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Orígenes de la espiritualidad francesa

del siglo XVII(1)

Dom J. Huijben, O. S. B.

OCASIÓN

Estando en Roma en los años 70, se me confió la misión de dirigir una sesión de
espiritualidad eudista en México, a intención de las religiosas de Nuestra Señora de la
Caridad del Refugio, Orden fundada por san Juan Eudes, en 1641, para el servicio de la
mujer en dificultad. Fue la ocasión de volver sobre mis pasos. Las inquietudes conciliares
me habían hecho perder de vista, casi totalmente, la identidad espiritual que supuestamente
me venía de san Juan Eudes. Frente al desafío de México, tomé en serio el requerimiento,
comprobé mis enormes lagunas y me di a la tarea de revivir la gracia de mis años de
formación entre 1945 y 1953.

Comprobé en seguida, a medida que avanzaba en mis lecturas y elaboraba mi propia


síntesis, que, para gustar de veras la literatura espiritual del Juan Eudes, necesitaba mirarlo
en la perspectiva más amplia de la llamada Escuela francesa de espiritualidad. Desde
entonces, situarlo es ese contexto ha sido mi obsesión. Me quedó claro, gracias a los buenos
oficios de Henry Bremond, Louis Cognet, Jacques Arragain, Paul Cochois y otros, que los
cuatro grandes de la Escuela francesa son: Pedro de Bérulle, Carlos de Condren, Juan
Jacobo Olier y Juan Eudes. Me quedó claro, asimismo, que todos ellos, siguiendo a
Bérulle, no solamente fueron discípulos de la Escuela francesa sino también maestros, por
el acento que cada uno supo ponerle a “ese Gran Todo que es Jesús”, en expresión de Juan
Eudes. Se abre paso, pues, la corriente espiritual, bien conocida, del Cristocentrismo del
siglo XVII, pero con el apelativo de místico, original de la Escuela.

Discípulos y maestros harán del misterio de Cristo el centro de su experiencia


espiritual, de sus reflexiones y de su misión apostólica: para Bérulle, Jesús como un todo;
para Condren Jesús sumo y eterno sacerdote; para Olier Jesús en el misterio eucarístico;
para Juan Eudes el amor de Jesús como su realidad más profunda, expresada desde el
lenguaje del corazón. Me hice a las biografías y escritos de todos ellos y traté de
adentrarme en ese maravilloso mundo de la también llamada – con mayor propiedad según
algunos – Escuela beruliana.

Un buen día, entretenido en lecturas sobre el tema, di con una referencia bibliográfica que
me intrigó en seguida. El título: Aux sources de la spiritualité française au XVII siècle, de
Dom J. Huijben, O. S. B. Ir más allá de Bérulle y de su escuela, escudriñar la verdad de su
originalidad como maestro espiritual, me pareció de especial interés. Se trataba de cinco
entregas del Suplemento de la revista francesa Vie spirituelle: Diciembre de 1930, y Enero,
Febrero, Abril y Mayo de 1931.

(1)
Ver La Vie Spirituelle, Suplément, déc. 1930, pp. [113-139]; janv. 1931, pp. [17-46]; févr., pp. [75-111];
avril, pp. [20-42]: mai, pp. [94-122].
Fue así como corrí a la biblioteca de la Gregoriana, encontré lo que buscaba y saqué
fotocopia de las cinco entregas. Me dieron para un volumen de 148 páginas. Lo leí con
pasión e hice de él un asiduo y valioso instrumento de trabajo: cursos a estudiantes eudistas,
retiros a religiosas de Nuestra Señora de la Caridad y del Buen Pastor, charlas a otros
grupos de la Gran Familia, homilías, etc. Es cierto que “no hay nada nuevo bajo el sol”,
pero más allá del sol, es decir, en el ámbito del misterio de Dios revelado en Cristo, las
perspectivas son inconmensurables.

Bendigo, pues, al Señor por haberme dado la ocasión de poner al servicio de posibles
lectores de habla española la afortunada iniciativa del ilustre benedictino holandés.
Aproximarse más y mejor a esta importante escuela de espiritualidad que es la Escuela
francesa, puede ser de interés para muchos más que han visto su experiencia espiritual – o
quieren verla – orientada por este derrotero privilegiado. En efecto, también supe, por
Bremond, que “esta escuela es, sin discusión, la más original, la más rica y la más fecunda
de las que conoció la edad de oro”, la de la historia religiosa de Francia en el siglo XVII.

El traductor
INTRODUCCIÓN

Uno de los últimos historiadores de la pintura en Francia, M. Louis Dimier, observa que, en
las investigaciones más recientes se pone cada vez más de relieve el hecho de que, antes del
siglo XVII, no existe, propiamente hablando, escuela francesa en el campo de la pintura.
“Que haya habido antes pintores en nuestro país, que hombres nacidos en Francia hayan
utilizado el pincel, no sin aplauso quizás, ese no es el asunto. Se trata de producción
sostenida, calificada por la posteridad a causa de su duración e importancia. Una escuela es
eso…Y eso no lo tuvo Francia antes del siglo XVII”(2).
La misma observación parece valer para la historia de la espiritualidad a partir de la baja
Edad Media. Quisieran persuadirse de que, del siglo XIV al siglo XVII, ha habido en
Francia una floración de escritos espirituales comparable a la de los Países Bajos, de
Alemania o de España; que solo nuestra ignorancia o la injusticia han podido hacer creer lo
contrario, y que solo bastaría un pequeño esfuerzo para sacar de nuevo a la luz y rehabilitar
a todos esos autores espirituales por demasiado tiempo olvidados.

Ya que los estudios no han dicho hasta ahora su última palabra, parece oportuno que la
historia confirme más y más esta comprobación global que todo investigador puede hacer
desde ya, en el sentido de que, antes del siglo XVII, no existe, estrictamente hablando,
escuela francesa en el dominio de la literatura espiritual. Se pueden citar nombres que
inclusive han brillado notoriamente durante algún tiempo. Pero no se da esa galería de
autores de primer orden que se encuentra en la misma época en otras regiones.

Agreguemos que si, durante dos o tres siglos, Francia parece estar atrasada en relación con
sus vecinos, no ha perdido nada por haber esperado. Este atraso providencial le permitió
aprovechar experiencias de sus predecesores y tomar lo que había en ellos de más
sustancial y duradero.

(2)
Louis Dimier, Le Primatice, Paris, 1928, p. I.
La Escuela francesa del siglo XVII – y entendemos por ello todo el conjunto de los autores
espirituales que Francia produjo en esta época – puede resistir, ventajosamente, la
comparación con las escuelas de espiritualidad que le han precedido. Por nuestra parte, no
vacilamos en afirmar que en más de un punto las eclipsa, tanto en fecundidad como en
profundidad y limpidez de exposición.

Es, por otra parte, de una riqueza tal que conviene distinguir una gran variedad de
corrientes o de escuelas subalternas más o menos tributarias las unas de las otras, o que, por
lo menos, más de una vez, han influido la una sobre la otra. De todas ellas, una de las más
importantes, si no la más importante, tanto por la antigüedad como por la influencia que ha
ejercido, es sin duda la escuela de Bérulle.

El historiador del sentimiento religioso en Francia le ha dado el nombre de escuela francesa


por antonomasia, porque le parece que expresa mejor que ninguna otra el carácter nacional:
“Sobra decir que en un sentido todas las escuelas – me refiero a todas las que son objeto del
presente trabajo – son francesas. Pero finalmente, doctrina o método, nada se encuentra en
las otras que parezca propia y específicamente francés. El jesuita Lallement podía
perfectamente venir de España, Francisco de Sales de Italia y Juan de Bernières del país
flamenco. Bérulle, en cambio, es enteramente nuestro”(3).

Estas últimas palabras parecen insinuar que la escuela beruliana merece también, por otro
título, el nombre de Escuela francesa por excelencia, ya que sería perfectamente autónoma.
De hecho, algunas páginas más adelante, leemos esta declaración que, a pesar de su forma
dubitativa, da a entender claramente de qué lado van los presentimientos del autor: “Bérulle
se vio siempre rodeado de ilustres ejemplos de santidad. Por lo demás, quizás no dependa
de nadie, ni siquiera de la sociedad mística que lo llevó muy pronto a tomar conciencia de
sí mismo, y que contribuyó a ponerlos en evidencia… La oración, la Biblia, los Padres y
sus apuntes de la Sorbona: parece que no tuvo otros maestros”(4).

Como se ve, el problema que se plantea es, en pocas palabras, el de las fuentes de la
espiritualidad beruliana. Y es preciso aceptar que la explicación sugerida por el eminente
académico está en relación estrecha con lo que sabemos del carácter de Bérulle, de su
“independencia innata y de su personalismo agudo y un tanto arisco”.

Sin embargo, sería un error creer que M. Brémond quiso zanjar de manera definitiva la
cuestión de las fuentes de la espiritualidad beruliana. Tampoco nosotros tenemos esa
pretensión. Las páginas que siguen no tienen otro propósito que agregar al expediente un
cierto número de elementos nuevos, que nos perece podrían aclarar el problema. Si nuestras
investigaciones nos han llevado a atribuir a tal o cual escuela, o a tal obra en particular, una
influencia considerable, inclusive preponderante, en la formación de la escuela francesa,
estamos lejos de pensar que esta influencia haya sido exclusiva o que suprima la
originalidad de Bérulle. Tenemos, por el contrario, la firme convicción de que, al lado de
las influencias que hemos de subrayar, ha habido otras: y que al fin de cuentas todas estas

(3)
H. Brémond, Histoire littéraire du sentiment religieux en France, t. III, L’École française, Paris,
1921, p. 3.
(4)
Ibid., pp. 13-14.
influencias juntas no podrán explicar por sí mismas la formación de la escuela francesa.
Siempre habrá que volver al aporte personal del fundador de la escuela. Pero quizás los
hechos que vamos a exponer permitirán precisar mejor dónde yace la originalidad del
creador que fue Bérulle.

*
* *

El problema de las fuentes de la espiritualidad beruliana no ha sido estudiado ex professo


todavía. M. Brémond no se ocupó de él en su obra magistral sobre la Escuela francesa, de
cuyo marco se salía manifiestamente.
El P. Fernando Cavallera, S. J., sintió muy bien la necesidad de una investigación al
respecto. Reseñando el volumen de M. Brémond al que acabamos de aludir, invita a los
investigadores a volver su mirada hacia España(5). Es posible que, en efecto, nos vengan
luces de ese lado. Dejamos a otros más competentes el cuidado de verificar la hipótesis. En
su obra sobre El P. Louis Lallement y los grandes espirituales de su tiempo, el P. Aloys
Pottier, S. J., tocó incidentalmente el problema que nos ocupa. Según él, se ha exagerado
mucho la originalidad de Bérulle. La aparición de lo que se llama el berulismo se explica
suficientemente, de un lado por la evolución natural de la espiritualidad ignaciana, de otro
por la acción misteriosa del Espíritu Santo:

“Medio siglo después de la muerte de san Ignacio – por consiguiente en los primeros años del siglo
XVII – como consecuencia de una evolución insensible, el punto de vista de unión a Cristo,
colocado en un segundo plano en los Ejercicios, tendía a pasar al primero en muchas obras que ellos
comentaban o de las que se inspiraban: sin dejar de estudiar las virtudes del Verbo Encarnado para
conformarse a él, se había pasado, en un movimiento normal, de los misterios a los estados, a la
persona del Dios hecho hombre, para unirse a él de manera más íntima.

“Bérulle no creó este movimiento, lo único que hizo fue adaptarse a él y seguirlo. Si se comprueba
que se adelantó al primer tercio del siglo XVII, ¿no es también bajo el soplo del Espíritu Santo?
‘Spiritus ubi vult spirat’. En cada siglo se dan esta clase de fenómenos que están, por decirlo así, en
la atmósfera ascética del tiempo, y que se encuentran, con matices, entre los espirituales más
“representativos”. Unos y otros – sin que a menudo haya interdependencia consciente – son
tributarios de una corriente nueva; unos y otros, con capacidad de acogida diferente, sufren las
(6)
influencias de su tiempo; respiran el mismo aire; participan del mismo espíritu” .

Esta explicación simplifica mucho las cosas. Pero tenemos que confesar que no logra
convencernos.

Admitamos, por un instante, que la espiritualidad beruliana representa sencillamente una


evolución de la espiritualidad ignaciana; queda por explicar cuáles fueron las causas
determinantes de esta evolución. Se ha pasado del punto de vista imitación al punto de vista
unión; muy bien, pero ¿bajo qué influjos se ha operado este paso? También admitiríamos,

(5)
Revue d’asc. et de myst., III, 1922, p. 311.
(6)
Aloys Pottier, S. J. Essai de théologie mystique comparée. Le P. Louis Lallement et le grands spirituels de
son temps, t. III, Paris, 1929, pp. 24-25.
sin mayor dificultad, que varias de las ideas que forman la estructura del sistema beruliano,
ya andaban por ahí. ¿Pero quien las había difundido?

Esta evolución y esta atmósfera no han podido darse así no más. La generación espontánea
es tan imposible en el campo de la historia como en el de la naturaleza. Evidentemente, en
última instancia, es en la acción maravillosa del Espíritu Santo donde hay que buscar la
explicación. Pero esta acción no excluye la de las causas segundas. Está en el orden de la
Providencia servirse de instrumentos creados para gobernar el mundo, y el instrumento
normal de la difusión de un pensamiento entre los hombres es la palabra escrita o hablada.

El problema subsiste pues en su totalidad: ¿cuáles son los hombres, cuáles las obras
espirituales de que Dios se ha servido, a comienzos del siglo XVII, para crear la corriente
beruliana? Para dar a nuestra investigación toda la amplitud deseable, estudiaremos,
sucesivamente, la atmósfera general en la cual el joven Bérulle creció desde el punto de
vista espiritual, la sociedad mística de París con la cual estuvo más inmediatamente en
contacto y, finalmente, la obra que nos parece ser una de las fuentes principales de su
espiritualidad.