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Taller de Formación JMA 21/02/2018

FOLLETO 3

Arte popular y los artistas


populares

TEXTOS:
 PRIMER ENCUENTRO CON ARGUEDAS de Miguel Gutierrez
ENTREVISTA A MANUEL ACOSTA OJEDA - 2005

Sicuris José María Arguedas


2018

“Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él” C. Vallejo
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Taller de Formación JMA 21/02/2018

PRIMER ENCUENTRO CON ARGUEDAS


Por Miguel Gutiérrez
Introducción al libro “Estructura e ideología en Todas las
sangres”

El primer cuento que leí de José María Arguedas hacia 1958 fue "Warma kuyay", que apareció en
la valiosa antología La Narración en el Perú de Alberto Escobar, la primera en su género, que
abarcaba desde los cronistas de la Conquista hasta los últimos narradores de la Generación del
50. Como he contado en otra oportunidad, Ciro Alegría ya me había introducido en el mundo de
los Andes y en parte en el mundo de la Amazonía. Hasta entonces, a los trece años, yo había creído
que no sólo el Perú sino el universo entero se reducía a mi ciudad natal, Piura, cuyo centro era la
Plaza de Armas. Pero después de leer Los perros hambrientos y las dos novelas restantes de
Alegría descubrí, asombrado, que, en realidad, el Perú era una patria más extensa, bella y
compleja y que también en mi propia tierra piurana había indios a quienes había visto desde niño
pero en su condición de seres invisibles. Sin embargo, recuerdo que la primera lectura de
"Warma kuyay" me produjo la impresión de incursionar en otra dimensión de la realidad andina
porque la voz del narrador confería una cierta extrañeza al español que yo conocía traspasándolo
de emotividad y ternura, que en algo me hizo recordar los poemas de tema hogareño de Vallejo.
Por supuesto, yo ignoraba por entonces que para alcanzar este lenguaje, en que los abundantes
quechuismos no impedían la lectura fluida del discurso narrativo, Arguedas había tenido que
librar una angustiosa contienda con el español convencional con el fin de dotar de verosimilitud
a los diálogos de los personajes indios.

El otro aspecto que significó para mí una revelación en ese momento era la condición del
narrador, no por ser un niño, sino porque perteneciendo por nacimiento al sector de los mistis,
de los señores, de los hacendados, había ya entregado su alma (con todo los desgarramientos y
fracturas que ello supone) al pueblo indígena y a su universo cultural. Dos de las novelas de Ciro
están escritas en tercera persona y por el uso que hace del español estándar establece una
separación entre el autor y el mundo representado y lo mismo sucede en La serpiente de oro,
aunque ésta se cuenta desde un "nosotros" en el que por momentos se impone la voz de Lucas
Vilca, un cholo de Calemar, como el conductor del relato. De modo que el uso arguediano de la
primer persona, como alter ego del propio autor, implicaba un compromiso íntimo, visceral, con
la historia que contaba, con lo cual se intensifica la dimensión emotiva del discurso. El derecho a
las primicias que tiene el gamonal con sus siervas núbiles es un tópico en la narrativa que alude
a sociedades feudales; pero no es esto lo que confiere singularidad a "Warma kuyay", ni siquiera
el amor que siente el niño por Justina, sino la relación del niño con el indio Kutu, siervo suyo y
también enamorado de la muchacha, en quien actúa de manera simultánea el odio a su patrón, el
violador, y el oscuro e irredimible miedo que éste le inspira. Entonces, en uno de los pasajes más
estremecedores que yo había leído hasta entonces en la narrativa peruana, Kuto, un indio muy
feo y gran laceador de novillos, con la complicidad del narrador, por las noches se venga con el
zurriago rompiéndoles el lomo a los torillitos del patrón: "Uno, dos, tres… cien zurriagazos –
cuenta el niño-; las crías se retorcían en el suelo, se tumbaban de espalda, lloraban; y el indio
seguía encorvado, feroz. ¿Y yo? Me sentaba en un rincón y gozaba. Yo gozaba". Cuántas historias
de mi infancia me hizo recordar este pasaje, como la de aquel anciano que se amarraba un trapo
rojo en la cabeza y que flagelaba a la madre, los hijos y los animales del corral si osaban romper
el silencio que él imponía en los días que lo poseía el rencor y furia. Después, en la historia, venía
el remordimiento y la expiación del niño, sentimientos que yo, educado en colegio religioso,
conocía demasiado bien. Muchas veces he leído este cuento, porque en miniatura contiene ya
todo el universo arguediano, y recuerdo haberme aprendido de memoria algunos pasajes, como
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aquel, bellísimo, con que termina el relato y que resume la relación problemática –clave distintiva
del género novelesco- que Arguedas tenía con el mundo: "El Kutu en un extremo y yo en otro. Él
quizá habrá olvidado: está en su elemento; en un pueblecito tranquilo, aunque maula, será el
mejor novillero, el mejor amansador de potrancas, y le respetarán los comuneros. Mientras yo,
aquí, vivo amargado y pálido, como un animal de los llanos fríos, llevado a la orilla del mar, sobre
arenales candentes y extraños".

Después leí los cuentos restantes de Agua. El cuento que da el título al libro me interesó de
manera especial, por su composición y el mundo social andino representado.
El relato tiene una estructura escénica, casi teatral (como hará Arguedas de manera más amplia
y compleja en Todas las sangres), en que las acciones en que participa toda la población tiene
como escenario la aldea entera, y que sin idealizarlos (como el Kutu, hay indios cobardes o
traidores a sus propias comunidades) dignifica al pueblo indígena, a través de la conducta de
personajes como el Pantaleoncha que al enfrentarse a pecho descubierto con el hacendado dueño
del pueblo muere abatido por las balas. El final es típicamente arguediano y recuerdo que cerca
aún de la adolescencia, por el poder del lenguaje y la agónica sensibilidad del narrador, no
permanecí indiferente ante su invocación: "Me caí, y como en la iglesia, arrodillado sobre las
yerbas secas mirando al tayta Chitulla, le rogué: - Tayta: ¡que se mueran los principales de todas
partes!".
He contado esto porque al acercarme por primera vez (¿hacia fines de 1961?) a José María
Arguedas ya estaba algo familiarizado con su mundo narrativo (y si bien todavía no había podido
con Los ríos profundos, ya había leído Yawar fiesta, una novela que me gusta mucho, que he
releído tres veces en su integridad e innumerables veces, por su carácter celebratorio, vuelo
épico y dimensión maravillosa, los capítulos "Wakawak'ras, trompetas de la tierra" y "El Misitu"),
pero, además, porque entre todos los narradores peruanos de la última generación que yo leía
como mucho provecho y admiración era con Arguedas con quien creía sentir una mayor afinidad
humana. Por entonces ya me había trasladado de la Católica a San Marcos, había abandonado los
estudios de Derecho y fuera de la literatura no me interesaba nada en la vida. Pero lo más
desatinado era que no me matriculé en Literatura, sino que deambulé por diversas
especialidades (la más absurda de las cuales fue la de sociología), aunque escuchaba con placer
algunas clases de filosofía e historia, las dos disciplinas que más me interesaban pues
estimulaban mi imaginación. Entre tanto desde hacía unos tres años atrás venía escribiendo
cuentos, diversos tipos de cuentos, pero por razones de temperamento, en la que se mezclaban
la timidez con la soberbia, no tenía ningún vínculo con los círculos literarios, mis lectores eran
mis antiguos condiscípulos de colegio, en especial, uno de ellos que era un buen lector desde los
años de la infancia. Eran noches de bohemia, desordenadas y exultantes pero también
terriblemente desoladoras, de modo que a estos amigos les leía, eufórico y temeroso, mis
primeras historias que ellos con generosidad alcohólica celebraban, y yo en retribución les
obsequiaba mis originales. Desde luego, como les sucede a los jóvenes con vocación literaria, en
cualquier momento, aun en los momentos de mayor entusiasmo, me asaltaba la pregunta sobre
si tenía o no talento de escritor. Los jóvenes que han pasado por este trance, saben que es una
duda angustiosa, desesperante, que puede hundirte en la más oscura noche. Y comprendí que no
había otro camino que mostrar tus relatos a la gente del oficio y a los estudiosos de la literatura.
De modo que un día me armé de valor, escogí y saqué copia de tres de mis cuentos y con la
audacia que sólo los jóvenes tienen, decidí entregar en un mismo día una copia a un narrador
(José María Arguedas), a un poeta (Wáshington Delgado) y a un crítico (Armando Zubizarreta).
En el caso de Arguedas, lo esperé a la salida de la clase de Etnología que dicta en uno de los
salones generales de letras de la ciudad universitaria. Supongo que me dirigí a él de manera
torpe, entre modesto y me temo que con alguna pizca de arrogancia. Arguedas, que era un
hombre abierto, jovial y carente de solemnidad, entendió de inmediato de lo que se trataba

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(¡cuántos jóvenes a lo largo de los años se habrían acercado a él para darle a leer sus primeros
trabajos!), recibió mis cuentos, hizo que le repitiera mi nombre y se adelantó a decirme que lo
buscara a la salida de su próxima clase. Y esto me colmó de alegría y gratitud, pues yo había
calculado que debido a su carga docente y a sus trabajos creativos tendría que permanecer en un
odioso limbo de por lo menos de unos treinta días.

Cuando una semana después volví a entrevistarme con Arguedas, yo ya conocía la opinión
positiva y tan generosa de Wáshington Delgado sobre mis cuentos, quien, incluso, me pidió uno
de ellos para publicarlo en la revista que dirigía Jorge Puccinelli Letras peruanas. También la
opinión de José María fue muy favorable y coincidió con Wáshington en señalar cuál de los tres
cuentos era el menos logrado, un texto que debía trabajarlo más o, mejor aun, reescribirlo
(extrañamente, el veredicto de Zubizarreta, quien me había citado para un mes después, fue
distinto; según él, éste era de los tres cuentos el único más o menos aceptable). De inmediato,
Arguedas eligió el cuento que más le había gustado y en una tarjeta le escribió una nota a
Abelardo Oquendo recomendando su publicación en el Dominical de El Comercio. Oquendo, a
quien por primera vez conocía, me recibió en las gradas de la escalera de mármol del Diario, leyó
rápido el texto y al final me dijo que por desgracia no podía publicarse en el entonces famoso
"Suplemento" porque en el cuento se utilizaba una mala palabra (una cosa como "mierda" o
"carajo") y al respecto existían normas muy estrictas. Arguedas no hizo ningún comentario a esto,
pero me dijo que no me preocupara porque más adelante podía hacer publicar mi narración en
una revista chilena. Luego me hizo una invitación que habría de tener una gran influencia en mis
años formativos de escritor. Me dijo que cada vez que deseara conversar e intercambiar ideas
con él, lo visitara ("con toda, con absoluta confianza", subrayó) a su oficina del Museo de
Antropología de la avenida Alfonso Ugarte, cuyo director, si mal no recuerdo, era el anciano
historiador Luis E. Valcárcel.

Frecuenté a José María (pero siempre lo llamé "Don José María", pese a que varias veces me invitó
a que, por favor, le hablara de "tú") durante cerca de cuatro años y recuerdo que lo primero que
me impresionó fue su aspecto nada académico, nada grave ni formal, y su sencillez y camaradería.
Para mí definía su rostro no su frente amplia e inteligente ni su bigote característico, sino la
luminosidad que irradiaban sus ojos, abiertos como si quisieran devorar la belleza del mundo y
celebrar la vida. Y esto, en principio, me desconcertó, pues los desgarramientos que trasuntaban
sus historias te lo hacía imaginar como un hombre melancólico y quizá algo sombrío. Por el
contrario, reía con franqueza y júbilo, hasta la carcajada, y cada vez que nos reuníamos me
contaba con placer y verdadero arte el último chiste que circulaba por Lima. En cambio, según
los pocos amigos que yo tenía por entonces (y que cada mañana corroboraba mi propio espejo),
mi rostro era apretado, hermético, no demasiado amigable y más bien algo altivo para ocultar mi
insuperable timidez. Por eso, entre los dos, me parecía que José María (que ya debía haber
cumplido los sesenta años) era el joven, el muchacho lleno de optimismo, con muchas tareas por
cumplir, y yo el hombre mayor, viejo y desesperanzado. Y es que por esos años Arguedas
atravesaba por un espléndido momento creativo y de dicha personal, por lo demás en
consonancia con la época que se estaba viviendo llena de esperanza para todos aquellos que
soñaban con un cambio revolucionario del mundo.

Yo iba a visitarlo a su oficina del museo y de ahí salíamos, atravesábamos la avenida y en el cafetín
de un japonés que hasta hace pocos años funcionaba en la esquina tomábamos varias tazas de un
pésimo café, pero que la charla (la charla de José María) tornaba deleitable. Varias veces llevé a
algún amigo paisano y en más de una oportunidad coincidí con otros jóvenes universitarios,
como Rodrigo Montoya mucho antes de que cambiara la literatura por la antropología. Aunque
Arguedas sabía escuchar, en los primeros tiempo prefería yo ser el oyente, pues quería saber

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todos los secretos del novelista y erigirlo en mi modelo. Pero en general él evitaba las pláticas
demasiado literarias, si bien me escuchaba con paciencia hablarle de los autores europeos y
norteamericanos últimos que por entonces eran mis ídolos. Por mi parte lamento no haber
insistido suficiente en preguntarle por la edad en que empezó a leer novelas y cuáles de éstas
determinaron su vocación literaria. Me habló sí de una dolencia nerviosa que durante años lo
había incapacitado para la lectura. Con todo, antes del fenómeno del boom me confió algunas
opiniones sobre unos pocos autores. Sentía una gran admiración y afecto personal por Juan Rulfo
a quien había conocido en un encuentro de escritores latinoamericanos en Alemania, cuando el
autor de Pedro Páramo atravesaba por una grave crisis de alcoholismo. Sentía también alta
estima por la obra de Roa Bastos dedicada de manera íntegra a su patria Paraguay de la cual vivía
desterrado desde hacía muchos años por su oposición a la dictadura. De Asturias me dijo que al
comienzo le fascinó su narrativa, pero que después le hastió el barroquismo surrealista de su
prosa. Me confesó que por su excesivo intelectualismo, Carpentier no se encontraba entre sus
autores favoritos. En otra ocasión en que yo le hablaba de Ciro Alegría, me dijo que la única obra
que le había gustado de Ciro era La serpiente de oro. No recuerdo haberlo escuchado referirse a
Borges, pero sí, varias veces, a Vallejo, no sólo por su poesía sino por El tungsteno, cuya lectura
dejó una honda huella en él y en gran parte determinó la orientación social de su narrativa. Elogió
sin reservas a Faulkner y me aseguró que su novela Las palmeras salvajes lo había deslumbrado.
Por último alabó las ficciones del escritor islandés Harold Laxness, lo cual me llevó a leer algunas
de sus novelas, como Gente independiente, Campanas de Islandia y su tetralogía Luz del mundo.
Recuerdo que con Wáshington Delgado alguna vez charlamos sobre la afinidad del mundo de
Arguedas con el mundo revelado por Laxness en su gran novela Gente independiente.
En una de las primeras reuniones que tuvimos en aquel cafetín, le pregunté si estaba escribiendo
una nueva novela. Recuerdo que aquella mañana a José María se le veía más alegre y feliz que la
última reunión que tuvimos, y en vez de responder mi pregunta me contó un chiste algo sucio
sobre el fiasco que le pasó a un gallinazo coprófago mientras esperaba su almuerzo. El chiste era
muy bueno, sobre todo por la forma cómo lo contó y que el propio Arguedas celebró con una
carcajada que resonó en todo el salón. De pronto guardó silencio y casi sin transición el brillo de
sus ojos adquirió un matiz que expresaban turbación y dicha. Fue la primera vez que su charla se
hizo íntima, confidencial y yo intuí (y me preparé para escuchar) que se trataba de la revelación
de alguna experiencia amatoria seria y profunda. No voy a contar aquí detalles de aquella larga
confidencia, pero sí me permitiré afirmar que José María se hallaba en un estado de exaltación y
felicidad. Me dijo que debido al nacimiento de este amor –un amor pleno, erótico- no sólo le había
vuelto el gusto por la vida, sino que había recuperado sus poderes creativos. Muchas historias
bullían en su imaginación y sentía que le sobraba energía para plasmarlas, y recuerdo que
mientras me contaba esto, por un instante se me cruzó la imagen de Hemingway que no hacía
mucho se había suicidado disparándose en la boca con un rifle. Pero era verdad que José María
Arguedas atravesaba por un maravilloso momento creativo. El año anterior había publicado El
Sexto y yo ya sabía por Wáshington que Sologuren estaba componiendo en su "pequeña
Minerva", lo que según el propio Arguedas sería su mejor cuento: "La agonía de Rasu-Ñiti". Quizá
azorado por la confidencia que acababa de hacerme, calló bruscamente. Pidió luego otras dos
tazas de café y me preguntó si todavía quería saber lo que estaba escribiendo. Le respondí que
por supuesto que sí, que (y no exageraba) estaba ansioso por escucharlo. Entonces, en dos
reuniones, me narró de la manera más minuciosa y entretenida (pues era un estupendo narrador
oral) la novela que ya tenía muy avanzada, Todas las sangres, y consideraba que sería su mejor
novela. Poco tiempo después, una mañana que con Tomas Escajadillo caminábamos por La
Colmena en dirección a La Casona de San Marcos, vimos que José María descendía de un auto en
el antiguo paradero de colectivos a Chosica y nos acercamos a saludarlo. Lo vimos, recuerdo,
distraído, como remoto, como desconsolado; al reconocernos, con un tono de voz que a mí me

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hizo recordar al niño de "Warma kuyay" y a Ernesto de Los ríos profundos, nos dijo: "yo no quería
hacerlo, yo deseaba que viviese, pero tuve que matarlo. ¡Anoche fusilaron a Rendón Willka!".
Si José María Arguedas quiso ejercer algún magisterio conmigo no fue en el plano de la política,
entendida ésta como lucha de clases. Ciertamente conversamos sobre la revolución cubana,
sobre la crisis de los cohetes, sobre los jóvenes que viajaban a Cuba para prepararse como
guerrilleros, sobre el auge del movimiento estudiantil universitario (desde las bases yo había
participado en uno que otro mitin), sobre las luchas sindicales de obreros y campesinos, y con
algo más de detenimiento sobre Hugo Blanco y la Federación de Campesinos del valle de La
Convención. Es probable que Arguedas no se extendiera más en estos temas porque en esos años
las cuestiones de ideología y política aún no ocupaban un lugar importante en mi pensamiento.
Años atrás había leído como un gran poema El Manifiesto Comunista y de Mariátegui me
interesaban sus escritos sobre literatura y arte, y de modo privilegiado los dedicados a los
movimientos de vanguardia. Faltaban dos o tres años para que empezara a interesarme
realmente por el marxismo leyendo un libro sobre la polémica entre la URSS y China Popular en
torno al movimiento comunista internacional. En cambio sospeché o más bien comprendí que
José María quería guiarme de alguna manera (por cierto sin discursos ni peroratas) en dos
problemas que estaban relacionados entre sí: orientar mi vocación literaria en el sentido de lo
social y despertar mi interés por el mundo andino. Por ejemplo, en relación al primer problema,
cuando fue nombrado Director de La Casa de la Cultura, él, con la generosidad que lo
caracterizaba, me propuso otorgarme una beca por un año para que escribiera una novela sobre
las barriadas, pues según él, éste era el gran tema de la novela urbana limeña y que Luis Felipe
Angell había desvirtuado con su libro La tierra prometida. Aunque el mundo de las barriadas no
me era del todo desconocido (en el segundo año de pre-letras había hecho trabajo barrial –así se
le llamaba entonces-, con algunos condiscípulos de la Católica; y por otra parte conocía de cerca
la historia de la creación de la barriada Mirones Bajo, porque en la invasión participaron mucha
gente ayabaquina que era la tierra de mi madre), era, decía, un tema que lo sentía ajeno, extraño
a las contiendas que se libraban dentro de mi propio yo. Esta fue la razón principal que me llevó
a no aceptar la propuesta; la otra tenía que ver con una voz que me decía que los escritores no
debían ser subvencionados por las instituciones del Estado. Creo que mi negativa decepcionó a
Arguedas, o quizá lo lastimó, tanto que se sintió en la necesidad de explicarme las razones que lo
llevaron a aceptar el cargo de Director de La Casa de la Cultura durante el gobierno militar que
presidía el general Pérez Godoy. Con torpeza pero con respeto afectuoso y alguna vehemencia le
manifesté mi opinión, en el sentido que los escritores debía mantenerse al margen del poder pero
ésta es otra historia y tuvo lugar dos años después del tiempo en que transcurre esta evocación.
Como seguramente ocurrió con otros escritores y poetas, Arguedas procuraba despertarme el
interés y el amor por la región andina que –aseguraba- constituía un mundo complejo, trágico
pero también cargado de la más pura belleza. Un día, alborozado, me invitó a almorzar a su casa,
ubicada a espaldas del viejo Instituto de Enfermedades Neoplásicas, a dos pasos del Museo de
Antropología, porque, me dijo, ese día habían preparado una exquisita quinua como segundo. El
problema es que yo detestaba la quinua, pues durante dos años había vivido en una pensión cuya
patrona era una señora chilena, alta y corpulenta, que cada jueves nos castigaba en el almuerzo
con un plato de quinua hervida sin ningún aderezo donde flotaban millares de gusanitos blancos
que era imposible apartarlos con el tenedor. Recuerdo que era un plato atroz, desabrido y (me
parecía a mí) algo repulsivo. Mas, ¿cómo declinar ahora esta invitación sin que pareciera un
desaire? De modo que controlé lo mejor que pude mi rostro y marché al sacrificio. Todavía José
María vivía con su primera esposa Celia Bustamente, pero ella no almorzó con nosotros. Cuando
la empleada puso en la mesa el plato de quinua acompañado con una fuente de arroz graneado,
los ojos de Arguedas brillaban de orgullo por el potaje andino que en plato hondo me estaba
brindando. Ahora bien; el plato que tenía ante mi vista no se parecía nada a la infame quinua a
que nos tenía acostumbrados la patrona chilena. Los improbables gusanillos habían

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desaparecido en una suerte de crema de queso que generosamente bañaba a dos hermosas papas
amarillas. Así, ya sin temor, probé el plato que de verdad era un potaje delicado, pero lo
misterioso es que, acaso por la presencia del queso, recordé un plato de la sierra piurana, de
Ayabaca, que mi madre solía preparar en memoria de sus padres, y ella lo cocinaba casi de
manera clandestina, porque aparte de mí, no gustaba a mi padre ni a mis hermanos, pues lo
consideraban un plato que sólo comían los serranos, a los cuales la gente denostaba llamándolos
"serranos piquientos, patas con queso". Le conté esta historia a mi anfitrión y en seguida quiso
saber el nombre del plato, los ingredientes y la preparación. El plato se llamaba repe, se hacía de
guineos verdes, arvejas secas, queso de vaca, cebolla y achiote molido y se preparaba –le dije- de
esta y otra manera. Creo que como nunca capté la atención de Arguedas y me pidió que le hablara
de otros platos de la cocina piurana; pero como mis conocimientos de la culinaria de los andes
piuranos eran muy limitados, le nombré algunos de los potajes de las tierras bajas, como el copús,
la sopa de novios, las carnes aliñadas y un poco para sorprenderlo le conté de los pacazos que en
el patio criaba mi abuelo alimentándolos de alfalfa y mondaduras de verduras y yucas y después
los sacrificaba y despellejaba y luego maceraba con chicha de un día para otro la carne
blanquísima y tierna y preparaba su exclusivo seco de capazo que servía con sarandajas y yucas
de monte. Con gusto acepté repetir la quinua con queso. Luego José María comenzó a referirse a
la culinaria andina, a las diversas cocinas andinas, de las punas y las quebradas de distintas
regiones, y al describirme cada uno de los platos con sus ingredientes, los aliños y las formas de
cocción, lo hacía con el mismo deleite y prolijidad con que describe los seres y cosas del mundo
andino en las más memorables páginas de Los ríos profundos. Y mientras lo escuchaba
comprendí que a través de la cocina y los alimentos yo ya me había introducido en lo más calido
y tierno de un mundo que empezaba a sentirlo cercano y entrañable.
En otra oportunidad fui al domicilio de José María en un estado depresivo lamentable. Como
muchos jóvenes de misma edad, tenía problemas internos no resueltos aún, había prácticamente
abandonado mis estudios, me aburría y humillaba dictar clases de redacción para señoritas en
una academia de secretariado bilingüe y las largas noches de bohemia comenzaban a pesarme
de manera atroz, y cada día era como vivir en un estado de resaca perpetua. Sin duda contribuía
a acentuar estos estados de conciencia, y de ánimo, la atmósfera creada en los grupos juveniles
por las últimas oleadas del existencialismo francés. ¿Qué joven que se respetase no caminaba, si
eran de literatura, con La Náusea, o si de filosofía, con El Ser y la Nada, los dos libros
emblemáticos de Sastre, bajo el brazo? Recuerdo que los temas más frecuentes de conversación
eran sobre el suicidio y sobre el hombre como un ser arrojado a la nada, y cada quien, como
Rocquetin, mientras deambulaba sin destino por los parques de Lima, recogía un guijarro para
auscultarlo minuciosamente, y acceder a la experiencia de la náusea sartriana. Por cierto esta es
una malvada caricatura, pues no todo era impostura en la conducta de los jóvenes; como no lo
era, por ejemplo, en Pedrito Pinilla, en quien la angustia y la conciencia infeliz que lo poseía, tenía
raíces más hondas que sus lecturas de Sartre. Pedrito pertenecía a una línea ilegítima de una
poderosa familia trujillana, y me contó que su abuelo, que en verdad lo amaba, para enseñarle a
ser patrón lo obligaba a flagelar a los peones indios recluidos en los cepos de sus haciendas. Y
como el niño narrador de "Warma kuyay", una noche de tragos mi amigo me confesó: "¡Y yo los
fueteaba, Miguel! ¡Yo los fueteaba para que mi abuelo no me arrojase de su casa!". No me
sorprendió, por eso, cuando viajó a Cuba a recibir entrenamiento guerrillero, ni que de regreso
al Perú integrase la guerrilla de Guillermo Lobatón. Y con el tiempo se supo que Pedrito Pinilla
cayó en manos del ejército y que después de ser torturado desde un avión militar fue arrojado al
vacío.
No creo que hubiera demasiada impostura en mi rostro aquella mañana, pues apenas me observó
José María al abrirme la puerta me preguntó si algo grave había ocurrido en mi familia. Por todo
lo que había leído de él, yo tenía la certeza que por debajo o detrás de las irradiaciones de sus
ojos, de su risa y carcajadas, de sus alegrías y exultaciones, corrientes subterráneas lo

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arrastraban hacia el hondón de sus traumas; sin embargo, fingiendo ingenuidad le pregunté si
de vez en cuando lo invadían los demonios de la depresión, le pregunté si este estado de la
conciencia lo ponía frente a la vacuidad de todas las cosas y le revelaba el absoluto sin sentido de
la vida y le seguí preguntando de estas y otras cositas por el estilo, de acuerdo al rollo que se
manejaba por esos años. Me acuerdo que Arguedas me respondió sin pizca de ironía y vi que su
mirada se tornaba algo sombría. Sí, me dijo, a menudo tenía que luchar con esos sentimientos de
angustia y desesperanza, pero enseguida agregó que tenía en la música andina el antídoto
milagroso para recuperar el optimismo y el sentimiento de dicha por estar vivo. Por fortuna,
aparte del charanguista Jaime Guardia y el violinista Máximo Damián, tenía otros amigos músicos
en las barriadas a los que visitaba para hacerlos tocar y cantar juntos. Entonces hice un
comentario que poco menos que lo escandalizó. "El problema, don José María –declaré- es que la
música andina es demasiado triste". Y él: "¿Triste? ¿Dices, triste, Miguel? ¡Pero si es la música
más alegre del mundo!". Y para demostrarlo trajo su guitarra, rasgó las cuerdas hasta que
encontró el tono y empezó con un huayno. Me pareció una tonada tristísimo, que me puso al
borde del llanto, aunque yo traté de guardar la compostura. Todavía interpretó algunas piezas
más, de distintos géneros y lugares. Pero a mí, la verdad, en esa primera ocasión, todas las piezas
me parecieron iguales. Poco después de ingresar en la universidad, sintonicé por unas semanas
el único programa de música folclórica que se trasmitía a las seis de la mañana conducido por
cierto señor de apellido Pizarro Cerrón. Acaso porque mi mente volaba por otras regiones, todo
fue vano, pues toda esa sucesión de sonidos me parecían una masa sonora única de tonadas
tristes y lamentatorias. Ahora, creo que José María se dio cuenta de mi desconcierto, pero se le
pasó por alto que, escuchando sus cantos que no entendía, mi estado de ánimo había cambiado y
para mis adentros me estaba diciendo que después de todo el mundo no era un mal sitio para
vivir. Pero como dije, Arguedas no notó el cambio de expresión que debía haberse operado en mi
rostro. De modo que dejó a un lado su guitarra y con cara fingidamente severa me dijo que me
iba a impartir unas lecciones básicas para que yo continuara con mi educación musical, si es que
un día quisiese comprender el espíritu del mundo andino. Recuerdo que tuvimos dos reuniones
más, una en su casa para escuchar grabaciones y enseñarme a distinguir instrumentos, géneros
y ritmos y sobre todo para diferenciar la música de los indios monolingües de las punas y la de
los cholos y mistis de las aldeas y ciudades. La última lección, permítanme llamarla así, me la
impartió en el cafetín del japonés; en voz baja y percutiendo con sus manos el tablero de la mesa,
me cantaba tonadas en quechua y español, haciéndome las respectivas glosas; años después,
revisando sus libros reconocía algunos fragmentos de esos cantos, como este que leí en su cuento
"El forastero":

No explicaría mi nacimiento
este dolor, este llanto,
esta sombra que grita
en mis entrañas,
helado cóndor…

Cerca de un año después de haber conocido a Arguedas, y en gran parte influido por las charlas
que sostuvimos, me dije que ya era tiempo de cumplir la promesa que me hice de subir a los
andes cuando siendo todavía un churre leí Los perros hambrientos. Sentía que mi vida de
bohemio ya no daba para más y entendí que alejarme por un tiempo de Lima me resultaría
provechoso. De modo que renuncié a la Academia Brown y calculé que con la indemnización que
recibí por tres años de trabajo y llevando una vida de austeridad extrema podía viajar durante
unos seis meses por todo el centro y sur andinos. Quería visitar los sindicatos mineros de La
Oroya y Cerro de Pasco que venían sosteniendo duras luchas con la Cerro de Pasco Corporation,
un amigo me había pasado el dato que una comunidad del valle del Mantaro estaba haciendo

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gestiones para inaugurar un colegio comunal de secundaria y yo me propuse presentarme a los


dirigentes y ofrecerles mis servicios como profesor, después, pasando Huancayo, me internaría
en lo más profundo de los andes arguedianos y conocería a toda la variedad de indios
arguedianos y a los mestizos arguedianos y a los caballeros empobrecidos y grandes señores
arguedianos, deseaba beber con todos mis sentidos los olores, los sabores, los paisajes, la música
del universo arguediano, porque entre los únicos libros que llevaba en mi mochila –los otros eran
una antología mínima de la poesía del 50 y el poemario de Wáshington Delgado Para vivir
mañana- se hallaba Los ríos profundos, que leería de manera muy pausada, saboreando cada una
de las frases y tratando de reconocer los lugares descritos en la novela. Pero esto último no se lo
revelé a Arguedas cuando le anuncié el largo viaje que emprendería al día siguiente. Recuerdo
que don José María estuvo a punto de abrazarme de alegría. La otra cosa que recuerdo es que me
preguntó sobre las razones de mi viaje. En tono de broma le respondí: "Voy a unirme a Hugo
Blanco". Pero sólo era a medias una fanfarronada, porque una de las metas secretas que me
impuse era entrar al valle de La Convención, instalarme unos días y Quillabamba y averiguar qué
diablos estaba ocurriendo en Chaupimayo, el nombre que más venía apareciendo en los diarios,
pues según las noticias Hugo Blanco se hallaba escondido en alguna cueva de las alturas de
Chaupimayo .¿Y cómo no viajar para echar una mirada por esos lugares olvidados de mi país?

BIBLIOGRAFIA
FUENTE WEB: http://zonadenoticias.blogspot.pe/2007/08/estructura-e-ideologa-en-
todas-las.html

ENTREVISTA A MANUEL ACOSTA OJEDA - 2005


En pleno Jr. Sta. Rosa, nos recibe acompañado de su esposa, con
el carisma característico de la experiencia, la voz entrecortada
y una lucidez extraordinaria, mostrando la alegría de la
esperanza. Tal vez los años hayan transcurrido, pero su
convicción y su compromiso son tan frescos que nos invita a
escucharlo; con la humildad de siempre, en sus palabras se
vislumbra la ira y las esperanzas de los excluidos, de los
marginados….
- Quisiéramos empezar la entrevista, acerca de la
situación del Artista popular en nuestro país, en lo
artístico, en lo ideológico, un breve diagnóstico?
MA. El artista popular es aquel que cultiva un tipo de arte que
sirve a las necesidades de nuestro pueblo. Y pueblo, es el grupo
humano compuesto por los explotados, desocupados, en fin
las grandes mayorías pauperizadas por el imperialismo, por el
capitalismo salvaje. En tal sentido en la TV. y en la radio del
Perú no creo que hallan artistas populares, porque todos
procuran ganar mucho dinero, todos se convierten en
divertidores y un artista tiene que ser antes que nada comunicador; en tal sentido, pienso que no
podemos hablar de artistas populares en cuanto al canto, a la danza, a la composición, ni en la
radio ni en la televisión del Perú .Solamente, heroicamente actúan a veces en los colegios, en los
conos norte y sur, (…)heroicos compañeros de arte popular que con su propio peculio se
trasladan, y a veces le remuneran algo los componentes de la clase explotada a la que queremos
seguir.
“Nuestro huayno convertido en una especie de balada, un lloriqueo mariconcito que no
corresponde al llanto enérgico, a la protesta de nuestros campesinos andinos
“Todo acto o voz genial viene del pueblo y va hacia él” C. Vallejo
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-¿Cómo influye en los artistas populares los diversos conflictos sociales?


MA. Los que nos consideramos artistas populares nos vamos templando más ante cada ataque
de la gran burguesía y de la oligarquía porque ya estamos formados, ya nos hemos auto cultivado
en la lucha y conocemos bien al enemigo; los otros señores, señoritas que trabajan en la televisión
, radio y que con toda flema dicen: nosotros, los artistas populares, son al revés, como saben
quienes son los dueños de los medios, como saben que si no alegran el gusto mediocre del patrón,
no tienen trabajo, entonces procuran no cantar ningún tema que hable, de explotación, que hable
de la pobreza de los campesinos, que hable de la Cantuta, que hable de la matanza de estudiantes,
que hable que se ha acabado las 8 horas y que trabaja más de 10 horas etc, todo lo que hace la
televisión, sobre todo con la música criolla, es mucha alegría, una gran jarana , todo es jipi-jipi
jay, mueve tu cucù, no; porque eso le divierte a los que pagan los pequeños bolos que ganan los
artitas éstos. Ya sabemos pues, que la tv, y la radio y los periódicos lo manejan las grandes
capitalistas, no (…) Hay mucho que trabajar sobre esto, es una lástima por eso felicito a
Taquimarka por esta entrevista ojalá sigan adelante en este trabajo tan difícil, (…)Dicen que
los que protestamos somos resentidos sociales porque hemos fracasado, no; como si el sistema
supiera o no supiera a quien hacer triunfar; el sistema que maneja nuestro intelecto, nuestra
voluntad, pues manipula nuestra conducta, entonces el artista a veces es honesto, un cantante
criollo serrano, selvático es honesto, pero dice, si sigo las huellas de Víctor jara o de Atahualpa
Yupanqui o de Jovaldo o de tantos artistas que han trabajado y han muerto de hambre o de
pobreza, no, pues así no voy a hacer dinero, entonces cantan lo que le conviene al patrón,
procuran hacer mucha jarana, mucha fiesta con el cuento de que tienen que llegar a todas las
mayorías; tergiversan el huayno, sobre todo le aumentan instrumentos que no corresponden a
este tema tan antiguo, que es antes que los Inkas, con otro nombre por supuesto y así van
bolivianizando y basculando , castrando, quitándole el vigor campesino. Nuestro huayno
convertido en una especie de balada, un lloriqueo mariconcito que no corresponde al llanto
enérgico, a la protesta de nuestros campesinos andinos.
- Es correcto seguir hablando de Folklore o por el contrario sustituirlo, por cultura popular
(andina).
MA. José María Arguedas por el año 68 ya , antes de morirse por voluntad propia, decía que no le
gustaba la palabra folklore, se ha ocultado esto, la pena es que esta palabra está tan metida en
nuestro pueblo, en nuestros cantantes, sobre todo que es bien difícil borrarla, no, como borrar
chofer, por ejemplo es un galicismo francés, por decir un tipo que maneja un automóvil, o mitin
que ya se ha ido borrando por acto de masas; porque tiene este equivalente en castellano que
sería cultura popular, folk- pueblo, lore- sabiduría, saber- yachay que es saber en Quechua,
llactay que es pueblo también podía ser su equivalente Marka es pueblo y sabiduría,(…) entonces
por lo demás, esta palabra fue creada en 1846 por un antropólogo, anticuario Williams j.
Thoms(…). Esta cultura de 2 palabras anglosajonas folk y lore prendió, prendió, se quedo así,
pero si revisamos su movimiento como ha ido pegando por diferentes partes del mundo, en
Brasil por ejemplo donde hay estudiosos que han hecho de esta una ciencia, vemos que es
peyorativo desde su nacimiento, porque se dice, que era una ciencia para estudiar el
comportamiento o la cultura tradicional de las clases populares, de los pueblos civilizados, no,
¡ojo! de los pueblos civilizados,¿Qué sería para Williams j. Thoms en 1846 un país o un pueblo
civilizado?, seguramente que no eran México, ni el Perú ni ningún país de América latina ni
siquiera EEUU, que aún estaba muy atrasado, tampoco el África, tampoco Asia; sería civilizado
su Gran Bretaña, Alemania, Francia, etc., entonces tiene connotación peyorativa ………
- Dentro de la mal llamada globalización que en realidad es imperialismo, hay quienes afirman
que el artista popular debe proyectarse en esa dirección para no ser desfasado. Que opina.
MA. Con relación a la globalización, es una tremenda farsa, no, mucho cuidado, sobre todo lo que
decía Arguedas: Imitar de aquí desde el Perú algún tipo de arte de otra parte es una
estupidez, no, porque más bien tendrían que imitarnos a nosotros {...} ¿Qué cosas vamos a

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globalizar? Con el rock, no, todo el mundo con el rock, con el dólar como Ecuador que está
esclavizado por esta moneda, todos uniformes,¿Quién pierde?, ¿Qué pierde EEUU? Cuyos
antepasados los dueños de estos territorios eran los Pieles Rojas, muy respetados pero que jamás
tuvieron nada como Chan-Chan, menos como Sacsay huaman, ni como Machu pichu,¿Qué tienen
ellos que perder?, no; en cambio, países como el Perú que tienen tanta diversidad antropológica
y sociológica, culturalmente somos una potencia, tal vez la última que quede sobre el
planeta,(…)Entonces mucho cuidado con ese cuento de la globalización, utilicemos la
modernidad y que no nos utilicen a nosotros con el cuento de la modernidad.
- La figura de Felipe Pinglo Alva, en la actualidad podríamos decir que ha calado espacios
importantes dentro del criollismo.
MA. Felipe Pinglo es un caso excepcional dentro del cancionero Peruano, fue el único limeño que
por 1930 hace un vals que se llama Linda serranita, cuando por esa época ser serrano en Lima
era algo así como tener sida o estar con lepra, no, ó sea es un hombre interesantísimo al que por
supuesto se ha procurado y se procura ocultar mediante la reexaltación de otras figuras que
canten cosas muy lindas, pero jamás a los pobres como cantó Pinglo.
- La música criolla, representa fielmente los intereses de esa burguesía nacional
inconclusa o puede tomar otros matices, orientarse hacia otros objetivos.
MA Vuelvo al asunto de las clases, no, hay 2 criollismos, hay un criollismo en el cual me creo
colocar que pertenece a la gran figura del gran maestro Mariano Lorenzo Melgar Valdivieso,
fusilado en 1815 (…)
Sin embargo, su inmenso sentimiento artístico, es el recreador del yaraví, hace que este poeta,
este joven que no cumplía los 25 años, se enfile con las huestes, con los que llamamos Indios, los
hermanos andinos, como Mateo Pumacahua, los hermanos Angulo etc., no, y así fue fusilado este
gran hombre.
Hay otro criollismo, no, al de Melgar pertenecen por su puesto José Carlos Mariátegui, Gonzáles
Prada, Vallejos hasta Arguedas, queriendo ser Indio, en el fondo, su comportamiento era criollo
porque era mestizo, es una pena, pero hay que estudiar mucho a fondo esto.
El otro criollismo, que es el falso, el banal, el que alquila a sus artistas, los que corrompe, los
prostituye, los homosexualiza, no, a ese pertenecen las figuras que ya conocemos, los que
divierten a los patrones, los que venden su dignidad y su orgullo.
- Se siente defraudado, decepcionado del marxismo o de haber tenido simpatía por la
izquierda.
MA. El marxismo como cualquier tipo de filosofía, no es un dogma, no, ni Marx, ni Lenin, ni Mao
Tse Tung, ninguno hizo sus pensamientos para que estos se sigan al pie de la letra. Yo respeto
mucho a los pensadores, pero no soy sirviente ideológico de nadie, yo leo y luego opino y si no
me gusta lo digo; en tal sentido, pues, hay mucho, mucho por hacer y sobre todo crear de acuerdo
con las condiciones nuestras, de acuerdo con nuestra canción popular, con nuestro tondero,
nuestro vals, nuestro huayno, nuestra muliza y cosas tan ricas que tenemos, pensar en forma
peruana, como quería José Carlos Mariátegui. Para algunas personas la identidad es negativa, es
conservadora, pasadista, reaccionaria, pero José Carlos decía: “Peruanicemos al Perú” y en eso
estamos, al menos aquí, en Saycope, estamos Peruanizando al Perú.
“el maestro es para estudiarlo y para superarlo, sino, no somos progresistas...”
- Quisiéramos que nos hiciera una reflexión sobre una cita de José Carlos Mariátegui.
Dice:"La burguesía es fuerte y opresora no sólo porque detenta el capital sino porque
también detenta la cultura. La cultura es el mayor gendarme del viejo régimen". Ahí hay un
desafío a los intelectuales progresistas de hacer una brega ideológica, de formarse y
combatir toda esta justificación que es la historia del Perú. ¿Qué reflexión le merece todo
esto?
MA. La historia del Perú casi siempre ha estado escrita al servicio de los grandes capitales por
eso tuve gran pena con la reciente muerte de Juan José Vega Bello, ese gran amigo que fue el

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primero que inicia, en hacer conocer la opinión, la palabra del vencido, casi todos los
historiadores anteriores, tenían que quedar bien con la madre España(…) en ese sentido yo creo
que la cultura es una sola, no, (…) por eso hay que tener mucho cuidado con esos calificativos,
para poder ubicar bien quién es nuestro enemigo fundamental, nuestro enemigo principal y no
perder el tiempo, como le conviene, peleándolos entre los mismos muertos de hambre; yo tengo
unos versos que dicen 6:5 “En diferentes partidos nos dividimos los pobres, mientras los
ricos unidos se reparten nuestros cobres”, esto no quiere decir que perdonemos a algunos
traidores, pero si son menores, podemos hacer algunas pausas, dejar de trompearnos y vencer
al matón, al más grande y luego ya nos golpeamos nosotros, pero no perder el tiempo. JC
Mariátegui es extraordinario y sigue siendo, hay que seguir estudiando, pero sin tenerlo como
inmutable (…)
- Es cierto que el trauma de nuestra identidad es un complejo de inferioridad que
cargamos sobre nuestra espalda, un complejo de inferioridad y servilismo que pesa sobre
nuestra espalda desde 1532?
MA. Bueno, referente al complejo de inferioridad, esto es muy serio, por eso es muy importante
saber qué es la identidad. Mi padre era pequeño, con cara de un campesino andino, no, y no tenía
nada de pintón y sin embargo yo me sentía orgulloso de mi padre, no, porque había ido a visitarlo
en la cárcel, sabía que era un verdadero varón en todo el sentido de la palabra, un luchador social,
no, entonces el problema está cuando nos avergonzamos al peinarnos en el espejo, entonces
buscamos que nos arreglen la nariz, (…) eso está mal, ó sea que para tener imagen hay que ser
blanco, alto, pintón, entonces un negro o un serrano o un chuncho de nuestra selva no tiene
imagen, no, eso es una barbaridad. Por eso es importante, hay que estudiar, mucho estudio,
estudiar para estar seguro que no somos descendientes de una tribu, que ese hermano que
vemos cargando bulto de 1.50cm o 1.60cm no fue así Atahualpa, tenía 1.82cm. La mala
alimentación, el castigo, el maltrato, han hecho que nuestra raza valla empequeñeciendo e
inclusive perdiendo su identidad, por eso es importante la educación, no, José Martínez decía:
“culto para ser libre, el ignorante se arrodilla y besa la bota que lo patea, el hombre
cultivado, no, prefiere morir de pie”.
- Cómo intelectual progresista, ¿qué mensaje le daría a los jóvenes que van a leer esta
entrevista.
MA. Bueno, lo único que puedo recomendar yo a los jóvenes, es lo que he dicho, el auto cultivo,
la lectura, el estudio, el constante estudio y la constante actitud crítica, con respeto, no (...)
No podemos tomar al maestro como (…)lo que está terminado, no; no, el maestro es para
estudiarlo y para superarlo, sino, no somos progresistas, no, deseo buena suerte a todos los
jóvenes que puedan escuchar (leer) estas palabras y KAUSACHUN PERU... hasta siempre......!

Domingo 01/08/05 en la Alameda Chabuca Granda

Fuente: Revista Taquimarka N° 2, 2005, Lima - Perú http://culturadelpueblo.iespana.es


http://forjemos.blogspot.pe/2009/08/entrevista-manuel-acosta-ojeda-2005.html

ELABORA TU ESQUEMA EN BASE A LOS TEXTOS

1. ¿Qué aprendizajes nos da José María Arguedas?


2. ¿Cuál sería la relación entre cultura popular y artista popular?
3. Después de leer esta experiencia ¿Qué acciones propondrías para conocer y
desarrollar la cultura popular?

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