva-social que los individuos se

manifiestan de manera agresiva, de la misma manera, aprenden otras formas de

comportamiento social, lo que implica que una persona agresiva muy probablemente fue

expuesto a algún tipo de violencia durante la infancia.


Desde el punto de vista de las patologías en salud mental, según Mestre, Samper y

Frías (2002), los trastornos de ansiedad y de depresión, una pobre autoestima, el déficit de

atención con hiperactividad, la impulsividad, la toma de riesgos, las percepciones y

razonamientos inadecuados, así como la inestabilidad emocional han sido relacionados con

los comportamientos violentos.

La perspectiva de la psicología social según Gómez Acosta (2014) requiere una

comprensión de todos los elementos que confluyen en ciertas situaciones, en el proceso

dinámico y en ocasiones progresivo, donde el asalto físico es solo una de las piezas del

ciclo. La psicología social se contrapone con la perspectiva de las patologías en el área

clínica, pues su argumento principal se basa en la premisa de que quien comete el acto

violento son personas que están integradas en la sociedad y son funcionales, sin embargo,

están sujetos a ciertas ideologías con las que se identifican, aunado a las creencias o

prejuicios de la sociedad en las que desenvuelven.

Ostrosky (2011) indica que existen dos tipos de violencia: primaria y secundaria. La

primera se refiere a una causa biológica aunada a un medio adverso, lo que termina

formando una personalidad antisocial (personas que comenten crímenes sin

remordimiento), mientras que la segunda es causada por una enfermedad neurológica como

la depresión, esquizofrenia, epilepsia del lóbulo temporal o bien alguna secuela provocada

por golpe, tumor o consumo de algún tipo de droga. A continuación, se abordará los

aspectos sociales que pueden jugar como medio adverso y contribuye a los

comportamientos violentos.
Aspectos sociales

Reyes (2007) explica que los modelos sociales examinan a la violencia como un

fenómeno estrictamente social, aplicando a su análisis numerosos marcos teóricos precisos

a partir de los cuales elaboran diversas teorías.

La variedad de los grupos sociales radica en la cultura y no en los individuos. Es la

cultura la que diferencia a los pueblos y a las personas iguales al interior de un mismo

pueblo o comunidad. Según Hobbes, la comunidad es concebida como un mecanismo de

inmunización, que protege a la persona de los peligros que lo asechan, es decir, el miedo

cumple una función doble: el aislamiento y al mismo tiempo la unión de los individuos. Si

el miedo es recíproco todos temen padecer el mismo mal, por lo tanto, todos los individuos

esperan y anhelan alcanzar el mismo bien, lo cual es posible porque se trata de la

conservación de la vida (Jiménez Bautista, 2012).

Como plantea Bandura, la agresión es un comportamiento social aprendido. La

violencia engendra violencia. Los niños expuestos a la violencia adquieren y ejercen el

hábito de la violencia en su conducta posterior. De acuerdo con lo anterior, la influencia de

los medios de comunicación masiva sobre conducta agresiva en niños y de las personas en

general, es considerable. La familia es la primera experiencia en términos de socialización,

quienes enseñan empatía, amor, etc. Pero también la violencia está presente en ella, incluso

se ha llegado a afirmar que la familia es la institución más violenta de nuestra sociedad

(Jiménez Bautista, 2012).

Según Papalia (2012) el desarrollo de la personalidad se entrelaza con las relaciones

sociales, a esto se le llama el desarrollo psicosocial. El apego parece influir en la


competencia emocional, social y cognitiva. Ostrosky (2011) menciona que uno de los

factores determinantes en la infancia es el apego a los padres. Esto lo define como el lazo

que existe entre el infante y su guardián, rescata que esta relación se convierte en delicada

cuando hay algún tipo de violencia en cualquiera de los dos sentidos, pues interfiere

directamente en la formación de un apego saludable.

Debido a que el apego está directamente relacionado con la competencia social si

existe inestabilidad en el vínculo con los padres es un predictor de agresión. Aparentemente

el fundamento de algunos comportamientos morales puede ser inherentes a la especie

humana, sin embargo, otros deben ser aprendidos y reforzados (Ostrosky, 2011).

De acuerdo con Papalia (2012), Erik Erikson propone en su teoría de desarrollo

psicosocial que existen 8 etapas del ciclo vital, donde cada etapa representa una crisis de

personalidad, un tema relevante para el momento en el que ocurre como para el resto de la

vida de las personas. Para una formación sana del Yo, los individuos requieren de un

equilibrio entre la tendencia negativa y positiva a la que se enfrentan según su etapa de

maduración; en la infancia establece que las tendencias que se debaten son la confianza

versus desconfianza básica, el cual clasifica como un periodo crítico para la formación de la

personalidad, en donde deben creer en el mundo y en sus habitantes, sin embargo, también

se requiere de un grado de desconfianza para protegerse de posibles peligros. Erikson

resalta la importancia de la influencia social en el desarrollo de la personalidad.

En concordancia con lo anteriormente expuesto, se puede aseverar que la familia

probablemente es el mayor provisor de modelos comportamientos violentos. Si dichas

familias mantienen pautas inadecuada en el establecimiento de patrones de

comportamiento, interacciones negativas presentes, deficiencias en la supervisión de parte


de los padres y una inadecuada ejecución del ejercicio de autoridad, todo esto resultara en

déficits en las habilidades sociales y resolución de conflictos y un mal manejo de las

emociones.

Conclusión

En base a la literatura revisada se puede advertir que existe consenso sobre que la

génesis del comportamiento violento es generada por factores biológicos, psicológicos y

sociales que convergen de manera dinámica, a pesar de que no existe un valor que

determine que porcentaje se le debe otorgar a cada uno de estos elementos. Aunado a lo

anterior se puede observar que la violencia se encuentra normalizada dentro de la sociedad,

no solo se trata de los factores sociales de contexto próximo, sino, a un macro nivel donde

culturalmente esta es aceptada e incluso homenajeada.

Se puede entonces decir que la violencia no es la expresión de un rasgo psicológico

particular o de un gen especifico que predispone a un ser humano a ser violento o

catalogado como una “mala” persona, es una serie de factores psicosociales que tiene como

variante la normatividad del grupo al que se pertenece. Para poder comprender el

comportamiento violento hay que tener un visión generalizada y sistémica, pues la

interacción entre los diversos órdenes sociales implicados lo cuales son variables

dependientes del poder, de manera interpersonal o social y los valores morales.

Siguiendo lo anterior, las categorizaciones de todos los factores asociado no son

sencilla de realizar, ya que una característica puedes ser abordada desde distintas

perspectivas o pertenecer a más de una categoría. Por lo tanto, debe analizarse entonces la
interacción que existe entre todos los elementos para comprender de manera más certera la

génesis del comportamiento violento en el ser humano.

. Referencias

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