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Col·lecció Amèrica, 17

LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS,
REPRESENTACIÓN
INDEPENDENCIAS Y NACIONES EN IBEROAMÉRICA

Carmen Corona, Ivana Frasquet,


Carmen María Fernández Nadal (eds.)

2009
BIBLIOTECA DE LA UNIVERSITAT JAUME I. Dades catalogràfiques

Legitimidad, soberanías, representación : independencias y naciones en Iberoamérica / Car-


men Corona, Carmen María Fernández, Ivana Frasquet (eds.) — Castelló de la Plana : Publicacions
de la Universitat Jaume I, D.L. 2009
p.; cm. — (Amèrica ; 17)
Bibliografia.
ISBN: 978-84-15443-08-7
ISBN 978-84-8021-703-3
1. Amèrica Llatina – Política i govern– S. XVII-XIX. 2. Nacionalisme -- Amèrica Llatina – S. XVII-
XIX. I. Corona Marzol, Carmen. II. Fernández Nadal, Carmen María. III. Frasquet, Ivana.
IV. Universitat Jaume I. Publicacions. V. Sèrie. Amèrica (Universitat Jaume I) ; 17

32(8)”16/18”
329.73(8)”16/18”

Dirección de la colección Amèrica: Vicent Ortells Chabrera

© De los textos: los autores, 2009

© De la presente edición: Publicacions de la Universitat Jaume I, 2009

© Ilustración de la cubierta: El Panteón de los héroes: Estudio para un gran cuadro alegórico.
Arturo Michelena. 1898. Óleo sobre lienzo, 135 x 168 cm.
Colección Pedro Benavides

Edita: Publicacions de la Universitat Jaume I. Servei de Comunicació i Publicacions


Campus del Riu Sec. Edifici Rectorat i Serveis Centrals. 12071 Castelló de la Plana
Fax 964 72 88 32
http://www.tenda.uji.es e-mail: publicacions@uji.es

ISBN: 978-84-15443-08-7
ISBN: 978-84-8021-703-3

DOI: http://dx.doi.org/10.6035/America.2009.17
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CONTENIDO

Presentación .................................................................................................. 7

PARTE PRIMERA: LA LEGITIMIDAD MONÁRQUICA ..................................... 13

Carmen María Fernández Nadal ................................................................. 15


La pugna por la soberanía colonial en América.
El problema de Jamaica y las relaciones con Inglaterra (1665-1671)

José A. Armillas Vicente .............................................................................. 41


La Luisiana española y las Antillas francesas (1763-1785)

Jorge Victoria Ojeda .................................................................................... 59


Atentando contra la soberanía: la red del contrabando
en el Yucatán colonial. Notas para su estudio

José María Aguilera Manzano ................................................................... 73


La pugna por el poder en la Sociedad Económica de Amigos
del País de La Habana (1793-1823)

PARTE SEGUNDA: LA LEGITIMIDAD AUTONOMISTA DEL DOCEAÑISMO... 95

Ivana Frasquet ............................................................................................. 97


La construcción de la representación: los diputados suplentes
americanos en las Cortes de Cádiz

Manuel Chust ............................................................................................. 147


Independencia, independencias y emancipaciones iberoamericanas:
debates y reflexiones
Jaime E. Rodríguez O. .............................................................................. 165
La naturaleza de la representación en la Nueva España y México

Noelia González Adánez ........................................................................... 193


Definir y representar la nación durante la crisis imperial

PARTE TERCERA: LA LEGITIMIDAD REPUBLICANA..................................... 203

Bárbara Díaz Kayel .................................................................................... 205


La idea de la «soberanía particular de los pueblos» en la revolución
de la Banda Oriental

Mirian Galante .......................................................................................... 215


Disputas sobre el nuevo orden. Propuestas jurídicas de un
fundamento para el México independiente

Alejandra López Camacho ....................................................................... 227


La idea de la legitimidad política en el periódico La Sociedad
de la ciudad de México, 1857-1867

PARTE CUARTA: LA REPRESENTACIÓN DE LA LEGITIMIDAD.................... 239

Tomás Pérez Vejo ..................................................................................... 241


Historia nacional contra historia sagrada: legitimidad y pintura
de historia en la academia de San Carlos de México durante
el siglo xix

Camilla Cattarulla ...................................................................................... 259


Legitimar y olvidar: la nación argentina en la pintura «de frontera»
del siglo xix

Joan Feliu Franch ...................................................................................... 275


Artes vetustas para naciones nuevas
PRESENTACIÓN

Los tres conceptos que titulan este volumen constituyen tres nociones bási-
cas de la ciencia política, el derecho y la historia. Desde la perspectiva histórica,
suponen tres procesos claves para comprender el tránsito del antiguo régimen
al sistema liberal. Legitimidad, soberanías y representación forman parte del
acervo cultural de Occidente, un legado trascendental de la Ilustración, después
acomodado adecuadamente y renovado por el pensamiento político liberal.
Ya en la Europa Moderna la legitimidad del poder fue cuestionada con
extraordinarias luces por dos filósofos y politólogos ingleses de enorme tras-
cendencia, T. Hobbes y J. Locke. Entonces, en esa esclarecedora centuria del
seiscientos, las instancias del poder eran varias (señoriales, eclesiásticas, muni-
cipales, territoriales, reales…), pero la legitimidad real no fue cuestionable en la
práctica hasta que un parlamento revolucionario sentenció la decapitación del
rey Estuardo Carlos I. El principio de la soberanía del rey y la legitimidad del
poder estaban transformándose tanto en la esfera intelectual como en la prác-
tica social. Comenzó a difundirse que el principio de la sociedad política era el
consentimiento, y, precisamente, en ese consentimiento o consenso radicaba
la legitimación del poder público. Profunda y transcendente respuesta ante la
práctica de un absolutismo doctrinal y, sobre todo, ante un absolutismo de ori-
gen divino, instaurado en algunos de los principales estados europeos.
Como ya sabemos, un siglo después, en plena Ilustración, uno de los gran-
des teóricos franceses, J. J. Rousseau, promovió con sus ideas un perfil defini-
tivo sobre el concepto de la legitimidad, abriendo las puertas a la libertad de

Contenido
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

la ciudadanía. La legitimidad, aducía, «se encuentra en el consenso de cada


particular de someterse a esa voluntad general».
En el mundo americano estas ideas fueron debatidas en círculos políticos y
culturales, en las Sociedades Económicas de Amigos del País. Con el tiempo el
pensamiento revolucionario conllevó el fin de la dominación española, los mo-
vimientos de insurgencia y el salto a la constitución de los Estados nacionales.
El presente volumen reúne catorce estudios, que analizan, desde diferentes
concepciones metodológicas y perspectivas históricas, diversos exponentes so-
bre el ejercicio de la legitimidad en el mundo hispánico, subdivididos en cuatro
grandes áreas: la legitimidad monárquica; la legitimidad autonomista del docea-
ñismo; la legitimidad republicana, y la legitimidad de la legitimidad.
Abren el libro cuatro interesantes trabajos donde el ejercicio de la legitimidad
monárquica nos traslada a Jamaica, Luisiana, Yucatán y La Habana, con una vi-
sión pormenorizada de la diversidad de casuísticas en el mundo colonial.
Comienza la época colonial un veraz análisis de Carmen María Fernández
Nadal, profesora de la Universitat Jaume I, sobre la pérdida de la soberanía es-
pañola en Jamaica, y las repercusiones que este suceso ocasionará en los terri-
torios españoles del ámbito. Nos sitúa a mediados de la centuria del seiscientos,
cuando el tráfico comercial y el sistema mercantilista se están disputando un
espacio estratégico, territorial y marítimo esencial para las potencias europeas.
En este momento Inglaterra inicia una firme andadura de ocupación en las rutas
y enclaves, que la situará vencedora en los tratados de Utrecht (1713). Jamaica
constituyó su perla más preciada y con ella puso el pie de su soberanía en el
espacio caribeño.
José Antonio Armillas Vicente, catedrático de Historia de América de la Uni-
versidad de Zaragoza, se ocupa esta vez de la recuperación de Luisiana para
la Corona española, cedida por Francia tras el tratado de la paz de París en
1765. Este trabajo, de un reconocido especialista en este ámbito, nos muestra a
través de una nítida y esclarecedora investigación los problemas de los colonos
de Luisiana, y la ruinosa situación económica tras el abandono francés, cuyos
indicios más alarmantes estuvieron constituidos por la suspensión de pagos, y
la escasa y devaluada moneda circulante. En el proceso de la integración y del
restablecimiento económico del territorio fueron esenciales los intentos de los
primeros gobernadores de promover las actividades mercantiles; el proceso de
establecimiento de la soberanía española por O’Reilly, así como las gestiones
de Bernardo de Gálvez por establecer la regulación del comercio, auténtica
llave maestra para mantener el territorio.
Jorge Victoria Ojeda, investigador de la Historia de América, es el autor del
tercero de los trabajos, dedicado a la red del contrabando en Yucatán en el

8 Contenido
P R E S E N TAC I Ó N

tránsito del siglo xviii al xix. La legitimidad política e institucional estuvo com-
prometida por los intereses parciales de las redes sociales del comercio ilícito.
Tres instancias estaban comprometidas en ello, y su interrelación hacía posible
su funcionamiento: los vigías –como celadores de la soberanía territorial–, los
intermediarios comerciales, y las instancias gubernamentales implicadas en el
contrabando. Desde el denominado «nivel regional» la red se expandía hasta
el «tercer nivel», compuesto por las altas esferas comerciales y políticas de la
península yucateca.
Un último trabajo cierra el espacio dedicado a la legitimidad monárquica, el
dedicado a las luchas políticas en el seno de la Sociedad Económica de Amigos
del País de La Habana, entre 1793 y 1825. José María Aguilera Manzano, inves-
tigador en la eeha y, en la actualidad, en la Universidad de Cantabria, analiza
con sutil percepción la formación de una identidad cubana, paralela a la que se
pretendía implantar desde la metrópolis. Este grupo de intelectuales y autorida-
des habaneras era más heterogéneo de lo que la historiografía nacionalista ha
sostenido hasta ahora, por lo que constituía una realidad más compleja, donde
la diferenciación entre españoles y nacionalistas cubanos no era tan nítida
como se ha pretendido. También en los territorios de ultramar estas sociedades
impulsaron y fomentaron el desarrollo económico, primero atendiendo a los
principios ilustrados y luego con una progresiva adecuación a las doctrinas
liberales. En Cuba esta Sociedad constituyó un instrumento fundamental para
conocer las características de la población, la geografía, la fauna y la flora del
territorio, así como para generar un movimiento cultural propio.
Un segundo bloque de artículos abre paso en este volumen a la legitimidad
autonomista del doceañismo.
En primer lugar, Ivana Frasquet, profesora de Historia Contemporánea de
la Universitat Jaume I de Castellón, nos introduce en un análisis político sobre
los diputados suplentes americanos en las Cortes de Cádiz. Una sagaz interpre-
tación sobre la construcción de la legitimidad en la representación de ultramar,
formada por los delegados de una sociedad criolla, llenos del espíritu renova-
dor constitucional, y con la problemática e inquietudes de quienes pretenden
una independencia política rápida, pero con inevitables matices.
Manuel Chust Calero, profesor titular de Historia Contemporánea de la Uni-
versitat Jaume I, con la maestría y brillantez que le caracterizan, ofrece una
amplia reflexión sobre una temática de innegable actualidad, como son las no-
ciones e implicaciones del concepto de independencia y del de emancipación.
Un debate necesario, que puntualiza desde una óptica interpretativa personal y
un profundo conocimiento de la materia, crítico con las nociones clásicas de la
historia-patria latinoamericana.

Contenido 9
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Transcendental es el trabajo de Jaime E. Rodríguez Ortiz, profesor de


la Universidad de California en Irvine. Un documentado e imprescindible
estudio sobre la naturaleza e historia de las juntas del Nuevo Mundo y, en
concreto, del Reino de Nueva España y México. Estas juntas o congresos de
ciudades funcionaban como verdaderas cortes, y constituían sin duda cuer-
pos representativos. Ellas demuestran el concepto de la representatividad
de los primeros pobladores y la constitución mixta, que fue muy diferente
en Nueva España y Perú. La exigencia de representación en las Cortes con
el tiempo no se intensificó, debido a los intereses de las élites del Nuevo
Mundo.
Sin más, preocupadas por los intereses de sus regiones, estuvieron las ciu-
dades, ocupadas en la evolución y consolidación del régimen municipal bajo
el prisma de obtener mayor autonomía. A pesar de su desarrollo durante los
siglos xvi y xvii, las ciudades indianas sufrieron las iniciativas del despotismo
ilustrado y, más directamente, del reformismo carolino, ya que como represen-
tantes de sus regiones, constituían un obstáculo importante para la acción de
la monarquía. Ésta emprendió acciones para reducir su poder tanto en España
como en América.
La crisis de final del antiguo régimen produjo cambios en la cultura política
en ambos hemisferios. Y en esta última parte del trabajo es cuando su autor nos
diseña con magistral trazado el proceso de vaivenes y dificultades de la cons-
titución de la soberanía y legitimidad del poder en las ciudades y los pueblos
mexicanos hasta el derrumbe del mundo hispánico en 1820.
Cierra esta segunda parte una interesante reflexión de Noelia González,
profesora de la Universidad Complutense de Madrid, sobre los cambios sufridos
en las bases de legitimidad de la autoridad en el proceso de las independencias
americanas. Tras el análisis del pensamiento político de Flórez Estrada, Blanco
White y de los diputados Quintana y Argüelles, entre otros, concluye con la
explicación del derecho político del individuo y la sanción a un sistema de
representación copado por la élite.
Un tercer bloque del libro está dedicado a la legitimidad republicana, tres
estudios completan esta parte, dos de ellos dedicados al México independiente
y un tercero, a los conflictos existentes en la Banda Oriental entre Montevideo
y Buenos Aires.
Bárbara Díaz Kayes, de la Universidad de Montevideo, aborda esta última
cuestión, entorno al debate sobre la soberanía retrovertida al pueblo, en au-
sencia de él y, en concreto, sobre la noción en singular o en plural, es decir, si
la soberanía sí corresponde al pueblo, o a los pueblos. Tras realizar un análisis
pormenorizado de las circunstancias históricas de la Banda Oriental, se pronun-

10 Contenido
P R E S E N TAC I Ó N

cia finalmente a favor del sistema federativo, que permitía conciliar la necesaria
unidad del Estado con las libertades locales.
En otro orden de cosas, Mirian Galante, del Instituto de Historia del csic,
nos ofrece una espléndida aportación con claras y argumentativas reflexiones
sobre las propuestas jurídicas en el proceso de definición y formalización de
los principios constituyentes del Estado mexicano. Para ello analiza los textos
de carácter doctrinal elaborados o editados por juristas mexicanos durante la
primera mitad del siglo xix, y llega a la conclusión de la existencia de dos
compresiones distintas del derecho, cuyas diferencias radicaron en la forma de
caracterizar dicha sociedad.
Para finalizar, Alejandra López Camacho, perteneciente a la Universidad Au-
tónoma de Puebla, en México, aborda el análisis del concepto de legitimidad,
a través de los editoriales del periódico La Sociedad, de la ciudad de México
durante la década de 1857-1867. En este estudio se observa este medio de ex-
presión como un medio de acceso a la cultura del diálogo político, y a las ideas,
palabras y conceptos que definieron una época y un grupo político.
El cuarto y último bloque está dedicado a la representación de la legitimi-
dad. En él penetramos en el mundo de los imaginarios colectivos, las imágenes
artísticas y el mercado de las artes. Todo ello contribuyó de forma contundente
al desarrollo de la legitimidad de las sociedades y los Estados nacionales.
Tomás Pérez Viejo, miembro de la Universidad Autónoma del Estado de
Morelos, estudia con minuciosidad y dedicación el desplazamiento de la iden-
tidad religiosa a la identidad nacional, en las exposiciones de la Academia de
San Carlos de México, entre 1849 y 1899. El autor reflexiona sobre el posible
papel de las élites mexicanas en el proceso de construcción de la nación, la
entronización de ésta, como concepto hegemónico «de la identidad colectiva,
frente a la dinástico-religiosa». Por último, estudia una serie de imágenes donde
se vuelve a revivir que el pasado de México es azteca.
Camilla Cattarula, profesora de la Universidad de Roma Tre, dedica su es-
tudio a la identificación de los procesos de construcción del bagaje simbólico
de los Estados-Nación. En concreto, la autora realiza una interesante y atractiva
visión sobre la pintura argentina buscando con rigor y maestría las «huellas» de
los símbolos del pasado nacional, rescatando batallas, géneros costumbristas y
corrientes paisajísticas. El gaucho tiene también su lugar como definición de la
identidad argentina, aunque haya sido borrada de la memoria la presencia de
mestizos, indios, cautivas y negros.
Para finalizar, Joan Feliu, profesor de Historia del Arte de la Universitat Jau-
me I de Castellón, nos recrea con una investigación sobre las artes vetustas en
los nuevos Estados-Nación.

Contenido 11
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Algunos de estos estudios formaron parte del III Congreso Internacional:


Nueva España y las Antillas. Hoy constituyen este valioso volumen, donde el lec­
tor podrá disfrutar de una investigación especializada y comprender mejor el
proceso de conformación política, económica, social, cultural y artística de los
actuales Estados latinoamericanos.

Carmen Corona Marzol


Exdirectora del Centro de
Investigaciones de América Latina

12 Contenido
la legitimidad monárquica

Contenido
La pugna por la soberanía colonial en América. El problema de Jamaica
y las relaciones con Inglaterra (1665-1671) 1
Carmen María Fernández Nadal
Universitat Jaume I, Castellón

Introducción

Las relaciones diplomáticas hispano-inglesas estuvieron envueltas de des-


confianza a lo largo del reinado de Carlos II (1665-1700). Los intereses de cada
potencia ya fuera a nivel comercial o territorial, influyeron en las negociaciones
y en la redacción final de los tratados defensivos, ofensivos y sobre América
que ambas firmaron.
Uno de los primeros aspectos que centraron el debate fue la problemática
de Jamaica. Desde su ocupación en época de Cromwell (1655) la idea de recu-
perarla permaneció durante años, sobre todo en la primera mitad del reinado
del último Austria.

Este trabajo forma parte de la tesis doctoral «Los embajadores de Carlos II en Londres.
La política exterior de la Monarquía Hispánica», 2 vols. (3 de marzo de 2007). Dirigida por
la profesora Dra. Carmen Corona Marzol, Tribunal: E. Belenguer, L. Ribot, J. A. Armillas,
G. Pérez Sarrión, V. Mínguez.
Esta investigación se ha podido realizar gracias a la concesión de una beca de Formación
de Personal Investigador de la Generalitat Valenciana (2002-2006), a la reciente beca de Con-
tinuidad de la Universitat Jaume I (2006-2007), y a las ayudas para estancias de la Generalitat
Valenciana (2003 y 2005) y la Universitat Jaume I- Fundació Caixa Castelló-Bancaixa (2004).
Y bajo los auspicios de dos proyectos de investigación, uno dirigido por la profesora Carmen
Corona Marzol, Guerra, Diplomacia y Monarquía en la España de Carlos II (bha2000-0887),
del Ministerio de Ciencia y Tecnología (2000-2003). Y otro dirigido por el profesor Guillermo
Pérez Sarrión, Absolutismo y Mercado. La Política del Estado, siglos xvii-xviii (hum2004-00537)
Ministerio de Educación y Ciencia (2005-2007).

Contenido 15
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

A pesar de lo acordado en el tratado de 1656, cuando Carlos II de Inglaterra


llegó al trono no devolvió la isla. Su ubicación estratégica, a un paso del con-
tinente americano, convirtió a este enclave inglés en base para las actuaciones
de la potencia marítima en la zona del Caribe y del resto del continente. Piratas
ingleses pero también franceses u holandeses la utilizaron como guarida.
La monarquía española intentó, a través de sus embajadores, conseguir en
un primer momento la devolución de la que había sido una de sus posesiones,
incluso se planteó su compra aunque jamás lo consiguió. Por un lado, Ingla-
terra no tenía interés en desprenderse de ella, pues le era de mucha utilidad
y, por otro, la monarquía hispánica, que también se había planteado esta po-
sibilidad para Tánger, se encontró con la dificultad económica que le impedía
llevarla a término.
En el tratado de 1670 Inglaterra consiguió que se le reconociera la posesión
de territorios que en ese momento ocupaba, lo que afectaba concretamente a
Jamaica.

Mapa 1. El Caribe

Portobelo, Panamá, la zona del Darién y la de Campeche fueron las regiones


geográficas más afectadas por agresiones inglesas, así lo indica la documenta-
ción diplomática. Los embajadores en Londres se quejaban constantemente por
las acciones que se realizaban en las Indias y que suponían una contravención
a los tratados firmados.

16 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

Los conflictos hispano-ingleses en las indias


en los primeros años del reinado de Carlos II

Días después de la muerte de Felipe IV pasó por el Consejo de Estado una


consulta sobre los excesos e invasiones que los ingleses hacían en las Indias.
El expediente iba con una resolución del Consejo de Indias, donde se había
hecho una relación de las hostilidades donde se incluía el saqueo de la villa de
Tabasco. La medida que se planteó fue que la armada de Barlovento se dirigiera
a la zona, para su defensa, nada más finalizara su cometido en esos momentos.
Los consejeros de Estado, además, decidieron escribir al embajador inglés para
dar las quejas, y también al conde de Molina, diplomático español, para que
hiciera lo propio en Londres.1
En la relación de infracciones realizadas por ingleses residentes en Jamaica
que fueron enviadas estaba detallado el ataque y saqueo de 1665 (la víspera
de Navidad) a la villa del Cayo (jurisdicción de La Habana), donde fueron
apresados y pasados a cuchillo veintidós españoles (en una embarcación):
«...executando grandes atrocidades como cortar a unos la narices y a otros las
orejas después de muertos». De ahí pasaron a la villa del Bayamo (también
jurisdicción de Cuba) con trece embarcaciones y setecientos hombres, de los
que desembarcaron ciento cincuenta, donde realizaron las mismas atrocidades.
Pasaron después a ocupar y saquear Santispiritus donde agredieron a hombres
y mujeres, quemaron casas y atacaron violentamente imágenes, altares y se lle-
varon ornamentos sagrados. Por estos ataques la monarquía hispánica acusaba
a la Corona inglesa de incumplimientos en los capítulos de las paces.2
A estos incidentes ya relatados había que sumar la aparición de veintidós
embarcaciones de corso, mandadas por el gobierno de Jamaica a las islas de
Barlovento, a las costas de Cartagena y a Campeche con el fin de entorpecer el
comercio de ellas. Fue apresada también en estas fechas la fragata Nuestra Se-

1. Archivo General de Simancas (en adelante ags,) Estado (en adelante, e.) Legajo (en
adelante, leg.) 2535, Madrid, 22 de septiembre de 1665. Consejeros de Estado que asisten:
marqués de Velada, conde de Peñaranda y duque de Alba. ags, e. leg. 2535, Madrid, 16 octu-
bre 1665: Ricardo Fanshau, embajador de Inglaterra envió el 14 de octubre la queja a su rey
y así se lo comunica a la reina Mariana de Austria el viernes 16. Archivo Histórico Nacional
(en adelante ahn), Sección Nobleza del Archivo Histórico de Toledo (en adelante, nobleza),
Fernannuñez, C.970, D. 4, Madrid, 3 de octubre de 1665. La reina Gobernadora escribe al
embajador español en Londres sobre las repetidas hostilidades que cometen en las Indias los
ingleses y los nuevos avisos de invasiones como el saqueo de Tabasco. Con la carta se envía
relación de los excesos para que el conde se queje al rey y sus ministros diciéndoles: «que
esta no es forma de buena paz, y correspondencia...»
2. ags, e. leg. 2537, sf. Relación de los excesos e invasiones que han hecho los Ingleses de
Jamaica en las Indias. Cayo, Bayamo y Santispiritus estaban bajo jurisdicción de Cuba. ags,
e, leg. 2538, sf.

Contenido 17
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

ñora del Populo que viajaba de Cartagena al puerto del Príncipe y que fue lleva-
da a Esquibel, un puerto a 3 leguas del principal de Jamaica, donde los ingleses
se repartían las presas. Los que viajaron hasta la isla inglesa reclamando este
navío y otro desaparecido que iba dirección Cartagena, en virtud de las paces
firmadas, se encontraron con la negativa del gobernador que argumentaba que
los apresadores eran piratas. Pero esto se vio como una excusa pues se sabía
por los prisioneros que todas las presas se repartían y se enviaba una parte al
gobernador de Jamaica (en este caso mil pesos y en el saco de Nicaragua le
habían tocado 12.000).3
Antonio Mexía, el conde de Molina expuso todas estas quejas al rey inglés
señalándole lo expresado por la reina y dejando claro lo inaceptable que era
para la Corona española que estas repetidas agresiones no recibieran. Carlos II
de Inglaterra se comprometió a examinar y dar satisfacción de aquellos hechos
pero no sin antes reprochar que en los puertos de la Corona española se trataba
mal a sus súbditos.4
Los presidentes de Panamá y Guatemala y el gobernador de Costa Rica
informaron que, en abril de 1666, ochocientos ingleses de Jamaica, en catorce
embarcaciones, habían saqueado la ciudad de Granada y de ahí habían pasado
a Turrialva (con su Coronel Mansflei y siete capitanes más, entre ellos Juan de
la Mar y David) donde habían matado todas las vacas y mulas, quemado cruces,
atacado imágenes, iglesias, casas y talado árboles frutales.5
Con estas agresiones se evidencia la necesidad que había de armas y muni-
ciones para la defensa en la zona. Estos ataques fueron analizados en el Con-
sejo de Estado junto a otros sufridos en Cuba y Costa Rica que ya habían sido
estudiados primero en una Junta de Guerra de Indias. En ella, sus miembros,
después de culpabilizar de todos los daños al gobernador de Jamaica, tomaron
la decisión (refrendada por los consejeros de Estado) de mandar a las Indias
a la Armada de Barlovento, que en esos momentos se encontraba en Cádiz;
aumentar la infantería de los galeones para que parte de las fuerzas fueran
desembarcadas en la isla de Cuba, en concreto para reforzar La Habana, y se
dio orden al virrey de Nueva España para asistir puntualmente con el situado
de aquellos presidios.6
Al Consejo de Estado ya no le valían las palabras ni del embajador inglés,
ni de su gobierno, indignado por las agresiones. Sobre todo les molestaba la

3. ags, e, leg. 2537, sf.


4. ahn, nobleza, Fernannuñez, C.970, D. 4, Oxford, 13 de noviembre de 1665. El conde
de Molina a la reina.
5. ags, e, leg. 2537, sf. ags, e, leg. 2538, Guatemala, 13, 16 y 30 de mayo de 1666; Cartago,
2 mayo 1666.
6. ags, e, leg. 2538, Madrid, 2 de octubre de 1666.

18 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

implicación del gobernador de Jamaica en todo lo que ocurría. Los consejeros


consideran injusto que mientras los ingleses realizaban estos agravios infrin-
giendo las paces seguían disfrutando del comercio en los reinos de Su Majestad
Católica.7
En septiembre de 1666, el conde de Molina envió más noticias sobre las
nuevas hostilidades en las Indias e informó sobre invasiones de los ingleses
de Jamaica, haciendo especial hincapié en la isla de Santa Catalina (junto a
Portobelo), ya que se rumoreaba que podía haber sido ocupada por ellos. La
situación era preocupante, puesto que se trataba de una zona que ya había
sido atacada anteriormente. Los consejeros de Estado creyeron conveniente
que el Consejo de Indias tuviera muy en cuenta los avisos del embajador, y
por eso sugirieron que éste estudiase el agregar algún refuerzo a los galeones
y a la Armada de Barlovento para limpiar la zona e incluso «intentar algo sobre
Jamaica».8
Pedro Fernández del Campo le leyó al secretario de la embajada británica en
Madrid el resumen de los excesos y sacrilegios que los ingleses cometían en las
Indias, una copia de la cual ya había sido enviada al conde de Molina y ahora
se le entregaba al secretario, que se comprometió a hacérsela llegar a su rey,
no sin antes asegurar que los autores de aquellas fechorías no eran otros que
piratas y que por tanto no llevaban órdenes de su rey. Asimismo, el secretario
calificaba al gobernador de Jamaica, al que decía conocer, como un hombre
prudente incapaz de estar involucrado en estos sucesos.9
El marqués de Castel-Rodrigo, gobernador de Flandes (1664-1668) preocu-
pado por la defensa de las Indias, en mayo de 1666, en una de sus cartas
explicó su punto de vista sobre las alianzas más convenientes para la conser-
vación de los dominios hispanos. Creía que con el apoyo del Emperador y de
Inglaterra se podrían asegurar aquellos dominios y el resto de territorios. Para él
los franceses eran los eternos enemigos y, por tanto, había que intentar tener a
Inglaterra como aliada y no como enemiga de lo contrario la monarquía espa-
ñola terminaría en una guerra con las dos potencias.10 La opinión del goberna-
dor de Flandes siempre se tuvo muy en cuenta porque era una pieza clave
dentro del organigrama que aplicaba la política exterior de la monarquía en
el Norte de Europa.
En ese año de 1666 el embajador no solamente dio cuenta de las hostilida-
des inglesas, también comunicó todas las novedades que llegaban a sus oídos

7. Ibídem.
8. ags, e, leg. 2538, Madrid, 12 de octubre de 1666. También: ags, e, leg. 2538 con despa-
cho de 17 de septiembre de 1666.
9. ags, e, leg. 2538, Madrid, 1 de diciembre de 1666.
10. ags, e, leg. 2538, Bruselas, 25 de mayo de 1666.

Contenido 19
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

y que tenían que ver con las Indias, como el asalto inglés a la isla de San Cris-
tóbal y el ataque francés a dos navíos. Noticias que había conocido gracias a
los mercaderes de la ciudad que se mostraban, como el resto de la población,
indignados según indicaba el diplomático.
En la primavera de 1667, el residente de Suecia en Londres comentó al em-
bajador Antonio Mexía, repetidas veces, que la Corona inglesa y la francesa,
ajustada la paz, iban a pasar su flota a las Indias, siendo su objetivo principal
Santo Domingo. El Consejo de Estado remitió este aviso al de Indias para que
fueran informados de inmediato la armada y los corsistas.11
No sólo llegaban noticias de ataques y hostilidades, el embajador también
anunciaba todas las noticias que podía averiguar en aquella corte de Londres
sobre las Indias. Así por ejemplo, en 1668 se informó del grave incendio en la
principal isla de Barbados en la villa de Bridge.12
En esos meses, además, el conde de Molina estaba esperando una respuesta
para el memorial que había presentado sobre los excesos de los ingleses de
Jamaica en las Indias, por el saqueo de la villa de Puerto del Príncipe en La
Habana. Por este motivo, el diplomático retrasó la entrega de una carta al rey
inglés en la que se participaba la aprobación española del embajador extraor-
dinario Milord Sandwich, por sus negociaciones con Portugal.13
En esas fechas existía un interés francés por acercarse a Inglaterra. El emba-
jador del cristianísimo, Colbert, que se encontraba en Londres, había transmi-
tido a Carlos II Estuardo la orden que su rey había dado al gobernador de San
Cristóbal, por la cual éste debía entregar la isla a la persona que Su Majestad
Británica dijera. Esta novedad la comunicó el conde de Molina, sin darle mu-
cho crédito a su cumplimiento, subrayando las actuaciones «desagradables de
Colbert».14

Una guerra encubierta. Repercusiones acontecidas


tras el saco de Portobelo de 1668

En junio de 1668, según fuentes inglesas, desembarcaron cuatrocientos vein-


tidós hombres en veintiocho canoas, piraguas y otras embarcaciones, cerca de
Portobelo. Poco tiempo después alcanzaron las murallas del fuerte de Santiago,

11. ags, e, leg. 2539, Madrid, 18 de mayo de 1667. Londres, 18 de abril de 1667.
12. ags, e, leg. 2542, Londres, 21 de junio de 1668.
13. ags, e, leg. 2542, Londres, 24 de agosto de 1668. Los mercaderes de Londres le habían
remitido al embajador español diferentes cartas de Jamaica escritas el 16 de mayo en que se
les avisa de lo ocurrido en Cuba.
14. ags, e, leg. 2543, Londres, 30 de noviembre de 1668. Madrid, 17 de enero de 1669.

20 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

y tras 3 ó 4 horas de combate lo tomaron. Posteriormente, pasaron a atacar el


fuerte de San Felipe (guarnecido por doce gruesas piezas de artillería), plaza
que se rindió en pocas horas tras llegar a un acuerdo. Algunos enfermaron en
dicho fuerte y la mitad murieron tras los combates. Tanto por esto, como por
los 100.000 escudos que los españoles les dieron, los ingleses se retiraron.15
Si las fuerzas hubieran sido mayores (el capitán inglés Doglar habla de unos
ochocientos hombres) hubieran atacado tras Portobelo por tierra, Panamá, si-
tuada sobre el Mar del Sur a dieciocho leguas de la plaza ya atacada. El capitán
inglés pensaba que fácilmente se habría rendido consiguiendo el dominio so-
bre el Mar del Sur y el Reino de Perú.16
Henry Morgan y los capitanes que acompañaban a éste en la toma de Por-
tobelo informaron a Thomas Modyford, gobernador de Jamaica, a primeros
de septiembre de 1668 sobre todo lo sucedido. Morgan tenía comisión del
gobernador, desde hacía ocho meses, para juntar todos los corsarios ingleses
que pudiera y como comandante tomar prisioneros de la nación española.
Querían conseguir testimonios sobre las supuestas pretensiones españolas de
invadir Jamaica, al parecer Modyford había recibido reiterados avisos. Además,
el gobernador le ordenó que se quedara al barlovento de la isla, por si era
necesaria su asistencia. Morgan había reunido cerca de quinientos hombres en
diez navíos.17
Decidieron acercarse a la costa de Portobelo porque los rumores sobre levas
para marchar contra Jamaica partían de allí. Incluso comentaron a los coman-
dantes de la flota francesa sus intenciones por si querían unirse, pero rehusa-
ron hacerlo en esta ocasión, en opinión de Morgan, porque veían el proyecto
demasiado arriesgado. Finalmente, llegaron y según la versión del corsario
fueron recibidos por los españoles con disparos por lo que ellos también res-
pondieron con el mismo lenguaje. Y tras esto, se lanzaron en la búsqueda de
testimonios que respaldaran su tesis, pues argumentaban que su motivación

15. ags, e, leg. 2543, sf. Relación de la toma de Puertobelo por los Ingleses de Jamaica
hecha por el capitán J. Doglar, segundo cabo que fue a la facción, la cual remitió del Ave de
gracia en Francia.
ags, e, leg. 2543, despacho de 22 de febrero de 1669. Madrid, 28 de marzo de 1669. Esta
versión se contradice con la que dieron el Almirante Enrique Morgan y los capitanes: Eduardo
Collier, Juan Morice el viejo, Tomas Salter, Juan Ansell, Thomas Clerke y Juan Morice el mozo
el 7 de septiembre de 1668 al teniente general del Puerto Real (información que dan al go-
bernador de Jamaica). En ella dicen que no han muerto más que 18 hombres con 32 heridos
después de tomar los 3 castillos de Portobelo.
ags, e, leg. 2543, Madrid, 18 de marzo de 1669. Santiago de Portobelo, 18 de agosto de
1668; Cartagena, 6 de septiembre de 1668.
16. ags, e, leg. 2543, sf.
17. ags, e, leg. 2543, despacho de 22 de febrero de 1669. Esta versión se contradice con la
que dieron el Almirante Enrique Morgan y los capitanes.

Contenido 21
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

para ir hasta allí era averiguar las intenciones españolas para con Jamaica.
A este respecto, siempre siguiendo la interpretación inglesa, confirmaron sus
sospechas gracias a unos prisioneros que les ratificaron la intención que tenían
de atacar Jamaica y de cómo el Príncipe de MonteSarcho había estado allí con
órdenes del rey de España para levantar dos mil hombres (como parte de su
Armada) en la provincia de Panamá (a la cual pertenecía Portobelo).18
No había acabado 1668 cuando llegaron a Londres las noticias de la toma
de Portobelo, a través de un navío de Jamaica llamado «Jorge y Samuel». El em-
bajador español acusó directamente al gobernador de Jamaica de estar detrás
del ataque, y lo calificó como el mayor pirata de aquellos mares, por amparar
y fomentar a otros negándose a cumplir los mandatos de Su Majestad Británica
poniendo, como ejemplo, los casos de Sebastián Crespo y Juan de Boorques.
Tras la primera carta de queja del conde de Molina, el rey británico no admi-
tió lo sucedido pero se comprometió a dar satisfacción si se confirmaban las
noticias.19
Comprobado el ataque, el embajador español reiteró sus acusaciones y pi-
dió la reparación de lo ocurrido, recordando que este acto, como otros que se
estaban realizando desde Jamaica, iba en contra de los tratados firmados por
ambas potencias. Molina tuvo que comunicar a la corte española, cómo en
Londres, los principales patrocinadores del gobernador de Jamaica, junto con
abogados y mercaderes, estaban intentando justificar sus acciones y quedarse
con los navíos «San Miguel-Santo Domingo» y «San Joseph-La Concepción». En
la corte londinense se decía que «de la otra parte del Trópico de Cáncer en la
América no había paz».20
A pesar de haberse firmado tratados, donde se acordaba una Paz Universal
entre ambas potencias, el conde de Molina, desconfiaba de los ingleses por su
probado incumplimiento de ellos y sobre todo recelaba de la actitud del duque

18. Ibídem.
19. ags, e, leg. 2543, Londres, 14 de diciembre de 1668. enviada con despacho de 18 de
enero de 1669.
20. ags, e, leg. 2543, Londres, 18 de enero de 1669. Y copia de papel que el conde de Mo-
lina entregó a SM Británica el 17 de enero de 1669. En el despacho del 18 de enero se entrega
copia del papel que el conde de Molina entregó a SMB el 27 de agosto de 1668 pidiendo
respuesta a la carta que le había dado el día 8 en la que le hablaba del saqueo de ingleses de
Jamaica al Puerto del príncipe en Cuba.
ags, e, leg. 2543, 28 de agosto de 1667. James Modyford, caballero baronete, juez princi-
pal y teniente gobernador de Jamaica considera que el navío Concepción y San Joseph de
Campeche (que iba cargado de palo en dirección a La Habana cuando fue apresado) fue le-
galmente tomado y apresado con lo que le da la propiedad a Eduardo Dempste. Esta persona
tenía una comisión legítimamente concedida para tomar los navíos y bienes de SM Católica y
de cualquiera de sus súbditos y habitantes al Sur del Trópico de Cáncer.

22 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

de York, del de Albermarle y su partido, interesados en que continuaran las


piraterías del gobernador de Jamaica.21
Ante esta confusa situación política, el embajador Antonio Mexía intentó ha-
blar con algunos ministros, a los que mostró el primer artículo de renovación de
la paz del 23 de mayo de 1667 y el capítulo segundo del tratado de 1630 (que se
volvió a publicar el 20 de septiembre de 1660), donde se especificaba que «los
súbditos de ambas coronas se debían de abstener, generalmente, en todas partes,
de todo género de ofensas, así por mar como por tierra» y que los daños y presas
que se hicieran tras la firma de la paz de 1667 se deberían restituir. También
mencionó el artículo octavo del tratado de 1667 en que (remitiéndose al que
se hizo en Münster con los holandeses) se explicaba que los ingleses deberían
de guardar en las Indias hispanas la misma recíproca amistad que guardaban
los holandeses.22
El conflicto era evidente tras la toma de Portobelo y esto preocupaba a los co­
merciantes ingleses temerosos de posibles represalias, pues podían ser los prime-
ros afectados y además, gravemente. El embajador acusó de lo sucedido, en pre-
sencia del rey y del duque de York, al gobernador de Jamaica, que no había sido
llamado a Londres para su castigo. Molina veía en aquella actitud una aprobación
tácita al comportamiento del gobernador lo que le respaldaba para seguir con la
misma política. Carlos II de Inglaterra no reconoció en enero al gobernador de
Jamaica como autor del ataque aunque reiteró su intención de dar satisfacción.
Mientras tanto, el duque de York propuso, para acabar con la gran cantidad de
piratas, enviar algunos navíos apropiados. Pero el embajador español respondió
a esta iniciativa, categóricamente, argumentando que la solución que se plantea-
ba «podía ser de mayor peligro que la enfermedad».23
Al conde de Molina le inquietaba que los ingleses llegaran a considerar
que los españoles aguantaban todas las ofensas, con resignación y sin oponer
resistencia.24
El Consejo de Indias, por su parte, ante la eventualidad de que aún estu-
viera en manos inglesas Portobelo, preparó galeones para recuperarlo, incluso
se pensó en un ataque a Jamaica y por supuesto, en perseguir y castigar a los
piratas allí donde estuvieran. El Consejo de Estado apoyó la propuesta de en-
viar refuerzos a las Indias sobre todo para intentar rescatar la plaza e intentar

21. ags, e, leg. 2543, Londres, 18 de enero de 1669. Se hace aquí referencia a un fragmento
que en la carta aparece cifrado.
22. Carmen María Fernández Nadal, «Comercio y diplomacia en la segunda mitad del
siglo xvii: la amenaza inglesa en las costas de las Indias» en Itinerarios Históricos, Culturales
y Comerciales (en prensa).
23. Ibídem.
24. Ibídem.

Contenido 23
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

prevenir cualquier otro ataque. Portobelo era muy importante para la conserva-
ción del virreinato del Perú, y por eso pensaron en remitir algunos navíos de la
armada de Barlovento que había llegado a la Península, de los Grillos y otros
que se iban a poder unir a éstos levantando gente; los galeones debían de salir
inmediatamente. Los ingleses hablaban de devolver los barcos apresados y de
la paz en América, sin acabar de reconocer el ataque de Portobelo. Inglaterra
no ofrecía la restitución de todos los daños, ni confesaba su implicación en los
hechos, por eso para el Consejo era importante reforzarse en el mar, proteger
los puertos sin esperar a las posibles restituciones y satisfacciones de los ingle-
ses.25 El incumplimiento de los tratados y aquella actitud alimentaba un ambien-
te de desasosiego, en definitiva, de guerra encubierta en aguas americanas.
En febrero se volvió de nuevo a discutir en el Consejo de Estado sobre
agresiones inglesas, esta vez las que se habían realizado en Puerto del Príncipe
y de las que se tenían noticias gracias al gobernador de La Habana. Éste estaba
indignado, no sólo por los excesos cometidos en la zona, sino también por una
carta del gobernador de Jamaica, que le pedía que tratara bien a sus prisioneros
porque de lo contrario haría lo mismo con los españoles. Estas declaraciones,
que el gobernador de La Habana consideraba propias de un momento de gue-
rra viva, eran observaciones sobre los presos que ya habían sido tenidas en
cuenta en los capítulos de las paces y por tanto, con el cumplimiento de los
acuerdos no era necesario recordarlo.26 Las autoridades españolas se tomaban
esta advertencia como un ejemplo más del desprecio que los ingleses de Ja-
maica, y en especial su gobernador, tenían a los tratados firmados por ambas
monarquías.
El Consejo de Indias se encontraba contrariado, al no saber qué órdenes dar
a sus gobernadores de La Habana y del resto de Barlovento sobre resistir o no
las hostilidades inglesas. El rey de Inglaterra negaba su implicación en aquellos
actos que juzgaba oficialmente prácticas de piratas, pues argumentaba que
estos individuos no eran súbditos de aquella Corona o que por lo menos no
actuaban con orden suya. Pero las declaraciones hechas por el gobernador de
Jamaica desmintieron posteriormente las justificaciones que hasta ese momento
había dado el monarca británico.27
Precisamente, la Junta de Guerra de Indias vio en estas fechas el caso de
unos piratas ingleses que habían apresado un navío español, que llevaba armas
de Nueva España al puerto de Florida, y que habían utilizado para acercarse a
aquellas costas que saquearon, dejando indicios de querer regresar más tarde
con más gente. El gobernador de Florida asustado avisó al virrey y solicitó más

25. ags, e, leg. 2543, Madrid, 14 de febrero de 1669.


26. ags, e, leg. 2543, Madrid, 2 de febrero de 1669.
27. Ibídem.

24 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

soldados para el presidio, artilleros españoles y lo necesario para hacer una


fortaleza de piedra. La junta, que acordó remitir con los galeones algo de gente
para el presidio, además ordenó al virrey asistir al gobernador.28
Al Consejo de Estado conforme con lo decidido por los anteriores orga-
nismos citados, le llamó la atención la carta del gobernador de Jamaica a su
homólogo de La Habana. A los consejeros les había despejado todas las dudas
respecto de si los actos de los piratas se hacían o no con el consentimiento o
mandato del rey.29
Ante esto el Consejo pidió al embajador, el conde de Molina, que estuviera
preparado para salir de Londres, en el caso de no darse satisfacción a todas las
hostilidades, sin que pareciera una ruptura, usando la licencia que tenía para
volver a España, y que le había llegado en el último correo ordinario, donde se
le especificaba que no la ejecutase hasta que no estuviera concluida la Triple
Alianza.30
En opinión de Molina, el gobernador actuaba con orden del rey y, por lo
tanto, la situación requería de un remedio mayor que el que se pudiera conse-
guir con sus representaciones. Pero el Consejo de Estado le respondió tajante-
mente que ejecutara las órdenes que ya tenía.31
El conde de Molina debía salir de Inglaterra al no obtener reparación a los
continuos ataques. Además, en Madrid tampoco había embajador ni ministro
que representara los intereses ingleses. El conde de Peñaranda y el Cardenal de
Aragón se expresaron de la siguiente manera:

que no solo es conveniencia, ni remedio la asistencia del Conde en


Londres sino mucho descredito y indecencia de la Monarquia tener
alli un embajador por testigo de tan repetidas desatenciones, mayor-
mente quando estan verosímil que no hara falta para la triple Liga,
porque si se llega a concluir no sera en Londres sino en Bruselas.32

Peñaranda, interlocutor de la Monarquía Hispánica con la embajada inglesa


en la corte madrileña, había averiguado que el secretario de ésta había recibido

28. Ibídem.
29. Ibídem.
30. ags, e, leg. 2543, Madrid, 2 de febrero de 1669. ags, e, 2543, 12 de enero de 1669. En
esta consulta ya se habla de una posible salida del embajador de Londres y Su Majestad deci-
de que se haga si no se ha dado satisfacción a lo sucedido; pero después de ajustada la Triple
Liga. Además, el Consejo habla de lo poco que se pueden fiar de los ingleses «habiéndose
capitulado en el último tratado que ni los súbditos de esta Corona pudiesen comerciar
en los dominios que la de Inglaterra tienen en las Indias, ni los ingleses en lo que esta tienen en
aquellas partes».
31. ags, e, leg. 2543, Madrid, 19 de marzo de 1669. El conde de Molina el 14 de febrero.
32. ags, e, leg. 2543, Madrid, 2 de febrero de 1669.

Contenido 25
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

una carta de Arlington, ministro inglés, en la que éste comentaba que los daños
que se hubiesen hecho en las Indias, después del término establecido en la paz
de 1667, se repararían dando satisfacción recíproca de ellos; pero que los que
se hubieran cometido antes de ella serían difíciles de tocar. Ante esta novedad
el Consejo escribió al conde de Molina para que recordara en Londres que el
atentado de Portobelo había tenido lugar en julio de 1668, fecha posterior a la
publicación de la paz, por lo que la noticia del acuerdo tenía que haber llegado
ya a aquella zona, en septiembre de 1667.33
En la reunión del Consejo de Estado, cuando se debatió la salida del conde
de Molina, el marqués de Castel-Rodrigo expresó su desacuerdo y refrescó la
memoria a los presentes al recordar que el embajador estaba todavía en aquella
corte, no sólo porque se tenía que encargar de la negociación de la Triple Liga,
sino también para intentar entorpecer las negociaciones que Colbert, embaja-
dor de Francia, estaba realizando en Inglaterra. El conde de Ayala y el marqués
de la Fuente intervinieron en el mismo sentido sobre este punto.34
Días después, el 20 de febrero, el Consejo de Estado ordenó al conde que
si la respuesta que esperaba a sus últimas cartas no daba una satisfacción a
las hostilidades, saliera de Londres usando la licencia que tenía sin esperar la
conclusión de la Triple Liga (pues se pensó que cuando el conde de Molina re-
cibiera el despacho ya estaría ajustada). Además, en ese Consejo los miembros
hablaron del aumento de las fuerzas marítimas aunque retrasaron la decisión de
elegir los lugares donde trasladar dichas fuerzas hasta analizar el devenir de los
acontecimientos y tener claro donde convendría emplearlas.35
La toma de Portobelo agotó la paciencia de los miembros del Consejo y
Junta de Indias que se lamentaron, en febrero de 1669, de que los súbditos
ingleses no cumplieran los tratados de paz que prohibían las hostilidades entre
ambas potencias, pues los gobernadores españoles en las Indias, sí acataban
los artículos firmados. Volvían la vista atrás y recordaban los ataques a: Cam-
peche, Cuba, la isla de Granada, Santa Catalina, Trinidad, etc.; una larga lista
de robos y piraterías hasta llegar a las últimas agresiones en Florida, Puerto
del Príncipe y Portobelo. Eran muchas las razones, tantas como nombres en la
memoria, las que demandaban inmediatas disposiciones para reforzar la zona y

33. Ibídem.
34. Ibídem.
35. ags, e, leg. 2543, Madrid, 20 de febrero de 1669. El marqués de Castel-Rodrigo sigue
votando en contra de la salida de Molina hasta que no concluya la negociación de la triple
liga y siga estorbando al embajador francés. Su Majestad acepta lo votado por el Consejo y en
todo caso dice dejar su ejecución al arbitrio del propio embajador.

26 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

perseguir a los piratas y con este pretexto, como se decía en la documentación,


intentar recuperar la isla de Jamaica.36
El conde de Molina dio, en marzo de 1669, avisos sobre nuevos intentos in-
gleses en las Indias, y explicó que estaba esperando reunirse con los comisarios
nombrados para atender sus quejas sobre lo sucedido en Portobelo. El emba-
jador español preveía preguntas importantes: de un lado, si tenía poder para
renunciar a Jamaica y del otro estaba convencido que se le iba a comentar que
el gobernador de aquella isla había remitido una información en la que se ex-
plicaba que, por parte hispana, se había dispuesto todo en dos ocasiones para
sorprender la isla. Don Antonio necesitaba instrucciones exactas para contestar
a estas cuestiones cruciales, que obtuvieron una solución tajante del Consejo.
El conde tenía una fácil respuesta: estaba autorizado para «recibirla», es decir,
para recuperar Jamaica, no para entregarla.37
Finalmente, la junta se celebró el 23 de febrero, con la presencia del conde
de Molina que intervino en el debate sobre la paz de las Indias recordando la
Cédula de Su Majestad Británica del 15 de junio de 1664, las órdenes del 10 de
noviembre de 1665 (para la restitución de bajeles apresados en aquellas partes)
y el artículo primero del tratado de 1667.38
Citando estas disposiciones el embajador quería mostrar que los ingleses
estaban contraviniendo sus propios acuerdos y cédulas cuando se trataba de las
Indias, rompiendo la paz que se había ajustado entre las dos potencias. Pero el
Guardasellos respondió a estas palabras diciéndole: «que no se hallaría ninguno
que expresase como se requería haber paz en dichas Indias, ni asimismo nin-
guno en que se los cediese a Jamaica», subrayando que «en todos los tiempos»
había habido guerra y depredaciones en aquellas partes. Además, señaló que la
cédula y las órdenes mencionadas eran una manifestación de buenos deseos:

que los artículos que hallaban de la Paz era en los mismos términos que
en todos los tratados anteriores en que se había continuado la guerra,
pues siempre se había estado mas a lo que se practicaba y ejecutaba
que al contenido de los artículos y que aunque su rey diera órdenes
conociendo al gobernador de Jamaica y a sus vasallos que no estaban

36. ags, e, leg. 2543, 8 de febrero de 1669. Respuesta del Consejo y Junta de Indias. ce.
Madrid, 14 de febrero de 1669. A la Consulta Su Majestad dicta que se defiendan las plazas de
cualquier hostilidad inglesa resistiendo todo lo que humanamente fuera posible.
37. ags, e, leg. 2543, Madrid, 7 de marzo de 1669. Las noticias de Molina llegan en cartas
del 25 de enero y 8 de febrero.
38. ags, e, leg. 2543, Londres, 4 de marzo de 1669 (conde de Molina). En la junta se reúnen
el conde de Molina, Milord Quiper (guardasellos) Milord Roberts, el duque de Buckingham, el
duque de Ormond, Milord Arlington y Monsieur Trewor (secretario de Estado).

Contenido 27
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

seguros de ser invadidos siempre continuarían dichas hostilidades


para asegurar su defensa.39

Seguidamente, el Guardasellos sentenció que, para que se cumpliera la paz,


la Corona española debía renunciar a Jamaica y así ellos desistirían de la pre-
tensión del libre comercio en las Indias.40
El secretario Trewor resumió la situación, reconociendo que siempre habían
existido hostilidades en la zona, y citó una relación de todos los tratados «espe-
cificando que las palabras eran las mismas» (desde el ajuste de las paces entre
el Emperador Carlos V y el rey Enrique VIII hasta el último acuerdo de 1667).
Además, el secretario deducía que esto seguiría sucediendo, a pesar de las órdenes
de Su Majestad Británica, hasta que se hiciese un tratado, en la forma expresada
por el Guardasellos y por lo tanto concluía que, en cuanto a las hostilidades he-
chas hasta el momento, no había ninguna razón para pedir satisfacción, porque
en aquella zona no había habido nunca paz.41
En respuesta a estas argumentaciones el conde de Molina subrayó que la
reina siempre había entendido «ser la Paz Universal en conformidad de lo ajus-
tado y declarado en el dicho tratado de 23 de mayo de 1667 formado a fin de
quitar toda duda e interpretación...». Y en cuanto a la cesión de la isla de Jamai-
ca, señaló que ese no era el tema a tratar y que puesto, que se había mandado
un ministro inglés a la corte de Madrid, podría ser este sujeto el indicado para
hablar este tema con la reina. De esta forma el embajador español se ajustó a
las órdenes que se le habían dado y evitó pronunciarse sobre la cuestionada
soberanía. Además, el conde les volvió a recordar que el gobernador de Santo
Domingo y Cartagena estaba cumpliendo con las paces y que el rey inglés en
su cédula de 1664, dirigida al gobernador de Jamaica, había declarado «no ser
suyos los vasallos que cometieran hostilidades contra españoles».42
Arlington en esa misma reunión le comunicó al embajador español la re-
solución de Su Majestad Británica, en la que se especificaba que hasta que no
se les cediese la isla de Jamaica o se ofreciese «un buen acomodamiento» a
sus bajeles continuarían las hostilidades, las cuales no se permitirían después.
Además, Su Majestad Católica conseguiría, lo que jamás podría haber esperado
de Inglaterra, «allanarse a quedar excluidos del comercio en aquellas partes».
El conde, en primer lugar, comentó al ministro que a la reina le extrañaría la
resolución del rey inglés; y en segundo lugar, le reclamó claridad al respecto, el

39. Ibídem.
40. Ibídem.
41. Ibídem.
42. Ibídem.

28 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

embajador no entendía que para la observancia de la paz se pidiera la renuncia


de Jamaica y la acogida de navíos, porque antes no lo habían hecho.43
Con estas declaraciones de los ministros ingleses quedaba de manifiesto su
nula intención de restituir Jamaica a Su Majestad Católica y su seguro propó-
sito de continuar amparando e incluso ordenando las agresiones que hasta el
momento protagonizaban los encuentros hispano-ingleses en las aguas de las
Indias. Todo esto lo comentará el embajador en una conversación con el rey,
donde Molina señaló lo perjudiciales que eran para el comercio las declaracio-
nes que le habían hecho los ministros ingleses.44
A partir de este instante las justificaciones dadas a los diplomáticos espa-
ñoles por el rey inglés cuando argumentaba que las agresiones no las había
ordenado él y que por tanto eran actos de piratería ya no le valían. Carlos Es-
tuardo quería que la Corona española reconociera oficialmente que la isla de
Jamaica estaba bajo su soberanía. Por tanto lejos de recuperarla, Molina tenía la
prueba fehaciente de que Inglaterra no estaba dispuesta a devolverla. Aun así,
la esperanza no desapareció definitivamente, ni siquiera tras el tratado de 1670.
Esto lo podemos comprobar en las instrucciones que se dieron al marqués del
Fresno, embajador extraordinario en Inglaterra (1671-1674), cuando inició su
labor, como veremos más adelante.
Para la monarquía hispánica era difícil creer que realmente Inglaterra estu-
viera dispuesta a dejar el negocio del comercio, teniendo en cuenta el fuerte
poder de sus mercaderes. Además, precisamente la renuncia de Jamaica por
parte española suponía para Inglaterra asegurarse definitivamente esta plaza
tan importante en pleno centro comercial de las Indias, en medio del Caribe y
a un paso de tierra firme.
Ni siquiera era creíble el supuesto compromiso inglés según el cual iban a
dejar de hacer hostilidades si se renunciaba a la isla, y como se demostró tras el
tratado de 1670 las agresiones inglesas continuaron. En definitiva, entre ambas
potencias cada vez se hacia más complicado silenciar lo que podríamos llamar
una guerra encubierta, con el escenario bélico en las Indias, en concreto en
el Caribe, pero con la desventaja para España de necesitar a Inglaterra como
aliada para enfrentarse a Francia.
La Corona podría no aguantar otro enfrentamiento y menos aún con una de
las potencias marítimas, pero Inglaterra conocedora de la debilidad española
buscaba concesiones que le fortalecieran.
En el Consejo entendieron que, con las declaraciones inglesas, no habría
en las Indias paz. Los ingleses contravenían el tratado de Madrid de 1667, en

43. Ibídem.
44. Ibídem.

Contenido 29
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

concreto su artículo octavo, donde «se estipulaba que los súbditos de una parte
y otra guardarían las mismas restricciones leyes y recíproca amistad», ni más
ni menos de lo que se había ajustado con holandeses en la paz de Münster el
de 1648, en el cual estaba estipulado que cada uno se abstendría de frecuentar
ni comerciar en los puertos de ambos (los artículos 5º y 6º). El Consejo estaba
muy preocupado e indignado por las actuaciones inglesas, sobre todo teniendo
en cuenta que la potencia británica era garante de la Triple Liga, fiadores de
la paz con Francia en todos los dominios de la monarquía. Era intolerable que
fueran ellos los que se dedicaran a invadir territorios hispanos. Por esta razón
los consejeros, sin declarar la ruptura de la paz, propusieron órdenes al General
de Galeones para que procurara apresar sus navíos, previendo que estas presas
serían de utilidad de cara a una futura negociación.45
Estas novedades también fueron comunicadas a los gobernadores y virre-
yes. Se pensó incluso en la posibilidad de atacar Jamaica aunque en Madrid
eran conscientes de la falta de fuerzas navales suficientes.46
El peligro era constante y el miedo a más agresiones era cada vez mayor.
Por eso fueron tenidas en cuenta informaciones, como las del Barón Bique,
a pesar de no ser éste un personaje muy fiable. El Consejo de Estado decidió
remitirlas al de Indias, con el beneplácito real. Este hombre aseguraba que fran-
ceses e ingleses intentaban apoderarse de las plazas de Cartagena, Santo Do-
mingo, Portobelo y Veracruz y opinaba que lo más conveniente para contener
el ataque sería remitir un cuerpo de veteranos de hasta 1.500 hombres.47
En junio de 1669 el gobernador general de Jamaica, Thomas Modyford,
baronet y teniente gobernador de la isla de Jamaica publicó finalmente la paz
en el Puerto Real y en tres plazas públicas en presencia del teniente coronel
Roberto Byndlos, el almirante Henry J. Morgan y el sargento mayor Guillermo
Beestón.48
En el documento, el gobernador establecía como nulas y sin valor todas
las comisiones concedidas hasta ese momento a los corsarios, prohibiendo los
actos de hostilidad contra los vasallos de Su Majestad Católica.49
A mediados de junio de 1669 el Gobernador de Jamaica envió una carta
al conde de Molina, en ella advertía de los peligros que corrían los territorios
hispanos sobre todo por «la flaqueza de las fuerzas de España» y por las in-

45. ags, e, leg. 2543, Madrid, 7 de abril de 1669. Su Majestad va con el Consejo en la
respuesta al rey de Inglaterra y pasa la información al de Indias para que tome las medidas
oportunas.
46. Ibídem.
47. ags, e, leg. 2543, Madrid, 8 de abril de 1669.
48. ags, e, leg. 2543, Jamaica, 14 de junio de 1669; Madrid, 9 de noviembre de 1669. James
Modyford o Mudyford.
49. Ibídem.

30 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

tenciones francesas. Ésta llegó a manos de Manuel Fonseca que la remitió a


Madrid y de ahí se transmitió al conde. El embajador, que estaba en Madrid,
explicó a la reina sus impresiones tras su lectura en diciembre. Él tenía la sen-
sación de ser una prevención que el gobernador y los ministros, interesados en
continuar las hostilidades que cada día se repetían en las Indias, hacían para
salvaguardarse de las resoluciones y los movimientos que sobre estos casos «tan
sentidos por los pueblos y dañinos al comercio» podrían resultar convocado el
Parlamento.50
El conde de Molina no acababa de creerse las afirmaciones del gobernador, del
que tanto se había quejado ante el rey inglés, y que ahora le mandaba una carta,
de la que habían circulado varias copias antes de que pudiera leerla. Sobre todo se
mostró en desacuerdo con las últimas frases de la carta, cuando el gobernador de-
cía que la gente (de Jamaica) se pondría al servicio de cualquier empleo. Y criticaba
también que el gobernador, a la hora de publicar la paz, señalara que «la amistad
se conservará hasta otra orden», recordando cómo los numerosos tratados de paz
firmados y renovados, caían en saco roto una y otra vez.51

Las hostilidades inglesas continúan tras Portobelo

En el verano de 1669, Manuel Fonseca desde la embajada en Londres trans-


mitió su preocupación a la corte. En su opinión los ingleses tenían la intención
de invadir algún lugar de las Indias. Habían preparadas muchas embarcaciones
y todas las semanas partían de allí algunas aunque se desconocía su destino.
El cónsul temía que el objetivo fuera Buenos Aires. Además, había averiguado
que un español había entregado en aquella corte (en concreto al conde de
Sandwich) una relación de todos los puertos y presidios de las Indias. Por otra
parte, se habían enviado navíos a Jamaica, uno de ellos del hijo del gobernador
de aquella isla y también una fragata del rey de 40 piezas para San Cristóbal.52
Fonseca remitió varias cartas desde Londres, a finales de agosto y principios
de septiembre, con noticias que indicaban que habitantes de Jamaica habían
invadido Guayras (La Guaira), en la costa de Caracas. Pero, también llegaron
informaciones de que de inmediato se había producido una reacción por parte
española tan importante que los ingleses incluso habían temido que los galeo-
nes españoles hubieran tomado Jamaica, por eso el hijo del gobernador mandó
una partida de armas a la isla. Los ingleses de Jamaica habían saqueado además

50. ags, e, leg. 2543, Jamaica, 15 de junio de 1669.


51. Ibídem.
52. ags, e, leg. 2543, Londres, 29 de agosto de 1669.

Contenido 31
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Maracaibo y Gibraltar53 de donde se habían llevado «riquezas». A esto hay que


añadir la inquietud que estaban causando unos navíos franceses que navega-
ban junto a Puerto Rico y de los que se desconocía su destino y designio.54
Estas noticias y «el mal suceso» ocurrido a la armada de Barlovento, suponían
para Fonseca «el descrédito». A todo ello se unió la posibilidad de que Inglaterra
intentara algún proyecto para marchar hacia Buenos Aires, por lo menos se
preparaban para viajar a la zona y apoderarse de alguna plaza. La indignación
era máxima al pensar que era un español el que había proporcionado al conde
de Sandwich una relación de puertos, presidios y rentas de las Indias y las rutas
diarias de las embarcaciones a las Indias.55
Teniendo en cuenta las graves agresiones que se estaban cometiendo en las
Indias, el conde de Peñaranda expresó su desconfianza en los ingleses como
garantes de la paz. La situación que en esos momentos se vivía en Europa esta-
ba influenciada por los acontecimientos al otro lado del Atlántico. El Cardenal
Aragón, por su lado, pidió que se remitiera al Consejo de Indias la información
que se tenía para poner remedio lo antes posible, de lo contrario, la Corona po-
día perder todo aquello. El conde de Ayala y el Almirante que eran de la misma
opinión pensaban que las Indias debían de prepararse para su defensa contra
los ingleses, porque las hostilidades iban a continuar, ya que éstos no querían
que la paz ajustada incluyese aquellos territorios. El tema se remitió al Consejo
de Indias para ser debatido después, de nuevo, en Estado.56
Los consejeros de Indias, según explica García Fuentes, se inclinaron por utilizar
corsarios para limpiar las costas. Sin embargo el Consulado no estuvo de acuerdo, a
pesar de reconocer que en aquellas circunstancias la Armada de Barlovento resulta-
ba insuficiente, por eso propuso a la Corona varias soluciones: una era la rescisión
del contrato a Domingo Grillo para el asiento de negros, porque había aumentado
el número de extranjeros en el Caribe; fortificar los puertos de las Indias; mejorar y
aumentar las unidades navales y, especialmente, reforzar la armada de Barlovento;
por último, se debían desalojar los extranjeros de las tierras que habían ocupado en
el Caribe, lo que no podrían realizar los corsarios. Para este autor, el Consulado lo
que hacía era recordar a la Corona su obligación de defender las Indias y de evitar
que se resquebrajase aún más el monopolio sevillano.57
Pero esto último que proponía el consulado era imposible de llevar a la
práctica. Los consejeros de Estado y los diplomáticos españoles en Londres

53. Creemos que están haciendo referencia a la zona del lago de Maracaibo que conecta
con el Mar Caribe, actualmente en Venezuela.
54. ags, e, leg. 2543, Jamaica, 10 de octubre de 1669.
55. Ibídem.
56. Ibídem.
57. Lutgardo García Fuentes, El comercio español con América, 1650-1700, Publicaciones
de Excma. Diputación Provincial de Sevilla, Sevilla, 1982, pp. 44-45.

32 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

eran conscientes de la dificultad de sacar a franceses, neerlandeses e ingleses,


que es el tema que nos ocupa, del mar Caribe. La conquista no resultaba viable.
La compra de la isla de Jamaica, por ejemplo, aunque se intentaba, iba a ser
una tarea difícil de llevar a cabo con una hacienda agotada. El propio tratado
de 1670, iba a certificar la incapacidad de este proyecto, tan sólo quedaba po-
ner todos los medios para salvaguardar la gran cantidad de territorios que aún
permanecían bajo la soberanía del último Austria.

El tratado hispano-inglés sobre las indias y el inicio


de la década de los setenta

El enviado extraordinario inglés Godolphin había propuesto un nuevo trata-


do de paz para aclarar la situación en las Indias. El objetivo que buscaban era
restablecer la «amistad y buena correspondencia en América».
En 1670, el cónsul español en Londres, Manuel Fonseca, en ausencia de
Molina seguía informando de las noticias que llegaban hasta aquella corte,
normalmente a través de los navíos que arribaban de Jamaica. Además, en sus
cartas comentó que Arlington y el Guardasellos «abominaban» del proceder del
gobernador de Jamaica. El cónsul pensaba que habiendo muerto su protector,
el duque de Albergarle, y con la perspectiva de la conclusión del tratado en el
que trabajaba Godolphin, las cosas podrían variar.58
Aquel año se caracterizó por las negociaciones de aquel tratado del que tan-
to se esperaba y que se firmó finalmente el 18 de julio de 1670. Los plenipoten-
ciarios fueron el conde de Peñaranda y Guillermo Godolphin, aunque también
hay que destacar el papel que jugó el conde de Molina, pues sus opiniones se
tuvieron muy en cuenta en el Consejo de Estado. Asimismo, fue importante la
cuestión de publicación del tratado, sobre todo en América, por las complica-
ciones que se derivaron tras el ataque a Panamá.59

58. ags, e, leg. 2543, Madrid, 15 de enero de 1670. El Consejo de Estado resuelve infor-
mar al conde de Peñaranda (es el que está negociando el tratado) de lo que se dice sobre
Jamaica.
59. ags, e, leg. 3955, Londres, 4 de diciembre de 1670, carta del conde de Molina sobre
la publicación en América del tratado en respuesta a una carta de Arlington de noviembre.
24 de noviembre de 1670, Milord Arlington al conde de Molina sobre la publicación del últi-
mo tratado en América se da orden al nuevo gobernador de Jamaica que se ponga de acuerdo
con los gobernadores españoles vecinos para hacer publicación.
Londres, 4 de diciembre de 1670 conde de Molina en respuesta a la Carta. Le recuerda la repre-
sentación que tiene hecha a smb sobre que «antes de salir cualquier navío para la América que de
fianza el que le envia que no servira que para el comercio pues no siendo otro el fin de su transpor-
tación no podra embarazarles el que lo assegueren nuestro». También habla sobre el número consi-
derable de navíos que desde la hostilidad de Portobelo han ido a Jamaica y los que se preparan.

Contenido 33
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

En el artículo séptimo del tratado se reconoció finalmente al rey inglés y a


sus descendientes las posesiones ocupadas hasta ese momento. Carlos Estuardo
obtenía así definitivamente el reconocimiento oficial de su soberanía sobre Ja-
maica, como podemos ver a continuación:

Demàs de esto se ha convenido, que el Serenísimo Rey de la Gran Bre-


taña, y sus Herederos, y sucesores, gozaràn, tendràn, y poseerán per-
petuamente, con pleno derecho de Soberanìa Propiedad, y Posesión,
todas las Tierras, Provincias, Islas, Colonias y Dominios situados en la
India Occidental, ò cualquier parte de la America, que el dicho Rey de
Gran Bretaña y sus subditos tienen y possen en el presente...60

ATAQUE A PANAMÁ

Desde Cartagena de Indias salieron cartas avisando a la corte de lo sucedido en


Panamá, en marzo de 1671. Aunque se sabía que cuando éstas fueran leídas en la Pe-
nínsula la noticia ya se conocería, gracias a las informaciones que llegaban a través de
los diplomáticos en Londres, era su obligación contar lo que allí estaba sucediendo.
El contenido era importante porque en ellas se explicaba la versión de las autorida-
des españolas. Describía al detalle lo que se conocía, como sigue a continuación:

[…] es una de las mayores fatalidades que pudo suceder â esta Mo-
narquía el averse apoderado el Ingles de Panamà donde oy esta Y
según la noticia que tenemos muy despacio haciendo daños grandes
en toda aquella tierra sin aver quien lo impida […]61

En agosto de 1671, a Madrid llegaron más detalles de como los ingleses habían
«desamparado» Panamá.62 Aquel ataque había mostrado el estado de indefensión
en el que se encontraban las Indias y el peligro que suponía Inglaterra.
Meses antes, justo cuando Morgan perpetraba su ataque, los embajadores,
españoles se quejaban de nuevo por las agresiones inglesas y sobre todo por
la actitud del gobernador de Jamaica.63 El conde de Molina, en febrero de 1671,

60. Joseph Antonio de Abreu y Bertodano, Colección de los tratados de paz, [...] hechos por
los pueblos, reyes y principes de España [...] hasta el feliz reynado del Rey N.S.D. Fernando VI
[...] reynado del S. rey D. Carlos II: primera parte. [Edición Por Antonio Marin, Juan de Zuñiga,
y la Viuda de Peralta. Madrid, 1752. Colección Clásicos Tavera Tratados Internacionales de
España 1598-1700], cd-rom, pp. 498-513.
61. Biblioteca Nacional de Madrid (en adelante, bn). Manuscrito (en adelante, Mss.) 11017,
pp. 208-214. Cartagena de Indias, 12 y 18 de marzo de 1671.
62. bn. Mss. 11017, p. 214.
63. ags, e, leg. 2542, Londres, 7 de septiembre de 1668.

34 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

entregó un documento al rey de Gran Bretaña sobre las últimas hostilidades


que el gobernador seguía practicando. El gobierno de Londres aseguró al em-
bajador que iba a ser nombrado un nuevo sujeto para este puesto, pero el conde
no terminaba de creérselo, ya que esto se le había ofrecido ya hacía cuatro
años, y así lo comentó en su correo a la corte.64
En esa misma misiva, el embajador informó de la llegada de unas cartas en
un navío que había partido de Jamaica, donde se explicaba que 2.000 ingleses
de dicha isla habían desembarcado en el río Chagre con intención de llegar
a Panamá y saquearla, lo que finalmente hicieron. En esos momentos, estaba
decidida la salida del conde de la corte inglesa, dejando a Marcos Alberto de
Oñate, en el ínterin, a cargo de los negocios de Inglaterra.65
Un grupo de piratas ingleses mandados por Henry Morgan66 había asaltado
la ciudad de Panamá el 28 de enero de 1671, y quedó destruida tras el saqueo
y el incendio que se originó durante la lucha. Las noticias del ataque a Panamá
habían llegado ya en marzo de ese año a Londres. Fueron los mercaderes de
la ciudad del Támesis los que advirtieron al embajador español de las cartas
que llegaban de Jamaica, con fechas de primeros de enero, confirmando que
la flota que había salido de la isla inglesa era de treinta y nueve velas grandes
y pequeñas, con 3.000 hombres, entre los que iban algunos franceses llamados
«bucaneros» que habitaban al Norte de la isla de Santo Domingo y en Tortuga.
Desde el río Acha habían pasado a saquear Santa Marta. En su travesía encon-
traron un bajel español de veinte piezas que apresaron ahorcando después a su
capitán, y de ahí, por el río Chagre, continuaron hasta Panamá.67
El conde de Molina se quejó ante el rey por las últimas hostilidades, además
de los otros ataques ya explicados anteriormente, como el ahorcamiento de un
capitán español y la muerte de uno de los cinco sacerdotes prisioneros. Todo
ello teniendo en cuenta que el aviso del nuevo tratado ya había llegado a la
isla antes de la salida de la flota agresora. Ante estas protestas y lo sucedido,
Arlington visitó al embajador expresándole «el sentimiento» del rey tras lo ocu-
rrido y asegurando que no había sido orden suya, a lo que el conde le contestó

64. ags, e, leg. 2545, Madrid, 7 de abril de 1671. Fecha del documento entregado al rey de
Inglaterra, 26 de febrero de 1671.
65. ags, e, leg. 2545, Madrid, 7 de abril de 1671.
66. C. Echeverri Obregón, «Piratas y Tesoreros escondidos en las islas del Caribe» en Bro-
seta, S., Corona, C. y otros (eds.), Las Ciudades y la Guerra, Universitat Jaume I, Castellón,
2002, pp. 231-242. La autora relata el asalto a Panamá e incluso se adentra en el plano de la
fantasía y las leyendas de la cabeza de Morgan.
67. ags, e, leg. 2545, Londres, 20 de marzo de 1671. J. Varela Marcos, «Las guerras y su
reflejo en América: el área atlántica», en América en el siglo xvii. Historia General de España
y América, tomo IX-1. Ediciones rialp, Madrid, 1985, pp. 27-52, para este autor Morgan actuó
como un filibustero sin seguir órdenes de las autoridades inglesas en el ataque a Panamá.

Contenido 35
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

recordándole las veces que se le había dicho que se acabaría con dichos aten-
tados y sin embargo estos continuaban.68 Finalmente, a pesar de lo expresado
en un primer momento por el rey inglés, Arlington argumentó que no se podía
considerar aquel ataque como una violación de la nueva paz, porque no habían
pasado los ocho meses que se concedían para el canje de las ratificaciones.69
Por otro lado, Antonio Mexía no creía que el cambio de gobernador en Ja-
maica mejorara la situación, ya que el sujeto iba a ser nombrado por Arlington.
El conde pensaba que la solución al conflicto pasaba por suspender el comer-
cio con aquella nación hasta obtener una satisfacción por lo acontecido. De
esta forma la confusión y el desasosiego desbordarían al pueblo inglés, de tal
manera que se podría forzar una ruptura entre Francia e Inglaterra. Pero esta
idea del embajador no convenció a los consejeros de Estado, conscientes de la
situación que se vivía en Europa ante el posible conflicto del rey cristianísimo
en Flandes y los Estados Generales. Quitar el comercio a los ingleses supondría
una guerra a la que la Monarquía Hispánica no podría hacer frente; por esta
razón, los consejeros prefirieron esperar y no tomar una decisión que les podía
llevar a una ruptura con Inglaterra.70
En agosto de ese mismo año se debatió de nuevo en el Consejo la posible
respuesta a los actos cometidos en Panamá. Su Majestad lo convocó tras recibir
un documento del enviado de Inglaterra, donde había unas aparentes palabras
de disculpa de Carlos II Estuardo, y un compromiso de restituir las plazas,
presidios o tierras que se hubieran tomado desde la firma del tratado de la
América (1670). De igual modo se pronunció en el caso de Santo Domingo, ya
que llegaban noticias de una posible actuación inglesa allí, tras los sucesos de
Panamá. El conde de Molina transmitía en sus cartas la inquietud que existía en
Londres a la espera de la reacción de la Corona española. Él continuaba con-
siderando que lo más conveniente era una suspensión del comercio y sacar, al
mismo tiempo, un manifiesto que lo justificase pidiendo además, la restitución
de Jamaica.71
El Consejo, por el contrario, seguía pensando que una suspensión del co-
mercio suponía una guerra con Inglaterra y que por tanto la única beneficiada
sería Francia, al lograr la ruptura de la Triple Liga y la pérdida de aliados. Se

68. ags, e, leg. 2545, Madrid, 3 de mayo de 1671; Londres, 30 de marzo de 1671; Londres,
3 de abril de 1671.
69. ags, e, leg. 2545, Madrid, 7 de mayo de 1671.
70. ags, e, leg. 2545, Madrid, 3 de mayo de 1671; Londres, 30 de marzo de 1671; Londres
3 de abril de 1671.
71. ags, e, leg. 2546, Madrid, 9 de agosto de 1671. Una carta del conde de Molina: Lon-
dres, 10 de julio de 1671 y una relación de lo acontecido en las Indias, también enviada por
el conde.

36 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

decidió nuevamente esperar a que esta vez la corte inglesa castigara estos ata-
ques y restituyera las plazas.72
Los ministros del rey católico consideraban la isla de Jamaica «el origen y
fomento de las invasiones de ingleses», por eso querían su compra y conside-
raban esta cuestión la negociación más importante del momento. El embajador
dispondría de todos los medios necesarios para conseguir tal propósito. Por
eso, el marqués del Fresno fue informado inmediatamente ya que recientemen-
te había sido nombrado y, a su llegada a Londres, sería el encargado de tratar
la posible venta de la isla. El conde mientras tanto tenía que persistir en sus
instancias.73
Además, hay que añadir que el marqués de Castel-Rodrigo, en voto particu-
lar, advirtió lo conveniente que sería aumentar las prevenciones marítimas para
la defensa de la zona. De esta forma Inglaterra se daría cuenta que la Corona
estaba dispuesta a emplear una fuerza importante para conseguir la isla de
Jamaica, lo que les podría predisponer a la anhelada venta, aparte de adquirir
mayor fortaleza defensiva en la zona, ante posibles ataques.74
El paso siguiente fue intentar obtener de Godolfin el papel firmado donde
se especificase el compromiso de la restitución de las zonas ocupadas, como el
propio enviado había propuesto. A Diego de la Torre se le encargó que le hicie-
ra saber al inglés de palabra, que dicho papel había llegado justo a tiempo, ya
que algunos proponían el cese del comercio. Sólo unos días después Godolfin
hizo llegar el documento en latín, firmado.75
Con respecto a las justificaciones inglesas sobre la no publicación del trata-
do de 1670 en Jamaica, el conde de Molina entregó en Londres la copia de un
documento de un testigo, donde quedaba probado, para el conde, que el go-
bernador de Jamaica estaba avisado del tratado. En opinión del embajador, los
ingleses no podían fundamentar su defensa en el artículo 16 del tratado como
habían hecho hasta ese momento.76
A principios de septiembre de 1671, Molina transmitió a la corte más in-
formación según la cual el gobernador de Jamaica había escrito atribuyendo a

72. Ibídem.
73. ags, e, leg. 2546, Madrid, 9 de agosto de 1671. Una carta del conde de Molina: Londres, 10
de julio de 1671 y una relación de lo acontecido en las Indias, también enviada por el conde.
74. Ibídem.
75. ags, e, leg. 2546, Madrid, 9 y 14 de agosto de 1671.
76. ags, e, leg. 2546, Londres, 12 de junio de 1671 y Madrid, 12 de julio de 1671; 20 de julio
de 1671 testimonio del trayecto seguido hasta Panamá por el general Morga hasta su regreso a
Jamaica y existencia de noticias en la zona sobre el tratado firmado entre la Corona española
e Inglaterra antes del ataque, por el capitán Manuel Correa de nación portugués natural de
Lisboa y vecino de la ciudad del Santiago en la isla del Cabo verde que en esos momentos
se encuentra en Londres.

Contenido 37
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Arlington aquella hostilidad.77 A finales de octubre, el embajador informó de las


novedades que habían llegado a Londres en un par de navíos. El nuevo gober-
nador ya había ocupado su puesto y el antiguo, Modyford, aún se encontraba
allí.78
Finalmente, el gobernador de Jamaica implicado en el saco de Panamá llegó
a Londres, a finales de 1671 y fue conducido a la Torre.79 Modyford se defen-
dió explicando que el ataque se había hecho por orden de Carlos II Estuardo,
pero Arlington lo negó. En la primavera de 1673, Modyford comenzó a pedir su
libertad con fianza, con el objetivo de recuperarse de sus achaques. Esta nove-
dad estimuló al marqués del Fresno a reclamar la observancia del castigo por el
asalto a Panamá que sólo cumplía el antiguo gobernador. El embajador resalta-
ba que el prisionero había argumentado en su defensa que seguían órdenes del
rey; Arlington se enfadó al leer el documento del marqués, le recordó que la
conversación se había hecho sin testigos y que no estaba por escrito. Ante esta
reacción del secretario de Estado, el embajador avisó a la corte de Madrid de lo
ocurrido presagiando una posible queja inglesa. El Consejo, aunque aprobó a
Fresno lo ejecutado, le advirtió que en el futuro tratase por escrito para evitar
posibles conflictos.80

LAS DISPOSICIONES PARA INTENTAR RECUPERAR JAMAICA

Desde la llegada al trono de Carlos II Estuardo se había pedido la restitución


de la isla de Jamaica en base al tratado de 1656, incluso habían intentado un
trueque o su compra, pero las iniciativas no prosperaron. De todas formas, la
monarquía española no perdió la esperanza ni siquiera tras la firma del tratado
de 1670. Un año después, en las instrucciones redactadas para el marqués del
Fresno, nuevo embajador extraordinario en Londres (en sustitución del conde
de Molina) aparecía un punto dedicado al tema de Jamaica, donde se le orde-
naba que en la medida de lo posible intentase su compra en sus negociaciones,
cuando tratase el tema de la paz en las Indias. Por otro lado, la monarquía
hispánica se planteó tomarla por la fuerza, o convencer a Inglaterra de su res-
titución utilizando amenazas.

77. ags, e, leg. 2546, Londres, 4 y 18 de septiembre de 1671; Madrid, 21 de octubre de


1671.
78. ags, e, leg. 2546, Londres, 26 de octubre de 1671; Madrid, 30 de noviembre de 1671.
79. ags, e, leg. 2547, Madrid, 8 de enero de 1672 (carta de Londres, 7 de diciembre): Al
gobernador se le aísla en la torre hasta que se le tome confesión para los que se nombró a
tres ministros del partido de Buckingham y dos de Arlington, en esos momentos dos bandos
enfrentados abiertamente.
80. ags, e, leg. 2549, Madrid, 16 de julio de 1673; Londres, 11 de mayo de 1673.

38 Contenido
L A PUG NA POR L A SOBERANÍA COLONIAL EN AMÉRIC A

A finales de 1671, cuando el marqués del Fresno se dirigía a Londres, un


desconocido hizo llegar una carta al rey sobre la posible disposición inglesa
para una venta de la isla a España. En el documento se hablaba de un millón
trescientos mil reales de a ocho para el rey inglés y otros trescientos mil a re-
partir entre los ministros implicados. Esta opción sería aplicable con las mismas
características también para Tánger.81
En Jamaica habían numerosos corsarios y no sólo ingleses que ponían en
riesgo el mantenimiento del monopolio comercial español en la zona. Por eso,
se tomaron en serio propuestas y habladurías de todo tipo que fueron debatidas
en el Consejo de Estado. En mayo de 1673 informaciones fiables del embajador
español volvieron a poner de actualidad el tema y los consejeros de Estado so-
licitaron al Consejo de Indias un análisis secreto. Dos años más tarde, en 1675
llegaron noticias a Bruselas sobre cómo el Cristianísimo trataba en secreto de
comprar al Británico las plazas de Jamaica y sobre todo Tánger.82
A finales de la década de los setenta, crecieron los rumores de un posible
tratado para vender Tánger al cristianísimo. El marqués de Burgomayne como
diplomático del rey católico recibió órdenes para intentar impedirlo y además,
aprovechar la oportunidad para introducir el tema de una posible venta de
Jamaica.83

Conclusiones

Las incursiones inglesas en las Indias fueron significativas a finales de siglo.


Jamaica les sirvió de base de operaciones para atacar el continente, como ocu-
rrió con Panamá.
Las autoridades españolas se quejaron repetidamente porque los súbditos
ingleses, que agredían los navíos y los territorios bajo soberanía hispana en las
Indias, no eran castigados. Las satisfacciones que los diplomáticos españoles
demandaban en Londres no se cumplían. Por eso, algunos consejeros y em-
bajadores, como el conde de Molina de Herrera, quisieron tomar medidas que
hicieran reaccionar al monarca inglés como, por ejemplo, la prohibición del
comercio con España.
Las agresiones realizadas por vasallos ingleses y los incumplimientos de los
artículos de los tratados descubrieron las debilidades de la monarquía. En el
seno del propio Consejo de Estado se escucharon voces que avisaban de los
problemas defensivos en América. El poderío naval inglés inquietó seriamente

81. ags, e, leg. 2546, Madrid, 11 de diciembre de 1671.


82. ags, e, leg. 2551, Bruselas, 17 de abril de 1675; Madrid, 31 de octubre de 1675.
83. ags, e, leg. 3975, Madrid, 5 de mayo de 1679. Minuta dirigida al marqués de Burgomayne.

Contenido 39
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

tanto a los embajadores como a los consejeros que, por lo general, mostraron
durante todo el reinado mucha desconfianza hacia las intenciones inglesas en
las Indias.
El interés de los ingleses se centró en su aspiración por conseguir el libre co-
mercio que reclamaban a la Corona española. Pero, además, a los ministros de
Carlos II de Habsburgo les preocupaba que intentaran hacerse con territorios
en el Caribe y también con alguna isla del Pacífico que podrían utilizar como
Jamaica, pero en este caso para traficar con las costas de Chile y Perú. En busca
de este último objetivo se realizaron expediciones al Pacífico atravesando el
estrecho de Magallanes.84
Otro de los puntos débiles de la monarquía fue la península del Yucatán,
poblada en algunas zonas por ingleses que sacaban el llamado Palo de Campe-
che. El artículo séptimo del tratado de 1670 fue argüido por los ingleses, para
reclamar su soberanía también allí.85
Durante estos primeros años del reinado de Carlos II aunque se pugnó por
recuperar la soberanía de Jamaica, lo cierto es que en 1670 los ingleses consi-
guieron la legitimación que buscaban. La necesidad española de buscar aliados
en Europa con los que enfrentarse a Luis XIV perjudicaron los intereses de la
Corona en las Indias, y dieron alas a los ingleses que, conscientes de las debi-
lidades defensivas de la monarquía hispánica, incapaz de controlar tan vasto
territorio, convirtieron en papel mojado los tratados firmados.
La desconfianza y desesperación de los diplomáticos chocó con el miedo de
los consejeros de Estado en convertir aquella «guerra encubierta» en las Indias
en un enfrentamiento bélico directo no sólo en el continente americano sino
también en el europeo. La monarquía optó por aguantar los insultos y los ata-
ques con la esperanza al menos de no tener a Inglaterra como enemiga y aliada
de Francia en Europa.

84. Carmen María Fernández Nadal, «La Unión de las Armadas inglesa y española contra
Francia. La Defensa de las Indias en la Guerra de los Nueve años», en García Hernán, e., y
Maffi, D. (ed.), Guerra y Sociedad en la Monarquía Hispánica. Política, Estrategia y Cultura
en la Europa Moderna (1500-1700), vol. I. Laberinto, CSIC, Fundación mapfre, Madrid, 2006,
pp. 1025-1042.
85. Carmen María Fernández Nadal, Los Embajadores de Carlos II en Londres. La política
exterior de la Monarquía Hispánica, Vol. I y Vol. II. Tesis doctoral inédita, Universitat Jaume I
de Castellón, 2007. Véase pp. 778-790 (vol. II).

40 Contenido
La Luisiana española y las Antillas francesas (1763-1785)
José A. Armillas Vicente
Universidad de Zaragoza

Introducción

La necesidad de cohonestar la práctica imperativa del monopolio mercantilista,


el abastecimiento de productos de primera necesidad y responder a las aspiracio-
nes comerciales de los pobladores de Luisiana incorporada al Imperio español, se
convertirá en el nudo gordiano de la aceptación de la nueva dependencia decidi-
da por el rey cristianísimo como consecuencia de las paces de París de 1763. Man-
tener abierto el mercado de la Nueva Orleans con abastecedores o demandantes
dependientes de otra Corona perturbaba los principios mercantilistas imperantes
en perjuicio de los productos metropolitanos y representaba un peligroso prece-
dente. Desde que España había asumido la administración de Luisiana, las espe-
ciales circunstancias que adornaban a este territorio, asumidas por Carlos III con
el calificativo de excepcional –«que en nada se sujete a las leyes y prácticas que
se observan en mis dominios de Indias, considerándola como una separada colo-
nia»–,1 un elemental pragmatismo político de sus gobernadores había permitido la
continuidad de la práctica mercantil con las islas francesas del entorno caribeño.
Pero la ampliación de comercio dispuesta en el Real Decreto de 23 de marzo de
1768, por la que Luisiana era incluida entre las colonias beneficiadas por el Real
Decreto de 1765, llevaba anejo el efecto de que exigía el cese de toda actividad
comercial con franceses.

1. Archivo General de Indias (en adelante agi), Santo Domingo, leg. 2543. Cfr. F. Armas
Medina, «Luisiana y Florida en el reinado de Carlos III», Anuario de Estudios Americanos, 100,
Sevilla, 1960, p. 72.

Contenido 41
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

El Reglamento de Comercio de 1768 para Luisiana era una adaptación del


dispuesto para las islas de Barlovento por el que dicha provincia podía co-
merciar con los puertos peninsulares, beneficiándose de idéntica supresión
de impuestos, exceptuada de todo derecho sobre los géneros extraídos por
la aduana, debiendo depositar una fianza y presentar la correspondiente tor-
naguía, además de 4% de entrada en los puertos de destino y tan solo el im-
puesto de anclaje y el que en su día dispusiese el cabildo de la Nueva Orleans
para los efectos que entrasen en aquel puerto fluvial. Además, tanto el capitán
como una tercera parte de los tripulantes de los buques mercantes debían ser
españoles.
Los beneficios comerciales sobre el papel venían a interrumpir la fluida
relación mercantil puesto que el Santo Domingo francés y la Martinica venían
recibiendo de Luisiana madera, índigo, pieles, algodón, azúcar, tabaco y otros
productos que no podían competir en España con los de mayor calidad que
le llegaban de otras provincias de su imperio, como clamaban los nuevos súb-
ditos franceses que el rey católico había adquirido con Luisiana.2 La rebelión
que culminó con la expulsión del gobernador español, Antonio de Ulloa, el
1 de noviembre de 1768, estaba directamente relacionada con la disminución
de la actividad comercial determinada por las medidas antecitadas, además de
las derivadas de la situación caótica que venía arrastrando la colonia con una
descapitalización tremenda y el desafecto con que recibieron las gentes de
Luisiana la mudanza de dominio. La Junta reunida en la Corte el 8 de junio
del año siguiente recomendó que se promocionase en Luisiana el cultivo de
cereales –especialmente trigo– y legumbres para abastecer la demanda de Cuba
–concretamente de madera para las atarazanas–, Puerto Rico y demás islas es-
pañolas, además de hacer su producción rentable.3
Toda esta programación exigía cambiar los hábitos de los criollos luisianeses
que tan sólo con una generosa política inmigratoria se podría llevar a cabo.
Desde que se hizo efectivo el Real Decreto de 1768, tras la pacificación enco-
mendada a O’Reilly,4 hasta abril de 1777, tan sólo doce embarcaciones habían
salido de los puertos metropolitanos al amparo de sus presuntos beneficios
con destino a la Nueva Orleans: 4 de Barcelona; 2 de Málaga; 3 de Santander
y 3 de Cádiz, con vinos, comestibles y manufacturas de procedencia francesa,

2. Archivo Histórico Nacional (en adelante ahn ), Estado, leg. 3883. Mémoire des
habitants et négotiations de Louisiane. 1768.
3. El marqués de Grimaldi al conde de Fuentes. Aranjuez, 8 de junio de 1769. ahn Estado,
leg. 3883.
4. V. Rodríguez Casado, Primeros años de la dominación española en la Luisiana, csic,
Madrid, 1942.

42 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

lo que justificaba F. Bouligny en la escasa demanda en aquella provincia de


los géneros de procedencia española.5 El dilema sería resuelto por la política
pragmática de los primeros gobernadores, especialmente de Bernardo de Gál-
vez durante su gobierno luisianés cuando recomendaba a su tío el Secretario
de Indias que lo oportuno era mantener sobre el papel el rigor del monopolio
mercantilista y facultando a los gobernadores de Luisiana un margen amplio de
libertad para facilitar cuando conviniese el intercambio mercantil con carácter
excepcional y sin comprometer la política de la Corona en tal intento.6

Una economía distinta

En una coyuntura económica internacional poco propicia, en la que se


aventuraban importantes cambios de los que era índice elocuente la fuerte alzada
del precio del azúcar desde 1755, y las Antillas habían alcanzado su límite máximo
de explotación, el cambio de dueño experimentado por la población luisianesa y,
básicamente, de la Nueva Orleans –el único centro urbano propiamente dicho de
toda la provincia– no sería recibido con agrado y no sólo por razones ideológicas
ni sentimentales. Para empezar, el desembarazo de Francia del negocio ruinoso
de Luisiana representaría una auténtica suspensión de pagos que, según el primer
gobernador español, Antonio de Ulloa, alcanzaba los 7.000.000 de libras tornesas. Y
aunque tal cantidad podía estar evaluada exageradamente,7 el creciente descontento
no podía medirse exclusivamente por el descrédito de los vales aplazados a diez
años con los que se quería enjugar «a la baja» el valor de las monedas circulantes en
la Provincia al cederse a la Corona española, vales que no podrían ser absorbidos
por los recursos económicos españoles al permanecer la región completamente
desmonetizada, ni aceptados por la Tesorería de la Intendencia francesa que exigía,
en su lugar, letras de cambio.8
Las deficiencias monetarias, pese a su gravedad,9 no habrían de determi-
nar necesariamente un estado de recesión económica cuya principal fuente de

5. Francisco Bouligny, Memoria histórica y política de la Luisiana, Madrid, 16 de agosto


de 1776. Biblioteca Nacional de Madrid (en adelante bn), Sección Manuscritos (en adelante
Mss). 19265, cap. 4, f. 37.
6. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 24 de octubre de 1778. agi Cuba,
leg. 569.
7. V. Rodríguez Casado, Primeros años de dominación española, p. 118.
8. A. Acosta Rodríguez, «Problemas económicos y rebelión popular en Luisiana en 1768»,
Actas del Congreso de Historia de los Estados Unidos, Ministerio de Educación y Ciencia,
Madrid, 1978, p. 136.
9. A. Acosta Rodríguez, «Bases económicas de los primeros años de la Luisiana española
(1763-1778)», en La influencia de España en el Caribe, la Florida y la Luisiana, 1500-1800,
Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, 1983, p. 362.
Contenido 43
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

producción era la agricultura destinada preferentemente a la subsistencia en


las zonas marginales, al intercambio de bienes de consumo y a la exportación
comercial de excedentes y cultivos industriales. La ganadería, dependiente de
la agricultura y a su servicio, no contaba con grandes explotaciones, repre-
sentando el número de sus cabezas de ganado mayor la fuerza de tracción y
transporte y su utilización subsidiaria para carne. La actividad mercantil, pese a
las reiteradas manifestaciones de John G. Clark de hacerla dependiente de los
intereses británicos, que asoman ya al Mississippi a partir de 1763,10 es evidente
que venía haciéndose con Francia y sus Antillas, manteniéndose con éstas tras
la mudanza de propiedad –que no se consumaría oficialmente hasta la toma
de posesión el 20 de enero de 1767–, como consecuencia del Real Decreto de 6
de mayo de 1766, que disponía la libertad completa del comercio, autorizando
a buques franceses para traer bienes de consumo desde la Martinica y Santo
Domingo, cargando en Luisiana maderas y pieles. No obstante, la medida en-
contró una sólida resistencia entre los criollos que obligó a la Corte española
a aplicar una disposición anterior, dictada el 16 de octubre de 1765, por la que
se concedía libertad parcial para el comercio con América, lo que se puso en
ejecución mediante una Real Orden de 23 de marzo de 1768, con la precisión
añadida de que el comercio con Luisiana debería efectuarse en buques espa-
ñoles que habrían de abstenerse de recalar en otros puertos de los dominios
del rey de España, salvo accidentes, eximiéndose del pago de derechos a todo
género de productos destinados a la provincia, con la obligatoriedad de cargar
en Luisiana, para el retorno, productos naturales de la provincia que serían
gravados con el 4% en los puertos de destino.11
La inviabilidad del proyecto, constreñido a que la metrópolis fuese la única
destinataria de las producciones luisianesas, condenando a la población criolla
a la autosubsistencia, determinó la reacción de los colonos franceses como una
respuesta de carácter revolucionario, rechazando la población la presencia de
Ulloa y disponiéndose a mantenerse bajo la dependencia de Francia, no sin al-
gunas invocaciones de ayuda a Inglaterra e intentos de convertirse Luisiana en
república independiente. La situación, a la que dedicaron páginas definitivas
M. Villiers du Terrage y V. Rodríguez Casado, desembocó en la salida forzada
del gobernador Ulloa, la conservación del status quo previo en manos de los
oficiales franceses y la expedición militar del general O’Reilly quien normali-
zó la situación, recibiendo el mando efectivo de Luisiana el 18 de agosto de

10. J. G. Clark, New Orleans, 1718-1812. An economic history, Louisiana State U.P., Baton
Rouge, 1970, pp. 160-165.
11. Juan José Andreu Ocáriz, «Luisiana española», Estudios del Departamento de Historia
Moderna, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1973-76, (1974) p. 163.

44 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

1769.12 O’Reilly, verdadero iniciador de la administración española en Luisiana,


supo combinar la dureza en represalias muy selectivas contra los cabecillas
del levantamiento, con la proclamación de un indulto generalizado, el diseño
de una mínima infraestructura administrativa, el inicio de un proceso codico-
lógico que dotase a la provincia de un aparato legal, la preocupación por la
recuperación de la vida económica13 y el fomento del cultivo del trigo para
reducir la dependencia del abastecimiento de harinas inglesas.14
Las decisiones adoptadas por el general O’Reilly para organizar el comercio
de Luisiana tras su pacificación pasaban por su vinculación con el de La Habana,
de acuerdo con las disposiciones del Real Decreto de 1768. Pero muy pronto se
percató de su inaplicabilidad solicitando al secretario Arriaga que una resolución
del rey facilitase a aquellos habitantes la saca de sus productos y provisión de lo
que urgentemente necesitaban, pues de lo contrario «me veré en la precisión de
franquear pasaportes para los puertos franceses de la isla de Santo Domingo»,15
lo que fue aceptado inmediatamente por la Corte de Madrid.16
Demanda y autorización se apoyaron en el principio de necesidad como for-
ma argumental de cohonestar las actitudes contradictorias del propio O’Reilly
difundiendo el contenido del R.D. de 1768 y, simultáneamente, franqueando
licencias para que buques de Nueva Orleans sacasen su productos con destino
a Santo Domingo y la Martinica, abasteciendo con productos de aquel origen
la demanda habitual de los habitantes de Luisiana. Pero cuando el cabildo de
la Nueva Orleans quiso aplicar tal excepción a la salida de tabacos con destino
a Cap François, reintegrando su valor en esclavos negros,17 la respuesta de la
Corte fue terminantemente prohibitiva contra la extracción de tabaco por el
Guarico para evitar la introducción de comercio ilícito y para no perjudicar las
expectativas generadas en el comercio habanero.18
La subsistencia de Luisiana dependía de la actividad mercantil y podía ex-
portar en cantidades variables arroz, maíz, algodón, añil, maderas y pieles,

12. A. Robertson, Louisiana under the rule of Spain, France and the United States, 2 vols.
Cleveland, 1911, I, p. 242.
13. D. K. Bjork (ed.), «Alexander O’Reilly and the Spanish occupation of Louisiana, 1789-
1770», en New Spain and the Anglo-American West, Los Ángeles, 1932, vol. I, pp. 165-182.
14. Acosta Rodríguez, «Bases económicas», p. 364.
15. Alejandro O’Reilly a Fray Julián Arriaga. Nueva Orleans, 17 de octubre de 1769. agi,
Cuba, leg. 560. También en bn., Mss. 19246, ff. 17-20.
16. El marqués de Grimaldi a Alejandro O’Reilly. El Pardo, 26 de enero de 1770. agi, Santo
Domingo, leg. 2594.
17. Alejandro O’Reilly a Fray Julián Arriaga. Nueva Orleans, 5 de junio de 1771. agi, Santo
Domingo, leg. 2666.
18. Real Orden de 20 de junio de 1771, expedida en el Real Sitio de Aranjuez. agi, Santo
Domingo, leg. 2666.

Contenido 45
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

necesitando harinas, vino, aceite, productos textiles, herramientas, armas y mu-


niciones. Buen conocedor de la situación, O’Reilly propuso al Secretario de
Marina e Indias, Arriaga, un proyecto de comercio libre para Luisiana con la
isla de Cuba y España para dar salida a los productos luisianeses y asegurar
los bienes de consumo en el retorno, valorando especialmente la utilidad de la
madera para las construcciones navales.19 La ausencia de numerario circulante
fomentaba la economía de trueque y posibilitaba el contrabando inglés al que
no se oponía seriamente ninguna medida al principio, dado que facilitaba el
abastecimiento de los criollos.20 Tímidos intentos de apertura promovidos por
O’Reilly, como la Real Orden de 26 de enero de 1770, abriendo La Habana al
comercio de los productos de Luisiana, era una medida inútil que quedaba
sobre el papel e incomodaba, por su propia inutilidad, tanto a los criollos lui-
sianeses como a los comerciantes habaneros.21 Los gobiernos sucesivos que
siguieron al de O’Reilly tomaron medidas para la reducción del contrabando,
que sólo comenzaron a ser efectivas en el gobierno de Bernardo de Gálvez,22
verdadero impulsor en Luisiana del cultivo del tabaco, producto llamado a ser
el principal género exportable.23 No faltaron denuncias de la situación que arbi-
traban soluciones y remedios a los males de Luisiana, partiendo de un certero
análisis de sus causas, como la Memoria histórica y política sobre Luisiana,
dirigida por Francisco Bouligny, oficial del Regimiento Fijo de Luisiana, al Se-
cretario de Indias, José de Gálvez.24

La quiebra excepcional del monopolio

Parece obvio que la Corona podía tolerar excepciones en la práctica del mo-
nopolio pero rechazaba de plano todo intento de sistematización al socaire de
aquellas. El fallido intento aperturista habría de aguardar la llegada al gobierno
de Luisiana del conde de Gálvez para asistir a la práctica quiebra del monopo-

19. F. Solano Costa, «Preocupaciones económicas y militares de O’Reilly en el gobierno


de la Luisiana», Estudios del Departamento de Historia Moderna, Universidad de Zaragoza,
Zaragoza, 1977, p. 7.
20. Clark, New Orleans, p. 166.
21. J. Lorente Miguel, «El comercio exterior de la Luisiana», Estudios del Departamento de
Historia Moderna, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1977, p. 18.
22. J. W. Caughey, «Bernardo de Gálvez and the English Smugglers on the Mississippi
1777», The Hispanic American Historical Review, XII, 1932, pp. 46-58,
23. J. J. Andreu Ocáriz, «Permisos para compra de buques concedidos a los habitantes de
Luisiana en la última década del siglo xviii y sus destinos comerciales», Estudios del Departa-
mento de Historia Moderna, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 1972, pp. 53-54.
24. Véase nota 5.

46 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

lio mediante la regulación de la apertura del puerto de la Nueva Orleans a los


buques franceses provenientes de las islas del Caribe. Consecuentemente, el 8
de julio de 1776, a instancias de Bernardo de Gálvez, la Corona dictó una serie
de instrucciones que pretendían regular la excepción, dictando las condiciones
para las relaciones comerciales entre Luisiana y las islas francesas de Barloven-
to.25 En tal Instrucción se establecían las condiciones que debería seguir la prác-
tica comercial exportadora, regulando los productos –madera, tabaco, granos,
etc.– y las cantidades y asegurando el abastecimiento interno, de acuerdo con
la abundancia o escasez coyuntural de la producción; se preveía la admisión
de dos comisionados franceses, obligándose a su auxilio, y todas aquellas em-
barcaciones procedentes de las islas francesas de Barlovento, acreditadas con
sus oportunas licencias.
El gobernador y jefe político y militar de Luisiana debería procurar alo-
jamiento a los comisionados franceses y vigilar los precios de los productos
extraídos, pudiendo pagarlos en dinero o letras de cambio y asegurándose de
que no traían de sus islas efectos ni productos para su venta en la provincia. Los
derechos que deberían pagar por la extracción de frutos sería del 5% por almo-
jarifazgo, tanto si el embarque se hacía en buques franceses como en españoles
–acreditados estos por el gobernador–, puesto que la alcabala la pagaban los
vendedores. En el articulado de la Instrucción late una notable preocupación
en prevenir el contrabando que se pudiera practicar al socaire de este comer-
cio autorizado con carácter excepcional, obligándose, además, como garantía
a la devolución de las tornaguías: «A fin de evitar el contrabando por cuantos
medios sean posibles, cuidarán el gobernador y oficiales reales de Luisiana de
poner la guardia y resguardo que regularen convenientes a las embarcaciones
francesas y españolas que se emplearen en la referida extracción, que S.M. per-
mite por obsequio a su sobrino el rey cristianísimo y a beneficio de sus vasallos
americanos; y si el gobernador averiguare algún fraude de comercio prohibido,
procederá al castigo de los delincuentes con todo el rigor y las penas que pres-
criben las Leyes de Indias, y remitirá copia o relación auténtica de los autos al
respectivo comandante francés para que aplique sus providencias al mismo fin
y elija personas de mejor conducta, si fuere alguno de los comisarios el autor
de las contravenciones».26
La instrucción reguladora del comercio de Luisiana con una parte sustan-
cial de su clientela tradicional –excluida, obviamente, Francia– si por un lado
representaba la imposibilidad de la estricta observancia de la Real Cédula de

25. Instrucción reservada que ha de observar exactamente el Gobernador de la provincia


de Luisiana... Palacio Real, 8 de julio de 1776. Oficio expedido al Gobernador de Luisiana en
el Real Sitio de San Ildefonso el 24 de julio. agi, Cuba, leg. 174–A.
26. Ibídem.

Contenido 47
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

1772, intentada por O’Reilly, por otro significaba una decisión política preñada
de pragmatismo, mantener a Luisiana en su carácter excepcional en el Imperio
español y posibilitaba la expansión económica de tan singular colonia. Tras la
toma de posesión del gobierno político y militar de Luisiana por Bernardo de
Gálvez el 1 de enero de 1777, el nuevo responsable de la provincia determinó
diligencias con carácter urgente para difundir los beneficios de la Instrucción de
comercio; y tan sólo quince días después de su instalación en la Nueva Orleans
publicó un bando por el que da pública noticia de los términos de tal apertura
comercial exportadora.27 En su articulado se intimaba a cuantos capitanes y
armadores franceses de América quisiesen acudir a cargar los excedentes de
Luisiana, debían acudir al puerto de la Nueva Orleans en lastre con pasaportes
y listados de sus tripulaciones para ser diligenciados por los Comisionados
franceses estantes en la ciudad. Los comerciantes luisianeses se obligaban a
proporcionar a los patrones de las embarcaciones declaraciones juradas en las
que se haría pormenor de los productos y las cantidades embarcadas, que se-
rían asumidas como propias por los respectivos capitanes, a fin de garantizar la
licitud de los géneros y la cobranza de las tasas exigidas por la Hacienda Real.
Aquellos capitanes que prefiriesen cargar en la Baliza o algún muelle entre ésta
y la Nueva Orleans, deberían solicitar previamente el oportuno permiso, pues
en caso contrario serían reputados como defraudadores y perseguidos por los
oficiales reales como contrabandistas.
Bernardo de Gálvez no menciona en su bando la exigencia de devolución
de las tornaguías que de forma tan explícita se recogía en la Instrucción del
8 de julio de 1776, porque, como escribe el propio Gálvez, «en atención a que
conozco que esta es una sujeción para los franceses que bastará a que vuelvan
a su comercio clandestino (que es imposible evitar en este río) y el rey perderá
sus derechos de salida que sin esta circunstancia se aseguran, y para nosotros
es casi indiferente, en el supuesto de que hagan o no hagan escala en sus colo-
nias, los efectos que de aquí sacan y han sacado bajo bandera inglesa, siempre
los llevarán a Francia».28 La imposibilidad que menciona el gobernador de Lui-
siana se desprende de las evidencias acumuladas de la práctica del contrabando
efectuado por comerciantes franceses con destinos a las colonias inglesas, tanto
continentales como insulares, habiendo sido frecuente que buques franceses
con bandera inglesa penetrasen por el Mississippi y cargasen productos que
después eran transportados a Francia sin abonar derecho alguno. Late en esta
aparente dejación de deberes del joven Gálvez un evidente empirismo, pues

27. Bando del Gobernador de Luisiana. Nueva Orleans, 17 de enero de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.
28. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 28 de enero de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.

48 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

siendo incapaz el estado de defensa en que se encontraba Luisiana de sujetar


el contrabando, era preferible legalizarlo mediante el abono de los derechos
fijados por la Real Hacienda y hacer caso omiso de la percepción de las tor-
naguías. No obstante, una vez instalados los comisionados franceses en la Nue-
va Orleans, la Corte exigió dicho requisito.29
Los primeros comisionados por la Corte francesa fueron el mayor de Infante-
ría, Charles Villars, y el capitán de Artillería, Favre d’Aunoy, provenientes de San­to
Domingo,30 de cuya llegada daría cuenta inmediata a la Corte Bernardo de Gál-
vez.31 La gestión de dichos comisionados no estuvo exenta de problemas, dado
su carácter turbulento al decir del propio Gálvez.32 Consecuente­mente, Luis XVI
cesó en su cometido a Mr. D’Aunoy, ordenándole que regresase a su destino
anterior, manteniéndose en Luisiana Mr. Villars. No obstante, Villiers du Terra-
ge da cuenta de que en octubre de 1780, Mr. Favre d’Aunoy continuaba en
la Nueva Orleans, pues recoge la noticia de su fallecimiento e inhuma­ción
en el cementerio anejo a la iglesia de San Luis de la capital de Luisiana.33 Las
prerrogativas de que venían investidos los comisionados franceses emitidas por
su Corte, les equiparaban fácticamente a cónsules, debiendo garantizar el cum-
plimiento estricto de las normas de comercio excepcional, la correspondencia
entre las relaciones de mercancías y el cargamento de los buques, la veracidad
de las relaciones de tripulantes y, en definitiva, velar por el orden y la disci-
plina.34 La amplitud de atribuciones de que eran portadores los comisionados
franceses, de la que Bernardo de Gálvez no estaba suficientemente informado,
crearán muy pronto problemas competenciales y aun jurisdiccionales, pues
cuando los Comisionados pretendan actuar como auditores y jueces en las
reclamaciones de los vasallos del rey de Francia, les recordaría inmediatamente
que allí no había más autoridad que la suya en la administración de justicia, en
tanto no recibiese otras órdenes al respecto, lo que no impediría la atención
prestada por el gobernador a los consejos recibidos de los Comisionados, dado

29. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 21 de marzo de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.
30. J. W. Caughey, Bernardo de Gálvez in Louisiana, 1776-1783, Berkeley U.P., San
Francisco, Ca. 1934, p. 70.
31. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 21 de marzo de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.
32. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 5 de junio de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.
33. M. De Villiers du Terrage, Les dernières années de la Louisianne Française, París,
1906, p. 354.
34. Instruction du Gouvernement Français aux deux Comissaires à la Neuve Orleans. agi,
Santo Domingo, leg. 2547.

Contenido 49
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

el desconocimiento de los procedimientos franceses, para evitar agravios e


injusticias.35

¿Hacia una libertad de comercio?

La voluntad del conde Gálvez de promover y favorecer el comercio exte-


rior de Luisiana pasaba indefectiblemente por el incremento de las fuerzas de
producción en el territorio de la provincia, es decir, por abrirla a la introduc-
ción de esclavos negros. En tal sentido se había pronunciado el cabildo de la
Nueva Orleans en la primavera de 1771, determinando las pertinentes consul-
tas a la Corte y su resolución negativa.36 Nuevamente, Gálvez acogerá posi-
tivamente tan natural demanda, informándola favorablemente en coherencia
con los objetivos perseguidos.37 Las iniciativas adoptadas por el gobernador
de Luisiana y las determinaciones de la Corte, aparentemente propincuas a
una libertad de comercio con los franceses, venían yuguladas ex ovo por la
exigencia de la llegada en lastre de los buques franceses que penetraban por
el cauce del Missisippi con destino a la Nueva Orleans, lo que habría de reducir
enormemente la iniciativa mercantil de los armadores franceses de las islas de
Barlovento. No obstante, los primeros datos sobre movimiento de buques no
pueden ser más elocuentes acerca del éxito alcanzado por las medidas libera-
doras, pues tan sólo en 1777 el número de buques que salieron de la Nueva
Orleans para La Habana fue de 19, mientras que a las islas francesas lo hicieron
59, con cargamentos de madera, principalmente. Al año siguiente las cifras
variarían algo, aunque no de forma elocuente, con la relación de 22 a 49. Lo
que, teniendo en cuenta la situación internacional y la entrada en guerra de las
coronas borbónicas contra la Gran Bretaña a propósito de la independencia de
sus Trece Colonias norteamericanas, representa un incremento notable.
Tan especiales circunstancias indujeron a Bernardo de Gálvez a la emisión
de un bando público por el que «para evitar a los habitantes la pérdida infalible de
sus frutos, de facilitar la exportación de ellos dándoles pasaportes y licencias
para ir bajo registro en derechura a los puertos de Francia, lo que otorgaré a los
armadores de las embarcaciones de esta provincia».38 Esta medida tendía a esti-

35. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 10 de julio de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2547.
36. Alejandro O’Reilly a fray Julián Arriaga. Madrid, 5 de junio de 1771. agi, Santo Do-
mingo, leg. 2666.
37. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 18 de agosto de 1777. agi, Cuba,
leg. 223–B.
38. Bando del Gobernador de Luisiana. Nueva Orleans, 28 de septiembre de 1778. agi,
Santo Domingo, leg. 2666.

50 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

mular las exportaciones ante la previsible disminución de la salida de buques


a causa de la guerra, pues en los años siguientes disminuiría drásticamente el
tráfico permitido, mientras que se incrementaba el sostenido con La Habana,
fundamentalmente para surtir la demanda de maderas. Pero tan solo dos em-
barcaciones se acogieron a tan generosa oferta comercial, cuyas licencias de-
jaron de surtir efectos una vez cesado el motivo que las había provocado,39 de
acuerdo con las restricciones recomendadas desde la Corte, excepcionalmente
fundadas en la necesidad y el bien público.40 Sobre tales justificaciones en mayo
de 1777 se concedería licencia a la Compañía de Asiento de Negros para que
introdujese en Luisiana contingentes de esclavos por plazos prorrogables de
periodicidad bienal y con carácter excepcional.
Las circunstancias internacionales derivadas de la guerra con Inglaterra pro-
piciarían una mayor apertura para las actividades mercantiles. Cuando en sep-
tiembre de 1779 concluía una de las sucesivas prórrogas concedidas al arriendo
del comercio de negros, volverá a ampliarse, explicitándose minuciosamente
las condiciones bajo las que se accedía a tal prórroga: efectuar los transportes
en embarcaciones españolas; que en caso de sacar caudales de la provincia
con destino al pago de las adquisiciones, se abonase el 6% tanto sobre el oro
como sobre la plata; si el pago era en especie –frutos del país– el porcentaje
a pagar a la hacienda real era del 5%; que del importe de cuanto costasen los
negros, habría de pagarse también un 6% al ser introducidos en los puertos de
América, no pudiéndose bajar el precio mínimo de 200 pesos para la aplicación
de la exacción; prohibición estricta de la saca de harinas ni géneros alimenti-
cios con el pretexto de hacer el rancho para los esclavos transportados ni para
municiones de boca de las tripulaciones.41
Todas estas medidas, conducentes a una necesaria libertad de comercio,
eran consecuencia directa del conocimiento de la situación real que atravesaba
la colonia, con un tratamiento excepcional acorde con la voluntad primigenia
de Carlos III cuando recibió la provincia. En uno de los primeros informes re-
mitidos por O’Reilly a la Corte afirmaba que Luisiana no podía subsistir sin co-
mercio: «necesita harina, vino, aceite, herramientas, armas, municiones y todo
género de ropa pare vestirse, y sólo se puede proveer de éstos con la saca de

39. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 1 de mayo de 1779. agi, Santo
Domingo, leg. 2666.
40. José de Gálvez a Bernardo de Gálvez. Real Sitio de San Ildefonso, 28 de agosto de
1779. agi, Cuba, leg. 569.
41. Real Orden expedida en el Real Sitio de El Pardo el 25 de enero de 1780. agi, Cuba,
leg. 569.

Contenido 51
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

sus productos. Estos se reducen a maderas, añil, algodón, peletería y algún


poco de maíz y arroz».42
Los esfuerzos desarrollados en los primeros años de dominio efectivo de Espa-
ña sobre Luisiana no se tradujeron en homogéneos éxitos, fracasando sus gober-
nadores en sus intentos para sacar a la provincia de su postergación económica.
Diversos agentes cataclísmicos -huracanes, inundaciones y la guerra contra los in-
gleses- se concitaron para no facilitar las cosas e interrumpir aquellas iniciativas
fomentando la ruina de la colonia. El cabildo de la Nueva Orleans propuso como
solución de urgencia para paliar los problemas inherentes al abastecimiento de la
población, que todos los navíos que navegaran por el río Mississippi para extraer
productos de la provincia pudieran conducir a la Nueva Orleans cuantos víveres
y mercancías de primera necesidad pudiesen aportar bajo las condiciones que se
creyesen oportunas. El dolido lamento de los munícipes, en fecha tan tardía como
agosto de 1781, se expresaba en los siguientes términos: «El síndico procurador ge-
neral de esta ciudad, con el respeto que debe a Sus Señorías, expone que las reite-
radas calamidades que sucesivamente ha experimentado esta colonia la han redu-
cido al último exterminio de miseria, desproveida desde muchos tiempos de
todo socorro indispensable a la vida, y que ninguna circunstancia ha permiti­do
de reemplazar, cuyo retrato, fielmente sacado del estado actual de esta infortunada
provincia, hace ver palpablemente el conflicto y la desolación de una multitud de
familias, las que en otro tiempo, habiendo vivido con un mediano bienestar, en-
treveen en lo sucesivo la espantosa perspectiva de no tener para su existencia otro
medio más que el que brinda la naturaleza a los naturales de ella».43
Los perfiles tan dolientes con los que los alcaldes y regidores concurrentes
al cabildo, Jacinto Panis, Guido Dufossat, Francisco María de Reggio, Mr. Du-
cros, Nicolás Forstall, Mr. Astier y Mr. Antemi, de quienes daba fe el escribano
del cabildo, Leonardo Mazange, darían sus frutos inmediatos. El intendente de
Luisiana, Martín Navarro, quien conocía muy bien el estado de la provincia y
había sido autor de un minucioso informe,44 trasladaba de inmediato a José de
Gálvez el acuerdo del cabildo y le informaba del permiso que había concedido
para que las embarcaciones provenientes de las islas francesas pudiesen traer
efectos para remediar las necesidades urgentes que padecía la Nueva Orleans.45

42. Alejandro O’Reilly a fray Julián Arriaga. Nueva Orleans, 17 de octubre de 1769. agi,
Cuba, leg. 560.
43. Acuerdo del cabildo de la Nueva Orleans reunido el 17 de agosto de 1781. agi, Santo
Domingo, leg. 2586.
44. Reflexiones políticas sobre el estado actual de la provincia de la Luisiana. Martín Na-
varro a José de Gálvez. Nueva Orleans, 24 de septiembre de 1780. agi, Cuba, leg. 633. bn.,
Mss. 19.247, ff. 152-166.
45. Martín Navarro a José de Gálvez. Nueva Orleans, 19 de agosto de 1781. agi, Santo
Domingo, leg. 2586.

52 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

Los fuertes gravámenes fiscales, de un 21% sobre el valor de las mercancías y


un 26% sobre los vinos que introdujesen los navíos franceses –pudiendo, inclu-
so, vender los restos de sus ranchos–, no impidieron que en la segunda mitad
del año 1781 entrasen en la Nueva Orleans siete embarcaciones procedentes
de Santo Domingo. Tanto la decisión del cabildo, como la aceptación del in-
tendente representaban la adopción de un talante abierto al desarrollo y creci-
miento comercial de la provincia. Así parecía allanarse el difícil camino en el
que, confluyendo las aspiraciones de los criollos luisianeses, las previsiones del
intendente y las aspiraciones del gobernador, veían posible establecer comercio
directo con Francia sin tener que pasar por los puertos españoles habilitados
para tales contactos.
La Real Cédula de 22 de enero de 1782 vendría a regular el tráfico entre Lui-
siana y Francia, pero tan esperada medida no se correspondería con la práctica;
en 1782 tan sólo un barco francés, procedente de Marsella, entró en la Nueva
Orleans, no habiéndose registrado ninguna salida con aquel destino. Al año
siguiente, fueron cinco los que salieron para Francia (tres a Burdeos, uno a
Dunkerke y otro a El Havre) y otros tantos procedieron de Francia (Burdeos, la
Rochela, Marsella y dos de El Havre). Desde septiembre de aquel mismo año se
cerraría para el tráfico con Luisiana el puesto de Dunkerke, porque al ser puer-
to franco, podrían introducirse mercancías de contrabando de otras naciones.46
En compensación, un año después se incorporaba a aquella práctica comercial
el puerto de la Rochela,47 cuyo interés radicaba en su proximidad al Poitou,
de donde se extraían paños y otras manufacturas textiles de lana de nutrida
demanda en Luisiana, así como gamuzas y la quincallería utilizada en los tratos
con las poblaciones indígenas.48

El necesario comercio de negros

«Sin los negros no se pueden fomentar los campos en esta América, y la exac-
ción subida perjudicará el principal fin del momento».49 Son estas palabras del
intendente Martín Navarro poniendo reparos al proyecto de regulación del tráfico

46. José de Gálvez a Martín Navarro. San Ildefonso, 26 de septiembre de 1782. agi, Cuba,
leg. 569.
47. José de Gálvez a Martín Navarro. San Lorenzo, 22 de octubre de 1783. agi, Santo
Domingo, leg. 2666.
48. José de Gálvez a Bernardo de Gálvez. San Lorenzo, 22 de octubre de 1782. agi, Cuba,
legs. 182-B y 1375.
49. Informe de Martín Navarro a José de Gálvez sobre las circunstancias bajo las cuales
convendrá establecer el comercio de la provincia de Luisiana. Nueva Orleans, 20 de julio de
1781. agi, Cuba, leg. 593.

Contenido 53
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

mercantil entre Luisiana y Francia. Resultaba obvio que todos los esfuerzos plani-
ficadores de una economía de exportación en Luisiana pasaban por el incremento
notable de las fuerzas de producción, de acuerdo con las constantes reclamaciones
de la población criolla para que se les permitiese introducir esclavos negros, adqui-
ridos en puertos ingleses del Caribe, donde hasta los mismos franceses los conse-
guían para sus islas por las mejores ofertas en precio y abundancia de la oferta.50
La primera iniciativa formal de promover la trata de negros al margen de
la Compañía de Asiento General de Negros, fue tomada por los comerciantes
alicantinos Miguel Kearny y los hermanos Juan y José Bouligny, quienes ale-
gando la necesidad que había en Luisiana de negros bozales para el cultivo de
los campos y teniendo en cuenta la descapitalización que padecía el territorio,
motivo por el que la Compañía del Asiento nos los proporcionaba desde La
Habana, proponían sacar los frutos del país como pago para la introducción de
esclavos en la provincia «bajo los mismos términos y condiciones que V.R.M. se
ha dignado otorgar a la citada Compañía de La Habana».51
La propuesta, coincidía básicamente con otra previa que había hecho en
Cádiz Francisco Bouligny el 22 de agosto de 1775, comprometiéndose a intro-
ducir anualmente en Luisiana un mínimo de 100 negros a los precios vigentes
en La Habana, con cargo a mercancías del país que se encargaría de extraer y
comercializar, comprometiéndose a abonar a la Hacienda Real 10 pesos fuertes
por cada negro introducido, siempre que se le beneficiase con el privilegio
monopolizador de tal comercio, hipotecando sus bienes como garantía.52 Las
propuestas fueron sometida a los correspondientes dictámenes de una Junta
donde se puso de manifiesto el peligro que representaba la práctica del con-
trabando con aquellos productos destinados a costear el transporte de negros,
proponiéndose a Bouligny el establecimiento de una factoría en la provincia
para dicho abastecimiento, pudiendo acudir a La Habana para comprar los
negros que se pretendían introducir. La negativa de Bouligny a tal pretensión,
hizo pensar a los informantes que la propuesta escondía presuntamente la
práctica del contrabando, toda vez que desde la incorporación de Luisiana a
la Corona española no se había producido ninguna demanda de negros.53 Por

50. Martín Navarro a José de Gálvez. Reparos a los artículos de la Real Cédula de 22 de
enero de 1782. Nueva Orleans, 16 de abril de 1784. agi, Cuba, leg. 633 y bn. Mss. 192467,
ff. 127-134.
51. José Bouligny, Juan Bouligny y Miguel Kearny al rey. Alicante, 12 de marzo de 1776.
agi, Santo Domingo, leg. 2586.
52. Artículos con que se obliga don Francisco Bouligny a proveer con negros bozales la
ciudad de la Nueva Orleans y provincia de Luisiana. Cádiz, 22 de agosto de 1775. agi, Santo
Domingo, leg. 2586.
53. Juan José de Goicoa a Marcos Ximeno. Madrid, 2 de junio de 1776. agi, Santo Domin-
go, leg. 2586.

54 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

otra parte, existía el precedente de la denuncia del intendente de La Habana


quien, unos años atrás, había denunciado a la Corte que comerciantes franceses
estantes en la Nueva Orleans que se dedicaban al comercio con Cuba, habían
solicitado vender en aquella plaza los negros criollos que transportaban en sus
naves, para lo que fueron autorizados sin pagar derecho alguno.
La pretensión de ampliar aquella iniciativa con la venta de negros bozales
introducidos por los franceses anteriormente o por los ingleses en aquellos días,
determinó que el Consejo de Indias, reunido el 4 de febrero de 1775, expidiese
una Real Orden prohibiendo la introducción de esclavos negros procedentes de
Luisiana en La Habana, por cuanto representaba un atentado a las competencias
exclusivas de la Compañía del Asiento, y por cuanto era contradictorio que re-
clamando la introducción de negros esclavos para fomentar la producción agraria
de la provincia, por otro lado los extrajesen con destino a La Habana.54 Consecuen-
temente, se informó de la prohibición al intendente de La Habana para que
obrase en consecuencia, aunque el Consejo aclaró que Luisiana no entraba en la
órbita competencial de la Compañía para el Asiento de Negros.55
El nutrido cruce de solicitudes, informes, dictámenes y decisiones entre la
Nueva Orleans, La Habana, Cádiz y Madrid llevaron a considerar a la Junta
que estudiaba la propuesta de los Bouligny que Luisiana no parecía sufrir la
carencia de esclavos negros que se pretendía hacer ver, puesto que no casaba
tal apreciación con los intentos de llevar negros a La Habana. Entendían los
miembros de la Junta que o bien excedía su número de las necesidades de las
explotaciones agrarias luisianesas o, por el contrario, se pretendía abandonar
el cultivo de tierras por la mayor rentabilidad que ofrecía la venta de los ne-
gros en aquel destino. En consecuencia, se recomendaba al Consejo de Indias
que se denegase la solicitud y se pidiesen informes al gobernador de la Nueva
Orleans sobre las propiedades de los interesados. La decisión de la Junta se
tradujo en una Real Cédula de 20 de marzo de 1775 por la que se prohibía «a los
vecinos de la Nueva Orleans, ya sean franceses o españoles, la transportación y
venta de sus negros esclavos en esta isla (Cuba) o a otra cualquiera compren-
dida en las obligaciones del asiento, añadiendo Vs. La pena de comiso y demás
impuestas a los contraventores». Un año después, una Real Orden dirigida a la
intendente de La Habana enfatizaba la decisión, intimando su exacto cumpli-
miento, «a fin de que avise de esa determinación al gobernador de Luisiana para
su inteligencia».56 Todavía el 13 de mayo de 1777 la Corte reclamaba al gober-

54. Real Orden de 4 de febrero de 1775. agi, Cuba, leg. 82.


55. Nicolás José Rapún a Luis de Unzaga. La Habana, 14 de julio de 1775. agi, Cuba,
leg. 82.
56. Real Orden de 8 de Marzo de 1776 a Nicolás José Rapún, intendente de La Habana,
expedida en El Pardo. agi, Cuba, leg. 82.

Contenido 55
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

nador de Luisiana que informase sobre los bienes y fortuna de los Bouligny, el
número de negros que preveía el desarrollo de la agricultura en la provincia y
las providencias adoptadas para el fomento de la población e incremento de la
actividad comercial.57
Bernardo de Gálvez no pudo informar a la Corte de las propiedades de los
hermanos Juan y José Bouligny y de Miguel Kearney, porque sus propiedades
estaban fuera de su jurisdicción; mientras que de Francisco Bouligny –oficial
del Regimiento Fijo de Luisiana y teniente de gobernador– pudo dar cuenta de
que era propietario «al parecer de una buena estancia y unos ochenta esclavos
de todas edades y sexos».58 En cuanto al número previsible de esclavos negros
que podría admitir Luisiana, Gálvez va a superar todas las estimaciones anterio-
res: «Por las informaciones que he tomado, se estima prudencialmente que esta
provincia, según su actual estado, puede comprar cerca de 1.500 negros cada
año, pero irá aumentándose el número a proporción que se vayan trayendo».59
Al amparo de la Real Orden de 10 de mayo de 1777, los habitantes de Luisiana
podían recibir esclavos a cambio de la salida de sus frutos, lo que, al parecer,
les ofrecía mas ventajas que el Asiento. La única forma que tenía Luisiana de
proveerse de negros al margen del Asiento, era por medio del comercio lícito
con las islas francesas y del ilícito con las inglesas, al que frecuentemente no
se estaba en condiciones de atajar. Bernardo de Gálvez, dispuesto a suprimir el
contrabando inglés por el Mississippi, en abril de 1777 detuvo y decomisó once
embarcaciones inglesas que practicaban comercio ilícito,60 pero la eficaz medida
policíaca determinó, indirectamente, la interrupción de la entrada de negros en
Luisiana.61 «Y si la provincia de la Luisiana hubiese continuado a disfrutar del
beneficio que lograba con el ilícito comercio de los ingleses –escribía en 1780 el
intendente Martín Navarro–, hubiera tenido en el día veinte mil negros o más…;
pues desde el año 1766 que nos hallamos en esta provincia, aún no se ha visto
la más mínima providencia relativa al envío de esclavos».62
Habiendo concluido en septiembre de 1779 la última prórroga del con-
trato de arriendo a la Compañía de Asiento de Negros, Carlos III expidió a
fines de enero del año siguiente una Real Orden por la que autorizaba a sus

57. Real Orden al Gobernador de Luisiana. Aranjuez, 13 de mayo de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2586.
58. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 10 de julio de 1778. agi, Santo
Domingo, leg. 2586.
59. Ibídem.
60. Bernardo de Gálvez a José de Gálvez. Nueva Orleans, 12 de mayo de 1777. agi, Santo
Domingo, leg. 2596.
61. Martín Navarro a José de Gálvez. Nueva Orleans, 18 de agosto de 1780. agi, Cuba,
leg. 633.
62. Ibídem.

56 Contenido
L uisiana E S PA Ñ OL A Y L A S ANTILLAS FRANCESAS (1763-1785)

vasallos de América –exceptuando los territorios virreinales del Río de la Plata


y Perú– «de proveerse de negros en las colonias francesas durante la guerra ac-
tual, con las precisas declaraciones siguientes: «que lo hagan en embarcaciones
españolas; que se pague por la extracción de caudales para comprar los negros
el 6%, tanto en el oro como en la plata, y el 5% por los frutos de los dominios
de S.M., exceptuando el cacao de la provincia de Caracas y el tabaco de la isla de
Cuba, cuya extracción no es permitida sino para España; que se ha de satisfa-
cer también el 6% del valor de los negros a las entradas de ellos en nuestros
puertos de América, regulándose el del negro pieza por el precio corriente sin
que baje del de doscientos pesos para la exacción de los derechos, y a este
respecto el de los mulecones y muleques; que los introductores de negros no
puedan llevar con ellos harinas ni géneros algunos con pretexto del rancho ni
vestuario de los mismos negros, debiendo ir estos cubiertos según costumbre y
lo que pide la honestidad».63 Dos años después, en la última norma reguladora
de la comercialización de negros en el periodo que estudiamos, se mantenían
las islas francesas como el ámbito negrero específico, aliviando a sus detenta-
dores de la presión fiscal, dejando únicamente el 6% por los géneros y plata
extraídos para su adquisición, lo que permite suponer que la entrada de negros
en los dos años de vigencia de la autorización anterior, no había cubierto las
necesidades, frustrando la expectativas creadas.64

Epílogo

La excepcionalidad mercantil de Luisiana la llevaría a ser objeto de una es-


pecial atención cuando ya se estaba gestando el Decreto del Libre Comercio, al
destinarle nuevo mecanismo regulador de la actividad comercial por una Real
Orden de 24 de julio de 1776, concretada por las disposiciones emanadas de
la Nueva Orleans el 17 de enero de 1777.65 Después, el 10 de mayo de 1777 se
permitió la recepción de esclavos negros a cambio de las producciones locales.
Y, por fin, el Real decreto de 2 de febrero de 1778 abría nuevas expectativas
y declaraba la exportación de pieles libres de impuestos durante la década
siguiente. Tales medidas, recogidas en el Decreto de Libre Comercio de 12 de
octubre del mismo año se ampliarían abriendo el comercio de Luisiana con
Cuba y Yucatán y permitiéndose la importación de esclavos negros directamente
desde Guinea, así como la nueva regulación del tráfico peletero entre Francia y

63. Real Orden al intendente de Luisiana. El Pardo, 25 de enero de 1780. agi, Cuba,
leg. 175.
64. Real Cédula de 22 de enero de 1782. agi, Cuba, leg. 182-B.
65. Lorente Miguel, «El comercio exterior de la Luisiana», p. 21.

Contenido 57
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

su antigua provincia de 22 de enero de 1782, que lo abrió a todos los súbditos


españoles con unas tasas aduaneras del 6% tanto para las exportaciones como
para las importaciones, con la excepción de los esclavos negros, que podían
ser introducidos libres de derechos, dada la demanda existente, amén de otras
licencias mercantiles de índole menor.66
La política desarrollada por el conde de Gálvez daría sus frutos, alcanzándo-
se una notable prosperidad económica, facilitada por las oleadas inmigratorias,
a comienzos de la última década de la centuria.67 Lamentablemente, la guerra
contra la Convención Nacional Francesa, primero, y con Inglaterra, después,
dificultaron una práctica comercial que había alcanzado un volumen impor-
tante.68 Después, la pérdida de Luisiana, mediante su retrocesión a Francia,
frustraría las expectativas creadas.

66. Andreu Ocáriz, Permisos, p. 54.


67. Caughey, Bernardo de Gálvez in Louisiana, pp. 76-77.
68. Clark, New Orleans, pp. 221-249.

58 Contenido
Atentando contra la soberanía: la red del contrabando en el Yucatán
colonial. Notas para su estudio
Jorge Victoria Ojeda
Archivo General del Estado de Yucatán

Los vigías de la costa

La obligación de los vigías o velas, sujetos instalados en algunos puntos de


la costa y que formaron parte del sistema de defensa en los territorios ameri-
canos de España, era celar el horizonte marino en prevención de algún barco
enemigo que se acercase a tierra o el desembarco de gente en la jurisdicción
que cubriese el puesto bajo su responsabilidad. Para dar los avisos preventivos
el encargado se valía de señales de humo, hogueras y de escritos que debía
hacer llegar a todos los otros puestos, también llamados vigías, localizados por
ambos extremos de la que hiciese el descubrimiento. El territorio a custodiar
tenía variaciones, pues las vigías de la costa norte yucateca, donde en ocasiones
se divisaban entre sí a simple vista, custodiaban un territorio menor que otras.
Desde los albores de la colonia en Yucatán y hasta la primera mitad del
siglo xviii, la manera en que se adjudicaba el empleo de vigía fue por medio de
una decisión directa y unipersonal del gobernador. Posteriormente, a partir de la
segunda mitad de esa centuria, tras las reformas borbónicas y del sistema de Inten-
dencias, el proceso de selección siguió otros pasos, pero que en el fondo era la
misma vía de designación, ya que los candidatos al puesto eran seleccionados
por las autoridades civiles o militares de la subdelegación donde se hallase el
puesto a cubrir, según las «cualidades» de los solicitantes, pero que de todas
maneras debía recibir el visto bueno del gobernante.

Contenido 59
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Esta variante de selección fue por medio de una terna propuesta por el
subdelegado de cada partido y dirigida al gobernador, indicando el nombre
de tres personas capacitadas, según su juicio, para cubrir el puesto, entre las
cuales escogería al agraciado.1 Pero, si el subdelegado enviaba los nombres,
evidentemente influía en el fallo gubernamental al sugerir a uno como el de
«mayores méritos». Por ejemplo, para 1811 el subdelegado de Izamal propuso a
Félix Domínguez, Juan Manrique y Pedro Gamboa para la vigía de Dzilam, pero
no vaciló en agregar en su comunicado sus intereses, al señalar que el primero
era el más apto para ocupar el cargo.2
Cabe destacar que, aunque muy solicitado, el empleo de vigía no gozaba de
remuneración económica por la Real Hacienda, salvo tres o cuatro sitios costeros
de los once o más que existieron, pero que en el intento por conseguir ese
empleo no se dudaba de pagar, incluso en los que no tenían salario asignado.
Asimismo, cabe decir que ese salario tampoco era el sostén económico de los
velas, ya que a pesar de un apoderado para que cobrase a su nombre, dejaban
que se les acumulase hasta por todo un año.3
Con estos datos como preámbulo, el desempeño de las funciones ilícitas de
este celador de la soberanía territorial servirá en las siguientes líneas para esbozar
la idea de la conformación de una red social que permitiese la introducción del
contrabando en Yucatán.

Las vigías como puertas de entrada al contrabando


en Yucatán

La situación de semiaislamiento de las vigías y el escaso o nulo salario para


los responsables de aquellas fueron los justificantes de la práctica del ilícito, pre-
textado en muchos casos, como una estrategia de sobrevivencia. Sin embargo, el
asunto no era nuevo pues se sabía que la costa peninsular era de gran atracción

1. Copiador de la correspondencia del gobernador Artazo, con el subdelegado y otras au-


toridades del Partido. Tizimín, 1811. Archivo General del Estado de Yucatán (en adelante agey).
Fondo Colonial, Ramo Correspondencia de los gobernadores, vol. 2 exp. 15, f. 10.
2. Memorial de Marcos Tiburcio Sansores, pidiendo su relevo como vigía de Dzilam. 1811.
agey. Fondo Colonial, Ramo Varios, vol. 1, exp. 15.
3. Oficiales Reales a la Corona – Mérida a 16 de octubre de 1745. Archivo General de
Indias (En adelante agi), México, leg.898; Cuentas de la Real Hacienda de Mérida de Yucatán.
agi, México, legs. 3121, 3122, 3123, 3128.

60 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

para los cortadores ingleses de palo de tinte, donde, a la par de sus extracciones
de la tintórea, realizaban otro de comercio clandestino.4
A lo largo de las centurias virreinales las quejas o menciones de los goberna-
dores y capitanes generales por el contrabando que se desarrollaba en la región
fueron constantes. A principios del siglo xix, como en anteriores ocasiones, las
autoridades aceptaban lo enraizado de ese comercio; así lo dejaba ver el gober-
nador Benito Pérez Valdelomar, al señalar al virrey que para la seguridad del
comercio yucateco y «la persecución del ilícito», se requería de naves destinadas
a la vigilancia del litoral.5 Sus palabras eran un reconocimiento a la inoperan-
cia del sistema de vigías encargadas de evitar su introducción por la costa. No
obstante aquella solicitud, la custodia por medio de los guardacostas tampoco
era la panacea, puesto que era vox populi que aquellos buques también estaban
involucrados en el fraude.6
Por otra parte, en la reconstrucción de las posibles vías de introducción del
comercio ilegal y su derrotero por el interior de la provincia hay que considerar
la existencia de tres espacios geográficos, cada uno con diferentes integrantes
en la red clandestina. El nivel de desarrollo de las relaciones se daba de forma
jerárquica, incluyendo a funcionarios de diversos rangos, unos subordinados a
otros, con lo cual el esquema general tendía a la verticalidad. En este caso, no
podemos hablar de relaciones de reciprocidad entre ellos sino de interacción y
densidad. A la vez, para cada individuo se daba una red horizontal de relaciones,
ahora sí de reciprocidad, que podía o no rebasar el límite de su propio sector
para extenderse otros.7
El primer espacio geográfico a considerar es el mar. Por él navegaban los
contrabandistas, también llamados «piratas», los cuales buscaban algún sitio
para desembarcar y ofertar sus productos, o dirigirse a un punto de antemano
estipulado para llevar a cabo su práctica comercial. El segundo espacio son

4. Expediente sobre la reestructuración y permiso acordado a los ingleses del corte del
palo de tinte en las provincias de Campeche, según el último Tratado de Paz. 1733-1783. agi,
México, leg. 3099, fs. 747, 1016, 1043-1048. Para septiembre de 1751 se mencionaba que de
Cabo Catoche a la primera vigía, que era la de El Cuyo, había 18 leguas, a «cuya distancia van
los inglese [...] varias veces» al año, agi, México, leg. 3099, f. 208.
5. Pérez Valdelomar al virrey Iturrigaray. Mérida, 23 de julio de 1810. Archivo General de
la Nación (en adelante agn), Archivo Histórico de Hacienda, leg. 478, exp. 95. Juan Francisco
Molina Solís, Historia de Yucatán durante la dominación española, Mérida, 1913, pp. 520-521,
apunta que a las costas de Yucatán arribaban naves españolas, procedentes de Jamaica que de
manera ilegal vendían lencería «con incalculables ganancias».
6. Discurso sobre la constitución de las provincias de Yucatán y Campeche, por los visi-
tadores Valera y Corres. 1766, en Enrique Florescano e Isabel Gil, Descripciones Económicas
Regionales de la Nueva España, México, 1976, p. 223.
7. Véase Larissa Lomnitz, Redes Sociales, Cultura y Poder. Ensayos de Antropología Latino­
americana, México, 1994, p. 264.

Contenido 61
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

las extensas playas peninsulares; a lo largo de ellas se encontraban los vigías,


importantes eslabones de las relaciones de complicidad en el proceso de
introducción y envío a tierra adentro. Cabe añadir que, a la par de las atalayas,
había numerosas zonas desiertas con posibilidad de efectuar el contrabando
y aduanas marítimas que no escaparon de ser escenario de comisos y, en
contraparte, del éxito clandestino por la connivencia de sus funcionarios. Por
último, el tercer espacio geográfico a considerar es la ruta o rutas hacia tierra
adentro que seguían las mercancías hasta llegar a los poblados y a la capital,
lugares a donde se extendían los eslabones de la red clandestina.

Los que vienen por mar

Éstos eran los que por vía marítima llegaban a las playas peninsulares para
traficar con los productos, o bien para hacer la entrega de las mercancías solici-
tadas previamente. Sobre esta segunda forma se sabe de la solicitud de mercan-
cía hecha a unos ingleses de Belice,8 y de otro dato que asienta que en 1821,
Clemente Cámara, pescador de Telchac y futuro vigía de El Cuyo en 1838, tenía
contratado con los piratas mercancías por valor de seis mil quinientos pesos,
producto de un asalto a una goleta española procedente de Cádiz «y que sólo
lo aguardan para entrega y pago». Cámara lo recibiría en las playas orientales
de la Península y él lo entregaría a sus compradores en Campeche, en la costa
occidental de Yucatán.9
Una forma de «entrega» de mercancías era que fuesen tiradas al mar por las
embarcaciones y luego recogidas por otras o por gente situada en la costa, tal
como señalaba el gobernador Lucas de Gálvez al virrey novohispano;10 o bien,
dejaban la mercancía en la playa en espera que se apersonen los cómplices para
recogerlas e, incluso, dándole al asunto un matiz novelesco las enterraban como
si de un tesoro pirata se tratase.11 No bastando esas formas de introducción,
otros optaron por pasar el contrabando en los propios puertos de desembarque
tratando de burlar la inspección, o porque sabían que por soborno el asunto era
más expedito.

8. Homicidio. 1821. Expediente instruido contra el negro Miguel Domínguez, por homicidio
y robo de varios súbditos británicos en Río Hondo. agey, Fondo Colonial, Ramo Criminal, vol. 3,
exp. 4.
9. Sumaria instruida contra el inglés D. Jorge Schumph. Nueva Málaga, 13 de noviembre
de 1821, en Documentos Históricos Peninsulares, nº 7, Mérida, 1995, p. 171.
10. Lucas de Gálvez al virrey conde de Revillagigedo. Mérida, 30 de abril de 1792. agn. Fon-
do Secretaría de Cámara, Sección Gobierno Provincial, Serie Marina, vol. 16, f. 292v.
11. Carta del Consejo al rey. Madrid, 18 de febrero de 1756. agi, México, leg. 1027.

62 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

A través de la historia colonial individuos de diversas nacionalidades llegaron


hasta aguas yucatecas con intenciones de traficar de manera ilegal; por ejem-
plo, un caso de piratería en alta mar y la posterior venta de los productos en la
Península, lo constituye el del pirata Jean Lafitte. Ese personaje, al asaltar una
embarcación procedente de España en 1821, obtuvo un botín de 1.200 barriles
de aguardiente ibérico, noventa botijas de aceite, doscientos pañuelos, varios
cajones de cinterías y otros efectos, cuyo valor «puede ascender de cincuenta mil
a sesenta mil pesos».12
Pero los traficantes no siempre eran ajenos a la región, sino que en ocasiones
eran residentes de la misma. Como ejemplo del tráfico ilegal que se realizaba por
los comerciantes españoles en la península yucateca, para 1777, Joseph de Esté-
vez apuntó: «me sería mucho más útil seis meses de trato con mis paisanos los
españoles por aquella vía [del contrabando] que lo que en muchos años podía
adquirir con bastante trabajo en mi pobre pesca de carey».13 Justificante, sin duda,
que debió ser aliciente para que muchas personas se dedicasen a la práctica de
aquel clandestino pero lucrativo negocio.

Entre el mar y la tierra

En el segundo espacio geográfico, las playas, el primero en descubrir las


naves contrabandistas provenientes del horizonte marítimo era el vigía. Estos in-
tegrantes de la red tendrían contacto con los primeros, no en balde se sabía que
por las vigías y la costa se introducía el contrabando.14 Aquella aceptación era,
a la vez, aprobación de la existencia de vínculos entre los comerciantes ilegales
y los velas.15
En un intento por explicar y justificar esa práctica ilegal por parte de los en-
cargados de las atalayas, los visitadores Valera y Corres describieron en 1766 la

12. Sumaria instruida [...] Nueva Málaga, 13 de noviembre de 1821, en Documentos His-
tóricos Peninsulares, p. 171.
13. Duplicados del diario y planos formados por Joseph de Estéves Sierra, piloto de profe-
sión que remitió al presidente de Guatemala Mayorga con la carta de primero de enero de 1777.
agi, Guatemala, leg. 231, f. 19.
14. Véase 1814. Varios. Correspondencia del gobernador Artazo y Torre de Mer con perso-
nas particulares [...] (16 de octubre). agey, Fondo Colonial, Ramo Correspondencia de los go-
bernadores, vol. 2, exp. 2; «Discurso sobre la constitución», en Florescano y Gil, Descripciones,
p. 223.
15. 1814. Varios. Correspondencia del gobernador Artazo y Torre de Mer con personas
particulares [...] (16 de octubre). agey, Fondo Colonial, Ramo Correspondencia de los goberna-
dores, vol. 2, exp. 2; 1814. Izamal. Copiador de la correspondencia del gobernador Artazo y
Torre de Mer con el subdelegado y otras autoridades del partido. 25 de septiembre. agey, Fondo
Colonial, Ramo Correspondencia de los gobernadores, vol. 2, exp. 5.

Contenido 63
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

situación que se vivía en aquellos puestos de vigilancia, dando una idea de lo


acontecido –según ellos– en esos puntos.

Vive un pobre hombre asalariado de vigía con un corto sueldo en


un despoblado (y despoblado seguro por su bosque para cualquier
introducción), el sueldo le tiene allí y el lugar donde le pone el sueldo
es una tentación. Llega el contrabandista, ofrece un partido, pinta la
facilidad, persuade con la convivencia, y se hace el fraude.16

En su reporte, los visitadores omitieron señalar las otras causas de la corrup-


ción imperante en esos empleos, como era su otorgamiento por venalidad, el
tráfico de influencias y la inexistencia de paga.
En ese mismo sentido, acerca de las tropas que guarnecían ocasionalmente
las vigías, Valero y Corres señalaban:

Cuantos más soldados más contrabandistas y se aumentan las manos


para la introducción. El sueldo es nada para la fidelidad y los partidos
es la tentación y en una palabra: los guardacostas, los vigías y la tropa
de la América son medios tan ajenos de la utilidad, que sólo traen de
contado el daño de sus pagas con el desconsuelo de la desconfianza
en sus manejos [...] y sólo es remedio que el contrabando sea inapete-
cible al yucateco.17

Lo señalado por Valera y Corres deja entrever que alguna autoridad


militar estaba inmiscuida en el contrabando, pues los milicianos no siempre
estaban acantonados en las vigías. Se supone también que esas fuerzas eran
mandadas ex profeso para esas labores ilegales, de acuerdo al contubernio
entre autoridades militares y los vigías.
Sobre los presuntos hechos de complicidad de los velas, se tiene el caso
del responsable de Telchac, quien en 1818, permitió el desembarco de una
balandra inglesa en la vigía, a pesar de su prohibición. El gobernador Castro y
Araoz únicamente le reprimió recordándole que no estaba habilitado para esas
actividades.18

16. Discurso sobre la constitución», en Florescano y Gil, Descripciones, p. 225.


17. Ibídem, pp. 225-226.
18. 1818. Varios Partidos. Copiador de la correspondencia del gobernador Castro y Araoz
[...]». agey, Fondo Colonial, ramo correspondencia oficial, vol. 3, exp. 1. No obstante estar impe-
didas al comercio, en las vigías se efectuaba navegación de cabotaje. Así, el vigía de Ixil, Cristó-
bal Carrillo, notificó la llegada de Salvador Pastrana, procedente de su rancho a barlovento, con
cincuenta decenas de botellas, 1814. Izamal. Copiador de la correspondencia del gobernador
Artazo y Torre de Mer [...] (1 de noviembre). agey, Fondo Colonial, ramo correspondencia de
los gobernadores, vol. 2, exp. 3.

64 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

Hacia tierra adentro

En los ilícitos realizados por los encargados de las vigías, los indígenas atala-
yeros eran utilizados como cargadores de mercancías, antes de que fueran trans-
portadas por los arrieros. En esa tarea, y por el mismo conocimiento del asunto,
es posible que su cacique hubiese estado involucrado en los beneficios del trá-
fico ilegal.19 A pesar de que no fue posible encontrar documentada esta relación
para la temporalidad del presente estudio, se hace la pertinente inferencia pues
aquellas autoridades indígenas tenían responsabilidad en el envío de atalayeros
a las vigías, tarea que fue compartida posteriormente con las autoridades muni-
cipales criollas y subdelegados.
En los vínculos que los caciques hayan podido tener con las autoridades pro-
vinciales hay que considerar que la elección de esa autoridad indígena fue, hasta
1776, por designación expresa del gobernador en turno, posteriormente, en la
elección atestiguaba el juez español del poblado, y el subdelegado enviaba al
gobernante la propuesta de cacique para que otorgase la decisión final.20
Pero los contrabandistas y los vigías no actuaron solos. Parte crucial de la
red la conformaba funcionarios de la Hacienda Real. Así, sus administradores y
también los empleados de menor jerarquía aparecen relacionados con el fraude
y contrabando.
Si las autoridades de Hacienda fueron parte de la red del contrabando, caso
similar sucedía con las de la milicia. En 1765, el viajero Cook señalaba que, al
igual que el ejemplo de Aguilar antes citado, el comandante de Bacalar era so-
bornado por los traficantes, sobre todo, comerciantes ingleses.21
En cuanto a los comandantes militares inmiscuidos en el ilícito, tal vez ningún
caso pueda compararse con el de Miguel Molas. Este personaje aparece en la
historia yucateca como encargado de la vigía de El Cuyo en 1814,22 empleo al
cual renunció, para aparecer posteriormente, como recolector de las contribu-
ciones económicas en los partidos de Valladolid y Tizimín, dirigidas al fomento

19. Para la explotación de los aborígenes que eran enviados al vela Antón Rodríguez en la
segunda mitad del siglo xvi, las autoridades indígenas estaban en contubernio con el vigía, Inés
Ortiz Yam, «Los pueblos del noroeste yucateco hacia 1580», tesis de Licenciatura en Historia,
Mérida, 1998, pp. 130-131.
20. Carlos Tapia, «La organización indígena en el Yucatán independiente», tesis de Licen-
ciatura en Antropología Social, Mérida, 1985, p. 70.
21. James Cook, Notas sobre una travesía desde el Río Balise, en la Bahía de Honduras,
hasta Mérida, capital de la Provincia de Yucatán. 1765, Reedición de C. Menéndez, Mérida,
1936, p. 8.
22. 1814. Copiador de la correspondencia del gobernador Artazo y Torre de Mer, [...]
(27 de octubre). agey, Fondo Colonial, ramo correspondencia de los gobernadores, vol. 12,
exp. 15, f. 10.

Contenido 65
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

del puerto de Nueva Málaga, operación de la que fue sustituido por la «demora»
en las remisiones de los caudales a Mérida.23 La fundación de Nueva Málaga en
el ocaso del gobierno español en la región, ha sido atribuida al catalán Molas,
aunque esta información hay que tomarla con cierta reserva,24 ya que más bien
pudo ser, tal como lo señala Stephens, el primer comisionado al puesto de co-
mandante militar y encargado de «ahuyentar a los piratas» contrabandistas.25 No
obstante su empleo, Molas formó parte de la red de clandestinidad, conduciendo
personalmente al interior del territorio las mercancías de los contrabandistas.
Debido a sus acciones ilícitas, años después pasó a ser perseguido por las auto-
ridades de Yucatán.26
Por otro lado, la conducción del contrabando al interior de la provincia se
realizaba por arrieros que los integrantes de la red contrataban para la ocasión,
o utilizando a sus propios sirvientes. Es de llamar la atención que cuando se
efectuaba el decomiso los arrieros lograran huir en la mayoría de los casos, o
dijeran desconocer el nombre del dueño de la mercancía que transportaban, lo
que supone algún vínculo entre ellos y los «captores» u «hostigadores», o bien, la
instrucción de cómo actuar ante ese tipo de situaciones.
La geografía que abarcó la conducción de las mercancías ilegales indica que
no tuvieron como fin último las poblaciones marcadamente criollas o «blancas»,
sino que los bienes se distribuían por diversos poblados indígenas, donde, en
la mayoría de los casos, los introductores eran los pocos blancos que en ellos
residían. No es posible discernir sobre rutas habituales en la conducción del
contrabando, pues éstas podían variar. Lo que queda claro es que era resultado
de la introducción ilegal que se realizaba por las tres costas yucatecas, y que se
ofertaba por el interior y la capital de la Península.
Siguiendo con la línea de las posibles autoridades involucradas en la red, se
tiene que, tras un repaso de sus integrantes, es de pensarse que los subdelega-
dos de los partidos también estuviesen inmiscuidos en ella. Hay que recordar
que esos funcionarios aparecieron en el plano político a raíz de las reformas
borbónicas, supliendo a los tenientes a guerra, y con facultades administrativas
de gran fuerza en su jurisdicción. De hecho, en el proceso de selección del vigía
él mandaba la terna propuesta al gobernador, estableciéndose un vínculo entre

23. Centro de Apoyo a la Investigación Histórica de Yucatán (en adelante caihy). Libro
copiador de la correspondencia de los pueblos que componen el partido de Valladolid. 1820
a 1824, fs. 44v, 46v.
24. Dificultades para la toma de Yucatán. 9 de septiembre de 1828. Archivo Nacional de
Cuba (en adelante anc), Asuntos Políticos, Nº. de Orden 77.
25. John Stephens, Viajes a Yucatán, Mérida, 1982, p. 293.
26. Libro de Acuerdos de la Junta Provisional Gubernativa. Despachos de 30 de mayo de
1823 a 7 de julio de 1824. (5 de abril de 1824). agey, Fondo Congreso, Ramo Acuerdos, vol. 1,
exp. 1, f. 93v; Stephens, Viajes a Yucatán, p. 293.

66 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

esos tres personajes: gobernador, subdelegado y vigía. No obstante las suposicio-


nes, cabe señalar que no se encontró documento alguno que inculpe de manera
directa a aquellos funcionarios en el contrabando. Sí, en cambio, se registraron
numerosas quejas hacia ellos por malos tratos, desfalcos a la Hacienda, utiliza-
ción ilegal de la fuerza de trabajo indígena, etc.27
Los subdelegados, con responsabilidad de «vigilar y celar los fraudes y el con-
trabando» que entraba por las vigías y las playas, 28 eran las principales autorida-
des de los partidos y debían estar al tanto de lo que en su jurisdicción ocurriese.
En consideración a que otras autoridades eran miembros de la red introductora
del ilícito, y a su conducta delictuosa en otros aspectos, es presumible la integra-
ción del subdelegado a la misma, sobre todo si el estar vinculado o solapando
ese trato ilegal le dejaba algún beneficio. No obstante, ello es sólo una inferencia
ante la falta de datos concretos.
En otro orden de ideas, los grupos (o elites) de comerciantes y políticos man-
tuvieron lazos con el contrabando, idea que se desprende del descubrimiento de
varios de sus miembros en las tareas de su introducción. Algunos comerciantes
inmiscuidos en el contrabando, con el paso del tiempo, llegaron a ser figuras po-
líticas en la región, como Pedro Manuel de Regil, Síndico Procurador 1º en 1811,
Diputado electo en las Cortes de Cádiz (pero ausente de ellas por cuestiones de
salud), Síndico Procurador 1º en 1813, miembro de la Diputación Provincial en
1820, Alcalde 1º de Campeche en 1821, y, en 1823, Presidente del Primer Con-
greso Constituyente yucateco.29
Por último, como eslabón máximo de jerarquía de la red clandestina en
la provincia aparece el gobernador.30 W. Borah señala que en la Nueva Es-

27. Eligio Ancona, Historia de Yucatán, III, Mérida, 1978, pp. 30-31. En el tiempo que exis-
tieron los capitanes a guerra, los vigías del distrito de su jurisdicción estaban sujetos a ellos, al
igual que las milicias, Carta del Teniente de rey de Campeche, gobernador interino de Yucatán
Joseph Álvarez. 12 de octubre de 1765. agi, México, leg. 3019.
28. 1814. Varios. Copiador de la correspondencia del gobernador Artazo con funcionarios
de la provincia. 14 de septiembre. agey, Fondo Colonial, ramo correspondencia de los goberna-
dores, vol. 2, exp. 3; 1814. Varios. Correspondencia del gobernador Artazo y Torre de Mer con
personas particulares [...] (16 de octubre). agey, Fondo Colonial, ramo correspondencia de los
gobernadores, vol. 2, exp. 2.
29. Expediente creado sobre la detención en la Aduana Marítima de Sisal de tres cajas de
efectos. Archivo General del Estado de Campeche. Juzgado de distrito, caja 30, exp.27; Betty
Zanolli, «Liberalismo y Monopolio. Orígenes del federalismo en las tierras del Mayab», tesis de
Licenciatura en Historia, II, México, 1989, p. 328.
30. En el Yucatán colonial el gobernador tenía el cargo de capitán general que era el rango
de mayor jerarquía militar que hubo en la Nueva España. Se dio por la necesidad de contar
con un funcionario que tuviera amplios poderes en ese ramo en alguna provincia no cercana
al centro novohispano para evitar roces y tensiones en un momento dado. La acumulación de
esos dos oficios –el civil y el militar– en una sola persona dependió de cada región, si podía

Contenido 67
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

paña y demás colonias españolas en América, la necesidad de arreglar finan-


zas, aunada a los desembolsos para conseguir el nombramiento del puesto
y satisfacer todos los demás requisitos, obligaba al gobernador a buscar el
dinero necesario bajo las condiciones que fueran. Para la explotación de la
provincia y hacerse de financiación para realizarla, el gobernante requería
de fondos líquidos y un conocimiento amplio de los canales de comercio,
para ello se recurría a los mercaderes –solos o en consorcio–, quienes po-
nían los recursos y mercancías, recibiendo a cambio la disposición de la
explotación de la provincia. El nuevo gobernador podía colocar en diversos
puestos a sus parientes, paniaguados, criados y los segundones de familias
aliadas a quienes, de acuerdo con los conceptos de la época, tenía que po-
ner en situaciones de provecho y hasta de poder para formar sus propias
fortunas. Por si todo lo anterior no bastase, el recién llegado arreglaba las
cosas con su antecesor en el gobierno pues por lo general llegaba, a su vez,
como el juez de su residencia.31
A través de la historia colonial no faltaron acusaciones referentes a los
gobernantes que hicieran uso de esa práctica aprovechando su puesto para
enriquecerse,32 no obstante que desde 1630 se indicó que los gobernadores,
entre otros funcionarios, tendrían participación económica en la repartición
de los comisos.33 A pesar de no contar con datos precisos al caso, cabe
señalar como ejemplo que el conde de Peñalva fue conocido a mediados
del siglo xvii como un activo colaborador de los contrabandistas.34 De igual
manera, al gobernador Artazo y Torre de Mer se le denunció reiteradamen-
te de contrabandista y enriquecimiento debido a las cuotas cobradas a los

ser atacada con facilidad o no, o si contaba con habitantes levantiscos, entre otras cosas. Las
delimitaciones de esos cargos no fueron siempre claras, pues a veces las atribuciones que
correspondían a cada uno de ellos quedaron un tanto ambiguas, Virginia Guedea, «La organiza-
ción militar», en Woodrow Borah (ed.), El gobierno provincial en la Nueva España, 1570-1787,
México, 1985, pp. 127-128. No obstante pertenecer a la esfera militar, en este trabajo se le consi-
dera prioritariamente como autoridad civil parte de las redes clandestinas, sin dejar por ello de
atender a sus probables relaciones con el ámbito castrense para los fines ilícitos.
31. Borah, El gobierno provincial, pp. 47-48, nota 32.
32. Ibídem, pp. 41, 44-46. señala que los gobernantes novohispanos, de manera común,
entraban en tratos y contratos para hacerse de riquezas, hacían conciertos sobre los salarios y
derechos de sus subordinados, ponían en la burocracia a sus familiares y protegidos, recibían
dádivas al igual que sus subordinados, etc. Apunta que lo que hoy se llama corrupción, en
aquella época era la norma de conducta a pesar de las tentativas para imponer la moralidad
religiosa cristiana.
33. Recopilación de leyes de los Reinos de las Indias, libro viii, título xvii, Madrid, 1943, «Ley XI.
D. Felipe IV a 31 de diciembre de 1630. En Madrid a 31 de agosto de 1657, D. Carlos y la reina
gobernadora»
34. Justo Sierra, La hija del Judío, II, Mérida, 1990, pp. 84-85.

68 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

traficantes ilegales.35 Tampoco faltaron acusaciones contra los gobernadores


Arturo O’Neill,36 y del asesor de la intendencia, Miguel Magdaleno de San-
doval, hacia Benito Pérez Valdelomar.37
Sobre la persona de Pérez Valdelomar existieron otras denuncias de con-
fabulación con contrabandistas. Así, don Luis Durán y Domínguez, capitán
de milicias disciplinadas de Mérida, en 1805 acusó al gobernador y cama-
rilla de practicar el contrabando;38 y una denuncia más se basó en permitir
el desembarco de mercancías en Sisal, evitando de esa manera cumplir el
registro en Campeche. Para varar en Sisal, los comerciantes que venían de
La Habana pretextaban ser seguidos por corsarios ingleses, ocasión que
aprovechaban para desembarcar las mercancías del comercio de Mérida.
Pero, si la embarcación llevaba mercancías a Campeche, los peligros por los
enemigos extrañamente se disipaban. Con la primera actuación, se evitaba
el registro de lo traído y se evadía el pago respectivo.39
Un aspecto de interés en cuanto al sector de comerciantes es el lazo de
parentesco consanguíneo y ritual, principalmente el compadrazgo, existente
entre muchos de ellos. Dentro de las redes sociales, este vínculo, aunque
iniciado en el ritual católico, implica la voluntad de establecer relaciones
de ayuda recíproca o interacción, cuidadosamente manejadas y dosificadas.
De tal forma, si se sigue la línea de los integrantes de los órganos políticos
representativos de la sociedad yucateca, inicialmente de los cabildos de
Mérida y Campeche, y luego, de la diputación provincial y de los firmantes
del acta de federación yucateca, el resultado es que todos eran comerciantes
que, por medio del parentesco, familiar o ritual, mantenían lazos sociales.
Después de señalar ampliamente los vínculos consanguíneos y de afinidad
existentes entre los grupos de poder en el Yucatán del primer tercio del
siglo xix, Zanolli apunta que no hay duda que en esa sociedad todos en
mayor o menor medida estaban emparentados entre sí.40

35. «Manifiesto o contestación que da un anti-contrabandista. 1813», pp. 1-4; «Remitido en el


que se dice que Artazo permite el contrabando. 1813», p. 1; «Remitido en el que se acusa a Artazo
de enriquecimiento gracias al contrabando. 1813», pp.1-3. Biblioteca de la Universidad Autóno-
ma de Yucatán, The Yucatán Collection on Microfilm of University of Alabama, rollo 8.
36. Zanolli, «Liberalismo y Monopolio», p. 54.
37. Miguel Magdaleno de Sandoval al virrey Iturrigaray. Mérida, 16 de junio de 1806.
agn. Fondo Secretaría de la Cámara, Sección Gobierno Provincial, Serie Historia, vol.537,
exp. V, fs. 43v-59v.
38. Real Orden despachada por el Ministro Soler al Virrey de Nueva España, escrita en Ma-
drid a 23 de julio de 1805. agn, Reales Cédulas, vol. 196, exp. 15, f.2 0.
39. Carta del administrador de la aduana de Sisal al gobernador Pérez Valdelomar. 17 de
agosto de 1806. caihy, caja VII. 1795-Nº. 004.
40. Zanolli, «Liberalismo y Monopolio», pp. 228, 318.

Contenido 69
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Consideraciones

Con base en las notas presentadas, se puede decir que en el ámbito de la pro-
pia vigía, como primer nivel de análisis, los velas, a pesar de ser los custodios de
la soberanía territorial, en muchas ocasiones estuvieron en pleno contubernio con
los introductores del contrabando. En un espacio más amplio, al que se puede
denominar nivel regional, los sujetos que fungían como jueces de paz, alcaldes,
comandantes militares, subdelegados, etc., también aparecen inmiscuidos en el trá-
fico ilegal. Y, por si fuera poco, el espacio se amplía hasta llegar a un tercer nivel,
hasta las altas esferas comerciales y políticas de la península yucateca.
Los datos expuestos parecerían discrepar en cuanto a la distancia social que
debe existir entre el eje rector de la red y los integrantes de las zonas periféri-
cas, según lo planteado en la teoría de redes. Así, por ejemplo, la distancia en-
tre el eje propuesto –el gobernador– y el vela parece que fue «cercano» debido
a la injerencia del primero hacia la designación del segundo y a las actividades
desarrolladas a raíz del contubernio, sin embargo hay que indicar que esa rela-
ción más que «cercana» fue únicamente instrumental y de control.
En el caso de los vigías, su participación en la red se observa desde dos
perspectivas. La primera, que ante la falta de recursos para subsistir, el vela estableció
contactos con los introductores del ilícito por razones de subsistencia; la segunda
es que, a pesar de no contar con un salario asignado, el vigía solicitaba el puesto
a sabiendas que sería un vínculo de importancia en la red del ilícito. Esta última
razón debió de predominar entre los compradores y solicitantes del empleo.
A propósito de esto último, cabe señalar un fragmento de uno de los versos
del vigía-poeta de Ixil, Iñigo Escalante, escrito en 1786 en el cual pedía el empleo
a «su amo» Carlos IV, y donde, quizá de manera ingenua y llevado por su sangre
literaria, dejaba entrever la finalidad de la posesión del puesto.

Bien sé que lo concediera


por justiciero y piadoso
si mi quejido penoso
en tribunal se oyera.
O quizá no se pudiera,
aunque mérito me sobre,
no quiero que por mi obre
cosa que parezca injusta,
quien sabe si Dios no gusta
que yo deje de ser pobre.41

41. Carta del virrey de Nueva España, Miguel José de Azanza, a don Juan Manuel de Ál-
varez. México a 30 de noviembre de 1798. ags, Secretaría de Guerra, leg. 7213, exp. 21, nº 23.
Los poemas de Escalante se encuentran incluidos en este legajo.

70 Contenido
AT E N TA D O CONTRA LA SOBERANÍA

La participación de diversos funcionarios, mayores y menores, desde vigías,


pasando por diversas instancias y cómplices, hasta el propio gobernador, ofre-
ce la idea de que el contrabando en Yucatán estuvo controlado por los propios
funcionarios de alto nivel, con un sinnúmero de involucrados de alguna u otra
manera, en busca todos ellos de la compensación esperada. Era, pues, una
situación donde los practicantes procuraban que ese negocio fuese continuo
y duradero, y donde los miembros lo fomentaban con la propia satisfacción de
sus intereses y necesidades, basados en elementos psicosociales de confianza y
lealtad, hasta que algún cambio demostrase lo contrario. Acaso el vigía Escalante
también se refirió a esa idea de grupo y a los problemas cuando escribió:

Vigias, y Subdelegados
y Jueces de los Partidos
sois también los ofendidos
y gravemente agraviados,
pues estando sosegados
sin sobresalto el menor
ya esperan el sinsabor
de los tragos tan amargos,
de refrendar vuestros cargos
por causa de un vil traidor.42

Aunado a ello, hay que considerar un último condicionante para la existencia


del contrabando: la protección que el mismo pueblo y la sociedad en general le
otorgaba ya que no había otra forma más económica y expedita de hacerse de
bienes de cualquier tipo. Entre la sociedad y el grupo dedicado al tráfico ilegal se
estableció entonces una relación no formal, tácita, al grado de negar que en sus
pueblos existiese cualquier situación de «corrupción digna de corrección».43
En un plano general, las redes informales que pudieron existir en el Yucatán
del período estudiado denotan el tipo de estructuras socioculturales generadas
por la situación política y económica, donde los grupos de poder entrelazaban
sus vínculos para la satisfacción de sus intereses, contando con la colaboración
de un pequeño eslabón costero, que de su papel de celador del territorio y del
arancel hacendista pasó a la clandestinidad.

42. Ibídem.
43. Santa Visita Pastoral del Curato de Dzidzantún hecha por el Ilustrísimo Sr. D. Pedro
Agustín Estévez y Ugarte. Año de 1803. Archivo Histórico de la Arquidiócesis de Yucatán. Visitas
Pastorales 1803-1805, vol. 5. Similares respuestas recibió el obispo durante su visita a los pobla-
dos de Dzilam, Hunucmá y Tihosuco. todos con relación directa con las vigías de la costa.

Contenido 71
La pugna por el poder en la Sociedad Económica de Amigos del país
de LA Habana (1793-1823)
José María Aguilera Manzano
Escuela de Estudios Hispanoamericanos, csic

Introducción

Este estudio se inicia con el reinado de Carlos IV, el último soberano ilustra-
do del Imperio español, y continua con el de su hijo Fernando VII, que marcó
la transición del Antiguo Régimen a una forma liberal-burguesa de gobierno y
el desarrollo del capitalismo económico. Esta transformación fue impulsada por
la llegada de las tropas francesas a la península ibérica en 1808 lo que desen-
cadenó la llamada «Guerra de Independencia Española». De forma paralela se
puso en marcha un proceso constitucional surgido tras la formación de diversas
Juntas Provinciales, la Junta Central y el Consejo de Regencia y cuyo punto
culminante fue la proclamación de la Constitución de Cádiz en 1812.1 A largo

1. Para el estudio de este periodo de revoluciones liberales, en el caso de la península


ibérica en concreto, véanse Josep Fontana, La quiebra de la monarquía absoluta 1814-1820,
Ariel, Barcelona, 1971; del mismo autor, La crisis del Antiguo Régimen 1808-1833, Crítica,
Barcelona, 1979; Europa ante el espejo, Crítica, Barcelona, 1994; Historia, análisis del pasado
y proyecto social, Crítica, Grupo editorial Grijalbo, Barcelona, 1982; La historia después del
fin de la Historia, Crítica, Barcelona, 1992; La historia de los hombres, Crítica, Barcelona,
2001; Miguel Artola, Antiguo Régimen y Revolución liberal, Ariel historia, Barcelona, 1979;
del mismo autor «La burguesía revolucionaria 1808-1874», en Historia de España, volumen V,
Alfaguara, Madrid, 1981; Partidos y programas políticos 1808-1936, volumen I, Alianza edi-
torial, Madrid, 1991; La hacienda del siglo xix. Progresistas y Moderados, Alianza universidad,
Madrid, 1981; Raymond Carr, España 1808-1939, Horas de España, Barcelona, 1985; Jesús
Cruz, Los notables de Madrid, Alianza, Madrid, 2000. Para Europa véanse E. J. Hobsbawm,
Las revoluciones burguesas, pp. 201-206. En esta obra, el autor considera que existieron tres

Contenido 73
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

plazo, esta guerra también supuso el inicio de la construcción del nacionalismo


español como uno de los pilares sobre los que se sustentaba el nuevo sistema
de gobierno liberal.2 Todos estos cambios que se fueron llevando a cabo con-
taron con la oposición del propio monarca que tendió siempre hacia formas
absolutistas de mandato. Sin embargo, tras su muerte en 1833, la regencia de su
esposa María Cristina y el reinado de su hija Isabel II, supusieron la consolida-
ción del sistema liberal burgués.
Paralelamente, los territorios coloniales de América y Asia comenzaron a pedir
su inclusión en el estado liberal en formación en igualdad de condiciones con
respecto a las provincias peninsulares del Imperio o, en su defecto, sistemas de
gobierno autónomos para sus territorios. La negativa de los diputados a que esto
ocurriera desencadenó todo un proceso que culminó con la independencia de la
mayor parte del territorio americano de la monarquía para 1823, auspiciada por
Gran Bretaña y Estados Unidos.3 Después de estas fechas, el Imperio español sólo
conservó el territorio peninsular y las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, aunque
estos últimos espacios siempre fueron considerados colonias y nunca gozaron de
un sistema de gobierno liberal para regirse.4 Las máximas autoridades en estos te-
rritorios fueron los capitanes generales, en lo político y militar, y los intendentes, en
lo económico, todos ellos nombrados directamente por el gobierno metropolitano
y, por tanto, servían a sus intereses y no a los de la isla y La Habana.5

oleadas revolucionarias en Europa: la primera entre 1820 y 1824, la segunda entre 1829-1834
y la tercera en 1848; E. P. Thompson, La formación histórica de la clase obrera. Inglaterra:
1780-1832, volumen I, II y III, Laia, Barcelona, 1977; Alberto Gil Novales, «Tras la revolución:
Europa a partir de 1800», en Trienio, núm. 38, noviembre 2001, Madrid, pp. 5-19.
2. Véase José Álvarez Junco, Mater dolorosa: la idea de España en el siglo xix, Taurus, Ma-
drid, 2003; Josep Maria Fradera, Cultura nacional en una sociedad dividida. Cataluña 1838-
1868, Marcial Pons, Madrid, 2003. Véase también E. J. Hobsbawm, Nación y nacionalismo
desde 1780, Crítica, Barcelona, 1995.
3. Véase Vvaa, Historia general de América Latina, volumen IV, V y VI, unesco, París,
2000-2004; Leslie Bethell (ed.), Historia de América Latina, volumen V, VI, VII y VIII, Crítica,
Barcelona, 1991; François Chevalier, América Latina. De la independencia a nuestros días,
Fondo de Cultura Económica, México, 1999, pp. 21-26; John Lynch, Las revoluciones hispa-
noamericanas 1808-1826, Ariel, Barcelona, 1985; Claudio Véliz, La tradición centralista en
América Latina, Ariel, Barcelona, 1984.
4. Véase Josep Maria Fradera, Colonias para después de un imperio, Bellaterra, Barcelona,
2005; Josep Maria Fradera, Gobernar colonias, Península, Barcelona, 1999; Manuel Chust, La
cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, 1810-1814, Fundación Instituto Historia
social-unam, Valencia, 1999.
5. Los capitanes generales de la isla de Cuba durante este periodo fueron el marqués de
Someruelos de 1799 a 1812; Juan Ruiz de Apodaca de 1812 a 1816; José Cienfuegos de 1816 a
1819; Juan Manuel Cagigal de 1819 a 1821; Nicolás Mahy de 1821 a 1822; Sebastián Kindelán
de 1822 a 1823; Francisco Dionisio Vives de 1823 a 1832; Mariano Ricafort de 1833 a 1834;
Miguel Tacón Rosique de 1834 a 1838.

74 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

Esto hizo que la elite intelectual habanera comenzara a fraguar un sistema


cultural distinto al que se traba de implantar desde la metrópoli. No obstante,
cometeríamos un grave error si entendiéramos las luchas políticas y culturales
en La Habana y el resto del territorio cubano del periodo comprendido entre
1793 y 1832 como producto de un enfrentamiento entre criollos y peninsulares
pues los resultados de nuestro estudio estarían desvirtuados y no nos permi-
tirían entender muchos hechos de los que entonces ocurrieron.6 Esta teoría,
basada en la división, fue firmemente apoyada por la historiografía nacionalista
cubana representada por Ramiro Guerra y Sánchez,7 Emeterio Santovenia y
Raúl Shelton8 y, más recientemente, por Eduardo Torres-Cuevas.9 Al crear esta
parcelación antagónica daban homogeneidad a grupos heterogéneos. La rea-
lidad, sin embargo, fue mucho más compleja, como trataré de demostrar a lo
largo de este estudio. La división entre criollo y peninsular y su asociación al
nacionalismo cubano y al español respectivamente que mantiene, con matices,
la historiografía actual, no estaba tan nítidamente establecida en los primeros
momentos del periodo que estudiamos, sino que los encargados de construirla
y fomentarla fueron los intelectuales habaneros y las autoridades metropolita-
nas del periodo final aquí analizado y, fundamentalmente, del inmediatamente
posterior.10 Pienso que el centro de atención de nuestro estudio debemos des-

6. La historiografía tradicional ha intentado fundamentar el origen del nacionalismo espa-


ñol y cubano basándose en el lugar de nacimiento y por eso denomina «criollos» a los des-
cendientes de peninsulares nacidos en territorio americano y «peninsulares» a los que vivían
en América pero habían nacido en la península ibérica.
7. Ramiro Guerra y Sánchez, Historia de la nación cubana, volumen III, Historia de la
Nación Cubana, La Habana, 1952; Manual de historia de Cuba (económica, social y política).
Desde su descubrimiento hasta 1868, Cultural, La Habana, 1938; Azúcar y población en las
Antillas, Cultural, Madrid, 1935.
8. Emeterio Santovenia y Raúl Shelton, Cuba y su historia, volumen I, Rema Press, Miami,
1965.
9. Eduardo Torres-Cuevas, La polémica de la esclavitud. José Antonio Saco, Ciencias so-
ciales, La Habana, 1984.
10. Un buen estudio del movimiento tradicionalista lo hace Javier Herrero en su obra,
Los orígenes del pensamiento reaccionario español, Alianza universidad, Madrid, 1988. Son
numerosos los informes de los capitanes generales a la Corona, de las autoridades de la isla y
los «espías» de la Corona en otros países de América donde esta idea se repite. Véase Ramón
de la Sagra, «Una página para la historia de la época actual» y «Breve noticia de los primeros
meses de mando del Exmo. Señor D. Miguel Tacón», en Vvaa, Ramón de la Sagra y Cuba,
volumen II, Edicios do Castro, A Coruña, pp. 20-28 y 106-115; Archivo General de Indias (en
adelante agi), Cuba, 2007, núms. 15, 16 y 17; agi, Cuba, 2008, núm. 36; agi, Cuba, 2057, núm. 44;
agi, Cuba, 2065, núms. 24, 27, 29, 30 y 31; agi, Cuba, 2107, núm. 63; Archivo Nacional de
Cuba (en adelante anc), Asuntos Políticos, 29, núms. 1 y 7; anc, Asuntos Políticos, 36, núm. 16;
anc, Asuntos Políticos, 117, núm. 99; Archivo Histórico Nacional de Madrid (en adelante ahn),
Ultramar, 4603, núm. 36.

Contenido 75
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

plazarlo de la supuesta lucha entre criollos y peninsulares a la formación de


una identidad cubana paralela a la que se trataba de implantar desde la metró-
poli lo cual, desde el punto de vista administrativo-político, se tradujo en un
enfrentamiento entre centralización, descentralización y autonomía.

El origen del centralismo en la isla de Cuba

A través del proceso constitucional que se inició en el Imperio español en


1808, éste se encaminó hacia una forma de organización del estado centralista,
en torno al cual hay multitud de hipótesis. Claudio Véliz cree que, con altibajos,
la centralización se inició en América con la misma colonización.11 Según John
Lynch, en la segunda mitad del siglo xvii y durante los primeros cincuenta años
del siguiente, en América, el grado de control de las elites locales sobre el apara-
to del estado, la generalización de la corrupción y el no respeto a la legislación
real, permitían hablar de la existencia, de hecho, de una primera independencia
americana. Después de 1763 los planificadores de la monarquía borbónica, enca-
bezados por José de Gálvez, decidieron poner fin a la influencia criolla y volver
a una noción más centralista de imperio. No obstante, este autor reconoce en sus
últimos estudios que la «desamericanización» del estado colonial no se aplicó a su
brazo militar.12 Esta misma teoría, con algunos matices, es mantenida por Jorge
Gelman y François Chevalier.13 Sin embargo, Josep Fontana y Josep Maria Delga-
do han cuestionado esta supuesta centralización que se produjo en las colonias
americanas en la segunda mitad del siglo xviii.14 En cualquier caso, de forma más
o menos eficaz, hubo un intento de centralización que, según pone de manifiesto
Benedict Anderson, fue un factor importante en la formación de las identidades

11. Claudio Véliz, La tradición centralista en América Latina, Ariel, Barcelona, 1984,
pp. 15-33. A partir de este momento se sucedieron los procesos de centralización y relajación
del centro.
12. John Lynch, «Los factores estructurales de la crisis: la crisis del orden colonial», en Ger-
mán Carrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V, unesco, París, 2003,
pp. 30-54. Esta misma postura es mantenida en John Lynch, Las revoluciones hispanoameri-
canas, pp. 13-35; Antonio Morales Moya, «El estado de la Ilustración», en Guillermo Gortázar
(ed.), Nación y estado en la España liberal, Noesis, Madrid, 1994, pp. 15-77.
13. Véase Jorge Gelman, «La lucha por el control del estado: administración y elites co-
loniales en Hispanoamérica», en Enrique Tandeter (dir.), Historia general de América Latina,
vol. IV, unesco, París, 2000, pp. 251-264; Chevalier, América Latina, pp. 21-26.
14. Josep Fontana y Josep Maria Delgado, «La política colonial española: 1700-1808», en
Enrique Tandeter, (dir.), Historia general de América Latina, vol. IV, unesco, París, 2000,
pp. 17-31. Esta idea es mantenida por Pedro Pérez Herrero, «Conflictos ideológicos y lucha
por el poder», en Germán Carrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V,
unesco, París, 2003, pp. 317-349.

76 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

en el nuevo mundo y, por tanto, también en La Habana y en la isla de Cuba, a lo


que se unía el hecho de ser el territorio cubano una unidad administrativa en sí
(capitanía general), todo lo cual se vio reforzado a lo largo del tiempo desde
el punto de vista económico y judicial pues tuvo un superintendente y se creó
en ella una audiencia. Las políticas comerciales de la metrópoli a lo largo del
siglo xviii habían convertido este territorio en una zona con entidad propia e in-
dependiente del resto pues era la entrada comercial a América. El respaldo final
a todo esto fue el factor geográfico debido al carácter insular de Cuba.15 Aunque
estos hechos fueron importantes en la construcción de una «comunidad imagi-
nada» cubana, como la ha denominado Benedict Anderson, sin embargo, por sí
solas, las zonas de mercado, geográficas o político-administrativas no forman
adeptos, sino que fue necesaria la llegada del capitalismo impreso para que esto
ocurriera.16 A la isla de Cuba la imprenta llegó en el siglo xviii, pero estuvo muy
controlada por el estado y hasta que en el siglo xix la presión estatal no cedió un
poco, no pudo empezar a gestarse una «comunidad imaginada».
El proceso de centralización ejercido desde la Península se desarrolló clara-
mente a partir de la puesta en marcha de la Junta Central y las Cortes de Cádiz.
Aunque estas últimas proclamaron la igualdad de los territorios a ambos lados del
océano, porque las circunstancias así lo requerían, en las mentes de los liberales
gaditanos subyacía la idea de desigualdad y la intención de construir un estado
centralizado.17 Ante tal beligerancia, los partidarios de los gobiernos autónomos
comprendieron que por el momento sólo podrían luchar por la descentralización.
De forma paralela a este proceso de centralización administrativa, el liberalismo
peninsular, desde el punto de vista cultural, impuso los elementos de una iden-
tidad española cuyo centro era Castilla. La guerra que acababa de vivirse en la
Península empezó a ser denominada «Guerra de Independencia de España», y el día
dos de mayo de 1808 fue considerado el día en el que el pueblo español se levantó
contra los franceses, contra el «enemigo común». En estos momentos se dio un
nuevo impulso a las reales academias de la Historia, de la Lengua y a la Academia
de San Fernando, creadas en el siglo xviii y que tanto habían ayudado a formar
esa identidad nacional.18 A través de ellas se fomentaba la escritura de la historia
del origen y la grandeza de la nación española, la descripción, ya fuera en prosa
o verso, de las tierras españolas, la pintura de escenas nacionales y la escritura

15. La importancia de la territorialidad la ponen de manifiesto José Álvarez Junco, Mater


dolorosa, pp. 12-13.
16. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difu-
sión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993, pp. 81-96.
17. Josep Maria Fradera, Colonias para después, pp. 1-4.
18. Nos referimos a la Real Academia de la Lengua Española, la Real Academia de la His-
toria y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, todas ellas ubicadas en Madrid.

Contenido 77
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

de obras de teatro destinadas al público analfabeto para difundir entre ellas el


orgullo de lo «español».19 Para trasladar esos valores a Ultramar se habían creado
las sociedades económicas y la Sociedad Económica de La Habana cumplió con
este cometido en el ámbito intelectual a ella asignado, aunque en su seno hubo
individuos que intentaron que se decantara a favor del desarrollo de una identi-
dad distinta, sobre todo a partir de 1823, igual que sucedió en la Universidad de
La Habana y en el Seminario de San Carlos de dicha ciudad.20

El carácter centralista de la sociedad económica


de La Habana

La Ilustración peninsular impulsó la puesta en marcha de sociedades eco-


nómicas en la Península y posteriormente en los territorios de Ultramar.21

19. Véase la obra de José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 31, 54-56, 73-74, 78-81, 83,
119 y 194.
20. Las sociedades económicas habían sido centros cuya creación fue promovida a fines del
siglo xviii por Melchor Gaspar de Jovellanos en la Península, en época del monarca ilustrado Car-
los III, para impulsar el desarrollo económico y se extendieron a todos los territorios coloniales
con el objetivo de conocer mejor las características de estos espacios y los recursos materiales y
humanos con que contaban para contribuir al desarrollo de la metrópoli (población, geografía,
flora, fauna, etc.). Véase Gaspar Melchor Jovellanos, Informe de la Sociedad Económica de esta
Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el expediente de la ley agraria, Imprenta de Sancha,
Madrid, 1795. Véase también José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 103-104; Jesús Raúl Navarro
García en sus obras Control social y actitudes políticas en Puerto Rico (1823-1837), Quinto cen-
tenario del descubrimiento de América, Sevilla, 1991 y en la obra Puerto Rico a la sombra de la
independencia continental (1815-1840), Centro de estudios avanzados de Puerto Rico y El Caribe
y Escuela de Estudios Hispanoamericanos, Sevilla-San Juan, 1999, ha puesto de manifiesto que
otros medios de control usados fueron la censura de las publicaciones, la confesión, los sermo-
nes y la Comisión Militar para sancionar con rapidez los delitos políticos y los comunes (robos y
asesinatos). Estos últimos medios de control, junto con otros, no dependieron directamente de La
Sociedad Económica sino que eran competencia de otros órganos del gobierno. Sobre la Univer-
sidad y el Seminario véase Eduardo Torres-Cuevas, Ramón Armas y Ana Cairo Ballester, Historia
de la Universidad de La Habana, vol. I, Ciencias sociales, 1984; Julio Ángel Carreras, «El inicio de
la enseñanza secundaria en Cuba», Santiago, núm. 9, diciembre de 1972, pp. 120-130; Antonio
Bachiller y Morales, Apuntes para la historia de las letras y la instrucción pública de la isla de
Cuba, vol. I, II y III, Cultural, La Habana, 1937; Enrique José Varona Pera, La instrucción pública
en Cuba; su pasado y su presente, Imprenta de Rambla y Bouza, La Habana, 1901; Manuel Puelles
Benítez, Educación e ideología en la España contemporánea, Labor política, Barcelona, 1980;
Ofelia Morales y del Campo, «La evolución de las ideas pedagógicas en Cuba desde los orígenes
hasta 1842», Revista Bimestre Cubana, vol. XXII, núm. 5, 1927, pp. 713-732, vol. XXII, núm. 6,
1927, pp. 846-867, vol. XXIII, núm. 1, 1928, pp. 91-120, vol. XXIII, núm. 2, 1928, pp. 215-245,
vol. XXIII, núm. 3, 1928, pp. 416-441, vol. XXIV, primer semestre de 1929, pp. 132-139.
21. Véase François-Xavier Guerra y Annick Lempérière, Los espacios públicos en Ibero-
américa, Fondo de Cultura Económica, México, 1998, p. 83; François-Xavier Guerra, Moder-

78 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

Estas instituciones supieron aprovechar al máximo el desarrollo económico


que en esos momentos se gestaba allí e intentaron fomentar la agricultura,
la ganadería, el comercio y la industria, que debían ser los pilares que sus-
tentaran el progreso de la nación, de acuerdo con los principios ilustrados y
más tarde liberales que empezaban a desarrollarse y, por supuesto, fueron un
instrumento para conocer las características de la población, geografía, flora
y fauna del territorio.
El objetivo que llevó al gobierno de la metrópoli a autorizar la formación
de una sociedad económica en La Habana nos lo manifiestan los estatutos de
su fundación en 1792.22 En ellos se decía que era para conocer las riquezas y
bienes que había en aquellos territorios y para la diversificación de la produc-
ción.23 Era evidente que las regiones de Ultramar se habían convertido en cante-
ras de donde extraer todo tipo de materias primas necesarias para el desarrollo
de la metrópoli.

nidad e independencias, Fondo de Cultura Económica, México, 1997, pp. 92-94 y 102-108;
Guglielmo Cavallo y Roger Chartier, (dir.), Historia de la lectura en el mundo occidental,
Taurus, Madrid, 2001, pp. 529-534; María Cruz Seoane, Historia del periodismo en España,
vol. II, Alianza universidad, Madrid, 1983, p. 114. Todos ellos consideran que las sociedades
económicas fueron la institucionalización de las tertulias, que eran una modalidad de encuen-
tro que recogía elementos de las formas más tradicionales de la sociedad hispánica: las visitas
de conversación y de cumplimientos y la reunión, más o menos espontánea, de amigos de
similar condición social.
22. La Sociedad Económica de La Habana se reunió por primera vez en 1793. Fue la se-
gunda fundada en la isla tras la de Santiago de Cuba, que se creó en 1781, la primera puesta
en marcha en América. Véase Izaskun Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración: las Socie-
dades Económicas de Amigos del País en Cuba, 1783-1832, Real Sociedad Bascongada de los
Amigos del País, Madrid, 2000, pp. 17-25; María Dolores González-Ripoll, Cuba, la isla de los
ensayos. Cultura y sociedad, 1790-1815, csic, Madrid, 1999; Eduardo Escasena y Núñez, «El
131 aniversario de la Sociedad Económica de Amigos del País», en Revista Bimestre Cubana,
vol. XIX, núm. 3, 1924, pp. 216-223; Diana Iznaga y Yolanda Vidal, «Apuntes para la Historia
de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana», Revista de la Biblioteca Na-
cional José Martí, vol. LXXII, núm. 1, 1981, pp. 153-173; Vicent Llombart y Jesús Astigarraga,
«Las primeras antorchas de la economía: las sociedades económicas de amigos del país en
el siglo xviii, Revista Bimestre Cubana, vol. LXXX, núm. 1, 1997, pp. 99-130; Rafael Montoro,
«Historia de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana», Revista Bimestre Cu-
bana, vol. IV, núm. 1, 1910, pp. 11-48; Rafael Montoro, «Historia de la Sociedad Económica
de Amigos del País de La Habana», en Revista Bimestre Cubana, vol. IV, núm. 2, 1910, p. 112
y siguientes; Ángela del Valle López, «La Real Sociedad Económica de Amigos del País de La
Habana. Acción socio-cultural y educativa», en Consolación Calderón España (dir.), Las Reales
Sociedades Económicas de Amigos del País y el Espíritu Ilustrado, Real Sociedad Económica
Sevillana de Amigos del País, Sevilla, 2001, pp. 560-565.
23. Véase «Estatutos de la Sociedad Económica de La Habana de 1793 y 1833», en Izaskun
Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración, pp. 329-358.

Contenido 79
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Izaskun Álvarez Cuartero, al estudiar la Sociedad Patriótica de La Habana,


destacó su función como órgano creado por la monarquía con la intención de
contribuir al progreso de la isla en educación, medicina, etc., y como la herra-
mienta que ayudó a implantar un pensamiento más racional, en sustitución del
escolástico dominante hasta entonces.24
Estas motivaciones son innegables, aunque pienso que hay que tener en cuen-
ta una tercera razón que ninguno de los autores menciona y es que la Sociedad
Económica de La Habana fue un poderoso instrumento político usado por la
monarquía para centralizar y controlar todas las competencias que se le dieron:25
la instrucción de la población cubana, la medicina y otras funciones, en con-
traposición a los ayuntamientos y a la Iglesia católica, de quien hasta entonces
habían dependido, con la intención de favorecer la implantación de la identidad
española. No obstante, se dio cabida en ella a individuos contrarios a este proceso
que lograron hacerse con puestos de responsabilidad en su seno. Pruebas de la
intención homogeneizadora de la Sociedad son que en los tres estatutos que la
rigieron, desde su creación hasta 1835, se ordenaba que colaborara en la adminis-
tración de la Sociedad su director y el capitán general y establecían que las juntas
no se celebraran sin la presencia del capitán general, o la de otro ministro real o
máxima autoridad peninsular que pudiera sustituirle.26 El capitán general, máximo
estandarte del centralismo del poder en el territorio cubano, era también presiden-
te de la Sociedad. Otra prueba de su intención de implantar la identidad española
es que se denominaba «económica de amigos del país» y «patriótica».27

24. Izaskun Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración, pp. 17-25. Esta misma idea es
sostenida por gran cantidad de autores. En este sentido véanse María Luisa Rodríguez Bae-
na, La Sociedad Económica de Amigos del País de Manila en el siglo xviii, csic, Sevilla, 1966,
pp. 16-22 y 44; Paz Martín Ferrero, La Real Sociedad Económica Gaditana de Amigos del País,
Cuadernos de la cátedra económica de Cádiz, Cádiz, 1988, pp. 5 y 32-61; también pueden
consultarse los artículos de Consolación Calderón España, «Las Reales Sociedades Económicas
de Amigos del País y la Educación», pp. 89-120; Ángela del Valle López, «La Real Sociedad
Económica de Amigos del País», pp. 560-565, ambos publicados en la obra conjunta dirigida
por Consolación Calderón España, Las Reales Sociedades Económicas, 2001.
25. Larry R. Jensen, Children of colonial despotism, University Press of Florida, Tampa,
1988, pp. 7-9. En esta obra el autor considera a la Sociedad Económica como un órgano que
favoreció a los criollos en detrimento de los peninsulares. A favor de la idea de centralización
de estas instituciones se muestran José Antonio Maravall, «Las tendencias de reforma política
en el siglo xviii español», en Revista de Occidente, núm. 52, 1967; Juan Luis Castellano, Luces y
reformismo. Las sociedades económicas del Reino de Granada en el siglo xviii, Granada, 1984;
Inmaculada Arias de Saavedra Alias, Las Sociedades Económicas del Reino de Jaén, Granada,
1984.
26. Véase «Estatutos de la Sociedad Económica de La Habana de 1793 y 1833», en Izaskun
Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración, pp. 329-358.
27. Véase José Álvarez Junco, Mater dolorosa, pp. 103-104. El autor dice que por más que
la historiografía conservadora se obstinó por presentar a estas instituciones como «antinacio-

80 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

La labor unificadora de esta institución se desarrolló a través de sus diferen-


tes secciones, como la de Educación, dedicada, sobre todo, a la extensión del
conocimiento de la lectura y algo de la escritura, también se usó la de Agricul-
tura, la cátedra de botánica, el Jardín Botánico, la biblioteca, la beneficencia,
la Sección de Historia, la Academia de Dibujo de San Alejandro, el Museo de
Historia Natural, la realización de mapas, censos, etc., todo ello con el objetivo
de inculcar en la sociedad los principios del estado liberal-burgués naciente
para que no existiera una contradicción entre las instituciones que se creaban y
la forma de entender el estado por la sociedad que a la larga podía resultar muy
peligroso. También pretendía imbuir un determinado sentimiento de identidad,
para lo cual la burguesía eligió los mensajes escritos como medio para divulgar
sus principios y eso implicó la necesidad de una sociedad alfabetizada que los
pudiera descifrar; de ahí la importancia de la extensión de la instrucción básica
a toda la sociedad. Otras armas usadas para educar y como forma de control
fueron la prensa y las publicaciones periódicas. Por ello se creó en su seno una
memoria donde se dieron a conocer las últimas innovaciones en agricultura,
comercio e industria.
Con esta perspectiva que hemos tratado de plantear podremos entender el
verdadero significado de la Sociedad, cuestionándonos así esa visión de institu-
ción de progreso, sin más, que tratan de transmitirnos Álvarez Cuartero y otros
autores ya que este organismo fue un instrumento creado por un grupo al que
le interesaba su existencia por los motivos antes expresados.

Juan José Díaz de Espada y Landa y las primeras


divergencias con la posición del gobierno central

La llegada del obispo Juan José Díaz de Espada y Landa a La Habana en


1802 supuso el inicio de un proceso de concentración en torno a él de las fuer-
zas liberales que hasta entonces habían actuado de forma dispersa en la Socie-
dad. Este peninsular, que representaba el liberalismo centralista, permitió que
otras corrientes liberales también tuvieran cabida dentro de esta institución.28

nales», aquel fue el siglo del patriotismo, de ahí que nadie se negara a entrar en ellas ni dejara
de apoyarlas, incluso se logró implicar en estos organismos a una parte significativa del alto
clero y la aristocracia. En la Sociedad Económica nos encontramos desde los más fervientes
liberales hasta los más conservadores.
28. Jensen, Children of colonial, pp. 12-139. En esta obra el autor afirma que Espada era
liberal, yo añadiría que además estaba próximo a la corriente centralista. Aunque él le dio el
carácter centralista a la Sociedad, el liberalismo no era una concepción homogénea y se fue-
ron delimitando varias líneas; Michael Zeuske, «Política colonial, reforma y revolución: Cuba
y la independencia de la Costa Firme, 1808-1821», Trienio, núm. 24, noviembre 1994, Madrid,

Contenido 81
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

El pensamiento intelectual en La Habana y en la isla, desde la llegada de


Cristóbal Colón hasta el siglo xix, había estado dominado por el escolasticismo.
El objetivo de esta corriente no era conocer la multiplicidad de lo sensible, sino
la totalidad universal; su principal problema era que aceptaba dogmas, con
origen bíblico, como verdades universales y de ellos se partía para elaborar los
discursos. Tomás de Aquino fue la figura más representativa de esta filosofía y
los dominicos lo difundieron a lo largo del tiempo, aunque este sistema ideoló-
gico comenzó a resquebrajarse ante los nuevos tiempos ilustrados, donde todo
había que demostrarlo para que fuera creíble.29
Tomás Romay y Chacón y José Agustín Caballero, habaneros ambos, impul-
saron este cambio a fines del siglo xviii en la isla y apostaron por una nueva
forma de pensar. Los dos concibieron a las sociedades económicas como espa-
cios donde tendrían cabida sus ideologías y por eso apostaron por la fundación
de una en La Habana y con el apoyo de las autoridades lo consiguieron. José
Agustín Caballero, clérigo nacido a mediados del siglo xviii, fue su director
en los últimos años del siglo xviii, y luego vicesecretario. Este hombre, empa-
rentado con José de la Luz y Caballero, fue profesor en el Seminario de San
Carlos de La Habana del presbítero Félix Varela, José Antonio Saco, Domingo
del Monte,30 etc. Desde la cátedra de teología y escritura moral, que ostentó

pp. 97-164. Juan José Díaz de Espada y Landa era un sacerdote de origen peninsular que fue
nombrado obispo de La Habana a principios del siglo xix. Este hombre impulsó el desarrollo
de un pensamiento ilustrado en la isla al fomentar la implantación del ideario racionalista
propugnado por autores como José Agustín Caballero y Tomás Romay. Con este objetivo
relanzó a la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana y al Seminario de San
Carlos. Tras los acontecimientos de 1808 en la Península, se mostró partidario del liberalismo
centralista. La base del proyecto económico de Espada era la agricultura. Pensaba, como los
fisiócratas, que no debía prestársele tanta atención al comercio sino que los desvelos debían
ir dirigidos hacia la agricultura, donde se concentraba la producción, la verdadera y estable
prosperidad de la nación. Espada era partidario de la libertad de comercio y de amplias
garantías para el fomento de la producción. Consideraba que debía ayudarse por igual al
comercio y a la agricultura. Criticó el sistema de campo abierto y estuvo a favor de cercarlos.
Véase Juan José Díaz de Espada y Landa, Papeles de Juan José Díaz de Espada y Landa, Ima-
gen Contemporánea, La Habana, 2000; Vvaa, Diccionario de la Literatura Cubana, vols. I y II,
Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, 1984; Eduardo Torres-Cuevas, Obispo Espada.
Ilustración, reforma y antiesclavismo. Selección, introducción y notas, Ciencias sociales, La
Habana, 1990.
29. El escolasticismo había sido usado para justificar la independencia por algunos pensa-
dores como Diego Francisco Padilla, que desconoció a la Junta de Regencia de la Península
pues los americanos habían jurado lealtad a Fernando VII y por él darían la vida, pero no
por una Junta. Es decir, no siempre se apoyaron en las nuevas corrientes del pensamiento
inglés y francés para justificar la independencia. Véase Jaime Jaramillo Uribe, El pensamiento
colombiano en el siglo xix, Planeta Colombia, Bogotá, 1996, pp. 135-144.
30. Todos estos pensadores han sido considerados «padres de la nación cubana».

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L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

durante mucho tiempo en el Seminario, abogó por la superación del escolasti-


cismo rutinario e introdujo las doctrinas de Locke, Condillac, Bacon y Newton,
así como el espíritu del examen crítico y la física experimental. A través de
las Memorias de la Sociedad Económica y del Diario de La Habana, medios
de los que formó parte, transmitió esta forma de pensar.31 Tomás Romay había
nacido por las mismas fechas que Caballero, estudió en el Seminario de San
Carlos y en la Universidad de La Habana, donde se licenció en medicina e
impartió la cátedra en patologías, de ahí su interés por el estudio de las epide-
mias. Su Memoria sobre la Fiebre Amarilla fue premiada porque en ella intro-
ducía una visión científica de la medicina y combatía el escolasticismo. Durante
su etapa de director del Papel Periódico trató de difundir estas ideas.32 Romay y
Caballero intentaron llevar a cabo transformaciones desde sus respectivos ám-
bitos de actuación a fines del siglo xviii, pero las dificultades fueron múltiples
pues su forma de pensar y sus ansias de cambio eran aún minoritarias entre

31. José Agustín Caballero nació en La Habana en 1762 y murió en 1835. Realizó estu-
dios en el Real Colegio Seminario de San Carlos entre 1774 y 1781 y se convirtió en clérigo.
En 1785 obtuvo, por oposición, la cátedra de filosofía en el Seminario y tres años más tarde
se licenció y doctoró en sagrada teología en la Universidad de La Habana. Fue uno de los
asesores más eficaces en el gobierno de Luis de las Casas. En 1793 pasó a formar parte de la
Sociedad Patriótica y, dentro de ella, fue nombrado miembro de la diputación de la Casa
de Educandas, de la Clase de Ciencias y Artes, miembro de la redacción del Papel Perió-
dico, de la comisión encargada de redactar la memoria sobre las escuelas públicas, censor
y director. Desde 1804 hasta su muerte desempeñó en el Seminario la cátedra de teología y
escritura moral. En 1811 redactó el proyecto del gobierno autonómico para Cuba, dirigido a
las Cortes por intermedio del diputado Andrés Jáuregui. Fueron discípulos suyos Félix Varela,
José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero. Véase José Agustín Caballero, Obras, vol. I,
Imagen Contemporánea, La Habana, 2000; J. A. Castro, y Raimundo Bachiller, «Pres-
bítero José Agustín Caballero», Revista Bimestre Cubana, vol. 39, primer semestre de
1937, pp. 5-27; Francisco González del Valle, Dos orientadores de la enseñanza: el padre José
Agustín Caballero y José de la Luz Caballero, Molina, La Habana, 1935; Emilio Roig de Leuch­
senring, «El centenario de la muerte de José Agustín Caballero Rodríguez», Revista Bimestre
Cubana, vol. XXXV, primer semestre de 1935, pp. 161-176.
32. Tomás Romay y Chacón nació en La Habana en 1764 y murió en 1849. En el Semina-
rio de San Carlos cursó estudios de gramática, retórica y filosofía. Ingresó en la Facultad de
Filosofía de la Universidad de La Habana donde se graduó en medicina en 1789 y obtuvo la
cátedra de patologías. Fue redactor del Papel Periódico en 1793 y también fue nombrado so-
cio de número de la Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana. En 1804 se hizo
cargo de la dirección de la Junta Central de Vacunación, fue secretario permanente de la Junta
de Población Blanca de 1818 a 1844 y decano de la Facultad de Medicina de la universidad
en 1832. Véase Tomás Romay y Chacón, Obras, vol. II, Academia de Ciencias de la República
de Cuba y Museo Histórico de las Ciencias Médicas, La Habana; Rodolfo Tro Pérez y Rodolfo
Pérez de los Reyes, «Los últimos años del doctor don Tomás Romay», Revista de la Biblioteca
Nacional José Martí, vol. II, núm. 4, 1951, pp. 35-56.

Contenido 83
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

los intelectuales de la isla, y al actuar de forma individual los obstáculos eran


todavía mayores.
En 1802 llegó a la isla Juan José Díaz de Espada y Landa, recién nombrado
obispo de la diócesis de La Habana. Era un clérigo vasco con fama de liberal
que había sido miembro de distintas sociedades económicas en la Península.33
Él sabía que éstas se habían puesto en marcha como centros desde donde co-
ordinar las actuaciones en las materias antes señaladas y por eso, al llegar a La
Habana, inmediatamente, entró en contacto con los sectores más ilustrados del
gobierno y fue nombrado director de la Real Sociedad Económica de esa ciu-
dad. A partir de ese momento trabajó duramente para coordinar las actividades
que algunos de sus miembros trataban de llevar a cabo de forma aislada. Tomás
Romay fue el médico que atendió a Espada al enfermar éste de fiebre amarilla
y a raíz de este suceso surgió una gran amistad entre ambos. Romay entendió
inmediatamente los objetivos del obispo, por eso ambos estuvieron de acuerdo
en que, para combatir la peor de las epidemias, la viruela, era necesario que
desde la Sociedad se organizara un sistema por el cual se extendiera la vacuna
de esta enfermedad ya que si no se organizaba desde un centro fuerte, estas
campañas no tendrían eficacia y nunca se erradicaría esta epidemia. Espada
consiguió que Romay fuera nombrado director de la Junta Central de Vacu-
nación en 1804, la dotó de un presupuesto y desde ella coordinó con energía
las campañas organizadas en los distintos puntos de la geografía de la isla de
Cuba.
El obispo también conocía la importancia que la educación empezaba a
tomar en Europa como medio para inculcar en la población las ideas liberales
y un concepto de identidad determinado; observó que en La Habana y en la
isla la población era analfabeta mayoritariamente y que los colegios estaban
en manos de los ayuntamientos y de las iglesias, cuando los había; desde su
posición como director de la Sociedad dio los primeros pasos en el proceso
de control de la instrucción por parte de ella y por ello puso en marcha la
Sección de Educación, creó en su seno un sistema de premios en metálico
para los mejores maestros y para los alumnos más brillantes medallas e intentó
extender un conjunto de libros y textos ajustados a la edad de los alumnos,
homogeneizando así los conocimientos que se enseñaban. En esta misma línea
se propuso desarrollar un nuevo método de enseñanza que permitiera una más
rápida alfabetización y una escuela normal, financiada por la Sociedad, donde
instruir a los maestros.

33. Eduardo Torres-Cuevas, Obispo Espada. La base del proyecto de Espada era la agri-
cultura. Pensaba, como los fisiócratas, que no debía prestársele tanta atención al comercio.
Más importante era la agricultura, donde se concentraba la producción, la verdadera y estable
prosperidad de la nación.

84 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

La educación superior también tenía que ser reformada pues las dos ins-
tituciones dedicadas a este tipo de instrucción en La Habana eran La Real y
Pontificia Universidad de San Gerónimo, bajo la hégira de los dominicos, y el
Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos, con su antecedente en el co-
legio de San José de la compañía de Jesús. En ambas se enseñaba con métodos
escolásticos y por eso el obispo intentó reformar sus técnicas de enseñanza. La
Universidad no podía ser el lugar donde se iniciaran éstas pues, por lo dicho
arriba, los dominicos eran los máximos seguidores del método escolástico. El
Seminario, que no había estado controlado por esta orden religiosa, había sido
algo más permeable a los cambios y además en él impartía clases José Agustín
Caballero, aliado de Espada, con quien coincidía en la necesidad de cambiar
las antiguas formas de enseñar e introducir la experimentación y materias prác-
ticas. Por eso se iniciaron en él las reformas con un objetivo claramente centra-
lista que continuaron más tarde con la secularización de la Universidad.
Al estallar la llamada Guerra de Independencia en la Península en 1808,
Espada se mostró favorable al movimiento constitucionalista y apoyó a la Junta
Central de 1810 que representaba el liberalismo centralista. El obispo mandó a
su discípulo Juan Bernardo O’Gaban a Cádiz en 1811 y éste representó allí a los
liberales de la isla.34 Espada nunca estuvo a favor de los movimientos que con-
dujeran a la independencia de la mayor de las Antillas y en 1816 publicó una
carta pastoral en este sentido. Pensaba que era necesaria la paz como medio
para conseguir la prosperidad y la guerra nunca traería eso.35 Aunque Tomás
Romay mantuvo la misma línea que Espada, apoyó al rey legítimo y se opuso a
la invasión francesa.36 José Agustín Caballero, más partidario del autonomismo,
redactó en 1811 el Proyecto del gobierno autonómico para Cuba, dirigido a las
Cortes a través del diputado Andrés Jáuregui.37

34. Juan Bernardo O’Gaban y Guerra nació en Santiago de Cuba en 1782 y murió en
La Habana en 1838. Estudió en el Seminario San Basilio el Magno, de Santiago de Cuba. En
1802 y 1803 se graduó, respectivamente, de bachiller en sagrados cánones y de licenciado
en derecho canónico en la Universidad de La Habana. En 1804 ingresó como miembro de la
Real Sociedad Patriótica. Fue nombrado provisor y vicario general en 1810 y diputado a la Junta
Provincial de Cádiz por Santiago de Cuba en 1811. En dicha Junta ocupó los cargos de secre-
tario y presidente. Se trasladó de nuevo a la Península en 1820. Rechazó el cargo de obispo
en 1822 y el de arzobispo de Santiago de Cuba en 1823. Poco después de su regreso de la
metrópoli se vio obligado a volver a ella bajo la acusación de deslealtad. Fue nombrado
decano de la catedral habanera en 1829. Al crearse la Academia de Literatura, a princi-
pios de la década de 1830, se opuso obstinadamente a ella por estimar que obstruía las
labores de la Sociedad.
35. agi, Cuba, 227b, núm. 3 que se reimprimió en 1824.
36. Jensen, Children of the colonial, pp. 31-32 y 80-86.
37. Véase José Agustín Caballero, Obras.

Contenido 85
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Mientras el panorama político se iba complicando por momentos, Caba-


llero, con el respaldo económico que Espada le daba desde la Sociedad, fue
formando alumnos en el Seminario, desde donde difundió los nuevos métodos
racionalistas. La cátedra de filosofía de este centro la obtuvo el joven Juan Ber-
nardo O’Gaban que mantuvo una clara adhesión al pensamiento de Locke y
Condillac. Cuando O’Gaban fue nombrado diputado por Santiago de Cuba en
las Cortes, su puesto en el Seminario lo ocupó Félix Varela que también obtuvo
la clase de constitución, cuando se fundó en 1820.38 A ésta última asistieron
José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte.39 Lo que
enseñó Varela en ella eran las bases teóricas de la soberanía del pueblo, de las
libertades individuales y colectivas, es decir, un pensamiento liberal.40 Cuando

38. Félix Varela y Morales nació en La Habana en 1787 y murió en 1853. Era hijo de un
militar peninsular y vivió algún tiempo en San Agustín de la Florida. En 1801 regresó a La
Habana e ingresó en el Seminario de San Carlos donde, en 1806, obtuvo el título de bachiller
en teología y tomó los hábitos. Con el apoyo de Juan José Díaz de Espada y Landa, obispo
de La Habana, consiguió la cátedra de filosofía del Seminario de San Carlos. En ella impartió
sus clases en castellano y abogó por acabar con el método escolático, dominante en la ense-
ñanza, e introducir la experimentación en los estudios. Véase Félix Varela, Obras, vols. I, II y
III, Imagen Contemporánea, La Habana, 2001; Fernando Ortiz, «Félix Varela, amigo del país»,
Revista Bimestre Cubana, vol. VI, núm. 6, 1911, pp. 478-484; Rafael Montoro, «El padre Félix
Varela», Revista Bimestre Cubana, vol. VI, núm. 6, 1911, pp. 485-497.
39. Estos personajes fueron los máximos ideólogos de un concepto de identidad que, con el
tiempo y algunas modificaciones, fue aceptado como el cubano. Específicamente José Antonio
Saco y López-Cisneros nació en Bayamo, Cuba, en 1797. Su padre era el abogado santiaguero
José Rafael Saco y Anaya que se trasladó a Bayamo, donde se casó y tuvo tres hijos, entre ellos a
Saco. Después de estudiar allí y en Santiago de Cuba, en 1816, Saco se fue a vivir a La Habana y
entró en contacto con el pensamiento liberal de Félix Varela que impartía clases en el Seminario
de San Carlos, donde estudió derecho y filosofía. Años después vivió en Estados Unidos donde,
a través del Mensagero Semanal, protagonizó un enfrentamiento con Ramón de la Sagra, hecho
este que estuvo en el inicio del desarrollo de un concepto de identidad distinto al que se trataba
de implantar desde la metrópoli. Tras ser el editor de la Revista Bimestre Cubana, fue expulsado
de la isla por sus ideas políticas en 1834; murió en Barcelona en 1879. Véase José Antonio Saco,
Papeles sobre Cuba, vols. I, II y III, Dirección General de Cultura, La Habana, 1960; Manuel I.
Mesa Rodríguez, «José Antonio Saco, escritor y patriarca», Revista Bimestre Cubana, vol. XXIX,
núms. 1 al 3, 1932, pp. 86-129; Fernando Ortiz, «José Antonio Saco y sus ideas», en Revista Bi-
mestre Cubana, vol. XXIV, primer semestre de 1929, pp. 171-194; Fernando Ortiz: «José Antonio
Saco y sus ideas», Revista Bimestre Cubana, vol. XXV, segundo semestre de 1929, pp. 513-570;
Antonio L. Valverde, José Antonio Saco: aspectos de su vida, La Habana, 1930.
40. F. Varela, Obras, vol. I, pp. 152-167. Félix Varela creía que como consecuencia de la
política peninsular, la riqueza de la isla de Cuba iría decayendo hasta desaparecer. Había ha-
bido buenos gobernantes que se habían saltado las reglas impuestas desde Madrid y habían
permitido el libre comercio con el continente. Pensaba que era necesaria la unión para que
La Habana y el resto de la isla progresaran. Aunque había desconfianza entre naturales y
europeos, por lo que había pasado en el continente, era de desear que se acercaran unos a
otros y empezaran a conocerse y a defender intereses comunes.

86 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

Varela fue elegido diputado a cortes en 1822, dejó como sustituto suyo en la
cátedra de filosofía a Saco y en la de constitución a Nicolás Escobedo.
El diputado Varela, junto a los otros dos, Tomás Gener y Joaquín Santos
Suárez, apoyó en la Corte la candidatura del joven liberal coruñés Ramón de
la Sagra para director del Jardín Botánico, después de haberlo conocido poco
antes, durante la primera visita de éste a La Habana como ayudante del nuevo
director de la Factoría de Tabacos. En 1823 llegó Sagra a La Habana por segun-
da vez.41

Crecen las disidencias entre liberales en el interior


de la sociedad económica

Este grupo de liberales se había ganado la enemistad de todos los partida-


rios del Antiguo Régimen. La purga que se produjo en 1824, al final del Trienio
Liberal, con el reestablecimiento del absolutismo, hizo que personajes como
Varela tuvieran que abandonar la isla, pero otros como Romay, O’Gaban, Saco,
el recién llegado Sagra y el propio Espada pudieron permanecer en ella.42
Félix Varela, desde Nueva York, publicó en solitario el periódico El Haba-
nero, expresión del pensamiento que había transmitido a sus alumnos desde
la cátedra de constitución y otros puestos ocupados en la isla.43 Este hombre,
que conocía bien todo lo sucedido en el continente americano, pensaba que

41. Ramón Dionisio José de la Sagra y Periz nació en La Coruña el 8 de abril de 1798 y
murió en Suiza, el 25 de mayo de 1871. Fue el quinto hijo de Lorenzo de la Sagra, comer-
ciante, y Antonia Periz, oriunda de San Agustín de la Florida. Sagra, tras terminar sus estudios
de ciencias en la Universidad de Madrid, en 1823 viajó a La Habana para dirigir el Jardín Bo-
tánico de esa ciudad y la cátedra de botánica del mismo. Allí realizó actividades científicas y
culturales y estudió la flora y la economía de este territorio, convirtiéndose en mano derecha
del superintendente de hacienda de la isla de Cuba, Claudio Martínez de Pinillos. Éste último
le pagó la publicación del periódico Anales de ciencia, agricultura y comercio, desde donde
intentó apoyar científicamente el desarrollo de un concepto de identidad distinto al del grupo
de Saco y del que la polémica que entabló con éste en sus páginas fue sólo el primer episo-
dio. Véase Ramón de Sagra, Historia económico-política de la isla de Cuba, La Habana, 1831;
Ramón de Sagra, Historia física, política y natural de la isla de Cuba, vols. I al XII, Librería de
Arthus Bertraud, Madrid-París, 1838 en adelante; Ascensión Cambrón Infante, El socialismo
racional de Ramón de la Sagra, Diputación Provincial de A Coruña, 1989; Vvaa, Ramón de la
Sagra y Cuba, vols. I y II, Edicios do Castro, A Coruña, 1992.
42. Tras el reestablecimiento en el trono de Fernando VII, en 1814 éste abolió la Constitución
de 1812, pero tras el levantamiento del general Riego en Andalucía, se reestableció el texto cons-
titucional durante un periodo de tres años, entre 1820 y 1823, llamado Trienio Liberal. Tras él se
volvió a imponer un régimen absolutista de gobierno hasta la muerte del monarca en 1833.
43. El Habanero fue un periódico publicado por Félix Varela en Estados Unidos desde
1824 a 1826.

Contenido 87
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

las recientes independencias de las nuevas repúblicas de la antigua metrópoli


peninsular se hicieron con la ayuda de otras potencias extranjeras, lo que las
llevó a caer en un nuevo colonialismo respecto a esos otros nuevos imperios,
y él no quería que esto ocurriera con la isla de Cuba.44 Por otro lado, estos
nuevos estados estaban dispuestos a ayudar a la emancipación del territorio
cubano pues su estabilidad dependía de quitar a la metrópoli peninsular sus
últimas posesiones en el continente para que no tuviera ningún lugar allí desde
donde iniciar la reconquista, o que reconociera su independencia. Varela sabía
que esta segunda posibilidad supondría convertir a la isla en un satélite de
Colombia o de México por lo que estaba convencido de que la emancipación
de Cuba sólo sería posible si surgía desde dentro del territorio.45 Para que esto
sucediera era necesario construir una conciencia nacional que aún no existía.
Él intentó comenzar a formarla a través del periódico El Habanero lo que hizo
que se prohibiera su venta por las autoridades cubanas, aunque el catalán Félix
Bans lo introdujo a través de Matanzas de forma ilegal.46 Posteriormente, con
su alumno Saco, publicó El Mensagero Semanal, donde el plan de crear una
identidad cubana con centro en La Habana se desarrolló mucho más.47
En el interior de la isla, las diferencias entre los distintos grupos liberales,
que ya no se podían expresar públicamente, se hicieron patentes a través de
las políticas y discursos mantenidos en las diferentes secciones de la Sociedad
Económica en torno al problema fundamental del momento, el papel de la
isla de Cuba fuera de la monarquía o dentro de ella, y en el segundo caso en
qué condiciones.48 Esta disputa se hizo manifiesta en todas las secciones de
la Sociedad, pero en este periodo las discusiones fueron especialmente agrias
en la de Agricultura, Botánica y Comercio en torno a la caña de azúcar y a las
modificaciones en su cultivo que pretendían introducirse desde la Sociedad
Económica. En su seno, un grupo de liberales encabezado por Ramón de la
Sagra fue partidario de mantener a Cuba como colonia, y otro liderado por José

44. Félix Varela, Obras.


45. El Habanero, núms. 2, 3 y 5; Francisco Pérez Guzmán, Bolívar y la independencia de
Cuba, Letras cubanas, La Habana, 1988, pp. 80-82, 113, 120, 140 y 153; Manuel Moreno Fragi-
nals, Cuba-España, España-Cuba. Historia común, Crítica, Barcelona, p. 33; Germán Carrera
Damas, «Casos de continuidad y ruptura: génesis teórica y práctica del proyecto americano de
Simón Bolívar», en Carrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V, unesco,
París, 2003, pp. 288-315.
46. anc, Asuntos Políticos, 29, núms. 14, 22, 26 y 43 y agi, Cuba, 2065, núm. 28.
47. El Mensagero Semanal fue un periódico publicado en Estados Unidos por Félix Varela
y José Antonio Saco entre el 19 de agosto de 1828 y el 29 de enero de 1831.
48. No fue fácil la concentración del poder, pero Juan José Díaz de Espada y Landa, obis-
po de La Habana, consiguió aglutinar en torno suyo a todas estas fuerzas liberales que hasta
entonces habían actuado de forma dispersa.

88 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

Antonio Saco, apoyado por Félix Varela, pensaba que era necesario luchar por
una situación más digna para la isla.
Ramón de la Sagra llegó a La Habana en 1823, aunque había sido nombrado
un año antes, para hacerse cargo de la cátedra de historia natural y el Jardín Bo-
tánico, ambas dependientes de la Sección de Agricultura, Botánica y Comercio.49
Entre las tareas del coruñés estaban la propagación de las plantas y semillas
recibidas, la creación de catálogos, realizar ensayos de aclimatación y la pu-
blicación de monografías, para así poder dirigir a los agricultores en lo que
tenían que cultivar y cómo tenían que hacerlo, en definitiva, llevar a cabo una
catalogación exhaustiva de todos los recursos con que se contaba en la isla.50
En sus discursos y su acción el naturalista atacó el monocultivo del azúcar, la
anacrónica forma de cultivarla y la transformación industrial de la caña, deter-
minado todo ello por el peligro que el gobierno metropolitano veía en el poder
que estaba adquiriendo la oligarquía que controlaba este negocio tan rentable
sobre el que se sustentaba la economía de la zona en torno a La Habana. Esta
exigencia llevaba aparejada otras como la introducción en la agricultura de la
isla de nuevos cultivos destinados a la industria peninsular y europea, abonos,
técnicas, instrumentos y mano de obra cualificada para la utilización de las
nuevas máquinas. El coruñés pensaba que era peligrosa la dependencia con

49. Vvaa, Ramon de la Sagra, vol. I, p. 61.


El antecedente de la puesta en funcionamiento de esta clase de botánica parece encon-
trarse en las disposiciones aprobadas por las Cortes liberales en 1822 para promover los viajes
de naturalistas hábiles a las islas de Puerto Rico, Filipinas y Cuba, misión encomendada a la
Dirección General de Estudios del Reino, y que tenía por fin conocer los territorios y las ma-
terias primas de que se disponía en esos lugares para poder aprovecharlas en el desarrollo de
la industria peninsular y europea, es decir, la pretensión de esta sección no era el desarrollo
del lugar sino el conocimiento de sus materias primas para tener un control absoluto desde la
metrópoli de éstas. Véase «Reglamento provisional para el Jardín Botánico de La Habana de
1824», en Izaskun Álvarez Cuartero, Memorias de la Ilustración, pp. 375-381. También véase
Richard Drayton, Nature’s Government. Science, Imperial Britain, and the «Improvement» of
the World, Yale University Press, New Haven y Londres, 2000, pp. 50-77 y 83-169; David
Arnold, The Problem of Nature. Environment, Culture and European Expansion, Blackwell
Publishers, 1996, pp. 1-38.
50. Asociado al Jardín Botánico se puso en funcionamiento un museo donde la historia
natural y la anatomía tuvieron cabida y, aunque justo después de su creación entró en un
periodo de decadencia, de nuevo fue revitalizado en la década de 1830. Éste fue otro ins-
trumento impulsado desde la metrópoli y dependiente de la Sociedad para controlar a los
súbditos ya que los museos y la imaginación museística son profundamente políticos, legiti-
man el linaje y son una manera de justificar en los sistemas educativos el dominio colonial.
Como cada vez se hacía más difícil aducir el derecho de conquista para justificar la posesión
de esas tierras, eran necesarios métodos más sofisticados para justificarlo y los museos se
convirtieron en órganos muy útiles para ello. Véase Benedict Anderson, Comunidades ima­
ginadas, pp. 349-359 y Richard Drayton, Nature’s Government, pp. 26-49 y 50-77.

Contenido 89
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

respecto a un único cultivo pues toda la economía quedaba determinada por


el precio que alcanzara el azúcar en los mercados, lo cual suponía una fuerte
inestabilidad perjudicial para mantener a este territorio como colonia, por lo
que propuso diversificar la producción agraria con otros productos que tam-
bién sirvieran para la industria; de esta manera, si el importe de unos caía en
picado los otros compensarían las pérdidas. Creía que era necesario fomentar la
ganadería ya que ésta estimularía la competencia con las potencias extranjeras
que ofrecían mejores precios, además, la cría ganadera obligaría a mejorar los
pastos y el cuidado de los animales; en segundo término, el cultivo del tabaco
era un medio óptimo para dar trabajo y beneficiar a los pequeños y medianos
propietarios de tierras y también se podrían introducir otros cultivos como el
añil. Para esto último fue fundamental la puesta en marcha del Instituto Agró-
nomo de La Habana y la cátedra de química.51
José Antonio Saco pensaba que era necesario conocer y recontar las materias
primas del suelo cubano, pero no con un fin colonial, sino para ayudar al desa-
rrollo de la economía en la isla. El bayamés, que era consciente de todos estos
peligros que advertía Sagra, no podía dar la espalda a los intereses de la oligar-
quía porque, aunque económicamente, en muchos aspectos, no coincidía con
ellos, sin su apoyo, su proyecto cultural y el de Félix Varela era imposible, y por
esa necesidad no se opuso frontalmente al monocultivo de azúcar y café y trató
de socavar esos cimientos a través de la búsqueda de nuevas fuentes de riqueza
en otros sectores como la minería, el desarrollo de una ganadería compatible
con la agricultura azucarera y el fomento de los oficios manuales. En cualquier
caso, coincidían en que la agricultura y el comercio eran las bases sobre las que
se debía asentar la economía de este territorio de Ultramar.52
Al estudiar los discursos en las Secciones de Botánica y Agricultura, el pen-
samiento económico de Sagra estaba determinado por su concepción política
de liberal moderado peninsular. Por eso, su presencia en la isla estaba estrecha-
mente vinculada a la pretensión de la mayoría de los liberales de la metrópoli
de mantener a este territorio bajo el estatuto de colonia, y ello en unas circuns-

51. El Instituto Agrónomo debía tener dos funciones: 1º serviría para experimentar culti-
vos y ensayar instrumentos, 2º ayudaría a alcanzar el objetivo deseado por los hacendados
de educar a jóvenes en los fundamentos prácticos de cultivo, en el régimen económico de las
fincas y en todos los ramos que suponía la profesión de labrador en la isla de Cuba. Durante
el resto de su estancia en La Habana, de 1830 a 1833, Sagra estuvo preparando la apertura del
Instituto Agrónomo. Véase Vvaa, Ramón de la Sagra, vol. I, pp. 75-80.
Asociado a éste también estimuló el naturalista la reinstauración de la cátedra de química
aplicada a la agricultura, que desde la década de 1820 se intentó poner en marcha por parte
de Luis Morelatour y que finalmente reanudará sus trabajos en 1834, tras varios enfrentamien-
tos en torno a su financiación. Véase ahn, Ultramar, 126, núms. 16 y 14.
52. Véase José Antonio Saco, Papeles.

90 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

tancias históricas adversas, es decir, como un lugar de donde extraer materias


primas. Sin embargo, Saco, del Monte, Varela, etc., pretendían la autonomía
económica y una menor dependencia con respecto al poder central.53
El primer episodio de la formación desde La Habana de una identidad libe-
ral distinta a la que se trataba de implantar desde la metrópoli se cerró con la
muerte de Juan José Díaz de Espada y Landa en 1832, la expulsión de la isla de
José Antonio Saco en 1834 y el traslado de Ramón de la Sagra a París un año
después.

Conclusión

El obispo Espada consiguió que los principios liberales comenzaran a triun-


far en la isla al aglutinar alrededor de la Sociedad a fuerzas liberales que hasta
entonces habían actuado de forma dispersa, pero el liberalismo no era una

53. Desde la Sociedad Económica se manejaron los hilos de otros órganos de control
donde también hubo disputas: la educación, la censura de las publicaciones y, por tanto, las
publicaciones, la realización de la historia de la isla, de censos, mapas y museos. Otros me-
dios de vigilancia, que no dependieron de esta institución, fueron la confesión, los sermones
y la Comisión Militar para sancionar con rapidez los delitos políticos y los comunes (robos y asesi-
natos). Véase Jaime Jaramillo Uribe, El pensamiento colombiano en el siglo xix, pp. 89-91. En esta
obra el autor pone de manifiesto cómo se usó el sistema educativo en Colombia por parte de
los pensadores independentistas para reeducar a la población sobre la base de patrones de
vida no hispánicos. Para el caso de La Habana y la isla de Cuba, véase Ángel Huerta Martínez,
La enseñanza primaria en Cuba en el siglo xix, 1812-1868, V Centenario del descubrimiento
de América, Sevilla, 1992, pp. 35-95, 159-269; Alejandro Ávila Fernández, y Ángel Huerta
Martínez, La formación de maestros de primeras letras en Sevilla y Cuba durante el siglo xix,
Instituto de Ciencias de la Educación, Universidad de Sevilla, Sevilla, 1995, pp. 56-76 y 177-
191. En relación a la censura de las publicaciones véase Ascensión Martínez Riaza, La prensa
doctrinal en la independencia de Perú 1811-1824, Ediciones culturales hispánicas, Madrid,
1985, pp. 104-114. La autora considera a la libertad de prensa como un arma de doble filo
para expresarse, pero también para controlar. Son numerosos los autores que, al estudiar la
prensa de América, ponen de manifiesto como ésta fue una de las bases creadoras de las
identidades nacionales. En el caso del Perú véase Ascensión Martínez Riaza, La prensa doc-
trinal, pp. 171-201; Ana Boned Colera, «Los primeros pasos de la libertad de expresión en
España y su repercusión en la prensa balear», en Trienio, núm. 38, noviembre 2001, Madrid,
pp. 21-38. También se le encargó al naturalista gallego la realización de un mapa de la isla
que sirvió para definir la geografía de los dominios del estado colonial. La metrópoli, a través
de la creación de un mapa de la isla de Cuba, que se uniría al del resto del imperio, pretendía
poner todo el espacio físico de éste bajo la misma vigilancia centralista que los empadronado-
res estaban tratando de imponer a las personas a través de los censos, elemento fundamental
de los estados liberales en formación. Véase Benedict Anderson, Comunidades imaginadas,
pp. 228-238. Para conocer los otros medios de vigilancia véase Jesús Raúl Navarro García,
Control social y actitudes y Puerto Rico a la sombra.

Contenido 91
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

concepción homogénea y se fueron delimitando varias líneas de pensamiento


en torno al problema fundamental del momento, el papel de la isla de Cuba
fuera de la monarquía o dentro de ella, y en el segundo caso en qué condicio-
nes. Aunque durante el Trienio Liberal y después hubo división en torno a si
era necesaria o no la independencia, la primera idea se fue debilitando, mas
cuando ésta sólo era posible con la ayuda de Colombia y México y pronto se
comprobó que el auxilio del continente no llegaría porque el peligro de inva-
sión de España a estos territorios era cada vez menor y la división interna de
estas repúblicas cada vez mayor. Triunfó la posición de permanecer junto a la
Península, pero en este grupo las ideas iban desde los que pensaban que la isla
era una colonia que nunca podría tener la representación que le correspondía
por habitantes, pasando por la de que Cuba debía ser una provincia más de la
monarquía, los que pedían la descentralización del gobierno, hasta la que abo-
gaba por su autonomía como paso previo, o no, a la independencia.
Espada había ayudado, a través de su política en la Sociedad Patriótica,
a crear este mosaico de ideas al tomar como elemento aglutinador el ataque
al escolasticismo, a lo antiguo, y el fomento de las ideas liberales. Esto hizo
que rompiera la unidad supraestructural que antes había existido, pero supo
mantener el consenso en torno a su persona. Juan Bernardo O’Gaban, José
Agustín Caballero, Félix Varela, Tomás Romay, José Antonio Saco, Ramón de la
Sagra, etc., fueron los intelectuales que en filosofía, derecho, medicina, política,
historia natural, etc. intentaron demoler las viejas concepciones y sentaron los
perfiles intelectuales de un nuevo sistema filosófico que empezaba a dividirse
en torno a diferentes conceptos de identidad. Todos estos personajes eran
miembros de la Sociedad Económica.54
Aunque Eduardo Torres-Cuevas, como gran parte de la historiografía clásica,
ha afirmado que con la llegada del absolutismo en 1823 el grupo de Espada se
escindió, unos fueron favorables a la esclavitud, O’Gaban, y otros contrarios,
Varela y los suyos, pensamos que esta idea está equivocada en parte ya que
aunque es cierto que hubo una división de todo el grupo de Espada, ésta había
existido desde el principio pues José Agustín Caballero y Tomás Romay diver-
gían en sus planteamientos liberales. El cisma vino impuesto por los distintos
conceptos de identidad y la posición respecto a la esclavitud va a venir deter-
minada por lo anterior y no fue una causa de división en sí misma.

54. Eduardo Torres-Cuevas, Obispo Espada… Espada murió el 13 de agosto de 1832 a


los 76 años y en un elogio fúnebre su labor fue reconocida por Remigio Cernada, rector de
la Universidad, por el presbítero Comas, Domingo del Monte, Blas Osés, Manuel González
del Valle, José de la Luz y Caballero, José Antonio Saco, Nicolás de Escobedo y Manuel Go-
vantes.

92 Contenido
L A PUG N A POR E L POD E R E N L A SOCIEDAD ECONÓMIC A DE AMIGOS

El enfrentamiento de los discursos de los autores en las diferentes secciones


se puede reducir a una pugna por las distintas concepciones del papel de la isla
en España, pero dentro de un proyecto político común, el liberal. Esta doctrina
tiene como principio fundamental la defensa del individuo, lo cual implica la
salvaguardia de la propiedad privada frente a lo colectivo y, por tanto, el pa-
pel del gobierno debía estar limitado. Estos autores pretendían llevar a cabo
las transformaciones omitiendo, en lo posible, los procesos revolucionarios y
de desorden que habían acompañado a la Revolución Francesa y a las inde-
pendencias de las repúblicas americanas pues la guerra podía acabar con las
propiedades y las personas. Para garantizar todos estos principios individuales
y colectivos previamente era necesaria la existencia de orden pues sin esta pre-
misa no habría libertad, es decir, un gobierno y unas reglas comunes, que eran
las funciones básicas del estado.55 Pero, ¿qué tipo de gobiernos? Sin duda los
establecidos con las revoluciones liberales basados en la división de poderes,
aunque aquí cada uno estableció matices algo diferentes.
Estos gobiernos liberales delimitaron la jurisdicción sobre la que ejercían su
poder basándose en un principio legitimador: el nacionalismo. Eric Hobsbawm
afirma que fuera de Europa no podía hablarse de nacionalismo en estos mo-
mentos, excepto en determinados casos como la India y, por tanto, tampoco
en América, donde sólo existía un embrión de «conciencia nacional» cuando
se produjeron las independencias.56 Si seguimos a este autor, podemos afirmar
que lo original de los pensadores habaneros y cubanos es que renunciaron,
en la década de 1820, a una independencia como la del continente americano.
Saco, Varela, del Monte, etc., seguramente obligados por las circunstancias, o
en conciencia, creyeron que primero había que construir un concepto de iden-
tidad nacional antes de llevar a cabo otras acciones que, si se daban, serían
posteriores.

55. John Lynch, «Los factores estructurales», p. 43, cree que hubo una alianza entre pe-
ninsulares y criollos en el continente americano para conservar el orden que usó el gobierno
central como elemento para mantener sometidos a los segundos. Pero muchos de los nacidos
en América, con el tiempo, volvieron contra la metrópoli el argumento de la seguridad y afir-
maron que sin el apoyo criollo la metrópoli no podría gobernar América y, sin embargo, no
se les daba ni la autonomía ni el respaldo social que merecían.
56. E. J. Hobsbawm, Las revoluciones burguesas, pp. 256-257. Waldo Ansaldi cree que fue
tras la independencia cuando se crearon, paralelamente, los estados y las naciones en Amé-
rica. Véase Waldo Ansaldi, «Unidad y diversidad en el pensamiento político», en Germán Ca-
rrera Damas (dir.), Historia general de América Latina, vol. V, unesco, París, 2003, pp. 403-422.
Por el contrario, John Lynch afirma que el nacionalismo americano se venía construyendo
desde hacía tres siglos aunque su eclosión se hizo explícita en 1808. Véase John Lynch, «Los
factores estructurales», pp. 31-54.

Contenido 93
LA LEGITIMIDAD AUTONOMISTA
DEL DOCEAÑISMO

Contenido
La construcción de la representación: los diputados suplentes americanos
en las Cortes de Cádiz
Ivana Frasquet
Universitat Jaume I, Castellón

En el año en el que se va a celebrar el Bicentenario de la rescatada fecha


del dos de mayo de 1808, es posible afirmar que el levantamiento1 popular que
se produjo ese día en Madrid provocó el alzamiento armado del pueblo español
frente a los ocupantes franceses. Más resistencias podríamos encontrar, para-
dójicamente, a la hora de conseguir quien aceptara sin ambages que eso fue el
inicio de una revolución… liberal, liberal-burguesa o burguesa.2 Hace ya más de
cuarenta años, el historiador Miguel Artola insistía en el carácter revolucionario
y transformador de estos acontecimientos y de los que vendrían después.3 Hace
casi cuarenta años, Enric Sebastià4 también insistía en su dimensión revolucio-
naria jurídica, social y en el inicio del proceso revolucionario burgués. Primero
las juntas provinciales, después la Junta Central y, posteriormente, las Cortes
reunidas en Cádiz, se considerarán depositarias de una soberanía en nombre de

Este trabajo ha sido realizado gracias a la financiación de los proyectos de investigación


de la Fundación Carolina (fc/06) y del Ministerio de Educación y Ciencia (hum2006-09581).
1. Seguimos aquí la nomenclatura establecida por el conde de Toreno en sus memorias,
cf. Historia del levantamiento, guerra y revolución de España, Madrid, 1835.
2. Somos conscientes del debate que suscitó no sólo el carácter revolucionario o no del
proceso sino su propia nomenclatura que acompañaba a su significación. Tras casi cuarenta
años, el debate sigue vivo.
3. Miguel Artola, La España de Fernando VII, en Ramón Menéndez Pidal (dir), Historia de
España, tomo XXXII, Espasa Calpe, Madrid, 1976. Del mismo autor, Los orígenes de la España
contemporánea, Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 2 vols., 1975 [1ª ed. 1959].
4. Enric Sebastià, La revolución burguesa, Fundación Instituto Historia Social-uned, Valencia,
2001.

Contenido 97
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

la cual intentarán transformar jurídica, económica y socialmente las estructuras


de la monarquía española. Además de este «asalto» a la soberanía, la novedad era
la presencia de los territorios coloniales americanos en las estructuras de poder
y en los órganos representativos del que se presentaba ahora como nuevo ente
de poder en sustitución del monarca.5 Hecho notorio que no se había produ-
cido en anteriores revoluciones liberales-burguesas de otras monarquías, ni en
la inglesa ni en la francesa. La participación de los americanos en las diferentes
instancias representativas de la monarquía durante este período es fundamental
para comprender la conformación del Estado-nación español en el primer tercio
del siglo xix. En este sentido, este trabajo analiza el contexto en el que se produ-
ce la elección de los diputados suplentes americanos a las Cortes de Cádiz, así
como el contexto en el que opera la Junta Central, primer órgano representativo
de la monarquía en el que fueron llamados a la participación los americanos. El
interés que tiene conocer cuáles fueron los debates y propuestas que en el seno
de la Junta Central se debatieron en torno al tema de la convocatoria de Cortes y
la participación de los americanos reside, fundamentalmente, en los precedentes
que sentó para el funcionamiento posterior de las propias Cortes instaladas en
Cádiz. Así, algunas de las medidas más innovadoras y revolucionarias aplicadas
por las Cortes ya habían sido establecidas previamente por la Junta Central, como
la utilización de los tratamientos protocolarios o la integración de la representa-
ción americana. Cómo se produjo, pues, la elección de los suplentes americanos
en Cádiz para las Cortes de 1810, en un proceso electoral exclusivo para estos
territorios, es lo que pretendemos analizar en este estudio.

El contexto previo a la reunión de la Junta Central

La secuencia de acontecimientos es conocida. El 18 de marzo de 1808, Car-


los IV exoneraba a Manuel Godoy de sus empleos de Generalísimo y Almirante
en un bando publicado en Madrid. Al día siguiente, informaba igualmente de la
autorización trasladada a su hijo, el Príncipe de Asturias, para que formara causa
a Godoy, que ya se hallaba preso en el cuartel de Reales Guardias de Corps del
Real Sitio de Aranjuez.6 En la misma fecha, el rey anunciaba en un decreto su de-

5. Para el estudio de la presencia americana en la representación nacional véase, Manuel


Chust, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, Fundación Instituto Historia So-
cial-uned-unam, Valencia, 1999. Respecto a las juntas sigue siendo de obligada consulta el traba-
jo de Antonio Moliner, Revolución burguesa y movimiento juntero en España, Milenio, Lleida,
1997. Richard Mocquellet, Resistencia y revolución durante la Guerra de la Independencia. Del
levantamiento patriótico a la soberanía nacional, Universidad de Zaragoza, Zaragoza, 2001.
6. Sobre la figura de Godoy es de fundamental referencia el trabajo de Emilio La Parra,
Manuel Godoy. La aventura del poder, Tusquets, Barcelona, 2002.

98 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

terminación de abdicar de la Corona a favor de su heredero Fernando, de forma


«libre y espontánea», conminando a su exacto y debido cumplimiento en todo el
reino. Sin embargo, dos días después, el 21 de marzo, el rey Carlos IV publicaba
una protesta en la que declaraba que se había visto forzado a abdicar de la Coro-
na para precaver males mayores y efusión de sangre entre sus vasallos.7 La salida
de Fernando VII de Madrid hacia la frontera con Francia dejó al cargo del reino
a una Junta de Gobierno, presidida por el infante Don Antonio.
Entre tanto, Joaquín Murat –nombrado gran duque de Berg– se presentaba
a la Junta para comunicar las órdenes del emperador francés de reconocer el
restablecimiento en el trono de Carlos IV. La Junta aceptó estas condiciones, de
este modo, Carlos IV y Fernando VII se consideraron reyes a la vez en el breve
tiempo entre abril y mayo de 1808 –hasta las abdicaciones de Bayona–, mien-
tras Murat, instalado en Madrid, dictaba órdenes como representante imperial
en la Península.8
Mientras tanto, la Junta acordó enviar a dos comisionados –Evaristo Pérez
de Castro, oficial de la primera Secretaría de Estado y José de Zayas, jefe de
batallón– para acompañar al infante Don Antonio a Bayona, con el pretexto
de exponer a Fernando VII cuatro puntos sobre el gobierno que éste debería
adoptar en diferentes circunstancias. El primer punto solicitaba la renovación o
aumento de miembros de la Junta y la autorización para trasladarse a un lugar
donde deliberar con libertad, en caso de que esto fuera necesario. En el segun-
do punto se preguntaba a Fernando si era su voluntad iniciar las hostilidades
contra Francia y cuándo se debería esto ejecutar. El tercero preguntaba acerca
de la necesidad de impedir el paso de más tropas francesas por el territorio
peninsular y el cuarto inquiría sobre la conveniencia de convocar las Cortes y
los temas que éstas deberían tratar, dirigiendo un real decreto al Consejo de
Castilla y en su defecto a cualquier institución de gobierno o audiencia que se
hallara en lugar libre de las tropas francesas.9 En el primero de estos puntos no

7. Los decretos alusivos a estos acontecimientos pueden encontrarse en Manuel Fernán-


dez Martín, Derecho parlamentario español, Publicaciones del Congreso de los diputados,
tomo 1, Madrid, 1992, p. 240 y ss. Parte de la documentación utilizada en este artículo se ha
extraído de las fuentes publicadas por Fernández Martín. La más reciente y detallada relación
de estos hechos y los ocurridos en las semanas siguientes en Miguel Artola, La guerra de la
independencia, Espasa, Madrid, 2007, en especial cap. 1.
8. Sobre la imagen de Fernando VII forjada en estos momentos véase, Emilio La Parra, «El
príncipe inocente. La imagen de Fernando VII en 1808», en Manuel Chust e Ivana Frasquet
(eds.), La trascendencia del liberalismo doceañista en España y en América, Biblioteca Valen-
ciana, Valencia, 2004, pp. 31-49.
9. Esta información la proporciona Manuel Fernández Martín, Derecho parlamentario
español, p. 269. Las mismas noticias expuestas casi de forma literal en la obra de Modesto
Lafuente, Historia General de España, Montaner y Simón, Barcelona, t. 16, 1889-1922.

Contenido 99
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

esperó la Junta la contestación del rey y el 1 de mayo aumentó el número de


vocales.10 Además, se nombró una nueva junta para el caso de que la existente
no pudiese subsistir.
Dos días después, Murat se presentó ante la Junta insistiendo en participar
de sus deliberaciones y, no sólo eso, sino que se impuso como nuevo presi-
dente de la misma. Entre tanto, en Bayona, en carta fechada el día 6 de mayo
Fernando VII devolvía la Corona a su padre y, como es sabido, Carlos IV se la
entregaba a Napoleón dos días después. Las noticias del 2 de mayo madrileño
comenzaron a llegar pocos días después al resto de provincias peninsulares e,
inmediatamente, produjeron un masivo levantamiento popular en contra de los
franceses. El movimiento juntero se extendió rápidamente por toda la geografía
peninsular e insular entre mayo y junio de 1808. Oviedo, Sevilla, Jaén, Granada,
Badajoz, Zaragoza, Gerona, Mallorca, Valencia, Alicante, Salamanca, León, La
Coruña, etc., fueron escenario de la formación de juntas de gobierno que co-
menzaron a proclamar a Fernando VII como rey.11 La batalla de Bailén cambió
el rumbo de los acontecimientos y el 26 de julio, José Bonaparte se vio obliga-
do a salir de Madrid. Poco después, con fecha de 12 de agosto, el Consejo en
pleno declaraba nulos y de ningún valor los decretos de abdicación a la Corona
realizados por Carlos IV y Fernando VII en Bayona.
Entre tanto, las juntas erigidas por toda la geografía peninsular iniciaron los
contactos entre sí para organizar mejor la defensa. Fue la junta de Murcia la que
lanzó por primera vez un manifiesto en 22 de junio, llamando a la reunión de
una Junta Central. Sin embargo, a la Junta de Valencia correspondió la idea de,
además de reunir un cuerpo central, convocar una representación nacional. Y,
es más, avanzaba el problema que podía suponer para los territorios america-
nos carecer de autoridad legítima en la monarquía e insinuaba ya el desenlace
de la independencia como posible consecuencia de la falta de una autoridad
suprema. Tres días antes de la batalla de Bailén, el 16 de julio, enviaba un ma-
nifiesto al resto de juntas provinciales conminando a la unión y a la necesaria
renuncia de una parte de la soberanía asumida en cada provincia para confor-
mar un único cuerpo legítimo y soberano que tomara las decisiones en nombre
de Fernando VII. Sin ánimo de extendernos, transcribimos parte del manifiesto de
la junta valenciana:

10. A la junta se añadieron los presidentes o decanos de los Consejos supremos de Cas-
tilla, de Indias, de Guerra, de Marina, de Hacienda y Órdenes, así como los fiscales Nicolás
Sierra, Manuel Vicente Torres, Pablo Arribas, Joaquín María Sotelo y los consejeros Arias An-
tonio Mon y Velarde, José de Vilches, García Gómez Jara, Pedro Mendinueta, Pedro de Mora
y Lomas, y el conde de Casa Valencia, nombrado secretario.
11. Una reciente aportación de este movimiento en Antonio Moliner, «El movimiento
juntero en la España de 1808», en Manuel Chust (ed.), 1808. La eclosión juntera en el mundo
hispano, fce, México, 2007, pp. 51-83.

100 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

[…] ya es indispensable dar mayor extensión a nuestras ideas, para


formar una sola nacion, una autoridad suprema que en nombre del
Soberano reuna la direccion de todos los ramos de la administración
pública: en una palabra, es preciso juntar las Cortes o formar un cuer-
po supremo, compuesto de los diputados de las provincias, en quien
resida la regencia del reino, la autoridad suprema gubernativa y la
representación nacional. […]
Pero hay un punto sumamente esencial, que debe fijar nuestra aten-
ción, y es la conservación de nuestras Américas y demas posesiones
ultramarinas ¿A qué autoridad obedecerian? ¿Cuál de las provincias
dirigiria a aquellos paises las órdenes y las disposiciones necesarias
para su gobierno para el nombramiento y direccion de sus empleados
y demas puntos indispensables para mantener su dependencia? No
dependiendo desde luego directamente de autoridad alguna, cada
colonia establecerá su gobierno independiente, como se ha hecho en
España; su distancia, su situación, sus riquezas y la natural inclinación
a la independencia las podrian conducir a ella […]12

Las contestaciones a este manifiesto comenzaron a llegar a Valencia en los


días sucesivos. La Junta de Granada respondía el 23 de julio acusando recibo
del escrito y conformándose en la formación de una junta nacional que debería
componerse de dos diputados de cada una de las provinciales. La de Cartagena
lo hizo el 29 de julio, mientras la de Murcia esperaba hasta el 2 de agosto para
emitir su contestación proponiendo, al mismo tiempo, al conde de Floridablan-
ca como presidente de la misma. La Junta de Mallorca respondía en 27 de abril
estar de acuerdo en todo con la de Valencia, mientras la de Sevilla enviaba
contestación con fecha de 3 de agosto, manifestando –en una larga exposi-
ción– las consideraciones que creía necesarias para la formación del gobierno
central.13 Finalmente, la Junta de Asturias contestó a la de Valencia en 18 de
agosto, informando al mismo tiempo de que los mismos deseos de conformar
un gobierno supremo con la reunión de las provincias se habían expresado en
la correspondencia cruzada con las juntas de Castilla y León.
Algunas cuestiones de vital importancia planteaba la reunión de un gobier-
no central. En primer lugar, la total incapacidad por las instituciones de la mo-
narquía de tomar las riendas de la situación y dictar órdenes de acuerdo a las

12. El manifiesto de la Junta de Valencia estaba suscrito por el conde de la Conquista,


el arzobispo de Valencia, Vicente Cano Manuel y Pablo Rincón. Sobre las juntas que, efec-
tivamente, se erigieron en América debe consultarse Manuel Chust (ed.), 1808. La eclosión
juntera, 2007.
13. Acerca de la formación y trabajos de la junta sevillana, véase Manuel Moreno Alonso,
La Junta Suprema de Sevilla, Ed. Alfar, Sevilla, 2001.

Contenido 101
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

circunstancias. Ni la Junta de Gobierno reunida por Fernando VII, ni el Consejo


de Castilla, ni las Audiencias o Tribunales fueron capaces de encabezar el movi-
miento surgido de las provincias. Bien por afrancesamiento, por fidelidad a los
planteamientos absolutistas o bien porque esperaban con tibieza a vislumbrar
hacia donde se decantaría el triunfo, lo cierto es que no actuaron con firmeza
y por lo tanto no fueron vistas como las autoridades en donde residía el poder.
Por esta razón, lo primero que hicieron todas las juntas provinciales fue asumir
la soberanía en nombre de Fernando VII, a quien consideraban el rey legítimo.
Y eso mismo fue lo que se trasvasó a la Junta Central, la legitimidad de la sobe-
ranía para actuar en nombre del rey. Este acto, totalmente revolucionario para
las circunstancias de la época, es el punto de partida para la posterior actuación
de las Cortes en Cádiz. Porque en semejante situación, lo normal hubiera sido
que se nombrara primero una Regencia para asumir los poderes del rey, que
encabezara la autoridad gubernamental y organizara la defensa del reino. Es
más, el punto de discusión estaba en quién era la autoridad competente para
convocar las Cortes en ausencia del monarca. Tanto las proclamas de las juntas
que trataron el tema –como la de Castilla y León– como algunos escritos anó-
nimos de la época, negaron semejante prerrogativa al Consejo de Castilla. Y
como se verificó después, efectivamente, fue la Junta Central quien redactó la
convocatoria de Cortes que posteriormente fue circulada por la Regencia tras
su disolución.

De la Junta Central a la convocatoria de Cortes

Durante la primera quincena de septiembre de 1808 fueron llegando a Ma-


drid los diputados elegidos en las provincias para componer la Junta Central.
La instalación de la Junta Central se verificó el 25 de septiembre de 1808 a
las nueve y media de la mañana en el Palacio del Real Sitio de Aranjuez. Los
vocales oyeron misa en la capilla y juraron conservar y aumentar la religión
católica, defender a Fernando VII, sus derechos y soberanía y conservar los
fueros, leyes y costumbres, especialmente los de sucesión de la familia reinan-
te.14 El presidente interino, el conde de Floridablanca, que posteriormente sería
reelegido para ocupar el puesto, declaró legítimamente constituida la Junta, a

14. Todavía es éste un juramento con características de Antiguo Régimen, en el que se


alude a las leyes y costumbres, pronto el contenido de los juramentos comenzará a variar
introduciendo la nomenclatura revolucionaria, como nación, soberanía, etc., como sucede-
ría a partir del juramento de la reunión de las Cortes. Sobre este tema véase, Marta Lorente,
«El juramento constitucional», Anuario de Historia del Derecho Español, tomo LXV, 1995,
pp. 585-632.

102 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

pesar de que se encontraban presentes dos tercios del total de sus miembros.15
E, inmediatamente, se circuló a todas las autoridades del reino la noticia de la
instalación con la orden de prestar el juramento debido a la Junta. En sus pri-
meras sesiones a puerta cerrada se nombró una comisión de cinco miembros
encargada de formar el proyecto de reglamento interno de la Junta.
El reglamento se componía de siete capítulos con un total de 89 artículos en
los que se fijaban las normas por las que se debía regir la Junta. El primero de
ellos –y trascendental a nuestro parecer– establecía el tratamiento de Majestad
para la Junta, con la justificación de que actuaba en nombre del rey, así como
el de Alteza para su presidente, quien tendría los honores de Infante de España.
Como vemos, la apropiación de los tratamientos protocolarios del monarca en
ausencia de éste fue inaugurada por la Junta Central y después seguida por las
Cortes de Cádiz. Y aunque pueda parecer que esto no era una novedad por-
que en algunos casos las instituciones del reino asumían estos tratamientos por
ejercer la soberanía en nombre del rey, evidentemente, el contexto histórico no
nos permite trazar una línea recta en este sentido. ¿O acaso era lo mismo auto-
nombrarse con un título real con el monarca presente en la corte, que hacerlo
cuando éste se hallaba «capturado» por un enemigo extranjero a quien se había
declarado la guerra y cuyas tropas se hallaban en territorio peninsular? Enemigo,
recordémoslo, que había pasado a serlo recientemente, y que, además, había
impuesto su nueva dinastía entregando el trono de la monarquía española a su
hermano. La asunción del tratamiento real contenía, además de las necesidades
objetivas de circulación de órdenes y decretos, el sustrato revolucionario que
comenzaba a imbricarse con la quiebra de las instituciones absolutistas.16
Otro de los artículos del reglamento interno destacable es el primero del
capítulo tercero. Éste era, a la letra, como sigue: «Los vocales que componen la

15. Sobre los detalles de la formación de la Junta Central se puede consultar la obra
de Jorge Castel, La Junta Central Suprema y Gubernativa de España e Indias. Su creación,
organización y funcionamiento, Marto, Madrid, 1950. Esta obra ofrece los detalles sobre for-
mación, composición y atribuciones de la Junta pero no sobre la actuación de la misma en
el contexto de la guerra y la revolución. También el estudio de José Palanco Romero, Notas
para un estudio de la Junta Suprema Central Gubernativa, tesis doctoral, Universidad de
Valencia, 1908.
16. Una opinión contraria a la atribución de elementos revolucionarios tanto en las juntas
provinciales como en la central la tenemos en la monografía de Ángel Martínez de Velasco,
La formación de la Junta Central, Ed. Universidad Navarra, Pamplona, 1972. Este autor sigue
los argumentos expuestos en la Memoria de Jovellanos afirmando que se trata de la principal
fuente historiográfica sobre el tema, insistiendo en que «la honradez y seriedad del autor no
permite dudar de la autenticidad de todos los datos históricos expuestos» (p. 19). Por ello, se-
gún Martínez de Velasco, la asunción de la soberanía por parte de las juntas no es más que el
seguimiento de la doctrina jurídico-política tradicional en España. Para una visión totalmente
opuesta, ver Antonio Moliner, Revolución burguesa y movimiento juntero, 1997.

Contenido 103
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Junta Suprema del Reino, reunidos en Cuerpo, representan a la Nación entera


y no individualmente a la Provincia de que son Diputados».17 Este artículo de-
muestra la necesidad de unidad nacional que en esos momentos se tenía, pero
además, constituye un claro antecedente de los enjundiosos debates que se
mantendrán en torno al tema de la representación tanto en las Cortes de Cádiz
como en las de Madrid de los años veinte.18 Parece claro que la Junta Central
actuó en algunos temas como antecedente de lo que más tarde se establecería
en las Cortes.
Lo más conocido del reglamento fue que la Junta estableció cinco comi-
siones correspondientes con los cinco ministerios existentes, a saber: Estado,
Gracia y Justicia, Guerra, Marina y Hacienda. En ellas se discutirían los asuntos
concernientes a la materia, siendo para este trabajo la más interesante la de Es-
tado, pues era donde se debatiría sobre el tema de la convocatoria de Cortes.19
El 7 de octubre de 1808 Gaspar Melchor de Jovellanos, vocal asturiano, dio a
conocer su opinión sobre la formación de las Cortes y del gobierno. Ésta se
reducía a que se nombrara un consejo de Regencia para el 1 de enero de 1809
que debería asumir toda la soberanía de la Junta, la cual, tras su instalación
quedaría reducida a una mera junta de correspondencia y consulta con la mitad
de sus vocales. Por su parte, el Consejo de Castilla –que más tarde pasaría a de-
nominarse «de España e Indias»– envió una exposición a la Junta con fecha de
8 de octubre en la que indicaba la necesidad de reducir el número de vocales
de la misma «por ser contrario a lo prevenido en la ley de partida», además de
«diferenciarse mucho del gobierno monárquico». Parecía evidente que para la
institución más importante del Estado absolutista, la Junta Central no revestía
el carácter de una verdadera institución monárquica. La quiebra con el Antiguo
Régimen se estaba produciendo. Además, el Consejo insistía en la disolución de
las juntas provinciales una vez reunida la central, pues no era permisible que la
soberanía se hallase dividida de esta manera.
Hacia finales de noviembre es inminente el traslado de la Junta Central a
posiciones más seguras. Napoleón ha iniciado el ataque a lo largo de la ruta de
Madrid, el 22 de noviembre se encuentra en Burgos y su marcha victoriosa le

17. El reglamento así como otros documentos relativos a los poderes de los vocales se
hallan en el apéndice de la obra de Jorge Castel, La Junta Central, 1950; extractados a su vez
del Archivo Histórico Nacional, sección IX, Papeles de Estado, leg. 1, carpeta B.
18. Véase Ivana Frasquet, «La cuestión nacional americana en las Cortes del Trienio, 1820-
1822», en Jaime E. Rodríguez O. (coord.) Revolución, independencia y las nuevas naciones de
América, Fundación Mapfre Tavera, Madrid, 2005, pp. 123-157. Para los debates en las Cortes
de Cádiz, ver Manuel Chust, La cuestión nacional americana en las Cortes de Cádiz, 1999.
19. La comisión de Estado la compondrían, en primer lugar, el conde de Floridablanca, el
marqués de Astorga, Antonio Valdés, el marqués de Villar, José Rivero, el conde de Contrami-
na y el marqués de Villel. Jorge Castel, La Junta Central, p. 131.

104 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

permite la llegada a las puertas de la capital el 2 de diciembre.20 El 1 de diciem-


bre había salido la Junta de Aranjuez con destino a Toledo y luego Badajoz;
sin embargo, en Trujillo se decide cambiar el rumbo y dirigirse a Sevilla. El día
16 llegaba la Junta a la ciudad de Sevilla, siendo recibida por un repique de
campanas de la Giralda, el ayuntamiento y la junta suprema de Sevilla, quienes
le ofrecieron sus respetos. Conforme a su tratamiento de Majestad, comenzó a
sesionar en el Real Alcázar de la ciudad. Tratamiento que no pasará desaperci-
bido para el resto de autoridades, tanto peninsulares como americanas, para el
pueblo, para los franceses, e incluso para algunos diputados gaditanos como
Mejía Lequerica.
Entre tanto, la muerte del presidente de la Junta Central, el conde de Flori-
dablanca, el 30 de diciembre de 1808, desestabilizó a la misma que tuvo que
nombrar a su vicepresidente, el marqués de Astorga, para ocupar el cargo inte-
rinamente. Floridablanca tuvo entierro de Príncipe, pues tal y como indicaba el
reglamento que se había dado la Junta, ostentaba el título de infante de España.
Con la señal de cuarenta y cinco campanadas desde la torre de la catedral, el
pueblo sevillano conoció el fallecimiento del presidente y su cuerpo fue ex-
puesto en el salón de los embajadores del Real Alcázar de la ciudad. Posterior-
mente, recibiría sepultura en el panteón de reyes y príncipes de la capilla real.

El debate sobre la convocatoria

Hacia mediados de abril de 1809, el vocal de la Junta Central Lorenzo Calvo


de Rozas de Aragón presentó una proposición en la que insistía en convocar
las Cortes.21 La discusión de la Junta sobre este tema dio como resultado un
proyecto de decreto basado en la opinión de la mayoría favorable a la convo-
catoria de Cortes. Este proyecto se limitaba a solicitar la remisión de propuestas
de reforma por parte de los ilustrados de la nación sobre distintos ramos de la
administración pública, que luego pasarían a las comisiones para ser examina-
dos. También insistía, de forma explícita, en la necesidad de formar una Cons-
titución, pero lo que ha pasado más desapercibido y nos parece importante
resaltar, fueron los principios irrenunciables de los que no debían separarse los

20. Los detalles de las fuerzas y las campañas de la guerra en Miguel Artola, La guerra de
la independencia, Espasa, Madrid, 2007.
21. En realidad, en su escrito, Calvo de Rozas proponía la reforma de la administra-
ción y de la Constitución, animando a todos aquellos que se sintieran con capacidad de
apor­tar alguna idea a enviar a la secretaría de la Junta sus propuestas. Esta consulta dio
lu­gar a los conocidos informes recabados por la Central que han sido estudiados entre
otros, por Mª Isabel Arriazu, La consulta de la Junta Central al país sobre Cortes, Pamplona,
Universidad de Navarra. También algunos en Miguel Artola, Los orígenes, 1959.

Contenido 105
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

que contribuyeran con sus escritos o debates a la discusión y que se manifesta-


ban en el proyecto. Éstos eran los siguientes:

[…] La religión católica, apostólica, romana que es la única religión


del Estado. La Constitución de España ha de ser monárquica. La mo-
narquía hereditaria en Fernando VII, sus descendientes y los llamados
por la ley a sucederle. La nación ha de ser gobernada en adelante
por leyes libremente deliberadas y admitidas. Habrá cortes nacionales
en el modo y forma que se establezca, atendida la diferencia y alte-
raciones que han sobrevenido desde el tiempo en que se celebraban
legítimamente aquellas juntas. Nuestras Américas y demás colonias
serán iguales a la Metrópoli en todos los derechos y prerrogativas cons-
titucionales. La reforma que han de sufrir nuestros códigos legales, la
administración y recaudación de las rentas públicas, y quanto perte-
nece a la dirección del comercio, agricultura, artes, educación nacio-
nal, marina y guerra, será única y exclusivamente dirigida a procurar
el mayor alivio y la mejor ilustración del pueblo español tan horrible-
mente vejado hasta ahora […]22

Hemos resaltado dos que nos parecen especialmente importantes. En pri-


mer lugar, que la nación se debía gobernar por leyes admitidas tras una deli-
beración suponía cuestionar en su punto nodal el principio de soberanía real
del Estado absoluto. Esta afirmación se completaba con la que seguía, esto es,
se permitía –o se iba a permitir– que las Cortes fueran convocadas atendiendo
a los cambios y diferencias que se habían producido desde su última reunión.
¿Se preparaba ya una convocatoria abierta sin estamentos? No es aventurado
plantearlo. En segundo lugar, las colonias americanas serían consideradas en
calidad de igualdad a la metrópoli respecto a sus derechos constitucionales y se
les invitaba a elegir un representante a la Junta Central.23 Los junteros llegaban
a la obvia conclusión de que sin las contribuciones americanas era imposible
ganar la guerra.

22. El proyecto íntegro, así como los dictámenes y votos particulares a los que dio lugar,
en Manuel Fernández Martín, Derecho parlamentario español, tomo 1, pp. 439 y ss. La cursiva
es nuestra.
23. Quien ha señalado el carácter altamente revolucionario de estos planteamientos ha
sido Manuel Chust, La cuestión nacional americana, 1999. Aunque carecemos de un estudio
detallado y minucioso de los representantes americanos elegidos para la Junta Central, cono-
cemos los poderes que les fueron extendidos en sus territorios. Se puede seguir el relato de
estas elecciones en algunos capítulos de Manuel Chust (ed.), 1808. La eclosión juntera, 2007.
Los poderes de México, Nueva Granada, Perú y Puerto Rico fueron publicados en el apéndice
documental del trabajo de Jorge Castel, La Junta Central Suprema, 1950.

106 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

Fruto de la discusión de este proyecto fue el decreto sobre restablecimiento


y convocatoria de Cortes expedido por la Junta Central el 22 de mayo de 1809.
En él se establecía que las Cortes se convocarían a lo largo del año de 1810 –o
antes si las circunstancias lo permitiesen–, se nombraba una comisión de cinco
vocales para redactar esta convocatoria y se estipulaba una serie de puntos
sobre los que la Junta Central debía proponer a la futura representación nacio-
nal. Entre estos puntos se incluía también la participación que debían tener los
americanos en las Cortes.24 La comisión de que habla el decreto se formó con
fecha de 8 de junio de 1809 y estuvo compuesta por el arzobispo de Laodi-
cea, Gaspar Melchor de Jovellanos, Rodrigo Riquelme, Francisco Javier Caro y
Francisco de Castanedo. Como secretarios de esta comisión se eligió a Manuel
de Abella –oficial de la secretaría del despacho universal de Estado– y a Pedro
Polo de Alcocer –oficial de la de Guerra. En la sesión de 19 de junio, reunidos
en el Palacio Arzobispal, se planteó la cuestión de la convocatoria de las Cor-
tes: si ésta debía ser por estamentos o sin distinción alguna de clases. Los tres
votos de Jovellanos, el arzobispo de Laodicea y Francisco Castanedo inclinaron
el dictamen a la reunión por estamentos, fundándose en las antiguas leyes y la
tradición de la monarquía. Por su parte, Caro y Riquelme argumentaron que,
puesto que las Cortes deberían ser una verdadera representación nacional y
a ellas competían las reformas, éstas deberían reunirse según las costumbres
más cercanas, es decir, con los representantes de las ciudades y villas tenían
derecho a ser representadas. No fue suficiente para decantar la voluntad de la
comisión, cuyo dictamen fue aprobado en el seno de la Junta Central. En cum-
plimiento de sus órdenes, la comisión comunicó el 24 de junio de 1809 a las
juntas provinciales, a las universidades, Audiencias, ayuntamientos, obispos, ca-
bildos y demás autoridades del territorio peninsular e insular, que le informaran
sobre todo lo que constara en sus archivos acerca de pasadas convocatorias de
Cortes, así como las representaciones de los procuradores y de los miembros
de los brazos eclesiástico y militar.
Al día siguiente, 25 de junio de 1809, la Junta Central decretaba la reunión
de todos los consejos en uno solo. De este modo, los de Castilla, Indias, Ór-
denes y Hacienda quedaban refundidos en el Consejo de España e Indias.25

24. Archivo del Congreso de los Diputados de Madrid (en adelante acdm), Serie General,
exp. 1, leg. 1.
25. Los miembros de este Consejo fueron a partir de esta fecha: José Joaquín Colón de
Larreátegui, nombrado Decano del Consejo, Manuel de Lardizábal y Uribe, el conde del Pinar,
Francisco Requena, José Pablo Valiente, Sebastián de Torres, Antonio Ignacio de Cortabarría,
Ignacio Martínez de Villela, Antonio López de Quintana, Manuel Alfonso Villagómez, Tomás
Moyano, Pascual Quílez Talón, Luis Meléndez Bruna, Juan Pérez Tafalla y Ciríaco González
Carvajal. El estudio más reciente del Consejo en profundidad se debe a José María Puyol Mon-
tero, «La creación del Consejo y Tribunal Supremo de España e Indias (Consejo reunido), por
la Junta Central en 1809», Cuadernos de Historia del Derecho, nº 12, 1995, pp. 189-236. Los

Contenido 107
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Un nuevo golpe a los consejeros que ya habían visto reducido su poder con el
nombramiento de la Junta de Gobierno por parte de Fernando VII y después
con la reunión de la Central. Este consejo envió en fecha de 26 de agosto una
consulta a la Junta en la que reclamaba a la Central que no le hubiera informa-
do del decreto de Fernando VII de 5 de mayo de 1808 en el que autorizaba la
convocatoria de Cortes. Los consejeros recriminaban a la Junta que, de haber
conocido esta información en su momento –esto es, en mayo de 1808– se hubie-
ran reunido los tres brazos de las Cortes. Pero además, lo que verdaderamente
importunaba al Consejo era la «apropiación» que la Junta Central había hecho
de la soberanía. Sus palabras desvelan que la voluntad del Consejo había sido
que las provincias enviaran sus vocales para votar la erección de un gobierno
interino, léase Regencia, que asumiese el poder. Para ello, condescendió con
la reunión de las juntas provinciales y de sus diputados, pero reclamaba que
tampoco los poderes de éstos habían sido examinados –según indicaban las
leyes– por la Real Cámara. Éstas eran sus palabras:

[el consejo] expuso a todas las provincias el género legal de gobierno


que convenia […] e invitó a las juntas superiores a que sus mismos di-
putados eligiesen un gobierno legal interino en nombre de la nacion,
[…] les concedio por entonces el concepto que verdaderamente no
tenian, pero fue indispensable esta política de condescendencia.
Tuvo efecto la congregación de los comisionados provinciales en
Aranjuez. El consejo ignora los términos de sus respectivos poderes,
sin embargo de pertenecer según ley a la Real cámara su reconoci-
miento; y el resultado fue que sin preceder informe ni dictamen suyo
se formó la actual suprema junta central de España e Indias, con el
ejercicio interino de la soberania.26

El problema, por lo tanto, residía en la soberanía. Y eso evidencia la magni-


tud de la crisis política, pues no se trata tan sólo de quién era el titular de esta
soberanía, sino de, en nombre de quién y cómo se ejercía la misma. Porque,
¿acaso era lo mismo que fuera el Consejo Real –una institución del Estado
absoluto–, quien ejerciera la soberanía en nombre del rey, que lo hiciera una
junta elegida «popularmente» desde las provincias y de forma proporcional? Es
evidente que no.
Parece ser que esta consulta del Consejo provocó una gran discusión en el
seno de la Junta Central. De estas discusiones ha trascendido el voto particular

nombres también en un trabajo anterior de José Sánchez-Arcilla Bernal, «El Consejo y Tribunal
Supremo de España e Indias (1809-1810). (Notas para su estudio), en La España medieval,
tomo V, Editorial de la Universidad Complutense, Madrid, 1986, pp. 1033-1050.
26. M. Fernández Martín, Derecho parlamentario español, p. 500.

108 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

de Lorenzo Calvo de Rozas, vocal por Aragón, emitido el 7 de septiembre de


1809, quien insistió en la soberanía legítima de la Central, concedida por el
pueblo y que ésta regresaría al mismo a través de su representación en Cortes.
El vocal, además, reconocía que la histórica Constitución española, si bien era
«un monumento precioso de la historia nacional», estaba muy lejos de acercarse
a las nuevas teorías filosóficas y políticas. E insistía en que, a pesar de la pro-
clamación de Fernando VII, lo cierto era que ésta fue «una nueva elección» de un rey
desde el cuerpo político que lo había reconstituido cuando los lazos de unión
se habían roto. Es decir, Calvo de Rozas, en un discurso de tinte liberal, asumía
la proclamación de Fernando VII como un acto de elección del cuerpo políti-
co, que en ausencia del monarca y por la vía revolucionaria, había asumido la
soberanía popular. Exactamente igual a lo que harían las Cortes de Cádiz en
la noche del 24 de septiembre de 1810 como primer acto de su constitución.
El vocal concluía solicitando la reunión de las Cortes para el 1 de noviembre
inmediato y que se reprobara al Consejo por sus expresiones.
Tanto la consulta del Consejo como el voto de Calvo de Rozas provocaron
los debates en torno al tema de la Regencia en el seno de la Junta Central. Sin
embargo, apenas una semana después, el 14 de septiembre, volvía el vocal
aragonés a insistir en la inmediata reunión de las Cortes para principios de no-
viembre. Y es que desde el decreto de 22 de mayo habían pasado casi cuatro
meses en los que no se había avanzado nada en el tema de la convocatoria.
El asunto se perfilaba urgente. En estas discusiones nos parece interesante la
intervención del conde de Tilly, vocal por Sevilla, quien se quejaba de que,
debido a que había sido comisionado por la Central en África desde el 26 de
diciembre de 1808 hasta el 5 de julio de 1809, no se sentía capaz de emitir su
voto en materia tan delicada. El conde de Tilly solicitó se le instruyera de todos
los antecedentes relativos al asunto y, tras su verificación, procedió a emitir su
dictamen. Esta exposición, fechada el 24 de septiembre sembraba las dudas
acerca de si era lícito convocar las Cortes pero, acto seguido, afirmaba no sólo
que debían ser convocadas, sino que era de justicia que las provincias america-
nas formasen parte de las mismas. Con una vehemencia asombrosa, el conde
de Tilly desgranaba una a una las razones por las que creía que los territorios
americanos debían formar parte de la representación nacional, pero, además,
cuestionaba la legitimidad de ésta si en ella no se encontraban los americanos.
Leamos su propuesta:

[…] Es un principio de Economía que España después de la decaden-


cia que ha experimentado tanto en las Artes, como en su Comercio,
no puede aspirar al engrandecimiento sin que permanezca unida con
las Américas. […] ¿Qué medio pues nos resta en el seno de tantos ma-
les sino estrechar nuevamente las relaciones que nos unen con aque-

Contenido 109
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

llas vastas provincias? ¿y de que otra suerte mas justa que haciendoles
tomar parte en nuestros negocios e intereses y dándole un lugar en
nuestras Cortes como lo exijen las justicia y el loable objeto con que
estas deben juntarse? […]
Poco importa que en nuestras antiguas Cortes no tuviesen parte las
Américas, no estamos en aquellos tiempos ni devemos renovar las
injusticias anteriores; injusticias que fueron el origen de nuestras des-
gracias. […] Nunca más que hoy los necesitamos, nunca con mayor
justicia pueden reclamar este derecho […] ¿Y que Señor bastará la
distancia que solamente los separa de nosotros para autorizar seme-
jante injusticia? ¿No quedaron libres como nuestra Península desde
aquel dia fatal, en que España se vio sin Rey y sin Magistrados que
tuviesen derecho a regirlas y gobernarlas? ¿Por qué en cambio de sus
sacrificios y de su ciega union a la Metrópoli ha de privársele de la
asistencia a las Cortes, quando los derechos de la Nacion Española
deben ser unos mismos que los de sus Colonias? […]
Ademas Señor ¿no ha resuelto V.M. que las Americas hallan de tener
parte en el Gobierno actual, y que sus diputados hallan de asistir
como representantes en esta corporación? ¿Con que razon pues se les
niega el derecho de asistir a las primeras Cortes y de tener voto en
ellas como cualquier otra Provincia o Reyno? […]27

Según el historiador Manuel Moreno Alonso, el conde de Tilly jugó un papel


muy importante en los acontecimientos que llevaron a la formación de la Junta
de Sevilla, de la cual formó parte.28 En esta exposición defendió la representa-
ción americana en las Cortes como de pleno derecho e, incluso, auguraba que
de no ser así, los territorios americanos se independizarían de la metrópoli.

27. El dictamen del conde de Tilly se halla reproducido en Fernández Martín, Derecho
parlamentario español, pp. 488-492. También lo ha analizado Federico Suárez, El proceso de
convocatoria de Cortes, 1808-1810, Eunsa, Pamplona, 1982.
28. Manuel Moreno Alonso, La Junta Suprema de Sevilla, 2001. Del mismo autor, La re-
volución santa de Sevilla. La revuelta popular de 1808, Caja San Fernando, Sevilla, 1997. Este
autor indica que el conde de Tilly era Francisco de Guzmán Ortiz de Zúñiga; sin embargo, en
el Elenco de Grandezas y títulos nobiliarios españoles el título aparece vinculado al apellido
Arizcún. Sabemos que el I conde fue Rudesindo Everardo-Tilly y García de Paredes y tuvo
una hija, Josefa Tilly y Montaner que heredó el título de II condesa de Tilly en 1807. Ésta se
casó con Miguel Francisco de Arizcún y Pineda, marqués de Iturbieta, cuya madre y abuela
eran naturales de América, del virreinato de Nueva España concretamente. Tal vez por ello, el
conde de Tilly conocía la situación americana y manifestaba esta simpatía hacia la participa-
ción de los americanos en las Cortes. El hijo de éstos, Miguel Francisco Arizcún y Tilly fue el
III conde quien en los años veinte fue acusado de colaborar en el asesinato del cura Vinuesa.
Puede ser que el marido de la II condesa de Tilly hiciera uso del título, esto explicaría que,
vinculado familiarmente a América, manifestara estas opiniones sobre los americanos.

110 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

Fruto de estas discusiones, la Central dio un manifiesto fechado el 28 de oc-


tubre de 1809 donde se fijaba una convocatoria para el 1 de enero del siguiente
año y la reunión de las Cortes a partir de marzo. Junto a esto, aludía al modo
de convocar las Cortes, insinuando que no debía hacerse por estamentos:

[…] «es bien superfluo, por no decir malicioso, recelar que las Cortes
venideras hayan de estar reducidas a las formas estrechas y exclusivas
de nuestras Cortes antiguas. Sí españoles, vais a tener vuestras Cortes,
y la representación nacional en ellas será tan completa y suficiente
cual deba y pueda ser en una Asamblea de tan alta importancia y tan
eminente dignidad».29

Y para acallar los rumores de los que acusaban a la Central de querer man-
tener el poder, propuso el nombramiento de un poder ejecutivo dentro de la
Junta que se formó el 1 de noviembre con el marqués de la Romana, Rodrigo
Riquelme, Francisco Caro, Sebastián Jocano, José García de la Torre y el mar-
qués de Villel.30 Las necesidades acuciantes de una dirección ejecutiva para los
asuntos de la guerra –las últimas jornadas de Ciudad-Real y Medellín habían
sido desastrosas para las armas españolas y aún quedaba por venir Ocaña– aus-
piciaron la creación de esta sección ejecutiva que se renovó a los dos meses.31
Parecía que, a pesar de la primera resolución de la comisión en mayo de 1809
aprobando la convocatoria por brazos, no terminaba la Central de emitir un
decreto que lo confirmase. Es más, ninguno de los dos decretos expedidos con
alguna referencia a la reunión de las Cortes, estipulaba claramente la convoca-
toria por brazos, más bien, todo lo contrario.

La convocatoria de los americanos

Entretanto, la comisión de Cortes había solicitado de algunos consejeros que


propusieran los medios por los que se debía concurrir a la elección de suplen-
tes para los americanos. Fruto de este debate, Jovellanos indicó que se llegó a

29. Manifiesto fijando los días en que se han de convocar y celebrar las Cortes generales de
la monarquía española, fecha 28 de octubre de 1809.
30. Al formar parte de la sección ejecutiva, Riquelme y Caro fueron relevados de sus car-
gos en la comisión de Cortes y sustituidos en ella por Martín de Garay y el conde de Ayamans.
Tal vez fuera casualidad o no, pero justamente Riquelme y Caro habían sido los dos que no
habían aceptado la convocatoria por estamentos en las discusiones del mayo anterior. Los
nombres de los vocales en Jorge Castel, La Junta Central Suprema, p. 83.
31. Los miembros del segundo período bimestral de enero a febrero de 1810 fueron el
marqués de Villel, Sebastián Jocano, José García de la Torre, el marqués del Villar, el conde
de Ayamans y Félix Ovalle.

Contenido 111
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

una transacción que consistía en admitir como suplentes a los americanos que
vivieran en el continente. Los votos particulares de los consejeros llegaron con
fecha de 7 de diciembre de 1809 y fueron los de Joaquín Mosquera, Miguel de
Lardizábal, Esteban Fernández de León, Silvestre Collar, Francisco Requena y
José Pablo Valiente.32
Joaquín Mosquera defendió una designación de personas que defendieran
los derechos de los americanos, arguyendo el escaso número de éstos que exis-
tía en la Península. En su voto, recordaba las relaciones de vasallaje que unían
a estos territorios con el rey, y por lo tanto, como la Junta era la depositaria de
la soberanía real, correspondía a ella realizar el nombramiento. E indicaba: «que
lo que así se hiciera surtiria los mismos efectos que si los diputados nombrados
por las Provincias asistiesen a las Cortes, pues se procedia de un modo legal y
muy conocido en el derecho». Es decir, Mosquera se manifestaba abiertamente
contrario a considerar a los americanos en calidad de igualdad de derechos res-
pecto de los peninsulares. En cuanto al número, a pesar de que recordaba que
el decreto de 22 de enero había considerado la elección de diez representantes
para la Junta Central, admitía que lo correcto sería que se fijase la representa-
ción americana en un tercio de la peninsular, y para ello, había que esperar a
saber cuántos diputados debían concurrir a las Cortes por la Península.
Por su parte, Miguel de Lardizábal, como novohispano de nacimiento, ini-
ciaba su contestación afirmando la igualdad de la representación: «Siendo esos
dominios una parte esencial e integrante de la monarquia española tengo por
cierto e indudable que unos mismos principios son los que deben gobernar
para la eleccion de diputados de acá y allá». Sin embargo, no se aventuraba a
establecer un sistema electoral para el caso, opinando que, de momento, fueran
los diez vocales nombrados para la Central los diputados interinos en las Cortes.
Pero al mismo tiempo, Lardizábal exponía que la Junta debía elegir suplentes de
entre los que residían en la Península, exigiéndoles el requisito de la naturaleza
americana. Concluía el consejero indicando que el número de diez diputados le
parecía bastante escaso, añadiendo a éste otros siete: uno al virreinato de Santa
Fe, otro al del Río de la Plata, dos al Perú y tres a Nueva España.
Más preciso en la respuesta fue Esteban Fernández de León, quien propuso
que las juntas provinciales recabaran información acerca de los naturales de
América que existieran en sus provincias. De este modo, se podían establecer
unas listas en las que se consignara el nombre, edad, calidad, estado, vecindad,
bienes, oficio, instrucción y demás conocimiento necesario para proceder a
la elección. Respecto al número de diputados, Fernández de León lo elevaba

32. Fernández Martín los transcribe en su obra, a excepción de uno que queda resumido.
También Federico Suárez indica el contenido de estos votos, aunque se limita a resumirlos sin
ir más allá en su interpretación. F. Suárez, El proceso de la convocatoria, pp. 410-417.

112 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

hasta 26, repartidos de la siguiente forma: seis para Nueva España, cuatro para
el Perú (incluyendo Chile), tres para Santa Fe, tres para el Río de la Plata, dos
para Guatemala, dos para la provincia de Caracas, dos para Cuba y las Floridas,
uno para Puerto Rico, otro para Santo Domingo y dos para Filipinas. También
era de la opinión de que se prefiriera a los que llegaran elegidos para la Junta
Central hasta que asistieran los titulares de las Cortes. Pero el número nunca de-
bía superar los veintiséis, saliendo por sorteo aquellos suplentes que estuviesen
ejerciendo el cargo a la llegada de los propietarios.
Dos días después, se pronunció Silvestre Collar. En su opinión, el método
para realizar las elecciones en América debía ser el mismo que el que se uti-
lizara en la Península, pero mientras esto se producía, no dudaba en que la
elección de suplentes de entre los americanos residentes era la mejor opción.
Por su parte, insistía en remarcar la naturaleza americana para ser diputado
suplente coincidiendo con los otros votos en que los elegidos a la Junta Central
podían ocupar el cargo interinamente hasta la llegada de los propietarios.
El 11 de diciembre expuso José Pablo Valiente su voto. Lo primero que
expresó fue su júbilo al ver que la comisión preveía la representación ameri-
cana, para así «evitar el disgusto que los naturales de dichos dominios habian
de tener necesariamente, al ver que de modo alguno se contaba con ellos» [...].
Valiente hizo gala de sus conocimientos de la realidad americana por haber vi-
vido varios años en Guatemala, Nueva España y Cuba y concluyó que se debía
conceder igual representación a la América septentrional que a la meridional,
a pesar de las diferencias entre ambas. Pero además, en la línea que ya había
expresado Mosquera respecto a la no consideración de igualdad de los territo-
rios americanos, Valiente afirmaba: «parece conveniente no innovar cuando se
trata de un medio puramente supletorio, mas propio para testimonio de amor
y fraternidad que para efecto de incorporarlos a nuestra representación nacio-
nal, porque donde no hay eleccion ni poderes otorgados no cabe el concepto
de verdaderos diputados y representantes». Por lo visto, esta consideración del
consejero de no ser verdaderos diputados ni representantes ha acompañado
como un estigma a los diputados americanos desde 1810 hasta la actualidad.
Pues no son pocos los historiadores españoles que tradicionalmente han ob-
viado o minusvalorado la participación de estos diputados en la conformación
del Estado-nación español, al menos durante el primer tercio del siglo xix por
su mera condición de suplentes.33

33. En su estudio sobre la convocatoria de Cortes, Federico Suárez apenas dedica diez
páginas a tratar el tema americano. F. Suárez, El proceso de convocatoria, 1982. Igual circuns-
tancia se da en las obras de Miguel Artola sobre el período. Más recientemente, la obra de
José Álvarez Junco, Mater dolorosa. La idea de España en el siglo xix, Taurus, Madrid, 2001,
tampoco considera la participación americana en los acontecimientos históricos de la época.

Contenido 113
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Respecto al número de representantes, Valiente consideraba que 28 era jus-


to, distribuyéndolos de la siguiente forma: siete por Nueva España, dos Gua­
temala, dos Cuba, uno Puerto Rico, dos Filipinas, cuatro Perú, dos Chile, tres
Río de la Plata, tres Santa Fe, y dos por Caracas.
El último voto que se envió a la comisión fue el de Francisco Requena, emi-
tido el 12 de diciembre. Este consejero pensaba que la forma de elección no
debía ser igual a la de la Península, es decir, basada en la población, sino que
se debía atender a cuestiones de tipo geográfico. Sin embargo, y a pesar de
que la población americana superaba a la peninsular, Requena también reducía
el número de diputados americanos a veintiséis. En su división, concedía dos
diputados de forma proporcional a cada uno de los territorios –Santa Fe, Reino
de Quito, Lima, Buenos Aires, Chile, Caracas, Guatemala, Puerto Rico, Cuba y
las Floridas y Filipinas–, a excepción del virreinato de Nueva España, al que
asignaba seis porque su población correspondía a la tercera parte del total y
porque su territorio, englobando las provincias internas, era mayor.
Dos días después de que llegara el último de los votos consultados a la co-
misión de Cortes, su secretario, Manuel Abella, pasaba oficio al gobernador y
consulado de Cádiz, a las juntas de Sevilla, Valencia, Granada, Córdoba, Jaén
y al ministro del Consejo Antonio Ignacio de Cortabarría –que se hallaba en
Málaga– para que remitieran a la mayor brevedad las listas de los naturales de
América que se encontraran en sus provincias.34
El 22 de diciembre de 1809, el Consejo reunido contestaba a la consulta de
la comisión de 10 de noviembre, en un extenso dictamen en el que no sólo res-
pondía a las preguntas sobre la forma de reunión y la participación americana,
sino que exponía detalladamente la conducta a seguir por las futuras Cortes.
Respecto a la Constitución, el Consejo era claro, no se podía innovar ninguna
de las antiguas leyes y fueros, y en el caso de reformarla, esto se haría sin des-
truirla y una vez ganada la guerra. Por otro lado, admitía que la convocatoria de
Cortes debía realizarla la Junta Central en nombre del soberano y sugería la Real
Isla de León para su reunión. Pero además, en el escrito se establecía el modo
de realizar las elecciones, que debía ser por parroquias, partidos y provincias
según el censo de 1801. Es decir, el sistema de elección en tres niveles de forma
indirecta que se consignó en la Constitución de 1812 estaba inspirado en las
antiguas formas electorales. Lo que no significa que se pueda trazar una línea

Desde la historia del Derecho, Marta Lorente y Carlos Garriga también son de la opinión
de que los diputados americanos no eran verdaderos representantes de sus territorios y su
condición de meros suplentes limitaba la importancia de su participación en el proceso cons-
titucional. Estos autores han recopilado sus principales obras en un reciente trabajo, Cádiz
1812. La Constitución jurisdiccional, cepc, Madrid, 2007.
34. acdm, Serie General, leg. 124, nº 35.

114 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

recta de continuidad en estas cuestiones, dado que, no era lo mismo, para noso-
tros, designar mediante el privilegio diputados para unas Cortes estamentales de
Antiguo Régimen donde sólo podían participar los nobles y eclesiásticos de alto
rango, que establecer el derecho de un sufragio universal masculino indirecto
donde ni siquiera era imprescindible el requisito de propiedad o alfabetización
para ejercerlo. Los diputados en Cádiz utilizarán las formas de la legislación que
les sean útiles pero las dotarán de un contenido revolucionario antagónico con
las formas de representación privilegiadas del Estado absolutista.
El dictamen del Consejo reunía parte de los votos particulares ya evacuados
por algunos de los consejeros, sobre todo los de Francisco Requena y José
Pablo Valiente, de quienes copiaba algunos párrafos de forma literal. Se incluía
además, que las Cortes se reunieran cada tres años, abriéndose cada dos de
mayo y que se eligieran suplentes por aquellas provincias que, ocupadas por
el enemigo, no pudieran realizar las elecciones. Este sistema de suplencia se
extendía también a América, aunque remarcaba que no debía repetirse en las
futuras Cortes. Respecto al número de diputados americanos asumía la pro-
puesta de Valiente de 28 para representar a América, incluidas las Antillas y
Filipinas, repartidos en la forma que establecía el dictamen del consejero. Por lo
que la influencia de Valiente fue notoria. Igualmente, para ocupar estos puestos
se preferiría a aquellos vocales americanos elegidos a la Junta Central y que
llegasen antes de la apertura de las Cortes a la Península.
Mientras tanto, el 19 de noviembre de 1809 se había producido la importan-
te derrota de Ocaña para las tropas aliadas anglo-españolas. El ejército francés
reordenó sus posiciones, inició la ofensiva oriental en Aragón y Cataluña y se
preparó para entrar en Andalucía a principios del año 1810. El tiempo apremia-
ba y la Junta Central debía despachar de forma urgente el asunto relativo a la
convocatoria, puesto que la fecha para reunirse las Cortes se había fijado en el
1 de marzo. A tales efectos, el 1 de enero de 1810 se publicaron tres decretos
de convocatoria y la instrucción detallada para la elección de diputados. Un
decreto dirigido a las Juntas provinciales para que eligieran un diputado según
las reglas establecidas en el capítulo quinto de la instrucción. Otro, dirigido a las
ciudades de voto en Cortes para que procedieran de igual forma a la elección
de un diputado con arreglo al capítulo sexto de la instrucción. Y el tercero
suponía la convocatoria general para los diputados provinciales, es decir, para
el estamento general.35 Respecto a los americanos, el 2 de enero se publicó en
la Gaceta del gobierno el aviso para que remitieran sus informes al secretario
Manuel Abella para postularse como candidatos a la representación.

35. La Instrucción del estamento popular detallaba el sistema electoral en tres niveles y
establecía los cupos de población por provincias.

Contenido 115
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Entretanto, los acontecimientos bélicos obligaron a la Junta a salir de la ciu­dad


de Sevilla y trasladarse a Cádiz y la Real Isla de León para garantizar la seguri-
dad de sus miembros.36 A partir de aquí, la presión de quienes habían insistido
en la reunión de un cuerpo ejecutivo consiguió que la Junta Central nombrara
una Regencia de cinco miembros y procediera a autodisolverse. Antes de eso,
el 29 de enero de 1810, expedía un decreto en el que se explicaba la forma de
convocar las Cortes y de realizar las elecciones de los suplentes. En este conoci-
do decreto, la Junta establecía que se remitieran las convocatorias individuales
a los Grandes y los Prelados para su concurrencia en las Cortes. Pero también
detallaba la forma de elección de los suplentes americanos:

[…] la regencia formará una junta electoral, compuesta de seis sujetos


de carácter, naturales de aquellos dominios; los cuales poniendo en
cántaro los nombres de los demas naturales que se hallan residentes
en España, y constan de las listas formadas por la comision de córtes,
sacarán a la suerte el número de cuarenta, y volviendo a sortear estos
cuarenta solos, sacarán en segunda suerte veinte y seis, y estos asis-
tirán como diputados de córtes en representación de aquellos vastos
paises.37

Como vemos, en el decreto se reducía el número de americanos a veintiséis


en lugar de veintiocho como había propuesto José Pablo Valiente. Pero además,
se determinaba la reunión en dos estamentos, uno popular y otro de dignidades
y el derecho de veto para la Regencia. La Junta disponía, también, la reunión de
una diputación de Cortes compuesta por seis peninsulares y dos americanos,
que se encargara de realizar todos los preparativos para la reunión.
A partir de su reunión, la Regencia decidió expedir un decreto dando una
convocatoria general pero al mismo tiempo consultó al Consejo de Estado,
dilatando así aún más la reunión de las Cortes. Un mes tardó el Consejo en
evacuar la consulta, el 17 de julio con la opinión dividida entre sus miem-
bros, aprobaba la reunión de las Cortes sin estamentos. Ante la divergencia
de opiniones, la Regencia citó a los miembros del Consejo el 2 de agosto para
solicitar nueva consulta sobre el tema. La Regencia preguntó además al Consejo

36. La secuencia de altercados y alborotos producidos en la ciudad sevillana y el viaje de


los miembros de la Junta Central han sido detalladamente expuestos por varios autores. Por
esta razón no nos vamos a detener en ellos sino a seguir los debates y acuerdos en torno a la
convocatoria de los americanos. Puede consultarse en primer lugar la Memoria de Jovellanos,
también F. Suárez, El proceso de convocatoria, 1982. M. Moreno Alonso, La Junta Suprema
de Sevilla, 2001.
37. Decreto de convocatoria de Cortes de 29 de enero de 1810, en Fernández Martínez,
Derecho parlamentario, t. 1, pp. 614-620.

116 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

de Estado sobre la forma de realizar la elección en las provincias ocupadas y el


tema de los suplentes americanos. Al día siguiente, este Consejo opinaba que
se dejara el tema a las Cortes para que éstas resolvieran sobre los suplentes.
De este modo, a mediados de agosto, el problema más grave por resolver era
el de los suplentes.

La elaboración de las listas

Desde que la consulta de los consejeros para la formación de listas e in-


formes sobre los americanos residentes en la Península diera lugar a la noticia
inserta en la Gaceta del día 2 de enero de 1810, Manuel Abella y el resto de au-
toridades de Cádiz, Málaga y demás zonas no ocupadas, no dejaron de recibir
papeletas con la información solicitada. Inmediatamente, los americanos resi-
dentes en la Península comenzaron a enviar sus informes, indicando su lugar de
nacimiento, profesión, edad y demás cualidades para postularse como posibles
diputados a las Cortes.38 La mayoría de los informes remitidos por los propios
americanos no son demasiado extensos e incluyen solamente la información
fundamental: naturaleza, edad, empleo y residencia. Otros, sin embargo, des-
criben detalladamente su formación, la familia a la que pertenecen, cuáles han
sido los méritos obtenidos y sus condiciones para ser elegidos diputados. Entre
las representaciones que le llegaron directamente a Manuel Abella, secretario
de la comisión de Cortes, encontramos una diversidad bastante amplia del
lugar de procedencia, edad y profesión. Veamos:

Por el Reino de Nueva Granada:


• L ucas Antonio Palacio (Santa Fe de Bogotá): militar y contador de la renta
del tabaco en Quito. 48 años.
• José Ignacio de Pombo y Amador (Cartagena de Indias): comerciante.
24 años aproximadamente.
• Ignacio Pablo Sandino (Santa Fe de Bogotá): alcalde mayor y teniente
corregidor de Palma de Mallorca. 45 años.
•M  iguel Moreno (Santa Fe de Bogotá): oficial quinto de la Secretaría de
Estado y del Despacho de marina, mayor de edad.

38. Toda la información sobre las listas y demás informes de los americanos se encuen-
tra en el Archivo del Congreso de los Diputados de Madrid, en el legajo 124, número 35 de
los Expedientes generales. Quien también ha trabajado esta información aunque no ofrece
datos de los nombres es Marie-Laure Rieu Millan, «La suppléance des députés d’Outre-Mer
aux Cortes de Cádiz. Une laborieuse préparation», Mélanges de la Casa de Velázquez, t. XVII,
1981, pp. 263-289.

Contenido 117
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

•P  edro Urquinaona (Santa Fe de Bogotá): abogado de los Reales consejos,


residente en Sevilla.
• Miguel Moscoso y Sabella (Santa Fe de Bogotá): oficial de la secretaría de
Marina.
• Antonio Camilo de Valencia (Popayán): comisario Real de Guerra de Ma-
rina. 41 años.

Por Nueva España:


• Servando Teresa de Mier y Noriega (Monterrey. Reino de Nuevo León):
sacerdote, capellán del batallón de voluntarios de Valencia. 47 años.
• Mariano Carrasco y Castro (México): abogado de los Reales consejos y
fiscal de montes, reside en Llerena. 58 años.
• Agustín de Medina y Lavalle (Mérida de Yucatán): abogado de los Reales
consejos, reside en Almería. 34 años.
• Pedro Antonio de Eguía y Aguilar (México): presbítero canónigo de la
iglesia colegial del Sacro Monte de Granada, canónigo lectoral de la igle-
sia de Baza. 36 años.
• José Luyando (Guadalajara): oficial de la Secretaría del Despacho de Ma-
rina. Mayor de edad.
• Juan Nepomuceno Mendicute (Mérida de Yucatán): oficial primero y se-
gundo de la Contaduría Principal de rentas unidas de San Lucar de Barra-
meda. 54 años.
• José Martín y Rosado (Nueva Veracruz): operario y capataz del uso y arte
de arquitectura del Arsenal de la Carraca, vecino de la Real isla de León.
54 años.
• Manuel Carrillo de Albornoz (Antequera de Oaxaca): oficial de la Secreta-
ría del Consejo y Cámara de Indias. 30 años.
• Ramón Cardeña y Gallardo (Xalapa): capellán de honor de S. M., canó-
nigo más antiguo de la Catedral de Guadalajara en Nueva España, reside
en Sevilla. 40 años.
• Octaviano Obregón (León, Guanajuato): abogado de la Real Audiencia de
México y apoderado del Real Tribunal de Minería. 27 años.
• Mariano Carrasco y Castro (México): fiscal de bienes mostrencos y de
montes, tiene hacienda en Llerena, donde reside. 58 años.
• N. Eguía (México): lectoral de la Colegiata de Baza.
• Tomás Gutiérrez de Terán (México): residente en Cádiz.

Por la isla de Cuba:


• Luis del Valle (La Habana): subteniente del regimiento de infantería de
voluntarios de España, en el ejército de La Mancha. 26 años.

118 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

• José Loreto de Torres (La Habana): teniente coronel y capitán del regi-
miento de infantería de Cuba, ayudante del cuartel 3º de Sevilla.
• José Domingo Benítez (La Habana): abogado de los Reales consejos.
30 años.
• Juan de Dios de Campos (La Habana): abogado de los Reales consejos,
diputado principal de consolidación en La Habana con honores de oficial
real. 37 años.
•D  iego Tanco (La Habana): abogado de la Real Audiencia de Sevilla.
31 años.
• Francisco Xavier de Rubalcava (Santiago de Cuba): regidor perpetuo, al-
guacil mayor de San Lucar de Barrameda e interventor general. 53 años.
• José Ramírez de Arellano (La Habana): abogado de los Reales consejos.
26 años.
• Jorge María de Latorre (La Habana): oficial de la Secretaría del Despacho
de la Guerra.
• Manuel Daban y Urrutia (La Habana): gobernador de Tarifa.
• Antonio Odoardo Balmaceda (La Habana): presbítero, reside en Sevilla.
• Ignacio Justis (La Habana): teniente de fragata, residente en Cádiz.
• Francisco Justis (La Habana): capitán de ingenieros, residente en Tarra-
gona.
• Marqués de San Felipe y Santiago (La Habana): grande de España, señor
de la ciudad de su título, hacendado en La Habana, residente en Sevilla.
54 años.

Por el Perú:
• Miguel de Lastarria (Arequipa): abogado de la Audiencia de Chile y de
Buenos Aires y administrador de minas. 48 años.
• Francisco Xavier de Luna Pizarro (Arequipa): cura de Torata, Arequipa.
29 años.
• José de Ribadeneyra y Texada (Lambayeque): coronel de caballería de
milicias de la frontera del partido de Huanta, vecino de Buenos Aires por
matrimonio. 48 años.
• Josef Argote (Lima): notario mayor del juzgado eclesiástico de Granada.
• Juan Manuel de Mendiburu (Lima): militar de profesión, teniente coronel.
41 años.
• Gaspar García Aramburu (Huamanga): abogado de los Reales consejos,
residente en Castro del Río, Córdoba. Más de cuarenta años.
• Manuel de Irazaval (Lima): consejero honorario de S.M. en el tribunal de
la contaduría mayor de cuentas, reside en La Coruña donde es tesorero
principal de ventas del reino de Galicia. 60 años.

Contenido 119
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

•R
 aimundo Fermín Salgado (Arequipa): subteniente en el regimiento
de Línea de Voluntarios de Castilla, comandante de las partidas de Alarma de
Cruzada del partido de Badajoz. 34 años.

Por el Reino de Quito:


• Juan Romero Tejada (Quito): capitán del regimiento del Río de la Plata.
25 años.
• Nuño de la Cueva (Quito): teniente de navío de la Real Armada, ayudante
mayor de la compañía de Guardias Marinas. 38 años.
• Mariano Olaso (Guayaquil): comerciante. 44 años.
• Antonio de Villavicencio y Verastegui (Quito): teniente de navío y segun-
do ayudante secretario de la Dirección General de la Armada, residente
en Sevilla. 35 años.

Por la provincia de Guatemala:


• Manuel del Sobrial y Bárcena (Guatemala): presbítero secular, residente
en Puerto Real. 45 años.
• Andrés de Llano (Guatemala): capitán de navío retirado de la Marina Real,
residente en el Puerto de Santa María.

Por las provincias de Caracas:


• José Hipólito Odoardo (Caracas): abogado de los Reales Consejos y oficial
de la secretaría del Supremo Consejo de Indias. 30 años.

Por el Río de la Plata:


• Pedro Vicente de Isasmendi (Salta): capitán retirado del regimiento de
infantería de Soria. 44 años.

Por Chile:
• Mariano Vigil de Quiñones (Santiago de Chile): ayudante mayor en el
regimiento de infantería Leales de Fernando VII. 22 años.

Por Filipinas:
• Francisco Manuel de Cendrera (San Pablo de Vigar, Manila): hijo del regi-
dor más antiguo de Manila. 29 años.39

Como vemos, la mayoría de los que enviaron sus informes a Manuel Abella
estaban por debajo de los cincuenta años, predominando las profesiones dedi-

39. acdm, Serie General, leg. 124, nº 35.

120 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

cadas a los empleos estatales y el ejército. Algunos ofrecían datos interesantes


como Manuel del Sobrial y Bárcena, cuyo destino al momento de convocarse
a los americanos era servir de intérprete a los prisioneros franceses que se en-
contraban curándose de sus heridas en el hospital provisional habilitado en la
ciudad de San Carlos.
Otros, como Pedro Vicente de Isasmendi, relatan su carrera militar en sus
lugares de nacimiento, para pasar después a ejercer destinos en la Península.
Como indica Isasmendi, muchos de ellos debieron llegar de los territorios ame-
ricanos reclutados para la guerra emprendida contra la Convención francesa
en 1793:

D. Pedro Vicente de Isasmendi […] soy hijo de la misma patria nomi-


nada [ciudad de Salta, provincia del Tucuman en América y Reyno de
Buenos Aires] de edad de cuarenta y quatro años, que sirve en cali-
dad de oficial, teniente de las milicias establecidas en dicho su pueblo
desde el año de setenta y ocho hasta el de ochenta y quatro, que fue
capitán y desde cuya fecha se condujo a España en el año noventa y
quatro y S.M. se dignó nombrarle primer teniente del Regimiento de
Infantería de Soria en veinte y ocho de febrero de noventa y cinco,
hasta que se ha visto obligado a pedir su retiro.40

De estos cincuenta americanos que presentaron sus cédulas a Manuel


Abella, como veremos, tan sólo cuatro serán elegidos diputados suplentes en
las Cortes: Andrés de Llano por Guatemala, Manuel Carrillo de Albornoz y Oc-
taviano Obregón por México y el marqués de San Felipe y Santiago por Cuba.
Otros, en cambio, que no serán elegidos en este momento, sí participarán en
la segunda experiencia constitucional de los años veinte como Miguel Lastarria,
José Domingo Benítez o Ignacio Pablo Sandino.
La información contenida en estas presentaciones resulta de especial inte-
rés para el caso de personajes que mantuvieron una actividad ferviente a lo
largo de estos años y que serán protagonistas de la conformación política de
sus Estados. Un caso paradigmático fue el del novohispano Servando de Mier
y Noriega, quien formó parte activa del primer constituyente mexicano y cuya
figura ha trascendido como uno de los republicanos federales más comprome-
tidos en la historia de México. Servando de Mier refiere al secretario que nació
en Monterrey, capital del Nuevo Reino de León y que su padre fue gobernador
y comandante general. Seguidamente, explica su ascendencia por ambas líneas,
reputándose como descendiente de los primeros conquistadores del reino y
de la antigua nobleza indígena mexicana, y haciendo gala de sus antepasados

40. acdm, Serie General, leg. 124, nº 35.

Contenido 121
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

españoles.41 Servando de Mier explica que llegó a la Península en 1795 para


resolver un pleito literario y destaca que en México había escrito en contra de
las ideas de la revolución francesa y del regicidio cometido con Luis XVI. Fue
recomendado a Carlos IV por el papa Pío VII y sirvió diversos cargos en el con-
sulado y embajada españoles en Lisboa. En septiembre de 1808 fue nombrado
capellán del Batallón de voluntarios de Valencia, en compañía de quien se
encontraba en la lucha contra los franceses, recibiendo varias recomendaciones
de sus jefes militares por su valor en el campo de batalla. Pero además, Servan-
do incidía en su idoneidad para ocupar el cargo de diputado:

[…] Dixe a V.S. que en el caso de elegirse en forma para diputado


en Cortes, yo estoy cierto que lo seria por el Nuevo Reino de Leon,
por que mi familia es la 1ª del reyno, y enlazada con todas las prin-
cipales, porque no tiene otro hijo aquel reino mas condecorado
que yo, ni mas instruido a lo menos en las cosas de América; por que
mi hermano ocupa allí los primeros empleos; y porque ya he sido
en Madrid con feliz éxito comisionado de aquel Reyno, del qual no
creo que haya otro natural en España sino yo, y quiza ni de todas las
Provincias internas.42

Como teólogo y examinador sinodal, de Mier insistía en que la mejor divi-


sión del territorio mexicano debía hacerse por obispados, puesto que las múltiples
y complicadas divisiones administrativas y militares favorecían las dudas acerca
de la jurisdicción y sujeción de las autoridades que gobernaban el territorio. Por
otro lado, de Mier ponía sus conocimientos de las provincias internas al servicio
de la monarquía y afirmaba que el trato con los indios salvajes podría mejorar
si se favorecía el comercio en lugar de la imposición por la fuerza. El ahora fiel
vasallo de su majestad y deseoso de formar parte de las Cortes de la monarquía,
mudaría su pensamiento en menos de quince años, declarándose ferviente
republicano y criticando duramente la participación de los americanos en las
Cortes de Cádiz y su Constitución. El ejemplo de Servando de Mier demuestra
no sólo la complejidad del período que historiamos, sino que no podemos es-
tablecer compartimentos estancos para los personajes que participaron de los
acontecimientos porque ellos y sus actuaciones, también están determinados
históricamente y son producto, en muchas ocasiones, de las circunstancias.
Es más, tampoco podemos analizar correctamente determinadas actuaciones y

41. Su exposición era como sigue: «Que mi abuelo paterno era de Asturias de una casa
magnaticia, casado en Monterrey con una nieta de los primeros conquistadores de aquel
Reyno. Que mi abuelo materno era nieto de estos, y casado allí con una señora de la antigua
nobleza magnaticia de México».
42. acdm, Serie General, leg. 124, nº 35.

122 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

posturas políticas si no las situamos en su contexto, tanto espacial como tempo-


ralmente. Sólo desde esta perspectiva analítica histórica podremos desentrañar
el complejo periodo histórico que abordamos.
Otra de las listas que se reunió fue la elaborada por el Consulado de Cádiz
con los nombres de los que se presentaron ante su instancia. Inmediatamente
después de recibir el oficio del secretario, Simón Agreda y Lope de Salazar
confeccionó el listado con fecha de 20 de diciembre de 1809. Sin embargo, la
persona designada para elaborar el listado final de los americanos que debían
concurrir a la elección era José Pablo Valiente, ministro del Consejo de Indias y
ahora del Consejo reunido.
Por su parte, la autoridad superior de Málaga, Ignacio Cortabarría, remitió
el oficio del secretario Abella a las distintas autoridades civiles, militares y ecle-
siásticas de su provincia para que informaran de la existencia de algún america-
no en ella. Resultado de ello fue la lista de los americanos residentes en Málaga
y su provincia. El mismo procedimiento siguió Francisco Xavier Venegas, go-
bernador político de Cádiz, quien emitió un edicto fechado en 20 de diciembre
para que se presentaran todos los americanos que vivían en la ciudad. Su lista
comprendía 104 nombres y era mucho más completa en cuanto se refiere a
la información sobre los barrios donde vivían los americanos.43 En esta lista
ya encontramos nombres destacados de algunos americanos que participaron
activamente en la política del momento y fueron diputados a las Cortes como
José María Couto y Octaviano Obregón. Algunos nombres se repiten respecto a
los que consignaron sus informes directamente con Manuel Abella, por lo que
aparecen en ambas listas.
Pero todavía se elaboró una lista más. La de los que residían en la Real isla
de León y se presentaron en agosto de 1810, ante Sebastián de Torres, ministro
del Consejo y Cámara de España e Indias. Éstos fueron doce americanos y se
añadirán a la lista conformada en Cádiz por Valiente y alguno de ellos como
Pedro Pérez de Tagle será elegido diputado por Filipinas.

La lista definitiva

Como sabemos, la Regencia encargó a José Pablo Valiente con fecha de


9 de agosto, la elaboración de las listas de los naturales de América. Una vez
instruido del expediente que se le remitía, el consejero informó en 14 de agosto
de que convendría formar nuevas listas, pues sabía que después de las noticias

43. Los listados completos de los nombres de estos americanos no quedan consignados
aquí por falta de espacio. Serán publicados en un futuro trabajo que estamos elaborando.

Contenido 123
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

que obtuvo la Junta Central, habían llegado más americanos. La Regencia, por
su parte, instó a Valiente a que los padrones se formaran únicamente con los
residentes en Cádiz y en la isla de León, lo que puede dar una idea de por qué
en el listado del consejero se omiten muchos nombres que aparecen en las
otras listas. Por esas fechas llegó la noticia de los sucesos de Caracas, conocién-
dose que se había erigido una junta y se llamaba a la rebelión abierta contra
la Regencia por no considerar a ésta legítima en su formación.44 Valiente tomó
en cuenta esta información y consideró que el número de diputados suplentes
por América debía elevarse a treinta, en lugar de los veintiocho que él había
propuesto anteriormente. El aumento de estos dos diputados afectaba en uno
al virreinato del Perú, que tendría cinco, y otro para la isla de Santo Domingo,
contemplada ahora de forma exclusiva. Sus razones eran las siguientes:

[…] La ocurrencia de Caracas no embaraza ni debe embarazar para


darle en este medio supletorio la representación posible en el modo
que lo permite y exije el estado de las cosas: […] Considerándosele
dos diputados conforme a la consulta del consejo, dirán que ni son
bastantes ni legales; pero mucho más dirían si se les excluyese del
todo […] seria con toda evidencia antipolítico y de unas funestas y du-
raderas resultas excluir a la provincia de Caracas de su representación
en el medio supletorio: el es el unico que cabe en el estado presente:
[…] Y en orden a la isla de santo Domingo, es justo y conveniente
darle un diputado en el medio supletorio: seran 15 entonces por la
América septentrional, pero ningun reparo podrá ofrecerse en dar
cinco al territorio del virreinato de Lima por el mas extenso y el mas
digno en razon de antigüedad y de quien por la mas facil administra-
ción y felicidad de aquella América, se desmembraron y erigieron los
otros virreinatos y gobiernos separados.45

De este modo, al conceder un diputado más a la América septentrional, el


de Santo Domingo, era necesario para respetar la igualdad, conceder también
uno más a la América meridional, de ahí el aumento de uno para Perú, conside-
rando su mayor extensión en el territorio. Los días 19 y 20 de agosto los dedicó
la Regencia a tratar del asunto de la reunión de las Cortes decidiendo de forma
definitiva que la convocatoria siguiera como estaba según el decreto de 1 de
enero, es decir, que se reunieran en una sola cámara. En estos días también se
aprobó que se admitiera a los diputados que llegaran de las provincias ocupa-

44. Sobre esta cuestión véase el reciente estudio de Inés Quintero, «La junta de Caracas»
en Manuel Chust (ed.), 1808. La eclosión juntera, pp. 334-355.
45. El oficio de José Pablo Valiente en Fernández Martín, Derecho parlamentario, t. 1,
pp. 661-665.

124 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

das y que entre los emigrados a Cádiz y la isla de León se eligieran los suplen-
tes correspondientes a sus provincias. Respecto a los americanos, la Regencia
establecía que los comprendidos en el padrón que vivieran en Cádiz y la isla
de León nombraran electores por cada virreinato y capitanía según se contenía
en la instrucción de 1 de enero. Con fecha 23 de agosto de 1810, el consejero
José Pablo Valiente elabora y remite el listado definitivo de los electores ame-
ricanos a la Regencia. En ese listado aparecen consignados 165 nombres, entre
los cuales se realiza la elección definitiva de los 30 suplentes americanos para
la primera legislatura de las Cortes de Cádiz, a los que más tarde se añadirían
los doce nombres del listado de la isla de León. Los estudios dedicados a la par-
ticipación de los americanos en las Cortes prácticamente no dan información
respecto de esta elección. María Teresa Berruezo, en su estudio monográfico
sobre los diputados,46 afirma que las elecciones se llevaron a cabo los días 19
y 20 de agosto, cuando no fue así, ya que esos días fueron los que la Regencia
dedicó a tratar el tema de la reunión de las Cortes. En realidad, la votación y
elección de los suplentes americanos tuvieron lugar entre los días 20 y 22 de
septiembre, como veremos más adelante. En cualquier caso, esta autora no cita
el número de nombres que aparecían en la lista de Valiente. Por su parte, Marie
Laure Rieu-Millan ofrece el número de 177 electores americanos, el total de la
lista de Cádiz y la de la isla de León, pero aunque dedica un estudio a este
asunto no consigna los nombres de los americanos.47
Los nombres de los 165 americanos que merecieron la aprobación del con-
sejero José Pablo Valiente para ser incluidos en la elección final fueron los
siguientes:

46. María Teresa Berruezo León, La participación americana en las Cortes de Cádiz,
(1810-1814), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1986, pp. 25-27. En realidad, la
autora incurre en algunos errores de fechas y datos, pues primero indica las fechas de agosto
para la elección y posteriormente afirma que fue en septiembre. Igualmente, considera en
distintos momentos que el número de diputados fue de 28, mientras en páginas siguientes
afirma que fue de 30.
47. Marie Laure Rieu-Millan, Los diputados americanos en las Cortes de Cádiz, csic, Ma-
drid, 1990, p. 5.

Contenido 125
VIRREINATO DE MÉXICO

126
NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

D. Andrés de Sabariego Natural de la ciudad de México Residente en Cádiz A negocios propios


Vecino de id. y residente Oficial de la Secretaria
D. Antonio Vallejo Natural de la ciudad de México en Cádiz del Virreinato de N.E.
Vecino de México y resi- Familiar del Sto. Oficio
D. Francisco Villalba Natural del Puerto de Santa María dente en Cádiz de la Inquisición de México
D. Francisco González Sarralde Natural de la provincia de Álava Residente en Cádiz Cura de Huazolotitlan
Natural de la ciudad Capitán retirado en clase de
D. Francisco Fernández Munilla Residente en Cádiz
de Guanajuato Dispº
Oficial de la Sria. Del Despº
D. Jerónimo Lobo Natural de Xalapa Residente en Cádiz de la Guerra
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

D. José Ignacio Álvarez Campana Mariscal de campo


Natural de Veracruz Residente en Cádiz

Contenido
y Amat de los Reales Exercitos
D. José María de Castilla Natural de México Residente en Cádiz Canónigo de Guatemala
Cura de S. Sebastián
D. José María Couto Ibia Natural de la villa de Orizaba Residente en Cádiz de México
Natural de Valladolid Capellán mayor de los Hos-
D. José Martín García de Carrasqued Residente en Cádiz
de Michoacán pitales del Excto. de Galicia
D. José Vicente de Couto Natural de la villa de Orizaba Vecino de la Veracruz Del comercio de ídem

D. Juan Ignacio Juille y Moreno Natural de Veracruz Residente en Cádiz Del comercio de ídem
Vecino de México y resi- Abogado de la Audiencia
D. Julián de Castillejos Natural de Tehuantepeque dente en Cádiz de ídem
Vecino de la Puebla de los Rector del Colegio mayor
D. José Manuel Couto Pro Natural de Orizaba Ángeles de San Pablo de ídem
Vecino de Madrid y resi- Retirado del Real cuerpo
D. José María Gutiérrez de Terán Natural de la ciudad de México dente en esta de Guardias de Corps
D. José María Restan Natural de la ciudad de México Residente en Cádiz Guardia de Corps
Vecino de ídem y residente
D. José María de Urquiaga Natural de la ciudad de México Del comercio de México
en Cádiz
D. José Antonio Facio Natural de Veracruz Residente en Cádiz Alférez de Rs. Guardias Españolas
D. Manuel de Lardizábal Natural de S. Felipe de Tlaxcala Vecino de Madrid y residen- Ministro del supremo Consejo y Cáma-
y Uribe te en Cádiz ra de España e Indias

D. Máximo Maldonado Pro Natural de Guadalajara de Indias Residente en Cádiz Presbítero, a negocios propios

D. Manuel Carrillo Vecino de Madrid y residen- Oficial de la Sria. General


Natural de la ciudad de Oaxaca
de Albornoz te en Cádiz de Indias
Vecino de Lima y residente
D. Miguel de Hermin Natural de la ciudad de Oaxaca Abogado de la Audiencia de Lima
en Cádiz
L A

D. Marcos Antonio Natural de la provincia de Vecino de México y residen- Vicerrector del Hospital Gral
Rodríguez la Rioja te en Cádiz De S. Andrés de México
Capitán de fragata de la Real
D. Manuel Lobo y Campos Natural de Xalapa Residente en Cádiz Armada

Contenido
D. Miguel Lobo Natural de la villa de Xalapa Vecino de Cádiz Del comercio de ídem
CONS T RUCCIÓN

D. Martín José de Lanuza Natural de la Nueva Veracruz Residente en esta ciudad Del comercio de ídem
DE

Vecino de México y residen- Oidor honorario de aquella


LA

D. Octaviano Obregón Natural de la villa de León te en Cádiz Real Audiencia


D. Ramón Roblejo Vecino de México y residen- Colector de la Real Lotería
Natural de Castilla la Nueva
y Lozano te en Cádiz de la Puebla

D. Salvador San Martín Natural de Guadalajara Residente en Cádiz Presbítero

D. Valentín Ortigosa Natural de Arnate Residente en Cádiz Presbítero


R E P R E S E N TAC I Ó N

127
Total: 30
PROVINCIA DE GUATEMALA

128
NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

D. Andrés de Llano y Naxera Natural de Guatemala Residente en Cádiz Capitán de navío

D. Andrés de Forta Natural de Guatemala Vecino de Cádiz Alférez de navío

D. Ventura José de Batres y Muñoz Natural de Guatemala Vecino de Cádiz Del comercio de ídem

D. José Francisco de Micheo


Natural de Guatemala Vecino de Cádiz Del comercio de ídem
y Naxera
Natural del Puerto de Santa Vecino de Guatemala y residente Abogado de la Audiencia
D. Luis Pedro de Aguirre
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

María en Cádiz y Consulado

Contenido
Vecino de la misma y residente en
D. Luis Ignacio de Zabala Natural de Guatemala Del comercio
Cádiz

D. Manuel de Llano y Naxera Natural de Guatemala Residente en Cádiz Coronel de Artillería

D. Manuel de Micheo y Naxera Natural de Guatemala Vecino de Cádiz Del comercio de ídem

Ministro de capa y espada del


D. Tadeo de Galisteo Natural de Santiago
Residente en Cádiz Consejo Superior de España e
y Manrique de los Caballeros
Indias

Total: 9
ISLA DE SANTO DOMINGO

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

Natural de Santo Regidor perpetuo de Santiago


D. Leonardo Pichardo y Cereceda Vecino de Cádiz
Domingo de los Caballeros
Subteniente en comisión
D. Manuel Machado Natural de ídem Residente en Cádiz
del Regimiento de Alcalá
Total: 2

ISLA DE CUBA

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO


L A

D. Antonio Odoardo de Balma- Vecino de ídem y resi- Cura teniente del Sagrario de aquella
Natural de La Habana
ceda dente en Cádiz catedral
D. Anastasio Francisco Natural de La Habana Residente en Cádiz Coronel de Dragones
de Armenteros

Contenido
Natural de La Habana y residente
D. Andrés Arango Ídem Capitán de ingenieros
en Cádiz
CONS T RUCCIÓN

D. Claudio Martínez de Pinillos Natural de La Habana Residente en Cádiz Teniente coronel de infantería
DE

D. Domingo Martínez de Pinillos Natural de La Habana Residente en Cádiz 2º teniente de Guardias Españolas
LA

D. Ignacio Hernández Natural de La Habana Residente en Cádiz Interventor de la Real Aduana


Rodríguez
Vecino de ídem y Teniente de rey de la Plaza de Santo
D. Ignacio José de Bassave Natural de La Habana residente en Cádiz Domingo
D. Ignacio María de Tistir Natural de La Habana Residente en Cádiz Teniente de fragata

D. Ignacio Estrada natural de La Habana Residente en Cádiz Fue oficial de Dragones


R E P R E S E N TAC I Ó N

129
D. Juan Clemente Núñez

130
Natural de La Habana Residente en Cádiz Marqués de San Felipe y Santiago
del Castillo
Oficial de la Secretaría del Despacho
D. José María de la Torre Natural de La Habana Residente en Cádiz de la Guerra
D. José Zaldibar Natural de La Habana Residente en Cádiz Capitán de Reales Guardias Walonas
Teniente coronel de los Reales
D. José Fuertes Mayor Natural de La Habana Vecino de Cádiz Exércitos
D. José Álvarez de Toledo Natural de La Habana Residente en Cádiz Teniente de navío de la Real Armada
D. Juan de la Cruz Martínez Natural de La Habana Residente en Cádiz
de Pinillos
D. José Domingo Benítez Natural de La Habana Vecino de ídem Abogado de los Reales Consejos

D. Juan de Dios de Campos Natural de La Habana Vecino de ídem Abogado de los Reales Consejos
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

D. Juan Díaz de Castro Natural de Canarias Vecino de La Habana Alférez de milicias

Contenido
Vecino de ídem y resi- Secretario de la Superintendencia
D. Juan Antonio de Unzueta Natural de La Habana dente en Cádiz y Renta de Tabacos
D. José María Calvo Natural de La Habana Residente en Cádiz Cadete de milicias de La Habana
Oficial 1º del Ministerio de Marina
D. José Miguel de Rada Natural de La Habana Residente en Cádiz de Cádiz
D. Juan de Dios Esquivel Natural de Sevilla Vecino de La Habana Alférez del Regto. de Milicias de ídem
D. Joaquín de Santa Cruz y Coronel agregado al Regto. de milicias
Natural de La Habana Residente en Cádiz
Chacón de La Habana
Vecino de ídem y resi-
D. José Ramírez de Arellano Natural de La Habana dente en Cádiz
D. Juan Bautista Ximenez Vecino de ídem y resi-
Natural de La Habana Meritorio del Ministerio de Marina
de la Torre dente en Cádiz
Vecino de ídem y resi-
D. Luis Montenegro y Campos Natural de La Habana Guardia de corps de la Compª Amenª
dente en Cádiz
Natural de la ciudad de la Trini-
D. Manuel Fernández de Lara Residente en Cádiz Teniente de las milicias de la Trinidad
dad
Alférez del Regto. 2º de línea
D. Miguel Gallegos Natural de La Habana Residente en Cádiz de Sevilla
D. Pedro Ignacio de Barrutia Natural de Santiago de Cuba Residente en Cádiz Ayuda de Camara de S.M.

D. Pedro Puebla Natural de La Habana Residente en Cádiz Subteniente de Imperiales de Toledo


Vecino de ídem y resi- Oficial 4º del Departamento de Marina
D. Pedro José Morillas Natural de La Habana dente en Cádiz de Cádiz
D. Ramon José de Mendiola Natural de La Habana Residente en Cádiz Oidor electo de la isla de Cuba

D. Ramón de Sentmanat y Zayas Natural de La Habana Residente en Cádiz Capitán de Dragones de Almansa

D. Rafael de Segueira y Palma Natural de La Habana Residente en Cádiz Capitán de Fragata


L A

Distinguido del Regto. de Milicias


D. Ramón de Lima Natural de La Habana Residente en Cádiz de La Habana
Total: 35

Contenido
ISLA DE PUERTO RICO
CONS T RUCCIÓN

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO


DE
LA

Vecino de Madrid y residente


D. Gabriel de Ayera Natural de Puerto Rico Abogado de los Reales Consejos
en Cádiz

D. Juan de Velasco Natural de Puerto Rico Residente en Santi Petri Brigadier y comandante de Campo mayor

Total: 2
R E P R E S E N TAC I Ó N

131
VIRREINATO DE LIMA

132
NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

Natural de Pausa
D. Antonio Zuazo Residente en Cádiz Coronel del Regto. de infantería de Jaén
provincia de Lima
Natural de Trujillo
D. Antonio de Lavalle Residente en Cádiz Coronel de infantería retirado
del Perú

Vecino de ídem y residente Teniente de Granaderos de milicias


D. Antonio de Viana y Picoaga Natural del Cuzco
en Cádiz de Quispicanchy

Natural de Trujillo Vecino de ídem y residente


D. Blas Ostolaza Capellán de honor y confesor de S.M.
del Perú en Cádiz
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

D. Bartolomé de Alosilla

Contenido
Natural del Cuzco Residente en Cádiz Capitán retirado
y Arguedas
Vecino de Madrid y residente
D. Dionisio Inca Yupanqui Natural de Lima Teniente coronel de Dragones
en Cádiz
Vecino de Lima y residente
D. Diego Vizcaya Natural de Valparaíso Piloto de la fragata Neptuno
en Cádiz
Vecino de ídem y residente
D. Eugenio Mota Natural de Lima Asesor supernumerario de Minería de Lima
en Cádiz
D. Francisco Xavier de Luna
Natural de Arequipa Residente en Cádiz Cura párroco de Forata
y Pizarro
Vecino de ídem y residente
D. Francisco Almagro Natural de Arequipa Cirujano de la fragata Candelaria
en Cádiz
D. Juan Manuel de Mendiburu Natural de Lima Residente en Cádiz Coronel de los Reales Exércitos
D. José de Vega Bazán Natural de Lima Residente en Cádiz Comerciante en ídem

D. José Martínez y Unamunzaga Natural de Lima Vecino de Cádiz Del comercio de ídem

D. José de Santiago y Rotadle Natural de Lima Vecino de Cádiz Comerciante de ídem

D. José de Salas Natural de Lima Residente en Cádiz

D. José Calisto León y Carvajal Natural de Lima Vecino de ídem Hacendado en ídem

D. Luis Bonet Natural de Lima Vecino de ídem Pretendiente

D. Manuel Vidaurre y Encalada Natural de Lima Residente en Cádiz Oidor electo del Cuzco
L A

Brigadier de los Reales Exércitos coronel


D. Manuel María de Pusterla Natural de Lima Residente en la isla de León
de voluntarios de Valencia
D. Mariano Pacheco Vecino del Cuzco residente Capitán agregado al de caballería cazadores

Contenido
Natural de Arequipa
y Villanueva en la isla de León de Sevilla
Natural de Lima,
Capitán de Excto. Teniente del Regto. Caba-
CONS T RUCCIÓN

D. Manuel José Ordóñez residente en la isla Vecino de ídem


llería de Calatrava
DE

de León
LA

D. Miguel Yramategui Natural de Lima Vecino de ídem Presbítero

Natural de Urnieta en
D. Miguel Almorza Vecino de Lima Del comercio
Guipúzcoa

D. Marcelo Polanco Natural de Guayaquil Residente en Cádiz Del comercio de Lima


R E P R E S E N TAC I Ó N

D. Mariano de Olaso y Manry Natural de Guayaquil Residente en Cádiz Del comercio de Lima

133
134
Natural de Castro
D. Nicolás Posadillo Urdiales, montañas Vecino de Lima Del comercio de ídem
de Santander

D. Pablo Pérez Jaramillo Natural de Lima Residente en Cádiz Capitán retirado

Socio del diputado nombrado para la Junta


D. Ramón Feliu Natural de Ceuta Vecino de Lima
Central

D. Tomas Florez Natural de Lima Vecino de ídem Capellán de la fragata la Candelaria

Catedrático de primeras Leyes de agª


D. Vicente Morales y Duárez Natural de Lima Vecino de ídem
Universidad y comisionado por ella.
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Total: 30

Contenido
REINO DE CHILE

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO


Capitán de milicias para la defensa
D. Domingo Luco y Herrera Natural de Santiago de Chile Residente en Cádiz
de Buenos Aires

D. José Manuel Encalada Natural de Santiago de Chile Vecino de Sevilla Marqués de Villapalma y de Sandín

Abogado de aquella Audiencia y comi-


D. Joaquín Fernández de Leyba Natural de Santiago de Chile Vecino de ídem sionado por su ayuntamiento y cuerpo
de Minería
Capitán agregado al Estado mayor
D. Juan Antonio González Natural de Santiago de Chile Residente en Cádiz
de esta plaza
Capitán de caballería voluntarios
D. José Miguel de Carrera Natural de Santiago de Chile Residente en Cádiz
de Madrid
D. Juan José Bustamante Natural de Santiago de Chile Residente en Cádiz Del comercio
D. José Santiago Solo Del comercio y apoderado del consula-
Natural de Chile Vecino de Cádiz
de Zaldíbar do de Chile
Vecino de Santiago
D. Miguel de Lastarria Natural de Arequipa Fiscal electo de Quito
de Chile

Residente en la isla Alférez del Regto. de Irlanda y de Caba-


D. Miguel Labín Natural de Santiago de Chile
de León llería de milicias de Chile
L A

Capitan graduado de Úsares voluntarios


D. Miguel Riesco Natural de Santiago de Chile Residente en Cádiz
de Buenos Aires
D. Nicolás de la Cruz Natural de Talca, reino

Contenido
Residente en Cádiz Conde de Maule
y Bahamonde de Chile

Natural de la ciudad Vecino de Santiago Abogado de aquella Real Audiencia


CONS T RUCCIÓN

D. Ramón de Rozas
de Mendoza de Chile y hacendado en ídem
DE
LA

D. Ramón Errazuriz Natural de Santiago de Chile Vecino de Cádiz Del comercio

Total: 13
R E P R E S E N TAC I Ó N

135
VIRREINATO DE BUENOS AIRES

136
NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO
Natural de la villa de Oruro Capitán agregado al Estado mayor
D. Antonio Quirós Residente en Cádiz
en Charcas de Buenos Aires
D. Carlos Albear Natural de Buenos Aires Residente en Cádiz Del comercio
Ministro del Supremo Consejo de España
D. Francisco López Lisperguer Natural de la ciudad de la Plata Vecino de Madrid
e Indias
D. Francisco Viola Natural de Buenos Aires Vecino de ídem Del comercio de ídem

Vecino de Córdoba Comisionado por el R. Obispo para asun-


D. Francisco Malbran y Muñoz Natural de Santiago de Chile
del Tucumán tos de creación de la mitra e iglesia
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Contenido
Natural de Lambayeque Vecino de Buenos Coronel retirado de milicias disciplina-
D. José Ribadeneyra y Tejada
en el Perú Aires das

D. Juan Francisco de Pacheco Contador de temporalidades, subalterno


Natural de Buenos Aires Vecino de ídem
y Ceballos del Tribunal de Lima

Natural de Villaluenga Vecino de Buenos


D. Juan Cristóbal Moreno Del comercio de ídem
del Rosario Aires

Natural de la villa de la Laguna Teniente coronel del batallón de volunta-


D. Luis de Velasco Residente en Cádiz
en Charcas rios de Navarra
D. Manuel Rodrigo Natural de Buenos Aires Residente en Cádiz Capitán de ejército

D. Vicente Asco Natural de Buenos Aires Residente en Cádiz Capitán de Dragones de Buenos Aires

Total: 11
VIRREINATO DE SANTA FE

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

D. Antonio Castrillón y Quintana Natural de Popayán Vecino de ídem

D. Domingo Caicedo y Santa Comisionado por su ayuntamiento a asun-


Natural de Santa Fe Vecino de ídem
María tos de gobierno
Coronel agregado al de caballería cazado-
El Conde de Puñonrostro Natural de Quito Residente en Cádiz
res de Sevilla
Ministro del Consejo de Hacienda y secre-
D. Ignacio Gutiérrez de Ribas Natural de Caracas Vecino de Madrid
tario de Millones
D. Joaquín de Mosquera y
Natural de Popayán Residente en Cádiz Oidor de la Real Audiencia de México
Figueroa
L A

D. Joaquín Montúfar Natural de Quito Residente en Cádiz Alférez de Reales Guardias Españolas
D. José de Larrea y Gijon Natural de Quito Residente en Cádiz Teniente coronel de caballería
Caballero de la orden de Carlos 3º, tenien-

Contenido
D. Juan Domingo de Iturralde Natural de Lecaroz en Navarra Vecino de Panamá te coronel agregado al Regt. De cabª de
Alcántara
D. José María de Bergara y
CONS T RUCCIÓN

Natural de Santa Fe Residente en Cádiz Alférez de Reales guardias españolas


Lozano
DE

D. José María Gómez de Teniente de infantería de voluntarios


Natrural de Cartagena de Indias Vecino de ídem
LA

Umaran blancos
D. José Mejía Lequerica Natural de Quito Vecino de ídem Oficial de la contaduría general de Indias
D. José Ignacio Caicedo Natural de Santa Fe de Bogotá Residente en Cádiz Del comercio
D. José López Conde Natural de Quito Residente en Cádiz
Vecino de Antequera,
D. Joaquín Ruiz Natural de Cartagena de Indias Teniente de artillería
en Málaga
R E P R E S E N TAC I Ó N

137
138
D. José María de Leguina Natural de Cartagena de Indias Vecino de Cádiz Del comercio de ídem
Voluntario distinguido de los batallones
D. José Polite Natural de Quito Vecino de Cádiz
de esta ciudad
Mayordomo de S.M. teniente coronel
D. Manuel de Mallo Natural de Popayán Residente en Cádiz
de Dragones

D. Manuel de Arévalo y Vera Natural de Cartagena de Indias Residente en Cádiz Capitán de Fragata de la Real Armada

Oficial de la Sria. de EStado del Despº


D. Miguel Moreno y Sadella Natural de Santa Fe Vecino de Madrid
de Marina
D. Manuel José Roche Natural del Puerto de Santa María Vecino de Santa Fe Del comercio de ídem
Residente en la isla
D. Pedro de la Puente y Cuesta Natural de Quito Cadete de Dragones de Villaviciosa
de León
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Contenido
D. Vicente López Conde Natural de Quito Vecino de ídem Voluntario distinguido de los de Cádiz

Total: 22

PROVINCIA DE CARACAS

NOMBRES NATURALEZA VECINDAD EMPLEO U OFICIO

Ministro del Tribunal de Contaduría mayor y contador


D. Esteban Palacios Natural de Caracas Vecino de Madrid
general de Distribución de la Real Hacienda

D. Francisco de Paula
Natural de San Felipe Vecino de Caracas Teniente de navío de la Real Armada
de Michilena
D. Fermín de Clemente Natural de Caracas Vecino de ídem Hacendado en ídem

D. Fermín de Chevarria Natural de Caracas Residente en Cádiz Voluntario de los Batallones de ídem

D. Francisco Antonio Natural de Espinama,


Vecino de Caracas Hacendado ídem
Rodríguez provincia de Burgos

Natural de Santiago
D. Francisco de Osio Vecino de ídem Vino a recoger a su mujer y familia
de León en Caracas

Abogado de los Reales Consejos y oficial de la Sria. Gral.


D. José Hipólito Odoardo Natural de Caracas Vecino de Madrid
del Consulado de Indias
L A

D. Juan José Pulido Natural de Varinas Residente en Cádiz Subteniente de milicias

D. Pedro Fernández
Natural de Maracaibo Vecino de ídem Capitán con baja del Regto. infantería de la Reina
de Lechuga

Contenido
Natural de la ciudad
D. Pantaleón Rosino Vecino ídem Agente fiscal de Real Hacienda de Caracas
de Coro
CONS T RUCCIÓN
DE

Natural de Santiago
D. Rafael Diego Mérida Vecino ídem Escribano de cámara interino de la Audiencia
de León de Caracas
LA

Total: 11

Suma total: 165


R E P R E S E N TAC I Ó N

139
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Al listado elaborado añadió Valiente una nota aclaratoria dirigida también a


la Regencia en la que reconocía haber incluido en la lista a algunos americanos
que no cumplían con el requisito de la edad para ser elegidos diputados. Anali-
zando la lista del consejero y contrastándola con el resto de listados elaborados
en las provincias, se deduce que Valiente dejó fuera de la elección al menos
a 135 personas. Esto es, del listado confeccionado alfabéticamente, que es el
más completo y comprende a 156 americanos, Valiente dejó fuera a 109 de los
presentados. Es decir, seleccionó tan sólo 47 nombres de esa lista. Mientras de
la lista remitida por Venegas para la provincia de Cádiz, quitando los nombres
repetidos en el listado alfabético, Valiente omitió al menos a 26 americanos
más. La pregunta que surge entonces sería, si finalmente la lista elaborada
por Valiente comprendía 165 nombres, 47 de los cuales aparecen en el listado
alfabético, ¿de dónde sacó el consejero el resto de 118 americanos comprendi-
dos en su lista? Sabemos que al menos 17 de los americanos que enviaron sus
informes a Manuel Abella,48 el secretario de la comisión, aparecen en el listado
de Valiente, pero también en el alfabético. De éstos, tan sólo dos no aparecen
en ningún otro listado, los de Andrés de Llano y Náxera, natural de Guatemala
y residente en Cádiz, y Miguel de Lastarria, natural de Arequipa y vecino de
Santiago de Chile. Pero además, el primero de ellos fue elegido diputado, como
veremos. Y todavía un nombre más que no aparece en el listado alfabético pero
sí en el que remitió el alcalde de Málaga: Francisco López Lisperguer, natural de
la ciudad de La Plata y vecino de Madrid, que además era ministro del Supremo
Consejo de España e Indias y por lo tanto compañero de José Pablo Valiente
en estas funciones. ¿Es posible que Valiente «manipulara» el listado definitivo
para incluir a quien él consideraba personalmente más apropiado para ejercer
el cargo de diputado? No podemos descartar esta posibilidad, puesto que des-
conocemos el criterio que el consejero utilizó para incluir a unos y excluir a
otros nombres de la lista.
Además, debemos tener en cuenta que existen otros 115 nombres incluidos
en el listado de los que no tenemos constancia cómo llegaron a manos del con-
sejero, ya que no aparecen en ningún listado de la documentación encontrada
en el Archivo del Congreso. Por lo visto, lo más lógico sería pensar que Valien-

48. Los 17 que enviaron sus informes a Abella y aparecen en el listado de Valiente son:
Miguel de Lastarria (Perú), Francisco Xavier de Luna Pizarro (Perú), José Ribadeneyra y Texa-
da (Perú, aunque se inserta en Buenos Aires por ser vecino de aquella ciudad), Mariano Olaso
(Guayaquil), José Domingo Benítez (La Habana), Juan de Dios Campos (La Habana), Miguel
Moreno (Santa Fe), Andrés de Llano (Guatemala), José Ramírez de Arellano (La Habana),
Manuel Carrillo de Albornoz (Oaxaca), Octaviano Obregón (Guanajuato), Juan Manuel de
Mendiburu (Perú), Jorge María de Latorre (La Habana), Antonio Odoardo Balmaceda (La Ha-
bana), el marqués de San Felipe y Santiago (La Habana), Joaquín Ruiz (Cartagena de Indias)
y Josef Máximo Maldonado y López (Guadalajara).

140 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

te siguió el criterio de la Regencia en su dictamen del 20 de agosto en el que


establecía que los suplentes americanos sólo se eligieran entre los que residían
en Cádiz y la isla de León. Pero entonces no se explicaría por qué dejó fuera
del listado a más de 70 americanos que aparecían en la lista de los residentes
en Cádiz de Francisco Xavier Venegas.
El listado definitivo, por tanto, con los nombres de entre los que se proce-
dió a la elección final se comprende de la lista de los de Cádiz elaborada por
Valiente, 165 americanos, más la lista de Sebastián de Torres de los que estaban
en la isla de León, otros doce. Esto es, 177.49

El proceso de elección definitiva

Así las cosas, como hemos indicado, la lista definitiva elaborada por José Pa-
blo Valiente fue remitida a la Regencia con fecha de 23 de agosto de 1810. Ante
la dilación de la reunión de las Cortes y las presiones que recibía la Regencia
para que la ejecutara, se decidió que se abrieran cuando estuvieran reunidos
la mitad más uno de los diputados que debían componerlas, cuyo cálculo se
había cifrado en 285. La noche del 8 de septiembre, José Pablo Valiente se pre-
sentó ante los regentes para comunicar la instrucción que había formado para
la elección de los americanos y de los peninsulares procedentes de provincias
ocupadas. El resultado de sus cómputos suponía que se debían elegir 30 ameri-
canos –como ya había indicado anteriormente– y 23 peninsulares. La Regencia
emitió entonces un decreto fijando el número de diputados suplentes por Amé-
rica y las provincias ocupadas y dictando reglas para esta elección. Las calida-
des para ser elegido diputado eran las mismas tanto para los propietarios como
para los suplentes e igualmente para los peninsulares que para los americanos.
Sin embargo, y tal vez previniendo futuras reclamaciones, la Regencia aclaraba
que la elección de suplentes se dirigía principalmente a salvar la unión general
de los territorios americanos con su metrópoli, y por si acaso, puntualizaba que
no se trataba de que hubiera mayor o menor número de estos diputados sino
de que concurrieran a la elección para que la representación fuera completa,
según una cuestión de conveniencia y necesidad. Las calidades para ser elector
o diputado quedaban establecidas en el capítulo tercero del decreto y eran: ser
mayor de 25 años, cabeza de casa y de buena opinión. Quedaban exentos los

49. En el legajo 124, nº 23 de la Serie General de Expedientes del Archivo del Congreso
aparece una lista con el número de emigrados de las provincias ocupadas por los franceses
en la península. Al pie de ese listado, en una nota dice brevemente: «vecinos de las diferentes
provincias de América: 176». El que falta es Ramón Power, que como ya está en Cádiz y es
considerado propietario, no está incluido en la elección de los suplentes.

Contenido 141
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

deudores, los que tuvieran cuentas pendientes con la justicia o los sirvientes
domésticos asalariados.50
Asimismo, se repartía un diputado suplente por cada una de las provincias
peninsulares ocupadas, cuyos naturales debían presentarse para votar ante el
ministro del Consejo designado para cada una de ellas.51 Para concurrir a la elec-
ción debía haber un número de electores de primer grado al menos de veintiuno.
Éstos nombrarían a siete electores, los de mayor voto, quienes en una segunda
elección, a su vez, designarían a los tres candidatos definitivos. De entre estos
tres nombres se extraería por suerte el diputado para las Cortes.
El mismo sistema de elección se seguiría para los americanos. El artículo
dieciocho del decreto establecía que en el caso de que por una provincia no
se reunieran al menos los veintiún electores determinados, éstos se juntarían
con otra para conseguir el número. Sin embargo, y debido al corto número de
naturales que existían en el territorio, en la segunda elección, en lugar de tres
electores se elegirían dos, de entre los que se sortearía al diputado correspon-
diente. Además, el decreto concedía igualdad de representación a los indios y
mestizos, anticipándose así también, como en otras cuestiones, a lo establecido
por la Constitución de 1812.
A pesar de todo, algo faltaba en este decreto. Y es que la Regencia había
omitido fijar el día para la apertura de las Cortes. Pero además, retrasó la pu-
blicación del mismo hasta el día 12 de septiembre, por lo que un grupo de
diputados propietarios que se encontraba en Cádiz le envió una representación
intimándola para que acelerase la apertura. Entre éstos, se encontraba, efectiva-
mente, Ramón Power, diputado por Puerto Rico elegido representante de esta
isla a la Junta Central.52 Finalmente, el 15 de septiembre se publicaba el decreto
que fijaba la apertura de las Cortes para el día 24 del mismo mes.

50. Decreto fijando el número de diputados suplentes de las dos Américas y de las provin-
cias ocupadas por el enemigo y dictando reglas para esta elección, fecha 8 de septiembre de
1810. M. Fernández Martín, Derecho parlamentario, t. 2., pp. 605-615.
51. Ante el decano del Consejo, José Colón debían votar los de Ávila, Madrid, Segovia y
Toledo; ante Manuel de Lardizábal los de Álava, Aragón Guipúzcoa, Navarra, Soria y Vizcaya
con sus encartaciones; ante Bernardo de Riega los de Córdoba, Granada, Jaén, La Mancha
y Sevilla y ante el conde del Pinar los de Asturias, Burgos, León, Palencia, Salamanca, Toro,
Valladolid y Zamora. Para un estudio de estas elecciones en territorio peninsular véase Pilar
Chávarri Sidera, Las elecciones de diputados a las Cortes generales y extraordinarias (1810-
1813), Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1988.
52. Power fue elegido el 17 de abril de 1810 después de algunas vicisitudes y debió em-
barcar inmediatamente para la Península pues en el verano de ese año ya lo encontramos
en Cádiz. Para una breve reseña de este diputado puede consultarse, M. T. Berruezo, La
participación, pp. 277-287. Un estudio reciente sobre el contexto de esta elección en Michael
Zeuske, «Las capitanías generales de Cuba y Puerto Rico, 1808-1812» en M. Chust (ed.), 1808.
La eclosión juntera, 2008, pp. 356-394.

142 Contenido
L A CONS T RUCCIÓN DE LA R E P R E S E N TAC I Ó N

Respecto al momento exacto de la elección de los suplentes americanos,


los días 15 y 16 de septiembre procedió el ministro del Consejo Sebastián de
Torres a recoger los votos y listas emitidos en la isla de León, encargo que
había establecido la Regencia en el decreto del día 8. Una vez realizada la elec-
ción en la isla se remitió el acta a Cádiz donde en el momento de la elección
se computaron a cada provincia los que correspondían a medida que se iban
nombrando los siete electores que después habrían de proponer los dos nom-
bres para ser diputados. El 19 de septiembre se realizó la reunión preparatoria
para la elección, en la que algunos diputados americanos expusieron sus argu-
mentos para que el número de treinta suplentes no fuera considerado como el
definitivo para la representación americana, sino que se entendiera sólo para
las circunstancias y que se procediera a la elección de propietarios según la
población. Igualmente, manifestaron que en las Cortes reclamarían la igualdad
de representación, como efectivamente hicieron. Las elecciones se verificaron
los días 20, 21 y 22 de septiembre en Cádiz bajo la presidencia de José Pablo
Valiente, como indica el acta. En primer lugar, se leían los nombres, naturaleza,
vecindad y profesión de los presentados por cada provincia y se procedía a la
elección de los siete electores. El resultado se publicaba inmediatamente si no
había ninguna reclamación. Seguidamente estos siete electores se retiraban a
una habitación donde proponían el doble de número de electores que el de
diputados señalados por provincia, éstos se iban sorteando de dos en dos y
colocándose separadamente en dos vasijas. El acto se realizaba de la siguiente
manera: «se escribía el nombre de cada uno en su papeleta respectiva y co-
locadas luego cada una de por sí en diferente vasija, un niño sacaba una de
aquellas, y después de leida en alta voz, era proclamado Diputado aquel cuyo
nombre acababa de leerse».53 Después, volvían a retirarse los siete electores y
realizaban la misma operación tantas veces fuera necesaria para completar el
número de diputados correspondiente a cada provincia. Terminado el acto, se
extendían inmediatamente los poderes que eran firmados por los siete electores
y autorizados por el escribano de Cámara.
En la lista definitiva de diputados suplentes americanos elegidos bajo este
sistema sólo aparecen veintinueve nombres, ya que el diputado por Puerto
Rico, como se dijo anteriormente, ya se hallaba en Cádiz y no fue necesaria su
elección.54 El listado fue el siguiente:

53. M. Fernández Martín, Derecho parlamentario, t. 1, p. 700.


54. Inexplicablemente M. Teresa Berruezo insiste en que el número de suplentes ameri-
canos era de 28 y el de peninsulares de 65 cuando el decreto establece claramente la cifra de
30 y 23 respectivamente. Cifras que quedan demostradas con la documentación aportada en
este trabajo y en el de Pilar Chávarri para el caso peninsular.

Contenido 143
Noticia de la elección de los ss. Diputados suplentes de las dos Américas, e Islas Filipinas, hecha conforme al Rl. Decreto

144
de 8 del corriente en Junta celebrada en la Capilla de la Orden 3ª del Convento de los rrpp descalzos, baxo la Presidencia del
Ilmo. S. D. José Pablo Valiente Ministro del Supremo Consejo y Cámara de España e Indias y por ante el Essno. de Cámara
D. Pedro de Montes y Orihuela en los días 20, 21 y 22.551

PROVINCIAS NOMBRES DE LOS DIPUTADOS SU PATRIA SUS DESTINOS


Por todo el territo- Por el Virreynato de México
rio del Virreynato de 1º. D. Francisco Fernández Munilla Guanajuato Capitán retirado en calidad de disperso (sic)
México, Capitanía Ge- 2º. Maximo Maldonado Guadalajara Cura, Vicº y Juez Ecco q ha sido del Obispdº de
neral de Guatemala e 3º. D. Andrés Sabariego México Guadalajara
Islas Filipinas 4º. D. Octaviano Obregón Villa de León Residente en Cádiz
5º. D. José Maria Couto Ibia Villa de Orizaba Oidor honº de la Rl Audª de México
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

6º. D. José Gutiérrez de Terán México Cura de Sta Cruz en la Puebla de los Angeles

Contenido
7º. D. Salvador San Martín Guadalajara Guardª de Corps retirdº y tente. Regimº de To-
luca
Por la Capitª Genl de Goatemala
1º. D. Andrés de Llano Nagera, Cavº Guatemala Presbitero y Catedratico de la del Mro. De las
del Orn. De Calatrava Sents. en la Universd
2º. D. Manuel de Llano Nagera Ídem Capn. De Navº retirado de la Rl. Armada

Por las Islas Filipinas


1º. D. Pedro Perez Tagle Manila Cornl. De los Rs. extos. Tene. Coronl. De Artª y
2º. D. José Manuel Couto Orizaba 2º Comte de la de esta Plaza
1er Tene. De Rs. Guardias Españolas
Presbº y Rector del Colegº de S. Pablo de la Pue-
bla de los Ángeles

55. acdm, leg. 124, nº 35.


Por el Virreynato 1º. D. Dionisio Inca Yupanqui Lima Tene. Coronl. Disperso de Dragones
de Lima 2º. D. Vicente Morales Ídem Catedrático de Decº de la Universidad de Lima
3º. D. Blas de Ostolaza Truxillo Capn de honor, confesor de S.M. D. Fernando VII
4º. D. Antonio Zuazo Obpdº de Brigdr. De los Rs. Extos y Coronl del regimtº
Huamanga de Oaxaca
5º D. Ramón Feliu Ceuta Subteniente Regimtº fixo de Lima

Por las Islas de Cuba Por la Isla de Cuba


y Santo Domingo 1º. D. Joaquín de Sta. Cruz y Chacon Havana Coronl. Agdº al REgimtº de Milics disciplinads
de La Habana
2º. El Exmo. Sr. Marques de S. Felipe y Ídem Residente en Cádiz
Santiago Grande de España, etc.
Por la Isla de Sto. Domingo
L A

1º. D. José Álvarez de Toledo Ídem Tente. de Navío de la Real Armada

Por el Virreynato Por el Virreynato de Buenos Aires


de Buenos Aires 1º. D. Manuel Rodrigo Buenos Aires Capitán de Exercito

Contenido
y Capitanía General 2º. D. Francisco Lopez Lisperguer Ciudad de la Plata Ministro del Consejo de Indias
de Chile 3º. D. Luis Velasco Vª de la Laguna Tente. Coral y Capn. 1º de Volunts. De Navarra
Por la Capnia. Gral de Chile
CONS T RUCCIÓN

1º. D. Joaquín Fernández de Leyva Chile Abogdº Audª Chile y Dipdo. 1º gnral. ramo de
DE

Minería
LA

2º. D. Miguel Riesco Ídem Capn agregdº cuerpo de Husares de Buenos


Aires
R E P R E S E N TAC I Ó N

145
146
Por el Virreynato de Por el Virreynato de Santa Fe
Santa Fe y Capitanía 1º. D. Domingo Caicedo y Santa Maria Santa Fe Comisionado del ayuntamiento de Santa Fe
General de Caracas 2º. D. José Mexia Lequerica Quito Catedcº Universd de Quito, apdº de su Ayuntmº
y oficial Contadª
3º. El Exmo Sr. Conde de Puñonrostro, Ídem Coronel de Caballería
Grande de Espª de 1ª clase, etc.
Por la Capª General de Caracas
1º. D. Estevan Palacios Caracas Del Consº de S.M. en el de Hacdª y Contdr. Gral
de distribucn. De Rl Hacndª.
2º. D. Fermín de Clemente Ídem Labrador

Cádiz 23 de septiembre de 1810


LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Contenido
Como vemos, en la elección se siguió estrictamente lo decretado por la Regencia en cuanto a número de diputados y
reunión de las provincias que no tuvieran suficientes electores con las inmediatas. Y también, respecto a que sólo concurrie-
ran los americanos que se encontraban en Cádiz y en la isla de León. Nos faltaría saber quiénes fueron los electores en cada
una de las votaciones y quiénes los sorteados en ellas. Esta información, que completaremos en un trabajo futuro, se puede
localizar en los poderes expedidos a cada uno de los diputados elegidos.
Independencia, independencias y emancipaciones iberoamericanas:
debates y reflexiones 1
Manuel Chust
Universitat Jaume I, Castellón

La necesidad de la reflexión historiográfica: tiempos


nuevos en la Clío de las Independencias

Estamos, seguramente, ante la posibilidad de un cambio en las interrelacio-


nes, análisis y tesis sobre las independencias iberoamericanas. Es posible que,
una de las consecuencias de las conmemoraciones de los bicentenarios sea ese
legado para la historiografía hispana. O, al menos, ése sería uno de los propó-
sitos de quien escribe en la catarata de eventos que se avecinan. Al margen
de si la discusión es pertinente, más que pertinente u oportuna. Dependerá, de
la trayectoria y bagaje investigador de los que han participado, participen o se
sumen a la participación al tema.

Advertencia necesaria. El lector y la lectora tienen ante sí un texto premeditado de reflexión,


queda a su juicio si oportuna. Y así se debe entender. Bases más que discursivas, se extienden
a ser reflexivas para poner en discusión y, sobre todo, en debate tales ideas. También, algunos
temas y temáticas. Es por ello la ausencia premeditada de aparato crítico.
Así mismo deseamos hacer constar que este trabajo de reflexión forma parte del Proyecto
de Investigación financiado por la Fundación Carolina «Hacia los Bicentenarios. Las indepen-
dencias en el mundo iberoamericano» y del Proyecto I+D+i del Ministerio hum2006–09581/
hist.

Contenido 147
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Lo argumentábamos en el estudio preliminar que junto al profesor José


Antonio Serrano publicamos en un libro colectivo1 sobre los debates de las
independencias iberoamericanas. Estudio que creemos, modestamente, será
fundamental en los próximos años como elemento de partida de discusiones y
debates acerca de este tema importantísimo para explicar las historias contem-
poráneas no sólo de las repúblicas americanas sino también de algunos de los
países europeos como España, Portugal, Francia o Inglaterra.
En este sentido, en la década de los cincuenta, la versión hegemónica sobre
las interpretaciones de las independencias fue la Historia Patria o Historia de
Bronce. En donde el actor era el Héroe, el o los libertador/es, que se definían
por unas características comunes. Éstas se pueden resumir en varón, militar, entre
treinta y cincuenta años y auténtico deux ex machina capaz de, por su voluntad,
arrojo, valía, capacitación y, sobre todo, heroísmo llevar a «su pueblo» a la libertad
frente al yugo «español». Ya dimos cuenta de ello en el estudio mencionado.
Sin embargo, desde los años setenta este actor hegemónico durante décadas
fue superado por otros protagonistas en lo que sin duda fue un cambio significa-
tivo en las propuestas de tesis, interpretaciones y análisis de los años cincuenta
y sesenta. Y ello fue extensivo, si bien con ritmos diferentes, para toda la his-
toriografía hispanoamericana. Y también se produjo un cambio de ciclo desde
varias interpretaciones y corrientes historiográficas. Se incorporaron los análisis y
perspectivas de la Historia Social y con ellos el sujeto «social» de los movimientos
y grupos sociales, en especial y fundamental para la historia de América Latina,
la vertiente étnica y racial. También acontecieron los análisis de género, además
de incorporarse otros temas de estudio que dieron a las independencias otro va-
lor más cívico y menos armado: la conquista de la ciudadanía, el estudio de las
elecciones, de las constituciones, del liberalismo gaditano y su trascendencia en
Iberoamérica, etc. Cambios notorios que se deben destacar.
Es posible que en esta primera década del siglo xxi la catarata de Bicente-
narios proclame una serie de temas, temáticas, interpretaciones y valoraciones
más amplias, más ricas, menos nacionales y más internacionales, con menos
compartimentos estancos y más interrelacionadas, que ofrezcan una significa-
ción menos encorsetada y más rigurosa a este gran proceso revolucionario que
fue el de las independencias.

Un prismático largo, medio y corto

Desde la perspectiva de análisis y conceptualización de las independencias,


desde la perspectiva de un tiempo y espacio amplio, general y de dimensión

1. Manuel Chust, José Antonio Serrano (eds.) Debates sobre las independencias iberoame-
ricanas, Estudios de Historia Latinoamericana, Ahila-Iberoamericana, Madrid, 2007.

148 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

europea-americana, creemos que es válido rescatar algunas de las tesis princi-


pales de las décadas de los sesenta y setenta, y refundirlas con las nuevas
reflexiones de los noventa. Es decir, hacer complementarios varios aspectos
de la tesis de la «revolución atlántica», del «neoimperialismo» de John Lynch o de la
Modernidad de François-Xavier Guerra o la revolución «inconclusa» de Manfred
Kossok. En ellas, sin estar de acuerdo en su totalidad, hay explicaciones y enun-
ciados que pueden ser complementarios, que pueden tender a un eclecticismo
válido lejos de maniqueísmos. Tesis que siguen siendo, a nuestro entender,
válidas para una explicación global del proceso. Es por lo que abogamos por
un intento de «fusión» de algunos de los elementos de estas interpretaciones,
descartando aquellos que son antagónicos, para que confluyan en una interpre-
tación de las independencias. Si bien desde la visión de un proceso histórico
que se vería marcado como revolucionario, liberal y burgués y, sobre todo, que
entronque con la tesis de la revolución hispana, es decir, la que parte desde la
crisis de 1808, pasa por la creación de juntas, de Cortes en Cádiz, de sus decre-
tos, de la Constitución de 1812 y de toda la trascendencia que pudo provocar
dialécticamente –«aquí y allí, allí y aquí»– «en ambos hemisferios».
Por otra parte, hemos de seguir planteando la necesidad de analizar, y ser
consecuentes con ello, las independencias desde tres planos temporales: el
largo, el medio y el corto. Porque sin duda en cada uno de los tiempos se re-
saltarán circunstancias y aspectos más o menos trascendentales, significativos y
que actúen como marco común de referencia.
Hay un tempo largo, el de 1750-1850. Es decir, desde la Guerra de los Siete
Años, los comienzos de la Revolución Industrial inglesa, la Independencia de
las Trece Colonias, la Revolución Francesa, las reformas borbónicas entre las
que se destacarían no sólo la presión fiscal, económica y política de la metró-
poli, sino también aspectos intelectuales de suma importancia como la expul-
sión de los jesuitas, el surgimiento y apogeo de Napoleón, la crisis de 1808, la
asunción juntera en Hispanoamérica, los primeros movimientos autonomistas
americanos, las Cortes, sus decretos y la Constitución de 1812, la Carta y Cortes
de Bayona, las guerras en Sudamérica, la Restauración fernandina, la Europa de
la restauración absolutista, la emergencia de los Estados Unidos y su expan-
sionismo en el norte de México, las revoluciones liberales de 1830, el cambio
y cuestionamiento del liberalismo por las clases populares, la consolidación y
deuda externa de las repúblicas. Parámetros que habrá que tener en cuenta
como una base amplia, consustancial entre Europa y América y viceversa.
Radiografía en planos amplios que muestra unas independencias dentro de un
contexto universal por la lucha de mercados, de materias primas, de prestigio, de
rentas, y en donde el desmoronamiento de las monarquías absolutas dejó abierta
la confrontación con el nuevo régimen, tanto que algunas, como la española, se

Contenido 149
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

resistieron a éste con todos sus resortes estatales, mediante la religión y las fuer-
zas armadas y el resurgimiento y alianza de las monarquías absolutistas europeas
tras Napoleón. Y, que desde luego, estos planteamientos se salen de la estrecha
«visión» nacional que por otra parte estaba en construcción y no construida.
También hay un plano de análisis de tempo medio; es decir, la cronología
que iría desde 1796 a 1830. El plano está mediatizado por las guerras contra In-
glaterra de fines del siglo xviii y principios del siglo xix, las consiguientes alian-
zas franco-españolas desde el I Tratado de San Ildefonso y reforzadas mediante
el II Tratado en 1803 y culminadas mediante el Tratado de Fontainebleau en
1807. La derrota, vinculada a lo anteriormente expuesto, en Trafalgar en octu-
bre de 1805, la inmediata «factura» en la Monarquía española con la ocupación
británica de Buenos Aires en 1806, la invasión de Lisboa, la de Madrid, etc.
El plano se comprime respecto al tempo largo en cuanto se evalúan, ahora
sí, las reivindicaciones del criollismo desde fines del siglo xviii como recla-
maciones de toda una serie de propuestas autonomistas y reformistas. Plano
medio en donde se puede descender, y se debe, a una escala menor en la que
se empiezan a vislumbrar la inmensidad americana, su diversidad, la diferente
importancia que para el Estado español tenía en esos precisos momentos unos
territorios u otros, la apuesta por reforzar algunos y abandonar otros, la gran in-
terrelación entre ambos hemisferios de burócratas, militares, eclesiásticos, ideas,
libros, correspondencia privada, prensa, noticias, etc.; la diversidad étnica y sus
diferentes comportamientos según las regiones y etnias, la intensidad en deter-
minados territorios del componente racial, las repercusiones de Haití, etc.
Y, por último, un tempo corto. Éste se centraría en el análisis histórico que
iría desde 1808 hasta 1826; es decir, desde la crisis monárquica hasta los últimos
enfrentamientos en el Callao y Chiloé. Aquí los parámetros de análisis descien-
den aún más, y se divisan «otros tiempos aún más cortos», como 1808-1810, el
«Bienio Trascendental» del que más tarde hablaremos, el signo en un sentido o
en otro de la guerra en la Península, su influencia y repercusiones en América,
la lucha por obtener la legitimidad en la Península y en América, la estrategia
napoleónica tanto la política y diplomática en las Cortes de Bayona y su Carta
otorgada como en su vertiente bélica, la cesura de 1810 y sus explicaciones más
autonomistas que independentistas, la convocatoria de Cortes, su materializa-
ción en las Cortes de Cádiz, la participación de los diputados americanos, su
trascendencia en la Constitución de 1812, la irradiación de ambas en América
y la frustración de los planteamientos autonomistas americanos con la reacción
absolutista de Fernando VII, la importancia para la Corona de América, la cesu-
ra de 1814, el papel diplomático de Inglaterra, etc.
Otra cosa es si queremos, bajo parámetros de otras ciencias y disciplinas
de las ciencias humanas y sociales, radiografiar el proceso. Seguramente saldrá

150 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

difuminado, incomprendido, frustrante y lleno de fracasos porque encontrará


unas repúblicas que estaban naciendo pero no estaban aún en crecimiento.
Pero ese análisis es anacrónico, no histórico.

El Imperio del Rey, la España de la Nación:


las Españas y la España

Si bien puede parecer una obviedad o, incluso una banalidad, no lo es en


absoluto. Hay que diferenciar y matizar de una forma definitiva y contundente
a estas alturas del rigor histórico el término «España», bien como realidad de
Estado-nación, bien como ámbito geográfico o, incluso, cultural. Porque en
ello reside gran parte de los errores, divergencias y disensiones de una parte
de la historiografía. Si bien es cierto que en ocasiones la documentación puede
conducirnos a errores y la alusión a «España» antes de 1810 aparece, la crítica
de fuentes debe actuar como criba a la interpretación histórica en este periodo
cambiante, de pasos adelante y atrás.
El Estado que dominaba a los territorios coloniales americanos –y sabemos
que aquí entramos en otra gran discusión sobre el cariz colonial o no de los
«reinos» americanos– era una monarquía absoluta, con una Corona que actuaba
desde el absolutismo y mucho más en América, con unas rentas indianas que
iban a parar a una Hacienda Real que no Nacional aún inexistente, con un
ejército del rey, que no nacional por otra parte también inexistente, y con una
burocracia que pertenecía y obedecía al rey. Y con una jerarquía eclesiástica
deudora del Patronato Real. Ese estado no es o era España, sino la Monarquía
española entendida como Estado absolutista.
Monarquía cuyo Patrimonio Real se engrandeció enormemente en América
porque los territorios eran parte de la Corona por derecho de conquista. Po-
dremos debatir sobre el grado de laxitud jurídica, si se «obedecía» más que se
cumplía o viceversa, si la distancia y la relajación de las órdenes eran factores
suficientes como para considerar otro «estado» al americano, si los reales decre-
tos se guardaban en un cajón por inviables o por impracticables en la realidad
americana, pero se aplicaban adaptándolos a la realidad diversa americana por-
que al fin y al cabo, qué tenía que ver Caracas con Buenos Aires, México con
Santiago o Tucumán con Yucatán. Y sin ir muy lejos, La Habana con Santiago
de Cuba. Seguramente la diversidad y excepcionalidad que queremos aplicar
al caso que estudiamos lo es en la propia América, no hace falta acudir a la
península.
En ese sentido también debemos ser justos con la diversidad, con la hetero-
geneidad americana. Es decir, lo que en unos territorios era inviable en otros no

Contenido 151
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

sólo era pertinente sino que además lo habían demandado. Quizá hemos ana-
lizado lo impracticable del sistema unidireccional desde la Península a América
y nos hemos fijado menos en la diversidad interamericana de estos decretos y
reales órdenes.
Lo real es que todo era Real, o la mayor parte. Y desde esta premisa es des-
de donde se debe de partir para el análisis de la independencia. Es cierto que
aún se volvió más complicado el proceso cuando desde 1808 y especialmente
desde 1810 hasta 1814 la «Monarquía» sin monarca se volvió constitucional con
el Código de 1812 sancionado por las Cortes de Cádiz. Ahí está el acta de na-
cimiento de España, posiblemente. Cuando como Estado-nación alcance una
soberanía nacional y no real. Y desde esa fase, se tendrá que tratar la indepen-
dencia desde una coyuntura distinta. Lo que aconteció, a interpretación nuestra,
es que el rey no aceptará esa revolución hispana, fundamentalmente porque
el alumbramiento de la España doceañista como estado-nación se hizo desde
una insólita vertiente hispana y autonomista al asumir los americanos sus igual-
dades cívicas y territoriales. Corona que abortó en 1814 y reabortó en 1823 esa
posibilidad viable de Commonwealth hispana. Y lo hizo especialmente porque
justamente con esa construcción hispana del Estado, la Corona perdía… sus
territorios… coloniales americanos, es decir, sus rentas indianas. Y sin Rentas
Reales, poco Ejército Real.
De esta forma la mayor parte de la documentación hasta 1808 trata el térmi-
no «España» muy cautelarmente como realidad estatal y política, otra cosa fue
la realidad geográfica. Y lo más usual es el apropiado «las Españas» y las Indias
para expresar la diversidad de «reinos».
Es por ello que también habrá que tener una especial consideración, no sólo
por la diferencia entre la coyuntura constitucional o absolutista de la monarquía
española en estos años, sino también en la consideración de términos como
realistas, que perentoriamente para la historiografía americana significaban ab-
solutista o conservadores. «Realistas» o tildados de ello fueron muchos de los
oficiales liberales que Fernando VII mandó a América desde 1814, para que no
se sublevaran o amotinaran en la Península. Por ejemplo.

Un sujeto aludido pero escasamente incluido:


Napoleón Bonaparte

Es hora, creemos, de superar la interpretación decimonónica de buena parte


de la historiografía española que sigue la tesis de la «invasión» napoleónica y
la demonización sin más explicaciones que las religiosas, clericales y teleológi-
cas de la consabida traición del ateo corso, la perversión ambiciosa de Manuel

152 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

Godoy y la estrechez de luces y ceguera de Carlos IV. Explicaciones y justifica-


ciones coetáneas que tuvieron una finalidad concreta pero que, lejos de ser la
explicación, actuaron como justificación, especialmente de los partidarios de
Fernando y de la causa que él emprendió tanto en 1808 como desde su regreso
en 1814.
Testimonios, catecismos, memorias que fueron asumidas por la historia na-
cional, construida por los intelectuales moderados y conservadores del siglo xix.
Lo impresionante es que la mayor parte, y salvo meritorias excepcionalidades,
siguen manejándose como una explicación nacional pero ahora ya en las últi-
mas décadas del siglo xx.
Es por ello que creemos que habrá que considerar algunos factores para
comprender, y no juzgar a priori, la actuación de la Francia napoleónica que,
como es sabido, precipitará la crisis de la Monarquía en 1808:

1. La alianza entre la Francia napoleónica y la Monarquía española se venía


fraguando desde, al menos, el II Tratado de San Ildefonso en 1800. En
ese sentido el contexto de dos batallas, una naval y la otra terrestre, con
resultados diversos va a ser fundamental para analizar las relaciones inter-
nacionales a partir de fines de 1805: Trafalgar y Aüsterlitz.
Tras la primera, la monarquía española se va a quedar casi sin Armada
Real, hecho que condicionará la política de la monarquía frente a la
insurgencia y, en general, respecto a las comunicaciones con América.
Es más, afectará incluso a la política española en futuros años. Lo más
inmediato y conocido fue el pronunciamiento del teniente coronel Rafael
de Riego en 1820 que sublevará a las tropas que estaban esperando para
embarcarse con destino al Río de la Plata enarbolando la bandera de la
Constitución de 1812. La factura de Trafalgar para la monarquía española
será inmediata. Pero no en suelo europeo sino americano. Ante la falta
manifiesta de Armada, los ingleses ocuparán Buenos Aires en 1806.
A diferencia de ello, la victoria francesa en Aüsterlitz va a provocar que
Napoleón, junto a Rusia, con la firma de la Paz de Tilsit un año después,
dominara continentalmente Europa. Es ése el contexto del Tratado de
Fontainebleau suscrito entre Napoleón y Carlos IV en octubre de 1807.
En donde lo que una vez más se resalta por la historiografía peninsular es
el reparto de Portugal entre los aliados franco-españoles y no la vertiente
americana que subyace en este reparto de la Corona lusa en su artículo
13; es decir su gran colonia: Brasil. Ahí comienza la verdadera dimensión
universal del periodo de las guerras napoleónicas. Y no sólo europeas,
sino que a la altura de 1806 y 1807 con la ocupación de Buenos Aires, se
vislumbraba una intencionalidad clara de obtención de América por parte

Contenido 153
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

de la estrategia de Napoleón. La invasión de Portugal y la ocupación de


España así lo atestiguan.
2. Es importante señalar, así mismo, toda la estrategia bonapartista de su-
cesión de dinastías absolutas en Europa, así como la creación de reinos
y países nuevos que actuarán como estados «tapones» intermedios entre
los dominios franceses y las grandes potencias europeas. La sustitución
de legitimidades monárquicas es lo que iba denodadamente persiguiendo
Napoleón. Y en esa estrategia la monarquía portuguesa y la española eran
sumamente atractivas no sólo por sus territorios peninsulares y lo que
ello conllevaba, sino especialmente por los coloniales que implicaban
unos inmensos caudales indianos. América, para Napoleón, obviamente,
existía.
3. Y en ese sentido es importante resaltar toda la estrategia de captura y
abdicación de la familia Real española y los intentos de realizar lo mismo
con la familia real portuguesa –que ya planteaba el aludido artículo 13 del
Tratado de Fontainebleau con el reparto, tras la ocupación de Portugal,
de Brasil.
Es por ello que no debemos dejar de lado como una empresa residual
y utópica la estrategia política y diplomática napoleónica por incorporar
en las Cortes de Bayona la representación americana y la asunción de
propuestas ilustradas de los criollos americanos. Reivindicaciones econó-
micas y políticas planteadas, y suficientemente conocidas en América y
Europa, desde el último tercio del siglo xviii. En este sentido habrá que
tener en mayor consideración a las Cortes de Bayona y a su Constitución
en cuanto a que actuaron como una vía posibilista para atraerse al nuevo
estado afrancesado a las elites ilustradas criollas. Y, también no sólo la
acción en sí misma, sino la reacción que provocó en la Junta Central al
convocar a representantes de los virreinatos, de las capitanías generales
y, posteriormente, en la Regencia en su decreto de febrero de 1810 al
convocar a representantes americanos a las Cortes que finalmente se re-
unirán en Cádiz.
4. A cciones napoleónicas que también van a provocar intensísimas reaccio-
nes en América. Convenientemente difundidas por parte del criollismo y
de los sectores eclesiásticos sobre las consecuencias que tendrían para
los territorios y ciudadanos americanos pasar a manos de la dinastía bo-
napartista. El «miedo a Napoleón» que ello generó, convenientemente
instrumentalizado por el clero, hizo que las clases populares y criollas
reaccionaran en contra de esta posibilidad. Lo cual no quiso decir, al
menos hasta 1810, que este cuestionamiento significara necesariamente la
asunción de planteamientos independentistas.

154 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

Un Bienio Trascendental: 1808-1810. Mucho autonomismo,


pocas independencias

Al contrario de lo que en la mayor parte de los textos se ha difundido, abo-


gamos por la tesis que mantiene que la monarquía española no se desmoronó
en 1808. Todo lo contrario, resistió mejor de lo que se ha escrito o planteado
y lo hizo hasta al menos 1810. Lo cual supone tres considerandos para el de-
bate:
1. Los edictos y decretos de la mayor parte de las juntas que se organi-
zaron, las declaraciones de algunos cabildos, los diversos manifiestos,
la literatura de la época, etc., se caracterizaron por reclamar reformas,
reivindicaciones, propuestas que se venían emitiendo por el criollismo
americano desde, al menos, la segunda mitad del siglo xviii. Lo cual no
constituía necesariamente un cuestionamiento de seguir perteneciendo a
la monarquía, aunque sí una propuesta de no continuar con los mismos
parámetros coloniales como hasta el momento.
En segundo lugar, también se empleó un lenguaje y vocabulario novedo-
so que se combinó con otro conocido, calificado después de tradicional,
pero que fue adquiriendo significados distintos. Tremendamente distintos
en ocasiones. Como por ejemplo ciudadano, patria, nación, etc.
Ello ha provocado todo un debate, a veces enconado, sobre las continui-
dades o rupturas del sistema colonial. Un debate colosal e importante.
Que sin duda refiere a todo un planteamiento diverso sobre las interpre-
taciones de las independencias.
En definitiva, en la mayor parte de las juntas las reivindicaciones fueron
más bien autonomistas que no independentistas. Al menos hasta 1810.
Otra cosa será a partir de esta fecha que, entre otros factores, vendrá
marcada por las noticias de la «derrota» de las tropas españolas en la
Península frente a los franceses. Y con ello no queremos decir que el
«peso» de los acontecimientos peninsulares siempre fue decisivo. Por su-
puesto que no. Si bien sí pesaron en especial en este crucial año de 1810.
Pero la cuestión no radica en unos acontecimientos «peninsulares» y otros
«americanos», división ficticia ya que la interconexión en esta época de
«ambos hemisferios» era un nexo mucho mayor del que hoy historiamos
o podemos imaginar.
2. La marcha de la guerra en la Península, cuyas noticias fueron convenien-
temente distorsionadas –aunque no necesariamente desde un cariz inten-
cionado– a su llegada a América, condicionó de una manera casi decisiva
las diversas actuaciones de las fuerzas políticas, religiosas y sociales en
este Bienio.

Contenido 155
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Ante el inmovilismo de la crisis de 1808, ante la incapacidad manifiesta


de tomar resoluciones debido a las abdicaciones y al particular meca-
nismo privilegiado de la monarquía absoluta, o, incluso ante la inacción
premeditada de muchos altos mandos nobiliarios que preferían un estado
napoleónico a un estado en donde la ausencia de «Estado» legítimo diera
resquicio para una potencial toma de poder comandado por las clases
populares. Y no sólo por el ejemplo jacobino sino porque el estallido
antiseñorial en el campo peninsular cada vez se parecía más a la Grande
Peur francesa de una década antes. Napoleón acertó en su estrategia de
colapsar los resortes legitimadores y la cadena de poder establecida en la
monarquía, pero no calculó quizá la reacción popular y, sobre todo, su
dimensión antiseñorial.
Sin embargo, todo ello se vino abajo con la «sorprendente», en ese mo-
mento, victoria española en Bailén y consiguiente repliegue de las tropas
francesas y del gobierno josefino hasta casi la frontera francesa. Ello fue
decisivo en América para que el inmovilismo político en el que estaban
instaladas las autoridades peninsulares y las fracciones del criollismo ante
las noticias de las abdicaciones reales, se reactivaran tras Bailén y reco-
nocieran de inmediato la Junta Central. Entre otras cuestiones, porque
pensaban que la guerra en la Península estaba prácticamente ganada y la
restauración de Fernando era inminente.
Bailén y sus ecos, retumbaron por toda la Península, por toda Europa y
por toda América. Así, la certidumbre de que la guerra en la Península
estaba ganada a principios de 1809 por parte del ejército español condujo
a otro silogismo importante: la «liberación» de Fernando era cuestión de días
por lo que el vacío de poder monárquico podía ser restablecido de inme-
diato y con él, la subordinación de las instituciones monárquicas.
En función de esta certidumbre se tomaron las oportunas medidas desde
las diferentes instancias de poder, tanto en un sentido como en otro, y
en un ámbito social y político amplio, en la Península y en América, por
parte de las juntas, de la burguesía, del criollismo, de la nobleza, de los
afrancesados, de los realistas, de la insurgencia, de los «eclécticos», de
los «equilibristas», de sectores indígenas y de mulatos y pardos, etc.
Con todo, el sismo no dejó incólume al Estado español. En poco tiempo se
pusieron en marcha, bien por las juntas peninsulares y americanas, bien por
la Junta Central, bien por las autoridades en América, dinámicas que no ten-
drán retroceso, tanto en América como en la Península. Y ese año de 1809
debe ser tenido en cuenta para radiografiarlo desde esta situación bélica.
3. Otra cosa muy distinta será cuando en noviembre de 1809, la victoria co-
rresponda ahora a las tropas francesas. Ocaña representará para Francia

156 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

lo que Bailén para la monarquía española. La tremenda derrota en Oca-


ña significará como es sabido el repliegue de la Junta Central a Sevilla,
e incluso, su posterior disolución, el dominio de casi la totalidad de la
Península por las tropas francesas, la práctica desaparición de un ejército
regular español, el paso a una guerra de guerrillas, el restablecimiento
de José I en Madrid y, finalmente, la transición de la Junta Central a una
Regencia.
Cuando estas lúgubres noticias lleguen a los territorios americanos,
la repercusión será otra y el mensaje para las distintas fuerzas sociales y
políticas diametralmente distinto al de hacía unos meses. Todo cambiaba
ahora: la guerra estaba perdida para la monarquía española, José I se
reinstalaba en Madrid y exigía obediencia y reconocimiento a «todos» los
territorios de la monarquía española. No hacía falta aclarar que los ame-
ricanos también.
La situación, su interpretación y la futura perspectiva cambiaron cien-
to ochenta grados con respecto a las noticias que llegaron a América tras
Bailén en los primeros meses de 1809. Es en ese marco y en un momento
de gran incertidumbre, donde las estrategias de insurgentes, autonomis-
tas, reformistas, «equilibristas», eclécticos, autoridades coloniales, etc., se
moverán en función de esa nueva coyuntura y donde nos tenemos que
situar para comprender los movimientos «insurgentes» de 1810. Porque no
será lo mismo que el rey sea liberado en cuestión de días –fue lo que se
llegó a publicar– o que la guerra esté perdida en la Península.
Y es en ese contexto cuando las juntas americanas, diversas y hete-
rogéneas, den pasos que hasta el momento no se atrevían. Napoleón
se convirtió en una amenaza convenientemente instrumentalizada por
fracciones del criollismo y también de la nobleza, militar y eclesiástica. La
heterogeneidad de fuerzas sociales y políticas fue tremenda, tanto como
la interpretación que de esta situación peninsular con proyección inme-
diata americana, se transmitía.

De anacronismos evitables y de independencias


«inevitables»

Señalaba Jaime E. Rodríguez O., hace más de una década, la importancia


que para los análisis e interpretaciones de las independencias tenía descartar
la presunción apriorística de su «inevitabilidad». Así es, desde las tesis evolucio-
nistas y continuistas se definen las independencias como una «emancipación»,
es decir, como una fase necesaria de las repúblicas americanas que llegarían

Contenido 157
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

a una madurez especialmente económica, la cual les conduciría a una mayo-


ría de edad y por lo tanto a un separación casi «natural» de la Madre Patria.
Emancipación producida sin rupturas, sin dramatismos y sin cambios drásticos
o revolucionarios.
Otra línea de interpretación, mayoritaria, es la que considera a este proceso
como una separación estrictamente política. Tesis que plantea que la separa-
ción fue esencialmente política, si bien mediante la dolorosa vía de la ruptura
armada. Lo cual no supuso necesariamente un cambio social y económico,
dado que prácticamente las mismas familias que dominaban económicamente
en los últimos tiempos de la colonia formarían la mayor parte de las clases
dirigentes que dominarían económica, social y políticamente los dos primeros
tercios del siglo xix.
Desde el foco de la presunción de la «inevitabilidad» de las independencias
no sólo se escamotea una parte esencial del método histórico –tiempo y espa-
cio– sino que también se ensombrecen otras posibilidades políticas intermedias
entre el colonialismo y la insurgencia, como los planteamientos autonomistas,
en especial el de las Cortes de Cádiz.
Para no incurrir en anacronismos y especialmente «presentismos» debería-
mos analizar las independencias como un proceso revolucionario en donde el
análisis debería ser muy detenido, casi año a año, dado los sustanciales cam-
bios tanto internos como externos que acontecerán en estos años y su intensa
dinámica y cambio de direcciones. Muchos de ellos provocados por la coyun-
tura bélica, tanto en la Península como en el propio continente, en la cual se
desarrolla todo el proceso de alumbramiento de las repúblicas americanas.
Y en segundo lugar, y unido a este análisis pormenorizado tanto espacial
como temporal, será importante no descartar posibles vías alternativas a las
dicotómicas entre el colonialismo y la insurgencia. Como por ejemplo, la que
representaba la opción francesa o la de la vía autonomista de las Cortes de Cá-
diz, opciones que por derrotadas no habrá que descartarlas como viables en el
proceso del análisis histórico. ¿O habrá que coincidir con algunos politólogos
en que los regímenes derrotados lo fueron porque en su interior ya arrastraban
un déficit importante que les hizo abocarse al fracaso? Otra cosa serán las ra-
zones de su derrota.
También habrá que tener en cuenta las interrelaciones de ambas con la vía
revolucionaria insurgente que acabó triunfando porque sin duda no fueron gra-
tuitas, desde la instrumentalización de la opción francesa para movilizar política
y religiosamente a sectores sociales, étnicos y raciales que aparentemente que-
daban marginales y la superación política del liberalismo gaditano con decretos
y concesiones.

158 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

La dimensión atlántica de las Cortes de Cádiz


y la Constitución de 1812

Es momento también de situar a las Cortes de Cádiz y la Constitución de


1812 en un decisivo plano hispano. Y también como una propuesta posibilista,
trascendental, intermedia entre el colonialismo y la insurgencia y sin compar-
timentos estancos. Es decir, con una amplia influencia tanto en los plantea-
mientos coloniales peninsulares a los que va a obligar a mantener una postura
inmovilista y defensiva, como a los insurgentes que les apremió, entre otras
consideraciones, a plantear aspectos ideológicos y políticos del liberalismo que
a priori no estaban dispuestas a acceder las elites criollas.
Sin embargo, para encuadrar en su justa medida la propuesta gaditana, ésta
tendrá que solventar algunos problemas: el primero que la historiografía penin-
sular deje de lado algunos tópicos labrados por el moderantismo decimonónico
y la historiografía franquista como son o fueron que las Cortes actuaron al mar-
gen de la realidad social, que fueron unos cuantos «locos» reunidos en una igle-
sia que se pusieron a legislar sin más repercusiones sociales, que los diputados
americanos fueron meros «suplentes» –lo cual es radicalmente falso–, que no
tuvieron mayor trascendencia, que en sí mismo dada su poca flexibilidad estaba
el germen de su fracaso –¿por qué no hablamos de derrota, es decir, de facto-
res externos que derrotaron la primera tentativa de un régimen constitucional
y no que llevaba en el ínterin el fracaso en sí mismo?–, que no afectaron a la
insurgencia, que sus decretos no fueron obedecidos tanto porque los territorios
estaban ocupados por la insurgencia como por el boicot a que fueron someti-
dos por las autoridades peninsulares, la mayor parte absolutistas, etc.
Con todo, habrá que desmitificar algunos tópicos: si bien es cierto que las
Cortes de Cádiz, sus decretos, su Constitución tuvieron un arco determinado de
influencia –especialmente la Península, Nueva España, Perú, la Banda Oriental,
y partes de Nueva Granada, y en menor medida Río de la Plata– las Cortes de
Cádiz fueron el primer parlamento –tras la Convención Nacional jacobina– que
convocó a los representantes de los hasta ahora territorios coloniales que per-
tenecían como súbditos al rey, representantes que llegaron a Cádiz con instruc-
ciones o representaciones de sus cabildos, de sus juntas, de sus audiencias, de
sus grupos criollos, etc. Auténticos Cahiers de Doleance que expondrán en la
asamblea gaditana, y por ello se constituirán en un foro de experiencias com-
partidas, de discursos similares, de programas conjuntos, lo cual hará que, entre
otras cosas, los americanos tengan por vez primera un «conocimiento» general
de América al poder conocer, mediante los diversos discursos de los diputados
americanos, problemáticas y realidades de otras partes americanas.

Contenido 159
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Pero la propuesta de Cádiz llegará muy lejos. Es difícil aún hoy para el que
suscribe precisar hasta donde irradió. Y no sólo eso, sino su contrario. ¿Hasta
dónde provocó una reacción tanto en sentido colonial como en sentido insur-
gente? ¿Hasta qué punto precipitó los actos, en sentido colonial o insurgente?
Lo fácil, puede parecer desde esta atalaya, es lo que se ha estudiado, es-
pecialmente, en las dos últimas décadas: los decretos liberales, las libertades
económicas, las elecciones, las propuestas abolicionistas del trabajo colonial,
del tráfico de esclavos, la igualdad de derechos, la libertad de imprenta y la
eclosión de la prensa, la construcción del poder local –los municipios–, la del
provincial –las diputaciones–, la construcción de un compendio de leyes deba-
tidas y expuestas en la asamblea que albergaran un estado hispano, es decir,
una Commonwealth ochenta años antes de su formulación para el imperio
británico, además de toda una experiencia y adquisición de la práctica política
no privilegiada como hasta ahora, la soberanía nacional, la división de poderes,
una propuesta posibilista que triunfó en la mayor parte de los territorios ameri-
canos y peninsulares hasta… 1814. Decretos y Constitución que se publicaron,
leyeron, enseñaron, divulgaron y… obedecieron y desobedecieron… porque
obviamente crearon resistencias. ¿Cómo no iban a hacerlo? Frente a la revolu-
ción… la reacción.
Doceañismo hispano que el rey, la nobleza, parte de la burguesía mono-
polista e indiana, no dejará que triunfe, es decir, lo derrotarán con el golpe
de Estado de 4 de mayo de 1814 de Fernando VII por el que éste, restaurado
como rey absoluto desde el poder armado de los capitanes generales, abolirá
la Constitución de 1812, sus decretos, perseguirá y encarcelará a sus diputados,
a sus defensores, en fin, restaurará el colonialismo.
Reacción absolutista, armada, religiosa y política, de 1814 que actuará como
verdadera frontera entre el antes y el después del autonomismo doceañista
gaditano. Es más, como verdadera frontera entre una propuesta política dentro
y fuera de la monarquía. La segunda cesura, y aquí estamos de acuerdo con el
profesor Juan Marchena, es en 1814, cuando el rey y su oficialidad den el golpe
de estado que acabe con este primer periodo constitucional.
En los años veinte, especialmente en el bienio 1820 y 1821, cuando se
vuelva a proclamar la Constitución de 1812 las repercusiones en Nueva Es-
paña y Perú, serán ya algo distinto de los años diez. La vía posibilista del
autonomismo americano exigirá una puesta en marcha de los decretos y
Constitución de inmediato, aquí las razones de su colapso serán para 1821,
entre otras, un bloqueo permanente del rey, que ya no estaba «ausente» como
en la década anterior sino «presente», y una aceleración hacia presupuestos
independentistas.

160 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

Queda también por realizar, aunque se está progresando mucho en este


campo, el estudio de la verdadera dimensión de los diputados americanos tras
Cádiz. Sabemos que una parte de la diputación novohispana estuvo más que
presente en la construcción del Estado-nación mexicano, especialmente en la
década de los veinte como Miguel Ramos de Arizpe, José Miguel Guridi y Alco-
cer, Francisco Fagoaga, Lucas Alamán, Joaquín Maniau, Antonio Joaquín Pérez,
Florencio Castillo, Pablo de la Llave, etc. Así como otros que tuvieron también
relevancia en otras repúblicas como José Joaquín Olmedo, José Domingo Rus,
etc. O protagonizaron papeles relevantes en la reacción carlista de los años
treinta, como Blas de Ostolaza, que fue confesor del hermano de Fernando VII,
Carlos, en su lucha por conseguir el trono tras la muerte de aquél.
Y, por último, en todo este debate sobre el liberalismo gaditano, de sus
conquistas, de sus límites, de sus propuestas, de sus detractores, de sus antago-
nistas, también queda para el debate el propio concepto de liberalismo. Largo
y profuso debate sin duda, del que debemos señalar dos cuestiones. La primera
es que sin duda el propio término está marcado en América latina más que en
España por una serie de condicionantes que provienen sin duda de la historia
del siglo xx americana y en segundo lugar por el concepto peyorativo del térmi-
no que se trasladó a la historia desde las ciencias sociales. En segundo lugar, el
concepto hay que someterlo a la dura criba de los parámetros de análisis histó-
ricos, el tiempo y el espacio. Es por ello que debemos contemplar al liberalismo
también históricamente determinado, en su justo tiempo y espacio, y no desde
análisis o «juicios» presentistas, sociológicos o politólogos. Por supuesto que
más que respetables en su contribución a la denominada sociología histórica,
siempre y cuando prevalezca el apellido antes que el nombre.
Por último, y en ese sentido, tendremos que hablar de liberalismos en vez
de liberalismo, porque no creemos que haya sólo uno, sino varios en función de
su recorrido histórico, de las fuerzas sociales que lo apoyen, y de las que con
sus medidas cree, tanto para oponerse desde vertientes reaccionarias como
progresistas.

El Rey, América y la Santa Alianza

Así mismo podremos entrar a dilucidar si América se institucionalizó jurídi-


camente como territorio de conquista, si fue una colonización eminentemente
castellana, si hasta la segunda mitad del siglo xviii fue impermeable a otra
emigración peninsular que no fuera de la Corona de Castilla, o por decirlo
de otro modo, si la explotación colonial directa estuvo vetada a los súbditos
y territorios de la Corona de Aragón, etc. Pero seguramente coincidiremos en

Contenido 161
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

que en América, el peso del rey, fue enorme, el de sus instituciones, el de su


legado mental, el del ideario que creó, el poder religioso que instrumentalizó,
etc. Como mayúsculo fue el «interés», no sólo personal o dinástico, sino por lo
que representaba la Corona del rey Fernando VII para no transigir ni con las
propuestas de las Cortes de Cádiz, ni con las del Trienio, ni con algunas de la
insurgencia, ni con mediaciones en ninguna de las situaciones que se dieron en
los años veinte para pactar una solución de armisticio.
Y en ello, lejos de la explicación banal y simplista de la «cortedad» o estre-
chez de miras de Fernando y aún por extensión de su padre, ya que su abuelo
quedó exculpado por la historiografía, hay que seguir interpretándolo como
la resistencia de un estado absolutista hispano a desprenderse de un inmenso
Patrimonio Real que alimentó «su» Hacienda Real por más de trescientos años.
Es en el análisis particularizado de lo que representó en muchos planos no
sólo la Corona sino la Monarquía, cuando podremos comenzar a entender un
cúmulo de propuestas ideológicas, como por ejemplo redefiniciones del repu-
blicanismo «clásico» que huía del republicanismo coetáneo cuyo sinónimo era
el jacobinismo, más que propuestas artificiales basadas en pensadores anglo-
sajones que basaron su teoría para otros fines.
Y en este desarrollo de las fases de la independencia de las repúblicas
americanas habrá que contar, y mucho, con el cambio de coyuntura que se
producirá en 1814, como ya hemos escrito, pero especialmente en 1815 tras la
caída definitiva de Napoleón, el rearme ideológico, religioso, político, diplomá-
tico y armado de las monarquías absolutas. Pues en esa coyuntura, monarquía
absoluta y Congreso de Viena más la Santa Alianza, hay que interpretar la etapa
1815-1820, periodo que creemos clave para explicar la casi definitiva ruptura
con cualquier planteamiento transaccional entre el autonomismo doceañista y
el independentismo, a pesar de los meritorios esfuerzos, especialmente de los
diputados novohispanos, en las Cortes de 1820-1821 en Madrid.

La vertiente armada del conflicto: razones


de una explicación

La crisis de 1808 se debe comprender desde el conflicto armado que se desa-


rrollaba en Europa y América desde fines del siglo xviii y principios del siglo xix,
contienda que se gestó en varios planos. El primero fue que la guerra de 1808
estalló «sorprendentemente» para la monarquía española contra la Francia napo-
leónica, en especial porque desde hacía décadas que el enemigo encarnizado
era Inglaterra. Y, eso, a pesar de que algunos informes secretos alertaban sobre

162 Contenido
IN DE P EN DE N CIA , IND E PE N D E NCIA S Y E M ANCIPACIONES IBEROAMERIC ANAS

las potenciales veleidades de Napoleón con respecto a la ocupación de toda


la Península.
En segundo lugar, el conflicto se trasladó a los territorios americanos en
donde las autoridades de la monarquía actuaron, especialmente tras Bailén,
utilizando sus fuerzas armadas para imponer su autoridad, bien en defensa de
la monarquía absoluta –los más– bien de la monarquía constitucional –los me-
nos–, si bien desde posicionamientos y nombramientos distintos.
Fuerzas armadas y mediatización de ellas que serán cruciales para dirimir
la justificación y la conveniencia de su utilización. Y en función de ello estará
también en muchas ocasiones la explicación que las autoridades peninsula-
res militares harán de sus actuaciones al acusar de «insurgentes», «infidentes» o
«traidores de lesa majestad» muchos de los movimientos o juntas entre 1808 y
1810 que lejos de serlo, sí que planteaban cambios en un sentido autonomista
que no, en la mayor parte de los casos, independentista. Entre otras razones,
porque como ya hemos dicho a la altura de 1810 para las noticias que llegaban
a América, la guerra estaba ganada.

Muchas fases, diversas matizaciones, una conclusión:


1808-1826

Habrá que seguir estudiando las guerras de independencia desde el plano


temporal corto, midiendo los tiempos, las diversas coyunturas, los cambios, los
«pasos adelante» y los «pasos atrás», las explicaciones regionales en contrastes
pero no excluyentes con las nacionales o generales, etc.
Quizás sea hora también en seguir insistiendo en la vertiente revolucionaria
de las independencias iberoamericanas en el sentido que rompieron con el An-
tiguo Régimen no por monárquico sino por absolutista. Y la ruptura fue colosal,
de un Imperio se pasó a más de una decena de repúblicas cuyos países siguen
la mayor parte incólumes mientras los estados-nación en Europa se desmoro-
nan, de la Hacienda del rey a la nacional, del ejército del rey a los nacionales,
de las Cortes medievales a parlamentos electivos, de mecanismos de represen-
tación privilegiados a elecciones, etc. Si bien, por supuesto, hubo continuida-
des, al menos aparentes. ¡Por supuesto! Pero ¿las pervivencias coloniales fueron
tan sustanciales que permitieron la continuidad del Antiguo Régimen dentro del
nuevo, o es que por una parte el análisis político, sociológico, antropológico y
economicista del siglo xx ha hecho que veamos la historia bajo el prisma me-
todológico de esas ciencias sociales y humanas? Tan próximas a explicaciones
actuales como distantes de análisis históricos.

Contenido 163
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Es más, el interés de los años sesenta desde la teoría de la dependencia por


explicar el subdesarrollo de América Latina, o la perenne lucha por explicitar la
exclusión y marginalidad de los pueblos indígenas es lo que se arrastra como
una losa histórica para concluir que hubo un cambio o para negarlo por ello.
Porque son cosas distintas y obedecen a razones diferentes.
Con todo, creemos que podemos estar ante una ocasión única para refor-
mular las teorías explicativas sobre la historia de las Independencias iberoame-
ricanas.

164 Contenido
La naturaleza de la representación en la Nueva España y México
Jaime E. Rodríguez O.
1
Universidad de California, Irvine

¿Cómo puede explicarse este sorprendente fenómeno de que después


de tres siglos de dominación […], las libertades de las ciudades de
España se hubieran conservado [...] Y ¿cómo puede explicarse que
precisamente en el país en que el absolutismo apareció en su forma
más ruda antes que en los otros Estados feudales, el centralismo
no pudiera echar nunca raíces? […] Sólo así pudo darse el caso de
que Napoleón […] se viera desagradablemente sorprendido al darse
cuenta de que, a pesar de que el Estado español era un cadaver, la
sociedad española estaba llena de vida y de vida sana y que en todas
partes resistía con fuerza.
Carlos Marx, 1854

Como parte de la Monarquía española mundial, Nueva España tuvo una lar-
ga y constante tradición representativa que comenzó desde sus primeras épo-
cas y que alcanzó su apogeo con la Constitución hispánica de 1812. La Monar-
quía española, parte medular de la civilización occidental, abrevó de la cultura
europea, misma que compartía y que se originó en el mundo clásico antiguo.
Fue en el siglo xii cuando las ciudades, o los pueblos, emergieron como actores
políticos de importancia. En Castilla-León, obtuvieron poder e influencia por-

Una versión anterior de este artículo se publicó en Secuencia, núm 61 (enero-abril 2005).
A Linda Alexander Rodríguez, Mónica Quijada, Jordana Dym y Brian Connaughton agradezco
sus valiosas sugerencias para mejorar este trabajo. Asimismo, agradezco a Marianela Santo­
veña la traducción de este ensayo.

Contenido 165
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

que sus recursos financieros y materiales, en particular sus milicias, resultaron


cruciales para la Corona en el tiempo de la Reconquista. El poder político de
las ciudades y los pueblos aumentó en forma gradual, hasta alcanzar su cenit
en el reinado de los Reyes Católicos, quienes hicieron uso de estas entidades
para pacificar y unificar el territorio.1
A cambio de su apoyo, los pueblos obtenían fueros o privilegios que les
otorgaban el derecho a administrar tanto los asentamientos urbanos como las
extensas áreas rurales adyacentes. Así, consiguieron una forma de gobierno au-
tónomo comparable al de las ciudades-estado del norte de Italia. Hacia finales
del siglo xiv, la Corona comenzó a nombrar corregidores para las ciudades y
pueblos con ayuntamientos. De esta manera, se introdujo a los pueblos dentro
de la esfera del poder real, al tiempo que ellos se liberaban del poder de los
prelados y los nobles.2 Los teóricos políticos identificaron la relación entre el
rey y los pueblos, particularmente en las Cortes, con la constitución mixta de
Grecia y Roma antiguas y con las bandas guerreras germánicas, las comitatus,
que elegían a sus dirigentes.3
Las ciudades, o los pueblos, y las Cortes fueron factores determinantes en la
política castellana durante el período de conquista y asentamiento en el Nuevo
Mundo. En las islas de las Antillas, los primeros conquistadores y pobladores
establecieron ciudades y pueblos con gobiernos propios, ya que, dentro del
sistema político castellano, esas instituciones les proporcionaban soberanía y,
por lo tanto, autoridad.4 En 1518, el gobernador de la isla La Española convocó

1. Véase Joseph F. O’Callaghan, The Cortes of Castile-León, 1188-1350, University


of Pennsylvania Press, Philadelphia, 1989; Luis González Antón, las Cortes en la España del
Antiguo Régimen, Siglo xxi, Madrid, 1989; y Manuel María de Artaza, Rey, reino y representa-
ción: La Junta General del Reino de Galicia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas,
Madrid, 1998.
2. Sobre las ciudades y pueblos véase: Helen Nader, Liberty in Absolutist Spain: The
Habsburg Sale of Towns, 1516-1700, The Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1990.
3. James M. Blythe, Ideal Government and Mixed Constitution in the Middle Ages,
Princeton University Press, Princeton, 1992.
4. Aunque algunos autores consideran Las Siete Partidas como la base legal de la soberanía de
los pueblos, esto no resulta evidente en la única referencia al término «pueblo» que se encuentra
en dicho código legal: «¿Qué quiere decir pueblo? Cuidan algunos homes que pueblo es llama-
do la gente menuda, asi como menestrales et labradores, mas esto no es asi, ca antiguamente
en Babilonia, et en Troya et en Roma, que fueron logares muy señalados, et ordenaron todas
las cosas con razon, et posieron nombre á cada una segunt que convenia, pueblo llamaron el
ayuntamiento de todos los homes comunalmente de los mayores, et de los menores et de los
medianos...porque se han á ayudar unos á otros para poder bien vevir et seer guardados et
mantenidos.» Las Siete Partidas del Rey Alfonso el Sabio, ed. Real Academia de Historia, 3 vols.,
Imprenta Real, Madrid, 1807, ii, p. 87. Partida ii, Título x, Ley 1. La única posible referencia al
gobierno de una ciudad es «pueblo llamaron el ayuntamiento de todos los homes […]». Sin
embargo, «ayuntamiento» significa al parecer «unión» o «reunión». La reciente edición en inglés

166 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

una junta de procuradores de las ciudades y pueblos de la isla, autorizados por


sus ayuntamientos «a ejecutar lo que tuvieren conveniente para los intereses
generales […] De allí pasó la institución a Cuba, en cuya ciudad de Santiago se
reunía la asamblea todos los años, para informar al rey “de lo que mejor cumple
a su servicio” y para “le avisar de las cosas que esta isla tiene mayor necesidad
y para suplicarle mande proveer en ellas”».5 Posteriormente, la Corona ratificó
estas acciones. De acuerdo con José Betancourt, el Ayuntamiento de la villa de
Puerto Príncipe recibió una carta fechada el 20 de abril de 1532 que declaraba:
«Manda V. Mgd. que todos los años en tiempo vayan a Santiago [de Cuba] los
Procuradores de las villas, y justamente con los de dicha ciudad informen a
V. Mgd. de lo que mejor cumple a su servicio […]».6 Las ciudades y los pueblos
también enviaron a sus procuradores a la corte real en Europa para representar
sus intereses. Así, desde el inicio, el principio de representación y de gobierno
mixto se estableció en las Indias.7
La conquista de México proporciona un ejemplo clásico de la aplicación
tanto de la teoría política hispánica tradicional como de la autoridad y sobe-
ranía de la municipalidad castellana. Hernán Cortés emprendió su expedición
desafiando al gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y consiguió autoridad
sobre sus acciones al establecer un pueblo. Sus hombres asumieron el papel
de «vecinos» y fundaron un cabildo en Villa Rica de la Vera Cruz. Cortés y sus
hombres justificaron su proceder argumentando que no existía una autoridad
constituida de manera formal.8 En tales circunstancias, de acuerdo con la tradi-

de Las Siete Partidas, editada por el distinguido medievalista Robert I. Burns, S. J., dice a la
letra: «The union of all men together..., was called the people...» («La unión de todos los hom-
bres juntos… fue llamada el pueblo…»). En esta traducción, «pueblo» significa claramente «la
gente». Las Siete Partidas, traducido por Samuel Parsons Scott, editado por Robert I. Burns,
S. J., 5 vols., University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 2001, II, p. 332.
5. Rafael Altamira, Historia de España y la civilización española, 4 vols., J. Gili, Barcelona,
1900-1911, iii, p. 316.
6. Citado en Guillermo Lohmann Villena, «las Cortes en Indias», en Anuario de Historia del
Derecho español, tomo xviii, 1947, p. 655.
7. Aunque la representación era ejercida por las elites, éstas no pugnaban únicamente por
sus propios intereses. La tradición hispánica de buen gobierno requería que representaran a
toda la gente dentro de la jurisdicción de su ciudad. De forma parecida, el principio de go-
bierno mixto requería que los gobernantes representaran los intereses de toda la gente dentro
de su jurisdicción. El gobierno mixto, basado en la cultura política de la Grecia antigua, de
Roma y de los Estados italianos renacentistas, era un régimen en el cual el uno, el gobernante,
los pocos, los prelados y nobles, y los muchos, el pueblo, compartían la soberanía.
8. Según Cortés: «ninguno de los delegantes tenían mando ni jurisdicción en aquella
tierra que acaban de descubrir y comensaban a poblar en nombre del Rey de Castilla como
sus naturales y fieles vasallos». Manuel Giménez Fernández, «Hernán Cortés y su revolución
comunera en la Nueva España», Anuario de Estudios Americanos, V, 1948, pp. 1-144, cita en
p. 104.

Contenido 167
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

cional doctrina política, la soberanía recaía en el pueblo.9 El pueblo soberano de


Vera Cruz nombró a Cortés «Justicia y Alcalde Mayor y Capitán de todos, a quien
todos acatemos, [...]» y autorizó la conquista de la tierra para el rey.10
Tras la conquista, los primeros pobladores fundaron algunas ciudades y
pueblos, entre los cuales destacaba la ciudad de México. Como había ocurrido
antes en las islas, los procuradores de las villas de Veracruz, Espíritu Santo,
Colima y San Luis se reunieron en la Ciudad de México en mayo de 1529 «para
platicar e acordar lo que a servicio de Dios e de S. M., e bien e perpetuidad de
esta tierra convenga». En la junta se nombraron procuradores que viajarían a la
corte del rey para proteger los intereses «de esta Nueva España». Al siguiente
mes, los representantes se reunieron de nuevo para aprobar los salarios de los
procuradores. También encomendaron al Dr. Ojeda «que procure y negocie con
S. M., que esta ciudad de México, en nombre de la Nueva España, tenga voz
y voto en las Cortes que S. M. mande hacer e los reyes sus sucesores».11 Desde
un principio, los pobladores de Nueva España se esforzaron no sólo por contar
con representación ante la corte del rey, sino ante el parlamento de Castilla. Su
petición resulta sorprendente, sobre todo si se considera que estos primeros
pobladores solicitaban que México se convirtiera en la cabecera de la región,
de la misma forma que Burgos y Toledo eran cabeceras de sus regiones en
Castilla.12

9. El término pueblo se utilizaba de dos formas distintas, aunque relacionadas. En un


sentido general, pueblo quería decir la gente de una jurisdicción, ya fuese ésta una región
o una entidad más grande como un reino o incluso toda la Monarquía española. El término
pueblo también se usaba para referirse a una ciudad o comunidad política y su jurisdicción.
10. Según Giménez Fernández «los pronunciadores restauran la tradicional doctrina po-
lítica española [...] y proclaman [...] que la verdadera jurisdicción corresponde a la autoridad
ordinaria, fundada en la procuración del bien común del pueblo o comunidad política [...]»
Ibídem., p. 105. Véase también: Silvio Zavala, «Hernán Cortés ante la justificación de su con-
quista de Tenochtitlán,» Revista de la Universidad de Yucatán, 26: 149, enero/marzo de 1984,
pp. 39-61; y Nader, Liberty in Absolutist Spain, pp. 94-97.
11. México, Ayuntamiento, Actas del cabildo de la ciudad de México, Editorial del «Munici-
pio Libre», México, 1989, p. 183; Lucas Alamán, Disertaciones sobre la historia de la República
Megicana, 3 vols., Editorial Jus, México, 1942, ii, pp. 269-270.
12. Demetrio Ramos ha sostenido que en 1635 la Corona otorgó a Nueva España y Perú
representación en las Cortes de Castilla. Su argumento se basa en una Cédula Real en la que
se proponía que el Nuevo Mundo recibiera el derecho de representación. Desgraciadamente,
Ramos no proporciona más datos. Si bien la Cédula resulta importante por demostrar que
la Corona consideraba que América no era diferente a otros reinos europeos, no prueba
que tal representación fuera en efecto otorgada. La cédula para Nueva España decía a la
letra: «Marques de Cadereyta, pariente, de mi Consejo de guerra a quien he proveydo por
mi Virrey governador y Capitan general de las provinçias de la Nueva España: Entre otros
medios que se me an propuesto en utilidad y beneficio desas provincias y convinientes a mi
servicio a sido conçeder a los moradores dellas algunas prerrogatibas de las que goçan los

168 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

La naturaleza e historia de estas juntas del Nuevo Mundo han sido fuente
de muchos desacuerdos. Algunos historiadores han sostenido que estas juntas
o congresos de ciudades funcionaban como verdaderas cortes. Otros, como
Alfonso García Gallo, aseguran que eran «meros Congresos de ciudades, en los
que se contemplaban asuntos de interés común […] sin aspirar a intervenir
en la alta política estatal».13 En cualquier caso, estas reuniones constituían sin
duda cuerpos representativos y, por lo tanto, son prueba de la insistencia de
los primeros pobladores sobre el tema de la representación y la constitución
mixta.
La historia posterior de estos congresos es oscura. José Betancourt, Rafael
Altamira y Jesús E. Casariego afirman que estas cortes indianas continuaron
reuniéndose a lo largo de los siglos xvi y xvii. Los dos primeros afirman que se
llevaron a cabo hasta cuarenta congresos durante ese lapso, mientras que Casa-
riego aumenta su número «hasta cerca de medio centenar de veces […]».14 Por
desgracia, ninguno de los tres estudiosos cita fuentes documentales precisas.
En cambio, Betancourt declara que «en el Archivo de Simancas existen minu-
tas de las materias contempladas en las sesiones». Guillermo Lohmann Villena
pone en cuestión sus afirmaciones argumentando que nadie más ha «recogido

destos reynos y en particular que quando se combocassen cortes en Castilla para juramentos
de Principes [cuando se aprobaran los impuestos] viniesen quatro procuradores en nombre
desas provincias que son las comprehendidas en las Audiencias de México, Guatimala, San-
to domingo, Nuevagalicia y Philipinas sorteandose entre las ciudades donde residen y que
ellas pagasen los salarios a las personas a quien tocase y truxese sus poderes para tratar de
los negocios publicos que se ofreciesen, y Yo atendiendo a que esto demas de ser cossa
tan autoriçada y en beneficio de essa tierra seria posible que a título de haçerles esta gracia
y merced me sirviesen con alguna cantidad considerable he tenido por bien de encargaros
como lo hago, lo trateis y ajusteis en la forma que mas convenga y poniendose las dichas
ciudades en lo que fuere raçon se lo otorgueis y concedais en mi nombre avisandome luego
dello para que se les envie el despacho neçesario para su mexor execucion y cumplimiento, y
en el entretanto se les dareis vos en la forma que tuvieres por conveniente y pondreis en ello
el cuydado y diligencio que de vos fio. Fecha en Madrid a doze de mayo de mil y seiçcientos
y treinta y cinco años—Yo el Rey...» Demetrio Ramos, «Las ciudades de Indias y su asiento en
Cortes de Castilla,» Revista del Instituto de Historia del Derecho Ricardo Levene, nº 18, 1967,
pp. 170-185, cita en pp. 179-180. Sin embargo, José Miranda asevera: «El hilo de este asunto
parece cortarse ahí. En las actas del Cabildo de México no hay huella alguna de él, lo cual
no ocurriría si hubiese sido seguido por el virrey». José Miranda, Las ideas y las instituciones
políticas mexicanas, 2ª. ed., Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1978, cita
p. 141, nota 228.
13. Citado en Lohmann Villena, «las Cortes en Indias», p. 656.
14. José Ramón Betancourt, «Orígenes españoles del régimen autonómico», en Boletín de
la Institución Libre de Enseñanza, vii, núm. 164, diciembre 1883, pp. 360-362; Altamira, His-
toria de España, III, p. 316; Jesús E. Casariego, El municipio y las Cortes en el Imperio español
de Indias, Talleres Gráficos Marsiega, Madrid, 1946, p. 100.

Contenido 169
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

noticias sobre tan importantes acontecimientos, que es regular hubiesen dejado


huella en algún otro documento».15
El asunto se complica aún más por el hecho de que quienes defienden las
Cortes indianas no distinguen entre Nueva España y Perú cuando afirman que
dichos congresos se reunieron durante los primeros dos siglos de asentamien-
to. Sabemos que en varias ocasiones a lo largo del siglo xvi las autoridades de
América del Sur discutieron sobre la posibilidad de introducir juntas o cortes en
el virreinato del Perú. Tal vez el análisis más detallado de la cuestión tuvo lugar
en 1609, cuando los procuradores de las ciudades y pueblos del Perú pidieron
permiso al virrey Marqués de Montesclaros para convocar a juntas periódicas.
El Memorial del virrey consideraba las ventajas y desventajas de llevar a cabo
tales congresos y, finalmente, se pronunciaba en contra.16
La situación era diferente en la Nueva España. El 25 de junio de 1530, el
«Emperador D. Carlos y la Emperatriz Gobernadora» expidieron la siguiente
cédula: «En atención a la grandeza y nobleza de la Ciudad de México […] man-
damos que tenga el primer voto de las Ciudades y Villas de la Nueva España,
y el primer lugar, después de la Justicia, en los Congresos que se hicieren por
nuestro mandado, porque sin él no es nuestra intención, ni voluntad, que se
puedan juntar las Ciudades, y Villas de las Indias».17 La cédula establecía cla-
ramente la posibilidad de que se reuniese una verdadera corte, esto es, un
parlamento convocado por el rey. Sin embargo, también era muy explícita al
declarar que un cuerpo representativo de este tipo sólo podría reunirse si el
monarca lo convocaba. Puesto que Carlos i había reducido el papel de las Cor-
tes de Castilla tras la derrota de los Comuneros en Villalar en 1521,18 era poco
probable que permitiera a los vecinos de Nueva España desarrollar un parla-
mento potencialmente autónomo.19 Aún así, el derecho de la ciudad de México

15. Lohmann Villena, «las Cortes en Indias», p. 655.


16. Ibídem, pp. 657-662.
17. «Libro iii, Título viii, Ley II», Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias mandadas
imprimir y publicar por la Magestad Católica del Rey Don Carlos II, Nuestro Señor, 3. vols.,
Consejo de la Hispanidad, Madrid, 1943, II, p. 25.
18. Sobre la importancia política de los Comuneros, véase: Mónica Quijada «Las “dos tra-
diciones”. Soberanía popular e imaginarios compartidos en el mundo hispánico en la época
de las grandes revoluciones atlánticas» en Jaime E. Rodríguez O. (coord.), Revolución, Inde-
pendencia y la Nuevas Naciones de América, Mapfre, Madrid, 2008. José Antonio Maravall la
considera la «primera revolución moderna», como lo indica el subtítulo de su obra clásica: Las
Comunidades de Castilla. Una primera revolución moderna, Revista de Occidente, Madrid,
1963.
19. Empero, José Miranda pregunta: «¿Hizose en 1567 un intento dirigido a introducir
las Cortes en el virreinato novohispano? [Y contesta:] Así parece.» El Virrey Gaspar de
Peralta, por razones poco claras, inició negociaciones con el Ayuntamiento de la Ciudad
de México buscando permiso para llevar a cabo cortes en Nueva España a cambio de

170 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

al primer voto en un congreso de ciudades en Nueva España se convirtió años


después en una inspiración poderosa.20
Algunos historiadores como Mario Góngora han argumentado que el con-
cepto de «poderío real absoluto», surgido en la Europa del siglo xvi, nunca fue
plenamente aceptado en las Indias. Esto fue sin duda cierto en Nueva España,
donde Carlos de Sigüenza y Góngora –por citar un ejemplo– insistió, en 1680,
sobre la primacía del pueblo sobre el gobernante, y lo hizo apoyándose en la
afirmación de Fernando Vázquez de Menchaca que decía: «Las leyes de un reino,
aun las positivas, no están sometidas a la voluntad del príncipe, y por tanto no
tendrá poder para cambiarlas sin el consentimiento del pueblo; porque no es
el príncipe señor absoluto de las leyes, sino guardián, servidor y ejecutor de
ellas, y como tal se le considera».21 Además, el derecho castellano ordenaba, y la
Corona lo confirmaba, que las autoridades debían negarse a implementar leyes
que fueran contrarias a los intereses de la comunidad. Desde 1379, la fórmula

una jugosa contribución monetaria a la Corona. El ayuntamiento respondió como sigue:


«Principalmente, questa ciudad por sí y entendiendo como entiende que las demás desta
Nueva España y Nuevo Reino de Galicia della querrán lo mismo, aceptaron que S. M. sea
servido hacer estas provincias reino por sí y que en él se hagan cortes de tres en tres años con
[…] [los virreyes], y que haya síndicos del reino y diputados del y las demás cosas que en
otros reinos suele haber y hay, y que cada vez que se celebren las dichas cortes se haga
servicio a S. M. hasta en cuantía de lo que a vuestra excelencia y a este reino pareciere, el
cual servicio hayan de pagar y paguen todos los vecinos de esta tierra así españoles como
naturales que fueren libres y los encomenderos en quien se ha de hacer el repartimiento
general y por razon del». Poco después, el virrey fue depuesto y al parecer las negocia-
ciones se estancaron. Como señala Miranda, «no hay muestras de que lo hayan seguido
los virreyes posteriores ni el mismo Cabildo». J. de Miranda, Las ideas y las instituciones
políticas mexicanas, pp. 139-140.
20. En 1808 Fray Melchor de Talamantes arguyó: «La Ley Segunda, título octavo, Libro quar-
to de la Recopilación de Indias manda que, en atención a la grandeza y nobleza de la ciudad
de México, ya que en ella reside el Virrey, Gobierno y Audiencia de la Nueva España, y fue la
primera Ciudad poblada por Cristianos, tenga el primer voto y lugar de las Ciudades y Villas
de la Nueva España. Esta Ley es una tácita declaración, o más bien verdadero reconocimien-
to del derecho que gozan para congregarse las Ciudades y Villas del Reyno, cuando así lo
exige la Causa pública, y bien del estado, pues de otra manera serían absolutamente inútiles
e ilusorios el voto y lugar que se les conceden». Melchor de Talamantes, «Congreso Nacional
del Reyno de Nueva España» en Luis Gonzáles Obregón y Juan Pablo Baz, Fray Melchor de
Talamantes: biografía y escritos póstumos, México, 1909, pp. 178-180.
21. Citado en Manuel Torres, «La sumisión del soberano a la ley en Vitoria, Vázquez de
Menchaca y Suárez,» Anuario de la Asociación Francisco de Vitoria, iv, 1932, p. 146. Véase
también: Annabel S. Brett, Liberty, Right and Nature: Individual Rights in Later Scholastic
Thought, Cambridge University Press, Cambridge, 1997, pp. 176-186; Mario Góngora, El es-
tado en el derecho indiano, Universidad de Chile, Santiago, 1951; y Colin MacLachlan, Spain’s
Empire in the New World: the Role of Ideas in Institutional and Social Change, University of
California Press, Berkeley, 1988, pp. 21-44.

Contenido 171
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

«se obedece pero no se cumple» expresaba este hecho.22 En 1528, Carlos i expi-
dió un decreto que estipulaba: «los Ministros y Jueces obedezcan y no cumplan
nuestras cédulas y despachos en que intervinieron los vicios de obrepción y
subrepción, y en la primera ocasión nos avisen de la causa por que no lo hi-
cieron».23 Más aún, los pobladores de las Indias perseveraron en el derecho a
resistirse frente a leyes injustas, particularmente frente a los impuestos.
La resistencia a la autoridad real –en los hechos, desobediencia civil– fue
rampante a lo largo del siglo xvi. Por ejemplo, la revuelta de las alcabalas que
tuvo lugar en la ciudad de Quito entre 1592 y 1593 fue encabezada por el
ayuntamiento; éste declaró que ya había hecho suficientes contribuciones a
la Monarquía y que los nuevos impuestos eran injustificados.24 La gente de las
Indias afirmaba que poseía derechos que incluso el rey no podía coartar. En el
Nuevo Mundo surgió una forma de gobierno mixto, o una constitución mixta,
sobre el que la Corona y el pueblo alcanzaron una forma de consenso que
no requería de la anuencia institucional. Según John L. Phelan, los pobladores
estaban convencidos de que «una constitución no escrita [requería] que las de-
cisiones fundamentales fueran tomadas mediante la consulta informal entre la
burocracia real y los súbditos del rey [en el Nuevo Mundo]. Por lo general se
llegaba a una conciliación entre lo que en idea querían las autoridades centrales
y lo que las condiciones y presiones locales podrían tolerar».25
Aunque la constitución mixta y la representación formaron parte de la ex-
periencia de los primeros pobladores y sus descendientes, la exigencia de re-
presentación en las Cortes no se intensificó. Más bien parece que a finales del
siglo xvi y principios del xvii, las elites del Nuevo Mundo abandonaron sus
esfuerzos por obtener cortes locales. En cambio, las ciudades se convirtieron
en representantes de los intereses de sus regiones, 26 y la venta de cargos surgió

22. José Manuel Pérez Prendes y Muñoz de Arracó, La Monarquía Indiana y el Estado de
derecho, Asociación Francisco López de Gomara, Valencia, 1989, pp. 167-168.
23. Ibídem. Según Pérez Prendes y Muñoz de Arracó, Carlos I expidió el decreto. La edi-
ción de la Recopilación de leyes de los Reynos de las Indias que he consultado, la del Consejo
de la Hispanidad, Madrid, 1943, I, p. 223, tiene dicho decreto bajo Libro II, título I, ley xxii
expedida por D. Felipe III en Madrid a 3 de junio de 1620. Este hecho no quiere decir que
Carlos I no expidiera el decreto en 1528. Como es bien conocido, La Recopilación no incluía
todos los decretos expedidos por la Corona. Más bien, incluía aquellos decretos que los com-
piladores consideraron importantes. Más aún, las ediciones posteriores de La Recopilación
incluían nuevos decretos y excluían otros. Es probable que Carlos I hubiera expedido el de-
creto original en 1528 y que Felipe III lo hubiera expedido de nuevo en 1620.
24. Bernard Lavallé, Quito y la crisis de la alcabala, 1580-1600, Instituto Francés de Estu-
dios Andinos y Corporación Editora Nacional, Quito, 1997.
25. John L. Phelan, The People and the King: The Comunero Revolution in Colombia,
1781, University of Wisconsin Press, Madison, 1996, xviii.
26. La Monarquía española contribuyó a esa transformación. El 28 de septiembre de 1625
el rey Felipe III expidió el siguiente decreto: «Mandamos a los Virreyes, Presidentes y Oidores
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L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

como un mecanismo importante de gobierno local, suprimiendo el deseo de


representación en las Cortes. Los criollos, que controlaban los ayuntamientos
o cabildos de las capitales virreinales, las capitales de las audiencias y las capi-
tales de las regiones fronterizas, asumieron el derecho y la responsabilidad de
representar a sus regiones. Como John Elliott ha observado, esos territorios «se
estaban convirtiendo en estados criollos».27
Los ayuntamientos se convirtieron en centros de poder. Debido a que care-
cemos de análisis cuidadosos sobre la mayoría de estos gobiernos municipales,
algunos historiadores los han hecho a un lado como centros insignificantes de
dominación elitista. Otros han afirmado incluso que, para efectos prácticos,
estos cuerpos estaban más preocupados por la pompa y ceremonia que por
administrar sus territorios. Estos últimos aseguran que, debido a lo anterior, las
autoridades reales eran las que en verdad gobernaban esas regiones.28 Estas
opiniones chocan con la cultura política de la época, que acentuaba el ideal
de una res publicae o gobierno mixto.29 El concepto república, empero, no
significaba una forma de gobierno sin rey. Más bien se refería a un sistema
de gobierno en el cual la virtud cívica aseguraba la libertad y la estabilidad. El
verdadero ciudadano republicano ponía el bien común de la res publicae, o la
comunidad, por encima de su propio bien.30

de las Audiencias Reales, que dexen a los Cabildos de las Ciudades […] que libremente dén
los poderes para sus negocios en nuestra Corte a las personas que quisieren y eligieren, sin
ponerseles impedimento ni estorbo […]» Libro IIII, título xi, ley iiiI, Recopilación de leyes de
los Reynos de las Indias, II, p. 38.
27. John H. Elliott, «Empire and State in British and Spanish America» en Serge Gruzinski
y Nathan Wachtel, Le Nouveau Monde, Mondes Nouveaux: L’expérience américaine, Éditions
Recherche sur les Civilisations y Éditions de l’École des Hautes Études en Sciences Sociales,
París, 1996, pp. 365-382 y 445-456.
28. John P. Moore, The cabildo in Peru under the Hapsburgs, Duke University Press,
Durham, 1954; John Lynch, Spanish Colonial Administration, 1782-1819, The Athlone Press,
London, 1958, pp. 201-211; John R. Fisher, Government and Society in Colonial Peru: The
Intendant System, 1784-1814, The Athlone Press, London, 1970, pp. 174-200; y Roger L.
Cunniff, «Mexican Municipal Electoral Reform, 1810-1822,» en Nettie Lee Benson (ed.), Mexico
and the Spanish Cortes, 1810-1822, University of Texas Press, Austin, 1966, pp. 59-62.
29. El reciente estudio de Gabriela Tío Vallejo proporciona un excelente panorama de la
política municipal en el Antiguo Régimen. Véase su: Antiguo Régimen y liberalismo. Tucu-
mán, 1770-1830, Universidad Nacional de Tucumán, Tucumán, 2001. Véase también: Annick
Lempérière, La Très Noble, Très Royale et Impériale Cité de México. La République urbaine et
son gouvernement sous L’Ancien Régime, Universidad de París-I, París, en prensa.
30. John Adams, por ejemplo, presentó una clasificación tripartita de las repúblicas en su
defensa de la Constitución de Estados Unidos de 1787 –democrática, aristocrática y monár-
quica. «A Defense of the Constitution of the Government of the United States», en John Adams,
The Life and Works of John Adams, 10 vols., Little, Brown y Company, Boston, 1850, 4, pp.
271-588, 5, pp. 3-490.

Contenido 173
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Existían dos repúblicas en las Indias: la República de Españoles y la Repú-


blica de Indios. Ambas tenían formas de representación y autonomía. Aunque
las ciudades capitales de la República de Españoles afirmaban representar a
sus regiones enteras, las Repúblicas de Indios también defendían sus propios
intereses. Desde un inicio, enviaban procuradores a la Península. Varios estu-
dios, particularmente el análisis de Woodrow Borah sobre el Juzgado General
de los Indios, demuestran que los indígenas defendían con éxito sus intereses,
tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo. Ellos se atenían en gran medida al
sistema judicial para protegerse de todos los grupos de Nueva España, el cual
apoyaba sus demandas hasta un grado sorprendente.31
La política castellana contaba también con otros mecanismos que propor-
cionaban representación a un amplio espectro de grupos. Como ha observado
John Phelan:

las leyes que portaban la firma real no eran la expresión arbitraria


de los deseos personales del rey. La legislación, así como el alcance de
su puesta en vigor, reflejaba las aspiraciones complejas y diversas
de todos […] [los] grupos en esa sociedad corporativa y multiétnica.
La monarquía era representativa y descentralizada hasta un punto
que rara vez se imagina. Aun cuando, en las Indias, las asambleas
representativas o las Cortes no existían de manera formal, cada una
de las corporaciones principales, tales como [las repúblicas de in-
dios], los cabildos, los diversos grupos eclesiásticos, las universidades
y los gremios […], todos los cuales gozaban en gran medida de un
gobierno autónomo, podían y de hecho hablaban en nombre de sus
respectivos miembros. Las opiniones de estos grupos llegaban al rey y
al Consejo de Indias transmitidas directamente por sus representantes
acreditados, o indirectamente por medio de los virreyes y las audien-
cias, y sus aspiraciones configuraban en forma profunda el carácter
de las decisiones finales.32

El libro de Margarita Garrido, Reclamos y representaciones: Variaciones so-


bre la política en el Nuevo Reino de Granada, el único estudio sistemático sobre
el tema, demuestra que todos los grupos se defendían de toda suerte de desai-
res, reales o imaginarios. Sus reclamos y representaciones no estaban dirigidos
solamente al rey y a las autoridades superiores. A menudo, los residentes de
pueblos pequeños, así como de grandes ciudades en ambas repúblicas desa-
fiaban las acciones de funcionarios reales, jueces, regidores, alcaldes e incluso

31. Woodrow Borah, Justice by Insurance: The General Indian Court of Colonial Mexico
and the Legal Aides of the Half-Real, University of California Press, Berkeley, 1983.
32. J. Phelan, The People and the King, pp. 34-35.

174 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

de sus propios vecinos. A veces perdían, pero a veces también ganaban sus
demandas.33 Sus acciones demuestran claramente que creían en la constitución
mixta y que tenían el derecho de influir sobre la naturaleza de su gobierno.
Los pobladores del Nuevo Mundo también exigían su derecho a ejercer la
autoridad en su propia tierra. En efecto, afirmaban que debían tener un virtual
monopolio de los cargos. Esta opinión, derivada del derecho castellano, era
apoyada por muchos tratadistas. Tal vez el exponente más distinguido de dicha
idea fue el eminente jurista y funcionario real castellano Juan de Solórzano
Pereira, quien insistía en que se debía otorgar a los naturales la preferencia en
los nombramientos no sólo para cargos civiles, sino también eclesiásticos. En
su Política indiana, publicada en 1649, después de casi dos décadas de expe-
riencia en las Indias, Solórzano Pereira sostenía que los territorios del Nuevo
Mundo eran reinos de la Monarquía española que «se han de regir y gobernar
como si el rey que los tiene juntos lo fuera solamente de cada uno de ellos».34
Ésta era una opinión que los americanos del siglo xviii hacían suya y reiteraban
a menudo. Como declaró Fray Servando Teresa de Mier, uno de los más distin-
guidos defensores de la tesis de derechos americanos: «Es evidente […] que por
la Constitución dada por los reyes de España a las Américas, son reinos inde-
pendientes de ella sin tener otro vínculo que el rey […] el cual, según enseñan
los publicistas, debe gobernarlos como si sólo fuese rey de ellos».35
La situación cambió de manera significativa en el siglo xviii, cuando los
monarcas borbones buscaron un mayor control de sus territorios ultramarinos.
Como he señalado en otro lugar, «dos tendencias contradictorias […] surgieron
a lo largo de la segunda mitad del siglo xviii: la reivindicación americana de
tener una conciencia de sí y el impulso que dieron algunas autoridades de la
monarquía de los Borbones para convertir América en una colonia rentable».36
Los habitantes del Nuevo Mundo desarrollaron el sentido de su identidad única
en el marco del mundo de habla hispana. Del mismo modo que sus iguales en
la Península, los americanos se identificaron con su región y con su historia. No
sólo escribieron acerca de la conquista y la cristianización, sino que también

33. Margarita Garrido, Reclamos y representaciones: Variaciones sobre la política en el


Nuevo Reino de Granada, 1770-1815, Banco de la República, Bogotá, 1993.
34. Juan Solórzano Pereyra, Política indiana, 3 vols. (edición de Francisco Tomás y
Valiente y Ana María Borrero), Edición Fundación José Antonio de Castro, Madrid, 1996,
ii, p. 1639.
35. Servando Teresa de Mier, «Idea de la Constitución dada a las Américas por los reyes de
España antes de la invasión del antiguo despotismo», en Obras completas de Servando Teresa
de Mier, vol. 4, La formación de un republicano, Jaime E. Rodríguez O. (ed.), Universidad
Nacional Autónoma de México, México, 1988, 57, pp. 31-91.
36. Jaime E. Rodríguez O., La independencia de la América española, Fondo de Cultura
Económica, México, 1996, p. 26.

Contenido 175
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

incluyeron el pasado indígena. Tal vez el exponente más distinguido de este


patriotismo americano fue el novohispano Francisco Javier Clavijero. En su obra
Historia antigua de México, publicada en cuatro tomos, Clavijero identificaba la
historia de su tierra con la historia de los antiguos mexicanos, al tiempo que la
comparaba con la del mundo clásico.37 La Historia antigua de México no sólo
simbolizaba el orgullo que los novohispanos sentían por su tierra; también les
servía como justificación del deseo de gobernarla ellos mismos. Nueva España
se consideraba a sí misma como uno de los reinos de la Monarquía española y
deseaba ser reconocida frente al rey como un igual.
Las reformas borbónicas, que han sido descritas como «la segunda conquis-
ta» por John Lynch y como «una revolución en el gobierno» por David Brading,38
no constituyeron un plan de acción cuidadosamente orquestado, determinado
y bien ejecutado. Más bien, consistieron en una serie de iniciativas que respon-
dían a las necesidades particulares de la monarquía. La Visita General de José de
Gálvez, el establecimiento del Tribunal de Minería, la introducción de un ejército
permanente, la creación del sistema de intendencias, la formación de dos nue-
vos consulados en Veracruz y Guadalajara, y la eliminación de los privilegios
eclesiásticos transformaron sin lugar a dudas las relaciones de poder en Nueva
España. Sin embargo, no representaron, como se ha dicho a menudo, una
forma virulenta de colonialismo. Más bien, las reformas borbónicas fueron in-
tentos de la Corona por trazar métodos más eficientes para obtener los recursos
financieros necesarios para competir en la arena internacional cada vez más
hostil. Las ciudades, como representantes de sus regiones, constituían un obstá-
culo importante para este esfuerzo, ya que generalmente se oponían al alza de
impuestos.39 Por lo tanto, las acciones de la monarquía estuvieron encaminadas
a reducir su poder tanto en la Península como en América.
En la década de 1760, la Corona instituyó reformas municipales, primero en
España y luego en Nueva España. Preocupada por el «buen uso de los fondos
públicos» de los ayuntamientos en la Península, la Corona auditó sus libros
contables y concluyó que la administración era deficiente. Por este motivo,
introdujo un cuerpo regulador, la Contaduría General de Propios y Arbitrios,
para revisar anualmente los gastos de las ciudades. Más tarde, durante su visita
general, José de Gálvez llevó a cabo una auditoría financiera de los ayunta-

37. Ibídem, pp. 23-33. Véase también: Jorge Cañizares-Esguerra, How to Write the History
of the New World, Stanford University Press, Stanford, 2001, pp. 204-261.
38. John Lynch, The Spanish American Revolutions, 1808-1826, 2ª ed., W. W. Norton,
New York, 1986, pp. 1-36; David Brading, Miners and Merchants in Bourbon Mexico, 1763-
1810, Cambridge University Press, Cambridge, 1971, pp. 33-92.
39. Annick Lempérière, «La representación política en el Imperio español a finales del
antiguo régimen», en Marco Bellingeri (coord.), Dinámicas del antiguo régimen y orden cons-
titucional, Otto editore, Torino, 2000, pp. 55-71.

176 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

mientos en Nueva España. Tras examinar las cuentas de la Ciudad de México,


Gálvez acusó a los regidores de corrupción, alegando que favorecían a sus pa-
rientes y amigos por medio de las transacciones.40 Gálvez y otros reformadores
afirmaron que la venta de cargos contribuía sustancialmente a la corrupción y
el mal manejo de los recursos. Él mismo recomendó, con la aprobación de la
Corona, la introducción de una Contaduría General de Propios y Arbitrios en
Nueva España.
En 1776, Carlos iii expidió la «Instrucción de Diputados y Personeros» para
reformar el gobierno municipal en España. El monarca declaró que «Deseando
evitar a los pueblos todas las vexaciones que por mala administración o régi-
men de Consejales padezcan [...], y que el todo del vecindario sepa cómo se
manejan [los fondos del pueblo] y pueda discurrir en el modo más útil [...], man-
damos»41 que esta reforma se implemente. Por regla general, la introducción de
diputados del común y personeros ha sido interpretada como un esfuerzo
de la Corona para afianzar su control sobre el gobierno municipal socavando el
poder de los regidores perpetuos. Sin embargo, dicha introducción también ex-
tendía considerablemente la participación política. Los vecinos votaban desde
el nivel parroquial por compromisarios que, a su vez, elegían a los diputados
del común y a los síndicos personeros. Entre aquellos con derecho a voto se
contaban no sólo nobles, profesionistas y mercaderes, sino también artesanos y
campesinos, siempre y cuando tuvieran «empleo o profesión decente». La com-
posición social de cada ciudad o pueblo determinaba quién podría votar.
En la década de 1770, se llevaron a cabo elecciones similares en Nueva
España. Entonces los funcionarios fueron llamados regidores honorarios y sín-
dicos personeros del común. El número de dichos funcionarios dependía del
tamaño de la ciudad. México, por ejemplo, podría elegir a seis regidores ho-
norarios –tres de los cuales debían ser peninsulares– y a dos síndicos, mientras
que Puebla elegiría a cuatro regidores honorarios y dos síndicos. Los escasos
estudios sobre la materia son poco claros. De acuerdo con Reinhard Liehr, se
organizaron elecciones en Guadalajara, Veracruz, Jalapa, Querétaro «y evidente-
mente en San Luis Potosí, Zacatecas y en otras ciudades del virreinato».42 Según
François-Xavier Guerra, «en Nueva España muchos de [...] [los ayuntamientos]
contaban con diputados y síndicos personeros del común, instaurados por las

40. Las acciones de José de Gálvez pueden ser consideradas hipócritas dado que su pre-
ferencia por sus parientes, paisanos y amigos era flagrante, particularmente cuando llegó al
poder en España.
41. Citado en María Dolores Rubio Fernández, Elecciones en el antiguo régimen, Univer-
sidad de Alicante, Alicante, 1989, p. 46.
42. Reinhard Liehr, Ayuntamiento y oligarquía en Puebla, 1787-1810, 2 vols., Sep-Seten-
tas, México, 1971, I, p. 100.

Contenido 177
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

reformas municipales de Carlos III y elegidos, por tanto, por todos los veci-
nos.»43 En el Archivo General de la Nación de México encontré, por casualidad
–puesto que no estaba investigando sobre el tema– un acta electoral que corres-
pondía al pequeño pueblo de Yxtlahuaca con un sufragio extensivo que incluía
al clero secular, los propietarios, los labradores, los mercaderes, los tenderos,
los artesanos, y los pulperos. Entre los votantes se contaban españoles, mesti-
zos e indios.44 Esto sugiere que la participación política también se extendió en
Nueva España y que la reforma municipal probablemente se implementó de
manera extensiva en todo el virreinato. El impacto de estas transformaciones no
es claro. Más adelante, los cabildos elegirían por sí mismos a estos funcionarios,
tanto en la Vieja como en la Nueva España. Más aún, Liehr sostiene que los
nuevos funcionarios fueron reelegidos y que, por lo tanto, el nuevo sistema no
contribuyó a terminar con la corrupción.45 También es probable que el gobier-
no mixto o compartido tradicional fuese reafirmado o reinstaurado en pos de
los intereses locales.
En mayo de 1771, la Muy Noble, Muy Leal, Insigne e Imperial Ciudad de
México envió una representación al rey Carlos iii que comenzaba como sigue:
«Para asuntos de el interés de toda la América Septentrional ha querido V. M.
que no tenga otra voz, sino la de esta Nobilísima Ciudad, como Cabeza, y Corte
de toda ella».46 Según Annick Lempérière: «La Representación no era una mues-
tra del protonacionalismo, [como algunos han argumentado] sino un alegato de
derechos jurídicamente bien armado e inatacable según los criterios del ideario
monárquico más ortodoxo».47 El ayuntamiento recordó al rey sobre las múlti-
ples contribuciones que había hecho a la monarquía y sobre los importantes
títulos, derechos y privilegios que había recibido a lo largo de los años. En la
extensa Representación, se sostenía que Nueva España era un reino autónomo
dentro de la Monarquía española y que sus naturales tenían el derecho a la

43. François-Xavier Guerra, Modernidad e independencias. Ensayos sobre las revoluciones


hispánicas, Editorial Mapfre, Madrid, 1992, p. 192. En la nota 48 de esa misma página, afirma:
«Encontramos al síndico personero del común en Querétaro, Puebla, Zacatecas, Guanajuato,
San Luis, Veracruz y cuatro diputados del común en Zacatecas, Guanajuato, Veracruz y tam-
bién la ciudad de México.»
44. «Lista de los Vecinos que compusieron la Junta i votaron para Síndico Personero de
esta Villa de Yxtlahuaca», Archivo General de la Nación de México (en adelante agn), Ayun-
tamientos, vol. 141.
45. Liehr, Ayuntamiento y oligarquía en Puebla, I, pp. 100-101.
46. «Representación que hizo la ciudad de México al rey D. Carlos iii en 1771 sobre que
los criollos deben ser preferidos a los Europeos en la distribución de empleos y beneficios
de estos reinos», en J. E. Hernández y Dávalos (ed.), Colección de Documentos para la His-
toria de la Guerra de Independencia en México, 6 vols., José María Sandoval, México, 1877,
i, p. 427.
47. Lempérière, «La representación política», p. 63.

178 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

mayoría de los cargos, tanto civiles como eclesiásticos. En esencia, la erudita


Representación reafirmaba el principio del gobierno mixto y el derecho de
representación.48
Aunque Carlos iii no aceptó las demandas de la Ciudad de México de repre­
sentar al virreinato de Nueva España, tampoco rechazó el principio de re-
presentación. Como Lempérière ha señalado: «la Corona española desplegó
bastante imaginación para liberarse del marco estrecho de la representación
urbana, la cual, [estaba] apegada a la defensa de privilegios y [...] de patrimo-
nios [...] Es así como inventó, apoyándose en las tradiciones corporativas más
aprobadas, ingeniosos mecanismos de representación al mismo tiempo gremial
y territorial».49 El fortalecimiento del Consulado de México, que había rivalizado
con el ayuntamiento de la ciudad por mucho tiempo, y la incorporación de dos
nuevos consulados, uno en Veracruz y el otro en Guadalajara,50 son ejem­
plos de las instituciones en las cuales se apoyaba la Corona para incrementar
los ingresos. Una de las instituciones más interesantes era, empero, el Cuerpo
y Tribunal de Minería.51
Esta nueva institución se estableció con la finalidad de atender las necesi-
dades de los mineros y la monarquía. Se creía que, en la década de 1760, la
producción de plata había decrecido; la industria minera aparentaba encon-
trarse desordenada; y, en 1766, se registró una gran huelga en Real del Monte.
Comisionado por los mineros, el sabio novohispano Joaquín Velázquez de León
escribió una Representación al rey, enviada en 1774, en la que proponía el esta-
blecimiento de un gremio minero, un banco de avíos y un seminario o colegio
de minería. Dos años más tarde, la Corona aprobó la propuesta con algunas
modificaciones. Casi todos los reales de minas fueron autorizados para estable-
cer una Diputación compuesta de diputados electos por los mineros locales.
Estos cuerpos representativos atenderían las necesidades regionales. También
enviarían representantes al Tribunal en la Ciudad de México para cuidar los
intereses generales de la minería y para supervisar la administración del Banco
de Avíos y el seminario. Velázquez de León se convirtió en el primer director

48. «Representación que hizo la ciudad de México al rey D. Carlos III en 1771».
49. Lempérière, «La representación política», p. 65.
50. Sobre los nuevos consulados véase: Matilde Souto Mantecón, Mar abierto. La política
del Consulado de Veracruz en el ocaso del sistema colonial, El Colegio de México e Instituto
Mora, México, 2001; y su «Las prácticas políticas en el Antiguo Régimen: Las elecciones en
el consulado de Veracruz» en Guillermina del Valle Pavón, (coord.), Mercaderes, Comercio
y consulados de Nueva España en el siglo xviii, Instituto Mora, México, 2003, pp. 291-309; y
Antonio Ibarra, «El Consulado de Comercio de Guadalajara: Entre la modernidad institucional
y la obediencia a la tradición, 1795-1818» en Ibídem, pp. 310-330.
51. Walter Howe, The Mining Guild in New Spain and its Tribunal General, 1770-1821,
Harvard University Press, Cambridge, 1949.

Contenido 179
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

del Tribunal.52 Por primera vez en la historia, Nueva España contaba con un
cuerpo que representaba a todas las regiones y que se reunía en la capital.
Aunque no era una asamblea que representara a todo el pueblo del virreinato
y aunque no se ocupaba de las funciones generales del gobierno de Nueva
España, representaba, a pesar de todo, un paso importante en el desarrollo del
gobierno representativo.
Tal y como esperaba la Corona, las nuevas instituciones contribuyeron al
crecimiento económico. Pero, sobre todo, apoyaron financieramente a la mo-
narquía. A cambio de una constitución escrita –sus ordenanzas– y del derecho a
la representación y al gobierno autónomo, los nuevos cuerpos, particularmente
los consulados y el Cuerpo y Tribunal de Minería, acumularon sumas de dinero
sin precedentes para apoyar a la Corona. En una época de creciente conflicto
entre las naciones, la Monarquía española necesitaba urgentemente estos nue-
vos recursos.53
Las nuevas instituciones de «gobierno económico» amenazaron la primacía
de las ciudades, que fueron privadas de sus recursos y carecían de la habilidad
necesaria para movilizar capital. Sin embargo, las ciudades no abandonaron
la empresa de proteger sus derechos y privilegios. Las incesantes y crecientes
exigencias de dinero por parte de la Corona para costear las guerras en Europa
minaron las finanzas de Nueva España. Quizá el mayor trastorno de la econo-
mía del virreinato se produjo cuando el rey hizo extensiva la Real Cédula de
Consolidación de 1804. Promulgada primero en la Península en 1798 con el fin
de redimir los vales reales y liquidar otras deudas de guerra, la cédula autori-
zaba a los funcionarios reales a embargar y subastar los bienes de la Iglesia.
En vista de que la Iglesia de la Nueva España funcionaba como el principal

52. Roberto Moreno, Joaquín Velázquez de León y sus trabajos científicos sobre el Valle
de México Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1977, pp. 85-118; Roberto
Moreno (en colaboración con María del Refugio González), «Instituciones de la industria
minera novohispana», en Miguel León-Portilla et al., La minería en México, Universidad Na-
cional Autónoma de México, México, 1978, pp. 69-164; y Roberto Moreno, «Régimen de tra-
bajo en la minería del siglo xviii, en Elsa Cecilia Frost et al., El trabajo y los trabajadores en
la historia de México, El Colegio de México / University of Arizona Press, México / Tucson,
1979, pp. 242-267. Véase también: María del Refugio González (ed.), Título décimo quinto. De
los Jueces y Diputados de los Reales de Minas, Ordenanzas de la Minería de la Nueva España
formadas y propuestas por su Real Tribunal, Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 1996. Doris M. Ladd, The Making of a Strike: Mexican Silver Workers’s Struggle in Real
Del Monte, 1766-1775, University of Nebraska Press, Lincoln, 1988.
53. Sobre el estatus de la economía de la Nueva España al final del siglo, véase: Manuel
Miño Grijalva, El mundo novohispano: Población, ciudades y economía, siglos xvii y xviii, Fon-
do de Cultura Económica, México, 2001, pp. 381-410. Sobre las contribuciones financieras a la
monarquía, véase: Carlos Marichal, La bancarrota del virreinato. Nueva España y las finanzas
del Imperio español, 1780-1810, Fondo de Cultura Económica, México, 1999.

180 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

banquero del país, tal medida podía arruinar al virreinato. Inmediatamente, las
principales corporaciones del reino expidieron representaciones contra la cé-
dula. Pese a las protestas desesperadas e incluso amenazantes, las autoridades
hicieron cumplir la Cédula de Consolidación.54 De esta manera, el pacto entre
el pueblo y el rey –el principio del gobierno mixto– fue amenazado por un acto
extraordinario que hacía gran daño a la sociedad y que no tenía precedente
en cerca de trescientos años.55 Este acto simbolizaba el «mal gobierno», al que,
según enseñaban los teóricos políticos tradicionales, se debía combatir.
Fue en ese contexto que, a lo largo de junio y julio de 1808, llegaron a la
Ciudad de México las noticias sobre la ocupación francesa de la Península, el
colapso de la Monarquía española y el establecimiento de juntas locales por
parte de las capitales de provincias. El 19 de julio, el ayuntamiento de México,
de mayoría americana, envió una resolución al Virrey José de Iturrigaray solici-
tándole que continuara provisionalmente a cargo del gobierno. El ayuntamiento
justificó su posición sobre la base de la teoría política tradicional hispánica:
«por su ausencia [la del rey] o impedimento, reside la soberanía representada
en todo el reino y las clases que lo forman, y con más particularidad en los tri-
bunales superiores que lo gobiernan, administran justicia y en los cuerpos que
llevan la voz pública».56 Por lo anterior, el ayuntamiento propuso convocar un

54. Romeo Flores Caballero, La contrarrevolución en la independencia: Los españoles en


la vida política, social y económica de México (1804-1838), El Colegio de México, México,
1969, pp. 28-65; Brian Hamnett, «The Appropriation of Mexican Church Wealth by the Spanish
Bourbon Government: The “Consolidación de Vales Reales”, 1805–1809», Journal of Latin
American Studies, 1: 2, 1969, pp. 85-113; Asunción Lavrín, «The Execution of the Law of Con-
solidation in New Spain; Economic Aims and Results», Hispanic American Historial Review,
53:1, 1973, pp. 27-49, y Gisela von Wobeser, Dominación colonial. La consolidación de Vales
reales, 1804-1812, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2003.
55. Manuel Miño Grijalva ha reafirmado hace poco el extraordinario impacto de la Consoli-
dación. Él mismo se pregunta: «¿Cuándo sucede el quiebre general [de la economía de la Nueva
España]? Este se produce después de 1804 con la consolidación, o sea la expropiación de la renta
generada por el crédito de parte de la Corona. En una economía en que todas las transacciones
se encontraban articuladas y engarzadas por el crédito eclesiástico y usuario, el golpe apuntó al
corazón del sistema en su conjunto». «La Ciudad de México: De la articulación colonial a la uni-
dad política nacional, o los orígenes de la ‘centralización federalista», en Jaime E. Rodríguez O.,
(comp.), Revolución, independencia y las nuevas naciones, mapfre, Madrid, 2006.
56. «Testimonio de la sesión celebrada por el ayuntamiento de México, el 19 de julio de
1808», en Genaro García (comp.), Documentos históricos mexicanos, 7 vols., Museo Nacional
de Antropología, Historia y Etnología, México, 1910, p. 27. Fray Servando Teresa de Mier
asumió una posición más enérgica al declarar: «por la Constitución dada por los reyes de
España a las Américas, son reinos independientes de ella sin tener otro vínculo que el rey
[...] Se trata de un pacto del reino de Nueva España con el soberano de Castilla. La ruptura o
suspención de este pacto [...] trae como consecuencia inevitable la reasunción de la soberanía
de la nación [...] cuando tal ocurre, la soberanía revierte a su titular original.» Mier, «Idea de la
Constitución dada a las Américas por los reyes de España».

Contenido 181
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

congreso de ciudades.57 Tan pronto conocieron la propuesta de México, otras


ciudades como Querétaro y Valladolid también solicitaron la convocatoria a un
congreso de pueblos. Al parecer, el Virrey Iturrigaray accedió a los argumentos
de los españoles americanos. El 1 de septiembre de 1808, solicitó que los ayun-
tamientos de Nueva España nombraran representantes para una junta en la ca-
pital. Pero el Real Acuerdo, compuesto principalmente por españoles europeos,
se opuso a la convocatoria al congreso de ciudades. En lugar de esta asamblea,
el Virrey Iturrigaray convocó a cuatro juntas entre las principales corporacio-
nes de la Ciudad de México. Las juntas resultaron turbulentas. Los americanos
defendieron un argumento poderoso basado en principios jurídicos, que no
habían sido aplicados durante algún tiempo; dicho argumento también estaba
en consonancia con la teoría política hispánica y las acciones tomadas por los
españoles en la península ibérica. Los españoles europeos, quienes estaban
decididos a mantener el poder, derrocaron al virrey poco después de la media-
noche del 16 de septiembre de 1808. A la mañana siguiente, informaron a los
habitantes de Nueva España que: «El pueblo se ha apoderado de la persona del
[…] virrey; ha pedido imperiosamente su separación, por razones de utilidad y
de conveniencia general […]». Como señala Virginia Guedea, los conspiradores
apelaron a la autoridad del pueblo en un esfuerzo por legitimar su golpe de
estado porque, para ese momento, el concepto de soberanía popular había ga-
nado una autoridad considerable.58 En la Península, el pueblo había depuesto
a funcionarios que no contaban con su confianza.
La crisis de la monarquía y los acontecimientos de 1808, tanto en España como
en Nueva España, marcaron el inicio de una transición importante en la cultura po-
lítica hispánica. Los pueblos, las ciudades y villas, actuaron y continuaron actuando
por un tiempo como representantes de sus regiones. Sin embargo, el dos de mayo

57. Felipe Tena Ramírez recalca la continuidad en las tradiciones legales hispánicas du-
rante el Primer Congreso Hispanoamericano de Historia organizado en Madrid en octubre
de 1949, y en el cual se examinaron las causas y caracteres de la independencia de América.
Tena Ramírez sostuvo que los novohispanos de 1808 actuaron de la misma manera en que
Hernán Cortés lo había hecho en la conquista de México. Él afirmaba que «El primer Cabildo
de la Nueva España pudo obrar así porque el monarca se hallaba “ausente” y el pueblo era
la fuente del poder. En 1808, el Cabildo de México tomó iguales resoluciones por estar el
rey cautivo». Citado en Enrique de Gandia, La independencia Americana, Libros del Mirasol,
Buenos Aires, 1961, p. 19.
58. Jaime E. Rodríguez O., «From Royal Subject to Republican Citizen: The Role of the
Autonomists in the Independence of Mexico» en Jaime E. Rodríguez O., (ed.), The Indepen-
dence of Mexico and the Creation of the New Nation, ucla Latin American Center, Los Ángeles,
1989, pp. 24-29; Virginia Guedea, «El pueblo de México y la política capitalina, 1808-1812»,
Mexican Studies / Estudios Mexicanos, 10: 1, invierno 1994, pp. 36-37. Su tesis «Criollos y penin-
sulares en 1808: Dos puntos de vista sobre lo español», Tesis de licenciatura por la Universidad
Iberoamericana, México, 1964, es el mejor estudio sobre estos acontecimientos escrito hasta hoy.

182 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

en Madrid y, más tarde, en la Ciudad de México surgió un nuevo actor: el pueblo,


como representante de una nación incipiente y aún débilmente definida.
El establecimiento de la Junta Suprema Central y Gubernativa del Reino, que
se reunió por primera vez el 25 de septiembre de 1808, parecía ser una solución
para la crisis de la monarquía. Este cuerpo, formado por representantes de las
juntas de la Península, pronto se dio cuenta de que necesitaba del apoyo de
los reinos americanos para dirigir la guerra en contra de los franceses. La Junta
Central reconoció, entonces, las demandas de los americanos sobre el hecho
de que sus tierras no eran colonias, sino reinos que constituían una parte in-
tegral de la Monarquía española y que poseían el derecho a la representación
en el gobierno nacional. El 22 de enero de 1809, la Junta Central decretó que
los cuatro virreinatos –Nueva España, Nueva Granada, Perú y Río de la Plata–,
así como las cinco capitanías generales –Cuba, Puerto Rico, Guatemala, Ve-
nezuela, Chile y Filipinas– debían elegir cada uno un diputado para represen-
tarlos en la Junta Central. El proceso electoral constaba de dos etapas. Primero,
los ayuntamientos de las capitales de partidos elegían a sus candidatos. En la
segunda etapa, el real acuerdo de cada virreinato y los cuerpos consultivos en
cada capitanía general elegían a un individuo para representar a cada una de
las nueve entidades políticas. Las elecciones de 1809 constituyeron un paso re-
levante encaminado hacia la formación de un gobierno representativo moderno
para la Nación española entera. Por vez primera, se llevaron a cabo elecciones
en el Nuevo Mundo para elegir a los representantes de un gobierno unifica-
do de España y América. Sin embargo, los americanos objetaron que ellos no
contarían con una representación equitativa. Cada provincia de España contaba
con dos diputados en la Junta Central, mientras que a cada uno de los nueve
reinos americanos se les había asignado sólo uno.59 La crítica era válida. Poste-
riormente, otros han dicho que el Nuevo Mundo era más grande y más poblado
que España y que, como la Península, debía haber estado subdividido en más
«provincias». Sin embargo, como Nettie Lee Benson ha afirmado, la Junta Central
estaba huyendo de los franceses y no tenía idea sobre el tamaño y la complejidad
de América.60 No existe evidencia de que intentara minimizar la representación

59. Tal es la posición asumida por Camilo Torres cuando escribió la Representación a la
Suprema Junta Central para el Ayuntamiento de Santa Fe de Bogotá, mejor conocida como el «Me-
morial de Agravios», que aparece reproducido en José Luis Romero y Luis Alberto Romero, Pensa-
miento político de la emancipación, 2 vols., Biblioteca de Ayacucho, Caracas, 1977, pp. 25-42.
60. Nettie Lee Benson, «The Elections of 1809: Transforming Political Culture in New
Spain», Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 20: 1, invierno 2004, pp. 1-20. J. E. Rodríguez O.,
La independencia de la América española, p. 83. Para una interpretación diferente de la re-
presentación en la Nueva España/México durante los años 1809-1824 véase: Alfredo Ávila,
En nombre de la nación. La formación del gobierno representativo en México, cide & Taurus,
México, 2002.

Contenido 183
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

americana más allá de la asignación de un diputado, en lugar de dos, para cada


uno de los nueve reinos del Nuevo Mundo. La segunda disparidad fue resulta-
do de la ignorancia.
Las autoridades de Nueva España concedieron a catorce ciudades el dere-
cho de elegir a sus diputados. Los ayuntamientos del virreinato instruyeron a
sus representantes muy detalladamente. Aquéllos interpretaron las elecciones
no sólo como una oportunidad de obtener una mayor representación en el
gobierno de la monarquía, sino también como la ocasión para buscar mejo-
ras esperadas por largo tiempo, como universidades, obispados, tribunales y
mejores caminos. En este respecto, se continuaba con las prácticas del antiguo
régimen; los ayuntamientos consideraban a sus diputados como procuradores.
Sin embargo, se presentaron algunos indicios del surgimiento de una nueva
perspectiva sobre el gobierno. Guanajuato, por ejemplo, declaró:

Que sea tenida esta América no como colonia, sino como una parte
muy esencial de la Monarquía Española, y [...] que bajo este concepto
fundamental e invariable en todas las constituciones, providencias y
deliberaciones, y aun variaciones de las leyes y gobierno nacional,
sea considerada la Nueva España igualmente que la antigua sin va-
riación alguna.61

Zacatecas dio voz en forma más clara a su anhelo de reformas y exigió:

Que se restituya a la Nación congregada en Cortes el poder legislati-


vo, [...] que se establezca el más perfecto, justo e inviolable equilibrio
no sólo entre los dos poderes, sino también en la representación na-
cional en otras Cortes, mediante el aumento que debe recibir [Nueva
España] a consecuencia de la Soberana declaración [...] de que las
Américas son parte esencial integrante de la Monarquía [...]62

Tras un largo proceso electoral, el candidato de la ciudad de México, Miguel


Lardizábal y Uribe fue elegido para representar a Nueva España.63
El 1 de enero de 1810, la Junta Central, incapaz de contener la invasión
francesa y en un esfuerzo por fortalecer su legitimidad, decretó la organiza-
ción de elecciones para convocar a cortes nacionales. En España, cada junta
provincial y cada ciudad con derecho a representación en las Cortes anteriores
podrían seleccionar a un diputado. Además, se debía elegir un diputado para

61. Citado en Rodríguez O., La independencia de la América española, p. 87.


62. Ibídem.
63. Benson, «The Elections of 1809».

184 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

cada 50.000 habitantes.64 Empero, el proceso electoral para el Nuevo Mun-


do era complicado y ha generado confusión entre los historiadores. Algunos
confunden el número de diputados suplentes asignados a los territorios de
ultramar con el número de diputados propietarios que aquellas tierras tenían
derecho a elegir. Si bien Nettie Lee Benson señaló este error hace casi cuarenta
años, hoy en día lo siguen cometiendo historiadores prominentes.65 Como con-
secuencia, estos historiadores hacen énfasis en la supuesta gran desigualdad de
representación entre las dos regiones de la Monarquía española. Ellos parecen
no darse cuenta de que las elecciones para el nuevo gobierno representativo
tenían lugar al tiempo que la guerra hacía presa de España y América. Puesto
que algunas de la provincias ocupadas de España no podían llevar a cabo
elecciones y puesto que la distancia retrasaba la llegada de muchos diputados
propietarios americanos, el Consejo de Regencia decretó que 55 suplentes,
entre ellos 30 para América y las Filipinas, fueran electos entre personas que
se hallaban entonces en Cádiz y que provenían de las provincias ocupadas
de España, así como de ultramar. Los diputados suplentes debían representar
sus regiones hasta que los diputados propietarios de las distintas áreas arriba-
ban.66 Otros historiadores alegan, sin evidencia, que en América se debía elegir
un diputado por cada 100.000 habitantes en contraste con España, donde se
elegía un diputado por cada 50.000 personas.67 Eso no es correcto. El decreto
afirmaba: «Vendrán a tener parte en la representación nacional de las Cortes Ex-
traordinarias del Reyno Diputados de [...] [ultramar]. Estos Diputados serán uno
por cada Capital cabeza de partido de estas Provincias».68 Después de expedir

64. El mejor estudio sobre esas elecciones en la Península es: Pilar Chavarri Sidera, Las
elecciones de diputados a las Cortes Generales y Extraordinarias (1810-1813), Centro de Es-
tudios Constitucionales, Madrid, 1988.
65. Nettie Lee Benson, Mexico and the Spanish Cortes, 1808–1822, University of Texas
Press, Austin, 1966, pp. 4-8. Los siguientes son ejemplos de importantes historiadores que
sostienen que los americanos recibieron solo 30 diputados para las Cortes de Cádiz; tras men-
cionar la inequidad de la representación ante la Junta Central, François-Xavier Guerra afirma:
«Cuando un año después se convoquen las elecciones a las Cortes extraordinarias se manifes-
tará una desigualdad aún mayor, puesto que se prevén 30 diputados para representar América
frente a alrededor de 250 para la España peninsular.» Revoluciones Hispánicas. Independencias
americanas y liberalismo español, Editorial Complutense, Madrid, 1995; y Josep M. Fradera
quien declara: «frente a los doscientos diputados de la Península, treinta correspondían a
Ultramar, veintiocho a América y dos a Filipinas», Gobernar colonias, Ediciones Península,
Barcelona, 1999, p. 52.
66. Rodríguez O., La independencia de la América española, pp. 102-104.
67. Veáse, por ejemplo, Gabriel H. Lovett, Napoleon and the Birth of Modern Spain, 2 vols.,
New York University Press, Nueva York, 1965, I, pp. 344-345 y Timothy E. Anna, Spain and
the Loss of America, University of Nebraska Press, Lincoln, 1983, p. 66.
68. Citado en Rodríguez O., La independencia de la América española, p. 101.

Contenido 185
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

el decreto electoral, la Junta Central se disolvió y nombró a un Consejo de Re-


gencia compuesto de cinco individuos entre los que se contaba a Lardizábal y
Uribe como representante de América.
Queda claro, pues, que la Junta Central no tenía la menor idea del tamaño
del Nuevo Mundo y de la cantidad de partidos que ahí existían. Según un es-
tudio reciente, Nueva España por sí sola tenía casi 250 partidos.69 Esto es, casi
tantos partidos como diputados que asistieron a las Cortes de Cádiz. Las autori-
dades en América no estaban seguras de lo que quería decir el decreto. Algunos
sostenían que el documento se refería a capitales de provincia, cuyo número
era menor. Pero algunas capitales de partido sí eligieron diputados para las Cor-
tes, aunque no a todos les fue posible asistir.70 La Audiencia de México, que go-
bernaba a la sazón el virreinato, determinó que sólo las capitales de provincia
podrían elegir diputados. Veinte ayuntamientos eligieron diputados, aunque al-
gunos más fueron autorizados para organizar elecciones y no pudieron hacerlo.
Sin embargo, sólo quince diputados de Nueva España viajaron efectivamente a
Cádiz.71 Como había sucedido antes, los ayuntamientos dieron a sus diputados
instrucciones precisas. Aún los consideraban como procuradores del antiguo
régimen.72 Esto cambió una vez que las Cortes Extraordinarias se reunieron en
Cádiz el 24 de septiembre de 1810.
El primer acto de los diputados fue declararse como representantes de la
Nación y asumir la soberanía.73 Ese era el comienzo de una gran revolución po-
lítica. Los diputados dejaron de ser gestores de sus regiones y se convirtieron en
representantes soberanos de la Nación española. Esto no significó que dejaran
de atender a los intereses de sus regiones. Ahora, empero, su mayor respon-
sabilidad era la Nación. Aunque es difícil determinar el número de diputados
que asistieron a las Cortes de Cádiz, en parte porque no todos estuvieron ahí
al mismo tiempo, probablemente 67 representaron a América en un cuerpo de

69. Aurea Commons, Las intendencias de la Nueva España, Universidad Nacional Autó-
noma de México, México, 1993.
70. Marie Laure Rieu-Millan, Los diputados americanos en las Cortes de Cádiz, Consejo
Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1990, p. 10, nota 22.
71. Charles R. Berry, «The Election of the Mexican Deputies to the Spanish Cortes, 1810-
1822», en Nettie Lee Benson (ed.), Mexico and the Spanish Cortes, 1810-1822, University of
Texas Press, Austin, 1966, pp. 10-16.
72. Véase por ejemplo: «Instrucción que la M. N. y M. L. Ciudad de Puebla de los Ángeles
remitía al [...] Diputado en Cortes de la misma Ciudad» e «Instrucción que el Y. H. Ayuntamien-
to de Veracruz da a [...] su Diputado en Cortes» en agn, Bienes Naciones, vol. 1749.
73. Manuel Chust e Ivana Frasquet, «Soberanía, Nación y pueblo en la Constitución de
1812,» Secuencia, 57, septiembre-diciembre 2003, pp. 39-60; e Ivana Frasquet, «Cádiz en Amé-
rica: Liberalismo y Constitución,» Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 20: 1, invierno 2004,
pp. 21-46.

186 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

aproximadamente 280 diputados.74 Muchas áreas del Nuevo Mundo con dere-
cho a elegir diputados no pudieron hacerlo por falta de recursos.75 En América
del Sur las juntas autónomas de Nueva Granada, Venezuela, Río de la Plata y
Chile se negaron a elegir representantes ante las Cortes. Pero, pese a todo, los
diputados americanos jugaron un papel central en los debates parlamentarios.76
Los diputados de España y América que promulgaron la constitución de la Mo-
narquía española en 1812 transformaron el mundo hispánico. La Constitución
de Cádiz, la Carta Magna más radical del siglo xix, concedió el derecho de su-
fragio a todos los hombres adultos –excepto aquellos de ascendencia africana,
miembros de las órdenes regulares, sirvientes domésticos, criminales convictos
y deudores públicos– sin exigirles requerimientos de capacidad lectora o de
propiedad.
La cuestión sobre una representación equitativa entre España y América sur-
gió una vez más con la Constitución de 1812. Los críticos argumentan que, al
excluir a la población de ascendencia africana, la mayoría española en las Cortes
reducía en forma importante la representación en el Nuevo Mundo. Este es un
tema que requiere de un análisis cuidadoso. En primer lugar, resulta claro que
el racismo influenció la decisión de excluir a las castas. Pero ésta era una actitud

74. Federico Suárez reconoce a 67 diputados de ultramar en: las Cortes de Cádiz, Rialp,
Madrid, 1982, pp. 41-46 mientras que Rieu-Millan, Los diputados americanos en las Cortes de
Cádiz, p. 37 enlista sólo a 63, pero no incluye a los diputados que representaban a Filipinas.
Según Miguel Artola, «Los firmantes del acta de apertura de las sesiones de Cortes no son sino
104. La Constitución lleva al pie 184 firmas, y el acta de disolución de las Cortes [Generales y
Extraordinarias], en 14 de septiembre de 1813, reúne 223 nombres». Los orígenes de la España
contemporánea, 2 vols., Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1959, I, p. 404.
75. Los miembros del Ayuntamiento de Cuenca en el Reino de Quito, por ejemplo, «des-
pués de repetidas conferencias, y reflexiones sobre el particular, concluyeron unánimes» que
la falta de fondos «les imposibilitaba por ahora el expresado nombramiento para las primeras
cortes extraordinarias [...]». Explicaron que la «escasez en que se hallaba este Ayuntamiento
dimanaba en la mayor parte de los tumultuosos acontecimientos de la Provincia de Quito;
que en virtud, y no habiendo medio por más que se han apurado los recursos para sopor-
tar estos indispensables gastos se hallaba este Cabildo en la dura necesidad de excusar un
nombramiento por tantos títulos honoríficos, y ventajosos a esta Provincia [...]» En su lugar,
propusieron otorgar a «los Poderes de este Ayuntamiento con la instrucción prevenida al Ex-
celentísimo señor Don Miguel de Lardizábal y Uribe», el representante americano al Consejo
de Regencia. Libro de Cabildos de Cuenca (1806-1810), Banco Central del Ecuador, Cuenca,
1991, pp. 586-587.
76. Manuel Chust, La cuestión nacional Americana en las Cortes de Cádiz, Fundación
Instituto de Historia Social / Universidad Nacional Autónoma de México, Valencia / México,
1999; y su «Legislar y revolucionar. La trascendencia de los diputados novohispanos en las
Cortes Hispanas, 1810-1814», en Virginia Guedea (ed.), La independencia de México y el
proceso autonomista novohispano, 1808–1824, Universidad Nacional Autónoma de México /
Instituto Mora, México, 2001, pp. 23-82. Véase también: Rieu–Millan, Los diputados america-
nos en las Cortes de Cádiz.

Contenido 187
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

compartida por los diputados americanos provenientes de regiones con una am-
plia población de origen africano. Además, en ese momento se creía que la Pe-
nínsula contaba con una población de casi 10,5 millones, mientras que el Nuevo
Mundo tenía una población de 16 millones, incluidos 5 ó 6 millones de castas.
Al excluir a las castas en materia de representación, las futuras Cortes estarían
compuestas de un número igual de representantes de España y de América. Sin
embargo, si la población de ascendencia africana era menor de lo que se creía, o
si las autoridades del Nuevo Mundo la tomaban en cuenta en términos de repre-
sentación –algo que sabemos sucedió en partes de Nueva España, Guatemala y
Perú–,77 los peninsulares serían minoría en sus propias Cortes.
Al evaluar los éxitos y las limitaciones de las Cortes, resulta útil hacer una
comparación con las acciones de organismos deliberativos en otros países. Aun
cuando la mayoría peninsular no otorgó a los americanos una igualdad plena, fue
más lejos que los legisladores de cualquier otra nación. Sin duda, Gran Bretaña,
la supuesta cuna del gobierno representativo moderno, nunca pensó en otorgar
a sus posesiones norteamericanas una representación equitativa en su Parlamen-
to. De hecho, Gran Bretaña se mostró renuente a otorgar siquiera a los habitantes
blancos de sus colonias americanas cualquier tipo de representación directa en
su legislatura. Mientras que la Constitución de 1812 reconocía a indígenas y mes-
tizos como ciudadanos de pleno derecho en la Nación española, la Monarquía
británica y más adelante Estados Unidos definieron a la población nativa como
extranjeros, no como súbditos de la Corona ni como ciudadanos de la nueva re-
pública. Más aún, Estados Unidos no otorgó a los indígenas78 la ciudadanía sino
hasta 1924. La Carta de Cádiz consideraba a las personas de ascendencia africana
como «españoles», pero les negaba derechos políticos, así como representación.
En este aspecto, las Cortes actuaron sólo de manera un tanto mejor que las le-
gislaturas de otras naciones occidentales, las cuales excluyeron a la población
de origen africano de la ciudadanía. Bajo la Constitución hispánica, empero, los
libertos de gran mérito podían convertirse en ciudadanos de pleno derecho, algo
que ninguna otra nación tuvo en mente durante esa época.79

77. Virginia Guedea, «Las primeras elecciones populares en la ciudad de México, 1812-
1813,» Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 7: 1, invierno 1991, pp. 1-28; y Jordana Dym, «La
soberanía de los pueblos: ciudad e independencia en Centroamérica, 1808-1823» y Jaime E.
Rodríguez O., «La Antigua provincia de Guayaquil en la época de la independencia, 1809-
1820», en Jaime E. Rodríguez O., (coord.), Revolución, independencia y las Nuevas Nacio-
nes.
78. La mayor parte de los «indios» en Estados Unidos habrían sido considerados como
«mestizos» en la América española.
79. La Francia revolucionaria puede constituir una excepción. Ahí, se expidieron una serie
de decretos que podrían ser interpretados como el otorgamiento de plenos derechos políticos
a los mulatos libres. El decreto del 4 de abril de 1792 les daba derecho a elegir y ser elegidos a

188 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

Nueva España tuvo una larga y constante tradición representativa que al-
canzó su apogeo con la Constitución de 1812. Este documento otorgaba la
más extensa representación en el mundo en esa época. El análisis que hace
François-Xavier Guerra del padrón electoral de 1813 en la Ciudad de México
concluye, por ejemplo, que el 93% de la población masculina adulta de la ca-
pital tenía derecho al voto.80 La implementación del nuevo proceso electoral
constituyó una gran eclosión política que permitió a cientos de miles, y proba-
blemente millones de hombres adultos, habitantes de Nueva España, participar
en el sistema político.
El nuevo sistema constitucional y liberal hispánico se introdujo más cabal-
mente en Nueva España que en cualquier otra parte de la monarquía, incluida
la misma Península. La Carta hispánica se convertiría en la base para el de-
sarrollo constitucional mexicano tras la independencia. En 1821, la Soberana
Junta Provisional Gubernativa del Imperio Mexicano atendió cuidadosamente
al precedente de Cádiz. La legislatura en funciones nombró una comisión para
preparar la convocatoria a la elección de las Cortes Constituyentes Mexica-
nas. Aunque la comisión concluyó que carecía de autoridad «para convocar un
Congreso distinto en lo substancial de lo que previene la Constitución de la
Monarquía Española», el presidente de la Regencia, Agustín de Iturbide, obligó
a ese organismo a adoptar una convocatoria que asignaba diputados con base
en una compleja combinación de representación corporativa y el número de
partidos en cada provincia. Esa modificación produjo un desequilibrio regional
y creó descontento en las provincias porque algunas áreas, especialmente las
provincias escasamente pobladas, obtuvieron más representantes de los que
habrían tenido con elecciones del estilo gaditano, basadas en la representación
proporcional.81
Las Cortes Constituyentes Mexicanas, elegidas bajo la convocatoria de Itur-
bide, fracasaron. Los grupos militares y populares forzaron al cuerpo repre-
sentativo a elegir a Iturbide como emperador. Más tarde, el nuevo emperador

las asambleas coloniales. En la mayoría de los casos, estos decretos establecían el voto censi-
tario, en el que el derecho dependía de la propiedad. Sin embargo, en 1802 hubo un retroce-
so en la legislación cuando se reestableció la esclavitud. (Comunicación personal de Johanna
von Grafenstein, 1 de julio de 2004). Las constituciones francesas publicadas en la época no
abordan estas cuestiones de manera clara, como sí lo hace la Constitución de Cádiz.
80. François-Xavier Guerra, «El soberano y su reino: Reflexiones sobre la génesis del ciu-
dadano en América Latina», en Hilda Sábato (coord.), Ciudadanía política y formación de las
naciones: Perspectivas históricas de América Latina, Fondo de Cultura Económica, México,
1999, p. 45.
81. Jaime E. Rodríguez O., «Las elecciones a las Cortes Constituyentes Mexicanas», en
Louis Cardaillac y Angélica Peregrina (coords.), Ensayos en homenaje a José María Muriá, El
Colegio de Jalisco, Guadalajara, 2002, pp. 79-110.

Contenido 189
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

disolvió el parlamento con el fin de gobernar como le placiera. La oposición


de las provincias a la usurpación del poder condujo a que Iturbide abdicara en
marzo de 1823. Posteriormente, las provincias se rehusaron a que las Cortes
Mexicanas prepararan una constitución nacional; aquéllas consideraban que
dicho cuerpo carecía de legitimidad por no haber sido electo de acuerdo a
la normatividad de la Constitución de 1812. En su lugar, eligieron un nuevo
congreso que redactó la Constitución de 1824. Dicha Carta establecía una re-
pública federal –una confederación, de hecho– que dividía la soberanía entre el
gobierno nacional y los estados. La nueva constitución mexicana tenía su base
en la Carta Magna de 1812,82 pues distinguidos novohispanos como Miguel Ra-
mos Arizpe y José Guridi y Alcocer, quienes participaron en la redacción de la
Constitución de Cádiz, también redactaron la constitución mexicana.83
Sin embargo, el nuevo documento mexicano no era una mera copia de
la Constitución hispánica. Las principales innovaciones –republicanismo, fe-
deralismo y presidencia– fueron adoptadas en respuesta a la nueva reali-
dad mexicana. Puesto que el nuevo país era una federación, la soberanía y
la na­turaleza de la representación se definían por los estados –y no por la
nación–. Aunque unos cuantos estados impusieron la capacidad de lectura
y la propiedad como requisitos, la mayoría siguieron la tradición gaditana,
pero esta vez incluyendo a individuos de ascendencia africana dentro del
sufragio.84
El derrumbe del mundo hispánico en la década de 1820 derivó en el de-
terioro económico, el caos político y la derrota militar para México. Algunos
dirigentes de la nación, particularmente en las grandes ciudades, llegaron a la
conclusión de que sólo era posible restaurar el orden, la prosperidad y la paz si
se restringía la representación. El conservador mexicano José María Luis Mora
expresó el punto de vista de estos dirigentes al declarar que: «Todas las repúbli-
cas nuevas de América que [...] [han adoptado] los principios de la Constitución
española [...] han caminado sin interrupción de una revolución a otra sin acertar

82. Nettie Lee Benson, «Spain’s Contribution to Federalism in Mexico», en Thomas E.


Cotner & Carlos E. Castañeda (eds)., Essays in Mexican History, Institute of Latin American
Studies-University of Texas, Austin, 1958, pp. 90–103.
83. Jaime E. Rodríguez O., «The Struggle for Dominance: The Legislature versus the
Executive in Early Mexico», en Christon I. Archer (ed.), The Birth of Modern Mexico, Scholarly
Resources, Wilmington, 2003, pp. 205-228; y J. E. Rodríguez, «las Cortes mexicanas y el
Congreso constituyente», en Virginia Guedea (ed.), La independencia de México y el proceso
autonomista novohispano, pp. 285-320.
84. Las primeras constituciones de México pueden encontrarse en Mariano Galván Rivera
(ed.), Colección de Constituciones de los Estados Unidos Mexicanos, 3 vols., Imprenta Galván,
México, 1828.

190 Contenido
L A N AT U R A L E Z A D E L A R E P R E S E N TAC I Ó N EN LA NUEVA ESPAÑA Y MÉXICO

a fijarse en nada […]».85 Al final, los defensores del orden triunfaron, aunque no
sin una fuerte lucha. Las ciudades y los pueblos controlaban la política local
con sus ayuntamientos. En algunos casos, intereses poderosos pretendieron
dominar a las más débiles comunidades rurales. Pero con la misma frecuencia,
las aldeas locales hacían valer sus exigencias frente a los intereses regionales,
estatales y nacionales. Aún así, la historia política de México en los siglos xix y
xx puede verse como un largo proceso de restricción de la participación política
y de concentración del poder en la capital y en el poder ejecutivo.86

85. José María Luis Mora, «Sobre la necesidad de fijar el derecho de la ciudadanía en la
república y hacerlo esencialmente afecto a la propiedad», en Obras sueltas, Editorial Porrúa,
México, 1963, p. 633. Aunque casi todos los historiadores de México consideran a Mora como
un liberal, no comparto esta opinión. Entre otras actitudes poco liberales, Mora era hostil al
liberalismo gaditano y, al tiempo que favorecía el gobierno representativo, peleaba por un
muy limitado derecho a voto. Esta confusión ha llevado a historiadores distinguidos como
Charles Hale, a sostener en su Mexican Liberalism in the Age of Mora, 1821-1853, Yale Uni-
versity Press, New Haven, 1968, que el liberalismo y el conservadurismo mexicanos no eran
muy diferentes. Esta es una suposición razonable si se considera a Mora como un «liberal».
Véase mi critica de la obra de Hale en Jaime E. Rodríguez O., «La historiografía de la Primera
República», en Memorias del Simposio de Historiografía Mexicanista, Comité Mexicano de Cien-
cias Históricas / Gobierno del Estado de Morelos / Universidad Nacional Autónoma de México,
México, 1990, pp. 147-151. María del Refugio González ha presentado una visión alternativa
al argumentar que Mora era un «regalista». Véase su «Ilustrados, regalistas y liberales» en Ro-
dríguez O., The Independence of Mexico, pp. 247-263.
86. Jaime E. Rodríguez O., «The Origins of Constitutionalism and Liberalism in Mexico»
en Jaime E. Rodríguez O., (coord.), The Divine Charter: Constitutionalism and Liberalism
in Nineteenth-Century Mexico, Rowman & Littlefield Publishers, Lanhan & Boulder, 2004,
pp. 1-32.

Contenido 191
Definir y representar la nación durante la crisis imperial
Noelia González Adánez
Universidad Complutense de Madrid

Existe, al menos desde los trabajos de François-Xavier Guerra, un consen-


so generalizado en torno a la idea de que las independencias de la América
española, más que constituir un fenómeno sui generis, deben ser vistas en un
contexto europeo que involucra la transformación de una monarquía com-
puesta que, como la inglesa, padece «problemas coloniales». Esta monarquía
se basaba en un régimen político que, por tomar la terminología de Koenigs-
berger, evolucionó desde el dominium regale al dominium politicum et regale,
y que experimentó transformaciones tendentes a moldearla en la forma de
una monarquía parlamentaria.1 Igual que ocurriera en Inglaterra unas décadas
antes, en España se debate durante la revolución constitucional, y de forma
simultánea en los dos lados del Atlántico, la forma en como se ha de digerir
la modernidad. En la Monarquía española, revolución liberal e independencias
americanas son parte de «un mismo y vasto acontecer revolucionario, con dos
caras complementarias que afectan de un mismo modo a uno y otro continente:
una, el paso brusco y radical a la modernidad; otra, la fragmentación de ese
conjunto político original que era la Monarquía hispánica en una multiplicidad
de Estados independientes».2
En este sentido, en España la independencia de los territorios americanos de la
Monarquía da cuenta del sentido cultural, ideológico y político que adopta la crisis

1. H. G. Koenigsberger, «Composite States, Representative Institutions and the American


Revolution, Historical Research, nº 62, 1989, p. 143.
2. F-X. Guerra (dir.), «Introducción» a Revoluciones Hispánicas, Editorial Complutense,
Madrid, 1995, p. 9.

Contenido 193
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

del Antiguo Régimen, en la medida en que pone de manifiesto los cambios sufri-
dos en las bases de legitimidad de la autoridad, en la estructura de las relaciones
imperiales y en los mecanismos para integrar y/o excluir a los que primero fueron
súbditos americanos de la Corona y después miembros americanos de la nación
española. Como ha resumido David Brading: «La independencia sería el preludio
de la destrucción definitiva de la cultura barroca sobre la que habían descansado
el poder y el prestigio de la Monarquía católica».3 La independencia de las colonias
enfrenta a la Monarquía, en definitiva, con una auténtica crisis imperial.
Cuestiones como la progresiva dominación ejercida por los españoles penin-
sulares sobre los cargos en América a lo largo del setecientos, o la afirmación
en Cádiz del principio de soberanía nacional, quedando excluida del disfrute
de los derechos de ciudadanía una buena parte de la población americana,
enervarán el sentimiento de dominación de los criollos y la vivencia de exclu-
sión. Las independencias americanas son el resultado del progresivo desarrollo
de una voluntad, por parte de los criollos, de demandar la «inclusión política»
fuera ya de los esquemas de comportamiento propios del Antiguo Régimen.
Las independencias son, en definitiva, la huida hacia adelante de unas elites
dispuestas a asumir los riesgos que comporta una situación de indefinición y a
aprovechar los nuevos recursos ideológicos y políticos surgidos de determina-
das versiones del orden social contrarias al sostenimiento de las mecánicas del
Antiguo Régimen. En la América española, igual que en las Trece Colonias, las
elites partidarias de la independencia emplean argumentos de extracción euro-
pea para sugerir la secesión como única vía posible para sustraerse a la corrup-
ción, a la venalidad, a la anarquía y a la subordinación; todos ellos percibidos
como rasgos consustanciales a un orden obsoleto que es preciso transformar.
En el espacio de la presente comunicación se intentará precisar el sentido
de la controversia que se originó en torno a la representación de América en el
contexto de la revolución peninsular.
Escritores como Flórez Estrada o Blanco White reflexionaron sobre Améri-
ca en el marco de la crisis que se abrió entonces. Como es sabido, el primero
lo hizo con cierta extensión en su Examen imparcial de las disensiones de la
América con la España, de los medios de su recíproco interés, y de la utilidad
de los aliados de la España, escrito en 1811, y el otro en una serie de artículos
aparecidos en El Español (1810-1814) y, ya durante el Trienio, en Variedades
(1822-1825).4 Ambos autores percibieron como una necesidad el sostenimiento

3. David Brading, The First America. The Spanish Monarchy, Creole Patriots and the
Liberal State, 1492-1867, Cambridge University Press, Cambridge, 1991, p. 558.
4. Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, Venezuela, 1974; recopilados por Ma-
nuel Moreno Alonso en Conversaciones Americanas y otros escritos sobre España y sus Indias,
ici, Madrid, 1993.

194 Contenido
DE FIN IR Y R E P R E S E N TA R L A N ACIÓN DURANTE LA CRISIS IMPERIAL

de los vínculos entre América y la madre patria y, sin embargo, llegaron a este
convencimiento por la vía de razonamientos diferentes. En el caso de Flórez
Estrada, la preocupación por la recuperación económica de la Monarquía en el
contexto de la revolución constitucional y la visión de América como un ele-
mento imprescindible para el logro de esta empresa, hará que el asturiano no
asuma en su total plenitud los postulados que defiende en materia de derechos.
Puesto que si bien había considerado el derecho de autodeterminación en la
forma siguiente: «Convengo en que todos los pueblos tienen un derecho para
establecer su libertad del modo que les acomode, y aun para separarse del resto
de la comunidad, siempre que su reunión sea incompatible con su libertad o
con los medios de prosperar»; sin embargo, entenderá que la vinculación de la
América española a la Monarquía no contraviene su libertad,5 puesto que él,
como muchos de sus contemporáneos, considerará que las Américas no han al-
canzado el nivel preciso de desarrollo como para aspirar a la independencia y,
por extensión a la libertad. Sus planteamientos se insertan en argumentaciones
propias de la Economía Política.
Blanco-White se mostrará dispuesto a aceptar una reformulación de las re-
laciones imperiales con un contenido político que supera los dictados del libre
comercio. La noción de una monarquía «descentralizada», de una visión casi
federal del imperio, es concebida como una alternativa tanto a la secesión «pre-
matura» de las provincias ultramarinas como al mantenimiento de relaciones de
subordinación.
Ambos escritores trataron, desde los presupuestos generales sucintamente
descritos, el tema que suscitaría mayores controversias. Aquel cuya resolución
resultaba perentoria por presión de la diputación americana: la cuestión de la
representación de América en Cortes. Desde la designación del Consejo de
Regencia, los americanos fundarán su protesta en la actitud y las promesas
–incumplidas– de igualdad realizadas por los nuevos gobiernos. Los incum­
plimientos se manifestarán, desde su perspectiva, primero en la negativa a
admitir la formación de juntas en América y, después en los criterios de re­
presentación que se emplean para llevar a cabo la designación del número de
vocales que deben enviarse de Ultramar. Flórez Estrada, por su parte, juzgará
que este criterio se había establecido sobre bases justas, puesto que habían
quedado «naturalmente» excluidas las castas, aunque reconocerá la existencia de
irregularidades en el modo de llevarse a cabo la elección. Por su parte, Blanco
White propondrá que los americanos designen sus propios gobiernos «[...] y

5. «Representación hecha a S. M. C. el Señor D. Fernando VII en defensa de las Cortes»


(1818), en Obras de Álvaro Flórez Estrada, tomo II, Estudio Preliminar de Luis Alfonso Martí-
nez Cachero, bae, t. 113, Madrid, 1958. Ibídem, pp. 207-209.

Contenido 195
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

enseguida envíen sus diputados al congreso de ambos mundos».6 Blanco se


refiere a lo que parece una propuesta de autonomía como «gobierno económico
e interior». Todo apunta a que pensaba en una gran nación americana unida,
que contara con instituciones políticas propias y que se rigiera por medio de un
sistema de autogobierno. Su reflexión, en este sentido, trasciende el problema
puntual de la representación en Cortes. Ya en 1813 advertirá que los americanos
no deberían tener la obligación de mandar diputados a las Cortes peninsulares,
aunque sí de formular un juramento de fidelidad al rey, quien debería nombrar
capitanes generales que estuviesen al frente de las fuerzas militares y fuesen
representantes en América de su poder ejecutivo.7
Blanco insistirá en la incapacidad de los distintos gobiernos peninsulares
para resolver la cuestión americana. Incapacidad que ha culminado en los con­
tenidos de la Constitución, redactados contra las reclamaciones de los diputados
americanos. Así, se decidió que no entraban en la categoría de ciudadanos los
americanos originarios de África, y una determinación de esta envergadura se
había adoptado sin contar con la opinión de los propios americanos, a quienes
más directamente concernía.8
Y, en efecto, fue una cierta incapacidad lo que imperó en los debates habidos
en Cortes en torno a América y, más concretamente, en lo relativo a la cuestión de
la representación. El 9 de enero de 1811 el diputado Quintana exponía su original
punto de vista sobre cómo debía articularse la misma. Expresaba su conformidad
con el principio de representación igualitaria, pero recomendaba la inclusión
de una serie de «adiciones» en virtud de las cuales Quintana contemplaba la
representación de los americanos estructurada en agrupamientos de naturaleza
étnica, ignorando las dificultadas inherentes a la definición de categorías tan es­
curridizas como las castas, pero sobre todo el escaso interés de los criollos por
establecer un modelo de representación de acuerdo a estos patrones.9

6. El Español, i, 30 de julio de 1810, p. 66.


7. El Español, vii, 30 de noviembre de 1813, p. 163.
8. El Español, iv, 30 de noviembre de 1811, p. 134.
9. Diario de Sesiones de las Cortes Generales y Extraordinarias. Editado por el Congreso de
los Diputados en cd-rom, «Serie Histórica», Madrid, 2000, 9 de enero de 1811, nº 105, p. 327; dscge,
23 de enero de 1811, nº 119, p. 420. Josep M. Fradera, «Raza y ciudadanía. El factor racial en la
delimitación de los derechos políticos de los americanos», en Gobernar colonias, Península, Bar-
celona, 1999. Explica cómo el tema de la raza fue instrumentado por los diputados peninsulares
en Cádiz con el propósito de disminuir la representación americana en las Cortes, neutralizando,
de esta forma, las insistentes declaraciones de igualdad así como las consecuencias que podría
tener el reconocimiento del principio de soberanía nacional en el caso de que se hubieran con-
cedido derechos de ciudadanía a las castas. Insiste en el tercer capítulo: «La exclusión (de las
castas) pretendía resolver la contradicción de fondo que se ha expresado en Cádiz: proclamar el
principio de soberanía única e inalienable, pero asegurando al mismo tiempo la supremacía de la
representación de los peninsulares en las Cortes, de la metrópoli», p. 77.

196 Contenido
DE FIN IR Y R E P R E S E N TA R L A N ACIÓN DURANTE LA CRISIS IMPERIAL

En respuesta a las proposiciones de Quintana y de los diputados ultramarinos


de resolver en prioridad el tema de la representación, el diputado Valiente
exponía la que era, posiblemente, opinión mayoritaria entre los diputados
europeos: la necesidad de abortar las revueltas antes de tomar cualquiera otra
decisión.10
Con relación a estas cuestiones, Argüelles declaraba que una vez asentado
el principio de igualdad entre los territorios americanos y peninsulares de la
Monarquía, era preciso que América gozara de «absoluta igualdad de derechos».11
Sin embargo, la provisión de medidas destinadas a dotar de contenido a estos
principios le parecía prematura, dada la inexistencia de información suficiente
para precisar cuál había de ser el alcance de la representación en América
de acuerdo con las circunstancias específicas de estos territorios, en términos,
lógicamente, de composición étnica y distribución de la población. Sería, en la
perspectiva de Argüelles, a la propia Constitución a la que correspondiera fijar
los criterios para la misma. Hasta entonces, el espíritu liberal que informaba
la empresa gaditana conjuraría la perentoriedad de los problemas a resolver.12
Mientras que los diputados europeos apelan a la necesidad de que concluya
la obra de las Cortes para proceder a un estudio exhaustivo de las condiciones
específicas de América y la forma de instituir derechos políticos en esta región
de la Monarquía, y comienzan a vislumbrar las dificultades inherentes a esta
empresa dada la complejidad de la composición étnica de su población. Los
americanos exigirán que esta labor se inicie antes de aprobarse la Constitución,
para que los «sanos principios» que contiene informen el texto desde sus mismos
orígenes.
De hecho, los propios diputados ultramarinos rehusaron la posibilidad de
que las castas estuvieran representadas en las Cortes «por razones de política».
El propio Argüelles advertiría que los americanos estaban reclamando un
derecho de representación igual al que operaba en la Península sin atender a
la compleja composición de la población americana o, más aún, obviando las
particulares características de la misma con el propósito de beneficiarse de esta
situación, es decir, de lograr una representación mayor sin contar en realidad
con los intereses de las castas.13

10. dscge, 9 de enero de 1811, nº 105, p. 328.


11. dscge, 9 de enero de 1811, nº 105, p. 329.
12. dscge, 9 de enero de 1811, nº 105, pp. 329-330.
13. Los criollos, ha afirmado Rieu-Millán: «propusieron un proyecto de transformación de la
sociedad americana, en el sentido de uniformización, de homogeneización cultural, económica y
política. Los indios y las castas fueron valorizados en la medida en que parecían aptos para servir
los intereses de esta sociedad nueva». En definitiva, «se trataba de asimilarlos progresivamente,
sin alterar el orden establecido», en Los diputados americanos en las Cortes de Cádiz: igualdad o
independencia, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 1990, pp. 172-173.

Contenido 197
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

La visión de las castas, así como de los indios y su potencial en materia de


política estaba en muchos casos condicionada por la idea de la «minoridad»
del indio y su innata incapacidad, de donde se infería que el principio de
igualdad de derechos excluía a las poblaciones de origen no europeo.14 El
diputado americano Morales y Duárez comenzaba entonces a vislumbrar los
peligros de excluir a las castas de la representación a costa de disminuir el
número de representantes para América. Existía, en su entendimiento, una grave
contradicción entre los dos tipos de argumentos empleados por los europeos
para impedir la representación igualitaria: su inoportunidad y la minoridad
del indio y de las castas. Morales optará por una encendida defensa del indio,
destinada a afirmar la justicia de la representación igualitaria.15 Laserna, por
su parte, advertiría que el reconocimiento de igualdad excluía a las castas y,
de insistir los diputados americanos en contar con una representación basada
en los mismos criterios numéricos que en la Península, las mismas debían de
contar con una representación proporcionada; de lo contrario, se incurriría en
una injustificable contradicción.16
Necesariamente, al plantearse la cuestión de América, los diputados se
verán abocados a reflexionar sobre cuál debe ser la capacitación del sujeto de
derechos. El diputado Espiga hablaba de: «la grande diferencia que hay entre
el derecho de naturaleza y de ciudadano simple y el de representación, y
que los Gobiernos pueden aumentar o disminuir este vacío según las diversas
circunstancias [...] La representación no es un derecho esencialmente unido al
de ciudadano: es el resultado de las cualidades y circunstancias que exige la
ley».17 Este tipo de planteamientos, como es sabido, terminarían por imponerse
en la redacción del texto final de la Constitución.
El 7 de febrero de 1811 se aprobó un nuevo compromiso que afirmaba el
principio de igualdad entre españoles americanos y peninsulares, pero no se
admitió la posibilidad de su materialización inmediata. El decreto fue aprobado
por ciento veintitrés votos a favor y cuatro en contra, pero sesenta y nueve
diputados rechazaron su aplicación en Cortes, mientras que sesenta y uno
estuvieron a favor de que se hiciera efectivo.18 Dos días después, un nuevo
decreto aseguraba que la representación de los americanos en las futuras Cortes
se haría de acuerdo a principios idénticos a los que rigieran el sistema de

14. En estos términos se expresaba, por ejemplo, el diputado Valiente. dscge, 23 de enero
de 1811, nº 119, p. 425.
15. dscge, 7 de febrero de 1811, nº 134, pp. 516-517. Similar a esta defensa, la del diputado
Feliu el 30 de enero de 1811, nº 126, pp. 463-464.
16. dscge, 7 de febrero de 1811, nº 134, p. 511.
17. dscge, 9 de enero de 1811, nº 105, p. 332.
18. dscge, 7 de febrero de 1811, nº 134.

198 Contenido
DE FIN IR Y R E P R E S E N TA R L A N ACIÓN DURANTE LA CRISIS IMPERIAL

representación en la Península, y que éstos quedarían debidamente consignados


en el texto constitucional.19 No obstante, en el futuro inmediato no existió
ocasión de dar cumplimiento a estos compromisos. Y, sin embargo, parece
evidente que la igualdad de representación era si no la solución, sí al menos
uno de los componentes esenciales del remedio que debía prepararse para
corregir los excesos en América. Pero esta recomendación fue desatendida y se
dio, de esta forma, un paso más en lo que los americanos interpretaban como
una escalada ascendente de agravios. La cuestión de la representación fue
esgrimida por la diputación americana en Cortes como un argumento para dar
satisfacción a sus demandas y, en América, como una razón para desvincularse
definitivamente del proceso constituyente y, por ende, de la Monarquía.
La Constitución de Cádiz hará depender la representación política de la
nación. Ahora bien, la consagración del principio de soberanía nacional, cuando
no se sabe como encajar en la nación a una población que, por su composición
étnica, se concibe como parte política pasiva de la Monarquía, creará una
notable insatisfacción del lado de las elites criollas, dispuestas ahora a gestionar
de forma autónoma la exclusión, pero no a admitir ser ellas las excluidas.
Las exigencias de los diputados americanos por lograr una representación
equitativa en Cortes constituyen el elemento principal de ese esfuerzo en favor
del reconocimiento de unos intereses específicamente americanos sin que su
existencia implique, necesariamente, una renuncia a ser parte integrante de
la Monarquía. Sólo cuando se revele como imposible el intento por conciliar
pertenencia a la Monarquía con autonomía política, la independencia se
convertirá en un objetivo insoslayable.
América, en efecto, no fue realmente tenida en cuenta en las elaboraciones
políticas e intelectuales que subyacían a la obra de Cádiz. Y ello no únicamente
porque en una coyuntura política tan extraordinaria como la que justificaba
la reunión de las Cortes pareciera insensato conferir a estos territorios la
misma posición que se otorgaba a los peninsulares, sino también porque
«intelectualmente no se concebía que América pudiera tener información
válida para determinar la constitución de la Monarquía».20 Y, sin embargo,
América podía haber proporcionado, desde parámetros idénticos a los que se
empleaban en la Península, una opción para pensar y resolver la crisis que,
muy posiblemente, hubiera contribuido a neutralizar el impulso secesionista,
y más aún, a que en Cádiz se adoptara un modelo de comunidad política,

19. Los comenta Michael P. Costeloe, Response to Revolution, Imperial Spain and the
Spanish American Revolutions, 1810-1840, Cambridge University Press, Cambridge, 1986,
p. 175.
20. José María Portillo, «Crisis de la Monarquía, 1808-1812», en Pablo Fernández Albaladejo
(ed.), Los Borbones. Dinastía y memoria de nación en el siglo xviii, cepc, Madrid, p. 607.

Contenido 199
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

de Monarquía, con menos presencia de nación. Mientras que los territorios


peninsulares lograron mantener el protagonismo político adquirido durante
la crisis de la Monarquía para transmutarse en nación en el contexto de la
revolución constitucional, América no llegó a incorporarse a la matriz diseñada
en Cádiz, y ello porque el principio de igualdad consagrado desde las proclamas
de la Central fue insistentemente desatendido.21
Si, en efecto, la nación iba a significar la reunión de los representantes de
los pueblos depositarios de la soberanía durante la crisis de la Monarquía,
lo cierto es que los pueblos de América quedarían finalmente fuera de ese
continente político que ya no era la Monarquía sino la nación en el contexto
de la revolución constitucional. La nación era ahora el sujeto político que
encarnaba la soberanía y, sus miembros, portadores de derechos. La cuestión
es que no todos los habitantes de la Monarquía, como se deduce de los debates
constituyentes, podían ser sujetos de derechos. La libertad política, es decir,
la libertad de la comunidad política, se actualizaba en la representación y
a quienes correspondía representar era a los ciudadanos, que lo hacían en
nombre de todos los españoles.
En definitiva, lo que 1812 significa es, en efecto, el desplazamiento del
espacio político como ámbito de identidad y de reconocimiento de derechos,
de la Monarquía a la nación. Esta transformación adopta una formulación que
permite a los criollos, al sentir que su situación de dominación en América peligra
de hacerse efectivo el principio de nación que se propone en Cortes, reproducir
lo que acontece en la Península y optar por proponer, en América, la adopción
de la soberanía nacional esta vez razonada en términos de autodeterminación.
Es decir, el principio de libertad política, de la comunidad nación, es utilizado
en América en favor de una nación que ahora no se reconoce en la española.
De esta manera, los criollos trataban de sustraerse a lo que en Cortes percibían
como despotismo nacional, surgido de la convivencia entre la supremacía de la
nación española y la desigualdad en la representación.22
En definitiva, en Cádiz no se pudo dar una respuesta positiva a las propuestas
americanas por preservar, encarnado en la Monarquía, un sentimiento de adhesión
a la patria común, conciliable con el disfrute de la libertad política en Ultramar, lo
cual hubiera implicado quizá no necesariamente una representación más ajustada
en Cortes, siempre que este déficit hubiera sido cubierto con grandes dosis de au-
tonomía. En este sentido, en efecto, la patria como lealtad cívico-institucional a una
Monarquía basada en principios liberales, dejó de constituir una alternativa.23

21. Ibídem, p. 610.


22. Ibídem, p. 618.
23. Pablo Fernández Albaladejo, «Dinastía y comunidad política: el momento de la patria»,
en Pablo Fernández Albaladejo (ed.), Los Borbones. Dinastía, p. 531.

200 Contenido
DE FIN IR Y R E P R E S E N TA R L A N ACIÓN DURANTE LA CRISIS IMPERIAL

Es preciso tener en cuenta que el liberalismo en general, y el gaditano en


particular, tratará de poner fin al orden del Antiguo Régimen y, a un tiempo,
contener las aspiraciones democráticas que pudieran desprenderse de sus pro-
pias doctrinas. En este intento, los intereses corporativos debían rechazarse en
beneficio de un representante que lo era de la voluntad general, de la nación
como un todo. «Como resultado, se negaba la representatividad especial, postu-
lando la única representación de la nación, ahora entendida como un ente abs-
tracto y unitario, y no como un mero agregado de provincias o estamentos».24
De alguna manera, el individuo propietario es reconocido políticamente en la
división entre españoles y ciudadanos. De ahí también la sanción a un sistema
de representación copado por una elite. Más allá de esta situación, existía esca-
sa precisión en cuanto al modelo representativo que debía sancionar la Consti-
tución.25 La cuestión es que tal indefinición, que afectó a la totalidad del debate
en torno a la representación política en Cortes, podía no haber desembocado en
la independencia de los territorios americanos de haberse considerado a éstos,
como se dijo más arriba, portadores de una información relevante en el proceso
de reorganización (constitucionalización) de la Monarquía.

24. Ignacio Fernández Sarasola, «Representación, mandato y racionalidad en el pensa-


miento liberal», Debates Constitucionales. Revista Electrónica de Derecho, nº 1, 1999, p. 5.
25. Clara Álvarez Alonso, «Un rey, una ley, una religión (Goticismo y constitución histórica
en el debate constitucional gaditano)», Historia Constitucional, Revista electrónica, nº 1, junio
de 2000, pp. 125, 134-140.

Contenido 201
LA LEGITIMIDAD REPUBLICANA

Contenido
La idea de la «soberanía particular de los pueblos» en la revolución
de la Banda Oriental
Bárbara Díaz Kayel
Universidad de Montevideo

A efectos de facilitar la comprensión del tema planteado, creo necesario


realizar un breve apunte sobre las características que adoptó el movimiento
revolucionario en la Banda Oriental.
Este territorio constituía una región fronteriza entre España y Portugal y,
como tal, fue fuente continua de disputas entre ambas potencias. La ciudad
principal, Montevideo, no tenía jurisdicción sobre toda la Banda sino sólo sobre
un pequeño territorio circundante. El resto estaba sometido a la jurisdicción de
Buenos Aires y el norte a la de Yapeyú, heredera del área misionera.
Fundada en el siglo xviii, Montevideo carecía del timbre aristocrático de otras
ciudades americanas. Sus pobladores se dedicaban básicamente a la actividad
comercial y sus vínculos con las casas comerciales españolas eran estrechos.
Su condición de apostadero naval del Atlántico sur, hacía que se concentrara
en ella un núcleo importante de marinos hispánicos. El núcleo dirigente de la
ciudad era, pues, a diferencia de otras ciudades importantes de América, mar-
cadamente peninsular. Por su actividad portuaria, Montevideo rivalizaba con
Buenos Aires, a quien disputaba la primacía en la región.
La campaña oriental presentaba una forma de vida peculiar, que giraba en
torno a la actividad ganadera. La abundancia de ganado había desarrollado
una clase de gauchos, –«hombres sueltos» los llaman los documentos de la
época– que vivían de esa abundancia y del contrabando. Junto a ellos, un gru-
po de hacendados que había elegido vivir en sus establecimientos de campo

Contenido 205
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

enfrentando múltiples peligros y sintiendo en carne propia el olvido de las au-


toridades peninsulares frente a sus múltiples reclamos.
Fue lógico entonces que, frente a la creación de la Junta de Mayo, Montevideo
y su jurisdicción proclamaran su lealtad al Consejo de Regencia, mientras que la
campaña, en particular la zona litoraleña, con importante influencia de Buenos
Aires, aceptara a la Junta. Tal dicotomía reflejaba una incomprensión de fondo
entre la «Banda-pradera» y la «Banda-puerto», por emplear la denominación
acuñada por el historiador uruguayo Washington Reyes Abadie.
La revolución oriental será pues un movimiento esencialmente rural, dirigido
en primera instancia contra el regentismo montevideano. Las medidas impuestas
por las autoridades de la ahora capital del virreinato –verdaderas exacciones
económicas– acabaron de predisponer a los hombres de la campaña contra la
capital. Afirma el historiador Pivel Devoto que dichas medidas «hicieron las veces
de fuerzas catalizadoras en un medio cuya desorganización lo predisponía desde
hacía tiempo para ser el escenario natural de un movimiento revolucionario».1
José Artigas, perteneciente a una de las familias fundadoras de Montevideo
y gran conocedor del medio rural, donde había vivido durante años, pertenecía
al Cuerpo de Blandengues, suerte de policía rural creada en 1797. En enero de
1811 deserta y se dirige a Buenos Aires, donde se pone al servicio de la recién
creada Junta Grande. Desde allí vuelve a la Banda Oriental donde comienza la
revolución desde la campaña hacia Montevideo.
La identidad de propósitos entre la revolución oriental y el movimiento
de Mayo comienza a quebrarse cuando Buenos Aires negocia un armisticio
con la autoridad hispánica de la ciudad-puerto que exige a los orientales el
levantamiento del sitio de Montevideo y la sumisión de todo el territorio oriental
a la autoridad regentista.
En octubre de 1811, Artigas retira su ejército de las puertas de Montevideo
y se dirige al norte, fuera de la jurisdicción montevideana. Sorpresivamente,
una multitud lo seguirá en lo que la historiografía clásica denominó el «Éxodo
del Pueblo Oriental». Es en esas peculiares circunstancias que se articulará el
proyecto político artiguista, en oposición al proyecto centralista que por la
misma época se estaba gestando en Buenos Aires.
La revolución nacida en Buenos Aires oscilaba, en efecto, entre el respeto a
los gobiernos locales y la idea de la indivisibilidad de la soberanía, tendencia que
finalmente será la triunfante. A la Junta de Mayo, en que Buenos Aires se arrogó
la representación del conjunto de las Provincias, sucederá la Junta Grande,
donde los pueblos del virreinato adquieren representación. En noviembre de

1. J. E. Pivel Devoto, Raíces coloniales de la Revolución Oriental de 1811, Medina, Mon-


tevideo, 1957, p. 263.

206 Contenido
L A ID E A D E L A «S OBE RA NÍA PARTICULAR DE LOS PUEBLOS»

1811 triunfará una vez más la tendencia centralizadora con la creación del
primer Triunvirato, hasta que en octubre de 1812 un nuevo movimiento intente
poner freno al proyecto unificador porteño.
Nuestro estudio se centrará en documentos producidos entre 1811 y 1813,
período en el que se concreta el proyecto político de la revolución oriental.

Una vez aclarados los hechos que constituyen el marco espacial y cronológico
de esta investigación, es preciso abordar los aspectos teóricos vinculados a la
idea de «soberanía particular de los pueblos».
En primer lugar, hay que recordar la primacía de la ciudad como centro
articulador del mundo hispánico, tanto peninsular como americano. Como han
explicado los historiadores Guerra y Chiaramonte, la unidad política de los
reinos hispánicos es la ciudad, cabeza de un territorio circundante. La ciudad
era una categoría política y no meramente social. La unión de los reinos bajo la
monarquía en modo alguno había menoscabado dicha célula básica en torno a
la cual se articulaban todas las actividades de los vecinos y que constituía para
ellos su primer referente político.
Afirma François-Xavier Guerra que el problema central de las Revoluciones
Hispanoamericanas es «quién gobierna y en nombre de quién».2 La crisis de la
monarquía desempolvó las doctrinas clásicas del pensamiento hispánico acerca
del origen del poder, doctrinas que, si bien oscurecidas durante el período
borbónico, seguían bien presentes en el imaginario popular de uno y otro
lado del Atlántico. La prisión de Fernando VII llevó, en España y América, a la
puesta en práctica de la teoría de la retroversión de la soberanía: ausente el rey,
la soberanía vuelve a los pueblos en donde se origina.
Ahora bien, a pesar del acuerdo generalizado en esta postura, existían
grandes diferencias a la hora de su aplicación, en primer lugar, se discutía
si la retroversión era en el pueblo o en los pueblos. La distinción entre
singular y plural –explica Guerra– comporta una diversa conceptualización
correspondiente al modo de pensar moderno o tradicional. La expresión «los
pueblos» hace referencia a poblaciones concretas, numerables y fácilmente
identificables como aquellas con cabildo.
Mariano Moreno, ideólogo de la Revolución de Mayo, a pesar de la innegable
influencia rousseauniana de algunos de sus escritos, defiende esta idea de
soberanía de los pueblos. Así por ejemplo, refiriéndose al modo en que cada
provincia reasumió su soberanía, expresa:

Cada Provincia se concentró en sí misma, y no aspirando a dar a


su soberanía mayores términos de los que el tiempo y la naturaleza

2. F.-X. Guerra, Modernidad e Independencias, Mapfre, Madrid, 1992, p. 122.

Contenido 207
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

habían fijado a las relaciones interiores de los conprovincianos,


resultaron tantas representaciones supremas e independientes cuantas
juntas provinciales se habían erigido.3

Y en otro lugar agrega:

Nuestros pueblos entraron felizmente al goce de unos derechos que


desde la conquista habían estado sofocados; esos derechos se derivan
esencialmente de la calidad de pueblos y cada uno tiene los suyos,
enteramente iguales y diferentes de los demás4.

Comentando estos textos, Chiaramonte advierte que la lectura de Rousseau


no había podido anular en Moreno estas referencias a lo que constituía la
realidad política de su tiempo. Algo similar veremos en los documentos
fundamentales referidos a la revolución oriental.
Ahora bien, esa retroversión de la soberanía a «los pueblos» implicaba cierta
ambigüedad. ¿A qué –exactamente– podía denominarse «pueblo»? ¿Eran pueblos
las ciudades con cabildo, centros articuladores de un territorio, o lo eran sólo las
ciudades capitales que –como Buenos Aires– se arrogaban ese derecho?
Guerra afirma que «cuando la ruptura de los vínculos con la autoridad suprema
de la Monarquía llevó a la proclamación de la soberanía de los «pueblos», lo que
aparecieron allí fueron las ciudades principales. Éstas, verdaderas ciudades-
estado, son las que reasumen la soberanía, las que promulgan constituciones,
las que proclaman la Independencia, las que combaten y se combaten: los
actores políticos reales, las verdaderas comunidades políticas que luchan por la
independencia y acceden al fin a ella».5
Sin embargo, la revolución oriental contestó este principio: su proyecto
político culminará en una propuesta federal, como garantía de la preservación
de las libertades locales. Tal fue el origen de los conflictos que protagonizaron
en el río de la Plata los hombres de Buenos Aires por un lado y los caudillos
provinciales por otro, entre los cuales sobresalió la figura de José Artigas.

Las primeras definiciones político-jurídicas de la Revolución Oriental


aparecen –como se ha dicho– a partir de octubre de 1811, con ocasión del
primer desencuentro entre los orientales y el gobierno de Buenos Aires. Y
se desarrollan durante el «Éxodo del Pueblo Oriental» para concretarse en los

3. M. Moreno, citado en J. C. Chiaramonte, Ciudades, provincias, Estados: orígenes de la


nación argentina (1800-1846), Ariel, Buenos Aires, 1997, p. 131.
4. Ibídem, p. 132.
5. F. X. Guerra, Modernidad, p. 349.

208 Contenido
L A ID E A D E L A «S OBE RA NÍA PARTICULAR DE LOS PUEBLOS»

documentos fundamentales emanados del Congreso de Tres Cruces, en abril


de 1813.
En octubre de 1811, el ejército oriental reunido en Asamblea rechaza la paz
firmada entre el gobierno de Montevideo y el Triunvirato porteño, porque ella
comportaba la entrega de la Banda Oriental a Montevideo. Historiando estos
sucesos escribe Artigas:

Seguidamente representaron los ciudadanos que de ninguna manera


podrían serle admisibles los artículos de la negociación; que el ejér­
cito auxiliador retornase a la capital si así se lo ordenaba aquella
superioridad; y declarándome su general en jefe protestaron no dejar
la guerra en esta Banda, hasta extinguir de ella a sus opresores o
morir dando con su sangre, el mayor triunfo a la libertad.6

En esta actitud de los vecinos y ejército orientales subyace la idea tradicional


de soberanía particular. En efecto, los orientales se consideran los primeros
responsables en la defensa de su territorio y aplican al ejército enviado por
el gobierno bonaerense el título de «auxiliador». La obediencia a ese gobierno
tiene límites claros, que son los derechos de los pueblos. No están dispuestos
a volver a depender de Montevideo y discrepan con unos acuerdos en los que
no se les ha consultado. Más aún, deciden continuar en guerra y nombran a
Artigas como su jefe, en un acto claro de soberanía que desafía la pretensión
centralizadora del Triunvirato porteño.
Unos meses más tarde, recordando estos sucesos, Artigas escribirá:

Ellos se creyeron un pueblo libre, con la soberanía consiguiente, unos


hombres que abandonados a sí solos, se forman y reúnen por sí.7

Y en parecidos términos escriben los jefes orientales al cabildo de Buenos


Aires con ocasión del envío de la misión Manuel Martínez de Haedo a la
capital:

Y entonces nosotros, en el goce de nuestros derechos primitivos


[...] nos constituimos en una forma bajo todos los aspectos legal, y
juramos continuar la guerra.

6. Oficio de José Artigas a la Junta de Paraguay, 7 de diciembre de 1811, en Archivo


Artigas, vi, pp. 77-78.
7. José Artigas a Manuel de Sarratea, Ayuí, 6 de agosto de 1812, cit. en W. Reyes Abadie,
O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo Artiguista 2, Universidad de la República, Montevideo,
1968, pp. 13-14.

Contenido 209
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

[...] V. E. no puede ver en esto sino un pueblo abandonado a sí solo y


que analizadas las circunstancias que le rodeaban pudo mirarse como
el primero de la tierra sin que pudiese haber otro que reclamase
su dominio, y que en el uso de su soberanía inalienable pudo de­
terminarse según el voto de su voluntad suprema. Allí, obligados por
el tratado convencional del superior gobierno, quedó roto el lazo
(nunca expreso) que ligó a él nuestra obediencia y allí, sin darla al de
Montevideo, celebramos el acto solemne, sacrosanto siempre, de una
constitución social, erigiéndonos una cabeza en la persona de nuestro
dignísimo conciudadano Don José Artigas para el orden militar de
que necesitábamos.8

¿Cómo interpretar estos textos a la luz de las nociones tradicional y moderna


de soberanía? Por una parte, como afirman Reyes Abadie, Bruschera y Melogno,
el documento denota una «estricta lógica rusoniana»,9 que muestra que este
autor era conocido y leído. Frases como «un pueblo [...] en uso de su soberanía
inalienable», «el primero de la tierra», «el acto solemne, sacrosanto siempre de
una constitución social», hablan de un comienzo ex nihilo, de un dejar de lado
todo lo anterior, un verdadero inicio de una historia del todo nueva y del todo
heroica. Campea también el espíritu democrático, ya que es ese pueblo quien,
en uso de sus derechos, se da una cabeza, si bien restringe su autoridad al
«orden militar».
Sin embargo, queda también de manifiesto la idea de la retroversión, aunque
ya no es la retroversión de la soberanía real a los pueblos, sino del gobierno de
Buenos Aires al pueblo oriental: la revolución había instituido un lazo de hecho
entre los pueblos y el gobierno, que se había roto por la traición de éste.
La designación de Artigas como jefe de los Orientales le ocasionará un
conflicto entre la obediencia debida al órgano de gobierno bonaerense, que
le había conferido el grado militar, y el ejercicio de su autoridad como jefe
de los Orientales, otorgada por decisión popular. En esa encrucijada, Artigas
optará por esta última, poniendo por delante el nombramiento emanado de la
voluntad oriental. Esta adhesión al principio de soberanía popular constituye
un rasgo típicamente moderno, que trasluce la nueva legitimidad democrática:
«Yo no por mí, por ellos soy constituido jefe suyo».10

8. Jefes Orientales al cabildo de Buenos Aires, Ayuí, 27 de agosto de 1812, en W. Reyes


Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, Artigas: su significación en la Revolución y en el proceso insti-
tucional iberoamericano, Ministerio de Instrucción Pública, Montevideo, 1966, pp. 198-199.
9. W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, Artigas, p. 199.
10. José Artigas a Manuel de Sarratea, op. cit.

210 Contenido
L A ID E A D E L A «S OBE RA NÍA PARTICULAR DE LOS PUEBLOS»

Poco después, reafirmará esta nueva legitimidad en el discurso pronunciado


ante representantes orientales en el Congreso de Tres Cruces: «Mi autoridad
emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana».11
La soberanía del pueblo oriental se manifiesta, en esta primera época, en la
acendrada defensa de la autonomía militar frente a los intentos de absorción
del ejército porteño. La defensa del propio territorio es considerada un derecho
inalienable de cada pueblo, y el hecho de la participación de otros pueblos
en la lucha no les otorga otro carácter que el de auxiliadores, palabra una y
otra vez repetida en estos meses. Es interesante comprobar que un año antes,
Moreno había utilizado, en referencia al ejército juntista, la expresión «nuestra
expedición auxiliadora».12 No era pues, una idea exclusiva de los orientales. Sin
embargo, el afán unificador del Triunvirato porteño hizo olvidar que el ejército
capitalino se enviaba a las provincias con esa peculiar característica, y sustituyó
el término por el de Ejército de Operaciones.
La defensa de la «soberanía particular de los pueblos» hallaría expresión cabal
en las instrucciones entregadas a Tomás García de Zúñiga para desempeñar una
misión de acercamiento en Buenos Aires. Además de reiterar las pretensiones
orientales de autonomía militar, se pedirá al superior gobierno que «la soberanía
particular de los pueblos [sea] precisamente declarada y ostentada como el
objeto único de nuestra revolución».13
Reaparece aquí el elemento tradicional, de cuño hispánico, de «los pueblos»
como entidades concretas a las que se atribuyen derechos inalienables. Y hay
una afirmación tajante del objetivo revolucionario: proteger esa soberanía. Im­
plícitamente, pues, se rechaza la pretensión del gobierno porteño de establecer
un único «pueblo», en abstracto, y una soberanía indivisible radicada en la
ciudad capital.
El último aspecto a analizar se centrará en las resoluciones del Congreso de
Tres Cruces, de abril de 1813, convocado por Artigas para reconocer a la Asamblea
constituyente erigida en Buenos Aires y elegir diputados para dicha Asamblea. Allí
se ejercita la «soberanía particular» en hechos trascendentes: se «crea», por la
voluntad de los pueblos orientales, la entidad jurídica Provincia Oriental; se
establecen condiciones para la unión con las demás Provincias; se habla de la
necesidad de una Constitución para el futuro Estado.

11. Oración pronunciada por José Artigas, Delante de Montevideo, 4 de abril de 1813,
Archivo Artigas, xi, 67.
12. M. Moreno, Gazeta de Buenos Aires, noviembre de 1810, en J. C. Chiaramonte, Ciu-
dades, provincias, p. 339.
13. Comisión del ciudadano Tomás García de Zúñiga delante del gobierno de Buenos
Aires, cit. en W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo artiguista 2, p. 13.

Contenido 211
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

El carácter moderno aparece en el uso de vocablos tales como «ciudadano»,


«contrato», «constitución», «voluntad general». A los «ciudadanos» se dirige Artigas
en su discurso inaugural, como depositarios de la soberanía, recordando que
el origen de su autoridad fue «el voto sagrado de vuestra voluntad general».
Asimismo, se manifiesta como un líder democrático, que no decide por sí en
«una materia reservada sólo a vosotros». Más adelante se refiere a la necesidad
de una constitución escrita: «Estamos aún bajo la fe de los hombres y no
aparecen las seguridades del contrato. [...] Es muy veleidosa la probidad de
los hombres, sólo el freno de la Constitución puede afirmarla».14 He aquí un
razonamiento típicamente moderno: la constitución concebida como norma
que otorga seguridad ante la mudable condición humana, la confianza en el
texto constitucional como freno a la maldad de los hombres.
El reconocimiento de lo que había de ser el órgano supremo de las
Provincias Unidas, la Asamblea General Constituyente, se realiza por los orien­
tales mediante «pacto», es decir, estableciendo condiciones que dejaran a salvo
su soberanía particular. En la idea del pacto confluyen, a mi modo de ver, la
tradición escolástica del pacto de sujeción y la moderna del consentimiento, que
probablemente llegara a los orientales a través de las ideas norteamericanas, de
notoria influencia en las definiciones políticas de este momento, como se verá
a continuación.
Entre esas condiciones, se insiste en la liberad de la Provincia y de sus
pueblos, pero se da un paso más en referencia a la futura organización del
Estado: se habla de la «confederación ofensiva y defensiva de esta Banda
con el resto de la Provincias Unidas», como el sistema más adecuado para la
preservación de la libertad de los pueblos y, a la vez, se declara la voluntad de
aceptar una constitución que tenga también por base la libertad.
La propuesta oriental seguía, pues, la tradición hispánica, al respetar sus
unidades políticas históricas buscando recomponer la unidad sin mengua
de la autonomía. En esa búsqueda de unidad con autonomía es que los
orientales echan mano a un nuevo elemento moderno: el constitucionalismo
norteamericano. Se conoce la difusión que tuvo en el Río de la Plata la obra
titulada La Independencia de Costa firme justificada 30 años há por Thomas
Paine, en la que el venezolano García de Sena traducía los principales
documentos de la revolución de las colonias inglesas.
La apelación a las fuentes norteamericanas permitió una armoniosa
conjunción entre lo tradicional y lo moderno. En efecto, en la línea de lo
que fue la historia británica, los norteamericanos no buscaron crear una

14. Oración pronunciada por José Artigas, Delante de Montevideo, 4 de abril de 1813,
Archivo Artigas, xi, pp. 67-70.

212 Contenido
L A ID E A D E L A «S OBE RA NÍA PARTICULAR DE LOS PUEBLOS»

nación ex nihilo, ni se basaron en una noción abstracta de pueblo como los


revolucionarios franceses, sino que procuraron la puesta al día de una tradición
de respeto a las libertades de pueblos y cuerpos intermedios que caracterizó a
la historia inglesa. El sistema federativo permitió conciliar la necesaria unidad
del Estado con las libertades locales, tan caras a las colonias del norte.
Los orientales toman esa experiencia y la adaptan a su realidad por lo que,
como explican los historiadores Reyes Abadie, Bruschera y Melogno, la fór­
mula a que aspiran es «un Estado federal, infiltrado por concepciones de tipo
confederativo, en donde permanentemente alienta la prevención contra el
poder hegemónico de Buenos Aires».15 Es por ello que se procura limitar lo
más posible la competencia del gobierno central en favor de las autonomías
provinciales. Asimismo, este documento se pronuncia por la organización
republicana, forma de gobierno que parece más adecuada a la protección de
la soberanía particular.16

Es momento ahora de establecer algunas conclusiones. En la primera década


de la Revolución rioplatense, los orientales se embarcaron en una lucha por
la independencia entendida sobre todo como autonomía frente al proyecto
centralizador de Buenos Aires.
En esa búsqueda de respeto a su autonomía se entremezclan los elementos
tradicionales y modernos. Es innegable la influencia de Rousseau en algunas
de las definiciones políticas o en el léxico utilizado, pero no se lo toma en su
totalidad, sino en lo que es compatible con el objetivo prioritario de respeto
a la soberanía particular de los pueblos. El elemento norteamericano también
es moderno, pero no excluye lo tradicional. Por otra parte, en la defensa de
la soberanía particular de los pueblos late el elemento configurador hispánico
y el imaginario tradicional de una monarquía plural, conformada por la suma
de poblaciones diferentes y que como tales, como «diferentes», accedían a la
unidad. En la preservación de esas diferencias hay que ver la perduración del
elemento hispánico en la Revolución Oriental.

15. W. Reyes Abadie, O. Bruschera y T. Melogno, El ciclo artiguista 2, p. 108.


16. Cfr. Instrucciones dadas a los diputados del pueblo oriental [...], delante de Montevi-
deo, 13 de abril de 1813, Archivo Artigas, xi, p. 103.

Contenido 213
Disputas sobre el nuevo orden. Propuestas jurídicas de un fundamento
para el México independiente
Mirian Galante
Instituto de Historia, csic

Introducción

Los acontecimientos que sucedieron a las abdicaciones de Bayona supusieron


en todo el ámbito hispano la culminación de un proceso que se había venido ges-
tando desde fines del siglo xviii y que entrañaba la reconfiguración de los principios
constituyentes del orden político. Estudios recientes han puesto de manifiesto la
estrecha vinculación existente entre la denominada revolución liberal hispánica y el
proceso independentista en América Latina.1 Promulgada la liberación del dominio
español, los principales actores de cada una de las nuevas entidades políticas desa-
rrollaron una ingente labor de diseño y ensamblaje de un entramado institucional
y legal sobre el que asentar los estados recién constituidos. La crisis de legitimidad
experimentada en la península y, derivados de ella, los cambios en la propia
conceptualización y praxis del ejercicio del poder expandieron un lenguaje
político nuevo, en el que se aceptaba la soberanía popular como el único princi-
pio válido sobre el que asentar el Estado. Junto con ella, el reconocimiento de la
constitución como expresión normativa objetiva en la que formalizarla y significarla
fueron dos aspectos de una transformación sin duda mucho más compleja que
cierta historiografía ha calificado como modernización.2

1. Existen numerosos trabajos sobre esta temática, pero destacan principalmente los estu-
dios de F. X. Guerra y Jaime Rodríguez.
2. El concepto de modernidad incluye otros aspectos fundamentales como el fin del
sistema de privilegios o el reconocimiento del individuo como el sustento del mismo. Para

Contenido 215
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

En el caso de México, el período comprendido entre la independencia y la


Guerra de Reforma tuvo una especial relevancia en el proceso de definición y
formalización de los principios constituyentes de la nueva entidad emergente:
si por un lado se había proclamado independiente de España y en consecuen-
cia fue promulgando sucesivas constituciones, expresión del ejercicio de una
soberanía autónoma, por otro, las demás normas legales que regían en su
comportamiento como nación emancipada eran las heredadas de la época en
la que había estado bajo dominio español. Al mismo tiempo y desde el punto
de vista de la historia de las ideas, su construcción como Estado moderno fue
un proceso lento, polifacético y no exento de aparentes contradicciones, en el
que el «paradigma de la homogeneidad» orientaba la intervención política hacia
la construcción de una sociedad idealmente formada por ciudadanos que se
percibieran como iguales y que reconocieran al Estado como la única instancia
legítima de poder.3 Desde un punto de vista jurídico, esta actuación pretendía
alcanzar tanto la uniformización social del derecho (fin de los privilegios y de
la excepcionalidad en la ley),4 como la territorial (abolición de los fueros, y
extinción de la diversidad jurisdiccional).5
No son muy numerosos los trabajos dedicados al estudio de los diferentes
proyectos emprendidos en este período para la creación de un código civil en
México. Posiblemente su carácter antiguo, su condición de privados o su consi-
deración como prolegómenos o antecedentes del derecho propio han llevado a
los historiadores del derecho a no concentrar su atención de manera exhaustiva
en ellos. No se puede, sin embargo, pasar por alto la labor realizada desde el
Instituto de Investigaciones Jurídicas por María del Refugio González en esta
dirección.6 Siguiendo en sus planteamientos la formulación de Reyes Heroles
acerca del devenir del liberalismo en México, interpreta el proceso de fijación
del código civil mexicano como reflejo del proceso mental y político del desa-
rrollo histórico del país.

profundizar más en este tema, y su vinculación con las independencias latinoamericanas, F. X.


Guerra, Modernidad e independencias, Mapfre, Madrid, 1992.
3. Mónica Quijada, Carmen Bernard y Arnd Schneider, Homogeneidad y nación. Con un
estudio de caso: Argentina, siglos xix y xx, csic, Madrid, 2000.
4. Bartolomé Clavero, «La idea de código en la ilustración jurídica», Historia, Instituciones,
Documentos, vol. 6, 1979, pp. 87-88.
5. Annick Lemperière, «Reflexiones sobre la terminología política del liberalismo», en
Construcción de la legitimidad política en México, El Colegio de Michoacán–uam–unam–El
Colegio de México, México, 1999, pp. 35-57.
6. Su labor se ha concentrado tanto en la reedición de textos jurídicos fundamentales para
la formación de la jurisprudencia mexicana como en el análisis de la historia del derecho.
Concretamente, para la historia del derecho civil en México en el siglo xix, cabe destacar sus
Estudios sobre la historia del derecho civil en México, unam, México, 1981 y El derecho civil en
México, 1821-1871: apuntes para su estudio, unam, México, 1988.

216 Contenido
D I S P U TA S SOBRE EL NUEVO ORDEN

Aquí más bien se presentarán las diversas propuestas particulares de


codificación como instrumentos activos que contribuyeron discursivamente,
mediante la construcción y articulación de un imaginario formulado en
términos jurídicos, al proceso de definición y consolidación de las variantes
del pensamiento político mexicano en el siglo xix. Así, este trabajo intentará
poner de relieve un tercer proceso de uniformización, el textual, conocido
como codificación. Concretamente se redimensionará la excesiva relevancia
que la literatura más convencional ha otorgado al código napoleónico para
explicar los procesos de fijación de los códigos civiles en los estados liberales.
Mediante la recuperación del protagonismo de una tradición jurídica autóctona,
en este caso la hispánica, se pretende revalorizar otros factores que también
condicionaron dicho proceso.
El material que se ha analizado está constituido básicamente por aquellos
textos de carácter doctrinal elaborados o editados por juristas mexicanos en
la primera mitad del siglo xix que pretendían fijar o formular el derecho im-
perante. En todos ellos sus autores recogieron el derecho vigente, que hasta
entonces se encontraba desperdigado en gran cantidad de cuerpos jurídicos,
con el fin de poner al alcance de los interesados los instrumentos del derecho
aplicable. En concreto, las fuentes documentales sobre las que se sustenta este
trabajo lo constituyen las Instituciones del derecho real de Castilla y de Indias,
de José María Álvarez,7 las diversas reediciones de los manuales de Juan Sala8
y de José Febrero,9 así como de las Pandectas hispano-megicanas.10 El período
que se estudia concluye en 1861, con el proyecto de código civil de Justo Sierra

7. José María Álvarez, Instituciones de derecho real de Castilla y de Indias, 1826, México.
La edición empleada es el facsímil que publicó en 1982 el Instituto de Investigaciones Jurí-
dicas de la unam.
8. Ilustración del derecho real de España. Ordenada por don Juan Sala, reformada y aña-
dida con varias doctrinas y disposiciones del derecho novísimo y del patrio, tomo I. México,
1831. Imprenta de Galván, a cargo de Mariano Arévalo, calle de Cadena núm. 2.
9. Alfonso García Gallo considera el Febrero como un repertorio de leyes: escrito en Es-
paña en 1789-1790, fue reformado varias veces entre 1817-1847 y finalmente se reelaboró en
1870, pasándose a llamar Novísimo Febrero. Alfonso García Gallo, Manual de historia del de-
recho español, Madrid, 1979, p. 485. El Febrero mejicano es la edición mexicanizada del libro
español que se publicó en 1834. En 1850 apareció el Nuevo Febrero, diferente de los demás
textos puesto que carecía del orden de prelación y de la introducción de las acostumbradas
referencias a los códigos españoles.
10. Pandectas hispano-megicanas, de Juan Nepomuceno Rodríguez de San Miguel, según
María del Refugio González, el autor era un jurista de filiación claramente conservadora. María
del Refugio González, «Estudio introductorio», Pandectas hispano-megicanas, unam, Méxi­co,
1991, p. viii. En 1839 y 1852 aparecieron varias ediciones de esta obra.

Contenido 217
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

que, escrito por mandato de Juárez y tras las modificaciones introducidas por
una comisión nombrada a tal efecto, fue promulgado en 1870.11
Para poder analizar con mayor precisión el carácter diacrónico de este pro-
ceso, así como su significación política, se ha fijado un corte que cronológica-
mente coincide con el establecimiento de la constitución centralista, y que jurí-
dicamente marca la consolidación de dos líneas de interpretación del derecho
patrio. En el primer momento la tónica general fue la de la continuidad: se ree-
ditaron textos jurídicos, tanto los españoles que se consideraron fundamentales
como el Álvarez guatemalteco, con modificaciones orientadas a su adaptación
a la legislación específica mexicana. Todos ellos siguieron la tradición de las
Instituciones de Justiniano. En el segundo período, que políticamente se corres-
pondió con un avance en la clarificación de las posiciones ideológicas, puede
apuntarse igualmente una depuración de la intencionalidad política de estas
propuestas de creación de un código civil. Así, por un lado, se continuaron
reeditando los textos anteriores con significativas modificaciones conceptuales,
y, por otro, comenzaron a aparecer formulaciones conservadoras. La firma del
tratado de paz y amistad a fines de 1836 entre el gobierno español y el mexi-
cano disipó el miedo a un intento de reconquista de los peninsulares, lo que
contribuyó a que los sectores conservadores definieran la tradición propia del
derecho enraizándola en una supuesta tradición hispánica que definieron como
opuesta a la romana.
Todos estos textos se elaboraron como expresiones normativas distintas
que compartían el reconocimiento de la soberanía popular como principio
constituyente y la necesidad de objetivación de las normas jurídicas pro­
cedimentales en un código que garantizara la igualdad de la justicia; sin
embargo, entre ellos existían diferencias significativas a la hora de concretar
ambos supuestos. Ello se expresó sin duda en una comprensión divergente
tanto de la persona jurídica como de las relaciones que ésta podía establecer
con los demás sujetos, permitiéndonos su análisis, por tanto, conocer mejor,
cómo se pensaba, desde un punto de vista jurídico, la comunidad política.

1821-1837: de la independencia a la victoria conservadora

Hasta la codificación oficial de 1870 existió entre los juristas mexicanos un


consenso que establecía que para la creación de un corpus textual sobre el que

11. Justo Sierra, Proyecto de un Código civil mexicano formado de orden del Supremo Go-
bierno, Imprenta de Vicente G. Torres, México, 1861. Las fuentes fundamentales que empleó
fueron numerosas, pero destacaron especialmente el código francés y el proyecto de código
civil español conocido como Proyecto García Goyena.

218 Contenido
D I S P U TA S SOBRE EL NUEVO ORDEN

asentar el derecho patrio era necesario retomar las fuentes del derecho histórico
tradicional y reordenarlo. A falta de cuerpos legislativos nacionales se debían
asumir los del derecho indiano junto con aquellas otras disposiciones emitidas
por los congresos desde la independencia. El deseo de contar con un único tex-
to en el que recoger todo el derecho vigente evidenció la necesidad de organizar
todo este material, por lo que se optó por establecer un orden de prelación que
permitiera reconocer una secuenciación en las fuentes del derecho. Este orden
de preferencia fue asumido de manera unánime por los principales juristas del
momento.12 Todos los textos, además, tenían un carácter compilatorio y toma-
ron como referencia en su formulación el Corpus Iuris Civilis de Justiniano. En
este primer momento, las principales formulaciones siguieron la sistematización
de los Instituta, en auge desde fines del xviii.
Como su propio nombre indicaba, las Instituciones del derecho real de Cas-
tilla y de Indias, escritas por Juan Álvarez, cuya primera edición mexicana apa-
reció en 1826, se inscribían en un contexto de reafirmación de la jurisdicción
real frente a la eclesiástica e identificaban a aquella con el derecho patrio. El
texto contaba con un primer apartado dedicado a los principios del derecho, en
el que el autor abundaba en esta idea definiendo el derecho nacional como el
emitido por el rey y completado por las autoridades indianas y locales, opues-
to retóricamente a un derecho romano identificado con el ius commune, de
fuerte impronta religiosa. Reconocía dos ámbitos distintos de la justicia, la civil
y la moral: lo definitorio de la primera era su condición de «no religiosa», y de
la segunda, precisamente, de católica. A su vez, el autor atribuía a la primera
un carácter conmutativo, lo que ponía en juego la relación de las partes de la
comunidad entre sí, y a la segunda, uno distributivo, esto es, en el que primaba
la del todo con las partes. Esta distinción teórica de la justicia, sin embargo, no
aparecía tan nítida a la hora de concretar una comprensión de la jurisprudencia:
«Se inventó pues la jurisprudencia para que los derechos de todos fuesen guar-
dados: para que se dé a cada uno lo que es suyo, se premien sus virtudes y se
castiguen los vicios». Sea como fuere, el cumplimiento de la ley no se debía a la
moralidad de ésta sino al miedo a la pena, lo que nos puede hacer pensar, por
un lado, en un efectivo reconocimiento de la obligatoriedad de la observancia

12. En el Diccionario de Escriche adicionado por J. N. Rodríguez San Miguel se expone


el orden de prelación. «Así que para la decisión de los asuntos parece deber seguirse en los
códigos el orden siguiente: 1. Los decretos de los Congresos mejicanos [sic]. 2. Los de las
Cortes españolas. 3. Las cedulas y ordenes posteriores a la Novísima o las ordenanzas particu-
lares de cada ramo en sus respectivos asuntos, si en ellas no se ha hecho novedad. 4. Recopilación
de Indias. 5. La Recopilación Novísima por la que entiendo haber cesado la Nueva. 6. Fuero
real y ordenamientos. 7. Las Partidas, que son código subsidiario como se puede ver por la
cedula de 15 de julio de 1788». Diccionario de Escriche adicionado por J. N. Rodríguez San
Miguel, «Derecho civil», p. 191.

Contenido 219
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

del derecho positivo, fuera éste justo o no, y, por otro, en la consideración de
la ley como una imposición de la autoridad para el beneficio colectivo de toda la
sociedad. Esta supremacía de los «intereses de la sociedad» se ratificaba
en la definición que aportaba del derecho civil, en la que el sujeto particular
ni tan siquiera aparecía. Su espacio dentro de la jurisprudencia se encontraba
en el derecho privado.
A esta exposición de los principios generales del derecho, le seguía el ma-
terial jurídico tradicional sistematizado en tres ejes: personas (familia), cosas
(propiedad, sucesiones y contrato) y acciones (el proceso). A pesar de su for-
mulación con pretensiones metódicas y racionalistas, sin embargo, la presencia
del derecho tradicional condicionaba de manera contundente los contenidos
concretos de la ley, en la medida en que se recogía la existencia de privilegios
o que la formulación del sujeto jurídico estaba condicionada a una clasificación
múltiple, establecida sin un criterio uniforme. De esta manera, ni la ley adquiría
un carácter general y universal, ni el sujeto jurídico se expresaba como una
categoría unívoca o claramente definida.
Aunque Las instituciones del derecho real de Castilla fue sustituyendo al tex-
to de Sala como manual de derecho en todo Hispanoamérica, sin embargo, las
reediciones de éste continuaron constituyendo un corpus recurrente entre los
juristas mexicanos. Sorprende en este caso su capacidad metamórfica, ya que
fue orientándose cada vez más hacia posturas claramente liberales.
De hecho, La ilustración del derecho real de España, escrito por Juan Sala
en Madrid a fines de siglo xviii, pasó de haber sido simplemente reimpreso, en
1807, añadiéndole las leyes vigentes en Indias según los Autos acordados de
Ventura Beleña y la Política indiana de Solórzano Pereira, a ser reeditado en
una versión «reformada y añadida con varias doctrinas y disposiciones del dere-
cho novísimo y del patrio» en 1831. Esta edición compartía con el texto de Ál-
varez no sólo formato, sino sus principios básicos. Sin embargo, posiblemente
la influencia del Febrero Novísimo del conocido militante liberal Eugenio Tapia
daba cierto cariz más progresista a este texto. Así, frente a una lectura regalista
del derecho, aquí se hacía especial hincapié en que la facultad de dar leyes
era únicamente del pueblo, «que es la reunión de los asociados». Por lo demás,
básicamente mantenía una concepción del derecho civil según la cual éste se
entendía genéricamente como el derecho particular de cada pueblo o nación,
por contraposición al derecho natural y de gentes, comunes a todas las nacio-
nes. De nuevo el sujeto jurídico se definía en función de su participación en la
comunidad en calidad de «asociado» y de su estado civil se hacía una exhausti-
va y compleja clasificación. Igualmente, aunque reconocía el carácter general y
de obligado cumplimiento de la ley, en el desarrollo práctico de los contenidos
se evidenciaba la pervivencia de leyes particulares, es decir, de privilegios.

220 Contenido
D I S P U TA S SOBRE EL NUEVO ORDEN

En ambos casos, al adoptar el sistema de los Instituta como guía en la lectu-


ra de las fuentes del derecho patrio se generaban nuevos posibles espacios de
significación de éste. Los alcances de esta apertura se reducían más a un propó-
sito de intenciones que a su concreción legal. Sin embargo, este proceso resultó
sumamente relevante en la medida en que supuso una toma de conciencia de
la importancia de la elaboración del código civil en la definición de un proyec-
to político para el país. Del mismo modo supuso un intento de reconciliación
entre el derecho vigente y unos principios del derecho fundados en una razón
universal y abstracta. Después de este momento inicial se irán consolidando
dos líneas de interpretación del derecho.

1837-1861: la definición de las posturas jurídicas

En este segundo período, por un lado, continuaron, con ciertas variaciones


significativas, las reediciones de los textos ya presentados; por otro, se publi-
caron otros que expresaron una concepción del derecho distinta. Lo más des-
tacable de este momento fue tanto la «nacionalización» en la denominación de
los manuales, cuya variante también será significativa (Sala mexicano, Álvarez
mexicano, Febrero mexicano y Pandectas hispano-megicanas) como la recu-
peración del debate acerca del derecho romano y su papel en la conformación
del derecho patrio. En gran medida, de hecho, este asunto canalizó la disputa
entre las diferentes concepciones del derecho.
Si en el caso de la aparición del Álvarez en México el derecho romano se
había interpretado en cuanto que ius commune y por tanto se había criticado
por su marcado carácter escolástico, ahora aquel aparecía identificado con un
mito racionalista de carácter universalista, por lo que reivindicar esta tradición
como guía sobre la que asentar el derecho patrio suponía reconocer la capa-
cidad generativa de derecho y no sólo la de la continuidad con el derecho
existente. Por tanto, el interés por él no radicaba tanto en su jurisprudencia con-
creta como en el espíritu que se suponía la irradiaba, esto es, sus principios. Así
se expresaba en la edición de 1845 del libro de Juan Sala: «[...] los romanos, ese
pueblo nacido, según se explica Cicerón, para dar leyes al universo. Sir Walter
Scott llama a su legislación, y con justicia, fuente universal de las de Europa,
porque de allí es de donde todas han derivado sus principios, sus decisiones y
hasta sus errores». Del mismo modo y siguiendo a Joaquín F. Pacheco, aseve-
raba: «Por eso no hemos visto el Derecho romano con la indiferencia a que la
novedad irreflecsiva le ha pretendido relegar. Abolir su estudio, seria extinguir

Contenido 221
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

la unica luz con que podemos caminar en el dédalo de nuestra jurisprudencia,


sumirla en un profundo caos».13
Atendiendo a este espíritu del derecho romano poco a poco se fueron con-
cretando tanto la identificación efectiva entre el derecho civil y el derecho
privado como la tendencia a la consolidación de un sujeto jurídico formado
por derechos y obligaciones sobre el que se asentaba la comprensión de dicho
derecho. Así, siempre en una línea más radical, la tradición del Nuevo Febre-
ro Mexicano, lo expresaba muy claramente en su edición de 1850. Si por un
lado reivindicaba la importancia del método en la codificación, lo que según
Bartolomé Clavero,14 implicaba la demanda de autonomía del derecho frente a
la religión, por otro, formulaba una expresión del derecho civil efectivamente
asentada sobre la idea de justicia conmutativa: «El derecho civil declara los de-
rechos y obligaciones de los hombres en las diferentes condiciones de la vida
privada, y fija los modos de adquirir, conservar, recobrar y perder los primeros
y los medios de hacer eficaces las segundas».15 De esta manera, se configuraba
un ámbito jurídico en el que los individuos podían actuar libremente y con
absoluta potestad frente a la otra esfera, «la pública, sometida al poder autori-
tario y necesario del Estado». Ello fortalecía la idea de un sujeto de derechos al
tiempo que establecía un marco en el que las relaciones entre cada uno de ellos
tendían a establecerse en términos de igualdad, lo que permitiría comprender
mejor por qué en esta edición del Febrero se presentaba una categorización del
estado civil del hombre mucho más simplificada que las formuladas hasta en-
tonces (entre ciudadanos y extranjeros, y naturales y extranjeros). La definición
prácticamente unívoca de la persona jurídica dotaba a ésta de un fuerte carácter
abstracto, universal y generalizable que repercutía además en una concepción
de la ley en la que se insistía en su carácter obligatorio, general y estable.
La centralidad de la discusión sobre el derecho romano en el debate sobre la
fundación del patrio llevó a Juan Nepomuceno Rodríguez San Miguel a terminar
sus Pandectas hispano-megicanas, aparecidas en México en 1839 y reeditadas
en 1852, con unos Apuntamientos contra el abuso de estudiar el derecho con
que se gobernaban los romanos, con preferencia al que rige en nuestra sociedad,
y aun con su positivo abandono. Desde la consideración de la obsolescencia de

13. Juan Sala, Sala mexicano, o sea la Ilustración al Derecho Real de España, que escribió
el Doctor D..., Ilustrada con noticias oportunas del Derecho romano, y las Leyes y Principios
que actualmente rigen en la República mexicana, Imprenta de Ignacio Cumplido, México,
1845, tomo I, p. xv, citado en Miguel Luque Talaván, Un universo de opiniones. La literatura
jurídica indiana, csic, Madrid, 2003, p. 148.
14. Bartolomé Clavero, «La disputa del método en las postrimerías de una sociedad, 1789-
1808», Anuario de historia del derecho español, 1978, pp. 307-334.
15. Nuevo Febrero Mexicano, citado en María del Refugio González, Estudios sobre la
historia del derecho civil en México, unam, México, 1981, p. 56.

222 Contenido
D I S P U TA S SOBRE EL NUEVO ORDEN

su casuística hasta la crítica de sus principios rectores, Rodríguez San Miguel lo


consideraba inadecuado como fuente del derecho patrio. Su argumentación se
centraba en la presentación del derecho romano como un derecho particular
imperante en un momento y un territorio concretos, e inscrito en una tradición
determinada. Al historizarlo le quitaba cualquier posible carácter universalista
y, por tanto, deslegitimaba una hipotética consideración de la validez de sus
principios y de su sistema. Al mismo tiempo no reconocía la identificación del
derecho civil con el derecho romano. Frente a él abogaba por un derecho patrio
de fuerte raigambre teológica, con intensa impronta histórica, cuyos principales
referentes textuales eran la Novísima Recopilación y las Siete Partidas, hasta el
punto de primar en su ordenamiento de las materias jurídicas el criterio de la
primera.
Las Pandectas, en su intento por agrupar todo el material jurisprudencial,
constituían un cuerpo de legislación con pretensiones globalizantes: enraizando
la ley en la teología, proponían un código con aspiraciones omnicomprensivas
en el que se incluían las diferentes ramas del derecho. Así, el autor consideraba
que el derecho positivo debía adecuarse a los principios de una supuesta tra-
dición autóctona, que él definía en términos básicamente escolásticos, según la
cual no existía, además, separación entre el derecho público y el privado. Todo
esto enmarcado en una comprensión distributiva de la justicia que implicaba,
en definitiva, el reconocimiento de una concepción idealmente jerárquica de la
comunidad política: la ley emanaba de la autoridad y era impuesta a la socie-
dad para su beneficio. Y esto había sido así, según este jurisconsulto, desde el
principio de los tiempos bíblicos. Un supuesto beneficio de todos, definido en
clave moral y garante del orden social, se imponía al individuo, aún a costa de
no asegurar con tanta pulcritud sus derechos. Este texto primaba a una comu-
nidad idealmente jerárquica como sujeto jurídico antes que al individuo, quien
solamente aparecía de forma fragmentaria y sobre el que se incidía más en sus
obligaciones que en sus derechos.
El mito racionalista del derecho romano actuó en este período, como se ve,
en dos direcciones: por un lado, a través de su aceptación, como elemento de
transición entre las formulaciones tradicionales con pretensiones innovadoras
y las racionalistas en clave universalista; por otro, mediante su rechazo, en la
reivindicación de un derecho patrio en términos de nacionalismo antirroma-
nista. Asumiendo el discurso de la racionalidad como unidad estructural básica
del contexto discursivo del momento para validar la legitimidad de la norma
jurídica, sin embargo, el contenido que cada interpretación del derecho daba
a la misma era diverso: mientras los seguidores del modelo de los Instituta
planteaban una razón abstracta con capacidad generativa y de fundamento
igualitario, Rodríguez San Miguel apuntaba más en favor de una razón guiada

Contenido 223
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

por la historia y la religión. En realidad, aunque Rodríguez San Miguel recha-


zaba el derecho romano en su totalidad, sin embargo, el reconocimiento de las
Partidas y de la Novísima Recopilación como el espíritu fundamental sobre el
que asentar el patrio, elaboraciones de ius commune de fuerte substrato roma-
nista, ponía de manifiesto precisamente que lo que rechazaba era una posible
interpretación racionalista, en el primer sentido, del derecho.

Conclusiones

A través del seguimiento de los diferentes textos en los que se intentó


compilar el material jurídico vigente en México entre 1821 y 1870 se ha podido
apreciar la existencia de dos trayectorias distintas que aunque compartían ele­
mentos presentaban igualmente diferencias significativas.
Estas diferencias se fueron conformando y consolidando a la vez que se
producía una mayor clarificación de las posturas ideológicas sobre las que
se delineaban proyectos diversos de conformación del Estado, lo que ocurrió
básicamente para fines de la década de los treinta. Se fueron expresando dos
comprensiones distintas del derecho. Por un lado, la tradición de las institucio-
nes que aunque en su evolución no llegarían a constituir un código en sentido
moderno, sin embargo, sí generaron espacios de reformulación del derecho
tradicional que permitieron interpretaciones más próximas al iusracionalismo.
Estos trabajos fueron abriendo el camino hacia una visión del mundo jurídico
desde el individuo, que explicaba la comunidad política desde este sujeto y que
terminará por construir un aparato legal sobre la idea de los derechos y deberes
de éste; para este grupo el derecho emanaba «desde abajo» y su fin primero era
proteger y asegurar los derechos individuales frente a una posible intromisión
del Estado. Su tendencia hacia la consideración del sujeto jurídico en términos
abstractos y racionales, así como su reconocimiento como el sustento del dere-
cho en su totalidad abrieron el camino hacia una concepción igualitaria de la
comunidad política y a una comprensión de la misma, no como un todo colec­
tivo indiferenciado, sino conformado desde la propia individualidad de cada
uno de los sujetos que la integraban. Por otro lado, aquellos juristas que pri-
maban un supuesto derecho del Estado, que según ellos personificaba a la co-
lectividad, construían sus propuestas jurídicas sobre el principio de autoridad,
de tal manera que en ellas el derecho se expresaba más bien como una regla
social impuesta al individuo. Su deseo de controlar y limitar cualquier cambio
que pudiera hacer peligrar el orden social establecido se expresó en un fortale-
cimiento de las obligaciones del individuo para con la comunidad política. Su
espacio de actuación libre apenas quedaba delimitado en la medida en que ni

224 Contenido
D I S P U TA S SOBRE EL NUEVO ORDEN

se configuraba un ámbito privado del derecho, separado de otro público, ni se


fijaban las fronteras entre el derecho y la moral.
En definitiva, estas dos tendencias eran expresiones que pretendían regular
jurídicamente el ordenamiento de la sociedad, pero que variaron en función
de cómo caracterizaron dicha sociedad. En cualquier caso, no se puede olvidar
que la discusión acerca de las diferentes maneras de definir el estado y sus
elementos constitutivos se desenvolvió tanto en la disputa política como en la
jurídica.

Contenido 225
La idea de la legitimidad política en el periódico La Sociedad de la ciudad
de México, 1857-1867
Alejandra López Camacho
Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

Hablar de la idea de la legitimidad de un gobierno mexicano a través del


análisis de los editoriales de un periódico, como La Sociedad1 de la ciudad
de México durante la década de 1857 a 1867, es traer a colación una familia de
con­ceptos profundamente involucrados con una preocupación política
esencial de la época, la creación de un gobierno con legitimidad, autoridad
y respeto. Es también referirse a una cultura de ambigüedades léxicas, la cual
puede interpretarse como la falta de concordia entre símbolos y significados,
conceptos e interpretación de los mismos. El presente ensayo estudia tres términos2
per­tenecientes a esa familia de conceptos: «regeneración», «sociedad» y las
«reminiscencias monárquicas». Este análisis nos permitirá observar la evolución
y concepción de una idea, la de la legitimidad de un gobierno mexicano.
En un periodo de vaivén político como lo fue la segunda mitad del siglo xix,
la interpretación y justificación del significado de las palabras e ideas resulta

El presente ensayo es un avance de la tesis de maestría denominada: «Entre leyes divinas


y humanas, el periódico La Sociedad de la ciudad de México, 1857-1867».
1. El periódico La Sociedad apareció por primera vez el primero de diciembre de 1855,
tres meses después de finalizar la Revolución de Ayutla y posterior a la expedición de la Ley
Juárez del 23 de noviembre de 1855. En su primera etapa el periódico desapareció el 8 de
agosto de 1856 para reaparecer en su segunda y tercera época a partir del 26 de diciembre
de 1857 hasta el 31 de marzo de 1867.
2. Estos conceptos están en relación con las palabras-tema o términos frecuentemente
utilizados por los periodistas, ver: Stephen Ullman, Significado y estilo, Ed. Aguilar, Madrid,
1979, p. 76.

Contenido 227
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

compleja si tenemos en cuenta que el mismo léxico utilizado por los hombres
de la época para discutir, para hacer política, para definir a un partido y
para escribir en un periódico, cambiaba al ritmo que mudaban los grupos
políticos en el poder. En este sentido cabe advertir que las ideas de la época
están influenciadas por ideologías, creencias, corrientes y conductas políticas:
liberales, conservadoras, católicas, constitucionalistas y anticonstitucionalistas,
democráticas y antidemocráticas, federalistas y centralistas, republicanas y mo­
narquistas. Los discursos periodísticos del diario La Sociedad son pistas, rastros,
testimonios de significativa importancia para la historia del republicanismo y
monarquismo en la ciudad de México, a la par que muestran la cultura del debate
de un grupo de personas del ambiente periodístico y político, y el devenir de
una sociedad cuyas formas de vida se vieron perturbadas a consecuencia de los
cambios suscitados a lo largo de la primera mitad del siglo xix, y desde luego de
las Leyes de Reforma, la Constitución de 1857 y de la instauración del Segundo
Imperio Mexicano encabezado por Maximiliano de Habsburgo.
El propósito del trabajo es entender y significar esos conceptos de acuerdo
a la misma cultura política de la época y en función de lo que fue percibi-
do como justo y verdadero para los editores de La Sociedad. La intención es
mostrar como la idea de la legitimidad, a lo largo de esta década, recogió la
tradición política del buen gobierno que implicó, en primera instancia, el reco-
nocimiento de la Divina Providencia como autoridad suprema y eje conductor
del buen gobierno, y el reconocimiento del padre conquistador España, es decir,
de esa nación que había formado a la Nueva España. En esa idea además, está
presente el reconocimiento del régimen de gobierno monárquico español que
implicó la legitimidad y rango real de un hombre, el rey, aunque a su vez se
reconoce la conservación de las costumbres y tradiciones católicas, ligado a la
unidad entre los hombres. En segundo lugar, esa idea de la legitimidad admitirá
la independencia de México3 y la no conciliación de los partidos hasta 1864,

3. Es importante aclarar que la independencia de México fue vista por los editores e impresores
de La Sociedad bajo dos aspectos: primero, como la independencia democrática y popular que re-
negaba de la madre España, aunque admitía la religión católica y que fue llevada a cabo por Miguel
Hidalgo y Costilla en Dolores; segundo, como la independencia que promovió la religión católica
y la unión entre españoles europeos, españoles americanos e indios y que fue llevada a cabo por
Agustín de Iturbide y el Plan de Iguala, ver: F. Escalante, La Sociedad, Sección Actualidades, México,
16 de septiembre de 1866, p. 2. Por otra parte, México, como nación independiente, según opinión de
O’Gorman, emergió de la Nueva España y ha pasado por tres entidades históricas distintas y al mismo
tiempo vinculadas: el Imperio Mexica, el virreinato de la Nueva España y la nación mexicana. Es
necesaria esta aclaración, afirma el autor, porque en la historia de las ideas políticas de México
existen dos tesis paralelas y opuestas: primera, que el México actual no es sino el mismo que
encontraron los españoles en 1492; segunda, que el México actual es la Nueva España que ha
llegado a su madurez y mayoría de edad. Sin embargo, la actual República de México no es el
Imperio de Moctezuma, ni el Virreinato de la Nueva España, sino un ente distinto que surgió

228 Contenido
L A IDEA DE LA LEGITIMIDAD POLÍTIC A

tanto como las expectativas de un gobierno moderno donde entró el régimen


republicano, siempre que sus bases sociales descansaran en la conciliación de
la libertad, el orden y la justicia entre los hombres y en el sostenimiento de la
religión católica.
En este trabajo quedan fuera muchos conceptos, sin embargo, se han
tomado en cuenta aquellos que por su naturaleza política fueron utilizados por
los periodistas para debatir, discutir y dialogar con las autoridades de turno y
desde luego, con su opuesto político.
La prensa es un medio de información que abarca prácticas de escritura, for-
mas de pensamiento, patrones de asimilación de los acontecimientos pasados y
presentes, formas de expresión y usos del lenguaje. El periódico La Sociedad de
la segunda mitad del siglo xix, no es una ventana a realidades objetivas, es, por
el contrario, un medio de acceso a la cultura del diálogo político, a las ideas,
palabras y conceptos que definieron una época y a un grupo político. La Socie-
dad y en específico su discurso periodístico, expresa las particulares realidades
versátiles de los hombres que integraron aquel órgano de difusión y enuncia
las formas de concebir el porvenir, ligado a ciertos principios de autoridad y
moralidad que funcionaron como eje de esas realidades.
Parte fundamental de una publicación la determina el grupo de personas que
integra el periódico. En La Sociedad participaron, además de los trabajadores
cuyos nombres no aparecen o sólo se mencionan esporádicamente, los editores:
Félix Ruiz, Francisco Vera Sánchez, F. Escalante (¿-1889) y José María Roa Bárcena
(1827-1908) y los impresores: José María Andrade (1807-1883) y F. Escalante (so-
cios en la impresión), además de Miguel María Barroeta en el año de 1867.
La década de 1857 a 1867 resulta de significativa importancia para la socie-
dad mexicana: fue el periodo cuando se promulgó la Constitución de 1857, el
tiempo cuando apareció el Plan de Tacubaya que desconoció aquella legisla-
ción, el periodo de la guerra de Tres años, la época de los tres grupos en el
poder, el de Benito Juárez (1806-1872), el de Félix Zuloaga (1813-1898) y el de
Miguel Miramón (1832-1867) y desde luego, los años de la intervención fran-
cesa y el Segundo Imperio Mexicano. Y en ese periodo tan oscilante, la prensa
que se amparó en la Divina Providencia como el periódico La Sociedad, puso
a prueba un patriotismo que tuvo como propósito cortar el mal hecho por la
demagogia que había arrastrado a la nación a una guerra social.4

de ese virreinato y éste a su vez de aquel imperio, en Edmundo O’Gorman, La supervivencia


política novo-hispana. Reflexiones sobre el monarquismo mexicano, Fundación Cultural con-
dumex, Centro de Estudios de Historia de México, México, 1969, pp. 7-9.
4. Francisco Vera Sánchez, «Segunda época de La Sociedad», La Sociedad, tomo 1, núm. 1,
México, sábado 26 de diciembre de 1857, p. 1.

Contenido 229
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

La idea de regeneración

En el mes de diciembre de 1857 los periodistas de La Sociedad decidieron


sacar a luz nuevamente su publicación con la intención de llevar a cabo la «rege-
neración futura de la sociedad». Esto obedecía a la necesidad de acallar las voces
demagógicas que habían gritado en el año de 1856, «¡Libertad y Reformas!». Aque-
llas voces, decían los periodistas, habían implicado en boca de los demagogos:5
ignorancia, ceguedad y rencores. A su juicio esos términos habían perturbado
los principios de orden y justicia y al mismo tiempo habían tenido por mira la
dominación de la sociedad.6 Cabe señalar que durante este periodo los grupos
de poder en México se debatían entre dos posiciones: de una parte, los que
apoyaban el Plan de Tacubaya proclamado por Félix Zuloaga que desconocía
la Constitución de 1857; de otra, los que apoyaban el establecimiento de la
Constitución y el resto de las legislaciones reformistas.
Pero, ¿qué implicó el concepto «regeneración» futura de la sociedad en el
transcurso de esta década? En opinión del grupo conservador que integraba la
publicación, las legislaciones reformistas y los gobiernos que habían admitido
tales medidas habían pasado por alto una autoridad, la divina. Es decir, se había
incurrido en la falta de observancia del gobierno de Dios o «autoridad primitiva»
y en la falta de seguimiento de las leyes emanadas por el dogma católico. En
su opinión, la Constitución de 1857 que sostenían los demagogos iba en contra
del acatamiento a la «voluntad nacional». «Que la odie el pueblo, está muy en
el orden natural de las cosas, cuando ella trata de oprimir el culto católico, de
atacar el derecho de propiedad, y en suma, de plantear en el país una política
enteramente exótica y de introducir el desorden y el barullo más completos en
los ramos todos de la administración».7
Importa señalar que cuando se enuncia a la «voluntad nacional» no se está
hablando del predominio de la democracia o del pueblo; por el contrario,
se trata de discursos que intentan poner en boca de ese gran conglomerado
que representaba lo nacional, los proyectos y creencias de otros, como era el
grupo que integraba la publicación, con lo cual se intentaba dar legitimidad a
un discurso. Por otra parte, no mencionar el concepto de «voluntad nacional»
equivalía a la ilegitimidad de los discursos y de los mismos intereses de ese

5. Por demagogo, de acuerdo a la posición de los periodistas de La Sociedad y a su pen-


samiento político conservador, se entiende a su opuesto, a su contrario, a los que sostienen
el ateismo y desconocen el gobierno de Dios y sostienen la Constitución de 1857 y las Leyes
de Reforma; en suma, a los que alteran los principios de orden, justicia, paz y unidad.
6. Ibídem.
7. F. V. Sánchez (editor responsable), «La Constitución de 1857 juzgada por sus mismos
sostenedores», La Sociedad, Sección Editorial, tomo 1, Núm. 61, México, lunes 1 de marzo
de 1858, p. 1.

230 Contenido
L A IDEA DE LA LEGITIMIDAD POLÍTIC A

grupo político. En sí la «voluntad nacional» formaba parte de un discurso político.


Era hablar de todos, pero contar con la aprobación de pocos, era darle voz a la
nación y al mismo tiempo dejarla muda.
La Constitución de 1857 y los gobiernos que habían dado cabida a tal le-
gislación habían faltado al sostenimiento de un elemento fundamental de la
sociedad, la justicia, que en sí «tienen los principios eternos y constitutivos de
toda sociedad, acerca de cuyos principios, ni caben transacciones, ni mucho
menos pueden admitirse transgresiones, so pena de que toda la sociedad se
conmueva».8 En sí la concepción de la «regeneración» futura sacaba a relucir
la ilegitimidad de los gobiernos republicanos y reformistas por haber alte-
rado el curso natural de los acontecimientos, por atacar el dogma católico, la
santidad de la Iglesia, la moral, la paz, y en fin, el orden social que en algún
momento había existido, como fue el caso del periodo virreinal.9 Detrás de esto
lo que vivía era la oposición a los cambios violentos y a las transformaciones
revolucionarias.
La idea de la regeneración futura de la sociedad que se pretendía llevar a
cabo entonces, involucraba la existencia y práctica de los siguientes principios:
la unión del gobierno de Dios con el gobierno del hombre, y por lo tanto la
unión entre los poderes civil y eclesiástico, el reconocimiento del culto católico
como principio rector de la sociedad y la unión de los intereses morales con
los materiales. Otro aspecto de suma importancia contenido en esta idea era
el aspecto económico. Al público lector se le haría ver que esos principios
sociales estarían ligados a la economía de la sociedad, de esta forma, cualquier
error infiltrado en los primeros, alteraría el orden de lo segundo.
Obviamente que para 1857 debieron existir posiciones encontradas. Sin duda
muchos debieron rechazar la Constitución y otros tantos aprobarla. Sin duda tam-
bién que este sería un periodo de cambios políticos y sociales, tiempos de prue-
ba, momentos de fricción entre las distintas facciones políticas y lógico resulta
pensar que cada una haya tratado de imponer lo que a su juicio resultaba posi-
tivo y adecuado para salvar la situación del país que se encontraba en un des-
orden político, sea constitucional o anticonstitucional. Sin embargo, queda claro
que dentro del ambiente periodístico de la época, con frecuencia los grupos po-
líticos hablaron por aquellos que no escribían en las páginas de los periódicos
pero que de alguna forma adquirían voz y presencia en los editoriales.
Con la llegada del Imperio Mexicano encabezado por Maximiliano en el año
de 1864 los periodistas encontrarían las bases sociales para completar la tan
deseada regeneración. El Imperio sería el eje regenerador del buen camino de

8. F. V. Sánchez (editor responsable), «Segunda época de La Sociedad», La Sociedad, Sec-


ción Editorial, tomo 1, núm. 1, México, sábado 26 de diciembre de 1857, p. 1.
9. Ibídem.

Contenido 231
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

México al estar en estrecha relación con la recuperación de una antigua insti-


tución. Ahí estarían presentes los bienes y la seguridad de la existencia de una
sociedad civilizada y de una nación independiente. Entonces la regeneración
sería en tiempo presente y no en futuro y habría legitimidad en el gobierno al
ser resultado de la aclamación de la mayoría. Y, sin duda entonces, la Divina
Providencia sabría adónde conduciría a los hombres. «Pero la hora de su salva-
ción era llegada, y el príncipe elegido para tan grande obra no retrocede ante
ningún obstáculo; exige solamente, como convenía a su decoro, que la libre
voluntad de toda la nación le proclame. Pudo tenerse ya desde entonces como
asegurada la felicidad de México, porque la voluntad del pueblo era conocida,
y sólo le había faltado la ocasión de manifestarse».10
Es importante señalar que la llegada del Imperio fue concebida como obra
de Dios y no de los hombres. Esto de alguna forma justificó la instalación del
Imperio, aunque al mismo tiempo fue parte de una concepción de la realidad
política que aún se apoyaba en creencias católicas. Así, México, después de
haber pasado por todas las penosas fases de su carrera política y de sus amar-
gas experiencias empezaría a gozar, en 1864, de su independencia, libertad,
religión y sobre todo de la paz.

La idea de sociedad

Dado que para los periodistas e impresores fue importante regenerar a la so-
ciedad, un punto central dentro de esta concepción lo constituyó el estudio de
la historia. El conocimiento de la historia sería eje del mejoramiento del futuro,
de ahí que la historia representara una especie de laboratorio científico cuyo
propósito fuera observar la marcha de los hombres en el pasado y así llegar a
resultados demostrables. El estudio del pasado implicaría el análisis y reflexión
de los trastornos sufridos por la sociedad a lo largo de los años; la idea sería
hacer una marcha más segura hacia el porvenir, hacia aquello desconocido que
representaba el futuro del gobierno mexicano pero que proyectaba hacerse
conocido, aceptable, justo y sobre todo, legítimo, elementos esenciales de los
cuales carecía el presente de finales de 1857. Cierto es que durante este pe-
riodo, la deslegitimación que existía hacia su presente no radicaba en especial
en el régimen republicano o persona que gobernaba, sino sobre los principios
sociales que se habían visto atacados por las legislaciones reformistas que pre-

10. F. Escalante (autor del editorial), «El Imperio», La Sociedad, Sección Editorial, tomo. iii,
núm. 359, México, martes, 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.

232 Contenido
L A IDEA DE LA LEGITIMIDAD POLÍTIC A

tendían hacer desaparecer las costumbres y tradiciones legadas de la época


virreinal y de esa parte de patria que le correspondía a España.
En lo anterior es importante advertir que para los periodistas el estudio del
pasado no implicó aventurarse al terreno de las teorías filosóficas donde está
presente el origen de la sociedad y las ideas de los hombres. Por el contrario,
involucró la incursión al estudio de las prácticas de vida pasadas, de lo que
comprendía las formas como se habían desarrollado los distintos regímenes de
gobierno a partir de la independencia y en las formas como éstos habían afec-
tado a la sociedad. Es decir, de las experiencias vividas y de lo que a su juicio
era observable.11
Dentro de esa perspectiva cabe examinar lo que se reconocía como ob­
servable. A partir del desglose de ese sistema o totalidad que implicaba el
vocablo «sociedad», que entre otras cosas involucraba lo material, lo visible
o lo que puede corroborarse, los periodistas hallaban tres componentes. En
primer término se hallaba ese gran compuesto que constituía el territorio, esto
es, el es­pacio geográfico que define y delimita un lugar; un segundo elemento
era el cuerpo social o los diferentes miembros que habitan ese territorio; y el
tercero y más significativo para los periodistas, el poder que disciplina, regula
y norma a esos miembros dentro de ese territorio, pero que, sobre todo, no
atacaba las creencias religiosas.12 En otras palabras, la idea de sociedad durante
este periodo, estaría en relación con la comunidad, con el conjunto de hombres
que viven en un territorio y están agrupados por unas leyes y unas creencias
religiosas. La idea de sociedad entonces, no fue la idea de grupo o asociación,
sino la de un todo, de un compuesto que hoy podríamos definir hasta cierto
punto como «Estado».
Surge la pregunta, ¿cómo se legitimaba la existencia de un poder dentro de
esa sociedad? Dos son las variables que se pueden plantear. Primero, la legitimi-
dad radicaba en el reconocimiento de «un poder o autoridad que, superior a las
fuerzas y a las voluntades individuales, mantenga el orden y la armonía entre
los miembros de la sociedad».13 Segundo, siendo un poder que pudiera repre-
sentar a cada individuo, a cada uno de los miembros que habitaba el territorio
mexicano, es decir, que representara al «yo»14 que cada hombre representa. Es
importante recalcar que dentro de esta visión, cuando se habla de representa-
ción no se está hablando de un gobierno democrático, sino de un poder que

11. F. V. Sánchez (editor responsable), «Consideraciones sobre la situación. (Artículo 1°).


Anarquía», La Sociedad, Sección Editorial, México, tomo I, núm. 2, domingo, 27 de diciembre
de 1857, p. 1.
12. Ibídem.
13. Ibídem.
14. Ibídem.

Contenido 233
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

represente a los mexicanos, no se trata de elección, tampoco de imposición,


sino de aclamación, de aprobación.
Por otra parte, hablar de sociedad y de legitimación de un poder, equivale
a hablar de concordia entre los hombres y sus prácticas de vida, de armonía
entre la naturaleza de la misma sociedad y las leyes que se apliquen a esta,
de relación entre tradiciones y teoría, de sistematización entre lo legítimo y las
bases que sostienen esa legitimidad, de avenencia entre lo aceptable y lo que
sostiene esa aceptabilidad a un territorio, una comunidad, un poder.
Ante ese panorama cabe inquirir en lo siguiente: para los periodistas e
impresores de La Sociedad, así como para el grupo social que representaban,
¿existía ese gran compuesto denominado «sociedad» en el año de 1858, año pos-
terior a la promulgación de las Leyes de Reforma, de la Constitución de 1857
y periodo de existencia de dos gobiernos: el de Félix Zuloaga y el de Benito
Juárez? Evidentemente, los editoriales nos ofrecen una respuesta negativa, cier-
tamente los periodistas no hallaban en México esa «sociedad». Más aún, como
la constitución no respetaba el culto católico que en sí mantenía unidos a los
mexicanos por ser y formar parte de las tradiciones y costumbres de éstos, la
idea de «sociedad» no tenía significado.
Unidad, reconocimiento de un solo Dios, bien común y no particular, equi-
dad y justicia, paz y progreso, eran los principios transmitidos por esas leyes di-
vinas que permitían la formación de una sociedad. Reconocimiento de España
como padre generador de la Nueva España, reconocimiento de las costumbres
y tradiciones legadas por España y fin a la democracia, eran otros tantos funda-
mentos de la concepción de esa sociedad. No existiendo estos elementos que
rememoraban el pasado colonial, no cobraba vida la concepción de sociedad,
tampoco la de justicia, mucho menos prevalecía la legitimidad.

Nuestra sociedad, exclaman con énfasis algunos, hablando de esta


reunión de gentes que habitan el territorio mexicano [...] ¡nuestra
sociedad!... ¿Pero cuál? Pudiéramos preguntarles: ¿Llamáis así, por
ventura, al conjunto de personas que viven en las ciudades y pueblos,
sin ley, sin vínculo de unión duradera, y hasta sin Dios ni culto
reconocidos y acatados? Entonces las palabras de nuestra lengua han
perdido ya su significación, y corremos peligro de no entendernos
dentro de poco. Profundo dolor causa decirlo; pero la verdad es que
los mexicanos hemos llegado a la última desgracia en que una nación
puede verse, y el remedio de nuestro mal es tan difícil, que de hallarle
casi pierden la esperanza los entendimientos más claros y sutiles, los
corazones más confiados y generosos. Nosotros no tenemos sociedad;

234 Contenido
L A IDEA DE LA LEGITIMIDAD POLÍTIC A

en México este nombre es raro; esta palabra no tiene explicación ni


sentido.15

Llama la atención que para los periodistas el remedio a su mal se ubicara


en algo «tan difícil» de alcanzar y casi desesperanzador. Todo indica que esas
dos palabras: «tan difícil» podrían interpretarse como la sigilosa demanda, en
1858, del establecimiento de un sistema de gobierno muy diferente al republi-
cano. Y así lo demostrarían en el editorial del 7 de marzo de 1859, donde, si
bien no propusieron un sistema de gobierno monárquico, sí sacarían a relucir
la necesidad de una intervención europea, principalmente francesa. Más tarde,
en 1864, harían saber que las propuestas monárquicas hechas a lo largo de la
primera mitad del siglo xix habrían sido las propuestas más racionales y justas
que México requería para consolidar el orden y la paz.16

Las reminiscencias monárquicas

Cabe señalar que dentro de la concepción de sociedad, también estuvo


presente el rechazo de los Estados Unidos como modelo de nación por ser
contrario a la religión católica y a los hábitos monárquicos o virreinales de las
naciones hispanoamericanas. Importa distinguir que si bien los Estados Unidos
no representaban un modelo de nación, esto no quería decir que no se advir-
tiera en ellos su riqueza pública y su «material engrandecimiento», el cual se
adjudicaba a la inmigración europea, a la libertad de que gozaba cada Estado
respecto del centro y a su Constitución, que fijaba las condiciones políticas y los
derechos como Estados independientes. Todo, en fin, lo que representaba capi-
tales. Para los periodistas impresores de La Sociedad como José María Andrade
y Felipe Escalante, era un hecho que si los Estados Unidos habían alcanzado
tal grado de abundancia y de inmigración europea, que finalmente constituía
mano de obra, ésta se debía a la paz existente en esa república. Paz que no se
lograba visualizar en México, donde se sacrificaba la paz en aras de las teorías
políticas y no las teorías políticas en aras de la paz practicada en los pueblos
civilizados.17

15. F. V. Sánchez (editor responsable), «La sociedad mexicana», La Sociedad, Sección Edi-
torial, tomo i, núm. 183, México, viernes 2 de julio de 1858, p. 1.
16. F. Escalante (autor del editorial), «El Imperio», La Sociedad, Sección Editorial, tomo iii,
núm. 359, México, martes 14 de junio de 1864, pp. 1 y 2.
17. F. V. Sánchez (editor responsable), «Reflexiones sobre los gobiernos aplicados a la
República», La Sociedad, Sección Editorial, tomo i, núm. 12, México, miércoles, 6 de enero
de 1858, p. 1.

Contenido 235
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Interesa decir que las naciones europeas sí representaban el modelo de


civilización adecuado a las naciones hispanoamericanas por diversas circuns-
tancias: por las raíces latinas de las naciones hispanoamericanas, por el sistema
de creencias transmitido por España, por las bases monárquicas, y finalmente,
por todos los «hábitos y regímenes sociales, religiosos y políticos de la nación,
posteriores y hasta cierto punto anteriores a la conquista».18 En esto resulta signi-
ficativo señalar que cuando los periodistas hacen referencia a la idea de «re­pública»,
también están hablando de democracia, de soberanía popular, de la existencia
de una Constitución y de federalismo. De esta forma, cuando se negaba al
sistema republicano también se negaba el resto. Tal visión de los modelos de
nación para México se atañe a la relación que los periodistas establecían entre
lo que identificaban como «América española», de raíces hispanas y católicas y
la «América del norte», de raíces inglesas y con diversidad de sectas religiosas
y de razas.
Las palabras «América española», utilizadas para hacer referencia al pasado,
a ese pasado posterior a la conquista que involucra la presencia de España,
forman parte de una asociación de América con una Corona española, con
una cultura monárquica, con una época virreinal, con una estratificación social,
con un poder aceptado por tradición y por herencia, y que representaba a
una comunidad. La disolución de esa concepción equivalía a la pérdida de la
nacionalidad, de aquello conocido que identificaba o hacía referencia a lo hispano
y que además recaía en la pérdida de la legitimidad de un poder y en la falta
de unidad social. Para 1858, México era catalogado como un territorio con una
sociedad católica en peligro de extinción y con hábitos que rememoraban el
pasado anterior a los ensayos republicanos.
Los demócratas de la América española, escribía el periodista F. V. Sánchez,

todavía creen, o afectan creer, que la felicidad nacional está en la


soberanía del pueblo; todavía se obstinan en alucinar a las clases
todas de la sociedad con la idea de la perpetua amovilidad de los
gobiernos; todavía persisten, después de tantas constituciones efí-
meras y mil veces declaradas ineficaces por los mismos fautores del
federalismo, que en una constitución democrática consiste la suprema
felicidad de las naciones... ¡Lastimosa obcecación!19

Con lo anterior sale a relucir que si bien los Estados Unidos no represen-
taban el modelo de nación para México, ello no implicaba que se le desco-
nociera como pueblo civilizado, ni que tampoco se advirtieran en ellos los

18. Ibídem.
19. Ibídem.

236 Contenido
L A IDEA DE LA LEGITIMIDAD POLÍTIC A

beneficios del régimen republicano, el problema radicaba en que tal régimen


de gobierno no era aplicable a México por sus raíces hispanas y monárquicas.
De esta forma, las reminiscencias monárquicas se hallaban presentes en la
mencionada recuperación de la sociedad católica, en el bien común y no en el par­
ticular, en el establecimiento de la paz, en el progreso de la ciencia, en el ade-
lantamiento de las artes y en la satisfacción de las necesidades de la vida, tanto
como en el cumplimiento de las leyes que Dios y la patria imponían.20 En otras
palabras, en el deseo callado y disimulado de establecer un imperio, aunque
manteniendo la independencia de México. El error de los liberales mexicanos,
decían los periodistas, era atribuir al sistema republicano el engrandecimiento
material de una nación, cuando en la práctica ésta se debía a otros factores
como la referida paz.
Si bien para el año de 1858 los periodistas y el grupo que representan no
manifiestan abiertamente su preferencia por el establecimiento de un sistema
monárquico, porque además de encontrarse bajo un régimen republicano se
sentían amenazados, como lo manifestarán en 1864 una vez establecido el Se-
gundo Imperio Mexicano, sí dejan ver que, en las naciones hispanoamericanas,
solo tenía cabida el sistema monárquico católico.
La llegada del Imperio en 1864, representaría la consolidación del orden
y la justicia, el punto de salvación de México. El régimen imperial sería el
resultado de la aclamación de la voluntad nacional, la representación más le-
gítima de un gobierno. El Imperio tendría como bandera a la religión católica
y como eje a la Divina Providencia, quien en 1864 habría decidido poner fin
a los padecimientos y problemas que México padecía. Entonces la indepen-
dencia de México estaría salvada por las victoriosas armas de Francia, a ella se
le agradecería la vuelta de la legitimidad de un gobierno. No obstante que a
España se le seguiría reconociendo la paternidad de la existencia de la Amé-
rica española.

La monarquía en que México vivió y prosperó tres siglos, halló


dispuestos los espíritus, los hábitos los elementos sociales, que la
república en su vida borrascosa no pudo cambiar esencialmente. Esto
mismo prueba que no es posible ninguna de las pruebas ensayadas,
sino el Imperio católico, hereditario y moderado, proclamado por los
notables y la nación...21

20. F. V. Sánchez (editor responsable), «La sociedad mexicana», La Sociedad, Sección Edi-
torial, tomo i, núm. 183, México, viernes, 2 de julio de 1858, p. 1.
21. Sebastián Monterde, «Cumpleaños de S. M. el Emperador», La Sociedad, Sección Edito-
rial, México, tomo iii, núm. 381, México, miércoles, 6 de julio de 1864, p. 1.

Contenido 237
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Es interesante examinar en los editoriales los mecanismos de disposición


de las ideas políticas de los periodistas, en ellos se advierte una especie de
lenguajes científico, médico, lógico. Es decir, se habla de males o enfermedades
que aquejan al país, pero también se proponen remedios o soluciones; se es­
tablecen medidas comparativas entre naciones y al mismo tiempo se establecen
predicciones de lo que puede suceder si no se estudia el pasado y el transitar
de otras naciones y si no se siguen las medidas correspondientes en el presente
a partir de la observación de conductas pasadas. Todo, en fin, lo que asegurara
la marcha positiva hacia el futuro.
Importa recalcar que dentro de esos lenguajes, también está presente el
lenguaje religioso utilizado para resaltar los castigos y perdones que ofrecía la
Providencia. Esto constituyó un artilugio para interpretar la realidad de acuerdo
a las creencias católicas de muchos mexicanos y de los mismos periodistas. Y
así justamente se habla de un periodo de tinieblas, del mismo modo que de un
periodo de luz; se establece que es el dedo de Dios el que determina el camino
de las sociedades en el porvenir, pero además de que los gobiernos sólo son
instrumentos de justicia o castigo que obedecen el impulso de la Providencia.
En conjunto, la idea de la legitimidad política giró en torno de ciertas nece-
sidades nacionales que respondieron a necesidades que más allá de ser nacio-
nales intentaron conciliar las creencias católicas entre los hombres; con lo cual,
existió la prolongación de las conductas políticas apoyadas en creencias en las
propuestas de las formas de gobierno.

238 Contenido
LA REPRESENTACIÓN
DE LA LEGITIMIDAD

Contenido
Historia nacional contra historia sagrada: legitimidad y pintura de historia
en la Academia de San Carlos de México durante el siglo xix
Tomás Pérez Vejo
Universidad Autónoma del Estado de Morelos

Introducción

El nacimiento de la modernidad política en Occidente tiene uno de sus


puntos de inflexión en la substitución de la comunidad religiosa por la
comunidad nacional como fuente de legitimidad del ejercicio del poder. Para
decirlo de forma simplificada, el poder que durante siglos se había ejercido «por
la gracia de Dios» pasó a ejercerse «en nombre de la nación». El fundamento
último de la legitimidad política es, en ambos casos, la fe en la existencia de
una comunidad imaginada de pertenencia en nombre de la cual el poder ejerce
y justifica su capacidad coercitiva. Esta comunidad no es, sin embargo, una
realidad preexistente sino que, para ser operativa, necesita ser construida como
tal en el imaginario colectivo de cada sociedad política.
La presencia de un relato canónico en imágenes sobre el pasado ha sido
históricamente uno de los elementos centrales en la construcción de comu­
nidades de pertenencia. Así, durante siglos, lo que el hombre occidental
vio representado en pinturas y esculturas fue la historia de una comunidad
cristiana, un relato de origen, que evidenciaba por sí mismo la existencia de
una comunidad de fe. El cambio de una legitimidad de tipo religioso por
otra de tipo nacional fue acompañado por la substitución de la pintura de
historia religiosa por la pintura de historia laica en la memoria colectiva en
imágenes. En este proceso las Academias Nacionales de Bellas Artes tuvieron
un papel determinante al desplazar al patronazgo eclesiástico como eje de la

Contenido 241
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

producción artística, convirtiéndose así en una de las principales instituciones


nacionalizadoras del imaginario mediante la construcción de una memoria en
imágenes de un pasado, que no era ya el de la comunidad religiosa sino el de
la nación.
En el caso de la Academia de San Carlos de México la substitución de un
tipo de pintura por otra fue lenta y conflictiva, manteniéndose la hegemonía de
la pintura religiosa hasta ya entrada la segunda mitad del siglo xix. En esta po-
nencia se describen las características de este proceso, principalmente el tardío
calendario de substitución de un tipo de pintura por otro; se explican las causas
de esta pervivencia de la pintura religiosa y las peculiaridades y contradicciones
del paso de un tipo de legitimidad a otra; y se analizan los rasgos más relevan-
tes de la construcción nacional mexicana a la luz del discurso identitario de la
pintura de historia.

Algunos aspectos teóricos y metodológicos

Antes de seguir adelante son necesarias algunas precisiones teóricas y me-


todológicas que permitan enmarcar mejor lo que se va a exponer a continua-
ción.
La primera tiene que ver con la evolución del concepto de nación en la teo-
ría política reciente. En los primeros años de la década de los ochenta del siglo
pasado1 se produjo un auténtico giro epistemológico en los estudios en este
campo. Hasta ese momento la idea hegemónica, con diferentes matices, era la
de las naciones como realidades objetivas, de carácter más o menos intemporal
y cuyo origen se perdía en la noche de los tiempos. A partir de esos años fue
substituida por la de las naciones como comunidades imaginadas, fruto de un
tiempo histórico concreto y de origen relativamente reciente, no más de dos
o tres siglos. Estos cambios permitieron que la construcción de las naciones
se convirtiese en un objeto historiográfico plausible. La nación dejaba de ser
una planta de la naturaleza, tal como habían querido Herder y el romanticismo
alemán, para devenir un artefacto cultural, desarrollado en un tiempo históri-
co concreto y susceptible, por lo tanto, de ser abordado por la historia como
construcción humana.
La segunda se refiere a los cambios que llevaron a la entronización de
la nación como forma hegemónica de identidad colectiva de la modernidad.

1. Entre 1982 y 1983 se publicaron las tres obras básicas del nuevo paradigma, Benedict
Anderson, Imagined Communities, Reflections on the Origin and Spread of Nationalism, Verso,
Londres, 1983; John Breuilly, Nationalism and the State, Chicago, 1982 y Ernest Gellner,
Nations and nationalism, Oxford, 1983.

242 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

Hecho que, obviamente, no fue el fruto de un azar histórico sino el resultado


de una serie de cambios que volvieron obsoletas las formas de identidad co-
lectiva vigentes hasta ese momento. Para lo que aquí nos interesa, y por una
serie de factores que no vienen aquí al caso, la identidad colectiva hegemónica
en Occidente hasta ese momento, la que legitimaba el ejercicio del poder, la
religiosa, fue substituida por otra de tipo nacional, que usufructuó las mismas
funciones de legitimación política que la anterior. Para ello la comunidad polí-
tica, la nación, tuvo que desplazar a la comunidad religiosa, la religión, como
forma principal de identidad en el imaginario colectivo de la comunidad. Esto
modifica radicalmente la relación tradicional establecida por la historiografía
entre nación y Estado: no es la nación la que necesita un Estado, es el Estado
el que se construye una nación a su medida.2
La tercera, y última, tiene que ver con el problema de los imaginarios co-
lectivos, las imágenes, las Academias Nacionales de Bellas Artes y el funciona-
miento del ecosistema artístico decimonónico. El problema de los imaginarios
colectivos se ha convertido en uno de los temas historiográficos más controver-
tidos de los últimos años, tanto desde el punto de vista teórico como práctico.
Su continuo uso, y abuso, desde los diferentes campos de las ciencias sociales
hace que su significado resulte cada vez más ambiguo. Para no entrar en un
debate que nos alejaría demasiado del tema central de este trabajo decir que
un imaginario se entiende, en el contexto de la presente investigación, en un
sentido muy cercano al utilizado por Baczko3 de la forma en que una comuni-
dad ordena las representaciones que se da a sí misma. Esto significa, entre otras
cosas, que un imaginario se construye con imágenes, no con conceptos; y, por
lo que se refiere a la identidad colectiva, que se construye con las imágenes,
ordenadas por un discurso implícito, que permiten afirmar la existencia de una
comunidad viviendo en el tiempo. Un sujeto histórico capaz de personalizar el
devenir de una comunidad más allá de las personas concretas que forman parte
de ella. Lo que la pintura habría hecho en Occidente durante siglos habría sido
proporcionar las imágenes con las que se construyó el imaginario que permitía
afirmar la existencia de una comunidad religiosa viviendo en el tiempo a la que
se debía de ser fieles. Ahí están los kilómetros de telas contando la historia del
cristianismo que cubren las paredes de los museos de Europa y América como
prueba palpable de lo que aquí se está diciendo. Lo que el fiel veía en estas
imágenes era la plasmación visible de la existencia de una comunidad de vivos
y muertos de la que él era parte. Cuando el imaginario cristiano fue desplazado

2. Para una ampliación de estos aspectos véase Tomás Pérez Vejo, Nación, identidad
nacional y otros mitos nacionalistas, Nobel, Oviedo, 1999.
3. Bronislaw Baczko, Les imaginaires sociaux. Memoires et espoirs collectifs, Payot, París,
1984.

Contenido 243
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

por el nacional como forma de organización de la realidad social, las imáge-


nes de la historia nacional desplazaron a las de historia religiosa. La misma
pintura que durante siglos había representado episodios del Antiguo y Nuevo
Testamento se dedicó ahora, y con la misma intensidad, a representar episo-
dios inspirados en las historias nacionales de cada país. Y ahí están también
los kilómetros de telas de pintura histórica producidas en Occidente en poco
más de un siglo en las que los héroes nacionales ocuparon el lugar dejado
libre por los santos cristianos como paradigma de un pasado compartido. El
cuerpo místico de la iglesia fue substituido por el cuerpo místico de la nación y
las imágenes de la historia de aquélla por las imágenes de la historia de ésta.
Para explicar este radical cambio es preciso hacer una breve referencia a las
Academias Nacionales de Bellas Artes y al funcionamiento artístico decimonóni-
co. Toda la vida artística de este siglo giró en torno a las Academias Nacionales
de Bellas Artes, unas instituciones dependientes del Estado que, a través de las
Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y un complicado sistema de premios
y adquisiciones públicas, guiaron, tutelaron y controlaron toda la vida artística
de la época. Esto, que afectó a todo tipo de obras plásticas, fue especialmente
claro en la pintura de historia, un género que por sus propias características,
especialmente las que hacen referencia a su formato, grandes cuadros cuyo ta-
maño hacía prácticamente imposible su consumo privado, quedó prácticamen-
te en manos del Estado. Pero era precisamente esta pintura de historia la que
garantizaba el éxito económico y académico de un pintor, frente a los demás
géneros, paisajes, retratos y costumbres considerados como géneros menores,
tal como todavía el uso de este término recuerda en castellano. Esto significa
simple y llanamente que los Estados del siglo xix tuvieron en sus manos una
poderosa herramienta de coerción ideológica que les permitió controlar y guiar
la producción de imágenes de identidad. Es decir, el Estado desplazó también a
la Iglesia, y no es obviamente casual, en el control de la producción de imáge-
nes históricas justo en el momento en que la identidad nacional hizo lo mismo
con la identidad religiosa.4
En resumen, el análisis de las imágenes históricas propiciadas por el Estado,
a través de las Academias de Bellas Artes, se convierte en una fuente precisa y
preciosa de la forma en que un determinado imaginario histórico fue construi-
do hasta hacer real esa comunidad imaginada, en el doble sentido de dotada
de imágenes y construida imaginariamente, que es toda nación; y la pintura de

4. Sobre las funciones y características de la pintura de historia en el siglo xix véanse


Tomás Pérez Vejo, «La pintura de historia y la invención de las naciones», en Locus: Revista de
historia, Universidad Nacional de Juiz de Fora (Brasil), vol. 5, nº 1, 1999, pp. 139-159; y Pérez
Vejo, «Pintura de historia e imaginario nacional: el pasado en imágenes», Historia y Grafía,
16, 2001, pp. 73-110.

244 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

historia en el principal resto o vestigio de la forma en que la identidad nacional


desplazó a la religiosa como forma de legitimación del ejercicio del poder.

La invención de México en las exposiciones de la academia


de san Carlos de México

Pasemos ya al caso de México y la forma en que las Exposiciones de la


Academia contribuyeron a construir una identidad nacional capaz de legitimar
la existencia de una nación mexicana intemporal que desplazó a la vieja legiti-
midad dinástico-religiosa como forma hegemónica de identidad colectiva.
Las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes comienzan en México en una
época relativamente tardía. A pesar de ser una institución de origen colonial los
avatares de la Independencia y la inestabilidad política mexicana durante las
primeras décadas del siglo xix hacen que prácticamente se pueda considerar que
fue refundada por Santa Anna en la década de los cuarenta,5 por lo que la pri-
mera Exposición Nacional de Bellas Artes no tuvo lugar hasta finales de 1849.6 A
partir de esta fecha, y con regularidad variable,7 estas Exposiciones sirvieron para
crear, mostrar y difundir las imágenes con las que se edificó el imaginario nacio-
nal mexicano. Veamos a continuación lo que estas imágenes nos cuentan sobre
las características, ritmos y evolución de la construcción de una nueva forma de
identidad capaz de desplazar a la vieja legitimidad religiosa y hacer del antiguo
virreinato, una mera división administrativa, una nación, un sujeto colectivo de
pertenencia dotado de capacidad mitogénica y legitimadora.

Identidad religiosa versus identidad nacional: la difícil


transición de un modelo de legitimidad a otro

Lo que más llama la atención en el caso de México es la lentitud con la que


las imágenes inspiradas en la historia nacional desplazaron a las de historia

5. El decreto expedido por éste el 2 de octubre de 1843, en el que, entre otras medidas, se
establece «proponer al Gobierno los arbitrios necesarios para el mantenimiento de la Acade-
mia» (Archivo de la Antigua Academia de San Carlos, doc. 4251), puede considerarse a todos
los efectos como el momento de nacimiento de la nueva Academia.
6. Se inauguró el 25 de diciembre de ese año.
7. Las Exposiciones de la Academia fueron anuales entre 1849 y 1859; entre este último año y
1869 solo se celebraron dos Exposiciones, las de 1862 y 1865; en 1869 se establece una periodici-
dad bianual que se mantiene hasta 1881; después de nuevo se vuelve a una cierta irregularidad,
hubo exposiciones únicamente en 1886-1887, 1891-1892 y 1898-1899 (las Exposiciones tenían
lugar normalmente entre diciembre y enero, de ahí la doble fecha, las únicas excepciones fueron
las de 1862, que se inauguró el 1 de enero, y la de 1865, inaugurada el 1 de noviembre).

Contenido 245
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

religiosa en las Exposiciones de la Academia. Si analizamos las obras originales


presentadas a las Exposiciones Nacionales, tanto las producidas por los alumnos
como las de fuera de la Academia (véase gráfico nº 1), lo primero que viene a la
vista es la pervivencia y hegemonía de la pintura de historia religiosa hasta bien
entrada la segunda mitad del siglo xix. Hay que esperar hasta la Exposición de
1865, la única celebrada bajo el gobierno de Maximiliano, para que la pintura
de historia laica desplace a la religiosa en el número de cuadros expuestos.

Gráfico nº 1. Evolución de los temas de historia, religiosa y laica,


en las Exposiciones de la Academia de San Carlos de México sobre el total
de cuadros de historia presentados a las mismas

Todavía más significativo, sin duda, es el hecho de que de el total de cua-


dros premiados y/o adquiridos en las Exposiciones de la Academia anteriores
a 1865 (véase gráfico nº 2) los temas mayoritarios son también aquellos que se
refieren a la historia del cristianismo. El que sean precisamente estos temas los
premiados, además de mostrarnos las preferencias de los medios académicos,
genera un proceso de retroalimentación: los cuadros premiados son a los que
la crítica presta más atención, los que compra el Estado, los que echan las bases
del prestigio de un pintor y, como consecuencia de todo esto, son los temas
preferidos por los alumnos para años sucesivos. Son, además, estos cuadros los
que van a ser expuestos en museos y edificios públicos y los que van a ser re-

246 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

producidos en grabados y descritos pormenorizadamente en revistas y periódi-


cos. Es decir son los que tienen una mayor visibilidad pública. El resultado final
es que el imaginario de las clases cultivadas mexicanas, prácticamente hasta la
entrada del último cuarto del siglo xix sigue monopolizado por una imaginería
cristiana, que alimenta una identidad fundamentalmente religiosa.

Gráfico nº 2. Cuadros de historia laica y religiosa premiados y/o comprados por el


Estado en las Exposiciones de la Academia de San Carlos de México

Hasta la llegada de Maximiliano, el programa iconográfico de la Academia


de San Carlos es el de una academia de arte cristiano, ni nacional ni laica.8 Lo
que los pintores se ven impelidos a plasmar en sus lienzos es la historia de una
comunidad cristiana, ilustrada por episodios del Antiguo y Nuevo Testamento.
Todo ello con el beneplácito de una crítica que ve en esta pintura religiosa la
única digna de inspiración de un artista. Véase, como ejemplo, lo escrito por
un periódico en 1858 a propósito de David, uno de los máximos representan-

8. Resulta sorprendente comprobar que ya en el siglo xviii la Academia de San Fernando


de Madrid, modelo de la mexicana, había propiciado el desarrollo por sus alumnos de una
pintura laica de tipo nacional. Para los datos de la Academia de San Fernando de Madrid,
véase Pérez Vejo, Pintura de historia e identidad nacional en España, Universidad Complu-
tense, Madrid, 2005, pp. 303-364.

Contenido 247
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

tes del triunfo de la pintura de historia laica en Europa más de cincuenta años
antes:

La pintura necesita de la fe, y en Francia no se creía en nada. La pin-


tura necesita inspiración y en Francia no había religión. El artista ne-
cesita un culto, y en Francia no había más culto que el de la prostituta
que simbolizaba la razón en el altar de Nuestra Señora. ¿Qué hacer en
ese caso? Los artistas creyeron en la patria, se inspiraron en la historia,
y adoraron a los grandes hombres. ¡Creencia débil, inspiración triste,
miserable culto!9

Es decir que ya pasada la primera mitad del siglo, todavía El Siglo xix, un
periódico no especialmente conservador dentro del ámbito de la prensa mexi-
cana del momento, no consideraba a la pintura de historia laica como tema
digno del gran arte ni, como consecuencia, la patria digna de ocupar el lugar
de la religión.
Es la época de los cuadros sobre Agar e Ismael, el cautiverio de los hebreos
en Babilonia, Sansón, Caín y Abel, Saúl, San Juan Bautista, José, David, Jesu-
cristo, San Pedro, Lot, Tobías, Isaac...10 Las clases medias y altas mexicanas son
socializadas en un discurso religioso que sirve para reafirmar la idea de una
comunidad cristiana, de una identidad colectiva de tipo cristiano. La etnia míti-
ca a la que se pertenece es la definida por la religión y son sus valores los que
determinan la forma de ser y estar en el mundo.
Resulta difícil de explicar el porqué de la pervivencia, hasta fechas tan tar-
días, de esta hegemonía de la pintura religiosa en la iconografía de la Acade-
mia; explicar por qué el Estado, que controlaba la Academia Nacional de San
Carlos, y que durante parte de este periodo (leyes de Reforma) se define como
un Estado laico, permite la existencia de un discurso artístico que puede consi-
derarse, como mínimo, no nacionalizador.
Varios son los aspectos que habría que considerar esto al margen de que,
como ha explicado de forma muy convincente Fausto Ramírez, esta iconografía
es sólo aparentemente religiosa y cómo muchas de estas pinturas deben ser in-
terpretadas en clave política.11 Lo relevante, sin embargo, para lo que aquí nos

9. J. A. Lavalle, «El pintor David», en El Siglo xix, 3 de junio de 1858.


10. Dalila llama a los filisteos para entregarles a Sansón de Salomé Pina, tercer premio en
la Exposición de 1851; La muerte de Abel de Santiago Rebull, premio de la pensión de Roma
en la Exposición de 1851; Agar e Ismael de Salomé Pina, primer premio en la Exposición de
1852; El cautiverio de los hebreos en Babilonia de Joaquín Ramírez, segundo premio en la
Exposición de 1858.
11. Para la interpretación de Fausto Ramírez sobre los temas bíblicos en las pinturas de
la Academia véase, entre otros trabajos suyos, F. Ramírez Rojas, La plástica del siglo de la in-

248 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

atañe, es justamente que se siga recurriendo a una iconografía religiosa incluso


para debatir problemas políticos.
En primer lugar el bastante circunstancial, pero no por ello menos importante,
hecho de que la reorganización de los estudios de pintura, tras el marasmo de
la Academia en los años posteriores a la Independencia, sea obra de Pelegrín
Clavé, un pintor catalán, alineado desde su formación en Roma (fue discípulo de
Overbeck) con los postulados del más estricto nazarenismo,12 quien va a incul-
car en sus discípulos, la generación de pintores que controlará la vida artística
mexicana de mediados del siglo xix, un respeto casi absoluto por la pintura de
tema cristiano,

Procurad conservar siempre las sublimes tradiciones del arte cristiano


[...]. Dad a vuestras obras el carácter conveniente a cada una, pero
siempre cristiano, ya que habéis tenido la felicidad de ejercer vuestro
arte bajo las inspiraciones celestiales de la religión augusta.13

dependencia, México, 1985. Para un análisis concreto y pormenorizado del trasfondo político
de uno de estos cuadros véase de este mismo autor «La cautividad de los hebreos en Babilonia:
pintura bíblica y nacionalismo conservador en la Academia Mexicana a mediados del siglo xix,
en XVII Coloquio Internacional de Historia del Arte. Arte, historia e identidad en América.
Visiones comparativas, México, 1994.
12. El nazarenismo de Clavé habría que integrarlo en el bastante complejo asunto del nazare-
nismo catalán, que, entre otros aspectos, está directamente relacionado con el nacimiento de un
sentimiento nacional en Cataluña. El gran teórico de este movimiento en Cataluña fue Pablo Milá
y Fontanals, posiblemente el primero en escribir en España sobre Giotto (en un artículo aparecido
en el Semanario Pintoresco Español en 1847), quien a su vuelta de Italia, donde estudio direc-
tamente con Overbeck, ocupará la cátedra de «Teoría e historia de las Bellas Artes, trajes, usos
y costumbres de los diversos pueblos» de la Escuela de Bellas Artes de la Junta de Comercio de
Barcelona, desde la que promovería un activo nazarenismo, de tintes nacionalistas, que se pro-
longará hasta Fortuni (todavía en 1858, cuando éste va a Roma, pensionado por la Diputación de
Barcelona, una de sus primeras visitas artísticas, frustradas por la enfermedad del viejo pintor,
es a Overbeck). Sobre los pintores nazarenos catalanes y sus presupuestos ideológicos, véase
A. Cirici Pellicer, «Los nazarenos catalanes y sus dibujos en el Museo de Arte Moderno», en Anales
y Boletín de los Museos de Arte de Barcelona, 1945, pp. 59-93; M. A. Cerdà i Surroca, Els prerafae-
listes a Catalunya, una literatura i uns símbols, Barcelona, 1981; y F. Fontbona, Del neoclassicisme
a la Restauració, 1808-1888. Història de l’Art Català, vol. VI, Barcelona, 1983, pp. 102-104 y 107
y ss. En el caso concreto de Milá y Fontanals y el lugar ocupado en su estética por la idea de una
vuelta al medioevo y un arte cristiano, resulta particularmente interesante un temprano artículo
del propio Milá aparecido en 1842 en la revista La civilización (Milá y Fontanals, «Bellas Artes. (El
renacimiento de la pintura espiritualista)», La Civilización, 1842, pp. 471-474).
13. P. Clavé, «Discurso en la entrega de premios a los alumnos de la Academia de San Carlos
del año 1863» reproducido en M. Romero de Terreros, en Catálogo de las Exposiciones de la antigua
Academia de San Carlos de México, México, 1963, pp. 353-356. La importancia de Clavé en la evolu-
ción del arte mexicano va más allá de lo meramente iconográfico, muchos de los postulados naza-
renos traídos por él a México (reivindicación del fresco como técnica pictórica, primitivismo compo-
sitivo, exaltación de una tradición premoderna) tendrán importantes repercusiones posteriores.

Contenido 249
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Tal como escribía Altamirano a la altura de 1883, y con una no disimulada


animadversión:

Los discípulos de Clavé se apegaron tanto a sus lecciones y siguieron


fiel y servilmente los modelos religiosos que ya todo lo quisieron su­jetar
a ese cartabón, como si fuera de él no hubiese salvación posible.
Y adoraron el antiguo Testamento, y el nuevo y el Martirologio romano,
sacando de ellos motivos para sus cuadros. Desde el Génesis hasta los
Macabeos, y desde el Evangelio de San Mateo hasta el Apocalipsis,
todo fue reproducido en lienzo por aquella juventud piadosa. Fue una
segunda edición de la llamada Escuela Mexicana, pero con el dibujo,
la carnación y los ropajes multicolores de la escuela de Overbeck.14

Pero finalmente esto no parece explicar gran cosa, la pregunta que queda
en pie es por qué se contrató como director de pintura precisamente a alguien
con las características de Clavé. Una elección suficientemente polémica en su
momento como para que quepa considerarla fruto de la casualidad.15 Parece
más razonable que se contrató precisamente a Clavé con una clara conciencia
de lo que su magisterio significaba.
En segundo lugar, más sugerente, se podría ver en esta predilección por los
temas de historia del cristianismo, en detrimento de los de historia de México,
tanto un reflejo del conservadurismo de las élites mexicanas (cuyo sector más
conservador siguió monopolizando la vida de la Academia, formaron parte de
su Junta de gobierno en estos años de mediados de siglo conservadores tan
conspicuos como Lucas Alamán, José Joaquín Pesado o Manuel Carpio), en
estos momentos todavía antes cristianas que mexicanas, como el problema que
a éstas les plantea la invención de una historia nacional en la que, en última
instancia, se veían obligados a optar, bien por la tradición de la conquista, de
la que eran herederos pero contra la que habían construido su independencia,
o bien por la tradición indígena, óptima para legitimar una tradición nacional,
pero con algunos problemas de identificación para las élites criollas. Esto sin
considerar el problema que para los grupos conservadores católicos, no sólo
los mexicanos, planteó durante mucho tiempo la identidad nacional. La rei-
vindicación de una tradición cristiana obviaba este dilema, máxime si, como

14. Ignacio M. Altamirano, «Revista Artística y Monumental» en M. Caballero, Primer Alma-


naque Histórico Artístico y Monumental de la República Mexicana, México, 1883, pp. 92-94.
15. El tribunal encargado de evaluar los candidatos propuestos, formado por los italia-
nos Silvagni, Podesti y Cogheti, había otorgado tres votos favorables al italiano Anieni y dos
favorables y uno en contra a Clavé, Galli y Pizzala (Archivo de la Antigua Academia de San
Carlos, doc. núm. 5006).

250 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

es el caso, esta tradición cristiana se reforzaba con la imagen de una tradición


cultural de tipo occidental en la que lo grecolatino y las referencias a la cultura
europea se convertían también en señas de identidad importante. Junto a los
personajes del Antiguo y Nuevo Testamento tendremos a Dante, Sócrates, Ra-
fael, Colón, etc.16 Durante buena parte del siglo xix no sólo la historia religiosa
desplaza a la laica en las imágenes de la Academia sino que dentro de esta la
historia europea desplaza a la mexicana (véase gráfico nº 3), aunque quizás
sería mejor decir que la historia mexicana se integra en la común historia eu-
ropea. Es como si en el imaginario de las élites criollas siguiesen siendo los
europeos de América.

Gráfico nº 3. Evolución de la pintura de historia laica en las Exposiciones


de la Academia de San Carlos. Las cifras indican % sobre el total
de pintura de historia laica en el periodo

16. Dante y Virgilio, Rafael Flores, segundo premio en la Exposición Nacional de 1855;
La muerte de Sócrates, de Ramón Sagredo, tercer premio en la Exposición Nacional de
1858; Juan Sancio enseña a pintar a su hijo Rafael, de Fidencio Díaz de la Vega, mención
honorífica en la Exposición Nacional de 1857; Cristóbal Colón en la Rábida, de Juan Urruchi,
mención honorífica en la Exposición Nacional de 1856…

Contenido 251
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Y, tercera, un asunto enormemente complejo, que merecería mucha más ex-


tensión de la que puedo dedicarle en esta ponencia, y que tiene que ver con la
debilidad del Estado mexicano durante la mayor parte del siglo xix. El Estado,
débil y con un funcionamiento patrimonialista, es incapaz de controlar eficaz-
mente algunas instituciones que, caso de la Academia de San Carlos, mantienen
una gran autonomía funcional (autonomía funcional que en este caso concreto
se ve incrementada por la autonomía financiera que proporciona a la Academia
durante parte de este periodo, a partir de la reorganización de Santa Anna de
1843, depender de la lotería nacional y no de los presupuestos del Estado).17 Fun-
cionan de hecho como instituciones corporativas del Antiguo Régimen y, como
consecuencia, legitimadoras de una visión del mundo de Antiguo Régimen.
La llegada de Maximiliano marca un claro punto de inflexión en esta tenden-
cia. En la única exposición celebrada bajo su gobierno, la de 1865, la pintura de
historia laica desplaza por primera vez a la religiosa y la de la historia mexicana
a la de historia europea (ver gráficos 1, 2 y 3). Parece que por primera vez hay
una clara voluntad de construcción de la nación, aunque al contar con una sola
exposición y, por lo tanto, con un número de cuadros de historia reducido,
únicamente cinco, resulta arriesgado sacar conclusiones.
La vuelta al poder de Juárez y la restauración de la república suponen en
todo caso un cambio radical con respecto a la situación previa a la llegada de
Maximiliano. Los liberales, asentados ahora firmemente en el poder, buscan,
sin complejos la construcción de una legitimidad de tipo nacional que acabe
con las indecisiones del periodo anterior. El discurso decididamente laico del
liberalismo mexicano no permite componendas con una legitimidad religiosa.
La construcción de la nación se convierte en el objetivo central del nuevo go-
bierno y, como consecuencia, el declive de la pintura de tema religioso y su
substitución por la de tema laico es de una gran rapidez. Una de las primeras
medidas del nuevo gobierno con respecto a este tema fue el establecimiento
de «un premio anual de 1.000 pesos, y un accésit de 200 para los artistas de la Re-
pública que presenten un cuadro histórico, cuyo asunto sea tomado de la historia
nacional».18 Premio que no tuvo continuidad pero que muestra de forma muy

17. «La renta de la lotería queda desde hoy a cargo de la Academia de S. Carlos, a la que
se consigna su administración. Los productos líquidos de dicha renta, se destinarán a cubrir
los objetos de la misma Academia» (Decreto de la Secretaría de Hacienda de 16 de diciembre
de 1843, art. 1º). A pesar de que la Academia tuvo que asumir las deudas acumuladas por
premios no pagados y, posteriormente, las constantes solicitudes del Estado para acudir a
otros pagos con cargo a la lotería nacional la cesión fue un buen negocio y a fines de 1844
la Academia tenía ya un saldo favorable de más de 50.000 pesos, situación envidiable para
cualquier institución pública de la época.
18. «Bases del concurso anual que se establece para adjudicar un premio y un accésit al
mejor cuadro o mejor obra de Bellas Artes», 1869, Archivo de la Academia de Bellas Artes de
San Carlos, doc. 7038.

252 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

clara la voluntad política de construir una legitimidad de tipo nacional fundada


en la historia de la nación y no en la religión. Que el gobierno no se encontraba
sólo en esta tarea nos lo muestra de forma muy clara una crítica de José Martí,
aparecida unos pocos años más tarde en la Revista Universal a propósito de un
cuadro de tema religioso llevado por Cordero a la Exposición de 1875:

Si la religión no está en el alma ¿cómo ha de estar la unción religiosa


en el pincel? [...]. Todo anda y se transforma y los cuadros de vírgenes
pasaron [...]. Copien la luz de Xinantecatl y el dolor del rostro de
Cuauhtemotzin [...] y las amargas lágrimas que ponían en el rostro
de Marina el amor invencible a Cortés y la lástima de sus míseros
hermanos [...]. ¡Pinte Cordero, ya que tanto ama las tintas rojas de la
luz, como al pie de las espigas de maíz quebrantadas por los corceles
del conquistador, lloraba al caer la tarde amargamente un indio so-
bre la vestidura ensangrentada del hermano que pereció en la pelea,
armado de piedra y lanza contra el jinete cubierto de acero, ayudado
por el trueno de Dios y favorecido todavía por los dientes acerados
de un mastín!19

Lo que está pidiendo el poeta cubano a los pintores mexicanos es que pin-
ten cuadros al servicio de una historia laica y de una identidad nacional, no al
de una historia religiosa y de una identidad cristiana; y además que pinten una
historia que defina claramente la existencia de un “nosotros” mexicano eterno
e intemporal, el de Xinantecatl, Cuauhtemotzin y el del indio armado de piedra
y lanza, enfrentado a un “ellos”, extraño y ajeno al ser nacional, el del jinete
cubierto de acero y acompañado de un mastín. Y a ello se van a dedicar, con
mayor o menor acierto y no necesariamente empujados por las palabras de
Martí sino por las políticas artísticas del gobierno, los pintores mexicanos du-
rante el último cuarto del siglo xix.

Un relato laico con fondo religioso

Y llegamos así al punto central de esta ponencia, como a partir de Maximi-


liano y después, con mayor intensidad, con la República Restaurada y el Porfi-
riato, la pintura de historia mexicana genera un discurso histórico en imágenes
que va a permitir imaginar la existencia de una nación mexicana intemporal
capaz de legitimar un poder que se ejerce en nombre de la nación.

19. José Martí, «Una visita a la Exposición de Bellas Artes», Revista Universal, México,
28 de diciembre de 1875.

Contenido 253
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

A partir de este momento una historia nacional laica ocupa el lugar de la


historia religiosa. Los cuadros inspirados en el Antiguo y Nuevo Testamento
dejan paso a otros en los que el pasado prehispánico, la Conquista y la guerra
de la independencia, una especie de trasunto laico de los misterios gozosos,
dolorosos y gloriosos del rosario cristiano, son el tema principal. Especialmente
la Conquista que se convierte en el episodio central de la iconografía histori-
cista mexicana substituyendo en el imaginario nacional la pasión de Cristo del
imaginario cristiano. Episodio sangriento pero que, lo mismo que la pasión de
Cristo para la religión cristiana, marca en el imaginario de la Academia el naci-
miento de la nación mexicana, de la nueva religión laica del nacionalismo. Es
como si los pueblos de matriz cristiana no pudiesen prescindir de la idea del
sacrificio como fundamento de lo sagrado.

Gráfico nº 4. Cuadros de historia mexicana por periodos históricos


en las Exposiciones de la Academia de San Carlos. Las cifras indican porcentaje
sobre el total de cuadros de historia con tema mexicano

La historia de México se articula en el imaginario colectivo como una obra


en tres actos, modulada en torno al previamente interiorizado arquetipo cris-
tiano.
Acto primero (misterios gozosos). La nación mexicana, trabajadora e inge-
niosa, desarrolla una refinada civilización en las llanuras del altiplano central. El

254 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

descubrimiento del pulque, de Obregón,20 ejemplifica perfectamente esta idílica


visión del pasado prehispánico: el ingenio de Xóchitl logra extraer del maguey,
la planta de las estériles llanuras de Anáhuac, la bebida del pulque, casi un
símbolo de identidad nacional,21 un rey justo y benevolente recibe en su trono
la primera prueba de esta bebida. La importancia de lo prehispánico va aumen-
tando a medida que avanza el siglo, paralelo a un indigenismo intelectual que
ve en los indígenas –históricos, no en los degenerados indígenas del presen-
te– el auténtico origen de México.
Acto segundo (misterios dolorosos). México es sacrificado en el altar de la
conquista. Lo mismo que ocurre con el cristianismo este es el centro del ritual
nacional mexicano. Parece como si la muerte tuviese una mayor capacidad de
atracción que cualquiera de los demás episodios rituales. Una conquista que al
principio no es vista de forma muy negativa y de la que, en todo caso, se salva
la intervención de la iglesia, por ejemplo en el Fray Bartolomé de las Casas de
Parra, a propósito del cual la crítica dirá que:

Este venerable sacerdote que siempre deploró el sistema cruel que


los conquistadores españoles emplearon para dominar a los antiguos
habitantes de México, se encuentra en medio de un edificio des-
truido donde había sido inmolado un padre de familia que venía
pacíficamente a colocar unas flores en la tumba de sus antepasados.
Su esposa abandonada se acoge a la protección de este generoso
defensor que con tan solícitas diligencias procuró siempre mitigar los
sufrimientos de los conquistados.22

20. Expuesto en la Nacional de 1869 y comprado por el Estado en 1888 (Archivo de la


Antigua Academia de San Carlos, doc. núm. 7784), respondió originalmente a un encargo
de Sánchez Solís, quien quiso reunir en su casa una serie de grandes cuadros con episo-
dios de la historia antigua de México, además del de Obregón, Prisión de Cuauhtemotzin de
Rebull y El Senado de Tlaxcala de Gutiérrez. El episodio representado por Obregón resulta
especialmente relevante de cómo se llevó a cabo el proceso de invención de un pasado
nacional por parte de los historiadores liberales decimonónicos. El episodio fue literalmente
«inventado» por Carlos María de Bustamante, quien no tiene ningún empacho en citar como
fuente una obra del siglo xviii, Historia antigua de México de Echevarría y Veytia, en la que
en ningún momento se hace referencia a la supuesta invención del pulque. Para un estudio
reciente sobre este cuadro y el contexto en que fue pintado, A. Sánchez Arteche, «Vida secreta
de dos cuadros: El descubrimiento del pulque y El senado de Tlaxcala», en Memoria del Museo
Nacional, México, 1998, núm. 7, pp. 6-29.
21. Altamirano llega a establecer un paralelismo entre Xóchitl y Moisés, entre el pulque y
el maná, «¿Qué otra cosa ha sido la princesa Xóchitl sino el Moisés del pueblo azteca, sacan-
do del ingrato metl el blanco y sabroso neuctli que había de apagar la sed de los indios...?»
M. Altamirano, «Crónica de la semana», en El Renacimiento, septiembre, 1869, reproducido en
Obras completas, México, 1987, vol. 7, p. 411.
22. Catálogo de las obras expuestas en la Escuela Nacional de Bellas Artes correspondiente
al décimo de los grupos determinado en el Cap. 3º Sec. 2º del Reglamentos formado por la

Contenido 255
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Sin embargo, esta imagen se va haciendo más negativa a medida que avanza
el siglo hasta culminar en El tormento de Cuauhtemoc, de Leandro Izaguirre,
que consiguió el objetivo central a que todo cuadro de historia aspiraba: con-
vertirse en imagen arquetípica de la nación, en símbolo a través del que gene-
raciones de mexicanos van a ver su pasado y con el que se van a identificar.
El efectismo compositivo del cuadro, un duelo visual entre la sombría imagen
de Cortés y el blanco semidesnudo de Cuauhtemoc, acentúa el dramatismo de
una escena en la que al espectador se le hace elegir entre los crueles conquis-
tadores, codiciosos y sanguinarios, y el noble orgullo del derrotado rey azteca,
digno hasta en la hora de la tortura. Entre considerarse descendiente de aqué-
llos o de éste la elección era obvia.
Acto tercero (misterios gloriosos). Con la Independencia la nación muerta
con Cuauhtemoc vuelve a recuperar su lugar en el mundo. Aquí habría que
incluir temas de la guerra de independencia propiamente dicha como la inde-
pendencia contra los franceses, especialmente presente en la República restau-
rada, cuando llegan a desplazar a la independencia propiamente dicha. Hay
aquí obviamente un aspecto coyuntural, se trata de mostrar a los seguidores de
Maximiliano, no como un proyecto alternativo de nación sino como invasores
extranjeros. A pesar de esto, la menor importancia relativa de la independencia
en la construcción imaginaria de la nación mexicana en el siglo xix plantea al-
gunas cuestiones interesantes. Al margen de la mayor capacidad de comunión
colectiva del sacrifico, finalmente también en el cristianismo la imagen repre-
sentativa es la crucifixión y no la resurrección, esta ausencia podría verse como
el reflejo de una de las peculiaridades más sorprendentes de la construcción
nacional mexicana que es el fracaso de la idea de la construcción de una na-
ción cívica como proyecto de futuro. Se podía haber optado, incluso dadas las
condiciones de partida se podría considerar que hubiese sido lo más fácil, por
la idea de una nación de ciudadanos que se erigen como comunidad política
a partir de la ruptura del Antiguo Régimen, pero no fue así. La independen-
cia ocupa un lugar secundario en el imaginario mexicano y además aparece
supeditada a un relato histórico en la que es vista no como un proyecto de
futuro sino como venganza del pasado. La historia como expiación. Esto tiene,
obviamente, importantes consecuencias sobre la configuración del imaginario
nacional mexicano, que no es este el momento de analizar.
Pero en una reconstrucción selectiva del pasado es tan importante lo que se
recuerda como lo que se olvida. Ya Renan en Qu’est-ce qu’une nation?, resaltó

Comisión Mexicana de la Exposición Nacional e Internacional de Filadelfia, Imprenta de


Francisco Díaz de León, México, 1875.

256 Contenido
H IS TORIA NACIONAL CONTRA HISTORIA SAGRADA

el lugar de la amnesia histórica en la formación de las naciones («El olvido, y


yo diría incluso que el error histórico, son un factor esencial en la creación de
una nación»). Se podría ir incluso más lejos y afirmar con Albert Mousset, en
una ingeniosa frase, que una nación es un grupo humano unido por un mismo
error sobre sus orígenes. En el caso concreto de México, ¿qué es lo que olvida
la pintura de historia?, ¿qué parte del pasado, voluntaria o involuntariamente,
se queda sin imágenes, carece de existencia en el imaginario social? En primer
lugar, el mundo prehispánico ajeno al Valle de México. Ni una sola pintura
de tema maya, por hablar de la otra gran civilización prehispánica en suelo
mexicano, fue llevada a las Exposiciones Nacionales celebradas en el siglo xix,
lo mismo ocurre con el resto de los grupos indígenas. El otro gran ausente de la
pintura de historia de México es el periodo colonial. Sólo dos cuadros, y de
carácter muy menor, hacen referencia a los tres siglos que van de la conquista
a la independencia. La colonia no existe, no es México, es sólo un largo pa-
réntesis de dominio extranjero. Habrá que esperar al grito de Dolores para que
la nación mexicana, muerta con Cuauhtémoc, vuelva otra vez al mundo de los
vivos, en medio nada.

Conclusión

Las conclusiones principales, con respecto a los problemas de legitimidad,


que se pueden sacar de este rápido recorrido por la pintura de historia son
múltiples. Sólo voy a hacer referencia a dos que considero más relevantes en el
contexto del tema de este coloquio.
La primera, que la anormal pervivencia de la pintura de historia de tema
religioso en las Exposiciones de la Academia de San Carlos de México no debe
de considerarse como algo circunstancial ni como algo que tendría que ver
únicamente con dinámicas internas del mundo del arte. Es un reflejo, causa y
consecuencia a la vez, de los problemas que las élites mexicanas tuvieron que
enfrentar en su proceso de construcción de la nación además de un ejemplo
más del conflicto que el desplazamiento de la religión por la nación como
forma de identidad colectiva planteó a los grupos conservadores del mundo
católico durante buena parte del siglo xix.
La segunda, y central desde la perspectiva de esta ponencia, que la pintura
de historia, en este caso especialmente la de la segunda mitad del siglo xix, es
una maravillosa guía para ver cómo las sociedades modernas, en este caso la
mexicana, enfrentaron el problema de la legitimación del poder una vez desapa-
recidas las viejas legitimidades dinástico-religiosas. La solución fue entronizar la
nación como forma hegemónica de identidad colectiva y, a la vez, como sujeto

Contenido 257
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

político de la modernidad, pero para ello fue necesario inventar la nación. Y


eso es lo que la pintura de historia nos está contando, cómo el Estado mexicano
inventó la nación a lo largo del siglo xix o, lo que es lo mismo, cómo construyó
un relato en imágenes capaz de hacer de la nación algo evidente en sí mismo,
lo que hacía a los mexicanos ser lo que eran y lo que les daba una forma espe-
cífica de ser y estar en el mundo.
Una nación es sólo la fe en un relato, la creencia en un mito de origen que
nos dice qué somos y qué no somos. Mientras las naciones no tuvieron, o tuvie-
ron de forma marginal, una función política, la construcción de un imaginario
nacional fue casi un asunto privado. Pero cuando la nación se convierte en la
forma exclusiva de legitimación del ejercicio del poder, pasa a ser un asunto de
Estado y de los aparatos de coerción ideológica del Estado, la Academia de San
Carlos en el caso que aquí hemos analizado. Los Estados modernos no pueden
mostrarse como el resultado banal de una mera división administrativa previa,
menos cuando, como en el caso mexicano, esta división administrativa es el
resultado del otro frente al que el nuevo Estado se ha construido. La solución
es la que hemos visto, nacionalizar todo el pasado del territorio nacional, todo
el pasado de México es azteca, y personalizar la nación en una especie de he-
roína romántica que atraviesa la historia como un personaje de novela, y aquí
el arquetipo del relato romántico se sobrepone sobre ese otro relato mayor de
Occidentes que es el del cristianismo. Es México quien inventa el pulque, no
Xochilt; México quien soporta estoicamente la cruel barbarie de los conquis-
tadores españoles, no Cuauhtémoc; y México, finalmente, quien resucita en
el grito de Dolores, no una forma alternativa de legitimación y ejercicio del
poder.
Esas son las imágenes en las que los mexicanos van a ser socializados hasta
conseguir que la nación se convierta en una realidad incuestionable, construida
por la historia, pero al margen de la historia; una entidad que no depende de
la voluntad de los individuos que la componen sino de una realidad intangi-
ble que muestra la verdad de su existencia por su capacidad de actuar en la
historia.

258 Contenido
Legitimar y olvidar: la nación argentina en la pintura «de frontera»
del siglo xix 1
Camilla Cattarulla
Universidad de Roma Tre

La imagen visual, entendida como construcción de una ideología que a


menudo gobierna la percepción y la interpretación de la misma imagen, además
de su producción, puede responder no sólo a la construcción de la ideología
dominante, sino también puede prestarse a la expresión de una contranarración
que haga manifiestos valores contrarios o incluso ocultados por la ideología
dominante.

Este trabajo forma parte de una investigación más amplia sobre la relación entre el docu-
mento iconográfico (pintura, fotografía, cine y cómic) y el contexto socio-político y cultural
en el que éste se produce y se difunde. El primer resultado de esta investigación se refleja
en el fascículo publicado en el número 23 de la revista Entrepasados, en el que figura buena
parte de las ponencias incluidas en el simposium América en imágenes (xiii Congreso de ahila
– 2002 Ponta Delgada, Islas Azores). Cf. Entrepasados. Revista de historia, XII, 23, Buenos
Aires 2002, en particular el Dossier «America Latina en imágenes» que incluye: Leticia Prislei,
«Fotografía y cine. La “lectura” de la imagen en perspectiva histórica»; Claudia Borri, «En los
umbrales de la fotografía: imágenes de Chile en dos relatos de viajeras (siglo xix)»; Camilla
Cattarulla, «Donde se construyen los estereotipos: la revolución mexicana en la prensa ilus-
trada italiana»; Lilia Granillo Vázquez, «Semana Santa mexicana: imágenes resignificadas de
indios santos»; Julia Tuñón, «Imágenes fílmicas de México en la España franquista: la mirada
de Ernesto Giménez Caballero»; Maria Caterina Pincharle, «¿Los buenos vecinos? Los filmes
‘latinos’ de Orson Welles y Walt Disney». Constituye otra contribución a la investigación la po-
nencia de Camilla Cattarulla, «Juan Rulfo: Pedro Páramo in fotografia» presentada al Congreso
Internacional «Bianco e nero, nero su bianco. Tra fotografia e scrittura» (Roma 5-7 de mayo de
2003), ahora en prensa en las actas del congreso mismo (Nápoles, Liguori). Por tanto en su
primera fase, la investigación se inclina fundamentalmente hacia fuentes más bien contempo-
ráneas, pero sin excluir en sus futuros desarrollos análisis de material anterior.

Contenido 259
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Por supuesto en este asunto teórico se tienen en cuenta los avances rea-
lizados en el sector historiográfico por lo que a la tipología de las fuentes y
a su utilización se refiere, así como el papel desempeñado por el imaginario
artístico (literario o visual) en sus relaciones con la Historia y la sociedad, y
sobre todo la presencia de nuevas corrientes de estudio que, poniendo en
entredicho el concepto de nación moderna, proponen una reflexión crítica
encaminada a identificar los procesos de construcción del bagaje simbólico de
los Estados-Nación, gracias a los que los propios estados han podido garantizar
su propia legitimidad y supervivencia. […] el estudio de estos procesos nos ha
acostumbrado a pensar en términos de «inventos de tradiciones», de «imagina-
ción de comunidades nacionales», de «creaciones de narraciones guía», todas
ellas, operaciones vinculadas con la imaginación histórica y la representación
del pasado.1
Con respecto a América Latina esta teorización puede llevar a construir poco
a poco un archivo de imágenes que puedan ofrecer una o más respuestas a
algunos interrogantes básicos. Entre ellos: ¿Qué idea de América Latina (y de
sus hechos históricos, políticos y culturales) se ha difundido en el imaginario
social y cultural a partir de su Descubrimiento, y sigue difundiéndose en Eu-
ropa y en el propio continente latinoamericano? ¿Qué aspectos ideológicos y
culturales se han primado a un lado y a otro del océano? ¿Qué vínculos se han
establecido entre la imagen visual y la construcción de estructuras nacionales e
identitarias? ¿Y en qué medida la introducción de los medios de comunicación
masivos ha incidido en la construcción de imágenes latinoamericanas? ¿Y hasta
qué punto tales imágenes han hecho perdurar o realimentar determinadas re-
flexiones ideológicas o han convertido determinados indicadores culturales en
mitos o estereotipos?
En el caso de la Argentina post-Independencia, en los procesos de construc-
ción del bagaje simbólico nacional también ha intervenido el arte visual con
modalidades distintas según los distintos momentos históricos en el que se ha
desarrollado, en el transcurso del siglo xix, el debate sobre la construcción de
la Nación y sobre la elaboración de una identidad nacional. La potencia de la
imagen con su carga de capacidad de expresar el vínculo entre cultura, territo-
rio e identidad, ya había sido percibida, por ejemplo, por Andrés Bello, quien,
desde su exilio inglés, ilustraba los textos de la revista Repertorio Americano
con imágenes americanas; y un siglo más tarde, también Victoria Ocampo optó
por unos paisajes argentinos para la portada del primer número de Sur. En fin,

1. Amanda Salvioni, L’invenzione di un Medioevo americano. Rappresentazioni moderne


del passato coloniale in Argentina, Reggio Emilia, Diabasis, 2003, p. 10. Entre otros, apuntan
hacia estas direcciones los análisis de Benedict Anderson, Eric Hobsbawn, Michel de Cer-
teau.

260 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

es evidente que utilizar la imagen para que represente a la realidad americana


constituye una síntesis eficaz de las relaciones entre cultura, naturaleza y socie-
dad (y esto sobre todo en el caso de un Continente donde la naturaleza ha sido
determinante en su evolución histórica), de tal manera que, una vez inaugurada
por el Descubrimiento europeo, su utilización permanece después de la Inde-
pendencia para representar a la Nación.2
La hipótesis que aquí se desarrolla es que la imagen contribuye, inclu-
so involuntariamente, a acrecentar ese inventario de tradiciones propias de
cualquier identidad nacional. Y cuando digo «involuntariamente» me refiero a
un inventario que va creándose al margen de las circunstancias en las que la
imagen se ha producido, de su primitiva colocación física, de las intenciones
del artista y de su mentalidad social o ideología de referencia. Es más, en Eye-
witnessing. The Use of Images as Historical Evidence (2001), Peter Burke afirma
que las imágenes son un testimonio del pasado de gran valor porque comple-
mentan y dan fe de las pruebas que proceden de los documentos escritos. Por
tanto también las imágenes son «pruebas» que por otro lado no dejan de ser
una aportación, ya que «ofrecen una vía de acceso a aspectos del pasado a los
que otras fuentes no pueden llegar».3 Burke explica cómo utilizar una imagen
como prueba histórica:

1) L a buena noticia para los historiadores es que el arte puede exhibir prue-
bas de aspectos de la realidad social que los textos ignoran, al menos en
determinados lugares y épocas […].
2) L a mala noticia es que el arte de representar a menudo es menos realista
de lo que parece y en lugar de reflejar la realidad social, la distorsiona.
Por consiguiente aquellos historiadores que no toman en consideración
la variedad de los propósitos de pintores o fotógrafos (y también los de
mecenas y clientes) pueden ser despistados.
3) E n todo caso, volviendo a la buena noticia, el proceso de distorsión es
testimonio de fenómenos que muchos historiadores se proponen trabajar:
mentalidades, ideologías e identidades. La imagen, material o literal, es

2. De hecho no hay que olvidar que ya desde su Descubrimiento, al Nuevo Continente


se le ha representado a través de una variedad de imágenes que le han conferido significados
simbólicos relacionados con el imaginario europeo y con las proyecciones utópicas que se
propagaban en las nuevas tierras (entre ellas, América como el Paraíso Terrenal). Cf., entre
otros, Juan Gil, Mitos y utopías del Descubrimiento, Alianza, Madrid, 1989.
3. Edición española: Visto y no visto. El uso de la imagen como documento histórico. Bar-
celona, Crítica, 2001. Aquí se traduce de la edición italiana Testimoni oculari. Il significato
storico delle immagini, Carocci, Roma, 2002, p. 215.

Contenido 261
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

una prueba eficaz de la imagen mental o metafórica de sí mismo o del


Otro.4

Todo ello sin pasar por alto que a menudo las imágenes son ambiguas y
polisémicas: «un juego infinito de significados», para utilizar las palabras de De-
rrida y en una óptica postestructuralista que se ocupa también de los esfuerzos
de los que crean imágenes para controlar esa misma pluralidad de significados
a través, por ejemplo, de «iconotextos» (como puede ser el título de una pin-
tura).
Si la miramos desde el presente, la historia de la pintura argentina del si­glo xix
es parte de la formulación de la identidad nacional, no sólo porque ofrece un
testimonio histórico de las formas en las que las élites en el poder pensaban
estructurar y consolidar el proceso identitario, sino también porque, al igual
que los documentos escritos, revela todas las contradicciones y los conflictos
de esta formulación.
El aporte del arte a la historia de la Nación es un ámbito de estudio que
en Argentina sólo en los últimos quince años ha merecido el interés crítico
con análisis multidisciplinarios e interdisciplinarios de la producción de una
generación de artistas (como los trabajos de Laura Malosetti Costa sobre el arte
en Buenos Aires a finales del siglo xix), o de una temática o de la obra de un
pintor.5 Cabe recordar además que estos análisis llenan, como también señala
Laura Malosetti Costa, el vacío dejado por la historia crítica del arte argentino
que se ha desarrollado en las primeras décadas del siglo xx. Esta, alerta sobre
todo al fenómeno de las vanguardias, ha considerado el arte del siglo xix como
«atrasado» y «asincrónico», relegando a sus artistas en compartimientos estan-
cos sin tener en cuenta ni los vínculos que hubo entre ellos, ni los vínculos
–igualmente importantes– que los artistas establecieron tanto con el mundo
intelectual y político de la época, sobre todo en algunos momentos cruciales
para la historia argentina, como con el público a través de las páginas de los
periódicos y de las revistas especializadas y gracias a las primeras exposiciones.
La actitud de la crítica del siglo xx ha enfatizado el papel de las vanguardias
contemporáneas, por ser una creación de un arte original y no imitativo de

4. Ibídem, pp. 35-36.


5. Cf., entre otros: Laura Malosetti Costa, Los primeros modernos. Arte y sociedad en Bue-
nos Aires a fines del siglo xix, fce, Buenos Aires, 2001; Roberto Amigo Cerisola, «Imágenes para
una nación, Juan Manuel Blanes y la pintura de tema histórico en la Argentina», en Aavv, Arte,
Historia e Identidad en América. Visiones comparativas. XVII Coloquio Internacional de Hi-
storia del Arte, Instituto de Investigaciones Estéticas, unam, México, 1994; Aavv, Ciudad/Cam-
po en las artes en Argentina y Latinoamérica. III Jornadas de Teoría e Historia de las Artes,
caia, ffyl, uba, Buenos Aires, 1991.

262 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

lo europeo.6 Por tanto las vanguardias a menudo han sido señaladas como el
fenómeno artístico donde más claramente se estructura la tradición de la pin-
tura nacional, ignorando así ese proceso de convergencia de opiniones, grupos
e individualidades que, en las artes plásticas del siglo xix, permitió entretejer
esta tradición.
A este proceso se le puede asignar como punto de arranque el año 1799,
fecha en la que Manuel Belgrano, por aquel entonces Secretario del Consulado,
propone la creación de una Escuela de Dibujo (proyecto que fracasaría un
año después), y como punto de llegada el año 1896, con la fundación del
Museo Nacional de Bellas Artes que sigue a la de la institución del Museo
Histórico Nacional (1889) y a la de la Sociedad de Estímulo de Bellas Artes, que
fue creada en 1876 precisamente con el propósito de desarrollar la actividad
artística, elevarla al estado de actividad intelectual, fomentar un mercado de
obras de arte y establecer contactos con otros centros artísticos internacionales.
Cabe recordar que la preocupación por el desarrollo de un arte argentino fue
expresada también por Sarmiento, quien, en ocasión de su viaje europeo, acusó
la ausencia de una tradición artística equiparable a la del Viejo Continente:

¿Por qué estamos en América condenados a la privación absoluta del


bello artístico, que en sus primeros ensayos muestra el límite que
separa el salvaje del hombre civilizado, y en su apogeo es el comple-
mento y la manifestación más elevada de la humana perfectibilidad?7

Aunque sin alcanzar aún la «humana perfectibilidad» de la que habla Sarmien-


to, desde los albores de la Independencia, y despojándose del carácter religioso
de la época colonial, la producción artística persevera en la exploración de
nuevos géneros y nuevas temáticas, como el retrato de los héroes nacionales y la
representación de batallas. La mayoría de las veces se trata de obras por encargo
(Munilla Lacasa define la del retrato como una «moda»)8 y realizadas por artistas
europeos que viajaban por el continente americano (como el retrato de Guiller­
mo Brown, del francés Jean Baptiste Douville, o los dibujos de las batallas de
Chacabuco y Maipú de Théodore Géricault); eso no quita que la práctica, aun
carente de proyecto, vaya a incidir en la memoria colectiva hasta tal punto que
contribuya en la construcción de una memoria histórica nacional.

6. Cfr. María Traba, «Artes plásticas latinoamericanas. La tradición de lo nacional», Hispa-


mérica, nº 23-24, Gaithersburg, agosto-diciembre 1979, pp. 43-69.
7. Domingo Faustino Sarmiento, Viajes, Archivos, París, 1993, p. 217.
8. Cf. María Lía Munilla Lacasa, «Siglo xix: 1810-1870», en José Emilio Burucúa, (dir.):
Nueva Historia Argentina. Arte, Sociedad y Política, I, Sudamericana, Buenos Aires, 1999,
pp. 116-117.

Contenido 263
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Además del retrato y de la descripción de batallas, se desarrolla también


el género costumbrista, y éste también en un principio se debió sobre todo
a la presencia de pintores viajeros europeos. Entre ellos Emeric Essex Vidal y
César Hipólito Bacle. Ambos publican álbumes con litografías que representan
escenas gauchescas, urbanas o de los sectores populares.9 Pero hay que recor-
dar también al italiano Carlos Enrique Pellegrini, a Julio Dufresne, autor, junto
con Alberico Isola, de Album Argentino (1845), y a Carlos Morel. Por supuesto
muchas de estas litografías, en las descripciones de la naturaleza americana o
de tipos humanos y de sus costumbres o incluso simplemente de aspectos de
vida diaria urbana y extraurbana, revelan un interés casi científico por la reali-
dad americana, a pesar del gusto por lo exótico. Pero si las miramos desde el
presente, ellas constituyen más bien un testimonio de cómo estaba constituida
social y culturalmente la sociedad argentina en las primeras décadas del siglo xix.
En resumidas cuentas, los álbumes litográficos podrían considerarse como la
representación visual de los orígenes de una comunidad nacional en la que
aparecen figuras (los gauchos, los negros), que la élite liberal «blanca» excluyó
del proyecto de Nación moderna, desterrándolas de ésta o anulándolas del
todo. Y es así como, involuntariamente, han actuado los artistas. Como si fueran
«historiadores sociales», los pintores han ido dejando «huellas» de los símbolos
de un pasado nacional que a lo largo del tiempo se disiparían en la realidad
histórica y fueron luego recuperados sólo para ser mitos por la literatura y por
el folklore, como en el caso de la figura del gaucho.
La pintura costumbrista pronto deja paso a una corriente paisajística orien-
tada a contribuir a la «formación de una iconografía de lo nacional, elaborada
a partir de materiales propios, y de un arte como propaganda de un pasado
histórico, considerado como fuente de la nacionalidad».10 El comentario de Pa-
tricia Andrea Dosio se refiere a Cándido López, el «narrador» de la guerra de
Paraguay, y fue confirmado por el propio artista, quien, en una carta dirigida
al senador E. Tello, escribe que las suyas «no serán por cierto una obra maestra
de pintura, pero son la verdad de los hechos y de los detalles, salvados del
tiempo, para servicio a la Historia y honor de mi Patria».11 Los cuadros de López
fueron realizados entre 1880 y 1890. El artista había combatido en la guerra de
Paraguay con el grado de teniente, por tanto es testigo presencial que describe

9. Sobre la experiencia de Emeric Essex Vidal en Argentina y Uruguay véase del mismo
Vidal (1820) Buenos Aires y Montevideo, Emecé, Buenos Aires, 1999. César Hipólito Bacle
publicó en 1834 un álbum de litografías (Trages y costumbres de la provincia de Buenos Aires)
que describían los oficios de los sectores populares y los trajes de las damas porteñas.
10. Patricia Andrea Dosio, «El problema del artista y el público: el caso de Cándido López»,
en Aavv, El arte entre lo público y lo privado. VI Jornadas de Teoría e Historia de las Artes, caia,
ffyl, uba, Buenos Aires, 1995, p. 62.
11. Carta de junio de 1887 cit. en Ibídem, p. 61.

264 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

como si tuviera en sus manos una cámara fotográfica con un teleobjetivo (tomas
cenitales, panorámicas) sin privilegiar a ningún elemento en particular, sino con
un «afán histórico» que anteriormente había caracterizado también las obras del
uruguayo (pero nacionalizado argentino) Juan Manuel Blanes, autor, entre otras,
de representaciones de la batalla de Caseros y de escenas de la Conquista del
Desierto, obras para las que a menudo había recurrido a la ayuda de historia-
dores y de documentos. De esta manera, López entra a formar parte de esa
corriente pictórica que a partir de los años 60 había encontrado en los temas
históricos o alegóricos, y sobre todo en el paisaje, el escenario ideal para la
representación de los elementos nacionales. El paisaje, afirma Burke, «puede
evocar asociaciones de naturaleza política, llegando incluso a expresar una
ideología, como el nacionalismo […], en resumen, la naturaleza puede ser «na-
cionalizada, convertida en un símbolo de la madre patria».12 Ejemplo de ello es
el cuadro de Prilidiano Pueyrredón Un alto en el campo (1861) que representa
la convivencia entre ciudad y campo con la presencia de un grupo de personas
cuya indumentaria revela su pertenencia a clases sociales distintas; al fondo la
llanura y el ombú, símbolos de Argentina.13
En el hipotético inventario de tradiciones revelado por la pintura argen-
tina del siglo xix (o mejor dicho por la pintura que se produjo en Argentina,
porque son muchos los viajeros-pintores europeos que pasan largas tempo-
radas en el país sobre todo en la primera mitad del siglo), se descubre, por
ejemplo, que en el Buenos Aires post-Independencia vivían también afroar-
gentinos, cuya pre­sencia ha ido menguando poco a poco hasta desaparecer
del todo, ya sea por un fenómeno de inmigración a los países limítrofes, ya
sea porque les reclutaban en las guerras nacionales o, por último, por las
epidemias, de malaria primero y de fiebre amarilla después, que asolaron la
capital en los años 60-70.14

12. Burke, Testimoni oculari, pp. 51-52.


13. Así Munilla Lacasa describe el cuadro de Pueyrredón: «sobre una tela de formato apaisado
que subraya la extensión de la llanura, se ve representada una escena de la campaña porteña. En
ella se observa […] la convivencia entre la ciudad y el campo encarnada en los grupos humanos
que, reunidos en escenas particulares, exhiben su diversa procedencia social mediante sus vesti-
mentas y sus hábitos. La imponente figura del ombú se destaca por sobre todas las demás y otorga
un marco adecuado a los episodios propiamente rurales que se desarrollan a sus pies. Su vertica-
lidad corta el horizonte –ubicado por debajo de la línea media del cuadro– y se yergue como un
verdadero icono del campo argentino». Munilla Lacasa, «Siglo xix: 1810-1870», p. 146.
14. Sobre la presencia de afroargentinos en Buenos Aires cf.: Daniel Schávelzon, Buenos
Aires negra. Arqueología histórica de una ciudad silenciada, Emecé, Buenos Aires, 2003.
Leonor Fleming, en un análisis sobre la relación entre historia y literatura, demuestra cómo
el discurso literario en la Argentina del siglo xix revela, aunque involuntariamente, lo que el
discurso ideológico trata de ocultar. Con respecto a los afroargentinos, se refiere precisamente
a la presencia de negros en El matadero (1838-1840) de Esteban Echeverría, un autor que en

Contenido 265
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Y se descubre también que la frontera, ese desierto cultural y geográfico por


conquistar (misión de la Nación liberal) es uno de los temas más desarrollados
no sólo por la literatura sino también por la pintura.
Francis Yeats en The Art of Memory (1966) demuestra que cada época histórica
tiene un locus de imágenes alegóricas construido dentro de arquitecturas men-
tales. Para Argentina la estructura básica de este locus está constituida por el
binomio civilización/barbarie de donde arranca como una ramificación toda una
serie de opuestos orientados a definir lo distinto, lo Otro, y por tanto también a sí
mismos: salvajes/civilizados, ciudad/campo, unitarios/federales, etc., no son más
que una forma de delimitar su propia identidad a partir de la definición de lo que
uno no es. El opuesto civilización/barbarie se fundamenta en la literatura de la
primera mitad del siglo xix, la cual representa la proyección en el imaginario
de un proyecto de expansión geográfico, cultural y político donde la frontera de
la Nación debía posiblemente llegar a coincidir con la frontera del Estado. Todo
esto gracias a arquitecturas ideológicas que implicaban la eliminación o el pro-
gresivo absorbimiento a la civilización urbana de los habitantes naturales de los
territorios extraurbanos (indios y gauchos). Literariamente el proyecto toma forma
en las obras de Esteban Echeverría, La cautiva (1837) y El matadero (1838-1840),
y sobre todo en Facundo (1845) de Domingo F. Sarmiento, donde más que en
otras se teoriza la necesidad de que la civilización ocupe el desierto bárbaro,15
ese espacio fronterizo interior al país donde la lucha continua entre grupos
antagónicos, respectivamente blancos e indígenas, determinaba la ausencia de
aquellos confines estables que la Nación iba buscando trazar.
Como subraya Álvaro Fernández Bravo, esta literatura fronteriza (y en
particular Facundo, juntamente con otras obras publicadas a lo largo del
siglo xix en Argentina y Chile) fue concebida como si fuese un conjunto de
archivos.

sus textos políticos se olvida totalmente de este componente étnico. Siempre Echeverría, en el
poema La cautiva (1837), manifestaría una fascinación hacia el unitario jamás confesada por
el mismo autor. Cfr. Leonor Fleming, «Ocultación y descubrimiento: relación entre historia y
literatura en América Latina», Río de la Plata, 11, 12, Buenos Aires 1991 (número monográfico
dedicado a Discurso historiográfico y discurso ficcional, Actas del Tercer Congreso Interna-
cional del Celcirp, Regensburg, 2-5 de julio de 1990). De la desaparición de los negros habla
también Sarmiento, quien, en el capítulo xiv del Facundo (1845) escribe: «La adhesión de los
negros dio al poder de Rosas una base indestructible. Felizmente, las continuas guerras, han
exterminado ya a la parte masculina de esta población, que encontraba su patria y su mane-
ra de gobernar en el amo a quien servía». Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Losada,
Buenos Aires, 1994, p. 264.
15. Definir a la pampa «desierto» (siendo ésta un espacio verde y cultivable) significa in-
terpretarla como a un espacio «vacío» porque ideológicamente se niega la presencia de indios
y gauchos que la poblan.

266 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

Estos textos se internan en la geografía, en el pasado y en las costumbres


para trazar fronteras: entre la civilización y la barbarie, entre el pasado y el pre-
sente, entre lo que debe incluirse y lo que no en la totalidad nacional.16
Desde luego lo que no debe entrar en la totalidad nacional son los indios
con sus malones, que a menudo comportaban también el rapto de blancos.
En 1833 Juan Manuel de Rosas fue uno de los principales jefes de una Expe-
dición del Desierto, cuyo resultado fue el rescate de unos mil cautivos blan-
cos (mujeres y niños) relatado en un documento anónimo titulado Relación
de los cristianos salvados del cautiverio por la División Izquierda del Ejercito
Expedicio­nario contra los bárbaros al mando del señor Brigadier General
D. Juan Manuel de Rosas (1835).17 La expedición constituyó más bien un éxito
personal para Rosas el cual de ahí en adelante se fue afirmando como único
líder político. Tanto es así que uno de los objetivos de los intelectuales enemi-
gos de Rosas parece haber sido desacreditar el éxito de su expedición en tierras
indígenas. El resultado positivo fue cuestionado por Sarmiento y por Echever-
ría por el cual poner en escena en el poema La cautiva el salvajismo de los
malones era el modo de reinsertar su actualidad en la imaginación colectiva.
Allí está la frontera, el peligro continúa, el tema es actual. Rosas no sólo no lo
ha derrotado sino que lo encarna.18
Precisamente La cautiva de Echeverría, como señala Laura Malosetti Costa,
había deslumbrado al pintor alemán Johann Moritz Rugendas de tal manera que
le empujó a hacer un proyecto de un ciclo sobre el malón.19 De 1845 es El rapto
de la cautiva, pintura que por un lado recoge toda la tradición pictórica clásica
sobre los raptos de mujeres, y por otro capta las implicaciones ideológicas de
la lucha argentina entre civilización y barbarie amantada de una carga erótica

16. Álvaro Bravo Fernández, Literatura y frontera. Procesos de territorialización en las cultu-
ras argentina y chilena del siglo xix, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999, p. 10. Cf. también
Tulio Halperín Donghi, Una nación para el desierto argentino, ceal, Buenos Aires, 1982.
17. De este documento existe una edición facsimilar: Juan Manuel de Rosas y la redención
de cautivos en su campaña al desierto (1833-34), Academia Nacional de la Historia, Buenos
Aires, 1979.
18. Susana Rotker, Cautivas. Olvidos y memoria en la Argentina, Ariel, Buenos Aires,
1999, p. 121.
19. Cf. Laura Malosetti Costa, «Primeros paisajes y gauchos federales», en Aavv, Pintura
Argentina. Panorama del período 1810-2000, Los Precursores, I, Banco Velox, Buenos Aires,
p. 17. Dibujos de Rugendas sobre el tema del malón y la cautiva (probablemente parte de
un álbum de 24 dibujos que el pintor ofrecía como modelos de retratos a óleo a su clientela)
fueron luego incluidos en una edición de La cautiva de Echeverría (Emecé, Barcelona, 1966)
con una nota de Bonifacio del Carril («El malón de Rugendas»). Sobre la trayectoria pictórica
de Rugendas en la Argentina cf.: Bonifacio del Carril, Artistas extranjeros en la Argentina.
Mauricio Rugendas, Academia Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires, 1966; Aavv, Los indios
en la Argentina, Emecé, Buenos Aires, 1992.

Contenido 267
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

bien percebida por Sarmiento que así describe el cuadro en una carta de 1846
dirigida a Martín Piñeiro:

La pampa infinita y los celajes del cielo por fondo, confundidos en


parte por las nubes de polvo que levantan los caballos medio domados
que monta el salvaje; la melena desgreñada flotando al aire, y sus co-
brizos brazos asiendo la blanca y pálida víctima, que prepara para su
lascivia. Ropajes flotantes que se prestan a todas las exigencias del arte;
grupos de jinetes y caballos; cuerpos desnudos; pasiones violentas,
contrastes de caracteres en las razas, de trajes en la civilización de la
víctima y la barbarie del raptor, todo ha encontrado Rugendas, en este
asunto favorito de su animoso pincel.20

El de la cautiva es un tema muy presente en el imaginario rioplatense: la


leyenda de Lucía Miranda, la primera española capturada por los indígenas
alrededor de 1532, de hecho había permanecido muy viva en la memoria
colectiva a partir de su primer relato en la crónica de Ruy Díaz de Guzmán.21
Sin embargo, en la Argentina post-Independencia la cautiva contemporánea (los
raptos de mujeres blancas durante los malones habían aumentado en la segunda
mitad de siglo) después del poema de Echeverría desaparece de la literatura y
de los ensayos, tanto es así que es posible encontrar su figura sólo en pasajes
sueltos dentro de obras dedicadas a otros temas, mientras que vuelve a aparecer
Lucía Miranda como personaje literario de varios textos, entre ellos el de Rosa
Guerra (1860) y Eduarda Mansilla (1860).22 Es decir que se prefiere reiterar el
mito de origen en vez de ocuparse de la actualidad del fenómeno. Susana Rotker
explica el regreso a los aconteceres de Lucía Miranda con la convivencia del
mito para el proyecto racial: «reiterar, con el peso de la Historia, el salvajismo
indígena como amenaza al proyecto blanco, burgués y católico de expansión
territorial, que culminará, con la Campaña del Desierto de Roca y el exterminio
del indio». […] El icono era el adecuado: «Lucía Miranda existía a una distancia
segura en el pasado, pertenecía a la raza y clase adecuadas y estaba casada: una
figura segura y no problemática», como escribió Bonnie Frederick.23

20. Cit. por Laura Malosetti, Los primeros modernos, p. 251. Sobre el carácter erótico de las
pinturas con cautivas cf. Laura Malosetti Costa, Rapto de cautivas blancas. Un aspecto erótico
de la barbarie en la plástica rioplatense del siglo xix, Instituto de Literatura Argentina, ffyL,
uba, Buenos Aires, 1994.
21. Ruy Díaz de Guzmán (1598-1612), Anales del Descubrimiento, Población y Conquista
del Río de la Plata, Ediciones Comuneros, Asunción, 1980.
22. Ambas tituladas Lucía Miranda. Sobre el tema de la cautiva véase, entre otros: Cristina
Iglesia y Julio Schvartzman, Cautivas y misioneros. Mitos blancos de la conquista, Catálogos,
Buenos Aires, 1987.
23. Rotker, Cautivas, p. 157.

268 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

Así, el mito de Lucía Miranda se revelaba útil para estigmatizar a los indios
del desierto, aspecto que se refleja también en la producción pictórica, con la
presencia de una visión estereotipada de los indios que remite a la orgía, al
festín salvaje del que seguramente será víctima la cautiva de turno. En literatura,
recuperando el mito de Lucía Miranda se legitima el proyecto de nación liberal
así como la pintura enfatiza el salvajismo de los indios frente a una mujer
representada siempre con hombros y pechos desnudos a la merced de sus
raptores. La pintura no dice nada sobre el destino de la víctima, que cautivada,
desaparece al mundo civil en el momento en que cruza la frontera entre
civilización y barbarie. Si nada se sabe sobre qué ocurre después del rapto,
tampoco existen representaciones visuales de rescates, excepto por una pintura
de Rugendas (El regreso de la cautiva, 1845), en la cual la vuelta de la cautiva,
ahora vestida y blandamente arrellanada sobre un caballo blanco, viene festejada
por un grupo de hombres y mujeres. El mismo Rugendas, en un dibujo de 1838,
había representado un Parlamento para el canje de cautivos entre blancos e
indios. El dibujo tiene rasgos de interés sobre todo en la representación del
hombre blanco que se parece a un conquistador de la Colonia: otro ejemplo
de cómo el cautiverio de mujeres blancas se seguía conectado a un momento
histórico pasado. En el panorama de pinturas de cautivas se destaca una obra
de Juan Manuel Blanes (La cautiva, 1879) donde se figura la cautiva sola en la
soledad del desierto, que es el verdadero símbolo nacional pintado por Blanes.
Aquí la cautiva está representada después del malón de indios, el elemento
que hasta entonces había sido el tema principal de pinturas con cautivas. En
este sentido, el caso de la obra La vuelta del malón (1892) de Angel Della Valle
es significativo de cómo se insiste en la temática del malón olvidando (en el
iconotexto, dado por el título) la presencia de la cautiva (si bien representada
en la pintura).24 En todo caso, y leído en una perspectiva contemporánea, el
cuerpo de la cautiva es el símbolo de la lucha combatida en la Argentina del
siglo xix para ocupar la frontera. Como señala aún Susana Rotker:

El cuerpo de la cautiva fue como un mapa vivo que revela tensiones


y prácticas de guerra entre grupos raciales; aún más que el espacio
de la frontera –si tal cosa es posible–, el cuerpo de la cautiva es lugar
de encuentro, contagio, de enfrentamiento y derrota, de mestizaje, de
cuestionamiento del discurso oficial sobre la «realidad» del otro lado.25

24. Exhibida en la Exposición Colombina de Chicago (1893), la obra de Della Valle no


logró el éxito esperado, quizás porque los norteamericanos habían asimilado de otra manera
el problema del exterminio indígena y de las cautivas, tema, este último, que recurre menos
en la pintura norteamericana de la época.
25. Rotker, cautivas, p. 181, cursiva en el original.

Contenido 269
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Cabe recordar que la obra de Della Valle se realiza cuando el indígena argentino
ha prácticamente desaparecido después de la Conquista del Desierto, la campaña
militar promovida por el Ministro de la Guerra Adolfo Alsina, el presidente de la
República Nicolás Avellaneda y el general Julio Argentino Roca y realizada entre
1878-79 para llevar finalmente a cabo el proyecto de expansión del progreso y
de la civilización en los territorios sureños argentinos y así trazar los confines del
Estado. Es decir, que los malones de indios ya no constituyen un problema y
por eso con derecho pueden entrar en aquel archivo iconográfico que, así como
en literatura, remite al pasado y contemporáneamente subraya lo que uno no es
en su propia identidad nacional. Al mismo tiempo obras como la de Della Valle
recuerdan lo que hubiera podido seguir pasando sin la Conquista del Desierto y el
mismo significado se despliega en una pintura de Augusto Ballerini (Civilización
y barbarie), también sucesiva a la campaña militar de Roca, donde un grupo de
indios destruyen los iconos del progreso: las vías del tren y los hilos del telégrafo.
En esta breve reseña sobre la estrecha relación entre frontera y Nación a través
de la pintura del siglo xix no puede faltar la figura del gaucho, el otro habitante
natural del «desierto» pampeano que desaparece en la realidad, y que se define
más como un tipo social que étnico, si bien producto de la fusión entre la raza
blanca (española), indígena y negra, así como lo describe Sarmiento:

Por lo demás, de la fusión de estas tres familias ha resultado un todo


homogéneo, que se distingue por su amor a la ociosidad e incapacidad
industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social
no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho
debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado la incor-
poración de indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas
viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aun por medio de la
compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió
la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha
producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza
española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada
a sus propios instintos.26

Históricamente, el ocaso del gaucho empieza con la derrota de Rosas en


Caseros (1852), que cierra la controvertida cuestión política entre Buenos Aires y
las provincias del interior caracterizada por el duro enfrentamiento entre unitarios
y federales. No obstante, quedaba latente la cuestión económica y social, puesto
que la expansión de la economía agrícola necesitaba solucionar el problema del
nomadismo del gaucho, sujeto que se tenía que eliminar porque era improduc­
tivo, o tratar de absorber a la civilización. Sucesivamente, entre 1865 y 1870, se

26. Sarmiento, Facundo, p. 66.

270 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

reprimen los últimos levantamientos de las montoneras provinciales y empieza el


proceso que culminará en la definitiva conquista del desierto que permite a las
oligarquías terratenientes apropiarse de las tierras libres valiéndose también de la
mano de obra gratuita de los gauchos. En suma, en la realidad histórica el gaucho
desaparece (es el caso del «gaucho neto», a veces residente de las comunidades
indígenas), o viene absorbido por el proceso agropecuario en actividades seden­
tarias hasta llegar a no representar más un modelo socialmente peligroso. Con
todo, el gaucho no desaparece nunca del panorama literario argentino a empezar
por la literatura gauchesca de las primeras décadas del siglo y siguiendo con
el Facundo de Sarmiento, el Martín Fierro (La ida, 1872, y La vuelta, 1879) de
José Hernández, que luego surgirá a poema épico nacional, y la novela Juan
Moreira (1880) de Eduardo Gutiérrez, cuya transposición teatral tuvo un gran
éxito. Así como no desaparece del panorama pictórico: presente en la pintura
costumbrista nacional y extranjera como elemento típico (y exótico) del paisaje
argentino, o como integrante de los ejércitos rosistas. En la segunda mitad del
siglo xix el gaucho a veces se representa como quien puede obrar como medio de
integración entre criollos e inmigrantes. Precisamente ésta parece ser la intención
simbólica de un óleo de Ignacio Manzoni titulado Gauchoporteño en actitud de
enseñar a un extranjero el modo peculiar que tiene de cortar el asado (1871), obra
premiada en la Exposición Nacional de Córdoba, que parece adelantar una de las
temáticas presentes en la segunda parte del Martín Fierro, o sea la conciliación
del gaucho con la civilización. Pero también sigue la imagen del gaucho rebelde,
así como se había difundido en la literatura: sólo por citar un ejemplo, el Juan
Moreira de Gutiérrez inspira una obra de Angel Della Valle presentada en 1891 a
una exposición colectánea de artistas de formación europea.27
Si se excluye el gaucho, cuya valencia en la definición de la identidad argen-
tina ha sido recuperada por los intelectuales nacionalistas entre fines de siglo xix
y principios del siglo xx,28 la presencia de mestizos, indios, cautivas y negros en

27. Según Laura Malosetti Costa, el Juan Moreira de Della Valle «parece marcar un punto
de inflexión en su producción, puesto que desde entonces el artista dedicará su atención
casi exclusivamente al drama de la pampa: gauchos, malones, soldados de fronteras y la in-
mensidad del paisaje. Tanto en ese cuadro como en La captura del bandido, de 1894 […], el
gaucho rebelde es imbuido de un carácter heroico y trágico. Un heroismo, sin embargo, que
incluye la marginalidad, el sufrimiento y la derrota, el de Moreira y Fierro, víctimas de los abu-
sos del poder instituido.» Cf. Laura Malosetti Costa, «Las artes plásticas entre el Ochenta y el
Centenario», en Burucúa (dir.), Nueva Historia Argentina, p. 192. Las obras de Della Valle se
insertan, siempre en los años 90, en la polémica sobre la representación del paisaje nacional
en las artes, que involucra también a poetas como Rafael Obligado y Calixto Oyuela. De esta
polémica da cuenta Laura Malosetti Costa, Los primeros modernos, pp. 337-346.
28. El mito gauchesco del nacionalismo argentino constituye una respuesta a la heterogenei-
dad de la población argentina determinada por los flujos migratorios europeos y extraeuropeos.
La preocupación por una identidad nacional siempre más afectada por la presencia de los in-

Contenido 271
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

los textos literarios clásicos, en las leyendas, en los documentos militares, en los
diarios de viaje, en los artículos de periódicos y en las pinturas, testimoniaría, en
el análisis de Susana Rotker, el hecho de que el proyecto liberal del siglo xix ha
borrado las minorías étnicas de la historia de la Nación para fundar y legitimar un
país «discursivamente» blanco. «Qué se elige para representar en la cultura –todo
recuerdo es representación– dice mucho de la identidad de los individuos, de
los grupos sociales y de las naciones»,29 y dice sobre todo de cómo se construye
una «poética de la memoria colectiva» de la que determinados sujetos sociales
y culturales quedan excluidos o son representados con un estilo que sirve para
consolidar los proyectos nacionales: «olvidar y recordar no son opuestos: son el
tejido mismo de la representación».30 Un mecanismo que bien ha sido explicado
por Benedict Anderson según el cual una nación se legitima como tal en el mo-
mento en que todos sus participantes olvidan/recuerdan las mismas cosas: un
pacto de silencio que inventa sus tradiciones ocultando otras.

Emeric Essex Vidal, Vista del cabildo desde la Recova, 1817

migrantes y sus descendientes determina en muchos de los intelectuales una actitud de rechazo
hacia las tipologías culturales encarnadas por los recién llegados y un contemporáneo repliegue hacia
aquellos elementos autóctonos (tal es el gaucho) donde se arraigaría la identidad criolla.
29. Rotker, Cautivas, p. 12.
30. Ibídem.

272 Contenido
LEGITIMAR Y OLVIDAR

Johann Moritz Rugendas, El rapto de la cautiva, 1845

Johann Moritz Rugendas, El regreso de la cautiva, 1845

Contenido 273
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

Angel Della Valle, La vuelta del malón, 1892

274 Contenido
Artes vetustas para naciones nuevas
Joan Feliu Franch
Universitat Jaume I, Castellón

Las relaciones entre el arte y la sociedad americana comenzaron a transfor-


marse radicalmente desde los primeros años del siglo xix debido, entre otras
cosas, a los procesos independentistas.1 Es indudable que el arte americano
del siglo xix continuó teniendo sus raíces en una tradición cultural europea, sin
embargo, poco a poco fue denotando una marcada diferencia entre los aspectos
en los que evidenció un recuerdo del pasado colonial y aquellos en los que fue
patente la ruptura con la herencia de lo hispano. De hecho, este intento de rup-
tura tras la independencia hizo que el proceso de creación o compra de un arte
con características concretas pudiera ser entendido como una revolución artística
empeñada, de forma deliberada y dirigida por las instituciones y los grupos inte-
lectuales, en interrumpir y transformar la herencia cultural de raíz española como
paso inicial en una búsqueda de un reconocimiento identificatorio nacional.2

1. Véase Carlos Antonio Ontiveros, En busca de lo latinoamericano, Proyecto aeci-ale,


Universidad de Morón-Universitat Jaume I, 1999. También L. Oliveira, «Modernidade e ques-
tão nacional», Revista Lua Nova, nº 20, San Pablo, 1990.
2. Véase P. Barcellona, Postmodernidad y comunidad, Trotta, Madrid, 1990. Citado en
M. Escolar, «Territorios de dominación estatal y fronteras nacionales. La mediación geográfica
de la representación y la soberanía política» publicado originalmente en Santos, De Zouza,
Arroyo, (comps.), O novo mapa do mundo, Hucitec, San Pablo, 1993, p. 1. También E. Ba-
libar, Race, nation, classe: Les identités ambiguës, La Decouverte, París, 1990; P. Chaunu,
Historia de América Latina, Editorial Universitaria de Buenos Aires (eudeba), Buenos Aires,
1976; M. Escolar, Elementos históricos para una teoría de la diferenciación e integración terri-
torial. Geografía política del Estado-Nación moderno, Memorias del Seminario Internacional
Integración latinoamericana y territorio (uba-ceur), Prosecretaría de Publicaciones, Facultad de
Filosofía y Letras, Buenos Aires, 1993.

Contenido 275
LEGITIMIDAD, SOBERANÍAS, REPRESENTACIÓN

El proceso de creación de un arte nacional, o al menos de un arte al gus-


to de la nación, supuso en definitiva un arduo trabajo condicionado por una
enmarañada red de relaciones, conceptos y emociones, muchas veces contra-
dictorias y ambiguas, pero casi siempre paralelas al transcurso de la evolución
socio-política.3 Porque la elección de un arte determinado no se basó en un
borrón y cuenta nueva, sino que fue una solución de continuidad en una so-
ciedad mestiza.4
Entender la historia del mestizaje que conformó cada país es imprescindible
para comprender los acontecimientos de la historia del arte latinoamericano. El
mestizaje americano se basó en una mutua fecundación de culturas, cuyo fruto
fue un ethos cultural nuevo surgido de al menos dos anteriores, y en continua
evolución, lo que no excluyó, evidentemente, que se produjeran conflictos, o
que no se integraran residuos culturales anteriores, o incluso que algunos as-
pectos se potenciaran, natural o artificialmente, más que otros.
En general, las dos partes mayoritarias que conformaron el mestizaje ameri-
cano fueron la nativa y la europea, pero luego hay que tomar en consideración
la parte nacida del encuentro de las dos primeras, que fue un elemento más
al que se sumaron posteriores aportaciones culturales de muy diverso signo.
En todo caso, la imposición de una cultura ajena, la española, en la evolución
natural de las nativas existentes en el continente americano significó la fago-
citación de las más débiles pero no su desaparición. Las culturas nativas se
mantuvieron, en ocasiones de forma casi inconsciente pero lo suficientemente
latentes para ser aprovechadas luego en la conformación de un ideal estético
de los países independientes.
No obstante, las nuevas naciones americanas no tuvieron fácil elaborar un
canal de expresión propio,