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Una independencia, muchos caminos.

El caso de Bolivia

(1808-1836)

Armando Martínez, Manuel Chust (eds.)

Braz A. BRANCATO, Manuel CHUST, Ana FREGA, Ivana FRASQUET, Jairo

GUTIÉRREZ, Armando MARTÍNEZ, Juan Luis ORREGO, Inés QUINTERO,

María Luisa SOUX


ÍNDICE

Una independencia, muchos caminos.

Parte I

1. La crisis de la Monarquía Hispánica.

2. Los diputados americanos en la Junta de Bayona.

3. La eclosión juntera en la Península.

4. La opción de Carlota Joaquina de Borbón en el Río de la Plata.

5. Otro camino: La difícil constitución de un estado en las provincias del

Río de la Plata.

6. Las posibilidades del Virreinato del Perú.

7. Las tempranas juntas en la Audiencia de Charcas.

8. La Junta de Quito.

9. Las guerrillas de Charcas.

10. La eclosión juntera en el Nuevo Reino de Granada.

11. La eclosión juntera en la Capitanía General de Venezuela.

12. Balance del movimiento juntero.

Parte II

13. Guerra de independencia… contra los franceses. Una reflexión de la

“rumorología”.

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14. Las provincias americanas en la Constitución de Cádiz.

15. El manifiesto de Cartagena.

16. La reacción fernandina.

17. La Constitución de Colombia.

18. El Trienio Liberal en España, 1820-1823.

Parte III

19. Las opciones del Virreinato del Perú.

20. La posibilidad de integrarse en la República Argentina.

21. La opción de agregar Charcas al Perú.

22. La vía posibilista de la independencia de un Estado-nación boliviano.

23. Los estragos de la Carta de Bolivia en la Nueva Granada.

24. El debate en torno a la Carta de Bolivia en Venezuela.

25. La opción de federación de Bolivia y Perú.

26. Reconocimiento internacional de la soberanía de Bolivia.

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UNA INDEPENDENCIA, MUCHOS CAMINOS.

Reflexionar sobre el proceso constituyente de un estado nacional en la época

moderna significa componer un texto de historia política. Toda acción política

acontecida fue, en el fondo, la imposición de la posibilidad de ser socialmente que contó

con mayor consenso o fuerza, en detrimento de otras posibilidades que fueron

debilitadas o derrotadas en su momento.

El examen crítico de las fuentes documentales correspondientes a los dominios

americanos de la Monarquía Hispánica del período comprendido entre 1808 y 1826

muestra una gran diversidad de posibilidades políticas de ser socialmente, expresadas

tanto en la Península Ibérica como en las Indias, originadas en la crisis de la soberanía

de dicha monarquía y en la posterior restauración de Fernando VII como monarca

absoluto en 1814. Como resultado de esa crisis, las jurisdicciones de las antiguas

audiencias y virreinatos indianos se transformaron en dominios soberanos de los nuevos

estados nacionales que fueron constituidos bajo la dirección de militares, abogados,

comerciantes y eclesiásticos, al tiempo que los dominios peninsulares se dieron en

Cádiz una carta de la monarquía constitucional.

Durante este período, las provincias de la Real Audiencia de Charcas atendieron

a varias posibilidades políticas de ser socialmente, hasta que el impacto de un ejército

suramericano y la imaginación de sus propios intelectuales impusieron la opción de

erección de un Estado-nación soberano que hasta hoy se nombra con la advocación de

un afortunado militar caraqueño.

Este texto presenta varias singularidades interpretativas que lo hacen, creemos

los autores, particular en el ámbito de las independencias iberoamericanas. La primera

4
es que las independencias y la independencia de Bolivia obtiene en este texto una

interpretación historiográfica posible del proceso iberoamericano que condujo a ese

resultado, inesperado para la mayoría de sus actores, construido desde un limitado

cuerpo de documentos seleccionados y desde su crítica por un grupo de seis

historiadores iberoamericanos que se reunió en Santa Cruz de la Sierra durante los días

24 y 25 de agosto de 2005, bajo los auspicios de la Cátedra andina de las

Independencias de la Organización de Estados Iberoamericanos, la Agencia Española

para la Cooperación Internacional y el Convenio Andrés Bello. A ellos se les unieron

amablemente tres más para completar la verdadera dimensión iberoamericana.

Aunque se trata de un caso de historia nacional, pues Bolivia fue construida

durante el siglo XIX como un estado-nación con pretensiones de modernidad, la

perspectiva analítica de este texto colectivo se ha negado a ser “nacionalista”, es decir, a

hacerle concesiones a las retóricas de los publicistas nacionales de los dos siglos

anteriores. Se quiso poner a prueba la perspectiva iberoamericana en la tarea de

examinar críticamente las fuentes seleccionadas, pues el proceso de transición de las

provincias de Charcas a un nuevo estado-nación reunió varias posibilidades de

existencia política en la circunstancia de congregación de fuerzas armadas de diferente

designio. El desenlace, no planeado por persona alguna, es la actual República de

Bolivia. Pero en ese momento pudo haber sido otro, tal como anunciaba la interesada

denominación “Alto Perú”, los compromisos de algunos dirigentes charqueños en el

Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata, o la tozudez del general Olañeta.

Hoy nos parece “natural”, en retrospectiva, el resultado; pero en esa experiencia

histórica sus actores parecían estar participando en un juego de azar. Es por ello que

creemos que si este texto desmitifica alguna consideración de las independencias es su

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“inevitabilidad” interpretativa. Y en segundo lugar, su teleología nacionalista. El estado

se conquistó y la nación se construyó, podríamos concluir, al estilo Hobsbawm.

Este texto fue proyectado hacia los profesores de la enseñanza básica de Bolivia,

en especial para los que forman una nueva generación de docentes en las escuelas

normales, pues la reunión de Santa Cruz de la Sierra intentaba aproximar a los maestros

con los historiadores profesionales para innovar la práctica de la enseñanza de la

historia. La fecundidad de la propuesta de reducir las mediaciones que se interponen

entre las fuentes contemporáneas y los jóvenes escolares se manifestó aquí como una

aproximación de los maestros a las fuentes originales, salvando la intermediación de los

libros de texto. Es posible que la meta de eliminación de las mediaciones no pueda

cumplirse, dado que la propia fuente ya es una mediación entre sus contemporáneos y

nosotros, pero la estrategia didáctica puede arrojar en el futuro interesantes resultados.

Ojalá que éste sea uno de ellos para el atento lector. No obstante la propuesta inicial se

vio completada con las servidumbres que puede albergar un texto más complejo y

especializado universitario. Texto que finalmente tiene el lector ante sí.

Los editores queremos agradecer en primer lugar a la OEI, la AECI y al Programa

Andrés Bello el interés por financiar la reunión académica aludida. También a los

maestros bolivianos, tanto cruceños como paceños, por sus apreciables sugerencias. A

los autores de este libro, grupo construido en estos últimos años bajo las reuniones

anuales de los organizadores antes citados y que ha conseguido cierto grado de cohesión

y, sobre todo, de interpretación hispana, global, trasnacional de las independencias. Sin

que por ello cada uno haya tenido que dejar su metodología y concepción de la historia.

Por último, quisiéramos agradecer al Servei de Publicacions de la Universitat

Jaume I de Castellón que tuvo desde el primer momento mucho interés por este

proyecto, en especial a su editora Carmina Pinyana y a su director Francisco Beltrán.

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Parte I.

1. La crisis de la Monarquía Hispánica.

El 23 de marzo de 1808 las tropas napoleónicas de Joaquín Murat entraban en

Madrid. No hubo alborotos populares, levantamientos militares o protestas religiosas.

Según los cronistas, la indiferencia del pueblo madrileño presidió el desfile de las

fuerzas armadas napoleónicas. Después, cambiarán las cosas.

La presencia de tropas francesas en la Corte, determinadas ciudades y

guarniciones españolas era una de las consecuencias del Tratado de Fontainebleau

firmado por Carlos IV y Napoleón el 27 de octubre de 1807. Por este acuerdo la Corona

española y el estado bonapartista renovaban su alianza. Esta vez el objetivo común era

invadir Portugal. Nada nuevo. En 1796 ambas potencias habían firmado el Primer

Tratado de San Ildefonso que tuvo una continuidad en 1802 con un segundo Tratado. Ya

en esos años el objetivo lo constituía Portugal.

Los tres primeros artículos del Tratado de Fontainebleau no dejan dudas sobre

sus intenciones. El Tratado comportaba la ocupación del territorio luso y su tripartición.

El norte para el Rey de Etruria, el centro a decidir después del triunfo armado de ambos

estados y el sur para el Príncipe de la Paz, Manuel Godoy. Para tales fines la Monarquía

española permitiría el paso en su territorio de 28.000 soldados franceses para que se

unieran a las tropas españolas en su avance hacia Portugal. Para Napoleón, en su

estrategia de Bloqueo Continental, el territorio luso era una pieza fundamental para

vencer a Gran Bretaña.

Desde la derrota de Trafalgar en octubre de 1805, Gran Bretaña también

representaba para la Monarquía española el verdadero gran enemigo a derrotar. Las

razones eran distintas para la Francia napoleónica. Tras el hundimiento de buena parte

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de la flota Real española en esa batalla naval, el dominio marítimo británico fue

aplastante, lo cual devino, para la Corona española, en una pérdida no sólo de control

sino de seguridad absoluta, de su sistema de flotas que trasladaba las rentas indianas

desde el norte y sur de América hasta la península. Los temores en este sentido de la

Corona española tras Trafalgar se evidenciaron muy pronto. Buenos Aires, arteria

principal de la ruta de la plata del Potosí, fue ocupado por los ingleses en la primavera

de 1806. De inmediato Gran Bretaña hizo prevalecer su poderío marítimo tras Trafalgar.

El gran problema, para la Corona española, fue su incapacidad para poderle hacer frente

en el mar. Buenos Aires corrió su propio destino sin ayuda de la armada real española.

Toda una lección que las milicias bonaerenses y sus dirigentes no olvidarán unos años

después. La ayuda sólo podría llegar desde la Banda Oriental, en donde las fuerzas

españolas se habían batido desde hacía décadas con los portugueses y británicos que

acosaban las posesiones americanas de la Corona española desde territorio brasileño. Y,

como es sabido, no llegaron. Fueron las milicias bonaerenses quienes desalojaron a los

británicos de suelo porteño.

Pero unas semanas más tarde, para la Francia napoleónica el sino de la guerra

cambiará, a diferencia que para la Corona española. Días después de Trafalgar aconteció

la batalla de Austerlitz. Esta contundente victoria de los ejércitos franceses supuso a

Napoleón prácticamente el dominio continental europeo. A ello se sumó la paz de Tilsit

con Rusia en 1807. Tras estos dos grandes hechos, batalla y paz, la estrategia

napoleónica contra Gran Bretaña cambió rápidamente. Las razones del Bloqueo

Continental se evidenciaban cada vez más claramente en la estrategia napoleónica por

acabar con Gran Bretaña. El poderío marítimo británico tenía que ser estrangulado

desde el mar, es decir, ocupando los puertos aliados que le servían de bases navales para

el abastecimiento y reparación de su poderosísima flota.

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El Tratado de Fontainebleau se convirtió para la Corona española y Manuel

Godoy1, no en un error, como ha calificado gran parte de la historiografía española

haciendo recalar todas las culpas en Carlos IV y Manuel Godoy y exonerando a

Fernando, sino en una obligación, una auténtica necesidad dada la problemática

coyuntura tras la derrota naval. Mucho más si cabe, tras la ocupación inglesa de Buenos

Aires.

Pero el Tratado contenía más artículos importantes. Por el artículo 12 Napoleón

se comprometía a reconocer a Carlos IV Emperador de… ¡las dos Américas! al término

de la contienda con Portugal. El artículo, que servía como garantía para el monarca

español, suponía además una garantía de compromiso de éste contra las pretensiones de

los británicos de seguir ocupando los puntos neurálgicos en América. El objetivo de la

Corona española se evidenciaba. Aconteció que Napoleón también tenía oculta otra

táctica respecto a este artículo.

Mientras el artículo 12 del Tratado reservaba los territorios americanos para el

monarca español, -¿es que no eran suyos?-, el artículo 13, olvidadísimo por la

historiografía española, revelaba los verdaderos objetivos de la Corona española y el

Emperador francés. Ambos se comprometían a repartirse el gran botín, que no era sólo

el territorio portugués peninsular sino las restantes posesiones coloniales que tenía la

dinastía Braganza: Brasil. Con ello podían dar un golpe maestro a los británicos, no sólo

ocupando los neurálgicos puertos de Lisboa y Oporto, sino también a la base naval

británica enclavada en Río de Janeiro. Ocupada la metrópoli lusa, el gran objetivo era

detener a la Familia Real portuguesa y sustituirla por quien designara Napoleón. Es

decir, detener a Juan VI de Portugal casado con Carlota Joaquina, hija de Carlos IV. ¿No

era lo que estaba haciendo desde hacía siete años en toda Europa? Sustituir familias

reales por su propia dinastía. ¿Por qué la Corona portuguesa iba a ser una excepción?
1
Emilio La Parra, Manuel Godoy,

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Con ello la Corona española podría empezar a evitar la constante amenaza que los

británicos estaban ejerciendo sobre las posesiones y rentas coloniales americanas. Es en

esta dinámica general, hispana, global, en donde Fontainebleau tiene una explicación

más amplia que se escapa a visiones interpretativas peninsularcéntricas.

Joaquín Murat entró con sus tropas en Lisboa en noviembre de 1807. Un día

después que la familia real portuguesa hubiera huido, protegida por la Armada Real

británica, rumbo a… San Salvador de Bahía para luego establecer su corte en Río de

Janeiro. La colonia brasileña2 se volvía refugio de la Corona portuguesa. Alguien va a

tomar buena nota de lo acontecido en este episodio. En varios sentidos.

Entre noviembre de 1807 y febrero de 1808 el Tratado de Fontainebleau se fue

ejecutando por lo que respecta a la entrada de tropas francesas en el territorio español.

Sólo que en vez de 28.000 soldados que era lo acordado, los espías de Manuel Godoy

advirtieron que a principios de marzo más de 120.000 soldados franceses habían

cruzado la frontera.

Ante esta potencial amenaza, Godoy va a convencer a Carlos IV y María

Cristina de que Napoleón los iba a traicionar. Frustradas sus expectativas de apresar a la

Familia Real portuguesa, planea hacer lo mismo con la española.

Los hechos se precipitan en estos primeros días de marzo. Godoy hace salir a los

reyes españoles de Madrid custodiados por un cuerpo de ejército de casi 30.000

soldados. El destino: el puerto de Cádiz. El objetivo final, el mismo continente que los

reyes portugueses, pero en el hemisferio norte: Veracruz, Nueva España. La ruta, el

camino real: Aranjuez, Sevilla y Cádiz. Conocedor de ello, Napoleón mueve sus piezas

en el tablero. La costa está lejos, aún hay tiempo, a diferencia de Portugal. Es en la

primera población, Aranjuez, cuando el 15 de marzo de 1808 el Príncipe de Asturias, se

2
Joao Paulo G. Pimenta, Brasil y la independencia de Hispanoamérica, Universitat Jaume I, Castellón,
2007.

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adelanta. Alienta, moviliza y protagoniza el Motín de Aranjuez. Golpe de estado

fernandino contra sus padres y Godoy que se reviste de elementos populares. El día 19

de marzo Fernando VII se proclama Rey en Madrid. Cuatro días después, Murat desfila

por las calles madrileñas. Es el 23 de marzo de 1808. La crisis de mayo está próxima.

En escasas semanas, la crisis de mayo de 1808 se va a precipitar. Fernando se

proclama Rey el 19 de marzo. Sólo dos semanas después viajará para que Napoleón le

reconozca como tal en Bayona. Hábil, el estadista francés, también reúne en la

población fronteriza francesa a la familia real. Los acontecimientos se sucedieron y,

como es conocido, Napoleón no sólo no reconocerá a ambos sino que conseguirá que el

hijo renuncie en favor del padre y éste en favor suyo.

La crisis está planteada. En Madrid, el vacío de poder es notorio. Ningún

miembro de la familia real está en la Corte. Ni siquiera el infante don Antonio, hermano

de Carlos IV, que también ha huido a Bayona con toda la familia real. El consejo de

Castilla, a quien se ha dejado como delegado del poder, permanece petrificado ante la

llegada de la renuncia, con sello real de Carlos IV. Joaquín Murat, duque de Berg, ha

sido proclamado Regente de… los Reinos de las Españas e Indias. La monarquía

española se desmorona, en sólo unos días ha cambiado de titular. También en América.

Las consecuencias inmediatas también son conocidas. Líderes populares se

levantan contra el que, ahora sí, consideraban un ejército invasor. Alcaldes de

poblaciones poco numerosas escriben bandos declarando la guerra a Napoleón, como el

de Móstoles, o capitanes que van a alcanzar rápidamente el apelativo de patriotas como

Daoiz y Velarde sublevan sus tropas contra sus antiguos aliados. La guerra también se

extiende al territorio peninsular de la monarquía española. Es más, se va a convertir en

la guerra de España.

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2. Los diputados americanos en la Junta de Bayona.

Napoleón tenía preparada una estrategia política perfectamente diseñada para “el

problema de España”. Ésta pasaba por convocar unas Cortes en Bayona que aprobaran

una Constitución. La novedad residió en que en estas Cortes se van a convocar, es decir,

designar, a representantes americanos. Esto es, el Estado afrancesado que reemplazaba a

los monarcas absolutos Borbones había diseñado conscientemente toda una estrategia en

la cual intentaba atraer al criollismo ilustrado americano al diseño del nuevo Estado que

empezaba a surgir desde Bayona. Toda un novedad, sutil, atrevida, pero inteligente para

atraerse a sectores económicos y políticos americanos.

Así, mientras se recibían en las provincias indianas las noticias relativas a los

sucesos madrileños del 2 de mayo y a la retención de los reyes por parte del que ya era

calificado como el “corso ateo”, seis ilustres americanos fueron invitados a asistir, como

diputados, a la Juntas Constituyentes que el emperador francés, con la colaboración de

los peninsulares afrancesados, va a organizar en Bayona.

Se trataba de dos neogranadinos, un clérigo novohispano, un hacendado

caraqueño y dos comerciantes de Buenos Aires que se encontraban residiendo en la

península por distintos motivos. En este orden, fueron Ignacio Sánchez de Tejada (El

Socorro, 1764-Roma, 1837), Francisco Antonio Zea (Medellín, 1766-Londres, 1822),

José Joaquín del Moral (canónigo de la Iglesia Metropolitana de México), José Odoardo

y Granpré (hacendado natural de Caracas), y los comerciantes José Ramón Milá de la

Roca y Nicolás de Herrera.

Durante la sesión del 22 de junio de 1808 intervinieron Sánchez y Del Moral

para exponer “los medios que podrían emplearse para conservar unidas a la Metrópoli

las posesiones españolas de América” y “las concesiones que podrían hacerse a aquellos

naturales para atraerlos más y consolidar los vínculos que nos unen”. Oídas estas

12
razones, la Junta de Bayona acordó pasar al Gobierno el discurso de Sánchez de Tejada

para que fuesen acogidas sus propuestas “a propósito y practicables”, encaminadas a

“reunir y estrechar con nosotros a los americanos, que son una parte de la familia

española, domiciliada en otro territorio”3.

Dos días después, el mismo Sánchez leyó en la séptima junta una Memoria y

expuso, “con elegancia y energía”, la absoluta necesidad de incluir en la Constitución la

creación de “un Ministerio separado de Indias”.

En el debate de la décima reunión un tema presidió la discusión: la

representación política de las provincias americanas. Así, estos diputados defendieron el

derecho que asistía a las provincias de Yucatán y el Cuzco para contar con un diputado

propio en las Cortes dada su “situación y extensión”. En esta misma sesión se acordó

extender a las provincias americanas las mismas calidades exigidas a los peninsulares

para ser diputados a Cortes. No fue todo, las demandas políticas y de representación

también se extendieron a las económicas. De inmediato se propuso una de las

reivindicaciones largamente esgrimidas por el criollismo ilustrado como fue la adopción

de un Código de Comercio similar tanto para España como para la América.

Una vez presentado el proyecto de estatuto constitucional por orden del

emperador francés, cuatro de los diputados americanos presentaron sus observaciones

para adecuar ese texto a “las circunstancias particulares” de los reinos que

representaban. El diputado de Caracas admitió entonces la igualación que se había

hecho de los americanos respecto de los peninsulares, pero pidió una providencia

especial que asegurara a los naturales de América el acceso al Senado y a los Consejos

de Estado y Real en una proporción mínima de dos o tres personas. Con ello pretendía

que fuese borrada “la odiosa distinción entre los habitantes de ambos continentes y que

3
Acta de la Junta quinta celebrada el día 22 de junio de 1808. En: Congreso de los Diputados. Diario de
sesiones. Actas de Bayona (Serie histórica, 2). CD-ROM.

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al cabo de algún tiempo formen una misma familia”. Es más, y ello es muy importante,

los dos diputados de Buenos Aires pidieron la abolición de la palabra “colonias” en el

texto del estatuto constitucional, y que fueran sustituidas por la palabra “provincias

hispano-americanas” cada vez que se hablara de las posesiones de la Monarquía en

América y Asia, e insistieron en la necesidad de la creación del Ministerio de Indias4.

Una vez aceptado el texto definitivo de la Constitución por la Diputación

General reunida en Bayona (7 de julio de 1808) se vio el estatus que habían alcanzado

las provincias indianas en la nueva monarquía de José I Bonaparte: el título X (De los

reinos y provincias españolas de América y Asia) estableció que los reinos y provincias

americanas gozarían en delante de “los mismos derechos que la Metrópoli” (artículo

87), disfrutando de libertad de cultivos e industria (artículo 88), de comercio entre sí y

con la Metrópoli (artículos 89 y 90), y con derecho a tener permanentemente ante el

Gobierno 22 diputados “encargados de promover sus intereses y de ser sus

representantes en las Cortes” (artículo 91). Charcas, el Cuzco y Yucatán, por ejemplo,

adquirieron el derecho a tener un diputado elegido por los ayuntamientos de sus

respectivos territorios (artículos 92 y 93). Además, el rey nombraría de entre la

diputación americana al menos seis diputados adjuntos en la Sección de Indias del

Consejo de Estado, con “voz consultiva en todos los negocios tocantes a los reinos y

provincias de América y de Asia”. En el ámbito judicial, las Indias se gobernarían en

adelante, como parte “de las Españas”, por un solo código de leyes civiles y criminales

(artículo 96) y un único código de comercio (artículo 113).

En términos de representación, los diputados americanos consiguieron en

Bayona el reconocimiento de su legitimidad para obtener la representación política en

igualdad de derechos políticos. Lo cual va a dotar de una singularidad totalmente

4
Observaciones que sobre el proyecto de Constitución presentado de orden del Emperador a las Juntas
de Españoles celebradas en Bayona, hicieron los miembros de éstas. En: Congreso de los Diputados.
Diario de sesiones de Cortes. Actas de Bayona (Serie histórica, 2). CD-ROM.

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novedosa hasta ahora a la Constitución de Bayona y al establecimiento del nuevo estado

afrancesado de la monarquía de José I Bonaparte. Es más, le otorgaba una tercera parte

de todos los diputados a Cortes por parte de los reinos y provincias de la Monarquía.

Es obvio que el cambio dinástico en el Estado del antiguo régimen había traído

una novedad política al introducir elementos reivindicativos del Setecientos en la

Constitución de Bayona, pero: ¿cómo fueron recibidos estos cambios en las provincias

americanas? La respuesta por compleja no deja de poder sintetizarse: mal. A pesar de

que Napoleón mandó agentes y comisionados con las “buenas nuevas” a los territorios

americanos –La Habana, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, etc.– éstos fueron

recibidos con precauciones y desconfianza al principio. Al final, pasados los meses de

incertidumbre sobre lo acontecido en la península, y cuando la “explicación” de la

traición del ateo e irreligioso cundió y fue hegemónica, los huesos de la mayor parte de

estos comisionados fueron a parar a la cárcel cuando no a la horca. El proyecto político

en Bayona de Napoleón no cuajó en general, ni en la península ni mucho menos a

distancia, en América.

Desde el púlpito y desde las hojas volantes y de los publicistas emergió una

lucha tenaz contra el sistema napoleónico. En seguida el estado francés fue calificado

como ateo, irreligioso, demoníaco y antipatriótico. A este conjunto de anatemas

contribuyó de inmediato el sistema del ejército francés de “vivir sobre el terreno” que

provocó incesantes conflictos y problemas con la población por sus continuas

exigencias de contribuciones pecuniarias y en especie. Lejos de un ejército aliado se

padeció de inmediato como un ejército de ocupación.

3. La eclosión juntera en la península.

15
Durante los meses de julio y agosto de 1808 comenzaron a llegar a América las

noticias de lo ocurrido en Bayona en marzo anterior. A las ya de por sí inquietantes

informaciones se unieron la confusión y la estupefacción provocadas por el desembarco

de los enviados de Napoleón Bonaparte que en muchos casos llegaron al mismo tiempo

que los comisionados por la Junta de Sevilla. El 16 de julio arriban a Caracas a bordo

del bergantín Le Serpent los dos emisarios franceses con los despachos firmados por el

secretario del Consejo de Indias en los que se ordena publicar los decretos relativos a las

abdicaciones de Carlos IV y Fernando VII a la Corona de España y de las Indias y el

nombramiento del duque de Berg como teniente general del reino. El mismo día, la

corbeta de guerra Acosta, llega al puerto de La Guaira con los informes ingleses acerca

de lo ocurrido en Bayona, la reacción del pueblo madrileño producida el 2 de mayo y el

nuevo armisticio entre Gran Bretaña y la monarquía española, ofreciendo auxilios y

protección entre ambas potencias para defenderse de los franceses. Pocos días después,

el 29 de julio, se presenta el comisionado por la Junta de Sevilla –José Meléndez

Bruna– quien solicita la sujeción de las autoridades a la soberanía de aquella junta.

Situaciones similares se produjeron a lo largo del continente americano. Juan José

Pando y Sanllorente, el comisionado de la Junta sevillana llegó a Santa Fe el 2 de agosto

de 1808, el 19 del mismo mes, haría lo propio José Manuel de Goyeneche en

Montevideo, mientras a Nueva España arribaban Manuel Francisco de Jáuregui y Juan

Gabriel de Jabat el 31 de agosto.

La confusión e incertidumbre de lo que estaba pasando en la península

alimentaban todo tipo de rumores acerca de quién gobernaba y qué se debía hacer. Con

todo, una cosa parecía clara, la monarquía española ya no estaba en guerra con Gran

Bretaña, sino con Napoleón. El cambio de alianzas debía producirse para afrontar al

enemigo francés, otrora aliado.

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La reacción ante semejantes noticias fue variada dependiendo de las autoridades

gobernantes y de la situación particular de cada lugar, sin embargo, hubo una primera

respuesta unánime incuestionable: jurar fidelidad a Fernando VII, legítimo monarca del

reino. Las ceremonias de jura al uso se realizaron en las capitales y ciudades principales

americanas, el 12 de agosto de 1808 en Montevideo, el 13 del mismo mes en México, y

el 31 en la ciudad de Puebla de los Ángeles, el 11 de septiembre en Santa Fe, el 6 de

octubre en Quito, el 13 en Lima, y el 16 en Aguascalientes, el 12 de diciembre en

Asunción de Guatemala, diez días después en Tegucigalpa, y en algunos casos se

prolongaron hasta 1809 debido a la lejanía de los lugares, como en Baja California

donde se produjo la ceremonia de jura en febrero de 1809. A partir de ahí la formación o

no de juntas estará condicionada por la capacidad de las autoridades y vecinos

“principales” implicados en el proyecto así como por el momento en el que se vayan

conociendo las distintas noticias producidas en la península.

Los dos años que transcurren entre 1808 y 1810 deben ser analizados

pormenorizadamente en cada territorio y puestos en relación con lo que ocurre en el

resto de América, Europa y la península, si no, difícilmente llegaremos a tener una idea

de lo que supuso el desmoronamiento de la monarquía hispana. Además, habrá que

distinguir entre las juntas que se erigieron antes de 1810 y las que lo hicieron después,

pues sus objetivos e ideales fueron bien distintos en función de la coyuntura política y

bélica de la monarquía.

La primera junta reunida en territorio americano en nombre de Fernando VII fue

la de Montevideo el 21 de septiembre de 1808. Presidida por el gobernador interino

Francisco Javier Elío, estaba integrada por altos funcionarios y oficiales del ejército y la

marina, grandes comerciantes y hacendados, oficiales de los regimientos de voluntarios,

curas, alcaldes, síndicos y letrados. Su postura ideológica fue legitimarse recurriendo a

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la tradición hispánica y apelando a la Constitución del reino y el derecho natural a la

conservación, así como a la igualdad entre peninsulares y americanos. El 25 de mayo de

1809 la Audiencia de La Plata en territorio altoperuano destituía a su presidente y se

erigía en Junta gubernativa. Comenzó entonces una labor propagandística, defensiva y

de medidas económicas. Envió emisarios a otras ciudades para que explicaran lo

sucedido, organizó las milicias y levantó defensas en la ciudad y asumió el control de

las Cajas Reales. Poco después, el 16 de julio de 1809, con ocasión de la festividad de la

virgen del Carmen se produjo un alzamiento en la ciudad de La Paz que terminó con la

reunión de un cabildo abierto y la formación de la Junta Tuitiva. Esta junta reunió

milicias, nombró autoridades, recogió armas y pólvora y quemó los registros donde

figuraban las deudas al fisco de la monarquía pero, sin embargo, no consiguió apoyos en

el resto del territorio. Por el contrario, el virrey Abascal del Perú solicitó el control

militar de la zona enviando un ejército a sofocar el levantamiento, poco después, la

junta sería disuelta y sus miembros ajusticiados.

También en el reino de Quito se formó una junta el 9 de agosto de 1809. Ésta se

componía de treinta y seis vocales, todos ellos americanos, quienes en nombre de

Fernando VII pretendían gobernar el territorio. Durante los casi tres meses que estuvo

funcionando, la junta de Quito realizó reformas económicas, redujo impuestos a la

propiedad, abolió las deudas y suprimió los monopolios del tabaco y el aguardiente. Su

actuación no encontró el apoyo necesario en otras ciudades como Popayán, Guayaquil y

Cuenca, lo que favoreció el regreso del presidente de la Audiencia, Ruiz de Castilla y el

restablecimiento de los antiguos privilegios.

En el resto de territorios americanos hubo proyectos e intentos de formar juntas

gubernativas del mismo estilo de las que existían en la península. El virrey de Nueva

España, José de Iturrigaray lo intentó entre los meses de agosto y septiembre de 1808,

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encontrando la oposición de la Audiencia, que deseaba mantener todo como estaba y la

del Cabildo, quien insistía en la formación de una junta que asumiera competencias

autónomas para decidir sobre el futuro del virreinato mientras el rey permaneciera

“cautivo”. En la Capitanía General de Guatemala, no se organizaron juntas antes de

1810 pero sí se reunieron las autoridades para decidir sobre el futuro del territorio en

una junta general en agosto de 1808. Venezuela reunió a las autoridades capitalinas

caraqueñas en un cabildo el 17 de julio de 1808, en el que las posiciones encontradas

acerca de la soberanía y legitimidad de esa reunión favorecieron la obediencia a las

autoridades francesas en la península. Sin embargo, el capitán general, Juan de Casas,

promovió la formación de una junta de carácter gubernativo, solicitando el apoyo del

ayuntamiento. A pesar de todo, la oposición de la Audiencia y la llegada del

comisionado de la junta de Sevilla reclamando la soberanía para sí, provocó una gran

tensión y discusión acerca del tema de la soberanía. En esa situación de bloqueo,

algunos vecinos representantes destacados de las mejores familias caraqueñas, tanto

peninsulares como americanos, decidieron reunirse para retomar el proyecto de

formación de la junta, sin embargo, la respuesta de las autoridades a estas reuniones fue

la persecución y prisión contra todos los participantes. En el nuevo Reino de Granada se

tiene conocimiento de la junta formada en Quito durante el mes de agosto de 1809.

Inmediatamente ésta fue desconocida por las autoridades de Cuenca, Popayán y Pasto.

La noticia llegó oficialmente al virrey Amar el 1 de septiembre quien reunió a las

principales autoridades para deliberar sobre la cuestión. Los miembros capitulares del

cabildo de Santa Fe van a proponer la formación de una junta gubernativa para

entenderse con la de Quito, pero el virrey no accedió a esta petición.

En Buenos Aires los acontecimientos se precipitaron tras conocerse las noticias

de la ocupación francesa de la península y la guerra contra Napoleón. El virrey Liniers,

19
por su origen francés fue el objetivo del tumulto popular que se produjo en la capital el

1 de enero de 1809, en el que una delegación del cabildo exigió su renuncia y la

formación de una junta gubernativa. Las milicias levantadas en los años anteriores para

la defensa de la ciudad frente a las invasiones inglesas apoyaron al virrey e impidieron

la formación de la junta.

Mientras tanto, en el cercano territorio de la capitanía general de Chile, el

reconocimiento a las autoridades instituidas en la península fue inmediato y por lo tanto

no se planteó la posibilidad de formar junta alguna gubernativa. Un caso parecido, pero

con un fuerte componente fidelista fue el del virreinato del Perú. El virrey Abascal

abortó cualquier intento de promover una reunión juntista en Lima en septiembre de

1809, deteniendo a los acusados de conspirar para la formación de un cuerpo de este

estilo. Anteriormente ya había enviado sus tropas contra las juntas de Quito, Chuquisaca

y La Paz y rechazado la posibilidad de que Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII

y esposa del rey portugués Joao VI, asumiera la soberanía del territorio. También hubo

intentos de formación de juntas en la isla de Cuba, donde Francisco Arango y Parreño

pretendía en julio de 1808 constituir la junta de La Habana. A pesar de ello, y de tener el

apoyo del capitán general de la isla, la idea fracasó por la resistencia de los militares

criollos.

La mayoría de estos movimientos junteros en América se formaron en el

contexto de la crisis de la monarquía hispana. Conocidas las noticias de la guerra en la

península, en muchos casos el temor al triunfo napoleónico suscitó los deseos de

separación de las autoridades gubernativas peninsulares para salvaguardar los derechos

legítimos de la corona de los Borbones en América. La incertidumbre provocada por la

disparidad de noticias recibidas supuso que triunfaran las tesis de la doctrina pactista

enunciada por la tradición escolástica hispana en la que el rey gobernaba a sus súbditos

20
mediante el establecimiento de un pacto, en caso de que la soberanía real se viera

usurpada, ésta regresaría al pueblo para que se pudiera autogobernar mientras se

restituyera la situación. Así lo entendieron la mayoría de las autoridades americanas

quienes justificaron la erección de las juntas gubernativas y representativas en base a

este argumento. Por eso no es contradictorio que estas juntas se intitularan defensoras de

los derechos legítimos de Fernando VII y al mismo tiempo actuaran en términos de

autonomía política.

Pero además, del mismo modo, la crisis política ayudó a que las antiguas

reivindicaciones del criollismo americano frente a los privilegios de los peninsulares

afloraran de forma evidente. La igualdad de representación y la soberanía fueron las

demandas más reclamadas, alentadas también por la convocatoria que Napoleón había

extendido a los representantes americanos en la Junta de Bayona. Por esta razón, las

juntas americanas apoyaron de forma unánime la formación de la Junta Central en la

península, pues, aunque insuficiente, por primera vez un órgano gubernativo de la

monarquía les concedía representación política. Y por el mismo motivo, pocos meses

después, la mayoría de los territorios desconocerán la autoridad de la Regencia,

instalada sin la participación de los representantes americanos y tras conocer el rumbo

de la guerra, que apuntaba a una victoria total de las tropas francesas. Por eso, 1808 no

es lo mismo que 1809 ni que 1810.

4. La opción de Carlota Joaquina de Borbón en el Río de la Plata.

(aquí entra Braz)

5. Otro camino: La difícil constitución de un estado en las provincias

del Río de la Plata.

21
Según José Carlos Chiaramonte, la crisis revolucionaria dio lugar en el antiguo

Virreinato del Río de la Plata a la aparición de distintas “soberanías independientes” –

las de las provincias– a la vez que se mantuvieron algunos vínculos (alianzas, ligas,

confederaciones) que permitieron la sobrevivencia del proyecto de construcción de una

nación.5 Uno de los ejes de confrontación giró en torno a la construcción de una

autoridad legítima que sustituyera al monarca español. La soberanía popular apareció

entonces como el fundamento de la nueva legitimidad, si bien quedaba en pie la

discusión acerca del alcance de dicha expresión. Construido y administrado con criterio

“exterior”, el Estado colonial había dejado a los diversos territorios que lo integraban

expuestos a poderes desiguales y con intereses diferentes, no existiendo un grupo social

con presencia y dominio en todo el antiguo virreinato. Si la soberanía residía en el

“pueblo”, en “los pueblos” o en la “nación” motivó debates donde la argumentación

política o jurídica expresaba los intereses de los distintos grupos que estaban

disputándose el poder, tal y como también hemos visto en el capítulo anterior.

Constituía, según Antonio Annino, un desafío inédito a los proyectos nacionales

de las nuevas repúblicas: “medirse con la pre-existencia de tres soberanías en lucha

entre sí, y de orígenes diversos, la de los pueblos, la de las provincias y la de los nuevos

centros que aspiraban a ser nacionales.”6

Además de la confrontación entre las colonias y la metrópoli –encubierta al

inicio bajo el pretexto de conservación de los derechos del monarca preso-, el

movimiento iniciado en 1810 dejó al descubierto antiguos conflictos jurisdiccionales.

La Junta procuró el reconocimiento de su autoridad como capital del antiguo virreinato,

enviando comisionados y ejércitos hacia el Alto Perú y Paraguay, y fomentando el

5
Véase José Carlos Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados: Orígenes de la Nación Argentina,
1800-1846, Buenos Aires, Ariel, 1997, segunda parte: Las primeras soberanías.
6
Antonio Annino, “Soberanías en lucha”, en Antonio Annino y François-Xavier Guerra (coord.),
Inventando la nación. Iberoamérica, Siglo XIX, México, Siglo XXI, 2003, pp. 152-184, p. 180.

22
levantamiento en la Banda Oriental del Uruguay. A mediados de 1811, los fracasos

militares ocurridos en Paraguay y Alto Perú, la invasión portuguesa en la Banda

Oriental en apoyo de Montevideo -plaza fuerte en la que habían quedado sitiados los

realistas- y el bloqueo que la armada española había impuesto al puerto de Buenos

Aires, provocaron cambios políticos en el gobierno de la capital.

De esta forma, en septiembre de ese año se disolvió la Junta, conformándose un

poder ejecutivo integrado por Manuel de Sarratea, Feliciano Antonio Chiclana y Juan

José Paso (el “primer Triunvirato”). En octubre se acordaron sendos tratados con la

Junta de Paraguay y con Francisco Javier de Elío, retornado al Río de la Plata en calidad

de virrey e instalado en Montevideo. Por el primero de ellos, el gobierno de Buenos

Aires acordó la supresión de impuestos a productos paraguayos (hierba, tabaco, entre

otros), reconoció que algunos pueblos misioneros al este del río Paraná (Candelaria, por

ejemplo) quedaran bajo jurisdicción paraguaya y admitió que la relación entre las

provincias de Paraguay y Buenos Aires sería de “federación”7.

Por el segundo tratado, se acordó un armisticio con el gobierno españolista de

Montevideo, al que se le reconoció jurisdicción sobre los territorios al este del río

Uruguay y algunos pueblos de la ribera occidental del río, se acordó la retirada de las

tropas sin la contraparte del abandono del territorio por parte de los contingentes

portugueses y se fijaron algunas pautas para el comercio en el Río de la Plata. 8 Las

relaciones entre Paraguay, la Banda Oriental y Buenos Aires fueron conflictivas a lo

largo del ciclo revolucionario.

Por todo ello, y lo que es más importante para este estudio, la firma de estos

tratados dejó en evidencia el interés estratégico que para el gobierno de Buenos Aires
7
Washington Reyes Abadie y Andrés Vázquez Romero, Crónica General del Uruguay, Montevideo,
Ediciones de la Banda Oriental, s.d., vol. 1, Nº 24, p.220.
8
“Tratado de pacificación entre la Exma Junta Executiva de Buenos Ayres, y el Exmo S.or Virrey D.n
Fran.co Xavier Elio”, en Comisión Nacional “Archivo Artigas”, Archivo Artigas, Tomo V, Montevideo,
Monteverde, 1963, pp.404-407. Firmado el 20 de octubre por los negociadores, José Julián Pérez, José
Acevedo y Antonio Garfias, fue ratificado al día siguiente por el Virrey Elío.

23
tenía el Alto Perú y expresó una fórmula que volvería a utilizarse en otras instancias

críticas: “desprenderse” de los territorios que no podía controlar. A su vez, para el

Paraguay, afirmó una postura aislacionista: a partir de aquí se escindió de las Provincias

del Río de la Plata y se organizó bajo la orientación de Gaspar Rodríguez de Francia. En

el caso de la Banda Oriental, la firma del armisticio entre las autoridades de Montevideo

y de Buenos Aires marcó un punto de inflexión, y se fue conformando un proyecto

alternativo de organización del espacio rioplatense bajo la noción de la “soberanía

particular de los pueblos”, conducido por José Artigas. Desde esta perspectiva, la

constitución de la Provincia Oriental del Uruguay implicó la compleja integración de

diversas ciudades, villas y poblaciones bajo una autoridad común y, a su vez, su unión o

asociación con una entidad mayor.

La reunión en Buenos Aires de una Asamblea General Constituyente (comienzos

de 1813) con participación de diputados de las distintas ciudades del antiguo virreinato

debía culminar con la declaración de independencia y la redacción de una Constitución.

Su convocatoria había sido impulsada por el “segundo triunvirato”, constituido en

octubre de 1812 a instancias de la Logia Lautaro, integrada entre otros por José de San

Martín y Carlos María de Alvear. Sin embargo, presiones de Gran Bretaña, que no

quería que se viera afectada su alianza con la monarquía española, así como divisiones

internas entre los partidarios de un estado unitario (los “centralistas”) y los defensores

de los derechos de los pueblos (los “federales”), dieron por resultado que la Asamblea

se limitara a nombrar un poder ejecutivo –el Director Supremo de las Provincias

Unidas- sin cumplir con el objeto original de la convocatoria. Entre las medidas

aprobadas es necesario destacar la disposición de que nadie nacería esclavo en el

territorio, la extinción del tributo, mita, yanaconazgo y servicio personal de los

indígenas y la libertad de prensa.

24
A lo largo de la década se confrontaron y ensayaron diversas modalidades de

organización política del territorio platense. Las “Provincias Unidas del Río de la Plata”

con el Director Supremo a la cabeza y el “Sistema de los Pueblos Libres” que reconocía

a José Artigas como su “Protector” se disputaron el control de los territorios del Litoral,

mientras, como indica Noemí Goldman, “el ejército del Norte se autogobernaba

apoyado en los pueblos del noroeste”.9

El artiguismo sostenía el derecho de los pueblos a constituirse en provincias,

afirmando que la unión, para ser firme y duradera, debía edificarse a partir del

reconocimiento de las soberanías particulares. La noción reconocía diferentes orígenes,

permitía diversas lecturas y, más importante aún, se construyó en relación de conflicto y

negociación con el centro revolucionario en Buenos Aires. Recogía antiguos reclamos

de los pueblos frente a la capital referidos no solamente a los aspectos políticos, sino

también a cuestiones territoriales y económicas.

De esta forma, el artiguismo impulsó la celebración de congresos y pactos

confederativos entre las provincias, si bien en realidad, los lazos fueron entre José

Artigas como “Protector de los Pueblos Libres” y los gobiernos provinciales, sin una

delimitación precisa de atribuciones. A comienzos de 1815, su influencia se extendía a

los territorios de la Provincia Oriental, el “Entre Ríos” (actuales provincias de Entre

Ríos, Corrientes y Misiones), Santa Fe y Córdoba. Ello, sumado a la situación del

Ejército del Norte, provocó en Buenos Aires un nuevo golpe de mano que destituyó al

entonces Director Supremo, Carlos María de Alvear, siendo sustituido por el promotor

del motín, Ignacio Álvarez Thomas que nombró como Director titular a José Rondeau.

La convocatoria a un nuevo Congreso que debía reunirse en Tucumán dio cuenta

del viraje en la política y el interés por recuperar la adhesión de “los pueblos”. El nuevo

9
Noemí Goldman, “Crisis imperial, Revolución y guerra (1806-1820)”, en N. Goldman (dir. de tomo),
Nueva Historia Argentina, Tomo 3, Revolución, república, confederación (1806-1852), Buenos Aires,
Sudamericana, 1998, pp. 21-69, pp. 53-54.

25
Congreso comenzó sus sesiones en marzo de 1816, en mayo nombró un nuevo Director,

Juan Martín de Pueyrredón, en julio declaró la independencia de las Provincias Unidas

en Sudamérica, pero no logró concitar adhesiones de las provincias al proyecto

constitucional de carácter centralista aprobado en 1819, cuando la sede se había

trasladado a Buenos Aires. Un ejército conducido por Francisco Ramírez (Entre Ríos) y

Estanislao López (Santa Fe), derrotó a las tropas del Directorio en la batalla de Cepeda

el 1 de febrero de 1820.

Esta primera etapa de las guerras de independencia culminó en 1820 con el

aislamiento de Paraguay, la ocupación de la Provincia Oriental por los lusitanos –cuya

invasión había sido apoyada por el Directorio- y la conformación de gobiernos

provinciales autónomos en torno a ciudades cabeceras de jurisdicción, que no

reconocían la autoridad de la antigua capital.

6. Las posibilidades del Virreinato del Perú.

La jurisdicción del antiguo Virreinato del Perú abarcaba un enorme territorio que

llegaba hasta las provincias andinas que fueron puestas bajo el mando de la Real

Audiencia de Charcas, cedidas luego por voluntad del Estado monárquico a la

jurisdicción del Virreinato de Buenos Aires. A comienzos del siglo XIX, el Perú contaba

con poco más de un millón de habitantes. Los indios eran más de la mitad, un 58%; los

mestizos el 22%; y los negros, en su mayoría esclavos, el 4% de la población; la gente

de “color libre” también bordeaba el 4%. Los españoles, tanto peninsulares como

americanos, eran poco más del 12% y vivían básicamente en la costa y en algunas

ciudades del interior como Trujillo, Cuzco o Huamanga. Lima tenía unos 64 mil

habitantes. Eran pocos si consideramos que la ciudad de México contaba con 130 mil,

26
pero más que Santiago de Chile con 10 mil y Buenos Aires con 40 mil. La capital de los

virreyes era la sede no sólo de la alta burocracia sino también de la clase alta. Como

anota Alberto Flores Galindo, en Lima se otorgaron 411 títulos nobiliarios durante el

periodo indiano, una cifra seguida de lejos por los 234 que se otorgaron en Cuba y

Santo Domingo, y por los 170 concedidos en la Nueva España. En la ciudad residió, sin

exageración alguna, la elite virreinal más numerosa e importante de Hispanoamérica,

sustentada en las actividades mercantiles.10 Si desagregamos su población en razas,

tenemos que en Lima vivían 18 mil españoles (más peninsulares que criollos), 13 mil

esclavos y 10 mil habitantes de “color” libres; el resto eran indios que habitaban en su

barrio llamado “El Cercado”.

Pero el color de la piel no era el único criterio de diferenciación social. Existían

profundas divisiones de orden social y económico. Es cierto que la clase alta era

inevitablemente blanca pero, por ejemplo, no todos los indios eran culturalmente indios.

Un testigo de esa sociedad, Concolorcorvo, dijo que si un indio se aseaba, se cortaba sus

cabellos, se ponía una camisa blanca y tenía un oficio útil, podía pasar por cholo: “Si su

servicio es útil al español, ya le viste y calza, y a los dos meses es un mestizo en el

nombre”.11 Como anotó John Lynch, los propios mestizos no eran el único grupo social,

dado que según su educación, trabajo y modo de vida, podían aproximarse a los blancos

o a los indios. Los mulatos y otras castas sufrían incluso una discriminación peor que

los mestizos: se le prohibía vestir como blancos, vivir en distritos blancos, casarse con

blancas (os), y tenían sus propias iglesias y cementerios. Pero ni siquiera le gente de

color estaba inmutablemente clasificada según su raza; el avance económico podía

asegurarles una situación de blancos, bien “pasando” por tales o mediante la compra de

10
Alberto Flores Galindo, Aristocracia y plebe. Lima, 1760-1830, estructura de clases y sociedad
colonial. Lima, Mosca Azul, 1984.
11
Citado por John Lynch, Las revoluciones hispanoamericana, 1808-1826. Barcelona, Ariel, 1989, p.
158-159.

27
un certificado de blancura.12 Los criterios culturales, raciales y económicos se

entremezclaban en una sociedad en plena transición al momento de la independencia.

La clase alta, cuyo poder y prestigio le venía por su posesión de haciendas,

títulos nobiliarios, cargos públicos o empresas comerciales, se aferró siempre a sus

privilegios. Una institución, el Tribunal del Consulado, la representaba. Era natural que

pretendiera no perder el poder que ejercían sobre un vasto territorio como el del

Virreinato peruano. La Monarquía española le garantizaba esa hegemonía por lo que no

veían la necesidad de la independencia. Además, sentían temor ante una eventual

sublevación popular que amenazara su dominio: los levantamientos de Túpac Amaru

(1780) y Mateo Pumacahua (1814) la habían puesto, y la pondrían, en alerta permanente

ante el “peligro” social indígena. Por ello, la presencia del ejército realista les

garantizaba el orden. En Lima, además, se temía una rebelión de esclavos negros, tal

como aconteció en Haití en 1797.

Por ello, muy pocos aristócratas, como José de la Riva-Agüero (futuro primer

presidente del Perú) o el Conde de la Vega del Ren, tuvieron sentimientos separatistas.

Los criollos más ilustrados –como José Baquíjano y Carrillo o Hipólito Unanue,

antiguos redactores del Mercurio Peruano13– sólo demandaban una reforma para hacer

menos intolerante el gobierno de los Borbones. El resto estaba, monolíticamente, en

favor de la Corona tal como lo demostraron los cuantiosos préstamos que otorgaron los

miembros del Tribunal del Consulado a los virreyes para combatir cualquier intento

separatista o subversivo.

12
John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826, Op. Cit.
13
Revista quincenal publicada por la Sociedad Académica de Amantes del País (1791-1795) en la que los
criollos y peninsulares, identificados con la filosofía de la Ilustración, miraban hacia el comercio y la
cultura como las llaves del progreso inmediato. En sus páginas fue mencionado por primera vez el Perú
con el nombre de patria y, a través de esa simple identificación, se insinuó el afianzamiento conceptual
del separatismo. Sus colaboradores, además, difundieron noticias muy reveladoras en torno a los recursos
naturales y la alta calidad de los ingenios del país.

28
Fue en este contexto en el que actuó el virrey Fernando de Abascal, quien se

convirtió en el más fuerte aliado de la causa realista en América del Sur. Durante su

largo mandato, 1806-1816, desplegó toda su fuerza ideológica y militar para evitar el

descalabro del Imperio español no sólo en el territorio del Virreinato peruano sino

también en el Alto Perú, Chile y Quito. Frente a la crisis del gobierno imperial por la

invasión napoleónica, Abascal, hombre moderado y crítico con el constitucionalismo

doceañista, convirtió a su virreinato en el centro de la contrarrevolución, tanto

insurgente como, incluso, doceañista.

Cuando Abascal comenzó su mandato, en 1806, jamás pudo imaginarse la crisis

de autoridad que se avecinaba en la península. Llegó y quiso convertirse en el modelo

del mandatario ilustrado.14 Construyó en Lima, por ejemplo, el nuevo Cementerio

General, el Jardín Botánico y el Colegio de Medicina de San Fernando. Su proyecto

cultural también incluía el periodismo con la publicación de una revista similar al

Mercurio Peruano de finales del siglo XVIII. Todo se frustró cuando llegó la noticia, en

1808, del secuestro de Fernando VII y la invasión de la península por las tropas de

Napoleón. Ante esta difícil coyuntura, este virrey abandonó sus afanes ilustrados y se

concentró en los temas políticos y militares.

En el ámbito político usó la prensa, las tertulias, el teatro y los cafés para

sembrar en la población, especialmente en su elite blanca, el respaldo al monarca

cautivo y la defensa de la monarquía española. Esta retórica fidelista, sin embargo, no

era suficiente. Debía trasladarse también al ámbito militar para sofocar cualquier brote

revolucionario. En este sentido, exhibiendo un sólido liderazgo, hizo que el Tribunal del

Consulado de Lima le financiara buena parte de sus campañas militares. Sin ese apoyo,

es preciso subrayarlo, su empresa hubiera sido más complicada.

14
Víctor Peralta, En defensa de la autoridad: política y cultura bajo el gobierno del virrey Abascal. Perú,
1806-16. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2002.

29
Sus campañas militares podrían sintetizarse de la siguiente manera:

En la campaña de Quito aplastó a la Junta de Gobierno, como veremos más

pormenorizadamente más adelante. En 1809 dispuso una expedición militar de 400

soldados que se instaló en el territorio de la Audiencia de Quito y, como los quiteños

insistieron en sus propósitos, envió un poderoso ejército de 2 mil soldados que se

impuso en la acción de San Miguel. Este ejército pudo así ingresar a Quito el 4 de

noviembre de 1813, fortaleciendo luego a las fuerzas realistas de Guayaquil, Cuenca y

Popayán.

En la campaña de Chile organizó un ejército que, en un inicio, no tuvo buenos

resultados. En una segunda expedición, de 280 hombres, pudo mantener viva la

operación militar, pero luego fue forzado a firmar un convenio con la intervención de la

Marina inglesa. Después un breve lapso, Abascal desconoció este convenio y envió un

ejército de 600 hombres que alcanzó la victoria de Rancagua (1814), derrotando así a la

llamada “Patria Vieja” chilena.

La campaña del Alto Perú fue la más dura. La Audiencia de Charcas formaba

parte del Virreinato de Buenos Aires desde 1776. A los sucesos de insubordinación de

Chuquisaca, en mayo de 1810, siguió la organización de la junta defensora de los

derechos de Fernando VII en La Paz, en julio de ese mismo año. Las nuevas

autoridades, lideradas por el mestizo Pedro Domingo Murillo, decidieron suprimir las

alcabalas. Ante esta circunstancia, Abascal decidió asumir la defensa del “Alto Perú”

contra los “defensores” del monarca español. Un grueso ejército (compuesto por criollos

y curacas con sus respectivos indios, liderados por el intendente de Huarochirí, coronel

Juan Ramírez, y por José Manuel de Goyeneche, presidente interino de la Audiencia del

Cuzco), con el apoyo económico de los criollos arequipeños, emprendió la campaña

contra la junta paceña. El 25 de octubre de 1809 vencieron a los insurgentes y 86 de

30
ellos fueron ejecutados. Por su parte, Mateo Pumacahua, curaca de Chinchero (Cuzco),

al mando de 3 mil hombres, aplastó la rebelión del curaca Manuel Cáceres, en La Paz. A

partir de 1810, se sucedieron los intentos independentistas en el Río de la Plata; por ello,

para evitar futuras insurrecciones en la Audiencia de Charcas, Abascal la volvió a

incorporar al territorio del Virreinato del Perú por su decreto del 13 de julio de 1810. En

este contexto, tropas enviadas por los insurgentes de Buenos Aires vencieron a las

fuerzas realistas en el Alto Perú hacia noviembre de 1810 y llegaron hasta la altura del

Desaguadero en el Collao. El 20 de junio de 1811 fueron derrotadas por Goyeneche en

Huaqui; el general criollo Pío Tristán, natural de Arequipa, persiguió a los insurgentes

en la zona del Plata.15 Al final, los insurgentes perdieron el control del altiplano pero

triunfaron en Montevideo y en el oriente de Charcas. El gobierno de Buenos Aires pasó

a organizar una nueva expedición sobre el Alto Perú. Nadie imaginó en ese momento

que el general José de San Martín realizaría su campaña por el Pacífico, con lo cual tuvo

el factor sorpresa a su favor.

Estas victorias militares no impidieron que en el Perú, entre 1809 y 1814,

surgiera una gran confusión en torno a la implantación del programa de reformas

liberales de la Junta Central y las Cortes de Cádiz, formadas para gobernar durante el

cautiverio de Fernando VII.16 El Perú se adhirió a la Junta Central. En 1809, durante la

elección para la selección del diputado ante esta Junta, los principales ayuntamientos

eligieron una terna de la cual fue sorteado el nombre del diputado que iría a la

península. José Baquíjano y Carrillo, conde de la Vista Florida, fue elegido diez veces,

seguido por el brigadier José Manuel Goyeneche y el teniente coronel Simón Díaz

15
Francisco Quiroz Chueca, “De la colonia ala república independiente”, en Historia del Perú. Madrid,
Lexus, 2000.
16
Peter Klaren, Nación y sociedad en la historia del Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2004.

31
Rábago, que lo fueron cinco veces. Esta elección demostró la preponderancia de la elite

de origen americano (estos tres personajes eran criollos), en particular de la nobleza.17

La siguiente elección se produjo en 1810, convocada para la diputación peruana

ante las Cortes de Cádiz. Los miembros del cabildo escogían a tres candidatos, y el

representante salía sorteado de dicha terna. Los cabildos tuvieron cierta autonomía, ya

que escapaban a la jurisdicción del virrey y de la Audiencia. 18 Aquí ya no se trataba de

un diputado para todo el Virreinato, sino de uno para cada gran provincia: Lima, Piura,

Huamanga, Guayaquil, Tarma, Trujillo, Chachapoyas, Arequipa, Cuzco y Puno. Este

proceso devino en la exposición de un conjunto de demandas que habían tomado ya un

vínculo de representación, en el cual los cabildos jugaron un papel clave al poder elegir

y fomentar un discurso y una práctica política, aunque es interesante notar que el juego

de poder fue complejo y las autoridades reales trataron de imponer a sus candidatos.

En el caso de Puno, por ejemplo, se logró ampliar el número de electores más

allá de lo estipulado por el reglamento electoral a tres funcionarios, siete vecinos

principales, dos electores designados por los cinco partidos de la provincia, militares

todos leales al intendente. Así fue elegido el doctor Tadeo Joaquín Gárate, quien

posteriormente firmó el Manifiesto de los Persas favorable al absolutismo de Fernando

VII.19

Las elecciones de los diputados a las Cortes fueron oportunidades para la

expresión de las demandas de las diferentes intendencias del Virreinato del Perú.

Muchos ayuntamientos escribieron peticiones para que sus diputados las expusieran en

la península. En la Instrucción dada al diputado de Puno se muestran las inquietudes de

los criollos de la provincia: que los impuestos mineros se gastaran en Puno, que la mita
17
Cristóbal Aljovín y Silesio López (eds.) Historia de las elecciones en el Perú: estudios sobre el
gobierno representativo. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2005.
18
Valentín Paniagua, Los orígenes del gobierno representativo en el Perú. Las elecciones (1809-1826).
Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú-Fondo de Cultura Económica, 2004.
19
Marie-Danielle Démelas, La invención de la política. Lima, Instituto Francés de Estudios Andinos-
Instituto de Estudios Peruanos, 2003.

32
de Potosí fuese abolida y se fomentara la minería de Puno, que se contratasen maestros

para enseñar la manufactura de lana, algodón y lino; que se distribuyese el Diccionario

del Abate Rocier, que se establecieran escuelas en los pueblos (para los indios) y,

además, se pidió la sede de un nuevo obispado. A parte fue solicitada la fundación de un

convento de franciscanos y el mantenimiento de la costumbre del pago del tomín por

parte de los indios para solventar el hospital, una fuerza armada (tanto para la seguridad

interna como la externa, los ejércitos de la revolucionaria Buenos Aires), la asignación a

los párrocos del sínodo de 800 pesos anuales, que el partido de Apolobamba fuese parte

de la provincia, así como el Desaguadero de la laguna fuese el límite (incluyendo el

Santuario de Copacabana) y, finalmente, que fuese honrada con el título de “ciudad

ilustre, fiel y distinguida”.20 Es claro que el petitorio de demandas refleja una ilustración

católica y una fidelidad a la institución de la monarquía.

Abascal no veía con buenos ojos los intentos de liberalización del dominio

monárquico sobre las provincias americanas, ni la abolición del tributo de los indios que

había sido aprobada en 1811, pues esta medida comprometía seriamente las arcas

fiscales de su gobierno. Para sorpresa de muchos liberales, Abascal y la Audiencia del

Cuzco se negaron sistemáticamente a aplicar las reformas recomendadas por las Cortes.

Consecuentemente, cuando se promulgó la Constitución liberal de Cádiz (1812)

pocas de sus medidas fueron bien recibidas por Abascal y la elite limeña. Esto

contribuyó a incrementar el descontento de los criollos que vieron en esa Constitución

la promesa de igualdad para ocupar cargos públicos y la recuperación de sus beneficios.

Es en este contexto que un grupo de intelectuales liberales avivó el debate sobre la

sujeción de las provincias indianas a la Monarquía Hispana. Las ideas liberales se

discutían clandestinamente en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San

20
Colección Documental de la Independencia del Perú, El Perú en las Cortes de Cádiz. Lima, Comisión
Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú, 1974, tomo IV, vol. 2, pp. 171-187.

33
Marcos, precisamente en el Real Convictorio de San Carlos.21 La Ilustración circulaba a

través de las lecturas de Locke, Descartes y Voltaire. Estos publicistas, como José

Baquíjano y Carrillo, Hipólito Unanue, Manuel Lorenzo de Vidaurre y José Faustino

Sánchez Carrión, si bien produjeron una serie de planteamientos novedosos para la

época, fueron en su mayoría reformistas y constitucionalistas. Buscaban una mayor

igualdad entre los vasallos españoles y peruanos, así como la recuperación de los

beneficios y derechos de los criollos, grupo al cual pertenecían. Pocos de estos llamados

“precursores de la independencia” realmente promovieron una causa separatista

definitiva de la metrópoli, ninguno abogó por un cambio de la estructura jerárquica de

poder y menos aún podrían ser considerados como revolucionarios.

Sin embargo, las esperanzas de estos liberales criollos por obtener mayor

autonomía política y libertades económicas, al amparo de la Constitución gaditana, se


21
Abascal tuvo que reprimir numerosas conspiraciones e intentos revolucionarios internos. Se dan en los
círculos de gente culta y que ha asimilado las ideas de la ilustración y las ideas revolucionarias, como las
francesas de libertad, igualdad y fraternidad, así como la inspiración en los derechos del hombre y el
ciudadano. Así el nacionalismo de estos hombres se fue fortaleciendo poco a poco; por ello, cuando
Fernando VII fue restituido en le trono ya muchos conservadores y reformistas se habían tornado a la
posición de patriotas. Algunas de estas conspiraciones fueron:
a. La de los "Fernandinos" (1808- 1809).- Los médicos de la escuela de medicina de San
Fernando, entre ellos Hipólito Unanue, empezaron a conspirar sobre los gobiernos que deberían adoptarse
en las colonias en el caso de disturbios en la metrópoli. Así, reparaban en que el gobierno debería caer en
manos de criollos y no peninsulares. Pero luego de un tiempo fueron delatados y el virrey los llamó uno a
uno y les comentó de su completa desaprobación y desagrado. Al verse amenazados de este modo, se
disolvieron y decidieron trabajar individualmente.
b. La de los “Oratorianos” (1810).- Se efectuó en el convento de los religiosos del Oratorio. Allí,
varios sacerdotes y otros personajes renombrados (entre ellos un conde) se reunían. Al enterarse el virrey
de las tertulias envió a un capitán de su guardia a la portería. Las tertulias no pudieron continuarse.
c. La conspiración de Quiros (1814).- Francisco de Quiros confabuló con un abogado y un capitán
español preso (pues él mismo había estado en la cárcel) para capturar Lima con los soldados del batallón
del Número, cuyo coronel era patriota. Primero, se debía ganar uno a uno a los 600 soldados que cuidaban
una prisión, cosa que realizó el capitán español preso. Luego, aprovechando el despacho de tropas hacia
el Alto Perú, los alzados tomarían Lima donde otro grupo de rebeldes los ayudaría. Todo estaba listo,
cuando desembarcó el regimiento realista Talavera y la conspiración fue descubierta y el jefe del
regimiento encarcelado y el batallón disuelto.
d. La de los "Carolinos" (1810-1815).- Su foco fue el colegio de San Carlos., cuyo director era
Toribio Rodríguez de Mendoza. En este colegio se enseñaba a muchachos de diversas edades y
procedencias las ideas liberales, se les prestaba libros prohibidos y se les avivaba la conciencia nacional.
Atento a esto, el virrey mandó a hacer una visita general del colegio y se descubrió todo lo que pasaba.
Por esa razón, Rodríguez de Mendoza tuvo que renunciar al rectorado.
e. La de los “Abogados” (1815-1818).- Los abogados, encubiertos por su profesión, se reunieron y
conspiraron juntos. Defensores de la justicia no pudieron ser indiferentes a los derechos del hombre y el
ciudadano. Estos abogados hicieron ver que la patria no era ilegal, sino completamente lícita y que la
independencia era un derecho y que existían nuevas leyes que superaban fuertemente a la ley antigua y
tradicional.

34
desvanecieron en 1814 con la expulsión de los franceses del territorio español

peninsular y la reacción de Fernando VII. Su absolutismo enterró la Constitución liberal

y el trabajo de las Cortes de Cádiz y de las Juntas de Gobierno. Así, los anhelos de

igualdad y autonomía deseados por la mayoría de los virreinatos americanos se

truncaron. A partir de ese momento los procesos independentistas se iniciaron, al menos

en cuanto a programas y conspiraciones, sobre todo en el virreinato del Río de la Plata y

en el de Nueva Granada.

No obstante, en Lima (Abascal y su elite conservadora) recibió con alivio la

noticia de la restauración imperial y permaneció alerta a los movimientos del

continente, el interior del Perú hizo sentir su descontento y desafió al poder limeño.

El descontento vino, básicamente, de las provincias del sur donde se produjo una

serie de levantamientos armados de distinta envergadura. De todas maneras, los criollos

de Lima ayudaron al Virrey a aplastar todas estas insurrecciones que ponían en serio

riesgo la histórica supremacía de la capital sobre el resto del territorio, a pesar de que su

financiamiento pesó fuertemente sobre los contribuyentes y dañó al Tesoro.

Esta actitud hacia Lima y su virrey se remonta hacia 1811 en la ciudad de Tacna,

cabeza de una región unida por lazos económicos al Alto Perú. Desde allí se enviaban a

Charcas vinos, aguardientes de uva, arroz, frutas y algunas manufacturas foráneas. Este

levantamiento es importante por dos motivos: el interés de las provincias del sur de

unirse políticamente al Alto Perú y el deseo de los criollos de involucrar en ese proceso

a la masa indígena a través de alianzas con curacas de reconocido prestigio. 22 Esta

revuelta, liderada por Francisco de Zela, se diluyó al llegar las noticias de la derrota del

ejército de Buenos Aires, al cual los tacneños esperaban unirse, a manos del general

Goyeneche en La Paz. Otras rebeliones, igualmente fracasadas tuvieron lugar en 1812

en Huanuco (liderada por el criollo Juan José Crespo y Castillo y los indios de la
22
Peter Klaren, Nación y sociedad en la historia del Perú, Op. Cit.

35
región), Huamanga y Tarma; y en 1813 en Tacna (liderada por los hermanos

Paillardelle) y en la intendencia de Arequipa.

La negativa a publicar y jurar la Constitución gaditana por la Audiencia del

Cuzco fue el pretexto de los criollos del lugar para su protesta. En este contexto, un

grupo de 30 notables de la ciudad, encabezados por Rafael Ramírez de Arellano,

presentó un memorial que exigía la juramentación de la Constitución de 1812 y la

convocatoria de elecciones al Cabildo. La Audiencia detuvo a Arellano, pero luego los

liberales del Cabildo lograron su libertad. Fue en estas circunstancias que terminó

estallando el mayor movimiento separatista que sacudiera al sur peruano: la rebelión del

Cuzco de 1814. Sin embargo, fracasó en conseguir apoyo fuera del ámbito regional.

Durante un breve lapso de tiempo, el movimiento se extendió por todo el sur peruano

(incluyendo La Paz) y estuvo a punto de amenazar Lima. Sus líderes fueron los

hermanos José y Vicente Angulo, el cura Gabriel Béjar, Manuel Hurtado de Mendoza y

el clérigo José Díaz Feijóo. Todos provenían de la “clase media” criolla y mestiza,

ilustrada y con proyección política. La familia Angulo, por ejemplo, estaba integrada

por hacendados locales que también habían incursionado en la minería y el comercio;

sus hijos habían sido educados en la Universidad San Antonio de Abad, un centro de

ideas disidentes. Al principio, la rebelión fue de carácter urbano y fue respaldada por

distintos sectores de la población como el bajo clero e, incluso, por el obispo del Cuzco.

Luego, se expandió por las zonas rurales y ganó la simpatía de poderosos curacas como

Mateo García Pumacahua, quien años antes había apoyado al bando español contra

Túpac Amaru II, convirtiéndose en pieza clave en la derrota del curaca de Tungasuca.

Pumacahua, quien representaba a uno de los “ayllus sagrados” del Cuzco, ahora, con

más de 70 años de edad, estaba aparentemente resentido al haber sido desplazado por

Abascal como presidente de la Audiencia.

36
Las causas de la rebelión fueron tanto económicas como políticas. Por el lado

material, existía un estancamiento económico de la región debido a los constantes

traslados de hombres y recursos por parte de Abascal para reprimir las revueltas

independentistas en La Paz. Por el lado político, era la frustración por el fracaso de la

Audiencia en poner en práctica las reformas liberales de 1812, y si a esto le añadimos la

restauración absolutista de Fernando VII en 1814, el panorama ya resultaba demasiado

crispado.

Para neutralizar cualquier posible reacción del virrey Abascal, los rebeldes

abrieron tres frentes de lucha: el frente del Alto Perú lo representó la columna que salió

del Cuzco al mando del cura Ildefonso Muñecas, capturó Puno y entró victoriosa a La

Paz. Sin embargo, acudió en socorro de ambas plazas el brigadier Juan Ramírez, del

ejército de Pezuela, quien derrotó a los rebeldes en Chacaltaya, cerca de La Paz (2 de

noviembre de 1814). La columna de Huamanga la lideraron el cura Béjar y Hurtado de

Mendoza. Mal armada como la anterior, derrotada, a pesar del entusiasmo de los

habitantes de Ayacucho, en las batallas de Huanta (1 de octubre de 1814) y Matará (21

de enero de 1815). La columna de Arequipa no corrió la suerte de las anteriores. Fue

conducida por Pumacahua y Vicente Angulo. Lograron la victoria de Apacheta (9 de

noviembre de 1814) e ingresaron triunfales a la ciudad de Arequipa convocando a un

Cabildo abierto para formar una Junta de Gobierno; Pumacahua hizo que se jurara

fidelidad a Fernando VII dando a entender que la rebelión era sólo contra el virrey de

Lima. Sin embargo, a pesar de todos estos progresos, los rebeldes tuvieron que

abandonar la ciudad ante las noticias de que el victorioso brigadier Ramírez venía con

sus tropas desde Puno. Finalmente, en la batalla de Umachiri (11 de mayo de 1815), los

alzados, en completa desorganización, fueron derrotados. Pumacahua cayó preso y fue

entregado a los realistas.

37
Pumacahua fue ahorcado en Sicuani, al sur de la ciudad del Cuzco, el 17 de

mayo de 1815. Se le cortó la cabeza para ser exhibida en la Plaza Mayor de la antigua

capital de los incas; un brazo se mandó a Arequipa y el otro quedó en Sicuani; el resto

de su cuerpo se entregó a la hoguera. Otros ajusticiados fueron el coronel Dianderas,

yerno de Pumacahua; el joven poeta arequipeño Mariano Melgar, por haber sido auditor

de guerra y negarse a volver al lado del Rey; los hermanos Angulo, el cura Béjar y

demás cabecillas también fueron ejecutados; y el cura Muñecas, que fue llevado preso a

Lima (iba a pasar carcelería en España), fue asesinado por la espalda por un soldado

realista que lo escoltaba. Los fusilamientos en masa continuaron en el Cuzco hasta que

un indulto de Abascal puso término a la orgía de sangre.

Para algunos historiadores, al igual que durante las rebeliones indígenas del siglo

XVIII, especialmente cuando el levantamiento de Túpac Amaru II, se dieron, en la

rebelión de 1814, manifestaciones de nacionalismo inca en las masas indias

movilizadas, en tanto que los líderes enfatizaban el carácter multiétnico del

movimiento.23 Hubo panfletos, por ejemplo, en los cuales se reclamaba la creación, en

nivel continental, de un imperio con su capital no en Lima sino en el Cuzco. En todo

caso, al igual que en el fallido alzamiento de Túpac Amaru II, fracasaron los intentos de

usar el recuerdo de los Incas para construir un movimiento anticolonial alternativo y

contra-hegemónico en la sierra sur. Asimismo, como explica Peter Klaren, “la obra del

poeta arequipeño Mariano Melgar (1790-1815), ejecutado por su participación en la

rebelión, ciertamente respalda esta postura. En ella se expresan fuertes sentimientos

nacionalistas junto con un radicalismo progresista y –anticipándose al indigenismo– la

preocupación por las oprimidas masas indígenas. El poema “Marcha patriótica” de

Melgar, por ejemplo, celebra el ingreso de Pumacahua a Arequipa en 1814, en tanto que

23
Alberto Flores Galindo, Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes. Lima, Instituto de Apoyo
Agrario, 1987.

38
otros integraban innovadoramente el yaraví (canciones de amor prehispánicas

populares, tocadas con guitarra)”.24

Otros historiadores, como Jorge Basadre,25 opinan que, de haber logrado éxito el

movimiento cuzqueño de 1814, la intervención extranjera por lograr la independencia

del Perú, tal como después sucedió con San Martín y Bolívar, habría sido innecesaria.

Del mismo modo, la nueva nación andina habría tenido una base multiétnica mucho más

amplia que la criolla-costeña concebida por las elites después de lograda la victoria de

Ayacucho en 1824. En este sentido, al igual que el levantamiento de Túpac Amaru II, la

rebelión del Cuzco de 1814, con su discurso radical en favor del separatismo, con su

composición multiétnica y por la violencia de las “guerrillas” indias contra los

propietarios españoles, fue motivo suficiente para que los criollos limeños no sólo

ayudaran a reprimir al movimiento, sino que fuera la excusa perfecta para seguir siendo

colonia en tanto que el gobierno de los virreyes les garantizaba su hegemonía y

seguridad como grupo social. Hablando de la historia que pudo ser y no fue, si la elite

limeña hubiese prestado su apoyo a los rebeldes de 1814, la caída del régimen hispano

en el Perú habría sido inminente.

En los años que siguieron a la derrota cuzqueña de 1814-1815, las operaciones

“revolucionarias” o conspirativas se trasladaron hacia Lima y la costa; sin embargo,

todas ellas, como hemos reseñado, fueron combatidas eficazmente por Abascal y sus

colaboradores. A nivel continental, el ímpetu revolucionario quedó en receso por la

concertada reacción realista que retomó los territorios rebeldes en Colombia y en

Venezuela, y puso un dique a la insurgencia en el Río de la Plata. La restauración

absolutista de Fernando VII en el trono de Madrid, como sabemos, obstaculizó todo

proyecto por reformar el pacto colonial y otorgarles mayor autonomía política a los

24
Peter Klaren, Nación y sociedad en la historia del Perú, Op. Cit., p. 168.
25
Jorge Basadre, El azar en la historia y sus límites, Lima, P.L. Villanueva, 1973.

39
americanos. De esta forma, se ponía fin a la primera fase de la lucha por la

independencia en Hispanoamérica.

Fue éste el panorama que vio el virrey Abascal cuando se retiró del Perú en

1816. Su gobierno, aparentemente, había sido exitoso. Sin embargo, a pesar de su

autoritarismo y de sus manifiestos recelos frente a las Cortes de Cádiz y al

constitucionalismo doceañista, la cultura y la política en el Perú se vieron inundadas por

el pensamiento liberal.26 Cuando las Cortes, por ejemplo, en 1810, decretaron la libertad

de imprenta, en el Virreinato hubo una fiebre de difusión de periódicos que, como El

Peruano o El Satélite del Peruano, innovaron el discurso político fuera de los moldes

ideológicos permitidos por Abascal. Estas publicaciones, a pesar de afiliarse al

fidelismo, pusieron énfasis en la igualdad de criollos y peninsulares para ocupar los

cargos públicos y enfilaron sus ataques contra la arbitrariedad de las autoridades

españolas.27 Abascal no reprimió abiertamente estas publicaciones pero sí recargó todos

sus esfuerzos en contraatacar ideológicamente estas posturas a través de periódicos

como El Verdadero Peruano o El Investigador. Estalló lo que podría llamarse una

“guerra de palabras” en la que el Virrey obtendría una victoria provisional en 1811

cuando dejaron de publicarse El Peruano y El Satélite del Peruano.28

La segunda crisis de autoridad que debió afrontar Abascal fue en 1812 cuando

tuvo que jurar y acatar la Constitución gaditana. La convocatoria de elecciones de

representantes a las Cortes, a los Cabildos y las Diputaciones Provinciales fue, sin duda,

un escenario demasiado incómodo para el Virrey quien tuvo que convivir y tomar

26
Víctor Peralta, En defensa de la autoridad, Op. Cit.
27
Ascensión Martínez Riaza, La prensa doctrinal en la Independencia del Perú, 1811-1824. Madrid,
Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1985.
28
El Peruano fue editado por Guillermo del Río y redactado por el acaudalado comerciante español
Gaspar Rico. Por su lado, el Satélite del Peruano fue redactado por un grupo aristocrático que no propuso
una alternativa independiente y su postura era muy moderada; estuvo dirigido por Cipriano Calatayud,
Diego Cisneros, Fernando López Aldana, Manuel Salazar y Baquíjano y Manuel Villalta. Para
contrarrestar esta “ofensiva liberal”, Abascal creó El Verdadero Peruano en el que colaboraron varios
intelectuales conservadores como José Baquíjano y Carrillo, Hipólito Unanue, José Manuel Valdéz, José
de Larrea y Loredo, José Joaquín de Larriva, Félix Devoti y José Pezet.

40
partido en la polémica absolutista-constitucional. Las posturas se tornaron

irreconciliables, excepto en la abolición del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición

(restaurado por Fernando VII en 1814). Como vemos, Abascal se convirtió en un

protagonista inesperado de la difusión de las nuevas ideas e, irónicamente, fue el

responsable de la aparición de una nueva cultura política que hizo posible la posterior

independencia del Perú entre 1821 y 1824. Su régimen, en suma, contrariamente a lo

que se piensa, no fue exclusivamente contrarrevolucionario o despótico. Los hechos lo

obligaron a apelar a un pragmatismo político que se tradujo en posturas conservadoras o

pseudoliberales y en una intensa negociación con la elite peruana.

La conclusión de Víctor Peralta es la siguiente:

Indudablemente, el virrey, al mismo tiempo que acataba la aplicación de las medidas


liberales de las Cortes de Cádiz, siguió valiéndose de la fuerza simbólica del temor a
la autoridad para garantizar la estabilidad de su gobierno. Esta defensa de la tradición
autoritaria del Antiguo Régimen, reflejada en actos como la censura o la clausura de
periódicos, la manipulación o el fraude electoral y, por último, la persecución
implacable y desmedida de quienes con comulgaban con su forma de hacer política,
fue también una parte vital de la personalidad de este controvertido personaje de la
historia peruana. El fin de la política de la concordia con la partida de Abascal a
España en 1816, unido al restablecimiento del absolutismo por Fernando VII no sólo
hirieron de muerte la legitimidad de los últimos virreyes y la del mismo monarca
como gobernante de las Indias, sino que también aceleraron el tránsito hacia el
reemplazo del régimen colonial.29.

7. Las tempranas juntas en la Audiencia de Charcas.

Y la crisis llegó a la Audiencia de Charcas. El “¿Qué Hacer?”, con mayúsculas,

también. La lealtad de los súbditos de la jurisdicción de la Real Audiencia de Charcas

era algo que nadie ponía en duda en el año 1808. La figura del Soberano estaba por

encima de cualquier crítica que pudiera hacerse a las autoridades locales, tal como

señaló Gabriel René Moreno:

29
Víctor Peralta, En defensa de la autoridad, Op. Cit., p. 183. Abascal partió a España el 13 de noviembre
de 1816 en la corbeta “Cinco Hermanos”. Llegado a la Península, fue ascendido a la clase se capitán
general y nombrado consejero de guerra; asimismo, se desempeñó como diputado general del principado
de Asturias ante las Cortes. Finalmente, el marqués de la Concordia, falleció en Madrid el 30 de julio de
1821, a los 78 años de edad.

41
…el sistema colonial, su régimen, su administración, sus gestores, tendrían todos los
inconvenientes, exclusivismos y vicios que se quieran; pero, sea blandura del
gobierno en el nuevo virreinato, sea justicia de las leyes civiles, sean conexiones
entrañables de hábito, espíritu y sangre con España en las clases superiores, es el
hecho que los naturales sin distinción entre indios, mestizos y criollos, amaban en el
Alto Perú a la Madre Patria, y la generalidad estaba contenta con su dominación el
año 1808.30

Sólo los movimientos acaecidos en la península pusieron a prueba esta estrecha

relación entre el soberano y sus vasallos en la circunstancia de las pugnas que

mantenían en la sede de la Audiencia de Charcas su presidente, don Ramón García

Pizarro, los oidores y el cabildo local.31 Las noticias de los sucesos del relevo de los

reyes y de la prisión de Manuel Godoy llegaron a La Plata el 21 de agosto de 1808. La

conmoción fue general, a pesar del poco crédito que tuvo inicialmente el virrey de

Buenos Aires.32 La nueva situación conminó a las autoridades a deponer sus

desacuerdos, uniéndose alrededor del “adorado Fernando”.33 Después de dos días de

rogativas por la “buena ventura de España”, fue publicado el bando que ordenaba

celebrar la jura del nuevo rey en todas las ciudades y villas de la Audiencia. Moreno

relató así los preparativos de la jura en La Plata:

Un formidable feriado de quince días permitió a los empleados y la ciudad


apercibirse para asistir a la fiesta de la jura, y echarse probablemente a marear aguas
adentro en un piélago de comentarios y embustes sobre las cosas de la metrópoli.
Estrenose a la sazón el uso de la fernandina, escarapela cuyos primeros modelos
había introducido el presidente y mandado distribuir en villas y ciudades. Para
bordarlas de oro y seda puso a contribución la amistad de las damas de Chuquisaca.
Gastó en la generalización de la moda un ahínco que daba mucho que hablar a los
30
Gabriel René Moreno: Últimos días coloniales en el Alto Perú. Buenos Aires, Panamericana, 1945; p.
176-177.
31
Las desavenencias entre García Pizarro y los oidores se había iniciado varios años antes, prácticamente
desde la llegada del presidente a Chuquisaca. Las causas de la tensión giraban en torno a diversos tópicos,
tales como la presencia de asesores, la centralización del poder y el debate sobre qué instancia debía
tomar las decisiones. Este ambiente de conflicto y tensión fue central para entender la sucesión de los
hechos de 1808 y 1809. Cfr. el estudio de Estanislao Just, Comienzo de la independencia en el Alto Perú.
Los sucesos de Chuquisaca, 1809, Sucre.
32
Dudando de la veracidad de las noticias, el virrey de Buenos Aires no remitió a la Audiencia de Charcas
la real cédula del 10 de abril de 1808 que dio a conocer la exaltación de Fernando VII. Pero ésta llegó
directamente de España. Las versiones difundidas no mostraban a un Fernando VII intrigando contra su
mismo padre, pues la culpa del mal gobierno se atribuyó a Godoy. Moreno, Op. Cit., p. 150.
33
Es interesante anotar los otros epítetos con que fue nombrado el nuevo rey. Moreno recogió los
siguientes: “nuestro suspirado y adorado Fernando”, “la delicia de la Nación”, “el ingenuo y aplicadísimo
joven”, “el idolatrado monarca que antes de reinar en el trono reinaba ya en todos los corazones”.
Moreno, ibidem, p. 151.

42
vocabularios y caramillos, hasta imputarle la especie de haber obligado a que
hombres en el sombrero y mujeres en el pecho la llevaran todos diariamente. 34

El 17 de septiembre llegaron las noticias del apresamiento de la familia real en

Bayona y de la abdicación en favor de Napoleón, de la formación de la Junta de Sevilla

y de otras juntas provinciales en la península. La crisis de Estado se precipitó por el acto

de fuerza cometido en Bayona, “ejercido no sobre un enemigo vencido sino sobre un

aliado, es decir, una traición, tanto más grave cuanto que afectó a un rey cuyo acceso al

trono unos meses antes había sido acogido en ambos continentes con la esperanza

entusiasta de una regeneración de la Monarquía”.35 El rechazo a José Bonaparte fue

general y emergió el debate por la persona que reasumiría la soberanía perdida por

Fernando VII.

El presidente de la Audiencia y el arzobispo Moxó opinaron que estas noticias

debían darse a conocer a los habitantes de Charcas, adoptando la postura del virrey

Liniers que en Buenos Aires aconsejó respaldar a la Junta de Sevilla, en tanto que

“ejercía autoridad soberana en representación del monarca ausente, cautivo y suplantado

en su trono”. Pero los oidores consideraron que el mando supremo había pasado a la

Junta Central y Gubernativa que se había constituido en Madrid por delegación del

soberano legítimo, dado que la Junta de Sevilla se había formado de modo

“tumultuario”. Esta postura fue expuesta claramente por López Andreu, el fiscal de la

Audiencia:

Claro como está que aquella junta tumultuaria y de provincia no es suprema en


sentido legal, y que no puede ejercer actos de soberanía según las leyes primordiales
de la Monarquía, ni siquiera conforme a los estatutos constitutivos de estas
posesiones, ¿Pudiera acaso ejercerlos a virtud de una aprobación de las provincias
que componen el cuerpo nacional? Tampoco.36

34
Moreno, ibidem, p. 156.
35
François-Xavier Guerra: “El ocaso de la monarquía hispánica” en A. Annino y F.X. Guerra (coord):
Inventando la nación. Hispanoamérica Siglo XIX. México: Fonde de Cultura Económica, 2003; p. 123.
36
Moreno, Op. Cit, p. 193.

43
A pesar de la tensión entre las autoridades de La Plata, la jura de obediencia al

rey Fernando VII se realizó con toda solemnidad el 25 de septiembre de 1808. En La

Paz fue puesta en escena el 13 de octubre siguiente. Aquí las autoridades también

portaron la fernandina y el retrato del rey fue paseado sobre un carro triunfal, en medio

de un desfile presidido por el alférez real y seguido por los regidores del cabildo y

quinientos bailarines indígenas “con sus insignias, plumajes de diferentes hechuras y

colores”. Las fiestas reales se prolongaron por diez días.37 En la villa de Oruro, la jura se

realizó el domingo 16 de octubre con un programa especial, según el relato de Marcos

Beltrán Ávila:

Reunido el pueblo, los bailes de comparsa indígenas y numerosa indiada en la plaza


mayor, el Ayuntamiento en corporación sacó de su casa el estandarte real,
siguiéndoles el cuerpo de eclesiásticos. A la vista de todos, entregó el pendón el
regidor decano al alférez real; de aquí en medio de repiques, salvas, música, dio una
vuelta a la plaza y se instaló en el primer tablado de ricos adornos el Cabildo para
proceder a la primera jura, donde se hallaba el retrato del Rey. Se dio lectura a la real
cédula en la cual constaba la espontánea abdicación de la Corona en su serenísimo
primogénito y la aceptación de S. M., por lo cual se manda alcen pendones en el real
nombre de S. M. Don Fernando VII. El alférez real levantó por tres veces el
estandarte, en medio del solemne silencio del pueblo, diciendo cada vez: “Las Indias
y España por el señor don Fernando VII”; a estas palabras los capitulares levantaron
sus espadas, en testimonio del reconocimiento, honor, defensa, vasallaje y lealtad al
nuevo rey. Las aclamaciones resonaron, se echaron monedas y azafates de plata.
Siguió de aquí, por la torre grande hasta la plaza de San Francisco, donde se efectuó
la segunda jura, luego continuó por el Beaterio hasta la plazuela del Regocijo para la
última jura, en medio de vivas, aclamaciones y monedas que continuamente se
echaban hasta que el real pendón volvió al primer tablado donde se levantó el acta de
la jura y reconocimiento. Al siguiente día hubo misa y Tedeum, luminarias,
iluminación general y jolgorio en el pueblo que vivaba a Fernando VII, que para estas
horas estaba ya prisionero juntamente con el resto de la familia real 38.

Así es. La situación de la península se había transformado: las primeras juntas

locales se constituyeron en Aranjuez y el 25 de septiembre, la Suprema Junta Central

Gubernativa del Reino, como hemos dicho, que gobernaría en nombre del rey, como

37
Disposiciones para la proclamación de Fernando VII, dictadas por el obispo de La Paz. Citado en
Alberto Crespo et al, La vida cotidiana en La Paz durante la Guerra de la Independencia, La Paz, p. 117.
La celebración se hizo aparentemente sin conocimiento de los hechos de Bayona.
38
Marcos Beltrán Ávila: Capítulos de la Historia Colonial de Oruro., p. 232-233.- Basado en los
Acuerdos del Cabildo de Oruro, documento que se hallaba en el archivo privado del mismo autor. Este
documento se halla hoy perdido.

44
“depositaria de la autoridad soberana”. 39 Junta que se había creado porque las juntas

provinciales habían enviado dos delegados cada una.

Cuando Goyeneche llegó a La Plata, enviado por la Junta de Sevilla, ésta había

sido reemplazada por la nueva Junta Central. Como nadie lo sabía, este comisionado fue

bien recibido por el presidente, el arzobispo y la población, aunque fríamente acogido

por la Audiencia. A pesar de ello, fueron leídas en junta especial la carta de la Junta de

Sevilla y unas cartas enviadas por la Corte portuguesa del Brasil. Es por ello que, y

aunque con dudas sobre su legitimidad, la Junta de Sevilla 40 fue finalmente reconocida.

Solamente las cartas llegadas desde la Corte del Brasil provocaron una nueva discordia

entre la Audiencia y el presidente.41

El presidente García Pizarro respondió a las cartas que procedían de las

autoridades reales del Brasil, es decir del rey Joao VI y de Carlota Joaquina en términos

enérgicos, cerrando cualquier pretensión de transferir la lealtad que ya había sido jurada

a Fernando VII en favor de su hermana, la infanta Carlota Joaquina:42

…desde el momento que tube la noticia de lo obrado en Bayona con nuestro Augusto
Soverano el señor don Fernando Séptimo y con todas las personas de la Real Familia
que fueron alli conducidos con un engaño tan inicuo, como cobarde, anticipé de
acuerdo con esta fidelisima Ciudad Capital, la Jura y Proclamación solemne del
Señor don Fernando Septimo por REY de España y de las Indias, sellando con este
acto, la obligación que nos impone nuestra insigne fidelidad y Patriotismo. Esto es lo

39
François Xavier Guerra: Modernidad e independencias, p. 125.
40
Cf. Manuel Moreno Alonso, La Junta Suprema de Sevilla, Sevilla, Alfar, 2004.
41
Los cuerpos y autoridades que recibieron copias de las cartas fueron, además del presidente y la propia
Audiencia, el arzobispo, el cabildo y la universidad, pero también otras autoridades de Santa Cruz, la Paz,
Potosí y Cochabamba. Estos documentos eran: una reclamación de Carlota Joaquina y del Infante D.
Pedro al Regente de Portugal, pidiendo socorros para conservar los derechos del Rey de España en
América; la respuesta del Regente, un manifiesto de Carlota narrando los sucesos de Bayona,
considerando la necesidad de hacer las veces del Rey, su padre, y declarando nula la renuncia de Carlos
IV a favor de Fernando VII. Cfr. Estanislao Just: Comienzo de la Independencia en el Alto Perú…Op.
Cit., p. 100.
42
El tema de la injerencia de la infanta Carlota Joaquina en el Virreinato de Buenos Aires y la
configuración de un “partido carlotino” en la capital del virreinato ha sido motivo de varios estudios, en
los cuales se han mostrado los intereses del Consulado y de los grupos de comerciantes a favor de la
regencia de Carlota. En el caso de Charcas, es interesante notar que el mismo Goyeneche tuvo contactos
con los carlotinos y con la propia Carlota Joaquina, hecho que se muestra en la carta inicial enviada por
Goyeneche al Presidente de la Audiencia, donde anunciaba que tanto Inglaterra como Portugal eran
aliados. De este modo, fue el temor a este partido pro-portugués el que empujó los movimientos juntistas
de Charcas en 1809. Sobre este tema ver el libro de José Luis Roca, 1809. La revolución de la Audiencia
d e Charcas en Chuquisaca y en La Paz. 1809. La Paz, Plural, 1998; p. 38-143.

45
mismo que han ejecutado todas las Ciudades y Villas de esta América; estos son los
sentimientos de que estamos poseídos; ni el Terror, ni la Sorpresa, ni el aspecto de la
muerte misma, son capases de inmutar, o hacer vacilar, ni por un instante, nuestra
caracteristica fortaleza dispuesta a llenar en todas ocasiones los deveres de vasallaje.
Yo por mi parte aseguro a V.A.R. que soy Español, soy noble, soy Gefe de una
Provincia, soy General, y por todos estos multiplicados Títulos, me reconosco con
otros tantos motibos de hacer toda clase de sacrificios en defensa de los derechos de
nuestro Soberano el Señor Don Fernando Séptimo de toda la Familia Real y de la
Patria enormemente atropellada, por el ambicioso Emperador de los Franceses. Esta
es mi resolución; esta es la de la Provincia que gobierno; esta es la de toda la Nación
Española, y esta es la que llenará de satisfacción el grande y real animo de V.A. 43

A comienzos de 1809, la Universidad convocó un claustro para decidir lo que

convenía hacer con las cartas traídas por Goyeneche. Vista la peligrosidad de las cartas

que llegaban del Brasil, acordó no responderlas y solicitar tanto al presidente como al

virrey Liniers la prohibición de su circulación en Charcas. Esta decisión fue bien

acogida en la Audiencia, pues su fiscal ya había ordenado recoger las copias de las

cartas que estaban circulando porque “contienen proposiciones falsas y contrarias a la

legítima Soberanía que de los Reynos de España y de Indias obtiene nuestro más amado

Monarca el Señor Don Fernando Séptimo… con otras especies seductoras, y ofensivas a

la acendrada fidelidad que en todos tiempos, y singularmente ahora tienen acreditada

estos lealísimos vasallos a su legítimo Rey y Señor…”44

Un mes después, el virrey ordenó al presidente de la Audiencia de Charcas

borrar y testar el acta del claustro universitario, enviando el expediente levantado sobre

esta posición a Buenos Aires. La difusión de esta orden preparó el movimiento del 25 de

mayo de 1809. Los dos cuerpos, tanto la Audiencia como la Universidad, expresaron su

lealtad a Fernando VII y acusaron al presidente y al virrey de traición, argumentando

que pretendían entregar el Virreinato al dominio de Portugal. El desenlace fue el

apresamiento del presidente García Pizarro.

43
Archivo Histórico Nacional de Bolivia. Cons. Leg. 21391,2 f.42. Carta del Presidente García Pizarro a
la Infanta Carlota Joaquina de Borbón. 25 de diciembre de 1808. Apéndice documental en el libro de
Estanislao Just, Comienzo de la Independencia en el Alto Perú: los sucesos de Chuquisaca, 1809. Op.
Cit., p. 588-589.
44
AHN Cons. Leg. 21391, 2, f1. Citado por Just , Op cit. p. 74.

46
En toda esta trama se perciben cambios sutiles que deben señalarse. En primer

lugar, la lejanía de la Audiencia respecto de la metrópoli y de la capital del Virreinato

pudo ser la causa de su acción política divergente si se compara con las de la Nueva

España y Buenos Aires. La llegada de las noticias con un retraso de meses hizo que las

autoridades y los cuerpos actuaran muchas veces “a ciegas”. Por ejemplo, mientras en la

Audiencia se discutía aún si la Junta de Sevilla podía ser considerada legítima y

representativa, ésta ya había cedido su lugar a la Junta Central; mientras en Charcas se

estaba jurando lealtad a Fernando VII, éste ya se encontraba preso en Bayona y la

soberanía había pasado a José Bonaparte. Como no se contaba con una Gaceta oficial,

la opinión pública era movida en cualquier dirección por los rumores callejeros. La

rumorología alcanzó casi una categoría histórica.

La pugna entre el presidente y la Audiencia abrió la posibilidad de acción

decisiva a dos cuerpos locales de La Plata: la Universidad y el Cabildo. Bajo un

discurso de lealtad a toda prueba a Fernando VII y adverso a los intereses de Carlota

Joaquina, la Universidad apoyó inicialmente la autoridad de la Junta Central

Gubernativa. Así, en el acta de enero de 1809 decía:

Que la inicua retención de la Sagrada persona de Nuestro Augusto Fernando Séptimo


en Francia no impide el que sus vasallos de ambos Hemisferios reconozcan
inflexiblemente su Soberana Autoridad, adoren su Persona, cumplan con la
observancia de las Leyes, obedescan las autoridades, tribunales y Xefes respectivos
que los goviernan en paz y quietud, y sobre todo a la Suprema Junta Central
establecida últimamente que manda a nombre de Fernando Septimo sin que la
America necesite el que una potencia extranjera quiera tomar las riendas del
gobierno…45

En Oruro, el domingo 19 de febrero de 1809, se realizó la ceremonia de jura de

la autoridad de la Junta Central. El relato de este acto es el siguiente:

45
AHN Cons. Leg 21392,85 f76. Citado en Just Apéndice, p. 593. Obsérvese también en este manifiesto
una clara identidad global americana que va más allá de las identidades locales. Se percibe que los
doctores de la universidad saben muy bien jugar con varios niveles de identidad. Al inicio hablan de los
“vasallos de ambos Hemisferios” y más abajo tratan específicamente de “La América”.

47
Se congregó lo más sobresaliente del vecindario en la casa del Ayuntamiento, las
autoridades civiles, militares y religiosas, y en la Plaza mayor del pueblo y tropa. El
Cabildo procedió a la solemne sesión en la que se leyeron los papeles pertinentes a
España y se comenzó a recibir el juramento ordenado ante la imagen del Crucificado
por el Alcalde de Primer Voto que juró diciendo: “Juro a Dios Nuestro Señor y a los
sagrados Evangelios que reconozco en la Junta Central Suprema Gubernativa la
representación y autoridad Real de Ntro. Augusto Soberano el Sr. Dn. Fernando
VII”.46

Esta ceremonia de jura fue mucho más sencilla, sin bailarines ni presencia

indígena, en una sesión ampliada del cabildo, sin desfiles con el pendón real. La imagen

del monarca había sido sustituida por el crucifijo y había desaparecido cualquier

vestigio público de homenaje y vasallaje, tan claro en la jura anterior. Sin embargo,

subsistía el reconocimiento de la real soberanía. Esta comparación de las dos juras

comprueba el cambio que, imperceptiblemente, se estaba produciendo en la mentalidad,

en la dirección del ideario moderno.

En febrero de 1809, la Junta Central Gubernativa, que ya se había retirado a

Sevilla, convocó a los americanos a elegir un juntero por cada uno de los cuatro

virreinatos y cinco capitanías generales para incorporarse a la Junta Central como

integrantes de plenos derechos.

Los términos de esta convocatoria provocaron recelos entre los americanos:

aunque parecía aceptarse su igualdad con los peninsulares, los virreinatos indianos

fueron presentados como “posesiones”, en vez de “reinos de España”. Y la

representación americana aparecía como una “graciosa” concesión de la Junta, mas no

como un derecho reconocido47. En realidad, también era una estrategia de la Junta

Central para atraer con esta medida al criollismo reticente de colaborar con las

autoridades peninsulares y, especialmente, dar una respuesta a la estrategia francesa que

46
Marcos Beltrán Ávila, Capítulos de la Historia Colonial de Oruro, Oruro, Imprenta Tipográfica “La
favorita”, p. 234. Basado en las Actas de Cabildo de la Villa.
47
Este tema ha sido desarrollado para toda la América en François-Xavier Guerra, Modernidad e
independencias, Madrid, MAPFRE, 1992, p. 186 y ss.

48
había concedido derechos a los criollos en las Cortes y Constitución de Bayona, como

ya hemos visto anteriormente.

Esta desigualdad era especialmente notoria en los casos de las audiencias

subordinadas de Quito y Charcas, que no fueron autorizadas a enviar sus diputados. No

obstante, esta situación no parece haber sido tema de discusión en este momento de la

jurisdicción de la Audiencia de Charcas48. Aunque sin embargo será uno de los agravios

que el movimiento quiteño de agosto de 1809 esgrima.49

En medio de la tensión existente entre las autoridades reales y los cuerpos

intermedios de La Plata empezaron a cobrar importancia las tertulias, que se fueron

transformando en reuniones clandestinas para discutir las ideas sobre el poder del rey y

del pueblo. Como resultado, cada mañana aparecían pasquines circulando por la ciudad.

El tono de los pasquines fue aumentando en radicalidad, pasando de los insultos al

presidente y al arzobispo a las invitaciones al tumulto. 50 Se rumoreaba que en esas

juntas participaban abogados de la Universidad, miembros del clero e inclusive

extranjeros. En el mes de mayo, la situación era insostenible. Circuló el rumor de que el

presidente había abierto procesos sumarios contra varios vecinos e inclusive corrió una

lista de los supuestos reos, entre los cuales se hallaban los oidores y algunos regidores

del cabildo. A pesar de que la autoridad negó los rumores, los ánimos no se calmaron y

la Audiencia abrió una investigación para demostrar la veracidad de los rumores, tanto

de la intención de entregar el territorio de Charcas a la familia real portuguesa instalada

en Brasil como de las acciones judiciales contra varios vecinos.

48
François-Xavier Guerra sostiene en Modernidad e Independencias que muy posiblemente esta
discriminación haya sido causa para que tanto Charcas como Quito organizaran Juntas en 1809. En el
caso específico de Charcas, no se encuentra evidencia documental que confirme esta hipótesis. Es muy
probable que las noticias de las elecciones y la discriminación de la Audiencia hayan llegado a Charcas ya
en pleno ambiente revolucionario.
49
Jaime E. Rodríguez O. La revolución en el Reino de Quito
50
Just. Op cit. , p. 109.

49
El presidente Pizarro decidió actuar: pidió apoyo al intendente de Potosí,

Francisco de Paula Sanz, porque “los males que amenazan a este pueblo son violentos”.

En su segundo despacho, añadió: “todas las señas son que tratan de quitarme el mando,

erigirse en Junta y desconocer la autoridad del Gobierno Superior”. Desde el 24 de

mayo, el presidente estuvo listo para enfrentarse a la rebelión, pasando revista a sus

tropas. Esa noche se reunió el Real Acuerdo para conocer la vista del fiscal sobre la

sumaria que se había iniciado. Éste pidió a la Audiencia aconsejar al presidente que

“deje el mando político y militar a cargo del Tribunal, como sucedería en el caso de

efectiva vacante… y que deberá retirarse de esta ciudad durante el tiempo indicado –

hasta la resolución del Superior Gobierno– al pueblo que le acomode”.51

La noticia de lo tratado en el Real Acuerdo corrió al día siguiente como reguero

de pólvora. Al enterarse, el presidente envió una misiva secreta a Potosí y se reunió con

sus asesores y abogados. Al caer la tarde firmó la orden de deposición y arresto de los

funcionarios de la Audiencia, con excepción del Conde de San Xavier, de los regidores

Manuel Zudáñez y Aníbarro, y del hermano del primero. Pero ya casi todos se habían

puesto a buen recaudo. En su libro Comienzo de la independencia en el Alto Perú, Just

relató los acontecimientos del 25 de mayo de 1809 a partir de los testimonios levantados

en el juicio que se hizo posteriormente. Lo que sigue es su relato:

En medio de un tumulto de parientes, criados y curiosos, fue detenido Jaime Zudáñez.


La noticia corrió rápidamente por toda la ciudad, y un tumulto se fue reuniendo ante
las puertas de la presidencia. El gentío aumentaba y el desconcierto también. Como
ocurre en estos casos, alguien propuso marchar hacia el palacio arzobispal para
solicitar a Moxó su intercesión ante el presidente para liberar a Zudáñez.
El arzobispo, alarmado por los gritos, accedió a la petición. Acompañado del
oidor conde de San Xavier marchó hacia la presidencia. Una vez allí, y mientras
afuera arreciaban los gritos y las piedras arrojadas contra las puertas y ventanas de la
casa, obtuvo la libertad del abogado Zudáñez. Una descarga de fusilería hecha desde
los altos de la presidencia acabó de exasperar los ánimos de los amotinados. 52

51
Just, Op. cit., p. 117.
52
Estanislao Just, Op. Cit., p. 119.

50
Los doctores de la Universidad, los oidores y otras personas que habían

participado abiertamente en la organización de la rebelión empezaron a salir a la calle

para convocar a toda la población. El abogado liberado fue paseado en triunfo, en medio

de los vivas a Fernando VII y los mueras al “mal gobierno”, sin que faltaran los gritos

de traición y las vivas a la república. 53 La situación se hizo incontrolable. La

muchedumbre invadió entonces la casa del presidente, agrediéndolo de palabra y de

hecho. Los oidores ya no pudieron controlar el tumulto y pasó a un tiroteo general en

gran parte de la ciudad. Se intentó atacar las Cajas Reales, asaltar tiendas e inclusive el

Palacio arzobispal. Al final, unas dos mil personas pidieron a gritos la deposición del

presidente García Pizarro.

Frente a la gravedad de la situación, los oidores solicitaron repetidamente al

presidente su dimisión y, mediante un acuerdo, declararon su asunción del mando de

Chuquisaca con las siguientes palabras:

Acordó la correspondiente acta graduar de subversivo el contenido de dichos


manifiestos [los enviados por Carlota Joaquina] y, dando un testimonio de fidelidad,
cuyo documento de orden del Señor Virrey borró S. E. por su mano, alarmando con
este hecho la desconfianza pública, y quando el Real Acuerdo se acaba de reunir para
los fines indicados principiaron las prisiones de los Señores Ministros …motibo
porque la Ciudad se conmocionó, y habiendo el Tribunal tomado providencia para
sosegarla, como el Excelentisimo Señor Presidente hubiese llegado al extremo de
obstaculizar a los avitantes, a petición de estos no pudo menos el Real Acuerdo de
reasumir el mando, y dictar otras aquella Noche y los días siguientes para
tranquilizar, y devolver el sosiego, lo que consiguió dando cuenta a las
Superioridades, y a la Suprema Junta Central…54

El mando fue entonces reasumido por la Audiencia, a petición de los habitantes

de Chuquisaca para remediar el desorden, y se dio cuenta de lo sucedido a la Suprema

Junta Central, por ese entonces reconocida como representación legítima del rey

Fernando VII. Menos de dos meses después y en la ciudad de La Paz, el 16 de julio, una

procesión de la Virgen del Carmen fue la ocasión para otro tumulto. Bajo el mismo

53
Ibídem, p. 120-121.
54
AHN Cons. Leg 21348 p.8 f.2v. Citado en Just,Op. Cit., p. 666-667.

51
argumento de que el intendente Tadeo Dávila y el obispo Remigio la Santa y Ortega

pretendían seguir el “partido” de Carlota Joaquina, un grupo de vecinos tomó el cuartel

y depuso las autoridades. El cabildo de la ciudad abrió sus puertas para que se realizara

un cabildo abierto que confió el mando militar a Pedro Domingo Murillo, mestizo, y

eligió como subjefe a don Pedro de Indaburo, español, comandante de las milicias y

miembro de una de las familias distinguidas de la ciudad. Este tumulto, respaldado por

las decisiones del cabildo abierto, quemó la lista de deudores de las cajas reales y sacó

dinero de las mismas para repartirlo entre los participantes. Finalmente, el cabildo

autorizó la formación de una “Junta Nacional Representativa de Tuición”, más conocida

como “Junta Tuitiva de los Derechos del Rey y del Pueblo”, presidida por Murillo.55

Este movimiento estuvo íntimamente relacionado con el de Chuquisaca, pues de

allí provenían dos de sus instigadores: Manuel Mercado y Mariano Michel, a quien se

había unido uno de los ideólogos más radicales, José Antonio Medina, cura de Sicasica.

A pesar de su éxito, este movimiento no tuvo influencia significativa en la jurisdicción

de la Audiencia. Como dijo José Luis Roca, ni aún la Audiencia Gobernadora creada en

Chuquisaca estaba en capacidad de apoyar el movimiento paceño, asustada como estaba

por las represalias del virrey de Buenos Aires. Sin embargo, más allá de sus

posibilidades de triunfo, y del fracaso final del movimiento, éste produjo un conjunto de

documentos ricos en el ideario que marcó el discurso de independencia altoperuano.56

Uno de los primeros documentos que emanaron del cabildo, un día después de la

sublevación, reafirmaba la fidelidad a Fernando VII, la igualdad entre españoles y

55
José Luis Roca, op. cit., p. 23-25. Los otros miembros de la Junta Tuitiva eran Melchor de la barra, José
Antonio Medina, Juan Manuel Mercado, Francisco Xavier Iturri Patiño, Gregorio García Lanza, Juan
Basilio Catacora, Juan de la Cruz Monje, Buenaventura Bueno, Sebastián Arrieta, Francisco Palacios,
José María de los Santos, Sebastián Aparicio y Juan Manuel Cáceres como escribano.
56
El movimiento paceño empujó al Virrey del Perú Fernando de Abascal a intervenir en los asuntos de la
Audiencia de charcas y envió a José Manuel de Goyeneche a reprimir el levantamiento. Las tropas
procedentes del Perú controlaron la rebelión, aprovechando la división entre radicales y moderados dentro
de la misma Junta. En enero de 1810, Murillo y varios de sus seguidores fueron ejecutados mientras que
muchos otros participantes fueron desterrados y encarcelados.

52
patricios: “…que se entienda que unos y otros somos hijos de esta misma patria donde

se hallan nuestros hogares…”; y la subordinación a las leyes, además de resaltar la

lealtad de los indios, “igualmente leales a su majestad a quien han servido y sirven con

toda fidelidad”. El mantenimiento de la fidelidad al soberano hizo hincapié en la

igualdad entre todos los habitantes de “la misma patria”.57

Los nombres dados a la Junta Tuitiva muestran los elementos de la

representación en términos modernos que se alejaban del Antiguo Régimen. El término

“nacional” remite al concepto de nación, el fundamento del nuevo régimen. 58 Las

expresiones “tuitiva” y “Derechos del Rey y del pueblo” remiten a la intención de

establecer un tutela de gobierno en la circunstancia de la impotencia del rey, así como a

un reconocimiento de la soberanía real equilibrado por los derechos del Pueblo. Ya no se

hablaba de “los pueblos” del antiguo régimen (“pueblos, ciudades-provincias, reinos,

coronas”59), sino del Pueblo, con mayúscula, la nación moderna.60 Y aquí,

evidentemente, entramos en una larga discusión sobre los elementos de ruptura o

continuidad de este momento.

El Cabildo Gobernador elaboró también otro documento central, conocido como

Estatuto Constitucional o Plan de Gobierno, promulgado el 21 de julio, por el que se

creó precisamente la Junta Tuitiva. En este documento de diez puntos se muestran ya

57
Op. Cit. en Roca, p. 26. Lo que no queda claro es el concepto de patria que se da en el documento, que
puede interpretarse tanto como la patria española o como la patria pequeña, La Paz, donde se hallan
“nuestros hogares”, como dice el documento. Para Mónica Quijada en “¿Qué nación? Dinámicas y
dicotomías de la nación en el imaginario hispanoamericano” en Inventando la Nación. México, FCE,
2003, el término Patria fue desde el siglo XVII conceptuado como “la Tierra donde uno ha nacido” o “El
lugar, ciudad o País en que se ha nacido”, y aparece por lo tanto como una lealtad filial, localizada y
territorializada. El término también remite a la idea de libertad. De esta manera, este doble sentido sirvió
para instrumentalizar tanto el discurso independentista en América como la lucha de los españoles
peninsulares contra los franceses. Mónica Quijada, Op. Cit. p. 291-292.
58
Sobre este tema, ver el artículo de José Carlos Chiaramonte “Modificaciones del pacto imperial” en
Annino y Guerra (comp): Inventando la Nación. Op. Cit., p. 85-113. En la página 86 utiliza el siguiente
concepto de Nación extractado de la Gazeta de Buenos Aires: “Una Nación no es más que la reunión de
muchos Pueblos y Provincias sujetas a un mismo gobierno central, y a unas mismas leyes”. En este
sentido, para Chiaramonte, este concepto de Nación no se relaciona con el concepto levantado
posteriormente por el romanticismo, sino por un concepto ligado al contractualismo
59
F.X Guerra, “El ocaso de la monarquía española”, Op. Cit., p. 126-127.
60
F. X. Guerra, Modernidad e independencias, Op. Cit., p. 328.

53
varios elementos de la nueva representación política. 61 Luego de establecer la intención

de obtener una mayor autonomía respecto de Buenos Aires, por ejemplo al ordenar que

no fuese remitido a esa ciudad el numerario de las Cajas Reales, ordenó el despacho de

cartas a todos los cabildos y autoridades de los virreinatos del Perú y del Río de la Plata

para explicarles “los objetos justos y leales que ha tenido este pueblo para realizar este

nuevo gobierno”. Aquí se perciben las dos representaciones del pueblo: por una parte se

habla de la población de La Paz, y por la otra del “cuerpo respetable de la América”, 62

que defiende sus derechos contra las pretensiones de la princesa del Brasil. El quinto

punto del Plan de Gobierno organizó la Junta Tuitiva en los siguientes términos: “Se

formará una junta que hará las veces de representante del pueblo, para que por su

órgano se exponga a este ilustre cuerpo (el cabildo gobernador) sus solicitudes y

derechos, y se organicen con prudencia y equidad sus intentos”. El noveno punto

expresa la ruptura con las dos “repúblicas” del régimen anterior: “Pide este pueblo que

se reúna al congreso representativo de los derechos del pueblo, un indio noble de cada

partido de las seis subdelegaciones que forman esta provincia de La Paz cuyo

nombramiento se hará por el subdelegado, el cura y el cacique de las cabeceras de cada

partido…”63 Y el décimo punto estableció que

No intenta más este pueblo que establecer sobre bases sólidas y fundamentales, la
seguridad, propiedad y libertad de las personas. Estos tres derechos que el hombre
deposita en manos de la autoridad pública, deben ser representados por todo el
decoro y dignidad que se debe; de la invulnerabilidad de éstos, se sigue
inmediatamente la tranquilidad y buen orden de la sociedad, y mientras no se tomen
las precauciones para sostenerlos, nacen las crisis políticas que desorganizan y
trastornan las instituciones sociales.64

61
En nota de pie de página, Roca, que analiza este documento dice que para el investigador Javier
Mendoza, quien se basa en Gabriel René Moreno, el nombre de “Estatuto Constitucional” fue añadido en
el documento a fines del siglo XIX. Por este motivo, el documento será analizado únicamente como Plan
de gobierno, sin tratar el tema de si fue o no un intento de tipo constitucional.
62
El original se halla en el Archivo General de la Nación de Buenos Aires y ha sido publicado por varios
autores, entre ellos José María Pinto y Carlos Ponce Sanjinés. En este caso se trabaja con la versión
publicada en José Luis Roca, Op. Cit., p. 79-86.
63
José Luís Roca, Op. Cit., p. 84.
64
Ibídem, p. 85.

54
En este discurso apareció la idea de los derechos individuales. Para el autor del

Plan de Gobierno, que seguramente fue el cura José Antonio Medina, los principios

fundamentales de seguridad, propiedad y libertad eran los principios individuales que el

hombre depositaba en las manos de la autoridad pública. En este punto nos encontramos

mucho más cerca del ideario de la Modernidad.

Un tercer documento, desmenuzado por las perspectivas regionalistas, es la

llamada Proclama de la Junta Tuitiva.65 Del análisis realizado por Roca a las diferentes

versiones del documento tomaremos en cuenta únicamente dos, comprobadamente

escritas en 1809.66 Se trata de dos versiones que si bien guardan similitud en la forma,

contienen diferencias que nos ubican precisamente en dos discursos totalmente

diferentes: uno de fidelidad al Rey y el otro de una visión de autonomía e inclusive de

independencia. Soslayando la disputa sobre si el documento proviene efectivamente de

la Junta Tuitiva o fue escrita en Chuquisaca –centro de la discusión regionalista–, y

limitándonos a la forma del texto, encontramos los puntos centrales de divergencia en

los dos párrafos siguientes:

a) “Ya es tiempo pues de elevar hasta los pies del trono del mejor de los

monarcas, el desgraciado Fernando VII, nuestros clamores, y poner a la vista del mundo

entero, los desgraciados procedimientos de unas autoridades libertinas. Ya es tiempo de

organizar un nuevo sistema de gobierno fundado en los intereses del rey, de la patria y

de la religión, altamente deprimidos por la bastarda política de Madrid. Ya es tiempo en

fin, de levantar los estandartes de nuestra acendrada fidelidad” (primera versión).


65
Esta proclama fue utilizada por el movimiento regionalista paceño del siglo XIX para demostrar que el
movimiento juntista de Chuquisaca no buscaba la independencia mientras que el movimiento paceño sí lo
hizo. Este tema fue abordado por el investigador Javier Mendoza en el libro La mesa coja, en la década
de 1990, desentrañando las distintas versiones que se publicaron de esta proclama. En respuesta, el
historiador José Luis Roca publicó el libro 1809… donde analiza también las diferentes versiones
demostrando que no se trata de dos procesos diferentes y antagónicos, sino un solo proceso que buscaba
no una independencia sino un sistema de autonomía.
66
El primero (versión No. 1 para Roca) fue publicado por José María Pinto en 1909, el segundo (versión
No. 3 para Roca) se encuentra en forma original en el Archivo General de la Nación. Existe otra muy
parecida a la versión 3 que se halla en un expediente de la época en la sección de manuscritos de la
biblioteca Central de la Universidad Mayor de San Andrés.

55
“Ya es tiempo pues de sacudir yugo tan funesto a nuestra felicidad como

favorable al orgullo nacional del español. Ya es tiempo de organizar un nuevo sistema

de gobierno fundado en los intereses de nuestra patria, altamente deprimida por la

política bastarda de Madrid. Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad

en estas desgraciadas colonias adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor

injusticia y tiranía” (segunda versión).

b) “Valerosos habitantes de la Paz y de todo el imperio del Perú: relevad

vuestros proyectos por el ejecución, y aprovechaos de las circunstancias en que estamos.

No miréis con desdén los derechos del rey y la felicidad de nuestro suelo. No perdáis

jamás de vista la unión que debe reinar en todos para acreditar nuestro inmarcesible

vasallaje, y ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente (primera

versión).

“Valerosos habitantes de La Paz y de todo el imperio del Perú, relevad nuestros

propósitos por la ejecución, aprovechaos de las circunstancias en que estamos, no miréis

con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe

reinar en todos, para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente”

(segunda versión).

El discurso de la primera versión expresa claramente la fidelidad a Fernando VII

y el mantenimiento de la relación de vasallaje, tal y como sucedió en la generalidad de

las juntas que se formaron en España y América ante la invasión napoleónica. Se trata

tanto de un discurso que sigue el lema de “Viva el Rey, muera el mal gobierno”, como

de una convocatoria a la defensa del rey legítimo contra la “bastarda política de

Madrid”, es decir, del gobierno de José Bonaparte que reinaba desde esa ciudad.

El discurso de la segunda versión es totalmente diferente. Han desaparecido

todas las alusiones al rey, a la fidelidad y al vasallaje. No se trata ya de una lucha contra

56
las malas autoridades sino contra el régimen colonial en sí, “adquiridas sin el menor

título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía”. En la misma, la “bastarda política

de Madrid” puede nombrar tanto como al gobierno napoleónico como también a la

dominación colonial de metrópoli española.

¿Puede la segunda versión ser tomada como un discurso de apertura del nuevo

régimen? Si bien no habla de ciudadanos, ni de igualdad, ni del pueblo soberano, el uso

de términos tales como los de “estandarte de la Libertad” o “despotismo injusto”, en

lugar de términos como “jefes déspotas” (primera versión), puede mostrar un discurso

que se acerca más a la representación en términos modernos. No se trata ya de oponerse

a un comportamiento despótico sino a un sistema político injusto.

El movimiento paceño, que había empezado con tanta fuerza y radicalidad,

empezó a dividirse cuando llegaron las tropas provenientes del virreinato del Perú,

enviadas por el virrey Fernando de Abascal y dirigidas por el mismo Goyeneche que

había promovido el conflicto en Chuquisaca con las cartas de la infanta Carlota

Joaquina. En octubre de 1809 un grupo moderado, dirigido por Murillo, propuso la

subordinación a las autoridades reales. Una carta fue enviada a Goyeneche en los

siguientes términos: “Tengo el honor de poner a disposición de V.S. toda la fuerza de la

ciudad y su provincia que se halla en mis manos”.67 La actitud de Murillo causó

desconcierto entre sus compañeros y provocó una división en el movimiento. Los

moderados que habían participado en el levantamiento de julio, junto a los

contrarrevolucionarios que se habían opuesto desde el principio al mismo,

desconocieron a Murillo y lo encarcelaron. Por su parte, los miembros radicales de la

Junta rechazaron las proposiciones de Goyeneche y fueron apoyados por la plebe que

tomó prisioneros a varios miembros del cabildo. Como reacción a la acción de la plebe,

Pedro de Indaburo, miembro de la Junta Tuitiva y del grupo de los moderados, liberó a
67
Citado en José Luis Roca: 1809… Op. Cit., p. 38.

57
los españoles presos e inició una contrarrebelión. La violencia se apoderó de la ciudad y

cayó, como una de las primeras víctimas, el mismo Indaburo; por su parte, Murillo fue

hecho nuevamente prisionero, pero esta vez de los radicales.

El 9 de octubre, el cabildo de La Paz aceptó volver al estado político anterior al

levantamiento, pero ya las posiciones eran irreconciliables. Uno de los más radicales, el

español Castro, se enfrentó a las avanzadas de Goyeneche en los altos de Chacaltaya,

pero al verse superado escapó hacia los Yungas. Mientras tanto Murillo, que había

logrado escapar de su prisión, escribió de nuevo a Goyeneche pidiéndole clemencia. Las

fuerzas enviadas por Goyeneche se enfrentaron a los rebeldes de Castro en los Yungas y

los derrotaron. A fines de noviembre los cabecillas del movimiento ya habían sido

apresados. Después de un juicio sumario fueron condenados a la horca catorce

insurgentes, entre ellos Murillo y miembros de la Junta Tuitiva. Un centenar de otros

implicados sufrió la pena de destierro en lugares tan remotos como las islas Malvinas y

las Filipinas. A Medina se le perdonó la vida por su condición de sacerdote. Los

“acaudalados y pudientes” se impusieron “sobre el pueblo que quedó a la espera de una

nueva oportunidad”.68 No se nos escapa la importancia que tendría la solución del

conflicto por la vía de la represión. Será importante para comprender la estrechez de

vías políticas y no armadas o represivas del conflicto.

En las proclamas y panfletos, pero también en los documentos oficiales, se

registra a fines de 1809 el discurso liberal y moderno expresado en la Audiencia de

Charcas. El principio de los derechos individuales, como los conceptos de pueblo y de

nación, aparecen en los documentos de forma cada vez más extensa. 69 Sin embargo, no

es este el ideario de toda la población, claro. Por ejemplo, en la Proclama dirigida a los

68
José Luís Roca. Op Cit. 45.
69
Para Guerra en “El ocaso de la monarquía hispánica”, el triunfo del discurso liberal en 1809 fue en gran
parte obra de la opinión pública y los periódicos. En Charcas no existieron periódicos en toda esta etapa,
sin embargo, fue común el uso de pasquines, proclamas y panfletos, todos manuscritos.

58
habitantes de La Plata por el intendente de Potosí, Francisco de Paula Sanz, escrita en

septiembre de 1809, se dijo: “cerrad los oídos a todas las imposturas y despreciables

artificios de la seducción. Y una vez que blasonáis vuestra lealtad al Sr. D. Fernando

VII, acreditad por último vuestro honrado vasallaje con una prueba de bastante valor en

sí misma para restaurar el merecimiento con que adquirió esta capital el glorioso título

de Muy noble y Muy leal”.70

Los movimientos juntistas de Chuquisaca y La Paz, que en realidad

constituyeron un único movimiento coordinado en la Audiencia, pueden ser analizados

desde tres aspectos: como un movimiento de carácter revolucionario y autonómico;

como una lucha entre los poderes locales frente al centralismo y, finalmente, como un

paso de un discurso de antiguo régimen a otro que se inserta ya en los principios de la

modernidad.

Los movimientos juntistas71 representaron no sólo una respuesta autonómica

frente a la crisis de la Monarquía sino también frente a la dominación y control que se

ejercía desde la capital del virreinato. En su gestación y desarrollo se cruzó una serie de

factores tanto internos como externos. Entre los primeros cabe citar los conflictos por el

poder local entre las autoridades y los cuerpos –en el caso de Chuquisaca– y entre el

cabildo y los miembros de la Junta Tuitiva –en el caso de La Paz. Entre los segundos, la

misma crisis de la Monarquía y la lucha entre los dos virreinatos por controlar el

territorio de la Audiencia. En relación a los discursos y la ideología que acompañaron

los movimientos se puede establecer un lento movimiento desde un pensamiento basado

en el principio de vasallaje y lealtad al soberano a otro en el cual se fueron incorporando

los principios de la modernidad política: las ideas de pueblo, nación y soberanía de los

pueblos.

70
En Estalisnao Just. Anexo No. LXX. P. 766.
71
Manuel Chust, 1808. La eclosión juntera en el mundo hispano. México, Fondo de Cultura Económica,
2007.

59
8. La Junta de Quito.

Y ¿cómo reaccionaron otras partes americanas a la crisis de 1808? En Quito, el 10

de agosto de 1809, don Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, remitió una carta a

los capitulares de la ciudad de Santa Ana de Cuenca para informarles que, habiéndose

sabido que José Bonaparte había sido coronado en Madrid y que las tropas francesas

habían conquistado casi toda España, quedando por consiguiente extinguida la Junta

Central en la Península, el pueblo de Quito –"fiel a Dios, a la patria y al rey"– se había

"convencido de que ha llegado el caso de corresponderle la reasunción del poder

soberano". Por ello, los diputados de los barrios de Quito habían declarado el cese en

sus funciones de "los magistrados que las ejercían con la aprobación de dicha Junta

Suprema representante extinguida" y, en consecuencia, crearon una nueva junta

suprema e interina "con el tratamiento de majestad", para que gobernara en adelante el

Reino de Quito en nombre del rey Fernando VII, mientras éste recuperase la península o

pasase a América a imperar. El propio marqués de Selva Alegre había sido elegido, con

título de Alteza serenísima, presidente de dicha Junta suprema.72

La Real Audiencia de Quito fue sustituida por un nuevo tribunal de justicia,

llamado Senado –dividido en dos Salas, civil y criminal–, integrado por unos

magistrados con título de senadores. En la opinión del marqués de Miraflores, la

intensidad del enfrentamiento entre los chapetones (Simón Sáenz y su yerno, Xavier

Manzanos, y el doctor Nieto) y los criollos (Salinas, los Montúfar) en este año –por la

72
Una de las tantas copias del acta del evento quiteño del 10 de agosto de 1810 que circularon en el Nuevo
Reino puede leerse en Archivo General de la Nación (Bogotá. En adelante AGN), Archivo Anexo, Historia,
rollo 5, ff. 609-611v. La ratificación del 16 de agosto siguiente en la Catedral de Quito en Ibid, ff. 611v-613.
Además del marqués de Selva Alegre, los principales actores del 10 de agosto fueron el abogado antioqueño
Juan de Dios Morales (secretario de Negocios Extranjeros y Guerra), su colega chuquisaqueño Manuel
Rodríguez de Quiroga (secretario de Gracia y Justicia) y don Juan de Larrea (secretario de Hacienda).

60
elección de los alcaldes ordinarios y algunos pleitos que seguían entre ellos– era la

causa que había precipitado "la estrepitosa mutación de gobierno que ha habido".73

El uso del argumento de "reasunción de la soberanía" por "el Pueblo de Quito"

parece haberse originado en el discurso de uno de los ideólogos del movimiento, el

doctor Juan de Dios Morales, un abogado antioqueño 74 que fue nombrado secretario de

la Junta Suprema y del Despacho de Negocios Extranjeros y Guerra. Éste pronunció un

discurso público en el que afirmó que "la Junta Central no existía ya, y que en caso de

existir no podía tener más facultades que las que nosotros debíamos tener... se sabía que

todos los Consejos de Castilla, Indias, Hacienda, Órdenes y demás habían besado ya la

mano al tirano Napoleón, el mismo que había destronado muy de antemano los reyes de

toda la Italia, destronando al emperador de Alemania y toda la dinastía amable de los

Borbones".75 Es de destacar el tono de aseveración con que está redactado el

documento. Lo cual puede explicar la determinación de muchas de las decisiones

posteriores, tanto de los junteros como de las autoridades peninsulares.

En esas "circunstancias tan críticas y peligrosas" se juzgó indispensable la

erección de una junta suprema, "para lo que tenía derecho el pueblo, a semejanza de las

que en Europa se habían formado en Valencia, Aragón, Sevilla, etc., que gobernando a

nombre de nuestro soberano legítimo, el señor don Fernando 7º defendiesen sus

derechos, para lo que estaban autorizados los pueblos por la Junta Central, que mandaba

que en los pueblos que pasasen de dos mil habitantes se formen juntas".76

73
Carta del marqués de Miraflores a don José María Mosquera. Quito, 21 agosto de 1809. AGN, Archivo
Anexo, Historia, rollo 6, ff. 665-666.
74
Juan de Dios Morales nació en Arma Nuevo de Rionegro, provincia de Antioquia, en el Nuevo Reino de
Granada. Este asentamiento corresponde hoy al municipio de Pácora, en el Departamento de Caldas
(Colombia), según la experimentada versión del historiador Alonso Valencia Llano.
75
Confesión de don Mariano Villalobos. Quito, 14 de diciembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia,
rollo 6, f. 60v-61.
76
Confesión del doctor José Santos de Orellana, corregidor de Otavalo nombrado por la Junta Suprema de
Quito, 10 de enero de 1810. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, ff. 398r-v.

61
Durante su defensa, en el juicio que le siguió en 1810 el oidor Felipe Fuertes, el

doctor Morales se ratificó en la opinión, expuesta en el Concilio Provincial celebrado en

el Convento de San Agustín, de que la ocupación de la península por los ejércitos

franceses le habían otorgado al pueblo "el derecho incontestable a reasumir el poder

supremo conforme a las leyes de la sociedad, y cada individuo de ella a usar del que le

competía prestando su particular sufragio”.77 El doctor Manuel Rodríguez de Quiroga,

otro de los ideólogos del movimiento, confirmó que la creencia en la disolución de la

Junta Central Suprema de España y las Indias había sido la causa política de la acción

quiteña del 10 de mayo: “consideradas estas circunstancias, creyendo acéfala la nación

o bien en peligro próximo, hace Quito lo que hicieron las provincias de la península con

honor y sobrada justicia; esto es, crear al ejemplo de la Metrópoli una Junta Depositaria

de la autoridad suprema en la sola extensión de su respectivo distrito, sin ambicionar ni

aspirar a una dominación general... con la calidad de interina entre tanto Su Majestad es

restituido al trono, se reconquista la España, o viene a imperar en América alguno de su

real familia”.78

Al igual que la Junta Central Suprema de España, la de Quito había nacido "solo

de las circunstancias del convenio de los pueblos, y del sufragio de las demás juntas", en

una circunstancia excepcional que no habían previsto nunca las leyes de la Monarquía.

La "reasunción del poder supremo" por las juntas peninsulares y la de Quito había sido

la respuesta general ante la vacancia del trono por efecto de la invasión francesa.

De interés en este movimiento son las actuaciones de los abogados payaneses

que actuaban en los estrados de la Real Audiencia de Quito y que fueron incorporados al

Senado erigido por la Junta Suprema, una prueba de que "los forasteros habían sido

77
Careo del doctor Juan de Dios Morales. Quito, 10 de marzo de 1810. AGN, Anexo, Historia, rollo 8, f.
588.
78
Manuel Rodríguez de Quiroga, Vindicación de su conducta en los sucesos del 10 de agosto. Quito, 6 de
junio de 1810. En AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 9, f. 438.

62
ocupados en el nuevo gobierno", como señaló el oidor Felipe Fuertes Amar. Los nativos

de la provincia de Popayán eran Salvador Murgueitio (senador de la sala de lo criminal

y comisionado ante el Cabildo de Cuenca), Vicente Lucio Cabal (protector general de

indios), Javier Salazar (fiscal de lo criminal), Mariano Lemus, Pedro Escobar (senador

decano de la sala de lo civil), José del Corral (senador de la sala de lo criminal), Luis

Quijano (senador de la sala de lo criminal), Antonio Texada (senador de la sala de lo

civil) y su hermano, José María Texada, quien fue nombrado capitán de una compañía

en medio del tumulto de armas del 10 de agosto.

Solamente el doctor Ignacio Tenorio, quien había sido oidor de la Real

Audiencia de Quito, se negó a aceptar empleo alguno en la Junta y se marchó a su tierra

nativa, convirtiéndose en actor principal de la reacción de los cabildos de Pasto y

Popayán contra el nuevo gobierno quiteño. Don Antonio Tejada relató que el marqués

de Selva Alegre había ofrecido la cancelación del alcance de la Real Casa de Moneda de

Popayán si su cabildo se agregaba al gobierno de la Junta Suprema. Esta noticia fue

confirmada por su hermano José María en carta a su padre, reconociendo que los

sucesos quiteños del 10 de agosto habían sido del gusto de todos los payaneses

residentes, "que hemos sido distinguidos aún con preferencia a todos los criollos", y que

el marqués de Selva Alegre había prometido conservar en sus empleos de la Real Casa

de Moneda de Popayán a todos los nativos, "lo que no sucederá con los santafereños,

que siempre han querido llevarse la Casa de Moneda, empleando en ella y en todo

Popayán a los moscas, con preferencia a los vecinos más beneméritos". 79 En carta

enviada a su hermano insistió en su opinión de que Popayán debía unirse a la generosa

Junta Suprema de Quito antes que seguir dependiendo de Santa Fe, “que la ha tiranizado

79
Cartas de José María Texada a su padre y a su hermano. Quito, 21 de agosto y 6 de septiembre de 1809.
AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 6, f. 545-550v (195-200v). Manuel Moreno confirmó, en carta a su
hermano Camilo (Quito, 21 de agosto de 1809), que los empleos públicos se habían quitado a los
chapetones para darlos a los criollos y payaneses, que "los quiteños son muy afectos a los popayanejos" y
que "los santafereños no dan leche". Ibid, ff. 569-570 (220-221).

63
por cuantos medios ha habido, ya procurando destruir la Casa de Moneda, ya

acomodando en los empleos a los moscas”80

En efecto, el marqués de Selva Alegre envió, el mismo 10 de agosto, un oficio al

Cabildo de Popayán para informarle sobre la creación de la Junta Suprema y recordarle

su tradicional dependencia al Tribunal Supremo de Justicia del Reino de Quito, así

como las relaciones de comercio entre esas dos provincias, prometiéndole elevar su

condición política "en el evento de una total independencia". Hallándose en medio de

"dos reinos superiores en fuerzas y recursos", le convenía a la provincia de Popayán

agregarse a la Junta de Quito antes que a Santa Fe, "que está a mayor distancia y que

nada le interesa", con lo cual se podría resolver la necesidad de Quito de "arreglar sus

límites, proporcionándose una posición fronteriza capaz de consultar a su mayor

seguridad". Pidió el envío de un representante provincial ante la Junta, asignándole un

sueldo de dos mil pesos anuales. En otra carta reservada, del 29 de agosto siguiente y

dirigida al gobernador de Popayán, Miguel Tacón, el marqués de Selva Alegre le ofreció

el cargo de brigadier y la Comandancia general de armas, "para la seguridad de la

frontera", con sueldo de seis mil pesos anuales, si inclinaba al cabildo de Popayán a la

posición de unión con el Reino de Quito. Agregó que, en caso de que Fernando VII no

pudiera recuperar España ni el trono, quedarían independientes de Bonaparte y entonces

se pondría a Popayán "en el mayor grado de esplendor", olvidando las disensiones

motivadas por los acontecimientos de su Casa de Moneda, y se miraría por la

conservación de la Casa familiar de los Valencia.

Santiago Pérez de Valencia, a la sazón alcalde ordinario, advirtió en el Cabildo

que el descubierto del tesorero suplente de la Casa de Moneda, Francisco de Quintana –

80
El apodo Mosca era aplicado en los colegios de la capital del Nuevo Reino a los estudiantes nativos de
Santafé. Cfr. José María Cordovez Moure, Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Bogotá, Gerardo Rivas
Moreno Editor, 1997, p.46. A los de Popayán se les decía tragapulgas; a los del Tolima, timanejos; a los
de Cali, calentanos; a los de la Costa Caribe, piringos; a los antioqueños, maiceros; a los de Boyacá,
indios, y a los de Santander, cotudos.

64
con quien no le unía parentesco alguno –, debería ser juzgado y sentenciado, y que toda

su extensa familia había abrazado la causa contra los rebeldes de Quito.81

El doctor Luís Quijano, quien se acostó durante la noche del 9 de agosto como

"simple abogado" payanés y despertó a la mañana siguiente "de oidor decano de la Sala

del Crimen, sin que ni esa noche, ni en todas las que he vivido hubiese soñado en

semejante destino", relató a su hermano Manuel María que la Junta Suprema

Gubernativa del Reino de Quito se había propuesto conservar la religión católica, el

dominio absoluto de Fernando VII sobre este Reino, la adhesión a los principios de la

Suprema Junta Central de Sevilla y procurar el bien de la Nación y de la Patria, "hasta la

recuperación de la península, restitución de nuestro rey a ella, o que venga a imperar en

la América". Sin embargo, y pese a las novedades que parecían haber transformado todo

en ese teatro político, “seguimos las mismas leyes, conformándonos en todo con el

orden establecido en el antiguo régimen”.82

Los capitulares y el gobernador de la ciudad de Cuenca, Melchor Aymerich,

replicaron a la carta del marqués de Selva Alegre que el pueblo de Quito se había

"abrogado un derecho y poder que no le competía", obligándolos a abstenerse de aceptar

"tan escandaloso atentado" y a ponerse a la disposición, con sus armas, del virrey del

Nuevo Reino de Granada.83 Emitieron un auto declarando al marqués de Selva Alegre

"usurpador del gobierno" y propagador de falsedades, convocaron al vecindario a tomar

las armas, solicitaron auxilios a Lima y Guayaquil, y siguieron causas contra los

sospechosos de querer seguir el ejemplo de los quiteños.

81
Las dos cartas del marqués de Selva Alegre están en AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 10, ff. 369-
372.
82
Carta del doctor Luís Quijano a su hermano Manuel María. Quito, 21 de agosto 1809. AGN, Archivo
Anexo, Historia, rollo 6, ff. 658-661.
83
El 16 de agosto de 1809, el gobernador Aymerich envió al virrey del Nuevo Reino de Granada una copia de
las actuaciones de Cuenca frente a "la impensada novedad causada por el pueblo de Quito". AGN, Archivo
Anexo, Historia, rollo 4, 128.

65
Desde entonces, los gobernadores y cabildos de las provincias que integraban los

virreinatos del Perú y del Nuevo Reino de Granada tuvieron que considerar tanto la

convocatoria de la Junta Suprema de Quito como las prevenciones del gobernador de

Cuenca. Las primeras reformas administrativas ordenadas por la Junta Suprema de

Quito para "procurar la felicidad del pueblo" también estaban a la vista: supresión del

estanco de tabacos y del cabezón de las tierras, rebaja del precio del papel sellado a su

tasa antigua, indulto para reos y desertores.

La acción del oidor Ignacio Tenorio desde su llegada a la parroquia de Túquerres

puso en estado de alerta a los capitulares de las ciudades de Pasto y Popayán, antes de

que las cartas del marqués de Selva Alegre pudieran llegar a su destino. La reacción

inmediata del gobernador de Popayán, Miguel Tacón, fue la de tomar medidas drásticas

contra los quiteños: ordenó al administrador de correos entregarle la correspondencia de

particulares procedente de Quito para su examen, y su teniente –Manuel Santiago

Vallecilla– se puso a las órdenes del virrey del Nuevo Reino de Granada, Antonio Amar

y Borbón, contra "las extrañas, escandalosísimas ocurrencias de la ciudad de Quito",

incluso a costa del sacrificio de su vida y hacienda, para dejarle a la posteridad un

"ejemplo de honor y de lealtad".84 Las milicias organizadas en Popayán, durante el mes

de septiembre de 1809, para marchar contra los quiteños recibieron los refuerzos

convocados por el virrey Amar. Los capitulares de Pasto también pusieron en

conocimiento del gobernador Tacón su disposición a adherirse a la causa contra la Junta

de Quito.

Mientras tanto, santafereños y cartageneros consideraban la actitud a adoptar

respecto de las novedades de Quito. Un ilustre conciliario del Consulado de

Comerciantes de Cartagena de Indias, don José Ignacio de Pombo, aconsejó al virrey

84
Carta de Manuel Santiago Vallecilla, teniente de gobernador de Popayán, al virrey Amar y Borbón.
Popayán, 5 de septiembre de 1809. AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 5, f. 50.

66
Amar agotar el uso de "todos los recursos de conciliación y suavidad" con la Junta de

Quito, en atención al "carácter de sus habitantes, su número, sus medios y demás que

deben tenerse presentes", antes de emplear las medidas de fuerza. Para ello propuso85 el

envío de una comisión, integrada por tres personas "de conocida probidad, prudencia,

moderación, talento e instrucción en materias políticas", para que como "ministros de

paz" fuesen a Quito, en nombre del rey y de la Junta Central de Sevilla, a ofrecer un

perdón general y olvido. Pero el virrey, teniendo a la vista el modo como se había

transformado "el aspecto de la cosa" hasta mostrar "la malicia y desentramada ambición

de sus motores", desechó la posibilidad de exculpación de los agentes del "plan de

revolución y trastorno" experimentado por los quiteños.

El cabildo de Popayán examinó, el 30 de septiembre de 1809, la comunicación

enviada por la Junta Suprema de Quito para anunciar el envío de una legación, integrada

por Manuel Zambrano y Antonio Tejada, para procurar la adhesión de la provincia de

Pasto a Quito "y establecer la paz entre sí". Acordaron los capitulares no recibirlos y

pidieron al gobernador que impidiese su ingreso a la gobernación, pues su objeto no era

otro que el de "envolver en la rebelión, si pudiese ser, a los pueblos fieles de esta

provincia".86

Por su parte, el cabildo de Santiago de Veragua, en el Istmo, también le prometió

al virrey, en esta misma fecha, "dar la última gota de sangre por los derechos de la justa

causa y defensa del Soberano". Estas reacciones adversas de payaneses e istmeños,

como las de los cabildos de Pasto, Cali y Barbacoas, cerraban el paso al proyecto más

ambicioso de la Junta Suprema de Quito, que consistía en reunirse con los cabildos de

las provincias sujetas a la gobernación de Quito y con "los que se unan voluntariamente

85
José Ignacio de Pombo, Carta al virrey Amar y Borbón. Cartagena, 20 de septiembre de 1809. AGN,
Archivo Anexo, Historia, rollo 5, ff. 248-251v. La respuesta del virrey Amar (Santa Fe, 19 de noviembre
de 1809) en los ff. 249 r-v.
86
Actas de los cabildos de las ciudades de Popayán y de Santiago de Veragua, 30 de septiembre de 1809.
AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 5, ff. 260-261 y 270-271.

67
a ella en lo sucesivo, como son Guayaquil, Popayán, Pasto, Barbacoas y Panamá, que

ahora dependen de los Virreinatos de Lima y Santa Fe" (acta del 10 de agosto de 1809).

El desenlace de la primera Junta de Quito es bien conocido 87: bloqueada por los

gobernadores de Cuenca, Guayaquil y Popayán, debió ceder su autoridad al depuesto

conde Ruiz de Castilla. Después de la defección del Cabildo de Quito, que fue fuente de

un motín popular, tropas peruanas enviadas por el virrey Abascal entraron a esta ciudad.

El marqués de Selva Alegre huyó de la ciudad, acompañado por el doctor Luis Quijano.

El 4 de diciembre de 1809 comenzó el encarcelamiento de los miembros de la Junta

depuesta y su juicio. Los presos fueron distribuidos en los tres cuarteles existentes en

Quito, alojamiento de las tropas llegadas de Lima, Popayán y Santa Fe. El 2 de agosto

de 1810 se produjo un intento de liberación de los presos que terminó en el asesinato de

éstos y en muchos desmanes de las tropas acantonadas.

La noticia de los asesinatos del 2 de agosto se propagó por todos los virreinatos,

de suerte que todas las juntas constituidas en 1810 se hicieron eco de este “dolor

americano”. La Junta de Santa Fe de Bogotá dirigió al Cabildo de Quito una

representación para “mezclar sus lágrimas con la de todos los buenos”, comparando a

los patriotas asesinados con los “Frankilos y Washintones de nuestra revolución”. El

discurso fúnebre de don Miguel Pombo, originalmente publicado en el Diario político

de Santafé de Bogotá, fue reimpreso y distribuido en Quito y Cuenca. En Caracas se

pidió la expulsión de todos los europeos y canarios como represalia, y su Junta ordenó

celebrar honras fúnebres por las víctimas de Quito. José Félix Ribas comparó a los

españoles con los caníbales y pidió venganza: “¡Que el cuchillo y la muerte sean nuestra

divisa!”. La “declaración de guerra a muerte” del general Bolívar, firmada en su cuartel

de San Mateo, se justificó en la memoria de los sucesos quiteños del 2 de agosto.

87
Carlos de la Torre Reyes, La Revolución de Quito del 10 de agosto de 1809. Quito, Banco Central de
Ecuador, 1990.

68
9. Las guerrillas de Charcas.

Uno de los rasgos importantes de la independencia en la Audiencia de Charcas

fue el de la emergencia de guerrillas o “republiquetas” que se esforzaron por desgastar

las tropas del rey que se hallaban acantonadas en la zona. La geografía vertical del

territorio y la pequeñez de valles y quebradas facilitaba su acción, pues allí era posible

organizar pequeñas partidas capaces de emboscar a los lentos ejércitos realistas que

marchaban por los abruptos caminos que comunicaban los centros urbanos.

La conformación de las guerrillas campesinas incorporó a los diferentes grupos

sociales que convivían en el mundo rural: algunos hacendados que no habían querido

escapar hacia lugares más seguros, vecinos mestizos de los pueblos y grupos de

indígenas mandados por su cacique. En general, las guerrillas fueron dirigidas por algún

terrateniente o líder local, como fue el caso de Padilla en La Laguna y Eusebio Lira en

Ayopaya, o, por el contrario, por un miembro de los ejércitos insurgentes, fuese de los

porteños o de los cusqueños, como fue el caso de Arenales en Mizque, Warnes en Santa

Cruz y Muñecas en Larecaja.

En La dramática insurgencia de Bolivia,88 y citando a José María Urcullo, 89

Charles Arnade se preguntó por el número de líderes guerrilleros que lucharon en la

guerra de independencia. La respuesta fue demasiado exacta: ciento dos personas.

Arnade tuvo entonces que someter a la crítica esta cifra, surgida de la historiografía del

siglo XIX, para resaltar sus dos supuestos: la magnificación del papel que habían tenido

las guerrillas en la independencia, supuestamente opacado por los “grandes héroes”

creadores –Bolívar y Sucre– y por los “protomártires de la independencia” que

reivindicaron la autonomía provincial. El segundo destacó a otros héroes que


88
Charles Arnade, La dramática insurgencia de Bolivia, Ed. Juventud, 7ª edición, 1993. p 47.
89
Manuel María Urcullo, Apuntes para la historia de la revolución del Alto Perú, hoy Bolivia por unos
patriotas, Sucre, 1855.

69
pertenecían al ámbito interno del Alto Perú, en un intento de fortalecimiento del

proyecto nacional. Citando a Bartolomé Mitre, Arnade redujo el número de

“republiquetas”90 importantes solamente a seis, localizadas en diferentes provincias del

Alto Perú.91

Los seis grupos guerrilleros importantes fueron: al norte, la guerrilla de Larecaja,

dirigida por el cura Ildefonso de las Muñecas; al sur, la de Cinti, dirigida por Vicente

Camargo. En el interior desplegaron su acción las guerrillas de La Laguna, comandada

por Manuel Asencio Padilla; la de Santa Cruz, dirigida por Ignacio Warnes, la de

Mizque y Vallegrande, comandada por José Antonio Álvarez de Arenales y, finalmente,

la de Ayopaya, que contó con varios comandantes a lo largo de su actividad. Las últimas

cuatro afectaban la comunicación realista entre las ciudades. A excepción de la guerrilla

de Santa Cruz de la Sierra, todos los grupos guerrilleros se conformaron en medio de las

montañas y las quebradas de los contrafuertes de la cordillera de los Andes que unen el

altiplano con las llanuras de las tierras bajas, en altitudes que varían desde los más de

5.000 m.s.n.m. hasta hoyadas que llegan apenas a los 500 m.s.n.m. Se formaron después

de la derrota de las primeras juntas de 1809 y 1810, y del fracaso de la sublevación

indígena que acompañó el avance del primer ejército auxiliar porteño que fue derrotado

en Guaqui en julio de 1811.

Esta revuelta indígena se remonta a 1809, cuando los indios del pueblo de

Toledo, en Oruro, se sublevaron el 6 y 7 de noviembre de ese año en defensa de su

cacique, don Manuel Victoriano Aguilar de Titichoca, a quien las autoridades locales

habían obligado a renunciar. El caso fue elevado a la Audiencia por el apoderado de los

indígenas, quien solicitó la devolución del cargo a Titichoca y la deposición del nuevo
90
Fue precisamente Bartolomé Mitre quien dio el nombre de republiquetas a estos ejércitos irregulares.
La explicación a la misma es la de fortalecer la visión de que cada grupo irregular se organizaba y tomaba
sus decisiones estratégicas y políticas como si conformaran una entidad independiente y soberana, de ahí
el nombre de republiqueta, que a nuestro entender no responde correctamente a lo que fue el sistema de
guerrillas.
91
Charles Arnade, Op cit. pág. 47.

70
cacique, don Domingo Cayoja. Si bien la asonada indígena no salió en ese momento

más allá del pueblo de Toledo, este hecho local se articuló con el ambiente subversivo

general y la alianza de varios caudillos indígenas y mestizos que buscaban sus propios

objetivos sociales y políticos.92

Mientras el pueblo de Toledo se mantenía rebelde, se produjo en la capital del

virreinato un hecho crucial. El cabildo de Buenos Aires rompió con la Junta Central de

la península y constituyó, bajo el discurso de la soberanía popular, su propia Junta de

Gobierno. Este hecho cambió la situación general, pues la tensión entre los dos

virreinatos significaba dos opciones políticas distintas para Charcas. Las posiciones en

el Alto Perú se radicalizaron entre los grupos que apoyaban a la Junta de Buenos Aires y

los que se mantenían fieles a la Junta Central que se había formado en la península y,

por tanto, se acercaron a la autoridad del virrey del Perú. El presidente de la Audiencia

de Charcas, Vicente Nieto, y el gobernador de Potosí, Francisco de Paula Sanz,

apoyaban esta segunda posición y, en una acción considerada ilegal por sus opositores,

decidieron la incorporación de la Audiencia de Charcas al virreinato del Perú. 93 El

92
En el mes de abril de 1810, un documento subversivo empezó a circular en varios pueblos del altiplano.
Había sido redactado en La Plata (Chuquisaca) por un grupo de mestizos e indígenas, conformado por
Juan Manuel de Cáceres, Titichoca, el prebendado de la Catedral de La Plata, Andrés Jiménez de León y
Manco Cápac y otros. El documento se oponía a puntos clave de la dominación colonial: el pago del
tributo, la mita, el pago de alcabalas, los abusos de los curas, subdelegados y chapetones, el trabajo
obligatorio y gratuito, la presencia de mestizos en los pueblos y el abuso de los hacendados.
93
“Revolucionada la capital del virreinato quedaba por resolverse la situación política de las provincias
del Alto Perú que estaban sujetas a la jurisdicción de la Audiencia de Charcas. El presidente Nieto
promovió un congreso invitando a los gobernadores de las provincias que enviasen a sus representantes
de los que no sabemos que hubiese venido otro que el Conde de la Casa Real de Moneda, con plenos
poderes del gobernador de Potosí Paula Sanz. Los dos oidores, el arzobispo, dos canónigos en
representación del ayuntamiento, con el indicado comisionado de Potosí, se reunieron bajo la presidencia
de Nieto, y resolvieron la incorporación de estas provincias al virreinato del Perú; acto ilegal en la forma
y arbitrario en el fondo. Fr. Luís Paz, Historia General del Alto Perú hoy Bolivia, Imprenta Bolívar.
1919, p. 113.

71
cabildo de la ciudad de La Plata respaldó esta decisión en cartas enviadas al virrey

Abascal,94 poniéndose a sus órdenes.95

El pueblo de Toledo, aparentemente cansado de esperar una respuesta de la

Audiencia a sus peticiones, se amotinó con Titichoca a la cabeza. 96 A fines de julio de

1810 se sublevaron de nuevo, pero fueron reprimidos por un grupo de soldados

enviados desde Cochabamba. En este momento se contraponían dos niveles de lucha:

por un lado la sublevación indígena que presentaba objetivos de carácter social, por el

otro, el crecimiento del apoyo de las ciudades altoperuanas al ejército porteño que se

preparaba para “libertar” al Alto Perú.

Para contrarrestar la insurgencia, en agosto de 1810 la Audiencia convocó a la

tropa y la guarnición de varias ciudades altoperuanas. Los poderes locales se negaron a

hacerlo y, por el contrario, se produjeron levantamientos en Cochabamba, Santa Cruz y

Oruro. Replicando a esta resistencia, Goyeneche levantó tropas en el Cuzco y La Paz,

reuniéndolas en el Desaguadero.97 Mientras tanto, el Ejército Auxiliar argentino,

dirigido por Juan José Castelli, ingresó al Alto Perú. Inicialmente derrotado en

Cotagaitia (27 de octubre de 1810), pudo reponerse en la batalla de Suipacha (7 de

noviembre), con lo cual entró a Potosí y tomó el control de todo el sur del Alto Perú.

94
El Cabildo de la Plata escribe al Virrey del Perú en 21 de junio de 1810 con los siguientes términos de
apoyo de Nieto y las demás autoridades: “...bolver a ese Superior Govierno de vueexelencia, aquella
antigua obediencia y sumición , que antes de la divición del Virreynato le reconocía, porque no cabe en su
lealísimo modo de pensar el rendir la cerviz a Potestad que no tenga su legítimo origen del Real Trono de
España, sugetarse a dicha Junta de Buenos Ayres, fundada solo por la multitud de cabezas, que se abran
movido por impulso de sus propios caprichos...” Archivo General de la Nación, Buenos Aires. Colección
Juan Ángel Farini. Documentación de Juan José Castelli. Expedición auxiliadora al Alto Perú. Años:
1809/1811. Sala VII, Legajo 290. 3E.
95
Los documentos relativos al paso del Virreinato del río de la Plata al del Perú no se hallaron en las actas
oficiales de Cabildo, por lo que, a la llegada de Castelli se exigió a las autoridades de Cabildo que
exhibieran los documentos. Ellos argumentaron que no se hallaban en el libro de actas porque no se
decidieron en Cabildo, sino en Junta de Corporaciones y que un segundo documento, en el que se
agradecía al Virrey Abascal su aprobación para el traspaso no se puso en el libro correspondiente por
olvido. Es claro que los miembros del Cabildo esperaban a ver hacia qué lado se inclinaba la balanza
política y que el “olvido” no era tal.
96
Marcos Beltrán Ávila, Historia del Alto Perú en el año 1810, Op. Cit.
97
AGN. Lima. Cajas Reales de Oruro. C.36. E.1149. fs. 160-161v.

72
La situación política se complicó: el sur, que comprendía Potosí y Chuquisaca,

estaba controlado por las tropas del ejército de Buenos Aires; el centro, con

Cochabamba y Oruro, era controlado por las tropas locales que apoyaban a los porteños;

y el norte, donde se encontraba La Paz, quedó bajo la administración de las tropas del

virrey del Perú, cuyo cuartel general se encontraba en el pueblo de Viacha. Sin saber de

la derrota de Suipacha, el ejército virreinal había adelantado sus tropas con el propósito

de retomar Oruro y ponerse en contacto con las del presidente de la Audiencia de

Charcas, Vicente Nieto. Así que fue enviada hacia la villa una tropa de expedición

comandada por el coronel Fermín Pierola. Sabedores de este avance, los cochabambinos

que se hallaban en Oruro salieron con dos mil soldados a su encuentro, produciéndose el

choque en las pampas de Aroma. La batalla concluyó con el triunfo de las tropas de

Cochabamba, quedando el Ejército Auxiliar porteño con el camino expedito hasta la

frontera del virreinato.

Acompañado por varios hacendados y vecinos de Potosí y Chuquisaca que se

habían decidido por esta opción,98 y también por huestes indígenas dirigidas por el

escribano Cáceres,99 el ejército dirigido por Castelli instaló en Oruro su cuartel general.

El 3 de abril de 1811, Castelli firmó en Oruro un manifiesto que desconocía la autoridad

del virrey de Lima, no sólo en el territorio de Charcas, que legalmente hacía parte de la

jurisdicción del virreinato del Río de la Plata, sino también dentro del Perú. Por ello,

instigó a los pueblos del Perú a rebelarse.100


98
Entre los acompañantes de Castelli se encontraban varios de los caudillos que organizaron
posteriormente las guerrillas y republiquetas en el Alto Perú, entre ellos se hallaba Manuel Ascencio
Padilla, futuro caudillo de la guerrilla de La Laguna y esposo de Juana Azurduy. Se hallaba también el
antiguo escribano Juan Manuel de Cáceres, uno de los caudillos de las tropas indígenas sublevadas en
todo el altiplano en apoyo a los porteños.
99
Rene Arze Aguirre, Participación popular en la independencia de Bolivia, La Paz. 1979, p. 142.
citando a Miguel de los Santos Taborga, Estudios Históricos y las memorias de Sánchez de Velasco (ver
datos completos)
100
El manifiesto se inicia con el término de “Ciudadanos compatriotas”, y luego de recordar la injusticia
del accionar de los opresores de la Patria, continuaba con la idea de que “desde luego podreis ser libres en
el primer momento que os decidais a serlo...” y empujaba a los pueblos del Perú a rebelarse con el apoyo
porteño. El discurso habla también de la felicidad de los pueblos que “no rinden vasallaje sino a las leyes”
y de la falacia de la defensa de Fernando VII. Concluía con el siguiente párrafo: “Yo debo expresar que

73
Sin embargo todo cambió el 20 de junio de 1811. El Ejército Auxiliar de Buenos

Aires fue derrotado en la batalla de Guaqui. La descripción de la batalla así como la

responsabilidad de la derrota son temas que han sido abordados por muchos autores,

pero la gran mayoría culpa de ella a la falta de capacidad estratégica de Castelli. 101 Las

tropas y sus dirigentes huyeron en desorden, cometiendo “imponderables excesos de

toda clase de gente, y en especial modo, con los indios, saqueando sus casas,

arrebatando sus bienes, sus ganados, sus comestibles, sus ropas, dejando los pueblos y

caminos talados”.102 El 24 de junio, Castelli y parte de su tropa trataron de entrar en

Oruro para refugiarse, pero fueron recibidos con una verdadera asonada popular que

impidió su ingreso, por lo que tuvieron que seguir hasta Macha, en el norte de Potosí,

donde establecieron su cuartel.

Goyeneche no dio descanso a sus hombres: el 4 de agosto partió de Oruro hacia

Cochabamba, donde se habían reunido las tropas de Francisco del Rivero y los restos

del Ejército Auxiliar dirigidos por Díaz Vélez. El 13 del mismo mes, en Amiraya, se

produjo un nuevo encuentro favorable a Goyeneche. Fue el fin de las acciones del

primer Ejército Auxiliar, que debió retirarse de Charcas. El 25 de agosto salió Martín de

Pueyrredon, el presidente de la Audiencia de Charcas que había nombrado la Junta de

Buenos Aires, hacia Salta.

bien reflexionados los antecedentes corresponderá el suceso a mis deseos, y toda la América del Sud no
formará en adelante sino una numerosa familia, que por medio de la fraternidad pueda igualar a las más
respetables naciones del Mundo Antiguo”, advirtiendo finalmente los peligros que podría traer una guerra.
AGN. Buenos Aires. Colección Farini. Sala VII Legajo 290. Fs. 98 – 98v.
101
Sobre la participación de Castelli en el Primer ejército auxiliar y la batalla de Guaqui, los enemigos
políticos moderados, ahora en el poder, abrieron un juicio en contra de Castelli y sus subalternos. El
juicio se halla en AGN. Buenos Aires. Colección Juan Ángel Farini. Documentación de Juan José
Castelli. Expedición auxiliadora al Alto Perú 1809/1811. Sala VII.
102
Julio César Chávez, Castelli el adalid de Mayo. 1957. Citado por René Arze en Participación
popular...Op. Cit., p. 144. El juicio que se hizo a Castelli modifica en algo la apreciación anterior. La
historiografía actual busca reivindicar la situación de Castelli y su ejército, entendiendo las posturas
anteriores y el mismo juicio como parte de la lucha por el poder entre radicales, dirigidos por Moreno y
Castelli, y moderados, dirigidos por Cornelio Saavedra y mostrando cómo la caída en desgracia política
de Castelli, frente al triunfo moderado, propició el juicio. Felipe Pigna en Los mitos de la historia
argentina analiza esta situación.

74
A pesar del triunfo del ejército del virreinato del Perú, la situación en Charcas no

estaba controlada. Juan Manuel de Cáceres y Esteban Arze mantuvieron la sublevación

en La Paz, Oruro y Cochabamba “para formar, en torno al eje convulsivo de esta última

ciudad, un bloque infranqueable entre el Altiplano de La Paz, el Oeste de Cochabamba y

el Noroeste de Oruro y Potosí”.103 Este propósito se expresó en dos acciones: el cerco

que mantuvieron las tropas indígenas de Cáceres alrededor de La Paz, entre agosto y

octubre de 1811104 y el asedio a las tropas de Goyeneche en los valles occidentales de

Cochabamba por parte de Arze y sus cochabambinos, que culminó con la toma de la

ciudad de Cochabamba el 29 de octubre y la retirada de Goyeneche hacia Potosí. El 16

noviembre, las tropas de Arze entraron a la ciudad de Oruro.

En la región de Carangas, el caudillo indígena Blas Ari, tomó las armas, 105

mientras que más al norte se sublevaban los indígenas bajo las órdenes de Juan Manuel

de Cáceres y Gavino Estrada.106 Por el lado del ejército peruano, el cacique de

Chincheros, Mateo Pumacahua, que había llegado al altiplano para reprimir el cerco de

La Paz, se encontraba en las provincias de Pacajes, Sicasica (La Paz) y Paria (Oruro)

saqueando, incendiando y reprimiendo de forma sangrienta la rebelión de la región. El

contingente del ejército del Perú que dirigía Astete en la región de Chayanta, al norte de

Potosí, perdió gran parte de su gente en enfrentamientos con grupos irregulares que se

habían organizado en Oruro y Chayanta.107

103
René Arze Aguirre, Participación popular...Op. Cit. p. 184. La documentación acerca de parte de esta
sublevación –sobre todo la relacionada con la región del norte, se halla compilada en la Colección Emilio
Gutiérrez de Quintanilla.
104
Ver sobre este tema el Diario del Presbítero Mariaca, publicado en 1962 en la revista Nohesis, de la
Universidad Mayor de San Andrés.
105
AGN. Lima. Cajas Reales Leg. 1153. C. 53. Documentos comprobantes de Cargo y Data de la cuenta
de Real Hacienda del año 1812. fs. 57.
106
La sublevación tuvo su punto central en La Paz, donde se cercó la ciudad. Sobre este tema existe un
diario escrito por el presbítero Ramón Mariaca y publicado en 1962 por Tedosio Imaña Castro en la
revista Nohesis de la Universidad Mayor de San Andrés. El tema ha sido trabajado también por René Arze
en Participación popular en la Independencia de Bolivia Op. Cit. Este cerco, sin embargo, es mucho
menos conocido que el dirigido por Julián Apasa, Tupac Katari, en 1781.
107
Las tropas rebeldes estaban dirigidas, entre otros por el famoso caudillo Cárdenas.

75
La sublevación de indios y cochabambinos era general, a tal punto que en 20 de

diciembre de 1811 el subdelegado de Puno, Manuel Quimper, informó al virrey sobre el

peligro en que se hallaban los pueblos de Oruro y Sicasica. Desde la perspectiva de los

jefes del ejército virreinal, la sublevación era dirigida por los cholos de Cochabamba,

quienes dirigían a los indígenas; sin embargo, la presencia de una verdadera sublevación

en un amplio espacio que iba desde Chucuito al norte y que contemplaba todos los

pueblos de indios del altiplano norte no muestra la existencia de una alianza entre los

vecinos de Cochabamba y los indígenas, dirigidos por Cáceres. La sublevación era

general y en ella participaban varios grupos, indígenas y mestizos, entre ellos muchos

arrieros que tomaban caminos alternativos para evitar llevar armamento y pertrechos

para las tropas del Rey. El ejército del Perú controló el altiplano, con sus centros en el

Desaguadero, Viacha, La Paz, Sicasica, Oruro y Potosí. Las tropas charqueñas de

caudillos diversos se situaron en los valles de Yungas, Ayopaya, Cochabamba, Tapacari,

Chayanta y los alrededores de Chuquisaca. En el flanco occidental se presentaban

grupos no permanentes de indígenas que atacaban, en una combinación de lucha y robo,

a las tropas virreinales, como fue el caso de Blas Ari.

En octubre de 1812 logró entrar por el Desaguadero la compañía de 80 hombres

dirigida por don Lorenzo Zeballos y algunos días entró por la vía de Arica una remesa

de 160.000 pesos provenientes de Lima para apoyar a la tropa virreinal. Así pudo ésta

avanzar hasta el sur de la Audiencia, estableciendo su cuartel en Tupiza, bajo la

dirección de Picoaga. El ejército porteño retrocedió hasta Salta, donde se rearmó bajo

las órdenes de Pueyrredón y después bajo las de Manuel Belgrano, nombrado nuevo

comandante del ejército del Alto Perú por las autoridades de Buenos Aires. Éste inició

un nuevo avance hacia el norte y pudo controlar el Tucumán, derrotando al ejército

76
virreinal en Salta, el 20 de febrero de 1813. Goyeneche tuvo que retroceder hasta Oruro

y, pretextando la muerte de su padre y problemas nerviosos renunció a su puesto.108

Belgrano se puso en movimiento, en septiembre de 1813, cuando ya el mando de

las tropas virreinales había pasado a Joaquín de la Pezuela. Su plan de ataque era una

combinación de acciones de su ejército con las de las guerrillas de Cárdenas y las de las

milicias cochabambinas, bajo la dirección de Zelaya. La guerrilla de Cárdenas fue

vencida por la guerrilla realista de Castro y el ejército virreinal se enfrentó a las tropas

de Belgrano, consiguiendo la victoria. Éste se rearmó en Macha, mientras que Pezuela

se mantuvo en Condocondo. Una vez se puso en movimiento, derrotó a la guerrilla

indígena de Cárdenas y José Miguel Lanza, y luego volvió a vencer al segundo Ejército

Auxiliar de Buenos Aires. Belgrano se retiró a Potosí y de allí siguió a Jujuy, dejando el

Alto Perú.

Por voluntad de Belgrano, Antonio Álvarez de Arenales e Ignacio Warnes

pasaron a gobernar, respectivamente, Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. El

altiplano fue puesto bajo el firme control del Ejército virreinal, que adelantó su cuartel

108
Archivo General de Indias, Diversos 3. Año 1813 No 2 D8. Cartas de Goyeneche al Virrey Abascal.
Dice que la situación es estable y que Tacón ha tomado la plaza de Oruro. Escribe lo siguiente: “Mi
estado actual no me permite dar cuenta de la gravedad de los ocurrimientos, no tengo cabeza para seguir
mandando...” También relata que ha habido muchas deserciones sobre todo de los paceños. AGI. Diversos
6BIS. No. 5. La salida de Goyeneche del mando del ejército Real y la crisis del mismo, es un hecho lleno
de tensión y que involucró a los más importantes miembros del gobierno virreinal. Se celebraron en Lima
cuatro Juntas de guerra entre abril y mayo de 1813, donde se tomaron las siguientes decisiones: Se aceptó
la renuncia de Goyeneche encargándole el mando al brigadier don Juan Ramírez o por falta al que le siga
en antigüedad hasta que el Virrey destine a otro, se desconoció las acciones de Tristán en Salta y de
Goyeneche en Potosí, se envió a Pumacagua con refuerzos a La Paz para evitar el avance porteño, se
decidió avisar a la población del virreinato para que tome recaudos y para solicitar ayuda. Posteriormente
(reunión de 8 de abril) se decidió obligar a Goyeneche a retornar a Potosí mientras se nombraba como
sucesor a Juan de Henestrosa. Finalmente se decidió enviar a Joaquín de la Pezuela. Frente a estas
decisiones, la Junta de Guerra reunida en el cuartel general de Oruro determinó que la retirada de Potosí
era adecuada y oportuna y que la situación de Oruro era la más ventajosa y aparente para poder
restablecerse,” tener en sujeción aquellas provincias y conservar la comunicación con el virreinato, que
no podían pasar el mando a otra persona que la del Sr. General en Jefe José Manuel Goyeneche. Que era
inevitable la disolución del ejército si se separaba a Goyeneche del mando”. Finalmente, se conoció por
un acta de la Junta de Guerra en Oruro, que el estado de salud de Goyeneche era deplorable y que a causa
de un ataque de nervios había entregado el mando a su segundo Juan Ramírez. En la realidad, los hechos
de Salta y Potosí fueron utilizados por el bando del Virrey para deshacerse de Goyeneche de quien
recelaban porque “es hombre del país y tenía en la cabeza de los batallones a caballeros de las provincias
limítrofes muy adictos a su persona” y que, con excepción de los batallones de pardos y morenos, el resto
del ejército del Alto Perú estaba compuesto de milicianos del Cuzco, Arequipa y Puno.

77
general hasta Tupiza y su vanguardia hasta Salta. Paralelamente a la lucha entre los

ejércitos regulares, se organizaron nuevas guerrillas indígenas como la del cacique

Carlos Chilliguanca, quien se mantuvo en la región de Carangas organizando ataques

relámpago.109 Bajo el mando de José Joaquín Blanco, el ejército virreinal emprendió la

persecución de la guerrilla de Arenales que, después de la derrota de San Pedrillo,

intentó aliarse con Warnes. Los grupos guerrilleros de Padilla y Umaña sostuvieron 28

acciones de armas contra el ejército virreinal.

A pesar del optimismo de Arenales, el sistema de guerrillas de los años 1814 y

1815 no pudo mantenerse organizado. Una nueva derrota del Ejército Auxiliar porteño,

esta vez dirigido por Miguel Rondeau, y el fortalecimiento de las fuerzas de Pezuela,

contuvieron la insurgencia. Después de la muerte de Warnes y de otros caudillos

guerrilleros, Arenales no pudo mantener la dirección del sistema de guerrillas. Así, cada

grupo se independizó y se conformó lo que Bartolomé Mitre llamó las “republiquetas”.

A partir de 1816 las posiciones del ejército virreinal, dirigido por el general La

Serna –Joaquín de la Pezuela fue nombrado virrey del Perú–, se mantuvieron: el cuartel

general se hallaba en Tupiza, de donde dependía la vanguardia que se adentraba en el

territorio de Jujuy y Salta; la división intermedia se ubicaba en Oruro, desde donde se

dirigían los avances sobre los grupos guerrilleros de Ayopaya y Chayanta, además de

mantener abierto el camino hacia Arica, punto de ingreso de dinero y mercadería;

finalmente, la retaguardia o “división de reserva” se encontraba en Arequipa, con el

objetivo de mantener controladas las regiones de La Paz, Puno, Arequipa y Cuzco.

El principal enemigo del ejército virreinal ubicado en Oruro ya no era el Ejército

Auxiliar porteño, sino el numeroso grupo de tropas irregulares formadas por criollos,

mestizos e indígenas que se ubicaban en los valles, desde Larecaja al norte hasta Tarija

109
AGN Lima. Cajas Reales de Oruro. Leg. 1153 C. 58. “Soldados heridos en Vilcapugio pertenecientes a
la partida del Sr. Chilliguanca”.

78
al sur. A la lucha de las guerrillas contra las tropas realistas se empezó a sumar el

descontento general de la población rural, que comenzó a causar problemas por el envío

obligatorio de originarios a la mita de Potosí y por el cobro del tributo. El envío de la

mita era cada vez más difícil, no sólo por las vicisitudes de la guerra, sino porque la

Constitución de Cádiz había prohibido la servidumbre y había determinado la extinción

de este tipo de trabajo.

La guerrilla de Ayopaya logró sobrevivir y fue dirigida, a partir de 1821, por

José Miguel Lanza. Así pudieron apoyar en 1823 el ingreso de los generales Santa Cruz

y Gamarra al Alto Perú, como parte de la campaña de Intermedios, y apoyaron

posteriormente al virrey La Serna en su lucha contra Pedro Antonio de Olañeta.

Finalmente, en enero de 1825, cuando las tropas colombianas ingresaron a La Paz, los

restos que quedaban de las guerrillas fueron a su encuentro. Como recompensa de tantas

luchas y penurias por más de diez años, José Miguel Lanza fue nombrado comandante

de La Paz. Pero compañeros de aventura se dispersaron y ninguno de ellos participó en

la Asamblea Deliberante que firmó el acta de independencia.

10. La eclosión juntera en el Nuevo Reino de Granada

Desde comienzos del año 1810 ya los abogados, eclesiásticos y comerciantes del

Nuevo Reino de Granada estaban mentalmente preparados para “reasumir en sí la

soberanía” perdida por sus “reyes naturales” cautivos y para oponerse al nuevo monarca

francés que eventualmente podría intentar una invasión de los dominios americanos. Pero a

esta opción se oponía el virrey Antonio Amar y Borbón, así como los gobernadores y

corregidores de las provincias de su jurisdicción virreinal. Desde que se supieron las

noticias de la erección de la Junta de Quito (10 de agosto de 1809), los abogados residentes

79
en Santa Fe solicitaron repetidamente al virrey la organización de una junta de notables

para hacer frente a las circunstancias peninsulares.

El virrey Amar recibió, el 1º de septiembre de 1809, la comunicación enviada por

el marqués de Selva Alegre, presidente de la Junta de Quito. Después de leerla a los

oidores de la Audiencia, dudó acerca de entregarle al Cabildo de Santa Fe el despacho que

le correspondía, pero finalmente decidió hacerlo. Al día siguiente, y una vez que fue leída

en esta corporación esa comunicación, los capitulares solicitaron reiteradamente al virrey

la reunión de una junta especial para acordar conjuntamente las providencias que se

tomarían frente a la Junta de Quito, hasta lograr que accediese. Las dos sesiones de la junta

ampliada se realizaron los días 6 y 11 de septiembre en el Palacio Virreinal, después de que

se garantizó inmunidad en sus personas y bienes a quienes estuvieran dispuestos a expresar

sus opiniones en conciencia.

Una intervención bien conocida en la sesión del 11 de septiembre es la del doctor

Frutos Joaquín Gutiérrez, gracias a la relación 110 que de ella hizo el fiscal de lo civil de la

Audiencia de Santa Fe. En su opinión, el origen de lo que había ocurrido en Quito había

sido la divulgación de “la falsa hipótesis” acerca de la disolución de la Suprema Junta

Central Gubernativa de la Monarquía, así como el motivo del procedimiento adoptado

había sido la desconfianza de los quiteños respecto de la actitud del gobierno del conde

Ruiz de Castilla hacia los franceses. El "principio unánimemente adoptado" en esta

110
Carta de don Frutos Joaquín Gutiérrez de Caviedes a don Manuel Martínez Mansilla, fiscal de lo civil
de la Real Audiencia, sobre la Junta del 11 de septiembre de 1809. Santa Fe, 22 de septiembre de 1809.
AGN, Miscelánea de la Colonia, 111, f. 611. Citada por Mario Hernán Baquero, El virrey don Antonio
Amar y Borbón: la crisis del régimen colonial en la Nueva Granada, Bogotá, Banco de la República,
1998, p. 65-67 y por Rafael Gómez Hoyos, La independencia de Colombia, Madrid, Mapfre, 1992, p.
106-107. El procurador del Cabildo de Santa Fe, José Gregorio Gutiérrez Moreno, también registró su
voto favorable relativo a la erección de una "Junta Superior provincial en Santa Fe con todas las
formalidades que exige el reglamento y en la que deben tener también la parte que les corresponde los
magistrados y tribunales", a la cual le correspondería "arbitrar los medios que puedan tomarse para la
pacificación de la provincia de Quito". Esta junta central tendría "una autoridad suprema de la soberanía",
sin que ello significara "denegar la obediencia a los jefes y autoridades constituidas". Cfr. Voto del doctor
José G. Gutiérrez Moreno en la Junta del 11 de septiembre de 1809. Biblioteca Nacional de Colombia (en
adelante BNC), Quijano Otero, 185. Citada por Hernán Baquero Op. Cit., p. 65 y por Rafael Gómez
Hoyos Op. Cit., p. 107-108.

80
reunión fue el de "usar de los medios suaves del desengaño, persuasión y convencimiento,

antes que los de la fuerza". Pero los capitulares santafereños introdujeron un sutil

argumento a favor de sus propósitos: suponiendo que el gobierno virreinal estaba

desacreditado ante los ojos de los quiteños, dijeron que era conveniente erigir en Santa Fe

una junta, presidida por el virrey Amar e integrada por "uno o dos magistrados de los

tribunales y de las diputaciones de esta ciudad y demás provincias del reino, con necesaria

subordinación y dependencia de la Suprema, hoy existente en Sevilla". Esta junta sería la

corporación que se entendería con los quiteños para obtener de ellos el reconocimiento de

que: "1º. La capital del reino y sus provincias inmediatas, forman un cuerpo subordinado a

la Suprema Junta Central gubernativa de la Monarquía [...] 2º. La capital y sus provincias

se unen en un cuerpo con el excelentísimo señor virrey y las autoridades del Reino. Luego

no tienen desconfianza alguna del gobierno, ni menos la pueden tener en lo sucesivo".

Un grupo de 28 vocales 111 que asistió a la junta del 11 de septiembre solicitó la

organización de esta junta provincial pero, aconsejado por los oidores de la Audiencia y

teniendo a la vista los informes enviados por el gobernador de Popayán, quien ya había

tomado medidas para la defensa militar contra cualquier expedición armada que pudieran

enviar los quiteños sobre la provincia de Pasto, el virrey Amar no concedió esta petición, a

la espera del “rumbo que tomaran los acontecimientos”. El 15 de octubre siguiente, el

virrey informó reservadamente a la Audiencia sobre las noticias que había dado el doctor

Pedro Salgar, cura vicario de Girón, sobre algunas reuniones "subversivas del Gobierno

actual" que se estaban realizando en la casa del magistral Andrés Rosillo, a la cual asistían

don Ignacio de Herrera y don Joaquín Camacho, con el supuesto propósito de erigir una

junta suprema que sería alternativamente encabezada por don Luis Caycedo, don Pedro

111
Entre ellos se destacan los nombres de José Acevedo y Gómez, Camilo Torres, Frutos Joaquín
Gutiérrez, José María del Castillo y Rada, Gregorio Gutiérrez Moreno, el canónigo Andrés Rosillo,
Manuel Pombo, Tomás Tenorio, Antonio Gallardo, Nicolás Mauricio de Omaña, Pablo Plata y Luís de
Ayala.

81
Groot y don Antonio Nariño, respaldada por 600 hombres conducidos por el corregidor de

Zipaquirá y por 1.500 de la villa del Socorro reunidos por don Miguel Tadeo Gómez,

administrador de aguardientes de esa villa, quien estaba en comunicación con su primo,

don José Acevedo y Gómez, rico comerciante charaleño que a la sazón era regidor en el

cabildo de Santa Fe.112

Los informes recogidos en las diligencias practicadas por la denuncia del virrey

confirmaron que el magistral Rosillo había dicho que "al fin esto había de quedar como

Quito", y que existía un plan para sobornar la tropa y aprisionar al virrey, apropiándose de

los caudales reales y de las joyas de la virreina. Se ordenó entonces la captura de Rosillo,

Antonio Nariño y Baltazar Miñano. Mientras tanto, el virrey Amar informó a don Antonio

de Narváez, el diputado que había sido elegido para representar al Nuevo Reino ante la

Junta Central Suprema en la Península, sobre la pretensión de la junta del 11 de septiembre

que consistía en "sujetar el gobierno a una junta superior", algo que él no podía aceptar

porque sus resultados serían "perjudiciales".113

El 23 de octubre siguiente, el Real Acuerdo consideró la necesidad de actuar con

rapidez frente a "las novedades y desórdenes de Quito" para "evitar que cunda el

escándalo", lo cual incluía llamar a declarar a las personas protegidas por fuero real o

eclesiástico. El temor infundido por las diligencias judiciales debió paralizar los ánimos,

pues el 8 de diciembre siguiente el virrey declaró con satisfacción que "el feo lunar" de

infidencia que había contraído la ciudad de Quito, y que había llegado a manchar "el lustre

de las Américas", ya no existía, pues ningún otro vecindario de la jurisdicción del

virreinato había incurrido en la propagación de ese trastorno. Por el contrario, el incidente

había servido para que todas las provincias pudieran "abrillantar su lealtad" al rey

112
Informe muy reservado del virrey Antonio Amar. Santa Fe, 15 de octubre de 1809. AGN, Archivo
Anexo, Historia, rollo 5, f. 316-317. Editado, con otros documentos derivados de esta denuncia, por
Enrique Ortega Ricaurte en Documentos sobre el 20 de julio de 1810, Bogotá, Kelly, 1960, p. 1-2.
113
“Carta del virrey Amar a don Antonio de Narváez. Santa Fe, 29 de septiembre de 1809”, en Eduardo
Rodríguez Piñeres, La vida de Castillo y Rada, Bogotá, 1949, p. 81.

82
Fernando VII. En consecuencia, había aumentado su estimación por la lealtad de sus

vasallos de todas las provincias.114 Mientras tanto, algunos de los encausados por infidencia

declaraban que la Junta Suprema que habían contribuido a erigir en Quito la habían

entendido como una "Junta provincial comprensiva del Reino de Quito [...] que así como

en España se hicieron varias juntas en distintos reinos o provincias, podía también hacerse

lo mismo en la América [...] a nombre del señor Don Fernando 7º [...] mientras que Su

Majestad o sus legítimos sucesores se ponen en actitud de regir y gobernar el Reino, siendo

el objeto del establecimiento de la Junta el conservarle el Reino y defenderlo de cualquiera

invasión enemiga".115 Por el momento, los capitulares santafereños se habían quedado con

la insatisfacción respecto de su pretensión de constituir una junta suprema del Nuevo

Reino.

El impulso definitivo que puso en marcha el proceso de erección de las juntas del

Nuevo Reino de Granada provino del comisionado del Consejo de Regencia que fue

enviado al Nuevo Reino, don Antonio de Villavicencio (1775-1816), un quiteño que había

alcanzado el rango de teniente de navío y capitán de fragata en la Real Armada. En su

temprana juventud había estudiado en el Colegio Mayor del Rosario de Santa Fe, y por

ello era conocido y estimado entre los abogados de esta ciudad, al punto que terminó

casándose con doña Gabriela Barriga, una santafereña que mantenía en su casa una tertulia

patriótica. Desde su llegada a Cartagena de Indias, este comisionado sembró en su ruta

hacia la capital del virreinato el proyecto de creación de juntas provinciales de "vigilancia,

observación y defensa" –semejantes a la de Cádiz–, que deberían subordinarse a una Junta

Superior de Seguridad Pública que sería establecida en Santa Fe. Fue así como las

primeras juntas que se erigieron en Cartagena, Cali, El Socorro, Pamplona, Santa Fe y

114
Antonio Amar y Borbón, Edicto dado en Santa Fe, 8 de diciembre de 1809. AGN, Archivo Anexo,
Historia, rollo 6, ff. 2-6v.
115
Confesión del abogado guayaquileño Juan Pablo Arenas, Quito, 14 de diciembre de 1809. AGN,
Archivo Anexo, Historia, rollo 6, f. 56.

83
Tunja –entre mayo y julio de 1810– llevaron la impronta del ejemplo de la Junta de Cádiz

y el estímulo de este comisionado.116

El doctor Antonio Camacho, síndico personero de la ciudad de Santiago de Cali,

ilustró bien el sentido general de la acción política neogranadina en el primer semestre de

1810: convenía obedecer al nuevo Consejo de Regencia, considerándolo "cuerpo

representante de la soberanía nacional", y establecer en Santa Fe una Junta Superior de

Seguridad Pública, encargada de velar por "la salud y defensa de la Patria y la

conservación de estos Reynos para Fernando Séptimo, y su familia, según el orden de

sucesión establecido por las leyes". Consideró que en este momento era ociosa la discusión

sobre la legitimidad del Consejo de Regencia, pues lo que importaba era "conservar la

unidad de la nación, la íntima alianza de aquellos y estos dominios". Aconsejó entonces

"prestar homenajes de respeto y obediencia" al mencionado Consejo, para que "no se crea

que [el pueblo fiel y generoso de Cali] trata de romper los estrechos vínculos que ligan el

continente americano con el español europeo". Este "voluntario y espontáneo

consentimiento" del pueblo de Cali revestiría de "acto legalmente sancionado" y de

legitimidad al soberano Consejo de Regencia:

Hemos de convenir en que Fernando Séptimo ha sido ya despojado violentamente de


la península; y si nosotros no le conservamos estos preciosos dominios, depositarios
de todas las riquezas y dones inestimables de la naturaleza, ¿no seremos unos infames
traidores? Venga Fernando Séptimo, vengan nuestros hermanos los españoles a estos
Reynos, donde se halla la paz y tranquilidad, y donde no podrá dominarnos todo el
poder del Globo, como seamos fieles al Monarca que nos destinó Dios para nuestra
felicidad.117

Respondiendo a la representación del doctor Camacho, el 3 de julio de 1810 se

congregaron en junta extraordinaria todos los capitulares, eclesiásticos y empleados

116
El general José Dolores Monsalve fue uno de los académicos que más insistió en el papel determinante
jugado por este comisionado en el proceso de erección de las juntas provinciales en el Nuevo Reino de
Granada. Cfr. Antonio de Villavicencio (el protomártir) y la Revolución de la Independencia, Bogotá,
Academia Colombiana de Historia, Biblioteca de Historia Nacional, XIX, 1920.
117
Representación del síndico personero del Cabildo de la ciudad de Santiago de Cali, 28 de junio de
1810. AGN, Sección Colonia, Archivo Anexo, Gobierno, 18, ff. 888-890r. Publicada por el Instituto
Colombiano de Cultura Hispánica en Acta de Independencia de Santiago de Cali, Bogotá, 1992, p. 27-39.

84
públicos de la ciudad de Santiago de Cali para examinar "la absoluta pérdida de España, el

próximo riesgo de ser esclavizada por el tirano Napoleón" y la renuncia de la Junta

Central, "depositaria de la soberanía", en favor del Consejo de Regencia confinado en la

isla de León. El doctor Joaquín de Cayzedo y Cuero, teniente de gobernador de la

provincia de Popayán, pasó revista a los acontecimientos de la península y a las dudas

sobre la constitución legítima del Consejo de Regencia. Basándose en las Partidas antiguas

de la monarquía (ley 3ª, título 15, segunda partida), argumentó en favor de la legitimidad

del Consejo de Regencia en los casos de ausencia del heredero de la Corona y convocó a

obedecerlo "por nuestra libre y espontánea voluntad, por no diluir la unidad de la nación,

por dar testimonio de nuestra generosidad, de nuestra unión y amor a los españoles

europeos y, más que por otros motivos, por haberse invocado el respetable y para nosotros

tan dulce nombre de Fernando Séptimo".

Sin embargo, estableció cuatro condiciones: dos de ellas hicieron referencia a la

propia existencia del Consejo de Regencia y a su capacidad para mantener la guerra a la

dominación francesa. Otra era la instalación inmediata de una Junta Superior de Seguridad

Pública en Santa Fe, semejante a la establecida en Cádiz y en otras provincias españolas,

que se le pediría al virrey. Y la última era la previsión para la circunstancia probable de una

defección del Consejo de Regencia: "en este desgraciado caso, seamos nosotros libres y

árbitros para elegir la forma de gobierno más conveniente a nuestros usos, costumbres y

carácter, viniendo de España los vasallos fieles a hacer un mismo cuerpo con nosotros,

como que todos tenemos iguales obligaciones de religión, vasallaje y patriotismo, jurando

conservar estos dominios y defenderlos a sangre y fuego para Fernando Séptimo, y su

familia, según el orden de sucesión establecido por las leyes".118

118
Arenga del doctor Joaquín de Cayzedo y Cuero, teniente de gobernador de la provincia de Popayán.
Cali, 3 de julio de 1810. AGN, Sección Colonia, Archivo Anexo, Gobierno, 18, ff. 890r-895v. Publicada
por el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica en Acta de Independencia, Op. Cit., p. 39-61.

85
Oídas las razones del doctor Cayzedo, que los asistentes a la junta extraordinaria

acogieron con entusiasmo, fue firmada el acta del 3 de julio de 1810 –que los patrióticos

caleños de hoy juzgan como su "acta de independencia"– 119 en la que se comprometieron a

conservar la seguridad de estos dominios "para nuestro desgraciado rey cautivo" y a

obedecer al Consejo de Regencia, "como al tribunal en quien se ha depositado la

soberanía". Para ello, se ofrecieron a jurarle obediencia y homenaje "como a nuestro rey y

señor natural", bajo las cuatro condiciones propuestas por el autor de la arenga. Puestos

todos de rodillas y ante la imagen del crucificado, procedieron a jurar fidelidad al Consejo

de Regencia. Una copia de esta acta fue enviada por el cabildo de Cali, el 13 de julio

siguiente, al comisionado regio que en ese momento ya marchaba hacia Santa Fe desde

Cartagena. En la carta remisoria advirtieron los capitulares que ya estaban enterados de las

negociaciones que este comisionado había tratado con el cabildo y el gobernador de

Cartagena para la formación de una Junta Superior de Seguridad Pública en Santa Fe,

propuesta que respaldaban plenamente, como también la de instalar juntas subalternas en

las provincias, "un pensamiento conforme a las ideas de los españoles en la Península y

que aquí se ha mirado como arriesgado, haciendo no poca injuria a la fidelidad acendrada

de los americanos y a su representación nacional". Las copias del acta del 3 de julio

enviadas a Santa Fe llegaron después de que allí se había formado su junta suprema de

gobierno (20 de julio), aunque se sospecha que el doctor Ignacio de Herrera (1769-1840),

un "hijo de la ilustre ciudad de Cali" que solicitó en Santa Fe un cabildo abierto, sin la

presencia del virrey, estuvo enterado de la propuesta de formación de la Junta Superior de

Seguridad que iba en camino.

Los acontecimientos de Cali prueban la rápida recepción del proyecto que portaba

don Antonio de Villavicencio. El 10 de mayo anterior, éste había entregado al Cabildo de

119
Acta de la junta extraordinaria realizada en Cali el 3 de julio de 1810. AGN, Sección Colonia, Archivo
Anexo, Gobierno, 18, ff. 895v-898v. Publicada por el Instituto Colombiano de Cultura Hispánica bajo el
título de Acta de Independencia de Santiago de Cali, Bogotá, 1992, p. 61-73.

86
Cartagena de Indias una carta, acompañada de cuatro impresos relacionados con la

erección del Consejo de Regencia de España e Indias, solicitando su jura y

reconocimiento, así como la adopción de medidas urgentes para "cortar el disgusto que

empieza a nacer entre europeos y americanos, por pasquines y versos en que se hieren

directamente y cuyo resultado no puede ser otro sino de pasar de la pluma a las armas". 120

Dos días después, el cabildo examinó en sesión extraordinaria la petición de Villavicencio

y acordó convocar a un cabildo abierto para resolver sobre el reconocimiento del Consejo

de Regencia y sobre el proyecto de erección de una junta superior de gobierno provincial

que se había presentado al gobernador desde el 12 de abril anterior.

Mientras tanto, Villavicencio escribió una “carta reservadísima” al virrey Amar

para informarle sobre los esfuerzos que empeñaba para conservar la fidelidad de los

cartageneros al rey y para obtener su obediencia a la autoridad del Consejo de Regencia,

tomando medidas "para destruir de raíz el cisma político que empezaba a nacer entre

españoles europeos y españoles americanos", las cuales incluían su propuesta de

establecimiento de una "junta de vigilancia, observación y defensa". Aconsejó acceder a la

petición de formar en Santa Fe una junta superior de todo el Nuevo Reino, a la cual

deberían estar subordinadas todas las juntas que se formaran en las provincias, incluida la

de Cartagena.121 En su respuesta "muy reservada" del 19 de junio siguiente, el virrey

advertía –alarmado– que este comisionado había "pasado a fomentar o a condescender con

novedades que pueden ocasionar turbulencia en este Virreinato", así las considerase

"medios de concordia".

120
“Carta de Antonio de Villavicencio al cabildo de Cartagena de Indias, 10 de mayo de 1810”. Los cuatro
impresos se referían a la instalación del Consejo de Regencia de España e Indias, al acto de creación de
dicho Consejo, a una arenga del Supremo Consejo de España e Indias a la misma Regencia y a una
proclama del Consejo de Regencia a los españoles americanos. En Gabriel Porras Troconis, Documental
concerniente a los antecedentes de la declaración absoluta de la provincia de Cartagena de Indias,
Cartagena, Talleres de Artes Gráficas Mogollón, 1961, p. 14-15.
121
“Carta de Antonio Villavicencio al virrey Antonio Amar. Cartagena de Indias, 20 de mayo de 1810”, en
José D. Monsalve, Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p. 84-86.

87
Previa representación del síndico procurador del cabildo de Cartagena, Antonio

José de Ayos, quien pidió la creación de una junta superior de gobierno provincial "por el

modelo que propone la de Cádiz, para precavernos contra los diferentes géneros de

funestos peligros a que están expuestos todos los dominios de Su Majestad", el 22 de mayo

se realizó el cabildo abierto en esta ciudad. Asistieron, además de los funcionarios

ordinarios,122 el comisionado regio, el gobernador Francisco de Montes y don Antonio de

Narváez, el diputado elegido por el Nuevo Reino a la extinta Suprema Junta Central de

España e Indias. Fue entonces cuando se acordó erigir "una nueva forma de gobierno" que

no fue la junta superior provincial solicitada por el síndico procurador, dada la enconada

resistencia que opuso el gobernador Montes, sino un triunvirato provisional compuesto por

dos diputados del cabildo en funciones de "coadministradores de la república" (Antonio de

Narváez y Tomás Andrés Torres) y el gobernador Montes, "para el despacho diario de los

negocios", quedando "reservados los de mayor interés e importancia a todo el

ayuntamiento, y al dicho señor gobernador la jurisdicción real ordinaria para la

administración de justicia entre partes y las funciones anexas al vicepatronato real". 123 Este

delicado equilibrio de poder entre el cabildo y el gobernador de Cartagena, legitimado en

la Recopilación de leyes de Indias (ley 2, título 7, libro 4º), no podía mantenerse por

mucho tiempo, como en efecto sucedió. Por lo pronto, ese mismo día este cabildo abierto

promulgó un bando público para informar a la población sobre el cambio político

provisional adoptado, así como el reconocimiento formal de la nueva autoridad a la

soberanía del Consejo de Regencia.124

122
En 1810 actuaron como alcaldes ordinarios José María García de Toledo y Miguel Díaz Granados,
acompañados por doce regidores: José María del Castillo, Germán Gutiérrez de Piñeres, Santiago
González, José Lázaro Herrera, José Antonio de Fernández, Juan Salvador Narváez, Antonio Fernández,
Juan Vicente Romero, Manuel Demetrio de la Vega, Tomás Andrés de Torres y José Antonio Amador.
123
“Carta de respuesta del cabildo de Cartagena de Indias al comisario regio don Antonio de
Villavicencio, 23 de mayo de 1810”, en Gabriel Porras Troconis, Documental, Op. cit., p. 24-25.
124
“Bando del cabildo abierto de Cartagena de Indias, 22 de mayo de 1810”, en Gabriel Porras Troconis,
Documental, Op. Cit., p. 26-27.

88
Villavicencio había conseguido su propósito y había mediado la tensión de poder

entre el gobernador español y los dos coadministradores cartageneros, dando vía libre a la

organización de "una junta por el estilo de la de Cádiz". Pero el delicado equilibrio de

poderes se puso a prueba casi de inmediato por los sucesos de la vecina villa de Mompóx,

parte de la jurisdicción del gobernador de Cartagena. En esta villa situada junto al río

Magdalena, el comandante español Vicente Talledo mantenía una pugna con el cabildo

similar a la que acontecía en Cartagena entre el gobernador y el cabildo. Desde el mes

marzo de 1810, Talledo había estado enviando informes al virrey Amar sobre un supuesto

complot contra las autoridades que preparaban los hermanos Vicente, Germán y Gabriel

Gutiérrez de Piñeres en inteligencia con don Pantaleón Germán de Ribón (alcalde de

segundo voto) y en Cartagena con don Antonio de Narváez y la Torre. Alarmado, el

comisionado regio informó al cabildo de Cartagena sobre la "exaltación peligrosísima de

los ánimos" de los momposinos, aconsejando el retiro de Talledo, "como que se tiene

entendido por la voz pública que aquellos disturbios tienen por principios las competencias

y pleitos personales que se versan entre el citado Talledo y el Cabildo y autoridades

municipales de aquella villa".125

El gobernador Montes se negó a retirar al comandante Talledo de la comisión militar

que desempeñaba en Mompóx, lo cual fue interpretado por el cabildo de Cartagena como

un incumplimiento del pacto del 22 de mayo, al retraerse "cuanto puede de dar a los

señores coadministradores la intervención que les es debida en los asuntos que ocurren".126

Durante la sesión del 14 de junio siguiente, Villavicencio tuvo que pronunciarse contra la

pretensión de "mando absoluto" del gobernador Montes, lo cual contrariaba "la buena

armonía y el acomodamiento a un sistema medio que fuese adaptable y útil al Rey y a la

125
“Acta del cabildo de Cartagena de Indias en el que se leyó el oficio enviado desde Mompóx por don
Antonio de Villavicencio, 4 de junio de 1810”, en Gabriel Porras Troconis, Documental, Op. Cit., p. 28-
29.
126
“Acta del cabildo de Cartagena de Indias, 7 de junio de 1810”, en Idem, p. 29-31.

89
Patria en las críticas circunstancias en que se halla este Reino y la metrópoli". Se adhirió

entonces a este parecer José María García de Toledo, el diputado del cabildo ante las

Cortes, quien propuso la destitución del gobernador, “para no exponer a este fiel pueblo a

una revolución y preservarlo de mil desastres, cumpliendo en esto con uno de los artículos

de sus instrucciones reservadas, pues que no le ha sido posible destruir unas quejas tan

justas y de tanta gravedad”.127

El teniente de rey Blas de Soria fue llamado por el cabildo para que se encargara

del mando político y militar de la plaza y provincia, y luego convocó a todos los jefes

militares de la plaza para informarles sobre la novedad introducida. Compareció luego ante

el cabildo el destituido gobernador, declarando resueltamente que este cuerpo no tenía

autoridad para quitarle el mando, ni menos para hacerle un juicio de residencia. Pidió

copias de todas las actas capitulares y recusó a quienes lo habían juzgado por "falsas

imputaciones". El arresto de Montes se hizo "en el mayor silencio y con un orden

admirable, porque en la medida estaban de acuerdo comerciantes españoles de bastante

influencia que, así como algunos miembros del Cabildo [...] creían que el motivo del

procedimiento era únicamente el especioso y aparente que se había escogido para el logro

de nuestro objeto: la supuesta complicidad del gobernador con los enemigos de España

para someternos al yugo de Napoleón".128

Hasta entonces, Villavicencio había estado seguro de que el triunvirato del 22 de

mayo, que mantenía la autoridad del gobernador, era mejor solución que el establecimiento

de una junta provincial "por el modelo de la establecida en la ciudad de Cádiz", tal como

había propuesto el procurador. La "satisfacción y júbilo universal" con que fue recibida

esta solución le habían permitido abrigar esperanzas "de que estaban ya calmadas las

desconfianzas, inquietudes y general alarma en que hacía muchos días estaba el pueblo".

127
“Acta del cabildo de Cartagena de Indias, 14 de junio de 1810”, en Ibídem, p. 39.
128
“Memorias de Manuel Marcelino Núñez, 1864”, en Ibídem, p. 44.

90
Pero la conducta evasiva del gobernador respecto de sus dos coadministradores había

agitado los ánimos al punto que había tenido que condescender con su destitución y su

reemplazo por el teniente de rey Soria, quien se comprometió a darle cumplimiento al

acuerdo del 22 de mayo. Las nuevas circunstancias lo obligaron a solicitarle al Consejo de

Regencia la aprobación del acto de destitución del gobernador, "exigida por el imperio de

la necesidad y circunstancias", y dirigida a "conciliar la felicidad y quietud de esta

provincia con el mejor servicio del Rey".129

El 3 de julio de 1810, Villavicencio llegó a Mompóx, un día después de que una

turba había obligado al comandante Vicente Talledo a huir de esa villa, resolviendo el

conflicto que mantenía con el cabildo. El alcalde ordinario, Pantaleón Germán Ribón, y los

tres hermanos Vicente Celedonio, Germán y Gabriel Sayas Gutiérrez de Piñeres, nativos de

la villa de Mompóx y regidores tanto de ésta como del cabildo de Cartagena, fueron

actores principales de la conducta política de la Junta de Mompóx en 1810. Eran primos

segundos de don Antonio de Narváez de Piñeres y de la Torre, el diputado elegido en 1809

por el Nuevo Reino ante la Junta Suprema de España e Indias, y a la vez tío político de

Germán, dado que éste se había casado con doña Vicenta de Narváez y Viole, sobrina de

aquél. El 24 de abril de 1810 se recibió la noticia de la ocupación de casi toda España por

las tropas francesas. La agitación en torno a la opción de obedecer a la Junta de Cartagena

se hizo más intensa en esta villa, dado que aquella los había convocado a unírsele,

"deponiendo las ligeras pasiones y errados conceptos que en el tiempo anterior se dejaban

entender por algunos, y cuya propagación hubiera podido producir las más funestas

consecuencias".

Se refería a la vieja rivalidad comercial y estatutaria que existía entre cartageneros

y momposinos. A fines del siglo XVIII, Carlos III había hecho de Mompóx una cabecera

129
“Informe de don Antonio de Villavicencio al primer secretario de Estado y Despacho del Consejo de
Regencia. Cartagena, 20 de junio de 1810”, en Ibídem, p. 45-46.

91
de provincia, segregándola de la jurisdicción de Cartagena (Real Cédula de Aranjuez, 3 de

agosto de 1774),130 pero los cartageneros lograron revertir esa independencia. Una vez que

los momposinos expulsaron a la guarnición puesta al mando del coronel Talledo, se

enteraron de los acontecimientos santafereños del 20 de julio y de la convocatoria a un

Congreso General de todas las provincias del Nuevo Reino. Fue entonces cuando tomaron

la decisión, el 6 de agosto siguiente, de desconocer tanto la autoridad del Consejo de

Regencia como la de Cartagena, "por desaires sufridos de ésta", adhiriéndose a la

convocatoria de Santa Fe. Fue así como el cabildo extraordinario del 6 de agosto de 1810

restauró la independencia provincial de Mompóx respecto de Cartagena, reasumiendo una

soberanía para negociar en la capital, bien ante su Junta Suprema o ante el Congreso

General del Reino. La actuación de José María Gutiérrez de Caviedes y de José María

Salazar, comisionados de la Junta Suprema de Santa Fe, fue determinante en esta acción,

origen de las siguientes disputas militares entre cartageneros y momposinos. La decidida

acción de los momposinos fue revertida por la Junta de Cartagena durante el mes de enero

de 1811, fiel a sus compromisos con el comisionado Villavicencio y gracias a una acción

armada.

En la ciudad de Pamplona se produjo, el 4 de julio de 1810, un motín que destituyó

al corregidor Juan Bastús y Falla, un catalán que desde 1808 había reemplazado en este

empleo al tunjano José Joaquín Camacho, gracias a un título despachado por el rey 131 que

frustró también las aspiraciones de un benemérito pamplonés, don Juan Nepomuceno

Álvarez y Casal, yerno de la importante matrona doña Águeda Gallardo viuda de

130
Pedro Salzedo del Villar, Apuntaciones historiales de Mompóx, Cartagena, Comité Hijos de Mompóx,
Gobernación del Departamento de Bolívar, 1987.
131
El Corregimiento de Pamplona, al igual que el del Socorro, fue creado a finales del siglo XVIII
mediante la fragmentación del antiguo Corregimiento de Tunja. Integró en su jurisdicción a las ciudades
de Pamplona, Salazar de las Palmas y Girón, así como a las villas del Rosario y San José de Cúcuta. El
virrey nombró como primer corregidor a Joaquín Camacho (1805-1808), pero en este último año llegó de
España, con título expedido por el rey en 1806, el catalán Juan Bastús y Faya. El virrey Amar decidió
darle posesión, aunque no había terminado el período de Camacho, ante las noticias de los sucesos de
Bayona.

92
Villamizar (1751-1840). Los "motores" de este movimiento fueron, además de esta viuda,

su yerno (Francisco Canal), su hijo (Joaquín Villamizar) y su hermano Rafael Emigdio

Gallardo, Rafael Valencia, José Gabriel Peña, Ramón Carrizosa, Manuel Silvestre (oficial

de la Real Caja), Manuel Mendoza, Pedro María Peralta, el doctor Escobar (párroco de

Málaga) y el doctor Francisco Soto. 132 El temor ante la causa que Bastús había abierto el

30 de junio anterior contra doña Águeda Gallardo unió a todos los beneméritos que antes

rivalizaban entre sí.133 Las funciones del corregidor fueron depositadas en el cabildo y en

algunos beneméritos y eclesiásticos que "reasumieron provisionalmente la autoridad

provincial". Pero el acta que formalizó la junta provincial sólo fue firmada el 31 de julio

siguiente en un cabildo abierto que fue convocado para dar respuesta a la posibilidad de

establecer en Santa Fe una "confederación general", advertida por un despacho enviado

por el cabildo de San Gil. Además de los capitulares, asistieron los priores de todos los

conventos, todo el clero y los oficiales del batallón de milicias "que se acababa de

establecer en esta plaza". Fue entonces cuando "el pueblo todo, reasumiendo la autoridad

que residía en nuestro legítimo soberano, el señor don Fernando VII", eligió la Junta

provincial, integrada por los miembros del cabildo y seis vocales más: los presbíteros

Domingo Tomás de Burgos (presidente), Raimundo Rodríguez (vicepresidente) y Pedro

Antonio Navarro (capellán de las monjas), acompañados por Rafael Valencia, José Gabriel

Peña y Rafael Emigdio Gallardo. El doctor Francisco Soto –abogado de la Real Audiencia

nativo de la villa del Rosario de Cúcuta– actuó como secretario de la Junta provincial.

Esta junta acordó la conservación de la religión católica, la obediencia a Fernando

VII, la adhesión "a la justa causa de la nación" y la "absoluta independencia de esta parte
132
“Recomendación del gobernador de Santa Marta en favor de Juan Bastús y Falla. Santa Marta, 29 de
noviembre de 1811”, en Rafael Eduardo Ángel, “Panamá. Capital del Virreinato de la Nueva Granada
(1812-1816)”, en Gaceta histórica, San José de Cúcuta, 2002, no. 123, p. 25-26.
133
El 29 de junio de 1810, festividad de San Pedro (patrón de la ciudad y de la principal cofradía), se
produjo un motín cuya autoría fue atribuida por el corregidor a doña Águeda Gallardo, abriéndole causa
al día siguiente y amenazando con secuestros de bienes. Todas las familias de beneméritos se asustaron y
pasaron a preparar el incidente del 4 de julio siguiente, en el cual esta viuda le arrebató al corregidor su
bastón de mando.

93
de las Américas de todo yugo extranjero".134 El doctor Soto, quien alcanzaría las más altas

posiciones públicas al lado de su paisano, Francisco de Paula Santander, explicó que el

temor de ser combatidos al mismo tiempo por los corregidores y gobernadores de las

provincias vecinas (Socorro, Maracaibo y Tunja) había aconsejado aplazar la formal

erección de la junta provincial hasta el último día de julio, cuando ya se tuvieron noticias

de los acontecimientos del Socorro, Tunja y Santa Fe.

El amotinamiento de los vecinos de la villa de Nuestra Señora del Socorro contra

su corregidor, el asturiano José Francisco Valdés Posada, se produjo durante los días 9 y 10

de julio de 1810. Fue preparado por el dispositivo militar que éste había montado en la

villa para conjurar acciones hostiles. Una orden dada desde un balcón del cuartel a las siete

de la noche del primer día, desobedecida por tres transeúntes, desencadenó una refriega

con los soldados en la que perdieron la vida ocho personas. Al siguiente día el corregidor y

la tropa se fortificaron en el convento de los capuchinos para resistir el acoso de miles de

personas llegadas de algunas parroquias de la provincia, capitaneadas por sus curas. El

doctor Miguel Tadeo Gómez, primo del "tribuno santafereño", fue uno de los oradores

principales de la jornada del día 10, en la cual se rindió el corregidor ante la muchedumbre.

En el informe de la junta que el cabildo envió al virrey Amar, el 16 de julio siguiente, se

advirtió que "el único medio que puede elegir vuestra alteza es el de prevenir al muy ilustre

cabildo de esa capital para que forme su junta y trate con nosotros sobre objetos tan

interesantes a la Patria, y consiguientemente a la Nación, de cuya causa jamás nos

separaremos".135 El 11 se constituyó la Junta local de gobierno con los miembros del

cabildo y seis beneméritos que fueron asociados,136 invitándose a los otros dos cabildos que
134
“Acta del cabildo abierto celebrado en Pamplona el 31 de julio de 1810”, en Estudio, 1986, no. 302
(noviembre), p. 53-54.
135
“Informe de la junta del Socorro al virrey Antonio Amar y Borbón, 16 de julio de 1810”, en Horacio
Rodríguez Plata, La antigua provincia del Socorro y la independencia, Bogotá, Publicaciones Editoriales,
1963, (Biblioteca de Historia Nacional, XCVIII), p. 22-27.
136
Los dos alcaldes ordinarios eran José Lorenzo Plata y Juan Francisco Ardila. Los seis beneméritos
cooptados por la junta fueron Miguel Tadeo Gómez, Javier Bonafont, Acisclo Martín Moreno (el hombre
más rico de la villa), José Ignacio Plata (cura de Simacota), Pedro Ignacio Fernández e Ignacio Carrizosa.

94
integraban el corregimiento (San Gil y Vélez) a erigir una Junta provincial de gobierno. El

acta de erección de esta junta expresó la voluntad de resistir con mano armada "las

medidas hostiles que tomará el señor virrey de Santa Fe contra nosotros, como lo hizo

contra los habitantes de la ilustre ciudad de Quito". Para manifestar "a la faz del universo la

justicia y legitimidad" de la junta erigida, se aseguró que los socorranos estaban decididos

a conservar la provincia "a su legítimo soberano, el señor don Fernando VII, sin peligro de

que los favoritos de Godoy, y los emisarios de Bonaparte, nos esclavicen

dividiéndonos".137 El compromiso con la defensa de la religión católica y con el rey le fue

recordado al presidente de la Junta del Socorro por el párroco de Simacota, José Ignacio

Plata, con ocasión de la jura de la constitución de la Junta provincial que le fue solicitada:

"Sostener los tres santos objetos de nuestra independencia, que lo son: la Religión, la

Patria, y el desgraciado Fernando Séptimo y su dinastía".138

La Junta provincial fue integrada por dos diputados del cabildo del Socorro y dos

del cabildo de la vecina villa de San Gil, pues los de la ciudad de Vélez no enviaron sus

representantes. La primera carta constitucional de la Junta provincial (15 de agosto de

1810) expuso, en 15 artículos, los "cánones" que guiarían al nuevo gobierno: defensa de la

religión, garantía de la libertad, la igualdad y la propiedad; publicidad de las cuentas del

Tesoro Público, división tripartita del poder público (la Junta de representantes de los tres

cabildos sería el poder legislativo, los alcaldes ordinarios de los cabildos serían el poder

ejecutivo, y el poder judicial lo ejercería un tribunal que la Junta crearía), abolición del

tributo de los indígenas y libertad de siembra y comercio de los tabacos.

La resistencia de los socorranos contra el corregidor Valdés comenzó desde su llegada al empleo, por
recomendación del fiscal de la Real Audiencia, pues "se apareció aquí después de la revolución de España
a despojar al propietario, doctor don José Joaquín Camacho, hijo benemérito de la Patria y tan distinguido
por su virtud y literatura". Cfr. “Carta de José Acevedo y Gómez al comisionado regio. Santafé, 29 de
junio de 1810”, en Monsalve, Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p. 138.
137
“Acta de constitución de la junta provincial del Socorro, 11 de julio de 1810”, en Rodríguez Plata, La
antigua provincia, Op. Cit., p. 35-38.
138
Carta del párroco de Simacota al presidente Lorenzo Plata, 28 de septiembre de 1810. AGN,
República, Archivo Anexo, rollo 11, f. 249r-v.

95
Desde Mompóx, el comisionado Villavicencio tranquilizaba al virrey advirtiéndole

que las medidas adoptadas en esta villa y en Cartagena correspondían a la política del

Consejo de Regencia –"apagar el fuego y no hacer un incendio"–, pues ellos no eran "a

propósito para mandar" dado que estaban "nutridos en el concepto de que el terror es

oportuno para mantener en todos tiempos la fidelidad a hombres que por el mismo

Supremo Gobierno se llaman iguales y libres".139 Por su parte, los santafereños ilustrados

esperaban con ansia la llegada de este comisionado regio, compañero de estudios en el

Colegio del Rosario de don José de Acevedo y Gómez, regidor perpetuo del Cabildo, quien

ya le llamaba "el libertador de la Patria" y se ofrecía a esperarlo en Fontibón para

acompañarlo en su entrada a la capital. En su carta, este regidor le expuso la urgencia de

establecer en Santa Fe una Junta Superior de Gobierno, "a imitación de la de Cádiz, y

compuesta de diputados elegidos por las provincias, y provisionalmente por el Cuerpo

Municipal de la capital". Según las representaciones de personas ilustradas de las

provincias del Socorro, Pamplona y Tunja, "los cabildos no tienen una verdadera

representación popular, a causa de que sus empleados o individuos no obtuvieron su

nominación del público, sino por compra que hicieron al Gobierno". Pronosticó entonces

la división del Reino si no se convocaba a los representantes de las provincias para erigir

una junta general, hasta entonces juzgada "subversiva y revolucionaria" por los

funcionarios del Gobierno.140

En Santa Fe, el síndico procurador Ignacio de Herrera había vuelto a solicitar al

cabildo, el 28 de mayo de 1810, la organización de una junta provincial "antes de obedecer

al Consejo de Regencia":

Valencia, Granada y ahora Cádiz han hecho prodigios de valor por la confianza que
han tenido de los miembros de sus Juntas. Sus moradores descansan sobre la fidelidad
de sus vocales, que son obra de sus manos y a quienes miran como el ángel tutelar de
139
“Carta de Antonio de Villavicencio al virrey Amar. Mompóx, 8 de julio de 1810”, en Monsalve,
Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p. 135.
140
“Carta de José de Acevedo y Gómez al comisionado regio, don Antonio de Villavicencio y Berástegui.
Santa Fe, 29 de junio de 1810”, en Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p. 136-138.

96
su libertad. Cítense, pues, a esta capital los diputados de todos los cabildos, para que
se forme una Junta, sin perjuicio de las autoridades establecidas. Este Cuerpo dictará
todas las providencias que sean convenientes a la conservación de la Patria, y los
pueblos nada tendrán que temer del abuso del poder [...] No por esto pretendo que nos
separemos del Consejo de Regencia últimamente establecido en la Isla de León, cuyo
reconocimiento y obediencia se nos pide.141

En su opinión, oponerse a la organización de esta junta sería "resistir a los deseos

que tienen todos sus vecinos de acogerse bajo la protección de las personas más bien

acreditadas en todo el Reino, y poner trabas para que no lo logre es desmentir la

declaratoria de hombres libres que acaba de hacer el Consejo de Regencia y es sembrar

celos entre los españoles europeos y americanos, concediendo a los primeros una facultad

que no se permite a los segundos". Además de obedecer voluntariamente al Consejo de

Regencia y de enviar diputados a las Cortes de Cádiz, había que organizar, "ante todas

cosas, la Junta Provincial de este Reino".

Gracias a los vínculos de paisanaje o parentesco con los ilustrados de Cartagena,

Cali y Socorro, los abogados más destacados de la junta santafereña del 11 de septiembre

del año anterior recibían informes detallados sobre el movimiento de destitución de

gobernadores y corregidores de origen peninsular, con la consiguiente formación de juntas

de gobierno. José Acevedo y Gómez, Ignacio de Herrera, José Joaquín Camacho y José

María del Castillo eran los mejor informados y, por ello, los que desesperaban por la

dilación que el virrey Amar, sostenido por los oidores de la Real Audiencia, había impuesto

a la petición de erección de la junta superior de gobierno. El 19 de junio siguiente, el

cabildo solicitó al virrey Amar fijar la fecha de la convocatoria de la sesión en la que

crearía la junta superior, sin obtener respuesta. El 16 de julio, José Joaquín Camacho instó

al cabildo a dirigir un nuevo oficio al virrey solicitando la convocatoria de la junta, "siendo

cada día más urgentes los motivos [...] en vista de la agitación en que se hallan los pueblos,

recelosos de su futura suerte". Dos días después, ya bien enterado de los motines de
141
“Ignacio de Herrera: Representación al cabildo de Santa Fe, 28 de mayo de 1810”, en José Manuel
Restrepo (selec.), Documentos importantes de Nueva Granada, Venezuela y Colombia, Bogotá,
Universidad Nacional de Colombia, 1969, Tomo I, p. 7-14.

97
Pamplona y Socorro, así como del retraso de la llegada del comisario regio, urgió al

cabildo a convocar la junta de autoridades y vecinos propuesta, "y que en ella se sancione

la de representaciones del Reino, haciendo responsables a Dios, al Rey y a la Patria, a los

que se opusieren a medidas tan saludables".142 Durante la noche del 19 de julio el virrey y

los oidores examinaron la situación y concluyeron que no era tan grave como se

rumoreaba. Al mismo tiempo, los impacientes abogados se reunieron en las habitaciones

que Francisco José de Caldas tenía en el Observatorio Astronómico y se resolvieron a

forzar la convocatoria a la junta.

Durante la mañana del viernes 20 de julio, día de Santa Librada, Camacho

encabezó una diputación que le pidió directamente al virrey fijar la fecha de realización de

la junta, pero éste se negó a hacerlo en términos definitivos. Al mediodía se inició una

reyerta entre Francisco Morales, respaldado por sus dos hijos, y el comerciante español

José González Llorente, a quien la turba le atribuyó el haber proferido una expresión

insultante contra el comisionado regio y los americanos. Movilizada por chisperos, la turba

de los barrios aledaños a la Catedral protagonizó un motín de grandes proporciones que

presionó, al igual que las damas santafereñas sobre la virreina, hasta conseguir la

autorización del virrey para realizar esa noche un cabildo extraordinario. Allí fue erigida

una Junta, con la denominación de "Suprema del Nuevo Reino",143 integrada por diputados

elegidos a gritos por la muchedumbre. Después de tan larga espera de los santafereños, "la

menor chispa bastó para prender un fuego tan activo que en diez y ocho horas consumió el

edificio del antiguo gobierno".144 El acta del cabildo extraordinario, firmada esa noche por
142
Citado por Gabriel Gómez Hoyos, La revolución, Op. Cit., 1992, p. 145.
143
Los cartageneros fueron los mayores críticos de esta pretensión santafereña "de levantarse con el
Gobierno Supremo del Reino". En su opinión, éste solamente podría surgir de la reunión de los diputados
de todas las provincias. Cfr. “Carta de José Ignacio de Pombo al comisario Antonio de Villavicencio.
Cartagena, 10 de septiembre de 1810”, en Monsalve, Don Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p. 318-319.
144
“Carta de José Acevedo y Gómez al comisionado regio Carlos Montúfar. Santafé, 5 de agosto de
1810”, en Boletín de Historia y Antigüedades, Bogotá, vol. XX, no. 231 (1933), p. 235. La presión de las
señoras santafereñas (Gabriela Barriga, Juana Petronila Nava, Carmen Rodríguez de Gaitán, Petronila
Lozano, Josefa Baraya y las Ricaurtes) sobre la virreina fue un elemento destacado en la autorización
finalmente dada por el virrey para la realización del cabildo extraordinario del 20 de julio. Cfr. Jorge W.
Price, “Juana Petronila Nava”, en Biografías de dos ilustres próceres y mártires de la Independencia y de

98
38 diputados proclamados por la muchedumbre (15 más lo hicieron al día siguiente), dio

cuenta del depósito interino hecho del gobierno supremo del Reino en la Junta constituida,

encargada de redactar una Constitución capaz de "afianzar la felicidad pública, contando

con las nobles provincias", respetando su libertad e independencia mediante la adopción de

"un sistema federativo" y representativo. El nuevo gobierno constitucional sólo podría

abdicar "los derechos imprescriptibles de la soberanía del pueblo" en la persona de

Fernando VII, "siempre que venga a reinar entre nosotros", y se sujetaría al Consejo de

Regencia mientras existiera en la península.

La Junta Suprema Gubernativa del Reino quedó formalmente presidida por el

virrey Amar y realmente dirigida por el doctor José Miguel Pey, a la sazón alcalde de

primera vara en el Cabildo de Santa Fe y quien luego ordenó el apresamiento del virrey.

Esta Junta se comprometió a: “1) Defender y sostener la religión católica, 2) Defender

la soberanía de Fernando 7° sobre sus territorios, 3) Evitar la divisiones provinciales y

los posibles conflictos entre los españoles europeos y americanos, 4) Oír las peticiones

del Pueblo a través de un síndico procurador general, elegido entre el pueblo, 5)

Mantener la seguridad interna y externa del pueblo, 6) Establecer un batallón de

voluntarios, 7) Hacer una iluminación general de la ciudad por tres noches a la

instalación de la Junta Suprema, 8) [Permitir que] “el pueblo se haga un desaire a sí

mismo” y 9) Perseguir, asegurar y castigar a las personas sospechosas y criminales”.

Mientras se elegía el síndico procurador, las demandas del pueblo serían

atendidas por los párrocos de los barrios, acompañados por un abogado, titulándose

comisarios de instrucción: en el barrio de las Nieves, su párroco y el doctor Ignacio

Omaña; en el de Santa Bárbara, su párroco y el doctor Manuel Ignacio Camacho; en el

de San Victorino, su párroco y el doctor Felipe Vergara; y en el de la Catedral, su

párroco Pablo Plata y el doctor Domingo Camacho. Entre las "personas sospechosas y

un campeón de la libertad, amigo de Bolívar y de Colombia, Bogotá, p. 66.

99
criminales" fueron apresados los funcionarios de la Real Audiencia Juan Hernández de

Alba (oidor decano), Diego de Frías (fiscal de lo civil), Manuel Francisco Herrera

(regente), Joaquín Carrión y Moreno (oidor) y Manuel Martínez Mansilla (fiscal de lo

criminal). También el virrey Amar y su esposa, doña María Francisca de Villanova.

La Junta provincial de Santa Marta se organizó el 10 de agosto mediante acuerdo

del gobernador Víctor de Salcedo y su teniente, Antonio Viana, con los miembros del

cabildo. Examinada en cabildo extraordinario la noticia de la deposición del virrey Amar y

de la Real Audiencia, se acogió la propuesta de don Basilio de Toro para organizar la junta.

Realizado el escrutinio, resultó elegido el gobernador Salcedo para presidirla, con la

vicepresidencia de José Munive, el diputado elegido por esta provincia ante las Cortes. Los

vocales elegidos fueron Antonio Viana, el arcediano Gabriel Díaz Granados, el provisor

Plácido Hernández, Basilio García, Pedro Rodríguez, los tenientes coroneles Rafael

Zúñiga y José María Martínez de Aparicio y Agustín Gutiérrez Moreno (secretario). La

transición al sistema de juntas provinciales había encontrado en Santa Marta una solución

de continuidad para el régimen anterior. Por ello, no debe extrañar el compromiso

juramentado de cada uno de los presentes para "derramar su sangre y sacrificar su vida en

defensa de la religión y del muy amado monarca Fernando VII", ni su adhesión a la

autoridad del Consejo de Regencia. Se solicitaron diputados a cada uno de los cinco

cabildos de la jurisdicción provincial de Santa Marta y en el mes de diciembre siguiente se

modificó la composición de la Junta, bajo presión de los comerciantes catalanes, para

garantizar la total adhesión al Consejo de Regencia. Con ello, esta provincia encabezó la

acción de mantenimiento de la fidelidad al Consejo de Regencia y al nuevo virrey del

Nuevo Reino que vino desde La Habana a establecer su nueva sede en Panamá.

100
Las noticias de la constitución de la Junta de Santa Fe promovieron la erección de

las juntas provinciales de Antioquia (30 de agosto), Popayán (11 de agosto), Neiva (17 de

agosto), Chocó (31 de agosto) y Nóvita (27 de septiembre).

En la provincia de Antioquia, sus vecinos ya estaban en estado de agitación por

los rumores de una posible invasión francesa. En su febril imaginación, los franceses

aparecieron como ateos, ladrones y violadores, interesados en seducir con engaños a los

pueblos para subyugarlos. En opinión del gobernador provincial, don Francisco de

Ayala, los emisarios del emperador francés se habían introducido en todas la provincias

de las Indias con el fin de "separarlas de la obediencia de sus legítimos jefes y

magistrados para levantar unos pueblos contra otros, los hermanos contra los hermanos,

y los padres contra los hijos, para después que estén divididos, y que se hayan degollado

los unos a los otros, poder entrar con sus tropas infernales, acabar con los pocos que

queden, destruir la religión que profesamos, arrasar los pueblos en que adoráis a Dios,

atar y despedazar vuestros sacerdotes, abusar de vuestras mujeres e hijas, y últimamente

quitaros los bienes, y la libertad".145

Este miedo ya los había conminado a adoptar medidas defensivas: el 4 de agosto

de 1810, el gobernador Ayala ordenó crear un batallón de milicias disciplinadas, cuyos

oficiales serían escogidos entre los vecinos principales de las villas y ciudades, y cuya

elección recaería en los cabildos. Los ejercicios militares se realizarían los días

domingos y festivos, por un par de horas. Recibirían un corto sueldo para su

mantenimiento, como reconocimiento a sus servicios. Y dado que el objetivo de estas

milicias sería mantener a salvo la integridad interior de la provincia, no serían sacados

de los límites de ésta, y probablemente tampoco de la demarcación del pueblo en donde

se establecieran compañías. Seis días después, el cabildo de Santa Fe de Antioquia abrió

la comunicación de la Suprema Junta de Santa Fe en la que se informaba sobre los


145
Archivo Restrepo, rollo 4, f. 10-11v.

101
acontecimientos del 20 de julio anterior y se invitaba a la formación de un Congreso

General del Reino, para lo cual se requería la presencia de un diputado que representara

los derechos de la provincia de Antioquia. Fue entonces cuando este cabildo 146 exhortó a

sus homólogos de Medellín, Rionegro y Marinilla a enviar sus diputados ante un

congreso provincial que resolvería lo que conviniera sobre esta invitación.

El 29 de agosto siguiente llegaron los representantes de los tres cabildos

mencionados en medio del entusiasmo del pueblo, con demostraciones de aprecio por su

especial jerarquía.147 Las sesiones del Congreso Provincial se iniciaron al día siguiente,

prolongándose hasta el 7 de septiembre. Presidido por el teniente de gobernador asesor,

doctor Elías López, fue integrado por los ocho diputados de los cabildos de Antioquia

(Manuel Martínez y José María Ortiz), Medellín (José Joaquín Gómez y Pantaleón

Arango), Rionegro (el presbítero José Miguel de la Calle y José María Montoya) y

Marinilla (el cura Francisco Javier Gómez e Isidro Peláez). Todos ellos representaban

las autoridades civiles y eclesiásticas establecidas del "antiguo régimen". Días después

fueron integrados cuatro “representantes del pueblo” elegidos por los vecinos “cabeza

de familia” de la provincia, es decir, los que eran económicamente independientes,

libres de toda servidumbre, y sin deudas con la justicia. El 28 de octubre se

posesionaron esos representantes, que resultaron ser los idóneos integrantes de los

mismos cabildos. Antioquia eligió a quien ya hacía parte del Congreso, don Manuel

Antonio Martínez; Medellín, al doctor don Lucio de Villa; Rionegro, al ya también


146
Integrado por el gobernador don Francisco de Ayala, José Manuel Cosio, Pedro Alcántara, Faustino
Martínez, Andrés Campero, José Pardo, Juan del Corral, José Manuel Zapata y Tomás Rublas.
147
En carta dirigida al cabildo de Rionegro, sus diputados –don José Miguel de la Calle y don José María
Montoya– describieron el recibimiento que les preparó el ayuntamiento de Antioquia: “Pasamos el Cauca
en una barqueta bien vestida; y con asientos y cojines para cada uno de los diputados, y una bandera que
tremolaba, y representaba los cuatro cabildos; a la orilla izquierda del caudaloso Cauca nos aguardaba un
lúcido y numeroso cuerpo de caballería, ricamente adornado; todos se desmontaron y avanzando a nuestro
encuentro arengó elocuentemente el regidor doctor don Faustino Martínez [...] luego incorporándonos con
el debido orden entre el lúcido acompañamiento en la caballería que al efecto nos tenían prevenidas
ricamente enjaezadas fuimos conducidos a la famosa casa (por no decir palacio) donde estaba colocada
otra bandera blanca, con las cuatro ciudades de Antioquia, Medellín, Rionegro y Marinilla, sobre la que se
leía esta inscripción “Alianza Provincial”; allí se arengó de nuevo, y se nos sirvió un suntuoso refresco, y
a la noche y en los tres días siguientes abundante banquete [...]”. Cfr. Archivo Restrepo, r. 4, f. 36-37.

102
miembro del Congreso, don José María Montoya; y Marinilla a don Nicolás de

Hoyos.148 Otros miembros de la Junta Superior Provincial llegaron a ser don José

Manuel Restrepo (quien se desempeñó como vocal secretario), y un “fiscal y

representante de los pueblos de la provincia no sujetos a departamento capitular”, cargo

que fue ocupado por el ya mencionado don José María Ortiz. En fin, terratenientes,

mineros y comerciantes, que en sus ratos de ocio se dedicaban a las tareas burocráticas

de los ayuntamientos –con lo cual adquirían prestigio y abolengo–, integraron el

primigenio Congreso Provincial con diez diputados. De este modo, la transición política

del "antiguo régimen" al modo político representativo no depuso autoridad alguna, ni se

oyeron los ruidos de armas y gritos del populacho como en la capital del virreinato.

Los miembros de este primer Congreso Provincial de Antioquia prometieron

defender la religión católica, sostener los derechos de los pueblos a quienes

representaban y asumir transitoriamente la soberanía que había sido reasumida por los

cabildos, dada la prisión del rey. A su turno, esa soberanía fue cedida a favor del

Congreso Provincial, mediante un pacto de alianza. El propósito de este Congreso fue el

de adoptar medidas políticas, militares y fiscales que permitieran mantener ilesa la

autoridad de Fernando VII en la provincia y conjurar la anarquía, las disensiones

internas y las intrigas de los franceses. Una proclama emitida en los primeros días de

septiembre de 1810 advirtió sobre las ventajas que obtendrían los reales vasallos de esta

Junta provincial: no tendrían que caminar largas distancias para obtener las providencias

judiciales que pusieran fin a sus agravios, o para solicitar el derecho que los protegiera

del juez injusto. Los recursos estaban a la mano en un Congreso o Junta Provincial que

oiría y remediaría sus vejaciones, los sostendría en la posesión de sus derechos, dictaría

148
Ibídem, f. 35.

103
providencias de justicia, buen gobierno y policía, y organizaría las fuerzas internas que

se debían tener para rechazar cualquier enemigo doméstico.149

La Gobernación de Neiva era ejercida, desde el 18 de diciembre de 1808, por el

español Anastasio Ladrón de Guevara, nombrado por el Consejo de Indias para un

período de seis años.150 Quizás por esta procedencia peninsular entró en situación de

conflicto personal con los vecinos principales de la ciudad de Neiva. Por ello, cuando se

tuvo noticia de los sucesos de Santa Fe, siete días después de su ocurrencia, el

procurador general del Cabildo, Joaquín Chacón, pidió la destitución de Ladrón de

Guevara y la organización de una junta.

En la villa de Timaná su síndico procurador manifestó, el 27 de agosto de 1810,

que su vecindario tenía "los mismos derechos que han tenido aquellos pueblos para instalar

sus juntas y establecer un nuevo plan de gobierno", de tal suerte que para uniformizar a

este vecindario con todos sus "compatriotas" el Reino pidió al cabildo la instalación de una

junta gubernativa "para que en ella deposite el pueblo sus derechos y confianzas",

aboliendo "el antiguo gobierno". Dado que había dejado de existir un gobierno superior de

todas las provincias del Reino, quedando este vecindario libre "para proceder por nosotros

mismos a todo aquello que sea conveniente al beneficio de la patria, bien y utilidad de la

república", propuso el traslado de la villa al sitio de la parroquia de Garzón, "como centro

de la jurisdicción".151 El cabildo de Timaná convocó la junta en la parroquia de San Miguel

de Garzón para el 5 de septiembre, instruyendo que una vez constituida se enviaría un

diputado a la ciudad de Neiva para tratar de la unión con Santa Fe. Efectivamente,

congregada esta junta en Garzón, se decidió que el nuevo gobierno mixto se integraría con

el cabildo y nueve vocales más, encargado de "sancionar leyes municipales, ordenanzas,

149
Archivo Restrepo, rollo 4, f. 18.
150
José María Restrepo Saénz, Neiva en la Independencia, Op. Cit. p. 5.
151
Representación de Vicente Sánchez, síndico procurador general de la villa de Timaná, 27 de agosto de
1810. En AGN, Archivo Anexo, Historia, rollo 11, f. 13 r-v.

104
constituciones y reformaciones [...] imponer pechos y derechos que exija la necesidad". El

traslado de la cabecera de la villa fue aprobado, quedando con el nombre de Villanueva de

Timaná. Los vecinos de la parroquia de San Pedro de Sabanita Larga, en los llanos de

Casanare, en respuesta a la convocatoria de la Junta Suprema de Santa Fe también

acogieron la causa de "Religión, Patria y Corona" y eligieron nuevo juez parroquial (José

Manuel de Peralta).

En la ciudad de Tunja, que destituyó a su corregidor tan pronto llegaron las noticias

de lo ocurrido en Santa Fe, la organización de su junta provincial esperó hasta el 11 de

octubre de 1810. En cambio, en la villa de Honda se organizó el 25 de julio, un par de días

antes del desembarco del comisario regio. El 5 de agosto de 1810 se recibieron en la

ciudad de Popayán las noticias sobre los acontecimientos de Santa Fe y el 11 de agosto la

invitación para el envío de diputados ante un congreso general del Nuevo Reino. Este

mismo día, y con la presencia del comisionado regio Carlos Montúfar, se formó la Junta

provisional de Seguridad con cinco miembros –José María Mosquera, el maestrescuela

Andrés Marcelino Pérez Valencia, Antonio Arboleda, Mariano Lemus y Manuel Dueñas–,

presidiéndola el gobernador Miguel Tacón,152 quien tanto se había destacado en las

acciones contra la Junta de Quito, y actuando como secretario don Francisco Antonio

Ulloa. La adhesión al Consejo de Regencia fue constatada por el propio comisionado,

quien continuó su derrotero hacia Quito. Fueron despachados comisionados ante los

cabildos de Cali, Buga y Cartago, en procura de que eligiesen diputados ante una junta

provincial que sería erigida en Popayán. Pero éstos apenas pudieron comprobar la posición

de aquellos, que desconocían la autoridad de su antigua cabecera de gobernación y se

adherían a la promesa de participación en el Congreso general del Reino que les había

hecho saber don Ignacio de Herrera, el ilustre caleño que tanto se había destacado en los

152
Este militar había sido compañero del comisario regio en la Escuela de Guardiamarinas de Madrid y se
opuso a la formación de la Junta de Seguridad, pero su resistencia fue doblegada por el comisario Carlos
Montúfar y del Cabildo de Popayán.

105
sucesos santafereños. Se produjo entonces en Popayán una fuerte tensión entre la autoridad

de la Junta provisional y la del cabildo, respaldada por el gobernador y las órdenes

religiosas. Los juntistas se enfrentaron a los taconistas, nombres que fueron dados a los

dos bandos, pero los últimos disponían de la fuerza armada del gobernador, de la autoridad

tradicional de los capitulares y de los religiosos. En octubre se disolvió la Junta provisional

y se restauró el orden político antiguo, pese a los esfuerzos que hizo parte del vecindario

para reorganizarla. Con el apoyo de una milicia de Pasto, comandada por Gregorio

Angulo, el gobernador Tacón asumió plenos poderes en nombre de la autoridad del

Consejo de Regencia. Mientras tanto, la Junta de Cali preparaba su unión con los demás

cabildos del Valle del Cauca, desconociendo al Consejo de Regencia y consolidando su

independencia de Popayán, alistándose además para la guerra con el gobernador Tacón, en

alianza con las tropas enviadas desde Santa Fe bajo el mando del coronel Baraya.

Cuando don Antonio de Villavicencio llegó a Santa Fe apenas pudo constatar el

hecho cumplido de la formación del nuevo gobierno "que separándose de la dependencia

del Consejo de Regencia reasume en sí la soberanía" a nombre de Fernando VII. Sus

instrucciones, como comisionado de dicho Consejo, habían quedado suspendidas. Así fue

como, desde el 7 de agosto de 1810, se limitó al papel de "medianero intermediario" entre

el "Gobierno legítimamente constituido en España" y la Junta santafereña "que mantiene

íntima alianza y amistad con el Gobierno de España, fiel a Fernando VII". Después de

seguir de cerca el rumbo de los acontecimientos en todas las provincias que, poco a poco,

desconocían la autoridad del Consejo de Regencia, apenas pudo aconsejar a los

gobernadores de las provincias que se mantuvieron fieles (Loja, Quito, Panamá, Tumaco,

Santa Marta, Riohacha, Maracaibo, Popayán, Pasto) y al propio Consejo de Regencia

sobre la inconveniencia de remitirles "órdenes que indiquen superioridad sobre estos

países". En su opinión, habría que aceptar cuanto habían ejecutado las juntas y convidarlas

106
a enviar sus diputados ante las Cortes de Cádiz para establecer una negociación,

respetando la equidad de su representación con las provincias peninsulares. De no hacerlo

así, los gobiernos reformados en América que aún reconocían al real soberano mirarían al

Gobierno de España como enemigo "y jamás se establecerán sus relaciones políticas y

comerciales, aunque quiera emplearse la fuerza, pues ésta jamás produce buenos efectos y

sólo logra irritar y exasperar más a los pueblos que han obrado, en su concepto, conforme a

sus derechos y a las peligrosas circunstancias en que se hallaban". 153 Una muestra de la

prudencia de este consejo es la derrota militar del gobernador de Popayán por las fuerzas

unidas de Cali, Buga, Cartago y Santa Fe, resultado de que aquel no había atendido la

exhortación a adoptar medios conciliatorios y formar una junta provincial que admitiera a

los diputados de las ciudades unidas que lo batieron. Como Tacón, otros jefes militares

estaban, "a pesar suyo y con buenas intenciones y deseos, aumentando el incendio y la

desconfianza, preparando la independencia absoluta".

El desconocimiento del Consejo de Regencia por la mayor parte de las juntas

provinciales que se erigieron durante el año 1810 en el Nuevo Reino de Granada,

confirmado en la instalación del primer Congreso del Nuevo Reino (22 de diciembre de

1810), en el que los diputados de seis provincias juraron que no reconocerían sino la

autoridad de las juntas supremas provinciales, "con expresa exclusión del Consejo titulado

de Regencia en Cádiz", no llevaba consigo una ruptura con el titular de la monarquía

española. La independencia se limitaba entonces a la reasunción de los derechos de "los

pueblos" de las respectivas provincias, que seguían conservando los derechos soberanos de

Fernando VII, aspirando –si éste lograba reincorporarse al trono– a la construcción de un

nuevo arreglo constitucional. Es importante recalcar que la acción de separar las juntas

provinciales "para siempre" de la Corona sólo fue emprendida más de un año después: el

153
“Oficio de Antonio de Villavicencio al Marqués de Someruelos y siete gobernadores indianos. Santa
Fé, 4 de mayo de 1811”, en Monsalve, Don Antonio de Villavicencio, Op. Cit., p.239.

107
11 de noviembre de 1811 por la Junta Suprema de Cartagena de Indias, el 16 de julio de

1813 por el Colegio Electoral de Cundinamarca y el 11 de agosto de 1813 por el Estado de

Antioquia.

Don Miguel Tacón, gobernador de Popayán, expuso en un oficio dirigido a la

Junta de Santa Fe la mejor defensa de la opción de acatar la autoridad del Consejo de

Regencia que se pudo leer en el Nuevo Reino de Granada. 154 En su opinión, romper con

este Consejo era, además de una "ilegal e impolítica forma de administración que

rompía el vínculo de unión con la madre patria", el camino para convertir al Nuevo

Reino en "un grupo de gobiernos separados expuestos a las convulsiones y trastornos

que trae consigo la influencia popular".

Un gobierno legítimo, "capaz de hablar el lenguaje de la fidelidad y del honor",

sabía que “al entusiasmo de la revolución suceden los celos, la envidia, la divergencia

de opiniones y la falta de acuerdo; y que esto, junto con el diferente carácter y las

pretensiones parciales destruirán la buena armonía de las provincias... sabe por las

experiencias de la Península que si bien en las circunstancias de invasión, falta de

comunicaciones y otras que no nos son comunes fue acertado y conveniente para el

gobierno particular de cada provincia el de sus juntas, pero que no bastando éstas para la

unión de todos fue indispensable dar mayor extensión al sistema político para formar

una nación, una autoridad suprema gubernativa y la representación nacional que, en

nombre del soberano, manejase con uniformidad las operaciones civiles, las militares y

demás ramos de la organización y dirección pública”. La Junta Central y el Consejo de

Regencia habían sido las instituciones adecuadas a las circunstancias en las que el rey

no podía gobernar por sí mismo: "la Regencia es el gobierno que más se acerca a la

unidad de la monarquía y de la autoridad nacional", en tanto que representa

154
Oficio del gobernador Miguel Tacón a la Junta Suprema de Santafé. Popayán, 28 de diciembre de
1810. En Alfonso Zawadsky, Las ciudades confederadas del Valle del Cauca en 1811, Cali, Centro de
Estudios Históricos y Sociales "Santiago de Cali", 1996, pp. 170-176.

108
interinamente al soberano "mientras las dos mitades de la nación (América y España)

organizan la forma de gobierno que sea más acomodada a las circunstancias y a sus

votos".

La Regencia, a la cual juró obediencia el cabildo de Santa Fe ante el virrey, era

el cuerpo soberano de la nación, el "centro de unión entre las Américas y España que

han reconocido todos los reinos, provincias y ciudades de este Nuevo Mundo". Su

convocatoria a Cortes no era motivo para emanciparse de la Regencia. Por el contrario,

la alteración del gobierno legítimo produjo que las provincias se separaran del Nuevo

Reino, "que Cartagena esté dividida de Mompóx, Santafé de Honda, Santa Marta, etc.,

Quito de Guayaquil y Cuenca, y en la provincia de Venezuela, Caracas de Maracaibo y

Coro". La división de las provincias de América en torno al Consejo de Regencia fue la

causa de su disputa armada en los siguientes años, equivocadamente leída por los

liberales de tiempos posteriores con la noción de “patrias bobas”.

Pero el virrey Amar ya había previsto este movimiento desde el momento de su

regreso a la península, como ya se dijo, pues en su informe al Consejo de Regencia (13

de enero de 1811) afirmó resueltamente que las juntas provinciales del Nuevo Reino,

"con el solo bullicio de haber reasumido el pueblo sus derechos parciales", habían

"cargado con las atribuciones de la Soberanía".155 Aspecto que será muy importante

señalar, pues fueron muchas de las autoridades peninsulares quienes acusaron de

independentistas a las juntas, y no al contrario, como se ha interpretado por la

historiografía nacionalista, dado que, como se ha indicado, hasta al menos 1810 no hubo

propuestas de independencia clara.

11. La eclosión juntera en la Capitanía General de Venezuela.


155
Carta de Antonio Amar y Borbón al secretario del Consejo de Regencia. Coruña, 13 de enero de 1811.
En Mario Herrán Baquero, El virrey don Antonio Amar y Borbón: la crisis del régimen colonial en la
Nueva Granada. Bogotá, Banco de la República, 1998, p. 305.

109
Desde que se conocieron en Caracas los hechos ocurridos en la península, la

reacción fue de lealtad a Fernando VII y de claro rechazo a la usurpación francesa. Una

vez recibidos los pliegos provenientes de la península, se reunió el Ayuntamiento de la

ciudad y declaró sus reservas respecto de las renuncias de los reyes. En opinión de los

capitulares, el hecho no solamente era una anomalía inexplicable sino que resultaban

profundamente violentas y sospechosas "las circunstancias que la acompañan, cuando

no fuese sino por la de haberla hecho en un país extranjero, rodeado i constreñido de sus

pérfidos y ambiciosos enemigos".156 Solicitaron entonces una reunión con el capitán

general para examinar la situación creada y tomar las previsiones pertinentes.

Esa misma noche, un tumulto vociferante se dirigió hacia la sede del Cabildo y

exigió la realización inmediata de la ceremonia de jura de fidelidad en nombre de

Fernando VII. Efectivamente, ésta fue ejecutada y el retrato del monarca fue puesto en

el dosel de la sala capitular. Entre los vítores a Fernando VII y los mueras a los

franceses el ambiente se tornó festivo y sin mayores sobresaltos. Sin embargo, al día

siguiente el capitán general convocó una reunión de las autoridades y los cuerpos

provinciales para deliberar sobre las ocurrencias de la península, determinando el

partido que debería tomarse frente a la imprevista y delicada circunstancia.

En esta reunión fue registrada la diversidad de opiniones que existía respecto de

la inédita y sorpresiva situación. Algunos estimaron que esta reunión anunciaba la

constitución de una Junta de notables de las corporaciones convocadas, pero otros la

desestimaron porque la convocatoria provenía de la más alta autoridad. El regente

interino, el payanés Joaquín Mosquera Figueroa, opinó que lo que estaba por discutirse

era qué hacer con los despachos provenientes de Madrid y de ninguna manera si se

establecía o no una junta. Su parecer era claro y sencillo: si los papeles venían firmados

156
“Acta del Ayuntamiento de Caracas”, 16 de julio de 1808. Blanco y Azpúrua, Documentos para la
vida pública del Libertador, Caracas, Ediciones de la Presidencia de la República, 1977, tomo II, p. 148.

110
y sellados por las autoridades del Reino, no había nada que discutir, sólo había que

acatar lo que allí se decía, reconociendo el gobierno de la metrópoli. La intervención de

Mosquera pareció tranquilizar a los concurrentes, quienes estaban dispuestos a convenir

con que el capitán general se limitara a estampar la fórmula de costumbre: cúmplase y

ejecútese.

La voz del fiscal real se interpuso para insistir en lo que ya había sancionado el

Ayuntamiento respecto de la ilegalidad de las renuncias de Bayona, alegando que no

podían los reyes atribuirse la facultad de disponer de sus vasallos como si fuesen su

patrimonio, ni menos traspasar la Corona a otra persona sin el consentimiento de la

nación. En conclusión, no podían aceptarse los despachos que provenían de España ya

que ello representaba un acto que iba contra las leyes del Reino. También intervino otro

de los presentes para recordar que la noche anterior se había efectuado la jura de

Fernando VII, cuyo desconocimiento engendraría una contradicción difícil de explicar y

además contrariaría los sentimientos de un pueblo fiel a su monarca. Decidieron

entonces los asistentes a esta reunión no introducir novedad alguna respecto del mando

de Fernando VII.157

La Real Audiencia acogió esta resolución proveniente de la asamblea realizada

el 17 de julio de 1808. Al día siguiente se publicó un bando del capitán general y

gobernador de la provincia, don Juan de Casas, en el cual se exponía lo acordado por las

máximas autoridades de la misma:

Dirígese, pues, la determinación del Gobierno a dar las gracias en el Real Nombre
de Su Magestad Católica; a precaver los males públicos y particulares y a declarar
solemnemente que en nada se altera la forma de Gobierno ni el Reynado del Señor
Don Fernando VII en este Distrito; y a exhortar a todos los fieles y amados
Vasallos, que mientras no vinieren documentos mas auténticos comunicados por
sus correspondientes conductos y en la forma debida, no se dejen sorprender ni
engañar de los Extranjeros crédulos y amantes de la novedad. 158
157
"Acuerdo de la Junta convocada por el Gobernador el 17 de julio de 1808" Blanco y Azpúrua,
Documentos, tomo II, p. 167.
158
"Auto del Capitán General de Caracas, 18 de julio de 1808". Blanco y Azpúrua, Documentos, tomo II,
p 168.

111
El asunto no concluyó aquí, pues el debate dado en la reunión había dividido la

opinión de los asistentes y se convirtió en materia de discordia y preocupación en los

días sucesivos. Lo que estaba en discusión era ni más ni menos que el espinoso y

delicado asunto de la soberanía. El debate se había dado en los mismos términos que el

producido en la península. Si la renuncia era contraria a las leyes del Reino: ¿Quién

gobernaba en ausencia del rey legítimo?, ¿sobre quién recaía la soberanía mientras el

monarca se mantenía ausente?

El ambiente perdió su tranquilidad, reuniones en las residencias de los notables y

todo tipo de rumores respecto del futuro de la monarquía promovieron las suspicacias y

los recelos entre las autoridades. Inquieto, el capitán general solicitó al Cabildo, en

oficio fechado el 27 de julio de 1808, un pronunciamiento sobre el proyecto de

constitución de una junta. El Ayuntamiento atendió la solicitud y en dos días preparó un

proyecto de formación de la junta. Este documento comenzaba con una declaración de

lealtad al legítimo rey y a las autoridades constituidas de la Monarquía en los términos

siguientes:

Ningún español ha podido reconocer por su Rey y Señor natural, no ha reconocido


en efecto, ni reconocerá jamás a otro que a nuestro muy Augusto y amado
Soberano el Señor Don Fernando 7º. Todos le habemos jurado, así como en su
defecto, a sus legítimos sucesores. Nuestra leyes, pues, y nuestro Gobierno son
siempre los mismos; y lo son también por una consecuencia necesaria, las
autoridades legítimamente constituidas. Desconocerlas, sería visiblemente
contradecirnos; desacatarlas, atentar manifiestamente contra la suprema ley del
buen orden y tranquilidad pública.159

La propuesta del Ayuntamiento guardaba absoluta correspondencia con los

fundamentos sobre los cuales se habían erigido las juntas en la península y su

composición no difería sustancialmente de las que allí se habían constituido. Cuando el

proyecto estaba listo para ser presentado, llegó a Caracas el comisionado de la Junta de
159
Prospecto o Reglamento de la Junta, 29 de julio de 1808. Blanco y Azpúrua, Documentos, tomo II, p.
172.

112
Sevilla, don José Meléndez Bruna, quien solicitó la sujeción de la provincia a la

soberana autoridad de aquella Junta y confirmó en sus empleos a todos los jefes,

empleados y autoridades provinciales.

De nuevo, se manifestaron las posiciones encontradas respecto de la respuesta

que debía darse al requerimiento de Meléndez Bruna. El Ayuntamiento opinó que

debería reflexionarse más sobre el asunto, especialmente respecto del atributo de

autoridad soberana que se adjudicaba la Junta de Sevilla, dado que no se habían tenido

presentes las leyes de Castilla, las de Indias y las Partidas aplicables al caso. El capitán

general desatendió los reparos del Cabildo y decidió someterse a la opinión de la Real

Audiencia, cuya recomendación era la de reconocer la autoridad de la Junta de Sevilla.

El 5 de agosto de 1808, el gobernador Juan de Casas reconoció la autoridad de la Junta

de Sevilla sobre los territorios puestos bajo su mando. Esta decisión no contribuyó a

calmar los ánimos ni a disipar el ambiente de inquietud y tensión que generaban las

inciertas noticias provenientes de la península.

Unos meses más tarde, durante la primera semana de noviembre de 1808, se

encontraban reunidos en la casa del intendente Juan Vicente de Arce un grupo de

notables, entre quienes destacaban varios altos funcionarios de la Corona. Uno de los

asistentes, don Antonio Fernández de León, acaudalado peninsular y oidor honorario de

la Real Audiencia, manifestó su opinión respecto de lo sucedido en la ciudad durante los

pasados meses de julio y agosto. En su parecer, todo había sido un disparate: ni la

Audiencia, ni el Ayuntamiento, ni el capitán general tenían autoridad alguna para

reconocer a la Junta de Sevilla. El fiscal se limitó a rechazar esta opinión, advirtiéndole

que se abstuviera de exponerla en público porque podría contribuir a generar un

ambiente de anarquía general.

113
Pero Fernández de León no acató el consejo del fiscal. En los días siguientes

convocó a don Francisco Rodríguez del Toro, criollo principal, perteneciente a una de

las familias más distinguidas de la provincia y con extensas relaciones en la ciudad, para

comunicarle su parecer y proponerle la adopción de la propuesta del capitán general

respecto de la constitución de una Junta. Fernández de León redactó la propuesta y entre

ambos se ocuparon de reunir a los vecinos principales de la ciudad para comprometerlos

en el proyecto. Para la gran mayoría de los convocados el tema no les era ajeno, pues

desde hacía varios meses se discutía en la ciudad sobre el modo de atender la

emergencia del Reino que había causado la ausencia del monarca. Durante varios días

se realizaron reuniones y conciliábulos, y poco a poco se fueron reuniendo firmas de

notables, unos más renuentes que otros a comprometerse.

Finalmente, el 23 de noviembre fue presentada la petición de una junta, por

Francisco Rodríguez del Toro y Vicente Ibarra, al regente visitador. Mosquera les hizo

conocer de inmediato su rechazo categórico a la propuesta: "…han tenido un momento

desgraciado en pensar en semejante asunto",160 fue su réplica. Por el momento, los

demandantes se limitaron a decirle que desistirían del proyecto. No obstante, al día

siguiente entregaron el documento al capitán general con una nota remisoria en la que

insistían en su propósito de llevar a cabo el mismo plan que ya se había adelantado en

España para impedir las aspiraciones del emperador de los franceses, defender al

legítimo rey y asegurarle la conservación de sus dominios. Se trataba de retomar una

vieja iniciativa para resolver lo más conveniente para la provincia.161

Esta representación, firmada en Caracas el 22 de noviembre de 1808 por 45

prominentes vecinos, recordaba cómo esta ciudad había jurado lealtad a Fernando VII y

160
“Informe de la Sala Extraordinaria”, 20 de junio de 1809, en Jorge Vejarano, Orígenes de la
Independencia Suramericana, Bogotá, Editorial Cromos, 1925, p.71
161
La documentación completa sobre este episodio fue publicada bajo el título Conjuración de 1808 en
Caracas para formar una Junta Suprema Gubernativa (Documentos Completos), Instituto Panamericano
de Geografía e Historia, 1968, 2 volúmenes.

114
había observado con detenimiento “los pasos que ha dado la Nación en Europa, sus

triunfos, su energía, y su opinión para con todas las naciones del mundo”, deduciendo

de esa experiencia la utilidad de “las juntas que se han formado… con el nombre de

Supremas en las capitales de las provincias”:

Sobre estas juntas ha descansado y descansa el noble empeño de la Nación por la


defensa de la Religión, del Rey y de la libertad e integridad del Estado; y estas
mismas juntas le sostendrán bajo la autoridad de la Soberana Central, cuya
instalación se asegura haberse verificado. Las provincias de Venezuela no tienen
menos lealtad, ni menor ardor, valor y constancia que las de la España europea; y si
el ancho mar que las separa impide los esfuerzos de los brazos americanos, deja
libre su espíritu, y su conato a concurrir por todos los medios posibles a la grande
obra de la conservación de nuestra Santa Religión, de la restitución de nuestro
amado Rey, perpetuidad de una unión inalterable de todos los Pueblos Españoles e
integridad de la Monarquía.162

Convencidos de que la gloria de la nación consistía “en la unión íntima, y en

adoptar medios uniformes” a los ya adoptados en la península, estos vecinos de Caracas

expusieron la “absoluta necesidad” de formar la Junta de Caracas, subordinada a la

Soberana de Estado, para que ejerciera en esta ciudad la autoridad suprema, “mientras

regresa al Trono nuestro amado Rey el Sr. Don Fernando VII”. En su parecer, éste era

“el voto y deseo general del pueblo”. Por ello, juzgaban que el medio más adecuado

para este fin era proceder a elegir “representantes del Pueblo” que tratasen

personalmente con gobernador y capitán general el procedimiento para formar esta junta

suprema; y para tal efecto proponían los nombres de los señores Conde de Tovar, Conde

de San Javier, Conde de la Granja, Marqués del Toro, Marqués de Mijares, don Antonio

Fernández de León, don Juan Vicente Galguera y don Fernando Rey. Estas personas

pasarían a concertar con el capitán general y el ayuntamiento la convocatoria para que

todos los cuerpos sociales eligiesen sus diputados entre las personas más beneméritas:

“militares, letrados, eclesiásticos y comerciantes, y vecinos particulares, que cada una

de dichas clases nombrará de entre sí”.


162
Representación al Capitán General de la provincia para constituir una Junta, 22 de noviembre de
1808, Conjuración, tomo I, pp. 111-113.

115
La mayoría de los firmantes eran criollos, pero también los acompañaron

algunos peninsulares y canarios. Todos, sin excepción, eran vecinos principales de la

ciudad. Unos ocupaban altos cargos en las instancias administrativas y políticas de la

provincia, otros pertenecían al Colegio de Abogados, otros eran miembros del

estamento militar, oficiales de las Milicias del Rey; una parte significativa de los

firmantes eran miembros del Real Consulado de Caracas, con intereses comerciales y

agropecuarios en la provincia, hacendados y dueños de esclavos. Además, estaban todos

ellos emparentados entre sí. Otro elemento en común entre los firmantes era su

irrestricta y visible lealtad a la Monarquía y la defensa y protección de los valores y

fundamentos sociales, económicos y políticos de la sociedad antigua. Habían salido en

defensa del rey y del orden monárquico cuando se habían presentado movimientos

contra la estabilidad de la Corona, tal como había ocurrido en 1797 en ocasión de la

sublevación de Gual y España y luego en 1806 cuando Francisco de Miranda invadió las

costas de Venezuela para promover la independencia de la Monarquía española.

La respuesta de la Real Audiencia fue inmediata: prisión y apertura de causas

judiciales contra todos los comprometidos. Los escándalos y las fuertes reacciones de

los involucrados se propagaron por la ciudad. Después de varios meses de diligencias

judiciales, el 20 de abril de 1809, los fiscales Francisco de Berríos y Francisco Espejo

emitieron sus pareceres, acogidos por la Real Audiencia el 4 de mayo siguiente. Todos

los participantes fueron absueltos, y sólo se les reclamó su falta de prudencia y

discreción, dejando expresamente establecido que la participación de éstos en la

promoción de la junta no debía obstar “…a la reputación, honor y concepto de fieles y

honorables vasallos. Todos sin excepción quedaban íntegramente mantenidos en su

buena opinión, crédito y fama sin que en lo sucesivo les sea tampoco obstáculo para

obtener las gracias y mercedes que fuere servido el Rey concederles, por sus anteriores

116
servicios, y los que espera continúen a beneficio del estado y de la Patria, en las

calamitosas circunstancias que más necesitan de buenos y amantes vasallos".163

La situación fue resuelta, al menos por un tiempo, con este fallo absolutorio de

la Audiencia. Sin embargo, nuevas ocurrencias reactivaron el debate sobre la soberanía

y mantuvieron la tensión, la intranquilidad y la incertidumbre entre los habitantes de la

provincia. Como hemos visto en páginas anteriores, a comienzos de 1809 la Junta

Central emitió una resolución que declaraba a los “vastos y preciosos dominios que la

España posee en las Indias” como una “parte esencial e integrante de la Monarquía

española”. Acto seguido estableció que a éstos se les concedería la posibilidad de formar

parte de la representación nacional, eligiendo sus diputados ante la Junta Central

gubernativa de España y las Indias.164

Este llamamiento de la Junta Central suscitó un nuevo e intenso debate entre los

habitantes de Caracas y un rechazo del diputado electo por la capitanía de Venezuela a

la Junta Central en el sorteo que se efectuó el 20 de junio de 1809: Joaquín Mosquera

Figueroa, el regente visitador que había seguido la causa contra los promotores de la

junta el año anterior. Un grupo de regidores pidió la nulidad de la elección,

argumentando que ninguno de los elegidos para participar en el sorteo final era oriundo

del país. No se había prestado la menor consideración al representante electo por el

Cabildo de Caracas. Otra solicitud de nulidad fue introducida por don Antonio

Fernández de León, quien reclamaba que sólo se hubiese convocado a los

ayuntamientos de las capitales de provincia, sin considerar a varias ciudades que tenían

la categoría de cabezas de partido.165 La tercera representación la firmaron varios

163
Fallo de los fiscales Berríos y Espejo", Caracas, 20 de abril de 1809, Conjuración, tomo II, p. 337
164
Real orden de la Junta Central Gubernativa del Reino, 29 de enero 1809, Real Alcázar de Sevilla.
Reproducida en Blanco y Azpúrua, Documentos, tomo II, pp. 230-231
165
Resolución del Consejo de Indias, declarando nula la elección de Don Joaquín Mosquera y Figueroa, 6
de octubre de 1809, Archivo General de Indias, Caracas, Legajo 177, reproducido por Teresa Albornoz de
López, La visita de Joaquín Mosquera Figueroa a la Real Audiencia de Caracas (1804-1809), Caracas,
Academia Nacional de la Historia, 1987, p. 245.

117
vecinos de la ciudad, considerando que la elección debía anularse por “viciosa, injuriosa

y perjudicial en sus consecuencias”, ya que solamente habían votado cinco

ayuntamientos y se había elegido a un extraño como representante de estas provincias,

incapacitado para cumplir las funciones de representante en tanto que no conocía “sus

costumbres, su agricultura, su comercio, sus necesidades y medios de prosperidad”.166

En circular del 6 de octubre de 1809, fue declarada nula la elección y se ordenó

que se procediera nuevamente a elegir al representante de la provincia. El Cabildo de la

ciudad designó a Martín Tovar Ponte e Isidoro López Méndez para que se ocuparan de

la elección, así como de recoger y ordenar las instrucciones que llevarían ante la alta

instancia de poder la Monarquía.167 Durante la última semana de febrero y los primeros

días de marzo de 1810 se organizó la nueva elección. El 16 de marzo siguiente, la

Gaceta de Caracas publicó el anuncio de la reunión de Cortes y, en entregas sucesivas –

el 30 de marzo y el 6 y 13 de abril de 1810– la Instrucción que debería observarse para

la elección de diputados americanos, suplentes y propietarios. Ninguno de estos

anuncios hizo reparos a la desigualdad de representación de los diputados americanos

respecto de los peninsulares, un asunto que en Santa Fe fue denunciado con vigor por el

doctor Camilo Torres Tenorio en su emblemático “Memorial de Agravios”, la más

importante pieza crítica respecto a la inequidad de representación que encerraban los

llamamientos para conformar la Junta Central.

Mientras en Caracas se publicaban los anuncios y se esperaba la mencionada

convocatoria a elecciones, llegaron los oficios que informaban sobre la disolución de la

Junta Central (29 de enero de 1810) y su sustitución por un Consejo de Regencia. En su

alocución del 14 de febrero siguiente, éste expuso su determinación de darle

continuidad a la convocatoria a Cortes que había sido aprobada por la Junta Central el

166
Resolución del Consejo de Indias, La visita de Joaquín Mosquera Figueroa, p. 246.
167
“Aviso al Público”, Gaceta de Caracas, 25 de febrero de 1810.

118
22 de mayo de 1809, tal y como vimos anteriormente. La Regencia reiteró la

declaratoria de igualdad de los americanos, como también lo había hecho la Junta

Central, y decretó los términos de la representación americana en la importante reunión

de las Cortes en Cádiz.168

Pero el decreto que estipulaba la representación de los americanos, como se

sabe, contemplaba exactamente el mismo método que había sancionado la Junta Central

y que había generado diferentes manifestaciones de rechazo en las provincias de

ultramar. Otra vez la diferencia era notable: la composición de las Cortes contemplaba

solamente 60 diputados por América y Filipinas y más de 250 diputados por la España

peninsular, como veremos en capítulos siguientes.

El delicado asunto de la soberanía y el no menos espinoso de la

representatividad, volvían al terreno del debate, pero ahora con consecuencias políticas

diferentes. Si se les había convocado para que participasen en el gobierno del reino en

calidad de diputados de la Junta Central, proceso que, pese a los reparos, se había

llevado a cabo en varias capitales americanas, no podían ahora informarles que no

existía la Junta y que había una nueva instancia depositaria de la soberanía la cual

gobernaba en nombre del Rey.

El conflicto no tardó en manifestarse: ¿Cómo era que la Junta Central, que había

sido reconocida como legítima autoridad y de la cual formaban parte unos delegados

americanos, legítimamente electos o en proceso de elección, fue disuelta y sustituida por

otro organismo sin que hubiese mediado participación alguna de los súbditos de esta

parte del Reino? Ésta es una de las claves de este bienio trascendental.

Estas noticias peninsulares llegaron a Caracas el 17 de abril de 1810. Si en los

días precedentes el ambiente de intranquilidad era visible, al conocerse la delicada

168
“Alocución del Consejo de Regencia, Isla de León, 14 de febrero de 1810”, en Blanco y Azpúrua,
Documentos, tomo II, pp. 272-274.

119
situación en la cual se encontraba la península, la alarma y el desasosiego cundieron

entre los habitantes de la capital. Entre los días 17 y 18 hubo numerosas reuniones en

las cuales se comentaban los últimos acontecimientos ocurridos en la península y se

discutían las medidas a tomar. La noche del 18 de abril los miembros del Cabildo

decidieron convocar, para el día siguiente, una reunión extraordinaria a fin de discutir

con el capitán general la crítica situación.

A primera hora de la mañana, dos miembros del Cabildo se dirigieron a la casa

de Emparan y lo convocaron para que asistiese a la sede del Ayuntamiento. Aún cuando

la convocatoria no la había hecho el capitán general, único autorizado para convocar un

“cabildo extraordinario”, éste asistió. Allí se le planteó que, en vista de la difícil

situación en la cual se encontraba España, era necesario constituir una junta. El capitán

general rechazó la propuesta y trató de tranquilizar a los cabildantes diciéndoles que la

situación no era tan grave, y que la Junta Central había sido sustituida por el Consejo de

la Regencia. Los capitulares no estuvieron conformes con las palabras de Emparan,

dado que rechazaron la creación de la Regencia por considerarla una instancia ilegítima,

que no había sido instaurada ni por las juntas peninsulares ni por el pueblo español,

únicos depositarios de la soberanía en ausencia del rey. Eran los mismos argumentos

que se habían expuesto dos años atrás, cuando se intentó organizar la primera junta.

Como el debate se prolongaba, Emparan alegó que tenía que dirigirse a la

Catedral para asistir a la ceremonia religiosa del Jueves Santo. Se levantó de la silla y,

acompañado de los miembros del Cabildo, se dirigió hacia el templo. Pero antes de

llegar a la puerta, un grupo de personas que se había reunido en la plaza, alentados por

los mismos que promovían la constitución de una junta, le impidió el ingreso y lo

conminó a regresar al Ayuntamiento. La guardia que se encontraba en el lugar, en

120
connivencia con los promotores de la junta, no intervino para impedir que se forzara al

capitán general a regresar al Cabildo.

Así fue como a Emparan no le quedó más remedio que volver a la sala capitular.

Inmediatamente fueron convocados los oidores de la Real Audiencia. La respuesta de

éstos fue categórica: de ninguna manera asistirían al Cabildo, puesto que la situación era

totalmente irregular. No obstante, se les obligó a presentarse gracias a los buenos oficios

de un soldado mulato, con un sable desenvainado en su mano. Estos dos episodios, de

por sí absolutamente improcedentes, se vieron complementados con otra novedad: la

ampliación del Cabildo con nuevos miembros, algo no contemplado ni en las

normativas jurídicas del Reino ni en las ordenanzas del Ayuntamiento.

Los nuevos diputados del clero fueron José Cortés de Madariaga, canónigo de la

Catedral, y el presbítero Francisco José Ribas. Los diputados del pueblo fueron Juan

Germán Roscio y José Félix Sosa; el primero asesor de la capitanía general y de la

Auditoría de Guerra, y el segundo catedrático de la Universidad y miembro del Colegio

de Abogados. En representación de los pardos asistió José Félix Ribas, un hacendado y

blanco de notoria calidad; Francisco Javier Ustáriz, también blanco, criollo y principal,

retirado de las milicias y estudioso del derecho, quien se incorporó al Cabildo como

diputado sin que quedase claro a cuál sector de la sociedad representaba, tal como

sucedió con Gabriel Ponte. Cada uno de ellos había sido designado como representante

de un colectivo que no había tomado parte alguna en su elección.

Constituida la asamblea con los miembros del Cabildo, el capitán general, los

oidores de la Audiencia y los diputados del clero, el pueblo y los pardos, se procedió a

discutir las ocurrencias acontecidas en España y las medidas que deberían ser

adoptadas. Las posiciones eran encontradas y el debate acalorado, con lo cual la reunión

se prolongó hasta la tarde y, a medida que transcurría el tiempo, las intervenciones se

121
iban radicalizando. La posición generalizada entre los miembros del Cabildo que

respaldaban el movimiento y de los siete diputados que se habían incorporado a la

Asamblea, era la de que no podía reconocerse la autoridad de la Regencia de la

Monarquía española, puesto que no había precedentes en la tradición jurídica del Reino

que permitiesen tal arbitrio. En consecuencia, lo pertinente era formar una junta que

representase los intereses de la provincia y que fuese efectivamente la depositaria de la

soberanía, mientras el rey fuera mantenido cautivo.

El capitán general y los oidores de la Audiencia argumentaron que la Regencia

era la instancia legítima, que no había motivos para pensar que España estaba

irremediablemente perdida y que, de ninguna manera podía aceptarse la creación de una

junta, ya que las leyes del Reino no habían previsto este recurso. El presbítero Cortés de

Madariaga cuestionó la idoneidad del capitán general para atender la difícil situación y

solicitó abiertamente su dimisión. Después de esta intervención se produjo el conocido

episodio del balcón. Ante el emplazamiento de Madariaga, Emparan se asomó al balcón

y preguntó al grupo de personas reunidas en la plaza, en su mayoría compuesto por los

mismos que lo habían conminado a regresar al Cabildo, si querían que él continuase en

el mando. Guiados por el movimiento del “dedo de Madariaga”, éstos respondieron

negativamente. Acto seguido, Emparan reconoció que no quería más el mando. Ingresó

de nuevo a la sesión y ya, sin autoridad alguna, asistió a la redacción del acta que

recogió los acontecimientos del día. Se trata del acta del 19 de abril de 1810.

¿Cómo se narraron en este documento los sucesos acaecidos este Jueves Santo?

Conforme a su contenido, la convocatoria a cabildo extraordinario se había hecho con el

fin de “atender la salud pública del pueblo, ya que éste se hallaba en absoluta orfandad

como consecuencia del cautiverio de Fernando VII”. 169 Disuelta la Junta Central,

instancia encargada de suplir todo lo tocante a la seguridad y defensa del Reino, y


169
Acta del 19 de abril de 1810.

122
encontrándose la casi totalidad de las provincias peninsulares ocupadas por las tropas

francesas, había llegado la noticia de que la Junta había sido sustituida por otra forma de

gobierno con el título de Regencia. Esta novedad era, precisamente, lo que había

motivado la convocatoria de un cabildo extraordinario.

En opinión expuesta por los capitulares, el Consejo de Regencia no podía

“ejercer ningún mando ni jurisdicción sobre estos países, porque ni ha sido constituido

por el voto de estos fieles habitantes, cuando han sido ya declarados no colonos, sino

partes integrantes de la Corona de España y, como tales han sido llamados al ejercicio

de la soberanía interina y a la reforma de la constitución nacional”.

Este párrafo aludía a la proclama de la Junta Central del 22 de enero de 1809, en

la cual se reconocía a los “vastos y preciosos dominios que la España posee en las

Indias” como una “parte esencial e integrante de la monarquía española”. El mismo

documento de la Junta Central establecía que se les concedería la posibilidad de tener

representación nacional e inmediata para formar parte de esta instancia política de la

Monarquía. Continuaba el acta diciendo que la Regencia no estaba en condiciones de

atender la seguridad y prosperidad de estos territorios por las circunstancias de la guerra

y por la conquista y usurpación de los franceses. Por lo tanto, “el derecho natural y

todos los demás dictan la necesidad de procurar los medios de su conservación y

defensa; y de erigir en el mismo seno de esos países un sistema de gobierno que supla

las enunciadas fallas, ejerciendo los derechos de la soberanía, que por el mismo hecho

ha recaído en el pueblo, conforme a los mismos principios de la sabia constitución

primitiva de España y a las máximas que ha enseñado y publicado en innumerables

papeles la junta suprema extinguida”.

La reunión del cabildo extraordinario se había acogido al “derecho natural” de

los pueblos, un imperativo ineludible, pues no podía alegarse que la iniciativa carecía de

123
fundamento ya que, en opinión de los asistentes –a excepción del capitán general y el

resto de las autoridades– esta resolución no contradecía la tradición jurídica del Reino.

La iniciativa era coherente, según decía el documento, con todo lo que hasta la fecha se

había escrito y ejecutado en España por la misma Junta Central. Además, la

convocatoria de aquel cabildo extraordinario era el medio más idóneo para salirle al

paso a la “fermentación peligrosa en que se hallaba el pueblo por las novedades

esparcidas y con el temor de que por engaño o por fuerza fuese inducido a reconocer un

gobierno ilegítimo”.

El acta relató de manera pormenorizada los acontecimientos de aquel día,

puntualizando que al no llegarse a ningún acuerdo satisfactorio en la reunión de la

mañana, un numeroso grupo de personas se reunió en los alrededores del Cabildo

manifestando su fidelidad a Fernando VII y dando gritos y aclamaciones. Cuando el

capitán general, acompañado del Cuerpo Capitular, trató de llegar a la iglesia

metropolitana “tuvo por conveniente y necesario retroceder a la sala del Ayuntamiento

para tratar de nuevo sobre la seguridad y tranquilidad pública”. 170 En ese momento, la

congregación popular escogió a un grupo de diputados para que representase sus

derechos. Reunida de nuevo la asamblea fue abierta por su presidente, don Vicente

Emparan, quien se dirigió a los concurrentes. Posteriormente intervino el diputado José

Cortés de Madariaga para alegar “los fundamentos y razones del caso, en cuya

inteligencia dijo, entre otras cosas, el señor presidente que no quería ningún mando, y

saliendo ambos al balcón notificaron al pueblo su deliberación, resultando conforme en

que el mando supremo quedase depositado en este Ayuntamiento”.

Tal como se desprende del contenido del acta, Emparan había considerado

“conveniente” regresar al Cabildo para reanudar el debate hasta que, finalmente, había

170
Acta del 19 de abril de 1810. Las cursivas son nuestras para destacar que el Acta no recoge que haya
sido por la fuerza.

124
decidido renunciar aceptando que el mando quedase en manos del Cabildo. Una vez

narrados los sucesos del día, el acta recoge las decisiones administrativas acordadas en

la sesión: primero se aceptó la renuncia de Emparan y luego se aprobó destituir de sus

cargos a José Vicente de Anca, auditor de Guerra y asesor de la capitanía general; al

brigadier Agustín García, comandante subinspector del Cuerpo de Artillería; a Felipe

Martínez, Antonio Julián Álvarez y José Gutiérrez de Rivero, oidores de la Real

Audiencia, y a don Vicente Basadre, intendente del ejército y Real Hacienda. Para este

último cargo se nombró a don Francisco de Berrío, quien se desempeñaba como fiscal

de la Real Audiencia. Se nombró temporalmente al teniente Nicolás de Castro como jefe

militar de Caracas y al capitán Juan Pablo Ayala como su segundo. A partir de ese

momento el gobierno de la provincia quedó a cargo del Ayuntamiento de la capital. Ese

mismo día se duplicó el sueldo a los militares activos. Los funcionarios depuestos

fueron sometidos a prisión y expulsados del país pocos días más tarde.

La contradictoria conjunción de argumentos y respuestas provenientes de la

tradición jurídica del Reino, con inéditas y novedosas fórmulas políticas surgidas en el

momento mismo de la crisis, tuvo un efecto decisivo en el desarrollo de los

acontecimientos ocurridos en Caracas y en otras provincias ultramarinas. La creación de

juntas en la Península, la declaración de igualdad entre los súbditos de uno y otro lado

del Atlántico, y la convocatoria a los americanos para que participasen por primera vez

en alguna instancia de poder de la monarquía eran aspectos totalmente inéditos en la

historia de la relación ente la metrópoli y sus provincias y, naturalmente despertaron el

interés y el debate entre los americanos, desencadenando al mismo tiempo las más

diversas reacciones y aspiraciones.

Estos aspectos, unidos a la inesperada noticia de la disolución de la Junta Central

y a los informes sobre el descalabro militar en España, favorecieron en Caracas que los

125
criollos se animasen a ocupar el vacío de poder existente y a satisfacer sus frustradas

expectativas de obtener nuevos espacios de representación tal como lo habían intentado

en 1808. El 19 de abril de 1810 retomaron el discurso pactista expuesto en la

representación de noviembre de 1808, y sobre esta misma argumentación justificaron el

desconocimiento de la Regencia, manteniendo su fidelidad a Fernando VII.

El 20 de abril, José de las Llamozas y Martín Tovar Ponte, alcaldes ordinarios de

la ciudad y, provisionalmente, jefes del gobierno de la provincia, publicaron un

manifiesto dirigido “a los habitantes de las Provincias Unidas de Venezuela”, en el cual

expusieron con mayor detalle los argumentos jurídicos y políticos en que fundó el

Cabildo su determinación. Este documento es importante, porque está dirigido no sólo a

los habitantes de Caracas sino a los habitantes de todas las provincias que componían la

capitanía general de Venezuela y, en segundo lugar, porque deja claramente establecida

la determinación política de organizar un nuevo gobierno. En su convencimiento de

sumar el mayor número de voluntades a la decisión tomada el 19 de abril y en

correspondencia con la proclama del día 20, la Junta envió emisarios a todas las

provincias que componían la capitanía general de Venezuela.

Los representantes de la Junta tenían como misión hacer llegar los documentos

relativos a los sucesos de abril y conseguir el reconocimiento de la autoridad de la Junta

de Caracas y el desconocimiento de la Regencia. Rápidamente se obtuvieron resultados

auspiciosos: Cumaná y Barcelona se pronunciaron contra la Regencia el 27 de abril;

Margarita el 4 de mayo, Barinas al día siguiente, Guayana el 11 de mayo; Mérida el 11

de septiembre y Trujillo el 9 de octubre.

En la misma proclama del día 20 de abril, los alcaldes Llamozas y Tovar

aclaraban al resto de los habitantes de la capitanía general que la asunción de la

soberanía por un reducido grupo de individuos –los miembros del cabildo de Caracas–

126
era una medida provisional justificable solamente como consecuencia de la “urgencia y

precipitación de las circunstancias”… y porque “la novedad y grandeza de los objetos

así lo habían exigido para la seguridad de la misma”. 171 El documento continuaba

advirtiendo que, oportunamente, serían llamados a tomar parte en el ejercicio de la

Suprema Autoridad con proporción al mayor o menor número de individuos de cada

provincia.

Era ésta, pues, una de las instrucciones que llevaban los emisarios de la Junta al

resto de las provincias que componían la capitanía general. El propósito de quienes

habían asumido la conducción provisional del gobierno era dar a conocer su disposición

de abrir un proceso de elecciones que legitimase, lo más pronto, la decisión tomada

durante la calamitosa y confusa jornada del 19 de abril. Los términos de la propuesta,

además, se distanciaban claramente del método restrictivo y abiertamente discriminador

que había aprobado la Junta Central, el cual se mantuvo en la convocatoria a las Cortes.

En los días siguientes fue publicado el reglamento electoral para la constitución del

Congreso de Venezuela, la instancia que se convertiría en la legítima depositaria de la

soberanía y en nuevo poder general de las provincias que hasta esa fecha habían

formado parte de la capitanía general de Venezuela.172

Mientras esto ocurría llegaron a Caracas noticias nada tranquilizadoras: las

provincias de Coro y Maracaibo se habían negado a reconocer la decisión de Caracas y

se declararon leales a la Regencia de la Monarquía española; en la provincia de

Guayana ocurrió lo mismo, pues reconocieron la autoridad del Consejo de Regencia y

retiraron su apoyo a la Junta. Este hecho, de manera inevitable, complicaba el desarrollo

de los acontecimientos. Así como algunas provincias habían convenido en aceptar las

171
Junta Suprema de Caracas, “Proclama del 20 de abril de 1810”, Gaceta de Caracas, 27 de abril de
1810. El mismo documento que cuestiona la instalación de la Regencia en medio de las turbulencias de la
guerra y de manera inconsulta, se permite justificar la asunción de la soberanía por un reducido grupo de
individuos también de manera inconsulta y en medio de la confusión de los sucesos de aquel jueves santo.
172
Reglamento de Diputados, Gaceta de Caracas, 15 y 22 de junio y 13 de julio de 1810.

127
argumentaciones expuestas por la Junta de Caracas respecto de la ilegitimidad de la

Regencia y se manifestaron dispuestas a atender el llamado a elecciones que éste les

hacía para que participasen en el nuevo gobierno, otras estimaban que la Regencia sí era

legítima y, por tanto, no había argumentación alguna que sostuviese la erección de

juntas provinciales cuando había un gobierno en la Península que representaba al

legítimo rey, don Fernando VII.

Esta visible desavenencia exacerbó las posiciones de uno y otro bando,

conduciendo muy pronto a la confrontación armada entre provincias y a la declaración

definitiva de la independencia de Venezuela, el 5 de julio de 1811, sin la participación

de las provincias disidentes.

12. Balance del movimiento juntero.

La estrategia juntera fue similar en la península y en los territorios americanos.

La mayor parte de las juntas se intitulaban "Defensoras de los derechos de Fernando

VII", se enfrentaban radicalmente a la legitimidad que intentaba imponer el gobierno

napoleónico en Madrid, al tiempo que se producía una encendida polémica respecto del

reconocimiento de la autoridad de la Junta Central de España y las Indias y, tras su

disolución, del Consejo de Regencia, como poderes soberanos y legítimos. Esta

polémica fue legada a las diversas actitudes de fracciones del criollismo respecto de las

Cortes de Cádiz. Desde la doctrina del neoescolasticismo suareciano, intelectuales y

líderes americanos y peninsulares justificaron su estrategia soberanista mediante la tesis

del pacto traslatii, por el cual se justificaba el derecho de un “pueblo” a ser soberano

cuando la autoridad del monarca hubiera desaparecido temporalmente. Exactamente la

misma táctica teórica justificativa que sus homólogos peninsulares a la hora de pretextar

su reunión en Cortes. Y muchos de ellos eran pensadores eclesiásticos que justificaban

128
sus fundamentos teóricos desde la neoescolástica. Y ello no era gratuito. El liberalismo,

peninsular y americano, buscaba referentes teóricos legitimadores de la nueva Soberanía

que proviniera de referentes religiosos, eclesiásticos. En especial, porque éstos no iban a

ser cuestionados, ya que se trataba de un dogma bien asentado. Es por ello que podemos

hablar de una estrategia mental, ideológica y política refinada: legitimar el nuevo Estado

separando el binomio del Altar y el Trono sin que éste quedara dañado. Pero ello no

quiere decir que los liberales peninsulares y americanos fueran conservadores,

accedieran a concesiones clericales o retardaran por este hecho conquistas

revolucionaras. Nada de ello. Si lo fueron, antes, después o durante la revolución habrá

que buscar explicaciones coyunturales, económicas o sociales. Pero no necesariamente

explicaciones conservadoras en función del catolicismo. Al contrario, el liberalismo

hispano se apoyó políticamente en la formas de legitimidad religiosa como vehículo

político y mental capaz de tener referentes ideológicos en la población.

La obra de Francisco Suárez (1548-1617), difundida en el Colegio Mayor de San

Bartolomé que la Compañía de Jesús administraba en Santa Fe, capital del Nuevo Reino

de Granada, ofreció una singular interpretación del concepto de soberanía que

iluminaría las acciones políticas de la “Generación de la Independencia”. En el tercer

libro –Principatus politicus: Sobre el poder y superioridad del sumo pontífice sobre los

reyes temporales, 1613– del texto que escribió –Defensio Fidei– contra la convocatoria

del rey Jacobo I de Inglaterra a los príncipes cristianos para formar un solo frente contra

las pretensiones universales del Papa Paulo V, examinó el problema del poder supremo.

Su argumentación era sencilla:173 el poder político que un príncipe ejerce sobre

sus vasallos es justo y legítimo si está debidamente constituido, es decir, sin tiranía ni

usurpación. Dado que los hombres se inclinan naturalmente a vivir en comunidades

173
Este resumen ha tenido a la vista la edición crítica bilingüe (Luciano Pereña y Eleuterio Elorduy) del
Principatus politicus (Defensio fidei III), Madrid, CSIC, 1965 (Corpus Hispanorum de Pace, II).

129
políticas, requieren para su conservación de un poder supremo que imponga la justicia y

la paz entre ellos. Siempre es necesario en las comunidades humanas “un soberano que

las mantenga en obediencia”, que tenga “poder para mandar y castigar”. Aunque existan

varios gobernantes en las provincias de un mismo Estado, todos deben estar sometidos a

uno solo –aquél en quien reside el poder supremo– porque si no existiera entre ellos

jerarquía y grados de subordinación sería imposible mantener la unidad, la obediencia,

la justicia y la paz. Independientemente de las formas que pueda asumir un gobierno, el

soberano ha de ser uno sólo y residir en una única persona política. Siendo necesaria la

existencia del poder soberano para el bien común, el problema a considerar no es más

que el de la justicia de su origen.

Todo soberano de un Estado recibe su poder del mismo Dios, la “fuente natural”

de todo poder. Advirtió Suárez que ésta era una tesis de fe, pues según San Pablo la

obediencia debida a un soberano se funda en la idea de que “no hay poder alguno que

no venga de Dios, y los que existen, por Dios han sido ordenados”. Entonces el

problema a resolver es el de cómo el soberano recibió el poder de Dios: ¿directamente,

como lo recibe el Papa, o indirectamente? En polémica contra el rey Jacobo I, quien

había argumentado que los reyes recibían su poder directamente de Dios, al igual que

los pontífices romanos, postuló que los reyes recibían el poder indirectamente, es decir,

a través de los hombres organizados en cuerpo político.

Considerado en abstracto, el supremo poder político era conferido por Dios a

“los hombres unidos en estado o comunidad política perfecta”. Entre Dios y la

comunidad política no existía intermediario, de tal modo que era ésta la que confería el

poder supremo al titular del poder soberano, fuese un príncipe o un tribunal. Esto

significa que, originalmente, el poder supremo reside en toda la comunidad política de

un estado y no en una única persona política, sea príncipe, rey o emperador. En

130
consecuencia, las monarquías no eran establecidas directamente por Dios, sino por la

voluntad de las comunidades que le delegaban su poder supremo gracias a un “pacto

general de obediencia a los reyes” (San Agustín). La autoridad de los reyes proviene

entonces de un acto de transferencia de la potestad suprema por parte del pueblo, de un

“pacto con el cual el pueblo trasladó al príncipe el poder con la carga y obligación de

gobernar al pueblo y administrar justicia, y el príncipe aceptó tanto el poder como la

condición”. Una vez hecha esta transferencia, ya el pueblo no podía reclamar su libertad

ni quitarle al rey su derecho a gobernar, pues aceptar lo contrario sería justificar las

rebeliones periódicas del pueblo contra sus legítimos gobernantes. La soberanía del rey

se consolidaba desde el momento en que aceptaba la cesión pactada.

Esta idea que hacía residir el poder político supremo original en las comunidades

políticas, a través de las cuales Dios lo había concedido a algún soberano, pero siempre

por la libre voluntad, de la que cedía su poder mediante un pacto, fue difundida por la

Compañía de Jesús en el transcurso de su acción formadora de abogados en sus colegios

y universidades. Conforme a este texto de Suárez, se enseñaba que una potestad se

llama soberana “cuando no reconoce otra superior a ella”, de tal modo que todas las

autoridades subalternas que tienen poder dentro de una comunidad política dependen

del príncipe supremo, quien no está sometido a nadie superior en el orden del gobierno

político de los ciudadanos, y cuyo fin es “el bienestar y la felicidad terrenal del Estado

para el tiempo de esta vida”, por lo cual se le llamaba “poder temporal”. En el orden

temporal, se reconocían tantos soberanos cuantos fuesen los reinos o repúblicas

independientes. Por principio había que distinguir el poder temporal (orden para el

mantenimiento de la paz del Estado) del poder espiritual (orden eclesiástico para la

consecución de la salvación eterna), siendo el primero de derecho natural y de derecho

humano, y el segundo solamente de derecho divino.

131
Aunque Suárez y sus contemporáneos pensaron el tema de la soberanía en el

contexto de la lucha del Papado con el rey inglés, es decir, de la pugna por la

supremacía universal del pontífice sobre todos los católicos del orbe, el principio de la

transferencia del poder supremo de los pueblos a sus reyes mediante un pacto de

obediencia dejaba en el imaginario colectivo de los ilustrados la posibilidad de

argumentar que, en ausencia del rey legítimo, la soberanía recaía naturalmente en el

pueblo de un estado, su original tenedor. Esta posibilidad fue la que se actualizó en la

circunstancia del secuestro de los reyes de la Monarquía hispánica en 1808. Y la que se

utilizó estratégicamente.

Es por ello que tendremos que cuestionar las tesis de las “máscaras” de Fernando

VII que estas juntas utilizaron. Al mismo tiempo que también, como creemos ha

quedado reflejado en las páginas de este volumen que la mayor parte de las

declaraciones y manifiestos hasta 1810 de las múltiples juntas americanas, habrá que

interpretarlos en un contexto muy particular. Tal y como este volumen está dejando

sentado.

PARTE II

13. Guerra de independencia… contra los franceses. Una reflexión de

la “rumorología”.

132
Pero volvamos, en estos flashblack que estamos realizando en este volumen, a la

contienda bélica en la península. Será clave para explicar muchos de los

comportamientos que van a tener fracciones del criollismo en este complejo bienio

trascendental de 1808 a 1810. Las noticias de la creación de la Junta Central llegaron

muchas veces acompañadas con el anuncio de las victorias del ejército español y su

aliado británico en Bailén. La buena marcha de la guerra en la península presagiaba

esperanzas de victoria. La importancia y el impacto que tuvo la batalla de Bailén fueron

enormes, tremendos. Por vez primera, desde hacía años, el ejército napoleónico había

sido derrotado en suelo europeo. La noticia corrió como la pólvora por toda Europa. Y

también, como hemos visto, en América. Bailén constituyó una agradable e inesperada

sorpresa para los enemigos de Napoleón. Tras Bailén el ejército napoleónico era

vulnerable. Es más, trasladó y concitó una gran sensación de euforia, tanto en América

como en Europa. Hasta el punto de que la llegada de estas noticias provocará en

Centroeuropa varias revueltas populares.

La Junta Central era un centro de poder transitorio a la espera del monarca. Ésta

era la percepción de la clase dirigente americana en 1809. Sin olvidar con ello, que las

parcelas de poder de representación y reclamación de postulados autonomistas no

tendrán vuelta atrás. Junta victoriosa que se apropió de los grandes réditos del eco de

Bailén. Al tiempo que emitía, en respuesta a la estrategia napoleónica de Bayona, el

decreto de 1809 convocando a representantes americanos para integrarse en ella. 174 Es

por ello, que la Junta Central se encaramó a liderar también las aspiraciones de

174
“El rey nuestro Señor Dn. Fernando 7º y en su real nombre la Junta Suprema Central Gubernativa del
reyno, considerando que los vastos dominios que España posee en las Indias, no son propiamente
Colonias, ó Factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial é integrante de la monarquía
española, y deseando estrechar de un modo indisoluble los sagrados vínculos que unen unos y otros
dominios, como asi mismo corresponderá la heroyca lealtad y patriotismo de que acaban de dar tan
decisiva prueba á la España en la coyuntura mas crítica que se ha visto hasta ahora nacion alguna, se ha
servido declarar, teniendo presente la consulta del Consejo de Indias de 21 de noviembre último, que los
reynos, provincias, é Islas que forman parte los referidos dominios deben tener representación nacional
inmediata a su real persona, y constituir parte de la Junta Central Gubernativa del Reyno por medio de sus
correspondientes diputados”.

133
representación hispana de muchas de las fracciones criollas de un sin fin de territorios

americanos.

No obstante, se equivocaban doblemente. Fernando VII jamás transigirá con

cualquier forma de representación política más que la privilegiada del Antiguo

Régimen. Y menos que ésta se extienda a los territorios americanos, a los que

consideraba su Patrimonio Real.

Sin embargo, todo cambiará a partir de noviembre de 1809. La marcha victoriosa

de la contienda fue violentamente interrumpida en la batalla de Ocaña. Tras ella, no sólo

Andalucía quedó franca para la ocupación de los franceses, sino que la Junta tuvo que

huir de Madrid a Sevilla, disolviéndose en esa ciudad. Derrota inesperada, colosal,

cuyas noticias llegaron a América, al igual que también había sucedido con la victoria

en Bailén pero al contrario, desdibujada y, en ocasiones, tremendamente dramatizada.

Es por ello que tenemos que hacer notar el desconcierto de 1810 ante esta enorme

derrota casi definitiva, y la importancia para explicar las características y contenidos de

las juntas en aquellos territorios, como hemos visto pormenorizadamente en páginas

anteriores. Juntas que no reconocerán, en su mayor parte, a la Regencia porque

interpretaron que ésta caería también en poder de los franceses, al margen de

justificaciones teóricas. Juntas que se replanteaban otra situación y, por tanto, otra

estrategia. Al mismo tiempo hacían lo propio las autoridades españolas, sabiendo que la

problemática de sus territorios cada vez era una cuestión propia desligada de las

directrices que pudieran llegar de la península, dado que estaba en manos del enemigo.

Ésa es precisamente la coyuntura de 1810 y no otra. Coyuntura tan cambiante que

debemos explicar en el contexto amplio americano y peninsular.

No obstante, en 1809 la mayor parte de los centros de poder americanos había

reconocido ya la soberanía y legitimidad de la Junta Central y procedió a la realización

134
de las elecciones.175 Como ya se ha advertido, la Junta Central había convocado a un

representante por cada uno de los cuatro virreinatos y de las cinco capitanías generales.

En total 9 delegados que estaban, cierto es, en minoría frente a los 36 –dos por cada una

de las dieciocho juntas peninsulares.

Sin embargo, la importancia del decreto no residió en cuestiones cuantitativas,

sino en cualitativas. Este decreto va a provocar que los criollos americanos y

especialmente los cabildos, asuman el reconocimiento de la legitimidad de la Junta

Central en cuanto a la participación, que por medio de su representatividad, también

delegaban a los territorios americanos. Ello condujo a la creación de un espacio político

representativo que antes no existía y, por ende, a la politización de una esfera pública.

América pasaba a integrarse en calidad de igualdad de derechos en un nuevo Estado en

ausencia del rey. Lo cual contrastaba enormemente con las interpretaciones de quienes

insistían en que los territorios americanos no tenían derechos políticos porque

pertenecían al monarca, como era la lectura de los pensadores absolutistas.

La discusión justificativa neoescolástica o patrimonialista, lo que en realidad

traducía era que ahora, producto de los cambios acontecidos desde 1808, los americanos

también tenían, no sólo derechos, sino participación de representación en la institución

de poder que asumía la soberanía en ausencia del Rey. Y la mayor parte participaron de

estas premisas políticas. Es por ello que, nos reiteramos, no hubo “máscara” en 1809.

No la podía haber. Tras Bailén la guerra se estaba ganando, las posibilidades de liberar

al Rey eran altas. Es así como las juntas y cabildos instruyeron de reflexiones,

peticiones y antiguas reclamaciones a sus comisionados reuniéndolas en

Representaciones e Instrucciones. Ramón Power por Puerto Rico y Cuba, Antonio

Narváez por Nueva Granada, Manuel José Pavón y Muñoz por el Reino de Guatemala,

175
Nettie Lee Benson “The Election of 1809: Transforming Political Culture in New Spain” en Mexican
Studies/Estudios Mexicanos, vol. 20, núm. 1 (invierno 2004).

135
José Silva y Olave por el Perú, Joaquín Fernández de Leiva por Chile entre otros, se

dispusieron a viajar a la península. Su suerte será muy diversa. No obstante, los que

lleguen a la península, como Fernández de Leiva, se encontrarán con una desagradable

sorpresa: la Junta Central ya estaba disuelta. Pero las Cortes de Cádiz se abrirán en

septiembre de 1810. De juntero, Fernández de Leiva pasará a diputado suplente por

Chile en las Cortes gaditanas.

Esta vía de tener representación en la Junta Central era la ocasión para el

criollismo con pretensiones autonomistas de incidir en la política desde el Estado. Y ello

sin necesidad de alterar el orden establecido, la forma de gobierno monárquica. Pero

también significó que la constitución de la Junta Central desde la periferia, la americana

y la peninsular, promovió la idea provincial de la representación, entendida no como en

el Antiguo Régimen, sino como un derecho y no un privilegio. Ahí se esconde la

verdadera distinción.

De esta forma, como hemos visto, estas entidades representativas, antiguos

virreinatos y capitanías generales, fueron tomando cuerpo de una soberanía parcial que

le confería el conjunto de la representación que se suponía nacional. Latente estaba no

sólo la idea de una monarquía federada, sino también un sentimiento de pertenencia a

una determinada entidad territorial que coincidía, al dotarla de representación, con las

entidades de la división político-administrativa colonial de la monarquía. Por lo que uno

de los elementos de la pugna posterior, centralismo-federación, estaba germinando ya.

Quedaba, obviamente, el miedo patente de españoles y criollos para que en esta

coyuntura desconcertante, la falta de una legitimidad soberana pudiera dar oportunidad

a las capas populares para rebelarse. Que para el caso americano revestía su

singularidad étnica y racial: indios, mestizos y pardos, negros, esclavos. El fantasma de

Haití no sólo era temido, sino que también estaba próximo. Sólo hacía cuatro años.

136
Desde los meses de febrero a mayo de 1810 llegaron a América las noticias de la

derrota de Ocaña, de la ocupación por parte de los ejércitos franceses de Andalucía, de

la disolución de la Junta Central y la creación de una Regencia de cinco miembros –

entre ellos uno novohispano– y, finalmente, de la instalación en la Corte de José I y de

la resistencia peninsular reducida casi a Cádiz. Insistimos. Estas noticias totalmente

opuestas a las del año anterior, más las cuestiones internas de cada uno de los territorios

americanos, harán cambiar los planteamientos de muchos criollos y de las autoridades

peninsulares. Ya lo hemos visto, pero conviene señalarlo. Y no queremos con ello

insistir demasiado en estos factores externos, aunque los creemos importantes si bien no

decisivos, van a romper prácticamente la táctica de muchos grupos que anhelan el

poder, que tomarán diversas posiciones ante tal cúmulo de información cambiante

respecto a 1809.

La mayor parte de estas juntas ya no va a reconocer a la Regencia. Si en estos

casi dos años había habido inquebrantable fidelismo a las instituciones peninsulares,

léase Junta de Sevilla y Junta Central, ahora la toma de decisión de una importante

fracción del criollismo girará en torno a la creación de juntas en aquellos territorios en

los que habían sido impedidas por las autoridades españolas. Lo que también habrá que

poner en entredicho, es que esto supusiera un elemento decisivo hacia el camino de la

independencia en todos los casos. Dos hechos a destacar en todo ello. Muchos de los

movimientos junteros del año Diez lo fueron por temor a pertenecer al nuevo Estado

afrancesado dado que éste, en ese año, era hegemónico en la península. El que la guerra,

finalmente, se resolviera victoriosamente a favor de las guerrillas españolas y las

fuerzas británicas a partir del verano de 1813, no quiere decir que la realidad de la

primavera de 1810 fuera ésa. Por lo que los elementos de análisis de las diversas fuerzas

en América tomaron decisiones en función de la realidad de 1810 y ésta era que las

137
fuerzas de Napoleón dominaban en toda la Europa continental. Y no en función del

porvenir. Es decir, la tesis de la “inevitabilidad” de la independencia, tras este estudio

pormenorizado, empieza a resquebrajarse notoriamente.

La disolución de la Junta Central fue letal para las aspiraciones del criollismo

que pretendía que sus delegados trasladaran eficazmente sus reivindicaciones

autonomistas. Después de un proceso de elección que movilizó y politizó a fracciones

de clase criolla, después de reunir fondos los cabildos para dotar de rentas a estos

representantes de la entidad territorial, la frustración fue enorme para el criollismo –y

también para muchos peninsulares– que había acatado la legitimidad y soberanía de la

Junta Central.

La desconfianza ante cualquier institución peninsular se extendió por América y

también en un doble sentido: para muchos criollos no hubo más alternativa en esos

momentos que dotarse de aparatos de poder que proclamaran un autonomismo en

nombre del Rey y con ello se desligaran de la suerte de las instituciones peninsulares.

Una cosa será su acta de nacimiento, su origen, otra su posterior trayectoria. Caso de

Buenos Aires, Caracas, Chile, San Salvador o León. Si bien, el caso de Nueva España

reviste otras consideraciones al ser el único caso en el que la insurgencia de 1810 tuvo

un elemento hegemónico popular. Pero también, autonomismo podía significar la

desvinculación del poder centralista de las capitales de las antiguas divisiones político-

administrativas de la monarquía absoluta española: Buenos Aires, Lima, Caracas, San

Fe, Santiago, México, etc.

También las autoridades peninsulares que conservaron el poder cambiaron de

actitud. Para ellos había pasado ya el tiempo de negociación. Tenían la argumentación

precisa para actuar con legitimidad, acusar a estas juntas de “sediciosas”, de “traidoras”

y, especialmente, de independentistas. Ése era el calificativo acusatorio que dotó de

138
legitimidad a las autoridades peninsulares para actuar militarmente o políticamente

contra aquellos que no obedecían sus instrucciones al interpretar las noticias de la

península. Y hay que constatar que la represión fue muy dura. Aquí se abrió una brecha

para Río de la Plata, Chile, Caracas y, en menor medida para el Reino de Guatemala e,

incluso, Nueva España.

14. Las provincias americanas en la Constitución de Cádiz.

El artículo 1º de la Constitución de Cádiz es toda una definición de las

intenciones hispanas del código doceañista. El capítulo I se tituló De la Nación

española y el artículo 1º se redactó en estos revolucionarios e hispanos términos: “La

Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios”.

Establecida la Soberanía de la Nación, restaba ahora definir constitucionalmente los

términos nacionales y la nacionalidad de esa Nación. La comisión que había redactado

la Constitución –formada por 15 diputados entre los cuales había 5 americanos–

presentó una redacción con contenidos hispanos –“los españoles de ambos

hemisferios”– de la concepción de la Nación española.

Hubo oposición. Provino de los sectores absolutistas que se resistían a un Estado

constitucional. Habrá que recordar otra de las singularidades de estas Cortes, en donde

una parte de sus componentes son abiertamente hostiles a cualquier fórmula

constitucional y nacional. Pero también hubo oposición por parte del novohispano José

Miguel Guridi y Alcocer, que partía desde una concepción diferente de Nación al

identificarla con el concepto de Estado-nación. El novohispano propuso la siguiente

redacción: “La colección de los vecinos de la Península y demás territorios de la

Monarquía unidos en un Gobierno, ó sujetos á una autoridad soberana”.176

176
Diario de Sesiones de Cortes (En adelante DSC), 25 de agosto de 1811.

139
Para el diputado novohispano, los vínculos de unión entre América y la

Península ya no residían, como para otros diputados americanos, –el peruano Ramón

Feliú, por ejemplo– en la Monarquía sino en el Gobierno, independientemente de la

forma de Estado que tuviera.

No sólo dijo que le desagradaba la palabra “española” 177 para definir a esta

Nación, planteando así directamente reparos a un nacionalismo españolista cada vez

más excluyente, sino que además argumentó su propuesta desde planteamientos

federales. Éstas fueron sus sugestivas y polémicas, para la mayor parte de la Cámara,

palabras: "La unión del Estado consiste en el Gobierno ó en sujeción á una autoridad

soberana, y no requiere otra unidad. Es compatible con la diversidad de religiones,

como se ve en Alemania, Inglaterra, y otros países, con la de territorios, como en los

nuestros, separados por un inmenso Océano; con la de idiomas y colores, como entre

nosotros mismos, y aun con la de naciones distintas, como lo son los españoles, indios y

negros. ¿Por qué, pues, no se ha de expresar en medio de tantas diversidades en lo que

consiste nuestra unión, que es en el Gobierno?"178.

La propuesta de Guridi y Alcocer fue rápidamente combatida. El debate se

deslizó hacia la acritud por parte de una fracción de los representantes peninsulares. Es

notorio que, dados los planteamientos autonomistas de los americanos, el liberalismo

peninsular reaccionó agudizando y reforzando sus planteamientos monárquicos y

centralistas.

Como es sabido, el 15 de octubre de 1810 las Cortes gaditanas habían declarado

la igualdad de representación y de derechos entre los americanos y los peninsulares, así

como una amnistía a los encausados por participar en los diferentes movimientos

177
Idem. Así se expresaba Guridi y Alcocer respecto a la concepción de la nacionalidad: "Me desagrada
también que entre en la definición la palabra española, siendo ella misma apelativo del definido; pues no
parece lo más claro y exacto explicar la Nación española por los españoles, pudiéndose usar de otra voz
que signifique lo mismo".
178
DSC, 25 de agosto de 1811.

140
insurgentes, o calificados de ello, por el Gobierno peninsular. Comenzaba así a

plantearse en la Cámara gaditana toda una serie de propuestas y reivindicaciones

americanas179 que se traducirán, en bastantes ocasiones, en decretos encaminados a

transformar la realidad colonial americana y en una clara apuesta por conseguir una

autonomía de sus provincias dentro de la Monarquía española. Esta igualdad supuso que

cualquier decreto aprobado por la Cámara implicaba su proclamación en América. Ello

va a condicionar al liberalismo peninsular a la hora de establecer medidas

revolucionarias, pues en muchas ocasiones tenían presentes sus repercusiones en

América. Pero en una relación también dialéctica seamos conscientes de que la

insurgencia estará atenta a las evoluciones de la Cámara gaditana en cuanto a proclamar

en sus territorios los decretos liberales conseguidos en Cádiz, al tiempo que a desarrollar

una táctica deslegitimadora si éstos se radicalizaban demasiado hacia posiciones

democráticas para una realidad liberal que estaban dispuestos no sólo a construir sino

también a conservar.

No obstante, los diputados americanos van a aprobar decretos específicos como

la abolición del tributo indígena, de la encomienda, del reparto, de la mita, de la

matrícula de mar, e, inclusive la abolición de tráfico de esclavos y de los hijos de

esclavos.180 Si bien esta última no va a pasar de propuesta. Además van a conseguir

libertades que el criollismo estaba reclamando desde la segunda mitad del siglo XVIII

como la libertad de cultivo, de comercio, de pesca, de industria. Muchas de estas

reivindicaciones pertenecían a toda una serie de “Memoriales” que traían la mayor parte

de estos diputados comisionados por sus provincias. “Memoriales” que recogían

reivindicaciones, reclamaciones y aspiraciones de las diversas fracciones criollas –la

mayor parte con intereses económicos y territoriales– e, inclusive, reivindicaciones

179

180
Manuel Chust, “De esclavos, encomenderos y mitayos. El anticolonialismo en las Cortes de Cádiz” en
Mexican Studies/Estudios Mexicanos, vol. 11/n 2 (1995), pp. 179-202.

141
populares abolicionistas de ominosos y gravosos impuestos y sistemas de trabajo

coloniales. Los decretos gaditanos fueron sancionados y puestos en vigor, con mayor o

menor extensión en su momento, pero, sin lugar a dudas, tuvieron una amplísima

repercusión y trascendencia durante las décadas posteriores, tanto en la Península como

en América.181

Hay que señalar que en este período histórico hubo una fluida comunicación de

información entre América y la Península y viceversa. 182 A través de navíos neutrales,

ingleses o bajo pabellón español, circulaba la información sobre los acontecimientos de

uno y otro continente. Cartas privadas, decretos, periódicos, el propio Diario de

Sesiones de Cortes, panfletos, hojas volantes, correspondencia mercantil, literatura,

obras de teatro, canciones patrióticas, etc. Hubo ideas, pero también hubo acción, dado

que se convocaron procesos electorales municipales, provinciales y a Cortes y se

verificaron las elecciones, lo cual provocó una intensa politización hispana en ambas

realidades continentales.

El capítulo I del Título II llevaba un sugestivo título: Del territorio de las

Españas. Con ello se dejaba patente la diversidad de territorios que componían la

Monarquía española o “las Españas.” Pero el contenido había cambiado. Ya no eran

territorios privilegiados los que integraban la monarquía absoluta en un complejo

entramado de señoríos, provincias, ciudades, reinos, virreinatos y capitanías generales.

Ahora los territorios que integraban “las Españas” presentaban una aparente

homogeneidad administrativa: la igualdad de derechos, de representación y la división

en una unidad territorial como era la provincia regida por una institución política

administrativa como la Diputación. Los criterios de la división de los territorios


181
Ivana Frasquet, “Cádiz en América: liberalismo y constitución” en Mexican Studies/Estudios
Mexicanos, vol. 20, núm. 1 (2004), pp. 21-46.
182
François-Xavier Guerra, “El escrito de la revolución y la revolución del escrito. Información,
propaganda y opinión pública en el mundo hispánico (1808-1814) en Marta Terán y José A. Serrano
(eds.), Las guerras de Independencia en la América española, Zamora, El Colegio de Michoacán, INAH,
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, 2002, pp. 125-148.

142
quedaron en evidencia a favor de los peninsulares en la redacción del artículo 10 en

donde primaron extraordinariamente el número de provincias peninsulares, diecinueve,

mientras que las americanas sumaron quince entre Sur y Norte. Lo cual abría otro

frente, dado que los criterios de división provinciales en la Constitución no obedecían ni

a criterios poblacionales ni a territoriales, sino a estrictamente políticos. Tal y como era

la acusación que cada vez más palmariamente lanzaban los representantes americanos a

los liberales peninsulares.

Solventadas las reivindicaciones de los representantes “serviles” o absolutistas

que reclamaban la incorporación de territorios privilegiados de señorío, 183 un segundo

frente de batalla se abrió. Esta vez la oposición provino de los americanos. La inició el

diputado por Mérida de Yucatán, Miguel González Lastiri al reclamar la presencia de su

provincia en la división constitucional. Tras exponer detenidamente sus razones, la

propuesta fue admitida a discusión. Fue sólo el principio, pues los representantes de

Cuzco y Quito también se sumaron a la reivindicación de Yucatán. Nuevamente el

problema americano volvía a plantearse en el debate constitucional. ¿Qué territorios

componían “las Españas”? Es más, este término cada vez adquiría mayor envergadura y

certidumbre dada la tremenda complejidad que el nuevo estado liberal hispano que

estaba surgiendo desde las Cortes de Cádiz tenía para señalar cuales eran las partes en

que estaba dividido.

Con todo, la nomenclatura establecía que junto a los territorios o, ahora,

provincias peninsulares se encontraban las americanas. La primera consecuencia es que

el nuevo estado nacía con parámetros hispanos. Sin embargo, esta división territorial era

desigual. Insistimos, los territorios peninsulares eran diecinueve, mientras que para toda

América, sumando el Norte y el Sur, la división se estableció en quince. ¿Dónde estaba

la igualdad provincial/territorial que además comportaba la de representación? Inclusive


183

143
las reivindicaciones americanas provocaron que la comisión de redacción de

Constitución se viera imposibilitada para decidir el criterio adoptado en esta nueva

división.

La problemática se solventó con una solución insospechada para un Estado-

nación que se estaba constituyendo: la redacción de otro artículo complementario, el 11.

Este artículo aplazaba tácticamente el problema, pues postergaba su redacción final

hasta que se consumara un triunfo bélico de las tropas españolas en la península contra

los franceses y se derrotara a la insurgencia en América. Con ello se evidenciaba que el

nuevo Estado era incapaz, por el momento, de dotarse constitucionalmente de una

división satisfactoria. Ésta era la redacción del artículo 11: “Se hará una división más

conveniente del territorio español por una ley constitucional, luego que las

circunstancias políticas de la Nación lo permitan.” Pero ¿cuál era la estrategia de los

peninsulares? ¿Por qué esta manifiesta desigualdad provincial?

La división territorial suponía una división administrativa y política con la

creación de diputaciones provinciales que aglutinaran el control del poder económico y

político de las provincias y fueran un referente para el estado centralista que los

diputados peninsulares proyectaban. Pero ésta no era la estrategia de los americanos.

Éstos, Miguel Ramos de Arizpe al frente, confiaban en esta institución provincial como

el órgano capaz de gestionar un autonomismo económico y soberano en lo político. Se

basaban en que las instituciones electivas también eran depositarias de soberanía. Así,

esta división territorial ¿suponía también para los americanos una diversidad de

soberanías? Eso era al menos lo que pretextaron, como veremos más adelante, los

liberales peninsulares para oponerse a las pretensiones autonomistas y

descentralizadoras de los americanos.

144
Diego Muñoz Torrero, por parte del liberalismo peninsular, argumentaba:

“Estamos hablando como si la Nación española no fuese una, sino que tuviera reinos

diferentes. Es menester que nos hagamos cargo que todas estas divisiones de provincias

deben desaparecer, y que en la Constitución actual deben refundirse todas las leyes

fundamentales de las demás provincias de la Monarquía, especialmente cuando en ella

ninguna pierde. La comisión se ha propuesto igualarlas todas; pero para esto, lejos de

rebajar los fueros, por ejemplo, de los navarros y aragoneses, han elevado á ellos á los

andaluces, á los castellanos, etc., igualándolos de esta manera á todos para que juntos

formen una sola familia con las mismas leyes y Gobierno. Si aquí viniera un extranjero

que no nos conociera, diría que había seis o siete naciones. La comisión no ha propuesto

que se altere la división de España, sino que deja facultad á las Cortes venideras para

que lo haga, si lo juzgaren conveniente, para la administración de justicia, etc. Yo quiero

que nos acordemos que formamos una sola Nación, y no un agregado de varias

naciones."184

Se constituía el Estado-nación y lo hacía desde parámetros hispanos. Es más,

estas propuestas parlamentarias y constitucionales constituían una auténtica opción

válida en estos momentos para sectores amplios del criollismo americano. Este hecho,

trascendental y sin precedentes en la historia universal, problematizará tanto la historia

contemporánea de América como la española. Pero... ¿cómo organizar un Estado

cuando sus dimensiones territoriales eran transoceánicas? ¿Qué es lo que había

cambiado o comenzaba a cambiar desde el plano jurídico-político? Los territorios no

pertenecían ya al Soberano y, por ende, tampoco su Soberanía. Ahora los territorios,

antiguas colonias y metrópoli, constituían un único Estado-nación. La Soberanía, en un

alarde de teoricismo liberal centralista, correspondía a la Nación. Soberanía y Nación

que se presentaban indivisibles, únicas y cuya legitimidad tan sólo eran las Cortes y su
184
DSC, 10 de enero de 1812.

145
sistema representativo electoral. Aconteció que los diputados americanos, especialmente

los novohispanos, proponían otra alternativa a esta concepción de la Soberanía nacional

y, por ello, del Estado-nación. Residía en una división de la soberanía en tres niveles:

municipal, provincial y nacional.

15. El manifiesto de Cartagena.

Y ahora otro actor… Bolívar y la insurgencia. El dirigente y el movimiento.

Desde Cartagena de Indias, a donde había llegado como refugiado después de la

destrucción de la Primera República en Caracas, el coronel Simón Bolívar dirigió a los

neogranadinos un Manifiesto (15 de diciembre de 1812) para convocarlos a “tomar a su

cargo la empresa de marchar a Venezuela” para liberarla de sus invasores españoles, y

de ese modo “romper las cadenas de aquellas víctimas que gimen en las mazmorras,

siempre esperando su salvación de vosotros”. Se trataba de organizar un ejército

profesional para marchar sobre Venezuela y “vengar al muerto, dar vida al moribundo,

soltura al oprimido, y libertad a todos”.

Se conformaba así otra de las opciones en liza: la insurgente armada, la tarea de

organizar ejércitos de todas las provincias suramericanas para oponerlos a los ejércitos

que se mantuvieron leales al rey de España. Y nacía en la mente de un desterrado, quien

asumió la crítica de “la fatal adopción del sistema tolerante” por la Junta Suprema de

Caracas, descrito como un “sistema improbado como débil e ineficaz por todo el mundo

sensato”. Contra los publicistas filantrópicos que diseñaban “repúblicas aéreas” y

reducían el nuevo gobierno republicano a una “insensata debilidad”, Bolívar proclamó

la licencia de éste para “hacer por la fuerza libres a los pueblos estúpidos que

desconocen el valor de sus derechos”, es decir, para “levantar tropas veteranas,

disciplinadas y capaces de presentarse en el campo de batalla, ya instruidas, a defender

146
la libertad con suceso y gloria”. La opción militar fue sostenida en este excepcional

Manifiesto.185

Contra los publicistas liberales que encomendaban el esfuerzo militar a simples

milicias cívicas, una experiencia que ya había demostrado su escasa eficacia en el caso

del primer ensayo republicano venezolano, Bolívar llamó a la formación de los nuevos

actores que requería el escenario político: los soldados profesionales y veteranos de un

ejército permanente para el nuevo estado republicano. Contra los bisoños milicianos

venezolanos que habían sido arrollados por sus enemigos, postuló su “verdad militar de

que sólo ejércitos aguerridos son capaces de sobreponerse a los primeros infaustos

sucesos de una campaña”, que “el valor, la habilidad y la constancia corrigen la mala

fortuna”.

La crítica al sistema de confederación de las juntas provinciales adoptado en

Venezuela, en términos de que cada provincia y ciudad se gobernaba

independientemente bajo “la teoría de que todos los hombres y todos los pueblos gozan

de la prerrogativa de instituir a su antojo el gobierno que les acomode”, le permitió

proponer que el gobierno que correspondía a los tiempos “calamitosos y turbulentos”

era aquel que se mostraba terrible y firme, “sin atender a leyes ni constituciones, ínterin

no se restablece la felicidad y la paz”. Aunque la confederación de las juntas

provinciales era el sistema político “más perfecto y más capaz de proporcionar la

felicidad humana en sociedad”, la realidad política aconsejaba la centralización de todos

los gobiernos americanos como medio para inhibir “los horrores de las disensiones

civiles”.

La experiencia fallida de la primera confederación venezolana tendría que

enseñarle a los neogranadinos que era preciso adoptar un régimen político centralizado

185
“Manifiesto de Cartagena, 1812”, en Colección de documentos relativos a la vida pública del
Libertador de Colombia y del Perú, Simón Bolívar, para servir a la historia de la independencia de Sur-
América, Caracas, Imprenta de Devisme Hermanos, 1826, vol. 1, p. LV-LXV.

147
que pusiera fin a las disputas entre las provincias y, sobre todo, levantar un cuerpo

militar disciplinado y experimentado, capaz de repeler la fuerza armada de los españoles

y salvar la joven república. Para empezar, ésta debía reconquistar militarmente Caracas

y pacificar las provincias sublevadas, formando “soldados y oficiales dignos de llamarse

las columnas de la patria”.

Dicho y hecho: el coronel Bolívar organizó una pequeña expedición armada que

logró tomar la fortaleza de la villa de Tenerife que obstruía la navegación por el río

Magdalena y luego despejó la villa de Mompóx, donde fue nombrado comandante de

armas. Ya con 500 hombres despejó de fuerzas españolas todos los puertos del Bajo

Magdalena y entró victorioso en Ocaña. Había comenzado a andar el camino de la

opción militar profesionalizada como la mejor posibilidad para realizar el proyecto de la

independencia.

16. La reacción fernandina, 1814-1820.

La revolución que va a transformar políticamente los territorios americanos en

provincias de la Monarquía española, con una igualdad de derechos y de representación

política, tuvo decisivas implicaciones para la contrarrevolución absolutista, tanto en

América y, especialmente, en la península.

Tras el Tratado de Valençay, el 11 de diciembre de 1813, Napoleón se adelantó a

la derrota final de sus ejércitos en la península y reconoció los derechos de Fernando

VII sobre la Monarquía española. Le devolvía así, después de seis años, su legitimación

sobre la Corona española. En realidad se trataba de una estrategia para ganar tiempo.

Sabía muy bien que Fernando VII no iba aceptar al gobierno doceañista instalado desde

octubre en Madrid y que haría todo lo posible por derrocarlo. Como acabó pasando.

148
No obstante, las Cortes habían decretado nulos todos los actos y decretos del

monarca mientras permaneciera en “cautiverio” si no tenían su consentimiento. Entre

tanto, el 2 de febrero de 1814, las Cortes instaron a Fernando a un viaje corto y

programado desde Bayona hasta Madrid. Sin embargo éste optó por demorar su

juramento a la Constitución y empezar un recorrido por la costa desde Figueras hasta

Valencia. Su estrategia era ganar tiempo para que, como así ocurrió, triunfara un golpe

de Estado contra el régimen constitucional.

El golpe comenzará a fraguarse, desde las Cortes, con el Manifiesto de los

Persas del 12 de abril de 1814, que firmaron 69 diputados, quienes reclamaban la vuelta

del absolutismo y la disolución de las Cortes representativas. La parte conspirativa

militar y nobiliaria se gestó en la ciudad de Valencia, al decretar el 4 de mayo la

disolución de las Cortes, la derogación de la Constitución y la detención de sus

diputados liberales. Comenzaba el regreso del absolutismo. El día 10 el general Eguía

tomó Madrid proclamando a Fernando como Rey absoluto, quien entraba en la capital

tres días después. Previamente se había gestado todo un clima de bienvenida popular.

Fernando VII se opondrá a los decretos y a la Constitución de las Cortes de

Cádiz porque significaban el paso de un Estado absoluto a uno constitucional. Pero, hay

que subrayarlo con énfasis, porque fundamentalmente los decretos y la Constitución

comportaban la pérdida para la Corona de los territorios americanos que jurídicamente

eran Patrimonio Real, y de sus habitantes, sus súbditos.

Tras los decretos de igualdad de derechos y de representación, tras una

Constitución para “ambos hemisferios”, tras decretar la construcción de un Estado

nacional en el cual los territorios americanos se integraban como provincias, la Corona

perdía no sólo su privilegio absoluto, sino ¡las rentas de todo un continente americano!

¿Podía consentirlo Fernando VII? Ahora sabemos que no.

149
Así el conflicto se estableció entre el Rey absoluto y la nación española y sus

instituciones representativas, es decir, entre el poder unívoco y la división de poderes

que proponía el liberalismo para superar al primero. Una Nación española que la

Constitución de 1812 había definido como la “reunión de los españoles de ambos

hemisferios”. Ya vimos que con estas propuestas, el autonomismo americano estaba

planteando un Estado nacional no sólo con caracteres hispanos, sino también desde

concepciones federales. Los americanos depositaron toda su esperanza organizativa del

nuevo Estado en la capacidad representativa y administrativa de las diputaciones

provinciales como instituciones capaces de canalizar las pretensiones y necesidades de

la burguesía criolla de cada provincia. Lo cual va a provocar un doble rechazo. Por una

parte, se encontraron con la oposición frontal del Rey frente al federalismo, dados los

precedentes y realidades históricas de los otros estados que tenían como organización

estatal un federalismo y, como forma de gobierno, una república. Los ejemplos eran

precisos: los Estados Unidos de Norteamérica. Pero además, el concepto federalismo

para esta época era sinónimo de democracia, asociado a elementos disolutos del Estado

como anarquía, por lo que además la propuesta federal concitó por parte de los liberales

peninsulares, no sólo su rechazo sino también su reacción al proponer una organización

del estado centralista.

La problemática para el Rey, insistimos, se produjo al integrar a los territorios

americanos en calidad de igualdad de representación y de derechos como provincias

dentro de un Estado que ya no se configuraba tan sólo español, en cuanto a un dominio

de la península sobre los demás territorios, sino hispano en cuanto a una igualdad de

derechos en todos los territorios y de soberanía en toda la nación. Pero... ¿cuál era la

nación? El nacionalismo americano excluyente optó por la insurgencia armada en su

oposición política, las fracciones de la burguesía y de las capas populares –alienadas a

150
la Corona española– optaron por una vía intermedia, autonomista, que conquistaron en

las Cortes de Cádiz, tal y como hemos visto hasta aquí y seguiremos explicando más

adelante. Esto condicionó la situación revolucionaria hasta el triunfo de las

independencias continentales americanas en 1826.

La restauración del absolutismo, 1814-1820.

Tras la abolición del régimen constitucional se emprendió una rápida tarea de

restitución del absolutismo. Y este punto, aunque pueda parecer obvio, es muy

importante para plantear en América una auténtica cesura entre la etapa constitucional y

la absolutista a partir de 1814 hasta 1820, dado que no será la misma política por parte

del gobierno metropolitano. De esta forma los Consejos, órganos consultivos del

monarca se volvieron a organizar: el de Castilla, el de Cámara, el de Indias, el de la

Inquisición, el de Hacienda y el de las Órdenes Militares. Por lo que respecta a las

Cortes, tradicionales, nunca serán convocadas por el Monarca, mientras que las

Secretarías, que funcionaban como ministerios, se mantendrán las de Estado, Gracia y

Justicia, Hacienda, Guerra, Marina y Ultramar.

El absolutismo tendrá especial cuidado en vigilar y retornar al antiguo modelo

en cuanto a la administración territorial. Disolverá las Diputaciones provinciales y

volverá a organizar las provincias en capitanías generales, y la administración de

justicia en audiencias y chancillerías. Restaba también disolver el poder político local:

se suprimirán los ayuntamientos constitucionales y se volverá al viejo sistema de

ayuntamientos privilegiados, tradicionales, de corregidores y regidores.

La obra legislativa emprendida por las Cortes de Cádiz llegaba a su fin. También

la esperanza de los americanos autonomistas que creyeron ver en esta iniciativa

parlamentaria y constitucional una vía intermedia entre el independentismo y el

151
colonialismo absolutista. Una decena de diputados americanos serán encarcelados, los

más podrán escapar a la reacción absolutista exiliándose en diversos países europeos o

regresando a América. La vuelta al absolutismo para América representará el regreso,

reforzado, de autoridades coloniales y el combate sin tregua contra la insurgencia y

contra cualquier veleidad autonomista criolla. Quedaba con ello frustrada una esperanza

parlamentaria, constitucional y liberal. Es más, quedaba ya prácticamente en 1814

cerrada una propuesta de Commonwelth ochenta años antes de que el Imperio británico

la creara.

La perseverante importancia del Imperio.

El régimen restaurado fernandino tuvo un contexto internacional favorable. Tras

la derrota de Napoleón se configuró un nuevo sistema de alianzas internacionales para

reforzar y defender a las monarquías europeas de veleidades revolucionarias liberales.

Así, se constituyó el Congreso de Viena entre noviembre de 1814 y junio de 1815, por

el que una Cuádruple Alianza formada por Prusia, Rusia, el Imperio Austro-Húngaro y

Gran Bretaña reformó las fronteras europeas y restauró la monarquía borbónica en

Francia con Luis XVIII. Reforzadas las fronteras con estados intermedios, aislada y

“restaurada” la Francia revolucionaria, enunciadas las claves de un pensamiento

conservador de las monarquías absolutas, comenzó asimismo una política

intervencionista activa y militar contra cualquier estado en donde triunfara un

movimiento liberal.

Así se constituyó la Santa Alianza, a la que se integró también la monarquía

francesa en 1816. De esta forma la monarquía española, en un primer momento, jugó la

carta del aislacionismo respecto a las alianzas europeas, dado que no se fiaba de los

movimientos diplomáticos de Gran Bretaña que se reservó, eso sí, la carta del

152
intervencionismo armado del sistema de Viena. No obstante, el contexto de las guerras

de independencia hizo que variara esta política y la monarquía española optara en 1816

por integrarse en la Santa Alianza en 1817. Obsérvese cómo Gran Bretaña se desmarcó

de inmiscuirse en cualquier conflicto armado continental de la Santa Alianza.

1817 significaba un cambio de rumbo en la política de la monarquía. No sólo

temía una inestabilidad interior, sino que comenzaba a vislumbrarse un fracaso

económico. Recuperación económica que pasaba por el mantenimiento del imperio

americano, que a la altura de 1817 peligraba en Nueva Granada, temática central en este

estudio, y no se había recuperado en el Río de la Plata, a excepción de la Banda

Oriental. Es más, el Congreso de Tucumán en julio de 1816 había proclamado la

independencia argentina. Mientras que Paraguay se había declarado ya independiente. Y

eso a pesar de las continuas expediciones que desde 1814 habían partido hacia América.

El cambio de rumbo se tradujo en una alianza tácita con Rusia, lo cual descartó

en ese momento la vía diplomática iniciada por el secretario de Estado, García de León,

de aproximación a Francia y de conversaciones con la insurgencia. La problemática

para la Marina Real persistía desde la derrota en 1805 de Trafalgar. Por ello se avino a

comprar a la monarquía rusa en agosto de 1817 cinco navíos y tres fragatas por 68

millones de reales. La compra estuvo vinculada al pago, por parte de Gran Bretaña, de

la indemnización que debía a la monarquía española por decretar la abolición del tráfico

de esclavos.

En febrero llegaron a Cádiz los barcos, si bien, como es sabido no llegaron a

partir en busca de su destino de reconquista rioplatense. Ese mismo año el estado

absoluto comenzó a reclutar una fuerza expedicionaria capaz de reconquistar el Río de

la Plata. El ejército se acantonó en diversas poblaciones andaluzas. Al malestar de la

tropa, reclutada forzosamente, mal pagada y peor alimentada, se inició el de la

153
oficialidad reflejando la problemática que escondía un ejército absolutista que no había

sido capaz de depurar en gran medida a los oficiales que habían ascendido durante la

guerra contra los franceses por su heroísmo y no por su sangre nobiliaria.

No obstante, la estrategia del Rey pasaba por destinar estos oficiales a las

campañas americanas. La finalidad era alejarlos de las continuas conspiraciones

liberales en la península. Éstas se estaban sucediendo desde 1814 con los diversos

pronunciamientos de Juan Díez Porlier, Luis de Lacy, Joaquín Vidal e, incluso, en

Nueva España de Francisco Javier Mina. Pronunciamientos que acabarán por triunfar

con el teniente coronel Rafael de Riego quien se sublevó con su guarnición en Cabezas

de San Juan proclamando el 1 de enero de 1820 la Constitución de 1812.

17. La Constitución de Colombia.

El martes 14 de diciembre de 1819, cuatro meses después de haber conseguido

la victoria sobre las armas españolas en el puente de Boyacá –decisiva para la liberación

del Nuevo Reino de Granada respecto del dominio monárquico– el general Simón

Bolívar regresó a Angostura y presentó ante el Congreso de Venezuela los resultados de

la exitosa campaña militar que se había iniciado en Mantecal. Terminó diciendo que las

provincias neogranadinas anhelaban unirse a las venezolanas, “íntimamente penetradas

de la inmensa ventaja que resulta a uno y otro pueblo de la creación de una nueva

República, compuesta de estas dos naciones”. En consecuencia, la reunión de las

provincias de la Nueva Granada y Venezuela en un solo cuerpo de nación –“el objeto

único que me he propuesto desde mis primeras armas”– ya era “el voto de los

ciudadanos de ambos países”, y sería en adelante “la garantía de la libertad de la

América del Sur”. Todos sus servicios militares quedarían recompensados con la

154
proclamación de este “pacto” fundador de esta “vasta República ante la faz del

Mundo”.186

Complacido, el presidente del Congreso –el antioqueño Francisco Antonio Zea–

agregó que la unión de las provincias de la Nueva Granada, Venezuela y Quito en una

sola República le daría a ésta un “poder y prosperidad” correspondiente a su gran peso

demográfico y sería un acto de gran importancia política, “de infinito precio para la

causa de la Independencia, de grandes ventajas para toda la América, y de interés

general para todos los países industriosos y comerciantes”. De inmediato, Zea presidió

una comisión de diputados neogranadinos y venezolanos que se encargó de preparar un

proyecto de ley para formalizar el designio del general Bolívar quien, para entonces, ya

había sido designado Libertador presidente.

Durante la sesión del 17 de diciembre de 1819, los diputados del Congreso

aprobaron y firmaron la Ley fundamental de la República de Colombia, producto de la

unión de las repúblicas de Venezuela y la Nueva Granada, con un territorio calculado en

115.000 leguas cuadradas que resultaba del legado de los antiguos territorios del

virreinato del Nuevo Reino de Granada y de la capitanía general de Venezuela. Para su

administración, se dividiría en tres departamentos (Venezuela, Cundinamarca y Quito),

y se convocó a un Congreso general de diputados electos para la formación de la carta

constitucional. Después de leer esta ley fundamental, Zea la besó y la firmó, dando

gracias al Todopoderoso “de que los pueblos comenzasen al fin a reconocer la necesidad

y el precio de su reunión en grandes masas, conforme a su situación y relaciones

naturales, deponiendo ese pequeño y funesto espíritu de provincia desorganizador de

toda Sociedad”.

186
Simón Bolívar. Discurso ante el Supremo Congreso de Venezuela. Angostura, 14 de diciembre de
1819, en Correo del Orinoco. Nº 47 (18 dic. 1819).

155
Zea, una que vez fue elegido por este Congreso vicepresidente de Colombia,

argumentó su aceptación porque así podría cooperar con el Libertador presidente en “la

ejecución de los grandes planes que el Congreso tiene meditados a favor no sólo de

Colombia sino de toda América, y de contribuir a consolidar la reunión dichosa que

acaba de establecerse”, pues esta unión no era más “que el primer paso de una carrera

inmensa”.

El alcance del proyecto político colombiano fue expuesto por Zea en su

Manifiesto a los Pueblos de Colombia, leído el día en que se clausuraron las sesiones

del Congreso. En su opinión, la “concentración política” efectuada por los diputados de

Venezuela y Nueva Granada constituiría a Colombia “en una fuerte y sólida Potencia

que en el acto mismo de levantarse puede hacerse respetar”. Ser colombiano sería en

adelante motivo de gloria, pues sería pertenecer a “una Potencia firme y respetable” que

“ocupa el centro del nuevo continente con grandes y numerosos puertos en uno y otro

océano”, compuesta por más de tres millones y medio de habitantes, un territorio de más

de cien mil leguas cuadradas, “un mayorazgo inmenso en minas de oro y plata, en los

frutos más estimados, y en las producciones naturales más preciosas”, en fin a “un

Estado de enorme volumen que no necesita más que presentarse para ser reconocido”. 187

El engrandecimiento y la prosperidad que resultaría del esfuerzo por “arrojar de una vez

los españoles de nuestro territorio”, de la apertura de los puertos a todas las naciones,

del establecimiento de colonos europeos interesados en “cultivar nuestras fértiles

campiñas”, en “extraer los productos naturales de nuestros montes” y en explotar

muchas minas abandonadas “por falta de brazos y de capitales emprendedores”, estarían

asegurados si se obtenía la voluntad unánime de todos los colombianos. Para que

Colombia fuese lo que se prometían sus primeros legisladores se requería esta voluntad

187
Francisco Antonio Zea, Manifiesto a los Pueblos de Colombia. Angostura, 18 enero 1820, en Correo
del Orinoco. Nº 50 (29 enero 1820).

156
política de todos: “primero en el mundo físico”, este país no existía en el mundo político

porque no había existido la voluntad general de “levantar un poderoso y colosal Estado”

capaz de asegurarle “una existencia eterna, y una progresiva y rápida prosperidad”.

Bolívar y Zea –un venezolano y un neogranadino– concertaron así el proyecto

político colombiano: un Estado poderoso, dotado de un gran territorio en la encrucijada

de los dos océanos que algún día uniría el ferrocarril y el canal de Panamá, una potencia

en todo el extremo norte de Suramérica. Esta posibilidad de existencia política,

imaginada en la circunstancia de la euforia que produjo en los venezolanos el rápido

triunfo de Boyacá, tenía que enfrentar la otra posibilidad política que ya había sido

experimentada durante la Primera República (1810-1816) en Nueva Granada y

Venezuela. A ella se refirió Zea con los peores colores en su Manifiesto: “El delirio de

las soberanías provinciales bajo un sistema federativo, esencialmente disidente en el

estado de nuestra civilización y moral pública”, habría sido “la fatalidad y el destino

cruel” de estos países. Convocado el Congreso Constituyente en la villa del Rosario de

Cúcuta, en 1821 fue aprobada la primera carta constitucional de Colombia, integrada

por las jurisdicciones antiguas de la Nueva Granada y Venezuela, a las que luego se

agregaron las de Panamá, Quito y Guayaquil.

La opción colombiana, nacida en Angostura y construida en la Carta de la villa

del Rosario de Cúcuta, estaba estrechamente ligada a la estrategia militar del general

Bolívar. Se trataba de consolidar la seguridad de la Nueva Granada y Venezuela,

exigiéndole a sus respectivas provincias un aporte de hombres –soldados–, vestuario y

víveres para llevar la independencia hacia la jurisdicción de la Audiencia de Quito, aún

en manos de las autoridades reales españolas. Este cálculo militar obligaba a intervenir

militarmente en Quito y Guayaquil, asegurando el Pacífico para proteger la

independencia de la Nueva Granada. A la larga, la entrevista de Guayaquil y la

157
defección del general San Martín condujeron a las tropas colombianas hasta El

Desaguadero. Efectivamente, después de los reveses políticos que le impuso la política

peruana, finalmente un cuerpo de ejército suramericano triunfó en las provincias de

Charcas sobre las últimas fuerzas monárquicas. El costo económico y humano de esta

guerra insurgente es incalculable, pero garantizó el fin de todo proyecto monárquico

constitucional en Suramérica, diferenciando el acontecer de este subcontinente respecto

del acontecer mexicano que se iba a dilucidar en los próximos años.

18. El Trienio Liberal en España, 1820-1823.

Vuelve la revolución liberal: Riego y las Juntas

El pronunciamiento de Riego el 1 de enero de 1820 en Cabezas de San Juan, no

tuvo inicialmente éxito ya que no logró movilizar al resto de guarniciones. Así, Riego y

su tropa iniciaron un recorrido por Andalucía en busca de adhesiones que no

encontraron. El 7 de marzo llegaba a Córdoba con unos 300 exhaustos hombres. A

punto de ser derrotado por el ejército absolutista que le perseguía, el movimiento va a

encontrar respuesta en las ciudades de tradición liberal que comenzarán a proclamar

juntas gubernativas y la Constitución de 1812.

Así se crearon juntas en La Coruña, Oviedo, Zaragoza, Murcia, Valencia,

Barcelona, Tarragona, etc, que proclamarán la Constitución de 1812. Ante la presión de

las ciudades, el monarca se vio obligado a jurar la Constitución el 9 de marzo de 1820.

Se inauguraba un nuevo período constitucional, esta vez, con la jura constitucional del

monarca, aunque sólo durará tres años. De inmediato se decretó una amnistía para los

liberales encarcelados, la proclamación de los decretos de las anteriores legislaturas, la

restitución de los ayuntamientos constitucionales, de las diputaciones provinciales y la

formación de una Junta provisional consultiva. Es decir, volvía el régimen

158
constitucional. También en los territorios americanos. Pero la situación había cambiado

notoriamente.

Se volvieron a convocar elecciones, las Cortes se reunieron, se suprimió la

Inquisición, se restablecieron los Jefes políticos, la libertad de imprenta, etc. Y, de

nuevo, se produjo la integración constitucional de los territorios americanos que no

estaban bajo el poder de la insurgencia o permanecían independientes.

Así, las nuevas Cortes iniciaron sus sesiones el 9 de julio de 1820. Pronto, el

régimen liberal se vio marcado por el enfrentamiento entre las Cortes y el Rey, disputa

que lejos de relajarse, será una tensión constante y progresiva.

En segundo lugar, estos tres años de liberalismo también van a estar marcados

por la división entre las dos fracciones liberales, entre doceañistas y exaltados. Los

primeros tuvieron mayoría en la Cámara hasta los acontecimientos de julio de 1822. Sus

diferencias se pusieron de manifiesto en cuanto a la diversa interpretación que ambos

tenían de la revolución, los moderados frenándola con el apoyo y connivencia de

sectores del Antiguo Régimen, mientras los exaltados, apoyándose en las capas

populares querían una mayor profundización de las reformas políticas, incluso sociales

y económicas. Y todo ello repercutió en la política americana.

Con todo, estos tres años sirvieron para que se pusieran en marcha los decretos

gaditanos y otros ex novo como la creación de un reglamento en agosto de 1820 de

Milicia Nacional. Además los decretos referentes a libertades económicas y de mercado

como la libertad de comercio, arrendamiento, explotación, cercamiento de fincas, la

abolición del régimen señorial, por dos veces vetada por el monarca, que será aprobada

finalmente en una ley aclaratoria en mayo de 1823. Junto a ello, la ley de

desvinculaciones, de desamortización de las tierras de la iglesia, la reducción del

159
diezmo a la mitad en 1821, la supresión de la Compañía de Jesús, la reforma de los

eclesiásticos regulares, el código penal y la ley constitutiva del ejército de 1821.

Sin embargo, por lo que respecta a la representación nacional, la imprevista

convocatoria provocó que buena parte de los diputados americanos fueran suplentes. En

1821 comenzarían a llegar los diputados americanos alcanzando la cifra de 52 que, junto

a los suplentes, completarían una representación americana de 77 representantes. Una

diputación insuficiente y desigual que provocó que los representantes americanos

volvieran a plantear el 15 de julio de 1820 una protesta, ya que por el decreto de 22 de

marzo de 1820, la Junta Provisional consultiva sólo les había concedido 30 diputados

suplentes, lo cual suponía un tercio de la representación que les correspondía.188

Otra vez el tema de la representación nacional americana se volvió a plantear en

las Cortes, esta vez en los años veinte. Los liberales peninsulares seguían abogando por

una sola representación que implicaba una sola soberanía, la de los representantes de la

Nación. No quedaba resquicio para otras soberanías, tan sólo la nacional. Lo cual

implicaba una problemática para la organización del Estado hispano en la propuesta

doceañista. La Cámara no aprobó ninguna de sus medidas, a excepción de una amnistía

a los encausados en procesos independentistas.

Las circunstancias de los años veinte habían variado con respecto al anterior

período constitucional. Los seis años de represión absolutista fueron casi decisivos para

frustrar la vía autonomista hispana al cercenar con dureza cualquier pretensión liberal,

tanto peninsular como americana, y, por otro lado, la reacción absolutista condujo a las

filas de los insurgentes a muchos criollos “equilibristas” que tenían en el autonomismo

188
Ivana Frasquet. “La cuestión nacional americana en las Cortes del Trienio Liberal, 1820-1821”, en
Jaime E. Rodríguez O. (coord.), Revolución, independencia y las nuevas naciones de América, Madrid,
Fundación Mapfre Tavera, 2005, pp. 123-157.

160
la opción más evolucionista y menos peligrosa para transformar el régimen colonial. En

especial porque la insurgencia ahora necesitaba contar con las clases populares.

Los representantes americanos reiteraron una crítica sistemática a los decretos

liberales de las Cortes que las autoridades peninsulares bloqueaban en América, lo cual

se traducía en una gran desconfianza en la administración peninsular. Se estaba

fraguando un nacionalismo particular que ya no era un extendido y general

americanismo sino que se particularizaba, cada vez más, en los distintos territorios

nacionales.

Con todo, el empuje de las propuestas americanas en las Cortes de Madrid se

tradujo en una descentralización del ejecutivo al subdividirse las secretarías de Guerra,

Marina y Gracia y Justicia respecto a América, ya que la secretaría de Hacienda lo había

realizado con anterioridad. Con ello, se iba completando la estrategia descentralizadora

americana, tan sólo quedaba ya la separación del ejecutivo.

Un ejemplo de ello fue la sustitución del virrey Apodaca en Nueva España por

Juan O´Donojú, político peninsular que participaba de los planes autonomistas

novohispanos. Los americanos habían diseñado todo un plan: la conquista de autonomía

y administración territorial en las provincias americanas y, en segundo lugar, conseguir

una autonomía legislativa, económica y administrativa en América dentro de la

Monarquía española. Se planteaba como el último recurso autonomista antes de

desembocar, ahora sí, inevitablemente hacia la independencia.

En mayo de 1821 los diputados americanos lograron que en cada intendencia

americana hubiera una diputación provincial, argumentando criterios de población,

territorio, distancia entre las provincias, malas comunicaciones, dispersión y

esgrimiendo razones históricas de la anterior división en intendencias. Las justas

161
reclamaciones que se aprobaron supusieron toda una revolución administrativa en los

territorios americanos de la Monarquía española. Era un paso más para la organización

federal de la monarquía, objetivo de los autonomistas americanos.

El 4 de junio de 1821 llegaron las noticias del Plan de Iguala a las Cortes. 189 Este

hecho precipitó los acontecimientos por lo que respecta a Nueva España. El camino

hacia la independencia era cuestión de meses para México. Golpe duro para los

constitucionalitas del doceañismo. La vía autonomista estaba desde esa fecha

prácticamente liquidada.

La iniciativa parlamentaria encabezada por el conde de Toreno, uno de los

líderes del doceañismo, para proponer a las Cortes las medidas convenientes para “la

pacificación” de América se enfrentó con la oposición manifiesta del Rey. Por ello la

comisión acordó no proponer ninguna medida a la Cámara y trasladar el problema al

gobierno. Lo cual provocó que los representantes americanos presentaran 15

propuestas de cuya redacción se encargaron los mexicanos Mariano Michelena y

Lucas Alamán.

Las propuestas constituían toda una declaración de federación hispana. La

diputación americana reclamó la creación de tres secciones de las Cortes en América,

una en Nueva España, incluidas las provincias internas y Guatemala, la segunda en el

reino de Nueva Granada y las provincias de Tierra-Firme y la tercera en Perú,

Buenos Aires y Chile. Las capitales donde se reunirían serían México, Santa Fe y

Lima, tendrían las mismas competencias que las Cortes generales y sus diputados las

mismas facultades que las generales en su territorio, a excepción de la política

exterior. Además, se establecería un ejecutivo designado por el Rey de entre sus

familiares, cuatro ministerios –Gobernación, Hacienda, Gracia y Justicia, Guerra y

189
Jaime E. Rodríguez, “La transición de colonia a nación: Nueva España, 1820-1821”, Historia
Mexicana, XLIII, 2, 1993, pp. 265-322.

162
Marina– un tribunal supremo de justicia y un consejo de Estado en cada una de las

secciones. Reclamaban también libertad de comercio entre la península y América,

igualdad de derechos entre americanos y peninsulares para ocupar los cargos

públicos y se comprometían a la entrega de 200 millones de reales en seis años para

pagar la deuda exterior, de 40 millones de reales anuales para los gastos de la Marina

y al pago de toda la deuda pública contraída en su territorio.

Los representantes americanos seguían creyendo firmemente en la validez

legislativa del modelo gaditano, pero descentralizando los tres poderes de Madrid:

unas Cortes, un ejecutivo y un poder judicial propio, más, claro está, una

administración hacendística para controlar, recaudar y disponer de sus recursos

económicos.

Quedaba el vínculo de unión, el símbolo mental, ideológico y religioso, la

Monarquía, como forma de gobierno que no de Estado. Ya lo hemos significado. Las

propuestas de los americanos suponían una Commonwealth para todos los territorios

hispanos.190 Sin embargo, el plan no fue aceptado por las Cortes. El 30 de junio se

cerraban las sesiones de la legislatura. En agosto se firmaban los Tratados de

Córdoba en México que serán rechazados por las Cortes en la península. El 21 de

septiembre se promulgaba la declaración de Independencia mexicana. Otro proyecto

empezaba a triunfar: la independencia de la América continental.

Los límites de la Monarquía constitucional

Conforme avanzaba la revolución se hacía más patente la oposición del Rey al

proyecto constitucional. La contradicción para los liberales era palpable: realizar su

190
Manuel Chust, “Federalismo avant la lettre en las Cortes hispanas, 1810-1821” en Josefina Zoraida
Vázquez (coord.) El establecimiento del federalismo en México (1821-1827), El Colegio de México,
México, 2003, pp. 77-114.

163
revolución, mantener América con un proyecto liberal y autonomista, sobrevivir en el

contexto absolutista del Congreso de Viena y, todo ello, con un Rey que aprovechaba el

marco constitucional para frenar los avances revolucionarios liberales. Además

Fernando, en secreto, estaba conspirando para que la Santa Alianza se decidiera a

intervenir militarmente contra el estado liberal.

Finalmente las reiteradas demandas de Fernando VII para que el absolutismo

imperante tras el Congreso de Viena interviniera, fueron atendidas por la Santa Alianza.

Tras el Congreso de Verona en noviembre de 1822, un ejército francés compuesto por

100.000 hombres y bajo el mando del duque de Angulema iniciaba su invasión en abril

de 1823.

El precedente intervencionista santoaliado fue Nápoles. Incluso los Estados

Unidos de Norteamérica, ex colonia inglesa y con un estado liberal y republicano

federal, tuvo que enunciar el corolario de la “Doctrina Monroe” para evitarse

diplomáticamente problemas. La Santa Alianza, desde su perspectiva eurocéntrica, y

con ansias de recuperar las colonias americanas, no había especificado el espacio de su

intervencionismo armado y restaurador. El miedo a una intervención contra los estados

liberales americanos también lo contemplaba el gobierno de los Estados Unidos que

tenía como precedente inmediato su segunda guerra de independencia con Gran Bretaña

en 1812 y 1813.

Las Cortes españolas intentaron presentar esta nueva invasión francesa como

una reproducción de los acontecimientos de 1808, sin embargo esta vez no hubo una

respuesta similar del pueblo. El avance de las tropas francesas provocó el traslado de las

Cortes a Sevilla. En su viaje, éstas obligaron a Fernando a que les acompañara, el cual

se opuso. Esta vez, el liberalismo español representado en las Cortes declaró la

enajenación del Rey y su sustitución por una Regencia. Cádiz volvía a ser, en menos de

164
diez años, el símbolo de la resistencia liberal contra el absolutismo. Sin embargo, para

el liberalismo, tanto peninsular como americano, las cosas habían cambiado

notoriamente. El 1 de octubre de 1823 Fernando VII volvía a ser un Rey absoluto. Y el

Estado-nación España volvía a ser la Monarquía absoluta española. Claro que las cosas

habían variado tremendamente en América.

PARTE III

19. Las opciones del “Alto Perú”.

La jurisdicción de la Real Audiencia de Charcas comprendía cuatro provincias:

La Paz, Potosí, Cochabamba-Santa Cruz y Chuquisaca. Después de haber dependido del

virreinato de Lima, en 1776 pasó a hacerlo del nuevo virreinato de Buenos Aires. Por la

ordenanza de 1783 esta jurisdicción virreinal fue administrada por ocho intendencias:

Buenos Aires, Córdoba, Salta, Asunción, Charcas, La Paz, Santa Cruz de la Sierra (o

Cochabamba) y Potosí. La opción juntista se produjo en Chuquisaca (25 de mayo de

1809) y La Paz (16 de julio de 1809), como ya se dijo. También explicamos que las

tropas de Goyeneche dieron rápido fin a esta experiencia de la Junta Tuitiva, y las del

mariscal Nieto a la de Chuquisaca. Al calor de las noticias de la Junta de Buenos Aires,

en 1810 se organizaron las juntas de Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra. En el

siguiente año, las tropas de Goyeneche revirtieron la situación política en favor del

dominio realista y la guerra se generalizó en todas las provincias de esta Audiencia. Las

siguientes campañas ordenadas por el gobierno de Buenos Aires intentaban agregar las

provincias del Alto Perú a las Provincias Unidas del Río de la Plata como vimos en el

capítulo correspondiente. Por su parte los ejércitos del virreinato del Perú pretendían lo

contrario. Algunos éxitos de las guerrillas locales fueron vistos desde la historiografía

165
del lado de Buenos Aires como “republiquetas”, pero en general las provincias del Alto

Perú permanecieron bajo la dependencia del virrey del Perú.

La expresión Alto Perú no es neutra: en el fondo, designó una opción política

para el destino que podría haber tenido la Audiencia de Charcas, esto es, su integración

a la República del Perú. La Confederación Peruano-Boliviana que lideró en la década de

1830 el general Andrés de Santa Cruz fue la expresión más acabada de esta opción. Pero

otras cuatro opciones políticas se expresaron en Charcas entre 1809 y 1826: la primera

de ellas fue la opción de agregación al Estado que formaron las provincias del Río de la

Plata; la segunda fue su reincorporación a la jurisdicción del virreinato del Perú,

manteniendo su fidelidad a la monarquía de “las Españas”; la tercera fue permitir su

anexión a las provincias de Moxos y Chiquitos y pasar a la subordinación del imperio

brasileño; y la cuarta fue la de mantener la autonomía de las intendencias de la Paz,

Potosí, La Plata, Cochabamba y Santa Cruz hasta el punto de constituirlas en un Estado-

nación soberano. Todas estas opciones fueron planteadas y defendidas por actores e

intereses de las variadas nacionalidades que resultaron en Suramérica después de la

crisis de la Monarquía. El análisis documentado de las opciones en conflicto, los

móviles, intereses, su resolución y consecuencias tienen que estudiarse desde una

perspectiva iberoamericana, dada la conjunción de fuerzas armadas continentales que se

reunieron en el altiplano andino durante los años 1824 a 1826. Ése es uno de los

objetivos centrales del presente estudio. Ofrecer, en la medida de los posible, una

variedad de interpretaciones más amplia sobre las independencias y la construcción de

los estados-naciones americanos y, para este caso, el de Bolivia.

20. La posibilidad de integrarse en la República Argentina.

166
Algunos de los emigrados de las provincias del Alto Perú asistieron, como

diputados, al Congreso de las Provincias Unidas del Río de la Plata que se organizó en

Tucumán durante el año 1816. José Mariano Serrano fue el secretario de este Congreso.

El 9 de julio, este Congreso proclamó la independencia respecto del rey de la

Monarquía española. Este hecho dio fuerza a la pretensión de Buenos Aires de

incorporar las provincias del Alto Perú a las Provincias Unidas del Río de la Plata,

llamadas desde 1826 República Argentina. Pero tras la batalla de Ayacucho, la presencia

de las tropas colombianas redujo la fuerza de esta opción. Casimiro Olañeta se encargó

de informar al mariscal Sucre que era “no sólo difícil, sino imposible, reunir las

provincias altas del Perú a Buenos Aires; que hay una enemistad irreconciliable”. 191 Fue

así como en las Instrucciones giradas por Manuel J. García al capitán general de la

provincia de Salta, Jun Antonio Álvarez de Arenales (6 de febrero de 1825), se dijo que

el gobierno de Buenos Aires, encargado del poder ejecutivo nacional, se había

persuadido de que una vez fuesen disueltos los “cortos restos del ejército español en el

Alto Perú, las cuatro provincias mencionadas queden en absoluta libertad para el arreglo

de sus intereses y gobierno”.192

Efectivamente, el 9 de mayo siguiente el Congreso General Constituyente de las

Provincias Unidas del Río de la Plata ordenó al poder ejecutivo el envío de una legación

hacia el Alto Perú con el fin de felicitar al general Bolívar, “en nombre de la nación

argentina”, por los servicios que acababa de prestar “a la causa del nuevo mundo, cuya

libertad e independencia acaba de afianzar irrevocablemente”. Las negociaciones que

esta legación sostuviera con el presidente de Colombia y con el general Sucre tendrían

como base el reconocimiento de que las cuatro provincias del Alto Perú habían
191
Carta de Sucre a Bolívar. Ilave, 5 febrero 1825. En: Vicente Lecuna (comp.), Documentos referentes a
la creación de Bolivia. Caracas, Litografía del Comercio, 1924. Tomo I, p. 91.
192
Instrucciones a las cuales deberá arreglarse el señor gobernador y capitán general de la provincia de
Salta, don Juan Antonio Álvarez de Arenales, en la comisión que se le confiere por el gobierno encargado
del poder ejecutivo nacional. Buenos Aires, 6 febrero 1825. En: Vicente Lecuna (comp.), Documentos
referentes a la creación de Bolivia. Caracas, Litografía del Comercio, 1924. Tomo I, p. 93.

167
pertenecido siempre al estado argentino, pero que era voluntad del Congreso “que ellas

queden en plena libertad para disponer de su suerte, según crean convenir mejor a sus

intereses y a su felicidad”.

El cálculo estratégico argentino partía del reconocimiento de la oposición de las

provincias del Alto Perú a seguir integrando la Unión del Río de la Plata pero expresó

sus metas en Chuquisaca, el 10 de noviembre de 1825, cuando sus dos plenipotenciarios

–Carlos de Alvear y José Miguel Díaz Vélez– le expresaron al general Bolívar su

intención de celebrar un tratado perpetuo de alianza ofensiva y defensiva contra el

imperio del Brasil, “partiendo del principio de que la independencia de las provincias

del Alto Perú sea reconocida por el gobierno de la República Argentina”. Este tratado le

presentaría en adelante a esa “corte ambiciosa” una poderosa fuerza aliada que la haría

desistir “de poner en ejercicio sus planes de ambición y arbitrariedad y la contenga en

los límites del derecho internacional”. Por otra parte, la firma de este tratado perpetuo

sería el medio para que la República Argentina pudiera reconocer solemnemente la

existencia del nuevo estado que formarían las provincias del Alto Perú, y éstas pudiesen

cumplir su obligación de “corresponder a las pruebas de amistad franca y desinteresada

que le ha dado y está dispuesta a darle la República Argentina y a los sacrificios que

siempre ha hecho por su libertad”.193

Por su parte, los redactores de El Cóndor de Bolivia acometieron la crítica de los

argumentos expuestos en Buenos Aires por El Argos, fundados en el reconocimiento del

uti posidetis. Contra la idea de que los límites que había tenido el virreinato de Buenos

Aires legitimaban la postura de que los departamentos del Alto Perú deberían integrar la

República Argentina, pues incluso sus diputados habían asistido a su Congreso

193
Comunicación dirigida al libertador presidente de Colombia y encargado del mando supremo de la del
Perú por los dos ministros plenipotenciarios de la República Argentina. Chuquisaca, 10 de noviembre de
1825. En: Vicente Lecuna (comp.), Documentos referentes a la creación de Bolivia, Caracas, Litografía
del Comercio, 1924. Tomo I, p. 535-536.

168
Constituyente, El Cóndor sostuvo que esa antigua asociación se había disuelto por la

impotencia del gobierno de Buenos Aires y la anarquía de las Provincias Unidas, por

“su olvido para auxiliarnos, su cesión temporal a los españoles, su absoluta impotencia,

y la anarquía de la República que dura todavía”.

El encuentro personal de los dos plenipotenciarios de la República Argentina

con el presidente de Colombia puso fin a la opción de integración de las provincias del

Alto Perú a aquel Estado. El general Bolívar les dijo entonces que el pueblo de Bolivia

recordaría siempre la ley argentina del 9 de mayo de 1825, “por la que demostrando una

conducta generosa, franca y justa”, había dejado en libertad a las provincias del Alto

Perú para “decidir sus destinos”, con lo cual se había abierto la perspectiva de “dos

naciones cuyos intereses han escogido gobiernos diversos, pero que no pueden, sin

embargo, dejar de ser hermanas”. Los tratados que en adelante ligaran a estas dos

repúblicas serían “como los contratos que dentro de una misma familia forman lazos

indestructibles, y a los cuales se preste una lealtad fraternal”.194

21. La opción de agregar Charcas al Perú.

El brigadier Joaquín de la Pezuela y Sánchez Muñoz de Velasco, marqués de

Viluma, asumió, en 1816, el cargo de virrey del Perú. Su principal propósito fue el de

mantener el absolutismo que deseaba Fernando VII apelando a la defensa de los

derechos de la religión y del Rey. En efecto, la idea era retornar a la situación previa a

1808, tal como lo había deseado su antecesor, Abascal, y continuar con la “pacificación

realista” de la Audiencia de Charcas y la Capitanía General de Chile. 195 El cambio de


194
El Cóndor de Bolivia. Nº 36 (10 agosto 1826).
195
Víctor Peralta, “De absolutistas a constitucionales. Política y cultura en el gobierno del virrey Pezuela
(Perú, 1816-1820)”, en Jaime Rodríguez (coord.), Revolución, independencia y las nuevas naciones de
América, Op. Cit., pp. 485-510. Para el gobierno del virrey Pezuela y los hechos que desencadenaron la
independencia del Perú, véase también Timothy Anna, The fall of royal goverment in Peru. Lincoln,
London, University of Nebraska Press, 1979 (hay traducción en español: La caída del gobierno español
en el Perú: el dilema de la independencia. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2003); Brian Hamnett,
Revolución y contrarrevolución en México y Perú. México, Fondo de Cultura Económica, 1978; Alberto

169
coyuntura era notorio. Ahora se encontraban con una nueva situación de monarquía

absoluta. Y, en este sentido, la política con respecto a América también variaría al

recurrir constantemente a las armas como recurso para recuperar lo que el Rey absoluto

interpretaba como “su” Patrimonio.

Sin embargo, este objetivo político sufrió su primer gran revés en 1817 cuando

el Ejército de los Andes, liderado por San Martín, derrotó a las fuerzas realistas en la

batalla de Chacabuco. La situación triunfante bélica para los patriotas siguió cuando al

año siguiente los patriotas chilenos lograron la victoria definitiva de Maipú,

proclamaron su independencia y se dispusieron a proceder a la invasión del territorio

peruano para asegurar sus logros políticos.

De esta manera, el primer gobierno de Chile, presidido por Bernardo O’Higgins,

apoyó los planes de San Martín de proseguir su camino hacia el Perú. El general

argentino zarpó de Valparaíso con un ejército formado por unos 4.500 hombres y

esperaba levantar allí otro de 15 mil patriotas. El jefe de su escuadra era el

experimentado marino británico lord Thomas Cochrane. Desembarcó en Paracas el 20

de septiembre de 1820 y en Pisco (250 kilómetros al sur de Lima) hizo su primer

llamado a los peruanos para unirse con él a la causa independentista. Lo interesante es

que el Generalísimo desembarcaba cuando el virrey Pezuela recibía el decreto de

Fernando VII que ordenaba el restablecimiento de la Constitución de 1812, luego que el

pronunciamiento del teniente coronel Rafael del Riego triunfó en la Península en 1820.

En suma, la llegada de los ejércitos del sur se daba en el contexto del paso definitivo del

absolutismo al liberalismo constitucional y de la virtual bancarrota económica del

Flores Galindo, Aristocracia y plebe. Lima 1760-1830, Lima, Mosca Azul, 1984; Alberto Flores Galindo
(comp.), Independencia y revolución, 1780-1840, Lima, Instituto Nacional de Cultura, 1987, 2 vols.; John
Fisher , El Perú borbónico, 1750-1824, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2000; Scarlett O’Phelan
(comp.), La independencia del Perú. De los borbones a Bolívar, Lima, Pontificia Universidad Católica
del Perú, 2001; y Alberto Crespo, “La independencia desde el sur”, en Germán Carrera Damas (ed.),
Historia de América Andina. Crisis del Régimen colonial e independencia, vol. 4. Quito, Universidad
Andina Simón Bolívar, 2003, pp. 239-267.

170
virreinato por el gran despliegue “pacificador” o “contrarrevolucionario” de Abascal y

Pezuela. Es lógico deducir que, ante este panorama, se fue desvaneciendo la

credibilidad discursiva del absolutismo en la opinión pública.

El general argentino, por su lado, llegaba con el perfil de un verdadero

libertador, no para conquistar por las armas el Perú sino para ganar una guerra de ideas.

Por ello, alguna vez se preguntó: “¿Cuánto puede avanzar la causa de la independencia

si me apodero de Lima, o incluso del país entero, militarmente?… Quisiera que todos

los hombres pensaran conmigo, y no quisiera avanzar un paso más allá de la marcha

gradual de la opinión pública”196. ¿Estaba en lo cierto? El tiempo no le daría la razón.

Para la aristocracia limeña, políticamente conservadora, España había caído

nuevamente en “crisis” debido al golpe de Riego en Cádiz. Cuando se enteró de estos

acontecimientos muchos de sus miembros sintieron una profunda inseguridad y un gran

temor ante el triunfo del liberalismo en la Península. Fue a partir de ese momento que

sintieron la decisión de guardar sus privilegios pero esta vez apoyando al ejército

libertador. San Martín podía otorgar las garantías para conservar el orden ya que España

estaba cada vez más lejos. Pero esto no quiere decir que toda la elite apostó por la

independencia en un mismo momento. La terrible decisión fue gradual y hubo un grupo

importante que permaneció fidelista hasta el final. Con todo, los largos años de dudas e

indefiniciones les costaron caro a estos aristócratas. Perdieron mucho dinero

financiando la contrarrevolución. Incluso prestaron su flota mercante a los virreyes para

convertirla en buques de guerra. Por ello, cuando las tropas de San Martín llegaron

capturaron estos navíos limeños y el Callao fue cediendo poco a poco su antiguo

dominio del Pacífico sur.197

196
Citado por John Lynch, Las revoluciones hispanoamericanas, 1808-1826. Op. Cit. P. 174.
197
Según últimas investigaciones, en vísperas de la independencia, la economía del virreinato peruano no
andaba del todo mal. Es cierto que había una crisis agrícola, sobre todo en la costa, que se arrastraba del
siglo XVIII, pero la minería y el comercio pasaban por un relativo auge. Si bien las reformas borbónicas
afectaron los intereses de los comerciantes limeños todavía controlaban los mercados del Perú, el Alto

171
Por otro lado, la aristocracia indígena era prácticamente inexistente. Ya no había

curacas pues el cargo había sido abolido luego de la rebelión de Túpac Amaru. Cuando

llegaron los ejércitos libertadores no había descendientes de los incas reconocidos

legalmente, por lo que San Martín, y luego Bolívar, tuvieron que negociar con la elite

blanca. El proyecto de instalar una monarquía bajo un soberano de sangre incaica era

imposible. Es evidente, de otro lado, que la Iglesia como institución jugó un papel

importante durante estos años. La mayor parte de su jerarquía era fidelista aunque, al

principio, se tranquilizó con la moderación de San Martín quien apreció en todo

momento el valor del catolicismo como elemento integrador de la sociedad. Así lo notó

el entonces arzobispo de Lima, Bartolomé de las Heras, al conocer las intenciones del

Libertador. Al interior del país, los párrocos y lo que podríamos llamar “bajo clero”,

apoyaron, en su mayoría, la causa independentista. Muchos de ellos eran criollos y

también mestizos.198

Mientras tanto, el virrey Pezuela había recibido órdenes de entrevistarse con San

Martín. Se concertó la cita y la reunión se celebró en Miraflores, entonces un pueblo de


Perú, y en cierta medida los de Santiago y Quito. La minería, por su parte, se había recuperado gracias a
la producción de plata en los yacimientos de Cerro de Pasco, Hualgayoc (Cajamarca) y Huantajaya
(Tarapacá). Pero esta economía, aparentemente estable, empezó a desplomarse por la revolución
independentista. En primer lugar, los comerciantes del Tribunal del Consulado empezaron a
desfinanciarse por la cuantiosa ayuda que tuvieron que hacer a la contrarrevolución desde los tiempos de
Abascal y Pezuela (la Corona nunca devolvió los préstamos); en segundo lugar, la misma guerra destruyó
muchos centros productivos como minas, obrajes y haciendas; y, en tercer lugar, la población, tanto los de
mayor fortuna como los más pobres, tuvo que dar cupos de guerra durante los 6 años que duró la lucha.
Recordemos que durante este tiempo dos ejércitos -unos 20 mil hombres- transitaban por el país. A ellos
había que alimentarlos, vestirlos, armarlos y pagarles. El dinero y los productos para sostenerlo salieron
de los propios peruanos. Cabe mencionar que España nunca ayudó económicamente al ejército realista.
Realmente la guerra fue una sangría económica para el Perú, una situación de la que tardaría muchos años
en recuperarse. Para este tema, hay que consultar el estudio de Alfonso Quiroz, “Consecuencias
económicas y financieras del proceso de independencia en Perú, 1800-1850”, en Leandro Prados de la
Escosura y Samuel Amaral (eds.), La independencia americana: consecuencias económicas. Madrid,
Alianza Universidad, pp. 124-146.
198
Ver los documentos compilados por Armando Nieto Vélez s.j., La Iglesia: la acción del clero. Lima,
Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia del Perú. 1971, 2 vols. Hubo el caso del
arzobispo de Arequipa, José Sebastián de Goyeneche, que se mantuvo fidelista hasta el final. Hasta 1835,
fue el único obispo peruano reconocido por Roma ya que el papa León XII había ordenado a los
americanos la obediencia a Fernando VII. Recordemos que el Vaticano no reconoció la independencia de
estos países hasta bien avanzado el siglo XIX. Con todo, habría que decir que con las guerras la Iglesia
intentó defender sus propiedades y privilegios tradicionales. También dio algunos políticos como Toribio
Rodríguez de Mendoza o Francisco Javier de Luna Pizarro quienes, junto a otros sacerdotes, integraron el
primer congreso peruano.

172
indios al sur de Lima. Los delegados de ambos no pudieron llegar a ningún acuerdo

importante salvo el de suspender temporalmente las hostilidades. Pero la sola presencia

de San Martín afectaba el orden interno. La adhesión del marqués de Torre Tagle,

intendente de Trujillo, les aseguraba a los patriotas el apoyo de todo el norte peruano. Al

mismo tiempo, el general patriota Álvarez de Arenales, miembro de la expedición

sanmartiniana, en una incursión proselitista en la sierra central que salió de Ica y siguió

por Huamanga y Jauja, derrotaba al realista O’Reilly en Cerro de Pasco.

Luego de hacer el primer diseño de la bandera peruana en Pisco, San Martín

cambió su cuartel general y se trasladó al norte de Lima, Huaura (a 200 kilómetros de la

capital), y desde allí lanzó algunos decretos y continuó llamando a los peruanos a su

causa. Los militares españoles, cansados de la tolerancia de Pezuela y de su

absolutismo, decidieron destituirlo mediante un golpe de estado: en el Motín de

Aznapuquio. El comandante liberal José de la Serna fue elegido nuevo virrey del Perú.

El Estado español confirmó a La Serna en su cargo y le obligó a negociar con San

Martín. La nueva entrevista se realizó en la hacienda de Punchauca, a 40 kilómetros al

norte de Lima. Allí, el Libertador exigió proclamar la independencia instalando una

monarquía en el Perú. El virrey no podía acceder a tal petición y se reanudaron las

hostilidades.

Pero La Serna no pudo mantenerse durante mucho tiempo con su ejército en

Lima. Lord Cochrane había bloqueado el puerto del Callao y los guerrilleros habían

cortado el acceso con la sierra central, tradicional despensa de Lima.199 El virrey se

199
El ejemplo más notorio de la actuación del pueblo en favor de la independencia fue el de los llamados
“guerrilleros” o “montoneros”. Se trató de bandas que operaron en la sierra central y en la sierra de Lima
entre 1820 y 1824. En su mayoría eran criollos y mestizos de clase media o de modesta fortuna que
habían sufrido saqueos o castigo por parte de los realistas y ahora buscaban venganza al lado de los
patriotas apoyando la independencia. Fueron decisivos, por ejemplo, en su apoyo a San Martín. Ellos
cercaron las vías de comunicación entre Lima y la sierra central lo que obligó, en buena medida, el retiro
de La Serna al Cuzco al no poder mantener a su ejército. Meses antes, también apoyaron la incursión de
Álvarez de Arenales en la zona en una campaña proselitista llamando a la gente en favor de la
independencia. Mal armados y con escasa formación militar, estos guerrilleros siempre hostigaron a las
fuerzas realistas. El problema es que también se les unieron bandidos y malhechores que aprovecharon el

173
retiró al Cuzco y empezó a gobernar el Virreinato desde la antigua capital de los Incas.

La decisión era pragmática: en la sierra sur se encontraba el grueso del ejército realista.

San Martín aprovechó y entró en Lima. La elite quiso dar la imagen de colaboración y

convocó una junta de notables. El 15 de julio de 1821, un cabildo abierto juró la

independencia.200 El criollo liberal, Manuel Pérez de Tudela, fue el encargado de

redactar el Acta. La proclamación de la independencia quedó fijada para el sábado 28 de

julio en la Plaza de Armas de Lima.

El 3 de agosto San Martín aceptó el título de Protector del Perú. De esta forma se

iniciaba el Protectorado201 en el que éste promulgó el Estatuto Provisorio (base jurídica

de su gobierno que hacía las veces de una “constitución”) y organizó un Consejo de

Ministros integrado por el criollo limeño Hipólito Unanue (Hacienda); su máximo

colaborador, el argentino Bernardo de Monteagudo (Interior); y el colombiano Juan

García del Río (Relaciones Exteriores). Más adelante emprendió algunas reformas de

mayor alcance. Decretó la “libertad de vientres”, abolió el tributo de los indios,

desorden interno para poder robar. Operaban en grupos de entre cincuenta y cien hombres desgastando a
los realistas e impidiendo varias veces que Canterac atacara Lima. Se trataba de gente anónima y sus
líderes más conocidos fueron Francisco Vidal, Gaspar Huavique, José Urbiola, Baltazar Orrantia, Ignacio
Ninanvilca y el oficial argentino Isidoro Villar a quien San Martín nombró comandante en jefe de las
guerrillas de la sierra. Muchas veces estos montoneros actuaron por su cuenta. Les faltó coordinación con
los patriotas e internamente estuvieron siempre divididos. No era fácil cohesionar bandas compuestas por
gente de diverso origen racial y fortuna personal. Pero de todas formas, a pesar de estos problemas, los
guerrilleros fueron el aporte más decisivo de los “cholos” o “peruleros” -como despectivamente los
llamaban los argentinos y colombianos- a la causa independentista. Para este tema, ver Raúl Rivera Serna,
Los guerrilleros del centro en la emancipación peruana. Lima, 1958, y los documentos compilados y
prologados por Ella Dúnbar Temple, La acción patriótica del pueblo en la Emancipación: guerrillas y
montoneras. Lima, Comisión Nacional del Sesquicentenario de la Independencia, 1971, 4 vols.
200
Respecto a los cabildos abiertos, fueron estas asambleas populares las que juraron la independencia de
Tumbes, Piura, Lambayeque, Jaén y Moyobamba (Maynas). Desde Moyobamba llegaron donativos de
toda especie y hombres que pasaron a las filas del ejército libertador. El entusiasmo popular por la
independencia fue notorio en casi todos los pueblos, villorrios y comarcas rurales del norte peruano.
Recordemos que el primer pueblo en proclamar su independencia fue Supe el 5 de abril de 1819 tras una
de las expediciones marítimas de Lord Cochrane. También debemos citar que sin la ayuda en dinero,
especies y hombres que envió el pueblo de Trujillo la expedición de San Martín hubiera sido un verdadero
fracaso. En la sierra también hubo campesinos indígenas que donaron sus jornales y productos
agropecuarios para financiar y abastecer la campaña libertadora. Muchos de estos donativos se hicieron
de forma libre, sin ningún tipo de coacción. Dato curioso, por ejemplo, es el caso de los campesinos de
Huamachuco que entregaron al tesoro nacional la producción de sus haciendas de Tulpo y Yamobamba.
201
La versión más detallada del Protectorado la podemos encontrar en Germán Leguía y Martínez,
Historia de la Emancipación del Perú: el Protectorado. Lima, Comisión Nacional del Sesquicentenario
de la Independencia, 1972, 7 vols.

174
promulgó las garantías jurídicas, fundó la Biblioteca Nacional, seleccionó la letra y

música del himno nacional, decretó el libre comercio y dio los primeros pasos para

divulgar su plan monárquico.

Antes de llegar al Perú, San Martín ya tenía un largo historial de sentimientos

monárquicos que se fueron confirmando por sus observaciones de “anarquía” luego de

la independencia de algunos territorios americanos, especialmente del Río de la Plata.

Pensaba que un proyecto monárquico era el mejor remedio para evitar el desorden. Una

monarquía autoritaria y centralizada, a la manera de un despotismo ilustrado, que

buscara elevar la cultura y la calidad de vida de las personas. Su experiencia en la

guerra por la independencia lo había convencido de que los americanos aún no estaban

preparados para vivir en una forma republicana de gobierno. En Chile intentó sin éxito

que sus ideas fueran aceptadas pero sintió que en el Perú estaba su oportunidad. No en

vano en Lima se encontraba la aristocracia más numerosa del continente.202

¿Pero acaso San Martín pensaba fundar un Reino en el Perú y nombrarse a sí

mismo soberano? Nada más alejado de la verdad. En todo momento demostró no tener

ambiciones personales. Quería la independencia pero también evitar a toda costa un

desgobierno. La justificación para San Martín era que los peruanos no tenían

experiencia de autogobierno, además la mayor parte de la población no era ilustrada y

vivía en condiciones económicas muy precarias.

Fue en la Conferencia de Punchauca donde San Martín expuso por vez primera,

sin éxito, sus planes monárquicos a los jefes realistas. Pero, más adelante, durante el

Protectorado, llevaría a cabo pasos más firmes para convencer de que su proyecto era el

más adecuado a la realidad del Perú. Creó la Orden del Sol –siguiendo el modelo de la

202
Los afanes monárquicos del libertador han sido ampliamente abordados por José Agustín de la Puente
Candamo en varias publicaciones, especialmente en San Martín y el Perú. Lima, 1948 y “La formación
del estado en el Perú”, en Josefina Zoraida Vásquez (coord.), El nacimiento de las naciones
iberoamericanas. Madrid, Fundación Mapfre-Tavera, 2002, pp. 189-207.

175
Legión de Honor francesa– para condecorar a los que prestasen servicios distinguidos a

la Patria y así formar una aristocracia peruana; también reconoció los títulos nobiliarios

concedidos por la Corona española como títulos del Perú; y, finalmente, envió una

misión diplomática a Europa –presidida por el canciller Juan García del Río e integrada

por el comerciante inglés James Paroissien– para buscar un Príncipe, Infante de Castilla

de preferencia.

La institución que se encargaría de sembrar la idea monárquica fue la Sociedad

Patriótica de Lima, fundada el 20 de enero de 1822, donde se llevó a cabo el primer

debate político sobre la mejor forma de gobierno para el Perú. Esta institución estuvo a

cargo del principal colaborador del Protector, el rioplatense Bernardo de Monteagudo, a

quien secundaba el sacerdote venezolano José Ignacio Moreno. El órgano de difusión de

los debates de la Sociedad Patriótica fue el periódico El Sol del Perú.203

Sin embargo, frente a todo este despliegue monárquico, se fue formando un

frente liberal-republicano encabezado por José Faustino Sánchez Carrión, el célebre

“Solitario de Sayán”, quien, desde unas cartas firmadas con ese pseudónimo, se había

opuesto firmemente a los planes sanmartinianos. Para él la monarquía era contraria a la

dignidad del hombre: no formaba ciudadanos sino súbditos, es decir, personas cuyo

destino está a merced de la voluntad de un solo hombre, el Rey. Sólo el sistema

republicano podía garantizar el imperio de la ley y la libertad del individuo; finalmente,

reconocía que la república era un riesgo, pero había que asumirlo.

Pero Sánchez Carrión no estaba solo. Sus ideas eran también compartidas por

Toribio Rodríguez de Mendoza, antiguo redactor del Mercurio Peruano y rector del

Convictorio de San Carlos, y los criollos Francisco Javier de Luna Pizarro, Manuel

Pérez de Tudela y Mariano José de Arce, entre otros. Ellos también desplegaron toda

203
César Pacheco Vélez, La Sociedad Patriótica de Lima: un capítulo de la historia de las ideas políticas
del Perú. Lima, 1973.

176
una retórica en favor de la república y sus ideas quedaron expuestas en el periódico La

Abeja Republicana.

La monarquía no llegó a arraigar en el Perú pese a todos los esfuerzos de San

Martín. En España mismo se había desprestigiado. Para la mayoría de los criollos

liberales, la monarquía española –que era el ejemplo más cercano que tenían– era

intolerante y decadente. Lo mismo podía ocurrir en el Perú. Además, lo que sucedía en

el Protectorado también desalentaba el proyecto. Por un lado, el monárquico

Monteagudo, como ministro del Interior, había desplegado una política antiespañola en

Lima: ordenó la confiscación de los bienes de los peninsulares por considerarlos

contrarios a la independencia y a muchos los expulsó del país. Aparentemente esto lo

hacía con la aprobación de San Martín.

¿Esa actitud era acaso un preludio de la monarquía sanmartiniana? Muchos lo

entendían así. Por ello, mientras aumentaba el desprestigio de San Martín también

crecía la prédica republicana. Además, el ejército realista se encontraba intacto y

controlaba la mayor parte del territorio peruano. La promesa de San Martín por libertar

al Perú estaba cada día más lejos.

Hacia 1822 la situación de San Martín era desalentadora. Se negaba a invadir la

sierra y los realistas mantenían su poder casi intacto al interior del país. Lord Cochrane

se enemistó con el Libertador y abandonó la campaña con sus hombres. San Martín

comprendió que necesitaba apoyo militar y la solución era la ayuda de Bolívar y sus

fuerzas armadas que, por esos días, habían tomado Quito. La entrevista entre ambos se

realizó en Guayaquil donde San Martín le pidió a Bolívar el apoyo de su ejército y le

ofreció estar bajo sus órdenes en la campaña del Perú. Bolívar no quería tenerlo como

subordinado y le ofreció un contingente de mil hombres. Al final de la entrevista, San

Martín entendió que su presencia era un obstáculo para la liberación del Perú y decidió

177
abandonar el país; para algunos, se trató de una “deserción”. Antes de irse, el 20 de

septiembre de 1822, instaló el Primer Congreso Peruano. Ante él renunció al cargo y

anunció su deseo de retirarse de la vida pública.

Aquí empieza lo que se llama la “etapa peruana” de la independencia. Al partir

San Martín, el Congreso nombró una Junta presidida por José de la Mar, militar criollo

nacido en Cuenca, quien quiso continuar la guerra. Pero el fracaso en una serie de

campañas militares causó su rápido desprestigio. Por ello, el 28 de febrero de 1823, fue

nombrado primer presidente del Perú José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete,

impuesto por un sector del ejército en el Motín de Balconcillo, liderado por Andrés de

Santa Cruz, considerado el primer golpe de estado de la vida independiente peruana.

Riva-Agüero, un noble limeño sin mayor destreza militar, intentó reorganizar el

ejército patriota, incluso creó la primera escuadra peruana al mando del almirante

británico Martín Jorge Guisse. El fracaso del patriota Rudescindo Alvarado en las

provincias del sur (Moquegua) frente al realista Jerónimo Valdez le hizo comprender

que la guerra no podía ganarse sin apoyo externo, especialmente de Bolívar. El

Libertador de la Gran Colombia accedió y envió un ejército de seis mil hombres al

mando de Antonio José de Sucre.

Pero en junio de 1823 tropas realistas entraron en Lima y Riva-Agüero tuvo que

huir al Callao junto al Congreso. Un grupo de diputados consideró a Riva-Agüero

incapaz de ganar la guerra. Lo destituyeron y le otorgaron todos los poderes militares a

Sucre. Por su lado, Sucre presionó para que el Congreso nombrara presidente al

influenciable marqués de Torre Tagle. Riva-Agüero se negó a aceptar su destitución y

entró en conversaciones con La Serna. Pronto, con un sector del Congreso, instaló su

gobierno en Trujillo.

178
De esta manera el Perú era un caos: había dos gobiernos, el de Riva-Agüero y el

de Torre Tagle, y dos congresos, uno en Lima y otro en Trujillo. En este contexto llegó

Bolívar el 1 de septiembre de 1823 con sus tropas colombianas a las que se unirían

peruanos, argentinos y chilenos, sobrevivientes de las campañas sanmartinianas. Este

fue el escenario en el que actuó la llamada “Corriente Libertadora del Norte” o “etapa

bolivariana”. Por ello, la presencia del Libertador no hizo sino complicar más las cosas.

Dividió aún más a los peruanos pues despertó muchos recelos su autoritarismo y su

deseo de unir al Perú con la Gran Colombia. Su diferencia con San Martín, más

conciliador, era abismal.

Torre Tagle intentó negociar con su rival Riva-Agüero quien, a su vez, hacía lo

propio con los realistas para establecer la posibilidad de crear una monarquía en el Perú.

Ambos fueron descubiertos por Bolívar y declarados traidores a la independencia. Torre

Tagle tuvo que refugiarse en el Callao donde el general realista Rodil, había capturado

el castillo del Real Felipe. Riva-Agüero, por su parte, no tuvo otro remedio que

abandonar el país y dirigirse a Europa. Es necesario anotar que durante el simbólico

gobierno de Torre Tagle el Congreso promulgó, en 1823, la primera Constitución del

Perú, de corte liberal y republicano, y se terminó de diseñar la bandera nacional.

La enorme confusión obligó a Bolívar a tomar acciones más drásticas y poderes

aún más dictatoriales polarizando profundamente a la opinión pública. 204 Pero en el

bando realista las cosas tampoco andaban bien. Fernando VII había sido repuesto en el

204
La etapa bolivariana fue definitivamente el momento más dramático de la guerra por la independencia.
El Perú, ya desgastado económicamente, tuvo que seguir financiando esta empresa. Los cupos o
contribuciones de guerra exigidos por ambos bandos, ya sea en dinero o en “productos” (alimentos, joyas,
esclavos), aumentaron a niveles intolerables. Quizá un aspecto que destacar en Bolívar sea su apreciación
realista de la guerra con España. A diferencia de San Martín, él no vino al Perú con esa actitud romántica
de tratar de convencer o ganar una “guerra de opinión”. No rehuyó el combate y desde el comienzo se
preparó para la batalla final. Por ello, fue polémico y ocasionó reacciones encontradas. Parte de esto se
podría comprender teniendo en cuenta que Bolívar venía de una realidad muy distinta a la del Perú.
Venezuela no era tan compleja como el Perú. Por otro lado, su estilo intenso y avasallador contrastaban
con el temperamento de los peruanos, más reservado y poco comunicativo.

179
trono español como monarca absoluto. El liberalismo peninsular había sido derrotado.

La Serna, Canterac y Valdéz eran militares liberales y constitucionalistas; Pedro Antonio

de Olañeta, un militar aficionado, era absolutista y decidió abandonar a La Serna. Acusó

al virrey de intruso, se retiró al Alto Perú, se proclamó virrey y empezó a gobernar

desde allí en nombre del Rey y de la religión católica. La Serna envió a Valdéz quien no

pudo someter al general rebelde.

Mientras tanto Bolívar, ahora nombrado Dictador por el Congreso, reorganizaba

su ejército. Se rodeó de eficaces colaboradores peruanos como José Faustino Sánchez

Carrión (su secretario general), Manuel Lorenzo de Vidaurre, Hipólito Unanue y José

María de Pando; Bernardo de Monteagudo, el antiguo colaborador de San Martín,

también estuvo en el círculo íntimo del Libertador. En abril de 1824 Bolívar había

organizado un ejército bien disciplinado de unos ocho mil hombres. En mayo se dirigió

con él a la sierra central para seguir concentrando fuerzas.

En julio su ejército estaba conformado por seis mil colombianos y tres mil

peruanos con quienes se enfrentó a los realistas el 6 de agosto en la batalla de Junín. Los

realistas estaban al mando de Canterac. Los dos ejércitos acusaron el mal de altura. No

hubo un solo disparo pues la infantería no había sido envuelta y la artillería se

encontraba muy lejos. Se enfrentaron sólo las caballerías. Fue una batalla de sables,

bayonetas y lanzas. El triunfo parecía sonreírle a los realistas cuando Bolívar ordenó la

retirada. Pero el mayor Rázuri hizo ingresar al batallón de los Húsares, al mando de

Isidoro Suárez, que cambió el giro de la contienda.

Por fin había un triunfo claro de los patriotas. Canterac tuvo que retirarse al

Cuzco y Bolívar viajó a Lima. Sucre quedaba al frente del ejército patriota. Desde la

capital, Bolívar iniciaba un gobierno civil, reformaba algunas instituciones y abolía

otras como la mita, al tiempo que establecía un sistema escolar siguiendo el modelo

180
inglés. Tras la derrota, el virrey La Serna reaccionó pronto. No podía permitir que los

patriotas dominaran la sierra, el tradicional fortín realista. Hacia finales de noviembre

los realistas salieron del Cuzco con todas sus fuerzas, unos nueve mil hombres, en su

mayoría peruanos. Solo faltaba el rebelde Olañeta.

La batalla final se llevó a cabo a mitad de camino, en Ayacucho, el 9 de

diciembre. La táctica de Sucre en la Pampa de la Quinua y la falta de moral de los

realistas determinaron el triunfo final de los patriotas. Fue un encuentro dramático pues

había peruanos en ambos bandos. Sucre aseguró que tuvo sólo 300 bajas, mientras que

los españoles tuvieron 1.600 muertos. La Serna fue capturado y Canterac ofreció una

rendición sin condiciones. Esa misma noche se firmó la Capitulación de Ayacucho. La

Monarquía española reconocía la independencia del Perú a cambio de un pago, la

“famosa deuda de la independencia”, una especie de indemnización de guerra. En el

documento, además, los patriotas permitieron a los realistas la opción de quedarse en el

Perú transformados en ciudadanos de la nueva nación respetándose sus propiedades, o

embarcarse a España. La mayor parte de los oficiales realistas prefirió el regreso a la

Península soportando allá la penosa situación de vivir hasta su muerte con el estigma de

ser llamados los “ayacuchos”, es decir, los derrotados. La Capitulación fue firmada por

Sucre y por el realista Carratalá.205


205
En 1971, cuando se conmemoraban los 150 años de la independencia nacional, Heraclio Bonilla y
Karen Spalding sostuvieron que la independencia fue traída desde fuera y concedida, o impuesta, antes
que ganada por los peruanos (La independencia en el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1971).
Ellos cuestionaron el rol de los criollos y sostuvieron que la ruptura con España fue consecuencia de la
crisis general del sistema colonial español y, además, importada por los ejércitos de San Martín y Bolívar,
fundando una sociedad aparentemente nueva pero en la que se prolongaron las estructuras del mundo
colonial. Consideraron incuestionable que las razones que trajeron a los ejércitos del Sur y del Norte
obedecieron a la necesidad de garantizar la independencia de los nuevos estadios sudamericanos. Para
Bonilla, el levantamiento de Túpac Amaru II fue la razón o el pretexto para continuar siendo colonia. En
otras palabras: lo que Túpac Amaru hizo, probablemente sin querer, fue despertar un miedo muy grande
entre la elite blanca sobre los tremendos riesgos en que podía incurrir si tuviera la osadía de separarse de
España y, por consiguiente, verse en la circunstancia de tener que enfrentar sola a una movilización
popular similar a la de 1780. En suma, Túpac Amaru no fue “precursor” de la independencia; por lo
menos no la de 1821. Esta polémica postura pretendía criticar una supuesta visión “tradicional” o
“nacionalista” de la independencia que se habría formado desde el siglo XIX: ante todo una aventura del
espíritu en la que los peruanos de diversos grupos sociales y de distintas opciones políticas fueron
descubriendo la existencia del Perú como “nación” (desde los intelectuales criollos del Mercurio
Peruano) hasta llegar a la necesidad inevitable de romper con España, en 1820, cuando San Martín

181
Luego del triunfo en Ayacucho, Bolívar confió a Sucre la liberación del Alto

Perú. Había dos temas pendientes en la futura Bolivia. Uno era la presencia de Olañeta

y el otro era decidir el futuro político de la antigua Audiencia de Charcas. Tras salir del

Cuzco, Sucre cruzó el Desaguadero y entró cuidadosamente por territorio altoperuano.

Esto provocó la deserción masiva de los colaboradores de Olañeta. Finalmente, el

“virrey” rebelde fue vencido en Tumusla. Luego, Sucre reunió una asamblea de

altoperuanos en la Universidad San Francisco Xavier en la ciudad de Chuquisaca (hoy

Sucre) que decidió la independencia del Alto Perú. Se llamaría Bolivia en el futuro.

Un grupo de fidelistas siguió resistiendo en el Real Felipe (Callao). Allí el

general Rodil había aglutinado no sólo españoles sino algunos aristócratas peruanos que

no asimilaban aún la idea de la independencia. Muchos de ellos, incluido Torre Tagle,

murieron víctimas de una epidemia de escorbuto. Pero la resistencia no podía

prolongarse más. El 22 de enero de 1826, Rodil capituló cuando se convenció de que no

iba a recibir ningún refuerzo de la Monarquía española. A diferencia de los

“ayacuchos”, Rodil y sus refugiados fueron recibidos en la Península como héroes.

Mientras tanto Bolívar, en Lima, se esforzaba por darle al Perú un marco

institucional. Ahora, en 1826, su popularidad había aumentado algo en comparación a

desembarcó en Paracas. Por ello, en esta visión se ponía mucho énfasis en el papel de los “precursores”
(como Juan Pablo Viscardo y Guzmán o Hipólito Unanue) y de las distintas rebeliones que “anticiparon”
la independencia (como las de Túpac Amaru o Mateo Pumacahua). El director de la Academia Nacional
de la Historia, José Agustín de la Puente Candamo, es el quien encabezaría esta tendencia (La
independencia del Perú. Madrid: Mapfre, 1992). Esta tesis habría tenido el éxito de propalarse no sólo en
los libros de historia sino también en los textos escolares y confundirse con la retórica patriota. Lejos de
polémicas, es evidente que sin el contexto militar de San Martín y, especialmente, de Bolívar, la
independencia no hubiera sido posible. El Perú era el bastión de los realistas y los que habían optado por
el separatismo no contaban con el poder militar suficiente para derrotar a los ejércitos del virrey. De otro
lado, sí existió sentimiento patriótico, si por esto entendemos el apego al territorio y la convicción de que
debía seguir su destino al margen de España. Lo que pasa es que ese patriotismo fue canalizado de
distintos modos por cada grupo de la sociedad. Para los criollos, significaba liberarse de los peninsulares
y tomar las riendas del nuevo estado. Para los mestizos, implicaba enrolarse al ejército libertador y escalar
posiciones, algo que no hubieran podido soñar al interior del ejército realista. Gamarra, Castilla o Santa
Cruz, todos mestizos, se valieron de su participación en Ayacucho para luego incursionar en la política y
llegar a la presidencia. Por su lado, para los indios y los negros, la nueva república les abría posibilidades.
A los primeros les significaba la abolición del tributo, y a los segundos liberarse de la esclavitud. Lo
cierto es que para muchos sectores medios y bajos de la población, los nuevos tiempos podían augurarles
mejores canales de ascenso social.

182
1823. Pero seguía insistiendo en su proyecto de confederar los países andinos y, en ese

proyecto, el Perú no podía quedar excluido. En eso estaba cuando recibió noticias de

que los desórdenes habían aumentado en la Gran Colombia. Tuvo que dejar el Perú el

23 de septiembre de 1826 a bordo del bergantín “Congreso”. Antes de partir nombró un

Consejo de Gobierno presidido por Andrés de Santa Cruz. Cuando ya no estaba el

Libertador, se juró, en Lima, en diciembre de 1826, la Constitución Vitalicia. Sin

embargo, pronto los liberales se alzaron contra ella. Sus líderes eran Luna Pizarro y

Vidaurre quienes llamaron a los limeños a un Cabildo Abierto para liquidar el proyecto

bolivariano. La sesión se celebró el 27 de enero de 1827 quedando allí abolida la

Constitución de Bolívar volviéndose a la Constitución de 1823. Todos entendieron que

el régimen bolivariano había terminado.

El 18 de mayo de 1826, el Congreso del Perú reconoció a la República de

Bolivia como “una nación libre, independiente y soberana”. El general Bolívar escribió

al general Sucre, el 25 de mayo siguiente, dándole la noticia y felicitando por ello a “su

hija, a la tierra querida de su corazón”. Se había cerrado la opción de incorporación de

las provincias del Alto Perú a la República Peruana. Al proclamarse la independencia, el

Perú debía definir el territorio que por derecho propio debía poseer. Los principios para

establecer ese derecho fueron: el uti possidetis, la libre determinación de los pueblos y,

eventualmente, la acción descubridora y civilizadora. Por el principio de uti possidetis,

el nuevo Estado peruano debía ocupar el territorio del antiguo Virreinato peruano y éste

incluía Maynas (devuelto al Perú por la Real Cédula de 1802); Tumbes y Guayaquil

(que se reincorporaron al Virreinato por la Real Cédula de 1803); la intendencia de Puno

(reincorporada en 1796); y el Alto Perú (reincorporado por el virrey Abascal hacia 1810

debido a las revueltas de Chuquisaca y la Paz).206

206
Juan Miguel Bákula, Perú, entre la realidad y la utopía: 180 años de política exterior. Lima-México,
Fondo de Cultura Económica, 2002, 2 vols.

183
Pero algunos de estos territorios tendrían destinos diferentes. La victoria patriota

de Pichincha (1822) puso en juego el futuro de Guayaquil que antes había apoyado la

independencia del Perú. Incluso envió una representación al Primer Congreso Peruano

evidenciando su voluntad autónoma y libre de decidir su destino (su diputado fue el

poeta José Joaquín Olmedo). Sin embargo, Bolívar, interesado en dotar de un puerto a

Quito, decidió, sin consulta popular alguna, anexar Guayaquil a la Gran Colombia. Fue

en ese contexto que San Martín llegó a dicho puerto a entrevistarse con el Libertador en

julio de 1822. El hecho estaba consumado y el Perú nunca tuvo en los años posteriores

una política para reivindicar Guayaquil; se terminó aceptando el principio de “libre

determinación” como si éste hubiera funcionado realmente.

Caso contrario ocurrió con la provincia de Jaén de Bracamoros. Había

pertenecido al Perú hasta 1739 año en que fue incorporada al virreinato de Nueva

Granada. Sin embargo, al aproximarse los tiempos independentistas, sus habitantes,

actuando con absoluta libertad, decidieron proclamar su independencia en 1820 junto a

Trujillo, Lambayeque, Piura y Tumbes. Fue un caso típico de “libre determinación” y,

desde entonces, nunca Jaén dejó de pertenecer al Perú.

El destino del Alto Perú se tornó aún más complejo. Como se ha visto, luego de

la victoria de Ayacucho el general Sucre entró en Chuquisaca y reunió una asamblea en

el antiguo local de la universidad San Francisco Xavier en la cual 40 altoperuanos

decidieron declarar su independencia respecto al Perú; esto ocurría el 6 de agosto de

1825. Tras esta histórica decisión, llegaba Bolívar quien no opuso resistencia a la

creación de una nueva república que llevara su nombre: Bolivia.

De esta forma se fraccionaba el Perú en dos a través de una maniobra

divisionista e interesada de Bolívar y Sucre. La idea era restarle peso político, territorial

y económico al antiguo Perú (los dos Perús, el Alto y el Bajo) en favor de la Gran

184
Colombia para que ésta tuviera supremacía en la futura Federación de los Andes. Para

algunos, Bolívar recogió los sentimientos regionalistas y autónomos que los

altoperuanos habían desarrollado desde 1776. Para otros, su inesperado nacimiento

como República fue una suprema contradicción frente al ideal unitario del Libertador.

La geografía también estaba en su contra: pocas zonas del continente quedaron tan

aisladas del mundo externo como Bolivia. Su acceso al Pacífico a través del puerto de

Cobija era prácticamente imposible debido a la presencia del desierto de Atacama; hacia

el Atlántico, la antigua ruta comercial que llegaba hasta Buenos Aires estaba casi

abandonada. Finalmente, el nuevo estado peruano quedó organizado sobre la base del

antiguo territorio del virreinato del Perú que comprendía las audiencias de Lima y

Cuzco. Posteriormente Bolívar, en 1825, estableció de forma definitiva la demarcación

interna con siete departamentos: La Libertad (ex-intendencia de Trujillo), Junín (ex-

intendencia de Tarma), Lima, Ayacucho (uniendo las antiguas intendencias de

Huancavelica y Huamanga), Puno, Cuzco y Arequipa.

22. La vía posibilista de la independencia de un Estado-nación

boliviano.

La rebelión del general Pedro Antonio de Olañeta y los triunfos obtenidos por

las tropas mandadas por el general Antonio José de Sucre en los campos de Junín y

Ayacucho (9 de diciembre de 1824) van a conseguir que la independencia estuviera más

cercana. Lentamente, el ejército de Olañeta se fue disolviendo, mientras Sucre avanzaba

hasta La Paz, a donde llegó el 7 de febrero de 1825. La presencia de las tropas

colombianas en el Alto Perú y el prestigio personal de Bolívar y Sucre entre sus gentes

abría muchas posibilidades de poder conseguirlo. Un poco más de un mes después de

185
Ayacucho, Bolívar le expresó a Sucre sus inquietudes en una carta 207 que le envió con

Mr. Prevost, “agente secreto de los Estados Unidos”: como la Santa Alianza trataba de

favorecer al emperador del Brasil con tropas “para subyugar la América española”,

empezando sus acciones por Buenos Aires, y como los españoles del Perú estaban en

inteligencia con el emperador del Brasil, había que desconfiar “absolutamente” de

Olañeta y obligarlo a disolver su .ejército y “entregar al pueblo el ejercicio de su

soberanía”. La función del ejército colombiano era la de arreglar “de un modo

satisfactorio los negocios del Alto Perú” y luego embarcarse de regreso a sus tierras,

dejando fundados “tres grandes estados” y acumulando una gloria similar a la de los

“héroes del mundo antiguo”. Por lo pronto, había que conservar las rentas que tenía el

Estado español y abrir los puertos de Quilca y Arica, uno para el Alto Perú y otro para el

Cuzco, ambos “indispensables para el bien del comercio y del estado”.

En carta a Santander, Bolívar resumió todas las opciones políticas del Alto Perú:

Pertenece de derecho al Río de la Plata, de hecho a España, de voluntad a la


independencia de sus hijos que quieren su estado aparte, y de pretensión pertenece
al Perú que lo ha poseído antes y lo quiere ahora”. 208

Tal como estaban las cosas, entregar estas provincias al Río de la Plata sería

entregarlas “al gobierno de la anarquía y dar de sentir a los habitantes”. Entregarlas al

Perú sería “una violación del derecho público que hemos establecido”. Pero formar una

nueva república, “como los habitantes lo desean”, sería una gran innovación política “de

que yo no me quiero encargar y que sólo pertenece a una asamblea de americanos”.

Por su parte, Sucre era informado permanentemente por Casimiro Olañeta sobre

“el estado de las provincias del Alto Perú” y las dos opciones con mayor viabilidad:

quedarse independientes o agregadas al Perú, “porque el voto de los hombres de juicio


207
Carta de Bolívar al general Antonio José de Sucre. Lima, 20 de enero de 1825. En: Vicente Lecuna
(comp.), Documentos referentes a la creación de Bolivia. Caracas, Litografía del Comercio, 1924. Tomo
I, p. 86-87.
208
Carta de Bolívar al general Francisco de Paula Santander. Lima, 18 de febrero de 1825. En Vicente
Lecuna (comp.), Documentos referentes a la creación de Bolivia… Op. Cit., Tomo I, p. 101.

186
está por pertenecer al Perú, en cuyo caso quieren la capital en Cuzco, o más cerca de

ellos”. El 9 de febrero de 1825 y ya en La Paz, Sucre tomó una decisión política que

abrió el camino al nuevo ser político: convocó a una “asamblea de diputados de los

pueblos” de las provincias del Alto Perú, que debería instalarse el 29 de abril siguiente,

para “deliberar sobre los destinos de ellas, y sobre su régimen provisorio de gobierno”.

Este decreto asumió que la ausencia de un gobierno general de las provincias del

antiguo virreinato de Buenos Aires cerraba la posibilidad de una reunión con ellas y

estableció el principio de que “no corresponde al ejército libertador intervenir en los

negocios domésticos de estos pueblos”.

En su opinión liberal, el “arreglo satisfactorio de los negocios del Alto Perú” a

que se comprometió Bolívar sería el resultado “de la deliberación de las mismas

provincias”, y de un convenio posterior entre los congresos del Perú y del Río de la

Plata. El ejército libertador no tendría más incumbencia que la liberación de este país,

dejándole al pueblo “su soberanía” y dando así un “testimonio de justicia, de

generosidad y de nuestros principios (liberales)”. 209 Pensaba que este decreto salvaba la

“difícil posición del ejército libertador respecto de los mismos pueblos” con una

posición liberal de principios: “respetar las resoluciones de esta asamblea, con tal de que

ella conserve el orden, la unión y la concentración del poder para evitar a los pueblos la

anarquía”.

Pero al espíritu avizor de Bolívar no podía escapar el impacto político del

decreto de Sucre: esta convocatoria a las provincias del Alto Perú era, por sí misma, “un

acto de soberanía”. Llamarlas a ejercer su soberanía en asamblea era, de hecho, una

separación de las demás provincias del antiguo virreinato del Río de la Plata. Y con ello

209
Decreto de Antonio José de Sucre, general en jefe del Ejército Libertador. La Paz, 9 de febrero de
1825. En: Vicente Lecuna (comp.). Documentos referentes a la creación de Bolivia… Op. Cit., Tomo I, p.
94-96.

187
se fundaba un grave problema político: la violación del principio de derecho

internacional llamado uti possidis iuris, con consecuencias imprevisibles:

Ni usted, ni yo, ni el congreso mismo del Perú, ni el de Colombia, podemos


romper y violar la base del derecho público que tenemos reconocido en
América. Esta base es que los gobiernos republicanos se fundan entre los límites
de los antiguos virreinatos, capitanías generales o presidencias, como la de
Chile”.210

Aunque Chile había sido dependencia del virreinato del Perú, se separó algunos

años antes de la revolución. Pero éste no era el caso de las provincias de Charcas

respecto del virreinato del Río de la Plata, como tampoco la de Quito respecto del

virreinato de Santa Fe. En consecuencia, estas dos presidencias “no han podido ser

independientes de sus antiguos virreinatos”. Podrían serlo, “en justicia”, pero solamente

por un convenio entre partes, o por el resultado de alguna guerra o de un congreso que

terminase en algún tratado. En consecuencia, su decreto sería desaprobado no sólo por

el Río de la Plata y el Perú, sino también por Colombia, dado que con él se rompían “los

derechos que tenemos a la presidencia de Quito, por antiguos límites del antiguo

virreinato”. En este caso Buenos Aires tenía a su favor “mucha justicia”, y al Perú no le

sería agradable “que con sus tropas se haga una operación política, sin consultarle

siquiera”.

En sus Apuntamientos, el general Tomás Heres dio muestras de su comprensión

del dilema que la creación del Estado boliviano provocó en el libertador: de una parte,

esta creación era una “infracción del principio del uti posidetis antes de la revolución

que la América toda había reconocido y proclamado”, lo cual daba a Buenos Aires un

motivo de queja y “un mal ejemplo a los pueblos”. Pero del otro lado, si no convenía a

esta nueva formación republicana “creaba un gran resentimiento contra él en las

provincias del Alto Perú, pronunciadas decididamente por la separación de Buenos

210
Carta de Bolívar a Sucre. Lima, 21 febrero 1825. En Vicente Lecuna (comp.), Documentos referentes a
la creación de Bolivia… Op. Cit. Tomo I, p. 106.

188
Aires, debilitaba el entusiasmo que tenían por él y daba, por último, a Buenos Aires un

poder que de hecho había perdido y que ya tenía motivos para creer que sería perjudicial

a la América y a él mismo”.211

La actuación de Sucre le resultaba a Bolívar contradictoria: mientras predicaba

la moderación y se disculpaba por ejercer de hecho el mando de un país ocupado por sus

tropas, había decidido por sí mismo “una operación que es legislativa”. Sencillamente,

debió haberse limitado a ocupar militarmente el país y a esperar órdenes del gobierno, o

del Congreso del Perú, para que la suerte del Alto Perú se decidiera “de un modo legal y

legítimo”. Acongojado por la reprimenda, Sucre solamente pudo retrasar con excusas la

instalación de la asamblea de las provincias del Alto Perú, pues los charqueños no

estaban dispuestos a dejar pasar la oportunidad de ejercer una soberanía que les había

dado el mariscal de Ayacucho. Las cartas del coronel Francisco López desde

Chuquisaca (Plata Libre, febrero de 1825), nombrado gobernador interino por esta

municipalidad, no dejaban lugar a dudas cuando encabezaba sus despachos con la

expresión “Gobierno de la Patria”. Felizmente para esta opción, la posición de Buenos

Aires les allanó el camino. Y Bolívar tuvo que convencer al Congreso peruano de

reconocer la existencia del nuevo Estado-nación que surgía, como en efecto sucedió el

18 de mayo de 1826, una semana antes de la instalación del Congreso Constituyente de

Bolivia.

El 6 de agosto de 1825 se instaló la Asamblea deliberante de las provincias del

Alto Perú. Todos los diputados de “la representación soberana” procedieron a firmar el

Acta de Independencia y a jurar su “voluntad irrevocable de gobernarse por sí mismos y

ser regidos por la constitución, leyes y autoridades que ellos propios se diesen y

211
De los apuntamientos del general Heres, 1825. En Vicente Lecuna (comp.) Documentos referentes a la
creación de Bolivia… Op. Cit., Tomo II, p.372.

189
creyesen más conducentes a su futura felicidad en clase de nación”.212 El 10 de agosto

siguiente, el presidente de la Asamblea comunicó al general Sucre el pronunciamiento

sobre el destino elegido por unanimidad: “no asociarse a la República Argentina, ni

Bajo Peruana, sino erigirse en un estado soberano e independiente de toda otra nación,

tanto del antiguo como del nuevo mundo”.213 Ese nuevo estado se denominaría

República Bolívar y su capital se llamaría Sucre. Todos los que hubieran combatido por

la libertad en Junín o Ayacucho se reputarían “naturales y ciudadanos de la República

Bolívar”.

Complacido con estas decisiones, Bolívar le comunicó a Santander su

disposición a defender “este hijo precioso de mi gloria y de Colombia”. La Asamblea se

ocupó luego de definir la forma del gobierno (representativo, republicano y

centralizado), con división tripartita del poder público, la bandera y el escudo nacional.

El 20 de agosto solicitó al Libertador el proyecto de constitución para proceder a

debatirlo. El 6 de octubre se disolvió, y Bolívar expidió entonces el Reglamento

provisional para las elecciones de diputados al Congreso Constituyente de la República

Boliviana (26 de noviembre de 1825). El primero de enero de 1826, al marchar hacia el

Congreso del Perú, Bolívar prometió gestionar allí el reconocimiento de Bolivia como

nación independiente, redactar la constitución “más liberal del mundo”, proponer unas

leyes orgánicas que fuesen “dignas de las más completa civilización” y situar al general

Antonio José de Sucre como cabeza de todos los negocios públicos. Adicionalmente,

prometió que el día 25 de mayo de 1826, en el que se instalaría el Congreso

Constituyente, sería “el día en que Bolivia sea”.214

212
Acta de la independencia de las provincias del Alto Perú, 6 de agosto de 1825. En: Vicente Lecuna
(comp.). Documentos referentes a la creación de Bolivia… Op. Cit., Tomo I, p. 292-297.
213
Comunicación de José María Serrano y los dos diputados secretarios al mariscal de Ayacucho.
Chuquisaca, 10 de agosto de 1825. En Vicente Lecuna (comp.), Documentos referentes a la creación de
Bolivia… Op. Cit., Tomo I, p. 302.
214
Proclama dirigida por el Libertador a los habitantes de Bolivia. Chuquisaca, 1º de enero de 1826. En El
Cóndor de Bolivia. Nº 6 (5 enero 1826), p. 3.

190
El 25 de mayo de 1826 se instaló en Chuquisaca el Congreso Constituyente de

Bolivia. El mariscal Sucre dio cuenta del primer año de su Administración y le

“devolvió al pueblo” la autoridad de que tanto él, como el general Bolívar, habían sido

investidos por la situación política, por la voluntad de la asamblea general, y la del Perú.

Dijo entonces que la República Bolivariana era la última en ingresar a la representación

de los estados americanos, pero lo hacía “bajo los auspicios de la libertad, de la paz y de

la victoria”. Por ello, cabía esperar de ella que se convirtiese en “el paraíso de la

libertad”.

El presidente del Congreso, Casimiro Olañeta, contestó asegurándole al general

Sucre que “el voto general y unánime de Bolivia es por vuestra eterna permanencia

entre nosotros”. En efecto, el Congreso le comisionó el mando supremo del poder

ejecutivo de la República y éste se posesionó el 28 de mayo siguiente como primer

presidente constitucional. El Congreso comenzó entonces a legislar sobre intendentes y

comisarios de policía, contribución directa, y a estudiar en comisión el proyecto

constitucional entregado por Bolívar.

En la presentación del proyecto de carta constitucional que había redactado, el

general Bolívar expuso al Congreso Constituyente de Bolivia las grandes líneas de su

texto: cuatro poderes (ejecutivo, legislativo, judicial, electoral) y su propuesta de un

presidente vitalicio, facultado para elegir a su sucesor, tomada de la experiencia de Haití

–“la república más democrática del mundo”– y presentada como “la inspiración más

sublime en el orden republicano”:

El presidente de la República viene a ser en nuestra constitución como el sol que,


firme en su centro, da vida al universo. Esta suprema autoridad debe ser perpetua,
porque en los sistemas sin jerarquías se necesita, más que en otros, un punto fijo
alrededor del cual giren los magistrados y los ciudadanos, los hombres y las
cosas… Para Bolivia, este punto fijo es el presidente vitalicio. En él estriba todo
nuestro orden, sin tener por esto acción. Se le ha cortado la cabeza para que nadie
tema sus intenciones, y se le han ligado las manos para que a nadie dañe 215.
215
Discurso de S. E. El Libertador al Congreso Constituyente de Bolivia. Lima, 25 de mayo de 1826. En:
Suplemento al Cóndor de Bolivia Nº 32 (6 julio 1826). También en Suplemento a la Gaceta de Colombia.

191
Saliendo al paso de las críticas de esta propuesta, el general Bolívar advirtió que

las limitaciones constitucionales que pesaban sobre el presidente de Bolivia eran “las

más estrechas que se conocen”, pues apenas podía nombrar los empleados de hacienda,

paz y guerra, y mandar el ejército. Todo el resto de administración pertenecía al

ministerio, responsable ante los censores y sujeto a la vigilancia de los legisladores,

magistrados, jueces y ciudadanos.

El 6 de noviembre fue aprobada por el Congreso la primera carta constitucional

de la República Boliviana, cristalizando definitivamente una de las posibilidades del ser

político de las provincias del Alto Perú que habían sido planteadas en el complejo

escenario político desde 1808. Había nacido la nación boliviana como una “reunión de

todos los bolivianos”, con el territorio que había pertenecido a los departamentos de

Potosí, Chuquisaca, La Paz, Santa Cruz, Cochabamba y Oruro. El gobierno fue definido

como popular representativo y el poder supremo se dividió en cuatro secciones:

Electoral, Legislativa, Ejecutiva y Judicial.

El periódico El Cóndor de Bolivia presentó, en la entrega 58 (11 enero de 1827),

un balance de “los bienes del año de 1826”: la Constitución, el establecimiento de los

colegios de ciencias de Potosí, La Paz y Cochabamba; la escuela militar, el ejército

permanente, las escuelas de primeras letras, los asilos de mendigos, el decreto sobre

cementerios, la adquisición del puerto de Arica, la disminución de los conventos y el

decreto de amnistía del 24 de mayo. Pero había faltado remediar los problemas del

abastecimiento de azogue a la minería de Potosí, un plan de arreglo de caminos y haber

establecido asilos de huérfanos.

Hasta ahora hemos hablado descuidadamente de colombianos, argentinos y

peruanos. Pero hemos olvidado que estos nombres corresponden a los gentilicios de las

Nº 252 (13 agosto 1826).

192
nuevas naciones que se constituyeron entre 1821 y 1826. Esto no significa que esas

nacionalidades hubiesen sido la autoconciencia efectiva de los actores de nuestra

historia. Si hemos de hablar con rigor, se necesitaban algunas generaciones para que

esas naciones aparecieran nítidamente como imagen –“identidad”– en la autoconciencia

de las personas, resultado de las acciones de la educación, las legislaturas, los rituales

patrios y, en fin, del proceso de construcción de las naciones mediante el doble proceso

de integración social de las provincias constituyentes y de los estamentos del Antiguo

Régimen.

Un ejemplo puede hacernos llamar la atención sobre este tema: cuando el

capitán C. Escalona, del ejército de Colombia, replicó en una carta al coronel Juan

Lavalle, del ejército argentino, no lo hizo como colombiano sino como “llanero”. Éste

no se refirió a su contrincante cono “argentino”, sino como “gaucho”. Al proponerse

“dar de palos” al coronel gaucho, el capitán Escalona dijo que lo hacía porque aquél no

se había expresado “con el debido respeto por los llaneros”. En efecto, el capitán

Escalona consideraba que su tierra natal era “el Llano, donde la gente no es tan

civilizada”, y no Colombia (o Venezuela). En su opinión, había una manera de hacer la

guerra libertadora “a lo gaucho” y otra manera “a lo llanero”, caracterizada esta última

porque los oficiales hacían fusilar a los traidores mientras en la primera “el amor al

dinero ha sustituido en su corazón al amor a la gloria”. Como buen llanero, Escalona

anunciaba palos a “todo bicho que lo ha merecido” y se expresaba con un agudo sentido

del humor criollo: “lo he visto en los bailes de Lima con unas tamañazas espuelas a lo

gaucho, rompiendo el traje a las señoritas, y yo le pongo a mi caballo en el freno una

porción de chucherías y zarandajas, a la llanera. De modo que hablando imparcialmente,

vuestra señoría, mi caballo y yo hacemos una comparación exacta. Así pues, la cuestión

193
entre un llanero y un gaucho, escribiendo, será cosa divertida para los que entienden de

papeles”.216

Una nación es el resultado de un largo proceso de integración social, de marchas

y contramarchas, de construcción de una imagen nacional, en fin, un proceso típico de

la modernidad. Un par de años era muy poco para que las identidades llamadas

colombiana, argentina y boliviana fuesen algo real en las autoconciencias de las

personas. Sin embargo, la guerra libertadora fue capaz de crear algunas identidades

fuertes, quizás por la camaradería de los soldados.

23. Los estragos de la Carta de Bolivia en la Nueva Granada

El 25 de septiembre de 1828, un pequeño grupo de militares insurrectos tomó el

palacio presidencial de Bogotá e intentó asesinar al general Simón Bolívar. La

justificación de los golpistas se remitía al quebrantamiento del orden constitucional de

Colombia a causa del establecimiento de un gobierno dictatorial. De este deplorable

acontecimiento, tanto el Libertador como la República que había creado salieron muy

mal librados. El uno deslegitimado en lo político y quebrantado en lo moral. La otra,

condenada sin remedio a la disolución.

El atentado de “la nefanda noche septembrina” –como se la conoce en la

historiografía oficial colombiana– cerró el ciclo de infortunios que se había iniciado tres

años antes, cuando por primera vez se planteó la necesidad de modificar, un lustro antes

de establecido por la constitución, el régimen político de Colombia. 217 En los orígenes

216
Capitán C. Escalona. Carta de un capitán llanero al coronel gaucho don Juan Lavalle, en Buenos Aires.
En El Cóndor de Bolivia. Nº 36 Anexo (10 agosto 1826); p. 1.
217
La Constitución de Colombia, expedida por el Congreso constituyente de 1821, estableció que ésta
sólo podría ser revisada después de transcurrido un decenio.

194
de esta premura revisionista se entrelazaron las intrigas y las ambiciones más

mezquinas.218

Concluido el glorioso periodo de las guerras de independencia con la liberación

de Charcas, Bolívar alcanzó el cenit de su gloria y su proyecto de construcción de una

confederación de repúblicas suramericanas parecía estar al alcance de su mano. El

Congreso Constituyente de la República de Bolivia le encargó la redacción de la

constitución del nuevo estado soberano que nació en la jurisdicción de la Real

Audiencia de Charcas, al mismo tiempo que una delegación del gobierno de Caracas se

desplazaba a Lima para proponerle la instauración de la monarquía en Colombia,

elevándolo a él a la dignidad de emperador.219

El general Bolívar aceptó honrado la primera proposición, pero desdeñó la

segunda. No obstante, tuvo la mala fortuna de comisionar a la delegación caraqueña

para que procurase ambientar a su regreso su proyecto de Constitución para Bolivia, el

que juzgaba el más adecuado para garantizar la unidad y fortaleza de Colombia,

haciendo caso omiso de lo estipulado por la Constitución de 1821.220 Interesados por

218
En marzo de 1825 el historiador y ministro José Manuel Restrepo anotó en su diario el inicio de
“movimientos revolucionarios” en Venezuela, motivados, en su criterio, por la animadversión de los
diputados venezolanos contra el general Santander, jefe del poder ejecutivo; el deseo de los caraqueños de
establecer el sistema federal; y las desavenencias entre el general Páez con el intendente, general
Escalona. J. M. Restrepo, Diario Político Militar. Tomo I, 1819-1828, Biblioteca de la Presidencia de
Colombia, Bogotá, 1954, p. 269.
219
La propuesta de entronizar a Bolívar como “Emperador de América” fue agenciada en Caracas por el
general José Antonio Páez y encomendada a Antonio Leocadio Guzmán, quien viajó a Lima a comienzos
de 1826 a ofrecer el trono de Colombia a su Libertador, y aunque éste se negó a aceptarlo, aprovechó la
ocasión para encomendar al mismo Guzmán la tarea de preparar el ambiente a favor de la Constitución
boliviana, a lo largo del camino en su viaje de regreso a Caracas. En su carta de respuesta a Páez, fechada
en Lima el 6 de marzo, Bolívar rechazó la propuesta imperial subrayando las particularidades
colombianas y anotándole con énfasis: “Ni Colombia es Francia, ni yo Napoleón”. A cambio de ello le
anunciaba: “Yo enviaré a usted un proyecto de constitución que he formado para la República boliviana;
en él se encuentran reunidas todas las garantías de permanencia y libertad, de igualdad y de orden. Si
usted y sus amigos quisiesen apoyar este proyecto, sería muy conveniente que se escribiese sobre él y se
recomendase a la opinión del pueblo.” Joaquín Posada Gutiérrez, Memorias Histórico-Políticas, Imprenta
Nacional, Bogotá, 1929, T. I, pp. 18-20.
220
Según el general Mosquera el Libertador tenía la idea de que la Constitución boliviana habría de
convertirse en el ideal de la “República modelo”, y que conforme a ella se deberían reformar las
Constituciones de todas las repúblicas que formarían parte de su soñada “Gran Confederación
Americana”. Tomás Cipriano de Mosquera, Memoria sobre la vida del General Simón Bolívar
Libertador de Colombia, Perú y Bolivia, Biblioteca de la Presidencia de Colombia, Bogotá, 1954, p. 503.

195
distintas razones en desestabilizar el gobierno central de la República, los insidiosos

comisionados iniciaron su labor a mediados de 1826 en Guayaquil, siguieron luego

hacia Panamá, Cartagena y Caracas, donde estaban seguros de contar con adictos

incondicionales al proyecto de Bolívar. En cada una de estas ciudades promovieron

“juntas de padres de familia”, quienes a nombre del “pueblo”, comenzaron a su vez a

proponer la necesidad de reformar la Constitución colombiana de 1821 y, de ser posible,

la instauración inmediata de la que proponía el Libertador.

Para entonces el ambiente político colombiano se encontraba suficientemente

enrarecido por la sublevación del general Páez en marzo del mismo año. En vista del

peligroso ambiente de confusión y desconfianza que reinaba, el Libertador comisionó al

coronel Daniel Florencio O’Leary para que fuese portador de un mensaje de

conciliación a Páez, y del borrador de la Constitución Boliviana, para que fuese

conocido y considerado por los gobernantes de las provincias y departamentos

colombianos.

De esta manera, y ya fuese por una desafortunada coincidencia, o porque así lo

requerían ocultas intenciones, las primicias del proyecto de Constitución Boliviana y su

presidencia vitalicia, procedentes de Lima, circularon de manera simultánea con la

propuesta de monarquía bolivariana acuñada en Caracas. Así, siguiendo rumbos

opuestos, el uno de la mano prudente de O’Leary, y el otro en boca del agitador

Guzmán, las propuestas de presidencia vitalicia y monarquía se cruzaron por los

caminos y puertos de Venezuela, Nueva Granada y Ecuador, ocasionando una gran

agitación política.

Para el general Tomás Cipriano de Mosquera, recién designado intendente de

Guayaquil y entusiasta bolivariano, la idea de promover la monarquía de Bolívar se

había fraguado en Caracas al calor de la crisis desatada por el llamamiento a juicio de

196
Páez, y bajo el manto protector de la presidencia vitalicia propuesta por el Libertador.

Protagonista y testigo privilegiado de estos oscuros acontecimientos, Mosquera relata

cómo al estallar la crisis de Venezuela, él se encontraba en Panamá, donde fue abordado

por un grupo de oficiales venezolanos encabezados por los generales Carreño y Briceño

Méndez, quienes lo pusieron al tanto de la situación, indicándole que lo que perseguían

los insubordinados no era, como se pregonaba, promover algunas reformas al régimen

político y administrativo colombiano, sino establecer la monarquía, para lo cual había

viajado Antonio Leocadio Guzmán a Lima para obtener el beneplácito del Libertador, y

que la conspiración monárquica contaba con el apoyo, entre otros, de los generales

Montilla, en Cartagena, y Juan Paz del Castillo, en Guayaquil.221

Posesionado de su cargo, Mosquera fue víctima y testigo de los confusos sucesos

que precedieron al regreso de Bolívar a Colombia. De ellos el más destacado fue la

llegada a Guayaquil de Antonio Leocadio Guzmán acompañado por el general

Demarquet, con la misión de hacer proclamar al Libertador Jefe Supremo de la

República, por decisión de “los pueblos” de Colombia. Pese a la intención apologética

de su obra, Mosquera no tuvo más remedio que reconocer que esta dudosa conducta

política, contaba con el conocimiento y la aprobación de Bolívar. 222 En su favor sólo

atina a decir que éste fue engañado o inducido por interesados aduladores encabezados

por los generales Heres y Páez, y quienes lo habían convencido de que para cortar la

revolución de Venezuela era necesario que fuesen Guzmán y Demarquet en comisión a

Guayaquil y Quito, Panamá, Cartagena y Venezuela, “para que los pueblos le

concediesen el poder supremo, y poder mantener la unidad de Colombia y su estrecha

alianza con el Perú”.223 Pese a su aparente oposición a la violación de la Constitución de


221
Mosquera, Op. Cit., p. 506.
222
A este respecto anotó Restrepo en su diario en 8 de Octubre: “Hay bastantes datos para creer que las
actas de Guayaquil y Quito de 28 de agosto y 6 de septiembre último han sido promovidas por personas
muy adictas al Libertador, y por consiguiente parece que con sus consentimientos.” Restrepo, Diario…
Op. Cit. I, 304.
223
Mosquera, Op. Cit., p. 514.

197
1821 que ello implicaba, Mosquera aceptó el pronunciamiento de Guayaquil promovido

por los enviados de Bolívar.

El Libertador desembarcó en Guayaquil el 13 de septiembre de 1826, tras una

ausencia de casi de seis años, con la ilusión de que en Colombia hubiese sido bien

recibida su propuesta de establecer la Constitución boliviana y la presidencia vitalicia.

Sin embargo, dado que su regreso había estado precedido por las propuestas de sus

áulicos, primero de monarquía y más tarde de dictadura, el ambiente no era muy

favorable para sus intenciones.

De hecho, uno de sus más fieles e incondicionales amigos, el ministro José

Manuel Restrepo, había anotado con evidente pesimismo en su diario, unos días antes

de su llegada:

Ha remitido Bolívar su proyecto de constitución para la república de Bolivia, en


que pone un presidente vitalicio y otras disposiciones bastante nuevas. (…) En
cartas particulares dice el Libertador que juzga adaptable a Colombia esta
constitución, a lo menos en parte. El general Bolívar teme mucho la anarquía en
nuestras repúblicas y los disturbios de las elecciones; por eso establece un
presidente vitalicio y un vicepresidente propuesto al congreso por el presidente a
que ejerza en parte el poder ejecutivo y asuma la presidencia cuando muera el
presidente de la república. Este proyecto de constitución sin duda será atacado por
todos los liberales, pues tiene mucho de las monarquías. 224

Tal como lo había previsto el prudente ministro, la temprana divulgación del

deseo de Bolívar de proponer a los colombianos la sustitución de la Constitución de

Cúcuta por la boliviana, desató la más enconada oposición en Bogotá. Lastimosamente

el Libertador, en lugar de actuar con la prudencia que la delicada situación política

demandaba, no hizo sino atizar la hoguera. Desde su llegada a Guayaquil comenzó a

tomar determinaciones y a asumir actitudes que poco contribuyeron a la tranquilidad

pública. En particular, su complaciente actitud con la revuelta venezolana y su evidente

propensión a aceptar el poder dictatorial que se le ofrecía a nombre de “los pueblos” del

sur, sembró la desconfianza y enervó la creciente oposición que suscitaba su manifiesta


224
Restrepo, Diario… Op. Cit., I, 295.

198
intención de modificar la constitución vigente en procurar instaurar la presidencia

vitalicia.

Contra lo que se consideraba inminente amenaza de derogar la Constitución del

21 y sustituirla por la boliviana, se dio comienzo a una encendida controversia entre los

simpatizantes y los opositores de una y otra. Así, mientras en Caracas y Cartagena la

prensa adulaba a Bolívar considerándolo como insustituible en el mando y único garante

de la unidad de la república, en Bogotá se desarrollaba un intenso debate contra lo que

se calificaba como un flagrante atentado contra el orden constitucional establecido, y

contra la libertad de los colombianos, tan difícilmente lograda después de 19 años de

guerra.225

Quienes enconadamente se expresaron a favor de “la libertad” y la constitución

vigente, se autodenominaron liberales, en oposición a quienes ellos mismos

consideraban partidarios del “despotismo militarista” supuestamente patrocinado por

Bolívar y sus más incondicionales seguidores. Fueron voceros principales del

liberalismo neogranadino el propio vicepresidente Santander, y sus cercanos amigos y

partidarios Francisco Soto y Vicente Azuero. Éste último fundó, dirigió y en buena

medida redactó el periódico El Conductor, que comenzó a circular en 1827, y que se

constituyó en el más beligerante y lúcido oponente al proyecto bolivariano.

Cuando Bolívar llegó por fin a Bogotá, en septiembre de 1826, fue recibido con un

agresivo manifiesto cuya autoría era de Vicente Azuero y estaba firmado por un grupo

de funcionarios públicos.226 En este enjundioso documento –en el cual se estampó por

primera vez la que sería la consigna o grito de combate de los liberales neogranadinos:

225
Los argumentos a favor de Bolívar y su proyecto constitucional se expresaron a través de periódicos
como El Centinela de Cartagena y La Lira y El Reconciliador de Caracas, entre otros. Sus adversarios se
expresaron, sobre todo, a través de El Conductor y la Gaceta de Colombia, de Bogotá.
226
Exposición de los sentimientos de los funcionarios públicos, así nacionales como departamentales y
municipales, y demás habitantes de la ciudad de Bogotá, hecha para ser presentada al Libertador
Presidente de la República. Bogotá, Imprenta Bogotana, por José María Garnica, 1826. Biblioteca
Nacional de Colombia, Sala 1, Miscelánea de cuadernos, No. 7, No. 6257.

199
“¡Que Bolívar sea grande; pero que Colombia sea libre!”– se critican exacerbadamente

las actitudes “subversivas” de quienes promovieron el desconocimiento del orden

constitucional en Guayaquil, Cuenca, Quito, Panamá, Cartagena y Caracas. Y, con el

uso de una retórica efectista, se emplaza al Libertador a que no sea inferior a sus

gloriosos antecedentes, y asuma su ineludible papel de paladín de la libertad y el

ordenamiento constitucional convenido en 1821. Y en cuanto a la Constitución de

Bolivia, se le increpó con esta serie de acuciantes preguntas y punzantes comentarios:

¿Qué diremos de un nuevo proyecto que tal como se presenta, todavía no ha sido
probado por ningún pueblo del universo? ¿Que a pesar del grande ingenio con que
está organizado, inspira alarmas a la vez de los dos más temibles extremos, a saber,
de la anarquía y del despotismo, y que no ha sido bien recibido de la opinión
pública? No hablaremos del Poder Electoral y del Legislativo, en que brillan la
originalidad y los sublimes conceptos de su sabio autor; pero acaso imposibles de
plantarse, por su organización demasiado perfecta y singular de que
desgraciadamente no tenemos ninguna experiencia, ni ningún ejemplo que nos
puedan tranquilizar. Empero, ¿el Poder Ejecutivo no hace de la República
Boliviana una monarquía constitucional? Nada de más se encuentra en las
monarquías constitucionales de Inglaterra, Francia y otros Estados de la Europa.
Inviolabilidad, herencia, responsabilidad de todo el Ministerio, incluso el Primer
Ministro que en Bolivia es el Vicepresidente, facultad de nombrar todos los
empleos diplomáticos, militares y de hacienda; es decir, todos los que tienen el
principal influjo en la Administración; y la de escoger, finalmente, de la terna
propuesta por los Colegios Electorales en los demás empleos, el que deba ser
presentado para su nombramiento. El Poder Ejecutivo boliviano tiene todavía una
ventaja sobre el poder de los Monarcas de Francia y de Inglaterra: éstos no pueden
elegir el sucesor al trono; el Presidente de Bolivia nombra y destituye, cuando
quiere, su Vicepresidente. Esta sola facultad hace ilusoria la responsabilidad del
Vicepresidente; todo tiene que temerlo del Presidente; en un momento puede
despojarle de su importante empleo y de las esperanzas de sucederle en tan
inmenso poder: y de parte del pueblo, un juicio lento y revestido de formalidades
puede eludirse, o frustrarse de mil maneras. Tan grande es el inconveniente
indicado, que él sería bastante para hacer de este Gobierno una monarquía
despótica.

En general, ése sería el tono y los argumentos que de ahí en adelante se

esgrimirían por parte de los liberales de la Nueva Granada para combatir la

Constitución de Bolivia. Lastimosamente estas prudentes admoniciones le merecieron

poca atención al Libertador. Su comportamiento político, una vez regresado a Bogotá,

no hizo sino agravar las cosas. En primer lugar, su distanciamiento cada vez mayor con

el vicepresidente de la república, general Santander, y su evidente condescendencia con

200
Páez y sus seguidores, dieron lugar a una ruptura insubsanable entre quienes se

proclamaban defensores de la constitución y el gobierno legítimo y quienes clamaban

por la derogación de la Constitución de 1821 y el gobierno dictatorial de Bolívar.

A los pocos días de su llegada a Bogotá, Bolívar decidió marchar a Venezuela,

con el supuesto propósito de sofocar con las armas, si era preciso, la insurrección de

Páez. Para ello, como era su costumbre, se invistió de facultades extraordinarias y al

mando de un importante ejército marchó hacia su patria. Pero en lugar de someter a

Páez y sus seguidores al orden constitucional, estableció un régimen ad hoc en las

provincias insurrectas, y el castigo prometido a los insubordinados se convirtió en un

perdón que más parecía un premio.227

Es difícil saber si esta injustificable conducta se debió a su creciente

animadversión hacia Santander y los liberales neogranadinos; al afecto por sus paisanos

venezolanos o a su sincera convicción de que la Constitución de 1821 constituía un

obstáculo insalvable para el buen gobierno de la República. Para entonces, la

Constitución boliviana ya había sido revocada en el Perú y en la propia Bolivia. No

obstante, el Libertador y sus áulicos se obstinaban en la urgente necesidad de derogar la

Constitución colombiana de 1821 y convocar una Gran Convención que expidiese una

más acorde con las nuevas circunstancias. Con el ánimo de forzar la situación, Bolívar

renunció una vez más a la presidencia de Colombia el 6 de febrero de 1827.

Este acontecimiento desató una nueva ofensiva retórica de los “liberales”

neogranadinos, quienes a través de su principal vocero, el abogado Vicente Azuero,

propusieron una salida de compromiso basada en los siguientes puntos:

227
A juicio los liberales neogranadinos, “los últimos arreglos permanentes acordados en Caracas, que
concentran en aquella ciudad el régimen de los 4 departamentos de la antigua Venezuela, que destruyen la
división de los poderes, y que han echado a tierra el sistema administrativo y de hacienda, obra de cuatro
legislaturas”, no hacían más que ratificar la propensión al despotismo militar que encarnaba Bolívar, y el
más flagrante desconocimiento de la Constitución y las leyes. Cfr. Vicente Azuero, “Sobre la renuncia de
Bolívar a la presidencia”, en El Conductor. Nos. 34 y 35 (29 mayo y 1 de junio 1827).

201
- Mantener la Constitución vigente, hasta que ésta se pudiese reformar en la época y por

los medios indicados en ella misma.

- Si esto resultaba imposible, tratar de conservar la integridad y la libertad de la

república mediante el establecimiento de un gobierno federal que dividiera el territorio

colombiano en siete o más estados, subordinados a un gobierno central vigoroso.

- Oposición frontal a la integración de una federación de sólo los tres estados ya

existentes, pues, a su juicio, el gobierno nacional de tres estados tan poderosos sería

insignificante y estaría expuesto a ser irrespetado y desobedecido por cualquiera de

ellos.

- En caso de que cada una de las tres secciones volviesen a reunir todas sus partes, y a

tener un gobierno central, valdría más que quedasen enteramente separadas y sólo

ligadas por un pacto ofensivo y defensivo contra enemigos comunes.

- El gobierno más apropiado para Colombia era el vigente, atenuando su centralismo por

medio de un adecuado régimen administrativo y municipal.228

En otras palabras, los liberales transigían con las detestadas ideas federalistas

propugnadas por los caraqueños y los guayaquileños, con tal de evitar lo que el mismo

Azuero había calificado de “la quimérica idea de un gobierno perpetuo y sobre las

leyes”. No obstante, y previendo que los seguidores de Bolívar y su proyecto

constitucional insistieran en ello, pocos días más adelante, Azuero hizo una protesta más

explícita y audaz. Así, en su “Manifiesto sobre las medidas que habría que tomar para

salvar a Colombia”, publicado el 18 de julio de 1827, se comenzó por increpar a Bolívar

por no haber expresado con claridad y decisión su deseo de que la Constitución

boliviana le fuese impuesta a Colombia, y en cambio, haber dado muestras de una

tolerancia complaciente con periódicos como La Lira y El Reconciliador, portadores de

un discurso subversivo del orden constitucional y plagado de improperios contra los


228
Ibid.

202
defensores del régimen político acordado en 1821. En palabras de Azuero, a través de

ellos, los partidarios de las “reformas”,

publican un odio inextinguible a las instituciones y leyes existentes, a la


administración constitucional; cubren de insultos a cuantos deseamos continuar
bajo un régimen liberal; no cesan de preconizar la constitución boliviana; y
francamente nos dicen que es menester que nos acostumbremos a ver al general
Bolívar en el gobierno, y al gobierno en el general Bolívar. 229

Frente a esa peligrosa perspectiva, los orientadores de El Conductor llevaron su

propuesta de reforma política más allá, enunciando una propuesta desesperada,

resumida en los siguientes puntos:

1. Debe declararse formalmente roto el pacto fundamental de unión entre


Venezuela y la Nueva Granada, y por consiguiente a esta absolutamente separada
de aquella, y en aptitud de organizarse en la manera que lo tenga por más
conveniente a su felicidad.
2. Los departamentos de la Nueva Granada deben continuar regidos por la misma
constitución y leyes actuales, con solo aquellas modificaciones que haga
indispensables esta mudanza, hasta que en mejores circunstancias proceda a la
reforma de sus instituciones fundamentales.
3. Conservará siempre el nombre de República de Colombia, con el cual había
adquirido tanta celebridad esta parte de la América.” 230

A juicio del liberalismo neogranadino, sólo de esta manera se podría salvar la

libertad y la tranquilidad de la Nueva Granada; “y no pretender que por fuerza este

desgraciado e inocente país se someta a la voluntad de los cuatro perturbadores

poderosos que ha trastornado las otras secciones de la República. De esta manera

aquellas no nos arrastrarán en su ruina”.231 Es decir que, a fin de cuentas, era preferible

la disolución de la República que la sumisión al despotismo militarista representado por

Bolívar y sus adictos. De esta triste manera se esperaba dilucidar finalmente el agrio

antagonismo entre los partidarios y los adversarios de la Constitución boliviana.

Lo que vino después fue una cascada de desventuras. Bolívar regresó de

Venezuela a Bogotá, haciéndose acompañar de un numeroso e intimidante ejército. Pese


229
Vicente Azuero, “Manifiesto sobre las medidas que habría que tomar para salvar a Colombia”, en El
Conductor. No. 48 (18 julio 1827); p. 256-257. (El periódico caraqueño La Lira era dirigido por Antonio
Leocadio Guzmán).
230
Ibid.
231
Ibid.

203
a todo, el 20 de septiembre de 1827 se posesionó formalmente de la presidencia de la

República y juró cumplir y hacer cumplir la Constitución de 1821. No obstante, poco

tiempo después el Congreso aprobó la convocatoria de la Gran Convención destinada a

derogarla. Ya no con la intención de imponer la de Bolivia, pero sí con la de modificarla

sustancialmente, al acomodo de Bolívar y sus seguidores. Pero las cosas no salieron

como se esperaba, y la Gran Convención de 1828, reunida en la ciudad neogranadina de

Ocaña, fue un estruendoso fracaso. Controlada por los liberales, fue abandonada en

masa por los adictos al partido boliviano, por lo que tuvo que disolverse sin llegar a

ninguna determinación.

Como respuesta al impasse político, los áulicos del Libertador en Bogotá le

propusieron asumir, una vez más, el poder supremo. Bolívar aceptó, y de este modo fue

proclamado Dictador. Pocos días después tuvo lugar el frustrado atentado contra su vida

y al poco tiempo se desató la guerra civil. En el sur los generales José Hilario López y

José María Obando se sublevaron contra el “despotismo” y al año siguiente el general

José María Córdova encabezó la insurrección en Antioquia. Al mismo tiempo, un

ejército peruano comandado por el general Lamar invadía Guayaquil y amenazaba con

la secesión del Ecuador. Acuciado por las circunstancias, Bolívar marchó al sur con el

fin de expulsar a los desagradecidos invasores. Finalmente, los general Sucre y Flores

los derrotaron en Tarqui, obligándolos a abandonar el territorio ecuatoriano.232

Y en medio de la crisis galopante, al consejo de ministros instalado en Bogotá,

no se le ocurrió mejor solución que proponer una vez más, un inoportuno proyecto de

monarquía para Colombia. Sólo que ahora el rey no debería ser el Libertador, sino un
232
No deja de ser llamativo que un bolivariano incondicional como el general granadino Tomás Cipriano
de Mosquera explique la crisis con el Perú de esta manera: “[La guerra entre Colombia y Perú]…no
habría tenido lugar si Páez no desconcierta la marcha normal de Colombia y si los militares de la tercera
división no hubieran, con su desmoralización, incendiado el Perú contagiando a los cuerpos colombianos
que estaban en Bolivia, y si Pando y Heres no hubieran sugerido al Libertador la idea de la Constitución
Boliviana para sustituir al proyecto que desde Guayana había formado el Libertador, haciéndole creer que
era el modo de deshacer los proyectos monárquicos, que tanto en el Perú por San Martín, como en
Colombia, habían querido variar el sentimiento republicano.”. Mosquera, Op. Cit., p. 592.

204
príncipe europeo, “preferiblemente de la casa de los Borbones”. 233 La descabellada

propuesta fue rechazada de manera tajante por Bolívar y, en su lugar, se determinó

convocar al Congreso Constituyente que, ahora sí legítimamente, reformara la

Constitución de 1821 y sellara la unión de la república. Pero ya era demasiado tarde. En

noviembre de 1829, el general José Antonio Páez promovió un nuevo alzamiento y

segregó definitivamente a Venezuela de la república de Colombia. Debido a ello, el

Congreso Admirable de 1830 resultó un esfuerzo inútil para salvar la unidad de la

República. Ante su fracaso, enfermo y desengañado, el Libertador renunció por última

vez a la presidencia y el 8 de mayo de ese mismo año se despidió de Bogotá y de sus

sueños políticos.

Era el fin. El general Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y


Palacios se iba para siempre. Había arrebatado al dominio español un imperio
cinco veces más vasto que las Europas, había dirigido veinte años de guerras para
mantenerlo libre unido, y los había gobernado con pulso firme hasta la semana
anterior, pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo
creyeran. El único que tuvo bastante lucidez para saber que en realidad se iba, y
para dónde se iba, fue el diplomático inglés que escribió en un informe oficial a su
gobierno: ‹‹El tiempo que le queda le alcanzará a duras penas para llegar a la
tumba ››.234

24. El debate en torno a la Carta de Bolivia en Venezuela.

Antonio Leocadio Guzmán, activo político venezolano que fundaría el Partido

Liberal en Venezuela, entusiasta defensor de la figura del Libertador, fue el primero en

pronunciarse sobre la Constitución de Bolivia.235 Su largo escrito es abiertamente

apologético de esa carta constitucional. Su parecer era que un documento emanado del

Libertador, “un hombre que por su sabiduría se levantaba sobre todos los demás”, un

“ser benéfico que hacía el oficio de creador de la felicidad de los mortales”; merecía que

233
Ibid., pp. 635, 639, 641.
234
Gabriel García Márquez, El general en su laberinto, Oveja Negra, Bogotá, 1989, pp. 43-44.
235
Antonio Leocadio Gumán, Ojeada al proyecto de constitución que el libertador ha presentado a la
República Bolívar, Caracas, Imprenta de Devisme Hermanos, 1826. Reeditado en Caracas por la
Presidencia de la República, 1961 (Pensamiento político venezolano del siglo XIX, Textos para su
estudio, 5).

205
fuese digno de la atención de toda la Humanidad. El propósito de Bolívar no podía ser

otro que “cooperar al bien y obstruir el mal”. En consecuencia, la carta de Bolivia era

“un presente que la bondad eterna hace a la humanidad, por mano de un individuo

escogido”:

Esta no es sólo la Constitución de Bolivia, no es sólo una Constitución, sino el


resumen de todo lo bueno que los hombres ha sabido en la ciencia del Gobierno; y
el germen de una felicidad inmensa que se desarrollará en las sociedades que
tengan la dicha de adoptarla. Jamás, a mi entender, en el discurso de tantos siglos
que ha que existe el género humano se le ha ofrecido una producción de igual
importancia ni de un valor igual”.236

No había objeción alguna que oponerle a la intención del “creador de la felicidad

de los mortales”. A Guzmán no le preocupaban los contenidos de una Carta surgida de

la inteligencia y bondad del Libertador, pues en su opinión allí estaban contempladas y

garantizadas la igualdad, la extinción de la esclavitud, la derogación de los títulos, la

eliminación de los empleos hereditarios, la igualdad de derechos entre los ciudadanos.

Estaban protegidas la seguridad personal, la inviolabilidad del domicilio y la propiedad.

Dispuestas de manera ejemplar las atribuciones de los distintos poderes, la

independencia de los jueces, las restricciones al ejecutivo, el derecho a la

representación, la responsabilidad de los empleados.

En la última parte de su “Ojeada”, se ocupó Guzmán del poder ejecutivo. En su

parecer, se había creado un equilibrio perfecto entre éste y el resto de los poderes

públicos. El ejecutivo era “un centro al cual se dirige la voluntad social para que

volviéndola sobre el pueblo cumpla con su ejecución. No puede tocar a los tribunales de

justicia que son independientes; el poder electoral es invulnerable; el legislativo es más

poderoso, como él mismo; cada uno existe por sí y todos descansan por la sabiduría del

legislador sobre una sola: la base del pacto social”.

236
Antonio Leocadio Guzmán, Ojeada al proyecto de constitución… op.cit., p. 22

206
Desestimó entonces las reservas que pudiese suscitar la figura del presidente

vitalicio. Frente a los que la objetaban preguntó “¿Por qué no se objeta el de los

magistrados encargados de la justicia, que en todo el mundo civilizado obtienen sus

destinos por el tiempo de su desempeño, que equivale a lo mismo?”. Si la base del

legislativo era vitalicia –refiriéndose al Senado– ¿no pedía la igualdad de los poderes

que lo fuese también el ejecutivo? Guzmán opinaba que la presidencia vitalicia era la

base de un Gobierno firme y respetable; no había nada que le pudiese quitar al

ciudadano y tampoco tenía nada que darle. Después de extender la acción de la libertad

hasta un término jamás imaginado, de desnudar al ejecutivo de todas las atribuciones

que pudiesen ser peligrosas al pueblo, cuado parecía que estaba aniquilada la acción de

seguridad y que no habría centro que devolviese al pueblo su voluntad, Bolívar ofrecía

un “gobierno permanente, invulnerable, sabio y capaz de todo el poder que necesita; y

esto sin recurrir a la usanza odiosa de una dinastía reinante”.

Un último argumento fue incorporado por Guzmán para insistir en las bondades

de la presidencia vitalicia, ya que sería el instrumento que impediría la anarquía y la

disolución del orden:

Al hablar del Ejecutivo y sus agentes, hemos hallado un poder que sin amenazar las
libertades públicas, evita las convulsiones y los desórdenes; cierra las puertas a la
ambición privada, mantiene apagada la anarquía, sostiene las relaciones exteriores,
devuelve al pueblo su voluntad y la hace ejecutar, y sucede, en fin, por un sistema
tranquilo y sabio que evita todos los desórdenes.

La exposición de Guzmán fue seguida por un discurso crítico de las supuestas

bondades expuestas por el autor de la “Ojeada”. Se trata de Tomás Lander, un publicista

liberal venezolano, quien publicó en 1826 su reflexión sobre la Constitución de Bolivia

bajo el seudónimo de “un compatriota de Bolívar”. Lander se ocupó especialmente del

tema de la presidencia vitalicia e irresponsable237 formulada en los artículos 76 y 79,


237
Un compatriota de Bolívar, Reflexiones sobre el poder vitalicio que establece en su presidente la
Constitución de la República de Bolivia, Caracas, Imprenta de Valentín Espinal, 1826. Reeditado en
Caracas por la Presidencia de la República, 1961 (Pensamiento político venezolano del siglo XIX, Textos

207
sobresaltado por la posibilidad de su aplicación a Colombia y para salirle al paso a la

ferviente defensa publicada en Caracas por Guzmán.

Contra la pretensión de persuadir al público de que la presidencia vitalicia no era

una facultad peligrosa para la libertad, elemento crucial del alegato de Guzmán, Lander

recordó que la tradición venezolana ya era la de los gobiernos electivos y responsables,

algo que no dejaba duda alguna acerca de “el voto de sus pueblos y el objeto de sus

sacrificios”. En su opinión, la naturaleza había dotado a los hombres con la pasión de la

ambición, pero ésta establecía “el trono de su despótico imperio en el corazón de los que

mandan”. Los casos de Alejandro Magno, Julio César, Napoleón e Iturbide ilustraban

las historias “manchadas con los raptos fatales de la ambición que sumergieron la

libertad de los pueblos o sojuzgaron naciones para imponerles más duro yugo”.

Frente a esos malos ejemplos se alzaba la tradición colombiana de los

presidentes electivos por cuadrienios, “un poderoso estímulo para la rectitud”, pues

éstos regresaban pronto al conjunto de los ciudadanos de donde habían salido con la

satisfacción de “no haber vulnerado sus deberes cuando el poder les dio la posibilidad

de hacerlo”. Los ciudadanos podían aguardar el final de esos cuatro años de mando,

bien para despreciarlos, o bien para honrarlos en una siguiente elección como premio

del cumplimiento de sus deberes y de la protección de las libertades. Pero cuando el

gobernante era vitalicio: ¿qué esperanza tendrían los ciudadanos para defender las

libertades de la nación? Si se examinaba el corazón de un jefe perpetuo de una nación,

decía, aquel que consideraba su autoridad como una mera propiedad suya, se concluiría

su irrefrenable tendencia a extenderla en detrimento de las libertades públicas. Con el

ejército y las rentas públicas a su disposición, terminaría violando sus deberes públicos.

Lander se mostró dispuesto a aceptar la utilidad de la Carta mencionada

exclusivamente para Bolivia, quizás por sus circunstancias especiales, pues se negó a

para su estudio, 4).

208
dudar del “liberalismo sin mancha” del general Bolívar. Su convocatoria al Congreso de

Villa del Rosario de Cúcuta (1821), en el que abdicó de sus poderes, su repetida súplica

para que le relevaran del mando, su renuncia a la dictadura del Perú, ilustraban “los

altos rasgos de desprendimiento que adornan los laureles de Bolívar”. Quizás en sus

manos el poder vitalicio de Bolivia “serviría para hacer larga la duración del bien”, pero

en otras manos sería un grave riesgo para la libertad pública.

Ya de regreso en la Nueva Granada y después de haberse informado de “que los

males han llegado a su exceso”, el general Bolívar escribió desde Popayán –el 26 de

octubre de 1826– una sorprendente carta al general Andrés de Santa Cruz. Renunciaba

tanto a su acariciado proyecto personal de alcanzar la gloria continental, como a la

construcción de un “estado colosal”, y exponía a su amigo peruano su resignación frente

a la potencia de “la voluntad pública de la mayoría”, pues “la voluntad del pueblo es la

ley o la fuerza que gobierna”. Relevaba entonces a sus amigos peruanos de su empeño

de sostener su proyecto “contra el conato nacional”, y más bien les aconsejaba

abandonarse “al torrente de los sentimientos patrios”. En vez de dejarse sacrificar por la

oposición nacionalista, era preferible ponerse a su cabeza: “en lugar de planes

americanos, adopten ustedes designios puramente peruanos, digo más, designios

exclusivos al bien del Perú”. Él mismo se dedicaría en adelante solamente a hacer todo

el bien posible a Venezuela, “sin atender a más nada”, pues habiendo sido Venezuela “la

víctima de mis propios sucesos”, no podría ser ingrato a “mi primitiva patria”.

Con su propio ejemplo quería aconsejarle a los peruanos que primero estaba “el

suelo nativo”, pues “él ha formado con sus elementos nuestro ser; nuestra vida no es

otra cosa que la esencia de nuestro pobre país”. Todo lo demás tendría que postergarse

ante el servicio de “la patria nativa”. 238 Ya en Bogotá, el 21 de noviembre siguiente, el

238
Carta de Bolívar al general Andrés de Santa Cruz. Popayán, 26 de octubre de 1826. En: Vicente
Lecuna (comp.). Documentos referentes a la creación de Bolivia. Caracas: Litografía del Comercio, 1924.
Tomo II, p. 388-390.

209
Libertador insistió al general Santa Cruz en la idea de que sus “más caros intereses”

eran “los de la patria nativa”, y que por ello seguía de inmediato hacia Venezuela para

ver al general Páez y llevarle sus ideas y sus consejos, calmando las pasiones y

restableciendo el orden.

El deber de servir a la patria nativa, dejando en segundo lugar todo lo demás, era

una idea inesperada en el proyecto continental del Libertador. Pero en adelante se

convertiría en su talón de Aquiles cuando, cediendo a los consejos de sus amigos

colombianos y frente al fracaso de sus planes en la Convención de Ocaña, optó por la

dictadura de 1828 y luego no se opuso resueltamente a las gestiones diplomáticas del

Consejo de Ministros de Colombia para tantear el proyecto monárquico. Cuando este

Consejo expuso ante los gabinetes de Inglaterra y Francia la posibilidad de permitirles

una intervención armada para sostener la presidencia vitalicia del general Bolívar,

entendida como tránsito hacia la instauración de una monarquía de un noble francés, fue

demasiado lejos para los principios liberales del Libertador de Colombia y el Perú.

Había llegado el momento del destierro. Pero se le atravesó la muerte en Santa Marta, el

17 de diciembre de 1830, cuando esperaba el navío que lo llevaría a Europa. El

comunicado oficial de su fallecimiento pudo decir entonces que se había producido el

ocaso “del sol de Colombia”.

25. La opción de federación de Bolivia y Perú.

El Congreso Constituyente de la República Peruana reconoció el derecho de las

provincias del Alto Perú para erigirse en Estado soberano e independiente sin otra

condición que la “indemnización de los gastos causados al Perú en emanciparlas”

(decreto del 23 de febrero de 1826). En consecuencia, el Consejo de Gobierno de la

república peruana declaró, el 18 de mayo de 1826, su voluntad de reconocer a la

210
república boliviana “como estado soberano e independiente”, esperando solamente el

reembolso de los gastos causados en su emancipación por el “ejército unido libertador”.

En carta del 20 de mayo de 1826, Sucre expuso a Bolívar sus opiniones sobre el

“proyecto de la unión del Perú y Bolivia en un sola república que habían defendido los

diputados en Lima”. Además de haber sido “aquí mal admitido, y en general parecen

repugnarlo”, él no estaba dispuesto a aceptar la jefatura de esta “gran república” pues ya

estaba “desesperado por irme con Dios para mi casa, y no tener más que ver con

mandos ni con pueblos”.239 Cuando El Federal de Arequipa propuso la conveniencia de

formar “una federación entre el Perú y Bolivia”, dividiendo al propio Perú en dos

estados federales, El Cóndor de Bolivia abrió sus páginas (nº. 34-anexo, 27 julio 1826)

a “un amigo del Federal de Arequipa” para escuchar opiniones. Éste se mostró favorable

a esta opción de los tres estados federales, pero propuso que debería tener un jefe

supremo residente en el Cuzco, ordenando al ejército y la inversión de los fondos

públicos.

Pero el Libertador empezó a extender la idea de la federación a Colombia como

modo de enfrentar al Imperio Brasileño y a la Monarquía española. El general Tomás

Heres le expresó a Sucre su escepticismo respecto de esta posibilidad: “somos tan

miserables en ideas y tan ignorantes en principios que tenemos celos nacionales, celos

departamentales, celos provinciales, celos de familia, y para que todo sea celo en

nosotros, tenemos celos hasta individuales. ¿Qué resultaría, pues, de esta

heterogeneidad de principios, de miras y de intereses?”. Aunque la voluntad y el

prestigio general del libertador era la clave de este proyecto, éste no alcanzaba a

“destruir la naturaleza de nuestras cosas”. ¿Cuál naturaleza? “Esta naturaleza es la

ignorancia general, los temores recíprocos y la desconfianza, también recíproca, que

239
Carta de Sucre a Bolívar. Chuquisaca, 20 de mayo de 1826. En: Vicente Lecuna (comp.). Documentos
referentes a la creación de Bolivia. Caracas: Litografía del Comercio, 1924. Tomo II, p. 142-143.

211
resulta de la combinación de estas causas unida a nuestra pobreza y a nuestra

debilidad”.

La Constitución de Bolivia tendría que circular “desde Tupiza a Guayana” como

“una obra acabada, como un esfuerzo del saber humano, y como el resultado de la

experiencia y de la práctica de los negocios”. La estrategia del Libertador consistía en

conseguir primero “la reunión de Bolivia y el Perú con un lazo federal”, de tal suerte

que el proyecto “planteado primero en el sur” podría así pasar a Colombia “con todo el

prestigio que le daría su adopción en estos estados”. 240 En su opinión, el Libertador

estaba empeñado en “crear un coloso contra Buenos Aires, Chile y el Brasil, que a una

le hacían la guerra”. En efecto, Bolívar le confió al general de la Fuente que la

federación general de Bolivia, Perú (dividida en dos estados) y Colombia (dividida en

tres estados) se regiría por la Constitución boliviana y sería mandada por un presidente

y un vicepresidente, comenzando por la federación de Bolivia y Perú para que después

le fuese “más fácil hacer que Colombia adopte el único partido que le queda de

salvación”.241

Las Instrucciones del gobierno del Perú a su agente en Bolivia, Ignacio Ortiz de

Zevallos, expresaron la voluntad de unir el Alto y el Bajo Perú, conservando la capital

en Lima, para lo cual debía argumentar que la separación de Bolivia era fatal para su

suerte: “Segregada de comunicaciones fáciles y directas con las potencias europeas, y

aún con muchas de las americanas, se verá como repudiada de la civilización; su

comercio será precario, costoso, y dependiente de la voluntad de sus vecinos, pues nadie

ignora que el puerto de La Mar es una empresa quimérica que jamás proporcionará

240
Carta del general Tomás Heres a Sucre. Magdalena, 12 mayo de 1826. En: Vicente Lecuna (comp.).
Documentos referentes a la creación de Bolivia. Caracas: Litografía del Comercio, 1924. Tomo II, p. 365-
370.
241
Carta de Bolívar al general Antonio G. de la Fuente. Lima, 17 mayo de 1826. En: Vicente Lecuna
(comp.). Documentos referentes a la creación de Bolivia. Caracas: Litografía del Comercio, 1924. Tomo
II, p. 376-378.

212
ventaja alguna”.242 El Tratado de federación de Perú y Bolivia (Federación Boliviana),

con la jefatura vitalicia de Bolívar, fue firmado en Chuquisaca, el 15 de noviembre de

1826, por Ignacio Ortiz de Zevallos, Facundo Infante y Manuel María Urcullu).

Políticamente, tras la salida de Bolívar, de 1826 a 1836, el Perú tuvo varios

presidentes, todos ellos caudillos militares. Algunos defendían opiniones conservadoras

y políticas autoritarias (como Salaverry o Gamarra); otros eran tímidos portavoces de un

liberalismo republicano que ahora distraía su atención en ataques estériles y muchas

veces impopulares contra la Iglesia (como La Mar y Orbegoso). En 1827, el Congreso

eligió presidente a un militar débil de carácter como José de la Mar. Su gobierno

promulgó en 1828 una Constitución liberal pero el régimen no pudo funcionar

adecuadamente debido a un conflicto con Colombia. Bolívar había declarado la guerra

porque el Perú se había escurrido de sus planes federativos. El conflicto terminó sin un

vencedor claro por lo que La Mar firmó el armisticio de Piura para poner fin a las

hostilidades y nombrar una comisión de límites. Sin embargo, desde Lima, un partido de

militares autoritarios, encabezado por Gamarra y La Fuente, dieron un golpe de estado.

La Mar debió exilarse en Costa Rica.

Agustín Gamarra fue el único militar que pudo completar su mandato de cuatro

años: de 1829 a 1833. Dictatorial y sin escrúpulos, pidió sin éxito autorización al

Congreso para invadir Bolivia con el fin de anexarla al Perú. También puso fin al

problema con Colombia al firmar el tratado Larrea-Gual y reconoció la independencia

de Ecuador, en 1832, con el tratado Pando-Novoa. Internamente, tuvo que aplastar 17

actos subversivos que pretendieron expulsarlo del poder, razón por la cual tuvo que

abandonar varias veces Lima para enfrentarlos. Finalmente, un grupo liberal,

encabezado por los clérigos Luna Pizarro y Gonzáles Vigil, logró, desde una

242
Instrucciones del Perú a su agente en Bolivia, el señor Ignacio Ortiz de Zeballos, 1826. En: Vicente
Lecuna (comp.). Documentos referentes a la creación de Bolivia. Caracas: Litografía del Comercio, 1924.
Tomo II, p. 387-388.

213
Convención Nacional, destituir a Gamarra y nombrar a Luís José de Orbegoso como

“presidente provisional”.

El accidentado gobierno de Orbegoso, que promulgó otra Constitución liberal en

1834, tuvo que hacer frente a los militares autoritarios desplazados por la Convención

Nacional. Gamarra y Pedro Bermúdez encabezaron la oposición y se desató una guerra

civil en 1834. Ésta, formalmente, terminaría en el célebre “Abrazo de Maquinguayo” en

el que los generales Bermúdez y Orbegoso decidieron no pelear y concertar la

pacificación del país. Las buenas intenciones no duraron mucho tiempo. A principios de

1835 un joven general autoritario se acuarteló en el Callao. Era Felipe Santiago

Salaverry. Derrocó al régimen liberal de Orbegoso e impuso un gobierno conservador

que tuvo el apoyo de Lima y de la costa norte pero no necesariamente el de las otras

regiones. Estaban así las cosas cuando diversos acontecimientos hicieron posible el plan

de volver a unir al Perú y a Bolivia. El proyecto de la Confederación Peruano-Boliviana

fue ideado por Andrés de Santa Cruz quien era presidente de Bolivia desde 1829.

Gamarra entró en conversaciones con Santa Cruz y decidieron unir ambos países sobre

la base de tres estados confederados: Nor Peruano, Sur Peruano y Bolivia.

Mientras tanto Orbegoso, derrocado por Salaverry, también buscó la ayuda de

Santa Cruz. Éstos pactaron establecer la Confederación y devolverle a Orbegoso sus

poderes arrebatados por Salaverry. Este pacto obligó a Gamarra a pasarse al bando de

Salaverry, y con un ejército se enfrentó a Santa Cruz en Yanacocha donde fue derrotado.

Finalmente, cuando buscaba refugio en Lima, Gamarra fue exiliado por los seguidores

de Salaverry quienes lo consideraron muy ambicioso. La tarea de Santa Cruz y

Orbegoso era ahora deshacerse de Salaverry. Esto ocurrió en Socabaya. Allí el joven

general fue derrotado y luego enviado a Arequipa donde fue fusilado en la plaza de

armas. Muerto Salaverry y Gamarra desterrado, Santa Cruz estableció la Confederación.

214
La Confederación Peruano-Boliviana fue el proyecto político más ambicioso de

la temprana república en ambos países. La idea era crear un gran estado sobre la base de

los territorios del Perú y Bolivia unidos históricamente por lazos geográficos y, sobre

todo, económicos. De esta forma, el proyecto intentaba restaurar los viejos circuitos

comerciales que habían unido y articulado a ambas regiones desde los tiempos

virreinales.243 Andrés de Santa Cruz, líder de la Confederación, era un experimentado

militar y astuto político. Comprendió ese fuerte sentimiento regionalista y aprovechó la

débil conciencia nacional tanto en el Perú como en su propio país para llevar a cabo su

proyecto que promovía, además, una política de libre comercio con Estados Unidos y

Europa occidental.244

243
Heraclio Bonilla, Un siglo a la deriva: ensayos sobre el Perú, Bolivia y la guerra. Lima, Instituto de
Estudios Peruanos, 1980; y “Perú y Bolivia”, en Leslie Bethel (ed), Historia de América Latina. América
Latina Independiente, 1820-1870, vol. 6. Barcelona, Crítica, 1991, pp. 202-237.
244
En el Perú, la primera generación de “librecambistas” o “liberales” no era un grupo numeroso ni
pertenecía a las elites dominantes entre 1820 y 1845. Estaba conformado por los comerciantes extranjeros
asentados en Lima y Arequipa, los cónsules de Inglaterra, Estados Unidos y Francia, los intelectuales
“bolivarianos” y la elite arequipeña. Paul Gootenberg, en este sentido, resalta las gestiones infructuosas
de los cónsules de las potencias extranjeras ante los “gobiernos” de turno para lograr tarifas bajas de
importación, garantías para sus comerciantes y tratados para establecer un sistema liberal de comercio.
Descubre, además, que no fue el imperio de Su Majestad –como antes se suponía- el que más presionó
para que se abran los puertos sino los Estados Unidos. El gobierno de Washington, a través de su
infatigable encargado de negocios, Samuel Larned, pretendió atraer a los miembros liberales de la elite
peruana e influenciar en la opinión pública –aun financiando periódicos- a favor de sus intereses. Cansado
de sus continuos fracasos, Larned dejó de batallar y se retiró del Perú a fines de la década de 1830
(Tejidos y harinas, corazones y mentes. El imperialismo norteamericano del libre comercio en el Perú,
1825-1840. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1989). Los británicos, en cambio, cuando vieron
desvanecerse sus esperanzas liberales, fueron los primeros en alejarse de la política peruana y sólo
adoptaron posturas defensivas contra los permanentes ataques de los “nacionalistas”. Dos veces los
cónsules se retiraron, en 1828-33 y 1839-45. Los franceses fueron los que menos se entrometieron. Sólo
estuvieron interesados en proteger el pequeño tráfico de artículos de lujo que realizaban los minoristas
galos. Los caudillos liberales, llamados “bolivarianos”, vinculados a las aspiraciones de comercio libre
del regionalismo sureño –como Nieto, Vivanco, Vidal, Orbegoso y Santa Cruz- carecieron de apoyo tanto
en Lima como en el estratégico norte y al interior del país. Al igual que Bolívar, carecieron de una base
social amplia y segura en el territorio. El ejemplo de la Confederación Perú-boliviana demuestra cómo
siguieron dependiendo de fuerzas externas que determinaron su derrota con la invasión del “partido” de
militares “nacionalistas” apoyados por Chile. Por su lado, sus intelectuales –como Manuel Lorenzo
Vidaurre, José María de Pando, Manuel García del Río y Manuel del Río-, herederos también de la
ocupación bolivariana, demandaban no sólo la reducción de las tarifas aduaneras sino el desarrollo de un
modelo económico orientado a la exportación al mercado europeo. Pero permanecieron como simples
ideólogos y sin ningún apoyo de la elite. La llamada “elite sureña”, con su centro en Arequipa, por su
temprana inserción al mercado inglés a través de la exportación, por los puertos de Islay y Arica, de lanas,
salitre y quinina, defendía el libre comercio y veía al mercado de Bolivia (Alto Perú) como La Meca para
sus intereses. Su derrota en la Confederación, entonces, la habría debilitado. Pero la razón más importante
-continúa Gootenberg- del fracaso de esta primera generación de liberales fue la fragilidad política del
país. No encontraron un Estado local fuerte y estable capaz de manejar el libre comercio, la integración
financiera, convenios y estabilidad económica, elementos esenciales para una política de liberalización.

215
En los departamentos del sur la nueva noticia tuvo notable acogida,

especialmente en Arequipa.245 Los arequipeños vieron reverdecer sus antiguos vínculos

con el Alto Perú y ser los intermediarios del comercio entre Gran Bretaña y el sur

andino. En el Cuzco hubo sentimientos encontrados. La antigua capital de los Incas era

la cuna de Gamarra y los curas desde el púlpito corrían la versión de que la imagen del

Señor de los Temblores, de triunfar la Confederación, iba a ser trasladada a Bolivia. La

manipulación religiosa y el temor de los artesanos -obrajes- ante una avalancha de

mercancías importadas por el libre comercio de Santa Cruz, hizo que los cuzqueños,

finalmente, no apoyaran el proyecto.

En Lima y en la costa norte la oposición fue total. Su elite estaba resentida pues

consideraba que el proyecto desintegraba al país. Como elite, además, perdía su

influencia en beneficio de la sierra sur. De otro lado, los limeños eran comercialmente

proteccionistas. Defendían tarifas aduaneras altas para proteger las mercancías nativas y

contaron con el apoyo de los artesanos de Lima y con la cadena de obrajes de la sierra

central y sur. Por último, esta elite, mantenía un intercambio comercial con Chile. Del

Callao salía la producción azucarera de la costa norte con destino a Valparaíso a cambio

del trigo chileno. En síntesis, la idea de Santa Cruz atacaba en lo más profundo sus

intereses económicos y su destino como elite. Salaverry y Gamarra fungieron como sus

líderes. Esta elite se uniría a Chile y juntos acabarían con la Confederación.246

De otro lado, los cónsules no podían hallar una elite nativa colaboradora y confiable. La ida y venida de
gobernantes, burócratas y políticas, así como el caos social y la depresión material hacían fracasar
cualquier incentivo liberalizador. Digamos que el arma secreta del Perú contra las presiones del
imperialismo era su absoluta impredecibilidad. Apunta que habría que tener en cuenta que se trataba de
Estado empírico, en formación, nacido del molde hispánico, cuya clase dominante mantenía la herencia
de la soberanía diplomática, en parte originada de la tradición anti-anglosajona. Incluso los ideólogos más
liberales, como Pando y Vidaurre, resistieron a las presiones que venían de fuera. En suma, lo cierto es
que, en vez de promover a la liberalización, la intervención extranjera intensificó el proteccionismo.
245
Alberto Flores Galindo, Arequipa y el sur andino. Lima, Horizonte, 1977.
246
Paul Gootenberg, Beetween silver and Guano: Comercial Policy and the State in Postindependence
Peru. New Yersey, Princeton University, 1989, intentó demostrar que, en la práctica, en lo único que se
diferenciaron liberales y conservadores fue en la política comercial que se debía adoptar. Su tesis central
es que tras la separación de España el Perú no cayó bajo el dominio británico y se frustró la posibilidad de
implementar el “libre comercio”. El país cayó más bien en un aislamiento comercial y financiero y que la
anarquía de estos 20 años fue la mejor defensa del país frente a las intenciones del imperialismo

216
Otro aspecto a subrayar es que, para buena parte de la opinión pública, Bolivia

seguía siendo territorio peruano. En el proyecto confederativo de Santa Cruz, Bolivia

seguía manteniendo su identidad territorial y administrativa; eso era inaceptable para

algunos caudillos peruanos como Gamarra o Castilla quienes se opusieron a Santa Cruz

porque, en realidad, querían reanexar el antiguo “Alto Perú” al Perú. Antes de la

Confederación, de otro lado, las relaciones entre Chile y el Perú se habían deteriorado.

El Perú no había cancelado el préstamo chileno para la campaña de San Martín de 1820

y 1821 y no tenía la intención –ni el presupuesto– para cancelarlo. Más adelante, en

1832, ocurrió el pleito de aranceles en torno al intercambio del trigo por el azúcar,

diferendo que culminó en 1835. Sin embargo, la reconciliación duró poco debido al

establecimiento de la Confederación en 1836.

Las relaciones entre Chile y la Confederación alcanzaron su punto álgido

cuando, en julio de 1836, el exiliado general Freire dirigió una pequeña expedición a

Chile desde el Perú intentando derrocar al régimen conservador. Portales denunció la

complicidad peruana y declaró el casus belli. Envió dos naves que capturaron tres

navíos peruanos en el Callao. Santa Cruz, en respuesta, arrestó al representante

diplomático en Lima, Victorino Garrido. Garrido y el Protector elaboraron un acuerdo

que no fue aceptado por Portales. Luego, Mariano Egaña, dotado de poderes

plenipotenciarios, viajó a Lima con un ultimátum que exigía la disolución de la

Confederación. Como era predecible, Egaña fue rechazado y, antes de zarpar de vuelta,

(británico, francés y norteamericano) por establecer el liberalismo comercial. Sostiene, además, que,
dentro del caos, hubo una suerte de “soberanía económica”, alentada por la elite limeña que impuso
medidas comerciales proteccionistas hasta 1850. Estas fuerzas “nacionalistas”, comúnmente llamadas
“conservadoras”, frustraron exitosamente los intentos de los que pretendían establecer una política de
libre comercio. Era un grupo anti-liberal, muy compacto, que combinaba diversos rasgos de
proteccionismo, estatismo, intervencionismo y corporativismo y que envolvía esta amalgama con un
discurso “nacionalista”. Su base era Lima y demandaba una elevada tarifa aduanera para las mercancías
extranjeras con el fin de proteger los artículos nativos y mantener un mercado cerrado con Chile de azúcar
por trigo, intercambio que se remontaba al siglo XVIII. Junto a la elite limeña encontraríamos a los
artesanos y tenderos de la Capital, los terratenientes de la costa norte y central (productores de azúcar,
algodón y vid), la red de obrajeros del interior y los caudillos que defendían sus intereses: Gamarra,
Gutiérrez de la Fuente, Salaverry, San Román y Castilla, entre otros.

217
declaró la guerra. Ante el inminente conflicto, Portales tomó una postura decisiva. En su

célebre carta a Blanco Encalada decía: “La Confederación debe desaparecer para

siempre… Debemos dominar para siempre el Pacífico”.

En sus inicios, la guerra fue impopular en el país sureño. El reclutamiento

obligatorio de soldados despertó animosidad y la oposición trató de capitalizar el

descontento y conspirar contra Portales. La revuelta prosperó y el ministro fue

asesinado en Quillota el 6 de junio de 1837. El crimen, según El Mercurio, aumentó la

popularidad de la guerra247 y la elite chilena percibió el riesgo que representaba para sus

intereses la unión del Perú y Bolivia, pues podía liquidar la aspiración de su país de

controlar el comercio en el Pacífico sur. Ya Santa Cruz, al declarar “puertos libres” a

Paita, Callao, Arica y Cobija, había ocasionado una crisis comercial en Valparaíso. Su

producción de trigo, además, se podía colapsar al perder el mercado peruano. Esto

explica la gran acogida que recibieron en Chile los enemigos peruanos y bolivianos de

Santa Cruz. Concretamente, los “emigrados” peruanos estuvieron en Santiago

coordinando el ataque a Santa Cruz y prestando toda la información logística para

invadir el territorio de la Confederación. Sin esta invalorable ayuda hubiera sido muy

difícil el triunfo final chileno contra Santa Cruz y la Confederación.248

La primera expedición contra la Confederación zarpó de Valparaíso (septiembre

de 1837) con 2.800 hombres, entre ellos una columna netamente peruana, al mando de

Manuel Blanco Encalada. Santa Cruz acorraló a los “restauradores” en las afueras de

Arequipa y obligó a su comandante a firmar un acuerdo en Paucarpata que garantizaba

tanto la retirada de la expedición como el reconocimiento de la Confederación. El

gobierno chileno rechazó de inmediato el Tratado y preparó una segunda expedición que

247
Simon Collier y A. William, Sater, Historia de Chile (1808-1994), Madrid, Cambridge University
Press, 1999.
248
Entre los “emigrados” estaban caudillos tan importantes como Agustín Gamarra, Manuel Gutiérrez de
la Fuente, Manuel Ignacio de Vivanco y Ramón Castilla, o intelectuales conservadores de la talla de
Felipe Pardo y Aliaga.

218
partiría en julio de 1838. Mejor preparados, los chilenos, al mando de Manuel Bulnes, y

con la decisiva participación de Gamarra y Castilla, ocuparon Lima y vencieron a Santa

Cruz en Yungay en enero de 1839. Santa Cruz huyó a Ecuador y la Confederación, tal

como Portales lo había deseado, desapareció para siempre.

Pero esta guerra entre Chile y la Confederación no podría reducirse a un

conflicto comercial o una “guerra de secesión en los Andes”, siguiendo la lógica de Paul

Gootenberg o de Manuel Lucena y Marta Irurozqui.249 En otras palabras: una guerra

entre dos proyectos antagónicos de proteccionismos pragmáticos, el de Lima y

Valparaíso, de un lado, y del interior surandino, del otro, que incorporaban el

librecambismo en la competencia por el dominio marítimo. No hay que olvidar que

muchos peruanos veían a Bolivia como un territorio peruano al que había que

reconquistar. Por lo tanto, era inaceptable que la iniciativa viniera de Bolivia. Este

sentimiento no sólo sería representado por Salaverry o Gamarra, sino también por

Castilla y Vivanco, entre otros caudillos, que terminaron refugiándose en Chile para

atacar a Santa Cruz. Para los opositores más radicales, entonces, era la “unidad

nacional” lo que estaba en peligro. Se trató de un momento crucial en el que se fue

elaborando la idea de lo “nacional-peruano”. Cecilia Méndez opina que este sentimiento

se canalizó a partir de la exclusión y desprecio del indio, simbólicamente representado

por Santa Cruz.250

La pluma del poeta y satírico Felipe Pardo y Aliaga resulta especialmente

ilustrativa. Pardo enfiló sus baterías contra el Protector al que consideraba “extranjero”

e “invasor”. Pero el Protector era más extranjero por ser indio que por ser boliviano. La

idea de nacionalidad, escasamente velada en las sátiras de Pardo, implicaba un

249
Manuel Lucena y Marta Irurozqui, “Lima vs. Valparaíso: el balance de poder en la América andina”,
en Juan Maiguashca (ed.), Historia de América Andina. Creación de las repúblicas y formación de la
nación, vol. 5. Quito, Universidad Andina Simón Bolívar, 2003, pp. 419-457.
250
Cecilia Méndez, Incas sí, indios no: apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú.
Lima, Instituto de Estudios Peruanos, Documento de trabajo N° 56, 1995.

219
primordial rechazo al elemento indígena como requisito de nacionalidad. Por ello, sus

escritos estuvieron salpicados de incriminaciones racistas al llamarlo “indio” o “cholo”,

pese a que el padre de Santa Cruz había sido un criollo peruano nacido en Huamanga y

educado en el Cuzco. El estigma venía de su madre, una india aymara de apellido

Calaumana. En uno de sus despliegues más violentos, Pardo escribió: “De los

bolivianos/ será la victoria/ ¡qué gloria, qué gloria/ para los peruanos!/ Santa Cruz

propicio, /trae cadena aciaga/ ah ¡cómo se paga/ tan gran beneficio!/ ¡Que la trompa

suene!/ Torrón, ton, ton, ton;/ que viene, que viene/ el cholo jetón”.

La segunda incriminación, la de “conquistador” adquirió una connotación

también despectiva pues el delito no era ser conquistador, sino que un “indio” se

atreviera a serlo: “Que la Europa un Napoleón/ Pretendiese dominar/ Fundando su

pretensión/ En su gloria militar/ Qué tiene de singular?/ Mas, que en el Perú lo intente/

un indígena ordinario/ Advenedizo, indecente,/ cobarde, vil, sanguinario/, eso sí es

extraordinario”.

Pero Pardo no fue un personaje aislado. Sus letrillas cobraron tanta popularidad

entre los opositores de Santa Cruz que algunas de ellas fueron musicalizadas y se

cantaron en plazas, teatros y “jaranas arrabaleras”. De esta forma, sus escritos

contribuyeron a formar la opinión pública desde antes de que el caudillo paceño

ingresara a Lima.

¿Era sólido el proyecto de Santa Cruz? Jorge Basadre dice que no. Sostiene que

la intervención de Chile no fue temible sino por el descontento de los mismos peruanos

y bolivianos. Aunque Santa Cruz hubiese vencido en Yungay, habría caído más tarde o,

por lo menos, habría sucumbido su sucesor.251 A pesar de contar con una historia y un

circuito comercial comunes, para reunir en las manos de un solo hombre territorios tan

251
Jorge Basadre, "Reconsideraciones sobre el problema histórico de la Confederación Perú-Boliviana",
en Apertura, Lima, 1978, p. 279-309.

220
amplios, en los que las comunicaciones entre las ciudades eran precarias, el Protector

necesitaba colaboradores inteligentes y leales con quienes contar con seguridad y una

marina veloz -a vapor- para transportar con celeridad sus fuerzas y trasladarse él mismo

a todos los puntos rebeldes. Hubiera, por último, tenido que congregar numerosos

prefectos fieles a su plan. Eso, como sabemos, era sumamente complicado en un

escenario sembrado de caudillismo.

Otra consecuencia negativa, añade Basadre, es que la Confederación hubiera

provocado la fragmentación del Perú ya que en América del Sur varios estados se

formaron debido a la dispersión de estados más vastos, como la Gran Colombia. Santa

Cruz no hubiera podido ir en contra de la corriente en una probable ruptura entre las

repúblicas del sur -Estado Sur-peruano- y las del norte -Estado Nor-peruano-. En el caso

de Arequipa, la existencia del Estado Sur-peruano o “República Sur-peruana”, como

dijeron las monedas acuñadas allá, era un peligro para la unidad nacional. Con algunos

años más de vida, se habría afianzado: en el caso de un colapso de la Confederación por

muerte o derrocamiento de Santa Cruz -en fecha posterior a 1839- habría habido

intereses creados resueltos a mantener esa entidad política y hasta anexarla a Bolivia.

¿Y la posible unión del Estado Nor-peruano con Ecuador? A lo que Basadre dice, cabría

añadirle otros factores que hacían de la Confederación una ficción: la ausencia de una

ética pública, el personalismo de los caudillos y el vértigo del poder y el caos. Incluso

hoy, la historiografía chilena llega a sostener que el gran error de Portales fue lanzar una

guerra contra una entidad que se desmoronaría más temprano que tarde.252

La Confederación, paradójicamente, tuvo más admiradores fuera de América

Latina que dentro de ella. Sus observadores en Europa y Norteamérica vieron en el

proyecto el advenimiento del orden político y administrativo en los Andes. La política

252
Sergio Villalobos, Chile y Perú: la historia que nos une y nos separa, 1535-1883. Santiago, Editorial
Universitaria, 2002.

221
de libre comercio también convenía a las potencias del hemisferio Norte. Al fin Perú y

Bolivia podían ser mercados accesibles luego de tantos años de proteccionismo o

anarquía. Por estas razones, la noticia de la derrota de Santa Cruz en Yungay fue vista

por los periódicos estadounidenses, británicos y franceses como una verdadera

calamidad. En cambio, la actitud de las potencias hacia Chile fue negativa. Si en un

inicio Portales tuvo la esperanza de que la ofensiva chilena pudiera ser un ejemplo que

hiciera a su país más fuerte ante los ojos de los europeos, la Inglaterra del Atlántico se

formó una mala opinión de la que aspiraba a ser la “Inglaterra del Pacífico”. El cónsul

británico en Santiago, por ejemplo, presionó para un armisticio y para que Chile

aceptara la mediación británica. Incluso, parece que una de sus reuniones con el

gobierno chileno -diciembre de 1837- fue violenta: el cónsul habría amenazado con

bombardear Valparaíso, perdiendo su habitual compostura.253 Luego, en 1838, el

gobierno británico amenazó con intervenir para terminar con la guerra, pero no lo hizo.

Andrés de Santa Cruz surgió como una figura fuerte en la Administración. Su

obra de reordenamiento del Estado, cuando fue presidente de Bolivia, y el esfuerzo

institucional que le dio a la Confederación así lo demuestran. El empresario alemán

Heirich Witt, residente en Lima, nos dejó un perfil de su personalidad y de sus dotes

como político, un perfil claramente tributario de la figura de Bolívar: “Durante dos años

las cosas no variaron y desde la declaración de la independencia el Perú nunca estuvo

mejor gobernado que en ese periodo… Tal vez era demasiado déspota para ser

republicano y todo el mundo, incluso sus mejores e íntimos amigos, le tenían miedo.

Nadie se arriesgaba a tomarse la más mínima libertad. Santa Cruz mandaba y todo el

mundo obedecía. Su poder abarcaba tanto, que todo lo que tenía importancia pasaba por

sus manos; no se tomaba ninguna medida cardinal sin su conocimiento; él mismo

visitaba las oficinas de los diferentes ministerios y pobre el que no estuviera en su lugar,
253
Collier y Sater, Historia de Chile, Op. Cit.

222
a la hora exacta y trabajando regularmente”. 254 No obstante, fue una figura débil

políticamente hablando, al extremo de que se ganó numerosos enemigos en Perú,

Bolivia y Chile255 y su ideal no tuvo continuadores. Fue exiliado y terminó solo y sin

patria.

Luego de Yungay, Gamarra fue de nuevo presidente. Un congreso, reunido en la

ciudad de Huancayo, promulgó la Constitución conservadora de 1839. Ésta contempló

un ejecutivo fuerte y un gobierno demasiado centralista que suprimió las

municipalidades e ignoró las diversidades regionales. Pero a Gamarra no le bastaba con

gobernar el Perú. Invadió Bolivia no para establecer otra confederación sino para

reanexarla al Perú. Los bolivianos se unieron. En noviembre de 1841, lo derrotaron y lo

mataron en la batalla de Ingavi, uno de los ejemplos más claros de autodestrucción entre

los caudillos peruanos. El fin de la Confederación Peruano-Boliviana y la muerte de

Gamarra en Ingavi significaron la derrota de la sierra y de sus elites, 256 y dio paso a los

peores años de anarquía que vivieron los peruanos. Entre 1841 y 1844 se sucedió más

de media docena de presidentes que, en su mayoría, no duraron en el poder sino unas

pocas semanas y el país sufría las amenazas de los bolivianos en el sur y de los

ecuatorianos por el norte. Se sucedieron varios gobiernos efímeros en medio de una

cruenta guerra civil.

26. Reconocimiento internacional de la soberanía de Bolivia.

Finalmente, Perú y Buenos Aires reconocieron en 1826 la soberanía de la

República de Bolivia. Colombia siguió esta posición, considerando que era “hija suya”.
254
Heinrich Witt, Diario: 1824-1890. Lima, Banco Mercantil, 1992, vol.1, p. 328.
255
La opinión que tuvo Diego Portales sobre el Protector es bien conocida: “Pocos caudillos en América
pueden comparársele a éste en la virtud suprema de la intriga, en el arte de desavenir los ánimos, en la
manera de insinuarse sin hacer sentir para ir al propósito que persigue. He debido armarme de una
entereza y de una tranquilidad muy superior, para no caer agotado en la lucha que he debido sostener con
este hombre verdaderamente superior”.
256
Charles F. Walter, De Túpac Amaru a Gamarra: Cuzco y la formación del Perú republicano, 1780-
1840. Cuzco, Centro de Estudios Regionales Andinos Bartolomé de las Casas, 1999.

223
Pero el reconocimiento de España tardaría un poco más de dos décadas: el Tratado de

paz y amistad entre España y Bolivia fue firmado en Madrid, el 21 de julio de 1847, por

don Joaquín Francisco Pacheco, presidente del Consejo de Ministros de España, y don

José María Linares, plenipotenciario de Bolivia.

El artículo primero rezaba que Su Majestad Católica, usando de la facultad que

le concedió el decreto de las Cortes generales del Reino del 4 de diciembre de 1836,

renunciaba “para siempre del modo más formal y solemne, por sí y sus sucesores, a toda

pretensión de Soberanía, derechos y acciones sobre el territorio americano conocido

antes bajo el nombre de Provincias del alto Perú, hoy República de Bolivia”. En

consecuencia, S. M. Católica reconocía “como nación libre, soberana e independiente a

la República de Bolivia”, compuesta por los departamentos de Chuquisaca, Potosí, Paz

de Ayacucho, Cochabamba, Santa Cruz, Oruro, Tarija y Beni y el distrito litoral de

Cobija. A partir de la firma de este Tratado habría “total olvido de lo pasado y una

amnistía general y completa para todos los españoles y Bolivianos, sin excepción

alguna… cualquiera que sea el partido que hubiesen seguido durante las guerras y

disensiones felizmente terminadas por el presente Tratado, en todo el tiempo de ellas y

hasta la ratificación del mismo”.

Por su parte, Bolivia, “animada siempre de sentimientos de justicia” reconocía la

deuda contraída sobre sus tesorerías hasta 1824, “ya por órdenes directas del Gobierno

español o ya emanadas de sus autoridades establecidas en el territorio del Alto Perú”,

como deuda consolidada de la República. Todos los bienes -muebles e inmuebles,

alhajas, dinero u otros efectos- que hubiesen sido confiscados a súbditos españoles, o a

ciudadanos de la República de Bolivia durante la guerra o después de ella y se hallasen

todavía en poder del Gobierno, serían inmediatamente restituidos a sus antiguos dueños

o a sus herederos o legítimos representantes. En caso de haber sido enajenados, se les

224
daría la indemnización correspondiente en papel de la deuda consolidada de la clase

más privilegiada, o en tierras pertenecientes al Estado.

225