Вы находитесь на странице: 1из 3

JUAN

Juan es una persona de 32 años que vive en la calle, frecuentando los sectores del Hospital Regional
de Concepción. Tiene diagnóstico de esquizofrenia paranoide desde los servicios de Salud Mental.
Tiene baja adherencia al tratamiento farmacológico, pero adhiere de forma puntual a sus
inyecciones mensuales de modecate.

Desde los 17 años presentó un consumo creciente de distintas drogas: empezó con el
neoprén y cuando el quitaron el tolueno se acercó a la marihuana y el alcohol, los cuales fueron
reemplazados por la pasta base hace varios años. Todo esto no impidió que Juan terminará su
educación media con buenas notas en un liceo público y entrara a estudiar una carrera técnica, la
cual no logró terminar.

En los períodos en que comenzó a consumir pasta base tuvo sus primeras crisis psicóticas,
las cuales fueron muy traumáticas para su familia, dado el descontrol que le atribuían a su
conducta: aun cuando nunca amenazó o golpeó a nadie, su esposa tenía mucho miedo de que
dañara a sus hijos. Esto, sumado a la creencia de Juan de que los tratamientos no lo iban a ayudar,
su refugio en las drogas y el abandono de su trabajo terminaron con su partida del hogar.

Juan decidió no pedir ayuda ni a sus hermanos ni padres, ya que considera que los
problemas personales deben ser resueltos individualmente. Con el tiempo y la costumbre encontró
comodidades en el estilo de vida de calle, apreciando la libertad y no tener que rendirle cuentas a
nadie.

En este contexto tiene una nueva crisis psicótica, en la cual él se asusta mucho y deja de
consumir. Además decide pedir ayuda, pero cómo no cree en las instituciones sanitarias pide ayuda
al Hogar de Cristo, aclarando que no quiere tener un lugar donde dormir, no quiere medicamentos
(aparte de la inyección mensual) y que aceptaría ayuda en sus necesidades básicas, aparte de que
le ayuden con el temor que siente.

Si bien por momentos Juan presenta un lenguaje incoherente y poco comprensible para el
resto hay otros momentos en los cuales logra comunicarse como lo hacía antes.

Dentro de este contexto acepta recibir atención psicológica, a regañadientes y por


recomendación de una persona del hogar de Cristo.
HIPERACTIVO

Pedro es un niño de 10 años, que llega a un nuevo colegio, tras repitencia en


establecimiento anterior y problemas conductuales, que llevaron a que no le renovaran la
matrícula. Su actual establecimiento pide a los padres firmar una cláusula de condicionalidad,
asociada a que si presenta problemas de violencia será expulsado. Además, el establecimiento
solicita que el niño sea evaluado por neurólogo.

Sus padres, Juana (40 años, profesora universitaria) y Rodolfo (34 años, ingeniero civil en
construcción), a falta de una mejor opción aceptan las condiciones del colegio y se muestran muy
preocupados por el comportamiento de su hijo, al cual no habían prestado mucha atención ya que
se encontraban muy ocupados en sus respectivos trabajos. También se acuerdan que tanto en
kínder, como en primero y segundo básico su hijo se había destacado en cuanto a su capacidad de
aprendizaje y les extrañaba que ahora tuviera problemas de conducta. Lo llevan a un neurólogo, el
cual lo diagnostica en la primera consulta con déficit atencional con hiperactividad y le prescribe
un tratamiento farmacológico. Ambos padres dudan de darle estos fármacos a su hijo,
considerando su edad, pero acceden ante las presiones del colegio.

Pedro tiene una hermanita de 3 años que ha tenido problemas de salud, especialmente
con alergias alimentarias, los cuales han llevado que sus padres estén estresados y buscando
especialistas que puedan atender sus necesidades. Esto ha llevado a que ambos padres estén muy
cansados: en el caso de Rodolfo le estresa que su trabajo en la construcción le implique viajar a
otras comunas y estar un tiempo alejado de la casa, ya que siente que le carga toda la
responsabilidad a Juana. Por su lado, Juana ha pensado en abandonar su trabajo para dedicarse a
sus hijos, pero ve que eso implicaría cambiar el estatus de vida que tienen y le preocupa cómo lo
tomará Rodolfo.

Pedro se aburre en clases y no tiene facilidad para hacer amigos durante su primer período
en el nuevo establecimiento, pero logra interesarse por las clases de música y se entretiene mucho
tocando la flauta, la cual lleva a todos lados. Así, comienza a tener problemas también en su casa
ya que hace llorar a su hermanita al despertarla tocando la flauta, lo cual estresa a los padres aún
más de lo que ya lo están, castigándolo y privándolo de ensayar en su casa.

Ante esta situación acuden a consulta psicológica privada.


VIOLENCIA EN LA FAMILIA

Juan (35 años, albañil) y Flora (33 años, dueña de casa) tienen dos hijos: está Andrea (3
años) y Joaquin (4 meses).

Ambos mantienen una relación afable con sus vecinos, pero especialmente Flora que
conversa, pide ayuda y apoya a sus vecinas que también son dueñas de casa.

Juan maltrata hace mucho tiempo de forma verbal a Flora llamándola de formas
denigrantes y avergonzándola frente a sus amigos y familia que no saben muy bien que hacer, ya
que las veces que lo han conversado con Flora, está o niega la violencia o la minimiza. El último
tiempo este maltrato ha pasado a que Juan, especialmente en ocasiones en que ha bebido, golpee
a Flora, mostrando arrepentimiento el día posterior y justificándose a través del alcohol. Flora
acepta con reticencia estas excusas, pero el crecimiento de la violencia de su marido la preocupa,
tanto así que lo habla con varias de sus vecinas, las cuales la invitan a no hacer enojar a su marido
y no hablar mucho del tema. En uno de estos episodios violentos Juan la golpea, la tira al suelo y la
sigue golpeando mientras está tirada: los llantos incesantes y cada vez más fuertes de Andrea
inquietan a los vecinos quienes llaman a carabineros.

Carabineros se presenta en la casa y constata lo sucedido, llevando detenido a Juan y


revisando las condiciones en que están Flora, Andrea y Joaquín. En la escena, dan cuenta de la
gravedad de las heridas de Flora y piden una ambulancia, pero además notan las paupérrimas
condiciones en las que están los hijos, dando cuenta de esto a la Oficina de Protección de
Derechos de la Infancia (OPD).

La OPD realiza un diagnóstico de la situación familiar y observa que las vulneraciones de


derechos indican que los padres no tienen las habilidades parentales para ser los cuidadores
legales de los niños, siendo éstos institucionalizados, ante la ausencia de redes familiares de
apoyo.

Flora, luego de recuperarse de sus heridas, decide hacer tres gestiones: 1.- Coordinar la
liberación de su marido de la cárcel 2.- Recuperar a sus hijos de Sename y 3.- Pedir apoyo al
Sernam por lo que ella considera que es discriminación de género, al no haberle pedido su
declaración para institucionalizar a sus hijos.

Dentro de todo este proceso Flora solicita apoyo psicológico individual.