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En busca de un modelo

A través de los tiempos la humanidad se ha visto reiteradamente enfrentada a


situaciones límites sin haber tomado conciencia de cómo pudieron llegar a suceder ni de
qué hacer para que no se repitan. Así se generaron etapas oscurantistas llenas de mística
y miedos que produjeron formas demagógicas de subyugar a las masas ignorantes.

En busca de un modelo

Los niños generalmente temen a la oscuridad, la soledad, etc. y buscan protección en


sus padres y mayores. Cuando crecen, el conocimiento y la experiencia que adquieren
de los adultos les permite superar aquellos temores de la infancia.
Cuando los adultos no logran superar desafíos desarrollan temores, distorsionan su
percepción de la realidad y detienen su crecimiento espiritual. Sea un niño o un adulto la
causa del temor es la misma: la ignorancia, consecuencia de una percepción parcial de
la realidad. El miedo surge para enseñarnos a buscar más allá de lo inmediato.
Pretendemos limitar la realidad a lo que conocemos, pero tarde o temprano la vida nos
enfrenta a situaciones que nos superan y queramos o no finalmente deberemos resolver.
El miedo no es sino el resultado de una vida concentrada en lo cotidiano sin tomar
conciencia de lo trascendente: los desafíos que expanden nuestra conciencia y
percepción de la realidad. El miedo paraliza nuestro potencial de desarrollo y señala la
falta de objetivos. Así como los niños se desarrollan imitando a sus padres y mayores,
los adultos necesitamos de un propósito trascendente y un modelo de quién aprender.

El temor a IHV”H es el principio del conocimiento (Mishlei -Proverbios 1:7)

El aprendizaje, en todas las etapas, se basa en superar conflictos. Temor y amor son los
dos aspectos que inducen al aprendizaje. El temor aleja y el amor acerca. Temor y amor
son formas de relación tanto con el prójimo como con HaKadósh Barúj Hú. El temor
relaciona negativamente, separa del objeto temido, el amor unifica con el objeto amado.
No obstante, el amor sin temor destruye los límites y el respeto. Hay un temor que es el
comienzo, la etapa infantil del conocimiento, pero si una relación se basa sólo en temor
y no desarrolla amor es incompleta. Si te amo temo perderte, si no temo perderte
significa que aun no te amo. El temor a sufrir produce movimiento en pos del
conocimiento y el conocimiento produce amor y el amor des-cubre lo que nos une. La
Ketubá -Acuerdo matrimonial judío- establece que el hombre debe respetar a su esposa
aun más que a su propio cuerpo. Cuanto más respeto más amor. El amor es una energía
tan poderosa que puede destruir si no se establecen los límites y la forma de
implementarlo. De ahí las mitzvót -preceptos de expansión y contención de la energía
que determina la Halajá -Código legal judío- en lo referente al cuidado que debemos

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tener en todas las formas que manifestamos nuestros deseos. El deseo en su forma
instintiva es egoísmo y concluye en desprecio. En cambio, el deseo depurado es el
altruismo que genera amor.

Construir o diluir

El propósito del trabajo espiritual de Israel consiste en refinar el deseo de forma tal que
cada uno de nuestros actos revele la unidad armónica de toda la realidad. Cuando
actuamos, sentimos y pensamos aplicamos una dirección que puede construir o diluir
nuestra conciencia de la armonía. De acuerdo a la Torá toda actividad puede revelar lo
sagrado, lo que une, si la implementamos con objetivos altruistas. Cada actitud
transforma nuestra energía en pensamientos, sentimientos y actos. De acuerdo a la
forma en que lo hagamos estaremos colaborando a espiritualizar y revelar el bien que
existe en cada aspecto de la realidad o, por el contrario, a ocultar la unidad armónica
que rige la vida. La Torá nos ayuda a des-cubrir a través de cada mitzvá -acto de bien
que realizamos- de qué forma lo sagrado se manifiesta y cómo el ser humano, centro y
objetivo de la Creación, lo conecta y unifica.

La voluntad

La raíz de los seres humanos es la voluntad, la fuerza interior que nos sostiene. El deseo
atrae hacia sí la plenitud, pero para que esta llegue a su destino debemos absorber las
energías que estamos preparados para transformar en altruismo y posponer aquellas que
aun no alcanzamos la voluntad para dominar. La Torá nos brinda para ello un sistema de
discernimiento –la Halajá- que entrena al deseo confrontándolo a principios superiores
lo cual, por ende, desarrolla la voluntad.

Los miedos

Los seres humanos atravesamos varias etapas hasta que logramos superar las
dificultades y superar nuestros miedos. En el pensamiento podríamos discernir y superar
los temores concretizando nuestros actos armónicamente. En el plano mental
comprendemos «claramente» lo que debemos hacer, pero cuando no logramos la
voluntad para implementarlo dejamos un hueco, una falta en el corazón.
La esencia del alma es Luz y bondad. Cuando lo que comprendemos no lo aplicamos en
nuestra vida, nuestra esencia no lo soporta y la Luz deja de fluir armónicamente. Los
pensamientos se tornan entonces negativos y surge el sentimiento de culpa que activa
las emociones y finalmente el miedo que paraliza y nos sume en la oscuridad.

Fuerza espiritual

La voluntad altruista nos impulsa a romper las cáscaras, el temor, el egoísmo y alcanzar
la energía para dar «nuestro fruto». Como el árbol que necesita de buena tierra, aire y
agua para dar de sí, el hombre debe rodearse del ambiente que lo estimule a desarrollar
su potencialidad. La raíz extrae su vitalidad de la tierra y cada árbol es parte
indispensable de un ecosistema. Similar ocurre con cada hombre y grupo humano, se
universalizan cuando proyectan su particularidad -dan su fruto- para el beneficio de toda
la humanidad. Para ello necesitamos del ambiente mental-emocional adecuado y guías
que nos ayuden a revelar nuestra verdadera esencia.

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Los desafíos que revelan

Reiteradas veces el deseo transita por los mismos caminos cómodos y que, por lo tanto,
no ofrecen ningún desafío. El discernimiento superior -la Torá- nos incentiva a
desarrollarnos y expandir nuestra realidad en pos de la Luz Infinita, pero como muchas
veces no lo «oímos», surge la oscuridad, las cáscaras y durezas –el vacío- que nosotros
mismos creamos. No obstante la Torá nos guía con mano firme, y cuando realmente
escuchamos (Shemá Israel) comprendemos que las dificultades son sólo desafíos y la
realidad es el objetivo que surge cuando los superamos.