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TEMAS POLITICOS

1. POR UNA DEMOCRACIA DE CIUDADANOS


No es lo mismo polarización que conflicto. Evitar la polarización, y encausar el conflicto
político y social es una prioridad y una responsabilidad de todos los actores. Al parecer esta
distinción está en la cabeza de quienes asumirán el gobierno.
Gobernar desde la polarización es una alternativa a la mano que puede acarrear
consecuencias desastrosas. El cambio del sentido de la política y del muy necesario
gobierno para beneficio de la mayoría no requiere, en estricto sentido, de que se auspicie
la polarización desde el poder. En el discurso político ahora dominante, las élites (sin
distinciones, pues a todos califican de “fifís”) se han significado como una externalidad
negativa, atizando la polarización.
Pero si asumimos la perspectiva fértil del conflicto canalizado en la política, las élites pueden
resignificarse bajo nuevas condiciones: su cambio genuino y tangible a favor del país, en el
caso de los que le han fallado y reconociendo a las que han luchado por el cambio en
muchos sentidos, desde intelectuales hasta organizaciones especializadas. Parece que
algo así trató de hacer el presidente electo al crear el “consejo asesor empresarial”, pero le
salió mal al “rescatar” a representantes de la élite empresarial parasitaria y rentista prohijada
desde el Estado.
Si ha de tener éxito, la 4T necesita recurrir a mecanismos de inducción de transformaciones
relevantes para el mejoramiento de la vida pública, para que los valores republicanos
encarnen en realidades tangibles, en actores ejemplares para la sociedad, en especial, en
y para los más desfavorecidos. Si se encaminan a ese fin, tales mecanismos tienen que ser
democráticos. Una de esas transformaciones es la profundización de la presencia de los
ciudadanos en las instituciones políticas.
Desde que se inauguró la democracia en 1996, hemos insistido en ampliar y profundizar el
paradigma sobre el que se edificó, pues ha arrojado resultados mixtos; por una parte reglas
electorales ciertas y competitivas y, por otra, una partidocracia voraz y alérgica a la acción
autónoma de la ciudadanía.
Todas las investigaciones y encuestas, incluida la más completa de que se dispone, Informe
país sobre la calidad de la ciudadanía en México (INE/Colmex, 2014), coinciden en señalar
su mala calidad. Una conclusión es reveladora: el estudio encuentra una inclinación a “la
irrelevancia de la interacción sociedad-Estado en espacios de innovación democrática”.
En el lenguaje del día se alude a la democracia con tres adjetivos: representativa,
participativa y directa. Muchos morenistas las presentan como opuestas entre sí y en
abierto desprecio a la primera. Esto puede ser un error fatal. La democracia representativa
es esencial si de gobernar democráticamente se trata. Pero las formas de participación e
incidencia directa en decisiones no son rechazadas por la naturaleza de la primera. La
calidad de la representación y de la participación es responsabilidad de los ciudadanos y
de la calidad de su cultura política.
La ampliación de la democracia en el espacio autónomo de la política y el Estado debe
procurarse a partir de la inclusión de los ciudadanos en formas de asociación que se ocupen
de los problemas públicos, empezando por los que le aquejan. La innovación en la
participación ciudadana ha avanzado en otras latitudes. En Columbia Británica (Canadá) el
sistema electoral fue reformado para hacerlo más representativo mediante una asamblea
de ciudadanos (seleccionada al azar) que trabajó 9 meses para reformularlo. En Suiza se
ha introducido el referéndum para tomar decisiones sobre varias materias de importancia
para el público, al igual que en California.
Nada haría más bien para ventilar la democracia mexicana y para depurar el régimen
político obsoleto que la ahoga, que establecer acuerdos constitucionales para instituir
nuevas formas de organización de ciudadanos para la decisión pública. La condición es
abrir el espacio normativo para que sea la gente la que se organice y tome las decisiones;
renunciar a la tara que deja todo esto y más en manos de un partido y un líder
supuestamente portadores de la “voluntad del pueblo”. Así ocurrió en el priato. No hay que
repetir esa experiencia.
2. UTILIZAR LA DEMOCRACIA Y DESPUES TIRARLA
El Foro de Sao Paulo surgió en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Brasil.
Documentos elaborados y signados en ese espacio parecen partir del esquema marxista
seguido por la Revolución Cubana y varios movimientos guerrilleros de América Latina, con
una diferencia sustancial en la forma de acceder al poder; ya no por la revolución armada,
dadas las dificultades que eso entraña en la mayoría de los casos, sino por la vía de las
urnas, a partir de la democratización del subcontinente en los años ochentas.
En un documento del Foro, signado en Nicaragua en 2017, y titulado “Entre la globalización
neoliberal y el proteccionismo imperial”, se lee que la democracia es un canal para que los
partidos de izquierda puedan acceder al poder. Por lo cual “Un asunto fundamental a tener
en cuenta es que cuando en un sistema pluripartidista las fuerzas políticas con opción de
poder representan intereses de clase antagónicos entre sí, las instituciones se convierten
en trincheras de lucha y por tanto, el uso de esos espacios pasa a ser una prioridad
estratégica de la lucha mientras el viejo modelo político no haya sido sustituido por el
nuevo”.
Conviene por tanto utilizar a ese régimen, e incluso preservarlo, pero sólo “mientras no haya
sido sustituido por el nuevo modelo político”. ¿Y en qué consiste ese modelo que sustituiría
a la democracia oligárquica o burguesa? En un régimen altamente centralizado, como
condición para realizar las profundas transformaciones socio-económicas que se plantea:
“El poder popular se expresa como el control del poder político del Estado (…) encaminado
a superar la democracia liberal burguesa, punto de partida de nuestras transformaciones”.
Si no se tienen dichas mayorías y control político, deben buscarse y ampliarse: se utilizarán
primero los canales democráticos (elecciones, partidos, competencia pluripartidista), y
después se irá concentrando el poder gradualmente. Y es que, “Cuando hay procesos de
cambio de orientación socialista y un sistema político que es pluripartidista, la posibilidad
del desarrollo de fuerzas contrarrevolucionarias es obvio, aparecen desde el mismo
momento en el que arriban al poder las fuerzas revolucionarias. El debate sobre revolución
y contrarrevolución, sobre la hegemonía, es un punto central de este problema planteado”
Revolución versus contrarrevolución; los disidentes y opositores de ese gobierno
revolucionario o transformador en automático se convierten en contrarrevolucionarios, por
lo cual pierden toda legitimidad, y su supresión política se impone y justifica. En México
(dado Morena es miembro de ese Foro) la misma idea empieza a expresarse: los
adversarios pertenecen al antiguo régimen que ha sido derrotado, y se contraponen a la
Cuarta Transformación que se realizará en beneficio del pueblo.
Cuestionar a la Cuarta Transformación, o desacatar al gobierno que la encarna, equivale a
ser reminiscencia del antiguo régimen, responsable de todos los males del país. Las
instituciones autónomas, al no estar subordinadas por definición al gobierno revolucionario
o transformador, son parte de la contrarrevolución o del antiguo régimen, por lo que procede
eliminarlas o someterlas: “Una fuerza, política y socialmente organizada, se define por una
posición política empeñada en acceder a la influencia y el control de las instituciones
públicas del Estado: gobierno, parlamento, alcaldías, poder judicial y electoral, fuerzas
armadas; así como por la construcción de una opinión pública que dispute la orientación
moral e intelectual de la sociedad… La izquierda debe proponerse tomar todos los espacios
posibles de radio, prensa y televisión, aunque sea a nivel de programas pagados para
erosionar a los partidos de derecha y propagandizar nuestro proyecto”.
En otras palabras, reducir los contrapesos políticos y espacios de autonomía para así crear
una nueva hegemonía que facilite llevar a cabo su proyecto social. Así el Foro de Sao Paulo.
3. FANATISMO, POPULISMO
La famosa frase de Carlos Marx y Federico Engels con la que inicia el Manifiesto del Partido
Comunista, “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, ha envejecido y ha
muerto. En su lugar, los fanatismos religiosos, peligrosos y sin fronteras, han, junto con los
populismos, muchas veces dotados de matices divinos, desplazado al “fantasma del
comunismo”. Lastimar, encarcelar, humillar o matar a herejes o a quienes no comulguen
con ideas políticas forman parte de su ideario.
El fanatismo es una enfermedad incurable, imparable y contagiosa cuando los nuevos
acólitos carecen de elementos para discutir. El populismo es una enfermedad cuyos
seguidores no cuestionan, no renuncian ni denuncian, y que florece cuando las promesas
políticas ofrecen cambios necesarios. Mientras los fanáticos apoyan sus peroratas en la
descomposición moral del mundo y con ello culpan a las personas por abandonar el camino
trazado por Dios, los segundos se reproducen por los errores políticos de quienes mucho
robaron y mal llevaron las riendas del país, tanto en naciones ricas como pobres.
Quienes explotan a la población desde la religión, infundiendo miedos y culpas, conocen
bien su negocio: escuchar y ejercer los mandatos divinos abre las puertas de la eternidad;
alejarse de los mantras celestiales, deviene infierno. Quienes lo hacen desde la política,
asegurando que las únicas soluciones son ellos, aprovechan los rencores de sus blancos,
i.e., de sus posibles seguidores.
En ambos universos sobran mesías, y si éstos se sienten iluminados el resultado es atroz.
Los políticos populistas y religiosos son peligrosos. Uno peor que el otro, ambos
nauseabundos. Uno y otro explotan un arma inmensa, el miedo. Infundir temores para
granjear adeptos es una vieja pócima, tan vieja como el inicio de la humanidad. Cuando se
carece de instrumentos intelectuales para contrarrestar el miedo la batalla está perdida.
Los religiosos prometen un bello “más allá”; los populistas, de derechas o de izquierdas,
prometen un bello “más acá”. Ambos mienten, ambos contagian sus mentiras por medio del
miedo. Las diversas deidades distribuidas por doquier son utilizadas por algunos políticos
para sumar adeptos y por religiosos para mantener sus cotas de poder. La simbiosis, cada
vez más frecuente, entre políticos y religiosos, apoyándose en preceptos divinos y en
ofertas sociales y económicas, con frecuencia imposibles de cumplir, es parte de la nueva
realidad política. Cada vez más presidentes, en Europa y en América, en naciones ricas y
pobres, invocan en sus discursos a Dios: recargarse en él ayuda, convence, genera
seguidores. Sus ideas guían, su imagen protege, su bondad construye.
Ante el fracaso de la política tradicional el número de gobernantes que mezclan política y
religión va en aumento. Esas conductas son dañinas y peligrosas. Invocar a alguna deidad
reditúa y excluye: no hay lugar para ateos, ni personas dedicadas a otros cultos. Ofrecer
soluciones económicas rápidas por medio de nuevos instrumentos políticos, sepultando,
con razón, a políticos ladrones, genera esperanzas y siembra rencor.
El problema, cuando lo ofertado no se materializa, es doble. Primero: si no se cumplen las
expectativas, surge el desasosiego, el encono y la falta de credibilidad. Segundo: confrontar
a “ricos” contra “pobres” es ave de mal agüero.
Sería mejor que tanto políticos-religiosos, como religiosos-políticos (con frecuencia sonlos
mismos) se apoyasen en principios éticos universales y no en dicta ultras, los cuales
siempre excluyen, ya sea a ateos o a quienes practican otras religiones o comulgan con
ideas políticas distintas. La ética laica, como precepto y guía, debería, avanzado el siglo
XXI, ser abrevadero de políticos y “un poco” de religiosos.
Los ministros de Dios deben entender los tiempos diferentes y con ellos los seres humanos.
Imposible continuar con los esquemas fundacionales de las religiones. Todo ha cambiado,
el ser humano también. Sus discursos deben adecuarse a los tiempos, a la
homosexualidad, a la pobreza, a la ciencia, al aborto por incontables razones: no más
Galileos ni Giordanos Bruno.
La ética no excluye, las religiones sí. La ética no es maniquea, las religiones y los
populismos sí lo son. La ética invita: dudar y cuestionar es pócima deseable. Las religiones
y los políticos que suman fanatismos religiosos e idearios populistas no permiten el disenso.
En un mundo cada vez más polarizado por motivos económicos, por el ascenso de
fanatismos y populismos, los políticos-religiosos deberían replantear sus derroteros.
Demasiados fracasos nos rodean. Demasiadas lacras atentan contra la humanidad y contra
la Tierra.
4. LA TRAMPA LIBERAL Y SU ESPEJO POPULISTA
La más rotunda división ideológica de nuestro tiempo se dirime entre el liberalismo que todo
lo restringe y el populismo que todo lo ofrece. El liberalismo imperante, que no es el único
posible, promete la felicidad de acuerdo con el concepto de cada quien. Pareciera no haber
nada en medio de nosotros que sea a la vez diferente, atendible y plausible.
Esta polaridad condena a los ciudadanos a mantenerse en el ámbito privado, del que
difícilmente se pueden apartar para intervenir en los asuntos comunes, y deja el espacio
público a merced de los grandes intereses políticos y económicos. Esta corriente dominante
se ha transformado en dogma y se esconde detrás de argumentos “científicos” ya
contradichos por la evidencia. En un esclarecedor ensayo, Joseph Stiglitz lo explica con
claridad meridiana (http://bit.ly/2ck5LDy). En apretada síntesis, su conclusión es que no hay
evidencia para argumentar que una política económica que favorezca a los ricos dé por
resultado un incremento del crecimiento.
Por el contrario, menor pobreza y desigualdad en el banquete material resulta de
instituciones fiscales y regulatorias, como ha quedado claro en los países del norte de
Europa. El llamado “neoliberalismo” se asienta, pues, en una creencia basada en mentiras
e impulsa la desigualdad y la polarización.
El populismo suele tener su fuente en dos causas: el malestar por la pobreza y la
desigualdad, y el deterioro de las instituciones democráticas originado en la depredación
económica y política.
En política, el populismo propiamente dicho (no todo lo que se dice populista lo es), expulsa
al ciudadano de la vida pública a menos que se transforme en “pueblo” dócil, esa masa
indistinta de seguidores del líder.
El populismo propone devolver el poder y dar bienestar al “pueblo” a través de un líder
fuerte y ocluye el espacio para la diversidad ciudadana, como si la pluralidad cívica
auténtica atentase contra los intereses de la “verdadera” sociedad. La opinión libre e
independiente, el derecho a expresar la opinión política propia, sobre todo si es disidente,
se va estrechando; los adversarios son transformados en enemigos indiferenciados unos
de los otros (“la mafia en el poder”).
Las instituciones y sus procedimientos mediadores son hechos a un lado para simplificar el
contacto entre los líderes y el pueblo, la rendición de cuentas se vuelve un estorbo pues lo
“importante” no es cómo el líder usa los recursos, sino que el pueblo se beneficie. Claro, a
cambio de su libertad política.
Es falso que estas sean las únicas opciones. La disyuntiva es artificial y cada vez tiene
menos sentido porque degrada las relaciones sociales y políticas, e impide la consolidación
del orden democrático. Lo más irónico del caso es que, no sin frecuencia, un extremo lleva
al otro. A cada cual se le facilita el camino al poder a causa de los estragos provocados por
el contrario. Ambos llenan el vacío que deja el otro cuando las circunstancias lo hacen
posible.
Con esta antinomia en el ámbito político, los polos se proponen como las únicas
alternativas. Y no podría ser de otra manera, dado que, salvo en pocas excepciones, el
verdadero problema no se expone: la ausencia de ciudadanos activos y conscientes, fuertes
e identificados con la democracia en la vida colectiva.
La supresión neoliberal de la libertad de realización política y la subyugación populista de
la acción ciudadana reflejan dos formas de dominación igualmente estériles en contextos
democráticos. A largo plazo no dejarán piedra sobre piedra. Un ejemplo en el que esta
polaridad es retrotraída al control ciudadano del poder es el de Uruguay.
Y la razón es que este país dispone de la cultura democrática más avanzada, del estándar
educativo más elevado, de la menor desigualdad social y de la más fuerte institucionalidad
para controlar el poder que hay en el continente americano, sólo comparable con Canadá,
Chile y Costa Rica. ¿Habrá modo de producir esta centralidad de la democracia en México?
5. POPULISMO, FIN DE LA IZQUIERDA
El conglomerado de grupos, organizaciones, movimientos y partidos que personifica el
populismo “de izquierda”, usurpa esta denominación histórica de ancestros de los que es
bastarda. Cuando lo hace, legitima otras modalidades de supresión de la democracia. El
populismo no tiene nada que ofrecer, más que destrucción, cuando ocupa el gobierno. En
el dominio de los sistemas autoritarios y dictatoriales, las izquierdas de avanzada se unieron
a las luchas por la instauración de sistemas democráticos de gobierno. En ese esfuerzo
concurrieron con liberales, demócrata-cristianos, social-cristianos, defensores de los
derechos humanos y nacionalistas democráticos.
Esas coaliciones que llevaron a la institucionalización de las democracias representativas
contemporáneas consiguieron la simpatía abrumadora de la opinión pública y de todos
aquellos que veían coartadas sus libertades y derechos por el autoritarismo o la dictadura.
No obstante, una cosa fue luchar por la democracia y otra asumir la responsabilidad de
gobernar. Al hacerse efectivas las democracias competitivas, las coaliciones que las
originaron se fragmentaron para competir entre sus componentes por gobernar con
diferentes programas, síntesis de preferencias y prioridades de distintos grupos sociales.
Así, se reprodujo la diferenciación derecha-centro-izquierda y en cada una de ellas, los
distintos grupos e intereses definieron contornos muy distintos. Aunque en cada experiencia
nacional se expresaron de modo diferente, lo cierto es que, en casi todos los casos, la lucha
por el poder político incluyó jerarquías de valores irreconciliables con respecto de lo que
debería buscarse como finalidades primordiales para el “bien” de la sociedad. A pesar de
las estrategias para hacer parecer que hay concordancias básicas entre todos los
jugadores, cada “partido” persiguió (y persigue) resultados de suma cero respecto de otros
grupos sociales.
En el caso estadounidense de hoy aparece con toda claridad: el populismo trumpista que
se ha tragado a buena parte del Partido Republicano y la ultraderecha nacionalista blanca,
pretende someter a sus oponentes a la supremacía de sus principios y valores. No hay
cabida para ningún otro punto de vista.
Se trata de borrar la esencia misma de la política democrática, la imposibilidad de la
eliminación del otro, con la homogeneidad totalitaria. Si el ejemplo mayúsculo es el
populismo de derecha en Estados Unidos, sus hermanos gemelos en la izquierda pecan de
lo mismo: la eliminación del contrario como política de Estado.
El caso Chávez-Maduro y el de Ortega-Murillo en Nicaragua son los buques insignia de la
misma aberración, y el fracaso del petismo en Brasil para gobernar y, al mismo tiempo,
robustecer la democracia “formal”, engendró al Bolsonaro que hoy nos anuncia la revancha.
En Estados Unidos la democracia es un sistema viejo. No lo es ni en la Europa ex comunista
ni en la América Latina, donde los nuevos populismos han encontrado mayor acogida.
En el primero, la convicción democrática (y demócrata) es hasta ahora mayoritaria, si nos
atenemos a los votos y, a pesar de la obsolescencia de muchas instituciones políticas, es
más probable que la democracia constitucional sobreviva ahí que en las segundas, donde
las tradiciones democráticas son tan cortas como la mecha autoritaria. La izquierda no
entendió, ni entiende, que la desigualdad y la injusticia se combaten desde la democracia
representativa, no en su contra.
Ese es el futuro, si lo hay. No ha comprendido que al destruirla o menospreciarla cava su
propia tumba. En lugar de convencer de que hay que hacer política democrática, dialogar y
debatir, proponer e innovar, ha preferido tirar al niño junto al agua sucia de la bañera. Hoy
por hoy, no hay ninguna oferta creíble de izquierda al margen o contra la democracia liberal.
Cuando se entrega al populismo se anula e inmola a sus seguidores en el espejismo del
prejuicio y la ignorancia.
6. CORRUPCION E IMPUNIDAD. PUNTO FINAL
Seguro que todos los mexicanos coincidimos con López Obrador cuando señala, desde
hace años, que los principales problemas de México son la corrupción y la impunidad.
Ambos vicios van de la mano; a mayor impunidad, mayor estímulo para la corrupción. Por
eso los países que han abatido la corrupción lo han hecho a través de varias medidas, una
de las cuales es central: aplicar sanciones legales con criterios universalistas y no políticos
o partidistas.
Si se desea terminar con la impunidad, los corruptos no deben quedar impunes. Por eso
suena a una contradicción que se ofrezca el fin de la impunidad y al mismo tiempo se
ofrezca a los gobernantes del pasado reciente un borrón y cuenta nueva. Así no se logrará
terminar con la impunidad, y por ende, la corrupción seguirá. Muchos países de América
Latina han llamado cuentas a algún ex presidente. En México no tenemos ese precedente,
y no porque no hubiera motivos.
Pero este ofrecimiento de “punto final” no es enteramente nuevo; así como el tema de crear
una Guardia Nacional estaba ya contemplado en el libro 2018: la salida (2016), también lo
estaba el ofrecimiento al gobierno saliente de impunidad a cambio de no obstruir su eventual
triunfo: “A los integrantes del grupo en el poder que a pesar del gran daño que le han
causado a la nación no les guardamos ningún rencor y les aseguramos que tras su posible
derrota en 2018 no habrá represalias, persecución o destierro para nadie”.
Desde luego, no es venganza lo que la ciudadanía exige, sino justicia, y eso exige llamar a
cuentas a ex gobernantes a quienes se les probara corrupción u otras formas de abuso del
poder. Pero dicha oferta la mantuvo AMLO y la reiteró varias veces durante la campaña
electoral. Y por ello se habló entonces de un posible “pacto de impunidad” entre Peña Nieto
y AMLO, como los que se habían gestado entre otros presidentes entrantes y salientes.
La reiteración de López Obrador de esa oferta ahora, parece confirmar aquella tesis. Por
cierto, las razones que esgrime AMLO para ese punto final son muy semejantes a las que
Fox invocó para incumplir su oferta de llamar a cuentas a los “peces gordos” de la
corrupción: habría inestabilidad, se daría paso a una “cacería de brujas”; no habría espacio
suficiente para todos los corruptos.
Ahora AMLO aplica la misma receta; y ya sabemos que las mismas recetas generan iguales
resultados. Pese a lo cual, López Obrador ofrece que pronto estaremos en los primeros
lugares de combate a la corrupción, a la altura de los países escandinavos. Afirmó durante
su toma de posesión, que en el año 2000 México estaba en el lugar 50 de Transparencia
Internacional, y que ahora nos hallamos en el lugar 135. Bueno, eso querría decir que en
los sexenios de Salinas de Gortari y Zedillo la corrupción no habría estado tan mal, y fue a
partir de Fox que se disparó. Pero esa forma de presentar los datos es engañosa, pues
depende del número de países medidos en cada caso.
Hay otro índice más confiable, en que los países cercanos a 10 son los menos corruptos, y
los cercanos a 0, son muy corruptos. Con ese indicador nos percatamos de que la
corrupción en México no se ha movido demasiado en años. Hoy México tiene un indicador
de 2.9. En 2000, era de 3.3. Sí hay descenso, pero no tan marcado. Ha dicho también
AMLO que la corrupción es característica del odiado neoliberalismo, y que en la etapa del
desarrollo estabilizador era anecdótica.
Pero la corrupción puede estar presente en cualquier modelo; tiene más que ver con el tipo
y fuerza de las instituciones políticas. No podemos saber con precisión si antes del
neoliberalismo había una mucho menor corrupción pues Transparencia Internacional
arrancó en 1995. Lo que sí podemos saber es que la corrupción no es inherente a ningún
modelo económico; depende de múltiples variables. Presentarla como esencia de un
modelo, el que sea, es no entender ni de economía ni de corrupción.
7. EL MUNDO DE HOY
En 1963 se publicó en español la primera edición de Los condenados de la tierra, de Frantz
Fanon. El libro, espléndido, duro, veraz, retrata los avatares del entonces llamado “tercer
mundo” frente al dominio de Europa. Fanon, revolucionario, psiquiatra, originario de
Martinica, Francia, apoyó la lucha por la independencia argelina, una de las colonias
francesas.
El prólogo, escrito en 1961 por Jean-Paul Sartre, retrata lo que sucedía en ésa y en esta
época — lo he citado en más de una ocasión—. Han transcurrido casi sesenta años desde
entonces. Salvo el enorme incremento de la población mundial y las desigualdades, poco
ha cambiado.
Entre más habitantes, más irresolubles las diferencias. Entre más poder acumulado, mayor
miseria. Escribe Sartre: “No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil
millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones
de indígenas.
Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado”. En 2018, la población
mundial suma 7,500 millones. Entre las advertencias de Sartre y Fanon, la población ha
aumentado 5,500 millones. La ausencia de Voz —Verbo para Sartre— sigue siendo una
constante insana pero más ominosa: no es lo mismo mantener callados, en el redil, a dos
millones de personas que a 7,500.
En 2018 no se habla —casi— de colonización. Los motes han cambiado. Los agravios han
aumentado. Los calificativos despectivos hacia los africanos de la Europa colonizadora han
encontrado nuevos adjetivos: refugiados, apátridas, desplazados, indocumentados, sin
techo. Lo que no se ha modificado es la ausencia de esperanza.
La humillación, la falta de paz, el desasosiego, la nula confianza en políticos corruptos y
ladrones ha generado, en la actualidad, asfixias diferentes a las vividas en los países
colonizados por la civilización europea. Los Verbos sartreanos aplicados a Argelia y a las
otras argelias, explotación, sumisión, esclavismo, han encontrado en el léxico moderno
palabras ad hoc: los miembros de la caravana centroamericana estacionada en Tijuana lo
saben, lo viven, al igual que los africanos y asiáticos que dejan sus vidas en el mar antes
de morir en casa.
Terribles y cruentas paradojas: morir en el mar en vez de fenecer en casa, morir en la
frontera entre México y Estados Unidos en lugar de ser víctima de las Mara Salvatruchas,
de las políticas de los gobiernos centroamericanos y mexicano y del poderoso imperio de
los narcotraficantes y sus políticos asociados.
La humillación y la falta de esperanza tienen límites. Cuando se sobrepasan, inimaginables
para quienes no los padecemos, lo que sigue es apostar, apostar todo. Africanos y asiáticos
lo hacen en barcazas vetustas.
Centroamericanos y mexicanos lo hacen a pie. Aunque mueren más en el mar, la
hermandad, sotto voce, entre unos y otros es evidente: arriesgar todo y dejar todo en busca
de seguridad. Arriesgar la vida y dejar el terruño. Entregarse a la esperanza contada por
familiares que lograron saltar muros o sobrevivir al mar en vez de pervivir sin salida.
Huir de ejércitos de la misma tierra africana en el caso de los migrantes hacia Europa o de
las pandillas y la miseria de nuestra tierra latinoamericana. No hay peor crudeza y dolor,
salvo la de los familiares desaparecidos, que cerrar la casa y decir adiós sin saber si hay
regreso ni certeza en el “destino esperanzador”. Apostarle a la vida en vez de a la muerte
o a algunas de sus formas —violación, prostitución, esclavismo— es la consigna. Frente a
mí —escribo el 15 de diciembre— los rotativos, como ahora suele ser, riegan dolor: “La
muerte de una niña en EU aviva la polémica migratoria”. Explican los periódicos: “La menor,
de siete años, sufrió un infarto cuando estaba detenida por la policía fronteriza”. Leo: la niña
guatemalteca, según los guardias estadounidenses, no había comido ni bebido agua
durante varios días.
La menor murió a pesar de haber sido trasladada en helicóptero a un centro médico. Y
luego… (¡qué horror!), “La policía de fronteras ha abierto una investigación”. ¿Qué
investigarán?: ¿a las autoridades guatemaltecas?, ¿a las autoridades mexicanas?, ¿al
pobre padre por no alimentarla?, ¿a Trump y secuaces?: ¿qué investigarán? Sartre y Fanon
investigaron hace casi seis décadas. Diagnosticaron: usar el Verbo permite insertarse el
mundo.
No contar con Voz y buscar cómo sobrevivir, característica de nuestros tiempos, aniquila.
La pequeña murió en la valla. La pequeña retrata —reescribo el título de uno de los libros
de Zweig— el mundo de hoy
8. CONTAMINACION Y CALENTAMIENTO
¿Cómo pasamos la Navidad, Año Nuevo, los primeros días del año 2019? Con alta
contaminación en las principales ciudades. Y fuera de aquellas que mandan su aire impuro
y dañino lejos, muy lejos, de tal manera que llena los valles y brinca los cerros hasta cientos
de kilómetros del punto de emisión.
Cada año, en esos días, asistimos al mismo fenómeno, algo que debería despertarnos si
es que nos importa la salud y la esperanza de una buena vida para nosotros y nuestros
hijos. ¡Nivel III de contingencia! Y no pasa nada. Se nos olvida tan pronto como el viento
corre la cortina mortífera. ¿Desde cuándo los expertos nos repiten que las ciudades deben
ser compactas, promover viviendas eficientes para ahorrar agua y energía, un buen
transporte público que disminuya el uso del coche? Alfred Sauvy nos lo decía en Francia
en… 1960.
Nadie escucha a Casandra, la princesa troyana que había recibido el don de profetizar con
certeza,don inútil, puesto que los dioses habían decretado que nadie le haría caso. Voz que
clama en el desierto. Pasa lo mismo con el calentamiento. La contaminación envuelve al
planeta y contribuye poderosamente al calentamiento. Para diciembre del año que acaba
de terminar, nuestro planeta sumaba 407 meses de altas temperaturas, 33 años con
registros térmicos superiores a la media de todo el siglo XX. Y cada año, sube la
temperatura promedio en mar y tierra.
En el sur de nuestra América, Australia, Europa Central y Siberia, es donde las
temperaturas fueron notablemente más altas, pero ninguna región quedó inmune. Abril de
2018 fue, a escala planetaria, el más cálido mes de abril desde 1880, primer año con datos
fiables. En un punto de Pakistán se registró una temperatura de 50.2 grados, algo jamás
vivido en abril. Lógicamente, frente a tan masiva evidencia, no deberíamos perder un solo
día para frenar primero, luego reducir las emisiones de gases de todo tipo que contribuyen
al fenómeno. Cuando el gran reto es reducir el consumo de energía, hacemos todo lo
contrario.
El Acuerdo de París, firmado en diciembre de 2015, quedó letra muerta y registrará, para
los historiadores del futuro—si futuro ha— como una hermosa lista de planes para reducir
las emisiones de gases con efecto invernadero. Pues, resulta que los combustibles fósiles
(nuestro querido petróleo mexicano, por ejemplo) aumentaron las emisiones: 1.6% en 2017
y 2.8% en 2018: récord histórico. ¿Qué pasó?
Donald Trump le dio una patada al Acuerdo, porque niega la existencia del calentamiento,
como la mayoría de sus electores, y ha cancelado todas y cada una de las tímidas medidas
tomadas por el presidente Obama: luz verde a las petroleras y a los industriales del carbón.
La línea seguida por México no es muy diferente, siento decirlo. En cuanto a China, si bien
reconoce la gravedad del fenómeno —la contaminación es una catástrofe, al grado de que
despierta la opinión pública— y proclama su fidelidad al Acuerdo de París, en la práctica
sigue aumentando sus emisiones.
Los grandes países de Asia, África, América Latina hacen lo mismo: ¿qué se puede esperar
del gobierno de un Jair Bolsonaro en Brasil, o de los grupos agroindustriales que, en todo
el mundo tropical, devastan la naturaleza para sus especulaciones en forma de soja o aceite
de palma? Parece que la Unión Europea queda sola en su tímido intento de aplicar el
Acuerdo.
¿Hasta cuándo? Los mentados “chalecos amarillos” franceses y los gobiernos
reaccionarios de Europa central e Italia empujan en la dirección contraria. Queremos
prosperidad, creciente prosperidad, sea por motivos egoístas, sea en la esperanza de
reducir la desigualdad social, en ambos casos eso implica crecimiento económico y, por lo
tanto, un aumento de consumo de energía: más contaminación y más calentamiento. Sin
contar con el crecimiento demográfico que, a escala mundial, no va a parar sino después
de 2050- 2070. Parece que subimos a un tren de alta velocidad que va derecho contra un
muro.