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DEJÁ DE STALKEAR - Por Mora Matassi

Si queremos saber de la vida de alguien vamos a las redes sociales. Escaneamos


Facebook, Twitter, Instagram hasta encontrar un dato que nos permita inferir
alguna conclusión. Mora Matassi analiza las huellas que dejamos en ambientes
virtuales y se pregunta: si te conozco offline, pero no en las redes: ¿te conozco?

La cita sale mal, vuelve a su casa temprano. Mientras camina, lo confirma: sigue extrañando a
su ex.

En su cama, ya preparada para dormir, después de procesar la decepción, Agustina agarra el


celular. Algo le duele, siente un raptus de extrañitis, de nostalgia. En la oscuridad, iluminada por
el teléfono, entra a Twitter a buscar lo que no quiere encontrar. La nostalgia la lleva a la
búsqueda y la búsqueda a la angustia. Comienza el escaneo: la revisión de los últimos tuits y
respuestas. Ya casi no queda nada de calma.

Minutos después, la profecía auto-cumplida: encuentra un emoji en forma de corazón. Y


entonces el camino lógico, de Twitter va a Instagram, a explorar la cuenta -si es abierta- de esa
desconocida con la que su ser amado tuvo un cruce digital. Mira con detenimiento las últimas
fotos subidas, con cuidado porque no puede dejar ninguna huella. Y ve que él le había likeado
casi todas las últimas publicaciones desde marzo. Y de ahí un comentario, y de ahí otro, y de ahí
un intercambio bilateral de likes que, como los puntos de un cuadro impresionista, se unen para
formar una imagen que brilla en la pantalla. Tiene novia. La conoció, muy probablemente,
cuando todavía salían. Cree que lo sabe por la temporalidad de los likes.

Esta escena no es extraña o inusual. No siempre termina así, pero suele empezar de la misma
forma, y su estructura se repite: observamos la vida de los otros, a partir de las huellas que dejan
en ambientes virtuales, y sacamos conclusiones que inferimos del cruce complejo de todas las
informaciones, puntuales y muchas veces inconexas, que encontramos en una plataforma social.
En el caso de Agustina, se trata de una práctica deliberada que indaga sobre los datos de una
persona previamente conocida. Comienza cual intriga amorosa, como una observación dirigida,
sin un fin específico, y se convierte, a los pocos minutos, en la búsqueda de la respuesta a una
pregunta falseable (ejemplo: ¿tiene pareja?). Que la duda al respecto se dé por satisfecha, y el
misterio por resuelto, esconde varias premisas: primero, que lo que mostramos en las redes de
forma visible es un indicador fehaciente de nuestra vida. Segundo, que ciertas huellas dejadas
en las redes equivalen a cierto tipo de intercambio simbólico –amor, amistad, cercanía, ruptura,
enojo, alejamiento. Y, también, a algún estado de cosas y a trayectorias de vida.

Es común, también, la observación como resultado de una práctica espontánea, en la que se


mira y se concluye acerca de otros en general, sin motivación previa. Uno de los hilos más
comentados de un concurso de escritura ficcional en España trata de un joven ingenioso que,
desde Twitter, se obsesiona con la fotografía de tres amigos que no conoce, únicamente para
descubrir que un presunto suicidio ha sido un homicidio. Lo hace uniendo todos los cabos, hasta
dar aviso del crimen a la policía. Desde los seguidores en una red a los seguidos en otra, los
horarios de conexión, los likes dados, los likes recibidos, los likes que no están, las etiquetas de
lugar, las marcas temporales, los vistos, las historias, los agregados, los eliminados, los
tagueados, los no-tagueados.

Con un análisis minucioso de la presencia y ausencia de huellas del entorno digital, confirma un
crimen oculto. Ficcional, por supuesto, pero signo de una práctica que nos resulta conocida. El
periodismo de espectáculos contemporáneo, que se alimenta de los materiales que las redes
sociales ofrecen, trabaja con las mismas estrategias de investigación, y ya aparece normalizado.
La reconciliación entre dos figuras puede ser inferida sin discusión por un fav en Twitter.

Emilia está en Instagram cuando nota que un comediante suele dar like a una actriz. El algoritmo
que arma sus notificaciones muestra un patrón que le genera cierta intriga. Primer paso:
rápidamente chequea las fotos de la cuenta de la actriz y nota que los me gusta del comediante
aparecen solo en fotografías donde ella figura. Segundo paso: ¿se siguen mutuamente? Parece
que él a ella sí, pero no ella a él. Con el tiempo la actriz comienza a seguir al comediante; luego,
ambos suben una historia de Instagram en el mismo lugar. Casi medio año después, Emilia
confirma lo que ya suponía, porque la relación se blanquea con una foto subida: salen.

También puede suceder que un amigo vea a otro en la misma zona que él, a partir de una historia
de Instagram. Es posible que uno le responda al otro con un mensaje directo, o con un
comentario de Facebook, y que terminen tomando una cerveza en un encuentro casual en el
espacio euclidiano. Observar aleatoriamente no siempre concluye con una desilusión de amor.
Puede corresponder a cuestiones significativas, como descubrir el fallecimiento de un pariente
o conocido. Federico entra a Facebook desde el celular y, mientras scrollea tranquilo en
su feed de noticias, encuentra de forma inesperada un posteo del primo que rinde homenaje a
un ser querido desde otra provincia. Ese ser querido ha muerto, y Federico se entera en ese
instante silencioso donde el algoritmo ofrece algo que podría no haber mostrado, y que él miró
por azar.

Mirar

La noción de “aldea global”, propuesta por Marshall McLuhan, se asocia con el surgimiento de
los medios electrónicos y puede indicar ese estar juntos en un mismo espacio (virtual) con
vecinos que nos corresponden no necesariamente por cercanía física pero sí por afinidades,
intereses, y lazos en común. De los cuales recibimos informaciones. A más de 10 años del
surgimiento de las redes sociales, conviene rehacerse la pregunta por la noción de la “aldea”.
Sobre todo cuando conversaciones públicas recientes, a partir de controversias de intercambio
de información privada, han tendido a poner el foco en las formas de la mirada, de la vigilancia,
y del poder desplegados a nivel institucional y no solo interpersonal. ¿Cómo pensarnos a
nosotros como usuarios mirando a los demás? ¿Cómo, por qué y qué genera esa micro-vigilancia
mutua?
Las sensaciones que acompañan a la práctica cotidiana de observación uno-a-uno, sea dirigida
o aleatoria, y de peritaje de las vidas ajenas, combinan intriga, curiosidad, angustia, sorpresa,
silencio. La práctica no es nueva. La expresión “vi luz y entré” denota una forma de la intromisión
en la vida del otro a partir de una conclusión que se infiere por lo que se cree un dato certero.
Cruzarse en la calle con un conocido que comunica una noticia relevante, chequear el
movimiento de los caminantes de la cuadra y los vecinos del barrio por la ventana o la reja,
llamar por el teléfono de línea para saber si el otro está en la casa, incluso visualizar una pareja
en un café, o comprobar si un auto está o no estacionado en su lugar habitual. Como en una
aldea. La ventana indiscreta de Alfred Hitchcock tematiza la capacidad imaginativa de la mirada
sistemática de retazos de las vidas ajenas. Y data de 1954.

No necesitamos redes para mirar e inferir hechos, pero lo que resulta un cambio en este
contexto histórico de apropiación de las redes es que nuestra presencia se multiplica porque
podemos “estar” en diversos lugares al mismo tiempo, incluso, como ya se sabe, sin “estar” en
ninguno. Y esta nueva dinámica produce inputs inesperados. Estamos expuestos a huellas
ajenas, donde sea que nos encontremos, y dejamos huellas, donde quiera que estén. Esas
huellas producen cierto saber y el saber, por su uso social, implica poder o falta del mismo.

Matías se hizo un perfil de Facebook que duró poco tiempo. Lo abandonó porque durante el
breve período en que lo tuvo sufrió un problema con un amigo, que se sintió dolido por haberlo
invitado a un cumpleaños vía evento y no recibir respuesta. Matías, en rigor, no ingresaba a la
aplicación y, naturalmente, desconocía la invitación. No se sentía allí presente y por ende
tampoco obligado, pero técnica y socialmente sí lo estaba, y la existencia de su perfil generó, en
el amigo, la presunción de que él conocía la invitación, y que deliberadamente había tomado
una postura al respecto. De dio cuenta de que no iba a poder usar la red como él quería.

Jimena se jacta de poder descubrir el perfil de una persona online con solo saber el nombre de
pila. Lo hizo. Tomás siente que conoce profundamente los hechos de la vida de Cecilia, la novia
de uno de sus mejores amigos. “Cada vez que te la cruzás después de mucho tiempo le vas
preguntando sobre tal o cual cosa y te dice ¡Ay! ¿Cómo te enteraste? Y…lo publicaste en
Facebook”. En cambio, Malena tuvo que hacerse un perfil en esa red para no perderse de lo que
estaba sucediendo en el mundo, y de lo cual sus pares parecían saberlo todo. Rompió el pacto
interno de no intervención en el mundo virtual para poder mantenerse en control del mundo
físico. En un aeropuerto, Micaela se cruza con una compañera de la primaria con la que ha
perdido contacto, pero a quien sigue en redes. Durante la breve conversación, nota que la
interlocutora asume que Micaela viajará a París porque es allí en donde vive y estudia. Se
sorprende. ¿Qué? ¿Cómo? Si vive en Buenos Aires … “Ah, ¡porque pensé que vivías allá! Vi fotos
en Facebook y me imaginé eso”.

¿Qué se ilumina y qué se oscurece en vidas que habitan en línea, con una mirada que se siente
a veces todopoderosa? Estas historias nos hablan de un régimen de visibilidad cotidiano en
nuestras prácticas virtuales. Nos apropiamos de la materialidad de las tecnologías de formas que
nos acercan a universos detectivescos que son solitarios e incluyen observación, ingeniería
reversa, pensamiento racional y contraintuitivo, peritaje e inferencia. Unión de nodos y
extrapolación: con las consecuencias que sean. Angustia, intriga, hastío, satisfacción. Un video
ficcional que se hizo viral cuenta la historia de Sara, una chica que comienza una relación
romántica con un chico que no tiene redes sociales. ¿Ninguna? Preguntan las amigas con
sorpresa. En ese mundo, caricaturesco, distópico, la tragicomedia se desata por la desesperación
que le genera sentir que no está pudiendo conocer desde inferencias virtuales a ese ser humano
con el que es cercana en el mundo offline.

El antropólogo Gregory Bateson definía a la información como “una diferencia que hace una
diferencia”. ¿Pero qué cambia después observar las pistas que dejan los otros? ¿Qué se
transforma en nuestras vivencias cuando nos miramos, por ejemplo, en Instagram? Y, sobre
todo, ¿qué implica dejar ver cuando se presume que lo que se expone será visto? ¿Cuál es el
alcance de la interpretación cuando se presume que lo que se deja ver sabe -en muchos casos-
que se está dejando ver? El libro Obfuscation, de los investigadores Finn Brunton y Helen
Nissenbaum, lleva esta idea a su inversión y propone que, para protegerse, hay que dejar no
menos sino más pistas. Construir, deliberadamente, huellas falsas y ambiguas para las redes, a
sabiendas de que estas son observadas y lo seguirán siendo, y con el objetivo de confundir y
opacar la capacidad de los otros de inferir sobre nosotros. Un transcurrir virtualmente que
implica una estrategia de nivel meta. Sin ir más lejos, uno puede, técnicamente, configurar las
aplicaciones para ver menos de algunos o de todos. No es raro, en las rupturas amorosas, que
se decida borrar al otro en su forma virtual. Pero la respuesta suele ser querer encontrarse con
un dato, una pista, una huella, una luz que permita entrar, aunque no se sepa bien a dónde y
por qué. Quizás esto nos hable de una tendencia del siglo XXI en su uso de las tecnologías que
lo pueblan: una disposición social hacia la transparencia, donde queremos dar información y
recibirla, aunque eso tenga costos. También tiene ganancias. Como plantea la socióloga Karin
Knorr Cetina, “un observador ordinario que monitorea eventos es un instrumento para la
visión”.

Si vivimos en las redes, en lugar de utilizarlas, entonces es posible pensar en una red social como
un entorno donde nos cruzamos con otros individuos. La idea del flâneur, típicamente asociada
al siglo XIX, describe la actividad y actitud de pasear sin rumbo por una gran ciudad. Una
metrópoli que por su masividad y anonimato inspira pensamiento interno y libertad, en ese
encuentro con los objetos mundanos de la calle. Pero la ciudad de las redes, donde podría
pensarse que también somos flâneurs, es lo contrario del anonimato. Lejos estamos de permitir,
o incluso querer, que la vista se pierda: y así consumimos reflexivamente el input y la exposición
a huellas de los demás, conocidos o semi-conocidos. “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo
que andábamos para encontrarnos” leímos en Rayuela.

Se dice que John Le Carré, el escritor de novelas de espías, contrató a dos detectives para que
lo observaran, siguieran y finalmente le devolvieran la historia factual de su propia vida.
Confundido por las múltiples capas de ficción que había creado para sí mismo, no estaba seguro
ya de sus propios relatos. Observar en las redes parece jugar a correr un velo. Esa disposición y
pulsión por mirar, en un abrazo colectivo hacia la presunción de transparencia, pareciera
rodearnos de un positivismo sobre la capacidad humana y social de determinar hechos y
circunstancias de los mundos que observamos -como en el surgimiento de la literatura policial.
Y, así como el personaje decimonónico, estamos solos, frente a la incógnita de un mundo que
nos es ajeno, y sobre el cual construimos, en muchos casos, historias que finalmente nos
conciernen. Como desde siempre, como desde La ventana indiscreta. Hoy, además, flota una
pregunta en el aire: ¿es la ventana de tu departamento la ventana a tu vida? Si te conozco
offline, pero no en las redes: ¿te conozco?

Te tiro un audio - Por Mora Matassi

Los audios de WhatsApp nos dividen. Hay quienes los aman y quienes los odian. Hay
audios intrigantes, audios que lastiman, audios ignorados, audios-canción. Audios
para organizar la casa, la tarea, el trabajo, la lucha. Audios que festejan, remixan o
lloran: audios que sellan un pacto de amor. Mora Matassi analiza este tipo de
conversación y dice que hay algo que es claro: disfruta más quien envía que quien
escucha.

Hay amantes de audios, enemigos de audios, los que solo se comunican por audios, los que no
escuchan los audios. Audios intrigantes; audios que lastiman; audios ignorados; audios-canción.
Audios para organizar la casa, la tarea, el trabajo, la lucha. Audios que festejan, remixan o lloran;
audios que sellan un pacto de amor.

Mezclá teléfonos, fonógrafos, contestadores automáticos y walkie-talkies con un poquito de


internet: vas a armar algo parecido a un audio de WhatsApp. Y esto es un mundo en sí mismo.
En YouTube, hay más de un canal que recopila “los mejores audios de WhatsApp”.

Casi cinco años después de su surgimiento, el estatuto del audio oscila entre la molestia y la
creatividad. Aunque discutido, se ha multiplicado en las formas de interacción móvil –ya en 2014
se enviaban 200 millones de audios por día en el mundo[1]. Entre lo mecánico y lo orgánico, lo
espontáneo y lo editado, lo viral y lo trivial, el audio en Argentina (nos) circula sin cesar. Y de
formas no necesariamente evidentes. La canción “En el castillo”, de Ignacio del Pórtico y Franco
Dolzani, inicia con un diálogo entre dos notas de voz: “Mirá, este audio ponételo con los
auriculares, lo escuchás con tu celular y con otro celular, grabá un rap arriba, y después ese
audio te lo mandás a vos, y ahí nos los mandás a nosotros, para que no se escuche la música,
que se escuche tu voz nada más”.

Ni sí ni no
Los audios de WhatsApp tienen simpatizantes y detractores, según entrevistas realizadas por
el Centro de Estudios sobre Medios y Sociedad en Argentina (MESO). Y, en casi todos los casos,
el sí o el no dependen de la posición ocupada en la interacción. Quien más disfruta suele ser
quien envía, y quién más soporta, quien escucha.

Se esgrimen razones de conveniencia. Julio, de 21 años, en un apuro, manda una nota de voz
“porque es más rápido, ‘che, blablabla’: listo, se terminó”. La misma lógica impera para Fabiana,
de 41 años: “es más fácil que escribir porque no tengo tiempo. Aprieto: ‘¿Llegaste a casa, hija?
¿Todo bien? Contestame’, me voy, sigo haciendo lo mío”. El sentido predominante es que el
audio es la salida más rápida y directa hacia el otro; una forma de sacarse un peso de encima.
Resulta “conveniente”: no implica una pausa de las manos para tipear, ni una espera incómoda
de la llamada para hablar.

Mandar un audio es también justificado por motivos de contacto: irrumpir la textualidad con
voz parecería prometer cierta intimidad. Mateo, de 18 años, entiende a las fotos, los mensajes
y los audios de WhatsApp como una forma de acercarse a los que están lejos: “te podés grabar
una nota de voz y escuchar a otra persona, creo que te ayuda”. Pero Leonela, de 26, odia hablar
por teléfono, y “casi que no me gusta que me manden audios”. A veces está en el trabajo, y
aunque puede mirar un mensaje de reojo, con el audio se hace imposible; accederla requeriría
una actitud demasiado evidente en un contexto formal de quietud. La imposibilidad
momentánea de oír le produce intriga y molestia: “capaz que es una situación incómoda y no lo
podés escuchar y te quedás pensando: ay, ¿qué me habrá dicho?”

Incluso fuera del trabajo, si Leonela oyera el audio recibido a viva voz correría el riesgo de
avasallar el ambiente que la circunda. Para evitarlo, en la casa de Miriam, de 69 años, y su hija,
se han impuesto reglas claras: “acá nadie escucha en volumen alto, o sea, el que está
escuchando se va. Eso es una ley, o sea, yo no tengo porqué escuchar lo que vos estás
escuchando, o sea, tu música, tusaudios”.

Maru, de 25 años, consume una telenovela por la noche, “y si me mandan un audio y veo que
es muy largo, espero que termine para escucharlo”. Brindarse a consumir el audio implica una
disposición técnica y corporal específica, a la par de un alto grado de atención no dividida:
apretar el botón de play, pegar el oído al teléfono, hacer silencio, permanecer.

Como todos los productos digitales, existe la posibilidad de viralización. “Escuchame, Fresco” y
“Hola, Brian” son ejemplos de los tantísimos memes nacidos desde su cualidad de notas de voz,
retomados en clave lúdica, por ejemplo, en la propuesta del animador Gabriel Lucero y su
proyecto Gente Rota. Con el botón de reenviar se abre el camino para editar, imitar, jugar. Y
esto no es trivial: hay escándalos políticos que estallan a través de audios de WhatsApp.

¿Por qué?
Las presunciones alrededor de los audios esconden ciertas contradicciones. Se habla
de practicidad, pero el audio es redundante. Aunque ensayado, contiene elementos naturales
de la oralidad –pausa, interjección, onomatopeya, muletilla. Se habla de cercanía, mientras que
el audio es individual por definición. Si me grabo a mí misma, no voy a ser interrumpida por tu
pregunta, tu silencio, tu risa. No tendré que reaccionar ipso facto ante tu tono. Cuando mando
un audio, estoy sola: con mi voz, mi imaginación y mi deseo de hablar; sola, frente a una
máquina muda de comunicación.

Nos gusta que existan los audios de WhatsApp, pero no demasiado, y no siempre. ¿Cómo
entender su lugar ambivalente? Conviene retroceder la mirada, y entender las etapas de lo que
podríamos llamar “la voz a distancia”. El teléfono implicó la aparición de una escucha en
vivo entre dos interlocutores distribuidos espacialmente. Produjo fascinación -temor- alrededor
de la inmediatez en la mediación. La voz era el símbolo del cuerpo del otro que, por fin, se
tornaba (tele) presente. El teléfono fue rápidamente explorado para fines que excedían la
comunicación per se: durante la Exhibición Internacional de Electricidad de París en 1881, el
ingeniero Clément Ader presentó un prototipo del “teatrófono”. Se trataba de un dispositivo
que conectaba a los usuarios con la posibilidad de oír conciertos musicales a través de un
teléfono. Al anuncio le siguieron ilustraciones publicadas en revistas de la época que
presentaban imágenes de damas que, en soledad, imaginaban a la Ópera de París vía
auricular[2].

El fonógrafo, en cambio, inauguró el registro de lo sonoro, y habilitó una escucha en


diferido entre dos interlocutores distribuidos espacial y temporalmente y permitió, por primera
vez, la escucha de la propia voz mediatizada. La antropóloga Sophie Maisonneuve rastreó la
transformación en la relación del cuerpo con esta posibilidad técnica: el oído no oye igual
cuando puede hacerlo más de una vez. El contestador automático, por su parte, fue una
hibridación del en vivo y el grabado. Si me llamás pero “no estoy”, entonces una interacción que
podría ser solamente en presente y efímera tendrá un componente de pasado [tu mensaje]
sobre el que podré volver cuantas veces lo desee. El walkie-talkie, por su parte, generó esa
sensación de contacto latente y discontinuo que se juega en piezas de información enviadas de
punto a punto sin oír la recepción del otro. De allí los reaseguros: “te copio”/ “¿me copiás?”

El audio de WhatsApp es un grabado complejo. Es menos “diferido” que un walkie-talkie, pero


también menos “vivo” que el teléfono. La voz que hace un chiste, una declaración de amor, o
un pedido es una voz, estructuralmente, solitaria, no construida al calor del diálogo. En términos
de contenido, parece a veces un mensaje de contestador: se dice para comunicar una(s) idea(s)
puntual(es), o para hacer un llamado a la acción. Pero la clave para comprender los sentimientos
encontrados alrededor de los audios es lo que Eliseo Verón llama “mediatización del proceso
temporal”, y que explora magistralmente en La Semiosis Social 2.

Porque lo que en verdad se graba cuando se graba no es sonido, sino tiempo. Tiempo
determinado por el productor, y aplicado sobre el receptor. Imposible de ser manipulado sin
alterar la noción de unidad. El tecnólogo Nicholas Negroponte decía en su libro Ser digital que
el sonido lleva consigo información sobre sentimientos[3]. Podríamos agregar que el sonido sólo
revela esos sentimientos a medida que existe. Y para que exista, hay que escuchar: pacientes y
atentos. Hay que lidiar con lo incierto: el tiempo no se entrevé como un texto. De allí el temor
que produce recibir un audio de voz de un interlocutor con quien existe desde una disputa hasta
una confesión amorosa. O la molestia, si se requiere de una respuesta instantánea a partir de
un mensaje que dura, por ejemplo, más de dos minutos. Uno puede, naturalmente, responder
a un audio escuchado a medias; pero se tratará, en todo caso, de una estrategia imperfecta.
Como la música, hay que esperar hasta la última nota para que las demás tengan sentido.

Llorar por todo

Que el audio sea tiempo, en una cultura contemporánea que valora ahorrar tiempoes
problemático. Pero no excepcional. Como explica la socióloga Judy Wajcman, hay una tendencia
en Occidente a consumir dispositivos de comunicación que “ahorran tiempo”, a la par de un
incremento en la sensación colectiva de sentir cada vez “menos tiempo”. No se trata
necesariamente, dice la autora, de los dispositivos per se, si no de cómo los utilizamos[4]. Si
tengo acceso a un e-mail, por ello mismo comienzo a escribir sin cesar a mis colegas, y ellos
replican la actitud, es probable que nuestro ritmo de responsividad se acelere. Tirar un audio
significa, para algunos, pasar la pelota para el otro lado a pesar de la presunta conveniencia del
interlocutor. Es posible entonces que, a menos que circulen ciertas normas de uso, nuestros
teléfonos se pueblen de audios asociados a una tarea percibida como costosa en términos de
tiempo, esfuerzo y hasta molestia.

A la par de la cuestión temporal, el audio también es problemático porque representa el bastión


de la voz en la historia de la comunicación. Bastión, hasta ahora, relativamente breve. La carta
ha sido una de las formas de contacto por excelencia, y el smartphone, que prometía el punto a
punto con el sonido del otro, ha sido utilizado socialmente de formas que ven un descenso
significativo en el número de llamadas. En palabras de Lucrecia, de 26, “capaz en el pasado,
cuando no había celulares, tenías que agarrar el teléfono, llamar”.

Dicen que cada vez que uno llora, llora por todo. Como si la ocasión del llanto se aprovechara
para expresar un universo latente de emociones. Quizás esa propiedad le corresponda a la
comunicación humana. Hay registros que indican que las primeras palabras que viajaron por un
teléfono fueron: “Mr. Watson—venga aquí—Quiero verlo”. Proferidas por Alexander Graham
Bell, pueden ser leídas como una sinestesia, o una alteración de los sentidos. “Quiero verlo”: la
conexión a través de la voz producía un acercamiento asimilable a una mirada. Hoy, con los
audios, enviamos voces diferidas en canales ubicuos, pseudo-continuos, y producimos
sinestesias. Grabamos para acercar, escuchamos para esperar, hablamos para tocar. Y queremos
todo: que el otro esté acá, a la distancia, presente en la ausencia; ávido de oírnos, listo para la
respuesta —inmediata pero no demandante, cálida pero no apabullante, espontánea pero no
redundante. Queremos que la voz permanezca latente, de fondo, para nosotros, a nuestra
medida. Que nos espere pero no nos haga esperar. Que llegar al otro sea un abrir y cerrar de
ojos. Que comunicarse sea no fallar.
*La autora agradece a Pablo Boczkowski por sus comentarios sobre una versión previa de este
artículo, y a las y los entrevistadores Victoria Andelsman, Tomás Bombau, Sofía Carcavallo,
Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila Giuliano, Belén Guigue, Silvana Leiva, Inés Lovisolo,
Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y Marina Weinstein.

[1] https://www.theverge.com/2014/2/19/5428022/connect-or-die-why-facebook-needed-
whatsapp

[2]Van Drie, M. (2016). Hearing through the théâtrophone: Sonically constructed spaces and
embodied listening in the late nineteenth-century French theatre. SoundEffects-An
Interdisciplinary Journal of Sound and Sound Experience, 5(1), 73-90.

[3] Negroponte, N. (1995). Ser digital. Editorial Atlántida.

[4] Wajcman, J. (2015). Pressed for time: The acceleration of life in digital capitalism. Chicago:
University of Chicago Press.

http://revistaanfibia.com/ensayo/te-tiro-un-audio/

¿Cuántos grupos de WhatsApp tenés? - Por Mora Matassi

Padres del colegio, vecinos, vacaciones, trabajo, amigos, familia, familia ampliada.
Cualquier microevento o situación puede disparar la creación de grupos e incluso
subgrupos de WhatsApp, que se silencian, se responden, se clavan el visto. Mora
Matassi analiza las nuevas dinámicas de estos grupos y las consecuencias sociales
que implica abandonarlos.

Juli quiere desayunar con tres de sus amigas antes de comenzar las vacaciones. Es un deseo que
no ha formulado de forma explícita, con la voz, pero que definitivamente tiene en mente. Sabe
que no es fácil porque transcurre esa época del año en que los días esperan impacientes la
llegada del año nuevo; por fuera de las celebraciones familiares, el tiempo es escaso para
coordinar. Sin dudarlo, entonces, apela a la estrategia más certera que conoce: le da vida a un
ente hasta el momento inexistente que, una vez abierto funcionará, si exitoso, como un creador
automático de agenda. Surge, así, un grupo de WhatsApp.

Julii ha creado el grupo “no te vayas”.

Julii te ha añadido.

Julii ha cambiado el ícono de este grupo.


Preparadas las condiciones básicas del espacio -nombre del grupo, participantes, foto de perfil-
, la amiga inicia el intercambio.

Julii: -Cuando nos vemos antes de que me vaya? Mañana pueden? No tengo el contacto de Pau
para agregarla

Flor: -Me encantoooo. Te mando el contacto, creo que no puedo agregarla porque no soy admin

Juliii ha añadido a Pau.

Pau: -Siiii. Podemos salir a comer a un lugar lindo!

Flor: [foto de dos perros abrazados]

El diálogo colectivo comienza el 27 de diciembre a las 10:35 AM. Juli es la administradora, pero
ya perdió el control -o quizás nunca lo tuvo-: las definiciones sobre qué constituirá material
conversable y sus potenciales ramificaciones se irán armando de forma orgánica a través de los
mensajes, que ahora son de todos y de nadie. Luego de múltiples líneas intercambiadas para
coordinar, de tiempo/espacio, de chistes, de fotos, de memes, de audios, el desayuno es
finalmente pactado para el sábado 30. Ese mismo día, desde muy temprano se envían y reciben
“buenos días”, y cada miembro provee sus coordenadas. Caminan hacia la confitería
acompañadas por el sonido de las notificaciones del chat; comentan sobre lo que observan al
andar, imaginan las medialunas que van a comer, el café que van a tomar; los audios que envían
tienen el ruido de la calle por la cual cada una marcha. Surge un problema inesperado porque
una amiga dice que la dirección que anotaron está equivocada. Después de llamadas, más
chistes, más fotos, más memes, más audios, las amigas se encuentran ao vivo.

El camino de regreso a casa es paralelo a los emojis de gatitos con ojos de corazones que
sobrevienen. Silencio. Breve. Se pausa una comunicación humana generada alrededor de la
excusa de un encuentro presencial. Pero la pausa no significa cierre; lejos de eso, el grupo “no
te vayas” seguirá a través del tiempo, titilante e inesperado, como una vela de cumpleaños que
es difícil de apagar.

En todas las edades y a través de distintos ámbitos, los grupos de WhatsApp se han constituido
en comunidades de habla que creamos a la par de microeventos, situaciones, intereses en
común, o incluso procesos de largo plazo. Desde comprar un regalo hasta tratar una comisión
parlamentaria, pasando por una clase de escuela secundaria, un equipo de fútbol amateur, un
trabajo práctico universitario, una familia expandida, un programa de televisión que se mira
colectivamente, la idea de “el grupo” suena natural, casi prescindible de explicación.

Ramiro tiene 23 años y 20 grupos de WhatsApp, de los cuales, aclara, solo seis o siete, están
“activos”. Andrea tiene 31 años, es fotógrafa, y pertenece a grupos “con la familia de mi mamá,
con la familia de mi papá, y con la familia de mi mamá más tíos y abuelos, primos, tengo un
grupo extendido de familia, uno más chiquito de familia, otro más chiquito de familia por parte
de mi papá”. Entrevistas en profundidad realizadas por el Centro de Estudios sobre Medios y
Sociedad en Argentina en todo el país a participantes de 18 a 77 años, revelan que la
normalización del grupo de WhatsApp en la vida cotidiana es un fenómeno transversal al género
y el grupo etario al que se pertenece.

Imbricado en la sociabilidad cotidiana, este espacio virtual parece no solo registrar la dimensión
intrínsecamente dialógica de todo emprendimiento humano, sino que abre algo que excede -y
transforma- al pragmatismo inicial que aparenta dar lugar a su existencia. Sería erróneo decir
que el grupo de WhatsApp es usado como un medio para un fin. Tal como las comunidades
humanas se han apropiado de esta tecnología, el grupo es una entidad autónoma, una presencia
ineludible, una voz multiforme y demandante que llama…siempre llama. ¿Pero a quiénes? ¿Y en
qué condiciones?

La distribución de la palabra

El diseño del dispositivo “grupo” genera una distribución de poder asimétrica en la distinción
“administrador” / “participante”. El participante regular tiene cierta agencia sobre su estar en el
grupo: puede, por ejemplo, abandonarlo -con las consecuencias sociales correspondientes-,
borrar su contenido, limitar el sonido de las notificaciones, cambiar incluso la descripción o título
o la foto de perfil. Pero no está habilitado para echar hablantes, nombrar a hablantes como
administradores y, sobre todo, para manejar el caudal y tipo de texto que se recibe. Esta última
“falencia” da lugar a la creación de normas explícitas -e implícitas- en los grupos, que intentan
controlar la distribución de la palabra y la palabra misma. Así, existen grupos “de arriba hacia
abajo”, donde se espera que solo los administradores envíen mensajes. Con la esperanza de
evitar confusión y redundancia, y también como estrategia para establecer jerarquías de poder.
Al mismo tiempo, hay grupos en los cuales se regula el contenido de lo texteado: ¿se aceptan
cadenas, memes, fotos, mensajes de compra-venta, agresiones, chistes, conversaciones uno-a-
uno?

Consciente de la falla de esas reglas, Lucila se niega a participar en el grupo escolar al que la han
sumado. Para explicar su motivo, imagina un típico caso en que una “madre” envía un mensaje:
“a mi hija se le perdió la lapicera a pluma ¿alguien la tiene? -No, yo no la tengo, no la tengo, no
la tengo…. quinientos mensajes de ‘no la tengo.’” Sería “desgastante”, dice. Agustina, que
estudia y está en sus veintes, permanece en el grupo pero no lo lee, para ejercer una forma de
controlarlo que tiene, a su tiempo, consecuencias: “de repente te dicen ‘¿por qué no viniste?’,
y yo digo ‘no me enteré’”.

La proliferación de micro-normas ad-hoc fallidas, y la molestia de muchos entrevistados frente


al enorme caudal multiforme de chat, parece ser síntoma del funcionamiento del grupo de
WhatsApp como una especie de ser viviente que se compone de la aleatoriedad de los ánimos
e incentivos de sus participantes. Una especie de pulsión por hablar, que se figura irrefrenable.
“Me río a veces de pensar que deben estar todas mirando y todas tienen que contestar que no
tienen la lapicera”, concluye Lucila.

El administrador tiene capacidad de habilitar o no el acceso a la conversación. Una forma de


saltear ese poder es crear un nuevo grupo. Circula la presunción de que, por cada grupo
existente entre un grupo de amigos o colegas, hay un grupo paralelo que incluye menos
participantes. En muchos casos esto es asociado a procesos de exclusión social negativos. Para
Marianela, sin embargo, la experiencia es diferente: “con Game of Thrones hice un grupo creo
que son tres amigas que también la ven, ellas lo hicieron, a mí me metieron. Sí, no, igual yo estoy
chocha. Para no joder al resto de mis amigas”.

Presencias conectadas

Hay una escena en el documental “El ascenso al poder”, que narra las elecciones presidenciales
francesas de 2017, donde el ahora presidente Emmanuel Macron detiene un mitín político de
urgencia para reprender el comportamiento de dos asesores jóvenes que están posando la
mirada en sus teléfonos móviles: “No quiero que mensajeen a nadie”, dice serio. “Están pasando
cosas”, se justifica uno de ellos. “Esto es lo suficientemente importante como para merecer
cinco minutos” responde Macron.

Pero también están pasando cosas en el teléfono, incluso cosas que atañen de manera directa
a Macron, en los grupos (en plural), que merecen más que 5 minutos. Y son cosas que importan,
al menos para el sujeto que allí está inserto.

Gloria tiene 23 años, es estudiante, y su grupo de amigas está disperso entre Salta, Tucumán, y
Buenos Aires: “nuestro grupo de WhatsApp es como para estar más o menos al tanto de lo que
está pasando en el otro lugar”. Graciela tiene 77 años, es abuela, vive en el conurbano
bonaerense, baila tango, y chatea constantemente con su grupo: “somos 16, el tema principal
de todos es embromar con alguna cosa, porque siempre hay alguna broma”. Estar allí donde
están tus seres queridos, saber lo que pasa en sus lugares, y reírte con ellos, es un acto que
merece plenamente minutos de una vida. Y los entrevistados asocian el grupo de WhatsApp con
esa idea.
Desde hace algunos años, la noción de estar “conectados pero solos”, acuñada por la
investigadora del MIT Sherry Turkle, se ha impuesto en el sentido común. Es la idea y práctica
de “estar presente”, es decir, de estar donde los seres humanos que me rodean están,
mirándolos a los ojos. No es extremo pensar que una persona que mira su celular, en un contexto
compartido in praesentia, corre riesgo de ser juzgada socialmente. Como si fijar la mirada en el
teléfono en medio de ciertas reuniones sociales se tratara de un gesto descortés, imprudente,
que debe ser sancionado. Lo que no suele considerarse en ese argumento es la profunda
conexión entre quien observa el celular, “distraído”, y el ancho mundo que palpita detrás del
pequeño dispositivo.

Si Octavio, de 29 años, mira el grupo es porque “es algo que me interesa y porque quiero
interactuar con mis amigos [es una forma de conexión] por excelencia”. Para Graciela, cuando
el grupo no suena, es porque algo pasa. “El día que no pasa…que pasa, no sé, por ahí 3/4 horas
[que no hablamos], ya empieza a sonar ‘che, ¿qué pasa que nadie…?’”. Marianela, en su grupo
de Game of Thrones, dice que “comentamos siempre algo y si por ahí en la semana sale alguna
noticia de algún avance o algo así también lo comentamos con ese grupito”. Julián explica que
con su grupo de amigos de WhatsApp “estamos constantemente hablando entre nosotros,
organizando cosas”.

La noción de “presencia conectada”, trabajada por el investigador Christian Licoppe, es el


fenómeno contemporáneo por el cual, en el manejo de las relaciones humanas, una parte que
está ausente físicamente cobra presencia en su aparición virtual en el espacio del otro,
sucesivamente. Así, dice el autor, comienzan a fundirse lo online y lo offline en un único flujo de
comunicación. Con la apropiación de dispositivos móviles con conectividad, y el uso masivo de
aplicaciones de mensajería instantánea, hablar con el otro/los otros aunque no estemos en un
mismo espacio se ha convertido en una práctica cotidiana[1]. La materialización de esas
presencias en un mismo espacio compartido que genera el grupo se combina con un deseo
profundo de decir, a alguien más pero también a uno mismo, y de estar –estar con los otros. De
allí la espontaneidad de los grupos –y, a su tiempo, los malentendidos.

El grupo entonces, más que generar una comunidad de habla, genera una comunidad de
presencia. Una presencia donde nos une la potencialidad del contacto, en el colchón blando que
es el “siempre encendido” de WhatsApp, a donde uno puede caer sin lastimarse demasiado,
porque hay altas posibilidades de que del otro lado haya una voz que responda, y que reinicie el
ciclo pausado por el silencio. La idea de “perder tiempo” es un topos instalado cuando se piensa
en el grupo. “Se habla de más. Que querés que te diga. Se genera mucho mensaje basura de
hablar boludeces…pero uno se ríe mucho también”. Una especie de “procrastinación” colectiva
que genera lazos. “Hablamos un montón de series y chimentos por el grupo de WhatsApp. O
sea, la boludez máxima, pero bueno”. Tal como nos apropiamos de esta tecnología, pareciera
ser que desafiamos la lógica de productividad constante impuesta por el mercado. Sí, se hacen
grupos de trabajo y para concretar acciones. Pero en el medio se habla, y mucho, y se habla de
lo no “relevante”.
Ramiro, que estudia arquitectura, cuenta que si cuando regresa de estar trabajando una jornada
entera con una maqueta y encuentra “500 mensajes, les digo, ‘che, resumen’, y me dicen ‘no,
puras pavadas”. Esas pavadas, ese desborde conversacional por fuera de lo necesariamente
productivo puede leerse como un gesto que lejos está de dos cosas: de la soledad, y de lo
descortés. Porque la pavada es quizás síntoma de la libertad de imaginar un texto y enviarlo.
Bioy Casares recuerda una conversación con Borges sobre Yeats, donde Borges observa: “toda
obra es la sombra de una idea que está en la mente del autor tal vez no haya, en la mente de los
poetas, poemas malos (…) Toda obra es la sombra de una idea que está en la mente del
autor”[2]. Tal vez no haya, en la mente de los participantes de grupos, mensajes malos, tontos,
irrelevantes. Productos de la imaginación -virtual- las ideas se materializan, y se colectivizan, en
un instante, en la pantalla del chat.

Hay una canción nueva que se llama Cyberlove. No es sobre grupos. Es sobre el amor romántico,
entre dos, en la era digital. Perdida en la traducción, dice algo así como “No sé si sos real o no /
pero no estoy preparado para dejarte ir / Porque no quiero dejar de tipearte / Porque sos mi
tipo y quiero que sepas / que hay mucho más de mí detrás de tu celular”. Entre las líneas infinitas
de textos y de emojis, de audios, y de fotos, que enviamos y olvidamos, en micro comunidades
imaginarias que cohabitamos y en las que no podemos dejar de tipear, hay mucho más de
nosotros detrás de los celulares que alojan a nuestros grupos de WhatsApp.

Imaginar un teléfono con grupos de WhatsApp es quizás parecido a imaginar una casa frente al
mar: el murmullo de las olas, que van y vienen. Una vista panorámica del agua, profunda e
inabarcable, que trae la espuma, superficial y asible, aunque sea por un instante. Un sonar
irrefrenable, que a veces dificulta al sueño, pero que acompaña a los humanos desde el principio
de los tiempos.

*La autora agradece a Pablo Boczkowski por sus comentarios sobre una versión previa de este
artículo. A Eugenia Mitchelstein por su colaboración, y a las y los entrevistadores Victoria
Andelsman, Tomás Bombau, Sofía Carcavallo, Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila
Giuliano, Belén Guigue, Silvana Leiva, Inés Lovisolo, Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y Marina
Weinstein.

[1]Licoppe, C. (2004). ‘Connected presence: the emergence of a new repertoire for managing
social relationships in a changing communication technoscape. Environment and planning D:
Society and space, 22(1), 135-156.

[2] Bioy Casares, A. (1997). De jardines ajenos. Buenos Aires: Temas Grupo Editorial, p. 126.

http://revistaanfibia.com/ensayo/cuantos-grupos-whatsapp-tenes/
TE AMO, TE ODIO, DAME MÁS - Por Pablo Boczkowski y Eugenia Mitchelstein

Todo periodo histórico tiene una tecnología de la comunicación que lo define. La


imprenta, la telefonía, la radiodifusión. Y ahora, la conectividad, en todo momento
y con distintos soportes. Eugenia Mitchelstein y Pablo J. Boczkowski entrevistaron a
más de cien personas para esta investigación sobre medios y tecnología, con una
idea central: nuestra dependencia digital a los dispositivos y a las redes sociales es
total.

Mario tiene 44 años, dos hijos, terminó la escuela primaria y trabaja en una verdulería en Monte
Grande, en el sur del conurbano bonaerense. Cuenta que “recién había una chica comprando y
la mamá le preguntaba ¿compro un kilo o dos kilos? Y la chica así [hace el gesto de mirar el
celular] ¿Un kilo o dos kilos? Tres veces le preguntó y… la piba no le dio bola y compró lo que le
pareció a ella. Y bueno ¡mandale un WhatsApp -le digo- te va a contestar! ‘¡Sí! más de una vez
se lo hicimos’, me dijo, ‘en la casa misma ¿viste?’”. Mario agrega que algo similar sucede en su
propio hogar, donde hace poco le dijo a uno de sus hijos adolescentes, “‘¿Nacho te fijás?’… Y no
me da bola. Está tirado en la cama y entonces le mando ‘Nacho’’ y le pregunto ‘¿no viste un par
de medias mías?’ Y ahí sale [de su cuarto], se viene y se ríe, viste. Y le digo ‘no te rías porque te
tengo que mandar un WhatsApp para que me contestes’, porque si no ni bola me da. Hace de
cuenta que ahí no hay nadie, no le da bola a nadie”.

Todo periodo histórico tiene una tecnología de la comunicación que lo define. La imprenta
marcó la cultura desde el siglo dieciséis al diecinueve, y la telefonía de línea y la radiodifusión
caracterizaron la vida cotidiana del siglo veinte. A menos de dos décadas de haber comenzado,
en el siglo veintiuno puede vislumbrarse una transición hacia lo digital como el soporte
tecnológico dominante; una transición aun incompleta, marcada por la incertidumbre. Sin
embargo, el relato de Mario resuena con las experiencias de muchas de las otras 126 personas
que entrevistamos para una investigación sobre medios y tecnología y alude a una vivencia que
empieza a perfilarse como central: la dependencia de los dispositivos y las redes sociales que
incorporamos a nuestra vida cotidiana.

Mediante artefactos como los teléfonos móviles y plataformas como WhatsApp y Facebook nos
informamos, entretenemos y comunicamos, incluso cuando estamos a metros de distancia en
espacios públicos o dentro del hogar. No sorprende entonces que según la encuesta domiciliaria
a 700 personas de Capital Federal y el Gran Buenos Aires que realizamos en octubre del año
pasado, el 53% de los usuarios de redes sociales estaba entre “algo” y “muy de acuerdo” con el
enunciado “no puedo pasar un día sin entrar a las redes”.

Bienvenidos a la condición comunicacional contemporánea.

El reinado del celular


La dependencia digital se enmarca en un contexto de alta conexión. Tres cuartos de los
encuestados se conectaron a internet durante el último mes, y entre los más jóvenes el acceso
es universal: llega al 99% (ver gráfico 1). Hay diferencias por género: mientras el 80% de las
mujeres estuvieron online en los 30 días anteriores a la encuesta, sólo el 70% de los hombres
hizo lo mismo. Y si bien también hay diferencias por status socioeconómico, el 63% de los
sectores más pobres está conectado.

Gráfico 1: “¿Accedió a internet en el último mes?”, por edad.

El alto nivel de acceso a internet está enlazado a una dinámica de conectividad casi permanente:
85% de los encuestados dice estar online “casi constantemente” o “varias veces al día” (ver
gráfico 2). Claudia, una preceptora en una escuela secundaria de 56 años, confiesa “que no
podría vivir sin el teléfono y sin la tablet”; Julián, un productor de cine de 29 años, está
conectado a internet “absolutamente todo el día”; y Agustina, una estudiante universitaria de
20 años a la que se le rompió la computadora la semana previa a la entrevista, dice estar
“desesperada porque no puedo vivir sin mi computadora”. Si bien la frecuencia de conexión
disminuye con el nivel socioeconómico, el 78% de los encuestados de menor poder adquisitivo
está online al menos varias veces al día. Hay diferencias significativas por edad: entre los
menores de 30, el porcentaje que está conectado varias veces al día o casi constantemente llega
al 94%, y entre los mayores de 60, al 60%.
Gráfico 2: Frecuencia de acceso a internet.

¿Cómo nos conectamos? Principalmente a través del teléfono celular, por su nivel de difusión –
es el dispositivo de mayor penetración en la población– y su portabilidad. El acceso es casi
universal entre los encuestados (92%), y un 71% tiene un teléfono con acceso a internet (ver
gráfico 3). La computadora está en un segundo lugar, lejano: 53% tiene una PC de escritorio en
su casa, mientras que la tablet es superada por la consola de juegos (26% contra 31%). Aunque
el nivel socioeconómico está relacionado con el acceso a la tecnología, la edad juega un rol
fundamental respecto al dispositivo que define la condición comunicacional contemporánea: el
95% de los menores de 30 tiene un teléfono celular con acceso a internet.

La alta penetración del teléfono celular se potencia con su omnipresencia en la vida de los
entrevistados. Los acompaña todo el tiempo y a todas partes. Marcelo, un kiosquero de 62 años,
dice “siempre lo tengo [al celular], estoy en contacto con todos mis hijos, siempre”. Gonzalo,
que tiene 32 años y vive en Salta capital, cuenta entre risas que de “dieciséis horas que estoy
despierto, diecisiete estoy con el celular”. Lola, una jubilada de 77 años, dice tener al celular “a
mano todo el tiempo… si voy al baño lo llevo”.
Gráfico 3: “¿Qué dispositivos tiene?”

Las redes nuestras de cada día

Usamos el celular para muchas cosas, lo cual es parte de su éxito en el mercado. Pero dentro del
abanico de usos posibles, la conexión a las redes sociales es el motor clave de acceso al universo
digital. El 71% de los encuestados usa redes sociales, una cifra que llega al 96% en el caso de los
jóvenes. Las mujeres (77%) y aquellos con mayor poder adquisitivo (86%) usan las redes más
que los hombres (65%) y los de menor poder adquisitivo (56%). La red más utilizada es
WhatsApp, seguida de cerca por Facebook (ver gráfico 4). Instagram es para los jóvenes: la usan
la mitad de los menores de 30, comparado con el 7% entre los mayores de 60. Twitter y Snapchat
están muy lejos de la punta. WhatsApp y Facebook, a diferencia del resto de las redes son
transversales a las clases sociales: entre los encuestados de menor nivel socioeconómico, el 96%
usan WhatsApp y el 87% usan Facebook. Agustín trabaja en una fábrica en Arequito y cuenta
que está online “muchas veces, a cada ratito”. Agrega: “cierro Facebook y entro a Instagram”.
Tatiana, una bibliotecaria en una escuela pública, convierte su uso de redes en un verbo: “más
que nada el celular lo uso para whatsappear”.
Gráfico 4: Porcentaje que usa cada red social.

La actividad más frecuente en las redes es mirar el “muro” o “timeline”: el 61% de los
encuestados lo hace una vez por día o más (ver gráfico 5). Esto es más del doble de frecuencia
de acceso a las noticias (26% las consulta una vez por día o más). Entre saber sobre el mundo y
saber sobre el otro, los entrevistados se vuelcan a saber sobre el otro. La noticia de un amigo le
gana a la noticia de actualidad. En palabras de Estela, una contadora de 33 años, “más que nada,
las redes las uso para ver familia, amigos, amigos que tengo lejos”.

La sociabilidad a través de las redes nos mantiene conectados: el 53% de los encuestados está
de acuerdo con la frase “no puedo estar un día sin acceder a redes sociales” y el 55% con que
“las redes sociales son imprescindibles para mí” (ver gráfico 6). Este nivel de dependencia es
particularmente alto entre los más jóvenes (65% y 66% de acuerdo con estos enunciados,
respectivamente), un poco mayor entre las mujeres, y no se registran grandes diferencias por
clase social. ¿Cómo es “no poder vivir” sin acceso a redes? Zoraida, una estudiante universitaria
en Córdoba, lo define como “un vicio”: “soy medio viciosa o sea… sí me encanta entrar a Twitter,
Face”. Y por eso busca auto-limitarse: “por ejemplo, no tengo Face bajado como programa
entonces tengo que entrar sí o sí desde el celu; pero eso me lo pongo como límite porque si no
entro como tonta a hacer nada… y eso me desespera por qué digo…qué idiota me siento así,
vergonzosamente sí, te juro”. Andrea, una fotógrafa de 31 años, cuenta que chequea las redes
sociales “automáticamente”, lo cual le parece “terrible”. Da un ejemplo de su vida cotidiana:
“de repente estoy así y [mi esposo] me dice “¿ya está?, ¿no hay más fotos en Instagram?” Y ‘ay
no me digas, ¿estabas acá?’…y no me doy cuenta que estaba (…) siento que pierdo mucho
tiempo en las redes sociales del día. De mi vida. Muchísimo. Entonces no quiero más”.
Gráfico 5: Frecuencia de actividades en redes sociales.

La experiencia de Andrea indica que la relación de dependencia de una persona con la tecnología
digital puede ser molesta para aquellos con quienes se interactúa cara-a-cara. Por ejemplo,
Ramiro, un estudiante de arquitectura, se enoja: “me junto con mis amigos, que los veo… dos
meses en el año y estás charlando, te estás cagando risa de algo y hay un tonto que está así
(hace el gesto de mirar el celular) y decís, ¡pará! O sea, estás todo el día, todos los días del año
mirando el celular, ¿tanta dependencia tenés de esto?” Marisol, que tiene 33 años y trabaja en
la cocina de un restaurant, dice que “WhatsApp… te acerca más a las personas que están lejos
pero… de otra forma te aleja de las personas que tenés al lado”.

Esta dependencia digital puede generar conflicto en las reuniones con familia o amigos. Susana,
un ama de casa de 77 años, cuenta con envidia cómo una amiga de ella obliga a sus hijos y nietos
a dejar los celulares en una panera cuando van a comer a su casa. Susana se lamenta: “Yo no lo
puedo lograr con mis hijos (…) Me parece espantoso (…) Porque no comparten la reunión. Si vos
invitás a un almuerzo y están todos con el celular, no me gusta.” Pero en seguida reconoce “Y
yo medio ¡a veces también! los chicos me dicen…Vos nos decís a nosotros y ¡mirate! Entonces
un día me sacaron una foto y dicen… ‘la voy a visitar a mamá y mirá como me recibe’: ¡estaba
yo con el celular!”
Gráfico 6: Grado de acuerdo con las frases “no puedo estar un día sin acceder a redes sociales”
y “las redes sociales son imprescindibles para mí”.

La seducción del bit

Atracción, ambivalencia, ansiedad y adrenalina. Estas son algunas de las sensaciones que
caracterizan la dependencia digital.

Los entrevistados sienten una atracción intensa hacia el universo digital, que tratan en su
discurso como si fuera un canto de sirenas del que es difícil sustraerse. Carlos, un estudiante de
escuela secundaria comenta que “estás tratando de hacer algo productivo y como que te llaman
las redes sociales… como que es difícil salir de eso”. Marta, una psicoanalista de 52 años, cuenta
que se siente “como un poco prisionera (risas)… porque… tenés que estar cada vez que ‘plin!’
hace algo el celular, cada vez que suena tengo que contestar los wasap, los mails y toda esa
historia”. Alejandra, una estudiante universitaria, dice ser “muy adicta al celular. Consumo
absolutamente todas las redes sociales: Facebook, Twitter, Instagram, todas las que se te
ocurran, Whatsapp…estoy todo el tiempo pendiente del celular”.

La atracción, y lo difícil que resulta sustraerse a sus encantos, suele generar sentimientos
encontrados. Julián dice que está conectado a internet “absolutamente todo el día”, lo cual le
resulta “un plomo…pero también me gusta”. Ramiro comparte cierta frustración con el manejo
de los tiempos: “vas bajando [scrolleando] ‘ay, mirá, a ver, abro esto’, ‘uy, esto me interesa’ lo
abro y abajo y mirás y decís ‘ay, mirá esto también me interesa’. Se va haciendo una cadena
que… me molesta; estoy perdiendo tiempo, a ver, me senté a las 4, son las 4 y media, 5 de la
tarde y sigo haciendo pavadas y no son cosas que me interesen”. Tatiana reflexiona que el
teléfono celular “te facilita porque si no capaz hay más desencuentro, pero… es como tremendo
el hecho de que estés siempre pendiente o sabiendo dónde está el otro”.
Esta ambivalencia se asocia con la sensación de vacío frente a la desconexión. La expectativa de
que siempre habrá o llegará algo más hace que resulte insoportable estar lejos del dispositivo.
Josefina, una empleada del sector público, cuenta que el celular “siempre conmigo, salvo si voy
a misa… El otro día me fui al trabajo, me di cuenta de que me lo olvidé y me fui a buscarlo…
Dependo del celular.” La constante presencia del celular hace que su ausencia se sienta
fuertemente. En palabras de Tatiana, “me ha pasado igual que me lo he olvidado y sentís una
falta”. Isabel es de La Pampa pero estudia en Buenos Aires. Una vez, se dejó el celular en su casa
de La Pampa. Cuenta: “estuve dos días sin celular y sentía que me moría… Esos dos días dije,
‘bueno no puede ser tan grave que no tenga celular, bueno, no me voy a morir’… [Pero] yo sentía
que me moría”.

El complemento de la falta es la expectativa frente al reencuentro. Estefanía, una empleada de


una ONG, comenta que “a veces que estás en una situación o una reunión que no podés estar
chequeando, y… cuando terminás tenés esa sensación como que tengo que chequear algo.”
Rodolfo, un abogado de 58 años, quien “duerme con el teléfono encendido… en mi mesa de luz”
– aunque aclara que al levantarse a la mañana “no lo llevo a la ducha” – dice que “no puedo salir
de mi casa, de mi oficina, a alguna reunión afuera sin mi celular.” Y agrega que si “me voy a otra
oficina en mi mismo piso por diez minutos, vuelvo y chequeo si mientras estuve alejado del
celular, me entró algo”.

La otra cara de la conexión

La dependencia digital presenta desafíos importantes para los medios periodísticos, la industria
del entretenimiento, y la actividad política.

Los medios se enfrentan a un dilema. Por un lado, la combinación del celular y las redes se ha
vuelto esencial para llegar a los usuarios. Por el otro, para el público el contenido noticioso no
es un factor primario en su interés de acceder a las redes—solamente un cuarto de los
encuestados dice que hace esto al menos una vez por día. La dependencia digital no está
motorizada por el deseo de informarse sino de sociabilizar. Esto plantea una situación de fuerte
asimetría: mientras las redes pueden prescindir exitosamente del contenido noticioso -como
por ejemplo lo hacen en gran medida Instagram y WhatsApp- es difícil para los medios
imaginarse un futuro sin las redes.

Para la industria del entretenimiento, la dependencia digital genera otro tipo de desafío:
dificulta la posibilidad de sumergirse en experiencias como un libro, una obra de teatro, un
concierto o una muestra de arte. La creciente presencia del multitasking en la vida cotidiana
ayuda a que la televisión y la radio convivan con, y se retroalimenten de, las redes. Usar en
simultáneo múltiples dispositivos, cambiar rápidamente de pantallas y dividir nuestra atención
se ha vuelto la norma en cómo nos relacionamos con el contenido audiovisual. Pero el consumo
de bienes culturales que obligan a interrumpir el flujo de nuestras actividades cotidianas, que
en cierto sentido definen a la llamada alta cultura, compite con nuestro apego al universo digital.

En el ámbito de la política, la combinación de celulares y redes funciona no sólo por el contenido


de los mensajes y la mayor horizontalidad en los canales de comunicación, sino también porque
se nutre de, y al mismo tiempo refuerza a, la dependencia digital. La comunicación digital puede
potenciar desde actos políticos, cuyo alcance se magnifica por la multiplicación de posteos y
compartidos en las redes, hasta pedidos de la ciudadanía a los dirigentes, como la reciente
viralización de los reclamos acerca de la desaparición de Santiago Maldonado. En este último
caso, la híper-conectividad posiblemente haya contribuido a magnificar sensaciones colectivas
que hubieran tardado mucho más en manifestarse en el ecosistema comunicacional del siglo
veinte. Y en la rutina de la acción gubernamental o de las iniciativas de la oposición, la
dependencia digital da origen a una lógica nueva en la comunicación, según la cual poder se
construye a través de un vínculo cotidiano y de reciprocidad con la ciudadanía.

Más allá de estos y otros efectos en las noticias, el entretenimiento y la política, el foco en la
dependencia digital nos lleva a preguntarnos sobre las consecuencias tal vez no deseadas de la
conexión, habitualmente percibida como un valor positivo. Por ejemplo, hasta hace unos meses,
la misión de Facebook era hacer el mundo “más abierto y conectado”. La conexión también ha
adquirido el carácter de un derecho, asociado a la idea de que bajos índices de inmersión en lo
digital atentan contra el desarrollo económico y social de una comunidad. Este discurso motiva
a las múltiples iniciativas públicas y privadas para cerrar la llamada “brecha digital”, desde el
Plan de Telecomunicaciones Argentina Conectada hasta el Project Loon de Google.

Sin embargo, nuestra investigación revela que la conexión tiene múltiples facetas. En las
entrevistas se mezclan el placer del encuentro con la culpa por la pérdida de tiempo, la
experiencia de estar al tanto de múltiples contextos sociales con la sensación de vacío, angustia
y hasta muerte frente a la separación – tan solo temporaria – de dispositivos y redes. No todos
los entrevistados expresan sentimientos extremos, pero muchos transmiten ambivalencia y
diversos grados de pérdida de autodeterminación. Ni la tecnología ni el uso que hacemos de ella
son neutrales. Cuando pensamos en un mundo cada vez más conectado, tal vez sea válido hacer
una pausa y reflexionar acerca de las consecuencias individuales y colectivas de nuestra
dependencia del universo digital.

Los autores agradecen a Claudia Greco, Mora Matassi y Amy Ross por sus comentarios sobre
una versión anterior de este texto, y al equipo de entrevistadores: Victoria Andelsman, Tomás
Bombau, Sofía Carcavallo, Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila Giuliano, Belén Guigue,
Silvana Leiva, Inés Lovisolo, Mora Matassi, Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y
Marina Weinstein.

http://revistaanfibia.com/ensayo/te-amo-te-odio-dame-mas/
PONELE EMOJI A TODO - Por Tomás Pérez Vizzón

La incorporación de imágenes en nuestra comunicación cotidiana ya es una


costumbre en jóvenes y adultos. A veces, enviar un emoji de corazones, mandar el
gif de John Travolta, un meme de Maradona o una selfie con filtro aclara mejor las
emociones o las ideas que la escritura. ¿Cómo están cambiando nuestro lenguaje
Internet y los smartphones? Tomás Pérez Vizzón analiza las distintas maneras de
expresarnos que tenemos. ¿Qué rol le quedará a la palabra escrita? ¿La cámara es
el nuevo teclado?

Con un saco colgado del brazo y un papel en la mano, Vicent acaba de entrar en la casa de Mia
Wallace. Mira hacia a un lado y hacia otro. Ella no está pero su voz se escucha por altoparlantes.
Está desconcertado. Esta pequeña escena de John Travolta y Uma Thurman “ya no es más” de
Pulp Fiction. Hace dos años que es Confused Travolta (Travolta confundido), quizás el GIF
más versionado y contextualizado de los millones que existen.

La historia de su origen ya es bastante conocida. Un usuario corta ese pedacito de película y lo


publica en un comentario en Imgur, una comunidad de imágenes virales. Tres años más tarde,
otro usuario toma al Travolta confundido y lo ubica en una juguetería. El efecto es el esperado:
todos entendemos cómo se siente él al tener que elegir una muñeca para regalarle a su hija en
navidad. Muy confundido. Tras el éxito del posteo, el usuario subió un tutorial para insertar a
Travolta en cualquier lugar.

La incorporación de imágenes en nuestra comunicación cotidiana en entornos digitales se ha


instalado en los jóvenes y no tan jóvenes. A lo largo de este artículo iremos viendo cómo las
personas están empezando a componer discursos con memes, emojis, selfies, fotos, GIFs,
videos. Cómo Internet y los smartphones están cambiando nuestro lenguaje en una cultura cada
vez más visual.

A modo de juego, podríamos animarnos a decir que, en una conversación cara a cara, nos sería
muy útil sacar del bolsillo un Confused Travolta para explicar cómo nos sentimos ante una
determinada situación. Es que el uso del GIF, ese archivo gráfico creado por la empresa de
comunicaciones CompuServe en 1987, en algunos casos, es el modo más apropiado para
expresarnos. Es un formato que dinamiza la comunicación, se reproduce inmediatamente en
cualquier dispositivo, facilita la retención visual y, lo más importante, está cargado de sentido:
produce un impacto emocional.
Si cada imagen cuenta una historia, un GIF la profundiza: la hace una serie. Cada movimiento,
cada variación, cada nueva capa visual es más información para el espectador. Los detalles
cobran vida y se perciben nuevos elementos que generan emociones. Luego la repetición de la
secuencia, una y otra vez, hasta la aprehensión. Y después, los envíos y reenvíos de ese GIF que
puede ser puesto en juego en otra situación, en otro contexto, con un nuevo sentido.

Gunther Kress, Jefe del Departamento de Cultura, Comunicación y Medios de la University of


London, se ha especializado, hace más de 25 años, en el área de la comunicación multimodal, la
disciplina que estudia la interacción entre los diferentes modos de comunicación en los
discursos: la escritura, la imagen y el audio. La elección del modo en que me voy a comunicar,
dice Kress en Multimodal Discourse: The Modes and Media of Contemporary Communication,
tiene que estar relacionada con mi interés en lo que quiero decir y con el marco comunicativo
en el que me encuentro (a quién le hablo, el tono, el sentido). Yo soy quien decido qué modo es
mejor usar. Muchas veces la escritura no me alcanza y necesito combinar con imagen o video.
La pregunta es: ¿qué modo me sirve para transmitir el mayor caudal de información?

“Las personas están usando cada vez más GIF para expresar sus ideas y sentimientos”, le dijo a
New York Post Aryn Drakelee, quien junto a su esposo Jesse Williams (el actor de la serie Grey´s
Anatomy) y el artista conceptual Glenn Kaino, creó Ebroji, una aplicación que es una biblioteca
de GIFs organizada por estados de ánimo. “Son una forma de lenguaje. Animan y agregan textura
y tono de una manera que un texto no puede”.

Lo que está ocurriendo con los GIFs es una consecuencia, por un lado, de los avances
tecnológicos y, por el otro, de la experiencia de los usuarios. ¿Por qué su boom llega más de 20
años después de su creación? Una de las razones es que hoy las tecnologías y la velocidad de las
redes lo permiten. Hasta hace algunos años los GIFs se reproducían solo en computadoras y en
algunos navegadores y su alcance estaba limitado a los foros de nichos o a redes sociales más
específicas como Tumblr. Hoy, este tipo de archivos pesa muy poco y se reproduce
instantáneamente en cualquier smartphone. Y además, llegó a los gigantes de la web. Las
aplicaciones más usadas en el día a día como WhatsApp, Twitter, Facebook y hasta Tinder han
integrado una base de datos de este tipo de archivos-ya sea interna o de terceros como Giphy-
para usarlos con la misma facilidad con la que escribimos o enviamos un emoji.
En vez de responder a una pregunta con “OK”, puedo enviar a Diego Maradona levantando el
pulgar hacia arriba. O en lugar de reirme con un “jajaja”, puedo mandar una risota de Leo
DiCaprio en su personaje histriónico de El Lobo de Wall Street. Así, ponemos en juego dos
recursos vinculados al pop y la industrial cultural argentina o mundial. Está claro que el efecto
es otro. La respuesta gana en fuerza: es bien expresiva.

Como decíamos, la explosión del GIF también se explica por la capacidad creativa y de
adaptación de los usuarios con las tecnologías. Carlos Scolari, experto en medios digitales,
interfaces y ecología de la comunicación, explica en su libro Hipermediaciones que cada
tecnología es “socialmente negociada”, es decir, que su uso no nos viene determinado, sino que
se determina en el uso mismo.

¿Y qué pasa ahora con los smartphones? “Es una dinámica de ida-vuelta: los diseñadores crean
nuevos dispositivos e interfaces, los usuarios interactúan con ellos -a menudo desarrollando
usos ‘desviados’ o no previstos por sus creadores-, lo cual obliga a crear nuevos dispositivos que
potencien esos usos. Cuando se popularizaron los primeros teléfonos móviles en los ’90, nadie
pensó que la gente enviaría mensajes textuales pudiendo dejar registrado un mensaje escrito.
El boom del SMS fue inesperado. Otro ejemplo: cuando los diseñadores fusionaron la interfaz
del móvil con la cámara digital, nunca imaginaron que los usuarios las utilizarían para hacerse
selfies. El último smartphone de Huawei, el P10, presentado en Barcelona en el Mobile World
Congress, ya se promociona como un dispositivo de alta gama con funciones específicas para
hacer selfies de gran calidad”, responde para este artículo Scolari, Doctor en Lingüística Aplicada
y Lenguajes de la Comunicación por la Università Cattolica di Milano.

Otra manera de comunicarse con imágenes son los memes. A diferencia de los GIFs, podríamos
decir que están aún más asociados a contenidos con fines humorísticos que a transmitir
emociones. Ya son un clásico los de los Simpsons: los usuarios de internet se las ingenian para
encontrar siempre una escena que haya predicho un acontecimiento. El más impactante fue el
de la victoria de Trump en Estados Unidos, pero también hay de fútbol, música y cultural
general.
“Los memes tienen una conexión con la parodia y la sátira. Buena parte de estos desarrollos
mediáticos que funcionan muy bien, le dan continuidad a géneros comunicacionales
preexistentes”, aporta Pablo Boczkowski, Doctor en Estudios de Ciencia y Tecnología en la
Universidad de Cornell.

Y también están los emojis, los sucesores de los emoticones del MSN. Es el formato más
instalado dentro de nuestras conversaciones diarias. Los estudios y los debates sobre la
incorporación de estas pequeñas imágenes en el lenguaje ya tienen unos años. Investigaron
las discrepancias interpretativas según la plataforma y el dispositivo móvil, existe el día
internacional del emoji, se cuentan historias enteras con emojis, hay mitossobre su origen, se
publicaron Moby Dick y Cuentos de la Selva en versión emoji, hay estadísticas pormenorizadas
de uso de emoji divididas por edad, género, idioma, país. En Argentina, por ejemplo, el más
utilizado es la cara con corazones en los ojos. En nuestro país el consumo está realmente
extendido: es el séptimo país sobre 212 en uso de emoji y hasta hubo una campaña para
incorporar la imagen del mate. ¿Quién no jugó a expresarse solo con dibujitos en una charla de
WhatsApp? ¿Y a enviar stickers divertidos con Telegram?

A principios de los ’70, el filósofo británico Alan Watts, estudioso de la cultura oriental, a
propósito del lenguaje escrito chino, anticipaba en El camino de Tao, que la utilización de
ideogramas permitiría crear un rico lenguaje visual. “Hará falta mucho tiempo para que este
idioma desarrolle una literatura y evolucione hasta el punto de poder expresar matices sutiles
de pensamientos y sentimientos. De cualquier modo, las computadoras vencerán este obstáculo
con facilidad y tales ideogramas podrán comunicar relaciones complejas o configuraciones más
rápidamente que las interminables oraciones alfabéticas. El ideograma proporciona más
información a simple vista y en menos espacio que la forma de escritura lineal y alfabética que,
para que resulte comprensible, debe ser pronunciada”.
¿Entonces cuál es el punto? ¿Tenemos que volver a escribir con pictogramas como en el antiguo
Egipto? Gretchen McCulloch, una lingüista que está escribiendo un libro sobre cómo Internet
está cambiando el lenguaje, estudia el comportamiento de las personas con sus teléfonos y las
aplicaciones de chat. Dice que los emojis y otras formas de puntuación creativa son el
equivalente digital de hacer una cara o un gesto con la mano cuando estás hablando. “Te
sentirías raro al tener una conversación con las manos atadas a la espalda. Pero escribir
exclusivamente en emoji es como jugar. Es divertido por un tiempo, pero si realmente querés
decir algo es complicado”.

¿La cámara es el nuevo teclado?

El texto escrito fue durante siglos la principal fuente de acceso y difusión del conocimiento. La
aparición de la imagen en distintos formatos (fotos, cine, ilustraciones, televisión, etc) comenzó
a disputarle ese poder. Lo digital, apuntan Bill Cope y Mary Kalantzis en “A grammar of
multimodality”, aceleró este proceso “en la medida en que la unidad molecular elemental para
la fabricación de significado textual se redujo del carácter al píxel”. A esto se le sumó el sonido,
que en entornos digitales, se convierte en un tipo de material registrable similar a los píxeles.
Las consecuencias de estos cambios, a fines del siglo XX y principios del XXI, fue la reducción del
protagonismo privilegiado de lo escrito en la cultura occidental, llegando al mismo nivel que lo
audiovisual.

El rol de la escritura tuvo su camino. Las computadoras le dieron una nueva plataforma: el
surgimiento de los procesadores de texto en la década de 1980. Modificaciones en el inicio y en
el final: hoja en blanco por pantalla en blanco y hoja escrita por documento impreso. Luego,
Internet “lanzó las palabras a la red”. Las letras pasaron a contarse en caracteres junto a los
espacios en blanco y empezamos a subir escritos a blogs, enviamos correos electrónicos,
abandonamos las llamadas telefónicas por “mensajes de texto” y después por WhatsApp,
actualizamos nuestros estados en redes sociales.

Y junto a la transformación que generó la llegada de Internet, los teléfonos móviles incorporaron
cámaras fotográficas. En un principio, las imágenes eran de muy baja calidad, pero después
mejoraron. Tanto que eliminaron del mercado a un producto que venía con fuerza: las exitosas
cámaras pocket. Por primera vez, con el mismo elemento con el que se comunicaban con sus
contactos, las personas podían documentar su entorno visual y transmitirlo rápidamente con
fidelidad.

Esto generó un cambio muy potente: no solo podríamos documentar el mundo, sino que
también podríamos usar las imágenes para comunicarnos. Por la facilidad con que hoy se puede
tomar una foto, su existencia como objeto dejó de tener la densidad con la que contaba hasta
hace unos años. Más bien son “fotografías sociales” que dialogan. Son parte de un discurso
visual más comunicativo que artístico. Es importante diferenciar este tipo de fotografía de la
tradicional, vinculada a la creación de objetos artísticos.
El que entendió muy bien estas dinámicas fue Evan Spiegel, el creador de Snapchat. El joven de
26 años apostó por el ascenso y el eventual dominio global de la cultura visual. E imaginó un
mundo en el que la supremacía cultural de la cámara fuera tal que pudiera ser tan importante
para nuestra vida cotidiana como el teclado. Su aplicación se basa en generar imágenes,
intervenirlas con filtros, dibujos y letras y eliminarlas, al instante en el caso de los mensajes
privados, y a las 24 horas en el caso de las historias. La aplicación se inicia con la cámara en la
posición de selfie. Una de las claves de la aplicación está en lo que parece ser una función
solamente lúdica: los filtros. Pero no, ahí están las señales emocionales. Uno puede ocultar su
cara porque no está en su mejor día, usar las conocidas orejas y lengua de perro porque está
aburrido o vestirse de conejo para contar una buena noticia.

Spiegel, director ejecutivo de Snap Inc (la empresa cambió su nombre antes de entrar a competir
en la bolsa) le dijo, en una de sus pocas entrevistas, al Wall Street Journal: “La gente se pregunta
por qué su hija está tomando diez mil fotos al día. Lo que no se dan cuenta es que ella no está
guardando imágenes. Ella está hablando”.

A finales de 2013, Spiegel rechazó una oferta de Facebook para comprar Snapchat por tres mil
millones de dólares. En su reciente incorporación a Wall Street, el valor de Snap Inc. osciló entre
25 y 34 mil millones de dólares. Mark Zuckerberg respondió a su manera: desde hace unos
meses está copiando todas las funciones de Snapchat. Sin ningún tipo de problema, compró la
tecnología de la competencia (MSQRD, que trabaja con tecnología de reconocimiento facial) e
instaló en las aplicaciones Instagram, Messenger y WhatsApp las “stories”, una función con las
mismas características que las de su rival: videos cortos y fotos con filtros, organizados en
secuencia, que duran 24 horas antes de desaparecer.
Desde hace una década, Facebook construye un imperio enorme de publicidad gracias al News
Feed, el “inicio” de cada usuario. Pero están viendo que a largo plazo, van a necesitar cambios.
Publicidad agresiva, noticias y mensajes de “amigos desconocidos” y un “exceso de contexto
informativo” hacen que Facebook tenga que ir por nuevos caminos. Y, por ahora, tomó el de
copiar a su competencia: comunicación efímera visual. No le está yendo mal: en ocho
meses Instagram Stories ya superó la cantidad de usuarios activos de Snapchat.

¿Qué rol le quedará a la palabra?

Si llegaste a esta instancia del artículo pensarás que la escritura está en terapia intensiva. Hay
una rama de académicos que se inclinaron por una mirada apocalíptica de la cuestión. “La
televisión y el mundo de Internet producen imágenes y borran conceptos, pero así atrofian
nuestra capacidad de entender”, dijo el recientemente fallecido politólogo Giovanni Sartori en
su último libro La carrera hacia ninguna parte. Las últimas declaraciones del filósofo Umberto
Eco contra las redes sociales también iban en ese sentido: “El drama de internet es que ha
promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”.

Pero la escritura no está muerta ni mucho menos. En Internet, las nuevas formas de
comunicación tienden a ser aditivas: no vamos a reemplazar texto con imágenes. Siguiendo a
Gunther Kress, vamos a hacer nuevas composiciones entre distintos elementos para crear algo
nuevo.

“Nunca se había leído ni escrito tanto en la historia de la humanidad. Nuestro espectro como
productores y consumidores de textos -de todo tipo de textos, ya sea escritos, visuales o
audiovisuales- se ha expandido de manera impresionante. Escribimos y leemos textos
diferentes, quizá más breves, pero no me preocuparía por el futuro de la palabra escrita”, dice
Carlos Scolari.

Lo que seguramente nos está dejando la edad de las redes sociales y su impronta visual es la
economía de palabras en los discursos. Joe Weisenthal, en una columna en Bloomberg,
argumentó que Facebook, Twitter, Snapchat y otras plataformas nos están llevando al mundo
oral pre-alfabetizado, donde se privilegian las ideas que son claras, memorables y repetibles (es
decir, virales). “Los pensamientos complicados y matizados que requieren contexto no juegan
muy bien en la mayoría de las plataformas sociales, pero un hashtag resonante puede tener una
influencia extraordinaria”.

Pablo Boczkowski cree que la escritura quedará relegada del plano descriptivo, que será un
espacio para la imagen o el audio: “La escritura será metacomunicacional, tanto de análisis o de
sentimientos. La descripción será cada vez más visual”.
La palabra seguirá viva. Pero mutará las formas en la que es comunicada.

*Este artículo fue realizado en el marco de la Diplomatura en Periodismo y Gestión de Medios


Digitales de la Universidad Austral y Editorial Perfil.

http://revistaanfibia.com/ensayo/ponele-emoji-a-todo/

LIKEAME, SEGUIME, QUEREME - Por Carlos Scolari

Los adolescentes cuidan su identidad digital mucho más de lo que se cree. Todos los
likes que dan tienen un sentido, arman subgrupos específicos para mandar
mensajes y fotos, suben contenidos a la nube, se preocupan por el acceso a datos
personales, son conscientes de los riesgos que puede haber en las redes sociales.
Segundo informe de Carlos Scolari sobre Transmedia Literacy, el proyecto que
analizó qué hacen los jóvenes con las tecnologías.

El proyecto Transmedia Literacy -que se centró en las actividades mediáticas de los jóvenes
entre 12 y 18 años en ocho países (Australia, Colombia, España, Finlandia, Italia, Portugal, Reino
Unido y Uruguay)- permitió al equipo de investigación no sólo construir un mapa con las
“competencias transmedia” que tienen muchos adolescentes sino también conocer mejor cómo
aprendieron a hacer esas cosas con los medios. Los investigadores, pudieron conocer más a
fondo los espacios virtuales de aprendizaje, ahí donde se aprende a pulir un texto antes de darlo
a conocer a la comunidad de lectores en Wattpad, a crear un meme o a pasar de nivel en un
videojuego.

[Ver primer informe de Transmedia Literacy: Lo aprendí en un tutorial]

Si bien no todos los jóvenes son geeks que se pasan el día creando nuevos contenidos (por el
contrario, la mayoría son más distribuidores que productores), todos en mayor o menor medida
cuentan con una serie de habilidades mediáticas básicas que van desde aplicar un filtro en
Instagram a saber solucionar problemas en un videojuego o gestionar su identidad en las redes.
Algunos, los más activos, pueden llegar a desplegar un arsenal muy amplio de competencias a
nivel de producción (creación de contenidos), tecnológico (manejo de dispositivos) o gestión de
contenidos (por ejemplos los jóvenes aspirantes a youtuber o instagramer).

Según Raine Koskimaa, coordinador de la investigación en Finlandia, “las competencias de


gestión individual y las de gestión social están, a su manera, muy unidas; mientras que las
competencias de gestión del contenido son de una naturaleza diferente. Hay un solapamiento
significativo entre ellas a la hora de gestionar contenido de autorrepresentación en las redes
sociales, siendo el ejemplo más evidente el de los selfies publicados en Instagram”. Resulta muy
interesante ver cómo los jóvenes gestionan su tiempo libre y, en muchos casos, el nivel de
consciencia que tienen respecto a esta organización temporal. Por ejemplo Giovanni, un chico
italiano de 17 años, contaba a los investigadores que “cuando era pequeño estaba obsesionado
con los videojuegos. Me pasaba todo el día conectado a internet, jugando con otra gente,
participando en foros; por suerte, ahora tengo otras cosas que hacer… El colegio es un trabajo
duro, y salgo con amigos”. Mary, una australiana de 14 años, no se queda atrás: “antes lo usaba
[Instagram] mucho más, pero luego me di cuenta de cuánto tiempo estaba perdiendo, o sea que
ahora cuando me aburro solo lo miro por encima.” Para Koskimaa “los adolescentes
normalmente tienden a construir y gestionar, con mucho cuidado, su identidad digital. Es más:
si el adolescente siente que se está desviando de la normativa social de su entorno, entonces el
papel de las redes sociales crece en importancia”.

Los jóvenes también gestionan su propia imagen a través de la personalización de dispositivos.


Las chicas, por ejemplo, suelen tener una amplia gama de fundas para móviles y escogen una
que combine bien con su ropa. Las fundas de móviles con imágenes de estrellas del pop, o con
escudos del equipo de fútbol favorito en el caso de los chicos, también son medios importantes
de expresión de la personalidad.

Las competencias sociales se relacionan con la capacidad para colaborar, coordinar
 o liderar
actividades grupales. Durante la investigación –que incluyó encuestas, talleres de producción,
observación participante y entrevistas personales entre otras técnicas de recolección de datos-
se evidenciaron diferentes tipos de situaciones. En los talleres, a los adolescentes se les pidió
que crearan una historia o inventaran preguntas sobre videojuegos en pequeños grupos. Como
explica Koskimaa “parece ser que es muy común entre los jóvenes dividir sus tareas según los
intereses y competencias de cada uno, y el papel de líder también se puede decidir con
tranquilidad. Organizar una sesión de videojuegos, distribuir roles o trabajos en la filmación de
un vídeo o decidir qué actividad llevará a cabo cada miembro del grupo, no parecieron generar
problemas muy serios entre los adolescentes cuando se les dejó solos”. Durante un taller
realizado en una escuela de un barrio periférico de Barcelona un grupo de alumnas se organizó
para producir una historia de zombies. Resultó sorprendente ver cómo una de ellas lideraba al
resto del grupo y distribuía las tareas: “tú ve a Google y descarga imágenes de zombies, tú entra
en YouTube y busca vídeos, nosotras nos encargamos de escribir la historia”.

La organización de partidas de videojuegos es un proceso muy interesante para identificar cómo


se aplican las competencias de organización y gestión social. Un joven de España explica cómo
funciona:

-¿Tienes un grupo de WhatsApp para jugar?


-Sí.

-Pero me dijiste que usabas Skype mientras jugabas.
-Sí, sólo usamos WhatsApp para quedar y organizarnos.

Cada equipo construye una propia combinación de redes sociales y plataformas para
coordinarse antes, durante y después de la sesión de juego. Ver cómo los jóvenes se organizan
en las redes nos lleva a reflexionar sobre la importancia del juego en su formación: si en la
sociedad industrial los niños jugaban con el mecano (o los “ladrillitos”) y las chicas con las
muñecas, prefigurando de esa manera los valores y roles de la vida adulta, en la sociedad post-
industrial los jóvenes ejercitan a través de los videojuegos las formas futuras (¿futuras?) de
teletrabajo a distancia en equipo. O sea, las partidas de videojuego en línea, donde a menudo
participan jóvenes de varios países y se comunican en un inglés básico, cumplen la misma
función que el mecano, un juego creado en Liverpool en 1898.

Otro caso interesante de gestión social aparece cuando los adolescentes se organizan para pedir
ayuda u ofrecerla a terceros; por ejemplo, cuando se trata de buscar lectores críticos para que
revisen las propias creaciones y así poderlas mejorar, ayudar a otros a editar sus fotos, o darle
una mano a sus amigos en sus sesiones fotográficas buscando localizaciones adecuadas. En las
familias, los adolescentes a menudo tienen que enseñar a sus padres a usar aparatos como los
smartphones, las tabletas, las computadoras portátiles o las redes sociales. Como cuenta Harry,
un finlandés de 18 años: “creo que sé bastante sobre tecnología. Normalmente soy yo el que
arregla cosas en casa. Mis padres tampoco saben tanto sobre computadoras y estas cosas. Muy
a menudo me piden ayuda con sus problemas”.

Otro ámbito donde evidentemente se manifiestan las competencias de gestión social es en las
redes sociales. Participar en plataformas como Facebook o Instagram requiere una gama
amplia
 de habilidades que van desde dar likes hasta comentar y compartir, hacer distinciones
basadas en el gusto o comprometerse con las respectivas comunidades. Marisa, una italiana de
13 años, contaba cómo había logrado automatizar ese proceso:

-Nos descargamos Instalike; básicamente, si sigues a alguien, te deja ponerle un like


automáticamente.

Dar un like al post de otra persona a menudo es más un signo de pertenencia a un grupo
concreto que una opinión sobre su contenido o calidad.

Respecto a las competencias vinculadas a la gestión de contenidos, el equipo de investigación


encontró una serie de habilidades relacionadas con la capacidad para buscar, seleccionar,
descargar, organizar y difundir todo tipo de textos a través de una multitud de plataformas y
medios. Pueden ser textos escritos, canciones, imágenes o vídeos: algunos adolescentes
demuestran una gran capacidad para gestionarlos y difundirlos. Según Koskimaa se percibe un
uso creciente de contenidos en la nube: “los adolescentes son capaces de manejar archivos de
contenido, pero la capacidad de almacenamiento en la nube, así como el aumento en el uso del
contenido en streaming (en lugar de descargar y almacenarlo de manera local), reducen la
necesidad de prácticas de almacenamiento más complejas”. El éxito de los youtubers o de las
instagramers de moda o maquillaje ha llevado a que algunos adolescentes traten de imitar
prácticas de gestión de contenido muy cercanas a las del mercado profesional.
A modo de síntesis Koskimaa considera que “en el área de gestión social y de contenido en las
redes sociales, hay mucha presión social y fuertes expectativas para seguir los parámetros
comunes. Los servicios de las redes sociales también están reforzando esto a través de prácticas
como las streaks (contar los días subsiguientes en que ciertos amigos de las redes sociales han
mantenido conexión activa entre ellos). Para seguir estas normas sociales hay que demostrar
tener buenas competencias de gestión, y el factor dificultad crece dado que pueden chocar con
las normas y valores sociales
 más tradicionales (como el tiempo compartido con la familia). Los
padres se están acostumbrando a aprender temas técnicos a través de sus hijos. El siguiente
paso puede ser aceptar que las normas de las redes sociales merecen un respeto”.

Ahora bien, ¿son conscientes los jóvenes de los riesgos y responsabilidades que implican estas
prácticas, sobre todos aquellas de gestión social o vinculadas a la difusión de contenidos en las
redes? Durante el trabajo de campo los investigadores también prestaron atención a las
competencias en la prevención de riesgos y el interés por las cuestiones éticas que estas
prácticas pueden llegar a generar. Según Maria José Masanet “las nuevas tecnologías presentan
tanto riesgos como potencialidades en la construcción de la identidad de los adolescentes y en
su socialización. Riesgos asociados al aislamiento físico, a las adicciones, al ciberacoso o a la
pérdida de privacidad, entre otros, pero también potencialidades como la mejora en las
relaciones sociales, la adquisición de competencias mediáticas o la potenciación de las
capacidades creativas o de resolución de problemas”.

Hay adolescentes que son conscientes de los riesgos asociados al uso de los nuevos medios y
aplican estrategias de prevención. Así, por ejemplo, seleccionan con quién quieren compartir
sus contenidos en las redes sociales, llegando incluso en algunos casos a tener diferentes perfiles
en función del grado de privacidad de sus contenidos. Riina, una finlandesa de 14 años, explicaba
que “si destaco en algo, me gusta mostrárselo a la gente. En mi perfil público de Instagram,
tengo algo así como 200 o 300 seguidores. Pero en mi perfil privado tengo unos 50. Ahí solo
agrego a gente que conozco”.

Las familias también juegan un rol fundamental, por ejemplo ofreciendo a los adolescentes
pautas sobre cuestiones de privacidad. Víctor, un chico de Barcelona de 16 años, lo tiene
clarísimo:

-No voy a firmar, no voy a dar mi información a gente que no sepa que realmente es fiable. O
sea, no sé, los spams estos que te salen en internet de «Vas a ganar un coche si pones aquí…».
A ver, esto de cabeza que no es normal. No te van a dar un coche por decir «Me llamo Pepito»,
¿vale? O decirles que vives en la calle tal o no sé qué. Esto
 es que realmente da mucho miedo
[…] Y es que en mi familia me han criado así, o sea «No des tu información a no ser que hables
con nosotros antes porque puede pasar tal o puede pasar cual.

Según María-José Establés “se observa preocupación por el acceso a datos personales que
tienen las empresas mediáticas y el uso que hacen de los mismos y algunos adolescentes incluso
reflexionan sobre el modelo de negocio publicitario”. Es muy probable que después del impacto
mediático del caso Cambridge Analytics, y la consecuente declaración de Mark Zuckerberg en el
congreso de Estados Unidos, se difunda aún más entre los adolescentes la necesidad de prestar
atención a la llamada “huella de datos” (data-footprint) que todos los usuarios dejan en los
servidores de las grandes plataformas.

Los adolescentes reconocen qué prácticas mediáticas son legales y cuáles no, como por ejemplo
la piratería o el hacking, pero esto no conlleva que eviten realizarlas. De hecho, son pocos los
adolescentes que afirman evitarlas. En algunos casos reflexionan sobre ellas (o incluso las
criminalizan) mientras que en otros se muestran críticos con la economía política de los medios
y las reivindican como prácticas legítimas para romper con los lobbies o centros económicos de
los medios. Pablo, un español de 17 años, se apunta en este segundo grupo:
-A ver, la informática en realidad tiene dos caras, tiene una cara buena y una mala. Tú dentro de
estas dos caras puedes elegir la que a ti más te apetezca. Hay gente que utiliza la cara mala, pero
en cambio hace cosas buenas. […] por ejemplo, los de Anonymous, el grupo ese de hackers,
aunque hagan cosas… Hackeen y todo eso, lo hacen por una buena causa, para la gente… Para
que sepa la gente en realidad qué está pasando.

Por último, estas dos investigadoras observaron que algunos adolescentes asocian ciertos
comportamientos nocivos al uso de los medios como es el caso, por ejemplo, del ciberacoso o
el control de la pareja. No es que las tecnologías promuevan estos comportamientos pero
algunas de sus características, por ejemplo el anonimato, pueden facilitarlos. De todas maneras,
la solución no pasa por limitar el acceso a estas plataformas sino por formar a los adolescentes
para que las utilicen correctamente y, de manera paralela, educarlos en la prevención de las
relaciones abusivas de todo tipo.

En resumidas cuentas, más que estigmatizar, perseguir o despreciar estas prácticas el único
camino viable pasa por recuperar estas competencias desarrolladas en entornos informales de
aprendizaje (desde YouTube hasta Facebook o los foros de discusión de videojuegos) dentro del
aula. Como explica David Buckingham en su prólogo al libro Adolescentes, medios de
comunicación y culturas colaborativas, “los que más utilizan los medios no son necesariamente
los que más alfabetizados están en su consumo. En mi opinión, este tipo de alfabetización
también requiere un proceso sistemático de estudio; y, para bien o para mal, los colegios siguen
siendo instituciones vitales (y sin duda obligatorias) a este respecto”. Todos los ámbitos de
aprendizaje, ya sean formales o informales, tienen sus limitaciones y restricciones, por lo que el
gran desafío se presenta a la hora de hacerlos interactuar. “No hay duda de que todos
necesitamos una alfabetización mediática -o alfabetización transmedia, si prefieren. Pero en un
ambiente de medios de comunicación cada vez más complejo y retador- concluye Buckingham,
uno de los grandes expertos en media literacy- seguramente también necesitamos reacciones
políticas y sociales más radicales.”

Colaboraron en la producción del artículo María José Masanet, Mar Guerrero Pico y María José
Establés (Universitat Pompeu Fabra – Barcelona), y Raine Koskimaa (University of Jyvaskyla –
Finlandia)

Todos los textos del proyecto TRANSMEDIA LITERACY se pueden descargar de la web.

Ver el canal en YouTube.

“El proyecto TRANSMEDIA LITERACY ha recibido financiación del programa de investigación e


innovación de la Unión Europea Horizonte 2020 a través del acuerdo de financiación 645238”.

http://revistaanfibia.com/ensayo/likeame-seguime-quereme/
VIVIR EN LAS REDES - Por Pablo Boczkowski

Hace tiempo que las redes sociales han dejado de ser objetos para convertirse en
entornos donde estamos con los otros: no usamos las redes sino que vivimos en
ellas. A través de metáforas urbanas, como ir a un desfile, tomar un café o comprar
algo en el kiosco, el Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina propone
pensar cómo son esos espacios colectivos que nos apropiamos y donde pasamos
nuestras vidas: Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat y WhatsApp.

Como bichos de ciudad, como peces en el agua. Así es la experiencia de los jóvenes en las redes
sociales. Durante los primeros cinco siglos de existencia de los medios de comunicación, desde
la imprenta hasta la televisión, las personas se vincularon con los distintos medios como con
objetos que se usan: leer las noticias, escuchar música y ver películas eran actividades discretas
y puntuales para las que se requería ir utilizar el diario de papel o los artefactos de radio y
televisión. Una vez terminada la actividad, se los dejaba de lado y se pasaba a otra cosa. La
irrupción y meteórico crecimiento de las redes sociales en la última década, junto con la altísima
penetración de los dispositivos móviles, ha llevado a una progresiva e ininterrumpida
mediatización de la existencia íntima, privada y colectiva. Por ejemplo, Agustina, quien tiene 20
años, vive en Caballito y estudia en la universidad, cuando cada viernes abre su Snapchat, se
entera dónde y qué están haciendo sus amigos: “porque están en un boliche o porque están en
una previa, porque están tipo en un bar, ves todo, porque la gente filma todo lo que hace, y
entonces (…) Es estar con el otro todo el tiempo”.

En este proceso de transformación, las redes han dejado de ser objetos para convertirse en
entornos, donde estamos con los otros: no usamos las redes sino que vivimos en ellas.
Entramos y salimos constante y vertiginosamente de las mismas y allí hacemos todo, desde
informarnos sobre la actualidad hasta flirtear o mantener vínculos amistosos, pasando por ver
videos graciosos de gatitos y conocer novedades de familiares y contactos. Si bien la brecha
digital es significativa en el mundo, cuando las redes de conectividad se establecen y los
dispositivos se vuelven accesibles, una vida por fuera de los medios es tal vez imaginable, mas
ya no fácilmente realizable.

¿Qué sienten y cómo interpretan los jóvenes argentinos su vínculo con las plataformas digitales?
¿Cómo presentan allí sus biografías, interactúan, arman estrategias, sostienen, negocian o
desafían convenciones sociales, perciben dinámicas temporales, y desarrollan vidas online en
un momento histórico en que decir offline será -pronto- obsoleto? Para responder estas y otras
preguntas, el Centro de Estudios de Medios y Sociedad en Argentina, una iniciativa conjunta
entre Northwestern University y la Universidad de San Andrés, llevó a cabo 45 entrevistas en
profundidad a jóvenes de 18 a 29 años, entre marzo de 2016 y mayo de 2017. La muestra incluyó
a estudiantes universitarios o terciarios, deportistas, administrativos, profesionales, y
empleados de comercio, entre otros perfiles.
Si vivimos en los medios, entonces es posible entender a redes como Facebook, Instagram,
Twitter, Snapchat y WhatsApp a través de metáforas urbanas, pensándolos como escenarios en
los que transitamos, habitamos y experimentamos. Espacios colectivos que nos apropiamos,
donde dibujamos trayectorias que pueden ser compartidas pero también individuales, y cuyo
diseño se construye en convenciones sociales que discutimos, abrazamos o negociamos. Como
en la ciudad, nos movemos en las redes a nuestro ritmo, y nos cruzamos, continuamente, con
otros habitantes. El discurso de los participantes sobre su vínculo con las redes sociales es
sutilmente auto-reflexivo, consciente y estratégico. A partir de escuchar sus relatos,
proponemos cinco metáforas que intentan condensar la complejidad de cada caso: Facebook
como la avenida, Instagram como el desfile, Twitter como el kiosco, Snapchat como el carnaval
y WhatsApp como el café.

La avenida

Para los entrevistados Facebook es como una amplia avenida, en donde interactúan las esferas
de lo público y lo privado: los contactos van desde un familiar distante hasta una pareja
romántica, pasando por colegas, amigos de la escuela primaria, o flirteos. Ana es una reciente
licenciada en Ciencia Política, y siente que “es extremadamente masivo, todo el mundo tiene
Facebook, todas las edades, clases sociales” -tal como una poblada avenida.

En Facebook la gente socializa; se escuchan -al pasar- noticias, se observa el mundo, se compran
objetos y, a veces, se disfruta. Julián trabaja en una productora de cine y tiene Facebook
“siempre abierto para hablar con mis amigos o… con mi novia y también como para enterarme
o meterme ad hoc a cada uno de los sitios que sigo (…) voy scrolleando todo el día”.

En esta red también se intercambian bienes y servicios. Maximiliano, un empleado de Boulogne


en una empresa de construcción, lo usa en cambio para seguir a “Adidas, Nike, Dafiti, Netshoes
(…) o Frávega, Garbarino, porque son para comprar cosas, o salen promociones o cosas nuevas”.
El carácter cuasi-masivo de Facebook y su nivel de registro de información incluido en el perfil
de los usuarios lo tornan en un lugar donde los contenidos plausibles a ser compartidos son, en
general, aquellos que serán aprobados por el ojo del gran público. Como si se tratara de
publicidad en la vía pública, disponible para una multitud potencialmente desconocida,
“Facebook es más serio [que otras redes]… Es otro estilo, está menos disperso, entonces tipo,
publico más fotos, fotos con filtro. Y no mucho más” dice Juana, de 20 años.

El desfile

Instagram es un desfile donde el exhibicionista encuentra al voyeur. Como dice Sabrina, una
estudiante universitaria, “Instagram es como muy de lo que es uno y lo que hace uno y de cómo
es y cómo se ve”. Allí presentamos un relato visual de nuestra vida diaria, a la par que miramos,
a veces de manera casi adictiva, las presentaciones ajenas. “Es muy visual, entonces te
enganchás mucho con eso, con las fotos y con los videos” revela Alejandra, de 23 años.

Su audiencia, percibida como más restringida que la de Facebook, combina un espectro de


personajes que van desde un amigo cercano hasta un famoso, y que suelen excluir a familiares
cercanos. Ramiro, que se mudó a Buenos Aires hace un tiempo para estudiar arquitectura, toma
los recaudos necesarios llegado el caso: “Subo una entrega de la facultad, subo una maqueta
que me quedó linda… te digo como ejemplo, y bueno, quiero que lo vea gente que
probablemente no tiene Instagram entonces lo comparto en Facebook y ahí veo comentario de
mi tía “Ay, qué lindo que estás”.

En cierto sentido, la presentación del yo en Instagram tiene un estilo altamente estetizado y


cuidadosamente construido. “Instagram está mucho más premeditado, quizás no son como
eventos tan claves en tu vida como Facebook”, dice Sabrina. Y, como contrapartida, observar
posteos ajenos puede tener consecuencias psicológicas negativas: “te juro que te bajan la
autoestima (…) siempre el Instagram del otro o la vida del otro parece muy copada” explica
Estefanía, que trabaja en una ONG, y asocia la vida del otro al Instagram del otro.

Sin embargo, el carácter puramente visual de Instagram resulta atractivo y menos demandante
que el de Facebook, como propone Lucía, una empleada pública de 24 años: “en Facebook a lo
mejor… alguien puso alguna gansada y te lo tenés que comer, en cambio en Instagram es solo
fotos”. Y, al mismo tiempo es un entorno menos politizado: “es como mi red social más frívola.
Sigo marcas de ropa o giladas así. No la uso ni en pedo para…no sigo a ninguna página de noticias
ni nada” dice Ana.

El kiosco
Twitter adopta el carácter de un kiosco, una experiencia semi-pública donde los contactos
establecidos no pertenecen usualmente al espacio privado. Rodrigo tiene 28 años, es empleado
de comercio, y tiene en claro la diferencia entre las audiencias de cada red: “no son mis amigos
la gente de Twitter, o sea, no tienen nada que ver conmigo. Me van a estar siguiendo personas
que no sé quiénes son, que no me conocen, no sé qué hacen”.

La función primordial que cumple Twitter para los jóvenes es la de ser un reservorio infinito y
constantemente actualizado de noticias en forma de grajeas. Zoraida, una estudiante de
economía explica que “Face generalmente lo uso como para saber en realidad lo que hacen mis
amigos o gente del exterior (…) en cambio Twitter sí lo uso para saber de qué se está hablando
en el mundo … y qué está hablando la gente”. Al contenido noticioso se suman los comentarios
y las opiniones, que producen comunidades efímeras y ad-hoc reunidas para discutir la
actualidad. Estefanía, que chequea Twitter constantemente, cuenta que “un poco te hace sentir
que estás hablando con un grupo grande, que estás compartiendo opiniones, o que alguien vio
lo mismo que vos viste, porque alguien lo comentó”.

La actualización constante renueva el flujo de noticias a tal punto que los participantes tienden
a asociar Twitter con una dimensión de “siempre encendido / siempre ahora”. Para Leila, una
estudiante de periodismo, ahí “lo que las personas dicen es todo como más al instante, mucho
más inmediato, o lo que está pasando, ya sea con los Trending Topics, ¿viste los hashtags?”. A
ritmo constante, mientras a algunos entrevistados los atrae esta plataforma, a otros les produce
rechazo. Romina por ejemplo, una estudiante de 19 años, plantea que “Twitter te lleva a estar
todo el tiempo contando lo que estás haciendo y que como que no… no me llama.”

Y así como sucede en un kiosco, para muchos participantes, además de ser el lugar de la
información, Twitter es el espacio del humor y del posteo no planeado. En ese sentido, opera
por momentos como plataforma de presentación del yo en tono lúdico: Sabrina, por ejemplo, lo
usa “mucho como para escribir cosas que se me vienen a la mente y son graciosas”. A diferencia
de Facebook o Instagram, Twitter es entonces concebido como un entorno donde se depositan
comentarios espontáneos sobre el mundo y uno mismo.

El carnaval

Snapchat, sobre todo para los más jóvenes que entrevistamos, es como un carnaval. Un lugar
donde se va a socializar y disfrutar por momentos breves y efímeros, que no generan
compromisos, a través de interacciones visuales, usualmente con el uso de máscaras, que
disparan conversaciones. Como explica Laura, “creo que es más para boludear con mis amigas,
más como un, nada, ‘te mando una foto’”. Su carácter efímero y el juego que habilita con la
imagen lo ubica en un lugar de disfrute que no se observa en otras redes.

Contrario a Facebook, Snapchat aparece en el discurso de los entrevistados como una red de
público restringido, donde quienes forman parte de la misma son los pertenecientes al grupo
más cercano del individuo. Que haya un aspecto altamente lúdico y relajado allí no significa que
los vínculos mantenidos sean inocuos. Para Ramiro, Snapchat opera como un lugar de intimidad
pública: “Es algo raro, no sé si es la manera de describirlo, pero yo digo, ‘esto te lo cuento por 3
segundos’ y se acabó ahí. No te voy a mandar alguna intimidad mía, pero sí en el sentido de ‘te
cuento algo’, se olvidó y se terminó ahí. Se acabó y no vas a estar contándoselo a un millón de
personas”.

Snapchat es usado como un espacio para la construcción visual del yo pero, a diferencia de
Instagram, uno considerablemente menos planeado. María, una estudiante universitaria de
Misiones, siente que ahí puede “subir una foto que capaz sea medio tonta, que capaz no tenga
tanto sentido…qué se yo… algo más espontáneo que deja de estar. Entonces… fue algo de ese
momento y está bien.” El yo es presentado de manera menos restrictiva -“es más espontáneo
del momento, no sé, te mando esto pero en un ratito ya está, qué sé yo, no es relevante todo lo
que subís” explica Maribel, una estudiante de arquitectura de Santa Fe. El carácter efímero de
Snapchat es clave en la percepción aparentemente menos artificiosa de la presentación de la
vida cotidiana.

El café

WhatsApp, aquella máquina para chatear que se está convirtiendo en un nodo central de las
comunicaciones -y neurosis- diarias, cumple las veces del café: un lugar de divertimento y
también de trabajo. “Por WhatsApp pasa de todo. O sea pasan desde pavadas de chistes de
amigos de lo que sea hasta temas serios” plantea Ramiro. Desde comunicación interpersonal
puramente relacional hasta la participación en grupos donde se distribuyen responsabilidades y
obligaciones, este servicio de mensajería alberga una intersección de mundos públicos, íntimos
y privados que le han dado un carácter de red social cuasi indispensable en la vida de los jóvenes.
Julián consiguió un Blackberry exclusivamente “porque tengo que mantenerme comunicado por
WhatsApp con gente”.

A tal punto se ha convertido WhatsApp en una red omnipresente, que Estefanía olvidó la
funcionalidad del SMS en su teléfono: “Yo lo interpreto como mi contacto. Para mí… reemplazó
al app del teléfono… o sea el app de mensajes de texto me olvido que existe, hoy alguien me
mandó un mensaje de texto porque no había señal en el subte y digo, ay, qué es esto? dónde
me llegó?”

La presentación del yo en WhatsApp tiene que ver, de forma más privada que pública, con los
contenidos que se comparten y los grupos de los que se forma parte. La estructura de la
plataforma parece crear un ambiente más interpersonal de comunicación porque, como nota
Víctor: “creo que la foto y los mensajes son mucho más… no sé si personales pero como que te
acercan más a las personas”. El yo también se expresa a través de los grupos, que se han
constituido en una de las instituciones clave de cooperación, trabajo y vinculación de los
usuarios. Martina, una docente de zona norte de Buenos Aires, forma parte de un grupo donde
“compartimos muchos artículos académicos. No sé, un avance en neurodesarrollo de no sé
qué… ‘chicas miren este artículo, está bueno’”.

Como si se tratara de un café abierto 24/7, WhatsApp no duerme y esto puede traer
consecuencias psicológicas negativas: “me pasa que me llegan WhatsApps a las, no sé, 12 y
media y como que me precipito mucho” dice Lucrecia, quien tiene 27 años y tomó la decisión
de poner su celular en modo “avión” un rato antes de irse a dormir.

Cuando lo virtual se transforma en real


En 1959, el sociólogo canadiense Erving Goffman escribió La presentación de la persona en la
vida cotidiana, uno de los veinte libros más citados en la historia de las ciencias sociales. Allí
propuso una perspectiva dramatúrgica de la construcción de la autobiografía: el sujeto expone,
en sus múltiples interacciones, un relato sobre el yo, que construye tras bambalinas, y que
difiere de acuerdo a sus expectativas sobre la audiencia y a la impresión que desea formar en
ella. La idea, entonces, de que todo encuentro social implica una cuidada performance no es
nueva. Las tácticas implícitas que los participantes entrevistados exhiben en su discurso nos
hablan justamente de eso: cada red social llama a una construcción de la experiencia de vivir
que es propia, y hay determinadas percepciones colectivas sobre cómo operan allí las variables
temporales y qué modo de decir es habilitado técnica y socialmente por las funcionalidades en
juego.

La perspectiva de Goffman fue pensada desde el “cara a cara”. No es extraño: la situación de


dos o más hablantes que conversan observándose a los rostros en coalescencia temporal y
espacial supo convertirse en el estándar de la comunicación humana. ¿Pero qué pasa cuando
vivimos en los medios, y las pantallas son como el agua en la que nadan los peces? ¿Cuando las
redes son el concreto que da forma a las calles que transitamos y los edificios en los que pasamos
nuestros días? ¿Y qué ocurrirá cuando el estándar de la interacción deje de ser el tête-à-tête, y
la coincidencia en tiempo y espacio solo un caso más entre nuestras performances cotidianas?

Cruzamos saludos de compromiso en Facebook como cuando nos encontramos al pasar con
conocidos en una avenida poblada. Nos permitimos pavadas en Snapchat, porque sabemos que
ese registro dura menos que tres días de Carnaval. Posamos en Instagram para ver y ser vistos
como en un desfile, y lo hacemos cada vez más obsesionados con presentar una imagen
meticulosamente construida, que a veces poco tiene que ver con aquella que nos devuelve el
espejo. Comentamos las noticias y miramos en Twitter como en el kiosco de la esquina, donde
consumimos información cual caramelos, a veces en clave lúdica. Pasamos más tiempo en el
café que es WhatsApp que tomando un cortado con otros humanos en los Varela Varelita que
persisten en el espacio urbano. Por ahora seguimos usando la sigla IRL (In Real Life, en la vida
real) para diferenciarla de la vida online. Pero tal vez nuestras presencias en Facebook,
Instagram, Twitter, Snapchat y WhatsApp sean lo más real que tenemos.

Los autores agradecen al equipo de entrevistadores: Victoria Andelsman, Tomás Bombau, Sofía
Carcavallo, Paloma Etenberg, Rodrigo Gil Buetto, Camila Giuliano, Belén Guigue, Silvana Leiva,
Inés Lovisolo, Mattia Panza, Jeanette Rodríguez y Marina Weinstein.

http://revistaanfibia.com/ensayo/vivir-en-las-redes/

SMARTPHONE, EL AIRE QUE RESPIRO - Por Pablo Boczkowski y Eugenia Mitchelstein


Ver televisión, escuchar música o navegar por las redes sociales son actividades que
pueden ser integradas a todo tipo de prácticas laborales y domésticas a un bajo
costo monetario. Leer un libro, ir al cine o visitar un museo no: demandan el foco
primario de atención durante un tiempo prolongado. Con una encuesta a más de
700 personas, Eugenia Mitchelstein y Pablo J. Boczkowski analizan cómo las nuevas
dinámicas que instalaron los teléfonos celulares están cambiando nuestros
consumos culturales.

Televisión, música y redes sociales. Estos son los tres principales consumos culturales de los
habitantes de la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano, de acuerdo con los resultados de una
encuesta domiciliaria que realizamos a 700 personas mayores de 18 años en octubre de 2016.
Si bien diferentes, estas actividades comparten dos características fundamentales: no requieren
una inversión adicional de dinero y no demandan el foco primario de atención durante un
tiempo prolongado. Son, por el contrario, prácticas que nos acompañan en nuestros quehaceres
diarios, como parte del ambiente simbólico que nos rodea. A diferencia de leer un libro, ir al
cine, o visitar un museo, que requieren un gasto puntual y la interrupción el flujo de tareas
cotidianas durante un lapso significativo, ver la televisión, escuchar música y circular por las
redes son actividades que pueden ser realizadas con un bajo costo monetario e integradas a
todo tipo de prácticas laborales y domésticas.

En sus prácticas cotidianas los encuestados recrean una cultura de tipo ambiente. En 2010,
Alfred Hermida, quien se desempeña como director de la escuela de periodismo de la
Universidad de British Columbia en Canadá, propuso el término “periodismo ambiente” para
describir la naturaleza ubicua de la información periodística a través de las redes sociales,
fundamentalmente Twitter. Según Hermida, no sólo las noticias están disponibles de manera
constante y extendida, sino que también las audiencias participan del proceso de producción y
distribución de información. En este artículo, adaptamos y expandimos el concepto de
“ambiente” al contexto más amplio de los consumos culturales. Porque cada vez más, estos
pasan de ser el resultado de actividades puntuales a transformarse en el aire simbólico que
respiramos de manera mediatizada.
La forma en que la cultura ambiente se manifiesta en la vida cotidiana varía principalmente en
función de la edad de los encuestados; entre los más jóvenes, estas tendencias se dan con mayor
intensidad. El nivel socioeconómico y educativo y la identidad de género tienen una influencia
comparativamente menor a la hora de determinar nuestras preferencias culturales. Si las
prácticas de los jóvenes pueden ser vistas como una avanzada de lo que vendrá, los datos que
siguen revelan una transformación fundamental y en curso en el tejido cultural de la sociedad.

El empleo del ocio

Cuando le preguntamos a los encuestados por sus tres principales prácticas culturales, 51%
eligió la televisión, 37% música, y 26% redes sociales (ver gráfico 1). Estas tres actividades
principales tomadas en conjunto son mencionadas más que el total de las doce actividades
restantes. En un segundo grupo se encuentran escuchar la radio, ver videos online, leer libros,
diarios y revistas, usar juegos electrónicos, ir al cine, y ver películas en DVD. Estas actividades
son mencionadas entre las tres más importantes por entre 15% y 4% de los encuestados. En un
tercer grupo aparecen los juegos de mesa, ir a conciertos, espectáculos de teatro y danza, y
visitar museos: 2% de los encuestados o menos mencionan estos consumos culturales entre los
tres primeros.
Gráfico 1: Principales consumos culturales

En poco más de una década de existencia, las redes sociales lograron superar a la radio, los
libros, los diarios, las revistas y el cine dentro de los consumos culturales. Y más allá del
surgimiento de las redes como un integrante clave en nuestro universo simbólico, el Gráfico 1
muestra que la cultura ambiente es el terreno de la imagen y el sonido, no del texto. La
prevalencia de la lectura de libros, diarios y revistas entre los tres principales consumos
culturales no llega al 10%. La palabra escrita en las redes pierde terreno frente al contenido
audiovisual, cada vez más relevante en Facebook y decisivo en Instagram y Snapchat.

La distribución etaria de los distintos consumos culturales sugiere que esta es una foto y no la
escena final de la película. Mientras que la televisión es un medio maduro, las redes están en
pleno crecimiento. Por otro lado, las prácticas más antiguas, representantes de la llamada “alta
cultura”, como el teatro, la danza y las artes plásticas (en museos), son mencionadas por el 2%
de los encuestados o menos. Esta alta cultura queda muy relegada y no aparece como
importante siquiera en una encuesta, donde los mecanismos de deseabilidad social podrían
hacer que los participantes den respuestas que suponen los harían quedar bien frente a los
entrevistadores.

Cuestión de edad

Como adelantamos, la prevalencia de los diferentes consumos culturales varía según grupo
etario. Entre los adultos de menos de 30 años se imponen la música y las redes sociales: la mitad
de los encuestados incluye a la música, cuatro de cada diez a las redes, y un tercio a la televisión
entre sus tres principales consumos culturales (ver Gráfico 2). En el grupo de los mayores de 60
años priman la televisión y la radio: la primera es mencionada por más de dos tercios de los
encuestados como uno de sus consumos culturales principales, la radio por un tercio y la música
por un cuarto. Las redes desaparecen del podio.
Gráfico 2: Principales consumos culturales por grupo etario.

Televisión y radio por un lado, música y redes sociales por el otro. Esta es la línea divisoria a nivel
generacional. El Gráfico 2 muestra que a medida que pasan los años, la influencia de la
radiodifusión aumenta, mientras que la de música y redes se reduce. Aunque la música nos
acompaña desde hace siglos, la experiencia de escucharla ha evolucionado enormemente desde
del vinilo en el tocadiscos en un lugar fijo, pasando por el casete en el walkman en la calle, hasta
el archivo digital en Spotify en todos lados—al que accedemos a través del mismo dispositivo
que usamos para hablar por teléfono, mirar Facebook, chatear por WhatsApp y navegar la
ciudad con el GPS. Y si hablamos de consumos culturales novedosos, las redes sociales no
existían una generación atrás. Hoy en día han devenido en el segundo consumo cultural de los
adultos menores de treinta.

Estas tendencias sugieren que adultos de menos de treinta y más de sesenta viven en universos
simbólicos diferentes. Los primeros, por un lado, marcados por la música y la combinación de
texto, imágenes, audio y video en las redes, customizados por y para cada uno de los
consumidores. Lo segundos, por el otro, permanecen vinculados a lo que el especialista inglés
en estudios culturales Raymond Williams denominó la experiencia de flujo, en la cual el
contenido audiovisual es emitido de manera continua y en forma masiva a las audiencias.

¿Una nueva distinción?

Las diferencias por nivel socioeconómico son menores que las diferencias por grupo etario: para
todos los niveles analizados los tres consumos culturales en el podio son televisión, música y
redes sociales (Gráfico 3). Si cuatro de cada diez encuestados de mayor poder adquisitivo
incluyen navegar por las redes sociales dentro de sus principales actividades, casi tres de cada
diez del grupo más carenciado hacen lo mismo. Pero ver televisión va en sentido inverso: seis
de cada diez de los encuestados de menor nivel socioeconómico lo mencionan, comparado con
casi cuatro de cada diez entre los más ricos.
Gráfico 3: Principales consumos culturales por nivel socioeconómico.

La menor prevalencia de la televisión en los sectores más pudientes puede deberse a los nuevos
formatos audiovisuales: entre las clases altas y media, 12% elige el video online, comparado con
6% y 4% para los sectores medios-bajo y bajos, respectivamente. Tal vez no cambie tanto el
interés por lo audiovisual, sino el formato y los dispositivos a través de los cuales se accede a
este tipo de contenidos. Escuchar música, en cambio, es incluido como uno de los principales
consumos culturales por entre 35% y 45% de los encuestados de todos los niveles
socioeconómicos. Esta preferencia no se traslada a la música en vivo: menos de 2% de los
encuestados lo considera como parte de sus principales consumos culturales. Expresiones de la
alta cultura como el teatro, la danza y los museos aparecen relegadas por igual en todos los
estratos sociales. O sea, su bajísima prevalencia no es una cuestión de acceso—si lo fuera,
debería haber una diferencia significativa entre los niveles socioeconómicos altos y bajos—sino
del escaso interés del público.

Cuando dividimos a los encuestados en tres grupos según nivel educativo—aquellos con
secundario incompleto o menos, los que terminaron el secundario pero no han completado
estudios terciarios o universitarios, y los que tienen títulos terciarios o universitarios—vemos
que el dominio de la tríada televisión, música y redes se mantiene en todos los grupos (Gráfico
4). Las principales diferencias residen en que la televisión es más importante en el grupo con
menor nivel educativo y que la lectura de libros supera al 20% entre aquellos que finalizaron
estudios terciarios o universitarios.
Gráfico 4: Principales consumos culturales por nivel educativo.

En su famoso libro La Distinción, el sociólogo francés Pierre Bourdieu propuso que aquellos con
mayor nivel de capital cultural tenían mayor capacidad de determinar qué constituye el buen
gusto en los consumos simbólicos de una sociedad. Si las redes sociales y lo digital son vistos
como las expresiones de la vanguardia cultural en la sociedad contemporánea, los resultados de
nuestra encuesta sugieren que en la actualidad la “distinción” depende más de la pertenencia a
un grupo etario que del pasaje por el sistema educativo.

Redes y libros para ellas, radios, diarios y revistas para ellos

La identidad de género tiene un rol aún menor que la pertenencia a grupos etarios y niveles
socioeconómicos a la hora de organizar los principales consumos culturales de los encuestados,
pero no por eso deja de existir como factor relevante. No hay grandes diferencias entre hombres
y mujeres respecto de los dos consumos culturales principales, la televisión y la música. Pero
tres de cada diez mujeres incluyen a las redes sociales dentro de sus tres principales consumos
culturales, comparado con dos de cada diez hombres (Gráfico 5). En sentido inverso el doble de
hombres que de mujeres incluyen la radio como uno de sus consumos culturales predilectos. El
material de lectura también difiere: 11% de las mujeres incluyen los libros y 3% diarios y revistas,
mientras que 5% de los hombres incluye los libros y el 7% la prensa escrita.
Gráfico 5: Principales consumos culturales por género.

Estas diferencias sugieren la existencia de perfiles culturales en cierto sentido divergentes entre
mujeres y hombres. Mientras ellas dan comparativamente más importancia a la comunicación
interpersonal en las redes, ellos priorizan la comunicación unidireccional de los medios
tradicionales. Estas diferencias pueden estar relacionadas en parte al rol que muchas mujeres
suelen ejercer como principal soporte en las relaciones sociales de sus familias y sus grupos de
pertenencia. La información disponible en las redes facilita esta tarea socio-afectiva, y permite
extenderla por fuera del llamado telefónico o el encuentro cara a cara. Por otro lado, los
consumos culturales que tienen mayor importancia para el género masculino son medios
tradicionales: radio, diarios y revistas.

La cultura como medio ambiente

La televisión, las redes y la música tienen en común su condición de consumos culturales de tipo
‘ambiente’: nos rodean, están con nosotros todo el tiempo, y no requieren de un corte mientras
hacemos otras cosas. Esto está vinculado con el incremento en las formas ambientales de
acceso a la información, especialmente visibles en el aumento del consumo incidental de
noticias, en las redes sociales, a través del celular y sobre todo entre los adultos jóvenes.
Entramos y salimos de las redes todo el tiempo, tenemos la tele prendida de fondo, escuchamos
música a través del celular mientras estamos en nuestras casas, caminamos por la calle o
viajamos en el transporte público. A veces estos tres consumos culturales acontecen de manera
simultánea, como cuando miramos un concierto por televisión mientras lo comentamos por
Twitter.

La cultura ambiente no requiere una inversión adicional luego de la inicial. Una vez que
compramos un aparato de televisión y un dispositivo móvil, y pagamos el acceso al cable o a
internet, no hay un costo marginal en entrar a Facebook una vez más o dejar la televisión
encendida todo el día. Esto constituye un obstáculo menos para el dominio de la cultura
ambiente. Si lo económico fuera decisivo en la organización de los consumos culturales
contemporáneos, los resultados de la encuesta deberían haber arrojado diferencias más
importantes entre los sectores de mayores y menores ingresos. Pero esto no sucedió.

La preferencia por la actividad simbólica ambiente no se ve solo en la primacía de las redes, la


televisión y la música, sino también en la distancia que separa estas actividades de aquellas que
requieren desconectarse del resto. La desconexión está vinculada con el requisito de hacer una
inversión puntual en cada oportunidad de consumo, como en el caso de los libros, el cine, el
teatro o los museos. Los modelos de negocios de los productores de cada actividad subrayan
esta diferencia: la televisión y las redes se sostienen principalmente vendiéndole la atención de
las audiencias a los anunciantes, no contenido a las audiencias.

Si bien el futuro es incierto, entrevemos el surgimiento de un régimen simbólico marcado por la


inmersión en los bienes informativos y culturales, cuyo consumo deja de ser una actividad
puntual y primaria. Los pedidos en cines y teatros para que apaguemos nuestros celulares antes
de la función—cada vez más desesperados y cada vez más ignorados—señalan cuánto nos
cuesta separarnos de la cultura ambiente para sumergirnos en la experiencia única de disfrutar
de una película o una obra. Algo similar se percibe en los espectáculos donde no hay prohibición
de uso de los teléfonos celulares, como por ejemplo los recitales de rock. Allí, miles de usuarios
sacan fotos y transmiten en vivo lo que están presenciando para que lo sigan sus respectivas
audiencias en Facebook e Instagram, logrando así unir el registro de lo presencial con el de lo
digital ambiental. A veces, están tan, o incluso más, atentos a los ‘me gusta’, comentarios y
compartidos que a lo que sucede en el estadio. ¿Posteamos en las redes para dejar registro de
los eventos a los que asistimos o vamos a recitales para alimentar nuestra cultura ambiente de
cada día?

*Agradecemos a Victoria Andelsman, Silvina Chmiel, Silvana Leiva y Mora Matassi por los
comentarios que hicieron acerca de versiones preliminares de este texto.

http://revistaanfibia.com/ensayo/smartphone-aire-respiro/

¿POR QUÉ BATMAN NO MATA AL GUASÓN? - Por Valentín Muro y Giancarlo M. Sandoval

¿Por qué Batman no mata a su enemigo por excelencia, el Guasón? Desde distintas
posiciones filosóficas, Valentín Muro y Giancarlo Sandoval analizan las decisiones
del murciélago, un “hombre bueno” aristotélico. Adelanto de "Filosofia y cultura
popular: literatura, series, cine y música desde una mirada académica”, publicado
por la Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

A pesar de la multiplicidad de formas en que se representó a Batman en los últimos setenta y


cinco años -tanto en los cómics como en televisión o cine- algunas características se mantienen
esenciales. Bruce Wayne, joven estadounidense heredero de una fortuna a raíz del asesinato de
sus padres cuando era un niño, realiza durante el día actos de filantropía y dirige su compañía.
Por las noches, lucha incansablemente contra el crimen en su ciudad en venganza por la muerte
de sus padres y las víctimas de la delincuencia, arriesgando su vida para proteger a su ciudad. Su
entrenamiento es incesante y ha perfeccionado su mente y cuerpo hasta prácticamente alcanzar
el límite de lo que es humanamente posible. Se priva de todo lujo a excepción de su mayordomo,
Alfred Pennyworth, quien lo ha cuidado desde el asesinato de sus padres y procura mantenerlo
cuerdo y saludable.

¿Qué lleva a que Batman llegue hasta tales extremos? ¿Es lo que hace bueno, o justo, o virtuoso?
¿Por qué Batman no mata, a pesar de que ese asesinato pudiera salvar más vidas en el futuro?
¿Por qué Batman no mata a su enemigo por excelencia, Joker?

El presente capítulo tratará de abordar a Batman, tanto en su versión fílmica como la versión
presente en los comics. Al hacerlo, analizará las distintas posiciones filosóficas bajo las que el
murciélago puede ser categorizado. Mediante un diálogo con el vasto material que conforma la
imagen de Batman, llegamos a la conclusión de que Batman puede ser categorizado como un
“hombre bueno” aristotélico, portador de una ética emancipatoria.

Cuando se trata de representaciones cinematográficas, es la trilogía de Christopher Nolan la que


nos provee de los ejemplos más marcados en los que Batman, o Bruce Wayne, tiene que
enfrentarse a dilemas éticos que ponen a prueba su código moral y lo fortalecen.

Nolan en su trilogía se esfuerza por romper con ciertas convenciones acostumbradas en las
películas de superhéroes. En Batman Begins (Nolan, 2005), vemos a Bruce Wayne transitar
desde su infancia hasta el momento donde viste el traje de hombre murciélago y se convierte
en Batman. El tono de la película es oscuro, ligeramente más alineado con el de el Batman de
las novelas gráficas de los 80 como The Killing Joke o The Dark Knight Returns. Intentando seguir
a las novelas, estas procuran hacer preguntas incómodas.

Batman, tanto en cómics como en series televisivas — con la notable excepción de la serie de los
años 60 con Adam West y la reciente serie animada Batman: The Brave and the Bold — , tiende
a ser un héroe torturado. En sus caracterizaciones más icónicas se refleja un conflicto personal
interno que lo diferencia de superhéroes con similares dilemas de responsabilidad, como es el
caso de Spiderman. Batman solo actúa. Se ciñe a un estricto código moral y siempre tiene un
plan (con sus respectivos planes b, c y d de respaldo) y un objetivo. No deja nada librado al azar.
Es a partir de este meticuloso cuidado detrás de sus acciones que se encuentra el conflicto.

Hemos de tener en cuenta que en su núcleo se encuentran características que atraviesa todas
sus representaciones. Es un núcleo increíblemente conflicto y humano. Demasiado humano.

Por ejemplo, en Batman Begins Ras Al Ghul quiere que Bruce Wayne asesine a alguien como
castigo por sus crímenes. Pero Bruce se rehúsa: esto lo pondría al mismo nivel que ellos. Optar
por una opción que agrava el crimen con otro crimen sería inaceptable. ¿Quién tiene, después
de todo, potestad de tomar el lugar de juez, jurado y ejecutor?
Este estricto código moral al que adhiere Batman le impide quitar la vida a otra persona. A
excepción de sus primerísimas apariciones, Batman aborrece las armas de fuego y se rehusa a
utilizarlas. Tal es la carga simbólica que tienen — después de todo con una asesinaron a sus
padres — que la representación del retiro obligado de nuestro héroe en Batman Beyond, serie
animada que transcurre en el futuro, muestra a un envejecido Batman atinando a sostener una
pistola como último recurso para defenderse. Paso seguido, jura nunca más volver a hacerlo y
cuelga su traje.

Batman considera que matar lo pondría al mismo nivel que los criminales a quienes ha jurado
combatir. Sin embargo, contemplando el bien mayor, Batman debe equilibrar su código moral
personal con el número de vidas que podría salvar de tan solo matar a algunos villanos.

En Batman Begins, Nolan introduce un primer giro en la perspectiva moral de Batman al mostrar
a un resentido joven Bruce planeando asesinar a la persona que mató a sus padres para luego
verse repugnado por sus propias intenciones. Giros como este cimientan el conflicto interno del
joven Bruce. En esta primera situación es ubicado frente a la figura del mal, el mafioso que
mandó a matar a sus padres, en lo que Nietzsche llama una posición moral reactiva (Nietzsche,
1989).
Las posiciones morales de Nietzsche, en específico, se oponen a dos posturas: la de John Stuart
Mill, padre del utilitarismo, y las de G.W.F. Hegel. Siguiendo la lectura de Gilles Deleuze, que
opone a Nietzsche y Hegel, podemos afirmar que, mientras Hegel esboza una posición de “tesis,
antítesis y síntesis”, característico de su sistemática, la posición de Nietzsche dibuja una figura
de maestro-esclavo en un marco moral que halla una isomorfía en las relaciones entre lo activo
y lo reactivo.

Una posición moral activa es la que hace; una posición moral reactiva es la queno. La posición
del maestro es la que afirma y crea, la posición del esclavo es la que niega y destruye. Estas
posiciones son problematizadas por Deleuze enNietzsche y la filosofía (1986) donde caracteriza
al mundo como algo empujado por fuerzas que llevan a la creación de valores (Deleuze, 2000).

Bruce, en un inicio, pasa de estar en una posición notablemente reactiva — como aquel al que
le han hecho algo, como el afectado por fuerzas más allá de él — a verse a sí mismo como una
fuerza activa. Este tipo de pujas hacen a Batman un héroe notoriamente humano, que
constantemente está en conflicto entre fuerzas, entre distintas (dis)posiciones.

El plan del joven Bruce es matar a Carmine Falcone, lider mafioso, pero no llega a hacerlo. Bruce
queda impotente frente a la figura activa del criminal que controla a la ciudad desde sus
márgenes. Portador de una posición reactiva, Bruce se ve incapaz. Esta es la posición del esclavo.
La posición reactiva genera una conciencia contestataria que actúa en función de una fuerza
mayor. Si la fuerza activa hace algo, la fuerza reactiva funciona en relación a esta y no bajo su
propia voluntad. La reactividad nunca crea, destruye. La posición del mafioso es una posición
que se enmarca dentro de la creación, la dominación y el control. Gotham es un significante que
apoya esta hipótesis, en tanto constituye la razón por la que Bruce vuelve. La ciudad ha sido
dominada, subyugada por una fuerza de creación y organización criminal; una que no ve
oposición ni siquiera en los principales aparatos legales del lugar.

En nuestro siguiente hito conflictivo de la trilogía de Nolan, el momento de decisión frente a Ras
Al Ghul, la escena es diseñada explícitamente como una confrontación ética donde el joven
Bruce, tras haber sido entrenado por laLeague of Shadows, liderada por Ras Al Ghul, debe dar
el siguiente paso y consumarse como un miembro más. Concretamente, se espera que asesine
a un delincuente. Si bien el credo a partir del cual fue entrenado tiene un fin con el que él
coincide (acabar con la injusticia), son los medios a los que se opone por principio. Asimismo,
dependerá de nuestras nociones de ‘bien’ o ‘justicia’ la agenda que promovamos para
defenderlas. El fuego no se aniquila con fuego, así que decide optar por no matar al criminal y
completar el giro, con la consecuente adopción de la posición activa, con una explosión que
termina con el centro de operaciones de la League of Shadows y con Ras Al Ghul puesto en el
filo entre la vida y la muerte. De algún modo, esto es destruir para crear.

Si bien habíamos precisado que la diferencia entre lo activo y lo reactivo es que uno crea y el
otro destruye, es esta “corazonada ética” la que cambia la propulsión de la fuerza reactiva por
una activa. Bruce Wayne pudo haber dejado morir a Ras Al Ghul en el acto, pero no lo hizo. Su
código es no matar.

Pero si hay un personaje al que Batman podría haberle convenido matar hace mucho tiempo,
un personaje que encarna todo lo que Batman no es, es el Joker.

El Príncipe Payaso del Crimen es un espantoso asesino sin igual que en reiteradas ocasiones
atacó (e incluso asesinó) a personas cercanas a Batman, además de incontables miles de
habitantes de Gotham. Por supuesto que en cada oportunidad Batman lo atrapa y lo devuelve a
Arkham Asylum, donde a través de la “puerta giratoria” rápidamente vuelve a las calles a
instaurar el caos. Batman sabe que el Joker va a escapar y que inevitablemente volverá a
asesinar a no ser que él logre prevenirlo, algo que no siempre sucede.

Sería trivial quebrar el cuello del Joker o dejar que este muera en alguna de las múltiples
situaciones fatales en las que se ha visto envuelto. Sin embargo, Batman jamás ha optado por
darle un final definitivo a su peor enemigo. Es a primera vista difícil de entender por qué si
contemplamos la enorme cantidad de vidas que podrían salvarse. Es en una escena de la trama
de Hush que Batman está ridículamente cerca de matarlo cuando es interrumpido por el
Comisionado Gordon. Batman le pregunta: “¿Cuantas más vidas vamos a dejar que arruine?” y
Gordon le responde: “No me importa. No dejaré que arruine la tuya” (Batman #614, junio 2003,
incluído en Hush Volume Two, 2003). Una primer reacción a la reticencia de Batman ante el
asesinato podría ser que él está siendo en cierto modo egoísta, permitiendo que su ‘código
moral’ entorpezca el bien mayor (evitar muertes).

El razonamiento detrás de la propuesta de asesinar al Joker por parte de Batman es bastante


simple: si Batman matara al Joker evitaría todas las muertes que este último pudiera ocasionar
en el futuro. Este razonamiento es típico del utilitarismo, un sistema ético consecuencialista que
nos exige maximizar la felicidad total o bienestar resultante de las consecuencias de nuestros
actos. Salvar muchas vidas al costo de una sola podría representar un aumento neto del
bienestar o la utilidad.

Pero los superhéroes en general no son utilitaristas. A pesar de que pueden luchar por la
felicidad y el bienestar, hay ciertas cosas que procurarán no hacer para obtenerlas. Tal como los
policías en la vida real, los superhéroes procurarán no poner en peligro vidas inocentes para
atrapar al villano, incluso cuando hacerlo podría prevenir que el villano mate más gente en el
futuro. La mayoría de los superhéroes no matarán incluso cuando eso pudiera salvar otras vidas.
Por supuesto que criminales como el Joker saben esto y lo aprovechan a su favor, tomando
rehenes en cada oportunidad que encuentran.

El utilitarista se pregunta por qué esta resistencia a matar en tales instancias. Incluso, esta
pregunta le fue formulada a Batman en muchas ocasiones, siendo quizás la más forma emotiva
aquella que usó Jason Todd, el segundo Robin, fallecido en manos del Joker y luego revivido sin
que Batman lo supiera como parte de la trama de Under the Hood:

Bruce, te perdono por no salvarme. Pero por qué…. ¿Por qué, por el amor de Dios, sigue vivo?…
Dejando de lado lo que ha hecho. Ciega y estúpidamente, ignorando el cementerio entero que
él ha llenado, los miles de personas que ha hecho sufrir… La amiga a quien ha dejado
minusválida… Pensé… Pensé que matándome a mí — que yo sería la última persona a quien le
dejarías lastimar.
— Batman #650 (abril de 2006)

Como dijimos más arriba, Batman suele responder que si él alguna vez mata, sería tan malo
como los criminales a quienes combate, o que estaría cruzando una línea de la que no podría
volver.

Hay otra postura ética que no se enfoca en las consecuencias de los actos, sino en las reglas que
los gobiernan. Esta es la escuela ética deontológica, que propone vivir de acuerdo a un conjunto
de reglas o actuar de acuerdo al deber sin importar las consecuencias, simplemente porque este
deber es más importante. Se le llama deontológica a partir de la palabra griega deon,“deber” y
su más famoso representante fue Immanuel Kant (1724–1804) que sostuvo que los deberes más
importantes debían ser universales y categóricos (esto es, que no aceptan excepción).

Supongamos que Batman es capturado por el Joker y este quiere saber dónde está Robin.
Batman no podría decir nada, o debería evitar la pregunta, porque no podría mentirle al Joker
para engañarlo, en tanto eso violaría el deber de no decir mentiras.

Para la ética deontológica, se juzga la moralidad de un acto en base a características intrínsecas


al acto mismo, dejando de lado las consecuencias que podría tener ese acto. Los fines nunca
justifican los medios, sino que los medios deben ser justificables por mérito propio. Por lo tanto,
el hecho de que matar podría prevenir futuras muertes es irrelevante, el único factor relevante
es que matar está mal. Aunque, de todos modos, incluso para el deontologista más estricto, hay
excepciones como por ejemplo matar en defensa propia.

En tanto Batman no mata al Joker de acuerdo a su máxima de no matar, su deber, ¿podemos


considerarlo kantiano? De ser así, tendríamos que encontrar a su sistema ético consistente con
el resto de sus acciones, aparte del hecho de rehusarse a quebrar el cuello del Joker. El
mecanismo de evaluación que utiliza el sistema deontológico es el de universalizar nuestras
acciones. Si nuestras reglas no se aplican a todos, de forma “universal”, entonces debemos
abandonarlas. En el caso de no matar, podemos preguntarnos: ¿qué pasaría si todos siguieran
esta regla? Y claramente la respuesta sería satisfactoria. El problema de ver a Batman como
kantiano es que no matar no es lo único que Batman hace.

Desde la primer aparición de Robin en 1940, Batman ha contado con varios adolescentes
cómplices en la lucha contra el crimen. El primero de ellos, Dick Grayson, fue rescatado de un
circo luego de la trágica muerte de sus padres. El siguiente Robin, Jason Todd, fue rescatado de
la calle luego de que intentara robar los neumáticos del Batimóvil. ¿Cuál es la regla que Batman
está siguiendo aquí? ¿“Si ves a un huérfano robando tus llantas, deberías ponerlo en un traje
rojo y azul y mandarlo a luchar con supervillanos”?

Difícilmente esta máxima sea universalizable, por lo que un deontológico lo consideraría


inmoral. Aún puede salvarse el comportamiento de Batman reformulando la máxima como “haz
lo que puedas para ayudar a los huérfanos”, que se acerca a la máxima kantiana de ayudar a los
demás. Sin embargo, deberíamos conceder entonces que “ayudar a los huérfanos” implica
vestirlos con un disfraz y mandarlos a luchar contra lunáticos. Podemos plantearla entonces
como “ayudar a los huérfanos mientras evitamos que se expongan al peligro”, y en ese caso
Batman estaría fallando como deontologista.

¿Puede el Batman utilitarista justificar su adopción de niños para convertirlos en luchadores


contra el crimen como él? Si pensamos en las consecuencias de ese acto, Batman puede
justificarse indicando que poner a Robin en peligro promueve el bien general de Gotham. Si
entrenar más Robins le hace más bien a los ciudadanos que el costo que supone, entonces el
Batman utilitarista lo encontraría justificado. Sin embargo, parecería ser que el sacrificio de estos
adolescentes cómplices es un precio demasiado alto a pagar, incluso en aquellos casos en que
significase el mayor bien para la mayoría.

Los utilitaristas son conocidos por justificar el tratamiento de las personas como medios para
obtener el mayor bien para el mayor número de personas. Es por esto que podemos pensar que
Batman estaría de acuerdo con que poner a sus jóvenes aprendices en peligro se justifica en
virtud de las buenas consecuencias para la sociedad. Pero si sabemos que Batman no sacrificaría
una vida para salvar otras (de lo contrario el Joker estaría hace mucho tiempo a dos metros bajo
tierra), parecería ser que hace una excepción a esa regla con aquellos a los que entrena. ¿Quizás
Batman es pluralista respecto de su sistema ético? Pero esto no hace más que complicar las
cosas al obligarnos a definir el criterio a partir del cual optar por una alternativa ética antes que
otra. ¿Cuando se trata de matar al Joker es deontologista pero cuando se trata de entrenar a un
Robin es utilitarista?

Me convertiré en un muerciélago

Como tercer camino, aún no explorado, podemos evaluar si Batman en realidad no adhiere a
cierta ética de la virtud, como la propuesta por Aristóteles (384 a. e. c. — 322 a. e. c.). La ética
de la virtud enfatiza características generales de las personas, llamadas virtudes o excelencias,
en vez de juzgar cómo se deberia actuar, como hacen los deontologistas, o las consecuencias de
nuestros actos, como hacen los utilitaristas. La ética de la virtud también toma en cuenta las
diferencias, como la diferencia de personalidad, los distintos roles que las personas cumplen y
las diferencias entre las culturas en las que viven. Mientras que Batman pareciera esforzarse por
hacer siempre lo que él cree correcto, también parecería entender que distintos tipos de
personas requieren de distintos tipos de actos. Como dice James DiGiovanna en su análisis: ”No
todos deberían ser un Batman o un Robin. No todos tienen la personalidad necesaria para ser
un superhéroe, y la sociedad requiere diferentes roles para cada uno de nosotros”.

De este modo, quizás Robin tiene un papel que jugar que hace del mundo un lugar mejor, y
Batman podría estar haciendo de sus Robin mejores personas al convertirlos en sus compañeros.
Incluso considerando que no sea universalmente cierto que “los hombres millonarios que se
visten como murciélagos debieran convertir a delincuentes menores en herramientas de la
justicia” (White y Arp, 2008).

Como sostienen filósofos como Alasdair MacIntyre o Martha Nussbaum, los utilitaristas y
deontologistas pueden discutir sobre los actos correctos, pero parecen ser incapaces de decir
cómo es que alguien llega a tomar las decisiones correctas. Estas teorías por lo general son
llamadas de los actos o las reglas, dado que lidian con actos individuales y reglas universales.
Con lo que no lidian es con el entrenamiento necesario para llegar a tener la personalidad
necesaria para actuar moralmente. Ambas teorías parecen implicar que simplemente con
entender cómo funcionan estas teorías éticas alcanza. Pero también está claro que podemos
entender que algo esté mal y hacerlo igual, por debilidad de nuestra voluntad, por ejemplo.
Cuando Batman toma a Robin bajo su tutela, como dice DiGiovanna, no sólo le explica la ética
del superhéroe, sino que lo entrena, enseñándole con el ejemplo y la experiencia el camino del
superhéroe.

Para MacIntyre (y antes, para Platón), primero nos comportamos moralmente y luego
aprendemos sobre la moral. “No le explicamos ética a un niño, simplemente le decimos no”
(MacIntyre, 1984). Cuando la gente es más adulta e internalizó estos comportamientos es que
pueden entender los motivos abstractos para comportarse moralmente. En ese punto uno
puede involucrarse en el pensamiento filosófico sobre el comportamiento ético y hacer el tipo
de experimentos mentales que los consecuencialistas y deontologistas ubican al centro de la
ética. Esto es, deducir reglas generales y pensar efectivamente sobre las consecuencias.

A pesar de proponerse a través de un aprender haciendo, la ética de la virtud también nos exige
que definamos el tipo de entrenamiento que haremos, el tipo de personalidad queremos lograr.
Para esto también haremos uso de reglas generales, como los consecuencialistas o
deontologistas, y nos preguntaremos por el tipo de caracter que queremos formar. Y aunque la
ética de la virtud implica entrenamiento, no cualquiera puede recibir el entrenamiento para
cualquier rol. Si una persona muestra una tendencia hacia cierta virtud, puede ser entrenada
para perfeccionarla, pero de no ser así podría ser imposible hacerlo. Esto pone incluso mayor
acento sobre el motivo por el cual Batman adopta a quienes luego serán sus Robin: ve en ellos
este conjunto de virtudes que de perfeccionarse les permiten ocupar el rol de aliados en la lucha
contra el crimen.

Lo que parece quedar claro respecto del sistema ético que sigue Batman, es que es un
deontologista mediocre, un utilitarista bastante decente y sin duda, un adherente a cierto tipo
de ética de la virtud en nombre de la justicia.

“There´s no hope in Crime Alley!”

En tanto representante de la justicia, las preocupaciones de Batman se exteriorizan en Gotham.


Esta es un paralelo de los conflictos interiores del joven Wayne y una manera de enfrentarlos.
El poder normativo del Estado, decaído como está en Gotham, es tanto la fuente de la
desesperanza inicial de Bruce (momento del asesinato de sus padres), como la representación
de lo que su código moral no es: blanco y negro.

Conviene pensar en el Estado como institución para poder delimitar la posición de Batman como
sujeto emancipatorio, portador de una ética variable que se opone a la posición dicotómica a
priori de los deontologistas. La posición de Batman en relación al Estado siempre ha sido una de
conflicto. Nuestro hombre murciélago favorito siempre ha estado ubicado en los márgenes
institucionales. Sin embargo, estas instituciones contienen fallas dentro de sus estructuras. El
Estado, portador de una lógica rigurosamente normativa, suele tener una visión deontológica.

Como previamente hemos mencionado, Batman podría ser considerado un deontólogo, si no


fuera por las múltiples instancias en las que se le puede considerar un utilitarista (o adherente
a una ética de la virtud).

Sin embargo, hemos de cuestionar la postura kantiana respecto de las instituciones. El filósofo
alemán, defensor de la Ilustración, tiene entre sus escritos el famoso “sapere aude” (ten el valor
de pensar por ti mismo). Pero esta frase implícitamente nos lleva al pensar todos lo mismo -
siguiendo la moral kantiana universal y a que sigamos a las instituciones y que le demos espacio
a la religión.
Hemos de poner a Batman contra Kant debido a que Batman no sólo se opone en algunas
instancias a la moral kantiana, sino que también se opone a su proyecto de la Ilustración. Las
instituciones, en tanto ineficientes, llevan a una especie de caos formalizado que Batman no
puede tolerar. De la misma manera en que el Estado le falló al no prevenir que sus padres fueran
asesinados, el Estado le falla a Gotham gracias a un sistema que está enteramente oxidado. La
maleabilidad moral no tiene lugar en Gotham y es precisamente lo que Batman encarna

Batman no puede adoptar una posición ética estricta debido a que esta está en completa
complicidad con los derechos humanos, como remarca Alain Badiou (Badiou, 2001). Las
prácticas en las que las personas se involucran, son miles y múltiples. Una ética normativa y
regulatoria que, en realidad, no se transforma ha de molestar a los ciudadanos debido a que
promueve una falsa Ilustración. La ética de Batman es una ética emancipatoria porque está
directamente ligada al campo de batalla moral que se libra en las calles, algo que los aparatos
estatales no pueden ver debido a su posición como ojos de Dios (Foucault, 2012).

Pensemos en los padres muertos de Bruce como pilares de lo bueno, de lo justo, de lo


irremediablemente no adaptable. Mueren y Batman se vuelve lo no-institucional, lo humano y
transformable. Fácilmente podría haber caído en el salvajismo, pero no lo hace, la complejidad
de Batman radica en su adopción de paradigmas institucionales o estatales para ver más allá de
estos no mediante una óptica anti-institucional, sino una para-institucional (humana) que lo
hace mucho más complejo que el hombre despojado de leyes o poder estatal. Él es su propio
gobierno.

Esta clase de Ilustración “Do It Yourself”, una Ilustración por mano propia, es la que nos dificulta
la idea de que Batman se enmarque dentro de una posición filosófica. Batman es post-kantiano
en tanto no se suscribe a una narrativa institucional. Él evalúa por su cuenta, ¿por qué no
deberíamos hacerlo nosotros?

Ser Batman
¿Por qué nos gusta tanto Batman a pesar de que sus acciones como justiciero son ciertamente
ilegales y en muchos casos incluso moralmente cuestionables? ¿Por qué vemos bajo una buena
luz sus acciones pero nos espantamos cuando se hace “justicia por mano propia”? La mayor
parte del tiempo damos por sentado que Batman actúa de acuerdo al “bien” y no toma mucho
esfuerzo llegar a la ingenua conclusión de que en efecto el “bien” o lo correcto es definido por
lo que él hace. Le concedemos entonces plena confianza en que sea lo que sea que resuelva,
será lo justo. Llevando este razonamiento a sus últimas consecuencias, no cuesta ver a Batman
como el “buen hombre” aristotélico.

De acuerdo a la ética de la virtud aristotélica, las personas son en principio virtuosas. Y una
persona es virtuosa cuando tiende a hacer lo correcto, siendo un acto correcto, virtuoso, sólo si
es el tipo de acto que realizaría una persona virtuosa, el buen hombre. De reconocer a Batman
como “buen hombre” podemos ahorrarnos gran parte de los problemas que nos suscitaban los
otros sistemas éticos, pero bien se nos podría acusar de caer en una circularidad. Al mismo
tiempo, esta tendencia a actuar de forma correcta correspondiente al buen hombre podría no
resultar útil cuando dos o más virtudes entran en conflicto. Por ejemplo, la compasión y la
justicia podrían colisionar cuando se trata de un criminal arrepentido (y sabemos que Batman
no es particularmente compasivo cuando se trata de este tipo de casos).

Volviendo al asunto de la justicia DIY, la justicia por mano propia, el motivo por el cual cae
plenamente en la ilegalidad es que lo justo para cada uno bien puede ser muy diferente y
necesitamos de un tercero, una “persona jurídica” como la policía, que imparta justicia a partir
de valores acordados previamente. Este tercero es el Estado, o más precisamente, el órgano del
Estado con el monopolio de la fuerza. Según Hobbes (2003), sin Estado habría una guerra de
todos contra todos porque todos los hombres tienen derecho a todo (al no haber ley, no hay
justicia ni injusticia) pero por tener derecho a todo también hay temores (como no hay leyes
cualquiera puede arrebatar lo que desee, incluso la vida). La venganza entonces es aceptada
porque también estoy en todo mi “derecho”. Es por esto que se necesita una figura fuerte, el
Estado, que garantice la paz y que sea más temida que lo que te podría hacer el prójimo. En
ausencia de un Estado eficaz, todos pretenden cumplir ese papel. Pero si todos cumplen el papel
de justiciero, se necesita algo (o alguien) que diga qué es justo. Sin Estado, no hay justicia ni
injusticia. Se acepta a Batman porque reencarna al Estado ineficaz. Es una figura más fuerte que
cualquier ciudadano. Es el tercero que se necesita para que dirima en las disputas y que ponga
la paz que no hay. La figura de Batman nos convierte en lobos domesticados.

Es por esto que en general las movilizaciones populares son reactivas y generan mayormente
rechazo, porque al hacer justicia por mano propia no dan garantías de que sus acciones vayan a
coincidir con lo que está bien. En dichos casos se funciona en relación a otra voluntad y no por
iniciativa propia. Pensemos en por qué Batman hace lo que hace, ¿vemos sed de venganza en
algún momento? A veces, tal vez, pero la vemos canalizada. La fuerza moral que lo motiva es
mayormente positiva, a pesar de lo que le haya pasado.
¿Cuáles son, entonces, los supuestos que sostenemos al confiar en Batman? ¿Por qué un
aristócrata multimillonario que se disfraza de murciélago para actuar como justiciero se
comporta bajo una moral aceptable mientras que una turba enfurecida no?

Quizás podamos salvar una vez más a Batman como hombre bueno no a partir de su tendencia
por hacer cosas buenas, sino a partir de entender a la virtud definida en términos de amar lo
que es bueno y odiar lo que es malo. En el caso de Batman, el asunto es ligeramente complicado.
Por ejemplo, Batman odia a los criminales y ama verlos sufrir, y esto podría sugerir que él es
vicioso. ¿Pero es realmente vicioso o quizás su odio es virtuoso?

Las actitudes negativas y las emociones como el odio, el disgusto o el desprecio son maneras
moralmente correctas de responder a los delitos, y por lo tanto son virtuosos. Es por esto que
algunos filósofos como Stephen Kershnar argumentan que el odio de Batman hacia los
criminales es la única actitud apropiada hacia tales personas y que esto lo hace virtuoso (White
y Arp, 2008).

Y este odio de Batman, sigue Kershnar, hace del mundo un lugar mejor incluso cuando hacen su
vida mucho peor. Su dolor y aislamiento no se comparan con las muertes y la destrucción que
hubieran resultado si Batman no hubiera detenido los planes de sus enemigos. Batman no
detiene al Joker en cada oportunidad, pero cuando lo hace, salva muchísimas vidas, más allá del
efecto en su bienestar.

Ahora, ¿podría Batman elegir no odiar? Según Kershnar no es obvio que pudiera hacerlo y da
como ejemplos la insistencia del joven Bruce porque todos los criminales fueran atrapados en
las historias que le contaban antes de dormir, o incluso menciona al murciélago gigante que le
inspira “ferocidad y odio” al atacarlo cuando Bruce cae en un pozo en el jardín de la mansión
Wayne. Para Kershnar, Batman no controla su odio, y por eso no puede ser responsable de él.
Esto nos permite hacer la distinción entre el asunto de si Batman es virtuoso y el asunto de si
Batman es responsable de aquello que lo hace virtuoso, su odio del mal.

Queda aún por explorar si en el caso de Batman, y en general, una vida exitosa requiere de un
balance entre este amor por lo bueno y odio de lo malo. Con su obsesivo enfoque en la lucha
contra el crimen (y su estilo de vida ridículamente reclusivo), en el caso de Batman su vida puede
que esté por demás limitada por la prevalencia de odio, sin mucho lugar para las cosas que nos
hacen felices, como los amigos, la familia o los hobbies.

En la búsqueda de un balance ideal entre el bien y el mal, entre el amor y el odio, o incluso, entre
la seriedad y la risa. ¿Qué es lo que sucede con la rivalidad entre Batman y Joker? Quizá la
pregunta de por qué Batman no acaba con el Joker yace en algo increíblemente simple: en parte,
el Joker es su contracara. Es aquello que le da sentido a su propia misión. Quizá sea este el que,
finalmente, esté en función a él. No es difícil imaginarnos al propio Joker pensando acerca de
los filósofos que intentan encontrarle sentido al comportamiento de Batman, repitiendo con
insistencia la cuestión que quedó en el aire: ¿Por qué tan serio?
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Para escuchar

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