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Pontificia Universidad Católica de Chile

Facultad de Teología
Programa Magíster en Teología

Seminario de Teología Dogmática

El Espíritu Santo: preguntas y perspectivas

(Informe de lectura de la obra de Hans Urs von Balthasar, “Teológica”, Vol. 3 El Espíritu de la
Verdad, (ediciones Encuentro, Madrid, 1997), 249-303.

Profesor: Pbro. Dr. Juan Francisco Pinilla.


Alumno: Pbro. Nelson Chávez Díaz.
Fecha: 30-10-2012.

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1.- La salvación del mundo como meta de Dios.

La afirmación de la Escritura es clara y contundente: Dios quiere salvar al


mundo (Juan 3,16). El mismo Jesús hace suyo este designio hasta el extremo,
pues también muere no sólo por lo elegidos, sino que se preocupa por las “otras
ovejas que no son de este redil”. La universalidad de la obra del Hijo
corresponde a la universalidad de la obra del Espíritu según se puede colegir
de la profecía de Joel 3,1 ampliada en Hechos 2,17 hacia la “totalidad del mundo”
(p. 253). Es también la misma doctrina la que sostiene San Pablo cuando pasa de
lo eclesiológico a la reconciliación globalmente cósmica del señorío de Cristo
(Colosenses 1,18; Efesios 1,22).

Una aproximación más aconsejable para comprender la universalidad de la


actuación del Espíritu es la reflexión del episodio de Jesús y Nicodemo. Allí se
habla de un nacimiento de lo alto (Juan 3,3) o de un nacimiento del Espíritu (v. 5).
Este “nuevo nacimiento” consiste en “llegar a la fe”. El “nuevo nacimiento” no es
únicamente el sacramento sino “llegar a la fe”. La relación Iglesia-Mundo queda
así, siempre superada en Cristo y su Espíritu Santo y, por tanto, la esencia misma
de la Iglesia está “ordenada misioneramente al mundo” (p. 255). Los Hechos de
los Apóstoles lo muestran fehacientemente así como la formulación concluyente
de Mateo y Lucas. Una eclesiología pneumática debe considerar
conjuntamente la dimensión cósmica del Espíritu y la misionera de la Iglesia,
y no remitirse exclusivamente a las relaciones que se dan entre el Espíritu
con Cristo y la Iglesia.

Esta afirmación, la de que el Espíritu actúa “sin fronteras” se contrasta con


aquella sostenida por algunos Padres, las cuales habrá que revisar, tales como la
de Orígenes (Peri Archon, I, 3,5), en donde éste plantea que el Espíritu Santo sólo
actúa en aquellos que se han convertido a lo mejor; pasa lo mismo con Agustín
quien afirma que a los donatistas se les niega el Espíritu Santo aún cuando se les
pueda entregar el sacramento bautismal, pues contradice lo expresado en Hechos
de los Apóstoles en donde el Espíritu precede al bautismo o al don de la fe
(Hechos 10,2). Todo esto hace suponer que la actuación del Espíritu se da más
allá de las fronteras de la Iglesia (p. 257)..

2.- Doble movimiento de la Iglesia.

La Iglesia posee un doble movimiento y una doble tarea: salir de sí hacia los
pueblos y enseñar la verdad cristiana (inculturación) y en segundo lugar “no dejar
que la verdad se fragmente por su pluralidad, sino incluirla en su propia unidad
pleromática” (p. 257). Se trata en el fondo del antiguo tema del logoi spermatikoi:
elementos de culturas y filosofías no cristianas pueden presentar la presencia del
Espíritu. Un ejemplo puede ser la declaración de los derechos del hombre que se
remonta a ideas cristianas sobre la dignidad y libertad de la persona.

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3.- Elementos para una Quaestiones Disputatae.

Me parece que, cuando von Balthasar habla de “inculturación” habría que


tener bien en cuenta qué significa dicho concepto 1, pues la experiencia histórica
de América Latina sufrió más bien un proceso de “transculturación” en nombre del
evangelio. Otro elemento que habría que hoy tomar en cuenta, como fenómeno
cultural moderno, es la cultura secularizada, en donde Dios no es una hipótesis
necesaria y, por tanto, se construye y se vive un mundo etsi Deus non daretur. Las
preguntas que ante este proceso nos podemos hacer: ¿actúa también allí el
Espíritu Santo? ¿En qué medida también la Iglesia puede dejarse “evangelizar”
por estos procesos culturales y qué papel puede estar jugando el Espíritu Santo?

4.- Justificación, santificación, libertad.

Los tres temas deben ser considerados desde el rol del Espíritu máxime si
es el Padre quien lleva a cabo la obra de reconciliación en el Hijo. En San Pablo,
ya podemos vislumbrar como en Cristo se realiza el punto crucial de toda la
creación desde la cruz y siendo cabeza de la Iglesia. Cristo es, según Pablo,
cabeza de todo principado y potestad, en cuanto a sometido a su señorío todas las
potencias cósmicas. Según von Baltahasar (p. 266), sea que se ponga el acento
principal del acto de reconciliación de Cristo en su encarnación (Ireneo) o en su
rescate de las potencias (Orígenes) o en su satisfacción por los pecados
(Cipriano, Anselmo, Tomás) el Espíritu siempre será eficaz porque obra en el ser y
en el obrar del Hijo. El Espíritu Santo tiene parte esencial en el acto de
reconciliación entre Dios y el mundo o entre el cielo y la tierra que se realiza en el
cuerpo crucificado de Cristo

5.- El Señor es el Espíritu.

Esta afirmación paulina nos remite a la pregunta acerca de cómo se


relacionan el Hijo humanado pero ya glorificado y la persona del Espíritu Santo,
aún cuando siempre sigamos manteniendo que en dicha comunión no se puede
manifestar ninguna separación pero tampoco una mera identificación entre ambos.
En san Pablo esta expresión afirma que “el Señor” es el Cristo y “el Espíritu” se
refiere, ciertamente al Espíritu Santo. Otros textos paulinos demuestran
ciertamente la distinción de forma claramente. La cercanía de ambos, sin
embargo, se hace más creíble cuando se trata de la eucaristía, pues ésta es
presentada como el fundamento del “único cuerpo en Cristo” y en donde el
Espíritu es considerado como el formador del cuerpo eclesial. Ahora bien, no se
trata de que los creyentes sean incluidos en la unión hipostática del Hijo, sino más
bien de entender de mejor manera qué significa esta inclusión del hombre
creyente en el cuerpo de Cristo. En efecto, en Efesios 2,13-17 se habla de que
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Para nosotros es un “proceso a través del cual la cultura asimila el evangelio a partir de sus propias
matrices culturales; sólo así se produce una verdadera evangelización, como encuenbtro entre una
determinada cultura y la propuesta evangélica” (Véase, L. Boff, Nueva evangelización, (Paulinas, Santiago
de Chile, 1991), 17-26.

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Cristo nos reconcilio con Dios en un solo cuerpo, por medio de la cruz. Hay aquí,
en estas afirmaciones, la representación vicaria de los pecadores, de cargar sobre
sí la hamartía. De todos modos, la “carne” y el “cuerpo” significa la humanidad
entera de Cristo que, hipostáticamente unida a la divinidad, es capaz de asumir en
sí el pecado del mundo. El admirabile commercium consiste, entonces, en que lo
que acontece en la eucaristía es que lo que el crucificado ha asumido de nosotros
en su cuerpo en la cruz, nos lo restituye ofreciéndonos su cuerpo transfigurado.
¿Cuáles son las consecuencias de todo esto? “La primera es que la muerte de
Jesús, en cuanto ‘cumplimiento’ de su misión de entrega, es tanto causa como
arquetipo de lo que se puede considerar participación eclesial en él” (pág. 291).
Por tanto, como afirma la Mystici Corporis Cristo se ofrece a sí mismo y en ese “sí
mismo” también ofrece a sus miembros místicos (N° 82). Lo que Cristo distribuye
después en la Iglesia, como su cuerpo, son “formas de su darse”. La segunda
consecuencia es ésta: “Quien en el Espíritu eterno se sacrifica por todos y en
lugar de todos espira este Espíritu”, y esto, tanto al Padre como al mundo. “Es el
Espíritu del Hijo, por cuanto ha llevado a éste a través de la economía; y el Hijo lo
ha restituido al Padre con la misión cumplida, pues del Padre lo había recibido”
(pág. 292).