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Homilía 52

Elegía por Babilonia


18:1-24
Juan Carlos y Patricia son dos nombres usuales entre nosotros. Sin embargo Juan
Carlos “N” y Patricia “N” han sido el centro de las noticias esta última semana. Se trata de
dos feminicidas que les quitaron la vida a 20 mujeres. Las seducían mediante el ofrecimiento
de apoyo económico y ropa barata para bebés. Juan Carlos se había propuesto matar a cien
mujeres porque las odia. Al conocer un poco más de la historia nos enteramos que la mamá
de Juan Carlos engañó abiertamente a su papá y que él había sufrido algunas decepciones
amorosas. Al conocer historias como esta, difícilmente podemos negar que aparentemente el
mal le va ganando la guerra al bien. Que cada día sabemos de historias que nos conmueven
por su maldad, por su perversidad.

Sin embargo, al leer las Escrituras sabemos que al final el mal no vencerá; por el
contrario, el mal será rotundamente derrotado. Y que la victoria sobre el mal encuentra
canales específicos de manifestación a través de ese gran símbolo del mal social que es la
ciudad de Babilonia. Dado que es un hecho que Babilonia como tal ya no existe, debemos
preguntarnos acerca de cuál es el objeto de la elegía. Muchos intentos se han hecho a lo largo
de la historia para encontrar una interpretación acertada, sin embargo, cualquiera que fuese
su referencia sería insuficiente para extraer todo el profundo significado de Babilonia, como
la concentración de todo lo que se ha opuesto a Dios y al avance de su misión. Porque al leer
el texto encontramos que esta ciudad concentra el poder político, el poder religioso, el poder
económico, ídolos que se oponen abiertamente a Dios y que intentan destruir a su pueblo.
Babilonia establece un dominio, un reino de oscuridad que todo lo devora. No hay espacio
de libertad frente a un poder tan totalitario.

La derrota de Babilonia se dice como una elegía. Uno no sólo se sorprende por la
fuerza del contenido del texto, por su violencia verbal, se sorprende por la riqueza de un
lenguaje que se nos ofrece para poder verbalizar la derrota de aquello que tanto daño ha hecho
a la creación y al pueblo de Dios. Porque todos los que hemos amado, sabemos que
necesitamos expresarlo de alguna manera, que guardar el sentimiento para uno, es asfixiante
y prácticamente imposible y que es igualmente necesario expresar la victoria sobre el mal
para que la victoria también nos sea inteligible, la podamos procesar y asimilar. Por ello el
pueblo de Dios hace uso de esta forma poética para anunciar la caída de Babilonia. Así como
se dice públicamente la caída de los enemigos en el campo de batalla y se exalta la victoria
del rey vencedor.
Babilonia es la concentración del poder. De un poder que pasa por encima de todo y
de todos para beneficio propio. Las alianzas políticas, el crecimiento económico, las
religiones, todo, es un medio para satisfacer el hambre infinita de tener y dominar.

Pero esas dimensiones de dominio se reproducen a lo largo de la historia y a todo lo


ancho de nuestras relaciones. Se dan entre la pareja, en la familia, en los grupos sociales, en
las ciudades y gobiernos nacionales, en las iglesias y organizaciones de la sociedad civil.
Sabemos que las relaciones de poder no se agotan en lugares o en personas, sino que es un
juego que se da en las relaciones. Y no ignoramos que si algo destruye es la lucha por el
poder y por el salirse con la suya para dominar, extraer, explotar, lastimar, matar. Finalmente
el asesino serial logra imponerse absolutamente sobre su víctima y la aniquila hasta extraerle
su último aliento.

Pero el poder del mal se le enfrenta frontalmente. El bien se levanta como un ejército
poderoso para combatir en contra del mal. El texto de Apocalipsis dice que Dios ordena a su
pueblo que salga de Babilonia. Es decir, el pueblo de Dios debe pasar de un dominio a otro,
de un reino a otro, de una dimensión a otra. Salir de Babilonia es escapar del dominio del
poder absoluto enquistado en el dinero, en el lujo, en la política y en la religión. Como
expresiones de un dominio extractor, opresivo, asesino. Pero no es sólo una imagen física,
de abandonar el territorio de Babilonia, como lo fue el salir del territorio del imperio egipcio
en la gran gesta del éxodo. Sino salir de un dominio que pretende continuarse incluso, ya
estando fuera del territorio geográfico. Un dominio que pretende enquistarse en lo más íntimo
del corazón del pueblo de Dios y hacerlo arrodillarse ante los emperadores que concentran el
poder y que por ello, pretenden seducirlo con cantos de sirena. Y cuántos fieles han caído
bajo el dominio enajenante de los poderosos. Es por ello que hoy sabemos que si el mal no
se destruye en nuestro propio interior, seguirá siendo efectivo. Que el mal trata de
manifestarse en cada relación en donde pretendemos dominar, extraer, explotar controlar,
engañar, seducir. Y que el mal, como nos enseñó Jesús, se vence con el bien.

El ángel que anuncia la caída de Babilonia es un ángel poderoso. Porque hay una
dimensión del poder que está al servicio del bien. Es el poder como fuerza. Ya que hace falta
mucho poder para lograr penetrar la tierra de oscuridad para avanzar hacia la toma de la gran
capital que es Babilonia. Hace falta mucho poder para vencer el mal que está en nosotros.
Así lo dice Pablo, cuando se reconoce débil ante el poder del mal que está en su propio
cuerpo. Porque no debemos olvidar que el mal, de acuerdo a la enseñanza de la Escritura, no
solo afecta la dimensión espiritual, ya que se enquista en nuestro propio cuerpo y busca reinar
en cada dimensión de nuestras relaciones. Se requiere, y Pablo lo dice muy bien, el poder del
crucificado y el poder del Espíritu para hacer frente y vencer al reino de la oscuridad. Poder,
pues, no sólo para hacer, sino poder para ser. Entendiendo que el ser es también una
conquista, una lucha en contra de ese vacío, esa nada, que es el no ser. Poder para hacer frente
a esa sensación de vacío, de agotamiento, de falta de propósito y de consistencia en las
relaciones humanas que es la marca de nuestro tiempo.

Dios nos ha dado un espíritu de poder y de dominio propio para atrevernos a ser eso
que Dios ha diseñado para nosotros desde antes de que viniéramos a esta tierra. Atrevernos
a ser es, con toda seguridad, la más grande de las aventuras que podemos emprender con
Dios. Dios nos ha dado el poder para romper los límites y el miedo que nos han mantenido
atados a una zona de cierta seguridad o de resignación. Poder para llegar a la plenitud que la
Escritura afirma con gran atrevimiento: sean como vuestro padre que está en el cielo. Y si de
alguna manera conocemos a Dios es como aquel que es victorioso frente al mal usando las
poderosas herramientas del amor, de la justicia, del perdón, del sacrificio, de la paz.

Hoy, oramos y anhelamos porque los tribunales civiles sepan juzgar y condenar a una
pareja de feminicidas que arrebataron la vida a mujeres jóvenes por el hecho de ser mujeres
y de ser bonitas. Pero no sería una exageración ver en esa pareja de depravados la
concentración de todo el odio y el mal que la sociedad ha acumulado en contra de seres
vulnerables. Así como en el lenguaje del apocalipsis podemos notar una gran riqueza y una
trágica belleza en la forma en que se ha construido esta elegía. Así también descubrimos que
el mal es mucho más que lo que pueden concentrar esas dos personas; pero que esas dos
personas no sólo deben ser objeto de un juicio y de una sentencia justa, sino que ese niño que
odiaba a su madre y esa mujer con retardo mental, necesitan ser redimidos y perdonados para
que si bien su cuerpo sea objeto de castigo, su alma se salve y con ella, el alma de una
sociedad que se ha enfermado por haber albergado en su interior la semilla del mal y haber
caído cautiva ante los cantos de sirena del poder.

Salgamos de esa realidad de oscuridad y entremos en el reino de la luz para que


nuestro ser sea un reflejo de la luz de Dios y nuestras relaciones un espacio de amor, libertad,
justicia y paz.

Domingo 14 de octubre del 2018

I.B.B Gracia de Dios