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MISA DEL DÍA

 Los sacerdotes se ubican en los bancos de la nave como en la misa crismal.


 La familia se ubica en los bancos laterales.
 Monaguillos y seminaristas que tengan ministerios suben al presbiterio.
 Concelebran: Monseñor Poli, P Gerardo Cabeza y P Ricardo Araya, suben además dos diáconos.

Estando todo dispuesto para la celebración, se ordena la procesión por la iglesia hacia el altar como de
costumbre. El diácono lleve el Evangeliario y, si hubiere otros diáconos, precedan al ordenando, a los
presbíteros concelebrantes y finalmente vaya el Obispo y -un poco más atrás- dos diáconos que lo asistan. Al
llegar al altar y, hecha la debida reverencia, todos vayan a sus lugares asignados.
Mientras tanto, se canta la Antífona de entrada con su salmo, u otro canto adecuado.

Los Ritos iniciales y la Liturgia de la Palabra se hacen del modo acostumbrado hasta la proclamación del
Evangelio inclusive.

Ritos iniciales
Reunido el pueblo, el sacerdote se dirige al altar, con los ministros, mientras se entona el canto de entrada.
Cuando llega al altar, habiendo hecho con los ministros una inclinación profunda, venera el altar con un
beso y, si es oportuno, inciensa la cruz y el altar. Después se dirige con los ministros a la sede.
Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan con la señal de la cruz, mientras
el sacerdote, vuelto hacia el pueblo, dice:

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.


El pueblo responde: Amén.

Después el sacerdote, extendiendo las manos, saluda al pueblo, diciendo:

La gracia de nuestro Señor Jesucristo,


el amor de Dios Padre
y la comunión del Espíritu Santo
estén con todos ustedes

O bien:
El Dios de la esperanza,
que por la acción del Espíritu Santo
nos llena con su alegría y con su paz,
permanezca siempre con todos ustedes.

Acto penitencial
A continuación se hace el acto penitencial, al que el sacerdote invita a los fieles,
diciendo:
1
I

Pidamos perdón a Dios de todo corazón.

Tú que no has venido a condenar, sino a perdonar: Señor, ten piedad.


R. Señor, ten piedad.
Tú que has dicho que hay gran fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente:
Cristo, ten piedad.
R. Cristo, ten piedad.
Tú que perdonas mucho a quien mucho ama: Señor, ten piedad.
R. Señor, ten piedad.

Sigue la absolución del sacerdote:


Dios todopoderoso
tenga misericordia de nosotros,
perdone nuestros pecados
y nos lleve a la vida eterna.

El pueblo responde: Amén.

Se dice Gloria.

ORACIÓN COLECTA

D ios nuestro, que confiaste a san Juan Bautista


la misión de preparar para Cristo, el Señor,
un pueblo bien dispuesto,
concede a tu Iglesia la gracia de la alegría espiritual,
y dirige los corazones de los fieles
por el camino de la salvación y de la paz.
Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.

LITURGIA DE LA PALABRA
Leccionario III p 260-263
1. Lectura del libro del profeta Isaías 49, 1-6
2. SALMO Sal 138, 1b-3. 13-14b. 14c-15 (R.: 14a)
2
3. Lectura de los Hechos de los apóstoles 13, 22-26
Evangelio: + Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 57-66. 80

ORDENACIÓN DE UN SOLO PRESBÍTERO


El Obispo ocupa la sede preparada para la Ordenación, y se coloca la mitra.
Después se presentan el candidato.

ELECCIÓN DEL CANDIDATO


El Ordenando es llamado por el diácono del siguiente modo:
Acérquese el que va a ser ordenado presbítero.

Y lo llama por su nombre. El Ordenando responde:

Aquí estoy.

Y se acerca al Obispo, a quien hace una reverencia.

El Ordenando se coloca ante el Obispo. El presbítero designado por el Obispo


dice:
Reverendísimo Padre, la santa Madre Iglesia pide que ordenes presbítero a este
hermano nuestro.

El Obispo le pregunta:
¿Sabes si es digno?

El presbítero responde:
Teniendo en cuenta la consulta hecha al pueblo cristiano, y con el voto favorable
de las personas a quienes compete darlo, doy fe de que es digno.
El Obispo dice:
Con la ayuda de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo, elegimos a este hermano
nuestro para el Orden presbiteral.
3
Todos responden:
Demos gracias a Dios.

También puede cantarse la siguiente Antífona:


«Te doy gracias, Señor, por tu amor. No abandones la obra de tus manos.
Aleluia, aleluia».

HOMILÍA

151.Después todos se sientan. El Obispo hace la homilía en la cual, tomando


como punto de partida el texto de las lecturas proclamadas en la Liturgia de la
Palabra, exhorta al pueblo y al elegido sobre el ministerio presbiteral.
Sobre tal ministerio también puede hablar con palabras semejantes a las indi-
cadas en el Apéndice I, pp. 223-224, u otras palabras.

4
PARA LA ORDENACIÓN DE UN SOLO PRESBÍTERO
Queridos hermanos:
Este hijo, que es familiar y amigo de ustedes, será ordenado para el ministerio
presbiteral; por eso, es importante que consideren atentamente la función que va
a desempeñar en la Iglesia.
Es verdad que todo el Pueblo Santo de Dios ha sido constituido como sacerdocio
real por su incorporación a Cristo; sin embargo, el mismo Jesucristo, nuestro
gran Sacerdote, eligió a algunos discípulos para que ejercieran públicamente y en
su nombre, el ministerio sacerdotal en la Iglesia, al servicio de los hombres. El,
que fue enviado por el Padre, envió a su vez a los Apóstoles para que ellos y sus
sucesores, que son los obispos, completaran en el mundo su obra de Maestro,
Sacerdote y Pastor. Los presbíteros, por su parte, son constituidos cooperadores
de los obispos con los cuales, unidos en un mismo ministerio sacerdotal, son
llamados para servir al pueblo de Dios.
Después de madura reflexión, este hermano nuestro va a ser ordenado sacer
dote en el orden de los presbíteros. Así hará las veces de Cristo Maestro,
Sacerdote y Pastor, para que su cuerpo, que es la Iglesia, se edifique y crezca
como pueblo de Dios y templo del Espíritu Santo.
Al asemejarse a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y al unirse al sacerdocio de
los obispos, quedará consagrado como auténtico sacerdote del Nuevo
Testamento, para anunciar el Evangelio, apacentar al pueblo de Dios y celebrar el
culto divino, especialmente en el sacrificio del Señor.
Por eso, querido hijo, que ahora serás ordenado presbítero: debes cumplir el
ministerio de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Anuncia a todos los
hombres la palabra de Dios que tu mismo has recibido con alegría. Medita la ley
del Señor, cree lo que lees, enseña lo que crees y practica lo que enseñas.

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Que tu doctrina sea un alimento sustancioso para el pueblo de Dios; que la
fragancia espiritual de tu vida sea motivo de alegría para todos los cristianos, a
fin de que con la palabra y el ejemplo construyas ese edificio viviente que es la
Iglesia de Dios.
Te corresponderá también la función de santificar en el nombre de Cristo. Por
tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles alcanzará su perfección al unirse
al sacrificio del'Señor, que por tus manos se ofrecerá incruentamente sobre el
altar, en la celebración de la Eucaristía. Ten conciencia de lo que haces e imita lo
que conmemoras. Por tanto, al celebrar el misterio de la muerte y la resurrección
del Señor, procura morir al pecado y vivir una vida realmente nueva.
Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el bautismo, al perdonar
los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la
penitencia, al confortar a los enfermos con la santa unción, y en todas las
celebraciones litúrgicas, así como también al ofrecer durante el día la alabanza, la
acción de gracias y la súplica por el pueblo de Dios y por el mundo entero,
recuerda que has sido elegido de entre los hombres y puesto al servicio de los
hombres en las cosas que se refieren a Dios.
Con permanente alegría y verdadera caridad continúa la misión de Cristo
Sacerdote, no buscando tus intereses sino los de Jesucristo.
Finalmente, al participar de la función de Cristo, Cabeza y Pastor de la
Iglesia, permanece unido y obediente al Obispo. Procura congregar a los fieles en
una sola familia, animada por el Espíritu Santo, conduciéndola a Dios por medio
de Cristo. Ten siempre presente el ejemplo del Buen Pastor que no vino a ser
servido sino a servir y a buscar y salvar lo que estaba perdido.

6
7
8
PROMESA DEL ELEGIDO

Concluida la homilía, sólo el elegido se pone de pie, y se coloca frente al Obispo


quien lo interroga con estas palabras:
Querido hijo:
Antes de entrar en el Orden del presbiterado, manifiesta delante de la comunidad
tu propósito de recibir este ministerio.

¿Quieres desempeñar siempre el ministerio sacerdotal en el grado de presbítero


como buen colaborador del Orden episcopal, apacentando el rebaño del Señor,
guiado por el Espíritu Santo?

El elegido responde:
Sí, quiero.

El Obispo:
¿Quieres desempeñar digna y sabiamente el ministerio de la palabra en la
predicación del Evangelio y en la enseñanza de la fe católica?

El elegido: Sí, quiero.

El Obispo:
¿Quieres celebrar con fidelidad y piadosamente los misterios del Señor,
principalmente el sacrificio de la Eucaristía y el sacramento de la reconciliación,
para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano, según la tradición de
la Iglesia?

El elegido:
Sí, quiero.

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El Obispo:
¿Quieres invocar la misericordia divina con nosotros, en favor del pueblo que te
sea encomendado, perseverando en el mandato de orar sin desfallecer?

El elegido:
Sí, quiero.

El Obispo:
¿Quieres unirte cada día más a Cristo, sumo Sacerdote, que por nosotros se
ofreció al Padre como víctima santa, y con Él consagrarte para la salvación de los
hombres?

El elegido:
Sí, quiero, con la ayuda de Dios.

Luego, el elegido se acerca al Obispo y, arrodillado delante de él, pone sus


manos entre las del Obispo, quien le pregunta:

a) Si es el Ordinario:
¿Prometes respeto y obediencia a mí y a mis sucesores?

El elegido responde:
Sí, prometo.

El Obispo siempre concluye:


Que Dios complete y perfeccione la obra que Él mismo ha comenzado en ti.

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SÚPLICA LITÁNICA

Todos se ponen de pie. El Obispo, sin mitra y con las manos juntas, mirando
hacia el pueblo, pronuncia la siguiente invitación:
Queridos hermanos:
Pidamos a Dios todopoderoso, que derrame abundantemente su gracia sobre este
hijo suyo, a quien eligió para el ministerio de los presbíteros.

El elegido se postra. Todos se arrodillan, salvo en los días domingos y en el


tiempo pascual. Según el caso, el diácono dice:
Nos arrodillamos.
Entonces se comienzan a cantar las letanías.
Según las categorías que figuran como subtítulos y su respectivo lugar cronológico, pueden añadirse algunos
nombres de santos (por ej. del patrono del lugar, del titular de la iglesia, del fundador o del patrono del que
va a ser ordenado). Para facilitar el oficio del cantor, se añaden en su respectivo lugar los nombres de los
santos latinoamericanos más importantes, los que pueden cantarse opcionalmente.
También pueden añadirse algunas súplicas por diversas necesidades más apropiadas a cada circunstancia.
Los cantores comienzan las letanías según el texto del n. 127, pp. 117-119, con las súplicas por el elegido en
singular.

Terminadas las letanías, el Obispo, de pie y con las manos extendidas, dice:

E scúchanos, Señor, Dios nuestro:


Derrama sobre este hijo tuyo la bendición del Espíritu Santo y la fuerza de
la gracia sacerdotal, para que la abundancia de tus dones acompañe siempre a
quien ahora te presentamos para ser consagrado.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Todos: Amén.
Si es el caso, el diácono dice:
Nos ponemos de pie.

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IMPOSICIÓN DE LAS MANOS Y PLEGARIA DE ORDENACIÓN

El elegido se pone de pie, se acerca al Obispo quien está de pie con mitra
delante de la sede, y se arrodilla delante de él.

El Obispo impone las manos sobre la cabeza del elegido sin decir nada.

Después de imponer las manos, todos los presbíteros presentes, con estola,
imponen las manos al elegido en silencio (POLI NO IMPONE LAS MANOS).

Después de imponer las manos, los presbíteros permanecen cerca del Obispo
hasta terminar la Plegaria de Ordenación, permitiendo que los fieles puedan ver
la celebración.

El elegido se arrodilla ante el Obispo, quien sin mitra y con las manos
extendidas, dice la Plegaria de Ordenación:

A sístenos, Señor, Padre santo,


Dios todopoderoso y eterno,
Autor de dignidad humana
y dispensador de todo don y gracia;

por ti progresan tus criaturas


y por ti se consolidan todas las cosas.
Para formar el pueblo sacerdotal,
tú dispones con la fuerza del Espíritu Santo
en órdenes diversos a los ministros de tu Hijo Jesucristo.

Ya en la primera Alianza aumentaron los oficios,


instituidos con signos sagrados.
Cuando pusiste a Moisés y Aarón al frente de tu pueblo,
para gobernarlo y santificarlo,
les elegiste colaboradores,
subordinados en orden y dignidad,
que les acompañaran y secundaran.

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Así, en el desierto, diste parte del espíritu de Moisés,
comunicándolo a los setenta varones prudentes
con los cuales gobernó más fácilmente a tu pueblo.
Así también hiciste partícipe a los hijos de Aarón
de la abundante plenitud otorgada a su padre,
para que un número suficiente de sacerdotes
ofreciera, según la ley, los sacrificios,
sombra de los bienes futuros.

Finalmente, cuando llegó la plenitud de los tiempos,


enviaste al mundo, Padre santo, a tu Hijo Jesús,
Apóstol y Pontífice de la fe que profesamos.
El, movido por el Espíritu Santo,
se ofreció a ti como sacrificio sin mancha,
y habiendo consagrado a los apóstoles con la verdad,
los hizo partícipes de su misión;
a ellos, a su vez, les diste colaboradores
para anunciar y realizar por el mundo entero
la obra de la salvación.

También ahora, Señor, te pedimos nos concedas


como ayuda a nuestra limitación,
este colaborador
que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico.

TE PEDIMOS, PADRE TODOPODEROSO,


QUE CONFIERAS A ESTE SIERVO TUYO
LA DIGNIDAD DEL PRESBITERADO.
RENUEVA EN SU CORAZÓN EL ESPÍRITU DE SANTIDAD,
RECIBA DE TI EL SEGUNDO GRADO
DEL MINISTERIO SACERDOTAL
Y SEA, POR SU CONDUCTA, EJEMPLO DE VIDA.

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Sea honrado colaborador del Orden de los obispos,
para que por su predicación, y con la gracia del Espíritu Santo,
la palabra del Evangelio dé fruto en el corazón de los hombres y
llegue hasta los confines del orbe.
Sea con nosotros fiel dispensador de tus misterios,
para que tu pueblo se renueve
con el baño del nuevo nacimiento
y se alimente de tu altar;
para que los pecadores sean reconciliados
y sean confortados los enfermos.

Que en comunión con nosotros, Señor,


implore tu misericordia
por el pueblo que se le confía
y a favor del mundo entero.
Así todas las naciones, congregadas en Cristo,
formarán un único pueblo tuyo
que alcanzará su plenitud en tu Reino.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo


que vive y reina contigo
en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Todos responden:
Amén.

14
VESTICIÓN
Algunos presbíteros acomodan la estola del Ordenado según el modo presbiteral y le colocan la casulla.
Anselmo y

UNCIÓN DE LAS MANOS Y ENTREGA DEL PAN Y VINO

Terminada la Plegaria de Ordenación, todos se sientan. El Obispo se pone la mitra. El Ordenado se pone de
pie. Los presbíteros presentes vuelven a su lugar. Algunos presbíteros acomodan la estola del Ordenado
según el modo presbiteral y le colocan la casulla.

El Obispo recibe el gremial y unge con el santo Crisma las palmas de las manos del Ordenado, que estará
arrodillado delante de él, diciendo:

Jesucristo, el Señor,
a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo,
te proteja para santificar al pueblo cristiano
y para ofrecer a Dios el sacrificio.

Luego el Obispo y el Ordenado se limpian las manos.

Mientras tanto, los fieles presentan el pan sobre la patena y el cáliz con vino y agua para la celebración de la
Misa. El diácono los recibe y presenta al Obispo, quien los entrega al Ordenado que lo recibirá de rodillas; el
Obispo le dice mientras le entrega él la patena y el cáliz:

Recibe la ofrenda del pueblo santo


para presentarla a Dios.
Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras,
y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor.

Finalmente, el Obispo da al Ordenado el saludo, diciendo:

La paz esté contigo.

El Ordenado responde: Y con tu espíritu.

SALUDO A POLI Y FLIA


No lo hacen los presbíteros presentes.

Poli se queda junto a David y Raul para el Credo.

15
La Misa continúa del modo acostumbrado.

Se dice Credo

La Oración Universal se omite.

Liturgia eucarística
La Liturgia eucarística se concelebra del modo acostumbrado, omitiendo la preparación del cáliz.

En la Plegaria Eucarística, el Obispo o uno de los presbíteros concelebrantes hace mención de los
presbíteros recién ordenados según las fórmulas siguientes:

Oración sobre las ofrendas

T e ofrecemos estos dones, Señor,


para celebrar dignamente el nacimiento de san Juan Bautista,
que anunció la venida y señaló la presencia
del Salvador del mundo, Jesucristo nuestro Señor.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Prefacio
La misión del Precursor
V/. El Señor esté con ustedes
R/. Y con tu espíritu.

V/. Levantemos el corazón.


R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.


R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,


es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
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Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor Nuestro.

Alabamos tu grandeza manifestada en san Juan Bautista,


el Precursor de tu Hijo,
y el mayor entre los nacidos de mujer.

Antes de nacer, saltó de alegría en el vientre de su madre


al sentir la proximidad del Salvador,
y fue el único profeta
que señaló al Cordero que quita el pecado del mundo.

Él bautizó en el río Jordán al mismo autor del bautismo,


para que el agua viva santificara a todos los hombres,
y mereció dar el supremo testimonio de Cristo,
derramando su sangre por Él.

Por eso, unidos a los ángeles en el cielo,


cantamos en la tierra un himno a tu gloria,
diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor


Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

El sacerdote, con las manos extendidas, dice:


CP

Santo eres en verdad, Padre,


y con razón te alaban todas tus criaturas,
ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.
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Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC

P or eso, Padre, te suplicamos


que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz


conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan
en el Cuerpo y + la Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,

Junta las manos.


que nos mandó celebrar estos misterios.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse
claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas
palabras.
Porque él mismo,
la noche en que iba a ser entregado,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan,
y dando gracias te bendijo,
lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo


adora, haciendo genuflexión.

Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:


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tomó el cáliz,
dando gracias te bendijo,
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora,
haciendo genuflexión.

Luego dice una de las siguientes fórmulas:


CP
Éste es el Misterio de la fe.

O bien:
Éste es el Sacramento de nuestra fe.

Y el pueblo prosigue, aclamando:


Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!

O bien:

CP
Éste es el Misterio de la fe, Cristo nos redimió.

Y el pueblo prosigue, aclamando:


Cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.

O bien:

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CP
Éste es el Misterio de la fe, Cristo se entregó por nosotros.

Y el pueblo prosigue, aclamando:


Salvador del mundo, sálvanos,
que nos has liberado por tu cruz y resurrección.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CC

sí, Padre,
A al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección y ascensión al cielo,
mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos, en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia,


y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación quisiste devolvernos tu amistad,
para que, fortalecidos con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo
y llenos de su Espíritu Santo,
formemos en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu.

C1- DAVID

Q ue él nos transforme en ofrenda permanente,


para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios, San José su esposo,
los apóstoles y los mártires,
san Juan Bautista, santa Rosa de Lima
y todos los santos,
por cuya intercesión
confiamos obtener siempre tu ayuda.

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C2 - POLI

T e pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación


traiga la paz y la salvación al mundo entero.
Confirma en la fe y en la caridad a tu Iglesia, peregrina en la tierra, a tu
servidor, el Papa Francisco., a a mi hermano Raúl, Obispo de esta Iglesia
de Santa Rosa, a mí, indigno siervo tuyo, al orden episcopal, a este hijo
tuyo (DAVID) que ha sido ordenado hoy sacerdote de la Iglesia,
a los presbíteros y diáconos,
y a todo el pueblo redimido por ti.

tiende los deseos y súplicas de esta familia


A que has congregado en tu presencia.

eúne en torno a ti, Padre misericordioso,


R a todos tus hijos dispersos por el mundo.
+ A nuestros hermanos difuntos
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria,

Junta las manos


por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.

115. Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz y, sosteniéndolos


elevados, dice.

CP o CC

Pora ti,Cristo, con él y en él,


Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:
Amén.

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Rito de la Comunión.

Llenos de alegría por ser hijos de Dios, digamos confiadamente la oración que
Cristo nos enseñó:

Extiende las manos y, junto con el pueblo, continúa:

P adre nuestro, que estás en el Cielo,


santificado sea tu Nombre,
venga a nosotros tu Reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.

Solo el sacerdote, con las manos extendidas, prosigue diciendo:

L íbranos de todos los males, Señor,


y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.

Junta las manos.


El pueblo concluye la oración aclamando:
Tuyo es el Reino,
tuyo el poder y la gloria
por siempre, Señor.

Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice en voz alta:


Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles:
«La paz les dejo, mi paz les doy»,
no tengas en cuenta nuestros pecados
sino la fe de tu Iglesia,
y, conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad.
22
Junta las manos.

Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.

El pueblo responde: Amén.

El sacerdote, vuelto hacia al pueblo, extendiendo y juntando las manos, añade:


La paz del Señor esté siempre con ustedes.

El pueblo responde: Y con tu espíritu.

Luego, si se juzga oportuno, el diácono, o el sacerdote, añade:


Démonos fraternalmente la paz

Después toma el pan consagrado, lo parte sobre la patena y pone una partícula
dentro del cáliz, diciendo en secreto:
El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo,
unidos en este cáliz,
sean para nosotros
alimento de vida eterna.

Mientras tanto se canta o se dice:


Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

Esta aclamación puede repetirse varias veces, si la fracción del pan se prolonga.
La última vez se dice: danos la paz.

A continuación el sacerdote, con las manos juntas, dice en secreto:


Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo,
que por voluntad del Padre,
cooperando el Espíritu Santo,
diste con tu muerte la Vida al mundo,
líbrame, por la recepción de tu Cuerpo y de tu Sangre,
de todas mis culpas y de todo mal.
Concédeme cumplir siempre tus mandamientos
y jamás permita que me separe de ti.

O bien:
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Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre
no sea para mí un motivo de juicio y condenación,
sino que, por tu piedad
me sirva para defensa de alma y cuerpo,
y como remedio de salvación.

El sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco


elevada sobre la patena o sobre el cáliz, de cara al pueblo, dice con voz clara:
Este es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.

Y, juntamente con el pueblo, añade:


Señor, no soy digno
de que entres en mi casa,
pero una palabra tuya
bastará para sanarme.

El sacerdote, vuelto hacia el altar, dice en secreto:


El Cuerpo de Cristo me proteja para la Vida eterna.

Y comulga reverentemente el Cuerpo de Cristo.

Después toma cáliz, y dice en secreto:


La Sangre de Cristo me guarde para la Vida eterna.

Y bebe reverentemente la Sangre de Cristo.

Después toma la patena o la píxide y se acerca a los que van a comulgar. Muestra
el pan consagrado a cada uno, sosteniéndolo un poco elevado y le dice:
El Cuerpo de Cristo.

El que va a comulgar responde: Amén.

Los familiares y amigos cercanos del Ordenado pueden recibir la comunión bajo las dos especies.
Terminada la distribución de la Comunión, puede cantarse un canto de acción de gracias. Al canto sigue la
oración para después de la Comunión.

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ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

R enovados por el banquete del Cordero celestial,


te pedimos, Padre,
que tu Iglesia reconozca al autor de la salvación
en aquél que fue anunciado por San Juan Bautista,
cuyo nacimiento celebramos gozosos.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

David saluda a Santa Rosa de Lima e invita a rezar la oración diocesana por los
400 años.
Avisos:
 Después de que salgan los ministros en procesión, David saludará al pueblo
frente al altar.
 Todos estamos invitados a la comida a la canasta que se realizará
seguidamente en el salón del colegio María Auxiliadora.
Rito de conclusión

En lugar de la bendición habitual puede darse la bendición solemne que sigue. El


diácono puede hacer la siguiente invitación:
Nos inclinamos para la bendición.
Seguidamente, el Obispo, con las manos extendidas sobre el Ordenado y el pue-
blo, pronuncia la bendición:

Dios Padre, que dirige y gobierna la Iglesia, mantenga tus propósitos y fortalezca
tu corazón para que cumpla fielmente el ministerio presbiteral.
Todos: Amén.

El Obispo: El Señor te haga servidor y testigo en el mundo de la verdad y del


amor divino, y ministro fiel de la reconciliación.
Todos: Amén.

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El Obispo:
Que Dios te haga pastor verdadero
que distribuya la Palabra de la vida y el Pan vivo,
para que los fieles crezcan en la unidad del cuerpo de Cristo.
Todos:
Amén.

El Obispo:
Y la bendición de Dios todopoderoso
Padre, * Hijo, * y Espíritu * Santo
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Todos responden:
Amén.

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