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La década del treinta de María Teresa Gramuglio1


Adrián Gorelik

Publicado en Judith Podlubne y Martín Prieto (eds), María Teresa Gramuglio: la exigencia
crítica. Quince ensayos y una entrevista, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, pp. 27-42.

La obra de María Teresa Gramuglio se ha ocupado de diversos temas y períodos de la historia


de la literatura, ciertamente; pero si se revisa el índice de los trabajos que ella misma
seleccionó para el libro antológico que realizó la Editorial Municipal de Rosario, puede notarse
que la década del treinta en la literatura y la cultura argentinas ha sido uno de sus núcleos
principales, con el doble foco en la cuestión del nacionalismo y la revista Sur.2 Aquí voy a
intentar entender cómo se constituye ese núcleo en el interior de su obra y qué diálogos
establece con la historiografía dedicada al período.
No se trata de sostener que ese período le haya interesado de por sí, ni que ella se
haya considerado alguna vez una historiadora de la década del treinta. Por el contrario,
cuando se sigue cronológicamente la secuencia de los trabajos que Gramuglio le dedica, es
fácil notar que se va encontrando con la década (esto es, con la década como problema) a
partir de su interés por la revista Sur. En efecto, los primeros escritos sobre Sur, publicados en
Punto de Vista en 1983 y 1986, casi no tematizan la cuestión de los años treinta, y cuando pasa
a estudiar el nacionalismo (Lugones y Gálvez), en la década del noventa, el gesto dominante va
a ser desandar la década del treinta hacia atrás.3 Es recién en trabajos de fines de los años
noventa, en los que retoma la revista Sur, cuando parece comenzar a advertir que lo que antes
había sido visto por ella como una “anomalía” —la propia revista como hecho cultural en una
década que no parecía darle lugar—, la obliga ahora a una reconceptualización más general de
la imagen aceptada de los años treinta. Así, su participación en 2001 en el tomo de la Nueva

1
Texto de la presentación realizada el 25 de abril de 2013 en la “Celebración del itinerario crítico de
María Teresa Gramuglio”, III Congreso Internacional Cuestiones Críticas, Centro Cultural Parque de
España de Rosario. Para la escritura del texto he tratado de mantener el tono general de la
presentación, pero excluyendo (casi todas) las referencias personales. Lo que no quiero excluir aquí es el
agradecimiento a los organizadores, en especial a Martín Prieto, por haberme ofrecido el privilegio de
participar en esa celebración por tantas razones memorables. Asimismo, quiero agradecer a Lila Caimari
y Hugo Vezzetti por las inteligentes lecturas, y aclarar que aunque sus críticas no se verán
completamente satisfechas en esta última versión, sin duda ayudaron a mejorarla.
2
El libro se titula Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura argentina, con edición de Daniel García
Helder y estudio introductorio de Judith Podlubne, Editorial Municipal de Rosario, 2013.
3
Me refiero especialmente a los artículos “Sur: constitución del grupo y proyecto cultural”, Punto de
Vista número 17, Buenos Aires, abril-julio de 1983, y “Sur en la década del treinta: una revista política”,
Punto de Vista número 28, Buenos Aires, noviembre 1986. El primer artículo formaba parte de un
dossier sobre Sur que se completaba con textos de Beatriz Sarlo (“La perspectiva americana en los
primeros años de Sur”) y Jorge Warley (“Una acuerdo de orden ético”). Punto de Vista ya había
comenzado la tarea de revisar Sur un número antes, con el artículo de Beatriz Sarlo, “Borges en Sur: un
episodio de formalismo criollo” (número 16, Buenos Aires, noviembre 1982). No voy a analizar aquí los
textos sobre nacionalismo, que pueden encontrarse reunidos en Nacionalismo y cosmopolitismo en la
literatura argentina, op. cit.
2

Historia Argentina de Sudamericana dedicado a esos años no sólo resulta en uno de sus
trabajos más complejos, con su tan lograda aspiración de trazar un fresco completo de la
cultura del período, sino que está en el corazón de un puñado de aproximaciones a Sur y el
ensayo de interpretación que realiza por entonces, lleno de consecuencias en la relectura de la
década.4
Ahora bien, antes de entrar en ella, es importante establecer que si puede haber una
“década del treinta de María Teresa Gramuglio”, es porque hay otras décadas del treinta
diferentes, que debemos recorrer aquí aunque más no sea muy brevemente para entender el
carácter de su intervención. Sabemos que la década del treinta es una “década simbólica”,
como la llamó Carlos Altamirano: con el doble impacto del crack económico y el golpe militar,
el treinta se convirtió en uno de esos momentos parteaguas de la historia argentina, abriendo
para los historiadores uno de los períodos más cargados de interpretaciones y batallas
culturales por su sentido.5
Hay dos representaciones que ya se han vuelto clásicas. La primera se condensa en la
exitosa fórmula “década infame”, que supo canalizar el repudio contra las élites dirigentes
caracterizando, con la carga moral del adjetivo, un conjunto de aspectos que definieron el
Régimen: el fraude electoral, la entrega al capital extranjero, los negociados públicos, la apatía
política colectiva; es una representación que surge durante la misma década y cristaliza en
aquella fórmula apenas se entra en los años cuarenta, imponiéndose muy rápidamente en el
sentido común y haciendo funcionar la década como contracara del peronismo emergente. La
otra representación clásica es la que se centra en la novedad del proceso de sustitución de
importaciones, que se fue conformando en la historiografía económica también desde los años
cuarenta, politizándose y sofisticándose en las décadas siguientes a través de las lecturas
provenientes de diferentes zonas del marxismo, entre Milcíades Peña y el libro célebre de
Portantiero y Murmis; esta representación enfatiza la transformación de la estructura
productiva y los cambios que produjo en las alianzas de clase en los sectores dominantes,
caracterizando el proceso como una modernización conservadora, lo que obligó a modificar
algunos juicios sobre el Régimen y colocó a la década del treinta ya no como contracara, sino
como antesala del peronismo.

4
Ver María Teresa Gramuglio, “Posiciones, transformaciones y debates en la literatura”, en Alejandro
Cattaruzza (dir.), Crisis económica, avance del Estado e incertidumbre política (1930-1943), tomo VII de
la Nueva Historia Argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2001 (el trabajo se reeditó ahora en
una versión ampliada como “Una década dinámica. Protagonistas, transformaciones y debates en la
literatura argentina de los años treinta”, en María Teresa Gramuglio, Nacionalismo y cosmopolitismo en
la literatura argentina, op. cit.).
5
Ver Carlos Altamirano, “Pensar en la Argentina entre dos centenarios”, en Roberto Russel (ed.),
Argentina 1910-2010. Balance del siglo, Buenos Aires, Taurus, 2010.
3

La renovación historiográfica de los años ochenta trajo nuevas representaciones, pero


más que discutir puntualmente con aspectos de las dos clásicas, la gran novedad de lo que se
propuso entonces fue la directa disolución de la década del treinta como período
historiográfico. En trabajos dedicados al estudio de los sectores populares de Buenos Aires,
Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero sostuvieron que la “entreguerra”, ese momento
completamente convencional para la historiografía de Occidente, recortaba también un
período reconocible en la historia social y cultural local; así, desplazaron hacia atrás los
acontecimientos parteaguas, a la reforma electoral de 1912 y la crisis social posterior a la
Primera Guerra, y unieron las décadas de 1920 y 1930 en una única etapa, coherente y
definida, de la evolución de Buenos Aires, una etapa de importantes cambios pero que
transcurrían “callada y tranquilamente”.6 Frente a las imágenes consagradas de los años
treinta, de grandes crisis, conflictos políticos decisivos y fundamentales transformaciones
económicas, la nueva representación no podría haber sido más contrastante —hasta en el
cambio de tono, como si se pasara del drama histórico al relato costumbrista—. Así, la
definición del período “de entreguerra” deconstruyó la década política y económica por
excelencia, en el tiempo sociocultural.
También sobre la ciudad de Buenos Aires fueron los trabajos que Beatriz Sarlo
comenzó a realizar en la década del ochenta, con una versión de esta nueva periodización de
enorme impacto en la historia cultural. Cuando se vuelve a leer hoy Una modernidad
periférica: Buenos Aires 1920 y 1930 —el libro que plasmó más globalmente su visión de la
cultura del período—, resulta claro que la indiferencia que muestra su autora por cualquier
discusión historiográfica sobre los años treinta no es sino el indicio de la naturalidad con que la
“entreguerra” se amoldaba a su objeto.7 Y aunque uno de los sucesos duraderos del libro
puede condensarse en la eficacia de la adjetivación de su título, postuló una periodización que
paradójicamente le restituía normalidad a las vanguardias locales en relación con sus modelos
centrales, devolviéndolas a su espacio natural dentro del escenario transnacional de la
renovación estética. De todos modos, es importante notar que se trata de una entreguerra
bastante diferente de la de la historia sociocultural, muy poco callada y muy poco tranquila,

6
Uno de los objetivos iniciales de esta nueva periodización fue también encontrarle explicaciones a la
aparición del peronismo; en ese sentido, los autores postularon que los cambios de “la entreguerra”
prepararon el humor social reformista que podía explicar la buena recepción de las clases populares al
mensaje de Perón (como se ve, aunque en otra clave, coincidieron con la hipótesis de la continuidad
entre los treinta y el peronismo sostenida por la representación de la “década modernizadora”).
Gutiérrez y Romero comenzaron a publicar estas hipótesis hacia 1985; los principales artículos en los
que la sostuvieron pueden encontrarse en su libro, Sectores populares, cultura y política. Buenos Aires
en la entreguerra, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1995.
7
El libro es de 1988, pero algunas de sus hipótesis principales venían siendo exploradas por Sarlo en
diversos artículos en Punto de Vista a lo largo de toda la década de 1980.
4

que elude el tono monocorde de la aventura del progreso para mostrarnos el ritmo sincopado
de la modernidad local con sus diversas intensidades (como ejemplifica el arco de autores
abordados, de Oliverio Girondo y Roberto Arlt a Arturo Jauretche y Ezequiel Martínez Estrada).
El período quedó convertido a partir de entonces en un territorio cultural de temas y
problemas que impidió recuperar la unicidad excepcional de la década del treinta (los trabajos
de Sylvia Saítta son un buen ejemplo de la fluidez con que comenzaron a entenderse los
desplazamientos culturales a lo largo de las décadas del veinte y el treinta), aunque también se
fueron proponiendo matices que, manteniendo la caracterización general de la “entreguerra”,
permitieron ver ciertos rasgos diferenciales entre sus dos décadas (pienso, por ejemplo, en el
fuerte conservadurismo social que señalan para la década del treinta los trabajos de Lila
Caimari sobre la delincuencia), retomando un diálogo polémico con algunas de las imágenes
clásicas.8 Y basta mirar muy por encima la historiografía cultural producida en todos estos años
entre nosotros, para entender que el impacto de esta nueva periodización excedió con creces
la limitación geográfica con que se propuso en los trabajos pioneros: aún con centro en Buenos
Aires, la entreguerra pareció ofrecer claves explicativas mucho más abarcantes.
La década del treinta de María Teresa Gramuglio participa sin duda de ese fermento:
muy atenta a las continuidades del territorio de la entreguerra, pero asumiendo nuevamente
que los treinta componen una región con una coloración específica. ¿Qué la caracteriza? Si
hubiera que cifrar la respuesta en una consigna, podría decirse que la operación de Gramuglio
—muy consciente en sus consecuencias polémicas— es la de un reemplazo: saca el ensayo de
interpretación nacional del centro de intelección de la década, y coloca a Sur. Es notorio que
este gesto cambia el tono con que se piensan los años treinta y, especialmente, abre un frente
explícito de discusión con el grupo Contorno —y creo que es posible afirmar que Gramuglio es
la única de su camada generacional, tan marcada por aquel grupo (en especial ella misma, que
se formó en Rosario cuando la Universidad del Litoral estaba bajo el influjo de varios de los
contornistas), que se da esa tarea (lo que la convertiría en una suerte de “parricida” al
cuadrado).
El gesto de reemplazo es, como dije, muy consciente y polémico, pero Gramuglio va
arribando a él por gradaciones —y esto permite una primera definición de su trabajo: sobre
una batería de hipótesis muy firmes y meditadas en las aproximaciones iniciales a un tema, la

8
En Mientras la ciudad duerme. Pistoleros, policías y periodistas en Buenos Aires, 1920-1945, Buenos
Aires, Siglo XXI editores, 2012, Caimari hace una aguda reflexión sobre los tonos “menos apacibles” y
“más conservadores” que aparecen en la sociedad de los años treinta frente a la de los veinte, cuando la
examina desde su perspectiva temática (ver especialmente la “Introducción”). Debo también mencionar
aquí la idea de “modernización sin reforma” que propuse en mis trabajos de historia cultural urbana de
Buenos Aires en los años noventa, que participa del mismo clima de revisión.
5

progresión del razonamiento se desplaza a través de leves modulaciones—. Los argumentos


con los cuales saca de escena al ensayo de interpretación parecen irrebatibles: apoyándose en
una temprana constatación de Adolfo Prieto que indicaba que El hombre que está sólo y
espera, a pesar de publicarse en 1931 y haberse utilizado rutinariamente como evidencia de
ciertas características novedosas de los treinta, era en verdad un producto cabal del
martinfierrismo de la década anterior, Gramuglio va incluso más atrás para mostrar que tanto
los temas como las formas le vienen a la ensayística del siglo XIX —coagulándose
especialmente en el Centenario—, y que sus preocupaciones y su tono (las “espléndidas
amarguras” de Martínez Estrada, en la conocida expresión de Borges) tuvieron como
desencadenante mucho más poderoso que la crisis y el golpe de 1930, las imágenes que
habían dado del país los viajeros culturales del cambio de década (Keyserling, Frank y Ortega,
los tres vinculados con Sur).9 De tal modo, Gramuglio desarma la secuencia entre ensayística,
década del treinta y crisis, tan firmemente establecida en el imaginario sobre el período.
Los argumentos sobre Sur merecerían mucho más detalle, porque están desplegados a
lo largo de una serie de artículos complejos y muy matizados, que además recorren veinte
años de trabajo de nuestra autora.10 Básicamente, se sostiene que Sur está en el corazón de lo
más nuevo de la década del treinta, coloreando las dos dimensiones que la vuelven una
“década dinámica”. En primer lugar, las transformaciones de la narrativa: Sur es presentado
más que como medio de difusión, como laboratorio para Borges y su grupo; pero hay más, ya
que de toda la enorme vitalidad narrativa que tiene la década, nos dice Gramuglio , sólo
Roberto Arlt quedó afuera de la capacidad de visión e innovación de la revista. En segundo
lugar, contra la asentada imagen de la “parálisis generalizada” y la “apatía intelectual” de la
década, la intensidad de sus debates político-intelectuales, lo que lleva a reperiodizarla en
función de ellos (colocando en primerísimo plano el quiebre que supuso en el campo
intelectual local la Guerra Civil española y el comienzo de la Segunda Guerra) y a definir la
formación cultural que fue el grupo Sur como una “constelación política”. Esta fórmula es
utilizada en uno de los artículos más recientes (“Sur en los años cuarenta. Políticas de la

9
Ver especialmente María Teresa Gramuglio, “Momentos del ensayo de interpretación nacional, 1910,
1930”, en Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria, número 10, Rosario, diciembre de
2002. También en esta última cuestión (la importancia de las representaciones de los viajeros),
Gramuglio filia su hipótesis en el trabajo análogo que Adolfo Prieto había realizado con los viajeros del
siglo XIX en Los viajeros ingleses y la emergencia de la literatura argentina.
10
La serie de artículos sobre Sur puede seguirse en Nacionalismo y cosmopolitismo en la literatura
argentina, op. cit. Judith Podlubne, en el prólogo de su libro Escritores de Sur. Los inicios literarios de
José Bianco y Silvina Ocampo (Rosario, Beatriz Viterbo, 2012) hace una valoración muy precisa de las
hipótesis de Gramuglio, en cuyas líneas generales coincidimos; el prólogo ofrece un excelente análisis de
toda la revisión de Sur realizada desde los años ochenta, mostrando la originalidad y radicalidad con que
se la encaró y sus consecuencias en la evaluación más general de la literatura argentina.
6

literatura”, de 2002), pero la afirmación polémica (y provocadora, en el contexto de la


tradición de interpretaciones de izquierda sobre la empresa de Victoria Ocampo) de que Sur
fue una “revista política”, ya aparecía desde el título en el segundo artículo que publicó
Gramuglio en Punto de Vista en 1986.11
Ahora bien, a pesar de la firme continuidad en estas hipótesis, creo que es posible
notar algunos cambios sutiles entre aquellos trabajos de los ochenta y el nuevo momento de
abordaje de la cuestión política en Sur quince años después, con una mayor identificación de la
autora con su objeto. Y creo que un texto clave para notar el clivaje es uno que escribe en
1999 sobre el tópico de “las minorías y la defensa de la cultura”, que pone en el centro las
relaciones de la revista con la crítica literaria inglesa: con una argumentación exquisita, el
artículo rastrea uno de los temas que hicieron de Sur una revista tabú para la “izquierda
nacional”, el elitismo, mostrando que el mismo venía cargado de una densidad política e
intelectual que obligaba a descartar cualquier lectura de clase, inmediata y reductiva.12 De
todos modos, aquí deseo resaltar algo diferente: el hecho de que los dos argumentos con que
Gramuglio reorganiza las hipótesis existentes sobre Sur ganan legibilidad, en tanto propuesta
historiográfica sobre los años treinta, en la discusión con Contorno. Tan es así, que esa
discusión comienza a hacerse explícita justamente a partir de la caracterización de la década:
en el momento en que Gramuglio tiene que ofrecer una visión global de los años treinta,

11
Ver “Sur en la década del treinta: una revista política”, op. cit. El artículo comienza aclarando que el
titulo no busca ser una provocación, lo que no hace más que señalar la conciencia de Gramuglio del
grado en que sí lo era. “Adjudicar a Sur, ese sujeto incómodo de nuestra historia cultural, el predicado
de la politicidad como uno de sus rasgos definitorios, implica poner en cuestión las imágenes más
difundidas acerca de la revista”, se señalaba allí, puntualizando las dos maneras con que se había
juzgado la relación de Sur con la política hasta entonces: la que denunciaba el “desdén casi olímpico” de
Sur por toda forma de la política; o la que denunciaba el carácter objetivamente político de Sur en tanto
revista de (y al servicio de) la oligarquía (“de la cual sería en el mejor de los casos un simple vocero —y
en el peor un maquiavélico agente— en el ámbito cultural”).
12
Ver “Las minorías y la defensa de la cultura. Proyecciones de un tópico de la crítica literaria inglesa en
Sur”, Boletín del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria número 7, Rosario, 1999. Esta
sugerencia de una creciente identificación de Gramuglio con su objeto merecería un análisis más
minucioso, que está por fuera de las posibilidades de este escrito. Pero quizás pueda servir como
indicación para una indagación sobre los cambios experimentados en nuestro campo intelectual a lo
largo de la transición democrática. Insistiendo en que lo que prima en el análisis de Gramuglio sobre Sur
es la coherencia y la continuidad, encuentro la pista de esos cambios en un leve desplazamiento de los
énfasis: porque si lo que orienta a nuestra autora desde los primeros trabajos es una voluntad de
comprensión de un fenómeno clave de la cultura argentina —que para ser asumido como tal debía ser
liberado de una larga tradición de descalificación sumaria en la que dominaba el mero prejuicio
ideológico—, esa comprensión no eliminaba cierta distancia y ciertos reparos, en especial frente a las
limitaciones del liberalismo de Sur en su primera década, y a su anticomunismo rabioso después; en este
nuevo momento, en cambio, aunque no se abandonan algunos de esos señalamientos, el énfasis mayor
está puesto en la prédica de Sur contra los regímenes autoritarios, y el elitismo se convierte —por la vía
paradójica de una línea de resistencia a las grandes transformaciones de la modernidad que remata en
el conservadurismo de Eliot— en un “elitismo modernizador” (ver en especial “Sur. Una minoría
cosmopolita en la periferia occidental”, en Carlos Altamirano (dir.), Historia de los intelectuales en
América Latina, Buenos Aires, Katz, 2010).
7

decide hacerlo a través de un desmontaje mordaz de la que había ofrecido Juan José Sebreli en
el artículo de tapa del primer número de la revista de los Viñas, “Los martinfierristas, su
tiempo y el nuestro” —artículo que fue leído como lo más parecido a un manifiesto que tuvo
Contorno en sus primeros números—.13 Allí, Sebreli había propuesto un encadenamiento de
metáforas (la conversión de la borrachera irresponsable de los años veinte en resaca y
catástrofe en los treinta, y del carnaval del país liberal, en su velorio) y una serie de figuras
para representar la vida intelectual de la década (el suicidio, el destierro, la evasión) que
retomará casi literalmente en varios de sus libros posteriores y que Gramuglio examina como
condensación de las “evaluaciones disfóricas” de los años treinta con que Contorno marcó
buena parte de los lugares comunes de la cultura literaria.14
Pero si esta discusión comienza a hacerse explícita en los textos de finales de los
noventa, es fácil notar que ya desde mucho antes toda la recuperación de Sur tenía como
contendiente implícito las lecturas que Contorno había hecho de la revista; en este sentido,
podría decirse que desmontar lo que Contorno dijo sobre Sur suponía desmontar también lo
que la emergencia del peronismo había hecho retrospectivamente de la revista (y de la década
del treinta): suponía volver a entenderla en su propio contexto (un reclamo característico de la
fuerte conciencia histórica que, creo yo, ha sido uno de los aportes principales de Gramuglio al
pensamiento sobre la literatura argentina). Lo que parece cambiar, a partir de que el debate
con Contorno se vuelve explícito, es que Gramuglio va a poder avanzar en un cuestionamiento
historiográfico más general, cuya progresión podría esquematizarse en dos movimientos.
Primero, en su artículo sobre la década del treinta, cuestiona el mecanicismo que traslada sin
mediaciones los juicios de la esfera política a la literaria, buscando reponer la dinámica
intrínseca de esta última (el principal contendiente aquí parece ser David Viñas). Podría decirse
que este primer movimiento está habitado por una convicción relativista, como si la
persistencia en el ámbito literario de la identificación excluyente de la década del treinta con la
infamia fuese el resultado de una suerte de “atraso” frente a la historiografía, motivado por la

13
Ver Beatriz Sarlo, “Los dos ojos de Contorno”, Punto de Vista número 13, Buenos Aires, noviembre de
1981.
14
Ver “Posiciones, transformaciones y debates en la literatura”, op. cit. El ejemplo quizás más claro, por
literal, de esa línea de continuidad en la cultura literaria, puede verse en el tomo dedicado a la década
de 1930 de la colección dirigida por David Viñas, “Literatura argentina siglo XX” (en verdad, la colección
cambió varias veces de nombre y de formato: una de las versiones anteriores se llamaba “Historia social
de la literatura argentina”, y el tomo que aquí es el tercero, iba a ser el octavo). El título del tomo
aparecido en 2007 es en sí toda una declaración de principios respecto de la persistencia de la
caracterización: La década infame y los escritores suicidas. Y aunque el interior del volumen es bastante
heterogéneo, en el capítulo inicial escrito por la compiladora, María Pía López, se retoman tanto aquella
visión de la década como las formas del análisis: justamente, López dedica una nota al pie a confrontar
las hipótesis con que Gramuglio las había refutado; ver La década infame y los escritores suicidas (1930-
1943), Paradiso, Buenos Aires, 2007.
8

fuerza de una tradición crítica marcada a fuego por el paradigma Contorno. Pero muy poco
después, el foco en el tema de la ensayística la lleva a Gramuglio a advertir que ese paradigma
está extendido también en la más actual historiografía (como para encontrarlo en frases de
Oscar Terán y Luis Alberto Romero, por ejemplo), manteniendo cautiva a la ensayística en una
caracterización de la década que esa misma historiografía había contribuido a desarmar. Por lo
tanto, el segundo movimiento ya supone un gesto más totalizador: la asunción de que
modificar el juicio sobre la ensayística de los treinta implica completar la tarea de renovación
comenzada en la historiografía y romper con la suerte de encantamiento que la mirada de
Contorno ha impreso sobre todo el campo cultural. El corolario implícito del debate podría
pensarse así: sólo desde la literatura —ese tronco dador de sentido de la cultura argentina—
se pueden desmontar los dispositivos de lectura que ella misma creó.
Pero este esquema de las representaciones sobre la década del treinta, que parece
hasta aquí bastante claro en términos de sus transformaciones históricas y disciplinares, se
complica extraordinariamente por la aparición de un personaje tan fundamental en una
revisión de este tipo, como inesperado: un miembro muy lateral de Contorno —tan lateral que
uno dudaría incluso de pensarlo como miembro—, y que sin embargo ha mostrado una
fidelidad a toda prueba a la visión de la década bajo el signo de la crisis —visión que entonces
ya no sería sólo de Contorno, sino de toda una fracción generacional—. Se trata de Tulio
Halperin, el historiador que una y otra vez nos sorprende por haber adelantado, a veces en
apenas una línea de textos muy tempranos, lo que el resto de los historiadores tardamos luego
muchísimo en comprender, y que a comienzos de los años 2000 publicó dos libros sobre la
década que parecen volver todo a fojas cero —recuerdo la expresión entre azorada y divertida
que usó Oscar Terán para comentar su aparición: “volvió la década del treinta”—.15
Y volvió la política, con mayúsculas, especialmente en el segundo de esos dos libros, La
República imposible (1930-1945) —Halperin selecciona allí las fuentes y escribe un “Estudio
preliminar” de más de 300 páginas abigarradas con una tipografía de cuerpo ínfimo—, porque
se trata seguramente del ejercicio de histoire événementielle más excepcional que se haya
escrito entre nosotros (dedica, por ejemplo, unas 30 páginas sólo al momento del golpe).
Como siempre ocurre con Halperin, la tarea de resumir sus argumentos nos coloca al borde del
mutismo; sin embargo, hay algo muy claro en este libro: la reiterada definición del treinta
como “fin de ciclo”, “encrucijada decisiva”, momento de apertura de una etapa de
estancamiento político e intelectual, de “conformismo y cerrada reacción”. Por supuesto, el

15
Los dos libros son La Argentina y la tormenta del mundo. Ideas e ideologías entre 1930 y 1945, Buenos
Aires, Siglo XXI editores, 2003; y La República imposible (1930-1945), Buenos Aires, Biblioteca del
Pensamiento Argentino, Ariel, 2004.
9

primer llamado de atención que producen estos trabajos es acerca de las diferentes
temporalidades que exige la historia política respecto de la cultural (y cuando se examina
buena parte de la mejor historia política realizada en los últimos años sobre esa época, se
confirma la continuidad de la periodización clásica). Sin embargo, la recuperación del foco en
la política de los años treinta no es inocente en el caso de Halperin, especialmente teniendo en
cuenta que se realiza en un libro cuyas problemáticas, como él mismo reconoce en la
“Advertencia”, se suponía que iban a estar colocadas en el registro de la historia de las ideas y
las ideologías; pero apenas trató de hacerlo, nos explica, descubrió que “pese a un reciente
florecimiento” de estudios sobre la década, “el cuadro que todavía hoy traza de ella nuestra
historiografía está lejos de ser lo bastante preciso para que pueda utilizárselo sin más como
telón de fondo de los específicos procesos cuyos desarrollos se trata de seguir acá”, lo que le
impuso la tarea de “reconstruir la intrincada historia política” del período. 16
El foco en la política es entonces especialmente provocativo, porque es una operación
consciente de que su proyección sobre el terreno cultural implica el desplazamiento de otras
representaciones. Así, Halperin insiste en el contraste radical entre los años veinte y los treinta
también en el mundo de las ideas: una de sus definiciones más tajantes, en este sentido, es
que toda la riqueza de ideas de la década de 1920 va a quedar constreñida, en la siguiente,
sólo al campo de la economía. Y respecto de la ensayística, esta vuelve a ser entendida como
una cantera de respuestas intelectuales a la crisis, lo que nos coloca nuevamente —a pesar de
que la habitual ironía de Halperin lo inmuniza contra los tonos patéticos de Contorno— frente
a aquel dramático encadenamiento entre ensayo, crisis, soledad y apatía que Gramuglio había
identificado como condensación de los juicios contornistas. De hecho, Halperin insiste en uno
de los más clásicos de esos juicios: la incomprensión sufrida por Martínez Estrada, que sólo
habría podido ser leído cabalmente en los años 50, cuando se pudo apreciar su eficaz
expresión “del temple colectivo inspirado por los bloqueados horizontes en que permanecía
encerrada la República imposible”.17 Quizás la mejor explicación a este modo de leer la década
del treinta pueda encontrarse en la advertencia que el mismo Halperin escribió en 1994 para la
reedición de “Crónica de treinta años”, el célebre artículo con que había contribuido al libro
editado por Sur en 1963, Argentina 1930-1960; allí señaló que su principal esfuerzo en la
comprensión de la década del treinta había estado puesto en intentar “desplazar las imágenes
de una memoria colectiva alimentada por rencores políticos por otra parte demasiado

16
Ver Tulio Halperin Donghi, La República imposible (1930-1945), op. cit.
17
Puede decirse que Halperin juzga toda la ensayística a partir de la centralidad que da a los eventos
políticos; por lo tanto, la misma se convierte en evidencia por definición de la imposibilidad de los
intelectuales de los años treinta de actuar: decidieron ser testigos, lo que los habría convertido en
buenos representantes de la mayoría política y social.
10

justificados” (y para quienes piensen que por razones de edad la generación de Contorno no
podía ser parte de esa memoria colectiva, alcanza con ver el espléndido uso que, para descifrar
uno de sus sectores fundamentales, el de las memorias del radicalismo depuesto, Halperin
hace de la autobiografía de Martha Mercader, de su misma edad, y del libro de memorias de
Gladys Onega, años más joven que él, en La República imposible).18
Todo este largo excursus sobre la década del treinta de Tulio Halperin quizás no sirva
aquí mucho más que para dejar indicada una fuente privilegiada en la que seguir sondeando la
persistencia del signo de la crisis en las representaciones historiográficas, lo que sin duda le
otorga mayor relevancia al argumento de Gramuglio, aunque al mismo tiempo, al enfrentarnos
a una versión tanto más sofisticada, nos hace advertir que su desmontaje seguramente nos
llevaría a revisar implicancias de esa representación que van bastante más allá de la mirada de
Contorno. Como sea, es notorio que cuando Gramuglio dice Contorno está pensando en la
fracción más propiamente denuncialista del grupo, en la que no entran Halperin, ni Prieto
(quien por el contrario aparece varias veces, como vimos, alimentando las hipótesis de nuestra
autora —ni siquiera es mencionado su Borges y la nueva generación, de 1954, seguramente su
único libro propiamente denuncialista—), ni Ramón Alcalde (a quien se celebra en uno de los
textos como “uno de los integrantes más rigurosos de Contorno”), ni Noé Jitrik, por mencionar
algunos de los nombres principales. Y esto es así porque en esos autores no aparece aquello
que más impugna Gramuglio en el discurso contornista: no tanto el denuncialismo en sí, sino el
uso de la literatura como metáfora sin mediaciones de la política y la sociedad; una operación
de resultados paradójicos, ya que al mismo tiempo que desestima lo propio de la literatura, le
otorga a ella un rol imperial de explicación de la totalidad histórica.
Y estas críticas al contornismo quizás permitan, en espejo, tentar una segunda
definición del trabajo de María Teresa Gramuglio. Ya que si ella tampoco se priva de apelar —
aun en dosis muy controladas— a la escritura partisana, hace un culto de recortar el campo
literario para entender su dinámica propia, con lo que sin embargo consigue producir una
urdimbre histórica densa, capaz de dialogar con la mejor producción historiográfica. Quizás se
trate más que nada de una diferencia de talante intelectual que, finalmente (si se me permite
una última evaluación bastante más personal), pueda servirnos para explicar ese enigma que
para todos los que la admiramos a María Teresa ha supuesto siempre la falta de un libro suyo
—falta que muchos de sus amigos sentimos no sólo como el resultado de su mezcla de
perfeccionismo y desinterés, sino como la contenida impugnación de todos los que publicamos

18
Ver Tulio Halperin Donghi, Argentina en el callejón, Buenos Aires, Ariel, 1994. Las menciones a las
memorias de Mercader (Para ser una mujer [1992]) y Onega (Cuando el tiempo era otro. Una historia de
infancia en la pampa gringa [1999]), en La República imposible, op. cit.
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nosotros, y que, como se señaló al comienzo, la Editorial Municipal de Rosario vino ahora a
subsanar trayéndonos un poco de alivio—. Hay una frase de Oscar Masotta que a mí me gusta
especialmente por la nitidez y la franqueza con que define ese tipo de talante intelectual
contornista que aquí deseo presentar como exactamente inverso del de Gramuglio. En la
dedicatoria de uno de sus primeros trabajos, Masotta confesaba: “Hay aquí algunas mentiras
que no dejan de turbarme: quien escribió esto sabe mucho más de lo que realmente yo sé. La
trampa consiste en aparentar estar en posesión de lo que uno está solamente en vía de
conquista”.19 Frente a ese talante intelectual que combina conocimiento y apariencia, quizás
pueda entenderse que Gramuglio no tuvo hasta ahora un libro porque habría debido ser el
libro imposible que supiera tanto como ella sabe.

19
La dedicatoria fue a Carlos Correas, que la reprodujo en su libro La operación Masotta. Cuando la
muerte también fracasa [1991], Buenos Aires, Interzona, 2007. Y ya que de confesiones se trata, debo
decir que también yo me reconozco, a mi pesar, en ese talante intelectual tan argentino que expresa
Masotta.