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Johann Wolfgang von Goethe.

Goethe como escritor abarca todo, escribe sobre química, física, anatomía, botánica y
mineralogía, es poeta lirico, épico y dramático. Entiende de pintura y arquitectura. Fue un
gran estadista y tecnócrata.

Nació el 28 de agosto de 1729 en Francfort del Main, Alemania.

Werther supuso la popularización de la novela, género poco conocido por entonces en


Alemania. Goethe, con esta maestra descripción ficticia de hechos y vivencias, desencadena
una fiebre lectora por esta clase de literatura, relegando a segundo plano el drama, la fábula
y la poesía, lectura de moda en su época. En ese complejo y revolucionario que hacer
artístico – sociológico hay que situar la novela.

La aparición de Die Leiden des jungen Werther en la feria del libro de Leipzig, otoño de
1774, supondrá un hito en la obra de Goethe, el comienzo de una nueva era en el campo
literario alemán y el triunfo definitivo del primer grupo autóctono alemán, el “Sturm und
Drang”. El Werther acabará con el carácter receptivo de la literatura alemana, que había
subsistido hasta entonces a base de modelos y módulos vecinos, de preceptistas o autores
franceses e ingleses primordialmente. Goethe con su Werther derribará las barreras
fronterizas y la admiración, entusiasmo o escándalo que levantará el precursor de Fausto,
marcará el comienzo de un clasicismo literario alemán y la inclusión de las letras germanas
en el complejo europeo de las literaturas universales.

Sería el joven Goethe quien bien arropado por su grupo generacional (los Herder, Merck,
Lenz, Klinger, Wagner, Heinse, etc.) quien atinaría con el contenido y el bel spirit que les
faltaba y Werther marcaría la pauta modernista, sociológica y de actualidad: la literatura
como espejo de la sociedad de una época.

El Werther significaba la coronación de los esfuerzos propios por la autonomía poética y


estética, iniciada con el Goetz von Berlichingen y que había supuesto la ruptura con el
drama y la poética clásicos. Esta literatura sentimental se alzaba sobre una base ilustradora
de denuncia y protesta contra unas circunstancias u una moral instituida, lo que la
convertía, además de en una revolución literaria, en una literatura nacional. El Werther
cruzará mares y fronteras, causará escándalo en Inglaterra, hará época y provocará euforia
en Francia e Italia. Llegará con retraso a España y Alemania tendrá por primera vez una
literatura propia y también alcanzará la europeización y la internacionalidad.

La popularidad le llegará a Goethe al acertar en la plasmación de los sufrimientos, penas y


alegrías de Werther con la forma narrativa de moda en la literatura europea de su tiempo: la
forma epistolar. Goethe perfeccionará la senda marcada por sus maestros Richardson y
Rousseau y el conjunto de cartas de Werther al supuesto amigo Wilhelm llevará la rúbrica
personal de la pluma goethiana. Goethe expurgará sus cartas del didactismo de Richardson
y del artificio roussoniano en la Nueva Eloísa, donde intervienen varios destinatarios y
numerosos remitentes.

El subjetivismo alcanza en el Werther su grado máximo. La carta como medio de


comunicación de noticias, sentimientos y vivencias íntimas adquiere ese aire místico de
vehículo de confidencias y confesión de secretos recónditos.

Goethe consigue un mayor efectismo al sustituir por el monologo el dialogo entre los
amantes, habitual en Richardson y Rosseau. Wilhelm, el destinatario principal, se mantiene
siempre en la penumbra. Muy rara vez se deja entrever alguna respuesta a las cartas de su
amigo y suya es la información que nos facilita, disfrazado de editor, sobre los últimos
acontecimientos en la vida de Werther. A través de estos recursos literarios, muy atrevidos
para el siglo XVIII, la novela adquiere un enorme valor documental y de autenticidad.
También el montaje de la narración fue un acierto afortunado del joven autor: el romance
amoroso sirve a menudo solamente de pretexto para intercalar todo tipo de reflexiones
sobre aspectos trascendentales de la vida humana y de la sociedad de su época.

Con habilosa maestría alterna los estilos y acelera o frena el ritmo de los acontecimientos,
como hace al interpolar los cantos de Ossian o la historia del criado amante. El aparente
desorden presta también espontaneidad, naturalidad e incluso hasta mayor dramatismo a la
acción.

De La Nueva Eloísa de Rousseau y de Pamela de Richardson, de las que Goethe aprendería


el estilo epistolar, hay que añadir otra serie de fuentes o modelos literarios que el mismo
autor, muy noblemente, menciona en la misma novela o posteriormente, en Poesía y verdad
o Poesía y realidad, ya que ambas traducciones se dan a su autobiografía.

Respecto a los cuadros paisajísticos y las bellas descripciones de la naturaleza, fiel


compañera a lo largo de todo el relato, Goethe no solo aprende de Klopstock, Homero y
Ossian, a quienes rinde tributo de admiración a lo largo de la novela, sino que conocía muy
bien Los Idilios del poeta suizo Gessner y los tan difundidos entonces Pensamientos
nocturnos de Young.

 “Werther”, síndrome del orden social y de la juventud de una época.

De haber existido a finales del XVIII los medios informativos de nuestro tiempo, el
Werther hubiera acaparado las columnas literarias y la primera página de la prensa
sensacionalista. Porque el Werther causó sensación, sin que el autor ni su editor se lo
propusieran. Pero sensacionalismo se produjo y se puede enumerar algunos de los factores
sociológicos que lo provocaron.

Goethe atribuye el alboroto de su novela al talante pesimista – sentimental de una


generación que: “atormentada por pasiones insatisfechas, sin estímulos externos para
acciones importantes, con la única perspectiva de tener que mantenerse en una vida
burguesa que se arrastra sin espíritu alguno, estaba también abierta para una enfermiza
locura juvenil”.

Salvando distancias, se encuentra con la historia de un caballero contra los libros de


caballería, con una novela inmoral en defensa de la moralidad, con un escrito arreligioso
proclamando la necesidad de la religión.

Sensacionalista fue el Werther porque ponía en tela de juicio desfasados convencionalismos


epocales: era escandaloso en aquellos tiempos entablar un dialogo a tumba abierta en pro o
en contra del suicidio, en favor o disfavor de algunos hechos delictivos como el hurto y que
ponía ante los ojos y la consideración del lector las trágicas consecuencias de aquella
epidemia, del síndrome toxico, tan extendido entre la juventud de su tiempo, el toedium
vitae.

El espíritu juvenil revolucionario inconformista se manifiesta en actitudes rebeldes de


Werther contra las normas institucionalizadas, en el pacto con la naturaleza, fiel compañera
y confidente y sobre todo, en el enfrentamiento del individuo contra una sociedad que
busca domarlo a su capricho.

Goethe, Werther y la juventud intelectual del segundo tercio del siglo XVIII propugnan una
nueva escala de valores asentada sobre las bases del corazón y de los sentimientos que
nunca nos engañan, una moral natural, liberada de la engañosa razón. Una modernidad que
estaba alboreando en la Francia prerrevolucionaria.

Este aspecto sociológico de la novela, que no va reñido con el prerromántico, presenta a un


Werther y a un Goethe auténticos, en la encrucijada de la actualidad de su época,
reafirmando de este modo su historicidad.

Cuando Werther toma su libro o sus pinceles y se planta en la fuente o en la plaza del
pueblo, o va a visitar al viejo pastor o se hace todo oídos al escuchar la historia del pobre
criado rechazado, no se abstrae de la realidad sino que se sitúa entre la gente y a su misma
altura, y ayuda a la moza a subir el cántaro y da unas monedas a la madre con su marido en
paro, y consuela a la vieja anciana, madre del loco Heinrich, etc.

No disfruta de las carnavaladas y mascaradas de los salones, ni de las pantomimas de la alta


sociedad, ni de la compañía de los príncipes, aunque acepte en un principio su invitación.
El tándem Goethe – Werther era constitutivo juvenil de carne y hueso de la época que les
cayó en suerte.

 El “Wether” romántico.

El Werther reúne todos los ingredientes típicos de una novela romántica a la europea. Hay
que destacar que el romanticismo alemán presenta unas características específicas muy
peculiares, y ninguna otra novela de un romántico alemán acaba en suicidio.
Es arriesgado aplicar en la literatura alemana tal etiquetación a una obra de 1774. Pero el
lector sin más y el crítico no especializado no andan faltos de razón. Los entendidos en la
materia la encasillarían en el epicentro del “Sturm und Drang” o en la antesala del
romanticismo europeo.

Romanticismo es esa huida del hogar en busca de la felicidad. Romántico es el incontenible


fluir de lágrimas y castos suspiros, los continuos lamentos, el interminable repertorio de
exclamaciones, la invocación permanente a la era patriarcal y a los héroes germánicos y
helénicos. Romántico es también el marco campestre en que se mueve Werther.

Hay que ver en el Werther ese testimonio, antitético a veces, polivalente siempre, de ese
personaje inconstante e inseguro, en continuo desplazamiento, siempre moviéndose de acá
para allá, al que le sentará bien cualquier distintivo de su época.

 Vivencia – ficción – poesía.

“La relación entre vida y fantasía y la plasmación de la obra es lo que determina todas las
cualidades generales de la poesía. Toda obra poética actualiza un determinado acontecer.
Proyecta, por tanto, ante nosotros, la simple apariencia de un algo real, por medio de las
palabras” (Dilthey).

La cita anterior parece aplicada y pensada a la totalidad de la obra goethiana, parece


pensada en exclusividad para el Werther. El lector de Las desventuras… con algunas
nociones previas sobre los antecedentes genésicos o motivadores de la novela, quedará
perplejo ante ese logro singular: armonía de lo vivencial, lo ficcional y lo poético,
actualización de unos acontecimientos que a través de la coloquialidad y lirismo del
lenguaje dan la impresión de algo real y la ilusión de valor existencial.

Las vivencias de Werther transmitidas a través de ese intermediario tan familiar, directo y
humano que es la carta, es como un girón de vida del autor que hace al lector más
comprensible la vida propia y ajena.

Las diversas experiencias, fracasos o escapadas amorosas con Kathe Schonkopf, como
estudiante de 19 años en Leipzig, las siguientes en Estrasburgo, también como estudiante,
con Friederike Brion, hija del pastor de Sesenheim, y las más dolorosas con Lotte Buff en
Werzlar, le sirvieron de comprensión de otros tantos individuos de su entorno. Esta
enseñanza personal sería instrumento valorativo de la objetividad del mundo circundante: el
mundo interior de los amigos Kestner y Jerusalem, de los funcionarios de justicia, de la
sociedad cortesana, del alma del pueblo y de los niños.

En dosis mejor o peor distribuidas nos va presentando Goethe a través de Werther esos
momentos personales y colectivos, esos retazos, claroscuros, del individuo y la sociedad de
la Alemania del absolutismo ilustrado de Federico el Grande.
 Génesis del “Werther”.

Goethe aconsejado por su amigo Merck, abandona Wetzlar para evitar males mayores. En
sus memorias Poesía y realidad (libro XII) confiesa:

“Me despedí de Charlotte, a decir verdad, con conciencia más tranquila que cuando lo hice
de Friederike, pero no obstante con dolor”.

Transcurría el otoño de 1772. Aquella leve herida tardaría de cicatrizar. Lotte y su recuerdo
irán eslabonados a una serie de acontecimientos que desembocarán en los infortunios y
sufrimientos del joven poeta abogado.

Para olvidar la amarga y repentina despedida de Wetzlar, emprende con algunos amigos una
excursión por el Rin, haciendo escala en Ehrenbreitstein, en casa de la poetisa Sophie von
La Roche. Allí conoce a la hija de ésta, Maximiliane, deliciosa criatura de 17 años, que no
pasa desapercibida a los ojos y al corazón de Goethe.

De regreso a Francfort, su ciudad natal, donde se asienta de nuevo, se apoderan de él la


soledad, la abulia y la desilusión. El único escape que le restaba, las visitas de Mace von La
Roche, casa a comienzos de 1774 con un comerciante de Francfort, Pete Brentano, veinte
años mayor que ella, fueron obstaculizadas por los celos del marido. También pierde a su
hermana Cornelia, confidente desde la infancia, quien por razones de matrimonio residía en
Baden. Igualmente se casan Lotte y Kestner y le participan su enlace algún tiempo después
de celebrada la boda. Para colmo de sus desdichas, el propio Kestner le comunica
detalladamente el suicidio en Wetzlar del común y lejano amigo Jerusalem. Esta sería la
gota que colma el vaso del espíritu inquieto, insatisfecho y muy propenso al suicidio. “la
muerte de Jerusalem sacudióme de aquel sueño”, continua refiriéndose en Poesía y
realidad. Estos episodios se agolparán en su mente y constituirán la trama de la novela.
Con ardor y apasionamiento desahogará en la redacción de las Leiden des jungen Werther
las penas y vivencias de aquellos años. Aislado del mundo exterior, hilvanará
aceleradamente, pero con excepcional maestría todos estos elementos.

“En estas circunstancias tras largos y muchos preparativos secretos, escribí el Werther en
cuatro semanas, sin haberme trazado previamente en el papel ningún plan de conjunto, ni
trazado en él ninguna de las partes” (Goethe). Así nación el primer Werther que fue
presentado en público en la feria de otoño de Leipzig de 1774. El autor prefirió el
anonimato. El éxito no había tenido precedentes. Se suceden las reimpresiones, surgen las
polémicas, nacen las parodias. Goethe es celebrado como el autor del Werther. Durante su
estancia en Italia (1786 – 1788) la gente le asalta en las calles preguntándose si ha existido
Werther y queriendo saber si es todo verdad lo que Werther nos cuenta. Las quejas de sus
amigos, en especial las de Kestner, que se encuentra malparado en la novela, mueven al
poeta a hacer una revisión a fondo de su héroe de juventud. Goethe no era muy feliz con
aquel triunfo escandaloso así se lo comunica a su amiga Charlotte von Stein en carta de ese
mismo año 1776:

“Estoy corrigiendo el Werther y sigo creyendo que el autor no podía haber hecho nada
mejor que suicidarse después de haber puesto el punto final”.

Así nace en 1787 la segunda edición del Werther, la definitiva, corregida y aumentada, la
que suele seguir editándose. La adición más importante es la del episodio del criado
enamorado de su ama y de entre los retoques el más llamativo es el de Kestner, menos
hosco y estirado que en la primera versión.

 Poesía y realidad.

Personajes reales y ficticios relacionados con Werther y Goethe:

Personajes literarios (relacionados con Personajes reales (relacionados con


Werther) Goethe).
1. Charlotte (Lotte). Charlotte Buff.
Maxe Brentano.
2. Werther. Karl Wilhelm Jerusalem.
3. Albert. Johann Christian Kestner.
Peter Brentano.
4. El administrador. El padre de Lotte.
5. Los hermanos de Lotte: Los Hermanos de Lotte Buff:
Hans. Hans, Carline, Georg
Malchen. Ammel, Lene, Fritz.
Mariane. Sophie, Wilhelm
Sophie.
6. Friederike. Friederike Brion.
(la hija del pastor) (la novia de Sesenheim).
7. La vieja amiga. Katharina v. Klettengerg.
8. La viuda, madre de Heinrich. Henriette Bamberger.
9. El pastor de St. El pastor de Sesenheim.

Personajes históricos que le sirvieron de modelo a Goethe:

Charlotte Buff (1753 – 1828): hija del administrador de la Orden Teutónica en Wetzlar, H.
A. Buff, servirá de musa para el joven Goethe de Las desventuras…prototipo de la futura
mujer romanrica: alegre, juiciosa, tierna, responsable, belleza rubia de ojos azules. Pierde
muy joven a su madre y tiene que cargar con el peso del hogar y de sus once hermanos.
Precisamente rodeada de sus hermanos, en esa escena idílica y familiar inmortalizada por el
gran ilustrador del Werther, Chodowiecki, la encuentra Goethe por primera vez poco
después de su llegada a Wetzlar. A los diecinueve años se casa con Johann Christian
Kestner, compañero de Goethe, secretario de embajada, el personaje de Albert en la novela.
Vivió feliz en su matrimonio una vez olvidado el disgusto y escándalo que levantó la
aparición del Werther al quedar en entredicho su fidelidad conyugal. En 1816, anciana de
sesenta y tres años emprende viaje a Weimar para saludar al genio de las letras alemanas,
amigo de juventud, Johann Wolfgang Goethe, motivo que retomará Thomas Mann para su
novela Lotte in Weimar. La decepción fue total al encontrarse con un “viejo” que, si no
hubiera sabido que era Goethe, “y aun así”, no le hubiera producido impresión agradable
alguna.

Karl Wilhelm Jerusalem (1747 – 1772): Si en la primera parte de la novela las penas y
alegrías del joven Werther corresponden con las del joven Goethe en Wetzlar, las tragedias
y amarguras de la segunda se asemejan a las del joven delegado de Braunschweig en el
Tribunal Imperial de Wetzlar. Tal vez sea la figura del joven suicida la más deformada por
la libertad del poeta y, últimamente, por la arbitrariedad de los cineastas. Jerusalem no es el
tímido, sentimental, misántropo y huidizo funcionario poeta que se suicida únicamente por
el rechazo de Elisabeth Herd, esposa de un compañero. El modelo de Werther era amigo
muy estimado de Lessing, quien publicó su obra póstuma y quien nos lo presenta como
joven de carácter alegre, buscador de la verdad hasta sus últimas consecuencias, aunque
ésta le esquivase muy a menudo. Espíritu provinciano y farisaico que se respiraba en
Wetzlar. Todo esto y los enfrentamientos con su superior, quien se negaba a tratar de
“Excelencia”, las calumnias de que fueron objeto él y su familia por parte del “Herr
Hofrat”, aceleraron la decisión de poner fin a su vida con la pistola prestada por Kestner. La
descripción que de los hechos envió éste por carta a Goethe le sirvieron de borrador para su
novela. Incluso la escena final del suicidio está tomada literalmente de la carta de Ketsner.

Johann Christian Kestner (1741 – 1800): el personaje de Albert en la novela es Ch.


Kestner, secretario de legación en Wetzlar cuando llegó Goethe a esta ciudad. El puesto
distinguido y bien remunerado que recibe Albert será el de consejero áulico en Hannover,
donde se traslada Kestner poco después de su boda con Lotte Buff. Era persona muy
honrada y equilibrada y profesional competente. A pesar de los sinsabores que le trajo la
aparición de Werther, mantuvo la amistad y correspondencia con Goethe hasta el final de su
vida.

Respecto a la figura de Albert, Kestner opinaba que en el Werther había mucho del carácter
e ideología de Goethe. El retrato de Lotte correspondía al de su mujer, pero él no podía
reconocerse en Albert.

Peter Brentano (1735 – 1797): la figura de este comerciante de Francfort no adquiere gran
relieve en el Werther. Casado en segundas nupcias con Maximiliane de la Roche, a la que
doblaba en edad, celoso y autoritario, sale mal parado en la novela. Todos los rasgos
negativos del carácter de Albert están tomados de este personaje tan poco agradable a los
ojos de Goethe. De su matrimonio con Maxe nacerán los dos grandes poetas románticos
Clemens y Bettina Brentano.
Maximiliane von La Roche (1756 – 1793): “un angel que atraía hacia sí todos los
corazones con sus cualidades más sencillas y valiosas”, según palabras del propio Goethe.
A los dieciocho años, en enero de 1774, se casa con Peter Brentano, veinte años mayor que
ella. Goethe frecuenta su casa hasta que los celos del marido le prohíben la entrada al
encontrarlos un día tocando el piano a cuatro manos.

Los ojos azules de Lotte Buff serían cambiados en la Lotte del Werther por los fascinadores
ojos negros de Mae, como solían llamarla cariñosamente.

 La cronología y el escenario del Werther.

Dentro del enunciado general de Poesía y realidad exige una leve puntualización el
tratamiento que Goethe hace del tiempo y del espacio o escenario donde se desarrollan los
escasos acontecimientos.

Si la verdad y la autenticidad son fácilmente perceptibles en la captación y presentación de


los personajes, el anacronismo, la arbitrariedad, la fantasía o la libertad poética imperan en
el Werther, aun cuando se da también alguna coincidencia cronológica aproximada, si bien
anticipada.

La primera carta, por ejemplo, leva fecha completa, mes y año; 4 de mayo de 1771. Pocos
días después, sin embargo, Werther nos habla ya entusiasmado del conocimiento de Lotte,
cuando en realidad Goethe no llega a Wetzlar hasta mayo del 72. La acción se ante pone
por tanto un año, si bien es cierto que el baile en el que conoció a Lotte Buff tuvo lugar el 9
de junio, fecha por tanto muy aproximada al baile del Werther.

También hay divergencia temporal en la fecha del suicidio de Jerusalem y Werther. El


primero pone fin a su vida en noviembre de 1772 y Werther en las vísperas de Navidad del
mismo año. La boda de Lotte Buff y Kestner aparece bastante anticipada. Ésta se celebra en
abril de 1773 y, no obstante, Werther, en carta de 20 de febrero de 1771, da “las gracias” a
Lotte y Albert por haberle engañado y no comunicarle a tiempo la fecha de su boda.
Concomitancia cronología se tiene, pero, en la fecha del cumpleaños de Goethe y Werther,
el 28 de agosto.

En cuanto a los lugares de la acción, Goethe es parquísimo a la hora de designar topónimos:


o bien acude a la abreviatura, por ejemplo “el pastor de St.”, o lo silencia totalmente: “la
ciudad en sí es desagradable” y lo mismo hace con el nombre del pueblo natal de Werther o
el de la ciudad donde empieza a trabajar éste como secretario de legación. Y cuando nos lo
revela, como es el caso de Wahlheim, nos recomienda a pie de página que no nos
esforcemos en buscarlo en el mapa porque no lo encontraremos. Es fácil, sin embargo,
identificarlo con Garbenheim, aldea próxima a Wetzlar, y a ésta con la ciudad anónima de
la novela.
 Breve resumen argumental.

La novela, dividida en dos partes o libros, nos cuenta la historia de un joven apasionado y
sentimental, llamado Werther, que abandona su ciudad para retirarse a la soledad de
Wahlheim, aldea idílica donde vive feliz dedicado a la pintura y lectura en contacto con las
gentes sencillas del campo.

Esa felicidad, solo parangonable “a la que Dios reserva a sus santos”, se ve agrandada al
conocer en un baile a Lotte, “un ángel”, “como todos suelen definir a su amada”, pero ya
comprometida con Albert. El amor brota con la fuerza de un torrente en el alma del joven
enamoradizo. Menudean las visitas a casa de Lotte y se repiten las tiernas escenas
hogareñas y campestres. Wilhelm, el destinatario de las cartas de Werther y amigo de sus
confidencias, de sus alegrías y zozobras, le advierte del peligro y le aconseja abandonar la
inactividad de ese retiro que empieza a angustiarle y a asfixiarle.

En un intento de enderezar su vida acepta el puesto de secretario de legación en una ciudad


del sur de Alemania, cuyo nombre no nos revela su autor, comenzando de esta forma el
segundo libro.

Werther, ante la natural impaciencia de su madre y amigos, emprende esta nueva senda, tal
vez para demostrar, como hizo Goethe con su abogacía, que su camino no eran las trilladas
rutas de la burguesía ni los pulidos parqués de los salones.

Werther tiene que soportar el malhumor y las cicaterías del Embajador, su mandamás, y los
festejos y cotilleos de la alta sociedad.

La noticia de la boda de Lotte y Albert agranda su descontento y acrecienta su desasosiego.


No pudiendo soportar más este ritmo de vida pide el cese en su cargo y prosigue su
peregrinación, dirigiéndose a su pueblo natal, donde revive pasados y felices años de la
infancia.

Acepta la invitación de un príncipe, “hombre franco y sencillo”, rodeado de gente


sospechosa. Duda si enrolarse en los ejércitos, no resiste más el aburrimiento de la Corte y
nuevamente inicia el vagabundeo “yo solo soy un caminante…”. La naturaleza se viste de
otoño, “las hojas empiezan a amarillear”, solamente hay un objeto en su vida: “acercarse a
Lotte”. Acercamiento que se consumará con el beso, preludio de lo irremediable:
separación definitiva, desesperación, suicidio. Suicidio ultimado en todos sus detalles: con
las pistolas de Albert, entregadas al criado de Werther por las mismísimas manos de Lotte;
vistiendo el mismo traje que llevaba el día que la conoció, el werthirísimo chaleco amarillo
con la casaca azul; con el drama de Lessing, Emilia Galotti, abierto sobre la mesa y sobre
ésta también una bottela de vino a la que solo le faltaba un vaso.

La acción transcurre en el periodo de año y medio: desde el 4 de mayo de 1771 al 20 de


diciembre de 1772.
 Insólita y polémica acogida del “Werther”.

Las estadísticas dicen que el Werther fue bestseller en la feria del libro de Leipzig de 1774.
Se dispone también de pruebas que atestiguan la popularidad y el entusiasmo que el
protagonista libertino despertó en la juventud lectora de su época. La fiebre wertheriana, el
“furor wertherinus”, epidemia dictaminada por la pluma de Lichtenberg, la moda en el
vestir, el frac azul y el chaleco amarillo a lo Werther, el lacito rosa en el atuendo femenino
como el que llevaba Lotte el día que conoció a Werther, los perfumes, abanicos, porcelanas
y objetos de regalo con motivos de Werther estaban a la orden del día.

El suicidio se hizo más frecuente: el propio Goethe, para su desdicha, hubo de sacar las
aguas del Ilm, riachuelo que bordea Weimar, el cadáver de una joven que la corriente había
arrastrado hasta las cercanías de la casa del parque, residencia veraniega del poeta. Un amor
desgraciado había sido el promotor del suicidio y un ejemplar del Werther apareció en el
lugar de los hechos. Pero, entre la apoteósica explosión de júbilo y simpatía veíanse caras
largas y gestos de desaprobación y se oía el rasgar de vestiduras entre los moralistas,
autoridades y servidores de la ley.

Escépticos y detractores entre los contemporáneos de Goethe.

G. E. Lessing. El gran dramaturgo y autor de Emilia Galotti, expresa en carta a Eschenburg


el placer que le ha causado la novela de Goethe pero…

“para que un producto ardiente no pueda casar más daño que provecho, ¿no cree usted que
debiera ofrecer al final unas breves palabras frías… por tanto, querido Goethe, un capitulo
al final; y cuanto más cínico mejor.

G. Ch. Lichtenberg, el ilustre profesor de Gotinga y celebre proverbista, escribe con dureza
y con su habitual ironía:

“no creo que entre la denominada juventud estudiantil alemana la suma de cabezas vacías
haya sido nunca tan grande como la presente. Ésta es la razón de que haya tantos jóvenes
Werther… el pasaje más bello del libro es el que sigue al punto final”.

Goeze, teólogo protestante hamburgués, conocido por la acalorada polémica dialéctica


sostenida con Lessing, usa tonos muy próximos a los del censor español y enjuicia la obra
del joven Goethe desde la óptica de la moral cristiana:

“¡Dios Santo!, ¿quién hubiera podido pensar hace veinte años que íbamos a vivir estos
tiempos en los que dentro de la iglesia protestante aparecen apologías del suicidio,
permitiéndose ser ensalzadas en los periódicos públicos”.
Los ilustrados berlineses con Heinrich Voss a la cabeza vieron en el Werther un exceso de
sensiblería y como contrarréplica Nicolai se atrevió a escribir una parodia titulada Freuden
des jungen Werther.

Entusiastas y defensores.

Muy diferente fue la acogida entre los correligionarios del “Sturm und Drang”: Lenz,
Schubart, Klinger, etc., y la del mismo Wieland.

Ch. M. Wieland, el insigne representante de la Ilustración alemana, a pesar de haber tenido


por esas fechas un incidente con el joven Goethe, sale en defensa del suicida y del estilo de
la novela:

“Justificar a un solo suicida, o no justificarlo, sino simplemente convertirlo den objeto de


conmiseración, mostrar con un ejemplo que un corazón demasiado sensible una fantasía
fogosa son a menudo nocivas, no significa una apología del suicidio… el estar descontento
con el destino es una de las pasiones más comunes y de ahí la simpatía y el contagio que
provoca el corazón de Werther”.

J. M. R. Lenz, el genial bohemio, indefenso y fiel amigo de Goethe, publicó una serie de
cartas, diez en total, tituladas “Briege uber die Moralitat der Leiden des jungen Werther”
(Cartas sobre la moralidad de las pasiones del joven Werther), comenzando la segunda de
ellas con las siguientes reflexiones:

“usted lo considera como una sutil defensa del suicidio. Esto me recuerda a quienes
solamente quieren ver en la Ilíada de Homero un incentivo al odio, a la reyerta y a la
enemistad. ¿por qué siempre se ha de subrayar la finalidad moral de un poeta, cuando éste
ni siquiera ha pensado en ello?... precisamente en esto consiste el mérito de Werther, en
darnos a conocer pasiones y sentimientos que cada uno percibimos ocultos y confusos y
que nadie sabe ni cómo se llaman ni qué nombres darles. Ahí radica el mérito de cada
escritor”.

Palabras de Hans, el hermano pequeño de Lotte que están tomadas de una carta que escribe
a su hermana y cuñado Kestner:

“A propósito, ¿Habéis leído el Werther? ¿Qué tal, os gusta? Perdonad la impertinencia. Este
libro es un espectáculo. Aquí en la ciudad (Wetzlar) solamente hay dos ejemplares y todo el
mundo quiere leerlo. Cada uno se lo roba al otro como puede. Ayer noche estuvimos
leyendo en un ejemplar sin encuadernar que teníamos de Giessen, papá, Carline, Lene,
Wilhelm y yo; las hojas iban pasando cada una por las cinco manos. Los pequeños Fritz,
Sophie, Georg y Ammel corrían como locos a nuestro alrededor robándoles las hojas a los
mayores, pues habían oído hablar mucho del libro. ¡Podre Werther! Lo leíamos entre risas:
¿Lo escribiría él también riendo?”.
Werther según la crítica moderna.

Georg Lukács, el filósofo y ensayista marxista húngaro que tanto furor hizo en la España de
los setenta, publicó en 1936, durante su exilio en Moscú, una revolucionaria interpretación
del Werther, que ha marcado un hito en la moderna investigación sociológica y en la crítica
goethiana.

Enfrentándose a Engels y a los Jóvenes Hegelianos, Lukács pretende ganarse a Werther


para la causa de su ideología, presentándolo, a pesar de su marcado subjetivismo, como
reflejo de las circunstancias sociales de su época:

“es cierto que el joven Goethe no es un revolucionario, tampoco en el sentido que lo es el


joven Schiller. Pero en un amplio y profundo sentido histórico, en el sentido de una
vinculación interna con los problemas básicos de la revolución burguesa, las obras del
joven Goethe suponen una cota revolucionaria en el movimiento europeo de la Ilustración y
en los preparativos ideológicos de la gran Revolución Francesa.

En el epicentro del Werther se esconde el gran problema del humanismo revolucionario


burgués, el problema de la formación libre y plural de la personalidad humana”.

Roland Barthes, el genial critico francés, nos ofrece una interpretación muy personal del
Werther en el homenaje que tributa a Goethe en “Fragments d’un discours amoureux”:

“Werther se identifica con el loco, con el criado. Yo, lector, puedo identificarme con
Werther. A lo largo de la historia lo han hecho ya millares de individuos, sufriendo,
suicidándose, vistiéndose, perfumándose, escribiendo como si ellos fueran Werther… Una
larga cadena de equivalencias une a todos los amantes del mundo. En la teoría literaria ya
no está muy de moda la “proyección” del lector en el héroe, sin embargo, ésta no dejará de
ser uno de los dominios de mayor exclusiva de toda lectura imaginaria…”.

Ulrich Plenzdorf, autor de “Die neuen Leiden des jungen W.” (Las nuevas pasiones del
joven W.), último vástago de la larga dinastía, adopta la típica postura machista y
displicente:

“El tío ese, el tal Werther, según le llaman, acaba al final suicidándose. Tira simplemente la
toalla. Se abre un agujero en la mollera porque no puede conseguir a la mujer que quiere, y
se lleva un disgusto de campeonato… Creo que si yo estuviese solo en una habitación con
una tía y supiera que como en media hora o algo así no iba a venir nadie, entonces
intentaría todo… Y entonces: supongamos que realmente no había manera. Ésta no era ni
por asomo razón para perforarse. Él tenía un caballo: como si tal cosa hubiera yo tomado
las de Villadiego… Además; ¡ese estilo! Aquello es un hervidero de corazones y almas y
dichas y lágrimas”.
 El “Werther” en España.

Proverbial es ya el retraso con que, por razones de moral, llegó Werther a España. La
primera traducción directa del alemán des de 1835, obra de Mor de Fuentes, habiendo sido
abusivamente manejada y manipulada por la posteridad. Pretender, por tanto, hablar de
impactos, recepciones o repercusiones en sus contemporáneos o en generaciones
posteriores es como hablar de extraterrestres. Tampoco es éste el espacio adecuado para
recopilar opiniones, critica, ensayos, elogios o vituperios que están ya, al menos hasta 1958,
exhaustivamente rebuscados y registrados por dos estudiosos extranjeros, el chileno Udo
Rukser y el francés Robert Pageard en sus respectivos estudios, Goethe en el mundo
hispánico y Goethe en España. El primer paso fue la tesis doctoral del académico español
Emilio Lorenzo.

Las palabras del censor de una edición pirata que intento filtrarse en España enmascarada
bajo el titulo edificante de Cartas morales sobre las pasiones, hablan por sí solas de la
tristísima llegada y consiguiente valoración del Werther en España a principios del siglo
XIX:

“El traductor, a la verdad… debió tener presente que aun cuando aquí no sea recibido con
los mismos honores, no será extraño, porque según una de las reglas de la crítica, las obras
originales van perdiendo algo de su merito con las traducciones; conque ésta, que salió en
Alemania y ha sido transmitida a España por Inglaterra, por Italia y por Francia, perdiendo
algo de su valor en estas aduanas, ciertamente no debe comprarse aquí al mismo precio…

El autor de esta novela usa de algunos pasajes de las Sagradas Escrituras, y esto es contra lo
mandado por el Santo Oficio de la Inquisición, que prohíbe se use de ellas en libros
satíricos, amatorios, burlescos, de novelas, etc., por ser contra el respeto y veneración que
es debido a la palabra santa de Dios, y esto solo basta para que la obra no se dé a la luz. No
sólo se hallan los divinos pasajes entre amores y obscenidades, sino que muchas de las
expresiones son poco conformes con lo que enseña la religión… Concluyo con decir que
esta obra es poco adaptable al genio y gusto español, porque ni divierte ni instruye, según
mi corto entender”.

Afortunadamente, no todas las críticas fueron como la anterior y el Werther fue


escalonando los abruptos Pirineos del larguísimo XIX español, hasta que en nuestro siglo,
la Colección Universal de Espasa – Calpe por los años 20, supone un empujo valioso para
las obras clásicas como el Werther, y los aniversarios goethianos de 1932 y 1949, el ultimo
de 1982, contribuyeron y están contribuyendo a reanimar y actualizar la desdibujada
imagen del “romántico, sensiblero y amoral héroe dieciochesco”.

Actualmente, a pesar de las veleidades del lector español, Los sufrimientos, Las cuitas, Las
desventuras, Las pasiones, etc., en suma, el Werther, continúan editándose en España.