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PRESENTACIÓN DE LIBRO

Quisiera partir agradeciendo al Archivo Central Andrés Bello, a la Facultad de Filosofía y


Humanidades, a Pablo Toro, a Azun Candina y, por supuesto, a Nicolás Dip, por realizar y
participar de este lanzamiento, que nos brinda la posibilidad de dialogar y reflexionar sobre
los procesos de politización y reforma universitaria que, aunque sucedieron hace unos 50
años, pueden ser bien iluminadores para pensar nuestra situación actual. Me siento
sinceramente honrado de poder participar de una instancia como esta por primera vez.

El libro en cuestión versa sobre el proceso de peronización de la Universidad de Buenos


Aires entre 1966 y 1973, dinámica que se analiza de un modo muy pormenorizado y riguroso,
logrando reconstruir detalladamente el contexto universitario de la época, especialmente en
lo que respecta a organizaciones de izquierda y posiciones poder dentro de algunas facultades
clave de la UBA. Entre ellas, destaca la Facultad de Filosofía, y en especial, la carrera de
sociología. Lo anterior se va cruzando claramente con los procesos políticos más amplios
que vive el vecino país, mostrando el modo en que lo institucional y lo nacional se van
relacionando problemáticamente. En ese sentido, creo que se cumple el requisito propuesto
en la página 35 para el estudio de los procesos políticos universitarios.

Ahora bien, reflexionando más hondamente sobre estos cruces, resulta evidente la diferencia
que existe con el caso chileno -que tiene una trayectoria política bien distinta-, toda vez que
los cambios políticos en Argentina repercutieron de forma explícita dentro del ámbito
universitario en mayor modo que en Chile. En el marco del libro (8 años) se dan dos procesos
contrapuestos en esa línea: la intervención de Ongaina, especialmente la “Noche de los
bastones largos” -denunciada como la mayor crisis universitaria desde Rosas-; y luego la
reacción del peronismo una vez llegado al poder, donde se designarán diversas autoridades,
entre ellas, el rector, que también cambiará de acuerdo con los vaivenes políticos de este
sector, específicamente su derechización y quiebre con Montoneros.

Inclusive, entre finales de la dictadura y principios del gobierno de Cámpora, el libro constata
una “algarabía” de algunos docentes por “la peronización de las canteras del joven
estudiantado” (103), cuestión que ayudó a la notable recepción de Puiggrós como el nuevo
rector -esto a pesar de los “paños fríos” que busca poner Cámpora y Perón al “entusiasmo
juvenil”-. Lo anterior, enmarcado en las proyecciones políticas revolucionarias que las
organizaciones peronistas universitarias se imaginaban derivadas de este proceso, pero que
no se llegarán a concretar.

Por cierto, el libro es muy certero en indicar que no es posible expandir estas posiciones a
una fuerza social abstracta, pues era empujada por individuos y agrupaciones concretas y
bien singularizadas por Nicolás, que muestran varias posiciones más o menos diferenciadas
en torno a elementos clave como la valoración del proceso de reforma, la relación de la
Universidad y la creación de conocimiento con procesos políticos concretos, la política
peronista previa en torno al tema o el rol del movimiento estudiantil en torno a las
problemáticas sociales y universitarias.

En el caso chileno, por otro lado, si bien los procesos políticos más generales sí repercutieron
de diversos modos en la organización universitaria y movimiento estudiantil, es claro que no
se dieron procesos de intervención tan directa, al menos en el periodo que va entre las
dictaduras de Ibáñez y la de Pinochet.

2.

Quisiera mencionar dos episodios nacionales conectados con los procesos argentinos
revisados por el libro que comentamos. El primero es la reacción del consejo universitario al
golpe de Estado de 1966. El 30 de junio se le solicita al rector Eugenio González la redacción
de una nota sobre la situación. El 6 de julio González lee una nota de Hilario Fernández Long
y el consejo universitario de la UBA sobre el tema, en que se termina afirmando que: “Y si
por la lucha en mantener su compromiso con la comunidad argentina fuera destruida su
autonomía [de la Universidad], el pueblo de la Nación debe saber que su espíritu no podrá
ser avasallado, porque vive en todos aquellos que mantienen como argentinos la profunda
convicción de que el progreso del pueblo en todos los órdenes es inseparable de la plena
vigencia de los principios democráticos”.

No tengo conocimiento de la nota redactada por González sobre el tema, pero algunos meses
después, el 16 de noviembre, aparece una nueva referencia al tema. Esta vez, es una nota del
rector interino de la Universidad de la República del Uruguay, en que se hace referencia a
una reunión en Montevideo entre chilenos y uruguayos para zanjar una posición común sobre
la situación universitaria argentina. La preocupación por la situación de la UBA intervenida
había escalado a niveles internacionales.

El segundo episodio que quisiera mencionar es uno que describe Carlos Hunneus en su libro
sobre la reforma en la Universidad de Chile. Allí, constata un episodio de 14 profesores
argentinos de la facultad de artes que estaban siendo expulsados de la Universidad por el
gobierno en febrero de 1969, puesto que representarían un peligro nacional de acuerdo con
Consejo Superior de Seguridad Nacional (CONSUSENA). Estos profesores habían sido
contratados en Chile luego de ser expulsados de la UBA por la intervención militar de
Onganía. Hunneus no menciona el nombre de ninguno, pero sí da cuenta de la férrea reacción
del rector -Ruy Barbosa a esas alturas- y Álvaro Bunster, el secretario general. Ambos, en
conjunto con el consejo universitario, impugnan de forma rotunda la acción del gobierno,
exigiendo explicaciones que, por temas de seguridad, estaban siendo negadas. El caso es que,
finalmente, luego de una reunión entre Frei Montalva, Barbosa y Bunster, en que el primero
entrega antecedentes que se juzgaron suficientes, las autoridades universitarias aceptan la
salida ofrecida por el gobierno: anular la expulsión de la Universidad, pero igualmente
expulsar del país a estos indeseables. Aunque el resultado sea el mismo, la autonomía
universitaria quedaba en pie.

3.

En alguna medida, el clivaje autonomía-politización es un hilo conductor de estos episodios.


También lo es dentro del libro, pero creo que logra expresar, hacia el final, una de las
paradojas que esa dicotomía contenía: con el quiebre del peronismo con montoneros, el
crecimiento de la ultraderecha y la persecución que se comenzaba a desatar, quienes más
pedían politización, ahora defendían la autonomía universitaria, pues solo dentro de su marco
podían existir. En las notas aclaratorias se revela una versión histórica del binomio: reforma
v/s peronismo; libros y alpargatas.

No sé hasta que punto la dicotomía autonomía – politización sigue teniendo algún sentido o
es útil para pensar la situación universitaria actual. Pienso que poco, pues para empezar, es
una falsa dicotomía o, al menos, confusa por varias razones:
1. Porque funde dos concepciones muy distintas de la autonomía. Por un lado, una suerte de
autonomía de los sabios, consistente en la libertad plena de los académicos para poder
desarrollar investigación y crear conocimiento, en sus versiones más radicales, a través de la
elevación espiritual. Inclusive, con defensas a la torre de marfil por eliminar el fardo de la
vida (por más que se quiera, estos procesos nunca están ni estuvieron desligados de la
política). Por otro lado, está el deber universitario de otorgar herramientas para posibilitar
una reproducción autónoma de la vida por parte de quienes participan de ella. Es decir, que
los procesos de formación universitaria apoyen la posibilidad de construir proyectos vitales
propios. En el mundo contemporáneo, eso implica la necesidad de brindar espacios de
organización y politización, entre otras cosas, porque salir con una deuda gigantesca o
habiendo vivido acosos atenta a la posibilidad de reproducción autónoma de la vida. Este es
un problema que se va ampliando más allá del mundo estudiantil (un alto porcentaje de los
profesores universitarios del Chile contemporáneo están a honorarios).

2. Porque asume como posible la diferenciación de la Universidad con el resto de la sociedad,


como si fueran dos organismos distintos, aunque uno esté contenido en el otro. Inclusive, en
algunas versiones de la autonomía de los sabios, la Universidad se convierte casi en un
cordón higiénico que los separa del vulgo y la decadencia. Esa sola idea elude la
inevitabilidad de la política, es decir, que para bien o para mal, en la universidad se juegan
varias cuestiones y se ponen en juego diversos intereses -entre otras, la posibilidad de
reproducir un determinado proyecto histórico o político-. En otras palabras, la universidad se
encuentra presionada y atravesada por fuerzas y grupos sociales que la componen y orbitan
en torno a ella (y que se expresan de formas concretas y harto heterogéneas).

3. No da cuenta del carácter paradojal de la universidad en estos ámbitos, la cual se hizo


evidente cuando la lucha por la autonomía se hizo una necesidad para defender a los que
antes buscaban la politización; al mismo tiempo que se erigía la restauración de la autonomía
o de los valores universitarios tradicionales (prohibición de politización y proselitismo, los
estudiantes vienen a estudiar) como fachada para legitimar la intervención.

Ahora bien, aunque sea una falsa dicotomía ¿sigue operando a nivel ideológico en los
conflictos contemporáneos? Creo que sí, lo cual resulta problemático. Lo veo al menos en
tres ámbitos:
1. En defensas o discusiones por el carácter institucional de las universidades, aunque ahí ha
habido algunos desplazamientos importantes con respecto a las discusiones de los años 60.
En efecto, la ya mencionada versión más conservadora de la reacción a la reforma implicó
una defensa de los valores del polo de la autonomía universitaria como fórmula para
conservar su esencia, cuestión enmarcada en la lucha antisubversiva. Otra versión está más
asociada a una perspectiva tecnocrática que enfatiza en los modelos de gestión internos, así
como en defensa de la calidad y estandarización que, en la medida que se han puesto al centro
de la valoración de las universidades, se ha ido generando una suerte de defensa a una tercera
versión de la autonomía, que sería empresarial-institucional, y que provoca situaciones como
la Universidad Autónoma recibiendo la mayor cantidad de aportes de gratuidad, o que en
defensa de la libertad de emprender se justifique el desfalco que ha implicado el CAE. En
una entrevista del 2016, Pilar Armanet propone el clivaje autonomía-politización, aunque
dándole vuelta, pues lo segundo ahora refiere a la dictadura y lo primero a las luchas por la
libertad. Es una forma de justificar el rol actual del Estado.

2. Al menos en la experiencia que he tenido, creo que todavía sigue existiendo una tensión
entre lo de afuera y lo de adentro en el contexto universitario, muchas veces suponiendo que
la movilización política implica lo de afuera, pues lo de adentro sería más bien gremial. Creo
que un análisis más pausado hace evidente la conexión de ambas dimensiones, y en ese
sentido, es interesante que cuando existen procesos crecientes de politización universitaria
tienden a impugnar las formas internas de organización y formación. En esta línea, el
feminismo adquiere una centralidad fundamental, y desde esa perspectiva hay que mirar, creo
yo, la creciente y necesaria masificación de la educación pública, cuestión que va a generar
desafíos para los que no estamos bien preparados. En efecto, el necesario aumento de la
matrícula pública (que no equivale a estatal) debe abordarse de un modo responsable y
eficiente, que permita una proyección en el tiempo. En otras palabras, que habilite la
reproducción autónoma de la vida de quienes participan de tal proceso. Dentro de este
contexto, la pregunta por el rol de les posgrades y les académiques (precarizades o no) en los
procesos de fortalecimiento de la educación pública se hace central.

3. Creo que en buena medida el clivaje sigue operando porque estaba en la base de un
conflicto muy complejo -relativo a la concepción de la Universidad y su relación con el
Estado y la sociedad- que se cerró por la fuerza y la persecución. En ese sentido, parte de sus
consignas han sufrido una suerte de fetichización que dificulta su comprensión histórica cabal
y, por ende, el sacar lecciones de tales procesos desde una perspectiva liberadora. En ese
sentido, creo que se hace una necesidad creciente para el movimiento por la educación
pública el abordar históricamente los procesos de cambio en la educación superior, cuestión
que parece estar tomando alguna importancia hoy. En alguna medida, es parte del gesto que
hace el libro que comentamos. En definitiva, veo como necesario el preguntarse por los
modos en que concebimos la historia de la universidad, reflexionando autónoma y
colectivamente sobre ella, para nutrirse de la experiencia histórica allí acumulada para las
luchas de hoy.

Para finalizar, creo que es una necesidad superar las formas previas en que se concebía la
realidad -en este caso, dicotomía autonomía/politización-, pero para ello se requiere conocer
lo más precisamente posible la forma en que moldearon nuestras concepciones actuales; pues
por más que sea una falsa oposición, sigue operando, y debemos hacernos cargo de ello.

Agradezco, entonces, el trabajo de Nicolás, que actúa como un espejo que me permite
reflexionar en este sentido. Agradezco también la opción de presentar estas ideas, así como,
idealmente, la posibilidad de debatirlas.

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