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Editado por Harlequin Ibérica.


Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.


Pack Bianca, n.º 159 - marzo 2019

I.S.B.N.: 978-84-1307-721-5
Índice
Portada

Créditos

En brazos del duque


Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…

El sultán y la plebeya
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Rendida al destino
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Epílogo
Si te ha gustado este libro…

Amor enmascarado
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1

Eleanor Andrews estaba segura de que podría manejar a Hugo Grovesmoor,


aunque nadie hubiera conseguido manejarlo jamás. Según decía la prensa a
diario, el décimo segundo Duque de Grovesmoor no solo era conocido por
ser un hombre terrible, en todos los aspectos, sino que era imposible.
Demasiado rico. Demasiado engreído. Y peor aún, tan tremendamente
atractivo que parecía haber nacido ya mimado y que hubiera empeorado
desde entonces.
Y Eleanor estaba poniéndose directamente en sus garras.
–No seas tan dramática –le había dicho Vivi, su hermana pequeña, después
de que Eleanor expresara una pizca de preocupación sobre su nuevo papel de
institutriz de la pobre criatura de siete años que estaba bajo el cuidado de
Hugo.
Aunque, de vez en cuando, Vivi era una persona complicada, Eleanor no
podía evitar quererla. Desesperadamente. Vivi era todo lo que le quedaba
después de que sus padres fallecieran en un trágico accidente de coche que
estuvo a punto de cobrarse también la vida de Vivi. Eleanor nunca olvidaría
que había estado a punto de perderla a ella también.
–No creo que esté siendo dramática –contestó Eleanor.
Vivi estaba mirando a Eleanor a través del espejo del llamado
«dormitorio» del pequeño apartamento de una habitación que compartían en
el barrio menos acomodado de Londres. Vivi se estaba poniendo la tercera
capa de rímel para resaltar aquellos ojos que uno de sus novios había descrito
como cálidos y brillantes como el oro. Eleanor se lo había oído gritar, estando
borracho, bajo la ventana de la casa de los primos con los que se habían ido a
vivir después del accidente en el que fallecieron sus padres.
Vivi guardó el rímel y la miró:
–De hecho, no vas a ver a Hugo. Vas a ser la institutriz de la criatura que
tiene a cargo y al que, seamos sinceras, no creo que le tenga mucho cariño
teniendo en cuenta lo enrevesada que es la historia. ¿Por qué os iba a dedicar
a cualquiera de vosotros parte de su día?
Gesticulando con la mano resumió los detalles escabrosos que todo el
mundo conocía acerca de Hugo Grovesmoor, gracias a la fascinación que la
prensa amarilla siempre había mostrado por él.
Eleanor conocía muy bien los detalles. Su inconstante y dramática relación
con Isobel Vanderhaven, de la que todo el mundo pensaba que Hugo
estropearía con su fama de malvado y que ni siquiera la bondad innata de
Isobel podría curar. La manera en que Isobel lo había abandonado al quedarse
embarazada de Torquil, el mejor amigo de Hugo, ya que como todo el mundo
decía, el amor había triunfado sobre la maldad e Isobel merecía algo mejor. Y
el hecho de que, tras la boda, Isobel y el mejor amigo de Hugo tuvieran un
accidente de barco y Hugo terminara siendo nombrado el tutor legal del
pequeño, cuya existencia había estropeado su oportunidad de mantener una
relación con Isobel.
Entre tanto, los ciudadanos aplaudían y lloraban, como si conocieran a
todas aquellas personas personalmente y su respectivo sufrimiento.
–Un hombre tan rico como Hugo tiene tantas propiedades que no tiene
tiempo de visitar ni la mitad de ellas en el plazo de un año. O en cinco años –
dijo Vivi con indiferencia, y Eleanor recordó que Vivi era la que había
pasado tiempo con gente del estilo de Hugo Grovesmoor.
Había sido ella la que había asistido a colegios de gente bien y, aunque no
había destacado académicamente, había tenido una gran vida social en
Londres. Todo ello estaba al servicio del matrimonio triunfal que ambas
sabían que Vivi tendría algún día.
Vivi era diecinueve meses más joven que Eleanor y la guapa de las
hermanas. Tenía un cuerpo, una mirada y una boca que dejaba a los hombres
boquiabiertos cuando la miraban. Literalmente. Su melena rizada y
alborotada hacía que pareciera que acabara de salir de la cama de alguien. Su
pícara sonrisa insinuaba que estaba dispuesta a correr cualquier aventura y
sugería que, si un hombre hacía bien su jugada, podría acostarse con ella.
¡Y pensar que, después del accidente, los médicos habían dudado de que
pudiera volver a caminar!
Vivi se había demostrado a sí misma que era como una tentación para
ciertos hombres. Normalmente para aquellos con muchas propiedades y
mucho dinero, aunque, hasta el momento, no había conseguido escapar de la
etiqueta de «posible amante».
Por otro lado, Eleanor había ido a muy pocas fiestas, puesto que trabajaba
y, a veces, cuando la situación era difícil, tenía más de un empleo. Mientras
que Vivi era la guapa, Eleanor era la sensata Y aunque en ocasiones había
deseado ser tan guapa y encantadora como su hermana, a los veintisiete años
había encontrado su lugar en la vida y se sentía tranquila. Habían perdido a
sus padres y Eleanor no podía recuperarlos. Tampoco podía cambiar los años
que Vivi había pasado entre los quirófanos de los hospitales, pero sí podía
ejercer parte del papel de una madre con Vivi. Intentar tener buenos trabajos
y pagar los gastos de sus vidas.
Bueno, los gastos de Vivi, ya que Eleanor no necesitaba ponerse esa ropa
tan cara que Vivi utilizaba para mezclarse con sus amistades de clase alta.
Vestir bien costaba mucho dinero. Y Eleanor siempre había conseguido
ganarlo de una manera u otra.
El último empleo que había conseguido, trabajando como institutriz para el
hombre más odiado de Inglaterra, era el más lucrativo de todos. Por ese
motivo, Eleanor había dejado su puesto de recepcionista en una importante
empresa de arquitectura. Puesto que se rodeaba de gente de clase alta, Vivi se
había enterado de que el duque necesitaba una institutriz y de lo que pensaba
pagar a la persona que ocupara el puesto era mucho más de lo que Eleanor
había cobrado nunca.
–Se rumorea que el duque ha rechazado a todas las institutrices que ha
entrevistado. Al parecer, el mayor motivo para ello ha sido el riesgo de que se
convirtieran en una distracción para él y… –le había comentado Vivi,
encogiéndose de hombros–. ¡A lo mejor tú eres perfecta para el puesto!
La agencia que le había hecho la entrevista la había aceptado, así que
Eleanor estaba preparando la maleta para su viaje hasta los páramos de
Yorkshire.
–El cargo de institutriz está entre los puestos bajos de los empleados del
hogar, Eleanor –le decía Vivi–. Es muy difícil que te encuentres con Hugo
Grovesmoor allí.
A Eleanor, eso le parecía bien. Era inmune al poder de la fama y a la
sensación de prepotencia que iba asociada con ella. Al menos, eso era lo que
se repetía a la mañana siguiente durante el trayecto en tren hasta Yorkshire.
No había ido al norte de Inglaterra desde que era una niña y sus padres
todavía vivían. Eleanor recordaba vagamente pasear junto a las murallas que
rodeaban la ciudad de York, sin ser consciente de lo pronto que cambiaría
todo.
«No tiene sentido ponerse sentimental», se regañó mientras esperaba al
tren de cercanías que la llevaría a las afueras, expuesta al frío del mes de
octubre en la estación de York. La vida continuaba avanzando con
despreocupación.
Sin importar todo aquello que las personas perdían durante el camino.
Eleanor esperaba que alguien la recogiera al llegar a la pequeña estación de
tren de Grovesmoor Village, sin embargo, la plataforma estaba vacía. No
había nadie más aparte de ella, el viento de octubre y los restos de la niebla
matinal. No era un comienzo muy alentador.
Eleanor miró la maleta que se había preparado para pasar las seis primeras
semanas en Groves House, después miró el mapa en su teléfono móvil y
descubrió que tenía unos veinte o treinta minutos caminando hasta la única
casa señorial de la zona: Groves House.
–Será mejor que empiece a caminar –murmuró.
Se colgó la mochila de mano al hombro, agarró el asa de la maleta con
ruedas y comenzó a andar. Cinco minutos después, se percató de que
avanzaba en dirección contraria y que se había equivocado.
Una vez en la dirección correcta, Eleanor avanzó por la carretera solitaria
que se adentraba cada vez más entre la niebla, concentrándose únicamente en
su respiración. Después de vivir rodeada de la actividad de una ciudad como
Londres, había olvidado lo que era la tranquilidad del campo, sobre todo en
una zona rodeada de colinas.
Encontró el desvío hacia Groves House entre dos mojones de piedra y se
metió por el camino. El recorrido era sinuoso y, cuando por fin vio la casa,
Eleanor había perdido la noción de la distancia que había recorrido.
Nada podría haberla preparado.
La casa se encontraba en un alto y era una muestra de prepotencia. Sin
embargo, ninguna de las fotos que ella había visto le había hecho justicia.
Había algo en ella que provocó que a Eleanor se le formara un nudo en la
garganta. Por algún motivo, la manera en que las luces del interior
contrastaban con la del atardecer hizo que ella no pudiera mirar hacia otro
lado.
No era una casa acogedora. De hecho, no era una casa. Era demasiado
grande y claramente intimidante, sin embargo, a Eleanor solo se le ocurría
una palabra para describirla: perfecta.
Algo resonó en su interior, y cuando comenzó a caminar de nuevo se dio
cuenta de que respiraba con agitación.
Fue entonces cuando oyó el ruido de unos cascos acercándose a ella.
Como el destino.

Su excelencia el Duque de Grovesmoor, Hugo para los pocos amigos que


le quedaban y para la prensa, tenía pocas cosas claras esos días. La bebida
había provocado que le doliera la cabeza. Los deportes extremos habían
perdido su atractivo puesto que sabía que, tras numerosos siglos, su muerte
significaría el fin de la línea de sucesión de la familia Grovesmoor y dejaría
el ducado en manos de unos primos lejanos que salivaban pensando en las
propiedades y en la renta que les proporcionaría.
Incluso el sexo indiscriminado había perdido su encanto después de que
cada una de sus «indiscreciones» se publicara en prensa. O bien se hartaba
hasta la saciedad para esconderse de sus peores remordimientos, o era tan
frívolo que no era capaz de tener más de uno o dos encuentros sexuales.
Siempre eran las mismas historias e igual de aburridas.
Odiaba admitirlo, pero era posible que la prensa amarilla hubiera ganado.
El caballo que montaba ese día, el orgullo de sus establos según le habían
comentado, sentía tan poca conexión con él que había empezado a cabalgar
por el campo tan deprisa como si ambos hubieran escapado de una sangrienta
novela del siglo XVIII.
A Hugo solo le faltaba la capa.
Daba igual la distancia que cabalgara, no podía escapar de sí mismo. Ni de
su cabeza y sus remordimientos.
Era evidente que el caballo lo percibía. Llevaban semanas jugando a un
juego de dominación, recorriendo toda la finca al galope.
Al ver una figura caminando entre las sombras hacia Groves House, lo
único que pudo pensar fue que era algo diferente en medio de una tarde
otoñal.
Hugo estaba desesperado por cualquier cosa que fuera diferente.
Un pasado diferente. Una reputación diferente… porque ¿quién podía
haber anticipado a dónde lo llevaría el hecho de menospreciar todas las
noticias que la prensa amarilla había publicado sobre él?
Deseaba ser una persona diferente, pero eso nunca había sido posible.
Hugo era el decimosegundo Duque de Grovesmoor le gustara o no, y el
título era lo más importante sobre su persona, lo único importante que su
padre había tratado de inculcarle. A menos que arruinara sus fincas y se
deshiciera del título al mismo tiempo, o muriera mientras realizaba alguna
actividad irresponsable, Hugo siempre sería otro apunte más en la
interminable lista de duques que portaban el mismo título y una gota de la
misma sangre. Su padre siempre había dicho que esa noción le había
proporcionado tranquilidad. Paz.
Hugo no estaba familiarizado con ninguna de esas sensaciones.
–Si eres un cazador furtivo, lo estás haciendo muy mal –dijo Hugo cuando
se acercó al extraño que se había metido en su propiedad–. Al menos deberías
intentar escapar en lugar de seguir caminando.
Avanzó con el caballo y se colocó delante del extraño. Entonces, se dio
cuenta de que era una mujer.
Y no cualquier mujer.
Hugo era famoso por sus mujeres. Por la maldita Isobel, por supuesto, pero
por todas las demás también. Antes y después de Isobel. Aunque todas habían
tenido las mismas cosas en común: todo el mundo las consideraba bellas y
ella siempre quería fotografiarse a su lado. Eso significaba pechos falsos,
dientes blanqueados, extensiones en el cabello, uñas impecables, pestañas
postizas y todo lo demás. Habían pasado muchos años desde la última vez
que había visto una mujer de verdad, a menos que fuera una mujer que
trabajara para él. Por ejemplo, la señora Redding, su malhumorada ama de
llaves, a la que mantenía porque siempre se disgustaba tanto como se había
disgustado su padre cuando él aparecía en los periódicos. Y a Hugo le parecía
una sensación agradable.
La mujer que lo observaba en aquellos momentos no era nada bella.
O si lo era, había hecho todo lo posible para disimularlo. Llevaba el
cabello recogido en un moño que, solo con mirarlo, provocaba que Hugo le
doliera la cabeza. Vestía una chaqueta amplia que le cubría desde la barbilla
hasta la pantorrilla y que la hacía parecer el doble de grande de lo que era.
Además, llevaba una mochila grande en el hombro y arrastraba una maleta
con ruedas. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío y una nariz delicada que
habrían envidiado muchos de sus antepasados, teniendo en cuenta que habían
sido maldecidos con lo que se conocía como la narizota de los Grovesmoor.
No obstante, lo que más llamó la atención de Hugo fue la expresión de su
rostro. Sin duda, tenía el ceño fruncido.
Y eso era imposible porque él era Hugo Grovesmoor y las mujeres que
solían entrar en su propiedad sin invitación, consideraban tan atractiva la idea
de conocerlo que no dejaban de sonreír. Nunca.
Aquella mujer parecía que se iba a partir en dos si intentaba poner la más
mínima sonrisa.
–No soy una furtiva, soy una institutriz –dijo con frialdad–. Nadie me ha
recogido en la estación, de lo contrario, le aseguro que no estaría caminando
y menos todo este trayecto. Cuesta arriba.
Hugo se percató de que estaba molesta. Nadie se mostraba molesto con él.
Quizá lo odiaban y lo llamaban Satán u otras cosas horribles, pero nunca se
mostraban molestos.
–Teniendo en cuenta que se ha ocultado en mi propiedad, creo que debería
haberme presentado –dijo él, mientras el caballo se movía con nerviosismo
de un lado a otro. La mujer no parecía ser consciente del peligro que corría. O
no le importaba.
–Caminar hacia la entrada principal no es ocultarse –contestó ella.
–Soy Hugo Grovesmoor –dijo él–. No hace falta que haga una reverencia.
Después de todo, se me conoce por ser un terrible malvado.
–No tenía intención de hacer una reverencia.
–Por supuesto, prefiero considerarme un antihéroe. Seguro que eso merece
una reverencia. ¿O al menos cierto reconocimiento?
–Me llamo Eleanor Andrews y soy la institutriz contratada más
recientemente, según dicen, de una larga lista –comentó la mujer–. Tengo
intención de ser la definitiva y, si no me equivoco, la manera de conseguir
que eso suceda es manteniendo la distancia.
–Su Excelencia –murmuró él.
–¿Disculpe?
–Debería llamarme Su Excelencia, especialmente cuando cree que me está
reprendiendo. Eso añade ese pequeño toque irreverente que me encanta.
Eleanor no se mostró afectada por el hecho de haberse dirigido de manera
inapropiada a su nuevo jefe.
–Le pido disculpas, Su Excelencia –dijo ella, como si no estuviera nada
intimidada por él–. Esperaba que alguien me trajera desde la estación. No
tener que darme un paseo helador por el campo.
–Dicen que el ejercicio mejora la mente y el cuerpo –contestó él–. Yo
tengo un metabolismo alto y una gran inteligencia, así que, no he tenido que
ponerlo a prueba, pero no todos tienen tanta suerte.
Había suficiente luz como para que Hugo se percatara de que Eleanor lo
miraba con furia y de que sus ojos eran de color miel.
–¿Sugiere que no soy tan afortunada como usted? –preguntó ella
conteniendo su furia, tal y como él esperaba.
–Depende de si cree que la vida de un duque consentido es una cuestión de
suerte y de las circunstancias, en lugar del destino.
–¿Y usted qué cree?
Hugo estuvo a punto de sonreír. No sabía por qué. Tenía algo que ver con
el brillo de su mirada.
–Le agradezco que piense en mi bienestar –añadió ella–, Su Excelencia.
–No era consciente de que la última institutriz se hubiera marchado,
aunque he de decir que no me sorprende. Era una mujer delicada. Se decía
que no paraba de llorar en el ala este. Soy alérgico a las lágrimas de mujer.
He desarrollado un sexto sentido. Cuando una mujer llora cerca de mí, huyo
al instante, y de forma automática, al otro lado del planeta.
Eleanor lo miró sin más.
–No soy una llorona.
Hugo esperó.
–Su Excelencia –añadió él, al ver que ella no tenía intención de decirlo–.
No insistiría en dicha formalidad de no ser porque parece que le molesta. De
veras, Eleanor, no pretenderá moldear la mente de una joven a su voluntad,
convirtiéndola en carne de terapia, si ni siquiera puede recordar la necesidad
de emplear una manera cortés de dirigirse a mí. Es como si nunca hubiera
conocido a un duque.
Ella pestañeó.
–Nunca había conocido a uno.
–Yo no soy un buen representante. Soy demasiado escandaloso. Quizá lo
haya oído alguna vez –se rio, al ver que ella trataba de mantenerse
inexpresiva–. Veo que sí lo ha oído. Sin duda es una ávida lectora de prensa
amarilla y de sus artículos sobre mis múltiples pecados. Solo espero que en
persona resulte la mitad de llamativo.
–Soy la señorita Andrews.
–¿Disculpe?
–Preferiría que me llamara señorita Andrews –inclinó ligeramente la
cabeza–, Excelencia.
Hugo sintió que algo se movía en su interior. Algo peligroso.
Imposible.
–Permita que le aclare algo desde un principio, señorita Andrews –
comentó él, mientras el caballo no paraba de moverse–. Soy igual de malo
como me pintan. O peor. Soy capaz de arruinar una vida con solo mover un
dedo. La suya. La de los niños. La de los peatones que caminan por la plaza
del pueblo. Tengo tantas víctimas que el hecho de que el país siga en pie es
cuestión de suerte. Soy mi propio enemigo. Si eso le supone algún problema,
la señorita Redding se encargará de buscar una sustituta. Solo necesita
decirlo.
–Ya le he dicho que no tengo intención de que me sustituyan. Y desde
luego, no por voluntad propia. Si quiere sustituirme o no, dependerá de usted.
–Quizá lo haga –arqueó una ceja–. Detesto a las cazadoras furtivas.
Ella lo miró como si él estuviera a su cargo, y no al revés. Odiaba el hecho
de que Isobel hubiera hecho lo que le había prometido que haría: mantener
sus garras sobre él incluso desde la tumba.
–Debe hacer lo que le plazca, Excelencia, y algo me dice que lo hará…
–Es mi don. La expresión de mi mejor yo.
–Sin embargo, le sugiero que vea cómo me ocupo de la niña antes de que
me envíe a hacer las maletas.
La niña. Su pupila.
Hugo odiaba tener que pensar en el bienestar de otra persona cuando él se
ocupaba tan poco de su propio bienestar.
–Es una excelente idea –murmuró–. Me ocuparé de que la esté esperando
en el recibidor principal cuando entre en la casa. No tardará mucho. Le
quedan unos cinco minutos a buen paso.
–Debe estar bromeando.
–Está bien. Diez minutos, puesto que supongo que tendrá las piernas más
cortas que yo. Es difícil saber, puesto que parece que lleva un abrigo de
plumas lo bastante grande como para dejar a toda la población de Reino
Unido muerto de frío. Suponiendo que sea eso lo que la hace parecer tan…
Hinchada.
–Su hospitalidad es realmente estimulante, Excelencia –dijo ella, al cabo
de un momento.
El hecho de que fuera capaz de mantener la calma, lo molestaba.
No le gustaba.
Igual que no le gustaba no ser capaz de recordar cuándo había sido la
última vez que alguien había conseguido inquietarlo de esa manera.
–Como siempre, esa es mi única meta –contestó.
Entonces, porque podía, y porque se había propuesto ser tan terrible como
se esperaba que fuera, Hugo dio la vuelta y se marchó galopando. Dejando
sola a la señorita Eleanor Andrews, buscando el camino hasta la casa.
Hasta su pupila.
Y hasta la vida que él nunca había deseado, pero había heredado. O que,
como dirían otros, se había ganado y merecía.
Después de todo, era el destino y no la suerte.
Hugo sabía que no importaba. De cualquier manera, estaba atrapado.
Capítulo 2

Quince minutos más tarde, Eleanor se detuvo frente a la puerta de la casa.


Entonces, se preguntó por qué había aceptado ir allí. ¿Realmente era
necesario que se aislara en aquella casa señorial?¿El dinero compensaba el
hecho de tener que retirarse en Yorkshire con un hombre con el que pensaba
que nunca se encontraría cara a cara, y al que no quería volver a ver?
¿Y por qué por una vez en la vida, Vivi no hacía algo por sí misma?
Esos pensamientos hacían que se sintiera mal. Era como si estuviera
traicionando a Vivi después de que ella hubiera estado a punto de morir en un
terrible accidente. Y hubiera luchado tanto por sobrevivir. Eleanor había sido
la única que había salido indemne.
A veces se sentía culpable por ello, como si fuera su propia cicatriz.
–Deja de sentir lástima por ti misma –se amonestó–. Ya has aceptado el
puesto.
Llamó a la imponente campana que estaba junto a la puerta. El sonido la
trasladó a la época medieval, como si esperara que apareciera un príncipe
azul.
Se estaba dejando llevar por su imaginación. Era eso lo que aquel hombre
le había provocado con su sonrisa y su boca, cuando no era más que el mismo
personaje sobre el que había leído durante años en los periódicos. O peor.
El hecho de que fuera mucho más atractivo que en las fotografías, tampoco
ayudaba. Además, no parecía tan necio como ella había imaginado y se había
mostrado bastante irónico.
No obstante, cuando se abrió la puerta, Eleanor no se encontró con un
duque desagradable, sino a una niña pequeña de ojos azules y mirada
suspicaz.
Una niña con el cabello pelirrojo y pecas en la nariz. Una niña que provocó
que a Eleanor se le entrecortara la respiración, porque era imposible mirarla y
no acordarse de su difunta madre, la famosa Isobel Vanderhaven. Isobel,
aquella mujer de amplia sonrisa que parecía la mejor amiga de todo el
mundo.
–No necesito una institutriz –anunció la pequeña en un tono retador.
–Por supuesto que no –convino Eleanor, y la niña pestañeó–. ¿Quién
necesita una institutriz? Sin embargo, eres afortunada por tener una.
La niña la miró un instante, mientras el viento de octubre transportaba el
olor a lluvia e invierno
–Soy Geraldine –frunció los labios–. Aunque seguro que ya lo sabes.
Siempre lo saben.
–Por supuesto que sé cómo te llamas –dijo Eleanor–. No podría aceptar un
trabajo si no supiera el nombre de la persona que voy a tener a mi cargo, ¿no
crees?
Eleanor sabía que, si no hacía algo al respecto, aquella niña permanecería
en la puerta sin moverse. Entonces, empujó la puerta con la mano que tenía
libre y entró en la casa mientras Geraldine la miraba con una mezcla de
sorpresa e interés.
–Normalmente se quedan en la entrada, escribiendo mensajes y
lamentándose.
–¿Quiénes se quedan ahí? –Eleanor cerró la puerta y se volvió para mirar
el recibidor. Se alegró de que la niña no le estuviera prestando mucha
atención, porque estaba dentro de un verdadero castillo.
O casi. Groves House tenía un aspecto lúgubre desde fuera, pero su interior
resplandecía. Eleanor no estaba muy segura de cuál era el motivo. ¿Las
paredes serían de oro? ¿O era la manera en que las lámparas iluminaban los
muebles y los cuadros?
–Todo el mundo conoce mi nombre –dijo Geraldine–. A veces me llaman a
gritos en el pueblo. Eres la décimo quinta institutriz que he tenido hasta el
momento, ¿lo sabías?
–No.
–La señora Redding dice que soy desobediente.
–¿Y tú qué crees? –preguntó Eleanor–, ¿Lo eres?
Geraldine se quedó un poco sorprendida por la pregunta.
–Puede.
–Entonces, puedes dejar de serlo, si quieres –Eleanor miró a la niña y no
vio nada de desobediencia en ella. Lo que veía era una niña que se sentía sola
tras la pérdida de sus padres y a la que habían mandado a vivir con un
extraño. Ella se sentía identificada. Inclinó el rostro para acercarse a ella y le
susurró lo que nadie le había dicho a ella cuando se quedó huérfana y
preocupada por si Vivi sobreviviría a la siguiente operación.
–Da igual si te portas bien o mal. Desde ahora mismo sé que seremos
buenas amigas para siempre. Después de todo, cuando las cosas se
complican, una amiga no cambia de opinión sobre otra amiga.
Geraldine pestañeó. Nada más. Era suficiente. Eleanor comenzó a
desabrocharse el abrigo.
–No es más desobediente que cualquier otro ser humano de la misma edad
–se oyó una voz masculina desde el otro lado del pasillo–. Tiene siete años.
No encasillemos a la niña tan deprisa ¿de acuerdo?
Eleanor deseó no haber reconocido aquella voz. Tardó un instante en
reconocer a Hugo entre el brillo del recibidor, pero allí estaba, mirándola
desde la puerta de una de las habitaciones que daban al recibidor, como si no
tuviera ni una sola preocupación en el mundo.
Porque, por supuesto, no la tenía.
«No se parece en nada a un duque», pensó Eleanor. Se acercó a ella
vestido con unos pantalones vaqueros desgastados y las manos en los
bolsillos. Llevaba una camiseta rasgada por aquí y por allá, como esas que
Eleanor había visto en las tiendas que le gustaban a Vivi. Era el tipo de
prenda que en otro hombre habría parecido un trapo viejo, pero Hugo no
había mentido al hablar de su metabolismo. O al menos, así era como Eleanor
quería ver al hombre atractivo que se acercaba a ella: en términos de su
metabolismo.
El cuerpo de Hugo Grovesmoor era perfecto, como si fuera una de las
estatuas de su recibidor. Tenía un torso ancho y una cintura estrecha. Los ojos
de color ámbar, y el cabello oscuro y alborotado como si hubiese estado
galopando en una alcoba en lugar de a caballo. Y esa manera de fruncir la
boca que tenía, podía provocar un desastre.
Eleanor notaba que todo su cuerpo había reaccionado, incluso aquellos
lugares que hacía tiempo había olvidado.
–La niña ya está encasillada –contestó ella sin pensar y mirando de nuevo a
su alrededor–. Se lo garantizo.
Hugo se acercó a ella y se detuvo a poca distancia. Y allí permanecieron
los tres, de pie frente a la gran puerta de entrada.
Era mucho peor tenerlo tan cerca. Eleanor empezó a ponerse nerviosa. Lo
miró y notó que una ola de calor la invadía por dentro. Entonces, trató de
convencerse de que era porque todavía llevaba el abrigo puesto. Se había
sonrojado por culpa del abrigo tan cálido que llevaba. No tenía nada que ver
con Hugo.
Él sonrió como si hubiese sido capaz de leerle la mente.
Entonces, miró a Geraldine.
–¿Y bien?
La niña se encogió de hombros.
–No tiene sentido que esta mujer se instale como las demás, si después vas
a empezar a quejarte.
Eleanor pensó que el tono de voz de Hugo era diferente. No exactamente
más dulce, pero sí más cuidadoso.
Estaba tan ocupada tratando de averiguar por qué le parecía diferente que
apenas comprendió sus palabras.
–Disculpe. ¿Está hablando de mi empleo?
Hugo la miró y ella sintió el calor de su mirada en muchas zonas del
cuerpo. Mucho más intensa.
–Estamos hablando de eso –arqueó una ceja–. Aparentemente, usted solo
ha estado escuchando a escondidas.
Eleanor apretó los dientes.
–Habría escuchado a escondidas si estuviera oculta tras las flores, o
tratando de pasar desapercibida entre la recargada decoración –forzó una
sonrisa–. No estoy escuchando a escondidas, pero usted está comportándose
de forma inapropiada.
–No es de buena educación acusar así a una personita inocente, ¿no cree? –
preguntó Hugo, y Eleanor tuvo la sensación de que estaba bromeando.
Aunque, ¿por qué iba a bromear el Duque de Grovesmoor con alguien tan
insignificante como ella, una institutriz que parecía que ya no quería
contratar? Eleanor trató de no pensar en ello y concentrarse en la parte de
aquella situación que podía controlar.
–Creo que los tres sabemos muy bien con quién estoy hablando –Eleanor
miró a Geraldine y sonrió con sinceridad–. No me sentiré dolida si quieres
que me vaya, Geraldine. Y no me importará si me lo dices en persona, pero el
duque está poniéndote en una situación incómoda, y eso no es justo.
–La vida no es justa –murmuró Hugo.
Eleanor lo ignoró, deseando que le resultara más fácil hacerlo.
–Está muy bien no saber lo que quieres –le dijo a la niña–. Nos hemos
conocido hace cinco minutos. Si necesitas más tiempo para tomar una
decisión, está bien.
–Habla con tanta autoridad que parece que estemos en su casa y no en la
mía –dijo Hugo.
Después, miró a su alrededor como si nunca se hubiera fijado en el
recibidor, a pesar de que Eleanor sabía que él había nacido en aquella casa.
Al parecer, al duque le gustaba hacer un poco de teatro.
–Pero no –continuó él, como si alguien se lo hubiera discutido–, es el
mismo recibidor que recuerdo desde mi infancia, cuando una institutriz
mucho más estricta que usted fracasó a la hora de convertirme en un hombre
decente. Los retratos de mis antepasados en las paredes. Grovesmoors en
todas las direcciones. Eso sugiere que el que tiene autoridad aquí soy yo, y no
usted, ¿no cree?
–Es curioso –dijo Eleanor, mirándolo como si no la hubiera intimidado–, la
agencia tiene la sensación de que, en este caso, Geraldine es quien tiene la
autoridad.
–¿Usted cree? –preguntó Hugo y la miró fijamente.
–Me gusta –intervino Geraldine–. Quiero que se quede.
El duque no apartó la mirada de Eleanor.
–Sus deseos son órdenes para mí, mi querida pupila –dijo él, con el mismo
tono cuidadoso de antes.
Eleanor sintió que algo se removía en su interior. Era como si hubiera
bebido demasiado. Sentía mucho calor. Tenía la sensación de que una mano
invisible los sujetaba en el sitio, muy cerca uno del otro.
«Solo es el abrigo» pensó con desesperación, pero él estaba muy cerca. Era
muy alto y se inclinaba hacia ella de la misma manera que se había inclinado
desde el caballo. Solo era un hombre. No un animal peligroso.
Él se movió una pizca, sacó una mano del bolsillo y la levantó. Al
momento, el recibidor se llenó de gente.
Geraldine se quedó al cuidado de dos niñeras. Alguien agarró las maletas
de Eleanor, otra persona se llevó su abrigo, y una mujer mayor con el cabello
recogido en un moño se acercó a ella con una tensa sonrisa.
–La señora Redding, supongo –comentó Eleanor cuando la mujer se
acercó.
–Señorita Andrews –la mujer la saludó sin emoción en la voz–.
Acompáñeme.
Mientras la seguía al interior de la casa, Eleanor se percató de que el duque
no estaba por ningún sitio. Había desaparecido, y ella se sintió aliviada.
–Le pido disculpas por el hecho de que nadie fuera a recogerla a la estación
–dijo el ama de llaves mientras avanzaban entre las habitaciones.
Eleanor se alegró de no tener que detenerse demasiado en ninguna de las
habitaciones porque se habría quedado maravillada durante días.
–Ha sido un despiste.
Por algún motivo, Eleanor lo dudaba. O dudaba de que aquella mujer se
despistara. Era su primer día y ya había hecho enfadar a su jefe, así que era
mejor que no investigara más.
–He dado un paseo muy agradable –dijo ella–. Ha sido una buena
oportunidad para conocer la zona. Y el clima.
–Tendrá que tener cuidado con el viento. Aparecen de la nada y soplan con
fuerza. Ya descubrirá que acaba poniendo nervioso a cualquiera.
Eleanor pensaba que la señora Redding hablaba de algo más aparte del
viento de Yorkshire.
–Me aseguraré de vestirme de manera apropiada para los elementos –dijo
Eleanor.
La señora la guio por el pasillo y se detuvo al final.
–Estas son sus habitaciones –dijo la señora Redding–. Espero que sea
suficiente. Me temo que es un poco menos espaciosa de lo que esperaban
algunas de las institutrices anteriores.
Eleanor quería decirle a aquella mujer que esperaba una habitación del
tamaño de un armario, o un camastro en el sótano. No obstante, no fue capaz
de pronunciar palabra. Una vez más, estaba abrumada.
La señora Redding había dicho «habitaciones», y no se había equivocado.
El apartamento que compartía con Vivi cabía en una parte de la primera
habitación. Y Eleanor tardó unos instantes en darse cuenta de que era su
salón. La señora Redding continuó hasta otra habitación. Eleanor se percató
de que era su vestidor.
El dormitorio estaba junto a un gran baño. En un lado había una gran cama
con dosel y postes de madera tallada. También había una chimenea y varios
lugares para sentarse, como si el salón no fuera suficiente.
Eleanor sonrió con calma y se dirigió a la señora Redding.
–Suficiente –murmuró, tratando de parecer moderna y profesional, y no
como una niña emocionada ante una tienda de caramelos.
Después de que la señora se marchara, dejándole instrucciones acerca de
dónde y cuándo tenía que dirigirse Eleanor para mostrarle sus tareas, ella se
encontró de pie en medio de aquella habitación. Se sentía fuera de lugar,
igual que se había sentido En el piso de abajo, donde la arrogancia del duque
la había hecho olvidarse de sí misma y pensar en la soledad de Geraldine.
No obstante, en aquella lujosa habitación, no tenía nada a lo que
enfrentarse. A nadie a quien defender. Solo un vacío alrededor.
Nada más que a sí misma.
Fuera quien fuera.
Capítulo 3

Hugo no sabía en qué se había metido.


No sabía qué tenía Eleanor Andrews para que lo hubiera afectado tanto. Lo
que era evidente era que Hugo Grovesmoor, que nunca había perseguido a
una mujer en su vida, había estado esperando a encontrarla.
Era extraordinaria.
Hugo anhelaba ver qué diablos se ocultaba bajo aquel enorme abrigo. No
descubrirlo podía quitarle el sueño por la noche. ¿Sería una criatura como
esos monstruos que salen en las películas? ¿O había ocultado su esbelta
silueta bajo una especie de armadura?
Al ver que ella no se desabrochaba el abrigo en el recibidor, él supo que lo
mejor sería que se retirara a su zona de la casa, y continuara viviendo su vida,
olvidándose de su pupila y de la institutriz que cuidaría de ella.
Así que no podía explicarse por qué estaba en el ala de la casa que le había
cedido a Geraldine, solo porque sabía que la señora Redding estaba
explicándole a Eleanor dónde y cómo debía hacer su trabajo. Los aposentos
de la institutriz estaban en dicha ala, una planta más arriba, junto a la
escalera.
–No esperaba encontrarlo, Excelencia –dijo la señora Redding cuando
salió del cuarto de juegos y se encontró a Hugo mirando los cuadros del
pasillo.
–No sé por qué no, señora Redding. Soy el propietario de la casa. Sin duda,
es esperable que aparezca tarde o temprano.
–¿En la zona infantil? No es habitual –dijo la mujer con tono acusador–. Y,
sin embargo, aquí está.
Hugo se volvió y sonrió un instante hacia la señora Redding antes de mirar
hacia Eleanor.
En ese mismo instante, comprendió que había cometido un gran error.
Eleanor no era tan voluminosa como sugería su abrigo. Ni tampoco tan
delgada como algunas de las institutrices anteriores, de mirada ávara y
ambiciosa.
Justo lo contrario. Tenía el cuerpo de una diosa. De una diosa de la
fertilidad. Eleanor tenía unos senos generosos, una cintura estrecha y anchas
caderas. Hugo deseaba acariciárselo. Llevaba una blusa tupida y unos
pantalones normales, pero parecía una modelo. Su cabello recogido la hacía
todavía más intrigante. Él deseaba acariciárselo, o sentir su melena sobre el
cuerpo desnudo.
Hugo sabía que tenía que parar. Inmediatamente.
Debía darse la vuelta y alejarse de ella, sobre todo al ver que ella fruncía el
ceño. Otras mujeres que habían ido a su casa habían sonreído, o le habían
puesto ojitos. Incluso se habían vestido de forma inapropiada mientras
paseaban bajo la lluvia para atraer su atención.
Eleanor Andrews, sin embargo, llevaba el abrigo más feo que él había
visto en su vida, como si no le importara resultar atractiva. No ocultaba que
sentía poca estima hacia Hugo y le dedicaba gestos de desaprobación a pesar
de estar en su propiedad, como si no le importara que fuera él el que iba a
pagarle su salario.
Era casi como si no quisiera nada de él.
Era algo tan sorprendente que Hugo estuvo a punto de fruncir el ceño al
pensarlo. Se detuvo justo a tiempo. Hugo Grovesmoor no fruncía el ceño. Eso
implicaría que él tenía pensamientos, y no podía ser. Se le consideraba un
malvado depredador que había sido enviado a la tierra para estropear todo lo
bueno.
Hacía mucho tiempo que había aprendido cuál era su lugar.
Sin embargo, respondió:
–Yo terminaré de mostrarle el lugar a la señorita Andrews.
Entonces, al ver que las dos mujeres lo miraban asombradas, se preguntó si
sus pensamientos impuros habrían quedado reflejados en su rostro. Una vez
más, esa era la ventaja de poseer la mitad de Inglaterra ¿no? Podía hacer todo
lo que se le antojara.
–¿No ha quedado claro? –preguntó después.
La señora Redding se excusó y se retiró, dejando a Hugo donde no debía
estar. A solas con Eleanor.
La última institutriz que había contratado para cuidar de su pupila, una
mujer que tenía un cuerpo que provocaba que él se sintiera como un
adolescente. Y que no pudiera pensar más que con la entrepierna.
–Es muy amable al dedicarle tiempo de su ocupada agenda a una de sus
empleadas de rango más bajo, Excelencia –dijo Eleanor–. Supongo que debe
tener gran número de asuntos pendientes que requieran de su atención.
–Docenas cada minuto –convino Hugo–. Sin embargo, aquí estoy,
dispuesto a esperarla y a acompañarla como un buen anfitrión.
Ella sonrió. Era una sonrisa heladora que no debería haberlo afectado de
esa manera, como un golpe de calor sobre una zona del cuerpo que ya estaba
demasiado dura.
–Yo no soy una invitada, Excelencia –dijo Eleanor, como si se hubiera
sentido ofendida.
–Estoy seguro de haber oído una crítica explícita acerca de mi hospitalidad,
¿no es así? Afuera, cuando me preguntaba si era un cazador furtivo que se
había colado en mi propiedad.
–Nunca me lo preguntó realmente.
–Sin embargo, me siento como si le hubiera hecho muchas preguntas y no
me contestara ninguna. Y muchas otras que me surgieron durante su
actuación en el recibidor.
Ella lo miró furiosa y frunciendo el ceño:
–¿Mi actuación?
Hugo arqueó las cejas y esperó.
–Excelencia –añadió ella.
–No sé cómo llamarlo si no «actuación» –entornó los ojos–. Quizá podría
explicarme por qué le dio falsas esperanzas a la niña. ¿Es su método?
–Geraldine es una niña encantadora. Aunque si soy sincera, da la sensación
de que se siente sola y un poco perdida. Espero ser capaz de ayudarla de
alguna manera. Por supuesto, suponiendo que me permita hacerlo.
–¿Cree que yo evitaría que hiciera el trabajo para el que la he contratado?
Tiene unas ideas curiosas, señorita Andrews. Y parece que bastante
imaginación. ¿Está segura de que es la mejor elección para una niña que
considera sola y perdida?
Eleanor se encogió de hombros.
–Al margen de si soy o no una buena elección, parece que soy la única
institutriz que hay.
–Algo que podría cambiar en un instante. A mi antojo.
Ella se encogió de hombros una vez más.
–No hay nada que yo pueda hacer para controlar sus antojos, Excelencia.
¿O sí? Será mejor hacer lo que sea y confiar en lo mejor.
–¿Lo mejor es algo como la escena de hoy? ¿Contarle a una niña
vulnerable que será su amiga para siempre, cuando ni siquiera se había
quitado el abrigo o deshecho las maletas? ¿Sin ni siquiera saber si le cae
bien? –negó con la cabeza–. La mayoría de las mujeres que han ocupado su
puesto, se interesaron más por mí que por la niña, señorita Andrews.
–Mayor motivo para que alguien le preste atención a la pobre niña –dijo
Eleanor–. Es evidente que está deseando tener compañía.
Eleanor lo miraba como si él fuera algo despreciable. Y él conocía esa
mirada. La había recibido muchas veces por parte de amigos, familiares o
extraños. No solía recibir miradas amistosas, y hacía mucho tiempo que se
había acostumbrado.
Por algún motivo, ver esa mirada en el rostro de aquella mujer lo afectó
demasiado.
–¿Por qué quiere este trabajo?
–¿Y por qué no iba a quererlo? –repuso ella con frialdad–. Otras catorce
mujeres lo han tenido anteriormente. Es evidente que es muy popular.
–Esa no es una respuesta. Y, aunque le sorprenda, sé distinguir la
diferencia entre lo que es una respuesta y lo que no –sonrió–. No solo soy un
hombre atractivo, señorita Andrews.
–No comprendo el motivo de esta conversación. ¿Ahora que me he
mudado a esta casa y ya he conocido a su pupila, cree que es el momento de
hacerme una entrevista personal?
–¿Y si lo creo?
–Es un poco tarde, ¿no le parece?
–Lo que me parece es que soy su jefe. ¿O es que tengo alucinaciones y me
imagino que soy el Duque de Grovesmoor?
Hugo no se había dado cuenta de cuándo se había acercado a ella. O quizá
había sido ella la que se había acercado a él. No estaba seguro. Lo único que
sabía era que estaban demasiado cerca como para estar tranquilo.
–No sé si se lo está imaginando o no –dijo Eleanor, con las manos en las
caderas–, pero si no es el Duque de Grovesmoor, ha conseguido suplantar su
identidad.
Ella no era una mujer como las que había conocido en otras ocasiones. Su
actitud demostraba que no se sentía intimidada por él y Hugo no estaba
acostumbrado a que lo desafiaran. Al menos, no con tanto descaro. No
obstante, Hugo no anhelaba abusar de la autoridad que le otorgaba su título
de Duque para machacarla. Lo cierto era que aquella mujer le provocaba
deseo.
Anhelaba besarla y saborearla. Nunca había sentido algo parecido.
–Señorita Andrews, le sugeriría que recordara quién de nosotros es el
duque y quién la institutriz.
–No creo que vaya a olvidarlo –contestó Eleanor, sin pensar–. Me habían
prometido que apenas tendría relación con el propietario de la casa,
Excelencia. Que usted nunca estaba disponible es algo que quedó muy claro
en todas las entrevistas.
–La mayoría de las mujeres que aspiran a este trabajo desean verme,
señorita Andrews. Debería darse cuenta de que ese es el primer motivo por el
que frecuentan los pasillos de la casa. Y la razón principal por la que son
despedidas poco después.
Ella ladeó la cabeza.
–¿Y qué es lo que hacen para que las despidan?
–Eso se lo dejaré a su imaginación.
–¿Ha perseguido a todas ellas por la finca, montado en un gran caballo?
Hugo estuvo a punto de reírse.
–¿Volveré a preguntarle por qué quiere este trabajo? No parece que
comprenda los límites habituales que regulan a las personas que desempeñan
su puesto. O que tenga cierto sentido de autoprotección.
–Le pido disculpas, Excelencia –dijo ella–. Lo único que quiero hacer es
empezar a trabajar. Hay una niña cenando en el otro extremo de este pasillo y
me gustaría conocerla un poco antes de empezar las clases. Si no necesita
nada más…
–El jefe soy yo, señorita Andrews –le recordó–. Usted es una empleada. Su
manera de dirigirse a mí es irrespetuosa, por no decir ridícula. ¿Por qué
intenta contrariar a la persona que le va a pagar un salario muy generoso?
Ella mantenía el ceño fruncido, y Hugo todavía deseaba besarla.
–De hecho, no me pagarán durante dos semanas –dijo ella, como si no
pudiera contenerse.
–Eso ya es diferente –murmuró Hugo.
Y entonces, como le encantaba complicar las cosas, la besó.
Estaban tan cerca que parecía imposible evitarlo. Quizá esa era la excusa.
Le acarició la mejilla y se maravilló al sentir la suavidad de su piel, y lo fácil
que resultaba besarla a pesar de que lo había estado mirando con mucha
seriedad.
De pronto, se encontró con un verdadero problema, porque Eleanor tenía
un sabor mágico.
Capítulo 4

Eleanor no tenía ni idea de lo que sucedía.


Él la estaba besando.
Hugo la estaba besando. El odiado Duque de Grovesmoor tenía la boca
sobre la de ella.
Y nada de todo aquello estaba bien. Era peligroso, terrible y abrumador…
Y lo peor, a ella le estaba gustando.
No había palabras, o al menos, ella no las conocía, que pudieran describir
cuánto le gustaba.
Era como fuego. Una explosión, y sabía que no se resquebrajaba en mil
pedazos porque él la estaba sujetando.
Todo lo que Eleanor sabía sobre besos se resumía en dos palabras: no
mucho. No obstante, lo que había experimentado como adolescente no se
parecía en nada a aquello.
Hugo la besaba despacio, como si pensara besarla durante horas. O días.
No parecía tener prisa, así que jugueteaba sobre sus labios y la saboreaba una
y otra vez.
Eleanor comenzó a temblar. No estaba segura de qué era peor, si el roce de
sus labios o el calor que desprendía su mano al sujetarle el rostro. Era como
si le hubieran marcado la mejilla, como si él sujetara un hierro ardiente contra
su piel, pero ella no deseara retirarse.
Y, además, seguía besándola.
Como si un beso pudiera ser infinito. Un beso de verdad, algo que ella
nunca había conocido. Un deseo tan intenso que provocaba dolor físico.
Eleanor no sabía cómo había terminado tan cerca de él. En todo momento
había tratado de recordarse que debía mantener la distancia porque no podría
sacar nada bueno de su cercanía y, de pronto, como si la hubiesen hechizado,
había empezado a comportarse como una bocazas que quería que la
despidieran el primer día.
Y después, aquello.
De pronto, mientras él continuaba besándola, lo comprendió todo. Ese era
Hugo Grovesmoor. Y eso era lo que hacía. Eleanor debería haber esperado
algo así.
Hugo era un hombre que estaba dispuesto a usar su cuerpo para conseguir
lo que quería. Cualquier cosa. Especialmente, si era para hacer daño a otras
personas. ¿Cómo podía haberlo olvidado Eleanor? El hecho de que su beso
hubiese sido una revelación, debería haberla avergonzado.
Y estaba segura de que se avergonzaría en cuanto pudiera recobrar la
compostura.
Eleanor apoyó la mano sobre el fornido torso de Hugo y lo empujó una
pizca. Eso empeoró la situación, su torso musculoso desprendía tanto calor
debajo de su camiseta, que ella no deseaba retirar la mano.
No obstante, sabía que debía hacerlo.
Despacio, Hugo levantó la cabeza y la miró Sus ojos color ámbar brillaban
con fuerza y ella se percató. Estaba experimentando tantas sensaciones que
pensaba que se iba a desmayar. Una parte de ella solo quería dejarse llevar
por la emoción, sin embargo, era una chica dura. No le quedaba más remedio
que serlo. Tenía que pensar en Vivi.
–¿Es por esto por lo que se marcharon las catorce institutrices anteriores? –
preguntó Eleanor, y se horrorizó al comprobar que le temblaba la voz. ¿Es
una prueba? –tragó saliva para calmarse–. Geraldine está al final del pasillo.
Hugo retiró la mano y Eleanor trató de convencerse de que lo que sentía
era alivio. Un triunfo. No algo parecido a la nostalgia de una pérdida.
Recordaba como la había besado por todas partes y sentía desazón y un
fuerte calor en el vientre. Tenía los senos turgentes. Y sabía que las lágrimas
que se agolpaban en sus ojos indicaban algo más complicado que solo
lágrimas.
–Lo que más me gusta es esforzarme por cumplir las peores expectativas
que la gente tiene de mí –dijo Hugo en un tono burlón y cortante–. ¿No me
encuentra interesante, señorita Andrews? ¿Puede haber algo más satisfactorio
que descubrir que soy exactamente igual que como imaginaba que sería?
Depravado, caprichoso e indiferente, ¿No es así?
Eleanor había pensado lo mismo, pero oírselo decir en voz alta, con cierta
amargura y casi desesperación, hizo que algo se removiera en su interior.
Intentó no pensar en ello, porque nada de eso debería haber sucedido. No
con ella. No era el tipo de mujer a los que los hombres sujetaban y besaban
en un momento espontáneo de pasión. Eso era lo que le pasaba a Vivi. Su
hermana siempre llamaba la atención de los hombres. Ese era el motivo por el
que Eleanor sabía que no había razones por las que un hombre como Hugo le
pusiera las manos encima a menos que fuera algo que hiciera habitualmente,
tal y como decían los periódicos, o que se estuviera riendo de ella.
Eleanor nunca había oído que se pudiera hacer burla de alguien mediante
un beso, pero ¿qué podía saber ella? Se había pasado la vida trabajando sin
hacer vida social y nunca había sentido gran curiosidad por el sexo opuesto.
Estaba muy satisfecha de ello, puesto que, si no tenía curiosidad, no tendría
necesidad y no lo echaría de menos.
–Creo que será mejor hacer como si esto nunca hubiera pasado –dijo ella,
con tanta serenidad como pudo.
Hugo la miró y ella sintió el poder que él emanaba. ¿Cómo podía ser que
no se hubiera dado cuenta antes?
«Porque él lo disimula», pensó. «Del mismo modo que tú no quieres ver lo
que necesitas».
–Eso te dificultará vender tu sabrosa historia a los periódicos –dijo Hugo
con frialdad, como si estuviera hablando de algo que no le incumbía.
–Aunque quisiera no podría hacerlo. He firmado un extenso acuerdo de
confidencialidad, Excelencia. Sin duda, debe estar al corriente de ello.
–Estoy al corriente de que la sanción por incumplir el contrato de
confidencialidad es cierta cantidad de libras esterlinas. Suponiendo que la
prensa le ofrezca el doble de esa cantidad, merecería la pena incumplirlo. Al
menos, a cierto tipo de personas.
–Yo… –Eleanor no solía quedarse sin palabras. No comprendía la
sensación que inundaba su interior. La extraña nostalgia, o el hecho de tener
que cerrar los puños para evitar tocar a Hugo. Se sentía abrumada–. Yo nunca
haría tal cosa.
–Porque es una buena persona, por supuesto. Me había equivocado.
Hablaba con ironía y Eleanor no pudo evitar sonrojarse.
–¿Quién podría hacer tal cosa? –preguntó ella.
La expresión del duque era de cierta condescendencia, pero todo lo que
Eleanor percibió fue su propia amargura.
–Le aseguro que todo el mundo tiene un precio –dijo Hugo. Parecía un
presagio terrible.
–¿Usted también? –se atrevió a preguntar Eleanor.
La expresión que puso Hugo provocó que a ella le diera un vuelco el
corazón y se sintió hundida. Aún peor era el efecto de su poderosa risa.
–Sobre todo, yo, señorita Andrews –dijo él, casi con suavidad. No
obstante, sus ojos oscuros lo delataban. De suavidad, nada–. Yo más que
nadie.

Eleanor despertó en un cuarto decorado para una princesa y trató de


convencerse de que la escena que había acontecido en el pasillo y por la que
había perdido el sueño, no había sucedido.
No podía haber sido tan estúpida como para haber hecho eso en su primer
día de trabajo, nada más conocer al duque y a su pupila. Antes de
desempaquetar sus cosas o descubrir en qué consistía su nuevo trabajo.
Eleanor nunca había sido tan tonta. Nunca había tenido tiempo, ni ganas, de
enredarse en ese tipo de aventuras pasajeras.
Hasta la noche anterior, Eleanor habría asegurado que no tenía ese tipo de
sentimientos o reacciones. Que no era ese tipo de mujer.
Decidió que haría como si ese beso no hubiera tenido lugar. Sobre todo,
porque no debería haber pasado. Y porque no tenía ni idea de cómo manejar
lo que sentía.
Pronto descubrió que daba igual cómo manejara lo que nunca debía haber
sucedido, porque durante las siguientes semanas, el duque no volvió a
aparecer.
Eleanor decidió que era una buena cosa.
Geraldine era una niña brillante y divertida. Y Eleanor prefería trabajar con
ella que contestando teléfonos y aguantando a su último jefe.
–Siento haberte animado para que aceptaras este extraño trabajo –le había
dicho Vivi, cuando ya llevaba unos días trabajando en Groves House.
–Está bien. Me gusta, lo creas o no.
–Te presioné para que lo aceptaras y ahora estás atrapada en las entrañas
de Yorkshire.
Eleanor estaba sumergida en su lujosa bañera llena de espuma. Tenía un
libro en la bandeja, una copa de vino y un trozo de queso que nunca había
probado antes. En la otra habitación, la chimenea estaba encendida y el fuego
chisporroteaba. Había pasado el día con Geraldine estudiando Ciencias, hasta
que Eleanor entregó a la pequeña a las niñeras que se ocupaban de darle la
cena y acostarla.
–La pobre niña no puede ir a un colegio normal, –había dicho la menos
antipática de las niñeras, cuando Geraldine entró en sus habitaciones, como si
Eleanor hubiese sugerido otra cosa–. Los periodistas no la dejarían en paz. Si
supiera quién les vende las historias sobre el duque les diría cuatro cosas.
Como si Hugo fuera un buen hombre que mereciera ese tipo de defensa.
Eleanor solía quedar libre antes de las cuatro y media y, en realidad, luego
no sabía qué hacer con su tiempo libre. No obstante, eso no se lo contó a
Vivi.
–Estoy bien, de veras –comentó.
Y sintió lástima de sí misma cuando Vivi se disculpó varias veces más
antes de colgar. No obstante, decidió no comentarle nada a su hermana. Ni en
esa conversación, ni en las siguientes. Ni tampoco contarle que había
conocido al duque en persona. No tenía sentido contarle lo que había
sucedido, ya que Vivi sacaría conclusiones equivocadas.
Sin embargo, algo en su interior le decía que había otro motivo mucho más
oscuro.
Eleanor lo ignoró.
Años atrás, Eleanor había pensado en formarse para ser profesora, pero
creía que no ganaría lo suficiente para satisfacer las necesidades de Vivi y las
suyas, y menos sin asistir a la universidad para sacarse un título.
Evidentemente, no había tenido tiempo para eso, así que, trabajar con
Geraldine era lo más parecido a cumplir su deseo. Era como adentrarse una
pizca en un camino no elegido, y Eleanor descubrió que le gustaba tanto o
más que aquel en el que había estado pensando todo ese tiempo.
Además, al estar centrada en Geraldine y prepararse las lecciones para el
día siguiente, apenas se daba cuenta de la ausencia del duque.
Hasta que se quedaba dormida, cuando el beso que habían compartido
inundaba sus sueños.
Y Eleanor despertaba cada mañana aturdida, sonrojada y demasiado
excitada, porque sus sueños salvajes no terminaban con un solo beso.
Capítulo 5

Su Excelencia no regresará hoy de España, tal y como estaba planeado –le


anunció la señora Redding una mañana, cuando Eleanor pasó por el despacho
de la ama de llaves para revisar el calendario de excursiones de Geraldine e
informar a las cocineras y a las empleadas.
–Ah –Eleanor pestañeó.
Más tarde, Eleanor se puso furiosa consigo misma por no haber respondido
como si estuviera más desinteresada. Lo único que podía hacer era mirar a la
mujer mayor y fingir que no se había mostrado intrigada.
–Esperábamos que llegara hoy, pero, al parecer, ha cambiado de planes y
viajará a Dublín antes de regresar –dijo la señora Redding, como si no
hubiese percibido nada en la voz de Eleanor.
Eleanor decidió que era cierto que no había percibido nada. Al fin y al
cabo, todo estaba en su cabeza y era ella la que se sentía culpable y la que
recordaba el ardiente beso que habían compartido. No la señora Redding.
–No me había dado cuenta de que no estaba en la casa estos días –contestó
Eleanor en el tono más neutral que pudo, y dando un sorbo de té.
La señora Redding la miró y añadió:
–Cuando el duque está en casa pide que Geraldine y la institutriz cenen con
él al menos una vez cada dos semanas, para valorar el progreso que están
haciendo ambas.
–Bueno, supongo que eso explica por qué el duque parecía tan
desentendido desde mi llegada –Eleanor forzó una risita–. Pensaba que quizá
no tenía mucho interés en su pupila.
La señora Redding la miró con gran frialdad.
–Sería mejor que no creyera todo lo que la gente de fuera dice acerca de Su
Excelencia –dijo cortante el ama de llaves–. El hombre del que hablan los
periódicos no tiene nada que ver con el hombre que he conocido desde que
era niño. Un hombre que ha acogido a una niña huérfana con todo su corazón
y al que todavía critican por ello.
Eleanor dejo la taza de té sobre el plato, sorprendida por la vehemencia con
la que hablaba la señora.
–Imagino que encontrarse de pronto con una pupila y tener la
responsabilidad de criarla, necesita un periodo de adaptación –dijo ella, al
cabo de un momento.
La señora Redding se giró y miró a Eleanor por encima de las gafas.
–Aquí somos un pelín protectoras hacia el duque. Es un desconocido que
siempre da prioridad a sus propios intereses. Lleva tanto tiempo con esa fama
que es lo único que la gente ve, pero nosotras vemos al niño que creció aquí.
El resto de Inglaterra se dedica a contar historias horribles sobre Su
Excelencia, pero aquí nunca se habla de eso. Nunca.
Eleanor no pudo evitar sentirse como si le hubieran dado una bofetada otra
vez. Y más fuerte que en la otra ocasión. Como si el hecho de que a su
llegada nadie la hubiera recibido en la estación no hubiese sido un despiste,
sino una prueba. Deseaba preguntárselo a la señora Redding, pero no se
atrevió.
A medida que pasaban los días descubrió que ocurría lo mismo con el resto
de las empleadas de Groves House. Los días eran cada vez más oscuros y la
lluvia parecía más fría. Las otras empleadas de la casa mostraban el mismo
desinterés por Eleanor que habían mostrado en un principio. Eleanor terminó
comiendo sola en sus habitaciones, porque cada vez que entraba en las zonas
comunes de las empleadas, se hacía un silencio.
–¿Qué quieres decir con que todas son ariscas? –le preguntó Vivi durante
una de las llamadas de teléfono. Sonaba distante y distraída, tal y como
ocurría durante otras conversaciones, como si tuviera el teléfono sujeto con el
hombro y estuviera haciendo otras cosas. Cosas mucho más importantes que
la conversación con su hermana.
Eleanor pensó que no era justo que le diera importancia al tono de su
hermana. Al fin y al cabo, ambas actuaban su papel. Si eso era un problema
lo debía haber dicho antes, cuando siendo adolescentes un primo distante
había vaticinado su futuro.
–Podréis casaros con un hombre rico o un hombre pobre –les dijo una
tarde–. Vosotras no tenéis nada más en el mundo que la cara bonita de Vivi.
Yo de vosotras la utilizaría para intentar mejoraros.
–Exactamente eso –dijo Eleanor, recordando–. Como si Vivi no fuera un
milagro en sí misma, volviendo a caminar cuando los médicos pensaban que
nunca lo haría. Pero ¿qué sería de la cara bonita de Vivi sin la visión
financiera de Eleanor y su habilidad con la aguja?
–Son un grupo cerrado. Las personas nuevas no son bienvenidas.
Eleanor se había aficionado a pasear todas las noches por la casa. Ese día,
había tomado unas escaleras que salían de la cocina hasta un ala del edificio
en la que nunca había estado. Llegó hasta la segunda planta y se encontró en
un pasillo que parecía una galería de arte. En las paredes colgaban
importantes y valiosas obras de arte, junto con lo que parecían diferentes
versiones de Hugo adecuadas a distintas épocas. Eleanor se concentró en la
llamada de teléfono.
Vivi suspiró y dijo:
–¿Estás ahí para hacerte amigas, Eleanor?
–Por supuesto que no –percibió que estaba tensa y trató de fingir que no
era así–. Sé por qué estoy aquí, Vivi. Lo único que digo es que no estaría mal
tener a alguien amigable por aquí. Eso es todo.
–No vayas lloriqueando por ahí.
Eleanor apretó los dientes, para no contestarle en el mismo tono
desagradable.
–Creo, Eleanor, que deberías sentirte agradecida por no tener que trabajar
duro para ganarte la amistad de unas personas que dentro de un año ya no
verás.
A Eleanor no se le había ocurrido pensar que la gente de su alrededor y su
trabajo eran algo temporal. Y ciertamente lo eran. Aunque todo fuera bien,
una niña no necesitaba tener una institutriz toda la vida.
–Creo que pasarán unos años ante de que pueda tumbarme al sol a
descansar –señaló–. Geraldine solo tiene siete años, no diecisiete.
Vivi se rio.
–No vas a desaparecer en el norte para siempre, Eleanor. Se supone que
vas a ganar suficiente dinero para que podamos pagar las deudas y después
regresarás.
–No sabía que ese era el plan. Sobre todo, porque cuánto más tiempo esté,
más dinero ganaré.
–Eleanor, por favor –dijo Vivi–. No puedo hacer todo esto sin ti. Estás
como de vacaciones, nada más.
Eleanor finalizó la llamada y se encontró mirando por una ventana de
aquella extraña galería de arte. Sentía un nudo en el estómago. Vivi le había
expresado que no podía vivir sin ella, y que la echaba de menos, pero Eleanor
sospechaba que no era verdad. Justo el día anterior, Vivi había mostrado
preocupación acerca de cómo pagaría las facturas y el alquiler, y se había
quejado de que el piso estaba muy desordenado porque nadie lo limpiaba.
Por supuesto, la persona que normalmente se encargaba de todo aquello
era Eleanor.
Estaba bien que Vivi pensara que Eleanor estaba en un sitio terrible, en
medio de un páramo, porque si se enteraba de que su hermana vivía con todo
tipo de lujos, conseguiría la manera de ir hasta Groves House para
disfrutarlos también.
Y Eleanor era mucho más egoísta de lo que se había imaginado. Por
primera vez en la vida era lo bastante, como para no querer compartir aquello
con su hermana, a pesar de que la quería con locura.
Se guardó el teléfono en el bolsillo de los pantalones y se acercó a las
ventanas. El pasillo estaba situado en la parte trasera de la casa y tenía vistas
a los extensos jardines que colindaban con los páramos. La luna llena se
ocultaba intermitentemente entre las nubes, iluminando el jardín con sus
brillantes rayos, pero dándole un aspecto tenebroso.
Y deprimente.
A lo mejor, Eleanor tenía esa sensación porque estaba atrapada en aquella
vieja casa. Quizá porque los salones siempre estaban vacíos, los lugareños no
eran amables y las noches empezaban a parecerle tres veces más largas que
los días.
Pero ¿cuándo había decidido que era tan bueno estar sola? Su objetivo
siempre había sido un buen matrimonio para Vivi. Sin embargo, nunca había
pensado en lo que ella haría cuando eso ocurriera.
Se estremeció al recordar como la había besado el duque, su boca firme,
ardiente e imperiosa sobre la suya. Si lo más destacado de su vida eran los
sueños ardorosos que infaliblemente y con mucho detalle la convulsionaban
cada noche centrándose en Hugo, era mucho más de lo que mucha gente
tiene. Quizá eso era suficiente.
Eleanor pensó que tendría que ser así.
–¿Puedo aventurar que su inesperada aparición en mis aposentos privados
sea una invitación, señorita Andrews?
Eleanor pensó que estaba teniendo alucinaciones auditivas, y se tomó su
tiempo antes de darse la vuelta para comprobarlo.
Hugo estaba al final del largo pasillo, y su aspecto era como el de un
verdadero duque. Exactamente igual a como Eleanor había imaginado que
debía ser un hombre con ese poder. Iba vestido todo de negro y llevaba un
sombrero de copa y una capa negra, un atuendo que habría parecido ridículo
en cualquier otro hombre.
No obstante, Eleanor pensaba que no había nada que Hugo pudiera hacer
que fuera ridículo. Y menos con el aspecto que tenía.
Y mucho menos cuando la estaba mirando.
–Va vestido como si viniera de visitar la Inglaterra de la regencia –dijo
ella, consciente de que se le había secado la garganta nada más verlo.
–Por supuesto –dijo Hugo–. He estado por ahí asustando a los
arrendatarios y llevando a cantineras en mi carruaje –arqueó una ceja–. O es
posible que haya asistido a una fiesta de Halloween en traje de gala. Ya sabe
que estamos a finales de octubre.
Eleanor no sabía nada más aparte de que le afectaba su presencia, y que
sentía que todo su cuerpo estaba diferente. Como si tuviera fuego en los
huesos y estuviera cambiando. O ya había cambiado durante los sueños
repetitivos y no se había dado cuenta.
Hugo se acercó a ella con un suave movimiento. Cuando él ya estaba
demasiado cerca, Eleanor trató de decir algo aburrido y desmotivador, pero
no fue capaz de pensar en otra cosa aparte de la sensación que había
experimentado cuando él la había besado.
A Hugo se le oscureció la mirada, como si Eleanor tuviera el pensamiento
escrito en el rostro. No dijo nada. Pasó junto a ella y, alzando con arrogancia
ligeramente la barbilla, le indicó que lo siguiera. Eleanor no pudo más que
obedecerlo.
Hugo se detuvo junto a una puerta que había al final del pasillo y miró
hacia atrás por encima del hombro.
–Pase –le dijo.
Eleanor no era capaz de distinguir si se sentía tentada o aterrorizada, pero
aceleró el paso al oír sus palabras.
Hugo esbozó una sonrisa y añadió:
–Después de todo, quizá haya llegado el momento de hacerle esa
entrevista.

Hugo se sentía como el lobo malvado.


No era una sensación desagradable. Al fin y al cabo, durante los últimos
años no había hecho nada más que afilar sus colmillos. Y a pesar de haber
puesto distancia entre la institutriz y él, no había conseguido calmarse. Las
sensuales curvas de su cuerpo y la delgadez de su cintura seguían
cautivándolo. Y seguía admirando su incapacidad para acobardarse ante él,
como habían hecho casi todas las personas que habían entrado en aquella
casa.
Además, su cuerpo seguía reaccionando ante su presencia.
Se había excitado nada más verla, e invitarla a entrar en su biblioteca
privada solo iba a empeorar las cosas. Sabía que no debía hacerlo, porque
¿cuándo se había resistido ante una tentación?
En el momento en que él puso la mano sobre el picaporte, ella se detuvo y
lo miró como si estuviera tratando de escapar de un hechizo.
–No puedo… ¿Esto es su dormitorio?
Hugo era un hombre. Y no un hombre bueno, así que tuvo que contenerse
para no cargarla sobre su hombro y llevarla hasta su verdadero dormitorio.
–Creo que ese tono de voz sería mucho más eficaz si usted estuviera
agarrando un collar de perlas –comentó él–. El papel de virgen ofendida
necesita un poco más de elaboración.
Eleanor pestañeó y enderezó la espalda.
–Debo tomar eso como un sí, ese es su dormitorio.
–Si está tan ansiosa por meterse en mi cama, solo ha de pedírmelo. Este
tipo de juegos son inapropiados, señorita Andrews. ¿No cree?
–Excelencia…
Sin embargo, ella no se volvió y salió corriendo.
Hugo la miró con una sonrisa de superioridad para evitar acariciarla ya
que, si empezaba, no podría parar durante una semana al menos. O quizá tres.
Ella lo había cautivado con su mirada desafiante y con las curvas de su
cuerpo, y él había decidido que, si ella iba a torturarlo, lo mejor sería que lo
hiciera en persona.
–Tranquila. Esta es mi biblioteca. No una alcoba de inmoralidad –esbozó
una sonrisa–. Bueno, supongo que eso depende de qué libros se escojan para
leer.
Abrió la puerta y entró sin mirar atrás para ver si ella lo seguía. Era tentar
demasiado al destino.
Si ella se hubiese alejado de él, Hugo no sabía lo que habría hecho.
Solo de pensarlo se contrarió. Lo consideraban uno de los hombres más
viles de Inglaterra y eso le gustaba. En realidad, no le importaba nada lo que
la institutriz decidiera hacer.
No obstante, ella lo siguió una vez más, y él tuvo que reconocer que le
gustó que lo hiciera. Se vio obligado a admitir que se sentía aliviado. No
podía ser, los hombres malvados como él no tenían sentimientos. Estaban
hechos de piedra y no se arrepentían de nada.
Todo el mundo lo decía.
Hugo señaló hacia la butaca de piel que había frente a la chimenea y sonrió
de forma triunfal cuando ella se sentó. Obedientemente. A pesar de que la
mirada de sus ojos oscuros sugería que en cualquier momento podía salir
corriendo.
Hugo decidió que no la perseguiría si lo hacía. Por supuesto que no.
Aunque mientras se quitaba la capa y el sombrero ya no estaba tan seguro.
–He estado en la gran librería del piso de abajo –dijo Eleanor para romper
el silencio–. Esta se ha construido a menor escala, pero también es
impresionante.
–Me alegra que piense eso.
Eleanor estaba mirando los libros, pero él estaba convencido de que la
había visto contener una sonrisa.
–Gruesas novelas de misterio junto a libros de bolsillo –murmuró ella,
mirando a su alrededor–. Física astral y Filosofía, ¿junto a la serie completa
de Harry Potter?
–Evidentemente son las primeras ediciones y están dedicadas.
–Tenga cuidado –dijo Eleanor, sin mirarlo–. Los libros dicen mucho más
de una persona que sus palabras. O de lo que dicen las palabras de otros. Los
libros muy usados dicen todo tipo de verdades acerca de sus dueños.
Hugo experimentó una sensación extraña, casi como si estuviera mareado.
O bebido.
Si Eleanor encontraba las verdades acerca de él que mostraban los libros,
sabría lo que era real y lo que no. Y todo cambiaría. Él cambiaría.
Y Hugo estaba contento de quedarse como estaba. Aunque lo odiaran,
porque eso le daba más poder. Y cuanto más lo convertían en el hombre del
saco, más contento se ponía.
Porque toda la gente que se había creído la historia de Isobel merecía
imaginar que la niña que ella había tenido con el idiota de Torquil estaba
obligada a pagar por los pecados de sus padres viviendo con un monstruo
como él. Merecían preocuparse por ello, torturarse imaginándose escenas de
negligencia o abuso, porque eso era lo menos que se podía esperar del
malvado que Isobel había creado.
–Toda buena historia necesita un malvado –le había dicho ella la primera
vez.
Aquella fue la primera vez que Hugo despertó y se encontró en los
periódicos una versión de si mismo que no reconocía. La primera vez que
había tenido la terrible sensación de que la versión falsa era más creíble. Y
que, cuando intentó limpiar su nombre, o contar su versión de la historia,
nadie quiso escucharlo. Hugo, el terrible, era mucho mas convincente que el
verdadero.
Él recordaba cómo la había perseguido por Santa Bárbara, en California,
para exigirle que dejara de contar mentiras y que no lo implicara en los
juegos enfermizos que le gustaba hacer sobre la vida de otras personas. No
era porque eso le molestara. Hacía mucho tiempo que nada de lo que ella
hacía le molestaba, pero su padre seguía vivo en aquel entonces y sufría
mucho con todo aquello.
–Herir a tu querido padre no es mi objetivo –le había dicho Isobel,
mirándolo por encima de la montura de sus gafas de sol, mientras tomaba el
sol en bikini en una piscina de California–. Simplemente es una gratificación
más.
–No puedes hacerme nada, Isobel –le había dicho él–. No puedes quitarme
la herencia. No puedes apropiarte de un solo céntimo de mi fortuna. Aunque
me odien, seguiré heredando el título de Duque. Grovesmoor continuará. ¿No
lo comprendes? Soy indestructible.
Ella se rio antes de añadir:
–Y a mí se me da mejor contar historias.
Hugo se había llevado la peor parte de sus historias durante años. Lo único
que había cambiado era que, de pronto, Isobel disponía de un arma en forma
de niña de la que todo el mundo pensaba que él odiaba, y de la desaprobación
del mundo entero.
No tenía intención de rendirse.
Y menos ante una institutriz con un cuerpo de modelo y unos ojos oscuros
de mirada incierta.
Una mujer que buscaba la verdad en sus libros y no sabía cuándo retirarse
de una pelea que no podría ganar.
No importaba cuánto la deseara él.
Capítulo 6

Eleanor solo pudo mirar la colección de libros del duque durante unos
instantes, antes de que fuera evidente que lo que intentaba evitar era mirarlo a
él.
Nunca había vivido en un lugar donde pudiera guardar más libros que sus
favoritos, en una pequeña estantería. Así que, lo cierto era que no le hubiera
importado pasar unas horas en aquel lugar, apreciando todos aquellos títulos,
pero, por supuesto, su jefe no la había llamado para que tuviera la
oportunidad de echarles un vistazo.
«Recupera la compostura, Eleanor», se regañó.
Se sentó en el borde de una butaca de piel, temerosa de hundirse en ella y
no poder levantarse nunca más. Cuando se aseguró de que su expresión era
serena, se atrevió a mirar a Hugo y se percató de que la situación era mucho
peor.
Muchísimo peor.
Hugo se había quitado el sombrero y la capa y parecía un personaje sacado
del tipo de fantasías que Eleanor nunca había tenido antes de llegar a Groves
House. Llevaba unos pantalones negros ajustados y una camisa blanca con el
cuello abierto y su aspecto era mucho más peligroso.
Y tentador, de una manera que ella nunca había sentido antes.
Eleanor podía sentir cada tentación como si fueran diferentes ardores
juntándose en su interior en forma de torbellino y provocando que se sintiera
como una desconocida para sí misma.
Hugo se separó del escritorio donde había dejado su capa y su sombrero y
se acercó a ella atravesando la habitación. Eleanor trató de convencerse de
que él no estaba tratando de intimidarla. El hombre solo estaba desplazándose
de un lado a otro de la biblioteca. Tal y como hacía la gente cuando quería
atravesar un espacio.
No había motivos para que ella estuviera conteniendo la respiración. O
tensando cada músculo de su cuerpo mientras se agarraba con fuerza al borde
de la butaca.
Hugo se dejó caer en la otra butaca de piel que estaba frente a la de ella,
con las piernas extendidas y de modo poco apropiado. Cada vez que ella lo
miraba le parecía más grande, y su cuerpo musculoso cubría más que la
butaca.
«No solo se ha sentado», pensó Eleanor con inquietud. Era como si tratara
de dominar la habitación con su atractivo masculino. Él era el peligro y no el
fuego que crepitaba en la chimenea y que ensombrecía a todo lo que no fuera
Hugo.
«Habría sido más fácil si este hombre hubiese sido tan sórdido y depravado
como lo muestran en los periódicos, y no un hombre atractivo y poderoso»,
pensó Eleanor con nerviosismo.
–¿Cómo va mi pupila? –preguntó Hugo.
Habló con tanta educación y tanta contención que Eleanor pensó que el
extraño ambiente que invadía la habitación era producto de su imaginación.
Era evidente que era un problema de ella, como si estar en presencia de aquel
hombre le produjera una reacción alérgica. O quizá toda la influencia que los
siglos de existencia de la casa Grovesmoor había tenido sobre la personalidad
de Hugo, cuando se suponía que él no debía ser más que un holgazán.
Eleanor suponía que incluso podía ser el porte de sus hombros, demasiado
atléticos y esculpidos para un hombre famoso por entregarse a su bienestar.
No obstante, cuando lo miró a los ojos comprendió que no estaba sufriendo
un ataque de alergia hacia la aristocracia. O en caso contrario, él también lo
sufría, porque sus ojos oscuros tenían un brillo ardiente que Eleanor no
reconocía, pero que podía sentir. En todas partes.
–Geraldine está muy bien –contestó ella con rapidez para no olvidarse de
responder.
Pensar en la niña era la única manera de sobrevivir a aquello. Eleanor
enderezó la espalda al máximo y cruzó las manos sobre su regazo. Descubrió
que, si posaba la mirada sobre el mentón de Hugo, parecería que lo estaba
mirando a él, sin tener que mirarlo directamente a los ojos.
Esa pequeña desconexión le permitió recuperar la respiración y evitar que
su corazón latiera demasiado deprisa. O aparentar que era capaz de mantener
el control.
–Es muy inteligente. Y divertida. No todas las niñas son divertidas, por
supuesto –Eleanor se sonrojó al ver que estaba balbuceando–. Bueno, no es
que tenga mucha experiencia con niñas de siete años, pero yo fui una de ellas.
Hugo parecía decaído y hambriento, y la combinación provocó que a
Eleanor se le acelerara el pulso.
–Hace algún tiempo, si no me equivoco –comentó él.
–Una señora no habla de su edad, Excelencia.
–Es una institutriz. No una señora como tal. Y es demasiado joven como
para ser reservada sobre su edad. Seguro que en esta zona hay muchas
mujeres mayores que usted.
Eleanor lo miró un instante, sin saber cuándo había abandonado su táctica
de mirarlo a la barbilla. Había cometido un error. Se sentía como si hubiera
estado mucho tiempo sentada al sol y su piel estuviera muy sensible.
–Tengo veintisiete años, si es lo que me está preguntando. Y espero que no
sea así, porque sería de muy mala educación.
Hugo esbozó una sonrisa.
–Un horror.
–Me sorprende que un duque de Inglaterra se moleste en mostrar su
autoridad.
–No se sorprenda, señorita Andrews. Todavía no he encontrado ni una sola
historia sobre mí que no deje claro que soy una persona terrible. Una
vergüenza para la nación.
–¿Sugiere que me creo todo lo que he leído acerca de usted? Tengo
entendido que la mayoría de las personas famosas dicen que lo que escriben
sobre ellos en los periódicos son mentiras.
Algo cambió en su expresión. Era como si se hubiera convertido en piedra.
Y su mirada se tornó más intensa.
–Y si yo le dijera tal cosa, que casi todo lo que se ha escrito sobre mí en la
prensa es mentira, ¿me creería?
Hugo la miraba fijamente. Su aspecto era decadente. Pecaminoso.
Eleanor no había tenido ningún problema para creer todo lo que había
leído sobre él. Nunca. Sin embargo, eso no servía para que lo encontrara
menos atractivo.
–Su reputación va por delante de usted, Excelencia –dijo ella–. Sin
embargo, no es su reputación lo que me preocupa, sino la educación de su
pupila.
–Una respuesta esquiva, señorita Andrews. Preferiría que contestara a mi
pregunta.
Eleanor recordó que aquella no era una situación que requiriera su
honestidad. Aquel hombre no estaba interesado en la opinión que ella tuviera
de él. Era el Duque de Grovesmoor. Y su jefe. Si pretendía aparentar que las
historias que se contaban acerca de él eran mentira, lo mejor era que Eleanor
mostrara su conformidad.
Tal y como su hermana le recordaba casi cada noche, aquello era una
cuestión de dinero. Y no de la presión que sentía en el pecho y que la
apremiaba a hacer justo lo contrario de lo que sabía era necesario.
Tratando de no pensar en ello, sonrió y dijo con educación:
–Todo el mundo sabe que los periódicos publican muchas mentiras –
murmuró.
Hugo negó con la cabeza, como decepcionado.
–Creo que está mintiendo, señorita Andrews, y me sorprende en el alma –
sonrió–. Y sí, tengo alma. Aunque sea turbia y oscura.
Resultaba muy fácil dejarse llevar, mirando a aquel hombre de oscuro
atractivo, como si fuera una tormenta y que lo peor que pudiera pasar fuera
mojarse. Ella tenía que dejar de pensar en él de esa manear. Tenía que hacer
algo con las extrañas señales que el cuerpo le mandaba. La tensión en los
senos. El nudo en el vientre. Y la sensación de calor en la entrepierna.
Debía recordar qué estaba haciendo allí. Era una cuestión de dinero y tenía
que ver con Geraldine. Esos momentos de tensión eran pura distracción, nada
más.
Por supuesto, no podían llegar a nada más.
–Le he pasado a Geraldine una serie de pruebas y he visto que está por
encima de su nivel en la mayoría de las materias. Está claro que las catorce
institutrices anteriores fueron buenas tutoras. Ella es una niña brillante y va
muy avanzada.
–Me alegra oírlo –dijo, aunque no parecía alegrarse.
–Creo que hará que se sienta orgulloso de ella –dijo Eleanor, y al instante
se percató de que no debería haberlo dicho. La niña no era de él. Geraldine
era su pupila, no su hija. Era muy posible que solo se sintiera orgulloso de
ella cuando alcanzara la mayoría de edad y ya no fuera su responsabilidad.
Además, tal y como le había sugerido la señora Redding, nada de eso era
asunto suyo.
–Lo siento –dijo Eleanor rápidamente, antes de que él pudiera contestar–.
Cuando era joven, deseaba ser profesora, pero tomé otro camino.
–Trabajó en diferentes puestos de oficina, en Londres –comentó él.
Ella sintió que se le ponía la piel de gallina.
–Sí. Este puesto de institutriz es completamente nuevo para mí. Quizá, con
mi entusiasmo, me he excedido.
Durante un largo momento, Hugo no dijo nada y el ambiente se llenó de
tensión. El aire. Esa sensación primitiva que se expandía en su pecho,
provocando que ella creyera que no podía respirar. No obstante, cuanto más
observaba su rostro cautivador, menos le importaba.
–Usted no me trata como si fuera un monstruo, señorita Andrews –
comentó Hugo–. Y me desconcierta que no lo haga cuando todo el mundo lo
hace. ¿Por qué usted no?
–No sé a qué se refiere.
–Creo que sí lo sabe. Normalmente, las mujeres se acercan a mí de dos
maneras. O coquetean conmigo en busca de mi atención y mis caricias, o se
acobardan, conscientes de que una leve caricia mía arruinaría su reputación
para siempre, y las dejaría estremeciéndose gracias a mis supuestos poderes
malvados. Aunque no de forma divertida. Sin embargo, usted no entra en
ninguna de las dos opciones.
Había algo en su tono de voz que ella no comprendía, pero que la afectaba
como si fuera algo embriagador.
–Le pido disculpas, Excelencia. No era consciente de que se esperaba
cierta reacción hacia usted como requisito para este trabajo. Pensaba que mi
relación con Geraldine era lo importante.
–Nadie acepta este trabajo por la niña. De un modo u otro, siempre es por
mí. El hecho de que no quiera admitirlo me hace sentir todavía más
curiosidad. Y no debería decirle que convertirse en el foco de mi atención
tiene consecuencias.
Eleanor tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que se le durmieron
los dedos. Al notarlo, se esforzó por separar las manos.
–Preferiría no ser maleducada, Excelencia, pero no me ha dejado elección.
–Soy todo oídos. Me gusta mucho la mala educación.
–Estoy segura de que en el fondo es un buen hombre –añadió ella–, pero
debería darse cuenta de que lo que es atractivo es el salario. Y aunque es
cierto que usted tiene cierto encanto, no he venido por eso. Ya se lo dije, me
aseguraron varias veces que nunca lo vería.
–Tengo un gran ego, señorita Andrews, sin embargo, se debilita ante usted.
La mayoría de las mujeres treparían los acantilados de Dover si pensaran que
quizá pudieran verme.
–Sospecho que su ego es bastante grande y sobrevivirá. Y yo no soy como
las demás mujeres.
–Desde luego que no.
Eleanor se contuvo para no contestar. No le serviría de nada llevarle la
contraria.
«Piensa en el dinero», se dijo. «Piensa en Vivi».
–Es tarde, Excelencia –dijo mientras se ponía en pie.
–Todavía no es medianoche –él ni siquiera se molestó en mirar el reloj que
llevaba en la muñeca. Un reloj que debía haberle costado una fortuna. O
dos–. Apenas son las diez.
–Tarde, para aquellas personas que nos levantamos temprano para cuidar a
niños pequeños.
–Ahí está –dijo él con satisfacción–. He percibido el temor que siente hacia
mí.
–No es temor, es nerviosismo –le corrigió–. Me pone nerviosa tener estas
conversaciones confusas. Estoy segura de que lo comprende. Trabajo para
usted.
–Por supuesto que no puedo comprenderlo. Nunca he trabajado para nadie.
Eleanor gesticuló con la mano.
–Entonces, menos mal que tiene todos estos libros que pueden facilitarle
una perspectiva diferente a la suya.
–Creo que está mintiendo otra vez, señorita Andrews –dijo Hugo, con un
tono de voz ligeramente sensual.
Eleanor se estremeció.
–He vuelto a perderme –dijo ella.
–Lo que está sintiendo ahora no es miedo –le dijo Hugo con seguridad,
como si no hubiera dudado en su vida–. Ni nerviosismo por hablar con su
jefe. Se da cuenta de lo rápido que late su corazón, ¿verdad? ¿Y de ese anhelo
intenso que siente en la base de su vientre?
Ella se sonrojó.
–No.
–Lo divertido de un hombre como yo es que no puedo soportar que me
mientan a la cara. Se nota demasiado –sonrió–. Pruebe otra vez.
–Estoy muy cansada. Me gustaría que me excusara para poder irme a la
cama, por favor.
–La cama es la mejor cura, señorita Andrews, pero no estoy hablando de
dormir. Y creo que lo sabe.
Eleanor lo miró boquiabierta. Una vez más. Sin embargo, en esa ocasión
no fue capaz de hacer nada.
–¿Está…? No puede…
Hugo se rio, robando el calor del fuego y el aire de la habitación. Después,
se puso en pie y Eleanor sintió que el espacio se volvía agobiante. No estaba
segura de si podía ponerse en pie. Era como si se hubiera quedado congelada
en el sitio, sin embargo, no había ni una parte de su cuerpo que estuviera fría.
Ni una.
–Parece una mujer incapaz de pensar en nada más aparte de cómo sería si
yo la besara –dijo Hugo.
–Eso no puede suceder –murmuró Eleanor.
–Ha sucedido y volverá a suceder. Me temo que es inevitable.
Estiró los brazos y le cubrió las mejillas con las manos antes de acariciarle
la boca con el dedo pulgar. Despacio, con atención, como si estuviera
memorizando la silueta de sus labios.
Eleanor ardía de deseo. Más que si él la hubiese rociado con gasolina y
prendido con una cerilla. Y lo peor era que sabía que todo aquello no estaba
bien.
–¿Lo ve? No es miedo –Hugo habló en voz baja, pero con mucha
seguridad.
Él la sujetó por la barbilla para que lo mirara y Eleanor se asustó. Al
menos, eso es lo que pensó que le pasaba cuando experimentó esa cegadora
sensación imposible de ignorar.
–Soy asexual –soltó.
Esperaba que sus palabras lo detuvieran. Que detuvieran todo lo que estaba
sucediendo y se recuperara la normalidad.
Sin embargo, Hugo emitió un sonido desde lo más profundo de su
garganta, una mezcla de risa y gemido, y no la soltó, sino que la sujetó con
más fuerza. Y por más sitios.
–¿Lo es?
–Bueno, sí –le resultaba imposible recordar lo que quería decir. Solo podía
fijarse en sus ojos, y en su boca. Él estaba demasiado cerca–. Supongo que
siempre lo he sido.
–¿De veras?
–Sí –dijo ella. Al instante, se arrepintió de sus palabras–. Soy insensible a
algunas cosas. Y lo siento si esto resulta complicado.
–Yo creo que tiene mucha sensibilidad –se acercó más a ella, provocando
que su torso musculoso pasara a formar parte del problema.
–Seguro que no –contestó Eleanor, a pesar de que estaba sintiendo
demasiado. Por todo el cuerpo. Y constantemente. Era incapaz de decir si
estaba asustada o mareada, o algo entre medias, pero estaba segura de que
existía otra explicación aparte del calor que podía percibir en la mirada de sus
ojos color ámbar.
–Sospecho, pequeña, que lo que ha estado es aburrida –murmuró Hugo,
con un tono de voz que la hizo estremecer.
Entonces, colocó la boca sobre la de ella y se lo demostró.
Capítulo 7

Ese beso era diferente al anterior.


Eleanor nunca se había imaginado que pudiera encontrarse en una
situación en la que fuera capaz de distinguir las diferencias entre dos besos,
ya que nunca había pensado que pasaría mucho tiempo besando a alguien.
Sin embargo, allí estaba, y ese beso era mucho más apasionado que el
anterior.
Era un beso ardiente y lleno de deseo.
O quizá, no era solamente el beso, era ella.
Hugo retiró las manos de su rostro, le acarició la espalda y la sujetó contra
su cuerpo. De pronto, Eleanor sintió que su mente se ponía en blanco y solo
percibía el sonido de su corazón golpeando sus costillas y la salvaje
sensación de la boca de Hugo sobre la suya.
Una y otra vez.
En algún lugar remoto de su mente, Eleanor sabía que aquello era un error.
Lo sabía, pero no podía evitarlo. No quería parar. Él ladeó la cabeza y la besó
apasionadamente, con un beso más caliente, húmedo y salvaje. Ella permitió
que la guiara, que le enseñara, que provocara que ardiera de deseo.
Él la besó una y otra vez. Colocó una mano sobre la parte baja de su
espalda y la atrajo hacia sí, mientras continuaba utilizando la boca como si
fuera una especie de arma. Eleanor lo rodeó por el cuello de forma
inconsciente. Quizá había algo en su interior que le indicaba que debía
sujetarse, para no perderse para siempre en aquella tormenta que debería
haber evitado.
Sin embargo, ella no quería evitarla. Quería disfrutar de ello. Quería gritar
bajo los truenos y permitir que la lluvia la depurara.
Ni siquiera sabía lo que eso quería decir, pero lo deseaba, y cada vez que él
la besaba, se entusiasmaba.
Y después estaba lo que él hacía con sus manos. Ella no estaba segura de
qué era peor, que pareciera que él la conocía mejor de lo que ella se conocía a
sí misma, o su temor a estallar con cada nueva caricia.
Hugo le acarició un lado del cuerpo como si estuviera memorizando su
silueta y, después, la sujetó por el trasero y la atrajo hacia sí.
–Perfecto –murmuró contra su boca y ella se estremeció.
«Placer», pensó ella. Puro placer.
Eleanor nunca se había permitido algo parecido. Incluso ni siquiera sabía
que existía. Hugo le había abierto una ventana frente a los inimaginables
placeres y Eleanor no pudo resistirse a ellos. Fuera cual fuera el precio que
tuviera que pagar.
–Más –susurró Hugo con tono peligroso y deslizó la boca sobre el cuello
de Eleanor.
Y cuando el mundo comenzó a girar a su alrededor, Eleanor tardó un
momento en percatarse de que era Hugo el que, tomándola en brazos, la
giraba para apoyarla contra la librería.
Después, él se acercó a ella como si no pudiera estar ni a un centímetro de
distancia.
Eleanor sabía que debería haberse quejado, pero estaba demasiado
abrumada y su mente no era capaz de seguir el ritmo de lo que le pasaba a su
cuerpo. De lo que él provocaba en su cuerpo.
La boca de Hugo era un tormento. Y una recompensa. Ambas cosas a la
vez.
Él le acarició los brazos y entrelazó los dedos con los de ella. Después, sin
dejar de besarla, le levantó los brazos y la agarró por las muñecas para
sujetarla contra la librería.
–Quédate quieta –le ordenó.
Y ella lo obedeció. Estaba temblando demasiado. Se sentía perdida y no
sabía cómo salir de aquello.
Tampoco estaba segura de querer hacerlo.
Sin dejar de besarla, Hugo murmuró algo que ella no pudo entender y se
movió una pizca para mirarla de arriba abajo.
Después, colocó las manos sobre sus mejillas. Por un instante, Eleanor se
preocupó de que quizá no le resultara atractiva, ya que él era un hombre que
se había acostado con mujeres muy bellas.
No obstante, cuando él la miró de nuevo, todas sus inseguridades se
desvanecieron. Aunque Eleanor no había hecho aquello antes y no sabía qué
debía hacer, nunca había visto tanta pasión como la que Hugo tenía reflejada
en la mirada.
Era una sensación tan intensa que resultaba devastadora, pero, de algún
modo, consiguió mantenerse en pie. Y no conseguía separarse de él. Ni
siquiera era capaz de intentarlo.
Hugo la besó en el cuello y le acarició los senos, provocando que a Eleanor
se le entrecortara la respiración.
Ella suspiró mientras él la acariciaba sobre la ropa y jugueteaba con sus
pezones provocando que se excitara aún más.
Él emitió una especie de rugido suave y profundo que hizo estremecer a
Eleanor.
–Más tarde –dijo él, a modo de promesa.
Eleanor no sabía a qué se refería, ni tampoco le importaba porque él
continuó acariciándola y deslizó las manos pasando por su cintura hasta
llegar a las caderas. Después, encontró la manera de desabrocharle los
pantalones y ella sintió que se derretía por dentro.
–Te dije que no movieras las manos –la regañó Hugo.
Y no fue hasta que él habló cuando Eleanor se percató de que había
apoyado las manos sobre los hombros de él. ¿Para apartarlo? ¿Para atraerlo
hacia sí? No tenía ni idea. Al momento, obedeció y subió de nuevo las
manos.
Hugo terminó de desabrocharle los pantalones y metió la mano en su
entrepierna. Parecía inevitable y ella sintió que lo era.
La biblioteca estaba en silencio. Solo se oía el crepitar del fuego y un
sonido que a Eleanor le costó reconocer como su propia respiración. El fuerte
latido de su corazón se lo impedía.
Y si Hugo lo percibía, parecía que le gustaba. Al menos eso era lo que
transmitía su sonrisa y la manera en que la miraba. Ella se sentía vulnerable,
como si él pudiera ver todo su interior.
–Me alegra que permitas que haga este experimento, pequeña –dijo él, en
un tono que debería haberla alarmado–. Teniendo en cuenta lo bien que sabes
qué es lo que deseas.
–No sé a qué…
–Calla.
Una vez más, Eleanor lo obedeció. Él estaba metiendo la mano bajo su
ropa interior y ella se estremeció. Después, Hugo dobló los dedos y la
acarició donde nadie la había tocado jamás.
A Eleanor le flaquearon las piernas, pero Hugo la sujetaba con su cuerpo.
–He de decirle, señorita Andrews, que para ser una mujer que se declara
asexual está muy húmeda.
–¿Húmeda? –murmuró ella.
–Muy, muy, húmeda –rectificó él.
Entonces, comenzó a acariciarla.
La inundaron todo tipo de sensaciones. Hugo se había apoderado de ella y
Eleanor apenas recordaba el mundo exterior. Percibía su aroma masculino y
recordaba el sabor de su boca, como si fuera una de esas bebidas
embriagadoras que solo probaba en Navidad.
Hugo le sujetó el rostro con la otra mano y sonrió antes de inclinar la
cabeza para besarla otra vez de forma apasionada.
Eleanor nunca había sentido nada igual. Él continuó acariciando los
pliegues húmedos de su sexo, provocando que fuera incapaz de pensar. No
podía controlarse. Estaba perdida entre su boca y su mano, y solamente podía
seguir el ritmo que él marcaba y que tanto la conmocionaba.
Cada vez más intenso y salvaje.
De pronto, sintió una fuerte tensión en el vientre y supo que sólo podía
suceder una cosa, quisiera o no.
–No te resistas, pequeña –murmuró Hugo, separando la boca ligeramente
de la de ella.
–No me estoy resistiendo –contestó Eleanor.
Y entonces, sucedió. Fue como una ducha de chispas, magia y nostalgia.
Deliciosa y debilitante a la vez. Eleanor se estremeció desde la cabeza a los
pies, echó la cabeza hacia atrás y comenzó a moverse contra la mano de
Hugo, mientras él continuaba besándola en el cuello. Guiándola hasta donde
deseaba llevarla y sin que ella se resistiera.
Ella se percató de que él estaba sonriendo y se asustó, pero siguió cayendo
sin parar.
Y confió en que Hugo pudiera recogerla al otro lado del abismo.
Conseguir que la rígida institutriz se desmoronara bajo sus manos era lo
más ardiente que Hugo recordaba haber hecho en su vida.
Aquellos gemidos. Su mirada nostálgica. Incluso su manera de fruncir el
ceño al final y la vocecita que puso antes de llegar al orgasmo.
Él no comprendía cómo era posible, pero Eleanor Andrews lo estaba
hundiendo.
Hugo trató de no pensar en ello. Ya se había hundido hacía mucho tiempo
y no podía caer más bajo.
Además, ninguna mujer inocente merecía un hombre tan autodestructivo.
Y menos una mujer como aquella, que había confundido su inexperiencia con
el desinterés. Eso demostraba lo poco que conocía a los hombres.
Hugo podía devorarla viva.
Ella respiraba de manera agitada y no se sostenía en pie, así que él la tomó
entre los brazos y la llevó hasta el sofá, sorprendido por comportarse de
manera tan amable con aquella mujer. No era lo normal. Él no era conocido
por ser delicado. No se estregaba a los preliminares, ni leía poemas en alto
antes de pedir permiso para acariciarle el tobillo a su amante.
Por favor.
Hugo siempre había considerado que la poesía que había en él era brusca y
primitiva y que su mejor manera de expresarla eran las manos. Y su cuerpo.
Y todas las cosas oscuras que podía hacer con ambas cosas. Y que hacía,
una y otra vez.
Nunca había recibido quejas. Al menos en persona. Los periódicos eran
otra historia, pero incluso en todas aquellas mentiras nunca se decía que fuera
un mal amante. Simplemente que era un hombre malo, muy muy malo.
Aún así, nunca le habían gustado las mujeres inocentes, por muy dulces
que fueran, ni por mucho que lo llevaran al borde de la locura.
Se enderezó y la furia se apoderó de él al ver que la tensión sexual invadía
su cuerpo y provocaba que los pantalones le quedaran muy apretados. Al ver
que ella no le correspondía, se le ocurrió que una mujer que se consideraba
asexual y que ni siquiera conocía su propio cuerpo, quizá fuera más inexperta
de lo que él había imaginado. Casi como si fuera…
Era imposible. No estaban en la época del medievo.
–¿Eres virgen? –preguntó con brusquedad.
Eleanor se movió en el sofá y miró a su alrededor como si no supiera
dónde se encontraba, ni quién era él. Se incorporó una pizca y lo miró.
Después, se pasó las manos por el cabello y se recolocó dos mechones que
habían escapado de su moño y cuando terminó, bajo la vista y vio que todavía
tenía desabrochados los pantalones.
Al ver cómo se sonrojaba, Hugo se sintió completamente cautivado por
ella.
Eleanor tragó saliva y frunció el ceño, pero no dijo nada. Se abrochó el
pantalón y se sentó derecha. Entonces, lo miró, y hubo algo en su mirada que
provocó que él se sintiera como el monstruo que sabía que era. O más de lo
habitual.
Eleanor parecía muy frágil.
Eso debería haber provocado que él se odiara todavía más, sin embargo, su
sentimiento era mucho más primitivo.
–Al margen de si soy virgen o no, creo que eso no es asunto suyo,
Excelencia –repuso ella con frialdad y arrogancia.
Al instante, Hugo dejó de sentirse mal por todo aquello y volvió a las
formalidades.
–No es muy adecuado hablar en ese tono al hombre que le acaba de
provocar un orgasmo –señaló él–. Y tan fuerte que ha estado a punto de
romper la balda de una librería antigua.
–Parece que la librería está perfecta.
–Teniendo en cuenta que tenía la espalda arqueada y los ojos cerrados
mientras cabalgaba sobre mi mano, dudo que sepa lo cerca que ha estado de
tirar toda mi colección de libros sobre su cabeza.
–Ojalá lo hubiera hecho –dijo ella–. Todo lo que ha sucedido ha sido
inapropiado. Por la mañana presentaré mi dimisión.
Hugo se encogió de hombros.
–Si lo desea… Será un esfuerzo en vano. No la aceptaré.
–Por supuesto que lo hará.
Él no sabía por qué Eleanor le parecía divertida. Él había despedido a
muchas otras institutrices por mucho menos. A la que lo persiguió por el
jardín diciéndole que no llevaba ropa anterior. A la que coqueteaba con él en
lugar de llamar a un médico cuando Geraldine estaba enferma, a la que
dejaba prendas íntimas con aroma a lavanda por toda la casa, para que Hugo
las encontrara en los lugares más curiosos… Hugo no se lo había pensado dos
veces antes de despedirlas.
Debería haberse alegrado de que Eleanor se planteara presentar su
dimisión. Incluso debería habérsela exigido en el mismo instante en que la
vio vestida con aquel abrigo horroroso y supo que iba a suponerle un
problema. Con sus sinuosas curvas.
Hugo no tenía ni idea de qué diablos le estaba pasando.
–Me temo que he de recordarle una vez más que soy el Duque de
Grovesmoor.
–Sé quién es. Todo el mundo sabe quién es.
–Entonces, debería saber que no tiene sentido que discuta conmigo –la
observó mientras se ponía en pie–. En lugar de discutir sobre una dimisión
que no tendrá lugar, ¿por qué no me cuenta por qué insiste en recogerse el
cabello en ese horrible moño?
–Porque resulta profesional –soltó ella–. Y no es asunto suyo.
Hugo la miró a los ojos. Levantó la mano despacio y se lamió los dedos
con los que había acariciado su sexo.
Ella se quedó boquiabierta y se sonrojó.
–Todavía puedo saborearle, Eleanor –dijo él–. Es demasiado tarde para
poner límites, ¿no cree?
Eleanor se puso tensa, y él no se sorprendió al verla salir de la biblioteca a
toda velocidad.
No podía culparla.
Se culpaba a sí mismo. Y a medida que avanzara la noche tendría que
soportar el hecho de que todavía podía sentir su sabor y percibir su aroma
embriagador. Sentado en su biblioteca, mirando el fuego y contemplando lo
destrozado que estaba. ¿Qué tipo de monstruo era si se había convertido en
un duque indigno y desagradable que se dedicaba a aterrorizar mujeres
vírgenes en su residencia?
Al día siguiente, al ver que no tenía ninguna carta de dimisión sobre el
escritorio y que Eleanor seguía en la casa, dejó de flagelarse.
Una cosa era haber provocado a una mujer virgen para que entrara en la
madriguera del dragón, y otra que ella se quedara allí cuando sabía muy bien
quién era él y de lo que era capaz.
Capítulo 8

Tiene una visita.


Eleanor levantó la vista del libro de texto que estaba repasando con
Geraldine en la biblioteca y vio que la señora Redding la miraba con cara de
desaprobación.
–¿Una visita? –repitió, tratando de interpretar la expresión de aquella
mujer. Eleanor no conocía a nadie en la zona y apenas había pasado tiempo
fuera de la finca durante las cinco semanas y media que llevaba allí.
–No es recomendable que las empleadas inviten amigos o familiares a la
finca –dijo el ama de llaves con frialdad, y como si hubiera pillado a Eleanor
celebrando una fiesta–. No somos invitados de Su Excelencia. Somos
empleadas. Estoy segura de que es un tema que se trató en la entrevista de la
agencia de empleo.
–No he invitado a nadie –protestó Eleanor, pero no sirvió de nada porque
la señora Redding ya se había dado la vuelta para marcharse, mostrándose
ofendida por el hecho de que Eleanor hubiera transgredido las normas.
Eleanor le dejó a Geraldine una lectura como tarea para mantenerla
ocupada y siguió a la señora Redding hasta la puerta principal de la casa.
Solo había una persona que sabía que ella estaba allí, pero era imposible
que Vivi se hubiera acercado a verla. Su hermana no se desplazaría al norte
de Inglaterra pudiendo quedarse en Londres. Ella prefería estar entre las luces
de la ciudad, o en las casas elegantes que sus amigos tenían en el extranjero.
Desde luego, no se aventuraría hasta el norte de Inglaterra, bajo ninguna
circunstancia.
«Estás siendo un poco dura con ella», se regañó en silencio.
Le pasaba algo desde la noche que había estado con el duque en la
biblioteca, una semana antes. Era como si él la hubiera infectado con sus
caricias. Con las cosas que le había hecho sentir. Eleanor se notaba tensa y
diferente. Era incapaz de dormir y estaba muy susceptible cuando hablaba
con Vivi por teléfono.
Su comportamiento le parecía terrible. Había permitido que la pusieran en
una situación comprometedora y, lo peor, no había evitado que volviera a
suceder.
El duque no había vuelto a tocarla, y eso era en lo único que ella podía
pensar.
Lo que él hacía era mucho peor. Aparecía durante las clases de Geraldine
cuando le apetecía, como cuando una mañana apareció en los jardines por
sorpresa y comentó:
–Eso no se parece en nada al latín que yo estudiaba.
Eleanor se sobresaltó al oír su voz por detrás y trató de disimular su
reacción delante de Geraldine.
–Es francés –repuso Eleanor.
–Eso ya lo sé, gracias –contestó Hugo en francés y se acercó a ellas,
provocando que Geraldine se riera.
Eleanor deseó pedirle que se marchara y las dejara continuar con la clase
de francés. No podía hacerlo. Estaba en su casa. Y con su pupila. Eleanor
estaba pensando cómo pedirle que respetara el tiempo de clases de Geraldine
cuando él comenzó a hablar con la pequeña directamente. Y en un francés
perfecto.
Hugo permaneció hablando con ella unos veinte minutos, como si Eleanor
no estuviera allí.
Su presencia provocó que a Eleanor le latiera el corazón más deprisa. Y
que a Geraldine le resplandeciera el rostro.
Antes de marcharse, Hugo hizo una pequeña reverencia ante Geraldine y
miró fijamente a Eleanor. Con una mirada que Eleanor no había podido
olvidar en mucho tiempo.
Otro día había aparecido en la biblioteca mientras Eleanor estaba a solas
con Geraldine.
–Venga a cenar conmigo –le había dicho él.
Eleanor se volvió para comprobar dónde estaba la niña y vio que estaba en
una mesa buscando diez palabras en un diccionario para poder escribir una
historia.
–Le agradezco la oferta, Excelencia –dijo con la mayor frialdad posible–,
pero me temo que eso es imposible.
–Para que lo sepa, pretendía llevarla a Roma esta noche.
Eleanor frunció el ceño mirando el libro que tenía delante, pero comenzó a
verlo todo borroso en cuanto él se colocó a su lado.
–Eso sería incomprensiblemente inapropiado.
–Odiaría ser incomprensible –murmuró Hugo con ese tono irónico que
hacía que ella pensara en la presión de su cuerpo y en el tacto de su mano en
la entrepierna–. Por ello he de conformarme con mi comedor privado.
–Eso también es inapropiado.
–Pero más comprensible.
–Excelencia…
–Es un poco tarde para eso, Eleanor –dijo él–. ¿No cree?
–No creo –contestó ella, tratando de mantener la voz en un susurro. Miró a
Geraldine y después a Hugo otra vez–. Para usted esto es un juego, pero para
mí es un empleo. Y hay más personas que dependen de él.
Hugo puso una de esas medias sonrisas que invadían los sueños de Eleanor
cuando dormía. Y cuando no estaba dormida también.
–Si no hubiese comprobado que era virgen, pensaría que tiene un hijo
escondido en algún lugar.
–No tengo un hijo, tengo una hermana –comentó Eleanor.
–¿Una hermana pequeña?
–Se llama Vivi, y tiene veinticinco años.
–¿Y no está bien?
–No le pasa nada, pero soy yo quien paga las facturas.
Hugo arqueó una ceja.
–¿Paga las facturas de una hermana de veinticinco años?
Entonces, Eleanor se dio cuenta de que nunca había tenido que explicarle a
nadie su situación. La mayor parte de las personas no hacía ese tipo de
preguntas impertinentes y, si lo hubiera hecho, ella no se habría sentido
obligada a contestar.
–Es complicado –repuso al cabo de unos momentos–. Vivi tiene mucho
talento, pero no le resulta fácil encontrar su lugar para mostrarlo. Cuando lo
haga, todo estará más equilibrado.
Hugo la miró un instante.
–¿Intenta usted convencerme a mí? ¿O a usted misma?
Cuando Geraldine dijo que había terminado, Eleanor se sintió
terriblemente agradecida por la interrupción.
Hugo la había hecho sentir como si no encajara en su propio cuerpo.
Y luego nunca había vuelto a sentirse la misma.
Tampoco era que, en esos instantes, mientras corría por la planta principal
hacia el recibidor, se sintiera como ella misma.
«¿Quién eres?», le dijo una vocecita en su interior y, para su vergüenza, se
parecía demasiado a la de Hugo. «¿A qué quieres aferrarte de forma tan
desesperada?».
Negó con la cabeza para tratar de que la vocecita no volviera a molestarla y
dobló por el pasillo hacia la entrada.
Vivi estaba esperándola allí.
Durante un instante, Eleanor no comprendía nada. No había motivo alguno
para que Vivi estuviera en Yorkshire, y mucho menos en el recibidor de
Groves House. En Londres, cuando Eleanor le preguntó a su hermana si
pensaba ir a visitarla cuando tuviera unos días de descanso después de las seis
semanas de trabajo, Vivi no se había comprometido.
–No puedo saber lo que haré dentro de tanto tiempo–, había dicho.
Aunque, en aquel entonces, Eleanor no había pensado mucho en ello. Ese era
el estilo de Vivi, tan despreocupado que nunca se sabía lo que estaría
haciendo en el siguiente instante.
Por un momento, Eleanor pensó que estaba equivocada, sin embargo, en
aquella silueta reconocía a su hermana claramente. Estaba tremendamente
delgada y vestía unos pantalones vaqueros de diseño que se ceñían a sus
muslos antes de desaparecer dentro de las botas. Además, llevaba un abrigo y
una bufanda que no quedarían fuera de lugar en Sloane Square. Su melena
salvaje caía sobre sus hombros, de forma alborotada, como si nunca hubiera
visto un cepillo. Vivi tardaba horas en conseguir ese aspecto. Al acercarse,
Eleanor se fijó en que su hermana fruncía los labios mientras miraba toda la
riqueza que había a su alrededor. Y, además, tenía un brillo especial en su
mirada que Eleanor reconocía demasiado bien.
«Avaricia», le susurró la vocecita interior.
Eleanor se ordenó silencio. Estaba siendo muy dura e injusta. Debería
alegrarse de ver a su hermana. Y se alegraba. Por supuesto que se alegraba.
–¿Vivi? ¿Qué haces aquí? ¿Va todo bien?
Vivi tardó unos instantes en mirar a su hermana. Estaba impresionada con
la decoración del recibidor. Estatuas, flores y cuadros por todas partes. Y
aquello solo era el recibidor.
–¿No eras tú la que debía estar mal?
–No parece que te haya pasado nada terrible –continuó Eleanor, tratando
de ignorar el tono con el que había hablado su hermana.
Vivi la miró. Tenía las manos en los bolsillos de los pantalones vaqueros y
su postura era una pizca agresiva. Eleanor lo ignoró también.
–Me dijiste que este lugar era un viejo mausoleo. Un montón de piedras en
medio de la nada –Vivi alzó la barbilla y miró a su alrededor–. No lo parece.
–Fuiste tú la que dijo que era un montón de piedras –señaló Eleanor,
tratando de hablar con calma–. Yo, simplemente, no discutí.
–No sabía que eras tan reservada, Eleanor. ¿Es un rasgo nuevo de tu
personalidad?
–¿De veras pensabas que el Duque de Grovesmoor iba a vivir en un
montón de piedras? –Eleanor forzó una sonrisa–. Teniendo en cuenta que es
el propietario de media Inglaterra…
–Es curioso que hayas decidido dejar de contarme cosas ahora que trabajas
en una casa tan elegante, ¿no crees?
Eleanor no podía negar que su hermana hablaba con tono agresivo, sin
embargo, se obligó a mantener la calma. No confiaba en nada de lo que
experimentaba en su interior.
Lo cierto era que desde que Hugo la había besado, no había vuelto a
sentirse la misma. Quizá Vivi tenía razón y Eleanor se había vuelto reservada
con ella. Nunca había hecho algo parecido.
«¿Cuándo te habías permitido tener una vida propia?», le dijo la vocecita
interior. «¿O se te ha olvidado que has dedicado toda tu existencia a cuidar de
Vivi? A ella no le gusta imaginar que eso haya podido cambiar».
Era posible que a Eleanor tampoco le gustara.
–Si no te lo he contado no ha sido por un motivo perverso –dijo ella–.
Creía que lo sabías todo acerca de este empleo. Fuiste tú quién me
recomendó que me presentara a la entrevista.
–Suponía que él habría enviado a la niña a una casa rural. No a un lugar
como este.
Eleanor no salió en defensa de la niña. Y tampoco indagó sobre qué era
una casa rústica para Vivir. Mucho menos se preguntó por qué consideraba
correcto que ella tuviera que vivir en un lugar mucho menos agradable que
Groves House. Porque Vivi no hablaba en serio. Simplemente decía todo lo
que pasaba por su mente. Era parte de su personalidad y, después de todo,
Eleanor se sentía muy agradecida por cada instante desde que Vivi sobrevivió
al accidente de coche que se había llevado a sus padres.
Estiró la mano para colocarla sobre el hombro de Vivi, pero ella se retiró.
–¿Qué ocurre, Vivi? –le preguntó.
Y no se sorprendió al ver que a Vivi se le humedecían los ojos de emoción.
De pronto, volvía a estar en terreno conocido. Vivi tenía problemas y Eleanor
buscaba una solución. Así era como funcionaba siempre.
–Todo va mal –comentó Vivi–. El alquiler no está pagado. Se ha agotado
el crédito de la tarjeta. El apartamento está hecho un desastre. No encuentro
nada y, lo que encuentro, está sucio y ya no sé qué hacer al respecto
–¿No has pagado el alquiler? ¿Y has superado el crédito de la tarjeta? –
Eleanor la miró asombrada–. Si te dejé dinero…
–Y eso no es lo peor. Peter le ha pedido a Sabrina que se case con él –Vivi
miró a Eleanor como si tuviese que tener una respuesta para su problema. Al
ver que su hermana solo pestañeaba, resopló con frustración–. Peter, Eleanor.
El único hombre que ha sido crucial para que yo fuera feliz, al menos desde
lo que recuerdo.
–Desde lo que recuerdas… –repitió Eleanor.
–Bueno, desde el mes pasado. Hemos sido muy cercanos.
–¿Y con «el mes pasado», te refieres al mes durante el que yo he estado
aquí, en esta casa alejada del mundo, dando clases a una niña de siete años?
–La cosa es que todo el mundo pensaba que yo tenía una oportunidad –se
quejó Vivi–, pero ha elegido a Sabrina. Ella no es mejor que las demás, y
¿qué más da que su padre tenga mucho dinero? Todo ha salido mal –Vivi
miró a Eleanor un momento–. Así que he decidido que había llegado el
momento de desaparecer. Pensé que estaría bien venir a refugiarme aquí
contigo.
–Vivi –dijo Eleanor–, ¿qué has hecho?
Vivi se encogió de hombros.
–Algunas personas tienen que aprender a reírse un poco, eso es todo.
Eleanor se percató de que seguían en el recibidor y era consciente de que
en Groves House siempre había alguien escuchando y de que nadie tenía por
qué enterarse de lo que había hecho Vivi.
Aunque si había empleado sus trucos habituales y salía en la prensa, era
posible que se enterara toda Inglaterra. Por supuesto, para Vivi eso sería un
nuevo éxito.
–Vamos –dijo Eleanor–, este no es buen sitio para hablar –agarró a su
hermana del brazo–. Iremos a un sitio más privado.
Vivi no demostró que tuviera ninguna prisa cuando empezó a caminar, con
su hermana agarrándola del brazo. Eleanor no sabía por qué estaba enfadada.
Aquello no era una novedad. Vivi era así. Nunca pensaba las cosas. El
alquiler, la tarjeta de crédito, el nuevo novio… Esperaba que todo el mundo
girara a su alrededor, tal y como Eleanor solía hacer.
Groves House no era lugar para Vivi. Eleanor no podía permitir que su
hermana se llevara…
De pronto, se sintió avergonzada. Allí no había nada que fuera suyo. Nada
que su hermana pudiera llevarse. Una hermana a la que le daría todo si
tuviera la oportunidad. La hermana que había sobrevivido al accidente y
evitado que Eleanor se quedara sola.
Eso era lo que iba diciéndose cuando dobló la esquina del pasillo que
llevaba hasta sus habitaciones y se encontró con Hugo.
En ese mismo instante, supo quién era ella. Y comprendió las emociones
que llevaba negándose todo ese tiempo. En especial, después de lo que había
sucedido una semana antes en la biblioteca.
Allí, en el pasillo, no existía más que la verdad.
Eleanor no quería que Vivi conociera a Hugo, y habría hecho todo lo
posible por evitarlo.
No quería que Hugo posara la mirada sobre su hermana, una mujer que
atraía a los hombres como él.
«O que lo intenta, al menos».
Era demasiado tarde.
Vivi reconoció a Hugo al instante y, de pronto, cambió todo su lenguaje
corporal. Sus ojos se oscurecieron una pizca y no pudo evitar soltar una risita.
Hasta ese momento, Eleanor nunca había deseado darle una bofetada.
–Señorita Andrews, no tenía ni idea de que las institutrices podían
reproducirse así, sin más –comentó Hugo–. Es extraordinario.
Eleanor vio que Hugo miraba a su hermana y se sorprendió al ver que
después volvía a mirarla a ella. Quizá trataba de buscar una explicación
acerca de por qué la había besado si podía haber besado a una mujer como
Vivi.
–Excelencia, permítame que le presente a mi hermana Vivi –comentó
Eleanor.
–Adelante –dijo Hugo, con ironía–. Si piensa que debe hacerlo.
Eleanor frunció el ceño y miró a su hermana, que parecía incapaz de
contener esa risita.
«Tranquila», se dijo Eleanor. Hugo era un hombre abrumador y cualquier
persona reaccionaría de forma imprevisible ante él.
–Es un placer para mí, Excelencia –intervino Vivi, y pestañeó mirando a
Hugo–. Yo que pensaba que todos los duques de la tierra tenían más de
cincuenta años.
–Es lo que parece –contestó Hugo–. El servilismo es lo que marca la edad
de un hombre, no el título.
Eleanor lo miró un instante y dijo:
–Si nos disculpa. He de mostrarle a mi hermana mis habitaciones y
regresar a mis quehaceres.
–Estoy seguro de que Geraldine puede arreglárselas sola –dijo Hugo.
–¿Ha estado con ella supervisando la lectura, Excelencia? No sabía que se
había tomado tanto interés.
–He estado supervisando mis cuentas. Ahora sé que tengo un montón de
niñeras demasiado bien pagadas. La niña está muy bien. Como siempre.
Vivi se rio, a pesar de que a Eleanor le parecía que no había nada divertido.
–Ha de perdonar a mi hermana, Excelencia –dijo Vivi con alegría–.
Siempre está tan seria. Siempre lo ha estado. No le sorprenderá saber que su
color favorito es el gris.
Eleanor se recordó que no había motivos para ello, pero eso no evitó que se
sintiera traicionada. De todos modos, no tenía sentido discutir con Vivi.
–Mi color favorito no es el gris –Eleanor se sorprendió al oír sus propias
palabras–. Al contrario, prefiero el rojo fuerte, pero resulta que una no puede
ir toda la vida vestida como un cardenal.
Vivi la miró con frialdad y Eleanor actuó como si no la hubiera visto.
Estaba segura de que Hugo sí la había visto. Y también de que Vivi estaba
a punto de acercarse a él y quedar como una idiota.
Eleanor no podía culparla. Ella también había hecho el idiota con él.
Hugo era abrumador. Ese día parecía una estrella del rock. Su cabello
oscuro y desordenado provocaba que ella quisiera acariciárselo. Sus ojos
oscuros brillaban con humor e ironía. Iba vestido con otra de sus camisetas
viejas que resaltaban su torso perfecto y no dejaba nada para su imaginación,
también llevaba unos vaqueros que marcaban todas las zonas equivocadas de
su cuerpo.
No obstante, Eleanor estaba casi segura de que lo único que Vivi veía en él
eran billetes.
–Si quiere vestirse de rojo, no tengo objeción –dijo Hugo, entre risas–. No
necesita llevar uniforme, señorita Andrews. Espero que la señora Redding no
la haya confundido al respecto.
–Ay, tonta –intervino Vivi. Aunque miraba a Hugo estaba hablando con
Eleanor–. Ya sabes que el rojo no te queda bien.
Hugo miró de nuevo a Vivi y Eleanor se alegró porque se sentía dolida. O
avergonzada, si era sincera consigo misma.
¿De veras había pensado que podía ser algo más, aparte de pura diversión,
para un hombre como aquel?
Sabía muy bien cómo funcionaba el mundo. Había razones para que Vivi
fuera la que encajaba entre la gente como Hugo, y no solo era porque fuera
más guapa y delgada, también porque resplandecía en dichas situaciones. Era
como si robara toda la luz de la habitación.
Los hombres como Hugo estaban destinados a juntarse con mujeres como
Vivi. Las mujeres como Eleanor estaban destinadas a ser exactamente lo que
ella era en Groves House: una empleada. Estaba bien. Hacía mucho tiempo
que había aceptado que su lugar estaba en la sombra. No sabía qué le había
pasado durante las seis semanas que había pasado en aquella casa, con tan
solo una niña de siete años con la que hablar. Había empezado a creer en los
cuentos de hadas que le leía a Geraldine. O al menos, se había sentido tentada
de hacerlo.
Incluso había permitido que Hugo la tocara.
Y ella sabía, todo el mundo sabía, que él era un hombre que jugaba con los
demás. ¿Qué importaba que dijera que en los periódicos mentían acerca de
él? Eso era lo que él decía.
Eleanor no comprendía cómo había sido capaz de sentir tantas cosas al
mismo tiempo y mentirse sobre ello. Porque si Hugo no la afectaba, tal y
como ella decía, nada de lo que Vivi hiciera o dijera debía molestarla.
Y ese era el problema. Sí le molestaba.
–Debe traer a su hermana a cenar con nosotros, señorita Andrews –dijo
Hugo–. En mis aposentos privados. Esta noche.
–Sería un placer, Excelencia –repuso Vivi, pero Hugo ya se estaba
alejando.
–No hace falta responder –le dijo Eleanor–. Es el duque y está en su casa.
No era una invitación, era una orden.
Empezó a caminar y Vivi la siguió. Eleanor se percató de que su hermana
se estaba riendo en bajito y decidió ignorarla.
Al llegar a su habitación, abrió la puerta y dejó pasar a Vivi.
–¡Madre mía! Esto va mejorando por momentos –comentó Vivi en tono
acusador y mirando a su alrededor.
Eleanor sintió que se le encogía el corazón. Se sentía culpable.
Y sabía por qué.
Su hermana habría acudido allí enseguida si hubiera sabido la opulencia
que había en Groves House. Y habría dado cualquier cosa por conocer al
Duque de Grovesmoor. Eleanor no terminaba de comprender por qué no le
había contado a Vivi, desde un principio, que Hugo estaba en la casa.
–Te gusta.
Eleanor miró a Vivi enseguida y vio que estaba apoyada en la puerta del
baño.
–No seas ridícula –le dijo–. Es mi jefe.
Vivi negó con la cabeza.
–¿Por que otra razón me habrías mentido?
–No te he mentido, Vivi. Y todavía no me has contado el verdadero motivo
por el que estás aquí.
–Te echaba de menos.
–No creo –dijo Eleanor–. Has montado escándalos y te has gastado todo el
dinero en otras ocasiones y no te has subido a ningún tren. ¿Cuál es la
diferencia esta vez?
–No quiero hablar de Londres. Es muy aburrido. Lo que no es aburrido es
que tú estés aquí con Hugo Grovesmoor. Algo que me has ocultado, noche
tras noche. Si eso no es una mentira, no estoy segura de qué es lo que es.
–Estabas convencida de que no me encontraría con él. Y no veía motivos
para contarte sus idas y venidas, porque apenas sé cuándo lo veré. O si lo
veré.
Vivi sonrió y no dijo nada más.
–¿Y por qué he tenido que estar durmiendo en un cuartucho asqueroso
mientras tú estaba viviendo como la alta burguesía?
–Estas son las habitaciones de la institutriz –dijo Eleanor–. Esto es lo que
un duque considera un cuartucho.
–Tienes un gran problema, hermanita –añadió Vivi–. Sé que tienes que
trabajar –continuó–, así que, entretanto, me daré un buen baño.
Eleanor permaneció allí de pie durante largo rato, después de que su
hermana desapareciera. Mientras oía el agua correr, trató de recuperarse e
intentó recordar a la persona que había sido ella antes de llegar a aquel lugar.
Antes de que Hugo la tocara.
Decidió que todo había terminado. Que había llegado el momento de
recordar que había ido allí para ganar dinero. Vivi era el tipo de mujer que se
juntaba con hombres como Hugo. Y por un buen motivo. Era el tipo de mujer
que montaba escándalos y salía en los periódicos.
Era alguien
Eleanor nunca había sido alguien.
Después, se obligó a marcharse de allí. Cerró la puerta de sus habitaciones
y se dirigió a buscar a Geraldine. Vivi no debería haber ido allí, pero lo había
hecho. Y encima se había encontrado con el duque nada más llegar, de modo
que él podía haberlas echado a las dos.
No obstante, no lo había hecho. Y Eleanor sabía por qué.
Y si había algo alojado en su corazón, que hizo que se le partiera en ese
mismo instante, Eleanor trató de convencerse de que no era nada.
Nada nuevo.
Nada importante.
Capítulo 9

Hugo no podía dormir.


Puesto que era un hombre que no tenía mucho cargo de conciencia, era un
tema que no solía causarle problemas. No obstante, no era que sus principios
lo mantuvieran despierto, no.
Era Eleanor.
Eleanor, la mujer de la que había llegado a depender durante las semanas
anteriores. Su desaprobación. Las palabras irrespetuosas que salían de su
boca. Esa misma boca que Hugo había besado y que lo había cautivado más
de lo que le gustaba reconocer.
Tenía la terrible sospecha de que el hechizo perduraría para siempre.
Aunque él no solía pensar en esas cosas. Si se negaba a pensar en la siguiente
semana, ¿cómo iba a pensar en el resto de su vida? O en algo parecido al
«para siempre».
No obstante, la Eleanor que creía que había conocido durante los días
anteriores, había desaparecido esa noche.
Ella se había mostrado ausente cuando él se encontró con ella y con su
hermana en el pasillo, junto a los salones de verano, de camino al ala infantil.
Ya no era la mujer feroz que lo había vuelto loco y en su lugar había una
mujer tranquila y distante, como si estuviera tratando de desaparecer de
donde estaba.
Hugo lo odiaba.
Nunca había visto a Vivi Andrews antes, sin embargo, era como si la
conociera porque había conocido a muchas mujeres como ella. En menos de
dos minutos encontró toda la información que necesitaba sobre Vivi Andrews
en el ordenador, y todos los escándalos que había montado junto a personas
de la aristocracia. Cuanto más leía sobre ella, menos comprendía acerca de
Eleanor. ¿Cómo podía ser tan sincera y formal cuando Vivi era todo lo
contrario?
Vivi, la hermana pequeña de Eleanor era el tipo de mujer con las que él
solía salir. Le sorprendía que Eleanor estuviera manteniéndola
económicamente cuando Vivi lucía ropa de marca, como la que llevaban las
mujeres de su clase. Ropa cara, donde una camiseta podía costar más de seis
mil libras. Vivi le había mostrado quién era de verdad durante su primer
encuentro, con sus sonrisas y su exagerado batir de pestañas, que hacía que
pareciera que estuvieran en una discoteca en lugar de en el pasillo de su
residencia. Durante la cena, Vivi se había comportado de la misma manera,
mientras que Eleanor parecía apagada. Vivi se mostraba convencida de que
era una mujer bella y estupenda, cuando la realidad era que había motones de
mujeres como ella. Su hermana era bella de verdad, pero él estaba seguro de
que Vivi no era capaz de darse cuenta.
No se parecía nada a Isobel, sin embargo, resultaba imposible no darse
cuenta de sus semejanzas. Hugo recibía las atenciones de Vivi como siempre
había recibido las de Isobel, experimentando un sentimiento de vergüenza,
como si por el hecho de que una persona como ellas mostrara interés por él,
lo convirtiera en una persona del mismo tipo.
Después de todo, había sido así. Con el tiempo, él se había convertido en lo
que Isobel había querido.
–Me sorprende que sean hermanas –comentó él durante la cena.
Eleanor estaba más seria que nunca. Llevaba el cabello recogido en un
moño muy tenso y se había vestido de negro como si estuviera de luto, algo
que él dudaba que no hubiera hecho a propósito.
–No sea tonto, Excelencia –le había dicho Vivi. Ella lucía un vestido que
parecía más apropiado para una discoteca del centro de Londres que para el
comedor de la residencia de un duque. Y estaba claro que lo que quería era
lucir toda la piel que el vestido dejaba al descubierto–. Todo el mundo dice
que parecemos casi gemelas.
–Nadie nos ha dicho eso. Nadie, Vivi. Nunca –le dedicó una gélida sonrisa
a Hugo–. Mi hermana y yo somos muy conscientes de nuestras diferencias,
Excelencia. Y elegimos disfrutar de ellas.
Vivi soltó una carcajada. Tal y como continuaría haciendo el resto de la
noche. Era evidente que ella se imaginaba que estaba siendo animada y
divertida, o todo lo que las mujeres como ella se dijeran para justificar su
comportamiento.
Vivi estuvo hablando sin parar y Hugo observó cómo Eleanor iba
desapareciendo. Allí, frente a él. Ella simplemente… desapareció.
Hugo se inquietó. Y experimentó algo mucho más oscuro y peligroso.
Se encontraba paseando por sus pasillos, mirando los retratos de hombres
que se parecían a él, y preguntándose por qué los problemas de una institutriz
y de su familia lo afectaban de esa manera.
En realidad, no se lo estaba preguntando. Lo sabía.
Ver como Vivi creaba un personaje soso y nada atractivo para Eleanor,
mientras ella estaba allí sentada sin defenderse era exasperante. Y también le
resultaba familiar.
Era lo que Isobel había hecho con él.
Hugo estaba en el gran salón, mirando caer la lluvia por la ventana, cuando
oyó un ruido detrás de él. Hugo se volvió y, por un momento, no pudo decir
si se estaba imaginando lo que veía o si era real.
¡Cómo deseaba que fuera real!
Eleanor iba descalza. Llevaba una especie de batín que dejaba la mayor
parte de sus piernas al descubierto y Hugo no pudo evitar preguntarse qué
llevaría debajo. No obstante, lo que provocó que sintiera una fuerte presión
en el pecho era que, por fin, llevaba el cabello suelto. Su melena oscura y
brillante caía sobre sus hombros, en lugar de llevarla recogida con tanta
tensión como otras veces. Su aspecto era mucho más delicado. Más dulce.
«Mía», pensó él al instante.
La deseaba tanto que pensó que era un sueño.
Hasta que ella se detuvo y lo miró directamente, como si no lo hubiera
visto hasta ese mismo instante.
–¿Se oculta entre las sombras, a propósito? –le preguntó ella, e incluso su
voz era diferente a media noche. Más suave. Menos retadora y más parecida a
una caricia.
–Es mi salón, y mi sombra –contestó Hugo–. Supongo que no puedo
esconderme, usted debería saber que puede encontrarme en cualquier lugar de
la casa.
Eleanor no contestó. La expresión de su rostro era muy tensa, como si
estuviera a punto de derrumbarse. Él no podría soportarlo. Él le había dicho
que aborrecía las lágrimas, y que se alejaría de ella si se pusiera a llorar.
Sin embargo, se encontró moviéndose hacia ella, mirándola como si
esperara que echara a correr en cualquier momento.
–¿Por qué me mira así? –preguntó Eleanor.
–No debería permitir que su hermana la trate así –dijo él, con más seriedad
de la debida. No fue capaz de hacer nada para evitarlo, ya que todo su
esfuerzo iba dedicado a controlar sus manos para no tocarla.
–No conoce a Vivi. Mi hermana no siente nada de lo que dice. Hay
personas que no piensan antes de hablar.
–Se equivoca –dijo Hugo, deteniéndose a poca distancia de ella. Hugo
esperaba que Eleanor se retirara o que enderezara la espalda y lo mirara de
forma desafiante–. Sale veneno de cada una de sus palabras. Y usted se lo
cree. Tarde o temprano, se creerá todo lo que le dice.
Eleanor negó con la cabeza, aunque su mirada se volvió turbia.
–Vivi es joven. Madurará.
–¿Es qué? ¿Más o menos un año menor que usted?
–No comprendería al tipo de gente con el que se mueve. La maldad es un
deporte. Cuando no trata de imitar a esas personas, es un encanto.
–Conozco muy bien la historia –le dijo Hugo–. He oído todas esas excusas
antes. Yo mismo solía creérmelas.
–Usted no tiene una hermana. Y no puede comprenderlo. Estuve a punto
de perderla cuando perdí a mis padres. ¿A quién le importan unas palabras
sin sentido?
A Hugo sí. Y el tono de voz de Eleanor sugería que a ella también. Aunque
no quisiera admitirlo.
–Tuve un buen amigo –dijo Hugo–. Y, a pesar de que nos conocíamos
desde la cuna, acabé perdiendo a Torquil por culpa del mismo veneno que me
convirtió en malvado ante los ojos de la gente. Ese es el problema con el tipo
de odio que muestra su hermana. No desaparece.
–Isobel –susurró Eleanor.
A Hugo no le gustó oír el nombre en boca de Eleanor. Como si solo con
mencionarlo ella pudiera envenenarse.
–Isobel y yo estuvimos saliendo dos semanas –dijo con amargura–. Solo
dos. Fue una relación puramente física. Yo era muy joven y cuando me di
cuenta, rompí con ella.
–No lo comprendo –dijo Eleanor, mirándolo a los ojos.
–Por supuesto que no lo comprende. Le aseguro que yo tampoco. A Isobel
no le gustaba que yo no quisiera una relación seria cuando ella quería que se
convirtiera en algo más. Y puesto que no comprendía por qué debía aceptar
una realidad que no le gustaba, se inventó su propia realidad.
–No querrá decir que… –Eleanor respiró hondo y su cabello se movió
sobre sus hombros.
Hugo no se contuvo y le acarició la melena. Estaba cálida y suave, tal y
como él imaginaba. Cuando terminó de acariciarle el cabello, se quedó con
un mechón en la mano, como si lo necesitara. Como si fuera un talismán.
–Al principio, solo era tristeza –no le gustaba hablar de aquello y se dio
cuenta de que nunca lo había hecho.
¿A quién podía habérselo contado? Todo el mundo había sacado sus
propias conclusiones.
–Ella aparecía donde yo estaba y, enseguida, publicaban una fotografía
nuestra en los periódicos, especulando acerca de si habíamos vuelto o no. Al
principio no me di cuenta de que era ella misma la que llamaba a los
paparazzi. Al cabo de un tiempo, la cobertura de la noticia adquirió un tono
más oscuro.
Hugo no sabía qué esperaba de Eleanor. Quizá un rechazo inmediato.
Después de todo, Isobel siempre había sido maravillosa y lo único raro que
había hecho en su vida, según los medios, era salir con un monstruo como
Hugo. Él no se habría sorprendido si Eleanor hubiera discutido con él. Si
hubiera tratado de negar la historia que le estaba contando.
Eleanor no dijo ni una palabra, simplemente lo miró a los ojos, dispuesta a
escuchar.
Nadie había tenido ese detalle con él. Hugo experimentó una sensación
aguda en un lugar muy cercano a su corazón, pero no tenía nombre para ella.
–A medida que pasaba el tiempo, Isobel se volvió más y más inestable. Se
juntó con Torquil, pero no le pareció suficiente, porque sabía que eso no me
haría daño. Si él quería estar con ella, a mí tampoco me afectaba, y eso era lo
que ella no soportaba. Fue cuando convenció a mi amigo de toda la vida de
que yo abusaba de ella en la intimidad, cuando pensé que su único objetivo
era hacerme daño. Fuera como fuera.
–Si no le importaba y no tenía una relación con ella, ¿cómo podía herirlo?
–preguntó Eleanor–. Ya sé, el hecho de que su amigo lo traicionara resultaba
doloroso.
Hugo se encogió de hombros.
–A veces las mujeres se interponen entre los amigos. Yo no estaba
preocupado. Pensaba que él se daría cuenta con el tiempo.
–No puedo decir que comprenda lo que uno siente cuando se publican
mentiras sobre su persona en los periódicos –dijo ella.
–Era mi padre.
Ya estaba. La pequeña verdad que Hugo nunca le había contado a nadie
más que a Isobel, había salido a la luz. No solo no la había contado porque no
tenía a nadie más a quien contársela, sino porque al hablar de ella le otorgaba
más poder. Y Hugo no quería darle a Isobel esa satisfacción… Ni siquiera
muerta.
–Yo era lo único que él tenía –al hablar notó que se resquebrajaba por
dentro–. Y lo decepcioné.
–Estoy segura de que está equivocado. Quizá creía que él pensaba de esa
manera.
–Yo sé lo que pensaba, pequeña. Él me lo dijo. Mi padre estaba dispuesto a
aguantar ciertas tonterías, pero esperaba que mi comportamiento zanjara
puesto que iba a convertirme en el Duque de Grovesmoor. Entonces, conocí a
Isobel y ella comenzó su campaña contra mí.
–Seguro que su padre no creía lo que decían los periódicos.
–Por supuesto que no. Mi padre nunca perdería el tiempo con esa basura.
El problema no eran los periódicos, sino que todo el mundo creía lo que leía
y, al final, la gente hablaba mal de mí hasta en su propia casa. Delante de él.
–¿Quién iba a hacer algo así? –preguntó Eleanor–. ¿Y su padre cómo iba a
creer a alguien que despotricaba de su hijo delante de él?
Era una buena pregunta, y Hugo deseó poder preguntársela a su padre.
–A veces los rumores son peores que el hecho en sí –contestó–. Los hechos
pueden demostrarse o no, los rumores perduran para siempre. Y con el
tiempo, uno se da cuenta que vive según lo que se rumorea de él. Aunque sea
en contra de su voluntad.
–¿No había nada que pudiera hacer? ¿No podía contar la verdad?
–Ese es el problema de los rumores, pequeña –murmuró Hugo–. Son más
creíbles que la verdad. Mi padre era un hombre de mundo. Él también
protagonizó varios escándalos en su momento. Para él no tenía sentido que
una chica como Isobel, que podía salir con cualquiera, perdiera el tiempo
fingiendo tener una relación con un hombre que no la quería. Y creo que
descubrirá que hay más gente que opina lo mismo.
–Seguro que podía demostrarlo.
–¿Cómo? Donde hay humo, la gente cree que hay fuego. Y cuanto más
arde el fuego, más se cree que has debido de contribuir de alguna forma a que
se haya prendido, ya que, si no, lo habrías apagado. Isobel no tenía intención
alguna de dejarlo morir.
Hugo recordó la tarde en Santa Bárbara durante la que Isobel le había
dicho con una sonrisa:
«Siempre serás mío, Hugo. Siempre. Da igual lo que hagas o dónde vayas,
todos te mirarán y pensarán en mí».
–Me sorprende que no saliera con ella solo para que se callara –dijo
Eleanor, con tono furioso–. Solo para que parara de una vez.
–Pensé en ello, pero no quería estar cerca de ella. Y después, llegó
Geraldine.
–Nada de esto es culpa suya –dijo Eleanor.
–Por supuesto que no. Nunca la trataría mal por todo esto.
–Pero…
–Pero no me importa que el mundo crea que lo hago –negó con la cabeza–.
Antes de Geraldine, fue Isobel y su embarazo. Y créame, lo utilizó bien
utilizado. Le contó a mi padre que la niña era mía.
–Lo había dejado. Se había casado con su amigo. ¿Cómo podía ser suyo?
–Isobel no me dejó. Nunca estuvimos juntos, pero ella le contó a mi padre
que sí. Y después le dijo que me había negado a cumplir con mi deber. Que le
había dicho que se deshiciera del bebé. Que yo era el monstruo que ella había
contado que era en los periódicos.
–Debía haber pedido una prueba de paternidad.
–Lo hice –repuso Hugo–, pero mi padre murió antes de poder enseñarle el
resultado. Tuvo un fallo cardiaco y no se recuperó. Creo que el disgusto lo
mató, aunque los médicos lo explicasen, en otros términos.
Se había olvidado de que estaban en medio del salón. Solo podía ver a
Eleanor y la expresión de susto que tenía en el rostro. Como si solo
estuvieran ellos dos en el mundo, como si lo que él le estaba contando fuera
algo más que una simple historia.
Hugo comprendió que él le estaba contando la historia del hombre más
odiado de Inglaterra y ella lo estaba creyendo.
Ella lo creía.
Entonces, Eleanor se puso de puntillas y colocó las manos sobre el torso de
Hugo. Una de ellas, justo sobre su corazón lastimado.
–Lo siento, Hugo –susurró–. Me avergüenzo de haberme creído todas esas
historias también.
Hugo la miró y le cubrió la mano con la suya.
–¿Sabes que eres la única persona que conozco que se ha disculpado? Y
encima eres las que menos daño me ha hecho.
–Te he hablado como si te conociera. Como si todas las historias que he
leído fueran la verdad, cuando no podía ser. La verdad nunca es blanca o
negra. No hay héroes, ni malvados, solo personas.
–Quizá, pero también hay más Isobeles en el mundo. Molestan a otros
porque pueden hacerlo. Y les da placer. Eleanor, tu hermana es una de ellas.
Eleanor trató de retirar la mano, pero Hugo la retuvo.
–No lo comprendes –comentó ella.
–Sí –Hugo se acercó hasta que apenas quedaba espacio entre ellos–. Esta
noche vas descalza, llevas el cabello suelto, toda tú eres delicada y femenina.
–No esperaba encontrarme con nadie vestida con lo que llevo para dormir.
Hugo le cubrió los labios con la mano y sonrió.
–Eleanor, ¿quién te ha dicho que ser delicada y femenina sea algo malo?
–No es malo, pero no soy así –frunció el ceño–. Es cruel por tu parte fingir
que no te has dado cuenta, después de conocer a Vivi. La guapa no soy yo.
Nunca lo he sido.
–Tu hermana es guapa, sí –dijo él–. De un modo que, supongo, atrae a
cierto tipo de hombres. ¿Y tú? –le acaricio el rostro antes de acariciarle la
nuca–. ¿Cómo puedes no darte cuenta de lo bella que eres? ¿Despampanante?
No hay comparación.
A Eleanor le brillaron los ojos y le temblaron los labios de la emoción.
–No tienes que mentirme, Excelencia –susurró.
Y Hugo no sabía qué hacer con una mujer que creía que él era mucho
mejor hombre de lo que nadie había creído en años, pero no creía que ella
fuera la criatura más bella que él había tenido entre sus brazos.
Así que, hizo lo único que podía hacer. Besarla.
Capítulo 10

Era como bailar.


Eleanor no estaba segura de si debía dejarse llevar por lo que parecía un
cuento de hadas, pero él la estaba besando y no era capaz de pensar en nada
más.
No quería pensar en cómo había salido de su habitación después de dar
vueltas en la cama durante horas, consciente de que no iba vestida como una
institutriz o una invitada debía vestir, pero sabía que necesitaba hacer algo
con el dolor y el sentimiento de traición que había experimentado después de
la cena. Así que, pensó que era buena idea pasear por Groves House. Con la
melena suelta. Descalza.
¿Era eso lo que iba buscando?
No le importaba, porque era como si estuviera bailando.
Hugo la besaba sin parar mientras le acariciaba el cuello y la espalda.
Finalmente, la sujetó por las caderas y la estrechó contra su cuerpo.
–No consigo saciarme de ti –murmuró Hugo contra sus labios, como si
decirlo, le resultara doloroso–. No lo consigo.
Entonces, la tomó en brazos.
Eleanor sabía que debería haberse quejado. Al fin y al cabo, ella era su
empleada.
Y él era Hugo Grovesmoor. Y Vivi estaba allí, en la casa, pero él no la
había elegido.
Había elegido a Eleanor. La había llamado bella y la había besado, después
de haber conocido a Vivi.
Por primera vez en su vida, alguien había elegido a Eleanor.
Hugo la llevó en brazos por la casa. Eleanor no sabía qué hora era, pero
deseaba que la noche durara para siempre.
Apoyó la cabeza sobre el hombro de Hugo y permitió que la llevara hasta
sus aposentos. Atravesaron pasillos y subieron escaleras, pero, en esa
ocasión, él no la llevó hasta la biblioteca, ni hasta aquel comedor donde ella
había pasado toda la noche sintiendo que no existía.
De pronto, allí estaban, en un salón privado de decoración masculina,
muebles de madera oscura, grandes cuadros y alfombras tupidas. También
había una gran chimenea que recordaba a los castillos medievales.
A medida que Hugo se adentraba hasta su dormitorio, Eleanor notaba que
se le iba acelerando el corazón.
Hugo se detuvo junto a una enorme cama, donde colocó a Eleanor como si
fuera lo más preciado que tenía
Eleanor se estremeció. Se sentía muy frágil y no recordaba que nadie la
hubiera tratado así anteriormente, como si fuera importante. Suponía que sus
padres lo habrían hecho, pero ella no lo recordaba. En sus recuerdos, era ella
la que siempre cuidaba de otras personas.
Levantó la cabeza para mirar a Hugo y vio que él la estaba mirando con
deseo. Él la hacía sentir como si estuviera bailando, a pesar de que estaba
muy quieta. También la hacía sentirse pequeña, pero de la mejor manera.
Lo cierto era que él hacía que se sintiera como el tipo de chica que nunca
había sido. Animada, desenfadada. Encantadora.
Hugo la hacía sentir como ella siempre había imaginado que se sentiría una
mujer como Vivi.
Todavía no podía creer que fuera ella la que estaba sentada en la cama del
duque. Que hubiera sido la elegida en lugar de Vivi.
Era su oportunidad para disfrutar de lo que nunca había disfrutado antes.
De ser esa chica con la que había soñado en varias ocasiones.
–Podría decirte que no muerdo, pequeña –comentó Hugo con una sonrisa–,
pero sería mentira.
–No te tengo miedo.
–No, tú no. Y ese es uno de los motivos por los que me gustas tanto. Aún
así, me estás mirando como si esperaras que fuera a comerte viva.
–Ah –dijo Eleanor–, pensaba que eso era precisamente lo que ibas a hacer.
Hugo respiró hondo.
–Me vas a matar –murmuró.
La rodeó por la cintura y la movió hasta el centro de la cama antes de
colocarse sobre ella.
–Respira –le dijo.
–Estoy respirando –susurró ella.
–Asegúrate de que no paras –le ordenó–. No he matado a ninguna virgen
todavía.
Y Eleanor se alegró de que él lo supiera. De que ella no tuviera que hacer
ninguna confesión. De que Hugo no pareciera interesado en por qué seguía
siendo virgen a los veintisiete años. Solo parecía interesado en la mujer que
tenía bajo su cuerpo y a la que miraba como si fuera un regalo.
Eleanor se sentía segura con él. Y nunca había imaginado que eso fuera
posible.
–Deja de pensar tanto, pequeña –le dijo él.
–Para ti es fácil decir eso –contestó ella.
–Es muy sencillo –sonrió él–. Si quiero que hagas algo, te diré cómo
quiero que lo hagas. Si no, solo tienes que disfrutar y dejarte llevar.
Eleanor frunció el ceño.
–Parece algo muy egoísta.
–Eleanor, por favor, te prometo que no podrás ser más egoísta que yo.
Entonces, la besó de nuevo y Eleanor dejó de pensar al instante.
Hugo se tomó su tiempo.
La besó y la acarició por todo el cuerpo hasta que provocó que se
contoneara de un lado a otro. Después, le retiró el batín que llevaba y la ropa
interior y comenzó de nuevo.
En esa ocasión, empleó la boca también.
Le cubrió los pezones con los labios y succionó sobre ellos hasta que ella
gimió. Jugueteó con ella, provocando que arqueara su cuerpo y gimiera una y
otra vez. Entonces, cuando ella creía que no podía más, le cubrió la
entrepierna con la boca.
Le acarició el sexo con la lengua. Aquello era mucho mejor que lo que le
había hecho con los dedos en la biblioteca.
Era algo que Eleanor nunca había imaginado.
Y cuando llegó el momento, ella no temió y permitió que él la llevara al
límite una y otra vez.
Cuando abrió los ojos de nuevo, Hugo se había desnudado y se estaba
colocando sobre ella, sin dejar de mirarla a los ojos.
–Lo estás haciendo muy bien –le dijo.
A partir de entonces, Eleanor solo pudo pensar en las sensaciones que él le
provocaba con su cuerpo. Colocó la mano entre ambos y le rodeó el
miembro. Él respiró hondo y sus ojos brillaron de manera extraña.
Eleanor retiró la mano y dijo:
–No quería hacerte daño.
–No me has hecho daño. Te lo prometo. No hay posibilidad de que me
hagas daño, pero espera un poco para eso.
Eleanor se percató de lo que estaba pasando. Hugo era un hombre fuerte,
pero aún así se había estremecido con sus caricias. ¿Cómo podía habérselo
imaginado?
Hugo se movió y colocó la punta de su miembro sobre los pliegues
húmedos del sexo de Eleanor. Empezó a moverse sobre ella, contra el lugar
que más la hacía estremecer.
–¿Me dolerá? –preguntó ella.
–Terriblemente.
–¿Se supone que era para tranquilizarme?
–Me parece que eres una mujer que aprecia la verdad, Eleanor. ¿No es así?
–No puede ser tan malo, si no, la gente no lo volvería a hacer.
–Si ya lo sabes, ¿por qué preguntas?
Eleanor lo miró con el ceño fruncido. Abrió la boca para contestar y, en
ese momento, él la penetró.
Eleanor se atragantó con sus palabras. Un intenso dolor se apoderó de ella.
Un dolor que al instante se convirtió en una intensa sensación. No era dolor.
Se sentía desnuda, frágil y apreciada al mismo tiempo.
–¿Te ha dolido? –preguntó Hugo.
Eleanor movió las caderas una pizca. Y después, otra vez. Con cada
movimiento, la sensación cambiaba, y se extendía por todo su cuerpo.
–Terriblemente –susurró ella.
Hugo sonrió. Y comenzó a moverse despacio en su interior.
Poco a poco, con delicadeza, fue aumentando el ritmo hasta que ella sintió
que algo se abría en su interior, provocándole una inmensa sensación de
felicidad.
–¿Qué diablos estás haciendo conmigo? –susurró él contra su cuello.
Y entonces, Eleanor vio la luz en su interior.
Él la había elegido. Y allí, bajo su cuerpo, empezaba a pensar que quizá
también pudiera necesitarla.
No solo para pasar un buen rato. Él era Hugo Grovesmoor y podía tener a
cualquier mujer para tener sexo. Sino porque ella era Eleanor.
Porque juntos, eran «ellos».
Y eso era lo más preciado de todo.
Con cada penetración, ella se lo creía cada vez más.
Y cuando se encontró al borde del precipicio, junto a él, comprendió que lo
que sentía era amor.
Sobre todo, cuando Hugo la siguió gritando su nombre.
Capítulo 11

Al día siguiente, era muy temprano cuando Eleanor se bajó de la cama de


Hugo. Apoyó en el suelo sus piernas temblorosas, junto a la enorme cama en
la que había aprendido muchas cosas sobre el placer.
Cosas maravillosas que todavía provocaban que se sonrojara al acordarse
de ellas.
Le dolía todo el cuerpo. Incluso lugares que desconocía y que todavía
ardían de placer, provocando que se sintiera como si se hubiera despertado en
el cuerpo de otra mujer.
Pensó que debería sentirse avergonzada. Quizá lo haría más tarde, cuando
asimilara toda la realidad. Desde luego, en aquel momento, no se arrepentía
de nada.
Encontró la ropa que había llevado la noche anterior y se la puso, tratando
de no recordar cómo se la había quitado Hugo.
Miró hacia la cama y vio a Hugo dormido en el centro. Había saboreado
cada centímetro de su cuerpo. Había rodeado su miembro con la boca y había
aprendido a darle placer. Él le había enseñado a colocarse a horcajadas sobre
su cuerpo y la había poseído en esa postura. También le había enseñado todo
lo que podía hacerle con las manos, y ella había intentado hacer lo mismo que
él.
Eleanor no sabía que había tantas posturas para hacer el amor. Llegar al
clímax a la vez, quedarse dormidos, despertar y empezar de nuevo…
Y estaba dispuesta a volverlo a hacer, siempre y cuando Hugo estuviera a
su lado.
Hugo, el hombre que estaba tumbado boca abajo con los brazos
extendidos. Que parecía más cercano cuando dormía. Que se consideraba el
monstruo más grande de Inglaterra, solo porque todo el mundo lo
consideraba así.
Todo el mundo, excepto Eleanor.
Ella se colocó el pelo tras las orejas y se obligó a darse la vuelta y dirigirse
hacia la puerta. Dejar a Hugo allí era lo último que deseaba hacer, pero tenía
que atender a una niña que se había visto abandonada y ya había sufrido
bastante.
Y si había una parte de ella que no deseaba estar allí cuando Hugo
despertara, era por puro sentido práctico. Quizá Hugo no había mantenido
una relación con Isobel Vanderhaven, tal y como todo el mundo creía, pero
eso no significaba que hubiera sido un santo.
Eleanor se negaba a ser la típica mujer virgen como la que había visto
muchas veces en las películas. Del tipo que se enamoraba en cuanto un
hombre se fijaba en ella y quedaba como una auténtica idiota.
Una vez en el pasillo, Eleanor avanzó deprisa. Era temprano y pensó que
todavía no habría nadie levantado en la casa, aún así, intentó llegar a sus
habitaciones por la ruta menos frecuentada para que nadie la viera.
Nada más llegar a la puerta de su habitación, suspiró pensando en la
enorme bañera.
–¿Dónde has estado?
Eleanor se sobresaltó al oír aquella voz. Enseguida reconoció a Vivi y trató
de convencerse de que no debía sentirse culpable por nada.
Sin embargo, fue así como se sintió al ver a su hermana con los brazos
cruzados y furiosa.
–A veces, cuando no puedo dormir, salgo a pasear por los pasillos –dijo
Eleanor–. Al menos hago que se mueva la sangre
Vivi soltó una risita.
–No pretenderás que me crea tal cosa, ¿verdad? Soy tu hermana, no tu
alumna de siete años.
–¿Qué haces aquí, Vivi? La habitación de invitados está al otro lado de la
casa.
–He venido a buscarte. Quería pasar un rato contigo. ¿Y sabes qué? No has
regresado durante horas.
–¿Querías pasar un rato conmigo a mitad de la noche? –preguntó Eleanor,
sin esforzarse por disimular su escepticismo–. ¿Creías que iba a estar
despierta? ¿O pensabas despertarme a pesar de que sabías que al día siguiente
tenía que trabajar?
Eleanor sabía que no habría pasado nada si Vivi la hubiera despertado.
Siempre había sido ese su papel. Y había sido ella la que había decidido
mantenerse en él.
Siempre había deseado que la necesitaran, porque el amor era engañoso, y
la gente moría y desaparecía. Si la necesitaban, se volvía indispensable.
–¿Crees que no sé dónde has estado? –preguntó Vivi–. ¿Cómo has podido
hacerlo?
–No sé qué es lo que crees que he hecho –dijo Eleanor, enderezando la
espalda–. A ti, nada.
Vivi negó con la cabeza.
–Con todo lo que he hecho por nosotras, Eleanor. Y ni siquiera puedes
contarme la verdad.
–Creo que eso es injusto.
–Si tienes una aventura con el duque, deberías habérmelo dicho, así no me
habría molestado en hacerme la tonta durante la cena de anoche. ¿O es que
solo soy una diversión para entretenerte a ti y a tu amigo aristocrático?
–No tengo ningún amigo aristocrático, Vivi –dijo Eleanor con voz
temblorosa–. Creo que ambas sabemos que tú eres el problema, no yo. Yo
trabajo en Groves House. Tú estás de vacaciones. Hace años que decidimos
que tenía sentido que te buscaras un marido rico y, desde entonces, lo único
que has hecho es ir a fiestas y gastarte el dinero que yo gano. ¿Quién se
divierte a costa de quién?
–Por eso dicen que es un monstruo –dijo Vivi–. Lo sabes, ¿verdad?
Arruina todo lo que toca. Incluso nuestra relación.
De pronto, Eleanor sintió que había acabado con aquella conversación.
Enderezó la espalda y recordó que era una mujer adulta. No tenía por qué
ofrecer explicaciones.
Y tampoco necesitaba oír lo que su hermana opinaba de Hugo sin
conocerlo.
–No necesito un interrogatorio, Vivi. Tengo que trabajar en un par de
horas.
–No pensarás que… –comenzó Vivi a modo de reproche.
–Yo no te pido que rindas cuentas, ¿no? –contestó ella–. Yo quiero creer
que todo lo que haces lo haces pensando en lo mejor para las dos. No
comprendo por qué no puedes hacer lo mismo por mí.
Se dirigió al baño, esperando que Vivi la agarrara del brazo y montara un
numerito, como había hecho otras veces en el pasado. Sin embargo, su
hermana la miró y la dejó pasar.
Eleanor abrió el grifo y llenó la bañera actuando como si todo fuera
normal. Como si siguiera siendo una mujer virgen, la misma mujer del día
anterior.
Como si no hubiera pasado la noche con Hugo.
Por mucho que quisiera a su hermana, no deseaba compartir con ella lo que
había pasado. Quería guardárselo para sí.
–Te comerá y te escupirá después –dijo Vivi desde la puerta–. Eso es lo
que hace. Es como si fuera su trabajo, porque no tiene trabajo de verdad.
Eleanor no dijo nada, aunque se le ocurrían muchas cosas que decir.
Simplemente, se acercó a la puerta y sonrió a su hermana.
–¿Estás preocupada por mí? ¿O hay algo más?
Vivi se sonrojó.
–Por supuesto que estoy preocupada por ti. ¿Qué más iba a haber?
–No me lo puedo imaginar.
–No estoy celosa, si es a lo que te refieres.
–¡No, por favor!
–Lo cierto es que conozco bien a los hombres como Hugo Grovesmoor Y
tú no. He pasado años alrededor de ellos, mientras que tú…
–Sí –convino Eleanor–. Mientras que yo he estado en la sombra como la
asistenta.
Vivi la miró.
–Si no te gusta tu vida, cámbiala. Yo te ayudaré, pero Hugo Grovesmoor
no es el cambio, Eleanor. Es como una bomba atómica. Y comprendo que
ahora estás excitada y pletórica, pero creo que no estás preparada para el daño
que un hombre como él puede hacerte.
–Te quiero, Vivi. Y sabes que es verdad. Ahora tengo que prepararme para
el resto del día.
–Yo también te quiero –contestó Vivi–. Y no te preocupes, voy a
demostrártelo. Cuidaré de ti. Tal y como siempre he dicho que haría.
Eleanor no estaba segura de lo que eso significaba, pero sí estaba segura de
que no quería saberlo.
Se metió en la bañera y permaneció allí hasta que llegó la hora de irse a
buscar a Geraldine. Repasó las lecciones con la pequeña y habló con ella
sobre lo que debía hacer mientras Eleanor estuviera fuera. Ya habían pasado
seis semanas y Eleanor tenía unos días de vacaciones.
No vieron al duque en ningún momento, y Eleanor se alegró por ello.
Necesitaba el día para recuperarse.
–Todo está bien –se dijo mientras subía las escaleras hasta sus
habitaciones–. Como siempre.
No obstante, cuando entró en su dormitorio, Vivi la estaba esperando allí.
–Deberías haber pedido que te trajeran una cama.
–Creo que será mejor que recojas tus cosas, cariño –contestó Vivi–. Hemos
de irnos esta noche.
–No es necesario –dijo Eleanor, y se sentó en una silla–. Podemos irnos
por la mañana. Supongo que habrá más trenes.
–No lo comprendes –dijo Vivi, mirando de un lado a otro–. No vas a
querer estar aquí por la mañana.
Eleanor descubrió que estaba cansada. Muy, muy cansada. Eso era lo que
le sucedía a una persona que apenas había dormido por la noche, pero no se
arrepentía.
–Vivi… No creo que…
–Te dije que cuidaría de ti y hablaba en serio –dijo su hermana–. Hay
ciertos periódicos que pagarían cualquier cosa por tener una historia sobre
Hugo, aunque fuera falsa.
Eleanor, se alegró de estar sentada…
–No… He firmado un contrato de confidencialidad. No puedo vender
nada.
–Tú, no –dijo Vivi–, pero yo sí. No ha habido ninguna novedad respecto a
Hugo desde hace años. Todo el mundo está harto de especular con el horror
que le está causando a esa pobre niña. Una aventura con la institutriz es justo
lo que necesitan, ¿no crees?
–Te lo prohíbo –soltó Eleanor, poniéndose en pie.
Vivi la miró unos instantes.
–Lo suponía.
–Suponías bien.
–Por eso no te he consultado. Ya está hecho, Eleanor. Tenemos quinientas
mil libras en nuestra cuenta y no tendrás que decir nada. Ni hacer nada.
Nuestros problemas han terminado. La historia se publicará mañana –Vivi
ladeó la cabeza–. Y si yo fuera tú, no estaría aquí cuando él la lea.
Capítulo 12

Eleanor lo había traicionado.


Lo que más le molestaba a Hugo era que, de algún modo, estaba
sorprendido por cómo se habían desarrollado las cosas.
–Se han ido para tomar el último tren –le había dicho la señora Redding la
tarde anterior cuando Hugo se rebajó a preguntar dónde estaba Eleanor–. Y
añadiría que parecía ansiosa por disfrutar de sus vacaciones, si me lo
pregunta.
–Nadie se lo ha preguntado –contestó Hugo con una sonrisa.
Eso había sido antes de que los periódicos publicaran las noticias de la
mañana. Cuando todavía estaba deseando verla. El día anterior, al despertar,
había visto que ella no estaba en su cama y se había sentido como si le faltara
una pierna. Era como si hubiesen pasado cinco años durmiendo juntos, y su
repentina ausencia resultaba dolorosa.
Dolorosa.
Hugo no comprendía nada. O quizá no quería comprenderlo. El día
anterior, solo había deseado perderse en su inocencia. En su dulzura. En su
aroma embriagador.
De algún modo, se había olvidado del cinismo cuando estaba con Eleanor.
Un imperdonable error.
Porque, en algún momento del día anterior, mientras él seguía en su cama
rodeado de su aroma, Eleanor le había contado a su hermana lo que había
sucedido entre ellos. Quizá le había explicado que su plan había funcionado.
Y Vivi, había vendido la sugerente historia a los periódicos.

El duque más odiado de Inglaterra tiene escarceos sexuales con su


institutriz.

Él mismo podía haberlo escrito.


Lo que le sorprendía era no haberlo hecho. Había bajado la guardia por
primera vez, desde que Isobel lo había atrapado… Incluso le había contado a
Eleanor la verdad. Como si pudiera confiar en ella.
Hugo no podía confiar en nadie. Nunca. ¿Cuánto tardaría en aprenderlo?
Lo cierto era que él les había proporcionado a Eleanor y a su hermana toda
la munición que necesitaban. ¿Cómo era posible que no se hubiera dado
cuenta?

Hugo trata a su institutriz como si fuera su harén privado.

Eso era lo que se decía en los periódicos.

No le importa nada la hija de Isobel, y prefiere mantener sexo salvaje en


su residencia a cambiar pañales.

No era algo que no hubiera leído miles de veces. Ni siquiera estaba


especialmente bien hecho. Aparecía una foto de Vivi, como si ella fuera la
institutriz, junto a una de una mujer que parecía Eleanor. También fotos de
Isobel y Torquil, y una de Geraldine gateando, con su cabello rizado, sin
dientes y un pañal que debía cambiarse de inmediato, como si no hubiera
crecido durante todos esos años.
Hugo se sintió tentado de llamar a Vivi Andrews y exigirle una parte del
dinero que habría recibido por la noticia. No obstante, no podía hacerlo
porque tendría que hablar fríamente de cuándo Eleanor y Vivi había decidido
tenderle una trampa tan buena.
Además, tendría que hacerles la pregunta que no quería hacer, aunque
deseara conocer la respuesta: ¿Cómo sabían que la inocencia de Eleanor haría
que se arrodillara ante ella? Durante toda su vida las mujeres se habían tirado
a sus brazos en busca de dinero, o de un artículo en el periódico. Él conocía
bien todas las artimañas que podían emplear para cazarlo
Sin embargo, ellas habían elegido otra distinta y había funcionado.
Tenía muchas preguntas para Eleanor. Incluso se sentía tentado a
preguntarle si había mentido acerca de su virginidad, pero no. Él lo sabía
bien. Había estado allí. La traición era real, pero lo que pasó aquella noche,
también. Igual que lo que había pasado entre ellos.
Hugo no recordaba cuándo había sido la última vez que se había rendido
ante la autocompasión. Se dirigió a la biblioteca y miró las estanterías que
Eleanor había estado a punto de tirar aquella noche de pasión. Esa noche, se
sentía tentado a tirarlas él, con una botella de whisky y a cabezazos.
Porque no aprendía.
Era el monstruo que aparecía en todas las fantasías de Inglaterra y pagaba
sus penas solo, en aquella casa.
Nada podría cambiar aquello. Ni el hecho de que su pupila fuera una niña
sana y relativamente feliz.
Quizá había imaginado que todo había cambiado aquella noche, pero solo
era una prueba más de que era un verdadero idiota.
–No hay nada nuevo en ello –murmuró–. Es la historia de mi vida.
Y estaba seguro de que también pagaría por ello.
De pronto, se abrió la puerta de la biblioteca y Hugo se volvió para ver
quién era.
Al ver a Geraldine en la puerta, se sorprendió. La niña nunca iba a buscarlo
sola, y menos allí. La pequeña solía mirarlo con suspicacia durante las cenas,
pero esa noche lo miraba con el ceño fruncido.
La pequeña parecía malhumorada y decidida.
–Sí, ¿Geraldine? –la saludó desde la butaca que estaba frente al fuego,
tratando de parecer un tutor de verdad y no el hombre malvado más famoso
del mundo.
La niña arrugó la nariz y apretó los labios. Seguía con el ceño fruncido y
Hugo decidió que era un gesto aprendido de Eleanor. Al instante, sintió una
extraña sensación parecida al dolor. Era imposible. No podía permitírselo.
–La niñera Marie dice que la señorita Andrews no va a regresar nunca.
Hugo esperó a que Geraldine continuara, pero la niña lo miró sin decir
nada.
–No sé muy bien cómo la niñera Marie se ha aventurado a tomar
decisiones acerca de las empleadas.
–Me gusta.
–¿La niñera Marie? Me temo que no sabría reconocerla.
–La señorita Andrews.
Geraldine contestó con tono tajante. Y ese era el problema. Hugo también
echaba de menos a la señorita Andrews.
Le había contado a Eleanor cosas que no le había contado a nadie. Él
esperaba que ella lo comprendiera, cuando nadie más lo había comprendido
nunca. Sin embargo, ella lo había hecho. Además, le había entregado su
virginidad. A él. Como si nunca hubiera pensado que Hugo el Terrible no era
el adecuado para ese regalo.
Como si se hubiera sentido completamente a salvo con él. Algo que
resultaba imposible.
Y si eso no era suficiente, Hugo no estaba seguro de que, aquella noche,
ella fuera la más frágil de los dos. Había partes de su persona que ya no
encajaban como antes.
–No la has despedido, ¿verdad? –preguntó Geraldine.
Hugo la miró. La niña entró en la habitación, se acercó a la chimenea y
colocó las manos en sus caderas antes de mirarlo como si no le importara
nada en el mundo.
Durante los tres años que habían pasado desde la muerte de Isobel y
Torquil él se había mantenido a distancia de la pequeña. Había cubierto todas
sus necesidades, pero siempre de manera que no pudiera herirla.
Hugo estaba convencido de que eso era lo único que podía hacer. Daño.
Por supuesto, no se había permitido encariñarse con Geraldine. Ni con
nadie.
Sin embargo, solo podía pensar en Eleanor. En su adorable rostro y en la
manera en que había defendido a Geraldine. «No es culpa suya», había dicho
ella.
Y Hugo lo sabía. Había hecho todo lo posible para asegurarse de no
mostrar nunca lo que sentía hacia Isobel delante de Geraldine. Y no se le
había ocurrido que hasta que conoció a Eleanor, no había permitido que sus
sentimientos se entrometieran en algo.
Sentía aprecio por aquella niña. Le gustaba que no fuera temerosa. Que
con tan solo siete años no dudara en entrar en su biblioteca para enfrentarse a
él. Y cuanto más la miraba, menos parecía importarle a ella. Alzando la
barbilla, la niña suspiró con impaciencia.
Era una luchadora. ¿Cómo no iba a adorarla por ello?
Especialmente cuando él había dejado de luchar hacía mucho tiempo.
–Si la hubiera despedido habría sido mi decisión, y no tendría que
consultarte, Geraldine –la reprobó Hugo. Al ver que se ponía tensa, añadió–:
No la he despedido.
Con el dedo, señaló la butaca que estaba frente a la suya. Geraldine
obedeció y se sentó con los brazos cruzados.
–Si no te has deshecho de ella, ¿dónde está? –le preguntó Geraldine, como
si lo hubiera pillado en una mentira.
–Estoy seguro de que la señorita Andrews te ha dicho que iba a tomarse
unos días de vacaciones. No podemos encerrarla en una caja y obligarla a
quedarse aquí todo el tiempo.
La idea le resultaba atractiva.
–¿Y por qué no? –preguntó la niña.
–Una pregunta excelente.
–Deberíamos ir a buscarla –dijo Geraldine, gesticulando con la mano como
si Hugo fuera idiota por no haberlo pensado.
Hugo la admiraba. Geraldine no había cumplido diez años todavía y
mostraba más capacidad de lucha que la que había mostrado él en los últimos
quince años. Él nunca había librado las batallas que pensaba que no podría
ganar. Sin embargo, era la única referencia que tenía la niña y ella se
mostraba indignada y, si él no se equivocaba, llena de amor.
Amor.
De pronto, lo comprendió. Una vez más, era una batalla que no podría
ganar, pero en esa ocasión sí pensaba librarla.
–Sí –dijo él, sonriendo a Geraldine hasta que ella le correspondió con otra
sonrisa.
Estaban juntos en aquella misión.
–Deberíamos ir a buscarla. Es una idea excelente.
Capítulo 13

Regresar a Londres fue como recibir una bofetada de realidad, pero no le


quedaba más remedio que sonreír y aguantar.
Eleanor apretó los dientes y se puso a limpiar el desastre que había hecho
Vivi.
No el gran desastre, por supuesto. No el desastre que la hacía sentir muy
mal, pequeña y avergonzada. O por el que se ponía a temblar cada vez que
veía el Daily Mail en un quiosco. No, ese desastre no tenía solución. Vivi
había vendido la historia de Eleanor como si fuera la suya y aseguraba,
orgullosa, que volvería a hacerlo. Decía que era por el bien de las dos, pero
Eleanor pensaba de otra manera. Daba igual. Ya estaba hecho.
Y para Hugo, Eleanor no era más que otra cicatriz para añadir a su
colección. Otra mentira.
Eleanor decidió concentrarse en las cosas que sí podía solucionar.
Habló con la casera y le explicó la situación lo mejor que pudo, tratando de
que no se enfadara demasiado ya que Vivi todavía no había recibido el dinero
que le habían prometido. Después, lo limpió todo. Las ventanas, los platos,
los cubiertos, las tazas de té.
Limpió todo el apartamento como si fuera una penitencia, pero nada de eso
hizo que se sintiera mejor.
Eleanor sospechaba que no llegaría a recuperarse nunca. No importaba
cómo había llegado a traicionar a Hugo. La realidad era que lo había
traicionado, y ni siquiera había tenido la decencia de mirarlo a los ojos y
decirle que lo había hecho.
Ni siquiera le había dicho adiós.
Se había marchado al anochecer, con su maleta y su hermana, como si
fuera una ladrona.
Esa era la parte con la que creía que no podría vivir. La que provocaba que
se le formara un nudo en el estómago.
–Estás siendo un poco dramática, ¿no crees? –le preguntó Vivi una tarde.
Tal y como solía hablarle en la vida anterior, antes de que conociera a
Hugo Grovesmoor y no pudiera ni imaginarse cómo él le cambiaría la vida.
Eleanor miró a su hermana por encima de la pila de ropa que tenía que
arreglar. Los pantalones de Vivi. Las faldas de Vivi. La ropa cara que su
hermana ni se molestaba en tratar con cuidado.
–¿Mientras me dedico a arreglarte la ropa? –preguntó Eleanor–. No sabía
que se podía ser teatrera mientras se cose.
Vivi se levantó de delante de la televisión donde había estado siguiendo los
ejercicios de un entrenador famoso.
–Todo el mundo está obsesionado con este entrenamiento.
Eleanor no dijo nada.
Vivi se sentó en el sofá y Eleanor se volvió para mirarla.
–Sé que crees que me odias –dijo Vivi–. Lo comprendo. E incluso lo
acepto. No tienes ninguna experiencia con estas cosas.
–Si te refieres a inventar historias y venderlas al mejor postor, pues no, no
tengo experiencia.
–Me refiero a Hugo. A los hombres.
Eleanor centró la atención en la blusa que estaba intentando arreglar.
–Creo que esta noche prefiero saltarme la conversación sobre la pobre
Eleanor. Si hay algo peor que la historia que has inventado es tu lástima.
–No te tengo lastima, Eleanor –dijo Vivi–. Te envidio. Creo que nunca he
sido empática o ingenua. Ni siquiera cuando llorabas por mí en el hospital y
yo no
Eleanor hizo una pausa y se volvió para mirar a su hermana.
–Vivi. Por favor, dime que no me vas a echar la charla.
–Pasaste la noche con Hugo Grovesmoor. Creo que hablar de sexo a estas
alturas sería una pérdida de tiempo, ¿no crees?
–No quiero hablar de Hugo.
–Sé que no vas a creerme –Vivi colocó la mano sobre la pierna de su
hermana–. Sé que soy demasiado egoísta y que doy por hecho muchas cosas
y todo eso. Es cierto, pero eso no significa que no te quiera, Eleanor. Y me
gustaría protegerte.
–¿Es eso lo que estás haciendo Vivi? ¿Estás segura?
Vivi suspiró antes de contestar.
–Está bien. No puedo negar que reaccioné muy mal cuando llegué a
Groves House. Supongo que todo me pilló por sorpresa.
–Estabas celosa –Eleanor miró a su hermana a los ojos.
Vivi se encogió de hombros.
–No sé lo que era. He trabajado duro durante años. He aguantado gente que
tu no aguantarías ni durante una simple conversación. Pensaba que tú estabas
en el mismo papel. Y de pronto, me di cuenta de que todo lo que estaba
haciendo sobraba y no supe manejarlo –negó con la cabeza–. Lo siento por
no ser tan perfecta como tú.
–Eso no es justo.
–Podías haberme dicho que él te gustaba mucho, Eleanor.
–No creo que me hubieras escuchado.
Vivi negó con la cabeza.
–Por supuesto que te habría escuchado. Eres mi hermana. Estamos solas en
el mundo, ¿recuerdas?
–Lo recuerdo –susurró Eleanor–. Por supuesto que lo recuerdo.
Permanecieron en silencio unos instantes y Eleanor notó que algo
cambiaba en su interior. Ese peso que sentía en el corazón disminuyó una
pizca.
–Esto es de lo que quería hablarte, aunque te haga sonrojar –dijo Vivi–. No
sabes nada acerca de los hombres como Hugo, Eleanor. Yo sí.
–Tenía la sensación de que no había más hombres como Hugo.
Eleanor sabía que eso era cierto en cuanto a ella. Y quizá para el resto del
mundo, teniendo en cuenta la manera en que hablaban de él, como si hubiera
acorralado a todo el mundo y hubiera abusado de ellos.
–Todos los hombres son bastante parecidos –continuó Vivi–. Están
dispuestos a tomar todo lo que desean. Da igual lo que sea.
Eleanor deseaba decirle a Vivi que se equivocaba. Que no conocía a
Hugo… Aunque la realidad era que ella tampoco. Había vivido en su casa.
Habían tenido una aventura y ella le había entregado su virginidad, pero,
aunque todo ello significara mucho para ella, para Hugo no era más que algo
normal.
Eleanor creía que él no era el monstruo que mostraban en los periódicos,
pero tampoco era un monje. Notó que se le llenaban los ojos de lágrimas,
agachó la cabeza y pestañeó.
–Me siento idiota.
–No conozco a ninguna mujer que no cayera a los pies de Hugo
Grovesmoor –comentó Vivi–. Es muy atractivo, y todo el mundo sabe que es
apasionado en la cama. No tenías otra oportunidad.
Eleanor no quería hablar de ello porque, entre otras cosas, temía
desmoronarse.
–¿Y ahora qué? –preguntó Eleanor–. ¿Qué se supone que debo hacer con
todo esto? –gesticuló con la mano para señalar su corazón.
Vivi se rio y Eleanor se sorprendió de cómo agradecía el sonido de su risa.
–Yo te puedo ayudar –Vivi se puso en pie y le tendió la mano–. Vamos. La
noche es joven y hay miles de problemas en los que podemos meternos.
–Oh, no –dijo Eleanor frunciendo el ceño–. No quiero problemas. Yo…
–No tienes que acostarte pronto para ir a trabajar. No tienes nada que hacer
por la mañana.
–Bueno…
–Y a no ser que me equivoque, tienes algo de mujer de vida alegre. Acabas
de salir de una aventura amorosa con el hombre más odiado de Inglaterra.
–Es miércoles –dijo Eleanor, escandalizada.
–¡Ay, tengo tanto que enseñarte!
Y así fue como Eleanor se encontró en una de esas discotecas en las que su
hermana pasaba tanto tiempo, vestida con uno de esos conjuntos ridículos
que Vivi tenía en el armario.
–Te dije que te quedaría muy bien –le había dicho con satisfacción cuando
se lo probó–. Es como de Cenicienta.
–Si Cenicienta era una mujer atrevida.
Eleanor se pasó una vez más las manos por el vestido ceñido que marcaba
todas las curvas de su cuerpo, haciéndola parecer más voluptuosa. Solo había
una persona que podía hacerla sentir bella con…
No tenía sentido pensar en Hugo. Cuanto antes lo aceptara, mejor. Él no
habría estado dispuesto a aguantar a una mujer virgen y sentimental durante
mucho tiempo. Eso era lo que debía recordar, sin embargo, no la ayudaba a
sentirse mejor.
–No hay nada malo en ser atrevida –la regañó Vivi–. Todo depende de la
calidad de la masa, te lo prometo.
Eleanor no sabía a qué se refería. O más bien decidió no captar la indirecta
de su hermana. Lo que sí supo nada más entrar en la discoteca fue que era
demasiado mayor para estar allí. Quizá no por edad, pero no tenía nada que
ver con aquellas resplandecientes criaturas que bailaban enloquecidas, bebían
sin parar y no parecían ni siquiera imaginar que fuera de allí existía un
mundo donde la gente ya estaba arropada en su cama, esperando que llegara
la mañana siguiente.
No obstante, en cuanto aceptó que no estaba hecha para beber sin límite, ni
para saltar en la pista como hacía Vivi, consiguió disfrutar de la experiencia.
Había demasiado ruido como para pensar en Hugo. Estaba demasiado oscuro
para pensar en ella misma y en lo que iba a hacer con su vida. Solo podía
sonreír y tratar de esquivar a los hombres que se acercaban para hablar con
ella.
Quizá eso de pasar unas horas en la ciudad era lo que necesitaba para
recuperarse y decidió dejar que acabara la noche.
Eran casi las tres de la madrugada cuando Vivi comenzó a despedirse de
sus amigas y de sus correspondientes dramas. Eleanor estaba bastante
satisfecha de haber conseguido mantener los ojos abiertos toda la noche,
aunque no estaba segura de si estaba dormida o despierta. En realidad, no le
importaba mucho.
Vivi dijo que iba a llamar un taxi por teléfono, pero no paraba de charlar
sobre sus amigas, pero Eleanor no le prestaba atención. Por fin Vivi hizo la
llamada y salieron de la discoteca.
Eleanor sentía que Londres ya no le interesaba y no sabía lo que debía
hacer. El único lugar en que se había sentido verdaderamente a gusto era
Yorkshire, pero allí no podía regresar.
–No puedo imaginarme lo que cree que está haciendo aquí, señorita
Andrews.
Eleanor se quedó helada. Aquella voz solo estaba en su cabeza. No podía
ser de otra manera. Sin embargo, continuaba oyéndola.
–Un papel muy apropiado para una chica bien. La institutriz de un duque
no puede estar vagando por las calles de Londres a estas horas. ¿Qué van a
decir los periódicos?
No podía ser real. Debía estar imaginándoselo. Eleanor no reaccionó, pero
Vivi sí. Se quedó paralizada junto a su hermana.
Entonces, Eleanor se permitió creer lo que veía.
Hugo estaba allí.
Capítulo 14

Por supuesto, era Hugo.


Estaba de pie junto a un coche deportivo, elegante, caro y tan atractivo
como él. Ambos parecían despedir la misma luz de peligro.
Eleanor había soñado con aquello miles de veces desde que se había
marchado de Groves House. Esa noche, su sueño se había hecho realidad y
Eleanor no sabía qué decir.
–Hugo… –susurró.
El duque se separó del coche y la miró. Su aspecto era elegante y peligroso
al mismo tiempo. Su mirada, demasiado oscura y ardiente como para
soportarla. Y estaba centrada en Eleanor como si fuera la única persona de los
alrededores.
Durante unos instantes, ella pensó que era así.
Entonces, Vivi se aclaró la garganta y Eleanor volvió a la realidad.
–Estoy segura de que debes estar muy enfadado –comenzó a decir Vivi.
–Yo no me enfado –dijo Hugo, y su voz provocó que Eleanor se derritiera
por dentro–. ¿Qué significa para mí que salga otro escándalo en los
periódicos? Una mentira sin final. ¿Una vida destrozada por mí solo por
aparecer en bañador en una playa de Ibiza, agarrado del brazo de una estrella
de cine? ¿Quién podría seguirles la pista?
Era el cinismo que había en su voz lo que más afectaba a Eleanor. Era
como un cuchillo clavado en su garganta.
Recordaba lo que había pasado en el dormitorio aquella noche. La mirada
de su rostro atractivo, llena de esperanza y anhelos.
–Tú deberías hacerlo –dijo Eleanor. Pensó que su voz la delataba. Le
estaba diciendo demasiado y eso la hacía más vulnerable, pero no le
importaba–. Alguien debería hacerlo. Algún día podrías escribir todas las
mentiras que se han dicho sobre ti y, no me sorprendería si recibieras
disculpas.
Junto a ella, Vivi parecía tensa, pero no podía dedicarle ni una mirada.
–No seas tan ingenua –murmuró Hugo entre cínico y cansado, con un
cierto tono de censura–. Las disculpas nunca llegan. Y menos cuando se
demuestra que todo es mentira. A nadie le importa. A la gente lo que le gusta
son las historias, y cuanto más rebuscadas y difamatorias, mejor.
Eleanor se colocó frente a Vivi. La tensión que había en el ambiente era
demasiada.
–Ella no tiene la culpa. Trataba de cuidar de mí.
Hugo sonrió con superioridad y Eleanor se encogió.
–Claro, porque soy el lobo malo –comentó él–. Abuso de las doncellas
cuando tienen la mala suerte de cruzarse en mi camino. Vivo en mi cueva de
Yorkshire y me limpio los dientes con lo huesos de mis enemigos.
–Como parece que te divierte tanto hablar así de ti mismo es difícil
imaginarse otra cosa.
–Yo no lo siento –dijo Vivi detrás de Eleanor–. Todo el mundo sabe cómo
eres. Si has venido a presionarnos, o a dificultarnos la vida por lo de la
historia, has de saber que soy perfectamente capaz de cuidar de Eleanor igual
que de mí misma.
–¿Ah, sí? Deja que adivine. Tú sonreirás y Eleanor fruncirá el ceño. Y toda
la ciudad de Londres y los malvados como yo caerán a tus pies. Solo tendrás
que chasquear los dedos.
Hugo no esperó respuesta. Levantó la mano y un taxi se detuvo frente a él.
Abrió la puerta del pasajero e hizo una reverencia.
–Su carroza está esperando –comentó.
Eleanor pestañeó. Era ridículo que Hugo hubiera aparecido a las tres de la
mañana solo para pedirles un taxi. Quizá Vivi tuviera razón y los hombres
eran así de raros y ella debía aceptarlo. Enderezó la espalda y se dirigió al
taxi.
–Tú no –dijo Hugo y la agarró del brazo–. Tú te vienes conmigo.
Vivi se detuvo junto a su hermana.
–Oh, no, no lo hará. No vayas detrás de la más débil. Si quieres pelear,
pelea conmigo.
Eleanor permaneció inmóvil. Ya era de madrugada, la fiera de su hermana
estaba detrás de ella, y delante de las dos, aquel hombre tan atractivo, tan
enloquecedor y tan decidido.
Era como si toda su vida dependiera de ese momento. ¿Debía volver a lo
que ya conocía y permitir que Vivi hiciera lo que quisiera como siempre
había hecho? ¿De la misma manera que había actuado al irse de Yorkshire,
sin decirle ni una palabra a Hugo?¿O debía avanzar hacia lo desconocido?
Si no lo intentaba, no podría vivir consigo misma.
Por un lado, deseaba esperar y ver qué pasaba. Quería ver a quién elegía
Hugo. Ambas iban vestidas acorde a la noche que habían pasado, sin
embargo, Vivi resultaba mucho más atractiva. Quería ver si realmente él era
el único hombre que la deseaba a ella y no a su hermana.
Estaba cansada de que todo el mundo tomara decisiones en su nombre,
aunque fuera con buena intención.
Quizá había llegado el momento de que Eleanor tomara su propia decisión.
–Está bien –dijo, mirando a Hugo, pero apretando la mano de su hermana–.
Puedes marcharte, Vivi. De veras.
–Pero…
–Vete –le aseguró ella–. Te veré en casa.
Vivi le apretó la mano, se metió en el taxi y cerró la puerta. Cuando el taxi
arrancó, Eleanor se quedó de pie junto al hombre al que pensaba que no
volvería a ver.
–Eleanor, pequeña –Hugo negó con la cabeza y ella sintió que una ola de
calor que la invadía por dentro. Era como si él la hubiera prendido con una
cerilla. Y, de pronto, sus zapatos de tacón alto parecían mucho más
inestables–. ¿Cómo te has vestido?
–En comparación con la mayor parte de las chicas que he visto hoy, parece
que llevo un traje de abuela y una armadura.
–Una armadura sería un buen comienzo.
–Llevo un vestido precioso, gracias –comentó Eleanor, y se contuvo para
no estirar de la falda hacia abajo–. Si estuviera trabajando llevaría algo más
adecuado.
–Tu pelo.
Su tono de voz provocó que a Eleanor se le cortara la respiración. Él estiró
la mano y entrelazó los dedos entre la masa de pelo oscura que Vivi le había
ondulado.
–Odio tu cabello recogido, Eleanor. ¿Te lo he dicho alguna vez?
–Está bien que no sea una decisión que no dependa de ti ¿no?
–¿Estás segura de que no depende de mí?
Hugo se acercó un poco más, pero Eleanor solo podía sentir lo que
quedaba entre ellos. La historia de los periódicos. La inocencia de Eleanor.
Geraldine. O el hecho de que se había enamorado de él como en una historia
acerca de una mujer virgen que no había sido capaz de proteger su corazón.
Demasiadas cosas que soportar.
Hugo se acercó a su lado como si no pudiera mantenerse alejado de ella.
Eleanor dejó de pensar en otra cosa que no fuera en él y en la media sonrisa
con la que la miraba.
–Quizá no lo has oído nunca. Mis deseos son órdenes. O casi.
Hugo le cubrió el rostro con las manos y la miró fijamente. Ella se
estremeció.
–Los periódicos… –susurró–. Hugo, lo siento de verdad. No sé cómo voy a
poder reparar el daño.
–No me importan los periódicos.
Eleanor lo miró frunciendo el ceño.
–Pues, debería. No está bien que digan todas esas mentiras sobre ti.
Deberías enfrentarte y…
–Esa es la cuestión. En este caso, los periódicos dicen la verdad. Me he
aprovechado de ti. Trabajabas para mí y no debería haberte tocado, pero lo
hice…
–Quería que lo hicieras.
–No te pedí perdón.
Entonces, la miró de una manera que Eleanor recordaba haber visto antes,
aunque no recordaba dónde. De pronto, lo recordó. Había sido aquella noche
en la que ambos se encerraron en su dormitorio, cuando nada se interponía
entre ellos. Él se había colocado sobre su cuerpo, la había penetrado y la
había mirado de esa misma manera.
Eleanor notó que se le aceleraba el corazón.
–Me había olvidado de cómo pelear –dijo Hugo–. Al principio, no me
importaba. Después, sí, pero pensé que había elegido el mejor camino. Luego
me di cuenta de que ese camino se había convertido en un acto de
autoinmolación. Nunca se me ocurrió que las llamas podían acabar con todo.
Ni que mi padre se quemaría.
–No fue culpa tuya –dijo ella–. Eso fue algo que te han hecho. No deberías
flagelarte por las cosas que hiciste para sobrevivir.
–Soy un hombre egoísta, pequeña. Quiero creerte porque me parece
conveniente, no porque crea que es verdad.
–No eres un monstruo –dijo ella, apuntándole en el pecho con el dedo–. Si
hay algún monstruo, era Isobel.
–Creo que estás consiguiendo liberarme –dijo Hugo–. Y eso me gusta de ti.
La verdad es que he sido insensible. Habría podido hacer ciertas cosas desde
un principio para evitar todo esto con Isobel, pero no lo hice. Sospecho que
también le hice daño a ella.
–Eso no es excusa
–Es una explicación.
Hugo respiró hondo. Eleanor comenzó a decir algo más, pero él se rio.
–Tienes que dejar de defenderme, Eleanor. Intento decirte algo de lo que
debería haberme dado cuenta antes. Te quiero.
Eleanor se quedó paralizada. Sintió un frío intenso. Y después, un fuerte
calor.
Pensaba que podía ser fiebre.
O posiblemente, felicidad.
–Sí –dijo Hugo, como si conociera hasta el último rincón de su alma
insegura–. A ti –la miraba con curiosidad y a Eleanor le dio la sensación de
que le temblaban las manos cuando le acarició el cabello y, después, las
colocó sobre su cuello–. Estaba demasiado ocupado pensando en mí mismo,
viviendo como un dragón en una cueva y escupiendo fuego a todo aquel que
se atrevía a acercarse. Sin embargo, tú no viste al dragón. No viste al duque.
Viste a un hombre. Un hombre exasperante, si no recuerdo mal.
–Seguro que no, Excelencia –susurró ella.
–Me trataste como a una persona, como nada más, a pesar de que habías
leído los mismos periódicos que el resto. Acogiste a mi pupila y la defendiste.
De hecho, le diste prioridad.
–Ese era mi trabajo.
–Te sorprendería ver cómo algunas institutrices ni la tenían en
consideración. Tú has conseguido que una niña perdida se encontrara,
Eleanor. Y que un hombre perdido se sintiera pleno. Durante unas pocas
semanas y una larga noche, me olvidé por completo de que debía ser el
hombre del saco.
Eleanor negó con la cabeza con los ojos llenos de lágrimas.
–No tenía ni idea de que Vivi iba a hacer eso, Hugo. Has de creerme.
–Nunca había luchado –dijo él–. Nunca me defendí, pero no permitiré que
esos canallas te arrastren a ti. Ya he hablado con mis abogados. Soy el Duque
de Grovesmoor y no voy a volver a esconderme.
–Hugo…
–Y lo más importante… Te quiero –se rio de verdad y su alegría inundó el
ambiente de tal manera que Eleanor se olvidó de que estaban en medio de la
noche–. Nada me había hecho luchar, porque nunca quise a Isobel. Era una
molestia, pero nunca me hizo daño. Solo me di cuenta de cuánto quería a mi
padre después de su muerte. Me esforcé en fingir que no me importaba mi
amigo, ni que hubiera elegido a Isobel y no a mí. Y decidí que no me iba a
encariñar con esa niña que Isobel dejó a mi cuidado. Y lo cierto es, que
estaba bien.
Eleanor no se percató de que las lágrimas habían comenzado a rodar por
sus mejillas hasta que Hugo se las secó. Era incapaz de decir nada. Incapaz de
hacer nada más aparte de permanecer ahí, resplandeciente y optimista.
Sin embargo, Hugo seguía hablando.
–Entonces, apareciste tú. Caminaste hacia mi casa con ese ridículo abrigo y
lo estropeaste todo, de la mejor manera posible.
Eleanor le acarició el torso y lo miró.
–¿Qué le pasaba a mi abrigo? Es muy calentito, Hugo.
Hugo se rio de nuevo, la tomó en brazos y la giró una y otra vez como si
no pesara nada. Así era como la hacía sentir también cuando tenía los pies en
el suelo.
–No sé cómo ser otra cosa que el monstruo favorito de todo el mundo –dijo
él, cuando la dejó de nuevo en el suelo y la abrazó–. Pero quiero intentarlo,
quiero verte fruncirme el ceño el resto de mi vida. Quiero oír tus comentarios,
Eleanor. Lo quiero todo.
–Te quiero desde el primer momento en que te vi subido a ese horrible
caballo –dijo ella, sonriendo mientras las lágrimas de alegría caían
libremente.
–Todo –repitió, como si ella no lo hubiera escuchado–. Un anillo en tu
dedo, y mis hijos en tu vientre. Después, ¿quién sabe? Podemos comernos el
mundo. Estoy seguro de que, si te lo propones, podrías derribar un ejército en
unas semanas. Eso es lo que has hecho conmigo.
–No quiero hacer nada a menos que Geraldine esté bien. Esa pobre niña no
debe volver a sentirse abandonada.
–Geraldine nunca volverá a ser abandonada –le prometió Hugo–. Ella y yo
nos hemos entendido –se inclinó para besarla en la boca–. Ninguno puede
vivir en esa gran casa sin ti, Eleanor. Te necesitamos. Yo te necesito.
–Excelencia –susurró Eleanor, y abrazó al hombre que nunca sería un
monstruo para ella–, ya sabe que sus deseos son órdenes para mí.
Él la besó en esa calle desierta, bajo la luz de las estrellas y juntos se
adentraron en la eternidad.
Entonces, juntos, encontraron el camino a casa.

Hugo se casó con la institutriz en primavera, cuando Groves House estaba


llena de flores y vida. Geraldine asistió como madrina de Hugo, algo
apropiado por numerosas razones. Vivi fue la dama de honor de Eleanor.
Hugo estaba sorprendido de cómo había cambiado. La nueva Vivi ya no tenía
que preocuparse por encontrar un buen marido tal y como habían planeado
las hermanas años atrás.
–Era un plan terrible –había dicho Hugo cuando se lo contaron durante las
primeras navidades–. El peor que había oído nunca.
Eran las mejores navidades que Hugo había pasado nunca.
–Es un plan que servía para cambiar las circunstancias de las mujeres
pobres desde hace miles de años –había contestado Eleanor.
–Tiene bastantes inconvenientes. El hombre rico sabe perfectamente por
qué se han casado con él, y hará que paguen por ello.
–Siempre hay algún tipo de recompensa –dijo Vivi–. Así es la vida.
Eleanor y Hugo se miraron y no dijeron nada ante el comentario cínico de
Vivi.
Más tarde, cuando se encontraban a solas en los aposentos que ocupaban
desde que habían regresado de Londres y desde que Hugo le había colocado a
Eleanor la esmeralda de la familia Grovesmoor en el dedo, ella se colocó
sobre su regazo y sonrió.
–¿Esto es parte de mi manera de recompensarte? –preguntó con malicia.
–Por supuesto –Hugo le acarició la cadera–. Insisto en que ciertos favores
sexuales deberían detallarse en el contrato de matrimonio.
–Solo tengo una condición –había dicho Eleanor, mientras él le acariciaba
los senos.
–Dímela.
–Ámame –le exigió–. Para siempre.
El día de su boda, Hugo descubrió que era muy fácil hacerle esa promesa.
Tan fácil que incluso se rio de todo lo que decían sobre él los periódicos. Tan
fácil que incluso le parecía divertido ver como Vivi trataba de adaptarse al
hecho de que su hermana se hubiese casado con un duque y ella tuviera que
enfrentarse al mundo real.
–Lo conseguirá –había asegurado Eleanor mientras bailaban agarrados en
mitad del salón donde todo había cambiado durante el otoño. Esa noche iba
vestida de blanco y llevaba su anillo en el dedo, pero él todavía la recordaba
descalza y con la melena suelta.
El tiempo lo cambiaba todo. Vivi había tardado un año en sentirse
tranquila cuando él estaba delante. Después, otro en sentirse realmente
cómoda en su nuevo rol, el de mujer adinerada con un cuñado poderoso.
–Es sorprendente la de gente con la que quería hablar cuando era pobre –
Hugo oyó que Vivi le comentaba a Eleanor un fin de semana que habían ido
al viñedo que él poseía en Francia–. Y lo poco que me gustan ahora que son
ellos los que me persiguen.
–Imagino –contestó Eleanor con una risita–. Ahora puedes pasar tiempo
con la gente que te cae bien de veras.
Hugo se dio cuenta de que él también.
Había dejado de prestarle atención a los periódicos. Había retomado
amistades perdidas, agradeciendo que aquellos que lo conocían de verdad
nunca habían creído las historias que habían publicado sobre él. Y había
permitido que su esposa lo guiara fuera de la amargura, con su fuerte
determinación.
En menos de un mes conoció el nombre de todas las empleadas de la casa.
Continuó dándole clases a Geraldine porque quería. Enseguida hizo
amistades en la zona. Se encargó de algunos aspectos de la finca, e incluso
consiguió una buena relación con la señora Redding.
–Me ha contado por qué no confiaba en mí –dijo Eleanor riéndose,
mientras estaban abrazados en la cama–. Dice que las mujeres solo pensaban
en sí mismas cuando permanecían a tu lado. Y que, por supuesto, esperaba
que no vaciara los cofres de la familia, te pidiera el divorcio e intentara
llevarme lo que no es mío.
–Podrías hacerlo. No hemos hecho acuerdo prematrimonial. Tienes toda la
fortuna de los Grovesmoor en tus manos, pequeña.
Eleanor lo besó en el torso y él notó que el amor se apoderaba de él.
–No es la fortuna lo que quiero controlar. Solo al duque.
–Es una causa perdida –dijo él, riéndose.
–No, no lo es. Y nunca lo fue.
Y cuánto más tiempo pasaba, más se lo creía Hugo. Isobel había contado
muchas mentiras. Torquil quizá se las había creído, pero ambos habían
pagado un alto precio por ello.
Hugo no necesitaba pagarlo también.
Y no permitiría que Geraldine pagara un solo centavo.
Tenía nueve años cuando leyó los periódicos que ellos le había ocultado
todo ese tiempo.
–¿Es cierto que te quedaste conmigo solo para vengarte de mi madre? –
preguntó ella muy seria.
–¿Cómo habría sido eso? –preguntó Hugo.
Eleanor y él estaban leyendo en la biblioteca, y él se fijó que Eleanor
estaba muy quieta, permitiendo que fuera la niña la que le preguntara
directamente.
–Supongo que podría haberte encerrado en un armario. ¿Bajo la escalera,
quizá? –añadió Hugo.
–¿Me odias? –le había preguntado Geraldine, mirándolo a los ojos.
Y ahí es cuando él se dio cuenta de que Eleanor lo había hecho cambiar.
Ella le había mostrado lo que era el amor. Y él disfrutaba de ello cada día.
Estiró el brazo y sentó a la pequeña sobre su regazo.
–Eres mi pupila por ley –le dijo–, pero, Geraldine, por lo que a mí respecta
siempre has sido mi hija.
La pequeña se acurrucó contra él. Hugo vio que Eleanor sonreía a la vez
que se secaba las lágrimas.

Una noche de verano, un año más tarde, Geraldine entró en la biblioteca


caminando de manera desgarbada.
–Estoy seguro de que te he pedido que llames antes de entrar –le dijo
Hugo, que estaba contemplando a su esposa mientras leía concentrada.
Eleanor había decidido estudiar en la universidad y tenía mucho que leer.
Hugo no estaba seguro de si era posible amarla todavía más.
Geraldine lo miró a los ojos.
–Toc, toc –bromeó.
–Muy simpática –murmuró Hugo.
–He estado pensando y he tomado una decisión –dijo Geraldine.
–¿Has cambiado de opinión sobre la escuela? –preguntó Eleanor.
–Todavía quiero ir –contestó Geraldine–. Será divertido estar interna y
venir a casa de vez en cuando. Pero vosotros estaréis muy solos sin mí.
–Sin duda –dijo Hugo.
–Estoy segura –contestó Eleanor.
–Bueno, pues ya se lo que tenéis que hacer –dijo Geraldine con una
sonrisa–. Tenéis que tener un bebé cuanto antes.
Hugo nunca llegó a saber cómo Eleanor y él consiguieron no reírse al oír
aquello, pero no lo hicieron. Le dieron las gracias a Geraldine, y cuando ella
se marchó de nuevo al jardín, se rieron a carcajadas.
Y la obedecieron.
Diez meses más tarde el duque estaba encantado sosteniendo a su primer
hijo varón. Y su heredero. Aunque quizá no tan encantado como Geraldine,
que estaba segura de que había sido ella quien lo había planeado.
Y como Eleanor nunca hacía una cosa si podía hacer tres, el futuro duque
de Grovesmoor se encontró con un hermanito y una hermanita muy poco
tiempo después.
–Mira –dijo Eleanor mientras caminaban por el pueblo una tarde de
otoño–. Apenas reconozco al hombre que sale en los titulares.
Hugo miró el periódico del quiosco y vio su rostro, pero no se molestó en
leer lo que decían de él. Agarró la mano de su esposa y la besó. Sus hijos
corrían persiguiendo a Geraldine, su hermana mayor, y él sostenía a su hija
pequeña contra su pecho.
–Ay, pequeña. No creo en los fantasmas.
Su familia estaba completa. Su corazón, pleno.
Eleanor lo miró como si él fuera el hombre del que ella siempre se había
sentido orgullosa, y Hugo creyó que así era.
Y lo sería, siempre y cuando estuvieran juntos… que sería durante el resto
de la vida, y mucho después, si él tenía algo que decir al respecto.
Después de todo, era el Duque de Grovesmoor.
Si te ha gustado este libro, también te gustará esta apasionante
historia que te atrapará desde la primera hasta la última página.

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Capítulo 1

Esme Scott se despertó sobresaltada por la vibración del teléfono.


Como trabajadora social, recibía a menudo llamadas en mitad de la noche.
Los problemas de sus tutelados y un sistema sobrecargado exigían atención
las veinticuatro horas del día.
Pero instintivamente, supo que aquella llamada no estaba relacionada con
su trabajo. Un instinto que en el pasado, en una vida mucho menos altruista
que había dejado atrás, le había sido de mucha utilidad.
–¿Hola? –contestó.
–¿Esmeralda Scott?
Esmeralda. Oír su nombre completo le encogió el corazón. Solo su padre,
con el que no hablaba desde hacía ocho años, lo usaba.
–Sí –contestó.
–¿La hija de Jeffrey Scott? –preguntó una voz grave, con un leve acento y
un tono autoritario, que la puso alerta.
No, aquella no era una llamada cualquiera.
Se incorporó y encendió la lámpara de la mesilla.
–Sí. ¿Quién es usted?
–Me llamo Zaid Al-Ameen. Soy el fiscal general del reino de Ja’ahr –
contestó el hombre en un tono implacable.
–¿Qué puedo hacer por usted? –preguntó Esme, haciendo uso del tono que
usaba para calmar a sus tutelados más rebeldes.
Se produjo una breve pausa.
–La llamo para informarle de que su padre está en prisión. En un par de
días será procesado y se presentarán cargos contra él.
Esme sintió que se le helaba la sangre al darse cuenta de que aunque
hubiera querido olvidarse de él, su padre seguía teniendo el poder de sacudir
los cimientos de su vida.
–En-entiendo.
–Ha insistido en utilizar su única llamada para localizarla, pero el teléfono
que nos ha proporcionado no era el actual.
El hombre habló en tono especulativo, pero Esme no pensaba explicarle
que había pedido que su nuevo número no apareciera en el registro
precisamente con ese propósito.
–¿Cómo ha dado conmigo? –preguntó, con la cabeza repleta de toda una
serie de preguntas que no pensaba hacer a aquel desconocido.
–Cuento con uno de los mejores cuerpos de policía del mundo, señorita
Scott –dijo él con frialdad.
Por más que odiara hacerla, Esme no pudo posponer la pregunta que tenía
en la punta de la lengua.
–¿De qué se le acusa?
–Los cargos son demasiado numerosos como para poder darle una lista.
Nuestra investigación sigue sacando a la luz nuevos delitos –dijo el hombre–.
Pero la acusación principal es de fraude.
El corazón de Esme se aceleró.
–Entiendo.
–No parece sorprenderla –en aquella ocasión el tono de escepticismo del
hombre puso a Esme en guardia.
–En Inglaterra estamos en mitad de la noche, señor Al-Ameen.
Comprenderá que me cueste asimilar la noticia.
–Soy consciente de la diferencia horaria, señorita Scott. Y aunque no
estamos obligados a localizarla de parte de su padre, pensé que querría estar
al tanto del incidente…
–¿Qué incidente? –preguntó Esme cortándole.
–Se ha producido un altercado en la cárcel donde está su padre…
–¿Está herido? –preguntó ella con el corazón en un puño.
–El informe médico habla de una leve contusión y algunos hematomas.
Mañana podrá abandonar la enfermería.
–¿Para que puedan volver a atacarlo o va a hacer usted algo para
protegerlo? –preguntó ella, levantándose de la cama y recorriendo su pequeño
apartamento antes de que el hombre se dignara a responder.
–Su padre es un criminal, señorita Scott. No merece ni tendrá un trato
especial. Considérese afortunada de recibir esta llamada. Como he dicho
antes, el procesamiento tendrá lugar en un par de días. Usted decidirá si
quiere asistir o no. Buenas noches.
–Espere, por favor –dijo Esme al ver que el hombre no colgaba. Tenía que
pensar con serenidad, tal y como haría de tratarse de uno de sus tutelados–.
¿Tiene abogado? Asumo que tiene derecho a una defensa.
El tenso silencio que se produjo le indicó que había resultado ofensiva.
–No somos un país retrasado, señorita Scott, a pesar de lo que dice la
prensa. Los bienes de su padre han sido requisados de acuerdo a la ley de
enjuiciamiento, pero cuenta con un abogado de turno.
A Esme se le hizo un nudo en el estómago. En su experiencia, los
abogados de oficio estaban sobrecargados de trabajo. Dado que su padre
debía de ser culpable de los cargos que se le imputaban, las perspectivas eran
sombrías.
El impulso de acabar la conversación en aquel momento y seguir como si
no se hubiera producido fue seguido de un sentimiento de culpabilidad. Había
cortado los lazos con su padre y reconstruido su vida. Pero no pudo evitar
preguntar:
–¿Puedo hablar con él?
Se produjo un prolongado silencio.
–Está bien. Cuando los médicos le den el alta le permitiré hacer otra
llamada. Esté disponible a las seis de la mañana. Buenas noches, señorita
Scott.
El hombre colgó, pero su voz permaneció en Esme como una carga
eléctrica. Dejó el teléfono con las manos temblorosas. Zaid Al-Ameen tenía
razón: la noticia no la tomaba por sorpresa. De hecho, le extrañaba que
hubiera tardado ocho años en producirse.
Cuando pasados diez minutos no consiguió apaciguar sus alteradas
emociones, supo que no podría volver a dormirse y decidió trabajar para
intentar olvidar los malos recuerdos que la habían asaltado.
Desde el momento en que había empezado a trabajar como trabajadora
social, cuatro años atrás, tuvo la gratificación de que sus acciones produjeran
resultados positivos. En ocasiones, apenas perceptibles; en otras, muy
significativos. Pero ni una cosa ni otra lograba limpiar la mancha negra que
ensombrecía su alma.
Contacto Global, era una fundación internacional que colaboraba con
organizaciones locales para ayudar a los desfavorecidos, ofreciendo desde
rehabilitación de toxicómanos a hogares de acogida.
Pero pensar en su padre le impidió concentrarse. Se obligó a terminar la
documentación para realojar a una madre soltera con cuatro hijos; y un test de
dislexia para el segundo de ellos. Programó una alarma para confirmar la cita
con una llamada y cerró el archivo.
A continuación comenzó su búsqueda en Internet. Aunque durante las
temporadas frenéticas que había pasado con su padre habían hablado del
reino de Ja’ahr, nunca habían ido allí. No estaba en la «lista» de los destinos
más deseables: Mónaco, Dubái, Nueva York o Las Vegas.
En cuestión de segundos, Esme comprendió por qué su padre lo había
elegido como objetivo. El pequeño reino, situado en el extremo del Golfo
Pérsico, había adquirido una fama merecida en las últimas décadas.
Una excelente administración de sus ricos recursos en petróleo, piedras
preciosas, y la explotación de sus rutas de navegación habían proporcionado
a sus clases dominantes una enorme riqueza, de la que no se beneficiaban las
clases bajas. Esa división social era frecuente en aquellos países, pero en el
caso de Ja’ahr parecía ser particularmente dramática.
Inevitablemente, el resultado de aquella división había sido la inestabilidad
política y económica, con ocasionales estallidos de violencia que habían sido
reprimidos sin piedad.
Esme mantenía una actitud crítica hacia la información de la red, pero los
casos legales que se describían parecían veraces. Severas sentencias se
aplicaban a pequeños crímenes, y los castigos para los reincidentes eran
implacables.
«No somos un país retrasado, señorita Scott, a pesar de lo que dice la
prensa».
Pero su sistema legal parecía propio de la Edad Media, lo que no era
prometedor para su padre.
«Se lo merece. ¿No te acuerdas de por qué lo dejaste?».
Esme se irguió. Se había ido. Había reconstruido su vida.
Sonó el teléfono y lo contestó.
–¿Sí?
–¿Esmeralda?
Esmeralda cerró los ojos al oír la familiar voz.
–Sí, papá, soy yo.
Un suspiro de alivio fue seguido de una carcajada.
–Cuando me dijeron que te habían localizado pensaba que me tomaban el
pelo.
Esme guardó silencio. Estaba demasiado ocupada intentando dominar sus
emociones.
–Mi niña ¿estás ahí? –preguntó Jeffrey Scott.
Esme no supo si reír o llorar.
–Estoy aquí –dijo finalmente.
–Supongo que sabes lo que ha pasado.
–Sí –Esme carraspeó–. ¿Estás bien? Me han dicho que tenías una
contusión.
Su padre rio, pero sin su habitual altanería.
–Eso es lo de menos. Lo que temo es que el jefe se salga con la suya.
–¿El jefe?
–El Castigador Real en persona.
–No sé a quién te refieres, papá.
–El fiscal general va por mí, Esmeralda. Me han denegado la fianza y ha
solicitado que mi juicio se adelante.
Esme se estremeció al recordar la voz poderosa y profunda del hombre en
cuestión.
–Pero tienes abogado, ¿no? –preguntó
Su padre rio con desdén.
–Si puedes llamar abogado a un tipo que dice que el caso está perdido y
que lo mejor es que me declare culpable. Necesito que vengas, Esmeralda.
Esme se quedó petrificada
Su padre continuó precipitadamente:
–He averiguado que le dan mucha importancia a los testigos de carácter en
los juicios. He pedido que tú seas el mío.
Esme sintió un escalofrío. ¿No había empezado siempre así? ¿Su padre
pidiéndole en tono inocente que hiciera algo? ¿Ella sintiéndose culpable hasta
que accedía a hacerlo?
Se tensó al recordar la última e imperdonable acción de su padre.
–Papá, no creo que…
–Puede marcar la diferencia entre que me muera en la cárcel o pueda
volver a casa algún día. ¿Vas a negarme la posibilidad de salvarme?
Esme apretó los labios. Su padre añadió:
–Según mi abogado, El Carnicero, va a solicitar cadena perpetua.
Esme sintió el corazón en un puño.
–Papá…
–¿Tanto me odias?
–No te odio.
–Entonces, ¿vendrás? –su padre adoptó el tono esperanzado y engatusador
al que Esme nunca lograba resistirse.
Cerró los ojos recordándose que al final sí lo había logrado. Que había sido
lo bastante fuerte como para separarse de él. Pero no sirvió de nada. Porque
lo quisiera o no, Jeffrey Scott era su única familia.
–Sí. Iré.
El alivio de su padre fue perceptible en su tono, pero Esme no escuchó la
cascada de palabras de agradecimiento que le dedicó porque estaba
demasiado angustiada con el compromiso que acababa de adquirir.
Finalmente, musitó una despedida al terminar el tiempo que su padre tenía
para la llamada.
En una nebulosa, Esme tecleó un nombre y se quedó sin aliento al ver la
imagen del hombre al que apodaban El Carnicero. Ella ya sabía cómo sonaba
su voz, pero el fiscal general de Ja’ahr tenía además un rostro que parecía
tallado en granito; pómulos marcados y nariz aguileña. Llevaba el cabello
peinado hacia atrás en suaves ondas brillantes, del mismo color azabache que
sus cejas y sus pobladas pestañas. Pero lo que cautivó a Esme fueron sus
sensuales labios. Y se preguntó si serían tan aterciopelados como parecían.
Esme se sobresaltó al darse cuenta de la dirección que tomaban sus
pensamientos y movió el ratón, pero eso solo sirvió para revelar más de aquel
hipnótico hombre. De anchos hombros y cuello fuerte, tenía una imponente
figura, musculada hasta la perfección.
En la imagen, estaba plantado delante de la señal plateada de un bufete de
abogados de Estados Unidos. Esme pensó que quizá había dado con la
persona equivocada. Dio a otro link, pero salió el mismo hombre.
Aunque no era el mismo. Sus atractivas facciones y su mirada de águila
resultaban aún más espectaculares envuelto de pies a cabeza en la
indumentaria tradicional. El thawb era de un blanco refulgente con ribetes
negros y dorados que se repetían en el keffiyeh que enmarcaba su rostro.
Dominada por una profunda agitación, Esme dio a otro link. Su
exclamación resonó en el dormitorio cuando leyó la biografía de hombre de
treinta y tres años apodado El Carnicero.
Pero quien la había despertado para darle malas noticias no era solo el
fiscal general de un reino rico en petróleo. Era mucho más. Esme miró de
nuevo con el corazón en un puño el rostro implacable de Zaid Al-Ameen,
sultán y señor del reino de Ja’ahr.
El hombre en cuyas manos estaba la suerte de su padre.
Capítulo 2

Zaid Al-Ameen descansó la cabeza en el respaldo del asiento trasero del


coche con ventanas tintadas que había tomado al salir del juzgado. Pero solo
contaba con unos minutos de reposo. La carga de casos que tenía era enorme.
Una decena estaban guardados en el maletín que tenía a su derecha, y muchos
otros esperaban en su despacho.
Pero incluso eso era secundario al peso colosal de las responsabilidades de
gobernante de Ja’ahr. Un peso que hacía que cada día pareciera un año en su
batalla por rectificar los errores cometidos por su tío, el anterior rey.
Un gran número de sus consejeros en el gobierno se había asombrado de
que pensara continuar con su profesión cuando volvió del exilio para ocupar
el trono, dieciocho meses atrás.
Algunos habían aducido un posible conflicto de intereses, pero Zaid había
acabado con las objeciones haciendo lo que hacía mejor: seguir la ley al pie
de la letra y ganar los casos. Impartir justicia había sido la forma más rápida
de empezar a acabar con la corrupción que había permeado todas las capas de
la sociedad de Ja’ahr. Desde los yacimientos petrolíferos del norte al puerto
de carga del sur, todas las empresas públicas habían pasado la inspección de
su equipo de investigación. Inevitablemente, eso le había acarreado
enemigos. Los veinte años de gobierno corrupto de Khalid Al-Ameen habían
alimentado y engordado a peces gordos que se aferraban a su parcela de
poder.
Pero en los últimos seis meses las cosas habían empezado finalmente a
cambiar. La mayoría de las facciones que se habían opuesto a él por ser un
Al-Ameen, como su tío, habían empezado a aliarse con él. Pero aquellos que
no se acostumbraban a la severidad contra la corrupción seguían
promoviendo protestas en su contra.
La amargura que le había provocado que su tío escapara a la justicia al
morir de un ataque al corazón, se había disipado. Eso no podía cambiarlo. En
cambio, sí podía cambiar la profunda miseria en la que Khalid había sumido
a su pueblo.
Zaid había sufrido de primera mano los crímenes y la codicia del poder.
Que hubiera sobrevivido era en sí mismo un milagro. O eso se rumoreaba.
Solo Zaid sabía qué había pasado la aciaga noche en la que sus padres habían
muerto. Y no había sido un milagro, sino un mero acto de supervivencia.
Algo que había despertado en él culpabilidad, rabia y amargura a partes
iguales. Era lo que le había llevado a dedicarse al derecho y a la búsqueda de
la justicia con una férrea voluntad.
Solo así su pueblo saldría de la oscuridad en la que lo habían sumido.
Perdido en los recuerdos del pasado, no se fijó en su entorno hasta que el
coche aminoró la marcha. Un grupo de manifestantes se había reunido en un
parque donde se celebraban conciertos y obras de teatro. Algunos se habían
situado delante de su comitiva. Las manifestaciones eran incómodas, pero
formaban parte del proceso democrático.
Zaid miró a su alrededor al tiempo que sus guardaespaldas intentaban
hacer retroceder a la muchedumbre.
La ciudad de Ja’ahr estaba espectacular en abril. Grandes esculturas e
impresionantes monumentos rodeados de jardines de flores exóticas,
flanqueaban las diez millas de la vía central que conducía del juzgado al
palacio.
Pero como con el resto del país, se trataba de un despliegue de riqueza
cultivado para engañar al mundo. Bastaba con desplazarse unos metros a un
lado o a otro para descubrir la verdadera situación.
El sombrío recordatorio del abismo que separaba las clases sociales en su
reino, hizo que Zaid volviera su atención a la muchedumbre y a la gran
pantalla en la que se veía a una periodista rodeada de un puñado de
manifestantes.
–¿Por qué está hoy aquí? –preguntó ella, adelantando el micrófono.
La cámara se volvió hacia la persona entrevistada
Zaid no supo por qué apretaba los puños al ver a la mujer. Durante su vida
en Estados Unidos había tenido relaciones con mujeres más hermosas que la
que en aquel momento aparecía en la gigantesca pantalla del parque.
No había nada extraordinario en sus facciones o en el cabello rubio que se
recogía en un moño bajo. Sin embargo, la combinación de sus labios
voluptuosos, una nariz respingona y grandes ojos verdes era tan impactante,
que los dedos de Zaid se movieron por propia voluntad hacia el botón que
bajaba la ventanilla. Aun así, seguía sin saber por qué le había provocado
aquella sacudida, aunque tal vez se debiera a la indignación que centelleaba
en sus ojos en forma de almendra.
O más aún, se debía a las palabras que salían de su boca. Palabras de
censura expresadas con una voz ronca que amplificaban los altavoces y en las
que Zaid no conseguía concentrarse.
La voz le resultaba familiar; la había oído en mitad de la noche; aquella
voz había hecho despertar su parte más masculina.
–Mi padre ha sido atacado dos veces en prisión durante la semana pasada
mientras estaba bajo supervisión policial.
–¿Está usted acusando a la autoridad? –preguntó la periodista.
La mujer se encogió de hombros. Zaid deslizó la mirada desde su rostro a
su cuello y hombros; a la curva de sus senos.
–Tenía entendido que la policía aquí era de las mejores del mundo y sin
embargo no es capaz de proteger a la gente que está bajo su custodia. Encima
parece que no podré ver a mi padre hasta el juicio o hasta que ofrezca un
incentivo económico para lograrlo.
Los ojos de la periodista brillaron.
–¿Se refiere a un soborno?
La mujer vaciló antes de decir:
–Eso me insinuaron.
–¿Quiere decir que tiene una mala opinión del gobierno de Ja’ahr?
La mujer sonrió con sorna,
–Eso es una manera suave de decirlo.
–Si pudiera decir algo a quien está al mando, ¿qué le diría?
La mujer miró a la cámara con gesto de determinación.
–Que no creo que el problema sea solo la policía. Y la gente que está aquí,
claramente tampoco. En mi opinión, un pez se pudre de la cabeza hacia abajo.
La periodista se puso nerviosa.
–¿Está insinuando que el sultán Al-Ameen es directamente culpable de lo
que le ha pasado a su padre?
La mujer se mordió el labio inferior.
–Da la sensación de que algo no funciona en el sistema. Y puesto que él
está al cargo, supongo que la cuestión es qué piensa hacer al respecto –dijo en
tono retador.
Zaid dio al botón para subir la ventanilla al tiempo que sonó el telefonillo.
–Alteza, mil disculpas por lo que acaba de presenciar –le llegó la voz de su
asesor principal, que viajaba en el coche que seguía al suyo–. He contactado
con el director de la televisión. Vamos a dar instrucciones para prohibir la
emisión del programa inme…
–No va a hacer nada de eso –lo interrumpió Zaid.
–Pero, Alteza, no podemos permitir que ese tipo de opiniones se aireen…
–Podemos y lo haremos. Ja’ahr debe de ser un país que defienda la libertad
de expresión. Si alguien intenta impedirlo, tendrá que vérselas conmigo en
persona. ¿Está claro?
–Por supuesto, Alteza –se apresuró a contestar el asesor.
Al pasar la caravana junto a los últimos manifestantes, Zaid vio de nuevo a
la mujer en una pantalla más próxima. El sol iluminaba su rostro y sus
cautivadoras facciones y Zaid volvió a sentir una sacudida eléctrica.
–¿Quiere que averigüe quién es, Alteza?
Zaid sabía perfectamente quién era: Esmeralda Scott.
La hija del delincuente al que pensaba encausar y poner tras las rejas en el
futuro inmediato.
–No es necesario. Pero tráigamela inmediatamente –ordenó.
Apartó los pensamientos relativos a la reacción que la mujer despertaba en
él y se concentró en su críticas a todo aquello por lo que él estaba luchando
en su país: la integridad, el honor, la rendición de cuentas.
Esmeralda Scott tendría que contestar unas cuantas preguntas. Tras lo cual,
él tendría el placer de señalarle sus errores.

Esme se estiró la falda mientras el coche negro con cristales tintados la


llevaba a un destino desconocido. La única razón por la que contenía su
nerviosismo era el hombre con gafas de aspecto tranquilo que se sentaba
frente a ella y que le había explicado que, tras la entrevista que había dado a
la televisión, se le había concedido una audiencia en favor de su padre.
–¿Dónde vamos? –preguntó por segunda vez.
–Lo verá por usted misma en cuanto lleguemos.
La respuesta no la tranquilizó. Miró por la ventanilla y vio que el paisaje
era de una opulencia creciente.
–El hospital penitenciario de mi padre está en el otro extremo de la ciudad
–comentó.
–Lo sé, señorita Scott.
Esme se puso en guardia.
–No me ha dicho por qué sabe mi apellido –ella solo había dado su nombre
a la periodista.
–Efectivamente, no se lo he dicho.
Esme abrió la boca pero la cerró al ver que el coche tomaba una rotonda, se
acercaba a una gran verja dorada y aminoraba lo bastante la marcha como
para que los guardas les dieran paso.
–Este… es el palacio real –musitó, sin poder contener un escalofrío al
contemplar la inmensa cúpula azul.
–Así es –respondió el hombre, impasible.
El coche se detuvo y Esme fue súbitamente consciente de que la llevaban
al palacio después de que acabara de criticar en público al gobernante del rey.
–Me han traído por lo que he dicho sobre el sultán, ¿verdad?
Un mayordomo abrió la puerta del palacio. El asesor principal bajó e hizo
una señal a alguien que quedaba oculto a ojos de Esme, antes de dirigirse a
ella:
–No me corresponde a mí contestar esa pregunta. Su Alteza ha reclamado
su presencia. No debemos hacerle esperar.
Antes de que Esme reaccionara, el hombre se alejó caminando por el suelo
de mármol que llegaba a las escaleras que accedían al palacio.
Esme sintió que la invadía el pánico. El conductor seguía sentado tras el
volante. Podía pedirle que la devolviera al hotel. Suplicárselo si fuera
necesario. O podría marcharse andando. Pero sabía que nada de eso era
posible.
Otro murmullo de pasos se aproximó al coche. Esme contuvo el aliento al
ver aproximarse a un hombre con indumentaria tradicional. Se detuvo junto a
la puerta e hizo una leve inclinación. Lo flanqueaban dos guardas.
Esme contuvo una risa histérica al tiempo que el hombre le hablaba:
–Señorita Scott, soy Fawzi Suleiman, secretario privado de su Alteza Real.
Acompáñeme, por favor –dijo, haciendo un gesto amable pero firme con el
brazo para indicar el camino.
Esme bajó del coche y se estiró la falda intentado disimular el temblor de
sus manos. Alzó la barbilla y sonrió:
–Le sigo.
El hombre la precedió, subieron las escaleras y entraron en el palacio de
fama mundial.
En cuanto Esme miró alrededor se quedó boquiabierta y aminoró el paso.
Hileras de arcos moriscos lacados en negro y pan de oro formaban una
serie de corredores que confluían en un espectacular atrio central con una
gran fuente de cerámica azul.
Apartó la vista de ese espectáculo lo bastante como para ver que había
llegado al pie de una ancha y magnífica escalera. Enmoquetada en el mismo
azul que parecía ser el color real, la balaustrada estaba tallada con diseños de
una delicada exquisitez.
Propia de un rey.
Un leve carraspeo le reprendió que se retrasara. Y mientras seguían
avanzando de un corredor a otro, de una sala a otra, cada cual más
espectacular que la anterior y con personal de servicio que desviaba la mirada
de ella, Esme fue consciente de que estaba siendo expertamente manipulada
para que se sintiera intimidada.
Llegaron ante unas puertas dobles de madera tallada. Esme asió su bolso
para contener el pánico cuando el secretario se volvía hacia ella.
–Espere aquí a que la llamen. Cuando entre, se dirigirá al sultán como Su
Alteza.
Sin esperar respuesta, asió los picaportes y abrió las puertas.
–La señorita Scott está aquí, Alteza –le oyó murmurar Esme.
Cualquiera que fuera la respuesta que obtuvo, el hombre hizo otra
reverencia antes de volverse a Esme.
–Puede pasar.
Esme había dado dos pasos hacia el interior cuando oyó las puertas
cerrarse ominosamente a su espalda. Con los nervios a flor de piel, percibió el
leve aroma de incienso y de una exclusiva loción de afeitado.
Estaba en presencia del gobernador de Ja’ahr.
Se obligó a poner un pie delante del otro sobre las caras alfombras persas
que cubrían el suelo hasta que se encontró en el despacho más grande que
había visto en su vida. Al instante, toda su atención se concentró en el
hombre que ocupaba el gigantesco escritorio.
Aún a distancia, su magnética aura la golpeó. Quiso dar un paso más, pero
se quedó paralizada al ver que él se ponía en pie.
Fue como si la golpeara una ola de masculinidad primaria. Era incluso más
alto de lo que parecía en las fotografías. Llevaba un traje de tres piezas, pero
dado el aire de guerrero que Zaid Al-Ameen tenía, daba la impresión de
llevar una antigua armadura. Por encima de su cabeza colgaba un gigantesco
emblema que representaba el escudo de armas del reino que enfatizaba la
gloria y la autoridad de su gobernante.
Esme hizo acopio de entereza.
–No-no sé por qué me han traído aquí. No he hecho nada malo. Alteza –
añadió tras un tenso segundo.
Él no respondió. Esme se obligó a sostenerle la mirada al tiempo que
reprimía el impulso de humedecerse los labios.
–Confío que no espere que haga una reverencia. No sabría.
Él enarcó una ceja con arrogancia.
–¿Cómo lo sabe si no lo ha intentado? –preguntó con sorna.
Su voz, grave y poderosa, resonó en el interior de Esme, haciéndole
temblar.
–Puede que sea una costumbre, pero no creo que quiera hacerlo.
Una expresión enigmática cruzó el rostro de él antes de que Esme pudiera
descifrarla.
–Pero no creo que quiera hacerlo, Alteza –él repitió sus palabras,
enfatizando el título.
Esme parpadeó, desviando la mirada de su exótico y cautivador rostro.
–¿Perdón?
–Supongo que le han dicho cómo dirigirse a mí. ¿O su falta de respeto por
mi país y mi sistema legal se extiende hasta mi persona?
El tono de ira subyacente hizo que a Esme la recorriera un escalofrío.
Estaba en la jaula de un león. Al margen de sus sentimientos personales,
debía actuar con cautela si quería salir entera.
–Discúlpeme, Alteza. No pretendía ofenderlo.
–Apenas la conozco y, sin embargo, veo que debo de añadir «falsa» a la
lista de sus defectos.
Esme lo miró boquiabierta.
–¿Disculpe?
–Disculpe, Alteza –en aquella ocasión la orden fue acompañada de un tono
y una mirada glaciales.
Esme intentó reprimir la respuesta airada que le subió a los labios, pero lo
consiguió solo parcialmente.
–Puede que se deba a que he sido traída aquí contra mi voluntad, Alteza.
Él rodeó lentamente el escritorio mientras Esme lo miraba hipnotizada. A
pesar de ser corpulento se movía con una poética armonía. Como un
depredador a punto de atrapar a su presa.
Capítulo 3

Zaid Al-Ameen se detuvo a unos pasos de Esme y mirándola fijamente,


preguntó:
–¿La han atraído aquí contra su voluntad?
–Bueno… En parte, sí. Alteza.
–La respuesta es sí o no. ¿Le han puesto las manos encima mis hombres? –
preguntó él con creciente aspereza al tiempo que volvía a avanzar hacia ella.
Esme sintió que le flaqueaban las piernas.
–Yo…
–¿Le han herido, señorita Scott? –preguntó él en lo que sonó casi como un
rugido.
–No…, pero su emisario me indujo a confusión.
Zaid se detuvo y alzó las cejas.
–¿En qué sentido?
–No me dijo dónde me llevaba. Me dio a entender que iba a ver a mi
padre…
–¿Pero alguien le ha hecho daño?
Esme no entendía por qué insistía tanto en eso. Sacudió la cabeza.
–Nadie me ha tocado, pero eso no quiere decir que esto no sea en cierta
forma un rapto.
Zaid entrelazó las manos tras la espalda y la miró fijamente.
–¿No le dijeron que yo quería hablar con usted?
–Solo cuando llegamos aquí. Y me ha dado la impresión de que, aunque
quisiera, no me permitirían marcharme.
Él permaneció en silencio por un instante sin dejar de escrutar el rostro de
Esme.
–Primero insinúa que las autoridades intentaron sobornarla para poder ver
a su padre, y ahora alega un posible rapto a pesar de que ha venido aquí por
voluntad propia. ¿Tiene por costumbre lanzar acusaciones al azar? –preguntó
en tono amenazador a la vez que se acercaba un último paso hacia ella.
Esme habría querido alejarse de la pared de masculinidad que se le
aproximaba, pero hacía mucho tiempo que había aprendido a no dejarse
amedrentar.
Así que, a pesar de que su instinto le decía que Zaid Al-Ameen
representaba un tipo de peligro muy distinto a los que estaba acostumbrada,
alzó la barbilla y le sostuvo la mirada.
–No, Alteza. Acostumbro a juzgar las circunstancias por mí misma. Pero si
estoy equivocada, puede demostrármelo. Quiero marcharme –dijo con
firmeza.
–Pero si acaba de llegar…
–Como le he dicho, Alteza, pensaba que me llevaban a ver a mi padre y no
que me traerían aquí para… lo que sea que me han traído. Supongo que me lo
va a decir.
–Cuando corresponda.
A Esme se le que quedó atragantada la respuesta que iba a dar por la
distracción que supuso la fragancia a incienso y loción de afeitado que dejó él
al pasar a su lado. Se volvió y lo siguió como una autómata.
–Siéntese –dijo Zaid
La invitación fue emitida en tono sereno, pero Esme miró hacia la puerta
cerrada y se estremeció.
–Solo por curiosidad, ¿si me negara, me dejaría marchar?
–Puede marcharse si lo desea. Pero no antes de que hablemos. Siéntese –en
aquella ocasión se trató de una orden.
Esme la obedeció, sentándose en el borde del asiento más próximo.
Como si se tratara de una coreografía, al instante se abrieron las puertas y
el secretario del sultán apareció con una bandeja. La dejó y, tras inclinarse,
esperó con las manos entrelazadas.
Zaid Al-Ameen tomó el asiento adyacente al de ella y preguntó:
–¿Té o café?
Esme fue a rechazar la invitación porque dudaba de poder beber, pero
finalmente dijo:
–Té, por favor. Alteza –se apresuró a añadir el título al recibir una mirada
alarmada de Fawzi.
Zaid asintió con la cabeza y Fawzi preparó el té.
Esme tomó la taza de delicada porcelana y rechazó los dulces que Fawzi le
ofreció. Luego esperó a que el secretario preparara un café para el sultán, tras
lo cual, hizo una reverencia y se marchó.
Permanecieron en silencio mientras Esme probaba el té y se esforzaba en
desviar la mirada de los dedos largos y elegantes con los que Zaid sujetaba su
taza. Él dio un prolongado sorbo antes de dejarla en el plato y mirar a Esme
fijamente.
–Aunque finja lo contrario, sabe perfectamente por qué está aquí.
Esme intentó dominar el temblor en su voz.
–¿Por la entrevista?
–Precisamente.
Esme asió la taza con fuerza para ocultar el temblor de su mano.
–Creía que Ja’ahr defendía la libertad de expresión.
–La libertad de expresión es una cosa, señorita Scott. Rozar la difamación
es otra muy distinta.
–¿Difamación? –repitió Esme alarmada.
–Sí. Insultar al trono es una ofensa criminal por la que actualmente puede
recibir una sentencia de cárcel.
–¿Actualmente?
–Hasta que esa ley, como algunas otras, se modifique. ¿O eso es lo que
quiere: entrar en prisión para hacer compañía a su padre? –preguntó Zaid en
tono crispado.
–Por supuesto que no… Solo… estaba frustrada y preocupada por él.
–¿Siempre pierde el sentido común cuando la dominan las emociones? ¿Es
consciente de que algunas de las cosas que ha dicho la ponen en peligro?
–¿Qué tipo de peligro? –Esme dejó la taza precipitadamente.
–Para empezar, al jefe de la policía no le gusta que se cuestione la
reputación del cuerpo públicamente. Podría presentar cargos en su contra. O
algo peor.
–¿Qué quiere decir con «algo peor»? –preguntó Esme angustiada.
–Que debe pensar más antes de hablar.
–Pero lo que he dicho es verdad –dijo ella, negándose a que el miedo la
paralizara.
–Tiene que recordar que no está en Inglaterra, y que aquí las cosas se
hacen de manera distinta.
–¿Qué quiere decir? –preguntó Esme de nuevo.
Él se inclinó y apoyó los codos en las rodillas, lo que atrajo la mirada de
Esme a sus poderosos hombros. Un poder que se transmitió a su voz:
–Quiero decir que mi magnanimidad es lo único que la ha salvado de la
cárcel, señorita Scott, dado que algunas de sus acusaciones son falsas.
–¿Cuáles?
–Ha dicho que su padre ha sufrido dos ataques, pero las investigaciones
han descubierto otra historia.
–¿Ya han hecho averiguaciones?
–Nos ha insultado al gobierno y a mí en la televisión –dijo él con frialdad–.
«El pez se pudre desde la cabeza» creo que han sido sus palabras. Una
acusación así requiere una contestación inmediata.
Esme sintió que se mareaba.
–Alteza, no… era algo personal…
–Evíteme las excusas. Me ha retado y lo sabe. Y yo lo he aceptado. Aparte
de los numerosos crímenes de su padre, que conozco bien, ¿quiere saber qué
he descubierto?
Esme intuyó que no, pero se tragó la negativa.
–Puesto que va a decírmelo de todas formas, adelante.
–Información interna y las grabaciones de las cámaras demuestran que su
padre instigó ambos enfrentamientos. Parece creer que su situación mejorará
si se le percibe como una víctima.
Esme se tensó al pensar que no era completamente inverosímil. Jeffrey
Scott era especialista en analizar las situaciones y adaptarse a ellas. Por eso
había durado tanto tiempo en su profesión.
La mirada de águila de Zaid percibió su reacción.
–Veo que ni le sorprende ni sale en su defensa –comentó–. Puede que esa
imagen de su padre le suene más que la que ha descrito en la televisión,
Esme tomó aire. Por mucho que supiera, no pensaba incriminar a su padre.
–Eso no cambia el hecho de que los guardas no lo protegieron –replicó–. Si
lo hubiera dejado en libertad bajo fianza…
–¿Para que intentara huir del país? Su padre es un estafador veterano, e
intuyo que usted lo sabe. Sin embargo la ha elegido como su principal testigo
para su defensa –dijo él, mirándola con frialdad.
–Puesto que usted es quien va a procesarlo ¿no es inapropiado que discuta
el caso conmigo, Alteza? –contraatacó ella.
Zaid sonrió con sorna ante sus evasivas.
–No le he dicho nada que contravenga el proceso judicial. Y esté segura de
que no lo haré.
Esme supo que tenía que ser cauta para no cometer ningún error.
–¿Me ha llamado para reprenderme antes de meterme también en la cárcel?
–Le he hecho venir para advertirle de que evite hacer comentarios
irreflexivos en público, al menos hasta que vuelva a Inglaterra.
Esme se indignó.
–Eso suena a amenaza, Alteza.
–Si es la manera de que se entere, lo es. Está pisando un terreno
resbaladizo. No toleraré que vuelva a calumniarme a mí o mi gente sin
pruebas. ¿Entendido?
A pesar de que se sentía ofendida, Esme era consciente de la parte de razón
que tenía. Él se tomó su silencio por aquiescencia y se puso de pie.
Su poderosa y alta figura hizo que Esme se sintiera diminuta. Se puso en
pie precipitadamente pero perdió el equilibrio. Antes de que cayera de bruces,
un par de fuertes manos la sujetaron por los antebrazos y las manos de Esme
aterrizaron en el pecho de Zaid. Al tiempo que el calor de su cuerpo
electrizaba sus manos, él contuvo el aliento.
Ella alzó la mirada y los ojos de Zaid se clavaron en los de ella. A aquella
distancia, ella vio motas de oro doradas sobre el fondo bronce de sus ojos y la
combinación fue tan hipnótica que no pudo moverse a pesar de la voz interior
que le ordenaba alejarse del hombre que estaba decidido a ejercer la autoridad
máxima sobre ella, y a mantener a su padre en prisión.
Empezó a cerrar una mano, pero, atrapada por sus ojos y embriagada por la
fragancia que emanaba, permaneció inmóvil. Las aletas de la nariz de Zaid se
dilataron levemente cuando bajó la mirada a los labios de Esme. Y como si se
los hubiera tocado, ella los sintió palpitar anhelantes.
No… era posible que quisiera que la besara.
Él la soltó tan súbitamente que Esme temió haber pensado en alto.
Retrocedió. Tenía que marcharse. Ya.
Como si hubiera pensado lo mismo, Zaid se volvió bruscamente y se
dirigió con paso firme al escritorio. Liberada de su hipnótica proximidad,
Esme tomó una bocanada de aire que sus pulmones necesitaban con urgencia.
Y se cuadró al oír a Zaid decir algo en el telefonillo. Unos segundos más
tarde, se abrió la puerta.
Su secretario intercambió unas rápidas frases con el sultán. Esme estaba
tan fascinada por la sonoridad del árabe que no se dio cuenta de que habían
dejado de hablar y que la miraban en silencio.
–¿Lo siento, me han dicho algo? –preguntó a Fawzi para evitar mirar a
Zaid.
–Su Alteza ha dicho que puede marcharse. Yo la acompañaré al coche.
Consciente de que sería descortés no despedirse, Esme se obligó a dirigirse
al sultán.
–Yo… Yo…
Él la miró con gesto burlón.
–Es curioso que justo se quede sin palabras cuando le permito irse.
Volveremos a vernos en el juzgado, cuando testifique a favor de su padre.
Espero que para entonces haya recuperado el habla, o su viaje habrá sido una
pérdida de tiempo. Adiós, señorita Scott.
La despedida fue tan expeditiva como el viaje al hotel. Aún después de
llegar, Esme seguía teniendo el corazón acelerado. Había sido convocada y
juzgada.
Y, sin embargo, ya no sentía la indignación que la había dominado en
presencia de Zaid Al-Ameen. En cambio, tenía grabado en la mente cada
detalle del instante en el que había impedido que se cayera. Y cada vez que lo
recordaba, se le alteraba la respiración. Para dominar sus descontroladas
hormonas, encendió la televisión y se encontró consigo misma siendo
entrevistada. Se forzó a verse y sintió un leve remordimiento al oír sus
palabras de condena.
La sensación de incomodidad seguía dominándola horas más tarde, cuando
ya estaba en la cama. Tardó en conciliar el sueño, y cuando lo hizo, se vio
perturbado por sueños en los que aparecía un hombre de mirada magnética.
El sueño fue tan vívido que Esme se despertó bruscamente.
Y descubrió que no era un sueño: había alguien en la habitación.
Con la garganta atenazada por el terror, Esme se incorporó lentamente. La
sombra que se perfilaba a contraluz contra la leve luminosidad de las cortinas
se tensó un segundo antes de moverse hacia ella cuando saltó de la cama. Un
pie se le enredó en las sábanas y gritó. Esme percibió más que vio cómo la
figura rodeaba la cama para alcanzarla mientras ella tiraba de la sábana y
trataba de escapar a gatas. A unos pasos del cuarto de baño, intentó ponerse
en pie.
Un brazo fuerte la rodeó por la cintura y Esme se sintió presionada desde
los hombros a los muslos contra un poderoso cuerpo masculino. El hombre la
alzó en el aire y ella pataleó al tiempo que, recuperando la voz, empezaba a
gritar.
La gran mano que le tapó la boca ahogó su voz.
Aterrorizada por la facilidad con la que el intruso la retenía, Esme redobló
sus esfuerzos por liberarse, retorciéndose y golpeándole el brazo. Hasta que
sintió el aliento del hombre en la mejilla.
–Tranquilícese, señorita Scott. Soy Zaid Al-Ameen. Si quiere estar a salvo,
debe venir conmigo ahora mismo.
Capítulo 4

Esme se quedó paralizada durante unos segundos antes de que la furia


redoblara sus esfuerzos por liberarse. Zaid la sujetó con más firmeza y
ordenó:
–Tranquilízate.
Esme sacudió la cabeza. No encontraba ninguna razón para poder
calmarse.
–Te juro que no voy a hacerte daño, Esmeralda. Pero para soltarte, tienes
que prometer que no gritarás –le susurró él al oído.
Esme no quiso analizar si se debió a oír en sus labios su nombre o el tono
aterciopelado que usó, lo cierto fue que finalmente se calmó. Entones pasó a
ser plenamente consciente del cuerpo al que estaba pegada, de la respiración
de él contra su espalda, de su trasero pegado a las caderas de Zaid y del
masculino y orgulloso órgano cobijado entre ellas.
Recorrida por un intenso calor, sacudió la cabeza afirmativamente. Él
esperó un segundo antes de soltarla. Esme se lanzó hacia el interruptor del
cuarto de baño y encendió la luz antes de volverse hacia Zaid.
Verlo ataviado con el traje tradicional en negro, como un guerrero del
desierto, le cortó la respiración que intentaba recuperar. Se retiró el cabello de
los ojos con dedos temblorosos.
–Puede que sea quien gobierna en su reino –dijo airada–, pero no tiene
derecho a invadir mi privacidad. Y menos a darme un susto de…
Él la cortó con un gesto de la mano.
–Comprendo su enfado, pero le aconsejo que espere a expresarlo una vez
salgamos del hotel.
–¿Por qué? –exigió saber ella.
Sin dignarse a contestar y ante los atónitos ojos de Esme, él fue hasta el
armario y empezó a rebuscar entre su ropa.
–¿Qué demonios está haciendo? No pienso a ir a ninguna parte en mitad de
la noche.
Él se volvió con expresión amenazadora.
–Será mejor que no use ese tono conmigo o mis hombres la arrestarán.
–¿Sus hombres? –preguntó Esme alarmada.
Él indicó la puerta con la cabeza. Esme miró en esa dirección y advirtió
por primera vez la presencia de dos hombres flanqueando la puerta en actitud
alerta, protegiendo a su señor. Impidiéndole escapar.
–¿Por qué están aquí?
Zaid dio un paso hacia ella y Esme vio que en la mano sostenía su vestido
negro de algodón.
–No tengo tiempo para explicaciones. Póngase esto. Tenemos que irnos
ahora mismo, no creo que quiera salir con ese… trozo de tela –dijo él en un
tono autoritario pero levemente alterado.
Esme bajó la mirada hacia el camisón corto de encaje y seda que llevaba
puesto, y sintió un súbito calor al seguir la mirada de Zaid recorriéndola de
arriba abajo. Cuando se detuvo en sus muslos, una sensación pulsante se
asentó entre ellos y desde allí viajó en una sucesión de explosiones que
fueron estallando bajo su piel.
Los ojos de Zaid ascendieron entonces hasta sus senos y en respuesta, sus
pezones se endurecieron. Dándose cuenta de que la seda dejaba intuir cada
reacción de su cuerpo, Esme se tapó el pecho con un brazo sin dejar de
sostener la mirada de Zaid con gesto retador.
Pero fue como si una hormiga se enfrentara a un elefante. Aunque los ojos
que la observaban pudieran tener un velo de turbación, incluso de deseo, el
hombre que se aproximó a ella y le dio el vestido bruscamente estaba en
pleno dominio de sí mismo y decidido a ser obedecido.
–Tiene dos minutos para vestirse o la vestiré yo.
Esme se mantuvo firme.
–Me vestiré, pero no pienso ir a ninguna parte si no me dice qué pasa.
Él se limitó a hacer un gesto seco con la cabeza y ella fue al cuarto de
baño. Cuando ya se iba a poner el vestido, se quedó paralizada al ver su
reflejo en el espejo. Tenía el cabello alborotado y las mejillas encendidas,
pero lo que más la desconcertó fue la forma en que brillaban sus ojos. Donde
hubiera esperado encontrar temor, vio otra cosa, algo que le provocaba un
hormigueo bajo la piel; y sus pezones seguían endurecidos como una prueba
palpable de excitación
Con una creciente agitación, se puso el vestido sobre el camisón como si le
proporcionara una segunda piel. Podía oír a Zaid moverse con impaciencia al
otro lado de la puerta. Se recogió el cabello en una coleta y salió a enfrentarse
con él.
–Muy bien, merezco saber qué está pasando –repitió.
–El jefe de policía viene de camino a arrestarla. Si no viene conmigo,
dentro de una hora estará en la cárcel. No sería una experiencia agradable.
Esme enmudeció y dirigió la mirada hacia los guardas. Aunque no se
habían movido, pudo percibir en ellos una tensión creciente.
Zaid había encendido una lámpara y Esme se puso unas sandalias
apresuradamente, Luego tomó su maleta, pero Zaid se la quitó de la mano.
–¿Qué está haciendo? –preguntó con aspereza.
–Recoger mis cosas.
–No hay tiempo. Ordenaré que se las lleven.
La mirada implacable con la que Zaid la miró hizo que Esme se limitara a
asentir. Tomó su bolso, en el que tenía el pasaporte, la tarjeta de crédito y el
teléfono, y Zaid la condujo hacia la puerta.
Ocho guardaespaldas formaron al instante un cordón de protección en
torno a ellos; fueron hasta el ascensor, que los esperaba con la puerta abierta,
y bajaron. En el vestíbulo vacío había un conserje adormecido que se irguió
al oírlos e hizo una reverencia a su paso.
Zaid apenas lo miró porque estaba concentrado en los hombres armados
que entraban por la puerta giratoria. Esme sintió que el corazón se le subía a
la garganta a pesar de que él no cambió el paso.
–Permanezca a mi lado y no hable –musitó con una firme serenidad.
Ella asintió al tiempo que los hombres se aproximaban. Por su actitud y sus
uniformes, supo quiénes eran incluso antes de ver la insignia que llevaban en
el pecho.
El líder, un hombre bajo y rotundo se aproximó y todos se inclinaron al
unísono, pero Esme percibió que el jefe de policía presentaba sus respetos al
sultán con reticencia.
–Alteza, me sorprende que esté aquí a esta hora de la noche –dijo, mirando
con suspicacia a los guardaespaldas.
–Ocuparse de las cuestiones de Estado no tiene horario –replicó Zaid.
El hombre miró a Esme con abierta animadversión.
–¿Y esto es una cuestión de Estado?
El lenguaje corporal de Zaid al emitir una áspera replica en árabe hizo que
el hombre se encogiera, pero no alteró su expresión hostil hacia Esme. Sin
embargo, no hizo ademán de detenerla.
Aunque solo se trató de unos minutos, a Esme le pareció que pasaba una
eternidad hasta que Zaid la miró.
–Nos vamos –dijo.
Aliviada, Esme asintió y lo siguió.
En cuanto subieron al coche este se puso en marcha con una precisión
militar y Esme respiró profundamente. Aunque en su mente se agolpaban las
preguntas, sus sentidos despertaron al percibir la masculina fragancia del
hombre que, sentado a su lado, la observaba en silencio. .
–¿Qué…? –Esme se humedeció los labios–. ¿Por qué iba a arrestarme?
–Porque, como yo, se ha enterado de que sus acusaciones son falsas. Su
entrevista se ha emitido regularmente en las últimas doce horas. Muchos han
exigido su detención desde el primer momento, y ha llegado a mis oídos que
el jefe de policía iba a hacerlo.
Esme se estremeció.
–Dios mío –cerró los puños para contener el temblor de sus manos–. ¿De
qué iba a acusarme? –preguntó, aunque sabía que eso era lo de menos.
Zaid se encogió de hombros.
–Habría encontrado algo.
–¿Quiere decir que se lo habría inventado?
–Bastaría con que dijera que quería interrogarla. Tenía suficientes
elementos como para justificar la detención.
Esme sintió un nudo en el estómago.
–¿No sería… ilegal? –preguntó con cautela.
En la penumbra, vio que Zaid apretaba los dientes con gesto grave.
–El cambio está llegando a Ja’ahr, pero no lo bastante deprisa –dijo en
tono críptico–. La verdadera democracia tiene exigencias que no todo el
mundo quiere aceptar.
La solemne afirmación no invitaba a hacer más preguntas y el convoy
avanzó en silencio hasta que Esme se dio cuenta de a dónde iban.
–¿Vamos a…?
–Al palacio real –confirmó Zaid.
Esme sintió pánico.
–Así que se trata de un rapto.
Lo dijo como una broma, para intentar quitar peso a los acontecimientos
que acababa de vivir y a los que temía tener ante sí.
Pero al ver que Zaid no respondía, se volvió y vio que la miraba sin ápice
de humor.
–Aunque no sea la mejor forma de describirlo, sí –dijo él. Y esperó a ver
cómo se tomaba la respuesta.
Poco a poco su rostro adquirió una expresión de angustia que él pensó que
le sería de utilidad porque así estaría alerta y concentrada. Por su parte, le
serviría para dejar de fijarse en sus labios y en cómo arrugaba la nariz cuando
algo le hacía gracia.
Ya le costaba bastante mantener su libido bajo control desde que había
visto su piel nacarada y cómo el camisón acariciaba sus curvas. El impulso de
tocarla, el recuerdo de haberla tenido en sus brazos había sido tan intenso que
le había provocado un pulsante dolor visceral. Por eso tenía que concentrarse
en el instante.
–No es una broma, ¿verdad? –preguntó ella angustiada.
–Soy un hombre ocupado. No dirijo misiones como esta por diversión –
dijo él en tono crispado.
Esme se encogió con un escalofrío. Antes de que Zaid pudiera añadir algo,
el vehículo se detuvo y el jefe de seguridad abrió la puerta.
Al ir a bajar, Zaid observó la palidez del rostro y las facciones tensas de
Esme, y comentó:
–Son casi las dos de la madrugada. Seguiremos esta conversación una vez
haya descansado.
Entonces bajó y le tendió la mano. Esme vaciló antes de, finalmente,
aceptarla.
El contacto reactivó la volátil tensión que Zaid luchaba por contener, pero
la ignoró con la misma determinación que ignoraba cualquier emoción desde
que había vuelto a Ja’ahr. Solo así podía concentrarse en reconstruir el país
que su tío había destruido. Era la misma razón por la que no se acostaba con
una mujer desde hacía más de dieciocho meses; por la que trabajaba sin
descanso cada día.
Aun así, descubrió que apretaba la mano de Esme y, mirando su rostro
iluminado por las luces que se proyectaban desde el palacio, su especial
belleza volvió a asombrarlo.
Dio media vuelta bruscamente y dejó que Fawzi y el personal se ocuparan
de ella. Él tenía que atender a otras causas.
–Buenas noches, señorita Scott.
Solo había dado unos pasos cuando oyó que lo seguía.
–Espere. Por favor. Alteza.
Zaid no pudo evitar esbozar una sonrisa ante la dificultad que tenía de
recordar que tenía que dirigirse a él por su título.
De hecho, se avergonzaba de haber insistido la tarde anterior en que lo
hiciera. Aunque la sangre real recorriera sus venas, jamás se había impuesto a
los demás por ser noble. Pero algo en Esmeralda Scott había hecho que
quisiera afirmar su posición dominante sobre ella. Tal vez por ver su gesto
altivo cuando alzaba la barbilla o por obligarle a hacer la reverencia que tanto
odiaba en cualquier otro de sus súbditos.
–Alteza, por favor.
Zaid se detuvo en el vestíbulo. El séquito de seguridad que lo seguía a
todas partes se detuvo a una distancia respetuosa.
Esmeralda se aproximó y Zaid no pudo evitar deslizar la mirada por sus
piernas y las caderas que el vestido de algodón abrazaba sensualmente.
–Me va a resultar imposible dormir. Al menos hasta saber algo más de…
lo que va a pasar.
Conmigo
Zaid la admiró por que callara esa palabra. Estaba decidida a no mostrarse
débil a pesar de la precariedad de su situación y de la de su padre. La
repercusión de su entrevista había sido mucho mayor de lo que él mismo
había calculado inicialmente. Había estado pensando en cómo contrarrestarla
cuando recibió el aviso de las intenciones del jefe de policía.
Despidió al personal aunque sabía que Fawzi y los guardaespaldas
permanecerían alerta.
–Muy bien. Hablemos ahora.
Percibió cómo Esme tragaba con nerviosismo antes de que asintiera con la
cabeza y dijera:
–Gracias, Alteza. Lo sigo.
Zaid no sabía si censurarla o alabarla por su entereza, porque la misma
actitud que le había hecho actuar irreflexivamente sería la que la salvaría en
los siguientes días. Los dos entraron en su ascensor privado, donde ella se
apoyó en la pared más alejada a él. A Zaid le habría resultado divertido de no
haberle golpeado el olor de su perfume y el aroma de su piel.
En cuanto las puertas se cerraron, a Esme se le alteró la respiración.
Cuando él se inclinó para darle al botón, ella se sobresaltó y Zaid ya no pudo
evitar sonreír.
–Me alegro de divertirle, Alteza.
–Puesto que he tenido que interrumpir mi noche para acudir en su ayuda,
algo que todavía no me ha agradecido, pienso divertirme cuanto quiera.
Esme vaciló antes de contestar:
–Me ha dicho que esto es prácticamente un rapto. Perdone que no me
deshaga en agradecimientos antes de saber si verdaderamente lo ha hecho
para salvarme de algo aun peor.
Zaid no pudo evitar mirarle los labios y admirar el precioso arco de cupido
del superior. Exigió un esfuerzo sobrehumano apartar la vista.
–Estoy expectante por ver cómo… se deshace en agradecimientos –dijo,
antes de salir del ascensor al despacho que usaba cuando no trataba de
cuestiones de Estado.
Cruzó la sala hasta un mueble-bar y preguntó:
–¿Quiere una copa?
–No, gracias –respondió ella, distraída con la contemplación de la
habitación.
Una gran alfombra ocupaba el centro, rodeada de grandes almohadones y
con un hooka en el centro, sobre una bandeja de bronce; bajo una ventana en
arco había un diván sobre el que descansaban unos papeles y unas gafas de
leer. La chaqueta de un traje colgaba del respaldo de una silla junto con el
keffiyeh que Zaid se había quitado hacía horas.
Zaid no supo por qué, ver a Esme deslizar su mirada por sus objetos
personales lo excitó; y al llenar un vaso con agua se planteó la posibilidad de
que hubiera llegado el momento de atender a sus necesidades básicas. Pero
antes de que se convirtiera en una idea definida, ese pensamiento se
volatilizó. No tenía ni el tiempo ni el interés de localizar a ninguna de las
mujeres de su pasado, ni tenía la menor tentación de atender a las múltiples
insinuaciones de los nobles tanto de Ja’ahr como de los países vecinos, que
querían casar a sus hijas con el nuevo sultán.
Pronto tendría que cumplir con el deber de casarse y tener herederos. Pero
antes tenía que introducir cambios en Ja’ahr y devolverle la estabilidad. Se lo
debía a su pueblo y a sus difuntos padres, quienes habían sido asesinados en
nombre del poder y la codicia.
Ese recuerdo le permitió aplacar su deseo y volverse a Esme.
–Quería preguntarme algo –bebió el agua y dejó el vaso en una mesa–. Si
me va a preguntar si puede marcharse por la mañana, le diré que dudo que
esta situación se resuelva en tan poco tiempo.
Esme esperó a asimilar la información antes de hablar:
–Entiendo que aquí las cosas son un poco… distintas. Pero necesito tener
una idea del plazo al que se refiere. No puedo quedarme indefinidamente.
–Podrá volver en algún momento, pero no de inmediato.
Esme frunció el ceño.
Y él continuó:
–Voló a Ja’ahr para apoyar a su padre. Tengo entendido que ha pedido un
mes de empleo sin sueldo para ello.
–¿Cómo lo sabe? –preguntó ella, abriendo los ojos como platos.
–Es mi deber estar informado de los detalles de los casos que me ocupan.
Su comportamiento de ayer hizo que hiciera algunas averiguaciones más.
Zaid no fue consciente de haberse aproximado hasta que se encontró a
unos centímetros de ella; lo bastante cerca como para ver el tono gris verdoso
de su ojos con mayor precisión, percibir en su rostro su expresión de sorpresa
y ver el latido de su corazón en la garganta.
Se metió las manos en los bolsillos para reprimir el impulso de poner allí
sus manos y sentir su piel.
–¡No puedo quedarme indefinidamente! Además, ha hablado con el jefe de
policía; por eso no me arrestó –dijo ella apresuradamente.
Zaid se encogió de hombros.
–He conseguido un aplazamiento temporal, pero no quiero que se
equivoque: si intenta dejar este palacio antes de que yo lo considere seguro,
será apresada y encerrada en prisión. El jefe de policía tiene amigos en
círculos influyentes.
Esmeralda sacudió la cabeza con expresión desconcertada al tiempo que lo
miraba inquisitivamente. El movimiento hizo que sacudiera su coleta de
caballo, reclamando la atención de Zaid, que lamentó recordar el impacto que
le había causado al verlo suelto. Entonces Esmeralda se alejó de él, cabizbaja,
rodeándose la cintura con los brazos. En el silencio cargado que los envolvió,
Zaid deslizó la mirada por sus delgados hombros, su delicada espalda y el
delicado mecer de sus caderas, así como la curva de sus nalgas y sus
torneadas piernas.
Una súbita imagen de ella echada sobre los almohadones, con el cabello
suelto y luciendo el sensual camisón de seda y encaje lo golpeó con tal fuerza
que se le contrajeron los músculos del estómago. Apretó los puños dentro de
los bolsillos con fuerza y entornó los párpados cuando ella se volvió hacia él.
–Sigo sin comprender por qué me ha sal… por qué ha acudido en mi
ayuda.
Zaid tardó varios segundos en recordar cómo había tomado aquella
decisión la tarde anterior.
Alzando la mirada, se dijo que Esmeralda Scott no se echaría en aquellos
almohadones ni en ningún otro lugar de su espacio personal. A no ser que
estuviera decidido a tener problemas. La mujer que tenía ante sí llevaba poco
tiempo en su reino y, sin embargo, ya había provocado tensiones que podían
desestabilizar todo aquello por lo que él estaba luchando. Había llegado el
momento de poner límites y de colocarla en su sitio.
–A pesar de su torpeza, he decidido que me es más útil fuera que dentro de
prisión.
Capítulo 5

Más útil? –preguntó Esme.


Zaid la miraba fijamente, con una intensidad que contenía algo que le
aceleró el corazón; algo que quería negar. Pero, por más que lo intentara una
parte de su cerebro, no podía dejar de concentrarse en la espectacularidad del
hombre que tenía ante sí.
En el hotel, el miedo y la adrenalina habían neutralizado el efecto; pero en
medio de aquel exótico y sensual salón de luces atenuadas, se sentía afectada
hasta perturbadoras proporciones.
–¿Necesita que le defina la palabra? Tengo mejores usos para usted que
dejar que languidezca en una cárcel.
Esme sacudió la cabeza en un gesto que empezaba a hacerse habitual ante
Zaid.
–¿Quiere decir que no ha venido a rescatarme como un acto de bondad,
sino pensando en que puedo prestarle un servicio?
En cuanto lo dijo fue consciente de sonar débil y angustiada, pero el
hombre que tenía delante no se inmutó. Zaid Al-Ameen se encogió de
hombros y, quitándose la toga que llevaba sobre la túnica, la dejó sobre una
silla.
–Así es, aunque podemos negociar cómo quiere que la recompense por
cumplir su tarea.
Zaid quería algo de ella. Igual que su padre durante años, hasta que ella
había huido de él. Igual que todo el mundo en algún momento de su relación
con ella.
La emoción que la atenazó se pareció extrañamente al dolor cuando era
absurdo pensar que aquel hombre al que apenas conocía pudiera tener el
poder de hacerle daño.
–¿Y qué tarea es esa? ¿Alteza? –Esme añadió el título para recordarse a sí
misma el abismo que había entre ambos.
–Que repare el daño que ha causado –dijo él en tono imperioso.
–Pero ¿cómo?
–Se me ocurre una manera con la que puede restablecer su imagen.
Esme se estremeció.
–Lo siento, pero no le entiendo.
Zaid entrelazó los dedos a la espalda y los músculos de su pecho se
perfilaron contra la túnica, reclamando la atención de Esme.
–Si no me equivoco, usted es trabajadora social.
Esme frunció el ceño.
–Sí.
–En Ja’ahr hay organizaciones que necesitan su conocimiento. Mientras
esté aquí, trabajará para mí.
–¿Haciendo qué?
–Lo mismo que hacía en Inglaterra, ayudando a familias desestructuradas y
asesorando a jóvenes que lo necesiten.
Esme se inquietó al ver con qué precisión describía sus funciones en
Contacto Global.
–¿Qué averiguaciones ha hecho sobre mí? –preguntó Esme con el corazón
acelerado ante la posibilidad de que Zaid conociera el episodio que jamás
lograría borrar de su alma.
–Los detalles más relevantes.
La vaguedad de la respuesta no sirvió para tranquilizarla, pero confió en
que se hubiera concentrado en su trabajo y no hubiera descubierto su secreto
más oculto.
«Pero recuerda que este hombre es también conocido por su crueldad como
El Carnicero», se dijo con una creciente angustia.
–¿Estamos de acuerdo? –preguntó Zaid.
Esme se sacudió su oscuro pasado de encima y negó con la cabeza:
–No, no… –se quedó callada mientras daba vueltas en su mente a la idea.
–Si está demasiado cansada y quiere descansar para poder sentirse menos
confusa, podemos continuar esta conversación por la mañana.
El tono burlón de Zaid hizo reaccionar a Esme.
–No estoy confusa –calló de nuevo y tomó aire–. Para empezar, no tengo
ni idea de cómo funciona su sistema de trabajo social.
Zaid se acercó lo bastante como para que ella tuviera que alzar la barbilla
para mirarlo a la cara. Una vez más, tuvo la sensación de encogerse ante él.
–Los principios del cuidado social son los mismos en todas partes del
mundo –dijo él.
Esme estaba de acuerdo.
–Sí, pero hay otros factores a tener en cuenta.
–¿Como cuáles?
–No hablo la lengua del país.
–Los niños aprenden inglés al mismo tiempo que árabe. Prácticamente
todos los ciudadanos de Ja’ahr son bilingües.
–Solo estaré aquí un mes, para apoyar a mi padre –añadió Esme –. ¿Qué
podría hacer en ese tiempo? Además, ¿dónde me alojaría?
–Aquí, en el palacio –replicó Zaid con voz grave.
–¿Con usted?
Una emoción inescrutable cruzó el rostro de Zaid, y aunque fue tan fugaz
que Esme no pudo interpretarla, se le puso la carne de gallina
–Bajo mi protección –aclaró Zaid.
A pesar de que se le alteró la respiración, Esme tuvo que decirse que
docenas de personas vivían en el palacio; que ser acogida en él no significaba
nada especial.
–En cuanto al plazo de tiempo –añadió él–, un mes es un plazo irrisorio.
–Es todo lo que me dieron en el trabajo.
–Si quiere permanecer aquí durante el procesamiento legal de su padre,
tendrá que conseguir una extensión de sus jefes. Si quiere, puedo solicitarla
yo. En las próximas cuatro semanas, como mucho, se fijará la fecha del juicio
de su padre.
Esme frunció el ceño.
–¿Se necesita todo un mes para poner fecha a un juicio? Creía que estaba
intentando acelerarlo.
–Sí. Por eso se celebrará como tarde dentro de seis meses.
Esme lo miró atónita y repitió.
–¿Seis meses?
–Sí. En casos normales, la fecha puede retrasarse hasta dos años.
Esme abrió los ojos como platos.
–¿Tiene tanta gente languideciendo en sus cárceles?
En cuanto las palabras escaparon de sus labios se arrepintió. Zaid retiró los
ojos y su mirada se enfrío.
–Creo haberle dicho que estamos introduciendo cambios. Conseguir un
nivel de tolerancia cero con la corrupción y el pleno rendimiento de cuentas
es todo un reto.
Esme se mordió el labio diciéndose que debía actuar con cautela.
–Lo siento, no pretendía criticar cómo gobierna su país. Alteza.
Vio brillar los ojos de Zaid ante el tardío uso del título antes de que
entornara los párpados para velar su mirada y, sin responder, pasara junto a
ella hacia la mesa de reuniones. Entonces presionó un botón en un sofisticado
aparato y tras decir algo rápidamente en árabe, se volvió hacia ella.
–Mi servicio la escoltará a su suite. Hablaremos por la mañana, una vez
haya descansado –dijo con una firmeza que sonó a despedida.
–Pero necesito…
Él sacudió la cabeza con brusquedad.
–Tengo que atender otros asuntos, señorita Scott.
Esme miró hacia un gran reloj que había en la pared.
–¿A las tres de la madrugada?
–El despacho de un rey no cierra nunca.
–¿Y el sultán no duerme? ¿Tiene super-poderes? –preguntó Esme
impulsivamente.
Se oyó una llamada a la puerta, pero no entró nadie. Quienquiera que fuera
se quedó esperando a recibir permiso para entrar. Zaid lo dejó en suspenso
mientras la miraba fijamente.
–¿Quiere que hablemos de mis pautas de sueño, señorita Scott? –preguntó
con una inconfundible sensualidad que aceleró la sangre de Esme.
A pesar de que se sabía sobre arenas movedizas, Esme no dejó que el
miedo la dominara. Habría querido decir: «Llámame Esmeralda», tal y como
había hecho en una ocasión. Pero se contuvo y preguntó:
–Quería saber qué pasaría si mañana por la mañana dijera que no a su
oferta.
El rostro y el cuerpo de Zaid se tensaron y en ese instante Esme
comprendió a qué se debía su apodo.
–No se lo recomendaría, porque si se niega, mantendremos una
conversación muy distinta –dijo con aspereza.
Esme apretó los dientes para contener el escalofrío que la recorrió, al
mismo tiempo que se abría la puerta y entraba Fawzi. A pesar de la hora,
estaba alerta y con la mirada aguzada. Sin apartar la mirada de Esme, Zaid
habló en árabe con su secretario y este asintió.
–Si me acompaña, señora, su servicio está esperándola.
La sorpresa permitió a Esme romper el contacto visual con Zaid.
–¿Mi servicio?
Fawzi se tensó de nuevo al recibir una pregunta directa en presencia del
sultán.
–Los invitados del palacio tienen asignado un servicio propio durante su
estancia –explicó Zaid como si la retara a protestar.
Esme eligió la retirada aunque, a su pesar, le desilusionó dar la
conversación por terminada
–Buenas noches, Alteza.
Al ir hacia la puerta vio que Zaid enarcaba una ceja burlona y se maldijo
por sentir una oleada de calor en su interior. Girando el rostro para
ocultárselo, el estremecimiento que la recorrió le indicó que él la seguía con
la mirada hasta perderla de vista.
Una vez más, Esme sintió un súbito desánimo del que se olvidó al
encontrarse frente a dos mujeres que la observaban con curiosidad. La mayor
de ellas, vestida con una abaya morada y pañuelo en la cabeza, conseguía
mantener una expresión más neutra que la joven, que la miraba con
indisimulado interés.
–Estas son Nashwa, que está al cargo del ala de invitados, y su ayudante,
Aisha –las presentó Fawzi–. La dejo en sus manos.
Tras su partida se produjo un breve silencio. Entonces Esme esbozó una
sonrisa y dijo:
–Siento que las hayan despertado por mi culpa.
–Estamos al servicio del su Alteza –contestó Nashwa, indicando uno de los
muchos corredores iluminados que partían desde el despacho de Zaid–. Sus
órdenes son siempre bienvenidas.
Aisha asintió con entusiasmo, mirando a Esme de soslayo.
–Gracias en cualquier caso –dijo esta.
Nashwa la precedió por el corredor con paso firme y el suave roce de su
túnica en el suelo.
Esme no pudo contener una exclamación al ver el alojamiento salmón y
dorado que le habían asignado. El suelo de mármol daba acceso a una amplia
sala de estar, donde había un conjunto de sofás a cuyos pies había una
espléndida alfombra persa. En medio, sobre una mesa lacada en negro con
incrustaciones de nácar, había un florero con el ramo de flores más grande
que Esme había visto en toda su vida.
–El dormitorio está por aquí, señora –indicó Nashwa.
Esme apartó la vista del piano de media cola que decoraba la sala y la
siguió por una puerta.
Una vez más, apenas pudo contener una exclamación al encontrarse con
una gran cama con dosel cuyos postes estaban delicadamente tallados y con
cortinajes de muselina que caían en suave cascada. A ambos lados había unas
enormes lámparas marroquíes sobre dos mesillas, donde reposaban dos
pequeños buqués con una deliciosa fragancia.
–Nos hemos tomado la libertad de deshacer su equipaje, señora. Aisha la
ayudará con sus objetos de noche; a no ser que prefiera que le
proporcionemos otra ropa.
Siguiendo la mirada de Nashwa, Esme vio un conjunto de lencería doblado
sobre la cama. Se acercó y acarició la delicada seda y encaje. Era un camisón
corto a juego con una bata, parecido al suyo, pero mucho más exquisito.
Todo lo que la rodeaba era hermoso y decadente, digno de ser admirado,
pero ella sabía bien que nada era gratis. Esme lo había aprendido cuando su
padre le había hecho elegir al cumplir catorce años entre ser entregada a los
servicios sociales o ir interna a un colegio para pasar las vacaciones con él.
Ella todavía no había superado el trauma del reciente abandono de su madre,
así que poder pasar con su padre un par de meses al año, aun sabiendo que él
estaba dispuesto a abandonarla, había representado para Esme la única
opción. Hasta que también esa vida se había hecho añicos.
–¿Prefiere ese conjunto la señora? –preguntó Nashwa.
Esme retiró la mano bruscamente.
–No, gracias –carraspeó y se obligó a sonreír–. ¿Puede indicarme dónde
están mis cosas?
–Por supuesto –Nashwa la acompañó a un vestidor y al cuarto de baño
adyacente, que era más grande que el piso de Esme en Londres.
En medio del amplio espacio y de las numerosas repisas, sus objetos
resultaban empequeñecidos. Al no ver su camisón, se acordó de que lo
llevaba puesto, y al instante, recordando la forma en que Zaid la había mirado
en su hotel, sintió un intenso calor interior.
–¿Necesita ayuda para desvestirse?
Esme negó con la cabeza y se masajeó las sienes.
–¿Quiere una manzanilla para relajarse? –sugirió Nashwa.
–No, gracias –Esme bajó las manos–. No creo que la necesite. Estoy muy
cansada.
Tras una visita al cuarto de baño, vio que le habían abierto la cama, habían
atenuado la luz y sobre la mesilla había una jarra con agua. Las dos mujeres
esperaban junto a la puerta. Tras hacer una reverencia, le dieron las buenas
noches y se fueron.
Una vez a solas, Esme se quitó el vestido y se metió en la cama mientras su
mente repasaba los asombrosos acontecimientos del día. Era consciente de
que una sola decisión podía cambiar el curso de la vida. Ella misma lo había
experimentado a los diecisiete años. Pero ni aun así, habría sido capaz de
prever las consecuencias de una entrevista de tres minutos.
Al llegar la mañana, exigiría poder ver a su padre.

Ese fue su primer pensamiento cuando abrió los ojos al oír el agua correr
en el cuarto de baño. A continuación, Nashwa apareció y le anunció que el
sultán quería verla en una hora.
Tras darse un baño, Esme se recogió el cabello, se puso el vestido negro y
un cinturón dorado. Se maquilló discretamente y tras ser conducida por un
laberinto de corredores, llegó al comedor.
Zaid la esperaba sentado a la mesa. La habitación, como todas las demás,
era espectacular, Esme pensó que nunca se cansaría de admirar la belleza del
palacio. Al fijarse en Zaid vio que llevaba un traje distinto al del día anterior,
dorado y con ribetes negros. El keffiyeh negro que le enmarcaba el rostro
hacía destacar sus hermosas facciones. Y la mirada que dedicó a Esme hizo
que esta sintiera una pulsante presión en el vientre mientras se aproximaba a
la mesa.
Él se puso en pie con galantería y Esme se concentró en ignorar hasta qué
punto encontraba al sultán Zaid Al-Ameen perturbador. Por temor a
enmudecer, dijo precipitadamente:
–Quiero ver a mi padre antes de tomar ninguna decisión.
–Buenos días, Esmeralda, confío en que haya dormido bien –dijo él burlón.
Esme se sintió súbitamente avergonzada por sus malos modales
–Lo siento. Buenos días. Alteza.
Él separó una silla de la mesa. Esme fue a sentarse pero se quedó
paralizada cuando él se inclinó hacia ella y susurró:
–Puesto que vamos a pasar tiempo juntos, puedes abandonar las
formalidades cuando estemos solos.
Esme lo miró desconcertada, y al ver lo cerca que estaba sintió su cuerpo
arder con el calor que emanaba del de él.
–Yo… ¿cómo debo llamarlo? –musitó.
Él deslizó la mirada a sus labios antes de volverla sus ojos.
–Por mi nombre –replicó.
Esme asintió lentamente y se limitó a decir:
–Vale.
Él enarcó una ceja.
–¿Vale? Al menos podrías usar mi nombre y darme los buenos días, ¿no?
–Buenos días… Zaid.
Él la observó unos segundos antes de parpadear. A aquella distancia, Esme
pudo apreciar sus largas pestañas. Él esbozó una sonrisa burlona al sentirse
observado.
–Siéntate, Esmeralda. El desayuno se está enfriando.
Ella obedeció y consiguió tomar unos bocados mientras varios miembros
del personal se acercaban a hablar con Zaid. Era evidente que para él se
trataba de un desayuno de trabajo, y Esme aprovechó para intentar concentrar
sus dispersos pensamientos.
Hasta que vio acercarse a Fawzi y el sexto sentido que había desarrollado
con su padre le indicó que era portador de malas noticias.
Aunque no la miró, incluso antes de que musitara algo al oído de su señor,
antes de que Zaid apretara los dientes y mirara en su dirección, Esme sintió
un peso en el pecho.
–¿Qué ha pasado? –preguntó alarmada.
–Ha habido otro incidente en la cárcel.
Capítulo 6

Esme siguió a Zaid aun sin saber dónde iban.


–Creía que mi padre seguía en el hospital –dijo ella.
–Por lo visto lo devolvieron a su celda en mitad de la noche.
A Esme se le encogió el corazón.
–¿Le han vuelto a atacar?
–Todavía no sé los detalles, pero pronto los conoceremos.
La determinación de Zaid no dejaba lugar a dudas. Lo que sorprendió a
Esme al ver que se acercaban a una puerta doble custodiada por centinelas
que la abrieron a su paso y ver que accedían a una terraza amurallada, fue
descubrir que Zaid iba a buscar respuestas en persona.
Unas escaleras de piedra descendían a un inmenso jardín en cuyo centro
había un helipuerto sobre el que había tres helicópteros con la insignia real.
El tiempo se ralentizó; Esme percibió uno zumbido en los oídos y le
sudaron las manos al ver que Zaid se aproximaba a uno de ellos. Al notar que
titubeaba, Zaid se volvió a ella bruscamente.
–¿Pasa algo? –preguntó con aspereza.
Su voz hizo que el tiempo se acelerara en un caleidoscopio de dolorosos
recuerdos.
Las Vegas. Un vuelo en helicóptero sobre el Gran Cañón.
Sonrisas esperanzadas y una torpe proposición de matrimonio. La
expresión desconcertada de Bryan al descubrir la verdad…
–¿Te encuentras mal? –insistió Zaid.
Esme se sobresaltó, volviendo al presente. Zaid la observaba con expresión
sombría.
–No-no me gustan los helicópteros.
–¿Padeces de vértigo?
Lo más sencillo habría sido mentir y decir que sí. Pero la verdad era que su
único viaje en helicóptero había sido una maravillosa experiencia. Lo malo
había llegado después. Su padre había tendido la trampa, pero ella había
conducido a Bryan hasta ella involuntariamente. Y nunca se lo perdonaría.
–No precisamente. Es solo que no me gustan.
–¿Aunque sean la forma más rápida de llegar junto a tu padre?
–¿Cuánto tardaríamos en coche?
–Teniendo en cuenta que está a punto de producirse un motín, demasiado.
Esme se quedó sin aliento.
–¿Cómo?
–Tu padre no es la única persona que me preocupa, Esmeralda. Pero si
quieres llegar pronto junto a él, tenemos que partir.
Ella tragó saliva y asintió.
–De acuerdo.
Zaid la tomó por el codo y Esme sintió que sus sentidos se alteraban aún
más al tiempo que la recorría un escalofrío al aproximarse al helicóptero
Zaid no pareció notarlo porque centraba su atención en el piloto que los
saludó militarmente y les abrió la puerta. Un guardaespaldas se sentó junto a
este y otros cuatro subieron al otro helicóptero.
Zaid la ayudó a subir. Los dos asientos enfrentados estaban aislados del
cubículo del piloto, lo que les otorgaba una completa privacidad.
Zaid se sentó y la instó:
–Ponte el cinturón de seguridad.
Esme obedeció con dedos temblorosos, consciente de que él la miraba con
expresión inquisitiva. Alzó la cabeza y dijo:
–Estoy bien. No temas que vaya a darme un ataque de pánico.
–¿Te importaría explicarme qué ha pasado?
Esme se mordió el labio. Una de las muchas promesas que se había hecho
al dejar a su padre, ocho años atrás, era decir la verdad por más brutal que
esta fuera. De haberse enfrentado a su padre entonces, quizá Bryan seguiría
vivo.
Pero sincerarse con Zaid en aquel momento, no solo la dejaba expuesta a
ella, sino que daba pie a la aniquilación de su padre, puesto que Zaid era el
fiscal decidido a encausarlo. Aun así, podía dar una explicación parcial.
–Hace mucho tiempo, tuve una mala experiencia en un vuelo en
helicóptero.
–¿Dónde?
–Eso no tiene importancia.
Zaid se limitó a enarcar las cejas, indicando que exigía una respuesta.
–En… Las Vegas.
–¿Estabas con un amante?
Esme sintió que se quedaba sin aire al ver la expresión severa con la que
Zaid la miró. Habría querido decirle que no era de su incumbencia, pero se
dio cuenta de que negar la existencia de Bryan era una manera de deshonrar
al hombre que había quedado marcado al asociarse con ella.
Vaciló antes de suspirar y decir finalmente.
–Estaba con alguien a quien yo le importaba –Bryan no era su amante,
pero si era el motivo por el que nunca había tenido uno. La razón por la que,
a los veinticinco años, seguía siendo virgen.
–¿Fuiste tú la culpable de que la experiencia acabara mal?
–¿Qué te hace pensar eso?
–No podría hacer bien mi trabajo si no tuviera una buena capacidad de
deducción, Esmeralda. Has elegido tus palabras cuidadosamente, pero
corrígeme si me equivoco al pensar que acabó mal porque cambiaste de idea
respecto a que vuestra relación siguiera adelante.
La suposición estaba tan cerca de la verdad que Esme enmudeció. Zaid se
tomó su silencio como una confirmación y su mirada se endureció.
–Deja que adivine: él quiso dar un paso adelante y tú decidiste súbitamente
que preferías estar en otra parte.
–Haces que suene tan… calculadora –lo que describía a la perfección la
forma en que Jeffrey Scott había acabado con Bryan.
–¿De verdad? Si no fue eso, ¿qué pasó? ¿Cuál fue la mala experiencia que
todavía hace que se te revuelvan las entrañas de culpabilidad? –preguntó Zaid
con despectiva superioridad.
Puesto que había percibido su sentimiento de culpabilidad, Esme supo que
no podía esconderse.
–Él… me propuso matrimonio…después del vuelo.
Zaid lanzó una mirada a su mano antes de decir:
–Evidentemente lo rechazaste.
¿Por qué parecía satisfecho? ¿Se alegraba de demostrar que había sido tan
cruel como se había visto obligada a serlo con Bryan?
–Así es. No podía casarme con él.
En parte porque ni siquiera tenía dieciocho años, y Bryan veintiuno.
Además, porque no estaba enamorada de él. Y eso antes incluso de saber lo
que su padre le había hecho.
–¿Por qué no?
–Porque no.
Aunque Zaid siguió mirándola, no insistió. Lo que fue un alivio para Esme,
porque todo lo que sucedió a continuación seguía corroyéndola por dentro
como un ácido, aun después de tanto tiempo. El dolor nunca desaparecería,
aunque confiar en que alguna vez remitiera lo bastante como para poder
forjarse una vida de la que enorgullecerse. A ello dedicaba sus días.
El súbito descenso del helicóptero hizo que se asiera al asiento. Miró por la
ventanilla y vio que se acercaban a su destino. Como las cárceles de todo el
mundo, aquella consistía en un conjunto de edificios interconectados,
rodeados de un muro alambrado y con torretas con guardas armados hasta los
dientes. A pesar de las cosas espantosas que había hecho, imaginar que su
padre pudiera pasar el resto de sus días allí…
–Relájate –dijo Zaid–. Vas a romper el asiento.
Esme vio que tenía los nudillos blancos. Respiró profundamente y miró de
nuevo al exterior. No había ninguna señal de alteraciones, lo que debía de
haberla tranquilizado. Pero de pronto miró a Zaid y preguntó:
–¿Es una buena idea que estés aquí?
Él frunció el ceño.
–¿Qué quieres decir?
–Eres el sultán y probablemente el responsable de que muchos criminales
estén encarcelados… ¿No corres peligro?
–¿Te preocupa mi seguridad, Esmeralda? –preguntó él en un tono dulce
que hizo que una descarga eléctrica la atravesara.
–Solo era un comentario –contestó.
La peligrosa sensualidad se borró del rostro de Zaid y fue reemplazada por
el gesto de determinación que ella empezaba a asociar con el sultán de Ja’ahr.
–¿Piensas que voy a protegerme tras los muros de mi palacio en un
momento de crisis?
Esme estaba segura de que Zaid Al-Ameen no se acobardaba ante nada.
–No, pero eso no significa que debas ponerte en peligro. ¿Y si te pasara
algo?
–Así que te preocupa que pueda sufrir algún daño –el tono fue claramente
burlón, pero también se tiñó de una sensualidad que le acarició los sentidos,
moviendo a Esme a mirarlo.
Zaid la observaba con una expresión magnética que despertó en ella un
curioso anhelo. Cuando él bajó la mirada a sus labios, ella los entreabrió,
sintiendo que le faltaba el aliento, y no pudo resistir el impulso de
humedecérselos. La mirada de él se veló al seguir el movimiento de su
lengua.
–Es natural preocuparse por la seguridad de otra persona –dijo Esme en un
tono ronco, cargado de emociones a las que no quiso poner nombre.
Un toque de escepticismo cruzó el rostro de Zaid.
–En mi experiencia, los actos de altruismo nunca son gratuitos.
El helicóptero aterrizó suavemente en una plataforma próxima al perímetro
exterior de la prisión. Ninguno de los dos hizo ademán de bajar. Estaban
envueltos en una atmósfera demasiado íntima y poderosa como para
romperla.
–Piensa lo que quieras. Pero mi inquietud no tiene un precio –dijo Esme.
–Puede que ahora mismo, no. ¿Puedes decir lo mismo respecto al futuro? –
preguntó Zaid.
–Ni tú ni yo podemos predecir el futuro, Zaid.
Él forzó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.
–Por mi propio interés debo estar preparado para lo que pueda pasar
–¿Eso incluye rechazar el apoyo emocional que se te ofrece? ¿Qué clase de
vida es esa?
–Una en la que nada me toma por sorpresa.
Esme se quedó sin palabras. Pasaron unos segundos antes de que Zaid
hiciera un gesto cortés con la mano. Las puertas se abrieron. Él bajó y tendió
la mano a Esme.
Ella intentó protegerse de la descarga de energía erótica que recibiría
cuando lo tocara, pero no sirvió de nada. En cuanto sus palmas se rozaron, la
electricidad le recorrió la piel. La exclamación ahogada de ella encontró eco
en una de Zaid.
Esme no supo si alegrarse o aterrorizarse de que él se sintiera tan alterado
como ella. Desde Bryan, había evitado cualquier vínculo emocional. El coste
de su único error había sido demasiado elevado como para permitirse volver
a bajar la guardia. Aun así, saber que no estaba sola, que no estaba
imaginándose la poderosa química que había entre ellos, hizo que le resultara
más fácil sobrellevarla. Por otro lado, era evidente que Zaid no tenía la menor
intención de permitir que aquella perturbadora reacción llegara a afectarlo,
así que su temor era infundado.
Tranquilizada con esa reflexión, se atrevió a mirar a Zaid, pero la
intensidad con la que este la observaba hizo que se le erizara el cabello.
–Si tuviéramos tiempo, me encantaría descubrir qué maquinaciones están
teniendo lugar tras ese precioso rostro –musitó él.
Antes de que Esme pudiera contestar, un hombre alto y grácil se acercó y
se inclinó ante el sultán. Intercambiaron unas palabras tras las cuales Zaid se
volvió hacia ella adoptando de nuevo el aire imperial de señor del desierto.
–Este es el alcaide. Ha arreglado un encuentro con tu padre. Yo tengo que
atender otros asuntos.
Cruzaron tres controles de seguridad y llegaron a un vestíbulo
sorprendentemente luminoso.
–Traerán a su padre en breve, señorita Scott –dijo el alcaide, indicando
unos asientos.
–Gracias –dijo Esme. Y su mirada siguió a Zaid que daba instrucciones a
dos guardaespaldas.
Asombrada, vio que se acercaban y la flaqueaban. Zaid la miró por un
instante antes de marcharse con el alcaide.
Esme se preguntó si pretendía protegerla o controlarla, pero en ese
momento se abrió una puerta y el corazón le saltó a la garganta.
A pesar de ir en silla de ruedas, su padre estaba encadenado de manos y
piernas, pero eso no fue lo que le causó más impactó.
El Jeffrey Scott al que había abandonado ocho años atrás, era la
quintaesencia del caballero inglés, apenas tenía las sienes canosas y su
aspecto era siempre impecable.
El hombre que tenía ante sí estaba extremadamente pálido, tenía el cabello
completamente blanco y llevaba barba. En la frente y las mejillas quedaban
huellas de la pelea en la que se había visto implicado.
Él vio la reacción de Esme y sonrió mientras el guarda que lo acompañaba
ponía el freno a la silla y se alejaba unos pasos.
Se miraron prolongadamente antes de que él tirara de las decenas y riera
con amargura.
–Sé que, al contrario que tú, tengo un aspecto deplorable.
Y al instante, el tenue sentimiento de culpabilidad que siempre había
subyacido a la relación de Esme con su padre, amenazó con brotar a la
superficie.
Antes de que ella naciera, sus padres habían tenido una vida lujosa,
financiada por el fraude. Entonces Abigail Scott se había quedado
embarazada y había querido asentarse. Su marido se había resignado a la vida
doméstica durante unos años, hasta que había sucumbido a sus viejos hábitos.
Las peleas y desacuerdos habían concluido con la madre de Esme
abandonándolos cuando ella tenía catorce años. Se había mudado a Australia,
donde había muerto un años más tarde al caerse de un caballo.
Durante meses, Esme había visto cómo su padre intentaba decidir qué
hacer con ella, hasta que finalmente había emitido el ultimátum de que
eligiera entre ir interna o a una casa de acogida con la clara intención de que
optara por la segunda opción. Pero Esme, para quien él era lo único que le
quedaba en el mundo, había elegido pasar las vacaciones con él aunque
desaprobara la vida que llevaba.
Había tardado demasiado tiempo en darse cuenta de lo poco que la quería
el hombre que debía de haber cuidado de ella durante su infancia, y de que
quizá le habría ido mejor en una casa de acogida.
Apartando de sí el dolor, miró a su padre, que añadió:
–Estás muy guapa, Esmeralda. Aún más que en la televisión.
–¿Me has visto?
Él sonrió con picardía.
–Unas doce veces. Hasta que el alcaide lo prohibió. Gracias por atacarlos.
–Puede que haya causado más daño que otra cosa.
–¿Y a quién le importa? –dijo él, encogiéndose de hombros.
–A mí –contestó ella, frunciendo el ceño.
La sonrisa se borró del rostro de su padre al tiempo que su mirada se
endurecía.
–Siempre has sido demasiado buena para tu propio bien. Pero no te
castigues. Has conseguido lo que querías, ¿no?
–¿A qué precio? ¿No está organizándose un motín por mi culpa?
–Eso no es nada excepcional –echó una mirada hacia el guarda antes de
inclinarse hacia adelante y susurrar–. Pero podemos sacar ventaja. En cuanto
te vi en la televisión, supe que las cosas iban a mejorar.
–Es imposible que predijeras que iba a pasar esto –dijo Esme.
Su padre la miró con desdén.
–¿Cuántas veces me has visto apostar al ganador menos probable y tener
éxito?
Con el corazón acelerado, Esme preguntó:
–¿Quieres decir que has jugado con tu salud, con tu vida?
Su padre se echó hacia atrás con un resoplido.
–¿Qué vida? Prefiero jugar una última partida de dados que quedarme
aquí. Y está claro que no me he equivocado. ¿O no son verdad los rumores de
que estás viviendo con el sultán?
–¿Cómo…? –Esme sacudió la cabeza–. No en el sentido que insinúas…
–¡No me mientas!
Esme se enfureció.
–¡No te miento! No pienso mentir ni por ti ni por nadie.
–Es una lástima. Lo habrías hecho muy bien si no hubieras sido tan buena
y tan aburrida.
La rabia fue sustituida por la tristeza.
–Era una niña, papá. Una niña a la que chantajeaste y manipulaste para
conseguir ganancias.
–Esas ganancias que tanto desprecias pagaron tu colegio y tu comida, y te
proporcionaron una vida que cualquiera habría envidiado.
–Eras… Eres un estafador –susurró Esme.
–Y tú te beneficiaste de mis éxitos –una sonrisa iluminó su rostro–. ¿Sabe
el sultán lo que le hiciste a ese pobre idiota en Las Vegas?
Esme sintió que se le helaba la sangre.
–Ese hombre se llamaba Bryan. Y yo no le hice nada. Era mi amigo hasta
que tú lo estropeaste todo.
–Contéstame: ¿lo sabe el gran hombre?
Esme parpadeó para contener las lágrimas.
–No le he contado detalles de mi vida.
Su padre se puso serio.
–¿Porque no piensas quedarte?
–Permaneceré aquí hasta tu juicio.
–¿Y cuando me encierren piensas lavarte las manos? –preguntó él
despectivamente.
–Yo no…
Las cadenas resonaron al cortar su padre el aire con la mano.
–Olvídalo. Puede que muera antes de todo eso.
–¡No hables así! –exclamó Esme.
–¿Por qué no? Se ve que confiaba demasiado en que hubieras olvidado el
pasado…
Se interrumpió al ser asaltado por un violento ataque de tos y el sonido
simultáneo de las cadenas. Se llevó la mano a la boca y cuando la bajó,
sucedieron tres cosas simultáneamente.
A Esme se le encogió el corazón al ver su mano manchada de sangre; su
padre la miró un instante antes de que se le pusieran los ojos en blanco y su
cuerpo se deslizara hacia un lado de la silla y Zaid entró en la habitación,
justo cuando Esme se lanzaba hacia su padre.
–¡Esmeralda!
Esta apenas oyó su voz ni notó que se acercara al caer ella de rodillas junto
a la silla de ruedas.
–¡Papá!
–Sepárate de él, Esmeralda.
–¡No! –aterrada, Esme puso la mano en la mejilla de su padre–. ¡Papá!
No obtuvo respuesta.
Zaid habló en árabe precipitadamente y Esme oyó el sonido de pasos
corriendo.
–Esmeralda.
Unas manos fuertes la asieron por los hombros. Ella se volvió a ciegas y
asiendo las solapas de Zaid suplicó:
–Haré lo que quieras. Por favor, ayúdalo.
Capítulo 7

La siguiente semana pasó para Esme en una nebulosa.


Su padre fue diagnosticado de bronquitis severa y posible neumonía, y
recibió la noticia con la misma actitud fatalista que parecía dominar su estado
de ánimo.
Con una creciente desesperación, al volver del hospital Esme había vuelto
a suplicar a Zaid que actuara.
–¿Qué quieres qué haga? –había preguntado él.
–¡Lo que sea! Por favor, Zaid. Su abogado no habla con él. Estoy segura de
que puedes intervenir de alguna manera.
–¿Cómo?
–No te pido nada ilegal. ¿No puedes ofrecerle protección? Y no me digas
que es un criminal. Todavía no lo han declarado culpable en un juicio. Si
tanto te importa el imperio de la ley, demuéstralo tratándolo como a un ser
humano.
Zaid se aproximó a ella con la mirada turbia.
–¿Quieres ayudar a tu padre?
–Sí.
–Y tal y como has dicho antes, ¿estás dispuesta a hacer cualquier cosa a
cambio?
A pesar de sentir un nudo en el estómago, Esme respondió:
–Sí.
–Muy bien, pronto sabrás los detalles exactos.
«Pronto» había consistido en varios días de completo silencio hasta aquel
día, en el que Zaid la había hecho ir a una casa a dos horas de la ciudad de
Ja’ahr.
El viaje a Jeddebah se le había hecho tan árido como el paisaje que rodeaba
la espectacular propiedad en la que se encontraba en aquel momento, aunque
no podía negar que no estaba exento de belleza, como las montañas que
divisaba hacia el este, que contrastaban con el desierto que se extendía hacia
el oeste y que acababa en las turbulentas aguas del Golfo Pérsico.
Esme había llegado hacía tres horas, media hora antes de que una escolta
de seguridad condujera allí a su padre.
Ella había respirado aliviada al ver que estaba de mucho mejor humor, a
pesar de los guardas armados y el monitor de localización que llevaba en el
tobillo izquierdo. Aunque debilitado, Jeffrey Scott no tardó en hacerse dueño
del lugar. Un lugar que Esme le había conseguido a un precio que todavía
desconocía.
Por la mañana, Fawzi le había anunciado que su padre había sido
transferido a prisión domiciliaria, pero el secretario no le había dado ninguna
otra información, ni había nombrado a Zaid.
Pero Esme sabía que pronto sabría más.
Hacia unos minutos había visto aterrizar un helicóptero en la gran
explanada verde que separaba la casa de los escarpados precipicios que
rodeaban la propiedad. Desde la ventana, había seguido la figura alta e
imponente que se inclinó bajo las aspas y se dirigió hacia la casa. La túnica
negra flotaba en el aire. Y cuando desapareció de su vista, Esme fue
súbitamente consciente de que había echado de menos a Zaid.
Estaba todavía paralizada por el desconcierto cuando sintió su presencia a
su espalda, aunque se obligó a permanecer inmóvil e ignorar el cosquilleo en
la piel y la vibración en todo el cuerpo que sintió de inmediato. No podía
dejar que las emociones la dominaran.
–¿No piensas saludarme, Esmeralda? –preguntó Zaid pausadamente.
El vello de esta se erizó al oír la sensualidad con la que pronunciaba su
nombre. Apretó los puños para controlar su reacción y se volvió.
–Hola, Za… Alteza –decidió no usar su nombre para establecer entre ellos
una distancia que le hiciera sentirse más segura–. Gracias por organizar esto
para mi padre, y por los cuidados que ha recibido en el hospital.
–¿Es esta la forma de deshacerte en agradecimientos que me habías
prometido? –preguntó él con sorna, adentrándose en la habitación con la
agilidad de un depredador.
La repetición de sus palabras hizo sonrojar a Esme. Zaid se detuvo ante
ella, obligándole a alzar la cabeza para mirarlo.
–Si eso es lo que esperas de mí… –dijo mientras intentaba dominar la
descarga de calor que la recorrió.
Zaid tardó unos segundos en responder.
–Preferiría que el motivo de tu agradecimiento no fuera tu padre –dijo
cortante. Y mirando alrededor, añadió–: Me dicen que está más contento con
su nuevo alojamiento.
–Sí.
–¿Sabes que ha organizado todo esto precisamente para que lo sacáramos
de la cárcel?
A Esme se le encogió el corazón porque ella había pensado exactamente lo
mismo.
–Puede ser. Pero lo cierto es que tanto su salud como su seguridad
peligraban en prisión.
Zaid le acarició la mejilla con delicadeza, pero su mirada transmitía
amargura. Esme se estremeció en anticipación de lo que iba a oír.
–Sea por el motivo que sea, yo tenía razón: todo tiene un precio.
–Pero los dos conseguimos lo que queremos. ¿No es eso lo que importa? –
la voz de Esme fue apenas un murmullo. La contradicción entre la caricia y la
aspereza de su tono le impedía concentrarse.
–¿Así justificas acudir en auxilio de un criminal? –preguntó él en tono
acusador.
Esme retiró el rostro de la mano de Zaid.
–Lo ayudo porque, sea o no un criminal, no merece que lo agredan. Haría
lo mismo por cualquiera.
–Pero lo haces por tu padre, aun sabiendo el tipo de hombre que es.
–¿Has venido solo para insultarnos a mi padre y a mí?
–He venido para llevarte de vuelta al palacio. Tenemos que ultimar los
detalles de nuestro acuerdo.
Esme se estremeció.
–Pero mi padre…
–Estará perfectamente. Uno de los guardas es médico militar. Además,
nuestro acuerdo no incluye que juegues a enfermera.
–¿Y qué incluye? Sigo sin saberlo.
–Lo sabrás en palacio. Ahora, si quieres, despídete de tu padre.
–Aquí estoy.
Zaid se tensó y tanto él como Esme se volvieron hacia la puerta.
Jeffrey, recién duchado y afeitado, los miró alternativamente. Luego hizo
una reverencia.
–Alteza, permítame que le exprese mi gratitud.
–Dele las gracias a su hija –dijo Zaid irritado.
Su padre la observó especulativamente.
–¿De verdad? Espero que no haya sido a un coste excesivo. No sé qué
haría sin ella –miró entonces a Zaid–. Es la única familia que me queda.
Los hombres intercambiaron una marida que hizo que a Esme se le erizara
el vello, pero entonces su padre sonrió y preguntó:
–¿Esmeralda, te quedas a cenar?
–No –contestó Zaid por ella–. Y recuerde, señor Scott, que lo único que ha
cambiado es su ubicación, y temporalmente. Habrá notado que está aislado y
sin posibilidad de escape. Hay un dron vigilando el perímetro las veinticuatro
horas del día. No cometa ninguna estupidez. En cuanto a su hija, desde hoy
solo podrá visitarlo en las horas estipuladas: una vez a la semana, al
mediodía.
Jeffrey inclinó la cabeza.
–Comprendido, Alteza.
Zaid se volvió hacia Esme.
–Nos vamos –dijo en un tono que no dejaba lugar a discusión.
Aunque Esme se había sentido aliviada de no tener una prolongada
despedida con su padre en privado. Seguía alterada cuando ocupó su asiento
en el helicóptero. Zaid se giró en el suyo hacia ella y Esme se sobresaltó
cuando su túnica le rozó la pierna.
–¿Vas a hablar conmigo, Esmeralda, o vas a permanecer en silencio el
resto del viaje?
Ella se volvió y se arrepintió al instante al sentir una descarga eléctrica.
–¿Tenías que hablarle así?
–¿Cómo? ¿Querías que lo tratara como si no viviera gracias a explotar la
debilidad de los demás? Dime que no estaba intentando sacar provecho de las
circunstancias y me disculparé.
Esme no respondió porque no podía negar la acusación. Se produjo un
prolongado silencio, hasta que a ella se le hizo insoportable.
–A pesar de todo, es mi padre. ¿Si fueras yo, le darías la espalda?
–La vida de mi padre fue de una integridad ejemplar. Jamás me he visto en
esa tesitura –contesto él con un palpable orgullo.
Pero en lo que Esme se fijó fue en que había usado el pasado.
–¿Ha fallecido? –preguntó.
Se dio cuenta de que aunque sabía que Zaid había heredado el trono de su
tío, no había leído nada sobre sus padres. De hecho, apenas había
información sobre la infancia o la adolescencia de Zaid.
Lo miró al ver que permanecía en silencio y vio que estaba tenso. Incluso
antes de que hablara, supo que iba a hacer una revelación importante.
–Mi padre murió hace mucho tiempo.
–¿Y tu madre?
Zaid apretó los labios en una pasajera mueca de dolor.
–Murieron juntos.
Esme olvidó que se había dicho que no debía tratar temas personales.
Preguntó:
–¿Cómo?
En la penumbra pudo intuir la expresión sombría de Zaid
–Fueron asesinados por mi tío cuando volvíamos a casa después de
celebrar mi decimotercer cumpleaños.
El espanto paralizó a Esme unos segundos.
–Oh, Zaid… Dios mío… ¡No sé qué decir!
–No es fácil encontrar las palabras adecuadas en una circunstancia así.
–Siento haber insistido –Esme lamentaba haberle hecho recordar el pasado.
Zaid se encogió de hombros y la miró fijamente.
–Soy un libro abierto, Esmeralda. Pregunta y te contestaré.
La expresión coloquial hizo recordar a Esme que había crecido en Estados
Unidos.
–¿Fue… entonces cuando te mudaste a Estados Unidos?
–Mi vida aquí corría peligro.
Esme contuvo el aliento.
–¿Tu tío también quería verte muerto?
–Quería el trono. Eso significaba acabar con cualquiera que se interpusiera
en su camino. Si yo no morí aquella noche fue porque mi padre me protegió
con su cuerpo y sus guardaespaldas dieron la alarma antes de que los
hombres de Khalid me remataran.
Aunque hablara sin ápice de emoción, Esme podía ver el dolor en sus ojos.
–¿Qué-qué pasó después?
–Khalid no podía ejecutar a un niño sin incurrir en la ira del pueblo,
aunque supieran cómo había llegado a ser sultán. Me envió con mi abuela
materna y me hizo salir de Ja’ahr con la condición de que no volviera. Así
fue como un asesino y un déspota se hizo con el poder y gobernó el país
durante veinte años.
Esme necesitó unos minutos para asimilar la información.
–¿Por eso te hiciste abogado? ¿Para castigar a criminales? ¿Para intentar
derrocarlo?
Zaid sonrió con amargura.
–He dedicado cada día de mi vida a intentar denunciar sus crímenes. Pero
Khalid sucumbió a sus propios excesos y murió de un ataque al corazón,
privándome del placer de presentarlo ante la justicia.
Esme se estremeció al comprender por qué había quien lo veía como un
gobernador implacable y por qué no confiaba en nadie.
Pero por encima de todo, Esme supo, al mirarlo, que esa era también al
razón por la que no podía permitir que conociera su pasado. Lo que había
sucedido con Bryan jamás podría borrarse de su pasado por más que ella no
fuera culpable. Y Zaid jamás mostraría la menor compasión hacía su padre si
llegaba a enterarse.
Miró a Zaid a los ojos y dijo:
–Lo siento. No pretendía hacerte recordar el pasado.
–Sentir curiosidad es natural, especialmente para las mujeres.
El tono levemente burlón de Zaid hizo que se volviera hacia él y, en un
acto reflejo que la desconcertó, posó su mano sobre la de él y dijo:
–Como lo es la empatía. Te acompaño en el sentimiento –dijo conmovida.
En lugar de responder, Zaid bajó la mirada hacia sus manos unidas y la
electricidad que había entre ellos se intensificó. En silencio, giró la mano para
atrapar la de Esme bajo la suya, y ella sintió un calor tan intenso como si le
hubiera aplicado una llama. No tenía sentido que la mera visión de sus manos
unidas le resultara tan erótica, pero lo era.
Zaid deslizó su mano sobre la de ella y una exclamación ahogada escapó
de los labios de Esme al sentir el calor concentrarse entre sus muslos. Alzó la
mirada una fracción de segundo antes de darse cuenta de lo que Zaid iba a
hacer. Podría haberlo rechazado, protestar, pero no se movió, sino que
contuvo el aliento mientras Zaid deslizaba su otra mano por su cabello hasta
su nuca y la traía hacia sí para besarla.
Como él, el beso fue dominante y firme. Zaid sabía a café y a una especia
desconocida para ella. Sabía como todos los deseos que Esme se había
prohibido a lo largo de los años. Pero era imposible resistirse a aquel hombre
que ya dominaba su mente.
Excitado y anhelante, decidido a conquistarla, Zaid la presionó contra el
asiento, girando la cabeza para amoldar sus labios a los de ella. Esme los
entreabrió, proporcionándole la entrada que le pedía. La lenta y sensual
caricia de su lengua sobre su labio inferior arrancó un gemido de su garganta.
Como si el sonido le agradara, Zaid repitió el movimiento antes de
mordisquearle el labio para luego introducir la lengua en su boca. Una flecha
de placer se clavó en la zona más sensible de Esme, despertando en ella un
poderoso deseo.
Él enredó los dedos en su cabello y Esme abrió aún más los labios y alzó la
mano de su regazo al pecho de Zaid, que dejó escapar un gemido y la
estrechó con fuerza.
Al sentir el corazón de Zaid latir aceleradamente, Esme sintió una emoción
que prefirió ignorar. Deslizó la mano por sus musculosos brazos, las subió a
su nuca y Zaid masculló algo en árabe antes de que el beso adquiriera un
carácter más frenético. Esme sintió una sacudida interior, y de pronto se dio
cuenta de que el movimiento no tenía lugar solo dentro de ella.
El sonido de la puerta del piloto abriéndose les anunció que llegaban a
palacio. Esme se separó bruscamente de Zaid aunque él intentó retenerla.
Finalmente, se acomodó en su asiento, escrutando su rostro con un abierto
deseo antes de soltarla.
–Vamos. Continuaremos en palacio –dijo con voz ronca antes de hacer una
señal a sus guardas.
La idea de que Zaid asumiera que caería en sus brazos… o en su cama,
indignó a Esme, pero dado que estaban rodeados de su séquito, contuvo su
irritación y caminó a su lado en silencio.
Concentrada en su enfado, no se dio cuenta de dónde estaban hasta que el
olor a comida le hizo la boca agua.
–¿Vamos a cenar? –preguntó en cuanto se quedaron a solas.
Zaid la miró con expresión divertida aunque sus ojos conservaban un calor
que indicaba que seguía atrapado por la pasión de unos minutos atrás.
–¿Pensabas que iba a arrastrarte a la cama?
Esme se sonrojó, avergonzada. Aun así, alzó la barbilla.
–Lo dices como si antes o después fuera a suceder.
Zaid fue hacia ella, se retiró el keffiyeh y la toga, quedándose en túnica y
pantalones. Esme contuvo el aliento cuando él le pasó el pulgar por los labios
al tiempo que los miraba con indisimulado deseo antes de mirarla a los ojos.
–No me avergüenza decir que te deseo, Esmeralda. Y lo que acaba de
suceder me indica que el sentimiento es mutuo. Por eso estoy deseando
explorar a dónde nos conduce –la promesa erótica de delicias sensuales que
prometía su voz provocó una reacción pulsante en el cuerpo de Esme que la
dejó a un tiempo anhelante y aterrada.
El último sentimiento la hizo retroceder.
–No va a conducirnos a ninguna parte –masculló como si necesitara oírlo y
creerlo ella más que él.
Un destello de arrogancia masculina iluminó los ojos de Zaid.
–¿Estás segura? –preguntó retador.
Esme dio otro paso atrás.
–Sí. Lo que ha pasado ha sido un error que no volverá a repetirse.
La forma en la que Zaid borró todo vestigio de excitación de su rostro fue
casi milagrosa. Y Esme se preguntó por qué se sentía tan desilusionada, por
qué lamentaba haberlo rechazado tan tajantemente.
Capítulo 8

Muy bien. Pero nos queda pendiente hablar de nuestro acuerdo –dijo Zaid
girándose bruscamente hacia la mesa–. Lo haremos mientras cenamos. ¿O
también te niegas a cenar?
–No, cenemos –dijo Esme, siguiéndolo a la vez que observaba el comedor,
que no era el mismo que habían usado anteriormente–. ¿En qué parte del
palacio estamos? –preguntó cuando ya estaban sentados a la mesa.
–En mi ala privada.
En la que estaba su dormitorio, pensó Esme, que no lograba salir de su
estado de confusión. ¿Estarían al lado del dormitorio? ¿Dormía Zaid solo?
Era la primera vez que se preguntaba si tendría un harem.
La pregunta se le quedó en la punta de la lengua y para no hacerla, se
concentró en servirse un plato de cuscús y una selección de carnes. Tal y
como le habían explicado, sabía que se asaban lentamente con miel, especias
y frutos secos, y eran deliciosas.
–Espero que no te incomode –comentó Zaid. Y Esme se dio cuenta de que
estaba esperando a ver cómo reaccionaba a su última respuesta.
–En absoluto –contestó ella, fingiendo indiferencia.
La leve curva de los labios de Zaid le indicó que no llegaba a creerla, pero
no la contradijo.
Comieron el primer plato en silencio mientras la tensión iba en aumento.
–Esta tarde he renunciado como fiscal del caso de tu padre.
Era lo último que Esme esperaba que dijera, y aunque inicialmente le
produjo alivio, a continuación la inquietó.
–¿Por qué?
–No quiero que haya un conflicto por mi asociación contigo.
–No tenemos ninguna… asociación.
Los ojos de Zaid refulgieron por un instante.
–No, pero espero que pronto la tengamos… aunque solo sea profesional.
Esme dejó escapar el aire que había estado conteniendo.
–Ah…. ¿Quién te sustituirá?
–Eso depende del fiscal general. Me presentará a los candidatos al final de
la semana.
Antes de que Esme pudiera hacer más preguntas entraron dos mayordomos
para retirar los platos y llevar el postre, y Esme no pudo resistirse a los dátiles
rellenos de queso de cabra, las galletas de mantequilla y los pasteles de
pistacho.
–Contacto Global tiene una sede en Ja’ahr –dijo Zaid en cuanto se
quedaron solos.
Esme se puso alerta.
–No tenía ni idea.
–Hasta hace poco, su programa social no tenía aliados en mi reino –explicó
Zaid.
Se refería a antes de la muerte de Khalid Al-Ameen y su ascenso al trono.
La consciencia de que la corrupción del Estado era culpa de su tío y no de
Zaid golpeó en ese momento plenamente a Esme, y se sintió culpable por las
acusaciones que había hecho en la televisión.
–¿Y cómo quieres que te pague por lo que has hecho por mi padre?
¿Trabajando aquí en la sede de Contacto Global?
Zaid se metió un dátil en la boca y Esme se quedó hipnotizada viéndole
masticarlo lentamente, siguiendo el movimiento de sus sensuales labios. Él
tragó y la miró con expresión velada antes de decir finalmente:
–No, he decidido utilizar tus conocimientos de otra manera.
Esme sintió un escalofrío.
–¿Cómo?
–Como mi contacto personal con la organización
Esme evitó concentrarse en la noción de «personal».
–Yo… ¿Qué quieres decir?
–Durante las próximas semanas voy a recorrer las zonas más remotas de
Ja’ahr. Contacto Global está haciendo un registro de las comunidades más
necesitadas aquí, en la ciudad de Ja’ahr. Mientras tanto, tú vendrás conmigo
para evaluar las necesidades de mi gente. Tus recomendaciones permitirán
que Contacto cree las infraestructuras necesarias.
Como oferta de trabajo, era muy tentadora, y un gran avance respecto a lo
que hacía en Londres. Pero la idea de trabajar al lado de Zaid le produjo calor
y frío alternativamente. Cuando las mariposas que sentía en el estómago se
asentaron en un término medio, carraspeó.
–No sé si me la concederán por tanto tiempo como dure el juicio de mi
padre, pero pediré una extensión de… –calló a media frase al ver el ceño de
Zaid.
–Esto no es negociable, Esmeralda. Es lo que exijo como respuesta a tu «te
daré lo que me pidas» de la semana pasada. ¿O era una promesa en falso?
Con la boca seca, Esme contestó:
–Claro que no, pero aun así, tengo que pedir…
–Tu jefe ha accedido a trasferir tus servicios aquí por tanto tiempo como
yo los requiera –concluyó él en tono autoritario.
Esme se quedó paralizada.
–¿Qué? ¿Cómo…? ¡No tenías derecho a hacer eso!
–¿Por qué no? –preguntó Zaid con sorna.
–Porque… porque…
–¿Querías hacerlo cuando te diera la gana? ¿No te dije que te explicaría los
detalles cuando correspondiera?
–Eran detalles sobre lo que querías de mí, no sobre cómo ibas a
organizarme la vida.
–No podía perder el tiempo con discusiones como esta. Además sabes que
tengo experiencia en el mundo empresarial, y sabía que a tu jefe no le
gustaría que pidieras una baja indefinida. Por otro lado, dudo que quisieras
explicar por qué debías permanecer en Ja’ahr. ¿O le has contado lo de tu
padre? –preguntó Zaid sarcástico.
Esme sintió un nudo en el estómago.
–No… No se lo habrás dicho, ¿verdad?
–No, después de todo, la llamada no era de naturaleza personal.
–¿Y ha accedido sin más?
–Sí, Esmeralda. Aunque como recibir una llamada de un sultán no es lo
más habitual, ha sido especialmente amable conmigo. Por otro lado, añadir
mi reino a los países que atiende la organización solo puede revertir en su
beneficio –con gesto severo, Zaid añadió–: Así que ¿estamos de acuerdo en
que te quedarás aquí tanto tiempo como te necesite?
Esme se sentía acorralada, y no solo por servir como asesora para Zaid.
Había algo en la intensidad de la mirada con la que él la observaba que le
contraía las entrañas; una intensidad contra la que no podía luchar porque no
podía definirla. Además, dado lo que había hecho por su padre y dado lo que
quería hacer por su pueblo, solo podía darle una respuesta.

–Sí, me quedaré.
Antes de que respondiera, Zaid había preparado una docena de
refutaciones a las excusas que Esme pudiera poner. La batalla que había
lidiado había sido perceptible en su rostro, y Zaid necesitó unos segundos
para llegar a asimilar que había aceptado.
El alivio y la felicidad que sintió lo tomaron por sorpresa, especialmente
porque ya había cerrado mentalmente la posibilidad de que hubiera algo
sexual entre ellos.
No era tan arrogante como para creer que pudiera hacerle cambiar de
opinión a su antojo. Esmeralda Scott era una mujer deseable, y su breve
escarceo había despertado en él un deseo que todavía estaba intentando
dominar. También había sido consciente de la disimulada desilusión que
Esme había experimentado cuando él había aceptado sin protestar su
afirmación de que no había química entre ellos y que el beso había sido un
simple error.
Pero no era bueno mezclar el trabajo con el placer. Y ya había demasiada
gente cuestionándose por qué había actuado como lo había hecho por su
padre.
Así que tendría que buscarse una alternativa más discreta para saciar su
libido, aun cuando solo pensar en ello incrementara su irritación.
–Muy bien –dijo en un tono más cortante de lo necesario. La tensión que se
reflejó en el rostro de Esme lo ratificó, pero Zaid estaba perdiendo la
paciencia–. Fawzi te proporcionará el itinerario mañana por la mañana.
Esme se quedó mirándolo antes de bajar la mirada.
–Muy bien… Buenas noches.
Zaid se puso en pie y le separó la silla. Al notar que se sorprendía,
preguntó:
–¿Te molesta que tenga un gesto de caballerosidad?
Esme sacudió la cabeza.
–En absoluto, solo me ha tomado por sorpresa.
Zaid esbozó una sonrisa.
–Mi abuela, descanse en paz, se revolvería en la tumba si supiera que había
perdidos los modales.
Esme también sonrió levemente, pero bastó para que sus hermosas
facciones se volvieran encantadoras, y Zaid asió con fuerza el respaldo de la
silla.
–¿Estabais muy unidos?
Zaid se dijo que solo se permitiría aspirar una vez la fragancia a cereza y
jazmín de Esme mientras iban juntos hacia la puerta. Pero su perfume lo
envolvió y no pudo evitar preguntarse cuánto era el olor a jabón y dónde
empezaba el olor a mujer. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para
concentrarse en la pregunta que le había hecho.
–A pesar de vivir en el exilio, me crio como si fuera el heredero. Además
de los estudios normales, tuve que aprender las costumbres y las leyes de
Ja’ahr, así como las artes de la diplomacia y de la buena educación. Era muy
severa, pero también cariñosa y maternal.
–Me alegro –musitó Esme.
Algo en su tono de voz hizo que Zaid la mirara, y que al hacerlo atisbara
una sombra de tristeza. Al ver que ella componía al instante una máscara de
rígido control, tuvo el absurdo impulso de querer atravesarla y dejar expuesta
a la verdadera Esmeralda Scott. Quizá por eso hizo la siguiente pregunta:
–¿Cuándo perdiste a tu madre?
–¿Cómo sabes que la perdí? –preguntó Esme, tensándose.
Zaid la guio hacia un corredor en el que sabía que estarían tranquilos
aquella hora.
–Tu padre ha dicho que eras su única familia.
–Ah, sí –Esme pareció aliviada, y fingió interesarse en una escultura antes
de añadir–: Mi madre murió cuando yo tenía catorce años. Pero un año antes
se había divorciado de mi padre y se había mudado a Australia.
–¿Y tu padre y tú os quedasteis solos? –Zaid frunció el ceño.
–Sí –dijo ella débilmente.
–Supondrás que he investigado a tu padre. Ha actuado en… numerosos
países. ¿Lo acompañabas?
Esme rio en tensión.
–¿Me estás interrogando? ¿Creía que ya no eras el fiscal del caso?
–¿Te extraña que quiera conocer mejor a la mujer con la que voy a
trabajar?
Zaid fue consciente de estar siendo injusto y de que debía dejar el tema,
pero verla mordisquearse el labio mientras pensaba cómo responder volvió a
provocar en Zaid el deseo de destruir sus defensas. Quería conocerla,
averiguar qué la hacía fuerte y osada, frágil y vulnerable.
–Durante el curso estaba interna en un colegio –dijo ella finalmente–. Y
pasaba las vacaciones con él recorriendo el mundo. Era una gran aventura.
La visión idílica que pretendía proyectar de su infancia hizo enfadar a
Zaid.
–Si era tan maravilloso, ¿por qué has evitado verlo estos ocho años?
Vio la sorpresa que le causó su pregunta. Esme entornó los ojos.
–Esto parece cada vez más un interrogatorio.
–¿Quizá te avergonzabas de tu padre y preferiste distanciarte de él? –la
presionó Zaid.
–O puede que hubiera llegado el momento de que nuestras vidas se
separaran. Quise tener una carrera y decidí volver a Inglaterra.
Estaba mintiendo o al menos no decía toda la verdad y Zaid, que había
aprendido a no sorprenderse por nada, se preguntó por qué sentía tal
desilusión ante la reacción de Esme. Aceleró el paso en dirección a sus
aposentos.
–Zaid… ¿Alteza?
Él se volvió, molesto por que volviera a utilizar su título para dirigirse a él.
–¿Qué pasa?
En la tenue luz del corredor pudo ver su gesto de inquietud a pesar de que
le sostuvo la mirada.
–Creo… creo que sé cómo llegar a mi suite.
Zaid miró a su alrededor y al ver que quedaban algunos corredores dijo en
tono imperioso:
–Te acompañaré hasta la puerta.
Esme caminó a su lado el resto del recorrido. Cuando llegaron, Zaid abrió
la puerta.
Aisha y Nashwa se giraron al oírlos entrar e hicieron una reverencia al ver
a Zaid. Este respondió con unas palabras y las dos mujeres se marcharon.
Cuando las puertas se cerraron, Esme lo miró.
–Sé que en Ja’ahr las mujeres no necesitan estar acompañadas en todo
momento, pero ¿no deberías haberme consultado si me preocupa despertar
rumores cuando se sepa que el sultán entra en mi dormitorio a esta hora de la
noche?
–Volverán enseguida. Si hubiera tenido otras intenciones las habría
despedido para el resto de la noche –dijo Zaid, sintiendo la sangre acudir a su
entrepierna al imaginar ese posible escenario.
Esme se ruborizó y él tuvo a tentación de acariciarle la mejilla y volver a
sentir su delicado tacto.
–Entonces ¿cuáles son tus intenciones si no pretendes despertar
habladurías en mi contra?
–En Ja’ahr no se castiga a las mujeres por desear a un hombre, ni se asume
que deba estar acompañada a no ser que lo solicite. Los derechos de las
mujeres se respetan, y son libres de ejercer su libertad desde la mayoría de
edad.
–Me alegro de saberlo.
–Así que nadie te censurará por que me entretengas en tu suite.
Esme tomó aire.
–No te estoy entreteniendo. Y podías haberte despedido en la puerta.
Su tono airado aceleró la sangre de Zaid.
–Puede que se deba a que te encuentro cautivadora, a que desearía
marcarte como mía a pesar de…
–¿A pesar de qué? –preguntó ella con la respiración alterada.
–A pesar de que mi instinto me dice que debo alejarme de ti.
–Harías mejor siguiendo tu instinto y preocupándote en los rumores.
–Lo que hace el sultán y con quién lo hace siempre despierta interés. ¿Te
molestaría ser centro de atención?
Esme se pasó la lengua por los labios y Zaid tuvo que hacer un esfuerzo
sobrehumano para no besarla en aquel mismo instante.
–¿Por qué me dices estas cosas?
La lascivia y la impaciencia se apoderaron de Zaid.
–¿De verdad necesitas preguntarlo cuando apenas puedes respirar por el
deseo que nos consume?
Que Esme ahogara una gemido fue un motivo de satisfacción para el
depredador que había en él.
–Zaid, creía que habíamos acordado que no…
–Dime que no me deseas y me marcharé –la cortó él.
–Yo… –Esme sacudió la cabeza–. Es una mala idea.
Zaid posó las manos en sus hombros y sintió su piel a través de la fina tela
de su vestido.
–Eso no es lo que te he preguntado. Admite que me deseas, Esmeralda ¿O
crees que es más fácil mentir?
Una sombra de dolor cruzó la mirada de ella antes de que con labios
temblorosos dijera:
–Yo no miento.
Zaid ignoró su expresión y su respuesta le hizo recordar que, aunque no
mintiera, tampoco decía toda la verdad.
–Si es así, contéstame.
Esme pareció vencida por un segundo. Luego alzó la barbilla y dijo:
–¡De acuerdo! Te deseo. Pero sigo pensando que…
Zaid atrapó su boca y ahogó sus palabras con un apasionado beso avivado
por el deseo contenido. La estrechó contra sí, amoldando su cuerpo al de ella,
pero no le bastó. Como si ella sintiera lo mismo, se abrazó a su cintura y sus
labios de terciopelo se abrieron a él. Zaid la invadió con su lengua con un
ansia que bordeó la brusquedad, pero le dio igual. La respuesta de Esme, los
gemidos que escapaban de su garganta con cada encuentro de sus lenguas,
desencadenó en él una embriagadora reacción que jamás había
experimentado. Pero aunque el beso fuera espectacular, Zaid sabía que había
más y anhelaba descubrirlo.
Por eso hundió los dedos en su cabello, le soltó las horquillas que le
afianzaban el moño y dejó caer suelto su sedoso cabello. Deleitándose en su
aroma femenino le acarició la nunca y la apretó contra sí, haciéndole sentir su
erección en toda su magnificencia.
Esme extendió las manos sobre su espalda y se pegó a él, gimiendo.
Devorándose mutuamente, Zaid la fue empujando hacia atrás hasta que un
sofá lo detuvo. Zaid se sentó y sin dejar de besarla sentó a Esme sobre su
regazo. Manteniéndola atrapada, la saboreó hasta que sus gemidos
reverberaron en la habitación.
Zaid era consciente de que estaba dejándose llevar y de que las sirvientas
estaban esperando al otro lado de la puerta, pero aun así llevó una mano al
seno de Esme. Ella se tensó y él rompió el beso para expresar lo que ya no
podía callar:
–Eres como un frondoso oasis tras un largo exilio en el desierto, jamila.
Y volvió a besarla y a acariciar su glorioso seno, pasando el pulgar por su
endurecido pezón. El leve sobresalto de Esme incrementó su excitación y
Zaid no pudo resistirse a bajarle el cuello elástico del vestido. Continuó
besándola hasta que otra tentación se hizo irresistible. Sus pezones
endurecidos eran visibles bajo el encaje que los cubría. Con dedos
temblorosos por la fuerza de su deseo Zaid apartó la tela y el gemido ahogado
de Esme le hizo mirarla. Estaba agitada, acalorada, preciosa.
Sin apartar la mirada de sus ojos, Zaid inclinó la cabeza para tomar un
pezón entre sus labios y vio sus preciosos ojos oscurecer de deseo, sus
párpados aletear. Zaid le pasó la lengua y repitió el movimiento en el otro
pezón. Solo alzó la cabeza cuando fue consciente de que el deseo que lo
atravesaba amenazaba con volverse incontrolable.
–Eres pura ambrosía, habiba –masculló con voz ronca.
Como respuesta, Esme lo sujetó por la nuca y le hizo inclinar de nuevo al
cabeza. Con una risa ahogada, el volvió a deleitarse en la exploración de su
cuerpo. Estaba tan perdido en él que tardó en darse cuenta de que Esme lo
llamaba y lo empujaba por los hombros.
–¡Zaid, para!
–Todavía no –masculló él sin apartar las manos de sus senos.
–¡Por favor!
La angustiada súplica lo hizo reaccionar. Tomó aire y finalmente oyó que
llamaban a la puerta. Maldiciendo en su lengua, la dejó ir de mala gana.
Esme se puso en pie y se estiró la ropa a la vez que Zaid le tomaba el
rostro entre las manos mientras intentaba recuperar el dominio de sí mismo.
Con las mejillas encendidas y el cabello alborotado, Esme lanzó una
mirada aterrada hacia la puerta.
–Tranquila. No entrarán hasta que les dé permiso –dijo entre dientes.
–Pues dáselo antes de que piensen que estamos… –Esme se ruborizó
violentamente.
–¿Haciendo el amor? Acostúmbrate a decirlo, Esmeralda, porque va a
suceder. La próxima vez no nos interrumpirán. Y cuando te tenga en mi lecho
te poseeré plenamente.
El tembloroso suspiro de Esme atrajo la mirada de Zaid de nuevo a sus
senos. Se inclinó a besarla con delicadeza antes de retroceder.
–Mañana partiremos temprano. Estate preparada.
Capítulo 9

Y cuando te tenga en mi lecho…»


Esme pasó las noches siguientes a la partida del palacio vacilando entre el
deseo de ceder y las razones por las que debía impedirlo. Cada noche,
sumergida en la belleza de su entorno, bien en las grandes tiendas beduinas o
en una cabaña en un pueblo del desierto según avanzaban hacia las tierras
petrolíferas del norte, se preguntaba si aquella sería la noche en la que Zaid
daría el paso.
Antes de que se diera cuenta, habían transcurrido tres semanas.
Tres semanas durante las que Zaid la trató con la misma cortesía que a los
demás miembros de la expedición. Dedicaban cada noche a la lectura de los
informes que ella elaboraba sobre las necesidades de las comunidades que
visitaban y le hacía preguntas puntuales mientras compartían una cena
sencilla u opípara, dependiendo de quién fuera su anfitrión.
Cada noche Esme se retiraba a sus aposentos con Nashwa y Aisha, sus
inseparables compañeras y valiosa fuente de información como intérpretes.
Esme incluso se había acostumbrado a los dos guardaespaldas que la
protegían en todo momento.
De no haber disfrutado enormemente con su nuevo papel, Esme estaba
convencida de que se habría vuelto loca. Pero la felicidad que sentía al saber
que estaba contribuyendo al bien común la ayudaba a conciliar el sueño a
pesar de que su mente no pudiera dejar de pensar en Zaid.
Porque sabía que él no había perdido interés en ella. A menudo, alzaba la
mirad mientras hablaba con la matriarca de una tribu o con un grupo de
adolescentes y veía que la observaba intensamente. Entonces su deseo por
ella era palpable aunque pronto apartara la mirada y retomara la conversación
en la que estaba inmerso.
El turbador anhelo que le provocaban aquellas miradas la mantenían
despierta durante horas mientras se debatía entre odiarlo por despertar en ella
un deseo tan intenso, y reprenderse a sí misma por haber caído en su red.
Quizá por eso se sentía irritada al atardecer de su segundo día en Tujullah,
que no era más que un asentamiento en el desierto más septentrional del país,
aunque las tiendas eran permanentes y tan grandes que contenían varias
habitaciones.
Como de costumbre, se le había asignado la tienda más alejada de Zaid.
Acababan de despedirse después de la reunión diaria durante la que ella había
dado respuestas cada vez más concisas y él la había observado con mirada
penetrante antes de despedirla y mantener una tensa conversación con su
secretario.
Normalmente, ella se habría quedado por el campamento, donde varios
grupos de hombres tocaban instrumentos, o habría entablado una
conversación sobre la situación del mundo. Pero aquella noche, decidió darse
un prolongado baño en la intimidad de su tienda tras despedir a Aisha para el
resto de la noche.
En ese instante se pasaba una esponja impregnada de agua de rosas por el
brazo y observaba con expresión ausente las gotas de agua chispear
reflejando la luz de docenas de velas. En cuatro días volverían a Ja’ahr para
dos semanas, antes de iniciar otro viaje hacia el este. Zaid tenía asuntos de
Estado pendientes y ella visitaría de nuevo a su padre, a pesar de que el
encuentro previo, cuando había tomado un helicóptero para ir a verlo, había
acabado en tensión por la insistencia de su padre en saber qué había entre ella
y Zaid.
También aprovecharía para mantener reuniones con Contacto Global y
comentar sus recomendaciones respecto a la comunidad.
Pero aquella noche no conseguía concentrarse más que en Zaid, o mejor,
en si habría cambiado de opinión respecto a poseerla, y por qué sentía tal
desilusión ante esa posibilidad. Esos pensamientos seguían perturbándola
cuando salió del baño, una hora más tarde, y aunque estaba agotada, pensó
que era demasiado temprano para irse a la cama.
Se cepilló el cabello lenta y prolongadamente y se puso una túnica lila con
bordados de oro en los bordes, de una seda tan delicada que se deslizó sobre
su cuerpo como un suspiro. Esme era consciente de estar enamorándose de
muchas cosas de Ja’ahr, incluido el vestuario que, según le había hecho saber
Zaid por medio de Nashwa, era parte de su paquete de bienvenida. Además,
Esme sabía que esa ropa le había facilitado el contacto con la población local,
proporcionándole una mayor seguridad en su nuevo puesto.
Se recogió el cabello en un moño bajo y se calzó una par de babuchas a
juego con la túnica. Unos aros de oro que había comprado en un mercadillo y
un poco de brillo en los labios completaron el conjunto.
Estaba poniéndose un pañuelo blanco en la cabeza cuando apareció Aisha.
Sorprendida, Esme se volvió y la joven hizo una reverencia.
–Disculpe la intromisión, pero Fawzi Suleiman desea verla.
–Ah… que pase.
Aisha desapareció y un instante después apareció Fawzi.
–Su Alteza requiere su presencia, señorita Scott. Si me acompaña… –hizo
un amable gesto indicando el exterior.
Esme se enojó consigo misma por el vuelco que le dio el corazón al sentir
una mezcla de excitación por ver a Zaid y de enfado, al asumir que querría
volver a repasar su último informe.
Siguió a Fawzi hasta la gran tienda negra, aislada de las demás y que, al
contrario que la suya, tenía una doble capa de cuero recio, separada medio
metro de la inferior, con dos entradas.
Fawzi cruzó la de la derecha y Esme lo siguió. Bajo sus pies había unas
exquisitas alfombras persas, entre las que dominaban los todos azules y
dorados del sultanato. En el centro, mullidos cojines formaban círculo en
torno al área para sentarse.
Iluminada por un candelabro de techo que colgaba del punto más alto de la
tienda, numerosos faroles de delicada orfebrería pendían de diversos postes y
emitían una tenue luz. En medio, había una pequeña mesa con un cuenco con
fruta variada.
Esme observó todo aquello en unos segundos, antes de ver incorporarse a
Zaid de uno de los divanes del suelo. Una vez más, se irritó consigo misma
por sentir que se le cortaba el aliento. Tras inclinar la cabeza en señal de
respeto, Fawzi los dejó solos.
–¿Querías verme? –preguntó Esme, apretando las piernas para evitar que le
temblaran.
Zaid se aproximó. Llevaba una túnica granate, pantalones y toga. Su
cabello negro brillaba como el azabache.
–Pareces… molesta –dijo él con lo que casi sonó a desdén.
Pero no engañó a Esme, que percibió en él una tensión contenida que le
aceleró el pulso al instante.
–Será porque había pensado ir a dar un paseo justo cuando me has hecho
venir –replicó.
Una sonrisa asomó a los labios de Zaid. Aquellos labios con los que Esme
soñaba cada noche.
–¿No será que te sientes un poco desatendida?
–En absoluto. Estoy aquí para hacer mi trabajo, te he visto a diario, tengo a
Nashwa y Aisha conmigo… Ah, y mis guardaespaldas –replicó Esme
mordaz.
–Los guardaespaldas son por tu seguridad.
–A mí me parece un poco excesivo. ¿Todos los invitados tienes su propio
personal?
Zaid abandonó su tono indolente.
–Antes tenían hasta cinco miembros, a los que, en lugar de pagárseles un
salario, se les daba comida. Ahora, tus dos sirvientas ganan bastante como
para alimentar y vestir a sus familias.
–Ah… No lo sabía –dijo Esme, avergonzada–. ¿Y los otros tres? ¿Están en
el desempleo?
Zaid la guio hacia el centro. Esme, que durante aquellas semanas había
aprendido a acomodarse en los divanes del suelo, se echó de costado en uno
de ellos, incorporándose sobre dos almohadones. Cuando apenas unos
segundos después vio que Zaid hacía lo mismo de frente a ella y quedándose
a tan solo unos centímetros, una voz interior le ordenó que se moviera, pero
la enmudeció el anhelo que se había incrementado durante aquellas tres
largas semanas por experimentar de nuevo lo que había pasado en su suite.
–Se están formando para hacer otros trabajos –contestó Zaid cuando Esme
ya había olvidado la pregunta.
Obligándose a centrarse, Esme preguntó:
–¿Y después?
–Gente tan excepcional como tú los asesorará para que consigan el trabajo
adecuado –dijo él con rotundidad.
Esme sintió un delicioso calor interior.
–¿Así que crees que estoy haciendo un buen trabajo?
Zaid sonrió burlón.
–¿Quieres que te halague, Esmeralda?
–Quiero entender por qué me acribillas a preguntas cada tarde como si no
te parecieras satisfecho con mi trabajo.
–Puede que no quiera que te duermas en los laureles… –adoptando un tono
más grave y sensual, añadió–: O puede que sea la manera de sobrellevar la
situación.
Esme se quedó sin aliento.
–¿Qué situación? –preguntó con un hilo de voz.
–El hecho de que deseo tenerte en mi cama, debajo de mí, más de lo que
quiero admitir –dijo él con voz cavernosa.
El calor que Esme sentía se transformó en una hoguera.
–¿Y por qué no has hecho nada… o dicho nada hasta ahora?
–Se supone que por cortesía. Y no quería distraerte de tu trabajo. Pensaba
esperar a volver a palacio antes de hacerte mía.
–¿Pero…?
–Pero he decidido que hay un límite a lo altruista que puedo ser antes de
que el deseo que siento por ti me vuelva loco –musitó él.
Y sin que Esme tuviera tiempo a reaccionar, se inclinó sobre ella le retiró
el pañuelo y le soltó el cabello antes de abrazarla con su musculoso cuerpo y
atrapar sus labios en un beso apasionado.
Esme había creído que nada podría superar su primer beso, que el deseo
que había sentido no podía intensificarse. Pero a la vez que Zaid hundía los
dedos en su cabello con una urgencia desesperada, la elevó a un nivel de
excitación que arrancó un gemido de su garganta por el temor a no verlo
satisfecho. Quizá Zaid lo percibió, porque renovó el vigor con el que su
lengua buscó la de ella en una danza erótica que catapultó sus sentidos en un
remolino de embriagadoras sensaciones.
Con su poderoso muslo, Zaid separó los de ella, acomodándose entre sus
caderas como si tuviera derecho a ocupar ese lugar. Esme sabía que se lo
había otorgado, que con el silencio que había mantenido aquellas tres
semanas había aceptado que aquello iba a suceder.
Iba a entregar su virginidad a Zaid Al-Ameen.
Una sirena de alarma brotó en su interior, intentando atemperar el fuego
que la consumía. Sabía que ser virgen a los veinticinco años era una rareza.
Pero mientras que haber elegido no explorar su sexualidad había sido una
decisión razonable para ella, pensó que quizá no lo era desde el punto de vista
de los demás.
La posibilidad de desilusionarlo la asaltó, echando un cubo de agua fría
sobre sus exaltados sentidos.
Los cálidos dedos de Zaid le acariciaron la mejilla, exigiendo su plena
atención, que ella se apresuró a concederle. Y observando al viril hombre
cuya mirada la devoraba, casi consiguió convencerse de que su inquietud era
infundada. Un tembloroso suspiro escapó de su garganta cuando él inclinó la
cabeza para besarle el mentón.
–Estoy intentando no sentir como un golpe a mi ego el haber perdido tu
interés –le susurró él al oído.
Ella emitió una risa seca.
–Tu ego no debe preocuparse en absoluto por mí.
Él alzó la cabeza y le dirigió una mirada especulativa.
–Me deseas –dijo con arrogancia, deslizando su mano por el cuello de
Esme hacia el escote de la túnica.
–Sí, te deseo –dijo ella con la respiración entrecortada.
Zaid exhaló bruscamente el aliento y sin dejar de acariciarla, dijo:
–Entonces dime qué es lo que te preocupa.
Esme se mordió el labio, vacilando.
–Esmeralda, ¿qué pasa? –insistió Zaid.
Ella se humedeció los labios.
–Estoy un poco…perdida. No había hecho esto nunca antes –balbuceó.
Zaid la contempló en silencio prolongadamente antes de ponerse en pie
grácilmente. La consciencia de haberlo perdido la dejó tan atónita que tardó
en darse cuenta de que Zaid le tendía una mano.
Ella la tomó y en cuanto se puso en pie, él la alzó en brazos.
–Zaid… –susurró Esme con los ojos desorbitados.
Sin mediar palabra, él la condujo por un corredor hasta la alcoba más
masculina que Esme había visto en su vida.
El suelo estaba cubierto de pieles de animales. En las paredes colgaban
telares artísticos y en el centro había un hornillo con una campana de
filigrana que protegía las llamas.
Pero lo que captó su atención fue la cama. Se trataba de una estructura baja
de madera tallada, con sábanas de satén blanco, y numerosos y coloridos
almohadones. Todo resultaba lujoso y sensual.
Y era el escenario adecuado para aquellos experimentados en el arte del
amor, y no para alguien tan inocente como ella.
El sentirse fuera de lugar volvió a angustiarla. Suspiró y Zaid la dejó en el
suelo. Luego la tomó por la nuca y le inclinó la cabeza para que lo mirara.
–También es la primera vez que yo voy a mezclar el trabajo con el placer –
le confesó.
Esme tardó en comprender.
–Yo… ¿Qué?
–¿No es eso lo que te preocupa, que comprometamos nuestra relación
profesional haciéndola personal? –preguntó él, al tiempo que la atraía hasta
acoplar sus caderas a las de ella y besarle los labios–. No tenemos alternativa,
habiba –concluyó con una solemne convicción.
Esme abrió la boca, pero no consiguió articular palabra para sacarlo de su
error. Y antes de que pudiera hacerlo, él volvió a besarla con una carga sexual
que reavivó la hoguera que ardía en su interior. Alzando los brazos, Esme se
abrazó a su cuello para saciarse de aquella droga.
Se lo diría. Tenía que decírselo. Pero después de aquel beso.
Se besaron hasta que les faltó el aliento, hasta que no bastó con acariciarse
por encima de la ropa. Solo cuando Zaid musitó algo contra sus labios en
árabe Esme oyó una voz interior advertirle de que se le acababa el tiempo, y
ya las manos de Zaid le estaban levantando la túnica.
–Zaid… –consiguió decir.
–Necesito verte, acariciarte, saborearte –musitó él.
Esme presionó los dedos contra su musculoso pecho.
–Zaid… Tengo que decirte…
–Shh, jamila, entrégate al placer.
Antes de que ella pudiera hablar, Zaid ya le quitaba la túnica por la cabeza.
El cabello le cayó sobe el rostro y Zaid se lo retiró para verla mejor. Luego se
quitó su túnica y la observó con una mirada que contenía la promesa de un
placer inolvidable, incandescente.
–Sabía que eras hermosa, pero tu belleza supera mi imaginación, habiba –
dijo, posando las manos sobre sus senos tapados por el sujetador de encaje.
–Zaid…
–Quieta –ordenó él mientras deslizaba las manos lentamente por su cuerpo.
Entonces le soltó el sujetador aunque no se lo quitó del todo. Esme nunca
se había sentido tan deseada, nunca había sido tan consciente de su propio
cuerpo. Contuvo el aliento cuando él deslizó los dedos lentamente por su
columna y sintió una cálida humedad en su núcleo femenino. Zaid se detuvo
justo encima de sus nalgas a la vez que le besaba un hombro. Luego el otro.
Un segundo más tarde, le bajaba las bragas y las dejaba caer al suelo.
«Díselo antes de que sea demasiado tarde».
En ese momento el sujetador acompañó a las bragas, dejándola
completamente desnuda bajo la ávida mirada de Zaid, que se detuvo en el
bosque oscuro entre sus piernas.
–Eres exquisita, Esmeralda –musitó.
Esme estuvo a punto de darse por vencida al ver la voracidad de su mirada.
Pero se había prometido no mentir ni engañar.
–Me has entendido mal cuando he dicho que no había hecho esto antes.
Zaid tuvo que hacer un esfuerzo monumental para apartar la mirada de los
endurecidos pezones de Esme. Con la mirada velada, dijo:
–Pues dímelo, habiba, antes de que pierda la paciencia –musitó con voz
aterciopelada.
–Soy… soy virgen.
Zaid se quedó completamente inmóvil. Tras unos segundos dijo:
–Eso es imposible. Tienes veinticinco años.
–Te aseguro que nunca me he acostado con ningún hombre.
La afirmación provocó un cambio en Zaid, una emoción absolutamente
primaria y posesiva que Esme percibió en su mirada. Pero también intuyó
dudas y suspicacias.
Esme se adelantó a contestarlas:
–He elegido no explorar ese aspecto de la vida.
Zaid asintió, pero siguió observándola especulativamente.
–¿Y has decidido entregarme un regalo tan precioso porque…?
Esme temió que pensara que se debía a su poder y posición.
–No por quién eres. Si fuera así de calculadora no habría esperado –se
apresuró a decir–. Pero… Te deseo más de lo que deseo conservar mi
inocencia. Te lo he dicho porque… Supongo que mi falta de experiencia me
hace menos… deseable –concluyó, sonrojándose.
Zaid resopló y la atrajo hacia sí.
–¿De verdad piensas eso? –preguntó, estrechándola con fuerza.
Pegada a él, desnuda mientras Zaid permanecía vestido, Esme sintió
súbitamente una espantosa vergüenza. Retrocedió y se cubrió con los brazos.
Zaid le tomó las manos y dijo agitadamente:
–No te ocultes de mí, habiba. Quiero memorizar cada milímetro del cuerpo
que voy a hacer mío y solo mío.
Esme lo miró a los ojos y vio que ardían como dos ascuas.
–Yo… –nunca supo qué iba a decir porque se quedó muda cuando Zaid se
quitó la túnica. Sin vello, el contorno de sus abdominales y su piel de bronce
eran perfectos. A Esme se le secó la boca al ver que se quitaba los pantalones.
Zaid era el espécimen masculino más espectacular que había visto en su vida.
Observó sus fuertes muslos y su orgullosa masculinidad, erecta y poderosa y
la idea de todo aquel poder dirigido hacia ella, dentro de ella, hizo que la
cabeza le diera vueltas de puro deseo.
Como si le leyera el pensamiento, Zaid la atrajo hacia sí.
–Déjate llevar por el deseo, Esmeralda. Tócame –dijo con voz ronca.
Esme obedeció y ahogó una exclamación ante el gozo que sintió al tocar
con sus dedos la suave y cálida capa de piel que se deslizaba sobre el
músculo de hierro. Luego recorrió su torso con las yemas de los dedos y le
rozó los pezones con las uñas. Al ver que Zaid contenía el aliento con un
silbido, se detuvo. Pero entonces él la tomó por la nuca y atrapó sus labios
con un beso desesperado que demostraba hasta qué punto estaba encontrando
difícil contenerse.
Igual de bruscamente que lo empezó, terminó el beso y la tomó en brazos
–Tenemos que pasar a la cama, querida. O voy a poseerte aquí mismo.
Capítulo 10

El roce de las sábanas frescas en la piel hizo que Esme sintiera un delicioso
escalofrío, que se convirtió en un cálido estremecimiento cuando el cuerpo
caliente y viril de Zaid se acomodó sobre ella. En lugar de seguir besándola,
fue trazando una línea de besos por su frente, sus mejillas, su nariz, antes de
bajar hacia la base de su garganta y el pulso que allí palpitaba. Todo ello
mientras susurraba con voz grave líricas palabras en su lengua. Aunque Esme
no las entendiera, su significado le recorría la sangre, y le producían una
emoción que le oprimía el pecho e iba más allá de la magia física. Una
emoción que no pudo analizar porque los labios de Zaid estaban acabando
con toda posibilidad de pensamiento racional al ir depositando besos en el
valle entre sus senos antes de elevarse hacia las copas para mordisquearle el
pezón. Como en la anterior ocasión, la sensación superó lo exquisito, y Esme
clavó los dedos en el cabello de Zaid.
Animado por su respuesta, Zaid repitió la caricia, dedicando atención a su
otro pezón. A medida que avanzaba su exploración, Esme se sumergía en un
placer que le nublaba el entendimiento. Hasta el punto que tardó en darse
cuenta de cuál era su siguiente destino.
El aliento se le congeló al notar que le tomaba el muslo con la mano y le
separaba las piernas. En ninguna de sus fantasías sexuales con Zaid había
pensado en el sexo oral.
Un calor ardiente le recorrió la piel cuando Zaid entreabrió la parte más
íntima de su cuerpo para exponerla a sus ávidos ojos. La mano del muslo hizo
entonces un agónico recorrido hasta su núcleo. Con dedos firmes, lo
entreabrió y por un instante la miró a los ojos antes de volver su atención a su
centro.
–Eres preciosa, Esmeralda –dijo con la voz entrecortada.
Y sus palabras tuvieron el efecto de un terremoto en ella.
Las últimas briznas de raciocinio se evaporaron, dejándola con la
convicción de que, aunque cambiara de idea por la mañana, en aquel instante
estaba haciendo lo correcto. Como si le leyera el pensamiento, Zaid la miró
fija y prolongadamente antes de agachar la cabeza y saborearla en la más
primaria de las maneras.
Liberada de la duda, Esme se entregó al placer que le recorría las venas.
Las sábanas de satén se deslizaban bajo ella al tiempo que, instintivamente,
hacía rodar sus caderas contra la caricia de Zaid. Él hizo un murmullo gutural
de aprobación. Ella se movió de nuevo, acudiendo al encuentro de los
expertos latigueos de su lengua contra el núcleo inflamado, epicentro de su
placer. Esme vio estallar fuegos artificiales en sus párpados y su respiración
se hizo caótica al tiempo que una indescriptible sensación se apoderaba de
ella. Se intensificó y aceleró, catapultándola con cada caricia de Zaid. Sus
dedos se asieron a las sábanas de satén cuando él le abrió más las piernas y
profundizó el íntimo beso.
La gigantesca acumulación de placer estalló sin previo aviso, arrancando
un sorprendido grito de los pulmones de Esme al sentirse lanzada a una
estratosfera de puro e incandescente éxtasis. El placer reverberó por el cuerpo
de Esme, apoderándose de él y sacudiéndolo hasta que finalmente la liberó de
sus garras y, aleteando los párpados, abrió los ojos… Para encontrarse con el
hombre responsable del aquel increíble clímax.
Zaid tenía una mano en su cadera y la otra en su cabello, y la tensión de
sus facciones permitía intuir la intensidad de su excitación. La necesidad de
devolverle una fracción de lo que él le había dado hizo que Esme levantara la
mano para acariciarle la mejilla y alzara la cabeza para besarlo.
Un gruñido animal escapó de la garganta de Zaid al tiempo que se
colocaba un preservativo y, echándose de nuevo sobre ella, volvía a besarla.
Con el muslo separó sus piernas y le hizo sentir su miembro erecto. Esme
bajó la mirada hacia donde sus cuerpos se unían y se le paró el corazón al ver
sus impresionantes dimensiones.
Zaid le tiró suavemente del cabello para que mirara hacia arriba.
–Tranquila, habiba. El dolor será pasajero… O eso me han dicho. Y luego
prometo proporcionarte un goce indescriptible.
Sus palabras la apaciguaron, como lo hizo, sorprendentemente, la
confesión indirecta de que era su primera virgen. Por alguna extraña razón,
eso intensificó la presión de aquella indefinible emoción que Esme sentía en
el pecho. Pero no pudo pensar en ello porque Zaid ya volvía a besarla, en
aquella ocasión con delicadeza.
Bajó de nuevo una mano a su muslo.
–Esmeralda –susurró, separándole las piernas.
Esme lo miró a los ojos y el deseo que vio en ellos la hizo arder tanto como
sentir que la corona de su pene le tocaba el núcleo. Una excitación ciega
teñida de aprensión se apoderó de ella.
–Abrázate a mí –ordenó él.
Ella obedeció.
Entonces, con un gemido gutural, Zaid se adentró en ella.
Una aguda punzada de dolor la atravesó, arrancándole un grito. Zaid lo
atrapó con sus labios, devorando el sonido como si le perteneciera. Y así era.
El dolor no fue tan pasajero como Zaid le había dicho, y se clavó en ella
como si quisiera hacerle recordar aquel momento, para que quedara impresa
en su mente la maravillosa experiencia de compartir su cuerpo con Zaid Al-
Ameen.
Tras unos segundos, Zaid alzó la cabeza para mirarla, retroceder, y volver
a sumergirse en ella.
El dolor remitió, se disolvió y dio paso al placer. Un placer más potente
que el que acababa de sentir. Al tercer embate, Zaid la penetró
profundamente. Luego fue acelerando poco a poco; con la mano izquierda la
sujetó por la cadera, afianzándola, mientras cumplía la promesa de hacerla
plenamente suya. Y mientras tanto, mantenía sus ojos en los de ella,
absorbiendo cada partícula de su goce, fusionándolo con el suyo.
Esme puso los ojos en blanco y le clavó los dedos en la espalda. El gemido
que brotó de su garganta fue de un asombro y una dicha que no había creído
posibles.
–¡Zaid! –gritó.
–¡Déjate llevar! ¡Déjate ir! –susurró él.
–¡Oh… Dios!
Esme nunca había creído que entregarse pudiera resultar tan liberador. Y
sintió que se elevaba aún más alto que antes, lo que no le impidió oír a Zaid
susurrar.
–Habiba.
Cariño, querida. Esme oía a menudo en Ja’ahr aquellas expresiones, pero
procediendo de Zaid tenían el efecto de cubrirla de piedras preciosas.
Sintió lágrimas en los ojos y finalmente, se dejó ir completamente.

Zaid no podía apartar la mirada de aquella preciosa mujer que se retorcía


de placer bajo él. Todo en ella lo cautivaba. Pero nada lo había preparado
para aquel instante. Para la intensidad a la que se elevó su propia excitación
al dedicar todo su esfuerzo a hacer gozar a Esme.
Habría querido que no terminara nunca aunque supiera que todo llegaba a
su fin. Necesariamente. Y no comprendía la parte de sí mismo que ya
lamentaba profundamente esa pérdida futura. Ni quería pensar en ello. Ya
lidiaría con ese problema cuando amaneciera.
Por el momento…
Esme arqueó la espalda con una sacudida de placer y sus senos se alzaron
hacia su ávida boca. Sabía a ambrosía. Su cuerpo era un regalo exquisito del
que quería disfrutar tanto tiempo como fuera posible.
En cuanto a que le hubiera entregado su inocencia… La primitiva dicha
que le había recorrido la sangre al oír la confesión de Esme no había hecho
sino intensificarse en el momento de penetrarla.
Ella emitió un nuevo gemido al tiempo que le clavaba las uñas en la
espalda al alcanzar de nuevo el clímax. Zaid aguantó cuanto pudo. Hasta que,
sintiendo cómo sus músculos internos lo succionaban, sucumbió al sublime
éxtasis al que lo arrastró
El gemido que brotó de su garganta fue tan primario como el propio acto
sexual. Zaid nunca había alcanzado un clímax tan eléctrico, tan completo.
Atrajo a Esme hacia sí, exhalando con satisfacción cuando ella apoyó la
mano en su pecho; le retiró el cabello de la cara y le besó la frente, y vio
dibujarse una sonrisa poscoital en su precioso rostro a la vez que se le
entornaban los ojos.
A su pesar, la dejó dormir porque necesitaba recuperarse de su primera
experiencia sexual. Y también porque necesitaba tiempo para reflexionar
sobre las preguntas que se hacía, aunque una de ellas ya había obtenido
respuesta,
Si Esme se había aferrado a su virginidad con la esperanza de obtener el
máximo beneficio de hacer un regalo tan magnífico, habría permanecido en el
ambiente de lujo en el que se movía su padre, donde había hombres
acaudalados dispuestos a pagar por semejante adquisición. Pero en lugar de
eso, había elegido ser una trabajadora social y vivir modestamente.
Estaba seguro de que había pasado algo entre Esme y su padre que
justificaba su distanciamiento. Pero no dudaba de la honestidad de ella de la
que había sido testigo durante las semanas anteriores en la forma en que
intentaba ayudar a la gente. Según Fawzi, Esmeralda Scott se había ganado el
respeto y la admiración de toda la comunidad.
Pero su padre seguía representando un problema.
Zaid apretó los dientes. Si la única debilidad de Esme era Jeffrey Scott,
cuanto antes se dirimiera la suerte de este, antes podría concentrarse en otros
asuntos.
Como su país. O él mismo.
La estrechó con más fuerza. No había razón alguna por la que no pudieran
seguir disfrutando el uno del otro si así lo querían ambos.
Dándose por satisfecho con esa idea, la besó de nuevo en la frente y dejó
que el sueño finalmente lo venciera.

Aunque la tienda seguía en penumbra, Esme supo que empezaba a


amanecer. El canto de un gallo seguido de movimiento en el campamento, lo
confirmó.
Esme mantuvo los ojos cerrados recordando la noche. Había entregado su
virginidad a Zaid. La experiencia había sido maravillosa, tanto durante como
cuando, a lo largo de la noche, había despertado y se había encontrado
cobijada en sus fuertes brazos, que la asían como si no quisieran dejarla ir.
Cada vez, había vuelto a quedarse dormida con el corazón henchido por una
emoción que le había dado terror etiquetar.
Esa emoción y la intuición de que estaba sola en la cama eran la razón de
que no quisiera abrir los ojos. Porque cuando lo hiciera, tendría que
enfrentarse al hecho de que su vida había cambiado para siempre.
Cuando finalmente se volvió y comprobó que Zaid nos estaba, se
incorporó con una inesperada sensación de vértigo. Había sabido que solo
sucedería una vez y cuanto antes lo asimilara antes podría asumir de nuevo su
papel en la vida de Zaid. Por más que deseara otra cosa…
Se retiró el cabello del rostro con determinación y empezó a buscar su ropa
con la mirada cuando se abrió una apertura lateral que no había observado
antes y apareció el hombre que ocupaba sus pensamientos.
Zaid llevaba el torso descubierto y el cabello alborotado; y unos pantalones
holgados que le colgaban de las caderas. Esme tragó sin saber dónde mirar al
pensar cómo aquel magnífico cuerpo se había consagrado a proporcionarle
placer.
Él caminó lentamente hacia ella, recorriéndola con una mirada sensual.
–Buenos días, Esmeralda –saludó. Y se detuvo junto a la cama.
–Ho-hola –balbuceó Esme tímidamente.
Zaid hizo ademán de subir a la cama, pero se detuvo mirando un punto,
Esme siguió su mirada y se ruborizó al ver las delatadoras manchas que
marcaban la sábana. Automáticamente, fue a taparlas, pero él, sujetándole la
muñeca, dijo:
–No.
Y aunque eso fue todo, por como la miró, Esme pensó que, de haber vivido
varios siglos atrás, Zaid se habría golpeado el pecho como manifestación de
su arrogante triunfo: el de haber sido su primer hombre.
Y no pudo evitar sonreír.
–¿Algo te hace gracia, habiba?
Esme se ruborizó.
–Deberías verte la cara. Pareces un depredador que hubiera combatido con
varios rivales antes de alzarse con una presa –dijo con una avergonzada
sonrisa.
Sin mediar palabra, Zaid se arrodilló sobre la cama y la besó prolongada y
apasionadamente. Para cuando alzó la cabeza, Esme había alcanzado ya un
estado de flotación. Él la miró con ojos centelleantes y dijo:
–Si parece eso es porque he ganado un premio increíble. No lo dudes. Un
premio que pretendo conservar.
Esme estaba intentando interpretar sus palabras cuando él se levantó y la
tomó en brazos.
–¿Dónde vamos? –preguntó ella, abrazándose a su cuello.
–Ya lo verás –dijo él, y salió por donde había entrado.
Al otro lado, una estructura amurallada de cuero como la que se usaba para
montar refugios en el desierto rodeaba un oasis con una poza de agua de
manantial rodeada de flores exóticas.
–¡Qué preciosidad! –exclamó Esme.
–Me alegro de que te guste –musitó Zaid.
Y, dejándola en el suelo, posó las manos en sus caderas y la besó. Para
cuando separaron sus bocas, jadeaban y cada milímetro de sus cuerpos
buscaba el máximo contacto. Zaid llevó las manos al trasero de Esme y la
apretó contra sí para hacerle sentir su poderosa erección. Luego la separó
levemente y dijo:
–Quítame los pantalones, habiba.
Estremeciéndose, Esme deslizó las manos lentamente por su pecho,
deteniéndose momentáneamente en sus pezones, dudando si tomarlos en su
boca, tal y como deseaba hacer.
Alzó la mirada y vio que él la observaba en suspenso, conteniendo el
aliento. Su expresión le dio seguridad en sí misma, inclinó la cabeza y le
mordisqueó los pezones.
El silbido ahogado que escapó de los labios de Zaid hizo que se detuviera.
Iba a alzar la cabeza cuando él se la sujetó para que continuara, y percibir el
estremecimiento que lo recorría le hizo sentirse poderosa.
Zaid se entregó a la exploración de sus dedos y de sus labios, y su
respiración se fue agitando a medida que bajaba en su recorrido. Cuando
alcanzó el elástico de sus pantalones, Esme respiró profundamente y deslizó
la mano por debajo de la tela.
Tomar el acero envuelto en terciopelo le elevó la temperatura. Era
majestuoso, potente, embriagador. Esme estaba tan decidida a familiarizarse
con aquella parte del cuerpo de Zaid que no se dio cuenta de que emitía un
gemido agónico hasta que él le sujetó la mano y se la retiró.
–Qué pronto te has dado cuenta de la magnitud de tu poder, jamila –dijo él
con voz ronca. Y tomándole la mano, le besó la palma antes de devolverla a
su cintura.
Recordando lo que le había pedido, Esme le bajó los pantalones y lo
observó en toda su magnificencia.
Era tan hermoso que la dejaba sin aliento.
La magia del momento se prolongó. Zaid la guio hacia los peldaños de
roca que bajaban hacia la poza. Fresca y sedosa, el agua les llegaba al pecho.
Zaid enredó sus dedos en el cabello de Esme y la besó. Luego tomó una
esponja que había en el borde y se la pasó por el cuerpo con lentitud y
delicadeza. Esme leyó en sus ojos sus intenciones aun antes de que él la
empujara suavemente hacia el borde.
–Solo quería que te bañaras por si estabas dolorida, pero llevo horas
deseando hacer esto, Esmeralda –musitó él, sentándola a horcajadas sobre sí
tras sentarse en el peldaño más bajo.
–No estoy dolorida –consiguió articular ella.
Zaid salpicó de besos sus labios y su garganta antes de tomar sus pezones
ávidamente. Un deseo profundo e incontrolable despertó entre las piernas de
Esme, que él se había colocado a ambos lados de sus caderas. Con el corazón
desbocado, Esme se asió a sus hombros, meciéndose en una búsqueda ciega
del placer que solo él podía proporcionarle. Su núcleo femenino encontró la
cabeza de su pene.
Zaid apartó bruscamente la boca de sus pezones, y con una expresión
salvaje, sujetó su miembro con una mano mientras que con la otra asía a
Esme y elevaba las caderas para adentrarse en ella de un solo movimiento.
La exclamación ahogada de ella se mezcló con su gemido. Sus labios se
fusionaron un segundo antes de separarse para mirarse, como si su unión
necesitara de la conexión de sus miradas. Conteniendo el aliento, en silencio,
Zaid se retiró antes de penetrarla aún más profundamente.
Esme entreabrió los labios en otro gemido mudo. En el tercer embate,
acudió al encuentro de él, ganándose un gemido de aprobación que exacerbó
el deseo que la consumía.
Sin apartar sus ojos de los de ella, Zaid asintió.
–Sí, así…
Esme giró las caderas, elevándose antes de volver a descender y tomarlo en
su interior. La sensaciones de control y poder se combinaron en una
embriagadora pócima adictiva que quiso seguir consumiendo.
Con el agua salpicando en torno a ellos, Zaid apoyó los brazos en el borde
y echó la cabeza hacía atrás mientras la miraba con ojos entornados,
animándola en silencio a tomar las riendas y lanzarlos a un glorioso abismo.
Esme aceleró sus movimientos. Las facciones de Zaid se tensaron, su
respiración se hizo más errática.
–Sí –gimió con voz ronca. Tómame, habiba. Tómame como yo te he
tomado a ti.
Esme no necesitó que lo repitiera, y asiéndose a su cuello se dejó llevar por
el canto de sirena que musitaba en su interior.
Pronto el crescendo alcanzó proporciones monumentales y los gemidos de
Zaid se hicieron más guturales. Sintiéndose aún más audaz, Esme lo besó y
luego dejó que él tomara el control. Conectados a todos los niveles posibles,
estallaron al unísono, absorbiendo mutuamente los gemidos que arrancó de
sus bocas el nirvana al que llegaron.
Seguían unidos cuando Zaid la rodeó con sus brazos y salió de la poza con
ella, ambos empapados, hacia la tienda.
Manteniendo la conexión, la echó sobre la cama. Entonces, súbitamente, se
quedó inmóvil y, palideciendo, la soltó y se puso en pie de un salto mientras
dejaba escapar un sonoro juramento.
Capítulo 11

Era evidente que pasaba algo de una extrema gravedad.


–¿Z-Zaid?
Recuperándose todavía de la nebulosa del devastador clímax, la voz de
Esme brotó temblorosa mientras observaba a Zaid ir de un lado a otro de la
tienda.
–No puedo creerlo… –Zaid se paró en seco, palideció y le dio la espalda.
Recorrió de nuevo el espacio un par de veces antes de acercarse al pie de la
cama–. No hemos usado protección –dijo con voz grave.
Esme sintió un escalofrío al entender las implicaciones. Entonces
balbuceó:
–Estoy… tomando la píldora.
El alivio que recorrió el rostro de Zaid resultó casi cómico. Casi. Porque
algo cercenó cualquier atisbo de risa del pecho de Esme. Y porque la
sospecha sustituyó al alivio en la expresión de Zaid.
–¿Por qué estás tomando la píldora si no eres sexualmente activa? –
preguntó con desconfianza.
–Porque el médico me la recetó para regular mis periodos.
Zaid relajó los puños y rodeó la cama hacia ella.
Justo cuando Esme recordó algo que volvió a introducir la duda en su
mente. Zaid se detuvo al ver la preocupación reflejada en su rostro.
–Pero… Yo…
–¿Qué Esmeralda?
–Se me acabaron la semana pasado. Nashwa me consiguió una receta ayer,
pero me he saltado tres dosis –dejó la frase en suspenso al golpearla la
enormidad de las posibles consecuencias.
–¿Tres dosis son tres días? –preguntó Zaid, volviendo a tensarse.
Esme asintió abatida y Zaid hizo otra pregunta:
–¿Qué puede pasar si te saltas alguna?
Esme estaba paralizada por la angustia.
–Si me salto más de una… Tengo que tomar otras medidas contraceptivas
–musitó.
Zaid volvió a maldecir. Luego se sentó pesadamente sobre el colchón,
manteniéndose fuera del alcance de Esme. Se produjo un silencio ominoso.
–Zaid, cuando me llamaste anoche no pensé que sucedería… lo que ha
pasado.
Zaid se frotó el mentón.
–Eso ya da lo mismo. Basta con una vez. Y si alguien es culpable, soy yo.
Era mi responsabilidad y no tengo excusa por haber sido tan descuidado. Solo
puedo decir en mi defensa que me has seducido hasta un nivel que me ha
hecho perder la razón.
En cualquier otra ocasión sus palabras la habrían llenado de dicha. Pero no
entonces. No cuando Zaid se mostraba tan preocupado.
–¿Cuándo lo sabrás? –preguntó tras unos segundos de tenso silencio.
Esme hizo un rápido cálculo.
–Faltan dos semanas para que me baje el periodo, pero puedo hacerme una
prueba en unos diez días. O podría… tomar una píldora del día después, si
eso es lo que prefieres…
–¡Ni hablar! No te desharás de mi hijo antes de que sepamos si hay alguna
posibilidad de que exista.
Esme sintió un inmenso alivio porque era un remedio que prefería evitar,
por más que la idea de estar embarazada la angustiara.
–Zaid… No sé si podría…
Zaid la tomó por los hombros y dijo:
–No lo digas. No menciones la posibilidad de negar la existencia de un hijo
mío.
–No iba hacerlo. Pero no estoy preparada para esto.
Los labios que apenas hacía media hora la besaban apasionadamente
formaron un rictus antes de que Zaid suspirara y le tomara una mano. Pero ya
no había un ápice de calidez en su mirada, solo preocupación.
–No vamos a tomar ninguna decisión precipitada. Por el momento,
actuaremos con normalidad, empezando por algo tan mundano como
desayunar.
Esme contuvo el impulso de lanzar una carcajada histérica.
–¿Y después, qué?
–Luego evaluaremos nuestras opciones. Solo las que no impliquen tomar
medidas drásticas. ¿De acuerdo?
–De acuerdo –replicó Esme
Y como por arte de magia, abandonaron el tema. Zaid le soltó la mano y se
fue de la tienda sin añadir palabra.
Esme esperó a levantarse y vestirse a que las piernas no le fallaran.
Entonces, sin saber si irse o esperar a Zaid, permaneció media hora más en el
dormitorio.
Antes de que decidiera qué hacer, un sirviente la condujo a la zona de
comedor donde Zaid la esperaba sentado en unos almohadones. El desayuno
fue un banquete de fruta, yogurt, pasteles, y una selección de café, té y
zumos, servido en un discreto silencio por un grupo de sirvientes.
En cualquier otra circunstancia, a Esme le habría inquietado el interés que
pudiera despertar ser vista aquella mañana con el sultán, pero su mente estaba
ocupada plenamente por un único tema: un bebé de Zaid.
Solo tomó un poco de mandarina, una tostada y un poco de yogurt con
miel. Zaid guardó silencio, abstraído en sus propios pensamientos.
En cuánto retiraron el desayuno, Esme se levantó y buscó su pañuelo de
cabeza para volver a su tienda. Aunque distraída, descubrió que alguien lo
había dejado cuidadosamente doblado sobre una mesa. Iba a cogerlo cuando
se quedó paralizada.
Aunque Zaid fuera sultán, no disponía de su vida. Su vida estaba
predeterminada desde el momento de su nacimiento.
En cambio ella…
Esme tragó saliva. Si se daba la circunstancia de que estuviera embarazada,
su vida, o una gran parte de ella como madre del futuro heredero de Ja’ahr
transcurriría en una exótica burbuja, viviera donde viviera. Cada uno de sus
pasos sería escrutado. Y como hija de Jeffrey Scott, también se investigaría
su pasado.
Su pasado se daría a conocer, incluyendo su papel en la vida de su padre
antes de que lo abandonara. Y lo que pasó en Las Vegas… Con Bryan.
La mano que alargaba hacia el pañuelo le tembló tanto que tuvo que
cerrarla.
–¿Qué pasa? –preguntó Zaid con aspereza.
Esme se sobresaltó y lo miró. Vestido de negro de pies a cabeza, tenía el
aire de un despiadado guerrero.
–Me temo que… dejar este tema no es tan fácil como creía. Ayer no era
más que una trabajadora social. Hoy soy…
–La amante del sultán, y la mujer que tal vez lleve en su interior al
próximo heredero de Ja’ahr –dijo Zaid con una solemnidad que no dejaba
espacio a la duda.
El temblor de la mano se trasmitió a todo su cuerpo.
–Voy a volver a mi tienda. Supongo que tienes asuntos que atender.
Zaid frunció el ceño, pero se limitó a asentir con la cabeza.
–Me aseguraré de que nadie te moleste.
Esme dudaba de que pudiera descansar, pero estaba ansiosa por escapar a
la mirada escrutadora de Zaid y se marchó tras despedirse balbuceante.
Pasó junto a Fawzi, que hizo una inclinación sospechosamente
pronunciada al verla. Mientras cruzaba el campamento, también notó que
quienes solían saludarla animadamente y sin formalidades, de pronto hacían
reverencias respetuosas y sonreían con deferencia.
Sabían que había pasado la noche en el lecho de Zaid y la ponían en un
pedestal al que no pertenecía. El sentimiento de culpa que sentía se convirtió
en una pesada roca en su pecho.
En su tienda tuvo que contener las lágrimas que se acumulaban tras sus
ojos al entrar seguidamente Nashwa y Aisha.
–Su Alteza ha dicho que debe descansar –dijo la primera–. Aisha le
preparará un té de jazmín para…
–No quiero nada, gracias. Solo echarme un rato.
–Como quiera la señora.
Consciente de que las mujeres no la dejarían hasta haberla ayudado a
instalarse, dejó que la atendieran y cuando se fueron, suspiró aliviada.
Pero su alivio duró poco porque estaba demasiado angustiada con el
secreto que no podía guardarse. Al mismo tiempo, sabía que si admitía
públicamente que conocía el pasado de su padre, sería tanto como clavar un
clavo más en su ataúd.
Tomó la almohada más próxima y ocultó el rostro en ella. Pero por más
que su mente quisiera volver las agujas del reloj veinticuatro horas atrás,
cuando solo le preocupaba si Zaid la deseaba o no, su corazón no le concedió
ese deseo. Porque de hacerlo, no habría experimentado las horas más mágicas
de toda su vida. Y si dentro de ella había un bebé… Se le cortó la respiración.
Pronto lo sabría. Quizá cuando reflexionara, Zaid no estaría tan decidido a
reconocer como suyo al hijo de una don nadie cuyo abuelo era un criminal. Si
eso sucedía, ella solo tendría que proteger a su hijo del cuestionable legado
de su pasado.
El esfuerzo que exigió bloquear la vocecita burlona que le decía que Zaid
nunca renunciaría a su hijo, terminó por agotarla. Estaba mirando abstraída el
techo de la tienda, cuando oyó voces animadas, seguidas del inconfundible
sonido de motores.
Una mirada al reloj le indicó que llevaba dos horas en la cama. Aunque
todavía quedaba una hora para la cita con los maestros de la comunidad,
Esme se levantó, se refrescó la cara y se cambió de túnica. Luego volvió al
salón justo al tiempo que Zaid entraba.
–Estás vestida como para viajar. Muy bien –dijo recorriéndola con gesto
serio.
–¿Por qué? ¿Vamos a alguna parte?
–Sí, volvemos a palacio.
Esme frunció el ceño.
–Pero todavía tengo trabajo aquí. En una hora voy a ver a los maestros.
–El informe que completaste ayer es más que suficiente. El resto de la
valoración puede realizarse por otros medios.
–¿Como cuáles?
Zaid hizo un gesto de impaciencia.
–Por teléfono, videoconferencia o cualquier otra forma. No somos una
tribu primitiva.
–Ya lo sé. No he pretendido insinuar eso.
–Pues vayámonos –ordenó él, tendiéndole la mano con gesto imperioso al
ver que Esme titubeaba.
–¿Por qué tengo la sensación de que me ocultas algo?
Un músculo palpitó en la sien de Zaid.
–Porque es verdad. Me he equivocado al decir que nos tomaremos un
tiempo para asimilar la idea de que puedas estar embarazada. Si llevas mi
hijo…
–Eso es solo una posibilidad…
–Tenemos que poner en marcha una serie de detalles –Zaid terminó la frase
como si no lo hubiera interrumpido.
–¿Qué tipo de detalles? –exigió saber Esme.
–El tipo que averiguarás cuando corresponda.
–O sea, que seré la última en saber de qué se trata.
–No. Cuando se tomen las decisiones definitivas, serás la primera en
saberlo.
Esme sabía que no le sonsacaría nada más. Lo supo por cómo Zaid indicó
la salida como si asumiera que lo seguiría; por cómo Fawzi la guio hasta el
helicóptero mientras Zaid se despedía de los ancianos de Tujullah; lo supo
cuando él se sentó a su lado e inmediatamente activó el teléfono satélite.
Al tiempo que se elevaban y el piloto ponía rumbo a la capital, Esme tuvo
algo meridianamente claro: a Zaid le daba igual que su embarazado estuviera
o no confirmado. Aun cuando su heredero fuera una mera posibilidad, iba a
hacer lo posible por reafirmar su derecho sobre él.

Zaid observó a su reducido consejo de asesores cuando la reunión mensual


iba a llegar a su fin. Sabía que el último punto se iba a plantear aunque no
estuviera incluido en la agenda porque así había sucedido, en ocasiones
sutilmente, en otros abiertamente, durante los últimos seis meses.
En aquella ocasión no sentía desinterés ni iba a evitar el tema, tal y como
había hecho anteriormente. De hecho, desde que habían entrado en la sala, se
había mantenido en una expectante alerta.
Habían pasado diez días desde su vuelta con Esmeralda al palacio real.
Diez días en los que había tenido que hacerse a la idea de que quizá iba a ser
padre.
Aunque no tuviera la confirmación, tal y como le había dicho a Esmeralda,
había que tomar algunas decisiones. Y cuanto más sopesaba sus opciones,
más evidente le resultaba que solo tenía una. Pero aún más, se había dado
cuenta de que no podía seguir evitando la decisión que llevaba mucho tiempo
postergando. Estuviera Esmeralda embarazada o no, él tendría que casarse en
el futuro inmediato.
Era innegable que un matrimonio con una mujer de un reino aliado podía
contribuir a la estabilidad de Ja’ahr. Y que además, el matrimonio y el
anuncio de un heredero sería incluso más celebrada por su pueblo.
En cualquier caso, era una decisión que tenía que ser discutida, así que
¿por qué no en aquel momento? ¿Y por qué no podía ser Esmeralda y el hijo
del que tal vez ya estaba embarazada? Dos pájaros… Un tiro…
Miró al mayor de los asesores, un hombre de setenta años que no solo
había sido fiel a su padre, sino que había arriesgado su vida para salvarlo a él:
Anwar Hanuf.
Anwar carraspeó y se hizo el silencio.
–Aún a riesgo de repetirme, creo que es el momento de que asegures tu
posición de sultán y te cases, Zaid.
Que Zaid permaneciera en silencio cuando normalmente, llegado ese
momento, daba la reunión por terminada para evitar responder, sorprendió al
anciano. Insistió:
–Nuestros países vecinos quieren fortalecer nuestras relaciones por medio
del comercio, pero algunos preferirían sellarla con una alianza matrimonial –
el anciano se detuvo y miró a Zaid. Al ver que le indicaba que continuara, se
apresuró a abrir un dosier y leyó una lista de posibles candidatas.
Tras la cuarta, Zaid lo interrumpió:
–Aunque sé que los matrimonios concertados han contribuido a forjar
alianzas, yo no me voy a casar con una mujer a la que no conozca. Pero sí
creo que casarme contribuiría a la estabilidad del país.
Anwar se irguió y lo miró fijamente.
–¿También estás de acuerdo en que cuanto antes, mejor?
–Sí. Y tengo una candidata.
El grupo intercambió una mirada y Anwar hizo en alto la pregunta que
todos tenían en mente.
–¿La mujer inglesa? –preguntó abatido.
Zaid entornó los ojos.
–¿Tenéis algún problema?
–Claro que no. No es ella, sino su padre quien nos preocupa.
–Su suerte depende de un jurado, no de mí.
Anwar carraspeó:
–Pero es posible que nuestros enemigos utilicen a su padre para oponerse.
–Nos enfrentaremos a ellos como a todos los criminales: aplicando la ley.
–De acuerdo, Alteza –dijo Anwar–. Esperaremos tus instrucciones antes de
hacer el anuncio formal.
Zaid permaneció en la sala después de que sus asesores se fueran,
preguntándose si no habría actuado precipitadamente, pero llegó a la
conclusión de que había hecho lo correcto.
Estuviera embarazada o no, casarse con Esmeralda tenía sentido: eran
compatibles en la cama y fuera de ella. Había mostrado interés en el bienestar
de su gente, y una asombrosa facilidad para adaptarse al país y a sus
costumbres.
Era inteligente.
Zaid estaba seguro de que comprendería que rechazarlo no era una opción
posible.

–No.
Por primera vez desde que lo conocía, Zaid se quedó sin palabras. También
ella, dado que jamás había soñado con escuchar de sus labios las últimas
palabras que había pronunciado:
«Cásate conmigo».
Su respuesta había brotado de la convicción de que era un error. De la
misma manera que lo había sido la otra ocasión en la que había recibido una
proposición de matrimonio.
«Cásate conmigo».
No había habido el menor sentimentalismo, sino la solemnidad equivalente
al redoble de tambores. Zaid había llegado a la conclusión durante los diez
días que no se habían visto y en los que le había hecho permanecer en palacio
con la excusa de que debía descansar; y aparentemente, la decisión estaba
tomada, con o sin su aprobación
–¿Qué has dicho? –preguntó Zaid perplejo.
–Que no me voy a casar contigo. Sabes perfectamente que es una
propuesta basada exclusivamente en la posibilidad de que esté embarazada.
Zaid se acercó en tensión a Esme, que se encontraba en uno de tantos
preciosos jardines que rodeaban el palacio. En lo días precedentes, lo había
explorado a su antojo, y cada nuevo descubrimiento la había dejado
asombrada.
En esos días se había dado cuenta además, de que estaba enamorándose
Ja’ahr y de su gente. Intuir que durante sus recorridos anhelaba encontrarse
con su sultán y que lamentaba no seguir viajando con él por el país, la
inquietaban.
Mirándola perplejo, Zaid dijo:
–Lo natural es que quiera reconocer y legitimar a mi heredero.
Esme estuvo a punto de reír. Si no lo hizo fue porque sentía una dolorosa
presión en el pecho que impidió que la risa alcanzara sus labios.
–Entonces podemos acabar con esto si me dejas hacerme una prueba
temprana de embarazo.
–¿Por qué estás tan segura de que no estás embarazada?
–No estoy segura. Pero no entiendo por qué no quieres esperar a
confirmarlo, ni por qué me propones matrimonio. ¿Crees que tu gente
cuestionará la legitimidad del bebé, si es que lo hay, dependiendo de la fecha
exacta en la que naciera?
Zaid apretó los dientes.
–No es eso lo que me preocupa. El anuncio puede hacerse cuando venza la
fecha de tu próximo ciclo. La cuestión es que la boda de un soberano requiere
tiempo para ser organizada, así que deberíamos ponerla en marcha.
Esme negó con la cabeza.
–Hay algo más, ¿verdad, Zaid? ¿Qué me ocultas?
Zaid mantuvo un silencio prolongado antes de finalmente decir:
–Hace tiempo que me presionan para que me case. Lo he retrasado, pero
mi obligación es casarme y tener herederos. Ha llegado la hora de que cumpla
con mi deber.
Esme invocó la imagen de Zaid casado con una mujer a la que haría feliz
llevar su alianza y tener sus hijos. La certeza de que no sería ella le produjo
un alarmante desánimo, que incrementó su miedo a estar enamorándose no
solo de Ja’ahr, sino también de su gobernante.
Pero apartó ese pensamiento con firmeza. Su pasado le impedía contemplar
cualquier posibilidad que no fuera marcharse del país.
–Por eso mismo deberías descartar lo antes posible que esté embarazada.
Así podrás elegir a alguien más apropiado.
–¿Alguien más apropiado? –preguntó Zaid.
La carcajada en la que estalló Esme le rasgó la garganta.
–Vamos, Zaid, ¿me habrías considerado una esposa adecuada de no ser por
mi posible embarazo?
Zaid tuvo la deferencia de titubear y no precipitarse a negarlo. Su mirada
se veló pasajeramente.
–Estamos donde estamos. Solo podemos actuar con pragmatismo.
–Esto es absurdo. Deja que me haga la prueba. Así los dos podremos
retomar nuestras vidas.
La mirada de Zaid se oscureció.
–¿Has olvidado que te has comprometido a vivir bajo mi techo mientras yo
requiera tu presencia aquí?
–No, pero tampoco he olvidado que será algo temporal.
Una vez más, la idea de abandonar Ja’ahr, y a Zaid, le produjo un
desconsuelo que prefirió ignorar.
Su respuesta irritó a Zaid, que la observó largamente antes de tomarla por
la muñeca y tirar de ella hacia el interior.
–Muy bien, acabemos con esto –dijo con firmeza.
–¿Dónde vamos? –preguntó Esme, acelerando para seguirle el paso.
–Lo haremos a tu manera. Pero solo con la condición de que si la prueba
temprana sale negativa, haremos las pruebas posteriores para obtener el
diagnóstico preciso.
Esme había llegado a conocer el palacio como para darse cuenta de que
Zaid la estaba llevando hacia sus aposentos.
–¿Vamos a hacer ahora la prueba de embarazo? –preguntó, sintiéndose
súbitamente insegura respecto a si estaba preparada para lo que significaba:
marcharse de Ja’ahr.
Zaid la miró de soslayo.
–¿No es eso lo que querías?
–Pe-pero, no tengo la prueba –Esme no había querido pedirle a Nashwa
que se la comprara por no dar lugar a especulaciones.
Vio que Zaid sacaba su teléfono y marcaba un número. Tras intercambiar
unas palabras, colgó.
–Problema resuelto.
A pesar de haber conseguido lo que pedía, Esme sentía una garra asirle el
corazón. Pronto sabría si su vida quedaría vinculada para siempre a la de
Zaid.
No le sorprendió ver a Fawzi esperándolos a la entrada de los aposentos de
Zaid. Con una inclinación, le entregó una caja y se marchó.
Ya a solas, Zaid abrió la caja y sacó las dos pruebas de embarazo que
contenía.
Esme las tomó de sus manos con dedos temblorosos, y cuando miró a Zaid
vio que también él experimentaba una profunda emoción. Él entonces la
acompañó hasta la puerta del cuarto de baño.
Como el resto del palacio, era espectacular, pero Esme solo podía
concentrarse en el destino del que la separaban apenas unos minutos.
Y el destino la saludó en la forma de dos definidas líneas azules.
Esme no fue consciente de que hubiera abierto la puerta. Solo supo que
tenía a Zaid ante ella, alto y erguido, conteniendo el aliento.
–Estoy embarazada –dijo.
Capítulo 12

Esme no recordaba qué pasó a continuación, solo había un vacío entre


emitir aquellas palabras y encontrarse echada en un sofá de terciopelo, con
Zaid inclinado sobre ella, observándola con preocupación.
–¿Qué-qué ha pasado?
Zaid la miró contrariado.
–Me he equivocado al creer que serías más sensata una vez tuvieras la
respuesta, pero parece que la idea de estar embarazada ha tenido un efecto
negativo sobre ti. Me has dado la noticia y te has desmayado.
Esme sintió que la habitación daba vueltas al recordarlo. Estaba
embarazada. «¡Dios mío!»
Cerró los ojos y respiró profundamente.
–Abre los ojos, Esmeralda. Tenemos que enfrentarnos a esto juntos –dijo
él.
Ella obedeció solo porque tenía razón, aunque lo que habría querido hacer
era dormirse.
–Zaid… –dijo con voz ahogada. Fue a incorporarse, pero él la sujetó por el
hombro para impedírselo.
–No te levantes. El médico está de camino.
–¡No necesito un médico! –protestó Esme.
–Yo opino lo contrario.
Esme se dejó caer sobre los almohadones, negándose a admitir lo frágil
que se sentía al sentir su mano a través de la tela. Un instante después Zaid
posó la mano sobre su vientre y a Esme se le aceleró el corazón.
Los ojos de Zaid se velaron antes de que retirara la mano. Fue hasta un
mueble y volvió con un vaso de agua. Esme bebió varios sorbos ante su
vigilante mirada. Luego carraspeó.
–Tenías razón. Debemos esperar a hacer de nuevo la prueba. Puede que se
haya tratado de un falso positivo… –dejó la frase en suspenso al ver la
mirada de irritación de Zaid.
–¿Tanto te espanta la idea de estar embarazada de mí?
Esme se quedó helada.
–¿Qué?
–Primero querías hacer la prueba lo antes posible ¿y ahora quieres negar la
verdad? Si fuera más paranoico, pensaría que casarte conmigo, tener mi hijo,
te resulta repugnante, habiba.
–No –se apresuró a decir Esme–. No me entiendes. No se trata de ti –tomó
aire–. Es que… No quiero que cometas un error del que acabes
arrepintiéndote –concluyó.
Zaid esbozó una tensa sonrisa.
–Estás empeñada en salvarme de mí mismo. ¿Acaso crees que no he
evaluado las distintas opciones antes de tomar una decisión?
Esme pensó que eso era imposible porque no sabía toda la verdad.
«¡Dísela!»
–Eso es lo que creo.
–Pues ilumíname.
–Zaid tengo un pasado complicado. Mi padre…
Zaid cortó el aire con la mano.
–Tú no eres como tu padre. Si lo fueras, no te habría dado el trabajo que te
he dado. Mi gente ya te quiere. Mis consejeros te aprueban como mi
prometida. Y aquellos que pudieran ser más reticentes, saben que eras virgen
antes de que ocuparas mi lecho.
El último comentario alarmó a Esme.
–¿Qué? ¿Cómo es posible que…? ¿Por las manchas en la sábana?
Zaid no parecía sentir la menor vergüenza por algo que a ella hacía que le
ardieran las mejillas.
–Los más tradicionalistas tendrán que conformarse con eso.
–¡Dios mío! –musitó ella incrédula. Se humedeció los labios y volvió a
intentarlo–: Zaid, escúchame.
–¿Sabías que mi abuela era la segunda esposa? –la interrumpió Zaid de
nuevo.
–No, no tenía ni idea.
–La primera mujer de mi abuelo era americana –siguió él–. El pueblo la
aceptó plenamente y llegó a amarla hasta su desafortunada y temprana
muerte. Así que, ya ves, mi país no es tan reaccionario como crees.
–Pero hay facciones a las que no les parecerá bien, ¿no? –apuntó ella–.
Como quienquiera que animó a actuar al jefe de policía.
Zaid se tensó.
–Me limitaré a repetirle lo que le dije la noche que fui a buscarte.
–¿Y qué le dijiste?
–Que me perteneces y que estás bajo mi protección.
Esme hizo una mueca.
–Eso suena como si fuera tu esclava.
–Era él quien quería usarte como un peón. Tenía que comunicarme con él
en un lenguaje que entendiera. Y creo que lo conseguí. Si eso es todo lo que
te preocupa, estate tranquila.
–No es… –Esme se vio interrumpida por tercera vez, pero en aquella
ocasión, por una llamada a la puerta.
Tras dar Zaid permiso, entró Fawzi, seguido por un hombre alto con gafas,
cabello cano y paso firme.
Tras un rápido intercambio de saludos, Fawzi se fue, y el hombre se
aproximó a Esme.
–Soy el doctor Aziz. Me dicen que se ha desmayado –comentó con acento
americano.
Esme miró a Zaid y este explicó:
–El doctor Aziz ha sido mi médico personal desde pequeño. Viajó
conmigo a Estados Unidos y me siguió cuando volví. Confío en él
plenamente.
Esme percibió una emoción en sus palabras que le indicó que los dos
hombres estaban muy unidos.
El médico sonrió al tiempo que abría su maletín.
–Lo que quiere decir es que espera que no comparta con usted el secreto de
que no es tan invencible como le gusta hacer creer.
Su naturalidad hizo sonreír a Esme y fruncir el ceño a Zaid.
–Será mejor que explores a tu paciente.
–Estoy bien, de verdad…
–Está embarazada –dejó caer Zaid.
El doctor Aziz disimuló su sorpresa y se limitó a decir:
–¡Qué gran noticia! ¡Enhorabuena!
–Danos la enhorabuena después de examinarla, Joseph –dijo Zaid cortante.
El médico asintió y preguntó:
–¿De cuánto tiempo?
–Mmm… Acabamos de hacer la prueba –dijo Esme.
–La fecha relevante es hace diez días –señaló Zaid.
Joseph Aziz frunció el ceño.
–Es demasiado pronto para desmayarse.
–Deja de decir obviedades y atiéndela.
–¡Zaid!
El médico sonrió.
–No se preocupe, estoy acostumbrado. Cuando está preocupado, se pone
de mal humor.
Zaid se alejó mascullando algo entre dientes. Joseph procedió entonces a
hacer una serie de preguntas y tomar notas en una tableta. Frunció el ceño
cuando Esme dijo que había perdido el apetito. Cinco minutos más tarde,
cerró su maletín.
–¿Y? –Zaid se acercó al instante como una nube gris.
–Todo bien. Solo tiene un poco bajo el azúcar. Supongo que eso,
combinado con descubrir que estaba embarazada del sultán, sería una
conmoción para cualquiera. Con que coma regularmente, estará bien –sonrió
a Esme mientras Zaid la observaba con ojos entornados.
–Te he dicho que estaba bien –dijo ella, sentándose.
–Tú idea de estar bien difiere de la mía, habiba, sobre todo si no estás
comiendo –farfulló Zaid antes de volverse hacia Joseph.
Intercambiaron unas palabras en árabe y el médico se marchó. Fawzi entró
a continuación.
–Alteza, su teleconferencia está a punto de comenzar.
Zaid asintió con la cabeza y su secretario se colocó a una distancia discreta.
Esme se desesperó.
–Zaid. Tenemos que hablar –musitó con urgencia.
–Estás embarazada de mi hijo, Esmeralda –susurró él con fiereza–. Nada
de lo que tengas que decirme puede ser más importante que eso.
Esme sintió que se le retorcían las entrañas.
–Pero es que no sabes…
–¿No? Vas a confesar que tienes un pasado dudoso con tu padre –Zaid se
limitó a parpadear cuando ella ahogó una exclamación–. Pero olvidas que sé
qué tipo de hombre es. Es un estafador de primera en cuya tela de araña caíste
a una edad temprana.
–Hay algo más, Zaid –insistió ella.
Él se acercó y la tomó por los hombros:
–Siempre hay algo más. Pero lo que importa es que en cierto momento
tomaste la decisión de alejarte de él. ¿O no fue tu decisión? –la presionó él.
Ella asintió con la cabeza.
–Sí.
Zaid sonrió por primera vez plenamente antes de volver a adoptar una
expresión seria.
–Así que cambiaste tu vida. No necesito más pruebas de que he tomado la
decisión correcta.
La sensación de estar hundiéndose en tierras movedizas a pesar de la
cuerda que Zaid le estaba tendiendo se intensificó.
–¡Por favor, Zaid, escúchame!
–¿Alteza? –lo reclamó Fawzi.
Zaid suspiró.
–Te casarás conmigo, Esmeralda. Lo harás por el bien de nuestro hijo, y
conseguiremos que todo vaya bien.
Esme sintió un súbito enfado.
–¿Así de simple?
Zaid la recorrió con una mirada de deseo que transformó su rabia en algo
igualmente primario.
–Créeme, jamila, nada de lo que pase entre nosotros va a ser simple. Pero
por ahora has de quedarte aquí. Haré venir a Nashwa y Aisha y te traerán
algo de comer. Si cuando vuelva sigues queriendo hablar, hablaremos.
Se marchó tras aquellas palabras y casi al instante Nashwa y Aisha
entraron con un banquete.
Esme reflexionó sobre lo que Zaid le había contado. Al subir al trono tras
el gobierno dictatorial de su tío y dedicarse a su gente sin pedir nada a
cambio, se había ganado su confianza y con ello había puesto las primeras
piedras del cambio.
Las manifestaciones, que habían disminuido en las últimas semanas, eran
una señal de que Zaid se estaba ganando incluso a los ciudadanos
inicialmente refractarios. Ella sabía por su trabajo como trabajadora social
que el matrimonio proporcionaba siempre un medio más estable que la
maternidad en solitario ¿Y si el proveedor de la estabilidad de su bebé era un
sultán…?
En el fondo de su corazón, Esme creía que podían lograr que su relación
funcionara. Pero ¿la perdonaría Zaid si alguna vez se enteraba de lo que había
hecho?
Para cuando terminó de probar cada una de las delicias que tenía ante sí,
había decidido que tenía que poner todas las cartas sobre la mesa cuando Zaid
volviera.
Excepto que en cuanto entró, cinco horas más tarde, bastó mirarlo para
saber que pasaba algo verdaderamente grave.
–Tengo que ir a París de inmediato –anunció él.
Esme se puso en pie y lo siguió a su dormitorio, donde dos sirvientes
estaban preparando ya las maletas.
Esme sintió una profunda desilusión al pensar que iba a ausentarse de
nuevo, y aunque la posible razón de ese sentimiento le resultó aterradora,
preguntó:
–¿Por qué?
–Un acuerdo que iba a firmar la semana que viene durante una cumbre
comercial, está en peligro. Llevo seis meses trabajando en él y no puedo
permitir que fracase.
Esme se sintió aún más desconcertada por el abatimiento que la dominó.
–Ah, vale. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?
–Tanto como tarde en solucionarlo, así que lo menos posible.
–Muy bien. Te-te veré a la vuelta.
Zaid se detuvo en el proceso de quitarse el keffiyeh.
–No, me verás a diario porque vienes conmigo, Esmeralda.
Ella abrió los ojos desorbitadamente.
–¿Yo? ¿Por qué?
Zaid la miró con determinación.
–Primero porque no hemos acabado nuestra conversación. Y porque una
vez coincidas conmigo en que la única salida posible es casarnos, pasarás el
resto del tiempo con los diseñadores designados por el palacio para elegir el
ajuar de la boda.
Esme no podía negarse, a no ser que estuviera dispuesta a esperar días a
que Zaid volviera y, por tanto, a concluir su conversación con él.
–Está bien. Iré a hacer la maleta.
Zaid le sonrió de soslayo al tiempo que se quitaba la túnica e iba hacia su
vestidor.
–No hace falta, ya la están haciendo por ti.
La visión de su torso ahogó una airada protesta de Esme. O quizá el hecho
de que al volver, Zaid apareciera con uno pantalones grises y un inmaculado
polo blanco.
Esme se quedó mirándolo como hipnotizada, y al verlo pasarse los dedos
por el cabello deseó que fueran los suyos. Zaid se detuvo ante ella.
–¿Has comido? –preguntó escrutando su rostro.
Ella asintió con la respiración agitada al llegar a su nariz el aroma de su
fragancia.
–Bien –dijo él–. Deberíamos partir en una hora. Será mejor que vayas a
supervisar a tu servicio.
A partir de ese momento, el tiempo pareció acelerarse. Tras una rápida
ducha, Esme se puso unos pantalones con un top de mangas anchas a juego,
sandalias doradas. En cuanto estuvo lista, partieron hacia el aeropuerto.
El avión real esperaba en la pista. Esme había creído que tendría la
oportunidad de hablar con Zaid durante el viaje, pero en cuanto embarcaron,
la instalaron en una suntuosa suite con Nashwa y Aisha, mientras Zaid se
reunía con sus consejeros económicos en otra zona del avión.
Una vez llegaron a París, siguieron rodeados de gente. El séquito real había
reservado una planta completa del Avenue Montaigne, con dormitorios
separados para Zaid y ella. Aunque de decoración tradicional francesa,
incluía toques exóticos orientalizantes que hizo a Esme sentirse en casa… Y
darse cuenta de que empezaba a pensar en Ja’ahr como su hogar.
Los días pasaron y Esme fue sintiéndose cada vez más nerviosa al no poder
hablar con Zaid. Cuando se enfadaba, pensaba que él lo estaba haciendo a
propósito. Pero entonces lo veía a través de la ranura de una puerta con sus
consejeros, con el rostro contraído en una mueca de preocupación, y se
reprendía por pensar mal de él. En una de esas ocasiones, él la miró cuando
ella vacilaba en la puerta y bajó la vista a su vientre prolongadamente antes
de retirarla y retomar su conversación.
La muda indicación de que también pensaba en ella y en su hijo, redobló el
sentimiento de culpabilidad de Esme.
Fue eso lo que impidió que echara a los diseñadores cuando empezaron a
llegar el sexto día. Eso y el hecho irrefutable de que no le había bajado el
periodo. Tuvo la ocasión de estar un par de minutos a solas con Zaid después
de constatar esa realidad.
Zaid la miró y preguntó con el ceño fruncido.
–¿Qué pasa?
–No-no me ha venido el periodo.
La caricia Zaid que le hizo en la mejilla contradijo la mirada de reproche
que le dirigió.
–Lo sé –fue todo lo que dijo. Y se marchó para acudir a su siguiente
reunión.
Con la certeza de que su estado era definitivo, Esme se sentó en un sillón
en su suite y contempló la sucesión de preciosos vestidos que le fueron
presentando.
Aparentemente, Su Alteza había pedido un ajuar completo y un vestuario
nuevo para la luna de miel. Para la boda, el traje tradicional de novia estaba
siendo elaborado en una localización secreta, desconocida para Esme.
Durante toda la sesión, Esme fue pasando por un frustrante ciclo de
ansiedad y enfado, pero su mente acababa concentrándose en un rayo de
esperanza que se resistía a apagarse.
Zaid había preparado todo aquello a pesar de que sabía que su pasado
estaba lejos de ser ejemplar. Si él estaba dispuesto a arriesgarse por el bien de
su hijo, ¿no estaría ella actuando erróneamente al interponerse entre su hijo y
la herencia que le correspondía por derecho?
Lo único que la retenía era su secreto.
Se lo contaría a Zaid antes de que sucediera algo irreversible. Pero
entretanto, intentaría olvidarlo y seguiría eligiendo el ajuar.
El aplauso de Nashwa y Aisha en cuanto se probó la selección confirmó
que había elegido acertadamente, y le alivió haber cumplido con aquella
tarea.
Zaid entró cuando los estilistas se llevaban las prendas.
–Has elegido tu ajuar –dijo, no como una pregunta, sino como la
confirmación de que había hecho lo que él le había pedido.
–Sí –dijo ella con voz temblorosa.
–Entonces ¿te casarás conmigo? –aunque en esa ocasión sí fuera una
pregunta, era evidente que sabía la respuesta.
Esme bajó la mirada y musitó:
–Sí.

A partir de ese momento, los acontecimientos se aceleraron aún más. Al


día siguiente, Zaid le regaló un precioso diamante y Esme no pudo contener
las lágrimas cuando él le dijo que había pertenecido a su madre.
Habría sido un instante mágico de no haberse producido frente a más de
veinte personas, entre asesores y fotógrafos, responsables de capturar el
momento de la proposición oficial. A continuación, se anunció el
compromiso en Ja’ahr.
Zaid la tomó de la mano en medio de la sala, rodeados del personal,
mientras veían en la televisión el momento del anuncio, y a Esme se le formó
un nudo en el estómago cuando la cámara enfocó a la multitud reunida en los
parques y estadios estallar en ensordecedores gritos de alegría.
En el hotel, se repitieron los aplausos y Zaid le susurró al oído:
–Te dije que te darían la bienvenida con los brazos abiertos.
Al instante, la popularidad de Esme se disparó.
Como también lo hicieron las delicadas negociaciones que Zaid estaba
intentando cerrar.
Las reuniones se prolongaron hasta altas horas de la madrugada, los
nervios se perdieron y el tono se agrió. Cuando Zaid salió de la sala de
reuniones tres días después del compromiso con gesto de exhausta
frustración, a Esme se le encogió el corazón. Y aún se desanimó más cuando
él se acercó y le anunció:
–Fawzi ha dado instrucciones a tu servicio para que hagan tus maletas.
Vuelves a Ja’ahr esta tarde.
–¿Por qué? –preguntó ella descorazonada.
–Voy a tener que prolongar mi estancia aquí, tú tienes que organizar la
boda.
Esme no quería marcharse.
–Zaid, todavía tenemos que hablar de mi pasado.
Zaid cortó el aire con la mano.
–¡Basta ya con ese empeño en hablar!
Esme sintió hervir el enfado en su interior.
–Esto es importante…
–También lo es la boda. ¿Por qué no te concentras en el futuro y dejas de
pensar en el pasado?
–Solo necesito diez minutos –insistió ella.
–No dispongo de tanto tiempo, Esmeralda. Solo he salido para despedirme
de ti.
–Para anunciarme que me envías de vuelta a Ja’ahr podías haberme
mandado un mensaje.
Zaid resopló con impaciencia.
–No quiero pelearme contigo.
–Claro, porque lo único que quieres de mí es que te obedezca.
Zaid bajó la mirada a su vientre.
–Dadas las circunstancias, preferiría que lo vieras como colaboración, y no
como obediencia.
Esme sitió una dolorosa presión en el pecho.
–Ya sé que no soy más que el vientre que cobija a tu hijo, pero deberías
pensar también en mi estado de ánimo.
Zaid la miró desconcertado, pero en ese instante entró Fawzi.
–Alteza, lo están esperando.
Zaid resopló resignado.
–Enseguida voy.
Esme no pudo evitar decir con sarcasmo:
–Por supuesto que irás.
Él entornó los ojos:
–Esmeralda…
Ella lo despidió con un gesto de la mano a pesar del dolor que le retorcía
las entrañas.
–Tranquilo, Zaid. Entiendo que tienes tus prioridades. Ya nos veremos
cuando me toque el turno.
Y entonces hizo lo que él había hecho en numerosas ocasiones. Dejarlo
plantado, mirando al vacío.
En el viaje de retorno, Esme se encerró en la suite principal con su
almohada como única compañía.
Zaid no podía haber sido más claro: ella era solo un medio para sus fines.
La había llevado a París para presionarla y hacerle aceptar el matrimonio. En
cuanto había aceptado su puesto en el tablero de ajedrez, había dejado de
serle necesaria. Y no había ocultado en ningún momento que su principal
motivo era el bienestar de su gente y de su heredero.
¿Por qué entonces sentía tanto dolor? Esme encontró la respuesta en su
palpitante corazón: estaba enamorada de Zaid.
La melancolía que acompañó a esa revelación persistió durante los días
siguientes. Perdida en su sombrío estado de ánimo, que ni siquiera
contrarrestaba la alegría del bebé que crecía en su interior, tardó en darse
cuenta de que se había producido un leve cambio en la actitud de pueblo.
Cuando empezó a prestar atención, vio reportajes y tertulias en la
televisión en la que se cuestionaba la conveniencia de tener a la hija de un
criminal como primera dama de Ja’ahr. Y a medida que se cuestionaba su
pasado, su ansiedad fue en aumento. Junto con el sentimiento de que su
tiempo había concluido. Y pensó que quizá eso era lo mejor: que la decisión
la tomaran aquellos que importaban: los ciudadanos de Ja’ahr.
Esos pensamientos se materializaron al día siguiente, una semana después
de su retorno de París durante los que no había mantenido casi ningún
contacto con Zaid.
Nashwa la sorprendió, y no gratamente, al anunciarle que el jefe de policía
pedía verla.
Cuando Esme entró en su despacho, Amed Haruni lo recorría como si le
perteneciera. Dejó el pisapapeles que tenía en la mano y la miró sin tan
siguiera inclinar la cabeza como cortesía.
Pero a Esme solo le importaba saber por qué estaba allí.
–¿Qué puedo hacer por usted? –preguntó altiva.
–No me andaré con rodeos, señorita Scott. Hay un número creciente de
ciudadanos que consideran un error su futuro matrimonio.
A pesar de sus propias dudas, Esme contestó con desdén:
–Y supongo que usted es uno de ellos
–Amo mi país y estoy en la obligación de hablar antes de que sea
demasiado tarde.
–¿Por qué acude a mí y no al sultán?
Haruni abrió los brazos con gesto de fingida inocencia.
–Porque no está aquí, sino negociando absurdos acuerdos en el extranjero.
Esme se enfureció.
–No son absurdos, se lo aseguro.
–No estoy aquí para hablar de eso.
–Entonces, dígame para que ha venido.
El hombre le dedicó una sonrisa de serpiente.
–Puede que haya engañado a nuestro sultán, pero yo sé exactamente quién
es usted, señorita Scott. Sé lo que sucedió en Las Vegas con cierto hombre
llamado Bryan Atkins.
Esme se quedó petrificada y Haruni sonrió satisfecho.
–¿Qué quiere de mí? –preguntó ella entonces.
Él la miró con insolencia.
–Que haga lo correcto. Si Zaid Al-Ameen no es la persona adecuada para
ser nuestro sultán, usted lo es menos para ser nuestra sultana.
Esme ahogó una exclamación.
–¿No cree que Zaid sea apropiado como sultán?
–Hay personas mejor cualificadas.
–Cuya voluntad usted podrá controlar –dijo ella altiva.
Él la miró entornando los ojos.
–Tenga cuidado con lo que dice. El sultán no está aquí para protegerla.
Esme sintió un escalofrío.
–¿Eso es todo lo que quería decirme?
Él sacó un sobre de un bolsillo.
–Aquí tiene un billete para volver a su país. Si lo desea, puedo
proporcionarle escolta hasta el aeropuerto.
–No la necesito. Si es que decido irme, lo haré por mi cuenta.
Haruni dejó el sobre en una mesa y dijo:
–Márchese mientras pueda, señorita Scott.
Y tras esa amenaza, se fue.
Esme exhaló y tomó aire profundamente mientras en su mente se
arremolinaban los pensamientos, sin saber cómo actuar. En primer lugar tenía
que poner a Zaid sobre aviso, pero también debía de hacer algo respecto al
asunto que la había angustiado ya antes de que llegara el jefe de policía. No
podía casarse con Zaid.
Se sentó a su escritorio con el corazón en un puño y redactó una carta. Tres
horas más tarde, había hecho las maletas. Pensó en llamar a su padre pero
descartó la idea. No podía arriesgarse a que su partida se hiciera pública. Aun
así, lo que más la sorprendió fue que nadie cuestionara su deseo de que la
llevaran al aeropuerto.
Cuando pidió un asiento en el siguiente avión que partiera de Ja’ahr, el
empleado le sonrió atentamente. Sin tan siquiera preguntar cuál era el destino
del vuelo, se sentó a esperar abstraída.
Solo empezó a sospechar que pasaba algo raro cuando ya se anunciaba el
embarque del vuelo. En primer lugar, el empleado le informó que sufriría un
retraso de al menos dos horas. Luego, la zona en la que estaba empezó a
vaciarse. Cuando lo notó, Esme miró a su alrededor y vio que la enfocaban
varias cámaras de móviles. Luego se dio cuenta de que los guardaespaldas
que creía haber despedido estaban presentes a una discreta distancia.
Esme se puso en pie al tiempo que se alzaba un murmullo y vio que
alguien señalaba hacia el ventanal que tenía a su espalda. Al volverse, tragó
saliva: el avión real estaba en la pista.
Un segundo más tarde vio a Zaid, caminando con paso decidido hacia ella.
No necesitó hablar porque la furia y la desilusión estaban impresas en su
rostro.
–Zaid…
–Estamos en público, jamila –masculló él–. Sonríe y tómame la mano.
Saldremos de aquí y volveremos a palacio.
–No puedo –dijo ella angustiada.
El rostro de Zaid se crispó en una mueca de contención.
–No voy a dejarte ir, Esmeralda.
–Zaid, el jefe de policía…
–Ha sido obligado a presentar la dimisión –Zaid alzó la carta que ella le
había escrito–. Esto no cambia nada, Esmeralda. Nuestra boda va a
celebrarse, así que acostúmbrate a la idea.
Capítulo 13

La boda Ja’ahrí era distinta todas las que Esme conocía. Durante una
semana, Zaid y ella se reunieron cada atardecer con un consejo de ancianos
para repetir sus votos de fidelidad, lealtad y devoción. A continuación se
celebró un banquete en honor de mil invitados y dignatarios.
Esme estaba contemplando hipnotizada los fuegos artificiales que
marcaban el final oficial de las celebraciones cuando notó que Zaid la
observaba.
Que ella hubiera intentado echarse atrás, lo había enfurecido y su negativa
había sido rotunda. Esme se habría enfrentado a ambas de no haberse dado
cuenta en el instante en que Zaid caminaba hacia ella en el aeropuerto de que
estaba completa e irrevocablemente enamorada de Zaid Al-Ameen.

Zaid estaba seguro de haber tomado la decisión correcta. Su mujer, su


reina y futura madre de sus hijos, era preciosa, además de encantadora con su
pueblo. Mucha gente había acudido a las verjas del palacio a entregarle
flores. Cuando acabara la ceremonia, antes de partir de luna de miel, se
situaría junto a él para agradecer a su pueblo, por televisión, el apoyo que le
habían dado.
Todo había pendido de un hilo. Quizá había tardado en actuar contra
Ahmed Haruni, pero había necesitado una última prueba para demostrar que
intentaba dar un golpe de Estado. Y con ello había estado a punto de perder a
Esmeralda. La mera posibilidad seguía estremeciéndolo. Y en aquel
momento, al observarla, se daba cuenta de lo cerca que había estado de que
eso pasara.
Pero ya estaban casados. Y Zaid estaba ansioso por presentarla al mundo.
Aún más por quedarse con ella a solas y disfrutar de las delicias de su cuerpo.
Tal vez así liberaría parte del anhelo que lo consumía, aunque para ello tenía
toda una vida por delante.
Entonces, ¿por qué le inquietaba tanto observar que su precioso rostro se
ensombrecía cuando creía que no la miraba?
Interrumpió la conversación que mantenía con un ministro para volver
junto a su esposa. Le tomó la mano y se la besó, pero al notar que se tensaba,
volvió a sentir una punzada de inquietud. Era consciente de que su
comportamiento en el aeropuerto había dejado mucho que desear, pero estaba
decidido a rectificar.
–Es hora de despedirnos –dijo.
–¿Ya? –Esme pareció sorprenderse.
–Llevan disfrutándote una semana. Ahora te quiero para mí.
Se encargó de que la despedida y discurso de agradecimiento fueran lo más
breves posible y finalmente partieron hacia el aeropuerto. Había llegado el
momento de hacer a Esmeralda su esposa en todos los sentidos de la palabra.

Volaron a las Bahamas antes de embarcar en el yate real en Nassau. A


pesar del lujo que los rodeaba, para cuando embarcaron Esme estaba agotada.
Mantener sus sentimientos bajo control tenía ese efecto en ella. Aunque
hubiera finalmente aceptado que amaba a Zaid, estaba decidida a ocultárselo
porque sabía que él nunca la correspondería.
Partieron de inmediato. El plan era ir de isla en isla durante dos semanas.
Esme estaba dándose una ducha mientras intentaba calmar sus alteradas
emociones cuando Zaid entró en el cubículo, desnudo.
Para cuando llegó junto al chorro de agua que caía en cascada sobre su
cuerpo, cada milímetro de Esme ardía en deseo.
–¿Te parece una locura que sienta celos del agua? –preguntó él con voz
aterciopelada al tiempo que le besaba un hombro
Esme se echó hacia atrás y se golpeó la espalda contra la pared.
–¿Qué-qué haces aquí?
–Si tienes que preguntarlo es que algo va mal –dijo él, acercándose con la
mirada entornada.
Esme alzó la mano para detenerlo.
–Sé que estamos de luna de miel, pero…
–¿Pero?
–Yo… Zaid, en realidad tú no me deseas…
–Fíjate bien, habiba. Aquí tienes la prueba.
Esme bajó la mirada y se ruborizó al detenerse en aquella orgullosa y dura
parte de su anatomía.
–No-no me refiero a eso.
Zaid suspiró.
–Sé que hemos tenido un comienzo complicado, pero no hagamos de esto
un problema.
Esme sabía que ante Zaid se debilitaba, pero no supo lo vulnerable que era
hasta que su cuerpo, por propia voluntad, se echó en sus brazos.
Él exhaló un gemido primario y le dio un beso voraz, exigente. Y Esme
respondió con osadía, acariciándolo y arrastrándolo al mismo febril deseo que
él le inspiraba a ella.
Zaid la tomó en brazos y tras secarse a medias, sin soltarla, la llevó a la
cama. Antes de depositarla en ella, dijo con voz grave:
–Ahora serás mi esposa de verdad.
–Y tú mi esposo.
Los brazos que la dejaron reverencialmente en la cama temblaban
levemente, pero el beso fue tan decidido como siempre.
El magnífico hombre del que se había enamorado estaba haciéndole el
amor. Y aunque le doliera el corazón, por el momento Esme se dejó llevar
por la dicha. Y se aferró a ella lo más posible.
Ese fue su último pensamiento antes de que Zaid se colocara y la tomara.
Su unión, lenta y delicada, inundó los ojos de Esme de lágrimas y arrancó un
profundo gemido de Zaid. Luego, se quedaron dormidos abrazados.
Aquella noche marcó la pauta de la luna de miel.
Cada día visitaban una isla y por la noche hacían el amor y charlaban
largamente.
Aparte de los guardaespaldas, solo los acompañaban Fawzi y otro miembro
del personal, cuya presencia era extremadamente discreta. Aun así, Esme se
había dado cuenta de que Fawzi había pasado a saludarla con una inclinación
desde la cintura.
Cuando se lo comentó a Zaid, este rio.
–¿Y por qué parece asustado cuando le hablo? –preguntó ella.
–Porque piensa que incluirlo en la conversación es una señal de falta de
respeto hacia mí.
–¡Pero sabe que esa no es mi intención!
–Da lo mismo. No puede evitarlo.
–¿De verdad?
Zaid se puso serio.
Hubo un tiempo en que habría sido severamente castigado si alguien se
dirigía a él en presencia de su sultán.
–¡Pero si no era culpa suya!
–Se supone que tiene que ser invisible. Por eso le incomoda que su
presencia se haga notar.
–Gracias por decírmelo. Haré lo posible por no incomodarlo.
Esme contuvo el aliento cuando Zaid, tomándole la mano, exclamó:
–¡Eres una verdadera joya, Esmeralda Al-Ameen! Soy un hombre muy
afortunado.
Esme dejó que su corazón saltara de alegría, aunque sabía que cuanto más
lo amara, más dolor sentiría.
En cuanto a contarle su sórdido secreto, había decidido aceptar que, tal y
como había dicho Zaid, formaba parte del pasado.
Temporalmente…
Algún día Zaid tendría que saberlo. Y ella se lo contaría.
Pero ese día llegó mucho antes de lo que había pensado. Cuando llevaban
once días de luna de miel. Dio lo mismo que fuera un día precioso; para ella,
uno de los más felices de su vida.
En el instante en que Fawzi se presentó en la cubierta donde Zaid y ella
descansaban tras un baño, Esme supo que sus días en el paraíso habían
terminado. Tras dirigirle a ella una brusca inclinación de cabeza, habló en
árabe con Zaid.
Esme vio tensarse cada músculo de Zaid antes de que empezara a disparar
preguntas, que su secretario contestó sin mirarla a ella ni una sola vez. En
cambio Zaid sí la miraba, con una expresión gélida que la congeló hasta la
médula. Zaid añadió algo a Fawzi y este finalmente la miró de soslayo. Esme
hubiera preferido que siguiera ignorándola, porque lo que vio en sus ojos fue
una profunda lástima
Un silencio sepulcral siguió a la partida de Fawzi.
–Te has enterado de lo de Bryan, ¿no? –preguntó Esme con un hilo de voz.
Zaid tardó unos segundos en contestar.
–¿Es verdad? ¿Se mató porque le habías estafado un millón de dólares y
luego lo rechazaste?
Esme sintió que se le desplomaba el corazón.
–No, fue mi padre. Pero no habría elegido a Bryan como objetivo sino
hubiera sido mi amigo.
Como siempre que pensaba en Bryan, Esme lamentaba no haberlo
rechazado cuando se acercó a ella en un restaurante en Las Vegas.
–¿Es el hombre que te llevó en helicóptero? –la presionó Zaid–. ¿Por eso te
atormenta la culpa cada vez que te subes en uno?
Esme asintió con la garganta atenaza por el dolor. No ya por el recuerdo,
sino por la certeza de que había perdido a Zaid.
–¿Cuándo se suicidó?
–Al día siguiente de que rechazara su proposición. Unos días antes de que
yo cumpliera dieciocho años. Él quería que nos casáramos el día de mi
cumpleaños. Yo le dije que era demasiado joven. ¡Él también lo era! Nos
peleamos después del viaje y nunca volví a verlo. Unos días más tarde llegó
su carta. Mi padre le había vaciado la cuenta corriente. Bryan creyó que yo lo
había ayudado, pero no era verdad. Intenté que mi padre le devolviera el
dinero, pero…
–¿Pero? –preguntó Zaid con aspereza.
–Era demasiado tarde. Bryan se había tirado de un puente aquella mañana.
Zaid la miró con severidad.
–¿Sabías que te amaba? ¿Lo amabas tú a él?
–No. Solo era mi amigo. Pero a ti sí te amo, Zaid.
Esme supo que era el momento y el lugar equivocados al ver que Zaid
reaccionaba como si le hubiera golpeado físicamente.
–¿Que me amas? ¡Qué curioso momento para admitirlo! ¿Crees que así me
distraerás del hecho de que esta noticia puede hacer temblar los frágiles
cimientos que he construido en Ja’ahr?
Esme estalló en llanto.
–No te lo digo por eso, sino porque es verdad –calló con el corazón a punto
de estallarle–. Lo siento.
Zaid se levantó y se alejó de ella.
–¿Lo siento? ¡Un hombre perdió la vida por la codicia de tu padre! Varios
periódicos van a publicar que tú y tu padre lo engañasteis, que lo estafasteis.
Mi gente se ha enamorado de ti. Yo… –Zaid apretó los dientes.
Esme se abrazó las rodillas para dominar el escalofrío que la recorría.
–Te juro que no sabía lo que tramaba mi padre, Zaid. Pero debería haberlo
adivinado. Me culpo a mí misma por haber dejado que Bryan entrara en mi
vida.
Al no tener respuesta de Zaid, Esme se atrevió a mirarlo. Su rostro
reflejaba ira y desdén.
–He intentado convertirme en mejor persona haciendo tanto bien como
puedo allá donde estoy –concluyó con un gemido desesperado.
Pero Zaid ya no estaba allí.
Quizá lo estaba físicamente, pero había perdido a su marido. Y cuando se
volvió y se marchó sin pronunciar palabra, lo único que Esme pudo hacer fue
ocultar el rostro en los brazos y sollozar.
Como era lógico, la luna de miel concluyó. En cuestión de horas,
desembarcaban y partían hacia el aeropuerto de Nassau.
A Esme le sorprendió ver dos aviones en la pista, pero pronto intuyó lo que
pasaba. Y su corazón se hizo añicos.
–¿Vuelvo sola a casa? –preguntó a Zaid al bajar del coche.
–Sí, es lo mejor.
Esme rio con amargura.
–¿Tú crees?
Zaid asintió.
–Es mejor que viajemos separados.
–¿Por qué?
–Es el protocolo dado que estás embarazada de mi heredero. No
deberíamos de haber viajado aquí juntos.
–¿Y por qué lo hicimos?
–Necesitaba… Decidí romper las reglas –Zaid apretó los dientes antes de
añadir–: La tripulación te espera, Esmeralda. Y yo tengo que hacer lo que
pueda para contener la crisis –y con paso firme, abordó el primer avión.
Esme subió al otro y voló sola a Ja’ahr.
Al llegar, el personal le dijo que no sabían cuándo esperaban a Zaid ni
cuándo estaría disponible.
Esme descubrió pronto que era prisionera en el palacio. Sin la autorización
de Zaid no podía salir, ni siquiera con escolta. Pero Zaid parecía estar
teniendo éxito en limitar la crisis, al menos en la prensa internacional, donde
no se hicieron eco de la noticia.
Pero en Ja’ahr se reanudaron las protestas, y una de ellas tuvo lugar muy
cerca de palacio.
Tres semanas después de su retorno, Esme estaba contemplando el exterior
desde la cristalera que rodeaba la gran bóveda, cuando Nashwa fue en su
busca.
–¿Es mi imaginación o la multitud ha aumentado desde ayer? –preguntó
Esme, preocupada.
–Así es, Alteza. Son los seguidores de Ahmed Haruni, protestando por su
arresto.
Esme pensó que hasta cierto punto Ahmed Haruni había tenido razón:
nunca sería plenamente aceptada.
Tras observar un minuto más al grupo de jóvenes que enarbolaba
pancartas, se volvió hacia Nashwa.
–Disculpa, ¿querías algo?
–No, Alteza. Pero alguien quiere verla.
Esme sintió que el corazón le daba un salto de alegría, pero se reprendió
por su ingenuidad. De ser Zaid, el palacio habría despertado en lugar de ser
como un mausoleo.
Y ella tenía toda la culpa.
Conteniendo un suspiro, siguió a Nashwa al despacho que le había sido
asignado como sultana. El hombre que la esperaba le resultó vagamente
familiar. Se acercó y se inclinó a modo de saludo.
–Perdone la intrusión, Alteza. Soy Anwar Hanuf, tío del sultán.
Esme asintió.
–Sí, y uno de sus consejeros, lo recuerdo de la boda –Esme indicó una
silla–. ¿Qué puedo hacer por usted?
Una vez se sentaron, él dijo:
–Me temo que tengo que ser franco.
–No temo la franqueza.
–Habrá visto la multitud reunida fuera del palacio.
–Sí.
–En mi experiencia, hay que controlar estas situaciones antes de que escale
la tensión.
–Me dirigiría a ellos si fuera posible, pero tengo prohibido salir de palacio.
–Lo sé. Por su seguridad y la de nuestro futuro sultán, es lo mejor.
–¿Sí? Me gustaría que alguien me lo hubiera consultado.
Desafortunadamente, mi marido ha desaparecido de la faz de la tierra.
Al ver cómo la miraba Hanuf, Esme preguntó alarmada:
–Sabe dónde está Zaid, ¿verdad?
–No he venido por eso, sino…
–¿Va a volver pronto? –preguntó Esme.
Él suspiró.
–Ha llegado el momento de hacer lo debido, señorita Scott.
Ella habría querido decirle que era Esme Al-Ameen, pero se contuvo.
–La gente ha perdido la confianza. Usted tiene que cauterizar sus heridas o
retrocederemos.
–¿Qué quiere que haga?
Él la miró fijamente.
–Creo que lo sabe. Que tenga un buen día –se puso en pie y, tras una
inclinación de cabeza, se fue.
A Esme se le desplomó el corazón. Dos emisarios con el mismo mensaje.
No podía seguir escondiendo la cabeza en la arena. Hizo unas llamadas y
luego marcó el teléfono de seguridad.
–Soy la sultana Al-Ameen. Espero visitas dentro de una hora. Asegúrese
de que se les deja pasar y se les trata con cortesía. Luego avíseme.
–Sí, Alteza.
Esme colgó. Se sentía un completo fraude, pero se recordó que nunca más
tendría que usar su título y su poder. Las furgonetas empezaron a llegar al
cabo de media hora.
Cuando la llamaron, Esme fue hacia la sala de reuniones. Nada más entrar,
la cegaron las cámaras de la televisión y por primera vez, se alegró de la
presencia de los guardaespaldas.
Desdobló un folio.
–Gracias por venir. Y gracias a todos los Ja’ahrís que me han hecho sentir
bienvenida desde mi llegada. Me he enamorado de este maravilloso país y me
he sentido orgullosa de considerarlo mi hogar –carraspeó–. Pero he sido
injusta con vosotros, Ni mi padre ni mi dudoso pasado pueden ser una carga
para el pueblo. Así que desde este momento, renuncio a mi posición como
sultana. No debería de haberlo aceptado sin antes desnudaros mi corazón y
contaros toda la verdad. Pero confío en que aceptéis a la hija o el hijo de
vuestro sultán. Nuestro bebé es inocente. No hagáis que pague por mis
errores. Lo mismo digo respecto al sultán, Zaid Al-Ameen. Él se merece a
alguien mejor que yo. Pero sobre todo, merece vuestro amor, respeto y
comprensión. Lo dejo en vuestras afectuosas manos. Shukraan, Ja’ahr.
Bajó del estrado y dejó que los guardaespaldas la guiaran fuera mientras en
el interior estallaban las preguntas. Consiguió mantener la compostura hasta
que cerró la puerta de su dormitorio. Entonces estalló en llanto y cuando no le
quedaron más lágrimas, empezó a recoger su ropa.
Al cabo de unos minutos, Nashwa entró precipitadamente, pálida.
Esme sonrió con tristeza.
–¿Puedes traerme mi maleta? No la encuentro.
–Pero… ¿Dónde vais, Alteza? Y lo que ha dicho en televisión…
–Siento que te hayas enterado así. Por favor, necesito la maleta.
Nashwa se llevó la mano a la boca y salió corriendo. Esme retomó
mecánicamente su actividad. Cuando, tras media hora, asumió que Nashwa
no volvería, buscó en el vestidor una bolsa de viaje y empezó a meter en ella
sus escasas pertenencias. De pronto, la puerta se abrió abruptamente.
Era Zaid.
–¿Qué demonios has hecho, habiba? –peguntó con la respiración alterada.

Zaid tenía un aspecto lamentable. Había sufrido. Por su culpa. Y aun así
Esme tembló de pies a cabeza con la pura necesidad de refugiarse en sus
brazos. Pero permaneció inmóvil.
–Era lo correcto –musitó.
Zaid apretó los puños y cruzó la habitación hacia ella.
–¡Te equivocas! ¿Vas a intentar dejarme cada vez que te dé la espalda?
–No me grites. Y menos después de haber desaparecido sin decirme nada.
Zaid dio otro paso hacia ella.
–Haré lo que me dé la gana mientras te sigas comportando como… como –
se pasó la mano por el cabello con un gesto de desesperación–. Como el más
noble chivo expiatorio por un bastardo que no lo merece.
Esme lo miró boquiabierta.
–Solo he dicho la verdad.
Zaid le tomó el rostro entre las manos.
–No, jamila, no todo es verdad. Lo que pasó fue terrible, pero el
responsable es tu padre, no tú. Tú eras una niña, a la que tu padre
manipulaba. Y sospecho que te amenazaba a menudo con abandonarte.
Esme se sintió atravesada por el dolor.
–Me decía que si no le hacía caso me llevaría a una casa de acogida –dijo,
llorando.
Zaid le acarició la mejilla.
–Shh, habiba. No llores. Me duele verte llorar.
–¿Por qué? Me has dejado. Estabas furioso conmigo.
–Sí, pero no he estado lejos. Inicialmente estuve enfadado. Pero luego me
di cuenta de que tú, como yo, perdiste a tu madre muy joven; y que viviste
bajo la amenaza constante de perder a tu padre, por más que hubieras estado
mejor sin él.
Esme asintió.
–Una mañana, a los dieciséis años, me desperté en un hotel y Jeffrey no
estaba. No me había dejado ni una nota. La noche anterior me había negado a
ayudarlo con un posible objetivo. Estaba furioso. Yo me encontraba en un
país extranjero y estaba aterrorizada. Ese día me prometí que cuando
cumpliera dieciocho años, lo abandonaría. Ojalá no hubiera conocido a
Bryan.
Zaid dijo con solemnidad:
–Lo sé. Pero yo sé algo que tú no sabes. Hice que Atkins fuera investigado.
Esme frunció el ceño.
–¿Y?
–Sufría una fuerte depresión. Había intentado suicidarse varias veces
–Eso no cambia las cosas –dijo ella con el corazón encogida.
–No, pero Bryan había ido a Las Vegas a gastarse su fortuna y terminar
con su vida aquel fin de semana.
–¡Dios mío!
–Sé que no es consuelo, habiba, pero había tomado la decisión. Aquí hay
mucha gente que te necesita y te ama. ¿Sabes que desde que se ha
retransmitido tu mensaje, hay una petición online para que te quedes?
–¿Cómo?
–Si tú renuncias, yo también renunciaré a mi posición.
Esme lo miró alarmada.
–No puedes. Tu pueblo te necesita. Anwar…
–Al diablo con Anwar. Ya hablaré con él. Y con cualquiera que no sepa
que mi corazón dejaría de latir si no te tuviera. Donde tú vayas, yo voy.
–No, Zaid, te irá mejor…
–¿Sin mi corazón? ¿Sin mi alma? No, jamila, prefiero estar muerto.
–Oh, Zaid…
Rozándole los labios con los suyos, él susurró:
–Iba a decirte que te amaba aquella tarde en la cubierta.
Esme ahogó una exclamación.
–¿Me amas?
–Sí, mi amor. Te adoro. ¿Podrás perdonarme, Esmeralda?
–Te perdono porque yo también te amo. ¿Recuerdas que te lo dije?
Zaid se estremeció.
–Lo recuerdo. Y siento haberte rechazado. Sería un honor que me lo
repitieras.
–Te amo, Zaid Al-Ameen.
Él selló los labios de Esme, llenando de dicha su corazón. Y cuando
deslizó la mano hacia su vientre, Esme creyó que el corazón le estallaría de
felicidad.
–¿Y seguirás siendo mi amada esposa, la madre de este hijo con el que
hemos sido bendecidos y de todos los que vengan?
–Sí, Zaid.
Él exhaló un tembloroso suspiro antes de tomarla en brazos.
Un buen rato después, yacían, saciados y felices, en la cama.
Esme acarició le pecho de Zaid.
–¿Así que he causado problemas renunciado a mi título?
Él rio.
–Librarte de mí te constaría mucho más que un discurso, habiba. Pero
inténtalo otra vez y verás. No volverás a ser libre.
–¿Por qué no?
–Porque los Al-Ameen se casan de por vida. No voy a dejarte ir jamás. Ni
en el más allá.
Esme lo besó con el corazón henchido de felicidad.
–Me alegro, porque tu sultana será feliz allá donde tú estés. Siempre.
Epílogo

Un año después

–¿De verdad quieres repetir exactamente nuestra luna de miel tal y como
pasó? –preguntó Esme, riendo.
–Hasta el momento en el que la estropeé. Y luego voy a cambiar el final,
para que borres los recuerdos de la anterior.
–Zaid, no hace falta…
Zaid posó un dedo en los labios de Esme.
–Shh, no arruines mis planes –miró el reloj–. Son casi las tres y cuarto.
Falta un minuto.
Esme enarcó las cejas.
–¿Te acuerdas de la hora exacta?
–¡Cómo olvidarla, Jamila!
El teléfono vibró y Zaid le dedicó una de las miradas cargadas de amor a
las que había acostumbrado a Esme.
–Te amo más de lo que jamás pensé que fuera posible amar, Esmeralda.
Todo lo que soy, te pertenece. Te amaré incluso después de mi último aliento.
–Oh, Zaid… Yo también te amo tanto que a veces me duele.
Él inclinó la cabeza y selló su amor con un beso. Luego alzó la cabeza.
–Entonces ¿estás contenta de haberte quedado?
Esme rio.
–Feliz. Aunque tampoco tuve otra elección.
Los dos rieron, antes de que alegría se atenuara levemente. Zaid le acarició
la mejilla a Esme.
–Estás pensando de nuevo en tu padre –afirmó.
Esme asintió.
–Ahora que soy madre y que siento lo que siento por Amir, me cuesta aún
más entender que fuera tan poca digna de su amor…
–No, habiba. El indigno era él. Fue él quien fracasó como padre y esposo.
Tú no tienes nada de qué culparte.
Aunque asintió, Esme pensó con tristeza en las oportunidades perdidas.
La muerte de Jeffrey Scott de un ataque de corazón a los dos meses de
comenzar su sentencia de ocho años en prisión, fue un duro golpe. A pesar de
todo, Esme lamentaba que no hubieran tenido nunca una relación de amor
normal, y que no llegara a conocer a su nieto. Pero algún día, también esa
tristeza se diluiría.
Especialmente porque su esposo y su hijo le daban más amor del que jamás
hubiera soñado tener.
Como si lo hubiera invocado, Aisha apareció en la cubierta con el niño en
brazos.
–¡Ah, esta interrupción es mucho más grata! –exclamó Zaid–. Aunque
tenía pensado concluir la declaración de amor con una mucho más física.
Esme sonrió y le dio un beso.
–Tendrás tu oportunidad más tarde, lo prometo.
–Haré que cumplas tu palabra –dijo él. Luego se puso en pie y tomó a
Amir.
Sin poder contener la emoción, Esme lo imitó y rodeó a ambos con sus
brazos.
Zaid la miró y sonrió con una mirada encendida de amor.
–Te amo, Esmeralda.
Esme sintió evaporarse el último rastro de tristeza.
–Y yo a ti, mi sultán.
Bajo la resplandeciente luz del sol, el hijo de su alma gorjeó entusiasmado
mientras veía a sus padres sellar su amor con otro beso.
Si te ha gustado este libro, también te gustará esta apasionante
historia que te atrapará desde la primera hasta la última página.

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Prólogo

A ver si lo entiendo –Pietro miró desde el escritorio al hombre que tenía


enfrente, la persona que había idolatrado durante casi dos décadas–. Me estás
pidiendo que me case con tu hija, una mujer trece años más joven que yo y a
la que apenas conozco. ¿Y por qué esperas que acepte?
Col se revolvió en la silla y lo miró a los ojos.
–Emmeline es una mujer guapa e inteligente. ¿Por qué te ofende tanto mi
sugerencia?
Pietro no tenía intención de compartir su escepticismo respecto a aquel
tema con su amigo. Ni tampoco pensaba que Emmeline fuera ni
excesivamente tímida ni sosa.
–No tengo intención de casarme con nadie –afirmó Pietro desviando la
cuestión–. Nunca.
–Mejor todavía. Casarte con Emmeline no va a impedir que tengas
aventuras por ahí.
Pietro apretó con fuerza los labios hasta convertirlos en una fina línea.
Cuando volvió a hablar lo hizo con aquel tono de mando fuerte como el acero
que dejaba petrificados a sus rivales en los negocios.
–No habrá ninguna boda.
Col sonrió. Al parecer, el tono de Pietro no producía ningún efecto en él.
–Te quiero, Pietro. Como a un hijo. Emmeline y tú sois las personas más
importantes de mi vida. Y necesito que te cases con ella.
–¿Por qué? ¿De dónde ha salido esta idea? –Pietro se inclinó hacia delante
y analizó cada minúsculo gesto del otro hombre.
–Llevo varias semanas pensando en ello.
–¿Por qué? –insistió Pietro.
Col exhaló lentamente el aire y apartó la mirada de su amigo.
–Emmeline quiere ir a la universidad. Ha encontrado un sitio en Roma. Le
he dicho que puede estudiar allí con mis bendiciones siempre y cuando se
case contigo.
–¿Y ha accedido? –le espetó Pietro con aspereza. Crecía en él la impresión
de que Emmeline era una lapa capaz de renunciar a su vida por seguir
chupando del bote.
–Discutimos un poco –admitió Col a regañadientes–, pero sí, accedió –sus
ojos tenían un brillo desafiante–. Emmeline haría cualquier cosa que le
pidiera. Siempre ha sido una buena chica.
«¿Una buena chica?» Pietro tuvo que hacer un esfuerzo para no poner los
ojos en blanco. Las buenas chicas eran aburridas. Predecibles. La descripción
solo sirvió para reforzar la vaga impresión que se estaba llevando de la hija
del senador.
–¿Y? –Pietro se rio con recelo–. ¡Puedo vigilar a tu hija sin necesidad de
casarme con ella!
–¡Maldita sea, no es suficiente! –exclamó Col con rabia.
–¿Por qué no? –Pietro entornó la mirada–. Hay algo que no me estás
contando.
Col seguía teniendo una mirada desafiante. Pero tras unos segundos de
silencio asintió con la cabeza.
–Lo que voy a contarte se quedará en esta habitación. Júramelo, Pietro.
–Por supuesto.
Pietro no sabía a qué estaba accediendo en aquel momento, así que le
resultó fácil hacerlo.
–Solo hay dos personas aparte de mí que saben lo que estoy a punto de
contarte. Ni siquiera Emmeline está al tanto.
Pietro sintió un escalofrío en la espina dorsal. Permaneció en silencio
esperando a que el senador continuara.
–No hay una forma fácil de decir esto. Me estoy muriendo.
Pietro se quedó paralizado.
–¿Qué? –se oyó decir tras un largo instante.
–Me estoy muriendo. Mi oncólogo cree que solo me quedan unos cuantos
meses –se inclinó hacia delante–. Y no van a ser unos buenos meses, así que
quiero que Emmeline esté lo más lejos posible de mí. Quiero que esté
contenta. A salvo. Protegida. Que no sepa lo que me está pasando.
Pietro sintió como si le hubieran arrojado un cargamento de ladrillos en el
pecho que le hubiera dejado sin aire. Su padre, al que tanto quería, había
muerto de cáncer veinte años atrás. La idea de volver a pasar por lo mismo le
heló la sangre en las venas.
–Eso no puede ser –se pasó la mano por los ojos y volvió a mirar al
senador con renovado interés. Tenía el mismo buen aspecto de siempre–.
¿Has pedido una segunda opinión?
–No la necesito –Col se encogió de hombros–. He visto las radiografías.
Cáncer por todas partes.
Pietro apretó los dientes. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan
impotente.
–Lo siento.
–No quiero tu compasión, quiero tu ayuda. Maldita sea, te lo estoy
suplicando.
Pietro gimió por dentro. Haría casi cualquier cosa por aquel hombre. Pero
casarse con su hija…
–Seguro que Emmeline prefiere encontrar su propia pareja…
–¿Quién? –gruñó el senador–. ¿Algún cazafortunas? Cuando yo muera
heredará miles de millones de dólares. Por no mencionar la hacienda y el
pozo petrolífero de Texas. Y no tiene experiencia del mundo. Eso es culpa
mía –murmuró enfadado–. Cuando su madre murió quise protegerla,
mantenerla alejada de todas las cosas feas. Y lo hice muy bien. Pero ahora me
encuentro con una hija de veintidós años que está a punto de quedarse
huérfana… y necesito que alguien cuide de ella, Pietro.
–Yo lo haré –le aseguró él. Y lo decía de verdad.
–No basta con que le mandes un correo electrónico de vez en cuando.
Necesito que viva bajo tu mismo techo. Necesita que la cuiden,
–¿Y dices que no sabe lo del cáncer?
–No. Ni lo va a saber. Quiero ahorrarle ese dolor.
Pietro sintió que la angustia se apoderaba de él. De todas las cosas que
esperaba que le pidiera, aquella no estaba en la lista.
–Es lo único que te he pedido en mi vida, Pietro. Prométeme que harás esto
por mí.
Capítulo 1

No te caigo bien, ¿verdad?


Emmeline miró pensativa a aquel guapo italiano, se fijó en el traje caro, el
abundante pelo oscuro, los ojos castaños y los labios gruesos que parecían
hechos para maldecir y besar. Más abajo estaba el hoyuelo de la barbilla, y
luego los anchos hombros y el pecho musculoso. Sí, aunque llevara aquel
traje sabía que era musculoso.
Un escalofrío le recorrió la espalda y se preguntó cómo diablos iba a pasar
por aquello.
¿Casarse con aquel hombre? Eso sí que era un bautismo de fuego. Ninguna
experiencia, y ella tenía pocas, podría haberla preparado para eso.
Pietro no respondió. ¿La habría oído siquiera? Había hecho la pregunta en
tono susurrado. Aspiró con fuerza el aire y volvió a centrarse en él.
–Te he preguntado que si…
–Ya te he oído.
Tenía una voz grave y misteriosa. Tamborileó con los dedos en el brazo
del sillón, unos dedos largos con uñas bien pulidas.
–Es tarde. ¿Te apetece un café? ¿Algo más fuerte?
Emmeline sacudió la cabeza y el largo pelo que le caía por la espalda como
una brillante cortina.
–Estoy bien.
Pietro apretó los labios y se puso de pie, moviéndose por la estancia con
paso feroz y poderoso. Ella le vio retirar el tapón de cristal de una licorera y
llenar una copa de balón con un líquido ámbar. Se bebió la mitad de un trato
y luego le dio vueltas a la copa en la mano.
–Sé que esto parece una locura… –murmuró Emmeline mirándole a los
ojos.
La fuerza de su mirada la sobresaltó y apartó los ojos rápidamente.
–Un poco –reconoció él con una sonrisa irónica.
–El caso es que no quiero enfadar a mi padre. Nunca he podido soportar la
idea de hacerle daño.
Volvió a mirarle, y esa vez le sostuvo la mirada obligándose a ser valiente.
Si quería que aquel hombre formara parte del plan, de su apuesta por la
libertad, entonces necesitaba hacerle saber que no tenía miedo. Aunque las
profundidades oscuras de sus ojos le ponían el estómago del revés, mantuvo
el coraje.
–Desde que mi madre murió me ha envuelto entre algodones. Y yo se lo he
permitido.
Emmeline se mordió el labio inferior. Mientras daba otro trago de whisky,
Pietro se dio cuenta distraídamente de que tenía una boca carnosa.
Ella suspiró.
–Durante años he pensado que debía rebelarme, que debería insistir en
tener la misma libertad que cualquier persona de mi edad.
–¿Y por qué no lo has hecho?
Para Pietro, la mera idea de una vida tan constreñida como la de Emmeline
resultaba aberrante. Él había luchado desde niño contra cualquier clase de
restricción.
–Es difícil de explicar –reconoció Emmeline–. Tras el suicidio de mi
madre se derrumbó. Protegerme se convirtió en una obsesión para él. Y yo no
podía soportar la idea de verle sufrir otra vez como cuando ella murió.
Pietro se quedó paralizado y adquirió una expresión tensa.
–Sí –dijo Emmeline respondiendo a la pregunta que no le había hecho–. Sé
cómo murió –afirmó cruzando las manos sobre las esbeltas piernas.
–Tu padre hizo todo lo posible para… para protegerte de la verdad.
–Sí –la joven esbozó una sonrisa–. Como te he dicho antes, quiere
protegerme de todo. Es su obsesión. Pero yo tenía quince años cuando murió,
no cinco. Seguía yendo al colegio y los adolescentes pueden ser muy crueles.
Se cayó de un árbol, sí… pero no por accidente.
Sus ojos mostraban toda la emoción que su rostro ocultaba. Tal vez en
circunstancias normales Pietro la habría consolado, pero aquellas no eran
circunstancias normales ni ella una mujer normal. Si accedía a lo que le
habían propuesto, sería su esposa.
¡Como si tuviera elección! El afecto que sentía por Col y la lealtad que le
debía, combinados con la enfermedad mortal del hombre, le dejaban poco
margen de elección.
–Creo que nunca se recuperó de su pérdida, y le aterra que algo me pueda
suceder a mí. Aunque parezca una locura, entiendo lo que quiere –Emmeline
se aclaró la garganta–. Así que sí, creo que deberíamos casarnos.
Pietro dejó escapar una risotada que parecía más bien un reproche.
–¿No crees que soy la clase de hombre a la que le gustaría preguntar algo
así él mismo?
Ella entornó los ojos y le miró con una seguridad en sí misma que le
desconcertó.
–Creo que eres la clase de hombre que nunca le haría esa pregunta a nadie.
Nunca –Emmeline volvió a aclararse la garganta–. Si las páginas de cotilleo
no mienten, estás más interesado en instalar una puerta giratoria en tu
dormitorio que en sentar la cabeza.
La sonrisa que esbozó Pietro estaba cargada de desdén.
–¿Ah, sí?
–Tus… aventuras no son precisamente un secreto.
–No –reconoció él.
Aquella palabra debió servirle de advertencia, pero Emmeline no tenía
experiencia alguna con los hombres. Y menos con un hombre como Pietro
Morelli.
–No te voy a pedir que dejes de… eh… –agitó una mano en el aire y el aire
le revolvió el flequillo.
–¿Ah, no? Vaya, pues qué esposa tan complaciente.
–No voy a ser tu esposa en realidad –se apresuró a recalcar ella–. Quiero
decir, que nos vamos a casar pero solo para conseguir un fin. Podemos llevar
perfectamente vidas separadas. Tengo entendido que tu casa de Roma es
enorme. Seguramente ni nos veamos.
Pietro se rascó la barbilla, en cierto modo molesto por el realismo de la
joven a la hora de enfocar el asunto. Al menos no se estaba dejando llevar por
la fantasía ni se veía a sí misma como una princesa de Disney conquistada
por el príncipe azul.
–¿Y eso no te va a importar? –murmuró deslizando la mirada desde la
cabeza de Emmeline hasta las piernas cruzadas.
Era la típica joven estadounidense de la alta sociedad. Aburrida, sin ningún
tipo de estilo ni de personalidad. Vestida con pantalones de traje beige, blusa
de color crema y perlas en el cuello. ¿Por qué querría una chica de veintidós
años vestirse de una forma tan seria?
–Por supuesto que no –aseguró Emmeline sorprendida–. Te lo acabo de
decir, esto no va a ser un matrimonio de verdad. Mi padre se sentirá bien
sabiendo que nos hemos casado, está chapado a la antigua. Pero no creo que
espere una historia de amor. Se trata de un matrimonio dinástico, nada más.
–¿Un matrimonio dinástico? –repitió Pietro.
–Sí, para la gente como nosotros es difícil encontrar a una persona que no
esté interesada únicamente en nuestra fortuna.
La joven se encogió de hombros, y Pietro tuvo la impresión de que Col
estaba tremendamente equivocado respecto a su hija. No le parecía
particularmente vulnerable. De hecho, tenía una visión de la situación que no
esperaba.
–Desde luego que no quiero tu dinero. De hecho, no quiero nada de ti. Solo
la libertad que este matrimonio me ofrece.
¿Por qué le molestó aquello?
–Mi madre querrá tener nietos –se oyó decir Pietro para su propia sorpresa.
Tal vez estaba intentando desestabilizarla.
–Pues me temo que tu madre tendrá que vivir con esa decepción. Al menos
tendrá la satisfacción de no ver a su hijo en las revistas del corazón todas las
semanas por los motivos equivocados –Emmeline se puso de pie y empezó a
recorrer la estancia arriba y abajo–. Pero tendrás que ser más discreto. No
quiero que me avergüences. El mundo debe pensar que el nuestro es un
matrimonio normal. Supongo que tendremos que acudir a algunos eventos
juntos para que nos vean en público de vez en cuando… ese tipo de cosas.
Pero dentro de las paredes de tu casa podrás hacer lo que te dé la gana y con
quien quieras.
–Entonces, si entras en esta habitación y me encuentras teniendo relaciones
sexuales con una de mis amantes, ¿no te importaría?
A Emmeline le dio un vuelco el corazón, pero mantuvo la expresión
neutra.
–Solo por motivos sanitarios –afirmó–. Mi padre cree que una boda rápida
es lo mejor, y si nos casamos este mes tendría tiempo de matricularme en un
par de materias en la universidad. Así que ya ves, estaré fuera mucho tiempo
y no te molestaré.
–Ahí vamos a tener un problema –murmuró Pietro–. Aunque agradezco tu
generosidad al respetar completamente mi vida social, me temo que yo no
voy a ser tan tolerante con la tuya. No me casaré con una mujer que salga con
otros hombres. Que se quiera acostar con ellos.
Emmeline puso cara de sorpresa. No se le había pasado por la cabeza
aquella posibilidad.
–¿Por qué no?
Pietro entornó los ojos.
–Porque eso podría dar la impresión de que no soy capaz de satisfacer a mi
esposa. Este punto no es negociable, cara.
Emmeline chasqueó la lengua. No tenía pensado salir por ahí a buscar
novio. Ni se le había pasado por la cabeza. Pero ahora, al hablar con él, la
injusticia de que él pudiera seguir acostándose con todo el mundo por Roma
y que ella no tuviera la misma oportunidad le parecía poco razonable.
–Entonces tú también deberías abstenerte –murmuró.
–Esa no es una sugerencia muy razonable –afirmó Pietro acercándose a
ella como si fuera su presa–. Porque a mí me gusta el sexo, soy un hombre de
sangre caliente y eso forma parte de mi vida. Si me obligas a renunciar al
sexo con otras mujeres, entonces eso te deja solo a ti para…
Dejó la frase sin terminar pendiendo entre ellos.
–Vale, vale –Emmeline alzó las manos en gesto de rendición, pero ya era
demasiado tarde para calmar la oleada de sensaciones que se había apoderado
de ella–. Nada de sexo. Solo para ti –cerró los ojos–. Y si conozco a alguien
que me guste te lo contaré, ¿trato hecho?
Pietro apretó los labios y la observó fijamente. Tenía las mejillas
sonrojadas y los ojos muy abiertos. Los labios le temblaban ligeramente.
Fascinante. ¿Era porque estaba molesta, o había alguna otra sensación?
–Sí.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso y asintió lentamente con la cabeza.
–Entonces, ¿nos casamos?
–Hay algunos asuntos más que considerar –murmuró Pietro–. Por ejemplo,
tu aspecto.
Emmeline se quedó paralizada y le miró a los ojos con asombro.
–¿Qué pasa con mi aspecto?
–Nadie se va a creer que haya elegido casarme contigo –se limitó a decir
él.
Lo dijo con naturalidad. Tanta que Emmeline supo que no había sido su
intención herirla.
–¿Por qué no? –entornó los ojos con la esperanza de que su rostro no
reflejara los efectos de la crueldad de sus palabras.
–Porque no eres el tipo de mujer con el que salgo. Y, como tú misma has
comentado, hay imágenes de sobra de mí con ese tipo de mujer por toda la
Red.
Emmeline las había visto. Y sí, Pietro tenía un tipo de mujer muy definido:
Alta, delgada, voluptuosa e impresionante.
–A mí me gusta mi aspecto –afirmó. Pero era mentira. Había desarrollado
hacía años el hábito de ocultar su cuerpo.
–No hará falta mucho esfuerzo –aseguró Pietro recorriéndola con una
mirada indiferente.
Le llegó el recuerdo distante de la primera vez que la vio y el deseo
instintivo y rápido que se apoderó de su cuerpo antes de recordar lo joven que
era. Era una belleza natural. ¿Por qué lo disimulaba?
El fuego y la rabia ardieron en las venas de Emmeline.
–No.
Pietro apretó los labios.
–Si voy a pasar por esto espero que empieces a vestir como si tuvieras
figura y presupuesto para ropa. Eso es lo que la gente esperará de mi esposa –
afirmó–. Esto es Roma. Busca una boutique y dedícate al culto al cuerpo.
Entonces me lo plantearé.
Su arrogancia y su prepotencia la enfurecían, pero tenía al alcance de la
mano su sueño y la puerta a la libertad y no iba a permitir que su aspecto la
detuviera.
–Muy bien –los ojos le brillaron con determinación.
Pietro asintió y sacó algo de la cartera. Algo pequeño y blanco. Luego se lo
pasó y ella vio que era la tarjeta de visita de una mujer: Elizabetta Ronimi.
–Es el número de mi secretaria. Ella se encargará contigo de los detalles de
la boda y tu traslado a la villa. A mí me viene bien cualquier momento del
próximo mes. ¿De acuerdo?
–Sí –murmuró Emmeline.
–Bien.
Se lo quedó mirando unos segundos hasta que se dio cuenta de que la
estaba echando. Se le sonrojaron las mejillas y se acercó a la silla para agarrar
el bolso.
–Le diré a Remi que te lleve a casa –Pietro la detuvo en el umbral y le puso
la mano en el codo. Emmeline sintió una oleada de calor por todo el cuerpo–.
Es mi chófer, y pronto será también el tuyo. Ve con él.
Emmeline no quería discutir. Quería marcharse de allí lo más rápidamente
posible.
–Gracias.
–Non ce di che –respondió él en voz baja–. Hasta pronto, señora Morelli.
Emmeline cerró los ojos mientras salía de su despacho. Una única pregunta
le rondaba por la cabeza.
¿A qué diablos acababa de acceder?
Capítulo 2

El sol estaba alto en el cielo y caía sobre Roma, pero Emmeline apenas lo
sentía. Tenía frío hasta el centro de su ser y mucha angustia.
Al final habían hecho falta cinco semanas para hacer todo el papeleo,
incluida una solicitud de visado para Italia. Su apellido la ayudó en gran
medida a abrir varias puertas, como de costumbre.
Pero ¿quién era aquella mujer que la miraba ahora? Se le formó un nudo en
el estómago mientras observaba su reflejo.
–¿No te alegras de que hayamos tirado por lo romántico? –preguntó Sophie
pasándole a su mejor amiga el brazo por los hombros–. Estás espectacular.
Emmeline asintió lentamente. Sophie tenía razón. El vestido era
espectacular, un guiño al glamour de los años veinte de manga corta, ajustado
y con pedrería. Se había peinado también con un estilo vintage, con el pelo
colocado a un lado y ligeramente ondulado, sujeto con un pasador de
diamantes que había pertenecido a su abuela Bovington. Llevaba un pequeño
collar de diamantes y pendientes a juego. El maquillaje era una especie de
milagro, porque la mujer que estaba mirando a Emmeline era… guapa. Sí,
guapa.
–Creo que deberíamos salir ya.
–Sí, bueno, vamos un poco tarde… pero esa es tu prerrogativa el día de tu
boda, ¿no?
Emmeline torció el gesto y alzó la cabeza.
–Cariño, vas a tener que ensayar la cara de felicidad –murmuró Sophie–.
Tu padre va a pensar que esto es una tortura para ti si no te alegras un poco.
–No es una tortura –se apresuró a decir ella.
Aunque había guardado el secreto de aquel matrimonio, Sophie la conocía
lo suficiente como para sumar dos y dos y hacerse una idea.
–Más te vale. He visto a tu novio antes y… guau. Está como un tren.
Emmeline no lo dudaba. Pietro Morelli era el ser humano más atractivo del
mundo en un día normal, así que el día de su boda… bueno, si había dedicado
la mitad de tiempo y dinero que ella, entonces más le valía estar preparada.
Estaba tomando la decisión correcta. Estaba a punto de conseguir la
libertad que tanto anhelaba, aunque a un precio algo caro, y su padre estaría
tranquilo y contento. Y a la larga se divorciaría de Pietro y todo estaría bien.
–Vamos allá –dijo con un brillo renovado de decisión en la mirada.
Sophie abrió la puerta del habitáculo situado al fondo de la antigua capilla,
asomó la cabeza y asintió.
Comenzó a sonar la música, alta y bella. Una mezcla de órgano, cuerda y
viento. El Canon de Pachelbel, una pieza que a Emmeline siempre le había
encantado.
Vio cómo Sophie desaparecía delante de ella, contó los diez segundos que
la organizadora de la boda le había dicho y luego salió a la parte de atrás de la
capilla.
Estaba abarrotada de invitados, los bancos a rebosar de gente bien vestida.
Habían ido la mayoría de los amigos políticos de su padre, unas cuantas
amigas del colegio y, al parecer, toda la flor y nata de la sociedad italiana
para ver de cerca a la mujer que finalmente había hecho sentar la cabeza al
recalcitrante soltero Pietro Morelli.
Emmeline avanzó por la parte de atrás de la iglesia. Esbozó una sonrisa al
ver a su padre esperándola. Tenía los ojos empañados de lágrimas y estaba
muy elegante vestido de traje. Le dio un abrazo de oso cuando llegó a su
altura y luego la besó en la mejilla.
–¿Preparada? –le preguntó escudriñándola con la mirada.
Ella asintió y sonrió todavía más. No quería que viera sus dudas. Había
accedido al trato y no permitiría que viviera con la culpa de haberla
presionado para que se casara con un hombre al que apenas conocía.
–Bien –su padre asintió–. Me alegro.
Giró ligeramente el cuerpo y empezaron a caminar hacia el frente de la
iglesia. Pasaron al lado de filas y filas de invitados de pie que la miraban con
indisimulada curiosidad, y por fin llegaron hasta el novio.
Oh, Dios.
Sophie no había exagerado ni un ápice. Pietro estaba más bronceado que
unas semanas atrás, como si hubiera pasado unos días tomando el sol en la
Riviera. Seguramente acompañado. Trató de no pensar en ello, su padre
avanzaba y ella no tenía más remedio que seguirle. Un paso detrás de otro.
Pero a medida que se acercaba, el corazón le latía con más fuerza. Aquel
rostro tan bello de ojos oscuros e inteligentes, la mandíbula cincelada y las
facciones simétricas. El cuerpo fuerte y al mismo tiempo de aspecto cálido.
Los ojos de Pietro se clavaron en los suyos y allí había algo. ¿Desafío?
¿Admiración? No, no era eso. Pero tenía una mirada intensa. La miró
largamente sin importarle que hubiera cientos de invitados ni que el sacerdote
se impacientara.
Col extendió la mano y Pietro se la estrechó. Aquella prueba de su larga y
firme amistad le dio a Emmeline el impulso que necesitaba. Un recordatorio a
tiempo de que su futuro marido no era un lobo, era alguien dispuesto a ser lo
que habían convenido. Un marido conveniente.
–Cara –murmuró Pietro con un tono ronco que le puso la piel de gallina.
Él se inclinó y le susurró a través del velo que le cubría la cara–: Esto ya es
otra cosa.
A Emmeline le dio un vuelco el corazón por el cumplido, pero sintió en el
pecho algo parecido a la impaciencia. Porque Pietro pudiera pensar que había
hecho todo aquel esfuerzo por él. Y porque estaba en lo cierto.
Arqueó una ceja y le miró a los ojos tratando de no mostrar su torbellino
interno.
–Pensé en ponerme un traje de chaqueta, pero… esto me pareció más
apropiado.
–Sin duda. Me entran ganas de ser yo quien te lo quite –Pietro se
incorporó. El disparo había hecho diana.
A Emmeline se le sonrojaron las mejillas por el comentario y por el efecto
que tuvo en su cuerpo traicionero. Los pezones se le pusieron duros y se
apretaron contra la tela del corpiño. En su mente surgió la imagen de Pietro
haciendo exactamente aquello. Tendría el traje arrugado, sin chaqueta y sin
corbata ya, la camisa a medio desabrochar y las mangas subidas hasta los
morenos antebrazos. Su vestido tenía cincuenta botones, Sophie había
tardado casi media hora en ponérselo. ¿Se lo quitaría Pietro despacio o
deprisa?
Emmeline tragó saliva y miró hacia delante.
La ceremonia fue sorprendentemente corta. Una simple recitación de votos
como había visto en docenas de películas, y a continuación la típica pregunta
de si alguien tenía algo que objetar respecto a aquella unión. En ese
momento, Emmeline contuvo la respiración y se preguntó si alguien saltaría
diciendo que la boda era una farsa. Finalmente, el sacerdote se giró hacia la
pareja con una sonrisa de oreja a oreja.
–Entonces, os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia.
Pietro vio una pequeña mueca de disgusto cruzarle el rostro como una
nube de tormenta. Entonces la agarró de la cintura, la atrajo hacia sí y no le
dio opción para cuestionar sus actos. Él la miró un instante a los ojos, y en su
mirada había una cierta burla.
Emmeline alzó la barbilla desafiante y le dio sin querer el ángulo de acceso
perfecto. Él puso la boca contra la suya, le separó los labios con facilidad y le
deslizó la lengua dentro.
Fue una invasión de todos y cada uno de sus sentidos.
¿Sabría Pietro que aquel era su primer beso? Sí, su primer beso… a los
veintidós años y el día de su boda. La vergüenza se apoderó de ella, pero el
deseo le nació de todas formas en la base del abdomen. Emitió un pequeño
gemido que solo el novio pudo oír.
Pietro dejó de besarla y la miró. Sus ojos tenían un brillo burlón. ¿Se
estaba riendo de ella? El corazón le latía con tanta fuerza contra las costillas
que pensó que se las iba a romper. Le miró confundida. Tardó al menos diez
segundos en recordar dónde estaba y con quién.
–Te daría una bofetada si no estuviera toda esta gente mirando –murmuró
entre dientes.
Pietro esbozó una sonrisa.
–O me quitarías la ropa –sugirió. Pero antes de que ella pudiera responder,
la tomó de la mano–. Nos están mirando, así que finge que este es el día más
feliz de tu vida.
Cuando llegaron al final del pasillo tras haberse detenido varias veces a
recibir felicitaciones y buenos deseos, a Emmeline le dolían los labios de la
sonrisa forzada que había empastado.
Se había formado una pequeña multitud delante de la iglesia, y había
muchos reporteros. Emmeline tembló por dentro ante la idea de ser
fotografiada. Al parecer, su marido no tenía ese problema.
–¿Preparada? –le preguntó deteniéndose justo en la puerta y mirándola de
reojo.
La vida de Emmeline no había sido en absoluto como la de Pietro. Su foto
había salido alguna vez en los periódicos en algún evento social, pero en
pocas ocasiones. Era demasiado sosa. Aburrida. Fea. ¿Para qué sacar una foto
de Emmeline Bovington a menos que fuera para compararla de manera
desfavorable con la renombrada belleza de su madre?
Emmeline cerró los ojos y aspiró con fuerza el aire. No se dio cuenta de
que Pietro la había pillado en aquel gesto.
La observó pensativo. Había visto el pánico en ella con anterioridad, y lo
veía ahora. ¿Tan desagradable le resultaba la idea a Emmeline? Qué diablos,
si alguien debía tener pánico ese era Pietro.
Su vacilación le molestaba, seguramente más de lo que debería. Cruzó la
puerta con ella de la mano y salió a la luz de la tarde romana. La multitud
rompió a aplaudir y el aire se llenó de pétalos de rosa. El ruido era
ensordecedor. Pietro sonrió, se giró hacia su esposa y la tomó de la cintura al
más puro estilo de película antigua de Hollywood.
Le tomó los labios por asalto. Ella le rodeó el cuello con las manos y
emitió de nuevo aquel sonido de confusión que le hizo volver a ponerse duro
como una piedra.
Aquello le molestó todavía más y la levantó del suelo apretándole la
erección contra el vientre para que no le quedara ninguna duda de la clase de
hombre con el que se había casado.
Solo duró unos segundos, pero, cuando volvió a dejarla en el suelo y se
apartó, la gente empezó a aplaudir de nuevo. Los ojos de Emmeline echaban
chispas de furia.
–Te juro por Dios que, si me vuelves a besar así, esperaré a que estés
dormido y te haré dañó –murmuró entre dientes.
Pero enseguida empastó una sonrisa, cuando Col apareció detrás de ellos.
–Sé que esto ha sido cosa mía, pero al veros juntos… –sacudió la cabeza
con aire pensativo y los ojos llenos de lágrimas–. Soy un hombre feliz. Podría
morirme ahora mismo.
Emmeline se rio sin darse cuenta de que su marido se había puesto tenso a
su lado.
–Por Dios, papá, no digas eso. No tientes al Cielo.
Col se encogió de hombros y su hija decidió no hacerle caso. Su padre
estaba encantado con la boda y ella no iba a privarle de aquel momento. Se
hicieron varias fotos familiares juntos.
Emmeline conocía ya a la madre de Pietro, Ria, y le resultó fácil entablar
una conversación con ella. Su hermano, Rafe, cinco años menor que Pietro,
era igual de agradable.
Después se dirigieron a la recepción de la boda, celebrada en un precioso
restaurante con vistas al río. Parecía que las formalidades no se acababan
nunca. Discursos. Cortar la tarta. Su primer baile como recién casados…
Emmeline estaba entre los brazos de Pietro tratando con todas sus fuerzas
de aparentar que no le afectaba el contacto de su marido, cuando había
demostrado que una mirada le hacía hervir la sangre.
–Así que ahora eres mi mujer –murmuró él con aquel cinismo que le
caracterizaba.
La frase hizo que Emmeline sonriera, pero no con alegría.
–No pareces muy emocionado al respecto.
Pietro ralentizó el movimiento de sus cuerpos y escudriñó a la multitud con
la mirada.
–Puedo nombrar a dos personas que ahora mismo están felices –afirmó con
frialdad.
Emmeline siguió la dirección de su mirada. Su padre y la madre de Pietro
estaban a un lado y sonreían complacidos.
–Sí, creo que para mi padre esto es un sueño hecho realidad –murmuró
sacudiendo la cabeza.
–Y para mi madre también –reconoció él–. Seguro que se está imaginando
una vida de calma ahora que aparentemente he dejado atrás mi existencia de
soltero.
–Aparentemente –repitió ella preguntándose respecto a los aspectos
prácticos del acuerdo al que habían llegado. Podía ver a otras mujeres
siempre y cuando fuera discreto.
No le importaba. Al menos, eso era lo que Emmeline se repetía. Pero
vivirían bajo el mismo techo y se verían en los pasillos, la cocina y la
piscina…
–Estás tiesa como una tabla –se quejó él–. ¿Nunca aprendiste a bailar?
Ella se sonrojó y le dirigió una mirada dolida.
–Estaba sumida en mis pensamientos –murmuró haciendo un esfuerzo por
centrarse.
–Bailar no necesita de la mente. Es algo que se siente en el cuerpo. Es
seducción.
Pietro movió las caderas y ella se sonrojó todavía más. Su cuerpo era tan
fascinante como se había imaginado. Estaba lleno de ángulos rectos
tentadores.
Si alguna vez le tocaba sería como jugar con fuego. Eso era distinto, el
baile de la boda no se podía evitar. Pero Emmeline tenía que guardar las
distancias si no quería adentrarse en un camino peligroso.
–Relájate –murmuró Pietro acercando la cabeza hacia ella–. O te besaré
para que dejes de darle vueltas a lo que tengas en la cabeza.
Ella se lo quedó mirando y perdió el paso. Se habría caído si los brazos de
Pietro no la hubieran sostenido con más fuerza contra su cuerpo.
–No te atreverás –le espetó.
La risa de Pietro fue como gasolina en una mecha desnuda.
–Entonces sonríe. Relájate. Al menos finge que te lo estás pasando bien –le
puso la boca en el oído–. Todo el mundo nos mira.
Ella tragó saliva y observó la sala por detrás de la espalda de Pietro. Estaba
llena de invitados vestidos de manera elegante, todos sonreían y asentían con
la cabeza mientras ellos daban vueltas por la pista de baile.
A Emmeline se le cayó el alma a los pies. Fingir que estaba casada con
Pietro Morelli iba a requerir de más paciencia de la que pensaba.

Era tarde y Emmeline contuvo otro bostezo. Sophie había encontrado un


grupo de amigos y los tenía encandilados con su encanto y su inteligencia.
Emmeline escuchaba y se reía de vez en cuando, aunque se sabía las historias
de memoria. Pero estar sentada con Sophie y reírse de sus gracias era mucho
mejor que mirar a su marido.
Dirigió la vista hacia él casi sin querer. Seguía hablando con ella. Con la
pelirroja.
Emmeline frunció el ceño de manera instintiva, una respuesta al estímulo
visual de ver a una mujer tan impresionante tan cerca del hombre con el que
ella se había casado unas horas atrás. ¿Quién era?
Pietro se acercó más a ella y movió los labios mientras murmuraba algo al
oído de la mujer. La pelirroja asintió, le puso una mano en el pecho y le miró
a los ojos. Emmeline podía sentir la tensión sexual que había entre ellos
desde el otro lado de la sala.
Se puso de pie sin pensar y cruzó la estancia en dirección al novio y la
mujer que solo podía ser su amante… del pasado o del futuro. Estaba a solo
unos pasos cuando Pietro apartó la mirada de la pelirroja y miró a Emmeline
casi como si en un principio no la reconociera. Y luego compuso una mueca
de irritación. Se apartó de la otra mujer.
–Emmeline –murmuró.
–Pietro –no miró ni de reojo a la pelirroja–. Necesito hablar contigo un
momento.
Pietro apretó los labios, le puso la mano en la parte baja de la espalda y la
guio hacia la pista de baile. Antes de que ella pudiera adivinar sus intenciones
le dio la vuelta y la estrechó entre sus brazos moviendo las caderas. Bailando.
Sí, bailando otra vez.
Emmeline se quedó completamente quieta. Su rostro denotaba confusión.
–No quiero bailar más.
–No, pero quieres hablar conmigo. Es más fácil hacerlo si bailamos. Así
que bailemos.
–No… –Emmeline sacudió la cabeza–. Esto… esto no es lo mío –murmuró
apartando la mirada.
Se sintió mortificada. Había tantas cosas que nunca había hecho,
experiencias que había aceptado ciegamente que nunca disfrutaría. Pero
ahora, rodeada de tantas personas que vivían en libertad, ¿no resultaba acaso
natural que se resintiera de su educación tan estricta?
–Como tú has señalado antes –añadió en un susurro.
–Entonces, déjame enseñarte –dijo él.
Y le rodeó la cintura con manos fuertes e insistentes, y el cuerpo de
Emmeline se movió a su propio ritmo. No, no al suyo propio. Era una
marioneta en manos del titiritero.
–Me dijiste que serías discreto –declaró tratando desesperadamente de
salvar a su mente–. Pero parecía que te ibas a empezar a liar con esa mujer
ahí mismo.
–¿Bianca? –preguntó él mirando hacia atrás y viendo a la pelirroja, que los
miraba con cara de pocos amigos–. Es… una amiga.
–Sí, ya lo veo –respondió Emmeline lamentando que su cercanía la
distrajera con el aroma de su cuerpo.
–¿Estás celosa?
–Sí, muchísimo –afirmó con sarcasmo acercándose un poco más a su
oído–. Tenemos un acuerdo. No quiero que los invitados a nuestra boda te
vean con otra mujer. Lo que hagas en privado es cosa tuya –Emmeline dejó
de moverse–. Me gustaría irme a casa.
Pietro no estaba acostumbrado a avergonzarse. Era un hombre adulto que
vivía su vida desde hacía mucho tiempo. Pero hubo algo en la calma de
aquellas palabras que se merecía que le provocó un nudo en el pecho.
Sabía que debía disculparse. Había estado coqueteando con Bianca y
Emmeline tenía razón: hacerlo el día de su boda no solo era una estupidez,
sino también una falta de respeto. Para su esposa, sin lugar a dudas, y
también para sus padres.
Se apartó de ella, su expresión era una máscara de frío desdén que cubría
sus emociones.
–¿Necesitas despedirte de alguien?
Emmeline miró a Sophie, entretenida con sus nuevos amigos, y sacudió la
cabeza.
–Preferiría irme sin más. Ahora.
–De acuerdo –Pietro asintió con la cabeza–. Pues vámonos.
Le puso la mano en la espalda, pero ella se alejó dejando claro que no
necesitaba que la guiara a ningún sitio. No había llegado a aquel acuerdo con
el diablo para disfrutar de su libertad y verse ahora sometida por aquel
hombre.
Emmeline Morelli era dueña de su vida, y ver a su marido coqueteando
con otra le había hecho darse cuenta de lo importante que era no olvidarlo.
Capítulo 3

Esperaba una limusina, pero Pietro la llevó hacia un brillante Jaguar negro
que estaba aparcado frente al restaurante.
Emmeline abrió la puerta y se sentó rápidamente, conteniendo la
respiración por alguna razón desconocida. ¿Qué creía que podría pasarle si
volvía a aspirar su olor?
Pietro se colocó al volante y enfilaron por las calles de Roma que él
conocía tan bien. El silencio se instaló entre ellos, y no resultaba en absoluto
cómodo. Emmeline apretó los dientes y se centró en el paisaje nocturno de
Roma. Su nuevo hogar.
No había pensado en lo que significaría dejar Georgia atrás. Le daba pena
saber que no vería a su padre tan a menudo, pero había mucho más que eso.
Annersty era la plantación en la que había crecido y la consideraba su hogar.
En la ciudad estaba la gente con la que había crecido, las personas que
conocía.
Un suspiro se le escapó entre los labios. Había accedido a eso y no tenía
sentido ahora lamentarse. Se había casado con Pietro Morelli y los dos sabían
que solo era un matrimonio sobre el papel. Se agarraba a esa tranquilidad
como a un talismán.
Entonces, ¿por qué tenía aquella sensación amarga en la boca al recordar
cómo miraba él a aquella pelirroja, como si quisiera comérsela entera?
Soltó un suspiro más enfadado y Pietro giró la cabeza, observándola bajo
la luz intermitente de las farolas de la calle. Estaba muy guapa a pesar de
haber dicho semanas atrás que no era su tipo en absoluto. No es que hubiera
hecho grandes cambios, pero era la primera vez que la veía con un vestido,
maquillada, con tacones y el pelo sin recoger en una coleta.
Resistió el deseo de preguntarle cómo se sentía. No era asunto suyo, y no
le importaba. Pisó con más fuerza el acelerador y se fue tragando los
kilómetros hasta su casa.
Las puertas se abrieron cuando se acercaron a la entrada y a continuación
entraron en el garaje, que alojaba la flota de vehículos de Pietro. Apagó el
motor y se giró para decirle algo a su esposa, aunque no sabía muy bien qué.
En cualquier caso, no hizo falta. Emmeline ya estaba bajando del coche
antes de que pudiera decir nada. Se mantenía erguida con pose orgullosa
mientras recorría con la mirada la fachada del edificio como si lo viera por
primera vez.
–Nada ha cambiado –dijo él con un tono más sombrío que la noche que los
rodeaba.
Ella le dirigió una sonrisa tirante.
–Sí –afirmó abriendo mucho los ojos–. Ahora yo vivo aquí.
Pietro tenía una expresión adusta.
–Ven, te acompañaré a tu habitación.
Emmeline pensó en hacer una broma… ¿acaso no era la tradición cruzar el
umbral del hogar común con la novia en brazos? Pero la rigidez de la espalda
de Pietro mientras la guiaba y el firme ángulo de la cabeza le demostraban las
pocas ganas que tenía de reírse de la situación.
Ella le siguió deslizando la mirada por la fachada de la casa mientras
avanzaban.
–Es tarde. El ama de llaves te enseñará mañana dónde están las cosas –
Pietro tenía las manos en los bolsillos y miraba hacia delante.
–Muy bien, pero… ¿dónde se supone que voy a dormir?
Pietro torció el gesto con irritación, pero siguió avanzando por un largo
pasillo. Luego giró hacia la izquierda y subió unas escaleras.
–Estas son tus habitaciones.
Abrió una puerta hacia dentro y le mostró un espacio muy funcional en el
que había un escritorio, una librería y una cinta para correr. Esto último la
hizo sonreír, pero lo disimuló con un bostezo.
–Muy bien.
–Hay un baño aquí. Y este es tu dormitorio –señaló con la cabeza hacia la
tercera y última puerta y ella giró el picaporte para abrir, observando todo con
interés.
No era muy distinta a la habitación de un hotel de cinco estrellas con
encanto. La cama de matrimonio estaba ya hecha con ropa blanca y cojines
gris plateado. Al lado de la ventana había una butaca blanca, otra estantería y
unas puertas dobles que seguramente daban al vestidor.
–Estas eran antes las habitaciones de invitados –dijo Pietro–. Eres libre de
añadir tu toque personal y traer todos los libros que quieras.
Emmeline se acercó a la ventana. Al principio no se había dado cuenta,
pero ahora vio que tenía unas puertas que daban a un pequeño balcón. El
corazón le latió con fuerza al abrirlas y sentir la cálida brisa de las afueras.
Estaban lo bastante lejos de la ciudad como para poder distinguir desde allí
los monumentos más importantes de Roma.
–Tu equipaje está en el vestidor –dijo Pietro con clara impaciencia–. No
sabía si te parecería un poco invasivo que el ama de llaves te deshiciera las
maletas. Puedo decirle que venga…
Emmeline agitó la mano para descartarlo.
–Me las puedo arreglar sola.
–Muy bien –Pietro asintió brevemente con la cabeza–. Mi habitación está
al fondo, al final del pasillo al otro lado. La última puerta a la derecha. Por si
me necesitas.
Era como si le hubiera dicho: «No me molestes a menos que haya un
incendio, tu habitación se hunda y no haya nadie más a quien puedas llamar».
–De acuerdo –Emmeline sonrió, más por costumbre que porque estuviera
contenta.
Pietro se detuvo un instante en el umbral. Los ojos le brillaban como
ónices en su hermoso rostro.
–Buonanotte, cara.
–Buenas noches –la despedida le salió muy brusca. Se aclaró la garganta,
pero Pietro ya se había ido.
Emmeline estiró los brazos por encima de la cabeza y luego se acercó a la
puerta para cerrarla.
Aquel era su hogar ahora.
No debía verse como una invitada, ni pensar que aquel acuerdo sería
temporal. Se había casado con él, para bien o para mal, y aunque no era tan
tonta como para pensar que estarían casados para siempre, aquel iba a ser sin
duda su lugar en el mundo durante un buen espacio de tiempo.
Las puertas daban al vestidor, como sospechaba, y allí estaban sus maletas.
Desharía el equipaje por la mañana, pensó, cuando tuviera más energía.
Abrió una de las maletas y sacó un pijama de algodón y el folleto del curso
que iba a hacer en la universidad. Lo puso a los pies de la cama.
Le dolían los pies y tenía el cuerpo cansado y la cabeza embotada. Lo que
necesitaba era una ducha caliente y un sueño placentero. Llevó las manos a la
parte de atrás del vestido y gruñó. Los malditos botones.
Los espejos del vestidor le mostraron con exactitud el problema que tenía.
Parecía que hubiera miles, Sophie había tardado una eternidad en
abrochárselos, y, sin ayuda, Emmeline no podría quitarse nunca el vestido.
Sí, estaba claro que podría dormir con él puesto. Era pesado y ajustado, y
no estaría precisamente cómoda. Pero se ahorraría el mal momento y podría
pedirle al día siguiente a algún miembro del servicio que la ayudara.
O también podía…
Abrió la puerta y miró hacia el pasillo. Era más largo de lo que le pareció
al principio, y en algún punto al final estaba el hombre con el que se había
casado.
Negándose a admitir que estaba un poco asustada, salió al pasillo y avanzó
por él. Cuando llegó al final esperó al lado de la última puerta a la derecha y
se tomó un momento para reunir coraje.
Alzó una mano y llamó, primero con timidez y luego con más fuerza. Tocó
una tercera vez y luego la puerta se abrió hacia dentro. Pietro estaba al otro
lado con una expresión adusta.
–¿Sí? –le preguntó con sequedad.
–¿Te… te interrumpo? –Emmeline tragó saliva.
–¿Necesitas algo? –sus ojos se clavaron en ella. Parecía enfadado.
–Esto no es de ninguna manera una invitación a…
Los labios de Pietro esbozaron una débil sonrisa. Fue tan rápida que
Emmeline pensó que se lo había imaginado.
–Bien, ¿de qué se trata?
Ella se dio la vuelta y miró hacia la pared opuesta del pasillo.
–El vestido tiene un millón de botones y no puedo desabrocharlos.
Supongo que los vestidos de novia están diseñados con la idea de que la
novia no se vaya a desvestir sola…
–Eso parece… –murmuró él acercándose un poco más.
Emmeline lo supo porque podía sentirle aunque no la tocara. Su calor
parecía envolverla como una enredadera.
–¿Te importaría ayudarme? –le preguntó manteniendo la atención fija en la
blancura de la pared del pasillo.
–¿Y si no quiero?
–Supongo que podría encontrar unas tijeras en algún lado.
–No hace falta.
Y entonces, aunque había ido a su habitación con aquel expreso propósito,
la sensación de las yemas de los dedos rozándole la espalda hizo que se
estremeciera. Los pezones se le apretaron contra la tela del vestido con una
nueva e inesperada sensación.
–¿Tienes frío?
La pregunta la pilló con la guardia bajada. Se mordió el labio inferior y
trató de obligar a su cuerpo a comportarse, a su corazón a que se calmara.
Pero su cuerpo tenía sus propias ideas y siguió reaccionando ante la cercanía
y el contacto de Pietro.
–Estoy bien.
Él se rio suavemente y Emmeline sintió su cálida respiración. Le recorrió
la espalda como una llamarada de fuego.
Le desabrochó el primer botón con toque experto. «Ya está uno, faltan
nueve mil», pensó ella. Pietro deslizó los dedos hacia el siguiente botón y a
ella se le puso el estómago del revés.
Aspiró con fuerza el aire. Pietro no estaba tratando de seducirla, es que él
era así. El hombre exudaba sensualidad por cada poro de su perfecto y
tentador cuerpo.
Pero cuando le desabrochó el segundo botón y se dirigió hacia el tercero el
vestido se abrió unos centímetros en la parte superior y Emmeline no supo si
fue sin querer, pero deslizó los dedos por la piel mientras bajaba hacia el
número cuatro.
Lo iba haciendo despacio, y, durante cada segundo que permanecía delante
de él, Emmeline sentía que se le ponían los nervios de punta. Cuando llegó al
botón número veinte todavía no estaba ni a la mitad de la espalda, y un calor
febril ya la estaba atravesando entera.
¿Le habría desabrochado los suficientes como para que ya pudiera quitarse
el vestido? No estaba segura a aquellas alturas de si le importaba mucho que
el vestido se rompiera siempre y cuando pudiera quitárselo sin seguir
sometida a… aquello.
O bueno, tal vez un instante más, concedió débilmente aspirando con
fuerza el aire mientras los dedos de Pietro rozaban la piel donde debería estar
el sujetador. No lo había necesitado con aquel vestido, tenía suficiente
sujeción. Bajó un poco más y los dos siguientes botones se abrieron despacio.
Los dedos de Pietro estaban peligrosamente cerca de la parte baja de la
espalda, casi rozando el trasero.
Ningún hombre le había visto nunca aquella zona, y mucho menos se la
había tocado. Los dedos de Pietro se detuvieron allí unos instantes sin bajar
más, solo acariciándole la piel. A Emmeline se le aceleró el pulso y cerró los
ojos al sentir una oleada de deseo, una necesidad hormonal que había dejado
mucho tiempo relegada.
–Ya… ya puedo encargarme yo –murmuró en voz baja, aunque su cuerpo
gritara en silencioso rechazo al comentario.
Pietro la ignoró. Bajó un poco más las manos al siguiente botón, lo
desabrochó y separó la tela y luego volvió a deslizar los dedos por la piel
expuesta.
–Ya es suficiente –volvió a decir Emmeline con más fuerza en las palabras,
y lo respaldó dando un paso adelante para apartarse de él. Luego se giró
despacio.
Los ojos de Pietro estuvieron a punto de electrificarla. Estaban cargados de
algo, de una emoción extraña que no fue capaz de procesar. Apretó las
mandíbulas y en sus labios apareció una mueca de descontento.
–Gracias –dijo Emmeline en voz baja sin darse cuenta de lo sonrojadas que
tenía las mejillas.
Pietro deslizó la mirada hacia sus labios y ella sacó inconscientemente la
lengua para humedecérselos. Entonces él bajó un poco más la mirada hacia la
curva de sus senos, que ya no estaban sujetos por el vestido.
–¿Querías unirte a mí, cara? –le preguntó arrastrando las palabras y
alzando los ojos hacia los suyos.
Ella sacudió la cabeza rápidamente de un lado a otro, pero siguió sin
moverse. Tenía la garganta seca.
–Yo creo que sí –Pietro volvió a sonreír, pero fue una sonrisa dura–.
Tienes los pezones erectos, desean mis caricias. Creo que tienes la piel de
gallina porque quieres que te bese de arriba abajo. Creo que has venido aquí
esta noche porque sientes curiosidad por saber si al dormir conmigo sentirías
lo mismo que cuando te besé a la salida de la iglesia.
Ella contuvo un gemido.
–Pero…
–¿Pero? –repitió él tomándole la mano y llevándosela a los labios.
Emmeline esperaba que se la besara, pero él hundió los dientes en la yema
del pulgar y una lluvia de flechas la atravesó, haciendo que le temblaran las
rodillas.
No podía hablar. Apenas era capaz de pensar. Lo único que experimentaba
eran sensaciones.
–¿Pero eres virgen? –le preguntó Pietro sin cuestionarse siquiera su
inexperiencia.
¿Acaso lo tenía grabado en la piel?
–Y te estás reservando para alguien que ames –Pietro le soltó la mano y
dejó escapar una amarga carcajada–. Es una lástima, teniendo en cuenta que
acabas de casarte conmigo.
Volvió a mirarla con renovada curiosidad.
–¿Cómo es posible que existan mujeres como tú en esta época?
Había rabia en su pregunta. Una rabia que ella no entendió.
–¿Mujeres como yo? –a Emmeline le sorprendió que la voz le surgiera tan
calmada, fría incluso.
–¡Virgen a los veintidós años! ¿Tu padre te tenía con un cinturón de
castidad? ¿Construyó un foso alrededor de Annersty?
Emmeline sacudió la cabeza.
–Ninguna de las dos cosas.
–Entonces, ¿no te interesan los chicos? ¿El sexo?
Emmeline torció el gesto y las mejillas se le enrojecieron aún más.
–Supongo que no.
–La reacción de tu cuerpo ante mi contacto hace que lo ponga en duda.
–Te lo estás imaginando.
Pietro se rio suavemente.
–Ten cuidado, señora Morelli. Solo te he rozado y te has derretido como
mantequilla en mis manos. Imagínate si te pongo contra la pared y te beso
como si te deseara tanto como tú a mí.
La imagen le provocó una sensación confusa y extraña. Quería que Pietro
hiciera aquello. Al menos, una parte de ella lo deseaba. Una parte loca. La
parte que no tenía orgullo ni raciocinio.
–Seguro que sería una decepción para ti después de las mujeres a las que
estás acostumbrado –afirmó con tirantez.
Pietro no dijo nada. Alzó una mano, la puso en la manga corta del vestido
de novia y empezó a deslizarla hacia abajo. Tan despacio que Emmeline tuvo
muchas oportunidades para decir algo. Para protestar. Pero no lo hizo. Le
observó con los ojos entrecerrados mientras seguía bajándola, la tela era un
tormento mientras se la deslizaba por el escote y luego más abajo, dejando al
descubierto uno de sus senos.
Eran senos delicados, no muy grandes. Pero tampoco eran pequeños, y
estaban firmes. La mirada de Pietro los observó, pero no supo averiguar qué
estaba pensando.
–¿Te ha tocado algún hombre ahí alguna vez? –le preguntó con voz grave.
Ella sacudió la cabeza y se mordió el labio inferior.
–¿Quieres que yo te toque?
Emmeline sintió cierta humedad entre las piernas y le miró angustiada a los
ojos. Asintió con la cabeza. Fue un movimiento leve, casi involuntario,
acompañado de un gesto de terror.
Pietro se rio suavemente, le puso las manos en la cintura y la atrajo hacia
sí. Tenía todo el cuerpo duro, y Emmeline podía sentir su erección a través de
la tela del vestido. Se le escapó un gemido.
–Y yo que pensé que esto no era una invitación –dijo burlón bajando la
cabeza tan rápidamente que ella no pudo anticipar el movimiento.
Le deslizó la boca por el montículo del pezón y se lo lamió.
Emmeline gritó ante la repentina sensación de placer. Surgió de la nada y
la dejó sin aliento. Se estaba derritiendo, tal y como él dijo.
Un deseo poderoso se abrió paso en su interior, creando un huracán de
respuestas que nunca creyó posibles. Su cuerpo estaba experimentando el
primer despertar, y cualquier pensamiento o idea lógica se le había borrado
de la mente. Solo estaba aquello.
Se oyó a sí misma murmurar incoherencias, necesitaba más de lo que le
estaba dando. Se estaba formando una ola y no tenía ni idea de dónde ni
cómo rompería. Solo sabía que debía permanecer ahí, surfeándola hasta el
final.
Pietro subió más los labios y ella gimió ante el abandono de su pezón. Pero
él le cubrió el seno con la mano y los dedos pulgar e índice tomaron el lugar
de su boca, tirando y acariciando aquellas terminaciones nerviosas hasta que
no tuvo más remedio que gritar de placer.
La otra mano de Pietro la impulsó hacia delante, sosteniéndola con fuerza
contra él mientras sus labios buscaban los suyos, besándola mientras la
recorría con las manos, y Emmeline volvió a gritar contra su boca.
–Oh, Dios, por favor… –gimió sin tener ni idea de qué estaba pidiendo.
Solo sabía que necesitaba algo que solo él podía darle.
Pietro se apartó y alzó la cabeza al mismo tiempo que dejaba caer las
manos y daba un paso atrás. Tenía una expresión que Emmeline no supo
descifrar. Se le movía el pecho a toda velocidad y tenía las mandíbulas
apretadas, pero no entendía por qué se había detenido. A ella le corría un
deseo salvaje por las venas.
–Vuelve a tu cuarto, Emmeline.
El modo en que pronunció su nombre fue como mantequilla caliente en
una tostada recién hecha.
¿Quería decir con él? Su confusión quedó enturbiada por el modo en que
su cuerpo gritaba por él.
–No estoy interesado en desvirgar doncellas.
Se apartó de ella, entró en su habitación y agarró el vaso de whisky que
tenía en la mesilla.
Emmeline se quedó boquiabierta y le miró confundida.
–¿Perdona?
–No es necesario disculparse –dijo él encogiéndose de hombros.
–No… no me estoy disculpando –murmuró ella con tono abrumado–. No
entiendo por qué te has parado. No…
–No tengo interés en acostarme contigo –la atajó Pietro enfadado–.
Complicaría las cosas, y sin duda resultaría insatisfactorio para mí.
Ella contuvo el aliento y le lanzó una mirada cargada de dolor.
–No te ofendas –murmuró Pietro–. Es que estoy acostumbrado a amantes
con más experiencia.
Emmeline se sintió tan humillada que cualquier atisbo de deseo quedó
atajado al instante. Se giró sobre los talones y enfiló a toda prisa por el
pasillo. Cuando llegó a su habitación se dio cuenta de que había recorrido
todo el camino con el pecho aún descubierto.

Pietro se quedó mirando fijamente el whisky con el ceño fruncido.


Aquello había sido un error. Todavía sentía su sabor en los labios, su olor
en la ropa, podía oír sus pequeños gemidos de deseo como si todavía
estuviera allí con ella. Podía sentirla como un fantasma de la noche que
podrían haber pasado si él no hubiera detenido las cosas.
Sentía deseo por ella… estaba excitado.
Por la hija de Col.
Un gemido permeó el silencio de la habitación y rebotó por las paredes,
condenándole al oír el eco. Se había casado con ella para salvarla. Se había
casado con ella porque se sintió obligado a ayudar a su amigo.
Desear a su esposa nunca formó parte de la ecuación. Y más le valía
recordarlo.
Capítulo 4

No es que hubiera llevado una vida particularmente activa y ocupada.


Confinada en Annersty, su principal compañía era el personal de servicio, su
padre y algunas amigas del colegio con las que quedaba de vez en cuando a
comer.
Pero la vida en la villa era absolutamente silenciosa. Había pasado una
semana desde la boda y apenas había visto al novio. ¡Gracias a Dios! Cuanto
menos le viera, menos tendría que recordar lo estúpida que había sido entre
sus brazos. La vergüenza de aquella noche todavía hacía que se sonrojara.
Emmeline se adentró un poco más en el huerto de árboles frutales y alzó la
mano para tirar de una flor de naranjo cuando pasó a su lado, llevándosela a
la nariz para aspirar su dulce aroma.
Sí, se habían visto unas cuantas veces. Una al día siguiente, cuando ella iba
caminando por la villa como un cordero perdido. Pietro salió de una
habitación que después supo que era su despacho en la casa. Sus miradas se
cruzaron y él arqueó una ceja, un simple gesto que indicaba burla y
escepticismo. Emmeline levantó la cabeza y pasó por delante de él con el
corazón latiéndole a toda prisa y las mejillas ardiendo.
Pasaron dos días hasta que volvió a verlo, esa vez por la noche. Pietro
entraba por la puerta principal cuando ella pasaba por delante. Y parecía
cansado. Se aflojó la corbata para poder desabrocharse el botón superior y se
quitó la chaqueta. Ella se las arregló para esbozar una sonrisa tirante y asintió
con la cabeza a modo de saludo mientras se escabullía.
En aquella parte del huerto crecían los naranjos, y más abajo los limoneros.
Un poco más allá había membrillos y olivos. Era el jardín mediterráneo
perfecto. Emmeline se detuvo al final de una hilera y se giró para mirar colina
abajo hacia Roma. El cielo estaba jalonado de los tonos naranja y melocotón
del atardecer.
La temperatura era cálida y deliciosa. La sintió en la piel y sonrió. La
primera sonrisa auténtica que había esbozado desde la boda.
La universidad ayudaría. Necesitaba actividad, algo en lo que ocupar la
mente y poder distraerse de él. Su marido. Y del traicionero modo en que su
cuerpo había respondido a él.
Necesitaba recordar la razón por la que se había embarcado en aquella
farsa. Su matrimonio no tenía que ver con el deseo ni con Pietro, sino con
ella. Era su vehículo para salir por fin al mundo. Una sonrisa le asomó a los
labios y sintió una vez más el calor del sol en la piel.
Le sonó el móvil y la sacó de sus ensoñaciones. Lo sacó del bolsillo de
atrás de los vaqueros y el rostro de Pietro la observó desde la pantalla.
–Hola –lo saludó con el corazón acelerado.
–Emmeline.
Ahí estaba otra vez. La mantequilla cálida rezumándole en la piel.
Cerró los ojos y se sentó en el suelo para poder concentrarse.
–Sí, dime.
–Tu padre viene a cenar esta noche a las siete. Supongo que querrás verlo
antes de que regrese a Estados Unidos.
Emmeline asintió, pero estaba consternada. Claro que quería volver a ver a
su padre, pero le hubiera gustado tomarse un café con él a la mañana
siguiente, cuando pudieran estar solos.
–De acuerdo –se mordió el labio inferior.
–Mi secretaria se lo dirá a la signora Verdi –dijo Pietro refiriéndose al ama
de llaves, a la que Emmeline había visto un par de veces.
–Muy bien –murmuró.
–Aunque sabe que el nuestro es un matrimonio de conveniencia, creo que
le gustaría ver que… nos llevamos bien Te quiere mucho –afirmó Pietro, pero
con tono impaciente–. Verte feliz le hará feliz a él.
–Entonces, ¿quieres que finja? –le espetó Emmeline sin poder contenerse.
–Quiero que pienses en tu padre, como has hecho en el pasado –respondió
Pietro con tono suave–.Te casaste conmigo para hacerle feliz.
Una voz de mujer se filtró en la llamada y a Emmeline le ardió la sangre.
No entendió lo que dijo la mujer, pero lo hizo en un tono bajo. Íntimo.
Sintió celos.
–Estaré en casa a las seis. Y… Emmeline, ¿podrías ponerte un vestido?
Ella se sintió ultrajada. Colgó el teléfono. ¿Ponerse un maldito vestido?
¿De verdad pensaba Pietro que podía presionarla para que se pusiera lo que él
quería? ¿Lo que él consideraba adecuado? Cierto que después de la boda
había regresado a la ropa con la que más cómoda se sentía, y desde luego no
eran prendas osadas. Pero ¿por qué tenía que ser tan maleducado y machista
con ella?
Se puso de pie, guardó el móvil con manos temblorosas y se quedó
mirando hacia Roma.
Le demostraría algo a Pietro.

Emmeline entró a las seis y diez en el comedor formal con la intención de


servirse una copa para calmar los nervios. Lo que no esperaba era ver a su
marido ya allí, agitando una coctelera.
Se quedó paralizada en el pasillo y aspiró con fuerza el aire. Solo tenía un
segundo para recomponer su rostro en una máscara de calma antes de que
Pietro alzara la vista. Y, cuando sus miradas se encontraron, se alegró
infinitamente de haber llevado a cabo aquel plan. Había significado horas de
compras, una actividad que no le gustaba, pero el resultado valió la pena.
El vestido era exquisito. Tenía la ventaja de que parecía hecho para ella. La
tela de seda le caía suavemente en los senos y las caderas y mostraba varios
centímetros de rodilla. Y tenía unas mangas de murciélago que le llegaban
hasta las manos. El escote en pico era más amplio de lo que había llevado
nunca en su vida. Lo combinó con unas alpargatas que le daban un aire más
informal para una cena en casa.
–Tomaré lo mismo que tú –murmuró con una confianza que estaba muy
lejos de sentir.
Pietro asintió brevemente y siguió agitando la coctelera.
–Bonito vestido.
El cumplido hizo que la sangre le corriera más deprisa por las venas.
–Gracias.
–Resulta casi imposible recordar que eres una doncella inocente y virgen.
Emmeline contuvo su reacción natural, sonrojarse, porque seguramente era
lo que Pietro buscaba. Entornó la mirada y se acercó más, observando cómo
servía el Martini en un vaso. Lo agarró antes de que él se lo ofreciera.
–¿Y te molesta?
–Me confunde –la corrigió él buscando más botellas de alcohol para la
mezcla–. Sobre todo cuando vas así vestida.
–Entonces, ¿el modo en que alguien se viste es un indicador de sus
inclinaciones sexuales?
–No. Pero vestida así estás… irresistible.
Emmeline le dio un sorbo a la copa para ocultar su reacción y luego tosió
cuando el alcohol le atravesó la garganta.
–Uf… está muy fuerte.
–Es un Martini –señaló él muy serio–. Se supone que debe estar fuerte.
Ella asintió y dio otro sorbo, esa vez con más cuidado.
–¿Por qué te vistes como te vistes? –Pietro regresó a la conversación
anterior.
–Eso no es asunto tuyo –le espetó ella sosteniéndole la mirada, aunque
quería apartarla.
–Me interesa. Eres una mujer atractiva que hace todo lo posible por
disimular sus encantos. No tiene sentido.
Emmeline se apartó de él, sorprendida por la facilidad con la que había
conjeturado sobre su situación.
–No todo el mundo cree que su valía depende de la aprobación del sexo
opuesto.
Pietro emitió un sonido de desacuerdo.
–Pero estar orgulloso del propio aspecto no va encaminado solo a conocer
a alguien o atraer. Es un signo de amor a uno mismo querer verse lo mejor
posible.
–No estoy de acuerdo –murmuró ella, aunque en realidad no había vuelto a
revisar las opiniones que se formó cuando era una adolescente.
–¿No te sientes mejor con este vestido?
Pietro se acercó a ella con el vaso en la mano y sosteniéndole la mirada.
Ella también se la mantuvo, negándose a dejarse intimidar a pesar de los
nervios.
–¿No te gusta cómo estás esta noche?
–No me gusta cómo me estás mirando, como si quisieras arrancarme el
vestido –respondió Emmeline.
Pietro soltó una carcajada sensual que la envolvió.
–Ya hemos hablado de esto. No estoy interesado en ser el hombre que te
enseñe a sentir.
Pietro alzó un dedo y le recorrió con él el labio inferior. Luego siguió
bajando más y más hasta llegar a la tela que se unía en el centro del pecho. Y
después bajó al ombligo. Emmeline contuvo al aliento cuando lo deslizó por
su feminidad y se entretuvo allí, pasando el pulgar por aquella parte de su
cuerpo que ningún hombre había tocado nunca.
–Aunque mentiría si dijera que en estos momentos no me ofrece cierto
atractivo –parecía como si le hubieran arrancado aquellas palabras contra su
voluntad.
La duda y la confusión regresaron a Emmeline. La incertidumbre. Le
temblaba el cuerpo por dentro, y dio un paso hacia delante sin quererlo.
–Me pregunto si llegarás pronto al orgasmo… –murmuró él
distraídamente.
Una punzada de deseo hizo gemir a Emmeline y asintió con la cabeza sin
saber por qué. Pietro apretó los labios en una sonrisa contenida y apartó la
mano. Ella emitió un gemido enfadado y antes de pensar en lo que estaba
haciendo le agarró la muñeca con la mano libre.
–Ten cuidado, cara. No te conviene jugar con un hombre como yo.
–Entonces. ¿por qué me atormentas? –preguntó Emmeline sin soltarle la
mano–. ¿Por qué me excitas y luego te vas? ¿Te divierte?
–¿Divertirme? No. Y por qué lo hago… no lo sé. Supongo que soy un poco
como un gato con un ovillo de lana. Me resulta difícil entender el concepto de
una mujer de veintidós años virgen. Me fascinas y no lo puedo evitar.
–Pues no lo evites –susurró Emmeline dándole el último sorbo que le
quedaba a la copa. Le rodeó el cuello con los brazos y sus labios buscaron los
suyos.
–Eres la hija de Col –sus palabras sonaron con gravedad.
–Pero te has casado conmigo –ella apretó las caderas contra su cuerpo. Sus
ojos mostraban su deseo.
Pietro maldijo entre dientes y luego le deslizó la mano por el muslo.
Encontró el bajo del vestido y se lo subió, apartando la tela de la ropa interior
de seda. Le rozó el palpitante calor con los dedos y Emmeline contuvo el
aliento. Nunca se había imaginado una sensación así.
–No soy el hombre adecuado para ti –dijo Pietro.
Y tenía toda la razón. Pero el deseo sensual le había arrebatado cualquier
vestigio de sentido común.
–Cállate –le dijo ella con ansia.
Pietro se rio en sus labios.
–¿Cállate y haz esto? –preguntó apartando la tela de sus braguitas.
Le dio un vuelco el corazón. Lo único que podía hacer era esperar. Esperar
a lo que llegara a continuación.
Si Emmeline hubiera sido capaz de pensar con claridad le habría importado
algo más estar en una estancia en la que cualquiera podría entrar en algún
momento. Pero no podía pensar. Por suerte, su marido tenía la cabeza en su
sitio, y Pietro utilizó el cuerpo para guiarla hacia atrás de modo que dio
contra un rincón cercano que les proporcionaba algo de intimidad.
El dedo de Pietro invadió su calor suavemente al principio, deslizándose
dentro, preparándola lentamente para aquella sensación desconocida.
Emmeline gimió cuando entró más profundamente. Se le tensaron los
músculos.
–Dios –gimió moviendo las caderas.
Y él se rio suavemente mientras movía el dedo en círculos y el pulgar
encontraba el núcleo de nervios a la entrada de su cuerpo.
A Emmeline le ardía la sangre bajo la piel como hierro líquido. Jadeaba, y
los sonidos atravesaron el silencio de la estancia. Se mordió el labio inferior
mientras las sensaciones comenzaban a apoderarse de ella. Se le sonrojó el
rostro y se le perló la frente de sudor. Le agarró del pelo y lo miró a los ojos.
No estaba preparada para aquella sobrecarga de sensaciones. Oleadas de
placer y satisfacción la atravesaron hasta el centro del cuerpo. Se quedó
completamente quieta y dejó que las olas rompieran contra sus terminaciones
nerviosas, y luego echó la cabeza hacia atrás y la apoyó contra la pared
mientras recuperaba el aliento.
Pietro sacó el dedo de su centro húmedo y latiente y ella emitió un
pequeño sonido de sorpresa ante aquel inesperado abandono. Cuando abrió
los ojos, Pietro la estaba mirando fijamente en silencio.
El mundo dejó de girar. Todo se detuvo excepto su respiración. Emmeline
alzó la mano y le agarró la camisa para sujetarse. Se agarró a él mientras se le
normalizaba la respiración y él no dejó de mirarla en ningún momento.
Finalmente dijo:
–Eres demasiado sensual como para no estar interesada en el sexo. ¿Tenías
prohibido salir con chicos?
A Emmeline todavía le daba vueltas la cabeza por lo que acababa de
suceder.
–Necesito un minuto –se mordió el labio inferior–. ¿Qué diablos ha sido
eso? Guau…
Pietro gruñó.
–Dime que al menos te has tocado a ti misma.
¿Debería haberlo hecho? Dios, se suponía que al menos debería haber
tenido una cierta curiosidad por su propio desarrollo sexual. La vergüenza
hizo que se sonrojara.
–Yo…
–¿Qué diablos te sucedió? –murmuró Pietro–. ¿Cómo has podido ignorar
estas sensaciones, este deseo?
Emmeline tragó saliva, pero su insultante tono de voz hizo que se pusiera a
la defensiva.
–No todo el mundo ve el sexo como lo único y lo más importante…
–Claro que sí –afirmó él con tono ronco–. Al menos, todos los que saben lo
que es el buen sexo –sacudió la cabeza–. Ojalá hubiera sabido esto de ti antes
de acceder a este maldito matrimonio –dijo enfadado–. Necesitas tener sexo.
Y rápido. Pero no conmigo.
Ella giró la cabeza sobre su pecho.
–¿Por qué no contigo? –preguntó.
Los ojos de Pietro despedían chispas de frustración.
–Ya te lo he dicho. Enseñar a vírgenes no es lo mío. No me interesa esa
complicación.
–¿Ni siquiera con tu mujer? –preguntó ella molesta.
–No eres mi mujer de verdad, ¿recuerdas?
Emmeline se mordió el labio inferior y asintió.
–Entonces, ¿qué se supone que tengo que hacer?
–Bueno, has esperado veintidós años. Supongo que un poco más no te
matará.
Pero a lo mejor le mataba a él, pensó Pietro dándole la espalda. Apartarse
de allí como si no estuviera afectado en absoluto le resultaba casi imposible
debido a la furiosa erección que tenía entre las piernas.
Una virgen. Y tan bella, seductora y sensual. Dios, quería llevársela a la
cama. A pesar de lo que había dicho, la idea de enseñarle a Emmeline Morelli
lo que su cuerpo era capaz de sentir despertaba todo tipo de fantasías
masculinas en su mente.
Ser el primer hombre que se movía dentro de ella… diablos, la necesidad
de poseerla era muy fuerte. Pero no podía hacerlo. Se había casado con ella
porque quería a Col Bovington como a un padre y resistiría el deseo de
acostarse con Emmeline exactamente por la misma razón.
Por muy fuerte que resultara la tentación.
Era un adulto. Un adulto con experiencia. Tenía que controlar aquella
bestia de deseo que ardía entre ellos o nunca se lo perdonaría a sí mismo.

–Siempre me ha gustado Roma.


La voz de Col tenía un tono melancólico, o tal vez solo se lo pareció a
Pietro. Porque en el fondo de su mente, y seguramente también en la de Col,
solo había una pregunta: ¿sería aquella la última vez que estaría en Italia?
–Es una ciudad como ninguna otra –afirmó Pietro con orgullo.
–Sí –reconoció Col con una sonrisa. Sus ojos escudriñaron el paisaje,
disfrutando de las luces de la ciudad en la distancia–. ¿Qué tal está ella?
Pietro sintió una punzada de culpabilidad. Una sensación tan extraña como
incómoda.
–¿Está adaptándose? ¿Es feliz?
Pietro apretó los dientes antes de responder.
–Todavía es muy pronto –dijo para no comprometerse.
–Pero… ¿os lleváis bien? –insistió Col.
Pietro dejó escapar un suspiro.
–Claro.
Si contaba el hecho de apenas verse el uno al otro y luego llevarla al
éxtasis por la única razón de que la deseaba desde que la vio.
–Bien –si Col tenía dudas, no las expresó.
Pietro dejó caer un codo en la barandilla y se giró lentamente hacia su
amigo midiendo las palabras.
–Creo que tienes que decirle la verdad.
–¿Respecto a qué? –bromeó Col.
Pietro no le siguió el juego.
–Es más fuerte de lo que crees –Pietro confiaba en que así fuera–. Podrá
con ello. Con lo que no podrá es con descubrir que la has engañado.
–Yo la conozco mejor que nadie.
Las palabras de Col encerraban una advertencia y Pietro la siguió. No
porque tuviese miedo, sino porque seguramente su amigo tuviese razón. Col
había trazado una línea en la arena y Pietro no tenía ninguna intención de
cruzarla.
Suspiró.
–Pues entonces considera hablar con ella.
–No puedo. Necesita tener algo más que yo en la vida –dirigió la mirada
hacia Pietro. Parecía más pálido–. Si lo sabe, volverá a casa.
–¿Y qué? Deja que lo haga.
¡No, maldita sea! El sentido de todo esto es… que no quiero que me haga
de enfermera. Se merece algo mejor.
Pietro lo observó muy quieto.
–¿No quieres que te cuide? Es tu hija. Cuando mi padre se puso enfermo…
–No es lo mismo –el propio Col parpadeó ante lo abrupto de su respuesta–.
Lo siento, Pietro. No quiero subestimar lo que tuviste que pasar. Pero no es lo
mismo.
–¿Por qué no?
–Porque es mi única hija. Cuando yo muera se quedará huérfana. Porque
me adora y me idolatra y no permitiré que me vea débil y enfermo –apretó las
mandíbulas con firmeza–. La quiero demasiado para eso.
Un avión pasó por encima y dejó un brillante rastro blanco contra el cielo
de la noche. Pietro se lo quedó mirando un instante, preguntándose respecto
al destino del avión y la gente que iba dentro. Se preguntó también por el
amor de Col. ¿Era posible amar y mentir así? ¿Se podía amar a alguien y
negarle la oportunidad de despedirse?

–¿No crees que parecía cansado? –le preguntó Emmeline a Pietro cuando
regresó al salón tras haberse despedido del senador.
Aquella pregunta tan directa le pilló con la guardia bajada. Pero, por
supuesto, era su hija y se daba cuenta de cualquier pequeño cambio.
–Tal vez –esquivó la pregunta con sorprendente dificultad. Seguía con la
vista fija en el rostro de Emmeline.
Ella estaba distraída, jugueteando con el bajo del vestido, deslizando los
dedos por la tela de seda mientras asentía lentamente.
–Sí lo estaba. Supongo que sería el cambio de horario… no lo sé –sacudió
la cabeza.
Pietro contuvo un gruñido. Se sentía culpable por estar engañándola a
pesar de que le debía lealtad a Col y no a Emmeline.
–Voy a salir –dijo sin pensar.
–¿A salir? –ella frunció el ceño y consultó el reloj–. Son más de las diez.
Pietro soltó una carcajada algo burlona.
–En Roma todavía es temprano, cara.
A ella se le sonrojaron las mejillas y le miró. Por su rostro cruzó una
expresión que Pietro no reconoció.
–De acuerdo –dijo finalmente Emmeline–. Gracias por esta noche.
–No me des las gracias –respondió él–. He invitado a tu padre esta noche
no solo por ti, también por mí.
–No me refería a eso.
Cuando pasó por delante de él, Pietro captó una suave fragancia a vainilla
y rosas y se le formó un nudo en el estómago. Sintió un deseo que apenas
podía controlar. El deseo de pasarle la mano por la cintura, atraerla hacia sí y
hacer que alcanzara el éxtasis otra vez. Giró la cabeza cuando ella salió de la
habitación y la siguió por instinto. El modo en que el vestido se le pegaba a
las curvas del trasero al caminar…
Tenía que salir de allí antes de cometer alguna locura. Como dejarse llevar
por la tentación e invitar a su mujer a compartir su cama…
Capítulo 5

La habitación de Pietro estaba lo bastante lejos de la suya como para no


tener que oírle necesariamente cuando regresara a casa cada noche. Pero,
durante el mes que llevaban casados, el oído se le había desarrollado tanto
que oía hasta el menor sonido.
Como que se abriera la puerta de su dormitorio y se cerrara un segundo
después.
Escuchó el «clic» habitual y dirigió la mirada a la mesilla. Buscó el móvil
para ver la hora. Eran más de las dos de la mañana.
¿Cómo podía hacer Pietro aquello con tanta frecuencia y tener un aspecto
tan lozano al día siguiente?
Emmeline trató de no pensar en con quién había estado y dónde. Aunque
no hacía falta ser un genio para imaginárselo.
Pietro no hacía ningún esfuerzo por ocultar su virilidad, y antes de casarse
acordaron que él seguiría con su vida como antes. Y lo estaba haciendo. Si a
Emmeline ya no le parecía bien, era cosa suya.
Se giró en la cama y se colocó de lado para poder mirar por la ventana.
Todavía hacía calor, y la brisa le ofreció un poco de alivio, aunque no
demasiado. El día había sido muy sofocante.
¿Habría solo una mujer en la vida de Pietro? ¿Sería la guapa pelirroja de la
boda?
Cerró los ojos y a su mente acudió la imagen de la mujer. Era espectacular,
aunque se notaba que estaba operada por todas partes. ¿Aquella era la clase
de mujer que le gustaba? Emmeline nunca sería así.
Abrió los ojos de golpe, pero ya era demasiado tarde. Una imagen de su
madre se había abierto paso en su cabeza y Emmeline emitió un pequeño
gemido.
Patrice Bovington también había sido muy hermosa. Impresionante sin
necesidad de cirugía. Pero eso no le había impedido ir de vez en cuando al
médico para que le pusieran un poco de Botox en la frente, para que le
rellenaran los labios. Había cambiado a lo largo de los años, pero de forma
tan sutil que solo al mirar las fotos del pasado Emmeline se dio cuenta de que
la idea de ser más bella se había convertido en una obsesión para su madre.
Y en una obsesión inútil, además. Siempre habría alguien más bella, más
esbelta, más joven. ¿Por qué hacer de la apariencia la base de la autoestima?
Se sentó en la cama y recordó las palabras de Pietro de que estaría más
guapa si se esforzara un poco. No sabía que «estar guapa» había sido la causa
de todos los problemas que tenía con su madre. Sintió un nudo en el
estómago al recordar su última discusión. El día antes de que Patrice
estrellara su descapotable contra un olmo enorme de la esquina.
Emmeline se giró hacia el otro lado y miró ahora hacia la pared. Pero no
sirvió de nada. Tenía la mente muy despierta, las piernas pesadas, el cuerpo
caliente.
Se incorporó y se levantó de la cama. Solo había ido a nadar dos veces
desde que llegó a la villa, cuando sabía que Pietro no estaba en casa.
Y ahora estaría dormido, agotado seguramente tras haber seducido a
alguna bella mujer.
Emmeline se puso el bañador sin hacer ruido. Si ella podía oír el «clic» de
su puerta, seguramente él también. Salió de puntillas al pasillo y se detuvo un
segundo, conteniendo el aliento. Las escaleras estaban a unos diez pasos de
allí. Se movió en silencio pero deprisa. Acababa de poner los dedos en la
barandilla cuando la puerta de Pietro se abrió.
Estaba allí con unos shorts y nada más, y la miró con el gesto torcido.
–¿Te he despertado? –susurró Emmeline sin saber por qué hablaba bajo,
teniendo en cuenta que solo estaban ellos dos en la casa.
–No, estaba despierto –Pietro deslizó la mirada hacia el bañador y frunció
el ceño–. Al parecer, hemos tenido la misma idea.
–Ah… hace mucho calor esta noche –murmuró ella por decir algo.
Se quedó unos instantes en el escalón contemplando la posibilidad de
volver a su habitación, pero decidió no hacerlo. Aunque, cuando Pietro se le
acercó, el pulso se le aceleró un poco.
–¿Qué estás haciendo?
Él la miró como si se hubiera vuelto loca.
–Ir a nadar. Acabamos de hablar de ello.
–Ah, pensé que… –cerró los ojos y aspiró con fuerza el aire. Fue un error,
el aroma de Pietro la inundó, haciéndole recordar lo que sintió cuando la tocó
de manera tan íntima.
–La piscina es lo bastante grande para los dos.
Tenía razón, por supuesto, y ahora se sentía todavía más tonta que antes.
Ya era bastante malo que la considerara una virgen inexperta. Pero peor era
confirmar aquellos pensamientos actuando así.
–Lo sé –le espetó ella mientras seguía bajando por las escaleras a toda
prisa para ir por delante de él.
Cuando llegó abajo siguió avanzando sin esperarle, no quería que pensara
que veía aquello como una actividad conjunta. Él quería nadar y ella quería
nadar. Eso no significaba que tuvieran que nadar juntos.
El aire de la zona de la piscina era bastante más fresco, pero seguía siendo
una noche calurosa. Emmeline dejó la toalla en una tumbona y se dirigió a la
piscina… justo cuando Pietro se lanzó al agua, su cuerpo le pareció fuerte y
flexible al tocar la superficie y descender.
Era como un dios musculoso y bronceado, como si estuviera tallado en
piedra. Emmeline contuvo el aliento, y no volvió a soltar el aire hasta que
reapareció en el otro extremo de la piscina.
–¿Y bien? –se giró para mirarla–. ¿No vas a unirte a mí, señora Morelli?
Ella lo miró a los ojos. La luz de la luna la atravesó mientras se dirigía al
borde de la piscina y metía el pie en el agua. Estaba deliciosamente fresca, tal
y como esperaba. Se sentó en el bordillo y luego se metió. El agua le llegaba
hasta la cintura y la envolvía. No nadó. Prefirió andar por la piscina con el
rostro apartado del suyo.
A Pietro le habría parecido gracioso si no fuera porque se sentía
absolutamente frustrado. La idea del baño frío era esencialmente la misma
que la ducha fría. Pero su mujer estaba nadando con él, sus senos firmes
dibujados por la luz de la luna, su aristocrático rostro girado para no mirarle.
¿Estaba enfadada con él? Y, si así era, ¿por qué le gustaba tanto la idea?
¿Por qué quería inspirar aquel fiero carácter?
Se metió debajo del agua e hizo un largo fingiendo que no se fijaba en ella
cuando pasó a su lado. Cuando salió a la superficie, ella se dirigió al otro lado
de la piscina.
¿Se estaba escondiendo de él? La idea de que estuvieran jugando al gato y
al ratón le encendió todavía más. Volvió a sumergirse bajo el agua y tuvo el
placer de ver su cara de sorpresa cuando emergió justo a su lado.
–¿Una noche agradable? –murmuró Emmeline escudriñándole el rostro. Su
rabia era visible ahora.
–No mucho –respondió él sin comprometerse.
Emmeline no sabía qué había querido decir con aquello. Giró la cabeza
para mirar hacia Roma en la lejanía sin verla de verdad. Incluso a aquella
hora tan temprana del día la ciudad estaba viva.
–¿Haces esto con frecuencia? –Pietro se giró para mirarla. Su cuerpo
estaba dolorosamente cerca.
–No.
–Yo tampoco. Es curioso que los dos hayamos tenido la misma idea esta
noche.
–No tanto. Ha hecho un calor infernal –afirmó ella con lógica–. Yo no
podía dormir.
Pietro asintió, pero tenía un expresión observadora.
–¿Y en general cómo estás? –le espetó–. ¿Te gusta Roma?
–Sí –respondió ella–. Ya he enviado todas mis solicitudes. Empiezo la
universidad enseguida.
–¿Qué vas a estudiar?
–Psicología –Emmeline apartó los ojos de su intensa mirada. Sentía que
veía demasiado–. Siempre me ha interesado el tema que yo recuerde.
No era del todo cierto. Recordaba perfectamente el momento exacto en el
que tuvo claro que había mucha gente que necesitaba ayuda psicológica.
Al parecer, Pietro había llegado a la misma conclusión.
–Siento que hayas sufrido la muerte de tu madre. Y además siendo tan
pequeña.
Emmeline no solía hablar de su madre. Su padre nunca quería hacerlo, y
ella no tenía nadie más a quien confiarse para hablar de algo así. Pero tal vez
porque Pietro había conocido a Patrice, sintió que la muralla bajaba un poco.
–Llevaba mucho tiempo siendo infeliz. No esperaba que muriera, pero
tampoco fue una absoluta sorpresa.
–¿Infeliz en qué sentido? –Pietro se acercó un poco más.
Los recuerdos que tenía de Patrice eran muy vagos. Había sido guapísima,
y muy amable. Pero también había una especie de frialdad en ella, una
sensación de desconexión.
–Bueno, ya sabes… –Emmeline forzó una sonrisa y no le miró a los ojos.
–No, no sé. Por eso te lo pregunto.
¿Qué podía responder? Estaba aquella mañana en la que había bajado las
escaleras y se encontró a su madre desmayada con dos botellas vacías de
ginebra a los pies y el maquillaje todo corrido por las lágrimas. Y luego
estaban los pequeños retoques, por supuesto. Aunque la mayor pista fue el
control que empezó a ejercer sobre Emmeline.
Incluso siendo una adolescente, Emmeline sabía que no estaba bien, que
había algo poco sano en el deseo de su madre de infantilizarla, de impedir
que experimentara con la ropa y la moda. Una cosa era echar por tierra todos
los intentos de Emmeline de mejorar su imagen, pero empujarla
conscientemente a estilos de peinado poco favorecedores y prohibirle que se
pusiera ropa que Patrice no hubiera elegido…
Emmeline tardó años en entender los motivos de su madre, y eso la había
dejado tocada.
–Por muchas cosas –dijo vagamente sacudiendo la cabeza.
Tal vez fue el dolor de la voz de su esposa lo que impidió que Pietro
siguiera insistiendo. El caso fue que lo dejó estar por el momento.
–Seguro que te resultará muy interesante estudiar Psicología –afirmó–.
¿Cuándo empiezas?
–Dentro de un mes.
–Entonces, todavía tienes tiempo para adaptarte a tu vida aquí.
–Creo que ya me he adaptado –murmuró Emmeline.
Pietro estaba ahora tan cerca que cuando se movió el agua se agitó y le
pareció casi como si la tocara. Emmeline sabía que debía poner cierta
distancia entre ellos, pero apenas le había visto en un mes, y su cercanía era
como una adicción.
–Has estado recluida aquí en la villa –murmuró Pietro con dulzura–. Es
hora de que empieces a salir conmigo. Eres mi mujer. Hay eventos,
espectáculos a los que asistir.
–Oh –Emmeline se mordió el labio inferior con gesto de incertidumbre.
Ella fue la que sugirió que necesitaban mantener una apariencia pública. Pero
ahora la idea la llenaba de dudas–. No sé si es realmente necesario…
–No todo el tiempo, pero hay cosas a las que sí debes acudir. Mi banco
organiza un banquete todos los años en esta época con la temática de El
sueño de una noche de verano. Ven conmigo.
Emmeline iba a protestar por su tono autoritario, pero entonces los dedos
de Pietro rozaron los suyos bajo el agua. Sin duda fue sin querer, aunque su
corazón no lo veía así. Le palpitó con fuerza contra el pecho.
–Es el viernes por la noche –murmuró él–. Creo que deberías venir
conmigo.
Ella volvió a morderse el labio inferior y luego habló antes de que se
cuestionara lo acertado de su propuesta.
–Bueno, hay algo que yo quiero a cambio –murmuró pensativa.
–¿Ah? ¿Y de qué se trata, señora Morelli?
«Dilo. Dilo».
–Quiero que duermas conmigo.
Aquellas palabras salieron de su interior como una ráfaga de aire.
Pietro apenas reaccionó. Un mero apretón de labios fue lo que sugirió que
había escuchado su proposición y la estaba asimilando.
–Ya te dije que…
Emmeline alzó una mano.
–Que no estás interesado en ser mi primer amante –lo atajó encogiéndose
de hombros–. Pero ya es demasiado tarde para eso. Me has mostrado lo que
mi cuerpo puede sentir y quiero saber más.
–No soy profesor.
–No. Eres mi marido.
Él entornó los ojos. Tenía la respiración algo agitada.
–No voy a acostarme contigo –afirmó sacudiendo la cabeza con energía.
Dios, era la hija de Col, y se había casado con ella para apaciguar la mente
de su amigo moribundo. Pero sin duda Col conocía a Pietro lo suficiente
como para saber que aquello era una posibilidad. ¿Por qué se resistía tanto?
El último mes había sido una tortura, obligándose a mantener las distancias
y sin estar nunca seguro de si la llama que había entre ellos ardería fuera de
control.
–Iré a ese banquete contigo. Y a todo lo demás que quieras. Pero necesito
saber qué se siente.
–¿Por qué ahora? –le preguntó él con un nudo en la garganta.
–No era mi intención no acostarme con nadie. Pero nunca conocí a ningún
chico que me interesara. Sinceramente, había empezado a pensar que no tenía
interés en la sexualidad. Todas mis amigas llevaban mucho tiempo teniendo
relaciones.
–Perdiste a tu madre en un momento vulnerable de tu vida –afirmó él con
dulzura.
–Sí, eso es verdad. Me cambió por completo –le sostuvo la mirada durante
un instante–. Fue como si la vida se me fuera. Me siento como si hubiera
pasado los últimos siete años en una especie de éxtasis y ahora estoy
preparada para empezar a vivir de nuevo. Quiero despertar.
Emmeline acortó la distancia que los separaba, sorprendiéndole al rodearle
el cuello con los brazos.
–Quiero que tú me despiertes.
Los ojos de Pietro despedían un cierto brillo burlón mientras la miraban
fijamente, pero no se apartó.
–No soy el príncipe azul, Bella Durmiente –afirmó con frialdad. Con
decisión.
–Ya lo sé –ella parpadeó–. No necesito que lo seas.
–No me habría casado contigo de haberlo sabido –afirmó él sacudiendo la
cabeza con enfado–. Te mereces encontrar a alguien que te importe.
–Esto no se trata de un final feliz de cuento –respondió Emmeline–. Tengo
veintidós años y hasta el día de nuestra boda nunca me había besado nadie.
Dejó caer la mirada, aquella confesión hacía que se avergonzara.
–Me siento como una vasija antigua cubierta de polvo a la que nadie quiere
sacar de la vitrina –tragó saliva–. Pero cuando tú me miras es como… si lo
captara. Entiendo de lo que habla todo el mundo. Finalmente, entiendo el
atractivo del sexo. Y no quiero morir virgen.
Pietro no pudo evitar reírse suavemente ante aquel tono dramático.
–No vas a morir virgen. Todavía eres joven.
–Sí, pero… si no es ahora, ¿cuándo? ¿Con quién?
Era una buena pregunta. De pronto, la idea de que alguien más se llevara
aquel precioso regalo se convirtió en una herejía para Pietro. El hombre de
sangre caliente que habitaba en él había empezado a ver a su mujer como
«suya». No solo como una esposa por conveniencia, sino como una mujer
que vivía en su casa bajo su protección. ¿La dejaría marchar algún día
sabiendo que otro hombre se llevaría lo que él, Pietro, había rechazado por
nobleza?
Gimió suavemente, consciente de que se estaba dejando llevar por sus
deseos.
–Eres demasiado joven para mí –dijo con una firmeza que no le gustó nada
a su erección–. Y demasiado inexperta.
Le agarró las manos por las muñecas y se las retiró del cuello. Cuando se
las puso en los costados dentro del agua, los firmes senos de Emmeline se
apretaron contra él.
Su erección se hizo aún más grande y durante un instante sintió que perdía
el control de su voluntad. Qué fácil habría sido hacer lo que ella quería. Se le
estaba ofreciendo en bandeja de plata.
Pero si lo hacía se arrepentiría.
De un modo u otro dominaría aquel deseo… porque nada ni nadie podía
con Pietro Morelli.
Capítulo 6

Dios, ¿desde cuándo había empezado a vestirse así?


Pietro estaba mirando por la ventana de la villa. Había perdido la
concentración ante la imagen de su mujer vestida con unos vaqueros cortos
que apenas le cubrían el trasero y una camiseta de tirantes blanca. Sin
sujetador.
La línea de los senos resultaba claramente visible, igual que los duros
puntos de los pezones apretados contra la tela. Se estaba dando golpecitos
con un bolígrafo en la boca y tenía la mirada clavada en el libro abierto sobre
las rodillas. Pero Pietro le miraba fijamente los labios. Unos labios
ligeramente entreabiertos, carnosos y rosados, brillantes como si acabara de
humedecérselos.
«Tengo veintidós años y hasta el día de nuestra boda nunca me había
besado nadie».
Una fuerte oleada de posesión lo atravesó. Aquellos labios habían recibido
de buena gana su asalto posesivo, le habían devuelto los besos. Se habían
abierto a la invasión. Y le había sabido muy dulce.
Pietro cerró los ojos al recordar cómo fue a su encuentro en la noche de
bodas, nerviosa y con las mejillas sonrojadas. Cómo se quedó paralizada
como un cervatillo atrapado por las luces de un coche. Era imposible que
entendiera la oleada de calor sensual que ardía entre ellos.
Incluso a Pietro le costaba trabajo procesarlo. Y también imposible de
ignorar, al parecer. ¿Se imaginaría Emmeline lo que su presencia provocaba
en él, allí en la casa? Su esposa virgen, lista para que él la tomara.
La idea se expandió como el fuego por su cuerpo. Necesitó de toda su
fuerza de voluntad para no dejarse llevar por la tentación. Pero sería un gran
error. Otras mujeres eran para sexo irrelevante. Emmeline era distinta. No era
alguien a quien pudiera desear. Era alguien a quien necesitaba proteger.
Como un hermano a su hermana.
No. Como un hermano no.
Emmeline se retiró la melena por encima del hombro y alzó la mirada en
un gesto casi inconsciente. Estaba claramente perdida en sus pensamientos.
Pietro bajó la cabeza y volvió a centrarse en el informe de marketing que le
habían entregado aquella mañana. O al menos lo intentó. Pero era
aburridísimo, y su esposa estaba a solo unos metros de allí, con sus largas
piernas…
Emitió un sonido de impaciencia, retiró la silla y se dirigió hacia las
puertas de cristal con expresión adusta.
–¿Te has puesto crema de protección solar? –preguntó abriendo más la
puerta al salir.
Emmeline frunció el ceño, claramente desconcertada.
–No, pero son más de las cinco y no creo que…
–El sol de Roma todavía pega –Pietro se giró sobre los talones y
desapareció. Regresó al cabo de unos instantes con un pequeño tarro
amarillo–. Toma.
Dejó el tarro en la tumbona y ella lo recogió y levantó la tapa. Pietro seguía
sus movimientos con los ojos y con los brazos cruzados en un gesto de
imposición.
Ya tenía aquella actitud antes incluso de que Emmeline le hiciera aquella
bochornosa petición en la piscina la noche anterior. No. No la noche anterior,
sino unas horas atrás, aquella misma mañana. El color de sus mejillas no
tenía nada que ver con el hecho de que llevara varias horas leyendo en
aquella misma piscina, el escenario del crimen.
Empezó a extenderse la crema por los brazos y por el escote. Pietro la
observaba, pero su humor no mejoró con aquella visión. Ni tampoco cuando
se puso más crema en la palma de la mano y se la empezó a extender por las
piernas. Aquellas piernas largas, bronceadas y suaves…
Apartó la vista con los brazos todavía cruzados.
Pero seguía viéndola en su mente tal y como estaba aquel amanecer en la
piscina, con el pelo cayéndole como un velo oscuro, los ojos muy abiertos y
los labios curvados en una sonrisa.
A su petición no le faltaba lógica. Qué diablos, la había pegado contra la
pared y había deslizado los dedos en su humedad hasta que alcanzó el
orgasmo entre sus brazos. Por supuesto que tenía curiosidad.
Había despertado algo en ella y ahora estaba impidiendo que lo
experimentara. No era justo.
–El caso es que eres mi mujer –dijo como si todavía estuvieran
manteniendo la conversación de la noche anterior y solo hubieran hecho una
pausa para dormir y trabajar unas horas–. Si nos acostamos juntos sería
demasiado complicado.
Emmeline le miró a los ojos completamente noqueada por aquella
repentina afirmación. Pero se las ingenió para retomar las riendas de su
negociación como si se tratara únicamente de un asunto de negocios.
–¿Complicado en qué sentido?
–No tengo nada que ofrecer –aseguró Pietro con tirantez irguiendo los
hombros–. No estoy interesado en una relación y sospecho que tú borrarías
esa línea si hago lo que me pides.
Ella asintió lentamente y se encogió de hombros.
–Seguro.
Que lo reconociera de aquel modo resultaba insultante.
–Si quisieras algo de mí no podría dártelo.
Emmeline se mordió el labio inferior y volvió a encogerse de hombros.
–Da igual, no es tan importante. Olvídalo.
Pietro volvió a apartar la vista una vez más. ¿Por qué tenía que tener unas
piernas tan bonitas? Sin querer se las imaginó rodeándole la cintura mientras
él la apretaba contra su cuerpo.
La erección le palpitó casi dolorosamente.
–Sé que no tengo nada que hacer al lado de tus… amantes habituales. Fue
una estupidez por mi parte sugerirlo siquiera.
–Tú eres muy diferente –reconoció él.
Ya tenía el orgullo bastante herido. No era necesario que le dijera lo
diferente que era. Emmeline había visto las fotos. Pietro le había dicho
claramente que no la consideraba atractiva. ¡Dios, se había arrojado a sus
pies! Era lo peor que podría haber hecho.
–Creo que anoche me dejé llevar. La luna, el agua, el calor… –sonrió–. No
volverá a ocurrir.
Lo miró un instante a los ojos y luego volvió al libro fingiendo que estaba
fascinada con lo que leía.
–Es lo mejor, cara.
Pietro se giró sobre los talones y regresó al interior de la villa antes de
dejarse llevar por la tentación y besar aquellos dulces labios que llevaban
tentándole toda la tarde.

Rafe soltó un silbido con la mirada clavada en un punto de la habitación.


Pietro siguió la dirección de sus ojos, aunque ya sabía lo que había visto. A
su mujer, Emmeline Morelli, que parecía sacada de la portada de una revista
de modas. El vestido era precioso, pero todas las mujeres de la fiesta llevaban
trajes de alta costura y diamantes. Lo que llamaba la atención era ella.
La larga melena oscura le caía en suaves rizos por la espalda. El vestido
era de corte griego clásico hecho en tela color crema, combinado con
sandalias doradas, brazalete en forma de serpiente que le subía por el
antebrazo y una cinta dorada en la cabeza.
Parecía un hada hermosa y sexy. Algo de lo que los dos hombres con los
que llevaba veinte minutos hablando parecían ser muy conscientes. Tenía una
expresión animada al hablar y le brillaban los ojos. Se reía con frecuencia.
Un deseo poderoso y ardiente se apoderó de él.
–Parece que a la señora Morelli le sienta bien el matrimonio –dijo Rafe
sonriendo mientras agarraba una copa de vino de la bandeja de un camarero–.
¿Y qué me dices de ti?
Pietro apretó las mandíbulas.
–Hay demasiadas lucecitas parpadeantes –le espetó cambiando de tema–.
Están por todas partes.
Rafe se rio y a Pietro le molestó. Todo le molestaba. ¿Quién diablos eran
aquellos hombres?
¿Los conocía de antes? Gruñó para sus adentros y se despidió de su
hermano inclinando la cabeza.
–Luego te veo.
Pietro avanzó a toda prisa entre la gente sin detenerse a hablar con nadie.
Cuando llegó al lado de su mujer se detuvo y la observó durante unos
segundos. La culpabilidad no era un sentimiento al que estuviera
acostumbrado, y sin embargo ahora la sintió. El padre de Emmeline era uno
de sus amigos más queridos y sin embargo apenas se había tomado la
molestia de hablar nunca con ella. ¿Qué la hacía reír así? ¿Qué era aquello
que encontraba tan divertido?
Apretó los labios y se acercó un poco más. Los dos hombres se apartaron
al instante.
–Ah, Pietro –Emmeline parpadeó, y su expresión pasó rápidamente del
entusiasmo a la confusión.
Pietro movió el cuerpo de modo que lo colocó entre Emmeline y la gente,
obligándola casi a tocar la pared para que los dos recordaran la noche que la
había hecho alcanzar el clímax.
Ella contuvo el aliento y le miró.
–¿Quiénes eran esos hombres?
Emmeline apretó los labios, pero solo un instante. Luego el entusiasmo
volvió a brillarle en los ojos, como si no pudiera reprimirlo.
–Ah, son profesores de la universidad. Uno de ellos del departamento de
Psicología. Me viene muy bien conocerlos.
La rabia provocó que no fuera capaz de pensar con claridad.
–Deberías estar conmigo –gruñó enfadado–, y no hablando con
desconocidos. Eres mi mujer.
–Sí, soy tu mujer, no uno de tus accesorios –afirmó ella manteniendo un
tono de voz bajo.
–Acordamos que no llamaríamos la atención sobre nuestra relación o la
falta de ella. No permitiré que la gente comente que mi esposa no tiene
interés en mí.
Ella parpadeó mientras palidecía.
–¡Debes de estar de broma! ¿Tienes el ego herido porque estaba hablando
con dos profesores seguramente casados de la universidad a la que voy a ir?
–No estabas solo hablando. Estabas…
–¿Qué? ¿Crees que estaba coqueteando? –preguntó Emmeline sin dar
crédito a lo que oía–. Eres increíble.
–Me da igual. Quiero que esta noche estés conmigo.
Ella le miró enfadada. Sin duda haría lo imposible por complacer a su
padre, pero ahí terminaban sus tendencias sumisas.
–De ninguna manera –para su frustración, se le llenaron los ojos de
lágrimas. Parpadeó para evitar que cayeran–. Ahora mismo eres la última
persona a la que quiero ver.
Y entonces Pietro le puso una mano en la cadera y empezó a acariciarle
suavemente la piel.
–¿Por qué me resulta difícil de creer?
–No hagas eso.
Ella se mordió el labio inferior y en sus ojos había tanto deseo y confusión
que Pietro estuvo a punto de dejar caer la mano. Pero no lo hizo.
–¿Que no haga qué?
«No utilices esto contra mí», pensó ella con el corazón dolido. Aquel deseo
al que no estaba acostumbrada ya le hacía el suficiente daño.
Pietro se acercó un poco más y dejó caer un poco la cabeza, de modo que
al hablar le susurró las palabras al oído.
–Sal y espérame en el coche. Es hora de irnos.
–Solo llevamos una hora aquí –murmuró Emmeline con el cuerpo en
consonancia con los movimientos del suyo–. ¿Por qué nos vamos?
«Porque no quiero ver cómo otro hombre te mira y se le cae la baba.
Porque quiero hacerte el amor. Porque eres mía».
Pietro sacudió la cabeza.
–Es un buen momento. Saldré lo antes posible.
Pero no le resultó fácil marcharse. Cuando salió tras despedirse del
invitado más importante de la fiesta, Emmeline llevaba casi media hora
esperando en el coche y estaba de muy mal humor.
–¿Me estás castigando por haber disfrutado de una conversación? –inquirió
en cuanto él tomó asiento tras el volante.
–No –Pietro arrancó el motor y pisó el acelerador. La miró de reojo y vio
que tenía las mandíbulas apretadas.
–Me he esforzado mucho por venir a este maldito evento porque me dijiste
que querías que lo hiciera. ¡No! Me dijiste que tenía que hacerlo. No me
gusta que me saquen por la fuerza de los sitios, me estaba divirtiendo.
–Me alegro –afirmó Pietro en voz baja–, pero esos hombres te comían con
los ojos, y eres mi mujer. Da igual que nuestro matrimonio sea poco
convencional. No permitiré que arrastres mi apellido por el fango…
–Tu apellido –Emmeline puso los ojos en blanco–. Para ser un hombre tan
poderoso eres muy inseguro respecto a tu reputación. Me dijiste que debería
cambiar de aspecto. Que tenía que ser lo que la gente esperaría de tu mujer.
¿Y no lo he hecho?
Pietro apretó con más fuerza el volante y se centró en la conducción. Sí, lo
había hecho… pero para su gusto se había pasado.
–Si hubiera ido esta noche a la fiesta vestida con mi ropa habitual, habrías
protestado. Y ahora protestas porque me visto como cualquiera de esas
mujeres que estaban ahí –Emmeline sacudió la cabeza–. No es justo.
No lo era. Tenía razón. Pero nada de todo aquello era justo. Pietro era feliz
antes de casarse con Emmeline. Feliz con su vida, con el interminable desfile
de mujeres que se llevaba a la cama. ¿Y ahora? No tenía ni idea.
–¿Dónde vamos? –preguntó Emmeline como si se hubiera despertado de
un sueño y se hubiera dado cuenta de pronto de que habían salido de la
ciudad.
–No muy lejos –aseguró él mirando el reloj del salpicadero–. Cierra los
ojos, cara.
–Estoy demasiado enfadada para dormir –le espetó ella.
Pero se reclinó en el asiento y un instante más tarde cerró los ojos.
Su respiración acompasada le hizo saber que se había adormilado a pesar
de sus protestas. Pietro condujo el resto del trayecto en silencio, pero sus
pensamientos seguían gritándole.
Lo que estaba planeando era una locura, una estupidez, y había tomado la
decisión de no hacerlo. Pero tras verla con aquellos hombres… ya no tenía
elección.
Cruzó con el coche a través de las puertas eléctricas de la granja y luego
subió por el camino de gravilla.
Aunque no vivía nadie allí, tenía un equipo que lo mantenía continuamente
limpio y abastecido. Iluminó con las luces del coche los dos tiestos gigantes
de geranios que había a cada lado de la puerta pintada de verde. Se bajó,
entró y revisó habitación por habitación dejando el dormitorio para el final.
Era un espacio enorme con una cama de hierro antigua en medio. El suelo era
de baldosas y las persianas estaban echadas sobre las ventanas. Por la mañana
la luz del sol se filtraría entre las rendijas, y al abrir la persiana se revelaría la
espectacular vista de la campiña con el mar brillando más allá de las colinas.
No tardó mucho en preparar el dormitorio, y luego regresó al coche.
Emmeline seguía dormida, y supo que lo más generoso que podía hacer por
ella era llevarla dentro y dejarla dormir.
Pero el fuego le recorría el cuerpo, atormentándole de tal modo que solo
había una respuesta.
Abrió la puerta del copiloto y se agachó, vacilando un instante antes de
presionar los labios en los suyos.
En su estado adormilado, Emmeline abrió la boca para recibir la suya y
gimió, alzando las manos para rodearle el cuello con ellas.
–Pietro –susurró.
Él le desabrochó el cinturón de seguridad y la sacó del coche con un único
movimiento. La acunó contra el pecho, llevándola con determinación al
interior de la casa. Subió por las escaleras, atravesó el pasillo y luego subió
otros escalones.
–¿Dónde estamos? –preguntó Emmeline mirando a su alrededor. Y
entonces, como si hubiera recordado que estaba enfadada con él, le dio un
pequeño empujón en el pecho–. Puedo caminar.
–Ya lo sé.
Pietro abrió la puerta con el hombro y Emmeline miró a su alrededor. Un
suave gemido se le escapó de entre los labios. Había docenas de velas
encendidas que arrojaban una luz dorada. De algún sitio salía una música con
una canción en la lengua materna de Pietro. La dejó en el suelo con cuidado y
luego se incorporó y le sostuvo el rostro entre las manos.
–Tienes dos opciones, Emmeline –dijo con dulzura acariciándole una
mejilla–. Puedes usar esta habitación para dormir o podemos estar aquí juntos
esta noche. Tu primera vez. Nuestra primera vez.
Deslizó los labios hacia los suyos suavemente, observándola, esperando.
Sentía como si ya llevara esperando una eternidad…
Capítulo 7

El aire se hizo más denso entre ellos. A Emmeline le latía el corazón con
fuerza dentro del pecho. Llevaba mucho tiempo deseando aquello. No sabía
si desde su boda o desde que su padre sugirió por primera vez aquella alocada
idea.
–No estoy cansada –murmuró.
Pietro exhaló un aire que no era consciente de estar reteniendo.
–Gracias a Dios.
Y entonces se le acabó la paciencia. Le introdujo una mano en el pelo y le
inclinó la cabeza hacia atrás para permitirle el acceso y la besó como si nunca
antes la hubiera besado. Su lengua bailó con la suya lamiéndola con su deseo,
y su cuerpo estaba duro y erecto cuando la guio hacia la cama hacia atrás.
Emmeline cayó sobre ella y él la siguió, colocándose encima mientras la
besaba y el colchón cedía bajo el peso de su cuerpo.
Un deseo febril que le nacía en la feminidad le atravesaba todo el cuerpo,
haciéndola gemir de desesperación. Y Pietro lo entendía. Él también ardía.
–Esto es precioso –susurró Emmeline observando cómo la luz de las velas
proyectaba sombras contra la pared.
–Tú eres preciosa –afirmó Pietro bajando más la boca y besándola en la
base del cuello.
Tras una vida entera no queriendo ser bella, le resultaba raro encontrar
aquellas palabras tan agradables. Tragó saliva y le tiró con las manos de la
chaqueta. Pietro emitió un gruñido cuando ella se arqueó. Necesitaba más,
mucho más. Quería que Emmeline le tocara, que lo sintiera.
A pesar de su completa inexperiencia se dejaba llevar por una danza
femenina antigua cuyo poder fue implantado en su alma al nacer.
Movió las caderas y maldijo la tela que los separaba. Pero Pietro estaba
muy erecto y se apretó contra la zona sensible de su deseo. Embistió como si
ambos estuvieran desnudos. Se apretó contra ella y el calor creció en el
interior de Emmeline. Sentía los pezones contra la tela del vestido.
Pietro le acarició la piel con las manos y ella gritó ante la inesperada
caricia. Cuando movió contra ella con más fuerza y más deprisa su erección,
le cubrió los senos con los manos y un orgasmo la atravesó con intensidad.
Emmeline arqueó la espalda, gimiendo, gritando, tirándole de la camisa
mientras la fuerza de las sensaciones que él había despertado hacía que le
resultara casi imposible respirar o hablar.
Pero Pietro estaba lejos de terminar. Quería que aquella fuera una noche
que Emmeline Morelli no olvidara nunca. Una noche digna de su primera
vez.
Cuando se le calmó la respiración y las mejillas se le sonrojaron, Pietro se
deslizó por su cuerpo hacia abajo acariciándola a través del vestido,
recorriendo con la boca los suaves pliegues de tela hasta que las manos
conectaron con sus braguitas. Eran de sencillo algodón blanco, y aquello le
hizo sonreír. Se las bajó por las piernas hasta llegar a los zapatos que todavía
llevaba puestos, y se los quitó a los pies de la cama.
Emmeline se retorcía, tenía todo el cuerpo en llamas. Pietro le trazó
círculos con los dedos por las piernas, moviéndose hacia los muslos.
Ella contuvo el aliento.
–¿Quieres que te toque ahí? –susurró Pietro acariciándole el sensible nudo
de terminaciones nerviosas con el pulgar.
–Lo quiero todo –gimió ella.
La erección le presionó contra los pantalones.
–Pues lo vas a tener –le prometió.
Las manos de Pietro insistían con dulzura al separarle las piernas,
abriéndoselas más para dejar al descubierto todo su ser. Antes de que pudiera
darse cuenta de lo que quería hacer, Pietro le deslizó la lengua por la línea de
unión.
Emmeline gimió al sentir nuevos placeres, pero mantuvo las piernas
quietas y abiertas. Era una invasión y al mismo tiempo una aventura sensual.
La intimidad del acto debería haberla avergonzado, pero no fue así. Echó la
cabeza hacia atrás y se quedó mirando al techo mientras la lengua de Pietro se
deslizaba por sus sensibles terminaciones nerviosas y una deliciosa euforia se
apoderaba de ella. Estaba en lo alto de la montaña rusa y el trayecto no había
hecho más que empezar.
Emmeline no trató de controlarse mientras de su boca salía un grito ronco
tras otro. No podía. Estaba completamente sometida al placer que Pietro
creaba. Era su maestro.
–Quiero que alcances el éxtasis –le dijo contra su cuerpo. Y aquellas
palabras fueron como una orden que desató una fiebre en su interior.
Emmeline agarró el edredón con los dedos y arqueó la espalda mientras
Pietro movía la lengua más deprisa, más profundamente. Y luego sintió cómo
el placer la inundaba.
–Dios –susurró estremeciéndose–. No me puedo creer lo que acabas de
hacer.
Pietro se rio suavemente y se incorporó. Emmeline se quedó un instante
agobiada por la soledad y la preocupación. ¿Iba a parar?
Pero empezó a desabrocharse la camisa y a quitársela del cuerpo para dejar
al descubierto la expansión de su pecho desnudo y bronceado. Le había visto
así antes, en la piscina, pero eso era distinto. Ahora se estaba desnudando
para ella. Desnudando con los ojos clavados en su cuerpo, moviendo los
dedos con decidida velocidad mientras se quitaba la ropa del cuerpo hasta
que se quedó en calzoncillos. La erección resultaba muy evidente a través de
la tela, apretada de tal modo que Emmeline no pudo evitar que se le fueran
los ojos.
–¿Tengo razón al pensar que nunca antes habías visto a un hombre
desnudo, Emmeline?
Ella se sonrojó y sacudió la cabeza, incapaz de mirarle a los ojos.
–Ven aquí.
El corazón le latía con fuerza dentro del pecho pero salvó la pequeña
distancia que había entre la cama y él. Ni siquiera su propia desnudez la
avergonzaba. Como si le leyera el pensamiento, Pietro la tomó por la cintura.
Había algo en su expresión que la hizo contener el aliento. La apretó contra
los duros ángulos de su cuerpo y Emmeline emitió un suave sonido de placer
cuando presionó la erección contra ella.
–No quería casarme contigo –murmuró Pietro con tono ronco–. Pero ahora
no se me ocurre nada que pueda desear más que lo que estamos a punto de
hacer. Eres de una belleza única. Eres mi mujer. Y me alegro.
A Emmeline se le puso el estómago del revés y las emociones le
atravesaron el cuerpo, inundando su corazón con algo nuevo. Una sensación
de pertenencia.
Pietro le tomó las manos y se las puso en los calzoncillos.
–Desnúdame.
Ella le miró a los ojos. La duda y la incertidumbre se mezclaban con la
tentación.
–Nunca he hecho esto antes. Tengo miedo –dijo con una sinceridad tan
sencilla que a Pietro le rompió el corazón.
–Lo sé –la besó en la punta de la nariz.
Los dedos de Emmeline se movieron por propia voluntad y le deslizaron
los calzoncillos por la dura línea de la erección y luego por los muslos. Pietro
dio un paso atrás y se los quitó mientras la guiaba hacia la cama. Luego abrió
el cajón de la mesilla.
–Protección –dijo con una media sonrisa.
–Ah. Nada de nietos –ella asintió, recordaba el primer día en el que
hablaron de aquel matrimonio. Entonces estaba muy segura de sí misma. De
estar consiguiendo el marido adecuado, el billete a sus estudios
universitarios… y a la libertad.
–No esta noche –él sonrió.
Sus miradas se encontraron y en el aire se encendió una chispa de algo
nuevo. Aunque Pietro se había acostado con más mujeres de las que podía
recordar, nunca lo había hecho con una virgen. Aquello era nuevo para los
dos.
Pietro se introdujo en la cama y la besó lentamente, sensualmente,
maravillándose con la sensación de su piel. Tenía los senos desnudos
apretados contra su torso. La erección tan cerca de ella que podría tomarla.
Bajó la boca un poco más y le lamió uno de los pezones mientras deslizaba la
mano entre sus piernas para abrírselas y tener mejor acceso.
–Si necesitas tiempo, me lo dices –murmuró con voz ronca sin saber si
aquello tendría sentido.
Pero Emmeline lo entendió. Asintió y él se deslizó en su interior con
suavidad, introduciendo solo la punta en su centro cálido y tenso, dándole
tiempo para que se acostumbrara a cada sensación.
Emmeline gimió en su boca mientras él se movía, y Pietro necesitó de toda
su capacidad de autocontrol para no tomarla como él quería, rápido y fuerte.
Se retiró despacio y luego empujó más profundamente antes de volver a
retirarse. Cada vez tomaba más y más de ella y los músculos de Emmeline se
iban relajando y recibiéndolo más profundamente, sin restricciones ni
reservas hasta que presionó contra la barrera de su inocencia.
La besó, abrazándola con fuerza mientras la atravesaba eliminándola para
siempre, dejando huella en ella como el primer amante de su vida. El primer
hombre que la había tocado así.
Finalmente introdujo toda su virilidad en su cuerpo y ella la acogió. Pietro
se detuvo un instante para darles a ambos tiempo a ajustarse a la sensación.
Levantó el rostro para poder verla mejor. Vio la humedad en sus ojos y se le
formó un nudo en la garganta.
–Te duele.
Se movió para retirarse, pero ella sacudió la cabeza y le enredó las piernas
alrededor de la cintura.
–No, no es… –sacudió la cabeza y empastó una sonrisa tensa–. Está bien.
«Es perfecto», se dijo para sus adentros. Todo en aquel momento resultaba
más perfecto de lo que nunca pudo soñar o imaginar. Era sublime.
–«Está bien» es un buen punto de partida –afirmó Pietro–. Pero se puede
mejorar.
Y entonces se movió más deprisa, penetrándola con su cuerpo y saliendo,
cada movimiento creaba una corriente eléctrica bajo su piel hasta que estuvo
a punto de quedarse sin respiración. Nunca había experimentado algo así,
cuando la acarició y la llevó al orgasmo fue algo distinto a eso. Ahora cada
terminación nerviosa de su cuerpo se retorcía.
Le clavó las uñas en los hombros mientras oleada tras oleada de placer se
apoderaba de ella, la devoraba, haciéndola derramar ardientes lágrimas que ni
siquiera sentía. Cuando Pietro le recogió una con la lengua se dio cuenta de
que estaba llorando, pero no podía parar.
Estaba en llamas, la explosión de placer era como fuego en la sangre. Él la
sostuvo mientras alcanzaba el éxtasis, la abrazó y la tranquilizó, susurrándole
palabras en italiano. Se agarró a él como si fuera el único que podía salvarla y
luego gritó. El sudor le perló la frente mientras se desataba la tormenta.
El placer inundó la habitación y la sofocó. Siguió agarrada a Pietro hasta
que la locura se fue calmando y volvió a ser ella misma de nuevo. Pero no era
cierto del todo. Nunca volvería a ser la misma.
Se dejó caer sobre la cama. La belleza de lo que acababan de compartir era
abrumadora. Pero quedó casi al instante eclipsada por una sensación de
culpabilidad. De duda.
Ella había experimentado el placer más inimaginable y él… él
simplemente había hecho ejercicio.
–Lo siento –murmuró Emmeline girando la cara y mirando hacia las
velas–. Ya sabía que no sería buena en esto.
–Eh –Pietro le tomó el rostro en la mano y se lo giró para obligarla a
mirarle–. ¿De qué estás hablando?
–De nada –murmuró ella.
Resultaba imposible dar voz a la vergüenza que crecía en su interior.
–Cara… –Pietro habló con voz pausada y le mordisqueó el lóbulo de la
oreja–. ¿Sientes esto? –preguntó penetrándola una vez más, profundamente,
con el cuerpo como una roca.
–Sí, pero tú no has… –se mordió el labio inferior.
–No he terminado porque no quería que esto acabara. Pero créeme,
necesito de toda mi fuerza de voluntad para no hacerlo. Satisfaces
completamente mis deseos –afirmó mirándola a los ojos.
Emmeline no sabía si creerlo, pero entonces él empezó a moverse una vez
más y dejó de pensar. Arqueó la espalda y esa vez Pietro la llevó a nuevas
alturas de conciencia y placer mientras su boca le atormentaba los senos y
despertaba el fuego en todo su cuerpo.
Ella le recorrió con los dedos, quería tocar y sentir cada centímetro de su
piel, disfrutar de su cuerpo como si fuera suya. Y cuando empezó a sentir que
se iba otra vez, Pietro la besó mientras hacía girar su mundo una vez más.
Solo que esa vez alcanzó el éxtasis con ella.
Sentirle temblar dentro de ella, sentir su cuerpo recorrido por un placer que
no podía controlar y saber que estar con ella era lo que lo provocaba hizo que
se sintiera impulsada por un poder femenino antiguo.
–¿Te preocupaba que no disfrutara contigo? –Pietro maldijo en su lengua
materna.
Se apartó de ella y se sentó de un solo movimiento. La miró con una
sonrisa.
–¿Cómo te sientes?
Emmeline parpadeó. Estaba cubierta por una fina capa de sudor y tenía los
pezones erectos. Arqueó la espalda y se estiró como un gato al sol.
–Me siento… completa –sonrió y cerró los ojos. Su respiración se hizo más
profunda.
Pietro la observó durante un largo instante y luego le deslizó un dedo por
el abdomen hasta llegar a los senos.
–¿Quieres algo? ¿Agua, vino, té?
Ella sacudió la cabeza despacio y contuvo un bostezo.
–Pues duerme –concluyó Pietro sonriendo.
–Umm… pero entonces podría pensar que todo ha sido un sueño.
Él la cubrió con el edredón que estaba doblado a los pies de la cama.
–Y eso me dará la oportunidad perfecta para recordarte que no es así –dijo
con tono ronco.
Emmeline tenía los ojos cerrados y la respiración pausada, pero seguía
despierta. La observó mientras aspiraba el aire y lo exhalaba, el rostro
calmado, las mejillas sonrojadas por el calor de su acto amoroso. Observó
cómo su sonrisa daba lugar al sueño.
Y siguió mirándola. Sin darse cuenta estaba siendo atrapado por un
hechizo que lo rodeaba y lo mantenía inmóvil.
Varios misterios rodeaban a su joven esposa. Misterios respecto a sus
elecciones. A su ser. La contradicción que había en su interior. Era de una
belleza impresionante y sin embargo hacía todo lo posible para ocultar ese
hecho. Había vivido durante años como una prisionera, cautiva del amor y la
preocupación de su padre, pero cautiva al fin y al cabo. Y sin embargo era
valiente, decidida, fuerte e independiente. ¿Por qué había sacrificado su
libertad durante tanto tiempo?
Era sensual y deseable y sin embargo nunca la habían besado. ¿Por qué
había sometido aquella parte de su naturaleza durante tantos años? Tenía
veintidós años, pero vivía como una mujer de la época victoriana. La mayoría
de las jóvenes de su edad estaban enfrascadas en las redes sociales. Emmeline
leía libros en la piscina y se cubría de la cabeza a los pies. ¿Por qué?
Aquellas eran preguntas para las que deseaba a toda costa obtener
respuesta, pero había otras cuestiones acuciantes que envenenaban la
perfección del momento.
¿Cómo reaccionaría cuando supiera la verdad sobre la salud de su padre?
¿Sería capaz de perdonarle por habérselo ocultado?
Y lo más importante de todo: ¿por qué la idea de mentirle, decepcionarla y
hacerle daño sin querer con su falta de sinceridad le ponía la piel de gallina?
Capítulo 8

Sentía el cuerpo completamente distinto. Emmeline se estiró en la cama y


abrió los ojos. La habitación estaba a oscuras a excepción de la parpadeante
luz de las velas y la luz del monitor del ordenador sobre la mesa.
–Ciao.
La voz de Pietro fue como un suspiro cálido por su cuerpo. Le miró. Su
marido… su amante. Una sonrisa indolente se le dibujó en los labios.
–He tenido un sueño de lo más extraño –murmuró apoyándose en un codo
de modo que el edredón se le resbaló del cuerpo, dejando al descubierto los
senos.
Pietro clavó la vista en ellos, disfrutando sin tapujos de su desnudez.
–¿Seguro que ha sido un sueño? –Pietro cerró el ordenador y lo dejó sobre
la mesilla a su lado.
–Ha sido demasiado perfecto para que se trate de otra cosa.
Emmeline era bella de un modo natural. No recordaba cuándo fue la última
vez que estuvo con una mujer que no conocía el engaño. Su sinceridad
resultaba tan refrescante como tentador su cuerpo.
Se colocó encima de ella y le rozó los labios con los suyos, el despertar
perfecto para su cuerpo.
–Te deseo otra vez –murmuró Pietro.
Emmeline sonrió de oreja a oreja.
–Bien.
Pietro dejó caer la mirada un instante. Estaba claro que algo le perturbaba.
–Yo también te deseo –aseguró ella.
–No me gustó nada verte con aquellos hombres.
Emmeline parpadeó. Al principio no sabía de qué le estaba hablando.
Luego cayó en la cuenta.
–Solo estaba hablando.
–Lo sé –Pietro esbozó una media sonrisa–. Tal vez exageré.
–Si es una disculpa, la acepto –Emmeline le acarició el pelo–. Pero no
puedes pretender que no hable nunca con ningún otro hombre. Vine a Roma
para poder ser yo misma y encontrar mi libertad. Y no podré hacerlo si te
enfadas cada vez que tenga una inocente conversación con alguien.
–Lo sé.
Pietro se incorporó y se puso a horcajadas sobre ella. La fuerza de su deseo
resultaba evidente en la erección dura como una roca que le presionaba ahora
el abdomen.
–Pero te llevaré a mi cama cada noche y haré que te resulte imposible
pensar siquiera en otro hombre –dejó caer la cabeza y la besó en la sien–.
Solo podrás pensar en mí y tu cuerpo anhelará el mío. Empezando ahora.
–Empezando hace un par de horas –le corrigió ella con una sonrisa.
Le hizo el amor como si fuera su única amante, como si llevara años
soñando con ella. Como si la necesitara a ella y solo a ella. Le hizo el amor
con una intensidad que la volvió loca y la dejó con un calor sensual que
nunca creyó posible experimentar.
Se negaba a reconocer la verdad: que era una más de sus muchas amantes
para él y que él era el único para ella.
Más tarde, cuando estaba tumbada con la cabeza apoyada en su pecho
escuchando el fuerte latido de su corazón, todo era silencio en la habitación.
Excepto por el insistente rugido del estómago de Emmeline.
–Creo que tengo hambre –dijo riéndose e incorporándose–. Hoy he comido
poco. Supongo que no habrá nada por aquí, ¿verdad?
Pietro le acarició la espalda.
–Más vale que sí si no quieren quedarse sin trabajo. Hay un ama de llaves
que trabaja a tiempo completo en la hacienda.
–¿Hacienda? ¿Dónde estamos?
La mano de Pietro se detuvo un instante en su espalda y luego siguió
acariciándola.
–Es lo que se llama un refugio –dijo tras una breve pausa–. Habrás notado
que los medios de comunicación me persiguen. Llevan años siguiéndome
para pillarme en todo lo que hago.
–Incluida tu escapada con aquella modelo brasileña que estaba casada –
Emmeline suspiró. No fue un gesto pensado, simplemente sucedió.
–No sabía que estaba casada –gruñó él–. No teníamos ese tipo de relación.
–¿Y qué tipo de relación teníais?
Pietro la miró pensativo durante un instante y luego se levantó de la cama.
Cruzó la habitación para agarrar unos pantalones cortos.
–¿No quieres hablar del tema? –preguntó Emmeline mientras él se los
ponía.
–Hablaré de todo lo que quieras, pero primero vamos a buscarte algo de
comer. No quiero que te quedes sin energía.
Emmeline disimuló una sonrisa y se puso de pie con la sábana alrededor
del cuerpo.
–¿Por qué te cubres? –Pietro le quitó la sábana y la besó en el hombro.
Ella se sonrojó y Pietro sintió una punzada de dolor. Así que su inocencia
no era solo una cuestión de virginidad. Así era ella. Tenía aquella dulzura y
aquella ingenuidad tan poco habituales.
La risa de Emmeline interrumpió sus pensamientos.
–Lo siento. Es que todo esto es muy extraño.
–Quest’e verita –Pietro tiró de ella, cruzaron la puerta y bajaron por las
escaleras.
Y, por primera vez, Emmeline se fijó en dónde estaban. Se trataba de una
granja muy modesta. El suelo era de terracota y las paredes estaban pintadas
en color crema. Los muebles eran bonitos, pero, ciertamente, no de diseño.
–Estaba así cuando la compré hace cinco años –dijo Pietro respondiendo a
su pregunta no formulada y guiándola hacia la cocina.
–¿Por qué la compraste?
Pietro abrió la nevera. Pensó en no responder, pero ¿qué sentido tendría
eso?
–Acababa de romper con una chica. La prensa creía que nos íbamos a
casar. Y, al parecer, ella también. Fue una ruptura muy desagradable. Y
pública –torció el gesto–. Aprendí mucho de aquella experiencia. Sobre todo
la importancia de tener un lugar al que ir cuando las cosas se ponen feas.
Debería haberme tomado un tiempo para calmarme.
–¿No lo hiciste?
Pietro sacudió la cabeza, sacó una caja de la nevera y la abrió.
–Me quedé en Roma y bebí mucho para olvidarla –se rio–. No fue una
buena etapa de mi vida.
–Lo siento –murmuró Emmeline odiando la punzada de celos que le subió
por la espina dorsal.
–No lo sientas. Seguimos siendo amigos, y me di cuenta de que necesitaba
un lugar solo para mí. Nadie conoce esta granja. Está a nombre de mi
corporación, pero nunca traigo a nadie aquí.
Se sintió complacida ante el hecho de ser la primera, pero también había
algo de envidia.
–Qué… qué bien que sigáis siendo amigos.
Los ojos de Pietro se clavaron en los suyos.
–¿Estás celosa?
–En absoluto –Emmeline desvió la mirada. No le gustaba ser tan
transparente para él. Desgraciadamente no tenía experiencia fingiendo que le
importaba un bledo el pasado de su marido.
–¿Y por qué me molesta eso? –murmuró él sacando un trozo de carne fría
del contenedor y dejándolo sobre la tabla de cortar. Luego buscó un cuchillo.
–No lo sé –respondió Emmeline distraída momentáneamente al verle cortar
la carne. Dejó varios trozos en un plato y luego volvió a guardarla en la
nevera.
Emmeline no pudo evitarlo. Cuando Pietro se dio la vuelta agarró un trozo
de carne y se lo llevó a la boca. Él se giró justo a tiempo de verlo.
–Me muero de hambre –se justificó ella encogiéndose de hombros y
sonriendo.
Pietro se detuvo un instante y le escudriñó el rostro con intensidad.
–Cuando sonríes te pareces mucho a tu madre.
Su expresión cambió. El gesto no era de orgullo ni de alegría. Era algo
parecido a la duda. La culpa. El dolor.
–¿Te molesta? –preguntó Pietro con curiosidad.
–No, por supuesto que no –afirmó ella con tirantez–. Mi madre era
preciosa. Me siento halagada.
–No es verdad. ¿Por qué no quieres parecerte a Patrice?
«¡Nunca serás como yo! ¡Quítate eso! ¡Quítate todo! Demasiado carmín,
demasiado rímel. Pareces una actriz porno de cuarta fila».
Emmeline se encogió de hombros y empastó una sonrisa falsa.
–Te equivocas –insistió, aunque el recuerdo la atenazaba.
–Yo nunca me equivoco –le brillaron los ojos–. Pero puedo ser paciente.
Pietro puso un puñado de fresas en el plato y luego un trozo de queso y
algo de pan.
–Es complicado –dijo ella tras un instante de silencio–. Los asuntos
familiares siempre lo son. ¿Tus parientes están contentos de que hayas
«sentado la cabeza»?
–Supongo que sí. Rafe te encuentra irresistible –se quedó un instante
pensativo–. Creo que está un poco celoso por que tu padre me escogiera a mí
como candidato.
Emmeline se rio entre dientes y se llevó una fresa a los labios. No era ni
remotamente consciente de su desnudez, extrañamente. En aquel momento
todo parecía estar bien.
–¿Has estado alguna vez enamorado?
Excepto aquello.
La pregunta salió de labios de Emmeline de manera completamente
inesperada. Pietro se la quedó mirando unos instantes con expresión
inescrutable.
–No.
–¿De verdad?
Emmeline estiró la mano para agarrar el plato, pero él se la tomó y se la
llevó a los labios. Le dio un beso en la palma y luego se metió un dedo en la
boca, succionándolo durante un instante. A ella le dio un vuelco el corazón.
–De verdad –murmuró Pietro rodeando la isla de la cocina para sentarse
frente a ella.
–Pero has estado con muchas mujeres.
–El sexo no es amor, cara.
Y en ese momento ella sintió como si la tierra se le abriera bajo los pies y
un gran dolor le atravesó el corazón.
«El sexo no es amor». No. No lo era. El sexo no era más que un acto físico.
Una necesidad hormonal. Nada más. ¿Por qué había tenido que hacer aquella
pregunta tan estúpida?
–¿Y qué me dices de la mujer con la que rompiste hace cinco años?
–Bianca –murmuró él–. Ella me importaba. Todavía me importa.
Los celos ya no eran solo una llamarada en la sangre, eran un torrente de
lava que la quemaba entera.
–¿Bianca es la guapa pelirroja con la que coqueteabas en nuestra boda?
Pietro sintió una punzada de arrepentimiento. Había olvidado que
Emmeline conocía su nombre. Había sido un estúpido error que normalmente
no cometería.
–Eso no estuvo bien.
Emmeline agarró un pistacho para distraerse.
–¿Sigues viéndola?
–No.
Emmeline se puso de pie. Se sentía extraña. Y dolida.
–No es asunto mío –dijo en voz baja dirigiéndose al otro extremo de la
cocina como si quisiera más comida. Pero en realidad necesitaba espacio.
–Por supuesto que sí. Eres mi mujer.
–Pero este no es un matrimonio de verdad, ¿recuerdas? Tenemos un
acuerdo. Eres libre de hacer lo que quieras.
Él se la quedó mirando un largo instante.
–¿No crees que eso ha cambiado ahora, Emmeline?
La duda hizo su aparición dentro de ella.
–¿Qué estás diciendo?
–No quiero ver a nadie más.
Pietro ni siquiera se había dado cuenta de ello, pero al mirar a su preciosa
mujer supo que era cierto. Y ella se merecía saberlo.
–Quiero acostarme contigo. Muchas veces. Quiero estar casado contigo. Y
ya sé que estamos haciendo esto al revés, pero quiero llegar a conocerte. Eres
en muchos sentidos un misterio para mí, y por alguna razón quiero desvelar
todos tus secretos.

–Este lugar es precioso –Emmeline se quedó mirando las colinas y clavó la


vista en el huerto de árboles frutales que había al fondo antes de posarla en el
brillante mar–. No sé cómo puedes marcharte de aquí.
–Trabajo –dijo él simplemente–. Mi oficina no puede funcionar tanto
tiempo sin mí –pensó en los correos electrónicos que le habían enviado sus
asistentes y torció el gesto–. Tengo que volver.
Emmeline suspiró.
–¿Hoy?
–Ahora –afirmó Pietro.
«O pronto», se corrigió sentándose en la hierba a su lado.
Tras tres días en el campo no tenía claro que pudiera seguir ignorando por
más tiempo la realidad de la vida. Aunque quisiera.
–Pero esto es tan bonito… –volvió a decir Emmeline girando la cabeza
para mirarlo.
Apoyó la mejilla en las rodillas que tenía dobladas contra el pecho y Pietro
tuvo que luchar contra el deseo de extender la mano y tocarla. ¿Cómo era
posible que alguna vez la hubiera considerado aburrida y sosa? Era tan
impresionantemente bella que se despreciaba a sí mismo por no haberse dado
cuenta. Daba igual lo que llevara puesto, aquellos tres últimos días se había
vestido con camisas viejas de Pietro y estaba más sexy que ninguna mujer
que hubiera conocido jamás.
No, era sencillamente Emmeline.
–Tú puedes quedarte aquí si quieres –propuso Pietro–. Puedo venir el fin
de semana y…
–No –la respuesta fue instantánea.
¿Cómo iba a estar lejos de él? Se había vuelto una adicción.
–Volveremos en otro momento.
Ella se incorporó y se secó las manos en las rodillas. Pietro también se
puso de pie y luego le pasó un brazo por la cintura.
–Me alegro de que hayamos venido aquí.
–Yo también.
Emmeline sonreía, pero había algo en su expresión que no le gustó. Una
incertidumbre que quería borrar. Aunque no sabía cómo.
Había pasado tres días con ella, pero no había logrado desvelar ni un solo
secreto. Lo que había hecho era llegar a conocer su cuerpo íntimamente. Se
había familiarizado con cada uno de sus sonidos, cada movimiento de su
cuerpo que señalaba placer, deseo o inquietud. Había aprendido a leer su
cuerpo como un libro, y sin embargo su mente seguía siendo un misterio para
él.

–Pareces nerviosa.
Ella le miró, asombrada por su capacidad de percepción.
–Supongo que lo estoy.
Pietro aminoró la marcha del coche y luego se detuvo a un lado de la
carretera. Miró a Emmeline.
–¿Qué ocurre?
–Es una tontería –murmuró ella bajando la mirada.
–Lo dudo –la tranquilizó Pietro con tono ronco.
Aquella afirmación fue un bálsamo para sus dudas. Pero vaciló antes de
hablar.
–Lo que ha ocurrido… –se mordió el labio inferior y miró hacia la
carretera– cuanto más nos acercamos a Roma, más me parece una fantasía.
Como si nunca hubiera ocurrido. Como si nunca fuera a volver a ocurrir.
–¿Cómo puedes decir eso? –preguntó él con una sonrisa de auténtica
confusión–. Yo estaba ahí. Claro que ocurrió. Ocurrió muchas veces.
Emmeline asintió, pero su incertidumbre seguía siendo palpable.
–Supongo que es… es que la última vez que estuvimos en Roma todo era
muy raro entre nosotros.
La risa de Pietro le acarició la piel. Él volvió a salir a la carretera y centró
la atención en la conducción.
–Han pasado muchas cosas desde entonces.
Y así era, pero la verdad fundamental no había cambiado, excepto de un
modo crucial. Le pesaba más alrededor del cuello. Saber que su padre se
estaba muriendo y que ella no tenía ni idea era un enorme engaño ahora.
Habían cruzado la línea: eran amantes. Pero Pietro no estaba excesivamente
preocupado. Una de las cosas que mejor se le daban era gestionar a las
personas y las situaciones. Solo tenía que hacer lo mismo ahora. Empezando
por su suegro.
Capítulo 9

No suenas muy bien –dijo al teléfono preguntándose respecto a la rabia que


sentía por aquel hombre al que siempre había admirado y respetado. Querido
como a un padre.
Col tosió sonoramente.
–Estoy bien. Ha venido la enfermera a tomarme la temperatura. Estoy
prisionero en esta habitación –sonó otra tos–. ¿Cómo está mi niña, Pietro?
¿La estás cuidando?
Pietro volvió a sentir un punzada de desazón en el pecho.
–No parece que necesite muchos cuidados. Es más fuerte de lo que yo
creía.
La risa de Col quedó interrumpida por un jadeo.
–Ah, veo que te has dado contra su parte obstinada. No la juzgues muy
duramente por eso. Lo ha heredado de mí.
–Umm… –Pietro asintió y se pasó la mano por la barba incipiente. Tendría
que haberse afeitado. Las marcas rosas de su posesión se habían vuelto algo
normal en la piel de Emmeline.
–¿Hay algún problema? –preguntó Col con renovada determinación.
–Sí.
–¿De qué se trata? Emmeline es feliz, ¿verdad? Me dijiste que cuidarías de
ella…
–Es feliz –reconoció Pietro pensando en su rostro sonrojado cuando estaba
tumbada debajo de él, los ojos brillantes, la frente perlada de sudor. Luego
recordó la incertidumbre que había mostrado cuando regresaron a Roma el
día anterior. Como si un fantasma invisible la persiguiera.
–¿Entonces? ¿Qué pasa?
–Se merece saber la verdad sobre tu salud –afirmó Pietro muy serio–. No
va a entender que no se lo hayas dicho. Debes darle la oportunidad de verte.
De despedirse.
Se oyó un resoplido. Y luego otro. Pietro esperó, pero su lealtad estaba
oscilando del hombre moribundo a su hija, la mujer que quería a su padre y
no sabía que su vida se estaba apagando.
–No puedes decírselo.
No era la respuesta que Pietro esperaba. Cambió el peso de un pie a otro y
apoyó el brazo en la ventana que daba a la ciudad.
–Si hubiera querido que lo supiera se lo habría dicho yo mismo –continuó
Col con tono seco–. Es mi hija. Tú la conoces desde hace solo un mes. Sé lo
que necesita, maldita sea.
Se escuchó un tos profunda y luego el sonido del teléfono al caer al suelo.
Y luego una voz de mujer.
–¿Hola? Lo siento, el senador Bovington tiene que descansar ahora –la
enfermera bajó la voz–. Y la próxima vez, por favor, procure no irritarle.
La llamada se desconectó antes de que Pietro pudiera volver a hablar con
Col. Se guardó el móvil en el bolsillo y se dirigió al otro extremo de la
habitación. Saber que le estaba mintiendo a Emmeline era un peso en el
pecho, y se dio cuenta de que estaba renuente a ir a casa aquella noche con
ella. La idea de mirarla, besarla, hacerle el amor sabiendo el secreto que
estaba guardando le resultaba insoportable.
Marcó el número de Rafe sin pensar.
–Hola, ¿estás libre para cenar conmigo esta noche?
–Sí. Dentro de una hora, ¿te parece bien? ¿Viene Emmeline?
–Esta noche no –Pietro sacudió la cabeza–. Tiene… un compromiso.
Rafe guardó silencio un instante.
–Siempre has mentido fatal. Nos vemos en un rato.
Pietro se quedó unos instantes pensativo después de colgar y finalmente
puso un mensaje. Tengo una reunión. Llegaré tarde. Lo siento. Torció el
gesto mientras esperaba la respuesta. Vio que ella estaba escribiendo un
mensaje, pero enseguida dejó de hacerlo y no le llegó nada. Frunció el ceño,
esperó unos segundos más y luego se guardó el móvil.

Rafe estaba esperando en el restaurante cuando Pietro llegó.


–¿Qué está pasando? –preguntó señalando con la cabeza el Martini que
ocupaba el lugar vacío en la mesa.
Pietro tomó asiento y se bebió media copa de un trago.
–Necesito que guardes absoluta discreción –afirmó con tono serio–. Es un
asunto… privado. Col está enfermo.
–¿Cómo de enfermo?
–Tiene un cáncer terminal –Pietro hizo una breve pausa–. Le quedan unos
cuantos meses. Semanas tal vez.
–Pobre Emmeline. Debe de estar destrozada. Sé lo mucho que se quieren.
Pietro asintió, agarró la copa y le dio vueltas en la mano.
–El problema es que no lo sabe –confesó mirando a su hermano a los
ojos–. Col no quiere. Y cuando yo accedí a no contárselo apenas la conocía.
No pensé que me fuera a resultar difícil no decirle la verdad. No sentía nada
por ella.
–¿Y ahora? –le presionó Rafe.
La novedad de lo que estaba sintiendo era algo que Pietro no quería
estropear hablando de ello. Así que dio una respuesta vaga.
–La conozco lo suficiente para saber que querría saber la verdad. No le
gustaría que Col pasara por esto solo. Y querría estar con él al final. Nosotros
hemos pasado por ello con nuestro padre. ¿No te alegras de haberte podido
despedir de él, de aliviar su sufrimiento?
–Nosotros no somos Emmeline. Y, si se lo contaras, Col nunca te lo
perdonaría.
–No. Le di mi palabra –respondió Pietro con sequedad–. Y debo
mantenerla hasta que me libere de esa obligación.
–Parece que has tomado una decisión –murmuró Rafe con tono amable–.
Entonces, ¿de qué hay que hablar?
Pietro se quedó pensativo. Lo que necesitaba era que alguien le absolviera
de la culpa, que le dijera que estaba haciendo lo correcto. Pero nadie podía
hacer eso.
–De nada.

Emmeline pasó la página del libro sin tener ni idea de qué acababa de leer.
¿Dónde estaba Pietro? ¿Y con quién? El corazón le dio un vuelco al
imaginarse a su marido con otra mujer. ¿Qué garantías tenía de que no estaba
viendo a Bianca o a otra de sus amantes?
Debería irse a la cama, era tarde.
Escuchó el motor de un coche fuera y se sobresaltó. Miró el reloj. Era más
de medianoche.
Sintió mariposas en el estómago y pasó nerviosamente las páginas del
libro. La puerta se abrió hacia dentro y Emmeline esperó con los ojos
clavados en el pasillo. Al principio Pietro no la vio. Tenía la cabeza inclinada
y parecía cansado.
–Ah, ya estás en casa –dijo fingiendo sorpresa.
Pietro se sobresaltó. Miró a Emmeline y ella supo que no se estaba
imaginando su expresión. En su rostro se reflejaba algo que bien podría ser
culpabilidad.
–No esperaba que estuvieras despierta, cara.
–Estaba leyendo. Supongo que la lectura me atrapó –mintió cerrando
cuidadosamente el libro sin hacer amago de levantarse–. ¿Has pasado una
buena noche?
Ahí estaba otra vez aquella expresión de culpabilidad. Se le cayó el alma a
los pies y apartó la vista, incapaz de mirarle a los ojos pero consciente de que
tenía que hablar con sinceridad de lo que sentía. Tenía que saber cuál era su
situación.
–¿Has estado con otra mujer? –preguntó en un susurro.
–Oh, Emmeline –Pietro se acercó rápidamente a ella y se puso en cuclillas
a sus pies–. No, por supuesto que no. He estado cenando con Rafe.
–Sí –ella asintió–. Lo sé. Llamó hace unas horas para decir que te dejaste la
chaqueta en el restaurante. Te la traerá en algún momento.
«Hace unas horas». Pietro entendió por qué su mujer tenía dudas.
–Tuve que volver a la oficina a terminar algo –mintió–. No puedes pensar
de verdad que pueda estar viendo a alguien.
–No sé –dijo ella en voz baja incapaz de mirarle a los ojos–. Ya sabía
dónde me metía cuando me casé contigo.
–No. Ninguno de los dos lo sabíamos –se limitó a decir él–. Yo creía que
me había casado con la aburrida y mimada hija de un querido amigo. Pensé
que querría seguir con mi vida como antes.
–¿Y no es así? –le presionó Emmeline mirándole a los ojos.
–En absoluto –le prometió Pietro. Se incorporó y le tomó la mano–. Tienes
que confiar en mí, Emmeline.
Sintió una punzada de remordimiento. ¿Cómo podía pedirle aquello?
Bajó la boca hacia la suya y la besó con toda la pasión de su alma.
Emmeline gimió en su boca y le rodeó el cuello con los brazos. No era capaz
de estar en la misma habitación que su marido y no sentir que se le encendía
una mecha.
«Díselo. Díselo ahora».
Deseaba hacerlo con toda su alma, y solo había una manera de evitar que
las palabras le salieran de la boca. Seguir besándola, hacerla suya una vez
más. Aquello era lo único que tenía sentido.
Nada ni nadie, ninguna verdad oculta o mentira descubierta, podría hacer
daño a lo que eran.
Capítulo 10

La discoteca estaba llena de gente y sonaba música electrónica que resonaba


contra las paredes. La luz era baja. Aunque estaba bailando con su marido y
le rodeaba el cuello con los brazos no era capaz de distinguir bien su rostro.
–Entonces, ¿este es el lugar donde vinieron los invitados de nuestra boda?
Pietro asintió.
–Eso creo.
Bajó un poco más las manos y le cubrió el trasero, apretándola contra su
erección. A Emmeline le brillaron los ojos de deseo.
–Está muy bien –arrugó la nariz y miró a su alrededor, observando las
paredes pintadas de gris oscuro y con preciosas escenas italianas en blanco y
negro colgadas.
–A riesgo de que te enfades, voy a decir que este no me parece tu sitio
natural –bromeó Pietro besándola en la coronilla.
–No, no lo es –ella se rio–. Pero eso no significa que no pueda llegar a
gustarme.
–No hay necesidad. No vengo mucho por aquí. Solo soy socio del negocio.
–Vaya. Por eso te han tratado como si fueras una especie de dios cuando
has entrado por la puerta.
–O también puede ser porque llevaba del brazo a una mujer preciosa.
Emmeline sacudió la cabeza.
–Seguro que no soy la primera mujer con un vestido bonito que has traído
aquí.
Pietro ralentizó un poco el movimiento, odiando que tuviera razón,
odiando que aquella parte de su pasado fuera tan dispersa. Nunca se había
cuestionado el modo en que vivía, pero ahora, casado con Emmeline, deseaba
más que nada no haberse acostado con todas las mujeres guapas que le habían
llamado la atención. Quería darle a su esposa algo más que eso, pero no podía
volver atrás en el tiempo.
–¿Has hablado con tu padre últimamente?
–Ah –Emmeline dejó escapar un suave suspiro–. Ya veo, un cambio de
tema. Supongo que eso significa que soy la enésima mujer que has traído
aquí, ¿no?
Pietro apretó los labios, enfadado consigo mismo, y también con
Emmeline por ir por aquel camino.
–¿Y eso importa?
Ella parpadeó, le miró y sacudió la cabeza.
–Supongo que no.
Emmeline apartó la mirada, pero la placentera neblina de deseo que los
había rodeado se disipó. Se había trazado una línea.
–Estaba pensando que me hubiera gustado entrar en esta relación con
menos equipaje –murmuró él con dulzura.
–¿Te refieres a tener menos examantes? –murmuró Emmeline moviéndose
al ritmo de la música aunque tenía la mente distraída pensando en la idea de
Pietro haciendo el amor alguna vez con otra persona.
–Sí. Te mereces a alguien mejor que yo.
Le sorprendió a sí mismo admitirlo. Hasta aquel momento, Pietro se habría
definido como alguien muy seguro de sí mismo.
–Pero entonces tal vez no serías un amante tan sensacional, sin todas esas
mujeres con las que has estado –bromeó guiñándole un ojo.
Pietro soltó un gruñido.
–Entonces, ¿la práctica lleva a la perfección?
–Sí. Pero ahora solo puedes practicar conmigo.
–Y tú eres perfecta –murmuró él.
Entonces la besó suavemente y el mundo dejó de girar, la música dejó de
sonar. Todo estaba en silencio. Fue un momento como salido del tiempo. Un
momento que resonó con todo el amor del corazón de Emmeline.
¿Y del corazón de Pietro también?
No se atrevía a tener la esperanza de que la amara. Sabía que lo que había
entre ellos estaba cambiando cada día. Que Pietro la miraba como si nunca
antes hubiera visto a una mujer. Que la abrazaba después de que hacían el
amor hasta que se dormía. Y que cuando se despertaba por la mañana seguía
abrazándola.
Sabía que Pietro había decidido trabajar menos horas en la oficina y pasaba
más tiempo en la villa. En muchas ocasiones se ponía con un ordenador
portátil cerca de ella en la piscina, en la sala o en el dormitorio.
Y eso era otra cosa. Desde que habían regresado de la granja no había
dormido en su propia habitación ni una vez. El dormitorio de Pietro se había
convertido en el dormitorio común.
Y sin embargo… estar cerca el uno del otro era una cosa y enamorarse
otra. Emmeline no quería alimentar sus esperanzas. La vida le había enseñado
que era más seguro no tener expectativas y era una lección difícil de olvidar.
La canción terminó y se fue fundiendo suavemente en otra.
–¿Tienes hambre? –le susurró Pietro al oído.
Emmeline le miró a los ojos. Su mirada despedía sensualidad.
–No de comida –dijo en voz baja.
La risa de Pietro le aceleró el pulso.
–Entonces salgamos de aquí –Pietro le apretó la mano–. Pero antes tengo
que ir a ver a Leon, el dueño. ¿Quieres venir?
–No especialmente –Emmeline sonrió y él también, y el mundo volvió a
quedarse en silencio, girando suavemente a su alrededor como si solo
estuvieran ellos dos en el mundo–. Te espero en el coche.
–Cinco minutos –prometió él.
Emmeline asintió y vio cómo atravesaba la multitud sin esfuerzo, como si
la gente se apartara a su paso. Cuando estuvo fuera de su vista, ella se giró
para ir en la dirección opuesta hacia la puerta de la discoteca.
–Emmeline.
El sonido de su nombre hizo que se detuviera, girándose con una sonrisa
en la cara mientras sus ojos escudriñaban a la multitud. No vio a nadie al
principio y estaba a punto de seguir su camino hacia la puerta cuando una
bella pelirroja apareció en su campo de visión.
Y supo al instante de quién se trataba.
–Bianca.
La mujer tenía una sonrisa heladora.
–¿Sabes quién soy? Bien. Eso evita la molestia de las presentaciones.
–Te vi coqueteando con mi marido el día de nuestra boda –se oyó decir
Emmeline.
Deseó al instante tragarse las palabras. Lo último que quería era montar
una escena.
–Sería más adecuado decir que tu marido estaba coqueteando conmigo –
respondió Bianca con un susurro.
–Sí, bueno… eso es historia antigua –dijo Emmeline alzando los hombros
con la intención de parecer indiferente.
–Si eso es lo que quieres creer… –dijo Bianca con una sonrisa forzada–.
Yo no podría estar con un marido al que resultara tan fácil tentar. Pero el
vuestro no es un matrimonio convencional, ¿verdad?
Las dudas de Emmeline, que ya estaban tan a flor de piel, surgieron de
nuevo. Su mente racional supo que Bianca tenía todos los motivos del mundo
para ser desagradable. Que su actitud era probablemente una cruel
manipulación dirigida a hacerle daño a Emmeline. Pero la confusión de lo
que realmente era para Pietro ahora y la verdad de lo que quería ser hacían
que le doliera el corazón.
–En su momento tuve ganas de haberme casado con él –dijo Bianca
dándose unos golpecitos con el dedo en la comisura de los labios–. Pero de
este modo yo también puedo llevarme mi trozo del pastel.
–No lo entiendo…
–Yo me llevo la mejor parte de Pietro… sin la presión de la prensa ni de
tener que ser la señora Morelli. Tú eres una buena pantalla para él y para mí.
Emmeline sintió como si se estuviera ahogando. Se quedó mirando
fijamente a Bianca y sacudió la cabeza.
–No sé si me estás diciendo la verdad o solo intentas hacerme daño, pero
en cualquier caso tengo que irme –parpadeó con sus grandes ojos. El dolor
resultaba imposible de disimular–. Por favor, no vuelvas a acercarte a mí.
–No es cerca de ti de quien quiero estar –ronroneó Bianca a modo de
despedida.
Emmeline se dio la vuelta y se giró hacia la puerta. Salió al aire de la
noche con una inmensa sensación de alivio.
Pietro estaba unos pasos detrás de ella, jadeando como si acabara de correr
un maratón.
–¿La que estaba hablando contigo era Bianca?
Emmeline no tuvo tiempo para disimular el dolor en la mirada. Asintió y
luego miró a su alrededor buscando el coche.
Pietro apretó las mandíbulas justo cuando se encendía el flash de una
cámara. Maldijo enfadado y puso una mano en la parte baja de la espalda de
Emmeline para sacarla de la discoteca hacia el coche. Le abrió la puerta sin
decir una palabra y luego se colocó tras el volante.
Arrancó el motor y enseguida se puso en marcha por la calle vacía. El
silencio se abrió paso entre ellos como una acusación.
–¿Qué te ha dicho? –le preguntó finalmente mientras se encaminaban hacia
la villa.
–Nada –Emmeline frunció el ceño y luego cerró los ojos–. No creo que
importe.
Pietro agarró el volante con tanta fuerza que se le pusieron blancos los
nudillos.
–Dime qué te ha dicho.
Emmeline tragó saliva, la cabeza le daba vueltas. Había pasado de la
euforia de estar con Pietro a sentir como si todo fuera una farsa siniestra.
–Me ha dicho que nuestro matrimonio era una pantalla muy conveniente
para tu relación con ella. Ha dado a entender que seguís juntos –Emmeline
sacudió la cabeza–. Sabe que el nuestro no es un matrimonio convencional.
Las palabras encerraban una clara acusación y Pietro maldijo.
–La última parte es verdad –murmuró–. No tendría que haberle dicho nada,
pero estaba… enfadado. Fue un error por mi parte exponerte a ese tipo de
cotilleos.
–Sí –murmuró Emmeline sintiendo que se le caía el alma a los pies–. Estoy
segura de que se lo ha contado a todo el mundo –añadió mortificada.
–No me importa. Ya no es verdad. Sabes lo mucho que ha cambiado todo
entre nosotros.
Pietro estiró la mano y se la puso en la rodilla, pero ella se apartó. Alzó los
ojos hacia los suyos y el dolor y la inseguridad que vio en ellos hizo que
Pietro girara el coche y se detuviera en un espacio destinado a autobuses.
–Escúchame, cara. Sabes lo de Bianca porque yo te lo conté. Siempre ha
querido más de mí de lo que podía darle. Tiene muchos celos de ti.
–Eso lo sé –murmuró Emmeline–. Y sé que esta noche quería hacerme
daño y está claro que siente algo muy fuerte por ti. Pero eso me hace
preguntarme… ¿qué sé yo sobre ti?
–Lo sabes todo de mí –gruñó él–. Créeme, Emmeline. Nunca he tenido con
ninguna mujer lo que tengo contigo. Esto es especial, diferente, y los dos
estamos tratando de encontrar nuestro sitio. No dejemos que alguien como
Bianca nos cause problemas –le deslizó un dedo bajo la barbilla y le alzó el
rostro–. No permitiré que lo haga. No te lo permitiré a ti.
Emmeline clavó los ojos en los suyos. Deseaba con todo su corazón
creerle.
–¿Has estado con ella desde que nos casamos?
Pietro sacudió la cabeza.
–¿Durante el primer mes? –insistió Emmeline sosteniéndole la mirada–.
¿Cuando no dormíamos juntos? Apenas te veía, y llegabas casi todas las
noches tarde.
Pietro volvió a sacudir la cabeza.
–Cené con ella una vez, pero eso fue todo. Creo que quería acostarme con
ella para demostrarme a mí mismo que nuestra boda no había cambiado nada.
Pero la verdad es que cuando te besé a ti ya no quise estar con ninguna otra
mujer.
A Emmeline le dio un vuelco el corazón dentro del pecho. ¿Sería verdad?
¿Podría creerle? Hacía falta un gran salto de fe para confiar en alguien, sobre
todo dadas las extrañas circunstancias.
–¿Por qué llegabas siempre tan tarde?
–¿De verdad tienes que preguntarlo?
Su sonrisa fue como un rayo de sol en una tarde lluviosa. Emmeline sintió
su calor penetrando en la tormenta y tuvo ganas de llorar de alivio.
–No confiaba en ser capaz de no tocarte –dijo él con tono grave–. Ya fue
bastante difícil en nuestra noche de bodas, cuando te besé y te toqué y
saboreé tu dulzura. Pero después de la noche en que te pusiste aquel
vestido… –gimió–, supe que tenía un grave problema.
La verdad de sus palabras la inundó.
–¿Por qué no podías tocarme?
Pietro esbozó una sonrisa sexy.
–Porque se suponía que eras una esposa de conveniencia. El nuestro era un
matrimonio amañado, se suponía que no debía desearte. Ni soñar contigo, ni
obsesionarme –suspiró exageradamente–. Pero me pasaba. Supongo que al
principio me daba rabia. Quería demostrarme a mí mismo que podía
resistirme a ti. Pero no pude.
Emmeline dejó escapar un suave suspiro, pero el recuerdo de Bianca
seguía estando demasiado reciente para poder relajarse completamente.
–No quiero volver a verla –murmuró.
Los ojos de Pietro brillaron con una emoción que Emmeline no supo
identificar.
–Créeme, nunca volverás a ver a esa mujer.
–¿Podemos irnos a casa ya?
Pietro asintió y sintió por dentro como si le hubieran librado del corredor
de la muerte en el último minuto.
Bajó la cabeza y la besó suave y dulcemente.
–No dejes que nadie se interponga entre nosotros, cara. No puedo cambiar
al hombre que fui, pero tú estás cambiando completamente al hombre que
soy. Al hombre que quiero ser.
Emmeline sintió una punzada de felicidad en el estómago, porque supo que
le estaba diciendo la verdad.

No pasó mucho tiempo antes de que encontraran el camino de regreso a


sus cuerpos, explorando cada centímetro y saciando su apetito.
–Estás llorando –susurró Pietro besándole los ojos.
Ella se rio en medio de un sollozo y sacudió la cabeza antes de rodearle la
cintura con los brazos.
–Lo siento. Es que todo es perfecto. No sé qué ha pasado, qué he hecho
para merecer esto.
Pietro sonrió, fue una sonrisa que hizo girar completamente el mundo de
Emmeline. Y luego la penetró con más fuerza y ella gimió en el aire de la
noche moviendo el cuerpo con el suyo. Estaban completamente en sincronía,
completamente juntos.
Pietro la besó mientras se hundía en ella y Emmeline le rodeó la espalda
con las piernas sosteniéndole fuerte, necesitándole hasta el fondo.
Después le acarició el pelo mientras le sonreía con los ojos. Se puso boca
arriba y la atrajo consigo, y Emmeline escuchó el latido de su corazón
durante un largo rato. Le pareció por un momento que se había quedado
dormido, pero, transcurrido un tiempo, Pietro habló.
–¿Has hablado últimamente con tu padre? –su voz sonó grave en mitad de
la noche.
–No.
Pietro le acarició la espalda desnuda sintiendo cada hueso.
«Díselo. Díselo».
Pero el momento era tan perfecto… en algún momento encontraría la
manera de ser sincero con su esposa, pero aquella noche, con el sonido de su
acto amoroso todavía colgando en el aire, no fue capaz de hacerlo, de
estropear lo que acababan de compartir.
–¿No habláis con frecuencia? Qué curioso. Pensé que para ti iba a resultar
más duro estar lejos de él.
Emmeline se encogió de hombros.
–Cuando yo vivía en la plantación mi padre estaba con frecuencia fuera de
casa. Le llamé hace unos días, pero no contestó y luego me envió un correo
electrónico. Me dijo que tenía invitados en casa. Les estará enseñando los
caballos y todo eso. Seguro que está encantado.
Pietro gimió para sus adentros. La mentira le atenazaba el pecho.
–Mi padre habla con frecuencia de ti, ¿sabes? –murmuró ella–. Te adora.
–Es mutuo –respondió él con una sonrisa tirante–. Y siempre lo he
admirado.
Mientras hablaba, las palabras le resonaron dentro del alma. Col había sido
su roca y su apoyo cuando no tenía por qué. ¿Cómo no iba a ser leal a él
ahora que lo necesitaba? Se lo debía, aunque mentir a Emmeline estaba
empezando a envenenarle.
Capítulo 11

Buenos días, señora Morelli.


Pietro le deslizó un dedo por el cuerpo, encontró su feminidad y se la
acarició posesivamente. Emmeline se retorció, recordando el modo en que
habían hecho el amor la noche anterior.
–Buenos días –parpadeó.
–¿Sabes qué día es hoy?
Ella no pudo contener la sonrisa.
–Mi primer día en la universidad –afirmó–. ¡Bravo!
Pietro inclinó la cabeza y la besó con dulzura.
–Lo que significa que llevamos casados dos meses.
–Y parecen dos semanas –Emmeline estiró los brazos por encima de la
cabeza–. El tiempo vuela cuando uno se está divirtiendo.
Su esposa, su preciosa esposa, lo miró con toda la bondad de su corazón y
Pietro sintió como si el sol estuviera naciendo dentro de su pecho.
–¿Estás nerviosa?
–¿Nerviosa? Dios, no. Estoy emocionada. Llevo mucho tiempo queriendo
estudiar, siento que hay todo un mundo ahí fuera, un mundo de conocimiento
y aprendizaje. Y por fin va a ser mío.
Se incorporó con entusiasmo y se levantó de la cama desnuda. Pietro la vio
cruzar el dormitorio, sacar unos vaqueros del armario, una camisa de color
crema y ropa interior. Tras dirigirle una sonrisa, entró en el baño.
Pietro se dejó caer contra el colchón y se quedó mirando al techo. La
sensación de traición había disminuido. Y también la sensación de estar
viviendo un tiempo prestado. Tras varios intentos de tratar de convencer a
Col de que le dijera la verdad a su hija, Pietro se había visto obligado a
aceptar que el secreto estaba ahí y que existía más allá de su control. Ya
cruzarían aquel puente cuando llegaran a él.
Nunca se le ocurrió pensar que fuera algo imposible de manejar, porque
Emmeline y él se habían convertido en una fuerza unida. Le resultaba
imposible imaginar que pudiera pasar algo que no supieran manejar
Escuchó el sonido de la ducha y el canturreo inconsciente de su mujer.
Sonrió todavía más al oír las notas en las que siempre desafinaba.
¿Cómo se lo iba a decir en aquel momento, en su primer día de
universidad? A pesar de su promesa tenía una obligación con su mujer. Y
pronto hablaría con ella. En el momento adecuado.

Emmeline silbaba entre dientes mientras se movía por la cocina. Había una
pila de libros de texto en una esquina, uno de ellos abierto en la página que
había estado leyendo. Echó un vistazo a las patatas con tomate y aspiró su
aroma picante y dulce a albahaca y ajo. Luego miró hacia las perdices que se
estaban haciendo en el horno.
Era la primera vez que preparaba una cena para la familia de Pietro y
quería que todo fuera perfecto.
Él se había reído cuando se lo dijo.
–Tengo ama de llaves, cocinero y valet. ¿Por qué no se lo dejas a ellos? Ya
tienes muchas cosas en la cabeza –le dijo señalando los libros que estaban
repartidos por toda la casa.
–Solo llevo una semana en la universidad, todavía es pronto –ella sonrió–.
Además, quiero hacerlo. Me gusta cocinar.
Por supuesto, ahora se arrepentía de aquel impulso a medida que avanzaba
el tiempo y la comida no terminaba de hacerse. Le preocupaba que no
estuviera lista a tiempo.
Pero lo único que podía hacer era esperar. La perdiz confitada necesitaba
una hora extra. La sopa era el primer plato. Había aceitunas, pan y queso para
servir de aperitivo.
Emmeline se frotó las manos y echó un vistazo a la mesa por enésima vez.
La había preparado con un sencillo mantel blanco y colocó varios jarrones
con rosas en el centro. Las flores de azahar despedían un aroma maravilloso.
Además, le recordaban a la granja, el lugar en el que su relación había
cobrado vida.
Sonrió al inclinarse y aspirar profundamente su olor. Entonces le vibró el
bolsillo trasero. Sacó el móvil, aliviada y sorprendida a partes iguales al ver
que se trataba de un mensaje de su padre. Le había dejado varios mensajes la
semana anterior, y aparte de un breve correo electrónico no había sabido nada
de él.

Hola, cariño. Siento haber tardado tanto en contestarte. He tenido una


gripe que me ha dejado en la cama toda la semana. ¿Qué tal estás tú? Te
quiero, papá.

Emmeline sonrió mientras respondía.

Me va muy bien, papá. La universidad es increíble.

Deslizó un dedo por el teléfono, preguntándose qué debería decir respecto


a su marido y se decidió por:

La vida de casada me sienta bien. ¿Cuándo vienes a visitarnos?

Se guardó el móvil en el bolsillo y continuó con los preparativos. Pero


mientras se duchaba y se cambiaba no pudo evitar que una punzada de
preocupación se infiltrara en su felicidad. Su padre no era un hombre joven.
Si la gripe le había tenido una semana en la cama debió de ser fuerte. Eso y el
hecho de que no hubieran hablado desde hacía tiempo hizo que se preocupara
un poco.
Eligió un vestido de seda negro y lo combinó con un collar de perlas y
unas bailarinas planas. Luego se aplicó rápidamente una base de maquillaje.
Pietro apareció justo cuando se estaba inclinando hacia delante para
ponerse rímel en las pestañas.
–Tengo algo para ti –dijo él.
Emmeline se dio la vuelta con curiosidad y le miró. No tenía nada en la
mano.
–Está abajo. Ven –Pietro le tendió la mano.
Emmeline se la tomó y le siguió con curiosidad hasta que llegaron a la
puerta de la calle.
Pietro le tapó los ojos con una mano.
–Espera un momento.
Ella se mordió el labio inferior y contuvo la respiración hasta que la puerta
se abrió hacia dentro. Entonces Pietro le quitó la mano de los ojos y ella
parpadeó. Había un coche negro frente a ella. Un Bentley descapotable.
–Es precioso –murmuró–. Pero no entiendo…
–Bueno, cara, ahora eres romana. Vas a la universidad aquí. Vives aquí.
Pietro se acercó al coche y abrió la puerta del conductor.
–¿Sabes en qué he estado pensando últimamente? En la primera vez que
hablamos de casarnos. Recuerdo que tú dijiste que solo buscabas la libertad
que el matrimonio te ofrecía –se aclaró la garganta–. En ese momento no lo
entendí. Sigo sin entenderlo. Pero quiero darte todo en este mundo, y un
coche me parece un paso importante hacia la libertad.
A Emmeline se le llenaron los ojos de inesperadas lágrimas.
–¡Deja de hacerme esto! –gruñó medio en broma medio en serio–. Eres
demasiado perfecto.
–No, no lo soy.
Algo cruzó por su rostro, algo que brevemente hizo que le diera un vuelco
el corazón antes de apartar las dudas de sí.
Era perfecto. No había razones para preocuparse de que la decepcionara
nunca. Era la horma de su zapato en todos los sentidos.
–Gracias –dijo en voz baja.
–Súbete –sugirió Pietro con una sonrisa.
Ella también sonrió al colocarse detrás del volante.
–No soy una gran conductora, ¿sabes?
Pietro se rio entre dientes.
–Entonces tendré que enseñarte.
Ya le había enseñado tantas cosas…
–El caso es que me aburro –reconoció Emmeline con sinceridad.
–En Roma no te pasará eso. Las carreteras son muy divertidas. Están
hechas para ponerte a prueba.
–Me encanta mi coche. Aunque solo sea para sentarme en él a estudiar.
Una bocanada de polvo lejano anunció la llegada de otro coche, y
Emmeline se bajó lamentándolo mucho. Al hacerlo vio en el salpicadero un
permiso especial para dejar el coche en el aparcamiento de la universidad, y
aquel sencillo gesto significó para ella más que el regalo de aquel coche tan
caro.
–Me encanta –repitió rodeando el vehículo y dándole un beso en la mejilla.
Pietro clavó la mirada en la suya y Emmeline tuvo la extraña sensación de
que quería decirle algo más. Que había algo que le inquietaba.
–¿Va todo bien? –preguntó escudriñándole el rostro.
– Ciao, ragazzi!
La madre de Pietro salió del coche vestida de verde con un moño alto, un
collar de oro al cuello y unas sandalias doradas que le subían por las piernas.
Se dirigió a ellos como si la entrada fuera una pasarela de moda.
–Madre –Pietro besó a Ria en las mejillas antes de que ella centrara toda la
atención en Emmeline.
–Ah, mi adorable nuera –dijo con marcado acento británico–. Veo que
sigues estando muy delgada –comentó con desaprobación.
–Madre –le advirtió Pietro–. Ya es suficiente.
–¿Qué pasa? Quiero nietos. ¿Qué tiene eso de malo?
Emmeline sintió una dolorosa punzada en el corazón. Lo cierto era que la
imagen de un bebé había empezado a poblar sus sueños. Qué maravilloso
sería que una criatura creciera en su interior, y que al nacer pudiera
alimentarla, acunarla entre sus brazos y quererla.
Tal vez ocurriera algún día. Pero, por el momento, Emmeline estaba
saboreando la vida adulta por primera vez y no estaba preparada para
sacrificar su independencia todavía. La vida con Pietro era perfecta y nueva,
y no quería añadir a un bebé a la mezcla.
«Todavía».
Sus ojos se cruzaron con los de Pietro por encima de la cabeza de Ria y
sonrió. Supo que él lo había entendido. Quería que Emmeline fuera feliz. Que
fuera libre.
Rafe llegó unos minutos después de su madre. Estaban sentados a la mesa
tomando un vino rosado cuando él apareció, muy relajado con pantalones
claros y una camiseta.
–Ah, Rafe. Te has bajado del yate, por lo que veo –dijo Ria. Pero su
sonrisa mostraba orgullo maternal.
–Ciao, mamma –Rafe sonrió y saludó al resto de la familia–. Esto huele de
maravilla. ¿Así que también cocinas? –le preguntó a Emmeline.
–Unos pocos platos –respondió ella con falsa modestia.
A Emmeline siempre le había gustado cocinar. Pasaba el mayor tiempo
posible en la cocina, sobre todo cuando Patrice estaba en pie de guerra con
ella. Era el escondite perfecto.
Pietro le tomó la mano por debajo de la mesa y se la apretó. Ella se giró
para mirarle. Sus miradas se encontraron y saltaron chispas. Emmeline estaba
segura de que todo el mundo las había visto.
Sonrió con dulzura y luego se centró en la historia que Ria estaba
contando. O lo intentó. Pero los dedos de Pietro subieron más bajo la mesa
hasta que le acariciaron el muslo.
–Voy a por la sopa –dijo tras un instante arrastrando la silla hacia atrás y
dirigiéndose a la cocina.
–¿Quieres que te eche una mano, querida? –le preguntó Ria.
Emmeline sacudió la cabeza.
–Lo tengo todo controlado.
Lo cierto era que necesitaba un momento a solas. Un mero roce de su
marido era suficiente para hacer que se le acelerara el pulso. Si seguía casada
con él, podría terminar sufriendo un infarto.
La idea le hizo sonreír, pero también provocó algo extraño en su interior.
Si seguía casada con él. ¿De dónde había salido aquella idea?
Sacó cuatro cuencos de la alacena y los llenó de deliciosa sopa, pensando
en el acuerdo al que habían llegado. Sintió una fría incomodidad en su
interior. Nunca habían hablado realmente del tiempo que permanecerían
casados. Pero todo había cambiado. Ella estaba enamorada, y le daba la
impresión de que Pietro también.
¿Y qué significaba eso exactamente? ¿Que vivirían felices para siempre?
¿Sería aquello lo que Pietro buscaba?
La duda rebajó un poco su nivel de felicidad. Tal vez necesitaban tener una
charla al respecto. Una conversación sobre el rumbo que iban a tomar.
Añadió un poco de parmesano rallado a la sopa, un chorrito de aceite y
unas hojas de albahaca.
El caso era que lo habían hecho todo al revés. Según su amplia experiencia
en novelas y películas, la gente normalmente se conocía, descubría que se
sentían atraídos el uno por el otro, salían, se enamoraban, se acostaban, se
iban a vivir juntos o se casaban. Pero en algún momento antes de dar aquel
paso tan importante hablaban de lo que querían. Del futuro.
¿Deberían hablar ellos del tema ahora o resultaría raro? Todo iba tan bien
que no quería estropearlo.
Emitió un pequeño sonido de frustración, agarró dos cuencos y los llevó de
la cocina al comedor.
–Deja que te ayude –dijo Pietro como si acabara de darse cuenta de que su
mujer tendría que llevar ella sola cuatro cuencos.
–Gracias –murmuró Emmeline dejando el primero delante de Ria antes de
seguir a su marido a la cocina.
Cuando cruzaron por la puerta, Pietro la tomó de la cintura y la atrajo hacia
sí.
–Quiero subir contigo ahora mismo –gimió–. ¿Por qué está mi familia
aquí?
Ella se rio, pero el corazón le latía muy deprisa.
–No lo sé. Ha sido una idea terrible. Vamos a decirles que se vayan,
–Desde luego –Pietro la besó fugazmente–. Un anticipo –le dijo con un
guiño.
–Bien. Más tarde espero un pago completo.
–¿Cuánto más tarde? –Pietro volvió a gruñir con expresión impaciente.
Ella lo besó en la mejilla.
–No mucho, espero.
La sopa fue un éxito. Emmeline estaba nerviosa por preparar un plato tan
típicamente italiano para la familia de su marido, pero parecía que les había
gustado de verdad. La perdiz también estaba perfecta, la sirvió con patatas
crujientes y judías verdes tostadas con ajo, una excelente mezcla de texturas y
sabores.
Pietro ejerció de anfitrión después de la cena y preparó unos Martinis en el
salón.
–Estás muy callada –comentó Rafe sentándose a su lado–. Y pareces
preocupada. ¿Va todo bien?
Emmeline no tenía ganas de enfrascarse en una conversación profunda con
su cuñado sobre su matrimonio, así que le dio la explicación más sencilla que
pudo encontrar.
–Bueno, es por mi padre –dijo sonriendo–. No se encuentra bien, y es duro
estar aquí tan lejos preocupándome por él –afirmó sacudiendo la cabeza.
La sorpresa de Rafe resultaba obvia, pero Emmeline no lo entendió, por
supuesto.
–¿Te lo ha contado?
–Por supuesto –dijo Emmeline frunciendo el ceño–. No es ningún secreto.
–Gracias a Dios. Sé que para Pietro ha sido una tortura. Ahora que lo sabes
se sentirá aliviado.
Emmeline le miró con asombro. No era más que una gripe, y ella misma se
acababa de enterar.
–¿Cómo lo sabe Pietro? –preguntó con voz pausada.
Rafe se quedó paralizado al darse cuenta de que estaban hablando de cosas
distintas. Le dio un sorbo a su Martini y miró a su alrededor.
–Umm..
–¿Cómo sabe Pietro qué?
El susodicho apareció en aquel momento, guapísimo con el traje que a ella
tanto le gustaba. Pero en esa ocasión no se fijó.
–¿Cómo sabes que mi padre está enfermo?
Capítulo 12

El silencio se estiró como una banda elástica. Emmeline trató de sumar dos
y dos para que le diera cuatro, pero no fue posible.
–Rafe acaba de decirme que lo sabes desde hace tiempo. Que te ha estado
torturando –murmuró.
Rafe maldijo entre dientes, se puso de pie y dejó el vaso de Martini sobre
la mesa con un único movimiento. Le dirigió a su hermano una mirada de
disculpa.
–Pensé que lo sabía.
Emmeline también se levantó con un movimiento fluido.
–¿Saber qué? –preguntó subiendo el tono de voz. Exigiendo.
Ria apareció entonces a su lado. Emmeline tuvo que hacer un esfuerzo
sobrehumano para calmarse y ofrecerle una sonrisa tensa.
–Gracias por esta maravillosa cena –dijo su suegra–. Ya me voy a marchar,
es tarde.
–Yo también –se apresuró a añadir Rafe–. No hace falta que nos
acompañéis.
Pietro miró a su hermano antes de clavar de nuevo la vista en su mujer.
Seguramente aquella era la peor manera en la que podría haberse enterado de
la noticia.
–¿Qué diablos está pasando?
Pietro exhaló un profundo suspiro.
–Siéntate, cara.
–No quiero sentarme –afirmó ella con rotundidad cruzándose de brazos–.
¿Y bien?
–Al parecer, Rafe pensaba que sabías…
–Que mi padre tiene gripe –le atajó Emmeline–. Pero no estás hablando de
eso, ¿verdad? ¿Qué le pasa a mi padre?
Tenía el miedo dibujado en su hermoso rostro.
–Tu padre está enfermo –Pietro apretó las mandíbulas–. Es grave.
–Oh, Dios mío –Emmeline se dejó caer en el sofá que tenía detrás–. ¿Qué
le pasa?
Pietro se puso en cuclillas frente a ella y le tomó las manos.
–Tiene cáncer. Es incurable y está muy avanzado –le acarició el dorso de la
mano con el pulgar y sintió que se le encogía el corazón por su dolor–. Lo
siento.
Las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas.
–No lo entiendo. ¿Cuándo… cómo… por qué no me lo ha dicho?
–Quería que fueras feliz. Quería morir sabiendo que no te ibas a quedar
encallada en el dolor de la pérdida de tu padre. Quería saber que tenías otras
cosas en tu vida. Otras personas.
–Tú –dijo Emmeline apartando las manos y frotándose los muslos–.
¿Cuándo te enteraste?
Pietro trató de acariciarle la mejilla, pero ella se apartó.
–¿Cuándo?
–El día que vino a verme.
La sorpresa resonó por la habitación como si hubieran arrojado una bomba
atómica.
–¿Antes de casarnos? –preguntó Emmeline con voz tirante–. ¿Lo has
sabido todo este tiempo? Oh, Dios mío…
Parpadeó para aclarar la confusión de su mente e hizo todo lo posible por
centrarse en lo importante. Ya habría tiempo para saldar cuentas con la
traición de Pietro, pero en aquel momento había más cosas en juego.
–¿Es muy grave?
–Se está muriendo –murmuró Pietro con voz gutural. Se incorporó
lentamente, pero no hizo amago de acercarse a ella–. Me dijo que era
cuestión de meses. Como mucho.
Aquellas palabras eran como extraños objetos punzantes. A Emmeline le
costaba trabajo comprenderlas. ¿Su padre estaba enfermo? ¿Por qué la había
enviado lejos? ¿Sufría dolor? ¿Estaba solo? La idea de que pasara por algo
como un cáncer sin tener a alguien que le tomara de la mano le provocaba un
nudo en la garganta.
–¿Y tú me has dejado estar aquí contigo consciente de que no sabía nada,
sabiendo que todo mi mundo, mi padre, mi única familia, se estaba muriendo
al otro lado del mundo? –le clavó una mano en el pecho, los ojos le echaban
chispas de furia–. ¿Cómo te atreves a tomar esa decisión por mí? ¿Cómo te
atreves a mentirme así?
–Era lo que él quería.
–¡Eso no importa! ¡Tendrías que habérmelo dicho! –bramó ella girándose
para salir del salón.
Subió los escalones de dos en dos y corrió por el pasillo hacia el
dormitorio que llevaban semanas compartiendo. Sacó la ropa del armario sin
pensar. Pantalones, unas cuantas faldas, blusas… tenía más ropa en casa. No
necesitaba hacer una gran maleta.
–No podía decírtelo –murmuró Pietro a su espalda–. Le hice una promesa a
tu padre y no podía romperla. Tienes que creerme. Era una situación
imposible…
–Maldita sea, Pietro –las palabras resonaron por el dormitorio–. ¡No te
atrevas a hablarme de situaciones imposibles! Esto no era imposible.
Tendrías que haber pensado en mí. ¿Creías que no me importaría? ¿Creías
que podría perdonarte esto?
Emmeline cerró la cremallera de la maleta con tanta fuerza que se le
enganchó una uña y soltó una palabrota.
–Has estado sentado en una bomba de relojería.
Pietro hizo un visible esfuerzo por controlarse. Irguió los hombros.
–¿Quieres ir con él?
Ella clavó la mirada en la suya.
–Por supuesto que sí. Habría ido con él semanas atrás si alguien me
hubiera contado lo que pasaba.
–Bien –murmuró Pietro–. Voy a organizar mi avión…
–No –Emmeline sacó el móvil con dedos temblorosos–. Reservaré un
asiento en el próximo vuelo disponible.
Estaba claro que no quería su ayuda.
–Mi jet está en el aeropuerto. Es el medio más rápido posible –insistió él–.
Sé que estás enfadada, pero déjame hacer esto.
Emmeline apartó la vista. El pánico y la preocupación la hacían vacilar.
La voz de Pietro le llegaba como desde lejos. Hablaba por el móvil para
ordenar los preparativos del vuelo. Una parte de ella se alegró. Estaba furiosa
con él, tanto que dudaba que algún día llegara a perdonarle. Pero no estaba
segura de poder enfrentarse a aquello completamente sola.
–Ya está. Vamos, yo conduciré.
Emmeline mantuvo la mirada apartada cuando él levantó la maleta y la
llevó hacia el coche que le había regalado tan solo unas horas atrás. No pudo
evitar pensar que todo había sido una mentira. No había significado nada para
él. ¿Para eso se había casado con ella? ¿Para mantener la mentira?
Todas sus ideas respecto a que su matrimonio había empezado a significar
algo no eran más que fantasías estúpidas. Pietro no la amaba como ella a él.
Si hubiera sentido algo por ella habría encontrado la manera de contarle la
verdad.
Fue mirando por la ventanilla mientras se dirigían al aeropuerto.
Finalmente entraron en una pequeña terminal.
–Aquí es –Pietro señaló hacia el hangar donde estaba su avión privado. Le
pasó el equipaje de Emmeline al auxiliar de vuelo, y cuando subió las
escaleras ella se dio cuenta de que tal vez la acompañara en el viaje.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó con frialdad deteniéndose en lo alto de la
escalerilla del avión.
–¿A ti qué te parece? –Pietro se adentró en el avión, deteniéndose al lado
de una butaca y esperando a que ella le siguiera.
Emmeline le lanzó una mirada asesina, pero avanzó hacia él. Muy bien. Si
quería sentarse con ella, entonces le haría pasar un mal rato. Podía darle
algunas respuestas.
–Así que te lo contó antes de que tú y yo accediéramos a casarnos –dijo
sentándose en la butaca. Le temblaban los dedos al abrocharse el cinturón–.
Te presionó para que te casaras conmigo.
–Me pidió que le ayudara –respondió Pietro apretando las mandíbulas. Le
preocupaba cómo ibas a enfrentarte a esto. No quería que lo vieras mal.
Emmeline miró por la ventanilla y los ojos se le llenaron de lágrimas.
–Yo no estaba de acuerdo con su decisión, pero tenía que respetarlo.
Ella giró la cabeza, le costaba trabajo mirarle a través de la neblina de su
dolor.
–No digas eso. No puedes tenerlo todo. Si no estabas de acuerdo con su
decisión, deberías habérmelo dicho.
–Quería hacerlo –Pietro frunció el ceño–. Decidí que te lo contaría un día,
cuando llegara el momento adecuado.
Emmeline soltó una amarga carcajada.
–Me acabas de decir que le quedan meses de vida, tal vez semanas. ¿A qué
estabas esperando?
–Disculpen, señores –una azafata se acercó a ellos casi de puntillas–.
Vamos a despegar enseguida. ¿Les apetece tomar algo?
–Sí. Un whisky solo y unas aspirinas –pidió Emmeline.
Pietro se inclinó hacia delante y le puso una mano en la rodilla cuando
estuvieron a solas otra vez.
–Esto no cambia nada de lo que hay entre nosotros.
–¡Por supuesto que sí! –exclamó ella–. Me has estado mintiendo todo el
tiempo.
La azafata regresó con el whisky y Emmeline se lo tomó entero. Luego se
llevó las aspirinas a la boca.
–No te las tomes –murmuró Pietro–. Acabas de beber una buena dosis de
alcohol…
Ella le miró enfadada y se metió las pastillas en la boca.
–Vete al diablo.

Se despertó cuando ya estaban en la costa de Estados Unidos. La cabeza le


daba vueltas y sentía una tenaza en el corazón que al principio no tenía
sentido. Estaba desorientada y confusa.
Parpadeó y miró hacia delante. Y se encontró con la mirada de su marido.
La sonrisa que siempre le asomaba a los labios cuando le veía no surgió. Lo
que sintió fue tristeza y dolor, y todo le vino a la mente. La mentira. El
secretismo. La traición. El cáncer de su padre.
El hecho de que fuera a morir y ella no hubiera estado a su lado.
–Me dijiste que podía confiar en ti –murmuró–. ¿Te acuerdas? Estábamos
hablando de Bianca y las demás mujeres, pero yo di por hecho que podía
confiar en ti en general. ¿Es que no lo entiendes? No volveré a creer nada de
lo que digas.
Miró por la ventanilla, el corazón le latió con fuerza cuando apareció la
tierra debajo. Estaba de regreso en su país, y no pensaba marcharse de allí
nunca más.
Estaba en casa. O, al menos, eso se dijo.
–Oh, cariño –la señora Mavis abrió la puerta. Tenía el rostro arrasado en
lágrimas cuando la abrazó–. Lo siento mucho.
Emmeline fue consciente en aquel momento de que era demasiado tarde y
le dio un vuelco el corazón.
–He venido en cuanto me he enterado. ¿Cómo está?
A la señora Mavis se le descompuso el rostro y Emmeline lo supo. Incluso
la luz del sol era más pálida, como si estuviera de luto.
–¿Cuándo?
–Hace una hora –la señora Mavis sollozó–. Intenté llamarte, pero tenías el
móvil apagado.
–¿Puedo verle? –susurró Emmeline.
–Claro –la señora Mavis entró y Emmeline la siguió. Pero luego se dio la
vuelta y miró a Pietro con ojos acusadores.
–No –alzó una mano para enfatizar sus palabras–. No te atrevas a entrar en
mi casa.
Pietro se estremeció como si le hubiera abofeteado.
La señora Mavis, que trabajaba en aquella casa desde que Emmeline tenía
cinco años, le puso una mano en la espalda para consolarla.
–Si no me hubiera casado contigo, habría estado con él.
Pietro apoyó una mano en el quicio de la puerta, pero no hizo ningún
amago de entrar.
–No era lo que él quería.
–Estaba equivocado. Y tú también –Emmeline sacudió la cabeza
enfadada–. Deberías habérmelo dicho. Tendría que haber estado aquí. Nunca
te lo perdonaré.
Se giró y cerró la puerta de golpe, sollozando mientras echaba el cerrojo.
Capítulo 13

Al tercer día después de la muerte de su padre, la mañana del funeral,


Emmeline encontró una nota guardada en un libro. Se le había caído debajo
de la cama, y la estaba abriendo lentamente cuando llamaron a la puerta,
sobresaltándola. Se giró sintiéndose culpable y guardó la nota en el bolso.
Pietro estaba en la puerta vestido con un traje negro, el pelo oscuro retirado
de la cara, y estaba tan guapo y sexy que lo único que quería Emmeline era
cruzar la estancia y arrojarse a sus brazos.
Pero no lo hizo. Porque Pietro había destruido lo que tenían. O tal vez
nunca lo tuvieron. El espejismo de su matrimonio ahora parecía un sueño, un
sueño que no volvería a tener jamás. Él había mantenido las distancias desde
que llegaron a Annersty, pero había estado ahí todo el rato ocupándose de los
abogados, el servicio y la gente que había acudido a dar el pésame.
–Es hora de ir –dijo en voz baja y con gesto de dolor y apoyo.
Su necesidad infantil de decirle que no fuera al funeral se evaporó en la
neblina de lo que sabía que su padre habría querido. Col quería a Pietro, y
conocía lo bastante a su marido para saber que era mutuo.
–No voy a ir contigo –dijo a cambio.
–Sí, sí vienes conmigo.
Pietro cerró la puerta y se dirigió hacia ella. Emmeline alzó la barbilla en
un gesto desafiante.
–Vamos a ir juntos porque si llegamos por separado provocaremos un
escándalo.
–Oh, que nadie ose decir nada sobre el matrimonio del gran Pietro
Morelli…
–Me importa un bledo lo que la prensa diga de mí –la interrumpió él con
firmeza–. Pero tu padre se merece ser el centro de atención. No quiero que los
medios de comunicación se distraigan de la grandeza de sus logros durante su
carrera de servicio público.
–Oh, Dios –Emmeline se le agarró a la camisa al sentir que el cuerpo se le
debilitaba–. No puedo hacer esto –sollozó sacudiendo la cabeza de un lado a
otro–. No puedo enterrarle. No puedo.
–Shh… shh…
Pietro le acarició la espalda, el pelo, la sostuvo con fuerza y le susurró en
italiano palabras que Emmeline no trató de comprender. No necesitaba
entender lo que le decía para sentirse consolada.
–Estoy aquí contigo.
Y lo estuvo. Se quedó al lado de Emmeline durante todo el funeral y luego
mientras ella se despedía de los cientos de juristas y amigos que habían ido a
presentar sus últimos respetos. La madre y el hermano de Pietro también
estaban allí, y le resultó extraño verlos en la iglesia de Annersty. Su nueva
familia se mezclaba con la antigua.
Pero ellos no eran su familia. Y Pietro no era realmente su marido.
El funeral fue un momento para decir adiós a algo más que a Col. Era el
final de muchas cosas. Más tarde aquella noche, cuando todo el mundo se fue
y solo quedó Emmeline con su dolor, Pietro se la encontró de rodillas en una
habitación que enseguida dio por hecho que fue su dormitorio de niña.
–¿Qué estás haciendo aquí? –le preguntó sin mirarle.
Pietro se agachó a su lado y le tendió una taza.
–¿Café?
Ella lo agarró con los ojos rojos.
–Gracias –Emmeline se sentó en el suelo–. Estaba pensando que ojalá
pudiera levantar una esquina de la sábana del tiempo y deslizarme dentro –
sonrió con tristeza–. Quiero volver a ser una niña pequeña.
Le dio un sorbo a la taza e hizo un esfuerzo para ponerse de pie. Se acercó
a la ventana.
–Ha sido un funeral muy bonito.
–Sí. Digno de un hombre como tu padre.
Se hizo un silencio en la habitación. Emmeline sintió una punzada de
tristeza que le llenó el alma de oscuridad.
–No tenías por qué estar allí –murmuró–. Deberías volver a Roma.
–No –afirmó él con decisión–. No voy a dejarte.
Emmeline se giró para mirarle con expresión sombría.
–No quiero que estés aquí. Mi padre se equivocó al pensar que no podría
enfrentarme a esto y que me lo teníais que ocultar. Todo está mal. Todo lo
nuestro ha sido un error.
–No es el momento de tomar decisiones –aseguró Pietro con sequedad–.
Acabas de enterrar a tu padre hoy.
–Sé perfectamente lo que he hecho hoy –le espetó Emmeline–. Mañana,
pasado… da igual. Nada va a cambiar lo que siento –aspiró con fuerza el
aire–. Si te importo algo, por favor,vete.
Pietro clavó la mirada en la suya. Se la quedó mirando durante un largo
instante y luego asintió brevemente, girándose sobre los talones para
marcharse. Cerró la puerta con suavidad, pero a ella le pareció que había
dado un portazo.
Bueno, ¿qué esperaba? ¿Que la levantara del suelo, la llevara a la cama y la
acariciara hasta que se durmiera?
Aquello era hablar de una intimidad que había sido una mentira. ¿Qué
sentido tenía nada si se había roto la confianza entre ellos? Y por mucho que
Pietro dijera, había roto su confianza en el modo más vital. Le había robado
la oportunidad de estar con su padre en sus últimos meses.
Le dio otro sorbo al café y siguió con la mirada la luz de la luna que
bailaba sobre las colinas de la hacienda. Los árboles que siempre había
amado, las colinas por las que se había deslizado de niña.
Resultaba extraño que ya no sintiera los mismos lazos con Annersty. Ya no
era el hogar que veía cuando cerraba los ojos. Su mente estaba ahora llena de
visiones de huertos frutales y una granja.
Parpadeó para abrir los ojos, decidida a no dejar que sus traicioneros
pensamientos la llevaran allí.
Emmeline durmió de forma irregular, con sus sueños interrumpidos por la
soledad y la tristeza. Cuando se despertó, estaba pálida y tenía ojeras. No se
molestó en ocultarlas. Solo estaba el personal de la casa, y la señora Mavis la
había visto de todas las maneras a lo largo de los años.
Emmeline se puso unos vaqueros y un suéter. No era un día
particularmente frío, pero ella lo sentía por dentro.
Se dirigió al salón, y una vez dentro escuchó un movimiento y se dio
cuenta de que no estaba sola. Pietro estaba en el sofá con el pelo revuelto y
más guapo que nunca por su aire de desaliño. Llevaba los pantalones del traje
que se había puesto para el funeral y también la camisa. La chaqueta estaba
encima de una silla.
Emmeline se quedó paralizada, incapaz de apartar los ojos de él. Se lo
quedó mirando como si fuera la respuesta a todas las preguntas que la habían
hecho dar vueltas toda la noche.
–Buongiorno.
Tenía una voz preciosa. Emmeline aspiró con fuerza el aire y parpadeó
para aclarar la imagen del hombre que amaba. ¿Cómo iba a perdonarle? Era
el amigo de su padre. Y un mentiroso.
–¿Qué haces aquí?
Pietro se incorporó con gesto decidido.
–Voy a quedarme contigo.
–Te dije que te fueras.
El viento corría alrededor de la casa sacudiendo la cristalera que tenía
detrás. Pietro se puso de pie y cruzó la estancia de modo que se colocó frente
a ella. No la tocó, pero la miró con tanta intensidad que era como si lo
hubiera hecho.
–Te quiero –se limitó a decir él–. Y, si tú te quedas aquí, yo también.
Emmeline soltó un sonido de exasperación.
–¡Ya no tienes que seguir fingiendo! Mi padre ha muerto. Todo ha
terminado. Hiciste lo que tenías que hacer. Podemos acabar con esta farsa.
Emmeline se abrazó a sí misma con fuerza.
La expresión de Pietro adquirió un aire todavía más decidido.
–Tienes que comer algo.
–No tengo hambre.
–Tienes muy mal aspecto.
Los ojos de Emmeline echaron chispas de rabia.
–¿Como cuando nos prometimos? Esto es lo que soy, Pietro. Aunque hayas
tratado de repetir en mí la historia de Cenicienta, soy esta persona.
Pietro tuvo que hacer un gran esfuerzo por no responder enfadado. Lo
estaba. Y mucho. Pero se limitó a sonreír con amabilidad.
–Quiero decir que tienes aspecto de estar pasándolo mal. Parece que no has
dormido. Y parece que has perdido peso a pesar de los pocos días que
llevamos aquí. Por favor, ven a comer algo.
–Esta es mi casa –afirmó ella con frialdad–. Y haré lo que me dé la gana.
Emmeline salió de la estancia con los hombros erguidos y la mirada
clavada en la escalera que tenía delante. Pero el corazón se le rompía y de los
ojos le caían lágrimas de tristeza.

Los días transcurrieron en una extraña nebulosa. Pietro siempre estaba allí.
Durmiendo en el sofá que había en el salón adyacente a su dormitorio,
manteniendo la distancia pero también observándola constantemente. Tras
una semana había dejado de desear que se fuera. O, más bien, había
empezado a aceptar que se alegraba de que se hubiera quedado.
Su mundo había descarrilado con la muerte de Col, y tener a Pietro le
proporcionaba un alivio que sabía que no podría conseguir en otro lado.
Emmeline no hablaba a Pietro más allá del obligado saludo matinal y algún
comentario ocasional sobre el tiempo. Pero su presencia constante estaba
provocando algo extraño en ella. Algo que necesitaba y rechazaba a partes
iguales. Estaba empezando a sentirse otra vez ella misma, y odiaba que Pietro
fuera la causa.
Un mes después de la muerte de Col, Emmeline volvió a casa y se
encontró con el abogado de su padre en la sala, enfrascado en una
conversación con Pietro.
–Ya hemos hablado de esto –estaba diciendo Pietro con firmeza–. La
hacienda pasa en su totalidad a Emmeline.
Ella se detuvo en el umbral con el ceño fruncido antes de entrar. Pietro
tenía una expresión preocupada, y Emmeline sabía por qué. Había seguido
perdiendo peso.
Ella ignoró su preocupación y sonrió educadamente al señor Svenson.
–¿Puedo ayudarte en algo, Clarke?
–Ya está resuelto –afirmó Pietro poniéndose de pie.
Clarke Svenson le imitó y sonrió con amabilidad a Emmeline mientras se
dirigía lo más rápidamente posible hacia la puerta.
En cuanto estuvieron solos, Emmeline se giró para mirar a su marido.
–¿De qué trata todo esto?
Pietro dejó escapar un suspiro y agarró la taza de café. Le dio un sorbo y
ella se dio cuenta con una repentina punzada de culpabilidad de que Pietro
tampoco estaba en su mejor momento. Parecía cansado, y no le gustó que el
corazón se le apenara al darse cuenta.
–La típica gentuza intentando sacar tajada del testamento de tu padre.
Primos segundos que hace mil años que no aparecen y ese tipo de cosas –
Pietro puso los ojos en blanco–. Ya está arreglado.
Emmeline abrió los ojos de par en par.
–¿Lo has arreglado tú?
–Sí. Alguien tenía que evaluar sus reclamaciones –Pietro se le acercó
despacio, como si ella fuera un caballo asustado que necesitara calmarse–.
Alguien tenía que hacerlo y yo soy tu marido.
Él le escudriñó el rostro y dio un paso adelante, pero Emmeline sacudió la
cabeza.
–Y porque mi padre esperaría que lo hicieras –añadió en voz baja.
Emmeline no pudo evitar la sensación de que habían comerciado con ella.
Que era una especie de deuda que su padre había necesitado saldar antes de
morir.
–Tenemos que hablar –murmuró Pietro.
–Lo sé, pero… no puedo. No estoy preparada.
–De acuerdo. No pasa nada. Lo entiendo.
–Dios, deja de ser tan comprensivo. Deja de ser tan amable. No quiero que
estés aquí recogiendo las piezas. Por muy cariñoso que te muestres ahora,
nada puede cambiar lo sucedido.
Pietro apretó los dientes sin apartar la mirada de la suya.
–Odié tener que mentirte.
–No te creo. No eres la clase de hombre que haría algo que odiara.
–Tu padre me hizo jurar que no te lo contaría –insistió Pietro con
determinación.
–¿Creíste que podría perdonarte? –preguntó ella–. ¿Creíste que lo
superaría?
–No lo sé –respondió Pietro con sinceridad–. Pero sabía que lo haríamos.
Sé que lo haremos porque tú eres tú y yo soy yo, y juntos hemos encontrado
algo tan especial y tan único que resulta irreemplazable.
Pietro la obligó con los ojos a sostenerle la mirada, y el reto resultó
imposible de ignorar.
–Me preocupaba que no lo supieras. Me preocupaba que lo averiguaras y
que perdieras a tu padre. Me preocupaba tu rabia y tu dolor. Pero nunca pensé
que eso sería nuestro fin.
–Todo fue una mentira –murmuró Emmeline.
–Nada de lo que hemos sido fue una mentira.
–¡Sí! Tú… tú me despertaste, ¿recuerdas? Contigo me convertí en una
persona completa. Me sentí madura y plena como nunca. Y en realidad tú no
eras más que una extensión de mi padre. Manejándome y tratándome como a
una niña por pensar erróneamente que no sería capaz de cuidar de mí misma.
Pensé que me veías como a una igual, pero yo era tu obligación.
–Al principio sí –admitió Pietro–. Pero cuando hablé contigo en nuestra
boda supe que Col estaba equivocado respecto a ti. Eras ingenua, sí, pero no
débil.
Extendió la mano y tomó la de Emmeline en la suya, sintiendo un gran
alivio al ver que ella no le rechazaba.
–No estoy aquí para protegerte. Estoy aquí porque te necesito, y ahora
mismo tú me necesitas a mí. Eso es el matrimonio –le acarició la suave piel
de la cara interna de la muñeca–. Lo que más deseo en el mundo es estar
casado contigo. No porque tu padre quisiera, sino por quien eres y por lo que
hemos llegado a significar el uno para el otro.
Sus palabras eran como pequeñas espadas que rascaban en los muros que
ella había ido construyendo ladrillo a ladrillo alrededor de su corazón.
Pero no estaba preparada. No podía perdonarle.
–Es demasiado pronto –retiró la mano–. Si te hubieras acostado con otra
mujer me habría resultado más fácil perdonarte.
La risa de Pietro resonó áspera.
–Estás de luto y mi intención es darte el espacio que necesitas. No quiero
agobiarte. Y desde luego no quiero pelearme contigo. Pero te pido que te
hagas esta pregunta: ¿podría haber actuado de otra manera? Hablaba con tu
padre todas las semanas y le pedía que te contara lo de su enfermedad. Estaba
empeñado en que no lo supieras.
–¿Hablabas con él todas las semanas? –la sensación de traición de
Emmeline se hizo más amplia.
–Quería asegurarse de que eras feliz.
–Oh, qué buen amigo fuiste –le espetó ella–. Hiciste de todo para hacerme
feliz.
Un ceño marcó el bello rostro de Pietro.
–Dejaste muy claro que no te sentías atraído por mí, y aun así me sedujiste.
Me hiciste sentir muy feliz.
–Eso no tenía nada que ver con tu padre.
Emmeline puso los ojos en blanco.
–Todo tenía que ver con él. Mi padre tiraba de los hilos, como hizo
conmigo toda su vida –dio un fuerte pisotón en el suelo–. Se suponía que tú
eras mío. Que Roma era mi ciudad.
–No me casé contigo con la expectativa de que se convirtiera en un
matrimonio de verdad. Me enamoré de ti, Emmeline. No por Col, sino por ti
y por mí.
Sus palabras la penetraban con dulzura. Era exactamente lo que necesitaba
oír, y por eso las rechazó al instante.
–No –alzó una mano para silenciarle–. Mentirme respecto a mi padre,
ocultarme su secreto es absolutamente incompatible con el amor. El amor es
sinceridad y verdad. Es confianza.
–En un mundo perfecto en blanco y negro quizá. Pero nada de esto es
sencillo. Mi lealtad estaba dividida. Le hice una promesa antes de conocerte
bien. Me sentí obligado a cumplirla. Así es el hombre que amas.
Emmeline parpadeó y sintió que el corazón se le endurecía todavía más.
–No te amo –murmuró con tirantez–. Nunca te he amado. Me encanta
Roma y me encanta el sexo, pero ¿tú? No. Ni siquiera me caes bien.
Se giró sobre los talones y salió a toda prisa de la sala. Esperó a estar en su
cuarto para dejar escapar el sollozo que tenía dentro.
Aquella noche tuvo unos sueños aterradores.
Su madre estaba detrás de ella con el rostro adusto y vestida
completamente de negro.
«¿Lo ves? Esto es lo que te mereces, Emmeline. Estás sola.
Completamente sola. No hay nadie ahí para ti. Y así debe ser».

Fue el llanto lo que le despertó. Emmeline había estado dando vueltas en la


cama y llorando diariamente durante todo el mes que llevaban en Annersty.
Pero eso fue distinto. El sollozo era más profundo, y, cuando empezó a decir:
«¡Márchate! ¡Márchate!» una y otra vez en sueños, sintió un frío dolor
atravesándole.
Se había quedado porque pensó que era lo que ella necesitaba. Pero…
¿sería posible que le estuviera haciendo más daño con su presencia?
«Ni siquiera me caes bien». Probablemente aquello era más doloroso que
su insistencia en seguir enfadada. Era una fría negación de lo que había entre
ellos.
Dividido entre ir a su lado y dejar que se calmara sola, Pietro se levantó
para acercarse a su dormitorio, pero en aquel momento ella se calló y todo
regresó a la normalidad.
Pietro miró hacia el sofá, su mente era una agonía de indecisión. Dividido
entre lo que Emmeline necesitaba y lo que él quería, supo que solo le
quedaba una opción.
Si Emmeline necesitaba que se fuera para tener el espacio que le permitiera
darse cuenta de lo que eran, entonces tendría que dárselo.
Capítulo 14

Emmeline se quedó mirándose al espejo con el ceño fruncido. El vestido era


muy bonito. Tenía el pelo arreglado y estaba bien maquillada.
Pero estaba distinta. Algo fallaba. ¿El bronceado que había adquirido en
Roma? ¿La sonrisa que le cruzaba permanentemente la cara? ¿El brillo de
felicidad que siempre desprendían sus ojos?
Daba igual. Ya no era esa chica.
Parpadeó y se alejó de la decepcionante imagen del espejo. No tenía
tiempo para aquellas reflexiones, iba a llegar tarde.
Por suerte, Sophie siempre llegaba quince minutos tarde, pero Emmeline
se sintió agobiada cuando se colocó el bolso monedero debajo del brazo.
Abrió la puerta del dormitorio y la sacudida de soledad que sintió al cruzar el
umbral y entrar en la pequeña zona que Pietro había utilizado como
dormitorio improvisado fue como caer en un pantano de arenas movedizas.
No quedaba nada de él. Ni siquiera el tenue aroma a cítrico y pino que
permaneció durante un día o dos después de que le dijera que se marcharía si
era lo que realmente ella quería.
Lo terrible era que Emmeline no quería que se fuera en realidad. Asintió
mientras le escuchaba viendo que había tomado la decisión, pero el corazón
le gritaba. Suplicándole que se quedara, que ignorara todo lo que le había
dicho.
Se marchó solo una hora después de que hubieran hablado, y la sensación
de tristeza y pérdida eclipsó casi por completo cualquier cosa que hubiera
sentido tras la muerte de su padre. Pietro le mandaba mensajes un día sí y
otro no desde que se marchó, quince días atrás, pero Emmeline no respondió.
No porque quisiera castigarle, sino porque no sabía qué decir. Cómo expresar
sentimientos que ni siquiera ella entendía. El dolor, la traición, el desencanto.
La preocupación porque Pietro hubiera sido empujado a un matrimonio que
nunca quiso. Haberse enamorado mientras él fingía que lo estaba. La
preocupación de no ser capaz de confiar jamás en que hubiera habido
sinceridad en alguna de sus interacciones.
Se puso detrás del volante del coche con expresión sombría, arrancó el
motor y se dirigió a la ciudad.
El Bowerbird estaba lleno de gente a pesar de que era un día gris de
noviembre. Los clientes estaban sentados en las mesas de fuera envueltos en
mantas y los calentadores situados bajo los toldos proporcionaban un brillo
cálido.
Como esperaba, Sophie no estaba allí, pero la mesa que habían reservado
sí estaba ya disponible. Emmeline tomó asiento y pidió un refresco. Le
gustaba mirar a la gente. Con las gafas de sol puestas tenía la libertad de
mirar alrededor.
Diez minutos más tarde sonó su móvil y lo sacó del bolso.
–Oye, estoy buscando sitio para aparcar –dijo la voz de Sophie–.
Enseguida llego.
–No te preocupes –murmuró Emmeline jugueteando con el cierre del
bolso.
Deslizó el dedo por un trozo de forro. Trató de volver a ponerlo recto, pero
entonces se dio cuenta de que no era el forro. Era un trozo de papel doblado
varias veces con su nombre escrito.
El corazón le latía con tanta fuerza que ya no escuchaba el ruido del
restaurante. Colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Le temblaban los
dedos al abrir la carta. La carta que había metido en el bolso la mañana del
funeral y de la que se había olvidado.
¿Cómo había podido olvidarlo?
Apenas lograba reconocer la letra de su padre. Era fina, débil y pálida. Se
le llenaron los ojos de lágrimas cuando empezó a leer.

Cariño…
Supongo que al final de la vida es natural reflexionar. Sobre nuestras
decisiones, los caminos que no tomamos. Tenerte a ti como hija es lo
mejor que me ha pasado, pero ahora me pregunto si no lo habré hecho
todo mal. ¿Te he fallado? Seguramente sí. Me resulta difícil admitirlo
porque siempre he intentado hacer todo lo que estuviera en mi mano para
que tuvieras una buena vida.
No quería perderte y por eso te mantuve tan cerca de mí, impidiendo
que vivieras tu propia vida. He sido egoísta.
Estos últimos meses, al saber que estás en Roma viviendo feliz con
Pietro, me he dado cuenta finalmente de que debió ser así siempre. Tu
felicidad y tu independencia son los mejores regalos que he recibido
jamás. Ojalá te hubiera ayudado a encontrarlos antes. Sé que mi muerte
será una sorpresa para ti. Pero aunque sea un shock, debes saber que yo
quería que fuera así. Por favor, no te enfades conmigo por ocultarte mi
diagnóstico. Quería ahorrarte el mayor dolor posible.
Pietro no estaba de acuerdo con mi decisión, pero fue leal hasta el fin.
Le agradezco que me haya guardado el secreto aunque estuviera
convencido de que tú habrías preferido saber la verdad. Espero que ambos
podáis perdonarme por obligarle a mantener su palabra. O tal vez haya
sido egoísta hasta el final.
Espero que seáis felices juntos. Es un buen hombre y te quiere mucho.
Igual que yo.
Para siempre,
Papá

Emmeline no se dio cuenta de que estaba llorando hasta que la chica de la


mesa de al lado le dio un pañuelo de papel.
–Oh, lo siento…
Emmeline se puso de pie, avanzó por el restaurante y vio a Sophie
entrando en aquel momento por la puerta.
–Tengo que irme –dijo precipitadamente–. Lo siento.
–¿Va todo bien?
Emmeline sacudió la cabeza y luego asintió. Su rostro mostraba toda la
confusión que sentía.
–No… no lo sé.
Le tendió la carta a Sophie y se abrazó a sí misma mientras su mejor amiga
escudriñaba el contenido. La joven alzó luego la mirada hacia Emmeline
haciendo un esfuerzo por no reaccionar.
–¿De dónde has sacado esto?
–Estaba… estaba en su libro –respondió Emmeline con un sollozo–. Lo
encontré el día del funeral, pero lo guardé en el bolso y acabo de encontrarlo.
No volví a pensar en ello. Supongo que di por hecho que solo era… no sé.
¿Por qué no lo leí antes?
–¿Habría cambiado algo? –preguntó Sophie con empatía.
La expresión de Emmeline estaba cargada de angustia. Sophie conocía
ahora la verdad de la situación… incluidas sus verdaderas razones para
casarse con Pietro.
–¿Cómo pudo pensar que era la decisión correcta?
Sophie dejó escapar un largo suspiro.
–Tu padre era un hombre muy orgulloso.
–Dios, ya lo sé. Pero también era egoísta –afirmó con la voz rota–. No
tenía derecho a decidir dejarme fuera.
–Imagina que te hubieras quedado. Habrías cuidado de tu padre y habrías
estado a su lado cuando murió, sin duda. Habrías visto a un hombre fuerte
volverse débil y no controlar su cuerpo. Y cuando muriera te habrías quedado
sola. Vacía. Desconsolada. Y sin embargo ahora tienes una nueva vida. Una
vida que te encanta.
–Una vida que mi padre eligió por mí –exclamó Emmeline–. ¿No te das
cuenta, Sophie? ¡Tendría que haber sido libre para elegir por mí misma!
–Si tuvieras todas las posibilidades del mundo ante ti, ¿querrías algo
distinto a lo que tienes con Pietro? ¿Habrías elegido otra cosa?
Emmeline sintió una punzada en el corazón al escuchar el nombre de su
marido.
–Ahora puedes elegir, Emmeline. No es demasiado tarde. Tienes el mundo
a tus pies. ¿Qué quieres hacer?

Pietro sintió una llamarada y luego un frío letal. Tenía la frente perlada de
sudor cuando leyó una vez más las letras en el encabezamiento del
documento. ¿Esperaba que cambiaran por arte de magia, que se recolocaran
para decir otra cosa?

Solicitud de divorcio
Emmeline Morelli y Pietro Morelli
Soltó una palabrota y luego la repitió mientras se levantaba de la silla y se
acercaba a la puerta del despacho y sacaba el móvil del bolsillo. Por segunda
vez en dos meses ordenó que el jet estuviera listo cuanto antes.
Miró fijamente el documento durante todo el camino al aeropuerto y de
nuevo cuando el avión despegó. Era una solicitud de divorcio directa.
Ninguna disputa sobre activos o posibles reclamaciones a pesar de la
considerable fortuna de Pietro. Aunque la propia fortuna de Emmeline
tampoco era desdeñable.
Pero le molestaba porque el documento hablaba de una mujer que quería
acabar con su matrimonio rápidamente, llevarlo a su fin oficial con la
máxima celeridad posible.
¿De verdad pensaba que Pietro iba a firmar aquello sin tener siquiera una
conversación?
El avión tocó tierra, y había un chófer esperándole para recogerle. Pietro
miró con gesto adusto por la ventanilla del coche mientras atravesaba los
kilómetros que separaban el aeropuerto de Annersty.
Pero cuando se detuvo en la entrada de la gigantesca hacienda fue como si
la adrenalina que le había llevado hasta Georgia desapareciera. Maldijo entre
dientes y salió del coche con los papeles del divorcio en la mano.
La señora Mavis le abrió la puerta con una sonrisa cálida, justo lo contrario
que esperaba de Emmeline.
–¿Está ella en casa? –preguntó sin más preámbulos.
–Sí, señor –la señora Mavis dio un paso atrás y sostuvo la puerta abierta–.
Creo que está nadando.
Pietro entró en la casa con paso firme. La rabia había reemplazado a la
adrenalina. ¿Cómo se atrevía a poner fin a su matrimonio de aquella manera,
sin tener el detalle de llamar siquiera por teléfono? Bueno, de hecho. ni
siquiera había respondido a sus mensajes de texto.
Cuando ya estaba cerca de la piscina interior, el sonido de Emmeline
agitando el agua le hizo detenerse. Trató sin conseguirlo de controlar la rabia.
Las puertas eran de cristal, así que la vio antes incluso de entrar. Se movía
lentamente por el agua con movimientos elegantes.
Sintió una punzada de deseo, pero hizo un esfuerzo por ignorarla.
Apretó los dientes y se dirigió al final de la piscina. Llegó antes que ella y
se agachó, de modo que, cuando Emmeline alcanzó el borde y lo rozó con los
dedos, él se los tocó. Su intención era solo alertarla de su presencia, pero en
cuanto sintió su suave piel bajo la suya un ansia visceral se apoderó de su
cuerpo. Quería tocar algo más que sus dedos y que su mano.
Se incorporó mientras rechazaba aquella idea.
Emmeline salió del agua y lo único que pudo hacer Pietro fue quedarse
mirándola. Estaba sin maquillar y con el pelo retirado de la cara. Su rostro
solo mostraba impacto. Pietro sintió una dolorosa punzada en el estómago.
Era tan joven, tan inocente y tan bella… si quería el divorcio, ¿quién era él
para impedírselo? ¿Acaso no se merecía Emmeline su libertad, la libertad
auténtica? No la que le había organizado su padre, sino la libertad de ser una
mujer joven con su propio lugar en el mundo.
Toda la rabia que había llevado consigo se evaporó. Tenía que dejarla ir.
Tenía que hacer lo que Col no fue capaz de hacer. Tenía que reconocer que
era una mujer adulta con todo el derecho del mundo a tomar sus propias
decisiones.
–Pietro.
Fue un gemido que atravesó su determinación. Emmeline dirigió la mirada
al documento que él tenía en la mano y palideció. Sus ojos reflejaban
angustia al clavarse en los suyos.
–No hacía falta que trajeras los papeles en mano –el agua hizo un sonido
cuando Emmeline sacó los antebrazos y los apoyó en el bordillo.
Pietro sacudió la cabeza e hizo un esfuerzo por mirarla.
–Me ha sorprendido recibirlos –afirmó.
–¿Por qué? Las razones por las que nos casamos ya no existen. Él está
muerto –se le quebró la voz–. Hiciste todo lo que te pidió, fuiste un buen
amigo. Pero lo justo es que ahora ya no cargues con esa responsabilidad. Eres
libre.
Pietro alzó la cabeza con gesto ágil. Su mente funcionó rápidamente para
intentar entender lo que quería decirle.
–¿Te vas a divorciar de mí porque quieres liberarme de nuestro
matrimonio? –blandió los papeles ante ella.
Emmeline abrió la boca para decir algo. Luego sacudió la cabeza.
–Creo… creo que es lo justo.
–¿Por qué, cara? ¿Crees que ya no te quiero?
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y se le mezclaron con el agua de
la piscina.
–No me digas esas cosas, por favor. No es justo.
A Pietro se le cayó el alma a los pies. Tenía razón. ¿Acaso no era lo que se
había estado diciendo a sí mismo? Y sin embargo…
–Firmaré los papeles si eso es lo que realmente deseas, Emmeline. Pero
quiero oírte decir que no me quieres –Pietro volvió a agacharse–. Mírame a
los ojos, mira en ellos todo el amor que siento por ti y dime que tú no sientes
lo mismo.
Ella soltó un sollozo desgarrador.
–No quiero seguir casada contigo. No así. No por mi padre, porque te
sientas obligado a protegerme. ¿No te das cuenta? No soy la niña que él creía.
La que tú creías.
–Lo sé –afirmó Pietro al instante–. Nunca lo fuiste. Me casé contigo
porque Col me lo pidió, es así. Pero quiero seguir casado contigo por lo que
siento. Por lo que sientes tú. Por lo que somos.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Emmeline. Se mordió el labio
inferior y apartó la vista de él para intentar controlar sus emociones. Pero no
lo consiguió.
–Lo siento, pero no te creo –murmuró con tono agónico–. Necesito que nos
divorciemos. Es la única manera.
–Entonces, dilo –Pietro le sostuvo la mirada en un silencioso reto–. Dime
que no me amas y firmaré esos papeles.
Ella aspiró con fuerza el aire y aquello fue lo único que Pietro necesitó
escuchar.
–Pero si me amas… como pienso que sucede, dímelo. Sé sincera conmigo.
–Nuestro matrimonio no tiene futuro –murmuró Emmeline ignorando su
petición–. Nunca confiaré en ti. Nunca podré creer que no estás conmigo por
un sentimiento de obligación…
–¡Dios mío, Emmeline! Si esto fuera una obligación, ¿crees que me habría
acostado contigo? Intenté con todas mis fuerzas luchar contra eso, no
desearte como lo hacía, pero te convertiste en mi obsesión. Piénsalo, cara.
Me diste carta blanca con otras mujeres, pero yo no quería estar con ninguna.
Quería estar contigo. Te deseé desde que nos casamos. Qué diablos,
seguramente desde el momento en que entraste en mi despacho y sentaste las
normas básicas para nuestro matrimonio.
Emmeline rechazó su afirmación alzando los ojos al cielo.
–Claro. Me considerabas tan sexy que me dijiste que tenía que cambiar mi
aspecto.
Pietro asintió enfadado.
–¡Sí! Porque estaba claro que querías parecer lo menos interesante posible,
por el amor de Dios. Me importa lo que sientes. Quiero que seas feliz. Quiero
que seas feliz conmigo. Pero si quieres quedarte en Annersty sola o… Dios
mío, con otro hombre a la larga, dímelo. Dilo y firmaré los papeles.
–No puedo… ya te lo he dicho. No puedo… este matrimonio…
Pietro emitió un sonido de frustración, y antes de que ella supiera lo que
estaba haciendo, o tal vez incluso antes de que el propio Pietro lo supiera, se
metió en el agua con ella completamente vestido. Se quitó los zapatos
mientras la estrechaba entre sus brazos y la atraía hacia sí. Y entonces la
besó. La besó y ella le devolvió el beso.
Al menos durante un instante, porque luego le puso las manos en el pecho
y sollozó.
–Nunca confiaré en ti.
–Sí, sí lo harás –Pietro se la quedó mirando fijamente– .Creo que ya
confías en mí. Creo que odias lo que ha pasado y que estás enfadada a más no
poder, pero creo que me amas y quieres encontrar la manera de que esto
funcione. ¿Crees que si te divorcias de mí serás más feliz?
Emmeline se lo quedó mirando con expresión de auténtico terror. Y luego
sacudió lentamente la cabeza.
–Pero necesito saber que no te sientes atrapado. Que no estás conmigo por
él.
–No lo estoy –Pietro frunció el ceño y la atrajo más hacia sí. Bajó la boca
de modo que sus labios estuvieron a tan solo un milímetro de los suyos–. Me
diste la cláusula de escape perfecta. Me enviaste los papeles del divorcio. Si
no quisiera estar contigo, ¿crees que habría volado al otro lado del mundo en
cuanto los recibí? No. Los habría firmado y los habría enviado por correo con
un suspiro de alivio.
Pietro observó su rostro cuidadosamente y vio el despliegue de emociones
en sus facciones, particularmente el momento en el que el entendimiento
pareció sobreponerse a la duda.
–Soy tuyo, Emmeline Morelli, por el resto de tu vida. Casados o no, nunca
dejaré de amarte. Nunca estaré con otra mujer. Nunca volveré a casarme ni a
tener una familia. Nada. Porque todo lo que soy y todo lo que seré jamás está
unido a ti.
Emmeline contuvo el aliento, pero Pietro seguía sin estar seguro de que le
hubiera entendido. Así que la besó de nuevo. La besó y le susurró una y otra
vez en la boca como un hechizo lanzado solo para ella:
–Ti amo, mi amore. Ti amo.
En respuesta, Emmeline salió del agua y deslizó los dedos por las baldosas
hasta que dio con los papeles del divorcio. Los agarró y, sin dejar de besar a
Pietro, los arrojó al agua.
–Yo también te amo.
–Per sempre? –gimió él.
Emmeline asintió.
–Sí. Para siempre.
Epílogo

Tres años más tarde

Emmeline agarraba su diploma vestida con la toga de graduación y con


una sonrisa en la cara. En la primera fila estaba Pietro, tan guapo como
siempre, y a su lado Rafe, Ria y Sophie. Emmeline saludó con la mano
mientras Pietro hacía una fotografía y luego se bajó del escenario.
Tres años maravillosos, un título universitario, y ahora estaba en la cúspide
de una vida que iba a cambiar para siempre.
Había una chispeante sensación de celebración y Emmeline tomaba parte
en ella sonriendo en la fiesta, conversando amablemente con los profesores
de la universidad que tanto la habían ayudado.
Pero finalmente se quedó a solas con su marido.
–Tengo algo para ti –dijo Pietro con orgullo.
–Yo también tengo algo para ti –repitió Emmeline–. ¿Me dejas ser la
primera?
–Certo –Pietro sonrió–. Aunque no me parece justo. Tú eres la que se ha
graduado con honores hoy. Todos los regalos deberían ser para ti.
–Mi regalo también lo es para mí.
Metió la mano en el bolso y sacó un sobre que le entregó a Pietro. Vio
cómo lo abría y miraba la cubierta de la tarjeta. Era la típica tarjeta de Te
quiero que había comprado en la papelería. Nada especial.
Pero, cuando él la abrió y leyó el contenido, alzó los ojos hacia el rostro de
Emmeline y vio en ellos la sorpresa y el shock. Ella se rio.
–Aquí dice que vamos a ser padres.
–Lo sé. Yo lo escribí.
Pietro se quedó boquiabierto y volvió a leer la tarjeta una y otra vez para
asegurarse de que estaba en lo cierto.
–¿Esto es verdad?
–Sí.
–Pero… ¿cuándo?
Emmeline se rio.
–Creo que nos hemos dado oportunidades más que de sobra, ¿no te parece?
–Vamos a ser padres.
Pietro cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, estaban cargados de
emoción. La atrajo hacia su pecho y la besó, y ella le besó a él. Sentía el
corazón rebosante de amor y optimismo.
Lo que eran, en lo que se habían convertido, había necesitado un salto de
fe, una montaña de confianza y todo el valor que Emmeline poseía. Y había
valido la pena.
Se quedó en brazos del hombre al que adoraba, consciente sin lugar a
dudas de que vivirían felices. Per sempre.
Si te ha gustado este libro, también te gustará esta apasionante
historia que te atrapará desde la primera hasta la última página.

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Capítulo 1

DAMON Gale ojeó el perímetro del concurrido salón de fiestas evitando


otro grupo de mujeres sonrientes cuyas máscaras con plumas no conseguían
ocultar su apetito al observarle.
No debería haberse deshecho de su máscara tan pronto.
Volviendo la espalda a otra silenciosa invitación, bebió un sorbo de
champán. Las mujeres querían más de lo que él quería de ellas. Siempre.
Cuando tenían una aventura amorosa con él, con límites perfectamente claros,
invariablemente acababa en resentimiento y recriminaciones.
«No tienes corazón».
Damon sonrió cínicamente mientras ese eco resonaba en su cabeza. Su
última conquista le había soltado esa cantinela pocos meses atrás. Y sí, era
verdad, no tenía corazón y se enorgullecía de ello.
Además, ¿qué importaba eso? Estaba allí por una cuestión de negocios, no
de placer. Esa noche iba a zanjar de una vez por todas un desastre ocurrido
hacía décadas y al día siguiente se iba a alejar de ese paraíso sin volver la
vista atrás. El hecho de estar allí otra vez había abierto viejas heridas.
Sin embargo, había aguantado traspasar la opulenta entrada, subir la
escalera de mármol y pasar por cinco antecámaras, cada una más grande y
lujosa que la anterior, hasta llegar a la brillante monstruosidad del salón de
fiestas. El balcón interior de la enorme estancia estaba lleno de gente famosa
y de la alta sociedad ansiosa por lucirse y vigilar a los demás.
El palacio Palisades tenía como objetivo reflejar la gloria de la familia real
y hacer que la plebe se sintiera tan irrelevante como fuera posible. Se suponía
que debía provocar admiración y envidia. Sin embargo, tanta pintura, tanto
tapiz y tanto dorado le cansaban la vista. Estaba deseando quitarse la
chaqueta del esmoquin y correr por uno de los senderos paralelos a la
preciosa costa; no obstante, no le quedaba más remedio que quedarse allí y
hacer el paripé un rato más.
Damon apretó los dientes y esquivó el objetivo de la cámara de uno de los
fotógrafos oficiales. No tenía ningún interés en aparecer en un blog de las
redes sociales. Durante años se había visto obligado a asistir a numerosas
fiestas como aquella; principalmente, para demostrar la supuesta unión de sus
padres y así maximizar las ventajas políticas que los contactos podían
proporcionarles.
Tal falsedad le amargó el champán.
Por suerte, sus negocios no dependían del interés y la aprobación de la
gente rica e influyente. Gracias a lo bien que iba su empresa de software,
tenía tanto dinero como cualquiera de las personas que estaban allí aquella
noche. A pesar de lo cual, había ido a esa fiesta para aprovecharse de esa
gente, aunque solo fuera por una vez.
Buscó con la mirada el sitio en el que había dejado a su media hermana
hacía diez minutos. Los inversores que le había presentado parecían escuchar
interesados la animada e inteligente conversación de ella.
El único favor que su media hermana había aceptado de él era que le
introdujera a algunas personas, negándose a permitirle financiar su
investigación. Eso le irritaba, pero no podía culparla. Al fin y al cabo, apenas
se conocían y ambos evitaban verse implicados en el daño que las
infidelidades de sus padres habían causado. Ella era orgullosa y eso él lo
respetaba. Pero él había intentado subsanar, en la medida de lo posible, el
sufrimiento causado por tantas mentiras y engaños, y por la total falta de
remordimientos de su padre.
Damon se apartó de la multitud en busca de un instante de tranquilidad
hasta que llegara el momento de poder escapar de aquel lugar.
Una ráfaga azul llamó su atención al aproximarse a una de las columnas de
mármol alineadas a lo largo del salón. Era una mujer, apartada, con la
atención fija en un grupo situado a unos metros de distancia. Llevaba una
peluca en diez tonos de azul, el pelo de la peluca le llegaba a la cintura. Una
máscara de encaje negro le cubría la mitad superior del rostro. Los hombros,
los pómulos y los labios despedían destellos azules y plateados.
Damon, incapaz de ignorar el modo en que ese vestido largo marcaba con
claridad un cuerpo ágil, de exquisitas curvas y largas piernas, se detuvo. A
pesar de los polvos brillantes que cubrían el rostro y los hombros de la mujer,
pudo advertir que la tez de ella era morena. Debía de pasar tiempo al aire
libre y, por supuesto, no se conseguía tener un cuerpo así pasando las horas
muertas tumbada al sol.
Era una mujer en forma, en todos los sentidos, pero fue su innegable
feminidad lo que le dejó sin respiración. La puntiaguda barbilla, los pómulos
altos y los redondos y perfectos labios formaban un conjunto sumamente
delicado y bonito. El cuerpo del vestido azul marino apenas podía contener
esos abundantes pechos.
La mujer, absorta, no se había fijado en él. Pero Damon sí se estaba fijando
en ella. La máscara no lograba ocultar la angustia de la mujer. El aislamiento
de ella le conmovió.
Le entró un incontenible deseo de hacerla sonreír.
También quería acariciar la estrecha cintura de ella y palpar la irresistible
mezcla de suavidad y fuerza que aquel cuerpo prometía.
Despacio, comenzó a acercarse a ella. La mujer permanecía en la sombra,
oculta, casi invisible.
Los pechos se le hincharon al respirar profundamente. Damon se detuvo
momentáneamente, a la espera de que ella avanzara. Pero, al contrario de lo
que había esperado, la mujer retrocedió con expresión apesadumbrada.
Damon frunció el ceño. Él tenía motivos para evitar fiestas como aquella,
pero… ¿por qué una joven tan hermosa deseaba ocultarse? Lo normal era que
tuviera compañía.
Y decidió que iba a ofrecerle la suya.
Con su copa en la mano, agarró otra de un camarero que pasaba con una
bandeja y se dirigió al rincón. Ella detuvo su retroceso para pasear la mirada
por el salón con una expresión mezcla de nostalgia y soledad que le
conmovió.
–¿No te atreves? –preguntó él sin pensar.
La joven se volvió hacia él y, al verle, agrandó los ojos. Notó las dos
copas, miró a espaldas de él y agrandó más los ojos al darse cuenta de que
estaban solos, apartados del resto de los invitados.
El evidente recelo de ella le hizo sonreír.
–¿Es la primera vez que vienes a un sitio así? –preguntó Damon–. La
primera vez suele intimidar.
A pesar del polvo azul, la vio sonrojarse.
Damon sonrió aún más al imaginarse la respuesta de ella si se arriesgara a
sugerir algo más atrevido. La miró de arriba abajo y su cuerpo se tensó. Se
dio cuenta de que ella lo había notado y continuó sonriendo, insinuándole su
interés. Se miraron a los ojos, pero la joven continuó sin pronunciar palabra.
Sola. Sin compromiso. Y, casi seguro, sin experiencia.
Hacía mucho que Damon no trataba de conquistar a una mujer. Las
mujeres le perseguían más que él a ellas. Evitaba los intentos de las mujeres
de hacerle comprometerse, le aburría tener que justificar su negativa a tener
una relación estable. Estaba harto de lo que las mujeres querían: dinero, poder
y un hombre con experiencia.
Pero la situación actual era diferente, llena de posibilidades. Esos ojos de
un azul intenso y el mohín de los labios de ella le resultaban irresistibles.
No había tenido la intención de seguir allí, en la fiesta, y mucho menos
había esperado que una persona despertara su interés. Sin embargo, ahora que
ya había cumplido con lo prometido a Kassie, le entraron ganas de divertirse.
–¿Cómo te llamas? –preguntó Damon.
A ella se le dilataron las pupilas como si la pregunta le hubiera
sorprendido, pero continuó callada.
–Está bien, te llamaré Blue.
–¿Por el pelo? –preguntó ella alzando levemente la barbilla.
Damon tuvo que hacer un esfuerzo para evitar quedarse boquiabierto al oír
el tono ronco de esa voz.
–Por la añoranza que veo en tus ojos –«y por tu bonita boca».
–¿Qué es lo que crees que añoro?
Vaya pregunta. Prefería no contestar.
–¿Y tú, cómo quieres que te llame? –preguntó ella.
–¿No sabes quién soy? –Damon arqueó las cejas.
La joven sacudió la cabeza.
–¿Debería saberlo?
–No –respondió él, encantado–. No soy tan importante. Y, por supuesto, no
soy un príncipe.
Un breve destello asomó a los ojos de ella, pero desapareció al instante.
–Estoy pasando unos días en Palisades y estoy soltero –declaró Damon.
–¿Qué necesidad tengo de saber eso?
–Ninguna –Damon se encogió de hombros, pero continuó sonriendo.
Después, le ofreció una de las dos copas de champán–. ¿Por qué estás aquí
sola?
Ella aceptó la copa, se la llevó a los labios y bebió un diminuto sorbo. Una
mujer cautelosa. Intrigante.
–¿Te estás escondiendo? –preguntó él.
Ella se lamió los labios, se miró el vestido y se alisó la falda.
Nerviosa. Sí, estaba nerviosa.
–Eres preciosa –añadió Damon–. No necesitas preocuparte por tu aspecto.
A pesar de volver a enrojecer, la joven alzó el rostro. En la mirada de ella
Damon vio una seguridad en sí misma que le sorprendió.
–Eso no me preocupa en absoluto.
Vaya. La joven tenía más seguridad en sí misma de la que él había creído
en un principio. Y eso le gustó. Le entraron ganas de quitarle la peluca para
averiguar de qué color tenía el pelo. Aunque el disfraz era precioso, quería
ver el tesoro que escondía.
–En ese caso, ¿por qué no estás ahí con los demás? –preguntó Damon.
–¿Y tú? ¿Por qué no estás tú también con los demás? –le miró fijamente
mientras esperaba una respuesta.
–A veces, venir a este tipo de cosas se debe más a la necesidad que al
placer.
–¿Este tipo de cosas? –repitió ella en tono burlón.
–Aunque depende de quien esté.
–Sin duda, este tipo de cosas te resultan más placenteras cuando hay
hermosas mujeres, ¿no? –comentó ella con voz ronca y la respiración
forzada.
Damon se dio cuenta de que aquella joven se estaba divirtiendo. Iba a
seguirle el juego.
–Naturalmente –mientras bebía un sorbo de champán, la miró por encima
del borde de la copa–. Al fin y al cabo, soy un hombre –añadió Damon
encogiéndose de hombros.
Los ojos de ella, de un azul imposible, brillaron.
–Quieres decir que eres un chico al que le gustan los juguetes. Una muñeca
aquí, otra allá…
–Por supuesto –respondió Damon–. Jugar con muñecas es un pasatiempo
divertido. Igual que puede serlo coleccionarlas.
–Ya.
Damon se inclinó hacia delante, irrumpiendo en el espacio privado de ella
para susurrarle:
–Pero nunca rompo mis juguetes –prometió Damon–. Cuando juego, tengo
mucho cuidado con ellos.
–Ah. Bueno, si tú lo dices, debe de ser verdad.
–¿Y tú? –preguntó Damon, aunque ya conocía la respuesta–. ¿Tienes por
costumbre venir a este tipo de sitios?
¿Le gustaba a ella jugar también?
La joven se encogió de hombros.
Damon volvió a arrimarse a ella y le deleitó oírle la respiración.
–¿Trabajas en el hospital?
La fiesta de aquella noche era un evento anual para recaudar fondos con
fines benéficos y también una celebración en honor del personal del hospital.
–Hago… cosas allí –ella bajó los párpados.
–En ese caso, ¿por qué no estás con tus amigos?
–No los conozco bien.
Quizá la acababan de contratar y había ganado una invitación en la rifa
entre el personal del hospital. Quizá por eso no había hecho amigos todavía,
aunque no tardaría mucho en tenerlos. Seguro que algún cirujano se fijaría
pronto en ella y, en nada de tiempo, perdería la tendencia a ruborizarse.
De repente, le molestó la idea de que otro hombre la estrechara entre sus
brazos. Se sintió posesivo.
–¿Quieres bailar? –preguntó Damon aproximándose un paso más a ella.
La joven miró por encima del hombro de él.
–Nadie baila todavía.
–¿Por qué no empezar nosotros?
Ella, rápidamente, sacudió la cabeza, retrocediendo hasta la sombra
proyectada por el cuerpo de él, escondiéndose.
Damon supuso que no quería hacerse notar. Demasiado tarde, él sí se había
fijado en ella.
–No te dejes intimidar por esa gente –Damon volvió la cabeza hacia la
multitud–. Puede que tengan mucho dinero, pero eso no significa que posean
buenos modales. Ni amabilidad.
–¿Estás diciendo que tú tampoco te encuentras a gusto aquí, entre esta
gente? –preguntó la joven con un inequívoco escepticismo en la expresión.
–¿Se encuentra a gusto alguien?
Ella alzó los ojos hacia los suyos y le sostuvo la mirada durante un
prolongado momento. Sus iris eran imposiblemente azules, debían de ser
lentes de contacto. Renunció a seguir hablando por hablar. El deseo de
abrazarla, de desnudarla, fue sobrecogedor. Se puso tenso, contuvo sus
instintos más básicos. Pero quería tocarla. Quería que ella le tocara a él. ¿Y
esa mirada? Era una pura invitación. No obstante, tenía la sensación de que
ella era tan inocente que ni siquiera se daba cuenta de lo que pasaba.
Pero no pudo evitar que una pregunta escapara de sus labios:
–¿Vas a hacerlo?

Eleni Nicolaides no sabía qué contestar. Ese hombre no se parecía a nadie


que hubiera conocido hasta el momento.
Directo. Arrollador. Peligroso.
–¿Vas a hacerlo, Blue?
–¿Hacer qué? –susurró Eleni vagamente, distraída con el claroscuro de la
expresión de él.
Era extraordinariamente guapo, alto, moreno y sensual. La clase de
mujeriego al que no le permitían que se acercara a ella.
Sin embargo, al mismo tiempo, no era eso solo. Ese hombre le afectaba por
algo, y no era solo una cuestión de magnetismo físico.
Cautivaba todos sus sentidos e interés. Sintió algo nuevo. Quería tenerle
cerca. Quería tocarle. El pulso le latía con fuerza, el cuerpo le vibraba, los
labios y los pechos le palpitaban y sentía desazón en otras partes de su ser.
Él apretó la mandíbula. Ella parpadeó ante la fiera intensidad de su mirada.
¿Le había leído el pensamiento? ¿Sabía ese hombre lo que ella quería hacer
en ese momento?
–Unirte al resto de los invitados –respondió él.
Eleni tragó saliva. El corazón le latió con fuerza al darse cuenta de lo a
punto que había estado de hacer el ridículo.
–No debería…
–¿Por qué no?
«Por muchas razones», pensó ella presa del pánico.
El disfraz. El engaño. El deber.
–Blue… –insistió él sonriendo, pero la expresión de sus ojos era
apasionada.
Había visto deseo en los ojos de muchos hombres al mirarla, pero ese
deseo no había sido por ella, sino por su fortuna, por su título, por su virtud.
Nunca había salido con un hombre. Nadie la había tocado. Y todo el mundo
lo sabía. Había leído las típicas bromas sobre ella en Internet: ¡La Princesa
Virgen!
Le enfurecía que su «pureza» resultara tan interesante para algunos. No era
algo intencionado. No se trataba de que estuviera conservando su virginidad
para el príncipe que decidieran elegir como su futuro esposo. Simplemente,
se había visto tan recluida que ni siquiera había podido hacer amigos, mucho
menos echarse novio.
Y ahora, al parecer, su príncipe iba a ser Xander, de Santa Chiara, una
pequeña nación europea. Xander, desde luego, no se había privado de nada
por ella y sabía que, una vez casados, no podía esperar fidelidad por parte de
él. Discreción, por supuesto, pero no fidelidad. Ni amor.
–¿Haces siempre tantas preguntas? –inquirió ella adoptando un tono
sofisticado en esos últimos momentos de escapismo.
Deseó ser como otras, que aceptaban de buen grado un matrimonio de
conveniencia. Porque era justo eso. Al día siguiente iban a anunciar
públicamente su compromiso matrimonial con un hombre al que apenas
había visto en su vida y que, por supuesto, jamás habría elegido ella. Le
espantaba la idea. Pero esas arcaicas costumbres de la realeza seguían
vigentes, la princesa de Palisades no podía casarse con un plebeyo. El disfraz
de aquella noche era un pobre intento de sentirse libre aunque solo fuera
durante cinco minutos. Los únicos cinco minutos de los que iba a disponer.
–Siempre que algo despierta mi curiosidad.
–¿Y qué es lo que despierta tu curiosidad?
–Tú.
Un intenso calor la invadió. No podía sostenerle la mirada, pero tampoco
podía apartarla. Los ojos de él eran realmente azules, de un azul natural, no
acentuado como los suyos por lentes de contacto, y eran apasionados. Y
veían el anhelo que había intentado ocultar tras la máscara.
Se sentía fuera de lugar, a pesar de que estaba en su casa. Había nacido allí
y se había criado allí. Y allí estaba su futuro, dictado por el deber.
–Tienes la oportunidad de vivir esta experiencia… –él hizo un gesto con la
mano que abarcaba el salón de fiestas y los invitados–. Sin embargo, estás
aquí, en las sombras, escondida.
Él acababa de poner voz a su fantasía, recordándole lo ridículo de su loco
plan. Se había encargado de que llevaran a la zona de enfermeras del hospital
una gran parte de los disfraces para la fiesta de esa noche. Nadie iba a echar
en falta un vestido, una peluca y una máscara. Lo había hecho para conseguir
que, aunque solo fuera por una noche, la protegida y preciosa princesa Eleni
lograra, durante una noche, hacerse pasar por una chica normal y hablar con
la gente como tal, no como una princesa.
Sin embargo, una vez en la fiesta, se había dado cuenta de su error. La
gente, en grupos, reía y hablaba con sus amigos, amigos que ella nunca había
tenido. ¿Cómo iba a ponerse a hablar con cualquiera sin la coraza que le
ofrecía su título? Había estado aislada toda la vida y envidiaba a toda esa
gente que se divertía libremente.
La privilegiada princesa Eleni estaba muerta de envidia.
Y ahora… sentía otra cosa, algo igualmente vergonzoso.
–Estoy esperando el momento oportuno –comentó ella con una leve
carcajada, recurriendo a tantos años acostumbrada a hablar ocultando lo que
realmente pensaba y sentía.
–Lo estás desperdiciando.
Eleni sonrió y, al mirarle a los ojos, notó que él veía demasiado.
–Si quieres pasarlo bien una noche, tienes que salir de aquí –le aconsejó él.
–Quizá no sea eso lo que quiero.
La atmósfera entre ellos se cargó y Eleni, esa vez, tuvo que apartar los ojos
de los de él. Pero al bajar la cabeza, él le puso los dedos en la barbilla y la
obligó a alzar el rostro nuevamente. Un incontrolable temblor la asaltó.
–¿No? En ese caso, ¿qué es lo que quieres?
No podía contestar a eso.
–Ven conmigo a dar una vuelta por la fiesta –dijo él en voz baja–. Vamos,
atrévete.
El desafío provocó en ella un desacostumbrado instinto de rebelión. Ella,
que siempre hacía lo que se le ordenaba; siempre leal, cumplidora, serena. La
princesa Eleni jamás causaba problemas. No obstante, delante de ese hombre,
su espíritu rebelde despertó.
–No necesito que me desafíes a nada –dijo ella.
–¿Estás segura?
El brillo de esos ojos era provocador. Eleni, nerviosa, se dio media vuelta y
salió del rincón. ¿Y si la reconocían?
Pero ese hombre no la había reconocido y, por otra parte, sabía que su
hermano estaba en otro lugar del salón de fiestas con unos selectos invitados.
El resto de la gente estaba con amigos y conocidos. Sí, era posible que nadie
se diera cuenta de quién era.
–¿Vienes? –preguntó Eleni volviendo la cabeza.
Tras lanzarle una burlona mirada, él entrelazó el brazo con el de ella y
echaron a andar, pasando de largo por la fila de columnas.
Eleni sintió un gran alivio al ver que él no se paraba con nadie para charlar,
toda su atención estaba centrada en ella. Se había equivocado al temer que la
reconocieran, porque la gente, al mirar en su dirección, se fijaba solo en él.
–Todas las mujeres te miran –murmuró Eleni al acercarse a la última
columna–. Y se las nota sorprendidas.
–Últimamente no estoy saliendo con nadie –comentó él con una sonrisa.
–¿Creen que estás saliendo conmigo? –preguntó ella–. ¿Debería sentirme
halagada por ello?
–Así es, no lo niegues –respondió él con una carcajada.
Eleni apretó los labios para no sonreír. Pero la contagiosa risa de él le llegó
a lo más profundo de su ser.
–Ahí –dijo él mientras la llevaba al último nicho vacío por el que pasaron–.
¿Qué tal? No ha sido tan terrible, ¿verdad? –preguntó sin soltarle la mano, al
fondo de la concavidad del muro.
Eleni lo consideró una victoria. Por fin estaba con un hombre de su
elección.
–¿Quién eres? –preguntó Eleni, consciente de que mucha gente allí sabía
quién era–. ¿Por qué te miran tanto?
–¿Por qué me miras tú? –preguntó él ladeando la cabeza.
Eleni se negó a contestar.
–¿Qué es lo que ves? –insistió él con una perezosa sonrisa.
A eso sí podía responder.
–Veo arrogancia –contestó Eleni con osadía–. Veo a un hombre que
desprecia los convencionalismos, un hombre a quien no le importa el qué
dirán.
–¿Por?
–No llevas máscara, al contrario que los demás. No te esfuerzas por hacer
lo que se espera de todo el mundo.
–¿Y por qué no hago eso? –preguntó él achicando los ojos.
–Porque no lo necesitas. No requieres la aprobación de los otros. Estás
decidido a demostrarles que no necesitas nada de ellos.
La expresión de él se tornó inescrutable, pero no negó lo que ella le había
dicho. El corazón le latió con fuerza cuando ese hombre se le acercó.
–¿Sabes lo que veo yo? –casi con irritación, él indicó con un dedo la
máscara que ella llevaba–. Veo a una mujer que esconde algo más que su
rostro. Veo a una mujer que quiere cosas que cree que no se merece.
Eleni se quedó muy quieta, sin habla, desanimada. Quería más de lo que
tenía y, sin embargo, sabía que eso era puro egoísmo. ¿Acaso no lo tenía
todo?
–Dime, ¿qué va a pasar cuando den las campanadas de medianoche? –la
sensual sonrisa de él la golpeó con potente fuerza.
Eleni tuvo que hacer un esfuerzo para recordarse a sí misma que no era
Cenicienta. Ella ya era una princesa.
–Justo lo que crees que va a pasar.
–Te marcharás y no te volveré a ver.
Las palabras de él se le clavaron como puñales en el pecho.
–Exactamente –respondió ella con principesca educación.
No debería sentirse desilusionada. Aquello no era más que una breve
conversación en las sombras.
–No creo en los cuentos de hadas –dijo él perdiendo la sonrisa.
–Yo tampoco –respondió ella con un susurro.
Eleni creía en el deber, en la familia, en hacer lo correcto. Por eso iba a
casarse con un hombre al que no amaba, un hombre que tampoco la amaba a
ella. El amor romántico solo existía en los cuentos de hadas y en las vidas de
otra gente.
–¿Estás segura? –preguntó él acercándose–. En ese caso, no desaparezcas a
medianoche. Quédate y haz lo que quieras.
Eleni se lo quedó mirando. Era guapo, con cara pícara. Solo estaba
bromeando con ella, ¿no? Una intensa tentación y una sensación totalmente
desconocida la envolvieron.
«Deseo».
Un puro e innegable deseo.
¿Podía permitirse ese momento de disfrute? ¿Podía permitirse disfrutar de
él?
Él no pudo ocultar su tensión. Se le notaba en los ojos, en los movimientos
de su mandíbula, en su sonrisa… a pesar de permanecer quieto, como una
estatua de mármol. A la espera, a la espera.
«Haz lo que quieras».
El desafío incrementó su deseo.
Eleni le miró y se perdió en el líquido acero de esos ojos. Entreabrió los
labios para llenarse los pulmones de aire. Entonces, como un rápido
depredador, él aprovechó el momento y le cubrió los labios con los suyos.
Eleni cerró los ojos instintivamente y se entregó a la cálida sensación que
los labios de él le provocaron. Contuvo la respiración cuando él le puso las
manos en la cintura y la atrajo hacia sí. Tembló al sentir el duro cuerpo de él
contra el suyo. Era un hombre alto, fuerte y viril.
Haciéndose con el control de la situación, el desconocido le penetró la
boca con la lengua y se la acarició. Jamás la habían besado así. Jamás había
besado así. Se inclinó sobre él, dejándose sujetar, y se refugió en el calor de
ese cuerpo.
Él le transmitió poder mientras la besaba, abrazándola con esos brazos de
acero.
Eleni gimió de placer. Le temblaron las piernas, a pesar de sentir una
extraña energía corriéndole por las venas. Pero aquello no le bastaba,
necesitaba estar más cerca de él. Sin embargo, él alzó una mano, se la puso en
la mandíbula y depositó pequeños y enloquecedores besos en sus labios.
Encantada y frustrada, Eleni volvió a gemir.
Entendiendo su reacción, él le dio lo que quería: incontrolable pasión.
Eleni no sabía cómo combatir la enfebrecida pasión que se había desatado
en ella. Sin mediar palabra, se aferró a él, pidiendo más en silencio. La
intensidad del deseo de él reflejaba la suya.
De repente, él dejó de besarla y la miró. Eleni jadeó y, sin pensar, se
inclinó hacia él con el fin de recuperar el contacto físico.
Sin embargo, en la distancia, oyó un clamor, copas chocando…
Copas. Invitados.
¡Cielos! ¿Qué estaba haciendo?
Aunque demasiado tarde, todos esos años de aprendizaje, deber y
responsabilidad le golpearon con fuerza. ¿Cómo podía haber olvidado quién
era y dónde estaba? No podía tirarlo todo por la borda en un momento de
pasión.
Pero el deseo seguía consumiéndola. Lo único que quería en ese momento
era que él volviera a tocarla, íntimamente.
Una profunda vergüenza la embargó. Necesitaba estar sola y recuperar el
control de sí misma. Entonces, al hacer un movimiento para apartarse de él,
oyó un rasguido.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que se había arrancado el fino
tirante que sujetaba el cuerpo del vestido. Y el resultado…
No necesitó bajar la mirada, sentía el aire en la piel desnuda. Avergonzada
y presa del pánico, clavó los ojos en los de él. ¿Lo había notado?
Claro que lo había notado.
Se quedó inmóvil mientras el desconocido contemplaba unos segundos
más su pecho desnudo antes de desviar la mirada de nuevo a sus ojos.
Eleni tiró del vestido para cubrirse el pecho y se volvió para huir de allí.
Pero él volvió a agarrarla y, protegiéndola con su cuerpo, echó a andar para
alejarla de la multitud.
Ella, confusa, se dejó guiar. Cruzaron un arco, recorrieron un amplio
pasillo y, por fin, una puerta se cerró tras ellos y él echó la llave.
Perpleja, Eleni le vio quitarse la chaqueta del traje con apenas contenida
violencia. Con solo la camisa blanca, parecía más alto, más agresivo, más
sexual.
Ese terrible deseo volvió a apoderarse de ella mientras trataba de recuperar
la respiración.
No se movió mientras él avanzaba hacia ella.
Estaba lista para rendirse.
Capítulo 2

PONTE esto sobre los hombros y salgamos de aquí inmediatamente –él alzó
la chaqueta–. Nadie se va a dar cuenta de…
Él se interrumpió al verla mirarle con expresión de no comprender.
¿Ese hombre solo quería cubrirla con su ropa? ¿Solo quería protegerla en
vez de continuar con… con…?
Eleni había creído que él iba a…
–No –por fin, Eleni recuperó la voz–. No, eso es imposible.
Se pasó la lengua por los labios. Lo imposible era su reacción. Su deseo.
Horrorizada, se apartó de ese hombre que era pura tentación. Retrocedió
hasta casi chocar contra la pared del fondo de la estancia.
Él, quieto, con la chaqueta en la mano, la miró con el ceño fruncido
mientras ella retrocedía. Por fin, arrojó la chaqueta a un antiguo sofá que, en
esos momentos, se interponía entre los dos.
–No voy a hacerte nada –declaró él con una sonrisa.
–Lo sé –respondió ella rápidamente sin conseguir devolverle la sonrisa.
No le tenía miedo. Tenía miedo de sí misma. Le ardían las mejillas y sabía
que un profundo rubor se había extendido por todo su cuerpo.
Había cometido un tremendo error, mucho más peligroso de lo que jamás
habría podido imaginarse. Estaba mortificada y muy sensible. Vio que él la
miraba con intensidad. Se dio cuenta de que a él le costaba respirar tanto
como a ella.
–¿Estás bien? –le preguntó él–. Lo siento.
Pero no parecía sentirlo. Al contrario, su sonrisa se agrandó.
–No ha sido culpa tuya –murmuró Eleni–. Es un vestido barato y no me
sienta muy bien.
–Deja que te ayude a arreglarlo para que así puedas salir de aquí –dijo él
con voz ronca.
–No te preocupes, no es necesario –Eleni miró la puerta cerrada a espaldas
de él–. Será mejor que me vaya.
Sabía que esa estancia tenía otra salida, pero estaba cerrada por medio de
un dispositivo de seguridad que no podía utilizar sin revelar lo bien que
conocía el palacio. Y de eso él no debía enterarse. Quizá pudiera utilizar la
melena de la peluca para ocultar la rasgadura del vestido.
–Vamos, deja que te arregle el tirante del vestido. Te prometo que no haré
nada más –dijo él.
Ese era el problema. Eleni quería que él hiciera algo más, que hiciera todo
lo que quisiera.
–No puedes volver a la fiesta con el tirante roto –murmuró él.
Eso era verdad. Pero tampoco podía apartarse de él… todavía.
Se acercó a ese hombre y se volvió, ofreciéndole el hombro con el tirante
roto.
–Gracias.
Se quedó muy quieta mientras el hombre, rozándole la piel con los dedos,
trataba de atar el tirante al cuerpo del vestido. Le oyó murmurar su
frustración al no conseguir concluir la tarea.
–No te preocupes…
–Espera, ya casi lo tengo.
Eleni, paralizada, esperó.
–Ya está –declaró él con un susurro mortal–. Arreglado.
Pero él seguía allí, demasiado cerca, demasiado alto, demasiado de todo.
–Ya te puedes marchar.
Pero Eleni no quería marcharse.
–Ha sido una idea muy tonta. No debería haber venido.
–¿Por qué no? –dijo él mirándola a los ojos–. Has venido porque era lo que
querías.
La mirada de él la tenía hipnotizada, la hacía desear lo imposible. Tras las
densas pestañas, el azul de esos ojos la penetró hasta lo más profundo de su
ser.
–Será mejor que vuelvas a la fiesta, Blue –dijo él enderezándose.
–¿Por qué? –¿para qué volver a la fiesta? Lo que quería estaba allí, delante
de ella. ¿Un beso más?–. ¿Podría…?
–¿Qué? –dijo él en tono desafiante al tiempo que arqueaba una ceja–. ¿Qué
es lo que podrías hacer?
Eleni alzó la barbilla y se puso de puntillas para acariciarle los labios con
los suyos. Tembló. Era maravilloso.
Él se puso tenso antes de hacerse con el control. La agarró por la cintura y
la apretó contra su cuerpo. El tirante del vestido se soltó de nuevo y ella lanzó
una queda carcajada.
–Eso sí que puedes hacerlo –murmuró él mientras la besaba hasta hacerla
gemir de frustración–. Puedes hacer lo que quieras.
Besos. Los besos no tenían nada de malo.
El cuerpo del vestido se le bajó, dejando al descubierto un pecho. Por
suerte, él no dejó escapar la ocasión y se lo acarició con las manos; después,
con la boca.
La intensidad de su deseo la sobrecogió. Jamás se había sentido tan viva.
Jamás se había sentido mejor.
Eleni lanzó un gemido cuando él la tomó en sus brazos, pero no se resistió,
no se quejó. Tras un par de zancadas, se sentó en el sofá, con ella encima, a
horcajadas.
Deleitada, se dejó besar y devolvió los besos, cada vez con más
atrevimiento, con más entrega. Estaba insoportablemente excitada. Casi sin
respiración, perdió el sentido del tiempo mientras sucumbía a las caricias de
él.
Él le subió la falda del vestido y, con las yemas de los dedos, le acarició las
piernas, acercándose inexorablemente a su sexo.
Eleni tembló y él, alzando el rostro, le pidió permiso con la mirada. A
modo de respuesta, ella se movió ligeramente para facilitarle el acceso,
incapaz de resistirse. Y, sin dejar de mirarla, él subió la mano.
–Bésame otra vez –susurró Eleni.
Él volvió a besarla, pero no en la boca. Bajó la cabeza y, apoderándose de
uno de sus pezones con los labios, comenzó a chuparlo al tiempo que le
acariciaba el sexo por encima de las bragas.
Eleni jadeó y se revolvió. Nadie la había tocado tan íntimamente. ¡Y cómo
le gustaba!
Accidentalmente, captó su imagen reflejada en el espejo que colgaba de
una de las paredes y no se reconoció a sí misma. Vio a dos desconocidos
besándose y tocándose. Con el sexo, sintió el hinchado miembro de él bajo
los pantalones y un incontrolable deseo de tocarle la sobrecogió. Se frotó
contra la mano de él, temblando. Estaba a punto de… algo. Él, de repente, se
quedó quieto y la miró. Ella apretó la mandíbula, no quería que parara.
Eleni sabía que él también la deseaba. Le sintió temblar y eso le dio
confianza en sí misma.
Le permitió alzarle la falda del vestido hasta la cintura, dejándola casi por
completo al descubierto, con solo la cintura cubierta por el tejido azul.
Suspiró cuando el duro miembro de él se apretó contra su sexo.
Apresuradamente, Eleni le desabrochó los botones de la camisa, quería
verle la piel. Cuando lo consiguió, se lo quedó mirando, sorprendida por la
altamente definida musculatura de él. La ligera capa de vello le confirió una
absoluta perfección. Ese hombre era la viva imagen de la virilidad.
–Toca lo que quieras –murmuró él.
Lo quería todo. Con repentinos nervios, plantó las palmas de las manos en
el duro pecho de él y pudo sentir los latidos de su corazón. Vio deseo en sus
ojos e, intuitivamente, comprendió que él estaba controlando la pasión que
sentía. Y, al igual que ella, lo quería todo.
–Tócame –dijo Eleni con voz ahogada.
Al instante, él le acarició los pechos mientras ella se frotaba contra él,
adelante y atrás, y con movimientos circulares.
–Es maravilloso –murmuró Eleni–. Maravilloso.
Era extraño y delicioso. Enfebrecida por el deseo, echó la espalda hacia
atrás. Un placer imposible de imaginar la envolvió mientras se movían con
más rapidez. Los besos se tornaron devoradores. Gimió y echó la cabeza atrás
cuando él la tocó en sitios que jamás la habían tocado, despertando su
sensualidad.
Oyó un rasguido y se dio cuenta de que había sido el tejido de las bragas.
Bajó la mirada a tiempo de verle tirar la desgarrada prenda de seda blanca y,
al cabo de unos segundos, la mano de él la tocó mucho más íntimamente.
–Oh…
Bajo las caricias de él, se mordió los labios al sentir una insoportable
tensión en el bajo vientre. Se movió al ritmo que marcaban las caricias de
esos dedos. Él la besó, acariciándole la boca con la lengua, al tiempo que
introducía un dedo dentro de su cuerpo.
Eleni apartó el rostro, echó la cabeza hacia atrás sintiendo una pura agonía.
Él volvió a apoderarse de uno de sus pezones con la boca. Ella gritó al sentir
un inmenso placer recorriéndole el cuerpo y provocándole violentas
sacudidas.
Cuando abrió los ojos, le sorprendió mirándola al tiempo que le acariciaba
un muslo.
Eleni, casi mareada, le devolvió la mirada; perpleja, se dio cuenta de que
había tenido un orgasmo. Le había dejado tocarla y besarla; y él, sin
desaprovechar la ocasión, la había hecho sentir cosas maravillosas. Sin
embargo, casi al momento, el deseo volvió a apoderarse de ella.
Se le presentaba una oportunidad. Tenía una elección. Pero, si cruzaba
cierta línea, nada podría volver a ser como antes. No obstante, la decisión era
suya. Y, aunque solo fuera por una vez, estaba en sus manos controlar la
situación.
Por primera vez, por una sola vez, quería intimidad física con un hombre
que realmente la deseaba. Un hombre que no estaba con ella por su título, ni
su pureza ni sus relaciones. Un hombre que la deseaba por sí misma, sin
adornos. Ese hombre no sabía quién era ella realmente, pero la deseaba. No
se trataba de amor, era solo puro deseo.
Por primera vez en la vida, se sentía deseada sin más.
Casi con violencia, se frotó contra él y le besó, y él le correspondió con la
misma dureza y pasión. Gimió en la boca de él, pero este la detuvo cuando
fue a deslizar la mano hasta su cinturón.
–Para, no voy a poder contenerme –gruñó él.
Eleni se lo quedó mirando sin comprender, a punto casi de llorar.
–Lo digo por tu bien –murmuró él mientras, rápidamente, se bajaba la
cremallera de los pantalones–. Un segundo.
A Eleni no le dio tiempo a entender el comentario porque, en ese
momento, el miembro erecto de él quedó liberado. Era la primera vez que
veía a un hombre desnudo, nunca había tocado el pene a un hombre.
Él se metió la mano en un bolsillo del pantalón, sacó un pequeño
envoltorio y lo abrió.
Sí, ahora lo entendía, ese hombre iba preparado. Era increíblemente guapo
y viril, era un hombre que sabía cómo excitarla porque tenía experiencia.
Estaba acostumbrado a esa clase de encuentros, a dar placer a una mujer.
Y, esa noche, ella no era la princesa Eleni, la princesa Eleni que siempre
hacía lo que se esperaba de ella. Era solo una mujer.
–Tranquila, Blue –dijo él acariciándole un brazo.
Eleni se dio cuenta de que estaba respirando sonoramente.
–Ya sabes que, por mí, puedes hacer lo que quieras.
Él la estaba dando a elegir, a hacerse con el control de la situación. Y, esa
vez, lo quería todo.
Eleni le besó. Movió las caderas y le sintió deslizándose entre los pliegues
de su sexo. Él la agarró por las caderas, sujetándola, ayudándola. Ella empujó
hacia abajo, ladeándose, pero su cuerpo se resistió.
Le deseaba.
Continuó haciendo presión hacia abajo. Inesperadamente, sintió un agudo
dolor.
–¿Blue? Yo…
–No te preocupes, estoy bien –le interrumpió ella, haciendo un esfuerzo
por recibirle dentro de sí.
–Estás muy apretada –dijo él con voz ronca.
–Y tú eres muy grande.
La llenó completamente. La fuerza y el fuego de la personalidad de ese
hombre la quemó.
–¿Te he hecho daño?
–No. Bésame.
Y él la obedeció. La besó hasta hacerla ver haces de luz y arco iris y toda
clase de visiones mágicas y milagrosas. Se frotó contra él. Aquello era
maravilloso.
De repente, él se puso en pie, con ella encima, sin dificultad. Sorprendida,
le rodeó la cintura con las piernas instintivamente. Él se dirigió a una mesa
estrecha pegada a la pared, la sentó en uno de los extremos y, con cuidado, la
hizo tumbarse. Seguía con las piernas alrededor de la cintura de él, con las
caderas alzadas, con él dentro de ella. Y ahora tenía ese espejo a su lado, pero
no volvió la cabeza para ver a esos dos extraños. Ese hombre reclamaba toda
su atención.
–Esto es una locura –murmuró él–. Pero me da igual.
Y a ella también.
Las grandes manos de él la sujetaron mientras la penetraba profundamente,
aflojaba un poco y volvía a hundirse en ella. Una y otra y otra vez.
Eleni se entregó a él por completo, dispuesta a dárselo todo. Se miraron a
los ojos y Eleni vio en los de él lo mismo que ella sentía: perplejidad, placer,
deseo.
Nunca había estado tan unida a nadie en su vida físicamente. Ni se había
sentido tan vulnerable ni tan segura. Y jamás se había sentido tan libre.
–Quiero que llegues otra vez –susurró él con voz ronca–. Quiero sentir tu
orgasmo.
Ella también lo quería, era justo lo que quería.
Le acarició el clítoris y ella jadeó mientras una vorágine de sensaciones se
agolpaba inexorablemente, como una tormenta.
–Por favor… –gritó ella enfebrecida, clavándole las uñas. Quería que él
sintiera el mismo éxtasis que empezaba a consumirla y, con frenesí, se
arqueó. Por fin le oyó gruñir. Él la apretó con fuerza y se puso tenso. Y Eleni
sonrió en ese segundo final. Quería reír. Quería que aquello no se acabara
nunca.
Eleni cerró los ojos y comenzó a relajarse…
–¿Quién está en esta habitación?
Rápidamente, Eleni alzó la cabeza y miró la puerta. Alguien estaba
tratando de abrirla.
–¿Quién está ahí?
Se oyeron risas al otro lado de la puerta.
Eleni volvió a la realidad violentamente. Todo el placer que había sentido
se evaporó en un momento. Tenía que salir de allí.
Avergonzada, se quedó mirando a ese desconocido al que había devorado.
¿Qué había hecho?

Damon vio a su enmascarada amante abriendo los ojos desmesuradamente.


Y notó que lo que sentía aquella joven no era vergüenza, sino temor. Estaba
tan perplejo que se apartó de ella. La joven se bajó de la mesa y se alisó la
arrugada ropa. Antes de poder hablar, alguien volvió a llamar a la puerta.
Sonafron más voces en el pasillo.
La expresión de ella mostró pavor.
–No te preocupes, me desharé de ellos –aseguró Damon subiéndose los
pantalones.
Damon se acercó a la puerta y, consciente de que estaba cerrada con llave,
pegó el oído a la madera. Después de unos momentos, las voces fueron
desvaneciéndose en la distancia.
Damon se volvió, pero Blue había desaparecido. No se lo podía creer.
Paseó la mirada por la estancia y, por fin, se dio cuenta de que había otra
puerta a un lado de un espejo muy grande. Se dirigió a ella e intentó abrirla,
pero no lo consiguió, estaba cerrada con llave. ¿Cómo había podido salir ella
por allí? ¿Conocía el código? Debía de ser así; de lo contrario, su
desaparición era inexplicable.
¿Quién era esa mujer? ¿Por qué se había asustado tanto de que alguien la
encontrara allí?
Frunciendo el ceño, se abotonó la camisa y se colocó bien los pantalones.
Por suerte, había utilizado un preservativo. Pero mientras recogía, se dio
cuenta de que el maldito preservativo estaba roto y tenía… ¿sangre?
Fue entonces cuando recordó que, al principio, ella había hecho un gesto
de dolor.
¿La había desvirgado? ¿Había sido él su primer amante?
Imposible. No obstante, sabía que así había sido. ¿Por qué había hecho eso
ella? ¿Qué la había motivado a hacer semejante cosa?
Tenía que encontrarla. Tenía que encontrarla.
Capítulo 3

NO TIENES buen aspecto.


Eleni forzó una sonrisa y volvió la cabeza para mirar a su hermano,
sentado al otro lado del pasillo del avión.
–Tenía dolor de cabeza, pero se me está pasando ya –mintió Eleni.
Se sentía fatal. No había dormido y el sentimiento de culpabilidad le
revolvía el estómago.
–Las próximas semanas van a ser muy agitadas. Tienes que estar en plena
forma. Quieren una princesa bonita, no una princesa pálida como la cera –el
rey Giorgos volvió la atención de nuevo a la tableta electrónica, se había
pasado así todo el vuelo.
–Sí.
Eleni volvió el rostro hacia la ventanilla. Había gente con banderas
esperando para darles la bienvenida. Rápidamente, metió la mano en el bolso
para retocarse el colorete. Por suerte, habían regresado y acababan de
aterrizar en Palisades.
Giorgos la había acompañado en su visita de tres días a Santa Chiara para
pasarlos con el príncipe Xander y su familia. Se alegraba de que su hermano
la hubiera acompañado, eso le había evitado tener que quedarse a solas con el
príncipe Xander.
Su compromiso matrimonial tenía encantadas a ambas naciones. Durante
las últimas semanas, entre actos sociales y atender a los medios de
comunicación, no había tenido tiempo para nada más. Sin embargo, por las
noches, en la intimidad de su habitación…
Era entonces cuando pensaba en todo lo ocurrido y no cesaba de repetirse a
sí misma que estaba a salvo. Ella no se lo iba a contar a nadie y el
desconocido de la fiesta tampoco iba a hacerlo. Ni siquiera sabía quién era
ella. Y ella tampoco sabía su nombre, solo conocía su rostro y su cuerpo.
Tembló y volvió a forzar una sonrisa cuando su hermano la miró de nuevo.
–Hoy por la mañana voy a ir al hospital a hacer mi acostumbrada visita
–dijo Eleni en tono animado.
–¿No quieres descansar? –preguntó Giorgos frunciendo el ceño.
Eleni sacudió la cabeza.
Solo había sido un sórdido intercambio físico. Un encuentro entre
desconocidos de unos diez minutos. Lo olvidaría pronto. Aunque, en la
actualidad, revivía en su mente aquel encuentro constantemente. Pero lo peor
era que quería que volviera a ocurrir. Quería más de lo mismo. Lo deseaba
con todas sus fuerzas.
Entonces, se avergonzaba de sí misma. Era una traición. Estaba
comprometida con otro hombre, y no dejaba de pensar en aquel desconocido.
Ese arrogante e intenso desconocido de la fiesta.
Afortunadamente, nadie esperaba muestras de amor por parte de los
miembros de la realeza, por lo que no había tenido que fingir delante de las
cámaras. En la intimidad, el príncipe Xander había parecido más que
dispuesto a dejarla sola.
Había sido Giorgos quien le había preguntado si creía que iba a ser feliz
con Xander y el que le había asegurado que la fama de playboy de su
prometido era poco más que una fachada.
Durante un segundo, había estado a punto de confesarle la aventura
amorosa a su hermano, pero Giorgos estaba cansado, trabajaba mucho por el
bien del país.
Y no podía soportar la idea de desilusionar a su hermano. Giorgos había
envejecido diez años tras la muerte de su padre. Tanta responsabilidad le
había hecho una persona seria, distante, carente de humor. Eso sí, se había
encargado de educarla, de protegerla, de guiarla. No, no podía decepcionarle.
Giorgos estaba convencido de que Xander era el hombre apropiado para
ella y quizás así fuera. No le quedaba más remedio que aceptar la situación y
hacer lo posible por ser feliz
Lo hacía por Giorgos.
Pero le repugnaba pensar en la noche de bodas. El príncipe Xander no le
atraía en absoluto. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo y volvieron a
darle náuseas.
–Quiero cumplir con mi visita al hospital –respondió Eleni finalmente al
tiempo que se ponía en pie para desembarcar. Necesitaba hacer algo que
mereciera la pena, el sentimiento de culpabilidad la estaba devorando.
Su hermano asintió sin decir nada más. Giorgos tenía un gran sentido del
deber.
Una hora más tarde, mientras recorría el pasillo en dirección a su
departamento preferido del hospital, volvió a darle un ataque de náuseas.
–Princesa Eleni… –Kassie, la fisioterapeuta que la estaba acompañando al
departamento, se detuvo.
Le pareció oír la voz de Kassie a gran distancia. Vagamente, notó que la
otra mujer fruncía el ceño.
–¿Se encuentra mal?

Damon Gale parecía existir en un estado de perpetuo enfado. Antes de


marcharse de Palisades, había hecho todo lo posible por encontrar a su
misteriosa amante con el fin de comunicarle que su apasionado encuentro
podía haber tenido graves consecuencias. Había hecho una breve descripción
a su media hermana, Kassie, pero ella tampoco había sido capaz de identificar
a la desconocida, lo mismo había ocurrido con las demás pesquisas que había
realizado.
Soñaba con ella constantemente. Se despertaba excitado sexualmente,
hambriento y enfurecido. Esa mujer se ocultaba por algún motivo. ¿Por qué?
Lo que más odiaba en el mundo eran las mentiras.
Esa mañana, semanas después de la maldita fiesta en el palacio, había
tomado otro avión para ir a Palisades. En esos momentos, estaba en el
pequeño despacho de Kassie, en el hospital, esperando a que su media
hermana volviera, entretenido mirando los dibujos que los niños, los
pequeños pacientes, habían colgado en un tablero.
Oyó unos pasos en el pasillo y una voz susurrando al otro lado de la puerta.
–¿Seguro que se encuentra bien?
Esa era Kassie. Damon apretó la mandíbula.
–Solo estoy un poco mareada –fue la respuesta de otra mujer.
Damon se quedó helado, perplejo. Conocía esa voz ronca. Era una voz que
le había hablado en sueños… todas las malditas noches.
–¿Necesita ir al baño a vomitar? –preguntó Kassie.
–Hace unos días tuve un virus, pero creía que ya se me había pasado; de lo
contrario, no se me habría ocurrido venir al hospital –murmuró la otra mujer
en tono de disculpa–. Lo siento, jamás se me ocurriría poner en riesgo la
salud de los pacientes.
–Son muy resistentes –la sonrisa de Kassie fue audible–. En este momento,
quien me preocupa es usted. ¿Seguro que no quiere que la vea un médico?
–No, no, no es necesario. Creo que voy a volver al palacio
inmediatamente. El chófer está esperando.
«¿El palacio?».
Damon se puso en pie. La misma voz, el mismo modo de hablar… Era
ella.
Se dirigió a la puerta, la abrió y salió al pasillo. Pero Kassie estaba sola.
Miró en ambas direcciones y no vio a nadie más.
–¿Con quién hablabas? –preguntó Damon a Kassie con aspereza.
Kassie, sorprendida, se dio la vuelta.
–¡Damon! –Kassie parpadeó–. No sabía que ibas a volver tan pronto.
–Tengo otra reunión –respondió él–. ¿Quién era la mujer con la que
estabas hablando?
–Se supone que no debo decir nada porque sus visitas son estrictamente
privadas –respondió Kassie en voz baja–. Hoy no se encontraba bien y se ha
marchado pronto.
–¿Quién es? –insistió él.
–La princesa.
Damon, perplejo, se quedó mirando a su media hermana.
«¿La princesa Eleni de Palisades?».
La hermana menor del rey Giorgos, un hombre que, según la opinión
pública, lo controlaba todo: la isla, sus sentimientos y emociones, y su
pequeña familia. ¿No era el guardián y protector de la supuestamente tímida
princesa?
De repente, pasaron por su mente fugazmente los titulares de los
periódicos que aquella mañana había visto en el aeropuerto. No había
prestado atención porque todos ellos mostraban la misma foto y los mismos
encabezamientos…

¡Una futura boda real! ¡El príncipe perfecto para nuestra princesa!
Pero la princesa no era perfecta. La princesa había tenido relaciones
sexuales con un desconocido unas semanas atrás. Y ahora estaba prometida.
¿Lo había hecho por rebelarse, como si fuera una quinceañera? ¿O se debía a
algo más engañoso? ¿Y cuántos años tenía?
–¿Qué crees que le pasaba? –preguntó Damon a Kassie. Tenía un mal
presentimiento.
–No lo sé con seguridad. Pero estaba muy pálida, tenía náuseas…
–¿Adónde ha ido?
Kassie se lo quedó mirando.
–Ha vuelto al palacio. Viene al hospital de visita todos los viernes, no falta
nunca –Kassie sonrió–. No me parece que sea tu tipo.
Damon hizo un esfuerzo por responder en tono de no darle importancia.
–¿Crees que tengo un tipo?
Kassie lanzó una carcajada.
–La princesa Eleni es muy dulce y muy inocente.
En eso, Kassie se equivocaba. La princesa Eleni no era ni dulce ni
inocente. La princesa Eleni era una mentirosa y una tramposa, y él iba a
destrozar su reputación.
Ahora, por fin, sabía dónde y cómo ponerse en contacto con ella. Lo único
que tenía que hacer era esperar una semana más.
Capítulo 4

EN SU CUARTO de baño, Eleni se miró al espejo. Tenía el rostro muy


pálido, sentía náuseas y estaba cansada todo el tiempo. Le dio otro ataque de
náuseas, violento. Evitaba los espejos desde la noche de la fiesta, no podía
mirarse sin ver a esos dos desconocidos con los cuerpos entrelazados…
Había transcurrido un mes desde aquella noche.
Se miró los pechos y contuvo un gemido. ¿Eran imaginaciones suyas o
tenía los senos más grandes? Debía de ser porque estaba a punto de tener el
periodo, ¿no? No. Por fin debía enfrentarse al hecho que había tratado de
ignorar desesperadamente. El periodo se le había retrasado.
Dos semanas.
Pero había estado muy ocupada. Había viajado mucho. Su ciclo menstrual
podía haberse trastornado…
Volvió a verse presa del pánico. Había un motivo que podía ser la causa de
tantas náuseas.
No, eso era imposible. Le había visto ponerse el preservativo. No podía
estar embarazada. Cerró los ojos, pero las lágrimas le resbalaron por las
mejillas. Necesitaba ayuda, ya.
Sin embargo, nadie podía ayudarla. No tenía amigas en quien poder
confiar. Las amigas de su infancia habían sido seleccionadas cuidadosamente
en virtud de la lealtad a la corona de sus familias; eran conocidas, no amigas,
y la mayoría estaban estudiando en Europa.
Eleni había estudiado en casa; al parecer, por su seguridad, según Giorgos.
Ella no había puesto objeciones, no había querido causar problemas.
Ahora, le aterrorizaba causar problemas a su hermano. Pero eso no iba a
tener remedio.
Temblando, se duchó y se vistió. Rápidamente, envió un correo electrónico
a la secretaria de Giorgos pidiendo una visita con él esa misma tarde. Su
hermano estaba muy ocupado, pero el príncipe Xander iba a ir esa tarde a la
isla para pasar una semana con ella de vacaciones. La idea le aterrorizaba.
Tenía que hablar con Giorgos inmediatamente, antes de que Xander llegara.
Tenía que explicarle la situación.
Eleni agarró una chaqueta y se metió un gorro en el bolsillo mientras su
dama de compañía, Bettina, pedía por teléfono que le llevaran el coche.
Iba a ir al hospital mucho más tarde de lo acostumbrado, pero estaba
desesperada por salir de su suite y alejarse de la dama de compañía, que
estaba organizando muestras de vestidos de novia de los mejores diseñadores
del mundo. Dado que la semana anterior se había marchado del hospital tan
bruscamente, no podía faltar ese día. Iba a controlar las náuseas y también su
vida.
Una vez en el hospital, le pidió a Tony, su escolta, que la esperara fuera.
Pero no se dirigió al departamento al que solía ir, sino a la otra ala del
edificio. Mientras recorría el pasillo, se puso el gorro y caminó en dirección
al jardín. Necesitaba prepararse para la charla con los pacientes que había ido
a visitar. Llevaba semanas mintiendo, diciendo lo feliz que le hacía su pronta
boda con el príncipe Xander. Estaba agotada.
Se apoyó en la baranda de hierro forjado con vistas al río. ¿Qué iba a
decirle a Giorgos?
«Lo siento. Lo siento mucho».
Eso no era suficiente. Le aterrorizaba la decepción que iba a causar a su
hermano. Lo que había hecho la noche de la fiesta era lo más horrible que
había hecho en su vida.
Algo, quizá la intuición, le hizo pensar que no estaba sola. Con cautela, se
volvió.
–¿Te encuentras bien? –el hombre estaba a unos pasos de ella–. ¿O no?
Notó amargura en esa voz. Era él.
Alto, moreno y peligroso. Vestía pantalones negros, jersey negro y gafas
de piloto de avión. Su expresión era ilegible.
–No tiene sentido que sigas escondiéndote, Eleni –dijo él–. Sé quién eres y
sé cuál es tu problema.
Eleni se quedó helada.
–Yo no tengo problemas.
–Sí, tienes uno. Tú y yo somos los causantes del problema. Lo creamos
juntos y juntos vamos a solucionarlo.
Le flaquearon las piernas. Con horror, se dio cuenta de que él lo sabía.
–Lo siento, pero no sé quién es ni sé de qué me está hablando –dijo ella
automáticamente–. Y ahora, si me disculpa, tengo que marcharme.
–No –él se quitó las gafas de sol–. No te disculpo.
A Eleni se le encogió el corazón al ver reflejados en esos ojos azules
acusación, traición, ira y… algo más.
Algo que no se atrevió a definir.
Eleni cerró las manos en dos puños, se las metió en los bolsillos de la
chaqueta y luchó contra una súbita parálisis.
–Tengo que marcharme.
–No, esta vez no vas a escapar. Ven conmigo, Eleni. Sabes perfectamente
que tenemos que hablar.
–No puedo hacer eso.
¿Por qué no se le había ocurrido decirle a su escolta adónde iba?
–Sí, claro que puedes. Porque si no lo haces…
–¿Qué? ¿Qué vas a hacer?
Por supuesto, sabía que él le lanzaría un ultimátum. Ese hombre había
tomado una decisión, se le veía en el rostro. Estaba furioso.
–Si no vienes conmigo ahora para solucionar esto, le diré a todo el mundo
que estás embarazada porque te acostaste con un desconocido en la fiesta del
palacio.
–Nadie te creería –murmuró ella.
–¿Tan bien se te da mentir? –estaba más que furiosa–. ¿Quieres ser el
centro de un escándalo? ¿Quieres que aparezca en los medios de
comunicación, ahora que vas a casarte, que estás embarazada y que no ha
sido tu prometido quien te ha dejado preñada?
–Nunca he sido la princesa perfecta –respondió ella a la defensiva, dolida e
incapaz de mantener la calma un segundo más.
–Venga, vamos –la suavidad del tono de voz de él le sorprendió.
–No puedo –repitió Eleni apretando los dientes–. Mi prometido viene esta
tarde a Palisades.
–¿En serio? –él la miró con cólera–. ¿De verdad es esa la clase de vida que
quieres? Te sientes totalmente perdida, Eleni.
–Tú no sabes cómo me siento, no sabes nada de mí.
Ese hombre no sabía nada sobre ella y ella sabía aún menos sobre él, ni
siquiera conocía su nombre.
Aunque, si era sincera consigo misma, eso no era totalmente cierto. Sabía
cosas más importantes que su nombre, sabía que era un hombre decidido,
fuerte y considerado.
–Sé que estás embarazada y que seguramente soy yo el responsable. Como
mínimo, tienes que hablar conmigo.
Ese hombre no la iba a dejar en paz y era perfectamente capaz de llevar a
cabo su amenaza, eso también lo sabía. No obstante, intentó recuperar la
compostura.
–Está bien, habla si quieres.
–Aquí no, en un sitio donde podamos conversar en privado, donde no
puedan vernos.
Eso tenía sentido, pero era imposible. Eleni sacudió la cabeza.
–Tengo el coche aquí al lado –dijo él, ignorando la negativa de ella.
Eleni sabía que no debía ir a ningún sitio sola con un hombre y mucho
menos con ese.
–Si no vienes, me dirigiré a los medios de comunicación inmediatamente –
declaró él con frialdad–. Y tengo pruebas, tengo tus bragas.
Eleni se quedó boquiabierta.
–No te atreverías –dijo ella con voz ahogada.
–Estoy decidido a hacer lo que sea necesario con el fin de aclarar la
situación –respondió él al tiempo que volvía a ponerse las gafas de sol–. Te
sugiero que me acompañes, ahora mismo.
¿Qué otra alternativa le quedaba?
Entraron en el hospital y giraron a la derecha, en vez de a la izquierda, en
dirección opuesta al lugar en el que el escolta la esperaba. Con un poco de
suerte, Tony tardaría en darse cuenta de que no estaba allí, nunca antes le
había causado problemas.
Eleni entró en el coche y se acomodó en el asiento contiguo al del
conductor.
–Cinco minutos –dijo ella cerrando la portezuela.
Él se colocó al volante, cerró las puertas del coche y puso en marcha el
motor.
–Será mejor que te abroches el cinturón de seguridad –dijo él sacando el
coche del espacio en el que había aparcado–. Esto va a llevar más tiempo del
que crees, cielo.
–¿Adónde me llevas? –Eleni sintió un sudor frío en todo el cuerpo.
–Ya te lo he dicho, a un sitio en el que podamos hablar en privado.
–No puedo marcharme, tengo que quedarme aquí –dijo ella aterrorizada.
–Sé perfectamente lo rápida que eres, Eleni. Esta vez, no voy a arriesgarme
a que puedas escapar.
Sorprendida, Eleni volvió el rostro para mirarle.
–Tranquilízate –dijo él lanzándole una fugaz y burlona mirada–, no voy a
hacerte daño, princesa. Solo quiero hablar contigo.
Eleni sabía que no iba a hacerle daño físicamente, de eso no tenía duda.
Pero podía hacerle daño de otras maneras.
–Me llevas ventaja. Ni siquiera sé cómo te llamas.
–Vaya, ¿por fin estás lo suficientemente interesada en saber mi nombre? –
él apretó con fuerza el volante–. Me llamo Damon Gale. Soy el director
general de una empresa de tecnología dedicada a la realidad aumentada.
Tengo también otra empresa especializada en robótica. La mayoría de las
mujeres me consideran un buen partido.
«Damon». Un nombre viril. Le sentaba bien.
–Yo no soy como la mayoría de las mujeres –declaró ella, molesta por la
arrogancia de él–. Y muchos hombres me consideran un buen partido.
Damon murmuró algo ininteligible al tiempo que aparcaba el coche en un
estacionamiento al aire libre.
–Bueno, ya hemos llegado.
Eleni miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaban en el puerto
deportivo.
–¿Por qué hemos venido aquí?
–Porque necesito asegurarme de que no vas a desaparecer otra vez como
por arte de magia y tampoco vamos a tener esta discusión en los asientos de
un coche –Damon se la quedó mirando–. Necesitamos más espacio.
¿Espacio? El corazón le latió con fuerza al encontrarse con esos ojos
azules. Aparte del susto, la sorpresa, el temor… sintió otras cosas.
«He poseído a este hombre. Este es el hombre al que deseo».
Una repentina pasión se desató en su cuerpo.
Imparable. Inesperada. Innegable.
Capítulo 5

EN LA fiesta, Damon se había dado cuenta de que los ojos de ella no


podían ser tan azules, tan poco naturales, pero su verdadero color le había
dejado sin respiración. Los ojos de Eleni eran verdes, una infinidad de tonos
verdes que le impedían apartar la mirada.
«Ella miente», se recordó a sí mismo. Una y otra vez.
La atractiva princesa Eleni Nicolaides le había utilizado, no era posible que
quisiera besarla. Y ahora, por fin, tenía la certeza de que estaba embarazada,
de que él la había dejado embarazada.
Damon salió del coche, rodeó el vehículo, abrió la portezuela de ella y la
ayudó a salir. Tardaron un minuto solamente en llegar a su velero. Una vez
allí, ella se detuvo y se quedó contemplando el barco.
–Vamos, Eleni –dijo Damon–. Sube, tenemos que hablar.
–Tienes que llevarme de vuelta pronto –Eleni se retorció las manos–.
Deben de estar preocupados, no saben dónde estoy.
–Seguro que pueden esperar un poco más –murmuró Damon.
La ayudó a subir y, pasando de largo por la cabina, la llevó al salón. Las
ventanillas tenían cristales polarizados, por lo que nadie podía verles, y había
dado instrucciones a su pequeña tripulación de que se mantuvieran apartados
y se dedicaran a su trabajo.
Damon se plantó delante de la puerta, la única salida de la estancia. Debía
tener cuidado con esa mujer.
–Quítate el gorro –ordenó él.
Eleni se quitó el gorro. Su pelo, en vez de largo y azul, era rubio y lo
llevaba cortado por debajo de la barbilla.
–¿Cómo has descubierto quién era? –preguntó ella con esa voz
malditamente ronca.
Damon sacudió la cabeza.
Eleni era alta y delgada, fuerte y femenina, con unas curvas que le hacían
reaccionar sexualmente al instante. Tenía una piel perfecta y un rostro
cautivador. Pero esa belleza ocultaba una personalidad sorprendentemente
lasciva.
–Sabías que iba a ir al hospital –añadió Eleni al ver que él no contestaba–.
¿Cómo te has enterado?
Damon no la había hecho ir allí para contestar a sus preguntas.
–¿Pensabas decírselo? –preguntó él a su vez.
En ese momento, Damon sintió la vibración de los motores. Ya era hora.
Fríamente satisfecho, la miró en silencio acercarse a la ventanilla al ponerse
en movimiento el barco.
–¿Adónde me llevas? –preguntó Eleni alzando la voz.
–A un sitio en el que podamos estar solos.
Un lugar aislado.
–Aquí tenemos privacidad. No necesitamos ir a ningún otro lugar –dijo ella
con una nota de pánico en la voz–. Esto es un secuestro.
–¿En serio? Has consentido en acompañarme.
–No sabía qué tenías pensado… –Eleni palideció–. No puedo ir a ningún
sitio.
–¿Por qué no? No es la primera vez, ¿verdad? –dijo él con dureza.
Esa mujer se había acostado con él a pesar de estar prometida a otro
hombre. Esa mujer se había escapado después, sin más. Y esa mujer estaba
embarazada y, al parecer, se lo estaba ocultando a todo el mundo.
Damon se sentía traicionado. Le habían utilizado. Su padre le había
utilizado para ocultar sus infidelidades. Su madre le había utilizado para
promocionar sus aspiraciones políticas, incluso había llegado a decirle que no
le habría tenido de no ser por el posible beneficio que eso podía proporcionar
a su carrera profesional. Su padre no solo había estado de acuerdo, sino que
también había esperado que él lo comprendiera y se comportara de la misma
manera que ellos. Que se convirtiera en un parásito, que no permitiera que
nada ni nadie se interpusiera en su camino para alcanzar el éxito. Él se había
negado y había jurado que jamás volvería a permitir que nadie le utilizara.
Pero Eleni lo había hecho.
Sin embargo, la expresión del rostro de ella mostraba sufrimiento. Eleni
tenía los ojos empañados y le temblaban los labios.
Un repentino deseo le obligó a acercarse a ella. Furioso, cerró la puerta con
llave y se metió las manos en los bolsillos. El deseo sexual había sido el
motivo de que se encontrara en semejante lío.
Era una locura. Una vez más, se recordó que, realmente, no conocía a esa
mujer, lo único que sabía de ella era que tenía una gran capacidad para
ocultar información. Pero mientras la observaba, la vio palidecer hasta el
punto de…
–Eleni… –Damon se acercó a ella rápidamente.
–¡Demonios! –exclamó Eleni tapándose la boca con la mano.
«Sí, demonios». Damon le pasó un jarrón decorativo justo a tiempo.

«No, no, no».


Eleni gruñó, pero las náuseas no le dieron tregua.
–Siéntate, estás a punto de desvanecerte –murmuró él.
–No estoy acostumbrada a los barcos –contestó ella.
–Si vas a mentir, será mejor que te esfuerces un poco más. De todos es
sabido que te encanta navegar en veleros, princesa. Tienes náuseas porque
estás embarazada.
Eleni tenía el estómago demasiado revuelto como para contradecirle.
Además, ¿de qué le valdría?
–Necesito un poco de aire fresco.
–Tienes que esperar a que nos alejemos de la isla para salir.
–Estás de broma, ¿no? –Eleni le miró horrorizada–. Vas a provocar un
incidente a escala internacional.
–¿Eso crees? Me parece que la situación va a empeorar mucho más cuando
se enteren de que voy a ser el padre del hijo que vas a tener.
Eleni cerró los ojos y lanzó un gruñido.
–Por favor, ¿podrías indicarme dónde está el baño?
–Por supuesto.
Damon la condujo a un pequeño cuarto de baño, abrió un cajón y le dio un
cepillo de dientes. Ella lo agarró y, una vez a solas, respiró con alivio.
Pero Damon estaba esperándola al otro lado de la puerta cuando salió del
baño a los pocos minutos.
Regresaron al salón justo en el momento en que un hombre uniformado de
la tripulación estaba saliendo. El hombre no dijo nada, ni siquiera la miró.
–¿Quién era? –preguntó Eleni.
–Alguien sumamente discreto y muy bien pagado.
El miembro de la tripulación había dejado un vaso de agua y unas galletas
saladas. Eleni volvió el rostro, en esos momentos no podía comer nada.
–Debes de ser muy ingenuo si piensas que no te va a traicionar –dijo ella.
El hombre la había reconocido. Antes o después irían a rescatarla.
–No sería la primera vez que me traicionaran, Eleni. Pero, en esta ocasión,
he tomado mis precauciones.
Eleni le miró y se preguntó quién le habría traicionado. De repente, se le
heló la sangre.
–Lo has planeado todo, ¿verdad?
La tripulación estaba lista, a la espera; sin duda, Damon les había pagado
generosamente. Quizá debiera estar asustada, pero no era así, no se creía en
peligro. Por el contrario, en ese momento, una loca emoción la embargó.
Sentía alivio.
Damon era más peligroso de lo que se había imaginado. No podía evitar
reaccionar en presencia de él. Era como si, cuando estaba con él, lo demás
dejara de tener importancia. Ese hombre tenía un inmenso poder sobre ella.
Fue entonces cuando recordó que Damon no estaba completamente seguro
de ser él quien la había dejado embarazada. Quizá pudiera convencerle de
que no era él. De conseguirlo, Damon la llevaría de vuelta a la isla. E,
inmediatamente, ella iría a ver a Giorgos. Debería haberlo hecho ya.
–No puedo quedarme aquí –dijo Eleni en tono de súplica.
–Déjalo, Eleni. Ya estás aquí –replicó él con indiferencia–. La cuestión es,
¿puedes ser sincera?
Con él, no. En ese momento, no.
–Dime, Eleni, ¿qué otro hombre podría haberte dejado embarazada? –
preguntó él mirándola con intensidad–. ¿Acaso ni siquiera puedes acordarte
de todos?
Eleni enrojeció, no sabía qué decir.
–Hiciste el amor conmigo en la fiesta a los cinco minutos de conocerme –
murmuró él con desprecio–. Ni siquiera sabías cómo me llamaba.
–Tú tampoco sabías quién era yo –contestó ella acalorada–. Y utilizamos
un preservativo.
–Pero yo no estaba prometido con nadie.
Eso le dolió porque era verdad.
–Yo tampoco –respondió Eleni débilmente.
–Oficialmente, no –los ojos de Damon mostraban desprecio–. Pero sí
extraoficialmente. Sabías que iban a anunciar tu compromiso matrimonial
inmediatamente. Le debías fidelidad y le engañaste.
Damon tenía razón, pero no conocía la realidad del matrimonio al que la
iban a someter. Retrocedió hasta chocarse contra la pared y él la siguió.
–Dime, ¿cuántos más ha habido? –preguntó Damon en voz demasiado
baja.
–Por lo menos, cuatro.
–Mentirosa –Damon le acarició la mejilla–. ¿Por qué no dices la verdad,
Eleni?
El susurro fue tan tentador…
Eleni alzó la barbilla, decidida a no dejarse seducir otra vez.
–No tengo que darte explicaciones.
–¿De qué tienes miedo? ¿De que el mundo entero descubra tu secreto? ¿De
que se enteren de que a la pura y casta princesa Eleni le gusta disfrazarse y
acostarse con el primero que se le cruce en el camino? ¿De que no logra
saciarse? ¿Te avergüenzas de lo que pasó?
Los ojos se le llenaron de lágrimas. Claro que se avergonzaba. No lograba
comprender cómo había podido pasar. No entendía cómo había perdido el
control de sí misma. Y tampoco comprendía cómo la había traicionado su
cuerpo, que en ese momento anhelaba que él la tocara.
¡Estaba ocurriendo otra vez!
Hormonas. Química.
–Te gusta. Lo quieres –murmuró él.
–Y lo consigo –le espetó ella. Y, con furia, desesperadamente, le empujó–.
Con cualquiera, en dónde sea.
–¿En serio?
–Sí, en serio –respondió ella en tono desafiante.
Damon sonrió. Era una sonrisa seductora e incrédula.
–¿No se te ha ocurrido pensar que pueda ser mi prometido quien me ha
dejado embarazada?
La sonrisa de él se desvaneció.
–No lo creo, princesa. No te has acostado con él. He sido yo el primero,
Eleni. Eras virgen cuando hicimos el amor.
La verdad le abofeteó el rostro.
–¿Por qué mientes? –preguntó él acercándosele, inclinándose sobre ella–.
¿No dices nada?
¿Cómo podía explicárselo?
–No tiene nada de malo que a una persona le guste el sexo –dijo Damon–.
Pero sí mentir y engañar para conseguirlo.
Eleni tembló, avergonzada de lo excitada sexualmente que estaba. Ya no
podía mirarle a los ojos, él veía demasiado en los suyos. Quería esconderse
de ese hombre, de sí misma.
–Eleni.
Ella continuó negándose a mirarle.
–Vamos, Eleni. Deja de mentir. Deja de engañar –murmuró él–. La verdad.
Damon le acarició los labios con la yema de un dedo. La leve caricia la
hizo estremecer de placer. Y, cuando entreabrió los labios, Damon la besó.
Introdujo la lengua en su boca y la saboreó hasta hacerla gemir. Con suma
facilidad. Entonces, le rodeó la cintura con los brazos y continuó besándola.
Tras todas esas noches sin conciliar el sueño, por fin estaba con ella. Otra
vez. Pasión y dureza.
Damon la acarició con las manos y los labios, por todo el cuerpo. Le besó
la boca, la mandíbula, la garganta… Le pasó las manos por los pechos, por el
vientre y acabó subiéndole la falda. Siguió por los muslos, más arriba…
Exigiendo y recibiendo aceptación, intimidad, entrega. Al instante.
Intensamente.
–Eleni… –susurró él–. ¿Cuántos amantes has tenido?
Incapaz de contener la pasión, buscó con el cuerpo ese atormentador dedo
que estaba tan cerca, que la excitaba hasta el punto de no poder resistirse.
Entonces, con un desesperado suspiro, se rindió y confesó.
–Uno.
Damon la recompensó con unas caricias que la enloquecieron. No podía
respirar. Estaba a punto, a punto.
–¿Y cuántas veces has hecho el amor con un hombre?
Una caricia más. Solo necesitaba una caricia más para saciarse.
–Una.
Su respuesta pareció enojarle. Damon la sujetó con fuerza y la besó con
dureza. Con pasión y despiadadamente, la lengua de él le devoró la boca. Era
un hombre dominante y exigente, y ella no pudo evitar entregarse a la pasión.
Eleni le besó con furia, él sabía lo excitada que estaba y que por eso le
odiaba. Pero no podía controlar sus emociones ni contener su deseo.
De repente, él apartó los labios de los de ella.
–¿Cuántos hombres te han besado así? –preguntó él.
–Uno –respondió Eleni jadeante.
–¿Y cuántos hombres te han besado… aquí? –Damon deslizó los dedos por
debajo del fino tejido de las bragas y le acarició el húmedo sexo.
Eleni jadeó. A punto de tener un orgasmo, le temblaron las piernas
mientras le miraba fijamente a los ojos.
–Contéstame, Eleni –susurró él brutalmente.
–Ninguno –murmuró ella.
Damon volvió a besarla. De repente, Damon la alzó en brazos y la llevó al
sofá. Y ella se lo permitió. Le deseaba. Pero, cuando Damon le levantó más
la falda al tiempo que se arrodillaba entre las piernas de ella, se dio cuenta de
qué iba a ocurrir. En un momento de lucidez, Eleni jadeó y cambió de
postura.
–No te escondas. Voy a besarte. Voy a saborear todos y cada uno de los
centímetros de tu cuerpo.
Las brutales palabras de Damon la sorprendieron. Ciegamente, se dio
cuenta de que Damon, al igual que ella, estaba a punto de perder el control,
que también estaba a punto de perder la razón.
Eleni lanzó un grito al sentir el primer beso de él en su sexo. Entonces, el
indescriptible placer que sentía la hizo gemir y gemir.
Eleni gritó cuando un torrencial éxtasis la envolvió. La exquisita tortura la
hizo sacudirse espasmódicamente.
Después, Damon se incorporó, se apretó contra ella y la penetró. Sentirle
dentro reavivó la llama de la pasión. Le quería completamente dentro de su
cuerpo, llenándola.
Pero Damon no se movió.
Eleni se quedó quieta, con el rostro pegado a los brazos de él.
De repente, sintió vergüenza y quiso apartarse, escapar. Pero Damon la
agarró por las caderas, sujetándola.
–Deja de huir –gruñó él salvajemente–. Tenemos que discutir unos
asuntos.
–¿Discutir unos asuntos? –le espetó ella–. Tú no discutes, tú das órdenes.
Y tú… tú…
–Tomo decisiones –concluyó Damon, tan enfadado como ella–. Y seguiré
haciéndolo. Para empezar, no vas a casarte con el príncipe Xander de Santa
Chiara. Te vas a casar conmigo.
Capítulo 6

NO VOY a casarme contigo –le espetó Eleni, apartándole con un furioso


empujón–. No voy a casarme con nadie.
–Ya –dijo Damon perezosamente, poniéndose en cuclillas y lanzándole
una mirada burlona–. Por eso es por lo que están haciendo los preparativos
para la boda del siglo, ¿no?
Eleni estaba harta de la arrogancia de ese hombre. Con irritación, movió
las piernas, juntándolas, y se bajó la falda. Estaba demasiado avergonzada
para ponerse a buscar las bragas.
–Ya había decidido no casarme.
–¿En serio? –Damon se puso en pie–. ¿Y qué ibas a hacer?
–Eso todavía no lo sabía.
–¿Por qué no decírselo a la cara? ¿Por qué no hablar con él?
Eleni alzó los ojos al cielo. Damon hablaba como si todo fuera muy fácil.
–Giorgos no iba a hacerme caso.
–¿Giorgos? –Damon arqueó las cejas–. ¿Y qué me dices del hombre con el
que supuestamente ibas a casarte?
¿Qué? Ah, Damon se refería a Xander. ¡Como si pudiera hablar con ese
hombre! Apenas le conocía.
–Supongo que no estás enamorada de él, ¿no? Hablo del príncipe Xander –
comentó Damon sarcásticamente.
–No, claro que no. De haber estado enamorada, no habría hecho contigo lo
que hice.
–En ese caso, ¿por qué te ibas a casar con él?
–Porque estaba decidido desde hacía mucho.
–¿Lo ibas a hacer por obligación?
–Tanto su país como el mío se beneficiarían…
–¿Una alianza de ambos países para limar posibles asperezas? –Damon
lanzó una despectiva carcajada–. Increíble.
–Creo que no comprendes cierto tipo de sutilezas.
–No, claro que no –murmuró él con cinismo–. ¿Y mi hijo, o hija, iba a ser
el fruto de una unión así? ¿Iba a criarse en un hogar desprovisto de cariño con
unos padres que, la mayoría del tiempo, iban a estar ausentes?
Eleni, sorprendida por su vehemencia, se lo quedó mirando.
–Jamás permitiré que hagan eso con un hijo mío –declaró Damon con
dureza–. Sé qué repercusiones puede tener una unión basada en la política y
haré todo lo que esté en mis manos para evitar que mi hijo se críe en un
ambiente así.
–No voy a casarme con él –dijo Eleni en voz baja–. Sé que no puedo
hacerlo.
–No obstante, si no te casas, tu hijo será considerado un bastardo. Aunque
estemos en el siglo xxi, tú eres una princesa y se esperan de ti ciertas cosas.
Lo peor era que Damon tenía razón.
Eleni se puso en pie y comenzó a pasearse por la estancia retorciéndose las
manos.
–Tengo que llamar a Giorgos –dijo ella.
Hacía ya casi dos horas que había salido de Palisades y su hermano debía
de estar ya muy irritado.
–Estoy de acuerdo.
–¿En serio?
–Por supuesto. Lo mejor será que se lo cuentes todo. ¿Crees que podrás
hacerlo sola o… vas a necesitar ayuda?
Eleni se pasó una mano por la frente. Aún no se había atrevido a explicarle
a Giorgos la situación. Pero, si quería que su hermano la tratara como a una
persona adulta, debía comportarse como tal.
Eleni, con decisión, agarró el teléfono y llamó a su hermano.
–Giorgos, soy yo –dijo ella volviéndose de espaldas a Damon.
–Eleni, ¿dónde estás? –Giorgos siempre exigía respuestas inmediatas–.
Vuelve al palacio ahora mismo. No tienes idea de los problemas que has
causado.
–Aún no voy a volver, Giorgos. Necesito tiempo para reflexionar.
–¿Para reflexionar? ¿Sobre qué? –su hermano decidió ignorarla–. Tu
prometido ya está aquí. ¿O es que se te ha olvidado que vas a hacer un
pequeño viaje con él?
–No puedo hacer eso, Giorgos.
–¿Que no puedes? –preguntó Giorgos con impaciencia.
Eleni cerró los ojos e hizo acopio de todo su valor.
–Estoy embarazada, Giorgos –declaró ella sencillamente–. El príncipe
Xander no es el padre.
Hubo un silencio.
Siete largos segundos de un horrible silencio.
–¿Quién? –preguntó Giorgos por fin en un mortal susurro–. ¿Quién?
–Eso no importa…
–Haré que lo maten. Dime su nombre.
–No.
–Eleni, dime quién es. Haré que lo…
–Giorgos, déjalo, haz el favor –Eleni acababa de interrumpir a su hermano
por primera vez en su vida–. De lo contrario, te juro que jamás regresaré.
Desapareceré.
Eleni tenía el corazón destrozado. Se sentía culpable. Le horrorizaba hacer
eso al hermano al que tanto quería. Pero continuó.
–Su identidad no es importante. No me sedujo. Lo hice voluntariamente.
Fui yo quien cometió una equivocación, Giorgos. Y soy yo quien tiene que
encontrar soluciones. Di a Xander que estoy enferma o que me he escapado
o… lo que quieras decirle. Pero no voy a volver. Aún no. Antes tengo que
aclararme las ideas y decidir qué es lo que quiero hacer.
–¿Estás con ese sinvergüenza en estos momentos? –preguntó Giorgos con
impaciencia.
–Tampoco voy a casarme con él –declaró Eleni.
Eleni no llegó a entender la murmurada imprecación de su hermano.
–Voy a tener un hijo, mi hijo. Un Nicolaides –por fin, sintió un poco de
paz interior.
Eso era lo que debería haber hecho desde el principio.
–Y, por favor, no le eches a Tony la culpa de que haya logrado escapar a
su vigilancia. Él no ha podido evitarlo.
–Si tu guardaespaldas no sabe que te has ido es, evidentemente, un
incompetente. Ya ha sido despedido.
–Él no ha tenido la culpa –repitió Eleni alzando la voz. Tony llevaba con
ella desde hacía años, tenía esposa y dos hijos, necesitaba ese trabajo–. Yo le
dije…
–Mentiras –le espetó Giorgos–. Pero perderte de vista ha sido culpa suya.
No es asunto tuyo que pierda su trabajo.
–Pero…
–Deberías haber tenido en cuenta las consecuencias de tus actos, Eleni. Y
van a tener repercusiones para todos los ciudadanos de Palisades. Y de Santa
Chiara.
A Eleni se le llenaron los ojos de lágrimas. De una forma u otra, tendría
que hacer algo por Tony. Otro problema que debía resolver.
–¿Cómo voy a evitar el escándalo, Eleni? –preguntó Giorgos.
Eleni se encogió. ¿Era eso lo más importante, la reputación de la familia
real? No obstante, sabía que estaba siendo injusta con Giorgos, su hermano
solo intentaba protegerla. Era lo que había hecho siempre. Y se había
excedido.
–No sabes cuánto lo siento –dijo Eleni–. Asumiré toda la responsabilidad.
Te llamaré cuando pueda.
Eleni cortó la conversación antes de que su hermano pudiera seguir
amonestándola. Al volverse, vio a Damon sentado en el sofá como si
estuviera viendo una película entretenida.
–¿Tenías que escuchar la conversación? –preguntó ella con enfado
mientras se secaba las lágrimas–. Sabes perfectamente que van a rastrear el
origen de la llamada.
–Y les conducirá a una cabaña aislada de Estonia –Damon se encogió de
hombros–. Trabajo con tecnología, Eleni. Te aseguro que van a tardar unos
días en encontrarnos. Estamos aislados, a salvo.
–¿Qué es esto, el barco de un superhéroe? –Eleni sacudió la cabeza–. Van
a rastrear toda la costa.
–Estamos a muchos kilómetros de la costa y tu hermano ya sabe que estás
bien. Le has sorprendido, Eleni. Estoy seguro de que esperará a que vuelvas a
llamarle. En estos momentos, lo que menos quiere es la publicidad que
conllevaría una operación de rescate.
Había dejado perplejo a Giorgos. Una vez que se le pasara la sorpresa, se
sentiría decepcionado. Se alegraba de no estar allí para presenciarlo.
–Hay otra posibilidad de la que no hemos hablado –dijo Damon con
expresión inescrutable–. Estás al principio del embarazo, podrías abortar…
–No –le interrumpió ella con vehemencia.
Ella era una privilegiada. Tenía dinero. Podía cuidar de su hijo.
Y era su hijo.
Por primera vez en la vida, iba a tener algo que era únicamente suyo. Su
responsabilidad. Iba a cuidarlo, amarlo y protegerlo. Nadie se lo iba a
arrebatar. Tenía una salida, si era capaz de enfrentarse a su hermano. Y estaba
decidida a hacerlo.
–No voy a casarme con el príncipe Xander –declaró ella con pasión–. Y
tampoco voy a casarme contigo. No me voy a casar con nadie, pero voy a
tener a mi hijo –por fin, se sintió fuerte–. Dispongo de medios más que
suficientes para mantener a mi futuro hijo, no necesito a nadie. Y eso es lo
que voy a hacer.
–¿En serio? –Damon adoptó una expresión escéptica–. ¿Y si Giorgos te
desheredara? ¿Cómo podrías mantener así a tu hijo?
–Mi hermano no haría eso nunca –su hermano iba a estar muy
desilusionado, pero jamás la abandonaría.
–Aunque así sea, ¿qué precio estás dispuesta a pagar por un momento de
placer? –dijo Damon–. Sufrirías el resto de tu vida.
–Podría irme a vivir a uno de los pueblos remotos, apartada de todo.
Lo que realmente le dolía era haber decepcionado a su hermano, pero
cuidaría de su hijo. Tampoco iba a permitir que Damon la influenciara.
–O sea, que has decidido volver a huir, ¿eh? En lo que no has pensado es
en el precio que mi hijo acabaría pagando por ello.
Eleni enrojeció. Damon hablaba como si ella estuviera pensando solo en sí
misma, no en su hijo. Pero no era así.
–No voy a casarme contigo –repitió Eleni.
No podía hacerlo.

Lo último que Damon Gale quería en el mundo era casarse, ni con ella ni
con ninguna otra mujer, pero que Eleni le hubiera rechazado le irritó mucho.
Se había jurado a sí mismo no tener nunca una relación seria. No obstante,
ahora le parecía un insulto que ella hubiera rechazado su proposición
matrimonial. ¿Por qué Eleni le había rechazado? ¿Porque no era un príncipe?
–Jamás permitiré que se utilice a mi hijo en manipulaciones políticas –
declaró Damon echando chispas por los ojos.
Eleni se limitó a alzar la barbilla y a devolverle la mirada.
Quizá no quisiera casarse con él, pero le deseaba.
–¿Qué es lo que pensabas durante la fiesta? –Damon no podía comprender
por qué Eleni había corrido semejante riesgo. ¿Había tenido relaciones
sexuales con él solo con el fin de sabotear su propia boda? ¿Hasta el punto de
estar dispuesta a perder su virginidad?
–Es evidente que no estaba pensando. Y tú, ¿qué pensabas?
Damon se apoyó en la pared. Había pensado en lo hermosa que era ella, en
lo vulnerable que le había parecido.
–Fui a buscarte porque había descubierto que el preservativo se había roto.
Pero tú habías desaparecido como por arte de magia y… –Damon se
interrumpió–. Me marché de Palisades al día siguiente. Pero volví y seguí
buscándote, pero nada. Pregunté a…
–¿Que preguntaste?
–Sí, a todo el mundo que conozco. Nadie te había visto en la fiesta. No
volviste al baile –Damon sacudió la cabeza–. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te
marchaste así?
Eleni se encogió de hombros.
–¿No pensaste en ningún momento en intentar ponerte en contacto
conmigo?
El hermoso rostro de ella palideció.
–No sabía quién eras, no sabía cómo te llamabas. Como comprenderás, no
iba a pedir una lista de todos los hombres invitados a la fiesta. No podía
arriesgarme a despertar sospechas. No podía preguntarle a nadie.
–¿Tan difícil te habría resultado consultar la lista de invitados? –preguntó
Damon con irritación–. No te habría resultado nada difícil descubrir quién
era, Eleni. Lo que pasa es que no quisiste hacerlo –y eso le disgustaba más de
lo que estaba dispuesto a admitir.
–De haberlo hecho, me habrían preguntado por qué.
–Y no querías hacerlo porque estabas prometida con otro hombre –
frustrado, Damon se pasó una mano por el cabello–. He visto las fotos de los
periódicos, tú y tu prometido juntos. Esas fotos son de antes de que te
acostaras conmigo, ¿verdad?
–Sí –respondió Eleni sin mirarle a los ojos.
–Sin embargo, nunca te acostaste con él.
–¿Vamos a volver a hablar de eso?
–¿Le has besado alguna vez? –insistió Damon.
–Puedes verlo en las fotos, no necesitas que yo te lo diga.
Sí, lo había visto. Castos besos, desapasionados.
–¿Solo le has besado delante de las cámaras? –Damon se acercó a ella,
incapaz de resistirse–. Nunca le has besado como me has besado a mí, ¿no es
cierto?
Eleni alzó la cabeza.
–¿Estás celoso?
Sí, estaba muerto de celos.
–Ese hombre no te desea –declaró Damon brutalmente.
–¿Por qué dices eso?
Damon se detuvo y se metió las manos en los bolsillos.
–Si te deseara como debería, ya te habría encontrado. Pero no lo ha hecho,
no ha luchado por ti.
El compromiso matrimonial de Eleni y el príncipe Xander era una farsa
política, no había motivo por el que reclamar lo que era suyo pudiera hacerle
sentirse mal. La única solución era sacrificar un año de sus vidas en un
matrimonio de conveniencia hasta que naciera su hijo. El deseo sexual se
desvanecía siempre, eso de «para toda la vida» era una mentira. La princesa
Eleni iba a renunciar a su esnobismo, iba a casarse con él y, después, se iban
a divorciar. Punto.

Eleni parpadeó al oír de los labios de él la verdad. Su prometido no la


deseaba. Su hermano estaba harto de ella. No tenía un trabajo que mereciera
la pena. Y ahora que el mito de la princesa pura se había venido abajo,
ningún príncipe iba a quererla como esposa.
–Supongo que, ahora que he perdido mi virginidad, también me he
devaluado.
–¿Que te has devaluado? –Damon echó chispas por los ojos–. A ese tipo
no debería importarle un pimiento tu maldita virginidad.
–¿Como te pasa a ti? –preguntó ella, sorprendida por el enfado de Damon.
El rostro de él cambió de expresión.
–A mí sí me importa –dijo Damon en un susurro mortal.
–No era asunto tuyo –declaró Eleni con altanería.
–¿Eso crees? –Damon lanzó una amarga carcajada–. Pues te equivocas. A
partir de ahora, sí es asunto mío con quién te acuestas.
–No voy a casarme contigo –declaró ella.
–No será un matrimonio para toda la vida, Eleni –le aseguró Damon
desapasionadamente–. Nos divorciaríamos en el momento adecuado, yo me
quedaría con nuestro hijo y tú podrías volver a dedicarte a ser princesa.
–¿Qué? –Eleni se quedó helada.
–Yo me encargaré de nuestro hijo, al margen de la vida pública.
–¿Qué? –Eleni le miró horrorizada–. Voy a ser la madre del niño que
nazca. Un niño necesita a su madre.
Si alguien lo sabía bien, ese alguien era ella.
Se hizo un tenso silencio.
–Un niño necesita padres que le cuiden, que le quieran. Unos padres que, si
están juntos, tienen que estar enamorados el uno del otro –las palabras de él
se le clavaron en el corazón–. Aunque nosotros nos deseamos, no… estamos
enamorados. Esto no es un cuento de hadas, Eleni. Tenemos un problema y
tenemos que enfrentarnos a él como adultos.
«No es un cuento de hadas»
Eleni sabía que solo les unía el deseo sexual, las hormonas. Pero lo que
Damon acababa de decirle la había dejado perpleja.
Damon quería arrebatarle a su hijo.
–Ha sido un día de mucho ajetreo, necesitas comer algo –declaró Damon
cambiando de tema, como si no hubiera pasado nada.
–No puedo… –Eleni no podía pensar en algo tan banal como la comida.
–Como tú quieras –Damon se encogió de hombros–. Pero necesitas dormir.
A partir de mañana, pensaremos en una dieta apropiada para ti.
«¿Apropiada?». ¿Acaso Damon creía que iba a controlar todos y cada uno
de los aspectos de su vida?
–Gracias por preocuparte tanto por mí –dijo ella sarcásticamente.
–Me preocupo por mi hijo –respondió Damon–. Deja que te enseñe tu
habitación.
En silencio, Eleni le siguió por un pasillo mientras el barco continuaba
alejándose de Palisades.
Damon se detuvo casi al final del pasillo.
–Esta es tu habitación –dijo él señalando una puerta–. Si necesitas algo, yo
estoy en el cuarto de al lado.
Un profundo fatalismo se apoderó de ella. No tenía huida, imposible evitar
lo que él quería. Y lo que Damon quería era a su hijo, no a ella.
Estaba claro que Damon solo quería de ella sexo, nada más. Entretanto,
ella había llegado a pensar que su relación era especial…
–No voy a darte un beso de buenas noches –murmuró Damon–. Estoy
demasiado cansado para evitar que se convierta en…
¿Creía que había estado esperando que la besara? Furiosa, le espetó:
–¿Crees que yo no podría pararte los pies?
–Es posible que pudieras, pero no voy a arriesgarme –contestó Damon.
Eleni entró en el cuarto y cerró de un portazo.
«No es un cuento de hadas».
No, no era un cuento de hadas, era una pesadilla.
Capítulo 7

ELENI.
El susurro le acarició la piel como una suave brisa. Sonriendo, se acurrucó
en la cama.
–Eleni.
Eleni abrió los ojos. Damon se inclinaba sobre ella, con el rostro casi
pegado al suyo.
–Ah… hola… ¿Qué haces aquí? –preguntó Eleni c