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A propósito del 10 de diciembre. ¿Qué significan los derechos humanos en Chile hoy?

Esta es una pregunta que ha sido base para un proceso de reflexión colectiva (equipo
de DD.HH. de fundación Nodo XXI e Izquierda Autónoma) del que he tenido la suerte de
participar. En esta, hemos intentado acercarnos a una respuesta, dando cuenta de sus razones
y límites. Una parte de esta labor será expresada en este texto.

En primera instancia, la idea de DDHH en Chile parece estar todavía muy anclada a
el terrorismo de Estado dictatorial. Esto por tres razones. Primero, porque es una de las
experiencias de violencia más radicales que se han vivido en la historia de Chile, teniendo
consecuencias a todo nivel. Segundo, porque la resistencia, visibilización y condena de estos
crímenes de lesa humanidad estuvo al centro de la lucha contra la dictadura, así como
también, del relato concertacionista. Tercero, porque los niveles de impunidad son muy altos
y aun no existe una justicia suficiente, cuestiones fundamentales para poder avanzar hacia
una democracia más fortalecida.

A su vez, esta conexión entre DDHH y dictadura resulta crecientemente problemática,


principalmente porque otras formas en que estos se violan comienzan a reconocerse con
mayor extensión, pero muchas veces se invisibilizan frente al recuerdo de la violencia
dictatorial. En buena medida, esto ha implicado un umbral de la violencia tolerable que es
extremadamente alto para Chile. También, ante la falta de justicia, se ha ido construyendo
una cultura de la impunidad, pues mientras estos crímenes -que son de lo más terrible que ha
realizado la humanidad- no tienen una sanción acorde, todo lo demás termina relativizándose.

A su vez, existe una tensión entre la centralidad discursiva que han tenido las
violaciones a los DDHH en dictadura con la institucionalidad y las políticas públicas que se
ha desarrollado para el efectivo logro de verdad, justicia, memoria y resarcimiento -más allá
de que se haya avanzado en varias materias-. Por ejemplo, el INDH sólo recientemente está
presente de forma efectiva en todas las regiones del país, y su mandato terminó no
contemplando la defensa y promoción retroactiva de los DDHH; la tortura y los crímenes de
lesa humanidad fueron tipificados tardíamente y de forma no retroactiva; la libertad
condicional que se ha dado a varios genocidas es producto de la falta de voluntad política
para cambiar un decreto de 1925; hoy no existen políticas públicas relativas a sitios de
memoria; siguen pendientes cuestiones fundamentales para las organizaciones de DDHH,
como plan nacional de búsqueda, levantamiento de secreto Valech, comisión calificadora
permanente, entre otras.

Por otro lado, la relación entre DDHH y derechos sociales es también compleja
dentro de este panorama. Es que la mera afirmación de derechos económicos, sociales y
culturales (DESC) como parte de los DDHH va en directa contradicción con su reducción a
lo sucedido en dictadura.

Asimismo, la forma que adquiere hoy la provisión de buena parte de los servicios
correspondientes a estos DESC fue habilitada por la naturaleza dictatorial y terrorista del
Estado chileno entre 1973 y 1989, que impuso el rigor del mercado como criterio principal
de exclusión e inclusión. De esta dinámica, que se manifiesta de modos muy diversos en la
realidad, se ha generado una concepción de los derechos que tiene tres pilares: la lógica
mercantil y consumo individual, el enfoque en la distribución y no en la producción, y la
fragmentación y compartimentalización. Esta idea de derechos se retroalimenta de la
creciente separación entre la política y la sociedad, especialmente porque aporta a reducir la
primera a la recepción y procesamiento de las demandas generadas por la segunda. Y en
general ese procesamiento ha intentado resolver la urgencia sin intención de abordar el fondo
o la causa del problema: la correlación de fuerzas. Además, lleva hacia una lógica de
victimización y macabra competencia por ser los primeros en la fila.

Por cierto, la responsabilidad de la Concertación en este panorama es relevante,


especialmente porque en la medida que la justicia plena va en contradicción con la estabilidad
institucional y económica del país, la decisión de poner la gobernabilidad como quilla de la
transición sigue pagándose con una perpetua impunidad. El reciente caso del excomandante
en jefe Juan Emilio Cheyre lo evidencia.

En todo caso, la necesidad de haber subordinado la profundización democrática a la


gobernabilidad puede comprenderse hasta cierto punto, pero los efectos que generó no han
sido aún revertidos ni abordados -incluso se ahondaron en algunos casos-, y hoy se convierten
en grandes problemas para enfrentar el endurecimiento de la derecha. En definitiva, la
politización se encuentra en tensión con la inercia transicional, que en este caso revisamos a
partir de su concepción de los DDHH.
En ese sentido, en la medida que habilita la politización, la lucha contra la impunidad,
así como la defensa y promoción de los DDHH, resultan una necesidad democrática. Y es
habilitante por al menos tres razones. La primera, porque envía la señal que reprimir no es
gratis y que la posibilidad de organizarse políticamente es un derecho que debe ser
resguardado como fundamental en el marco democrático. La segunda, porque pone en
evidencia que el estado de cosas actual tiene como núcleo común una correlación de fuerzas
muy desigual, cuyo carácter es indisociable del terrorismo de Estado. La tercera razón es
porque permite avanzar hacia un diálogo intergeneracional que conecte las luchas del pasado
con las del presente a través del apoyo y valoración mutua.

En definitiva, para poder desanclar la noción de DDHH de la dictadura y reafirmarla


en toda su dimensión democratizadora -movimiento necesario para abordar una serie de
situaciones actuales que son crecientemente urgentes-, se necesita una efectiva memoria,
verdad, justicia y reparación.

Finalmente, quisiera enunciar una pregunta clave que aparece entonces: ¿cómo
armonizar este panorama con, por un lado, una suerte de saturación derivada del discurso
hegemónico sobre violaciones a las DDHH en dictadura y, por otro, con que la urgencia de
temas como la situación migratoria, la niñez o los pueblos originarios es hoy total (por
nombrar solo algunos asociados de forma muy evidente con los DD.HH.)?