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Colegio San Pedro Nolasco

Departamento de Lenguaje
SELECCIÓN DE RELATOS
Lenguaje y Comunicación ROMÁNTICOS
Nivel I° Medio
Cristian Tagle

Nombre ________________________________________________
I° medio____

HISTORIA DE FANTASMAS
E.T.A. Hoffmann

Cipriano se puso de pie y empezó a pasear, según costumbre, siempre que su ser estaba embargado
por algo muy importante y trataba de expresarse ordenadamente, y recorrió la habitación de un
extremo a otro.
Los amigos se sonrieron en silencio. Se podía leer en sus miradas: «¡Qué cosas tan fantásticas
vamos a oír!» Cipriano se sentó y empezó así:
-Ya saben que hace algún tiempo, después de la última campaña, me hallaba en las posesiones del
Coronel de P… El Coronel era un hombre alegre y jovial, así como su esposa era la tranquilidad
y la ingenuidad en persona.
Mientras yo permanecía allí, el hijo se encontraba en la armada, de modo que la familia se
componía del matrimonio, de dos hijas y de una francesa que desempeñaba el cargo de una especie
de gobernanta, no obstante estar las jóvenes fuera de la edad de ser gobernadas. La mayor era tan
alegre y tan viva que rayaba en el desenfreno, no carente de espíritu; pero apenas podía dar cinco
pasos sin danzar tres contradanzas, así como en la conversación saltaba de un tema a otro,
infatigable en su actividad. Yo mismo presencié cómo en el espacio de diez minutos hizo punto…
leyó…, cantó…, bailó, y que en un momento lloró por el pobre primo que había quedado en el
campo de batalla y aún con lágrimas en los ojos prorrumpió en una sonora carcajada, cuando la
francesa echó sin querer la dosis de rapé en el hocico del faldero, que al punto comenzó a
estornudar, y la vieja a lamentarse: «Ah, che fatalità! Ah carino, poverino!» Acostumbraba a
hablar al susodicho faldero sólo en italiano, pues era oriundo de Padua.
Por lo demás, la señorita era la rubia más encantadora que podía imaginarse, y en todos sus
extraños caprichos dominaba la amabilidad y la gracia, de manera que ejercía una fascinación
irresistible, como sin querer. La hermana más joven, que se llamaba Adelgunda, ofrecía el ejemplo
contrario. En vano trato de buscar palabras para expresarles el efecto maravilloso que causó en mí
esta criatura la primera vez que la vi. Imaginen la figura más bella y el semblante más hermoso.
Aunque una palidez mortal cubría sus mejillas, y su cuerpo se movía suavemente, despacio, con
acompasado andar, y cuando una palabra apenas musitada salía de sus labios entreabiertos y
resonaba en el amplio salón, se sentía uno estremecido por un miedo fantasmal.
Pronto me sobrepuse a esta sensación de terror, y como pudiese entablar conversación con esta
muchacha tan reservada, llegué a la conclusión de que lo raro y lo fantasmagórico de su figura
sólo residía en su aspecto, que no dejaba traslucir lo más mínimo de su interior. De lo poco que
habló la joven se dejaba traslucir una dulce feminidad, un gran sentido común y un carácter
amable. No había huella de tensión alguna, así como la sonrisa dolorosa y la mirada empañada de
lágrimas no eran síntoma de ninguna enfermedad física que pudiera influir en el carácter de esta
delicada criatura.
Me resultó muy chocante que toda la familia, incluso la vieja francesa, parecían inquietarse en
cuanto la joven hablaba con alguien, y trataban de interrumpir la conversación, y, a veces, de
manera muy forzada. Lo más raro era que, en cuanto daban las ocho de la noche, la joven primero
era advertida por la francesa y luego por su madre, por su hermana y por su padre, para que se
retirase a su habitación, igual que se envía a un niño a la cama, para que no se canse, deseándole
que duerma bien. La francesa la acompañaba, de modo que ambas nunca estaban a la cena que se
servía a las nueve en punto.
La Coronela, dándose cuenta de mi asombro, se anticipó a mis preguntas, advirtiéndome que
Adelgunda estaba delicada, y que sobre todo al atardecer y a eso de las nueve se veía atacada de
fiebre y que el médico había dictaminado que hacia esta hora, indefectiblemente, fuera a reposar.
Yo sospeché que había otros motivos, aunque no tenía la menor idea. Hasta hoy no he sabido la
relación horrible de cosas y acontecimientos que destruyó de un modo tan tremendo el círculo feliz
de esta pequeña familia.
Adelgunda era la más alegre y la más juvenil criatura que darse pueda. Se celebraba su catorce
cumpleaños, y fueron invitadas una serie de compañeras suyas de juego. Estaban sentadas en un
bello bosquecillo del jardín del palacio y bromeaban y se reían, ajenas a que iba oscureciendo cada
vez más, a que las escondidas brisas de julio comenzaban a soplar y que se acababa la diversión.
En la mágica penumbra del atardecer empezaron a bailar extrañas danzas, tratando de fingirse
elfos y ágiles duendes: «Óiganme -gritó Adelgunda, cuando acabó por hacerse de noche en el
boscaje-, óiganme, niñas, ahora voy a aparecerme como la mujer vestida de blanco, de la que nos
ha contado tantas cosas el viejo jardinero que murió. Pero tienen que venir conmigo hasta el final
del jardín, donde está el muro.» Nada más decir esto, se envolvió en su chal blanco y se deslizó
ligerísima a través del follaje, y las niñas echaron a correr detrás de ella, riéndose y bromeando.
Pero, apenas hubo llegado Adelgunda al arco medio caído se quedó petrificada y todos sus
miembros paralizados. El reloj del palacio tocó las nueve: «¿No ven -exclamó Adelgunda con el
tono apagado y cavernoso del mayor espanto-, no ven nada…, la figura… que está delante de mí?
¡Jesús! Extiende la mano hacia mí… ¿no la ven?»
Las niñas no veían lo más mínimo, pero todas se quedaron sobrecogidas por el miedo y el terror.
Echaron a correr, hasta que una que parecía la más valiente saltó hacia Adelgunda y trató de
cogerla en sus brazos. Pero en el mismo instante Adelgunda se desplomó como muerta. A los
gritos despavoridos de las niñas, todos los del palacio salieron apresuradamente. Cogieron a
Adelgunda y la metieron dentro. Despertó al fin de su desmayo y refirió temblando que, apenas
entró bajo el arco, vio ante ella una figura aérea, envuelta como en niebla, que le alargaba la mano.
Como es natural, se atribuyó la aparición a la extraña confusión que produce la luz del anochecer.
Adelgunda se recobró la misma noche, de tal modo, que no se temieron consecuencias algunas, y
se dio el asunto por terminado. ¡Y, sin embargo, qué diferente fue! A la noche siguiente, apenas
dieron las nueve campanadas, Adelgunda, presa de terror, en mitad de los amigos que la rodeaban,
empezó a gritar: «¡Ahí está, ahí está! ¿No la ven? ¡Ahí está, enfrente de mí!»
Baste saber que desde aquella desgraciada noche, apenas sonaban las nueve, Adelgunda volvía a
afirmar que la figura estaba delante de ella y permanecía algunos segundos, sin que nadie pudiese
ver lo más mínimo, o por alguna sensación psíquica pudiese percibir la proximidad de un
desconocido principio espiritual.
La pobre Adelgunda fue tenida por loca, y la familia se avergonzó, por un extraño absurdo, del
estado de la hija, de la hermana. De ahí aquel raro proceder, al que ya he hecho alusión. No faltaron
médicos ni medios para librar a la pobre niña de una idea fija, que así llamaban a la aparición, pero
todo fue en vano, hasta que ella pidió, entre abundantes lágrimas, que la dejasen, pues la figura
que se le aparecía con rasgos inciertos e irreconocibles, no tenía nada de terrorífico, y no le
producía ya miedo; incluso tras cada aparición tenía la sensación de que en su interior se despojase
de ideas y flotase como incorpórea, debido a lo cual padecía gran cansancio y se sentía enferma.
Finalmente, la Coronela trabó conocimiento con un célebre médico, que estaba en el apogeo de su
fama, por curar a los locos de manera sumamente artera (mediante ardides muy ingeniosos).
Cuando la Coronela le confesó lo que le sucedía a la pobre Adelgunda, el médico se rió mucho y
afirmó que no había nada más fácil que curar esta clase de locura, que tenía su base en una
imaginación sobreexcitada. La idea de la aparición del fantasma estaba unida al toque de las nueve
campanadas, de forma que la fuerza interior del espíritu no podía separarlo, y se trataba de romper
desde fuera esta unión. Esto era muy fácil, engañando a la joven con el tiempo y dejando que
transcurriesen las nueve, sin que ella se enterase. Si el fantasma no aparecía, ella misma se daría
cuenta de que era una alucinación y, posteriormente, mediante medios físicos fortalecedores, se
lograría la curación completa.
¡Se llevó a efecto el desdichado consejo! Aquella noche se atrasaron una hora todos los relojes del
palacio, incluso el reloj cuyas campanadas resonaban sordamente, para que Adelgunda, cuando se
levantase al día siguiente, se equivocase en una hora. Llegó la noche. La pequeña familia, como
de costumbre, se hallaba reunida en un cuartito alegremente adornado, sin la compañía de extraños.
La Coronela procuraba contar algo divertido, el Coronel empezaba, según costumbre cuando
estaba de buen humor, a gastar bromas a la vieja francesa, ayudado por Augusta, la mayor de las
señoritas. Todos reían y estaban alegres como nunca.
El reloj de pared dio las ocho (y eran las nueve) y, pálida como la muerte, casi se desvaneció
Adelgunda en su butaca… ¡la labor cayó de sus manos! Se levantó, entonces, el tenor reflejado en
su semblante, y mirando fijamente el espacio vacío de la habitación, murmuró apagadamente con
voz cavernosa: «¿Cómo? ¿Una hora antes? ¡Ah! ¿No lo ven? ¿No lo ven? ¡Está frente a mí, justo
frente a mí!» Todos se estremecieron de horror, pero como nadie viese nada, gritó la Coronela:
«¡Adelgunda! ¡Repórtate! No es nada, es un fantasma de tu mente, un juego de tu imaginación,
que te engaña, no vemos nada, absolutamente nada. Si hubiera una figura ante ti, ¿acaso no la
veríamos nosotros?… ¡Repórtate, Adelgunda, repórtate!» «¡Oh, Dios…! ¡Oh, Dios mío -suspiró
Adelgunda-, van a volverme loca! ¡Miren, extiende hacia mí el brazo, se acerca… y me hace
señas!» Y como inconsciente, con la mirada fija e inmóvil, Adelgunda se volvió, cogió un plato
pequeño que por casualidad estaba en la mesa, lo levantó en el aire y lo dejó… y el plato, como
transportado por una mano invisible, circuló lentamente en torno a los presentes y fue a depositarse
de nuevo en la mesa.
La Coronela y Augusta sufrieron un profundo desmayo, al que siguió un ataque de nervios. El
Coronel se rehízo, pero pudo verse en su aspecto trastornado el efecto profundo e intenso que le
hizo aquel inexplicable fenómeno.
La vieja francesa, puesta de rodillas, con el rostro hacia tierra, rezando, quedó libre como
Adelgunda, de todas las funestas consecuencias. Poco tiempo después la Coronela murió. Augusta
se sobrepuso a la enfermedad, pero hubiera sido mejor que muriese antes de quedar en el estado
actual. Ella, que era la juventud en persona, como ya les describí al principio, se sumió en un
estado de locura tal que me parece todavía más horrible y espeluznante que aquellos que están
dominados por una idea fija. Se imaginó que ella era aquel fantasma incorpóreo e invisible de
Adelgunda, y rehuía a todos los seres humanos, o se escondía en cuanto alguien comenzaba a
hablar o a moverse. Apenas se atrevía a respirar, pues creía firmemente que de aquel modo
descubría su presencia y podía causar la muerte a cualquiera. Le abrían la puerta, le daban la
comida, que escondía al tomarla, y así, ocultamente, hacía con todo. ¿Puede darse algo más
penoso?
El Coronel, desesperado y furioso, se alistó en la nueva campana de guerra. Murió en la batalla
victoriosa de W… Es notable, muy notable, que desde aquella noche fatal, Adelgunda quedó libre
del fantasma. Se dedica por entero a cuidar a su hermana enferma, y la vieja francesa la ayuda en
esta tarea. Según me ha dicho hoy Silvestre, el tío de las pobres niñas, acaba de llegar para
consultar con nuestro buen R… acerca del método curativo que debe emplearse con Augusta.
¡Quiera el Cielo facilitar esta improbable curación!
Cipriano calló y también los amigos permanecieron en silencio. Finalmente, Lotario exclamó:
«¡Esta sí que es una condenada historia de fantasmas! ¡Pero no puedo negar que estoy temblando,
a pesar de que todo el asunto del plato volante me parece infantil y de mal gusto!» «No tanto -
interrumpió Ottomar-, no tanto, ¡querido Lotario! Bien sabes lo que pienso acerca de las historias
de fantasmas, bien sabes que estoy en contra de todos los visionarios.»
FIN

LA TORRE DE LAS RATAS


Víctor Hugo

Desde que había empezado a anochecer, sólo tenía un pensamiento. Sabía que, antes de llegar a
Bingen, un poco antes de la confluencia con el Nahe, encontraría un extraño edificio, una lúgubre
morada ruinosa, de pie entre los juncos, en medio del río y entre dos altas montañas. Aquella
morada ruinosa era la Maüsethurm.
Cuando era niño, por encima de mi cama tenía un pequeño cuadro rodeado de un marco negro que
no sé qué criada alemana había colgado en la pared. Representaba una vieja torre aislada,
enmohecida, destartalada, rodeada de aguas profundas y oscuras que la cubrían de vapores, y de
montañas que la cubrían de sombras. El cielo por encima de aquella torre era sombrío y cubierto
de nubes horrendas.
Por la noche, después de haber rezado a Dios y antes de dormirme, miraba siempre aquel cuadro.
Lo volvía a ver en mis sueños y me parecía terrible. La torre aumentaba, el agua hervía, un
relámpago caía de las nubes, el viento soplaba en las montañas y, por momentos, parecía lanzar
clamores.
Un día le pregunté a la criada cómo se llamaba aquella torre. Santiguándose, me respondió que se
llamaba la Maüsethurm. Y luego me contó una historia. Que en otros tiempos, en Maguncia, en
su país, había habido un malvado arzobispo llamado Hatto, que era también abad de Fuld,
sacerdote avaro, según ella, que «abría la mano más para bendecir que para dar». Que un mal año
compró todo el trigo de las cosechas para revendérselo muy caro al pueblo, pues aquel cura quería
ser muy rico. La hambruna fue tal que los campesinos morían de hambre en los pueblos del Rin.
Que entonces el pueblo se reunió alrededor del burgo de Maguncia, llorando y solicitando pan.
Que el arzobispo se lo negó.
En este punto, la historia se hacía terrible. El pueblo hambriento no se dispersaba y seguía
rodeando el palacio del arzobispo, gimiendo. Hatto, enojado, hizo rodear aquellas pobres gentes
por sus arqueros que detuvieron a hombres y mujeres, ancianos y niños, y los encerraron en un
troje al que prendieron fuego. Fue, añadía la vieja criada, «un espectáculo ante el que hasta las
piedras habrían llorado» pero Hatto no hizo sino reír; y cuando aquellos desgraciados, expirando
entre las llamas, lanzaban gritos lamentables, éste dijo: «¿Estáis oyendo a las ratas silbar?»
Al día siguiente, del troje fatal sólo quedaban cenizas; no había nadie en Maguncia; la ciudad
parecía muerta y desierta cuando, de repente, una multitud de ratas, que pululaban en el troje
quemado como los gusanos en las úlceras de Asuero, salían de debajo de la tierra, surgían de entre
las losas, salían por las grietas de los muros, renacían bajo el pie que las aplastaba, se multiplicaban
bajo las piedras y bajo las mazas, e inundaron las calles, la ciudadela, el palacio, los sótanos, las
salas y las alcobas. Era un azote, una plaga, un repugnante hormigueo.
Fuera de sí, Hatto abandonó Maguncia y huyó hacia la llanura pero las ratas lo siguieron; corrió a
refugiarse en Bingen que tenía altas murallas, pero las ratas pasaron por encima de las murallas y
entraron en Bingen. Entonces el arzobispo mandó construir una torre en medio del Rin y se refugió
en ella con la ayuda de una barca alrededor de la cual diez arqueros golpeaban el agua; las ratas se
arrojaron al agua, cruzaron el Rin, treparon por la torre, royeron las puertas, el tejado, las ventanas,
los techos, los suelos y, llegadas por fin a la mazmorra en la que el miserable arzobispo se había
escondido, lo devoraron vivo.
Ahora la maldición del cielo y el horror de los hombres pesan sobre esta torre llamada
Maüsethurm. Está desierta, en ruinas en medio del río y, a veces, por la noche, se ve salir de ella
un extraño vapor rojizo que parece el humo de una hoguera, pero es el alma de Hatto que regresa.
¿Han observado ustedes algo? La historia es en ocasiones inmoral, los cuentos son siempre
honestos, morales y virtuosos. En la historia el más fuerte prospera, los tiranos triunfan, los
verdugos gozan de buena salud, los monstruos engordan, los Sila se transforman en buenos
burgueses, los Luis XI y los Cromwell mueren en su cama. En los cuentos el infierno es siempre
visible. No hay falta que no tenga su castigo a veces incluso exagerado; no hay crimen que no
traiga tras de sí un suplicio con frecuencia espantoso; no hay malvado que no se convierta en un
desgraciado a veces digno de lástima. Eso ocurre porque la historia se mueve en lo infinito y el
cuento en lo finito. El hombre, que hace el cuento, no se siente con derecho a exponer los hechos
y dejar suponer las consecuencias de los mismos; porque palpa en la oscuridad, no está seguro de
nada, necesita acotarlo todo por medio de una enseñanza, un consejo y una lección; y no se
atrevería a inventar acontecimientos sin conclusión inmediata. Dios, que hace la historia, muestra
lo que quiere y conoce el resto.
Maüsethurm es un término cómodo. Se ve en él lo que se quiere ver. Hay espíritus que se
consideran positivos -y que no son sino áridos-, que expulsan de todo la poesía, y están siempre
dispuestos a decirle, como aquel hombre positivo al ruiseñor: «¡Quieres callarte, maldito animal!»
Este tipo de mentes explican que la palabra Maüsethurm viene de maus o mauth, que significa
peaje. Declaran que en el siglo X, antes de que se ensanchara el cauce del río, el paso del Rin sólo
estaba abierto por la orilla izquierda y que la ciudad de Bingen había establecido por medio de
esta torre su derecho de fielato sobre los barcos. Se apoyan en que aún hay cerca de Estrasburgo
dos torres parecidas dedicadas a la percepción de impuestos sobre los transeúntes, que también se
llaman Maüsethurm. Para estos graves pensadores inaccesibles a las fábulas, la torre maldita es
una puerta de consumos y Hatto un portalero o aduanero.
Para las gentes sencillas, entre las que me incluyo gustoso, Maüsethurm procede de maüse, que
viene de mus y significa rata. Esa supuesta puerta de consumos es la torre de las ratas, y el aduanero
un espectro.
Después de todo, las dos opiniones podrían conciliarse. No es absolutamente imposible que hacia
el siglo XVI o el XVII, después de Lutero, después de Erasmo, los bugomaestres incrédulos
hubieran utilizado la torre de Hatto y hubieran instalado provisionalmente alguna tasa y algún
peaje en aquella ruina de mala fama. ¿Por qué no? Roma hizo del templo de Antonino su aduana,
su dogana. Lo que Roma hizo respecto a la historia, Bingen pudo hacerlo respecto a la leyenda.
Así, mauth tendría razón y maüse no estaría equivocada.
Sea como fuere, desde que la vieja criada me narró el cuento de Hatto, la Maüsethurm había sido
una de las visiones habituales de mi espíritu. Ya saben, no hay hombre que no tenga sus fantasmas,
como no hay hombre que no tenga sus quimeras. Por la noche pertenecemos a los sueños; a veces
los atraviesa un rayo de sol, a veces lo hace una llama; y según el reflejo colorante, el mismo sueño
es una gloria celestial o una aparición del infierno. Efecto de luz de Bengala que se produce en la
imaginación.
Yo debo reconocer que la torre de las ratas, en medio de su charca de agua, siempre me pareció
horrible. Por lo que -¿me atreveré a confesarlo?- cuando el azar, que me pasea a su antojo, me
condujo a orillas del Rin, el primer pensamiento que se me ocurrió no fue que vería la cúpula de
Maguncia, o la catedral de Colonia o el Palatinado, sino que podría visitar la torre de las ratas.
FIN

LA PERLA DE TOLEDO
Próspero Mérimée

¿Quién me dirá si el Sol es más bello en el amanecer que en el ocaso? ¿Quién me dirá del olivo y
el almendro cuál es el más bello árbol? ¿Quién me dirá entre el valenciano y el andaluz cuál es el
más bravo? ¿Quién me dirá cuál es la más bella de las mujeres?
-Yo le diré cuál es la más bella de las mujeres: es Aurora de Vargas, la Perla de Toledo.
El Negro Tuzani ha pedido su lanza, ha pedido su escudo: su lanza la coge con la mano derecha;
su escudo pende de su codo. Desciende a su caballeriza y considera a sus cuarenta jumentos, uno
detrás de otro. Dice:
-Berja es la más vigorosa: sobre su larga grupa traeré a la Perla de Toledo o, por Alá, Córdoba no
volverá a verme jamás.
Parte, cabalga, llega a Toledo, y encuentra a un anciano cerca de Zacatín.
-Anciano de la barba blanca, lleva esta carta a don Guttiere, a don Guttiere de Saldaña. Si es
hombre vendrá a combatir contra mí cerca de la fuente de Almami. La Perla de Toledo debe
pertenecer a uno de nosotros.
Y el anciano ha tomado la carta, la ha tomado y la ha llevado al conde de Saldaña cuando jugaba
al ajedrez con la Perla de Toledo. El Conde ha leído la carta, ha leído el desafío, y con su mano ha
golpeado la mesa tan fuerte que todas las piezas se han tumbado. Y se levanta y pide su lanza y su
buen caballo; y la Perla también se ha levantado toda temblorosa, pues ha comprendido que él iba
a un duelo.
-Señor Guttiere, don Guttiere Saldaña, quédese, se lo ruego, y juegue otra vez conmigo.
-No jugaré más al ajedrez; quiero jugar el juego de las lanzas en la fuente de Almami.
Y los lloros de Aurora no pudieron pararlo, pues nada para a un caballero que acude a un duelo.
Entonces la Perla de Toledo toma su manto, monta sobre su mula y se dirige a la fuente de Almami.
Alrededor de la fuente la hierba está roja. Roja también está el agua de la fuente; pero no es ni una
pizca de sangre de un cristiano la que enrojece la hierba, la que enrojece el agua de la fuente. El
Negro Tuzani está acostado sobre su espalda: la lanza de don Guttiere se ha quebrado en su pecho:
toda su sangre se pierde poco a poco. Su jumento Berja lo mira llorando, pues ella no puede curar
la herida de su amo.
La Perla desciende de su mula:
-Caballero, tenga buen ánimo: vivirá todavía para casarse con una bella mora, mi mano sabe curar
las heridas que hace mi caballero.
-Oh Perla tan blanca, oh Perla tan bella, arranca de mi seno este trozo de lanza que lo desgarra; el
frío del acero me hiela.
Ella se ha acercado sin desconfianza; pero él ha reanimado sus fuerzas, y con el filo de su
cimitarra1 marca ese rostro tan bello.
FIN

LAS LAVANDERAS NOCTURNAS


George Sand

He aquí, en mi opinión, la más siniestra de las visiones del miedo. Es también la más difundida
pues creo que se encuentra en todos los países.
En torno a las charcas estancadas y a los manantiales límpidos; en los brezales como a orillas de
las fuentes umbrías; en los caminos hundidos bajo los viejos sauces como en la llanura abrasada
por el sol, durante la noche se oye la paleta precipitada y el chapoteo furioso de las lavanderas
fantásticas. En determinadas provincias se cree que evocan la lluvia y atraen la tormenta al hacer
volar hasta las nubes, con su ágil paleta, el agua de las fuentes y de los pantanos. Pero aquí hay
una confusión. La evocación de las tormentas es monopolio de los brujos conocidos como
«conductores de nubes». La auténticas lavanderas son las almas de las madres infanticidas.
Golpean y retuercen incesantemente un objeto que se asemeja a ropa mojada pero que, visto desde
cerca, no es sino el cadáver de un niño. Cada una tiene el suyo o los suyos, si ha sido varias veces
criminal. Hay que evitar observarlas o molestarlas; porque, aunque tuviera usted seis pies de alto
y músculos en proporción, lo agarrarían, lo golpearían en el agua y lo retorcerían ni más ni menos
que como un par de medias.
Todos hemos oído con frecuencia la paleta de las lavanderas de noche resonar en el silencio de las
charcas desiertas. Pero no hay que engañarse. Se trata de una especie de rana que produce ese
ruido formidable. Es muy triste haber hecho ese pueril descubrimiento y no poder esperar ver la
aparición de esas terribles brujas retorciendo sus harapos inmundos, en la bruma de las noches de
noviembre, a la pálida luz de una pálida luna creciente reflejada por las aguas.
Sin embargo, yo tuve la emoción de escuchar un relato sincero y bastante aterrador acerca de este
tema.
Un amigo mío, hombre de más talento que sentido común, debo reconocerlo, y sin embargo un
espíritu ilustrado y culto, pero, debo reconocerlo también, proclive a dejar su razón de lado, muy
valiente ante las cosas reales, pero fácil de impresionar y alimentado desde su infancia con las
leyendas de la región, tuvo dos encuentros con las lavanderas que no contaba sino con repugnancia
y con una expresión en el rostro que transmitía un escalofrío a su auditorio.
Una noche, hacia las once, en una «traîne» encantadora que corre serpenteando y saltando, por así
decirlo, sobre el flanco ondulado del barranco de Urmont, vio a orillas de una fuente, a una vieja
que lavaba y retorcía en silencio.
Aunque aquella bonita fuente tuviera mala fama, no vio en ello nada de sobrenatural y le dijo a la
anciana:
-Está lavando muy tarde, buena mujer.
Ella no respondió. Pensó que era sorda y se acercó. La luna estaba brillante y la fuente resplandecía
como un espejo. Entonces percibió claramente las facciones de la anciana: era completamente
desconocida para él, lo que le sorprendió porque dada su condición de agricultor, cazador y
paseante de la campiña, no había rostro desconocido para él a varias leguas a la redonda. Así fue
como me contó personalmente sus impresiones frente a aquella lavandera singularmente retrasada:
-Sólo se me ocurrió pensar en la leyenda una vez que había perdido de vista a aquella mujer. No
pensé en ella antes de encontrarla. No creía en ella y no sentí ningún recelo al abordarla. Pero tan
pronto como estuve junto a ella, su silencio, su indiferencia ante la aproximación de un transeúnte,
le dieron el aspecto de un ser absolutamente ajeno a nuestra especie. Si la vejez la privaba del oído
y la vista, ¿cómo es que había venido a lavar tan lejos, sola, a esta hora tan insólita, a aquella
fuente helada en la que trabajaba con tanta fuerza y actividad? Esto era al menos digno de
observación; pero lo que me sorprendió aún más, fue lo que yo sentí personalmente. No tuve
ninguna sensación de miedo, pero sí una repugnancia, un asco invencibles. Seguí mi camino sin
que ella volviera la cabeza. No fue sino cuando llegué a mi casa cuando pensé en las brujas de los
lavaderos, y entonces tuve mucho miedo, lo confieso abiertamente, y nada del mundo me habría
decidido a volver sobre mis pasos.»
En otra ocasión, el mismo amigo pasaba cerca de los estanques de Thevet, hacia las dos de la
mañana. Venía de Linières, donde aseguró no haber comido ni bebido, circunstancia que yo no
podría garantizar. Iba solo, en cabriolé, seguido de su perro. Como su caballo iba cansado, se bajó
en una cuesta y se encontró a orillas de la carretera, cerca de un canal donde tres mujeres lavaban,
golpeaban y retorcían con gran vigor, sin decir nada. Su perro se acercó de repente a él sin ladrar.
Él mismo pasó sin mirar demasiado. Pero apenas había dado unos cuantos pasos, oyó que alguien
iba detrás de él, y que la luna dibujaba a sus pies una sombra muy alargada. Se volvió y vio que
una de las tres mujeres lo seguía. Las otras dos venían a cierta distancia como para apoyar a la
primera.
-En esta ocasión -dijo- sí pensé en las lavanderas malditas, pero tuve una emoción distinta a la de
la primera vez. Aquellas mujeres eran de una estatura tan elevada y la que me seguía de cerca tenía
hasta tal punto las proporciones, la cara y el andar de un hombre, que pensé que tenía que vérmelas
con algunos tipos del pueblo probablemente mal intencionados. Llevaba un buen garrote en la
mano, me volví y le dije:
-¿Qué quiere de mí?
No recibí respuesta y al ver que no me atacaba, no tuve pretexto para atacarla yo, por lo que me vi
obligado a volver a mi cabriolé, que iba bastante lejos por delante de mí, con aquel desagradable
ser en los talones. No decía nada y parecía disfrutar teniéndome bajo el efecto de una provocación.
Yo seguía sujetando mi bastón, dispuesto a romperle la mandíbula al menor roce, y llegué así a mi
cabriolé, con mi cobarde perro, que no decía ni pío y que saltó al vehículo al tiempo que yo.
Entonces me volví y, aunque había oído hasta ese momento pasos tras los míos y había visto una
sombra caminar al lado de la mía, no vi a nadie. Sólo vi, a unos treinta pasos por detrás, en el lugar
donde las había visto lavar, a las tres grandes diablesas saltando, danzando y retorciéndose como
locas a orillas del canal. Su silencio, que contrastaba con aquellos saltos desenfrenados, las hacía
aún más singulares y más penosas de ver.»
Si después de haber escuchado este relato, se intentaba hacerle al narrador alguna pregunta de
detalle, o darle a entender que había sido víctima de una alucinación, él sacudía la cabeza y decía:
-Hablemos de otra cosa. Prefiero pensar que no estoy loco.
Esas palabras, pronunciadas con expresión triste, imponían silencio a todo el mundo.
No existe charca o fuente que no sea frecuentada bien por las lavanderas nocturnas, o bien por
otros espíritus más o menos molestos. Algunos de estos huéspedes son sólo extraños. En mi
infancia, yo temía mucho pasar por delante de cierta cuneta donde se veían los «pies blancos». Las
historias fantásticas que no se explican respecto a la naturaleza de los seres que ponen en escena,
y que quedan imprecisas e incompletas, son las que más impresionan la imaginación. Aquellos
pies blancos que caminaban, según decían, a lo largo de la cuneta a determinadas horas de la
noche, eran pies de mujer, flacos y descalzos, con un trozo de vestido blanco o de camisa larga
que flotaba y se agitaba sin cesar. Caminaba rápido y en zigzag, y si se le decía: «Te estoy viendo…
¿Quieres escapar?» corría aún más y no se sabía por dónde había desaparecido. Cuando no se le
decía nada caminaba delante de ti, pero cualquier esfuerzo que se hiciera para ver más arriba de
los tobillos, resultaba inútil. No tenía piernas, ni cuerpo, ni cabeza, sólo pies. No sabría explicar
qué tenían aquellos pies de terrorífico, pero por nada del mundo habría querido verlos.
En otros lugares hay hilanderas nocturnas; se escucha la rueca en la habitación en la que se está y
en ocasiones se ven sus manos. En nuestra comarca, he oído hablar de una brayeuse nocturna que
hilaba el cáñamo delante de la puerta de ciertas casas y dejaba oír el ruido regular de la braye, de
una manera que no era natural. Había que dejarla tranquila, y si se obstinaba en volver muchas
noches seguidas, había que poner una vieja hoja de guadaña a través del instrumento que cogía
para hacer ruido: por un momento trataba de romper la hoja, luego se cansaba, la arrojaba delante
de la puerta y no regresaba más.
También está la peillerouse o harapienta nocturna, que se sentaba en la guenillière de la
iglesia. Peille es una antigua palabra francesa que significa guenille, harapo; por eso el porche de
la iglesia en el que se sientan durante los oficios los mendigos que llevan peilles o guenilles, se
llama guenillière.
Aquella harapienta abordaba a los transeúntes y les pedía limosna. Había que cuidarse mucho de
darle algo; de hacerlo, se ponía alta y fuerte aunque te hubiera parecido achacosa, y te molía a
palos. Un tal Simon Richard, que vivía en la antigua casa cural y que sospechaba alguna broma
por parte de las chicas de la aldea hacia él, quiso bromear con ella. Lo dejaron por muerto. Yo le
vi el costado al día siguiente, que estaba muy magullado y arañado, efectivamente. Juraba que sólo
había visto a una anciana, menuda, pero que tenía los puños de tres hombres y medio.
En vano quisieron hacerle creer que se las había visto con algún tipo más fuerte que él que,
disfrazado, se había vengado de alguna mala jugada que él le habría hecho. Era fuerte y valiente,
incluso pendenciero y vengativo. Sin embargo, una vez que se recuperó, abandonó la parroquia y
no volvió más, diciendo que no le temía ni a hombre ni a mujer, pero sí a los seres que no son de
este mundo y que no tienen el cuerpo «como los cristianos».
FIN

LA MENDIGA DE LOCARNO
Heinrich von Kleist

En Locarno, en la Italia superior, al pie de los Alpes, se hallaba un palacio antiguo perteneciente
a un marqués, y que en la actualidad, viniendo del San Gotardo, puede verse en ruinas y
escombros: un palacio con grandes y espaciosas estancias, en una de las cuales antaño fue alojada
por compasión, sobre un montón de paja, una vieja mujer enferma, a la que el ama de llaves
encontró pidiendo limosna ante la puerta. El marqués, que al volver de la caza entró casualmente
en la estancia donde solía dejar los fusiles, ordenó malhumorado a la mujer que se levantase del
rincón donde estaba acurrucada y que se pusiese detrás de la estufa. La mujer, al incorporarse,
resbaló con su muleta y cayó al suelo, de forma que se golpeó la espalda. A duras penas pudo
levantarse y, tal como le habían ordenado, salió de la habitación, y entre ayes y lamentos se hundió
y desapareció detrás de la estufa.
Muchos años después en que el marqués, debido a las guerras y a su inactividad, se encontraba en
una situación precaria, un caballero florentino se dirigió a él con la intención de comprar el palacio,
cuya situación le agradaba. El marqués, que tenía gran interés en que la venta se efectuase, ordenó
a su esposa que alojara al huésped en la ya mencionada estancia vacía, que estaba muy bien
amueblada. Pero cuál no sería la sorpresa del matrimonio cuando el caballero, a media noche,
pálido y turbado, apareció jurando y perjurando que había fantasmas en la habitación y que alguien
invisible se movía en un rincón de la estancia, como si estuviese sobre paja, y que se podían
percibir pasos lentos y vacilantes que la atravesaban y cesaban al llegar a la estufa, entre ayes y
lamentos.
El marqués quedó aterrado; sin saber por qué, se echó a reír con una risa forzada y dijo al caballero
que, para mayor tranquilidad, pasaría la noche con él en la habitación. Pero el caballero suplicó
que le permitiese dormir en un sillón en su alcoba, y cuando amaneció mandó ensillar, se despidió
y emprendió el viaje.
Este suceso, que causó sensación, asustó mucho a los compradores, lo que incomodó
extraordinariamente al marqués, tanto así que incluso entre los moradores del castillo se propagó
el absurdo e incomprensible rumor de que eso sucedía en la estancia a las doce de la noche, por lo
cual decidió él mismo terminar con la situación e investigar en persona la próxima noche. Así,
pues, nada más empezar a atardecer, ordenó que le pusieran la cama en la susodicha estancia y
permaneció sin dormir hasta la media noche. Pero cuál no sería su impresión cuando al sonar las
campanadas de medianoche percibió el extraño murmullo; era como si un ser humano se levantase
de la paja, que crujía, y atravesase la habitación, para desaparecer tras la estufa entre suspiros y
gemidos.
A la mañana siguiente, la marquesa, cuando él apareció, le preguntó qué tal había transcurrido
todo; y como él, con mirada temerosa e inquieta, después de haber cerrado la puerta, le asegurase
que era cosa de fantasmas, ella se asustó como nunca se había asustado en su vida y le suplicó que
antes de hacer pública la cosa volviese a someterse, y esta vez con ella, a otra prueba. Y, en efecto,
la noche siguiente, acompañados de un fiel servidor, escucharon el rumor extraño y fantasmal: y
sólo obligados por el intenso deseo que sentían de vender el castillo, supieron disimular ante el
sirviente el espanto que les poseía, atribuyendo el suceso a motivos casuales y sin importancia
alguna. Al llegar la noche del tercer día, ambos, para salir de dudas y hacer averiguaciones a fondo,
latiéndoles el corazón, volvieron a subir las escaleras que les conducían a la habitación de los
huéspedes, y como se encontraron al perro ante la puerta, que se había soltado de la cadena, lo
llevaron consigo con la secreta intención, aunque no se lo dijeron entre sí, de entrar en la habitación
acompañados de otro ser vivo.
El matrimonio, después de haber depositado dos luces sobre la mesa, la marquesa sin desvestirse,
el marqués con la daga y las pistolas, que había sacado de un cajón, puestas a un lado, hacia eso
de las once se tumbaron en la cama; y mientras trataban de entretenerse conversando, el perro se
tumbó en medio de la habitación, acurrucado con la cabeza entre las patas. Y he aquí que justo al
llegar la media noche se oyó el espantoso rumor; alguien invisible se levantó del rincón de la
habitación apoyándose en unas muletas, se oyó ruido de paja, y cuando comenzó a andar: tap, tap,
se despertó el perro y de pronto se levantó del suelo, enderezando las orejas, y comenzó a ladrar y
a gruñir, como si alguien con paso desigual se acercase, y fue retrocediendo hacia la estufa. Al ver
esto, la marquesa, con el cabello erizado, salió de la habitación, y mientras el marqués, con la daga
desenvainada, gritaba: «¿Quién va?», como nadie respondiese y él se agitara como un loco furioso
que trata de encontrar aire para respirar, ella mandó ensillar decidida a salir hacia la ciudad. Pero
antes de que corriese hacia la puerta con algunas cosas que había recogido precipitadamente, pudo
ver el castillo prendido en llamas. El marqués, preso de pánico, había cogido una vela y cansado
como estaba de vivir, había prendido fuego a la habitación, toda revestida de madera. En vano la
marquesa envió gente para salvar al infortunado; éste encontró una muerte horrible, y todavía hoy
sus huesos, recogidos por la gente del lugar, están en el rincón de la habitación donde él ordenó a
la mendiga de Locarno que se levantase.
FIN
DIÓGENES Y LA MUERTE
Heinrich von Kleist

Un día le preguntaron a Diógenes dónde quería que lo enterrasen al morir.


-Quiero que me dejen tirado en el campo -respondió.
-¡Cómo! –intervino alguien presente-. ¿Quieres que te devoren los pájaros y los animales salvajes?
-Que me dejen con mi bastón, así podré ahuyentarlos.
-¡Ahuyentarlos! -exclamó otra persona-. Si estás muerto, no sentirás nada.
-Entonces –dijo Diógenes-, qué importa que los pájaros me devoren.
FIN

SORTILEGIO DE OTOÑO
Joseph von Eichendorff

El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se encontró alejado de los
suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos cuando vio venir hacia él a un hombre
vestido con ropas extrañas. El desconocido no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo
delante de él. Ubaldo vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero
descolorido y pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una
barba tupida y descuidada.
Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se encontraba perdido. El
sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar se encontraba lejos de cualquier sitio
habitado. El desconocido ofreció entonces al caballero pasar la noche en su compañía. Al día,
añadió, le indicaría la única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y lo siguió a través
de los desiertos desfiladeros.
Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa cueva, en medio de la
cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de madera. Al fondo estaba situada una yacija
de hojas secas. Ubaldo ató su caballo a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y
vino. Después de haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido
propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué lo había llevado hasta
allí.
-No indagues quién soy -respondió secamente el ermitaño, y su rostro se volvió sombrío y severo.
Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con atención y se sumía en profundas
meditaciones cuando empezó a contarle algunos viajes y gestas gloriosas que había realizado en
su juventud. Finalmente Ubaldo, cansado, se acostó en la yacija que le había ofrecido su huésped
y se durmió pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.
A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó sobresaltado y se
incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el silencioso perfil de los montes. Delante de la
caverna vio al desconocido paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles.
Cantaba con voz profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
Me arrastra fuera de la cueva el temor.
Me llaman viejas melodías.
Dulce pecado, déjame
O póstrame en el suelo
Frente al embrujo de esta canción,
Ocultándome en las entrañas de la tierra.

¡Dios! Querría suplicarte con fervor,


Mas las imágenes del mundo siempre
Se interponen entre nosotros,
Y el rumor de los bosques
Me llena de terror el alma.
¡Severo Dios, te temo!

¡Oh, rompe también mis cadenas!


Para salvar a todos los hombres
Sufriste tú una amarga muerte.
Estoy perdido ante las puertas del infierno.
¡Qué desamparado estoy!
¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una imperceptible oración,
semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del riachuelo cercano a las montañas y el leve
silbido de los abetos se unieron en una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de
nuevo sobre su lecho.
Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los árboles, cuando el
ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el camino hacia los desfiladeros. Ubaldo
montó alegre su caballo y su extraño guía cabalgó en silencio junto a él. Pronto alcanzaron la cima
del monte, y contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus
torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño pareció especialmente
sorprendido:
-¡Ah, qué hermoso es el mundo! -exclamó turbado, cubrió su rostro con ambas manos y se apresuró
a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la cabeza, tomó el conocido camino que
conducía a su castillo.
La curiosidad lo empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con esfuerzo, consiguió
encontrar la cueva, donde el ermitaño lo recibió esta vez sombrío y silencioso.
Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que éste quería
sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu luchaba en vano contra el
enemigo, pues en su conducta no existía la alegre confianza de un alma verdaderamente sumisa a
la voluntad de Dios, y, con frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía
una contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y llameantes ojos de
aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto aire salvaje.
Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para ayudar con todas sus
fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el ermitaño calló su nombre y su vida anterior
durante todo aquel tiempo, y parecía temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más
apacible y confiado. Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerlo para que lo
acompañara a su castillo.
Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo ordenó encender un
hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de cuantos tenía. Era la primera vez que
el ermitaño parecía encontrarse a gusto. Observaba muy atentamente una espada y otras armas
que, colgadas en la pared, reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba
silenciosamente al caballero.
-Vos sois feliz -dijo-, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero temor y profundo
respeto; vivís sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y domináis con serena tranquilidad la
vida, al igual que un navegante que sabe manejar el timón, y no se deja confundir con el
maravilloso canto de las sirenas. Junto a vos me he sentido muchas veces como un necio cobarde
o como un loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la
sobriedad!
Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de su huésped, le
insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su vida. El ermitaño se quedó pensativo.
-Si me prometéis -dijo finalmente- mantener eternamente en secreto lo que voy a contaros y me
permitís omitir los nombres, lo haré.
El caballero levantó la mano en señal de juramento y llamó a continuación a su mujer, de cuyo
silencio respondía, para que participase junto con él de la historia tan ansiosamente esperada.
Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era alta y de hermosa figura
en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el crepúsculo, reflejando en los encantadores
niños su propia belleza. El huésped se sintió profundamente confundido al verla. Abrió
bruscamente la ventana y, pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido.
Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a hablar de la
siguiente manera:
«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los valles cercanos a mi castillo.
La música había callado, la fiesta terminaba y los animados invitados se dispersaban. Era una
fiesta de despedida que yo ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había
armado de la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa. Desde
nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el único deseo y la única
esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy recuerdo con indescriptible nostalgia aquel
tiempo tranquilo como la mañana, cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos
con la imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y otros
héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué pronto cambió todo en mí!
»Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual, sin que ella lo supiera,
estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel silenciosa de estas montañas. Sí, yo era
lo bastante fuerte para luchar, pero no tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.
»También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al esplendor de su
hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba a montar en su caballo, tuve el
valor de confesarle que, si era su voluntad, renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró
fijamente, casi con horror, y salió al galope.»
Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro. Pero el huésped no
lo advirtió y siguió su relato:
«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas ojivales, entraban en los
salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos. Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del
silencioso bosque llegaban los acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era
mi soledad, que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude
soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido corazón.
»Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje desconocido entre
las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a través de un prado maravilloso
que acariciaban los oblicuos rayos del sol poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el
aire azul y sobre las montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.
»De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que parecían responderse unos
a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban con un canto. Hasta entonces, ninguna
melodía me había conmovido de tal manera, y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que
llegaban a mí a través del viento:
Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
Se van los pájaros volando.
Los pensamientos vagan sin consuelo
¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
Y las oscuras quejas de los cuernos,
Golpean el corazón solitario.

¿Ves el perfil de los azules montes


Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes?
Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
Todo se junta allá a lo lejos.

Mis rizos de oro ondean


Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
Pronto sucumbe la belleza;
Igual que el esplendor se apaga del verano
Debe la juventud inclinar sus flores.
Callan alrededor todos los cuernos.

Esbeltos brazos para abrazar,


Y roja boca para el dulce beso,
El cobijo del blanco seno,
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
Dulce amor, ven, antes de que callen.
»Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi halcón, tan
pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después desaparecer en el aire y no
volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir, seguí oyendo aquella seductora melodía que
confusa, unas veces se alejaba y, otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
»Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una montaña, un
majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un bellísimo jardín, repleto de todos los
colores, que rodeaba al castillo como un anillo mágico. Todos los árboles y los setos, encendidos
por los tonos violentos del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster,
las últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol poniente derramaba
sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando sus deslumbrantes llamas en las
ventanas y en las fuentes.
»Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había escuchado poco antes
provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta magnificencia, bajo los emparrados, a
la doncella de mis sueños, que paseaba cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los
cuernos de caza seguían sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me
ayudaron a desmontar.
»Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la explanada del jardín, donde
se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro;
largos velos transparentes cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas
sujetaba sobre la frente.
»Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el dolor, me dijo:
»-¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y cuando el otoño
inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has
llegado a la esfera de mi canción? Déjame y vete.
»Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me hablara y se explicase.
Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al lado del otro, el jardín.
»Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había tornado grave y majestuoso.
»-Debes saber -dijo- que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido de ti, es un traidor.
He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha ocultado su amor. No ha partido hacia
Palestina: mañana vendrá para llevarme a un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la
mirada de todos. Ahora debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.
»Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una gema de su diadema
heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un tembloroso deleite.
»Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido como un veneno en
mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios senderos. Finalmente, cansado, me
eché sobre los escalones de piedra de la puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía,
y me dormí combatido por extraños pensamientos.
»Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del castillo estaban cerradas,
y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los nuevos y hermosos colores de la mañana, se
despertaban en mi corazón la imagen de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía
feliz sabiéndome amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería
huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.
»El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre sus propios pasos.
Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De improviso vislumbré en la copa de un
árbol un pájaro con un plumaje tan maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco
para lanzar la flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía saltando
de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.
»Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí no llegaba la fría brisa
y todo estaba todavía verde y florido como en el verano. Del centro del valle salía un canto
embriagador. Sorprendido, aparté las ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante
el hechizo que se manifestó delante de mí.
»En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y juncos. Muchas
doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas. Entre ellas se encontraba mi
hermosísima amada sin velos, que, silenciosa, mientras las otras cantaban, miraba fijamente el
agua, que cubría sus tobillos, como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua.
Permanecí durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso grupo
salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.
»Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que abrasaban mi corazón.
Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba delante de mis ojos la visión de aquellos
miembros juveniles.
»La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una tremenda tormenta apareció
sobre los montes. “Sólo nos volveremos a ver si él muere”, repetía para mí, mientras huía como si
me persiguieran fantasmas.
»A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de toda mirada humana y
de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo
de mi amada. Los cuernos de caza sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como
una tenue luz de luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y
las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y la oscuridad.
«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a cuyos pies pasaba un
ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra oscura que, sentada sobre una piedra,
silenciosa e inmóvil, parecía ella misma también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo.
Una luna color sangre apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi
amada.
«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces le vi empuñar su
espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos instantes y luego lo despeñé.
»De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte como si sepultase
eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas turbulentas.
»Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis espaldas una
carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles. Al mismo tiempo creí ver en la
confusión de mis sentidos, al pájaro que poco antes había perseguido. Me precipité lleno de
espanto, a través del bosque, y salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas
del castillo:
»-¡Abre -gritaba fuera de mí-, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón! ¡Ahora eres mía en la
tierra y en el infierno!
»La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi pecho, destrozado
por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.
»No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas y maravillosas flores,
entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los torrentes de luz y de música, del placer salvaje
e inefable que gusté entre los brazos de la doncella.»
En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción. Eran pocas notas: ora
semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un clarinete, cuando el viento soplaba sobre los
lejanos montes, encogiendo el corazón.
-Tranquilizaos -dijo el caballero-. Estamos acostumbrados a esto desde hace tiempo. Se dice que
en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces, en las noches de otoño, esta música
llega hasta nuestro castillo. Pero igual que se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.
Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con esfuerzo consiguió
dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado, callaba, perdido en profundos
pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de una larga pausa volvió en sí y retomó su
narración, aunque no con la calma de antes:
»Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en una invencible
melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a despedirse. Pero bastaba un sueño
profundo para que se calmase, y su rostro maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la
mañana, frescos y como recién creados.
»Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi amada estaba más triste
y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el viento del invierno jugaba con las hojas
caídas. Advertí que mientras miraba el paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían
ido, las canciones de los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que,
finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi hasta apagarse. El
sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último fulgor el jardín y los valles. De repente,
la doncella me apretó entre sus brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta
entonces y resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado. Era
como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos se cerraron
involuntariamente: Caí adormecido y soñé.
»Cuando desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el castillo y la luna brillaba
muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho de seda. La observé con asombro: estaba
pálida, como muerta. Sus rizos caían desordenadamente como enredados por el viento, sobre su
rostro y su pecho. Todo lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había
dormido. Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. Me acerqué a la
ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había visto. El rumor de
los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla del castillo a dos hombres que
murmuraban frases oscuras, y se inclinaban curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer
una tela de araña. No entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi
nombre. Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad de la luna.
Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte e inmóvil. Sobre su plácido
seno brillaba una piedra similar al ojo del basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.
»Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la alcoba y me precipité
a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor se había apagado. Cuando salí del castillo
vi a los dos desconocidos dejar lo que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como
estatuas. Había al pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas
blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían entretenidas en extender
sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron
mi terror. Salté aprisa el muro del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los
árboles susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.
»Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores cantaban entre los
arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces humanas, y viejos y olvidados recuerdos
volvieron a amanecer en mi corazón apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas
una hermosa alba de primavera.
»-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? -exclamé con asombro. No sabía qué me había pasado-. El otoño
y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he
permanecido tanto tiempo?
»Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un estremecimiento
de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los castillos; los tranquilos y alegres hombres
preparaban sus trabajos cotidianos; incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré
amargamente mi vida perdida.
»No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me propuse no bajar más
al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí
sepultarme vivo en un lugar desolado, invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de
los hombres antes de haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único
que en mi pasado era claro para mí.
»Así viví todo un año hasta que me encontré con vos. Cada día elevaba ardientes plegarias y a
veces me pareció haber superado todo y haber encontrado la gracia de Dios, pero era una falsa
ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de
colores sobre el monte y el valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban
en mi soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. El sonido de las campanas de la lejana
catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela sobre las montañas y llega
hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y callado reino del Dios de la infancia, que ya no
existe. Sabed que en el corazón de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan
cristales, rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y estremecedora
mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de la vida terrenal se filtra
resplandeciendo como en el crepúsculo y las invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran
melancólicas, todo te arrastra hacia abajo, eternamente hacia abajo.»
-¡Pobre Raimundo! -exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con profunda emoción al
ermitaño, absorto e inmerso en su relato.
-¡Por Dios! ¿Quién sois que conocéis mi nombre? -preguntó el ermitaño levantándose como herido
por un rayo.
-Dios mío -respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso ermitaño-. ¿Es que no me
reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas, Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas
en secreto y a la que ayudaste a montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y
una vida venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. Te he reconocido sólo cuando
comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el que tú describes y nunca he
luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente después de aquella fiesta salí para Palestina,
donde combatí varios años, y, a mi vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. Ella
tampoco te ha visto jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía.
Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha tenido, mi pobre
Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años. Los días han sido meses para
ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme dónde estabas y todos te creíamos perdido.
A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada vez más fuertemente
a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su esposa con ojos extraviados. De
repente reconoció a su amigo y a la amada de su juventud, iluminados por la crepitante llama de
la chimenea.
-¡Perdido, todo perdido! -exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de Ubaldo y huyó
velozmente en la noche hacia el bosque.
-Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga ilusión -decía para sí
mientras corría, hasta que las luces del castillo de Ubaldo desaparecieron a sus espaldas.
Involuntariamente, se había dirigido hacia su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.
Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años antes, cuando se
había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el dolor por el perdido esplendor de la
gloria de su juventud se apoderaron de toda su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como
antaño, pero la desolación reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en
ruinas.
Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías brillaban acá y allá sobre
la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro cantaba una maravillosa canción que llenaba el
corazón de una gran nostalgia.
Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo. Con terror reconoció
también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado. Asomado a una ventana del castillo
había un hombre alto, pálido y manchado de sangre. Era la imagen de Ubaldo.
Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la claridad de la mañana.
De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en
la flor de su juventud. Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema
arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.
Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura, precedido del extraño canto
del pájaro.
A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del cuerno de caza, que
en otro tiempo le sedujera.
Mis rizos de oro ondean
Y florece mi joven cuerpo dulcemente,
oyó, como si fuera un eco en la lejanía…
Y los arroyos que en el valle silencioso,
Se alejan susurrantes.
Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.
Y el cálido saludo de amor,
Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
¡Dulce amor, ven antes de que callen!
resonó una vez más.
Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo profundo del bosque. Desde
entonces nadie lo ha vuelto a ver. FIN
EL MONTE DE LAS ÁNIMAS
Gustavo Adolfo Bécquer

La noche de difuntos me despertó, a no sé qué hora, el doble de las campanas; su tañido


monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación es un caballo que
se desboca, y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el rato, me decidí a escribirla, como, en
efecto, lo hice.
Yo no la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas veces la
cabeza, con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón, estremecidos por el aire frío de
la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

-I-

-Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los cazadores, y demos
la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos los Santos y estamos en el Monte de las
Ánimas.
-¡Tan pronto!
-A ser otro día no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo
han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración en los
Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
-¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
-No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no hace un año que
has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua; yo también pondré la mía al paso, y mientras
dure el camino te contaré la historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges y de Alcudiel
montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a sus hijos Beatriz y Alonso, que
precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida historia:
«Ese monte que hoy llaman de las Ánimas pertenecía a los Templarios, cuyo convento ves
allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y religiosos a la vez. Conquistada Soria a
los árabes, el rey los hizo venir de lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente,
haciendo en ello notable agravio a sus nobles de Castilla, que así hubieran sabido solos defenderla
como solos la conquistaron.
»Entre los caballeros de la nueva y poderosa orden y los hidalgos de la ciudad fermentó por
algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los primeros tenían acotado ese monte, donde
reservaban caza abundante para satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas prohibiciones de
los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
»Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía de cazar y a los
otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición se llevó a cabo. No se acordaron de
ella las fieras; antes la tendrían presente tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos.
Aquello no fue una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de cadáveres; los
lobos, a quienes se quiso exterminar, tuvieron un sangriento festín. Por último, intervino la
autoridad del rey; el monte, maldita ocasión de tantas desgracias, se declaró abandonado, y la
capilla de los religiosos, situada en el mismo monte, y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y
enemigos, comenzó a arruinarse.
»Desde entonces dicen que, cuando llega la noche de Difuntos, se oye doblar sola la campana
de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en jirones de sus sudarios, corren como
en una cacería fantástica por entre las breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los
lobos aúllan, las culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la nieve
las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le llamamos el Monte de las
Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que cierre la noche».
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban al extremo del
puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron al resto de la comitiva, la cual,
después de incorporársele los dos jinetes, se perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

- II -

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica del palacio de los
condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor, iluminando algunos grupos de damas y caballeros
que alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios
de las ojivas del salón.
Sólo dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y Alonso. Beatriz seguía
con los ojos, absortos en un vago pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo
de la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de Difuntos, cuentos tenebrosos en que los
espectros y los aparecidos representaban el principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria
doblaban a lo lejos con un tañido monótono y triste.
-Hermosa prima -exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que se encontraban-:
pronto vamos a separarnos, tal vez para siempre; las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres
toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias
veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo su carácter de mujer se reveló en aquella
desdeñosa contracción de sus delgados labios.
-Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has vivido -se apresuró a añadir
el joven-. De un modo o de otro, presiento que no tardaré en perderte... Al separarnos, quisiera
que llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por
haberte devuelto la salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi
gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura cabellera! Ya
ha prendido el de una desposada: mi padre se lo regaló a la que me dio el ser, y ella lo llevó al
altar... ¿Lo quieres?
-No sé en el tuyo -contestó la hermosa-, pero en mi país, una prenda recibida compromete la
voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe aceptarse un presente de manos de un deudo..., que
aún puede ir a Roma sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un momento al joven, que
después de serenarse dijo con tristeza:
-Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo entre todos; hoy es día de
ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la joya, sin añadir
una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada voz de las viejas
que hablaban de brujas y de trasgos, y el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas,
y el triste y monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de este modo:
-Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el tuyo se celebra el
mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo, ¿no lo harás? -dijo él, clavando una
mirada en la de su prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
-¿Por qué no? -exclamó ésta, llevándose la mano al hombro derecho como para buscar alguna
cosa entre los pliegues de su ancha manga de terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil
expresión de sentimiento, añadió:
-¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé qué emblema de su
color me dijiste que era la divisa de tu alma?
-Sí.
-Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un recuerdo.
-¡Se ha perdido! ¿Y dónde? -preguntó Alonso, incorporándose de su asiento y con una
indescriptible expresión de temor y esperanza.
-No sé...; en el monte acaso.
-¡En el Monte de las Ánimas -murmuró palideciendo y dejándose caer sobre el sitial-, ¡en el
Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
-Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda Castilla me llaman el rey
de los cazadores. No habiendo aún podido probar mis fuerzas en los combates, como mis
ascendientes, he llevado a esta diversión imagen de la guerra todos los bríos de mi juventud, todo
el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto
por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he combatido con ellas de día y de
noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y nadie dirá que me ha visto huir el peligro en ninguna
ocasión. Otra noche volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; esta noche..., esta
noche, ¿a qué ocultarlo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas doblan, la oración ha sonado en San
Juan del Duero, las ánimas del monte comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de
entre las malezas que cubren sus fosas...; ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el torbellino de su fantástica
carrera como una hoja que arrastra el viento, sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Beatriz, que
cuando hubo concluido exclamó, con un tono indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar,
donde saltaba y crujía la leña arrojando chispas de mil colores:
-¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante friolera! ¡Una
noche tan oscura, noche de Difuntos, y cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso no pudo menos de
comprender toda su amarga ironía; movido como por un resorte, se puso de pie, se pasó la mano
por la frente, como para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón, y con
voz firme exclamó, dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
-¡Adiós Beatriz, adiós! Hasta... pronto.
-¡Alonso, Alonso! -dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso, o aparentó querer,
detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope. La hermosa, con
una radiante expresión de orgullo satisfecho, que coloreó sus mejillas, prestó atento oído a aquel
rumor, que se debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el aire zumbaba en los
vidrios del balcón, y las campanas de la ciudad doblaban a lo lejos.
- III -

Había pasado una hora, dos, tres; la media roche estaba a punto de sonar, y Beatriz se retiró
a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos de una hora pudiera haberlo hecho.
-¡Habrá tenido miedo! -exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y encaminándose a
su lecho, después de haber intentado inútilmente murmurar algunos de los rezos que la iglesia
consagra en el día de Difuntos a los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de seda, se durmió; se
durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las vibraciones de la
campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos. Creía haber oído, a par de ellas,
pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y por una voz apagada y doliente. El viento gemía
en los vidrios de la ventana.
-Será el viento -dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón procuró tranquilizarse. Pero su
corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas de alerce del oratorio habían crujido sobre
sus goznes, con un chirrido agudo prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban paso a su habitación
iban sonando por su orden; éstas con un ruido sordo y suave; aquéllas con un lamento largo y
crispador. Después, silencio; un silencio lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche,
con un murmullo monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas, palabras
ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se arrastran, suspiros que se
ahogan, respiraciones fatigosas que casi no se sienten, estremecimientos involuntarios que
anuncian la presencia de algo que no se ve y cuya aproximación se nota, no obstante, en la
oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y escuchó un
momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la frente, tornaba a escuchar; nada,
silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como bultos que se movían
en todas direcciones; y cuando, dilatándose, las fijaba en un punto, nada; oscuridad, las sombras
impenetrables.
-¡Bah! -exclamó, yendo a recostar su hermosa cabeza sobre la almohada, de raso azul, del
lecho-. ¿Soy yo tan miedosa como estas pobres gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una
armadura, al oír una conseja de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir...; pero en vano había hecho un esfuerzo sobre sí misma.
Pronto volvió a incorporarse, más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: las
colgaduras de brocado de la puerta habían rozado al separarse y unas pisadas lentas sonaban sobre
la alfombra; el rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a su
compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se acercaban, y se movió el
reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la
ropa que la cubría escondió la cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía con un rumor
eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en las ráfagas del aire, y las campanas
de la ciudad de Soria, unas cerca, otras distantes, doblaban tristemente por las ánimas de los
difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció eterna a Beatriz.
Al fin despuntó la aurora; vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de la luz.
Después de una noche de insomnio y de terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día!
Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados cuando de
repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal decoloró sus
mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que perdiera en
el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del primogénito de
Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los lobos entre las malezas del Monte de
las Ánimas, la encontraron inmóvil, crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de
ébano del lecho, desencajados los ojos, entreabierta la boca, blancos los labios, rígidos los
miembros: muerta, ¡muerta de horror!

- IV -

Dicen que después de acaecido este suceso un cazador extraviado que pasó la noche de
difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas y que al otro día, antes de morir, pudo contar lo
que viera, refirió cosas horribles. Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos
Templarios y de los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla, levantarse al punto de la
oración con un estrépito horrible, y caballeros sobre osamentas de corceles perseguir como a una
fiera a una mujer hermosa, pálida y desmelenada que, con los pies desnudos y sangrientos y
arrojando gritos de horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

LA CENICIENTA
Hermanos Grimm

Un hombre rico tenía a su mujer muy enferma, y cuando vio que se acercaba su fin, llamó a su
hija única y le dijo:
-Querida hija, sé piadosa y buena, Dios te protegerá desde el cielo y yo no me apartaré de tu lado
y te bendeciré.
Poco después cerró los ojos y espiró. La niña iba todos los días a llorar al sepulcro de su madre y
continuó siendo siempre piadosa y buena. Llegó el invierno y la nieve cubrió el sepulcro con su
blanco manto, llegó la primavera y el sol doró las flores del campo y el padre de la niña se casó de
nuevo.
La esposa trajo dos niñas que tenían un rostro muy hermoso, pero un corazón muy duro y cruel;
entonces comenzaron muy malos tiempos para la pobre huérfana.
-No queremos que esté ese pedazo de ganso sentada a nuestro lado, que gane el pan que coma,
váyase a la cocina con la criada.
Le quitaron sus vestidos buenos, le pusieron una basquiña remendada y vieja y le dieron unos
zuecos.
-¡Qué sucia está la orgullosa princesa! -decían riéndose, y la mandaron ir a la cocina: tenía que
trabajar allí desde por la mañana hasta la noche, levantarse temprano, traer agua, encender lumbre,
coser y lavar; sus hermanas le hacían además todo el daño posible, se burlaban de ella y le vertían
la comida en la lumbre, de manera que tenía que bajarse a recogerla. Por la noche, cuando estaba
cansada de tanto trabajar, no podía acostarse, pues no tenía cama, y la pasaba recostada al lado del
fuego, y como siempre estaba llena de polvo y ceniza, le llamaban la Cenicienta.
Sucedió que su padre fue en una ocasión a una feria y preguntó a sus hijastras lo que querían que
les trajese.
-Un bonito vestido -dijo la una.
-Una buena sortija, -añadió la segunda.
-Y tú, Cenicienta, ¿qué quieres? -le dijo.
-Padre, tráeme la primera rama que encuentres en el camino.
Compró a sus dos hijastras hermosos vestidos y sortijas adornadas de perlas y piedras preciosas,
y a su regreso, al pasar por un bosque cubierto de verdor, tropezó con su sombrero en una rama de
zarza, y la cortó. Cuando volvió a su casa dio a sus hijastras lo que le habían pedido y la rama a la
Cenicienta, la cual se lo agradeció; corrió al sepulcro de su madre, plantó la rama en él y lloró
tanto que, regada por sus lágrimas, no tardó la rama en crecer y convertirse en un hermoso árbol.
La Cenicienta iba tres veces todos los días a ver el árbol, lloraba y oraba y siempre iba a descansar
en él un pajarillo, y cuando sentía algún deseo, en el acto le concedía el pajarillo lo que deseaba.
Celebró por entonces el rey unas grandes fiestas, que debían durar tres días, e invitó a ellas a todas
las jóvenes del país para que su hijo eligiera la que más le agradase por esposa. Cuando supieron
las dos hermanastras que debían asistir a aquellas fiestas, llamaron a la Cenicienta y la dijeron.
-Péinanos, límpianos los zapatos y ponles bien las hebillas, pues vamos a una boda al palacio del
Rey.
La Cenicienta las escuchó llorando, pues las hubiera acompañado con mucho gusto al baile, y
suplicó a su madrastra que se lo permitiese.
-Cenicienta -le dijo-: estás llena de polvo y ceniza y ¿quieres ir a una boda? ¿No tienes vestidos ni
zapatos y quieres bailar?
Pero como insistiese en sus súplicas, le dijo por último:
-Se ha caído un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges antes de dos horas, vendrás con
nosotras:
-La joven salió al jardín por la puerta trasera y dijo:
-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger.
Las buenas en el puchero,
las malas en el caldero.
Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, y después dos tórtolas y por último
comenzaron a revolotear alrededor del hogar todos los pájaros del cielo, que acabaron por bajarse
a la ceniza, y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los restantes pájaros
comenzaron también a decir pi, pi, y pusieron todos los granos buenos en el plato. Aun no había
trascurrido una hora, y ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó entonces la niña
llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo:
-No, Cenicienta, no tienes vestido y no sabes bailar, se reirían de nosotras.
Mas viendo que lloraba, añadió:
-Si puedes recoger de entre la ceniza dos platos llenos de lentejas en una hora, irás con nosotras.
Creyendo en su interior que no podría hacerlo, vertió los dos platos de lentejas en la ceniza y se
marchó, pero la joven salió entonces al jardín por la puerta trasera y volvió a decir:
-Tiernas palomas, amables tórtolas, pájaros del cielo, vengan todos y ayúdenme a recoger.
Las buenas en el puchero,
las malas en el caldero.

Entraron por la ventana de la cocina dos palomas blancas, después dos tórtolas, y por último
comenzaron a revolotear alrededor del hogar todos los pájaros del cielo que acabaron por bajarse
a la ceniza y las palomas picoteaban con sus piquitos diciendo pi, pi, y los demás pájaros
comenzaron a decir también pi, pi, y pusieron todas las lentejas buenas en el plato, y aun no había
trascurrido media hora, cuando ya estaba todo concluido y se marcharon volando. Llevó la niña
llena de alegría el plato a su madrastra, creyendo que le permitiría ir a la boda, pero ésta le dijo:
-Todo es inútil, no puedes venir, porque no tienes vestido y no sabes bailar; se reirían de nosotras.
Le volvió entonces la espalda y se marchó con sus orgullosas hijas.
En cuanto quedó sola en casa, fue la Cenicienta al sepulcro de su madre, debajo del árbol, y
comenzó a decir:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
El pájaro le dio entonces un vestido de oro y plata y unos zapatos bordados de plata y seda; en
seguida se puso el vestido y se marchó a la boda; sus hermanas y madrastra no la conocieron,
creyendo que sería alguna princesa extranjera, pues les pareció muy hermosa con su vestido de
oro, y ni aun se acordaban de la Cenicienta, creyendo que estaría mondando lentejas sentada en el
hogar. Salió a su encuentro el hijo del Rey, la tomó de la mano y bailó con ella, no permitiéndole
bailar con nadie, pues no la soltó de la mano, y si se acercaba algún otro a invitarla, le decía:
-Es mi pareja.
Bailó hasta el amanecer y entonces decidió marcharse; el príncipe le dijo:
-Iré contigo y te acompañaré -pues deseaba saber quién era aquella joven, pero ella se despidió y
saltó al palomar.
Entonces aguardó el hijo del Rey a que fuera su padre y le dijo que la doncella extranjera había
saltado al palomar. El anciano creyó que debía ser la Cenicienta; trajeron una piqueta y un martillo
para derribar el palomar, pero no había nadie dentro, y cuando llegaron a la casa de la Cenicienta,
la encontraron sentada en el hogar con sus sucios vestidos y un turbio candil ardía en la chimenea,
pues la Cenicienta había entrado y salido muy ligera en el palomar y corrido hacia el sepulcro de
su madre, donde se quitó los hermosos vestidos que se llevó el pájaro y después se fue a sentar
con su basquiña gris a la cocina.
Al día siguiente, cuando llegó la hora en que iba a principiar la fiesta y se marcharon sus padres y
hermanas, corrió la Cenicienta junto al arbolito y dijo:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
Entonces el pájaro le dio un vestido mucho más hermoso que el del día anterior y cuando se
presentó en la boda con aquel traje, dejó a todos admirados de su extraordinaria belleza; el príncipe
que la estaba aguardando le cogió la mano y bailó toda la noche con ella; cuando iba algún otro a
invitarla, decía:
-Es mi pareja.
Al amanecer manifestó deseos de marcharse, pero el hijo del Rey la siguió para ver la casa en que
entraba, más de pronto se metió en el jardín de detrás de la casa. Había en él un hermoso árbol
muy grande, del cual colgaban hermosas peras; la Cenicienta trepó hasta sus ramas y el príncipe
no pudo saber por dónde había ido, pero aguardó hasta que vino su padre y le dijo:
-La doncella extranjera se me ha escapado; me parece que ha saltado el peral. El padre creyó que
debía ser la Cenicienta; mandó traer una hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él, y
cuando llegaron a la casa, estaba la Cenicienta sentada en el hogar, como la noche anterior, pues
había saltado por el otro lado el árbol y fue corriendo al sepulcro de su madre, donde dejó al pájaro
sus hermosos vestidos y tomó su basquiña gris.
Al día siguiente, cuando se marcharon sus padres y hermanas, fue también la Cenicienta al
sepulcro de su madre y dijo al arbolito:
Arbolito pequeño,
dame un vestido;
que sea, de oro y plata,
muy bien tejido.
Entonces el pájaro le dio un vestido que era mucho más hermoso y magnífico que ninguno de los
anteriores, y los zapatos eran todos de oro, y cuando se presentó en la boda con aquel vestido,
nadie tenía palabras para expresar su asombro. El príncipe bailó toda la noche con ella y cuando
se acercaba alguno a invitarla, le decía:
-Es mi pareja.
Al amanecer se empeñó en marcharse la Cenicienta, y el príncipe en acompañarla, mas se escapó
con tal ligereza que no pudo seguirla, pero el hijo del Rey había mandado untar toda la escalera
de pega y se quedó pegado en ella el zapato izquierdo de la joven; lo levantó el príncipe y vio que
era muy pequeño, bonito y todo de oro. Al día siguiente fue a ver al padre de la Cenicienta y le
dijo:
-He decidido que sea mi esposa a la que venga bien este zapato de oro.
Alegráronse mucho las dos hermanas porque tenían los pies muy bonitos; la mayor entró con el
zapato en su cuarto para probárselo, su madre estaba a su lado, pero no se lo podía meter, porque
sus dedos eran demasiado largos y el zapato muy pequeño. Al verlo le dijo su madre, alargándole
un cuchillo:
-Córtate los dedos, pues cuando seas reina no irás nunca a pie.
La joven se cortó los dedos; metió el zapato en el pie, ocultó su dolor y salió a reunirse con el hijo
del rey, que la subió a su caballo como si fuera su novia, y se marchó con ella, pero tenía que pasar
por el lado del sepulcro de la primera mujer de su padrastro, en cuyo árbol había dos palomas, que
comenzaron a decir.
No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.
Se detuvo, le miró los pies y vio correr la sangre; volvió su caballo, condujo a su casa a la novia
fingida y dijo que no era la que había pedido, que se probase el zapato la otra hermana. Entró ésta
en su cuarto y se le metió bien por delante, pero el talón era demasiado grueso; entonces su madre
le alargó un cuchillo y le dijo:
-Córtate un pedazo del talón, pues cuando seas reina, no irás nunca a pie.
La joven se cortó un pedazo de talón, metió un pie en el zapato, y ocultando el dolor, salió a ver
al hijo del rey, que la subió en su caballo como si fuera su novia y se marchó con ella; cuando
pasaron delante del árbol había dos palomas que comenzaron a decir:
No sigas más adelante,
detente a ver un instante,
que el zapato es muy pequeño
y esa novia no es su dueño.
Se detuvo, le miró los pies, y vio correr la sangre, volvió su caballo y condujo a su casa a la novia
fingida:
-Tampoco es esta la que busco -dijo-. ¿Tienen otra hija?
-No -contestó el marido- de mi primera mujer tuve una pobre chica, a la que llamamos la
Cenicienta, porque está siempre en la cocina, pero esa no puede ser la novia que buscas.
El hijo del rey insistió en verla, pero la madre le replicó:
-No, no, está demasiado sucia para atreverme a enseñarla.
Se empeñó sin embargo en que saliera y hubo que llamar a la Cenicienta. Se lavó primero la cara
y las manos, y salió después a presencia del príncipe que le alargó el zapato de oro; se sentó en su
banco, sacó de su pie el pesado zueco y se puso el zapato que le venía perfectamente, y cuando se
levantó y le vio el príncipe la cara, reconoció a la hermosa doncella que había bailado con él, y
dijo:
-Esta es mi verdadera novia.
La madrastra y las dos hermanas se pusieron pálidas de ira, pero él subió a la Cenicienta en su
caballo y se marchó con ella, y cuando pasaban por delante del árbol, dijeron las dos palomas
blancas.
Sigue, príncipe, sigue adelante
sin parar un solo instante,
pues ya encontraste el dueño
del zapatito pequeño.
Después de decir esto, echaron a volar y se pusieron en los hombros de la Cenicienta, una en el
derecho y otra en el izquierdo.
Cuando se verificó la boda, fueron las falsas hermanas a acompañarla y tomar parte en su felicidad,
y al dirigirse los novios a la iglesia, iba la mayor a la derecha y la menor a la izquierda, y las
palomas que llevaba la Cenicienta en sus hombros picaron a la mayor en el ojo derecho y a la
menor en el izquierdo, de modo que picaron a cada una un ojo; a su regreso se puso la mayor a la
izquierda y la menor a la derecha, y las palomas picaron a cada una en el otro ojo, quedando ciegas
toda su vida por su falsedad y envidia.
FIN

ENRIQUE DE OFTERDINGEN
Novalis
Primera parte: La Espera

Sus padres se habían ido a la cama, y estaban dormidos; sonaba el tic-tac acompasado del reloj de
pared; fuera silbaba el viento y sacudía las ventanas; la claridad de la Luna iluminaba de vez en
cuando la habitación.

El muchacho, inquieto, tumbado sobre su lecho, pensaba en el extranjero y en todo lo que éste les
había contado.

«No son los tesoros –se decía– lo que ha despertado en mí este extraño deseo. Bien lejos estoy de
toda codicia. Lo que anhelo es ver la Flor Azul. Su imagen no me abandona; no puedo pensar ni
hablar de otra cosa. Jamás me había ocurrido algo semejante: es como si antes hubiera estado
soñando, o como si, en sueños, hubiera sido trasladado a otro mundo. Porque en el mundo en que
antes vivía, ¿quién hubiera pensado en preocuparse por flores? Antes jamás oí hablar de una pasión
tan extraña por una flor. ¿De dónde venía este extranjero? Nadie de nosotros había visto nunca un
hombre así, y, sin embargo, no alcanzo a saber por qué he sido yo el único a quien sus palabras
han causado una emoción tan grande. Los demás han oído lo mismo que yo, y a nadie le ha
ocurrido lo que me está ocurriendo a mí. ¡Ni yo mismo soy capaz de hablar del extraño estado en
que me encuentro! A menudo es tan grande su encanto... y aunque no tengo ante mis ojos la Flor
me siento arrastrado por una fuerza íntima y profunda: nadie puede saber lo que esto es ni nadie
lo sabrá nunca. Si no fuera porque lo estoy viendo y penetrando todo con una luz y una claridad
tan grandes pensaría que estoy loco; pero desde la llegada del extranjero todas las cosas se me
hacen mucho más familiares. Una vez oí hablar de tiempos antiguos, en los que los animales, los
árboles y las rocas hablaban con los hombres *. Y ahora, justamente, me parece como si de un
momento a otro fueran a hablarme, y como si yo pudiera adivinar en ellas lo que van a decirme.
Debe de haber muchas palabras que yo todavía no sé; si supiera más palabras podría comprenderlo
todo mucho mejor. Antes me gustaba bailar; ahora prefiero pensar en la música.»
*
_ Alusión a la Edad de Oro. En su primer despertar a la poesía Enrique se siente viviendo en esta
época de la Humanidad.

El muchacho fue perdiéndose lentamente en dulces fantasías y se durmió.

Primero soñó en inmensas lejanías y regiones salvajes y desconocidas. Caminaba sobre el mar con
ligereza incomprensible; veía extraños animales; se encontraba viviendo entre las más diversas
gentes, tan pronto en guerra, entre salvaje agitación, como en tranquilas cabañas. Caía prisionero
y en la más afrentosa miseria. Todas las sensaciones llegaban a un grado de intensidad que él no
había conocido jamás. Vivía una vida de infinitos matices y colores; moría y volvía de nuevo al
mundo; amaba hasta la suprema pasión, y era separado para siempre de su amada.

Por fin, al amanecer, cuando fuera apuntaban los primeros rayos del Sol, la agitación de su espíritu
se fue remansando, y las imágenes fueron cobrando claridad y fijeza. Le parecía que caminaba
solo por un bosque obscuro. Sólo raras veces la luz del día brillaba a través de la verde espesura.
Pronto se encontró ante un desfiladero que subía montaña arriba. Tuvo que trepar por piedras
musgosas, arrancadas de la roca viva y lanzadas corriente abajo por un antiguo torrente. Cuanto
más subía más luminoso iba haciéndose el bosque. Por fin llegó a un pequeño prado que estaba en
la ladera de la montaña. Al fondo del prado se levantaba un enorme peñasco, a cuyo pie vio una
abertura que parecía ser la entrada de un pasadizo excavado en la roca. Anduvo por él
cómodamente un buen rato, hasta llegar a un ensanchamiento, una especie de amplia sala, del que
salía una luz muy clara, que él había visto brillar ya de lejos. Así que entró vio un rayo muy fuerte,
que, como saliendo de un surtidor, ascendía hasta la parte alta de la bóveda, para deshacerse allí
en infinidad de pequeñas centellas, que se reunían abajo en una gran alberca; el rayo de luz brillaba
como oro encendido; no se oía el más mínimo ruido: un sagrado silencio envolvía el espléndido
espectáculo. Se acercó a la alberca, en la que ondeaban trémulos infinitos colores. Las paredes de
la cueva estaban revestidas de aquel líquido, que no era caliente, sino fresco, y que desde ellas
arrojaba una luz a azulada y pálida. Metió la mano en la alberca y se humedeció los labios. Le
pareció como si un hálito espiritual penetrara todo su ser, y se sintió íntimamente confortado y
refrescado. Le entró un deseo irreprimible de bañarse; se desnudó y se metió en la alberca. Le
pareció que le envolvía una nube encendida por la luz del atardecer; una sensación celestial le
invadió interiormente; mil pensamientos pugnaban, con íntima voluptuosidad, por fundirse en él.
Imágenes nuevas y nunca vistas aparecían ante sus ojos; también ellas penetraban unas dentro de
otras, y en torno a él se convertían en seres visibles; cada onda de aquel deleitoso elemento venía
a estrecharse junto a él como un delicado seno. Aquel mar parecía una danza bulliciosa y desatada
de encantadoras doncellas que en aquellos momentos vinieran a tomar cuerpo junto al muchacho.

Embriagado de embeleso, pero dándose cuenta muy bien de todas las impresiones, nadó
despaciosamente, siguiendo la corriente del río, que, saliendo de la alberca, se metía de nuevo en
la roca. Una especie de dulce somnolencia le invadió: soñaba cosas que no hubiera sido capaz de
describir. Una luz distinta le despertó. Se encontró en un mullido césped, a la vera de una fuente,
cuyas aguas penetraban en el aire y parecían desaparecer en él. No muy lejos se levantaban unas
rocas de color azul marino, con vetas multicolores; la luz del día que le circundaba tenía una
claridad y una dulzura desacostumbradas; el cielo era de un purísimo azul obscuro. Pero lo que le
atraía con una fuerza irresistible era una flor alta y de un azul luminoso, que estaba primero junto
a la fuente y que le tocaba con sus hojas anchas y brillantes. En torno a ella había miles de flores
de todos los colores, y su delicioso perfume impregnaba todo el aire. El muchacho no veía otra
cosa que la Flor Azul, y la estuvo contemplando largo rato con indefinible ternura. Por fin, cuando
quiso acercarse a ella, ésta empezó de pronto a moverse y a transmudarse: las hojas brillaban más
y más, y se doblaban, pegándose al tallo, que iba creciendo; la flor se inclinó hacia él, y sobre la
abertura de la corola, que formaba como un collar azul, apareció, corno suspendido en el aire, un
delicado rostro. El dulce pasmo del muchacho iba creciendo ante aquella transformación; en aquel
momento la voz de su madre le despertó, y se encontró en la habitación de sus padres, dorada ya
por el sol de la mañana. Enrique estaba demasiado embelesado para molestarse por esta
interrupción: dio los buenos días amablemente a su madre y de todo corazón le devolvió el abrazo
que ésta le había dado.

–¡Eh, dormilón! –dijo el padre–. Hace rato que por tu culpa tengo que estar aquí sentado limando,
sin poder usar el martillo; tu madre quería dejar dormir a su querido hijo. Hasta para el desayuno
he tenido que esperar. Has sido muy listo eligiendo el estudio; por él tenemos nosotros que trabajar
y velar hasta las tantas. Aunque, según me han contado, un verdadero sabio tiene que pasar noches
en vela también para leer y estudiar las grandes obras de sus ilustres predecesores.

–Padre –contestó Enrique–, no os enfadéis de que haya dormido hasta tan tarde; ya sabéis que no
acostumbro a hacerlo. Tardé mucho en dormirme, y tuve al principio muchas pesadillas, hasta que,
por fin, tuve un sueño tan dulce que tardaré en olvidarme de él; creo que ha sido algo más que un
sueño.

–Hijo mío –dijo la madre–, a buen seguro que has estado durmiendo boca arriba, o te habrás
distraído ayer al rezar las oraciones de la noche. No tienes el aspecto de todos los días.

La madre salió de la habitación. El padre continuaba aplicado a su trabajo y decía:


–Son falacias eso de los sueños, piensen lo que quieran los sabios sobre ello; y lo que tú debes
hacer es dejarte de tonterías y no pensar en estas cosas: son inutilidades que sólo pueden hacerte
daño. Se acabaron aquellos tiempos en que Dios se comunicaba a los hombres por medio de los
sueños; y hoy no podemos comprender, ni llegaremos a comprenderlo nunca, qué debieron de
sentir aquellos hombres escogidos de los que nos habla la Biblia. En aquel tiempo todo debió de
ser de otra manera, tanto los sueños como las demás cosas de los hombres. En los tiempos en que
ahora vivimos ya no existe contacto directo entre los humanos y el cielo. Las antiguas historias y
las Escrituras son ahora las únicas fuentes por las que nos es dado saber lo que necesitamos conocer
del mundo sobrenatural; y en lugar de aquellas revelaciones sensibles, ahora el Espíritu Santo nos
habla por medio de la inteligencia de hombres sabios y buenos, y por medio de la vida y el destino
de hombres piadosos. Los milagros de hoy en día nunca han edificado mucho; nunca creí en estos
grandes hechos de que nos hablan los clérigos. Con todo, que aprovechen a quien crea en ellos; yo
guardaré muy bien de apartar a nadie de sus creencias.

–Pero, padre, ¿por qué sois tan contrario a los sueños? Sean ellos lo que fueren, no hay duda de
que sus extrañas transformaciones y su naturaleza frágil y liviana tiene que darnos que pensar.
¿No es cierto que todo sueño, aun el más confuso, es una visión extraordinaria que, incluso sin
pensar que nos los haya podido mandar Dios, podemos verla como un gran desgarrón que se abre
en el misterioso velo que, con mil pliegues, cubre nuestro interior? En los libros más sabios se
encuentran incontables historias de sueños que han tenido hombres dignos de crédito; acordaos si
no del sueño que hace poco nos contó el venerable capellán de la corte y que os pareció tan curioso.
Pero, aun dejando aparte estas historias, imaginar que por primera vez en vuestra vida tuvierais un
sueño. ¿No es verdad que os maravillaríais y que no permitiríais que se discutiera lo extraordinario
de un acontecimiento que para los demás es una cosa cotidiana? A mí el sueño se me antoja como
algo que nos defiende de la monotonía y de la rutina de la vida; una libre expansión de la fantasía
encadenada, que se divierte barajando las imágenes de la vida ordinaria e interrumpiendo la
continua seriedad del hombre adulto con un divertido juego de niños. Seguro que sin sueños
envejeceríamos antes. Por esto, aunque no lo veamos como algo que nos llega directamente del
cielo, bien podemos ver al sueño como un don divino, como un amable compañero en nuestra
peregrinación hacia la santa sepultura. Estoy seguro de que el sueño que he tenido esta noche no
ha sido algo casual, sino que va a contar en mi vida, porque lo siento como una gran rueda que
hubiera entrado en mi alma y que la impulsara poderosamente hacia adelante.

El padre sonrió amablemente, y, mirando a la madre, que en aquel momento entraba en la


habitación, dijo:

–Madre, Enrique no puede desmentir la hora que le trajo a este mundo: en sus palabras hierve el
ardiente vino de Italia que había traído yo de Roma y que iluminó nuestra noche de bodas.
Entonces también yo era otro hombre. Los vientos del Sur me habían despabilado; rebosaba de
fuerza y alegría; y tú también eras una muchacha ardiente y deliciosa. La casa de tu padre estaba
desconocida; de todas partes habían venido músicos y cantores, y hacía tiempo que no se había
celebrado una boda tan alegre en Ausburgo.

–Hace poco estabais hablando de sueños –dijo la madre–. ¿Te acuerdas que entonces me contaste
uno que habías tenido en Roma y que fue el que te impulsó a venir a Ausburgo para pedir mi
mano?

–Me lo recuerdas en un momento oportuno –dijo el padre–; me había olvidado completamente de


aquel curioso sueño que me estuvo dando que pensar tanto tiempo; pero él es, creo, precisamente,
una prueba de lo que acabo de decir. Es imposible soñar algo más claro y ordenado; ahora mismo
podría contar perfectamente lo que vi, y, sin embargo, ¿qué significado ha tenido? Que soñara en
ti, y que sintiera inmediatamente deseos de que fueras mía era lo más natural del mundo, porque
yo ya te conocía: tus gracias me habían conmovido vivamente desde un principio, y lo único que
me contenía en el deseo de poseerte era el anhelo de conocer tierras nuevas. Cuando tuve este
sueño mi curiosidad se había aplacado ya un tanto; por esto pudo más entonces la inclinación hacia
ti.

–Contadnos aquel sueño tan extraño –dijo el chico.

–Una noche –empezó diciendo el padre– había salido yo a dar un paseo por Roma. El cielo estaba
despejado, y la Luna, con su luz pálida y misteriosa, bañaba las viejas columnas y los muros. Mis
compañeros seguían a las muchachas; a mí, la nostalgia y el amor me llevaron al campo libre. Al
fin, empecé a tener sed, y entré en la primera casa de campo que me pareció tener buen aspecto,
para pedir un poco de vino o de leche. Salió un anciano, que debió de tomarme por un visitante
sospechoso. Lo dije lo que quería, y en cuanto supo que era extranjero, y alemán, me hizo entrar
muy amablemente en su habitación, y me trajo una botella de vino. Me hizo sentar y me preguntó
cuál era mi oficio. La estancia estaba llena de libros y objetos antiguos. Nos ensartamos en una
larga conversación: me contó muchas cosas de tiempos pasados, de pintores, de escultores y de
poetas. Hasta entonces nunca había oído hablar de estas cosas de aquel modo. Me pareció como
si estuviera en otro mundo, como si hubiera desembarcado en otro país. Me enseñó sellos grabados
en piedra y otros objetos artísticos antiguos; después, con viva emoción, me leyó hermosísimos
poemas, y de este modo se nos pasó el tiempo en un momento. Todavía ahora se me alegra el
corazón cuando pienso en aquel hervidero de mil extraños pensamientos y sensaciones que
llenaban mi espíritu aquella noche. Aquel hombre vivía en los tiempos paganos como si fueran su
propio tiempo; había que ver con qué ardor anhelaba volver a aquel obscuro pasado. Por fin me
enseñó una habitación en la que podría pasar el resto de la noche, porque se había hecho demasiado
tarde para volver a Roma. Me dormí en seguida: me parecía que estaba en mi ciudad y que salía
por una de sus puertas. Era como si tuviera que ir a alguna parte a hacer algo, pero no sabía adónde
tenía que ir ni qué era lo que tenía que hacer. Me encaminé a las montañas del Harz, a toda prisa:
se me antojaba que iba a mi boda. No me detenía ni un momento; iba campo traviesa por bosques
y valles, y pronto llegué al pie de una alta montaña. Cuando llegué a la cumbre divisé ante mí la
Llanura Dorada *; desde allí dominaba toda Turingia, ninguna montaña se interponía ante mi vista.
Enfrente, al otro lado, se erguía el Harz, con sus obscuras montañas; y veía multitud de castillos,
monasterios y aldeas. Estando en aquella dulce contemplación se me ocurrió pensar en el anciano
que me estaba hospedando aquella noche y me pareció que llevaba ya mucho tiempo viviendo en
su casa. Pronto descubrí una escalera que penetraba en la montaña y descendí por ella. Al cabo de
un buen rato llegué a una gran cueva. Había allí un viejo, vestido con larga túnica, sentado ante
una mesa de hierro mirando fijamente a una doncella hermosísima que esculpida en mármol estaba
frente a él. Su barba había crecido por encima de la mesa de hierro y cubría sus pies. Su aspecto
era a la vez severo y amable, y me recordó una de las cabezas antiguas que la noche anterior me
había enseñado mi huésped **. Una luz resplandeciente llenaba la cueva. Estando yo en este sueño,
contemplando al anciano, sentí de repente que mi huésped me daba unas palmadas en el hombro;
me cogió de la mano y me llevó a través de largos pasadizos. Al cabo de un rato vi a lo lejos una
luz, como si el Sol quisiera entrar en aquella galería. Corrí siguiendo aquella claridad y me
encontré en seguida en una verde llanura; pero todo me pareció muy distinto: aquello no era
Turingia. Inmensos árboles de hojas grandes y brillantes esparcían sombra por doquier. El aire era
muy cálido, no obstante su calor no era opresivo. Por todas partes había fuentes y flores, y entre
todas las flores una que me gustaba especialmente; me parecía como si las demás se inclinaran
ante ella.
*
_ Llanura que se extiende entre el Harz y el monte Kyffhäuser.
**
_ Según la leyenda. Federico Barbarrosa no había muerto, sino que estaba dormido en una gruta
del Kyffhäuser.

–¡Oh, padre!, decidme de qué color era –gritó el hijo, emocionado–. ¿No era azul?

–Puede ser –prosiguió el padre, sin prestar atención a la extraña brusquedad de Enrique–. Me
acuerdo sólo que experimenté una sensación extraña y que estuve largo tiempo sin acordarme de
mi acompañante. Al fin, cuando me volví hacia él, me di cuenta de que me estaba mirando
atentamente y de que me sonreía con íntima alegría. De qué modo salí de aquel lugar no sabría
decirlo ahora. Estaba de nuevo en la cumbre de la montaña. Mi acompañante estaba a mi lado y
me decía:

«Has visto el milagro del mundo. De ti depende que seas el ser más feliz de la Tierra y que,
además, llegues a ser un hombre famoso. Fíjate bien en lo que voy a decirte: si el día de San Juan,
al atardecer, vuelves a este lugar y le pides a Dios de todo corazón que te haga comprender este
sueño, te será dada la mayor suerte de este mundo; fíjate sólo en una florecilla azul que encontrarás
aquí; arráncala y encomiéndate humildemente al Cielo: él te guiará.»

Después, siempre en sueños, me encontré entre maravillosas figuras y seres humanos; tiempos
infinitos, en múltiples transformaciones, pasaban revoloteando ante mis ojos. Mi lengua se
encontraba como libre de ataduras y todo lo que decía sonaba como música. Después de esto todo
se volvió de nuevo obscuro, angosto y habitual; vi a tu madre que me miraba con ojos entre
amables y avergonzados; llevaba en sus brazos a un niño resplandeciente; iba a acercarme cuando
de repente este fue creciendo más y más, brillaba y lucía con creciente intensidad hasta que por
fin, con unas alas blancas y resplandecientes, se levantó por encima de nosotros nos cogió en
brazos y nos llevó volando tan arriba que veíamos la Tierra como una escudilla de oro bellamente
cincelada. Del resto del sueño me acuerdo sólo de una cosa, que volvieron a aparecer la flor, la
montaña y el anciano *. Pero en seguida me desperté y me sentí movido por un gran amor. Me
despedí de aquel huésped que me había acogido con tanta amabilidad; él me pidió que volviera a
visitarle; así se lo prometí y así lo hubiera hecho de no haber salido tan pronto de Roma para irme
a toda prisa a Ausburgo.
* _ El padre ha tenido un sueño parecido al del hijo, pero no ha sabido interpretarlo: lo que en realidad era una llamada
para la Poesía lo ha visto él como un anuncio de su próxima boda. En el primer capítulo de la segunda parte se comenta
el carácter no poético del padre de Enrique.

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