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PERCEPCIÓN SOCIAL Y ATRIBUCIÓN.

¿Somos capaces de responder correctamente sobre los rasgos personales de las personas?
Es una tarea difícil y nos tenemos que dejar llevar por nuestras impresiones. En primer lugar, hay que
seleccionar la información que se considera relevante e interpretarla para realizar un juicio social sobre la
persona observada. Este proceso de inferencia social es activo y en él influyen estructuras mentales del
perceptor, sus experiencias, emociones, motivaciones y valores.
Procesos de percepción social.
¿En qué se fijan las personas cuando interactúan con otras?
Percibir de forma selectiva significa que no procesamos toda la información que nos llega, sino que nos
centramos en algunos aspectos y pasamos por alto otros.
Ello es debido a dos razones:
De tipo cognitivo. Es la imposibilidad que tenemos de procesar mucha información por recursos
cognitivos limitados.
De carácter motivacional. No toda la información estimular tiene el mismo grado de importancia para las
personas. Depende del interés, actitudes y contexto.
La percepción tiene lugar en el contexto dinámico de la interacción social siendo inseparables. Cuando
interactuamos con alguien, es importante conocer sus emociones y qué intenciones tienen, además de
formarse una impresión de ellas. Pero habrá ocasiones en las que las personas nos sorprendan y
desconfirme nuestras expectativas creadas. Tendremos pues, que realizar atribuciones a características
de esas personas, contexto o circunstancias. Los esquemas mentales que poseemos entran en acción en
todas nuestras percepciones, puesto que, cuando percibimos un estímulo, lo primero que hacemos es
incluirlo en una categoría a la que ya suele haber asociado un esquema. Además, cuando el perceptor
tiene motivaciones concretas, recurrirá a estrategias para realizar inferencias y adelantarse a los
acontecimientos por conocer mejor a dicha persona. Las expresiones «abajo-arriba» y «arriba-abajo» se
refieren al origen de la información y a la dirección que sigue el procesamiento para interpretarla. El
primero hace referencia a la información que procede del medio, características de los estímulos que
percibimos (personas, comportamiento) y el segundo, corresponde al conocimiento que ya tenemos
almacenado en la memoria (ejemplares y esquemas). Normalmente sólo somos conscientes del
procesamiento primero.
Conducta no verbal.
Es el intercambio dinámico y casi siempre cara a cara, de información mediante claves que no son
palabras. Y esa información nos sirve para inferir qué emociones está sintiendo la otra persona en ese
momento y cuáles son sus intenciones hacia nosotros. No reaccionaremos igual ante una persona si, al
vernos, nos sonríe que, si mira hacia otro lado, o si su expresión es de ira o desprecio. Hemos
desarrollado así la capacidad de captar señales amistosas o amenazantes en la expresión del otro en
fracciones de segundo. Los psicólogos sociales han demostrado que las personas regulan su conducta no
verbal cuando les interesa disimular lo que sienten y aparentar lo que no sienten. También son mejores
mintiendo que detectando el engaño en otros y dificulta el engaño si el mentiroso es hábil. En su obra La
expresión de las emociones en el hombre y en los animales, Darwin señala que un niño sonríe ante la
persona que le ofrece un caramelo, pero no cuando está solo mientras lo saborea. Las expresiones son
comunicativas en la interacción con los demás. En resumen, la conducta no verbal es fundamental en la
percepción de otras personas en cada encuentro con ellas porque nos trasmite información sobre sus
emociones y sus intenciones hacia nosotros. Aunque su expresión y su interpretación dependen mucho
del contexto tanto situacional como cultural, el ser humano es capaz de captar esa información
inconscientemente.
Formación de impresiones.
Desde la Psicología Social pueden agruparse en dos enfoques:
Configuración gestáltica. Facilitaba a los participantes en sus estudios la descripción de una persona
mediante una lista de los rasgos que la caracterizaban (rasgo estímulo). Acto seguido, les facilitaba una
segunda lista de rasgos diferentes (rasgos respuesta). Asch estaba convencido de que entre la
presentación de la primera y de la segunda lista algo ocurría en la mente de los participantes. Creía que,
en la primera lista de rasgos, éstos se formaban una impresión global de la persona. Por tanto, cuando se
enfrentaban a la segunda lista procedían en la elección de los rasgos de dicha lista. Denominó rasgos
centrales a los que influyen en el significado de los demás rasgos y son responsables de la configuración
de la impresión final que nos formamos de la otra persona. Al resto de rasgos los denominó rasgos
periféricos. El que un rasgo sea central o periférico, depende del contexto. Una cuestión que plantea es
cómo se integra la información inconsistente (cuando percibimos esos rasgos en una persona) siempre
cabe la posibilidad de que existan dos o más rasgos incompatibles.
El planteamiento de dicha configuración parte de la base de que la persona forma una idea general del
otro a partir de un esquema (diferente de la mera suma de sus elementos). Valoramos más el rasgo
positivo que el negativo. Por ejemplo: Al rasgo inteligente no se le va a asignar el mismo significado
cuando vaya junto al rasgo afectuoso que al rasgo frío. Los rasgos afectuoso y frío son rasgos centrales e
influyen en el significado del rasgo inteligente, que es periférico.
Combinación lineal. Este no admite la idea del cambio de significado. Siguiendo el ejemplo anterior, la
combinación de los rasgos inteligente y frío daría lugar a una impresión negativa de una persona no
porque el rasgo inteligente cambiara de significado sino porque va acompañado de otro negativo y el
resultado sería pues, negativo. Este enfoque se centra en el carácter evaluativo de la impresión que nos
formamos de una persona, no en la coherencia.
Existen tres modelos:
Modelo suma: limita a postular una simple suma del valor de todos los rasgos de la lista, si se quiere
causar una impresión favorable, convienen muchos rasgos positivos.
Modelo promedio: propone la media del valor de todos los rasgos. Niega el modelo anterior,
argumentando que es ilógico que una lista larga de rasgos, todos del mismo signo, sea más extrema que
una corta por el mero hecho de su longitud.
Modelo de la media ponderada_ no todos los rasgos tienen la misma importancia en todos los contextos.
Son elementos de información aislados que tienen más importancia que el resto, pero no afectan al
significado de los demás rasgos. La independencia de los rasgos entre sí, característica del enfoque de
combinación lineal, puede llevar a que es más favorable la impresión de una persona inteligente y
deshonesta que alguien tonto y deshonesto.
Fiske y Neuberg defienden que las impresiones globales (configuración gestáltica) predominarán en
aquellas situaciones en las que se exige rapidez y no hay tiempo para procesamiento o la persona carece
de motivación. Los elementos informativos se analizarán con detalle (combinación lineal) cuando la
persona tenga motivación elevada.
¿Qué factores influyen en la percepción social?
Factores asociados al perceptor. Los primeros estudios sobre percepción se centraban en la exactitud
del perceptor (capacidad de ajustarse a la realidad, «científico ingenuo» y «indigente cognitivo»). Con el
paso del tiempo se centrará en las metas y motivaciones del perceptor y situaciones en las que se
encuentra («estratega motivado»). Las expectativas del perceptor, basadas en los esquemas, influyen en
la percepción. Jones establece una distinción entre dos tipos de expectativas. A veces, un perceptor
mantiene expectativas relativas a la categoría a la que pertenece la persona percibida (hombre o mujer).
Estas expectativas están relacionadas con los estereotipos. Otras veces, pone en juego expectativas
sobre la persona concreta percibida, basándose en el esquema que posee del otro como persona
individual. El resultado perceptivo es diferente en cada caso. En esta diferencia se basa la estrategia de
mejora de relaciones intergrupales denominada «descategorización». Otros factores han sido la
familiaridad con el estímulo, el valor que éste tiene para él, su significado emocional y el grado de
experiencia con el estímulo. La familiaridad conduce a percepciones más complejas (nos fijamos en más
detalles del otro a medida que la conocemos más). El valor de estímulo genera:
Acentuación perceptiva. Exageración perceptiva de las características del estímulo con respecto a otros
estímulos (para unos padres, en una actuación de fin de curso, sus hijos serán los mejores).
Efecto halo. Generalización de una característica positiva del estímulo en su conjunto (cuando percibimos
una persona atractiva e inferimos que es interesante, agradable).
El significado emocional del estímulo alude al grado en que la persona percibida puede satisfacer nuestras
necesidades o deseos, o suponer una amenaza para estos.
Perspicacia perceptiva. Esperamos un beneficio o consecuencia positiva de ella, estaremos más atentos
a la información que nos proporcione acorde con dichas expectativas.
Defensa perceptiva. Esperamos un perjuicio o consecuencia negativa, ignorando información.
Las personas con más experiencia en cierto tipo de rasgos realizan percepciones más precisas sobre el
estímulo dando importancia a los rasgos de la persona y situación. Por ejemplo, el psicólogo que ha visto
muchos casos de personas con depresión puede diferenciar una patología de un episodio aislado.
Factores asociados a la persona percibida. Con la expresión «manejo de la impresión» alude a los intentos
de las personas que se saben observadas para alterar a su favor el resultado del proceso perceptivo.
Schlenker: En sus estrategias se pueden citar el congraciamiento y la intimidación, dirigidas a influir de
manera directa en la persona que percibe. El primero lo hace a través de intentos de ensalzamiento del
otro y el segundo por medio de amenazas y coacciones. Otra forma en que la persona puede manejar la
impresión que el perceptor se forme de ella es presentada bajo una luz más favorable haciendo hincapié
sobre las buenas cualidades. Se consigue mediante la autoatribución de logros de alguien con quien la
persona se siente identificada.
Este fenómeno se denomina «brillar con la gloria ajena». Curiosamente, lo contrario al autoensalzamiento
produce el efecto deseado de mejorar la imagen que se presenta a los demás. Por ejemplo, cuando
prevemos que vamos a crear una mala impresión en los demás, adelantamos atribuciones externas de
nuestra conducta futura para evitarlo, «self- handicapping», es la que utilizamos cuando creemos que
vamos a fracasar en alguna tarea, procuramos que todo el mundo se entere de que no hemos tenido
tiempo de prepararla o no nos interesa. En resumen, son formas de acentuar aspectos diferentes de la
propia identidad, con el fin de ajustarla a los requisitos de cada situación.
Factores relativos al contenido de la percepción. El efecto del orden en que se presentan los distintos
elementos que describen a una persona tiene un carácter muy intuitivo. Si la influencia de los rasgos que
aparecen al principio es mayor, se habla de un efecto de primacía, mientras que el efecto es de recencia si
la mayor influencia la ejercen los que se conocen al final. Para Asch, el primer rasgo marca de alguna
forma todos los que vienen a continuación. Anderson alega que, el primer rasgo, puede tener un peso
mayor que los que le siguen en la serie. No obstante, a veces los rasgos poseen algunas características
especiales que anulan el efecto del orden. En estos casos, los rasgos ejercen mayor influencia
independientemente del orden en que aparezcan, de manera que los efectos de primacía y recencia
quedarían anulados. Otro aspecto es el tono evaluativo de los elementos informativos, es decir, su
carácter positivo o negativo.
¿Qué es mejor para alguien que quiere causarnos una buena impresión, admitir algún defecto o
característica negativa o destacar sólo rasgos positivos?
La investigación ha encontrado que, cuando en una descripción se combinan rasgos positivos con
negativos, éstos últimos ejercen mayor impacto. Los rasgos negativos son más difíciles de desconformar y
son amenazantes para el perceptor, pero más informativos. Por otra parte, debido al motivo social
universal de confianza, tendemos a esperar cosas buenas de los demás, que hace que la información
negativa resulte más saliente porque choca con nuestras expectativas.
¿En qué se fijan las personas cuando interactúan con otras?
En apariencia física (a partir de la cual categorizamos en: edad, sexo y grupo étnico), conducta verbal
(verbal y no verbal) y rasgos de personalidad. También, aunque en menor medida, en qué tipo de
relaciones mantienen, en qué contextos se mueven y qué objetivos persiguen.
Procesos de atribución.
Las atribuciones son explicaciones sobre el porqué de una acción o de un suceso, y son básicas para la
predicción y control de nuestro entorno. De ese modo, podemos mantener la creencia de que lo que
acontece está bajo control. Aunque a menudo no sabemos con certeza cuál es la causa, la inferimos a
partir de la información disponible en ese momento. Esas inferencias se aplican tanto a fenómenos físicos
como a las conductas de las personas, incluyendo nuestra propia manera de actuar. La necesidad de
encontrar una causa es más probable cuando se trata de un fenómeno negativo. En este tipo de sucesos,
conocer qué los ha provocado nos permitiría predecir qué condiciones podrían volver a desencadenar ese
mismo problema y si es posible evitarlo o controlarlo. Las explicaciones causales sobre la conducta son
esenciales para conseguir un conocimiento más profundo que el que se puede obtener a partir de una
primera impresión superficial. Las conclusiones que saquemos van a determinar nuestros juicios y nuestra
conducta. A pesar de que el perceptor difícilmente puede estar seguro de que ha encontrado la causa real
de un comportamiento, las explicaciones que damos sobre nuestra conducta y la ajena suelen ser
acertadas. Sin embargo, cometemos errores debido a la complejidad presente. Igual que ocurre con otros
procesos cognitivos, las inferencias causales están condicionadas por nuestro conocimiento y, también,
por nuestras emociones y motivaciones.
Modelos explicativos sobre cómo se hacen las atribuciones.
El análisis ingenuo de la conducta. La teoría Fritz Heider se centra en el proceso que seguimos cuando
tratamos de buscar las causas de lo que sucede en nuestro contexto social. Las personas actúan como
«psicólogos ingenuos» que construyen teorías de sentido común sobre las causas del comportamiento
humano. Heider considera que, para comprender por qué se ha realizado una conducta, es importante
cómo se expresa en el lenguaje cotidiano el conocimiento y la experiencia que las personas tienen sobre
otras personas.
La cuestión es, ¿cómo se llega a determinar cuál es la causa de una conducta?
Para poder hacer ese tipo de inferencias causales, las personas siguen normas o reglas que les permiten
decidir cuál es la causa, entre todas las posibles. Propone la sistematización de las posibles explicaciones
causales, distinguiendo entre dos tipos de atribuciones: personales o internas y situacionales o externas.
La tarea del perceptor consiste en averiguar si una acción se debe a una disposición del actor o a algo
externo a esa persona (por ejemplo, la suerte). Las causas atribuidas a rasgos de personalidad, en vez de
a la situación, tienen mucha importancia en el proceso atributivo. A lo largo de ese proceso, el perceptor
debe descartar la explicación externa, lo que no es complicado ya que las características situacionales son
más fáciles de observar que las del actor. Unido a esto, cuanto mayor sea la percepción de que la causa
de la conducta se debe a la situación, menor será la responsabilidad del actor. Para poder hacer
atribuciones internas hay que averiguar hasta qué punto la persona tiene intención de realizar dicha
acción, puede y quiere llevarla a cabo.
Hay tres aspectos:
- intención del actor de llevarla a cabo,
- su capacidad para realizar la acción que depende del conocimiento y habilidades como la dificultad de la
tarea y
- esfuerzo empleado para ejecutar la acción. La teoría aborda el grado de responsabilidad del actor en la
acción, distinguiendo:
Asociación. Cuando la persona no tiene capacidad ni motivación para realizar la acción. Un niño pequeño
justificado por su falta de conocimiento.
Causalidad simple. El actor tiene la capacidad, pero no la motivación. Un conductor que atropella que
invade la vía inesperadamente.
Previsión. Existe la capacidad, pero no la motivación, pero el actor puede achacar que no ha previsto lo
que podía suceder. Ocasionar un accidente por llevar los neumáticos en mal estado.
Intencionalidad. Acciones en las que existe capacidad y motivación. Lesionar para robar.
Justificabilidad. El actor tiene capacidad y motivación para llevar a cabo la conducta, pero se le exime la
responsabilidad ya que se ha visto obligado a realizar esa acción. Agredir en defensa propia.
Teoría de las inferencias correspondientes. Trata de explicar cómo se llega a la conclusión de que una
conducta se corresponde con alguna disposición interna del actor. Es decir, se centra en características de
la persona que puedan haber originado la acción. Un paso previo es enjuiciar si el comportamiento ha sido
elegido libre e intencionalmente. Si la conducta se ha llevado de forma no intencionada no tendría sentido
explicar su conducta. En caso de libre comportamiento, el perceptor se centra en los efectos que provoca
la conducta para poder llegar a la conclusión de si existen o no características personales que la
expliquen. En ese proceso entran en juego elementos lógicos, racionales y motivacionales.
Concretamente, el observador tiene en cuenta la siguiente información:
Qué efectos exclusivos o inesperados tiene el comportamiento observado, en comparación con otros
comportamientos alternativos.
Es lo que Jones y Davis denominan efectos no-comunes de la acción. Los efectos no comunes de la
acción son las consecuencias distintivas que tienen una acción en comparación con otras acciones
alternativas que no han sido elegidas por el actor. Por lo tanto, si el número de efectos no comunes es
elevado, la información que maneja el observador es ambigua y no pueden extraerse conclusiones sobre
la causa.
La frecuencia y deseabilidad social de los efectos de la conducta.
Cuando el comportamiento es socialmente deseable o normativo no se puede saber si hay una causa
interna que lo promueve o si el actor está comportándose según prescripciones sociales.
Sin embargo, una conducta rara o contraria a las normas sociales si permite descartar causas externas y
hacer inferencias.
Cuando los efectos de la conducta afectan al observador influyen en factores motivacionales:
Relevancia hedónica de la acción para el perceptor. Si la conducta tiene consecuencias positivas o
negativas para el observador, aumenta la tendencia a hacer inferencias correspondientes. (No es lo mismo
que nos insulten a que insulten a otro)
Personalismo. Cuando el observador considera que la conducta del actor va dirigida intencionadamente a
beneficiarle o perjudicarle, realizará más inferencias correspondientes. (Un compañero ha hecho un
comentario sutil sobre el trabajo que hemos realizado, es fácil verlo como un envidioso)
Jones y Harris analizaron hasta qué punto se hacen atribuciones disposicionales en función de la intención
y deseo social de la conducta. En un experimento manipularon dos tipos de variables independientes. Por
un lado, la normativa que era la conducta (rara y poco deseable o esperada y deseable) y por otro la
libertad del actor para realizar la acción (libre o forzada). Consistía en mostrar a los participantes un escrito
en que el autor expresaba sus opiniones sobre el gobierno de Fidel Castro. Había opiniones favorables
(conducta indeseable en EEUU) y otros se manifestaban en contra de ese gobierno (conducta esperada),
A una mitad el escrito se había realizado libremente y la otra se había expresado la opinión del profesor,
cuya acción, repercuto en resultados. Sin embargo, se ha criticado dicha teoría porque no tiene en cuenta
que hay conductas no intencionadas relacionas con rasgos personales.
Modelo de covariación y esquemas causales. Harold Kelley Analiza qué tipo de información se utiliza
para llegar a una atribución social. El perceptor examina qué factores covarían con la conducta para
determinar si esta se debe a causas personales o situacionales.
Existen tres causas: la persona que actúa, el estímulo que provoca la acción y la circunstancia del
contexto.
Para comprender cuál de estas causas explica la conducta, Kelley propone tres tipos de información que
dan fiabilidad:
Información de consenso. ¿Hasta qué punto otras personas actúan ante ese estímulo igual que la
persona observada? Es alto cuando la mayor parte de las personas actúan de la misma manera ante ese
estimulo o situación, y bajo en el caso contrario. ¿Han sacado la mayoría de alumnos sobresaliente o sólo
Marta?
Información de distintividad. ¿La persona responde de forma diferente ante otros estímulos? Es alta si
la reacción de la persona ocurre solo con ese estímulo o situación. Si es común a otros, es baja. ¿Marta
saca sobresaliente en otras asignaturas o sólo Biología?
Información de consistencia. ¿La persona responde siempre igual ante ese estímulo? Es alta cuando la
persona siempre responde de la misma forma, baja en el caso contrario. ¿Fue esa vez o siempre?
También han puesto de manifiesto que hay una tendencia a prestar atención a la información llamativa.
Las personas atribuyen las causas de la conducta a características de la persona. En cuanto al consenso,
distintividad y consistencia; esa información a veces no se tiene o es incompleta. El propio Kelley lo
reconoció. Cuando el perceptor solamente cuenta con una observación, o no tiene suficiente tiempo o
motivación, busca una estructura que conjugue aquellos factores que son causas verosímiles del efecto
observado, organizada en esquemas.
Según Kelley existen dos tipos de esquemas causales básicos:
Esquemas de causas múltiples necesarias. En este tipo de atribuciones, puede ponerse en marcha un
procesamiento de la información que funcionaría según el «principio de aumento». La importancia de una
causa para explicar una acción aumenta si se conoce que existen otras causas que dificultarían que se
lleve a cabo esa conducta (matrícula de honor). Sólo se puede producir si hay dos o más causas
presentes.
Esquemas de causas múltiples suficientes. Puede operar un procesamiento cognitivo que funcionaría
según el «principio de descuento»: la importancia de una causa disminuye cuando hay otra y otras
factibles. Que alguien tenga un puesto de trabajo por sus capacidades o por enchufismo.
Todo esto son modelos ideales sobre cómo deberían realizarse los procesos de atribución si las personas
pensaran de un modo correcto. Pero, ¿coinciden las atribuciones que hacemos con lo postulado en las
teorías clásicas? Las personas hacen hincapié en estados mentales del actor.
Un enfoque de las explicaciones causales centrado en la concepción popular del comportamiento. La
teoría de los conceptos populares en atribución se basa en la estructura de los elementos que utilizan las
personas cuando tratan de dar sentido a la conducta. Según Malle, en la teoría original de Heider la
dualidad no es la de persona vs situación. Lo central es la distinción que las personas hacen entre
causalidad impersonal, acciones no intencionado (toser), a los sucesos físicos (terremoto) y la causalidad
personal, acciones intencionadas. Para Malle, ni Heider ni las teorías posteriores se han ocupado de las
razones que están detrás de la intención.
¿Qué se requiere para que un comportamiento se considere intencionado?
Debe basarse en el deseo del actor de obtener un resultado, en las creencias sobre cuál es la acción que
causará ese resultado, en la intención de realizar esa acción y la capacidad y consciencia necesarias para
llevarlo a cabo. Este modelo analiza las atribuciones causales del comportamiento intencionado,
excluyendo rasgos de personalidad.
La teoría de los conceptos populares subraya cuatro postulados sobre explicaciones causales:
1-Se utilizan tres explicaciones para los comportamientos intencionados: razones, historia de esas razones
y factores externos facilitadores de la conducta.
2-Las explicaciones basadas en razones citan las razones del actor para actuar intencionadamente. Los
deseos y creencias son razones de intencionalidad, se piensa que son estos componentes mentales los
que están detrás de la lógica que mueve a alguien a comportarse de determinada manera.
3-Las explicaciones que aluden a la historia de las razones citan qué base del pasado sustenta las
razones del actor, pero no son en sí mismas razones (Eva quiere estudiar Psicología porque estuvo en
terapia durante varios años y esa experiencia fue positiva).
4-Las explicaciones basadas en factores facilitadores no aclaran por qué el agente intenta actuar, sino si
es posible o no el éxito debido a la influencia de aspectos ajenas a la persona (No se ha presentado a los
exámenes porque se puso enferma).
La gente infiere que el comportamiento intencionado se debe a disposiciones personales (deseos o
creencias). En segundo lugar, considera que las inferencias sociales sobre disposiciones del actor se
complementan teniendo en cuenta las explicaciones basadas en el contexto (factores facilitadores).
Sesgos en el proceso de atribución.
Intervienen la teoría de las inferencias correspondientes y la teoría de la covariación. A veces, llegamos
rápidamente a conclusiones empleando poca información. Fiske, la racionalidad en el proceso de
atribución estaría guiada por la motivación social básica de comprensión (y en menor medida por la de
control).
Además, existen sesgos hacia determinados tipos de explicaciones causales que se pueden agrupar de
acuerdo con dos motivaciones sociales básicas, control y potenciación personal: la tendencia exagerada a
sobreestimar el papel de las disposiciones personales como causa de la conducta, en detrimento de las
causas situacionales (control) y serie de sesgos que contribuyen a que la persona mantenga una imagen
positiva de sí misma o manejar la impresión que causa en otros (potenciación personal).
Sesgo de correspondencia y error fundamental. El «error fundamental de atribución» es la tendencia a
enfatizar las explicaciones basadas en características disposicionales del actor, en comparación con las
del entorno. El adjetivo «fundamental» se empleó porque trataba de un sesgo universal. Sin embargo, es
más conveniente emplear el término de sesgo de correspondencia, al mencionar esa tendencia a explicar
la conducta basándose en las disposiciones del actor. Heider se fundamenta en un proceso cognitivo: la
persona y su comportamiento focalizan la atención del perceptor e ignoran el contexto en el que se lleva a
cabo la acción, teniendo a hacer atribuciones internas. Cuando se pide a los participantes que focalicen su
atención en la situación, se observan menos explicaciones internas y más explicaciones externas de
conducta. A esa primera fase automática, le seguiría un proceso cognitivo controlado en el que se
corregiría la primera atribución, y se tendría en cuenta la información sobre la situación del actor (no se
pensaría que esa persona es agresiva si se sabe que está defendiendo a una mujer agredida
previamente). Estos procesos se verían modulados tanto por diferencias individuales como culturales.
Existen diferencias culturales, y entre personas dentro de una misma cultura, que reflejan diferencias
ideológicas y de valores al atribuir una conducta a las características de la persona o a su ambiente. Las
culturas individualistas propician que se enfatice el papel del individuo como artífice de su conducta, las
culturas colectivistas prestan más atención a la situación. Otro problema es el sesgo vinculado a los
estereotipos el esencialismo: tendencia a considerar que el comportamiento refleja características innatas
de las personas y que, nunca se pueden cambiar. Si estas características se aplican a grupos a los que se
discrimina, se pensará que están unidas a esa pertenencia grupal, y, aunque cambie su situación, sus
características no.
Asimetría en las atribuciones del actor y observador. Esta asimetría entre heteroatribuciones y
autoatribuciones se ha explicado por:
Diferencias en el foco de atención. El observador presta atención a la conducta del actor, mientras que
para el actor el foco de atención está en la situación. Esta explicación, basada en procesos perceptivos, se
ha visto confirmada en estudios en que el actor realizaba menos atribuciones situacionales y lo contrario
pasaba con el observador al tomar la perspectiva del actor. El mero hecho de pedir a las personas que
traten de empatizar con el actor tiene como consecuencia que los observadores realicen atribuciones
características del actor.
Diferencias en el nivel de información. El actor tiene más información que el observador sobre los
sentimientos e intenciones que han guiado su conducta en esa situación concentra, y, conoce cómo se
comporta en diferentes situaciones. Por el contrario, el observador desconoce si esa conducta es
excepcional o habitual. Cuando el observador conozca más al actor, la asimetría actor-observador
desaparecería. Sin embargo, la familiaridad con el actor no fomenta el que se hagan atribuciones externas
a su conducta.
Diferencias en motivación. El actor evitaría las explicaciones causales internas para explicar su
conducta, debido a que pondrían reconocer que su conducta se ha visto condicionada y perdería la
sensación de actuar libre y razonadamente. Por otra parte, el actor puede tener interés en dar
explicaciones externas de su conducta para justificarlas.
Es más frecuente que se hagan atribuciones personales de comportamientos positivos que negativos (Si el
actor sabe que se caracteriza por un rasgo siendo creyente, lo atribuirá a su conducta, ir a misa). Un meta-
análisis de Malle sobre las diferencias actor-observador ha permitido comprobar que la desarmonía en
atribuciones entre unos y otros no está tan extendida. Solo se observan diferencias cuando en la
investigación se presenta al actor con características idiosincráticas, cuando se explican hechos
hipotéticos, cuando el actor y observador mantienen una relación estrecha o cuando se trata de resultados
negativos. Sin embargo, cuando los resultados son positivos, el efecto se invierte. Los autores dan más
explicaciones personales y menos situacionales que los observadores. Influye el deseo de mantener una
buena imagen.
Sesgos atributivos: universalidad y diversidad cultural. ¿Los errores atributivos se producen por igual
en cualquier parte del mundo? Los colectivistas recurren a factores situacionales a la hora de explicar las
conductas, mientras los individualistas tienden a sobredimensionar el papel de rasgos, actitudes y motivos
personales, dando poco peso a las situacionales. Estas diferencias entre ambas culturas en atribución
causal se han encontrado además en animales y movimientos objetos inanimados.
Los individualistas se centran en el objeto, y colectivistas son conscientes del contexto y ven el
comportamiento como una interacción entre objeto y ambiente. ¿El que los colectivistas sean más
propensos a hacer atribuciones situacionales les hace inmunes al error fundamental y al efecto actor-
observador? ¿Se trata de sesgos característicos sólo de individualistas, por ser menos conscientes de los
factores contextuales? Algunas investigaciones han explicado que las culturas colectivistas son tan
proclives al error fundamental y efecto actor-observador como individualistas. Existe una tendencia
universal a atribuir las conductas a rasgos y se incurre en el sesgo de correspondencia o error
fundamental. Ahora bien, los colectivistas son más sensibles a ellas y tienden a corregir los sesgos,
mientras, los individualistas no les afecta. Wilson y Akert: las personas de culturas occidentales se parecen
a los psicólogos de la personalidad, mientras que las de culturas orientales son más parecidos a
psicólogos sociales.
Sesgos favorables al yo. Hacer atribuciones sobre la conducta que favorezcan la visión que la persona
pueda tener de sí misma es un mecanismo que ayuda a mantener la autoestima. No es extraño que exista
una tendencia a dar explicaciones causales de nuestros éxitos basándonos en rasgos personales
(atribuciones autoensalzadoras) y que atribuyamos nuestros fracasos a causas externas (atribuciones
autoprotectoras). Estas tendencias autofavorecedoras en las atribuciones se han explicado por factores
cognitivos y motivacionales. El procesamiento de la información (factor cognitivo) es diferente cuando el
resultado de una conducta lleva al éxito o al fracaso. Ante el éxito establecemos una línea de causalidad
entre objetivos, esfuerzo y logros obtenidos, el fracaso es ajeno a nuestra voluntad. Existen tres tipos de
motivaciones:
- proteger o aumentar la autoestima,
- mantener la impresión de que se controla la situación y
- causar una buena impresión ante los demás, cuando públicamente se comenta el porqué de los logros y
fracasos. Otro sesgo de atribución es hacer responsables a las víctimas de un suceso de lo que les ha
ocurrido, sobre todo si las consecuencias son graves. El sesgo atribución defensiva, permite al observador
reducir la amenaza que supondría la misma desgracia. Las atribuciones defensivas están moderadas por
lo similar que considere el observador a la víctima.
Efecto del falso consenso. Las personas creen que sus opiniones son las que asume la mayoría, los
demás se comportarían del mismo modo. La gente acostumbra a rodearse de otros que son similares más
que de personas diferentes y hace que tenga una visión sesgada de actitudes y conductas de los demás.
Otra explicación son los procesos motivacionales de mantenimiento de autoestima, ya que exagerar el
consenso nos sirve para creer que nuestras opiniones y comportamientos son los adecuados. Una tercera
posibilidad es que fijamos más la atención en las opiniones y acciones que coinciden con las nuestras.
¿Siempre sobreestimamos el número de personas que actúan como nosotros? Cuando nos comparamos
con personas concretas la evaluación que hacemos de nuestras cualidades se vuelve más realista y
menos sesgada.
Consecuencias de las atribuciones.
Las explicaciones que damos sobre nuestra conducta (autoatribuciones) y sobre la conducta de los demás
(Heteroatribuciones) tienen consecuencias en posteriores conductas. Pueden estar motivadas por la
necesidad de conocer, controlar y predecir lo que sucede en nuestro entorno. También para proteger la
autoestima o dar una determinada imagen a los demás. Influyen nuestras motivaciones, pero también las
atribuciones influyen en nuestras motivaciones futuras (teoría atributiva de Weiner). Pueden servir para
culpar o excusar a alguien de su comportamiento lo que afecta a nuestra relación con el actor. Pasa igual
con conflictos grupales y macrosociales.
Atribuciones, emoción y motivación. La teoría atributiva de Weiner.
Este enfoque aplica las teorías en autoatribuciones sobre los logros que se han conseguido y los que no.
Dicha teoría gira en torno al papel que juegan las autoatribuciones en la motivación. Los resultados de
acciones generan una anticipación de los resultados que se pueden conseguir y crean unas determinadas
expectativas de éxito o fracaso en el futuro, lo que va a influir en la motivación para realizar o no una serie
de conductas. Las atribuciones sobre las causas de un éxito o un fracaso se ciñen a tres dimensiones:
Locus de causalidad. ¿El resultado se debe a la persona (causa interna) o a la situación (causa
externa)? autoestima.
Estabilidad. ¿Esa causa (interna o externa) es estable y duradera o inestable y temporal? esperanza o
desaliento.
Controlabilidad. ¿Conseguir ese logro en el futuro está bajo el control del actor o persona, o no? orgullo o
culpa, ira o agradecimiento.
El «estilo de atribución depresivo» se caracteriza por explicar los fracasos por causas internas. La
dimensión de globalidad (versus especificidad) se refiere a que ese efecto se extiende a todo tipo de
acontecimientos similares.
Hay que señalar que el tener «ilusiones positivas» sobre las causas de nuestro comportamiento, el estilo
de atribución negativos suele ser más realista. El modelo atributivo sobre motivación y emoción de Weiner
ha inspirado la teoría de la ambigüedad atributiva para comprender el papel de las atribuciones en las
emociones que experimentan las personas que pertenecen a grupos discriminados. Si alguien que
pertenece a un grupo es rechazado para un empleo, puede dudar de si ese resultado se debe a los
prejuicios de su grupo que supone hacer una atribución externa (no afecta la autoestima), o si ha sido por
su falta de habilidad o capacidad, implica atribución interna. ¿Cómo resuelven esas personas la
ambigüedad de si ese resultado negativo se debe a factores internos o al prejuicio? Los miembros de
grupos que son discriminados son sensibles a los indicios de discriminación y achaquen sus resultados
negativos a esa discriminación, cuando son evaluados por personas que no pertenecen a su grupo. En
sucesivas investigaciones se ha dado que el resultado negativo se atribuye más a la discriminación que a
la propia falta de capacidad si la persona se identifica son su grupo. Por otra parte, si la persona piensa
que ha sido discriminada, su respuesta es de enfado e ira.
Atribuciones y relaciones sociales.
Los sesgos autoprotectores influyen en las relaciones que mantenemos con otras personas. Cuando
trabajamos en grupo, tendemos a creer que el éxito es atribuible a nuestra participación, mientras que, tras
un fracaso, achaquemos la culpa a otros miembros del equipo. El desacuerdo sobre la responsabilidad de
los logros en un grupo origina conflictos. Ross y Sicoly analizaron este sesgo egocéntrico, comprobando
que las personas se atribuían más responsabilidad cuando los resultados eran bien evaluados,
diluyéndose el efecto cuando eran negativamente valorados. En las relaciones intergrupales se observa un
sesgo que se ha denominado «error último de atribución». Consiste en atribuir los éxitos del propio grupo a
causas internas, mientras que los fracasos se explican por causas externas. En claro contraste, las
atribuciones de los éxitos de los grupos con los que se compite aluden a circunstancias externas y sus
fracasos se achacan a causas internas, (incompetencia).