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Breves apuntes para una biografía intelectual por venir: Claudia Rosa y la edición

comarcana

Por Ivana Tosti / UNL – CEDINTEL (ivana.tosti@gmail.com)

Parana, 5/10/2018

Desde fines del año pasado le pedía a Claudia Rosa que respondiera a una entrevista
para un proyecto de investigación del que soy parte sobre la institucionalización e
internacionalización de las Ciencias Sociales y Humanas en el mundo. Proyecto dirigido
por Gisele Sapiro en Francia y en Argentina por Gustavo Sora, el área de letras esta
coordinada por Analía Gerbaudo.

Iniciado febrero de este año entraron en mi casilla de correo las respuestas y la


autorización para publicarlas. Es por ello que intento algunos comentarios y memorias
entre las propias respuestas de Claudia a algunas preguntas sobre su trabajo intelectual.

Respuestas que trazan un itinerario que dice y mucho sobre su modo de intervenir (que
actúan una política, una ética y una estética) y que serán el comienzo de una biografía
por venir.

Convoco, entonces, su voz pero también la de algunos de sus amigos y la mía propia
para hablar sobre su trabajo, el que hoy nos reúne.

La entrevista se concentra en los períodos de formación y en sus intervenciones en tanto


“agente del campo” intelectual según categorías sociológicas bourdesianas.
Sobre las marcas dominantes en su formación Claudia cuenta que se vio afectada por
la Dictadura. “El silencio lo pasé leyendo teoría marxista que había quedado sin quemar
(en Paraná se hizo una gran quema de libros pública en la Facultad de Ciencias de la
Educación). En ese entonces, recurría a la biblioteca de Trabajo Social. Leí Lukács,
Goldman y Gramsci, Althuser, en ese orden una y otra vez. Yo tenía 18 años y con ellos
encontré lo que sería mi obsesión hasta ahora: la relación entre teoría y praxis política,
la idea de la crítica literaria como forma de literatura en sí misma, la crítica literaria
como una forma de crítica al lenguaje.
Leyó Historia y conciencia de clase de Lukács y se interesó por su concepto de crisis.
La idea de crisis, casi como acontecimiento, pensada gracias a la lectura de Eliseo
Verón, está entre las primeras que la influyeron a pensar la crítica literaria. A este
núcleo formativo se suman las nociones de Goldman y la visión del mundo del autor.
El miedo en esos años de lecturas solitarias era el malentendido: “Demoré años en
sacarme la idea de que la provincia me había puesto en soledad y que, por lo tanto,
podía tener lecturas aberrantes. Cuando llegó la democracia comencé a buscar maestros.
En Paraná no había y viajar no era fácil para mí, pero de alguna manera lo fui
sobrellevando”.
Dirigida por Nicolás Casullo escribe sobre “Bohemia y academia. Tensiones en un
campo intelectual de provincias”. Luego, estudia en Varsovia con Pierrette Malcusinky
y se doctora con una tesis sobre la construcción de un autor.
Conocer en 1988 a Nicolás Rosa fue también una marca para su trabajo: “Él me enseñó
que no hay lecturas centrales y que siempre se debe leer a contra canon. Fue una
iluminación saber que si no me gustaba el libro podía no leerlo, que no debía estar a la
moda con las lecturas, que debía seguir mi deseo”.
Dice Claudia, recordando una lectura fundamental, la de Mimesis de Auerbach que era
el libro que le hubiera gustado escribir. En el epílogo, recuerda, “encontré una idea que
decía más o menos así: este libro existe porque no tengo bibliotecas, tuve que ponerme,
en el exilio, sin libros, a escribirlo”. Mantengo intacta la emoción de esa frase, venía a
describir mi “fuera de lugar” y justificar mis lecturas sin bibliotecas, mis cavilaciones y
la falta de pares para discutir.

En una conferencia dictada en la feria del libro de Corrientes, hace unos años atrás,
Carlos Altamirano reconoce las desventajas de aquellos que se encuentran en provincias
y pretenden dedicarse al trabajo intelectual, pero también propone:
“Si se quiere efectivamente producir y agregar algo al mundo del conocimiento hay que
correr el riesgo y persistir (un modo de resistir). Y para resistir no conozco mejor
método que el de hacer sociedad con aquellos que están como nosotros, aguijoneados, y
pretenden decir lo suyo. Deberíamos proponernos crear ocasiones para eso. Ocasiones y
grupos que deben inventar quienes están interesados en ese trabajo, ocasiones y grupos
en los que sus participantes se vuelven unos hacia otros para escucharse y debatir, para
leerse”.
En esa línea pienso algunas ocasiones y constelaciones que Claudia hizo posible y desde
las que intervenía para escuchar, debatir y leer. Seguramente algunos nombres no estén,
pero vale la muestra: En Santa Fe Isa, Pancho, Roberto, María Eugenia, Rogelio y
Marisa, Raúl y Marilyn, Jony, yo; en Paraná Celeste, Emma, Miguel, Jorge, Vero,
María Elena, Guillermo, Gustavo y todo equipo de Eduner; en Corrientes Carlos y
Graciela y todo el equipo editorial de la universidad que ayudó a crear.
Con Martín Prieto y especialmente con Sergio Delgado mantenía un diálogo vital para
su trabajo y para la amistad: cómo seguir pensado, cómo intervenir en el armado de la
Historia de la Literatura Argentina, sobre todo exhumando archivos y editando.
Leonardo desde Israel, Daniel desde los Estados Unidos y Arnaldo desde París también
estaban en esa red que Claudia tejía desde su casa de Feliciano 370.

Nos cuenta que a la Universidad ingresa en 1978, “el mismo año que se murió Juan L.
Ortiz al que no veía hacía dos años por cuestiones de seguridad”. Claudia nombra a Juan
L. en el inicio de su carrera universitaria. El poeta amigo de su abuelo que rememora en
varias anécdotas marca su infancia y adolescencia, pero también y de manera definitiva
sus lecturas y su trabajo futuro. Una colaboración suya aparecerá en la segunda edición
que está preparando Ediciones UNL y Eduner con la dirección de Sergio Delgado. Se la
convocó a escribir sobre el joven Juanele, el inicial, el que escribe desde Gualeguay.

Una respuesta breve y contundente a una pregunta que tendía a la exhaustividad dice
mucho de su concepción del trabajo intelectual. Se le preguntaba por sus principales
publicaciones y ella replica: “No importa qué haya publicado, mi mejor texto es un
texto que casi no ha circulado: la introducción al Teatro reunido de Arnaldo Calveyra.
Él estaba muy conmovido por ese texto. Hincarle el diente a ese teatro, a esa escritura y
puesta en escena y la poética de Calveyra sin entrar en academicismos, ni en caminos
fáciles, es lo más difícil que hice. Nadie lo ha leído”.
Ni los caminos fáciles ni la retórica academicista, ni las fórmulas remañidas estaban en
el horizonte de elecciones de Claudia para “hincar el diente” a un nuevo proyecto de
intervención editorial.

La Dra. Rosa era consciente de su posición y de su trabajo como intelectual, a cuyo


respecto plantea:

“Pertenezco a ese grupo de críticos que, formados en el marxismo, se resiste al


textualismo y supo aprovechar no sin aberraciones toda una jerga formalista, de
extraordinarias complejidades. Eso sí, el esteticismo textualista —que veo con sorpresa
que aun funciona— fue mi límite. Nunca puedo aislar la textualidad de las condiciones
de producción y los modos de lecturas. Pasaron muchos años para que encontrara
justificación teórica para estudiar autores “provinciales”, porque de alguna manera mis
lecturas constantes eran los poetas entrerrianos y eso no tenía cabida en los 80 y gran
parte de los 90. Así que el trabajo de leer textualidades en poesía pasó rápidamente y
por cuestiones básicas de la necesidad de tener los textos a interesarme por la edición.
Me sumé al proyecto de críticos editores como interventores en el campo cultural hace
casi 20 años.

Cuando Claudia dice casi 20, quiere decir mediados de 1999 y principios del 2000,
cuando habían pasado 3 años de la increíble edición de la UNL de la Obra Completa de
Juan L. Ortiz, bajo la dirección de Sergio Delgado. Ese trabajo le hizo ver que hacer
algo similar era posible y así se contactó con Sergio, en ese momento, editor en
Ediciones UNL para empezar a armar la obra completa de Mastronardi. Ese año, Sergio
se instala definitivamente en Francia pero el Mastro (como le decíamos de entrecasa)
estaba ya andando.
El Mastro fue toda una iniciación en el trabajo de editar, en el trabajo de intervención
crítica, no sólo de Claudia sino de todos los que, de un modo u otro, estuvimos
involucrados.
La serie en la que se inscribe el Mastro: la paradigmática obra de Juan L, pero también y
para atrás, la edición de la poesía de Hugo Gola, Rafael Ielpi, Juan Manuel Inchauspe,
Estela Figueroa, Marilyn Contardi, apenas recuperada la democracia, a partir de “la
necesidad de tener los textos” que tenían los jóvenes editores responsables de las
publicaciones en la dirección de cultura de la UNL: Edgardo Russo, Hugo Gola mismo,
Jorge Ricci, entre otros. Y para adelante, la obra poética de Pedroni, la Poesía Reunida
de Padeletti y los cuentos completos de Mateo Booz, fundaron un modo de editar
literatura, literatura argentina, insoslayable hoy en los renovados estudios sobre este
oficio, en esta parte del mundo.
La mejor reseña de estos dos tomos monumentales la hizo una amiga querida, Analía
Gerbaudo, en la revista Bazar Americano, en el año 2011. Permítanme que les lea sólo
el comienzo.
“El cuidado (amoroso) de una edición. Esta vez quisiera empezar por una nota
aparentemente marginal en una reseña. Un comentario sobre el cuidado en la edición de
las Obras completas de Carlos Mastronardi que acaba de publicar la Universidad
Nacional del Litoral. Un trabajo realizado fundamentalmente por un colectivo de
mujeres de las que guardo imágenes que las ligan (en algunos casos, definitivamente) a
esta obra: entusiastas conversaciones sobre la marcha del proyecto en la luminosa casa
de Claudia Rosa en Paraná; encuentros accidentales, aunque más o menos regulares, con
Elisabeth Strada (“Isa” para los amigos) en el Etacer durante el largo periplo de
búsqueda y organización del material; Ivana Tosti recorriendo los pasillos de las
oficinas de la editorial con interminables series de galeras que corregía los fines de
semana; y otra vez Claudia, acercándome a la terminal para tomar el ómnibus que me
traería de regreso a Santa Fe mientras ella recogía los incontables borradores de
borradores. Pocas veces un libro me ha generado tanta expectativa. Y esto no se debe
sólo a la importancia de la obra y de los análisis críticos que esperaba por fin leer, sino
especialmente a lo que rodeó su armado, su corrección, su diseño, es decir, a eso que
vuelve libro un conjunto de textos y que, en este caso particular, algunas experiencias
transidas por el dolor y la amistad lo convirtieron en un objeto de otro orden (un fetiche,
quizás)”.

Luego del Mastro, Claudia suma a la serie la edición del teatro Calveyra al que
aludimos y se encontraba editando la obra de Veiravé, trabajo que la interpeló por su
heterogeneidad y para el que construyó una teoría de la edición más cercana a la
curaduría que le habilitó un establecimiento del texto muy particular. Hipótesis que, en
breve, tendremos la suerte de leer en las próximas publicaciones de la editorial de la
Universidad de Corrientes y, también, en el estudio preliminar un nuevo volumen para
la colección El país del sauce.
Entre sus planes de largo aliento estaba la ambiciosa escritura de la historia de la
Literatura de Entre Ríos.
Dice Roland Barthes que son palabras simples las que convoca el duelo. La palabra que
más convoca Claudia es alegría. Alegría con la que nos inundaba cuando compartíamos
amistad, trabajo, planes y proyectos, lecturas, pero también viajes, jornadas, tertulias de
un lado u otro del río. Alegría es una de las palabras que escribe en las notas iniciales a
la edición del Mastro recordando el trabajo de Isa Strada en esos libros, alegría que
Claudia evoca en ese hacer de Isa pero que también envía a la que ella tenía cuando
construía los imprescindibles tomos para la posteridad. Alegría es la palabra que
encuentra escrita “con piedritas por un niño” en la tumba de Arnaldo Calveyra en el
cementerio de Montparnasse cuando lo visita en compañía de Sergio con un ramo de
tulipanes rojos.
La alegría que le provocaba construir una biblioteca de la literatura, erigir los necesarios
monumentos y transformarlos en archivos, acomodarlos en los estantes, dibujar un
mapa y armarnos el recorrido con su modo original y lúcido de leer la historia de
nuestra literatura argentina que nos seguirá interpelando.