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Dr. Martín G.

Scola “Evolución, Degeneración y Regeneración Alimentarias del Hombre” 1

SEPARATA Nº 01 DEL LIBRO

Evolución, Degeneración y Regeneración


Alimentarias del Hombre

Por el Dr. Martín Gotthelf Scola

Este libro fue publicado por la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela,
Caracas, en 1965)

(Para uso EXCLUSIVO de los alumnos del


Dr. Germán Alberti
En ISLANAT,
Instituto Superior Latinoamericano de Naturología)

PRESENTACION

Ante la constante expansión de las enfermedades degenerativas, debemos


confesar que las tradiciones no vienen apreciando el punto de vista antropogenético
para considerar y seleccionar nuestros alimentos. Por ello constituye el presente
ensayo del doctor Martín G. Scola —con su enfoque biológico-antropogenético de
nuestra alimentación— un aporte trascendental, dentro y fuera de las Academias.

Igualmente, se había observado en la literatura mundial la ausencia de una


resumida introducción científica a la alimentación natural, vacío que seguramente ha de
llenar el presente trabajo. Al mismo tiempo, esta obra aclara pedagógicamente y explica
en forma amena, tanto las respectivas nociones básicas como las consideraciones
prácticas, que requerirían los lectores, sean éstos doctos o legos en la materia.

Obsérvase perfectamente que, el autor ha logrado en su obra ordenar y reducir el


sinnúmero de problemas que suelen plantearse en la alimentación natural, en sólo
cuatro principios o criterios básicos. Esto habrá de servir para facilitar y hacer más

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fructíferas las discusiones, investigaciones y deducciones que se suscitan en torno a


esta cuestión apremiante tanto en pro de la salud individual como de la colectiva.

Y puesto que el tema de la alimentación balanceada, perfecta o ideal, y de los


recursos que nos brinda la Naturaleza para lograrla es de los más apasionantes, y de
los que tienen hoy más actualidad nacional e internacional, no vacilamos en
recomendar sinceramente el estudio objetivo y ecuánime del presente libro.

Finalmente, nos complace destacar la tendencia humanitaria y social de la


presente argumentación a favor de una alimentación más natural e integral. Pues ésta
—aparte de ser evidentemente sana— es a la vez mucho más económica y permite,
así, a las clases pobres alimentarse tan saludablemente como pueden hacerlo las
pudientes: ¡Un mensaje verdaderamente social y filantrópico!

Dr. Martín Vegas


Ex Decano de la Facultad de Medicina de la
Universidad Central de Venezuela

PRÓLOGO

Desgraciadamente los animales no somos como las plantas —sino muy diferentes
a ellas— en lo que respecta a la alimentación. Los vegetales son capaces de sintetizar
sus propios alimentos —glúcidos, lípidos, proteínas, vitaminas— mediante la función
clorofílica, en cambio que los animales tenemos que obtenerlos, directa o
indirectamente, de las plantas. Quizás esta sea una de las razones que longevidad
apreciable a la gran mayoría de las especies vegetales. Otra razón es, sin duda, la
eliminación rápida de los residuos metabólicos a la cual se remite, fundamentalmente,
el presente libro
.

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En los animales, desde un protozoario basta el hombre, la alimentación se efectúa


a base de otros seres vivientes —y hasta en simbiosis con los mismos— y en este
sentido podemos considerarnos como parásitos de la vida inferior. Sin embargo, hay
una diferencia notable entre la alimentación del hombre, de la especie Homo sapiens, y
la de cualquier otro animal. Nuestra especie es la única del Reino Animal que maneja el
fuego y otros artificios, mientras las especies inferiores toman los alimentos en forma
exclusivamente natural, tal como nos la ofrece la naturaleza. El hombre, por el
contrario, los desnaturaliza en cierto grado, a veces apreciable, mediante el
recalentamiento, la refinación, la preservación y la salazón, aparte de la alcoholificación
y, —como lo recalca esta obra— la putrefacción.

Hasta qué punto los tratamientos que sufren nuestros alimentos, con el fin
hacerlos más blandos o más gratos al paladar, son dañinos en mayor o menor grado al
organismo, debe ser, cada vez más, motivo de extensas investigaciones. Y los primeros
resultados pueden comprobarse en los tratamientos que la Medicina ya está aplicando
a pacientes de las más diversas enfermedades: cardiovasculares, renales, digestivas,
dentales, dermatológicas, carenciales, infectocontagiosas, etc., etc.

Existe una corriente dietética que parte de las costumbres y prácticas hindúes y
que se extiende y cobra fuerza en el mundo moderno. De suerte que es un regreso a la
alimentación natural no desnaturalizada. Y la presente consideración biológica y
antropogenética de la misma es una contribución muy oportuna y de gran interés al
problema de una alimentación mejor y más conveniente para el hombre de hoy. Aunque
en muchos aspectos es discutible, este libro del doctor Scola estimula y orienta en el
sentido de mantener la salud, preventivamente, en base al régimen dietético cotidiano.
Es evidente que el ciudadano de todos los países civilizados del mundo está
sometido, cada vez más, a numerosas presiones antinaturales que afectan la trilogía
fundamental de su fisiología: digestivo-circulatorio-nervioso, y que el desajuste de estas
tres funciones cíclicas es causa de males, especialmente en cuanto a la progresión
alarmante de los morbos degenerativos. Por lo tanto, una alimentación más biológica es

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elemento de incuestionable importancia en la ruptura del ciclo anormal de


funcionamiento, por la primera de sus bases: la digestiva.

Quienes creemos en la veracidad del adagio turco: ‘Quien come demasiado (y


podríamos añadir, inconvenientemente) está cavando su fosa con sus propios dientes”,
saludamos el libro del doctor Scola, porque inquieta y estimula hacia el alcance de una
alimentación más natural, más sencilla y más sana

DR. ALONSO GAMERO

Decano de la Facultad de Ciencias de la


Universidad Central de Venezuela

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DEDICATORIA

A LA MEMORIA DEL SABIO

ALEXIS CARREL
(28-06-1873 - 5-11-1944),

PREMIO NOBEL DE MEDICINA;


DESCUBRIDOR DE LOS CULTIVOS CELULARES
Y DE SU AUTOINTOXICACION; PALADÍN DE LA
SALUD NATURAL, LA EUGENESIA Y
LA REGENERACION HUMANAS;
¡MARTIRIZADO en la II GUERRA MUNDIAL!

Y A LA MEMORIA DE LOS EMINENTES MEDICOS


NUTROLOGOS DOCTORES:

MIKKEL HINDHEDE
(1862 - 1945)

MAX BIRCHER-BENNER
(1867 - 1939) y

ARE WAERLAND
(1876 - 1953),

QUIENES DEDICARON SU VIDA A LA PREVENTIVA ALIMENTACION BIOLÓGICA INTEGRAL,


PERFECCIONANDOLA ADMIRABLEMENTE COMO LA BASE DE LA SALUD NATURAL, QUE
EXIGIO CON TANTO ENFASIS EL GENIO CARREL.

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PREFACIO DEL AUTOR

“La naturaleza es siempre verdad y bondad; las


faltas y equivocaciones provienen del hombre.”
Goethe

La presente exposición, biológica y evolucionista, critica las costumbres


antinaturales del Homo sapiens recens (y particularmente del hombre moderno)
necesaria y conscientemente y por ello no debe ser interpretada en ningún detalle como
“polémica”. Por el contrario, este trabajo es, en todas su partes, tan sólo constructivo y
educativo en cuanto al bienestar del individuo y del pueblo, además de ser
conservacionista en cuanto a la Naturaleza.
El hecho sencillo de que la alimentación natural produce también una “salud
natural” ya se encuentra reconocido en la Biología (Botánica y Zoología), en la
Veterinaria y en la Pediatría — (con respecto a los lactantes). Pero en cuanto a
nosotros mismos, esta verdad biológica sorprende todavía a legos y doctos. La
explicación para esta paradoja increíble es el hábito alimentario que no deja reflexionar
con respecto a nuestra propia salud.
Así, mientras los criadores prohíben celosamente el dar caramelos a los caballos;
o proporcionan, precisamente el salvado a sus diversos animales, las amas de casa
extraen por un remojo cuidadoso la sal del pan antes de ofrecerlo a los pájaros; los
veterinarios y las madres se angustian con derecho cuando un animal o un lactante
tenga a una sola evacuación al día o cada dos días, etc., ninguno de ellos tiene, en
absoluto, las respectivas preocupaciones hacia sí mismo o hacia los demás familiares,
es decir, que el hábito alimentario nos produce una especie de “cortocircuito mental” en
cuanto a nosotros mismos.
Igualmente, debido a ese “cortocircuito mental” no hemos apreciado hasta ahora
el insigne descubrimiento de la salud natural que ya realizó hace varios decenios, en el
pueblo pakistaní de Hunza, el nutrólogo profesor sir Robert McCarrison, quien no pudo
observar —durante muchos años— casi ningún enfermo y especialmente ningún caso
de cáncer, ni de caries dental, ni de nuestras degeneraciones arteriales, en este pueblo
muy pobre y longevo, pero que vive de una alimentación lacto-vegetal y no
desnaturalizada; o ante los descubrimientos análogos, también debidamente citados en

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la obra, de que una alimentación desnaturalizada puede originar o favorecer las más
diversas enfermedades (incluyendo el cáncer) en animales y hombres. Y en vez de
prevenirlas, de acuerdo con todos estos descubrimientos, por una alimentación no
desnaturalizada, lo que sería lo lógico y sincero; gastamos miles de millones de dólares
y movilizamos un ejército de científicos y médicos cada vez más numeroso y más
complicado, para curar o mitigar las enfermedades ya manifiestas (!), todo bajo la
dominante influencia y propaganda de los respectivos “intereses creados”,
Dichos “intereses creados” son especialmente las industrias de los alimentos
desnaturalizados (azúcar blanca, aguardiente, harinas y féculas desvitalizadas, grasas
refinadas, conservas, etc.) y las aún más poderosas industrias químico-farmacéuticas.
Por ejemplo, en Alemania, la producción de especialidades farmacéuticas se calcula
oficialmente así: 1953 = 0,9 mil millones de marcos (DM); 1963 = 3,6; 1964
probablemente = 4,2 y 1965 5,4 mil millones de marcos (DM); y el 30 de enero de 1964
estuvieron registrados en Alemania ya más de 60.000 (!) productos farmacéuticos. ¡De
veras, aquí cabe la advertencia del profesor doctor Jorge Bejarano! (citado en el texto):
¡Ansiosamente la humanidad se precipita tras de todos estos fármacos!
Lamentablemente, las interesadas industrias, etc., defienden y elogian este desarrollo
apocalíptico como “moderno” y “progresista”, y fomentan los aludidos recelos humanos
para no cambiar nuestros hábitos alimentarios antinaturales.
Y así ocurre que el correspondiente auge de las caries dentarias, arteriosclerosis,
cáncer, reumatismo, etc., se trata de excusar apresuradamente con uno de los factores
adicionales, corno son la falta de “fluoruro”, el “stress”, los “virus” y el “clima’,
respectivamente, para mantener las ganancias fabulosas que aportan los alimentos
refinados y las medicaciones.
La expuesta insinceridad constituye —nolens, volens— una gigantesca
explotación comercial de los pueblos artificialmente enfermizos por dicha causa... Es
notorio que las desvitalizaciones comerciales, en cuanto al arroz, llegaron a causar en
muchos millones de habitantes del Asia y África la enfermedad “Beriberi”, que significa
“Gran Fatiga”; pero en cambio se ha silenciado que las demás desnaturalizaciones
comerciales, en casi todos los alimentos modernos, provocan las mismas
consecuencias enfermizas y degenerativas, en los más diversos grados y formas

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(compárese la obra del profesor doctor Weston A. Price y sus elocuentes fotos,
comentadas en el texto).
Ahora bien, si no existiera la explosión demográfica del país y del Continente
(véase la Parte III) y el auge de la arteriosclerosis y del cáncer (véase la Parte IV)
podríamos tal vez seguir con nuestro estado enfermizo artificial y resignarnos. Pero las
crecientes emergencias sociales: la pobreza, el hambre, la desnutrición, la anemia, la
degeneración arterial, dental y cancerosa, etc. —todas en progresión inquietante—,
obligan por fin a recurrir a la alimentación natural que, según lo expone el presente
libro, no sólo es saludable y baratísima, sino también mucho más ventajosa para la
producción agrícola y la economía nacional e internacional.
Asimismo se insiste en la Parte III en que no deberíamos emprender la Lucha
contra el Hambre y la Desnutrición, de ninguna manera, con los alimentos —ni
“excedentes”— desnaturalizados y morbígenos. Por ende, debemos cortar
enérgicamente el círculo diabólico mercantil: Alimentos desnaturalizados —
Enfermedades — Medicaciones, etc., mediante una alimentación más natural y
preventiva.
Así, podemos decir que la Alimentación Natural constituye un auténtico “Recurso
Natural” tal como lo son nuestros bosques. Esta comparación parece muy adecuada, ya
que podemos vivir también sin los bosques, pero entonces igualmente artificial e
insalubremente. Por lo tanto, urge sembrar entre los legos y doctos una “conciencia
proteccionista” de cuidar nuestros bosques como la fuente del oxígeno y del agua, pero
también de proteger nuestros alimentos naturales como la fuente de las sustancias
vitales (ver Tabla 2), o sea, de la salud natural.
Recalcamos que dicha Conciencia Proteccionista hacia la naturaleza —nuestra
cuna— es, en primer lugar, una cuestión educativa, a la cual desea aportar el presente
trabajo, responsable y desinteresadamente, los fundamentos objetivos-científicos y a la
vez los éticos-educativos; y por ello es que nos permitimos rogar a todos los futuros
críticos y censores de esta obra, que formen su respectivo criterio muy por encima e
independientemente de sus propios hábitos o intereses (véase también el final del
Preámbulo de la Parte 1), tal como lo hizo en enero de 1964 el Jurado Supremo de los
Estados Unidos con respecto a los peligros del tabaquismo, cuyos cinco miembros

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fumadores firmaron aquel “Veredicto” igual como los no-fumadores y probablemente


seguirán todavía con su costumbre personal; pero su admirable criterio objetivo y
elevado, ayudó ya a varios millones —especialmente de la nueva generación— a
liberarse del respectivo hábito insalubre.

***

Finalmente cabe aclarar que detrás de este libro alimentario no se


esconde ninguna tendencia industrial, comercial, ni política o religiosa,
tampoco un dogma dietético o científico, sino exclusivamente la
preocupación por la alarmante degeneración humana a partir de los últimos
decenios. (Ni siquiera aceptamos los honorarios del autor para así favorecer
el precio y la divulgación del libro). Y si nuestros estimados lectores llegaren
al fin y al cabo a sustituir la frecuente pregunta superficial: ¿por qué cambiar
los tan acostumbrados alimentos?, por la interrogación decisiva: ¿pero por
qué desnaturalizar los alimentos integrales previstos por la Naturaleza?,
entonces este libro —resultado de un estudio y esfuerzo independiente de
varios años— habrá logrado su propósito educativo y preventivo.

El Autor

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INTRODUCCIÓN Y LEMAS

“La salud no lo es todo, pero sin ella todo lo demás es nada”, escribió
enfermo el filósofo Arturo Schopenhauer, y nosotros podemos añadir, hoy en día, que
esta verdad vale no sólo para el hombre individual, sino también para cada colectividad
humana o una nación entera.
Todo nuestro adelanto científico y técnico será —ya dentro de pocas generaciones
— desilusionante y negativo si las enfermedades, la invalidez y las cada vez más
complejas instituciones asistenciales siguen creciendo al mismo ritmo violento de los
últimos tiempos.
Las actividades asistenciales ya han alcanzado enormes dimensiones en muchas
empresas grandes y ciudades modernas. Casi siempre, se presentan e interpretan
estos crecientes conglomerados hospitalarios y clínicos de todo tipo como un verdadero
progreso, pero sin tomar en consideración que su constante crecimiento indica algo
fatal y funesto para nuestro futuro.

El eminente cirujano y biólogo francés profesor doctor Alexis Carrel, Premio Nobel
de Medicina, caracteriza esta situación en su conocido libro La Incógnita del Hombre, a
saber:

“La Medicina se halla lejos de haber disminuido los sufrimientos


humanos tanto como pretenden hacernos creer. Es cierto que el número de
muertes por enfermedades infecciosas ha disminuido grandemente. Pero
sufrimos en proporción mucho mayor de enfermedades degenerativas. Los
años de vida que hemos ganado por la supresión de la difteria, la viruela, la
fiebre tifoidea, etc., están pagados con largos sufrimientos y muertes lentas
producidas por las afecciones crónicas, y especialmente por el cáncer, la
diabetes, las enfermedades cardíacas... Las inyecciones de vacuna específica
o de suero para cada enfermedad, los repetidos exámenes médicos de toda
la población, la construcción de gigantescos hospitales, son medios caros y
no muy eficaces de prevenir las enfermedades y de desarrollar la salud de

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una nación. La salud debería ser natural. Esta resistencia innata da al


individuo un vigor, una intrepidez, que no posee cuando su supervivencia
depende de los médicos”.

***
La presente exposición no trata sobre la curación alimentaria de las
enfermedades, que pudiera fomentar un peligroso auto curanderismo y la ola de tantas
“dietas” y publicaciones dietéticas, sino sobre la decisiva prevención alimentaria.
Sin embargo, para explicar que el autor no ha llegado a la alimentación preventiva
natural por algo extravagante, fanático, religioso o visionario, sino por la más natural
experiencia propia, él debe explicar que desde su adolescencia había sufrido
gravemente de hiperacidez, de úlceras gástricas y duodenales, de furunculosis y,
además, desde los treinta años de edad, de obesidad, arteriosclerosis asombrosa de la
aorta, angina péctoris dolorosa, reumatismo muscular con nudos palpables y artritis
crepitante.
Quien esto escribe, es médico, hijo de un médico alemán y reside desde hace
diecisiete años en Venezuela, habiendo ejercido la profesión tanto en Los Andes como
en la baja Guayana. Claro está que él siempre aprovechó todo este ambiente médico
para lograr un tratamiento eficaz de sus propias enfermedades citadas. Y, en efecto, las
respectivas medicinas patentadas o tradicionales aliviaron transitoriamente una u otra
de las referidas dolencias, pero no podían cambiar la predisposición enfermiza y las
constantes recaídas cada vez más graves.
En este estado desesperado, el autor dejó de “tratar las enfermedades” y empezó
a aplicar el sistema de la alimentación natural, guiado por la obra In The Cauldron of
Disease, del genial nutrólogo sueco, doctor Are Waerland, en la cual éste sostiene que
no hay propiamente “enfermedades” sino “organismos enfermos”. Se puede resumir lo
anterior en los cuatro lemas seleccionados así:

“Si alguien busca la salud, pregúntale primeramente si él


está dispuesto a evitar en el futuro las causas de la enfermedad;
en caso contrario abstente de ayudarle”.

Sócrates (470-399 a.C.)

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“Las enfermedades no nos vienen del cielo, sino de los diarios y


pequeños pecados contra la Naturaleza.
Al acumularse éstos demasiado, las enfermedades sólo
parecen producirse de repente... ¡Vuestros alimentos deben ser
vuestras verdaderas medicinas”!

Hipócrates (460-370 a.C.),


Padre de la Medicina.

“Propiamente no hay enfermedades aisladas o


sorprendentes; éstas son diversas manifestaciones de un cuerpo
enfermo; a éste debemos curar y no aquéllas”.

Dr. Are Waerland (1876-1955).


Célebre nutrólogo sueco.

“El 99 por ciento de los hombres no pueden pensar por sí


mismos, sino por la tradición”.

Benjamín Franklin (1706.1790).


Prócer, físico y naturista americano.

Ahora bien, la alimentación natural obtuvo en el autor no sólo la curación


simultánea de las citadas enfermedades graves y de otras menos severas, por ejemplo,
la caries dental y otitis media crónica, lo que tal vez pudiera interpretarse como algo
casual o individual, sino sobre todo —desde hace varios años— la prevención perfecta
de las mismas dolencias y de cualesquiera otras, incluso de las molestosas infecciones
gripales. A esta experiencia preventiva debe el autor la comprensión de la verdad
sencilla —comprensión que resulta humanamente tan difícil— de que la alimentación
natural nos proporciona una salud sorprendente, aun bajo nuestras desfavorables
condiciones de civilización y aun personas de constitución delicada.

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Desde entonces, el autor se ha dedicado por más de seis años a estudiar —en
práctica y teoría— la alimentación natural y ahora no vacila en exponer los
resultados, consciente y desinteresadamente, a todos sus conciudadanos.

Primero tratará de explicar la alimentación natural con criterio predominante


biológico, y luego, de modo más práctico, pero siempre en forma condensada y
sinóptica. De esta manera, es de esperar que este trabajo supla a la vez la notoria falta
en la literatura universal de una auténtica y metódica introducción a la razón y
práctica de la alimentación natural.

En favor de la sinopsis aquí indicada, los estimados lectores sabrán excusar el


estilo compendioso de este libro; pues, al transformarlo en un estilo español corriente y
elegante, los lingüistas aseguran que su volumen al menos se triplicaría y por ello es
preferible rogar al amable lector que repita la lectura de los capítulos más condensados,
como es sólito y necesario con todos los textos de compendio.

De otra parte, es de señalar que este trabajo no analiza los numerosos alimentos,
como es usual, en un sinnúmero de detalles químicos y extensas tablas de calorías que
en realidad desorientan (véase el Preámbulo de la Parte II) y suelen confundir tanto que
el desesperado lector se sienta al más próximo menú listo y servido, prefiriendo los
dolores de cabeza y vientre que pueda originarle la comida, a aquellos que causan cien
o mil detalles teóricos.
Por lo contrario, este libro sintetiza los nuevos conceptos biológicos de la Nutrición
a sólo cuatro criterios o reglas que son fácilmente recordables y aplicables, en todo
momento y para cualquier alimento y manjar; facilitando así, en la práctica diaria, el
cambio necesario de nuestra alimentación demasiado antinatural.

Finaliza esta introducción con la siguiente consideración y aclaración fundamental:

El presente libro toma en cuenta y no niega en absoluto, que los hombres no


civilizados —con sus fuertes ejercicios en un aire sano y con alimentos más naturales e

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integrales—, pueden adaptarse a una gran variedad de comestibles en los extremos:


los esquimales señaladamente a la grasa de foca y morsa, etc. y los culíes hindúes o
chinos predominantemente al arroz integral. Y, sin duda, esta capacidad de adaptación
es asombrosa, aunque no indica que sea en todas sus formas igualmente buena o
ideal. Pero, en todo caso, la misma disminuye bruscamente si los pueblos primitivos
cambian a nuestros alimentos refinados, bajo la irrupción de las diversas
degeneraciones y enfermedades; lo mismo enseñan todos los mamíferos que se crían
con alimentos desnaturalizados (véanse los próximos capítulos).

Ahora bien, este fenómeno biológico tan trascendental enfoca y explica de una
vez, clara e irrefutablemente, la antes caracterizada progresión alarmante de las
dolencias degenerativas en la humanidad civilizada de hoy y nos obliga a dejar de
acentuar y forzar los extremos de la referida adaptabilidad y, al revés, a estudiar y
acertar el respectivo centro, o sea, nuestra alimentación más adecuada o natural. En
consecuencia, no existe ese “anacronismo” ni “capricho” o “locura” con que se suele
ridiculizar y rechazar la alimentación natural; por lo contrario, ésta constituye, cada vez
más, un recurso de gran actualidad y urgencia.

El autor anhela —en compensación a sus sinceros esfuerzos— que el presente


libro haga reflexionar no sólo a aquellos sanos y enfermizos que buscan de manera
preventiva la salud duradera y total, o sea, según la cita de Carrel: “la salud natural”;
sino también a numerosos médicos, padres de familia, educadores, empresarios,
economistas, políticos y demás responsables de la salud y felicidad de las nuevas
generaciones.
ACLARACION

En este libro significan:


Verduras = Hortalizas.
Hortalizas = Hojas, tallos, raíces y tubérculos.
Vegetales = Verduras, frutas y semillas (incluso
granos cereales, nueces, etcétera).

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Papas = Patatas.
Batatas = Boniatos (dulces).
Legumbres = Leguminosas.
Vainitas = Chauchas o judías verdes.

Además los términos “desnaturalizado” y “refinado” se usan indistintamente en el mismo


sentido.

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PRIMERA PARTE

Los Cuatro Principios Alimentarios

Naturales y Preventivos

DESDE EL PUNTO DE VISTA ANTROPOGENÉTICO

“Para conocer un organismo hay que estudiarlo


a lo largo de su escala zoológica”
Goethe

PREÁMBULO: LA PREGUNTA DECISIVA…

Innumerables y contradictorias son tanto las tradiciones alimentarias como


también las reformas dietéticas y casi cada nutrólogo o dietista tiene su sistema propio.
Las tradiciones como tales, por una parte, y por otra un verdadero “sectarismo
dietético”, nos impiden salir de este laberinto. Millares de experimentos y

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descubrimientos bioquímicos aislados y por ello frecuentemente opuestos, no mejoran


esta confusión; más bien aun la aumentan.

En cambio lo que nos faculta para acertar intuitiva o inmediatamente nuestra


alimentación más adecuada y natural, es aquel “poder pensar por nosotros mismos”, o
sea, poder considerar y respetar debidamente la antropogénesis que —incluyendo los
preliminares antropoides y primates— ha durado más de sesenta millones de años
(según H. F. Osborn, G. G. Simpson, A. Keith, J. Huxley y demás antropólogos), lo que
nos induce a plantear y contestar la pregunta decisiva: ¿Según cuál alimentación han
evolucionado y seleccionado nuestros órganos digestivos?

Generalmente, se toma en consideración las respectivas tradiciones y costumbres


—tan contradictorias— de nuestros padres, abuelos o cuando mucho de la humanidad
de la época histórica de unos 5.000 años atrás. Y aunque extendamos nuestra ojeada
retrospectiva al Homo sapiens y Homo primitivus, o sea, hasta el uso más generalizado
del fuego para calentar los alimentos, hace unos 25.000 años, o el correspondiente uso
limitado, hace unos 100.000 años, estos espacios —por cierto muy largos— resultan
todavía de poca importancia con respecto a los aproximadamente sesenta millones de
años de la antropogénesis general durante la Época Terciaria y, por lo tanto, equivalen
tan sólo a más o menos 0,1 por ciento de la nombrada antropogénesis. (Aclaramos de
una vez que el hombre-mono sudafricano de unos 600.000 años atrás, llamado por un
error Prometeus, no utilizó el fuego y que éste y los conocidos hombres primitivos del
África, Asia y Europa no son tampoco ascendientes del hombre actual —Homo sapiens
recens—, sino ramas extinguidas. Véanse las posteriores “Consideraciones
Antropogenéticas”).

De este modo, si nos basamos debidamente en el punto de vista antropogenético,


viene a resultar que el asado de las carnes y el cocimiento de los alimentos en general
es un artificio relativamente reciente e insignificante para la evolución de nuestro
aparato digestivo.

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Y LA RESPUESTA FUNDAMENTAL

Como dicha antropogénesis se desarrollaba en más del 99 por ciento de su tiempo


en la selva tropical (según J. Huxley y otros biólogos), la correspondiente alimentación y
digestión de los silvestres antropoides y primates actuales nos da todavía una correcta
e inmediata respuesta a la referida pregunta decisiva: ¿Mediante cuáles alimentos y
sistema digestivo ha ido evolucionando nuestro aparato de la digestión?

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Desde las intensas investigaciones —al comienzo del siglo actual— del eminente
anatomista sir Arthur Keith en los antropoides de África (chimpancé y gorila) que
muestran el mismo aparato digestivo que nosotros, y del entonces célebre especialista
y cirujano del colon, sir Arbuthnot Lane, la reconocida repuesta es: Vegetales crudos y
la resultante digestión fermentativa, que producen al día varias deposiciones, blandas y
libres de putrefacción. Lo que corresponde a la misma exigencia del “Padre de la
Medicina”, Hipócrates, de tres o cuatro evacuaciones blandas e inodoras diariamente.
En efecto, sin éstas, perecemos de manera evidente y rápida durante los primeros
meses de nuestra vida y, luego, de manera latente y lenta nos intoxicamos,
degeneramos o enfermamos.

Por otra parte, los últimos grupos humanos longevos que —al igual de los
antropoides silvestres— no tenían enfermedad alguna, ni la menor caries dental, eran
aquellos que permanecían incomunicados en lugares remotos y, por lo mismo, ajenos a
nuestros alimentos refinados; que vivían de una alimentación activamente fermentativa
(con yogurt, kéfir requesón y suero de leche de vaca, cabra, oveja, rena búfala, camella,
almizclera y otros mamíferos, o con los diferentes vegetales en. fermentación
Iactoacidófila o con las frutas, ricas en fructosa, especialmente los dátiles); por ejemplo,
en los altos valles de los Alpes, de los Cárpatos y restantes Balcanes, del Cáucaso,
Afganistán, Himalaya (el viejo pueblo de Hunza), etc., o varios pueblos de los países
árabes, hindúes, etc.

Ahora bien, la antropogénesis y los antropoides actuales nos enseñan y hasta nos
imponen (y los últimos grupos humanos completamente sanos nos lo confirman) cuatro
vitales principios y reglas alimentarios, los cuales son:

Alimentos vivos y vitalizantes;

Alimentos fermentativos y no putrefactivos;

Alimentos mayormente alcalinizantes, y

Alimentos en conjunto no concentrados.

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Naturalmente, no podríamos regresar a la vida o alimentación selváticas, pero sí


podemos y debemos perfectamente respetar estos cuatro vitales principios o reglas de
nuestra antropogénesis.
Procederemos ahora a analizarlos en sendos capítulos, pero antes rogamos al
amable lector que trate de mantener siempre un criterio objetivo, imparcial y científico,
aunque él reconozca subjetivamente que no puede o no quiere cambiar sus actuales
costumbres alimentarias. Nos sentiríamos ya muy satisfechos, si quienes nos lean,
lleguen a reconocer, aunque fuese solamente en teoría, el valor de la alimentación
natural como saludable y preventiva, ya que entonces el problema se reduciría a su
mera decisión y aplicación.

En este caso sólo anhelamos que se aplique la bondad de la alimentación natural


al menos en los seres inocentes y más queridos como son nuestros niños. Y finalmente
esperamos que de este modo, cuando un familiar, colega o conciudadano de uno de
nuestros lectores adopte un régimen alimentario natural, no sea mirado como un
extraño, sino, por el contrario, sea tomado como un ejemplo que sirva de una valiosa
experiencia más y de un estímulo para la imitación.

Para interpretar mejor nuestro importante ruego y anhelo de los dos últimos
apartes, sirva la siguiente comparación: El hecho dé que ya no podemos caminar
descalzos en las ciudades modernas, ni tampoco en las zonas frías, ni en ciertas
regiones tropicales con sus focos parasitarios, no debe impedirnos, de manera alguna,
estudiar y conocer el decisivo valor preventivo del andar descalzos para las tan
frecuentes debilidades y deformaciones degenerativas de los pies. Pues, la correcta
idea, nos conduciría paulatinamente a preferir zapatos más adecuados a nuestra
anatomía y fisiología, evolucionadas durante unos sesenta millones de años; a
cambiarlos por sandalias correctas en todas las oportunidades que lo permitan; y
especialmente, a ir con nuestros hijos a correr descalzos en sabanas y playas aseadas
y hacer con ellos en el hogar los debidos ejercicios diarios de puntillas.

Instituto Superior Latinoamericano de Naturología, ISLANAT


Dr. Martín G. Scola “Evolución, Degeneración y Regeneración Alimentarias del Hombre” 21

Por el contrario: ¡Cuanto más se agraven las condiciones y costumbres artificiales


de la vida, tanto más debemos estudiar y conocer teóricamente las condiciones
naturales e ideales!

La acertada teoría serviría entonces como ideal y antítesis que —en


contraposición a las tradiciones o costumbres actuales con sus tesis y doctrinas
correspondientes— pueda traducirse en una adecuada y practicable síntesis. En este
sentido sensato pedimos del estimado lector la indispensable mentalidad elevada y
tolerante (es decir: que no piense constantemente en sus propios hábitos alimentarios y
que no los tome, muy humanamente, como su punto de vista o criterio) para así
posibilitar el debido estudio objetivo de cada uno de los cuatro principios alimentarios —
naturales e ideales— que expondremos a continuación, desde el punto de vista
antropogenético.

Instituto Superior Latinoamericano de Naturología, ISLANAT