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Instituto Superior de Formación Docente y Técnica N°8


Carrera: Bibliotecario de Instituciones Educativas
Asignatura: Literatura
Apellido y nombre de la profesora: Jorge, Silvia
Grupo: 2° 1B
Ciclo lectivo: 2017

Apellido y nombre de la alumna: Caballero, Lucía

Lugar de residencia: Chivilcoy, prov. De Buenos Aires

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Antología literaria

UNA INVITACIÓN
A LEER

3
Índice
Prólogo………………………………………………………………….6

Cuentos de amor
La ratita presumida………………………………………………………..…. 8
Las dos culebras……………………………………………………………..….. 11
El águila y el milano…………………………………………………………. 13
El tigre que balaba……………………………………………………….…… 15

Cuentos de amistad
El águila y la tortuga……………………………...…………..… 19
¿Por qué los perros se huelen la cola?...................................... 23
Androcles y el león…………………………………………….. 25
El ratón de campo y el ratón de ciudad…………………….…... 29

Cuentos sobre el respeto


33
El tigre negro y el venado blanco…………………………………….....….…...….
Las cabras testarudas…………………………………………….……….….…..38
Las ranas contra el sol……………………………………………………...……41
La mona………………………………………………………………………….44

4
Cuentos sobre solidaridad
La leyenda del múcaro…………………………………………..…………….………………….……………. 48
¿Por qué los gallos cantan de día?................................................................................... 52
Las tres cabras…………..………………………………..……………………………………………….……….. 55
El mono y el tiburón……………………………………………………………………………….….…………. 59

5
Prólogo

Para los más pequeños, aprender valores a través de


cuentos es la forma más sencilla y divertida, ya que estarán
asimilándolos mientras se dejan llevar por fascinantes
historias. Por ello, en esta antología se propone una serie de
cuentos con valores para que los más pequeños interioricen
sus enseñanzas y las lleven a su día a día

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Cuentos
de amor

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La ratita presumida

Cuento clásico de La ratita presumida

Adaptación del cuento de Fernán Caballero

Érase una vez una linda ratita llamada Florinda que vivía en la ciudad.
Como era muy hacendosa y trabajadora, su casa siempre estaba limpia y
ordenada. Cada mañana la decoraba con flores frescas que desprendían un
delicioso perfume y siempre reservaba una margarita para su pelo, pues
era una ratita muy coqueta.

Un día estaba barriendo la entrada y se encontró una reluciente moneda


de oro.

– ¡Oh, qué suerte la mía! – exclamó la ratita.

Como era muy presumida y le gustaba ir siempre a la moda, se puso a


pensar en qué bonito complemento podría invertir ese dinero.

– Uhmmm… ¡Ya sé qué haré! Iré a la tienda de la esquina y compraré un


precioso lazo para mi larga colita.

Metió la moneda de oro en su bolso de tela, se puso los zapatos de tacón y


se fue derechita a la mercería. Eligió una cinta roja de seda que realzaba su
bonita figura y su estilizada cola.

– ¡Estoy guapísima! – dijo mirándose al espejo – Me sienta realmente bien.

Regresó a su casita y se sentó en el jardín que daba a la calle principal para


que todo el mundo la mirara. Al cabo de un rato, pasó por allí un pato muy
altanero.

– Hola, Florinda. Hoy estás más guapa que nunca ¿Quieres casarte
conmigo?

– ¿Y por las noches qué harás?

– ¡Cuá, cuá, cuá! ¡Cuá, cuá, cuá!

8
– ¡Uy no, qué horror! – se espantó la ratita – Con esos graznidos yo no
podría dormir.

Poco después, se acercó un sonrosado cerdo con cara de bonachón.

– ¡Pero bueno, Florinda! ¿Qué te has hecho hoy que estás tan guapa? Me
encantaría que fueras mi esposa… ¿Quieres casarte conmigo?

– ¿Y por las noches qué harás?

– ¡Oink, oink, oink! ¡Oink, oink, oink!

– ¡Ay, lo siento mucho! ¡Con esos ruidos tan fuertes yo no podría dormir!

Todavía no había perdido de vista al cerdo cuando se acercó un pequeño


ratón de campo que siempre había estado enamorado de ella.

– ¡Buenos días, ratita guapa! – le dijo – Todos los días estás bella pero
hoy… ¡Hoy estás impresionante! Me preguntaba si querrías casarte
conmigo.

La ratita ni siquiera le miró. Siempre había aspirado a tener un marido


grande y fuerte y desde luego un minúsculo ratón no entraba dentro de
sus planes.

– ¡Déjame en paz, anda, que estoy muy ocupada hoy! Además, yo me


merezco a alguien más distinguido que tú.

El ratoncito, cabizbajo y con lágrimas en sus pupilas, se alejó por donde


había venido.

Calentaba mucho el sol cuando por delante de su jardín, pasó un precioso


gato blanco. Sabiendo que era irresistible para las damas, el gato se acercó
contoneándose y abriendo bien sus enormes ojos azules.

– Hola, Florinda – dijo con una voz tan melosa que parecía un actor de cine
– Hoy estás más deslumbrante que nunca y eres la envidia del pueblo.
Sería un placer si quisieras ser mi esposa. Te trataría como a una reina.

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La ratita se ruborizó. Era un gato de raza persa realmente guapo ¡Un
auténtico galán de los que ya no quedaban!

– Sí, bueno… – dijo haciéndose la interesante – Pero… ¿Y por las noches


qué harás?

– ¿Yo? – contestó el astuto gato – ¡Dormir y callar!

– ¡Pues contigo yo me he de casar! – gritó la ratita emocionada – ¡Anda,


pasa, no te quedes ahí! Te invito a tomar un té y un buen pedazo de pastel.

Los dos entraron en la casa. Mientras la confiada damisela preparaba la


merienda, el gato se abalanzó sobre ella y trató de comérsela. La ratita
gritó tan fuerte que el pequeño ratón de campo que aún andaba por allí
cerca, la oyó y regresó corriendo en su ayuda. Cogió una escoba de la
cocina y echó a golpes al traicionero minino.

Florinda se dio cuenta de que había cometido un grave error: se había


fijado en las apariencias y había confiado en quien no debía, despreciando
al ratoncillo que realmente la quería y había puesto su vida en peligro para
salvarla. Agradecida, le abrazó y decidió que él sería un marido
maravilloso. Pocos días después, organizaron una bonita boda y fueron
muy felices el resto de sus vidas.

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Las dos culebras

Fábula Las dos culebras

Adaptación de una antigua fábula de China

Había una vez dos culebras que vivían tranquilas y felices en las aguas
estancadas de un pantano. En este lugar tenían todo lo que necesitaban:
insectos y pequeños peces para comer, sitio de sobra para moverse y
humedad suficiente para mantener brillantes y en buenas condiciones sus
escamas.

Todo era perfecto, pero sucedió que llegó una estación más calurosa de lo
normal y el pantano comenzó a secarse. Las dos culebras intentaron
permanecer allí a pesar de que cada día la tierra se resquebrajaba y se iba
agotando el agua para beber. Les producía mucha tristeza comprobar que
su enorme y querido pantano de aguas calentitas se estaba convirtiendo
en una mísera charca, pero era el único hogar que conocían y no querían
abandonarlo.

Esperaron y esperaron las deseadas lluvias, pero éstas no llegaron. Con


mucho dolor de corazón, tuvieron que tomar la dura decisión de buscar
otro lugar para vivir.

Una de ellas, la culebra de manchas oscuras, le dijo a la culebra de


manchas claras:

– Aquí solo ya solo quedan piedras y barro. Creo, amiga mía, que debemos
irnos ya o moriremos deshidratadas.

– Tienes toda la razón, vayámonos ahora mismo. Tú ve delante, hacia el


norte, que yo te sigo.

Entonces, la culebra de manchas oscuras, que era muy inteligente y


cautelosa, le advirtió:

– ¡No, eso es peligroso!

Su compañera dio un respingo.


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– ¿Peligroso? ¿Por qué lo dices?

La sabia culebra se lo explicó de manera muy sencilla:

– Si vamos en fila india los humanos nos verán y nos cazarán sin compasión
¡Tenemos que demostrar que somos más listas que ellos!

– ¿Más listas que los humanos? ¡Eso es imposible!

– Bueno, eso ya lo veremos. Escúchame atentamente: tú te subirás sobre


mi lomo pero con el cuerpo al revés y así yo meteré mi cola en tu boca y tú
tu cola en la mía. En vez de dos serpientes pareceremos un ser extraño, y
como los seres humanos siempre tienen miedo a lo desconocido, no nos
harán nada.

– ¡Buena idea, intentémoslo!

La culebra de manchas claras se encaramó sobre la culebra de manchas


oscuras y cada una sujetó con la boca la cola de la otra. Unidas de esa
forma tan rara, comenzaron a reptar. Al moverse sus cuerpos se
bamboleaban cada uno para un lado formando una especie de ocho que se
desplazaba sobre la hierba.

Como habían sospechado, en el camino se cruzaron con varios campesinos


y cazadores, pero todos, al ver a un animal tan enigmático, tan misterioso,
echaron a correr muertos de miedo, pensando que se trataba de un
demonio o un ser de otro planeta.

El inteligente plan funcionó, y al cabo de varias horas, las culebras


consiguieron su objetivo: muy agarraditas, sin soltarse ni un solo
momento, llegaron a tierras lluviosas y fértiles donde había agua y comida
en abundancia. Contentísimas, continuaron tranquilas con su vida en este
nuevo y acogedor lugar.

Moraleja: Si alguna te surge un problema, lo mejor que puedes hacer es


analizar todas las ventajas e inconvenientes de la situación. Si piensas las
cosas con tranquilidad y sabiduría, seguro que encontrarás una buena
solución.

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El águila y el milano

Fábula infantil El águila y el milano

Adaptación de la fábula de Esopo

En la rama de un viejo árbol descansaba un águila de mirada triste y


corazón roto. Su pena era tan grande y profunda que no quería ni volar.
Varios días llevaba ahí la pobre infeliz, sin comer y sin hablar con nadie.

Un milano que la vio, se posó junto a ella y quiso saber qué le sucedía.

¿Qué te pasa, águila guapa, que no quieres saber nada del mundo?

El águila miró al milano zalamero de reojo.

– Me siento muy mal… Quiero formar una familia y no encuentro una


pareja que me quiera de verdad.

– ¿Por qué no me aceptas a mí? – preguntó de pronto el milano – Yo


estaría encantado de ser tu fiel compañero.

– ¿Tú?… ¿Y cómo me cuidarás?

– Bueno… ¡Mira qué alas tan hermosas tengo! Por no hablar de mis patas,
fuertes como ganchos de hierro. Con ellas puedo cazar todo lo que quiera.
Si me aceptas como pareja, nunca te faltará de nada. Mi última hazaña ha
sido cazar un avestruz.

– ¿Un avestruz?… ¡Pero si es un animal enorme! – dijo asombrada el


águila.

– Sí, lo sé – asintió el milano con el pecho inflado – Es grande y pesa


mucho, pero yo puedo con eso y más. Si te casas conmigo, cazaré una para
ti.

El águila estaba fascinada y se convenció de que ese valiente y forzudo


milano era sin duda la pareja ideal. Se casaron y esa misma noche, el
águila le pidió que cumpliera su promesa.

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– Te recuerdo que prometiste traerme un avestruz ¡Anda, ve a por ella!

El milano alzó el vuelo y se ausentó durante unas horas. A su regreso, traía


entre sus patas un ratón pequeño y apestoso. El águila dio un paso atrás
horrorizada.

– ¿Es esto lo que has conseguido para mí? ¡Dijiste que me regalarías un
avestruz y apareces con un inmundo ratón de campo!

El milano, con toda su desfachatez, contestó:

– De todas las aves del cielo, tú eres la reina. Para conseguir que te casaras
conmigo he tenido que mentir. No es cierto, no soy capaz de atrapar
avestruces, pero si no te hubiera contado esa historia, jamás habría
conseguido tu confianza ni te habrías fijado en mí.

El águila se quedó desconsolada. Comprendió que muchos están


dispuestos a lo que sea con tal de conseguir sus objetivos y, esta vez, la
engañada había sido ella.

Moraleja: ten cuidado con quienes te ofrecen cosas increíbles porque


pueden ser falsas promesas. Hay quien utiliza el engaño para impresionar a
los demás. Debemos tener los pies en la tierra y aprender a distinguir a la
gente sincera, que es la que realmente merece la pena.

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El tigre que balaba

Cuento popular El tigre que balaba

Adaptación del cuento popular de la India

Hace muchos años, una tigresa estaba a punto de dar a luz. Una tarde de
mucho calor sintió que le flaqueaban las piernas y notó que el momento
había llegado; se tumbó sobre la hierba, se puso lo más cómoda que pudo
y dejó que su pequeña cría naciera.

¡Era un bebé tigre precioso! Comenzó a lamerlo con mucho cariño para
asearlo cuando, súbitamente, oyó que se acercaban unos cazadores.
Sujetó fuertemente a su cachorrito con las mandíbulas y echó a correr,
pero el ruido de un disparo infernal la asustó y sin querer lo soltó en plena
escapada.

El pequeño tigre huyó despavorido en dirección contraria y se perdió.


Cuando se vio fuera de peligro, caminó y caminó sin saber muy bien qué
hacer ¡Acababa de nacer y no sabía nada de la vida!…

A lo lejos vio un rebaño de animales lanudos y tímidamente se acercó. Él


no lo sabía, pero eran ovejitas. Todas se sorprendieron al ver un pequeño
tigre por allí, pero viendo que era muy chiquitín y estaba completamente
indefenso, lo acogieron con amor y decidieron cuidarlo como si fuera uno
más del grupo.

Así fue cómo el pequeño tigre creció en un verde prado rodeado de ovejas
y corderos. Durante muchos meses se alimentó de hierba, pasó las horas
dormitando bajo el sol e incluso aprendió a balar ¡Como se había criado
entre ovejas él se sentía una oveja también! En pocos meses creció
muchísimo, pero siguió siendo manso y dócil como los miembros de su
improvisada familia.

Un día apareció por la zona un enorme tigre dispuesto a atacar el rebaño.


El peligroso animal avanzaba escondido entre los matorrales para no ser
descubierto y con los colmillos preparados comerse a una de las ovejitas.
Cuando estaba a punto de lanzarse por sorpresa sobre la víctima elegida,
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se topó con que, junto a ella, había un tigre con cara de bueno que balaba
sin parar.

Ver semejante imagen le congeló la sangre.

– ¿Un tigre que se comporta como una oveja? ¡Esto es imposible! ¡Debo
estar soñando!

Se frotó los ojos para despertar pero no, no estaba ni dormido ni


alucinando. El tigre seguía allí venga a decir “¡Beee, beee!”. Tal era su
curiosidad que se olvidó del hambre que tenía y decidió acercarse a ver esa
rareza de la naturaleza. Dio unos pasos hacia el tigre balador al tiempo que
las ovejas se dispersaban para no correr peligro. En medio del pasto, solo
se quedaron ellos dos, frente a frente.

El tigre intruso, muy desconcertado, aprovechó para preguntarle:

– ¡Hola, amigo! ¿Qué haces aquí, pastando y balando como una oveja?

La contestación que recibió fue:

– ¡Beee, beee!

El fiero tigre no se podía creer lo que estaba viendo y tuvo que hacer
grandes esfuerzos para no soltar una carcajada.

– ¡Pero si tú eres un tigre! ¡Un tigre, no una oveja!

El asustadizo animal, le respondió:

– ¡Beee, beee!

El gran tigre se dio cuenta de que el pobre no era consciente de quién era
en realidad.

– ¿Con que esas tenemos? ¡Levántate y ven conmigo!

Muerto de miedo, el joven tigre se levantó y le siguió hasta un estanque.

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– ¡Baja la cabeza y mírate en el agua! ¿Lo ves? ¿Ves tu reflejo? ¡Tú eres
como yo, un tigre grande y fiero, y los tigres grandes y fieros no balan ni
comen hierba!

El ingenuo tigre observó su aspecto de arriba abajo y se dio cuenta de que


era muy diferente a su familia adoptiva. Por primera vez en su vida se
sintió tigre y no borrego.

– Anda, vente conmigo. Veo que las ovejas te han criado con ternura y
prometo que no les haré daño, pero tu sitio no está aquí, sino con
nosotros.

El joven tigre se despidió de sus compañeras y les dio las gracias por haber
sido tan buenas con él. Después, siguió al gran tigre hasta su nuevo hogar.

La manada le recibió con los brazos abiertos pero quién más se emocionó
con su llegada fue una hermosa tigresa que lo reconoció nada más verlo
porque era su mamá ¡La alegría que sintieron al reencontrarse fue
indescriptible!

Su madre y sus nuevos amigos se ocuparon de enseñarle a rugir y comer


carne como corresponde a los tigres adultos. Con el tiempo aprendió a ser
él mismo, y aunque con las ovejas había sido muy dichoso, reconoció que
este era su ambiente, el lugar que le correspondía de verdad.

Por fin, en su vida, todo encajaba a la perfección.

17
Cuentos
de
amistad

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El águila y la tortuga
Fábula El águila y la tortuga

Adaptación de la fábula de Samaniego

Érase una vez una tortuga que vivía muy cerca de donde un águila tenía su
nido. Cada mañana observaba a la reina de las aves y se moría de envidia
al verla volar.

– ¡Qué suerte tiene el águila! Mientras yo me desplazo por tierra y tardo


horas en llegar a cualquier lugar, ella puede ir de un sitio a otro en
cuestión de segundos ¡Cuánto me gustaría tener sus magníficas alas!

El águila, desde arriba, se daba cuenta de que una tortuga siempre la


seguía con la mirada, así que un día se posó a su lado.

– ¡Hola, amiga tortuga! Todos los días te quedas pasmada contemplando


lo que hago ¿Puedes explicarme a qué se debe tanto interés?

– Perdona, espero no haberte parecido indiscreta… Es tan sólo que me


encanta verte volar ¡Ay, ojalá yo fuera como tú!

El águila la miró con dulzura e intentó animarla.

– Bueno, es cierto que yo puedo volar, pero tú tienes otras ventajas; ese
caparazón, por ejemplo, te protege de los enemigos mientras que yo voy a
cuerpo descubierto.

La tortuga respondió con poco convencimiento.

– Si tú lo dices… Verás, no es que me queje de mi caparazón pero no se


puede comparar con volar ¡Tiene que ser alucinante contemplar el paisaje
desde el cielo, subir hasta las nubes, sentir el aire fresco en la cara y
escuchar de cerca el sonido del viento justo antes de las tormentas!

La tortuga tenía los ojos cerrados mientras imaginaba todos esos placeres,
pero de repente los abrió y en su cara se dibujó una enorme sonrisa ¡Ya
sabía cómo cumplir su gran sueño!

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– Escucha, amiga águila ¡se me ocurre una idea! ¿Qué te parece si me
enseñas a volar?

El águila no daba crédito a lo que estaba escuchando.

– ¿Estás de broma?

– ¡Claro que no! ¡Estoy hablando completamente en serio! Eres el ave más
respetada del cielo y no hay vuelo más estiloso y elegante que el tuyo ¡Sin
duda eres la profesora perfecta para mí!

El águila no hacía más que negar con la cabeza mientras escuchaba los
desvaríos de la tortuga ¡Pensaba que estaba completamente loca!

– A ver, amiga, déjate de tonterías… ¿Cómo voy a enseñarte a volar? ¡Tú


nunca podrás conseguirlo! ¿Acaso no lo entiendes?… ¡La naturaleza no te
ha regalado dos alas y tienes que aceptarlo!

La testaruda tortuga se puso tan triste que de sus ojos redondos como
lentejitas brotaron unas lágrimas que daban fe de que su sufrimiento era
verdadero.

Con la voz rota de pena continuó suplicando al águila que la ayudara.

– ¡Por favor, hazlo por mí! No quiero dejar este mundo sin haberlo
intentado. No tengo alas pero estoy segura de que al menos podré planear
como un avión de papel ¡Por favor, por favor!

El águila ya no podía hacer nada más por convencerla. Sabía que la tortuga
era una insensata pero se lo pedía con tantas ganas que al final, cedió.

– ¡Está bien, no insistas más que me vas a desquiciar! Te ayudaré a subir


pero tú serás la única responsable de lo que te pase ¿Te queda claro?

– ¡Muy claro! ¡Gracias, gracias, amiga mía!

El águila abrió sus grandes y potentes garras y la enganchó por el


caparazón. Nada más remontar el vuelo, la tortuga se volvió loca de
felicidad.

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– ¡Sube!… ¡Sube más que esto es muy divertido!

El águila ascendió más alto, muy por encima de las copas de los árboles y
dejando tras de sí los picos de las montañas.

¡La tortuga estaba disfrutando como nunca! Cuando se vio lo


suficientemente arriba, le gritó:

– ¡Ya puedes soltarme! ¡Quiero planear surcando la brisa!

El águila no quiso saber nada pero obedeció.

– ¡Allá tú! ¡Que la suerte te acompañe!

Abrió las garras y, como era de esperar, la tortuga cayó imparable a toda
velocidad contra el suelo ¡El tortazo fue mayúsculo!

– ¡Ay, qué dolor! ¡Ay, qué dolor! No puedo ni moverme…

El águila bajó en picado y comprobó el estado lamentable en que su amiga


había quedado. El caparazón estaba lleno de grietas, tenía las cuatro
patitas rotas y su cara ya no era verde, sino morada. Había sobrevivido de
milagro pero tardaría meses en recuperarse de las heridas.

El águila la incorporó y se puso muy seria con ella.

– ¡Traté de avisarte del peligro y no me hiciste caso, así que aquí tienes el
resultado de tu estúpida idea!

La tortuga, muy dolorida, admitió su error.

– ¡Ay, ay, tienes razón, amiga mía! Me dejé llevar por la absurda ilusión de
que las tortugas también podíamos volar y me equivoqué. Lamento no
haberte escuchado.

Así fue cómo la tortuga comprendió que era tortuga y no ave, y que como
todos los seres vivos, tenía sus propias limitaciones. Al menos el porrazo le
sirvió de escarmiento y, a partir de ese día, aprendió a escuchar los buenos

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consejos de sus amigos cada vez que se le pasaba por la cabeza cometer
alguna nueva locura.

Moraleja: La tortuga despreció la advertencia de su prudente amiga y las


consecuencias fueron desastrosas. Esta fábula nos enseña que en la vida,
antes de actuar, debemos valorar los consejos de la gente buena y sensata
que nos quiere.

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¿Por qué los perros se huelen la cola?
Leyenda ¿Por qué los perros se huelen la cola?

Adaptación de una antigua leyenda de México

En un pueblo de Centroamérica existe una vieja leyenda que cuenta que


hace muchísimos años, los perros se sentían muy tristes. Según esta
historia, los cachorritos, desde que nacían, se comportaban de manera
bondadosa con los humanos, les ofrecían su compañía sin pedir nada a
cambio y siempre trataban de ayudar en las tareas del campo hasta que la
vejez se lo impedía.

Desde luego, los hombres y mujeres de las aldeas no podían quejarse, pues
no había en el mundo amigos más fieles y generosos que ellos.

La razón de su desconsuelo era que, a pesar de todo eso, algunas


personas los trataban mal y no les daban ni un poco de cariño. Con toda la
razón, consideraban que merecían un trato más digno y respetuoso por
parte de la raza humana.

Un buen día, varias decenas de perros se reunieron en un descampado


para poner fin a esa situación tan injusta. Hicieron un gran corro y
debatieron largo y tendido con el fin de encontrar una solución. Después
de deliberar y estudiar los pros y los contras, llegaron a una conclusión: lo
mejor era pedir ayuda al bueno y poderoso dios Tláloc. Él sabría qué hacer
y tomaría medidas inmediatamente.

Redactaron una carta para entregársela al dios y el perro más anciano la


firmó en nombre de todos. Después, se hizo una votación. Salió elegido un
perro negro de cuerpo musculoso y famoso por tener muy buen olfato
para llevar a cabo la importante misión: recorrer cientos, quizá miles de
kilómetros, hasta encontrar al dios Tláloc y entregarle el mensaje.

¡Qué orgulloso se sintió el joven perrito de poder representar a su


comunidad y de que todos confiaran en sus capacidades! Sin embargo,
cuando estaba listo para partir, surgió un pequeño problema: ¿Dónde
debía guardar la carta?
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En las patas era imposible porque necesitaba las cuatro para caminar día y
noche; tampoco podía ser en el hocico, ya que el papel llegaría húmedo y
además tendría que soltarlo cada vez que quisiera comer o beber ¡El riesgo
de perderlo o de que se lo llevara el viento era muy alto!

Al final, todos se convencieron de que lo mejor sería que guardara la carta


bajo la cola, sin duda el lugar más seguro. El perro aceptó y se despidió de
sus amigos con tres ladridos y una sonrisa.

Desgraciadamente, han pasado muchos años desde ese día y el pobre


perro aún no ha regresado. Se cree que el dios vive tan lejos que todavía
sigue caminando sin descanso por todo el mundo, decidido a llegar a su
destino.

Después de tanto tiempo, sucede que los demás perros ya no se


acuerdan muy bien de su cara ni del aspecto que tenía; por eso, cuando un
perro se cruza con otro al que no conoce, le huele la cola para comprobar
si esconde la vieja carta y se trata del valeroso perro negro de cuerpo
musculoso y buen olfato que un buen día partió en busca del dios Tláloc
para pedirle ayuda.

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Androcles y el león
Fábula de Androcles y el león

Adaptación de la fábula de Esopo

Hace unos dos mil años, en la Antigua Roma, vivía un esclavo llamado
Androcles. Su destino, como el de la mayoría de los esclavos, era luchar en
el Coliseo a vida o muerte contra los leones.

El temido momento había llegado y esperaba su turno encerrado en una


mazmorra de la que era imposible fugarse. Cuando parecía que ya no
había más remedio que aceptar que era el fin, la suerte quiso que un
soldado guardián se despistara y dejara abierto el cerrojo de la celda.
Androcles vio la oportunidad de escaparse… ¡Y se escapó!

Aprovechó la noche para salir corriendo hacia el bosque, sin un lugar fijo a
dónde dirigirse. Durante horas, protegido por la oscuridad, el pobre
muchacho vagó de un lado a otro y se alimentó de las poquitas cosas
comestibles que halló por el camino.

Casi amanecía cuando, de repente, vio un león que casi no podía moverse
y gemía como un gatito. Aunque era grande y lucía una frondosa melena,
no parecía un animal agresivo. Androcles se acercó a él manteniendo una
distancia de seguridad y le preguntó por qué se quejaba.

– ¿Qué te sucede, amigo león? Es la primera vez que veo a una fiera como
tú llorar amargamente.

– ¡Me encuentro muy mal! He pisado una espina grande y afilada que se
me ha clavado en la pata. La herida sangra sin parar ¡Por favor, ayúdame,
te lo suplico!

– Tranquilo, veré lo que puedo hacer.

Androcles se enterneció al ver al pobre león sufriendo. Si no le ayudaba,


moriría desangrado. Se acercó venciendo el miedo y observó la pata con
detenimiento. La verdad es que la herida tenía una pinta muy fea y debía
actuar con rapidez.
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Arrancó un trozo de tela de su manga y se acercó a un pequeño manantial
que brotaba a escasos metros. Mojó el tejido y regresó junto al león para
limpiarle bien la herida de tierra y sangre. Después, buscó la espina y, con
mucho cuidado, la extrajo con habilidad. Para calmar el dolor y bajar la
inflamación, utilizó como apósito sobre la zona lesionada unas hojas
verdes mezcladas con barro ¡Era un viejo remedio que no solía fallar!

Al cabo de un rato, el león se sintió muchísimo mejor.

– ¡No sé cómo agradecerte lo que has hecho por mí! ¡Me has salvado la
vida!

– Bueno… ¡Es lo menos que podía hacer! Nadie se merece sufrir.

– Por favor, acompáñame a mi cueva. Allí tengo carne de sobra para los
dos y me encantaría compartirla contigo.

– ¡Gracias! En las últimas horas sólo he comido unas avellanas y estoy


muerto de hambre.

El joven y el león se fueron juntos y disfrutaron de una apetitosa comida.


Después, pasaron un rato estupendo hablando de sus vidas, muy
diferentes pero parecidas en algunas cosas, hasta que llegó el momento en
que Androcles tuvo que despedirse. Quería alejarse de la ciudad de Roma y
buscar un lugar más seguro donde vivir.

Le dio un fuerte abrazo a su nuevo amigo y tomó un camino de adoquines


que sabía que le llevaría a la costa ¡Quizá allí podría coger un barco rumbo
a nuevas tierras!

Desgraciadamente, los soldados romanos le encontraron antes de llegar a


ver el mar y le apresaron para que el emperador decidiera qué hacer con
él. La única esperanza que le quedaba de ser libre se diluyó como un
terrón de azúcar en un vaso de agua caliente.

El bueno de Androcles fue condenado nuevamente a enfrentarse en la


arena con un león. Cuando llegó el fatídico día, esperó angustiado en su
celda, pues sabía que ante una fiera, tenía todas las de perder. Desde allí
escuchaba el tumulto de la gente sentada en las gradas. Un soldado
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fornido y con cara de pocos amigos le sacó a empujones y le condujo por
un pasadizo húmedo y oscuro hasta que salió a la arena. Cegado por el sol,
se colocó en el centro como le habían indicado.

Por una de las puertas del Coliseo, vio aparecer un enorme felino que rugía
enseñando los colmillos, se aproximaba a él sin quitarle ojo y estudiaba
cada mínimo movimiento que hacía. Androcles sintió que todo el cuerpo le
temblaba como una torre de naipes ¡Era imposible vencer a ese animal!
Pero a medida que se fue acercando, el león dejó de rugir y de su cara salió
una sonrisa. Cuando estuvieron frente a frente, el león se lanzó a sus
brazos y comenzó a lamerle con cariño y a gritar su nombre.

– ¡Androcles, eres tú! ¡Qué alegría verte! ¡Mi querido Androcles!

– ¡Oh, amigo! ¡A ti también te han capturado! ¡Cuánto lo siento!…

– ¡No te preocupes, yo jamás te haría daño! Soy incapaz de verte como un


enemigo, por mucho que quiera todo este gentío que nos rodea.

– ¡Ni yo a ti! ¡Sabes que te quiero muchísimo!

Androcles y el león seguían abrazados ante las miles de personas que


asistían como público y que se habían quedado en absoluto silencio. El
emperador, desde la tribuna, estaba pasmado y no daba crédito a lo que
veía ¡Un león y un humano comportándose como dos íntimos amigos! Eso
era algo realmente emocionante y debía ser premiado. Se levantó de su
asiento y alzando la voz, gritó a todos los presentes:

– Por muchos espectáculos que veamos en este anfiteatro, jamás nada


podrá compararse a lo que tenemos ante nuestros ojos. El amor que hay
entre este esclavo y este león, me conmueve profundamente.

La voz del emperador retumbaba en todo el Coliseo. Tomó aire y continuó.

– ¡Como máximo mandatario del Imperio Romano, ordeno que ambos


sean puestos en libertad para siempre!

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Miles de hombres y mujeres se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir
efusivamente. Androcles y el león comenzaron a llorar emocionados y
abandonaron el Coliseo camino de su libertad.

A partir de ese día, el león regresó a una zona segura del bosque junto a
sus congéneres y Androcles se fue a vivir a una modesta casita donde
formó una familia y fue muy feliz. El tiempo no les distanció: siguieron
viéndose a menudo y su amistad duró eternamente.

Moraleja: Los buenos actos siempre son recompensados y los amigos, sin
son de verdad, lo son para siempre, sean cuales sean las circunstancias.

28
El ratón de campo y el ratón de ciudad
Fábula infantil el ratón de campo y el ratón de ciudad

Adaptación de la fábula de Esopo

Érase una vez un ratón que vivía en el campo y cuya vida era muy feliz
porque tenía todo lo que necesitaba. Su casita era un pequeño escondrijo
junto a una encina; en él tenía una camita de hojas y un retal que había
encontrado le servía para taparse por las noches y dormir calentito. Una
pequeña piedra era su silla y como mesa, utilizaba un trozo de madera al
que había dado forma con sus dientes.

También contaba con una despensa donde almacenaba alimentos para


pasar el invierno. Siempre encontraba frutos, semillas y alguna que otra
cosa rica para comer. Lo mejor de vivir en el campo era que podía trepar
por los árboles, tumbarse al Sol en verano y conocer a muchos otros
animales que, con el tiempo, se habían convertido en buenos amigos.

Un día, paseando, se cruzó con un ratón que vivía en la ciudad. Desde lejos
ya se notaba que era un ratón distinguido porque vestía elegantemente y
llevaba un sombrero digno de un señor. Comenzaron a hablar y se cayeron
tan bien, que el ratón de campo le invitó a tomar algo en su humilde
refugio.

El ratón de ciudad se sorprendió de lo pobre que era su vivienda y más


aún, cuando el ratón de campo le ofreció algo para comer: unos frutos
rojos y tres o cuatro nueces.

– Te agradezco muchísimo tu hospitalidad – dijo el ratón de ciudad – pero


me sorprende que seas feliz con tan poco. Me gustaría que vinieras a mi
casa y vieras que se puede vivir más cómodamente y rodeado de lujos.

A los pocos días, el ratón de campo se fue a la ciudad. Su amigo vivía en


una casa enorme, casi una mansión, en un agujero que había en la pared
del salón principal. Todo el suelo de su cuarto estaba enmoquetado,
dormía en un mullido cojín y no le faltaba de nada. Los dueños de la casa

29
eran tan ricos, que el ratón salía a buscar alimentos y siempre encontraba
auténticos manjares que llevarse a la boca.

A hurtadillas, ambos se dirigieron a una mesa gigantesca donde había


fuentes enteras de carne, patatas, frutas y dulces. Pero cuando se
disponían a coger unas cuantas cosas, apareció un gato y los pobres
ratones corrieron despavoridos para ponerse a salvo. El ratón de campo
tenía el corazón en un puño. ¡Menudo susto se había llevado! ¡El gato casi
les atrapa!

– Son gajes del oficio – le aseguró el ratón de ciudad – Saldremos de nuevo


a por comida y luego te convidaré a un gran banquete.

Así fue como volvieron a salir a por provisiones. Se acercaron


sigilosamente a la mesa llena de exquisiteces pero ¡horror! … Apareció el
ama de llaves con una gran escoba en su mano y empezó a perseguirles
por toda la estancia dispuesta a darles unos buenos palos. Los ratones
salieron disparados y llegaron a la cueva con la lengua fuera de tanto
correr.

– ¡Lo intentaremos de nuevo! ¡Yo jamás me rindo! – dijo muy serio el ratón
de ciudad.

Cuando vieron que la señora se había ido, llegó el momento de salir de


nuevo a por comida. Al fin consiguieron acercarse a la mesa no sin antes
mirar a todas partes. Hicieron acopio de riquísimos alimentos y los
prepararon para comer.

Con las barrigas llenas se miraron el uno al otro y el ratón de campo le dijo
a su amigo:

– Lo cierto es que todo estaba delicioso ¡Jamás había comido tan bien!
Pero voy a decirte algo, amigo, y no te lo tomes a mal. Tienes todo lo que
cualquier ratón puede desear. Te rodean los lujos y nadas en la
abundancia, pero yo jamás podría vivir así, todo el día nervioso y
preocupado por si me atrapan. Yo prefiero la vida sencilla y la tranquilidad,
aunque tenga que vivir con lo justo.

30
Y dicho esto, se despidieron y el ratón de campo volvió a su modesta vida
donde era feliz.

Moraleja: si el tener muchas cosas no te permite una vida tranquila, es


mejor tener menos y ser feliz de verdad.

31
Cuentos
sobre el
respeto

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El tigre negro y el venado blanco
Fábula El tigre negro y el venado blanco

Adaptación de la fábula popular de Brasil

Hace muchísimos años vivían en la selva del Amazonas un hermoso tigre


negro y un primoroso venado blanco. Ninguno de los dos tenía hogar así
que hacían su vida al aire libre y dormían amparados por el manto de
estrellas durante la noche.

Con el paso del tiempo el venado empezó a echar de menos cobijarse bajo
techo y decidió construir una cabaña. Muy ilusionado con el proyecto,
eligió un claro del bosque y planificó bien el trabajo.

– Mi primer objetivo será mordisquear la hierba hasta dejar el terreno bien


liso ¡Sin unos buenos cimientos no hay casa que resista!

Trabajó duramente toda la jornada, y cuando vio que había cumplido su


propósito, se tumbó a dormir sobre un lecho de flores.

No podía imaginar que el tigre negro, también harto de vivir a la


intemperie, había tenido ese día la misma idea ¡y casualmente había
escogido el mismo lugar para construir su hogar!

– ¡Estoy hasta las narices de mojarme cuando llueve y de achicharrarme


bajo el sol los meses de verano! Fabricaré una cabaña pequeña pero muy
confortable para mi uso y disfrute ¡Va a quedar estupenda!

Llegó al claro del bosque al tiempo que salía la luna y se sorprendió al ver
que en el terreno no había hierbajos.

– ¡Uy, qué raro!… Conozco bien este sitio y siempre ha estado cubierto de
malas hierbas… Ha debido ser el dios Tulpa que ha querido ayudarme y lo
ha alisado para mí ¡Bueno, así lo tendré más fácil! ¡Me pondré a construir
ahora mismo!

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Sin perder tiempo se puso manos a la obra; cogió palos y piedras y los
colocó sobre la tierra para montar un suelo firme y resistente. Cuando
acabó, se dirigió al rio para darse un baño refrescante.

Por la mañana, el venado volvió para continuar la tarea y ¡se quedó


alucinado!

– ¡Uy! ¡¿Cómo es posible que ya esté colocado el suelo de la cabaña?!…


Supongo que el dios Tulpa lo ha hecho para echarme un cable ¡Es
fantástico!

Muy contento, se dedicó a arrastrar troncos para levantar las paredes de


las habitaciones. Trabajó sin descanso y cuando empezó a oscurecer se fue
a buscar algo para cenar ¡Quería acostarse pronto para poder madrugar!

Ya entrada la noche, llegó el tigre negro. Como todos los felinos, veía muy
bien en la oscuridad y para él no suponía un problema trabajar sin luz.

¡Se quedó con la boca abierta cuando vio las paredes perfectamente
erguidas sobre el suelo formando un cuadrado perfecto!

– ¡Pero qué maravilla!… ¡El dios Tulpa ha vuelto a ayudarme y ha


construido las paredes por mí! En cuanto monte el tejado, la daré por
terminada.

Colocó grandes ramas de lado a lado sobre las paredes y luego las cubrió
con hojas.

– ¡El tejado ya está listo y la cabaña ha quedado perfecta! En fin, creo que
me he ganado un buen descanso… ¡Voy a estrenar mi nueva habitación!

Bostezando, entró en una de las dos estancias y se tumbó cómodamente


hasta que le venció el sueño. Era un animal muy dormilón, así que no se
enteró de la llegada del ciervo al amanecer ni pudo ver su cara de asombro
cuando este vio la obra totalmente terminada.

– ¡Oh, dios Tulpa! ¡Pero qué generoso eres! ¡Has colocado el tejado
durante la noche! ¡Muchas gracias, me encanta mi nueva cabaña!

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Feliz como una perdiz entró en la habitación vacía y también se quedó
dormido.

Al mediodía el sol subió a lo más alto del cielo y despertó con sus intensos
rayos de luz a los dos animales; ambos se desperezaron, salieron de su
cuarto al mismo tiempo y… ¡se encontraron frente a frente!

¡El susto que se llevaron fue morrocotudo! Uno y otro se quedaron como
congelados, mirándose con la cara desencajada y los pelos tiesos como
escarpias ¡Al fin y al cabo eran enemigos naturales y estaban bajo el
mismo techo!

Ninguno atacó al otro; simplemente permanecieron un largo rato


observándose hasta que cayeron en la cuenta de lo que había sucedido
¡Sin saberlo habían hecho la cabaña entre los dos!

El venado, intentando mantener la tranquilidad, dijo al tigre negro:

– Veo que estás tan sorprendido como yo, pero ya que tenemos el mismo
derecho sobre este hogar ¿qué te parece si lo compartimos?

– ¡Me parece justo y muy práctico! Si quieres cada día uno de nosotros
saldrá a cazar para traer comida a casa ¿Te parece bien?

– ¡Me parece una idea fantástica! Mientras tanto, el otro puede ocuparse
de hacer las faenas diarias como limpiar el polvo y barrer.

Chocaron sus patas para sellar el acuerdo y empezaron a convivir


entusiasmados y llenos de buenas intenciones.

Lo primero que había que hacer era conseguir comida y por sorteo le tocó
salir a cazar al tigre. Regresó una hora después con una presa que al
venado no le hizo nada de gracia porque era un ciervo… ¡un ciervo blanco
como él!

– ¡Qué situación más desagradable, amigo tigre! Este animal es de mi


misma especie y como comprenderás, no pienso probarlo.

Se fue a su habitación disgustado y no pudo pegar ojo.

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– “¡Ay, qué intranquilo me siento! El tigre negro ha cazado un venado
como yo… ¡Es terrible! ¿Y si un día le da por atacarme a mí?”

El pobre no consiguió conciliar el sueño en toda la noche pero se levantó al


alba porque le tocaba a él salir a buscar alimento.

Paseó un rato por los alrededores y se encontró con unos amigos que le
ayudaron a montar una trampa para atrapar un tigre. Cuando llegó a casa
con el trofeo, su compañero se quedó sin habla y por supuesto se negó a
hincarle el diente.

– ¿Pretendes que yo, que soy un tigre, me coma a otro tigre? ¡Ni en
broma, soy incapaz!

Según dijo esto se fue a su cuarto con un nerviosismo que no podía


controlar.

– “Este venado parece frágil pero ha sido capaz de cazar un tigre de mi


tamaño ¿Y si se lanza sobre mí mientras duermo? No debo confiarme que
las apariencias engañan y yo de tonto no tengo nada.”

El silencio y la oscuridad se apoderaron del bosque. Todos los animales


dormían plácidamente menos el venado y el tigre que se pasaron la noche
en vela y en estado de alerta porque ninguno se fiaba del otro.

Cuando nadie lo esperaba, en torno a las cinco de la madrugada, se oyó un


ruido ensordecedor:

¡BOOOOOOOM!

Los dos estaban tan asustados y en tensión que al escuchar el estruendo


salieron huyendo en direcciones opuestas, sin pararse a comprobar de
dónde provenía el sonido. Tanto uno como otro pusieron pies en
polvorosa pensando que su amigo quería atacarlo.

El hermoso tigre negro y el primoroso venado blanco nunca más volvieron


a encontrarse porque los dos se aseguraron de irse bien lejos de su posible
enemigo.

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El tigre trató de rehacer su vida en la zona norte, pero siempre se sentía
más triste de lo normal porque echaba de menos al ciervo.

– ¡Qué pena acabar así! Lo cierto es que nos llevábamos muy bien y yo
jamás le habría hecho daño pero claro… ¡no puedo decir lo mismo de él!

Por su parte, en la otra punta del bosque, en la zona sur, el venado se


lamentaba sin cesar:

– ¡Qué simpático era el tigre negro! Formábamos un gran equipo y


podríamos haber sido grandes amigos… Nunca le habría lastimado pero a
lo mejor él a mí sí y más vale prevenir.

Y así fue cómo cada uno tuvo que volver a buscar un claro en el bosque
para hacerse una nueva cabaña, eso sí, esta vez de una sola habitación.

Moraleja: Si el tigre y el venado hubieran hablado en vez de desconfiar el


uno del otro, habrían descubierto que ninguno de los dos tenía nada que
temer porque ambos eran de fiar y se apreciaban mutuamente.

Este cuento nos enseña que nuestra mejor arma es la palabra. Decir lo que
sentimos o lo que nos preocupa a nuestros amigos es lo mejor para vivir
tranquilos y en confianza.

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Las cabras testarudas
Cuento popular Las cabras testarudas

Adaptación del cuento popular de Puerto Rico

Vivía en la isla de Puerto Rico un muchacho que trabajaba como pastor.


Cada día salía al campo con su rebaño de cabras para que comieran hierba
y corrieran libres por el monte. Al caer la tarde el chico silbaba y todos los
animales se acercaban a él para regresar a la granja formando un pelotón.

En una ocasión, a última hora, cuando la luna comenzaba a asomar entre


las nubes, el pastorcillo las llamó como de costumbre pero algo extraño
sucedió: por más que silbaba y hacía gestos con las manos, las cabras le
ignoraban.

No entendía nada y comenzó a gritar como un descosido:

– ¡Vamos, vamos, venid aquí, tenemos que irnos ya!

Nada, las cabras parecían sordas. El chico, desesperado, se sentó en una


piedra y comenzó a llorar.

Al ratito un lindo conejo se paró ante él y le preguntó:

– ¿Por qué lloras, amigo?

– Lloro porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto mi


padre me va a castigar.

– ¡No te preocupes, tranquilo, yo te ayudaré! ¡Ya verás cómo las hago


caminar!

El conejo empezó a saltar y a gruñir entre las cabras para llamar su


atención, pero ellas continuaron pastando como si fuera invisible. Abatido,
se sentó en la piedra al lado del pastor y comenzó a llorar junto a él.

En eso pasó una zorra que, viendo semejante drama, se atrevió a


preguntar:

– ¿Por qué lloras, conejito?


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– Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen
caso y si no regresa pronto su padre le va a castigar.

– Tranquilo, os echaré una mano ¡Voy a ver qué puedo hacer!

El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y respiró una gran
bocanada de aire; un segundo después salieron de su boca unos cuantos
aullidos de esos que ponen los pelos de punta al más valiente.

A pesar de que resonaron en todo el valle ¿sabes qué sucedió?… Pues que
las cabras ni se giraron para ver de dónde venían los escalofriantes
sonidos.

El zorro, con la moral por los suelos, se unió a la pareja con los ojos llenos
de lágrimas.

Al cabo de un rato salió de entre la maleza el temido lobo. Se quedó muy


sorprendido al ver un chico, un conejo y un zorro juntos llorando a mares.
Sintió mucha curiosidad por saber qué les entristecía tanto y le pareció
oportuno preguntar al zorro.

– Perdona si te parezco un metomentodo, zorro, pero ¿por qué lloras?

– Lloro porque el conejo llora porque el pastor se puso a llorar porque sus
cabras no le hacen caso y si no regresa pronto su padre le va a castigar.

– Bueno, pues no parece tan difícil… ¡Voy a intentarlo yo!

El lobo pegó un brinco y sacó los colmillos para asustar a las cabras, pero
fracasó. Los blancos y apacibles animales no se movieron ni medio metro
de donde estaban. Pensando que con la vejez había perdido toda su
capacidad de atemorizar, se hizo un hueco en la piedra y también empezó
a lloriquear como un bebé.

Una abejita que volaba cerca se quedó muy sorprendida al ver el curioso
grupo de animales llorando a lágrima viva. Intrigadísima, se acercó
zumbando y, sin posarse, preguntó al lobo:

– ¿Por qué lloras, lobo? ¡No es propio de ti!

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– Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora porque el
pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa
pronto su padre le va a castigar.

– Estaos tranquilos ¡yo haré que se vayan!

Por primera vez todos dejaron de sollozar y, al unísono, estallaron en


carcajadas. El pastorcillo, sin dejar de reír, le dijo:

– ¿Tú, con lo pequeña que eres? ¡Qué graciosa! Si nosotros no lo hemos


conseguido tú no tienes ninguna posibilidad.

El pequeño insecto se sintió dolido pero no se dio por vencido.

– ¿Ah, no?… ¡Ahora veréis!

Sin perder tiempo se fue hacia el rebaño y comenzó a zumbar sobre él. Las
cabras, que tenían un oído muy fino, se sintieron muy molestas y dejaron
de comer para taparse las orejas.

Entonces, la abeja llevó a cabo la segunda parte del plan: sacó su afilado y
brillante aguijón trasero y se lo clavó en el culo a la cabra más anciana, que
era la líder del grupo. Al sentir el picotazo la vieja cabra salió corriendo
hacia la granja como alma que lleva el diablo, y todas las demás la
siguieron atropelladamente.

El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo, una


tras otra, atravesaban el cercado y se reagrupaban. Después, miraron
sonrojados a la pequeña abeja y el pastor se disculpó en nombre de todos:

– Perdona, amiga, por habernos reído de ti ¡Nos has dado una buena
lección! ¡Gracias por tu ayuda y hasta siempre!

La abejita sonrió, les guiñó un ojo, y se fue zumbando por donde había
venido.

Y así es cómo termina esta pequeña historia que nos enseña que lo
importante no es ser grande o fuerte, sino tener confianza en uno mismo
para afrontar los problemas y las situaciones difíciles ¡Si te lo propones,
casi todo se puede conseguir!
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Las ranas contra el sol
Fábula Las ranas contra el sol

Adaptación de la fábula de Fedro

Hace millones y millones de años, cuando el mundo comenzaba a ser como


hoy lo conocemos, el sol se aburría soberanamente.

Hay que tener en cuenta que por aquel entonces era un astro muy joven y
en plenas facultades físicas, por lo que las horas allá arriba se le hacían
eternas ¡Estaba más que harto de vivir solo y sin poder hacer nada
divertido! Pero sobre todas las cosas, lo que más añoraba era vivir un gran
amor y compartir su vida con alguien que le quisiera.

Un día se armó de valor y tomó una decisión muy importante: se casaría


cuanto antes con una hermosa y reluciente estrellita del cielo.

El rumor de la futura boda se extendió por todo el universo y cómo no,


llegó a la tierra.

¡Menudo revuelo se formó en nuestro planeta! Todos los animales se


alegraron mucho al saber que el sol se había comprometido y le desearon
toda la felicidad del mundo, pero hubo una excepción: las ranas moteadas
que vivían en una pequeña charca se pusieron a gritar con espanto nada
más escuchar la noticia.

La más pequeña de todas, exclamó:

– ¡Oh, no, eso no puede ser! ¡No podemos consentirlo!

La que estaba a su lado también dijo horrorizada:

– ¡Esa boda no puede celebrarse! ¡Tenemos que impedirla como sea!

Una tras otra fueron expresando su malestar hasta que la más anciana de
las ranas sentenció:

– Se trata de un tema peliagudo que hay que resolver. Vamos a hablar con
el dios Júpiter y que sea él quien ponga fin a esta barbaridad.
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Dando brincos se dirigieron al hogar donde vivía el gran dios, que como
siempre, las recibió con los brazos abiertos.

– Veo que venís muy alborotadas y nerviosas ¿Queréis explicarme con


tranquilidad qué sucede? ¡Supongo que será algo importante para
presentaros en mi casa a la hora de cenar dando alaridos como si os
estuvieran pisando las ancas!

La vieja rana se adelantó unos pasos y habló con claridad.

– ¡Señor, es que acabamos de enterarnos de que el sol va a casarse dentro


de poco!

– Cierto, así es… ¿Algún problema?

– ¡Pues que eso no puede ser!

– ¿Por qué no? El sol está en edad de casarse y tener pareja ¡Se merece ser
feliz igual que los demás!

La rana explicó la razón de su oposición.

– Verá, señor, todos le deseamos lo mejor a nuestro querido sol, pero


usted sabe que durante los meses de verano sus rayos son abrasadores y
eso provoca que muchos ríos y lagos se sequen.

– Bueno, eso ya sabes que son pequeños daños colaterales… ¡El verano es
así!

– Ya, pero todos los años durante esa época gran parte del planeta se
convierte en puro desierto y los animales no encuentran agua para beber y
refrescarse.

– No te entiendo, rana. El cometido del sol es dar luz y calor… ¡Solo cumple
con su trabajo!

– Sí, sí, pero ¿no cree que con un sol es suficiente? Si se casa tendrá hijos
que crecerán y serán tan grandes como él ¿Se imagina que hubiera varios
soles? ¡La tierra no soportaría tanta luz ni tanto calor y acabaríamos todos
secos como pasas!
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Júpiter cayó en la cuenta de que el verdadero temor de la rana era que el
sol tuviera hijos y entendió su preocupación.

– Querida rana, tienes toda la razón, solo puede haber un sol. Tranquila,
hablaré con él y pondré fin a este problema.

En cuanto se fueron las ranas, Júpiter mandó llamar al gran astro para
explicarle la situación. El pobre sol lloró desconsoladamente al saber que
no podría casarse jamás, pero comprendió que era por el bien de millones
de plantas y animales que vivían en el hermoso planeta azul.

– La Tierra está llena de maravillosos seres vivos que existen gracias a mí


¡Jamás permitiría que nada malo les sucediera! Tiene mi palabra de que
nunca me casaré ni tendré hijos.

Han pasado millones de años desde que sucedió esta curiosa historia y
como tú mismo puedes comprobar, el sol sigue brillando sobre nuestras
cabezas y envejeciendo en soledad.

Moraleja: A veces tomamos decisiones o hacemos cosas que pueden


perjudicar a la gente que nos rodea. Ten siempre en cuenta que no estás
solo en el mundo y que hay que pensar bien antes de actuar.

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La mona
Adaptación de la fábula de Tomás de Iriarte

En una ciudad del sur de España había un caballero muy rico, riquísimo,
que vivía rodeado de todos los lujos y comodidades que uno pueda
imaginar. Sus negocios le permitían disfrutar de un montón de caprichos,
como una casa rodeada de jardines y sirvientes que le hacían reverencias
a todas horas. Poseía caballos, valiosas obras de arte y su mesa siempre
estaba repleta de manjares y frutas exóticas venidas de los lugares más
lejanos del mundo.

De todas las posesiones que tenía, había una por la que sentía especial
cariño: una mona muy simpática que un amigo le había traído de África.
Como era un hombre soltero y sin ocupaciones importantes, se dedicaba a
cuidarla y a jugar con ella todo el día. La tenía tan consentida que la
sentaba con él a la mesa, le desenredaba el pelo con peine de marfil y la
dejaba dormir junto a la chimenea sobre cojines de seda ¡Ni la mismísima
reina vivía mejor!

Por si esto fuera poco la monita era muy presumida, así que el amo a
menudo le regalaba broches, lazos y todo tipo de adornos para que se
sintiera la más guapa del mundo.

Cuenta la historia que un día de verano se fue de compras y apareció en la


casa con un vestido ideal. Estaba confeccionado con telas de colores
brillantes y tenía dos volantes de encaje que quitaban el hipo. La mona se
lo puso entusiasmada y fue corriendo a verse en el espejo.

– ¡Oh, es increíble, pero qué requeteguapa estoy!

La muy coqueta se colocó sobre la cabeza un sombrerito de fieltro azul y se


encontró tan, tan elegante, que pensó que todo el mundo tenía que verla.
Por eso, sin pensar bien las consecuencias, tomó una alocada decisión:
escaparse por la ventana esa misma noche y cruzar el estrecho de
Gibraltar para llegar a África. Su destino era Tetuán, la tierra en la que
había nacido y donde aún vivían sus familiares y amigos de la infancia.

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Mientras se alejaba de su confortable vida, por su cabeza sólo rondaba un
pensamiento:

– ¡Quiero que todos mis conocidos vean lo guapa y estilosa que soy! ¡Me
lanzarán miles de piropos y seré la envidia de todas!

No se sabe muy bien cómo lo hizo, pero el caso es que al amanecer, la


mona apareció por sorpresa ante todos sus congéneres. Como había
imaginado, la rodearon boquiabiertos y ella se pavoneó de aquí para allá
como si fuera un pavo real. Monas de todas las edades comenzaron a
aplaudir y a exclamar admiradas.

– ¡Oh, qué guapa está!

– ¡Qué vestido tan bonito! ¡Debe ser carísimo!

– ¡Qué envidia!… ¡Nosotras desnudas y ella luciendo un atuendo digno de


una princesa!

La orgullosa mona estaba encantada con el recibimiento. Notaba que


había causado sensación y que hablaban de ella como si fuera alguien
realmente importante ¡Escuchar continuos halagos le producía tanto
placer!…

– Debe ser una mona muy famosa en España, porque esas ropas no las
lleva cualquiera.

– Sí, seguro que sí… ¡Qué fina es y qué gracia tiene al andar!

– ¡Además tiene pinta de ser muy inteligente! ¡A lo mejor es la presidenta


de España y nosotros sin enterarnos!

La fascinación que ejercía sobre todos era evidente porque incluso los
machos del clan tampoco pudieron resistirse a sus encantos. De hecho uno
de ellos, el mono más viejo y más sabio, tuvo una idea que quiso compartir
con los demás. Se subió a una roca y alzó la voz.

– Como sabéis, hoy hemos tenido el honor de recibir a una miembro


destacada de la comunidad que, por lo que se ve, ha llegado muy lejos en

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la vida. Mañana partiremos todos hacia el sur del continente y propongo
que sea nuestra ilustre invitada quien dirija la expedición.

¡El aplauso fue unánime! ¡Qué idea tan buena! A nadie se le ocurría un
candidato mejor para guiarles en un viaje tan largo y arriesgado.

Cuando amaneció, todas las familias de monos con sus crías a las espaldas
iniciaron una larga caminata con la pizpireta mona al frente. Por supuesto
tomó el mando encantada de ser la protagonista y les fue llevando por
donde mejor le pareció: atravesó bosques, valles, desiertos, ríos y fangosos
pantanos, pero lo único que consiguió, fue perderse. Su sentido de la
orientación era nulo y no tenía ni idea de cómo llevar al grupo a su destino.

Lo que iba a ser un viaje de pocas horas se convirtió en un horrible periplo


de una semana. Los pobres animales vagaron durante días de un lado a
otro, sin comida, escasos de agua y con magulladuras por todo el cuerpo.
Cuando por fin llegaron al sur de África, las familias estaban agotadas y con
la sensación de que no habían perdido la vida de milagro.

El anciano mono, como líder que era, volvió a dirigirse a la manada.

– ¡Llegar hasta aquí casi nos cuesta un disgusto! Nos hemos dejado
engatusar por la belleza y elegancia de esta mona en vez de por su
experiencia. Dimos por sentado que, como era una mona distinguida,
también era una mona inteligente. De todo esto, debemos sacar una
enseñanza: las apariencias engañan y al final, siempre se descubre lo que
uno es en realidad.

La mona, avergonzada, se quitó sus lujosas ropas y reconoció su


ignorancia. No por ser más hermosa y vestir ropas carísimas dejaba de ser
una mona como todas las demás. A partir de ese día se integró con
humildad en el grupo y regresó a la vida que le correspondía junto a los de
su especie.

Moraleja: Cada persona es como es. Todos debemos sentirnos orgullosos


de nuestras cualidades, pero no tiene sentido tratar de aparentar que
poseemos talentos y habilidades que no tenemos. Y es que con razón dice
el refrán: “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda”.
46
Cuentos
sobre
solidaridad

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La leyenda del múcaro
Cuento La leyenda del múcaro

Adaptación de una antigua leyenda Puerto Rico

En el inmenso planeta azul en que vivimos hay muchos tipos de búhos.


Uno de los más curiosos y cantarines es el múcaro, que es como se conoce
a un ave pequeña de ojitos redondos que únicamente habita en los
bosques de la isla de Puerto Rico.

El múcaro tiene una particularidad muy especial: durante el día se esconde


y solo se deja ver por las noches ¿Quieres saber por qué?

Cuenta una vieja leyenda de esta isla caribeña que hace mucho, mucho
tiempo, en el bosque se celebraban fiestas muy divertidas en las que
todos los animales se reunían para cantar, bailar y pasárselo fenomenal.

Cada vez que había un festejo, las diferentes especies se turnaban para
organizar los múltiples preparativos necesarios para que todo saliera
perfecto. En cierta ocasión este gran honor recayó en las aves.

Todos los pájaros, del más grande al más chiquitín, se reunieron en


asamblea con el objetivo de distribuir el trabajo de manera equitativa.
Como lo más importante era que las invitaciones llegaran con bastante
tiempo de antelación, acordaron enviar como mensajera a la rápida y
responsable águila de cola roja.

Encantada de ser la elegida, el águila de cola roja fue casa por casa
entregando las tarjetas. A última hora llegó al árbol donde vivía el múcaro,
y para su sorpresa, se encontró al pobre animalito totalmente desnudo.

El águila de cola roja se extrañó muchísimo y sintió un poco de apuro que


trató de disimular.

– ¡Buenos días, amigo múcaro! Vengo a traerte la invitación para la


próxima fiesta de animales.

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El múcaro reaccionó con poco entusiasmo y ni siquiera se molestó en
leerla

– ¡Ah, ya veo!… Déjala por ahí encima.

El águila de cola roja creyó oportuno interesarse por él.

– Perdona la indiscreción, pero veo que estás desnudo ¿Acaso no tienes


ropa que ponerte?

El mucarito se sonrojó y completamente avergonzado, bajó la cabeza.

– No, la verdad es que no tengo nada, ni un simple jersey… Lo siento


mucho, pero en estas condiciones no podré acudir a la verbena.

El águila de cola roja se quedó tan impactada que no supo ni qué decir.
Hizo un gesto de despedida y con el corazón encogido remontó el vuelo.
Nada más regresar convocó una reunión de urgencia para relatar a los
demás pájaros la lamentable situación en que se encontraba el pequeño
búho.

– ¡Tenemos que hacer algo inmediatamente! ¡No podemos permitir que


nuestro amigo se pierda la fiesta solo porque no la ropa adecuada!

Una cotorra verde de pico color marfil fue la primera en manifestarse a


favor del múcaro.

– ¡Claro que sí, entre todos le ayudaremos! Escuchad, se me ocurre algo:


cada uno de nosotros nos quitaremos una pluma, juntaremos muchas, y se
las daremos para que se haga un traje a medida. La única condición que le
pondremos es que cuando la fiesta termine tendrá que devolver cada
pluma a su propietario ¿Qué os parece?

Si algo caracteriza a las aves es la generosidad, así que la cotorra no tuvo


que insistir; sin más tardar, todos los pájaros fueron arrancándose con el
pico una plumita del pecho. Cuando habían reunido unas cincuenta, el
águila de cola roja las metió en un pequeño saco y se fue rauda y veloz a
casa del múcaro.

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– ¡Toma, compañero, esto es para ti! Entre unos cuantos amigos hemos
juntado un montón de plumas de colores para que te diseñes un traje
bonito para ir a la fiesta.

El múcaro se emocionó muchísimo.

– ¿De veras?… ¡Pero si son preciosas!

– ¡Sí lo son! Puedes utilizarlas como quieras pero ten en cuenta que tienen
dueño y tendrás que devolverlas cuando termine la fiesta ¿De acuerdo?

– ¡Oh, por supuesto! ¡Muchas gracias, es un detalle precioso! ¡Ahora


mismo me pongo a coser!

El múcaro cogió aguja e hilo y durante una semana trabajó sin descanso en
el corte y confección de su traje nuevo. Se esforzó mucho pero mereció la
pena porque, la noche de la fiesta, estaba perfectamente terminado. Se lo
puso cuidadosamente y cómo no, se miró y remiró en el espejo.

– ¡Caray, qué bien me queda! ¿Son imaginaciones mías o es que estoy


increíblemente guapo?

No, no eran imaginaciones suyas, pues en cuanto apareció en el convite, su


aspecto causó verdadera sensación. Muchos animales se acercaron a él
para decirle que parecía un auténtico galán y las hembras de todas las
especies se quedaron prendadas de su elegancia. El múcaro estaba tan
orgulloso y se sentía tan atractivo, que se dedicó a pavonearse por todas
partes, asegurándose de que su glamour no pasaba desapercibido para
nadie.

Vivió una noche auténticamente genial, charlando, bailando y comiendo


deliciosos canapés ¡Hacía años que no disfrutaba tanto! Pero nada es
eterno y cuando la fiesta estaba llegando a su fin, empezó a agobiarse.
Sabía que se acercaba la hora de devolver las plumas y le daba muchísima
rabia. Ahora que tenía una ropa tan bonita y que le sentaba tan bien
¿cómo iba a desprenderse de ella?

Los invitados comenzaron a irse a sus casas y pensó que pronto no


quedaría nadie por allí. En un arrebato de egoísmo e ingratitud, decidió
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que lo mejor era escabullirse por la puerta de atrás sin devolver las
plumas. Miró a un lado y a otro con disimulo, se dirigió a la salida sin
llamar la atención, y se internó en el bosque.

Poco después, la orquesta dejó de tocar y los camareros comenzaron a


recoger las bandejas de pasteles donde ya solo quedaban las migas ¡La
fiesta se daba por terminada!

Los pájaros que habían cedido sus plumas tan generosamente buscaron al
múcaro por todas partes, pero enseguida se dieron cuenta de que el muy
pillo se había esfumado. Esperaron un par de horas a que volviera e incluso
alguno salió en su busca, pero nadie fue capaz de localizarle, ni siquiera en
su hogar, cerrado a cal y canto. Del múcaro, nunca más se supo.

Cuenta la leyenda que aunque han pasado muchos años, todavía hoy en
día las aves de la isla de Puerto Rico buscan al búho ladronzuelo para
pedirle que devuelva las plumas a sus legítimos dueños, pero el múcaro se
esconde muy bien y ya sólo de noche para que nadie le encuentre.

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¿Por qué los gallos cantan de día?
Leyenda filipina ¿Por qué los gallos cantan de día?

Adaptación de la antigua leyenda de Filipinas

Una antigua leyenda filipina cuenta que, al principio de los tiempos, vivían
en el cielo tres hermanos que se querían mucho: el brillante y cálido sol, la
pálida pero hermosísima luna, y un gallo charlatán que se pasaba el día
canturreando.

Los tres hermanos se llevaban muy bien y solían repartirse las tareas de la
casa. Cada mañana, era el sol quien tenía la misión más importante que
realizar: abandonar el hogar familiar para iluminar y calentar la tierra. Era
muy consciente de que sin su trabajo, no existiría la vida en el planeta.
Mientras tanto, la luna y el gallo hacían las labores domésticas, como
recoger la cocina, regar las plantas y cuidar sus tierras.

Una tarde, la luna le dijo al gallo:

– Hermanito, ya casi es de noche. El sol está a punto de regresar del


trabajo y quiero que la cena esté preparada a tiempo. Mientras termino
de hacerla, ocúpate de llevar las vacas al establo ¡Está refrescando y
quiero que duerman calentitas!

El gallo, que acababa de tumbarse en el sofá, respondió de mala gana:

– ¡Uy, no, qué dices! He hecho toda la colada y he planchado una montaña
de ropa más alta que el monte Everest ¡Estoy agotado y quiero descansar!

¡La luna se enfadó muchísimo! Se acercó a él, le agarró por la cresta y muy
seria, le advirtió:

– ¡El sol y yo trabajamos sin parar y jamás dejamos de lado nuestras


obligaciones! ¡Ahora mismo vas a salir a llevar las vacas al establo como te
he ordenado!

Ni el doloroso tirón de cresta consiguió amedrentarle; al contrario, el gallo


se reafirmó en su decisión:
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– ¡No, no y no! ¡No me apetece y no lo voy a hacer!

La luna, perdiendo los nervios, le gritó:

– ¿Ah, sí? ¡Pues tú te lo has ganado! ¡Aquí no hay sitio para los vagos!
¡Fuera del cielo para siempre!

Indignada, lo sujetó con fuerza, echó el brazo hacia atrás y con un


movimiento firme lo lanzó al espacio dando volteretas, rumbo a la tierra.

Al cabo de un rato, el sol regresó a casa y se encontró con su hermana la


luna, que venía de recoger el ganado.

– ¡Hola, hermanita!

– ¡Hola! ¿Qué tal te ha ido el día?

– Muy bien, sin novedades. Por cierto… No veo por aquí a nuestro
hermanito el gallo.

La luna enrojeció de rabia y levantando la voz, le dijo:

– ¡No está porque acabo de echarle de casa! ¡Es un egoísta! Le tocaba


hacer las tareas del establo y se negó en rotundo ¡Menudo caradura!

– ¿Qué me estás contando? ¿Estás loca? ¿Cómo has podido hacer algo
así?… ¡Es tu hermano!

– ¡Ni hermano ni nada! ¡Me puso de muy mal humor! ¡Sólo piensa en sí
mismo y se merecía un buen castigo!

El sol no daba crédito a lo que estaba escuchando y se enfureció con la


luna.

– ¡Lo que acabas de hacer es imperdonable! A partir de ahora, no quiero


saber nada más de ti. Yo trabajaré durante el día como siempre y tú
saldrás a trabajar por la noche. Cada uno irá por su lado y así no
volveremos a vernos.

– ¡Pero eso no es justo!…

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– ¡No hay nada más que hablar! En cuanto a nuestro hermano gallo,
hablaré con él. Le rogaré que me despierte cada mañana desde la tierra
con su canto para poder seguir estando en contacto con él, pero también
le pediré que se oculte en un gallinero por las noches para que no tenga
que verte a ti.

Tal y como cuenta esta leyenda, desde ese momento, el sol y la luna
empezaron a trabajar por turnos. El sol salía muy temprano y cuando
regresaba al hogar, la luna ya no estaba porque se había ido con las
estrellas a dar brillo a la oscura noche. Al terminar su tarea, antes del
amanecer, volvía a casa, pero el madrugador sol ya se había ido. Jamás
volvieron a encontrarse ni a cruzar una sola palabra.

El gallo, cómo no, recibió el mensaje del sol y se comprometió a


despertarle cada mañana con su potente kikirikí. A partir de entonces se
convirtió en el animal encargado de dar la bienvenida al nuevo día. Se
acostumbró muy bien a vivir en una granja y a esconderse en el gallinero
nada más ver la blanca luz de la luna surgir entre la oscuridad.

Este ritual se ha mantenido durante miles de años hasta nuestros días. Tú


mismo podrás comprobarlo disfrutando de un bello amanecer en el campo
o de una hermosa puesta de sol frente al mar.

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Las tres cabras
Cuento popular Las tres cabras

Adaptación del cuento clásico de Noruega

Había una vez tres cabras macho de la misma familia: una pequeña e
inexperta cabritilla, su padre de mediana edad y mediano tamaño, y el
abuelo que era una cabra grande y muy lista que lo sabía todo.

Las tres cabras se querían mucho, se protegían, y siempre iban de aquí


para allá en grupo, muy juntitas para no perderse por el monte y
defenderse en caso de apuros.

Un día, a primera hora de la mañana, salieron a comer hierba al mismo


lugar de siempre, pero cuando llegaron al prado descubrieron que el pasto
fresco había desaparecido. Husmearon a fondo el terreno pero nada… ¡No
había ni una sola brizna de hierba verde y crujiente que llevarse a la boca!

El abuelo miró al horizonte pensativo. Su familia necesitaba comer y como


jefe del clan tenía que encontrar una solución al grave problema.

Un par de minutos después, dio con ella: no quedaba más remedio que
atravesar el puente de piedra sobre el río para llegar a las colinas que
estaban al otro lado de la orilla.

– ¡Tenemos que intentarlo! Jamás he estado allí, ni siquiera cuando era un


chaval, pero recuerdo muy bien las historias que contaban mis
antepasados sobre lo abundante y riquísima que es la hierba en ese
lugar.

Si el abuelo pensaba que era lo mejor, no había más que decir. Sin
rechistar, las dos cabras le siguieron hasta al puente. Desgraciadamente,
ninguna se imaginaba que estaba custodiado por un horrible y malvado
trol que no dejaba pasar a nadie.

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La más pequeña y alocada estaba ansiosa y quiso ser la primera en cruzar.
Cuando había recorrido casi la mitad, apareció ante ella el espantoso
monstruo ¡La pobre se dio un susto que a punto estuvo de caerse al río!

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto
de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

A la cabrita le temblaba hasta el hocico, pero fue capaz de improvisar algo


ocurrente para que el trol no la atacara.

– ¡Señor, espere un momento! Soy demasiado pequeña para saciar su


apetito y no le serviré de mucho. Detrás de mí viene una cabra que es
bastante más grande que yo ¡Le aseguro que si me deja pasar y aguarda
unos segundos, podrá comprobarlo!

El ogro tenía tanta hambre que pensó que no podía perder la oportunidad
de darse un banquete mejor.

– ¡Está bien, cruza! ¡Ya veremos si me dices la verdad!

La cabrita siguió su camino y se puso a salvo.

Mientras tanto su padre, la cabra mediana, llegó al puente. Comenzó a


cruzarlo tranquilamente pero a mitad de trayecto el trol apareció ante sus
narices.

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto
de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

La cabra mediana, paralizada por el miedo, intentó hablar pausadamente


para que el monstruo no notara su nerviosismo.

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– Sé que estás deseando zamparme, pero si me dejas cruzar verás que
detrás de mí viene una cabra mucho más grande que yo ¡Créeme cuando
te digo que merece la pena esperar!

El trol estaba empezando a perder la paciencia.

– ¡Está bien! ¿Por qué comerte a ti cuando puedo llenarme la tripa con una
cabra el doble de grande que tú? Espero que sea cierto lo que dices ¡Pasa
antes de que me arrepienta!

La cabra mediana aceleró el paso sin echar la vista atrás y alcanzó la otra
orilla.

La cabra mayor cruzaba el puente con ese garbo y seguridad que dan los
años cuando, a medio camino, le asaltó el trol. Por la cara de pocos
amigos que tenía parecía dispuesto a capturarla para saciar su apetito.

– ¡¿A dónde crees que vas?!

– Voy al otro lado del río en busca de hierba fresca para comer.

– ¡De eso nada, monada! ¡Este puente es mío! ¡Yo también estoy muerto
de hambre, así que pienso devorarte ahora mismo de un bocado!

¡Esta vez el trol no sabía con quien se la estaba jugando! La cabra, valiente
como ninguna, se estiró, infló el pecho y con voz profunda le dijo:

– ¿Me estás amenazando? ¡No me hagas reír! ¡Tú eres el que debe tener
miedo de mí!

El trol sonrió con chulería y le replicó en tono burlón:

– Sé que no vas a comerme, cabra estúpida, porque vosotras las cabras


sólo tragáis hierba a todas horas ¡Menudo asco! ¡Debéis tener los dientes
verdes de tanto mascar clorofila!

La cabra se enfureció. Apretando las mandíbulas de la rabia que le entró,


miró fijamente a los ojos saltones del trol y le gritó:

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– ¡No, no voy a comerte, pero sí voy a mandarte muy lejos de aquí para
que dejes de molestar!

Antes de que pudiera reaccionar, saltó sobre él y le pisoteó con sus finas
pero fuertes patas. Después, lo levantó con los cuernos y lo lanzo al aire. El
trol salió disparado como un dardo, cayó al agua, y como no sabía nadar la
corriente se lo llevó a tierras lejanas para siempre.

El abuelo cabra se quedó mirando al infinito hasta asegurarse de que


desaparecía de su vista. Después, muy digno, se atusó las barbas y
continuó con paso firme sobre el puente.

Al reencontrarse con su hijo y su nieto, los tres se abrazaron. Se habían


salvado gracias al ingenio y a la complicidad que existía entre ellos. Muy
felices, se fueron canturreando y dando saltitos hacia las verdes colinas
para atiborrarse de la hierba deliciosa que las cubría.

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El mono y el tiburón
Cuento popular el mono y el tiburón

Adaptación del cuento popular de Colombia

Érase una vez un mono que vivía junto a la costa. Tenía la suerte de que,
desde su árbol favorito, podía admirar la belleza del inmenso mar ¡Cuánto
disfrutaba contemplando el fuerte oleaje en invierno y las calmadas aguas
en los meses de verano!

El árbol en cuestión era un manzano. En él pasaba la mayor parte del día,


escalando por la copa para mantenerse en forma y mordisqueando una
tras otra las ricas manzanas que tenía a su alcance.

Desde la orilla, un tiburón solía observarle con envidia porque él no podía


llegar hasta la fruta madura que pendía de las ramas. Un día, le gritó con
todas sus fuerzas:

– ¡Eh, amigo mono! ¿Podrías regalarme una de esas manzanas? ¡Nunca he


comido ninguna y tienen una pinta muy apetitosa!

El mono, que era generoso y tenía fruta de sobra, lanzó con acierto una
grande, roja y brillante, a las fauces del tiburón. El enorme pez la engulló y
se llevó una grata sorpresa.

– ¡Oh, esto sabe a gloria! ¡Está buenísima! ¡Muchas gracias!

A partir de entonces, empezó a acudir puntualmente a la orilla para comer


la manzana que, muy amablemente, le regalaba el mono. Enseguida se
creó una complicidad entre ellos que hizo que se convirtieran en muy
buenos amigos.

Después de un tiempo, en una de sus conversaciones diarias, el tiburón le


hizo una interesante propuesta.

– Amigo mono, todos los días acudo a tu encuentro porque me gusta tu


compañía y charlar un rato contigo. Yo ya conozco el hermoso lugar en el

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que vives. Creo que ha llegado el momento de que tú conozcas mi hábitat
y descubras lo maravilloso que es el mar.

El mono se asustó.

– ¡Uy, no, no, amigo mío! ¿Me has visto bien? ¡Soy un mono! No tengo
aletas ni cola de pez para poder nadar ¡Si pisara el agua, me ahogaría al
instante!

Negando con la cabeza, el tiburón le tranquilizó.

– ¡No te preocupes por eso! Yo puedo llevarte en mi lomo. Te encantará el


mundo de coral que hay en el fondo del mar ¡Te aseguro que es tan bello
como el pedacito de bosque en el que vives!

El mono masculló rascándose la barbilla con nerviosismo.

– Es que… No sé qué hacer…

– ¡Anímate! Podrás ver enormes ballenas, pero también pequeños y


delicados caballitos de mar ¡Es un espectáculo que no te puedes perder!

Ya sabéis que la curiosidad es muy propia de los monos, así que no pudo
resistir más y aceptó la invitación. Afinó la puntería y saltó ágilmente
sobre el lomo del tiburón. Sentado a horcajadas como si fuera montado a
caballo, comenzó a navegar dejándose acariciar por la brisa marina.

¡Todo era increíble! Le parecía estar en otro mundo, un mundo azul donde
había especies de algas rarísimas, peces multicolores jugando entre la
espuma… ¡Y cómo olía a sal!

De repente, de las profundidades, llegó una voz.

– ¡Atención a todos! ¡El rey de los tiburones está muy enfermo! ¡Hace falta
que alguien traiga urgentemente un hígado de mono para fabricar la única
medicina que podrá salvarle! ¡Ayuda! ¡Ayuda!

El tiburón frenó en seco y miró fijamente al mono. Era su amigo, pero


claro… Al fin y al cabo él era un tiburón y su instinto depredador afloró al

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instante. El macaco, al ver cómo la cara de su colega se volvía tensa y
amenazante, se olió la tostada y buscó la manera de zafarse del peligro.

– Amigo tiburón, siento mucho que vuestro rey esté tan enfermo. Sabes
que estoy deseando entregarte mi hígado, pero lo dejé en el manzano para
que no se dañara con el agua. Acércame a la orilla y con mucho gusto te lo
daré.

El tiburón se tragó la patraña.

– Está bien… ¡Mejor así, porque si no me vería obligado a arrancártelo de


cualquier manera!

El tiburón regresó con tanta rapidez a la orilla que el asustado mono tuvo
que agarrarse a la aleta con mucha fuerza. Cuando por fin puso las patas
en la arena estaba medio mareado, pero echó a correr como un bólido de
competición. Al llegar a su árbol, trepó y trepó por él hasta sentirse
completamente seguro.

Desde el agua, el tiburón, alucinado, le recriminó.

– ¡Eh, tú! ¡Vuelve! ¡Necesito que me ayudes!

El mono, todavía con el corazón en un puño por el sofocón, le contestó a


gritos.

– ¿Estás loco? ¿De verdad me creíste cuando te dije que te iba a dar mi
hígado? ¡Eso ni lo sueñes!

El tiburón se quedó sin palabras. Se dio cuenta de que no había podido


evitar comportarse como un tiburón, pero también que el mono era un
mono y había actuado según su naturaleza. Cada especie es como es y el
instinto animal de cada uno es algo contra lo que no se puede luchar.

Cada cual volvió a su entorno natural: el mono siguió viviendo feliz en su


árbol atiborrándose de manzanas, y el tiburón se sumergió, como siempre,
en las profundas aguas del mar.

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