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Frege: En Sentido y referencia, Frege propone el análisis de los signos en una dupla: aquello

a lo que refiere, es decir, la referencia del signo; y el sentido del signo, en el cual se haya
contenido el modo de darse lo designado o referido por el signo (Cf. Frege: 1985, 53). En
particular: Frege desarrolla lo que entiende por referencia para tres clases de, por darle un
nombre, objetos. La referencia de los nombres propios, la de los enunciados asertivos, y la
de enunciados complejos. Frege llama nombre propio a aquel signo, conjunto de signos o
enunciados, que cumplan el siguiente requisito: si una cadena de signos o uno único designa
un objeto, y solamente uno, decimos que estamos ante un nombre propio. La referencia es,
pues, el objeto singular referido por el nombre propio (Cf. Frege, 1985:53). La referencia de
los nombres propios se presupone, incluso (siempre que nuestro interés sea de conocimiento
científico, y no una experiencia estética). No nos conformamos con hablar del sentido del
signo, ni tampoco nos referimos a las representaciones netamente subjetivas. Por lo tanto,
cuando utilizamos un signo que designe o que tenga como referencia un objeto determinado,
se le presupone una referencia (Cf. Frege, 1985:59). Luego, Frege pasa a considerar la dupla
“sentido-referencia” para los enunciados asertivos. Todo enunciado de esta índole contiene
un pensamiento. Si dentro de un enunciado asertivo sustituimos palabras que tengan distinto
sentido, pero la misma referencia, cambiará el pensamiento contenido en el enunciado. Pero
no su referencia. Esto sirve para concluir que el pensamiento contenido en estos enunciados
son el sentido, no la referencia de los mismos (Cf. Frege, 1985:60). En los enunciados
exigimos la referencia, ya que no nos basta con su sentido. Esto sería contentarse solamente
con el pensamiento contenido. Al no bastarnos solamente con el sentido de los enunciados,
el interés por la referencia del enunciado surge en tanto nos preguntemos por su valor
veritativo. Es la búsqueda de la verdad la que nos hace ir del sentido al interés por la
referencia (Cf. Frege, 1985:62). Es así que, al presuponer la referencia de las partes
componentes de un enunciado asertivo (de los nombres), se presupone también una referencia
en el enunciado mismo (es decir, del resultado de las partes componentes). La referencia de
los enunciados asertivos es el valor veritativo. Esto equivale a tomar a lo “verdadero” o a lo
“falso” como objetos. Frege habla de un impulso a tomar el valor veritativo como la
referencia, o como una hipótesis que comprueba sobre el análisis de los enunciados (Cf Frege,
1985: 62 y 65, respectivamente).
Russel: Dar la forma lógica de un enunciado, para Russell, equivale a, en lo que respecta a
enunciados en cuya expresión se encuentra una frase denotativa, efectuar una reducción. El
tipo de reducción es dar un tratamiento lógico y analítico adecuado tal que, en la explicitación
de la forma subyacente del enunciado, las frases denotativas no estén presentes. Esto está en
concomitancia con una premisa de nuestro autor: “las frases denotativas no tienen significado
alguno por sí mismas, pero toda proposición en cuya expresión verbal figuran tiene
significado” (Sobre el denotar, pg. 31). Es decir, Russell busca formular un aparato analítico
en el que primero, las frases denotativas no sean constituyentes propios de las expresiones en
las que figuran, y segundo, evitar contradicciones en las que anteriores teorías semánticas no
escapaban. Esto es, las consecuencias que Russell no acepta de teorías como la de Meinong,
y la de Frege. De manera inmediata, a Russell le interesa poder especificar las condiciones
mediante las cuales una proposición es verdadera o falsa, sin tener que aceptar que las frases
denotativas nos comprometen con la existencia de objetos que vendrían a ser representados
por las mismas (Cf. Sobre el denotar, pg. 34-35, donde se explicita que si no se satisface una
condición determinada para “Carlos II tuvo un padre y no más de uno” la proposición es
falsa, debido al incumplimiento de una condición implícita en la descripción definida). Si
considerásemos que las frases denotativas como representantes efectivas de sus denotaciones
(esto es, si decimos que “el actual rey de Francia” denota una entidad), nos encontraríamos
con los ejemplos de enunciados existenciales negativos. Si declaramos que denotan un algo
no existente, caemos en Meinong; si las consideramos como carentes de sentido, no sería un
análisis satisfactorio (esto en contra de Frege). Ya que no ocurre que no tengan sentido, si no
que son enunciados falsos. La teoría de Russell no cae en esta situación, ya que su análisis
hace que las frases denotativas no tengan significado en sí mismas: “debemos abandonar la
tesis que las proposiciones que contienen frases denotativas son concernientes a la
denotación” (Cf Sobre el denotar, pg. 37). Ahora bien, Russell no niega la existencia de los
objetos. Pero es evidente que tener conocimiento por medio de descripciones, no es lo mismo
que tener un conocimiento, que, él llama, directo: es la distinción entre las cosas que se nos
presentan y las cosas que llegamos mediante frases denotativas. Hacia el final del texto Sobre
el denotar, Russell expone la relación entre estos conceptos: de las cosas que no
aprehendemos directamente, tenemos un conocimiento de lo que tiene “tales y cuales
propiedades”. Tenemos un conocimiento que es reducible al análisis antes expuesto, es decir,
un conocimiento de las propiedades de algo, sin que ese algo sea un componente de alguna
proposición particular. Es decir, tener una descripción definida no implica un contacto directo
con el objeto, y la existencia de ese objeto no es inmediata; como si ocurre con el
conocimiento directo. Y esta particular distinción es la premisa fundamental para entender lo
que es un nombre en sentido lógico, y un nombre impropio (es decir, una descripción
abreviada). Conocimiento directo significa un conocimiento sensorial. Es decir, supongamos,
yo veo un libro: y afirmo “este es un buen escrito”. No es necesario reducir la proposición
mediante una descripción definida, puesto que “este” representa un objeto que existe. Aquí
sí podemos afirmar una proposición particular acerca de un objeto: en lugar de una variable,
usamos una constante. Podemos afirmar “A es un buen escrito”. Es lo que Russell también
formula, al final de Descripciones, que afirmar “a existe” es un enunciado que no tiene
sentido, al tratarse de un nombre en sentido estricto (si no nombrase nada, no sería un
nombre)