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Manifiesto antinatalista

El antinatalismo previene sufrimientos y muertes

Introducción

El ser humano no nace libre; nace vulnerable y dependiente.

El mal natural, experimentable y conocido es el sufrimiento. Las cosas pueden


ser malas sólo porque inciden en nuestra capacidad de sufrir.

Constantemente relacionamos lo malo con el sufrimiento, a no ser que no nos


parezca mal quemarnos, pasar frío, no poder respirar o dormir, recibir una agresión,
quedar enterrados vivos bajo los escombros de un terremoto o un bombardeo, padecer
insatisfacción de cualquier necesidad apremiante, vivir en estado de angustia…

El dolor, el terror, todas las múltiples formas de padecimiento nos proporcionan


una noción absolutamente directa del mal. Esta noción se convierte en perspectiva ética
cuando damos importancia también al sufrimiento ajeno. La sensibilidad hace necesaria
la moral, y la razón la hace posible. Somos agentes morales por ser personas racionales
y pacientes morales por nuestra exposición al sufrimiento. No es el fin en sí el ser
racional, como mantiene Kant, sino el ser sensible. Por fin en sí hay que entender, si
algo, el respeto al bienestar del individuo.

Cuando hablamos del sufrimiento, no hablamos de cosas, situaciones o


acontecimientos físicamente descriptibles, aunque habitualmente nuestros
padecimien-tos se asocien con los elementos exteriores que las causan según pautas de
diversa estabilidad. Palabras como “hambre”, por ejemplo, se refieren a la vez a una
sensación y una situación material de falta de comida. Aquí nos interesan los estados
sensibles como escenario último de lo importante. Todos podemos sufrir intensamente,
por causas comunes o diferentes.

Valorar es relacionar el mundo material con el sufrimiento y por eso se dice que
los objetos, los acontecimientos y también las personas pueden ser buenos o malos.
Pero el escenario de lo importante en sí mismo siempre es el individuo con capacidad de
sentir.

Podemos detectar o intuir el sufrimiento ajeno. En numerosas situaciones


podemos suponerlo a partir del conocimiento de las circunstancias, a pesar de no poder
detectarlo con certeza científica. La falta de comida, muy probablemente, provoca la
sensación de hambre en prácticamente todos los humanos; la quemadura, dolor.
Percibimos también el dolor o el miedo de otra persona en su cara, en sus gestos, en su
voz. Los padres detectan las necesidades y los problemas de sus hijos con mucha
precisión antes de que éstos sepan referirse con palabras a las causas de su malestar. Por
medio de esta intuición nos puede importar el bienestar de otros al margen de nuestras
propias inclinaciones.

No poco ingenio se ha invertido para salvar la posibilidad de que esté en


nuestras manos liberarnos de las necesidades en general por un atajo que convierta en
innecesaria su satisfacción. Las teorías ascéticas, el estoicismo y la iluminación budista,
por ejemplo, prometen esta posibilidad. No queremos negar las grandes ventajas de la
moderación, pero ni por medio de la abstinencia ni por un saber especial se eliminan las
necesi-dades; sólo se apuesta por satisfacerlas de forma parcial. Cuanto menos
comemos más hambre tendremos. Duérmase menos de lo que se necesita, respírese
menos de lo que se necesita, y el sufrimiento impondrá su imperativo.

No queremos hablar de lo poco importante sino de lo muy importante. La


intensidad de los sentimientos desagradables es, por supuesto, una de sus dimensiones a
tener en cuenta. Otras dimensiones son su duración, su frecuencia y el número de
individuos afectados. Es decir, no podemos, de ningún modo, equiparar y facilitar así la
argumentación minimizadora la picadura de mosquito con el dolor y el pánico definitivo
del torturado.
En consecuencia, tenemos que destacar la importancia de la cuantificación. Ésta
resulta relativamente sencilla cuando no salimos de la dimensión considerada. Un dolor
menos fuerte es preferible a un dolor más fuerte, un dolor más corto es preferible a un
dolor más largo, y la repetición es peor que la no repetición, y finalmente, un número
menor de afectados por un problema es mejor que uno mayor. Más difícil es comparar
las dimensiones cuantitativas entre sí. Por ejemplo, ¿es preferible el sufrimiento intenso
de pocos al sufrimiento más moderado de muchos? En caso de conflicto, lo más
acertado nos parece ser empezar por resolver lo más extremo, es decir, dar prioridad a lo
más terrible. La tortura es el problema número uno de la humanidad, aunque no sea el
más extendido.

Hasta ahora se ha descuidado por completo la dimensión demográfica del


sufrimiento. Es evidente que puede haber más víctimas o menos. Y el número de
afectados importa. Así, por ejemplo, tiene sentido combatir la delincuencia aun
sabiendo que siempre habrá algunos crímenes. No tener en cuenta el número de
víctimas es desactivar toda perspectiva ética, ya que cualquier mal multiplicado sin
límite podría quedar justificado sobre la base de ejemplos aislados del mal. Es
importante cuidar a nuestros hijos, como todo el mundo reconoce, aunque haya casos de
maltratos en otros sitios. Es importante darles de comer aunque siempre haya niños
malnutridos. Es importante también el que nos cuidemos a nosotros mismos ante las
amenazas de sufrir.

Si es necesario combatir los problemas y minimizar sus efectos, si importa


reducir y prevenir el sufrimiento en el mundo, la procreación resulta éticamente
problemática ya que los futuros individuos siempre son potenciales escenarios,
estadísticamente previsibles, de sufrimientos graves e incluso atroces. La producción de
seres sensibles, vulnerables y mortales opera en contra de la prevención del mal y de la
idea de mejorar las cosas en el mundo ya que aporta un incremento de las víctimas de
todo tipo de problemas y circunstancias desfavorables. Lo hace con total independencia
de las medidas que apoyemos, solidariamente, a favor de un mundo mejor.
Las fórmulas para minimizar el sufrimiento grave y atribuirle sentido son
muchas. Con frecuencia los retos y los desafíos más terribles son vistos como una
ocasión para llegar, por medio del martirio asumido o el heroísmo superador, a la
auténtica grandeza de la existen-cia humana. El sufrimiento nos hace madurar, se dice.
El castigo es bueno cuando es “merecido”. La pregunta es, sin embargo, si se pueden
desvincular las estrategias conformistas de una ulterior necesidad de bienestar. Pues no.
El sentido del sufrimiento suele consistir en evitar otro sufrimiento. Tenemos que
incluir, pues, el principio del mal menor en el principio más general de la evitación del
sufrimiento. El principio del mal menor confirma la necesidad de evitar el sufrimiento.

No tendemos de forma natural, como mantiene Aristóteles, al bien moral y la


virtud, ni es el bien moral el cumplimiento de un deber digno y admirable, como lo
presenta Kant. El bien moral consiste en paliar y prevenir el mal que todos conocemos y
cuya máxima expresión es el sufrimiento más atroz. ¿Por qué según alguna superstición
los pecadores van al Infierno y los santos al Paraíso? Aunque no esté siempre claro qué
hace de malo el pecador ni para qué sirve un santo, es muy evidente lo que tiene de
malo el Infierno y de bueno el Paraíso. La oposición que interesa es la del sufrimiento
frente a la felicidad o, como mínimo, no infelicidad. Una conceptualmente insostenible
distorsión de prioridades hace hablar a muchos antes de la bondad de la felicidad que de
la maldad apremiante de lo terrible y atroz.

El mal menor

Decimos que el sufrimiento es en sí mismo inaceptable y que de su maldad


intrínseca se derivan nuestras ideas del mal exterior. Es malo lo que hace daño, aunque
siempre hay que tener en cuenta que las mismas cosas pueden tener unos efectos u otros
y pueden ser buenas por una razón y malas por otra, como es el caso del dentista al que
honramos con nuestra visita y evitamos al mismo tiempo.

Dado el carácter plural de los efectos de cualquier decisión, cobran importancia


las ponderaciones y las prioridades, y la evitación del sufrimiento se presenta de forma a
menudo ambigua. A menudo tenemos que aceptar soluciones poco limpias y nos
conviene asumir los problemas en la medida en que los podemos interpretar como un
mal menor. Vivir es esencialmente un dilema que convierte en buenas las píldoras
amargas. Ésta es la explicación de la inestabilidad de los valores y de las frecuentes
discusiones en torno del juicio moral.

Buena parte de los filósofos morales, así como sabios de toda índole, sean
hedonistas o no, usan profusamente la palabra felicidad. Sin duda, la vida sensible
también ofrece la posibilidad de gozar. Pero podemos constatar fácilmente, porque lo
experimentamos cada día, que el sufrimiento nos obliga a reaccionar con un apremio
que la seducción de la felicidad desconoce por completo. Es más, ¿existe algo que
pueda concebirse como la reivindicación de una sensación (placentera) ausente? Lo que
más se parece a una hipotética exigencia de felicidad es la percepción de una carencia.
Pero una carencia es precisamente una sensación negativa, una insatisfacción, un
sufrimiento en mayor o menor medida; y sólo por eso es importante. La idea de la
felicidad distrae de lo importante, y lo hace en un sentido peligroso si se alega como
compensación o justificación del sufrimiento. La posibilidad de ser feliz no debería
entrar en la balanza de ningún deber moral. La promesa de felicidad es una competidora
desleal de la imperatividad de la infelicidad.

Las situaciones problemáticas –se puede generalizar– son aquellas que implican
sufrimiento. Valga la redundancia: el problema son los problemas. Lo que de forma
natural, con independencia de nuestros razonamientos morales, condiciona
imperativamente nuestro comportamiento es el dolor, el sufrimiento de cualquier tipo, la
sensación desagradable. Y así también se convierte en generador de deber moral desde
una perspectiva colectiva.

Si todo lo que reduce el padecimiento puede ser llamado “bueno”, el mal menor
también es bueno en este sentido relativo. Evidentemente, no tenemos aquí lo que
podríamos llamar “netamente bueno” o “positivamente bueno” como la felicidad, el
placer o la alegría. Es la del mal menor, entendemos, la única perspectiva razonable en
defensa del sufrimiento. El esfuerzo, el trabajo y el sacrificio pueden ser buenos por esto
mismo. El castigo se puede justificar como mal menor por los efectos negativos de la
impunidad, no porque convierta en bueno el sufrimiento “merecido”. El castigo también
es intrínsecamente malo.

Si fuera posible resolver los problemas importantes en el mundo sin esfuerzos ni


sacrificios, los problemas duros y duraderos de cientos de millones de personas no
tendrían explicación. Vivimos, por tanto, en un mundo dilemático. Esta idea es
compatible con el reconocimiento de que en este mundo, con cada vez mayores, casi
inconcebibles, niveles de desigualdad, sean a menudo los intereses nimios y espurios,
aunque poderosos, los que provocan mucho sufrimiento. Los caprichos de un rico
pueden sobreponerse a las necesidades de un millón de pobres.

Entre lo que consideramos mal menor se encuentra la renuncia al hijo deseado.

El mal extremo

La tortura y los actos sádicos son probablemente el contexto en el que el


sufrimiento individual alcanza las cotas más altas de intensidad. Con la referencia a este
fenómeno atroz, no quitamos importancia a otros problemas muy graves de incidencia
acaso más generalizada.

Defendemos la graduación de la importancia de las cosas en función del


sufrimiento que provocan. Si hacemos el desagradable esfuerzo de pensar en un
tormento intenso y prolongado, se vuelve absolutamente transparente el origen de toda
noción intuitiva del mal. Cuando hablamos de algo malo, hablamos de algo que es
necesario evitar. ¿Dónde encontramos el grado más imperioso de esta necesidad?
Pongámonos en la hipotética situación de sufrir muy bien hecha tortura sin fin y
tendremos la respuesta.

Ya sucesos mucho menos graves que el tormento persistente nos pueden parecer
del todo inaceptables: un accidente que nos deja mutilado, una enfermedad dolorosa,
vivir bajo amenazas, la muerte de un hijo o de otra persona amada, las agonías en
general... Por supuesto, no queremos minimizarlos. Los sumamos a nuestra
preocupación.

Y si pensamos en términos políticos, vemos la calamidad extremamente violenta


que es la historia de los choques de intereses o necesidades colectivas, es decir, la
Historia como tal, propia de la humanidad. Previsiblemente, en poco tiempo habremos
duplicado los sacrificios humanos desde tiempos prehistóricos hasta el momento.
Repetiremos toda la cruel Historia de miles de años en unas pocas décadas. Si no hay
freno reproductivo, el horror se densificará a ritmo exponencial.

Podemos luchar por un mundo de relaciones interhumanas más solidarias, más


ajustadas a las necesidades en general. Eso parece de sentido común, y se puede
considerar necesario, sin por ello caer en un optimismo ilusorio. El antinatalismo no
entra en contradicción con otras propuestas. Puede ayudar a reducir el coste que
significa estar a la espera de las soluciones imaginadas.

La muerte

El sufrimiento como criterio ético –reducir la presencia del sufrimiento en el


mundo es bueno– parece tener un rival, el respeto a la vida, pase lo que pase. Así, entra
en se convierte en tema de discusión hasta qué punto puede haber un conflicto entre el
respeto a la vida y la lucha contra los males de la vida, y en qué sentido habría que
resolverlo si se puede.

Conviene señalar primero la ambigüedad que, habitualmente, configura nuestra


actitud ante la muerte. Es un hecho que se nos presenta como válida en ciertos
contextos. El asesinato se juzga como un crimen execrable, pero la muerte como destino
inevitable de los vivos es aceptada generalmente y no se considera un mal excesivo, no
tan importante, en todo caso, como para no crear nuevos humanos mortales.

El hecho de la mortalidad, entendida como el fin de la capacidad de sentir, es un


hecho muy tranquiliza-dor. ¿Qué importancia puede tener el deseo de vivir al lado de la
necesidad de no sufrir tormento permanente? En general, podemos aceptar sensatamente
que, gracias a la muerte, no estamos en el peor de los mundos posibles. La frialdad con
que algún papa promete el infierno eterno nos habla de su propia estatura moral (que
tampoco queremos ver cruelmente castigada). Ante la maldad efectiva que muchos
creyentes son capaces de atribuir a la voluntad de Dios decimos: dime tú en qué Dios
crees, y yo te digo quien eres.

Pero la muerte tampoco deja de ser muy problemática. El rechazo a la muerte es


espontáneo y comprensible puesto que está relacionada con importantes sufrimientos.
La perspectiva de la muerte nos produce terror, y el fallecimiento de un ser querido nos
hunde en el desconsuelo. El aspecto problemático de la muerte está en sus aspectos
vividos, es decir, pertenece a la vida. Terror, luto, desolación y dolor la acompañan con
frecuencia. Se ha dicho con evidente acierto que la vida es una aventura que siempre
acaba mal.

Todas nuestras necesidades biológicas se conjugan para empujarnos con fuerza


hacia el mantenimiento de la vida: respirar, dormir, comer, abrigarnos, rehuir el fuego...
Contravenir las necesidades es exponerse a un castigo natural, por lo que el
acercamiento a la muerte casi siempre es traumático. El sufrimiento es el cercado
eléctrico del territorio de la vida, que con la evolución, según parece, ha adquirido un
voltaje cada vez más disuasorio. Así, no es de extrañar que la muerte se presente como
un mal importante. Produce emociones muy desagradables, aunque la consideremos
claramente mejor que la vida eterna o, quizá, demasiado larga.

Desde una perspectiva demográfica cabe observar que un proceso paulatino de


reducción de la población a través del control de natalidad equivale a un proceso de
reducción cuantitativa de muertes. Son los padres voluntarios los que tienen que
justificar la muerte –la vida y la muerte– no los antinatalistas. El antinatalista sólo tiene
que justificar las molestias que causan sus argumentos a quienes deseen tener hijos, de
las que no es inconsciente pero que sólo puede lamentar como incomodidad necesaria.

Un cálculo sencillo nos mostrará que por la experiencia de morirse tendrán que
pasar mucho más que siete mil millones de personas en los próximos cien años, es decir,
setenta millones al año o unas seis millones al mes. Comparemos la atención que
merecen estas cifras con el impacto ocasional en la opinión pública de un accidente
aéreo o de un atentado terrorista con, pongamos, 100 víctimas.

Aceptamos la muerte cuando vemos que no nos queda más remedio que
enfrentarnos a ella. Y también si es para el enemigo. En los casos más dramáticos nos
suicidamos. Nuestra pregunta es qué postura coherente podemos mantener ante la
facultad de crear nuevos seres humanos mortales. Pensamos en su vida, pero ¿hacemos
la cuenta completa? ¿Pensamos en su muerte también? Dejar la vida no es, en absoluto,
lo mismo que no verse arrojada a ella.

Dada su radicalidad, el planteamiento antinatalista podría parecer próximo a la


idea del dicho que reza “muerto el perro, se acabó la rabia”. Pero el antinatalismo no es
supresión de vidas sino supresión de la supresión de vidas. Devolvemos, por tanto, la
crítica al partidario de la procreación: ¿qué importancia das a la muerte que estará en la
mochila de tus futuros hijos?

La felicidad

Mantenemos que la contracepción es una medida preventiva de un coste


asumible y fácilmente justificable como mal menor. Ciertamente, la renuncia al hijo
puede suponer algún sacrificio, ¿pero a cuantos posibles sacrificios exponemos a
nuestros hijos y nietos y toda la cadena de descendentes que podríamos poner en
marcha?

La vida también puede ofrecer alegría y felicidad. A este hecho recurre la


voluntad optimista o conformista más inmediata. Pero no es coherente reivindicar la
vida feliz (hasta el punto de generar una vida) si no se garantiza la ausencia de la
infelicidad, de sufrimientos graves. Por lógica tampoco puede haber ningún elemento
reivindicativo de la felicidad en la no vida, en el hijo que no tenemos. La felicidad es

a) innecesaria,
b) no compensa, sólo alterna con el dolor,

c) tiene por condición la ausencia de la infelicidad,

d) es relativamente escasa en la vida.

Si la necesidad de la felicidad fuera una característica de la vida, más en contra


tendría ésta ya que pocos y puntuales son los momentos de importante alegría, placer o
cualquier otro sentimiento agradable. Ya es necesario algo de suerte –y acaso también
cierta indolencia y despreocupación ante el sufrimiento ajeno– para poder pasar la vida
sin grandes preocupaciones. La felicidad es buena, pero sólo se puede echar de menos si
existe un ser sensible capaz de desearla y sentirla. Si la ausencia de felicidad es
privación, podría considerarse problemática. Tal caso se da sólo en la vida, no fuera de
ella.

¿Qué problema puede haber meramente por falta de placer? Carece totalmente
de sentido proyectar el problema en algo que no es nada. Por decirlo de otra manera, “el
pobre hijo que no tengo no puede ser feliz” equivale a todos los efectos “el pobre hijo
que no tiene mi teléfono no puede ser feliz”. Y muy sensatamente se diría: si algo es
seguro, precisamente, es que no hay problema alguno en ello.

Se genera, pues, cierta confusión cuando se intenta identificar ausencia de


felicidad con privación. Por privación se tiene que entender algo negativo y
problemático para que sea interesante como argumento. La falta de agua va acompañada
de la sensación positivamente existente de la sed. Se trata de una situación típicamente
negativa de la necesidad insatisfecha. Este aspecto negativo no existe en ausencia de
seres afectables.

Dejando de lado los intereses de los padres (que difícilmente reconocerán una
mera instrumentalización egoísta de los hijos), la opción del procreador se mueve así
entre lo innecesario (potencial de felicidad) y facilitación de lo que es necesario evitar
(el sufrimiento intenso).
Ateniéndonos a una perspectiva colectiva, hay que resaltar que la maximización
demográfica de las posibilidades de felicidad no supone en absoluto la minimización del
sufrimiento, del mismo modo que más manzanas no implican menos gusanos. Grandes
confusiones lógicas salpican la mayoría de las teorías éticas en este punto. A cambio
resultan atractivas al pasear la felicidad por sus laberintos conceptuales e ignorar el
sufrimiento del otro.

Deseos paternales y moral

El deseo de ser padres es natural. Muchos también piensan que, una vez retado
el destino en forma de un nuevo ser humano vulnerable y mortal, tendrán ocasión de
revelarse como excelentes padres, al menos mientras el niño sea lo suficientemente
pequeño para que la relación paternal funcione. Pero no hay excelencia moral en la
generación de necesidades que nos exigen responsabilidad y un cuidado cuya
efectividad siempre será incierta, por más que deseemos lo mejor para nuestros hijos.
En realidad, nadie engendra hijos por motivos éticos. No se suele considerar la
procreación en sí misma como necesaria, ni siquiera como buena.

Dado que lleva a resultados demasiado incongruentes un supuesto deber de


procrear en positivo y puesto que es misión poco agradecida tener un número muy
elevado de hijos, mayormente los argumentos pretenden neutralizar el peso ético de la
opción antinatalista. Así, ni la decisión favorable ni la desfavorable se imponen, y se
preserva la libertad completa de los padres o potenciales padres. Ciertamente, no llega
hasta la procreación la moral común y no podemos juzgar como estamos
acostumbra-dos. Pero hacemos una intervención significativa en el mundo si le
ofrecemos un nuevo ser vulnerable.

El riesgo y las estadísticas


Todo el mundo sabe que procrear implica exponer nuevos seres humanos a una
serie de riesgos. Pueden nacer gravemente enfermos o malformados, pueden morirse
pronto de forma lenta y dolorosa, enterrados vivos... Cuando hablamos de riesgos,
hablamos, al mismo tiempo, de previsiones estadísticas fundamentadas en la
experiencia. Si el riesgo de morir en accidente de tráfico es elevado, es porque en el
tráfico rodado se da un porcentaje relativamente alto de muertes efectivas. El riesgo, por
tanto, es la expresión de una realidad observable, no meramente hipotética y no de algo
que, de forma sistemática, “podría no ser” y que puedo dejar de lado sin que pase nada.

Un riesgo se suele manifestar en porcentajes a menudo estables, por lo que


importa el tamaño numérico del colectivo considerado. A un colectivo más pequeño
corresponde un número absoluto de afectados más reducido en condiciones de riesgo
comparables. Por otra parte, hablar de grandes números, de estadísticas y porcentajes,
no afecta a la importancia de cualquier individuo que en ellos aparezca. La importancia
del individuo –su “tamaño” personal– no varía en función del tamaño del colectivo. La
importancia de todos los individuos sugiere que su engendramiento ha de ser un tema
éticamente analizable en todos los casos.

Nos interesa resaltar aquí la confluencia de la perspectiva individual y la


perspectiva demográfica. La individual nos dice: no puedo garantizar el bienestar de mi
hijo. La perspectiva general señala la dimensión demográfica del número de afectados
por problemas graves.

Actualizando a Malthus

Thomas Malthus descubrió hace dos siglos la sencilla pero largamente ignorada
fórmula de la progre-sión exponencial del aumento de la población en condiciones
favorables. La po-blación tiende a du-plicarse en un determinado intervalo de tiempo.
Pasado nuevamente el mismo tiempo, la población, otra vez, se habrá multiplicado por
dos. De la producción de ali-mentos, por contra, no se puede esperar mucho más que un
aumento lineal. En cualquier caso, difícilmente podría sostener un aumento de la
población sin más límite que el de la capacidad reproductora del ser humano.
En principio, la dificultad de la subsistencia ejerce una constante presión
restrictiva sobre el crecimiento demo-gráfico. El vínculo entre la presión demográ-fica y
las difi-cultades de subsistencia es inevitable y lleva a un dilema, ya que mejores
condiciones de vida generalizadas fomentarían el crecimiento demo-gráfico, y éste, a su
vez –incrementando la competencia por los recursos– empeora las condiciones de vida y
lleva a más hambre y miseria. Es el principio del pan para hoy y hambre para mañana.

No hay por qué compartir las propuestas políticas del economista y religioso
inglés, contrario a las ayudas sociales, propuestas que hoy, cuando la planificación
familiar es más eficaz entre la gente acomodada que entre la gente pobre, parecen fuera
de lugar. Los medios anticonceptivos permiten hoy en día separar por completo el sexo
de la procreación y el bienestar material no es un obstáculo para ello.

Mantienen muchos que comida podría haber suficiente para todo el mundo y el
hambre no tendría por qué ser un problema. El caso es que ha aumentado enormemente
el número de víctimas simultáneas de la miseria, justamente porque la mayor
disponibilidad de la comida ha ayudado a generar la explosión demográfica. Por
supuesto, Malthus no se hubiera imaginado nunca un titular de periódico que dijera
“Hay 1.000 millones de hambrientos en el mundo”. Esto era aproximadamente la
población mundial entera en el año 1800.

Con ser grave, no es sólo la escasez de comida lo que acosa a millones de


personas. Existen muchos otros problemas que también se masifican con el aumento
demográfico: miseria (con o sin hambre), violencia bélica, enfermedades, catástrofes
naturales, accidentes, suicidios, agonías de toda clase... Así que no hay exceso de
pesimismo o fatalismo en Malthus sino, por el contrario, cierta imposibilidad de
previsión en lo tocante a las dimensiones y la variedad del desastre a partir de, por poner
una fecha, la primera guerra mundial.

La perspectiva ecológica advierte del agotamiento de los recursos naturales. Más


allá de este problema, muy serio, es necesario tener en cuenta el factor demográfico
como potenciador de todo tipo de problemas en general.
De la explosión de masa popular a la indiferencia masiva

¿Qué pasaría si todos dejaran de tener hijos tal como proponemos? La respuesta
es evidente: la especie humana se extinguiría en un plazo de poco más de 100 años. Y
aunque sea a través de una paulatina reducción (!) de muertes, la idea resulta chocante.
Difícilmente, puede ocurrir por iniciativa humana aunque sí por acontecimientos
naturales en un futuro que se prevé muy lejano. También queremos señalar el amplísimo
margen con que contamos para la prevención del sufrimiento sin que la idea de la
extinción humana, tan difícil de asumir, tenga implicación práctica alguna.

El margen para la propuesta antinatalista, antes de llegar a una situación crítica


para la especie, es inmenso. Hace tan sólo unas pocas décadas, cuando ya se había
percibido la llamada explosión demográfica, éramos 4 mil millones de personas menos
en el mundo. Si se mantiene la actual tendencia, dentro de como mucho 20 años
seremos aún 4 mil millones más de los que hay actualmente (2013), que ya son más de
7 mil millones de mortales. ¿Qué tamaño queremos para el hormiguero humano?
¿Cuántos millones de muertes nos parecen compatibles con lo que ya son sólo guerras
“pequeñas”?

El objetivo antinatalista es que se vayan despoblando poco a poco los centros de


detención, los campos de refugiados, los hospitales y sanatorios, las zonas catastróficas,
los escenarios de guerra... Es un objetivo humanitario, como lo es la lucha por los
derechos humanos. Nuestro medio será totalmente pacífico: la prevención
anticonceptiva.

La acción antinatalista

La acción contraceptiva tiene varios móviles relativamente comunes, a los cuales


añadimos otro no tan común. Intentamos evitar el embarazo si supone un problema
físico para la mujer. Se entiende fácilmente. También podemos pensar en lo que supone
de esfuerzo para la economía familiar añadir otra persona a ser mantenida, lo cual
tampoco es difícil de entender. Una visión aún más amplia sugerirá políticas de
planificación familiar en función de la sostenibilidad ecológica o de la miseria
provocada por la falta de recursos.

Podemos añadir un móvil universal: hay que frenar la producción de individuos,


en tanto escenarios de sufrimiento y muerte. La perspectiva antinatalista es la más
general y la más inmune a consideraciones coyunturales. Se apoya en una preocupación
ética madura y no en intereses puntuales. Por supuesto, también habrá menos madres y
familias con problemas y menos carga para el medio ambiente, y los beneficios
alcanzarán todos los intereses menos uno: el deseo de las personas vivas adultas de tener
hijos naturales.

Ante las constantes amenazas al bienestar humano, ¿podemos aprobar la ciega


subordinación tradicional a los procesos reproductivos? ¿Cuándo se convertirán en un
tema de reflexión responsable no sólo la muerte, no sólo los numerosos problemas de la
vida dada y sus terribles riesgos, sino también su imprescindible antecedente, la llegada
impuesta a este mundo?

Conclusiones

El progreso científico, a través de la explosión demográfica, ha conseguido que


la situación en la Tierra sea hoy peor que nunca. Han aumentado los devastadores
efectos de las catástrofes naturales, de las epidemias, de las calamidades bélicas, de la
explotación del hombre, de los crímenes, de los accidentes, de los suicidios… El siglo
pasado fue el siglo de los mayores genocidios, con creces, de todos los tiempos. Sólo
este siglo podrá ser peor, y otros futuros.
Toda noción del mal se deriva directa o indirectamente del reconocimiento de la
naturaleza coactiva, impositiva, imperativa del sufrimiento. La idea del mal es el puente
semántico entre el sufrimiento y el deber ético. Ello sugiere la interrogación del espacio
mismo en el cual las respuestas éticas constituyen una necesidad, es decir, la vida
sensible como escenario de sufrimiento. La procreación genera espacios de sufrimiento
y así entra en conflicto con el sentido del deber ético.

La vida es una imposición. Es cierto que no hay inicialmente nadie que pueda
quejarse. Pero el recién engendrado ser humano enseguida se ve obligado, desde el
primer segundo y sin otra opción alguna, a persistir en la vida y exponerse a todas las
agresiones a su bienestar hasta, como mínimo, la edad en que esté en condiciones de
decidir su suicidio, medida que también tiene su coste, el cual incluimos en la
imposición. La muerte involuntaria, más habitual, es, lógicamente, otra imposición, ya
que de lo contrario sería voluntaria. Traer un bebé al mundo es, por tanto, una
imposición elemental y peligrosa, que no tiene arreglo sencillo en caso de una bastante
frecuente fortuna desfavorable. En los casos más graves, en los centros de tortura, ni
siquiera existe la salida del suicidio.

Una visión positiva y optimista de la vida puede ser muy conveniente para
encarar nuestros problemas, pero, como estímulo para la reproducción, se vuelve
inoportuna, ya que potencia la incidencia de los problemas. Así que, aunque el
optimismo pueda tener importantes funciones prácticas, para tematizar la procreación
hay que cambiar completamente de perspectiva y reajustar nuestros esquemas morales
para tener en cuenta, entre otras, que la ausencia de voz del ser aun no concebido, al no
poder reclamar atención moral, no exime tampoco al procreador de responsabilidad
ética. No podemos hacer pagar a nuestros hijos por nuestras ilusiones y aunque tal cosa
no sea nuestra voluntad en absoluto, sabemos que, al faltar toda garantía, aceptamos la
posibilidad de un precio muy elevado, un precio que tiene la probabilidad que se puede
leer en las estadísticas de las desgracias.

La dimensión demográfica afecta a todos los problemas en cualquier lugar, no


sólo a los específicamente relacionados con el aumento de la población, expresables en
términos ecológicos. Todas las posibilidades de sufrir se potencian demográficamente y
dejan su huella estadística en proporción aproximada al tamaño de la población.
Nuestra mirada se centra en las víctimas o potenciales víctimas de la condición
humana y de las adversidades. Exponemos razones, no ataques moralizadores a un
comportamiento natural y comprensible, heredado del mundo animal. No queremos
cuestionar la moralidad de los padres, queremos evitar el mayor número posible de
víctimas de los grandes problemas y prevenir hechos terribles que los padres tampoco
desean para sus hijos.

Consideramos que la procreación voluntaria es un error basado en la falta de


reflexión ética, ya que obstaculiza el esfuerzo por reducir el mal en el mundo. Es un
error moral.

Llamamiento

* Nos dirigimos a los individuos en edad reproductiva para que tengan en cuenta
las amenazas al bienestar de sus posibles hijos y renuncien a traerlos a este mundo,
evitando así la materialización de graves riesgos en nuevas vidas. Si ya son padres, su
contribución será no tener más hijos.

* Proponemos a las organizaciones de solidaridad internacional que incluyan en


sus proyectos el control de natalidad para que las ayudas no generen más necesidades de
ayuda en el futuro.

* Apelamos a las personas de proyección social y cultural a que conviertan en un


tema de discusión pública e ingrediente del desarrollo cultural y moral las implicaciones
éticas de la creación de nuevos individuos.
* Nos dirigimos a los gobiernos para que conviertan el control de natalidad en
cometido de educación pública y faciliten su efectividad, garantizando el acceso
universal a los medios de planificación familiar.

* Pedimos, asimismo, a los gobiernos que faciliten la adopción como una


oportuna coincidencia de las necesidades de los niños huérfanos y los adultos que
deseen y estén preparados para ser padres.

Redacción del borrador: Miguel Steiner.

Julio, 2014

www.everyoneweb.com/antinatalism

Bibliografía
Benatar, D.: Better never to have been. Oxford University Press. New York,
2009.

Cabrera, J. y Di Santis, T. L.: Porque te amo, não nascerás! LGE Editora.


Brasilia, 2009.

Crawford, J.: Confessions of an Antinatalist. Nine–Banded Book. USA, 2010.

Tages Melo, R.: A última filosofía: Um ensaio sobre o antinatalismo

Steiner, M.: De la felicidad y los hijos. La evolución del pensamiento ético y la


dimensión demográfica de los problemas. Editorial Proteus. Canoves, 2012.