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Una de las verdades que siempre debemos tener presente aquellos que deseamos dejar

una huella profunda en la presente y futura generación es la siguiente: la vida es un ciclo


constante. Basta solo con echarle un ojo a las cosas que nos rodean: los árboles, los
animales, el clima, los sentimientos, las otras personas y hasta nosotros mismos. La Biblia
tiene razón cuando dice: “Los sucesos del presente ya ocurrieron en el pasado, y lo que
sucederá en el futuro ya ocurrió antes, porque Dios hace que las cosas se repitan una y otra
vez” (Eclesiastés 3:15 NTV). Las cosas no pueden permanecer sin cambios. El único que no
cambia es Dios en sus manifestaciones divinas. Después de allí, todo es cambiante.

A menudo nos encontramos con personas que se resisten a aceptar esta gran verdad. Los
padres dejamos hijos, los maestros enseñanzas, los pastores herencias espirituales y
formativas. Toda la Escritura está llena de evidencias constantes de cambios de relevos. El
caso de Moisés y Josué es notorio, ya que la inmensa influencia y el gran liderazgo que
ejerció Moisés en su generación, parecían no tener comparación. Su labor, su personalidad,
la manera en que hablaba “cara a cara” con Dios, la forma en que recibía la palabra
normativa de su parte para entregarla al pueblo de Israel era admirable. Estamos hablando
de ciento veinte años de vida, muchos de los cuales fueron ocupados en guiar al pueblo de
Diosa a una tierra que anhelaba poseer, pero que sobre el final de su vida lo único que pudo
hacer fue mirarla desde lejos. El tiempo del relevo había llegado.

Tanto en la historia del pueblo terrenal de Dios, Israel, como en la de la Iglesia de Cristo, se
han repetido patrones que nos hablan de que siempre han existido y existirán las
generaciones Moisés y las generaciones de Josué. Al primero le llegó el momento de dar
paso al liderazgo de la siguiente generación. Una había sido la generación de la liberación y
la nueva sería la de la conquista. Es imposible pretender perpetuarnos en nuestras
posiciones y llamados. Necesitamos intencionalmente prepararnos y preparar a todos los
que están alrededor nuestro apoyando nuestra visión como “Moisés”, a que comprendan
que detrás nuestro vienen inmediatamente los integrantes de la generación de “Josué”. Esa
es la realidad bíblica y constante. Los ciclos son solo fases y etapas por las que pasan los
acontecimientos y fenómenos que nos llevaran a una nueva etapa de acontecimientos y
fenómenos a partir de los cuales volverán a repetirse en ese mismo orden.

En mis pocos años de ministerio en la ciudad de Los Ángeles (treinta y dos años), he visto
como personas bien intencionadas dañan el avance del reino de Dios por resistirse a
aceptar y entender que la vida para todos es un ciclo. Los ministerios no son lugares que
debamos usar como plataformas para perpetuarnos en posiciones con el único fin de
asegurar nuestro futuro económico cuando llegue la vejez. Los ministerios son más bien
realidades que deben permitirnos prepararnos, y preparar a la presente y futura generación
para que la visión de Dios continúe cuando nosotros ya no estemos en la escena.

No recomiendo tomar la errónea decisión de hacer un traspaso delegando los ministerios y


responsabilidades en el lecho agonizante de la muerte. En esas condiciones muchos
seguidores y discípulos les aseguraron a su líder que seguirían sus instrucciones al pie de la
letra, pero la experiencia nos muestra la que una vez enterrado el líder, todo se volvió un
caos con lucha de poderes e intereses económicos y de autoridad que provocaron
separaciones, enemistades y divisiones innecesarias.

Moisés no espero hasta llegar al monte Pisga para tratar de seleccionar al sucesor de la
tarea que Dios le había encargado. Ya había un Josué que desde joven había servido con
Moisés. Había peleado junto a su líder las batallas de Dios. La transición hacia Josué estuvo
acompañada de momentos importantes: El Espíritu de Dios estaba con él y las manos de
Moisés habían sido puestas sobre su cabeza (Números 27:10) en señal de empoderamiento
de una generación a otra.
Quiera Dios que nuestro corazón y mente estén sensibles a la guía del Espíritu Santo para
saber el momento en que debemos comenzar a confiar en la siguiente generación. Puede
ser que tus mismos hijos tengan un llamado genuino de Dios u otro colaborador cercano. La
idea es entender que la vida es un ciclo y que tarde o temprano nos tocará hacer el traspaso
de la generación de Moisés a la de Josué. No compliquemos la transición, sino seamos
recordados como verdaderos puentes generacionales.