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DEFENSA DE LA FILOSOFÍA

Alumna: María Emilia Montoya Montesinos

El ser humano existe en una realidad que cada vez comprende menos. El valor
que la sociedad otorga a la filosofía ha sido dramáticamente reducido, como si
hubiéramos dejado de impresionarnos por aquellos eventos que llevaron, según
se cuenta, a Tales de Mileto a resbalar en un hoyo del suelo por andar distraído
contemplando los astros.

Una explicación muy lata podría asomarse, aclarando que el ser humano ha sido
invadido por innumerables distracciones externas, como el entretenimiento digital
multimedia, y el bombardeo publicitario con el que se topa incluso en la comodidad
de su hogar. Esto, sumado a las exigencias laborales de los tiempos actuales, le
lleva a deambular por los días de manera automática, lidiando con una existencia
por cuyo sentido pocas veces se pregunta… y que prefiere no cuestionar. Se
encuentra rodeado de gritos ensordecedores frente a cualquier intención filosófica.

Podemos entender la filosofía como aquella actividad que se va encargar de


reflexionar e investigar los primeros principios y causas últimas de los fenómenos
de la realidad en la cual vivimos.

Pero, ¿qué importancia tiene la actividad filosófica en el día a día de una persona?
¿Es acaso esencial para los seres humanos? ¿Será que podemos escapar de ella
de manera absoluta?

Escapar de la reflexión resulta, a mi parecer, imposible. Observando la reacción


natural de las personas ante la muerte, puedo notar que dicha realidad las
enfrenta drásticamente con el cuestionamiento esencial. Precisamente, es frente
al hecho inexorable de su propia mortalidad que suelen reflexionar. Esta podría
ser la entrada más impactante de la filosofía en la vida de aquel hombre que ha
dejado de lado esta acción en el día a día.

Sin embargo, la filosofía podría tener implicancias directas en la forma en que un


sujeto opera en el día a día. No solo porque esta práctica potencia la actividad
mental, sino porque le permite comprender mejor su entorno para relacionarse con
él, dándole la posibilidad de una mejor evaluación en la toma de decisiones.

Resulta curioso que sea durante las primeras etapas del desarrollo humano que la
persona realice actividad filosófica de manera natural. Un niño, al relacionarse con
su entorno realiza una serie de preguntas para comprenderlo. En la niñez se
puede comprobar esta tendencia natural del hombre al saber. Esto parece
evidente, al tratarse de un ser racional.

Sin embargo, el impacto cultural afecta dicha tendencia, cancelando su interés


filosófico. No es extraordinario toparse con alguna persona que sostiene que la
labor filosófica es inútil. Esto resulta sumamente preocupante, porque ¿cómo
podemos pretender construir una sociedad sana y justa, si no nos preocupamos
en comprender los alcances de estos términos aplicados a la realidad? ¿No sería
más adecuado incentivar la labor de reflexión en todas las personas, para que
puedan aportar a la sociedad con un mayor grado de consciencia, en vez de
restarle valor? Esto parece conveniente, dado que vivimos en un sistema
democrático.

Sin ahondar más en ello, intentaré demostrar brevemente cómo es que la filosofía
puede ayudar a las personas a mejorar su calidad de vida.

Las leyes de la física nos rigen de manera evidente, al punto que una personas no
necesita estudiar la ley de la gravedad para ser víctima de ella. Alego que el poco
conocimiento acerca de uno mismo, y de aquello que nos rodea, puede traer
consecuencias en el nivel de vida del ser humano.

Existen quienes consideran tediosa la labor reflexiva, aquello se resumen en la


siguiente afirmación: “Para qué complicarse la vida”. Sin embargo, en muchas
ocasiones he podido observar a personas muy afligidas por un problema con
implicancias morales, o intentando solucionar alguna dificultad bajo criterios
peligrosamente subjetivos. Esto, generalmente, les lleva a malograr relaciones
interpersonales, caer en inestabilidad emocional, y hasta depresión.
Esto resulta evidente si consideramos que no podemos tomar decisiones que sean
acertadas y conscientes, si no estamos cerca de entender aquello sobre lo cual
decidiremos. Me atrevería a afirmar que ninguna persona va a pretender que, en
condiciones normales, una persona sin conocimientos en medicina realice una
operación a corazón abierto; pero sí parece valido tomar decisiones de vida sin
una costumbre reflexiva.

El objeto de estudio de la filosofía está presente a cada paso que damos,


entonces, parecer ser la mejor manera de aproximarnos a la realidad. El
conocimiento de la misma puede facilitar la toma de decisiones cotidianas.

Es menester señalar que tampoco se trata de colocar a la filosofía como la cura de


todos los males que aquejan a la humanidad, el mero conocimiento no garantiza el
buen actuar, pero puede coadyuvar a las buenas intenciones en el plano fáctico.

Considero que cualquier actividad que realice el ser humano requiere de cierta
reflexión. Su naturaleza racional le impide escapar del análisis de su entorno, es
necesario conducir esta actividad hacía la filosofía. No olvidemos que muchas de
sus conclusiones han permitido desarrollar los mecanismos bajo los cuales se rige
el aparato social. Parece prudente pensar que también se pueden aplicar al
campo personal.

El acto de cuestionar, dilucidar, investigar y reflexionar sobre todo aquello que nos
rodea, nos va a otorgar cierto poder sobre nuestra propia vida. Es necesario
“complicarse” un momento para poder vivir mejor después, y no dejarnos llevar por
el camino como hojas de papel al viento.