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¿A Quién Seduciré Ahora?

” Es el titular de tapa de un importante matutino *


. Es que esta pregunta, que se formula la popular Mirtha Legrand, expresa cabalmente el
tema de la femineidad en la viudez, y en ella se ven representadas miles de viudas argentinas.
“`¿A quién voy a seducir ahora, si yo adoraba seducirlo a él?’ se pregunta Mirtha y el
dolor se refleja en su rostro.`Su mirada cómplice y sus gestos de aprobación cada vez que
elegía el vestuario indicado. A él le gustaba la ropa oscura y que usara el pelo recogido.
Además, admiraba mis piernas, mi sonrisa y los vestidos con escote.’ Coqueta, como a Tinayre
le gustaba, termina diciendo: `¡A Daniel le gustaban tanto las mujeres bellas!’.”
Esta presentación particular de la viudez describe con claridad qué pierde, al perder el
marido, una mujer que sostenía su Yo Ideal en el ideal femenino de él.
Es la mirada de él la que recorta en su cuerpo sus zonas erógenas, la que les asigna un
sentido valioso, reafirmando en ella su significación fálica.
El grado de fusión que haya tenido su Yo Ideal con la mirada del esposo, ubicado en el
lugar de Ideal omnímodo, indicará el grado de dificultad que tendrá para desplazar sus
posibilidades de seducción a otros y elaborar el duelo por su viudez.
A lo largo del envejecer, especialmente en la mediana edad, la mujer va realizando lo que
Bromley llama: “ensayo para la viudez” (Bromley B. 1977): “...construyen fantasías sobre qué
van a hacer si su marido se enferma, muere o tiene trastornos mentales severos y muchas
llegan a tomar los recaudos necesarios para la eventualidad de la pérdida.”
Estos recaudos implicarán también ensayar el despliegue de la femineidad en otros
ámbitos, con otros objetos, o poder rescatar y desplegar aspectos masculinos reprimidos o
inhibidos.
Una resolución habitual de esta problemática, es la búsqueda de apego a otra mujer. Esta
modalidad que se observa en algunas viudas -que parecen reafirmar su mutua identificación al
compartir el “haberlo tenido”, el “tenerlo adentro”-, muchas veces entra a formar parte
también de este “ensayo para la viudez”.
En efecto, el deseo de tener una hija para asegurarse la posibilidad de tener alguien que
la cuide en su vejez, es un modo de proyectar el final de su vida al lado de una mujer, es como
si el esposo la falicizara con hijos varones y le “devolviera” otra mujer. Es como si se preparara
para soportar la pérdida de un hombre, pero no soportara la ausencia de una mujer a su lado.
Esta modalidad, de la cual se ven manifestaciones patológicas en madres e hijas
envejecidas y que encontramos reflejada en costumbres y leyes consuetudinarias (por
ejemplo: Como agua para chocolate ), sería efecto de la falla en la interdicción paterna, lo cual
interactúa con factores socioculturales.

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Para la actual generación de ancianas, era habitual el vínculo apegado de la hija con la
madre en el ámbito privado de los quehaceres domésticos. Con la salida de la mujer al mundo
laboral, se refuerza la interdicción, el corte en las identificaciones narcisistas.
Por otro lado, la reafirmación de haber sido y seguir siendo “mujer de un solo hombre”
expresaría la suposición de que hubo uno que la completó.
La identidad pasa a ser “soy la viuda de...” en aquellas mujeres para las cuales el marido
representaba su trofeo, su alma , su emblema. En estos casos su vida de casada pudo haber
significado “ir atrás” de su esposo en todo, sostenida por los méritos de él y, a la vez,
sosteniéndolo en la adquisición de sus laureles.
Cuando éstos comienzan a caer por el desgaste inevitable de los años, ella sigue yendo tras él.
Pero, esta vez, recogiendo lo que de él va quedando.
Es en estos casos que la viudez se constituirá, de acuerdo a la “lógica narcisista de
las dos posiciones” (Bleichmar, H. 1976) -serlo o no serlo- en una caída.
“Si su lugar en el matrimonio fue siempre el de ser el sostén de otro, sostenidas en el
deseo de otro, ¿cómo hacer para re-encontrarse sola frente a su deseo? La ‘caída’ se
produce precisamente porque hay deseo pero se teme o no se sabe qué hacer con ese deseo;
no lo pueden sostener y la caída, con su vuelta a la dependencia, las salva del riesgo de ser
autónomas, del riesgo de vivir.”
La viudez adopta en estos casos características de siniestra, en la medida que rompe con
creencias narcisistas. *
Este desenlace de la ilusión de ser uno con el otro (“la viudez me partió por el medio”),
asentada en la ilusión de que se es “uno”, sería similar para hombres y mujeres, pero la
aparente mayor incidencia en viudas tendría su origen en la modalidad que adopta la
resolución edípica en algunas mujeres.

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