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EMILIANO JIMÉNEZ HERNÁNDEZ

FIGURAS BÍBLICAS
¡Alza sobre nosotros la luz de tu rostro, Señor! Salmo 4,7
Cristo, habiéndose revestido del hombre, es la Pascua de nuestra salvación. Él es
quien padeció mucho en la persona de muchos. Él es quien fue asesinado en la
persona de Abel, maniatado en Isaac, exiliado en Jacob, vendido en José, expuesto en
Moisés, inmolado en el cordero, perseguido en David, vilipendiado en los profetas.
Melitón de Sardes
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INDICE
PRESENTACIÓN 5
I. LOS ORÍGENES 9
1. Adán y Eva: Esposos y padres primordiales 9 2. Caín y Abel: Los primeros hermanos 21 3.
Noé: El nuevo origen 29 II. PATRIARCAS 33 1. Abraham 33 2. Isaac: Figura de Cristo 40 3.
Jacob 45 4. José 48 III. EL ÉXODO 51 1. Moisés 51 2. Aarón 62 3. Josué 64 IV. JUECES 67
1. Gedeón 67 2. Sansón 70 3. Samuel 73 V. EL REINO 77 1. Saúl 77 2. David 80 3. Salomón
94 VI. PROFETAS 97
1. Elías y Eliseo 97 2. Amós y Oseas 100 3. Isaías y Miqueas 104 4. Sofonías, Nahum,
Habacuc y Jeremías 109 5. Ezequiel 112 6. Ageo, Zacarías, Malaquías, Abdías, Joel y Jonás
115 VII. RENOVADORES A LA VUELTA DEL EXILIO 119
1. Vuelta del exilio 119 2. Esdras y Nehemías 121 3. Daniel 125 XIII. LOS SABIOS DE ISRAEL
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1. Job 129 2. Tobías 133 IX. FIGURAS FEMENINAS 135
1. María: bendita entre las mujeres 135 2. Mujeres estériles 136 3. Débora, Judit y Ester 138 4.
Mujeres de la genealogía de Jesús 141
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PRESENTACIÓN
El interrogante ¿Quién soy yo?, que ha inquietado al hombre de todas las
épocas, hoy se plantea con mayor urgencia a todo el que quiera vivir su existencia de
un modo verdaderamente humano. Nunca ha sido tan amplio y tan especializado como
hoy el desarrollo de las ciencias del hombre: biología, fisiología, medicina, psicología,
sociología, economía, política, etc, ciencias que intentan aclarar la complejidad de la
vida huma- na. Pero esta maravillosa explosión científica está marcada de ambigüe-
dad. El aumento vertiginoso de los conocimientos técnicos y científicos va acompañado
de una creciente incertidumbre respecto a lo que constituye el ser profundo y último del
hombre. Estamos asistiendo actualmente a la más amplia crisis de identidad que ha
atravesado nunca el hombre. Las palabras de Max Scheler, lejos de haber perdido
actualidad, han cobrado en nuestros días un acento más actual y alarmante:
En la historia de más de diez mil años somos nosotros la primera época en que el hombre se
ha convertido para sí mismo radical y universalmen- te en un ser problemático: el hombre ya no
sabe lo que es y se da cuenta de que no lo sabe.
De la admiración, de la frustración o de la experiencia del vacío de la vida brota
la pregunta sobre el misterio de la existencia humana. Los problemas antropológicos,
los interrogantes sobre el sentido de la vida, no nacen de una simple curiosidad
científica. Se imponen por sí mismos, irrumpen en la existencia y se plantean por su
propio peso. El concilio Va- ticano II recogía esta inquietud del hombre actual:
Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enig- mas recónditos de la
condición humana, que hoy como ayer conmueven su corazón: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es
el sentido y qué fin tiene nues- tra vida? (Nostra aetate, n. 1).
El mismo concilio en la constitución Gaudium et spes da una res- puesta
luminosa:
En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues
Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo,
el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre (n. 22).
Es algo que ya había dicho con precisión Pascal: "No solamente no conocemos
a Dios más que por Jesucristo, sino que no nos conocemos a nosotros mismos más
que por Jesucristo. Fuera de Jesucristo no sabe- mos lo que es ni nuestra vida, ni
nuestra muerte, ni nosotros mismos" (Pensée 458).
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Fiel al concilio, Juan Pablo II escribe en la encíclica Veritatis splendor:
Fuente y culmen de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la his- toria humana, Cristo
revela la condición del hombre y su vocación inte- gral. Por eso, el hombre que quiere
comprenderse hasta el fondo de sí mismo -y no sólo según pautas y medidas de su propio ser,
que son in- mediatas, parciales, a veces superficiales e incluso sólo aparentes-, de- be, con su
inquietud, incertidumbre e incluso pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a
Cristo. Debe entrar en él con todo su ser, apropiarse y asimilar toda la realidad de la
Encarnación y de la Reden- ción para encontrarse a sí mismo. Si se realiza en él este hondo
proceso, entonces da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de
sí mismo (n. 8).
En Cristo aparece la verdad plena del hombre. Mi deseo, por ello, es dibujar el
rostro del hombre describiendo los rasgos de las figuras bíblicas, con las que Dios ha
anunciado a su Hijo Jesucristo, "luz verda- dera que ilumina a todo hombre" (Jn 1,9).
Los personajes bíblicos cobran significado de tipos o figuras. Cristo está prefigurado en
todo el Antiguo Testamento, como dice el concilio en la constitución Dei Verbum:
La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, a preparar, anunciar
proféticamente y significar con diversas figuras la ve- nida de Cristo... Los libros del Antiguo
Testamento manifiestan las for- mas de obrar de Dios con los hombres..., ofreciéndonos la
verdadera pedagogía divina (n.15).
A través de múltiples figuras, Dios preparó la gran "sinfonía" de la salvación, dice
san Ireneo. Un único y mismo plan divino se manifiesta a través de la primera y última
Alianza. Este plan de Dios se anuncia y pre- para en la antigua Alianza y halla su
cumplimiento en la nueva. "Los libros del Antiguo Testamento, recibidos íntegramente
en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el
Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo" (DV 16).
Antiguo y Nuevo Testamento se iluminan mutuamente, pues la pri- mera Alianza
conduce a la nueva, que la ilumina y lleva a plenitud. Así las figuras del Antiguo
Testamento encontrarán en Cristo el esplendor pleno del designio de Dios. Y, partiendo
de Cristo, ascendemos por el cauce de la historia de la salvación iluminando el
itinerario que Dios ha seguido y descubriendo en la primera Alianza la tensión íntima
hacia la nueva. Se trata de ver a través de la actuación de Dios en diversas
vocaciones, cómo es el actuar de Dios en su plan de salvación.
En la Escritura, como una obra unitaria y coherente, cada texto se explica por
otro y cada palabra incluye multitud de significados. San Bue- naventura escribe: "Toda
la Escritura puede compararse con una cítara: una cuerda, por sí sola, no crea ninguna
armonía, sino junto con las otras. Así ocurre con la Escritura: un texto depende de otro;
más aún cada pasa- je se relaciona con otros mil". La Biblia no puede reducirse a una
simple evocación del pasado, sino que mantiene su sentido y valor real y vivo en
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el presente, además de ser prefiguración constante del futuro. La Escritu- ra ilumina el
momento presente del pueblo y, por ella, los creyentes pue- den conocer en cada
momento la voluntad de Dios. Así es como escucha el creyente la Escritura en la
liturgia.
La historicidad es una dimensión esencial de la existencia humana. La
historicidad hace referencia a la historia vivida. Se trata no de simples hechos, sino de
acontecimientos. No todo pasado es historia. Un hecho entra en la historia sólo en
cuanto deja sus huellas en el devenir humano. Por eso la historia abraza
acontecimientos humanos del pasado, que per- viven en el presente del hombre,
proyectándolo hacia el futuro. Todo hecho sin horizonte de relación, es decir, sin
pasado ni futuro, no consti- tuye historia. La historia es acontecimiento y continuidad. El
acontecimien- to se hace tradición. Así crece y madura la historia. Madura el presente
al asumir, a veces dialécticamente, el pasado, lo que ha sido, y también el futuro, lo
todavía pendiente, lo esperado. El presente es el centro de la cruz. Apoyándose en lo
que ha sido, aceptando la herencia del pasado, haciéndolo presente, se abre al futuro,
que anticipa en la esperanza, haciéndole actual, como impulso del presente hacia él.
Es evidente que cuanto concierne a la fe ha de ser recibido. Nin- guna
interpretación tiene validez si no está integrada en el cauce de la tradición. Nosotros
quizás somos una generación de enanos, pero un enano que se sube a las espaldas
de un gigante puede ver amplísimos horizontes. Así, apoyados y llevados por el cauce
de la tradición, también nosotros podemos descubrir nuevos aspectos del misterio de
Dios y de su voluntad sobre nosotros.
El Credo de Israel no confiesa verdades, sino hechos. Es un Credo histórico.
Según la Dei Verbum, la revelación se realiza "con palabras y con hechos" (n.2).
"También los hechos son palabras", dice San Agustín. Los personajes bíblicos nos
manifiestan la Palabra de Dios con lo que nos dicen y con sus gestos. Nos hablan con
lo que dicen y con lo que son. Abraham es, en su persona, una palabra de Dios. Como
lo es Ezequiel: "Ezequiel será para vosotros un símbolo; haréis todo lo que él ha
hecho" (Ez 24,24).
La palabra narrativa nos hace participar de la historia, como sujetos del actuar
de Dios. El estilo vivo de las narraciones bíblicas nos ayuda a entrar en contacto directo
con Dios más que un tratado árido y científico. Con frecuencia, al hablar de Dios con un
lenguaje muerto, en lugar de revelar a Dios, se le silencia, se le vela. Pero Dios, en su
deseo de acer- carse al hombre, ha entrado en la historia del hombre. La Encarnación
del Hijo de Dios es la culminación de la historia de amor de Dios a los hom- bres. Es
una historia que busca, pues, ser contada más que estudiada.
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I. LOS ORÍGENES
1. ADÁN Y EVA: ESPOSOS Y PADRES PRIMORDIALES
Los orígenes del hombre se remontan al alba de la creación, cuan- do Dios
ordena todas las cosas a Cristo. La historia del hombre no co- mienza con el pecado de
Adán, sino en el instante en que el Padre crea todas las cosas en Cristo y ordenadas a
El. Antes de que el hombre sea concebido en el seno de su madre ha sido concebido
en el corazón de Dios.
Dos relatos complementarios de la creación abren el libro del Génesis. Son el
pórtico de la fe en la salvación y alianza de Dios con su pueblo. Los dos relatos de la
creación son el primer acto del drama que, a través de las variadas manifestaciones de
la bondad de Dios y de la infi- delidad de los hombres, constituye la historia de la
salvación.
a) El hombre es creado a imagen de Dios
El primer relato (Gen 1), en un cuadro grandioso, nos describe cómo en el
principio Dios saca el universo, cielo y tierra, del caos primiti- vo, adornándolo con todo
lo que forma su riqueza y su belleza. La narra- ción bíblica de la creación nos presenta
el nacimiento de los seres y de la vida en el marco litúrgico de una semana. Y esta obra
culmina con la creación del hombre, varón y mujer, a imagen y semejanza de Dios. Y,
finalmente, Dios, como consumación de su obra, el séptimo día reposó, bendijo y
santificó el séptimo día, el sábado. La complacencia con que el Creador celebra la
fiesta de la creación, el sábado, expresa claramente que la creación fue llamada a la
existencia por su amor gratuito.
En el sexto día Dios, con marcada diferencia, el texto describe la creación del
hombre, que proviene con inmediatez total de Dios. La crea- ción del hombre está
precedida por la fórmula solemne de la autodecisión de Dios: «Hagamos al hombre a
nuestra imagen y según nuestra seme- janza».
Adán (hombre) es un nombre colectivo, que el texto especifica en la bipolaridad
«hombre-mujer». Es el hombre en la totalidad de su ser, como espíritu encarnado y
bisexualmente relacionado, abierto al amor y fecundidad y a la comunión, tal como ha
sido llamado a la existencia co- mo imagen de Dios amor y comunión en su vida
intratrinitaria. La división de sexos es de orden creacional. Por voluntad de Dios el
hombre no ha sido creado solitario, sino que ha sido llamado a decirse «yo» frente a un
«tú» de otro sexo. Sobre esta imagen de Dios en la tierra, que El mismo ha creado,
derramó su bendición, capacitando al hombre para crecer y multiplicarse.
Las primeras páginas del Génesis nos dicen: «Y creó Dios al hom- bre a imagen
suya, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó» (Gen 1,27). El hombre, en su
bipolaridad referencial de varón y mujer, es
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imagen de Dios. "Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza: llamándolo a la
existencia por amor, lo ha llamado al mismo tiempo al amor. Dios es amor (1Jn 4,8) y
vive en sí mismo un misterio de comunión personal de amor. Creándola a su imagen y
conservándola continuamen- te en el ser, Dios inscribe en la humanidad del hombre y
de la mujer la vocación del amor y de la comunión. El amor es por tanto la vocación
fun- damental e innata de todo ser humano" (FC 11).
La imagen y semejanza de Dios se da en la comunión de hombre y mujer, que
corresponde a la comunión intratrinitaria de Dios. La imagen de Dios se manifiesta en
la diferencia y comunión sexual de los hom- bres. No cabe vivir de manera solitaria la
semejanza con Dios. Sólo es posible en la comunión humana. La teología de la
Trinidad, que descubre en Dios diferencia y unidad y que habla de Dios rico de
relaciones en sí mismo, es el Dios que se refleja en la diferencia y unidad de hombre y
mujer, como totalmente diferentes y unidos en una sola carne, en relación mutua y
recíproca entre sí y abiertos a la vida, al hijo, fruto de su relación. Lo análogo de la
imagen de Dios reside en la relación diferenciada, en la diferencia rica de relación, que
constituye en el Dios uno y trino la vida eterna del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y
determina en los hom- bres la vida temporal de hombres y mujeres, de padres e hijos.
Dios es amor y creador de la vida. La unión del hombre y de la mu- jer,
engendrando la vida, es la imagen más perfecta de Dios.«Imagen de Dios», pues, no
es el hombre individual y solitario. Adán no es nombre propio, designa al ser humano
(Os 11,4). Hombre y mujer unidos en una sola carne, que manifiesta el hijo fruto de su
unión, es la imagen de Dios amor y fuente de la vida.
En esta doble y única «misión del Amor y de la Vida» de la familia se refleja la
imagen de Dios Amor y Creador de la vida. Al llamar Adán a su mujer Eva expresaba
su vocación a la fecundidad: «madre de los vi- vientes» (Gen 3,20). Dios, cuya plenitud
sobreabundante es fecundidad por encima de toda medida, creó al hombre y a la mujer
a su imagen, a imagen del Hijo único que por sí solo agota la fecundidad divina y
eterna. Para realizar y manifestar este misterio la pareja humana, al transmitir la vida,
comunica al curso del tiempo la imagen de Dios, sobreviviendo de generación en
generación. En el fondo de las edades resuena sin cesar el llamamiento de Dios:
«Creced y multiplicaos» y la pareja humana va lle- nando la tierra. Dios, al llamar, da la
forma de responder. La llamada es bendición: comunicación del poder de procrear
seres a su imagen. Este gozo de la fecundidad, don de la bendición de Dios, lo expresa
Eva, la madre de los vivientes, en el momento de su primer parto: «¡He obtenido un hijo
de Dios!» (Gen 4,1). Lo específico del hombre, en su bipolaridad sexual, es convertirse
en icono, en una epifanía del ser que le ha dado la vida.
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b) Adán y Eva
El segundo relato (Gén 2) de la creación, mucho más antiguo que el primero,
está lleno de imágenes poéticas. A través de su estilo literario, la riqueza de sus
expresiones contiene datos interesantes para compren- der el significado de la
atracción entre el hombre y la mujer, haciendo re- saltar el significado unitivo del amor.
Así como el primer relato parte su explicación del caos que se ob- serva en el
mundo, éste segundo supone, como punto de arranque, un desierto árido y seco, que
Dios irá transformando en jardín encantador, donde el hombre aparece como dueño y
señor. A partir de ahí la descrip- ción adquiere una fuerza singular. La soledad del
hombre produce en Dios por vez primera la impresión de que algo no estaba bien en su
obra creadora: «No es bueno que el hombre esté sólo. Voy a hacerle una ayu- da
adecuada» (2,18).
La presencia de los otros vivientes -animales y aves- no ha bastado para llenar
el vacío de la soledad humana, a pesar de su dominio sobre ellos: «El hombre puso
nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes,
pero no encontró en ellos una ayuda adecuada» (2,20). En el momento de dar nombre
a los demás se- res como señor de la creación, en el hombre, el sentimiento de vacío y
soledad domina sobre el gozo de su soberanía. Le queda como una nos- talgia
profunda, un vacío de tristeza que hay que eliminar con una com- pañía humana. Así,
el Génesis muestra cómo ningún dominio o posesión puede llenar el corazón del
hombre.
En esta situación afectiva la mujer se hace presente como el gran regalo de
Dios. El éxtasis que experimenta el hombre, sinónimo de estu- por, de la suspensión de
los sentidos, anuncia un gran acontecimiento:
Entonces el Señor Dios echó sobre el hombre un profundo sueño y el hombre se durmió. Le
sacó una costilla, rellenando el vacío con carne. De la costilla que le había sacado al hombre,
el Señor Dios formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: ¡Esta sí que
es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Su nombre será mujer (išsah), porque ha sido
sacada del hombre ('iš). Por eso el hombre abandona pa- dre y madre y se une a su mujer y se
hacen una sola carne (2,21-24).
El grito de exclamación manifiesta esa alegría inmensa que siente el hombre al
haber encontrado por fin en la mujer la compañera de su existencia, reflejo suyo, la
ayuda adecuada que anhelaba en su interior, lo único que ha podido elegir y hacia la
que se siente atraído entre todos los seres que han desfilado ante él. En ella halla una
interlocutora, al otro que haga posible el encuentro y el diálogo: la presencia de la
mujer crea en el hombre tal gozo, que Adán inaugura con un piropo el habla humana.
El hombre no se ha complacido en ninguna de las criaturas que han pa- sado delante
de él; ha otorgado su preferencia a la mujer: ella es la elegi- da, la amada, como
expresa el nombre (Išsah). Solamente la mujer está «a la par» del hombre en su
diferencia. Solamente ella puede constituir
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para él una compañera, con la que compartir su dignidad de ser y vida. Por eso, el
autor la hace nacer del costado del hombre: ella es de su misma carne, emparentada
con él. Esta expresión no es biológica, sino antropológica: su significación abarca al
hombre entero: «¿no es carne nuestra?», dirán de José sus hermanos. La
consanguinidad -concarnidad- es expresión de parentesco, familiaridad, comunión.
Acaba de brotar una comunidad más fuerte que ninguna otra, por eso «el hombre
abandona padre y madre y se une a su mujer»; los dos se sienten identificados en una
sola carne y en un solo corazón.
"Voy a hacerle una ayuda adecuada". La ayuda y comunión no se refiere sólo a
la atracción sexual. El diálogo que aquí aparece entre el hombre y la mujer tiene
resonancias afectivas y personales mucho más íntimas. Ayuda en el AT tiene un
sentido marcadamente personalista. Por ello, no es extraño que el Eclesiástico,
aludiendo a este texto del Génesis, dé al encuentro con la mujer un significado de
«ayuda» infinitamente am- plio:
Mujer hermosa recrea la mirada y sobrepasa todo lo deseable; si además habla con ternura, su
marido no es como los demás hombres; tomar mu- jer es una fortuna: ayuda y defensa,
columna y apoyo. Viña sin tapia será saqueada, hombre sin mujer andará a la deriva (36,22-
25).
No se puede expresar mejor, ni con menos palabras, la intención profunda de
Dios sobre la realidad sexual del hombre y la mujer. La lla- mada recíproca del hombre
y la mujer queda orientada, desde sus co- mienzos, hacia esa doble finalidad de crear
la unidad y la vida. Por una parte, es una relación personal, íntima, un encuentro en la
unidad, una comunidad de amor, un diálogo afectivo pleno y totalizante, cuya palabra y
expresión más significativa se encarna en la entrega corporal. Y, por otra parte, esta
misma donación, fruto del amor, se abre hacia una fecun- didad que brota como
consecuencia.
El relato del Génesis muestra que la existencia del hombre y la mu- jer reviste
una forma dialógica. Ambos son verdaderamente Adán, es de- cir hombre: "El día en
que Dios creó a Adán, le hizo a imagen de Dios. Los creó varón y mujer, los bendijo y
los llamó hombre (Adán) en el día de su creación" (Gén 5,1). Este texto da el nombre
de Adán a los dos miembros de la pareja humana y, por ello mismo, les reconoce la
dignidad humana. Por ello, pueden llegar a ser «una sola carne» en el matrimonio.
Expresando no solamente la unión corporal, la expresión abarca toda la persona. El
profeta Malaquías, al explicar este texto dirá que, en el matri- monio, hombre y mujer
llegan a ser una sola vida, un ser: "¿No ha hecho El un solo ser -una vida-, que tiene
carne y espíritu? Y este uno ¿qué busca? Una posteridad dada por Dios. Guardad,
pues, vuestro espíritu: no traiciones a la esposa de tu juventud? (Malq 2,14-16).
Como escribe Juan Pablo II en su primera encíclica, Redemptor hominis: «El
hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su
vida está privada de sentido, si no le es revela- do el amor, si no se encuentra con el
amor, si no lo experimenta y no lo
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hace propio, si no participa en él vivamente» (n. 10). La diversidad sexual, hombre y
mujer, es la que hace posible el amor y la unidad. Al ser la mujer totalmente otra,
desigual, exige al hombre -y lo mismo a la mujer- salir de sí mismo e ir hacia ella hasta
hacerse con ella una sola carne en el amor oblativo de sí mismo en el encuentro
sexual. El amor y la unidad es la finalidad y el fruto de la diversidad. El hombre, cabeza
de la mujer, amándola, ama su propio cuerpo. La mujer, esplendor y gloria del hombre,
se somete y entrega gozosamente al amor del hombre, que se da a ella en el amor. No
se trata de dominio o poder, sino del lenguaje sacramental del cuerpo, imagen del amor
de Dios a su pueblo y de la respuesta en fidelidad y obediencia del pueblo a la alianza
con Dios.
La sexualidad humana supone, expresa y realiza el misterio inte- gral de la
persona. La sexualidad es una puerta -no la única- de salida y de entrada en el mundo
de las personas. La estructura abierta del hombre pone de manifiesto dos dimensiones
fundamentales del mismo: su me- nesterosidad y su dadivosidad. En la sexualidad el
hombre realiza la aper- tura en esta doble dimensión de indigencia -"no es bueno que
el hombre esté solo"- y de oblatividad -"ayuda adecuada"-. La sexualidad es la gran
fuerza que empuja al hombre a abrirse y a salir de sí mismo, con su nece- sidad del
otro y su capacidad de donación al otro. El hombre, al abrirse a otra persona, hace el
descubrimiento del "tú", y al mismo tiempo se des- cubre a sí mismo como "yo".
Mientras que la relación "yo-ello" (el hombre dando nombre a los seres) indica posesión
de algo, la relación "yo-tú" se realiza en la efusión de dos personas en una creatividad
de amor.
En la sexualidad humana se realiza esa relación de encuentro efu- sivo entre el
yo y el tú. No hay mayor coefusión que el amor de entrega personal, en el que los
cónyuges llegan a ser "una sola carne". Pero la apertura del hombre no queda
satisfecha en la relación yo-tú. Necesita la aparición de un tercero. En la raíz de la
donación y recibimiento del yo-tú va la exigencia de crear y aceptar un "nosotros", que
a su vez se abrirá al "vosotros". El hijo es el fruto del amor interpersonal, un amor de
donación y de aceptación en sentido pleno y total.
La mutua atracción del hombre y la mujer es un don de Dios, que responde a la
necesidad y sueños del hombre solitario. "El texto de Gén 2,24 intenta explicar el origen
de la misteriosa atracción mutua y recíproca de los dos sexos, que crea la fuerza del
amor matrimonial para ser espo- sos y padres" (Mulieris dignitatem 6). Por voluntad de
Dios el hombre no ha sido creado solitario, sino que ha sido llamado a decirse "tú" con
el otro sexo. La mujer es llamada išsah, esposa del hombre: 'iš. Y también Eva (havá):
madre de los vivientes. La sexualidad humana encierra una doble dimensión: unitiva y
procreadora, inseparablemente unidas. La entrega corporal es símbolo y manifestación
de un amor exclusivo, que se abre y encarna en la procreación.
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c) El hombre creado para la fiesta
Todos los seres de la creación son buenos. Pero, sin el hombre, el mundo es
mudo. El hombre es el liturgo de la creación, contemplando las obras de Dios y dando
nombre a las criaturas de Dios. El lenguaje es la casa del ser y el templo de la
alabanza. Extremadamente sugestivo es el salmo 148, que nos ofrece una liturgia
cósmica en la que el hombre es sacerdote, cantor universal, predicador y poeta. El
hombre es el artífice de una coreografía cósmica, el director del coro en el que
participan los monstruos marinos, los abismos, el sol, la luna, las estrellas lucientes, los
cielos, el fuego, el granizo, la nieve, la niebla, los vientos, los montes, las colinas, los
árboles frutales, los cedros, las fieras, los animales domésti- cos, los reptiles, las aves...
Y el salmo 150, conclusión del Salterio, a la orquesta del templo de Jerusalén asocia en
el canto de alabanza a «todo ser que respira». Dios ha creado todos los seres, y el
hombre, dándoles nombre, les conduce a la celebración litúrgica.
Según la narración del Génesis, la creación del mundo y del hom- bre está
orientada al sábado, la "fiesta de la creación". La creación se consuma en el sábado. El
sábado es el distintivo bíblico de la creación. La culminación de la creación con la paz
sabática diferencia la concepción bíblica del mundo de las demás cosmogonías, que
ven el mundo como naturaleza siempre fructífera, en progreso, en evolución, que
conoce tiempos y ritmos, pero desconoce el sábado: el reposo. Y precisamente lo que
Dios hace santo no es la naturaleza, las cosas, buenas todas, pero no santas ni
sagradas, con poderes mágicos; lo que Dios hace santo es el tiempo, el sábado.
Con frecuencia se presenta la creación como "la obra de los seis días", sin
reparar en el séptimo: "y dio por concluida Dios en el séptimo día la obra que había
hecho, y cesó en el séptimo día de toda la obra que hiciera. Y bendijo Dios el día
séptimo y lo santificó, porque en él cesó Dios de toda la obra creadora que Dios había
hecho" (Gén 2,2-3). El Dios que reposa, hace fiesta, se regocija con su creación queda
con frecuencia olvidado. Y sin embargo, el sábado es la corona de la creación. El Dios
creador llega a su meta, a su gloria, precisamente en el reposo sabático.
Dios nos ha hecho para la fiesta, para que lleguemos a la plenitud de vida en
una comunicación vivificante con El: "Nos eligió en Cristo des- de antes de la creación
para ser santos e inmaculados en su presencia mediante el amor" (Ef 1,4). El hombre,
como imagen de Dios, ha sido creado para el sábado, para reflejar y ensalzar la gloria
de Dios que pene- tra en su creación. El sábado permite al hombre entrar en el misterio
de Dios. No consiste, por tanto, en cesar en el trabajo, sino en celebrar con gozo al
Creador y al Redentor.
La civilización técnica de nuestro tiempo se caracteriza por la con- quista del
espacio por parte del hombre. En ella se gasta tiempo para conseguir espacio. Pero
tener más no significa ser más. El poder que se consigue en el mundo del espacio
acaba bruscamente en el límite del
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tiempo. Dar importancia al tiempo, celebrar el tiempo, lo santo de la crea- ción, es vivir;
no es poseer sino ser; no es someter sino compartir. Pero, en realidad, sabemos qué
hacer con el espacio, pero no con el tiempo. Ante el tiempo el hombre siente un
profundo temor cuando se enfrenta a él. Por ello, para no enfrentarse al tiempo, el
hombre se refugia en las co- sas del espacio, se afana en poseer cosas, llenar el vacío
de su vida con cosas. ¿Es el afán de poseer un antídoto contra el miedo que crece
hasta ser terror ante la muerte inevitable? La verdad es que para el hombre es
imposible evitar el problema del tiempo, que no se deja dominar con la posesión de las
cosas. Sólo podemos dominar el tiempo con la celebra- ción del tiempo. Por ello, la
Escritura se ocupa más del tiempo que del espacio. Presta más atención a las
generaciones, a los acontecimientos que a las cosas. Le interesa más la historia que la
geografía. Sin que esto signifique despreciar el espacio y las cosas. Espacio y tiempo
están inter- relacionados. No se puede eludir uno o despreciar el otro. Las cosas son
buenas. Pasar por alto el tiempo o el espacio es estar parcialmente ciego. La tarea del
hombre es conquistar el espacio y santificar el tiempo. Con- quistar el espacio para
santificar el tiempo. En la celebración del sábado nos es dado participar de la santidad
que está encerrada en el corazón del tiempo.
El descanso del sábado es la fiesta de la creación. No se le puede
instrumentalizar. Hay una desfiguración del descanso cuando se ve el ocio en función
de un mayor rendimiento en el trabajo, como un recuperar fuerza para seguir
produciendo. El ocio es liberador cuando nos permite recuperar la libertad y
espontaneidad perdida. Pues, por inevitable que sea el trabajo, el hombre no ha sido
creado para la fatiga, sino para la fe- licidad, para el disfrute de una vida plena y feliz.
Al soltarse las coyundas que le amarran a la máquina de la producción, recuperando la
alegría de la libertad, el hombre se percata que está hecho para caminar erguido y no
doblegado, ver y jugar con el otro, libre de lo anónimo de la produc- ción, recuperando
la gratuidad de la comunicación. Este es el espíritu de la liturgia festiva del día de
reposo. Seis días a la semana vivimos bajo la tiranía de las cosas, el séptimo
sintonizamos con la santidad del tiempo.
d) Pecado de Adán
La presentación bíblica de los orígenes del hombre está llena de un optimismo
extraordinario. Dios dirige su mirada sobre la obra de sus ma- nos y experimenta su
complacencia: "Y vio Dios que era bueno". Y, coro- nada la creación, con la imagen de
Dios en ella, el hombre y la mujer co- mo "una sola carne", Dios verá la creación como
"muy buena". Pero la Biblia no cierra los ojos a la trágica situación que introduce el
pecado en la creación, también en la relación de hombre y mujer. El hombre, creado
como imagen de Dios, colocado en la cima del universo, en diálogo con Dios y en
comunión con el "otro", su ayuda adecuada, contrasta doloro- samente con la
experiencia inmediata: el miedo, la tristeza, la violencia, la incomunicación, el odio, la
muerte. Frente al mundo luminoso de la crea- ción se alzan las sombras del pecado,
que nos narra el capítulo tercero del Génesis. La atracción mutua del hombre y la
mujer, desde el pecado,
13
se vivirá con su carga de "miedo", "vergüenza", "concupiscencia", "divi- sión" interior y
en relación al otro, como "dominio" sobre el otro; con su carga de dolor y muerte, que
es como paga siempre el pecado.
El desorden del instinto o concupiscencia tiene su origen en el pe- cado, en la
ruptura con Dios, que provocó la división de la pareja y su sen- timiento de culpabilidad.
La narración del pecado original va inserta signi- ficativamente entre dos afirmaciones
paralelas, pero contrarias: la primera cierra el anuncio gozoso de la comunión entre el
hombre y la mujer di- ciendo que "los dos estaban desnudos pero no sentían
vergüenza" (2,25). La segunda expresión, colocada inmediatamente después del
pecado, indica el cambio operado diciendo que "se les abrieron los ojos a los dos y
descubrieron que estaban desnudos" (3,7), sintiendo la necesidad de cu- brirse. El uno
siente vergüenza frente al otro. Se ha operado la división; entre ellos ha surgido la
desconfianza en lugar de la alegría del amor. La pareja, según el plan de Dios, estaba
creada en la complementariedad, como ayuda mutua, para ser una sola carne. El
hombre había acogido a la mujer con un grito de alegría incontenible, pero ahora
acusa, echa la culpa a "la mujer que me diste por compañera" (3,22). Ya no es posible
referirse a los dos como al hombre en singular, como en el primer relato para hacerlos
partícipes de la bendición (2,27); la ruptura exige que la pa- labra de Dios se dirija a
cada uno por separado, para escuchar lo contra- rio de la bendición: la propia maldición
(3,6-17). La fatiga del trabajo y el dolor de la maternidad sustituyen al gozo anunciado
de la fecundidad y del dominio sobre la tierra. La unión ha quedado rota. El egoísmo se
ha instalado en lo más profundo del ser humano. La apertura y entrega per- sonal al
otro ha quedado amenazada por "el miedo a la muerte", que su- pone el otro en cuanto
"otro".
Adán y Eva, cediendo a la sugestión de la serpiente, desobedecen a Dios,
porque quieren "ser como Dios conocedores del bien y del mal" (Gn 3,5), es decir,
ponerse en lugar de Dios para decidir acerca del bien y del mal; tomándose a sí
mismos por medida, pretenden ser dueños únicos de su vida, con autonomía absoluta
de Dios.
Según Gen 2, la relación de Dios con el hombre no era una rela- ción de
dependencia, sino de amistad. Dios no había negado nada al hombre creado "a su
imagen"; no se había reservado nada para sí, ni si- quiera la vida (Sb 2,23). Pero por
instigación de la serpiente, "la más astu- ta de los animales", Eva, y luego Adán, se
ponen a dudar de este amor de Dios: el precepto dado para el bien del hombre (Rm
7,10) no sería más que una estratagema inventada por Dios para salvaguardar sus
privile- gios; es la sospecha que trata de insinuar el tentador al decir a Eva "¿Cómo es
que Dios os ha dicho: no comáis de ninguno de los árboles del jardín?". Es como decir,
si no puedes comer de uno es como si no pudie- ras comer de ninguno, no eres libre,
Dios te está limitando, no es un Dios bueno, sino un Dios celoso de su poder. Y la
advertencia añadida al pre- cepto, según el tentador, sería sencillamente una mentira,
una amenaza para mantener al hombre sometido: "No, de ninguna manera moriréis.
Pero Dios sabe muy bien que el día en que comáis de este fruto, se os
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abrirán los ojos y seréis como dioses". El hombre cree a quien le adula y desconfía de
Dios, a quien considera su rival. El pecado ha transformado la relación que unía al
hombre con Dios. Todo ha cambiado entre el hom- bre y Dios. Aún antes de que Dios
intervenga (Gen 3,23), Adán y Eva, que antes gozaban de la familiaridad divina (Gen
2,25), "se esconden de Yahveh Dios entre los árboles" (3,8). La iniciativa fue del
hombre; él es el que ya no quiere nada con Dios, que le tiene que buscar y llamar; la
ex- pulsión del paraíso ratificará esa voluntad del hombre; pero éste compro- bará
entonces que la advertencia no era mentira: lejos de Dios no hay acceso posible al
árbol de la vida (3,22); no hay más que muerte.
El relato del Génesis es tipológico. Adán es en realidad todo hom- bre. La
rebelión de Adán es la nuestra. Damos crédito al diablo, que "des- de el comienzo es
mentiroso y asesino". Este es el núcleo de la actitud pecadora del hombre, que quiere
constituirse en señor absoluto y autó- nomo de su vida. Comenzando por el pecado de
Adán, el impulso y la fuerza que mueven a todo hombre al pecar es levantarse contra
Dios. Pe- car es negar a Dios como único Señor; es ver a Dios y su ley no como
expresión de su amor, sino como manifestación de rivalidad y dominio sobre el hombre.
También para nosotros, como para Adán, el sufrimiento y la muer- te, la
vergüenza y la huida de Dios, la ruptura de la comunión y la infideli- dad, los cardos y la
agresividad del corazón, son el salario del pecado. El hombre, al negar el amor de
Dios, por considerarlo celoso de su indepen- dencia, experimenta el dominio del
pecado, al que se siente vendido (Rm 6,6-20;7,14). Así el hombre, antes de la muerte
corporal, experimenta el poder de la muerte (Ef 2,1); siente dentro de su ser el miedo a
la muerte.
La carta a los Hebreos presenta a Jesucristo, diciendo: "Así como los hijos
participan de la sangre y de la carne, así también participó El de las mismas, para
aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo, y liberar a
cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud" (2,14-15).
La división interior, que el hombre siente, entre la llamada al amor y la seducción del
pecado, entre la obediencia a Dios y la dependencia de la «ley del pecado», es debida
al poder del diablo, que se ha apoderado del hombre; su libertad está en- cadenada.
"¡Pobre de mí!, exclama san Pablo, ¿quién me librará de este cuerpo que me lleva a la
muerte?" (Rm 7,24-25).
El pecado, ruptura entre el hombre y Dios, introduce igualmente una ruptura
entre los miembros de la familia humana. Ya en el paraíso, en el seno mismo de la
pareja primordial, apenas cometido el pecado, Adán acusa a Eva, "la ayuda adecuada"
que Dios le había dado (Gen 2,18), "hueso de sus huesos y carne de su carne" (2,23).
El hombre se excusa a sí mismo acusando a la mujer; y la acusación a la mujer es,
simultánea- mente, acusación al mismo Dios: "la mujer que Tú me diste" (Gen 3,12). Es
una expresión amarga que el hombre lanza con una sola frase en am- bas direcciones:
hacia su mujer y hacia Dios. Todo ha cambiado en las relaciones mutuas y con Dios.
La consecuencia es inmediata: "la pasión
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te llevará hacia tu marido y él te dominará" (3,16). En lo sucesivo esta rup- tura se
extenderá a los hijos de Adán (4,8); luego, se establece el reinado de la violencia y de
la ley del más fuerte, que celebra el salvaje canto de Lamec (4,24).
El pecado, al romper la relación del hombre con Dios, lleva al hom- bre a
encerrarse en sí mismo, rompiendo la comunión con los demás. Por el miedo a la
muerte, se ve obligado a vivir encerrado en el círculo de su yo, a defenderse del otro, a
acusar al otro, para asegurar su vida.
e) Cristo, nuevo Adán
El pecado trastorna la relación del hombre con Dios, pero es inca- paz de
destruir la relación de Dios con el hombre. Dios mismo ha decidido y creado esa
relación. Y sólo Dios puede eliminarla y revocarla. La ima- gen de Dios en el hombre
queda desfigurada por el pecado, pero no des- truida; puede ser recreada. El pecado
no vence el amor de Dios. ¿Quién nos separará del amor de Dios, que hemos conocido
en Cristo Jesús? Nada humano, ninguna criatura, ni siquiera el pecado, nos puede
apartar del amor de Dios. No obstante el rechazo del hombre, mientras el hombre está
en vida, Dios mantiene su relación de amor con él. La gracia de esta fidelidad de Dios
al hombre, que le contradice, apunta a la vocación sal- vadora del hombre mediante
Cristo, que carga con el pecado, se hace pecado, deshecho de los hombres,
desfigurado el rostro en la cruz, para devolver al hombre pecador el esplendor original,
como imagen de Dios.
Al pecado Dios responde con el anuncio -protoevangelio- de la sal- vación. El
que el hombre se haya apartado de Dios no ha alejado a Dios del hombre y, por ello,
no ha desaparecido su amor salvífico hacia el hombre. La voluntad salvífica de
establecer su alianza con el hombre si- gue en pie en la promesa de aplastar la cabeza
de la serpiente. El hombre ha cambiado, pero Dios, no. Dios, que conoce el origen del
pecado del hombre, seducido por el maligno, interviene para anunciar la sentencia
contra la serpiente:
Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del
campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. Pondré
enemistad entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la suya: ella te aplastará la cabeza mientras tú
acechas su calcañal (Gén 3,14-15).
Frente a la realidad de desorden, que introduce el pecado, aparece luminosa la
esperanza del protoevangelio: "la descendencia de la mujer aplastará la cabeza de la
serpiente". Este anuncio se hace realidad con la venida de Jesucristo, "imagen visible
de Dios invisible". La recreación de la imagen de Dios, desfigurada en el hombre por el
pecado, será un nue- vo comienzo de la historia de los hombres.
16
Lo mismo que "al principio" Dios conduce la mujer al hombre, así Dios unirá a su
Hijo con la Iglesia, su Esposa, haciendo de ella su cuerpo. En la plenitud de los
tiempos, con la llegada del Mesías, tiene inicio una nueva creación (2Cor 5,17) con un
nuevo progenitor, un nuevo Adán, de quien el primero no había sido más que tipo o
figura (Rm 5,14); Cristo es el Adán definitivo (1Cor 15,45-47). También Cristo, nuevo
Adán, tiene una esposa, la comunidad cristiana (Ef 5,25-27). En 2Cor 11,3 aparece el
pa- ralelismo entre la Iglesia y Eva. Este simbolismo nupcial, aplicado a la alianza de
Cristo con su Iglesia, llena todo el Nuevo Testamento. El Reino de Dios se nos describe
constantemente bajo la alegoría de las bodas o como el banquete que prepara el rey
por el matrimonio de su hijo.1
La maldición divina contra la serpiente anuncia la lucha implacable entre la mujer
y la serpiente, lucha que se extiende a la estirpe, al semen de la serpiente y a la
descendencia de la mujer, que es Cristo. El combate permanente, que recorre toda la
historia, entre el bien y el mal, entre la justicia y la perversión, entre la verdad y la
mentira, en la plenitud de los tiempos se hace personal entre Cristo y Satanás. Cristo
destruirá el poder de la serpiente. Ya el profeta Isaías describe el mundo inaugurado
por el Mesías como un mundo nuevo, recreado, en el que la serpiente no consti- tuirá
un peligro para el hombre: "El niño de pecho hurgará en el agujero del áspid y meterá
la mano en la hura de la serpiente venenosa" (Is 11,8). Como Adán es cabeza de la
humanidad pecadora, Cristo es Cabeza de la humanidad redimida. Dios no se deja
vencer por el mal.
Todo fiel es liberado del pecado por el bautismo, que lo hace re- montarse más
allá del pecador Adán, hasta la filiación divina de Cristo, que "existe antes de todas las
cosas" (Col 1,17). La gracia, que el fiel en- cuentra en Cristo, es mucho más grande
que el mal causado por la falta de Adán (Rm 5,15-17).
f) María, nueva Eva
Cristo, nuevo Adán, nace "de Dios", en el seno virginal de María. En el seno
virginal de María, Dios ha puesto en medio de la humanidad, estéril e impotente para
salvarse por sí misma, un comienzo nuevo, una nueva creación, que no es fruto de la
historia, sino don que viene de lo alto, don de la potencia creadora de Dios.
Como afirman los Padres de la Iglesia, Jesús debía nacer de ma- nera virgen
para poder ser el nuevo Adán. Si Jesús, el nuevo Adán, no hubiera nacido de una
virgen, no podría ser el inicio y la cabeza de la nueva creación. Con el primer Adán nos
encontramos en el momento de la creación, al comienzo de la historia humana; con el
nacimiento virginal de Jesús nos situamos al principio de la nueva creación. Algunos
Padres, como San Ireneo, aluden a la arcilla con la que Dios formó al primer hom- bre,
que era todavía "tierra intacta", "virginal", pues aún no había sido arada ni trabajada por
el hombre. Así, pues, Adán es el fruto del seno de
1
Mt 8,11;9,15; 22,2-14;25,1-12;Lc 5,34-35;12,35-36;14,16-24;Jn 3,29.

17
esta tierra todavía virgen. Teniendo esta imagen ante los ojos, se com- prende el
simbolismo de este texto de Máximo de Turín, obispo del s. V:
Adán nació de una tierra virgen. Cristo fue formado de la Virgen María. El suelo materno de
donde el primer hombre fue sacado, no había sido aún desgarrado por el arado. El seno
maternal de donde salió el segundo no fue jamás violado por la concupiscencia. Adán fue
modelado de la arcilla por las manos de Dios. Cristo fue formado en el seno virginal por el Espí-
ritu de Dios. Uno y otro, pues, tienen a Dios por Padre y a una virgen por madre. Como el
evangelista dice, ambos eran "hijos de Dios" (Lc 3,23- 38).
Cristo no nació "de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón" (Jn 1,13).
Por esta razón es el nuevo comienzo, las primicias de la nueva creación. La acción del
Espíritu Santo en María es un acto creador y no un acto conyugal, procreador. Pues
bien, si es un acto creador, signi- fica una repetición del comienzo primordial de toda la
historia humana. Es un nuevo comenzar la creación, un retorno al tiempo anterior a la
caída del pecado, una renovación del comienzo primordial de toda la historia humana.
Así como el Espíritu Santo, en la creación, "se cernía sobre las aguas" (Gén 1,2), así
también el Espíritu Santo descendió sobre María al principio de los tiempos de la nueva
creación. Con María el tiempo gira sobre sus goznes dando paso a una nueva era, a la
nueva creación. El instante original de la creación, al mismo tiempo virgen y materna,
emer- ge en la historia de María y encuentra en ella su cumplimiento, por el mismo
poder del Espíritu.
Con su fe y obediencia, en contraposición a Eva, María, cubierta con la sombra
del Espíritu Santo, restaura nuestra relación filial con el Pa- dre en Cristo, su Hijo. Se
da un paralelismo entre Eva y María, igual que el paralelismo que Pablo descubre entre
Adán y Cristo (Rm 5,14). El viejo Adán falló y su pecado arrastró en su caída a toda la
humanidad. Pero Dios mantuvo su designio con relación a la humanidad y, de nuevo, lo
re- creó en el nuevo Adán, Cristo "espíritu vivificante" (1Cor 15,45). También Eva, la
mujer primera, creada como "ayuda" de Adán, falló "ayudando" a Adán en su caída. Por
ello, Dios, para devolver al hombre la vida, suscita una nueva Eva, María, que con su fe
y obediencia "ayuda" al nuevo Adán, aceptando ser su madre y permitiéndole, de este
modo, llevar a cabo la Redención. Como nueva Eva, "madre de los vivientes", junto a la
cruz de Jesús está María, la "mujer", acogiendo como hijos a los "hermanos de Jesús"
(Jn 20,17), hijos adoptivos del Padre (Ga 4,6-7).
María toma el lugar de Eva, ocupando como ella un lugar único en la economía
de la salvación. Frente a la desobediente Eva, María es "la sierva del Señor" (Lc 1,38),
que se ofrece como "ayuda" para llevar a término el designio de Dios: "Cuando llegó la
plenitud de los tiempos, Dios mandó a su Hijo, nacido de mujer, para rescatar a los que
se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos la filiación adoptiva" (Ga 4,4-5). Como
Cristo ocupa el lugar de Adán y la cruz sustituye al árbol del paraíso, Mar- ía ocupa el
lugar de Eva. Eva acoge la palabra de un ángel caído y María, en cambio, acoge a
Gabriel, "uno de los ángeles que están ante Dios" (Lc
18
1,19). María, como sierva de Dios, participa en la salvación, acogiendo en su seno al
Salvador, y acompañándolo fielmente hasta la hora de la cruz. Con aceptación plena
de la voluntad de Dios, María declara: "He aquí la sierva del Señor, hágase de mí
según tu palabra". Es la expresión de su deseo de participar en el cumplimiento del
designio de Dios. Con su obe- diencia se pone al servicio del plan de salvación, que
Dios la ha anuncia- do.
Desde la cruz, cuando todo se ha cumplido, Jesús llama a su ma- dre "Mujer" y
le confiere una maternidad en relación a todos los hombres. Ella es "la madre de los
vivientes". El árbol de la cruz ha sustituido al árbol de la caída. La cruz es su contrario:
árbol de la vida. Del costado de Cristo muerto, y con el corazón traspasado, como de
Adán dormido, brota la nueva vida. Todas las realidades del comienzo, destruidas por
el pecado, han sido restituidas a su estado original. Cristo es puesto en "el jardín", "en
el que había un sepulcro nuevo, en el que nadie todavía había sido puesto" (Jn 19,41).
María es "la mujer", madre del Viviente y de todos los vivientes.
2. CAÍN Y ABEL: LOS PRIMEROS HERMANOS
a) ¿Donde está Abel, tu hermano?
Después de los primeros esposos y padres, el Génesis nos presen- ta el origen
de la fraternidad, mostrándonos la primera pareja de herma- nos: "Adán se unió a Eva,
su mujer; ella concibió y dio a luz a Caín, y ex- clamó: ¡He obtenido un hijo como don
de Dios!". Eva, al dar a luz a su primer hijo, experimenta el gozo de la maternidad y
grita de júbilo, dando gloria a Dios, que no le ha privado de la bendición de la
fecundidad a pe- sar de su pecado.
"De nuevo dio a luz a su hermano, a Abel" (Gén 4,1-2). Abel nace como
hermano y, con su nacimiento, convierte a Caín en hermano. Pero hermandad no es
igualdad, sino diferencia. Si Adán y Eva, hombre y mu- jer, están llamados a ser una
sola carne, los hermanos se desprenden de esa unidad de los padres con su
diversidad. La diferencia hace posible el amor, el salir de sí mismo para ir al otro,
aceptándolo como es. Pero la diferencia hace posible también el odio, el cerrarse en sí
mismo, negando al otro por el simple hecho de ser otro, distinto. El odio puede llegar a
de- sear eliminar al otro. La diferencia sitúa a los hombres en trance de liber- tad:
romper el círculo del propio yo para dar cabida al tú en la propia vida, o defender el yo
levantando muros para defenderse del tú, negándole el derecho a la existencia junto a
nosotros: "Abel era pastor de ovejas y Caín era labrador. Pasado un tiempo Caín
presentó de los frutos del campo una ofrenda al Señor. También Abel presentó
ofrendas de los primogéni- tos del rebaño. Dios aceptó complacido la oblación de Abel,
pero no se fijó en la ofrenda de Caín. Caín se irritó sobremanera y caminaba con el
rostro abatido" (Gén 4,2-5).
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El menor es preferido al mayor. La elección de Dios es libre y gra- tuita, pero
siente predilección por los humildes. Es algo que se repite en el Génesis: Isaac
preferido a Ismael; Jacob a Esaú; Raquel a Lía. Lo mismo aparecerá en toda la
Escritura. Caín no acepta la gratuidad de la acción de Dios. Se le puede decir lo que
dice Jesús en el Evangelio a los prime- ros obreros de la viña, descontentos, porque el
dueño dio el mismo salario a los obreros de la última hora: "¿Es que no tengo libertad
para hacer lo que quiera con lo mío? ¿Por qué ves con malos ojos el que yo sea bue-
no? Así es como los últimos serán primeros y los primeros últimos" (Mt 20,15).
Caín no acepta la diferencia y empieza a incubar el rencor en su corazón. En
ese momento interviene Dios advirtiéndole del peligro que le amenaza: "¿Por qué
andas irritado, con el rostro fruncido? Si procedes bien podrás alzar el rostro abatido.
Pero si no procedes bien, a la puerta te espera agazapado el pecado, acechando como
fiera que te ansía y que tú has de dominar". Dios, rico en misericordia, invita a Caín a
entrar en su interior, a tomar conciencia de los sentimientos que agitan su corazón,
para convertirse y hacer la paz con su hermano antes de que se ponga el sol sobre su
enemistad. Dios no se ha olvidado de Caín. Le dedica una atención particular en su
abatimiento. Dios, como padre, intenta salvar a sus hijos, de modo particular a Caín.
Sin violentar su libertad, quiere que recapacite mientras hay aún tiempo.
Caín no hace caso de la advertencia, más bien se exaspera, de- jando que el
rencor se convierta en odio incontrolable: "Caín dijo a su hermano Abel: ¡Vamos al
campo! Y cuando estaban en el campo, se echó Caín sobre su hermano Abel y lo
mató". Como dice el libro de la Sabidur- ía: "Por envidia del diablo entró la muerte en el
mundo" (2,24). El diablo, que engañó a Eva, sigue engendrando muerte: "el diablo es
homicida desde el principio" (Jn 8,44). La envidia del diablo, sembrada en el co- razón
de Caín, le domina, haciéndolo esclavo, sometido al poder del pe- cado: "Concibió un
crimen, está preñado de maldad, da a luz un fraude" (Sal 7,15). En conclusión, como
leemos en la carta de Santiago: "El deseo concibe y da a luz el pecado, y el pecado
consumado engendra la muerte" (1,15).
Caín, advertido por Dios del riesgo que corre, podría haber domi- nado su
pasión, pero no quiere hacerlo, da rienda suelta a su concupis- cencia, alimenta su
envidia y sigue sus sugerencias. Se deja guiar, no por Dios que le incita a la
reconciliación, sino por la pasión que le lleva al cri- men. La envidia y la ira prevalecen
sobre la palabra de Dios. Así invita a su hermano a salir al campo, a alejarse de todo
testigo, para perpetrar su maldad. Lo comenta San Ambrosio:
¿Qué significa "vamos al campo", sino que escoge para el fratricidio un lugar donde no se
engendra? ¿Pues dónde se iba a matar al hermano, sino donde faltan los frutos? No dice:
vamos al paraíso, donde florecen los manzanos. Los fratricidas muestran que no cosechan
fruto de su cri- men, que no queda en ellos fruto. Rehuyen los ambientes benignos: el
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ladrón rehuye el día como a testigo de cargo, el adúltero se avergüenza de la luz, el fratricida
huye de la fecundidad.
De nada le ha valido a Caín salir al campo para ocultar su crimen. La sangre
derramada grita al cielo. Dios es el defensor de toda víctima inocente: "El juez de todo
el mundo, ¿no hará justicia?" (Gén 18,25). Co- mo no le valió a Adán ocultarse entre
los árboles, tampoco le sirve a Caín alejarse en el campo. Dios cuida de sus hijos; a
Adán le pregunta: "¿Dónde estás?". Su ocultamiento ya le acusa ante Dios, agravando
su pecado. Así Dios interviene de nuevo con Caín, esta vez denunciando al asesino:
"¿Dónde está Abel, tu hermano?". Caín con su excusa se acusa a sí mismo. "Caín
contestó: No sé, ¿soy yo acaso el guardián de mi her- mano?". Por ser su hermano
menor, debía ser custodio de él, su protec- tor. Al querer ocultar su culpa, la agrava.
Comenta San Ambrosio:
El que confiesa mueve a compasión al juez. Confesar el delito, recono- ciendo la propia culpa,
es ya sufrir la vergüenza del pecado, es ya una porción del castigo. Pero pondera la respuesta
del fratricida: "No sé". Primero niega, como si el juez fuera ignorante; luego, rehúsa el deber de
custodiar a su hermano, como hombre desnaturalizado. Rehúsa al juez, como si no estuviera
sometido a su decisión. ¿Qué extraño que no sienta piedad el que desconoce a su autor?
"Replicó el Señor: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a
mí desde la tierra". La sangre derramada clama al cielo, reclama que Dios haga justicia.
Es inútil que el asesino eche tierra sobre ella para tapar la prueba de su delito. Al Señor
de la vida no se le oculta la sangre vertida. El interrogatorio de Dios termina con una
sentencia: "Por eso te maldice esa tierra que ha abierto las fauces para recibir de tu
mano la sangre de tu hermano. Cuando la cultives, no te dará su fruto. Andarás errante
y vagabundo por el mundo". La violencia homicida cambia profun- damente el ambiente
de vida del hombre. Caín, el labrador, ha sembrado en la tierra una semilla de muerte,
la tierra no le dará sus frutos: "Quien siembra vientos cosecha tempestades" (Os 8,7),
"Quien siembra maldad cosecha desgracia" (Pr 22,8). Quien siembra sangre cosecha
maldición. San Juan Crisóstomo observa que Caín es maldecido como la serpiente
porque obró como ella:
Pues hizo casi lo mismo que la serpiente y sirvió de instrumento al diablo. Como aquella
introdujo con fraude la maldad, así Caín con engaño sacó a su hermano al campo y a mano
armada ejecutó el crimen... El diablo, a quien mueve la envidia, no soportando ver los dones
acumulados en el hombre, por envidia usó el engaño para inducir la muerte. Así Caín, envi-
dioso de la preferencia de Dios por su hermano, llegó al homicidio.
La palabra de Dios, como espada de doble filo, ha penetrado y roto la dureza del
corazón de Caín que, finalmente, reconoce la gravedad de su culpa: "Mi culpa es grave
y me abruma. Si hoy me echas de este suelo y he de ocultarme de tu presencia,
andando errante y vagabundo por la tierra, cualquiera que me encuentre me matará".
Caín se siente reo de muerte. Andar errante, sin protección ni amparo, sin refugio ni
asilo, ex- puesto a la venganza de cualquiera es una carga demasiado pesada que
21
abruma a Caín. Su misma conciencia le hará huir sin descanso: "El mal- vado huye sin
que lo persigan" (Pr 28,1).
Pero Dios, a la vez que castiga, protege. No quiere la muerte del pecador, sino
que se convierta y viva. Por ello sale en defensa de Caín: "El que mate a Caín lo
pagará siete veces. Y Dios puso una marca en la frente de Caín, para que nadie que lo
encontrase lo matara". Dios se re- serva el derecho a la vida. No se remedia una
muerte añadiendo otras muertes; matar, incluso a un homicida, es desatar la espiral de
la violen- cia. Es lo que aparece en el diálogo de la mujer de Tecua con David, des-
pués que Absalón mató a su hermano Amnón: "Soy una viuda, mi marido ha muerto. Y
una servidora tenía dos hijos; riñeron los dos en el campo, sin nadie que los separase,
y uno de ellos hirió al otro y lo mató. Y ahora resulta que toda la familia se ha puesto en
contra de tu servidora; dicen que les entregue al homicida para matarlo, para vengar la
muerte de su hermano, y acabar así con el heredero. ¡Así me apagarán la última brasa
que me queda, y mi marido se quedará sin apellido ni descendencia sobre la tierra..."
(2Sam 14).
Ni siquiera el homicida pierde su dignidad personal. Dios mismo se hace su
garante. Es aquí, dice Juan Pablo II, donde se manifiesta el mis- terio paradójico de la
justicia misericordiosa de Dios. Dios no castiga al homicida con el homicidio, ya que no
quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.
b) La sombra de Caín
Caín, el fratricida, se aleja de la tierra de sus cultivos y de la pre- sencia de Dios.
De labrador ha pasado a una vida errante, sin asiento en ningún lugar. Lleva la marca
de Dios, pero va huyendo de sí mismo, sin descanso, con el estigma de su crimen por
todas partes hasta nuestros días. Su nombre perdura como sinónimo de fratricida.
"Abel, estando muerto, habla todavía" (Hb 11,4). La sombra de Caín se alarga,
abarcan- do la historia de la humanidad. "La voz de la sangre derramada por los
hombres no cesa de clamar de generación en generación, adquiriendo tonos y acentos
diversos y siempre nuevos" (Veritatis Splendor 10). Como nos dice el profeta
Malaquías: "¿No tenemos todos un solo padre? ¿No nos creó el mismo Dios? ¿Por qué
entonces traiciona uno a su hermano?" (2,10). Como hijos de Adán y criaturas de Dios,
todos los hombres somos hermanos.
La historia de Caín y Abel, como el relato de Adán y Eva, es un "relato de
orígenes", con resonancia para toda la humanidad. El pecado no sólo ha roto la
relación entre el hombre y la mujer, sino también entre los hermanos. Al pecado de
Adán y Eva sigue el fratricidio, que rompe la fraternidad humana. Caín y Abel son
prototipos, figura de todos nosotros. El relato de Caín y Abel nos describe, en clave
narrativa, situaciones humanas de todos los tiempos. En un tiempo primordial
descubrimos que, si todos somos hermanos, todo homicidio es fratricidio.
22
La Veritatis splendor de Juan Pablo II es la más amplia actualiza- ción de esta
página "emblemática" del Génesis. El capítulo primero es un comentario del texto de
Caín y Abel. Frente al evangelio de la vida, pro- clamado al principio con la creación del
hombre a imagen de Dios para un destino de vida plena y perfecta, entra la muerte por
la envidia del diablo y por el pecado de los primeros padres. Y entra de un modo
violento a través de la muerte de Abel causada por su hermano Caín. "Esta página
emblemática del Génesis, dice el Papa, cada día se vuelve a escribir, sin tregua y con
degradante repetición, en el libro de la historia de los pue- blos. La pregunta del Señor
¿Qué has hecho? se dirige también al hom- bre contemporáneo para que tome
conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen
marcando la historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los
generan y ali- mentan".
Como en el primer fratricidio, en cada homicidio se viola el paren- tesco
"espiritual" que agrupa a los hombres en una gran familia. Además, no pocas veces se
viola también el parentesco "de carne y sangre", por ejemplo, cuando las amenazas a
la vida se producen entre padres e hijos, como sucede con el aborto, o cuando, en un
contexto familiar o de paren- tesco más amplio, se favorece o se procura la eutanasia.
En la raíz de cada violencia contra el prójimo se cede a la lógica del maligno, es
decir, de aquel que "es homicida desde el principio" (Jn 8,44), como nos recuerda el
apóstol san Juan: "Pues éste es el mensaje que habéis oído desde el principio: que nos
amemos unos a otros. No como Caín que, siendo del maligno, mató a su hermano"
(1Jn 3,11-12). Así, es- ta muerte del hermano al comienzo de la historia es el triste
testimonio de cómo el mal avanza con rapidez impresionante: a la rebelión del hombre
contra Dios en el paraíso terrenal se añade la lucha mortal del hombre contra el
hombre.
La negación de Dios lleva, inseparablemente, a la negación del hombre. Esta es
la tragedia de nuestro tiempo. Tras el anuncio de la muerte de Dios, el hombre ha
perdido el apoyo de su vida. Si no hay Dios, la vida del hombre no vale nada. El
hombre ha rechazado vivir bajo la mi- rada de Dios y se ha encontrado con que ya
nadie le mira, no es alguien para nadie, no tiene valor alguno. El ser humano no vale,
puede ser su- primido sin apelación; la ley lo aprueba y el Estado ofrece los medios
para llevarlo a cabo. La ley define qué vida y desde qué día empieza a estar bajo su
tutela, es decir, tiene valor. Con la pérdida de Dios el hombre se ha perdido a sí mismo.
Negando a Dios, han ido cayendo todas las razones éticas para apoyar sobre
ellas el valor de la vida. Si la vida no tiene en Dios su princi- pio y su fin, pierde todo
significado y valor. El hombre, que en su deseo de autonomía, niega a Dios, abre el
camino a la muerte. En el corazón del hombre entra el deseo de suplantar al hermano y
así se llega a darle muerte. Caín es el protagonista de esta historia de violencia y
muerte. Es la descripción paradigmática de la historia de la humanidad. La civilización
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nace con Caín. Sus descendientes son los constructores de la ciudad, forjadores del
hierro y del cobre, inventores de las artes... El hombre, en su independencia de Dios,
comienza la construcción de su mundo, va tras el progreso, hasta querer alcanzar el
cielo, añadiendo ladrillo a ladrillo en la construcción de la torre de Babel. Pero la codicia
y la violencia, fruto de la envidia anidada en el corazón, crece "como una fiera
agazapada a la puerta de casa" (Gén 4,7), dispuesta a lanzarse contra el hombre. El
hombre, sin Dios, para defender su vida, es capaz de matar a quien se acerque a su
casa, a quien quiera entrar en su vida. El otro, por el simple hecho de ser "otro", ya es
visto como enemigo.
Sin embargo, la fe bíblica no nos narra la historia del "mysterium iniquitatis", sino
del "mysterium pietatis". Frente al misterio del mal triunfa el misterio del amor de Dios
hacia el hombre. Todo hombre, incluso el fra- tricida Caín, está bajo la protección de
Dios (Gén 4,15). No obstante el continuo propagarse del mal (Gén 4,23-24), Dios no
abandona al hombre a sus fuerzas de destrucción. El sigue custodiando la vida. Como
confiesa el libro de la Sabiduría: "Te compadeces de todos porque todo lo puedes y
disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres
y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho. Y
¿cómo habría permanecido algo si no lo hubieses querido? ¿Cómo se habría
conservado lo que no hubieses llamado? Mas Tú con todas las cosas eres indulgente,
porque son tuyas, Señor que amas la vida" (11,23-26).
c) Abel figura de Cristo
Dios, amante de la vida, se hace presente en Jesucristo, que nos muestra
visiblemente el rostro de Dios: "En El estaba la vida y la vida era la luz de los hombres"
(Jn 1,4). En sus milagros, signos del Reino de Dios, Jesús nos ha mostrado el rostro de
Dios, que quiere que el hombre viva, y con su palabra nos ha desvelado el Reino de
Dios como plenitud de vida, como vida sin muerte, plena y gozosa.
Hay un paralelismo entre Abel y Cristo. La cadena de asesinatos, comenzada en
el fratricidio de Caín, se continúa en los asesinos de los profetas enviados por Dios (Mt
23,34-36), para culminar en la muerte de Cristo, el Hijo de Dios, que ha tomado nuestra
carne, haciéndose herma- no nuestro: "Pues tanto el santificador como los santificados
tienen todos un mismo origen. Por eso no se avergüenza de llamarles hermanos... Por
tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él
de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al
Diablo, y liberar a cuantos, por el temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a
esclavitud... Por eso se asemejó en todo a sus hermanos" (Hb 2,11ss).
"La voz de la sangre de Abel conmovió entonces la tierra. Pero la voz de la
sangre de Jesús, mediador de la nueva alianza, habla mejor que la de Abel" (Cfr Hb
12,24ss). La sangre de Cristo no clama venganza, sino que implora misericordia para
los asesinos: "Perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen". Comenta Juan Pablo
II:
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"Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo". No es sólo la sangre de Abel, el
primer inocente asesinado, que clama a Dios, fuente y defensor de la vida. También la sangre
de todo hombre asesinado des- pués de Abel es un clamor que se eleva al Señor. De una
forma absolu- tamente única, clama a Dios la sangre de Cristo, de quien Abel en su inocencia
es figura profética, como nos recuerda la carta a los Hebreos: "Vosotros, en cambio, os habéis
acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo... al mediador de una nueva Alianza, y a la
aspersión purificado- ra de una sangre que habla mejor que la de Abel" (12,22.24)... La sangre
de Cristo es la sangre que redime, purifica y salva; es la sangre del me- diador de la nueva
Alianza "derramada por muchos para el perdón de los pecados" (Mt 26,28). Esta sangre, que
brota del costado abierto de Cristo en la cruz, habla mejor que la de Abel, pues se hace
intercesora ante el Padre por los hermanos, es fuente de redención perfecta y don de vida
nueva. La sangre de Cristo, mientras nos revela la grandeza del amor del Padre, manifiesta
qué precioso es el hombre a los ojos de Dios y qué in- estimable es el valor de su vida. Nos lo
recuerda el apóstol Pedro: "Sab- éis que habéis sido rescatados no con algo caduco, oro o
plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo" (1Pe
1,18-19).
Cristo no sólo condena el fratricidio, sino que desea arrancar del corazón del
hombre su raíz: el odio (Mt 5,21ss). En el marco del sermón de la montaña, Jesús lleva
la ley de Moisés a su radicalidad original, según el plan de Dios: "Habéis oído que se
dijo a los antepasados: No matarás, y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pero yo
os digo: To- do aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal..."
(Mt 5,21-22). No es suficiente no matar, es preciso erradicar las causas que llevan a
matar, arrancar las raíces de la violencia. No basta con no matar, es preciso amar al
otro, como Cristo ha hecho con nosotros.
El Nuevo Testamento no sólo limita la sed de venganza con la ley del talión, sino
que remite toda justicia a Dios: "No devolváis a nadie mal por mal; procurad el bien a
todos los hombres. En lo posible, y en cuanto de vosotros dependa, vivid en paz con
todos los hombres; no toméis la justicia por vuestra cuenta, dejad lugar a la cólera,
pues dice la Escritu- ra: Mía es la venganza, yo daré el pago merecido, dice el Señor.
Antes al contrario: si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; y si tiene sed, dale de
beber, haciéndolo así, amontonarás ascuas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el
mal; antes bien, vence al mal con el bien" (Rm 12,17- 21).
No es suficiente "no matar". Jesús mira al interior del hombre, "al corazón de
donde salen los asesinatos" (Mc 7,21). El acto externo no es más que el final del odio
que se ha ido acumulando en el interior contra el hermano. Se trata, pues, de arrancar
la raíz del mal que lleva al asesinato. Es más, se trata de vencer el mal con el bien, el
odio con el amor. Es el camino señalado por Jesucristo que invita a la reconciliación
con el her- mano: "Ponte enseguida en paz con tu adversario mientras vas con él por el
camino" (Mt 5,25). El cumplimiento y plenitud que da Jesucristo al "no matarás",
consiste en "dar la vida por el otro": "Amaos como yo os he
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amado". El no matarás, en Cristo, se interioriza y así alcanza su plenitud, transformado
en "estar dispuesto a perder la vida por los otros". Esto es ser cristiano. Esta es la
verdad del evangelio, la buena noticia de la estima que Dios tiene del hombre. Cristo ha
dado su vida por nosotros. Nada puede justificar la muerte de una persona por la que
Cristo ha derramado su sangre.
Lo que busca Dios, según su última palabra en Jesucristo, es ven- cer el
homicidio en su raíz. Esta raíz es el ojo envidioso y el corazón en- fermo de ira. Para no
llegar al homicidio, es preciso vigilar la mirada y los sentimientos, y hasta las mismas
palabras, pues Dios nos pedirá cuenta de toda palabra injuriosa, que mata al otro. El
libro de los Proverbios está lleno de esta sabiduría:
El malvado, el hombre inicuo, anda con la boca torcida, guiña el ojo, arrastra los pies, hace
señas con el dedo. Torcido está su corazón, medi- ta el mal y siembra pleitos en todo tiempo
(6,12-14).
Quien habla sin tino, hiere como espada (12,18). Lengua perversa rompe el alma (15,4).2
En el sermón del Monte Jesús recoge esta tradición de Israel y ofrece la palabra
definitiva de Dios en defensa de la vida del hombre:
Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pues yo os digo: no resistáis al mal;
antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha, ofrécele también la otra; al que quiera
pleitear contigo para quitarte la túnica, déjale también el manto; y al que te obligue a andar una
milla, ve- te con él dos. A quien te pida, da; y al que desee que le prestes algo, no le vuelvas la
espalda (Mt 5,38-42).
Jesús no se limita, pues, a condenar las ofensas contra los herma- nos, sino que
invita a perdonar de corazón y pedir perdón, pues en la re- conciliación está la vida
eterna. Sin la reconciliación con los hermanos, la oración no llega a Dios. Dios en
cambio, escucha a sus hijos, que aman incluso a los enemigos:
Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: amad a
vuestros enemigos y rogad por los que os per- siguen, para que seáis hijos de vuestro Padre
celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si
amáis a los que os aman..., ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo los gentiles?
Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5,43-48).
Finalmente, hay que afirmar que, siendo la vida un valor fundamen- tal, la vida
no es un valor absoluto. La acogida de la vida, don de Dios, no puede llevar a idolatrar
la vida. La vida, como don, se vive en la donación. En Cristo aparece la plenitud de la
vida, precisamente en la plenitud del
2
Lease en la carta de Santiago (3,1-11) un resumen de toda esta tradición.

26
amor: "En esto hemos conocido el amor: en que El dio su vida por noso- tros" (1Jn
3,16). Y concluye el texto: "También nosotros debemos dar la vida por los hermanos".
La vida, como don gratuito, se manifiesta plena- mente en el amor y "no hay mayor
amor que éste: dar la vida por los ami- gos" (Jn 15,13). No es la idolatría de la vida lo
que la da valor y plenitud. La vida se realiza dándose: "El que quiera salvar su vida, la
perderá; pero el que pierda su vida por mí y el evangelio, la salvará" (Mc 8,35). El discí-
pulo de Cristo, con la fuerza del Espíritu Santo, no vive ya para sí, sino para Cristo y
para los hombres. Su vida es un testimonio del amor de Dios a los hombres. El martirio
es la plenitud de la vida.
Así la muerte es vencida con la muerte. Jesús vence la muerte, rompe las olas
de la violencia, dejándolas estrellarse contra El, cargando sobre sí el mal, ofreciéndose
a la muerte por los mismos que le matan. Es el amor escandaloso de la cruz, que
vence la muerte, entregándose a ella. La muerte sólo se vence pasando por ella a la
vida, apoyados en el amor de Dios, que nunca se deja vencer por la muerte y no deja
que sus siervos experimenten la corrupción. La fuerza de Dios, resucitando a su Hijo
Jesucristo, es el camino abierto en la muerte hacia la plenitud de la vida. Cristo, muerto
en la cruz, nos muestra el corazón de Dios abierto por amor para todos nosotros. De
ese corazón atravesado brotan sangre y agua, el Espíritu de Dios, que salta hasta la
vida eterna. Este es el co- mienzo de una nueva creación, de un mundo nuevo, de una
vida "sin muerte, ni llantos, ni gritos ni fatigas" (Ap 21,4).
3. NOÉ: EL NUEVO ORIGEN
a) Noé halló gracia a los ojos de Dios
Dios creó el mundo y le salió bien; contempló cuanto había hecho y vio que era
muy bueno (Gen 1,31). Pero en aquel mundo armonioso, el pecado introduce la
división: odio, injusticia, guerra, muerte. Tal es la ex- plicación que nos da el Génesis
de la presencia del mal en el mundo; y en varias escenas va mostrando la marea
creciente del pecado: Caín, el ase- sino; Lamec, el vengativo; hasta mostrarnos que el
pecado, como un alud, ha invadido la humanidad entera, que perece en el diluvio. El
género humano comienza de nuevo con Noé y su familia. Es la historia que ha llegado
hasta nosotros.
Después de la muerte de Abel, Adán se unió a su mujer, que con- cibió, dio a luz
un hijo, y lo llamó Set, pues se dijo: Dios me ha dado otro descendiente a cambio de
Abel, asesinado por Caín. Y, tras Set, Adán engendró hijos e hijas. Lo mismo hicieron
Caín y Set. Los descendientes de Set y los de Caín se multiplicaron. Pero también se
fue multiplicando la maldad de los hombres. "De Adán a Noé hubo diez generaciones
para mostrarnos la inmensa bondad del Señor, pues todas aquellas generacio- nes no
hicieron más que provocar al Señor hasta que mandó sobre ellos el diluvio" (Gén 5,5-
29).
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Al ver el Señor cómo crecía en la tierra la maldad del hombre se arrepintió de
haberle creado. Con el corazón afligido se dijo: "Borraré de la superficie de la tierra al
hombre que he creado. Y con él suprimiré todo lo que creé para él: cuadrúpedos,
reptiles y aves" (Gén 6,5ss). Con este lenguaje humano nos describe la Escritura el
ambiente de corrupción de los hombres. Una maldad sin límites por su intensidad y por
su extensión domina el corazón del hombre. Malicia interna, que sólo Dios ve, pero que
se desborda al exterior en forma de violencia, crueldad y pasiones desen- frenadas. Sin
embargo Dios no se deja vencer por el mal. "Noé halló gra- cia a los ojos del Señor"
(Gén 6,8). Con razón, al nacer, su padre le dio el nombre de Noé, pues se dijo: "Este
nos consolará de nuestro trabajo y de la fatiga de nuestras manos a causa del suelo
que Dios maldijo" (Gén 5,29). Bajo la mirada propicia de Dios, Noé, el hombre justo
entre sus con- temporáneos, caminó con Dios, en íntima comunión con él. El Señor
abrió su corazón a Noé:
Veo que todo viviente tiene que terminar, pues por su culpa la tierra está llena de crímenes; los
voy a exterminar con la tierra. Tú fabrícate un arca de madera resinosa con compartimientos, y
calafatéala por dentro y por fuera. Sus dimensiones serán: trescientos codos de largo,
cincuenta co- dos de ancho y treinta codos de alto. Haz una ventana a la altura de un codo; una
puerta al costado y tres cubiertas superpuestas. Voy a enviar el diluvio a la tierra, para
exterminar a todo viviente que respira bajo el cielo; todo lo que hay en la tierra perecerá. Pero
hago un pacto contigo: Entra en el arca con tu mujer, tus hijos y sus mujeres. Toma una pareja
de todo viviente, es decir, macho y hembra, y métela en el arca, para que se conserve la vida
contigo: pájaros por especies, cuadrúpedos por es- pecies, reptiles por especies; de cada uno
entrará una pareja contigo pa- ra conservar la vida. Reúne toda clase de alimentos y
almacénalos para ti y para ellos (Gén 6,13-21).
Noé creyó la palabra de Dios y, obediente, se puso a realizar cuan- to le había
encomendado el Señor: "Por la fe, Noé, advertido por Dios de lo que aún no se veía,
con santo temor preparó un arca para salvarse con su familia. Con su fe condenó al
mundo y recibió la salvación que da la fe" (Hb 11,7). Pero construir el arca según las
indicaciones de Dios era una tarea de años. Es el tiempo de la paciencia de Dios, que
da tiempo al hombre para que tome conciencia de su maldad, cambie y viva (1Pe 3,20).
Noé se hizo "heraldo de la justicia" de Dios (2P 2,5) durante todo el tiempo dedicado a
la construcción del arca.
Un midrash rabínico narra cómo Noé comienza por plantar árbo- les, suscitando
en sus contemporáneos extrañeza, lo que le da ocasión para anunciar el diluvio,
invitándolos a cambiar de conducta. Cuando los árboles crecen, Noé corta los árboles,
lo que resulta aún más extraño y él aprovecha para repetir su predicación. Y más raro
aún parece a todos la construcción de un barco gigantesco en medio de la tierra. Todo
era una ocasión propicia que Dios le daba para llamar a los hombres a conversión. La
bondad de Dios con Noé era el signo de su deseo de salvar a toda la creación. Como
dice Pedro en su segunda carta: "No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la
promesa, como algunos suponen, sino que usa
28
de paciencia con vosotros, no queriendo que nadie perezca, sino que to- dos lleguen a
la conversión. Pero el día del Señor llegará como un ladrón: en aquel día, los cielos,
con ruido ensordecedor, se desharán; los elemen- tos, abrasados, se disolverán, y la
tierra y cuanto ella encierra se consu- mará" (2Pe 3,9-10).
b) El diluvio
El día del diluvio sorprendió a los contemporáneos de Noé: "Antes del diluvio la
gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca; y, cuando
menos se lo esperaban, llegó el diluvio y se los llevó a todos" (Mt 24,37). El tiempo del
Señor, paciente y misericordioso, llega finalmente cuando menos se espera. Terminada
la construcción del arca, el Señor ordena a Noé: "Entra tú y toda tu casa en el arca...,
con todas las especies de seres vivos para que sigan viviendo todas las espe- cies
sobre la faz de la tierra".
Noé entró en el arca con sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos. El Señor
cerró el arca por fuera. Y el diluvio vino sobre la tierra. El segundo día de la creación
Dios había puesto el firmamento como muro de separación entre las aguas superiores
e inferiores. Ahora revientan las fuentes del océano y se abren las compuertas del
cielo. Así está lloviendo sobre la tierra cuarenta días con sus noches. El agua al crecer
levanta el arca sobre la tierra. El agua crece sin medida hasta cubrir las montañas y el
arca flotaba sobre el agua. Todo ser que respira sobre la tierra perece. Sólo se salva
Noé y los que están con él en el arca.
Las aguas en la Escritura tienen un significado ambivalente: aguas de muerte y
aguas de vida. Es un milagro de bondad que Dios haya mar- cado una frontera
salvadora a las aguas de muerte. Los salmos y los pro- fetas hablan de las aguas que
huyen ante Dios que las increpa, marcán- dolas la frontera que no deben franquear (Sal
104,7-9;Jr 5,22); su poten- cia caótica se halla bajo la vigilancia de Dios (Job 7,12). Si
se sublevan, Dios las acallará (Sal 89,10;Job 26,12). En el diluvio, las aguas de abajo y
las aguas de arriba rompen los diques que Dios les había impuesto y es el retorno al
caos (Gen 7,11).
Dios se acordó de Noé y de cuantos estaban con él en el arca; hizo soplar el
viento sobre la tierra y comenzó a bajar el nivel de las aguas. Se cerraron las fuentes
del abismo y las compuertas del cielo, y cesó la lluvia. El agua se fue retirando de la
tierra de modo que el arca se posó en los montes de Ararat. Noé abrió la ventana que
había hecho en el arca y soltó un cuervo, que voló de un lado para otro, hasta que se
secó del todo el agua de la tierra. Como el cuervo no volvía, Noé soltó una paloma.
Esta, no encontrando donde posarse, volvió al arca con Noé, porque aún había agua
sobre la superficie de la tierra. Noé esperó otros siete días y de nue- vo soltó la paloma;
ella volvió al atardecer con una hoja de olivo en el pi- co. Noé comprendió que las
aguas habían descendido. Esperó otros siete días, soltó de nuevo a la paloma, que ya
no volvió más a él. Noé abrió la cubierta del arca y comprobó que la superficie de la
tierra estaba seca.
29
c) Noé, prefiguración de Cristo
Noé, el consolador, aparece en medio de la iniquidad que destruye el mundo,
como principio de una humanidad nueva. De este modo se nos muestra como tipo de
Cristo, que salva a los hombres de la muerte, inau- gurando la nueva creación. Cristo
lleva a plenitud la reconciliación de Dios con los hombres y con la creación. La alianza
de Dios con los hombres, que une cielo y tierra, queda sellada para siempre en su
sangre.
Con el fin del diluvio gracias a la ruah o viento propicio que Dios hace soplar, lo
mismo que al comienzo de la creación (Gén 1,2), se le abre al mundo el camino de una
nueva creación a partir de Noé, nuevo Adán. Noé, el justo como Abel, reconoce en su
salvación la mano de Dios, edifica un altar y ofrece un holocausto al Señor. Aspiró el
Señor el agra- dable olor de la ofrenda de Noé y dijo en su corazón: "No volveré a mal-
decir a la tierra a causa del hombre".
Entonces bendijo Dios a Noé y a sus hijos con la misma bendición de Adán y
Eva: "Creced, multiplicaos y llenad la tierra... En cuanto a mí, yo hago un pacto con
vosotros y con vuestros descendientes: el diluvio no volverá a destruir la vida ni habrá
otro diluvio que devaste la tierra". El signo de la alianza, que Dios hace en Noé con la
creación, aparecerá ante Dios en las nubes, a las que no permitirá jamás descargarse
diluvialmente sobre la tierra: "Esta es la señal del pacto que hago con vosotros y con
todo lo que vive con vosotros, para todas las edades: Pondré mi arco en el cielo, como
señal de mi pacto con la tierra. Cuando yo envíe nubes so- bre la tierra, aparecerá en
las nubes el arco y recordaré mi pacto con vo- sotros y el diluvio no volverá a destruir
los vivientes de la tierra".
La alianza, que Dios sella con Noé, mira al presente, hombres y animales
salvados en el arca, y al futuro, a todo ser viviente de la tierra. Es una alianza eterna,
basada en la bondad de Dios, lento a la ira y rico de misericordia. El Señor seguirá
viendo muchas veces la maldad de los hombres y sentirá dolor por el hombre, obra de
sus manos. Pero, después de la experiencia del diluvio, el Señor no piensa ya en
destruirlos. El arco iris en el cielo le recuerda el "aroma de los holocaustos de Noé y la
pala- bra de su corazón: Nunca más volveré a herir al hombre como ahora he hecho.
Mientras dure la tierra, sementera y siega, frío y calor, verano e invierno, día y noche,
no cesarán" (Gén 8,21-22).
En Isaías escuchamos el eco de esta alianza. Dice el Señor: "Por un instante te
abandoné, pero con gran cariño te reuniré. En un arrebato de mi ira te escondí un
instante mi rostro, pero con misericordia eterna te quiero. Me sucede como en tiempo
de Noé: Juré que las aguas del diluvio no volverían a cubrir la tierra; así juro no airarme
contra ti ni amenazarte. Aunque se retiren los montes y vacilen las colinas, no se
retirará de ti mi misericordia ni vacilará mi alianza de paz" (54,7-10).
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Con admiración proclama el Eclesiástico: "El justo Noé fue un hombre íntegro, al
tiempo de la ira se hizo reconciliación. Gracias a él quedó en la tierra un resto y por su
alianza cesó el diluvio; con señal per- petua se sancionó su pacto de no destruir otra
vez a los vivientes" (44,17- 18). Con otras palabras lo repite el libro de la Sabiduría:
"Cuando perec- ían los soberbios, la esperanza del mundo se refugió en una
barquichue- la, que pilotada por tu mano, trasmitió al mundo la semilla de una nueva
generación" (14,6).
Noé es tipo de Cristo y del hombre salvado en Cristo, pues la sal- vación de Noé
prefigura la salvación del hombre por las aguas del bautis- mo. Por el diluvio «purificó»
Dios la tierra exterminando a los impíos (1Pe 3,20s). El diluvio es tipo del bautismo
(1Pe 3,19 21). Pedro ve en el agua, el arca y las ocho personas salvadas del diluvio la
figura de los cristianos sumergidos en el agua y salvados por la resurrección de Cristo,
que ca- minan hacia la salvación definitiva en la Parusía de Cristo al octavo día.
En el Jordán, al ser Cristo bautizado por Juan, se abre el cielo y el Espíritu
desciende y se posa sobre Jesús, "bajo una forma corporal como de paloma". En la
tradición cristiana, la paloma será el símbolo del Espíri- tu Santo. La iconografía y la
liturgia se servirán constantemente de este símbolo. San Cirilo comenta:
La paloma de Noé era en cierto sentido figura de ésta. Porque como en su tiempo, por medio
del leño y del agua les vino la salvación, principio de una nueva generación, y la paloma volvió
a él por la tarde trayendo un ramo de olivo (Gén 8,11), así el Espíritu Santo bajó sobre el
verdadero Noé, autor de la segunda generación, reuniendo en la unidad a todos los pueblos,
cuya figura eran las diversas clases de animales en el arca. Después de cuya venida, los lobos
pacen con los corderos; su Iglesia, ar- ca de salvación, tiene al novillo, al toro y al león
paciendo juntos... Bajó, pues, la paloma espiritual en el momento del bautismo para mostrar
que éste es el que salva a los creyentes por el leño de la cruz, el que hacia el atardecer iba a
conceder la salvación por medio de su muerte.

II. PATRIARCAS
1. ABRAHAM
La historia de Israel parte con Abraham. Dios lo llama y le promete una tierra y
una descendencia (Gen 15,4.7). Esta promesa es el funda- mento de la fe y el punto de
arranque de la historia de salvación. La tradi- ción bíblica hará constantemente
referencia a las promesas hechas a los padres. Yahveh es "el Dios de Abraham, de
Isaac y de Jacob» (Ex 3,15). A la promesa de Dios no corresponde por parte del
hombre el conoci- miento, sino la fe y la obediencia. Es el proceso opuesto al pecado
pri- mordial. Así Abraham es constituido padre de los creyentes (Rm 4,16). En él
comienza la salvación que culminará en Jesucristo, obediente hasta la muerte en cruz.
31
a) La torre de Babel
"Diez generaciones hubo de Noé a Abraham, para mostrarnos la inmensa
bondad del Señor, pues todas aquellas generaciones no hicieron más que provocar al
Señor hasta que llegó nuestro padre Abraham, que cargó con el mal de todas ellas"
(Gén 11,10-26). La depravación de los descendientes de Noé había ido empeorando
de generación en genera- ción, hasta que apareció sobre la tierra "el amigo de Dios" (Is
41,8).
Los descendientes de Noé se dijeron: "Dejemos el oriente" (Gén 11,2), donde
nos puso el Señor del cielo. Todos se pusieron en camino, hallaron una vega en el valle
de Senaar y allí se instalaron. Todo el mun- do, entonces, hablaba una misma lengua.
Así, pues, todos se pusieron manos a la obra, como si fueran un sólo hombre. Se
dijeron el uno al otro: "Ea, vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego". Así el ladrillo
les servía de piedra y el betún de argamasa.
Trabajaban de día y de noche, incansablemente. La torre subía, a ojos vista, de
altura. Contaba con dos rampas, una a oriente para subir y otra a occidente para bajar.
Era tal la altura, que, mirando desde arriba, hasta los árboles más grandes parecían
simples hierbas. En su afán por alcanzar el cielo, nadie se fijaba en nadie; cada uno iba
a lo suyo. Si un hombre, exhausto, caía en el vacío, nadie se preocupaba por él; era
susti- tuido por otro en su labor. No ocurría lo mismo cuando alguien se descui- daba y
dejaba caer algún material, ladrillos o instrumentos de trabajo. En- tonces se encendía
toda la furia de los capataces, por la perdida que su- ponía de tiempo y de dinero.
El Señor vio todo esto y sintió dolor por el hombre, obra de sus manos. Pero,
después de la experiencia del diluvio, el Señor no pensó ya en destruirlos. El arco iris
en el cielo le recordaba el "aroma de los holo- caustos de Noé y la palabra de su
corazón: Nunca más volveré a herir al hombre como ahora he hecho" (Gén 8,21). El
Señor se limitó a interrumpir su loca empresa, confundiendo sus lenguas. El Señor dijo:
"¡Ea, bajemos y confundamos su lengua!".
La torre, vista desde los hombres, era altísima. Pero, desde el cie- lo, el Señor,
para darse perfectamente cuenta de lo que ocurría, tuvo que "descender para ver"
(Gén 11,5). Es la ironía de las grandes obras del orgullo humano que, ante el Señor, no
son más que sueños fatuos. ¡Cuanto más pretende subir a los cielos más se precipita
en el abismo!
Así, pues, descendiendo hasta el hombre, el Señor vio el corazón de los
hombres e hizo que saliera por la boca lo que llevaban dentro. De este modo confundió
su lenguaje. Al no lograr entenderse, la gente se dividió y se desperdigaron por toda la
haz de la tierra. "Una sola lengua les había llevado a la locura; la confusión de lenguas
les serviría para to- mar conciencia de su pecado y anhelar la conversión", pensó el
Señor, siempre solícito en ayudar al hombre, incluso pecador. Aquel lugar se
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llamó Babel, porque en él el Señor confundió la lengua de toda aquella gente.
b) Vocación de Abraham
Abraham aparece en la tierra como la respuesta de Dios a los hombres
dispersos por toda la tierra a causa de su pecado. Es Dios quien comienza su historia
de salvación. Dios, para llevar a cabo esta historia, no pide nada a Abraham; es más
bien Abraham, expresión de la impoten- cia de la humanidad, quien pedirá a Dios. Lo
que Dios busca en Abraham no es que haga nada, sino que sea en el mundo de la
idolatría, testimonio del único Dios. Abraham es, pues, en las manos de Dios, el primer
es- labón, el primer patriarca, de una cadena de generaciones, con cuya vida Dios
trenzará la historia de salvación de los hombres. En Abraham se ini- cia el gran
coloquio de Dios con los hombres.
Téraj engendró a Abraham en Ur de los caldeos y Dios comenzó con él su
diálogo con la humanidad. "Josué dijo a todo el pueblo: Así habla el Señor, Dios de
Israel: Al otro lado del gran río habitaron en otro tiempo vuestros padres, Téraj padre de
Abraham y padre de Najor, y ellos servían a otros dioses. Yo tomé a vuestro padre
Abraham de la otra orilla del río y lo conduje a través de todo el país de Canaán y
multipliqué su descendencia" (Jos 24,2-3).
No es que Abraham sea un ser excepcional; se trata de un simple hombre, viejo
como la humanidad, estéril como los hombres abandonados a sus fuerzas, pero el
Señor encontró su corazón y se ligó con él en alian- za, abriendo de este modo un
camino nuevo, único, de unión entre el hombre y Dios: el camino de la fe, "la garantía
de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve" (Hb 11,1).
De aquí que la vida de Abraham sea una perenne peregrinación, un camino
desde lo visible a lo invisible o, mejor, hacia el Invisible. Abra- ham abandona la patria,
la familia, la casa paterna y marcha, lejos de los lugares conocidos y familiares, hacia
una tierra de la que no conoce ni el nombre. La promesa es grande: "Haré de ti una
nación inmensa; te ben- deciré; te daré un nombre; tú serás una bendición. Bendeciré a
los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan y en ti serán bendecidas to- das
las familias de la tierra" (Gén 12,2-3). La promesa es grande, pero futura y sin apoyo en
el presente. Sólo existe la voz del Invisible que le llama y pone en camino: "Sal de tu
tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré
una nación grande y te bendeciré" (Gén 12,1-2). "Por la fe, Abraham, al ser llamado por
Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a
dónde iba" (Hb 11,8).
Las promesas hechas a Abraham son gratuitas; no se fundan en las
posibilidades ni en los méritos de Abraham. La tierra prometida no le pertenece a
Abraham, es un extranjero en ella. La descendencia prometi- da contrasta con la
esterilidad de su matrimonio. Y ante Dios no puede
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presentar ningún derecho, pues ni siquiera es su Dios. Es un Dios que irrumpe en su
vida sin que le haya invocado. Las promesas se fundan únicamente en el designio de
gracia de Dios, que es "bondad y fidelidad", como confiesa la fe de Israel. Bondad es
hésed, don gratuito, gracia. Por- que Dios es hésed (Ex 34,6-7), amor gratuito, por eso
promete grandes cosas; y porque es fiel, cumple lo prometido. La bondad y la fidelidad,
en la plenitud de los tiempos, se hará evangelio: buena nueva de salvación gratuita
plenamente cumplida.
Dios es bondad y fidelidad. Pero Dios es un Dios de vida. Nunca su presencia es
extática, que instale al hombre en su mundo y en sus ines- tables seguridades. Su
presencia es pascua, paso, irrupción, que pone al hombre en éxodo. Dios no promete a
Abraham la posesión de la tierra de Ur de los Caldeos, sino una tierra desconocida: "ve
a la tierra que te mos- traré" (Gen 12,1).
El hombre que se atiene a lo que tiene, a lo que posee, a lo que él fabrica, a sus
máquinas, a sus sistemas científicos o políticos, pierde a Dios, el "Incontenible", que no
se deja reducir a nuestros deseos. Cierta- mente, Dios aparece en la Escritura bajo
imágenes tangibles; se le llama roca, refugio, protección, cayado, balaustrada que
preserva de la caída en el abismo, alas que abrigan y protegen a su sombra. Pero
estas expresio- nes de fe no hacen a Dios aprehensible. El es el inasible, que promete
un futuro imprevisible. "¡Bienaventurados los ojos que no ven y creen!", dirá Jesús.
c) Sacrificio de Isaac
Abraham, anciano él y estéril su esposa Sara, ha sido elegido por Dios para ser
padre de un pueblo numeroso. La descendencia futura es lo que cuenta y a la que
Abraham mira, "riendo de gozo", sin detenerse a mirar la actual falta de vigor en él y en
Sara. Abraham emprende su cami- no sin otra cosa en el corazón más que la
esperanza, fruto de la certeza de la promesa de Dios, a quien cree y de quien se fía.
Ante lo incompren- sible de la promesa divina, Abraham "no cedió a la duda con
incredulidad; más bien, fortalecido en su fe, dio gloria a Dios, con el pleno convenci-
miento de que poderoso es Dios para cumplir lo prometido" (Rm 4,20).
Después de veinte años de peregrinar en la fe, cuando Abraham tiene noventa y
nueve años, estaba sentado a la sombra de la encina de Mambré, cuando de pronto,
alzando los ojos, vio a tres hombres que es- taban en pie delante de él. En cuanto les
vio, corrió, se inclinó hasta el suelo y dijo, reconociendo la presencia del Dios invisible
en la presencia visible de sus tres ángeles:
-Oh, Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte
junto a tu siervo. Os traeré un poco de agua y os lavaréis los pies y descansaréis un
poco, recostados a la sombra de la encina. Yo, mientras tanto, iré a prepararos un
bocado de pan y, así, repondréis vues- tras fuerzas. Luego seguiréis adelante, pues no
por casualidad habéis pasado hoy ante mi tienda.
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Abraham preparó tres medidas de flor de harina, corrió a los esta- blos y escogió
un ternero tierno y hermoso. Cuando todo estuvo adereza- do, él mismo tomó cuajada
y leche, junto con las tortas y el ternero guisa- do, y se lo presentó a los tres
huéspedes, manteniéndose en pie delante de ellos. Acabado el banquete, el ángel
preguntó: ¿Dónde está Sara, tu mujer?
-Ahí en la tienda, respondió Abraham.
-Pasado el tiempo de un embarazo, volveré sin falta y para enton- ces Sara
tendrá un hijo.
Sara, que estaba escuchando tras las cortinas de la tienda, no pu- do contener
su risa, diciéndose para sus adentros: "Ahora que se me han retirado las reglas,
¿volveré a sentir el placer, y además con mi marido tan viejo?"
Dijo Yahveh a Abraham: "¿Por qué se ha reído Sara? ¿Es que hay algo
imposible para Yahveh? Cuando vuelva a verte, en el plazo fijado, Sara habrá tenido un
hijo".
El Señor cumplió lo que había prometido. Sara concibió y dio un hijo al viejo
Abraham en el tiempo que Dios había dicho. Abraham llamó Isaac al hijo que le había
nacido. Tenía cien años Abraham cuando le na- ció su hijo Isaac. Sara dijo: "Dios me
ha dado de qué reír; y todo el que lo oiga reirá conmigo".
En Abraham nos encontramos con una historia hecha de aconteci- mientos
concretos: abandona su país, su familia, su ambiente y marcha hacia un país extraño,
desconocido para él. Vida y hechos, rumbo y desti- no de Abraham se presentan como
señal de una obediencia a una pala- bra que promete y actúa con fuerza, manifestando
su verdad y creando de este modo la fe y obediencia como confianza y abandono (Hb
11,8ss). Abraham, movido por la promesa, vive abierto al futuro, pero no a un futu- ro
calculable, sino al futuro de Dios, que es desconocido, inverosímil, pa- radójico incluso.
Así la fe se presenta como un absoluto apoyarse en Dios. La promesa de una
descendencia numerosa y de una tierra contradecía abiertamente los datos existentes
en el presente: desarraigo de su tierra, deambular por lo desconocido, esterilidad de la
esposa no son los presu- puestos humanos verosímiles para llegar a ser padre de un
pueblo. La orden y la promesa aparentemente se contradicen. Pero Abraham cree y
entra en la contradicción. La contradicción llega a su culmen con la pala- bra que le
pide el sacrificio del hijo, el hijo de la promesa: "Dios puso a prueba a Abraham,
diciéndole: Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, vete al país de Moria y
ofrécele allí en holocausto"
La fe vence el absurdo. Abraham espera contra la aparente aniqui- lación de
toda esperanza (Rm 4,18-22): "Pensaba que poderoso es Dios aún para resucitar de
entre los muertos" (Hb 11,19).
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d) Abraham, prototipo del creyente
La Escritura es palabra de Dios en sus hechos: «El plan de la reve- lación se
realiza con palabras y gestos intrínsecamente relacionados entre sí, de forma que las
obras realizadas por Dios en la historia de la salva- ción manifiestan y confirman la
doctrina y los hechos significados por las palabras; y las palabras, por su parte,
proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas» (DV 2). Por ello,
cuando la Escritura sitúa a Abraham en medio de una humanidad sumida en la
maldición, estéril, sin posibilidad de darse la vida, está dando una palabra de
esperanza a todos los hombres. La historia de salvación comenzada en Abraham «será
ben- dición para todos los pueblos» (Gen 22,18).
Dios, por el profeta Isaías, invita a los creyentes a verse en Abra- ham: "Mirad la
roca de donde os tallaron, la cantera de donde os extraje- ron; mirad a Abraham,
vuestro padre, y a Sara que os dio a luz; cuando lo llamé era uno, pero lo bendije y lo
multipliqué" (51,1-2). Abraham, el padre de los creyentes, es el germen y el prototipo de
la fe en Dios. Abraham sube al monte con Isaac, su único hijo, y vuelve con todos
nosotros, según se le dice: "Por no haberme negado a tu único hijo, mira las estre- llas
del cielo, cuéntalas si puedes, así de numerosa será tu descenden- cia".
Abraham es el "padre en la fe" (Rm 4,11-12.16), es la raíz del pue- blo de Dios.
Llamado por Dios (Hb 11,8), mediante su Palabra creadora Dios fecunda el seno de
Sara con Isaac como fecundará el seno de la Virgen María con Jesús, pues "nada es
imposible para Dios" (Gén 18,14;Lc 1,37). La "descendencia" de Abraham llega en
Jesucristo. La Palabra prometida se cumple por la Palabra creadora: en Isaac como
figu- ra y en Jesucristo como realidad definitiva (Ga 3,16).
Abraham es figura de María. Abraham es constituido padre por su fe; es la
palabra de Dios sobre la fe. María, proclamada bienaventurada por su fe, hace, como
Abraham, la experiencia de que "para Dios nada es imposible". La fe de María, en el
instante de la Anunciación, es la culmi- nación de la fe de Abraham. Dios colocó a
Abraham ante una promesa paradójica: una posteridad numerosa como las estrellas
del cielo cuando es ya viejo y su esposa estéril. "Abraham creyó en Dios y Dios se lo
re- putó como justicia" (Gén 15,5). Así es como Abraham se convirtió en pa- dre de los
creyentes "porque, esperando contra toda esperanza, creyó según se le había dicho"
(Rm 4,18). Como Abraham cree que Dios es ca- paz de conciliar la esterilidad de Sara
con la maternidad, María cree que el poder divino puede conciliar la maternidad con su
virginidad.
La fe de Abraham constituye el comienzo de la Antigua Alianza; la fe de María
en la Anunciación da comienzo a la Nueva Alianza. María está situada en el punto final
de la historia del pueblo elegido, en correspon- dencia con Abraham (Mt 1,2-16). En
María encuentra su culminación el camino iniciado por Abraham. El largo camino de la
historia de la salva-
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ción, por el desierto, la tierra prometida y el destierro se concretiza en el resto de Israel,
en María, la hija de Sión, madre del Salvador. María es la culminación de la espera
mesiánica, la realización de la promesa. El Se- ñor, haciendo grandes cosas en María
"acogió a Israel su siervo, acordándose de su misericordia, como había prometido a
nuestros pa- dres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre" (Lc 1,54-55).
Así toda la historia de la salvación desemboca en Cristo, "nacido de mu- jer" (Ga 4,4).
María es el "pueblo de Dios", que da "el fruto bendito" a los hombres por la potencia de
la gracia creadora de Dios.
En la hora de la Anunciación, María se decide a existir enteramente desde la fe.
En adelante ella no es nada al margen de la fe; todo lo que es, es cumplimiento de la
fe. La fe se hizo la forma de su vida personal y la realidad en que creía se convirtió en
contenido de su existencia. Con esa fe María pasa del Antiguo Testamento al Nuevo. Al
hacerse madre se hace cristiana.
Abraham creyó la promesa de un hijo que Dios le hace "aún viendo como muerto
su cuerpo y muerto el seno de Sara" (Rm 4,19). Y "por la fe, puesto a prueba, ofreció a
Isaac, y ofrecía a su primogénito, a aquel que era el depositario de las promesas" (Hb
11,17). Son también los dos mo- mentos fundamentales de la fe de María. María creyó
cuando Dios le anunciaba a ella, virgen, el nacimiento de un hijo que sería el heredero
de las promesas. Y creyó, en segundo lugar, cuando Dios le pidió que estu- viera junto
a la cruz donde era inmolado el Hijo que le había sido dado. Y aquí aparece la
diferencia, la superación en María de la figura. Con Abra- ham Dios se detuvo al último
momento, sustituyendo a Isaac por un cor- dero: "Abraham empuña el cuchillo, pero se
le devuelve el hijo... Bien di- verso es en el Nuevo Testamento, entonces la espada
traspasó, rompien- do el corazón de María, con lo que ella recibió un anticipo de la
eternidad: esto no lo obtuvo Abraham" (Kierkegaard).
María, como verdadera hija de Abraham, ha aceptado el sacrificio de su Hijo, el
Hijo de la Promesa, pues Dios, que sustituyó la muerte de Isaac por un carnero, "no
perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros" (Rm
8,32), como verdadero Cordero que Dios ha provisto para que "cargue y quite el
pecado del mundo" (Jn 1,29;Ap 5,6). María, pues, como hija de Abraham, acompaña a
su Hijo que, cargado con la leña del sacrificio, la cruz, sube al monte Calvario. El
cuchillo de Abraham, en María, se ha transformado en "una espada que le atraviesa el
alma" (Lc 2,35).
Abraham sube al monte con Isaac, su único hijo, y vuelve con to- dos nosotros,
según se le dice: "Por no haberme negado a tu único hijo, mira las estrellas del cielo,
cuéntalas si puedes, así de numerosa será tu descendencia". La Virgen María sube al
Monte con Jesús, su Hijo, y des- cenderá con todos nosotros, porque desde la cruz
Cristo le dice: "He ahí a tu hijo" y, en Juan, nos señala a nosotros, los discípulos por
quienes El entrega su vida. María, acompañando a su Hijo a la Pasión, nos ha recu-
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perado a nosotros los pecadores como hijos, pues estaba viviendo en su alma la misión
de Cristo, que era salvarnos a nosotros.
Abraham, con la fuerza de la fe, se pone en camino, abandona la patria, la
familia, los lugares comunes de la rutina; en su viaje conoce sus flaquezas, dudas,
pecados y también la fidelidad de Quien le ha puesto en camino. En su peregrinación
va sembrando la fe y el germen de la des- cendencia "numerosa como las estrellas del
cielo". De ese germen nace su Descendiente: "Jesús, hijo de Abraham", y los "nacidos
a la misma fe de Abraham": tú, yo y tantos otros esparcidos "por todas las playas del
mundo". Pues no son hijos de Abraham sus hijos de la carne, sino los que viven de la
fe de Abraham (Ga 3,6ss), hijos de la promesa (Rm 9,7-9;Jn 8,31-59). Pues no basta
con decir: "somos hijos de Abraham", es preciso dar frutos de conversión (Mt 3,8-9),
siguiendo las huellas de Abraham, siempre peregrino en busca de la Patria (Hb 11,16).
La profecía de su vi- da sigue viva hoy, resonando "para nosotros que creemos en
Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos para nuestra justificación" (Rm 4,24).
Con la resurrección de Cristo, Dios ha dado cumplimiento a las promesas
hechas a Abraham. Cristo, con su resurrección, ha traído al mundo la bendición
prometida a Abraham: "Cristo nos rescató de la mal- dición de la ley, haciéndose El
mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: Maldito el que cuelga del madero,
a fin de que llegara a los gen- tiles, en Cristo Jesús, la bendición de Abraham, y por la
fe recibiéramos el Espíritu de la Promesa" (Ga 3,13-14).
2. ISAAC: FIGURA DE CRISTO
Dios es fiel a sus promesas. La promesa hecha a Abraham es cumplida en
Isaac, pero sólo como comienzo. En Isaac el cumplimiento de la promesa vuelve a
abrirse al futuro: "La promesas se hicieron a Abra- ham y a su descendencia. No dice a
los descendientes, como si fueran muchos, sino a uno solo, a tu descendencia, es
decir, a Cristo" (Ga 3,16). Cristo es realmente el hijo de la promesa que, con su muerte,
nos salvó.
"Y sucedió que Dios puso a prueba a Abraham, llamándole:
-¡Abraham! ¡Abraham!
Respondió Abraham:
-Heme aquí.
-Toma a tu hijo, a tu único, al que amas, a Isaac, ve al país de Mo- ria y ofrécele
allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga" (Gén 22,1-2).
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Abraham e Isaac emprendieron su viaje juntos, codo con codo. Iban en silencio,
inmerso cada uno en sus pensamientos. Era un silencio denso, cargado de
resonancias. Así por tres días, padre e hijo siguieron caminando hacia el Moria, sin
comunicarse una sola palabra entre ellos.
Caminan en busca del lugar fijado por el Señor. Al tercer día, al- zando los ojos,
Abraham descubrió el lugar que sin duda el Señor había elegido. Abraham dijo a los
siervos:
-Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos
adoración y volveremos donde vosotros.
Un espíritu de profecía hizo a Abraham, decidido a sacrificar a su hijo, anunciar
que él e Isaac volverían del monte: "Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó
a Isaac como ofrenda, y el que había reci- bido las promesas, ofrecía a su unigénito,
del cual se le había dicho: Por Isaac tendrás descendencia. Pensaba que poderoso era
Dios aún para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera
también figura" (Hb 11,17-19).
Los dos siervos se quedaron allí, como les mandó Abraham. En- tonces
Abraham tomó la leña para el holocausto, se la cargó a su hijo Isaac y él tomó el fuego
y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a su padre Abraham:
-¡Padre mío!
Abraham sintió el frío del cuchillo en la invocación de su hijo y res- pondió
solícito y trepidante:
-Aquí estoy, hijo mío.
Más helado, el cuchillo se le pegaba a las costillas. Isaac preguntó:
-Tenemos el fuego y la leña; pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?
Abraham respondió:
-Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo mío.
Y agarraba fuerte el cuchillo con su mano, mientras contestaba. Y siguieron
caminando juntos. Pero la pregunta del hijo seguía mordiendo el corazón de Abraham.
Como si no la hubiera respondido, Abraham su- surró:
-El Señor proveerá, si no... pienso que tú mismo podrías ser elegi- do como
cordero del holocausto.
Abraham sintió un gran alivio al comunicar los planes de Dios, aun- que sólo a
medias, a su hijo. Isaac confortó a su padre, diciéndole:
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-Haré con gozo y alegría de corazón todo cuanto te ha ordenado el Señor.
Abraham, animado por la respuesta del hijo, se atrevió a decirle aún:
-Hijo mío, no me escondas tus deseos o pensamientos, dime si tienes alguna
duda al respecto.
-Te aseguro, padre mío, que no siento nada en mi interior que me pueda desviar
de cuanto te ha mandado el Señor. Ni un miembro, ni un músculo de mi cuerpo, ni un
hueso, ni una pizca de mi carne, se ha rebe- lado ante el mandato del Señor. Me siento
contento de cumplir la voluntad del Señor, a quien se eleva mi alma: ¡Bendito sea el
Señor que me ha elegido hoy como holocausto suyo!
Cuando llegaron al lugar, Abraham se puso a levantar el altar. Abraham erigía el
altar ayudado por Isaac, que le acercaba las piedras para su construcción. Una vez
levantado el altar, Abraham apiló la leña sobre él; luego ató a su hijo Isaac y le puso
sobre el altar encima de la leña, mientras Isaac le decía:
-Aquedá, aquedá: Atame fuerte, padre mío, no sea que por el miedo me mueva
y entonces el cuchillo no penetre como se debe en mi carne y no sea válido el
sacrificio. Date prisa, padre mío, ¡cumple la volun- tad del Señor! Desnuda tu brazo y
ata más fuerte mis manos y mis pies, mira que soy un hombre joven de treinta y seis
años y tú eres ya un hom- bre anciano. No quisiera que, cuando el cuchillo degollador
esté sobre mi cuello, tal vez temblando ante su brillo, me alce contra ti, ya que el deseo
de la vida es incontrolable. En el forcejeo podría herirme a mí mismo y hacer inválido el
sacrificio. Te ruego, padre mío, date prisa, cumple la vo- luntad del Señor, nuestro Dios.
Levanta tu vestido, cíñete los lomos, y cuando me hallas degollado, quémame hasta
convertirme en cenizas.
Abraham desnudó su brazo, se remangó los vestidos, tomó el cu- chillo y apoyó
sus rodillas sobre Isaac con toda su fuerza. Sus ojos esta- ban fijos en los ojos de
Isaac, que miraba y reflejaba el cielo, mientras ofrecía el cuello. Isaac dijo aún a su
padre:
-Cuando me hayas sacrificado y quemado en holocausto al Señor, toma un poco
de mis cenizas, llévaselas a mi madre y dile: "este es el suave aroma de Isaac".
Al escuchar estas palabras, a Abraham se le saltaron las lágrimas, bañando con
ellas a su hijo Isaac, quien rompió también a llorar. Pero, sobreponiéndose, Isaac dijo a
su padre:
-¡De prisa, padre mío, cumple ya la voluntad del Señor!
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Abraham apretó el cuchillo y lo levantó para sacrificar a su hijo. Y Dios, sentado
en su trono, alto y exaltado, contemplaba cómo los corazo- nes de padre e hijo
formaban un solo corazón. Entonces los ángeles se congregaron en torno al Señor y
también ellos rompieron a llorar, dicien- do:
-Santo, Santo, Señor del cielo y de la tierra, rey grande y misericor- dioso, que
estás por encima de todos los seres y das vida a todos, ¿por qué has ordenado a tu
elegido hacer esto? Tú eres llamado el compasivo y misericordioso, porque tu
misericordia alcanza a todas tus obras. Ten compasión de Isaac, que es un hombre,
hijo de hombre, y se ha dejado atar como un animal. Tú, Yahveh, que salvas al hombre
y al animal, como está dicho: "Tu justicia es como las altas cordilleras, tus juicios como
el océano inmenso. Tú, Yahveh, salvas al hombre y a los animales" (Sal 36,7). Rescata
a Isaac y ten piedad de Abraham y de Isaac que están obedeciendo tus mandatos.
Usa, Señor, tu misericordia con ellos.
El Señor, dirigiéndose a los ángeles, complacido, les dijo:
-¿Veis cómo Abraham, mi amigo fiel, proclama la unicidad de mi Nombre ante el
mundo? Mirad y ved la fe sobre la tierra: un padre que sacrifica a su hijo querido y el
hijo que le ofrece su cuello. Si os hubiera escuchado en el momento de la creación,
cuando me decíais: "¿Qué es el hombre para que te fijes en él?", si entonces os
hubiera escuchado, ¿quién hubiera proclamado la unicidad de mi Nombre en el
mundo?
Los ángeles rompieron de nuevo a llorar. Sus lágrimas caían sobre el altar. Tres
lágrimas de los ángeles cayeron en los ojos de Isaac; por eso, desde entonces, la vista
de Isaac fue tan débil, como está escrito: "Sus ojos debilitados ya no veían" (Gén 27,1).
El Señor escuchó el llanto de sus ángeles y en el momento en que Abraham iba
a descargar el cuchillo sobre el cuello de Isaac, el alma de éste, como un relámpago,
subió al cielo al tiempo en que se oyó una voz potente, que descendía del cielo:
-¡Abraham, Abraham!
Abraham, reconociendo la voz, respondió como había hecho antes:
-¡Heme aquí!
El ángel del Señor le dijo:
-No alargues la mano contra el niño ni le hagas nada. Ahora ya sé que temes a
Dios ya que no le has negado tu hijo, tu único hijo.
En aquel momento el alma de Isaac descendió del cielo y animó de nuevo su
cuerpo. Isaac exclamó:
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-¡Bendito eres Tú, Señor, que devuelves la vida a los muertos!
Abraham hizo descender a Isaac del altar, lo desató y, elevando los ojos al cielo,
dijo:
-Oh Señor, Dios mío, no te he negado mi hijo, el único, el ser más querido de mi
vida, por eso, ahora, te ruego: ten misericordia de todos los descendientes de Isaac,
detén tu justa cólera cuando pequen, perdona sus pecados y sálvalos cuando se hallen
en peligro.
El Señor le respondió:
-Ya sé que, por desgracia, los descendientes de Isaac no me serán siempre
fieles como él y harán lo que está mal a mis ojos. Me sentiré obli- gado a juzgarles al
comienzo de cada año. Pero en mi juicio, si ellos me piden perdón, elevando hacia mí
sus súplicas al son del shofàr, el cuerno de un carnero, como el que está detrás de ti...
Abraham se volvió y vio un carnero trabado en un zarzal por los cuernos.
Tomando Abraham el carnero lo sacrificó en lugar de su hijo. Con la sangre del carnero
asperjó el altar, diciendo:
-Esta sangre la ofrezco en lugar de mi hijo, que sea considerada como el
sacrificio de mi hijo que habría debido ofrecer.
El grato olor del carnero subió hasta el trono de la gloria de Dios y Dios aceptó el
sacrificio del carnero, como si fuera el sacrificio del mismo Isaac y juró bendecirlo en
este mundo y en el mundo futuro, como está escrito: "Bendecir te bendeciré y
multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo" (Gén 22,17).
"Abraham recobró a Isaac para que fuera figura" (Hb 11,19) de Cristo. Abraham,
por la fe, vio el día de Cristo y se alegró (Jn 8,56); vio que de su seno nacería Cristo,
que sería realmente ofrecido como víctima propicia por todo el mundo y resucitaría de
entre los muertos. El Moria y el Gólgota están unidos en la mente de Dios. En el
Gólgota Dios Padre lleva a cumplimiento pleno el sacrificio del Moria:
Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aquellos que
han sido llamados según su designio. Pues a los que de antemano conoció, Dios los predestinó
a ser imagen de su Hijo, para que El fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que pre-
destinó, los llamó; a los que llamó, los justificó (Sant 2,21); a los que justi- ficó, los glorificó.
¿Qué decir a todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no
perdonó a su propio Hijo, si- no que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿como no nos
dará con El todo lo demás? ¿Quién se atreverá a acusar a los elegidos de Dios? Siendo Dios
quien justifica, ¿quién podrá condenar? ¿Acaso Cristo Jesús, el que murió por nosotros? Más
aún, ¿el que fue resucitado y está a la diestra de Dios intercediendo por nosotros? (Rm 8,28-
34).
42
Cristo Jesús, después de celebrar, como Abraham, un banquete, salió con sus
siervos, los apóstoles, hacia Getsemaní. Abraham, manda a sus siervos que se queden
en las faldas del monte; Jesús también dirá a los apóstoles: "quedaos aquí, mientras yo
voy allá a orar" (Mt 26,36). Isa- ac carga con la leña para su holocausto, Cristo carga
con el madero de la cruz. Isaac pide ser atado de pies y manos; Cristo es clavado de
pies y manos a la cruz. El verdadero cordero, que sustituye a Isaac, es Cristo, "el
Cordero de Dios que carga y quita el pecado del mundo" (Jn 1,29;Ap 5,6): "Sabéis que
habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo
caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha ni
mancilla, Cristo, predestinado an- tes de la creación del mundo y manifestado en los
últimos tiempos a cau- sa vuestra" (1Pe 1,18-21)
Dios Padre, que interrumpió el sacrificio de Isaac, "no perdonó a su propio Hijo,
antes bien lo entregó por todos nosotros" (Rm 8,32). "Porque tanto amó Dios al mundo
que entregó a su Hijo único" (Jn 3,16); "en esto se manifestó el amor que Dios nos
tiene: en que Dios envió al mundo a su hijo único para que vivamos por medio de El"
(1Jn 4,9). San Ambrosio concluye: "Isaac es, pues, el prototipo de Cristo que sufre para
la salva- ción del mundo".
3. JACOB Y ESAÚ
Esaú y Jacob son hermanos, como Caín y Abel, más que Caín y Abel: son
hermanos gemelos, nacidos del mismo seno y en el mismo par- to. Y ya en el vientre
de su madre comenzó el drama de su existencia. Ya en el seno de la madre parece
que no pueden estar juntos, los embriones se rozan, se empujan entre sí: "Cuando
Isaac tenía cuarenta años, tomó por esposa a Rebeca. Isaac oró a Dios por su mujer,
que era estéril. El Señor le escuchó y Rebeca, su mujer, concibió. Pero los hijos
chocaban en su vientre y ella dijo: Si es así ¿vale la pena vivir?" (Gén 25,22). Cuan- do
llegó el parto, resultó que tenía gemelos en el vientre. Esaú nació an- tes; detrás salió
su hermano, agarrando con la mano el talón de Esaú, y lo llamaron Jacob.
Crecen los hermanos. Esaú se hace experto cazador, mientras Ja- cob es muy
amante de la tienda. Isaac, el padre, prefiere a Esaú; Jacob, en cambio, es el preferido
de la madre. Y Dios, que se complace y exalta a los últimos, elige al menor para
continuar la historia de la salvación: "Rebeca concibió de nuestro padre Isaac; ahora
bien, antes de haber na- cido, cuando no habían hecho ni bien ni mal, -para que se
mantuviera la libertad de la elección divina, que depende no de las obras sino del que
llama- le fue dicho a Rebeca: El mayor servirá al menor, como dice la Escritura: Amé a
Jacob y odié a Esaú (Ml 1,2-3)" (Rm 9,10-13).
La elección gratuita de Dios, sólo conocida por él, se va actuando en la historia.
Esaú despreció su primogenitura y la vendió a su hermano por un plato de lentejas:
"Velad porque nadie quede excluido de la gracia de Dios; que no haya ningún impío
como Esaú, que por una comida ven-
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dió sus derechos de primogénito. Sabéis que más tarde quiso heredar la bendición,
pero fue excluido, pues no obtuvo la retractación por más que la pidió hasta con
lágrimas" (Hb 12,15-17).
Esaú se jugó el futuro por un gusto inmediato. El hambre y la sed, por expresar
una necesidad vital, muestran el sentido de la existencia humana ante Dios. La
tentación de la sensualidad empuja al hombre a la búsqueda loca del placer; el hombre,
viviendo según el imperativo del gusto, cae en la autocondescendencia y en el
hedonismo, reduciendo su existencia, privada de significado y valor, a la esclavitud del
deseo y del miedo. La obsesión por la seguridad le impide abrirse al futuro, le obliga a
instalarse en el presente por mísero que sea, le corta la alas de la espe- ranza; le
encierra en un círculo de muerte, impidiéndole una vida realmen- te humana, que sólo
se realiza cuando el hombre experimenta la preca- riedad de todo logro, la
transitoriedad de toda situación y, por ello, rompe el cerco que le instala y radica en el
suelo hasta corromperlo.
Esta es una tentación típica de la era tecnológica y de la sociedad de consumo,
que multiplica sus productos y con ellos las necesidades artificiales y el deseo de
posesión. Esta tentación lleva al hombre actual a perderse en la superficialidad, absorto
en los mil espejismos de felicidad, que la publicidad le ofrece para asegurar su vida o
darle felicidad, sin de- jarle tiempo ni espacio para interrogarse sobre el sentido de su
vida. Con las cosas intenta cubrir el vacío interior, que crece en él cada día. El ser se
pierde en el tener. Al final, la depresión es el fruto de la instalación.
Isaac, anciano y ciego, viendo acercarse la muerte, quiso bendecir a su hijo
mayor, Esaú, a quien prefería abiertamente. Pero Jacob, con el fraude perpetrado por
la madre, usurpó a su hermano la bendición. Esta bendición, conseguida con engaño,
marcará el futuro de Jacob. Esaú de- cide matarlo y Jacob debe huir lejos de la casa,
lejos de la tierra santa, y refugiarse en casa de su tío Labán, en la tierra de donde Dios
había man- dado salir a Abraham. Veinte años duró la espera de que "le pasara la
cólera a su hermano".
Son años en los que Dios, Señor de la historia, prepara las doce tribus de su
pueblo, la descendencia de Abraham. Jacob se casa con Lía y Raquel y engendra los
doce hijos, origen de Israel. Con la bendición del padre, Jacob se abre al futuro;
huyendo del odio sale en busca del amor y la fecundidad. Es el hilo de la historia que
Dios ha trazado para Jacob y su descendencia. En el camino de su huida Dios sigue
sus pasos, aunque Jacob no lo sepa. En su huida llega a Betel y Dios se le aparece:
"Llegan- do a un cierto lugar, como se había puesto el sol, Jacob se dispuso a hacer
noche. Tomó una piedra, la puso como almohada y se echó a dor- mir. Y tuvo un
sueño. Soñó con una escalera apoyada en tierra, cuya cima tocaba los cielos. Los
ángeles subían y bajaban por ella. Y Dios, que es- taba sobre ella, le dijo: Yo soy el
Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy
para ti y tu descendencia, que se multiplicará como el polvo de la tierra. Mira que yo
estoy contigo; te guardaré por dondequiera que vayas y te volveré a este lugar. Se des-
pertó Jacob y dijo: Realmente está el Señor en este lugar y yo no lo sabía.
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Tomó la piedra que le había servido de almohada, la colocó a modo de estela y
derramó aceite sobre ella y llamó a aquel lugar Betel. Jacob pro- nunció un voto: Si
Dios está conmigo y me guarda en este camino que estoy haciendo y me da pan para
comer y vestido con que cubrirme, y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre,
entonces el Señor será mi Dios y esta piedra que he erigido como estela será Casa de
Dios" (Gén 28,10ss).
Despierto, de pie, apoyado sobre sus talones, Jacob no ha visto a Dios.
Acostado sobre la tierra, con las ojos cerrados, dormido, se le ilumi- na el corazón y ve
al Invisible, a Dios que le sigue en su peregrinación. El "Dios de Abraham", el "Dios de
Isaac" quiere ser también el "Dios de Ja- cob". El Dios que le acompaña no es un Dios
lejano, abstracto; es un Dios personal, que se liga al hombre en una alianza de amor.
Comenta san Gregorio:
Hay que notar que ve dormido ángeles el que apoya la cabeza en la pie- dra (Cristo). Los que
se alejan de la actividad presente pero no miran hacia arriba, pueden dormir, pero no pueden
ver ángeles. Porque desde- ñan apoyar la cabeza en la piedra, por eso duermen con el cuerpo,
no con el afán, porque no apoyan la cabeza en la piedra, sino en la tierra.
El Dios que se aparece a Jacob es el Dios que pelea con el hom- bre. Pasados
veinte años, el Dios aparecido en Betel le reclama: "Yo soy el Dios de Betel. Ahora
levántate, sal de esta tierra y vuelve a la tierra de tu padre". Pero no puede volver el
mismo Jacob que salió huyendo de su hermano. Jacob, según el significado de su
nombre, es el que se apoya en su talón como única fuerza de su vida. Dios le saldrá al
encuentro en la noche, en el margen del Yaboc y luchará con él. En el combate de
Jacob está simbolizado el combate de Dios con todos sus elegidos. Es el com- bate de
Dios por ser reconocido como Dios, apoyo único del hombre. Para ello Dios tendrá que
tocar al hombre en la articulación del fémur, para que, cojo, sin poder apoyarse en su
talón, se apoye en Dios. Conocida su debilidad de criatura se apoyará en la fuerza de
Dios. Pasará de Jacob a Israel.
En su vuelta a Canaán, Jacob llegó al Yaboc, límite de la tierra de su tío Labán y
de su hermano Esaú. El Yaboc le cierra toda posibilidad de huida. En el momento
crucial de su vida no le sirven los afectos de sus mujeres e hijos, no le sirven las
riquezas que ha acumulado en casa de su tío. Jacob tomó a sus mujeres e hijos y les
hizo cruzar el río. Hizo pasar también todas sus posesiones. Y Jacob quedó solo:
Y habiéndose quedado solo, alguien luchó con él hasta rayar el alba. Pe- ro viendo que no le
podía, le tocó en la articulación femoral, y se dislocó el fémur de Jacob mientras luchaba con
aquel. Este le dijo: "Suéltame que ha rayado el alba". Jacob respondió: "No te soltaré hasta que
no me hayas bendecido". Dijo el otro: "¿Cuál es tu nombre?". "Jacob", respondió él. "En
adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y has vencido". Jacob
preguntó: "Dime, por favor tu nombre". "¿Para qué preguntas por mi nombre?". Y le bendijo allí
mismo. Jacob llamó a aquel lugar Penuel, pues se dijo: "He visto a Dios cara a cara, y he
quedado con vida". El sol salió, pero él cojeaba (Gén 32,23ss).
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Reconocida su debilidad, Jacob se transforma en Israel, el que se apoya en
Dios. Esta es la bendición de Dios. El cambio de nombre expre- sa el cambio de ser y
de vida. Ahora puede pasar el río, enfrentarse a su hermano y recibir su abrazo de paz.
Abrazado a él, reconciliados, Jacob le dice a Esaú: "He visto tu rostro benévolo y es
como ver el rostro de Dios". En el perdón y reconciliación del hermano, Jacob ha visto
reflejado el ros- tro de Dios. Era de noche cuando comenzó el combate. Pero con la
ben- dición de Dios ha despuntado el alba. Un nuevo día, una nueva vida ama- nece
para Jacob-Israel, "fuerte con Dios".
Jacob llega sano y salvo a la tierra de Canaán. Compra una campo y planta sus
tiendas. Luego sube a Betel para levantar un altar al Dios que se le apareció cuando
huía de su hermano Esaú. Y Dios le confirma la promesa hecha a sus padres: "La tierra
que di a Abraham y a Isaac te la doy a ti y a tus descendientes. Un pueblo nacerá de ti
y saldrán reyes de tus entrañas". Como comenta Ruperto de Deutz, "con plena verdad
Dios bendijo a Jacob cuando Cristo, nacido de su linaje, tomando carne, anuló la vieja
maldición y después de la pasión derramó la bendición, es decir, el Espíritu Santo". En
Getsemaní, al lado del Cedrón, Cristo pasa la noche en agonía, en lucha con la
voluntad de Dios para alcanzar la bendición primordial, perdida por el pecado. Gracias
a su combate amaneció el sol del amor que reconcilia a los hermanos con el Padre y
entre ellos. Al sol que alumbra a Jacob en Penuel corresponde ahora el sol del día de
la resurrección.
4. JOSÉ
Entre los descendientes de Jacob, sus doce hijos, en seguida des- taca José, el
primer hijo de su amada esposa Raquel. José goza de las preferencias de su padre.
Esto suscita la envidia de sus hermanos. Estos, para librarse de él y de sus sueños, le
venden a unos comerciantes ma- dianitas, que lo llevan a Egipto. Dios estaba con él y
le colmó de bendi- ciones.
José es el portador de la bendición de los padres, Abraham, Isaac y Jacob. Dios,
por él, bendice a su señor egipcio, Putifar, que le puso al frente de toda su casa,
confiándole cuanto poseía. Pero José era apuesto y de buena presencia. La mujer de
Putifar se fija en él y quiere seducirlo. José resiste la tentación: "¿Cómo voy a hacer
este mal, pecando contra Dios?". Ella insiste, pero él no cede. Entonces, sintiéndose
rechazada, acusa a José ante todos los de la casa y ante su esposo: "Ha entrado en mi
habitación ese siervo hebreo que tú nos trajiste, para abusar de mí". Así José fue a
parar a la cárcel.
Pero el Señor estaba con José, le protegió e hizo que cayera en gracia al jefe de
la prisión. Este encomendó a José todos los presos de la cárcel, de modo que todo se
hacía en ella según su deseo. El Señor le hacía prosperar también en la prisión. Así se
ganó la confianza de los presos, que le cuentan hasta sus sueños. En la interpretación
de los sue-
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ños José se da a conocer como "sabio y prudente". Su interpretación se realiza. Esto le
llevará hasta el Faraón, a quien interpreta dos sueños. Y también se gana la confianza
del Faraón, que le pone al frente de todo Egipto. Dios está guiando los pasos de José
para llevar a cabo su plan de salvación.
La carestía cubrió todo el país, según había anunciado José. Todo el mundo iba
a Egipto a comprar grano a José, pues el hambre arreciaba por todas partes. Entre los
que iban a Egipto, bajaron también los herma- nos de José. Sin saberlo, para conservar
la vida, se encaminan hacia su hermano. El salvó la vida para poder salvar la vida de
otros. Tal era el de- signio de Dios. Los hermanos, pues, llegaron y se postraron rostro
en tie- rra ante José. Sin pensarlo están dando cumplimiento a los sueños de José, de
los que creyeron liberarse al venderlo: "las gavillas, el sol y la luna y once estrellas se
postraban ante mí" (Gén 37,7ss). José los reco- noció, pero lo disimuló. José, que ama
a sus hermanos, les reconoce; ellos, que no aman, no le reconocen.
José pudo haber revelado inmediatamente su identidad, mostrando cómo se han
cumplido sus sueños, pero José no disfruta con la humilla- ción de sus hermanos. Pudo
haberles tendido la mano inmediatamente en señal de reconciliación, pero no habría
sido una reconciliación auténtica, si los hermanos no aceptaban su culpa y se
arrepentían de ella. José es- pera que sus hermanos tomen conciencia de que son
hermanos de ver- dad. Para ello les pone a prueba. Les acusa de espías. Los
hermanos reaccionan como familia: son hijos de un mismo padre. En su defensa
recuerdan que eran doce hermanos. Faltan dos, el menor se ha quedado con el padre,
y el otro "no está", no existe. Para ellos uno de los hermanos no existe. ¿No existe?
José quiere ayudarles a confesar su culpa para que puedan recuperarlo como
hermano. Deja en Egipto a uno de los her- manos y exige que la próxima vez lleven al
hermano menor con ellos.
El segundo encuentro de los hermanos con José culmina en un banquete en el
que los doce están materialmente presentes. Pero José aún no es reconocido como
hermano. Hace falta un tercer encuentro. An- te la acusación de que Benjamín ha
robado la copa de José, Judá, que ha salido fiador de Benjamín ante el padre,
pronuncia su alegato de defensa, confesando el pecado y aceptando la pena: Dios ha
descubierto la culpa de tus siervos. Somos esclavos de nuestro señor. Los hermanos,
descu- bierta la culpa, se ofrecen como esclavos, ya que su pecado fue vender como
esclavo a un hermano. En esta confesión se han abierto al perdón. Es más, por salvar
a Benjamín y devolverlo a su padre, Judá se ofrece a cargar personalmente con toda la
culpa, ofreciéndose como esclavo para salvar a los hermanos. La hermandad ha sido
restablecida.
Entonces José se da a conocer: "Yo soy José vuestro hermano, el que
vendisteis a los egipcios". José no elude el recuerdo de la culpa, lo hace aflorar en la
conciencia de los hermanos, que se turban y no saben qué decir. Pero José no les
condena. Sabe que Dios está detrás de toda su historia y saca el bien hasta del
pecado:
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Yo soy José, vuestro hermano, el que vendisteis a los egipcios. Pero aho- ra no os aflijáis ni os
pese haberme vendido; porque para salvar vidas me envió Dios por delante. Llevamos dos
años de hambre en el país y nos quedan cinco más sin siembra ni siega. Dios me envió por
delante para que podáis sobrevivir en este país. No fuisteis vosotros quienes me en- viasteis
acá, sino Dios, que me ha hecho ministro del Faraón, señor de toda su corte y gobernador de
Egipto. Ahora, daos prisa, subid a casa de nuestro padre y traedle acá sin tardar (Gén 45,1ss).
Y echándose al cuello de su hermano Benjamín lloró y lo mismo hizo Benjamín.
Después, llorando, besó a todos los hermanos. El abrazo de reconciliación borra toda
culpa y devuelve la paz a los doce hermanos.
Jacob con todo lo suyo se puso en camino hacia Egipto. En Berse- ba, de
noche, en una visión Dios le dijo: "Yo soy Dios, el Dios de tu padre. No temas bajar a
Egipto porque allí te convertiré en un pueblo numeroso. Yo bajaré contigo a Egipto y yo
te haré subir de allí" (Gén 46,3). Todas las personas, que emigraron con Jacob a
Egipto, nacidos de él, y añadiendo los dos hijos nacidos a José en Egipto, hacen un
total de setenta. José instaló a su padre y hermanos en lo mejor de Egipto, en el
territorio de Gosén. Allí Israel creció y se multiplicó en gran manera.
Al morir el padre, los hermanos de José, que no han superado del todo su
sentido de culpabilidad, temen que José les guarde rencor y les haga pagar el mal que
le hicieron. Le dicen a José: "Antes de morir, tu padre nos dijo que te dijéramos:
'Perdona a tus hermanos su crimen y su pecado y el mal que te hicieron'. Por tanto,
perdona el crimen de los sier- vos del Dios de tu padre". Al oírlo, José se echó a llorar y
les dijo, reco- giendo el sentido de toda su historia: "No temáis. ¿Ocupo yo el lugar de
Dios? Vosotros intentasteis hacerme mal, Dios lo dispuso para bien, para hacer
sobrevivir, como hoy ocurre, a un pueblo numeroso. Así que no temáis". Y los consoló
llegándoles al corazón.
Dios juega con los proyectos de los hombres y sabe mudar en bien sus
designios torcidos. No sólo se salva José, sino que el crimen de los hermanos se
convierte en instrumento del plan de Dios: la llegada de los hijos de Jacob a Egipto
prepara el nacimiento del pueblo elegido.
José es figura de Cristo. Cristo es el verdadero José, el único ca- paz de
interpretar plenamente el designio del Padre, escondido bajo el velo de la Escritura
como en un sueño simbólico. Cristo se hace hermano nuestro para hacernos hermanos
suyos, hijos del mismo Padre. "El no se avergüenza de llamarnos hermanos" (Hb 2,11).
El, el Unigénito, ha queri- do ser el Primogénito de muchos hermanos (Rm 8,29).
Vendido y traicio- nado por los hombres, Cristo desciende al abismo de la muerte, pero
con su muerte destruye nuestra muerte. Cristo victorioso de la muerte nos re- concilia
con el Padre y nos hace hermanos suyos y entre nosotros. Su muerte es nuestra vida.
Su resurrección es nuestra salvación. Del pecado Dios saca la vida. "Vence el mal con
el bien" (Rm 12,21). San Pablo, en sintonía con José, nos dice: "Por lo demás,
sabemos que en todas las
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cosas interviene Dios para bien de los que han sido llamados según su designio" (Rm
8,28).
El Catecismo de la Iglesia Católica comenta la historia de José diciendo que
"Dios en su providencia puede sacar un bien de las conse- cuencias de un mal, incluso
moral, causado por sus criaturas... Del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el
rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres,
Dios, por la super- abundancia de su gracia, sacó el mayor de los bienes: la
glorificación de Cristo y nuestra redención" (n. 312).
III. EL ÉXODO
1. MOISÉS
La "descendencia" de Abraham llegó a alcanzar en Egipto la cate- goría de
pueblo (Ex 1,17); pero pueblo reducido a esclavitud (Ex 1,8ss), a la misma impotencia
de su padre Abraham. Es el momento en que inter- viene "el Dios de Abraham, Isaac y
Jacob" (3,6): "He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor,
conozco sus sufrimientos. Voy a liberarlo de manos de Egipto" (Ex 3,7s). Dios mantiene
su fidelidad a las promesas hechas a los padres.
a) Moisés salvado de las aguas
Moisés, el elegido de Dios para liberar a su pueblo, nace en medio de la dura
esclavitud de Egipto. Los israelitas se han multiplicado y un nuevo Faraón, que ya nada
sabía de José, teme por su seguridad e inten- ta aplastar a los descendientes de
Abraham, sometiéndolos bajo el peso de duros trabajos. Más aún, decreta la muerte de
todos los niños varones: "Todo niño que nazca lo echaréis al Nilo". En este momento
nace Moisés y es arrojado al río, pero es "salvado de las aguas" por la hija del Faraón.
El elegido por Dios para salvar a su pueblo es él mismo el primer salvado de la muerte.
Moisés crece en la corte del Faraón hasta que, ya mayor, fue a visi- tar a sus
hermanos y comprobó su penosa situación. Herido en su co- razón, Moisés comienza a
actuar por su cuenta, intentando defender a sus hermanos, que no le comprenden ni
aceptan. Moisés tiene que huir al desierto. Allí Dios se le aparece, le revela su nombre
y su designio de sal- vación. Le envía a liberar a su pueblo de manos del Faraón. En
vano se excusa el elegido: "¿Quién soy yo para presentarme al Faraón y sacar de
Egipto a los israelitas?". Dios, al revelarle su nombre, le da la fuerza para desempeñar
su misión: "Yo estaré contigo".
Moisés apacentó el rebaño de Jetró durante cuarenta años sin que ninguna fiera
salvaje devorara las crías; antes bien, el rebaño crecía y se multiplicaba
extraordinariamente. A Moisés se refiere la Escritura cuando dice: "Como un rebaño
santo" (Ez 36,38). En una ocasión "condujo el re-
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baño al fondo del desierto" (Ex 3,1), hasta el Horeb y allí se le reveló el Santo, bendito
sea, desde en medio de la zarza, como está escrito: "Se le apareció el ángel de Yahveh
a manera de llama de fuego en medio de una zarza" (Ex 3,2).
Moisés vio el fuego arder en medio de la zarza, sin que el fuego consumiera la
zarza ni la zarza apagara las llamas del fuego. Moisés mi- raba y, con el corazón lleno
de admiración, dijo: "Voy a acercarme a con- templar este espectáculo tan admirable:
cómo es que no se quema la zar- za" (Ex 3,3). ¿De quién es la gloria que hay en el
interior de la zarza?
El Señor le dijo: Moisés, "no te acerques. Quítate las sandalias de los pies" (Ex
3,5).Y añadió: "Anda, que te envío al Faraón" (Ex 3,10). Le respondió Moisés: Señor de
todos los mundos, ¿no te he dicho que yo no tengo fuerza pues tengo un defecto en la
lengua? (Cfr. Gén 4,10). Señor de todos los mundos, "envía al que tengas que enviar"
(Ex 4,13), a ese que en el futuro has de enviar.
Le dijo el Señor: Yo no te he dicho: "anda, que te envío a Israel", sino "anda, que
te envío al Faraón". Ese hombre que tú dices es el que yo enviaré a Israel en el futuro
que ha de venir, como está escrito: "Yo os enviaré al profeta Elías antes que venga el
día de Yahveh" (Mal 3,23). Moisés le suplicó: Señor de todos los mundos, dame a
conocer tu Nombre grande y santo, para que pueda invocarte por tu Nombre y Tú me
respon- das. Y se lo dio a conocer, según está escrito: "Dijo Dios a Moisés: Yo soy el
que soy y será" (Ex 3,14-15).
La historia del pueblo de Israel contiene los mismos rasgos de la historia de los
patriarcas. Comienza con la vocación de Moisés en la teo- fanía del Horeb (Ex 3). El
punto culminante de la teofanía es la revelación del nombre de Dios: "Yo soy el que
soy" (v. 14). La revelación de este nombre significa que ningún lugar sagrado, ninguna
montaña, ningún tem- plo, es el lugar de residencia del Dios que envía a Moisés. No
tiene mora- da; está en el aquí y ahora de la historia de Israel. No habla de su esen- cia
o de su existencia; habla de su asistencia. El invisible se hará visible en hechos
históricos, se revelará en su actuación en la historia. Israel descubre a Dios en su
actuar en la historia.
Con la revelación del nombre de Dios, Moisés es enviado a sacar a Israel de la
esclavitud de Egipto para que pueda "dar culto" al Dios que el Faraón se niega a
reconocer. Para ello, Dios le promete estar con él y "actuar con mano fuerte", hiriendo a
los egipcios hasta que el Faraón les deje salir.
La promesa hecha a Moisés, en la revelación del nombre de Yah- veh, se
cumple en la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto y en la cadena de
acontecimientos portentosos relacionados con ella: plagas de Egipto, paso del mar
Rojo, travesía del desierto, encuentro con Dios en el Sinaí, conclusión de la alianza y
conquista de la tierra prometida. Estos acontecimientos son hechos de Dios, mirabilia
Dei: portentos de Dios.
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Por ello, desde entonces y por siempre, fueron recordados y celebrados en el culto. El
credo de Israel mantiene en vigencia actual el hecho y lo celebra: Yahveh ha salvado
portentosamente a su pueblo. Lo que ha pa- sado una vez es promesa y garantía del
presente y del futuro, fundamento de la fe y de la esperanza. Esto se formula de una
manera particular- mente expresiva en el proverbio del águila: "Vosotros habéis visto lo
que he hecho con Egipto y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hacia
mí; ahora, si escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad entre todos
los pueblos. Ciertamente, toda la tierra es mía, pero vosotros seréis para mí un reino de
sacerdotes y un pueblo consa- grado" (Ex 19,4-6).
El Éxodo es un memorial de la intervención salvadora de Dios. Cada vez que se
proclama se hace presente esa fuerza salvadora de Dios. "Cada generación debe
considerarse como si ella misma hubiera salido de Egipto", dice el tratado del Talmud
sobre la Pascua. Por eso el Éxodo es una revelación de Dios que actúa dentro de la
historia. La con- fesión de fe de Israel proclama constantemente: "Yahveh que nos ha
hecho salir de Egipto". Este acontecimiento fundamental de la historia y de la fe de
Israel es vivido, anticipadamente por Moisés, el primer peregri- no "al monte de Dios, el
Horeb", donde Dios le revela su nombre en la teofanía de la zarza ardiente "que ardía,
pero no se consumía" (Ex 3,1ss).
Este acontecimiento portentoso de liberación, al ser celebrado, al hacer memoria
de él, rebasándose a sí mismo, se abre a otro aconteci- miento salvador mayor. Es el
acontecimiento pasado, hecho actual en la celebración fruto de él, que se hace
promesa de algo futuro y por venir: la liberación mesiánica, el día de Yahveh, el reino
del Ungido. La palabra y el acontecimiento histórico tienden a la plenitud de los
tiempos.
Los profetas mantendrán vivo el recuerdo de los acontecimientos del primer
éxodo, para que a la luz de este memorial se haga eficaz en el presente de la historia la
fuerza salvadora de Dios. Esta es la fuerza del memorial señalada ya en la Torá (Ex
13,3-10;Dt 26,1-10;Sal 95): «Recor- dando su palabra fiel para con Abraham, su siervo,
Dios hizo salir a su pueblo en medio de la alegría» (Sal 105,42s), canta el pueblo con el
sal- mista. El culto es el momento privilegiado para recordar y actualizar las
actuaciones de Dios. Moisés debe poner fin a la opresión que impide a Israel celebrar
el culto al Dios que el Faraón se niega a reconocer (Ex 4,22s;5,1-18). Sin la fiesta, que
celebra la actuación de Dios, no hay futu- ro ni esperanza, pues el presente se queda
sin el apoyo del pasado.
Para el creyente la historia está marcada por las visitas del Señor, en tiempos,
días, horas, momentos privilegiados. El Señor vino, viene sin cesar, vendrá con gloria y
majestad. Estos encuentros con el Señor en el devenir de la historia señalan el "día del
Señor" como kairós de salvación. La celebración conmemora y anuncia el día del
Señor, la intervención de Dios en la historia. Todas las intervenciones de Dios, unidas a
la ce- lebración de la liberación de Egipto, hacen esperar su intervención defini- tiva en
el futuro con la llegada del Mesías, que nos libera de la muerte
51
para dar a Dios el verdadero culto en espíritu y verdad (Jn 4,23s). Esta salvación
definitiva (escatológica) aparece como una nueva creación (Is 65,17), un éxodo
irreversible (Is 65,22), una victoria total sobre el mal re- cobrando de nuevo el paraíso
(Is 65,25).
b) Moisés, guía del pueblo por el desierto
Moisés es el hombre "más humilde" de la tierra. Esa humildad que, en un
principio, le hizo temblar ante la misión que Dios le encomendaba, le ayudará a
realizarla, guiando al pueblo con una suavidad sin igual a través de las oposiciones y
rebeliones continuas del mismo pueblo. Dios mismo le declara su "más fiel servidor"
(Ex 12,7s) y lo trata como amigo (Ex 33,11), hablándole cara a cara desde la nube.
Sostenido por Dios, verdadero guía del pueblo, Moisés conduce al pueblo hacia la
libertad, hacia el Sinaí. Sólo un pueblo libre puede aceptar la alianza que Dios le
ofrece.
La historia es el espacio donde el hombre vive su libertad. Sólo hay historia allí
donde se da la libertad. El futuro del hombre se hace desde el presente de su libertad.
Desde el seno del presente, la libertad salta, libe- rando al hombre de su clausura en la
actualidad, abriéndole hacia nuevos horizontes. La libertad, pues, hace al hombre
capaz de futuro. Esta liber- tad creadora del hombre es el don y el tormento del
hombre. Una y mil veces renace en el hombre, en medio de la angustia, la tentación de
vol- ver a la apacible seguridad de una vida apoyada en sí mismo, aunque sea a costa
de renunciar a las esperanzas que la presencia de Yahveh, en cada pascua, abre ante
sus ojos. Tentación de volver a Egipto, de pactar con los enemigos, de ganarse con
sacrificios la benevolencia de los dio- ses rivales, de establecerse definitivamente en lo
ya poseído sin continuar la oscura peregrinación de la fe. Pero esta vuelta atrás se
hace imposible porque lleva consigo la experiencia de la disolución y del fracaso. Los
pro- fetas se encargan de recordar al pueblo que la fe y la fidelidad a Dios son la única
garantía de su existencia: "Si no creéis no subsistiréis" (Is 7,9). La fe es un camino y no
una instalación. Es la precariedad de vida: renunciar a lo que se tiene para ir hacia lo
que está delante. Es salir de la propia tierra, dejar atrás las seguridades, que se
poseen, para seguir la marcha hacia lo prometido. La fe convierte la vida del creyente
en un proceso siempre abierto hacia lo que está por venir. Para el creyente, la vida es
futuro y promesa, esperanza creadora y confiada.
La vida del hombre es un éxodo, un atravesar el desierto de la exis- tencia bajo
la gloria de Dios hasta entrar en el Reino. El itinerario del de- sierto en precariedad
lleva al hombre a seguir al Señor en la fe hasta la alianza con El. El desierto es un lugar
de paso, no un lugar ideal perma- nente; es el paso, el camino de la esclavitud a la
libertad, de Egipto a la tierra prometida.
Salir-caminar-entrar sintetizan la experiencia de la vida humana. Salir es una
experiencia fundamental; en primer lugar está el salir de un lugar espacial: de un lugar
a otro; y, luego, por derivación, de una situa-
52
ción a otra. Al comienzo de la vida de todo hombre encontramos el salir del seno
materno como experiencia primordial, como salida del lugar ce- rrado, que supone, al
mismo tiempo, pérdida de la seguridad, para poder comenzar la vida. Esta situación la
encontrará frecuentemente el hombre, tentado, por ello, de renunciar al riesgo de la
libertad por temor a la inse- guridad. La experiencia del salir, al nacer, se repite en las
fases sucesivas del crecimiento humano: salir de la propia familia para formar una
nueva, salir de un ambiente conocido, de una situación dada... Particularmente
interesantes son las trasposiciones al campo de la experiencia espiritual: salir de sí
mismo. La mística la ha usado frecuentemente: "En una noche oscura... salí sin ser
notado" (S. Juan de la Cruz).
El salir está orientado al entrar. Si al salir no correspondiese un entrar, se
trataría de un vagar sin meta y sin sentido. La finalidad del salir es entrar. En el plan de
Dios (Dt 6,27-28), el salir de Egipto es para entrar en la tierra prometida (Ex 3,8;6,3-8),
entrar en alianza con Dios, verdadero término de la liberación. Pero entre el salir y el
entrar está el desierto, el camino, el tiempo intermedio. La vida humana está llena de
tiempos in- termedios, que crean una tensión dinámica entre el pasado y el futuro,
como por ejemplo el noviazgo.
Características del tiempo intermedio son la provisoriedad y la ten- sión al
término final, sin que esto signifique que el tiempo intermedio no conserve su valor.
Dios ha querido asumir esta realidad humana funda- mental y ha hecho del desierto
una etapa privilegiada de la salvación. Así el camino se convierte en experiencia
humana primordial, cargándose de simbolismo: ir por el camino recto o extraviarse,
seguir a Cristo, cambiar de dirección o convertirse, seguir los caminos del Señor o
caminar según sus designios.
c) Las tentaciones del desierto
El desierto, camino del pueblo de Dios, es una prueba para saber si Israel cree
en Dios, única meta auténtica de la vida: "Yahveh vuestro Dios os pone a prueba para
saber si verdaderamente amáis a Yahveh vuestro Dios con todo el corazón y con toda
vuestra alma" (Dt 13,4). El desierto es la prueba de la fe; como lugar árido y estéril,
"lugar donde no se puede sembrar, donde no hay higueras ni viñas ni granados y
donde no hay ni agua para beber" (Nm 20,5). Es inútil la actividad humana; el desierto
no produce nada, símbolo de la impotencia humana y, por ello, de la depen- dencia de
Dios, que manifiesta su potencia vivificante dando el agua y el maná, juntamente con
su palabra de vida.
El tiempo del desierto es, pues, emblemático de la vida del hombre sobre la
tierra. En él Dios se revela como salvador de las aguas de muerte de Egipto y conduce
al pueblo a las aguas de una vida nueva en la tierra de la libertad. Entre el salir y el
entrar está el desierto, el camino, el itine- rario de la existencia con sus pruebas,
combates, tentaciones, dudas, re- beliones, murmuraciones..., toda una pedagogía
divina para llevar al pue- blo a ser "pueblo de Dios", pueblo elegido, consagrado a Dios,
con una
53
misión sacerdotal en medio de las naciones. El Deuteronomio nos da una visión global
del tiempo del desierto: "Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho
andar durante estos cuarenta años en el de- sierto para humillarte, probarte y conocer
lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te
hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido,
para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo
que sale de la boca de Dios. No se gastó el vestido que llevabas ni se hincharon tus
pies a lo largo de esos cuarenta años. Reconoce, pues, en tu corazón que, como un
padre corrige a su hijo, así el Señor tu Dios te corregía a ti. Guarda, por tanto, los
mandamientos del Señor tu Dios si- guiendo sus caminos y temiéndolo" (Ex 8,2-6).
El camino del desierto es el itinerario de la fe, que conduce a la alianza con Dios.
Este camino de vida en la libertad, Dios se lo revela al pueblo en la Torá, que se
resume en el Shemá: "Escucha, Israel: Yahveh nuestro Dios es el único Dios. Amarás a
Yahveh tu Dios con todo tu co- razón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas" (Dt
6,4). Esto "te hará feliz" "en la tierra que mana leche y miel" (Dt 6,3). Pero frente a este
ca- mino de vida y felicidad, a la que aspira y tiende el pueblo y todo hombre, se alzan
tres tentaciones como espejismos de felicidad, engañándolo y arrastrándolo a la
muerte: el hedonismo, el deseo de autonomía y el afán de dinero, fuente de gloria. Es
la triple tentación de todo hombre: búsque- da del placer como "ley" de vida, libertad
autónoma como aspiración ab- soluta y afán de dinero como fuente y fuerza de
realización humana.
En el desierto hizo Dios experimentar a su pueblo el hambre y la sed para
probarlo y para conocer el fondo de su corazón (Dt 8,1ss). Israel, pueblo de la alianza,
debía aprender que su existencia dependía total- mente de Yahveh, único que le da el
pan y la bebida; pero, más allá y más profundamente que estas necesidades físicas,
Israel debe descubrir una necesidad más vital: la necesidad de Dios, dador de vida.
Pero el pueblo no comprende y sucumbe a la tentación frente al hambre y la sed: "En el
desierto Dios hendió las rocas, los abrevó a raudales sin medida; hizo brotar arroyos de
la peña y descender las aguas como ríos. Pero ellos volvían a pecar contra El, a
rebelarse contra el Altísimo en la estepa; a Dios tentaron en su corazón reclamando
pan para su hambre. Hablaron contra Dios, diciendo: ¿Será Dios capaz de aderezar
una mesa en el de- sierto?" (Sal 78,13-20).
La experiencia de la prueba/tentación no es sencillamente de orden moral; es la
prueba de la fe; entra en juego la libertad del hombre frente a Dios. El hambre, la sed,
la incomodidad, el sufrimiento ponen al hombre en la situación de decidirse por la
promesa, por la alianza, por el futuro, por Dios o por el presente, por el placer
inmediato, por las carnes de Egip- to, aunque sea en esclavitud. Frente a esta prueba,
el pueblo sucumbe a la tentación: "Toda la comunidad de Israel murmuró contra Moisés
y Aarón en el desierto. Los israelitas les decían: ¡Ojalá hubiéramos muerto en la tierra
de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne,
54
cuando comíamos pan hasta hartarnos. Vosotros nos habéis traído a este desierto para
matar de hambre a toda esta asamblea" (Ex 16,2s).
La tentación del hedonismo está enlazada y es consecuencia de la tentación de
autonomía. Es otra tentación del desierto y de todo hombre. Es la tentación de Massá y
Meribá, "donde los israelitas tentaron a Yah- veh diciendo: ¿Está Yahveh entre
nosotros o no?" (Ex 17,7). El hombre escoge su autonomía, que es lo mismo que su
soledad, pensando hallar en ella la vida, al no depender de otro; pero en ella no
encuentra más que la desnudez, el miedo y la muerte. La independencia le lleva a la
pérdida de la libertad, que sólo se vive en la verdad (Jn 8,32-44).
La tentación de rebelión contra Dios tiene una doble manifestación: tentar a Dios
o negarle. Ante el desierto, ante la historia concreta del hombre, en su condición de
criatura con sus límites, ante la cruz de la existencia, ante la prueba en la que Dios
sitúa al hombre, éste tienta a Dios, prueba a Dios, intimándolo a poner fin a la prueba, a
quitarle la cruz, a cambiarle la historia.
La fe es la apertura del hombre a Dios que se le revela; es consen- timiento en
adoración y amor a sus palabras y a la historia; es respuesta de vida en fidelidad a esa
revelación, en alabanza por la benevolencia de Dios. Fe y vida no se contraponen ni
contradicen, sino que la fe transfor- ma la vida, haciendo que ésta sea vivida en una
referencia gozosa a Dios; referencia fundamental derivada de la comunicación que
Dios hace de sí mismo en su revelación al hombre, suscitando la respuesta de
donación del hombre a Dios. Pero el hombre puede desnaturalizar esta relación con
Dios, invirtiéndola en su contrario, cediendo a la tentación de utilizar a Dios y servirse
de El como un medio más al servicio de sus planes, en lugar de desbordarse a sí
mismo hacia El y adorarlo como Dios. La se- gunda forma de rebelión contra Dios es su
negación o ateísmo. El hom- bre, ante la pregunta del desierto "está Dios en medio de
nosotros o no?" responde con la negación.
Dios es amor y nos llama, en su insondable amor, a entrar en unión con El. La
acogida de esta gracia convierte a la persona en creyente. Uno puede reconocer la
existencia de Dios y no ser creyente, sino arreligioso, mientras ignore o rechace la
llamada a la comunión con El. La palabra religio significa una relación de comunión, de
religación con Dios. Dirá la Gaudium et spes del Vaticano II: "La razón más alta de la
dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su
mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y
simplemente por amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y
sólo se puede decir que vive en la plenitud de la ver- dad cuando reconoce libremente
ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy
día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma
explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo (n. 19).
55
El camino de la vida, que Dios muestra a su pueblo en el desierto, se resume en
el Shemá: "Yahveh nuestro Dios es el único Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas". Por ello, cuando el hombre niega al
único Dios y busca la felici- dad por su cuenta, murmurando en su corazón contra el
designio de Dios, negándole para, en su autonomía, no depender de El, creyéndose
más inteligente que El y por tanto no entregándole su vida, entonces el hombre
experimenta la desnudez y el miedo, que le obligan a venderse a los po- deres del
señor del mundo, entregándole todas sus fuerzas. Sin Dios no hay fiesta. Por eso el
hombre sin Dios se construye sus dioses, su becerro de oro, para poder vivir la fiesta,
que le es necesaria: "Aarón (con el oro de los israelitas) hizo un molde y fundió un
becerro. Entonces ellos excla- maron: Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la
tierra de Egipto. Viendo esto Aarón, erigió un altar ante el becerro y anunció: Mañana
habrá fiesta ante Yahveh" (Ex 32,5). El hombre se vende a la obra de sus manos y
celebra sus éxitos, en la pseudofiesta de la diversión y del des- canso como
recuperación de fuerzas para seguir sirviendo al ídolo de la producción, que le
esclaviza unciéndole a la maquinaria de la industria. Es el monstruo del dinero, de la
técnica, del consumo, del aturdimiento. El hombre se vende al dinero, al poder, a la
gloria, a la ciencia.
d) La alianza del Sinaí
Entonces le fue dicho a Moisés: Sube al monte y te daré las dos tablas de
piedra, talladas en zafiro del trono de mi gloria (Ez 1,26), escri- tas por mi dedo, por lo
que brillan como oro puro. En las tablas estaban grabadas las Diez Palabras, más
puras que la plata refinada siete veces al crisol.3 En el Sinaí Dios se presenta a Israel
proclamando: "Yo, Yahveh, soy tu Dios". Sus acciones salvadoras le permiten afirmar,
no sólo que es Dios, sino realmente "tu Dios", tu salvador, el "que te ha liberado, sacán-
dote de la esclavitud".
El camino del Desierto fue el itinerario escogido por Dios para llevar al pueblo a
una vida de comunión con El, en alianza con El. La conclusión de la alianza en el Sinaí
es la teofanía grandiosa, que hace sentir al pue- blo la presencia de Dios en medio de
ellos: "La nube cubrió el monte. La gloria de Yahveh descansó sobre el monte Sinaí y la
nube lo cubrió por seis días. Al séptimo día, llamó Yahveh a Moisés de en medio de la
nube. La gloria de Yahveh aparecía a la vista de los hijos de Israel como fuego
devorador sobre la cumbre del monte. Moisés entró dentro de la nube y subió al monte.
Y permaneció Moisés en el monte cuarenta días y cuaren- ta noches" (Ex 24,15-8).
Entonces Yahveh entregó a Moisés las tablas con las Diez Palabras, que Yahveh había
escrito (Ex 24,12):
Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto. No habrá para ti otros dioses
delante de mí. No te harás imagen... Ni te postrarás ante ellas ni les darás culto, pues yo soy
un Dios celoso.
3
Targum del Cantar 1,11.

56
No tomarás en falso el nombre de Yahveh tu Dios. Recuerda el día del sábado para santificarlo.
Honra a tu padre y a tu madre, No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás
testimonio falso contra tu hermano. No codiciarás la casa, la mujer..., de tu prójimo" (Ex 20).
La primera palabra del Decálogo es el "Yo" de Dios que se dirige al "tú" del
hombre. El creyente, que acepta el Decálogo, no obedece a una ley abstracta e
impersonal, sino a una persona viviente, conocida, cerca- na, a Dios, que se presenta a
sí mismo como "Yahveh, Dios misericordio- so y clemente, tardo a la cólera y rico en
amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, la
rebeldía y el pecado, pero no los deja impunes" (Ex 34,6-7):
La primera de las Diez Palabras recuerda el amor primero de Dios hacia su pueblo... Los
mandamientos propiamente dichos vienen en segundo lugar...La existencia moral es respuesta
a la iniciativa amorosa del Se- ñor... La Alianza y el diálogo entre Dios y el hombre... se
enuncian en primera persona ("Yo soy el Señor") y se dirigen a otro sujeto ("tú"). En todos los
mandamientos de Dios hay un pronombre personal en singular que designa al destinatario. Al
mismo tiempo que a todo el pueblo, Dios da a conocer su voluntad a cada uno en particular.4
La razón por la que aceptamos los mandamientos de Dios, no es para salvarnos,
sino porque ya hemos sido salvados por El. El Decálogo es la expresión de la alianza
del hombre salvado con el Dios salvador. La salvación de Dios es totalmente gratuita,
precede a la acción del hombre. El Decálogo, que señala la respuesta del hombre a la
acción de Dios, no es la condición para obtener la salvación, sino la consecuencia de la
sal- vación ya obtenida. No se vive el Decálogo para que Dios se nos muestre benigno,
sino porque ya ha sido misericordioso. Esta experiencia primor- dial del amor de Dios
lleva al hombre a una respuesta de "fe que actúa en el amor" (Ga 5,6). Esta fe se hace
fructífera, produciendo "los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad,
bondad, fidelidad, man- sedumbre, dominio de sí" (Ga 5,22-23).
La conclusión de la alianza tiene su rito y su memorial. Según Ex 24, la
conclusión de la alianza tuvo lugar en una celebración litúrgica. Hay dos cosas
importantes en toda la ceremonia: 1) de la sangre (propiedad exclusiva de Dios) se
ofrece sólo la mitad a Yahveh, presentándola sobre el altar, mientras que, con la otra
mitad, se rocía al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que Yahveh ha
hecho con vosotros, según to- das estas palabras; 2) antes de que se rociara al pueblo,
es decir, en me- dio de la liturgia de la alianza, Moisés tomó el libro de la alianza y lo
leyó ante el pueblo, que respondió: "Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho
Yahveh". La "liturgia de la palabra", con la palabra del Dios de la
4
Cat.Ig.Cat., nn.2061-2063.

57
alianza y la respuesta del pueblo, da a la alianza una relación comunitaria
profundamente personal. Y mediante la acción de rociar a la comunidad con la sangre
de la alianza, que pertenece a Dios, Dios mismo la declara alianza de sangre, esto es,
el lazo más estrecho e indisoluble mediante el cual Dios se puede unir con los
hombres.
En el Sinaí, el pueblo liberado por Dios hizo alianza con El. Yahveh otorga su
alianza al pueblo, que la acepta con su fe (Ex 14,31). Dios, que ha hecho a Israel
objeto de su elección y depositario de una promesa, le revela su designio de alianza:
"Si escucháis mi voz y observáis mi alianza, seréis mi propiedad entre todos los
pueblos; porque mía es toda la tierra, pero vosotros seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación consa- grada" (Ex 19,5s). Yahveh, en la fórmula de la alianza
del Sinaí, se pre- senta así: "Yo soy Yahveh, tu Dios, que te he sacado de Egipto, de la
ca- sa de esclavitud". Yo soy el que está contigo, salvándote. En mi actuar salvador me
conocerás siempre. En la plenitud de los tiempos, en la reve- lación plena de Dios a los
hombres, el nombre de Dios es JESÚS: "Yah- veh salva". Este es "el nombre sobre
todo nombre" (Flp 2,10).
e) Moisés, intercesor por el pueblo
Cuarenta días pasó Moisés en la montaña escrutando las palabras de la Ley e
investigando sus letras, y al cabo de cuarenta días cogió la Ley, bajó con ella y la
entregó en herencia a Israel como estatuto perpe- tuo, según está escrito: "Será para
vosotros como estatuto perpetuo" (Lv 16,34). Moisés cogió las tablas y descendía con
alegría desbordante. Pe- ro cuando vio la ofensa que los israelitas habían cometido,
fabricando el becerro de oro, pensó: ¿Cómo voy a darles las tablas de la Ley, que les
condenarían a muerte, pues en ellas está escrito: "No tendrás otros dio- ses frente a
mí" (Ex 20,3)?.
Entonces dijo el Señor a Moisés: Moisés, los israelitas han olvidado la fuerza
poderosa que yo desplegué en su favor en Egipto y en el mar de las algas, y se han
hecho un culto extranjero. Anda, baja de tu grandeza. Yo te he dado la grandeza por
causa de Israel, pero ahora que Israel ha pecado, ¿para qué me sirves tú? Anda, pues,
baja, que se ha pervertido tu pueblo (Ex 32,7). Moisés le replicó: Señor del mundo,
hasta que no pe- caron en tu presencia, les llamabas "mi pueblo" (Ex 7,4), y ahora, que
han pecado en tu presencia, me dices: "baja, que se ha pervertido tu pueblo". Ellos
siguen siendo tu pueblo y tu heredad, tu pueblo y no mi pueblo, co- mo está escrito:
"Son sin embargo, tu pueblo y tu heredad" (Dt 9,29).
Y, cuando Moisés bajaba con las dos tablas de piedra, a causa del pecado de
Israel sus manos se hicieron pesadas y se le cayeron las ta- blas y se rompieron.5
Pues cuando Moisés cogió las tablas y empezó a bajar, las palabras escritas en las
tablas sostenían las tablas y al mismo Moisés. Pero cuando las palabras vieron los
tambores y las danzas en torno al becerro, las palabras escritas huyeron y volaron de
las tablas.
5
Targum del Cantar 1,14.

58
Estas entonces quedaron con todo su peso en las manos de Moisés y Moisés ya no
pudo sostenerse a sí mismo y, mucho menos, sostener el peso de las tablas; las arrojó
de sus manos y se rompieron, como está escrito: "Y las rompió al pie del monte" (Ex
32,19). Moisés dijo a Aarón: ¿Qué has hecho con este pueblo? Lo has dejado suelto,
como a mujer a quien se le sueltan los cabellos en razón del adulterio.
Luego, al ver Moisés que la tribu de Leví no había tenido parte con los otros, se
armó de valor, agarró el becerro, lo quemó en el fuego, lo molió como arena, lo
espolvoreó en el agua y la dio a beber a Israel. A todos los que de corazón habían
besado al becerro, los labios se les dora- ron, y la tribu de Leví los fue matando hasta
que cayeron unos tres mil hombres de Israel (Ex 32,28).
El pueblo había respondido a Dios en el Sinaí: "Haremos todo cuanto ha dicho
Yahveh" (Ex 9,8). Pero, muy pronto, experimentó su in- capacidad y, a consecuencia
de la infidelidad de Israel (Jr 22,9), la alianza quedó rota (Jr 31,32), como un
matrimonio que se deshace a causa de los adulterios de la esposa (Os 2,4;Ez 16,15-
43). A pesar de ello, el designio de alianza revelado por Dios subsiste invariable (Jr
31,35ss;33,20s). Habrá, pues, una alianza nueva. Oseas la evoca bajo los rasgos de
nue- vos esponsales, que darán a la esposa como dote amor, justicia, fidelidad,
conocimiento de Dios y paz con la creación entera (Os 2,20-24). Jeremías precisa que
será cambiado el corazón humano, puesto que se escribirá en él la ley de la alianza
(31,33s;32,37-41). Ezequiel anuncia la conclu- sión de una alianza eterna, una alianza
de paz (6,26), que renovará la del Sinaí (16,60) y comportará el cambio del corazón y el
don del Espíritu di- vino (36,26ss). Esta alianza adopta los rasgos de las nupcias de
Yahveh y la nueva Jerusalén (Is 54). Alianza inquebrantable, cuyo artífice es «el
siervo», al que Dios constituye «como alianza del pueblo y luz de las na- ciones» (Is
42,6;49,6ss).
f) Moisés y Cristo
La teofanía de Pentecostés, con el don del Espíritu y los signos que lo
acompañan, viento y fuego, será la culminación plena de la teofan- ía del Sinaí.
Partiendo de la tipología "Moisés-Cristo", aparece una clara vinculación entre la
teofanía del Sinaí y la nueva Alianza con la efusión del Espíritu Santo en la fiesta
cristiana de Pentecostés. En esta fiesta, la comunidad cristiana celebra la ascensión de
Cristo, nuevo Moisés, a la gloria del Padre y el don del Espíritu Santo a los creyentes.
La ley de la alianza y el Espíritu, ley interior de la nueva alianza, son las manifestacio-
nes de la economía de salvación en los dos Testamentos.
El origen de la Iglesia, nuevo Israel en el Espíritu, es el misterio de Pentecostés.
Cristo, esposo divino, hace a la Iglesia, su esposa, el gran don de su Espíritu. En
efecto, «terminada la obra que el Padre había en- comendado al Hijo realizar en la
tierra (Jn 17,4), fue enviado el Espíritu Santo, el día de Pentecostés, para que
santificara constantemente a la Iglesia» (LG 4). El Espíritu Santo actualiza, realiza,
interioriza en nosotros
59
la obra salvadora de Cristo. El Espíritu de Cristo funda la Iglesia en cuanto comunidad
que continúa la obra salvadora de Cristo. La Iglesia es el pue- blo de Dios, modelado
conforme al Cristo crucificado y resucitado, me- diante la operación constante del
Espíritu Santo (2Cor 3,18).
En Cristo, la ley cede el puesto al Espíritu. El Espíritu es la nueva ley: «No estáis
bajo la ley, sino en la gracia» (Rm 6,4), entendiendo por gracia la presencia del Espíritu
en nosotros, «pues si os dejáis conducir por el Espíritu, no estáis bajo la ley» (Ga 5,18).
Sólo El puede dar al hom- bre una mentalidad cristiana, darle los sentimientos del
Padre y del Hijo. Antes de nada, es necesario que el cristiano se atreva a llamar al Dios
todo santo «Padre»; que tenga la convicción íntima de ser hijo. Esto sólo se lo puede
dar el Espíritu: «En efecto, cuantos son guiados por el Espíri- tu de Dios, esos son hijos
de Dios. Porque no recibisteis el espíritu de es- clavos para recaer de nuevo en el
temor, sino que recibisteis el Espíritu de hijo de adopción que nos hace clamar: ¡Abba!
¡Padre!. El mismo espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu que somos
hijos de Dios» (Rm 8,14-16). El Espíritu Santo, hablando al corazón del cristiano, le da
testimonio y le persuade de su auténtica filiación divina. El cristiano, re- generado por el
Espíritu, vive según el Espíritu. De este modo queda es- tablecida la nueva alianza
anunciada por el profeta Jeremías: «Pondré mi ley en el fondo de su ser y la escribiré
en sus corazones» (31,31-34). "La ley nos fue dada por Moisés, la gracia y la verdad
nos han venido por Je- sucristo" (Jn 1,17).
En Jesús, el siervo de Dios, se cumplirán las esperanzas de los profetas. En la
última cena, antes de ser entregado a la muerte, tomando el cáliz lo da a sus
discípulos, diciendo: «Esta es mi sangre, la sangre de la alianza, que será derramada
por la multitud» (Mc 14,24p) La sangre de los animales del Sinaí (Ex 24,8) se sustituye
por la sangre de Cristo, que realiza eficazmente la alianza definitiva entre Dios y los
hombres (Hb 9,11ss). Gracias a la sangre de Jesús será cambiado el corazón del hom-
bre y le será dado el Espíritu de Dios. La nueva alianza se consumará en las nupcias
del Cordero y la Iglesia, su esposa (Apo 21,2.9).
60
2. AARÓN
Moisés, el gran profeta de Israel, es la boca de Dios (Ex 4,15); habla al pueblo
en su nombre. Pero Moisés es torpe de palabra y Dios le da como boca a su hermano
Aarón: "Aarón, tu hermano, habla bien. El viene a tu encuentro. Yo estaré en tu boca y
en la suya. El hablará al pueblo en tu nombre, él será tu boca" (Ex 4,14s). Al mismo
tiempo Dios dice a Aarón: "Sal al desierto a recibir a Moisés". Aarón lo encontró en el
monte de Dios y lo besó. Moisés contó a Aarón todas las cosas que el Señor le había
encomendado. Ambos fueron y reunieron a los ancianos de Israel. Aarón repitió todo lo
que el Señor había dicho a Moisés. Des- pués juntos se presentaron al Faraón para
pedirle que dejara salir a Israel para dar culto a Dios en el desierto.
Aarón, el levita, sostiene a su hermano Moisés en su misión en Egipto y en el
camino hacia la tierra prometida. Aarón, junto con Jur, sos- tendrá en alto los brazos de
Moisés en su oración durante la batalla con- tra Amalec, el perenne enemigo de Israel
(Ex 17,10-13). Con Moisés sube Aarón al Sinaí donde es admitido a "ver a Dios". Más
tarde, una vez cons- truido el Santuario, Aarón es ungido Sumo Sacerdote (Ex 29,1-
30), inau- gurando el sacerdocio. Dios mismo confirma esta elección de Aarón (Nm 16),
haciendo florecer la vara de Aarón, conservada en el Arca junto con el maná y las
tablas de la Alianza (Hb 9,4).
Asociado a Moisés, Aarón es partícipe de la palabra de Dios y de las rebeliones
del pueblo. Pero Aarón cargó con dos pecados: hizo al pueblo el becerro de oro: "En la
asamblea del desierto fue Moisés el me- diador entre el ángel que le hablaba en el
monte Sinaí y nuestros padres, y recibió las palabras de vida para transmitírnoslas.
Pero nuestros padres no quisieron escucharlo, lo rechazaron; quisieron volver a Egipto
y dijeron a Aarón: Haznos dioses que abran la marcha, pues aquel Moisés que nos
sacó de Egipto no sabemos qué ha sido de él" (He 7,38s). Y, en segundo lugar, se unió
a su hermana Miryam en las murmuraciones con- tra Moisés, provocando la ira del
Señor (Nm 12,1-15).
Aarón es también asociado a Moisés en una común incredulidad en Meribá. La
comunidad de los israelitas llegó al desierto de Sin y se instaló en Cadés. Faltó agua al
pueblo y se amotinaron contra Moisés y Aarón, diciéndoles: "¿Por qué nos habéis
traído a este desierto, para que mura- mos en él nosotros y nuestros ganados?".
Moisés y Aarón se apartaron de la comunidad y se dirigieron a la entrada de la Tienda
de la reunión, y delante de ella se echaron rostro en tierra. La gloria del Señor se les
apa- reció, y el Señor dijo a Moisés: "Coge el bastón, reúne a la asamblea tú con tu
hermano Aarón, y en presencia de ellos ordenad a la roca que dé agua. Sacarás agua
de la roca para darles de beber a ellos y a sus gana- dos". Moisés, ayudado por Aarón,
reunió la asamblea delante de la roca y les dijo: "Escuchad, rebeldes: ¿Creéis que
podamos sacaros agua de esta roca?". Moisés alzó la mano y golpeó la roca con el
bastón dos veces y brotó agua tan abundante que bebió toda la gente y los ganados.
Pero el Señor dijo a Moisés y a Aarón: "Por no haberme creído, por no haber re-
61
conocido mi santidad en presencia de los israelitas, no haréis entrar a es- ta comunidad
en la tierra que les voy a dar" (Cfr Nm 20,1-13;Ex 17,1-7).
Aarón, como Moisés, morirá sin entrar en la tierra prometida. Pero Aarón será
siempre recordado como Sumo Sacerdote: "Dios consagró a Aarón, le concedió el
sacerdocio del pueblo; le revistió con un manto de gala, le vistió ornamentos preciosos.
No hubo semejante a él. Su ofrenda se quema totalmente, dos veces al día, sin faltar.
Moisés mismo lo con- sagró ungiéndolo con óleo sagrado, le dio una alianza perpetua.
Lo esco- gió entre todos para ofrecer holocaustos, quemar aroma que aplaca, para
expiar por los hijos de Israel" (Si 45,6ss). Como Sumo Sacerdote, Aarón es el
intercesor admirable que salva al pueblo de la cólera divina: "Tam- bién a los justos les
alcanzó la prueba de la muerte y en el desierto tuvo lugar una gran matanza, pero no
duró mucho la cólera (del Señor), porque un varón intachable (Aarón) se lanzó en su
defensa, manejando las armas de su ministerio: la oración y el incienso expiatorio; hizo
frente a la cólera y puso fin a la catástrofe, demostrando ser ministro tuyo (del Señor);
ven- ció la indignación, no con la fuerza de su cuerpo ni con el poder de las armas, sino
que venció con la palabra, recordándole al Señor las alianzas y promesas hechas a los
Padres" (Sb 18,20ss).
Aarón es figura de Cristo, quien no se arrogó la función de Sumo Sacerdote,
sino que fue "como Aarón llamado por Dios" (Hb 5,5). La carta a los Hebreos nos
presenta a Cristo como sacerdote misericordioso, que lleva a plenitud el sacerdocio y la
intercesión de Aarón:
Teniendo tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos, Jesús el Hijo de Dios, mantengamos
firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda
compadecerse de nuestras flaquezas, pues ha sido probado en todo igual que nosotros,
excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de la gracia, a fin de
al- canzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna. Porque todo Sumo Sacerdote
es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a
Dios para ofrecer dones y sacrifi- cios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los
ignorantes y ex- traviados, por estar también él envuelto en flaqueza. De igual manera también
Cristo, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y
lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente y, aún
siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se con-
virtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen (5,14ss).
La primera Alianza tenía sus ritos litúrgicos y su santuario terreno... Pero presentóse Cristo
como Sumo Sacerdote de los bienes futuros, a través de una Tienda mayor y más perfecta, no
hecha por mano de hombre. Y penetró en el santuario una vez para siempre, no con sangre de
machos cabríos ni de novillos, sino con su propia sangre, consiguiendo una re- dención eterna.
Por eso es mediador de una nueva Alianza (Hb 9,1ss).
Cristo, ascendido al Santuario del cielo, es nuestro Sumo Sacerdo- te, que
mostrando al Padre sus llagas gloriosas intercede constantemente
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por nosotros: "Si alguno peca, tenemos a uno que aboga ante el Padre, a Jesucristo, el
Justo. El es víctima de propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros,
sino también por los del mundo entero" (1Jn 2,1- 2).
3. JOSUÉ
La salvación de Israel, comenzada por Moisés, la lleva a término Josué, que
recoge su espíritu e introduce al pueblo en la tierra prometida. Josué, como dice su
nombre, es Jesús, el Salvador, que no ha "venido a abolir la Ley, sino a darla
cumplimiento" (Mt 5,17). "Porque la Ley fue da- da por medio de Moisés; la gracia y la
verdad nos han llegado por Jesu- cristo" (Jn 1,17).
La misión de Josué es esencial en la historia de la salvación. Con Aarón, Josué
es el fiel ayudante de Moisés. En el camino hacia el Sinaí se interpone Amalec, el
enemigo declarado del pueblo de Dios (Ex 17,9ss). Moisés llama a Josué y le dice:
"Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y al amanecer ataca a Amalec. Yo
estaré de pie en la cima del monte con el bastón de Dios en la mano". Josué hizo lo
que le dijo Moisés y atacó a los amalecitas, mientras Moisés, con Aarón y Jur, subía a
la ci- ma del monte. Mientras Moisés tiene los brazos en alto, Josué vence; cuando los
baja, se impone Amalec. Al atardecer es derrotado Amalec. El Señor dijo a Moisés:
"Escríbelo en un libro de memorias y leéselo a Jo- sué: Borraré la memoria de Amalec
bajo el cielo". El Señor estará en guerra con Amalec de generación en generación
hasta que llegue el nue- vo Josué, Jesús. Jesús, al atardecer, con los brazos en alto,
clavados en la cruz, Moisés y Josué juntos en él, vence definitivamente al enemigo del
pueblo de Dios.
Sólo Josué subirá con Moisés al monte de Dios, entrando con él en la nube de la
gloria de Dios (Ex 24,13). Luego Moisés levantó la tienda de Dios, que llamó Tienda de
la reunión. En ella el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre
con un amigo. Después salía y se volvía al campamento, mientras que Josué, su joven
ayudante, no se apartaba de la Tienda (Ex 33,11). Muerto Moisés, Dios hablará con
Josué, diciéndole: "Lo mismo que estuve con Moisés estaré contigo. No te dejaré ni te
abandonaré. Tú vas a dar a este pueblo la posesión del país que juré a sus padres.
Yahveh, tu Dios, estará contigo dondequiera que vayas" (Jos 1,1ss).
Siguiendo a Moisés, sin apartarse de la Tienda de Dios, Josué al- canzó la
fidelidad profunda que se manifestará en la exploración de la tie- rra de Canaán. De los
doce exploradores sólo Caleb y Josué supieron ver en la tierra el don que Dios había
dispuesto para su pueblo. Mientras los otros desacreditan a la tierra, Caleb y Josué la
exaltan ante la asamblea de Israel: "La tierra que hemos recorrido en exploración es
una tierra ex- celente. Si Yahveh nos es favorable nos hará entrar en ella y nos la dará.
Es una tierra que mana leche y miel. El Señor ha retirado de ellos su sombra
protectora, mientras que está con nosotros. ¡No tengáis miedo!"
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(Nm 13,1ss). Caleb y Josué serán los únicos salidos de Egipto que en- trarán en la
tierra. Y con ellos la nueva generación, nacida en el desierto, según la palabra del
Señor: "A vuestros niños, de quienes dijisteis que caerían cautivos, los haré entrar para
que conozcan la tierra que vosotros habéis despreciado" (Nm 14,30-31).
Elegido por Dios para suceder a Moisés como guía y jefe de Israel, Josué es
investido del Espíritu de Dios cuando Moisés le impone las ma- nos. El Señor dijo a
Moisés: "Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu e impón la mano
sobre él". Moisés dijo a Josué en presen- cia de todo el pueblo: "Sé fuerte y valiente,
porque tú has de introducir a este pueblo en la tierra que el Señor, tu Dios, prometió dar
a tus padres. Y tú les repartirás la heredad. El Señor avanzará ante ti. El estará contigo,
no te dejará ni abandonará. No temas ni te acobardes" (Dt 31,7ss). Y Dios confirmó la
palabra de su profeta Moisés: "Sé fuerte y valiente, que tú has de introducir a los
israelitas en la tierra que he prometido. Yo estaré conti- go" (Dt 31,23).
Así, muerto Moisés, Josué es puesto al frente del pueblo. El les introduce en la
tierra prometida, haciéndoles cruzar el Jordán (Jos 3). El hecho de ser Josué y no
Moisés quien introduzca al pueblo en la tierra da a entender que las promesas de Dios
no serían completa realidad bajo la ley sino en Jesucristo. La persona de Josué y la
tierra donde introduce al pueblo eran figura de Jesús, el verdadero Salvador, quien
cruzando las aguas del Jordán, símbolo del bautismo, nos abre el acceso a Dios, intro-
duciéndonos en la verdadera Tierra Prometida.
Josué dirige la conquista de la tierra, pero más que de conquistarla se trata de
recibir el don de la conquista. Josué sólo es el representante del jefe celestial. Por
encima de Moisés y de Josué se alza Dios, el verda- dero protagonista de la historia.
La tierra, donde Josué introduce al pue- blo, es promesa de Dios, es decir, era palabra
de Dios antes de convertir- se en hecho. Y será un hecho en virtud de la palabra. El
valor de Josué es ante todo confianza en Dios más que valentía militar. Lo que hace es
se- guir los caminos que le abre el Señor. La victoria de sus batallas están garantizadas
por la promesa de Dios. Cuando Dios haya cumplido su promesa, el pueblo profesará
de nuevo su fe en Dios renovando la alian- za. La renovación de la alianza (Jos 24)
enlaza con la celebración de la alianza en el Sinaí. En la tierra prometida es el pueblo
de Dios.
La conquista de la tierra no es fruto de las armas, sino don de Dios. Las murallas
de Jericó se desploman gracias a la procesión de antorchas del pueblo, precedida por
el Arca del Señor (Jos 6). Cuando los cinco re- yes amorreos se alían para enfrentarse
a Israel, el Señor dijo a Josué: "No les tengas miedo, que yo te los entrego, ni uno de
ellos podrá resistir- te". Para ello el Señor lanzó desde el cielo un fuerte pedrisco,
muriendo más enemigos por los granizos que por la espada de los israelitas. Para
acabar con ellos del todo el Señor alargará el día deteniendo el sol, "por- que el Señor
luchaba por Israel" (Jos 10).
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Los sabios de Israel recordarán con admiración las proezas de Jo- sué: "Valiente
fue Josué, hijo de Nun, sucesor de Moisés como profeta. El fue, de acuerdo con su
nombre, grande para salvar a los elegidos del Se- ñor, para tomar venganza de los
enemigos e introducir a Israel en su heredad" (Si 46,1ss). Y, sin embargo, Josué, el
primer Jesús, no era más que una figura del otro Jesús, que había de venir para salvar
a los elegi- dos de Dios de la esclavitud del pecado y de la muerte y llevarles al ver-
dadero reposo del octavo día: "Porque si Josué les hubiera proporcionado el descanso,
no habría hablado Dios más tarde de otro día. Por tanto es claro que queda un
descanso sabático para el pueblo de Dios" (Hb 4,8-9). Es el descanso de la patria
celeste, tierra prometida en herencia a los mansos (Mt 5,4), donde mana leche y miel,
la comunión plena con Dios.
IV. JUECES
Los Jueces, que prolongan la acción de Moisés y Josué, son per- sonas elegidas
por Dios para una misión de salvación de su pueblo. Para ello Dios les reviste de un
carisma especial, no sólo para administrar la justicia, sino para gobernar a Israel. El
libro de los Jueces, que recoge sus historias, menciona a Otniel, Ehud, Barac y Débora,
Gedeón, Abimélec, Jefté..., Sansón, hasta llegar al número doce, símbolo de todo
Israel. El último de los jueces es Samuel, cuya historia llena los dos libros de su
nombre, donde se narra el paso a la monarquía. Me limito a presentar a tres de ellos. El
esquema, que hace de este tiempo una figura para los creyentes, se repite
constantemente: Los israelitas han sido infieles a Dios. El les entrega en manos de sus
enemigos, lo que les hace tomar conciencia de su infidelidad e implorar el auxilio de
Dios, que suscita un juez como salvador (Ju 2,11-19;10,6-16).
Si la época de Josué es el período de la fidelidad de Israel, la de los jueces es el
tiempo de la infidelidad: "Mientras vivió Josué y los ancia- nos que le sobrevivieron y
que habían visto los prodigios del Señor en favor de Israel, los israelitas sirvieron al
Señor. Pero murió Josué y toda su generación. Les siguió otra generación que no
conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel. Entonces los israelitas hicieron lo
que el Se- ñor reprueba: dieron culto a los ídolos, abandonaron al Señor, Dios de sus
padres, que los había sacado de Egipto, y se fueron tras otros dioses, dioses de las
naciones vecinas, y los adoraron, irritando al Señor, que se encolerizó contra Israel: los
entregó a las bandas de los enemigos de al- rededor, hasta llegar a una situación
desesperada. Entonces el Señor suscitaba jueces, que les libraban de los enemigos"
(Ju 2,7ss). La instala- ción corrompe siempre. El pueblo se entrega a los dioses locales,
ponien- do en ellos su seguridad y olvidando a Dios, que le ha dado la prosperi- dad.
Sólo volviendo a situarse en la precariedad, volviendo a la situación de esclavitud de
los padres en Egipto, se vuelve al Dios salvador, que in- terviene suscitando los
Jueces. Dios es quien salva a su pueblo suscitan- do a un hombre que realiza
concretamente esa salvación (Ju 3,9;6,36- 37;7,7;10,13).
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1. GEDEÓN
El primer Juez, cuyas gestas recoge el libro de los Jueces, es Ot- niel. El Espíritu
del Señor vino sobre él y salvó a Israel de las manos de Edom. Tras cuarenta años de
paz, Israel se olvidó de Dios y cayó bajo el poder de Moab hasta que Dios les salvó con
el puñal del zurdo Ehud. Si- guen después los jueces Sangar, Débora y Baraq, con los
que llegamos a Gedeón, cuya historia es la más fascinante de este período.
"Los israelitas hicieron lo que el Señor reprueba, y el Señor los en- tregó a
Madián por siete años" (Ju 6). La instalación del largo período de paz ha llevado al
pueblo a olvidarse de Dios o al sincretismo religioso, mezclando el culto al Dios
verdadero con el culto a los Baales, dioses locales. Entonces Dios les entregó a
Madián. Los madianitas se infiltran en los dominios israelitas en busca de pastos y
comida. Nómadas ague- rridos y sin escrúpulos obligan a los israelitas a refugiarse en
las cuevas de los montes. Los madianitas asolan el país, destruyendo los sembrados y
los ganados, sin dejar nada con vida en Israel. Llegaban en sus incur- siones
numerosos como langostas; sus camellos eran incontables como la arena de la playa.
Ante la situación desesperada, los israelitas gritan a Dios, que les dice: "Yo os hice
subir de Egipto, os saqué de la esclavitud, os libré de todos vuestros opresores y os
dije: Yo soy el Señor, Dios vues- tro, no adoréis a los dioses de los amorreos, en cuyo
país vais a vivir. Pe- ro no me habéis obedecido".
Sin embargo, el Señor, ante el grito de su pueblo, interviene para salvarlo. El se
mantiene fiel a la alianza aunque el pueblo sea infiel (2Tim 2,13). Manda a su ángel a la
era donde Gedeón está trillando el trigo. El ángel le saluda: "El Señor está contigo,
valiente". Gedeón le replica: "Perdón; si el Señor está con nosotros, ¿por qué nos ha
venido encima todo esto? ¿Dónde han quedado aquellos prodigios que nos contaban
nuestros padres? La verdad es que ahora nos ha desamparado y nos ha entregado a
los madianitas". El Señor se volvió a él y le dijo: "Ve y con tus propias fuerzas salva a
Israel de los madianitas. Yo te envío". Gedeón contestó: "Perdón, ¿cómo puedo yo
salvar a Israel? Mi familia es la menor de Manasés y yo soy el más pequeño de la casa
de mi padre". El Señor le respondió: "Yo estaré contigo y derrotarás a los madianitas".
Pero Ge- deón, hombre de campo, no se fía a la primera y pide una señal: "Si real-
mente vas a salvar a Israel por mi medio, mira, voy a extender en la era un vellón de
lana; si cae el rocío sobre el vellón mientras todo el suelo queda seco, me convenceré
de que vas a salvar a Israel por mi medio". Así lo hizo el Señor. Pero Gedeón aún pidió
al Señor que confirmara el signo al revés: "No te enfades conmigo si te hago otra
petición; que sólo el vellón quede seco y, en cambio, caiga rocío sobre el suelo". Y así
lo hizo el Señor.
Diversos hechos milagrosos de la Escritura, como el de la zarza ardiente, que
arde y no se consume (Ex 3), el vellón de Gedeón sobre el que cae el rocío
milagrosamente (Ju 6,36-40), el bastón de Aarón que florece (Nm 17,16-26)... revelan
cómo el contacto con Dios renueva y
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transfigura la creación, superando las leyes naturales, que rigen el mundo caído por el
pecado. Estos hechos son signos de la renovación escatoló- gica de toda la creación.
En un ambiente seco como el de Palestina, el rocío es signo de bendición (Gén
27,28), es un don divino precioso (Job 38,28;Dt 33,13), símbolo del amor divino (Os
14,6) y señal de fraternidad entre los hom- bres (Sal 133,3); es, igualmente, principio de
resurrección, como canta Isaías: "Revivirán tus muertos, tus cadáveres revivirán,
despertarán y darán gritos de júbilo los moradores del polvo; porque rocío luminoso es
tu rocío, y la tierra echará de su seno las sombras" (Is 26,19). Es fácil, pues, establecer
el paralelismo entre el vellón y el rocío, por un lado, y, por otro, el seno de María
fecundado por el Espíritu Santo y transformado en prin- cipio de vida divina. El vellón
es el seno de María en el que cae el rocío divino del Espíritu Santo que engendra a
Cristo. La liturgia sirio-maronita canta: "Oh Cristo, Verbo del Padre, tú has descendido
como lluvia sobre el campo de la Virgen y, como grano de trigo perfecto, has aparecido
allí donde ningún sembrador había jamás sembrado y te has convertido en alimento del
mundo... Nosotros te glorificamos, Virgen Madre de Dios, vellón que absorbió el rocío
celestial, campo de trigo bendecido para sa- ciar el hambre del mundo". Orígenes verá
también en la repetición del signo cómo el rocío de Dios empapó primero sólo al pueblo
de Dios y lue- go a toda la tierra.
Convencido de la elección divina, el espíritu del Señor revistió a Gedeón, "lo
envolvió como un manto". Con el espíritu de Dios, Gedeón reunió a su gente y acampó
frente al campamento de Madián. El Señor le dijo: "Llevas demasiada gente para que
yo os entregue Madián. Si lo ven- ces así Israel podrá decir: Mi mano me ha dado la
victoria. Despide a todo el que tenga miedo". Se quedaron mil. Aun le parecieron
muchos al Se- ñor, que dijo a Gedeón: "Todavía es demasiada gente. Hazles bajar al
río. Los que beban el agua con la lengua, llevándose el agua a la boca con la mano,
ponlos a un lado; los que se arrodillen, ponlos a otro". Los que be- bieron sin
arrodillarse fueron trescientos. El Señor dijo: "Con esos os voy a salvar, entregando a
Madián en vuestro poder".
Gedeón dividió a los trescientos hombres en tres cuerpos y entregó a cada
soldado una trompeta, un cántaro vacío y una antorcha en el cántaro. Luego les dijo:
"Fijaos en mí y haced lo mismo que yo. Al acer- carme al campamento madianita, yo
tocaré la trompeta y conmigo los de mi grupo; entonces también vosotros la tocáis en
torno al campamento y gritáis: ¡El Señor y Gedeón!". Al relevo de la media noche,
Gedeón, y sus cien hombres, llegó al campamento y rompió el cántaro que llevaba en
la mano. Entonces los tres grupos tocaron la trompeta y rompieron los cántaros. Con
las antorchas en la mano izquierda y las trompetas en la derecha, comenzaron a gritar:
¡El Señor y Gedeón!
El estruendo de los cántaros rotos, de las trompetas y los gritos sembró el
pánico en el campamento madianita. Los madianitas comenza- ron a huir, presa del
terror, hiriéndose unos a otros. Así el Señor les en-
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tregó en manos de Gedeón, que les persiguió y derrotó. Madián quedó sometido a los
israelitas y ya no levantó cabeza. Con ello Israel estuvo en paz los cuarenta años que
aún vivió Gedeón.
Gedeón es figura de todo elegido de Dios para una misión. Dios llama al hombre
y le confía una misión. El hombre se siente impotente y se resiste. Dios le promete su
ayuda, dándole un signo de cuanto prome- te. Y Dios lleva a cabo con la debilidad
humana su actuación salvadora. Dios elige lo débil del mundo para confundir a los
fuertes. Derriba del tro- no a los potentes y exalta a los humildes. Gedeón triunfa contra
Madián con una tropa reducida a la mínima expresión para que toda la gloria sea
atribuida a Dios y no a la fuerza humana. La victoria sobre el enemigo no es fruto de la
fuerza, sino de la fe en Dios, que está con su pueblo. En el comienzo del Evangelio se
nos anuncia: "He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, al que será dado el
nombre de Emmanuel: Dios-con- nosotros" (Mt 1,23).
2. SANSÓN
A Gedeón siguen, como Jueces, su hijo Abimelec, Tolá, Yaír, Jefté, Ibsán, Elón,
Abdón y Sansón, introducido con la fórmula clásica: "Los is- raelitas volvieron a hacer lo
que el Señor reprueba y el Señor los entregó, esta vez, a los filisteos durante cuarenta
años" (Ju 13). Entonces Dios suscita a Sansón para salvar a su pueblo. Con Sansón
concluye el libro de los Jueces.
Sansón es un personaje aparte y singular. Su historia es diferente de la de los
otros jueces. Es fuerte como un gigante y débil como un niño; seduce a las mujeres y
éstas le engañan; odia a los filisteos, pero se enamora de las filisteas. Con sus
genialidades se ha granjeado la estima del pueblo, que admira su fuerza, habilidad y
valor, sonriendo ante sus excentricidades, aventuras amorosas y las tretas que juega a
sus adver- sarios, los filisteos. Es el héroe popular por excelencia, cuyas gestas han
corrido de boca en boca a lo largo de la historia. Pero su significado se lo debe a Dios.
Su fuerza es de origen divino, debida a la irrupción del espí- ritu de Dios sobre él (Ju
13,25;14,6.9...). Sansón es un nazir, es decir, un consagrado a Dios. Durante toda su
vida, para llevar a cabo su misión salvadora, debía conservar intacta su cabellera, no
tocar nada inmundo y abstenerse de toda bebida alcohólica. A esta consagración
externa co- rrespondió Dios con un carisma singular, dándole una fuerza extraordina-
ria. A pesar de su conducta poco recomendable, Sansón es un testimonio viviente del
Dios salvador de su pueblo. En él brilla la bondad gratuita de Dios en favor de sus
elegidos.
Los israelitas están sometidos a los filisteos. Y el Señor envía su ángel a la
mujer de Manóaj, que era estéril. El ángel se le aparece y le anuncia: "Eres estéril y no
has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo. No pasará la navaja sobre su
cabeza, porque el niño estará con- sagrado a Dios desde antes de nacer. El empezará
a salvar a Israel de los filisteos". La mujer se lo cuenta a su marido, quien oró al Señor,
pidiendo
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que confirmara su anuncio con un nuevo envío de su ángel. Y la segunda vez también
el esposo asiste a la aparición del ángel. Cuando se da cuen- ta que ha estado en
presencia del ángel le invade el temor y dice a su mu- jer: "¡Vamos a morir, porque
hemos visto a Dios!". Su mujer le replicó: "Si el Señor hubiera querido matarnos, no nos
habría comunicado una cosa así". La palabra del Señor se cumplió y la mujer de
Manóaj dio a luz un hijo y le puso de nombre Sansón. El niño creció y el Señor lo
bendijo con el don de su espíritu.
Con su fuerza extraordinaria, Sansón lo mismo descuartiza a un león que a
treinta filisteos, a quienes provoca casándose con una mucha- cha filistea, con los
acertijos que les pone o quemando las mieses de sus campos, las viñas y olivares con
trescientas zorras, a las que ata de dos en dos, cola con cola, poniendo entre ambas
colas una tea encendida. Los mismos israelitas le entregan atado con sogas a los
filisteos, cuando se alzan contra Israel en venganza contra las acciones de Sansón.
Pero cuando los filisteos salieron a recibirlo, le invadió el espíritu del Señor y las sogas
de sus brazos fueron como mecha que se quema y las ataduras de sus manos se
deshicieron. Echó mano de una quijada de asno y con ella como arma venció a mil
filisteos.
Veinte años juzgó Sansón a Israel, es decir, hizo justicia de los filis- teos,
enemigos de su pueblo. Pero un día Sansón, fuerte como una roca, pero débil de
corazón, sobre todo con las mujeres extranjeras, fue a Ga- za, vio allí una prostituta y
entró en su casa. Enseguida se corrió la voz entre los de la ciudad: "¡Ha venido
Sansón!". Cercaron la ciudad y espera- ron apostados a la puerta toda la noche,
diciéndose: "Al amanecer lo ma- tamos". Sansón estuvo acostado hasta medianoche; a
medianoche se levantó, arrancó de sus quicios las puertas de la ciudad, con jambas y
cerrojos, se las echó al hombro y las subió a la cima del monte, frente a Hebrón. Los
filisteos no pudieron apresarlo.
Más tarde Sansón se enamoró de una mujer llamada Dalila. Los príncipes
filisteos fueron a visitarla y le dijeron: "Sedúcelo y averigua a qué se debe su fuerza y
cómo podemos dominarla. Te daremos cada uno mil cien siclos de plata". Dalila puso
en juego toda su astucia femenina para ablandar el corazón de Sansón hasta que le
hizo sucumbir y le re- veló el secreto de su fuerza. Rapada su larga cabellera quedaba
violado su voto de nazareato y, como consecuencia, le retiraba Dios el carisma de la
fuerza que le había otorgado en vistas de su misión, quedando reduci- do a la
condición de un hombre cualquiera. Los filisteos se apoderaron fácilmente de él. Le
arrancaron los ojos y, atado de pies y manos con una doble cadena de bronce, le
condujeron a Gaza, condenándolo a dar vuel- tas en torno a una noria. Tratado como
esclavo y blanco de las burlas de los filisteos, Sansón reflexionó sobre su infidelidad a
la misión para la que Dios le había escogido. Su arrepentimiento sincero y su oración
ferviente hizo que Dios le concediera de nuevo el carisma de la fuerza, que le hab- ía
retirado. Mientras los príncipes y todo el pueblo filisteo aclamaba a su dios Dagón por
haberles librado de Sansón, su enemigo, cuando su co- razón se alegró por el mucho
vino, reclamaron la presencia de Sansón para que les divirtiera. Le obligaron a bailar, lo
zarandearon de una parte
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a otra, siendo el hazmereír de toda aquella gente ebria de vino y de triun- fo. Agotado le
concedieron descansar a la sombra de la terraza sostenida por columnas. Sansón
invocó a Dios, se agarró a las dos columnas cen- trales, sobre las que se apoyaba el
edificio, y las sacudió con tanta fuerza que la casa se derrumbó, quedando sepultado él
mismo, junto con un gran número de filisteos, entre los escombros: "Los filisteos que
mató al morir fueron más que los que había matado en vida" (Ju 16,30).
Sansón es figura de su mismo pueblo. Dios realiza sus planes con él así como
es. Hasta toma ocasión de su amor por las mujeres filisteas para llevar a cabo la
historia de la salvación: "Su padre y su madre no sabían que el matrimonio con la joven
de Timma venía de Dios, que bus- caba un pretexto contra los filisteos, pues por aquel
tiempo los filisteos dominaban a Israel" (Ju 14,4). Pero Sansón, consagrado a Dios
desde antes de nacer, con sus infidelidades a su vocación, causa de su ruina, es figura
de Israel, infiel a la alianza con Dios, por lo que le vienen todos sus males.
Sin embargo, a pesar de sus debilidades e infidelidades, Dios hizo justicia a su
pueblo con él. La historia de Sansón termina en el templo del dios Dagón. Mientras los
filisteos, en el apogeo de la fiesta, ofrecen un sacrificio a su dios, Sansón, asistido por
Dios, derrumba los muros del templo. La "fuerza de Dios" triunfa sobre la idolatría,
invitando a Israel a la fidelidad a la Alianza. La unión o consagración a Dios es fuente
de forta- leza; lejos de Dios se cae en la opresión hasta morir.
Sansón, cuya fuerza viene de Dios, es un don del Señor a Israel, señalado
desde el comienzo con la esterilidad de su madre. La carta a los Hebreos le incluye en
la nube de testigos de la fe en Dios: "¿Qué más queréis que os diga? Porque si me
detuviera con Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los Profetas, me faltaría
tiempo. Ellos con su fe subyugaron reinos, administraron justicia, consiguieron
promesas, taparon bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon al filo
de la espada, se repusieron de enfermedades, fueron valientes en la guerra y pusieron
en fuga ejércitos extranjeros" (11,32-35).
Sansón, figura de Jesucristo, da su vida poniendo en juego, por última vez,
contra los enemigos de Israel, la fuerza que ha recibido de Dios. Sansón invocó a Dios,
exclamando: "Señor, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte nada más que esta vez, oh
Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos".
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3. SAMUEL
Samuel, el último de los Jueces, es más profeta que juez. El es el anillo entre la
cadena de jueces y reyes. Con él se pasa, a pesar de su oposición, de los Jueces a los
Reyes. Samuel es el prototipo del profeta. Su persona y su palabra es presencia y
palabra de Dios. Aunque no de- tenta el poder, con su auténtica fe, se yergue con toda
su autoridad por encima de todos. Resuelve pleitos y casos, aunque no empuña la
espada o el bastón de mando. El decide, organiza y gobierna el destino de Israel.
Confidente del Señor, recibe sus oráculos y ante el Señor se presenta como intercesor
en favor del pueblo.
La historia de Samuel, como la de Sansón, comienza con la inter- vención de
Dios, que le marca con su sello desde antes de nacer. Elcana, su padre, tiene dos
mujeres, Ana y Penniná. Una estéril y otra fecunda. Peniná, la fecunda, se siente
orgullosa de su seno, que continuamente da hijos a su marido, ganándose el primado
dentro de la familia. Ana, la esté- ril, sufre el oprobio de su esterilidad y el desprecio e
insultos de la fecun- da, porque "Dios le había cerrado el seno".
Elcana y su esposa Ana vivían en Ramá, un pequeño pueblo de la llanura de
Sarón, frente a las montañas de Efraím. Se habían casado re- almente enamorados.
Pero pasaban los años y el seno de Ana seguía cerrado. Mientras tanto, Pennina, la
otra mujer de Elcana, orgullosa de su seno, continuamente engendraba hijos,
suscitando los celos de Ana. Y, aunque Elcana repitiera que su amor valía por diez
hijos, no lograba ocul- tar la arruga de amargura que cruzaba de vez en cuando su
frente. Cuan- do Ana contemplaba esa arruga, cada vez más honda, en la frente de su
esposo, sentía una inquieta ansiedad en su corazón.
Con su pena acuestas cada año acompañaba Ana a su esposo al Santuario de
Silo, donde se hallaba el Arca del Señor, para la fiesta de las Tiendas. Se trata de la
fiesta otoñal de la vendimia, una de las fiestas más populares de Israel. Las gentes se
trasladaban a las viñas y durante va- rias semanas habitaban en tiendas. Más tarde, sin
perder este colorido, la fiesta pasó a evocar las tiendas del peregrinar por el desierto,
bajo la pro- tección de Dios. En esta peregrinación al santuario de Silo, Ana no parti-
cipaba del alborozo de la fiesta, sino que se refugiaba en el templo y ante el Arca de la
Alianza, a solas, "desahogaba su pena ante el Señor". Con el corazón, sin que se
oyeran sus palabras aunque movía sus labios, su- plicaba: "Señor, si te fijas en la
humillación de tu sierva y te acuerdas de mí, dándome un hijo varón, se lo entrego al
Señor de por vida y no pasará la navaja por su cabeza" (1Sam 1,11). Como se
prologaba su oración, Elí, que observaba sus labios, la creyó borracha. Se le acercó y
le dijo: ¿Has- ta cuando va a durar tu borrachera? Ana le respondió: No es así, señor,
sino que soy una mujer acongojada, que desahogo mi aflicción ante el Señor. Entonces
Elí le dijo: "Vete en paz. Que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido"
(1,12ss).
71
De vuelta a casa, Elcana se unió a su mujer Ana y el Señor se acordó de ella.
Concibió y dio a luz un hijo y le puso por nombre Samuel, diciendo: "Al Señor se lo
pedí". Samuel, hijo de la esterilidad, es un don de Dios. Nace por vocación de Dios
para una misión singular.
A los tres años, después del destete, Ana volvió con el niño al san- tuario, "para
presentarlo al Señor y que se quedara allí para siempre". Al presentar el niño al
sacerdote Elí, Ana entonó su canto de alabanza: "Mi corazón exulta en el Señor; me
regocijo en su salvación. No hay santo como el Señor, no hay roca como nuestro Dios.
La mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía. El
Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta del polvo al desvalido"
(1Sam 2,1ss). A Dios le gusta el juego del columpio: lo fuerte baja y lo débil sube. Lo
fuerte lleva el signo de la arrogancia y de la violencia, mien- tras lo débil se viste de
humildad y confianza en Dios.
Samuel se ha quedado en el santuario de Silo bajo la custodia del sacerdote Elí.
Este tiene dos hijos perversos, que abusan de la gente que acude al santuario. Samuel,
en cambio, "crecía y era apreciado por el Se- ñor y por los hombres". La palabra de
Dios era rara en aquel tiempo. Elí era muy anciano y sus ojos comenzaban a apagarse.
Una noche, mien- tras la lámpara de Dios aún ardía, Samuel se hallaba acostado en el
san- tuario. El Señor le llamó: "¡Samuel, Samuel!". Este respondió: "¡Heme aquí!".
Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la palabra del Señor.
Por tres veces le llamó el Señor y por tres veces co- rrió a donde estaba Elí, creyendo
que era él quien le llamaba. A la tercera vez Elí comprende que es el Señor quien llama
al niño y le dice: "Si te vuelve a llamar alguien, dices: Habla, Señor, que tu siervo
escucha". El Señor se presentó de nuevo y lo llamó como las otras veces. Y, ahora,
Samuel, iluminado por el sacerdote, escuchó al Señor, que le llamaba a él en lugar de
los hijos de Elí.
Samuel crecía, el Señor estaba con él y no dejó caer por tierra nin- guna de sus
palabras. Todo Israel supo que Samuel estaba acreditado como profeta ante el Señor.
Pero ocurrió que los filisteos se reunieron pa- ra atacar a Israel. Los israelitas salieron a
enfrentarse con ellos e Israel fue derrotado una primera vez. Los israelitas se dirigieron
a Silo a buscar el Arca de la Alianza del Señor, "para que esté entre nosotros y nos
salve del poder enemigo". Los dos hijos de Elí fueron con el Arca. Cuando el Arca llegó
al campamento, todo Israel lanzó un gran grito que hizo retem- blar la tierra. Entonces
los filisteos se enteraron de que el Arca del Señor había llegado al campamento. Presa
del pánico se lanzaron a la batalla con todo furor para no caer en manos de Israel. Los
filisteos derrotaron de nuevo a los israelitas, que huyeron a la desbandada. El Arca de
Dios fue capturada y los dos hijos de Elí murieron. Cuando le llegó la noticia a Elí, éste
cayó de la silla hacia atrás y murió. Por siete meses estuvo el Arca en territorio filisteo,
yendo de un sitio a otro, porque la mano de Dios cayó con dureza sobre ellos y sobre
su dios Dagón hasta que la devolvieron a Israel.
72
Samuel está al frente del pueblo. Viendo que todo Israel añoraba al Señor,
Samuel les dijo: "Si os convertís de todo corazón al Señor y quitáis de en medio los
dioses extranjeros, sirviéndole sólo a El, El os librará del poder filisteo". El pueblo
confiesa arrepentido su pecado de infidelidad y Samuel ora por ellos al Señor. El Señor
acogió la confesión del pueblo y la súplica de Samuel. Los filisteos quisieron atacar de
nuevo a Israel, pero el Señor mandó aquel día una gran tormenta con truenos sobre los
filiste- os, llenándolos de terror. Israel pudo derrotarlos. Samuel se fue a Ramá, donde
tenía su casa. Desde allí rigió a Israel.
Sin embargo, con el tiempo algo cambia en el pueblo. Desde la entrada en la
Tierra prometida Israel comenzó un proceso lento, que le llevó a establecerse en
Canaán, configurándose como "pueblo de Dios" en medio de otros pueblos. La
experiencia del largo camino por el desier- to, bajo la guía directa de Dios, le ha
enseñado a reconocer la absoluta soberanía de Dios sobre ellos. Dios es su Dios y
Señor. Durante todo el período de los Jueces no entra en discusión esta presencia y
señorío de Dios. Pero, a medida que se establecen, pasando de nómadas a sedenta-
rios, al poseer campos y ciudades, su vida y fe comenzó a cambiar. Las tiendas se
sustituyen por casas, el maná por los frutos de la tierra, la con- fianza en Dios, que
cada día manda su alimento, en confianza en el traba- jo de los propios campos. Israel,
establecido en medio de otros pueblos, contempla a esos pueblos y le nace el deseo
de organizarse como ellos, sin darse apenas cuenta que con ello está cambiando su
alma. Al pedir un rey, "como tienen los otros pueblos", Israel está cambiando sus
relaciones con Dios.
En Ramá Samuel y los representantes del pueblo se enfrentan en una dramática
discusión: "Mira, tú eres ya viejo. Nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace
en todas las naciones". Samuel se disgustó con ellos, pero el viejo juez de Israel debe
retirarse para dejar lugar al rey, que el pueblo reclama en un deseo incomprensible de
autonomía respec- to al mismo Señor. Samuel, persuadido por el Señor, cederá ante
las pre- tensiones del pueblo. Pero, antes de desaparecer, se mostrará como ver-
dadero profeta del Señor, manifestando al pueblo el verdadero significado de lo que
está aconteciendo. Con ojos iluminados penetrará en el presen- te más allá de las
apariencias, descifrando el designio divino de salvación incluso en medio del pecado
del pueblo. Samuel lee al pueblo toda su his- toria, jalonada de abandonos de Dios y de
gritos de angustia, a los que Dios responde fielmente con el perdón y la salvación. Pero
el pueblo se olvida de la salvación gratuita de Dios y cae continuamente en la opre-
sión; grita de nuevo, confesando su pecado, y el Señor, incansable en el perdón, les
salva de nuevo. El pecado de Israel hace vana la salvación de Dios siempre que quiere
ser como los demás pueblos. Entonces experi- menta su pequeñez y queda a merced
de los otros pueblos más fuertes que él (1Sam 12,6-11). Esta historia, que Samuel
recuerda e interpreta al pueblo, se repite constantemente... hasta el momento presente:
En cuanto habéis visto que Najás, rey de los ammonitas, venía contra vo- sotros, me habéis
dicho: ¡No! Que reine un rey sobre nosotros, siendo así
73
que vuestro rey es Yahveh, Dios vuestro. Aquí tenéis ahora el rey que os habéis elegido.
Yahveh ha establecido un rey sobre vosotros. Si teméis a Yahveh y le servís, si escucháis su
voz y no os rebeláis contra las órde- nes de Yahveh; si vosotros y el rey que reine sobre
vosotros seguís a Yahveh, vuestro Dios, está bien. Pero si no escucháis la voz de Yahveh, si
os rebeláis contra las órdenes de Yahveh, entonces la mano de Yah- veh pesará sobre
vosotros y sobre vuestro rey (1Sam 12,12-15).
Samuel se opone visceralmente a la monarquía, calificándola de idolatría. Pero
Dios, en su fidelidad a la elección de Israel, mantiene su alianza y transforma el pecado
del pueblo en bendición. El rey, reclamado por el pueblo con pretensiones idolátricas,
es transformado en don de Dios al pueblo: "Dios ha constituido un rey sobre vosotros"
(1Sam 12,13). Dios saca el bien incluso del mal, cambia lo que era expresión de aban-
dono en signo de su presencia amorosa en medio del pueblo (Rm 5,20- 21). Samuel se
tragará sus ideas y ungirá como rey, primero, a Saúl y, después, a David. La
monarquía es fruto del miedo. A pesar de la larga experiencia de intervenciones
salvadoras de Dios, Israel ante la amenaza olvida su historia y se deja condicionar por
el peligro presente. Cancelada la memoria, sólo queda el peligro presente y la
búsqueda angustiosa de una solución inmediata.
Esta transición a la monarquía fue dramática. El primer rey, Saúl, caerá muy
pronto. Samuel, fiel al Señor, rompió con Saúl y se convirtió en su enemigo. Con
palabra de profeta se enfrenta al rey:
-Te has portado como un necio. Yahveh se ha buscado un hombre según su
corazón, que te reemplazará.
Samuel, en vida de Saúl, unge a David como rey. Luego se retira a Ramá,
donde muere y es enterrado con la asistencia de todo Israel a sus funerales. Así le
recuerda el Eclesiástico: "Amado del pueblo y de Dios. Ofrecido a Dios desde el seno
de su madre, Samuel fue juez y profeta del Señor. Por la palabra de Dios fundó la
realeza y ungió príncipes sobre el pueblo. Según la ley del Señor gobernó al pueblo,
visitando los campa- mentos de Israel. Por su fidelidad se acreditó como profeta; por
sus orácu- los fue reconocido como fiel vidente. Invocó al Señor cuando los enemi- gos
le acosaban por todas partes, ofreciendo un cordero lechal. Y el Se- ñor tronó desde el
cielo, se oyó el eco de su voz y derrotó a los jefes enemigos y a todos los príncipes
filisteos. Antes de la hora de su sueño eterno, dio testimonio ante el Señor y su ungido:
'¿De quién he recibido un par de sandalias?' y nadie reclamó nada de él. Y después de
dormido todavía profetizó y anunció al rey (Saúl) su fin; del seno de la tierra alzó su voz
en profecía para borrar la culpa del pueblo" (46,13-20).
Samuel, el confidente de Dios desde su infancia, es su profeta, que no deja caer
por tierra ni una de sus palabras. Con su fidelidad a Dios sal- va al pueblo de los
enemigos y de sí mismo. Es el defensor de la soberan- ía de Dios frente a las
pretensiones del pueblo de apoyarse en un rey humano. Es el defensor de la fidelidad a
Dios frente al mismo rey Saúl. Es el fiel servidor de Dios frente a lo que sus ojos "ven",
dejándose llevar,
74
contra sí mismo, de la palabra de Dios. Es la figura del hombre de fe, que acoge la
palabra de Dios, y deja que esta se encarne en él y en la histo- ria. Es la figura de
Cristo, el siervo de Dios, que vive y se nutre de la vo- luntad del Padre, aunque pase
por la muerte en cruz.
V. EL REINO
1. SAÚL
Saúl es el primer rey de Israel. Con él se instaura la monarquía, deseada por el
pueblo, para ser "como los demás pueblos", con lo que contradice la elección de Dios,
que separó a Israel de en medio de los pueblos, uniéndose a él de un modo particular:
"Tú serás mi pueblo y yo seré tu Dios". Pero el pueblo se ha cansado de ser distinto.
¡Es pesado ser diferente! Ser el pueblo elegido, separado, consagrado a Dios, con una
misión para los otros pueblos... es maravilloso, pero la diferencia pe- sa, cansa. Ser
como los demás no es muy sublime, pero es cómodo.
Esta es la tentación de Israel. Samuel, el profeta de Dios, desvela a Israel su
pecado. El pueblo insiste y Dios, en su fidelidad a la elección de Israel, mantiene su
alianza y transforma el pecado del pueblo en bendi- ción: "Dios ha constituido un rey
sobre vosotros" (1Sam 12,13). Por ello dirá a Samuel: "Mañana te enviaré un hombre
de la región de Benjamín, para que lo unjas como jefe de mi pueblo, Israel, y libre a mi
pueblo de la dominación filistea; porque he visto la aflicción de mi pueblo; sus gritos
han llegado hasta mí".
Una vez que Dios acepta la petición del pueblo, Samuel unge rey a Saúl. Saúl es
descendiente de la tribu de Benjamín, la más pequeña de las tribus de Israel y que,
poco antes, ha sido casi eliminada, por el grave delito de Guibeá. Saúl aparece en el
campo, buscando unas asnas perdi- das. El profeta Samuel le encuentra, le ofrece el
pernil en la comida y una estera para dormir en la azotea. Pero el retrato de Saúl es
majestuoso; entra en escena con toda solemnidad, como sobre un palco; su presencia
llena el escenario: "Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de
Abiel, de Seror, de Becorá, de Afiaf, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que
se llamaba Saúl, un joven alto y apuesto; na- die entre los israelitas le superaba en
gallardía: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba". Al verle, Samuel le
reconoce como el de- signado por Dios: "Este es, sin duda, el hombre que regirá a
Israel". Al despuntar el sol, Samuel acompañó a Saúl a las afueras del pueblo. Tomó el
cuerno de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl. Y le besó, diciendo: "El Señor
te unge como jefe de su heredad, de su pueblo Israel; tú gobernarás al pueblo del
Señor, tú lo salvarás de sus enemigos".
Tras esta unción en las afueras del pueblo, al amparo del alba, sin testigo
alguno, Samuel convocó al pueblo en Mispá, sacó a Saúl de su escondite, lo puso en
medio del pueblo y dijo a los israelitas: "¿Veis al que ha elegido Yahveh? No hay otro
como él en todo el pueblo". El pueblo lo aclamó:
75
-¡Viva el rey!
Samuel, cumplida su tarea, despidió al pueblo. El espíritu de Dios invadió a Saúl,
que reunió un potente ejército y salvó a sus hermanos de Yabés de Galaad de la
amenaza de los amonitas. El pueblo, tras esta primera victoria, coronó solemnemente
como rey a Saúl en Guilgal.
Reconocido como rey por todo el pueblo, Saúl comienza sus cam- pañas
victoriosas contra los filisteos. Pero Saúl, a quien tuvieron que bus- car y sacar de su
escondite para proclamarlo rey, ahora que ha saboreado el gusto del trono real no
quiere perderlo; se aferra al poder a toda costa, arrogándose funciones que no le
competen. La historia de Saúl es terri- blemente dramática. Constituido rey contra su
deseo (1Sam 10,17-24), se siente seducido por la "enfermedad del poder". Ante la
amenaza de los filisteos, concentrados para combatir a Israel con un ejército tan
numeroso como la arena de la orilla del mar, los hombres de Israel se vieron en peli-
gro y comenzaron a esconderse en las cavernas, en las hendiduras de las peñas y
hasta en las cisternas. En medio de esta desbandada, Saúl se siente cada vez más
solo, esperando en Dios que no le responde y aguardando al profeta que no llega. En
su miedo a ser completamente abandonado por el pueblo llega a ejercer hasta la
función sacerdotal, ofreciendo holocaustos y sacrificios, lo que provoca el primer
reproche airado de Samuel: "¿Qué has hecho?".
Saúl mismo se condena a sí mismo, tratando de dar las razones de su
actuación. Ha buscado la salvación en Dios, pero actuando por su cuenta, sin obedecer
a Dios y a su profeta. Se arroga, para defender su poder, el ministerio sacerdotal:
"Como vi que el ejército me abandonaba y se desbandaba y que tú no venías en el
plazo fijado y que los filisteos es- taban ya concentrados, me dije: Ahora los filisteos
van a bajar contra mí a Guilgal y no he apaciguado a Yahveh. Entonces me he visto
obligado a ofrecer el holocausto".
Samuel le replica: "Te has portado como un necio. Si te hubieras mantenido fiel
a Yahveh, El habría afianzado tu reino para siempre sobre Israel. Pero ahora tu reino
no se mantendrá. Yahveh se ha buscado un hombre según su corazón, que te
reemplazará".
Samuel se alejó hacia Guilgal siguiendo su camino. Pero Samuel volverá de
nuevo a enfrentarse con Saúl para anunciarle el rechazo defini- tivo de parte de Dios.
Se repite, de nuevo, la historia. Saúl, el rey sin dis- cernimiento, pretende dar culto a
Dios desobedeciéndolo. Enfatuado por el poder, que no quiere perder, se glorifica a sí
mismo y condesciende con el pueblo, para buscar su aplauso, aunque sea
oponiéndose a la palabra de Dios. Samuel se presentó y dijo a Saúl: "El Señor me
envió para ungir- te rey de su pueblo, Israel. Por tanto, escucha las palabras del Señor,
que te dice: Voy a tomar cuentas a Amalec de lo que hizo contra Israel, cortándole el
camino cuando subía de Egipto. Ahora ve y atácalo. Entrega al exterminio todo lo que
posee, toros y ovejas, camellos y asnos, y a él no le perdones la vida".
76
Amalec es la expresión del mal y Dios quiere erradicarlo de la tie- rra. La palabra
de Dios a Saúl es clara y perentoria. Pero Saúl es un ne- cio, como le llama Samuel. Ni
escucha ni entiende. Dios entrega en sus manos a Amalec. Pero Saúl pone su razón
por encima de la palabra de Dios y trata de complacer al pueblo y a Dios, buscando un
compromiso entre Dios, que le ha elegido, y el pueblo, que le ha aclamado. Perdona la
vida a Agag, rey de Amalec, a las mejores ovejas y vacas, al ganado bien cebado, a los
corderos y a todo lo que valía la pena, sin querer extermi- narlo; en cambio, exterminó
lo que no valía nada. Entonces le fue dirigida a Samuel esta palabra de Dios: "Me
arrepiento de haber constituido rey a Saúl, porque se ha apartado de mí y no ha
seguido mi palabra".
Samuel se conmovió y estuvo clamando a Yahveh toda la noche. Por la mañana
temprano se levantó Samuel y fue a buscar a Saúl. Cuan- do Saúl le vio ante sí, le dijo:
"El Señor te bendiga. Ya he cumplido la or- den del Señor". El orgullo le ha hecho
inconsciente e insensato, creyendo que puede eludir el juicio del Señor. Pero Samuel,
con ira mezclada de ironía, le preguntó: "¿Y qué son esos balidos que oigo y esos
mugidos que siento?". Saúl contestó: "Los han traído de Amalec. El pueblo ha de- jado
con vida a las mejores ovejas y vacas, para ofrecérselas en sacrificio a Yahveh, tu
Dios".
Samuel le replicó: "¿Cómo a Yahveh, mi Dios? ¿Es que no es el tuyo y el del
pueblo?". "Sí, lo es... Y en cuanto al resto lo hemos extermi- nado".
-Basta ya, cortó Samuel-, y deja que te anuncie lo que Yahveh me ha revelado
esta noche.
Saúl aún insistía: "¡Pero si yo he obedecido a Yahveh! He hecho la expedición
que me ordenó, he traído a Agag, rey de Amalec, y he exter- minado a los amalecitas.
Del botín, el pueblo ha tomado el ganado mayor y menor, lo mejor del anatema, para
sacrificarlo a Yahveh, tu Dios, en Guilgal". Saúl, hipócrita, se atribuye a sí los actos de
obediencia y descar- ga sobre el pueblo la culpa de las transgresiones. Pero Samuel no
se deja engañar y le replica: "¿Acaso se complace Yahveh en los holocaustos y
sacrificios como en la obediencia a la palabra de Yahveh? Mejor es obe- decer que
sacrificar, mejor la docilidad que la grasa de los carneros. Pe- cado de adivinos es la
rebeldía, crimen de idolatría es la obstinación. Por haber rechazado la palabra de
Yahveh, El te rechaza hoy como rey".
La excusa del sacrificio no tiene valor alguno. El culto sin fe en la palabra de
Dios, manifestada en la vida, es algo que da náusea a Dios. El rito sin que vaya
acompañado del corazón no sube al cielo. Dios busca y desea un corazón fiel y no el
humo del sacrificio. Es lo que Dios encon- trará en David:
Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un
espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado
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Tu no lo desprecias. (Sal 51)
Samuel, pronunciado el oráculo del Señor, se dio media vuelta para marcharse,
pero Saúl se agarró a la orla del manto, que se rasgó (Cfr Lc 23,45). El manto rasgado
es el signo de la ruptura definitiva e irreparable, como explica Samuel, mientras se
aleja: "El Señor te ha arrancado el re- ino de Israel y se lo ha dado a otro mejor que tú".
2. DAVID
a) Unción de David
Samuel, el profeta de Dios, está en el centro de la historia de Da- vid. Sin
conocerse entre ellos, Samuel y David se encuentran en Belén. Dios, que eligió al uno
como profeta y al otro como rey de su pueblo, hace que sus vidas se entrecrucen.
Samuel es ya avanzado en años y David es aún un muchacho con quien nadie cuenta.
Samuel entra y sale en la corte del rey Saúl; David, en cambio, no hace otra cosa que
pastorear los reba- ños de su padre Jesé. Ninguno de los dos piensa en el otro. Sólo
Dios, el Señor de la historia, piensa en el uno y en el otro, encaminando los pasos del
uno hacia el otro.
Dios ha rechazado a Saúl, pero Samuel no consigue aceptarlo. ¿No había sido
el mismo Dios quien le había enviado a ungirlo como pri- mer rey de Israel? Samuel,
contra su deseo, se había doblegado a la vo- luntad del pueblo y a la voluntad de Dios
y había ungido a Saúl como rey. Y ahora, ¿puede ungir a otro, mientras Saúl esté en
vida? ¡Pobre profeta que tiene que ser siempre profeta! ¡Siempre hablando y actuando
en nombre de otro! El Otro, el Señor, se le aparece y le dice: "¿Hasta cuándo vas a
estar llorando por Saúl, después que yo le he rechazado para que no reine sobre
Israel? Llena tu cuerno de aceite y vete. Te envío a Jesé, de Belén, porque he visto
entre sus hijos un rey para mí".
Samuel replica: "¿Cómo voy a ir? ¡Se enterará Saúl y me matará!". Pero ya,
mientras está farfullando, Samuel busca la ampolla del óleo san- to, llena su cuerno y
se dispone a cumplir el deseo del Señor. Temiendo que Saúl se entere del propósito de
su viaje, Samuel toma consigo una becerra y esparce la noticia de que va a Belén a
ofrecer un sacrificio en honor del Señor. En honor al Señor, sólo por obediencia al
Señor, em- prende Samuel el viaje hasta Belén. El Señor es el único protagonista y
Samuel no es más que el profeta intermediario: "Yo te haré saber lo que has de hacer y
ungirás para mí a aquel que yo te indicaré".
Llegado a Belén, los ancianos de la ciudad, llenos de estupor, sa- len al
encuentro de Samuel. No se explican el porqué de la insólita visita del profeta. Samuel
les tranquiliza: "He venido en son de paz. Vengo a ofrecer un sacrificio al Señor.
Purificaos y venid conmigo al sacrificio". De un modo particular, Samuel purifica a Jesé
y a sus hijos y les invita al sa- crificio. Jesé tiene siete hijos: Eliab, Abinadab, Šammá,
Netanel, Radai,
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Ozem y David. Pero sólo seis de ellos se presentan ante Samuel, ya que el más
pequeño no está con ellos en casa, sino que se halla en el campo pastoreando el
ganado.
Samuel aún no ha recibido la indicación del Señor sobre quién será el ungido.
Por ello, Samuel comienza llamando al hermano mayor, a Eliab. Se trata de un joven
alto, de impresionante presencia. Samuel, al verle, cree que esta ante el elegido de
Dios. Se dice a sí mismo: "Sin duda está ante Yahveh su ungido". Toma en su mano
derecha el cuerno del óleo y se dispone a derramarlo sobre la cabeza de Eliab. Pero el
Señor advierte a su profeta: "No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo le he
descartado". La mirada de Dios no es como la mirada del hombre. El hombre mira las
apariencias, pero Yahveh mira el corazón. La estatura imponente de Eliab no le hace
más apto para regir al pueblo. Los criterios de Dios no coinciden con los criterios
humanos. Dios ha elegido a otro, diverso. El profeta lo reconocerá renunciando a sus
ideas para poder es- cuchar la indicación del Señor: "Ungirás a quien yo te indicaré".
Siguen pasando ante Samuel los seis hijos de Jesé, uno detrás de otro. Todos
son descartados. Samuel, en su infancia, durmiendo junto al Arca en el templo, había
aprendido a distinguir la voz del Señor. El sabía que el Señor le había hablado claro:
era un hijo de Jesé el elegido. Y también sabía que el Señor no se contradice. ¿Cómo
es que ha descarta- do a todos los hijos que Jesé le ha presentado? De repente se le
ilumina el rostro y, dirigiéndose a Jesé, le pregunta: "¿No tienes otros hijos?". Jesé
responde: "Sí, falta el más pequeño que está pastoreando el reba- ño". "¡Manda que lo
traigan!, -exclama Samuel-. ¡No haremos el rito hasta que él no haya venido!".
El muchacho, el menor de los hermanos, es también el más pe- queño, tan
pequeño, tan insignificante que se han olvidado de él. Nadie ha contado con él. Pero
Dios sí le ha visto. En su pequeñez ha descubier- to el vaso de elección para
manifestar su potencia en medio del pueblo. Es un pastor, que es lo que Dios desea
para su pueblo como rey: alguien que cuide de quienes El le encomiende. Mejor la
pequeñez que la gran- deza; mejor un pastor con un bastón que un guerrero con
armas. Con la debilidad de sus elegidos Dios confunde a los fuertes. En la fragilidad de
su cabellera rubia está su belleza a los ojos de Dios, aunque a los ojos ciegos de los
hombres provoque el desprecio (1Sam 17,42).
Corren al campo y llevan a David ante el profeta. El corazón le da un vuelco en
el pecho a Samuel apenas ve a David. No le parece que tenga el aspecto de un rey. Se
queda fijo, mirándole, mientras David clava sus ojos en los ojos del profeta, a quien le
palpita el corazón como si qui- siera salírsele. Pero la voz del Señor corta sus
reflexiones y dudas: "¡Es el elegido! ¡Anda, úngelo!". Samuel toma el cuerno y lo
derrama sobre la cabeza rubia de David. El aceite se extiende sobre la cabellera
brillando a la luz del sol como una corona de oro. Con la unción, el espíritu de Yah-
veh, que había irrumpido ocasionalmente sobre los jueces, se posa para
79
permanecer sobre David. Es el espíritu que se ha apartado de Saúl, dejándole a
merced del mal espíritu, que le perturba la mente.
Celebrado el sacrificio, Samuel se vuelve a Ramá y David regresa con su
rebaño, donde se prepara a su misión de rey de Israel. Como pas- tor toma cada día
conciencia de su pequeñez; aprende a cuidar de los hombres que le serán confiados,
cuidando ahora de las ovejas y corderos; abandonándose a Dios, se va vistiendo cada
día las armas de la fe y la obediencia. Yahveh, que escruta al justo, examina a David
en el pastoreo. Así el Señor aprecia el comportamiento de David con el ganado, viendo
su corazón de pastor: "Quien sabe apacentar a cada oveja según sus fuerzas, será el
que apaciente a mi pueblo". Así Yahveh "eligió a David su servidor, le sacó de los
apriscos del rebaño, le tomó de detrás de las ove- jas, para pastorear a su pueblo
Jacob, y a Israel, su heredad. El los pas- toreaba con corazón perfecto, y con mano
diestra los guiaba" (Sal 78,70- 72).
b) David y Saúl
También Saúl y David se encuentran. Saúl y David son dos figuras unidas y
contrapuestas. Saúl y David, el uno frente al otro. Sus vidas y sus personas seguirán
unidas por mucho tiempo. El uno ya rechazado por Dios y el otro ya ungido para
sustituirlo.
Las primeras victorias de Saúl contra los filisteos justificaron la con- fianza
depositada en él. Israel respiró y cobró nuevas esperanzas. Los filisteos son arrojados
hasta su territorio, quedando liberada la tierra de Israel. Pero el respiro fue sólo
temporal. Saúl acabó con un triste fracaso, que dejó a Israel peor que antes. El
combate de Gelboé acabó en desas- tre. Saúl, con su inestabilidad emocional, cayó en
depresiones al borde de la locura. Oscilando como un péndulo entre momentos de
lucidez y dispo- siciones de ánimo oscuras, queriendo agradar a Dios y a los hombres,
sólo lograba indisponerse con todos. Cuando David llega a la corte, Saúl se halla solo,
perdido en medio de su delirio. David, aún un muchacho, el elegido por Dios, se
presenta colmado del espíritu que ha abandonado a Saúl. Pero David no se presenta
para suplantarle, sino para ayudarle con su música. A la cabecera de Saúl está su hijo,
el príncipe Jonatán, que suplica a David: "¡Toca el arpa! Quizá tu música le devuelva la
paz".
David roza suavemente las cuerdas del arpa y una dulce melodía llena la tienda.
Las palabras tiemblan en sus labios, pero siguen fluyendo como agua que mana y se
abre paso entre las rocas. La música, que Da- vid arranca al arpa, se difunde por la
habitación como alas protectoras. Como cuando el viento cruza las ramas de los
árboles y agita suavemente sus hojas, que vuelan y descienden en lentos giros, así van
volando las notas y las palabras hasta serenar la mente turbada de Saúl. Sorprendido,
Saúl alza la cabeza y sus ojos desprenden un pequeño brillo de sosiego. Con voz
apenas audible dice: "Me conforta tu música. Pediré a tu padre que te deje aún
conmigo".
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Con la música Saúl logra conciliar el sueño. Una corriente de sim- patía une a
los dos. De este modo David se queda a vivir con Saúl, que llega a amarlo de corazón.
Cada vez que le oprime la crisis de tristeza, David toma el arpa y toca para el rey y le
pasa la crisis. La música acalla el rumor de los sentidos y alcanza la fibras del espíritu
con su poder sal- vador. De este modo, al son del arpa, el espíritu maligno pierde el
punto de apoyo y se ve obligado a salir, dejando calmado al enfermo. David con su
arpa es medicina para Saúl, pero su persona terminará siendo la ver- dadera
enfermedad de Saúl. Cada vez que David se presenta ante el rey se mezclan en su
corazón la piedad y el miedo. La espada, colgada a la espalda del rey, brilla
amenazadora. Saúl, oyendo el canto, se estremece, se agita en su lecho, se incorpora
y clava sus ojos apagados en los ojos de David, dejando traslucir su locura, cargada de
odio y envidia. Cuando Saúl se siente bien despide a David, que vuelve a pastorear su
rebaño. Cuando el mal espíritu asalta a Saúl, David es llamado y acude de nuevo a su
lado.
c) David y Goliat
El rey Saúl, para responder al ataque de los filisteos, llama a las armas a sus
mejores hombres. Pero el enemigo es mucho más fuerte y dispone de municiones de
las que carece el ejército de Israel. Los filisteos se han fabricado espadas y puñales,
escudos y carros armados, mientras que los israelitas apenas si tienen armas de hierro.
Sus únicas armas son arcos, flechas y bastones. En estas condiciones la posibilidad de
victoria es prácticamente nula para Israel.
David, el pequeño, ha sido de nuevo excluido en esta ocasión. Sólo sus
hermanos mayores se hallan presentes en el campo de batalla. Con él no se cuenta en
los momentos importantes. Es la historia del elegido de Dios, olvidado de los hombres
por su insignificancia, pero amado y esco- gido por Dios para desbaratar los planes de
los potentes. Lejos del campo de batalla, David pasa su tiempo con las pacíficas
ovejas. Lejos del atro- nador ruido de la guerra, con su fragor de armas y gritos
amenazantes, David se halla en la paz del campo, con su padre anciano en la pequeña
y tranquila ciudad de Belén. Mientras en el valle del Terebinto se decide la suerte de
Israel, David no escucha más que los balidos del rebaño.
Un día Jesé manda a David a visitar a sus hermanos. Les lleva tri- go tostado y
unos panes, y también unos quesos para el capitán del ejér- cito. Cuando llega al
campamento, las tropas se hallan dispuestas en círculo, prontas para la batalla. Israel y
los filisteos se encuentran frente a frente sobre dos colinas separadas por el valle del
Terebinto. Instintiva- mente David dirige su mirada en primer lugar hacia el
campamento hebreo: contempla una gran cantidad de tiendas, pero nota que entre las
tiendas hay un ir y venir desordenado de soldados nerviosos y con el ros- tro
deprimido. Su corazón comienza a batir aceleradamente.
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Volviéndose hacia la otra ladera, halla ante sí otro espectáculo completamente
diferente: las tiendas de los filisteos brillan con toda clase de adornos, que en la
distancia producen un efecto de magnificencia. Los soldados están armados hasta los
dientes, dándoles un aspecto de segu- ridad y serenidad. Las armas de hierro forjado
brillan a la luz del sol. Y los soldados que no están de servicio cantan y se pasean sin
preocupación alguna, pero incluso los que están haciendo maniobras muestran su
buen humor. Todo presagia su victoria. David se pregunta: "¿Qué puede haber pasado
a nuestros soldados? Como si fuera la primera vez que se enfren- tan a estos
incircuncisos... ¿Por qué se sienten tan acobardados?"
Mientras da vueltas a sus pensamientos, David gira la cabeza de uno a otro
lado. De pronto descubre algo nuevo en el campamento de los filisteos. De sus tropas
sale un guerrero de estatura gigantesca, con un yelmo de bronce en la cabeza y una
coraza de escamas en el pecho. En una mano lleva la lanza y en la otra una flecha; le
precede su escudero. Todo es enorme y excesivo en él: la estatura, las armas y la
armadura, la voz amenazante y la certeza de la victoria. La arrogancia de su desafío es
un insulto ignominioso para Israel. Con solo aparecer el gigante un silen- cio de tumba
cae sobre el campamento de Israel. La situación se hacía exasperante. Alguno, cerca
de David, murmuró aterrado: "¡Goliat, Goliat, hijo de Orpá!, de nuevo vuelve a insultar a
las filas de Israel".
Pronto llega a David la voz atronadora de Goliat: "Elegid uno de vosotros que
venga a enfrentarse conmigo. Si me vence, todos nosotros seremos esclavos vuestros;
pero, si le derroto yo, vosotros seréis escla- vos nuestros... Mandad a uno de vuestros
hombres y combatiremos el uno contra el otro". Goliat espera unos instantes y, viendo
que nadie sale de las filas de Israel, vuelve a lanzar palabras injuriosas, despreciando a
Israel y blasfemando contra su Dios. Los soldados israelitas escuchan con la cabeza
baja, avergonzados y furiosos. Había muchos que deseaban salir a combatir con el
filisteo, sin importarlos arriesgar su vida. Pero el temor de llevar a Israel a la esclavitud
les ata los pies y no les permite desahogar su rabia y humillación. Ante la figura y las
palabras de Goliat, "Saúl y todo Israel" (1Sam 17,11) es presa del pánico.
Las palabras de Goliat le llegan a David como una puñalada en el corazón.
Comprende el abatimiento del campamento de Israel. Goliat es la encarnación de la
arrogancia, de la fuerza, de la violencia frente a la debilidad, que Dios elige para
confundir a los engreídos. Pequeñez y grandeza se hallan frente a frente. Pero la
pequeñez tiene a sus espaldas la mano de Dios, sosteniéndola. La agitación de David
es como el brami- do del mar encrespado por las olas. Su corazón no soporta el ultraje
que se hace a Israel y a su Dios. David exclama: "¿Quién es ese filisteo incir- cunciso
para ofender a las huestes del Dios vivo?"
Los soldados le cuentan lo que llevan sufriendo: Todos los días sube varias
veces a provocar a Israel. A quien lo mate el rey lo colmará de riquezas y le dará su
hija como esposa, y librará de tributo a la casa de su padre. David replica: "El Señor me
ayudará a liquidarlo". Alguien corre a
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referir a Saúl las palabras de David y el rey le manda a llamar. Cuando David llega a su
presencia, confirma al rey sus palabras: "Tu siervo irá a combatir con ese filisteo". Saúl
mide con la mirada a David y le dice con conmiseración: "¿Cómo puedes ir a pelear
contra ese filisteo si tú eres un niño y él es un hombre de guerra desde su juventud?"
También Saúl se fija en la pequeñez de David, que considera des-
proporcionada para enfrentarse con la imponencia y experiencia de Go- liat. Pero David
no se acobarda ante las palabras del rey, sino que con voz firme cuenta al rey, a los
generales y consejeros sus aventuras: "Cuando tu siervo estaba guardando el rebaño
de su padre y venía el león o el oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo salía tras él,
le golpeaba y se la arrancaba de sus fauces, y si se revolvía contra mí, lo sujetaba por
la quijada y lo golpeaba hasta matarlo. Tu siervo ha dado muerte al león y al oso, y ese
filisteo incircunciso será como uno de ellos, pues ha insulta- do a las huestes del Dios
vivo. El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, me librará de la
mano de ese filisteo".
Para convencer al rey, David apela a su condición de pastor. El buen pastor
cuida el rebaño, sabe defenderlo, combatiendo contra las fie- ras que lo atacan.
Aunque Goliat se muestre como una bestia, un pastor puede enfrentarlo y arrojar su
carne a las fieras. Impresionado por el tono decidido con que habla David, el rey acepta
que salga a combatir en nombre de Israel. Manda que vistan a David con sus propios
vestidos, le pone un casco de bronce en la cabeza y le cubre el pecho con una cora-
za. Le ciñe su propia espada y le dice: "Ve y que Yahveh sea contigo". David sale de la
presencia del rey, pero al momento da media vuelta y vuelve sobre sus pasos. No
quiere presentarse al combate con la armadu- ra del rey, sino ir al encuentro del
gigante como un simple pastor: "No puedo caminar con esto, me pesa inútilmente. A mí
me bastan mis armas habituales".
Para Saúl era necesaria aquella armadura; para David es super- flua, un
obstáculo. Uno confía en la fuerza, el otro pone su confianza en Dios. David se
despojó, pues, de cuanto le había dado el rey y salió en busca de Goliat con su cayado
y su honda. David rechaza los símbolos del poder y la fuerza para enfrentarse al
adversario con las armas de su pequeñez y la confianza en Dios, que confunde a los
potentes mediante los débiles. Saúl y David muestran sus diferencias. El rey y el
pastor. El "más alto" y el "pequeño". La espada y la honda. El rechazado por Dios y su
elegido. Saúl, el fuerte, tiene miedo y no combate en defensa de su pueblo, pues no
cuenta con Dios; David, en cambio, en su pequeñez, hace lo que debería hacer Saúl:
como pastor ofrece su vida para salvar la grey del Señor. En su insignificancia se está
mostrando rey de Israel.
Libre de la armadura de Saúl, con paso decidido David baja la pendiente de la
colina. El corazón le late mientras las trompetas anuncian a los filisteos que, finalmente,
un israelita acepta el reto de Goliat. Mien- tras David se aleja, el rey y los generales le
siguen con la vista, suplican- do para él la ayuda de Dios. En su interior, mientras se va
acercando a Goliat, que ha blasfemado el Santo Nombre, David recita el Shemá: "Es-
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cucha, Israel, Yahveh es nuestro Dios, Yahveh es uno". Esta oración es el escudo que
envuelve a David, protegiéndolo mucho mejor que la coraza de escamas a Goliat.
Al llegar al valle, que separa los dos campamentos, David se incli- na y recoge
unos cantos del torrente para su honda. Ve cinco piedras puntiagudas y las guarda en
el zurrón y se dirige hacia el filisteo. Mientras avanza hacia el campamento filisteo,
Goliat sale como de costumbre a insultar a Israel. Al abrir su boca insolente, Goliat nota
que alguien se acerca hacia él. Precedido de su escudero, Goliat avanza hacia David.
Cuando puede distinguirlo bien a través de su yelmo, Goliat ve que es un muchacho
rubio el que se le acerca y lo desprecia: "¿Acaso me tomas por un perro que vienes
contra mí con un cayado? Si te acercas un paso más daré tu carne a las aves del cielo
y a las fieras del campo".
Goliat ante el pequeño David se siente ofendido, no es un digno rival de su
potencia. ¿Por quién lo toman? ¿Por un perro? David le había comparado con un león
o un oso, algo más aceptable, pero Goliat no lo ha oído. Lo que oye es la réplica de
David a sus palabras: "Tú vienes con- tra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo voy
contra ti en nombre de Yahveh Sebaot, Dios de los ejércitos de Israel, a quien tú has
desafiado. Hoy mismo te entrega Yahveh en mis manos y sabrá toda la tierra que hay
Dios para Israel. Y toda esta asamblea sabrá que no por la espada y por la lanza salva
Yahveh, porque de Yahveh es el combate y os entrega en nuestras manos". Es la
confesión de fe de David en Dios, el Señor de los últimos, que no necesita de ejércitos
para derrotar a los enemigos. Es lo que da confianza a David para enfrentarse a Goliat.
Va con la certeza de que Dios le librará de la mano del filisteo como ya lo ha librado
otras veces de las garras del león. El, el pastor, ahora se presenta como una oveja
indefensa e inerme ante las fauces monstruosas del león que desea devorarlo, pero
que no lo logrará porque el verdadero pastor, el Señor de los ejércitos, arrancará la
presa de su boca.
Ante las palabras de David, Goliat se enfurece y levanta los ojos al cielo con
desprecio. Al levantar la cabeza empuja la visera del yelmo, descubriendo su frente.
David se adelanta, corriendo a su encuentro. Mientras corre, David mete la mano en el
zurrón, saca de él una piedra, la coloca en la honda, que hace girar sobre su cabeza y
la suelta, hiriendo al filisteo en la frente; la piedra se le clava en la frente y cae de
bruces en tierra. La boca, que había blasfemado contra Dios, muerde el polvo. David
corre hasta él y pone su pie contra la boca que se había atrevido a blas- femar contra el
Dios de Israel. Luego toma la espada misma de Goliat y con ella le corta la cabeza.
Una pequeña piedra ha bastado para derribar la montaña vacía de Goliat, montaña de
arrogancia sin consistencia ante el Señor. Y, al final, de bruces y sin cabeza, Goliat
queda en tierra como Dagón, el ídolo filisteo derribado en su mismo templo "por la
presencia del arca del Señor" (1Sam 5,3-4). Ante el Señor cae la hueca potencia de la
idolatría, derribada con la piedra de la fe, por pequeña que sea... Con las dos manos
David levanta la cabeza para que la vean bien todos los sol- dados, los del ejército de
Israel y los filisteos. Los hijos de Israel prorrum-
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pen en gritos de júbilo por la grande e inesperada victoria, mientras que los filisteos,
desmoralizados por la muerte de su héroe, se dan a la fuga desordenadamente. Los
hombres de Israel se levantan y, lanzando el gri- to de guerra, persiguen a los filisteos
hasta sembrar el campo con su cadáveres.
David, el pastor de Belén, se ha mostrado como el verdadero rey de Israel. El, y
no Saúl, ha quitado la vergüenza del pueblo, quitando la cabeza a Goliat, que con su
boca había blasfemado contra Israel y su Dios. Y lo ha logrado quitándose la armadura
de Saúl para enfrentarse al enemigo del pueblo con las armas de la fe en su Dios.
d) David perseguido
Después de dar muerte a Goliat, la fama de David se divulga por todo el reino.
David es cantado por las mujeres y amado por todo el pue- blo. Cuando los soldados
regresan victoriosos, la población les sale al encuentro con cantos de fiesta. Es un día
de exultación tras la angustia de la guerra, tras el miedo de días y días bajo la amenaza
y provocación de Goliat. Liberados, por la victoria, del miedo angustiante, el pueblo se
des- ahoga con una explosión de cantos y danzas. Las mujeres salen al en- cuentro de
Saúl, pero aclaman a David, que es quien ha derrotado al filis- teo:
Saúl ha vencido a mil, pero David a diez mil.
Esta aclamación provoca los celos del rey Saúl, envidioso del triun- fo de David.
Saúl no puede soportarlo: "Han dado a David diez mil y a mí sólo mil. Sólo falta que le
den el reino". En el corazón enfermo del rey el canto suena como una estocada. David,
a quien en realidad Dios ha dado ya el reino, se transforma en el fantasma principal de
su mente atormen- tada. El joven, que con su arpa le liberaba de los fantasmas de su
locura y que con su honda le ha librado del peligro filisteo, se ha transformado ahora en
una amenaza más profunda que todos los males precedentes. David es la encarnación,
presente y real, del rechazo de Dios. Los celos le trastornan la razón y la rivalidad se
hace irracional en su lucidez.
La envidia corroe las entrañas del rey hasta transformarse en odio y deseo de
venganza. Y, de nuevo, Saúl cae en su crisis depresiva, en- cerrándose en su tienda a
rumiar su fracaso. En su desamparo delira: Si ya le cantan como diez veces más
valiente, pronto querrán que David sea rey en mi lugar. Ya apenas acabada la batalla
contra Goliat, Saúl había preguntado a Abner: "Abner, este muchacho, ¿de quién es
hijo?". La in- quietud obsesiva de Saúl no le deja gozar de la victoria sobre los filisteos.
Su mente gira en torno a su preocupación. Este muchacho, que el rey fin- ge
desconocer para mantener el secreto de su enfermedad; este mucha- cho, que con su
música apacigua sus crisis; este muchacho transformado ahora en valiente guerrero,
capaz de usar sus armas e incluso blandir la pesada espada de Goliat, con la que ha
cortado la cabeza del gigante, ¿no es acaso betlemita? ¿No es acaso hijo de Jesé, en
cuya casa se en-
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cerró Samuel después de anunciarle a él que Yahveh le había abandona- do...?
Abner esquiva la pregunta. Pero no es posible esquivar la pregunta de un
enfermo obsesivo. Saúl vuelve siempre sobre lo mismo. Abner jura que no le conoce.
Pero, apenas David se acerca radiante con la cabeza de Goliat, Saúl le suelta la misma
pregunta: "Muchacho, ¿de quién eres hijo?". Y David, ingenuo y orgulloso, responde:
"Soy hijo de tu siervo Jesé, el betlemita". Y Saúl, para alejar a David, le promueve
como capitán de diez mil hombres y, con este ejército, vence muchas batallas contra
los filisteos. David tenía éxito en todo lo que emprendía, "pues Dios estaba con él,
mientras que se había retirado de Saúl". Todo Israel lo amaba. La popularidad de David
acrecentó la ruina de Saúl, a quien le comían las entrañas los celos. Pero David, a
quien Saúl necesitaba y odiaba, se ganó la amistad de Jonatán, hijo de Saúl y la mano
de Mikal, hija del mismo Saúl.
Saúl se sintió abatido de nuevo. Jonatán, oyendo delirar a su pa- dre, suplica a
David que vuelva a tocar el arpa para calmar a su padre. Pero sucedió que, mientras
David tocaba con su mano el arpa, Saúl, que tenía en su mano la lanza, la arrojó contra
él. David logra esquivarla. La lanza le pasa raspándole la frente y va a incrustarse en la
pared. David está inerme ante el rey armado. La fuerza y la debilidad están frente a
frente: el amor, hecho canto, enfrentado a la violencia del odio y la envi- dia. Pero
David indefenso logra esquivar el arma del rey. Saúl experimen- ta que su fuerza es
impotente contra David y empieza a temerlo. Demu- dado, con la mirada perdida, la ira
del rey queda dibujada, petrificada en su rostro. David, entonces, comprende que Saúl
realmente desea matarlo y huye del palacio. En la pared quedó aún vibrando la lanza
cuando David huyó como una sombra. Desde su escondite, David manda llamar a Jo-
natán y le dice: "¿En qué he ofendido a tu padre para que quiera matar- me?". Jonatán,
que ama a David y también a su padre, está afligidísimo. Promete a David averiguar las
verdaderas intenciones de su padre, para ver si puede volver al palacio o debe huir.
Al día siguiente, durante la fiesta de la luna nueva, Saúl descubre que el puesto
de David en la mesa del banquete está vacío. Con los ojos desorbitados de ira,
pregunta: "¿Cómo es que el hijo de Jesé no viene a sentarse a la mesa?". Jonatán, con
voz temblorosa, responde: "Le he da- do permiso para ir a una fiesta de familia en
Belén". Saúl grita a su hijo: "¡Hijo de una perdida! ¿Crees que no sé que tú estás de su
parte? ¡Ver- güenza para ti y para tu madre! Pues has de saber que mientras viva el
hijo de Jesé no estarás seguro tú ni tu reino. Anda, manda a buscarlo y traémelo, pues
debe morir".
Jonatán, lleno de ira, se levanta de la mesa sin probar bocado. Al día siguiente,
apenas amanece, va al campo en busca de David y le dice: "Huye y vete en paz, que el
Señor esté conmigo y contigo". En medio del odio, los celos, envidia e intrigas de Saúl
contra David, la amistad de Jo- natán y el amor de Mikal, hijos de Saúl, son como una
sonrisa consolado-
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ra para David. Jonatán y David se unen entre sí con un pacto de sangre. Su unión
queda sellada con el intercambio de traje y armas. La alianza sellada ante el Señor
vincula a ambos: si uno quebranta la lealtad, el otro podrá matarlo sin recurrir a una
instancia superior.
Así Saúl comenzó a perseguir a David, que se ve obligado a huir a los montes.
En una ocasión se escondió en una gruta. Sabiendo que los guardias del rey andaban
buscándolo por aquellos parajes, David no se atrevía a salir de su escondrijo, temiendo
que lo descubrieran. El miedo le atenazaba y no osaba ni moverse. Sólo su corazón
gritaba al Señor. Co- mo siempre, el Señor se compadeció de él y le auxilió, mandó
unas ara- ñas a la gruta y éstas en un momento tejieron sus telarañas, cerrando el
ingreso de la gruta. Cuando Saúl, con sus soldados, pasó ante la gruta, David sintió su
taconeo y se estremeció de terror. Pero, al instante, se tranquilizó, oyendo la voz de
Saúl: "No puede estar aquí, pues, si se hubiera escondido en esta gruta, hubiera roto la
telaraña al entrar".
Con la confianza en el Señor, recobrada gracias a las arañas, Da- vid, a los
pocos días, se atrevió a acercarse a la tienda de Saúl. El rey estaba durmiendo la
siesta y Abner, jefe del ejército, en vez de custodiar el sueño del rey, se había dormido
también. David, viendo a Abner dormi- do, decidió llegar hasta el interior de la tienda y
dejar junto al rey un signo de que, habiendo podido matarlo, no había querido poner la
mano sobre él.
En su huida, David gustó el sabor amargo de la soledad; abatido recorrió
caminos y desiertos; conoció la suerte del elegido de Dios, a quien El ama y acrisola
hasta hacerlo uno con El. Como elegido, David se adhiere a Dios de corazón y espera
la hora de Dios, sin querer anticiparla. Abandonado a los planes de Dios, lo acepta todo
de El y espera que el Señor transforme en bendiciones todas las desgracias que le toca
sufrir. Pero una cosa sí le dolió a David en su huida: el verse obligado a aban- donar la
Tierra Santa. Abandonar la Tierra, para habitar en otro país, era para David "como
adorar a los ídolos". Esto le llevó a pronunciar su única maldición contra Saúl y sus
hombres: "Malditos sean, porque me han hecho escapar de la presencia del Señor,
sacándome de su heredad, di- ciéndome: Vete a servir a otros dioses". Pero, apenas
pronunció esta maldición, el temor de Dios le invadió el corazón. Le duele el odio de
Saúl, pero no puede dejar de amarlo como ungido del Señor. Entró dentro de sí y, con
todo su ser, pidió dos cosas al Señor:
No me entregues, Señor, en manos de mis enemigos, y que Saúl no caiga en mis manos, para
que no me asalte la tentación de matar a tu ungido.
La escena se repite en los refugios de Engadí y en el desierto de Zif. David y sus
hombres están escondidos en el fondo de una cueva, en la que entra Saúl, solo, a
hacer sus necesidades. Los hombres de David le dicen: "Mira, este es el día que
Yahveh te anunció: Yo pongo a tu ene- migo en tus manos, haz de él lo que te plazca".
Pero David les replicó: "Nunca me permita el Señor devolverle el mal que me hace. No
alzaré mi
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mano contra el ungido del Señor. Yahveh será quien le hiera, cuando le llegue su día".
David, el hombre según el corazón de Dios, rechaza la vio- lencia y, una vez más, no
se toma la justicia por su mano.
La fama de David va eclipsando al primer rey de Israel. Obsesiona- do por
perseguir a David, Saúl se olvida de los filisteos, que vuelven a someter a Israel. En la
batalla de Gelboé las tropas israelitas son aniqui- ladas, los tres hijos de Saúl mueren y
el mismo Saúl, gravemente herido, se suicida. Saúl lo ha perdido todo y no logra
siquiera encontrar uno que lo mate; se expone en primera fila, pero los enemigos no le
matan; no le quiere matar su escudero, pues no desea incurrir en tal sacrilegio. No le
queda a Saúl más que abandonarse él mismo a la espada clavada en tie- rra. Sin
embargo, cuando le llega la noticia de la muerte de Saúl, David se ha olvidado del odio;
el amor ha cancelado los rastros de la enemistad.
e) El pecado de David
Después de la muerte de Saúl, David es consagrado rey de Judá y de Israel. Y
lo primero que hace David como rey es conquistar Jerusalén, que estaba en poder de
los jebuseos y trasladar a ella el Arca del Señor. David y todo Israel "iban danzando
delante del arca con gran entusiasmo", "en medio de gran alborozo"; "David danzaba,
saltaba y bailaba" (2Sam 6,5.12.14.16). El gozo se traduce en aclamaciones de sabor
litúrgico: "David y todo Israel trajeron el arca entre gritos de júbilo y al son de trom-
petas" (6,15).
El Señor estaba con David en todas sus empresas. Sus victorias sobre los
enemigos son incontables. Pero en una ocasión David envía a sus servidores a dar el
pésame a Janún por la muerte de su padre Najás, rey de los ammonitas. Janún les
toma por espías, les prende, les rapa la mitad de la barba, corta sus vestidos hasta la
mitad de las nalgas y los despide. La ofensa es clamorosa, una verdadera provocación.
Al año si- guiente, al llegar la primavera, época en que los reyes van a la guerra, David
envía a Joab con sus veteranos y todo Israel a devastar la región de los ammonitas y a
sitiar a Rabá. David, mientras tanto, se queda en Jerusalén. El rey se ha vuelto
indolente y perezoso. Mientras el Arca, Is- rael y Judá viven en tiendas, acampando al
raso, David pasa el tiempo durmiendo largas siestas, de las que se levanta a eso del
atardecer. Y un día, ¡al atardecer!, David se levanta de su lecho y se pone a pasear por
la azotea de palacio. Desde la azotea los ojos de David caen sobre una mu- jer que se
está bañando. Es una mujer muy hermosa. David se queda prendado de ella y manda
a preguntar por ella. Le informan: "Es Betsabé, hija de Alián, esposa de Urías, el hitita".
David no puede llamarse a engaño. Sabe desde el primer momento que la mujer
está casada con uno de sus más fieles oficiales, que se en- cuentra en campaña. Sin
embargo, David no duda un minuto. Manda a unos para que se la traigan; llega la mujer
y David se acuesta con ella, que acaba de purificarse de sus reglas. Después Betsabé
se vuelve a su casa. Queda encinta y manda este aviso a David: "¡Estoy encinta!".
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El rey ideal de Israel, aclamado por todo el pueblo, el hombre según el corazón
de Dios, se siente estremecer ante el mensaje. Pero, en ese momento, no levanta los
ojos al Señor, que le ha sacado del aprisco del rebaño. David se siente aturdido. En las
dos palabras del mensaje de Betsabé hay un grito terrible. Su esposo está lejos. No se
puede camuflar el adulterio. Y el adulterio es castigado con la lapidación. David, por
salvar su honor, por "razones de estado", intenta por todos los modos encubrir su
delito. A toda prisa manda un emisario a Joab: "Mándame a Urías, el hitita".
Joab se lo manda. Cuando llega Urías a la presencia del rey, David finge
interesarse por Joab, por la suerte del ejército y por la guerra. Lue- go, para poder
atribuirle el hijo que Betsabé, su esposa, ya lleva en su seno, le insta: "Anda a casa a
lavarte los pies". El soldado que vuelve de la guerra no dudará en abrazar y amar a su
mujer. Así piensa David, que redondea la escena enviando un regalo a casa de Urías.
Pero el soldado no es como el rey. No piensa ni actúa del mismo modo. Urías,
¿sospecha acaso lo ocurrido con su esposa? De todos modos no acepta la propuesta
de David. No va a su casa. Duerme a la puerta de palacio, con los guar- dias de su
señor. David se muestra amable. Ofrece a Urías obsequios de la mesa real. El rey
insiste: "Has llegado de viaje, ¿por qué no vas a ca- sa?".
Urías, sin pretenderlo, en su respuesta marca el contraste entre David, que se
ha quedado en Jerusalén con las mujeres y algunos corte- sanos, y el Arca del Señor y
el ejército en medio del fragor de la batalla. Las palabras de Urías, amplias y
apasionadas, al describir al ejército, de- nuncian el ocio y sensualidad de David: "El
Arca, Israel y Judá viven en tiendas; Joab, mi señor, y los siervos de mi señor acampan
al raso, ¿y voy yo a ir a mi casa a comer, beber y acostarme con mi mujer? ¡Por tu vida
y la vida de tu alma, no haré tal!".
Urías retorna al campo de batalla llevando en su mano, sin saberlo, su condena
a muerte. Un pecado arrastra a otro pecado. David, por medio de Urías, manda a Joab
una carta. En ella estaba escrito: "Pon a Urías en primera línea, donde sea más recia la
batalla y, cuando ataquen los ene- migos, retiraos dejándolo solo, para que lo hieran y
muera". Joab no tiene inconveniente en prestar este servicio a David; ya se lo cobrará
con cre- ces y David, chantajeado, tendrá que callar. A los pocos días, Joab man- da a
David el parte de guerra, ordenando al mensajero: "Cuando acabes de dar las noticias
de la batalla, si el rey monta en cólera por las bajas, tú añadirás: Ha muerto también tu
siervo Urías, el hitita".
Para proteger su honor, a David no le importa la muerte de sus hombres. El rey
indolente y adúltero se ha vuelto también asesino. Al oír la noticia se siente finalmente
satisfecho y sereno. Así dice al mensajero: "Dile a Joab que no se preocupe por lo que
ha pasado. Así es la guerra: un día cae uno y otro día cae otro. Anímalo".
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Muerto Urías, David puede tomar como esposa a Betsabé y así queda resuelto
el problema del hijo. La mujer de Urías, al oír que ha muer- to su esposo, hace duelo
por él. Y cuando pasa el tiempo del luto, David manda a por ella y la recibe en su casa,
haciéndola su mujer. Ella le dio a luz un hijo.
Parece una novela rosa con un final feliz. Ha habido un adulterio y un asesinato
y David se siente en paz. Con cinismo se dedica a consolar a Joab. La vida de unos
soldados es un precio aceptable por la muerte de Urías. El prestigio del rey ha quedado
a salvo. Pero Dios se alza en de- fensa del débil agraviado. Ante su mirada no valen
oficios ni dignidades. Y aquella acción no le agradó a Dios.
Sin duda el chisme se difundió por toda la ciudad, pero todos guar- daron
silencio. Pero hay una voz que se levanta en medio del silencio cómplice de los
súbditos. Es el profeta, que alza la voz de Dios, a quien ha llegado el grito de la sangre
derramada. El Señor envía al profeta Natán, quien se presenta ante el rey y le cuenta
una parábola, como quien le presenta un caso ocurrido, para que el rey dicte sentencia:
"Hab- ía dos hombres en una ciudad, el uno era rico y el otro pobre. El rico tenía
muchos rebaños de ovejas y bueyes. El pobre, en cambio, no tenía más que una
corderilla, sólo una, pequeña, que había comprado. El la alimen- taba y ella iba
creciendo con él y sus hijos. Comía de su pan y bebía en su copa. Y dormía en su seno
como una hija. Pero llegó una visita a casa del rico y, no queriendo tomar una oveja o
un buey de su rebaño para invi- tar a su huésped, tomó la corderilla del pobre y dio de
comer al viajero llegado a su casa".
Con esta breve parábola, el profeta envuelve a David hasta el pun- to de hacerle
visceralmente partícipe, para que sea él mismo quien pro- nuncie la sentencia. David
escucha la parábola como un caso que él debe sentenciar con su autoridad suprema.
Y, mientras escucha, David, que había logrado acallar su conciencia con fútiles
razones, ahora, con la pa- labra del profeta, se le despierta. Rojo de cólera exclama:
"¡Vive Yahveh! que merece la muerte el hombre que tal hizo". David sentencia sin pre-
guntar nombres. Entonces Natán, apuntándole con el dedo, da un nombre al rico de la
parábola:
-¡Ese hombre eres tú!
La palabra del profeta interpela a David, es luz viva más tajante que una espada
de doble filo; penetra hasta las junturas del alma y el espíritu; desvela sentimientos y
pensamientos. Nada escapa a su luz; to- do queda ante ella desnudo. Es a ella a quien
David tiene que dar cuenta. Pues David no ha ofendido sólo a Urías, sino que ha
ofendido a Dios, que toma como ofensa suya la inferida a Urías. Así dice el Señor, Dios
de Is- rael: "Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, te di la hija de tu señor, puse en
tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y de Judá, y por si fuera poco te añadiré
otros favores. ¿Por qué te has burlado del Señor haciendo lo que El reprueba? Has
asesinado a Urías, el hitita, para casar-
90
te con su mujer. Pues bien, no se apartará jamás la espada de tu casa, por haberte
burlado de mí casándote con la mujer de Urías, el hitita, y matándolo a él con la espada
ammonita. Yo haré que de tu propia casa nazca tu desgracia; te arrebataré tus mujeres
y ante tus ojos se las daré a otro, que se acostará con ellas a la luz del sol. Tú lo hiciste
a escondidas, yo lo haré ante todo Israel, a la luz del día". Ante Dios y su profeta David
confesó:
-¡He pecado contra el Señor!
La palabra de Dios ha penetrado en el corazón de David. Ha cala- do hasta lo
más hondo de su ser y ha hallado la tierra buena, el corazón según Dios, y dado fruto:
el reconocimiento y confesión del propio peca- do, dando espacio a la misericordia de
Dios. La miseria y la misericordia se encuentran juntas. El pecado confesado arranca el
perdón de Dios. Natán le respondió: "El Señor ha perdonado ya tu pecado. No
morirás".
Cumplida su misión, Natán volvió a su casa. Y David, a solas con Dios, arrancó
a su arpa los acordes más sinceros de su alma: "Misericor- dia, Dios mío, por tu
bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa... (Sal 51).
El profeta Natán ha escuchado, pues, la confesión de David y le ha anunciado el
perdón del Señor. Pero el pecado siempre tiene sus conse- cuencias amargas: "Has
asesinado. La espada no se apartará jamás de tu casa. En tu propia casa encontrarás
tu desgracia. Y lo que tú has hecho a escondidas, te lo harán a ti a la luz del día". David
no olvidará su pecado. Lo tiene siempre presente. Y no es sólo el adulterio o el
asesinato. A la luz de este doble pecado David ha entrado dentro de sí y ha visto su
vida de pecado, "desde que en pecado lo concibió su madre". Desde lo hondo de su
ser grita a Dios: "Señor, ¿quién conoce sus propios extravíos? Líbrame de las faltas
ocultas" (Sal 19,13).
Los salmos, que la tradición judía atribuye a David, nos ayudan a descubrir la
unión íntima que se da entre la fe y la historia concreta del elegido de Dios. La historia,
con su multiplicidad de hechos, es una cade- na de acontecimientos unidos por la
mano de Dios, que teje interiormente dicha historia. La alianza que Dios pacta y
mantiene fielmente es el hilo conductor que unifica la historia de la salvación. La
historia, misteriosa- mente trenzada por la acción de Dios, es el seno de la salvación.
Hasta el pecado, confesado y perdonado, anuda más fuertemente la alianza. La
insatisfacción, la miseria, la oscuridad de los hechos llenan aparentemen- te la vida,
pero, por debajo de esos hechos, corre el río de agua salvado- ra, que se abre cauce y
aparece después luminoso, como fuente de alegr- ía y reconocimiento en el canto de
los salmos. La fe transforma los hechos en acontecimientos, que permanecen como
memoriales de salva- ción.
David compone los salmos en medio del aprieto. El libro de los salmos no es un
libro de memorias escrito en la calma posterior a los
91
acontecimientos. No es un libro de poemas. Los salmos son frecuente- mente un grito
de ayuda, lanzado en medio de la tribulación, con la ur- gencia de la situación y la
tensión del momento. Para descubrir el alma de David es preciso prestar oído al son
del arpa. Al son del arpa nos revela el misterio de su corazón (Sal 49,5). Cuanto más
vigorosamente se puntean las cuerdas del arpa más fuertes son sus sonidos, más
resuenan sus to- nos. Del mismo modo, cuanto más fuerte toca Dios el corazón de
David con la aflicción más fuerte y más bello es su canto. En la angustia, David recurre
a su arpa: "¡Despierta alma mía! ¡Despertad cítara y arpa!" (Sal 57,9). El alma es
despertada y estimulada al mismo tiempo que el arpa y la cítara.
Desde su pecado, David comprende que los juicios del Señor son justos. Su
arrogancia cede ante el Señor, que le hace experimentar la muerte que ha sembrado
su pecado. El niño, nacido de su adulterio, cae gravemente enfermo. David, entonces,
suplica a Dios por el niño, prolon- gando su ayuno y acostándose en el suelo. Los
ancianos de su casa le suplican que se levante del suelo y coma, pero él se niega. En
su lecho se debate y suplica al Señor: Señor, he pecado y es justo tu castigo. Pero no
me corrijas con ira, no me castigues con furor. Ten piedad de mí que es- toy postrado y
sin fuerzas. Sé que necesito los dolores, que me mandas, para desatar mi alma de los
lazos del pecado. Pero mis huesos están desmoronados, abatida mi alma, y tú,
Yahveh, ¿hasta cuando? Estoy ex- tenuado de gemir, cada noche lavo con mis
lágrimas el lecho que manché pecando con Betsabé. Mira mis ojos hundidos y
apagados, y escucha mis sollozos.
Siete días ha orado y ayunado David, hasta que al séptimo día el niño murió.
Nadie se atrevía a darle la noticia, pues se decían: "Si cuando el niño estaba vivo, no
nos escuchaba, ¿cómo le diremos ahora que ha muerto? ¡Hará un desatino!". Pero
David, por los cuchicheos de sus servi- dores, comprende que el niño había muerto. Se
alzó y dijo a sus servido- res: "¿Es que ha muerto el niño?". Con una inclinación de
cabeza se lo confesaron. Entonces David se lavó, se ungió y se cambió de vestidos. Se
fue al templo y adoró al Señor; luego volvió al palacio y pidió que le sirvie- ran la
comida. Los servidores, sin entender la conducta del rey, le sirvie- ron y él comió y
bebió. Los servidores le dijeron: "¿Qué es lo que haces? Cuando el niño aún vivía,
ayunabas y llorabas, y ahora que ha muerto, te levantas y comes". Les respondió:
"Mientras el niño vivía, ayuné y lloré, pues me decía: ¿Quién sabe si Yahveh tendrá
compasión de mí y el niño vivirá? Pero ahora que ha muerto, ¿por qué he de ayunar?
¿podré hacer que vuelva? Yo iré donde él, pero él no volverá a mí".
Luego se fue a consolar a Betsabé, se acostó con ella, que le dio un hijo. David
le puso por nombre Salomón, amado de Yahveh. Este hijo era la garantía del perdón
de Dios. Cuando en su interior le asalten los remordimientos y las dudas sobre el amor
de Dios, Salomón será un me- morial visible de su amor, figura del Mesías.
92
Cuando David se establece en su casa y Dios le concede paz con todos sus
enemigos, llama al profeta Natán y le dice: "Mira, yo habito en una casa de cedro
mientras que el Arca de Dios habita bajo pieles. Voy a edificar una casa para el Señor".
Pero aquella misma noche vino la pala- bra de Dios a Natán: "Anda, ve a decir a mi
siervo David: Así dice el Se- ñor: ¿Eres tú quien me vas a construir una casa para que
habite en ella? Desde el día en que saqué a Israel de Egipto hasta hoy no he habitado
en una casa, sino que he ido de acá para allá en una tienda. No he mandado a nadie
que me construyera una casa de cedro. En cuanto a ti, David, siervo mío: Yo te saqué
de los apriscos, de detrás las ovejas, para poner- te al frente de mi pueblo Israel. He
estado contigo en todas tus empresas, te he liberado de tus enemigos. Te ensalzaré
aún más y, cuando hayas llegado al final de tus días y descanses con tus padres,
estableceré una descendencia tuya, nacida de tus entrañas, y consolidaré tu reino. El,
tu descendiente, edificará un templo en mi honor y yo consolidaré su trono real para
siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por
siempre en mi presencia".
Al escuchar esta profecía de labios de Natán, David se postró ante el Señor y
dijo: "¿Quién soy yo, mi Señor, para que me hayas hecho lle- gar hasta aquí? Y, como
si fuera poco, haces a la casa de tu siervo esta profecía para el futuro. ¡Realmente has
sido magnánimo con tu siervo! ¡Verdaderamente no hay Dios fuera de ti! Ahora, pues,
Señor Dios, mantén por siempre la promesa que has hecho a tu siervo y a su familia.
Cumple tu palabra y que tu nombre sea siempre memorable. Ya que tú me has
prometido "edificarme una casa", dígnate bendecir la casa de tu siervo, para que
camine siempre en tu presencia. Ya que tú, mi Señor, lo has dicho, sea siempre
bendita la casa de tu siervo, pues lo que tú bendi- ces queda bendito para siempre".
La promesa de Dios y la súplica de David suscitó en Israel una es- peranza
firme. Incluso cuando desapareció la monarquía esta esperanza pervivió. Podían estar
sin rey, pero, algún día, surgiría un descendiente de David para recoger su herencia y
salvar al pueblo. Esta esperanza contra toda esperanza, fruto de la promesa gratuita de
Dios, basada en el amor de Dios a David, se mantuvo viva a lo largo de los siglos. La
promesa de Dios es incondicional. El Señor no se retractará. El rey esperado, el hijo de
David, no será un simple descendiente de David. Será el Salvador de- finitivo, el
Ungido de Dios, el Mesías.
En David se anticipa en figura la encarnación del Mesías. La cruz atraviesa toda
la revelación y en David se dibujan sus rasgos con lumino- sidad casi transparente. Se
desvelará abiertamente en el cumplimiento de la figura en Cristo, hijo de David. El trazo
vertical de la cruz es el designio de Dios sobre los hombres, que penetra como rayo de
fuego las entrañas de David. Y el trazo horizontal son los hechos, el cuerpo que presta
David al desarrollo del designio divino. En la existencia de David desciende Dios y
anuda en cruz al hombre con El. Es la alianza entre lo humano y lo divi- no, entre Dios
y el hombre, lo que hace de la historia historia de salva- ción.
93
Con el barro de David, profundamente pasional y carnal, circunda- do de
mujeres, hijos y personajes que reflejan sus pecados, Dios plasma el gran Rey, Profeta
y Sacerdote, el Salmista cantor inigualable de su bondad: "Un hombre según su
corazón". Ya los salmos exaltan al rey futu- ro, el Mesías, el Rey salvador. David, el rey
pastor encarna ya, en figura, al Rey Mesías: potente en su pequeñez, inocente
perseguido, exaltado a través de la persecución y el sufrimiento, siempre fiel a Dios que
le ha elegido.
3. SALOMÓN
David piensa haber realizado su misión una vez que ha pacificado al país,
liberándolo de sus enemigos (2Sam 7,1). Pero el rey ideal es Sa- lomón, don de Dios a
David, como señal de paz tras su pecado. Salomón, según el significado de su nombre,
es el "rey pacífico" (1Cro 22,9;Eclo 47,12), símbolo del Mesías, el hijo de David, el
"Príncipe de paz", anun- ciado por Isaías (9,5). San Agustín comenta: "Cristo es el
verdadero Sa- lomón, y aquel otro Salomón, hijo de David, engendrado de Betsabé, rey
de Israel, era figura de este Rey pacífico. Es El quien edifica la verdadera casa de Dios,
según dice el salmo: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los
constructores".
David, agotado más que por los años por las consecuencias de sus pecados, se
siente anciano, pronto para marchar a reunirse con sus pa- dres. El salmo nos refleja
su estado: Señor, has reducido mis días a un palmo y mi vida no es nada ante ti; el
hombre no dura más que un soplo, sus días pasan como pura sombra. Por un soplo se
afana, atesora sin saber a quién legar sus bienes. Ahora, Señor, ¿qué esperanza me
que- da? Tú eres mi confianza, escucha mi oración, y no seas sordo a mi llan- to,
porque yo soy huésped tuyo, forastero como todos mis padres. Aplaca tu ira, dame
respiro, antes de que pase y no exista. (Sal 39)
David hace tiempo que ha elegido a Salomón, el hijo de Betsabé, como su
sucesor. Se lo ha prometido con juramento a la madre ante el profeta Natán. Natán y
Betsabé se lo recuerdan ahora: "Señor mío, tú ju- raste por el Señor, tu Dios: Tu hijo
Salomón me sucederá en el reino y se sentará en mi trono. Ahora, mi señor el rey, todo
Israel está pendiente de ti, esperando que les anuncies quién va a suceder en el trono
al rey, mi señor; porque el rey va a reunirse con sus padres y mi hijo y yo vamos a
aparecer como usurpadores". David repite su juramento: "Vive Yahveh, que como te
juré por Yahveh, Dios de Israel, diciendo: Salomón tu hijo reinará después de mí, y él
se sentará sobre mi trono en mi lugar, ¡así lo haré hoy mismo!".
David convoca al sacerdote Sadoq, al profeta Natán y a Benaías y les ordena:
"Tomad con vosotros a los veteranos de vuestro señor, mon- tad a mi hijo Salomón
sobre mi propia mula y bajadle a Guijón. Allí el sa- cerdote Sadoc y el profeta Natán le
ungirán como rey de Israel. Luego
94
tocaréis el cuerno y que todos griten: ¡Viva el rey Salomón! Luego subiréis detrás de
Salomón, y cuando llegue se sentará en mi trono y me sucederá en el reino, porque lo
nombro jefe de Israel y Judá". Benayas respondió en nombre de todos: "Amén. Así
habla Yahveh, Dios de mi señor el rey. Como ha estado Yahveh con mi señor el rey,
así esté con Salomón y haga su trono más grande que el trono de mi señor el rey
David". Al son de flautas acompañaron a Salomón y lo sentaron en el trono de David.
Terminada la entronización, David llamó a Salomón y le hizo estas
recomendaciones: "Yo me voy por el camino de todos. Guarda las normas de Yahveh,
tu Dios, camina por sus sendas, guarda sus preceptos, como están escritos en la Ley
de Moisés, para que tengas éxito en todas tus empresas, adondequiera que vayas. Así
el Señor cumplirá la promesa que me hizo: Si tus hijos siguen mi camino, marchando
en mi presencia con fidelidad, amándome con todo su corazón y con toda su alma, no
te faltará un descendiente en el trono de Israel".
Salomón ofreció holocaustos al Señor en Gabaón y el Señor le dijo: "Pide lo que
quieras que te dé". Salomón dijo: "Tú has tenido gran amor a tu siervo David, mi padre,
porque él ha caminado con fidelidad y rectitud de corazón contigo. Tú le has
conservado este gran amor y le has conce- dido que hoy se siente en su trono un hijo
suyo. Ahora Yahveh, mi Dios, tú me has constituido rey en lugar de David, mi padre,
pero yo soy un mu- chacho pequeño, que no sabe salir ni entrar. Tu siervo está en
medio de tu pueblo elegido, tan numeroso que no se puede contar. Concede, pues, a tu
siervo un corazón que entienda para juzgar a tu pueblo, para discernir entre el bien y el
mal, pues ¿quién será capaz de juzgar a este pueblo tuyo?". Agradó a Dios la oración
de Salomón y le dijo: "Porque has pedido discernimiento, y no larga vida o riquezas o la
muerte de tus enemigos, te concedo un corazón sabio e inteligente como no lo hubo
antes ni lo habrá jamás. Y también te concedo lo que no has pedido: riquezas y gloria.
Si andas por mis caminos, como anduvo David tu padre, yo prolongaré los días de tu
vida".
Salomón ama a Dios, sigue el camino de su padre David. Se siente hijo de la
promesa de Dios a su padre, que él mismo oye repetida: "Por este templo que estás
construyendo, yo te cumpliré la promesa que hice a tu padre David: habitaré entre los
israelitas y no abandonaré a mi pueblo Israel". Cuando el templo estuvo terminado,
Salomón hizo llevar a él las ofrendas que había preparado su padre: plata, oro y vasos,
y los depositó en el tesoro del templo, bendiciendo al Señor: "¡Bendito sea el Señor,
Dios de Israel! Que a mi padre, David, con la boca se lo prometió y con la mano se lo
cumplió".
Aunque en su vejez, el corazón de Salomón, arrastrado por sus mujeres, se
desvió del Señor, sin mantenerse fiel como el corazón de Da- vid, el Señor mantuvo su
palabra, "en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida". El
Señor dejará una tribu a la descendencia de Salomón "para que mi siervo David tenga
siempre una lámpara ante mí en Jerusalén". La memoria de David queda en Israel
como signo de
95
esperanza eterna, pues a él está ligada la promesa del Señor. Cuando todo parezca
venirse abajo por culpa de los reyes malvados, Dios perdo- na "en consideración a mi
siervo David". Por amor a David mantiene su descendencia en Judá, aunque Roboam
haga méritos para perderlo todo. Por amor a David, Dios pasa por alto los pecados de
Abías y Jorán. Por amor a David libra al pueblo de la invasión de Senaquerib. La
promesa de Dios es irrevocable. La lámpara de David sigue encendida ante el Señor
en Jerusalén hasta que llegue "el que ha de venir", el Mesías, "hijo de Da- vid" (Mt 1,1).
El templo que Salomón edificó para el Señor era tipo y figura de la futura Iglesia,
que es el cuerpo del Señor, tal como dice en el Evangelio: "Destruid este templo y yo lo
levantaré en tres días". Cristo, el verdadero Salomón, se edificó su templo con los
creyentes en él, siendo El la piedra angular y los cristianos las "piedras vivas" del
Templo (1Pe 2,4-5).
VI. PROFETAS
Salomón marca la época gloriosa de la monarquía de Israel. Su sabiduría, el
esplendor de sus construcciones, sobre todo del Templo, y sus inmensas riquezas
cubren de fama a Salomón, a quien visita hasta la reina de Saba. Pero ya con la
muerte de Salomón, cuyo corazón en la vejez fue desviado hacia dioses extranjeros
por sus mujeres, el reino se divide en dos: Judá e Israel. De sus sucesores, sólo
Ezequías y Josías se mantienen plenamente fieles a la alianza del Señor. No obstante
la infide- lidad del pueblo, Dios mantiene la promesa hecha a David; siempre queda un
resto fiel, depositario de la promesa mesiánica; es el resto "que no do- bla las rodillas
ante Baal", manteniéndose fiel a la Alianza.
Salomón ha construido un templo a Dios, "donde viva para siem- pre" (1Re
8,13). Pero Dios no se deja "encerrar" en un templo (He 7,45- 51), es el Dios que
acompaña al pueblo en su historia. Frente a los reyes, que arrastran a Israel a la
idolatría, Dios suscita sus profetas, quienes en su nombre, invitan al pueblo a
mantenerse fiel a la Alianza. Profeta, como indica la palabra, es quien habla en nombre
de Dios: "Tú serás como mi boca" (Jr 15,19). Los profetas transmiten la palabra de Dios
con su boca, con su vida, con los gestos simbólicos que realizan. A la luz de Dios ilumi-
nan los acontecimientos del pueblo. Denuncian el pecado y llaman a con- versión. Leen
el presente a la luz de las actuaciones de Dios en el pasa- do, con lo que abren una
esperanza futura para el pueblo fiel. No todos los profetas nos han dejado escritos. Su
vida y su palabra oral son sus profecías.
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1. ELÍAS Y ELISEO
Durante el reinado de Ajab (874-853) y de su esposa Jezabel, hija del rey de
Tiro, la fidelidad del pueblo a la Alianza del Señor se vio ame- nazada por la
introducción del culto a Baal en Samaría. Entonces surge, de improviso, el profeta
Elías. Su nombre Eli Yahu (Yahveh es mi Dios) indica su misión; suena como un grito
de arenga a la guerra santa contra la idolatría. Elías, "el hombre de Dios", se alza para
defender la fe de Isra- el, enfrentando al pueblo con el dilema de servir a Yahveh o a
Baal: "Si Yahveh es Dios, seguidle; si lo es Baal, seguidle a él".
Elías comienza su ministerio presentándose ante el rey Ajab para anunciarle, en
nombre de Yahveh, que "no habrá ni rocío ni lluvia sino por la palabra de Dios" (1Re
17,1). La sequía será total. Baal, entronizado por Ajab, dios de la lluvia y de la
fecundidad de la tierra, no podrá hacer nada frente a Yahveh, de quien en realidad
depende la lluvia que fertiliza la tie- rra. "Por tres años y seis meses se cerró el cielo y
hubo gran hambre en todo el país" (Lc 4,25). Una vez anunciado el mensaje al rey,
Elías se es- condió en una cueva del torrente Querit, al este del Jordán. Allí Dios pro-
veyó a su sustento: "los cuervos le llevaban por la mañana pan y carne por la tarde, y
bebía agua del torrente".
Al cabo de un tiempo, habiendo cesado totalmente las lluvias, se secó el
torrente. Dios entonces indica al profeta que se traslade a Sarep- ta. Allí vive con el
milagro de la harina y del aceite de una viuda, a quien Elías anuncia en nombre de
Dios: "No faltará la harina que tienes en la tinaja ni se agotará el aceite en la alcuza
hasta el día en que Yahveh haga caer de nuevo la lluvia sobre la tierra". La viuda hizo
lo que le dijo el profe- ta y se cumplió "lo que había dicho Yahveh por Elías". "Muchas
viudas había en Israel en los días de Elías y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino
a una mujer viuda de Sarepta de Sidón" (Lc 4,26). Los milagros con- firman la
autenticidad de su palabra.
Pasados los tres años de sequía, Dios saca a Elías de su oculta- miento y le
envía de nuevo a Ajab. Apenas Ajab vio a Elías, le dijo: "¿Eres tú, ruina de Israel?". Y
Elías le respondió: "No soy yo la ruina de Israel, sino tú y la casa de tu padre,
apartándoos de Yahveh para seguir tras los baales". Elías indica a Ajab que convoque
en el Carmelo a todos los pro- fetas de Baal. Ante ellos Elías habla a todo el pueblo:
"Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies, danzando en honor de Yahveh y
de Baal?" (1Re 18,21).
Elías, único profeta fiel a Yahveh, se enfrenta en duelo con los cua- trocientos
cincuenta profetas de Baal. Pero no tiene miedo: el duelo es entre Yahveh y Baal. La
prueba, que Elías propone, consiste en presentar la ofrenda de un novillo, él a Yahveh;
los otros, a Baal. Colocarán la vícti- ma sobre la leña, pero sin poner fuego debajo. "El
dios que responda con el fuego, quemando la víctima, ése es Dios" (18,24). Con gritos,
danzas y sajándose con cuchillos hasta chorrear sangre estuvieron invocando a Baal
sus profetas, de quienes se burlaba Elías. Al atardecer tocó el turno
97
a Elías. Levantó con doce piedras el altar de Yahveh, que había sido de- molido,
dispuso la leña y colocó el novillo sobre ella, derramando agua en abundancia sobre él
y la leña... Luego invocó al Señor: "Yahveh, Dios de Abraham, de Isaac y de Israel, que
se sepa hoy que tú eres Dios en Israel y que yo soy tu servidor y que por orden tuya he
hecho estas cosas" (18,36). Al terminar su oración cayó el fuego de Yahveh que devoró
el holocausto y la leña. Todo el pueblo lo vio y cayeron rostro en tierra y dije- ron:
"¡Yahveh es Dios, Yahveh es Dios!" (18,39). Y, a una indicación de Elías, el pueblo se
apoderó de los profetas de Baal y los degolló en el to- rrente Cisón, al pie del Carmelo.
Elías dijo a Ajab: "Sube a comer y a beber, porque ya suena gran ruido de lluvia"
(18,41). Elías oró al Señor y el cielo se cubrió de nubes y cayó gran lluvia. "La oración
ferviente del justo, comenta el apóstol San- tiago, tiene mucho poder. Elías era un
hombre de igual condición que no- sotros; oró insistentemente para que no lloviese, y
no llovió sobre la tierra durante tres años y seis meses. Después oró de nuevo y el cielo
dio lluvia y la tierra produjo su fruto" (Sant 5,17).
Después de su victoria contra los profetas de Baal, Elías es perse- guido por
Jezabel, esposa del rey Ajab, que no le perdona la muerte de sus profetas. Elías, único
profeta de Yahveh, para salvar su vida, huye, sube a las fuentes de la Alianza, al monte
Horeb, que es la montaña don- de Dios selló su Alianza con Israel. Este retorno de
Elías a la cuna del nacimiento del pueblo de Dios es el signo característico de todos los
pro- fetas. Pero no se llega al Horeb, el monte de la manifestación de Dios, sin cruzar el
desierto. Elías, como el pueblo liberado de Egipto, camina por el desierto bajo el
implacable sol. Solo, devorado por el hambre y la sed, cae rendido y se duerme a la
sombra de una retama. Es tal el cansancio que se desea la muerte: "¡Basta, Yahveh!
Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres" (19,4). Dios, que alimentó a Israel
con el maná y le dio el agua de la roca, reconforta ahora al profeta, dejando a su
cabecera una torta cocida y una jarra de agua. El Señor, que le espera en el Horeb, le
dice: "Levántate y come, porque te queda aún mucho camino" (19,5). Con la fuerza de
la comida del Señor caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta llegar al monte
Horeb.
En el Horeb, Elías se refugia en una cueva. El Señor con su pala- bra le saca
fuera: "Sal y ponte en el monte ante Yahveh que va a pasar delante de ti" (19,11). Ante
Elías pasa un viento impetuoso que quiebra las peñas, pero no estaba Yahveh en el
viento. Tras el viento vino un te- rremoto, pero no estaba Yahveh en el terremoto. Tras
el terremoto vino fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Tras el fuego vino un ligero
susurro de viento. Cuando lo oyó Elías, se cubrió el rostro con el manto, se puso en pie
a la entrada de la cueva y oyó la voz de Yahveh que le enviaba de nuevo a Israel para
ungir a Jehú como rey de Israel y a Eliseo como profeta, sucesor suyo. Partió Elías y
halló a Eliseo, que estaba arando con doce yuntas. Pasando junto a él, le echó su
manto y Eliseo, dejando los bueyes se echó a correr tras él y le dijo: "Déjame ir a
abrazar a mi padre y a mi madre y te seguiré" (19,20). Elías le responde: "Vete y
98
vuelve, ¿qué te he hecho?". Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó;
con el yugo y el arado de los bueyes coció la carne e invitó a comer a sus gentes.
Después se levantó, se fue tras Elías y entró a su servicio.
El espíritu de Elías pasa a Eliseo. Discípulo y maestro marchan hacia Jericó.
Elías trata de alejar de su presencia a Eliseo, pero éste no le abandona. Con su manto
abre Elías las aguas del Jordán y los dos pasan a la otra orilla. Elías dice a Eliseo:
"Pídeme lo que quieras que haga por ti antes de que sea apartado de ti". Y Eliseo le
dijo: "Dame dos partes de tu espíritu". Le replicó Elías: "Difícil cosa has pedido. Si
logras verme cuando sea arrebatado de ti, lo tendrás; si no, no lo tendrás". Mientras
caminaban y hablaban, un carro de fuego separó a uno de otro, y Elías fue arrebata- do
al cielo en el torbellino. Eliseo miraba y clamaba: "¡Padre mío! ¡Carro de Israel y auriga
suyo!". Y ya no vio más a Elías. Entonces Eliseo agarró su túnica y la rasgó en dos;
luego recogió el manto, que se le había caído a Elías, se volvió y se detuvo a la orilla
del Jordán, y con el manto de Elías golpeó las aguas, diciendo: "¿Dónde está Yahveh,
el Dios de Elías?". Golpeó las aguas, que se dividieron a un lado y a otro, y cruzó
Eliseo. Al verlo, los hermanos profetas comentaron: "Se ha posado sobre Eliseo el
espíritu de Elías" (Cfr 2Re 2).
El Eclesiástico nos ha dejado su testimonio de Elías y de Eliseo: "Surgió el
profeta Elías como fuego, su palabra abrasaba como antorcha. ¡Qué glorioso fuiste,
Elías, en tus portentos! ¿Quién se te compara en glo- ria? Un torbellino de fuego te
arrebató al cielo, en carro de caballos de fuego. Fuiste designado para el momento de
calmar la ira antes de que estalle, para hacer volver el corazón de los padres a los
hijos, y restable- cer las tribus de Jacob. Dichosos los que te vean a tu retorno y
duerman en el amor de Dios. Cuando Elías quedó envuelto en el torbellino, Eliseo se
llenó de su espíritu. En sus días no fue zarandeado por nadie, y nadie pudo dominarlo.
Nada era imposible para él. Durante su vida hizo prodi- gios y después de su muerte
fueron admirables sus obras" (Si 48,1ss).
La predicación de Elías, "el hombre de Dios", no ha sido recogida en un escrito,
pero es el prototipo de profeta. Ya Malaquías anuncia la vuelta de Elías en tiempos del
Mesías. Durante la transfiguración de Jesús, Elías aparece junto a Moisés,
representando el testimonio que la Ley y los profetas dan de Cristo, el Salvador. Y
Eliseo, con sus prodigios, en favor de Israel y de los extranjeros (curación de Naamán
el sirio), es figura del Salvador, enviado como "luz para iluminar a los gentiles y gloria
de Israel" (Lc 2,32). Jesús, el verdadero profeta de Dios, repetirá centupli- cados los
milagros de Eliseo.6
6
Cfr. 2Re 4,42-44 y Mt 14,16-20;Lc 9,13;Jn 6,9-12; 1Re 5,1ss y Lc 4,27.

99
2. AMÓS Y OSEAS
En el siglo VIII, en el reino del Norte, aparecen los profetas Amós y Oseas.
Amós, el pastor de Tecua, hablando de su vocación, declara: "Yahveh me arrancó de
detrás del ganado y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel" (Am 7,15). Para ser
profeta de Dios, Dios se comunica con él, revelándole sus planes: "No hace cosa Dios
sin revelar su plan a sus siervos los profetas. Ruge el león. ¿quién no temerá? Habla el
Señor, ¿quién no profetizará? (3,7s). El Señor es el león, que ruge antes de lan- zarse
sobre la presa; el profeta es la voz de ese rugido, que denuncia el pecado e invita a
conversión; si no es escuchada su palabra y el pueblo no se convierte, el león atrapará
su presa. La vocación de Dios es irresis- tible. Amós no puede sustraerse a ella.
Bajo el reinado de Jeroboam II, Israel alcanzó la cima del poder y prosperidad.
El eclipse de las grandes potencias durante este período dejó algún respiro a los
pequeños reinos. En el reino del Norte encuentra Amós abundancia y esplendor en la
tierra, elegancia en las ciudades y poder en los palacios. Los ricos tienen sus
residencias de invierno y de verano adornadas con costosos marfiles y suntuosos sofás
con almo- hadones de damasco, sobre los que se reclinan en sus magníficos ban-
quetes. Han plantado viñas y se ungen con preciados aceites; las mujeres se dan al
vino. A los pobres se les explota y hasta se les vende como es- clavos. Los jueces
están corrompidos.
En este momento, arrancado por Dios de su vida tranquila en el campo, Amós,
cuidador de higos de sicómoro, es enviado desde Jeru- salén, morada del Señor, al
reino del Norte. Israel, en la cima de su pros- peridad, pero lleno de injusticias y
corrupción, vive confiado en la propias fuerzas humanas; está a punto de experimentar
una catástrofe, que no quiere ni oírla mencionar. Denunciar el pecado de Israel y
anunciar la in- minente catástrofe es la misión de Amós.
Amós comienza denunciando el pecado de las naciones enemigas para concluir
con su profecía contra los oyentes. Les recuerda los prodi- gios realizados por el Señor
en su favor para que resalte más el pecado de su infidelidad. Amós recuerda que el
Dios de Israel es el Dios que acompañaba a su pueblo en la marcha por el desierto
(2,10). La vida en tiendas creaba una hermandad entre todos, pendientes de la mano
de Dios. Ahora, en la tierra, surgen las desigualdades entre ellos y el olvido de Dios
(5,4-6). Con la paz que el Señor les ha concedido, a Israel le ha llegado la prosperidad;
pero con ella ha entrado el lujo, la confianza en los bienes de la tierra y la corrupción. El
pueblo se prostituye con el culto a los Baales, dioses de la fertilidad, en cuyo honor
eleva altares o estelas en cada colina. Ahora el Señor, que ha elegido a Israel, le toma
cuentas. Amós ve a Dios actuando en la historia. En lo oscuro del presente distin- gue
los signos de una acción de Dios ya en marcha. Las cinco visiones (c. 7-9) muestran
cómo el profeta percibe el significado de unos aconteci- mientos que los demás
consideran insignificantes. Una invasión de lan-
100
gostas, una sequía, una plomada, unos frutos maduros, un terremoto son signos donde
el profeta descubre la actuación de Dios.
La ira divina se alza contra el pecado. Dios no soporta a quienes unen el culto y
la iniquidad: "Escuchad, hijos de Israel, esta palabra que dice el Señor a todas las
familias que saqué de Egipto: A vosotros solos os escogí, entre todas las familias de la
tierra; por eso os tomaré cuentas por vuestros pecados" (3,1-2). El amor de
predilección al ser despreciado duele. Por ello "el Señor ruge desde Sión, alza la voz
desde Jerusalén" (1,2). La voz de Dios se compara con el rugido del león a punto de
caer sobre su presa; Israel es la presa. "El león ha rugido, ¿quién no temerá? El Señor
Dios ha hablado, ¿quién no profetizará?" (3,8).
Esta es la profecía de Amós, fuente de esperanza. Israel no ha buscado a Dios,
El va a encontrarse con Israel. Dios mismo suscitará el hambre y la sed de su palabra:
"He aquí que vienen días en que yo man- daré hambre a la tierra, no hambre de pan, ni
sed de agua, sino de oír la palabra de Yahveh" (8,11). El Señor salvará a un resto de
supervivientes gracias a su fidelidad a la elección de Israel como su pueblo. El Señor
castigará a su pueblo, pero no lo destruirá; lo enviará al destierro, pero un resto se
salvará y volverá a poseer la tierra prometida: "Los plantaré en su campo y no serán
arrancados del campo que yo les di, dice el Señor tu Dios" (9,15). "Así dice Yahveh:
Como salva el pastor de la boca del león dos patas o la punta de una oreja, así se
salvarán los hijos de Israel" (3,12). "He aquí que los ojos del Señor están sobre el reino
pecador; voy a exterminarlos de la faz de la tierra, aunque no exterminaré del todo a la
casa de Jacob" (9,8). Este resto de Israel arrancado del desastre perpe- tuará la
existencia del pueblo elegido.
Oseas es el profeta de la decadencia y caída del reino del Norte que siguió a la
muerte de Jeroboam II. Con sus sucesores, -cinco reyes en diez años-, Israel se
prostituyó, contaminándose en alianzas con Asiria y Egipto. Dios se lamenta: "Todos
los reyes han caído; no hay entre ellos quien me invoque" (Os 7,7).
Oseas, como los demás profetas, se opone al culto vano que se rinde a Dios en
el templo. Pero no se opone al culto; busca más bien la autenticidad cultual. Lo que no
soporta es el divorcio entre el culto y la vida. El profeta vincula el culto verdadero con la
existencia auténtica del pueblo de Dios. Oseas critica a los sacerdotes, no por ser
sacerdotes, sino por no serlo: "Vuestra piedad es como nube mañanera, como rocío de
madrugada que se evapora. Deseo amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más
que holocaustos" (6,4ss).
Oseas no se cansa de acusar el pecado capital de Israel: la infide- lidad al
Señor, que presenta como prostitución y adulterio. Esta infidelidad se muestra ante
todo en el culto a los ídolos, con sus altares y sacrificios, los cultos de fertilidad y la
prostitución sagrada. En segundo lugar acusa la alianzas de Israel con Egipto y Asiria,
que es otra forma de infidelidad a Dios. Oseas grita a Israel que la confianza en Egipto
y Asiria no da segu-
101
ridad a Israel; les llevará más bien al exilio: "Retornarán a la tierra de Egipto y Asiria
será su rey, pues se niegan a volver a mí" (11,5). Sin em- bargo el amor de Dios por
Israel es indestructible. Dios es incapaz de abandonar al pueblo que ama
entrañablemente (11,8). Oseas, campesino como Amós, experto en leones, panteras y
osos, no ha sido enviado a anunciar la destrucción, sino a llamar a conversión para que
Israel vuelva al amor primero: "Cuando Israel era un niño, yo lo amé, y llamé a mi hijo
de Egipto. Yo fui quien enseñó a caminar a Efraím, lo alcé en mis brazos, con cuerdas
humanas, con correas de amor lo atraía a mí, me inclinaba y le daba de comer"
(11,1ss). Oseas añora el tiempo del desierto, tiempo de los esponsales con Dios. A la
esposa, comunidad de Israel, que ha roto la Alianza, Dios le dice: "Yo la cortejaré, me
la llevaré al desierto, le hablaré al corazón..., y me responderá allí como en los días de
su juventud, como el día en que la saqué de Egipto" (2,16;12,10).
Oseas ha escrito las páginas más bellas del Antiguo Testamento, cantando el
amor de Dios como esposo y como padre. En la experiencia personal del adulterio e
infidelidad de su esposa, Oseas ha comprendido profundamente el amor de Dios: la
infidelidad del pueblo a la alianza es un adulterio, pues el amor de Dios es el amor
apasionado de un esposo, capaz de perdonar todo y de volver a comenzar de nuevo.
En la línea de los gestos simbólicos de los profetas, Oseas nos re- vela los
designios de Dios con su propia persona. Su matrimonio es símbolo vivo de las
relaciones de Dios con su pueblo. Oseas habla, como profeta de Dios, con su misma
vida. Oseas, con su amor a "una mujer adúltera" proclama el amor con que "Dios ama
a los hijos de Israel" (3,1). En la historia de su matrimonio todo es símbolo de una
realidad oculta, desde los nombres de los hijos hasta los gastos hechos por Oseas para
encontrar de nuevo a su mujer. Oseas ha amado y ama a una mujer que no ha
respondido a su amor más que con la infidelidad. Así ama siempre Dios a Israel,
esposa infiel, que con sus adulterios e idolatrías provoca sus celos y su furor. Pero el
esposo sigue amándola. Tras probarla, ocultando su rostro por un instante, le devuelve
las alegrías del primer amor: "Voy a ocultarme hasta que busquen mi rostro. En su
angustia me buscarán" (5,15). La ama tanto que transformará el mismo amor de la
esposa hacia él; lo hará reflejo del amor recibido, inquebrantable e indefectible.
El profeta Oseas es el primero que utiliza la realidad del matrimonio para
explicar la comunidad de amor entre Yahveh y su pueblo. Es la pro- pia experiencia
conyugal del profeta la que se reviste de significado simbólico. Su vida conyugal
constituye la acción simbólica que Dios sugie- re al profeta. Yahveh pide a Oseas que
tome como esposa a Gomer, una joven israelita iniciada en los cultos de fecundidad
cananeos, es decir, una prostituta sagrada. Esta unión da a Oseas tres hijos, dos
varones y una mujer, que, como indican sus nombres, llevan el sello del culto a Baal:
son hijos de prostitución; la hija se llama "No-Amada" y el tercer hijo "No-mi-Pueblo".
102
Después de algún tiempo Gomer abandona a su marido, cayendo de nuevo en
la prostitución, que ahora es calificada de adulterio. Gomer se ha entregado a otros
amantes. Pero el profeta sigue amándola y por encima de la ley del Deuteronomio
(24,1), obedeciendo a la palabra de Dios, Oseas hace volver junto a él a la esposa
adúltera, que le ha aban- donado y pertenece a otro. Se ocupa de ella afectuosamente,
le manifies- ta su cariño persistente y restablece la vida conyugal (c. 1-3).
En esta experiencia conyugal, el profeta descubre el misterio de la relación de
amor nupcial entre Dios y su pueblo infiel a la alianza. La ido- latría no es sólo
prostitución, sino un adulterio, el pecado de una esposa colmada de amor que olvida lo
que ha recibido y traiciona a su esposo. Dios habla a Israel en el lenguaje de un amor
despreciado que no se deja vencer por la traición, sino que con una serie de castigos, -
"ocultar su ros- tro benévolo por un momento"-, trata de atraer y seducir de nuevo a la
infiel hasta que lo consigue; la prueba y vuelve a recibirla con el ardor de los
desposorios y la colma de dones: amor, compasión, justicia y fidelidad, hasta hacerla
digna de su amor. Este amor será la última palabra. Israel volverá a atravesar el tiempo
del desierto, -tiempo de noviazgo-, y nuevos esponsales prepararán las nupcias que se
consumarán en la ternura y la fidelidad. El pueblo purificado conocerá a su Esposo y su
amor fiel:
Pero yo la cortejaré, me la llevaré al desierto, le hablaré al corazón. Le regalaré sus antiguos
huertos; el Valle de la Desgracia (Akor) lo haré Puerta de la Esperanza, y me responderá allí
como en los días de su ju- ventud, como el día en que la saqué de Egipto. Aquel día, -oráculo
del Señor-, me llamará "Esposo mío", no me llamará más "Baal mío". Arran- caré de su boca
los nombres de los ídolos y no se acordará de invocar- los. Aquel día haré para ellos una
alianza... Me desposaré contigo en ma- trimonio perpetuo, me desposaré contigo en derecho y
justicia, en amor y compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás a Yahveh...
Me compadeceré de "No-Compadecida" y diré a "No-es-mi-pueblo": "Tú eres mi pueblo", y él
dirá: "Tú eres mi Dios" (2,16-25).
El mensaje, que Oseas testimonia con su vida, no puede ser más explícito.
Oseas, después del adulterio, ama, olvida y perdona a la mujer que no ha respondido a
su amor. Dios sigue amando a Israel después de sus infidelidades, olvida y perdona
sus adulterios con los ídolos. Yahveh se siente abandonado después de haber
establecido una alianza de amor en el Sinaí. Ninguna palabra mejor para expresar este
hecho que el término adulterio, pues se trata de una auténtica infidelidad y ningún otro
símbolo más expresivo que el propio matrimonio de Oseas para proclamar el amor de
Dios: así ama Dios a su pueblo. A través de una experiencia tan dramática y llamativa,
la realidad de la alianza se nos ha hecho más comprensible. El testimonio de una vida
conyugal es la acción profética en la que se encarna con fuerza el mensaje del amor de
Dios. El matrimonio se convierte en símbolo de la obra de salvación que Dios realiza
con su pueblo.
Este amor, como el de dos esposos, conocerá vicisitudes; éstas simbolizan la
alternancia que caracteriza a la historia de Israel en el tiem-
103
po de los jueces: salvación, pecado, abandono al poder enemigo, arre- pentimiento,
perdón y salvación. Es la historia repetida de las relaciones de Dios con Israel y, más
en general, de Dios con el hombre. Oseas dice literalmente: "Ella no es mi mujer (issah)
y yo no soy su esposo ('is)" (2,4). La realidad de la que habla el primer relato del
Génesis «ser dos en una sola carne» ha dejado de existir. No es Yahveh, sino Israel,
por la dureza de su corazón, el que ha tomado la iniciativa del divorcio, que Yahveh no
ha aceptado. Se contentará con rehusarle sus cuidados, "vestirla" (Ex 21,10),
alimentarla, darla fecundidad, cosechas y fiestas, pero sólo como medio para buscar a
la infiel y llevarla a la alianza en fidelidad definitiva.
Oseas comprende que su matrimonio ha sido escogido por Dios para constituir
un mensaje tangible, visible, dirigido a Israel, para repre- sentar proféticamente la
fidelidad de Dios a la alianza. Su matrimonio en- tra en el "plan de la historia de
salvación de Dios", como la unión de Adán y Eva estaba en el "plan de la creación". La
fidelidad conyugal de Oseas, mantenida contra viento y marea, era, aun para los
piadosos israelitas, algo sorprendente, inaudito, y por tanto elocuente. El carácter
elocuente de su gesto no podía expresarse más claramente. Así resaltaba la impor-
tancia de su mensaje. Es algo muy cercano a los gestos de Jesucristo en el Evangelio.
En la vida matrimonial, Oseas, guiado por la experiencia existencial de lo que Dios
representa para Israel, ha podido llevar a cabo esta misión, en la que podemos ver un
anticipo, aún velado, de la visión sacramental del matrimonio en el Nuevo Testamento.
San Pablo lo expre- sa con la fuerza de Oseas: "Maridos amad a vuestras mujeres
como Cris- to amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, puri-
ficándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentár- sela
resplandeciente a sí mismo, sin mancha ni arruga, sino santa e inma- culada... Gran
misterio es este, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia" (Ef 5,25ss).
3. ISAÍAS Y MIQUEAS
Durante el mismo siglo VIII, en el reino del Sur, se encuentran los profetas Isaías
y Miqueas. Durante el largo reinado de Uzías, Judá al- canzó la cima de su poder. Su
éxito como rey, administrador y comandan- te del ejército lo convirtió en el gobernante
más grande de Judá desde la división del Reino. Pero la fortaleza de Uzías se convirtió
en su debilidad. Se enorgulleció, lo que le llevó a su destrucción. En su arrogancia
intentó usurpar el poder del sacerdocio, hasta entrar en el Templo del Señor para
quemar incienso en el altar, una misión reservada al Sumo Sacerdote. Al oponérsele
los sacerdotes montó en cólera y, mientras la ira iba en au- mento, la lepra comenzó a
brotar en su frente. "Y el rey Uzías fue leproso hasta el día de su muerte, y por ser
leproso habitó en una casa apartada, pues fue excluido de la casa del Señor" (2Cro
26,18-21).
Isaías recibe su llamada como profeta en el año de la muerte de Uzías. En su
nombre, "Yahveh salva", lleva marcada su misión: "Aquí es- tamos yo y los hijos que
me ha dado Yahveh como señal para Israel" (Is 8,18). La intervención de Dios en la
vida de Isaías le "aparta de seguir la ruta que sigue el pueblo" (8,11). El drama de su
predicación es que el
104
plan de Dios choca con los planes humanos. Son planes que distan el uno de los otros
como el cielo y la tierra. Los planes de los hombres son in- consistentes. El profeta
toma conciencia del plan de Dios cuando es en- viado con la misión de anunciarlo
(6,9ss). Esta misión consiste en invitar a los hombres a que abandonen los planes
inútiles, a los que prestan tanta atención, y que dirijan sus miradas al designio, el único
eficaz, de Dios. El plan de Dios, a primera vista, es extraño, misterioso, pero cuando se
lo comprende resulta admirable (28,29). La obra de Yahveh pasa, como la del labrador,
por la devastación, la aniquilación, la muerte; pero de ello brota la vida (6,13).
Como los reyes de Judá alardean de su orgullo y arrogancia de corazón, el
territorio de Judá es devastado y Jerusalén sitiada. "El co- razón del rey Ajaz y el
corazón de todo el pueblo se conmovieron como los árboles del bosque se agitan con
el viento" (7,2). En ese momento Isaías transmite la palabra de Dios al rey: "¡Alerta,
pero ten calma! No te- mas ni desmaye tu corazón por ese par de cabos de tizones
humeantes" (7,4), que planean conquistar Judá. El temor del rey no disminuye con la
palabra del profeta. En un intento de convencer al rey, Isaías se ofrece a confirmar sus
palabras con un signo: "Pide para ti una señal de Yahveh tu Dios en lo profundo del
abismo o en lo alto de los cielos". Pero Ajaz re- plicó: "No la pediré, no tentaré a Dios"
(7,11). Ajaz, sitiado y acosado por sus enemigos, decidió que era más prudente ser
"hijo y siervo" del rey de Asiria que hijo y siervo del Dios invisible. Así Judá se rindió a
los pies de Asiria.
El rey, para llegar a un acuerdo con la potencia más grande del mundo, está
dispuesto a abandonar la fe en Dios, "concertando un pacto con la muerte" (28,15).
Isaías, que ve la historia como escenario de la ac- ción de Dios, donde los reinos e
imperios surgen por un tiempo y luego desaparecen, percibe un designio más allá de
las sombras del momento: "Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí
que la virgen está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel"
(7,14;Mt 1,23).
El profeta habla, hasta grita (40,6) la palabra de Dios; pero también la comunica
con signos y gestos. Camina por Jerusalén con vestidos de esclavo, como símbolo de
lo que espera a los pueblos en los que Judá pone su confianza. Quienes actúan como
si no hubiera Dios son como necios que siembran sin tener en cuenta las estaciones
del año. Isaías se opone a toda alianza con Asiria o con Egipto, pues el destino de las
na- ciones está en manos de Dios y no lo decide el poder de las armas. "Sólo
volviéndoos a Dios seréis salvados; en la quietud y confianza está vuestra fuerza"
(30,15). "Los egipcios son hombres y no Dios; sus caballos, carne y no espíritu" (31,3).
La preocupación primordial de Isaías no es la política exterior de Judá, sino el
estado interior de la nación. La gente compra, vende, cele- bra, se regocija, pero Isaías
está consumido por la angustia. No puede quedarse indiferente ante los crímenes que
contempla: opresión de los
105
pobres y adoración de los ídolos. Jerusalén, "la ciudad fiel se ha tornado una prostituta"
(1,21). Isaías contempla la aflicción de Dios, que se siente abandonado por sus hijos:
"Hijos crié y saqué adelante y ellos se rebela- ron contra mí. Conoce el buey a su
dueño, y el asno el pesebre de su amo, Israel no conoce, mi pueblo no discierne. Han
abandonado al Señor, han despreciado al Santo de Israel" (1,2s). El hombre ha llegado
a ser una carga y aflicción para Dios, que odia su culto, sus festividades, sus
celebraciones (1,11ss). Pero todas estas acusaciones no son más que la expresión de
su amor herido. Son "sus hijos" (1,2), aunque sean "hijos rebeldes" (30,1). Su enfado
dura un instante, no perdura para siempre. Y en ese instante de ira el Señor invita a su
pueblo a esconderse para no perecer: "Vete, pueblo mío, entra en tus cámaras y cierra
tus puertas tras de ti, escóndete un instante hasta que pase la ira" (26,20). La aflicción
de Dios es lo que nos describe la canción de la viña de Dios, "Amigo" de Is- rael (5,1-7;
27,2-5).
Sin embargo, no es sólo la iniquidad de los otros lo que hiere al profeta Isaías.
¡El mismo se siente contaminado! Isaías, en sus invectivas contra sus
contemporáneos, se identifica con "su pueblo" (3,12): "Ay de mí, que estoy perdido,
pues soy un hombre de labios impuros, que habito entre un pueblo de labios impuros"
(6,5). El corazón de Isaías está transi- do de dos amores: el amor a Dios y el amor al
pueblo. Ante el pueblo se siente profeta de Dios; en presencia de Dios se siente unido
al pueblo como su intercesor. A Dios clama por el pueblo amenazado: "¿Hasta cuando,
Señor?" (6,11).
Isaías anunciará la recreación de la alianza rota. En los cantos del libro de la
Consolación (c. 40-55) vuelve a aparecer el símbolo profético del matrimonio,
desarrollado en la perspectiva inmediata del retorno so- lemne de la esposa
abandonada a la casa de Yahveh. Oseas, Jeremías y Ezequiel habían profetizado que
la ruptura no era definitiva, Isaías anun- cia el cumplimiento de esas predicciones:
"Pero Sión dice: Yahveh me ha abandonado. El Señor me ha olvidado. ¿Acaso olvida
una madre a su niño de pecho...? Pues aunque ella llegase a olvidar, yo no te olvido.
Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada... Por mi vida, orácu- lo de
Yahveh, como con velo nupcial te vestirás y te ceñirás como una novia" (49,14s). "Así
habla Yahveh: ¿dónde está esa carta de divorcio de vuestra madre, a quien repudié?
¿A cuál de mis acreedores os vendí? Mirad que por vuestras culpas fuisteis vendidos y
por vuestras rebeldías fue repudiada vuestra madre" (50,1).
Sión, la exiliada, no ha recibido carta de repudio, la ruptura no ha sido definitiva.
El c. 54 canta el retorno al hogar de la esposa abandonada y el matrimonio definitivo
que Yahveh contrae con su pueblo: "Porque tu Esposo es tu Creador y el que te
rescata, el Santo de Israel. Porque como a mujer abandonada y abatida te vuelve a
llamar el Señor. La mujer de la juventud ¿es repudiada?, dice tu Dios. Por un breve
instante te abandoné, pero con gran cariño te recogeré. En un arranque de furor te
oculté mi rostro por un instante, pero con amor eterno me he compadecido de ti, dice
Yahveh, tu Redentor" (54,5-8).
106
Se trata de recrear las relaciones conyugales. El Esposo de Israel es el Creador.
Yahveh es el Dios del comienzo absoluto, el Dios que re- nueva todo. Como Esposo de
Israel, su Creador puede recrear radical- mente la vida conyugal, por maltratada que
esté: "Tu Redentor será el Santo de Israel" (54,5). El nuevo matrimonio prolonga la
alianza, estable- cida una vez por todas, pero ahora constituye un comienzo absoluto.
No- vedad para el hombre, no para Dios, o si se quiere, es la novedad absolu- ta del
amor definitivo, idéntico, siempre igual a sí mismo. No he sido yo quien te he dado
carta de repudio, dice Dios, sino tú que por tus pecados me has abandonado (50,1).
Este matrimonio, restablecido por una crea- ción, por una actuación salvadora de Dios,
es un gesto que renueva todo absolutamente, creando algo sorprendente: "¡Grita de
júbilo, estéril que no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, la que no has tenido
los do- lores, porque más son los hijos de la abandonada, que los hijos de la ca- sada,
dice Yahveh... Porque a derecha e izquierda te expandirás. Tus hijos heredarán
naciones y ciudades despobladas poblarán" (54,1.3).
La nueva situación será inmensamente fecunda en amor y descen- dencia.
Serán tiempos de amor permanente: "No se retirará de ti mi mise- ricordia ni mi alianza
de paz vacilará" (54,10). Y la esposa de Yahveh no será sólo el pueblo de Israel, sino la
humanidad entera transformada por la gracia. Yahveh, protector de Israel, es ahora
considerado como el Creador del universo y de todos los pueblos. De este modo, la
idea de que "el Creador de cielo y tierra" es ahora el Esposo de Israel va a otorgar
dimensiones universales a la raza escogida (54,3).
Se trata de una visión simbólica de la nueva Jerusalén de esplen- dores futuros,
descritos en la última parte del libro: "Porque los montes se correrán y las colinas se
moverán, pero mi amor de tu lado no se apartará y mi alianza de paz no se moverá.
Pobrecilla, azotada por los vientos, mi- ra que yo asiento en carbunclos tus piedras y
voy a cimentarte con zafi- ros. Haré de rubí tus baluartes, tus puertas de piedras de
cuarzo y todo tu término de piedras preciosas, todos tus hijos serán discípulos de
Yahveh y será grande la dicha de tus hijos..." (54,10-13). La unión esponsal entre Dios
e Israel triunfa por encima de todas las infidelidades del pueblo: "Ya no te llamarán
Abandonada... A ti te llamarán Mi favorita, y a tu tierra Desposada, porque el Señor te
prefiere a ti, y tu tierra tendrá marido. Co- mo un joven se casa con su novia, así te
desposa el que te construyó; y con gozo de esposo por su esposa se gozará por ti tu
Dios" (62,4-5).
El símbolo está maduro para pasar de ser figura a realidad históri- ca,
cumplimiento al que le llevará Jesucristo. Con Cristo, la omnipotencia de Dios,
omnipotencia creadora, omnipotencia de renovación y fuerza sal- vadora, purificará
realmente a la Iglesia y la preparará para las bodas de- finitivas con Cristo. Isaías nos
describe esta recreación de Dios como un segundo Éxodo, más glorioso que el
primero. El primer Éxodo, en cuanto acontecimiento, tuvo sus limitaciones; pero, en
cuanto salvación divina, no se agota, sino que se transciende al futuro. La salvación de
Dios penetra la historia y la desborda hacia una plenitud eterna. Con imágenes y
107
símbolo nos proyecta Isaías a la salvación mesiánica y escatológica. Dios es el Dios
creador y señor de la historia: crea siempre algo nuevo y saca la vida de la muerte.
Estas bodas, recreación del amor de Dios a los hombres, se reali- zan en la cruz
de Jesucristo. Es lo que ya anuncia Isaías en los cuatro cánticos del Siervo de Yahveh.
Sus sufrimientos y su agonía son los dolo- res de parto de la salvación que, según el
profeta, está por venir. El Señor está por desnudar su brazo ante los ojos de todas las
naciones (52,10). Si el hombre sufre como castigo por sus pecados, Dios sufre como
redentor de los pecadores. Su Siervo tiene la misión de cargar con los pecados y
dolencias de los hombres para sanarlos: "Mirad, mi Siervo tendrá éxito. Como muchos
se maravillaron de él, porque estaba desfigurado y no pa- recía hombre ni tenía
aspecto humano... Le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y desecho de los
hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se vuelve el
rostro. ¡Eran nuestras dolen- cias las que él llevaba y nuestros dolores los que
soportaba! Nosotros lo tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Ha sido herido
por nues- tras rebeldías, molido por nuestras culpas. El cargó el castigo que nos trae la
salvación y con sus cardenales hemos sido curados..." (52,13ss).
Miqueas, contemporáneo de Isaías, se siente llamado a "declarar a Jacob su
delito y a Israel su pecado" (Mi 3,8). El pueblo peregrino por el desierto bajo la
protección de la nube de Dios, en Canaán se ha instalado; los israelitas sestean "cada
cual bajo su parra y su higuera" (4,4). Miqueas ataca a los poderosos que abusan del
pobre; a los potentes que oprimen con su codicia a los súbditos; a los jueces que se
dejan corromper con regalos y a los profetas a sueldo. Miqueas es el primero en
anunciar la destrucción de Jerusalén. Los dirigentes están "edificando a Sión con
sangre y a Jerusalén con iniquidad. Por eso Sión será arada como un campo,
Jerusalén será un montón de ruinas" (3,10.12). La gente se inclina idolátricamente a la
obra de sus manos, es inevitable la desgracia.
Sin embargo, tampoco es esa la última palabra de Miqueas. Como Isaías
también anuncia la salvación: "Aquel día -oráculo del Señor- re- uniré a los dispersos, a
los que afligí. Ellos serán el resto sobre los que reinará el Señor en el monte Sión
desde ahora y por siempre" (4,6ss). La angustia del destierro no es angustia de muerte,
sino angustia de parto, creadora de una vida nueva. El dolor es camino de salvación;
en la aflic- ción el pueblo experimentará la salvación de Dios (4,9ss), cuando "dé a luz
la que ha de dar a luz". Con ojos de profeta, Miqueas ve la gloria de Belén, patria de
David y de su descendiente, el Mesías: "Y tú, Belén de Efrata, pequeña entre las
aldeas de Judá, de ti saldrá el salvador de Isra- el" (5,1ss). Entonces el hombre
agradará a Dios, haciendo lo que El des- ea: "que ames la misericordia y que camines
humildemente con tu Dios" (6,8).
Con gozo concluye Miqueas: "¿Qué Dios hay como tú, que perdo- nas el pecado
y absuelves la culpa al resto de tu heredad? No mantendrá por siempre la ira, pues se
complace en la misericordia. Volverá a compa-
108
decerse y extinguirá nuestras culpas, arrojará a lo hondo del mar todos nuestros
pecados" (7,18ss).
4. SOFONÍAS, NAHUM, HABACUC Y JEREMÍAS
En el siglo VII, cuando Jerusalén se encamina hacia la catástrofe, sostienen al
pueblo los profetas Sofonías, Nahum, Habacuc y Jeremías.
El rey Josías es el gran restaurador de Jerusalén; proscribe el culto en los
demás santuarios locales y desarraiga los restos de la idolatría; con su vida misma
promueve la fidelidad al Dios de Israel. Sofonías colabora con él en esta obra
renovadora. Sofonías, recogiendo la tradición de los anteriores profetas, es el profeta
del "resto" formado por los pobres de Yahveh, creyentes que escuchan su palabra y se
apoyan en su Nombre (Sof 3,13). Al final proclama el gran anuncio de salvación:
"Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Je-
rusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor
será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás... El Señor se goza y se complace
en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta" (3,14ss).
Mientras Nahum canta la ruina de un imperio, Habacuc contempla la aurora de
otro. Los dos cantan al Señor que dirige el curso de la histo- ria. El impío se hincha,
confía en su propio poder, y perece; el justo, en cambio "vivirá por su fe" (Hb 2,4);
confiando solamente en el Señor, salva su vida. Ni la opresión presente, ni el futuro
previsible turba la confianza del justo que se gloría, no en sus fuerzas, sino en el auxilio
del Señor: "Aunque la higuera no echa yemas y las viñas no tienen fruto, aunque el
olivo olvida su aceituna y los campos no dan cosechas, aunque se aca- ban las ovejas
del redil y no quedan vacas en el establo, yo exultaré en el Señor, me gloriaré en Dios
mi salvador. El Señor es mi fuerza, él me da piernas de gacela y me hace caminar por
las alturas" (Hb 3,17ss).
Jeremías, el gran profeta del siglo VII, se sabe llamado por Dios desde el seno
materno: "La palabra del Señor se reveló a mí diciendo: Antes que te formara en el
vientre te conocí, y antes que nacieras te con- sagré; yo te constituí profeta de las
naciones" (Jr 1,5). De nada le vale apelar a su corta edad: "Yo le dije: ¡Ah, Señor! Mira
que no sé hablar, que soy un muchacho". El Señor le replica: "No digas: 'Soy un
muchacho', porque donde te envíe irás, y todo lo que te mande dirás. No tengas mie-
do, pues yo estoy contigo para salvarte" (1,6ss). Jeremías describe su llamada como
seducción por parte de Dios: "Me sedujiste y me dejé se- ducir" (20,7). La vocación de
Dios sumerge a Jeremías en un dolorosa soledad (15,17). Pero, como profeta, testigo
de Dios, toma parte en el consejo de Dios, donde es informado de sus secretos
(23,18.22). Es Dios mismo quien pone sus palabras en sus labios (1,9): imposible no
hablar.
Jeremías es enviado a anunciar el hundimiento de Jerusalén. El, sin embargo,
no piensa que el mal sea inevitable. Por encima de la ce-
109
guera del hombre está el prodigio de la conversión, el pasillo abierto por Dios a través
del cual el hombre puede entrar si lo desea. Jeremías grita en nombre de Dios:
"Vuélvete, Israel apóstata; no estará airado mi sem- blante contra vosotros, porque soy
piadoso y no guardo rencor para siem- pre" (3,12ss). Sin embargo, todos sus intentos
son vanos. Lleno de orgu- llo, de una vana sensación de seguridad, el pueblo desoye
sus palabras. Jeremías, sensible y amante de Dios y del pueblo, vive con el alma
dolori- da, envuelto en la melancolía. Sus ojos de profeta contemplan cómo se
tambalean los muros de Jerusalén. Los días que ve venir son aterradores. Llama, grita,
urge al pueblo a arrepentirse, pero no es escuchado. Llama, llora, se lamenta, pero le
abandonan; queda solo con su alma llena de espanto. El es consciente de la hora que
vive el pueblo, tiene el oído abierto al momento decisivo. Por ello lanza su palabra
aterradora a su pueblo, acusándolo de provocar la ira de Dios: "Los hijos de Israel y los
hijos de Judá no hacen más que provocarme a la ira por la obra de sus manos, dice el
Señor. La ciudad ha excitado mi ira y mi cólera" (32,30ss).
Los gestos proféticos de Jeremías son muchos y significativos: el cinturón
llevado al Éufrates, su celibato, su negativa a participar en el luto o en las fiestas de su
ambiente, el cántaro roto y el yugo que se pone en el cuello como signo de la próxima
esclavitud; el mismo yugo roto, como signo de liberación; la compra de un terreno para
señalar que se acerca el tiempo en que el pueblo volverá a su vida normal; el signo del
libro tirado al Éufrates como signo de la próxima aniquilación de Babilonia.
Jeremías lleva grabada en el corazón la certeza del amor de Dios a Israel, y
quiere inculcarla en el pueblo: "Así dice el Señor: El pueblo que sobrevivió a la espada,
ha hallado gracia en el desierto. Te he amado con amor eterno, por eso he reservado
gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada" (31,2ss). "Pues yo soy un padre
para Israel, y Efraím es mi primogénito" (31,9).
Heredero espiritual de Oseas, Jeremías toma de nuevo el símbolo nupcial y con
imágenes expresivas opone la infidelidad de Israel al amor eterno de Dios para con su
pueblo. El pecado de Israel, su infidelidad, su idolatría y los excesos sexuales ligados al
culto de los dioses cananeos quedan estigmatizados en la alegoría de la unión
conyugal. Como Oseas alude al tiempo del desierto como al período del noviazgo y
fidelidad con- yugal de Israel, en Jeremías hay también un primer momento de amor,
que se recuerda con nostalgia: "Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando
me seguías por el desierto, por tierras yermas" (2,2). Pero la vida ulterior ha cambiado
por completo el panorama: "Sobre todo colla- do y bajo todo árbol frondoso te acostaste
como una prostituta" (2,20), o peor, "igual que una mujer traiciona a su marido, así me
traicionó Israel" (3,20). La imagen del adulterio se hace familiar en sus afirmaciones y
lle- ga incluso a aludir a la prohibición legal de una vuelta al primer esposo en estas
condiciones: "Si un hombre repudia a su mujer, ella se separa y se casa con otro,
¿volverá él a ella?, ¿no está esa mujer infamada? Pues tú has fornicado con muchos
amantes, ¿podrás volver a mí?" (3,1). Mientras Oseas no necesita convencer a Israel
de pecado, le basta denunciar las
110
culpas y desenmascarar su iniquidad, Jeremías se encuentra con gente que, después
de haber cometido la iniquidad, tiene la osadía de afirmar: "No estoy contaminada"
(2,23), "soy inocente, yo no he pecado" (2,35). Por ello, Jeremías no se limitará a
afirmar la existencia del pecado, sino que tiene que convencer al pueblo de la gravedad
de sus acciones. En contraste con las exquisitas manifestaciones primeras de amor,
con imá- genes cargadas de colores oscuros y fuertes describirá el libertinaje de la
esposa infiel (2,20-25). No se trata ya sólo del adulterio de Gomer, sino "del furor de la
pasión". El profeta se vuelve, ante tanto "libertinaje y osad- ía", amenazante: "¿podrás
volver a mí?".
Jeremías es testigo del drama interno de Dios. Dios no puede dejar impune la
infidelidad del pueblo: "¿Cómo podré perdonarte? Tus hijos me han abandonado...
¿Acaso no los debo castigar por estas cosas?" (5,7- 9,8). Sin embargo, al mismo
tiempo, quiere salvarlo: "¡Recorred las calles de Jerusalén, buscad en sus plazas, ved
si encontráis un hombre que busque la verdad, dice el Señor" (5,1). No diez, como en
la intercesión de Abraham en favor de Sodoma, basta uno para salvar a Israel. La
ternura de Dios se queja: "Mi pueblo me ha olvidado" (18,15). Pero solo al pensar en el
castigo: "Se deshacen mis ojos en lágrimas día y noche, pues mi pueblo amado está
quebrantado con una gran herida" (14,17). Dios está llorándose a sí mismo: "Dejé mi
casa, abandoné mi heredad, entregué el cariño de mi alma en manos de sus enemigos"
(12,7). El dolor de Israel es compartido por Dios. ¡Y también por Jeremías, profeta de
Dios y de Israel! Seducido por Dios se siente envuelto en la tragedia de su misión:
"Cuan- do recibía tus palabras, las devoraba, tu palabra era mi gozo y mi alegría
íntima... ¿Por qué ha resultado mi penar perpetuo y mi herida irremedia- ble?"
(15,16ss). Por más que se dice: "No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre"
(19,8), Jeremías no puede substraerse a su misión: La palabra de Dios "la sentía
dentro como fuego ardiente encerrado en sus huesos; hacía esfuerzos por contenerla y
no podía" (20,9). Esta divi- sión interior es el tormento de Jeremías: "Mi corazón está
quebrantado dentro de mí, se estremecen todos mis huesos; soy como un hombre
ebrio, como un hombre vencido por el vino, a causa del Señor y de sus palabras
santas" (23,9).
El Señor y su palabra hieren el corazón de Jeremías, pero también sufre por
Israel: debe condenar a quien ama. Para realizar su misión, el muchacho débil y
sensible, arrancado de la paz apacible de Anatot, una pequeña aldea rural, es
transformado en la antítesis de su personalidad: "He aquí que yo te pongo hoy como
ciudad fortificada por columna de hie- rro, por muro de cobre, contra toda la tierra,
contra los reyes de Judá, sus príncipes, sus sacerdotes, y el pueblo de la tierra" (1,18).
Jeremías es llamado a desarraigar, derribar, destruir y arruinar antes de confortar,
ofrecer esperanza, edificar y plantar (1,10). A muchos les parecía que se deleitaba por
anticipado en el desastre que anunciaba en nombre del Se- ñor. A él, que ama
entrañablemente a su pueblo, hasta entregar su vida para salvarlo, se le considera un
enemigo del pueblo y, como a tal, se le persigue: "Ni he prestado ni me han prestado y
todos me maldicen" (15,10). Los mismos hombres de Anatot, su pueblo siempre
añorado,
111
claman contra él y tratan de matarlo (11,21). Con angustia confiesa: "Yo, como cordero
llevado al matadero, no sabía los planes homicidas que tramaban contra mí: 'cortemos
el árbol en su lozanía, arranquémoslo de la tierra de los vivos, que su nombre no se
pronuncie más'" (11,19ss). Su vocación llega a hacérsele intolerable, arrancando a
Jeremías los más terribles lamentos e imprecaciones: "¿No habría sido mejor no
nacer?" (20,14ss). El profeta necesita que Dios le conforte para mantenerse fiel a su
misión, que termina con el destierro a Egipto, "donde no se invoca el nombre de
Yahveh".
Sin embargo, a pesar de todas las amenazas, el profeta terminará señalando la
fidelidad infinita de un amor que no acaba ni se consume: "Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi lealtad; te reconstruiré y quedarás construida, capital de Israel"
(31,3-4). En Jeremías, como en Oseas, la profecía acaba afirmando que el amor de
Yahveh es eterno. Dios no sólo perdonará a Israel su pecado, sino que lo transformará.
Dios dará a su pueblo un corazón nuevo y un camino nuevo para que nunca más se
aparten de El: "Mirad, yo los congregaré de todos los países por donde los dispersó mi
ira. Los traeré a este lugar. Ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios. Les daré otro
corazón y otro camino. Haré con ellos alianza eterna y no cesaré de hacerlos bien.
Pondré mi temor en su co- razón para que nunca más se aparten de mí" (33,37ss).
En la promesa de reconstrucción de la virgen de Israel se vislumbra la nueva y
definitiva alianza, que constituye la cumbre del mensaje de Je- remías: "Meteré mi ley
en su pecho, la escribiré en su corazón, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo"
(31,33). La vivencia del amor conyugal im- plica una perspectiva de fidelidad y, por ello,
puede servir de símbolo para intuir y manifestar el significado de la alianza de gracia.
La vida y pasión de Jeremías, a quien Dios acrisoló con el sufrimiento, es como una
antici- pación de la de Cristo (Cfr Hb 2, 10ss;4,15;5,7ss).
5. EZEQUIEL
En el siglo VI, Ezequiel mantiene la esperanza de los deportados a Babilonia.
Ninguno como Ezequiel describe la irrupción de Dios en la vida del profeta: "La mano
de Yahveh cayó sobre mí" (Ez 8,1). Por siete veces anota esta irrupción de Dios, que
desconcierta su vida. El espíritu de Dios entra en él, lo coge, lo arrastra, lo lleva, lo tira,
lo deja o lo mantiene en pie. La voz de Dios resuena en su interior con tal fuerza que lo
aplasta, lo derrumba; sólo se mantiene en pie gracias al espíritu (1,28ss). Es la expe-
riencia de Dios la que le hace, como a los demás profetas, testigo de Dios, voz de su
palabra. Si Jeremías estaba ávido de la palabra (Jr 15,16), Ezequiel la devora
literalmente (2,8ss).
Ezequiel, siendo de familia sacerdotal, recibió su formación en el Templo, donde
ofició como sacerdote hasta el momento del destierro. Su misión en los primeros años
consiste simplemente en destruir las falsas esperanzas. Es vano confiar en Egipto, la
catástrofe está a las puertas. La caída de Jerusalén confirmará su profecía.
112
Durante el asedio de la ciudad, muere su esposa. Como el celibato de Jeremías,
la viudez de Ezequiel es signo profético del exilio del pueblo. Ezequiel se niega a
llevarle luto para señalar la desgracia todavía mayor que va a ocurrir (24,15ss).
Ezequiel se encierra en su casa, donde se queda mudo y atado con sogas; de este
modo remeda en su persona el asedio de la ciudad (3,24ss). Indefinidamente reclinado
sobre un lado y luego sobre otro, representa el estado de postración en que caerán los
dos reinos (4,4ss). Con la barba y los cabellos cortados sugiere el destino trágico del
pueblo (5,1-3). Cargándose con un saco de emigrante, anuncia la marcha al destierro
de los habitantes de Jerusalén (12,1ss). Se alimen- ta con una comida miserable como
signo de la suerte que espera a los desterrados (12,17ss). Uniendo en su mano dos
varas, que representan el reino del Sur y el del Norte, anuncia la unificación futura de
los dos reinos (37,15ss). Palabra y gesto se unen para transmitir el mensaje del Señor.
La palabra y el gesto se hacen parábola elocuente en el anuncio del ase- dio de
Jerusalén (24,1ss). El gesto significa la eficacia de la palabra del profeta. Dios no deja
por mentirosos a sus profetas. En Dios palabra y hecho son una misma realidad.
Ezequiel, profeta y sacerdote, vive en su carne la experiencia de dolor del
pueblo, tiene verdaderamente una "cura de almas" (3,16ss). Ezequiel ha expresado la
fuerza transformadora del culto en el poema de la fuente que brota del templo y que
corre a curar, transformar y fecundar la tierra entera (c. 47). Pero Ezequiel contempla
cómo la gloria de Dios, que había llenado el Templo ante los ojos de Salomón,
abandona el lugar santo para seguir al pueblo en su exilio (10,18). En el exilio Ezequiel
co- mienza a pronunciar sus oráculos contra las naciones, con los que quiere arrancar
del corazón de Israel toda confianza en los poderes humanos. Luego pasa a suscitar
una esperanza nueva, fundada únicamente en la gracia y fidelidad de Dios.
Ezequiel, lejos del Templo, contempla la historia como una inmen- sa liturgia en
la que Dios se da a conocer, esperando que el hombre le reconozca en su vida. El
exilio le ha sacado del Templo, del lugar que daba sentido a su vida; más aún, Ezequiel
sabe que el Templo va a ser destruido. En esta situación existencial Ezequiel proyecta
en el futuro la imagen del Templo, como centro de la vida del pueblo de Dios. Pero ya
en el presente descubre en la historia lo que antes ha encontrado en el Tem- plo. Es en
la historia donde se da el "conocimiento de Dios": Todos los árboles del campo (17,2),
toda carne (21,4), todos los habitantes de Egip- to (29,6), los hijos de Amón, de Moab,
de Edom, los filisteos (25,5-17), todas las naciones (36,23ss) reconocerán en la historia
que Dios es el Señor. Igualmente, en el perdón inmerecido conocerá la infiel Jerusalén
que El es Dios (16,61). La vuelta a la vida de la casa de Israel, tan des- carnada como
un montón de huesos, dará a conocer a Dios como el sal- vador de Israel (37,6ss).
Deslumbradas por este retorno a la vida de un pueblo al que todos creían
irremediablemente perdido, las naciones reco-
113
nocerán la señal de un Dios Señor de la historia.7 La historia se hace teo- fanía,
revelación de Dios.
El profeta Ezequiel, en la larga y lírica alegoría del capítulo 16, lle- vará a su
culminación el símbolo del matrimonio introducido por Oseas y Jeremías. Este capítulo
es de una ternura y realismo impresionante. Jeru- salén aparece como una niña recién
nacida, desnuda y abandonada en pleno campo, cubierta por su propia sangre, sin
nadie que le proporcione los cuidados y el cariño necesarios. El profeta piensa en la
estancia en el desierto, en el tiempo en que nació el primer amor entre Yahveh e Israel,
en el momento en que se celebraron los esponsales. Esta niña, Jeru- salén, por su
origen cananea, pagana, a punto de morir, es salvada gra- tuitamente por Dios. Dios
pasa junto a ella, la recoge, la mima y la cuida hasta llegar a enamorarse:
¡Jerusalén! Eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y tu madre era hitita. Te
arrojaron a campo abierto, asqueados de ti, el día en que naciste. Pasando yo a tu lado, te vi
chapoteando en tu propia sangre, y te dije mientras yacías en tu propia sangre: Sigue viviendo
y crece co- mo brote campestre. Creciste y te hiciste moza, llegaste a la sazón. Pa- sando de
nuevo a tu lado, te vi en la edad del amor; extendí sobre ti mi manto para cubrir tu desnudez; te
comprometí con juramento, hice alian- za contigo y fuiste mía (16,3ss).
La descripción es ampliada con los múltiples y valiosos regalos, que le otorgan
esplendor y la majestad de una reina. Estos regalos ratifi- can la elección. Y siendo el
matrimonio una alianza, se tiene buen cuida- do de confirmarla con juramento (16,8).
La unión se afirma aún más pro- fundamente por el nacimiento de hijos e hijas (16,20).
Ezequiel insiste en la gratuidad de todos estos dones. Insiste igualmente en que se
trata de un matrimonio perfecto, contraído válidamente y enraizado en el amor, se trata
de una unión indisoluble que no soporta la idea de infidelidad. Esta sería un crimen
imperdonable contra la alianza de Dios. Pero ésta es la tragedia, que entra en escena
con un dramatismo conmovedor.
El relato de este amor se hace sin rodeos, es incluso crudo en su realismo. El
capítulo 26 describe las etapas que ya mencionaba Oseas: nacimiento de la esposa (v.
4), su pubertad, el momento en que llega a ser núbil (7); la fiesta de los esponsales y
del matrimonio, con la introduc- ción de la esposa en casa del marido (8), su infidelidad
y adulterio, efec- tuado de una manera constante y descarada, sirviéndose para ello de
la belleza y dones recibidos como don de su esposo:
Te bañé, te limpié la sangre, y te ungí con aceite. Te vestí de bordado, te calcé con zapatos de
cuero fino; te ceñí de lino, te vestí con manto de seda. Te adorné con joyas, te puse pulseras
en los brazos y un collar al cuello. Te puse un anillo en la nariz, pendientes en las orejas y una
espléndida diadema en la cabeza. Lucías joyas de oro y plata, y vestidos de lino, seda y
bordado; comías flor de harina, miel y aceite; estabas ca- da día más hermosa, espléndida
como una reina. Se difundió entre los
7
17,24;36,23.36;37,28;39,7
114
pueblos la fama de tu belleza, perfecta con las galas con que te había ataviado, -oráculo del
Señor-. Te engreíste de tu belleza y, amparada en tu fama, fornicaste y te prostituiste con todo
el que pasaba (9-15).
En sus fornicaciones olvidó por completo su procedencia e historia pasada: "Con
todas tus abominables fornicaciones, no te acordaste de tu niñez, cuando estabas
completamente desnuda, agitándote en tu propia sangre" (22); y el motivo de todas
estas prostituciones era precisamente "para irritarme" (26). Es más, en lugar de recibir
el precio por sus prostitu- ciones, ella misma ofrece los regalos y joyas de su
matrimonio para atraer a los amantes: "A las prostitutas les hacen regalos; tú, en
cambio, diste tus regalos de boda a tus amantes; los sobornabas para que acudieran
de todas partes a fornicar contigo. Tú hacías lo contrario que las otras muje- res: a ti
nadie te solicitaba, eras tú la que pagabas" (33-34).
El profeta ha presentado en dos cuadros minuciosos el contraste entre la
fidelidad pasada y la infidelidad presente. La minuciosidad con que ha descrito los
cuidados y cariños de Dios, mostrando con vivacidad extraordinaria la belleza y
felicidad de aquel momento, pretende reavivar la memoria de tantos particulares
olvidados y, así, hacer ver el crimen que supone la infidelidad actual. Es el intento, por
todos los medios, de llamar al pueblo al arrepentimiento y a volver al Señor, que
permanece siempre fiel y no olvida:
Yo me acordaré de la alianza que hice contigo en los días de tu juventud y haré contigo una
alianza eterna. Tú te acordarás de tu conducta y te sonrojarás... Yo mismo haré alianza
contigo, y sabrás que soy el Señor, para que te acuerdes y te sonrojes y no vuelvas a abrir la
boca de ver- güenza, cuando yo te perdone todo lo que hiciste (60-63).
Hasta el final del capítulo insistirá Ezequiel en la gratuidad del amor de Dios,
concedido a Israel no en virtud de su arrepentimiento, que vendrá después de la
alianza, sino por pura benevolencia. La unión con- yugal definitiva, ligada a una
fidelidad recíproca, es la esperanza final en la alianza de gracia. Orienta ya el espíritu
hacia el matrimonio del tiempo "escatológico", hacia la unión que se completará cuando
Cristo aparezca. Cuando la historia de la salvación llegue a su fase definitiva en Cristo,
aparecerá que, en el orden de la salvación, la bendición del Génesis está en
correlación con la visión neotestamentaria del matrimonio como sa- cramento del amor
exclusivo de Cristo hacia la Iglesia, su Esposa. De es- te modo, de cara al Reino de los
cielos, es como el matrimonio terreno, consagrado por Cristo, puede manifestar toda su
riqueza interior.
Jesucristo es el buen pastor que Ezequiel había anunciado: "Como un pastor
vela por sus ovejas cuando se encuentra en medio de sus ove- jas dispersas, así
velaré yo por mis ovejas. Las sacaré de en medio de los pueblos, las apacentaré en
buenos pastos. Buscaré la oveja perdida, tor- naré a la descarriada, curaré a la herida,
confortaré a la enferma... Yo suscitaré para ponerlo al frente un solo pastor que las
apacentará" (34,11ss). Y Jesús es quien inaugura el culto espiritual que el profeta, por
dos veces, había prometido de parte de Dios: "Así dice el Señor: Yo os
115
recogeré de en medio de los pueblos, os congregaré de los países en los que habéis
sido dispersados, y os daré la tierra de Israel. Yo os daré un corazón nuevo y pondré
en vosotros un espíritu nuevo. Quitaré de su car- ne el corazón de piedra y les daré un
corazón de carne para que caminen según mis preceptos y así sean mi pueblo y yo sea
su Dios" (11,17ss; 36,26).
6. AGEO, ZACARÍAS, JONÁS, MALAQUÍAS, ABDÍAS Y JOEL
Desde finales del siglo V a mediados del siglo III se suceden los profetas
posteriores al exilio: Ageo, Zacarías, Jonás, Malaquías, Abdías y Joel. Son los profetas
de la reconstrucción de Israel al retorno del exilio.
Con Ageo comienza una nueva era. Antes del destierro, los profe- tas
anunciaban el castigo; durante el exilio, los profetas eran los consola- dores del pueblo.
A la vuelta del exilio, los profetas llaman al pueblo a la reconstrucción del templo y de la
comunidad de Israel. Ageo es el primero en invitar a los repatriados a reconstruir el
Templo: El Templo está en rui- nas, su reconstrucción garantizará la presencia de Dios
y la prosperidad del pueblo.
Zacarías anuncia, con más claridad aún, el comienzo de la nueva era de
salvación, puesta bajo el signo del Templo reconstruido. De nuevo la tierra es santa en
torno al Templo y el pueblo tiene a Dios en medio de ellos. Sin embargo esta nueva era
no es más que una profecía de la era mesiánica: "Alégrate, hija de Sión, canta, hija de
Jerusalén, mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; modesto y cabalgando en un
asno, en un pollino de borrica" (9,9ss). El rey Mesías instaurará un reino de paz sin
necesidad de caballos de guerra. "Aquel día derramaré sobre los habitan- tes de
Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron
(Jn 19,37), harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al
primogénito" (12,9ss). Quedará un resto "al que pasaré por el fuego, le purificaré como
se purifica la plata, le depuraré como se acrisola el oro. El invocará mi nombre y yo le
responderé. Yo le diré: Pueblo mío, y él me responderá: Señor, Dios mío" (13,8s).
Malaquías significa "ángel, mensajero del Señor". Contemporáneo de Esdras y
Nehemías, los grandes restauradores del nuevo Israel pos- texílico, Malaquías cierra
los labios con los ojos abiertos hacia el que ha de venir: "Mirad: os enviaré al profeta
Elías antes de que llegue el día del Señor. Convertirá el corazón de los padres hacia
los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir yo a
destruir la tierra" (3,23s).
Joel significa "Yahveh es Dios". Joel toma como punto de partida de su profecía
una catástrofe del campo: una terrible plaga de langosta que desola las cosechas. La
plaga de langosta se convierte en un ejército que asalta y conquista la ciudad. Con esta
visión el profeta invita al ayuno y penitencia para implorar la compasión de Dios.
Acogida su invitación, Dios responde anunciando la salvación del pueblo: "No temas,
haz fiesta.
116
Hijos de Sión, alegraos y festejad al Señor, vuestro Dios, que os da la llu- via temprana
y la tardía a su tiempo. Alabaréis al Señor que hace prodi- gios por vosotros. Yo soy el
Señor, vuestro Dios, y no hay otro, y mi pue- blo no quedará defraudado. Además
derramaré mi espíritu sobre todos: vuestros hijos e hijas profetizarán" (2,21ss). "El
Señor será refugio de su pueblo, alcázar de los israelitas. Y sabréis que yo soy el
Señor, vuestro Dios, que habito en Sión, mi monte santo. Jerusalén será santa. Aquel
día los montes manarán vino, los collados fluirán leche, las acequias de Judá irán
llenas de agua y brotará un manantial del Templo del Señor, que re- gará el valle de las
Acacias" (4,16ss).
Abdías, "Siervo del Señor", el más breve de los profetas, anuncia que llega el
"día del Señor" contra todas las naciones (1,15). Pero en el monte de Sión quedará un
resto que será santo (1,17). Este resto "pose- erá el Negueb, el monte de Esaú, las
colinas de Sefela y la tierra filistea; poseerá los campos de Efraím y de Samaría, de
Benjamín y de Galaad. Estos pobres israelitas desterrados serán dueños de Canaán
hasta Sa- repta. Subirán vencedores al monte Sión y el reino será del Señor" (19- 21).
Jonás es un profeta extraño y simpático. Se empeña en hacer lo contrario de los
demás profetas. Cuando Dios le envía a Nínive, huye en vez de obedecer. Cuando la
nave está a punto de irse a pique, duerme en vez de orar como hacen hasta los
paganos marineros. El se sabe causan- te de la desgracia y duerme profundamente.
Pero Dios le despierta y le hace confesar su pecado y su fe en el "Dios del cielo, que
hizo el mar y la tierra firme", suscitando las primeras conversiones entre los mismos
mari- neros, que se salvan de la borrasca. Jonás es profeta hasta en su huida de Dios.
Frente a tantas profecías contra las naciones, Jonás anuncia un mensaje de
misericordia para el pueblo enemigo de Israel. En medio de los profetas llamados por
Dios para predicar la conversión de su pueblo, Jonás es el predicador de los gentiles.
Mateo, Marcos y Lucas le citan en el Nuevo Testamento: "Esta generación perversa y
adúltera pide un signo, y no le será dado sino el signo de Jonás. Como estuvo Jonás
en el vientre del pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el co-
razón de la tierra tres días y tres noches. Los Ninivitas se alzarán a con- denar en el
juicio a esta generación, porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás; y
aquí está alguien más grande que Jonás" (Mt 12,39-41). Los Ninivitas convertidos son
el símbolo de los gentiles que se adhieren a la fe, superando la incredulidad del pueblo
de Dios.
Dios es compasivo y misericordioso por encima de la ruindad de su profeta. A
Jonás le molesta que Dios tenga tan gran corazón que es ca- paz de dejar mal a su
profeta, perdonando a los ninivitas convertidos por sus amenazas de destrucción. Pero
Dios se ríe de sus enfados, pues le ama con el mismo corazón con que ha perdonado a
los Ninivitas. Jonás estaba sentado a la sombra de un ricino, que le protegía del ardor
del sol. Pero el Señor envió un gusano, que secó el ricino. Jonás se lamentó de la
117
muerte del ricino hasta desear también su muerte. El Señor le dijo: "Tú te lamentas por
el ricino, que no cultivaste con tu trabajo, y que brota una noche y perece a la otra y yo,
¿no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, donde habitan más de veinte mil
hombres?" (Jo 4,11).
La figura de Jonás ha interesado a tantos artistas desde el tiempo de las
catacumbas, pues en él han visto los cristianos un símbolo de resu- rrección y
salvación. Dios salvó al profeta de la muerte para salvar por él a un pueblo pagano.
Dios salvó a Cristo, resucitándolo de la muerte, para salvar con esa muerte y
resurrección a todos los pueblos de la tierra.
***
El profeta es un hombre que tiene una experiencia inmediata de Dios. Ha
recibido la revelación de su santidad y de sus deseos. A esta luz juzga el presente y lo
abre a la esperanza del futuro recreado por Dios. Enviado por él, en su nombre,
denuncia las infidelidades del pueblo, ataca las idolatrías y el culto vacío, pero no para
condenar al pueblo, sino para llamarlo a conversión, a la obediencia a Dios, cuya
fidelidad eterna pro- clama. El profeta quiere llevar al pueblo a caminar por la senda del
amor de Dios, suscitando la esperanza de una nueva y eterna Alianza. Dios es fiel por
encima de todas las infidelidades de los hombres.
Los profetas se caracterizan por su atrevimiento. Su palabra lleva el
convencimiento de que no es palabra humana, sino Palabra de Dios, que no puede
dejar de cumplirse. Esta convicción se expresa en las fórmulas con que empiezan y
terminan: "Así habla el Señor", al comienzo; "Oráculo del Señor", al final. "Es la boca de
Yahveh" la que habla. Por ello los reyes y el pueblo "buscan a Dios" en el profeta (Jr
21,2); le "pregun- tan", acudiendo al profeta (Jr 21,2), le "consultan" (Is 30,2); le "piden
una respuesta" (Jr 23,35.37). "Hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos
por el Espíritu Santo" (2Pe 1,19-21). Invadidos por el Espíritu Santo vida y mensaje del
profeta quedan fundidos. Rechazar su palabra era rechazarles a ellos. Jesús dirá:
"Jerusalén, que matas a los profetas" (Mt 23,37). El martirio es el sello que da
autenticidad a la profecía.
Discutidos siempre, con frecuencia perseguidos, los profetas son los testigos de
Dios en medio del pueblo. Cuando callan los profetas, al pueblo le falta la palabra de
Dios (1Mac 4,46;9,27). "Ya no nos queda ni un profeta", se lamenta el salmista (Sal
74,9). Ezequiel llega a decir que no importa que le escuchen o no, lo que importa es
que la gente reconoz- ca que "hay un profeta en medio de ellos" (2,5), que sepan que
Dios man- tiene el diálogo con los hombres. El silencio de Dios, al faltar los profetas,
aviva el deseo y la esperanza del Profeta prometido (1Mac 14,41): "Yo les suscitaré, de
en medio de sus hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca,
y él dirá todo lo que yo le mande" (Dt 18,18; He 3,22). Ya en el Nuevo Testamento, la
cercanía de Dios se anuncia con Juan Bautista, "profeta y más que profeta" (Lc 7,26),
precur- sor del Profeta esperado (Jn 1,25;6,14): "Muchas veces y de muchos modos
habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profe- tas; en estos
últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo" (Hb 1,1).
118
Tras la multiplicación de los panes, que recordaba el maná del Éxodo y el milagro de
Eliseo, las gentes se pusieron a gritar: "Este es verdaderamen- te el profeta que debía
venir al mundo" (Jn 6,14). Al oír sus palabras las gentes dijeron: "¡Este es realmente el
profeta!" (Jn 7,52). Jesús no sólo es la boca de Dios, sino la Palabra de Dios
encarnada. Escucharle, aco- gerle es escuchar y acoger al Padre que le ha enviado.
Con el don del Espíritu Santo en Pentecostés, en el seno de la Iglesia se da una
renovación permanente de la profecía. Todos sus miembros están llamados a recibir el
don del Espíritu Santo que les hace profetas (He 8,15-18;10,44-46). Y además, dentro
de la comunidad cris- tiana, algunos miembros se distinguen por ese don y reciben el
nombre de profetas. Con sus palabras y gestos edifican la asamblea de los fieles (He
21,10).
El rostro de Dios, que nos presentan los profetas, no es un rostro mudo,
impasible, impersonal. Esos adjetivos convienen más bien a los ídolos paganos, que
"tienen boca y no hablan". En los profetas todo es lenguaje, comunicación de Dios con
los hombres: es el Dios "que habla al corazón" (Os 2,16). Los profetas son la boca con
la que Dios dirige su palabra al hombre: "Ve y di", ordena el Señor constantemente a
sus profe- tas. Palabra que anuncia el plan de Dios, que denuncia el pecado del
hombre, que llama a volver a Dios, que proclama el perdón de Dios. Los profetas son
los testigos del Dios de Israel que habla y responde a los hombres, que se deja
encontrar, invocar y amar: es el Dios de la Alianza. Es el Dios tan santo que no puede
por menos que perdonar y salvar (Os 11,9).
VII. RENOVACIÓN A LA VUELTA DEL EXILIO
1. VUELTA DEL EXILIO
A la vuelta del exilio todo se renueva. El Cronista escribe de nuevo la historia de
Israel. Largas listas genealógicas desde Adán a Esdras unen el pequeño resto de
repatriados con las generaciones pasadas. Los débiles judíos del siglo V son los
descendientes del Israel elegido por Dios. Las genealogías muestran la fidelidad de
Dios, que no ha dejado extinguirse a su pueblo; lo ha acompañado siempre con la
bendición de Abraham y de David. Jerusalén y el Templo son el punto de entronque
con la historia de salvación. En la celebración se actualiza la historia. El culto, memorial
de la historia de salvación, se hace canto de alabanza y motivo de oración confiada
para el tiempo presente de reconstrucción. De este modo la comunidad de Israel
mantuvo su identidad de generación en generación.
Con el exilio, la tierra prometida quedó desolada; en ella no queda nada, ni
Templo, ni ciudad, ni habitantes. Sólo un resto, un pequeño gru- po permanece en
Babilonia. Y queda la fidelidad de Dios, Señor de la his- toria. Y Dios, Señor de la
historia, es el Creador, puede comenzar de nue- vo, hacer realidad una nueva era. El
Señor que incitó a Nabucodonosor
119
para llevar a su pueblo al destierro, ahora suscita a Ciro para devolver a su pueblo a la
tierra de sus padres. "El corazón del rey es una acequia a disposición de Dios: la dirige
a donde quiere" (Pr 21,1).
Dios guía la historia según sus planes. Por ello la anuncia de ante- mano por sus
profetas. Jeremías, con palabras y gestos, anunció el des- tierro y la vuelta. Pero el
gran cantor de la vuelta es Isaías, que vio en la lejanía el destino de Ciro y lo anunció
como salvador del pueblo de Dios. El anuncia la buena noticia con toda su fuerza
salvadora. La ciudad de Jerusalén está esperando sobre las murallas la vuelta de los
cautivos. Un heraldo se adelanta al pueblo que retorna de Babilonia. Cuando los vigías
divisan a este mensajero, dan gritos de júbilo que resuenan por la ciudad y se
extienden por todo el país. "¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del
mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia la salvación, que
dice a Sión ya reina tu Dios. ¡Una voz! Tus vig- ías alzan la voz, a una dan gritos de
júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahveh a Sión. Prorrumpid a una
en gritos de júbilo, so- ledades de Jerusalén, porque ha consolado Yahveh a su pueblo,
ha res- catado a Jerusalén" (Is 52,7-9). "Súbete a un alto monte, alegre mensaje- ro
para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: Ahí está vuestro Dios. Ahí
viene el Señor con poder" (Is 40,9).
El heraldo pregona la victoria de Dios. La salvación de Israel viene con la
palabra del anuncio. Yahveh pone en la boca del mensajero la noti- cia que alegra el
corazón del pueblo. La hora de la actuación de Yahveh ha irrumpido. La salvación de
Dios es realidad. Dios libera a los cautivos y congrega a los dispersos. El llanto se
cambia en gozo. Las ruinas de Je- rusalén exultan. Las cadenas se rompen. Hasta la
aridez del desierto flo- rece para saludar a los que retornan. Ya reina tu Dios; ya
puedes celebrar tus fiestas (Ne 2,1). Con el retorno del Señor se anuncia al pueblo la
con- solación, se le comunica la paz.
El anuncio se hace realidad en el decreto de Ciro: "En el año pri- mero de Ciro,
rey de Persia, el Señor, para cumplir lo que había anuncia- do por boca de Jeremías,
movió a Ciro a promulgar de palabra y por escri- to en todo su reino:
Ciro, rey de Persia, decreta: El Señor, Dios del cielo, me ha entregado todos los reinos de la
tierra y me ha encargado construirle un templo en Jerusalén de Judá. Los que pertenezcan a
ese pueblo, que su Dios los acompañe y suban a Jerusalén de Judá para construir el templo
del Se- ñor, Dios de Israel, el Dios que habita en Jerusalén. Y a todos los super- vivientes,
dondequiera que residan, la gente del lugar les proporcionará plata, oro, hacienda y ganado,
además de las ofrendas voluntarias para el templo del Dios de Jerusalén (Es 1,1-4).
De este modo comenzó la vuelta de los desterrados en procesión solemne hacia
Jerusalén. No vuelven todos, sino sólo los que Dios mue- ve. Algunos prefieren las
seguridades adquiridas en Babilonia y allí se quedan. El "resto", en oleadas sucesivas,
emprenden el retorno, en busca de la tierra prometida por el Señor y dada a sus
padres. El nuevo Éxodo, como el primero, es obra enteramente de Dios, que mueve al
rey y tam-
120
bién a los israelitas, que habían conservado la esperanza suscitada por los profetas. El
retorno mismo es una experiencia salvífica. Como en la liberación de Egipto, también
ahora Dios acompaña a su pueblo, le abre caminos, rehace su alianza con ellos,
movido por su amor. Los que se habían contagiado con los ídolos y habían perdido la
esperanza en la sal- vación se quedaron en Babilonia, lejos de Jerusalén, la santa
ciudad de Dios. Los ricos, que confiaban en sus riquezas, no vieron el milagro de la
presencia salvadora de Dios. Sólo los pobres de Yahveh, que confiaban únicamente en
El, se pusieron en camino y subieron a reedificar el templo de Jerusalén.
Lo primero que levantan es el altar para ofrecer en él holocaustos matutinos y
vespertinos en la fiesta de las Tiendas. A los dos años de su llegada a Jerusalén
comienzan la reconstrucción del Templo. Al ver pues- tos los cimientos, todo el pueblo
alabó al Señor con cantos de alegría. Pero pronto cundió el desaliento ante la oposición
de enemigos de Israel. Las obras se suspendieron durante quince años. Dios entonces
suscitó los profetas Ageo y Zacarías para alentar al pueblo a continuar la tarea apenas
comenzada. "El templo se terminó el día tres de marzo, el año sexto del reinado de
Darío. Los israelitas -sacerdotes, levitas y el resto de los deportados- celebraron con
júbilo la dedicación del templo, ofreciendo un sacrificio expiatorio por todo Israel" (Es
6,15-17). Y como al regreso a la tierra, la primera fiesta fue la de las Chozas, así ahora,
terminado el Templo, la primera fiesta va a ser la de la Pascua. Se repite de nuevo el
Éxodo. Como los israelitas, al entrar en Canaán, celebraron en seguida la Pascua con
los primeros frutos de la tierra, cerrando el ciclo de la salida de Egipto y de las Tiendas
del desierto, así la nueva etapa se inaugura también con la celebración solemne de la
Pascua: "Los deportados cele- braron la Pascua el día catorce del mes de abril. Los
levitas, junto con los sacerdotes, inmolaron la víctima pascual para todos los
deportados. La comieron los israelitas que habían vuelto del destierro y todos los que
se unieron a ellos para servir al Señor, Dios de Israel. Celebraron con gozo la fiesta de
los Azimos durante los siete días; festejaron al Señor porque les había dado fuerzas
para trabajar en el templo del Dios de Israel" (Es 6,19ss).
2. ESDRAS Y NEHEMÍAS
a) Esdras, el escriba
"Después de estos acontecimientos" (Es 7,1), subió de Babilonia a Jerusalén
Esdras, descendiente de Aarón, el escriba versado en la ley del Señor. Esdras
inaugura una misión de suma importancia en la reconstruc- ción de la comunidad de
Israel. Como escriba, lee, traduce y explica la Torá al pueblo (Ne 8,8). "La mano
bondadosa de Dios estaba con él" (Es 7,6.9). Esdras aplica su corazón a escrutar la
Ley de Yahveh, a ponerla en práctica y a enseñarla a Israel.
El escriba Esdras busca el encuentro con Dios en la meditación asidua de su
Ley (Sal 119). En el Eclesiástico tenemos la más bella des-
121
cripción del escriba: "Se entrega de lleno a meditar la Ley del Altísimo; escruta la
sabiduría de sus predecesores y dedica sus ocios a estudiar las profecías. Examina los
relatos de autores célebres y penetra en los re- pliegues de las parábolas. Busca el
misterio de los proverbios y da vueltas a las parábolas. Aplica su corazón a ir bien de
mañana donde el Señor, su Creador y ora ante el Altísimo: ante El abre su boca para
pedir perdón por sus pecados. Si el Señor lo quiere, él será lleno de espíritu de
inteligencia. Dios le hará derramar como lluvia las palabras de su sabiduría, y en la
oración dará gracias al Señor. Dios guiará sus consejos prudentes, y él meditará sus
misterios. Comunicará la enseñanza recibida y se gloriará en el Señor. Muchos
alabarán su inteligencia y su recuerdo perdurará por generaciones. La comunidad
comentará su sabiduría y la asamblea can- tará su alabanza. Mientras viva, tendrá
fama entre mil, que le bastará cuando muera" (39,1ss).
Dios se mantiene fiel con la comunidad de Israel, retornada del exi- lio. Mediante
la liturgia del Templo y la actividad de los sacerdotes y levi- tas forma la asamblea
santa de su pueblo. Se trata de recrear el nuevo Israel con espíritu y corazón nuevos.
La Ley del Señor será la norma de su fe y de su vida. En torno al Dios único, al Templo
único, a la única Ley de la Alianza se mantendrá vivo su pueblo. El resto de los
salvados será la simiente del nuevo Israel. Probada al crisol del destierro, la comunidad
puede fijar su tienda en torno a la casa de Dios, establecerse en Jeru- salén,
"dándonos una estaca de tienda en su santo lugar, un refugio, ilu- minando así nuestros
ojos" (Es 9,8).
b) Nehemías, el gobernador
Con el escriba Esdras va unido para siempre el nombre de Nehem- ías,
nombrado Gobernador. "También es grande la memoria de Nehem- ías, que nos
levantó las murallas en ruinas, puso puertas y cerrojos y re- construyó nuestras
moradas" (Si 49,13).
Las lamentaciones de Jeremías lloraron la destrucción de la mura- lla de
Jerusalén (Lam 2,8). El salmista ora por su reconstrucción (Sal 51,20). Isaías había
anunciado esa reconstrucción. Los desterrados se dedicaron, en primer lugar, a la
reconstrucción del templo. El profeta Za- carías hasta considera innecesaria la muralla
de la ciudad, defendida por Dios: "Yo seré para ella muralla de fuego en torno" (Za 2,9).
En realidad la ciudad siguió sin muralla unos setenta años. Era la misión reservada a
Nehemías, como narra él mismo en sus confesiones autobiográficas: "El mes de
diciembre del año veinte me encontraba yo en la ciudadela de Susa cuando llegó mi
hermano Jananí con unos hombres de Judá. Les pregunté por los judíos que se habían
librado del destierro y por Jeru- salén. Me respondieron: Los que se libraron del
destierro están pasando grandes privaciones y humillaciones. La muralla de Jerusalén
está llena de brechas y sus puertas consumidas por el fuego. Al oír estas noticias lloré
e hice duelo durante varios días, ayunando y orando al Dios del cie- lo" (Ne 1,1ss).
122
Ante las noticias recibidas, Nehemías, como en otro tiempo Moisés, abandona la
corte de Artajerges, donde era copero del rey, para visitar a sus hermanos, se interesa
e intercede ante Dios por ellos. Su oración es una confesión del pecado del pueblo con
una súplica de perdón al Dios fiel a la Alianza. Al llegar a Jerusalén inspecciona el
estado de la muralla, comprobando que estaba derruida y las puertas consumidas por
el fuego. Entonces se presentó a los sacerdotes, a los notables y a la autoridades y les
dijo: "Ya veis la situación en que nos encontramos. Jerusalén está en ruinas y sus
puertas incendiadas. Vamos a reconstruir la muralla de Jeru- salén para que cese
nuestra ignominia" (Ne 2,17). Todos se pusieron ma- nos a la obra con entusiasmo,
aunque pronto tuvieron que vencer las bur- las y oposición de los samaritanos, que
sembraban la vergüenza, el des- ánimo y el miedo entre el pueblo. Uno decía: "¿Se
creen estos estériles judíos que van a resucitar unas piedras calcinadas?" (Ne 3,34).
Otro añadía: "Déjalos que construyan. En cuanto suba una zorra abrirá brecha en la
muralla de piedra". Nehemías no les replica, se vuelve a Dios y ora: "Escucha, Dios
nuestro, cómo se burlan de nosotros. Haz que sus insultos recaigan sobre ellos y
mándalos al destierro para que se burlen de ellos. No encubras sus delitos, no borres
de tu vista sus pecados, pues han ofendido a los constructores" (Ne 3,36).
La mejor respuesta a las burlas de los enemigos es la actividad incesante y los
resultados patentes. Nehemías consigna: "Seguimos le- vantando la muralla, que
quedó rematada hasta media altura". Pero los enemigos no cejan en su oposición.
Como las burlas no surten efecto, pasan a las intimidaciones. Se confabulan para
luchar contra Jerusalén y sembrar en ella la confusión. Los constructores tienen que
montar guardia en torno a la muralla día y noche para vigilarlos. Nehemías tiene que
alen- tar al pueblo cansado y desanimado: "No les tengáis miedo. Acordaos del Señor,
grande y terrible, y luchad por vuestros hermanos, hijos, hijas, mu- jeres y casas". Dios
desbarató los planes de los enemigos y pudo seguir la obra. Con todo, los que
construían la muralla estaban armados; con una mano trabajaban y con la otra
empuñaban el arma. Todos los albañi- les llevaban la espada al cinto mientras
trabajaban. "Así seguimos traba- jando desde que despuntaba el alba hasta que salían
las estrellas". Todos dormían vestidos y con las armas al alcance de la mano.
En menos de dos meses, a pesar de la oposición externa y las difi- cultades
internas, se terminó la reconstrucción de la muralla. La obra era un milagro de Dios,
que había infundido confianza en sus fieles: "El veinti- cinco de septiembre, a los
cincuenta y dos días de comenzada, se terminó la muralla. Cuando se enteraron
nuestros enemigos y lo vieron los pue- blos circundantes se llenaron de admiración y
reconocieron que era nues- tro Dios el autor de esta obra" (Ne 6,15). Al inaugurar la
muralla se busca- ron levitas por todas partes para traerlos a Jerusalén y celebrar la
inaugu- ración con una gran fiesta y con acciones de gracias, al son de platillos, arpas y
cítaras. Una inmensa procesión gira en torno a la muralla para entrar en la ciudad y
dirigirse al templo. Los cantores entonan salmos: "Dad la vuelta en torno a Sión,
contando sus torreones" (Sal 48), "El Se- ñor rodea a su pueblo ahora y por siempre"
(Sal 125). "Ha reforzado los cerrojos de sus puertas y ha bendecido a sus hijos" (Sal
147). La fiesta
123
fue solemne y alegre "porque el Señor les inundó de gozo. La algazara de Jerusalén se
escuchaba de lejos" (Ne 12,43).
Rodeada la ciudad de su muralla almenada, "como corona real" (Is 62,3), se
aprecian los vacíos internos, por falta de casas y vecinos: "La ciudad era espaciosa y
grande, pero los habitantes eran escasos y no se construían casas". La repoblación de
Jerusalén es la siguiente tarea de Nehemías, para que sea la "ciudad bien compacta"
descrita por el salmis- ta (Sal 122,3). Una ciudad poblada de numerosos habitantes es
lo que ya había anunciado Isaías: "Porque tus ruinas, tus escombros, tu país deso-
lado, resultarán estrechos para tus habitantes. Los hijos que dabas por perdidos te
dirán otra vez: mi lugar es estrecho, hazme sitio para habitar" (Is 49,19-20). También lo
había anunciado Ezequiel: "Acrecentaré vuestra población, serán repobladas las
ciudades y las ruinas reconstruidas" (Ez 36,10.33). Nehemías se encarga con celo de
repoblar Jerusalén: "Las autoridades fijaron su residencia en Jerusalén, y el resto del
pueblo se sorteó para que, de cada diez, uno habitase en Jerusalén, la ciudad san- ta,
y nueve en los pueblos. La gente colmó de bendiciones a todos los que se ofrecieron
voluntariamente a residir en Jerusalén" (Ne 11,1-2).
c) Renovación interior
Esdras ha levantado los muros del Templo y Nehemías ha repara- do las
brechas de la muralla. Pero para reconstruir el pueblo de Dios no basta con la
reconstrucción exterior. Es necesario renovar interiormente al pueblo. Bajo el impulso
de Esdras y Nehemías la comunidad de Israel se reconstruye y adquiere hondura
espiritual con la proclamación de la Pala- bra de Dios, la celebración penitencial, la
celebración de las fiestas y la renovación de la Alianza con Dios.
La Alianza con Dios es lo que da sentido a toda la obra reconstruc- tora de
Esdras y Nehemías. Esta celebración, que no puede ser ritualísti- ca, se prepara con la
proclamación gozosa de la Palabra y con la confe- sión dolorosa de los pecados. "Todo
el pueblo se reunió como un solo hombre en la plaza que se abre ante la Puerta del
Agua. Esdras, el escri- ba, pidió que le llevaran el libro de la Ley de Moisés, que Dios
había dado a Israel. Desde el amanecer hasta el mediodía estuvo proclamando el li-
bro a la asamblea de hombres, mujeres y todos los que tenían uso de razón. Todos
seguían la lectura con atención. Esdras estaba de pie en el estrado de madera que
había hecho para esta ocasión. Esdras y los levi- tas leían el libro de la Ley del Señor,
traduciéndolo e interpretándolo para que todos entendieran su sentido. Al oír la Palabra
de Dios, la gente llora- ba. Esdras, Nehemías y los levitas dijeron al pueblo: Hoy es un
día con- sagrado al Señor, vuestro Dios. No estéis tristes ni lloréis. Al mediodía les
despidieron: Id a casa, comed manjares exquisitos, bebed vinos dulces y enviad
porciones a los que no tienen nada, porque hoy es un día consa- grado a nuestro Dios.
No estéis tristes que la alegría del Señor es vuestra fuerza. El pueblo hizo una gran
fiesta, porque habían entendido las pala- bras que les habían enseñado" (Ne 8,1ss).
124
En el libro de la Ley se encontraron con la fiesta, para ellos olvida- da, de las
Tiendas. Con gozo inaudito la celebraron, viviendo durante sie- te días al aire libre bajo
las tiendas de ramas de olivo, pino, mirto y palme- ras. Durante los siete días Esdras
siguió proclamando en voz alta el libro de la Torá. El octavo día celebraron
solemnemente la liturgia penitencial, con ayuno, vestidos de saco y polvo. La asamblea
confesó sus pecados y los de sus padres ante el Señor, su Dios. Y Esdras, en nombre
de todos, rezó:
Tu, Señor, eres el único Dios, creador de todo, pues a todos das vida. Tú eres el Dios que
elegiste a nuestro padre Abraham e hiciste con él una alianza. Viste luego la aflicción de
nuestros padres en Egipto y les libe- raste con grandes signos y prodigios. Bajaste al monte
Sinaí y hablaste con ellos desde el cielo. Les diste tu santa Ley por medio de Moisés. Pe- ro
ellos, olvidando tus prodigios, desoyeron tus mandatos. Pero Tú, Dios del perdón, clemente y
compasivo, paciente y misericordioso, no los abandonaste. Multiplicaste sus hijos como las
estrellas del cielo y los in- trodujiste en la tierra que habías prometido a sus padres. Pero
indóciles, se rebelaron contra ti, se echaron tu Ley a las espaldas, mataron a tus profetas, que
los invitaban a volver a ti. Los entregaste en manos de sus enemigos, que los oprimieron. Pero
en su angustia clamaron a ti y tu, por tu gran compasión, los escuchaste y les enviaste
salvadores, que los li- braron de sus enemigos. Pero al sentirse tranquilos hacían otra vez lo
que repruebas. Te volvieron la espalda sin querer escucharte. Fuiste pa- ciente con ellos
durante muchos años hasta que los entregaste en manos de los pueblos paganos. Mas por tu
gran compasión no los aniquilaste, porque eres un Dios clemente y compasivo. Ahora, Dios
nuestro, tú que eres fiel a la alianza, no menosprecies las aflicciones que nos han sobre-
venido desde el tiempo de los reyes asirios hasta hoy. Eres inocente de cuanto nos ha ocurrido:
¡Nosotros somos culpables! (Ne 9,6ss).
Hecha la confesión arrepentida del pecado, el pueblo renueva la Alianza con
Dios, aceptando su Ley, como lo hiciera la asamblea de Israel en el Sinaí: "Haremos
cuanto ha dicho el Señor". Los pobres, tantas veces humillados, se han hecho
humildes. Esta humildad les abre el corazón al amor de Dios, sellando con confianza la
Alianza con El. A El alzan su ca- beza, a El dirigen su corazón, a El confían toda su
vida. Desnudos han llegado a Jerusalén, desposeídos de todo. Sólo les queda como
seguri- dad la fidelidad firme de Dios, el único que no defrauda sus esperanzas.
Abiertos a los insondables caminos de Dios, ellos son los que acogerán al Salvador. En
un pobre, Jesús de Nazaret, que no tiene donde reclinar la cabeza, verán la salvación
de Dios. "Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la
debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. Ha escogido Dios lo necio
del mundo, para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para
con- fundir lo fuerte" (1Cor 1,25ss).
125
3. DANIEL
Dios lleva adelante su historia de salvación. No se agota su poten- cia creadora.
Cuando parecía acabada la inspiración profética, Dios susci- ta a Daniel que, con la
apocalíptica, recoge la herencia de la profecía. Con sus visiones interpreta la historia,
predice el destino de los Imperios y mantiene la esperanza en Dios, salvador de toda
opresión. La lectura que hace de la historia, viendo el sucederse de los Imperios que
han domina- do a Israel, es fuente de esperanza para Israel, que en su pequeñez no
pasa, porque Dios permanece para siempre y es fiel. El final es siempre victorioso. El
Señor de la historia instaurará su reino definitivo y universal. La historia es apocalipsis,
revelación de Dios.
Con relatos y leyendas, revestidos de imágenes grandiosas y plásticas, nos
presenta el desenvolverse de la historia. La estatua gigan- tesca que rueda por tierra al
simple toque de una piedrecita que se des- prende y rueda desde la montaña, el
emperador convertido en fiera, el festín del emperador Baltasar, los jóvenes en el horno
de fuego, Daniel en el foso de los leones, las cuatro fieras con el anciano de figura
humana son algunas de la imágenes con las que nos describe la larga historia de los
pueblos, que se alzan y caen, yendo en escala descendente cada vez menos potentes.
De este modo reaviva la fe en el Señor de la historia.
El pueblo de Dios puede estar en la prueba, contemplar su insigni- ficancia, pero
sabe que todo el poder, toda estatua "hechura de manos humanas", termina en polvo.
El futuro está en las manos de Dios. El em- perador, aunque en su arrogancia se sienta
dios, se verá transformado en una fiera, apartado de los hombres, compartiendo la
hierba como los to- ros, mojado de relente. El hombre que se exalta, sin mantener su
lugar ante Dios, es humillado a la condición animal. Pierde el reino, el paraíso, para
habitar en el desierto. Este es el sueño de Nabucodonosor: "Estaba yo en paz en mi
casa, con buena salud en mi palacio, cuando tuve un sueño que me asustó: Vi un árbol
gigantesco, cuya copa tocaba el cielo, de donde bajó un Guardián que gritó con voz
fuerte: Derribad el árbol; dejad en tierra sólo el tocón con sus raíces. Encadenado con
hierro y bronce pacerá hierba, mojado de relente, compartirá con las fieras los pastos
del suelo. Perderá el instinto de hombre y adquirirá instintos de fiera. Lo han anunciado
los Santos, para que todos los vivientes reconoz- can que el Altísimo es dueño de
todos los reinos humanos, que da el re- ino a quien quiere y pone al más humilde en el
trono" (Dan 4,1ss).
Los más humildes, en cambio, los fieles del Señor, aunque pasen por el fuego,
el Señor no permitirá que se les queme un solo cabello de su cabeza. Saldrán intactos
de la prueba. Los tres jóvenes, Sidrac, Misac y Abdénago, en medio del horno de fuego
pueden cantar a Dios el himno de toda la creación: "Bendito eres, Señor, Dios de
nuestros padres, a ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito tu nombre, santo y
glorioso... Ala- bad a Dios, todos sus fieles, porque es eterna su misericordia, dura por
los siglos de los siglos" (3,46ss).
126
En medio del festín sacrílego del rey Baltasar, Dios, Señor de la vida y de los
imperios, escribe con los dedos de su mano invisible el des- tino de los señores de este
mundo: Mené, Tequel y Parsin. Mené: Dios ha medido tu reino y le ha puesto fin;
Tequel: has sido pesado en la ba- lanza y encontrado falto de peso; Parsin: tu reino ha
sido dividido y entre- gado a otras dos potencias (c. 5).
Daniel, como contraste, es puesto a prueba y salvado por Dios. El rey mandó
traer a Daniel, acusado de no seguir sus órdenes de adorarlo a él solo, y le arrojó al
foso de los leones, diciéndole: "¡Que te salve ese Dios a quien tu veneras con tanta
constancia!". De en medio de los leones sale Daniel sin un rasguño, "porque había
confiado en Dios" (6,25). El mismo rey lo confiesa: "El Dios de Daniel es el Dios vivo
que permanece siempre. Su reino no será destruido, su imperio dura hasta el fin. El
salva y libra, hace signos y prodigios en el cielo y en la tierra. El ha salvado a Daniel de
los leones" (6,27-28). Y como Daniel, es salvada de la prueba Susana, el Israel débil y
fiel, que pone su confianza únicamente en Dios, que desbarata lo planes de potentes y
malvados (c. 13).
Frente a los sueños del emperador se alza el sueño de Daniel. Da- niel
contempla cuatro bestias: un león con alas de águila; un oso con tres costillas en la
boca, entre los dientes; un leopardo, con cuatro alas en el lomo y cuatro cabezas; y una
cuarta bestia terrible con dientes de hierro y diez cuernos. Por encima de todo, sentado
sobre un trono, Daniel con- templa un Anciano: "Su vestido era blanco como nieve, su
cabellera como lana purísima; su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un
río impetuoso de fuego brotaba delante de él". Mientras sigue mirando, "he aquí que en
las nubes del cielo venía como un Hijo del hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue
llevado a su presencia. A él se le dio imperio, honor y reino, y todos los pueblos,
naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y
su reino no será destruido jamás" (c. 7).
Jesús se dará a sí mismo el título de Hijo del hombre (Mt 8,20). El Hijo del
hombre, que no tiene donde reclinar la cabeza, "será entregado en manos de los
hombres, le matarán y al tercer día resucitará" (Mt 17,22- 23). Su triunfo inaugurará el
reino eterno, que no tendrá fin. El Hijo del hombre "será levantado para que todo el que
crea en él tenga vida eterna" (Jn 3,14s). Esteban, mientras sufre el martirio, mirando
fijamente al cielo, le contempla en pie a la derecha de Dios (He 7,55ss). También lo
con- templa Juan mientras se halla deportado en la isla de Patmos por causa de la
Palabra de Dios y del testimonio de su fe en Jesús. Detrás de él oye una potente voz,
como de trompeta: "Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y, al volverme, vi
siete candeleros de oro, y en medio de los can- deleros como a un Hijo de hombre,
vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Su cabeza y sus
cabellos eran blancos como la lana, como la nieve; sus ojos como llama de fuego; sus
pies parecían de metal precioso acrisolado en el horno; su voz como voz de grandes
aguas. Tenía en su mano derecha siete estrellas y de su boca salía una espada aguda
de dos filos; y su rostro, como el sol cuando brilla con toda
127
su fuerza. Me dijo: No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto,
pero estoy vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1,9ss).
VIII. LOS SABIOS DE ISRAEL
Los exiliados de Babilonia, repatriados a Jerusalén, eran los más pobres entre
los deportados. Eran los pobres de Yahveh. Aquella peque- ña comunidad de fieles, a
pesar de todas las dificultades que encontraron, fue el origen de la restauración y
renovación espiritual de Israel. Desde entonces, hasta la venida de Cristo, los pobres
de Yahveh fueron los tes- tigos vivientes de la fidelidad del Señor a la Alianza. La
historia de los anawin es la historia de las atenciones de Dios para con los pobres, que
ponen su confianza en él, según repiten en los salmos: "En mis tribulacio- nes invoqué
el nombre del Señor; esperé el auxilio del Señor y fui salva- do; pues Tú eres la
esperanza y el refugio de los pobres, ¡oh Dios!".
Los pobres de espíritu mantienen viva la esperanza del Mesías prometido,
amigo de los pequeños. Esta esperanza culmina en María, que alberga en su corazón
el deseo de todos los pobres. María, en su nombre, acoge el anuncio del Salvador: "He
aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Jesucristo, en los
comienzos de su misión, al proclamar las Bienaventuranzas, se revela como Mesías de
los pobres: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los
cielos". El, pobre de Yahveh, no tiene donde reclinar la cabeza; vive abandonado
totalmente a la voluntad del Padre: "Siendo rico, se hizo po- bre por vosotros, para
haceros ricos por su pobreza" (2Cor 8,9).
Los pobres de Yahveh buscan en su Palabra la luz que guíe sus pasos. Entre
ellos, Dios suscita los "sabios de Israel", quienes a la luz de la Palabra de Dios iluminan
los acontecimientos de la vida diaria. Los sa- bios "vuelven hacia El su mirada para ser
iluminados" (Sal 34,6). La Escri- tura se hace fuente perenne de sabiduría. En ella
buscan una respuesta de fe a los hechos que superan la razón humana. El primero y
mas grave problema con que se encuentran es el drama del sufrimiento del justo. Es el
problema que pone en crisis la fe en el Dios bueno de la historia de los padres. Dios
mantiene su fidelidad a la Alianza con su pueblo. Pero, ¿cuál es la suerte que corre el
individuo? Dios que salva al pueblo, ¿se preocu- pa de cada uno de sus miembros?
¿Por qué prosperan los malvados y el justo, fiel a Dios, sufre la desgracia?
El tema de la retribución está presente en todo el Antiguo Testa- mento, ya que
Yahveh es un Dios justo, que premia el bien y castiga el mal. Adán es castigado por su
pecado (Gén 3); Noé es salvado del diluvio por su inocencia (Gén 7); la fe de Abraham
merece un premio (Gén 15,15); la corrupción de Sodoma y Gomorra merece su
destrucción (Gén 19). "Al que peque contra mí, le borraré yo de mi libro" (Ex 32,33),
afirma el Señor. Junto a estos textos, están otros en que aparece el principio de
solidaridad en el pecado y en la justicia. Así la rebelión de Coré, Datán y Abirón es
castigada en los culpables y en sus familiares, servidores y
128
amigos (Nm 16). El anatema en que incurre Akán recae sobre todo el pueblo (Jos 7). El
pecado de David atrae la peste sobre la nación (2Sam 24,1-17). La santidad de Noé lo
salva a él y a "toda su casa" (Gén 7,1.13). En Abraham "serán bendecidas todas las
familias de la tierra" (Gén 12,3). El libro entero de los Jueces sigue el esquema pecado-
castigo- conversión-salvación del pueblo.
Cuando el castigo sobreviene a una persona inocente, la justicia de Dios queda
a salvo apelando a la solidaridad de los hijos en las culpas de los padres, hasta llegar a
plasmar el refrán: "los padres comieron agraces y los hijos sufren dentera" (Jr 31,29;Ez
18,2). Pero ya Jeremías protesta contra él. La solidaridad del pueblo no puede eliminar
la responsabilidad personal. Jeremías afirma que "cada cual morirá por su culpa; quien
coma el agraz, tendrá dentera" (31,30). Yahveh explora el interior del hombre "para dar
a cada cual según su camino, según el fruto de sus obras" (17,10). En su anuncio de la
nueva alianza promete que el Señor inscri- birá su ley en los corazones de cada
hombre y no en las tablas de piedra, de forma que todos y cada uno conozcan a
Yahveh (31,31-34). Esta inte- riorización de la ley lleva a la relación personal del
hombre con Dios.
También Ezequiel subraya la llamada personal de Dios a cada hombre; no
permite al pueblo engañarse culpando a las generaciones pa- sadas de sus desastres:
"vosotros os mancháis, conduciéndoos como vuestros padres" (Ez 20,30); "el que
peque, ése morirá" (18,1-4). La justi- cia del padre no salvará al hijo, ni el pecado del
padre condenará al hijo (18,5-20). El malvado que se convierta, vivirá; el justo que se
extravíe, morirá (18,21-24). "Yo juzgaré a cada uno según su proceder" (18,30). En
esta línea continúa el libro de los Proverbios. Quien sigue la sabiduría, encuentra la
vida (4,13) y la felicidad (3,18); quien se aparta de ella, va a la muerte (7,24-27). Con la
sabiduría están "la riqueza y la gloria" (8,18.21); el que honra a Yahveh gozará de
bienestar durante una larga vida (3,16-17). Por el contrario, "para el malvado no hay un
mañana" (24,20).
Lo mismo aparece en los salmos. El salmo 1 contrapone la suerte del justo a la
del impío. Pero la expresión más elocuente de la protección con que Yahveh
recompensa a sus fieles la encontramos en el salmo 91: sean cuales fueren los
peligros que le pueden sobrevenir, Dios salva al justo de todos ellos: Dios es para el
justo "abrigo", "refugio y fortaleza", "escudo y defensa". La fidelidad de Yahveh no
defrauda a los que confían en El. "Muchas son las pruebas del justo, pero de todas le
libra el Señor" (Sal 34,20).
Ahora bien, la experiencia de la vida real lleva a Israel a constatar que no
siempre los justos son felices ni los pecadores desgraciados; más bien sucede con
frecuencia lo contrario. El principio "yo daré a cada uno según sus acciones",
proclamado por Yahveh, entra en crisis. Los profe- tas, el salmista y los libros de Job y
del Eclesiastés se plantearán el pro- blema: "¿por qué tienen suerte los malos y son
felices los traidores?". Je- remías vive el problema en carne propia, como justo
perseguido (Jr 15,10- 18); "ha servido a Yahveh" y, sin embargo, le toca un "penar
continuo" y
129
"una herida incurable"; esta situación le lleva a preguntarse si Yahveh no será un
"espejismo, aguas no verdaderas". Varios salmos recogen los mismos interrogantes:
¿por qué Yahveh está lejos en la hora de la angus- tia?; ¿hasta cuándo triunfarán los
impíos y sufrirán los justos? Dios man- tiene su fidelidad a la Alianza con su pueblo,
¿pero qué suerte corre el justo, fiel a su Dios? Job es la expresión viva y dramática de
estos interro- gantes. Desde el principio Job aparece como inocente. Dios mismo lo tes-
timonia por dos veces ante Satán: "¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie
como él en la tierra" (1,8;2,3). ¿Qué sentido tiene su sufrimien- to?
1. JOB
El libro de Job comienza como un cuento: Había una vez en el país de Us un
siervo de Dios, llamado Job, que vivía rico y feliz con sus hijos e hijas. Dios estaba con
él "en la intimidad de su tienda" (29,4). Pero Dios permite a Satán que le pruebe en sus
bienes, en sus afectos y en su mis- ma carne para ver si se mantiene fiel en la
tentación. "Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá volveré" (1,21). Liberado
de la alienación de las cosas, Job experimenta que la vida no depende del vestido que
la reviste. Es puesto en la libertad para enfrentar el combate de la fe, que le lleve a
Dios y a sí mismo. Nos hallamos con la narración del drama de todo hombre en busca
del sentido de su existencia ante Dios. Job apare- ce sin genealogía; es el hombre de
toda época y lugar, enfrentado a la triple tentación de todo hombre. Con la figura de
Job, Dios dice a cada hombre: "Acuérdate del camino que el Señor tu Dios te ha hecho
recorrer, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer lo que había en tu corazón" (Dt
8,2).
Job es acosado por la pérdida de la riqueza y por el dolor moral (1,13-19), por la
enfermedad y el dolor físico (2,4-10). La prueba convoca a familiares y amigos. La
mujer, como Eva, le incita a renegar de Dios y morir. Job, reconoce en la voz de la
mujer a Satán, mentiroso y asesino, y no escucha su palabra; Job vence el primer
ataque de Satán, reconocien- do a Dios como Señor de la vida y de todos sus bienes:
"El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó". "No dice: Dios me lo dio, el diablo me lo
quitó. Tendría quizá de qué dolerse si lo que Dios le dio se lo hubiera llevado el
adversario; pero, pues lo quitó el que lo dio, no nos quitó lo nuestro, sino que recobró lo
suyo. Job transforma la violencia del dolor en alabanza del Creador" (San Gregorio). En
vez de la maldición que busca Satán, Job responde con la bendición a Dios: "Bendito
sea el nombre del Señor".
Luego entran los amigos. El silencio de siete días y siete noches, que pasan
sentados en tierra junto a Job, es la medida de la duración del sufrimiento. Cuando
abren la boca, repiten una y otra vez que Dios repar- te bienes y males a los hombres
según su conducta: "Recuerda, ¿qué inocente ha perecido jamás?, ¿dónde han sido
los justos extirpados? Así lo he visto: los que cultivan la maldad y siembran aflicción,
las cosechan" (4,7-8;8,8-20). Lo sucedido a Job le acusa de culpable (36,5.17-21). Que
se arrepienta de su pecado y Dios le restituirá la dicha (22,21-30). Job se
130
alza contra sus amigos, invocando como ellos la experiencia ajena, y la propia. Job
constata en su carne que los malvados medran, se divierten, ven cómo sus bienes se
multiplican (21,1.13), despojan al inocente impu- nemente (24,1-17). Se trata de hechos
tan evidentes que Job desafía a sus amigos a desmentirle: "¿no es así?, ¿quién me
puede desmentir?" (24,25). Las razones de los amigos son, pues, vanas: "pura falacia"
(21,34).
Tanto los amigos como Job se mantienen en su posición; tratan de defender la
imagen misma de Dios. Los amigos saben que Dios es justo y apelan a una culpa
secreta para salvar la justicia divina. Para salvar a Dios condenan al hombre,
volviéndose ciegos al designio de Dios. Job, en cambio, desea una explicación de la
justicia de Dios, partiendo de su ex- periencia, pues de lo contrario la justicia de Dios
sería un puro engaño. Job está convencido de la justicia y bondad de Dios, a pesar de
sus gritos de protesta. El no reniega de Dios, apela al juicio de Dios, pero quiere que
Dios desvele su justicia. Job está dispuesto a jugarse la vida en un cara a cara con El:
"me lo jugaré todo, llevando en la palma mi vida, con tal de defenderme en su
presencia: esto sería ya mi salvación" (13,14). En sus quejas y desafío a Dios, Job no
ha perdido la esperanza. Confía en el co- razón insondable de Dios, que nada gana
con la muerte de un amigo: "tus ojos estarán sobre mí y yo ya no seré; por mucho que
quieras buscarme, ya no seré" (7,8.21), "con nostalgia por la obra de tus manos tú me
llamar- ías" (14,15).
Con su silencio y con sus palabras, los amigos no hacen otra cosa que llevar al
sufriente a penetrar en lo hondo de su corazón. La experien- cia del anciano Elifaz, el
celo del joven Sofar o la ciencia de Bildad no lo- gran dar una respuesta al dolor del
inocente. El drama se da entre Dios y el hombre. A solas con Dios el hombre calla,
grita, pide explicaciones, sa- ca todo lo que está escondido en su interior, desconocido
hasta para él mismo. El misterio de Dios choca contra todos los razonamientos huma-
nos. El dolor descontrola los consuelos de la mente. El corazón herido rompe el cerco
de los labios y la lengua saca todo el dolor del sinsentido de la vida: "Muera el día en
que nací, la noche que dijo: han concebido un varón" (3,3). Job maldice su nacimiento,
más aún, su misma concepción. Si la vida es sufrimiento, ¿por qué haber nacido?
¿Para qué dar a luz a un desgraciado, a un hombre que ve cerrado su camino, porque
Dios le tiene cercado? "Pues sabed que es Dios quien me ha envuelto en sus redes,
quien me ha cerrado el camino, cubriendo de tinieblas mi sendero, des- cuajando como
un árbol mi esperanza" (19,6ss). Incapaz de ver el desig- nio de Dios, la vida queda
vacía de sentido. El silencio o ausencia de Dios es peor que la muerte.
Job, a solas consigo, rumia su pasado. En el memorial de su histo- ria aparece
Dios y la esperanza: "¡Quién me diera volver a los viejos días cuando Dios velaba
sobre mí, cuando su lámpara brillaba sobre mi cabe- za, y a su luz cruzaba las
tinieblas! ¡Aquellos días de mi otoño cuando Dios era íntimo en mi tienda, el
Todopoderoso estaba conmigo y me ro- deaban mis hijos!" (29,1ss). La memoria recrea
el ansia de encontrarse
131
con Dios. El dolor del eclipse de Dios es lo que hace insoportable la situa- ción
presente. Sin la luz de Dios se ha apagado la gloria de Job, que an- tes todos
admiraban. El yo de Job se ha roto y se resiste a morir. La gloria pasada se alza ahora
como vanagloria. La memoria, que comenzó lleván- dole a Dios, se enreda luego en el
recuento de los propios méritos. Job pasa del reconocimiento de Dios a la celebración
de sí mismo, robando la gloria a Dios. Por la boca del irreprochable Job sale todo su
corazón fari- seo: exalta su prestigio, autoridad y fama de hombre generoso; se arroga
lo que es propio de Dios: "mis palabras goteaban sobre los demás como lluvia
temprana, se las bebían como lluvia tardía, yo les guiaba y se deja- ban conducir"
(29,22ss), "yo era ojos para el ciego, pies para el cojo, pa- dre de los pobres" (30,15s).8
Frente a esta ilusión de gloria se alza el pre- sente: la humillación y las burlas de que
es objeto, el abandono en que se encuentra, el sufrimiento y la angustia. Es Dios quien
ha cambiado su suerte. A Dios interpela Job con su grito de dolor. La súplica se
transforma en queja contra Dios: "Te pido auxilio y no me haces caso, espero en ti y me
clavas la mirada" (30,20).
La rebeldía o la aceptación se cruzan en el alma. Toda su apela- ción es un grito
desesperado a Dios para que aparezca de nuevo ante él, en su vida presente. Es el
náufrago que extiende la mano pidiendo soco- rro para que no se le traguen las aguas
del océano. La debilidad de Job es su fuerza. Dios, ante ella, despierta (Mt 8,23ss) y
rompe la noche con su presencia inefable "en el seno de la tempestad". Dios no está
ausente. Acompaña al hombre, lo lleva de su mano, como a todos los seres de la
creación, conducidos por su sabiduría, más allá de cuanto el hombre pue- de conocer
(38,1ss). Y cuando Dios interviene, presentándose como Dios (cc. 38-41), Job se
humilla ante Dios, retracta sus palabras y se hunde "en el polvo y la ceniza" (42,1-6).
La visión de Dios ilumina su pecado profun- do, el pecado que, contemplándose a sí
mismo, no veía: el pecado de creerse Dios, norma del mundo y de la historia. Ahora
sabe que la locura de Dios supera toda la sabiduría de los hombres (1Cor 1,25).
Job, desnudo con sólo su cinturón, como Jacob en su combate nocturno del
Yaboc, ha luchado cuerpo a cuerpo con Dios: "cíñete los lo- mos si eres hombre"
(40,7). Y ha sido gloriosamente vencido por Dios. El encuentro con Dios le ha dejado
cojo, le ha llevado a la humildad: "Yo que soy tan poca cosa, pongo mi mano en la boca
y no hablaré más, pues he hablado de maravillas fuera de mi alcance y que yo no
conocía" (40,2ss). Cojeando se da el salto de la religiosidad interesada a la fe gratuita
en Dios. El drama de Job es el combate de la fe. En él se van destruyendo todas las
imágenes de Dios, siempre "hechura de manos humanas", es decir, ídolos. Satán
mismo es un instrumento del Señor para deshacer las imágenes falsas de Dios:
"¿Acaso Job venera a Dios de balde?" (1,9) o "por la vida da un hombre todo lo que
tiene" (2,4). Es donde ha llevado a Job la prueba: a aceptar a Dios como Dios y no
interesadamente. En la "noche oscura" por donde Dios lleva al hombre sólo cabe
refugiarse en el Señor, como hace San Juan de la Cruz: "Quedéme y olvidéme, el
rostro
8
En su largo examen de conciencia, que llena todo el capítulo 31, Job no encuentra ni una falta en su vida.

132
recliné sobre el Amado, cesó todo y dejéme, dejando mi cuidado entre las azucenas
olvidado". La fe conduce al hombre a renunciar a sus riquezas, afectos, a perder la
propia vida, cargando con la cruz de cada día (Lc 14,25ss). Ver a Dios con los propios
ojos es la vida del hombre: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios
verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo" (Jn 17,3).
Dios es Dios y el hombre es criatura de sus manos. Dios es siem- pre
sorprendente: "hace prodigios insondables" (5,9); ¿quién puede pre- tender sondear el
misterio que lo envuelve? (11,7); el hombre apenas puede ver la "orla de sus obras"
(16,14); su actuar encuentra al hombre siempre desprevenido (12,16ss): "si cruza junto
a mí, no lo veo; pasa rozándome y no lo siento" (9,11). La justicia de Dios no está en
las justifi- caciones de sus amigos. Job apela a Dios mismo. Y Dios le responde co- mo
Dios. Job no entiende, pero ve a Dios con sus propios ojos, y la vida vuelve a sus
huesos quebrantados. Dios no desprecia un corazón humi- llado. La luz coloca de
nuevo las cosas en su sitio, marcando los contor- nos exactos de los seres. El caos
desaparece y todo nace "bueno" de la palabra de Dios. El misterio de Dios no se
comprende desde fuera. En- trando en su misterio, el amor disipa toda oscuridad. En el
misterio de Dios, exaltado en la cruz de su Hijo, queda patente el ser de Dios. El
hombre es exaltado en la cruz hasta la gloria de Dios. "Los sufrimientos del tiempo
presente no son comparables con la gloria que se ha de mani- festar en nosotros" (Rm
8,18).
No se salva a Dios condenando al hombre; ni se salva al hombre condenando a
Dios. En su propia carne Cristo toma los dolores de los hombres y los vive para
iluminar a todos los que sufren en su carne el do- lor del mal, pues "por haber pasado
él la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora la están pasando" (Hb 2,18). Dios
Padre proclama la ino- cencia total de Jesús en el bautismo: "Este es mi Hijo amado".
Satán co- mienza la prueba de Jesús, incitándolo a renegar de Dios. Y la prueba llega a
su culmen cuando Satán entra en el corazón de Judas, que le en- trega a la muerte.
Acusado como malhechor, Jesús es condenado por los hombres. Sin embargo, el
Padre, con el envío del Paráclito, muestra su inocencia, al mismo tiempo que convence
al mundo de pecado y condena a Satán. Jesús, como Job, intercede por quienes le
acusan y condenan y ve la gloria del Padre (Jn 16,8s).
La fe nos abre a la gratuidad de la salvación. La última palabra la tiene la
misericordia de Dios, que se muestra al pecador que confiesa su pecado: "Te conocía
sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y arrepiento echándome
polvo y ceniza" (Job 42,5s). Job, al final, creerá en Dios por Dios mismo y no sólo como
el dador de bienes. Antes de que cambie nada, antes de levantarse del estercolero, con
la sola presencia de Dios ha cambiado todo. Ha visto a Dios y la luz de Dios ha
devuelto la luz a su ser. Job puede decir con el salmista: "tu gracia vale más que la
vida" (Sal 63,4). En el misterio del dolor, el hombre encuentra a Dios y en El halla la
felicidad. En la pedagogía de la revelación divina, el
133
sufrimiento abre el corazón del creyente a la comunión con Dios, como felicidad plena,
más allá de esta vida.
La fe en la resurrección surge en el Antiguo Testamento en un con- texto
martirial (2Mac 7;Dn 12). El justo perseguido remite su justicia a Dios, creyendo y
esperando que El restablecerá el derecho (Job 19,25s). La respuesta al sufrimiento del
inocente sólo se encuentra al entrar en el misterio de Dios. A quienes han sufrido por
Dios, declarándose por El ante los hombres, Dios no les abandona. Esta esperanza
martirial de Israel llega a su plenitud en el martirio de Cristo, en el testimonio supremo
del amor de Dios en la muerte de cruz dado por Cristo Jesús (1Tim 6,13). El Padre sale
como garante de la vida de sus testigos, de sus mártires. Quien remite a él su justicia,
no queda defraudado, "no permitirá que su Justo experimente la corrupción" (He
2,27.31):
Yo sé que está vivo mi Vengador y que al final se alzará sobre el polvo. Tras mi despertar me
alzará junto a El, y con mi propia carne veré a Dios. Yo, sí, yo mismo, y no otro, le veré, mis
propios ojos le verán. (Job 19,25-27)
2. TOBÍAS
Junto al libro de Job la literatura sapiencial nos ha legado el bello libro de
Tobías. Un piadoso israelita deportado es sometido a diversas pruebas, como la
confiscación de sus bienes y la ceguera. La mujer de Job, nueva Eva, no se acerca al
marido como ayuda adecuada para con- solarlo, sino para seducirlo. Se hace aliada de
Satán para llevar a Job a la maldición de Dios y a la muerte. Pero Job no cedió a la
seducción de su esposa como hizo Adán en el paraíso; desde la basura rechazó la
tenta- ción. A Eva y a la mujer de Job se une la mujer de Tobías: "Y dónde están tus
limosnas?, ¿dónde tus obras de caridad? Ya ves lo que te pasa" (Tb 2,22). Tobías
mantiene en las pruebas su fidelidad a Dios.
Al mismo tiempo, Sara, hija de Raguel, pariente de Tobías, es otro ejemplo de
piedad a pesar de haber sido probada con la muerte sucesiva de sus siete maridos.
Dios acude en auxilio de uno y otro. Tobías y Sara, cada cual por su parte, piden a Dios
que les libre de esta vida. Dios escu- cha su oración llenando sus vidas de una alegría
inesperada. Envía a su ángel Rafael para que guíe al hijo de Tobías, que lleva el
nombre del pa- dre, a casa de Raguel, le haga encontrarse con Sara y le proporcione el
remedio para la ceguera del padre.
Quizás la más bella expresión del amor en el Antiguo Testamento sea el libro de
Tobías. En él aparecen sintetizados de un modo maravillo- so todos los elementos, que
a lo largo de la revelación han ido aparecien- do, en una pareja ejemplar. En el libro de
Tobías se evocan las palabras que Abraham dirige a su siervo Eliezer cuando le manda
en busca de es- posa para su hijo Isaac: "Yahveh, en cuya presencia camino, enviará
su ángel contigo y dará éxito a tu viaje, y así tomarás mujer para mi hijo de la
134
casa de mi padre" (Gén 24,40). Dios, que ha creado a Tobías para Sara (6,18), envía al
ángel Rafael, conduce a Tobías a través de muchas vicisi- tudes a encontrarse con la
mujer que Dios ha destinado para él. El matri- monio de Tobías y Sara se vive en un
ambiente de oración, de intimidad personal y con la firme voluntad de darse el uno al
otro total y definitiva- mente. Según la redacción de la Vulgata, Raguel, el padre de
Sara, a ins- tancias del ángel, entregará su hija a Tobías, diciendo: "Yo creo que Dios
os ha hecho venir a mi casa precisamente para que ella se case con uno de su linaje,
conforme a la ley de Moisés, así que te la entregaré" (7,14). "Y tomando a su hija de la
mano derecha, la colocó en la mano derecha de Tobías diciendo: El Dios de Abraham,
Dios de Isaac y Dios de Jacob sea con vosotros. Que El os una y os llene de bendición"
(8,11-15, Vul.). Y, después de la primera noche, bendecirá a Dios, que ha protegido a
su hija y a su esposo, diciendo:
Bendito seas, oh Dios, con toda pura bendición y seas bendecido por los siglos todos. Seas
bendecido por haberme alegrado. Seas bendecido porque has tenido piedad de este hijo único
y de esta hija única. Concé- delos, Señor, tu gracia y tu protección, hazles seguir su vida en la
alegría y en la gracia (Tb 8,17-19, Vul).
Por su parte, los dos esposos viven su unión como don del Señor y bajo su
bendición:
Cuando acabaron de comer y beber, decidieron acostarse. Llevaron a la alcoba a Tobías. Una
vez que quedaron los dos solos, se levantó Tobías del lecho y dijo:
Levántate, hermana; vamos a orar para que el Señor tenga misericordia de nosotros. Ella se
levantó e imploraron al Señor el poder quedar a sal- vo. Comenzó él, diciendo: Bendito eres,
Dios de nuestros padres, y ben- dito por los siglos tu nombre santo y glorioso. Bendígante los
cielos y to- das las criaturas. Tú hiciste a Adán, y para él creaste como apoyo y ayu- da a Eva,
su mujer; de ellos nació todo el linaje humano. Tú mismo dijis- te: No es bueno que el hombre
esté solo: hagámosle una ayuda semejan- te a él. Ahora, pues, Señor, no llevado de la pasión
sexual, sino del amor de tu ley, recibo a esta mi hermana por mujer. Ten misericordia de mí y
de ella y concédenos a ambos llegar juntos a nuestra ancianidad.
Y dijeron a coro: amén, amén.
Y pasaron dormidos aquella noche (8,1-9).
Aun cuando aprecien grandemente la unión sexual, se sienten ca- paces de vivir
en la continencia por su fe en Dios: "Somos hijos de santos y no podemos comenzar
nuestra vida conyugal como los paganos, que no conocen a Dios" (8,5, Vul.). Los
jóvenes esposos dejan pasar sin cono- cerse sexualmente las tres primeras noches.
Por esta razón "las tres no- ches de Tobías" han jugado un papel tan importante en la
historia de la Iglesia y en la liturgia: "Levántate, hermana, es preciso orar al Señor, hoy,
mañana y pasado mañana. Estas tres noches permaneceremos unidos a
135
El y hasta que pase la tercera noche no usaremos de nuestro matrimonio" (8,4; 6,16-
22, Vulg.).
El libro de Tobías nos describe, en el marco de la fe del Antiguo Testamento, el
culmen de la vida conyugal y familiar, vivida enteramente bajo la protección de Dios,
obedeciendo con fe la Torá, es decir, la volun- tad salvífica de Dios creador. Esta visión
del matrimonio es el punto de convergencia de la tradición del relato de la creación y de
la predicación profética sobre la alianza, unión conyugal de Dios con su pueblo. En la
familia de Tobías vemos cómo la realidad del matrimonio se vive a la luz de Dios, con
quien la pareja trata confidencialmente. El encuentro con Dios marca con su impronta
la manera de vivir el matrimonio en su exis- tencia concreta: los israelitas fieles la viven
de un modo distinto a como hacen "los que no conocen a Dios". La fe tiene su
resonancia en el matri- monio. Vivido en alabanza y acción de gracias es, como toda
realidad humana, excelente y regocija el corazón de Dios y de los hombres (8,16). El
israelita creyente pronuncia una berakah cada vez que usa una reali- dad terrena: así
cuando come, bebe, se lava o conoce sexualmente a su esposa. Y a la bendición del
hombre, Dios responde colmándole de sus bendiciones.
IX. FIGURAS FEMENINAS
1. MARÍA: BENDITA ENTRE LAS MUJERES
María es virgen y madre. Sin dejar de ser virgen, es madre. Así María es el icono
materno de la paternidad de Dios, icono revelador de Dios dador de vida. El seno de
María es el "tálamo" en el que Dios se ha unido al hombre. En María, bendita entre las
mujeres, se refleja el misterio de toda mujer, de Israel, -hija, esposa y madre de Sión-,
de la Iglesia, nueva asamblea del Señor. María muestra toda la capacidad de escucha
y acogida, de entrega y donación que las mujeres, a lo largo de la historia de la
salvación, han vivido bajo la fuerza del Espíritu de Dios. María está inserta en la nube
de mujeres que jalonan la historia de la comunicación de Dios con los hombres. Desde
Eva a María, la historia de la salvación discurre perpendicularmente bajo los hechos
externos que la configuran. La mujer, seno de vida, mantiene ininterrumpida la cadena
de generación en generación.
Israel es una nación materna. La bendición de Dios es concedida a la
descendencia de Abraham: "Haré surgir un descendiente tuyo, que saldrá de tus
entrañas" (2Sam 7,12); "yo suscitaré a David un vástago" (Jr 23,5). Una "virgen encinta
dará a luz un hijo" (Is 7,14). La espera se pro- longará "hasta el tiempo en que dé a luz
la que ha de dar a luz" (Mi 5,2). Las promesas mesiánicas se repiten, pues se hacen al
"seno de la hija de Sión". La nación llevaba, pues, oculto en ella al Cristo futuro: "No
dice a tus descendientes, como si fueran muchos, sino a tu descendencia, refiriéndose
a Cristo" (Ga 3,16). La risa, que suscitó el nacimiento de Isa- ac (Gén 17,17), es
interpretada por Juan como la expresión de la alegría
136
que hace estremecer a Abraham la vista de Cristo: "Vuestro padre Abra- ham se alegró
deseando ver mi día: lo vio y se regocijó" (Jn 8,56). En el nacimiento milagroso de
Isaac, el patriarca se alegra por el nacimiento de su descendiente Cristo.
Dios manifiesta a Moisés su Nombre: "El Señor, Dios misericordio- so y
compasivo, lento a la ira y rico de gracia y fidelidad" (Ex 34,6). El término
"misericordioso" en hebreo se dice taraham, que procede de la raíz raham, que
significa "seno materno", "útero", "matriz". Dios se ha nombrado a sí mismo como "seno
materno" que da la vida. Por ello, po- demos decir que la imagen de Dios en la mujer se
refleja en su misma fisiología, en todo lo que la hace capaz de concebir, llevar, nutrir y
dar la vida física y espiritualmente. María, bendita entre las mujeres, es el gran signo de
Dios Padre. María es el seno humano de Dios encarnado, icono del seno del Padre,
que eternamente engendra al Hijo. Eva significa la "madre de la vida". María, nueva
Eva, es este icono viviente de Dios da- dor de vida. En María se unen la antigua y la
nueva alianza, Israel y la Iglesia. Ella es "el pueblo de Dios", que da "el fruto bendito" a
los hombres por la potencia creadora de Dios. El Espíritu de Dios, que aleteaba sobre
las aguas en la creación, desciende sobre María y la cubre con su som- bra, para
hacerla tienda de la presencia de Dios, tienda del Emmanuel: Dios con nosotros.
2. MUJERES ESTÉRILES
Toda la obra salvífica tiene a Dios por autor, pero la realiza median- te algunos
elegidos testigos de su actuar. Las mujeres estériles, que con- ciben un hijo por la
fuerza de Dios, son un signo singular del actuar gratui- to de Dios, que es fiel a sus
promesas de salvación. Por su maternidad virginal María está situada en la línea de las
mujeres, cuya esterilidad fue especialmente bendecida por Dios, haciéndolas fecundas.
Desde Sara, la mujer de Abraham, hasta Ana, la madre de Samuel, y en el nuevo
Testa- mento Isabel, la madre de Juan Bautista, aparece la voluntad de Dios de
conceder a una mujer estéril un hijo predestinado a una misión particular. En la
esterilidad humana, Dios muestra que el hijo es fruto únicamente de su designio y de
su poder. En este contexto aparece la profecía de Isaías sobre la virgen que concebirá
y dará a luz un hijo, a quien pondrá por nombre Emmanuel, Dios con nosotros.
Esta actuación de Dios culmina en María, la virgen de Nazaret, que concebirá y
dará a luz al Mesías. María, hija de Sión, sintetiza en sí la herencia de su pueblo. La
sorpresa inesperada del acontecimiento es la regla de la actuación de Dios. El ser más
inadecuado, aquel en el que na- die habría pensado (y él menos que nadie), se
convierte en objeto de la llamada de Dios. Inadecuadas son las mujeres estériles para
concebir y alumbrar a los hijos de la promesa: Sara, Rebeca, Raquel, la madre de
Sansón, Ana, Isabel;9 más inadecuada es la virgen María para dar a luz al Hijo del
Altísimo.
9
Sara (Gén 18,9-15), Rebeca (Gén 25,21-22), Raquel (Gén 29,31;30,22-24), la madre de Sansón (Ju 13,2-7),
Ana, madre de Samuel (1Sam 1,11.19-20), Isabel (Lc 1,36).

137
En su deseo de virginidad, María se sentía orientada hacia un estado de vida
que, a los ojos de la gente, era igual a la esterilidad. De ello encontramos un eco en el
Magnificat, donde María habla de la situa- ción de "humillación" de la sierva de Dios (Lc
1,48). En este versículo Mar- ía repite las palabras de Ana, la madre estéril de Samuel,
que había diri- gido a Dios esta plegaria: "Si te dignas reparar en la humillación de tu
esclava" (1Sam 1,11). También Isabel, madre de Juan, era estéril, más aún, llamada
por todos "la estéril". Por ello dirá: "Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días
en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres" (Lc 1,25). María, como Isabel,
entra a formar parte de la larga serie de mujeres "estériles" del Antiguo Testamento,
que fueron madres gracias a la bendición de Dios. "Así, pues, la estéril prepara el
camino a la Virgen" (San Juan Crisóstomo).
Todos estos casos de mujeres sin hijos bendecidas por Dios tie- nen un sentido
para la historia de la salvación. La maternidad virginal de María es el término de esta
historia de salvación: tanto en las estériles como en la Virgen, la maternidad es un don
singular de Dios: "para quien nada es imposible" (Lc 1,37). Sólo Dios puede abrir el
seno estéril a la maternidad y, más maravilloso aún, sólo Dios puede hacer que una vir-
gen, sin dejar de ser virgen, sea madre. No sin motivo dirá el ángel a Mar- ía: "El Señor
está contigo". Sólo el Señor podía vincular la virginidad y maternidad de María, Madre
del Hijo de Dios.
En todos estos casos se trata del nacimiento de hombres destina- dos a una
misión en la historia de salvación de Israel. En ellos se revela la presencia de la palabra
creadora de Dios en favor de su pueblo. Por eso dice Isaías: "Grita de júbilo, estéril que
no das a luz, rompe en gritos de júbilo y alegría, tú que no has tenido dolores de parto,
pues son más los hijos de la abandonada que los hijos de la casada, dice Yahveh" (Is
54,1).
Ana, la mujer predilecta de Elkana, no tenía hijos; "el Señor le hab- ía cerrado el
seno", "haciéndola estéril" (1Sam 1,5.6). El dolor y soledad de Ana se transforman en
plegaria en su peregrinación al santuario de Silo, "desahogando su alma ante el Señor"
(1Sam 1,15): "¡Oh Yahveh Sebaot! Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y
acordarte de mí, no olvidarte de tu sierva y darle un hijo varón, yo lo entregaré a
Yahveh por todos los días de su vida y la navaja no tocará su cabeza" (1,11).
El Señor, "que mira las penas y tristezas para tomarlas en su ma- no" (Sal
10,14), escuchó la súplica de Ana, que "concibió y dio a luz a un niño, a quien llamó
Samuel, porque, dijo, se lo he pedido a Yahveh" (1Sam 1,20). Siendo estéril, el hijo que
le nace es totalmente don de Dios, signo del amor bondadoso de Dios. Del seno seco
de Ana, Dios hace bro- tar el vástago de una vida maravillosa. La esterilidad de Ana,
que engen- dra al profeta Samuel, es imagen viva de la virginidad de María, que da a
luz al Profeta, al Hijo de Dios. En ambos casos, con sus diferencias, el hijo es un don
de Dios y no fruto del deseo humano.
138
Y Ana, consciente del don de Dios, entona el canto de alabanza a Dios, preludio
del Magnificat de María. El himno de Ana canta la victoria del débil protegido por Dios:
la mujer humillada es exaltada y exulta de alegría, gracias a la acción de Dios. El
núcleo del canto de Ana confiesa el triunfo de Dios sobre la muerte: un seno muerto es
transformado en fuente de vida, devolviendo la esperanza a todos los desesperados:
"Mi corazón exulta en Yahveh, porque me he gozado con su auxilio. ¡No hay Dios como
Yahveh! El arco de los fuertes se ha quebrado, los que se tambalean se ciñen de
fuerza. La estéril da a luz siete veces, la de mu- chos hijos se marchita. Yahveh da
muerte y vida, hace bajar al Seol y re- tornar, enriquece y despoja, abate y ensalza.
Yahveh levanta del polvo al humilde para darle en heredad un trono de gloria" (1Sam
2,1ss).
El cántico de alabanza se transforma en canto de esperanza para todos los
pobres de Yahveh, que ponen su confianza en El. Y, si toda mu- jer de Israel veía en la
bendición del propio seno un signo de la gracia de Dios, entre ellas María, Madre del
Mesías, es la bendecida por excelencia; ella es realmente "la bendita entre las
mujeres".
3. DÉBORA, JUDIT Y ESTER a) Débora
Débora aparece como juez y profeta de Israel. Bajo la Palmera, que llevará su
nombre, entre Rama y Betel, en las faldas del Tabor, acoge a los israelitas que acuden
a ella con sus asuntos. Como profeta les inter- preta la historia a la luz de la Palabra de
Dios: "Yahveh me ha dado una lengua de discípulo para que sepa dirigir al cansado
una palabra alenta- dora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como
un discípulo: El Señor me ha abierto el oído" (Is 50,4). Con su palabra, reci- bida de
Dios, y con su vida, Débora revela el poder de Dios en medio de un pueblo que vive
desesperado. Su misión es desvelar que la historia que el pueblo vive es historia de
salvación, porque Dios está en medio de su pueblo.
Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, se halla conquistando la tierra
prometida, que habitan los cananeos. Pero, en la fértil llanura de Izre'el, el rey Yabin,
bien armado con sus carros de guerra, opone una fuerte resistencia a Israel, gobernado
por el titubeante Sangar y su débil general Baraq. En este momento Dios elige una
mujer para salvar a Isra- el: "En los días de Sangar, hijo de Anat, en los días de Yael,
no había ca- ravanas... Vacíos en Israel quedaron los poblados, vacíos hasta tu des-
pertar, oh Débora, hasta tu despertar, oh madre de Israel" (Ju 5,6-7). Una mujer, en su
debilidad, es cantada como la "madre de Israel", porque muestra a Israel la presencia
potente de Dios en medio de ellos. Débora misma lo canta en su oda, que respira la
alegría de la fe en Dios Salvador: "Bendecid a Yahveh" (Ju 5,9), que en la debilidad
humana, sostenida por El, vence la fuerza del enemigo. Ante Jael, "bendita entre las
mujeres", Sísara "se desplomó, cayó, yació; donde se desplomó, allí cayó, des-
139
hecho" (v.27). Esta es la lógica de Dios, que sorprende a los potentes y opresores. Es
la conclusión del cántico: "¡Así perezcan todos tus enemi- gos, oh Yahveh! ¡Y sean los
que te aman como el sol cuando se alza con todo su esplendor!" (v.31).
Esto se cumplirá plenamente en María. El Señor se fija en la pe- queñez de su
esclava para realizar en ella "grandes cosas", "desplegando la potencia de su brazo...
para derribar a los potentes de sus tronos y ex- altar a los humildes" (Lc 1,51s). En
realidad "Dios ha elegido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Dios ha escogido
lo pobre y despreciable del mundo, lo que no es, para reducir a la nada lo que es"
(1Cor 1,27-28). "¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos
en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?" (Sant 2,5). La
conciencia de la propia pobreza y simplicidad brilla en María, como en Débora. Sin
embargo, al mismo tiempo, ambas saben que tienen una mi- sión que cumplir en la
historia de la salvación. Así María se ofrece como "sierva del Señor" para que a través
de ella realice su obra. Como Débora ha sido llamada "madre en Israel", María ha sido
llamada desde la cruz "madre de los creyentes".
b) Judit
Nabucodonosor, rey de Asiria, quiere formar un gran ejército para conquistar el
reino de Media. Invita a tomar parte de la expedición a diver- sos pueblos. Nadie presta
oídos a su llamada. Nabucodonosor toma re- presalias contra los pueblos que no han
acogido su invitación. El general Holofernes somete sin dificultad a todos, excepto al
pueblo judío, que se atrinchera en las montañas (Jd 4,1-8). Mientras el pueblo elegido
ora a Dios, Holofernes sitia Betulia, para penetrar en Judea. Holofernes desea destruir
todo culto local con el fin de erigir el culto universal a Nabucodo- nosor. El santuario y
la fe de Israel están condenados a desaparecer (6,1- 4). Pero Israel es propiedad de
Dios, nación elegida y santa. Esto le hace inexpugnable, mientras se mantenga fiel
(5,5-21). Frente a esta tesis del sabio Aquior, Holofernes defiende que el único dios es
Nabucodonosor y, por tanto, la fuerza triunfará sobre la debilidad.
El sitio de Betulia pone a prueba la fe vacilante de los judíos sitia- dos, que
empiezan a hablar de rendición (7,1ss). En este momento apa- rece Judit, una viuda,
joven, sabia y piadosa. Judit se enfrenta a la co- bardía de los suyos, confesando la fe
y confianza en Dios. La historia del pueblo es el testimonio vivo de la protección de
Dios. No pueden rendirse, pues de ellos depende la suerte de Jerusalén (8,11-27). Con
la confianza puesta en Dios, pasa al campamento asirio y logra, con su belleza, sedu-
cir al general Holofernes, a quien corta la cabeza cuando está embriagado (11-13). El
ejército asirio huye e Israel sube a Jerusalén a dar gracias a Dios con el himno de
acción de gracias, entonado por la propia Judit y coreado por todo el pueblo.
El relato de Judit es todo un símbolo, comenzando por el nombre: Judit es la
"judía" por excelencia y, como Débora y Ester, es madre de
140
Israel. Judit es situada en Betulia, es decir, en Betel, la "casa de Dios". En Judit
aparece el Dios de la revelación, que da la vuelta a la historia, exal- tando al débil y
humillando al potente: "No está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino
que eres el Dios de los humildes, el defen- sor de los pequeños, apoyo de los débiles,
refugio de los desvalidos, sal- vador de los desesperados" (9,11). Judit es la judía fiel;
Betulia es la casa de Dios, viuda defendida por Dios que destruye, aplastando la
cabeza de su general Holofernes, a Nabucodonosor, encarnación del orgullo personi-
ficado. De este modo Judit es el prototipo de la debilidad que vence la violencia, el mal,
el Anti-cristo, como aparece en la catedral de Chartres y en infinidad de obras de arte.
La liturgia aplica a María la bendición pronunciada sobre Judit: "Tú eres la gloria
de Jerusalén, tú el honor de nuestro pueblo. Al hacer todo esto con tu mano has
procurado la dicha de Israel y Dios se ha complaci- do en lo que has hecho. Bendita
seas del Señor Omnipotente por siglos infinitos" (15,8-10). "¡Bendita seas, hija del Dios
Altísimo más que todas las mujeres de la tierra! Y bendito sea Dios, el Señor, Creador
del cielo y de la tierra, que te ha guiado para cortar la cabeza del jefe de nuestros
enemigos" (13,18). Estas bendiciones se cumplirán plenamente en María, cuyo Hijo
aplastará realmente la cabeza del jefe de nuestros enemigos.
c) Ester
Ester aparece en un momento en que Israel está amenazado de muerte. El rey
Asuero, durante una fiesta, quiere presentar a la reina Vasti ante sus nobles invitados.
Al negarse, cae en desgracia y "el rey colocó la diadema real sobre la cabeza de Ester
y la declaró reina en lugar de Vas- ti". Pero en la corte persa existe un visir, llamado
Amán, que intenta "ex- terminar a todos los judíos del reino de Asuero". Ya ha fijado, y
rubricado con el sello real, el día de su ejecución. Entonces Ester, "llegada a reina para
esta ocasión", habla al rey y consigue la anulación del decreto. Más aún, Amán acaba
colgado en la horca que había preparado para Mardo- queo, tío de Ester.
Una vez más la Palabra de Dios, palabra de esperanza en medio de la
persecución, se expresa a través de la debilidad de una mujer, huér- fana de padre y
madre, adoptada por su tío Mardoqueo. Ester, "bella de aspecto y atractiva", modelo de
fe en Dios y de amor a su pueblo, se en- frenta al enemigo. Ester, en su debilidad, se
apoya únicamente en Dios, al que dirige su conmovedora oración, alternando el
singular y el plural, por- que se dirige a Dios en su nombre y en el del pueblo:
Mi Señor y Dios nuestro, tú eres único. Ven en mi auxilio, que estoy sola y no tengo otra ayuda
sino en ti, y mi vida está en peligro. Yo he oído desde mi infancia, en mi casa paterna, que Tú,
Señor, elegiste a Israel de entre todos los pueblos para ser herencia tuya para siempre,
cumpliendo en su favor cuanto prometiste. Ahora hemos pecado en tu presencia y nos has
entregado a nuestros enemigos porque hemos honrado a sus dioses. ¡Justo eres, Señor! Mas
no se han contentado con nuestra amar- ga esclavitud, sino que han decretado destruir tu
heredad, para cerrar las
141
bocas que te alaban y apagar la gloria de tu Casa y de tu altar. No entre- gues, Señor, tu cetro
a los que son nada. Que no se regocijen por nues- tra caída, sino vuelve contra ellos sus
deseos y el primero que se alzó contra nosotros haz que sirva de escarmiento. Acuérdate,
Señor, y date a conocer en el día de nuestra aflicción... Dame valor y pon en mis labios
palabras armoniosas cuando esté en presencia del león. Líbranos con tus manos y acude en mi
auxilio, que estoy sola y a nadie tengo, sino a Ti, Señor. Oh Dios, que dominas a todos, oye el
clamor de los desespera- dos, líbranos del poder de los malvados y líbrame a mí de mi temor
(Est 4; texto griego).
La voz de Ester es la voz de todos los oprimidos, que esperan que Dios
intervenga y les salve, dando la vuelta a su suerte. El impío Amán, que se había
exaltado, es destruido y el perseguido Israel es exaltado y glorificado. Y "porque en
tales días los judíos obtuvieron paz contra sus enemigos, y este mes la aflicción se
trocó en alegría y el llanto en festivi- dad, los días que conmemoran este
acontecimiento deben ser días de banquetes y alegría en los que se intercambian
regalos y se hacen dona- ciones a los pobres" (9,22). Ester queda en la historia y en la
liturgia de Israel como testigo de vida y de alegría. Ester es semejante a un río de agua
fresca que fecunda la vida de Israel, como afirma Mardoqueo en el final del libro:
De Dios ha venido todo esto. Porque haciendo memoria del sueño que tuve, ninguna de
aquellas cosas ha dejado de cumplirse: ni la pequeña fuente, convertida en río, ni la luz, ni el
sol, ni el agua abundante. El río es Ester, a quien el rey hizo esposa y reina. A través de ella el
Señor ha sal- vado a su pueblo, nos ha librado de todos los males y ha obrado signos y
prodigios como nunca los hubo en los demás pueblos (c. 10; texto grie- go).
María, glorificada en el cielo, introducida como Ester en el palacio del Rey, no se
olvida de su pueblo amenazado, sino que intercede por él hasta que el enemigo sea
totalmente destruido. Ella es el signo de la es- peranza. En Ester que, confiando en
Dios, salva a Israel con su interce- sión ante Asuero, hallamos la imagen de María
como "abogada" nuestra, como canta una de las primeras oraciones marianas: "Sub
tuum praesi- dium", compuesta en Egipto hacia el siglo III:
Bajo tu misericordia buscamos refugio, oh madre de Dios. No desprecies las súplicas de
quienes estamos en peligro, mas líbranos del mal, tú que eres la única pura y bendita.
En todos estos casos de vocaciones femeninas aparece con clari- dad la
elección divina en favor de su pueblo. Es Dios quien pone sus ojos en ellas para llevar
adelante su designio de salvación. Con razón la Igle- sia ha elegido para la liturgia
mariana algunos textos de estos libros, que nos muestran el modo de actuar de Dios en
favor del pueblo a lo largo de la historia de la salvación, que se continúa y llega a su
culmen en María y en su Hijo Jesucristo.
142
4. MUJERES DE LA GENEALOGÍA DE JESÚS
Mateo comienza su Evangelio con la "genealogía de Jesús, el Mes- ías:
Abraham engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá, Judá
engendró de Tamar a Fares, Fares engendró... Salmón en- gendró de Rajab a Booz,
Booz engendró de Rut a Obed, Obed engendró a Jesé, Jesé engendró al rey David,
David engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón... Y Jacob engendró a José,
el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,1ss).
El relieve que se da a la madre de Jesús en esta genealogía apa- rece ante todo
en el cambio literario al llegar el momento de hablar de ella: "Y Jacob engendró a José,
el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,2-16). En el relato
siguiente (v.18-25) se acla- rará el sentido de dicho cambio. Pero ya es significativa la
presencia de cuatro mujeres en la genealogía, como preparación para el hecho insólito
que supone el salto a María, como Madre de Jesús.
Estas mujeres fueron instrumento del designio de salvación de Dios, aunque se
caractericen por sus uniones matrimoniales irregulares (extranjeras o pecadoras).
Estas son las mujeres que Mateo escogió y no otras quizás más significativas en la
historia de Israel. La acción de Dios a través de modalidades humanamente
"irregulares" subraya la gratuidad de la elección divina y prepara la narración de la
maravilla realizada por el Altísimo en la Virgen María. Mateo comienza su evangelio (c.
1-2) viendo a María como el seno de la nueva creación, en donde el Dios de la histo-
ria de la salvación actúa de una forma absolutamente gratuita y sorpren- dente.
Mateo, aunque subraye el vínculo legal de Jesús con "José, hijo de David",
afirma que lo que aconteció en María no es obra de padre huma- no, sino del Espíritu
Santo: "El nacimiento de Jesús, el Mesías, fue así: su madre María estaba prometida a
José y, antes de vivir juntos, resultó que había concebido por obra del Espíritu Santo"
(1,18). Esta concepción es fruto de la acción de Dios: la misma acción que en las
situaciones irregu- lares de las mujeres de la genealogía manifestó la fidelidad y el
poder de Dios. De este modo, si, gracias a la ascendencia davídica de José, Jesús es
legalmente hijo de David, gracias a la inaudita concepción virginal por obra del Espíritu
Santo, es Hijo de Dios (2,15). En María se realiza la es- peranza mesiánica davídica
mediante una acción divina sorprendente, improgramable.
Jesús, hijo de David, es hijo de Tamar, de Rut, de Rajab y de Bet- sabé, las
cuatro mujeres, además de María, que incluye Mateo en la ge- nealogía. Cada una de
ellas tiene un significado. Tamar es una mujer ca- nanea que se fingió prostituta y
sedujo a su suegro Judá, de quien conci- bió dos hijos: Peres y Zéraj; a través de Peres
Tamar quedó incorporada a los antepasados de Jesús (Gén 38,24). Rahab es una
prostituta pagana de Jericó, que llegó a ser ascendiente de Jesús, como madre del
bisabue- lo de David (Jos 2,1-21;6,22-25). Rut es una extranjera, descendiente de
143
Moab, uno de los pueblos surgidos de la relación incestuosa de Lot y sus hijas y, por
ello, despreciado por los hebreos; pero de Rut nació Obed, abuelo de David, entrando
así en la historia de la salvación, como ascen- diente del Mesías. Betsabé, la mujer de
Urías, el hitita, perpetró el adulte- rio con David (2Sam 11), pero se hizo ascendiente de
Jesús, dando a luz a Salomón.
Merece la pena contar brevemente al menos la historia de Rut. En el tiempo de
los jueces, cuando aún no había rey en Israel y cada uno hacía lo que mejor le parecía,
hubo una carestía en el país, carestía de pan y pobreza de alma y corazón. Entonces
Elimélek (mi Dios es rey), descendiente del patriarca José, vivía en Belén en los
montes de Judea, en el corazón de la Tierra Santa. Empujado por la carestía, Elimélek,
con su mujer Noemí (mi gracia y alegría) y sus dos hijos, Majlón y Kilyón abandonaron
la alta tierra de la promesa de Dios para descender a las bajas llanuras de Moab, más
allá del Jordán, instalándose junto a los pa- ganos cananeos, descendientes de Moab.
Triste historia, pues si abando- nan la tierra prometida a los padres es, sobre todo,
porque han perdido la esperanza en Israel y en el Dios de Israel. No han dejado la
tierra de Isra- el transitoriamente, mientras pasa la carestía, sino que "llegados a los
campos de Moab, se establecieron allí". El glorioso Elimélek ha decidido dejar tras de
sí, en el pasado, la patria de Israel. ¡Qué bien expresan los nombres de los hijos la
situación a que ha llegado esta familia: Majlón, el enfermizo, y Kilyón, el anonadado!
Esta era la situación de Israel al final de la época de los jueces. El pueblo elegido se
estaba arruinando, enfer- mo y anonadado.
Al poco tiempo, Elimélek murió y Noemí quedó viuda. Sus dos hijos, violando la
ley de Moisés, se casaron con Orpá y Rut, dos mucha- chas moabitas no convertidas,
de las que no tuvieron hijos. El dedo de Dios, que conduce la historia, les cerró el seno,
haciéndoles estériles. Y, a los diez años, murieron también los dos esposos, los hijos
de Noemí. La descendencia de Elimélek y Noemí se ha terminado en Moab; parece
cancelada para siempre su existencia.
Noemí, entonces, sin esposo y sin hijos, decidió regresar a Belén, pues Yahveh
había visitado su tierra, dándola de nuevo pan. Lo que ella esperaba encontrar en el
exilio, lo descubre en medio de sus hermanos, los israelitas. Al despedir a sus dos
nueras, ellas se echaron a su cuello entre sollozos. Finalmente, Orpá besó a su suegra
y se volvió atrás, "a su pueblo y a su dios", permaneciendo para siempre en la idolatría
del dios Moloch. Pero Rut no quiso separarse de Noemí: "No insistas en que te
abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas, yo iré, donde tú habites, habitaré
yo. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios" (1,6). Así es como Rut, la moabita,
llegó a Belén acompañando a su sue- gra Noemí. Era la época de la siega de la
cebada. Rut dijo a Noemí:
-Déjame ir al campo a espigar detrás de aquel a cuyos ojos halle gracia.
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Rut salió al campo y se puso a espigar detrás de los primeros se- gadores que
encontró. Quiso la suerte -¡Bendito sea el Señor de la suer- te!- que Rut fuera a dar en
una parcela de Booz, de la familia de Elimélek, el esposo de Noemí. Algo tocó el
corazón de Booz al ver y escuchar la voz de Rut. Sin marido, sin fortuna, extranjera,
Rut no es más que una huérfana espigadora. Pero, aunque sea hija de idólatras, se ha
refugiado en Belén bajo las alas del Santo de Israel. Aconsejada por su suegra, en la
noche cálida y casta de junio, Rut descenderá a la era donde duerme Booz, después
de haber aventado la parva de cebada, haber comido y bebido con la alegría de la
cosecha. Con el pasmo en el corazón descu- brirá los pies de Booz y se acostará junto
a él. Y aquí entra en acción el Santo, bendito sea, que desde la creación se encarga de
combinar los matrimonios, haciendo que se encuentren el hombre y la mujer creados el
uno para el otro según sus designios. En los montes de Judea, coronados de estrellas,
Booz se despertó sobresaltado de su profundo sueño y se encontró, como en los
orígenes Adán, con una mujer acostada a sus pies.
Booz siente la presencia del Dios vivo, bendiciendo el amor que El mismo ha
suscitado entre él, avanzado en edad, y la joven Rut, que "no ha ido a buscar esposo
entre los jóvenes". Gracias al Santo, bendito sea, los dos pueden empezar a vivir y
esperar que, en un día futuro, de su descendencia nazca el Esperado de Israel. Así Rut
es rescatada por Bo- oz, su go'el que, según la ley del levirato, la desposa y la hace
madre en Israel.
De este modo, a través de Rut, entra en la historia de la salvación el pueblo de
Moab, condenado a las tinieblas desde sus orígenes inces- tuosos. Lot, el ascendiente
de Rut, se une finalmente a Abraham, ascen- diente de Booz. Lot, el ambicioso sobrino
de Abraham, se separó del tío descendiendo a las llanuras fértiles de Sodoma para
establecerse en ellas. Rut, en cambio, siguiendo la fe de Abraham, decide emigrar
"lejos de la casa de su padre, de su ciudad", para seguir a Noemí a Belén, al encuentro
de su redentor (su go'el). De esta unión inesperada de un des- cendiente de Abraham y
de una moabita, más tarde, nacerá el Mesías de Israel.
Son los designios misteriosos del Santo, que salva y lleva adelante la historia
por vías insondables, por encima de los pecados del hombre. Si Rut es moabita, hija
del incesto de la hija mayor de Lot, también Booz es descendiente de Peres, el hijo de
la unión medio incestuosa de Tamar con su suegro, Judá, hijo del patriarca Jacob. Así
es la genealogía del rey David, que va desde Peres a Booz, que engendró a Obed,
padre de Jesé, del que nació David. En Israel se hará clásica la bendición de los ancia-
nos, incorporando a Rut a las madres del pueblo elegido: "Haga Yahveh que la mujer
que entra en tu casa (Rut) sea como Raquel y como Lía, las dos que edificaron la casa
de Israel" (Rut 4,11).
Con tales uniones cumplió Dios su promesa y llevó adelante su plan de
salvación. Tamar fue instrumento de la gracia divina para que Judá engendrase la
estirpe mesiánica; Israel entró en la tierra prometida ayudado por Rahab; merced a la
iniciativa de Rut, ésta y Booz se convir-
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tieron en progenitores de David; y el trono davídico pasó a Salomón a través de
Betsabé. Las cuatro mujeres comparten con María lo irregular y extraordinario de su
unión conyugal. Nombrándolas Mateo en la genea- logía llama la atención sobre María,
instrumento del plan mesiánico de Dios, pues fue "de María de quien nació Jesús,
llamado Cristo" (Mt 1,16). Esto sucede, dice Lutero, porque Cristo debía ser salvador
de los extran- jeros, de los paganos, de los pecadores. Dios da la vuelta a la cosas.
Mar- ía, en el Magnificat, canta este triunfo de lo despreciable, que Dios toma para
confundir lo que el mundo estima.
Desde el comienzo mismo del evangelio, advierte cuántas cosas se ofre- cen a nuestra
consideración. Conviene averiguar por qué, recorriendo el evangelista la línea genealógica por
el lado de los varones, sin embargo intercala el nombre de varias mujeres; y ya que le pareció
bien nombrar- las, por qué no las enumera a todas, sino que, dejando a un lado las más
honorables, como Sara, Rebeca y otras semejantes, sólo menciona a las que se hicieron
notables por algún defecto, por ejemplo a la que fue for- nicaria o adúltera, a la extranjera o a la
de bárbaro origen. Levanta tu mente y llénate de un santo escalofrío con sólo oír que Dios ha
venido a la tierra. Porque esto es tan admirable, tan inesperado, que los ángeles en coro
cantaron por todo el orbe las alabanzas y la gloria de semejante acontecimiento. Ya de antiguo
los profetas quedaron estupefactos al con- templar que "se dejó ver en la tierra y conversó con
los hombres" (Bar 3,38). En realidad, estupenda cosa es oír que Dios inefable, incomprensi-
ble, igual al Padre, viniera mediante una Virgen y se dignara nacer de mujer y tener por
ancestros a David y a Abraham. Pero, ¿qué digo David y Abraham? Lo que es más
escalofriante: a las meretrices que ya antes nombré... Tú, al oír semejantes cosas, levanta tú
ánimo y admírate de que el Hijo de Dios, que existe sin haber tenido principio, haya aceptado
que se le llamara hijo de David, para hacerte a ti hijo de Dios... Se humilló así para exaltarnos a
nosotros. Nació él según la carne para que tú nacie- ras según el Espíritu (San Juan
Crisóstomo).
La genealogía de Jesús, en Lucas, es más universal que la de Ma- teo, ya que
se remonta, más allá de Abraham, hasta Adán. De los dos se dice: "hijo de Dios" (Lc
3,23.38), sin padre terreno. También para Lucas, en el nuevo comienzo del mundo,
inaugurado por el nuevo Adán, se alude a la presencia de María, y a su concepción
virginal. De este modo esta- blece la relación entre Jesús, nuevo Adán, y el Adán
primero, padre de todos los hombres. Un árbol genealógico que llega hasta Adán nos
mues- tra que en Jesús no sólo se ha cumplido la esperanza de Israel, sino la
esperanza del hombre, del ser humano. En Cristo el ser herido del hom- bre, la imagen
desfigurada de Dios, ha sido unido a Dios, reconstruyendo de nuevo su auténtica
figura. Jesús es Adán, el hombre perfecto, porque "es de Dios".
Las dos genealogías unidas nos dicen que Jesús es el fruto con- clusivo de la
historia de la salvación; pero es El quien vivifica el árbol, por- que desciende de lo alto,
del Padre que le engendra en el seno virginal de María, por obra de su Espíritu Santo.
Jesús es realmente hombre, fruto de esta tierra, con su genealogía detallada, pero no
es sólo fruto de esta tie- rra, es realmente Dios, hijo de Dios, como señala la ruptura del
último ani-
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llo del árbol genealógico: "...engendró a José, el esposo de María, de la que nació
Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,16).
Israel, nación materna, es bendita entre todas las naciones, pues lleva a Cristo
en su seno. Mientras los paganos están "sin Cristo" (Ef 2,12), el pueblo judío lo posee.
"Jesús era la sustancia de este pueblo" (San Agustín). María es el lazo de la historia de
Israel con la Iglesia, como madre de Cristo, a quien introduce en la estirpe humana.
María queda indisolublemente unida a Cristo, asociada a El en la obra redentora, como
queda ligada a la Iglesia, cuyo destino anticipa como primer miembro que realiza la
forma más perfecta de su ser, es decir, la comunión con Cristo.
María, como todas las mujeres de la historia de la salvación, se ha dejado
plasmar por el amor de Dios y por ello es "bendita entre todas las mujeres", "todas las
generaciones la llamarán bienaventurada". En María se ha cumplido plenamente el
designio creador y salvador del Padre para todo hombre. María ha recibido,
anticipadamente, la salvación lograda por la sangre de Cristo. La singularidad de su
gracia recibida sitúa a María entre las mujeres, en el corazón mismo de la humanidad.
La singularidad propia de María es la de la plenitud y no la de la excepción. Dios le con-
cede en plenitud la gracia impartida a la Iglesia entera, ofrecida a toda la humanidad.
Ella es el icono de la salvación que Dios realiza para nosotros en Jesucristo. En la
contemplación de esta imagen, cada cristiano tiene el gozo de descubrir la gracia que
Dios le ofrece.
"¡Bendita tú entre las mujeres!", exclama Isabel. En la Biblia, la glo- ria de la
mujer está en la maternidad. Isabel reconoce en María la mater- nidad más maravillosa
que pueda haber: más que la suya y la de todas las mujeres agraciadas por Dios con la
maternidad imposible. El Apocalip- sis lanza sobre la historia del pasado una mirada de
profeta y sondea el misterio escondido. Contempla a la Iglesia de la primera alianza
bajo la imagen de una mujer que, desde siempre, llevaba a Cristo en su seno. La
presencia de Cristo en la humanidad se remonta hasta el alba de los tiempos. La
antigua serpiente colocada ante la mujer encinta y que ace- cha al niño que va a nacer
para devorarlo es la del paraíso terrestre (Ap 12,4.9). La Iglesia de Cristo existía desde
entonces, representada por la primera mujer, en quien estaba depositada, como una
semilla, la promesa del Mesías (Gén 3,15). Ha llevado a Cristo en un adviento
multisecular, gritando con los dolores del parto, a través de su historia atormentada.
En la persona de Eva la promesa esta destinada a la humanidad entera. Poco a
poco la promesa se concentra y se dirige a una raza, la de Sem (Gén 9,26); a un
pueblo, el de Abraham (Gén 15,4-6;22,16-18); a una tribu, la de Judá (Gén 49,10); a un
clan, el de David (2Sam 7,14). La promesa se precisa y el grupo se estrecha; se
construye una pirámide profética en búsqueda de su cima: María, "de la que nació
Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,16).
¡Benditas son por ella todas las mujeres! El sexo femenino ya no está su- jeto a la maldición;
tiene un ejemplar que supera en gloria a los ángeles.
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Eva está curada. Alabamos a Sara, la tierra en que germinaron los pue- blos; honramos a
Rebeca, como hábil transmisora de la bendición; admi- ramos a Lía, madre del progénitor
según la carne; aclamamos a Débora, por haber luchado sobre las fuerzas de la naturaleza (Ju
4,14); llamamos dichosa a Isabel, que llevó en el seno al precursor, que saltó de gozo al sentir
la presencia de la gracia. Y veneramos a María, que fue madre y sierva, y nube y tálamo, y
arca del Señor... Por eso digámosle: "Bendita tú entre las mujeres", porque sólo tú curaste el
sufrimiento de Eva; sólo tú secaste las lágrimas de la que sufría; sólo tú llevaste el rescate del
mun- do; a ti sola se confió el tesoro de la perla preciosa; sólo tú quedaste en- cinta sin placer;
sólo tú diste a luz al Emmanuel, del modo como él dispu- so. "Bendita tú entre las mujeres y
bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1,42) (Proclo de Constantinopla).
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