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“Media hora después estaba sentado frente a la pantalla en blanco,

pensando que debía ser un auténtico masoquista. Se había tomado la


aspirina en lugar de la copa; pero eso no alteraba lo que iba a pasar ahora.
Permanecería allí sentado durante quince minutos, o tal vez media hora,
mirando sólo la pantalla que brillaba en la oscuridad; luego, apagaría la
máquina y se iría en busca de aquella copa.
Sólo que...
Sólo que había visto algo gracioso de camino a casa después de la
comida con Charlie, y eso le dio una idea. No era una gran idea, sólo una
pequeñita. Al fin y al cabo, no fue más que un pequeño incidente…

Se detuvo con el corazón latiéndole de pronto a toda marcha.


Paulie, ¿puedes?
Esa era una pregunta que no se atrevía a contestar. Volvió a
inclinarse sobre el teclado y, al cabo de un momento, empezó a golpear
las teclas.., pero con más suavidad…

El agujero se abrió y Paul se puso a mirar lo que había allí sin darse
cuenta de que sus dedos iban cada vez más de prisa, sin apercibirse de que
sus piernas doloridas estaban en la misma ciudad, pero a cincuenta
manzanas de distancia, sin notar que, mientras escribía, estaba llorando” –
SK, Misery.

Escribir es una labor solitaria, y conviene tener a alguien que crea en ti. Tampoco es
necesario que hagan discursos. Basta, normalmente, con que crean - SK

“Un día le enseñe a mi madre uno de mis híbridos, y le encantó. Recuerdo una sonrisa
un poco sorprendida, como si le pareciera increíble tener un hijo tan listo. ¡Caray, si
prácticamente era un superdotado! Yo nunca le había visto poner aquella cara (al menos
por mí), y me entusiasmó.

Me preguntó si me lo había inventado, y no tuve más remedio que reconocer que había
copiado la mayor parte de un tebeo.

La cara de decepción que puso mi madre hundió mi gozo en un pozo. Me devolvió la


libreta y dijo:

—Escribe tú uno, Stevie. Los tebeos de Combat Casey no valen nada. Se pasa el día
partiéndole la cara a la gente. Escribe uno tú.

Recuerdo haber acogido la idea con la sensación abrumadora de que abría mil
posibilidades, como si me hubieran dejado entrar en un edificio muy grande y con
muchas puertas cerradas, dándome permiso para abrir la que quisiera. Pensaba (y sigo
pensando) que había tantas puertas que no bastaba una vida para abrirlas todas.

Acabe por escribir un cuento sobre cuatro animales mágicos que iban en un coche
viejo ayudando a los niños. El jefe, y conductor del automóvil, era un gran conejo
blanco. El cuento constaba de cuatro páginas escritas a lápiz con mucho trabajo.
Después de acabarlo se lo di a mi madre, y ella se sentó en el salón, dejo en el suelo su
libro de bolsillo y se leyó el cuento entero. Vi que le gustaba, porque se reía donde había
que reírse, pero no supe si lo hacía por amor a su hijo, para que estuviera contento, o
porque el cuento era bueno.
—¿Éste no es copiado? —preguntó al acabar.

Dije que no. Ella comentó que merecía publicarse. Desde entonces no me han dicho
nada que me haya hecho tan feliz. Escribí otros cuatro cuentos sobre el conejo blanco y
sus amigos. Mi madre me los pagaba a veinticinco centavos y se los mandaba a sus
cuatro hermanas. Cuatro cuentos. A veinticinco centavos cada uno. Fue el primer dólar
que gané en la profesión” – Stephen King, Mientras Escribo.

"Si aquí se enseña algo, es simplemente el diagrama de la vida de alguien que se puso
en marcha hacia algún lugar... y fue. Más que pensar mucho mi camino, he hecho cosas
y he descubierto qué era y quién era después de hacerlas". - Ray Bradbury.

“Globos de fuego.
Hoy en día rara vez se ven, aunque he oído que en ciertos países todavía los hacen y los
llenan con el aliento tibio de un fuego de paja que cuelga debajo.
Pero en 1925 en Illinois aún había esos globos, y uno de los últimos recuerdos que
tengo de mi abuelo es la última hora de una noche de Cuatro de Julio, hace cuarenta y
ocho años, en que el Abuelo y yo salimos al jardín e hicimos una fogata y llenamos de
aire caliente un globo de papel con forma de pera, y por un momento final retuvimos en
las manos la parpadeante presencia con brillo de ángel frente al porche repleto de tíos y
tías y primos y madres y padres, y luego, con gran suavidad, dejamos que eso que era
vida y luz y misterio se nos fuera de los dedos hacia el aire estival y se alejara sobre las
casas ya adormiladas, entre las estrellas, frágil, deslumbrante, vulnerable y hermoso
como la vida misma”. – Ray Bradbury, Zen en el Arte de Escribir.

—Pero tú no te hundiste, Lestat —continuó, enarcando las cejas—. El hambre, el frío...,


nada consiguió detenerte. ¡Eras un triunfo! —La rabia le espesó la voz una vez más—.
No terminaste alcoholizado en el arroyo, sino que lo volviste todo al revés. Y en cada
aspecto de nuestra presunta condenación, tú encontraste una nueva alegría. La pasión y
el entusiasmo que irradiabas no tenían fin.. - Anne Rice.

“Encontré el rinconcito oscuro donde arden las velas votivas bajo la estatua de la
Virgen, un sitio lleno de bella luz titilante.
Me vinieron a la memoria el aroma y el sonido de la selva tropical, la oscuridad
impenetrable de esos árboles imponentes. Luego la imagen de la capillita blanca en el
claro del bosque con sus puertas abiertas, el sonido fantasmal de la campana en la brisa
vagabunda. Y el olor a sangre que partía de las manos heridas de Gretchen.
Tomé la larga mecha que había para encender las velas, la acerqué a una llamita, di vida
a otra, amarilla y movediza, que finalmente se estabilizó al tiempo que despedía un
fuerte olor a cera quemada.
Estuve a punto de decir: "Por Gretchen", cuando me percaté de que no era por ella que
la había encendido. Levanté mi rostro hacia la Virgen. Recordé el crucifijo que había
sobre el altar de Gretchen. Una vez más me sentí inundado por la paz de la selva
tropical y vi ese pequeño pabellón con cainitas. ¿Por Claudia, mi preciosa Claudia? No,
tampoco por ella, por mucho que la amara...
Sabía que esa vela era por mí.
Era por el hombre de pelo castaño que había amado a Gretchen en Georgetown. Era por
el triste demonio de ojos azules que fui antes de transformarme en aquel hombre. Era
por el muchacho mortal de siglos atrás, que huyó a París con las alhajas de su madre en
el bolsillo y sólo la ropa que llevaba puesta. Era por el ser impulsivo y malvado que
había sostenido en sus brazos a la Claudia agonizante.
Era por todos esos seres y por el demonio que en esos instantes estaba allí, porque a él
le gustaban las velas, y le gustaba crear lumbre a partir de la lumbre. Porque no había un
Dios en quien creyera, no había santos ni Reina del Cielo.
Porque pudo dominar su mal genio y no aniquiló al amigo.
Porque estaba solo, pese a lo cercano que pudiera ser ese amigo. También porque le
había vuelto la felicidad como si fuera una dolencia que nunca pudo vencer del todo,
porque la sonrisa traviesa ya se le dibujaba en los labios, porque el corazón brincaba
dentro de su pecho, porque surgía en su interior el deseo de volver a salir, de pasear por
las refulgentes calles de la ciudad.
Sí, la velita prodigiosa y minúscula, que aumenta en esa misma cantidad la luz existente
en el universo, es por Lestat. Y quedará encendida toda la noche junto a las demás.
Continuaría encendida a la mañana siguiente, cuando llegaran los fieles, cuando entrara
la luz del sol por esas puertas.
Mantén tu vigilia, pequeña vela, en las tinieblas y a la luz del día.
Por mí, sí”. – Anne Rice, El ladrón de cuerpos.

“Encontré el rinconcito oscuro donde arden las velas votivas bajo la estatua de la
Virgen, un sitio lleno de bella luz titilante.
Me vinieron a la memoria el aroma y el sonido de la selva tropical, la oscuridad
impenetrable de esos árboles imponentes. Luego la imagen de la capillita blanca en el
claro del bosque con sus puertas abiertas, el sonido fantasmal de la campana en la brisa
vagabunda. Y el olor a sangre que partía de las manos heridas de Gretchen.
Tomé la larga mecha que había para encender las velas, la acerqué a una llamita, di vida
a otra, amarilla y movediza, que finalmente se estabilizó al tiempo que despedía un
fuerte olor a cera quemada.
Estuve a punto de decir: "Por Gretchen", cuando me percaté de que no era por ella que
la había encendido. Levanté mi rostro hacia la Virgen. Recordé el crucifijo que había
sobre el altar de Gretchen. Una vez más me sentí inundado por la paz de la selva
tropical y vi ese pequeño pabellón con cainitas. ¿Por Claudia, mi preciosa Claudia? No,
tampoco por ella, por mucho que la amara...
Sabía que esa vela era por mí.
Era por el hombre de pelo castaño que había amado a Gretchen en Georgetown. Era por
el triste demonio de ojos azules que fui antes de transformarme en aquel hombre. Era
por el muchacho mortal de siglos atrás, que huyó a París con las alhajas de su madre en
el bolsillo y sólo la ropa que llevaba puesta. Era por el ser impulsivo y malvado que
había sostenido en sus brazos a la Claudia agonizante.
Era por todos esos seres y por el demonio que en esos instantes estaba allí, porque a él
le gustaban las velas, y le gustaba crear lumbre a partir de la lumbre. Porque no había un
Dios en quien creyera, no había santos ni Reina del Cielo.
Porque pudo dominar su mal genio y no aniquiló al amigo.
Porque estaba solo, pese a lo cercano que pudiera ser ese amigo. También porque le
había vuelto la felicidad como si fuera una dolencia que nunca pudo vencer del todo,
porque la sonrisa traviesa ya se le dibujaba en los labios, porque el corazón brincaba
dentro de su pecho, porque surgía en su interior el deseo de volver a salir, de pasear por
las refulgentes calles de la ciudad.
Sí, la velita prodigiosa y minúscula, que aumenta en esa misma cantidad la luz existente
en el universo, es por Lestat. Y quedará encendida toda la noche junto a las demás.
Continuaría encendida a la mañana siguiente, cuando llegaran los fieles, cuando entrara
la luz del sol por esas puertas.
Mantén tu vigilia, pequeña vela, en las tinieblas y a la luz del día.
Por mí, sí”. – Anne Rice, El ladrón de cuerpos.

"Al fin resolví que si uno va a pisar una mina, mejor que lo haga por cuenta propia.
Volar, por así decir, por las propias delicias y desesperanzas.
Empecé a tomar breves notas describiendo amores y odios. Durante mis veinte y
veintiún años vagué por mediodías de verano y medianoches de octubre, presintiendo
que en algún lugar de las estaciones brillantes y oscuras debía haber algo que era mi
verdadero yo.
Tenía veintidós cuando una tarde al fin lo descubrí. Escribí el título «El lago» en la
primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi
máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca
erizado.
¿Por qué el pelo de punta y la nariz chorreante?
Me daba cuenta de que por fin había escrito un cuento realmente bueno. El primero en
diez años. Y no sólo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo
nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional sino un cuento sobre el amor, el tiempo,
el recuerdo y el ahogo". - Zen en el arte escribir.

Recostada sobre mi almohada de piedra, he tenido sueños sobre el mundo mortal de ahí
arriba. He oído sus voces y sus nuevas músicas como si fueran canciones de cuna
escuchadas desde mi tumba. He vislumbrado sus fantásticos descubrimientos, he
conocido su valentía en el sanctasanctórum intemporal de mis pensamientos. Y aunque
ese mundo me excluye con sus formas deslumbrantes, anhelo la existencia de alguien
con la fuerza necesaria para vagar por él intrépidamente, para atravesarlo de parte a
parte por la Senda del Diablo. - Allesandra, que aparecía sin nombre en Lestat el
vampiro.

“Se trataba de textos que yo creía haber superado al descubrir que la vida estaba en otra
parte y encontraba más interesante ir al mercado a oler las frutas y las verduras que
sentarme a releerlos. ¿Cómo resolver esta aparente contradicción: vivir o escribir? La
vida no se sustituye con la literatura ni la literatura con la vida. Leer es también vivir:
vivir leyendo y leer la vida. Encerrarse en la lectura de las letras es negar el principio
vital motor del arte: la vida vivida. La otra voz era la vida que va y viene, hasta y desde
la obra, porque es a la vez su alimento y su destino”. – Laura Esquivel, Íntimas
Suculencias.

"Yo estaba enamorado, por entonces, de los monstruos y los esqueletos y los circos y las
ferias y los dinosaurios y, por último, de Marte, el Planeta Rojo.
Con esos primitivos ladrillos he construido una vida y una carrera. Todo lo bueno de mi
existencia me ha venido de mi duradero amor por esas cosas sorprendentes.
En otras palabras, a mí los circos no me incomodaban. Le ocurre a algunos. Los circos
son estridentes, vulgares, y al sol huelen mal. Hacia los catorce o quince años, mucha
gente ya ha sido apartada de sus amores, de sus gustos antiguos e intuitivos, uno a uno,
hasta que al llegar a la madurez no les queda nada de alegría, de garra, de entusiasmo,
de sabor. Las críticas ajenas, y las propias, los han puesto incómodos. Cuando a las
cinco de una oscura y fría mañana de verano llega el circo, y suena el organillo, en vez
de levantarse y salir corriendo se remueven en sueños, y la vida pasa de largo. Yo sí que
me levantaba y salía. A los nueve años aprendí que hacía bien y todo el mundo se
equivocaba". - Ray Bradbury, Borracho y a cargo de una Bicicleta.

"Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que
Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y
tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de
vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara
rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en
parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables
maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordeñaran". El Vino del Estío, Ray
Bradbury.

"Si todo esto parece mecánico, no lo era. Me guiaban las ideas. Cuanto más hacía, más
quería hacer. Uno se vuelve voraz. Le entran fiebres. Conoce júbilos. De noche no
puede dormir porque la criatura bestial quiere asomar y hace que uno se revuelva en la
cama. Es un magnífico modo de vivir". - Ray Bradbury.

"Yo, fíjese, estoy acostumbrado a levantarme y correr a la máquina de escribir, y en una


hora he creado un mundo. No tengo que esperar a nadie. No tengo que criticar a nadie.
Está hecho. Con una hora me basta para adelantarme a todos. El resto del día puedo
haraganear. Esta mañana ya he escrito doce mil palabras; así que si quiero tener una
comida de dos o tres horas puedo, porque ya les he ganado a todos". - Zen en el Arte de
Escribir, Ray Bradbury,

“Al cabo de un mes de mi regreso, comprendí que había sentado el tono de mi actitud
hacia el mundo que me rodeaba. Me deleitaría con la lujuriante belleza de la pintura, la
música y la arquitectura italianas, sí, pero lo haría con el fervor de un santo ruso.
Transformaría todas las experiencias sensuales en bondad y pureza. Aprendería,
aumentaría mis conocimientos, y no cejaría nunca de presionar a mi alma para que
alcanzara lo que yo consideraba bondad. La bondad consistía ante todo en amabilidad,
gentileza. Significaba no desperdiciar nada. Significaba pintar, leer, estudiar, escuchar,
incluso rezar, aunque no estaba seguro de a quién”. – Anne Rice

"-Hermosa dama! -dijo Frodo al cabo de un rato -. Decidme, si mi pregunta no os parece


tonta, ¿quién es Tom Bombadil?
-Es él -dijo Baya de Oro, dejando de moverse y sonriendo.
Frodo la miró inquisitivamente.
-Es como lo has visto -dijo ella respondiendo a la mirada de Frodo-. Es el Señor de la
madera, el agua y las colinas.
-¿Entonces estas tierras extrañas le pertenecen?
-De ningún modo -dijo ella y la sonrisa se le apagó-. Eso sería en verdad una carga
-susurró-. Los árboles y las hierbas y todas las cosas que crecen o viven en la región no
tienen otro dueño que ellas mismas. Tom Bombadil es el Señor. Nadie ha atrapado
nunca al viejo Tom caminando en el bosque, vadeando el río, saltando en lo alto de las
colinas, a la luz o a la sombra. Tom Bombadil no tiene miedo. Es el Señor". - J. R. R.
Tolkien, La Comunidad del Anillo.

"Súbitamente hubiera querido explicar a Randolph que él, Elliott, había cometido algún
error crucial mucho tiempo atrás. Algo que tenía que ver con aquellas largas noches en
Egipto, cuando Lawrence y él paseaban juntos por las oscuras calles de El Cairo o se
enfurecían uno contra otro medio borrachos en el pequeño salón del barco. De alguna
forma Lawrence había conseguido vivir una vida de proporciones heroicas; había
logrado lo que los demás eran simplemente incapaces de hacer. Elliott se había dejado
llevar por la corriente, mientras que Lawrence había escapado a Egipto, al desierto, a los
templos, a aquellas noches claras cuajadas de estrellas". - Anne Rice.

LAS CIUDADES Y EL DESEO. 2


“Al cabo de tres jornadas, andando hacia el mediodía, el hombre se encuentra en
Anastasia, ciudad bañada por canales concéntricos y sobrevolada por cometas. Debería
ahora enumerar las mercancías que se compran a buen precio: ágata, ónix crisopacio y
otras variedades de calcedonia; alabar la carne del faisán dorado que se cocina sobre la
llama de leña de cerezo estacionada y se espolvorea con mucho orégano; hablar de las
mujeres que he visto bañarse en el estanque de un jardín y que a veces -así cuentan-
invitan al viajero a desvestirse con ellas y a perseguirlas en el agua. Pero con estas
noticias no te diré la verdadera esencia de la ciudad: porque mientras la descripción de
Anastasia no hace sino despertar los deseos uno por uno, para obligarte a ahogarlos, a
quien se encuentra una mañana en medio de Anastasia los deseos se le despiertan todos
juntos y lo circundan. La ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se
pierde y del que tú formas parte, y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te
queda sino habitar ese deseo y contentarte. Tal poder, que a veces dicen maligno, a
veces benigno, tiene Anastasia, ciudad engañadora: si durante ocho horas al día trabajas
como tallador de ágatas ónices crisopacios, tu afán que da forma al deseo toma del
deseo su forma, y crees que gozas por toda Anastasia cuando sólo eres su esclavo”. –
Italo Calvino, Las Ciudades Invisibles.
“Las palabras sabían a verano. El vino era verano encerrado y taponado. Y ahora que
Douglas sabía, realmente sabía, que estaba vivo, y se movía en el mundo para verlo y
tocarlo, convenía que algo de este nuevo conocimiento, algo de este especial día de
vendimia, fuera apartado y sellado, y abierto luego un día de enero, cuando nevara
rápidamente y el sol estuviese oculto desde semanas o meses atrás, y el milagro, en
parte olvidado, necesitara renovarse. Sería aquel un verano de insospechables
maravillas, y Douglas quería que lo conservaran y ordenaran” – Ray Bradbury, El Vino
del Estío.

"-¡No, no! -exclamó Gandalf, incorporándose-. Mi poder sería entonces demasiado


grande y terrible. Conmigo el Anillo adquiriría un poder todavía mayor y más mortal.
-Los ojos de Gandalf relampaguearon y la cara se le iluminó como con un fuego
interior. - ¡No me tientes! Pues no quiero convertirme en algo semejante al Señor
Oscuro. Todo mi interés por el Anillo se basa en la misericordia, misericordia por los
débiles y deseo de poder hacer el bien. ¡No me tientes! No me atrevo a tomarlo, ni
siquiera para esconderlo y que nadie lo use. La tentación de recurrir al Anillo sería para
mí demasiado fuerte. ¡Tal vez lo necesitara! Me acechan grandes peligros". - J. R. R.
Tolkien, La Comunidad del Anillo.

"Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida.
¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el
más sabio conoce el fin de todos los caminos. No hay muchas esperanzas de que
Gollum tenga cura antes de morir, pero creo que aún podría salvarse: está ligado al
destino del Anillo. El corazón me dice que todavía tiene un papel que desempeñar, para
bien o para mal, antes del fin y cuando éste llegue, la misericordia de Bilbo puede
determinar el destino de muchos, no menos que el tuyo". - J. R. R. Tolkien, La
Comunidad del Anillo.

"Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a
mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los
enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseo salir y ver las montañas enormes,
y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un
bastón" - El Hobbit, J. R. R. Tolkien.

"Por las pocas lecturas que había hecho yo, había observado que los hombres que
estaban más en la vida, que estaban moldeando la vida, que eran la vida misma, comían
poco, dormían poco, poseían poco o nada. No se hacían falsas ilusiones sobre el deber, o
la perpetuación de los parientes, o la preservación del Estado. Les interesaba la verdad y
sólo la verdad. Sólo reconocían un tipo de actividad: la creación. Nadie podía exigirles
servicios, porque por su propia voluntad se habían empeñado en darlo todo. Daban
gratuitamente, porque ése es el único modo de dar. Esa era la forma de vida que me
atraía: tenía profundo sentido. Era la vida... no el simulacro que adoraban quienes me
rodeaban". - Henry Miller, Sexus.

Mi anhelo y curiosidad me hacían avanzar en todas direcciones a la vez. A un mismo


tiempo me sentía interesado y absorbido por la música hindú (por haber hecho amistad
con un compositor hindú que había conocido en un restaurante indio), por el ballet ruso,
por el movimiento expresionista alemán, por las composiciones para piano de Scriabin,
por el arte de los locos (gracias a Prinzhorn), por el ajedrez chino, por los encuentros de
boxeo y de lucha libre, por los partidos de hockey, por la arquitectura medieval, por los
misterios relacionados con los infiernos egipcio y griego, por las pinturas en cuevas del
hombre de Cro-Magnon, por los gremios de comerciantes de la antigüedad, por todo lo
relativo a la nueva Rusia, etcétera, etcétera, de una cosa a otra, pasando de un nivel a
otro tan natural y fácilmente como si estuviese usando una escalera mecánica. Pero,
¿acaso no era así como los artistas del Renacimiento adquirían el conocimiento y el
material para sus asombrosas creaciones? ¿Es que no se internaban por todos los
caminos de la vida a la vez? ¿Acaso no eran insaciables y devoradores? ¿Es que no eran
jornaleros, vagabundos, criminales, guerreros, aventureros, científicos, exploradores,
poetas, pintores, músicos, escultores, arquitectos, fanáticos y devotos a un tiempo?

Una vez, le remarqué a un periodista que la mayoría de los grandes escritores tienen una
expresión infantil en sus rostros, y está mucho más pronunciada en los escritores que escriben
fantasía. Esto es quizás más identificable en la cara de Ray Bradbury, que conserva con fuerza el
aspecto joven que tenía en Illinois; su cara conserva ese indefinible aspecto a pesar de sus
sesenta y tantos años, su pelo canoso, sus pesadas gafas. Robert Bloch tiene la cara de un
alumno de sexto grado, a pesar de haber pasado ya los sesenta; es la cara del niño que se sienta
al final de la clase ––al menos hasta que el profesor le asigna un sitio más adelante, donde
normalmente no permanece mucho tiempo–– y hace sonidos desagradables por encima del
pupitre con las palmas de sus manos. Harlan Ellison tiene la cara de un joven urbano deprimido,
tan encerrado en sí mismo que la mayoría del tiempo parece amable, aunque es capaz de joderte
si le das mucho la murga.

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